‘María a la cuatro de la tarde’ de Pedro Gómez V.

pedro_gomez_valderramaAcaba de pasar por esa calle un ciclista que llevaba en la mano derecha una guitarra, lo cual demuestra que es un hombre pacífico. Iba rodando lentamente; al principio partía en dos la calzada, pero después se inclinó sobre la izquierda, porque apareció un automóvil oscuro, tal vez negro, a cierta velocidad, lo cual en este barrio y a las cuatro de la tarde es sorprendente. Me convencí más todavía de que se trataba de un ser pacífico, porque, además de llevar la guitarra en la mano, lo cual le hacía tener especial cuidado para conservar el equilibrio, al llegar a la esquina evitó felizmente el grupo de muchachos agresivos que después de las seis de la tarde crean extenso terror, rompen vidrios, pinchan neumáticos y persiguen a las criadas que van a hacer la compra vespertina. No le vi hacer ninguna de estas cosas; se limitaba a llevar la guitarra suspendida en alto para que no golpease contra la rueda trasera.

Eran apenas las cuatro de la tarde, pero de una tarde oscura que amenazaba lluvia, y yo estaba desoladamente solo porque María no había venido, a pesar de haberme prometido hacerlo a esa hora, y yo contaba los minutos y me impacientaba sin saber qué hacer, mirando la cama abierta, y me inclinaba sobre la calle para ver pasar a la gente y ver venir a María, con su contoneo particular y su manera arrogante de alzar la barbilla, que deja sorprendidos incluso a los muchachos del barrio. Pero no llegaba María, y en cambio el ciclista de la guitarra pasó, con la mano rígida, y el instrumento alcanzaba a balancearse un poco; y yo me puse a pensar en lo que le pasaría si un hueco de la calle lo hacía caer, la guitarra aplastada, hundida, y el sonido de las cuerdas en el momento de romperse la caja; pero luego pensé que una silueta a lo lejos era la de María, y resultó ser la muchacha de la esquina, esa a la cual sorprendieron una noche haciendo el amor en un automóvil con un tipo barbudo y la policía casi se los lleva y, sin embargo, dicen que ellos acabaron mientras los policías miraban sin saber qué hacer y golpeaban los vidrios del auto.

Yo me sentía desazonado en la ventana, porque el día tenía algo incómodo, porque era apenas viernes, no era sábado, y el sábado es redondo, es puro; todos los otros tienen aristas especialmente a esta hora, y era peor porque esperaba con desánimo, casi convencido de que no iba a llegar. Alcancé a ponerme a mirar en la pared el cuadrito que alguien dejó puesto hace mucho tiempo sobre el papel de flores, una reproducción tosca de algún cuadro famoso en que un militar con bigotín y perilla sonríe suficiente al paso de una mujer de faldas largas y trasero redondo y pomposo como un sábado.

Y alcancé a pensar más, mucho más en el ciclista, y sobre todo en su aire pacífico demostrado por la guitarra, que ahora es desusado porque ¿qué hubiera hecho, por ejemplo, si lo hubieran atacado los muchachos? ¿O si el perro de las solteronas hubiera intentado morderlo? Pero sospecho que nada de eso pasó porque su mismo aire pacífico contagiaba a la demás gente.

En cambio alcancé a ver después al cura que subía, vestido de sotana como ya casi no va ninguno. Y tuve la impresión de que el cura, a pesar de no llevar ningún arma, emanaba un aire provocador. Y temí por un momento que los muchachos lo atacaran, pero se limitaron a sonreír y hablar en voz baja. En cambio, el perro de las solteronas se lanzó al ataque, y una de ellas tuvo que salir, sofocada, a detenerlo, y pedir excusas al cura. Después vi a lo lejos una figura de vestido rojo, y pensé que era María. Pero al acercarme me dio vergüenza de haberla imaginado, porque era la fea de la casa rosada.

