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‘Comunión’ de Marcos Crotto

MARCOSCROTTO(Con este cuento, Marcos Crotto ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en el 2011)

Caminaba entre las tumbas. No había más de veinte, adornadas con flores y cintitas. Una huerta de cruces perdida en la cordillera recibiendo los colores del cielo. Dejó la mochila sobre una lápida y en la pantalla de su cámara digital congeló una cruz de madera armada con dos troncos y un Cristo tallado en la corteza. Me gustaría que me enterraran en un lugar así, dijo. La piel blanca que la musculosa dejaba libre se le había puesto algo rosa en esos días. Le sacó fotos a un pajarito amarillo que movía la cabeza encima de una lápida y a un abejorro que se metía una y otra vez en la trompeta de una flor que se abrazaba a una cruz de hierro. Se sentó en una piedra y prendió un porro. Es como si los propios muertos, después de recorrer toda la tierra, hubiesen decidido entrar allí, dijo, en este lugar apartado de los hombres, y dormir para siempre en la roca de colores tan cerca del cielo. Christophe, que la esperaba apoyado contra la puerta del Mitsubishi, de brazos cruzados, oculto detrás de sus anteojos negros, le contestó que ya estaba fumada y le pidió que se apurara, quería llegar antes que se hiciese de noche.

Ya de nuevo en el auto, Virginie miró las fotos en la pantalla de su notebook. Le gustó una especialmente: se veía una tumba armada con ladrillos y una reja de lanzas en las que se entrelazaban flores azules y jarrones de cerámica; detrás de la tumba crecían yuyos verdes que contrastaban con los colores de las flores; más abajo, jirones de nubes deambulaban entre los pliegos de los cerros, de modo que el cementerio estaba arriba de la nube; al fondo resurgía una montaña vertical, el cielo y la tierra se confundían en esa imagen. La puso como protector de pantalla, reemplazando a su casa de Bordeaux en una mañana fría pero de sol.

El GPS adherido al parabrisas indicaba la existencia de arroyos, lechos secos, minados por piedras blancas que parecían osamentas de peces. Por algo el pueblo al que iban se llamaba Aguas Secas. Las paredes de la montaña doblaban con el camino. Naranjas, verdes, turquesas, amarillas, rojas. La montaña, dijo Virginie, era la paleta inmensa de un pintor que prepara los colores y que después no la toca porque advierte que la paleta es el cuadro. Sólo colores. Ese paisaje era lo mismo. La fuerza de los colores aislados de la materia. Él le preguntó si pensaba que encontrarían el cuadro en Aguas Secas. Ella se encogió de hombros y miró un rato la foto del cementerio, cerró la notebook, se reclinó contra la ventanilla, tal vez podía dormir. Christophe puso el disco de Ravel. De a gotas caía la fuerza del piano. Es una música lenta pero que no deja de avanzar, es mágica, dijo Virginie, descalza y apoyando los pies contra el parabrisas. Christophe le preguntó si la había tocado en algún concierto. Sí, dijo Virginie, me volví loca estudiándola, encima con Ravel hay que contar una historia desde las sensaciones, escuchá esta parte, ¿ves?, las notas imitan las campanadas que velan a un ahorcado, se repiten las campanas y se repite el miedo a la muerte, que va creciendo. No es una música, es una atmósfera que toca una música.

El camino ya parecía un serrucho, el disco empezó a saltar, las notas se repetían o volvían atrás. Mejor apagarlo y abrir la ventanilla. No sé por qué dejé el piano, dijo Virginie. Ya vas a volver, dijo él. Sí, no sé. Entró el aire de la montaña y el errático ruido del motor que ya empezaba a sufrir el esfuerzo de la altura. Pasaron dos o tres cementerios más, el paisaje se secaba, pocas plantas, cada vez más rocas, la tierra desnuda y naranja, las montañas parecían jarrones de arcilla.

Llegaron a Aguas Secas. La poca gente que caminaba por la calle de piedra era vieja, con los rostros curtidos por el sol. Vestían ropas de colores alegres algo erosionados por el uso. Delante del auto una señora arreaba a sus cabras y en la vereda una nena en bicicleta los miraba con un dedo metido en la nariz. Virginie le mostró la cámara, como preguntándole si le podía sacar una foto; la nena pedaleó calle arriba.

Bajaron del auto. Las casas eran blancas, todas parecidas. Ya casi no quedaba nada de pueblo cuando vieron, al final de una curva, una pared grande de roca medio negra, un balcón arrodillado hacia un precipicio. Arriba de la roca había un cura, sentado, mirando las montañas, y alrededor del cura parecía estar concentrado todo el pueblo, en distintos niveles. Algunos sentados sobre piedras, otros de pie, algunos con los ojos cerrados, otros mirando al cura. A veces los miraban, como si no entendieran qué hacían dos turistas en ese lugar. Virginie recordó esa escena de Ben Hur en la que Cristo predica en el monte. Una viejita arrugada lloraba. Virginie le sacó una foto. Después se acercó un poco más al cura y también le sacó una foto. Era rubio, de barba, flaco, parecía más un conquistador que un cura. Perdieron el tiempo de cuánto duró esa oración, al atardecer. Al final, el cura se puso de pie y caminó por un caminito bien marcado. Todos lo siguieron: la vieja que lloraba, un tipo encima de un burro, la nena de la bicicleta. Dos o tres señoras cantaban, no muy afinadas. Llegaron de nuevo al pueblo por un caminito que ascendía y descendía entre arbustos espinosos y duros. La capilla era blanca como las casas y con un campanario exageradamente alto, le pareció a Virginie. Alguien empezó a sonar las campanas y el sonido rodó cerros abajo con una avalancha de ecos.

Los bancos de madera rechinaban a medida que los ocupaban. Virginie no sabía que el olor denso era guano de murciélago. Se hizo una fila para comulgar. Todavía había luz. Comulgaban y después se arrodillaban en los bancos o rezaban de pie, mirando al piso o al Cristo demasiado lastimado que colgaba del techo. Ellos, por respeto, también lo miraban, tratando de incorporarse a esa oración comunitaria, aunque casi al mismo tiempo advirtieron el cuadro, detrás del Cristo, en la pared del altar.

Virginie caminó por los laterales y se acercó lo más que pudo sin ser indiscreta. Le temblaron las piernas. Le sacó fotos al Cristo, como para disimular, y después al cuadro. La comunión de los pastores estaba en una capilla anclada en las montañas, a más de diez mil kilómetros de donde había sido pintado quinientos años atrás.

Los fieles se perdieron en los cerros. Las puertas de las capillas quedaron abiertas. El cura había desaparecido detrás del altar con la viejita que le hacía de ayudante. Pudieron acercarse más al cuadro. Tendría unos dos metros de largo por uno y medio de alto. A pesar del polvo y de la mugre acumulada se adivinaban figuras de hombres y de mujeres que languidecían en la cima de un cerro. Había granjeros, una vieja con un telar, un burro, un pastor con sus cabras, alguien que podía ser un sacerdote. Otros cerros continuaban en distintos planos, secos, como cubiertos de un manto de cuero de toro. Gris y negra la tierra. En cambio, el cielo regalaba colores alegres que se encendían unos a otros. Los hombres y las mujeres del cuadro levitaban con esas pinceladas características del pintor. Como algunos pájaros de montaña, esas figuras ya eran más del cielo que de la tierra.

