‘El silencio de los malditos’ de Carlos Pinto

ScanHubo un tiempo en que su programa ‘Mea culpa’ era insignia de sintonía. Cualquier otro programa que se le enfrentara, en el mismo horario y otro canal era, literalmente, barrido. Alguien dijo que su programa era un transatlántico, para significar su enorme peso específico y su trascendencia. ‘Mea culpa’ son historias de criminales, bien contadas en la televisión. Excelentemente contadas. Con toda la carga emocional que pueda tener un suspenso y una trama de los archivos policiales.

‘Mea culpa’ es una creación de Carlos Pinto, que duró muchos años flameando. Por eso, cuando anunciaron que había escrito una novela, me interesé. Sabía que se trata de dos lenguajes muy distintos: el de la televisión y el de la literatura, pero quise tener un concepto de primera mano, comprando su obra.

La tituló ‘El silencio de los malditos’ (ilustración) inmediatamente lo hace decir a uno, o pensar, en la expresión “el silencio de los inocentes”. Y esta expresión es el título de la película de Jonathan Demme, en la que actúan Jodie Foster, Scott Glenn y Anthony Hopkins. Ya es un clásico del cine de terror. Cuenta la historia de un brillante psiquiatra, llamado Hannibal Lecter, quien es, también, un asesino en serie. Y un caníbal.

Así que el título ‘El silencio de los malditos’ no parece afortunado.

Bajo el título se indica que es una “novela inspirada en hechos reales”, lo cual, a la novela, como género, le importa bien poco. Es tendencia de los últimos años apoyar la ficción en hechos reales, presentes o históricos, pero la novela, por definición, es ficción. Idealmente, una ficción metafórica de la realidad.

De modo que estamos frente a las 384 páginas del libro publicado por el grupo editorial Penguin Random House, en las que un periodista narra ciertos eventos que le fueron narrados por un asesino de ocasión.

La historia, pues, puede ser una cualquiera de su magnífico programa de televisión ‘Mea culpa’. Y está narrada en un lenguaje, y con unos recursos estilísticos que, para decirlo francamente, no alcanzan a ser considerados de nivel literario. Pareciera que el libro fue publicado por quien es Carlos Pinto, en pos de los réditos que, legítimamente, siempre busca Random House.

El genial Carlos Pinto, autor de episodios memorables de ‘Mea culpa’, es apenas un principiante en las artes literarias. Su preponderancia sigue siendo televisiva, audiovisual, antes que en la narrativa literaria; lo cual, ni siquiera se intuye.

 

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‘Vivan los compañeros’ de Carlos Arturo Truque

CarlosArturo-TruqueHabíamos hecho una jornada dura. En Morichalgrande sorprendimos una partida del Gobierno, y la copamos. Perdimos cinco hombres y cargamos con un herido.

Era una costumbre, cuando podíamos hacerlo, arrastrar nuestras bajas; pero no lo hacemos en esta ocasión por miedo a que, amparado por la oscuridad, algún fugitivo haya llevado la alarma al pueblo. Huimos; no queremos combate franco. Va el herido con la tropa. Galopamos a marchas forzadas, para reunirnos al amanecer con el comando del negro Ayala.

Nuestra partida, alguna vez de cien hombres, se ha visto reducida a veinte y, de común acuerdo, decidimos sumarnos a las guerrillas del negro Ladino.

Durante esta marcha nadie habla; pero creo que todos tenemos los pensamientos puestos en el morichal, en los compañeros caídos. Sentimos el dolor de los honores militares acostumbrados.

Me cruzan, en rápida sucesión, los recuerdos de la vida azarosa que nos tocó compartir.

Laverde, Osorio, Díaz, Gamboa, Rivas, y tantos otros caídos en noches sin estrellas, con las pupilas quietas en la oscuridad: sabed que estáis siendo citados en el orden del día y que vuestras bocas mudas se desatarán en la insurgencia de nuestros fusiles.

–Me oye, ¿capitán Laverde?

–Escucha, ¿teniente Gamboa?

–Ahora vamos, general Osorio, general de cien estrellas, a reunirnos con el Jetón Ayala. Es noche, y solo se escuchan los cascos de las bestias cuando pisan el llano.

Silencio. No se oye el tiple del Paisa Ríos, ni Díaz tiene más tiempo para el último bambuco. Tenemos a Florito herido. Va tras de mí, y arrastro su caballo de la brida. Buen valiente es el hombre, general… No le he oído una queja en el camino.

Recuerdo, general, cuando diezmados en el asalto a El Encanto, al otro día, después de contadas las bajas me llamó:

–¡Estudiante…!

–¡Firme, mi general!

Se mantuvo indeciso delante de mí; luego dijo, entrelazando su brazo a mi espalda:

–Quiero hablarte de algo, Estudiante… ¿Sabes que estamos acabados?

–Sí, mi general; lo sé…

–¡Mejor! –continuó–. Quisiera… Te ordeno que…

Supuse, por la vacilación, que no era usted hombre de andarse por las ramas, que me iba a pedir algo difícil. El tono de mando se le quebró, general, y oí su voz de hombre, de campesino bueno, la voz que la violencia le había arrebatado, vuelta de nuevo al alma verdadera, diciéndome:

–¿No ve…? Caramba, es que no puedo ni hablar. Eso pasa cuando uno es tan bruto… ¿Ve…? ¿Por qué no te largás ahora? Esto no es pa’ vos, hombre. ¿Qué hacés aquí? Ya que nos llevó el diablo, salvate vos, pa’ que algún día contés todo lo que hemos sufrido nosotros.

Había surgido otro en usted, general; otro distinto al hombre seco, enérgico y sin sonrisa, tan igual a una fiera, a quien yo  conocía. Pensé en la lucha tremenda entre esos dos seres, vivientes en un mismo cuerpo, disputándose las risas y las maldiciones; el sin término entre lo que es y lo que debiera ser.

Y, junto a esa, pienso en la otra voz, la fuerte y tremenda, quebrada por la ira; esa con que nos contaba él cómo le mataron a su muchacho en Antioquia. Siempre terminaba:

–Y así jué, pues; lo mataron, la mamá murió de pena, y aquí me tienen, pues, verraco con este fusil.

Hacía una pausa para señalarme y agregaba:

–Así era. Delgado y brincón; como éste, como el Estudiante…

Entonces se hacía el silencio y cada cual se adentraba en su alma, a no dejar cicatrizar las heridas. A palpárselas, a hacerlas arder, para tener una razón clara y dolorosa del existir.

No me marché en aquella ocasión, general, y sigo con la chusma, más al oriente, a meterme adentro el corazón anchuroso y bravo del Llano.

¿En qué sitio estaría bien sin los otros? Aquella vez le desobedecí; ahora le pido perdón. No pude hacerlo, ni quería tampoco. Pensaba en todos los compañeros, en Florito, a quien haría feliz enseñándole a leer, y en todos aquellos que luchan y lucharon, y cayeron a mi lado sin dolor y sin pena.

Delante de mí tenía la cara ancha de Florito, rogándome:

–Enséñame, Estudiante, enséñame –repetía tercamente.

Le prometí: leerás. Quién sabe si podrá hacerlo, porque la muerte se ha empeñado en no dejarme cumplir la palabra.

Aquí lo arrastro, detrás mío, atravesado en la silla de su caballo, partido el cuerpo por una bala, quebrado como la pizarra que se robó en el asalto a Las Piedras. Cómo nos reímos del pobre cuando apareció con ella, explicando que la había hallado en el pueblecito que arrasamos, después de vencer la terca resistencia de los defensores.

–Es pa’ que el Estudiante me enseñe –se disculpó al mostrarla.

Desde ese día, en los instantes en que el ajetreo de la lucha lo hacía posible, le enseñaba a leer y a escribir. Fueron tan breves estos momentos, que sus progresos alcanzaron apenas el abecedario, pero nunca leyó una frase completa y de corrido.

–Aquí lo llevo, general, y quién sabe si pueda…

Ha empezado a lloviznar. Es una lenta garúa, metida en los rostros, acompañada de un viento frío que se cuela hasta el sitio en donde nos duelen los ausentes.

Terrible la marcha.

Empezamos a perder el Llano, la cosa verde e inmensa, y ganamos una vegetación de arbustos y matorrales; estos se enredan, a trechos, en la culata del máuser, cuando no se enroscan y espinan las piernas.

Distante, llega el sonido del agua que corre; a la nariz asoma el olor de la tierra llovida, de comarca fresca, de río abierto para los belfos de las bestias que triscan impacientes los yerbajos húmedos.

Hacemos alto en el vadeadero de Vueltarredonda y damos de beber a los caballos. Se prende, aquí y allá, un fósforo y quedan alumbrando a relampagazos las luciérnagas rojas de los tabacos encendidos. A como da lugar bajamos a Florito y lo tendemos en el suelo.