Y María no llegaba, y me puse a pensar cómo sería yo llevándola en bicicleta, alzada como lleva el hombre la guitarra, cómo el viento le levantaría la falda a María y se le verían las piernas, y a lo mejor la falda podía enredarse en los radios de la rueda, y caeríamos los dos, y al caer María, María a las cuatro de la tarde, sonaría como la guitarra rota; pensando en todo esto llegó María sin que yo la viera, y entró a la habitación y con un beso apresurado empezó a desnudarse, hazlo rápido porque tengo que volver a las seis, ¿por qué te demoraste?, desvístete, ven pronto. Está atravesada en la cama, y las piernas abiertas se balancean como la guitarra y cuando me acuesto sobre ella me siento otra vez como el ciclista que lleva la guitarra y cuando María se viste a toda prisa, María a las cinco y media de la tarde, me asomo a verla salir y me asombro al ver que vuelve a pasear el ciclista con la guitarra, mejor dicho, con María atravesada balanceándose como la guitarra, exactamente como debo llevarla todavía por mucho tiempo.

Pedro Gómez Valderrama (foto)

De Santa Cruz a Lagos Escobar

andres-santa-cruzPrepotente. Yo creo que es porque no se los ha metido presos, por los delitos que han cometido a los ojos del país entero durante los últimos diez años, que estos señorones de los barrios del oriente de Santiago son tan prepotentes, y tan agresivos con el gobierno. Un ejemplo, el nuevo presidente de las Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP, Andrés Santa Cruz (foto), a su vez ex presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio, CPC (es decir, de los mismos), que, en forma prepotente “manda a callar” al gobierno y le dice que no debe opinar, sino “hacer cumplir la ley”. Obvio, una ley que, hasta hoy, favorece el latrocinio que cometen las administradoras de fondos de pensiones con el dinero del pueblo chileno. ¿Qué le pasa a este señor? ¿No se ha enterado que el sistema de pensiones hizo crisis en Chile y en el mundo entero? Un sistema que solo deja sueldos multimillonarios para los ‘directores’ de los fondos (¿recuerdan a Pablo Longueira presentando su curriculum vitae en las AFP, después de la crisis de diarrea que le dio cuando hizo el tony de candidato presidencial e intuía una investigación penal en su contra, que está en curso?), y utilidades multimillonarias para los socios de esos fondos, pero unas pensiones miserables para quienes ponen su dinero, durante años de sudor para, supuestamente, vivir tranquilamente los últimos años de su vida. Ver sufrir a los chilenos con pensiones miserables es un acto de extrema crueldad, de lesa humanidad. ¿Cuándo, estos señorones ‘empresarios’ aportarán para las pensiones de los trabajadores que les permiten hacerse ricos? En todas partes del mundos los empresarios aportan, ¡menos en Chile! Es un negocio de una decena de personas, controlando los dineros de cientos de miles de chilenos, que ya no tiene futuro. Ya hizo crisis. Pero este señor Santa Cruz se siente por encima de la realidad y por encima del gobierno. Sin embargo, al final, cuando le piden una propuesta para mejorar el sistema, sale con el mismo chorro de babas de sus antecesores: aumentar el monto de las cotizaciones y aumentar la edad de cotización. Con esta propuesta ramplona lo que quieren es perpetuar, en las condiciones actuales, el mismo negocio de promesas, el mismo sistema de engaños, y antisocial.

ricardo-lago-escobar-_101Esperpento. Otro que está fuera de la historia es Ricardo Lagos Escobar (foto). El artífice, por cierto, de que los señorones delincuentes de los barrios del oriente de Santiago no paguen con penas de cárcel sus delitos económicos. Por eso lo aman los ‘empresarios’, porque es un protector de sus pillerías. (Digamos, de paso, que también legitimó la Constitución del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet) Pero digo que está fuera de la historia porque ya le pasó su tiempo, y sale, prepotente, a presentarse como ‘alternativa’, como ‘nueva propuesta’ para las próximas elecciones presidenciales. Da tristeza ver y escuchar a este señor, con sus argumentos obsoletos, y su voz gagá, hablar de ser la alternativa para suceder a la presidenta Michelle Bachelet. No tiene nada qué proponer. Fue opositor, solapado, de varias reformas, entre otras la del sistema de pensiones. Él, está de acuerdo con Andrés Santa Cruz. Se ha convertido el señor Lagos Escobar, más bien, en un estorbo a la límpida carrera de Alejandro Guiller. En este sentido, es más retrógrado que Sebastián Piñera, y todos los de su corrillo. Pero de esperpentos como Ricardo Lagos Escobar está hecha la política.