El cura salteó churrascos con cebollas y les ofreció el vino dulce que usaba para la misa. Ellos quisieron comer poco, tal vez para mostrarse civilizados, pero el aire de la altura y el humo de la marihuana les había inflado el hambre y limpiaron los platos. Les parecía increíble que el cura hablara tan bien francés. El cura les comentó que su abuela había nacido en Francia, ella le había enseñado. No se interesó demasiado por la vida de ellos ni tampoco quería hablar de él. Apenas comió unos bocados de cebolla con pan. Al final de la cena, Christophe le pidió si les podía mostrar de nuevo la capilla. La recorrieron, cada uno sosteniendo un candelabro con velas encendidas. Cuando llegaron al cuadro, Christophe fingió sorpresa, dijo que era lindo y que le gustaría comprarlo. El cura contestó que todo lo que estaba allí pertenecía a la comunidad de los cerros. Virginie comentó que le encantaría llevarse el cuadro así recordaba su viaje por esa parte del mundo, era tan lindo ese lugar, y el cuadro mostraba muy bien todo eso, seguramente lo había pintado alguien de la zona, dijo acercando una vela a la tela. Se iluminaron los ojos del burro y de un pastor. El cura sonrió y explicó de nuevo que el cuadro pertenecía a la comunidad. Hablaba lento y siempre como si mirara un poco más allá de aquello que enfocaba. No le importaron los tres mil dólares que ofreció Virginie. Christophe dijo que tal vez podían pagar hasta diez mil, aunque el cuadro ni tenía firma, seguro que era de un pintor desconocido, y estaba arruinado de humedad, dijo ella, y de polvo, dijo él, pero igual subían la oferta, la gente de esa zona era demasiado pobre. El cura los miró y dijo que la comunidad apreciaba ese cuadro, no estaba en su poder venderlo, eso dependía de Dios. ¿Y cómo hablamos con Él?, preguntó Christophe, riéndose.

El cura entró en el cuarto pegado a la sacristía. Preparó dos camas para ellos y después lo vieron tirarse entre unos perros flacos. ¿Por qué no duerme en una cama?, le preguntó Virginie. Así le ofrezco el sacrificio a Dios, dijo, ya acostado sobre el suelo. También les dijo que se despedía ahora de ellos, en unas horas, en plena noche, saldría en burro hacia los cerros, había casas arriba, estaría unos días administrando sacramentos.

Virginie se acostó en una cama y Christophe salió a fumar tabaco. Miró el brillo rabioso del cielo, enmarcado por las cumbres. Entonces le pareció que el cuadro estaba bien en ese lugar: un pueblo levitando entre la potencia de las montañas y las riquezas brillantes que esperan del otro lado de la noche.

Los murciélagos revoleteaban alrededor del campanario, cazando insectos.

Aunque el cura ya había partido con el burro, ellos caminaban en silencio, casi en puntas de pie, como si la capilla fuera un museo minado de alarmas. Virginie colocó la tela enrollada dentro de un tubo de aluminio. Fueron hacia el Mitsubishi, lo empujaron y saltaron a los asientos cuando el auto tomó velocidad por el efecto de la pendiente. Christophe prendió el motor, aceleró, pero las piedras golpeaban la panza del auto. Había que tranquilizarse o romperían el cárter de aceite. Apenas se veía el camino que despertaban los faros y que se hundía y resurgía entre piedras. Menos mal que tenían el GPS. De los matorrales saltaban tucuras de lado a lado, atravesando la luz de los faros. No hablaban. A veces, Virginie miraba para atrás y tocaba el cilindro que contenía la tela que ella había desprendido del marco con su navaja. En doce horas, tal vez diez, llegarían a Chile cruzando por el Paso de Jama. Tenían documentos diplomáticos, nadie molestaría. Virginie bajó la ventanilla. Le sorprendió el aire húmedo, enseguida se largó a llover, gotas que estallaban en el parabrisas, aisladas unas de otras. Después ya fue una lluvia pareja, vertical y monótona, interrumpida por algún trueno que vibraba en las montañas.

Los limpiaparabrisas apartaban el agua con su coreografía. Llovía con calma, una lluvia mansa que no golpeaba la tierra sino que la bañaba.

Los sobresaltó el primer arroyo. Donde ayer había un lecho resquebrajado ahora pasaba una cuerda de agua marrón. Christophe metió las ruedas de a poco, el agua rascó la panza del auto, las ruedas volvieron a apoyar el peso del Mitsubishi sobre la tierra.

Ahora llovía fuerte, cascadas de agua que bajaban con viento y peso. Christophe tenía que esquivar las piedras que se habían desprendido de las paredes de roca. A veces Virginie tenía que bajarse para correrlas. Se embarraba las manos y la cara. Por momentos no se veía nada, sólo la lluvia casi encima, empañada por los faros. El agua también caía de las paredes de la montaña. Ese paisaje quieto y silencioso de la tarde anterior ahora era un gigante que movía sus aguas, sus rocas, sus ruidos.

El Mitsubishi se les quedó en medio de uno de los arroyos. Los faros casi que se hundieron en un pozo, iluminaron el agua desde abajo, como un submarino, el motor se apagó después de toser. Las ruedas sirvieron más de flotadores que de apoyo y el auto empezó a girar empujado por las olas hacia la cascada que rugía al costado del camino. Christophe ayudó a Virginie a subirse al techo del auto y de ahí, colgada de las hojas de una cortadera, pisó tierra firme. Christophe agarró el cilindro y estiró el brazo. Ella tuvo que meterse un poco en el arroyo y alcanzar uno de los extremos. Él también se colgó de las cortaderas para llegar a la tierra. En el cilindro se juntaron las sangres de los dos, las lavó la lluvia.

Se refugiaron debajo de una piedra que salía de la pared. Desde allí vieron cómo la corriente bajaba cada vez más rápido y más gorda. El agua negra pasaba por encima del capó y acercaba el auto a la pendiente. Oscuro, el auto parecía una roca que divide el cauce de un río.

La luna resplandeció en las rejas de lanza y en algunas cruces de hierro. El cementerio estaba ahí nomás. Se sentaron en uno de los banquitos de piedra. Christophe se tiró a dormir, Virginie le pidió que no se durmiera y le preguntó qué harían con todo ese lío. Ni bien el cura volviera de su paseo le subirían la oferta, una muy buena oferta, le harían entender que el cuadro tenía que estar en un museo y que el gobierno francés podría ayudar con donaciones a la comunidad. Tengo frío, dijo Virginie. Habían perdido todas sus cosas. Mañana, cuando baje el agua, las rescatamos del auto, dijo Christophe.

La luz todavía era azul y no dejaba ver más que sombras de arbustos o rocas no muy lejos. Desde arriba de los cerros se soltaba un cielo turquesa y rosa. Divisaron al Mitsubishi en un desbarranco, cuarenta metros abajo del camino. Apenas se veían las gomas y una puerta entreabierta. Lo demás eran plantas y barro que se le habían pegado como una barba. Imposible bajar hasta ahí, se podían romper una pierna y ahí sí que la cosa sería brava.

No sabían qué hacer, si caminar, si quedarse ahí. Salió el sol y al rato apareció un hombre a caballo y un chico, seguramente el hijo, encima de un burro. No se pudieron entender. El chico los ayudó a subirse al burro, uno pegado al otro. El hombre iba adelante con su caballo y el chico caminaba y los arrastraba con el bozal. No hablaban. Dejaron el camino de autos y se metieron en una huella marcada por animales. Volvían para el pueblo. Ristras de nubes aparecían desde las montañas, como si la tierra las pariera, y al rato todo el cielo estaba atravesado de largas franjas de nubes grises, parecido a un campo recién arado. Una aventura esto de rastrear arte, dijo Christophe y Virginie se rió. No tengas miedo, le dijo Christophe. Adelante, el hombre guiaba al caballo con silbidos.

Llegaron al pueblo. Los cascos del caballo y del burro sonaban en el empedrado. Apareció la nena con la bici, otra nena con una muñeca que le colgaba de la mano, tres chicos jugaban al fútbol. Los miraron pasar y después siguieron jugando. Se bajaron del burro en la puerta de la capilla. Una viejita arrugada como una nuez se acercó a Virginie con la mano estirada, ella le dio la mano, pero la viejita no quería saludarla, quería el tubo de aluminio. La viejita sacó la tela de adentro y desenrolló ahí mismo los colores alegres del cielo y los grises en las montañas. Afuera del cuadro era al revés. La tierra de colores y el cielo gris. Christophe se lamentó de no saber mejor español, no podía dar explicaciones por lo del cuadro ni hablar de otras cosas, como de fútbol, el cinco del Paris Saint Germain era argentino. Vamos a buscar un teléfono, dijo Virginie.

En el pueblo no tenían mucho que hacer. No había teléfonos, no había autos y tampoco señales del cura. Se sentaron en una vereda. Por lo menos sus ropas ya estaban casi secas. Sonó la campana de la capilla.

-C’est un si bémol.

