‘Noveno piso’ de Mario Levrero

levrero(A Pilar González)

UNO   -Noveno piso -digo al pequeño ascensorista. Tengo la mano derecha metida en el bolsillo del saco. Con la izquierda me aliso innecesariamente la solapa. “Le apuesto que no llega”. ¿Dijo realmente: “le apuesto que no Ilega”? Lo miro a los ojos. Enarco las cejas.

-Ya verá -dice, realmente, en voz alta. La sonrisa enigmática del muchacho (¿o es un enano?), me pone nervioso. Él sabe algo que yo ignoro. Yo, en cambio, debo saber seguramente muchas cosas que él ignora.

-Por ejemplo… -le digo, pero hemos llegado. Las puertas se abren automáticamente. Miro el indicador: la aguja señala, recién, el primer piso. Sube una mujer gorda, vestida de negro. Huele mal. Se ha echado perfume y detecto una cantidad enorme de componentes, el perfume me resulta muy desagradable y hay algunos de esos componentes que me provocan asociaciones de ideas que no logro asir. Después entran otras personas, a las que no presto atención: sólo un alfiler de corbata, sobre una corbata con mucho amarillo. El alfiler tiene engarzada una piedra anaranjada opaca, y es esta piedra lo que observo mientras sigo percibiendo el perfume asqueroso y trato de ubicar las imágenes exactas correspondientes a las asociaciones de ideas que desata en mi mente. Me esfuerzo en vano.

El chico ascensorista, o enano payasesco con ropas de ascensorista que son demasiado grandes pare él, ha quedado oculto. Sospecho sin embargo que conserva su sonrisa enigmática, y pienso otra vez en aquellas palabras que creí escuchar. Él sabe algo que yo ignoro, algo que me es vital.

Subimos. Después de mucho rato (qué lento es este ascensor, Dios mío, qué calor sofocante) llegamos al segundo piso. Las puertas se abren, entra más gente. Soy apretado contra el fondo del ascensor, ya definitivamente separado del enano. Luego seguimos subiendo. Cierro los ojos y me dejo estar en el efecto nauseabundo de la mezcla de sensaciones. No hay nada grato en este ascensor. Quizás debiera haber subido por la escalera. Nueve pisos, es cierto; pero en cambio… Tercer piso. Entran más. La subida se hace más lenta, más lenta. El aparato tiembla ligeramente y el piso cruje. Temo que el piso cede, no debería cargar tanto este muchacho. Quisiera gritarle, al enano, que detenga este viaje de locos. Que quiero llegar al noveno piso, como sea; que así, como él bien había dicho antes, nunca llegaré, nunca llegaremos, nunca nadie llegará a ninguna parte. Imagino la sonrisa.

DOS   El ascensor se sigue cargando; y en el sexto piso, casi en un desmayo (estoy sofocado por el calor, mareado por el perfume, asqueado por el contacto con tantos cuerpos), siento no que el piso cede, sino que caemos. Probablemente se hayan roto los cables, por el peso, y ahora el ascensor cae, vertiginosamente, con una velocidad que jamás habría alcanzado para subir. Ni para bajar normalmente. Las mujeres gritan. Siento una risa que no puede pertenecer a nadie más que al enano. Lo imagino, dentro de las limitaciones del espacio, dando saltitos y palmeando de gozo. Creo escuchar su voz: “Le dije, señor, que no llegaba”. Luego el estrépito final, la obscuridad, el griterío, algunos ayes doloridos y más tarde silencio.

La caja del ascensor está deshecha, estoy en el sótano, sobre una pila de cadáveres sanguinolentos. Todavía me llega el olor del perfume de la mujer gorda. Tengo que salir de aquí. En la escasa luz que llega al sótano, desde los pisos superiores, no me es dado ver aún casi nada; sólo miembros hechos pulpa y un color rojo, de los cuerpos que tengo más cerca. “Alguien vendrá a socorrerme”, pienso, pero no puedo esperar. Tengo que salir de aquí en seguida; ella me espera, supongo.

TRES   Trepo por el enrejado de alambre que rodea el hueco del ascensor. Es una prueba difícil. Apenas si caben las puntas de los zapatos en los agujeros de la trama. Debí quitarme los zapatos; pero ahora es tarde pare pensarlo. Todo el esfuerzo recae en los dedos de las manos, que comienzan a dolerme: La gente que mira a través del enrejado me incite a soltarme. ¡Desdichados! No se les ocurre otra cosa que mirarme con lástima y mover la cabeza negativamente. Otros (hay un hombre gordo, de bigotes, con un traje impecable, que se toma muy serio su trabajo) me hacen indicaciones que pretenden ser de ayuda, pero no las oigo o no las entiendo, y no hacen más que debilitarme, desviar mi atención. Sólo puede sostenerme la voluntad de llegar: no hay otra técnica. Pero esto, ¿cómo puedo hacérselo entender? ¿Qué saben ellos si alguien me espera en el noveno piso? Quizás tengan razón, y no me espere nadie. Si estuviera seguro. De todos modos, aunque llegue al noveno piso, no podré salir de esta especie de jaula. Tendré que seguir, llegar hasta la azotea, y desde allí, tal vez, alcanzar la escalera y bajar hasta el noveno piso. ¿Cuántos pisos tenía este edificio? Nunca lo supe. Alguna vez ella me lo dijo, pero no presté la debida atención; uno nunca sabe cuándo un dato puede tener una importancia vital. Sigo trepando y las manos ya comienzan a sangrar. ¿Ciento cincuenta pisos, había dicho? ¿Quince? ¿O el noveno era el último? Dios quiera. Dios me perdone. Pero de todos modos no sé en qué piso estoy. Miro hacia abajo y veo la masa gris y roja. Muy abajo. Debo estar en el sexto piso. O tal vez sólo sea el quinto, o el cuarto. Quién me mandó trepar. Y quién me puede asegurar que ella me aguarda en el noveno piso, o alguien, alguien en alguna parte. Dios. Dios. Quisiera soltarme. Un niño come una banana mientras me mira trepar. La madre le acaricia el pelo. Me señala; sin duda me pone por ejemplo, me toma como un ejemplo negativo para su hijo. Que él nunca se vea en una situación similar; estas cosas no deben hacerse. Eso pasa por… ¿por qué?

Miro hacia arriba, y no puedo darme cuenta de cuánto me falta. Sólo veo un túnel de luz interminable, una masa de reflejos de luces en el enrejado metálico.

CUATRO   La gente de las escaleras se ha vuelto más vieja y más pobre, a medida que asciendo. El edificio mismo parece bastante deteriorado a esa altura. Tengo la ventaja de que ya no me prestan atención; los viejos están muy ocupados con sus propios dolores, con su propia angustia. Algunos mastican en el aire, hacen chocar las encías vacías como si estuvieran comiendo o hablando. Otros no son tan viejos, pero están muy enfermos. Todos, de cualquier manera, huelen mal. No es un olor como el perfume de la gorda aquélla; es un olor humano, humano y vegetal, olor de desperdicios y decrepitud. Pero el deterioro me ha favorecido: la trama del enrejado está desgarrada, hay un agujero que me permite pasar, sin necesidad de seguir trepando. Ya era hora. Saco trabajosamente el cuerpo, a través del agujero. Me siento en un escalón. La cabeza me da vueltas. La náusea está clavada aquí en el píloro. Tengo las manos deshechas. Y un cansancio brutal, verdaderamente brutal. No sé cómo he podido hacerlo: ahora me siento maravillado. Nunca había soñado con algo semejante. Yo, trepando tantos pisos, tantos y tantos metros, por un enrejado que lastima las manos, donde no entra más que, apenas, la punta del zapato. Me dejo ir. Ruedo, dormido, varios escalones.

