‘Un lugar limpio y bien iluminado’ de Hemingway

ernest-hemingwayEra tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.

-¿Por qué?

-Estaba desesperado.

-¿Por qué?

-Por nada.

-¿Cómo sabes que era por nada?

-Porque tiene muchísimo dinero.

Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.

-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.

-¿Y qué importa si consigue lo que busca?

-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.

El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.

-¿Qué desea?

El viejo lo miró.

-Otro coñac -dijo.

-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.

-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.

-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.

-Un poco más -murmuró.

El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.

-Gracias -dijo el viejo.

El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.

-Ya está borracho -dijo.

-Se emborracha todas las noches.

-¿Por qué quería suicidarse?

-¿Cómo puedo saberlo?

-¿Cómo lo hizo?

-Se colgó de una cuerda.

-¿Quién lo bajó?

-Su sobrina.

-¿Por qué lo hizo?

-Por temor de que se condenara su alma.

-¿Cuánto dinero tiene?

-Muchísimo.

-Debe tener ochenta años.

-Sí, yo también diría que tiene ochenta.

-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?

-Se queda porque le gusta.

-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.

-Él también tuvo una mujer.

-Ahora una mujer no le serviría de nada.

-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.

-Su sobrina lo cuida.

-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.

-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.

-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.

-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.

El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.

-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.

-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.

-Otro -dijo el viejo.

-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.

El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.

El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.

-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.

-Quiero irme a casa.

-¿Qué significa una hora?

-Mucho más para mí que para él.

-Una hora no tiene importancia.

-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.

-No es lo mismo.

-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.

-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?

-¿Estás tratando de insultarme?

-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.

-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza.

-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.

-¿Y a ti, qué te falta?

-Todo; menos el trabajo.

-Tienes todo lo que tengo yo.

-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.

-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.

-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.

-Yo quiero irme a casa y a la cama.

-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.

-¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.

-No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.

-Buenas noches -dijo el camarero más joven.

-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.

-¿Qué le sirvo? -preguntó el cantinero.

Nada.

Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda.

-Una copita -dijo el camarero.

El cantinero se la sirvió.

-La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.

El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.

-¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero.

-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

Ernest Hemingway (foto)

Anuncios

Publicidad; la política; el CDF; el manoseo JC

CDFA riesgo de extemporáneo, las opiniones que siguen hacía varios días quería publicarlas y solo ahora lo logro.

1) PUBLICIDAD. Un excelente ejemplo dan las autoridades argentinas al prohibir en los medios audiovisuales las frases que se dicen a la alta velocidad y nadie entiende. Esa es una manera equivalente de usar la letra chica en los documentos bancarios, por ejemplo. Chile debería imitar esa buena decisión vecina.

2) D.C. MINORÍA. Muchas veces hemos dicho aquí y desde hace muchos años que la Democracia Cristiana proviene del fascismo español y nada tenía que hacer en la Concertación, primero, y después en la Nueva Mayoría. Los que tengan memoria o quieran consultar el archivo del blog, recordarán también que dijimos que no hubo más acucioso e incisivo opositor a los gobiernos de Michelle Bachelet que los demócratacristianos; un ejemplo: Ignacio Walker. Hablaban siempre como si fueran la mayoría de las coaliciones. Siempre dijimos que eran un bluf, que debían salirse, o, en el peor de los casos, ser echados, corridos, porque no eran más que una minoría catete. La realidad nos dio la razón. Ahora que se lanzaron de manera independiente a la presidencia de Chile, se pudo saber que la Democracia Cristiano no tiene ninguna importancia numérica. Son una mínima minoría, a pesar de todo el apoyo que tuvo de la cadena radial demócratacristiana Radio Bio Bio.

3) BURLA. La clase política es dueña de un cinismo a prueba de balas. Terminada la votación por candidatos al Congreso, los electores les dijeron a varios políticos “ya no más”. Estos políticos perdieron sus curules, afortunadamente. Uno de ellos el marrullero Andrés Zaldívar, defensor abierto y solapado del gremio pesquero. Sin embargo, al día siguiente de que los electores lo mandaron para la casa, el Congreso lo nombró en un cargo cuya función es fijarles los sueldos a los parlamentarios. ¡Qué burla hacen del pueblo, al que dicen representar!

4) CDF-COLO COLO. El Canal del Fútbol, CDF, ¿es de Colo Colo? Lo preguntamos porque la ‘cortina’ televisiva para separar informes e imágenes del CDF la hace Jorge Valdivia, quien actúa como si despertara de una pesadilla. Los demás clubes tienen el derecho de reclamar que se suspenda esa publicidad a un jugador y a un equipo, porque todos los demás tienen el mismo derecho de aparecer ahí. El CDF debería guardar distancia y ser ecuánime con todos los equipos de fútbol. ¿No había un actor para hacer eso? ¿No había un desconocido, con mínimas dotes de actor, que hiciera esa publicidad? ¿Tenía que ser, obligadamente, Jorge Valdivia del Colo Colo?

5) DECADENCIA. De Jorge Valdivia decir, también que, inadvertidamente, se convirtió en vocero de Colo Colo y hombre imprescindible del futbol chileno. En días pasados rabió, no se supo con quién, diciendo que él no estaba acabado. No era un decadente. Que ahora corría los 90 minutos del partido. ¿Y eso es una proeza? ¡Todo futbolista, por malo que pueda considerársele, debe correr los 90 minutos! Es lo mínimo que debe hacer. Para eso le pagan, y en el caso suyo, le pagan de más. Hacerle ver, entonces, que un futbolista a su edad, que pasó por el fútbol extranjero, sin tanta gloria como él se cree, y ahora se esfuerza por correr 90 minutos en cada partido del torneo doméstico, está en el final de su carrera. Así nomás es.