Una voz de hombre del Llano me dice, con acento de joropo, después de inspeccionar al herido:

–Ejte Florito se va a voltiá; quiera Dioj que no; pero a me se jace que al hombre ejte no vabé quien lo pare.

Lo aparto con rabia y doy luz a un fósforo.

Inclinado sobre Florito, veo el pecho lleno de sangre, la boca entreabierta y los brazos inmóviles. Los ojos permanecen cerrados.

–Aún no, Estudiante –explica con grande esfuerzo, cuando abre los párpados y me reconoce. Comprendo lo que quiere hacerme saber. Son efectos de las palabras torpes del llanero.

–Sí, Florito; todavía no. No morirás de ésta. ¿Me entiendes?

No responde. Se apaga la cerilla y me estoy de rodillas palpándole el pulso. Va llegando la gente a preguntar cómo está, encendiendo cerillas para verle la cara.

–¡Qué vas a morirte! –le repiten.

Pero estoy cierto que ninguno deja de exclamar para sí:

–Lo que es éste, se va a morir.

Alguno viene a anunciarme que Barrera, el hombre que reemplazó al general Osorio, quiere verme. Suelto el pulso de Florito y me dejo guiar hasta el lugar en donde este se encuentra.

–Sentate, Estudiante –me pide al llegar.

Ocupo lugar a su lado.

Barrera se acuesta y pone, imagino, los ojos hacia arriba, como acostumbra al tomar una decisión.

–Siento mucho –comienza– lo que le han hecho a Florito y a los otros, que fue pior… No debes andar ya más con nosotros… Cualquier día, como decía el dijunto de mi general Osorio, que en paz descanse, te dejamos puai tirao en un morichal o te trairemos a la grupa de un potro como al Florito. A uno, ¡pues qué!, no le importa nada. Hasta es mejor que lo maten, porque siquiera descansa. Pa’ qué más vida, si no tiene uno nada; estos hijueperras lo acabaron todo. Ahí nomás está Osorio, que ya descansó. Él pa’ qué quería la vida, sin su muchacho y sin su vieja. Y así estamos todos como hoja que el viento arranca del palo, pa’ ya nunca más volver. Pero a vos no te han hecho nitica. Sos un muchacho que juega a la guerra y se divierte. Hacé de cuenta que ya jugastes bastante y te cansastes. ¿Querés…? Hemos reunido toda la plata que tenemos pa’ que alcancés a llegar a tu casa. ¿Te parece bien?

Luego baja la voz y prosigue con tristeza:

–Cuando llegués le das un beso a tu viejita. Le decís que te mandamos nosotros. ¿Oístes?

No me atrevo a hablar. Oigo, siento, miro cómo va y viene la punta del tabaco que fuma Barrera. Del costado a la boca, de la boca al costado. Cuando lo pone en la boca, la punta se aviva y puedo ver la cara de líneas precisas y la curvatura del pico de ave rapaz en que termina su nariz.

Es una cara hermosa la del general Barrera. Apenas vislumbro vagos contornos, pero completo el rostro mentalmente; sé que en la frente debe tener el cabello arremolinado y en la mitad de ella, horizontales, tres arrugas vigorosas, hondas como canales, repetidas, perpendicularmente, en las comisuras de los labios. Pienso en sus manos, que no tiemblan al apretar el gatillo ni vacilan al sostener el fusil. Pienso en las manos gemelas, en los rostros hermosos y fieramente iguales que han luchado conmigo, hombro a hombro, y exclamo resuelto:

–No importa… Iré con ustedes, estemos como estemos.

Barrera se incorpora y hace sentir su aliento cálido muy cercano al mío:

–No siás loco. Es mejor que nos hagás caso. El Llano no es pa’ vos, mocito. Es bravo y prende como mujer; te coge y cuando lo querés soltar, zas, ya te tiene cogido.

–No, no –repito–. Voy con la chusma a buscar a Ayala.

–Eso es cosa tuya, Estudiante… En todo caso…

Debió dibujar un gesto y alejarse, sin completar la frase. No mucho rato después, escucho la orden seca de continuar la marcha.

Cargamos de nuevo al herido. Crujen los aperos al trepar los jinetes y presto se deja oír el ruido de aguas chapoteadas.

Al cruzar el río quedamos en tierras de Ayala y esperamos ser interceptados por cualquiera de sus patrullas. Ya uno de los nuestros había sido encargado con anticipación de buscar el contacto. Deben estar atendiendo el paso de nuestras bestias. Se dice que Ayala es capaz de sentir un galope a diez millas de distancia. El Llano es tierra plana, ardua y compleja, es cuestión suya. Lo sabe el negro engreído, y la defiende pulgada a pulgada. Nadie pone los pies en ella sin su permiso. El Gobierno lo apellida bandolero y le manda soldaditos y aprendices de la escuela de Muzú para que se divierta. El general Ayala ríe. Ríe y le devuelve, con bárbaro entendimiento del humor, los uniformes tintos en sangre. Guarda algunos otros para mimetizar sus gentes, cuando lo precisa. Por algo le dicen La pantera del Llano.

Paramos. En la oscuridad, pregunto al primero que siento al lado: –¿Qué pasa?

–No sé –contesta–. He visto una luz que se enciende y se apaga, pero no sé de qué se trata. Parecen señales.

–¿Dónde las viste?

–Por allá; se apagó hace rato… Ahí está otra vez… Mírala –continuó después de una pausa.

La busco y la hallo. Es al oriente; se enciende y se apaga con intencionada alternabilidad. Son las señales de Ayala. Dice que diez millas adelante tiene el campamento y que han mandado un guía a nuestro encuentro. Debemos esperar.

–So animal –mascullo a quien tengo al lado–. Son las señales de Ayala. ¿Cómo es que no las entiendes?

–¡Quietos! –grita Barrera–. Preparen las armas, por si es una trampa.

Desmontamos y se riega con nitidez el sonido de armas desaseguradas. Aguardamos media hora con los nervios tensos, pensando que de cualquier sitio puede surgir un disparo. Pasa otra media hora, y lo mismo.

Alguien desliza a mi oído:

–Oigo un galope. ¿Lo estás oyendo vos?

–No; no oigo nada.

Presto oídos, pero nada.

–No lo oigo –le contesto muy bajo.

–Pues yo lo estoy oyendo clarito, clarito –asevera él.

Muchas veces en mi vida he sentido miedo. Por eso sé que ahora lo tengo. Un miedo tremendo, de morir en este preamanecer oscuro, para ya nunca más ver el cotidiano milagro de la primera luz. Aprieto el acero frío del cañón y me hago, en serio, el razonamiento que se hace Osorio riendo:

–La que no es pa’ uno, no es pa’ uno; y la que es pa’ uno ni se siente.

Y en ese momento escuché los cascos que mi compañero quería hacerme escuchar minutos antes.

–¿Quién va? –pregunta una voz recia.

–La revolución –contestan en el mismo tono.

Al punto se evaporan mis temores. Aseguro el fusil y monto a la silla. Se repite el chocar de aceros y el crujir de correas. Sigue nuestra marcha.

El mismo Ayala nos recibe en una choza, sin piso, alumbrada por una sorda lámpara de gasolina. Tal vez sea su cuartel general.

No es Ayala el hombre que había forjado mi imaginación. Es alto, pero no da la sensación de hombre fuerte. Tiene los brazos muy largos, pero delgados y con venas protuberantes; la cara es igualmente delgada y huesosa, de color negro ceniza, característica de negro enfermo. Ríe mucho, para estarlo, y hace bromas a medida que Barrera nos hace pasar, uno a uno, para ser presentados:

–Este es el Estudiante –le dice al tocarme el turno.

Me planto delante del hombre, a la usanza militar.

Ríe el hombre con risa de niño grande.

–Deja eso, niño, deja eso –exclama sin dejar de reír–. Tá bueno para los señoritos eso que tiene Laureano, pero pa’ nosotros… ¡Qué va chico! ¡Qué va…!

Sosiega su risa e inquiere:

–¿Por qué te dicen Estudiante?

Es Barrera quien responde por mí:

–Estaba estudiando pa’ dotor; se voló cuando empezó la fiesta, y aquí lo ve.

Ayala vuelve a reír. Luego exclama muy serio:

–Aquí servirá de mucho. Puede curar los heridos y enfermos. Perdemos gente por esa razón más que por las balas; muchos han podido salvarse pero el cuero rara vez sana solo; y ya que hablamos de eso, si traen algunos, pueden poner aquí los heridos. Es la única choza que tiene luz.

Y se marchó.

Barrera manda traer a Florito. Le colocamos en un improvisado lecho de pajas, sobre el suelo. El herido abre unos ojos hermosos y susurra:

–Ahora, Estudiante, ahora…

–Ahora, ¿qué? –le pregunto.