CINCO   -Antes -me informan- el noveno piso estaba entre el octavo y el décimo; ahora, qué quiere que le diga. Se alejan, se han alejado mucho.

Le doy una moneda al viejo. Sigo subiendo. Ahora cómodamente, por la escalera. A medida que subo me cruzo con gente que baja. Ellos son también muy pobres, y después de un tiempo noto que bajan como si lo hicieran en forma definitiva; que cargan con todas sus pertenencias, con atados de ropa y colchones, con carretillas y cacharros, con animales domésticos.

Huyen lentamente. No están apurados, pero huyen, se van pare siempre. Y no hay nadie que suba; sólo yo. Es que, tal vez, a nadie espera nadie en los pisos de arriba; sólo ella, que me espera a mí, tal vez.

¿Y si ella no me espera? No; no puedo pensar en esto. No puedo pensar que todo pierda, de pronto, sentido. Toda esta fatiga. Todo este dolor. Apretar los dientes y seguir subiendo. Me cruzo con un perro ovejero, muy sucio y viejo. Atrás viene el dueño, tan sucio y tan viejo como el perro.

De tanto en tanto se oye un ruido sordo y las paredes tiemblan.

SEIS   -El señor no debió haber tardado tanto -la criada se llevó una mano a la boca, con asombro y disgusto. Le tendí el sombrero y el bastón.

-¿Ella? -pregunté.

Inclinó la cabeza y me hizo pasar del vestíbulo a un largo corredor. Un corredor muy largo, ciertamente. Hacia el final, en una pieza iluminada en exceso con luz blanca, estaba ella. Vestía ropas blancas, amplias, vaporosas. Ella, rubia y blanca.

Aguardo anhelante en el extremo del corredor mientras ella se acerca despacio. Camina lentamente, y sus ropas se agitan levemente mientras camina. Sí, es cierto. Se me ha hecho muy tarde. Este accidente lamentable. Imprevisión homicida. Tú verás, sólo estoy vivo por casualidad, por una tremenda casualidad. Déjame que lo explique…
Ella avanza lentamente, y la veo y la recuerdo al mismo tiempo, superpongo imágenes. Ella me esperaba, ella se acerca. Enciende luces en el corredor, tan largo, mientras se acerca. Anhelante, yo, en el extremo del corredor, con la vida en suspenso. Todo este esfuerzo. Todo este trabajo. Todo este dolor.

A medida que se acerca voy percibiendo más detalles; y a medida que se acerca, noto que ha envejecido, que ha envejecido mucho; la noto más vieja a cada instante, a cada peso que da para acercarse a mí. Superpongo imágenes, y ella se va pareciendo cada vez menos al recuerdo. Es una mujer vieja; es una mujer muy vieja.

-¿Por qué tardaste tanto? -ella tampoco tiene dientes; tiene la piel arrugada, pegada a los huesos, y un maquillaje monstruoso que se va descascarando ante mi vista, que se va deshaciendo.

Por el corredor, ahora lo advierto, viene más gente. Llevan paquetes, colchones, carretillas, animales domésticos, cacharros. Un niño deforme -¿o es un enano, con ropas grandes?- lleva puesto mi sombrero y hace girar, con torpeza, mi bastón. Nos apartan del corredor, nos empujan hacia un rincón del vestíbulo, mientras siguen pasando.
Viene la criada con un gran armario, que apenas puede cargar. La criada se detiene en el vestíbulo, a tomar aliento. Coloca el armario de tal forma que su gran espejo queda ante nosotros. Me veo reflejado; nos veo, a ella y a mí: somos dos viejos, ridículos y desdentados. Somos muy pobres: ahora noto que mis ropas están hechas jirones, y también sus sedas y tules blancos. A través de un agujero en la tela de una de sus mangas amplias y vaporosas, veo un trozo de piel grisácea.

Se oyen ruidos sordos, cada vez más frecuentes, y la construcción toda se sacude cada vez con mayor violencia. La criada se apresura a cargar nuevamente su armario, y sale.

SlETE   -Se me hizo tarde -explico, mirando obsesivamente el reloj. La cita era para las cuatro. Son las cinco. Se me ha hecho tarde, demasiado tarde. Nos abrazamos. Su cuerpo entre mis brazos es como un esqueleto. Su boca, una mancha seca. Los golpes de la demolición arrecian. Las paredes se rajan.

-Se me hizo tarde -repito.

-No importa -dice ella, e intenta sonreír. Pero tiene una arcada, y un vómito negro, se vomita a sí misma, la vida entera, cae blanda y deshecha, cae podrida y líquida, tiñendo de marrón y rosado su vestido blanco.

Yo avanzo a tientas por el corredor; las luces se han apagado, el edificio cruje y se dobla, se abren boquetes y caen trozos de cielo raso. En su cuarto hay un gran espejo, que es lo que yo busco; y a la luz de la Ilama de mi encendedor contemplo mis ojos, que no han variado, contemplo asombrado mis ojos de niño, mis ojos de siempre, mis ojos nacidos para este asombro, para este momento, contemplo mis ojos y ya no trato de comprender, mientras el edificio comienza a desplomarse mientras la Ilama del encendedor se apaga.

Mario Levrero (foto)

‘Hombre que viene de lejos’ de O. Chirinos

orlando chirinosPor allí se presentó Arquímedes anoche, Leo, como una mala cosa. Sudado y azufroso, con las huellas invisibles de las hendiduras y grietas resecas de la calle mal iluminada. Debe haberse venido liviano y suave como una hoja, a un palmo del suelo. Pasaría frente a “El Murallón” sin hacer caso del vidrio contra el cemento, ni de la conga reventando los surcos del disco, digo yo. Sin ver a Gissela gamuzeando los círculos aplanados de metal erosionado y micótico. Gissela vacilando en los tacones altos y de rayas culebreadas, sonando a gluglú la cerveza en los vasos. Sin ver a Gissela sacando el busto, pronunciando más el trasero, sacando pasitos y figuras cerca de la voz de El Benny.

Debe haber pasado indiferente, sin ver el aglutino de sillas y mesas, las manos golpeando las planchas metálicas. La prisa le comía los pies, las manos tiesas, frío y verde como una estatua abandonada, sin oír el amasijo de ruidos del sitio. Seguramente saltó sobre la casa misma de Arturo, para evitarse el cruce de la calle, tropezó las hojas sobre la cerca y desde allí gritó ¡Arturo!, y siguió para acá.

Nadie lo esperaba y ni siquiera lo habíamos mencionado en estos días. Por eso nos agarró de sorpresa, cuando se colocó en el marco de la puerta, apenas baboseado por la miga de luz que le llegaba de la sala. No sentimos cuando abrió la reja, ni cuando sacudió los zapatos contra el quicio. Desde aquí lo vimos, en el hueco sin luz, medio inclinado hacia las hojas pulposas esas que están allí. Llegó en una hora hueca, en uno de esos momentos calmos, en uno de esos retazos de tiempo vaciados de todo y todo… Nosotros fuera del ruido, la ciudad como una gran larva viva, a lo lejos. Nosotros atrapados dentro de una nostalgia dulzona y consistente.