6) MANOSEO OBSESIVO. También lo hemos dicho muchas veces en esta página: todo lo que habla Julio César Rodríguez es en doble sentido, ¡qué aburrimiento! Tiene la morbosidad a flor de piel. Su mente está mal diseñada: está llena de penes y vaginas. Muy notorio durante la alfombra roja del Festival de Viña del Mar 2018. A todas las mujeres que entrevistó las tomó por la cintura, innecesariamente. A todas les miró los pechos, descaradamente. Pueden ver el video. Si la mujer estaba parada a su izquierda, él tomaba el micrófono con la mano derecha, y con su izquierda la abrazaba abusivamente, aprovechando la oportunidad; misma operación si ella estaba en su lado derecho: tomaba el micrófono con la izquierda, y con la mano derecha la abrazaba abusivamente. Están los videos para confirmar lo que aquí se dice. Y cuando no manosea a las invitadas a la gala de Viña, manosea a Francisca García Huidobro en el programa ‘Primer Plano’, o en el del festival. Pareciera que tiene un problema de calentura sexual permanente don Julio César Rodríguez. Propia de la adolescencia. En un programa de televisión se ufanó de que él hacía el amor varias veces al día, cada vez que tenía ganas. Estaba conviviendo con Laura Prieto en ese momento. Y bueno, hace unos años, cuando comenzó en la cadena radial demócratacristian Bio Bio, dijimos que necesitaba un(a) fonoaudiólogo(a), porque hablaba como si tuviera la boca llena de babas, asunto que no atendió y por eso no ha mejorado su dicción. En este momento decimos que necesita un(a) psicólogo(a) para superar esa tara sexual que lo agobia.

‘Viola Acherontia’ de Leopoldo Lugones

Leopoldo LugonesLo que deseaba aquel extraño jardinero, era crear la flor de la muerte. Sus tentativas se remontaban a diez años, con éxito negativo siempre, porque considerando al vegetal sin alma, ateníase exclusivamente a la plástica. Injertos, combinaciones, todo había ensayado.

La producción de la rosa negra ocupóle un tiempo; pero nada sacó de sus investigaciones. Después interesáronlo las pasionarias y los tulipanes, con el único resultado de dos o tres ejemplares monstruosos, hasta que Bernardin de Sain-Pierre lo puso en el buen camino, enseñándole como puede haber analogías entre la flor y la mujer encinta, supuestas ambas capaces de recibir por “antojo” imágenes de los objetos deseados.

Aceptar este audaz postulado, equivalía a suponer en la planta un estado mental suficientemente elevado para recibir, concretar y conservar una impresión; en una palabra, para sugestionarse con intensidad parecida a la de un organismo inferior. Esto era, precisamente, lo que había llegado a comprobar nuestro jardinero. Según él, la marcha de los vástagos en las enredaderas obedecía a una deliberación seguida por resoluciones que daban origen a una serie de tanteos. De aquí las curvas y acomodamientos, caprichosos al parecer, las diversas orientaciones y adaptaciones a diferentes planos, que ejecutan guías, los gajos, las raíces. Un sencillo sistema nervioso presidía esas oscuras funciones. Había también en cada planta su bulbo cerebral y su corazón rudimentario, situados respectivamente en el cuello de la raíz y en el tronco. La semilla, es decir el ser resumido para la procreación, lo dejaba ver con toda claridad. El embrión de una nuez tiene la misma forma del corazón, siendo asaz parecida al cerebro la de los cotileidones. Las dos hojas rudimentarias que salen de dicho embrión recuerda con bastante claridad dos ramas bronquiales cuyo oficio desempeñan la germinación.

Las analogías morfológicas, suponen casi siempre otras de fondo; y por esto la sugestión ejerce una influencia más vasta de lo que se cree sobre la forma de los seres. Algunos clarividentes de la historia natural, como Michelet y Fries, presintieron esta verdad que la experiencia va confirmando. El mundo de los insectos, pruébalo enteramente. Los pájaros ostentan colores más brillantes en los países cuyo cielo es siempre puro (Gould). Los gatos blancos y de ojos azules, son comúnmente sordos (Darwin). Hay peces que llevan fotografiadas en la gelatina de su dorso, las olas del mar (Strindberg). El girasol mira constantemente al astro del día, y reproduce con fidelidad su núcleo, sus rayos y sus manchas (Saint-Pierre).

He aquí un punto de partida. Bacon en su Novum Organum establece que el canelero y otros odoríferos colocados cerca de lugares fétidos, retienen obstinadamente el aroma, rehusando su emisión, para impedir que se mezcle con las exhalaciones graves…

Lo que ensayaba el extraordinario jardinero con quien iba a verme, era una sugestión sobre las violetas. Habíalas encontrado singularmente nerviosas, lo cual demuestra, agregaba, la afección y el horror siempre exagerados que les profesan las histéricas, y quería llegar a hacerlas emitir un tósigo mortal sin olor alguno: una ponzoña fulminante e imperceptible. Qué se proponía con ello, si no era puramente una extravagancia, permaneció siempre misterioso para mí. Encontré un anciano de porte sencillo, que me recibió con cortesía casi humilde. Estaba enterado de mis pretensiones, por lo cual entablamos acto continuo la conversación sobre el tema que nos acercaba.

Quería sus flores como un padre, manifestando fanática adoración por ellas. La hipótesis y datos consignados más arriba, fueron la introducción de nuestro diálogo; y como el hombre hallara en mí un conocedor, se encontró más a sus anchas. Después de haberme expuestos sus teorías con rara precisión, me invitó a conocer sus violetas.

-He procurado -decía mientras íbamos- llevarlas a la producción del veneno que deben exhalar, por una evolución de su propia naturaleza; y aunque el resultado ha sido otro, comporta una verdadera maravilla; sin contar con que no desespero de obtener la exhalación mortífera. Pero ya hemos llegado; véalas usted.

