‘Anunciación’ de Elia Barceló

elia-barceloHabía estado nerviosa toda la mañana. Una sensación de inminencia que no la había dejado reírse con los chistes de Queco ni disfrutar del combinado que preparó Vera. Sus invitados lo habían convertido en tema a la hora del aperitivo, los estados de ansiedad, las premoniciones, podría ser que hoy va a ser decisivo en tu vida, había dicho Jon. ¡Decisivo! Un día más en un largo verano de baños de sol, paseos en lancha y siestas interminables.

Había cerrado los ojos al sol de mediodía, estirándose en la hamaca, registrando la húmeda frialdad del vaso en la mano, el tejido del bikini blanco ciñéndole el cuerpo, el rumor de las olas, el peso de aquel día imposiblemente azul que acabaría horas después en la noche perfumada, junto a la piscina, terciopelo con estrellas, como siempre. Su vida. La vida que había elegido. Una vida inmóvil y feliz.

Al principio creyó que se trataba de un sueño. La hora era adecuada, también el lugar. El sopor que se le había insinuado durante la comida se había ido haciendo cada vez más fuerte hasta no dejarla siquiera terminar el postre. Se había excusado en un murmullo, acogido por murmullos similares y, en lugar de meterse en su habitación, en un impulso, se había encaminado a la que daba al jardín, al pabellón de huéspedes de confianza. Se había dejado caer con un suspiro en la cama blanca en la que el mosquitero, al recoger los rayos de sol que entraban por el calado de la persiana, fingía una lluvia de monedas de oro, vibrantes de luz, sobre su cuerpo desnudo en el calor de la siesta. Cerró los ojos con agradecimiento infinito sintiendo cómo su conciencia empezaba a girar, a flotar, a alejarse como una cometa al viento mientras, al mismo tiempo, sus sentidos registraban el paisaje de cigarras enloquecidas por el calor de la siesta, el olor a polvo y a pinares que subía desde el camino del mar, las motas de oro que la brisa ocasional hacía danzar sobre su cabeza. Lejos, más lejos, el rumor de las olas, la frescura blanca del algodón contra su piel, el Paraíso alcanzado, el deslizarse a una oscuridad líquida, sedosa, fresca.

Y entonces, de repente, en algún lugar entre las motas de oro y el fragor de las cigarras, su presencia. Una presencia de fuego líquido, una presencia de águila y de tigre, esplendorosa y feroz, flotando en el contacto de la sábana, en las espumas lejanas del mar de las cuatro, poderosa como un toro, fría como una virgen, mineral.

La sombra luminosa cayó sobre su cama crucificándola de anhelo, devorándola para la eternidad y, en un fogonazo, doloroso como un estilete dibujando sus pechos sudorosos, supo. Supo qué era, qué le anunciaba, qué le pedía.

Supo y gritó por dentro.

Supo y el conocimiento la aterrorizó.

Supo y cerró su mente.

Tenía mucho tiempo. Podía tardar todo el primer día de la eternidad en elegir su respuesta. Ni una hoja de adelfa se agitaría en la brisa hasta que decidiera, ni un ala de gaviota batiría contra la inmóvil espuma del mar.

El silencio era perfecto, un coágulo cristalino encerrando a la presencia y a su presa, su sierva, su elegida.

Habría querido llorar, arrancarse los ojos con las uñas, arrastrarse de hinojos por el suelo de piedra, gritar a tí me entrego, abandonarse, morir, abrir su alma.

No pudo hacerlo.

No quiso hacerlo.

En la perfecta quietud de la tarde perpleja sonó un non serviam. Inmenso, violento, sublime.

El hilo se rompió. Cayó la luz sobre su cuerpo como una lluvia oscura dejándola enlodada y supo que acababa de elegir. Ella, que siempre había sido criatura de luz, sería desde ahora alimaña nocturna. La presencia tocó su corazón con un filo de plata hasta que se encogió sobre sí mismo y se hizo duro, diminuto y vacío. Y luego bebió su sangre.

Cuando la luna llegó hasta el borde de la piscina y empezó a cruzarla de estrías de mercurio helado, ella se levantó de la cama, abrió la mosquitera de donde había huido la luz y, con sus nuevos ojos de hielo, contempló el mundo nocturno. Su destino.

Orientándose por la luz de las velas y el murmullo de conversación se dirigió al cenador del jardín donde debían de estar sus invitados. Habían pasado muchas horas. Tenía hambre.

Elia Barceló (foto)

‘La perfecta casada’ de Angélica Gorodischer

angelica-gorodischer(A la memoria de María Varela Osorio)

Si usted se la encuentra por la calle, cruce rápidamente a la otra vereda y apriete el paso: es una mujer peligrosa. Tiene entre cuarenta y cinco y cincuenta años, una hija casada y un hijo que trabaja en San Nicokás; el marido es chapista. Se levanta muy temprano, barre la vereda, despide al marido, limpia, lava la ropa, hace las compras, cocina. Después de almorzar mira televisión, cose o teje, plancha dos veces por semana, y a la noche se acuesta tarde. Los sábados hace limpieza general y lava los vidrios y encera los pisos. Los domingos a la mañana lava la ropa que le trae el hijo, que se llama Néstor Eduardo, amasa fideos o ravioles, y a la tarde viene a visitarla la cuñada o va ella a la casa de la hija. Hace mucho que no va al cine, pero lee “Radiolandia” y las noticias de policía del diario. Tiene los ojos oscuros y las manos ásperas y empieza a encanecer. Se resfría con frecuencia y guarda un álbum de fotografías en un cajón de la cómoda junto a un vestido de crepe negro con cuello y mangas de encaje.

Su madre no le pegaba nunca. Pero a los seis años le dio una paliza un día por dibujar una puerta con tizas de colores y le hizo borrar el dibujo con un trapo mojado. Ella mientras limpiaba pensó en las puertas, en todas las puertas, y decidió que eran muy estúpidas porque siempre abrían a los mismos lugares. Y la que limpiaba era precisamente la más estúpida de todas las puertas porque daba al dormitorio de los padres. Y abrió la puerta y entonces no daba al dormitorio de los padres sino al desierto de Gobi. No le sorprendió aunque ella no sabía que era el desierto de Gobi y ni siquiera le habían enseñado todavía en la escuela dónde queda Mongolia y nunca ni ella ni su madre ni su abuela habían oído hablar de Nan Shan ni de Khangai Nuru.