Estaba delgadísimo el Arquímedes, Leo. La cara medio barbada, las mejillas y los ojos escurriéndose del rostro. Desmejorado y lejano. Ya no era aquel de cuando nos vinimos, alegre y parlanchín. Había cambiado mucho. Claro, esto no nos preocupó mayor cosa, porque todos hemos cambiado, unos más que otros, pero hemos cambiado.

Bueno, lo cierto es que se puso allí, calladito y triste, sin hacer caso de la seña para que entrara. Pero, de verdad, se veía mal, te digo. Nos pondríamos a hablar de allá, con toda seguridad, para que el sol nos crujiera en la piel y se nos abrillantara en el agua viva sobre la carne, llenos de brozas húmedas y pegajosas. Acostados sobre las llemas y los tallitos tiernos, el oído sobre el vientre terroso, o de cara al cielo, los ojos entrecerrados, las nubes columpiándose de cerro a cerro o haciéndose tiras entre los montes más altos.

De eso hubiéramos hablado o de Justina… La casa escondida entre los naranjos, deslizándose en el lomo yerboso y ondulante. Justina oliendo a caña verde, desnudándose, tendiéndose en el catre, abriendo los muslos fofos y viejos. Hubiéramos hablado de muchas cosas si él traspone el umbral, pero ya no somos los mismos que vinimos, ni siquiera los de un tanto atrás, cruzándose ahora por la calle, inflados de una falsa prisa, postizos, con una afectación innecesaria, maquillados para los actos vitales, o para comer salchichas chorreantes de mostaza, cualquier domingo en cualquier esquina. Son otros, realmente, los de los tragos del día de pago, con otras caras y otros amigos, gente de otros lugares, con otras voces y otros gestos. Entalcados, enlavandados, Dios sabe cuán lejos de nosotros mismos, Leo.

A nosotros nos habían contado que él, Arquímedes, se había mudado ahora poco, que estaba tocando, que se había plantado, con casa y mujer. Creo que ya tenían un hijo. Todo eso nos habían contado de él. Imagínate cuánto tiempo haría que no lo veíamos, hasta anoche, cuando llegó y se fue, en segundos:

-A lo mejor lo soñamos -dijimos- o fue alguna sombra parecida a él.

Por eso teníamos que alegrarnos de su visita. Vicente no lo veía desde donde estaba, en el piso, y se quedó pasándose las manos sobre la panza abultada y peluda. Pero Mauricio y yo si podíamos verlo:

-Mira quién está ahí -me dijo Mauricio, dándome con el codo.

-Creíamos que te habías muerto hace tiempo -le dije, sin moverme de la silla, haciéndole señas para que entrara, sin fijarnos seriamente en sus huesos alargados, en sus manos amplias y nudosas sosteniendo la puerta. Sin tomar en serio su aspecto de cosa mustia, marchita, su vellosidad de enfermo, sus ropas estropeadas.

Nadie lo vio apearse de bus, ni integrarse a las sombras, ni llegar donde Arturo y llamarlo, sin detenerse. En esas condiciones le debe haber resultado fácil, de habérselo propuesto, atravesar el alambre, filtrarse como un aire por la malla y retirarse hasta abajo. Pero nadie lo vio cruzar la corona de luz de “El Murallón”. Nadie. Se adueñó de la entrada cuando él quiso, suspiró con todo el cuerpo, estremecido lentamente sobre toda la piel maltratada. Suspiró y bajó un poco la cabeza, sin importarle el grueso olor a sudor viejo, alquitranado, aquel olor a natas fermentadas que parte de los zapatos en reposo y de las telas íntimas colgadas en ciertos salientes.

¿Recuerdas la otra vez cuando vino? Andaba medio ebrio, hablando sin parar, con los ojos brillantes y agrandados, con el tema del conjunto que estaba formando. Agarró la guitarra y cantó hasta la madrugada. De aquí se fue con Vicente y Robertico. Desde esa fecha no lo veía.

Arturo fue quien llegó esta mañana, temprano:

-Anoche mataron a Arquímedes, por allá donde vivía: Un tipo le rompió el pecho.

Arturo llorando contra la pared.

La cabeza recogida, como un glande fláccido. Serio entre el terciopelo negro. Muerto. Arquímedes muerto, Leo.

Orlando Chirinos (foto)

‘Au Sable’ de Joyce Carol Oates

150196359JS143_Edinburgh_InAgosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto.

El segundo tono discordante. La voz.

—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.

La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su “enfermedad crónica”, enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en “una cámara frigorífica” para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno.

Aquella noche, sin embargo, Otto no estaba enfadado.

Con una voz agradablemente cordial aunque algo forzada, preguntó a Mitchell por su trabajo como arquitecto de espacios comerciales; y por Lizbeth, la única hija de los Behn; y por sus preciosos hijos ya mayores y emancipados, los nietos a quienes Otto adoraba de pequeños, y siguió así durante un rato hasta que por fin Mitchell dijo nervioso:

-Mmm, Otto… Lizbeth ha ido al centro comercial. Volverá a eso de las siete. ¿Le digo que te llame?

Otto soltó una carcajada. Podías imaginarte la saliva brillándole en los labios gruesos y carnosos.

-No quieres hablar con el viejo, ¿eh?

Mitchell también intentó reír.

-Otto, hemos estado hablando.

Otto respondió con más seriedad.

-Mitch, amigo mío, me alegro de que hayas contestado tú en lugar de Bethie. No tengo mucho tiempo para hablar y creo que prefiero hacerlo contigo.

-¿Sí? -Mitchell sintió cierto temor. Nunca, en los treinta años que hacía que se conocían, Otto Behn le había llamado “amigo”. Teresa debía de haber empeorado otra vez. ¿Quizá se estuviera muriendo? A Otto le habían diagnosticado Parkinson tres años antes. Aún no era un caso grave. ¿O quizá sí?

Sintiéndose culpable, Mitchell se dio cuenta de que Lizbeth y él no habían visitado a la pareja de ancianos en casi un año, aunque vivían a menos de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Lizbeth cumplía con sus llamadas telefónicas los domingos por la noche, y esperaba (normalmente en vano) hablar primero con su madre, cuyos modales al teléfono eran débilmente alegres y optimistas. Sin embargo, la última vez que los visitaron les sorprendió el deterioro de Teresa. La pobre se había sometido a meses de quimioterapia y se hallaba en los huesos, su piel como la cera. No mucho antes, con sesenta y tantos, estaba llena de vitalidad, rolliza, robusta como una roca. Y después estaba Otto, rondando con los temblores de las manos que parecía exagerar para tener un aspecto más cómico, quejándose sin cesar de los doctores, de los seguros médicos y de los ovnis “en contubernio”, qué visita más tensa y agotadora. De camino a casa, Lizbeth había recitado unos versos de un poema de Emily Dickinson: “Oh Life, begun in fluent Blood, and consumated dull!”.

“Dios mío -había exclamado Mitchell, temblando, con la boca seca-. De eso se trata, ¿verdad?”.

