‘Mascarada’ de Juan Carlos Onetti

María Esperanza entró al parque por el camino de ladrillos que llevaba hasta el lago entre sombras de árboles y torcía justamente al llegar a la orilla chocando contra la luz de los reflectores, las espaldas todas negras de la gente que miraba deslizarse las lanchas con banderines y música, los danzarines en la isla artificial. Estaba cansada y los tacones, tan altos como nunca los había usado, le hacían arder un dolor como una herida en los tendones de los tobillos. Se detuvo; pero no era ahí, sentía sin saber por qué, que no era y además tenía miedo de aquellas caras absortas, graves o sonrientes, miedo porque eran caras tan semejantes a la suya misma bajo la violenta, blanca, roja y negra pintura con que la había cubierto, miedo de que las caras miraran comprendiendo su fraternidad y la miraran en seguida con odio por estar haciendo algo que no debía hacerse cuando se tenía una cara así, cuando se la había tenido, unas pocas horas antes, sin pintura y limpia frente al espejo, luminosa, alegre, con el cabello goteando agua y sin vergüenza.

Caminó por la orilla del lago que hendía la sombra y la arboleda, con la música de la danza en la isla temblando en el aire que le rodeaba el cuello. Se sentó en un banco y sacó los talones de los zapatos, cerrando los ojos, inflando la cara al suspirar, feliz y soñolienta al abandonarse a lo que contenía la noche, una lejana música y un olor de flores. Pero vino el recuerdo de aquella espantosa cosa negra que había sucedido unas horas antes, en seguida de la presencia de su cara limpia en el espejo y el rostro malicioso del recuerdo amenazaba tocar su corazón, asustar su cuerpo flojo sobre el banco. Se levantó, caminando ahora hacia el lado del parque que daba a la rambla.

A medida que se acercaba a las luces y comenzaba a distinguir los carteles luminosos del circo y las luces de colores de los kioscos, y la música del ballet en el lago moría a sus espaldas mientras las marchas y los tangos de los cafés se acercaban a sus mejillas, iba enderezando el cuerpo, alargando los pasos, haciéndolos más lentos y remedando el andar ensayado antes de salir. También llevaba ahora la última cabeza contemplada en el espejo, muy levantada, con las cejas arqueadas y una promesa de sonrisa.

Ya estaba entre los ruidos de la otra zona del parque, ensordecida por la mezcla de música, risas, llamados a los mozos, frases repetidas por los mozos a los mostradores. Todavía le quedaba, inmediatamente antes de la intensa luz y el estrépito, una sombra de un árbol desde donde mirar los tablados y sus recogidas cortinas. Un trío de zapateadores golpeaba en un escenario, vestidos de marineros.

La mujer, pequeñ­a, se movía entre los dos gigantes. Uno de los hombres tenía una cara clara y triste donde colgaba la nariz; el otro era delgado, de frente estrecha y pelo negro y aceitoso y toda su cabeza, su mismo estrecho cuerpo al balancearse mostraban un incurable, un activo resentimiento con la vida. Ella era rubia y sonreía acalorada, roja, sonreía con dientes de ni­ño, sacudiendo el pelo, marcando de manera excesiva el compás con los brazos, los pies y las caderas, sonreía, con un foco de luz blanca en la cara implacablemente quemando su cara, royéndole la nariz con su blancura.

A la derecha un hombre de frac mostraba al público un mono encogido sobre una mesa, vestido de groom, mientras otro mono, más grande, triste, de pesados movimientos, gui­aba los ojos apretando un acordeón entre los brazos, sacando siempre la misma nota, el mismo soplo que sonaba definitivo. El hombre de frac hablaba muequeando con voz enronquecida y la gente reía a carcajadas, siempre de acuerdo, hacía una pausa de silencio y frescura y volvía a reír de golpe, sin que María Esperanza, riendo apoyada en el árbol, con la mano apretando un nudo de la corteza, pudiera saber si reía del hombre, de lo que decía el hombre o de cuál de los monos.

A la izquierda, más lejos, detrás de una hilera de lámparas blancas y azules –un azul tan triste, tan desagradable como nunca había visto, como no imaginaba que pudiera ser nunca un azul– encima de una música de piano que parecía girar repitiendo siempre lo mismo, una mujer vestida de hombre, con gorra y un pañ­uelo rojo al cuello cantaba con voz incomprensible, fumando. Mirando a un lado y otro como si siguiera el viaje de sus palabras en el aire y quisiera saber hasta dónde podrían llegar, hasta dónde lograba empujarlas y encima de la cabeza de qué espectador caían, abajo de qué mesa y en qué porción de tierra con pasto aplastado terminaban. Sobre el lejano escenario la mujer vestida de hombre no tenía cara. María Esperanza quedó con las espaldas recostadas al árbol, el mundo en las vértebras. Nada podía saber de lo que la mujer estaba cantando, pero alguna palabra escapada de la fiesta nocturna venía a darle una triste felicidad como la de un rato atrás, perdida en la sombra del banco. El cielo era negro y al mirarlo sintió que un aire frío llegaba de la playa, un aire que podía acabar con su energía y entregarla en forma definitiva al desconsuelo ella y su cuerpo, contemplados por el rostro malicioso del recuerdo en que no debía pensar.

Dejó el árbol y se puso a andar entre las mesas. Al dar un paso nadie la miraba y al mover la otra pierna todas las cabezas se volvían para mirarla, todas las sonrisas, los ojos brillantes, las caras con sudor giraban hacia ella, pero ya al paso siguiente avanzaba sola, no vista por nadie. Se detuvo. Se detuvo indecisa frente a la mesa de un hombre gordo de retinto bigote que bebía un jarro de cerveza, sin mirarla, mirando por encima de la espuma de la cerveza el zapateo en el escenario. Estaba sola como si hubiera traído el árbol consigo, como si escondiera el perfil en la tajeada corteza y la mano pudiera apoyarse, olvidada, en el nudo de borde pulido.

Una mujer movió un sombrero con flores al inclinarse riendo y en seguida las tres caras de los zapateadores estaban mirándola, todos los rostros se habían vuelto hacia ella y por más que caminara, sin perder, oh, gracias a Dios, aquel andar amorosamente ensayado, siempre tenía que pisar tontamente en el sitio donde la luz era más fuerte, donde convergían las luces de colores, las miradas de todas las personas sentadas a las mesas y que paseaban sin prisa, solas, en parejas, con niños, sin prisa por el parque en la fresca noche de verano. María Esperanza cerró los ojos, sintió que tenía una mueca en la boca, volvió a abrir los ojos y avanzó hacia la mesa del hombre gordo que bebía su cerveza y que la descubrió de pronto e hizo una cara de bondad mientras movía un poco con dos dedos el nudo de su corbata, tironeaba de las puntas del chaleco, apartaba sobre la mesa la jarra de cerveza. Mirándola siempre con una expresión bondadosa, tan bondadosa que ella susurró que no y pasó de largo, rozando el cuerpo en una hilera de cañas de hojas filosas que repitieron, arrastrándolo, su susurro.

Un escándalo de aplausos resonó allá a la izquierda, mientras la mujer vestida de hombre se inclinaba, la gorra en la mano, el pelo desparramado hasta casi tocar las lamparillas blancas y azules de aquel azul repugnante que era capaz de enfermarla a ella María Esperanza, sudando, sintiendo cómo se ablandaba la pintura de su cara y el dolor que le hacían los tacones se le hundía como un filo en los tobillos.

Y en seguida de los aplausos otra vez se pusieron, todo el mundo se puso a mirarla y la tonadillera que apareció dando una vuelta por el escenario después de los zapateadores, caminando rápidamente mientras la orquesta tocaba rápidamente un paso doble, se clavó una mano en la cintura y cantó riendo, mirándola, caminó dos o tres pasos y volvió a cantar para ella, mirándola, burlándose, conversando solamente con ella mientras un temblor de risa se corría por las cabezas del público en las mesas.

Entonces abandonó la pared de cañas y se acercó a un hombre flaco, que fumaba sin moverse, con un sombrero de paja abandonado contra la nuca y se detuvo a punto de tocarlo, mirándole la cara. El hombre continuó fumando y sus ojos pequeñ­os y tristes miraban siempre hacia adelante. Ella giró velozmente y fue, recta, pero ahora con la marcha suya de todos los días, despacio, las manos colgando, hasta la mesa del hombre gordo que está bebiendo una segunda jarra de cerveza que dejó en seguida, al verla llegar, para repetir su sonrisa de bondad hasta que ella se sentó a su lado en la mesita de hierro. Vio que por un instante el hombre gordo la estuvo mirando con su cara de bondad. Luego la ensombreció para llamar al mozo, volvió a sonreír –aquella gruesa dulzura de jarabe que parecía explicar que ella, María Esperanza, era hija de un hombre gordo de bigote negro que tomaba cerveza en el parque en la fresca noche de verano–, le tomó una mano del regazo la llevó siempre cubierta por la suya hasta encima de la mesa y le hizo una pregunta, una risa, otra pregunta por todo dos preguntas que ella no alcanzó a comprender.

Juan Carlos Onetti  (foto)

‘La terrible venganza’ de Nicolai Gogol

En el oscuro sótano de la casa del amo Danilo, y bajo tres candados, yace el brujo, preso entre cadenas de hierro; más allá, a orillas del Dnieper, arde su diabólico castillo, y olas rojas como la sangre baten, lamiéndolas, sus viejas murallas. El brujo está encerrado en el profundo sótano no por delito de hechicería, ni por sus actos sacrílegos: todo ello que lo juzgue Dios. Él está preso por traición secreta, por ciertos convenios realizados con los enemigos de la tierra rusa y por vender el pueblo ucranio a los polacos y quemar iglesias ortodoxas.

El brujo tiene aspecto sombrío. Sus pensamientos, negros como la noche, se amontonan en su cabeza. Un solo día le queda de vida. Al día siguiente tendrá que despedirse del mundo. Al siguiente lo espera el cadalso. Y no sería una ejecución piadosa: sería un acto de gracia si lo hirvieran vivo en una olla o le arrancaran su pecaminosa piel.

Estaba huraño y cabizbajo el brujo. Tal vez se arrepienta antes del momento de su muerte, ¡pero sus pecados son demasiado graves como para merecer el perdón de Dios!

En lo alto del muro hay una angosta ventana enrejada. Haciendo resonar sus cadenas se acerca para ver si pasaba su hija. Ella no es rencorosa, es dulce como una paloma, tal vez se apiade de su padre… Pero no se ve a nadie. Allí abajo se extiende el camino; nadie pasa por él. Más abajo aún se regocija el Dnieper, pero ¡qué puede importarle al Dnieper! Se ve un bote… Pero ¿quién se mece? Y el encadenado escucha con angustia su monótono retumbar.