Estaban al extremo del jardín, en una especie de plazoleta rodeada de plantas extrañas. Entre las hojas habituales, sobresalían sus corolas que al pronto tomé por pensamientos, pues eran negras.

-¡Violetas negras! -exclamé.

-Sí, pues; había que empezar por el color, para que la idea fúnebre se grabara mejor en ellas. El negro es, salvo alguna fantasía china, el color natural del luto, puesto que lo es de la noche: vale decir de la tristeza, de la disminución vital y del sueño, hermano de la muerte. Además estas flores no tienen perfume, conforme a mi propósito, y éste es otro resultado producido por un efecto de correlación. El color negro parece ser, en efecto, adverso al perfume; y así tiene usted que, sobre mil ciento noventa y tres especies de flores blancas, hay ciento setenta y cinco perfumadas y doce fétidas; mientras que sobre dieciocho especies de flores negras, hay diecisiete inodoras y una fétida.

Pero esto no es lo interesante del asunto. Lo maravilloso está en otro detalle, que requiere, desgraciadamente, una larga explicación…

-No tema usted, respondí; mis deseos de aprender son todavía mayores que mi curiosidad.

-Oiga usted, entonces, como he procedido: Primeramente, debí proporcionar a mis flores un medio favorable para el desarrollo de la idea fúnebre; luego, sugerirles esta idea por medio de una sucesión de fenómenos; después poner su sistema nervioso en estado de recibir la imagen y fijarla; por último, llegar a la producción del veneno, combinando en su ambiente y en su savia diversos tósigos vegetales. La herencia se encargaría del resto.

-Las violetas que usted ve, pertenecen a una familia cultivada bajo ese régimen durante diez años.

Algunos cruzamientos, indispensables para prevenir la degeneración, han debido retarda un tanto el éxito final de mi tentativa. Y digo éxito final, porque conseguir la violeta negra e inodora, es ya un resultado.

Sin embargo, ello no es difícil; redúcese a una serie de manipulaciones en las que entra por base el carbono con el objeto de obtener una variedad anilina. Suprimo el detalle de las investigaciones a que debí entregarme sobre las toluidinas y los xilenos, cuyas enormes series me llevarían muy lejos, vendiendo por otra parte mi secreto. Puedo darle, no obstante, un indicio: el origen de los colores que llamamos anilinas, es una combinación de hidrógeno y carbono; el trabajo químico posterior, se reduce a fijar oxígeno y nitrógeno, produciendo los álcalis artificiales cuyo tipo es la anilina, y obteniendo derivados después. Algo semejante he hecho yo. Usted sabe que la clorofila es muy sensible, y a esto se debe más de un resultado sorprendente.

Exponiendo matas de hiedra a la luz solar, en un sitio donde ésta entraba por aberturas romboidales solamente, he llegado a alterar la forma de su hoja, tan persistentemente, sin embargo, que es el tipo geométrico de la curva cisoides; y luego, es fácil observar que las hiervas rastreras de un bosque, se desarrollan imitando los arabescos de la luz a través del ramaje…

Llegaremos ahora al procedimiento capital. La sugestión que ensayo sobre mis flores es muy difícil de efectuar, pues las plantas tienen su cerebro debajo de la tierra: son seres inversos. Por esto me he fijado más en la influencia del medio como elemento fundamental. Obteniendo el color negro de las violetas, estaba conseguida la primera nota fúnebre. Planté luego en torno, los vegetales que usted ve: estramonio, jazmín y belladona. Mis violetas quedaban, así, sometidas a influencias química y fisiológicamente fúnebres. La solanina es, en efecto, un veneno narcótico; así como la daturina contiene hioscyamina y atropina, dos alcaloides dilatadores de la pupila que producen megalopsia, o sea el agrandamiento de los objetos. Tenía, pues, los elementos del sueño y de la alucinación, es decir dos productores de pesadillas; de modo que a los efectos específicos del color negro, del sueño y de las alucinaciones, se unía el miedo. Debo añadirle que para redoblar las impresiones alucinantes, planté además el beleño, cuyo veneno radical es precisamente la hioscyamina.

-¿Y de qué sirve puesto que la flor no tiene ojos? -pregunté.

-Ah señor, no se ve únicamente con los ojos -replicó el anciano-. Los sonámbulos ven con los dedos de la mano y con la planta de los pies. No olvide usted que aquí se trata de una sugestión.

Mis labios rebosaban de objeciones; pero callé, por ver hasta dónde iba a llevarnos el desarrollo de tan singular teoría.

-La solanina y la daturina -prosiguió mi interlocutor-, se aproximan mucho a los venenos cadavéricos, ptomainas y leucomainas, que exhalan los olores de jazmín y de rosa. Si la belladona y el estramonio me dan aquellos cuerpos, el olor está suministrado por el jazminero y por ese rosal cuyo perfume aumento, conforme a una observación de Candolle, sembrando cebollas en sus cercanías. El cultivo de las rosas está ahora muy adelantado, pues los injertos han hecho prodigios; en tiempo de Shakespeare se injertó recién las primeras rosas en Inglaterra…

Aquel recuerdo que tendía a halagar visiblemente mis inclinaciones literarias me conmovió.

-Permítame -dije- que admire de paso su memoria verdaderamente juvenil.