Sonó de nuevo, y otra vez, y otra vez, y así siguió, y a medida que sonaba hombres y mujeres bajaban de los cerros cargando sus palas, lazos, machetes y demás instrumentos de trabajo. Se reunían frente a una placita, donde se quedaban medios quietos, como pintados. Virginie buscó a la nena de la bicicleta, ya no había chicos en la calle. Miró a la comunidad de los cerros, ahora se movía, ahora avanzaba hacia ellos dos.

Desde arriba del campanario se veían los colores superpuestos de la montaña, y, más abajo, las tumbas blancas de un cementerio.

Marcos Crotto (foto)

‘Una llamada por cobrar desde el infierno’ de EAR

emilio alberto

Cuando me dirigía a la casa campestre en la que me quedé de encontrar con mis socios, me sonó el celular. Lo miré, terminaba en 999 y, por supuesto, lo reconocí de inmediato. Era una llamada de CAREMOMIA. Su nombre lo tenía identificado, era el jefe.

Me costaba admitirlo, pero era cierto que el maldito me intimidaba. Le contesté de inmediato para que no notara mi desgano. Era para insistirme en que llegara puntual a nuestra cita, que ya me estaba esperando, y para decirme que COCOLISO no iría con nosotros, que más tarde lo recogeríamos al regresar a la ciudad.

Cada vez que me llamaba, al ver su número, no dejaba de pensar que 999 al revés era 666 y un cortocircuito de mi cerebro me hacía pensar que eso podía ser un signo nefasto y maligno de su pésimo talante.

La reunión sería solo entre él y yo, cosa que no me gustaba en absoluto.

Le tenía agüero a estar de nuevo en la finca, y, he de reconocerlo, me atemorizaba quedarme solo con él. El hombre me enfrentaba a todos mis miedos y debilidades; me costaba trabajo hasta sostenerle la mirada, aunque me esforzaba por disimularlo, muchas veces sin estar seguro de haberlo conseguido.

Pocos como CAREMOMIA condensaban en un solo sujeto tanta maldad, tanta desfachatez, tanta falta de moral. Para mí, estaba enrazado en demonio, no se detenía ante nada, no se asustaba, no se rendía, parecía tener un pacto con el mismísimo Satanás.

Y lo que me chocaba era volver de nuevo a aquella casa, sabiendo todo lo que había pasado allá.

Me explico. Hago parte de una banda, CAREMOMIA es el jefe desde que CHECHO se mató en un extraño accidente de tránsito en el cual su auto perdió los frenos bajando por la vía a Las Palmas. Era un carro nuevo. En el tercer trabajo que me tocó, las cosas pasaron a mayores, lo que iba a ser una simple extorsión a un mafioso retirado que posaba de empresario decente, terminó en un secuestro de varias semanas, con el tipo retenido, amordazado y a veces sedado en el sótano de la casa campestre que habíamos alquilado y que teníamos como centro de operaciones. Como no cedía, lo obligaron a cavar su propia tumba en la parte de atrás. Fue una negociación difícil, por poco no se termina, y cuando alcancé a temer que todo se iba a ir al carajo y mis socios habían decidido acabar allí mismo con el fulano y servirlo como alimento de los gusanos, se logró cerrar un trato por una cantidad un poco menor, pero que finalmente llenaba las expectativas.

En lo personal, toda esa situación fue muy desgastante y era claro que extralimitaba mis capacidades y mis condiciones de rufián principiante. Aunque tenga que posar de rudo y mantener una apariencia, por obvias razones, debo reconocer que no me llegué a sentir cómodo nunca, en ninguno de los trabajos en los que me he visto envuelto.

Mi arribo al bajo mundo es un asunto circunstancial. Por ciertos aspectos que no viene al caso mencionar, en los últimos años todo me fue llevando a una espiral que sin darme cuenta desembocó en el ámbito del crimen. No lo planeé de esa manera, pero tampoco ofrecí ningún tipo de resistencia para evitarlo. Una especie de fascinación me llevó a ser el miembro más joven del combo, luego de la muerte de mi madre, que ocurrió al poco tiempo de terminar mi servicio militar, lleno de maltratos y humillaciones. Mis hermanos se abrieron con lo que pudieron, me dejaron al garete amparados en lo que calificaron una actitud autodestructiva de mi parte, me imagino que basados en mi gusto por la marihuana y el tequila, y en pocas semanas me encontraba sin casa, sin familia, sin trabajo y con la que había sido mi novia de varios años preñada de otro y viviendo en un pueblo de la costa con un policía que trabajó un tiempo en el comando de mi barrio. Ni una nota de despedida o de disculpa, lo cierto fue que me tocó defenderme como pude con mis cuernos de antílope desempleado y sin opciones, más preocupado por sobrevivir que por estar dedicado a los lamentos o la autocompasión, sin tener un hombro en el cual desahogarme.

Motivos y justificaciones aparte, lo cierto fue que resulté en una banda, sin ser lo suficientemente malvado para sobrellevar el día a día, apenas conteniendo la náusea, llorando en las noches, mal llevando el miedo visceral que me producían nuestros actos o la policía misma, o  el temor a caer en prisión, o la mirada de las víctimas, o el resto de escrúpulos que me quedaba taladrándome en el interior, pero sobre todo, la presencia insufrible de CAREMOMIA dominando todo el espacio, todo mi terror y la inseguridad y la paranoia que me producía.

Y por fuera, llevando una fachada, una mascarada, una postura. Me sentía cada vez peor.

Llegué a entender que así no podía continuar, estaba en juego hasta mi cordura, sin tener en cuenta la libertad o los asuntos que tenían que ver con mi conciencia, o lo que me quedaba de ella.

Decidí que me iba a sobreponer a mi falta de carácter y que, en cuanto pudiera, me iba a largar de allí, sin decir nada, por supuesto; estaba seguro de que mis compañeros no iban a aceptarlo, sabía mucho de ellos y no se iban a exponer a que me detuvieran, corriendo el riesgo de ser delatados o capturados. No, lo tenía que hacer a mi manera, sin levantar sospechas y era mejor evadirme sin ponerme a averiguar en qué plan andaban. La sutileza y la paciencia no eran las virtudes más notorias de CAREMOMIA y mis dulces amigos.

Al llegar en el carro en el que me ordenaron recoger una caja con “la remesa”, vi que el sujeto ya estaba allí, mal encarado como siempre, fumando uno de esos asquerosos cigarrillos sin filtro que había aprendido a detestar.

Al bajarme, me di cuenta de inmediato que más me valía no haber venido.

Ni me saludó. Me la montó de una, me dijo de todo, que yo era un incompetente, que me había demorado mucho, que se me veía por encima lo gallina que era, que no tenía agallas, que me venía observando desde hacía unos días y era evidente que mi miedo los iba a poner en peligro, que tenía más cara de acólito o de florista amariconado que de bandido, que me tenía en la mira, que al primer resbalón me metía un tiro y doscientos oprobios más que me saturaron la cabeza.

Me ordenó que sacara la talega que yo había recogido en ese basurero del Jardín Botánico, la del rescate, y lo llevara al patio de atrás, allí donde estaba el hueco aún sin tapar.

En ese punto, yo ya estaba empanicado. El tipo me iba matar allí mismo, estaba seguro de eso y yo ni siquiera tenía un arma para defenderme.  Las arterias de la sien me pulsaban como para reventarse cuando saqué del maletero lo que me ordenó. Se hizo a unos pocos metros, a mi espalda y de reojo me di cuenta de que tenía su mano en el bolsillo de la chaqueta, en donde casi con certeza tenía la pistola. El desgraciado pretendía matarme allí mismo y dejarme desparramado en la fosa, ni siquiera tendría que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de mi cadáver. No me dijo nada, pero con seguridad era lo que estaba planeando. Esa agresividad y esos regaños iban mucho más allá de una reconvención y encubrían la decisión de sacarme del medio y librarse de un potencial problema. Y además se quedaba con mi parte. Yo también había aprendido mis cositas y ya tenía el olfato agudo y una especie de sexto sentido sensible por todo lo que había vivido al lado de semejantes pillos.