Dio unos pasos del otro lado de la puerta y se agachó y rascó el suelo amarillento y vio que no había nada ni nadie y el viento caliente le alborotó el pelo así que volvió a pasar por la puerta abierta, la cerró y siguió limpiando. Y cuando terminó la madre rezongó otro poco y le dijo que lavara el trapo y que llevara el escobillón para barrer esa arena y que se limpiara los zapatos. Ese día modificó su apresurada opinión sobre las puertas aunque no del todo, no por lo menos hasta no ver lo que pasaba.

Lo que fue pasando a lo largo de toda su vida y hasta hoy fue que de vez en cuando las puertas se comportaban en forma satisfactoria aunque en general seguían siendo estúpidas y abriéndose sobre corredores, cocinas, lavaderos, dormitorios y oficinas en el mejor de los casos. Pero dos meses después del desierto por ejemplo, la puerta que todos los días daba al baño se abrió sobre el taller de un señor de barba que tenía puestos un batón largo, zapatos puntiagudos y un gorro que le caía a un costado de la cabeza. El viejo estaba de espaldas sacando algo de un mueble alto con muchos cajoncitos detrás de una máquina de madera muy grande y muy rara con un volante y un tornillo gigante, en medio de un aire frío y un olor picante, y cuando se dio vuelta y la vio empezó a gritarle en un idioma que ella no entendía. Ella le sacó la lengua, salió por la puerta, la cerró, la volvió a abrir y entró al baño y se lavó las manos para ir a almorzar.

Otra vez, a la siesta, muchos años más tarde, abrió la puerta de su habitación y salió a un campo de batalla y se mojó las manos en la sangre de los heridos y de los muertos y arrancó del cuello de un cadáver una cruz que llevó colgando mucho tiempo bajo las blusas cerradas o los vestidos sin escote y que ahora está guardada en una caja de lata bajo los camisones, con un broche, un par de aros y un reloj pulsera descompuesto que fueron de su suegra. Y así sin querer y por suerte estuvo en tres monasterios, en siete bibliotecas, en las montañas más altas del mundo, en ya no sabe cuántos teatros, en catedrales, en selvas, en frigoríficos, en sentinas y universidades y burdeles, en bosques y tiendas, en submarinos y hoteles y trincheras, en islas y fábricas, en palacios y en chozas y en torres y en el infierno.
No lleva la cuenta ni le importa: cualquier puerta puede llevar a cualquier parte y eso tiene el mismo valor que el espesor de la masa para los ravioles, que la muerte de su madre y que las encrucijadas de la vida que ve en televisión y lee en “Radiolandia”.

No hace mucho acompañó a la hija a lo del médico y mirando la puerta cerrada de un baño en el pasillo de la clínica se sonrió. No estaba segura porque nunca puede estar segura, pero se levantó y fue al baño. Y sin embargo era un baño: por lo menos había un hombre desnudo metido en una bañadera llena de agua. Todo era muy grande, con techos muy altos y piso de mármol y colgaduras en las ventanas cerradas. El hombre parecía dormido en su bañadera blanca, corta y honda, y ella vio una navaja sobre una mesa de hierro que tenía las patas adornadas con hojas y flores de hierro y terminadas en garras de león, una navaja, un espejo, unas tenazas para rizar el pelo, toallas, una caja de talco y un cuenco con agua, y se acercó en puntas de pie, levantó la navaja, fue en puntas de pie hasta el hombre dormido en la bañadera y lo degolló. Tiró la navaja al suelo y se enjuagó las manos en el agua tibia de la bañadera. Se dio vuelta cuando salía al corredor de la clínica y alcanzó a ver a una muchacha que entraba por la otra puerta de aquel baño. La hija la miró:

-Qué rápido volviste.

-El inodoro no funcionaba -contestó.

Muy pocos días después degolló a otro hombre en una tienda azul de noche. Ese hombre y una mujer dormían apenas tapados con las mantas de una cama muy grande y muy baja y el viento castigaba la tienda e inclinaba las llamas de las lámparas de aceite. Más allá habría un campamento, soldados, animales, sudor, estiércol, órdenes y armas. Pero allí adentro había una espada junto a las ropas de cuero y metal y con ella cortó la cabeza del hombre barbudo y la mujer dormida se
movió y abrió los ojos cuando ella atravesaba la puerta y volvía al patio que acababa de baldear.

Los lunes y los jueves, cuando plancha por las tardes los cuellos de las camisas, piensa en los cuellos cortados y en la sangre y espera. Si es verano sale un rato a la vereda después de guardar la ropa hasta que llega el marido. Si es invierno se sienta en la cocina y teje. Pero no siempre encuentra hombres dormidos o cadáveres con los ojos abiertos. En una mañana de lluvia, cuando tenía veinte años, estuvo en una cárcel y se burló de los prisioneros encadenados; una noche cuando
los chicos eran chicos y todos dormían en la casa, vio en una plaza a una mujer despeinada que miraba un revólver sin atreverse a sacarlo de la cartera abierta, caminó hasta ella, le puso el revólver en la mano y se quedó allí hasta que un auto estacionó en la esquina, hasta que la mujer vio al hombre de gris que se bajaba y buscaba las llaves en el bolsillo, hasta que la mujer apuntó y disparó; y otra noche mientras hacia los deberes de geografía de sexto grado fue a buscar los lápices de colores a su cuarto y estuvo junto a un hombre que lloraba en un balcón. El balcón estaba tan alto, tan alto sobre la calle, que tuvo ganas de empujarlo para oír el golpe allá abajo, pero se acordó del mapa orográfico de América del Sur y estuvo a punto de volverse. De todos modos, como el hombre no la había visto, lo empujó y lo vio desaparecer y salió corriendo a colorear el mapa así que no oyó el golpe pero sí el grito. Y en un escenario vacío hizo una fogata bajo los cortinados de terciopelo, y en un motín levantó la tapa de un sótano, y en una casa, sentada en el piso de un escritorio, destrozó un manuscrito de dos mil páginas, y en el claro de una selva enterró las armas de los hombres que dormían y en un río alzó las compuertas de un dique.

