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‘La recién nacida’ de Yanitzia Canetti

yanitzia-canetti(“Madre dijo que no demoraría. / Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso”. César Vallejo)

La recién nacida lloraba. El frío mármol humedecía sus huesecillos aún blandos y anhelantes. Los muertos se hicieron cargo de amamantar su dócil tamaño ante la ausencia materna. ¡La niña les hacía sentir tan muertos…!

“¡Está viva! ¡Hoy empezó a morir!”, pensaban los desmoronados.

Ninguno de los muertos pudo ver el cuerpecito de la pequeña, y no por ciegos o por falta de un vivo interés, sino por culpa de aquella densa cárcel marmórea que le aplastaba el ánimo a cualquiera, incluso al más vivo. Sin embargo, les bastaba imaginar a una recién nacida sobre una de las tumbas para verla en carne y hueso.

-¿Quién es la madre? -preguntó la muerta del mil setecientos treinta y tantos.

-La lluvia -respondió una voz desde el panteón de los Cabrera Roig.

Los muertos rieron a carcajadas, y a algunos se les desencajaron las mandíbulas. (Ahora ya podrían reír para siempre)

-¡Qué necedad! ¡La lluvia siempre ha tenido los párpados abiertos! Esa niña no puede ser hija de la lluvia de ninguna manera. Sus ojos llueven, sí, ¡pero están cerrados! -dijo la voz anciana con notable enojo.

La voz salida del nicho de los Cabrera Roig calló por fin su ignorancia. Pero el llanto de la niña continuaba mortificando su sueño eterno.

-¡Alguna madre tiene que tener esta criatura! -insistió al poco rato-. Debe ser la tierra, o quizás la sangre, o tal vez el fuego, o el color, o la música, o el miedo…

Esta vez los muertos no rieron; lloraron. Y los de mandíbula suelta hicieron una mueca sarcástica.

-¡Callen al Cabrera ese! -gruñó Ofá, la negra cimarrona de aliento sibilino, ante la insensatez del Cabrera Roig-. Ni la tierra, porque la no es fruto, sino semilla. Ni la sangre, porque la niña no es impulso, sino pedestal. Ni el fuego, porque la niña no es de manos ardientes. Ni el color, porque a la niña no le tiembla el arco iris en sus lágrimas. Ni la música, porque la niña no es eco. Ni el miedo, porque la niña es semilla y pedestal y frío y oscuridad y gruta desolada y sin quejidos…

La negra cimarrona lanzó un grito que estremeció todo el cementerio y luego se hundió en su muerte una vez más. Pero los muertos revolvíanse en el lecho por la presencia de la ingenua criatura, que no hacía más que llorar a moco tendido. Aquel llanto les hacía recordar algo…

Los que aún conservaban la sangre tibia, lucharon por regresar. Y a los que el frío y el calor no les olía a nada, lucharon por partir.

Las lápidas fueron pronto iluminadas por trozos de sol, que caían como piedras gigantes desde un cielo en llamas. La tarde se dio a la fuga, con paso muso y sin mirar atrás. Algunos se inquietaron tanto, que sus huesos se escurrieron como agua por entre las fosas anilladas de las lombrices de tierra. La recién nacida no lloraba ya; gritaba con largos aullidos de desesperación. Espantaba con sus gritos a las flageladas nubes del ocaso e inundaba de lágrimas el pozo cósmico.

-¿Dónde está la maldita madre de esta chiquilla?

¡Que la saque de aquí cuanto antes! ¡Que se la lleve de una vez! ¡No soporto tanta vida encima de mí! -vociferó una masa de carne maloliente y malhumorada.

Apenas la noche se precipitó sobre el cementerio, la madre acudió por fin a la losa fría donde se hallaba el cuerpecito lloroso de su primogénita. Había llegado la hora de amamantar a la pequeña y detener su llanto fatigoso. Todos quedaron mudos… y sordos… y ciegos…

La muerte dio de beber de su pecho a la recién nacida.