Ahora –contesta–, la pizarra, Estudiante… Ya no doy más, general –dice mirando a Barrera.

A este vuelvo los ojos, el único que conoce la historia, y le veo inclinar la cabeza, hurtándome las miradas. La choza se había ido llenando con la curiosa tropa de Ayala.

Uno pregunta al oír algo que no entiende:

–¿Qué es lo que quiere?

No tengo tiempo para contestarle. Lo dejo sin respuesta y salgo del bohío. Al regresar, traigo la pizarra. La pongo a la luz y escribo en letras grandes: “Vivan los compañeros”…

Incorporo luego al herido, y, con gran dificultad, le hago deletrear la frase escrita, una vez y otra vez, hasta oírlo decir con claridad: –Vivan los compañeros.

Guarda silencio mientras, cansado, inclina la cabeza sobre el lecho. Desde allí exclama, con los párpados cerrados, con tono de ensoñación y gozo, como si ya no sufriera, como si se hubiera insensibilizado ante el dolor:

–¡Vivan los compañeros…! Qué bonito, Estudiante: Vivan los compañeros… Si me curara lo repetiría todos los días de esta puerca vida… Me oyes, ¿Estudiante?

Se queda inmóvil. De los ojos cerrados salen dos lágrimas. Parece dormido, pero no lo está. Todavía un leve movimiento del brazo. Luego, nada. Ahora sí, duerme. Y no despertará.

Un agua tibia corre por mis mejillas. He llorado también, sin darme cuenta; pero al hacerlo, después de tanto tiempo, me he sentido más hombre. He sentido el retorno de algo que creí muerto para siempre. Lo mismo que debió sentir Osorio la noche en que me pidió el abandono de las guerrillas: el regreso a mí mismo, como compensación tardía de esa dualidad del hombre y su camino.

Al abandonar la choza, me enfrento, al oriente, con la primera raya blanca, como leche espesa, de la alborada. Entonces corro y abro los ojos a Florito, para que sus pupilas sepan, como lo están sabiendo las mías, que ya empieza el amanecer.

Carlos Arturo Truque (foto)

 

Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).

‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

‘Historia de un computador’ de Alejandro Zambra

alejandro zambraFue comprado el 15 de marzo del año 2000, en cuatrocientos ochenta mil pesos, pagaderos en doce cheques que Max llenó con impaciencia, como si obedeciera a un impulso y no a una decisión responsable. Trató de acomodar las cajas en el maletero de un taxi, pero no había espacio suficiente, por lo que hubo que usar pitillas y hasta un aparatoso pulpo para asegurar la carga. Vivía en el centro de Santiago, a diez cuadras de la multitienda, en un departamento oscuro y estrecho de dos ambientes. Arrinconó como pudo la pesada cpu bajo la mesa del comedor y tendió los cables de forma más o menos armónica. Desde entonces el teclado, el monitor, el mouse y los parlantes compartieron mesa con peligrosas tazas de café y ceniceros vaciados sólo de tarde en tarde.

Al comienzo Max ocupaba únicamente el procesador de texto y la verdad es que no demasiado: ni siquiera llenaba los renglones, pues escribía breves líneas que él llamaba versos libres. Los versos libres crecían de dos en dos, aunque era frecuente que Max los borrara y comenzara de nuevo. Se valía, simultáneamente, de un cuaderno y de una pluma que al primer descuido regó de tinta el sector inferior derecho del teclado. Además de esa mancha, el teclado debió soportar una persistente lluvia de cenizas. Max casi nunca alcanzaba el plato que usaba para fumar, y fumaba mucho mientras escribía, o más bien escribía poco mientras fumaba mucho, pues su velocidad como fumador era notablemente mayor que su velocidad como escritor. Años más tarde la acumulación de mugre causaría la pérdida de la vocal a y de la consonante t, lo que naturalmente condujo, tras varios días de caos, al reemplazo del teclado. Pero eso sucedió después, y lo mejor será respetar, de ahora en adelante, la secuencia de los hechos.

La llegada del invierno aumentó considerablemente el uso del computador. Incluso a veces, a falta de una estufa, Max evadía el frío acariciando, de rodillas, la cpu, cuyo leve rugido muy pronto constituyó un sonido hogareño, que tendía a encontrarse y a confundirse con la ronquera del refrigerador y con las voces y bocinas que llegaban desde afuera. Max ya no usaba solamente el procesador de texto: con torpeza y constancia había descubierto programas muy sencillos que permitían resultados para él asombrosos, como la grabación de voces –mediante un escuálido micrófono que, en un comienzo, había desatendido– o la programación de rebuscadas sesiones de música. Seguía, en todo caso, con las líneas a medias de sus poemas, que nunca imprimía, tal vez porque nunca los consideraba terminados.

Las pocas mujeres que durante esos meses visitaron el departamento se iban antes del amanecer, sin siquiera ducharse o tomar desayuno y en general no regresaban. Pero de pronto hubo una que sí se quedó a dormir y luego también a desayunar. Llamémosla Claudia. Una mañana, al salir de la ducha, Claudia se detuvo ante la pantalla apagada, buscando arrugas incipientes u otras marcas o manchas esquivas. Era bella, sin duda: la cara morena, los labios ni delgados ni muy gruesos, el cuello fino, los ojos verdes y oscuros. El pelo le llegaba hasta los hombros mojados: las puntas parecían numerosos alfileres clavados en los huesos. Su cuerpo cabía dos o tres veces en una toalla inmensa que ella misma había llevado a casa de Max. Semanas más tarde Claudia llevó también un espejo para el baño, pero igualmente conservó la costumbre de mirarse en la pantalla, a pesar de lo difícil que era encontrar, en el reflejo, información suficiente.

Después de tirar toda la mañana, Max solía quedarse dormido. A Claudia le costaba dormir con luz de día, de manera que iba al computador y jugaba veloces solitarios o cautelosos buscaminas o partidas de ajedrez en nivel intermedio. Ya casi al anochecer él despertaba y se quedaba a su lado, aconsejando la jugada siguiente o simplemente acariciando el pelo y la espalda de la jugadora desnuda. Con la mano derecha Claudia atenazaba el mouse, pero dejaba caer una sonrisa que autorizaba, que pedía más caricias. Tal vez jugaba mejor cuando él la acompañaba. Al terminar la partida se sentaba encima de Max para empezar un polvo lento y largo. Las extrañas luces del protector de pantalla dibujaban líneas inconstantes en los hombros, en la espalda, en las nalgas y en los casi perfectos muslos de Claudia.

A veces hacían sitio en la mesa para tomar, decía ella, un desayuno como la gente. El teclado y el monitor pasaban al suelo, expuestos a los pisotones y al impacto de minúsculos restos de pan, pero sumando y restando la presencia de Claudia favorecía al computador: no era ella una maniática del aseo, pero cada tanto lo limpiaba con líquido para vidrios y paños de cocina. El comportamiento de la máquina era, por cierto, ejemplar. No le exigían mucho, ni siquiera se conectaban a internet, pero hay computadores que fallan a la menor provocación. Durante ese tiempo la verdad es que Windows siempre se inició correctamente.

El 30 de diciembre de 2001, a casi dos años de su adquisición, el computador fue embalado y trasladado a un departamento un poco más grande en la comuna de Ñuñoa. El entorno era ahora bastante más decoroso, pues le asignaron una habitación individual y habilitaron un escritorio gracias a una antigua puerta y dos caballetes medio cojos pero eficaces. Fue aquella, si cabe la expresión, una época dorada, en especial por el renovado interés de Claudia, que de los solitarios y las interminables partidas de ajedrez pasó a actividades más sofisticadas. Conectó una cámara digital, por ejemplo, que contenía decenas de fotos de un viaje reciente. En esas imágenes Claudia posaba con el mar de fondo o en el interior de una habitación de madera. Un sombrero mexicano y un inmenso crucifijo caían contra la única almohada de una cama sin respaldo, muy estrecha, flanqueada por dos veladores atiborrados de botellas de cerveza y conchas que cumplían la función de ceniceros. Claudia aparecía seria o conteniendo apenas la risa, con escasa o ninguna ropa, fumando hierba, bebiendo, tapándose los pechos o enseñándolos con tímida malicia. Había también algunas fotos que mostraban únicamente el roquerío o el oleaje o el sol apagándose en el horizonte, como si el fotógrafo hubiera intentado postales en vez de recuerdos. Sólo en dos fotos aparecía Max. Sólo en una salían ambos, abrazados, sonriendo con el típico fondo de un restaurante costero.

Pasó días ordenando esas imágenes: renombraba los archivos con frases tal vez demasiado largas, que solían terminar en signos de exclamación o puntos suspensivos, y enseguida las agrupaba en varias carpetas, como si correspondieran a viajes distintos.

