‘En la peluquería’ de Kjell Askildsen

Kjell AskildsenHace muchos años que dejé de ir al peluquero; el más cercano se encuentra a cinco manzanas de aquí, lo que me resultaba bastante lejos incluso antes de romperse la barandilla de la escalera. El poco pelo que me crece puedo cortármelo yo mismo, y eso hago, quiero poder mirarme en el espejo sin deprimirme demasiado, también me corto siempre los pelos largos de la nariz.

Pero en una ocasión, hace menos de un año, y por razones en las que no quiero entrar aquí, me sentía aún más solo que de costumbre, y se me ocurrió la idea de ir a cortarme el pelo, aunque no lo tenía nada largo. La verdad es que intenté convencerme de no ir, está demasiado lejos, me dije, tus piernas ya no valen para eso, te va a costar al menos tres cuartos de hora ir, y otro tanto volver. Pero de nada sirvió. ¿Y qué?, me contesté, tengo tiempo de sobra, es lo único que me sobra.

De modo que me vestí y salí a la calle. No había exagerado, tardé mucho; jamás he oído hablar de nadie que ande tan despacio como yo, es una lata, habría preferido ser sordomudo. Porque ¿qué hay que merezca ser escuchado?, y ¿por qué hablar?, ¿quién escucha? y ¿hay algo más qué decir? Sí, hay más que decir, pero ¿quién escucha?

Por fin llegué. Abrí la puerta y entré. Ay, el mundo cambia. En la peluquería todo está cambiado. Solo el peluquero era el mismo. Lo saludé, pero no me reconoció. Me llevé una decepción, aunque, por supuesto, hice como si nada. No había ningún sitio libre. A tres personas las estaban afeitando o cortando el pelo, otras cuatro esperaban, y no quedaba ningún asiento libre. Estaba muy cansado, pero nadie se levantó, los que estaban esperando eran demasiado jóvenes, no sabían lo que es la vejez. De manera que me volví hacia la ventana y me puse a mirar la calle, haciendo como si fuera eso lo que quería, porque nadie debía sentir lástima por mí. Acepto la cortesía, pero la compasión pueden guardársela para los animales. A menudo, demasiado a menudo, bien es verdad que ya hace tiempo, aunque el mundo no se ha vuelto más humano, ¿no?, solía fijarme en que algunos jóvenes pasaban indiferentes por encima de personas desplomadas en la acera, mientras que cuando veían a un gato o un perro herido, sus corazones desbordaban compasión. “Pobre perrito”, decían, o “Gatito, pobrecito, ¿está herido?” ¡Ay, sí, hay muchos amantes de los animales!

Por suerte, no tuve que estar de pie más de cinco minutos, y fue un alivio poder sentarme. Pero nadie hablaba. Antes, en otros tiempos, el mundo, tanto el lejano como el cercano, se llevaba hasta el interior de la peluquería. Ahora reinaba el silencio, me había dado el paseo en vano, no había ya ningún mundo del que se deseara hablar. Así que al cabo de un rato me levanté y me marché. No tenía ningún sentido seguir allí. Mi pelo estaba lo suficientemente corto. Y así me ahorré unas coronas, seguro que me habría costado bastante. Y eché a andar los muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambia, pensé. Y se extiende el silencio. Es hora ya de morirse.

Kjell Askildsen (foto)

 

‘La banda’ de Julio Cortázar

julio_cortazar(A la memoria de René Crevel, que murió por cosas así.) En febrero de 1947, Lucio Medina me contó un divertido episodio que acababa de sucederle. Cuando en septiembre de ese año supe que había renunciado a su profesión y abandonado el país, pensé oscuramente una relación entre ambas cosas. No sé si a él se le ocurrió alguna vez el mismo enlace. Por si le es útil a la distancia, por si aún anda vivo en Roma o en Birmingham, narro su simple historia con la mayor cercanía posible.