John Steinbeck sobre la escritura

john-steinbeckLa siguiente carta de ese enorme escritor que es John Steibenck, a quien fuera su profesora de ‘escritura creativa’ en la Universidad de Stanford, Edith Mirrielees. Hace referencia a los asuntos que debe enfrentar un escritor para lograr su obra.

“8 de marzo de 1962 / Querida Edith Mirrielees: Estoy encantado de que tu obra Story Writing se publique en rústica. Alcanzará a una audiencia mayor, y eso es bueno. Puede que no enseñe al lector a escribir una buena historia, pero sin duda le ayudará a reconocer una cuando la lea.

Aunque debe hacer mil años desde que me sentaba en su clase en Stanford, recuerdo la experiencia muy claramente. Tenía un brillo en los ojos y una mente frondosa y estaba preparado para absorber de usted la fórmula secreta para escribir buenas historias cortas, grandes historias cortas, incluso.

Usted mató esa ilusión muy rápidamente. La única manera de escribir una buena historia corta, dijo, es escribir una buena historia corta. Sólo después de que haya sido escrita puede ser diseccionada para ver cómo fue hecha. Es un género de lo más difícil, nos dijo, y la prueba reside en qué pocas grandes historias cortas hay en el mundo.

La regla básica que nos dio fue simple y descorazonadora. Una historia, para ser efectiva, debe transmitir algo de escritor a lector, y el poder de esa ofrenda es la medida de su excelencia. Aparte de eso, dijo, no hay reglas. Una historia puede ser sobre cualquier cosa y puede utilizar cualquier medio y técnica mientras sea efectiva.

Como subtítulo a esta regla mantenía que era necesario para el escritor saber lo que quería decir, en definitiva, saber de qué estaba hablando. Como ejercicio nos hacía reducir la esencia de la historia a una frase, sólo entonces nos permitía agrandarla a tres o seis o diez mil palabras.

Así que ahí estaba la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Con nada más que eso nos enviaba por el sendero, desolado y solitario, del escritor. Y debimos presentarle algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado entonces ser descubierto en toda mi excelencia, las notas que puso a mis esfuerzos me desilusionaron rápidamente. Y si me sentí injustamente criticado, los juicios de los editores durante muchos años estuvieron de su parte, no de la mía.

Me parecía injusto. Podía leer una buena historia y podía incluso saber cómo se había hecho, gracias a sus enseñanzas. ¿Por qué entonces no podía hacerlo por mí mismo? Bueno, no podía, y quizá es porque no hay dos historias que se parezcan. A lo largo de los años he escrito muchas buenas historias y todavía no sé cómo hacerlo excepto escribiendo una y probando suerte.

Si hay una magia en escribir historias, y estoy convencido de que la hay, nadie ha sido capaz de reducirla a una receta que se pueda pasar de una persona a otra. La fórmula parece residir solamente en la urgencia dolorosa del escritor por transmitir algo importante al lector. Si el escritor tiene esa urgencia, puede que algunas veces, pero de ninguna manera todas, encuentre la manera de hacerlo.

No es muy difícil juzgar una historia después de que haya sido escrita, pero tras tantos años, comenzar una historia todavía me produce un miedo mortal. Iré aún más lejos y diré que si un escritor no está asustado, entonces es felizmente ignorante de la majestuosidad, tentadora y remota, del medio.

Me pregunto si recuerda el último consejo que me dio. Fue durante la exuberancia de los ricos y frenéticos veinte y yo salía al mundo a intentar ser un escritor.

Me dijo: “Va a llevarte mucho tiempo y no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa”.

“¿Por qué?” Pregunté.

“Porque en Europa la pobreza es una desgracia, pero en América es una vergüenza. Me pregunto si podrás soportar o no la vergüenza de ser pobre”.