Ahora, diez meses más tarde, Otto estaba al teléfono hablando como si nada, como si conversara de la venta de unas propiedades, de “cierta decisión” que habían tomado Teresa y él. Los “glóbulos blancos” de Teresa, las “malditas noticias” que él había recibido y de las que no iba a hablar. “El tema se ha cerrado definitivamente”, dijo. Mitchell, que intentaba entender todo aquello, se apoyó en la pared, repentinamente débil. Está ocurriendo con demasiada rapidez. ¿Qué demonios es esto? Otto comentaba en voz baja:

-Decidimos no decíroslo, en julio volvieron a ingresar a su madre en Mount Sinai. La enviaron a casa y tomamos nuestra decisión. No te lo digo para que hablemos del tema, Mitch, ¿me entiendes? Es sólo para informaros. Y para pediros que cumpláis nuestros deseos.

-¿Vuestros deseos?

-Hemos estado mirando los álbumes, fotos viejas y demás, y disfrutando de lo lindo. Cosas que hacía cuarenta años que no veía. Teresa no para de exclamar: “¡Vaya! ¿Hicimos todo eso? ¿Vivimos todo eso?”. Es algo extraño y humillante, en cierto modo, darse cuenta de que hemos sido condenadamente felices, incluso cuando no lo sabíamos. Debo confesar que no tenía ni idea. Tantos años, echando la vista atrás, Teresa y yo llevamos sesenta y dos años juntos; se diría que podría ser muy deprimente pero en realidad, bien mirado, no lo es. Teresa dice: “Hemos vivido unas tres vidas, ¿verdad?”.

-Perdón -interrumpió Mitchell con el clamor de la sangre en los oídos-, ¿cuál es esa “decisión” que habéis tomado?

Otto respondió:

-Exacto. Os pido que respetéis nuestros deseos al respecto, Mitch. Creo que lo entiendes.

.Yo… ¿qué?

-No estaba seguro de si debía hablar con Lizbeth. De su reacción. Ya sabes, cuando vuestros hijos se marcharon de casa para ir a la universidad -Otto calló momentáneamente. Con tacto. El caballero de siempre. Nunca criticaría a Lizbeth delante de Mitchell, aunque con Lizbeth podía ser directo e hiriente, o lo había sido en el pasado. Ahora dijo dubitativo-: Puede ponerse, bueno… sentimental.

Mitchell tuvo un presentimiento y preguntó a Otto dónde estaba.

-¿Dónde?

-¿Estáis en Forest Hills?

Otto guardó silencio durante un segundo.

-No.

-Entonces, ¿dónde estáis?

Respondió con un punto de desafío en su voz:

-En la cabaña.

-¿En la cabaña? ¿En Au Sable?

-Eso es. En Au Sable.

Otto dejó que lo asimilara.

Pronunciaron el nombre de forma distinta. Mitchell, O Sable, tres sílabas; Otto, Oz’ble, con una sílaba elidida, como lo pronunciaba la gente de la zona.

Con ello se refería a la propiedad de los Behn en las montañas Adirondack. A cientos de kilómetros de distancia. Un viaje en coche de siete horas, la última por estrechas carreteras de montaña plagadas de curvas y en su mayor parte sin asfaltar al norte de Au Sable Forks. Por lo que Mitchell sabía, hacía años que los Behn no pasaban tiempo allí. Si lo hubiera pensado con detenimiento -y no lo hizo, ya que los asuntos correspondientes a los padres de Lizbeth quedaban a consideración de ésta- Mitchell habría aconsejado a los Behn que vendieran la propiedad, que en realidad no era una cabaña sino más bien una casa de seis habitaciones construida con leños talados a mano, no acondicionada para el invierno, en una extensión de unas cinco hectáreas de un hermoso campo solitario al sur del monte Moriah. A Mitchell no le gustaría que Lizbeth heredara esa propiedad, ya que no se sentirían cómodos vendiendo algo que en otro tiempo había significado tanto para Teresa y Otto; además, Au Sable estaba demasiado apartado para ellos, resultaba poco práctico. Hay gente que no tarda en inquietarse cuando se aleja de lo que llaman la civilización: el asfalto, los periódicos, las bodegas, campos de tenis decentes, los amigos y al menos la posibilidad de disfrutar de buenos restaurantes. En Au Sable, tenías que conducir durante una hora para llegar, ¿adónde?, Au Sable Forks. Por supuesto hace años, cuando los niños eran pequeños, iban todos los veranos a visitar a los padres de Lizbeth y sí, era cierto: las Adirondack eran hermosas, y paseando a primera hora de la mañana podía verse el monte Moriah como un sueño mastodóntico que sorprendía por su cercanía, y el aire dolorosamente frío y puro te atravesaba los pulmones, e incluso los cantos de los pájaros resultaban más agudos y claros de lo que era habitual oír y existía la convicción, o quizá el deseo, de que las revelaciones físicas de ese tipo constituían un estado espiritual, y sin embargo, Lizbeth y Mitchell se sentían ambos impacientes por marcharse después de pasar unos días allí. Se aficionaban a las siestas en su habitación del segundo piso con celosías en las ventanas, rodeados de pinos como una embarcación a flote en un mar teñido de verde. Hacían el amor con ternura y mantenían conversaciones soñadoras sin rumbo fijo que no tenían en ningún otro lugar. Y sin embargo, después de unos días estaban ansiosos por irse.

Mitchell tragó saliva. No tenía costumbre de interrogar a su suegro y se sentía como si fuera uno de los alumnos de secundaria de Otto Behn, intimidado por el hombre al que admiraba.

-Otto, espera, ¿por qué estáis Teresa y tú en Au Sable?

Él respondió con cuidado:

-Estamos intentando solucionar nuestra situación. Hemos tomado una decisión y así… -Otto hizo una discreta pausa-. Así os informamos.

Por mucho que Otto hablase con tanta lógica, Mitchell se sintió como si le hubiera dado una patada en el estómago. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba oyendo? Esta llamada no es para mí. Se trata de un error. Otto decía que llevaban al menos tres años planeando aquello, desde que le diagnosticaron a él la enfermedad. Habían estado “haciendo acopio” de lo necesario. Barbitúricos potentes y fiables. Nada apresurado, nada dejado al azar, y nada que lamentar.

-¿Sabes? -exclamó Otto calurosamente-, soy un hombre que planea por adelantado.

Aquello era cierto. Había que reconocerlo.