Una ojeada a la cartelera previno a Lucio que en el Gran Cine Ópera daban una película de Anatole Litvak que se le había escapado en la época de su paso por los cines del centro. Le llamó la atención que un cine como el Ópera diera otra vez esa película, pero en el 47 Buenos Aires ya andaba escaso de novedades. A las seis, liquidado su trabajo en Sarmiento y Florida, se largó al centro con el gusto del buen porteño y llegó al cine cuando iba a empezar la función. El programa anunciaba un noticiario, un dibujo animado y la película de Litvak. Lucio pidió una platea en fila doce y compró Crítica para evitarse tener que mirar las decoraciones de la sala y los balconcitos laterales que le producían legítimas náuseas. El noticiario empezó en ese momento, y mucha gente entró a la sala mientras bañistas en Miami rivalizan con las sirenas y en Túnez inauguran un dique gigante. A la derecha de Lucio se sentó un cuerpo voluminoso que olía a Cuero de Rusia de Atkinson, lo que ya es oler. El cuerpo venía acompañado de dos cuerpos menores que durante un rato bulleron intranquilos y sólo se calmaron a la hora de Donald Duck. Todo eso era corriente en un cine de Buenos Aires, y sobre todo en la sección vermouth.

Cuando se encendieron las luces, borrando un tanto el indescriptible cielo estrellado y nebuloso, un amigo prolongó su lectura de Crítica con una ojeada a la sala. Había algo ahí que no andaba bien, algo no definible. Señoras preponderadamente obesas se diseminaban en la platea, y al igual que la que tenía al lado aparecían acompañadas de una prole más o menos numerosa. Le extrañó que gente así sacara plateas en el Ópera, varias de tales señoras tenían el cutis y el atuendo de respetables cocineras endomingadas, hablaban con abundancia de ademanes de neto corte italiano, y sometían a sus niños a un régimen de pellizcos e invocaciones. Señores con el sombrero sobre los muslos (y agarrado con ambas manos) representaban la contraparte masculina de una concurrencia que tenía perplejo a Lucio. Miró el programa impreso, sin encontrar más mención que la de las películas proyectadas y los programas venideros. Por fuera todo estaba en orden. Desentendiéndose, se puso a leer el diario y despachó los telegramas del exterior. A mitad del editorial su noción del tiempo le insinuó que el intervalo era anormalmente largo, y volvió a echarle una ojeada a la sala. Llegaban parejas, grupos de tres o cuatro señoritas venidas con lo que Villa Crespo o el Parque Lezama estiman elegante, y había grandes encuentros, presentaciones y entusiasmos en distintos sectores de la platea. Lucio empezó a preguntarse si no se habría equivocado, aunque le costaba precisar cuál podía ser su equivocación. En ese momento bajaron las luces, pero al mismo tiempo ardieron brillantes proyectores de escena, se alzó el telón y Lucio vio, sin poder creerlo, una inmensa banda femenina de música formada en el escenario, con un canelón donde podía leerse: BANDA DE “ALPARGATAS”. Y mientras (me acuerdo de su cara al contármelo) jadeaba de sorpresa y maravilla, el director alzó la batuta y un estrépito inconmensurable arrolló la platea so pretexto de una marcha militar.

-Vos comprendés, aquello era tan increíble que me llevó un rato salir de la estupidez en que había caído -dijo Lucio-. Mi inteligencia, si me permitís llamarla así, sintetizó instantáneamente todas las anomalías dispersas e hizo de ellas la verdad: una función para empleados y familias de la compañía “Alpargatas”, que los ranas del Ópera ocultaban en los programas para vender las plateas sobrantes. Demasiado sabían que si los de afuera nos enterábamos de la banda no íbamos a entrar ni a tiros. Todo eso lo vi muy bien, pero no creas que se me pasó el asombro. Primero que yo jamás me había imaginado que en Buenos Aires hubiera una banda de mujeres tan fenomenal (aludo a la cantidad). Y después que la música que estaban tocando era tan terrible, que el sufrimiento de mis oídos no me permitía coordinar las ideas ni los reflejos. Tenía al mismo tiempo ganas de reírme a gritos, de putear a todo el mundo, y de irme. Pero tampoco quería perder el filme del viejo Anatole, che, de manera que no me movía.