La hija se llama Laura Inés y el hijo tiene una novia en San Nicolás y ha prometido traerla el domingo que viene para que ella y el marido la conozcan. Tiene que acordarse de pedirle a la cuñada la receta de la torta de naranjas y el viernes dan por televisión el primer capítulo de una novela nueva. Vuelve a pasar la plancha por
la delantera de la camisa y se acuerda del otro lado de las puertas siempre cuidadosamente cerradas de su casa, aquel otro lado en el que las cosas que pasan son, mucho menos abominables que las que se viven de este lado, como se comprenderá.

Angélica Gorodischer (foto)

‘La La Land’ y el ‘piedrazo’ de Tironi

la_la_landHomenaje. Fuimos a ver ‘La La Land’ (foto), ‘La ciudad de los sueños’ o ‘La ciudad de las estrellas’ por el antecedente de haberse ganado 7 premios ‘Globo de Oro’ (¡la película más premiada en la historia de este premio!): mejor película, mejor comedia o musical, mejor director, mejor actor y mejor actriz de comedia o musical, mejor guion, mejor banda sonora y mejor canción original.

Fuimos a ver ‘La La Land’ por el antecedente de haberse ganado los premios Bafta (Academia de Cine y Televisión británica) a la mejor película, mejor actriz, mejor director, mejor música original y mejor dirección de fotografía.

Fuimos a ver ‘La La Land’ porque tiene 14 nominaciones a los premios Óscar (de la Academia de Artes de Estados Unidos) que se entregarán el 26 de febrero.

Si no hubiéramos sabido nada de premios, hubiéramos dicho que era “un bonito homenaje a los musicales del cine en Hollywood”. Nada más. Pero como sabíamos de su boato, nos pareció “muy inferior a los musicales del cine de Hollywood a los que rinde homenaje”. Inclusive, recordamos que ‘Brillantina’ nos pareció mejor. Y ‘La novicia rebelde’ y ‘Cantando bajo la lluvia’.

‘Piedrazo’. Hace un mes, o algo más, el señor Eugenio Tironi (foto) escribió una columna en Entrevista a Eugenio TironiEl Mercurio que, sin avergonzarse, tituló ‘El piedrazo’. ¿Cómo es posible que una persona que posa de intelectual no sepa el idioma en el que escribe? ¡’Piedrazo’ no existe en el idioma español! No es un ‘chilenismo’, ¡no!, sino un barbarismo. Se dice ‘Pedrada’, pe-dra-da, PE-DRA-DA, para significar la “acción de arrojar con impulso una piedra”, o para decir que se observó un “golpe que se da con la piedra tirada”.

Pe-dra-da, porque ‘piedrazo’ no existe. Y, por favor, tomen nota ‘periodistas’ de radio y televisión, y presentadores de televisión. Y también ‘editores’ y ‘directores’ de radio, televisión y prensa escrita. Superemos la ignorancia, porque tenemos la responsabilidad social de ser ejemplo para la audiencia. Y un buen ejemplo, no uno malo. Entonces, con ese malestar idiomático revolviéndome el estómago, ¡como una pedrada en el ojo!, leí de mala gana el artículo que trataba de cómo arrodillarse ante un poderoso, en este caso Andrónico Luksic. Exalta el señor Tironi, como si fuera el buen pelele, “la conducta de Luksic… (que) escapa totalmente del patrón de lo que se espera de un personaje poderoso, como no hay duda lo es”. Y así, el resto del artículo es frivolidad, como casi todo lo del señor Tironi.

De las encuestas, los delincuentes y el muro

encuestasEncuestas. Emol, 13 de febrero: “Cadem: 80% cree que Bachelet ha realizado un mal gobierno y Piñera mantiene liderato en presidenciales. De acuerdo al sondeo de esta semana, la Presidenta obtuvo un 19% de respaldo, mientras que el ex Mandatario supera por seis puntos a Alejandro Guillier”.

Glosa: Este es el tipo de propaganda negra con raíces en el nazismo: repetir hasta el cansancio una afirmación, hasta convertirla en verdad, para luego preguntar sobre esa afirmación y obtener la respuesta de la verdad aprendida. Por esta razón es que las encuestas, en general, y sobre todo las ‘políticas’, no sirven más que para introducir ideas preconcebidas, como en el caso tomado de Emol el 17 de febrero (“un mal gobierno”, “un buen candidato” y “un contendor débil”), y hacerle ver a los ‘concientizados’ que las encuestas ‘dicen la verdad’. El juego es tan sutil, como lo descubrieron los nazis, que casi nadie nota la manipulación. Pero el titular de Emol es un buen ejemplo de ello.

Delincuentes. La Tercera, 15 de febrero: “Caso Penta: Condenan a 5 años de libertad vigilada a ex funcionario del SII. El Octavo Juzgado de Garantía declaró culpable de delitos de corrupción y delitos tributarios a Iván Álvarez, convirtiéndose en el segundo sentenciado por esta causa”.

Glosa: Siempre hay que recordar al expresidente Ricardo Lagos Escobar cuando leamos injusticias o venalidades como esta. Él fue quien despenalizó los delitos económicos. Podría decirse que promovió la corrupción. Ahora resulta que estos delincuentes de cuello blanco y casas en el oriente alto de Santiago, son ‘contraventores’ administrativos. Condenado a ‘libertad vigilada’ es como un premio, unas vacaciones a quienes han delinquido, pero no son flaites como los ‘Carejarro’. Una vez más, se burlan del pueblo.

