‘Tres versiones de Judas’ de Jorge Luis Borges

(There seemed a certainity in degradation.

T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom, ciii)

En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.)

Antes de ensayar un examen de los precitados trabajos, urge repetir que Nils Runeberg, miembro de la Unión Evangélica Nacional, era hondamente religioso. En un cenáculo de París o aun en Buenos Aires, un literato podría muy bien redescubir las tesis de Runeberg; esas tesis, propuestas en un cenáculo, serían ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia. Para Runeberg, fueron la clave que descifra un misterio central de la teología; fueron materia de meditación y análisis, de controversia histórica y filológica, de soberbia, de júbilo y de terror. Justificaron y desbarataron su vida. Quienes recorran este artículo, deben asimismo considerar que no registra sino las conclusiones de Runeberg, no su dialéctica y sus pruebas. Alguien observará que la conclusión precedió sin duda a las “pruebas”. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?

La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.

Los teólogos de todas las confesiones lo refutaron. Lars Peter Engström lo acusó de ignorar, o de preterir, la unión hipostática; Axel Borelius, de renovar la herejía de los docetas, que negaron la humanidad de Jesús; el acerado obispo de Lund, de contradecir el tercer versículo del capítulo 22 del Evangelio de San Lucas.

Estos variados anatemas influyeron en Runeberg, que parcialmente reescribió el reprobado libro y modificó su doctrina. Abandonó a sus adversarios el terreno teológico y propuso oblicuas razones de orden moral. Admitió que Jesús, “que disponía de los considerables recursos que la Omnipotencia puede ofrecer”, no necesitaba de un hombre para redimir a todos los hombres. Rebatió, luego, a quienes afirman que nada sabemos del inexplicable traidor; sabemos, dijo, que fue uno de los apóstoles, uno de los elegidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para echar fuera demonios (Mateo 10: 7-8; Lucas 9: 1). Un varón a quien ha distinguido así el Redentor merece de nosotros la mejor interpretación de sus actos. Imputar su crimen a la codicia (como lo han hecho algunos, alegando a Juan 12: 6) es resignarse al móvil más torpe. Nils Runeberg propone el móvil contrario: un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer1. Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: El que se gloria, gloríese en el Señor (I Corintios 1: 31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres2.

Muchos han descubierto, post factum, que en los justificables comienzos de Runeberg está su extravagante fin y que Den hemlige Frälsaren es una mera perversión o exasperación de Kristus och Judas. A fines de 1907, Runeberg terminó y revisó el texto manuscrito; casi dos años transcurrieron sin que lo entregara a la imprenta. En octubre de 1909, el libro apareció con un prólogo (tibio hasta lo enigmático) del hebraísta dinamarqués Erik Erfjord y con este pérfido epígrafe: En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció (Juan 1: 10). El argumento general no es complejo, si bien la conclusión es monstruosa. Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio3. Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles. Kemnitz admite que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed; también cabe admitir que pudo pecar y perderse. El famoso texto Brotará como raíz de tierra sedienta; no hay buen parecer en él, ni hermosura; despreciado y el último de los hombres; varón de dolores, experimentado en quebrantos (Isaías 53: 2-3), es para muchos una previsión del crucificado, en la hora de su muerte; para algunos (verbigracia, Hans Lassen Martensen), una refutación de la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo; para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.

En vano propusieron esa revelación las librerías de Estocolmo y de Lund. Los incrédulos la consideraron, a priori, un insípido y laborioso juego teológico; los teólogos la desdeñaron. Runeberg intuyó en esa indiferencia ecuménica una casi milagrosa confirmación. Dios ordenaba esa indiferencia; Dios no quería que se propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió que no era llegada la hora: Sintió que estaban convergiendo sobre él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elías y a Moisés, que en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías, que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino de Damasco; al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió; al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los impíos que pronuncian el Shem Hamephorash, el Secreto Nombre de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada (Mateo 12: 31)? Valerio Sorano murió por haber divulgado el oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?

Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.

Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de 1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio.

Jorge Luis Borges (foto)


1. Borelius interroga con burla: ¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Por qué no a renunciar a renunciar?

2. Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la virtud “era una casi impiedad”. El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó, en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un tumultuoso día; las últimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: El agua de la selva es feliz; podemos ser malvados y dolorosos.

3. Maurice Abramowicz observa: “Jésus, d’aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des typographes, jouissent d’une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu’une villégiature”. Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík).

‘Una taza de té en Augsburg’ de Marvel Moreno

(A la memoria de Darío Morales) Miranda Castro fue en su tiempo una de las modelos más cotizadas de los Estados Unidos. Pese a su apellido latino, tenía el aspecto de una muchacha nórdica con sus cabellos rubios que resplandecían como el trigo en la luz del verano y unos ojos más azules que el mar de las islas del Caribe. Su fotografía apareció varias veces ilustrando la portada de Vogue. Cuando entraba en un restaurante la gente enmudecía de inmediato, siguiéndola con una mirada de deslumbrado asombro. Su presencia en Park Avenue creaba problemas de circulación porque los automovilistas, encandilados por su belleza y la tranquila insolencia de su paso, disminuían la velocidad. Sin embargo, observándola de cerca, se percibía en sus pupilas un destello metálico que asustaba a los hombres. No había en ellas el más leve rastro de afecto, pero sí de desdén. Miranda no amaba a nadie. Se había casado por despecho con un millonario norteamericano aficionado a las obras de arte, quien, a su turno, la consideraba como un objeto de colección.

Sólo dos hombres habían contado en la vida de Mirada: Lucio Castro, su padre adoptivo, y Peter, un profesor de matemáticas de la Universidad de Massachusetts que había visto en ella algo distinto de la maniquí de moda. Ambos le habían brindado un afecto profundo, ayudándola a olvidar el pasado. Ambos le habían dado la cálida sensación de tener un apoyo cuando la tristeza le oprimía el corazón. Miranda no estaba segura de haberlos querido, pero su recuerdo se volvía más intenso a medida que pasaban los años y en torno a sus párpados aparecían los primeros hilos de la vejez. La muerte de su padre era previsible; el abandono de Peter, en cambio, se le antojaba, aún entonces, un enigma. A veces le parecía que el amor de Peter se había enfriado cuando ella le contó su viaje a Alemania, pero no llegaba a comprender las razones de su rechazo, silencioso y definitivamente irremediable.

Diez años contaba Miranda al llegar de Augsburg a Caracas, por el antojo de Lucio Castro, quien, ya entrado en años y no habiendo tenido nunca hijos de su mujer ni de sus numerosas queridas, resolvió un buen día adoptar a una niña, con la condición de que fuera rubia y de ojos azules. Lucio Castro era un hombre riquísimo, acostumbrado a imponer siempre su voluntad. Las ramificaciones de sus negocios se extendían a muchos países y le fue fácil encontrar en Alemania a un abogado influyente y capaz de satisfacer su capricho. La pequeña Greta se transformó así en Miranda y pasó del sórdido orfelinato donde vivía desde su nacimiento al camarote de lujo del transatlántico que la condujo a Venezuela. Creía vivir un sueño, un cuento de hadas. Tenía vestidos muy finos, zapatos de charol, montones de juguetes. Los camareros se inclinaban a su paso y el capitán la invitaba a cenar en su mesa. Así mismo, la institutriz enviada por Lucio Castro para servirle de dama de compañía y empezar a enseñarle el español la trataba como si fuera una princesa. Todo deslumbraba a Miranda, el mar, los delfines, el color del cielo a medida que el barco se adentraba en las aguas tropicales. Porque se sentía torpe, intentaba imitar los gestos y modales de las personas que la rodeaban. Hacia esfuerzos enormes para contener su voracidad: ella, que siempre había pasado hambre, veía desfilar aquellos platos abundantes y deliciosos con la impresión de que, de un momento a otro, podían ser reemplazados por la insípida sopa del orfelinato. Una noche guardó cautelosamente en su bolsillo uno de los bombones colocados sobre la mesa después del postre. Al día siguiente el capitán le hizo llegar a su camarote una inmensa caja de chocolates. Fue entonces cuando Miranda tuvo la certeza de haber dejado atrás y para siempre el pasado, entrando en un mundo donde sus deseos se volvían realidad apenas los formulaba.

La agradable impresión de ser importante se confirmó al llegar a Maracaibo y conocer a su padre adoptivo. Lucio Castro se prendó de ella, quedó fascinado por la hermosa niñita de cabellos rubios que lo miraba con devoción pero no sin arrogancia. Desde su salida del orfelinato, Miranda había descubierto que poseía algo raro y de valor: la belleza. Eso le daba ahora una gran confianza en sí misma y la hacía mirar el mundo de modo diferente. Aunque no podía expresarlo con palabras, su orfandad empezaba a parecerle un error en el orden natural de las cosas, que Lucio Castro había reparado al adoptarla. Nunca más la promiscuidad de los dormitorios, los largos inviernos sin calefacción. Jamás volvería a vivir la pesadilla de los bombardeos con el chillido de las sirenas y el asfixiante olor a humo y a cosas quemadas que entraba en el sótano. Debía, no obstante, responder a las aspiraciones de su padre adoptivo, que la quería inteligente y con carácter. Ella, considerada por sus profesoras del orfelinato como retrasada mental, aprendió a leer y a escribir el español en menos de seis meses. Cada lección comprendida le quitaba un peso del corazón. Del mismo modo, venciendo su terror por los caballos, que le hacía ensuciarse los pantalones, se convirtió en una amazona irreprochable y acompañaba a Lucio Castro en sus cabalgatas cuando se le antojaba recorrer sus haciendas. El miedo nunca la abandonó, pero nadie lo supo. Antes de montar a caballo solía protegerse los pantalones con un pañuelo que después lavaba a escondidas. En Alemania había conocido la desolación, en Venezuela descubrió la angustia. Todo le resultaba un desafío. Tirarse del trampolín a la piscina le daba una sensación de vértigo, y cuando se zambullía en el mar los oídos le zumbaban de dolor. Arañas y lagartijas le producían náuseas. Temía perderse entre la gente si acompañaba a su madre a hacer compras y temía más aún quedarse a solas con esa mujer que la miraba sin el menor asomo de confianza. Por fortuna Lucio Castro la protegía. Él ignoraba quizás sus dificultades para adaptarse a esa nueva existencia, pero tenía muy presente que había pasado su infancia en un orfelinato. Así, había decidido que Miranda no pisaría jamás un colegio. El desfile de profesores comenzaba por la mañana y terminaba a la caída del sol. Además de las materias corrientes, Miranda estudiaba griego y latín; a los trece años se sabía de memoria la vida de Bolívar y a los quince hablaba correctamente el inglés. Sabiendo que a su muerte sus hermanos abrirían un proceso contra ella, Lucio Castro colocó a su nombre la mayor parte de sus bienes en los Estados Unidos. Por la misma razón empezó a presentarle a sus abogados, a ponerla al corriente de sus negocios, a mantenerla al tanto de transacciones especulativas. Miranda descubrió que tenía un talento particular para ganar dinero, y cuando Lucio Castro falleció, conocía a fondo la trama de sus asuntos y supo librarles un combate sin cuartel a los parientes de su padre que intentaban anular el testamento.