Mitchell se preguntó cuánto había acumulado Otto. Inversiones en los ochenta, propiedades en alquiler en Long Island. Notó una sensación de desazón, de repugnancia. Nos dejarán la mayor parte. ¿A quién si no? Podía imaginar la sonrisa de Teresa mientras planeaba sus abundantes cenas de Navidad, sus colosales despliegues para Acción de Gracias, la presentación de los regalos magníficamente envueltos para sus nietos. Otto dijo: “Prométemelo, Mitchell. Tengo que confiar en ti”, y Mitchell repuso: “Mira, Otto -con evasivas, aturdido-, ¿tenemos vuestro número de teléfono allí?”, y Otto respondió: “Contéstame, por favor”, y Mitchell se oyó contestar sin saber lo que estaba diciendo: “¡Claro que puedes confiar en mí, Otto! Pero ¿tenéis el teléfono conectado?”, y Otto, disgustado, replicó: “No. Nunca hemos tenido teléfono en la cabaña”, y Mitchell dijo, ya que aquello había sido motivo de disgusto entre ellos tiempo atrás: “Está claro que necesitáis un teléfono en la cabaña, ése es precisamente el lugar en el que necesitáis un teléfono”, y Otto farfulló algo inaudible, el equivalente verbal a encogerse de hombros, y Mitchell pensó, Me está llamando desde una cabina en Au Sable Forks, está a punto de colgar. Dijo apresuradamente: “Oye, mira: vamos a ir a visitaros. Teresa… ¿está bien?”. Otto contestó pensativo: “Teresa está bien. Se encuentra bien. Y no queremos visitas -y añadió-: Está descansando, duerme en el porche y está bien. Au Sable fue idea de ella, siempre le ha encantado”. Mitchell tanteó: “Pero estáis tan lejos”. Otto respondió: “De eso se trata, Mitchell”. Va a colgar. No puede colgar. Intentó evitarlo preguntando cuánto tiempo llevaban allí, y Otto dijo: “Desde el domingo. Hicimos el viaje en dos días. Estamos bien. Todavía puedo conducir”. Otto soltó una carcajada; era su antiguo enfado, su rabia. Casi perdió su carné de conducir hace unos años y de algún modo, gracias a la intervención de un médico amigo suyo, había conseguido conservarlo, lo que no fue una buena idea, podría haber sido un error garrafal, pero no puedes decírselo a Otto Behn, no puedes decirle a un anciano que va a tener que renunciar a su coche, a su libertad, simplemente no puedes. Mitchell estaba diciendo que irían a visitarlos, que saldrían de madrugada al día siguiente, y Otto se mostró tajante al rechazar la idea: “Hemos tomado una decisión y no hay discusión posible. Me alegro de haber hablado contigo. Puedo imaginarme cómo habría sido la conversación con Lizbeth. Prepárala tú como creas conveniente, ¿de acuerdo?”, y Mitch respondió: “Está bien. Pero, Otto, no hagas nada -tenía la respiración acelerada, se sentía confuso y no sabía lo que decía, sudaba, la sensación de algo frío, derretido, que le caía encima, demasiado rápido-. ¿Volverás a llamar? ¿Dejarás un teléfono para que te llamemos? Lizbeth regresará a casa en media hora”, y Otto respondió: “Teresa prefiere escribiros a Lizbeth y a ti. Es su estilo. Ya no le gusta el teléfono”, y Mitch contestó: “Pero al menos habla con Lizbeth, Otto. Quiero decir que puedes hablar de cualquier cosa, ya sabes, de cualquier tema”, y Otto repuso: “Te he pedido que respetéis nuestros deseos, Mitchell. Me has dado tu palabra”, y Mitchell pensó, ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Qué palabra he dado? ¿Qué es esto? Otto decía: “Lo hemos dejado todo en orden, en casa. Sobre la mesa de mi despacho. El testamento, las pólizas de seguros, los archivos de nuestras inversiones, las libretas del banco, las llaves. Teresa tuvo que darme la lata para que actualizase nuestros testamentos, pero lo hice y me alegro infinitamente. Hasta que no haces testamento definitivo, no te enfrentas de una vez por todas a la realidad. Estás en un mundo de ensueño. Pasados los ochenta, te encuentras en un mundo de ensueño y debes tomar las riendas de ese sueño”. Mitchell le escuchaba, pero perdió el hilo. Se le amontonaban los pensamientos como una ráfaga en su mente, como si estuviese jugando una partida en la que las cartas se repartieran a lo loco.

-Otto, ¡claro! Sí, pero quizá deberíamos hablar algo más sobre esto. ¡Tus consejos pueden ser valiosísimos! Por qué no esperas un poco y… Iremos a veros, saldremos mañana de madrugada, o de hecho podríamos salir esta noche.

Le interrumpió, si no lo conociera habría dicho que de forma grosera:

-Eh, ¡buenas noches! Esta llamada me está costando una fortuna. Hijos, os queremos.

Otto colgó el teléfono.

Cuando Lizbeth llegó a casa, había cierto tono discordante: Mitchell en la terraza de atrás, en la oscuridad; solo, allí sentado, con una bebida en la mano.

-Cariño, ¿qué pasa?

-Te estaba esperando.

Mitchell nunca se sentaba así, nunca esperaba así, su mente estaba siempre trabajando, aquello resultaba extraño, pero Lizbeth se le acercó y le dio un beso leve en la mejilla. Olía a vino. Piel caliente, cabellos húmedos. Lo que se diría un sudor pegajoso. Tenía la camiseta empapada. De manera coqueta, Lizbeth dijo al tiempo que señalaba la copa que Mitchell tenía en la mano:

-Has empezado sin mí. ¿No es temprano?

También era extraño que Mitchell hubiese abierto aquella botella de vino en particular: un regalo de algún amigo, de hecho puede que fuera de los padres de Lizbeth; de años antes, cuando Mitchell se tomaba el vino más en serio y no se había visto obligado a reducir las copas. Lizbeth preguntó dubitativa:

-¿Alguna llamada?

-No.

-¿Ninguna?

-Ni una sola.

Mitchell sintió el alivio de Lizbeth; sabía cómo aguardaba las llamadas de Forest Hills. Aunque por supuesto su padre no llamaría hasta las once de la noche, cuando comenzaba la tarifa reducida.

-En realidad, ha sido un día muy tranquilo -dijo Mitchell-. Parece que no hay nadie más que nosotros.

La casa de estuco y cristal de dos niveles, diseñada por Mitchell, se hallaba rodeada de frondosos abedules, encinas y robles. Una casa que había sido creada, no descubierta; la moldearon a su gusto. Llevaban viviendo allí veintisiete años. Durante su prolongado matrimonio, Mitchell había sido infiel a Lizbeth una o dos veces, y es posible que Lizbeth también le hubiera sido infiel, quizá no sexualmente pero sí en la intensidad de sus emociones. Pese a todo, el tiempo había transcurrido y continuaba haciéndolo, y tropezaban de pasada como objetos al azar en un cajón durante sus días, semanas, meses y años en el trance de su vida adulta. Se trataba de una confusión pacífica, como una sucesión de sueños intensos e inesperados que no pueden recordarse más que como emociones una vez se está despierto. Está bien soñar, pero también está bien estar despierto.

Lizbeth se sentó en el banco de hierro forjado de color blanco que había junto a Mitchell. Tenían aquel mueble pesado, ahora envejecido por el tiempo y desconchado después de la última vez que lo pintaron, de toda la vida.

-Creo que todo el mundo se ha ido. Es como estar en Au Sable.

-¿Au Sable? -Mitchell la miró brevemente.

-Ya sabes. La vieja casa de papá y mamá.

-¿Aún la tienen?

-Supongo. No lo sé -Lizbeth rió y se apoyó en él-. Me da miedo preguntar -tomó la copa de entre los dedos de Mitchell y bebió un sorbo-. Solos aquí. Nosotros solos. Brindo por eso -para sorpresa de Mitchell, le besó en los labios. La primera vez que le besaba así, juvenil y atrevida, en los labios, en mucho tiempo.

Joyce Carol Oates (foto)

‘Visión de reojo’ de Luisa Valenzuela

Luisa ValenzuelaLa verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

Luisa Valenzuela (foto) (De la antología hecha por Lauro Zabala ‘Relatos Vertiginosos’ de editorial Alfaguara)

País sombrío; bebés usados; mal ejemplo en la tele

monga21) Yerko Puchento dijo: “Piñera se metió a ver a la Monga (en Fantasilandia) y pregunto: ‘¿Cecilia Perez, eres tu?’”, y Cecilia Pérez (foto) denunció a Yerko Puchento ante el Consejo Nacional de Televisión por decir eso. ¡Denunció a un payaso! ¿Una ‘estadista’ liándose a combos con un payaso? ¡Qué payasada! Y si gana, supongamos que así sea, ¿qué gana? ¿Qué no le digan fea, Monga*? Y después de eso, ¿qué? ¿Se sentirá la redentora de Chile? Sería un triunfo triste. A este paso, nos volvemos tontos graves. Un país sombrío.