-Para extremar aun la influencia de mis flores -continuó él, sonriendo vagamente- he mezclado a los narcóticos plantas cadavéricas. Alunos arum y orchis, una stapelia aquí y allá, pues sus olores y colores recuerdan los de la carne corrompida. Las violetas sobreexcitadas por su excitación amorosa natural, dado que la flor es un órgano de reproducción, aspiran el perfume de los venenos cadavéricos añadido al olor del cadáver mismo; sufren la influencia soporífica de los narcóticos que las predisponen a la hipnosis, y la megalopsia alucinante de los venenos dilatadores de la pupila. La sugestión fúnebre comienza así a efectuarse con toda intensidad; pero todavía aumento la sensibilidad anormal en que la flor se encuentra por la inmediación de estas potencias vegetales, aproximándole de tiempo en tiempo una mata de valeriana y de espuelas de caballero cuyo cianuro la irrita notablemente. El etileno de la rosa colabora también en este sentido.

Llegamos ahora al punto culminante del experimento, pero antes deseo hacerle esta advertencia: el ¡ay! humano es un grito de la naturaleza.

Al oír este brusco aparte, la locura de mi personaje se me presentó evidente; pero él, sin darme tiempo a pensarlo bien siquiera, prosiguió:

-El ¡ay! es, en efecto, una interjección de todos los tiempos. Pero lo curioso es que entre los animales también sucede también así. Desde el perro, un vertebrado superior, hasta la esfinge calavera, una mariposa, el ¡ay! es una manifestación de dolor y de miedo. Precisamente el extraño insecto que acabo de nombrar y cuyo nombre proviene de que lleva una calavera dibujada en el lomo, recuerda bien la fauna lúgubre en la cual el ¡ay! es común. Fuera inútil recordar a los búhos; pero sí debe mencionarse a ese extraviado de las selvas primitivas, el perezoso, que parece llevar el dolor de su decadencia en el ¡ay! específico al cual debe uno de sus nombres…

Y bien; exasperado por mis diez años de esfuerzos, decidí realizar ante las flores escenas crueles que las impresionaran más aún, sin éxito también; hasta que un día…

…Pero aproxímese, juzgue por usted mismo.

Su cara tocaba las negras flores, y casi obligado hice lo propio. Entonces -cosa inaudita- me pareció percibir débiles quejidos. Pronto hube de convencerme. Aquellas flores se quejaban en efecto, y de sus corolas oscuras surgía una pululación de pequeños ayes muy semejantes a los de un niño. La sugestión habíase operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores, durante toda su breve existencia, no hacían sino llorar.

Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de repente una idea terrible me asaltó. Recordé que al decir de las leyendas de hechicería, la mandrágora llora también cuando se la ha regado con la sangre de un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.

-Como las mandrágoras -dije.

-Como las mandrágoras -repitió él, palideciendo aún más que yo.

Y nunca hemos vuelto a vernos. Pero mi convicción de ahora es que se trata de un verdadero bandido, de un perfecto hechicero de otros tiempos, con sus venenos y sus flores de crimen.

¿Llegará a producir la violeta mortífera que se propone? ¿Debo entregar su nombre maldito a la publicidad?…

Leopoldo Lugones (foto)

‘La muerte del filósofo’ de José Luis Garcés

jose luis garces gonzález(“Filosofar es ejercitarse para oír”. Sócrates)

El profesor y filósofo Alejandro Barquini había elegido la soledad por temperamento. O la soledad lo había elegido a él. Se sentía cómodo en su enorme caserón. No toleraba un ruido innecesario. No aceptaba visitas cuando estaba leyendo o llamadas telefónicas cuando se dedicaba a corregir sus conferencias. Aunque sus ojos tras los lentes se achicaban cada vez más, pasaba largas horas de la noche sentado a su escritorio lleno de papeles en desorden y de libros entreabiertos y subrayados con líneas temblorosas de varios colores.

Alejandro Barquini había sentido el amor pero jamás había querido comprometerse con mujer alguna. La palabra matrimonio tenía para él escaso significado. En sus clases, escuchadas con verdadera pasión por sus discípulos, había encontrado decenas de mujeres que lo observaban con un interés especial. Él también las miraba y notaba en muchas de ellas la belleza inicial y fresca, o la sensualidad que comenzaba en los ojos y se estrellaba en las caderas. Algunas intentaban ciertas libertades; pero a esas les adquiría fastidio, algo que él disimulaba a la perfección. Sin embargo, en diez años, con dos de ellas tuvo algún tipo de relación erótica. Con Francesca, rubia amortiguada y ojos de cielo, bebió cerveza durante dos días y luego la llevó a su apartamento. La muchacha, metida en alcohol, resultó ser una tigra para el sexo y sus aullidos. Incansable, vociferante, imaginativa. Francesca agotó la capacidad amatoria del filósofo y le propuso dos o tres osadías. Después de esa fiesta de la carne, en donde el cuerpo armonioso de ella contrastaba con el abdomen prominente del profesor y pensador, la muchacha quiso capturarlo con todos los ardides de mujer. El filósofo, decente pero decidido, la rehuyó. Nunca más volvió a la cama con ella, desatendiendo las exaltaciones y sugerencias envidiosas que más de un estudiante le formulaba. Para él, ella fue una buena amiga. Para ella, ese filósofo barbón, gafudo y barrigón, era el desastre que hubiera deseado evitar en su vida. Lo lloró durante un mes, todos los fines de semana, cuando se enjaranaba con sus amigos de la universidad. Luego, lo maldijo y pidió que la justicia universal le castigara su desprecio. Dorothy (o “Dorotea, la que friega en la batea”, como la llamaba él para dañarle la paciencia) lo creyó sabio en los asuntos del amor y se dejó llevar por su río; dejó que él la orientara, le propusiera, la poseyera. Y él, por su parte, esperó que ella, que era una morenaza de unas caderas pecadoras, tomara su iniciativa y le metiera entre sus lacios y escasos cabellos los dedos de la ternura. En ese forcejeo silencioso se mantuvieron varios meses. Hasta que el alcohol, que a veces trabaja para el amor y a veces lo perturba, los condujo a la confianza. Se amaron en un motel de las afueras de la ciudad. Ella esperó más de él; y él esperó más de ella. Sin embargo, oralmente, se declararon satisfechos. Tres veces reincidieron. Y en cada ocasión el viejo filósofo comprobó, un poco para su dolor, que un cuerpo despampanante y provocativo no asegura de por sí una relación sexual maravillosa, y se atrevió a pensar que lo que da en carne opulenta la vida lo quita en frenesí y emoción. En fin, la ley del equilibrio; una cosa iba por la otra. Sin acuerdo previo, se distanciaron, hasta que feneció la pasión y el sentimiento.

