‘Axolotl’ de Julio Cortázar

julio_cortazarHubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardín des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban.

Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: “Sálvanos, sálvanos”. Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. “Usted se los come con los ojos”, me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes. Saber, darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar (foto)

 

 

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‘Vendrán las lluvias suaves’ de Ray Bradbury

ray bradburyEn el living, cantaba el reloj con voz: “tic-tac, las siete, arriba, ¡las siete!” como si temiera que nadie se levantara. Esa mañana la casa estaba vacía.

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. “Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!”

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

“Hoy es 4 de agosto de 2026”, dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, “en la ciudad de Allendale, California”. Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. “Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad”.

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

“Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!” Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: “Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy…” Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevo a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

“Nueve y quince”, cantó el reloj, “hora de limpiar”.

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

“Las diez”. Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

“Las diez y quince”. Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón.

El suave rociador llenó el jardín de luces que caían.

Hasta ese día, cuánta reserva había guardado la casa. Con cuánto cuidado había preguntado: “¿Quién anda? ¿Contraseña?”, y al no recibir respuesta de los zorros solitarios y de los gatos que gemían, había cerrado sus ventanas y bajado las persianas con una preocupación de solterona por la autoprotección, casi lindante con la paranoia mecánica.

La casa se estremecía con cada sonido. Si un gorrión rozaba una ventana, la persiana se levantaba de golpe. ¡El pájaro, sobresaltado, huía! ¡No, ni siquiera un pájaro debía tocar la casa!

La casa era un altar con diez mil asistentes, grandes y pequeños, que reparaban y atendían, en grupos. Pero los dioses se habían marchado, y el ritual de la religión continuaba, sin sentido, inútil.

“Las doce del mediodía”.

Un perro aulló, temblando, en el pórtico de entrada.

La puerta del frente reconoció la voz del perro y abrió. El perro, antes enorme y fornido, en ese momento flaco hasta los huesos y cubierto de llagas, entró en la casa y la recorrió, dejando huellas de barro. Detrás de él se escurrían furiosos ratones, enojados por tener que recoger barro, alterados por el inconveniente.
Porque ni un fragmento de hoja seca pasaba bajo la puerta sin que se abrieran de inmediato los paneles de las paredes y los ratones de limpieza, de cobre, saltaran rápidamente para hacer su tarea. El polvo, los pelos, los papeles, eran capturados de inmediato por sus diminutas mandíbulas de acero, y llevados a sus madrigueras. De allí, pasaban por tubos hasta el sótano, donde caían en un incinerador.

El perro subió corriendo la escalera, aullando histéricamente ante cada puerta, comprendiendo por fin, lo mismo que comprendía la casa, que allí sólo había silencio.
Husmeó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta, el horno estaba haciendo panqueques que llenaban la casa de un olor apetitoso mezclado con el aroma de la miel.

El perro echó espuma por la boca, tendido en el suelo, husmeando, con los ojos enrojecidos. Echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, lanzado a un frenesí, y cayó muerto. Estuvo una hora en el living.

“Las dos”, cantó una voz.

Percibiendo delicadamente la descomposición, los regimientos de ratones salieron silenciosamente, como hojas grises en medio de un viento eléctrico…

“Las dos y quince”.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador resplandeció de pronto con un remolino de chispas que saltaron por la chimenea.

“Las dos y treinta y cinco”.

De las paredes del patio brotaron mesas de bridge. Cayeron naipes sobre la felpa, en una lluvia de piques, diamantes, tréboles y corazones. Apareció una exposición de Martinis en una mesa de roble, y saladitos. Se oía música.

Pero las mesas estaban en silencio, y nadie tocaba los naipes.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a entrar en los paneles de la pared.

“Cuatro y treinta”

Las paredes del cuarto de los niños brillaban.

Aparecían formas de animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que daban volteretas en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio. Se llenaban de color y fantasía. El rollo oculto de una película giraba silenciosamente, y las paredes cobraban vida. El piso del cuarto parecía una pradera. Sobre ella corrían cucarachas de aluminio y grillos de hierro, y en el aire cálido y tranquilo las mariposas de delicada textura aleteaban entre los fuertes aromas que dejaban los animales… Había un ruido como de una gran colmena amarilla de abejas dentro de un hueco oscuro, el ronroneo perezoso de un león. Y de pronto el ruido de las patas de un okapi y el murmullo de la fresca lluvia en la jungla, y el ruido de pezuñas en el pasto seco del verano. Luego las paredes se disolvían para transformarse en campos de pasto seco, kilómetros y kilómetros bajo un interminable cielo caluroso. Los animales se retiraban a los matorrales y a los pozos de agua.

Era la hora de los niños.

“Las cinco”. La bañera se llenó de agua caliente y cristalina.

“Las seis, las siete, las ocho”. La vajilla de la cena se colocó en su lugar como por arte de magia, y en el estudio hubo un click. En la mesa de metal frente a la chimenea, donde en ese momento chisporroteaban las llamas, saltó un cigarro, con un centímetro de ceniza gris en la punta, esperando.

“Las nueve”. Las camas calentaron sus circuitos ocultos, porque las noches eran frías en esa zona.

“Las nueve y cinco”. Habló una voz desde el cielo raso del estudio: “Señora Mc Clellan, ¿qué poema desea esta noche?”

La casa estaba en silencio.

La voz dijo por fin:

“Ya que usted no expresa su preferencia, elegiré un poema al azar”. Comenzó a oírse una suave música de fondo. “Sara Teasdale. Según recuerdo, su favorito…”

Vendrán las lluvias suaves y el olor a tierra

Y el leve ruido del vuelo de las golondrinas

El canto nocturno de los sapos en los charcos

La trémula blancura del ciruelo silvestre

Los ruiseñores con sus plumas de fuego

Silbando sus caprichos en la alambrada

Y ninguno sabrá si hay guerra

Ni le importará el final, cuando termine

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,

Si desapareciera la humanidad

Ni la primavera, al despertar al alba,

Se enteraría de que ya no estamos.

El fuego ardía en la chimenea de piedra y el cigarro cayó en un montículo de ceniza en el cenicero. Los sillones vacíos se miraban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música. A las diez la casa comenzó a apagarse.

Soplaba el viento. Una rama caída de un árbol golpeó contra la ventana de la cocina. Un frasco de solvente se hizo añicos sobre la cocina. ¡La habitación ardió en un instante!
“¡Fuego!” gritó una voz. Se encendieron las luces de la casa, las bombas de agua de los cielos rasos comenzaron a funcionar. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo, lamiendo, devorando, bajo la puerta de la cocina, mientras las voces continuaban gritando al unísono: “¡Fuego, fuego, fuego!”

La casa trataba de salvarse. Las puertas se cerraban herméticamente, pero el calor rompió las ventanas y el viento soplaba y avivaba el fuego.

La casa cedió mientras el fuego, en diez mil millones de chispas furiosas, se trasladaba con llameante facilidad de una habitación a otra y luego subía la escalera. Mientras las ratas de agua se escurrían y chillaban desde las paredes, proyectaban su agua, y corrían a buscar más. Y los rociadores de la pared soltaban sus chorros de lluvia mecánica.

Pero demasiado tarde. En alguna parte, con un suspiro, una bomba se detuvo. La lluvia bienhechora cesó. La reserva de agua que había llenado los baños y había lavado los platos durante muchos días silenciosos se había terminado.

El fuego subía la escalera, creciendo, se alimentaba en los Picasso y los Matisse de las salas del piso alto, como si fueran manjares, quemando los óleos, tostando tiernamente las telas hasta convertirlas en despojos negros.

¡El fuego ya llegaba a las camas, a las ventanas, cambiaba los colores de los cortinados!
Luego, aparecieron los refuerzos.

Desde las puertas-trampa del altillo, los rostros ciegos de los robots miraban con sus bocas abiertas de donde salía una sustancia química verde.

El fuego retrocedió, como habría retrocedido hasta un elefante a la vista de una serpiente muerta. En ese momento había veinte serpientes ondulando por el suelo, matando el fuego con un claro y frío veneno de espuma verde.

Pero el fuego era inteligente. Había lanzado llamas fuera de la casa, que subieron al altillo donde estaban las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del altillo que dirigía las bombas quedó destrozado.

El fuego volvió a todos los armarios y las ropas colgadas en ellos.