No fue mucho después que llegó la depresión. Entonces todo el mundo fue pobre y eso ya no fue más una vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarlo o no. Pero sí tenía razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho, muchísimo tiempo. Y todavía estoy en ello y nunca se ha vuelto más fácil. Usted me dijo que no lo haría.

John Steinbeck” (foto)

 

‘Bolaño sobrevaluado y devaluado’ de Aguilera G.

mt-aguilera-garramunoAlguien tiene que decirlo. Lo voy a decir yo, que ya tengo la costumbre kamikaze de tirar la piedra y mostrar la cara, y lo tengo que decir aunque me excomulguen en Anagrama, aunque nunca me den los premios Herralde, Rómulo Gallegos, Alfaguara, Planeta -ya saben que el Nobel nunca lo voy a aceptar-, aunque pierda la posibilidad de entrar en los grupos de elogios mutuos y promoción y repartición de premios de Vilas-Mata, Sergio Pitol, Jorge Edwards, Juan Villoro, Jorge Herralde, aunque me odien todos los chilenos del mundo (menos el autor de Malorum)

Alguien tiene que decirlo: Los detectives salvajes, del “genio de la literatura contemporánea Roberto Bolaño”, es una de las novelas más mediocres, aburridoras, monótonas, intrascendentes, libres de personajes o situaciones memorables. Es una novela sin raíces, sin espíritu, sin trama, sin tensión: cien o más personajes hablan en primera persona -todos de manera semejante-, hablan, hablan, cuentan aventuras sosas, olvidables, en ocasiones estúpidas.

Muchos de ellos se echan a llorar sin razón y buscan a una mujer de apellido Tinajero (nunca me enteré bien quién era pues abandoné la novela en la página 300 y juro que no terminaría las 600 del volumen de Anagrama ni bajo pena de decapitación). Bolaño ofrece un mundo sin sentido y sin color: escenas tras escenas sosas se van en una antología de bobadas más dignas de lástima y llanto que un niño atropellado. Las voces son todas monótonas. Un solo personaje rescato: el alemán medio tonto llamado Heimito. Esta, dizque novela, es una avalancha interminable de naderías.

Ya lo dije una vez: o el mundo está imbécil al exaltar a este monumento al ocio improductivo, al promover a este atentado contra la naturaleza y al ofender al dichoso y escaso tiempo dichoso de lectura… o el imbécil soy yo. Que lo juzgue el lector.

Pensar que Bolaño pudo escribir algo valioso -dicen que su novela 2006 o 2666 es… Aquí se suspende la frase y se incluye un comentario del blog “El Sentenciero”… Después se reanuda mi frase… Marco Tulio, hola. No soy lo que pueda llamarse un “fan” de Roberto Bolaño (es que estos términos son los que se usan con él, es parte de una moda y de una forma de hablar), aunque he leído Los detectives y tres libros más de él. De todo ese material, lo único que realmente me ha parecido bueno, es un cuentario que se llama “Llamadas telefónicas”. El resto no es que sea deplorable, pero apenas pasa de curioso, de divertimento. Claro, en ciertos círculos de escritores, hablar mal de Bolaño puede significar el linchamiento público.
…una obra maestra …(¡ojala!)- es algo que no puedo entender.

Estoy anonadado y estupefacto y demolido: Anagrama, que ha publicado tantas obras de valor, ahora exalta a esta almita de Dios (vi a Bolaño en un video: sí, es un inocente, un ingenuo, muy culto, sí, pero con unas ideas resobadas y con unos aires de grandeza que oculta (ocultaba) tras una fachada de timidez y modestia. Es el típico escritor del post-boom: convencido que el mundo comienza con sus propias obras. Para él García Márquez es una especie de maestro orfebre, na má. No dudo que como persona y como amigo Bolaño haya sido maravilloso: como escritor no es de los míos.