La banda terminó la primera marcha y las señoras rivalizaron en el menester de celebrarla. Durante el segundo número (anunciado con un cartelito) Lucio empezó a hacer nuevas observaciones. Por lo pronto la banda era un enorme carnelo, pues de sus ciento y pico de integrantes sólo una tercera parte tocaba los instrumentos. El resto era puro chiqué, las nenas enarbolaban trompetas y clarines al igual que las verdaderas ejecutantes, pero la única música que producían era la de sus hermosísimos muslos que Lucio encontró dignos de alabanza y cultivo, sobre todo después de algunas lúgubres experiencias en el Maipo. En suma, aquella banda descomunal se reducía a una cuarentena de sopladoras y tamborileras, mientras el resto se proponía en aderezo visual con ayuda de lindísimos uniformes y caruchas de fin de semana. El director era un joven por completo inexplicable si se piensa que estaba enfundado en un frac que, recortándose como una silueta china contra el fondo oro y rojo de la banda, le daba un aire de coleóptero totalmente ajeno al cromatismo del espectáculo. Este joven movía en todas direcciones una larguísima batuta, y parecía vehementemente dispuesto a rimar la música de la banda, cosa que estaba muy lejos de conseguir a juicio de Lucio. Como calidad, la banda era una de las peores que había escuchado en su vida. Marcha tras marcha, la audición continuaba en medio del beneplácito general (repito sus términos sarcásticos y esdrújulos), y a cada pieza terminada renacía la esperanza de que por fin el centenar de budincitos se mandara mudar y reinara el silencio bajo la estrellada bóveda del Ópera. Cayó el telón y Lucio tuvo como un ataque de felicidad, hasta reparar en que los proyectores no se habían apagado, lo que lo hizo enderezarse desconfiado en la platea. Y ahí nomás telón arriba otra vez, pero ahora un nuevo cartelón: LA BANDA EN DESFILE. Las chicas se habían puesto de perfil, de los metales brotaba una ululante discordancia vagamente parecida a la marcha El Tala, y la banda entera, inmóvil en escena, movía rítmicamente las piernas como si estuviera desfilando. Bastaba con ser la madre de una de las chicas para hacerse la perfecta ilusión del desfile, máxime cuando al frente evolucionaban ocho imponderables churros esgrimiendo esos bastones con borlas que se revolean, se tiran al aire y se barajan. El joven coleóptero abría el desfile, fingiendo caminar con gran aplicación, y Lucio tuvo que escuchar interminables da capo al fine que en su opinión alcanzaron a durar entre cinco y ocho cuadras. Hubo una modesta ovación al finalizar, y el telón vino como un vasto párpado a proteger los manoseados derechos de la penumbra y el silencio.

-El asombro se me había pasado -me dijo Lucio- pero ni siquiera durante la película, que era excelente, pude quitarme de encima una sensación de extrañamiento. Salí a la calle, con el calor pegajoso y la gente de las ocho de la noche, y me metí en El Galeón a beber un gin fizz. De golpe me olvidé por completo de la película de Litvak, la banda me ocupaba como si yo fuera el escenario del Ópera. Tenía ganas de reírme, pero estaba enojado, comprendés. Primero que yo hubiera debido acercarme a la taquilla del cine y cantarles cuatro verdades. No lo hice porque soy porteño, lo sé muy bien. Total, qué le vachaché ¿no te parece? Pero no era eso lo que me irritaba, había otra cosa más profunda. A mitad del segundo copetín empecé a comprender. Aquí el relato de Lucio se vuelve de difícil transcripción. En esencia (pero justamente lo esencial es lo que se fuga) sería así: hasta ese momento lo había preocupado una serie de elementos anómalos sueltos: el mentido programa, los espectadores inapropiados, la banda ilusoria en la que la mayoría era falsa, el director fuera de tono, el fingido desfile, y él mismo metido en algo que no le tocaba. De pronto le pareció entender aquello en términos que lo excedían infinitamente. Sintió como si le hubiera sido dado ver al fin la realidad. Un momento de realidad que le había parecido falsa porque era la verdadera, la que ahora ya no estaba viendo. Lo que acababa de presenciar era lo cierto, es decir lo falso. Dejó de sentir el escándalo de hallarse rodeado de elementos que no estaban en su sitio, porque en la misma conciencia de un mundo otro, comprendió que esa visión podía prolongarse a la calle, a El Galeón, a su traje azul, a su programa de la noche, a su oficina de mañana, a su plan de ahorro, a su veraneo de marzo, a su amiga, a su madurez, al día de su muerte. Por suerte ya no seguía viendo así, por suerte era otra vez Lucio Medina. Pero sólo por suerte.