Muro. Ya estoy harto de oír a ‘periodistas’ y ‘analistas’: “El muro de Trump”. En estricto rigor, ¡no hay ningún muro de Trump! El presidente de Estados Unidos, el señor Donald Trump, puede ser conservador, republicano, podemos odiarlo, caernos mal, pero no es ‘el creador’ del muro para separar a Estados Unidos de México. ¡Fue Bill Clinton, el iniciador! El muro en la frontera entre Estados Unidos y México se comenzó a construir en 1994, para evitar la inmigración ilegal, atendiendo a la Fiscal general Janet Reno y su ‘Operación Guardián’. Desde entonces hay tramos del muro entre Tijuana y San Diego, y en los estados de Arizona, Sonora, Nuevo México y Baja California. Además, el Senado de Estados Unidos aprobó, en mayo del 2006 (83 votos a favor y 16 en contra), una enmienda que prevé la construcción del muro a lo largo de 595 kilómetros, más 800 kilómetros de barreras para impedir el paso de automóviles. Es decir, que el presidente Trump está ‘obligado’ a terminar el muro. Esos ‘periodistas’ y ‘analistas’ jamás se preguntaron por qué, si el tema era tan candente y xenófobo, ¿Hillary Clinton jamás dijo nada durante la campaña? ¡Ni siquiera el señor Bernie Sanders, de ideas socialistas! Porque ellos sabían que no era algo ‘descabellado’, sino una política-país. Si hubiera ganado Hillary Clinton, igual lo hubiera tenido que hacer, aunque no lo hubiera proclamado. Dejen la pereza, ‘periodistas’ y ‘analistas’ ignorantes, y averigüen antes de decir sandeces.

‘El hombre que se ha perdido…’ de Giovanni Papini

giovanni-papini1) Nunca he tenido pasión por los bailes o por los disfraces, y no sé cómo dije que sí al señor Secco, que me invitó a una fiesta que daba la última noche de carnaval. La única razón, creo, fue ésta: que todos teníamos que ir vestidos con un dominó blanco y un antifaz negro y bailar sin hablar. Para ver lo que sería, fui.

¡Qué noche tan extravagante fue aquella! ¿Quién era el hombre y quién era la mujer? Encima de cada cara había un antifaz de raso, negro; sobre cada cuerpo, un holgado ropón blanco. Bailaban, creo, incluso hombres con hombres y mujeres con mujeres, y nadie hablaba. A determinada hora terminaron los bailes y todos aquellos embozados, silenciosos, comenzaron a vagar por las habitaciones alfombradas sin hacer ruido ni siquiera con los zapatos, e iban del brazo, o solos, o en grupos, sin orden, sin saber qué hacer. Aquel silencio bajo las grandes luces tranquilas de aquella multitud blanca y negra era más pavoroso que una misa de difuntos.

A mí, no acostumbrado a aquella ceremonia de saltar en pareja, el calor y la fatiga me habían producido dolor de cabeza, de manera que estaba cubierto por un sudorcillo helado y temblaba como si tuviera fiebre. Notaba una confusión, una debilidad tal, que si hubiese tenido fuerza me habría escapado en seguida. Me parecía que la sangre bajara poco a poco del cerebro, que las piernas se doblaran; sentía una opresión angustiosa alrededor del estómago y de la espalda. Estaba a punto de desmayarme, imagino, cuando, levantados los ojos para buscar la salida más próxima, se me puso delante un grandísimo espejo que iba desde el suelo hasta el techo, y tan ancho que cubría media pared. En este espejo se veían reflejados todos aquellos mascarones blancos y negros que vagaban por allí y me entraron ganas -estúpidas ganas infantiles- de mirarme, de ver qué tal estaba metido por primera vez en aquel desmañado vestido.

Miro…, remiro…, busco…, contemplo el espejo…, me asusto. Pero ¿dónde estoy, Dios mío? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi cuerpo entre todos estos cuerpos iguales? ¡Yo ya no estoy! ¡Todos iguales, todos de la misma manera! ¿No seré capaz de encontrarme?

Estoy con la cara hacia el espejo…, pero hay otros que la tienen también en la misma dirección. Yo soy alto, pero casi todos son tan altos como yo. Me muevo para reconocerme, ¡pero casi todos se mueven a mi alrededor!

¿Dónde estoy yo, pues, entre todos ellos? ¿Dónde está mi yo entre toda esta gente extraña y silenciosa? Todos blancos con las caras negras… Yo también, como los demás…, todos iguales, todos. Pero ¡yo me quiero a mí! ¡Quiero buscarme! ¡Quiero sentirme a mí mismo! ¡Verme con los demás, pero diferente, destacado de los demás! ¡Quiero verme, ser yo! Me he perdido; me he perdido a mí mismo… ¿Dónde estoy? ¡Búsquenme, encuéntrenme!…

Mientras así me afanaba se me nublaron los ojos, sentí que caía al suelo, y desde entonces, en bastante tiempo, ni supe ni vi nada más.

2) Cuando recomencé a ver y a hablar era el tercer día de Cuaresma. Me encontré en un corredor largo y blanco, metido dentro de una cama de hierro negro, en medio de varias camas negras iguales a la mía, y de las sábanas iguales y blancas asomaban rostros blancos y amarillos como el mío. También allí me busqué: al sentirme murmurar acudió un doctor vestido de blanco que me miró con curiosidad y me preguntó qué me pasaba. Le dije, en pocas palabras, que me había perdido a mí mismo en una fiesta y que quería encontrarme lo más pronto posible. El doctor, como es costumbre de esas bestias presuntuosas, sonrió cortésmente, me recomendó que estuviera tranquilo y me dijo que me contentaría. Sin embargo, sabía perfectamente que no había creído una palabra de cuanto le había dicho y, dentro de mí, comencé a pensar en la manera de salir de aquellas sábanas blancas y de aquella cama negra.

Al día siguiente vinieron otros doctores y, todos de acuerdo, dijeron que estaba fuera de mí. Era verdad, pero no como lo entendían ellos. Me había perdido a mí mismo, no la razón. Esta razón no era la mía, porque la mía la había perdido junto a mí mismo, pero era una razón y, por tanto, no estaba loco. Tanto es así, que entendía lo que decían y respondía, sin equivocarme, a sus preguntas. Pero de nada me sirvió con aquellos bobos obstinados.