Por primera vez en mucho tiempo no me detuve a pensar en qué sería lo más conveniente y aproveché que estaba empezando a oscurecer, giré mi cuerpo de una, grité con todas mis fuerzas y agarré un recatón que estaba recostado junto a la pared. En ese instante, CAREMOMIA se asustó, como que no esperaba mi reacción; le tiré encima el fardo y de inmediato le clavé el instrumento en el cuello. En ese momento ni temblé ni tuve dudas, eso llegaría unos minutos más tarde.

Quedó allí tirado, como un pollo, muerto de una, no alcanzó ni a chapalear.  A esos bravos también les sale el que los pone en su sitio, eso les pasa por estar mirando la gente por encima del hombro, no se dan cuenta cuándo les va a salir de improviso el gallito más arrecho que ellos.

Cuando se me pasó el impacto de los sucesos tan imprevistos, retomé la sangre fría y traté de pensar con calma en lo que debía hacer a continuación. De entrada debía recuperar el arma de su bolsillo. Primera sorpresa, no la llevaba consigo. Miré bien, pero no la pude encontrar, no se había caído con la sacudida, la debería haber escondido en alguna otra parte. Su celular sí lo recogí del suelo, estaba sucio de pantano. Se lo metí en el pantalón. Lo arrastré hasta la fosa; no sabía lo difícil que era arrastrar un cuerpo, pero finalmente lo conseguí. Lo deposité allí, cogí el recatón, lo lavé en la canilla y lo puse junto al cuerpo, busqué una pala y lo tapé con el morro de tierra que estaba a un lado desde hacía varios días. Luego me devolví a tratar de dejar todo en orden, encubrir o limpiar rastros de sangre, apagar luces, cerrar puertas y escaparme lo más rápido de allí.

Nunca me había gustado le energía de esa casa y no era la hora de quedarme allí para que cualquiera me descubriera. Yo no sabía si los otros de la banda estaban encompinchados con él para eliminarme, pero no me iba a quedar para averiguarlo.

Cogí el talego con la plata, la escondí debajo del asiento por si me requisaban en un retén, me monté al carro y en cuanto pude me largué de allí, buscando la carretera para Bogotá; era claro que no tenía nada que me hiciera regresar a Medellín.

Luego de dos horas sin novedades, había pasado dos peajes y un puesto de control del ejército sin ningún percance qué lamentar. Tenía gasolina y dinero, no tenía ni hambre ni sed ni ganas de orinar o necesidad de estirar las piernas; decidí que no iba parar en ningún lado hasta llegar a la capital, faltaba ya menos de la mitad del camino, todo me había salido derecho. Era la oportunidad de volver a empezar, tenía juventud y me había quedado con la tula; sentí por primera vez en muchos meses que la suerte había estado de mi lado. Ya era hora.

En ese momento sonó el celular. Pensé que casi fijo era alguno de los muchachos que ya me estarían extrañando y, al no tener noticias mías y menos de CAREMOMIA, estarían inquietos sin saber en qué habían parado las cosas. Sentí como un alivio, no pude contener el impulso de reírme y puse más volumen al equipo de sonido que reproducía un disco de éxitos del gran Héctor Lavoe.

Luego volvió a sonar una segunda y una tercera vez. Me reí una vez más de la intensidad y la suficiencia de mis compañeros bandidos. Creían ser siempre los más astutos, los más arrogantes, los poseedores de la verdad revelada y los dueños de la última palabra. Esta vez se iban a tener que tragar sus aspavientos, CAREMOMIA en primer lugar, ardiendo en la caldera más caliente del infierno.

Al llegar a un peaje, unos camiones detenidos me obligaron a parar y a ponerme en la fila, detrás de ellos. Iba a estar quieto unos minutos. No había fumado en todo el día. Aproveché a bajarme del carro y prendí un baretico que tenía olvidado en el bolsillo. No había policías por ningún lado, todo se veía despejado.  El celular volvió a sonar, lo había dejado encima del tablero junto al volante. Di una bocanada profunda y sentí cómo el humo llenaba mis pulmones y un delicioso mareo me nublaba un poco la vista y me ponía a caminar blandito, como en una nube.

Me devolví dos pasos, agarré el teléfono, que ya había dejado de sonar. Lo prendí para ver quién era el que me estaba marcando. La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de un número que al derecho terminaba en 999 y al revés tenía la diabólica cifra de 666, encima un nombre anotado, CAREMOMIA. El humo en la cabeza no me dejó ver muy claro todo y volví a mirar la luz verde de la pantalla que refulgía en la noche: cuatro llamadas perdidas, un 666 que me evocaba al demonio y el nombre de CAREMOMIA anotado.

Yo quería darle otra chupada al porrito, pero solo en ese momento caí en cuenta de que se me había resbalado de los dedos. Adelante, los camiones empezaban a reanudar la marcha. El carro de atrás ya estaba comenzando a pitar con desespero.

© Emilio Alberto Restrepo (foto)

 

‘Emigrantes’ de Serguéi Dovlátov

sergei dovlatovEl sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

-¡Te voy a masacrar! -gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)

Lo voy a masacrar, no te -lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:

-Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.

Y desde entonces eran inseparables.

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.

-¿Dónde estamos? -preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.

-En Nueva Holanda -le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.

-¡Vaya vaya! -pronunció Shapovalov- ¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!

-¡Qué desgracia -repuso Chikvaidze- perdernos en un país desconocido!

-Lo importante -dijo Shapovalov- es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos… ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.

-Yo quiero irme a mi casa -declaró Chikvaidze- ¡no puedo vivir fuera de Georgia!

-Pero si nunca has estado en Georgia.

-Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.

-¡Mira! -gritó Chikvaidze- ¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.

-Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto -dijo Chikvaidze.

-Sí, a donde ayudan a los más pobres -repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.

-A mí me desagrada la costa turca -concluyó Chikvaidze sincerándose.

-Y yo no tengo a nadie en África -convino Shapovalov.

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.

-¡Mira qué prosperidad! -exclamó inesperadamente Shapovalov.

-No viven nada mal -convino Chikvaidze.

-¡Y cómo visten!

-¡Pues claro, es occidente!

-¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!

-¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo una pausa; Shapovalov la interrumpió.

-Dátiko, debo decirte algo.

-Yo también.

-¿No me vas a despreciar?

-No, ¿y tú?

-Creo que tampoco… pues, ¿cómo decirlo? Pidamos asilo… es que, además, los comercios privados…

-¡Y los restaurantes abiertos de noche!

-¡Es la ley de la selva!

-¡El triunfo de la banalidad!

-¡Las películas de vaqueros!

-¡La decadencia ética y moral! -dijo Chikvaidze entornando los ojos.

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

Serguéi Dovlátov (foto)

 

‘Taibele y el demonio’ de Isaac Bashevis Singer

Isaac_Bashevis_SingerEn la población de Lashnick, no lejos de Lublin, vivía un hombre con su esposa. Se llamaba Chaim Nossen y ella, Taibele. No tenían hijos. No era que el matrimonio fuese estéril; Taibele le había dado a su marido un hijo y dos hijas, pero los tres habían fallecido en su infancia, uno de tos ferina, otro de fiebre escarlatina y la tercera de difteria. Después, el vientre de la madre se había cerrado y nadie había podido abrirlo: ni plegarias, encantamientos o pociones. El dolor había arrastrado a Chaim Nossen a retirarse del mundo. Se había separado de su mujer, había dejado de comer, y no dormía en su casa, sino en un banco de la sinagoga.

Taibele poseía una tienda de lencería, heredada de sus padres, y estaba en ella sentada todo el día, con una vara de medir en la mano derecha, un par de tijeras en la otra, y el libro de rezos de las mujeres, en yiddish, delante de los ojos. Chaim Nossen, alto, delgado, con ojos negros y un asomo de barba, siempre había sido un hombre meditabundo, silencioso, aun en sus mejores épocas. Taibele era bajita y rubia, con ojos azules y carirredonda. Aunque castigada por el Altísimo, seguía sonriendo, formándosele unos lindos hoyuelos en las mejillas. Ahora no tenía que guisar para nadie, pero encendía el fogón o el trípode cada día y hacía un poco de gachas o sopa para sí misma. También continuaba haciendo calceta, ya un par de medias, ya una blusa; o bordaba en una lona. No entraba en su carácter maldecir al destino ni apesadumbrarse.