Ahora Max y Claudia vivían juntos, pero no siempre coincidían: él trabajaba de noche y ella vendía seguros y también estudiaba una especie de postítulo o posgrado o diplomado o quizás el último año de alguna eterna licenciatura. Volvía a casa cuando Max se disponía a partir y el poco tiempo en común lo destinaban a tirar, aunque a veces solamente reían frente a las tazas de café. Antes de acostarse Claudia lo llamaba al trabajo y hablaban largo, pues al parecer el trabajo de Max consistía, justamente, en hablar por teléfono, o en esperar urgentes y remotas llamadas telefónicas que nunca llegaban. Tu verdadero trabajo es hablar por teléfono conmigo, le dijo Claudia una noche, con el auricular apenas equilibrado en el hombro derecho. Luego rió con una especie de resuello, como si quisiera toser y la tos no saliera o se entrelazara con la risa.

Al igual que Max, ella prefería escribir a mano y traspasar más tarde sus trabajos al computador. Eran documentos largos, con frecuentes errores de transcripción y tipografías femeninas o juveniles. Los documentos abarcaban temas diversos relacionados con gestión cultural o políticas públicas o bosques nativos o algo así. Se le hizo necesario investigar por internet, y ése fue el gran cambio de aquel tiempo, primero a través del teléfono y pronto, para liberar la línea y permitir las a menudo atosigantes llamadas de Max, mediante una conexión exclusiva. Hasta ahí ninguno de los dos se había familiarizado con el email, al que inmediatamente se hicieron adictos. Max también contrajo la adicción a la pornografía, lo que provocó algunas discusiones que terminaban en polvos furiosos y muy buenos, tal vez inspirados en las escenas que él presenciaba al llegar del trabajo, especialmente cuando Claudia no podía esperarlo. Rápidamente Max descubrió estrategias para evitar, en la medida de lo posible, registrarse en los sitios, pero a veces olvidaba borrar el historial, que Claudia revisaba religiosamente, aunque sería excesivo atribuir mayor importancia a las discusiones sobre pornografía, que al fin y al cabo conducían a esos polvos inolvidables que Claudia enfrentaba con desenfado, acaso imitando a las estrellas cuyas proezas ella también, de vez en cuando, sintonizaba.

Fue por entonces cuando perdieron la vocal a y la consonante t. Ingenuamente creyeron que el nuevo teclado –más moderno y sensible– solucionaría las dificultades que desde hacía un tiempo anunciaban un descalabro mayor. La tragedia ocurrió un lluvioso sábado que pasaron reparando o intentando reparar, con más voluntad que método, el sistema. El domingo Max prefirió llamar a un amigo que estudiaba ingeniería: al finalizar la tarde dos botellas de pisco y cinco latas de cocacola dominaban el escritorio, pero todavía nadie estaba borracho, más bien parecían frustrados por la difícil reparación, que el amigo de Max atribuía a algo muy raro, algo nunca antes visto. Quizás sí estaban borrachos, en realidad, o al menos lo estaba el amigo de Max, porque de pronto, en una desgraciada maniobra, borró el disco. Perdieron todo, pero desde ahora funcionará mejor, dijo el hombre como si nada, con una frialdad y una valentía dignas de un médico que acaba de amputar una pierna. Fue culpa tuya, saco de huevas, le respondió Claudia, como si en efecto le hubieran cortado, por pura negligencia, una pierna o tal vez las dos. Max guardó silencio y la abrazó paternalmente. El amigo dio un último y larguísimo sorbo a su piscola y se fue.

A Claudia le costó asimilar la pérdida, pero consiguió a un técnico de verdad, que cambió el sistema operativo y creó perfiles diferenciados para ella y para Max, e incluso una cuenta simbólica, a petición de Claudia, para Sebastián, el postergado hijo de Max. Sebastián vivía en Temuco y Claudia no lo conocía. El propio Max no veía al niño desde hacía dos años y no siempre cumplía con la pensión alimenticia. La remota existencia de Sebastián era, naturalmente, el punto negro o el punto ciego de la relación de Claudia y Max. Era mejor no tocar el tema, que igualmente surgía de vez en cuando, y causaba culpa y una autocompasión a la que más temprano que tarde Claudia prefería sumarse.

Entretanto los padres de Claudia les prestaron dinero para comprar una asombrosa multifuncional que imprimía, escaneaba y hasta sacaba fotocopias. Con renovada pasión, Claudia se abocó a digitalizar extensos álbumes familiares, en sesiones bastante tediosas pero para ella divertidísimas, pues más que registrar el pasado se proponía modificarlo: distorsionaba los rostros de parientes antipáticos, borraba a algunos personajes secundarios e incluía a otros inverosímiles convidados, en montajes no muy buenos pero capaces de arrancar las risas de sus primas, que recibían los archivos por email, y las carcajadas de sus padres, a quienes Claudia llevaba, en plan de travesura, impresiones bastante aceptables.

Así pasó un año entero.

Ahora Max tenía turnos de mañana, por lo que en teoría estaban más tiempo juntos, pero buena parte de ese tiempo lo perdían disputándose el computador. Él reclamaba que ya no podía escribir cuando le venía la inspiración, lo que era falso, porque para sus perpetuos borradores de poemas seguía usando los viejos cuadernos. Había adoptado la costumbre, en cambio, de escribir largos emails a gente a la que no veía desde hacía años y ahora extrañaba mucho. Algunas de esas personas vivían cerca o no demasiado lejos y Max también tenía sus números de teléfono, pero prefería escribirles cartas –eran cartas más que emails, porque él aún no comprendía el género: escribía mensajes largos que sus destinatarios rara vez contestaban. Les daba pereza igualar el estilo o la gravedad de las cartas de Max.

Llegó el verano y también llegó Sebastián, tras meses de delicadas gestiones. Fueron ambos a buscarlo a Temuco, en pesados viajes en bus que gracias a ella resultaron llevaderos. El niño tenía ya siete años y hablaba poco, en especial si quien le dirigía la palabra era su padre. De los intensos paseos al centro, al zoológico y a Fantasilandia, derivaron a las calurosas tardes puertas adentro, en que Seba aprovechaba su perfil de usuario para estar en Messenger sin restricciones. Demostró, de paso, sus sorprendentes conocimientos sobre computadores: con precisión y algo de tedio los orientó en la elección de un nuevo antivirus y hasta les advirtió sobre la necesidad de desfragmentar el disco periódicamente.

Claudia y Sebastián se hicieron, por así decirlo, amigos. A ella le parecía un niño inteligente y solitario, un niño valioso, decía. Él opinaba solamente que Claudia era linda. Fueron, de nuevo juntos, a devolverlo a Temuco, y el viaje fue alegre y hubo promesas de reencuentro y regalos y risas. Pero el trayecto de vuelta fue sombrío y agotador.

La vida entró en el marasmo que a su manera ambos intuían. Quizás molesto por las forzadas conclusiones que Claudia deslizaba sobre la relación con Sebastián (“lo recuperaste pero ahora debes conservarlo”, “volverás a perderlo si no cuidas el vínculo”) o tal vez simplemente aburrido de ella, Max empezó a faltar a las obligaciones mínimas. No disimulaba su molestia pero tampoco explicaba su estado de ánimo. Las continuas preguntas de Claudia las respondía ahora con desgano o con duros monosílabos.

Una noche llegó borracho y se durmió sin siquiera saludarla. Ella no sabía qué hacer. No entendía. Fue a la cama, lo abrazó. Intentó dormir a su lado, pero no pudo.

Prendió el computador y en un impulso decisivo eligió el perfil de Max. Probó, sin éxito, una clave: max. Usó mayúsculas, usó minúsculas, y nada. Su segundo intento fue con el nombre charles y el apellido baudelaire, que era el poeta preferido de Max, y más tarde probó con tindersticks y con los prisioneros, que eran los grupos musicales favoritos de Max, y después con laetitia casta y con mónica bellucci, y luego con marihuana, que era la droga o más bien el ansiolítico preferido por ambos. No nos queda marihuana, pensó, a propósito, y ya no fumo tabaco, pero ahora voy a fumar, ahora voy a fumar mucho, dijo Claudia en voz alta, casi gritando, como si pretendiera despertar a Max.

Fumó con ansiedad un cigarro, cinco cigarros de Max. Sentía una angustia nueva, que crecía y decrecía a un ritmo impreciso. Pensó demasiado la jugada obvia y al fin acertó: escribió claudia y el sistema respondió al instante. Tampoco fue difícil adivinar la contraseña del correo, que entrelazaba absurdamente sus nombres. Agradeció y también maldijo el comportamiento previsible de Max: no quería leer, pero ya estaba ahí, ante el temido registro de mensajes enviados.