La casa se estremeció, hasta sus huesos de roble, su esqueleto desnudo se encogía con el calor, sus cables, sus nervios salían a la luz como si un cirujano hubiera abierto la piel para dejar las venas y los capilares rojos temblando en el aire escaldado. “¡Auxilio, auxilio!” “¡Fuego!” “¡Rápido, rápido!”

El calor quebraba los espejos como si fueran el primer hielo delgado del invierno. Y las voces gemían, “fuego, fuego, corran, corran”, como una trágica canción infantil.
Y las voces morían mientras los cables saltaban de sus envolturas como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron y ya no se oyó ninguna.
En el cuarto de los niños ardió la jungla. Rugieron los leones azules, saltaron las jirafas púrpuras. Las panteras corrían en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales, corriendo frente al fuego, se desvanecieron en un lejano río humeante…

Murieron diez voces más. En el último instante, bajo la avalancha de fuego, se oían otros coros, indiferentes, que anunciaban la hora, tocaban música, cortaban el pasto con una máquina a control remoto, o abrían y cerraban frenéticamente una sombrilla, cerraban y abrían la puerta del frente, sucedían mil cosas, como en una relojería donde cada reloj da locamente la hora antes o después de otro. Era una escena de confusión maníaca, pero sin embargo una unidad; cantos, gritos, los últimos ratones de la limpieza que se abalanzaban valientemente a llevarse las feas cenizas… y una voz, con sublime indiferencia ante la situación, leía poemas en voz alta en el estudio en llamas, hasta que se quemaron todos los rollos de películas, hasta que todos los cables se achicharraron y saltaron los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa que se derrumbó de golpe, en medio de las olas de chispas y humo.

En la cocina, un instante antes de la lluvia de fuego y madera, pudo verse al horno preparando el desayuno en escala psicopática, diez docenas de huevos, seis panes convertidos en tostadas, veinte docenas de tajadas de panceta, que, devorados por el fuego, ponían a funcionar nuevamente al horno, que silbaba histéricamente…

La explosión. El altillo que caía sobre la cocina y la sala. La sala sobre el subsuelo, el subsuelo sobre el segundo subsuelo. El freezer, un sillón, rollos de películas, circuitos, camas, todo convertido en esqueletos en un montón de escombros, muy abajo.

Humo y silencio. Gran cantidad de humo.

La débil luz del amanecer apareció por el este. Entre las ruinas, una sola pared quedaba en pie. Dentro de la pared, una última voz decía, una y otra vez, mientras salía el sol, iluminando el humeante montón de escombros:

“Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…”

Ray Bradbury (foto)

 

‘El regreso del fotógrafo’ de Víctor López Rache

victor lopez racheNosotros llegamos y los amigos de Manuel José dejaron de admirar la biblioteca y él salió a despedirlos. Antes de 15 minutos debemos estar en La Séptima, permiso; en la Terraza de la Bailarina, explicaron cordiales. Nairét me miraba y yo la miraba a ella, y hubo un breve suspiro y volteé la cabeza y, como si viniera del solar, un hombre asomaba en los estantes del fondo. Pensé que también se iba y fingí sacar mi libreta y ella imaginó que yo estaba inspirado y se alejó a curiosear.

–Espera –le dije y ella no me oyó.

No llegaba a los 30 años y, a paso lento, recortaba los 10 metros que nos separaban. No puede ser, yo balbuceaba. Vestía bluyín y revelaba las señales del sufrimiento que Bogotá le imprime a los habitantes de a pie. Adivinando el motivo de su regreso, rasgué una hoja y anoté: 2853879. Sin decirme una palabra apretó mi teléfono en la mano y retornó a los estantes y, entonces, le vi en el hombro una cámara muy vieja. Manuel venía de cerrar el portón y le dije:

–Es un primo mío. –Sentí correr frío en la frente–. Desapareció hace años. Yo estaba en el colegio y todavía buscaba la mano de papá.

–No te preocupes, hombre, John –me dijo él–, ¿también trajiste los niños?

Quise distraerme bosquejando mis impresiones en la última hoja de la libreta; pero el esfero se varaba, se me cruzaban las ideas, o el primo me miraba de reojo.

–Entonces nos puede narrar diez verdades de la misma comedia –sonriendo, me dijo Manuel. Pero, al verme sorprendido, agregó–: No me lo habías presentado antes, ¿y qué hace?

–Tomaba fotografías rudimentarias. Empezaba a popularizarse la Kodak.

Recordé sus pocas visitas a la casa de La Victoria. Yo corría a abrirle y él me daba dulces y papá lo invitaba a cerveza y él le aceptaba un tinto. Era abstemio, delgado y de ideas distintas a los jóvenes de su edad, decían cuando se iba. Las duras jornadas de la fotografía callejera habían influido en el aspecto de mi primo.

–Después de su desaparición –en voz baja me dijo Manuel– ¿siguió tomando fotografías?

Llevé la mirada hacia el fondo de la biblioteca y estaba mirando los libros de la parte baja; quizá, para ocultar la mirada y algo de la cara.

–Bogotá tiene secretos que sólo pueden develar los que regresan –ante mi silencio, Manuel siguió bajando la voz.

Con mi teléfono en la mano seguía en el estante paralelo al que avanzaba Nairét y podían encontrarse en la vuelta y ella es nerviosa y la edad no le permitía recordar pintas tan pasadas de moda. Aprovechando la distancia de los dos, Manuel continuó:

–Si no me equivoco, hace unos días me tomó una foto en La Séptima. ¿Dónde vive?

–Vivía en algún cuarto de los inquilinatos de La Perseverancia.

–Su cámara lo dice –me interrumpió. Y agregó–: me la tomó el día que celebraron los 25 años de lo del Palacio de Justicia.

Mi imaginación voló décadas atrás.

–En esa época, no recuerdo bien –me limpié el hielo de la frente–. Desde que apareció, me viene fallando la memoria.

Manuel apartó la atención de los simulacros de apuntes que había anotado en mi libreta y observó que mi primo tomaba un libro del estante de la Poesía de Humor. Él ordena los libros por temas, subtemas, y no por las pastas y el tamaño, como yo; o por el aroma, como Nairét.

–¡Ya! –exclamé–. Desapareció cuando el Holocausto del Palacio. Pero los suyos nunca salieron de Vayotá y los campesinos no creen en las desapariciones y nunca averiguaron su suerte.

–Pero creen en las apariciones.

Imágenes remotas empezaron a agitarse en mi memoria. En 1985 yo terminaba primaria y en compañía de papá iba a leer a la Luis Ángel Arango. En las semanas posteriores nos parábamos en el monumento de Bolívar y en voz baja papá hacía comentarios de El Holocausto y yo imaginaba llamas, y en las llamas veía rostros y en el humo oía gritos. Las palomas volaban como cuervos insatisfechos y, a través de la cerca de púas y policías, yo alargaba la mirada y papá susurraba que los milicos les impedían a los investigadores tomar muestras de las cenizas. Yo quería saber por qué y papá me arrastraba de la mano, ¡vamos, gato!, me decía y suspiraba. Eran recuerdos quemantes; pero no podía convertirlos en palabras.

–También pueden estar en varios lugares al mismo tiempo –Manuel afirmó–. Es la principal ventaja de los que regresan.

Me sentí responsable de las acciones de mi primo y la culpa me sobrecogió. Si estaba, ahí, revisando los libros, también iba con los amigos que habían salido cuando nosotros llegamos. En mi ausencia, ingenuo y lenguaraz, podía delatar las torpezas de mi niñez. Me llevaba 14 años y yo le hablaba locuras y él me premiaba con golosinas. Las carcajadas retumbarían en La Terraza y, luego, con metáforas simples les contaría sus misteriosas andanzas; no sólo a pedirme el teléfono había regresado. Me controlé. Si bien mi relación con ellos no era óptima, tampoco era mala, y no estamos en épocas de generar sospechas por la falta de tacto de un fotógrafo que, después de 25 años, aparece como si no hubiese pasado un instante. Quise disculparme de antemano; pero lo vi dirigirse a Nairét. ¿Qué le contaría? De libros podrían hablar nada; las materias de una carrera inconclusa en la Inca, le había impedido salir de las fronteras de los cuadernos, y los fotógrafos, como los pintores, olvidan lo poco que han leído antes de dedicarse a su vocación. Quedó de perfil y en tan larga ausencia ni siquiera se había dejado crecer la barba. Profundicé la mirada y usaba la misma chaqueta. En el hombro derecho exhibía su Kodak viejísima.