De pronto alguien aparece en el camino: ¡Es un cosaco! Y el preso suspira dolorosamente. De nuevo todo está desierto… Al rato ve que alguien baja a lo lejos… El viento agita su manto verde, una cofia dorada arde en su cabeza… ¡Es ella!

Él se aprieta aún más contra los barrotes de la ventana. Ella, entretanto, ya se acerca…

–Katerina, hija mía, ¡ten piedad! ¡Dame una limosna!

Ella permanece muda, no quiere escucharlo. Tampoco levanta sus ojos hacia la prisión, ya pasa de largo, ya no se la ve. El mundo está vacío; el Dnieper sigue con su melancólica canción y la tristeza vacía el alma. Pero, ¿conocerá el brujo la tristeza?

El día está por terminar. Ya se puso el sol, ya ni se lo ve. Ya llega la noche: está refrescando. En alguna parte muge un buey, llegan voces. Seguramente es la gente que vuelve de sus faenas y está alegre; sobre el Dnieper se ve un bote… Pero, ¿quién se acordará del preso? Brilla en el cielo el cuerpo de plata de la luna nueva. Alguien viene del lado opuesto del camino pero es difícil distinguir las cosas en la penumbra…, ¡pero sí!… Es Katerina que está volviendo.

–¡Hija, por el amor de Cristo! Ni los feroces lobeznos despedazan a su madre. ¡Hija mía!…, ¡mira al menos a este criminal padre tuyo!

Ella no lo escucha y sigue su camino.

–¡Hija!… ¡En el nombre de tu desdichada madre!

Ella se detuvo.

–¡Ven, ven a escuchar mis últimas palabras!

–¿Para qué me llamas, apóstata? ¡No me llames hija! Ningún parentesco puede existir entre nosotros. ¿Qué pretendes de mí en nombre de mi desdichada madre?

–¡Katerina! Se acerca mi fin. Sé que tu marido me atará a la cola de una yegua y luego la hará galopar por el campo… ¡Y quién sabe si no elegirá una ejecución más terrible!

–¿Acaso hay en el mundo una pena que se iguale a tus pecados? Espérala, nadie intercederá por ti.

–¡Hija! No temo el castigo, más temo los suplicios en el otro mundo… Tú eres inocente, Katerina, tu alma volará al paraíso, al reino de Dios. Mientras, el alma de tu sacrílego padre arderá en el fuego eterno, un fuego que nunca se apagará. Arderá cada vez más fuerte; ni una gota de rocío caerá sobre mí, ni soplará la más leve brisa…

–No está en mi poder aplacar aquel castigo –dijo Katerina, volviendo la cabeza.

–¡Katerina! ¡Una palabra más, tú puedes salvar mi alma! Tú no te imaginas qué bueno y misericordioso es Dios. Habrás oído la historia del apóstol Pablo, un gran pecador que luego se arrepintió y se convirtió en un santo.

–¿Qué puedo hacer yo para salvarte? –respondió Katerina–. ¿Acaso yo, una débil mujer, puede pensar en ello?

–Si pudiese salir de aquí, renunciaría a todo y me arrepentiría. Confesaría mis pecados, me iría a una cueva, aplicaría ásperos cilicios sobre mi cuerpo y, día y noche, rogaría a Dios. No sólo no comería carne, ¡ni siquiera pescado comería! No cubriría con ningún manto la tierra sobre la que me echara a dormir. ¡Y rezaría, rezaría sin descanso! Y si después de todo esto la bondad divina no me perdona aunque sólo sea la décima parte de mis pecados, me enterraría hasta el cuello en la tierra y me amuraría dentro de una muralla de piedra. No tomaría alimento, no bebería agua. Dejaría todos mis bienes a los monjes para que durante cuarenta días con sus noches rezaran por mí…

Katerina se quedó pensativa.

–Aunque yo abriese la puerta –dijo–, no podría quitarte las cadenas…

–No son las cadenas lo que yo temo –dijo él–. ¿Crees que han encadenado mis manos y mis pies? No. Yo eché bruma en sus ojos y en lugar de mis brazos les tendí madera seca. ¡Mírame!… Ninguna cadena hay sobre mis huesos –añadió, surgiendo entre las sombras del sótano–. Tampoco temería estos muros y pasaría a través de ellos, pero tu marido no se imagina qué muros son éstos: los construyó un santo ermitaño y ninguna fuerza impura puede hacer salir a un prisionero, pues la puerta tiene que abrirse con la misma llave con que el santo cerraba su celda. ¡Una celda así cavaré para mí, pecador, el mayor de los pecadores!

–Escucha… yo te pondré en libertad, pero ¿y si me estás engañando? –dijo Katerina, deteniéndose junto a la puerta–. ¿Y si en lugar de arrepentirte sigues hermanado con el diablo?

–No, Katerina, ya me queda poca vida. Ya, aunque no fuera a ser ejecutado, mi fin estaría cerca. ¿Es posible que me creas capaz de exponerme al castigo eterno? –sonaron los candados–. ¡Adiós! ¡Que Dios todo misericordioso te ampare, hija mía! –dijo el hechicero, besándola en la frente.

–¡No me toques, horrendo pecador! ¡Vete, pronto! –decía Katerina.

Pero él ya había desaparecido.

–Lo he puesto en libertad –se dijo ella, asustada y mirando con ojos enloquecidos las paredes–. ¿Qué le diré a mi marido? Estoy perdida. Lo único que me queda es enterrarme viva –y sollozando se dejó caer en el tronco que servía de silla al prisionero–. Pero salvé un alma –dijo ella, quedamente–, hice una obra grata a Dios; ¿y mi marido?… Es la primera vez que lo engaño. ¡Oh, qué horrible! ¿Cómo podré guardar mi mentira? Alguien viene. ¡Y es él, mi marido! ¡Es él, mi marido! –gritó desesperadamente, y cayó a tierra desvanecida.

–Soy yo, mi niña. ¡Soy yo, mi corazón! –oyó decir Katerina, recobrándose y viendo ante sí a la vieja sirvienta. La mujer, inclinada sobre ella, parecía susurrar ciertas palabras y con su seca mano la salpicaba con gotas de agua fría.

–¿Dónde estoy? –decía Katerina, incorporándose a medias y mirando a su alrededor–. Ante mí se agita el Dnieper, y detrás de mí se alzan las montañas. ¿Adónde me has traído, mujer?

–Te he sacado en brazos de aquel sótano sofocante y luego cerré la puerta con la llave para que el amo Danilo no te castigue.

–¿Y dónde está la llave? –dijo Katerina, mirando su cinturón–. No la veo.

–La desanudó tu marido, hija mía, para ir a ver al brujo.

–¿Para verlo?… ¡Ay, mujer, estoy perdida! –exclamó Katerina.

–Dios nos libre de eso, mi niña. Tú debes permanecer callada, mi niña, nadie sabrá nada.

–¿Has oído, Katerina? –exclamó Danilo, acercándose a su mujer. Sus ojos llameaban, mientras el sable, tintineando, se balanceaba en su cinturón. La mujer quedó muerta de espanto–. ¡Él se escapó, el maldito Anticristo!

–¿Acaso alguien lo ha dejado huir, amado mío? –dijo ella, temblando.

–Seguramente lo dejaron salir, pero fue el diablo. Mira, en su lugar hay un tronco encadenado. ¡Por qué habrá hecho Dios que el diablo no tema las garras cosacas! Si sólo se me cruzara por la cabeza la idea de que alguno de mis muchachos me ha traicionado, y, si llegara a saber… ¡Ah!, no encontraría un castigo digno de su culpa…

–¿Y si hubiera sido yo? –dijo involuntariamente Katerina, pero enseguida se calló.

–Si tal cosa fuese verdad, no serías mi esposa. Te cosería dentro de una bolsa y te arrojaría al Dnieper.

Katerina se sintió desvanecer, le pareció que sus cabellos se separaban de su cabeza.

En la taberna del camino fronterizo se juntaron los polacos y hace dos días están de gran juerga. Hay bastante de toda esta chusma. Se habrán juntado probablemente para una incursión; algunos de ellos hasta llevan mosquete. Se oyen sonar las espuelas y tintinear los sables. Los nobles polacos beben, gritan y se vanaglorian de sus extraordinarias hazañas, se burlan de los cristianos ortodoxos, llaman a los ucranianos sus siervos, retuercen con aire digno sus mostachos y se repantigan en los bancos con las cabezas erguidas. Está con ellos el cura polaco, pero ese cura tiene la misma traza de sus compatriotas; ni por su aspecto perece un sacerdote: bebe y festeja como todos y con su impía lengua pronuncia palabras repugnantes. Tampoco los sirvientes se quedan atrás: arremangándose sus rotas casacas como si fueran hombres de bien, juegan a los naipes y pegan con ellos en las narices de los perdedores… Y se llevan mujeres ajenas… ¡Gritos, peleas!… Los señorones parecen poseídos y hacen bromas pesadas: tiran de la barba al judío tabernero y pintan, sobre su frente impura, una cruz; luego disparan contra las mujeres con balas de fogueo y bailan el krakoviak con su inmundo cura. Nunca se vio tal desvergüenza ni siquiera durante las incursiones tártaras: es posible que Dios haya querido, permitiendo estas atrocidades, castigar los pecados de la tierra rusa… Y entre el endemoniado rumor se oye mencionar la chacra del amo Danilo y de su hermosa mujer, allá, en la otra orilla del Dnieper. Para nada bueno se ha juntado esta pandilla.

El amo Danilo se halla sentado en su habitación, acodado sobre la mesa. Parece meditar. Desde el banco el ama Katerina canta una canción.

–¡Estoy muy triste, querida mía! –dijo el amo Danilo–. Me duele la cabeza, me duele el corazón. Algo me oprime… Se ve que la muerte anda rondando mi alma.

–¡Oh, mi amado Danilo! Apoya tu cabeza en mi pecho. ¿Por qué acaricias en tu corazón pensamientos nefastos? –pensó Katerina, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. Se sentía culpable y le resultaba imposible recibir caricias de su esposo.

–Escucha, querida –dijo Danilo–. No abandones jamás a nuestro hijo cuando yo deje esta vida. Dios no te daría felicidad si lo abandonaras, ni en este mundo ni en el otro. ¡Sufrirán mis huesos al pudrirse en la tierra, pero más, mucho más, sufrirá mi alma!

–¿Qué dices, esposo mío? ¿No eras tú quien se burlaba de las débiles mujeres, tú, que ahora hablas como una de ellas? Aún has de vivir mucho tiempo.