¿Y entonces? Pensé escapar y, dicho y hecho, después de dos días de aquel sufrimiento, a la hora en que venía la gente de fuera para ver a los enfermos, me confundí con otros y salí a una plazoleta soleada que reconocí en seguida. La primera cosa que hice fue ir a casa de aquel señor Secco, que me había invitado a la fiesta, esperando que me encontraría allí, en aquella habitación. Llego, doy un tirón de la campanilla, y viene a abrirme un muchacho que no me quería conocer. Le di un empujón y pasé. El señor Secco estaba tumbado en una mesa y dormitaba, pero se despertó al oír ruido, saltó, agarró un bastón que tenía siempre cerca y, en cuanto me reconoció, me hizo un montón de caricias, se congratuló conmigo por el peligro de que había escapado, me dio de beber y escuchó muy serio mi narración. El señor Secco no es un doctor y por eso no dudó de lo que me había ocurrido. Es más, me acompañó por toda la casa para convencerme de que yo no me había quedado allí la noche de la fiesta. Así, pues, ¡me había perdido en algún otro sitio! ¿Quién podía saberlo? Pregunté al señor Secco los nombres de todos los que habían ido a su baile y él me dio la lista sin hacerse rogar. ¡Qué amable y servicial estaba aquel día! Del señor Secco nunca he tenido ocasión de quejarme, ni entonces ni después.

Salí de su casa un poco consolado, pero no contento. ¿Dónde podía haber ido a parar? Me acordé de aquel alemán -de Pedro Schlemil- que había vendido su sombra y la iba buscando por el mundo. Pero él no había perdido casi nada comparado conmigo, que había perdido el alma, el cuerpo, ¡todo!

Vagué por la ciudad hasta la noche, y miraba a la cara de todos los que encontraba para reconocerme, y todos me miraban mal, y nadie era yo. Fui a casa de aquellos que habían estado conmigo en aquella maldita fiesta de las máscaras blancas. Pero uno estaba fuera; otro no me dejó entrar; el tercero me trató mal; el cuarto quería llamar a la Policía para que volvieran a llevarme al hospital; el quinto me dio la dirección de un médico; el sexto me aconsejó el uso del agua fría; el séptimo me hizo un gran recibimiento, pero no quiso ni oír hablar de mi pena; el octavo negó que hubiera estado en el baile; el noveno admitió que había estado, pero no se acordaba de nada; el décimo estaba enfermo y no hizo otra cosa que desahogarse conmigo sobre la inutilidad de los purgantes; el undécimo se acordaba perfectamente de la fiesta y me dijo que estaba en la sala cuando vio caer como muerta a una máscara, pero no sabía otra cosa sino que aquel desvanecido no era él; el duodécimo palideció cuando le hablé del baile y sacó la bolsa ofreciéndome dinero; el decimotercero…

¡Qué importa el decimotercero! Fueron todas visitas inútiles y palabras perdidas. Y cuando, por la noche, volvía hacia casa, me desesperaba y preguntaba continuamente en voz baja: ¿Dónde estoy? ¿Qué haré para reencontrarme?

3) ¡Cuánto me busqué también los demás días! Entré en cien cafés; pasé las noches en diez teatros; tomé parte en demostraciones políticas; asistía a los sermones de Cuaresma; me hice invitar a comidas y recepciones; fui a las clases de la Universidad; me mezclé con la gente de los paseos; pasé horas enteras en la ventana, o quieto en la acera junto a una esquina; miré y escruté miles y miles de caras, seguí a miles y miles de hombres, siempre con la esperanza de reencontrarme y la desesperación de no reconocerme.

Se me ocurrió imprimir unos manifiestos con la descripción exacta de cómo era antes de perderme, y aquello sí que fue grande. Al cabo de un día que los avisos estaban en las paredes, me atraparon tres o cuatro tipos que decían : “¡Es éste, es éste!” Y así gritando me llevaron a mi casa. Golpearon la puerta, tocaron el timbre, llamaron, pero nadie respondió. Yo no tenía ni familia, ni criada, y en casa no había nadie. Al fin, indignados, me dejaron.

-¡Maldito tú y quien te busca!

-Pero ¡qué buscar! Esta es una burla de algún señor extravagante. ¡Los hombres no se pierden como los perros!

Estábamos ya casi al final de la Cuaresma y todavía no tenía ningún indicio de mí, y cada hora que pasaba era una esperanza menos. Sentía que viviendo de aquella manera, con aquel deseo, con aquella congoja, me volvería loco de verdad, y no veía la manera de salir de todo eso. Pasaba el día mirando y espiando a la gente, y los ojos me salían de la cara a fuerza de mirar; me había crecido la barba; me había vuelto seco, amarillo, espantoso. Cuando pasaba por delante de un espejo, volvía los ojos a otra parte para no verme. Me daba cuenta de que los hombres, las mujeres, y especialmente los niños, se reían a mis espaldas, y alguna vez incluso a la cara. Muchos caballeros me preguntaban, con aire piadoso, si me encontraba mal. Una vez, una viejecita me regaló algunas pastillas, elogiándolas mucho.

Pero no estaba enfermo, no. ¡Me quería a mí mismo! ¿Qué había de malo en ello? Todos los hombres quieren este bien. Cada uno se posee a sí mismo: nadie puede ser privado de sí mismo. ¿Por qué aquella imposible, inaudita desgracia me había sucedido precisamente a mí? ¿Qué había hecho para merecerla? ¿Acaso porque había ido a aquella estúpida fiesta? ¿Y los otros, entonces? También ellos habían ido, y habían vuelto a su casa con su cuerpo y su alma, ¡y ahora se reían a mi costa! Sin embargo, tenía que haber un medio para poner remedio a tal desgracia. Quien no muere se encuentra. Se encuentra un bolso ajado, ¿y no se encontraría un hombre? ¿Qué hace el Ayuntamiento que no se ocupa de estos casos? Y el Estado, ¿no es responsable de todos los ciudadanos?