–Tal vez nos quiere encartar con sus fotografías –como si quisiera ayudarme a salir de los recuerdos, me dijo Manuel José–. ¿Dónde trabaja?

–Donde fuera, llevaba la Kodak.

–En esos años preferían La Séptima y la Plaza de Bolívar.

–La ley persigue sus testimonios hasta en los infiernos.

–¿Jamás ha entrado un fotógrafo a los cielos?

–Les eliminan las fotografías –traté de aclararle–. A otro le borraron el fantasma del aire.

–¿No te han contado de los que se han ido con sus fotografías?

–Este caso es lo contrario. Ha regresado con su vieja Kodak de rollos.

–Hombre, John, entonces, ¿nos puede develar algunos secretos?

–Ojalá no –temblé y, como pidiendo disculpas, agregué–: Ni muertos los artistas aprenden a ser discretos.

–No me molesta la visita de los amigos de los amigos, menos las de sus parientes, ya te dije.

Nairét asomó contenta y, en medio de los estantes de libros, se veía espléndida. Cambió el semblante cuando observó una de las fotografías. Manuel tiene una experiencia superior a la mía y le dijo:

–A un buen fotógrafo cualquier espanto le sirve de motivo. ¿Me las dejas ver?

–Pero no sé cómo aparecieron en mis…

–Hay muertos –me apresuré a interrumpirla–, hay gente que no envejece –corregí–. De ti no dicen que revelas 30 cuando vas a cumplir 25, perdón, ¡cuando ya cumpliste los 35!

Mientras le recibía las fotos, sonriendo, Manuel se adelantó:

–O si el primo se quita la muerte y empieza a vivir y se deja la barba y…

Las Nairét por todo ríen y sus dientes, blanqueados la semana anterior, le ayudaban ocultar sus confusiones.

–¡Manuel José, tú siempre con tus bromas! ¿Pero de qué hablan?

Volví a fijar la atención en su rostro y la habilidad verbal de Manuel José había logrado no dejar entrever la auténtica naturaleza de mi primo. Sonreí. Tampoco le dejaría ver las fotos que habían motivado su regreso.

–Hombre, John, ¿y cuándo vuelves?

Nairét no se sintió invitada y quiso pedirle las fotos; pero yo me apresuré:

–Mañana las llevó. El fotógrafo me las ha enviado contigo para que yo se las entregue a Manuel. Discutieron el viernes en La Terraza y vino con los amigos a buscar la reconciliación; pero llegamos nosotros. Sabe que Manuel y yo nos llevamos bien y se quedó.

–¡No entiendo nada!

–Es imaginativo y quiero hablar con él. Asuntos de credos y abstinencias no se deben mezclar con el arte.

Mientras intentábamos una respuesta convincente, mi primo le había dado la vuelta a los estantes. Manuel y yo alargamos la cabeza y Nairét estudió nuestra mirada.

–¿Vengo mañana a las nueve? –le pregunté.

–¡Qué bueno! –fingió Manuel–. Estas fotografías son las que el viernes me dijo que se negaba a llevar a la oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

–¡Oh, es por lo alto! –exclamó Nairét.

Manuel se puso rojo y continuó:

–Eso motivó que los amigos dejaran los brindis de copas cruzadas para darle paso a las discusiones propias de los abstemios.

Siguió barajando las fotos y la mayoría eran en blanco y negro. Las de bordes amarillentos tenían manchas de moho o ceniza y otras reflejaban extraños puntos de luz, quizá, donde antes habría podido reconocerse algún rostro.

–¿Por qué no vienes en una hora y vamos los tres?

Por segunda vez Nairét se sintió excluida y se puso digna.

–¡O los cuatro!

–Imposible, debo llevar los niños a la película de payasos asesinos. –Nos miró duro–. ¡Pero no entiendo de qué hablan!

Miré la pared y el reloj estaba inmóvil y, atónito, pensé que había regresado a señalar la hora de 25 años atrás. Manuel José no ignoraba la naturaleza nerviosa de Nairét y le preocupaban mis incoherencias y disimulaba barajando las fotos sin mirarlas.

–¡Ahora no sé qué callan!

Quise llamar a mi primo y escucharle el motivo que lo inducía a dejarnos las fotos. ¿Dónde está? No podía ser. Imaginé a Manuel haciendo pesquisas a solas y me puse en su lugar.

–¿Me puedes prestar la Antología de humor? –le dije y a paso largo recorrí unos doce metros y me detuve en los estantes en que había aparecido.

La puerta del solar estaba semiabierta y el silencio excedía el de un inquilinato abandonado en otra dimensión. Di la vuelta y en el estante de la Poesía colgaba la sombra de una Kodak viejísima. A paso lento regresé y a paso lento Manuel avanzaba hacia mí. De reojo miró a Nairét preocupada por salir.

–Hombre, John –me dijo–, no debías pasarte de vivo inventando la aparición de un primo para robarte mi antología.

Le mostré las manos vacías.

–A propósito, ¿se va con ustedes?

Encogí los hombros y con el temblor de los labios le decía, ¿se la llevaría a cambio de las fotos? Intenté sonreír y Manuel entendió mi mueca y se puso a buscar las llaves.

Abriendo el portón, dijo duro:

–Se la debió llevar alguno de los amigos. Cuando la rescate, te la prestaré.

Miró hacia el fondo de la biblioteca y, luego, nos dijo:

–¡Muy agradable la visita!

–Deberías quemarlas –Nairét, por fin, dijo–. Por lo que alcancé a ver, la mayoría son del Holocausto del Palacio de Justicia y si te pescan…

–Si no llegamos antes de ayer, los niños no podrán ver los payasos malos, vamos.

A una distancia prudente de la casa oímos una huida de libros y con disimulo adelgazamos el oído. El ruido se prolongaba en el solar y evitamos mirarnos.

–¿Por qué siempre les gusta hablar en clave? –en la mitad de la cuadra me dijo–. Eres igual de raro a tus amigos. Cómo Manuel José puede tener colgada la sombra de una cámara tan vieja en esa biblioteca tan bella.

Aumenté el paso y ella apretó a un más mi mano. En la esquina volteó a mirar:

–Sigue bobo con las benditas fotos ¡y no sé cómo diablos aparecieron en mis manos!

Víctor López Rache (foto)

 

Valdivia; Selección; Encuestas; Piñera 1 y 2

Logo-FederacionChilenaDeFutbolValdivia. Me perdí el momento en que Jorge Valdivia pasó de ser el borrachito del bautizazo, que atacó maleteramente a Claudio Borghi (el tonto que le alcahueteaba sus borracheras en la Selección), a ser “el intelectual del fútbol” en que aparentemente se convirtió. En qué momento se volvió personaje, él, que culpa a los árbitros cuando pierde Colo Colo, y con pedantería habla de la grandeza de Colo Colo cuando gana el equipo. ¿Cuándo pasó de ser un tipo sin estado físico (por el alcohol) a ser analista de la Selección de Chile, y considerar la táctica y estrategia, y la condición humana y profesional de Juan Antonio Pizzi como algo deplorable? No supe cuando pasó de última opción a imprescindible. ¿Será obra de la payola? Me parece tan tonto que elogien un pasesito que haga Jorge Valdivia en un partido, como algo decisivo en el fútbol chileno. ¡Si su trabajo es hacer pases! Como si exaltáramos, hasta la gloria eterna, cada vez que un goleador hace un gol. ¡Su trabajo es ese, meter goles! No me digan que estará en la próxima Selección del mundial de 2022. ¿Será tan fuerte la payola, para que lo incluyan? ¿Tendrá estado físico para llegar allá dentro de cuatro largos años?