–No, Katerina, mi alma presiente su próximo fin. Se vuelve triste la vida en esta tierra; se acercan tiempos aciagos. ¡Ah, cuántos recuerdos! ¡Aquellos años que ya no volverán! Aún vivía Konashevich, gloria y honor de nuestro ejército. Veo pasar ante mis ojos los regimientos cosacos. ¡Aquélla sí fue una época de oro, Katerina! El viejo hetmán montaba en su caballo moro, en sus manos refulgía el bastón, mientras a su alrededor se agitaba la infantería cosaca… ¡Ah, cómo se movía el rojo mar de jinetes de Zaporozhie! El hetmán hablaba y todos quedaban como petrificados. Y el viejo lloraba cuando recordaba nuestras antiguas hazañas, aquellas luchas cuerpo a cuerpo. ¡Ah, Katerina, si supieras cómo peleábamos con los turcos! En mi cabeza conservo una profunda cicatriz. Cuatro balas me han atravesado y ninguna de estas heridas ha terminado de curarse. ¡Cuánto oro arrebatamos entonces! Los cosacos traían sus gorras llenas de piedras preciosas. ¡Y qué caballos, Katerina, si supieras qué caballos apresábamos entonces! No, ya no podré pelear como entonces. Parece que no estoy viejo, mi cuerpo se mantiene ágil; pero la espada cosaca se cae de mis manos, vivo sin hacer nada y yo mismo ya no sé para qué vivo. No hay orden en Ucrania. Los coroneles y los esaúles riñen entre sí como los perros; no hay guía que los dirija. Nuestras familias de abolengo adoptaron las costumbres polacas, aprendieron su hipócrita astucia… Vendieron sus almas al aceptar la facción de la ortodoxia rusa que reconocía al Papa. Los judíos explotan al pobre. ¡Oh tiempos, tiempos pasados! ¿Dónde han quedado mis años juveniles? ¡Anda, muchacho! Tráeme de la bodega un jarro de hidromiel. Beberé por nuestra suerte de antaño, por los tiempos idos.

–¿Con qué vamos a convidar a las visitas, mi amo? ¡Por el lado de las llanuras se acercan los polacos! –dijo Stetzko, entrando en la casa ucraniana de adobe.

–¡Sé muy bien a qué vienen! –exclamó Danilo, levantándose de su asiento–. ¡Ensillen los caballos, mis servidores. ¡Colóquenles sus guarniciones! ¡Todos los sables fuera de las vainas! ¡Ah, y a no olvidarse de la avena de plomo: recibiremos con honra a los visitantes!

Los cosacos aún no habían tenido tiempo de montar sus caballos y cargar sus mosquetes cuando los polacos, cuál ocres hojas cayendo de los árboles en otoño, cubrieron totalmente la falda de la montaña.

–¡Bueno, bueno! ¡Aquí hay con quién charlar a gusto! –dijo Danilo, mirando a los gordos señores que muy orondos se balanceaban en sus cabalgaduras con arneses de oro–. ¡Por lo que veo nos está esperando una fiesta hermosa! ¡Goza, pues, tu última hora, alma de cosaco! Ha llegado nuestro día: ¡a festejarlo, pues, muchachos!

Y comenzó la orgía de las montañas. Comenzó el gran festín: ya se pasean las espadas, vuelan los proyectiles, relinchan los corceles. Los gritos enloquecen la mente, el humo enceguece los ojos. Todo se mezcla; pero el cosaco siente dónde está el amigo y dónde el enemigo. Y cuando estalla una bala, cae del caballo un bravo jinete; cuando silba el sable, una cabeza rueda por tierra murmurando palabras confusas.

Pero en medio de la multitud siempre sobresale el rojo tope de un gorro cosaco. Es el amo Danilo: brilla el cinto de oro de su casaca azul, vuela como un torbellino la crin de su caballo moro. Está en todas partes, parece un pájaro. Grita y agita su sable de Damasco y pega golpes a diestra y siniestra…

–¡Pega, asesta tus sablazos, cosaco! ¡Date el gusto, diviértete, cosaco! Goza con tu corazón de valiente!, pero no vayas a distraerte con los arneses de oro y las ricas casacas. ¡Pisa con herraduras de tu corcel el oro y las piedras preciosas! ¡Clava tu lanza, cosaco! Goza, goza, pero mira hacia atrás, los impíos polacos están prendiendo fuego a las viviendas y se llevan el asustado ganado.

Y el amo Danilo, como un torbellino, vuelve grupas, y ya se ve su gorro con el tope rojo cerca de las jatas, y mengua la muchedumbre de los enemigos.

Varias horas duró la pelea entre cosacos y polacos. El número de éstos era cada vez menor, pero el amo Danilo parecía incansable. Con su larga lanza abatía a los jinetes enemigos, y su bravo caballo picoteaba a los que estaban de pie. Ya queda libre de invasores el patio, ya huyen los polacos, ya los cosacos se abalanzan sobre los enemigos muertos para arrancar sus casacas adornadas de oro y los ricos arneses. Y el amo Danilo se disponía a reunir a su gente para iniciar la persecución, cuando… de pronto, se estremeció… Creyó ver al padre de Katerina. Estaba ahí, sobre la loma, apuntándole con un mosquete. Danilo fustigó su caballo hacia donde se hallaba el otro…

–¡Cosaco, estás ideando tu perdición!

Retumba el mosquete y el brujo desaparece detrás de la loma. Sólo el fiel Stetzko ve cómo desaparece la vestidura roja y el extraño gorro. Pero el cosaco vacila, cae a tierra. Ya se lanza el fiel Stetzko, para ayudar a su amo, tendido en tierra, cerrados sus claros ojos. Pero ya Danilo ha percibido la presencia de su fiel servidor. ¡Adiós, Stetzko! Dile a Katerina que no abandone a su hijo y no lo abandonen ustedes, mis fieles servidores –dijo, y luego calló.

Ya vuela el alma del cosaco de su cuerpo, morados están sus labios… Duerme el cosaco y ya nadie podrá despertarlo.

Nicolai Gogol (foto)

‘La muerte del cabo Cheo López’ de Ciro Alegría

Perdóneme, don Pedro… Claro que esta no es manera de presentarme… Pero, le diré… ¿Cómo podría explicarle?… Ha muerto Eusebio López… Ya sé que usted no lo conoce y muy pocos lo conocían… ¿Quién se va a fijar en un hombre que vive entre tablas viejas? Por eso no fui a traer los ladrillos… Éramos amigos, ¿me entiende?

Yo estaba pasando en el camión y me crucé con Pancho Torres. Él me gritó: “¡Ha muerto Cheo López!” Entonces enderezo para la casa de Cheo y ahí me encuentro con la mujer, llorando como es natural; el hijito de dos años junto a la madre, y a Cheo López tendido entre cuatro velas… Comenzaba a oler a muerto Cheo López, y eso me hizo recordar más, eso me hizo pensar más en Cheo López. Entonces me fui a comprar dos botellas de ron, para ayudar con algo, y también porque necesitaba beber.

¡Ese olor! Usted comprende, don Pedro… Lo olíamos allá en el Pacífico…, el olor de los muertos, los boricuas, los japoneses… Los muertos son lo mismo… Sólo que como nosotros, allá, íbamos avanzando…, a nuestros heridos y muertos los recogían, y encontrábamos muertos japoneses de días, pudriéndose… Ahora Cheo López comenzaba a oler así… Con los ojos fijos miraba Cheo López. No sé por qué no se los habían cerrado bien… Miraba con una raya de brillo, muerta… Se veía que en su frente ya no había pensamiento. Así miraban allá en el Pacífico… Todos lo mismo…

Y yo me he puesto a beber el ron, durante un buen rato, y han llegado tres o cuatro al velorio… Entonces su mujer ha contado… Que Cheo estaba tranquilo, sentado, como si nada le pasara, y de repente algo se le ha roto adentro, aquí en la cabeza… Y se ha caído… Eso fue un derrame en el cerebro, dijeron… Yo no he querido saber más, y me puse a beber duro. Yo estaba pensando, recordando. Porque es cosa de pensar… La muerte se ríe.

Luego vine a buscar a mi mujer para llevarla al velorio y creí que debía pasar a explicarle a usted, don Pedro… Yo no volví con los ladrillos por eso. Mañana será.

Ahora que si usted quiere ir al velorio, entrada por salida aunque sea… Usted era capitán, ¿no es eso?, y no se acuerda de Cheo López… Pero si usted viene a hacerle nada más que un saludo, yo le diré: “Es un capitán”…

¿Quién se va a acordar de Cheo López? No recibió ninguna medalla, aunque merecía… Nunca fue herido, que de ser así le habrían dado algo que ponerse en el pecho… Pero qué importa eso… ¡Salvarse! Le digo que la muerte se ríe…

Yo fui herido tres veces, pero no de cuidado. Las balas pasaban zumbando, pasaban aullando, tronaban como truenos, y nunca tocaron a Cheo López… Una vez, me acuerdo, él iba adelante, con bayoneta calada y ramas en el casco… Siempre iba adelante el cabo Cheo López… Cuando viene una ráfaga de ametralladora, el casco le sonó como una campana y se cayó… Todos nos tendimos y corría la sangre entre nosotros… No sabíamos quién estaba vivo y quizá muerto… Al rato, el cabo Cheo López comenzó a arrastrarse, tiró una granada y el nido de ametralladoras voló allá lejos… Entonces hizo una señal con el brazo yseguimos avanzando… Los que pudimos, claro. Muchos se quedaron allí en el suelo… Algunos se quejaban… Otros estaban ya callados…

Habíamos peleado día y medio y comenzamos a encontrar muertos viejos… ¡El olor, ese olor del muerto!… Igual que ahora ha comenzado a oler Cheo López.

Allá en el Pacífico, yo me decía: “Quién sabe, de valiente que es, la muerte lo respeta.” Es un decir de soldados. Pero ahora, viendo la forma en que cayó, como alcanzado por una bala que estaba suspendida en el aire, o en sus venas, o en sus sesos, creo que la muerte nos acompaña siempre. Está a nuestro lado y cuando pensamos que va a llegar, se ríe…Y ella dice: “Espera”. Por eso el aguacero de balas lo respetó. Parecía que no iba a morir nunca Cheo López,

Pero ya está entre cuatro velas, muerto… Es como si lo oliera desde aquí… ¿No será que yo tengo en la cabeza el olor de la muerte? ¿No huele así el mundo?..