2) Con preocupación he visto en televisión un anuncio de un banco, en el que usan a un bebé (de pocos meses de nacido), en primer plano, para ofrecer sus productos financieros. El banco es Falabela, y me parece que aquí hay un abuso del bebé, y de la figura de los bebés. Lo digo ‘mirándote a los ojos’. ¿Habrá una legislación al respecto?

3) Qué asquerosa la promoción de Tvn, o TvChile, para sus transmisiones deportivas. Salen Pedro Carcuro, Marcelo Barticiotto y Patricio Yañez, y usan la imagen de Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, cuando hundió su dedo entre las nalgas del delantero uruguayo Edinson Cavani. ¿Tvn, o TvChile, se enorgullece de ese acto asqueroso, y lo pone de emblema del país? ¡Qué decadente!

4) Julio César Rodríguez, bueno para el dinero y los chistesitos flojos, además de hablar como si tuviera la boca llena de babas, usa el idioma como le da la gana. Los de la televisión son, de algún modo, pedagogos para los televidentes. Por eso, si se habla mal, la audiencia va a creer que así es correcto, y el error se multiplica. No le basta el ‘piedrazo’ (¡esa palabra no existe en español!; se dice “Pe-dra-da”), sino que saca pecho para decir que no esperaba darse “puñalazos” con Claudia Schmitd. ¡Puñalazos! ¿En Hualpén se dan puñalazos? (De paso, decir que le creemos a Claudia Schmitd sobre su salida de ‘Primer Plano’, y no al mercachifle del periodismo Julio César Rodríguez). No existe la palabra ‘puñalazo’ en español. No existe. ¡Se dice Pu-ña-la-da!
*(Monga=mujer gorila)

39 autores virtuosos menores de 40 años

libroUn jurado conformado por Darío Jaramillo, Leila Guerriero y Carmen Boullosa escogió, entre más de 200 escritores de Latinoamérica, a 39 autores menores de 40 años que trascienden la geografía y hacen buena literatura. Y ofrecen seguir haciéndola a futuro.

De Chile seleccionaron a: Gonzalo Eltesch (‘Colección particular’), Diego Zúñiga (‘Niños héroes’), Eduardo Plaza (‘Hienas’) y Juan Pablo Roncone (‘Hermano ciervo’).

Los otros autores seleccionados por el jurados como los 39 imprescindibles de Latinoamérica, son:

Por Colombia: Giuseppe Caputo, Juan Cárdenas, Juan Esteban Constaín, Daniel Ferreira, Felipe Restrepo Pombo y Cristian Romero.

Por Cuba: Carlos Manuel Álvarez. Por República Dominicana: Frank Báez. Por Brasil: Natalia Borges Polesso y Mariana Torres.

Por Ecuador: Mauro Javier Cárdenas y Mónica Ojeda. Por Perú: María José Caro, Juan Manuel Robles y Claudia Ulloa Donoso.

Por Argentina: Martín Felipe Castagnet, Lola Copacabana, Diego Erlan, Mauro Libertella, Samanta Schweblin y Luciana Sousa.

Por Bolivia: Liliana Colanzi. Por Costa Rica: Carlos Fonseca. Por Uruguay: Damián González Bertolino y Valentín Trujillo. Por Puerto Rico: Sergio Gutiérrez Negrón.

Por México: Gabriela Jauregui, Laia Jufresa, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa, y Daniel Saldaña París.

Por Guatemala: Alan Mills, y por Venezuela Jesús Miguel Soto.

‘Combatir al pecado’ de Fernando Jiménez

Fernando(Este cuento de Fernando de Jesús Jiménez Delgado ganó el Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico ‘Amparo Dávila’, en el 2015, en México. Fernando Jiménez es psicólogo clínico de la Universidad Autónoma de Querétaro, músico, panadero y toca la jarana en ‘Son de abajo’. Lector de José Agustín, Jorge Ibargüengoitia y Woody Allen. Dice que su mayor influencia es la de Bob Esponja. El jurado que lo premió estuvo integrado por Cristina Rivera Garza, Ramón Córdoba, Alberto Chimal, Bernardo Fernández y Daniela Tarazona. JSA)

Supe que sería un día raro cuando un testigo de Jehová me ofreció una mamada. Caminaba por la avenida Fray Tomás cuando lo encontré. Parecía un loco, tenía la bragueta abierta y un moño rojo. Su traje era azul, sucio pero planchado. Los carros parecían avispas, como si la calle fuera un panal golpeado. El tipo estaba recargado en un señalamiento que prometía una catedral a la derecha. Había mucha gente y su soledad cimbraba. Regalaba libros de esos que dicen que las tormentas vienen de la sodomía. Pasé a un costado sin mirarlo, olía a limpiador económico.

-Buenas tardes, señor. ¿Gusta que se la chupe? -di la vuelta extrañado y negué de inmediato.

Detrás de mí, una señora que escuchó me miró horrorizada.

-Muchas gracias, llevo prisa. Que tenga buen día —contesté por diplomacia.

No podía aceptar su mamada pero aplaudí su voluntad por servir a la comunidad. No son tiempos de andar regalando nada a nadie, mucho menos mamadas. Pensé en la vida de ese hombre. No debe ser fácil existir con un dios tan demandante. Yo soy católico en temporada alta, nada más: Navidad, el mundial de futbol, Día de la Virgen, Semana Santa, etcétera. Los testigos de Jehová deben reclutar inocentes, vestirse como idiotas y trabajar en domingo. No es poco. En fin, cada quien sus catedrales. Cualquier cosa es mejor que ser ateo; suena aburridísimo. Los ateos no tienen ostias gratis ni iglesias bonitas donde puedan verles las piernas a sus vecinas. No tienen música sacra ni villancicos, y éstos son mi parte favorita de la Navidad. No podría elegir uno en particular, todos son asombrosos. Rodolfo el reno, El niño del tambor, Los peces en el río, y otros más, me hacen desear haber nacido en un pesebre. Además, crecer sin un bautizo es mera burocracia, es como ir a tu graduación sin emborracharte. Piensen en las bodas, sin toda la parafernalia sería como darse de alta en Hacienda.

Pasé a la tienda a comprar un refresco. El doctor me los prohibió, pero era domingo. Me atendió una vieja extremadamente vieja, parecía que moriría en cuestión de segundos. Usaba un camisón de satín rosa, tan viejo como ella. Del cuello le colgaban más de cinco escapularios y estaba tan maquillada como una drag queen. Le mostré la bebida que me llevaría y lanzó un quejido gutural que no revelaba la cifra. Saqué el dinero cuando pasó la mano por encima del mostrador. Su palma entera temblaba, hacía un esfuerzo titánico por suspenderse frente a mí. Con una moneda de diez pesos lista, dudé. Sentí que esa mano se rompería si depositaba el pago bruscamente. Además, por el temblor, temí errar y tirar el dinero. Sus piernas no aguantarían inclinarse a tomar la moneda. Dejé el refresco, un billete de veinte y salí corriendo. Eso habría hecho Cristo, pensé en ese momento. Eran muchos escapularios, pero no la juzgo, si fuera a morir sería capaz hasta de disfrazarme del Papa y aprenderme el credo.