Selección. Que dejen ya de quejarse por lo que ocurrió (o lo que no ocurrió) con el mundial 2018 de fútbol: Chile no estará ahí. Ahora es cuando hay que empezar a armar la nueva Selección. Una sin Valdivia, sin Beausejour, sin Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, y sin el resto de borrachitos que conocemos. Habría que partir con uno, solamente, de los actuales: Claudio Bravo. Único tipo serio, con estatura de Selección Nacional. Al resto hay que cambiarlos a todos. Y para conformar la nueva Selección que Chile necesita hay que empezar ya. Quizás baste el tiempo para tenerla a tono, cuando sea el momento, ya que hay en Chile unos 200 futbolistas profesionales, de los cuales sería imposible que no se puedan escoger 12 o 20 que sirvan para representar el país. Olvidarnos ahora mismo de los ‘cracks’ de hoy, que no lo serán (y esto es garantizado) dentro de 4 años. Estamos demorados para hacerlo. Hay que empezar ya.

Encuestas. Por enésima vez, decir aquí que las encuestas políticas son una manera sutil de manipular la mente de las personas, para sembrarles ideas que les sean útiles a quienes hoy detentan el poder. Las encuestas de la pasada campaña daban como ganador al derechista Sebastián Piñera, con más de un 50% de los votos. ¡Mentira! A duras penas llegó al 36,64 %. Las encuestas dijeron que Beatriz Sánchez no existía. Mentira, porque sacó el 20,27 % de los votos (1.300.000) Y dijeron que Carolina Goic iría a segunda vuelta, con Piñera, y sacó el 5,88 % de los votos. Las encuestas son una manera sutil de manipular las mentes de los ciudadanos. Son una ficción. Entidades repudiables como el Centro de Estudios Públicos (Cep), financiado por personas repudiables que tienen conductas delictivas como los Matte (coludidos en el vergonzoso caso del papel higiénico), el Cep reproduce lo que los Matte (y los demás de esa élite mandada a recoger) quieren. No más encuestas. Eso es para tontos. Pero ¿cuándo dejarán los medios de comunicación de prestarles atención? Nunca, porque los medios de comunicación son propiedad de los mismos de esa élite de Matte, mandada a recoger.

Piñera 1. El cinismo se personificó en Sebastián Piñera. El suyo fue un gobierno pésimo, piñeracon un Censo nacional que fue un robo, obras civiles como el puente Cau Cau que fueron un robo, y muchas otras falencias que se haría largo enumerar. Pero de todo lo malo, mencionar que el país creció durante su gobierno, solamente el 4%, en comparación con los últimos 15 años de crecimiento superior. De modo que es puro cinismo cuando dice que él hará crecer a Chile. Es cinismo cuando dice que “vamos a aumentar la gratuidad en la educación”, porque a renglón seguido añade: “siempre y cuando el crecimiento económico nos acompañe”. Nada de lo que diga este señor podrá tomarse en serio. Miente, como El Mercurio. Hay un repudio general por su pasado y por su actual verborrea mentirosa.

Piñera 2. No puede dejarse pasar por alto la acusación del candidato Sebastián Piñera, según la cual en la primera vuelta electoral hubo votos marcados en favor de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. Yo creo que esto merece una investigación penal. Merece, inclusive, suspender las elecciones hasta que el asunto lo aclaren las autoridades electorales y penales. Aplazar la fecha de las próximas elecciones hasta que se establezca de manera fehaciente si el señor Piñera miente, o no. Si miente, no debería poder seguir en carrera electoral, y, en cambio, ir a la cárcel por difamación y calumnia y menosprecio a las instituciones chilenas (traición) Una acusación tan grave no puede dejarse pasar por alto. Y menos excusarse con que no debió haber dicho eso, y como si nada hubiera ocurrido.

 

‘Míster Taylor’ de Augusto Monterroso

Augusto Monterroso–Menos rara, aunque sin duda más ejemplar –dijo entonces el otro–, es la historia de míster Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió –previa indagación sobre el estado de su importante salud– que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y –no se sabe de qué modo– a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer.”

Augusto Monterroso (foto)

 

‘Aeropuerto de Funchal’ de Martínez de Pisón

ignacio martínez de pisónLa última noticia que tuvo de Frank fue una postal enviada desde Madeira. De eso hacía cuatro años, y en realidad aquella postal no parecía que le estuviera destinada. Con una firma ilegible y un texto anodino (muchos saludos y recuerdos, alguna pregunta del tipo ¿qué tal vosotros?), la dirección que figuraba en su mitad derecha era la suya, la de Elena, pero los destinatarios no eran ni ella ni Carlos, su marido, sino una familia apellidada Pajarito. Había sido precisamente Carlos quien, de vuelta del despacho, la había sacado del buzón, y mientras se la enseñaba no había podido evitar un comentario chistoso: “¿Cómo puede ser que alguien se apellide Pajarito? Yo en su caso me lo cambiaría por Pajarraco: impone más respeto”. Ella contuvo por un instante la respiración y pensó en Frank. Pajarito, parajito mío. Ése era el apelativo cariñoso que Frank solía dedicarle en la intimidad, y Elena estuvo segura de que su antiguo amante había recurrido a esa clave privada para hacerle saber que en aquella lejana isla portuguesa seguía pensando en ella.

Pero desde entonces habían pasado cuatro años, y ahora Carlos y Elena estaban en un Airbus 319 de la compañía portuguesa Tap que se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Funchal. La idea del viaje había sido de él. Hacía mucho tiempo que no viajaban solos, y dos días antes Carlos había aparecido por la tienda de antigüedades de ella agitando como un abanico los billetes de avión: “Ya puedes ir haciendo la maleta. Nos vamos”. Había visto el anuncio en el escaparate de una agencia de viajes y no había podido resistirse a la tentación de hacer una locura. Ésas fueron sus palabras, hacer una locura, y Elena hubo de reconocer que también ella lo necesitaba, que la estimulaba la simple perspectiva de romper con la rutina y olvidarse por unos días de clientes y compromisos. Sólo al llegar al aeropuerto de Lisboa, donde debían conectar con el vuelo a la isla, había sentido una primera punzada de decepción: el suyo era el típico viaje organizado, y el resto del grupo estaba formado por matrimonios de jubilados y señoras mayores con aspecto de viudas. Tal detalle acaso habría resultado trivial si el suyo no hubiera sido, como de hecho era, un matrimonio ciertamente descompensado. Ella, con cuarenta años recién cumplidos, se consideraba aún una mujer joven y bonita, y los catorce años y dos meses que Carlos le llevaba le acercaban de forma irremediable a todos esos compañeros de viaje, que parecían no tener otra cosa de qué hablar que no fueran médicos, operaciones y achaques de la edad.

En el autobús que les recogió en el aeropuerto le pareció evidente que el trato que aquellos hombres y mujeres les dispensaban no era igualitario. Se dirigían a Carlos con una rara familiaridad, como si desde el principio hubieran dado por supuesta su integración en el grupo, y reservaban para ella una gentileza algo distante y cautelosa. Luego, en el vestíbulo del hotel (el Carlton, uno de los mejores de la isla), uno de esos carcamales se le acercó para comentarle con un guiño cómplice que la última noche estaba prevista una fiesta con karaoke, y lo que hasta entonces había sido sólo fastidio dejó paso a una poderosa sensación de disgusto. ¡Una treintena de viejos emborrachándose y dando gritos ante un micrófono! ¿A eso era a lo que Carlos llamaba hacer una locura?

En la habitación, ya a solas, mantuvieron una breve discusión. “No seas tan seca, mujer. Hemos venido a pasarlo bien”, le dijo él, y ella ni siquiera se molestó en disimular su irritación: “¿De veras crees que con gente como ésa es posible pasarlo bien?” Carlos, acostumbrado a sus arranques de mal humor, esperó pacientemente a que se desahogara, y al final dijo: “No hace falta que vayamos con ellos a todas partes”.

Y es verdad que al día siguiente sólo coincidieron con los demás a la hora del desayuno, algo casi inevitable, y a la de la cena. El resto del tiempo lo pasaron solos. Visitaron la catedral, el puerto, la plaza del Ayuntamiento, un par de museos de escaso interés, tres o cuatro palacios recientemente restaurados. Pasearon entre los árboles exóticos de un parque, cada uno de ellos con un cartelito que indicaba su país de procedencia, y también por los jardines del que debía de ser el palacio del Gobernador, con vistosas fuentes, bustos de próceres locales y miradores que se asomaban al Atlántico. Recorrieron asimismo las calles del centro de la ciudad, entre las tiendas de ropa y de souvenirs, entre las cafeterías con terraza y los restaurantes para turistas, y Elena, silenciosa, no podía dejar de pensar en Frank, que cuatro años antes había tenido que pasar por esos mismos lugares y que quizá se había detenido ante los mismos escaparates y había admirado esos mismos árboles de tronco inmenso y frutos como salchichas.