Vamos, don Pedro, acompáñeme al velorio… Cheo era pobre y no hay casi gente… Vamos, capitán… Hágale siquiera un saludo…

Ciro Alegria (foto)

‘Pachocruz’ de Benhur Sánchez Suárez

Pachocruz parecía un mendigo. Sin embargo, sus formas de vida indicaban lo contrario pues, aunque viviera como tal, no pedía limosna ni recibía ninguna donación que alguien por caridad, burla o simple juego tratara de ofrecerle. Como la gente en cierto modo lo repudiaba y lo alejaba de sí, el viejo pasaba sus horas metido en su cuartucho, recorriendo las calles o en el campo, con una expresión en el rostro que saltaba a la vista su deseo de no permitir que ninguno le dirigiera la palabra. Desde luego le hablaban, pero a él poco le importaba que lo hicieran.
Sus únicos amigos eran los niños –al menos así los consideraba–, esos muchachitos que sabía eran detectives, superhéroes o pistoleros del oeste, como en las películas. Los miraba con bondad y les daba consejos en forma de parábolas. Pero ellos se burlaban de él, le ponían apodos extravagantes o le tiraban piedras cuando pasaba por la calle. Le gritaban Pachocuca o Caresusto, según las circunstancias. Él no los culpaba, pues comprendía que la sociedad los impulsaba a proceder de esa manera, guiada por comportamientos que no habían sido nunca parte esencial de sus herencias.

Sin ser un misántropo, compartía su mundo cotidiano con los animales, con quienes convivía con alegría y por cuya amistad en Laboyos le otorgaron poderes malignos. Y no era un misántropo por cuanto amaba a los niños, aunque ellos no quisieran compartir los juegos inventados por él mismo. Por eso Pachocruz los invitaba al campo para enseñarles cómo los animales podían ser excelentes amigos y participar en juegos, como ninguno lo había imaginado. Pero nada conseguía en sus intentos. En verdad no lo querían porque los padres se lo presentaban como el diablo que se los llevaría para el infierno si los desobedecían.
Pachocruz no encontró, por tanto, en aquella sociedad en que le tocó vivir, ninguna muestra de afecto o de cariño, por lo que decidió dedicarse a los animales para ofrecerles su amistad, que ellos aceptaron sin ninguna condición. Así logró experimentar la alegría que no hubiera podido alcanzar con ninguno de sus paisanos. Reía con ellos. Jugaba a las escondidas por los huertos y los potreros con ardillas, saltamontes y culebras. Se dedicaba a darle sal a su ganado en la palma de su mano con tanta paciencia y tanta mansedumbre, que permanecía de pie junto a ellos hasta que ellos quedaran satisfechos.

Para él los animales eran sus iguales y merecían igual trato que los hombres. Decía que se identificaba con los caballos y los perros por su nobleza, con los burros y las vacas por su solemnidad, y con animales del monte y bichos raros, que para él no lo eran en absoluto aunque sí para los laboyanos que miraban con asombro y no sin cierta superstición los quehaceres del anciano. Vivían llenos de dudas y preguntas, aunque a él poco le importaban sus posturas.

¿Quién que viva en medio de la mugre y toda clase de animales perjudiciales, ratas, chinches, pulgas, cucarachas, ratones, y no sienta ningún fastidio, no se enferme ni se contagie ni tenga muestras de picaduras de zancudos o de cualquiera otro picador común, no hace que la gente se ponga a pensar en cosas sobrenaturales? Pacto con el diablo. Rituales y misas negras con gatos y culebras venenosas. Bebidas preparadas con hierbas desconocidas y vísceras de animales para tomar a las doce de la noche. Elixir de larga vida. Pita preparada en largas ceremonias para lograr la pasta básica, el polvo blanco transmisor de la sabiduría. Gritos espeluznantes en su habitación a altas horas de la noche. Carcajadas obscenas… Eran tantas las cosas que imaginaban en el pueblo y se las achacaban a Pachocruz, que poco a poco fueron convirtiéndolo en leyenda.
Claro que a él le importaba un rábano el asunto.

–¡Pendejos! –decía.

Vivía contento en su cuartucho, lleno de malos olores y bichos raros, sin darse por enterado de la importancia que le asignaban ni cómo lo que sucedía en Laboyos dejaba de tener relación con su persona.

De su cuartucho salía temprano y regresaba cuando ya la tarde prolongaba en las calles la silueta de las casas. Pocos pasaban por la acera que daba a la puerta de su habitación. Preferían dar un rodeo y caminar por la acera opuesta, antes que exponerse a cualquier contagio. De eso ya tenían una experiencia: se comentaba de un hombre que había fallecido por culpa de una peste extraña por sólo haberse atrevido a insultarlo al pasar por el frente de su puerta. Pachocruz se reía al verlos alejarse presurosos de las cercanías de su calle. Y se reía también al ver sus rostros asustados, incrédulos, cuando recibían las monedas que él les daba cuando compraba alguna cosa. No se atrevían a rechazar sus monedas aunque sabían que se convertían en barro. Pero no era que se convirtieran en barro. No. Era que él, en sus ratos de ocio, fabricaba centenares de monedas de barro. Hacía moldes y las pulía con paciencia hasta dejarlas como si fueran verdaderas. Se las recibían, pero luego las echaban a la basura para librarse lo más pronto de un posible maleficio. Sin embargo, en el momento de las cuentas, descubrían que no faltaba ni un centavo.

Había en él algo más asombroso aún: aquella apariencia de mendigo ocultaba a un señor de ademanes delicados. Parecía como si en su figura se concentraran el porte y la hidalguía de un descendiente de la nobleza antigua. Además, Pachocruz era propietario de una de las mejores haciendas que había en Laboyos en ese entonces. Se decía que sus tierras no tenían límites precisos. Su hacienda, en realidad, estaba conformada por cuatro fincas que enmarcaban a Laboyos, ubicadas con exactitud en los cuatro puntos cardinales. Todos los días, con dedicación casi religiosa, las visitaba una a una. El recorrido lo hacía en cruz, norte a sur, oriente a occidente. Las doce del día lo sorprendían en la mitad del pueblo, cerca del almacén de Cupertino Sánchez, cuando las campanas de la torre de San Antonio incitaban a la siesta.

Eran tierras fértiles, cruzadas por arroyuelos donde él, según decían, dialogaba con los peces. Por el sur limitaban con los ríos Guarapas y Guachicos, por el norte con la quebrada de Aguadulce, por el occidente con la de Cálamo y con la de Aguablanca por el oriente. Arboles corpulentos formaban hermosos bosques repletos de pájaros y chicharras, sapos y culebras, ardillas y búhos solemnes; prados, como colchas verdes, eran habitados por vacas y caballos, libélulas y mariposas, que vivían en armonía y jugaban con el viejo. Él se paseaba junto a ellos sin disgustos ni problemas. Los acariciaba. Les hablaba como a sus únicos confidentes, mientras les daba de comer en la palma de su mano. Ellos hacían corrillo cada vez que se acercaba: los pájaros en el lomo de las vacas, los perros debajo de los caballos, las culebras y los sapos junto a las ovejas, las gallinas con los gatos. ¿Que se hicieran daño? ¡Nunca! Pero alguien quisiera introducirse en sus propiedades de inmediato las vacas y los corderos, los toros y los perros, los sapos y las culebras, los saltamontes y las mariposas, los gatos y las gallinas, eran uno sólo que arremetían contra el intruso y lo desterraban en minutos. Y en verdad fueron muchos los que experimentaron ese susto frente a los animales que, momentos antes, se habían echado junto a Pachocruz y recibido comida en la palma de su mano.

Y no era por simple curiosidad. No. También era por las frutas que todo el año, fuera cosecha o no lo fuera, relucían en sus árboles. ¿Quién no sentía deseos de probar frutos tan provocativos? Para muchos esa era una prueba irrefutable de su pacto con el diablo. Otros opinaban que era un santo para quien aquellos castigos no existían. Sin embargo, en los dos bandos crecía una admiración y un respeto irracionales por aquel anciano que se daba el lujo de ser un hombre poderoso con apariencia de mendigo.

Pero Pachocruz ofrecía paz con su actitud. No quería que por venganza se llenaran de sangre los caminos. Y como no lo comprendían, se refugiaba en esa sociedad de animales creada por él, tan digna de aprecio como los habitantes de Laboyos.

Decían, además, que Pachocruz padecía de bilocación, enfermedad que la gente atribuía a su amistad con seres misteriosos. Y en verdad era observado en dos lugares al mismo tiempo. Mientras unos aseguraban habérselo encontrado en la Calle Real, otros juraban haberlo visto darle de comer a sus animales en su finca. Mayor era el asombro cuando un tercero juraba que a esa misma hora había caminado junto a él aunque sin dirigirle la palabra. El cura hacía referencia a Jesucristo y hablaba también de Lucifer, que podía hacer las mismas cosas. Se santiguaba cada vez que lo veía pasar por el frente de la iglesia. Las beatas le hacían coro y rezaban rosarios interminables por su alma.

Su presencia era cada vez más viva y notoria. Un día alguien comentó que el viejo, por estar en varias partes al mismo tiempo, hablaba de ciudades y países con tanta exactitud que hasta un turista quedaría atónito si escuchaba sus anécdotas. Y que hablaba tantos idiomas como el Papa. Así que un día, con ocasión de la visita de un científico norteamericano que no hablaba nada de español y había perdido contacto con su intérprete, lo mandaron llamar para burlarse del viejo. Pachocruz tradujo que buscaba explotar el potencial de muchas plantas exóticas que había encontrado en la región. Demostró dominar el inglés a la perfección, para asombro de los habitantes de Laboyos, que nunca imaginaron tal prodigio. Tuvieron que soportar su presencia y sus olores en el Club Social durante la recepción que le brindaron al ilustre visitante. Pachocruz se quedó con unos cuantos dólares y el gringo aceptó como una aventura más hablar con un mendigo que conocía muy bien los secretos de las plantas, hablaba de muchos países de la tierra y se expresaba en el idioma que pidieran.

–¡Cómo lo hará!

–¡Tiene pacto con el diablo!

Pachocruz se burlaba de ellos.

Transubstanciación. Dejación de la materia. Viajes astrales. Levitación. Drogadicción. Santidad. Diablo de por medio.

Y aquel anciano de piel violácea, encorvado, de cabello cano y múltiples arrugas en la cara, que usaba unos pantalones raídos, una camisa abotonada hasta el cuello, un sacón de grandes bolsillos repleto de pepitas de arroz y de maíz para los pájaros y monedas de barro para las compras, una ruana renegrida y una bufanda de colores, persistía en sus prodigios. En sus propiedades ratificaba sus poderes: los pájaros que rondaban por su hacienda eran los mismos. Y eran los mismos porque no aumentaban ni disminuían ni eran de distinta clase ni cantaban diferente, aunque fueran, según las horas del día, de colores semejantes. A las siete de la mañana se veían amarillos. Luego se tornaban anaranjados. Más tarde rojos hasta llegar al violeta y luego azul hasta pasar al verde. Al promediar la tarde se tornaban grises y al caer la noche pasaban a ser negros como la misma sombra. Igual sucedía con las flores que según fuera de madrugada, mediodía, crepúsculo o noche, variaban de posición, color y forma. Se cerraban en la oscuridad y se abrían con los primeros resplandores. Del blanco al negro lo mismo que los pájaros. No se marchitaban…

…como él, por más que los notables hicieran grandes esfuerzos para ignorar su presencia y condenaran al olvido su paso por la vida.