A veces he pensado que esto hubiera sido realmente interesante si Lucio vuelve al cine, indaga, y descubre la inexistencia de tal festival. Pero es cosa verificable que la banda tocó esa tarde en el Ópera. En realidad el cambio de vida y el destierro de Lucio le vienen del hígado o de alguna mujer. Y después que no es justo seguir hablando mal de la banda, pobres chicas.

Julio Cortázar (foto)

Radios: Cooperativa y Agricultura

Logo-Radio-AgriculturaHirane y Agricultura. Cada cual tiene derecho a ser de ‘izquierda’ o de ‘derecha’, porque de eso es de lo que se trata la democracia: la convivencia de la diferencia. Algo que los partidarios de la vergonzosa dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet no quieren entender, o tal vez sí lo entiendan, pero creen que solo ellos tienen derechos, como en otra época, y los demás no; o que todos tienen obligaciones para con esa convivencia, pero ellos no. Casi siempre los de ‘derecha’, por razones de comprensión de las cosas, suelen ser un poco lentos, como atinadamente los caracterizó el ministro Nicolás Eyzaguirre. Un ejemplo típico de alguien lento de derecha es Sergio Hirane. Todavía hoy sigue con ese lenguaje dismórfico de los irresponsables de la Unión Demócrata Independiente, Udi, que él tanto admira y creo que milita con ellos, de usar hasta el exceso términos como ‘retroexcavadora’, ‘país en crisis’, ‘el fin de la inversión extranjera’. No, don Sergio: Chile no está en crisis, ni los extranjeros como México y Estados Unidos han dejado de invertir en Chile, ni existen las retroexcavadoras. Si los empresarios están conformes con las reformas, ¿cómo un ignorante como el señor Hirane tiene la potestad de usar los micrófonos de Radio Agricultura (logo) para seguir envenenando irresponsablemente el corazón de los chilenos? Don Sergio tiene un mismo discursito, pobre conceptualmente, para comentar sobre todos los temas. Y esas tres expresiones que anoté arriba, son sus preferidas. ¡Qué irresponsable es Radio Agricultura!

logoCooperativaPaulas y Cooperativa. Hay dos Paulas en Radio Cooperativa (logo): Paula Molina, que conduce el programa ‘La historia es nuestra’, y Paula Bravo que conduce el programa ‘Lo que queda del día’. Tan distintas: Paula Molina quiere ser encantadora y usa un tono sumamente desagradable, chillón. Y no puede ocultar su prepotencia: se fue Iván Valenzuela con su pedantería y quedó Paula Molina. Recomendable que no pose de modesta, porque no le queda. Recomendarle, también, que lea a la Real Academia Española que no solo suspendió, sino ¡prohibió!, para el buen uso del idioma, la tonta expresión de “ellos y ellas”, “niños y niñas”, “los saludo y las saludo”, “bienvenidos y bienvenidas”. Porque no se trata de expresiones de género. Basta con “ellos”, “niños”, “los saludo” y “bienvenidos”, que son expresiones de lo universal. Por último, que no sabotee a los panelistas, ni a los personajes invitados, queriendo saber más que todos ellos. Hace preguntas kilométricas a los invitados, dando rodeos innecesarios únicamente para mostrar que sabe mucho (y no es verdad, ignora mucho), y tiene una manía de atravesársele a los panelistas (Daniel Villalobos y Andrés Kalawski, que son excelentes) con el único fin de mostrar que ella sabe mucho, que es la más astuta, que tiene un enfoque inteligentísimo de todos los temas, o que, derechamente, ¡ella sabe más! Porque no es ‘conversar’ lo que hace. En cambio, sin pretensiones, haciendo preguntas sencillas pero informadas, atinadas, sin aspavientos, con una voz agradable al oído (hablo de radio y la voz es súper importante) y en actitud sonriente y de querer informar bien, Paula Bravo es la antípoda.