Una vez ganada la batalla jurídica, Miranda se fue a Nueva York y se inscribió en una agencia de modelos. Había cumplido veinte años y tenía conciencia de ser lesbiana. Siempre había ocultado esa particularidad para no chocar a su padre ni darles motivos de crítica a quienes reprochaban a Lucio Castro el haberla adoptado. Volverse maniquí acariciaba su narcisismo y le ofrecía un terreno de caza ideal. Le gustaban las mujeres, pero no podía establecer con ellas ninguna relación afectiva. El contenido de la palabra amor le era desconocido y bastaba con que una de sus amantes se mostrara posesiva para que la dejase en el acto. Las manifestaciones de ternura se le antojaban ridículas. A Miranda le excitaba seducir, allanar las resistencias, vencer el pudor. Dejaba de lado a las mujeres demasiado fáciles o a las que tenían un carácter similar al suyo. Al cabo del tiempo encontró a Joan, una periodista infinitamente maliciosa que gozaba excitando a las lesbianas y luego, a la hora de la verdad, se escurría como una anguila con el pretexto de un nuevo amor o de su pasión por un hombre. Miranda conocía la dureza y la mentira, pero no la perversión. Cayó en la telaraña de Joan sin ninguna defensa y salió de ella con el alma maltratada y la penosa impresión de conocer muy poco los misterios del corazón humano. Como el modelaje empezaba a aburrirla, decidió irse de Nueva York y estudiar Psicología en la Universidad de Massachusetts.

Nada le fue más fácil que cobijarse bajo la protección de Peter. Como Lucio Castro, él se mostraba afectuoso y parecía saber muy bien lo que quería. Era un hombre fino y delgado, de cabellos prematuramente encanecidos. La primera vez que se acostaron juntos quedó sorprendido al ver que para poder dormirse, Miranda golpeaba un pie contra el otro. Así le habían enseñado a hacer en el orfelinato cuando era apenas un bebé a fin de luchar contra el frío. Eso, su condición de huérfana, de niña adoptada por el color de sus ojos, conmovía profundamente a Peter. Él había tenido una infancia feliz: un padre diplomático, lo que le había permitido conocer las grandes capitales del mundo, una madre cariñosa y cuatro hermanos que habían sido siempre sus mejores amigos. Todos los domingos se reunían y pasaban las tardes hablando de arte, de historia y de los acontecimientos políticos del momento.

Al lado de ellos, Miranda se sentía ignorante. De nada le servía haber aprendido el griego y el latín si no podía distinguir entre una estatua sumeria y una escultura romana. Nombres como Goya y Tiziano le eran desconocidos. Ignoraba todo sobre las dos últimas guerras mundiales y no tenía ninguna cultura musical. Decidida a afrontar ese nuevo desafío, Miranda empezó a frecuentar la biblioteca de la universidad y, al mismo tiempo, se compró todos los discos de música clásica que encontró en un almacén. Leyendo la historia del nazismo descubrió con asombro que no era una huérfana de guerra, como Lucio Castro le había hecho creer, pues había nacido a comienzos del 38, lo que significaba que su madre la había concebido antes del comienzo de las hostilidades. A partir de ese momento, Miranda quiso saber quién había sido su madre. Poco a poco su deseo se transformó en obsesión y, desoyendo los consejos de Peter, que la incitaba a olvidarse del pasado, se fue a Alemania y se puso en contacto con el abogado que catorce años atrás la había sacado del orfelinato. Al principio el abogado se mostró reticente, pero los dólares ofrecidos por Miranda terminaron acallando sus escrúpulos. Lo más difícil era introducirse en el orfelinato y consultar los archivos. Se contrataron detectives privados que recibieron por misión comprar a cuanta persona pudiera dar informaciones precisas. Finalmente, una vieja enfermera se dejó convencer ante la enorme suma de dinero prometida, que representaba la mitad del salario ganado a lo largo de toda su existencia, y con el pretexto de reunir una hija y su desdichada madre puso a los detectives sobre la pista de Frieda Pfeiffer.

Frieda salía apenas de la adolescencia cuando tuvo a Miranda y ni siquiera pudo verla porque sus padres llevaron de inmediato a la recién nacida al orfelinato de Augsburg. El señor Pfeiffer era un comerciante acaudalado que nada quería saber de bastardos destinados a poner en duda la virtud de su única heredera. Una antigua sirvienta de la familia, refugiada en un asilo de ancianos, contó que la señorita Frieda jamás se había repuesto de la pérdida de su hija. Lloraba contemplando sus senos cargados de leche y los pequeños baberos cosidos a escondidas durante el embarazo. Hasta el último momento creyó que su familia se echaría para atrás y abandonaría el proyecto de separarla de su bebé. Nunca reveló quien había sido el padre, posiblemente un extranjero conocido en Garmisch durante las vacaciones de Pascua.

En vano el señor Pfeiffer se empeñó tanto en resguardar la reputación de su hija. Frieda no quiso casarse nunca. Se volvió taciturna y sólo salía de la casa para asistir a los servicios religiosos. Con el tiempo se fue secando como una flor marchita y cuando sus padres desaparecieron era una solterona de humor lánguido que no le encontraba ningún gusto a la vida. Había programado sus días con precisión maniática: en invierno o verano se levantaba a las once de la mañana y todavía en la cama se hacía servir un vaso de leche acompañado de galletas. Bañarse y vestirse le tomaba dos horas y luego se sentaba a mirar la televisión. Al atardecer se iba a un salón de té que quedaba cerca de su casa y bebía varias tazas observando a los paseantes a través de sus gruesas gafas de miope. Estaba abonada a una revista de Historia y leía hasta muy tarde memorias y biografías.

Miranda resolvió abordarla en el salón de té. Sabía que Frieda ocupaba siempre el mismo lugar y se instaló en la mesa contigua a la suya. La vio llegar un poco encorvada y canosa, con una expresión de irremediable melancolía. Miranda esperó a que terminara de tomarse su primera raza de té para pedirle permiso de sentarse a su mesa. Los ojos de Frieda parpadearon de asombro detrás de las gafas. Con manos torpes encendió un cigarrillo. Parecía trastornada. Los labios le temblaban ligeramente y en vano intentaba sonreír. Daba la impresión de ser un niño que ha visto un pájaro posarse sobre su hombro. Y cautelosamente, como si temiera espantar al pájaro, lanzaba de vez en cuando a Miranda una mirada furtiva.

–Hace muchos años –dijo al fin en voz muy baja–, conocí a, bueno, alguien que se parecía a usted.

No obtuvo respuesta. Miranda había comprendido que se refería a su verdadero padre y se sintió aliviada. No se reconocía en esa mujer abrumada por la vida.

–Es su vivo retrato –insistió Frieda con precaución, como asustada de que el pájaro echase de pronto a volar.

–Yo soy idéntica a mi madre –dijo Miranda–, y ella no ha venido nunca a Alemania.

–Pero usted habla perfectamente nuestra lengua –comentó Frieda.

–Mi abuelo era de Berlín y muy joven se fue a Venezuela. Sus hijos aprendieron el alemán con profesores y nosotros, sus nietos, también.

De implorante, la mirada de Frieda se volvió abatida. El mesero se acercó para servirle una nueva taza de té. Frieda apagó el cigarrillo en un cenicero y se encorvó más aún, como si la vejez le hubiera caído encima de repente.

–Eso de los parecidos es muy raro –murmuró.

–Así es –dijo Miranda.

En ningún momento le vino la idea de revelarle a su madre la verdad, de darle la alegría de saberla viva y gozando de una situación privilegiada. Para Frieda habría sido maravilloso descubrir que su hija había escapado al trágico destino de los niños abandonados y que era inteligente, bella y rica. Cuántas veces habría soñado con reconocerla en la calle, entre las muchachas que pasaban frente al salón de té. Frieda había imaginado probablemente varios escenarios: su hija convertida en prostituta, trabajando como obrera; y ella le daba el dinero necesario para construirse una vida mejor. O al contrario, bien acomodada, llevando una existencia feliz; y ella, Frieda, se retiraba en puntas de pie a fin de no perturbarla. Habría supuesto todo, salvo creer encontrarla en el salón de té que solía frecuentar, hierática y dura, pidiéndole permiso de sentarse a su mesa con el pretexto de practicar el alemán. Pero la muchacha instalada frente a ella, que tanto le recordaba a su único amor, tenía una familia y había nacido en otras tierras. El parecido era simple coincidencia y una lápida caía de pronto sobre sus esperanzas.

Miranda adivinaba los pensamientos de su madre, pero le importaban muy poco. Solamente se preguntaba si Frieda representaba un peligro para ella. Después de observarla un rato se dijo que no: dada la timidez de su carácter, Frieda nunca intentaría imponerle su presencia. De conocer su identidad, habría murmurado una frase afectuosa, habría derramado tal vez algunas lágrimas. Y eso sería todo. Quizás le habría pedido que le contara un poco su vida o que le enviara cada año una tarjeta de navidad para tener noticias suyas y saber si estaba bien. Con esas migajas Miranda podía aligerar el corazón de Frieda y permitirle envejecer en paz. Pero no lo hizo; en realidad no veía razones para hacerlo, le dijo a Peter cuando regresó a Massachusets y Peter quiso saber si le había contado a Frieda que ella era su hija.