Yanitzia Canetti (foto)

‘El hombre que amaba a los perros’ de Padura

leonardo-padura‘El hombre que amaba a los perros’ es una novela del cubano Leonardo Padura (foto), que narra las vidas que colisionaron el 21 de agosto de 1940: la del ucraniano León Trotski y la del catalán Ramón Mercader, quien astilló el cráneo del bolchevique con un piolet, que descargó con furia a nombre de un socialismo inspirado por José Stalin, amo todopoderoso de la entonces Unión Soviética.

Me regresó a la segunda mitad de los setenta, cuando buscábamos en los predios de la Universidad Nacional de Palmira, en cuerpo y alma, la Utopía de un mundo en el cual el bienestar social debería ser la razón de ser de las naciones. Recuerdo las horas que fatigamos sobre textos de marxismo, creando en nosotros la pretendida superestructura de lo que sería una Colombia sin dolor.

Reviví en la lejanía del recuerdo la distancia que creábamos con los trotskistas, influenciados también nosotros, como Ramón Mercader, por las mentiras del stalinismo y sus animadores, que seguían vivas después de 30 años del alevoso crimen de León Trotski. Nos enredábamos con las denominaciones marxista, trotskista, moirista, leninista, comunistas, etcétera. Todos teníamos el mismo sueño, pero éramos distintos bajo el Estatuto de Seguridad.

Algunos sabíamos que Stalin era un tipo notoriamente corto de inteligencia, pero marrullero y abundante en trapisondas, componendas, traiciones y ejercicio brutal del poder, al punto de barrer de la faz de la tierra a miles de los bolcheviques que coronaron la toma del poder guiados por Trotski y Lenin. Los mató a todos. Los mandó a matar, o hizo que fueran condenados por una justicia de bolsillo a penas de muerte, en juicios prefabricados, ridículos y terroríficos al mismo tiempo, y se guardó su envidia y encono mayores para el brillantísimo León Trotski, a quien degradó, sacó del Partido, expulsó de la Unión Soviética y le quitó la ciudadanía, para después arreglárselas a fin de que no le dieran asilo en ninguna parte de Europa. Finalmente, México le abrió las puertas, de la vida y de la muerte, al exiliado León Trotski.

Varios años de adiestramiento tuvo el catalán Ramón Mercader, fanático del socialismo soviético de Stalin, y el 21 de agosto de 1940 rompió el cráneo, con un pico de escalador, del lúcido creador del Ejército Rojo, para entonces guarecido en una casa de Coyoacán, en Ciudad de México.

Ese día colisionaron los destinos del ucraniano y el catalán: el primero, incólume hasta hoy en la dimensión de su obra, práctica y textual, y el segundo convertido en un cascarón de olvido humano, quien, poco a poco, descubre que fue usado sin pudores por el mediocre secretario general del Partido, José Stalin, y que su acto criminal no tenía nada qué ver con el socialismo, ni con el hombre nuevo o con el nuevo orden social sobre el planeta.

Leonardo Padura logra elaborar la novela con belleza en el lenguaje, sin adjetivaciones, con suspenso en la narración y rigor histórico en la vida de los protagonistas, que van emergiendo, de cuerpo entero, a lo largo de las 765 páginas (Tusquets editores, colección Maxi, 2011) y que esta reseña no logra: León Trotski, Ramón Mercader, José Stalin, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kalo, Natalia Sedova, Caridad del Río, Sylvia Angeloff, André Breton, Nahum Eitingon, Cuba, Jaime López, Iván Cárdenas Maturell, y quien termina la narración desde La Habana: Daniel Fonseca Ledesma.

El poeta Elkin Restrepo acotó que es “una gran novela y, entre otros, detrás de la historia del asesino de Trotsky, el manual de como ejercer el poder absoluto y acabar con el opositor y la oposición. El mismo de ayer y hoy”.