Siguió fumando y hasta descorchó un vino antes de revisar, con culposo rigor, el correo de Max. Sabía que ya no habría vuelta atrás. Sabía que leería cada mensaje. Sabía que leería hasta encontrar lo que andaba buscando.

Se fue a dormir de madrugada, ebria de vino y de rabia. Despertó a mediatarde: con poca energía caminó hasta el computador –hasta la pieza de al lado, pero a ella le pareció que había todo un camino, que debía sortear varios obstáculos para llegar a esa pieza– y en lugar de encenderlo contempló el resplandor del sol en la pantalla. Cerró las persianas, miró el reflejo hasta dar con los bordes de su cuerpo, y soltó lágrimas largas que bajaban hasta el cuello y se perdían por el surco entre sus pechos. Se quitó el sostén, miró sus pezones inquietos, el vientre parejo y suave, las rodillas, los dedos fijos en el suelo helado. Con el sostén enjugó las lágrimas y lo restregó lentamente contra la pantalla. Pacientemente. Limpió muy bien la superficie.

Al día siguiente se marchó y sólo volvió el domingo para recoger su ropa y la multifuncional.

Como activando un misterioso mecanismo de protesta, el computador volvió a fallar. Voy a regalarlo, no me importa lo que haya dentro, le dijo Max a su amigo ingeniero, que le ofreció comprarlo por una cifra ridícula. Por último regálamelo a mí, huevón, agregó, sacando cuentas alegres. Ni cagando, respondió Max. El amigo reformateó de malas ganas el disco duro.

El viernes por la noche partió rumbo a Temuco. Tuvo que pagar el asiento contiguo para transportar el computador, que viajaba en ventana y Max en pasillo. No pudo dormir, no pudo leer, no pudo escribir durante el viaje. Las luces de la carretera se quedaban en su rostro, como llamándolo, como invitándolo, como culpándolo de algo, de todo.

La maletera del taxi esta vez era adecuada, pero Max no se orientaba en Temuco y no había anotado la dirección. Deambularon largo rato hasta dar con un camino que creía recordar. Llegó a las diez de la mañana, en calidad de zombi. Al verlo Sebastián le preguntó, de inmediato, por Claudia, como si la sorpresa no fuera la insólita presencia de su padre sino la ausencia de la novia de su padre. No pudo venir, respondió Max, ensayando los preparativos para un abrazo que no sabía cómo dar. ¿Terminaron? No, no terminamos. No pudo venir, eso es todo. La gente grande trabaja, ¿sabes?

El niño agradeció el regalo con énfasis, con genuina cortesía. La madre de Sebastián recibió a Max amablemente y le dijo que podía quedarse en el sofá. Pero no quería quedarse. Probó un poco del amargo mate que la mujer le ofrecía y partió a la estación para alcanzar el bus de las doce y treinta. Estoy muy ocupado, tengo mucho trabajo, dijo antes de subir al mismo taxi que lo había traído. Revolvió el pelo de Sebastián con falsa familiaridad y le dio un beso.

Una vez solo, Sebastián instaló el computador y comprobó lo que ya sospechaba: que era notablemente inferior, desde todo punto de vista, al que ya tenía. Se rieron mucho con el marido de su madre, después del almuerzo. Luego ambos hicieron espacio en el sótano para guardar el computador, que sigue ahí desde hace años, a la espera, como se dice, de tiempos mejores.

Alejandro Zambra (foto)

‘La otra piedad’ de Laura Massolo

Laura Massolo(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en el 2001)

No espero que mi carta sirva para esclarecer los aspectos relacionados con el caso de Gonzalo Velázquez. No tengo datos precisos que aportar, no quiero aportarlos. Me he tomado el atrevimiento de intervenir sin haber sido convocada. Soy madre de un paciente del mismo sanatorio en el que Gonzalo estaba internado. Mi hijo, Manuel Losada, de veinte años, padece una patología por la que debe concurrir a la modalidad de Hospital de Día y recibe tratamiento psicológico y de rehabilitación.

De modo que usted no encontrará en mis palabras otro contenido que el de un mero punto de vista; punto de vista que, asociado a la identificación con aquellos que vivimos esta realidad en carne propia, he complementado con lo que pude ver y oír a partir de mi cercanía con esa institución.

Allí presido una pequeña cooperadora de padres destinada a subsanar algunas carencias que no son consideradas por los seguros médicos. Este cargo, que no es más que una acción benéfica, exige mi permanencia en el lugar durante los días de la semana. Con otras madres que tampoco tienen otra ocupación, cumplo funciones de índole práctica: recolecto fondos para alguna reparación, convoco, desde la solidaridad o desde la exhortación a la culpa, a padres que, por su oficio, puedan colaborar con tareas de mantenimiento y, fundamentalmente, promuevo una especie de apoyo “espiritual” para los más desvalidos.

Aprovecho este comentario para invitarla a los talleres de reflexión que organizamos los jueves por la mañana. Pienso que respirar esta realidad, respirar el clima de pretendido consuelo, respirar ese otro clima de decepción y agobio, escuchar las ocasionales sentencias y las constantes quejas, ver cómo la angustia puede adquirir forma en la voz o en la cara, ver cómo se intenta un tejido reparador sobre la cáscara de un agujero, podrá serle útil, a lo mejor, para tomar distancia de sus indagaciones y admitir que lo sucedido con este chico sólo tiene por causa un designio que no comprendemos –ni siquiera a fuerza de dolor y resignación– los que tenemos que vivir bajo el peso de esta cruz.

Usted pensará que mis ideas están ligadas a la religión y a la fe. En ese sentido, creo que no somos quienes deban juzgar ciertas actitudes humanas. Dicen que daremos cuenta de nuestros actos después del pasaje terrenal. Sin embargo, doctora, con respecto a mi fe, debo confesar que permanece aplastada bajo el imperio de una voluntad suprema que no dio lugar a ningún intercambio, que no me permitió pactar, que me dejó al margen de la esperanza de las compensaciones; y si procedo en conformidad con ciertas leyes es por una costumbre estereotipada, inyectada a fuerza de temor y defectuosidades, practicada a modo de murmullo en oposición al desaliento. Por mi experiencia, este pasaje terrenal nos deja intervenir pobremente en su acontecer; y es tal vez esta carta un acto de misericordia para con usted, y es, tal vez, un intento de soslayar la impotencia a la que estamos habituados.

Por otro lado, puedo aceptar la muerte de Gonzalo como el tránsito que le estaba destinado por esa voluntad suprema, pero me resulta inadmisible el manoseo burocrático y judicial al que han quedado sometidos estos sucesos.

Es cierto que Gonzalo, durante su internación, no recibía más visitas que las de su padre, esporádicas, quizá forzadas. Sin embargo, la señora Julia Velázquez no era la única madre que no concurría al sanatorio, y más allá de las razones vinculadas a su estado de salud, sería prudente contemplar que no todos venimos a este mundo preparados para aceptar lo que nos toca. Es una cuestión de fortaleza.

Dicen que la sabiduría inmensa de Dios distribuye en cada uno de nosotros la cruz que, por su peso y su medida, podemos soportar. Sin embargo, y tal vez por la intervención de otras fuerzas que desconozco, no siempre es posible sostener esa cruz. Hay un ácido que flota en la columna vertebral. A veces, carcome; a veces, sangra; a veces, nos entierra.

He sabido que se sospecha de una confabulación entre Ernesto y Julia Velázquez para provocar la muerte de Gonzalo. He sabido que se los acusa de haberle dado una sobredosis de medicación con ayuda de una enfermera a la que sobornaron. He sabido que varias personas relacionadas con el caso están siendo interrogadas para esclarecer esta suposición. Y estos rumores me indignan. Nadie más que Dios ha resuelto esa muerte, y si los instrumentos que el Señor usó para empujar el alma de ese chico a la eternidad debieron ser el enajenamiento o la locura, pues este mismo Señor sabrá por qué lo ha hecho.

Ante estos juicios y, sin la posibilidad de persuadir ni frenar a quienes los emiten, no me queda otro remedio que rezar. También rezo en estos momentos por usted.

Deberíamos pensar que cualquiera de nosotros, ante la muerte de un hijo discapacitado, podría verse injustamente inculpado; sobre todo, teniendo en cuenta que, precisamente, por la fragilidad que caracteriza a estos enfermos, por su indefensión, por las complicaciones que las dolencias mentales provocan, la muerte es una posibilidad continua, como si colgaran de un hilo. Cabe citar el caso de una chiquita Down que sufrió un paro cardiorespiratorio en terapia intensiva mientras estaba sola, ya que no permitieron la compañía de la madre en esa unidad. Sé que los padres han iniciado juicio al hospital. Sin embargo, creo que lo han hecho presionados por la influencia de ciertos abogados con fines de lucro, sin aceptar resignada y cristianamente la voluntad de Dios.