La pregunta de Peter y su aire consternado dejaron a Miranda perpleja. No entendía su reacción ante un relato tan banal. Había viajado a Alemania para conocer a su madre, la había visto y sopesado. No había más vueltas que darle. Peter, sin embargo, la miraba con una expresión de inexorable tristeza, como si ella no perteneciera ya a este mundo. Se volvió cada vez más evasivo y distante. No respondía a sus llamadas telefónicas y nunca más la invitó a pasar los domingos con su familia. Finalmente, Miranda se vio obligada a reconocer que Peter había dejado de amarla. Pero ni entonces ni después, a medida que los años iban acartonando la fina piel de su rostro, comprendió por qué Peter, así como otros hombres y algunas mujeres que la amaron, se ponían tan extraños, tan ariscos cuando ella les contaba aquel encuentro con su madre en un salón de té de Augsburg.

Marvel Moreno (foto)

‘Remedio para melancólicos’ de Ray Bradbury

–Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla –dijo el doctor Gimp.

–Si ya no le queda sangre –se quejó la señora Wilkes–. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila?

–Camila no se siente bien.

–¿Sí, sí?

El buen doctor frunció el ceño.

–Camila está decaída.

–¿Qué más, qué más?

–Camila es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.

–Ah, doctor Gimp –protestó el señor Wilkes–. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando usted llegó.

–¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!

–Condenación. Camila está harta de remedios soberanos.

–Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.

–¡Baje pues, y haga subir al demonio!

El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor. El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudando, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762. El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camila, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.

–Oh –Camila sollozaba casi–. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.

–Niña –dijo la madre–, ¿qué te duele?

–Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuántos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.

–Qué mal terrible, qué mal misterioso –dijo la madre–. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.

–¿Qué? –preguntó el señor Wilkes, enojado–. ¿Olvídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bolsillo. Qué quieres, ¿qué corra a la calle y traiga al barrendero?

–Sí –dijo una voz.

Los tres se volvieron, asombrados.

–¡Cómo!

Se habían olvidado totalmente de Jaime, el hermano menor de Camila. Asomado a una ventana distante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llovizna y el bullicio de la ciudad.

–Hace cuatrocientos años –dijo Jaime con calma– se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camila, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.

–¿Por qué? ¿Para qué?

–En una hora desfilan mil personas por la puerta –los ojos le brincaban a Jaime mientras contaba–. En un día, pasan veinte mil personas a la carrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.

–Ah –dijo el señor Wilkes, perplejo.

–Padre –dijo Jaime sin aliento–. ¿Conociste alguna vez a un hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ardor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sabiduría que se nos pierde!

–Jaime, hijo, eres increíble.

–¡Cállate! –dijo la señora Wilkes–. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle…

–¡Vamos, mujer! –dijo el señor Wilkes–. Camila se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jaime, ¡levanta la cama!

La señora Wilkes se volvió hacia su hija.

–¿Camila?

–Me da lo mismo morir en la intemperie –dijo Camila– donde la brisa fresca me acariciará los bucles cuando yo…

–¡Tonterías! –dijo el padre–. No te morirás. Jaime, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mujer! Arriba, hijo, ¡más alto!

–Oh –exclamó débilmente Camila–. Estoy volando, volando…

De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval. En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jaime y el señor Wilkes transportaban a Camila, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama–berlina, con los ojos cerrados, orando.

–¡Cuidado! –gritó la señora Wilkes–. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente…

Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camila, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.

–Trae pluma, tinta y papel, muchacho –dijo el padre–. Tomaré nota de los síntomas y de los remedios. Los estudiaremos a la noche. Ahora…

Pero ya un hombre entre la multitud contemplaba a Camila con mirada penetrante.

–¡Está enferma! –dijo.

–Ah –dijo el señor Wilkes, alegremente–. Ya empieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!

–No se siente bien –el hombre frunció el ceño–. Está decaída…

–No se siente bien… Está decaída… –escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo–. ¿Señor? –Lo miró con desconfianza–. ¿Es usted médico?

–Sí, señor.

–¡Me pareció haber oído esas palabras! Jaime, toma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!

Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemente exasperado.

–No se siente bien, y está decaída… ¡bah! –imitó el señor Wilkes, y se detuvo.

Pues ahora una mujer alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camila Wilkes.

–Vapores –entonó.

–Vapores –escribió el señor Wilkes, satisfecho.

–Fluido pulmonar –canturreó la mujer.

–¡Fluido pulmonar! –escribió el señor Wilkes, radiante–. Bueno, esto está mejor.

–Necesita un remedio para la melancolía –dijo la mujer débilmente–. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho…

–Flodden Road, piedra perejil… ¡más despacio, mujer!

–Opobálsamo, valeriana póntica…

–¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!

Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos. Una muchacha de no más de diecisiete años, se acercó y observó a Camila Wilkes.

–Está…

–¡Un momento! –el señor Wilkes escribía febrilmente–. Trastornos magnéticos, valeriana póntica.

–¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?

–Está… –la extraña joven escudriñó profundamente los ojos de Camila y balbuceó–. Sufre de… de…

–¡Dilo de una vez!

–Sufre de… de… ¡oh!

Y la joven, con una última mirada de honda simpatía, se perdió en la multitud.

–¡Niña tonta!

–No, papá –murmuró Camila, con los ojos muy abiertos–. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jaime, corre a buscarla, ¡dile que te explique!

–¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mira su lita!

–Ya sé, papá.

Camila, más pálida que nunca, cerró los ojos. Alguien carraspeó. Un carnicero, de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.

–He visto vacas con esa mirada –dijo–. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir…

–¡Mi hija no es una vaca, señor! –el señor Wilkes dejó caer la pluma–. ¡Tampoco es carnicero, y estamos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!

Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pócima favorita, o recomendar un sitio campestre donde llovía menos y había más sol que en toda Inglaterra o en el sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.

–¡Atrás! ¡Atrás! –gritó, alarmada, la señora Wilkes–. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!

–¡Fuera de aquí!

Jaime tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.

–Padre, me desmayo, me desmayo –musitó Camila.

–¡Padre! –exclamó Jaime–. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!

–Jaime, ¡tú sí que eres mi hijo! Pronto, muchacho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, señor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!

El gentío bullía como un mar encrespado. Camila abrió un ojo y volvió a desmayarse. Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpados de Camila temblaron como alas de mariposa.

–¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos peniques!

El señor Wilkes echó en la alforja la última moneda de plata.

–¡Listo!

–Tendré un coche fúnebre hermoso y negro –dijo la joven pálida.

–¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?

–Sí –dijo la señora Wilkes–. Esposas, maridos, hijos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocían la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.

–Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.

–Lee la lista, padre –dijo Jaime–. De las doscientas medicinas, ¿cuál será la verdadera?

–No importa –murmuró Camila, suspirando–. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estómago. Quisiera ir arriba.

–Sí, querida. ¡Jaime, ayúdame!

–Por favor –dijo una voz.

Los hombres que ya se encorvaban, se irguieron para mirar. El que había hablado era un barrendero de apariencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendidura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.

–No pude llegar antes a causa del gentío –dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia–. Iba ya para casa y decidí venir. ¿He de pagar?

–No, barrendero, no es necesario –dijo Camila.

–Espera… –protestó el señor Wilkes.

Pero Camila lo miró dulcemente y el señor Wilkes calló.

–Gracias, señora. –La sonrisa del barrendero resplandeció como un rayo de sol en el crepúsculo–. Tengo un solo consejo.

Miraba a Camila. Camila lo miraba.

–¿No es hoy la noche de san Bosco, señor, señora?

–¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! –dijo el señor Wilkes.

–Yo creo que es la noche de san Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien –prosiguió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma–, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna creciente.

–¡A la intemperie y a la luz de la luna! –exclamó la señora Wilkes.

–¡No vuelve lunáticos a los hombres? –preguntó Jaime.

–Perdón, señor –el barrendero hizo una reverencia–. Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del campo. El plenilunio es un color sereno, una caricia reposada, y modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo.

–Pero, ¿y si llueve? –dijo la madre, inquieta.

–Lo juro –prosiguió rápidamente el barrendero–. Mi hermana padecía de esta misma desmayada palidez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de la salud recobrada.

–¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jaime, Camila.

–¡No! –dijo la señora Wilkes–. No lo permitiré.

–Madre –dijo Camila, mirando ansiosamente al barrendero.

El barrendero de cara tiznada contemplaba a Camila, y su sonrisa era como una cimitarra en la oscuridad.

–Madre –dijo Camila–. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.

La madre suspiró.

–Éste no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.

Y la madre entró en la casa. El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.

–Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie las moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mejor. Buenas noches.

El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció. El señor Wilkes y Jaime besaron la frente de Camila.

–Padre, Jaime –dijo la joven–. No hay por qué preocuparse.

Camila quedó sola, mirando fijamente a lo lejos. Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titilaba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.

Camila aguardó a que saliera la luna.

La noche en Londres, voces soñolientas en las tabernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camila vio una gata que se deslizaba como una mujer envuelta en pieles; vio una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silenciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:

–¿Estás bien, hija?

–Sí, padre.

–¿Camila?

–Madre, Jaime, estoy muy bien.

Y al fin:

–Buenas noches.

–Buenas noches.

Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía. La luna se asomó.

Y a medida que la luna subía, los ojos de Camila se agrandaba y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna iluminó a Camila, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.

Un movimiento en la oscuridad.

Camila aguzó el oído. Una suave melodía brotaba del aire.

Un hombre esperaba en la calle sombría. Camila contuvo el aliento.

El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.

–Un trovador –dijo en voz alta Camila.

El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.

–¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? –preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.

–Un amigo me envió a ayudarte.

El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata.