Más que apasionante, es una obra de suspenso tallada sobre el material de la historia, que resulta reveladora en cada página sobre lo que ocurrió con uno de los grandes hombres de la Utopía humana que se frustró, y sobre las verdaderas complicidades que le permitieron a Adolf Hitler y Francisco Franco elevarse arteramente a sitiales de usurpación.

Es una novela apasionada y apasionante. Leánla. Los colmará.

‘La oveja negra’ de Ítalo Calvino

italo-calvinoÉrase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.

Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.

Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.

Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.

Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.

Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.

En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robar a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hundiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía, de modo que se volvían pobres.

Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.

Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.

De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

Ítalo Calvino (foto)

‘McOndo: el fantasma abolido’ de Mario Jursich

mario jursich duránEs muy significativo que, 20 años atrás, la publicación de McOndo haya desatado un alud de críticas negativas. La mayoría de comentaristas, sobre todo en Chile, se tomó el prólogo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez a la tremenda y en consecuencia lo leyó como si fuera un manifiesto político-cultural, cuando en realidad tenía mucho de ópera bufa y desplante juvenil. Fuguet, Sergio Gómez y los otros 15 autores fueron acusados no solo de ser unos burguesitos frívolos de clase media (o “ni siquiera alta”, como dijo, con mal disimulada irritación, un crítico argentino), sino de estar completamente enajenados por la cultura gringa. Así, de manera cambiante y según la filiación ideológica del comentarista de turno, McOndo era presentado como “una celebración del neoliberalismo que a mediados de los noventa triunfaba en América Latina” o como “un proyecto machista que solo incluía a hombres” o –conclusión final absolutamente previsible– como “un reflejo de esa juventud consumista apenas interesada en encarar nuestros gravísimos problemas”.

Si se trataba de quitarles autoridad, hubiera sido más eficaz contrastar el prólogo del libro con lo que en efecto, no en la fantasía, pasaba en ese entonces en la literatura. El hecho de que un editor de Iowa les hubiera rechazado unos cuentos, alegando que “bien podían haber sido escritos por cualquier autor del Primer Mundo”, era la prueba fehaciente, inequívoca, para los prologuistas de McOndo de que tanto los escritores como las editoriales y el público a este y el otro lado del Atlántico seguían encadenados al grillete del realismo mágico. “No es posible aceptar… que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles”, proclamaban enardecidos. “En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”, remachaban, como si nadie lo hubiera advertido nunca.

Estos comentarios, evaluados a la distancia de dos décadas, producen una especie de lástima. Fuguet y Gómez simplemente parecían haber leído mal la literatura latinoamericana (o no haberla leído en absoluto). Para empezar, pasaban por alto que el mismo año de publicación de Cien años de soledad, en 1967, ya estaban en librerías La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti; La región más transparente (1958), de Carlos Fuentes, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, tres libros de referencia donde no hay realismo mágico y donde las ciudades son un nítido contrapunto a ese campo y a esa vida rural que en opinión de ellos acaparaban las letras latinoamericanas.

Otro tanto puede decirse de sus quejas respecto a la falta de atención a la cultura popular y a la televisión. “¿Y lo bastardo, lo híbrido?”, preguntaban de manera retórica, convencidos de que no habría respuesta a sus interrogaciones. “Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato”. Pues bien: 20 años atrás, en 1976, ya Manuel Puig y Luis Rafael Sánchez le habían dado carta de ciudadanía a todo ese universo en El beso de la mujer araña y en La guaracha del Macho Camacho. Visto en perspectiva, el libro de Luis Rafael Sánchez hasta parecía anticipar los ruegos de Fuguet y Gómez por una narrativa donde se viera “nuestro país McOndo sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas… tv-cable y barriadas”, toda vez que elegía un descomunal atasco de tráfico en San Juan para hacer una gozosa reflexión en torno a la caótica modernidad del Caribe.