Semanas después se encontraron y se saludaron como dos remotos amigos. Esas dos experiencias (al menos las más conocidas por habérselas contado a Eduardo R., su amigo de verdad), lo condujeron a la conclusión racionalista de que necesitaba una mujer fija. Pensó en Fabiola, su antigua alumna, en ese entonces profesora de una universidad privada en la ciudad. Fabiola desde años atrás había pensado en el filósofo, pero lo percibía un ser inaccesible, interesado sobremanera en Enmanuel Kant y en Thomas Mann. En esa época habían intercambiado miradas y uno que otro piropo. Como la vida tiene, al parecer, extrañas coincidencias, un viernes al atardecer ella decidió llamarlo para invitarlo a su casa a cenar unos espaguetis con verduras, plato que según había oído decir le gustaba mucho al profesor. Él se sorprendió: ¿Fabiola llamándolo en los días en que él estaba pensándola con intensidad? ¿Acaso la había llamado con el pensamiento? ¿Tiene tanto poder el pensamiento? Cenaron el sábado. Fabiola quiso encender los candelabros, pero él no se lo permitió. Lo que sí le aceptó fue la música hindú que ella puso a sonar en un viejo tocadiscos. Fabiola, quizá premeditadamente, movió su cuerpo durante varios segundos al compás de unas agudas notas de flauta. El viejo filósofo vio un cuerpo que se acercaba a la madurez, que tenía muslos fuertes, nalgas llenas, ojos seductores, pómulos afilados pero senos escasos. Ese gesto de la mujer lo convenció. Ella, al parecer, también estaba deseando la relación. La confianza que les dio el vino le permitió a Fabiola estamparle, entre charla y broma, un beso en la mejilla y hacerle una caricia en la chivera. La despedida de esa noche fue el comienzo de una etapa distinta en la vida de ambos. En los dos meses siguientes hubo tres invitaciones recíprocas. En la última, él le dijo antes de retirarse: “yo la quiero a usted”. Así, sin más arandelas, casi seco, pues ya habían consumido cualquier prólogo. La próxima semana ella se instaló en la casa de él. En la universidad, la noticia fue un verdadero hilo de pólvora. Las opiniones se dividieron. La mayoría de las mujeres estuvo de acuerdo con la relación: ya era hora, dijeron. Los hombres la creyeron inconveniente para el ritmo de vida del filósofo; quizá ella no le soportaría sus caprichos y sus insomnios, comentaron. No obstante, ese matrimonio por la libre parecía marchar a pedir de boca. El profesor rejuveneció y fue más cuidadoso de su aspecto externo y, ahora sí, mostraba lavadas y planchadas sus ropas. Fabiola se tornó más exuberante y, aunque ya bordeaba los treinta años, su rostro adquirió una nueva luz y su piel fue más tersa. Cuando sus estudiantes lo molestaban al señalarle su resurrección, el filósofo, medio jocoso, les respondía con un pensamiento de Voltaire: “Ay, señores. El placer nos concede de inmediato lo que la sabiduría sólo promete”, y extrañamente, él tan sobrio, se reía a carcajadas. En ese semestre dictó un seminario sobre “El Amor en el Renacimiento”, que fue seguido con pasión por todos sus discípulos y por estudiantes de otras universidades que pidieron y obtuvieron el acceso a tan importante curso. En ese seminario se destacó Benjamín Striffler, un estudiante que lo seguía desde años atrás y lo llamaba, con humildad, “Mi Maestro”. Striffler, debe decirse, era alto, tirando a rubio, de facciones bien formadas, mirada profunda, y lo rodeaba cierto silencio que para algunos jóvenes no era más que pedantería pero que para las mujeres era un toque misterioso e interesante. La importancia y el éxito del seminario fueron tan contundentes que a partir de ese hecho se instaló los sábados por la tarde una tertulia en la casa del filósofo. Allí se discutían hasta la madrugada todos los temas con la mayor libertad posible. Striffler, prestando a los franceses, le puso el nombre de Tertulia Prohibido Prohibir. Fue tanta la dedicación de Benjamín Striffler, que él se erigió en coordinador de las reuniones, lo cual le permitió entrar a la casa, revisar la biblioteca del filósofo, imponer temas, seleccionar asistentes, hasta ordenar qué se consumiría de pasabocas. La relación con el maestro no dejaba nada que desear, y el viejo filósofo se sentía satisfecho de haberle otorgado la confianza a ese joven de tanta rectitud y de tantas perspectivas. Fabiola, por su parte, se sentía contenta con la presencia reiterada del discípulo y cuando no aparecía por su casa, notaba con extrañeza la ausencia del joven. Striffler, pues, fue ganando puntos y ocupando espacios, y convirtiéndose en un ser indispensable en ese hogar que ya empezaba a llamar la atención de los círculos universitarios e intelectuales de la ciudad. Cualquier día el filósofo empezó a temer de la juventud de Benjamín Striffler. Creyó ver en Fabiola una velada preferencia a la hora de repartir la comida, o un exagerado interés por la conversación del joven. Se preguntó el filósofo si serían celos los que experimentaba. Pero se dijo a sí mismo que ese sentimiento de inferioridad no podía tener albergue en su espíritu. Rectificó sus pensamientos y se encaminó, con persistencia, hacia una nueva interpretación de los filósofos presocráticos. Se le dio, entonces, por establecer una relación entre Heráclito y Nietzsche. Si la verdad es dicha, Benjamín había puesto los ojos en Fabiola. Más que la compañera escogida por su maestro amado, la veía como una mujer sensual, tierna, amable, quizá despilfarrada en los menesteres del cuerpo. Pero, a la vez, temía. No le parecía posible jugarle una mala pasada a su ductor. Sería incorrecto de su parte. En una palabra: antiético. Pero Fabiola estaba más allá de cualquier norma, ningún juicio de valor podía impedir su deslumbrante belleza. No planteó una seducción expresa. Dejó que el tiempo transcurriera. Y el tiempo jugó a su favor. Fabiola, viendo que Benjamín se mostraba indiferente, comenzó a desesperarse. ¿Acaso no le gustaba? ¿Y esas miradas que le había detectado cuando ella pasaba o le solicitaba la ubicación de un libro? ¿Sus ojos eran una farsa? En esos momentos el viejo profesor no tuvo dudas. Algo empezaba