De vez en cuando la asaltaba la misma fantasía, la fantasía de que Frank seguía en la isla y le salía al paso en uno de esos jardines o una de esas calles. Frank, el viajero impenitente que sólo leía a Bruce Chatwin, el joven eterno que vivía como si el futuro no existiera, el vitalista que no obedecía más que a sus impulsos, el aventurero sin hogar y sin familia… Frank. ¿Alguna vez alguien así se habría instalado en una isla como Madeira, especie de inmenso geriátrico enclavado en mitad del Atlántico? Era absurdo, y Elena lo sabía. Lo más probable era que Frank, músico de profesión, hubiera llegado a aquel sitio con alguna de las orquestas que ocasionalmente le contrataban y que su estancia allí no hubiera superado las dos o tres semanas, quizá ni siquiera eso. ¿Dónde estaría ahora? ¿En qué rincón del planeta? Estuviera donde estuviera, hacía tiempo que debía de haberse olvidado de aquella isla y del contacto que desde allí había tratado de establecer con su ex amante a través de una postal en clave. Para Elena, en cambio, los nombres de Frank y Madeira habían quedado definitivamente asociados desde entonces, y el simple hecho de encontrarse en ese lugar avivaba una inequívoca sensación de proximidad con respecto a él. ¿Cómo habría sido el reencuentro? ¿Qué saludos habrían intercambiado? ¿Se habrían dicho “hola, pajarita”, “hola, pajarito”, como en aquella época? Resultaba agradable dejarse llevar por esas ensoñaciones, y lo único malo era que éstas se desvanecían al menor contacto con la realidad. Una realidad que en aquellos momentos se materializaba en la persona de Carlos, ese intruso en sus fantasías, ese visitante inoportuno. Volvió de repente la vista hacia él y se descubrió odiándole, odiándole con todas sus fuerzas, y el suyo no era un odio momentáneo o circunstancial sino un odio que hundía sus raíces en lo más profundo de sí misma, en cierta mañana de hace más de cuatro años en que tuvo que elegir entre la estabilidad sin pasión y la felicidad sin futuro.

El tercer día estaba programada una subida a la iglesia de Santa María do Monte, y Carlos, razonable como siempre, dijo que no tenía sentido que fueran por su cuenta, dado que todos aquellos gastos estaban incluidos y que, de todas formas, era lo único de Funchal que les quedaba por ver. “Nos los estaríamos encontrando sin parar”, comentó en alusión a sus compañeros de viaje.

El autobús les esperaba ante la estatua de la emperatriz Sissí, con la que varios de aquellos viejos, infatigables, insistían en hacerse fotos, y, después de un recorrido por calles ya conocidas de la ciudad, les dejó en la cola del teleférico. Cada una de las cabinas tenía capacidad para seis personas. A ellos les tocó compartirla con cuatro señoras del grupo. Una de ellas, la más parlanchina, se pasó un buen rato diciendo que Carlos era igualito, pero igualito, a un hermano suyo que acababa de casarse por tercera vez. Carlos se sintió o fingió sentirse halagado por la comparación y, mientras la mujer contaba la historia de su hermano, que había empezado de la nada y ahora tenía una planta de galvanizados que daba trabajo a más de treinta personas, Elena buscó alivio en la vista aérea de los tejados de la ciudad.

Unos cuantos minutos de conversación y la certeza de poseer algo en común, aunque sea algo tan frágil como eso, una supuesta semejanza física con quién sabe quién, pueden en determinadas circunstancias bastar para improvisar breves alianzas. Eso es lo que, a ojos de Elena, ocurrió entre su marido y esas señoras, que, una vez concluido el trayecto en funicular, parecían haberse vuelto inseparables. Visitaron juntos el Jardín Botánico, y juntos compraron bordados en la Quinta do Monte y se fotografiaron en las escaleras de la iglesia, y en realidad Elena no estaba segura de preferir la compañía única de su marido. El grupo sólo se deshizo cuando llegó la hora de montarse en los llamados carros do monte, y eso porque en cada uno de aquellos pintorescos vehículos no cabían más de dos pasajeros. La guía turística, citando a Hemingway, lo había anunciado como la parte más excitante de la excursión: una bajada de cuatro kilómetros metidos en unos grandes cestos de mimbre, una especie de trineos sin patines que se deslizaban por una carretera empinada y sinuosa. La fila de carros aguardaba a los turistas al pie de las escaleras de la iglesia. Cuando les llegó el turno a ellos, Elena observó la gastada tapicería del asiento y se colocó junto a su marido. Aquello inspiraba cualquier cosa menos seguridad. El descenso se inició cuando los dos carreiros, unos hombres de aspecto desnutrido, con camisa y pantalón blancos y sombreros de paja, empujaron su carro cuesta abajo. Apenas unos segundos después habían alcanzado ya una velocidad considerable. Los carreiros iban detrás, subidos al estribo, y en las curvas más cerradas y los cruces de carreteras saltaban a la calzada y giraban o frenaban tirando de una cuerda que llevaban enrollada en la muñeca. De vez en cuando paraban y con unos trapos deshilachados engrasaban los bajos del carro, y entonces los escasos automóviles que les seguían aprovechaban para adelantarles. Elena no sintió el peligro hasta que llegaron al cruce y por el lado izquierdo apareció la motocicleta. Uno de los carreiros saltó a destiempo y sólo consiguió frenar cuando ya ellos dos habían empezado a gritar: “¡Cuidado!” El incidente al final quedó en nada, el carro dando una vuelta completa sobre su propio eje, la moto derrapando interminablemente en su intento por esquivarles, pero Elena se llevó un buen susto y, con la voz entrecortada, dominada aún por la excitación, se volvió hacia su marido y no pudo evitar exclamar: “¡No lo aguanto más! ¡Tenemos que separarnos!” Carlos la miró sin decir nada. El motorista siguió su camino y ellos reanudaron el descenso. Cuando por fin bajaron del carro, él dijo: “Estabas nerviosa”. Y ella repitió: “Tenemos que separarnos”.

Pasaron el resto del día en el hotel. Carlos se mostraba esquivo, taciturno. Tampoco Elena tenía muchas ganas de hablar. Cenaron en la misma mesa que las mujeres del teleférico. Luego volvieron a la habitación, y Carlos dijo nada más: “No puedes hacerme esto. Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría”. Ella no contestó. Había dicho lo que había dicho sin pensar, pero ahora le parecía que esas palabras fortuitas habían revelado sus deseos más profundos y genuinos. “Dime que no me vas a abandonar”, insistió él, “dímelo”. Elena bajó la cabeza y se metió en el cuarto de baño.

El día siguiente era el último, antes del viaje de vuelta. Estaba previsto que visitaran un pequeño puerto pesquero llamado Calheta y que cruzaran la isla por Paúl da Serra y que recorrieran el norte de la isla, con paradas en la antigua capital, Sao Vicente, y otros pueblos de interés turístico. Elena, sin embargo, dijo que no se encontraba bien y que prefería quedarse a descansar en el hotel. Carlos no insistió. Le dedicó un vago gesto de despedida y salió de la habitación.

Permaneció acostada hasta más tarde de las diez. Bajó a la cafetería cuando ya había concluido el horario de desayunos, pero no le importó. Salió del hotel en busca de una terraza donde tomar un café y se descubrió recorriendo las mismas calles, los mismos jardines y parques que dos días antes, pero ahora a solas, sin su marido. Podía pues entregarse libremente a sus fantasías y evocaciones, y con una sonrisa en los labios recordó la noche en que Frank y ella se conocieron, en el hotel en que se celebraba la fiesta de clausura del Salón de Anticuarios. Frank era uno de los músicos de la orquesta, y Elena no pudo apartar la vista de él desde que coincidieron en las puertas giratorias de la entrada. Lo demás fue sencillo, una copa juntos, el mismo taxi, el intercambio de números de teléfono, y mientras se despedían ella tuvo la rara certeza de que ya no podría renunciar a él. De que pensaría en Frank a la mañana siguiente, y seguiría pensando en él a la otra y a la otra. Sí, lo suyo por Frank había sido auténtica pasión, un sentimiento que no recordaba desde hacía muchos años y para el que creía haber quedado inhabilitada con el paso del tiempo. ¿Volvería a experimentar lo mismo si ahora se reencontraran? La figura de su marido había desaparecido hasta de su imaginación. Elena se veía a sí misma como una mujer separada, libre, y de golpe se preguntó qué pasos habría de dar para localizar a Frank. ¿Mantendría contacto con aquel amigo suyo, el dueño del bar en el que solían citarse? Y aquellos músicos con los que habían estado en alguna ocasión, ¿tendrían alguna idea de su paradero? Se imaginaba otra vez entre los fuertes brazos de Frank, y en su interior volvía a percibir la misma zozobra placentera que la había atenazado la noche de su primer encuentro íntimo.