Es importante añadir que ya en los años sesenta, mientras la literatura se abría en multitud de direcciones, Carlos Monsiváis y otros autores estaban escribiendo crónicas de enorme aliento sobre ídolos populares o haciendo perspicaces conjeturas sobre la identificación del público con lo que veía en las pantallas de los cines o los televisores. (Una de las principales carencias de McOndo es, justamente, que ignora la multifacética riqueza del periodismo, de la nota cinematográfica o del ensayo en aquellos tiempos inventivos).

A mí me gustaría radicalizar estas críticas: en 1996, a excepción de algunos epígonos sin importancia, ni siquiera el mismo Gabriel García Márquez estaba interesado en el realismo mágico. Sus libros de la época, desde Crónica de una muerte anunciada (1981) hasta Del amor y otros demonios (1994), ya habían dejado atrás el estilo hiperbólico y barroco de Cien años de soledad, sustituyéndolo por una prosa más contenida, donde a menudo refulgían las antiguas enseñanzas de Hemingway. Más aún: en lo que puede considerarse una sabrosa ironía, a mediados de los ochenta García Márquez había publicado su “libro chileno” –Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile–, en el cual, si se lo hubieran propuesto, Fuguet y Gómez habrían podido encontrar mucho de lo que reclamaban para su propia escritura.

No me resisto, llegado a este punto, a comentar una segunda y acaso más filosa ironía. Con ánimo provocador, los prologuistas de McOndo decían que “si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”. Da risa pensar que también en esa encrucijada el “arcángel san Gabriel” se les adelantó por lo menos década y media. Desde 1981, García Márquez se había dejado seducir por el logo de la manzana, siendo tal vez uno de los primeros, si no el primer autor latinoamericano, en cambiar su viejo instrumento de trabajo por un computador. “Jobs le había recomendado directamente el equipo –recordó Roberto González, pocos días después de que muriera el nobel colombiano–. García Márquez usaba todavía su pesada máquina de escribir y él le dijo que tuviera mejor un Mac en cada país. Entonces, yo fui quien se lo mostró a Gabo en una feria. Se compró uno para México, otro para Cartagena y uno más para Barcelona”. Lo dicho: aunque intentaran reducirlo a un cliché, ese García Márquez era más complejo –más inesperado– de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En realidad, el malestar de Fuguet y Gómez tenía un origen muy preciso. Primero en 1982, y luego en 1989, la literatura de su país natal había producido dos best sellers mayúsculos, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, y El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Ambos libros, sin la menor duda, abusaban de los peores tópicos del realismo mágico, pero el hecho de que el público los acogiera no permite inferir que entonces el realismo mágico era la única oferta disponible en el catálogo de las editoriales. En este sentido, Fuguet y Gómez cometían un error clásico, que es confundir la literatura con el mercado. Para decirlo de manera sintética, aunque la literatura obedece parcialmente al mercado, no se agota en el mercado. O, dicho de otra forma, la literatura, que toma cuerpo gracias al mercado, precede y excede al mercado. Todos sabemos que la circunstancia de que un libro se venda poco –o solo alcance un puñado de lectores– no significa nada en cuanto a su calidad e influencia.