Ese era el mundo de Pachocruz que él mantuvo incólume por más que no se metieran con él y él no se metiera con ninguno.

Benhur Sánchez Suárez (foto)

‘Kappa’ de Ryunosuke Akutagawa

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.

Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

–¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

–Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

–Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

–¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

–Nada pueden hacer aunque protesten –dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje–. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

–Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

–Pero eso de comerse la carne, francamente…

–No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

–¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

Ryunosuke Akutagawa (foto)

‘Nadie me esperaba’ de Patti Smith

En mi última mañana paseé hasta el cementerio de Dorotheenstadt, con sus muros plagados de balas. Un triste souvenir de la Segunda Guerra Mundial. Tras cruzar el portal de los ángeles se localiza fácilmente el lugar donde está enterrado Bertolt Brecht. Advertí que después de mi última visita habían rellenado con yeso algunos de los agujeros de bala. Estaba bajando la temperatura y nevaba un poco. Me senté delante de la tumba de Brecht y tarareé la nana que canta Madre Coraje sobre el cuerpo de su hija. Mientras observaba cómo nevaba, me imaginé a Brecht escribiendo la obra. El hombre nos trae la guerra. Una mujer se beneficia de ella y lo paga con sus hijos, que caen uno detrás de otro como bolos al final de una pista de la bolera.
Al irme hice una foto de uno de los ángeles custodios. La parte inferior de la cámara estaba húmeda a causa de la nieve y un poco aplastada por el lado izquierdo, lo que resultó en una medialuna negra que tapaba una parte del ala. Hice una foto del ala en primer plano. Me imaginé imprimiéndola en papel mate a tamaño mucho mayor y escribiendo la letra de la nana en su blanca curva. Me pregunté si esas palabras hicieron llorar a Brecht cuando partió el corazón de la madre, que no era tan cruel como ella nos hacía creer.
Me guardé las fotos en el bolsillo. Mi madre era real y su hijo era real. Cuando este murió ella lo enterró. Ahora está muerta. Madre Coraje y sus hijos, mi madre y su hijo. Ahora todos son historias.
Aunque me resistía a volver a casa, hice la maleta y volé a Londres para hacer transbordo. Mi vuelo de regreso a Nueva York se retrasó y lo tomé como una señal. Estaba de pie delante del tablón de salidas cuando anunciaron un nuevo retraso. De forma impulsiva cambié el billete, tomé el Heathrow Express a la estación de Paddington y de allí fui en un taxi a Covent Garden, donde me registré en uno de mis hoteles favoritos para ver series policíacas. Mi habitación era luminosa y acogedora, tenía una pequeña terraza con vistas a los tejados de Londres. Pedí un té y abrí mi diario, pero enseguida lo cerré. No estoy aquí para trabajar, me dije, sino para ver las series de misterio de ITV3, una tras otra, hasta altas horas de la madrugada. Lo había hecho unos años atrás en el mismo hotel, cuando caí enferma; noches de delirio dominadas por un desfile de inspectores de policía amantes de la ópera, bebedores empedernidos, malhumorados y clínicamente depresivos.
A modo de preparación vi un viejo episodio de El Santo, encantada de seguir a Simon Templar en su Volvo blanco deambulando por los oscuros recovecos de Londres y salvando el mundo de una inminente catástrofe. Esta vez iba acompañado de una rubia platino inocente con rebeca pálida y falda recta que buscaba a su tío –un brillante profesor de bioquímica– que había sido secuestrado y se encontraba en las garras de algún científico nuclear igual de brillante pero también perverso. Todavía era pronto, así que después de un segundo episodio de El Santo, esta vez con una rubia totalmente distinta en apuros, caminé hasta Charing Cross Road y deambulé por las librerías. Compré una primera edición de ‘Árboles en invierno’ de Sylvia Plath y un ejemplar de las obras de Ibsen. Me instalé a leer Solness, el constructor delante de la chimenea de la biblioteca del hotel. Me estaba quedando amodorrada por el calor cuando un hombre con un abrigo detweed me dio unos golpecitos en el hombro y me preguntó si era la periodista con quien tenía una cita.
–No, lo siento.
–¿Leyendo a Ibsen?
–Sí. Solness, el constructor.
–Mmm. Una obra encantadora pero plagada de simbolismo.
–No me había dado cuenta –dije.
Se quedó un rato delante de la chimenea, luego meneó la cabeza y se marchó. No me va mucho el simbolismo. Nunca lo pillo. ¿Por qué las cosas no pueden ser lo que son? Nunca se me ha ocurrido psicoanalizar a Seymour Glass ni intentar analizar Desolation Row. Solo quería perderme, fundirme con otro lugar, deslizar una corona en un chapitel únicamente porque me apetecía.
Regresé a mi habitación y, envuelta en una manta, salí al balcón con un té. Luego me instalé dentro y me entregué a tipos como Morse, Lewis, Frost, Wycliffe y Whitechapel, inspectores de policía cuyo carácter malhumorado y obsesivo era un reflejo del mío. Cuando ellos comían una chuleta, yo pedía lo mismo al servicio de habitaciones. Si tomaban una bebida, inspeccionaba el minibar. Adoptaba su actitud tanto si estaban totalmente ensimismados como impasiblemente desconectados.
Entre serie y serie había escenas del próximo y muy esperado maratón de Crackerque que ITV3 transmitiría el martes siguiente. Sin embargo Cracker no está entre mis series favoritas. Robbie Coltrane interpreta a Fitz, un psicólogo criminalista gordo, malhablado y fumador empedernido, brillante e imprevisible. La serie se interrumpió hace tiempo, a la par que el infortunio del personaje, y como rara vez la pasan, la oportunidad de disfrutar de veinticuatro horas de Cracker resulta bastante tentadora.
Me planteé quedarme unos cuantos días más, pero ¿hasta qué punto sería una locura? No más que venir aquí, chilla mi conciencia. Me contenté con los generosos tráileres, tan exhaustivos que era capaz de seguir el argumento de todo un episodio.
Durante una pausa entre Detective Frost y Whitechapel, decidí tomar una copita de oporto de despedida en el bar del hotel contiguo a la biblioteca. Mientras esperaba el ascensor percibí una presencia a mi lado. Nos volvimos al mismo tiempo y nos quedamos mirándonos. Me sorprendió encontrar a Robbie Coltrane, como si lo hubiera invocado a fuerza de concentrarme, unos días antes del maratón de Cracker.
–Llevo esperándole toda la semana –dije impetuosamente.
–Aquí estoy –respondió él riendo.
Me quedé tan atónita que no subí con él en el ascensor y regresé rápidamente a mi habitación, que parecía haber cambiado de un modo sutil pero profundo, como si hubiera caído en las dependencias paralelas de una genio recatada y aficionada al té.
–¿Te imaginas las probabilidades de un encuentro así? –le pregunté a la colcha.
–Bien mirado, las probabilidades del jugador favorito. Pero deberías haber invocado a John Barrymore.
Una valiosa sugerencia, pero no tenía ningún deseo de alentar el diálogo. A diferencia de los canales de televisión, es literalmente imposible apagar una colcha de flores.
Patti Smith (foto)

‘La batalla’ de Virgilio Piñera

La batalla comenzaría con matemática precisión a las once de la mañana. Los generalísimos de uno y otro ejército se hacían lenguas de la eficiencia y el valor de sus soldados, y de haber confiado en los entusiasmos de los generalísimos se había caído en el grave error lógico de suponer que dos victorias tendrían que producirse inevitablemente. Pero siguiendo estas mismas deducciones lógicas es preciso confesar que algo extraño comenzaba a deformar aquellas concepciones. Por ejemplo, el generalísimo del ejército atrincherado en la colina dio muestras de ostensible impaciencia al comprobar, cronómetro en mano, que todavía a las once y cinco minutos no se había producido el ablandamiento de las defensas exteriores de su ejército por parte de la aviación enemiga.

Todo esto era tan insólito, contravenía de tal modo el espíritu de regularidad de la batalla, que sin poder ocultar sus temores tomó el teléfono de campaña a fin de comunicárselos a su rival, el generalísimo del otro ejército, atrincherado a su vez en la vasta planicie fronteriza a la citada colina. Éste le respondió con la misma angustia. Ya habían transcurrido cinco minutos y el ablandamiento de las defensas exteriores no tenía trazas de comenzar. Imposible iniciar la batalla sin esta operación preparatoria.

Pero las cosas se fueron complicando al negarse los tanquistas a iniciar el asalto. Los generalísimos pensaron en los procedimientos expeditivos del fusilamiento. Tampoco fue posible llevarlos a cabo. Los generalísimos estuvieron de acuerdo en que la negativa a combatir no provenía de esas causas que se resumen en la conocida frase: “Baja moral de las tropas…”. A fin de dar ejemplo de disciplina y obediencia a la causa militar, los generalísimos entablaron una singular batalla: conduciendo cada uno un gran tanque se acometieron como dos gigantes. La lucha fue breve y ambos perecieron. Frente a un espejito colgado de un trípode, un soldado se rasuraba. Un enorme gato daba vueltas alrededor de un paracaídas desplegado.

El perro mascota del ejército atrincherado en la planicie mordisqueaba con indolencia una mano del generalísimo del ejército atrincherado en la colina. No era aventurado suponer que todavía a las doce y cuarto la batalla no habría comenzado.

Virgilio Piñera (foto)

‘Némesis o el vendedor de caramelos’ de O.Henry

–Zarpamos mañana por la mañana, a las ocho, en el Celtic –dijo Honoria, quitándose una hebra de su manga de encaje.

–Ya me lo han dicho –declaró el joven Ives, lanzando el sombrero al aire sin lograr volver a atraparlo–, y por eso he venido a desearte un feliz viaje.

–Supongo que te lo habrán dicho por ahí –dijo Honoria con gélida dulzura–, porque yo, desde luego, no he tenido ocasión de informarte personalmente.

Ives la miró suplicante, pero sin esperanza.

De la calle llegó una voz aguda que entonaba, no sin cierta musicalidad, una cancioncilla comercial:

–¡Carameeeelos! ¡Riquíííísimos caramelos recién hechos!

–Es nuestro viejo vendedor de caramelos –dijo Honoria, asomándose a la ventana y llamándolo por señas–. Quiero comprarle unos cuantos “besitos” de esos con verso. En las tiendas de Broadway no son ni la mitad de buenos.

El vendedor de caramelos detuvo el carrito frente a la vieja casa de Madison Avenue. Tenía un aire festivo infrecuente en los vendedores ambulantes. Llevaba una corbata nueva de color rojo vivo con un alfiler en forma de herradura casi de tamaño natural, que lanzaba engañosos destellos desde los pliegues de la tela. Su oscuro y tostado rostro se arrugaba formando una sonrisa medio estúpida. Unos puños rayados con gemelos en forma de cabeza de perro cubrían la piel morena de sus muñecas.