Un día, Chaim Nossen puso su manto de oraciones y sus pergaminos, una muda y una hogaza de pan en un saco y abandonó el hogar. Los vecinos le preguntaron adónde iba y él contestó:

-Adonde me lleven mis ojos.

Cuando le dijeron a Taibele que su marido la había abandonado, era ya demasiado tarde para ir en su busca. Ya había cruzado el río. Luego se averiguó que había alquilado una tartana que le llevase a Lublin. Taibele envió un mensajero en su busca, pero no volvió a verse ni al marido ni al mensajero. A los treinta y tres años, Taibele se vio convertida en una esposa abandonada.

Tras un período de búsqueda, comprendió que no le quedaba la menor esperanza. Dios le había arrebatado los hijos y el esposo. No podría volver a casarse: a partir de entonces, tendría que vivir sola. Sólo le quedaba la casa, la tienda y sus pertenencias. La gente del pueblo la compadeció, ya que era una buena mujer, de buen corazón y honesta en su negocio. Todo el mundo se preguntaba:

-¿Qué ha hecho para merecer tanto infortunio?

Pero los designios de Dios son inescrutables.

Taibele tenía varias amistades entre las comadronas de la población, a las que había conocido desde la infancia. Durante el día, como buenas amas de casa se hallaban muy atareadas, pero por las tardes las amigas de Taibele solían ir por la tienda para charlar. En verano se sentaban en un banco delante de la tienda, murmurando y contándose todos los chismes de la vecindad.

Una noche de verano, sin luna, cuando la población estaba tan oscura como Egipto, Taibele se sentó con sus amigas en el banco, contándoles una historia que había leído en un libro comprado a un buhonero. Trataba de una joven judía, y un demonio que la había deshonrado y vivía con ella como marido y mujer. Taibele contó la historia con todo detalle. Las mujeres estaban agrupadas a su alrededor, las manos juntas, escupiendo a la mención del diablo, y riéndose con la risa que denota el temor. Una de ellas preguntó:

-¿Por qué no lo exorcizó ella con un amuleto?

-Ningún diablo se asusta de los amuletos -contestó Taibele.

-¿Por qué no fue a ver a un sagrado rabino?

-El diablo la advirtió que la ahogaría si revelaba el secreto.

-¡Ay de mí, que el Señor nos proteja, que no nos ocurra una cosa igual! -exclamó gimiendo una mujer.

-Ahora tendré miedo de irme a casa -dijo otra.

-Yo iré contigo -le prometió una tercera.

Mientras estaban charlando, Achinan, el ayudante del maestro, que pensaba llegar a casarse algún día, pasó por allí. Achinan, que llevaba ya cinco años de viudez, gozaba de la reputación de ser un bromista empedernido, incluso de tener un tornillo flojo. Sus pasos eran silenciosos porque las suelas de sus zapatos estaban completamente destrozadas y en realidad andaba con las plantas de los pies tocando el suelo. Cuando escuchó la historia contada por Taibele, prestó suma atención. Las tinieblas eran ya tan densas, y las mujeres se hallaban tan embobadas con el cuento, que no repararon en él. Achinan era un individuo disipado, poseedor de muchos recursos y triquiñuelas. Y en un instante perfiló su malicioso plan.

Cuando todas las mujeres se hubieron marchado, Achinan penetró en el patio de Taibele. Se ocultó detrás de un árbol y espió a través de la ventana. Cuando vio que Taibele se metía en cama y soplaba la vela, se deslizó al interior de la vivienda. Taibele no había pasado el cerrojo a la puerta, ya que en el pueblo nunca había habido ningún ladrón. En el pasillo se despojó del “caftán”, la chaqueta, los pantalones y se quedó tan desnudo como le había parido su madre. Luego fue de puntillas hacia la cama de Taibele. Ésta se hallaba casi dormida, y de repente distinguió la sombra oscura a su lado. Se quedó muda de espanto.

-¿Quién es? -susurró, temblorosa.

-No grites, Taibele -le contestó Alchonon, fingiendo la voz, engolándola-. Si gritas te destruiré. Soy el diablo Hurmizah, el señor de las tinieblas, la lluvia, el pedrisco, el trueno y los animales salvajes. Soy el espíritu del mal que se casó con la joven de quien has hablado esta noche. Y contaste la historia con tal realismo, que oí tus palabras desde el abismo y sentí apetencia de tu cuerpo. No intentes resistirte porque suelo llevarme a quienes me rechazan hacia los montes de las tinieblas, el monte Sair, a un paraje agreste desconocido del hombre, donde ni las fieras se atreven a penetrar, donde la tierra es de hierro y el cielo de cobre. Y arrojo a mis víctimas entre las zarzas y el fuego, entre los escorpiones y las arañas, hasta que todos los huesos del cuerpo se convierten en polvo y se pierden en los abismos tenebrosos por toda la eternidad. Pero si accedes a mis deseos, ni un cabello de tu cabeza sufrirá el menor daño, y te concederá la fortuna en todo cuanto emprendas.

Escuchándole, Taibele estaba inmóvil en el lecho. Le latía violentamente el corazón y a veces le daba saltos. Creyó llegado su final. Haciendo acopio de valor, logró murmurar:
-¿Qué quieres de mí? ¡Soy una mujer casada!

-Tu marido ha muerto. Estuve en su entierro -la voz del ayudante de maestro se ahuecó-. Claro, no pude ir a notificárselo al rabino para que permita que vuelvas a casarte, porque los rabinos no se fían de los de mi especie, y además no me atrevo a cruzar el umbral de la sinagoga y me asustan los libros sagrados. Pero no miento. Tu esposo falleció en una epidemia, y los gusanos ya le han dejado sin nariz. Pero, aunque estuviese vivo, nada te prohibiría acostarte conmigo, ya que las leyes de Shulhan Aruch no nos conciernen a nosotros.

Hurmizah, el ayudante de maestro, continuó un buen rato con voz persuasiva, amenazando y conmoviendo a la pobre Taibele. Invocó los nombres de ángeles y demonios, de bestias demoníacas y vampiros. Juró que Asmodeo, el rey de los diablos, era su tío. Afirmó que Lilith, la reina de los espíritus del mal, iba de coronilla por él y hacía cuanto fuese por complacerle. Shibatah, la diablesa que les robaba los bebés a las mujeres en el parto, cocinaba pasteles para él en los hornos del infierno, con grasa de lagartos y perros negros. Tanto arguyó, con tantas parábolas y proverbios, que Taibele se vio, finalmente, obligada a sonreír. Hurmazah aseguró haber amado a Taibele desde largo tiempo. Le describió los vestidos y mantos que ella había llevado el año anterior y aún más atrás. Le repitió los secretos pensamientos que la asaltaban cuando amasaba la pasta, preparando la comida del sábado, cuando se bañaba, y cuidaba de la casa. También le habló de la mañana en que se había despertado con una señal azulada en sus pechos. Taibele había creído que se trataba del pinchazo de un abejorro. En realidad, era la marca de los labios de Hurmizah al darle un beso.

El diablo no tardó en meterse en la cama de Taibele, consiguiendo que la mujer se doblegase a su voluntad. Le comunicó que seguiría visitándola dos veces por semana, los miércoles y sábados por la noche, ya que eran éstas las noches que los espíritus del mal pueden vagar libres por la tierra. Le advirtió que no debía divulgar sus relaciones, bajo ningún pretexto, bajo pena de un tremendo castigo; él, Hurmizah, le arrancaría los pelos del cráneo, uno a uno, le atravesaría los ojos, y le mordería el ombligo. Luego la arrojaría a las desoladas tinieblas, donde el pan eran excrementos y el agua sangre, y donde se escuchaban a todas horas los sollozos de Zalmaveth. Obligó a Taibele a jurarle por los huesos de su madre que conservaría el secreto hasta el último día. Taibele comprendió que no tenía escapatoria, puso una mano sobre un muslo del diablo y pronunció el juramento, y a continuación hizo todo cuanto el monstruo quiso.