Movido por esos y parecidos pensamientos, fui una mañana al caserón del Municipio, subí al despacho del Registro Civil y pregunté a un empleado en dónde se encontraba en aquel momento Fulano de Tal, es decir, yo mismo, el yo que había perdido. El empleado me pidió dinero, y, después de haber buscado un poco, me dijo mi dirección, ¡la dirección de mi casa! Intenté entonces explicarle que aquella había sido, en efecto, la casa de aquella persona, pero que desde hacía algún tiempo se había perdido y que precisamente por eso preguntaba en dónde podría encontrarla. Aquel ignorante no quiso o no supo entenderme; me dijo que no era posible que uno se perdiera a sí mismo y que, de todos modos, él no sabía nada más. Le contesté que la cosa era tan posible que me había sucedido precisamente a mí, y que él, como funcionario del Municipio, tenía el deber de saber dónde se encontraban todos los habitantes de la ciudad, del primero al último. No hubo manera: él empezó a gritar, yo a chillar. Llegaron sus compañeros y me echaron de allí por las malas.

Cuando estuve en los porches del palacio me dejaron, y yo, en lugar de escapar, empecé a pasear arriba y abajo, furioso, esperando a que saliera alguien que pudiera darme razón. Paseando de esta manera, a lo largo de la pared, me llamó la atención un gran cartel que tenía escrito arriba: Objetos perdidos encontrados. Me estremecí, y me puse a leerlo con cuidado: siete llaves, una cartera con tres letras, una aguja de plata, dos pares de gafas, una Divina Comedia, un bolso de señora, cinco paraguas, un dominó blanco con máscara negra

…Sentí un escalofrío por la espalda. ¿Mi dominó? Era un indicio, ¡el primer indicio! Corrí al despacho donde guardan todas las cosas encontradas y pedí mi dominó. Di todos los detalles que me solicitaron: me enseñaron mi vestido blanco. Estaba un poco sucio por una parte, pero lo reconocí: ¡era el mío! Lo había encontrado un muchacho, el primer día de Cuaresma, por la mañana temprano, en la calle donde vivía el señor Secco. Todo contento lo lié, me metí el antifaz en el bolsillo y salí corriendo hacia casa.

¿Por qué estaba tan contento? Sin embargo, aquel maldito saco blanco había sido el motivo principal de mi desgracia y, en aquel momento, no podía verdaderamente ayudarme a encontrarme a mí mismo.

Pero, como empujado por un anhelo sin razón, apenas llegué a casa me lo puse nerviosamente, me coloqué la máscara sobre la cara y corrí ante un gran espejo antiguo, en el que había pintadas, hacia los ángulos, algunas descoloridas flores sentimentales.

Me miré… ¡Heme aquí! ¡Era yo! ¡Soy yo! Me había encontrado. Era yo, en persona. Yo solo. No había otros hombres a mi alrededor. El vestido blanco era mío y sentía que dentro de él estaba mi cuerpo; la máscara negra era la mía y cubría de verdad mí rostro. Me reconocí. Había vuelto. Me había atrapado a mí mismo. Reí y lloré de gozo. Me acaricié.

Pero desde aquel día no he tenido el valor de desnudarme, y estoy siempre en casa, solo, vestido con mi dominó blanco, con mi máscara negra sobre la cara, para estar seguro de no perderme nunca más…

Giovanni Papini (foto) (Nombre completo del cuento: ‘El hombre que se ha perdido a sí mismo’)

‘El halcón’ de Giovanni Boccaccio

boccaccio_giovanniHace ya tiempo vivía en Florencia un joven llamado Federico Alberighi, hijo de micer Felipe Alberighi, con el que ningún otro doncel de la nobleza toscana podía rivalizar en porte gentil y cortesía. El cual, como suele ocurrir con los jóvenes de su edad y condición, se enamoró de una noble dama llamada Juana, que por esos tiempos era tenida por una de las mujeres más hermosas y amables de Florencia. Todo lo que Federico podía hacer para conquistar el amor de ella, lo hizo; en fiestas, en torneos, en magníficos regalos gastó sus recursos sin moderación; pero Juana, que no era menos honesta que bella, no se dio por enterada de tales agasajos ni prestó por eso mayor atención a quien los hacía. Continuó Federico gastando su fortuna sin conseguir nada, hasta el punto de que pronto las riquezas escasearon y él se volvió pobre, sin otro bien que una pequeña alquería cuyas rentas apenas si le alcanzaban para vivir, y un espléndido halcón que era el único legado de sus fastos pasados; por lo cual, más enamorado que nunca y viendo que ya no podía desempeñar dignamente el papel de ciudadano de Florencia, fuese a Campi, donde se hallaba su alquería.

Allí, sin pedir nada a nadie, se entretenía cazando pájaros con su halcón, y soportaba su indigencia del mejor modo posible. Sucedió un día, entonces, cuando Federico ya tocaba la pobreza más extrema, que el marido de monna Juana enfermó y viéndose en trance de morir, hizo testamento; riquísimo como era, nombró heredero suyo a su hijo, ya grandecito, dejando constancia, además, que su bienamada esposa se convertiría, a su vez, en heredera, si el muchacho muriese sin dejar descendencia. Ya viuda monna Juana se retiró al campo durante el verano, como era costumbre, a una propiedad muy cercana a la de Federico, por lo cual sucedió que el muchacho trabó amistad con Federico; y no tardó en jugar con los perros y pájaros de éste; y como veía a menudo volar el halcón de Federico, se prendó del ave, y le entraron deseos de poseerla, aunque no se atreviese a pedírsela a su nuevo amigo debido a la estimación que éste le demostraba.
Tanto inquietó al muchacho que terminó por enfermarse, con lo cual su madre quedó muy preocupada, pues no lo tenía más que a él, y se pasaba el día rondando en torno a su cama; sin alcanzar a confortarlo, no cesaba de preguntarle qué era lo que le causaba su mal, y le rogaba que le dijese cuál era el objeto o cosa que deseaba, que ella se lo procuraría de cualquier manera. El muchacho, luego de haber oído repetidas veces esos ofrecimientos, dijo:

“Querida mamá, si usted consigue para mí el halcón de Federico, creo que podré curar en seguida”. La dama en cuanto hubo oído esto, comenzó a reflexionar sobre la actitud que habría de tomar. Sabía que Federico la había amado por mucho tiempo, sin que ella le hiciese la menor concesión; por eso, se decía:
“¿Cómo podré pedirle ese halcón que, si me atengo a lo oído, es el mejor de cuantos volaron jamás, y que, por lo demás, es su único sostén? ¿Y cómo podré yo privar a ese caballero del único motivo de gozo que le queda en el mundo?” Y así quedó muy perpleja, con la convicción de que lo obtendría si llegaba a pedirlo; y como no sabía qué decir ni decidir, nada le contestó al hijo. Finalmente, el amor maternal triunfó de todas sus vacilaciones, y terminó por prometer al muchacho, que no había cesado de insistir en que el halcón habría de ser su único medio de curación que ella misma iría a buscarle el pájaro diciendo: “Hijo mío, tranquilízate y piensa solo en recobrar la salud, pues te prometo que lo primero que haré mañana es ir yo misma a buscar el halcón y a traértelo”. Con lo cual el niño se alegró y mostró inmediatamente señales de restablecimiento.

Al día siguiente la señora, acompañada sólo por otra mujer, se dirigió, como si pasease, hacia la casita de Federico, a quien hizo llamar a su llegada. En aquel momento el joven, como no era día para salir de caza con el halcón, se encontraba en su jardín haciendo algunos trabajos menudos; y, en cuanto oyó que monna Juana llamaba a su puerta, se asombró de ello, y corrió entusiasmado hacia la entrada, donde estaba la dama; la cual, viéndolo venir, lo saludó de modo muy gracioso y femenino, luego de que él le hubiese dirigido una respetuosa reverencia, y tras las cortesías de rigor, le dijo: “Señor Federico, he venido a resarcirte de los perjuicios que has tenido por mi causa, debido a que me amaste más probablemente, de lo necesario; por lo cual la recompensa que te ofrezco es que nos invites, a esta dama que me acompaña y a mí, a comer contigo”. A lo cual Federico respondió humildemente: “No recuerdo, señora, haber sufrido daño alguno por vuestra culpa; por el contrario, creo que, si en cierta oportunidad hice cosas de mérito, ello lo debo al amor que supisteis despertar en mí; y, por cierto, la gracia que me hacéis al venir me es tan cara que no la cambiaría por todos los bienes que, pobre ahora, he perdido”. Y mientras esto decía, la hizo entrar a su casa, y la condujo hasta el jardín, y como no encontrara a otra persona que la jardinera para hacerle compañía, le dijo: “Noble señora, os dejo con esta mujer, esposa de un trabajador que es de mi confianza, en tanto voy a poner la mesa”. Federico, pese a lo extremo de su pobreza, nunca como aquel día había lamentado haber dilapidado sus riquezas, y no poder agasajar dignamente a la mujer amada. Rabiaba ahora contra sí mismo, maldecía su fortuna y, ya completamente fuera de sí, recorría todos los cuartos en busca de algún dinero u objeto para empeñar, sin hallar nada en ninguna parte. Como ya la hora de comer se acercaba, y su deseo de honrar a la dama querida era grande, sin que se le pasase por las mentes pedir alguna cosa a su jardinero, fijó de pronto sus miradas en el apreciado halcón, que descansaba en su jaula; y como no le quedaba otra alternativa, lo tomó, lo sopesó y, encontrándolo carnoso, dedujo que sería adecuada merienda para una dama como la que allí esperaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, le retorció el cuello, lo desplumó y rápidamente lo puso a asar; y puesta la mesa con blanquísimos manteles, que aún conservaba, volvió con alegre expresión al jardín, donde la dama lo esperaba, y la invitó a que pasara al comedor junto con su compañera. A lo cual se levantaron las dos señoras, entraron en la casa y se sentaron en la mesa, y sin saber qué comían y mientras Federico las servía diligentemente, se almorzaron el excelente halcón. Concluido el ágape, y mientras se entretenían en amable charla, a la dama le pareció que había llegado el momento de explicar el verdadero motivo de su venida, y habló así: “Federico, si recuerdas tu vida pretérita y mi honestidad, a la que tal vez consideraste crueldad y dureza, indudablemente te maravillarás al enterarte del propósito que me trae aquí; pero si tuvieras hijos, o los hubieses tenido alguna vez, y supieras hasta donde llega el amor paternal, estoy segura que sabrías excusarme. Y así como tú no los tienes, yo tengo uno, y no puedo eludir las leyes comunes entre las madres; todo lo cual me obliga, aun contra mi voluntad y violentándome mucho, pedirte un don que sé te es íntimamente caro, porque la naturaleza no te ha dejado ningún otro consuelo; y ese don es tu halcón dilecto, del que mi hijo se ha encaprichado de tal manera, que si no se lo llevo la enfermedad que sufre puede agravarse hasta quitarle la vida. Y por esto te ruego, no por tu amistad, que jamás la he merecido, sino por tu noble y cortés carácter, que hace que sobresalgas entre los demás hombres, que me des el halcón, para que yo pueda conservar la vida de mi hijo, y te quede eternamente agradecida”. Federico, al escuchar el pedido y dándose cuenta de que no lo podía satisfacer puesto que acababan de comerse el halcón, se echó a llorar antes de poder articular palabra. La dama creyó primero que este llanto obedecía a la pena que causaría al caballero el desprenderse del halcón, y estuvo tentada de retirar su pedido; pero en seguida se contuvo y esperó, después del llanto, la respuesta de Federico. El cual le habló de esta manera: “Señora, sabe Dios que desde que en vos puse mi amor los hechos de mi fortuna me han sido adversos en todos los órdenes; sin embargo, todas mis penurias pasadas son leves comparadas con las que atravieso ahora, cuando me visitáis en mi humilde casita -sin que nunca me hayáis visitado antes, en mis ricas mansiones- y me pedís un menudo don, que no puedo concederos de ninguna manera, por el motivo que sigue: en cuanto escuché que queríais almorzar en mi casa, y teniendo en cuenta vuestra excelencia y vuestra nobleza, estimé que sería digno y conveniente que os agasajara, de acuerdo con mis posibilidades, de la mejor manera y por encima de lo que uno hace con los huéspedes comunes. Por ello, recordé que poseía el halcón que ahora me solicitáis, y juzgué que era para vos alimento adecuado; y en el almuerzo lo habéis comido, convenientemente asado, y yo supuse haberle dado el mejor de los usos posibles; pero ahora veo que lo deseabais en otra forma, y siento un dolor inexpresable por no tenerlo ya, y creo que nunca la paz volverá a mí”. Y cuando terminó de decir esto, mandó traer las plumas, las garras y el pico del ave, para demostrar que no mentía. La señora, que lo veía y escuchaba todo, le reconvino primero por la ocurrencia de haberle servido en la mesa un ave tan valiosa; pero en lo interior de sí misma le agradeció su generosidad y grandeza de alma, que la pobreza no había conseguido desterrar; después, desparecidas ya las esperanzas de poseer el halcón, y acordándose de la enfermedad de su hijo, resolvió volver a su casa. El hijo, sea porque la noticia de que nunca tendría el halcón agravase su estado, sea porque la propia enfermedad no tuviese cura, no pudo sobrevivir mucho tiempo y, días más tarde, con gran dolor de su madre, dejó este mundo. La señora, luego de mucho tiempo de lágrimas y amargura, recibió de sus hermanos el consejo de volver a casarse, pues era riquísima y todavía joven; y aunque no pareciese ella misma en disposición de hacerlo, pensó en Federico, en su valor y en su última magnificencia, la de haber dado muerte a un halcón tan preciado para honrarla, y terminó por decir a sus hermanos: “Con mucho gusto quedaría viuda, si esto os agradase; pero si estimáis que debo casarme por cierto que no tomaré otro marido que no sea Federico Alberighi”. Ante lo cual los hermanos, burlándose de ella, le respondieron: “¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes querer a un hombre que nada tiene?” “Lo sé, hermanos míos”, repuso ella, “es así como decís; pero antes bien quiero a un hombre carente de riquezas, que a unas riquezas sin hombre”. Los hermanos, al oírla, y conociendo como conocían a Federico, por más pobre que éste fuese, consintieron en dársela por esposa, junto con todas las riquezas que el primer marido le había dejado; y Federico, que así se convertía por fin en marido de la mujer que amaba, y en poder de una fortuna tan grande como la que las desventuras le habían quitado, vivió con alegría, esposo feliz y administrador más prudente, hasta el fin de sus días.