–Eso no puede ser –dijo Camila–. Me dijeron que la luna me curaría.

–Y lo hará, doncella.

–¿Qué canciones canta usted?

–Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella?

–Si lo sabe…

–Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más…

El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.

–Depresiones, arrebatos –prosiguió el hombre–. Sueños…

–¡Basta! –exclamó Camila, fascinada–. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!

–Lo haré –el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente–. Tu mal se llama Camila Wilkes.

–Qué extraño –Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas–. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.

–Lo siento, sí.

–Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.

–Sí. Me queman los dedos.

–Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!

–No dejaré que te mueras –dijo el hombre en voz baja.

–¿Es usted doctor, entonces?

–No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal.

La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.

–Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme.

–Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!

–Pero, señor…

–Para sacarte el frío de la noche, claro está.

–Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?

La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.

–Bueno, Bosco, por supuesto –dijo.

–¡No es ése el nombre de un santo?

–Dentro de una hora me llamarás así, sin duda –acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero.

–Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!

–El remedio –dijo el hombre–. Y el remedio es este…

En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna…

–Chist…

El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en puntillas las escaleras y espiaron la calle.

–Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!

–¡No, mujer, mira! ¡Vive! Tiene rosas en las mejillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camila, viva y hermosa, sana una vez más.

Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.

–Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?

–El remedio –suspiró la joven–, el remedio soberano.

–¿Cómo, cómo?

La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blanca sonrisa.

–Un remedio –murmuró–, ¡un remedio para la melancolía!

Camila abrió los ojos.

–Oh, ¡madre! ¡Padre!

–¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!

–No –Camila les tomó las manos, tiernamente–. ¿Madre? ¿Padre?

–¿Sí?

–Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.

Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.

Ray Bradbury (foto)

‘La prostituta autorizada’ de Patricia Highsmith

Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llamaba Diego. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad, la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.
Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpia-ventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Diego que estaban las ventanas. A veces Diego tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpia-ventanas estaba allí cuando Diego salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde. Pero éstos eran ligas menores, y Sarah pasó a su abogado, lo que tenía la ventaja de que éste no cobraba extras por los servicios prestados a la familia Mendiola, la cual constaba ya de tres miembros.
Diego estaba orgulloso de su hijito Junior y se ruborizaba de placer cuando las amistades comentaban el parecido de Junior con él. Las amistades no mentían, se limitaban a decir lo que pensaban que debían decir, lo mismo que le hubieran dicho a cualquier padre. Después del nacimiento de Junior, Sarah cortó sus relaciones sexuales con Diego (que nunca habían sido frecuentes), diciéndole: “Con uno basta, ¿no crees?” Otras veces decía: “Estoy cansada”, o “Hace demasiado calor”. Vamos, que el pobre Diego sólo valía por su dinero –no era rico–, pero tenía una buena posición porque era relativamente inteligente y presentable, poco agresivo para resultar una molestia y… Bueno, eso era más o menos lo único necesario para satisfacer a Sarah. Ella tenía la vaga idea de que necesitaba un protector y acompañante. De algún modo, firmar “Señora de” daba más categoría.
Disfrutó tres o cuatro años de amoríos con el abogado; luego fue su médico; después, un par de maridos descarriados pertenecientes a su círculo social, más unas cuantas escapadas de dos semanas con el padre de Junior. Estos hombres la visitaban generalmente por las tardes, de lunes a viernes. Sarah era sumamente precavida e insistía –dado que su fachada principal era visible desde varias casas vecinas– en que sus amantes la llamaran desde algún lugar próximo, para que ella pudiese decirles si el panorama estaba despejado. La hora más segura era la una y media, cuando la mayoría de la gente estaba comiendo. Después de todo, lo que Sarah se jugaba era su techo y su comida, y Diego se estaba poniendo nervioso, aunque todavía no sospechaba nada.
En el cuarto año de matrimonio, Diego tuvo un desliz. Le había hecho proposiciones a su secretaria, así como a la chica que trabajaba detrás del mostrador, en su oficina de suministros, y había sido suave, pero firmemente rechazado, por lo que su autoestima se hallaba en menos cero.
–¿No podríamos volver a intentarlo? –fue la sugerencia de Diego.
Sarah contraatacó con una docena de batallones, con los cañones listos para disparar durante años. Se hubiera pensado que era una persona con quien se había cometido una injusticia.
–¿Acaso no he creado un hogar perfecto? ¿No soy una buena anfitriona? La mejor, según todos nuestros amigos, ¿no es así? ¿He dejado de ocuparme de Junior alguna vez? ¿He dejado alguna vez de tenerte preparada una comida caliente cuando volvías a casa?
Ojalá te olvidaras de la comida caliente de cuando en cuando y pensaras en otra cosa, deseaba decirle Diego, pero era demasiado bien educado para soltarlo.
–Y además tengo buen gusto –añadió Sarah como andanada final–. Nuestros muebles no sólo son buenos, sino que están bien cuidados. No sé qué más esperas de mí.
Los muebles estaban tan brillantes que la casa parecía un museo. Muchas veces a Diego le daba apuro manchar los ceniceros. Hubiese preferido más desorden y un poco más de calor. ¿Cómo podía decírselo?
–Ahora ven a tomar algo –dijo Sarah, más dulcemente, extendiendo una mano en un gesto sin precedentes en los últimos años. Se le acababa de ocurrir una idea, un plan.
Diego cogió su mano con alegría y sonrió. Repitió de todos los platos que ella le ofreció insistentemente.
La cena fue buena, como de costumbre, porque Sarah era una excelente y meticulosa cocinera. Diego esperaba que la velada tuviera un final feliz, pero en ese sentido quedó defraudado.
La idea de Sarah era matar a Diego a base de buenas comidas, de amabilidad en cierto sentido, de cumplir con su deber de esposa. Iba a cocinar más y de una formas más elaborada. Diego ya tenía barriga; el médico le había advertido que tuviera cuidado con los excesos en la comida, la falta de ejercicio y todo ese rollo.
Pero Sarah estaba suficientemente informada respecto al control de peso, como para saber que lo que cuenta es lo que se come, no el ejercicio que se haga. Y a Diego le encantaba comer. El escenario estaba preparado y ¿qué podía perder?
Empezó a usar grasas más fuertes, manteca de cerdo y aceite de oliva, a hacer macarrones con queso, a untar los sándwiches con una gruesa capa de mantequilla, a insistir en que la leche era una espléndida fuente de calcio, para combatir la calvicie de Diego. Él engordó diez kilos en tres meses. El sastre tuvo que arreglarle todos los trajes y luego hacerle otros nuevos.
–Tenis, querido –le dijo Sarah, preocupada–. Lo que necesitas es un poco de ejercicio.
Confiaba en que le diera un ataque al corazón. Pesaba ya más de cien kilos y no era un hombre alto. Se ahogaba al menor esfuerzo.
El tenis no sirvió de nada. Diego era lo bastante prudente, o lo bastante pesado, para limitarse a estar de pie en la pista y dejar que la pelota viniera a él, y si la pelota no venía, él no pensaba correr tras ella para golpearla. Así que, un caluroso sábado en que le había acompañado a las pistas como siempre, Sarah fingió desmayarse. Murmuró que quería que la llevase al coche para ir a casa. Diego se esforzó por levantarla, jadeando, ya que Sarah tampoco era precisamente una varita de nardo. Desgraciadamente para sus planes, dos tipos vinieron corriendo des el bar del club para echarles una mano y metieron a Sarah en el Jaguar con facilidad.
Una vez en casa, con la puerta cerrada, Sarah se desvaneció de nuevo y farfulló en un tono hermético, aunque débil, que era preciso llevarla arriba, a la cama. Era la gran cama de matrimonio de la cual les separaba dos tramos de escalera. Diego la alzó en brazos, pensando que no presentaba una imagen muy romántica subiendo trabajosamente escalón a escalón y dando traspiés mientras llevaba a su amada al lecho. Finalmente, tuvo que echársela al hombro, y aun así se cayó de cruces al llegar al descansillo del segundo piso. Jadeando fuertemente, todo a un lado para librarse del cuerpo inerte de Sarah, y volvió a intentarlo, esta vez simplemente arrastrándola por el vestíbulo enmoquetado hasta el dormitorio.
Sintió la tentación de dejarla tumbada allí hasta que recuperase el aliento (ella ni se movía), pero podía imaginar sus recriminaciones si volvía en sí en los próximos segundos y se encontraba con que él la había dejado tirada en el suelo.
Diego se puso de nuevo a la tarea, empleando en ella toda su fuerza de voluntad, porque, ciertamente, fuerza física ya no le quedaba. Le dolían las piernas, la espalda le estaba matando, y se asombró de lograr levantar ese peso (casi setenta kilos) hasta la cama.
“¡Uuff!”, dijo Diego, y retrocedió tambaleándose, con la intención de derrumbarse en una butaca, pero ésta tenía ruedecitas y se deslió hacia atrás, por lo que él aterrizó en el suelo, con un golpe que hizo temblar la casa. Un dolor espantoso le atenazaba el pecho. Se llevó un puño al pecho y mostró los dientes en una mueca de agonía.
Sarah le observaba, echada en la cama. No hizo nada. Esperó y esperó. Casi se quedó dormida. Diego gemía y pedía ayuda. Era una suerte, pensó Sarah, que esta tarde hubiera dejado a Junior con una canguro, en lugar de que ésta viniera a la casa. Después de unos quince minutos, Diego se quedó inmóvil. Sarah se durmió al fin. Cuando se levantó, comprobó que Diego estaba bien muerto y empezando a enfriarse. Entonces telefoneó al médico de la familia.
Todo le fue bien a Sarah. La gente dijo que hacía solo pocas semanas se habían asombrado del buen aspecto que tenía Diego, con las mejillas sonrosadas y todo eso. Sarah recibió: una fuerte suma de la compañía de seguros, su viudedad, mucha comprensión y afecto de la gente, que le aseguraba que ella le había dado a Diego lo mejor de sí misma, había formado un hogar perfecto, le había dado un hijo, en una palabra, se había entregado completamente a él, y había hecho que su vida, desgraciadamente, más bien corta, fuese tan feliz como podía ser la vida de un hombre. Nadie dijo: “¡Qué crimen tan perfecto!”, que era la opinión personal de Sarah, y ahora podía reírse al pensarlo. Ahora podía convertirse en la Viuda Alegre. Exigiendo pequeños favores de sus amanes –sin darle importancia, claro está– iba a vivir aún mejor que antes de morir Diego. Y podría seguir firmando “Señora de”.
Patricia Highsmith (foto)

‘Caza de conejos’ de Constanza Gutiérrez

Cuando llegamos ese verano, los conejos ya casi habían desenterrado nuestra casa por completo. Siempre supimos que eran plaga en el campo, pero ese año se habían desatado: había cientos, miles, un millón. Mi papá empezó a pasar horas afuera, cambiando y pegoteando PVC, y el ruido que hacía me ponía los pelos de punta. Me moría de nervios. Poco antes había descubierto un nuevo pasatiempo que requería de soledad y un poco de concentración, y con mi papá y mi mamá entrando y saliendo a cada rato, gritándose de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, no había caso. Cada vez que los oía venir tenía un segundo para subirme el cierre del pantalón y fingir que estaba leyendo o viendo tele. No soy una súper niña: era imposible, así que empecé a pasar muchas horas afuera yo también. Me iba con la Manola, mi perra, al estero que estaba al final de la parcela, o a los columpios, que ya me quedaban un poco chicos y a la Manola no le importaban para nada.