Seguí mi camino: era domingo y eso se hace los domingos. Llegué a la plaza principal, frente a la iglesia de San Bartolomé. Un tipo hablaba al micrófono. No era un mal espectáculo, había muchas palomas y un globero. Un grupo de niños destruía burbujas con aplausos mientras el vendedor cambiaba monedas por botellas. Me invadió un olor a elote que venía de un puesto cercano; pensé en comprar alguno, pero me conformé con el aroma. Decidí sentarme en una banca blanca, oxidada pero funcional. El metal estaba caliente, el sol cumplía su trabajo. Empezaba a relajarme cuando llegó una tipa y gritó:

-¿Me das un abrazo? -dijo antes de abalanzarse sobre mí sin esperar respuesta-. Funciona mejor si me ayudas a abrazarte.

Decidí callar y esperar a que se fuera. No tardó más de tres segundos.

Son un fastidio esas personas neocristianas que creen que Dios sonríe cada vez que ellas lo hacen. La señora, gorda de caderas y alegría, se retiró callada, ocultando su molestia. Un niño me vendió un mazapán. Lo compré mitad por compasión, mitad por antojo: balance positivo, a mi ver.

Desde la banca, el discurso al micrófono se volvió inteligible: Jesús nos sigue esperando, nos sigue perdonando. Hay gente que cree que es pobre, pero no es pobreza de dinero, es pobreza de espíritu. ¡Jesús puede volverlos ricos! Es una riqueza distinta que vuelve pobre al demonio. El demonio nos habla, nos dice “roba”, “mastúrbate”, “masturba a tu vecino”: perdonen mis palabras, Dios sabe que doy un ejemplo. Vivir en gracia es hablar con Dios, combatir al pecado. El pecado quiere derrotarnos, quiere llenarnos de pornografía, de abortos…

¿De dónde salen estos predicadores? Independientemente de sus creencias, gritar en una plaza siempre será una locura. Era un hombre pequeño, no debía medir más de 1.60. Estaba vestido de blanco y tenía una Biblia azul bajo el brazo. Parecía un niño manoteando; nadie le hacía caso. Hablaba de un tsunami y de Adán y Eva, estaba haciendo el ridículo. La señora de los abrazos hablaba con un grupo, personas igual de tristes que ella. “Disfruta la vida”, decía su playera, como si todo se tratara de un puto abrazo. No me malinterpreten: es la verdad.

…cada clavo le rompió los huesos. Perdió tanta sangre que titubeó, pero siguió estoico, dueño de ese espíritu que tanta falta nos hace. Nosotros permitimos que los homosexuales se besen, como en Sodoma; permitimos que la gente se divorcie como si fuera un juego; dejamos que nuestros hijos vean caricaturas violentas, que escuchen narcocorridos…

“Me encanta Dios”, dijo un poeta. Pero creo que no es para tanto. Si al creador o a su hijo les molestaran esos asuntos, ya hubieran exterminado a todos los transgresores. Es decir, yo odio a los funcionarios públicos y si tuviera poderes les hubiera derretido los genitales, mínimo. Dios no odia a las personas homosexuales: las respeta o no le importan.

Unos niños comenzaron a pelear. No vi el motivo. Cuando volteé ya estaban trenzados y la gente comenzaba a rodearlos. “¡Déjalo, cabrón!”, gritó una señora desde atrás: era la misma que me abrazó. Dio unos pasos, tomó a su hijo de la mano y se retiró maldiciendo entre dientes a los testigos y a la vida misma. ¿Lo ven? De eso hablo. Por más que nos guste vivir y los pájaros y las mariposas y la comida rápida, la vida es una perra.

…sólo Jesús puede ayudarnos, sólo él puede sanarnos las heridas de la soberbia y la lujuria. ¿Quién si no él puede abrirnos los ojos? Los problemas económicos son problemas de fe. Hay familias que se mueren de hambre, que no encuentran trabajo, que tienen problemas con sus hijos y dicen que no saben por qué. ¿En verdad no saben? La respuesta es Jesús, siempre la ha sido. Los pecadores se lamentan…

Un grupo de monjas pasó a un costado de mí. Algunas miraron al señor del micrófono molestas. Eran unas siete, caminaban como hormigas, enfiladas sin permitirse mayores distracciones. Las religiosas se detuvieron a comprar un helado en la esquina.

Una de ellas, a todas luces la más gorda, devoraba su barquillo con una técnica claramente felativa. El día transcurría extraño. Decidí levantarme y dar unos pasos. Involuntariamente me acerqué al predicador y encontré todo un show: el hombre le hablaba a tres personas, dos policías y un drogadicto. Supe que era drogadicto porque trataba de inhalar el polvo de la banqueta. Uno de los uniformados lloraba mientras que el adicto parecía no enterarse de nada. El tercero miraba al orador con atención científica, anotando en una pequeña libreta.

…el pecado vive en las computadoras que transmiten sexo y violencia las veinticuatro horas. Nuestros hijos no saben, por supuesto que no. Son pequeños, no saben diferenciar lo bueno de lo malo. Pero nosotros los grandes sí, el pecado vendrá por nosotros y nos arrancará del Cielo. ¿Ustedes creen que a Dios le gusta…

Madonna ha cambiado tres veces de religión. Fue judía, cristiana y musulmana: la triple alianza. No sé si verdaderamente cambiaría de religión, no es como cambiarse los calcetines. No me vean así, no es moralismo ni nada. Uno no puede pasar de no desear a la mujer de su prójimo a cortarle la mano a los ladrones. Un primo se volvió rastafari: no entiendo lo que dice, pero está drogado todo el tiempo. Sostiene que si se legalizara la marihuana todos seríamos libres, quizá sea cierto.

El sol perdió intensidad cuando sonaron las campanas. Miré la iglesia y un padre regordete me hacía señas desde la puerta, gritaba y movía su brazo señalándome un camino que quería que siguiera. No entendí palabra alguna. El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día. Sentí cómo los vapores de los antojitos abandonaron mi nariz. De pronto, el tipo del micrófono cambió notoriamente de tono, exaltándose y gritando con horror.

¡Es él! El tiempo de los pecadores está por acabar. El mal les cobrará la factura, no habrá perdón para los ciegos, para los callados, para los corazones tibios. Jesucristo les abrió el corazón, pero le cerraron la puerta. El tiempo terminó. ¡Aquí está, es el Pecado! Ustedes creen que bromeaba. ¡Mírenlo! ¿No lo reconocen? Cristo lo advirtió…

Sentí una fuerza tremenda apretarme el pecho y la cabeza, como si el cielo entero me apachurrara. Estaba desconcertado. Todo se había detenido: las palomas parecían disecadas, las campanas quedaron mudas, el sacerdote era una estatua. El tipo del micrófono seguía hablando. Alcé la vista: la plaza entera estaba quieta. Las personas parecían haberse congelado. Los pájaros no aleteaban, quedaron suspendidos en el aire como focos o alguna clase de escenografía barata. Mi entorno era como un tablero de ajedrez, como una maqueta en tamaño real. Sin darme cuenta caminé hacia el orador, aferrándome a mi cuerpo en un autoabrazo. Toqué al policía que lloraba, pero era como un muñeco, no sentí su respiración.