La muerte de Gonzalo, el desarrollo de esta historia, acentúan mi sensación de que todo está silenciosamente tejido de antemano en nuestros destinos, como si se tratara de una sociedad entre las asfixias y las cargas.

Creo, en resumen, que la indagatoria que usted está llevando a cabo es una locura, creo que es promover una ofensa. Creo que usted está en riesgo. Creo que se equivoca. Creo que se adentra en terrenos peligrosos.

Yo le reitero mi invitación a nuestras reuniones de los jueves. Venga, doctora, verá que entre alguna torta que llevamos, algunas galletas, algunas risas, va a desentrañar el patetismo que reviste la misión para la que estos padres fuimos “elegidos”. Venga, si quiere, al festival anual, donde disfrazamos a los chicos y nos disfrazamos; venga y mire las máscaras que tapan la consternación, el baile frenético de las sillas de ruedas, las sondas nasogástricas pintadas de verde fluorescente, las cabezas sin sostén bamboleándose al compás de la música, las manos al aire, sin asidero; el papel crepé roto, desgarrado, húmedo. Venga, si quiere, al templo carismático donde llevo a Manuel los domingos. Mire, allí, las crisis de histeria, los colapsos, los alaridos, los espíritus que, para quedar liberados del demonio, creen que deben atormentarse en la crispación y en el ahogo. Asómese a este mundo antes de juzgar a los que lo integramos. Venga a mi casa, trate de conversar conmigo en paz, perciba cómo nos interrumpe la inquietud, el estertor de una garganta que no articula, la baba que corre por un trapo siempre inmundo. Míreme, imagine que estoy escribiendo esta carta a las dos de la mañana porque es el único momento en que tengo silencio, porque ya emboqué, dificultosamente, cuidando mis dedos de la mordedura, todas las dosis de pastillas correspondientes, incluido un hipnótico para el sueño, media píldora para mí, que nunca duermo, que no sé si voy a despertarme con un cadáver o con un vegetal en la habitación de al lado. Créame, ahora que le digo que me han pasado los años y me ha pasado la vida sin poder escapar de este cuadro fatídico, de este encierro de aullidos, de médicos, de electroencefalogramas, y turnos, y recetas, y horarios de rehabilitación, y pañales enormes, y olores acres. Venga a ver las marcas en todas las paredes de mi casa: son de la silla de ruedas. Venga a sentir el aroma: a pis, a tristeza. Fíjese en mí, en mis arrugas, en mis puños, en los otros hijos que crecieron sin mi energía, sin mi alegría, sin mi cuidado. Tómese un trago de este vómito de amargura. Y, entonces, deje de mortificarse y mortificar a los demás con su pesquisa.

Recuérdeme que le muestre el certificado de incapacidad del noventa y ocho por ciento, mi sentencia, la certeza de una vida inútil que necesita de mí todo lo que tengo, todo lo que ya no tengo, todo lo que preciso fabricar con la ficción. Acompáñeme, una de las tantas veces en que me miro en el espejo y me pregunto quién soy. Quédese un día en este mundo. Vea que no se puede saber, ni entender, ni razonar, ni escuchar. Si fuera posible, mida la raíz de mi sentimiento, esta mezcla de amor y de rechazo, lo que se me desordena constantemente en la imperfección, en la indignidad, en la tortura. Trate de observar algo coherente en los ojos que no miran hacia ningún lado, en la cabeza que se cae. Intente traducir, en el sonido que parece una gárgara, las dos sílabas categóricas de la palabra mamá. Quédese quieta y contemple el espectáculo siniestro de una convulsión, ese dislate, esa espiral sin fondo. Mire las botellas vacías tiradas bajo la mesa, bajo la cama: son del hombre que pasará tambaleándose por algún lugar de la casa, la barba crecida, la bragueta siempre abierta, el pelo desprolijo. Ese desecho es el hombre con quien duermo sin dormir. Mire, hoy, casualmente, la sábana sucia de mi hija, la sana, la normal, la inteligente, la que nunca entendió por qué un día su madre desapareció de golpe y pasa las horas y las horas en un instituto de rehabilitación, limpiando mierda, mientras ella se revuelca sin sentido con cualquier hombre que pase. Venga. Mire. Asómese.

Vaya, después, a conversar con cuanto profesional de la salud se le cruce. Le van a decir las mismas resueltas idioteces: lo difícil, el daño, el emergente, el caos, la contención, la incontención, la fábula, tal vez la inconsciencia de una mujer que decidió no abortar para no irse al infierno y que, a los cuarenta y pico, acunó dulcemente a un monstruo con la pretensión de que era un ángel.

Lea bien lo que le escribo.

Vaya, después, y converse con un cura, con un mago, con diez locos. Es lo mismo, atado y desatado, el designio, el demonio, los dos filos cruzados en la espalda.
Pregúntele a cualquiera de las asistentes del instituto. Pregúnteles por los abandonos, por las ambulancias, por las convulsiones, por esos seres que de pronto adquieren el aire espeluznante de un poseído y se agrandan y se retuercen y tiemblan y se contorsionan, y se sacuden, y parecen tan magníficos como aterradores. O se encogen, como cáscaras de hierro, como pedazos de piedra imposibles de abrazar. Y se les mueven los brazos, y se les mueven las piernas, y se endurecen, y son estatuas, y la cabeza para un costado porque si no se muerden la lengua, y que se hagan todo encima, o que vomiten, o que se ahoguen, y los ojos, patéticos, desaparecidos a los costados, las órbitas en blanco.
Además, las convulsiones tienen sus causas: a veces la fiebre, a veces una emoción, a veces la imposibilidad de expresarse de otra forma. Y, a veces porque faltó la medicación, porque la hija de mil putas de la madre se olvidó de darle al ángel la medicación, porque la máquina falló en el instante del olvido. Entonces el ángel castiga retorciéndose.

Y ahí están, siempre, todos los días, como lo único que nos gobierna, lo que nos pone de rodillas, lo que nos hace cumplir, lo que nos obliga no sabemos a qué ni para qué. Y hay que seguir, hay que seguir, hay que seguir. No se pueden bajar los brazos, ni un minuto. No se pueden desatar las manos de las correas que sujetan al madero horizontal de la cruz. No se puede dejar la vertical forzosa de la que colgamos.

Y uno pretende explicarse que lo que manda es el amor, que es del corazón, del útero, de no sé dónde que sale la fuerza.

Pero son ellos los que mandan, los que dan las órdenes, los que disponen de la vida de todos, los que determinan lo cotidiano y lo perenne; que una se quede callada o que hable o que mire un programa por televisión o que no mire; que piense, que no piense. Absorben toda la energía, absolutamente toda.

Igual, a la mañana, empezar de nuevo, aunque duelan los huesos.

Claro, yo no podría dejar internado a Manuel. No podría por la culpa. Y es otra de las cosas que gobiernan: la culpa, la mal entendida piedad. ¿No sería mejor suponer un error de cálculo en la naturaleza?

Al principio, cuando Manuel entraba en una convulsión, me provocaba una especie de parálisis. Aparentemente, él no respiraba, pero la que no podía respirar era yo. A él se le torcían los ojos, a mí se me agrandaban. A él se le alargaban las manos, a mí se me encogían. Era un hechizo. Hubiera podido dominar a todos con una palabra, con una sola palabra; y uno esperaba que esa palabra brotara, de golpe, que rompiera el mutismo, como si Manuel fuera dueño de un lenguaje oculto, de larvas, de bacterias, de algodón, de bichos, de fantasmas, y en el momento de la convulsión ese lenguaje pudiera reptar hasta la lengua.

Gonzalo también tenía convulsiones. Lo cuidé y lo limpié muchas veces en el sanatorio. Después se dormía. Eran horas de paz.

Dicen que cuando vuelven no se acuerdan de nada. Dicen que, a veces, escuchan ruidos, ven visiones. Es un misterio. Y es como si el aire se quedara quieto alrededor. Nadie sabe qué hacer, no se puede hacer nada. Una convulsión se parece a la muerte, pero el corazón late, corre la sangre, hay una revolución como de lastimadura, chispas, cortocircuitos, latigazos; es como si de adentro emergiera otra vida, incontrolable. (Gonzalo, en cambio, era incontrolable todo el tiempo. Lo tenían atado, por precaución.)

Dicen que lo único que hay que hacer es rezar.

En los primeros años no pude rezar nunca. Me quedaba pegada a mi hijo, pero lejos; lo miraba, ni siquiera podía tocarlo. Ahora, cuando tiene convulsiones, rezo, solamente por costumbre, despacio, siempre las mismas oraciones, la repetición, el murmullo, el vaciamiento.