La principal entretención de ese verano fue cazar conejos. Nacho y yo esperábamos cada noche a que fuesen las diez, justo después de las noticias, y salíamos al patio, él con la escopeta y yo con la linterna, a cegarlos y dispararles. Nos sentábamos junto al estero, atentos a los sonidos del bosque (podíamos escuchar a los insectos y también a una lechuza) y esperábamos, ansiosos, a que los conejos salieran de sus madrigueras. Nunca matamos más de un conejo por noche, excepto la del dieciséis de enero – la recuerdo perfecto –, en que matamos tres y nos sentimos los cazadores más expertos del planeta. Cuando volvimos a la casa el papá estaba orgulloso y nos palmoteó la espalda. Fuimos donde los vecinos (en el campo ser vecino es un decir) a ofrecer conejos, y supongo que todos comieron eso al día siguiente. Nosotros también. La mamá hizo un kuchen de mora y jugamos cartas hasta tarde. Pregunté si podía tomar whisky y conté que pensaba que había descubierto mi vocación: iba a ser cazadora. Por supuesto, no tuve permiso para tomar nada y mi papá me preguntó si no me daba pena dedicarme a la caza. Ignacio se me adelantó, mostrando sus paletas redondeadas:

— ¡Cómo nos va a dar pena, si los conejos casi nos botan la cabaña! No seai ridículo po, papá.

Yo lo apoyé, qué tonteras preguntaba el papá. Por recomendación suya, dejamos de salir a cazar, pero llenamos el campo de trampas de esas que los agarran del pescuezo.

***

Nuestra casa del campo no era tan grande, pero nos bastaba. Sus dos pisos eran casi de un ambiente, salvo por la pieza de mis papás y los baños, pero la cocina, apenas separada por un mesón, era la misma cosa que el comedor y el living, donde teníamos una tele a perillas para ver las noticias en la noche y muchas fotos de los veranos pasados. Arriba no había paredes, solo una gran pieza a la que que se llegaba por una escalera caracol demasiado estrecha. Mi cama daba a una ventana en el techo y, mientras mi hermano leía, un poco más allá, yo me acostaba a mirar las estrellas pasar haciéndole cariño a la Manola. Ignacio era el encargado de apagar la luz y yo de despertarlo a una hora decente al otro día, antes de que el papá se enojara.

A mediados de enero mi papá seguía arreglando cañerías y tapando hoyos. También habían hecho hoyos alrededor de la piscina, así que era trabajo duro. La piscina no era gran cosa, era más bien chica, de esos típicos riñones de fibra de vidrio, pero mi papá odiaba a los conejos por haberla desenterrado. Lo tenían chato. Era el tema de nuestros desayunos, almuerzos y comidas. Hablábamos tanto de conejos que una noche soñé que me despertaba y la casa estaba sola. Me ponía el traje de baño y partía con mi toalla afuera. Me quedaba ahí parada un rato, mirando como la brisa movía, despacito y con cuidado, el agua de la superficie y luego dejaba mi toalla roja a un lado y, paf, me tiraba tremendo piquero. Cuando sacaba la cabeza del agua, repentinamente, la piscina estaba repleta de conejos que nadaban conmigo. Eran grises y jaspeados, grandotes, y no estaban preocupados por mi presencia: nadaban felices, como si la piscina fuera de ellos. Le conté a mi mamá, mientras jardineaba, y nos reímos un rato.

— ¿No te daba asco?

— Un poco de nervio, pero se veían graciosos, como si fuera una película de monitos animados.

— Podrías buscarlo en un libro de interpretación de sueños. En la casa hay uno, cuando volvamos lo miras – me dijo, sin despegar la vista de unas hortensias cuya existencia peligraba.

— No creo que exista un apartado de “Soñar con una plaga de conejos nadando en una piscina”. Creo que la gente aspira a nadar con delfines, no con conejos.

— Ah — suspiró —, no tienen idea.

Nos reímos.

Había que arreglar la piscina antes de que empezara a hacer más calor. Mi papá partió un lunes a comprar materiales; aprovecharía de hacer unos trámites, así que pasaría toda la semana fuera. Mi hermano también iba, con la excusa de buscar un curso para aprender a manejar, aunque yo juraría que era por la vecina con cara de pájaro que vivía a la vuelta. El Nacho era así, todos sus movimientos tenían que ver con una niña. Mi mamá y yo nos quedamos solas durante varios días. Ella cocinaba y yo ponía la mesa y lavaba los platos, y luego leíamos juntas el libro de un niño que estudia mucho solo para convertirse en sacerdote y salir del horrendo pueblo en el que vive.

— Cuando yo sea cazadora voy a tener que irme de la ciudad, mamá. Capaz me vengo a vivir para acá.

Estábamos tendidas sobre una manta en el pasto. Asomó los ojos por sobre el libro y me miró, seria. Le sonreí y miré para otro lado, nerviosa, y se empezó a reír. 

— Este asunto de los conejos te tiene obsesionada, Javi.

Al día siguiente, mi mamá bajó al pueblo a comprar algunas cosas. Me preguntó si había alimentado a la Manola, y le dije que no la veía desde ayer, pero que ya volvería, como siempre.

— Échale un ojo, no la veo hace rato.

Más que buscar a la Manola, que siempre volvía, yo quería quedarme esa tarde porque me gustaba estar sola un rato. Quería tirarme piqueros peligrosos en nuestra trizada piscina, andar en calzones por la casa, practicar mi nuevo descubrimiento, por fin, sin miedo. Pero fue difícil concentrarme, porque mi mamá me había traspasado su preocupación: la Manola no estaba y, aunque siempre volvía, ésta podía ser la excepción. Salí a gritar su nombre, pero no contestaba. Me hice un pan con tomate y mayonesa y no dejé de pensar en la Manola y sus ladridos mientras lo preparaba, pero luego me distraje con un libro que encontré junto a la cama del Ignacio y me quedé dormida.

Cuando desperté, el sol empezaba a caer y mi mamá aún no llegaba. Salí de la casa, grité fuerte “¡Manolaaa!” y esta vez sí escuché respuesta: unos ruiditos ahogados que venían desde el estero. Volví a gritar y volví a escucharlos. Me demoré mucho en encontrarla y, para cuando llegué donde ella, que estaba echada junto a un árbol, ya casi oscurecía. Una trampa para conejos la tenía agarrada del pescuezo.

La cara de pena de un perro debe ser la cara más expresiva que existe. Encima, hacen esos ruiditos agudos que le partirían el alma a cualquiera. La Manola tenía hambre, sed y estaba atrapada. Me mojé la mano en el estero y la dejé chupetearla. Lo hice muchas veces, pensando qué hacer. Si trataba de sacar la trampa, al más mínimo movimiento mal hecho, la Manola se moría. Quería llorar, quería cambiarle el agua a la piscina llorando. No me merecía eso. ¿Qué había hecho yo? Poner esas trampas de mierda, por supuesto. Quería matar a todos los conejos, quería llenar la piscina de conejos muertos.

La cosa era abrir la trampa sin que la Manola se moviera. Era una suerte que estuviera tan vieja y fuese tan apacible, pero aunque esa fuese una ventaja, sin luz no podría hacer nada. Tenía que pensar rápido. ¿Dónde estaba mi mama? ¿Por qué no llegaba? Pasé casi una hora pensando, sentada sobre el pasto, haciéndole cariño. En momentos así, una piensa un montón de cosas. Por ejemplo, que la diferencia que hay entre lo que se mueve y lo que no es terrible. No el gesto, que ya es impresionante, si no la milésima de segundo que da inicio a otra cosa: el paso entre la movilidad y la inmovilidad, o al revés. La fuerza que está contenida solo ahí. Lo que pase después no importa, lo importante es todo el poder, imperceptible todavía, que hay detrás de un pequeñísimo movimiento. Todo lo que podía apagarse con la Manola.

Respiré hondo y metí los dedos, lentamente, entre sus pelitos negros y el metal.

Constanza Gutiérrez (foto)

‘Mudanza’ de Santiago Craig

Pensamos que ahora todo iba a andar mejor. Por eso nos mudamos. Cerca, a quince cuadras de casa, sin cambiar de barrio. Nos fuimos a una calle arbolada, detrás de la estación. Una casa más grande. Arriba tenía una terraza la casa nueva, una veleta de metal con un gallo que apuntaba siempre al mismo lado. Tenía un tanque negro de agua que a la tarde proyectaba en el suelo una sombra de robot. Le decíamos “casa” a la otra, a la anterior. Tardamos unos meses en dejar de decirle a esta “la casa nueva”.