Comió en el restaurante del hotel y después del postre aceptó probar la copita de puncha que el camarero le ofreció. Las primeras noticias llegaron algo más tarde: uno de los turistas del grupo se había despeñado por uno de los barrancos del interior de la isla. Aún no se sabía si era hombre o mujer ni si estaba muerto o sólo herido, pero ella recordó las palabras de su marido (“Sería incapaz de vivir sin ti. Me mataría”.) y empezó a temer que se tratara de él, de Carlos. El gerente del hotel hizo varias llamadas telefónicas, y poco a poco los temores de Elena se fueron confirmando. Sí, era un hombre. Y, sí, parecía ser que había muerto. “¡Carlos!”, exclamó, llevándose las manos a la cara.

El gerente intentó tranquilizarla y le dijo que tal vez hubiera un error y que, en todo caso, la identidad del accidentado seguía siendo un misterio. Elena negó con la cabeza y dijo: “Es mi marido. Estoy segura”. Ignoraba cómo podían ser los montes y paisajes de esa parte de Madeira y, sin embargo, la imagen de Carlos alejándose del autobús y de los otros turistas y arrojándose a un precipicio como quien salta a una piscina se le representaba con la nitidez de una película que en ese momento estuviera proyectándose ante sus ojos. “Será mejor que suba a su habitación. La mantendré informada”, dijo el gerente con expresión afligida, pero ella prefirió no moverse de allí, de aquel despacho al que la policía se había comprometido a llamar en cuanto dispusiera de nuevas noticias. “Agua, necesito beber agua”, pidió poco después.

El hombre la dejó un momento a solas y Elena prorrumpió en un llanto desesperado, incontenible. ¡Con lo que se habían querido, y ahora él estaba muerto! Recordó su sonrisa amplia y su mirada serena. Recordó también la voz temblorosa y casi infantil con la que, quince años atrás, cuando ella era todavía una jovencita y él ya un hombre hecho y derecho, le había declarado su amor. Los recuerdos se agolpaban, y eran siempre recuerdos de sus años de dicha y plenitud, de la época en la que ninguno de los dos podía concebir la vida sin el otro. El brevísimo noviazgo, el viaje a Egipto, el arreglo de la casa que ambos habían considerado definitiva, los veranos en aquel hotelito mallorquín que disponía de una playa casi privada… Muerto Carlos, era como si todos aquellos recuerdos en los que él aparecía dejaran de ser recuerdos para convertirse en pura invención, como si ese tiempo feliz nunca hubiera llegado a existir. ¿Y Frank? No había vuelto a pensar en él desde las primeras noticias sobre lo ocurrido y, cuando lo hizo, ya nada era lo mismo. Ahora el intruso en sus sentimientos, el visitante inoportuno, era él, su ex amante. Qué injusta había sido al comparar a su marido con la intangible figura de Frank, un ser que pertenecía más al orden del deseo que al de la realidad, criatura más idealizada que ideal, sin otro tamaño que el de sus propias fantasías, y por eso mismo rival poco menos que imbatible para Carlos. ¡Ay, qué culpable se sentía por haberse dejado arrullar por tan tramposas ensoñaciones! “¿Quiere otro vaso de agua?”, le preguntaba de vez en cuando el gerente, respetuoso siempre de su dolor de viuda.

Luego alguien anunció que el autobús acababa de llegar, y Elena se encontró de golpe en el vestíbulo, viendo entrar turistas de ojos llorosos y expresión descompuesta. Una de las señoras del teleférico se echó en sus brazos y ahogó un sollozo. “Ha sido horrible”, repetía, “horrible”. Por encima del hombro de aquella mujer vio aparecer la figura de Carlos. Llevaba una gorra con el dibujo de un pez espada, y la nariz, como siempre que le daba el sol, se le había empezado a pelar. Se saludaron con un beso en la mejilla y Carlos dijo: “Con lo simpático que era ese hombre… No paraba de hacer planes para el karaoke de esta noche”. Elena asintió muy despacio y, mientras lo hacía, notó cómo un rencor antiguo renacía en su interior, renovado, intacto.

Ignacio Martínez de Pisón (foto)

 

‘Por la trocha’ de Juan Cárdenas

Juan CardenasCasi, casi pero no pude. Algo me despierta, un ruido. Tengo la entrepierna toda empapada, no alcancé, sigo medio dormida. Casi, casi pero no. El viento sopla en el cafetal, quizás la rama de un árbol que cayó sobre los arbustos. Me da risa y un poco de vergüenza porque estaba soñando con Johnnier, el muchacho que cuida la finca entre semana.

Por la tarde fui a pedirle las llaves de la casa y sentí algo raro en su manera de extender la mano. Algo en su olor, en esos andares suyos como de simio que normalmente usa para intimidar a los demás. Solo que esta vez parecía caminar así para agradarme, con un tumbao medio irónico, la ironía dirigida contra él mismo, coqueto, como si dijera: ¿te has dado cuenta de que camino así, tipo simio? ¿Te has dado cuenta de que utilizo muy bien esta pose de bestia y que consigo parecer menos avispado de lo que realmente soy?

Quizás me estoy inventando todo. Sigo medio dormida. Debería abrir los ojos y asomarme a la ventana o al pasillo para ver qué fue ese ruido. No es la primera vez que me equivoco leyendo rituales de apareamiento donde no los hay. Luego voy, me lanzo y hago el ridículo, me expongo mucho, hago que mi deseo salga así nomás, sin filtro. La cantidad de chascos que me he llevado. Mis amigas dicen que una mujer tiene que hacerse desear. Yo nunca supe cómo ni por qué una mujer se hace desear. Si yo quiero algo lo pido. A mis amigas les parece que esa actitud desafiante es más propia de un hombre. Johnnier, lo veo ahora con absoluta claridad, es mucho más inteligente de lo que aparenta. ¿Y si fuera a buscarlo a su casa? ¿Y si me levantara, si saliera a la oscuridad y ensillara la yegua y cabalgara en plena noche para ir hasta su casa? Es mucho trabajo, sobre todo porque la yegua está descansando y sé que no le gusta que la despierten a deshoras. Se enoja, se pone arisca y revira. Pero, ¿y si me animara a hacerlo? Nada me lo impediría. Nada. ¿Si me fuera por el camino estrecho, el que baja por la loma, atraviesa el potrero malo junto a la ruina de la antigua casa, bordea el río, lo cruza por un puente de guadua y, después de remontar otra loma empinada, llega hasta la casa de Johnnier, si llegara a la casa de Johnnier y llamara a su puerta y, después de inventarme alguna excusa para estar allí a esta hora, si él me hiciera pasar y me ofreciera un tinto o lo que fuera, o incluso un aguardiente? La idea de hacer eso me despierta, ahora sí, del todo. Los ojos abiertotes en la oscuridad animal de mi plan: cabalgar en medio de la noche para ir a tocarle la puerta a un campesino y encamarme con él. Cumplir en la vida real lo que hace unos segundos estaba paladeando en sueños. La verga durísima de Johnnier en mi mano. En mi boca. En otras circunstancias me parecería una osadía, pero estamos en el campo. Aquí hay otras reglas. En el campo, si vos querés, podés.