Antes de desaparecer el diablo, la besó larga y voluptuosamente, y como era un demonio y no un hombre, Taibele le devolvió los besos y le humedeció la barba con sus lágrimas. Aunque se tratase del espíritu del mal, la había tratado con suma amabilidad.
Cuando Hurmizah se hubo marchado, Taibele sollozó hasta el amanecer sobre la almohada.
Hurmizah volvió cada miércoles y cada sábado por la noche. Taibele temía que pudiera quedar embarazada y dar a luz un monstruo con cola y cuernos…, un chivo o un lagarto. Pero Hurmizah prometió protegerla de la vergüenza. Taibele le preguntó si necesitaba acudir a los baños rituales para purificarse después de los días de impureza, pero Hurmizah le contestó que las leyes relativas a la menstruación no se aplicaban a quienes se aparejaban con un compañero impuro.

Como dice el refrán, que Dios nos preserve de todo aquello a que nos acostumbramos. Esto le ocurrió a Taibele. Al principio, temía a su visitante nocturno, pensando que podría perjudicarla de algún modo, contaminándole alguna enfermedad, haciéndola ladrar como un perro, o beber orina, y acarreando la desgracia sobre su cabeza. Pero Hurmizah nunca la escupió ni la pinchó. Por el contrario, la acariciaba, le susurraba ternezas, y le componía versos. A veces le contaba chistes y tonterías con tanto donaire, que se veía forzada a reír. La tironeaba del lóbulo de la oreja y le pegaba bocados amorosos en la espalda, y por la mañana ella observaba las huellas de los dientes en su piel.

El diablo la convenció para que llevase el pelo suelto bajo el gorrito, y él mismo le hizo unas trenzas después. Le enseñó encantamientos y conjuros, le habló de sus noches de vigilia, de los diablos con quienes volaba sobre los marjales de Sodoma, y por las vastas llanuras del mar de los Hielos. No negó que tenía otras esposas, pero todas eran diablesas. Taibele era su única esposa humana. Y cuando Taibele le preguntó los nombres de sus mujeres, él se las nombró: Namah, Machlath, Aff, Chuldah, Zluchah, Nafkah y Chei-mah. Siete en total.

Le habló de Namah, que era tan negra como la pez y llena de furia. Cuando discutían, ella escupía veneno y echaba fuego y humo por la nariz.

Machlath tenía la cara de una sanguijuela, y a quienes tocaba con su lengua quedaban marcados.

A Aff le gustaba adornarse con plata, esmeraldas y diamantes. Sus trenzas eran de oro hilado. En los tobillos llevaba campanillas y brazaletes; y cuando bailaba, repiqueteaban todos sus adornos.

Chuldah tenía forma de gata. Maullaba en vez de hablar. Sus ojos eran verdes como uvas. Y cuando copulaba, siempre masticaba hígado de oso.

Zluchah era la enemiga de las novias y recién desposadas. Les robaba siempre los novios en potencia. Si una novia salía sola durante las siete bendiciones nupciales, Zluchah danzaba a su alrededor, y la novia perdía el habla o sufría un ataque.

Nafkah era malvada, siempre traicionándole con otros demonios, aunque Hurmihaz la amaba por su insolente y maliciosa charla, que le alegraba el corazón.

Cheimah, según su nombre, habría sido tan viciosa como Namah, de haber sido blandengue, pero lo contrario era lo cierto. Cheimah era una diablesa sin hígado. Era muy caritativa y solía amasar la pasta de las amas de casa que estaban enfermas, o llevaba su pan al hogar de los pobres.

Fue así como Hurmizah describió a sus esposas, añadiendo un vivido relato de cómo él se comportaba con ellas, jugando por los tejados y realizando toda clase de bromas pesadas. Ordinariamente, una mujer se siente celosa cuando un hombre se acuesta con otras mujeres, pero, ¿cómo podía una mujer humana tener celos de las diablesas? Por el contrario, los chismes de Hurmizah divertían mucho a Taibele, la cual siempre le estaba atosigando a preguntas. A veces, él le revelaba misterios desconocidos por los mortales, sobre Dios, los ángeles y serafines, sus mansiones celestiales, y los siete cielos. También le hablaba de cómo los pecadores, hombres y mujeres, eran torturados en los negros pozos de pez y en las coladeras puestas sobre brasas al rojo vivo, en lechos llenos de clavos y en simas de nieve, y cómo los ángeles negros apaleaban los cuerpos de los pecadores con pértigas de fuego.

El mayor tormento del infierno eran las cosquillas. En el infierno existía cierto diablo llamado Lekish. Cuando éste le hacía cosquillas a una adúltera, en las plantas de los pies o en las axilas, su atormentada risa podía oírse hasta en la isla Madagascar.

De este modo, Hurmizah entretenía a Taibele durante toda la noche, y no tardó en echarle de menos cuando no acudía a su lado. Las noches de verano le parecían demasiado cortas, ya que Hurmizah se marchaba siempre después del canto del gallo. Ni siquiera eran bastante largas las noches de invierno. Lo cierto es que Taibele había acabado por amar a Hurmizah, y aunque comprendía que una mujer no debe amar a un demonio, suspiraba por él día y noche.

Aunque Alchonon llevaba varios años de viudez, las casamenteras todavía intentaban atraparle. Las jóvenes que le proponían eran de familias modestas, viudas o divorciadas, ya que un ayudante de maestro era una pobre proporción y, además, Alchonon tenía la reputación de estar un poco chiflado. Alchonon iba desdeñando las proposiciones con diversas excusas: una mujer era demasiado fea, la otra tenía una lengua muy larga, la tercera era una puerca. Las casamenteras se preguntaban:
“¿Cómo es posible que un ayudante de maestro, que gana nueve groschen por semana, presuma tanto y quiera escoger? ¿Cómo puede vivir solo un hombre?”

Pero ninguna lograba arrastrarle al tálamo nupcial.

Alchonon era bien conocido en el pueblo: alto, delgado, andrajoso, una enmarañada barba roja, una camisa deshilachada, con una nuez muy prominente, siempre subiendo y bajando. Esperaba que muriese Reb Zekele, el secretario, para sucederle en el empleo. Pero Reb Zekele no tenía prisa por morirse; seguía cumpliendo sus deberes con el mismo celo de sus tiempos juveniles. Alchonon trató de dar clases por su cuenta a los párvulos, pero ninguna madre quiso confiarle a sus hijos. Por las mañanas y las tardes, acompañaba a los niños a la escuela, a la ida y a la vuelta. Durante el día se sentaba en el patio del maestro Reb Itchele, afilando indolentemente punteros de madera, o recortando papeles de adorno que sólo se usaban en Pentecostés, o modelando figuritas de arcilla. No lejos de la tienda de Taibele había un pozo, y Alchonon acudía a él tres veces al día para sacar un cubo de agua o beber unos sorbos derramando agua por entre los pelos de su barba roja. En tales ocasiones, miraba disimuladamente a Taibele. Y ésta le compadecía:
-¿Por qué tiene que ser tan descuidado?

Alchonon, por su parte, se decía cada vez:

“¡Ah, Taibele, si supiese la verdad…!”

Alchonon vivía en un desván, en la casa de una viuda, ya anciana, medio sorda y medio ciega. La vieja a menudo le increpaba por no ir a la sinagoga a orar como los demás judíos. Lo cierto era que tan pronto como Alchonon había acompañado a los niños a sus casas, rezaba una oración de manera apresurada, y se metía en cama. A veces, la vieja creía oír los pasos del ayudante del maestro en medio de la noche, al salir de su habitación. Luego le preguntaba adonde había ido a aquellas horas, pero Alchonon le respondía que lo había soñado todo. Las mujeres que se sentaban en los bancos al atardecer, para zurcir calcetines y cotillear, esparcieron el rumor de que, pasada la medianoche, Alchonon se convertía en una especie de lobo. Algunas llegaron a afirmar que tenía tratos con un súcubo.

De lo contrario, ¿cómo iba un hombre a vivir tantos años sin contacto con una mujer? Los ricos dejaron de confiarle a sus hijos. Por fin, sólo acompañó a la escuela a los niños pobres, y muy raras veces comía una cucharada de sopa caliente, teniendo que contentarse con los mendrugos secos.