Veníamos de vivir quince años en un departamento sin sol y nos fascinaron el cielo, el aire, las ventanas anchas. El techo anaranjado que no se acababa nunca y que era un espacio nuevo y enorme para jugar. Nos vimos corriendo los cuatro con baldes y mangueras; sentimos la mediasombra en el patio interno tamizando el paso del aire fresco. Nos deslumbró una vida que imaginamos ahí, una vida posible. No pensamos en la instalación eléctrica, los problemas de humedad, el calor pegajoso, las puertas hinchadas. Teníamos ganas de no estar más allá, en nuestra casa, de irnos a otra parte, hacer otras cosas. Por eso la elegimos.

Cuando trajeron los canastos a casa, a la casa vieja, había una línea rosa en el cielo. Yo había bajado para ayudar a los de la mudadora, pero me dijeron que no, que no hacía falta. Me quedé parado y los vi descargar, apilar, subir, bajar, desapilar. El que más se movía era bajito y tenía tatuada la provincia de Buenos Aires en el gemelo de la pierna derecha. Me pidió un cigarrillo y, como me quedaba uno, lo compartimos. Me habló del cielo, dijo que estaba lindo, pero que iba a llover. Yo le conté que ahí, encima de las plazas, siempre se veían a la tarde esos colores. Son parecidos, dijo, el celeste y el rosa. Me dijo también que teníamos muchas cosas, que era una mudanza grande. Le hablé del aparador, de los sillones, de la mesa de la cocina. “Lo peor de todo son las cosas más chicas”, dijo. “Los juguetes, los discos, los libros”. Me dijo que no se terminaban nunca, que se reproducían. Me dijo que ojalá nos mudáramos a una casa grande, para que entrara todo. Hablamos un rato más de otras cosas. Del barrio, del calor, de la Copa Libertadores. Cuando terminamos el cigarrillo, siguió en lo suyo.

A la noche, en la cama, acorralados por los canastos y las cajas, planeamos con Mercedes los pasos a seguir. Le dije, como si fuera mi idea, como si se me hubiera ocurrido en el momento, que lo difícil iba a ser embalar las cosas más chicas y que eso era lo primero que teníamos que hacer. Dije “los libros”, dije “los discos”, dije “los juguetes”. Le conté que el chico de la mudadora me había preguntado si habíamos leído todos los libros. “¿Y qué le dijiste?” “Le dije que algunos sí y que otros no”. Los libros ahora estaban en cajas. En setenta y dos cajas. La única luz en el cuarto era la tele, el único sonido. Era blanca la luz, era intensa. Falsa. Daban Family Guy y Peter, el papá, corría desnudo en una base militar, dos soldados lo tiraban al suelo y le pegaban con sus palos. Nosotros no estábamos mirando, pero veíamos igual. Mercedes me acariciaba el pecho distraída; yo, las piernas.

“¿Cuántos libros habremos leído entre los dos?”

Sin nada el departamento era otra cosa. Una cosa fácil, sonsa. Todas las ventanas abiertas, la luz expuesta de las bombitas colgando en el techo, un olor neutro, mineral. Estaba limpio. Callado. Iba a vivir otra gente ahí en unos días: desconocidos. Así como estaba, era el lugar ideal para otra gente.

Fui el último en salir y revisé todo. Había quedado un zapato en un placard, un aplique de luz, la mitad de un espejo. Había un muñeco de Matute, el policía de Don Gato, tirado junto al bidet. Guardé todo en una bolsa de supermercado y me lo llevé. Una bolsa verde. Antes de irme, además, saqué de la puerta una estampita de San Cayetano. No sabía quién la había puesto ahí. Mi mamá, probablemente. Hace esas cosas. Cree. Yo no quería dejarles nada vivo a los que venían, nada con historia, nada nuestro. Salí, cerré con llave y apoyé la mano en la puerta gris. La acaricié porque estaba solo, porque quería hacer eso, porque había vivido ahí y ahora me iba.

No sabíamos nombrar las cosas nuevas. Le decíamos “pasillo” al palier, “comedor” al living. Los chicos querían salir al patio y salían, pero nos decían: “Vamos al balcón”. Abrimos las cajas, vaciamos los canastos. Hicimos montañas de basura. No sabíamos por dónde empezar.

Nos habíamos pasado cuatro horas viendo cómo subían los muebles y las cajas. Las escaleras cambiaban todo el tiempo. A veces eran más largas, otras más cortas. Los mudadores las transitaban tranquilos. Estábamos admirados.

Aunque la casa nueva era más grande que la anterior, las cosas no entraban. Mercedes llenaba bolsas de residuos con juguetes, revistas, adornos. Porquerías que nos había parecido bien mudar, pero que ahora veíamos absurdas. Yo me escapaba a la ferretería, al supermercado, al lavadero. A cualquier lugar en el que no hubiera polvo y cartón y cinta de embalar y esa luz blanca, sólida, constante que entraba por la ventana. Hablaba un rato de más con las cajeras, con el ferretero. Tardaba. Cuando volvía, callado, sin nada para decir, taladraba la pared y agregaba agujeros, colgaba ménsulas. Mercedes limpiaba y el polvo volvía a aparecer a sus espaldas. El polvo tenía sombra, aura, cola, como los cometas. Pero Mercedes limpiaba igual. Trataba de estar contenta, cada vez que levantaba la vista del suelo me guiñaba un ojo, sonreía.

Para dormir cerrábamos todo con llave, con pestillo. Los dos apretábamos las manos, las mandíbulas. Charlábamos en voz muy baja.

“Estamos respirando polvo. ¿Esto les hará mal a los chicos?”

A los nenes les gustaba el patio. Se formaba una sombra pareja, corría un aire. El piso era de baldosas grandes y cuadradas. Armaban ahí una casita con el ténder y las sábanas. Simón entraba agachándose apenas y Mina lo esperaba adentro. Jugaban a vender y comprar juguetes, a cambiarle los pañales a un bebé de plástico. Se peleaban por los broches. Los dos querían tener los rojos, los verdes, los amarillos. Mercedes y yo íbamos de un lado al otro moviendo cajas, atornillando, deshaciendo envoltorios. La casa nueva era larga. Los ambientes estaban dispuestos de la calle hacia el fondo. La casa nueva se metía para adentro. Sin decirnos nada, la dividimos en dos, como hacían los nenes con el ténder. De la cocina hacia la calle era una, de la cocina hacia el patio era otra. La cocina era el centro de la casa. No era exacta la división, no era geométrica, pero resultaba natural.

Hacia la calle estaban el living, los baños, las habitaciones. Hacia el patio, el lavadero, el cuarto de las herramientas, el estudio, las escaleras circulares que llevaban a la terraza. Los nenes le decían “tienda” a su casita. Tienda por negocio y por el modo en que llaman a las carpas en los dibujos animados. Por repetir lo que veían en la tele, también cantaban una canción que decía “hogar dulce hogar, mi casa es mi lugar…”. Como hacía calor, andaban todo el tiempo en cuero, descalzos, con sus bombachas de Minnie, sus calzoncillos de Spiderman. Bailaban. Nosotros les decíamos que no tenían que andar así, que en la casa había polvo, que había arañas. Ellos se metían entre las sábanas o se buscaban sus rinconcitos. A veces, estaban un rato perdidos, se escondían en algún hueco y nosotros jugábamos a encontrarlos.

Durante las primeras semanas, nos costaba descansar. Mercedes me dijo una noche que le daba miedo tener miedo. Miedo a la casa. Yo le dije que era por los ruidos nuevos, por la falta de costumbre. Enumeré todas las medidas de seguridad que nos protegían. Le dije que estábamos cubiertos. Ella me dijo que el miedo era a otra cosa. Le dije que las otras cosas no existían, pero no estaba pensando en eso. Me parecía que la cama era más grande en la casa nueva; que ella estaba más lejos. La abracé y ella me apoyó la cabeza en mi pecho. Abrazarla era incómodo, aunque la cama era la misma y nosotros también.

Cruzando la calle había un bar, y por eso a la noche se escuchaban conversaciones y risas. No era raro que uno de los dos se despertara y encontrara al otro despierto. A cualquier hora. Escuchando lo que decían los que estaban en el bar. Con los ojos chiquitos, pero abiertos, nos pedíamos descansar. Nos decíamos uno al otro que tratáramos de dormir, que estaba todo bien. Que el lío era afuera.

Por ese insomnio andábamos solos de noche. Descalzos. Nosotros dos, pero también los chicos. Íbamos al baño, a servirnos un vaso de agua en la cocina. No encontrábamos cómo prender la luz, nos sorprendían los muebles.

Una madrugada, me encontré con Mina en el pasillo. Estaba sentada en el piso, abrazando a su conejo celeste. Cecilio. Me dijo que no había sabido volver, que no había podido encontrarnos. Me dijo que en la casa nueva se perdía.

No era tan grande la casa, era distinta, por eso nos parecía desolada. Estábamos desorientados todavía. Era cuestión de acomodarnos.

Cuando cada uno fue encontrando su lugar, yo empecé a estar más que nada en el estudio. Colgué algunos cuadros con fotos en blanco y negro, armé a mi gusto la biblioteca, el escritorio. Llené los dos cajones de madera con mis lápices y mis papeles. Cosas que había llevado de lo de mis padres a mi departamento de soltero, después a mi casa anterior y ahora a esta. La mudanza me había hecho pensar en las cosas que arrastraba conmigo. Las cosas que elegía. En un sobre blanco, guardaba unas treinta estampitas de comunión. En cada una había un nombre en letras doradas, celestes, azules: mis compañeros de cuarto grado. Dibujos de angelitos y pesebres, hostias iluminadas, palomas blancas. También guardaba cartas de novias de la adolescencia, envoltorios de chocolates, fotos carnet. Guardaba una medalla de tercer puesto.