También rezaba por Gonzalo.

Además, doctora, usted tendría que ver cómo cantan en el templo, con qué alegría. La alegría de la fe, supongo. Y Manuel se alegra: aplaude, se ríe, mueve la cabeza, las manos, grita. Y aunque nos cueste, mi marido y yo, vamos; mi marido y yo, sobrios, porque a la iglesia es necesario ir sobrios, íntegros, sumisos, humildes, resignados. Y lo cargamos en brazos. No entramos la silla. Es peligroso porque hay gente que se descompone y se desmaya y se puede golpear con los caños, porque los que se quedan catatónicos se pueden golpear con los caños, porque las alucinaciones místicas y los alaridos y la espuma de la boca y las uñas con filo y las manos con forma de garras golpean contra los caños.

Es hermoso ir al templo. No sabe cómo ayuda. Hasta pude pedir una intención para que esa mujer y ese hombre, los padres de Gonzalo, encuentren paz; para que usted también encuentre paz, para que deje de buscar cruces, transportarlas, transferirlas.
Gonzalo Velázquez murió, seguramente, en forma accidental o a consecuencia de alguna complicación, como determinarán los médicos. Gonzalo Velázquez murió para cerrar un círculo, para encerrarla a usted en ese círculo.

La muerte no es ilógica. No todas las muertes son impredecibles.

Por otro lado, es tan fácil dejarlos morir. Basta con no alimentarlos, basta con no darles la medicación, basta con darles medicación de más, basta un descuido, un agua, una canilla abierta. Pero la desesperación está en la culpa, no en las resoluciones. Casi nadie sería capaz de tomar esa decisión. Casi nadie. Aunque.

Usted podría seguir leyendo esta carta si sólo imaginara, con toda la nitidez posible, que algo a lo que ama encarnizadamente pudiera convertirse en una estatua, aullar, deshacerse, temblar, desparramar humores?

¿Usted cree que Julia Velázquez y yo somos diferentes? No, doctora: la cruz tiene una proporción determinada. Existe una pesadez exacta que quiebra la espalda, que dobla en dos. Gonzalo llegó al límite del peso.

¿Usted cree que se puede mentir una alegría? ¿Cree que esos bailes morbosos de los festivales no son una puesta en escena de la desesperación, que la música misma no es un absurdo? No, doctora: hay pedazos de vidrio en la orilla de la garganta, hay un telón enganchado con alfileres a los ojos, hay una soga tensa a punto de soltarse, dar el tirón, desatar la locura.

Dejé mi profesión, hace veinte años; puntualmente, cuando tuve a Manuel. Soy psiquiatra. Pero todo se alteró, todo empezó a chocar. Y el entendimiento no resiste, no resisten las explicaciones; no hay explicaciones.

La razón impone un orden. La fe se respalda en cierto desorden. Yo necesitaba cantar a gritos, encender velas, y necesitaba estampitas y crucifijos y oraciones; necesitaba no pensar, no preguntarme. No me alcanzó la lógica. Se me desmoronó. Se me terminó la posibilidad de análisis.

Cambié la profesión por el misticismo, la palabra por el rito, la duda por la certidumbre, la consideración de la paradoja por el aplastamiento.

Son caminos, formas de evadirse. Cada cual elige el suyo.

Igual, no hay alivio. No tengo alivio.

Los Velázquez no tendrían alivio. Las demandas no dejaban alivio, las críticas a las inasistencias de Julia Velázquez, transmitidas a su marido en cada una de las ocasionales visitas, no permitían ningún alivio.

¿Pudieron razonar los Velázquez? ¿Hicieron un complot? ¿Lo mataron?

No sé.

Tal vez sea una forma de eutanasia. Una llovizna de piedad.

Además, he llegado a comprobar lo inverosímil. Hay algo que se teje en lo trágico, es un mecanismo, algo extraño, un miedo: El último paciente que atendí en ejercicio se llamaba Joaquín Müller.

¿Le dice algo esto, doctora? ¿No es una increíble coincidencia?

No puedo amenazarla con desertar de un secreto profesional. No lo haría. Pero tal vez usted esté buscando, con su empecinamiento contra los Velázquez, castigar a sus propios padres; revivir, con esta penitencia, al hermano imperfecto, al pobrecito que se ahogó “sin querer” en la bañera de su casa natal.

Cuando haya llegado al fondo de estas investigaciones, lo único que le va a quedar es un vacío sin respuestas, algo que se volverá en su contra, definitivamente.

Tome en cuenta mi consejo: abandone el caso.

Laura Massolo (foto)

‘La herencia de Matilde Arcángel’ de Juan Rulfo

juan rulfoEn corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; si acaso, porque los dos se llamaban Euremios. Uno, Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también, aunque no costaba ningún trabajo distinguirlos, ya que uno le sacaba al otro una ventaja de veinticinco años bien colmados.
Lo colmado estaba en lo alto y garrudo de que lo había dotado la benevolencia de Dios Nuestro señor al Euremio grande. En cambio al chico lo había hecho todo alrevesado, hasta se dice que de entendimiento. Y por si fuera poco el estar trabado de flaco, vivía, si es que todavía vive, aplastado por el odio como por una piedra; y válido es decirlo, su desventura fue la de haber nacido.

Quien más lo aborrecía era su padre, por más cierto mi compadre; porque yo le bauticé al muchacho. Y parece que para hacer lo que hacía se atenía a su estatura. Era un hombrón así de grande, que hasta daba coraje estar junto a él y sopesar su fuerza, aunque fuera con la mirada. Al verlo uno se sentía como si a uno lo hubieran hecho de mala gana o con desperdicios. Fue en Corazón de María abarcando los alrededores, el único caso de un hombre que creciera tanto hacia arriba, siendo que los de por ese rumbo crecen a lo ancho y son bajitos; hasta se dice que es allí donde se originan los chaparros; y chaparra es allí la gente y hasta su condición. Ojalá que ninguno de los presentes se ofenda por si es de allá, pero yo me sostengo en mi juicio.

Y regresando a donde estábamos, les comenzaba a platicar de unos fulanos que vivieron hace tiempo en Corazón de María.

Euremio grande tenía un rancho apodado Las Ánimas, venido a menos por muchos trastornos, aunque el mayor de todos fue el descuido.

Y es que nunca quiso dejarle esa herencia al hijo que, como ya les dije, era mi ahijado. Se la bebió entera a tragos de “bingarrote”, que conseguía vendiendo pedazo tras pedazo de rancho y con el único fin de que el muchacho no encontrara cuando creciera de dónde agarrarse para vivir. Y casi lo logró. El hijo apenas si se levantó un poco sobre la tierra, hecho una pura lástima, y más que nada debido a unos cuantos compadecidos que le ayudaron a enderezarse; porque su padre ni se ocupó de él, antes parecía que se le cuajaba la sangre de sólo verlo.

Pero para entender todo esto hay que ir más atrás. Mucho más atrás de que el muchacho naciera, y quizá antes de que Euremio conociera a la que iba a ser su madre.
La madre se llamó Matilde Arcángel. Entre paréntesis, ella no era de Corazón de María, sino de un lugar más arriba que se nombra Chupaderos, al cual nunca llegó a ir el tal Cedillo y que si acaso lo conoció fue por referencias. Por ese tiempo ella estaba comprometida conmigo; pero uno nunca sabe lo que se trae entre manos, así que cuando fui a presentarle a la muchacha, un poco por presumirla y otro poco para que él se decidiera a apadrinarnos la boda, no me imaginé que a ella se le agotara de pronto el sentimiento que decía sentir por mí, ni que comenzaran a enfriársele los suspiros, y que su corazón se lo hubiera agenciado otro. Lo supe después.
Sin embargo, habrá que decirles antes quién y qué cosa era Matilde Arcángel. Y allá voy. Les contaré esto sin, apuraciones. Despacio. Al fin y al cabo tenemos toda la vida por delante.

Ella era hija de una tal doña Sinesia; dueña de la fonda de Chupaderos; un lugar caído en el crepúsculo como quien dice, allí donde se nos acababa la jornada. Así que cuanto arriero recorría esos rumbos alcanzó a saber de ella y pudo saborearse los ojos mirándola. Porque por ese tiempo, antes de que desapareciera, Matilde era una muchachita que se filtraba como el agua entre todos nosotros.

Pero el día menos pensado, y sin que nos diéramos cuenta de qué modo, se convirtió en mujer. Le brotó una mirada de semisueño; que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar. Y luego se le reventó la boca como si la hubieran desflorado a besos. Se puso bonita la muchacha, lo que sea de cada quien.

Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientras se anda en los caminos.

Pero los caminos de ella eran más largos que todos los caminos que yo había andado en mi vida y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererla.

Pero total, se la apropió el Euremio.