–Debe de estar a punto de casarse –dijo Honoria con tristeza–. Nunca lo había visto vestido así. Y hoy es la primera vez en muchos meses que se ha puesto a vocear la mercancía, estoy segura.

Ives lanzó una moneda a la acera. El vendedor de caramelos conoce bien a sus clientes. Llenó una bolsa de papel, subió la anticuada escalinata y se la entregó.

–Me acuerdo de cuando… –empezó Ives.

–Espera un momento –ordenó Honoria.

Y sacó una pequeña carpeta del cajón del escritorio, y de la carpeta una finísima hojita de papel de cuatro centímetros de largo por medio de ancho.

–Esto –dijo Honoria con voz inflexible– es con lo que iba envuelto el primer caramelo que abrimos.

–Hace un año de esto –alegó Ives con tono de disculpa, al tiempo que alargaba la mano para cogerlo.

Y leyó en la hojita lo siguiente:

Mientras el cielo siga azul 

conmigo, amor, seguirás tú.

–Habíamos planeado zarpar hace quince días –dijo Honoria con tono de reproche–. El verano ha sido tórrido. La ciudad está medio desierta. No hay ningún sitio a dónde ir. Aunque me han dicho que hay uno o dos bailes al aire libre que están divertidos. Parece ser que sus atracciones han calado hondo en más de uno.

Ives no se inmutó. Cuando uno está en el ring, no le sorprende que el adversario le pegue en las costillas.

–Aquel día –dijo Ives con poco tacto– seguí al vendedor de caramelos y le di cinco dólares al llegar a la esquina de Broadway.

Cogió la bolsita de papel, que Honoria se había colocado en el regazo, sacó uno de los cuadrados caramelos y quitó lentamente el papel que lo envolvía.

–El padre de Sara Chillingworth –explicó Honoria– le acaba de regalar un automóvil.

–Lee esto –pidió Ives, alargándole el papel del caramelo recién desenvuelto:

Del arte de vivir la vida es dueña 

y el amor a perdonar nos enseña.

Las mejillas de Honoria se pusieron rojas como la grana.

–¡Honoria! –exclamó Ives, levantándose de un salto de la silla.

–Miss Clinton –corrigió Honoria, emergiendo como Venus entre la espuma de las olas–. Ya te advertí que no volvieras a pronunciar ese nombre.

–Honoria –repitió Ives–, tienes que escucharme. Ya sé que no merezco tu perdón, pero he de conseguirlo. En ocasiones nos vemos poseídos por una locura de la que no es responsable lo mejor de nosotros mismos. Arrojo al viento todo lo que no seas tú. Rompo las cadenas que me han tenido preso. Renuncio a la sirena que me alejó de ti con malas artes. Permite que ese verso de vendedor ambulante te suplique en mi nombre. Eres la única a quien puedo amar. Deja que tu amor perdone, y yo te juro que el mío seguirá contigo “mientras el cielo siga azul”.

Al oeste de Manhattan, entre la Sexta y la Séptima Avenida, un callejón se abre en la mitad de la manzana y muere en un pequeño patio en el centro de la misma. Es un barrio de gente de teatro, y sus habitantes son la espuma de media docena de naciones. El ambiente es bohemio, el idioma políglota, el entorno miserable.

El vendedor de caramelos vivía en el patio, al final del callejón. A las siete en punto empujaba su carrito por la estrecha entrada, lo apoyaba sobre las irregulares losetas de piedra y se sentaba en una de sus barras para refrescarse. Por aquel callejón pasaba una fresca corriente de aire.

Había una ventana justo encima del lugar donde siempre se sentaba. En el frescor de la tarde, mademoiselle Adèle, atracción principal de Aerial Roof Garden, uno de los bailes al aire libre, se sentaba junto a la ventana a tomar el aire. Solía dejar caer su hermosa mata de pelo castaño rojizo, para que la brisa tuviese la dicha de ayudar a Sidonie, la doncella, en la tarea de secarlo y airearlo. Llevaba un pañuelo de color heliotropo colocado muy flojo alrededor de los hombros, que eran la parte de su anatomía más explotada por los fotógrafos. Llevaba los brazos desnudos hasta el codo, y aunque no había allí escultores para extasiarse con ellos, ni las estólidas paredes de ladrillo del callejón habrían sido tan insensatas como para no darles su aprobación. Mientras permanecía allí sentada, Felice, otra de sus doncellas, bañaba y ungía aquellos pequeños pies que tanto fascinaban con sus guiños a la audiencia nocturna del Aerial.

Paulatinamente, mademoiselle empezó a percibir la presencia del vendedor de caramelos que se paraba bajo su ventana para enjugarse la frente y refrescarse un poco. En manos de sus doncellas se encontraba temporalmente apartada de su profesión: el fascinante y obligatorio carro del hombre. A mademoiselle le molestaba perder el tiempo. Allí estaba el vendedor de caramelos y aunque, ciertamente, no era la presa más adecuada para sus dardos, pertenecía al sexo contra el cual ella había nacido para luchar.

Después de lanzarle miradas de indiferente frialdad una docena de veces, una tarde se desheló de repente y derramó sobre él una sonrisa que hizo ruborizarse a los caramelos del carrito.

–Vendedor de caramelos –dijo con voz acariciadora, mientras Sidonie la seguía en su impulsivo arrebato sin dejar de cepillar su espesa cabellera caoba–, ¿no crees que hoy soy hermosa?

El vendedor de caramelos se rió con aspereza y miró hacia arriba con su fina mandíbula apretada, al tiempo que se secaba la frente con un pañuelo azul y rojo.

–Valdría usted para la portada de una revista masculina –dijo a regañadientes–. Guapa o no, es cosa de ellos. Ese no es mi estilo. Si lo que anda buscando son cumplidos, vaya a cualquier otro sitio entre las nueve y las doce. Me parece que va a llover.

Es cierto que un vendedor de caramelos no es mucho más fascinante que ponerse a cazar conejos en medio de una espesa nevada, pero el cazador tiene el corazón muy grande. Mademoiselle cogió un gran mechón de pelo de entre las manos de Sidonie y lo dejó caer por la ventana.

–Óyeme bien, vendedor de caramelos, ¿tienes una novia en algún sitio con un pelo tan largo y suave como éste? ¿Y con los brazos tan redondeados?

Alargó un brazo por el alféizar de la ventana como Galatea después del milagro.

El vendedor de caramelos soltó una risita chillona y se puso a recoger unos cuantos caramelos de mantequilla y azúcar moreno que se le habían caído al suelo.

–¡Esfúmate! –dijo con vulgaridad–. No tiene nada que hacer con esas armas. Soy demasiado listo para dejarme engatusar por un mechón de pelo y un brazo recién untado de crema. Supongo que estará usted muy bien en el escenario, con cantidad de polvos y maquillaje encima, mientras la orquesta toca “Bajo el viejo manzano”. Pero no se le ocurra ponerse el sombrero y correr escaleras abajo para venirse conmigo a la iglesita de la esquina. Ya he tenido que lidiar en otras ocasiones con cajas de tinte y maquillaje. Y ahora, bromas aparte, ¿no cree que va a llover?

–Vendedor de caramelos –insistió mademoiselle con suavidad, curvando los labios y formando un hoyuelo en la barbilla–, ¿no me encuentras bonita?

El hombre hizo una mueca.

–Ahorrando dinero, ¿no es así? –dijo–. Debe de ser muy rentable eso de hacerse la publicidad uno mismo. Yo fumo, pero no he visto nunca su jeta en ninguna caja de cigarros de cinco centavos. De todas formas haría falta que saliera una nueva marca de mujer para lograr conquistarme. Las conozco desde las peinetas hasta los cordones de los zapatos. Dame un buen día de ventas y un filete con cebolla a las siete, y una pipa y un periódico de la tarde al volver aquí al patio, y no me inmutaré ni aunque la mismísima Lillian Russel me guiñe el ojo, con su perdón.

Mademoiselle hizo un puchero.

–Vendedor de caramelos –dijo suave y profundamente–, aun así me dirás que soy hermosa. Todos los hombres lo hacen y tú no serás menos.

El vendedor de caramelos se rió y vació la pipa.

–Bueno –contestó–, tengo que marcharme. Estoy leyendo un relato que viene en el periódico. Hay unos hombres buscando un tesoro en el mar, y los piratas los espían desde detrás de los arrecifes. Y no hay una sola mujer por tierra, mar o aire. Buenas noches.

Y se fue callejón adelante, empujando su carrito de regreso al húmedo patio donde vivía.

Asombrosamente para aquel que no conozca las mujeres, mademoiselle se sentaba todos los días junto a la ventana y lanzaba sus redes a su ignominiosa presa. En una ocasión estuvo esperando a un caballero de altos vuelos durante media hora en la salita de espera, mientras se dedicaba a bombardear en vano la ruda filosofía del vendedor de caramelos. Su áspera risa hería su vanidad en lo más profundo. Todos los días se sentaba en su carrito a recibir la brisa del callejón mientras a ella le arreglaban el pelo, y diariamente las flechas de su belleza rebotaban contra su duro pecho tan despuntadas como ineficaces. Un resentimiento de despecho encendía sus ojos. Con el orgullo herido, le lanzaba miradas que habrían elevado al séptimo cielo a sus más devotos admiradores. Los duros ojos del vendedor de caramelos la miraban con una mal disimulada burla que acabó por impulsarla a usar la flecha más afilada del carcaj de su belleza.

Una tarde se apoyó en el alféizar, y no se dedicó a desafiarle ni a torturarle como otras veces.

–Vendedor de caramelos –dijo–, ponte de pie y mírame a los ojos.

El hombre se puso de pie y la miró a los ojos, con su áspera risa resonando como una aserradora. Se quitó la pipa de la boca, jugueteó un poco con ella y se la volvió a meter en el bolsillo con mano temblorosa.

–Ya basta –dijo mademoiselle con una sonrisa lenta–. Ahora tengo que marcharme a la sesión de masaje. Buenas noches.

La tarde siguiente, a las siete en punto, el vendedor de caramelos apareció y apoyó su carrito bajo la ventana. Pero ¿era realmente el vendedor de caramelos? Su corbata era de un rojo rabioso y la llevaba adornada por un reluciente alfiler de corbata en forma de herradura casi de tamaño natural. Los zapatos estaban recién lustrados; el moreno de sus mejillas había palidecido y se había lavado las manos. La ventana estaba vacía y esperó allí con la nariz vuelta hacia arriba, como un perro esperando un hueso.