a desmembrarse en Fabiola. No había cambiado su talante. Era solícita, detallista, atenta. Pero para la percepción aguzada del filósofo, cierta atmósfera de distanciamiento se estaba formando entre los dos. Tal vez lo más notorio estaba en la conversación. Ya no hablaban con la intensidad de antes. Ya ella no lo escuchaba con la dedicación de otrora. Casi no le formulaba preguntas, ni planteaba las dudas académicas que la agobiaban. Decía pasar con mucho sueño, y mientras él se dedicaba horas enteras a escudriñar su enorme biblioteca, ella cerraba las cortinas y se iba a la cama, no a esperarlo a él, como al principio, pues ya el sexo era brasa apaciguada, sino a eludirlo a él, a convivir con otros recuerdos. En un instante pensó en hablar con Benjamín, echarlo de su casa y acabar la tertulia. Pero pronto supo que sería más ridículo que estúpido. En otra ocasión quiso hablar con ella, decirle que lo había captado todo y que le comprendía su simpatía por Benjamín. Burlarse de la burla. Anticiparse a la traición. Pero no, ¿qué ganaría, además de una negativa rotunda? La pondría sobre aviso y las pesquisas y observaciones carecerían de sentido, ya no serían sorpresa. Y, lo peor, su imagen frente a ella se deterioraría sino quedaba vuelta añicos. Aceptó que eso último era un pensamiento tonto y vanidoso, pero se dijo que nadie podía excluirlo de debilidades o petulancias: su comprobación de que era humano, simplemente humano. No cometería sandeces. Al desamor que se iniciaba no le agregaría torpezas. Sostuvo el viejo profesor (y Eduardo R. da fe y testimonio de ello) que Fabiola entró en un absoluto estado de desesperación. La atacó el insomnio. Una rara sudoración le afectó las manos. Le escaseó el apetito. Incumplió clases en la universidad privada con la excusa de un fuerte dolor de cabeza. De la mujer bella y plena comenzó a tener un rostro con ojeras y un cutis pálido. Sin objeción: extrañaba a Benjamín. El viejo profesor la sorprendió leyendo, en la cama, El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer, autor que no era de su predilección. Analizando las cosas y viendo que se acercaba noviembre, el filósofo se ofreció para dictar en una universidad de la costa caribe un seminario sobre La montaña mágica, tema que, además de gustarle, manejaba a la perfección. Eso de hacerse invitar le parecía detestable, pero tuvo que acudir a ese método, que no era su método, para escapar de la casa, tomar distancia y meditar con cabeza fría. Cuando se lo comunicó, Fabiola lo miró con complacencia y le deseó la mejor de las suertes. Como el viaje era al otro día, esa noche le ordenó la maleta, le guardó los libros y le metió en la cartera dos tarjetas de crédito; cenaron juntos y él estuvo contento. Hablaron trivialidades y se acostaron después de las once. Él, extrañamente, se durmió primero. Ella padeció su falta de sueño y pudo detallar todo el trayecto que hizo la luna que se veía desde su ventana. Sólo los pájaros del amanecer la hicieron dormir levemente. Como era de esperarse, el seminario fue concluido a satisfacción total. El rector, en persona, le propuso que se vinculara de tiempo completo a la universidad, en donde tendría todas las garantías para estudiar, traducir y escribir, con un horario que se lo estipularía el mismo profesor y con secretaria, comunicaciones, residencia, viáticos y alimentación que asumiría el Alma Mater, además de un sueldo jugoso y de unas primas fijas que engrosarían atractivamente el estipendio mensual. El viejo profesor pidió tiempo para pensar la respuesta. ¿Qué iba a hacer con tantas comodidades, con tantas prebendas? Con cierta risita irónica recordó los versos de Shakespeare: “¿Oro precioso, rojo, fascinante? Con él se torna blanco el negro y el feo hermoso, virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… ¡Oh, dioses! ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh dioses?” Acabado su trabajo, decidió hacer una gira por la costa caribe. Anduvo por caseríos y municipios, por corregimientos olvidados y por veredas donde sólo se entraba a lomo de mulo. Durmió a la orilla del mar en hamacas, en trojas, en esteras, en camas de viento. Fingió ser un caminante anónimo y durante dos semanas intentó ser feliz. Tres días antes de retornar le envió un telegrama a Fabiola. No quería encontrar sorpresas desagradables. Rompiendo la costumbre regresó en avión. Un airecito de alegría lo estimuló cuando el auto que lo llevaba tomó la última curva antes de llegar a la casa. El carro pitó pero nadie salió a abrir el portón circundado de enredaderas y parásitas. Él mismo bajó la maleta y la caja con artesanías, que ya tenía los costados rotos. Era la hora del crepúsculo y la casa se le antojó enorme, demasiado gris, demasiado espacio para tan poca gente. La puerta de entrada a la sala la encontró sin seguro. Sin embargo, la luz del pasillo estaba encendida. Los muebles, especialmente las butacas, le parecieron personas gordas, agazapadas en el silencio. Vio muy oscuras las cretonas que tapaban los grandes ventanales. Cuando colocó la maleta encima de la mesa de centro, la consola de la izquierda, que guardaba la loza, los cubiertos y demás utilerías, crujió. “Caramba, se dijo el viejo profesor, la madera saludándome”. Tanteando en la pared encontró y encendió el sistema de alumbrado conjunto. Pareció que un sol rabioso hubiera entrado a la casa. Una leve capa de polvo cubría los brazos del mobiliario. Miró a su alrededor y los ojos del autorretrato de Picasso chocaron desde la pared con sus ojos. Los del malagueño, grandes, directos, tirados a la expectativa; los de él, chiquitos, enrojecidos, protegidos por los gruesos vidrios de sus gafas de miope. Nadie, a excepción de la madera, lo había escuchado. Fue a la habitación y todo estaba en supremo orden. “Demasiado orden, sospechoso”, pensó y sonrió. Encima de la luna del espejo, pegados, se hallaban, una al lado de la otra, dos esquelas rosadas. Estaban escritas con marcador rojo: “Perdóname. Fabiola”, decía una; “Maestro, compréndame. B. Striffler”, decía la otra. El viejo filósofo sintió que le