Es un frenólito disfrazado de frenáptero. Mis 19 (ya no son 19 sino entre 50 y 119. Nota actualizada el 11 de septiembre de 2010) lectores me entienden. Con ellos me basta. Aunque 800 millones de moscas estén de acuerdo en que comer mierda es algo maravilloso, uno no tiene por qué estar de acuerdo. Han comenzado a llegar mensajes de adhesión a estas opiniones, no dudo que comenzarán a llegar insultos. Los espero con ansiedad para agregarlos a mi Colección de estímulos a la Creación Literaria que atesoro con cariño…

Marco Tulio Aguilera Garramuño (foto)

‘Los 10 mandamientos del escritor’ de Vizinczey

  1. stephen-vizinczey-1No beberás ni fumarás ni te drogarás
  2. No tendrás costumbres caras
  3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir
  4. No serás vanidoso
  5. No serás modesto
  6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes
  7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
  8. No adorarás Londres / Nueva York / París
  9. Escribirás para complacerte a ti mismo
  10. Serás difícil de complacer.

(Stephen Vizinczey (foto) ‘Verdad y mentiras de la literatura’)

‘La loca y el relato del crimen’ de Piglia, QEPD

x-defaultAyer murió en Buenos Aires, a los 75 años, el escritor Ricardo Piglia (foto), una de las voces grandes de la literatura contemporánea. Ganador de los premios ‘Rómulo Gallego’, Formentor y el Iberoamericano de Narrativa ‘Manuel Rojas’, Piglia deja una obra digna de consideración. En su memoria, el siguiente cuento:

I

Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento. Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó.
“Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse”.

En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aún bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.

-Che, vos -dijo.

La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.

-¿Cómo te llamás? -dijo él.

-¿Quién?
-Vos. ¿O no me oís?

-Echevarne Angélica Inés -dijo ella, rígida-. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.
-¿Y qué hacés acá?

-Nada -dijo ella-. ¿Me das plata?

-Ahá, ¿querés plata?

-La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.

-Bueno -dijo él-. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.

-¿Eh?
-¿Ves? Mirá -dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos-. Te arrodillás y te lo doy.

-Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.

-¿Escuchaste? -dijo Almada-. ¿O estás borracha?

-La macarena, ay macarena, llena de tules -cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.

-Ahí tenés. Yo soy Almada -dijo y le alcanzó el billete-. Comprate perfume.

-La pecadora. Reina y madre -dijo ella-. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.

Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.

-La macarena, ay macarena -cantaba la loca-. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules -cantó la loca.

Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente.

Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera.

Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.

“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo; la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.

Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido salvate vos Juan vino a buscarme esta tarde es una rata olvidame te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar.

Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.

II

A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo.: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.

El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
-Tratá de ver si podés inventar algo que sirva -le dijo el viejo Luna-. Andate hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.

En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de fotógrafos que le tomaron instantáneas desde todos los ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.

-Yo no he sido -dijo-. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.

-Seguro fue éste -dijo Rinaldi cuando se lo llevaron-. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.

-Me pareció que decía la verdad.

-Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla.

Renzi encendió su grabador.

-Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacas el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.

-Parece una parodia de Macbeth -susurró, erudito, Rinaldi-. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.

-Por un idiota, no por un loco -rectificó Renzi-. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?

La mujer seguía hablando de cara a la luz.

-Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.

-Vuelve a empezar -dijo Rinaldi.

-Tal vez está tratando de hacerse entender.

-¿Quién?
-¿Esa? Pero no ve lo rayada que está -dijo mientras se levantaba de la butaca-. ¿Viene?
-No. Me quedo.

-Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
-Por eso -dijo Renzi controlando la cinta del grabador-.

Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.

Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.

-Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.

-¿Qué me contás? -dijo Luna, sarcástico-. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.

-No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.
-Decime pibe -dijo Luna lentamente-. ¿Me estás cargando?

-Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? -dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna-. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta? -remató Renzi, triunfal-. El asesino es el gordo Almada.

El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.

-¿Ve? -insistió Renzi-. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.

-Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?

-No me joda.

-No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?

-¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario.

El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.

-Tranquilizate pibe. ¿O te pensás que este diario se dedica a la lingüística?

-Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?

-Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.

-Escuche, señor Luna -lo cortó Renzi-. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.

-Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.

-Está bien -dijo Renzi juntando los papeles-. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.

-Decíme ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?

-En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto-. Mirá, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armés lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.

Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajo la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:

Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo -empezó a escribir Renzi-, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.