No + AFP; Gurdjieff; García Márquez

no afpNo más AFP. Los países que vieron en Chile la última coca cola del desierto en materia de jubilaciones, cuando impuso en la vergonzosa dictadura el sistema de las administradoras de fondos de pensiones, AFP, deben saber que el sistema colapsó, que quedó en evidencia que es un fraude. Ayer, con cerca de un millón de personas, se cumplió una segunda jornada de protesta; la anterior fue de 650 mil chilenos, que salieron a decir “No + AFP”; la de ahora, de un millón. Crece la audiencia. Ahora, las empresas administradoras, que ganan una fortuna a costa del dinero y trabajo de los trabajadores, quieren engañar a la gente diciéndoles que en 35 años los cambios en las edades de las personas van a hacer imposible un sistema de ‘reparto’. Eso es mentira. Hace 35 años dijeron lo mismo, y el sistema de ‘capitalización personal’, que es el actual, no cumplió con lo prometido y se convirtió en un fraude. Las empresas administradoras siguen construyendo enormes edificios, o alquilándolos, y contratando zánganos que son del mismo círculo de amigos, para sentarse en los directorios o juntas directivas a ganar una millonada, a costa de los trabajadores. Se sabe de una AFP que en el 2015 repartió entre 8 directores cerca de 1.500 millones de pesos, ¡en ‘bonos’!; es decir, además de los sueldos millonarios, se auto-reparten bonos millonarios. Mientras tanto, la gente que pone la plata, fruto de su trabajo de muchos años, al final recibe una pensión miserable, que en el caso de Chile ha llegado a ser de $80.000 mensuales hoy. Por eso, protestas como las de ayer en todo Chile, deben ser una voz de alarma para el resto de países de Latinoamérica que están engañados con el sistema de las AFP, que solamente es un negocio de un grupito de empresarios. ¡’No + AFP’ en Latinoamérica!

Consejos del George Gurdjieff, maestro de danza:

–Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.

–Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di solo sus cualidades.

–Si ofendes a alguien, pídele perdón.

–No trates de despertar en los otros emociones hacia ti, como piedad, admiración, simpatía, complicidad.

–Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.

–Transforma tu odio en caridad.

–Transforma tu cólera en creatividad.

–No establezcas amistades inútiles.

–No te apropies de nada ni de nadie.

–Has planes de trabajo y cúmplelos.

–Cesa de autodefinirte.

–Desarrolla tu generosidad sin testigos.

Gabriel García Márquez: “Se le metía debajo, y se apoderaba de todo él para toda ella, encerrada dentro de sí misma, tanteando con los ojos cerrados en su absoluta oscuridad interior, avanzando por aquí, retrocediendo, corrigiendo su rumbo invisible, intentando otra vía más intensa, otra forma de andar sin naufragar en la marisma de mucílago que fluía de su vientre, preguntándose y contestándose a sí misma con un zumbido de moscardón ese algo en las tinieblas que solo ella conocía y ansiaba solo para ella hasta que sucumbía sin esperar a nadie, se desbarrancaba sola en su abismo con una explosión jubilosa de victoria total que hacía temblar el mundo”. (El amor en los tiempos del cólera)

 

Borges recomienda evitar

borgesCon su enciclopédico sentido del humor Jorge Luis Borges (foto) elaboró su ‘decálogo’ de consejos para noveles escritores, pero en su caso se trata de las cosas que hay que evitar en la literatura. Estos son:

1) Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.

2) Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.

3) La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.

4) En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.

5) En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.

6) Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.

7) Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.

8) La enumeración caótica.

9) Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.

10) El antropomorfismo.

11) La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.

12) Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.

13) Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.

14) En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.

15) Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:

16) Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.

 

Cuentos cortos

UV- cuento cortoDe la compilación de cuentos cortos hecha por Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer para el Programa Editorial Universidad del Valle, Colombia, comparto los siguientes:

‘¡Pum!’ de Sebastián Jiménez Valencia

De tanto usar su mano como pistola y fingir un suicidio espectacular lleno de sangre imaginaria que salpicaba en un salón de idiotas en una clase vacía, su mano se volvió pistola y una bala invisible y fatal entró por una sien y salió por otra. Pero como la pistola en verdad no era pistola y la bala no existía, la sangre incolora tampoco se vio, y su muerte, por supuesto, pasó inadvertida.

‘La meta’ de Alfonso Osorio Carvajal

—¿Apostamos una carrera? —preguntó el atleta.

—Acabas de perderla —contestó la parca.