Alchonon fue adelgazándose con el transcurso del tiempo, aunque sus pies continuaron tan firmes como antes. Con sus delgadas piernas, parecía caminar como sobre unos zancos. Debía de sufrir una sed constante, ya que continuamente iba al pozo a beber. A veces, sin embargo, ayudaba simplemente a una mujer o a un aldeano a abrevar su caballo. Un día en que Taibele vio, desde lejos, que llevaba el caftán excesivamente destrozado, le llamó desde la tienda. Alchonon la miró asustado y se puso pálido.

-He visto que tu caftán está roto -le dijo Taibele-. Si quieres, puedo prestarte unas yardas de tela. Ya me las pagarás, a un grivnic por semana.

-No.
-¿Por qué no? -exclamó Taibele, admirada-. No te atosigaré por el pago. Me darás el dinero cuando puedas.

-No.
Y salió de prisa de la tienda, temiendo que ella pudiera reconocer su voz.

En verano era más fácil visitar a Taibele en medio de la noche. Alchonon se abría paso por entre los caminos vecinales, arrebujándose en su destrozado caftán. En invierno, el tener que desnudarse y volver a vestirse en el helado pasillo de la casa de Taibele, le resultaba bastante penoso. Pero peor eran aún las noches de nieve. Alchonon también estaba preocupado por si Taibele o uno de sus vecinos llegaba a observar sus pisadas. Se resfrió y empezó a toser. Una noche se metió en la cama de Taibele entrechocando los dientes, y tardó mucho rato en calentarse. Temiendo que ella llegase a descubrir el engaño, inventó explicaciones y excusas. Pero Taibele no deseaba descubrir nada. No había tardado en averiguar que aquel diablo poseía todas las costumbres y fragilidades de un hombre. Hurmizah sudaba, estornudaba, hipaba y bostezaba. A veces, el aliento le olía a cebolla y otras a ajo. Su cuerpo se asemejaba al de su esposo, huesudo y velludo, con una nuez en la garganta y un ombligo. A veces, Hurmizah estaba de buen humor y otras, en cambio, no hacía más que suspirar. Sus pies no eran los de un ganso sino humanos, con uñas y callos. Una vez, Taibele le preguntó el significado de todo esto, y Hurmizah le explicó:

-Cuando uno de nosotros se apareja con una mujer, asume la forma de un hombre. De otro modo, ella se moriría de miedo.

Sí, Taibele se había acostumbrado a Hurmizah y le amaba. Ya no le temía, ni tampoco a sus impías exclamaciones. Sus cuentos eran inexcusables, si bien Taibele solía hallar en los mismos algunas contradicciones. Como todos los embusteros, Alchonon poseía poca memoria. Al principio había asegurado que los diablos eran inmortales. Pero una noche le preguntó a Taibele:

-¿Qué harás cuando yo me muera?

-¡Pero los diablos no mueren!

-¡Son llevados a otros abismos más profundos!

Aquel invierno hubo una epidemia en la población. Los vientos helados soplaron del río, los bosques y las marismas. No sólo los niños, sino los adultos fueron diezmados por el mal tiempo. Llovió y granizó. Las aguas rompieron la presa del río. El vendaval le arrancó un aspa al molino. La noche del miércoles, cuando Hurmizah se metió en el lecho de Taibele, ésta se dio cuenta de que el diablo tenía el cuerpo ardiendo, aunque con los pies helados. Se estremecía y se quejaba. Intentó entretenerla con los chismes de las diablesas, de cómo seducían a los jóvenes, cómo se acoplaban con otros demonios, cómo tomaban los baños de ritual, cómo ataban los pelos de las barbas de los viejos… pero se sentía débil y no pudo poseerla. Taibele jamás le había visto en tal estado. El corazón le dio un salto.

-¿Quieres que te dé un poco de leche caliente?

-Estos remedios no son para los de nuestra especie.

-¿Qué hacéis cuando enfermáis?

-Nos rascamos.

Apenas dijo nada más. Cuando besó a Taibele, le olía el aliento. Siempre se quedaba a su lado hasta el canto del gallo, pero aquella noche se marchó antes. Taibele permaneció en la cama, en silencio, escuchando sus movimientos en el pasillo. Él siempre le había jurado que salía volando por la ventana, aunque estuviera cerrada, pero esta vez le pareció a Taibele oír crujir la puerta. Taibele sabía que era un pecado rezar por los demonios, que se les debe maldecir y arrojarles de la memoria; y sin embargo, le suplicó a Dios en favor de Hurmizah.

-¡Hay tantos demonios… -rogó, angustiada- que uno más no importa!

Al sábado siguiente, Taibele esperó en vano a Hurmizah hasta el amanecer; no llegó. Le llamó interiormente y murmuró los encantamientos que él le había enseñado, pero el pasillo continuó silencioso. Taibele yació en cama como atontada. Hurmizah se había ufanado una vez de haber bailado para Tubal-Cain y Enoch, que había estado sentado en el tejado del Arca de Noé, que había lamido la sal de la nariz de la esposa de Lot, y tirado de la barba de Asuero. Había profetizado que Taibele se reencarnaría dentro de cien años en una princesa y que él, Hurmizah, la capturaría con ayuda de sus esclavas Chittim y Tachtim, llevándosela al palacio de Bashemath, la mujer de Esaú. Pero ahora seguramente estaba enfermo, un demonio desamparado, un huérfano solitario… sin padre ni madre, sin una fiel esposa que le atendiese. Taibele recordó cómo su respiración habíale parecido el jadeo de una sierra la última vez que habían estado juntos; cuando se había sonado, habíanle silbado los oídos. Del domingo al miércoles, Taibele apenas pudo esperar hasta que el reloj dio la medianoche, pero pasó toda la noche y Hurmizah no apareció. Taibele se volvió de cara a la pared.

Brilló el día, triste como la noche. Del entoldado firmamento caía una nieve fina. El humo no podía salir de las chimeneas y se esparcía sobre los tejados como sábanas deshilachadas. Las peñas rechinaban ásperamente. Los perros ladraban. Después de la desdichada noche, Taibele no tuvo fuerzas para ir a la tienda. Sin embargo, se vistió y salió. Fue entonces que vio a cuatro individuos llevando una camilla. Por debajo de la manta cubierta de nieve salían los pies de un cadáver. Sólo el enterrador seguía al difunto. Taibele le preguntó quién era, y el enterrador le respondió:
-Alchonon, el ayudante del maestro.

A Taibele le pasó una idea extraña por el cerebro: escoltar a Alchonon, al desgraciado que había vivido solo, muriendo solo también, en su último viaje. ¿Quién iba a entrar en la tienda en un día tan pésimo? ¿Y qué le importaba a ella su negocio? Taibele lo había perdido todo. Al menos, podía realizar una buena obra. Siguió al difunto por la larga ruta del cementerio. Esperó mientras el sepulturero quitó la nieve y cavó una fosa en la tierra helada. Envolvieron a Alchonon, el ayudante del maestro, en una túnica de rezos y una cogulla, le colocaron tejoletas en los ojos, y entre las manos una ramita de mirto que le serviría para abrirse camino hacia la Tierra Sagrada, cuando viniese el Mesías. Luego cerraron la fosa y él sepulturero recitó el Kaddish. Taibele exhaló un sollozo. Alchonon había llevado una vida solitaria, igual que ella. Como ella, no dejaba herederos. Sí, Alchonon, el ayudante del maestro había ejecutado su última danza. Por los cuentos de Hurmizah, Taibele sabía que el difunto no iría derecho al cielo. Cada pecado origina un demonio, y éstos son los hijos del hombre después de su muerte. Y vienen a exigir su parte. Llaman padre al muerto y lo llevan al bosque y a la aspereza selvática hasta haber apurado su castigo y estar dispuesto a pasar por la purificación del infierno.

A partir de entonces, Taibele continuó sola, doblemente abandonada por un asceta y por un diablo. Envejeció rápidamente. No quedaba nada de su pasado excepto aquel secreto que jamás podría ser revelado y que nunca nadie creería. Hay secretos que el corazón no puede revelar a los labios. Se llevan a la tumba. Los sauces los murmuran, las rocas los cuchichean, las losas funerarias conversan de ellos silenciosamente, en el lenguaje de las piedras. Los muertos despertarán un día, pero sus secretos permanecerán con el Altísimo y Su Juicio hasta el fin de todas las generaciones.