Ahora que lo pienso, tengo una arrechera que no es normal. No es la arrechera que germina desde el interior del cuerpo, no son esas ganas de cualquier día. Esta arrechera viene de afuera. Está aquí adentro de la pieza, sube de la superficie de la tierra y ahora, con los ojos bien abiertos, me parece ver una neblina negra, un poco más negra que la negrura ambiente, que se va metiendo dentro del cuerpo y luego, por puro capricho, sale por mi boca y se retuerce en las tallas de la cabecera para ir deslizándose sobre las cobijas otra vez, donde por fin vuelve a entrar en el cuerpo como pasada por un cedazo. Está aquí adentro pero viene de afuera. Por el enorme peso del mundo que se hace sentir ahí afuera, uno entiende que esta arrechera se forma en lo profundo del cafetal, en el ruido de pasos sobre las hojas secas, en la piedra recalentada que se fue enfriando con el avance de la oscuridad, en el nido inexplicablemente vacío que deja el azulejo entre las ramas de un guamo. Una rama podrida que cae y me despierta.

Hacerse desear. ¿Tendrá razón mi madre? O sea, saber callar, saber atraer la atención sin estridencias, capturar la mirada del otro y quedarse quieta como una cosa linda y pasiva. La inmovilidad y el silencio, la hábil administración de estas dos variables parece estar en el corazón del método. Normalmente me repugnaría asumir esa postura con cualquier hombre de la ciudad, lo encontraría denigrante, pero, ¿no fue eso mismo lo que hice esta tarde cuando Johnnier me estaba entregando las llaves y se pavoneaba caminando así? Fui cordial y distante, cualquiera diría que fui seca. Y a la vez, me dejé observar, dosifiqué sonrisas, me quedé perfectamente inmóvil para reducirme a una cosa linda que mira y, sobre todo, callé con dulzura y callé con firmeza porque la finca es mía, la compré yo con mi trabajo, con mi esfuerzo, con mi independencia. Yo soy la patrona, así que vamos jalándole al respetico. Algo así debí de transmitir con la mirada. Pero quizá me demoré más de la cuenta admirando la corpulencia de Johnnier, ese modo amenazante y cadencioso de dejarse caer para un lado y para el otro, el rostro como una superposición de transparencias con las fisonomías de varios animales, un oso encima de un murciélago encima de un caimán encima de un gato. El viento sacude el cafetal en rachas impredecibles que se intercalan con un silencio seco y largo. Tengo la entrepierna muy mojada, la arrechera no cesa, al contrario, se desparrama en la hondura de la oscuridad.

Vaya a saber en qué momento me levanto de la cama y a tientas busco la ropa, lo primero que encuentro por ahí tirado, los bluyines salpicados de barro, un saco de lana, las botas de caucho, la ruana cortaviento, el morral con cosas y el machete por si acaso, uno nunca sabe.

Salgo de la casa, atravieso el corredor sin encender ninguna luz, me acerco al establo. No quiero que la yegua se sobresalte, que recele de mí. Bastante me ha costado congeniar con ella, aprender a montarla sin provocar entre los jornaleros una risita jocosa. Pero la yegua ya está despierta y al ver la gelatina de sus ojos abiertos en la oscuridad tengo la impresión de que lleva todo este rato esperándome. Aparto la reja mientras hago chasquear mi lengua y palpo con la boca el olor a bestia noble que lleva concentrándose toda la noche en el establo. Le acaricio el pelo de la nuca. Parece cómoda, lista para emprender la aventura. La ensillo sin problema, luego la saco del establo tirando de la brida. A la luz de la luna, se deja montar, el peso de mi cuerpo menudito no la mueve ni un centímetro, apenas resopla. Qué delicia cabalgar en una noche clara. Cualquier atarván se pondría a silbar. Yo prefiero que el ruido nocturno me vaya dictando el paso. Oculta detrás de unos cafetos que debo apartar con el machete, se abre la trocha seca, un poco polvorienta porque hace días que no llueve. La yegua se va internando por ahí, maciza, briosa pero lenta. Sabe adónde vamos, sabe por dónde. Y como ella se hace cargo de llevarme, yo me distraigo y mi cabeza se va volando como a lomos de otro animal y así cobra forma un pensamiento extraño: esta finca no es mía. O sea, yo soy la propietaria. Yo la compré con mucho esfuerzo hará cosa de un año. Las escrituras están a mi nombre. Pero esta finca no es mía. La propiedad es un sentimiento. A veces de arraigo, a veces de dominación o una mezcla de ambas cosas. Pero yo en el fondo no siento nada de eso. No me siento ni arraigada ni dueña. Eso me lo puedo decir a mí misma con total libertad ahora que voy cabalgando en la oscuridad, alimentando la sensación de que me estoy metiendo en el interior del paisaje, vale decir, en el cuarto de máquinas del paisaje donde ahora, con el ojo acostumbrado a la tiniebla, me parece que puedo ver por fin el funcionamiento de sus engranajes, su complejo sistema de apariencias. El centro mismo, la fábrica donde se produce eso que de día nos parece tan pintoresco y tan bonito, tan inmóvil, haciéndose desear bajo la luz, en silencio, devolviéndonos la mirada. ¿Por qué compré esta finca? ¿Por qué me vengo para acá todos los fines de semana, muchas veces sin ninguna compañía civilizada? Y esta arrechera tan brava, ¿de dónde viene? La musculatura de la yegua mantiene la carga eléctrica viva entre mis piernas. Ya voy, Johnnier, ya llego. Voy a llegar a tu puerta, voy a llamar, primero con golpes suaves. Te voy a despertar, quizás. O quizás ya estés despierto, pensando en mí, esperándome. Dudando si deberías o no ensillar tu caballo para ir a buscarme, aunque yo sé que no te atrevés, sé que a pesar de todo me tenés respeto y un poquito de miedo porque sabés que yo soy la que manda. La arrechera forma palabras que se superponen dentro de mí como el follaje entre las sombras. La yegua avanza y avanza por el cafetal, recorriendo de memoria la trocha y casi me parece mentira que yo esté aquí, haciendo esto, a esta hora. Otra idea loca que se va destilando: que esta maquinaria secreta del paisaje podría ser parte del sueño de otra persona, las figuras, los arquetipos de un inconsciente ajeno. Que este paseo nocturno a caballo podría ser la fantasía misógina de alguien más que en este momento duerme y me sueña. O podría ser yo misma quien sueña. Podría ser yo misma otra persona, ahora mismo, un hombre, por ejemplo, que inventa todas estas cosas en una pesadilla. Y entonces esta yegua ya no sería una yegua sino mi pene. Y la trocha en el cafetal ya no sería una simple trocha que atraviesa un cafetal sino una alegoría. Algo más. Otra cosa. El emblema de quién sabe qué trauma. Esta idea, no sé por qué, me recuerda que traigo una linterna en el morral. Pruebo a ver si funciona y funciona, un chorrito desvaído de luz amarillosa huye espantado del aparato como el genio bobo de una lámpara. El follaje muestra algo de su color, inmovilizado por la sorpresa, aunque a la vez todo parece retorcerse de disgusto por la fealdad de la luz. Antes de apagar la linterna y sin ningún motivo en particular, alumbro varias porciones de mi entorno: las copas de unos árboles, una cerca de alambre de púa, el suelo polvoroso. Este pequeño acto de magia hace que se me venga a la cabeza otro tiempo lejano, un recuerdo que llega como caído de una rama. Yo era niña, debía de tener unos siete años, y mi papá me había llevado de paseo a un lugar muy parecido a este. Mi papá trabajaba como abogado en una empresa pequeña que vendía repuestos para camiones de carga pesada. Una vez al año, el dueño de la empresa organizaba un paseo a alguna de sus propiedades, pero solo invitaba a un pequeño grupo de empleados que, según su concepto, habían hecho méritos suficientes. Ese año le tocó a mi papá, por primera y última vez, formar parte de la comitiva, y él prefirió llevarme a mí antes que a mi mamá, porque solo se podía llevar un acompañante y a mi papá le pareció que yo disfrutaría mucho más de ese paseo en el que podría ver el campo, jugar con otros niños, nadar en el río y quizás, solo quizás, montar a caballo. No recuerdo haber hecho nada de eso, ni siquiera recuerdo que hubiera más niños. Solo otros empleados con sus esposas, comiendo un plato de sancocho detrás de otro, tomando cerveza y aguardiente. Por la tarde ya estaban borrachos, incluido mi papá, que llevaba todo el día incómodo, hablando solo por los rincones, caminando de un lado a otro de un corredor con una botella de cerveza en la mano, fumando sin parar. Yo jugaba sola en un costado de la casa y estaba empezando a aburrirme de mí misma cuando vi que mi papá se apartaba de los demás y se sentaba encima de una piedra enorme al borde de un barranco. Ya había visto a mi padre borracho y triste muchas veces, pero nunca antes lo había visto así de pensativo, como si la parte más dura de su espíritu estuviera siendo triturada, reducida a polvo en un mortero. Me acerqué y me acuclillé a su lado, pero no pronuncié palabra. Mi viejo me miró con una sonrisa amarga. Desde el borde de ese desbarrancadero se veía un paisaje lindo, muy parecido a este de aquí, las colinas de cafetales, los guamos, los guaduales, los guayacanes florecidos y algunos potreros con vaquitas. Los ojos de mi papá se bebían ese paisaje. Fumaba y bebía, fumaba y bebía. Allí, me dijo de pronto señalando hacia el barranco, ¿ves ese árbol quemado? Está quemado porque le cayó un rayo en el 47. Tu bisabuelo pidió que lo enterraran debajo de ese tronco chamuscado y allí está, si es que a algún gañán no se le ha ocurrido abrir la tumba pa buscar una guaca. Y aquí, al pie del barranco, donde están esas barras de hierro y esas poleas viejas, allí paraba el tren y se subía la carga de café que luego se llevaba en ferrocarril hasta Buenaventura. Un café de primera sacábamos aquí. Y por toneladas. Y estas fincas producían lo que usté quisiera, desde panela hasta plátano, yuca, carne, huevos, de todo. Se daba lo que uno sembrara. Mi bisabuelo llegó aquí con una mano atrás y otra adelante y después de batear oro en unas quebraditas por allá por Bolívar, con mucho esfuerzo, juntó y juntó de a poquitos hasta que pudo comprar las primeras tierras. Luego compró las de al lado y así hizo crecer la finca. Qué felicidad tan berraca la que vivimos aquí en esos años. Vos no te podés imaginar lo que era eso. Lo que pasa es que nada es para siempre. La felicidad dura muy poquito. Perdimos todo. Mejor dicho, nos lo quitaron. Al abuelo lo mataron. A sus hermanos también. Solo quedaron las mujeres y los niños. Y claro, uno sin tierra no es nadie. Oíme bien, uno sin tierra no es nada, es menos que nada, uno sin tierra es menos que un animal.