‘La bala perdida’ de Johann Rodríguez-Bravo

Juan amaneció sin sombra. La buscó con desespero en medio de la ropa sucia; pensó que quizás se hubiera quedado encerrada en el carro; miró por encima del armario donde su madre guarda los adornos de navidad, pero no estaba. Juan se sintió muy mal, en 37 años jamás había salido a la calle sin su sombra. ¿Qué le iba a decir a sus amigos? Una sombra no se va así nomás. Juan resolvió no salir de casa, encerrarse hasta la noche para disimular algo que sentía como una pérdida irreparable, como un hondo vacío. Tres días después, sintió que alguien abría la puerta (en silencio, discretamente) y se hizo el dormido para no interrumpir lo que pasaba. Era ella, la sombra, un poco sucia. Juan no la quiso increpar, dejó que descansara y disfrutara su secreto.

‘Louvre’ de Julián A. Enríquez

De noche, a solas, la Monalisa no sonríe.

‘Persecución’ de Jacqueline Castro

Rodolfo se preparaba para salir igual que todas las noches. Se colocó sus zapatos y corrió hacia la calle presuroso. Al llegar a la esquina se dio cuenta de que alguien lo seguía. Era su abuela, con su rostro triste y caminar nervioso.

Rodolfo corrió mucho más rápido. No quería que su abuela lo alcanzara como en aquellos tiempos en los que ella vivía.

Concurso de Cuento

fundación ggmEstá pronto a cerrarse el XI Concurso Internacional de Cuento ‘Ciudad de Pupiales’ 2016. Todo aquel que tenga un texto listo, o sepa de alguien que lo tenga, las siguientes bases del concurso le van a interesar:

La Fundación ‘Gabriel García Márquez’, en concertación con el Ministerio de Cultura de Colombia y con el apoyo de la gobernación de Nariño y la Alcaldía Municipal de Pupiales, convoca el XI Concurso Internacional de Cuento “Ciudad de Pupiales”, 2016, que estará regido por los siguientes parámetros:

1) Pueden participar los escritores colombianos o extranjeros mayores de 15 años, con excepción de los ganadores y finalistas de la edición anterior, con un solo cuento de temática libre escrito en lengua española, máximo 3 páginas, tamaño carta, interlineado de 1,5, fuente de 12 puntos.

2) Se establece un premio de seis millones de pesos y el Diploma de Honor “Gabriel García Márquez”, para el primer puesto. Diploma de Honor “Guillermo Edmundo Chaves” para el mejor cuento escrito por un autor nacido en el Departamento de Nariño. Nueve trabajos más serán seleccionados como finalistas.

3) Las obras deben ser remitidas mediante archivo de Word y firmadas con seudónimo a la siguiente dirección electrónica: fundaciongabrielgarciamarquez@gmail.com, antes del 15 de agosto del año 2016. En el mismo correo se agregará un segundo archivo, también de Word, con los datos personales: Nombre, seudónimo, fecha de nacimiento, número documento de identidad, dirección, teléfono, correo electrónico y otros aspectos que el autor considere convenientes. Se solicita no agregar ninguna imagen al cuento ni a los datos personales. Para realizar el envío escriba en asunto: PARA CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTO.

4) La organización garantiza la lectura de todas las obras remitidas al evento; en relación con las opiniones emitidas por los miembros del jurado calificador, periodistas o participantes, mantiene absoluta independencia.

5) El jurado calificador queda integrado por los escritores Marco Tulio Aguilera Garramuño, Daniel Ferreira y Carlos Bastidas Padilla. Al jurado lo apoyan instituciones y personalidades de las letras con el fin de facilitar el trabajo de lectura y selección de textos finalistas. (El ganador obtendrá 6 millones de pesos colombianos y el diploma que lo acredita)

6) La ceremonia de premiación tendrán lugar en Pupiales, Nariño, el día 14 de Octubre del año 2016. Dicho resultado se comunicará personalmente a los escritores galardonados y se difundirá por diferentes medios de comunicación.

7) El veredicto se conocerá mediante un video publicado en los canales regionales de televisión, en la cuenta de la Fundación ‘Gabriel García Márquez’ en YouTube, en las web  www.albeiroarciniegas.co

y http://fundaciongabo.wix.com//fundaciongabo, y en las distintas redes sociales, con el fin de que cuenten con una amplia difusión en Colombia y el exterior.

8) La participación en el concurso es una manifestación expresa de aceptación de los diferentes puntos que rigen la convocatoria. La organización no mantiene correspondencia con los participantes. El premio no será declarado desierto.