Giovanni Boccaccio (foto)

 

‘Un diablo con ángel’ de Tvn

diablo-con-angel2El éxito de la serie ‘Un diablo con ángel’, del canal Tvn, se debe en primer lugar al género: comedia. Una historia llena de humor que se agradece después del trajín del día. En segundo lugar, a la presencia de varias mujeres hermosas, que actúan lo más de bien. Y en tercer lugar a los protagonistas: el diablo y el ángel.

El diablo, apelativo que acomoda más en sentido figurado que por actos malvados realmente, pues es solo un tipo ególatra, narciso, está interpretado por el actor Benjamín Vicuña, que ya había hecho comedia en ‘Huaiquimán y Tolosa’, un par de detectives con chascarros, trasmitida por el canal 13 en el 2006 y 2008.

El ángel, está interpretado por Daniel Muñoz, y trata de enmendar los actos egoístas de su pupilo, quien por momentos tiene arranques de ‘honestidad’, pero siempre que la honestidad le reporte alguna ganancia. Esta dupla de actores es garantía de un producto televisivo bien interpretado. Daniel Muñoz tiene, esta vez, además, la virtud de ‘encarnar’ varios ángeles, inclusive el ángel-jefe.

Benjamín Vicuña es ‘Gaspar Muñoz’, apellido que es como un guiño a su alter ego, el ángel que es Daniel Muñoz, que se llama ‘Benito’. Daniel Muñoz también hace de ‘Ángel Bonilla’ y ‘Ángelo Orellana’, otros ángeles.

El grupo de guapas mujeres lo encabeza la coprotagonista, Eliza Zulueta, quien interpreta a la secretaria de Gaspar, ‘Blanca Morales’, apellido que le viene bien por la pulcritud de su comportamiento. Una secretaria súper eficiente, pero desaliñada y tontona, que recuerda, sin que le reste méritos, a la de ‘Betty, la fea’. Excelente actuación de Eliza Zulueta. Es guapa, pero por el momento no eclosiona su belleza en la serie.

Siendo Gaspar un Casanova, otras mujeres giran a su alrededor: ‘Bernardita Undurraga’, interpretada por Begoña Basauri; ‘Bárbara Cortés’, interpretada por Josefina Fiebelkorn; y ‘Franca Jiménez’, que interpreta Mayte Rodríguez. Las peripecias, deshonestidades, chispazos de conciencia y propósitos de enmienda de Gaspar Muñoz ante tal ramillete de bellezas, pone el toque de tensión a la comedia.

Quiero nombrar al resto del elenco: ‘Sara López’ es Pepi Velasco, ‘Osvaldo Morales’ es Gonzalo Robles, ‘Feña Salazar’ es Cata Martin, ‘Maritza Reyes’ es Carolina Paulsen, ‘José Pablo Donoso’ es Julio Yung, ‘Ximena Muñoz’ es Francisca Gavilán, ‘Patricio Aguilera’ es Roberto Farías y ‘Rocío Aguilera’ es Catalina Castelblanco. Destacar la presencia del niño Andrés Comments que hace de ‘Simón Ávila’.

Y son antagonistas de Gaspar Muñoz en pos del amor de las mujeres, ‘Damián Zegers’ que es Tiago Correa, y ‘Rafael Balmaceda’ que es César Sepúlveda.

Qué alivio encontrar una comedia en medio de tanto culebrón impostado, nacional o extranjero. Una comedia bien hecha y con buenos actores, todos. Necesitamos muchas más comedias.