Finalmente apareció mademoiselle, con Sidonie sujetando su mata de pelo. Miró al vendedor de caramelos y sonrió, una lenta sonrisa que se desvaneció hasta convertirse en aburrimiento. Supo al instante que la presa estaba ya en el bote, e inmediatamente se sintió hastiada de aquella cacería. Empezó a hablar con Sidonie.

–Ha hecho un día magnífico –dijo el vendedor de caramelos con voz profunda–. Es la primera vez en un mes que me he sentido de primera. Me he recorrido Madison de arriba para abajo voceando la mercancía como antaño. ¿Cree que lloverá mañana?

Mademoiselle rodeó con ambos brazos el cojín que tenía en el alféizar de la ventana y apoyó sobre ellos su barbilla con hoyuelo.

–Vendedor de caramelos –dijo suavemente–, ¿no me amas?

El hombre se puso de pie y se apoyó contra el muro de ladrillo.

–Señora –dijo jadeando–, tengo ochocientos dólares ahorrados. ¿Dije que no eras hermosa? Tómalo, tómalo todo entero y compra con ello una correa para tu perro.

Un sonido como el de cien campanas de plata se oyó en la habitación de mademoiselle. La risa invadió el callejón y resonó en el patio de atrás, y aquel eco resultó allí tan ajeno como la mismísima luz del sol. Mademoiselle estaba divertida. Sidonie, su sabio eco, añadió una voz de contralto tan fiel como sepulcral. La risa de ambas pareció al fin penetrar al vendedor de caramelos. Empezó a juguetear con el alfiler de corbata. Al fin, mademoiselle, exhausta, volvió su bello rostro arrebolado hacia la ventana.

–Vendedor de caramelos –dijo–, márchate. Cuando me río, Sidonie me tira del pelo. Y no puedo hacer otra cosa si sigues ahí.

–Aquí hay una nota para mademoiselle –dijo Felice, acercándose en aquel momento a la ventana.

–No es justo –dijo el vendedor de caramelos, levantando las barras de su carrito y alejándose con él.

Se había desplazado unos cuantos metros, cuando se detuvo. Una serie de gritos agudos salieron de la ventana de mademoiselle. Regresó a toda prisa. Oyó el ruido de un cuerpo que caía al suelo y el sonido de unos tacones que parecían patalear sobre él.

–¿Qué pasa? –gritó.

El rostro severo de Sidonie se asomó a la ventana.

–Mademoiselle ha recibido malas noticias –dijo–. Aquel a quien ella amaba con toda el alma se ha marchado. Habrá usted oído hablar de él, se trata de monsieur Ives. Zarpa mañana en un barco hacia el otro lado del océano. ¡Ay, cómo son ustedes los hombres!

O. Henry (foto)

‘Eleonora’ de Édgar Allan Poe

Sub conservatione formæ specifícæ salva anima. (Raimundo Lulio)

Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la “luz inefable”, y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, “agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi”.

Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.

La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.

Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.

Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.

Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.

Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.

La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.

Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.

Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.

Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.

Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez -¡ah, pero sólo una vez!- me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.

Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.

Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.

Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:

“¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora”.

Édgar Allan Poe (foto) (Traducción de Julio Cortázar)

‘Los cazadores de marfil’ de Roberto Arlt

La barcaza a nueve nudos por hora, iba aguas abajo por el río Congo. A un lado del mástil, el pequeño. Inmóvil junto al timón, el grandote. Los dos hombres meditaban. De ellos se podía decir: por mitad comerciantes y por mitad bandidos, según se ofrecieran las circunstancias. Peter, de minúscula estatura, desafiaba al sol africano, que no había podido disolver su firme palidez. Anderson, a su lado, resultaba gigantesco, cabezudo y violento. Difícil era resolver cuál de los dos era más peligroso. Trafican a todo lo largo del río Congo. Su última aventura había consistido en matar a palos y cuchilladas a treinta nativos cargados de colmillos de marfil. En cierto modo iban huidos, ambos pensaban que de ser uno solo el propietario del cargamento de marfil, podría vivir dichosamente los años que le restaban de vida.

Mientras la línea de los bosques acercaba o apartaba sus verdes murallas en la llanura de agua, y la barcaza, resoplando, avanzaba hacia el cabo de Dongo-Dongo, Peter pensaba cómo podría asesinar a su socio y Anderson de qué modo mataría a Peter.

Por su importancia, el cargamento de marfil solicitaba un asesinato.

En África, los hombres siempre han muerto a otros hombres para apoderarse del marfil. No hay una sola bola que ruede en ninguno de los paños verdes de los billares del mundo que, secretamente, no esté manchada de sangre. De sangre de negro, de sangre de bestia y de sangre de blanco…

El marfil solicita la sangre. Peter lo sabía y Anderson también. De modo que un crimen más no tenía importancia.

Se acercaban a la orilla o se alejaban, y el gigante de Anderson se decía que ahora que cerrara la noche…

Ahora que cerrara la noche… Pero ¿quién cuidaría la caldera de la barcaza y del timón si él asesinaba a Peter? Peter, además de maquinista, conocía palmo a palmo las revueltas del río. Además, hasta que no dejaran atrás el cabo de Dongo-Dongo, el río era peligroso. Para Anderson, estrangular a Peter era una operación sencilla. Lo estrangularía y lo arrojaría a las aguas, los peces voraces o los perezosos cocodrilos darían cuenta de él.

Cierto es que Peter tenía un hijo, y Anderson hubiera preferido que Peter no tuviera un hijo, porque nunca es agradable dejar a un chico huérfano. No, a esto no llegaba la dureza de Anderson. Pero ¿qué podía hacer el buenazo de Anderson? ¿No estrangular a Peter? No, eso no podía ser… Su benevolencia no llegaba a tales extremos. Lo estrangularía a Peter y se lamentaría profundamente por el huérfano. Además, en todas las ciudades se encuentran establecimientos filantrópicos, y cualquiera de ellos se hará cargo del huérfano. No era cosa de perder un cargamento de marfil por exceso de buen corazón. Le retorcería el pescuezo a Peter como a un pollo, y se interesaría por el huérfano. Eso. ¡Se interesaría por el huérfano y le daría una oportunidad!…

Anderson se sintió reconfortado por haber resuelto el problema equitativamente. Peter debiera estarle agradecido de su prudencia. Ahora podía asesinarlo con la conciencia tranquila y todos quedarían contentos.

Mientras que Anderson, con una mano apoyada en la barra del timón, pensaba estas cosas, Peter daba vueltas en su magín al factible modo de librarse de Anderson, ¿una puñalada, un tiro o un garrotazo?

Un garrotazo era casi imposible. Tendría que acercarse a Anderson, y éste, desde hacía varios días dormía con un ojo abierto y otro cerrado, y siempre –¡la casualidad de las casualidades!– que Peter tomaba el cuchillo, Anderson empezaba a revisar el tallado de un garrote que estaba a su alcance, o el tambor de su revólver. Cualquier crimen era preferible a repartir el cargamento de marfil. Si él asesinaba a Anderson, su hijo podría estudiar en la universidad, en fin, vivir una vida un poco más humana y limpia de la que cochinamente no se había podido librar hasta ahora.

Pero había que liquidar aquel asunto antes de llegar a las primeras factorías de Dongo-Dongo. El cauce del río se ensanchaba, la selva aparecía allá, muy lejos, sobre la anchurosa sábana de agua amarilla, y Peter, sentado tristemente frente a la caldera, en la que ardían gruesos troncos, pensaba que si su hijo fuera a la universidad, él podría envejecer honorablemente y calzar abrigadas pantuflas durante el invierno. Pero el maldito Anderson, como si sospechara de la naturaleza de sus pensamientos, sesgadamente sentado junto al timón, sin perderle de vista, hacía varios días que Anderson, casualmente, tomaba posiciones que hacían prácticamente imposible toda tentativa de asesinato.

De pronto, Anderson dijo, grave:

–¡Picaron!…

Peter se aproximó apresuradamente… las cuerdas de los anzuelos estaban tensas. Tendrían pescado para la noche. Anderson se inclinó sobre un espinel y Peter sobre otro. En los extremos de las cuerdas, un pez de oro y un pez de plata saltaban fuera de las aguas y volvían a sumergirse. Anderson comenzó a recoger los anzuelos. Peter volvió la cabeza. Anderson seguía divertido con los saltos del pez de oro, y Peter descargó su brazo como un resorte. Se vieron en el aire los dos pies del hombre, y Anderson lanzó un grito ronco. Ahora nadaba vigorosamente tras la barcaza. Pero ésta se alejaba rápidamente en el mar de herbajos que la rodeaban.

Los aullidos de Anderson sonaban cada vez más distantes, ahora comprendía Peter el significado de nueve nudos por hora. Anderson nadaba rápidamente pero su relieve fuera de las aguas se tornaba cada vez más pequeño.

Peter, manteniendo inmóvil la barra del timón con un pie, cruzado de brazos miró al lejano nadador. Nadie podía salvarle. Había caído en la parte más estrecha del río, en la llanura de herbajos, que eran nidales de cocodrilos. Más adelante estaban los remolinos; detrás las cascadas. El cargamento de marfil le pertenecía. Ya nadie podría disputárselo. Su hijo iría a la universidad, y cuando él fuera anciano usaría tiernas pantuflas. En cuanto a Anderson, diría que el hombre había muerto a consecuencia de una fiebre maligna, y todos se darían por muy satisfechos.

Tres años después, Peter vivía en Montaña Negra, al sur de Neuquén. Había llegado el verano. Caía la tarde y el cazador de marfil, de pie frente a su casa de madera de alerce. Estaba satisfecho ahora, porque en el pasado había cometido un crimen, y ese crimen había permanecido impune, y de consiguiente él y su hijo vivían sin penas. Sobre todo su hijo. El chico andaba jugando por el monte entre recientemente derribados troncos de robles. Lo había hecho venir de Santiago a pasar sus vacaciones, porque Peter, siempre prudente, quiso que su chico se ligara a los hijos de los ganaderos de la zona, y en vez de enviarlo a estudiar a Buenos Aires, que quedaba tan lejos, le hacía ir hasta Chile cruzando los lagos. Ahora el niño estaba con él, y Peter sentía que el cielo derramaba bendiciones sobre su cabeza. Recordando al corpulento Anderson, cuyos huesos se podrirían en el fondo del río Congo, pensó:

“Si Anderson viera al nene, y a este cuadro, y a esta buena casa de alerce, y a las ovejas que andan en el monte, se pondría contento y palmeándome en las espaldas me diría:

“–Eres un hombre prudente, Peter, siempre lo he dicho”.