Mi papá se quedó un rato largo en silencio, fumando y bebiendo, fumando y bebiendo y al final me preguntó: ¿vos te imaginás que todo esto que ves aquí fuera tuyo? ¿Te imaginás que ahora mismo podríamos tener caballos y montar por esos potreros, vos y yo, viendo el ganado, los cultivos? Recuerdo haber hecho un gran esfuerzo para imaginármelo.

Unos días después de ese episodio mi papá renunció al trabajo en la empresa de repuestos. O quizás lo despidieron, no sé. Todo iba mal en esa época. Vivíamos muy justos de plata, yo iba a un colegio mal administrado por monjas españolas, mi mamá era cajera en los Almacenes Ley. A los pocos meses mi papá se separó de mi mamá y ya no lo volvimos a ver nunca. Dicen que se fue a vivir al Caquetá con otra mujer y otros hijos. También dicen que se fue a vivir a Panamá o que está preso en Estados Unidos. En fin, dicen un montón de cosas. Nunca me he preocupado por saber qué ha sido de él realmente. Tampoco le guardo rencor por habernos abandonado. Mi mamá fue feliz sin él y yo también, pude estudiar, dar clases en la universidad, ahorrar y hasta comprar finca.

Ahora la trocha deja el cafetal y empieza a estirarse en lo que aquí llamamos el potrero malo, el potrero donde el ganado no puede pastar porque se enferma. Desde aquí se ven las ruinas de la casa antigua, iluminadas por la luna. ¿Quién habrá vivido allí? O mejor, ¿desde cuándo nadie vive allí? Es la primera vez que me da por pensar en los propietarios anteriores. Durante unos instantes me entretengo en la fantasía de la ruina y, sugestionada, empiezo a ver cosas que se mueven en el hueco de las ventanas de la casa y me parece que oigo sonidos raros cuando las rachas de viento atraviesan lo que queda de la construcción. Voces, murmullos. Me da escalofrío y siento miedo por primera vez desde que se me ocurrió el disparate de salir a esta hora. Prefiero no mirar hacia la casa. Acelero el paso. La yegua también está nerviosa, no sé si porque le he transmitido el miedo o porque ella también percibe algo allí. Tengo pavor de mirar hacia atrás. De repente siento que me vienen siguiendo desde hace rato. Se me eriza todo el pellejo. Solo puedo mirar hacia adelante y cabalgar. La yegua responde bien. Somos aliadas en esto, me tranquiliza sentirlo así. Pronto acaba el potrero malo y, pasando una zanja poco profunda, ya se ve el río, que en esta época del año baja frío y poco caudaloso. No quiero mirar atrás. Solo quiero llegar a la casa de Johnnier. La yegua no trota sino que ya galopa a la luz de la luna. Me asusta que podamos caernos, pero me da más miedo detenerme y mirar atrás. Al llegar al puente de guadua, la yegua se detiene bruscamente. Oigo mi respiración agitada creciendo a mi alrededor y por momentos tengo la impresión de que esa respiración se desdobla, que le salen ecos, sombras alrededor, como si hubiera otra persona delante de mí, respirando con la misma fuerza, con el mismo miedo. La yegua sabe que no puede pasar el puente conmigo encima. Sabe que tengo que bajarme y guiarla tirando de la brida. Desmonto sin mirar atrás, me pongo delante de la yegua. Entonces tengo que decidir si me conviene más usar la mano libre para iluminarme con la linterna o para blandir el machete. Opto por lo segundo porque no está tan oscuro. Se ven bien las guaduas. Y si alguna amenaza se materializara en ese momento la linterna no me serviría de mucho a la hora de defenderme. Esa idea me hace reír y la risa me calma un poco.

Al llegar al otro lado del puente vuelvo a montar. La yegua también parece más tranquila. Se ve que era yo quien la estaba asustando con mis imaginaciones.

Subo por la pendiente al galope y por fin aparece la casa de Johnnier, que tiene un aspecto apacible. La casa de un hombre bueno y trabajador, pienso. Hay una luz encendida. De todas formas, antes de desmontar, hago pasear a la yegua por delante de la fachada para anunciarme como hace la gente de por aquí, con el ruido de los cascos. Nadie sale a asomarse a las ventanas.

Finalmente desmonto, amarro a la yegua y llamo a la puerta. A estas alturas compruebo que no queda en mi cuerpo ni rastro de la arrechera que me trajo hasta aquí. Pero ya es muy tarde, ya hice la locura, ahora toca asumir lo que venga.

La puerta se abre. Johnnier me mira con una cara ilegible. No entiende nada.

Buenas noches, dice, tímido. Le pregunto si puedo pasar. Él se aparta y me deja entrar. No disimula su perplejidad. Me da miedo dormir en mi casa, digo mientras él me ofrece una silla. Johnnier piensa un rato largo lo que va a decir. Puede dormir aquí, dice. Solo hay una cama, pero yo no tengo problema en dormir en la hamaca. Igual no creo que pueda dormir, dice bajando la voz.

Entonces se pone a colar café y me pregunta de qué tengo miedo. Y yo le digo que no sé, que me despertó un ruido.

Mientras hierve el agua, Johnnier se sienta frente a mí en otra silla y saca una botella de aguardiente. Me doy cuenta de que lleva horas bebiendo y que está borracho, aunque sabe disimularlo, en parte gracias a su corpulencia y a su habilidad para parecer firme, mirando a los ojos sin decir nada.

Yo también tengo miedo, dice, por eso no puedo dormir. Y yo lo miro sorprendida. ¿Miedo de qué?, pregunto.

Miedo de las brujas, dice. Me dan miedo las brujas. ¿Qué brujas?, insisto. Pues las brujas, repite, las de aquí. Están por todas partes. Me dan miedo. Mire cómo me dejan, se queja, casi sollozando, y me enseña unas cicatrices que le marcan toda la piel de la espalda. Viven en la casa vieja esas brujas. Si uno va de día las puede ver y parecen gente normal. Pero de noche… Yo ya no puedo más. Mañana mismo me voy de aquí. Hace días que no me dejan dormir. Ya no puedo más.

Juan Cárdenas (foto)