Había una ventana alta en el estudio. Apuntaba al oeste y el sol que entraba a la tarde era tibio, menos agobiante que el de la cocina y el comedor. Ahí pasaba el tiempo trabajando y escuchaba poco los ruidos de la casa. De vez en cuando, me aburría y cruzaba el pasillo, la cocina, el living. Buscaba a los chicos en su habitación, a Mercedes donde fuera que estuviese, para preguntarles si estaba todo bien, para besarlos. Siempre encontraba un detalle distinto en mis recorridos. Una grieta, una mancha de humedad, un relieve ondulante en el marco de una puerta. A los chicos los veía casi siempre separados, dibujando, haciendo filas de bloques y autitos. A veces me pedían que les contara cuentos. Como me distraía mirando los recuerdos que encontraba en los cajones, siempre tenía algo para decir. Les hablaba de mis compañeros de primaria, de cómo nos habíamos robado una vez un conejo de una veterinaria y lo habíamos adoptado. Le habíamos dado tanto de comer que el bicho se había muerto indigestado. Golosinas le dábamos. Cuando se murió, lo enterramos en un baldío, al lado de la casa de Juan Manuel, enfrente de la cancha de Excursionistas. Pusimos una lata de dulce de membrillo como lápida y en el dorso escribimos su nombre: Palmito. Porque era blanco, en un punto, tubular, impávido, lo habíamos llamado así. También les contaba de los juguetes que venían con los chocolates Jack, del olor a tabaco de pipa que tenía mi abuelo en los dedos, de un premio que una vez me habían dado en la plaza de un pueblo, lejos, cerca de una estación de tren. Me distraía en las anécdotas y ellos se iban. Me quedaba hablando solo, escuchando el eco de mi voz contando siempre lo mismo. Después, volvía al estudio. Cruzaba el living, la cocina, el pasillo y me sentaba a estar ahí hasta bastante después de que el sol tibio se fuera.

Mercedes se había obsesionado con las arañas. Estaban en el techo sobre todo, en lugares fáciles de ver, difíciles de alcanzar. No tenían carne las arañas, eran como flores de alambre. Ella decía que las arañas picaban por maldad a la gente nueva. No sabía de dónde había sacado la idea, pero estaba convencida. Decía que las arañas tenían una especie de olfato, de sensor que detectaba lo nuevo y lo agredía. Que así marcaban su territorio. Yo lo que podía ver era que las arañas estaban lejos, que más bien nos evitaban. Había una en la habitación, al lado de la lámpara del techo. Cuando nos íbamos a dormir, la veíamos. Estaba quieta siempre, pero cada noche estaba quieta en un lugar distinto. Mercedes decía que la araña nos estaba midiendo, que se movía hacia los costados, que tejía su tela con malicia. Yo, todas las noches, le decía que al día siguiente iba a comprar un plumero para matarla. Me acostaba boca arriba y medía la distancia entre la cama y el techo, entre la araña y nosotros. A medida que pasaban los días, me parecía que la araña estaba cada vez más lejos. Cuando salía de casa, me olvidaba de la araña, del techo, del plumero. Hacía mis cosas. Estaba en el mundo. Y no pensaba en la araña hasta la noche.

Afuera de casa estaba lo mismo. Cuando cerraba la doble puerta de vidrio con la llave chata, grande, incómoda, cuando saludaba a los vecinos desconocidos, cuando arrastraba a los chicos por la vereda, peleando un poco siempre, apurándolos. El mismo aire frío con el que empieza el otoño desde que nací, y también antes, pero sobre todo desde que nací, desde que me acuerdo de mi nariz resistiéndose todavía, inquieta, húmeda, a dejar que se fuera el verano, que se hicieran más cortos, más parecidos los días. Lo mismo. No había afuera nada indicando que ya no estábamos en casa, que ya no veníamos del mismo lugar, ni mis hijos ni yo, contando de dónde había salido ese cansancio distinto, esos ojos chinos, las palabras que tardaban en llegar de la intención al sonido, que se alargaban en una vocal bovina interminable y que no se decían nunca. En el trabajo, descontaban mi estrés por la mudanza, me asumían algo más distraído, agotado, pero no me decían: ¿Cómo es vivir ahora en un lugar nuevo? ¿Cómo es haber visto que todo lo que tenés se puede embalar con sábanas, con canastos, con cajas? ¿Qué te impresiona de los techos desconocidos, de los zócalos amurados a medias, de no reconocer ningún olor, ningún pliegue habitual en la luz que entibia las persianas? No había cambiado nada para nadie. Y yo quería decir cosas que sonaban ridículas. Que, aunque afuera todo seguía igual, adentro de casa todo cambiaba. Quería preguntarles si no les había pasado a ellos, mirar mucho tiempo una araña, la misma araña, y pensar que a lo mejor ella era la dueña de algo que uno estaba usando sin permiso, sin saber: una habitación, el aire, el mundo.

Yo siempre me concentré en las piernas de Mercedes. De ella fue lo primero que vi. Largas, blancas, triangulares. Las piernas de Mercedes estaban, para mí, antes que Mercedes. Lo demás vino después. Su manera de hablar, sus ojos redondos, su risa. Todo lo que somos ahora.

Cuando podía, en los pocos ratos en los que nos cruzábamos y estábamos solos, o con los chicos distraídos en sus cosas, le acariciaba las piernas. Era una forma doméstica de mantra o meditación. Aunque no sé qué es un mantra, la verdad. No con certeza. Lo que quiero decir es que pasar la palma de la mano por sus piernas, distraído, me sacaba un poco de mí, me alejaba hacia arriba, me calmaba. En la cocina, mientras cenábamos, pero sobre todo en la cama, con ella dormida y exhausta y yo mirando cualquier cosa que dieran en la tele. Eso extrañaba. Desde que estábamos en la casa nueva, acariciar las piernas de Mercedes como un perro enano, un conejito tibio. Esa tranquilidad.

En la casa nueva el aire vibraba, había polillas siempre en alguna parte. Hablábamos poco o no hablábamos más. Cuando estiraba el brazo sus piernas no estaban, había siempre otra cosa.

Tenía partes Mercedes. Sus piernas, su espalda, sus caderas. Yo podía separarla en esas partes. Desagregarla. La casa nueva también había sido primero el piso sucio, los techos altos, la luz extraña del baño, los ruidos a la noche, las arañas. Así también la iba conociendo.

De a poco, a veces, esas partes se juntaban, empezaban a armar ese lugar al que volvía todas las noches. Con el sol apenas resistiendo todavía, a eso de las seis, seis y media, le mandaba mensajes a Mercedes desde el teléfono. “Extraño tus piernas”, le escribía. Ella me contestaba con corazones rojos dibujados, con caras amarillas sonrientes. Pero cuando llegaba a casa, a la casa nueva, sin olor, sin luz familiar, sin conversaciones susurradas, se iba disipando el romanticismo. Yo le hablaba de mí a Mercedes, de mis asuntos laborales, desde el palier, mientras ella resolvía en la cocina qué hacer con el humo, las frituras, el calor. No me escuchaba y yo dejaba de hablar, porque así estaba bien. Desde alguna parte siempre se oía la voz de los chicos peleando. Lo que yo no decía era que, mientras me movía, en la casa, en la oficina, en el banco, en las boletas y los arreglos y las cuentas, sentía que empujaba una piedra cuadrada.

Uno de esos mastodontes con los que los esclavos de otros tiempos construían templos y pirámides. Como los esclavos, yo sabía la piedra, pero no la pirámide. Yo sabía la mecánica, la repetía, pero no sabía el plan. Deambulaba pensando en las piernas de Mercedes y cuando llegaba a la cama, a la noche, Mercedes estaba ya lejos. No la podía tocar. Me adormecía, y cada parte de ella, cada parte de la casa me quedaban lejos.

El ruido de los chicos se parecía a un queso. Yo me lo imaginaba así y escribía en la luz blanca de la computadora, con el cursor titilante, que el ruido de los chicos era amarillo, blando, con agujeros. Llegaba de otra parte el ruido de los chicos. Yo estaba siempre sentado, siempre con una picazón alérgica en los párpados. Terminando algo que había dejado por la mitad, buscando lo que necesitaba en Internet, escribiendo. Quería morder el ruido de los chicos, comerlo entre dos panes y metérmelo adentro. Los veía poco. Habían elegido sus rincones en la casa, sus huecos, y, cuando llegó el invierno, casi no nos cruzábamos. Tampoco veía mucho a Mercedes. A veces me mandaba un mensaje, o me llamaba desde donde estuviera. Me decía: “Vení”. Yo le decía que en un rato, pero me costaba remontar el camino hasta ella y, muchas noches, me acostaba en el sillón y ahí me dormía.

Acostado, enumeraba todas las cosas que todavía faltaba arreglar en la casa nueva. Los zócalos, las persianas, las cerraduras. Se me mezclaban esas preocupaciones con los recuerdos del día y con esa mezcla se me hacían los sueños. La ventana del estudio tenía marcos de madera y no la podía abrir porque se habían hinchado. En la ventana, cuando llovía, las gotas rebotaban fuerte. Mezclado con el ruido de los chicos, el ruido de la lluvia sonaba un  poco extraterrestre. Y llovía mucho. Siempre. Entonces, soñaba con las personas que en el subte acarician los altares de las vírgenes y se quedan ahí parados, apoyando las manos en los pies de yeso, mirándolas a los ojos o con la vista baja, clavada en el piso grasiento. Me acercaba a ellos en el sueño, sin pudor, porque sabía que no era cierto lo que pasaba, que estaba dormido y no ahí con ellos, y los escuchaba susurrar con voz de lluvia, con voz marciana, que por favor les hiciera crecer madera en los huecos de la pared, que les tapiara las ventanas rotas, que les soldara los picaportes. Me daba compasión su fe, un calorcito en el pecho. Me ponía a rezar también. Pedía con ellos. Me despertaba sobresaltado y, entre el sueño y la vigilia, suponía ciertos los milagros. Volvía al monitor, al cursor titilante y escribía acerca de las cosas que soñaba, los agujeros de aire en el ruido de los chicos, las vírgenes de yeso. Atravesaba los pasillos, el comedor, el living, los baños. Pasaba al costado de las escaleras circulares, rompía con el canto de la mano las telas de las arañas y después me soplaba en las palmas, me acariciaba el pecho para calentarme. Llegaba al pasillo, a veces, otras al sillón, a la habitación de los chicos, incluso, de vez en cuando, a mi cama. Todos estaban dormidos siempre y al rato de cerrar los ojos era otra vez de día.