¡Cosa curiosa! El cazador de marfil recordaba al muerto a cada una de sus satisfacciones, y hasta le ocurría, muchas veces, dejarse llevar por su pensamiento y discutir con él, como si el muerto estuviera vivo, y semejante conducta no aminoraba los remordimientos de Peter, por la sencilla razón de que un forajido como Peter no podía experimentar ningún género de remordimiento; pero situaba al muerto, con respecto a él en un plano de indulgencia misteriosa. Era como si le pidiera consentimiento al asesinado para ser feliz, y Anderson, magnánimamente, le permitía ser feliz.

Peter echó algunas bocanadas de humo y miró las montañas azules que enrojecían, y nuevamente volvió a sentirse contento de tener un hijo, una propiedad y de no estar en presidio.

Un caballo se detuvo frente a la distante tranquera y Peter palideció. Palidecía ansiosamente siempre que un desconocido se detenía frente a su campo. “No hay motivo”, se decía él; pero el caso era que su rostro se cubría de una palidez mortal. El desconocido montaba un recio potro, y una barba espesa le circunvalaba el rostro. Después de abrir la tranquera, sin desmontar, avanzó al galope por el camino. Peter se apoyó, trémulo, en el muro de tablas de su vivienda en cuanto pudo reconocerlo. El muerto había resucitado. Allí, en persona, estaba Anderson.

–Aquí estoy –dijo el otro, desmontando–, yo: Anderson. –Y su mano ancha cayó sobre la espalda de su verdugo.

–¡Tú!… –acertó a murmurar el otro.

El hijo de Peter apareció por un camino junto a la casa sombreada de grandes árboles. El niño iba descalzo, un cinturón con cartuchera le sostenía el pantaloncito y traía un arco con flechas entre las manos. Anderson miró al pequeño, y dijo:

–De modo que éste es tu mocito hijo Andresillo. Bien, bien con Andresillo.

El niño miró al barbudo y se coló en la casa. Peter, desencajado, continuaba mirando a su ex socio. ¿De modo que no había muerto? Como si el otro viera lúcidamente lo que pasaba en su cerebro, replicó sagazmente:

–No, no he muerto, Peter. ¿Has visto? No he muerto. Y bien pude haberme muerto. ¡Vaya si pude!…

–¿Cómo llegaste hasta aquí? –murmuró Peter.

–¡Ah, es tan largo de contar todo esto! ¡Tan largo!…

–¿Vienes a buscar tu parte?

Anderson lo soslayó cruelmente. Luego:

–Sí, por supuesto. –Y nuevamente su mano cayó sobre el hombro del cazador de marfil, y una congoja tremenda entró en los sentidos de Peter, y sus ojos se nublaron. Anderson continuó: –Pero ¡qué alegría verte! no hay nada que hacer, Peter. Yo siempre lo he dicho. Eres un hombre prudente. ¿De manera que te has comprado estos montes… y esta finca? Bien. Bien. Y el pobre Anderson pudriéndose en el fondo del río Congo, ¿eh? El pobre Anderson haciendo bulto en el estómago de algún cocodrilo, ¿eh?…

Miró nuevamente todo lo que había en derredor suyo, y continuó, socarrón:

–¿De manera que te das la vida de un príncipe? Engordas, ¿eh? ¿Y no te acordabas nunca de mí? Dime, Peter: ¿nunca te has acordado de mí?…

–¡Cállate! –murmuró Peter.

–Yo siempre te recordaba –prosiguió Anderson–. Me decía: “¿Dónde estará mi buen amigo? ¿Qué será de sus negocios? ¿Qué intereses le producirá su capitalcito?”. Pensaba en ti –súbitamente ese tono cambió–, y se me revolvía el estómago –nuevamente retomó el otro tono–. Se me revolvía el estómago al acordarme de toda el agua que tragué en aquel anchuroso río. Porque, ¡vaya si es ancho ese río!

Copiosas gotas de sudor rodaban por el rostro de Peter. Su mirada iba ansiosamente hacia el interior de la casa. ¿Por qué había enviado a la cocinera hasta el puesto de Coiue?

Anderson continuó:

–Te prevengo que he salvado la vida, digamos cómo…, ¡milagrosamente! Me encontró una lancha de negros en Dongo-Dongo abrazado a un tronco. Te juro, Peter, que llorarías de lástima si vieras cómo me desgarraron las piernas los dentudos peces. Estuve enfermo. Gravemente enfermo. Otro hombre te hubiera delatado a la justicia. Yo me callé. Me dije: “No quiero que Peter tenga dificultades con los hombres de la ley”. ¿He procedido mal o bien? Contéstame.

El cazador de marfil tuvo la sensación de que su corazón se había convertido en un trozo de manteca, derritiéndose junto a un encendido brasero. Anderson continuó arrimando su enorme estatura a él.

–Contéstame, Peter: ¿he procedido bien o mal?

Peter sentía su aliento en las narices. La mano de Anderson se levantó, tomándole del cuello lo introdujo en el comedor. Una estufa ocupaba el centro de la habitación de muros adornados con cabezas de ciervos y jabalíes, y por el vidrio de la ventana entraba un rayo rojo de sol. Peter miró ansiosamente en derredor. Su escopeta estaba allí sobre la cama.

Anderson adivinó el sentido de su mirada, y sin soltarle del alzacuello lo arrimó al tubo de la estufa:

–De manera que no te niegas ningún placer, ¿eh? ¿Hasta escopeta tienes, y cabezas de ciervos y de jabalíes? Bien. Bien. Y todo ello adquirido con el dinero del pobre Anderson, ¿eh?

Lentamente desenfundó un cuchillo. Un cuchillo de hoja ancha. Peter sintió que se desvanecía en las negruras de la muerte, y echándose a los pies de Anderson, le dijo:

–Te daré toda mi fortuna. Te daré un cheque, Anderson. La mitad de este campo. La mitad de mis ovejas. Aquí las tierras se están valorizando día a día, Anderson. Podemos trabajar juntos. Te haré abrir una cuenta corriente en el banco de Bariloche, Anderson.

La mirada del gigante pesaba como una losa sobre el cazador de marfil.

–Tengo quince mil pesos en el banco, Anderson. Te daré la mitad. Seremos socios.

Anderson pareció pensarlo y enfundó el cuchillo. Peter, amarillo como un cuerno de marfil, se enderezó, lentamente sobre el suelo. Gruesas gotas de sudor rodaban hasta sus cejas. Anderson, sin perderle de vista, dijo:

–Fírmame un cheque por diez mil pesos… No: por catorce mil pesos…

–Anderson, escucha. Conténtate con diez mil. Quédate aquí. Trabajemos juntos a medias. Las tierras se valorizan cada día más. Te juro que se valorizan.

Anderson, en silencio, tomó una silla y se sentó junto a la mesa. Peter, frente a él, comenzó a charlar. Y habló, convulsivamente hasta entrada la noche. Andresillo, de brazos cruzados sobre la mesa, dormía profundamente, mientras el gigante de gruesas cejas, arrimado a la mesa, con los brazos cruzados, escuchaba impasible.

Cerca del amanecer, Peter despertó bruscamente, cosa desacostumbrada en él. Puso la mano debajo de la almohada. Allí estaba su revólver. ¿De modo que en cuanto saliera el sol, Anderson se marcharía con el cheque de doce mil pesos en su bolsillo y él tendría que empezar de nuevo? Si su hijo no estuviera en la casa, no vacilaría en asesinar a Anderson. Se estremeció. Anderson acababa de carraspear en el otro cuarto. Evidentemente, estaba despierto. Peter, tratando de impedir que crujiera su cama, retiró el revólver de debajo de la almohada, y pensó:

“Si entra a este cuarto, lo tumbo de un tiro.”

Peter apretó el cabo del revólver bajo las sábanas:

“Si se dejara convencer y se quedara aquí podría envenenarlo.” Súbitamente Peter se estremeció. Anderson desde el otro cuarto, le hablaba:

–Estás despierto, Peter, ¿eh? Y pensando de qué modo matarme, ¿eh?

Un desaliento infinito entró en la conciencia del cazador de marfil. ¿Qué hacer? ¿Negar? ¿Fingirse dormido?…

Anderson insistió:

–¿Te haces el dormido, eh, Peter? ¿Tienes miedo?…

Peter contestó débilmente:

–Estoy enfermo, Anderson. Estoy enfermo de verdad –crujió la cama–. No te levantes, Anderson. No te levantes que tengo el revólver en la mano. Estoy enfermo.

Anderson, en la obscuridad de su cuarto, apretó los dientes. Aquél era el momento y no otro. Elástico como un gato, el gigante se desprendió de la cama. En una mano sostenía una almohada y en la otra el cuchillo ancho. Peter oyó el crujido del lecho; quiso hablar, pero una arcada tremenda le impidió pronunciar una sola palabra y recibió en el rostro el golpe de la almohada, y quedó tendido sobre su cama bajo el peso del gigante que le hurgaba en el vientre con la hoja del cuchillo. Dos veces aproximó la hoja del cuchillo a su piel y le tocó y no le hirió.

Peter quería gritar, pero la almohada le asfixiaba, y de pronto, en las tremendas tinieblas, comprendió que el gigante había cambiado de opinión. El filo del ancho cuchillo se apoyó en su garganta. Y ahora un gran dolor lo sumergía en la breve desesperación de la que no se vuelve.

Terminado que hubo, Anderson volvió a su cuarto, encendió la lámpara y comenzó a vestirse. Cobraría el cheque y se marcharía nuevamente al Congo. Estaba satisfecho, porque además de cumplir con su deseo no había dejado en la indigencia al niño de Peter. Sentado ahora en la misma habitación donde estaba el muerto, prendiéndose los cordones de los zapatos, se decía que Andresillo quedaría a cubierto. ¿Y si él lo reclamara a la justicia desde el África? ¡Imposible! El niño le reconocería siempre como el hombre que estuvo con su padre la noche que él lo asesinó. Lástima, en cierto modo, porque el tal Andresillo parecía una criatura despabilada.

Precisamente allí en lo alto de la escalera, sin que Anderson pudiera verlo, estaba Andresillo. El niño, gravemente, miró el charco de sangre que había en la cabecera del lecho de su padre, y luego observó al asesino prendiéndose lentamente los cordones de los zapatos. Andresillo inspeccionó nuevamente con la mirada el cuadro y comenzó a bajar lentamente la escalera. La criatura, descalza, se deslizaba como un gato. A un costado de la cama del muerto, colgado del muro, había un mazo. Andresillo, siempre cauteloso, reteniendo la respiración, obedeciendo a la fuerza extraña que le impedía llorar, recogió el mazo, se arrimó al asesino, que le daba las espaldas, levantó el mazo, y con toda la fuerza que cabía en sus bracitos, lo descargó sobre la nuca del cazador de marfil. El asesino se desplomó, herido de muerte, como un toro al que derriba el matarife. Y sólo entonces estalló el llanto del niño, asustado en el silencio opaco de la noche…

Roberto Arlt (foto)