‘El hombre que amaba a los perros’ de Padura

leonardo-padura‘El hombre que amaba a los perros’ es una novela del cubano Leonardo Padura (foto), que narra las vidas que colisionaron el 21 de agosto de 1940: la del ucraniano León Trotski y la del catalán Ramón Mercader, quien astilló el cráneo del bolchevique con un piolet, que descargó con furia a nombre de un socialismo inspirado por José Stalin, amo todopoderoso de la entonces Unión Soviética.

Me regresó a la segunda mitad de los setenta, cuando buscábamos en los predios de la Universidad Nacional de Palmira, en cuerpo y alma, la Utopía de un mundo en el cual el bienestar social debería ser la razón de ser de las naciones. Recuerdo las horas que fatigamos sobre textos de marxismo, creando en nosotros la pretendida superestructura de lo que sería una Colombia sin dolor.

Reviví en la lejanía del recuerdo la distancia que creábamos con los trotskistas, influenciados también nosotros, como Ramón Mercader, por las mentiras del stalinismo y sus animadores, que seguían vivas después de 30 años del alevoso crimen de León Trotski. Nos enredábamos con las denominaciones marxista, trotskista, moirista, leninista, comunistas, etcétera. Todos teníamos el mismo sueño, pero éramos distintos bajo el Estatuto de Seguridad.

Algunos sabíamos que Stalin era un tipo notoriamente corto de inteligencia, pero marrullero y abundante en trapisondas, componendas, traiciones y ejercicio brutal del poder, al punto de barrer de la faz de la tierra a miles de los bolcheviques que coronaron la toma del poder guiados por Trotski y Lenin. Los mató a todos. Los mandó a matar, o hizo que fueran condenados por una justicia de bolsillo a penas de muerte, en juicios prefabricados, ridículos y terroríficos al mismo tiempo, y se guardó su envidia y encono mayores para el brillantísimo León Trotski, a quien degradó, sacó del Partido, expulsó de la Unión Soviética y le quitó la ciudadanía, para después arreglárselas a fin de que no le dieran asilo en ninguna parte de Europa. Finalmente, México le abrió las puertas, de la vida y de la muerte, al exiliado León Trotski.

Varios años de adiestramiento tuvo el catalán Ramón Mercader, fanático del socialismo soviético de Stalin, y el 21 de agosto de 1940 rompió el cráneo, con un pico de escalador, del lúcido creador del Ejército Rojo, para entonces guarecido en una casa de Coyoacán, en Ciudad de México.

Ese día colisionaron los destinos del ucraniano y el catalán: el primero, incólume hasta hoy en la dimensión de su obra, práctica y textual, y el segundo convertido en un cascarón de olvido humano, quien, poco a poco, descubre que fue usado sin pudores por el mediocre secretario general del Partido, José Stalin, y que su acto criminal no tenía nada qué ver con el socialismo, ni con el hombre nuevo o con el nuevo orden social sobre el planeta.

Leonardo Padura logra elaborar la novela con belleza en el lenguaje, sin adjetivaciones, con suspenso en la narración y rigor histórico en la vida de los protagonistas, que van emergiendo, de cuerpo entero, a lo largo de las 765 páginas (Tusquets editores, colección Maxi, 2011) y que esta reseña no logra: León Trotski, Ramón Mercader, José Stalin, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kalo, Natalia Sedova, Caridad del Río, Sylvia Angeloff, André Breton, Nahum Eitingon, Cuba, Jaime López, Iván Cárdenas Maturell, y quien termina la narración desde La Habana: Daniel Fonseca Ledesma.

El poeta Elkin Restrepo acotó que es “una gran novela y, entre otros, detrás de la historia del asesino de Trotsky, el manual de como ejercer el poder absoluto y acabar con el opositor y la oposición. El mismo de ayer y hoy”.

Más que apasionante, es una obra de suspenso tallada sobre el material de la historia, que resulta reveladora en cada página sobre lo que ocurrió con uno de los grandes hombres de la Utopía humana que se frustró, y sobre las verdaderas complicidades que le permitieron a Adolf Hitler y Francisco Franco elevarse arteramente a sitiales de usurpación.

Es una novela apasionada y apasionante. Leánla. Los colmará.