Una casa nueva enseña a medir el entusiasmo. Nada de lo que uno enchufa anda, nada de lo que uno amura se sostiene. Siempre hay un centímetro de más en lo que uno hace, un centímetro de menos. Los estantes se tuercen, la cinta se despega, las lamparitas explotan cada dos días y nunca es sólida la señal de internet. Por eso, cuando empezó la primavera y el piso estaba limpio, todas las cajas vacías, las persianas puestas, el olor a madera y a café ya asentado, dejamos de hacer cosas. La casa iba a ser así, al menos por un tiempo; estaba lista.

En esa casa terminada, desplegábamos nuestros días como un mantel en el pasto. Cada cual los suyos: salir temprano, casi de noche, volver por la tarde o a la hora de la cena, quedarse. Haciendo lo que había que hacer, nos fuimos acostumbrando a vivir ahí hasta olvidarnos de la novedad. Nos veíamos poco, nos encontrábamos. Algunos días en el baño grande, otros en la cocina. Cuando estábamos juntos, no nos decíamos casi nada. Hablábamos, sí, pero sin saber de qué. Aceptábamos que cada uno estuviera en su lugar, con sus asuntos. Desde el estudio yo veía crecer el pasillo, estirarse como un bostezo hasta el lavadero, la cocina, el living, los dormitorios. Pasaban las siluetas de los chicos y de Mercedes flameando un rato y desaparecían igual que los espejos de agua en las autopistas. Los miraba pasar y les gritaba que tuvieran cuidado con las arañas, que no corrieran, que no se molestaran, que midieran las distancias, los bordes. Decía lo que dicen los padres. Cada vez más fuerte y, a mi pesar, con sorpresa, cada vez con menos convicción. Sabía que no me escuchaban y que, además, lo que pudiera gritar no era tampoco importante. La casa se tragaba lo que les decía, sus pasos, el poco tiempo que pasábamos juntos. Mercedes decía sus frases de mamá también, se quejaba de lo mismo, ponía los mismos asuntos simples por las nubes. Yo la escuchaba como se escucha el agua en las cañerías. Pronto los dos íbamos a cumplir cuarenta años.

Pensábamos que todo iba a andar mejor, y era cierto. En la casa nueva, de algún modo, las cosas funcionaban. No era la idea que teníamos, el plano que nos habíamos dibujado en los manteles de papel de los bares, en los cuadernitos escolares cuando hacíamos listas. Corrimos, sí, alguna que otra vez en la terraza, tirándonos baldes con agua cuando llegó el verano, nos acostamos de espaldas en el piso anaranjado a ver el cielo. Tuvimos más espacio todos con la mudanza, pudimos respirar mejor, tuvimos más aire. Aunque estuvieron en el invierno el frío y la lluvia y en el verano volvió el calor agobiante. Un vaho de humedad que desteñía la casa, la escurría en búsqueda de bordes frescos. Las cosas funcionaban porque sabíamos que nunca íbamos a conocer la casa entera, terminada. La casa era ese lugar y ahí estábamos. Los nenes en el patio vendiéndose broches entre las sábanas y nosotros dos cada uno en algún lado. Yo, en el estudio; Mercedes, en el cuarto viendo tejer en el techo su tela a las arañas. No las matamos nunca, las dejamos. Tampoco terminamos de tapar todos los agujeros, de envolver con cinta todos los cables. Nos quedamos así. Nos seguimos despertando de noche. Por los ruidos o por cualquier otra cosa. Y caminamos. Caminamos. En la oscuridad. Y donde ya no dimos más, nos acurrucamos a descansar. Así, aprendimos a habitar esos espacios de la casa nueva. Perdidos y sin pensar ya en dónde habíamos estado antes. No nos decíamos nada, pero los cuatro sabíamos que todas las mañanas la casa cambiaba, todas las tardes, todas las noches. Que algunos días era más grande, otras más alta; que algunas madrugadas era una autopista el pasillo, el baño un estadio. Nos tocábamos el pelo cuando nos veíamos, nos hacíamos muecas, nos reprochábamos ausencias, nos contábamos algo que nos había pasado afuera esa tarde, hacía unos días. Peleábamos por pelear, nos dábamos besos. Casi no hablábamos ya de la casa. Muy de vez en cuando, los chicos nos decían que a la noche el piso estaba frío y las paredes quemaban.

Santiago Craig (foto)

‘Desde la hamaca del general’ de O. Domínguez

En su novela “El General en su Laberinto”, García Márquez se reafirma como jefe único de relaciones públicas, prensa y similares del juego del ajedrez, el esperanto de la imaginación.

En efecto, mientras vive el Waterloo de su soledad en compañía de su fiel escudero José Palacios, quien no era un hombre sino una multitud, el general Simón Bolívar dedica parte de sus postreros ocios a mover las piezas del ajedrez con las cuales se había familiarizado en su segundo viaje a Europa.

Cuenta don Gabriel, el de Aracataca, que un fraile, enviado especial de Dios, Sebastián de Sigüenza, le prestaba a Bolívar “una ayuda encubierta. El fraile aceptó de buen grado, y lo hizo bien, dejándose ganar al ajedrez en las tardes áridas en que esperaban a los enviados de Urdaneta”.

Acostumbrado a la infidelidad de sus amigos y a las zancadillas de sus enemigos criollos o importados, a Bolívar “poco le faltó para hacerse un maestro jugando con el general O’Leary en las noches muertas de la larga campaña del Perú”. Pero no se sintió capaz de ir más lejos. “El ajedrez no es un juego sino una pasión”, decía. “Y yo prefiero otras más intrépidas”. 

Mejor si tenían nombre de mujer. Manuelita, por ejemplo, quien ayudó a su cuchichuchi (el Libertador) a enrocar corto y fugarse por una ventana que sigue ahí, en la calle Décima, entre carreras Quinta y Cuarta, frente al teatro Colón, en Bogotá, a la espera de turistas que quieran tomarse selfis con ella.

¿Qué hizo el general Bolívar por el ajedrez? A pesar de que prefería pasiones de dos pies, lo incluyó en sus programas de instrucción pública, “entre los juegos útiles y honestos que debían enseñarse en la escuela. La verdad era que nunca persistió porque sus nervios no estaban hechos para un juego de tanta parsimonia y la concentración que le demandaba le hacía falta para asuntos más graves”.

Precisamente, un bisnieto del anfitrión del Libertador en las minas de plata en Honda, Mr. Edward Nicholls, el fallecido maestro Boris de Greiff, fue uno de los protagonistas de una partida de ajedrez cubierta por el Nobel García Márquez, en casa de Fernando Gómez Agudelo.

(García Márquez no da el nombre del anfitrión, lo que en su momento “enfureció” a los Nicholls, que lo tienen bien averiguado y salieron al rescate de Mr. Edward. Palabra de Boris)

Con anterioridad, en su autobiografía amorosa, ‘El amor en los tiempos de cólera’, García Márquez, en un gesto que puso a los ajedrecistas del mundo a leer con pañuelo las penas y alegrías del amor de Fermina Daza, decidió que las dos primeros personajes que entran en escena, el médico Juvenal Urbino y el suicida antillano, fotógrafo de niños, Jeremiah de Saint-Amour, fueran rivales y cómplices en el juego que lleva la divisa de Los tres mosqueteros de Dumas, “Gens una summus” (somos una familia).

Y así como todo alcalde manda en su año, García Márquez manda en sus novelas. Por eso en su ‘Amor en los tiempos…’, puso al suicida a jugar ajedrez con su novia, la misma noche de su muerte. Ajedrez antes del suicido, un plato poco fácil de digerir.

Jeremiah perdió la partida con esta Judith Polgar de la literatura de Macondo, pero no se dio muchas ínfulas pues dijo que su costilla, “extraviado ya por las brumas de la muerte, movía las piezas sin amor”.

Gabo ha sido también cronista ajedrezado: hace varios años cubrió en la casa de Fernando Gómez Agudelo, una partida entre el pianista vienés Paul Badura Skoda y el maestro Boris de Greiff. Ese encuentro lo ganó Boris y mereció una crónica en El Espectador, que el Nobel tituló, “La larga noche de ajedrez de Paul Badura Skoda”.
Pasó el tiempo, regresó Badura, buscó a Boris en Coldeportes, lo citó a la misma casa de Agudelo, y en presencia del fallecido Otto, el Tigre de Amalfi, tío de Boris, el europeo se desquitó con sus manos de pianista.

Hay, pues, una insistencia feliz de parte de García Márquez en favor del ajedrez, una forma de ser felices sin abrir la boca. Y si el impulso que le dio el general desde su hamaca a esta pasión contribuye a que aumente la afición y se multipliquen los salones Maracaibo, “yo bajaré tranquilo al sepulcro”, como diría el General.
Y ya para terminar, recordemos que apenas ocho palabras tiene la frase del crío Gabriel que se puede considerar ‘la primera piedra’ de lo que sería su Nobel de Literatura: “El Belga ya no volverá a jugar ajedrez”. 

La pronunció un domingo al abandonar, con su abuelo cómplice, la casa donde habían visto el cadáver del suicida europeo que había pasado a peor vida gracias a una sobredosis de cianuro, después de ver la película ‘Sin novedad en el frente’.

Para no desertar solo, le suministró a su perro idéntico menú.

El belga y el coronel disputaban partidas de ajedrez, “mudas e interminables”, en presencia del niño que en el fondo debió celebrar el suicidio del rival de su pariente. De regreso a casa, el coronel contó la salida de su nieto como una genialidad.
“Hoy me doy cuenta, sin embargo, de que aquella frase tan simple fue mi primer éxito literario”, escribió Gabo en su autobiografía.

La familia del coronel no sólo aplaudió la metáfora, sino que a medida que la repetían ante familiares y visitantes, le iba sumando arandelas. Las versiones fueron tantas y tan disímiles que “terminaban por ser distintas de la original”, cuenta el fabulista.

Óscar Domínguez (foto)