Isaac Bashevis Singer (foto)

 

40 ítem del ‘decálogo’ de Umberto Eco para escribir

umberto-ecoUna vez más acudimos a uno de los muchos ‘decálogos’ que críticos y escritores elaboran con el fin de ordenar los consejos sacados de la experiencia, sobre cómo escribir. Ya sabemos que la inspiración no basta. Lo más importante es sentarse y escribir. Hacerlo metódicamente, a diario, disciplinadamente. Y una vez nos enfrentamos al acto de elaborar historias mediante las palabras, debemos considerar algunas normas gramaticales. De todo este proceso surgen las grandes obras, y también los ‘decálogos’. Hoy quiero compartirles el “decálogo” (¡de 40 puntos!) que confeccionó el semiólogo italiano Umberto Eco (foto), autor, además de muchos ensayos, de las novelas ‘El nombre de la rosa’, ‘El péndulo de Foucault’, ‘La isla del día de antes’, ‘Baudolino’, ‘El cementerio de Praga’ y ‘Número cero’. Aquí está:

1) Evita las aliteraciones; solo gustan a los “estúpidos”. 2) No abuses del subjuntivo: utilízalo solo cuando sea necesario. 3) Evita las frases hechas: son como la “sopa recalentada”. 4) Escribe tal y como te expresas. 5) No uses siglas comerciales ni abreviaciones. 6) Acuérdate (siempre) de que el paréntesis (aun cuando parece indispensable) interrumpe el hilo del discurso. 7) No te propases con los puntos suspensivos. 8) Limita el uso de las comillas. Las citas no son “elegantes”. 9) No generalices. 10) Los barbarismos no son de buen gusto.

11) Restringe las citas. Emerson dijo con razón “Odio las citas. Cuéntame solo lo que sabes”. 12) Las comparaciones son equivalentes a las frases hechas. 13) No seas redundante y no repitas dos veces la misma cosa. Redundancia es explicar algo que el lector ya ha entendido. 14) Solo los necios emplean palabrotas. 15) Intenta siempre concretar. 16) La hipérbole es una excelente técnica expresiva. 17) No construyas frases de una sola palabra. 18) Cuidado con las metáforas demasiado atrevidas: son “plumas sobre las escamas de una serpiente”. 19) Pon las comas en el lugar adecuado. 20) Aprende a distinguir entre la función del “punto y coma” y la de los “dos puntos”: no es tarea fácil.

21) Si no encuentras el vocablo idóneo, no recurras a la expresión coloquial: “el parche es peor que el agujero”. 22) No uses metáforas incoherentes, aunque suenen bien. Son “como cisnes degollados”. 23) ¿Son de verdad necesarias las preguntas retóricas? 24) Sé conciso y trata de condensar tus pensamientos empleando el mínimo número de palabras y evitando las frases largas; así evitaras que tu discurso esté contaminado (una de las tragedias de nuestro tiempo dominado por el poder de los medios de comunicación). 25) Los acentos no son ni incorrectos ni inútiles, quien los omite se equivoca. 26) No se apostrofa un artículo indeterminado antes de un sustantivo masculino (el apóstrofo [‘] es una coma que se coloca en la parte superior derecha de una palabra. En castellano apenas se utiliza, solo por influencia del inglés con el genitivo sajón). 27) ¡No enfatices demasiado! ¡Mide los signos de admiración! 28) Ni siquiera los amantes de los barbarismos pluralizan las palabras extranjeras. 29) Escribe correctamente los nombres extranjeros como Baudelaire, Roosevelt, Nietzsche y parecidos. 30) Cita sin perífrasis los autores y los personajes a los que te refieres, tal y como lo hizo el más grande escritor lombardo del siglo XIX, el autor de El 5 de mayo.

31) Al principio del discurso utiliza la “captatio benevolentiae”, para congraciarte con el lector (pero a lo mejor ustedes son tan estúpidos que no entienden lo que estoy diciendo). 32) Cuida con detalle la ortografía. 33) No hace falta decir que las pretericiones (decir lo que no vas a contar) son desesperantes. 34) No pongas punto y aparte muy a menudo; solo cuando sean necesarias. 35) No uses el plural “majestatis”. Causa una impresión pésima. 36) No confundas causa con efecto: podrías equivocarte y cometer un error. 37) No construyas frases en las cuales la conclusión precede a las premisas: si lo haces, las premisas se podrían deducir de las conclusiones. 38) No utilices arcaísmos como “hápax legomena” u otros lexemas inusuales, así como estructuras profundas de rizomas, que superen las habilidades cognitivas del destinatario. 39) No seas prolijo, pero tampoco te quedes corto. 40) Cada frase ha de tener un significado, con independencia del contexto.

’50 años padeciendo a Gabo’ de J.C. Londoño

jc londoñoCelebramos el medio siglo de Cien años de soledad con una especie de admiración cansada. Los libros de Gabo siguen tersos como en la primera mañana de la creación, sin duda, pero de él ya sabemos mucho, demasiado. Sabemos más que Luisa Santiaga Márquez, Mercedes Barcha y Fernando Jaramillo juntos (Jaramillo es el autor de Memorabilia, el único blog que el escritor consultaba).

Es tanto lo que sabemos de él por sus obras y por sus desvelados notarios (Saldívar, Plinio, Martin, Ayén) que ya nadie nos puede sorprender. Nos encantaría tener noticias frescas de ese fabulista antiguo que usaba técnicas narrativas modernas, pero todo lo que nos llega son pétalos resobados. Amarillos, claro.

Admiramos incluso sus bobadas, su fobia por los adverbios terminados en mente, por ejemplo, como si otras desinencias (aco, itis, ismo) fueran bellísimas. Su manía de cazar los versos alejandrinos que se le colaban, y destriparlos con tachones rencorosos. Sus mariposas. Sus agüeros y sus filias, pruebas palpables del desvarío que el genio debe padecer. Y exhibir. Su avaricia, de la que tenemos el testimonio de un juguete caro del escritor, Alba Lucía Ruiz, nuestra primera top model. Su arribismo estratosférico, esa manera suya de ahondarse en cóncavas zalemas ante los símbolos del poder, ante reyes obscenos, emisarios del imperio y asesinos de alto rango, es decir, en lengua vallejiana, “esa impudicia para lamer culos sin el más mínimo recato”.

Es tanto el sahumerio incinerado en los altares de la gabolatría, que uno agradece la irrupción de alguna voz herética, como la de Vallejo o la de Octavio Paz. “La prosa de García Márquez es un compromiso académico entre la fantasía y el periodismo. Poesía aguada. Continúa una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

O como Pasolini. “Es la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y con derroche del tradicional manierismo latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana. Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista de Hollywood: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Temo que Pier Paolo tenía razón. Si exceptuamos a Amaranta, que evoluciona de una manera compleja y natural a lo largo del libro, los personajes de Gabo tienden a ser caricaturales. Sin embargo, el concepto del italiano es sacrílego. Quizá fue por esto, no por ser un cacorro-católico-marxista, que fue brutalmente asesinado en una playa de Ostia por tres mozalbetes putos.

En una entrevista realizada en 1994, Antonio Caballero le pegó una “peinada” tremenda. Le dijo que “Del amor y otros demonios” estaba plagada de horribles laísmos, de guacamayas suicidas y caballos inmortales, que le sobraba un personaje, el segundo exorcista, y que le faltaba otro, Dominga de Adviento. En vez de rajar la calva de Antonio con la pesada medalla Nobel, Gabo lo miró consternado. Tienes razón, dijo con voz triste, no volveré a escribir en computador.

Me gustaría agregar alguna blasfemia de mi propia cosecha, pero no puedo. Soy un devoto incondicional de ese señor que nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas. Le agradezco muchas cosas, todas esas potencias verbales que los críticos han subrayado, claro, pero sobre todo aprecio una lección suya: me recordó que la vida no está en otra parte ni en otro siglo, que también la casa es un espacio poético, y que el cilantro no es inferior a la rosa.

Julio César Londoño (foto) (Tomado de ‘El Espectador’)

‘Sueño marino’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos. En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

Sam Shepard (foto)
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