-¿Tú me escuchas, debilucho? ¡No estorbes! Voy a enfrentarme al Pecado -dijo el predicador mientras sacaba un bate de béisbol detrás de una bocina.

-¿Qué es esto? -respondí como el idiota que soy. Me estaba cagando de miedo.

-Todos los domingos viene el Pecado a combatir con nosotros: los hombres de Dios.

-¿Yo soy un hombre de Dios?

-¡Uy, sí, pendejo! Seguro has hecho mucho por serlo. ¡No!, eres un error en el software de Dios, nada más. Sólo escóndete. Puedo manejarlo.

-Te oías más amable hace rato.

-Yo no escribí nada de eso…, sólo me aprendí el guión. Además, ¿qué te importa? Lárgate o te vas a morir. El Pecado llegará en cualquier momento.

-¿Viene el Pecado? ¿Qué vas a hacer?

-Todos los domingos rezo aquí como idiota -dijo señalando el lugar donde estaba parado-, es para debilitarlo. Yo también quisiera estar de huevón como tú, pero alguien debe enfrentarlo. Por más cabrón que sea el Pecado, nadie soporta dos batazos en la jeta.

-¿Por qué nadie se mueve? ¿Cuánto durará esto? ¿Te puedo ayudar en algo?

-¡Deja de preguntar, cabrón! -me gritó el predicador mientras ondeaba el bate de un lado a otro como si esperara que una bola cayera del mismísimo cielo-. Me estás distrayendo. ¡Hazte a un lado! Ya viene.

-Corrí de inmediato al árbol más cercano, como si los pinches árboles fueran a refugiarme de algo tan… ¿cómo decirlo?, ¿bíblico? Cerré los ojos mientras mi corazón golpeteaba al resto de mis órganos. Me toqué el pecho buscando algún crucifijo, pero sólo me topé con una baratija china que compré quién sabe cuándo. Lamenté no tener los escapularios de la señora de la tienda. Hasta pensé en la mamada del testigo de Jehová, no sé, pudo funcionar.

Una bocina estalló: había iniciado.

El Pecado era terrible, no hay otra palabra que lo describa. Desde que dio el primer paso supe que no vería algo más horroroso. Era una bestia mitad animal mitad transexual. En la mano derecha empuñaba un dildo y en la izquierda un feto que gritaba la palabra sexo de manera mecánica. La mitad humana estaba llena de tatuajes y perforaciones. Usaba una falda de piel negra, además de una camiseta de Cannibal Corpse. El Pecado parecía arrastrarse y dejaba condones a su paso. Tenía cuernos, eran de alambre, se los quitó para limpiarse el sudor. El hombre del micrófono rezaba cada vez más fuerte, hasta que el Pecado le lanzó un Xbox que aterrizó en su boca. La mitad animal era un misterio: su cuerpo parecía de oso pero con menos pelaje, una especie de yeti con alopecia. Donde deberían estar sus genitales había una grabadora que tocaba villancicos al revés. Supe que eran villancicos porque soy un experto en el género. Al hombre del micrófono lo estaba vapuleando la bestia. Empecé a rezar el padrenuestro, pero no surtía efecto. De pronto supe también que el Pecado había desarrollado anticuerpos contra los rezos usuales. Digo “deprontosupe” por-que de-pronto-supe, fue como si alguien insertara la información en mi disco duro. A estas alturas no dudé en que fuera Dios. Digo, un predicador se estaba agarrando a golpes con una bestia infernal: recibir tips del creador no era absurdo. Así me enteré de que el Pecado se alimenta de orgasmos y horas frente a videojuegos violentos. Cada vez que un hombre penetra a otro el Pecado aumenta su masa muscular. También me enteré de que está relleno de marihuana y entrena masturbándose y haciendo pole dance. Come dos horas después de haberse llenado y dedica cinco horas diarias a navegar en YouPorn. Dios o algún ángel, o aquello que me estuviera ayudando, quería que hiciera algo. Cerré los ojos y comencé a rezar con mayor intensidad y convicción, pero no parecía funcionar. Levanté la mirada, la bestia estaba asfixiando al predicador con una revista pornográfica. Tomé el bate que estaba a un par de metros de mí y corrí a darle un golpe en la espalda. La bestia soltó al predicador y lanzó una patada que me proyectó en contra de uno de los carros estacionados junto a la plaza. Quise tomar el cuchillo de una señora que vendía gorditas. Imposible, parecía estar pegado a su mano y pesar una tonelada. Noté que, gracias a mí, el predicador había ganado terreno y golpeaba al Pecado con el bate que solté mientras volaba. El valiente religioso se había arrancado la camisa y usaba el arma con una destreza profesional. El Pecado comenzó a gemir como si copularan dos adolescentes. El predicador retrocedió, volvió a tomar la Biblia y se la pegó al pecho. El Pecado se arrancó la camiseta y dejó asomar una teta tan satánica como perfecta. De ella salían disparadas latas de cerveza que hirieron al predicador. La bestia reía. Se detuvo y giró su seno como un engrane. Volvieron los gemidos adolescentes y del pezón salieron varios libros electrificados que inmovilizaron al predicador. Eran copias del Manifiesto comunista, supe de pronto. El Pecado tomó el bate y le propinó un golpe en la nuca al predicador. El sonido adelantó que el valiente había muerto. El predicador quedó con la cabeza partida, no pude ni mirarlo. Recordé al sacerdote en la puerta de la iglesia, y entonces entendí que había dicho la palabra villancico. Nada había sido al azar, Dios me eligió por mi talento navideño. Cerré los ojos, uní las palmas del modo más virgenístico posible y comencé a cantar El niño del tambor, por mucho, mi canción predilecta. Me subí la playera y simulé un tambor palmeando mi panza desnuda. Cada palabra parecía quemar al Pecado, era como si conjurara los hechizos más dolorosos. Cuando pronuncié los últimos versos, el demonio comenzó a lanzar rayos gay de color arcoíris que apestaban a semen. Uno de los rayos alcanzó mi brazo y lo hizo sangrar, pero sabía que estaba a punto de vencerlo. Una luz surcó el cielo, como cuando va a pasar algo celestial, y aterrizó en el bate que voló hasta mi mano. Lo levanté como demandaba el dramatismo de la escena y mi arma se transformó en una espada de fuego. La empuñé como supuse que sería correcto y grité mientras corría hacia el Pecado, visiblemente debilitado por el villancico. Le corté el cuello sin problemas. Entre la sangre de la bestia habían tangas, dildos y algunos clítoris que se movían como insectos agonizantes. La bestia estaba muerta.

Regresó el sol a la plaza, en un parpadeo la vida volvió a inyectarse en los árboles, en los globos. Las campanas volvieron a escucharse. Miré al sacerdote que me sonreía satisfecho. Los niños corrían de nuevo, perseguían palomas, aplastaban burbujas. No había más huella de la pelea que el cuerpo del predicador con el torso expuesto. El periódico dijo que fue víctima de un infarto. Sólo yo sabía el resto de la historia. Lo enterraron con su Biblia, dicen que nunca la soltaba. Me repuse de las heridas. El rayo gay me dejó algunas secuelas: tengo erecciones cuando escucho a Frank Sinatra, nada grave. A veces sueño que estoy en un video porno, es todo. Me quedé con el bate y un condón de recuerdo. Así es como comencé a predicar.

Fernando Jiménez (foto)