habían dado un terrible golpe en el mentón. Se fue hacia atrás y tuvo que agarrarse en el manubrio de una de las gavetas del mueble caoba para no caer. Luego, más reposado, se miró al espejo. Se vio rechoncho, despelucado y pálido. Trató de recomponerse. Esa huida era previsible. Debía darse. Era el final que se merecía esta ficción. No debía alarmarse. Él mismo había alimentado el cuervo. Y si no hubiera sido con éste, hubiera sido con otro. Quizá lo que lo lastimaba era la prontitud con que se habían producido los hechos. Él mismo, un poco alcahueta, se había retirado durante casi un mes para que ellos se encontraran a plenitud y ya encausadas las aguas, calmados un poco los ímpetus, la ruptura se produjera con mayor prudencia. Pero se había equivocado. Su ausencia desequilibró la pasión y desbocó los ríos y ya no hubo calma para esa sed insaciable. El resultado fue el contrario de lo que él esperaba. Se había equivocado dos veces. Con ellos y con su presupuesto teórico. El viejo profesor llamó a su amigo Eduardo R. y le contó lo sucedido. Eduardo R. se irritó y no escatimó adjetivos en contra de la pareja de amantes; fue especialmente colérico contra ella. El filósofo tuvo que calmarlo. Lo había llamado para desahogarse con él, pues tanto dolor por dentro podía hacerlo explotar. Pero, ahora, Eduardo R. estaba más rabioso que él. ¿Tendría razón Eduardo R.? ¿Sería tanta la infamia? Acordaron verse al otro día, en el restaurante vegetariano del Parque de Bolívar. Eduardo R. le preguntó qué iría a hacer esa noche, y el catedrático le dijo que revisaría su biblioteca para buscar un poemario bilingüe de Heinrich Heine. En efecto, después de darse un baño con agua tibia, y luego de revisar lentamente la amplia casa, recordando sitios y evocando palabras, el viejo filósofo se encaminó a su biblioteca. Aunque nunca supo por dónde se filtraba, siempre había una película de polvo. Por ello, armado de una panola empezó a limpiar el mueble que correspondía a las enciclopedias. Por todos pasó la tela rápido, con ligeros trapazos. Fue cuidadoso con un retrato de Fabiola que encontró recostado en un estante metálico en donde ella sonreía, más melancólica que alegre. Era la foto que más le gustaba a él, pues creía que era la que más se aproximaba a su alma. Y lo seguía creyendo, sin importar su felonía. Sus convicciones no variaban, así cambiaran sus sentimientos. Miró, sopesó, olió, ojeó muchos libros. Estar al lado de los libros era para el viejo filósofo toda una felicidad y a veces sentía una sana envidia de los escritores que habían escrito libros tan importantes. Ese cuarto era limpio, más ancho que largo, con un cielo raso que sobrepasaba los cuatro metros de alto, y lo había caminado en miles de oportunidades. Algunos estantes tenían siete entrepaños, otros tenían diez. La medianoche lo encontró buscando el poemario antológico de Heine. Aunque sintió un extraño calor en la nuca, no se inquietó. El libro estaba en la biblioteca. Ya lo hallaría. Aunque no tenía sed fue a la cocina y bebió agua. Al regreso recordó que el libro debía estar en la sección de los que le envió, por canje, un amigo de España. Esos que con justo lujo estaban impresos en papel de arroz. Delgados, translúcidos, letra nítida, las mayúsculas de punto aparte en una itálica enorme. Se encaminó hacia allá, agarró la escalera y la abrió. Montó dos escalones y empezó a buscar. Agudizó la vista porque allí la luz se opacaba un poco. Se ajustó las gafas para ver mejor. De pronto el mundo se le volvió oscuro y chillante y sintió una pedrada en pleno corazón. Con desesperación se agarró de las barandas principales de la biblioteca, ésta se balanceó varias veces y de súbito se le vino encima. El viejo profesor manoteó en el aire como quien chapotea en el mar tratando de no ahogarse. Fue inútil. No podía encontrar asidero. El filósofo se estrelló contra el piso; encima le cayeron cientos de libros, que lo único que le dejaron libre fue una abertura por donde asomaba la fijeza de sus ojos azules. Así lo encontró Eduardo R., cuando al ver que el profesor no llegaba a la cita que tenían en el restaurante vegetariano, decidió ir a su casa y, asistido de un mal presentimiento, tuvo que volarse la paredilla cubierta de enredaderas y romper el vidrio de la puerta del patio para acceder a la biblioteca. Eduardo R. titubeó frente a la pila de libros, y en una ráfaga de atrevimiento llegó a creer que el profesor volvería a viajar o estaría seleccionando libros para hacer cualquier noche una quema de textos inservibles. Pero sólo bastó con que extendiera la mirada un poco más para que se topara con los ojos abiertos del filósofo. La noticia de la muerte del profesor Barquini se esparció por toda la ciudad. En la universidad el revuelo fue total. Los dos periódicos de la tarde sacaron la noticia acompañada de fotos y de algunas entrevistas a varios de sus ex alumnos. El ataúd fue llevado al paraninfo de la casa de estudios y durante toda la noche y a la mañana siguiente el desfile fue interminable. Profesores, trabajadores, estudiantes, periodistas, delegaciones de otras universidades y curiosos que querían ver el cadáver de ese exótico profesor que, aún vivo, ya estaba incluido en la leyenda. Hubo los consabidos discursos de elogio, el Consejo Superior suscribió un decreto de honor exaltando la vida del filósofo Alejandro Barquini. Después de medianoche hubo música de guitarra, y, como gesto particular, un muchacho medio borracho interrumpía a cada rato con un agudo sonido que sacaba de una trompeta descascarada que cargaba debajo del brazo izquierdo y que no quiso prestar a nadie. Una muchacha gorda y de gafas espesas leyó algunos poemas del libro bilingüe de Heinrich Heine. En verdad el acto parecía más una fiesta que una velación. A su entierro, en la tarde siguiente, vino un hijo, ya adulto, que había engendrado treinta años atrás y con el cual no tenía casi comunicación. También asistieron, camuflados entre la multitud y usando gafas oscuras, bastante desencajados, viendo todo desde la distancia, su antigua mujer y su antiguo discípulo.