Al volver de uno de mis recorridos, supe que ya estaba casada con el dueño de Las Ánimas. Pensé que la había arrastrado la codicia y tal vez lo grande del hombre. Justificaciones nunca me faltaron. Lo que me dolió aquí en el estómago, que es donde más duelen los pesares, fue que se hubiera olvidado ese atajo de pobres diablos que íbamos a verla y nos guarecíamos en el calor de sus miradas. Sobre todo de mí, Tranquilino Herrera, servidor de ustedes, y con quien ella se comprometió de abrazo y beso y toda la cosa. Aunque viéndolo bien, en condiciones de hambre cualquier animal se sale del corral; y ella no estaba muy bien alimentada que digamos; en parte porque a veces éramos tantos que no alcanzaba la ración, en parte porque siempre estaba dispuesta a quitarse el bocado de la boca para que nosotros comiéramos.

Después engordó. Tuvo un hijo. Luego murió. La mató un caballo desbocado.

Veníamos de bautizar a la criatura. Ella lo traía en sus brazos. No podría yo contarles los detalles de por qué y cómo se desbocó el caballo, porque yo venía mero adelante. Sólo me acuerdo que era un animal rosillo. Pasó junto a nosotros como una nube gris, y más que caballo fue el aire del caballo el que nos tocó ver; solitario, ya casi embarrado a la tierra. La Matilde Arcángel se había quedado atrás, sembrada no muy lejos de allí y con la cara metida en un charco de agua. Aquella carita que tanto quisimos tantos, ahora casi hundida, como si se estuviera enjuagando la sangre que brotaba como manadero de su cuerpo todavía palpitante.

Pero ya para entonces no era de nosotros. Era propiedad de Euremio Cedillo, el único que la había trabajado como suya. ¡Y vaya si era chula la Matilde! Y más que trabajado, se había metido dentro de ella mucho más allá de las orillas de la carne, hasta el alcance de hacerle nacer un hijo. Así que a mí, por ese tiempo, ya no me quedaba de ella más que la sombra o sí acaso una brizna de recuerdo.

Con todo, no me resigné a no verla. Me acomedí a bautizarles al muchacho, con tal de seguir cerca de ella, aunque fuera nomás en calidad de compadre.

Por eso es que todavía siento pasar junto a mí ese aire, que apagó la llamarada de su vida, como si ahora estuviera soplando; como si siguiera soplando contra uno.

A mí me tocó cerrarle los ojos llenos de agua; y enderezarle la boca torcida por la angustia: esa ansia que le entró y que seguramente le fue creciendo durante la carrera del animal, hasta el fin, cuando se sintió caer. Ya les conté que la encontramos embrocada sobre su hijo. Su carne ya estaba comenzando a secarse, convirtiéndose en cáscara por todo el jugo que se le había salido durante todo el rato que duró su desgracia. Tenía la mirada abierta, puesta en el niño. Ya les dije que estaba empapada en agua. No en lágrimas, sino del agua puerca del charco lodoso donde cayó su cara. Y parecía haber muerto contenta de no haber apachurrado a su hijo en la caída, ya que se le traslucía la alegría en los ojos. Como les dije antes, a mí me tocó cerrar aquella mirada todavía acariciadora como cuando estaba viva.

La enterramos. Aquella boca, a la que tan difícil fue llegar, se fue llenando de tierra. Vimos cómo desaparecía toda ella sumida en la hondonada de la fosa, hasta no volver a ver su forma. Y allí, parado como horcón, Euremio Cedillo. Y yo pensando: “Si la hubiera dejado tranquila en Chupaderos, quizá todavía estuviera viva”.

“Todavía viviría, se puso a decir él, si el muchacho no hubiera tenido la culpa”. Y contaba que “al niño se le había ocurrido dar un berrido como de tecolote, cuando el caballo en que venían era muy asustón”. Él se lo advirtió a la madre muy bien, como para convencerla de que no dejara berrear al muchacho. Y también decía que “ella podía haberse defendido al caer; pero que hizo todo lo contrario: Se hizo arco, dejándole un hueco al hijo como para no aplastarlo. Así que, contando unas con otras, toda la culpa es del muchacho. Da unos berridos que hasta uno se espanta. Y yo para qué voy a quererlo. Él de nada me sirve. La otra podía haberme dado más y todos los hijos que yo quisiera; pero éste no me dejó ni siquiera saborearla”. Y así se soltaba diciendo cosas y más cosas, de modo que ya uno no sabía si era pena o coraje el que sentía por la muerta.

Lo que sí se supo siempre fue el odio que le tuvo al hijo.

Y era de eso de lo que yo les estaba platicando desde el principio. El Euremio se dio a la bebida. Comenzó a cambiar pedazos de sus tierras por botellas de “bingarrote”. Después lo compraba hasta por barricas. A mí me tocó una vez fletear toda una recua con puras barricas de “bingarrote” consignadas al Euremio. Allí entregó todo su esfuerzo: en eso y en golpear a mi ahijado, hasta que se le cansaba el brazo.

Ya para esto habían pasado muchos años. Euremio chico creció a pesar de todo, apoyado en la piedad de unas cuantas almas; casi por el puro aliento que trajo desde al nacer. Todos los días amanecía aplastado por el padre, que lo consideraba un cobarde y un asesino, y si no quiso matarlo, al menos procuró que muriera de hambre para olvidarse de su existencia.

Pero vivió. En cambio el padre iba para abajo con el paso del tiempo. Y ustedes y yo y todos sabemos que el tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre. Así, aunque siguió manteniendo sus rencores, se le fue mermando el odio, hasta convertir sus dos vidas en una viva soledad.

Yo los procuraba poco. Supe, porque me lo contaron, que mi ahijado tocaba la flauta mientras su padre dormía la borrachera. No se hablaban ni se miraban; pero aun después de anochecer se oía en todo Corazón de María la música de la flauta; y a veces se seguía oyendo mucho más allá de la media noche.

Bueno, para no alargarles más la cosa, un día, quieto, de esos que abundan mucho en estos pueblos, llegaron unos revoltosos a Corazón de María. Casi ni ruido hicieron, porque las calles estaban llenas de hierba; así que su paso fue en silencio, aunque todos venían montados en bestias. Dicen que aquello estaba tan calmado y que ellos cruzaron tan sin armar alboroto, que se oía el grito del somormujo y el canto de los grillos; y que más que ellos, lo que más se oía era la musiquita de una flauta que se les agregó al pasar frente a la casa de los Eremites, y se fue alejando, yéndose, hasta desaparecer.

Quién sabe qué clase de revoltosos serían y qué andarían haciendo. Lo cierto, y esto también me lo contaron, fue que, a pocos días, pasaron también sin detenerse, tropas del gobierno. Y que en esa ocasión Euremio el viejo, que a esas alturas ya estaba un tanto achacoso, les pidió que lo llevaran. Parece que contó que tenía cuentas pendientes con uno de aquellos bandidos que iban a perseguir. Y sí, lo aceptaron. Salió de su casa a caballo y con el rifle en la mano, galopando para alcanzar a las tropas. Era alto, como antes les decía, que más que un hombre parecía una banderola por eso de que llevaba el greñero al aire, pues no se preocupó de buscar el sombrero.

Y por algunos días no se supo nada. Todo siguió igual de tranquilo. A mí me tocó llegar entonces. Venía de “abajo” donde también nada se rumoraba. Hasta que de pronto comenzó a llegar gente. Coamileros, saben ustedes: unos fulanos que se pasan parte de su vida arrendados en las laderas de los montes, y que si bajan a los pueblos es en procura de algo o porque algo les preocupa. Ahora los había hecho bajar el susto. Llegaron diciendo que allá en los cerros se estaba peleando desde hacía varios días. Y que por ahí venían ya unos casi de arribada.

Pasó la tarde sin ver pasar a nadie. Llegó la noche. Algunos pensamos que tal vez hubieran agarrado otro camino. Esperamos detrás de las puertas cerradas. Dieron las 9 y las 10 en el reloj de la iglesia. Y casi con la campana de las horas se oyó el mugido del cuerno. Luego el trote de caballos. Entonces yo me asomé a ver quiénes eran. Y vi un montón de desarrapados montados en caballos flacos; unos estilando sangre, y otros seguramente dormidos porque cabeceaban. Se siguieron de largo.

Cuando ya parecía que había terminado el desfile de figuras oscuras que apenas si se distinguía de la noche, comenzó a oírse, primero apenitas y después más clara, la música de una flauta. Y a poco rato, vi venir a mi ahijado Euremio montado en el caballo de mi compadre Euremio Cedillo. Venía en ancas, con la mano izquierda dándole duro a su flauta, mientras que con la derecha sostenía, atravesado sobre la silla, el cuerpo de su padre muerto.

Juan Rulfo (foto)