José Luis Garcés González (foto)

‘El poder de las palabras’ de Allan Poe

edgar allan poeOinos. -Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos. -Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos. -Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos. -¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos. -El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos. -Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos. -Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos. -¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas… ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos. -Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos. -No hay sueños en el Aidenn, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos. -Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos. -Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos. -¡Explícate!

Agathos. -Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos. -Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos. -Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos. -Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos. -Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos. -Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos. -Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos. -¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos. -Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones… hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado -pero esta vez sin influir- en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos. -Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos. -Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos. -Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos. -Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es…

Oinos. -Dios.

Agathos. -Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos. -Sí.

Agathos. -Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos. -¿Pero por qué lloras, Agathos… y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas… pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos. -¡Y así es… así es! Esta estrella tan extraña… hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Édgar Allan Poe (foto) (Traducción Julio Cortázar)

 

‘Deje de mirarme las tetas, señor’ de Bukowski

3648055acBig Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.

Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.

Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

-¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.

Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

-¡Eh, chico! -dijo.

El chico no contestó.

-Te estoy hablando, chaval…

-Chúpame el culo -dijo el chico.

-Soy Big Bart.

-Chúpame el culo.

-¿Cómo te llamas, hijo?

-Me llaman «El Niño».

-Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.

-Yo pienso hacerlo.

-Bueno, son tus pelotas, Niño -dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó con el torno de la silla de montar.

-Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.

-Que te den por el culo, viejo -dijo el chico-. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.

-He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.

El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.

-Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.

-Niño -dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol-. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.

-Nos uniremos -dijo el Niño.

-¿Cómo se llama tu chica? -preguntó Big Bart.

-Rocío de Miel -dijo el Niño.

-Y deje de mirarme las tetas, señor -dijo Rocío de Miel- o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz…

Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio.

Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

-Cristo, nena -dijo Big Bart-. ¡No lo malgastes!

-Lárgate de aquí -dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!

-¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!

-Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.

-Escucha, nena…

-¡Que te den por el culo!

-Escucha, nena, contempla…

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.

Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

-¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!

-Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.

-¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!

-¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!

-¡La estoy mirando!

-¿Pero por qué no la deseas?

-Porque estoy enamorada del Niño.

-¿Amor? -dijo Big Bart riéndose-. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!

-Yo amo al Niño, Big Bart.

-Y también está mi lengua -dijo Big Bart-. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

-Yo amo al Niño -dijo Rocío de Miel.

-Bueno, pues jódete -dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.

ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.

-Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales, arreglaremos el resto…

-Soy la pistola más rápida del Oeste -dijo Big Bart.

-Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel -dijo el Niño-. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.

-Mira, Niño…

-¿Sí, hijoputa…?

-Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?

-¡Te voy a volar las pelotas, viejo!

-¿Pero por qué?

-¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!

-Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.

-No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!

-Niño…

-¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.

Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

-Desenfunda tú, mierda seca -dijo el Niño-, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

-Vamos, violador cornudo -dijo el Niño-. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Charles Bukowski (foto)

 

‘Conitos’ de Haruki Murakami

haruki-murakami_articulo_090513Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.

A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

-Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

-Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

-Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

-¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

-¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

-¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cual nació el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

Y decidí hacer el Nuevo Conito.

Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos imaginables. Para mí era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

-¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

-Son buenísimos –aseguré yo.

Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

-El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

-Muchas gracias –le dije.

-Por otra parte, ¡ejem!, entre los miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

-¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

-En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

-¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

El director general me miró con expresión atónita.

-¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

-Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

-¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

-Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

-Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-¡Conitos!

Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

-¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido.

Las imitaciones ni las tocan.

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

Si se los comen, será usted eliminado.

“¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

-¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

Y los cuervos, ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Haruki Murakami (foto)