No sé si por desconocimiento o por mala fe, Fuguet y Gómez callaban que al lado de La casa de los espíritus estaba Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, y que flanqueando a El viejo que leía novelas de amor aparecían Glosa (1986), de Juan José Saer, y Cuando me hice monja (1993), de César Aira. Ninguno de esos libros, con caminos narrativos totalmente diferentes a los del realismo mágico, logró ventas extraordinarias, pero desde un comienzo fueron saludados como hitos de la nueva narrativa latinoamericana y rápidamente traducidos al francés y al inglés. Así pues el dictum de Fuguet y Gómez, según el cual la industria editorial “desechaba” a quienes “poseían el estigma de carecer de realismo mágico”, se demostraba palmariamente falso. Al enfilar baterías contra el realismo mágico, Fuguet y Gómez en realidad estaban cayendo en la antigua falacia del hombre de paja, que consiste en caricaturizar unos argumentos (o una situación) en aras de facilitar un ataque crítico. No combatían a García Márquez; en verdad, combatían una imitación falsa y vulnerable de su literatura (el “hombre y la mujer de paja” representados en Isabel Allende y Luis Sepúlveda) a fin de dar la ilusión de llevárselo por delante. Finalmente, es fácil dar la apariencia de triunfo en una discusión intelectual cuando se escogen adversarios débiles.

Yo tengo una teoría de uso casero, ajena al libro propiamente dicho, que tal vez explique las numerosas distorsiones de óptica en McOndo. Es bien sabido que tanto Fuguet como Gómez asistieron a los talleres que José Donoso dictó entre 1985 y 1991 en la capital chilena. De allí, de esos workshops conflictivos y retadores, nació el germen de las dos antologías con que irrumpieron ruidosamente en la vida literaria de su país. Creo adivinar que Donoso les transmitió a Fuguet y Gómez su desaforado resentimiento contra Gabriel García Márquez y, de manera indirecta, contra el realismo mágico, que él interpretaba como la causa de que nunca se le hubiera reconocido como un gran autor. Ese asunto, que puede rastrearse con facilidad en la Historia personal del boom (1978) y en la espeluznante memoria de su hija adoptiva Pilar –Correr el tupido velo (2010)–, me exime de multiplicar detalles en extremo penosos. Baste recordar que El jardín de al lado (1981) ofrece una mirada satírica –y rebosante de esa “enorme y lícita envidia” que le gustaba pregonar a Donoso– a propósito de la relación entre Núria Monclús (Carmen Balcells), la “bruja de las finanzas, la catalana pesetera y avara”, y su “escritor favorito”, “el insolentemente célebre” Marcelo Chiriboga (Gabriel García Márquez). En este sentido, se podría decir que McOndo es la venganza infantil, postrera, por interpuestas personas, del escritor chileno contra el nobel colombiano. Sobra decir que se trata de una venganza inoficiosa, pues la antología no tuvo el menor efecto en la reputación de un autor que no necesita de ningún tipo de valedores. García Márquez –¿lo dudarán Fuguet y Gómez?– sigue siendo un nombre ineludible en la narrativa de lengua española.

*

Por supuesto, todo lo dicho hasta aquí tiene un punto de injusticia. En McOndo participan 17 autores y no parece lícito, o al menos equilibrado, proyectar sobre los cuentos unas opiniones vertidas por los antologistas en el prólogo. Como acá no dispongo de espacio para comentarlos de manera individual, me limitaré a pasar por alto las numerosas inconsistencias del libro (no incluye a ninguna mujer ni a ningún escritor del Caribe; no es propiamente una antología de los escritores que agrupa, sino un volumen de textos pedidos ex profeso; no fue el producto de una investigación a carta cabal sino más bien el junte azaroso de lo que sugerían amigos o conocidos), y lo haré, entre otras razones, porque Fuguet y Gómez reconocen esas debilidades. Mi argumento provisorio para explicar por qué el libro ha envejecido de manera tan vertiginosa es que se trata de una antología de autores interesados sobre todo en la novela, para los cuales el cuento, aunque los hubieran escrito, era una forma secundaria; un, digamos, paso obligatorio antes de encarar lo que de verdad valía la pena. No me extraña que, leídos con 20 años de distancia, sobresalgan los relatos de quienes en el momento de la publicación ya tenían a sus espaldas un pasado como cuentistas: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Gustavo Escanlar y sí –todo hay que decirlo–: Alberto Fuguet.

A estas alturas sería necio desconocer que la antología debe su éxito a que tenía un nombre magnífico –fue lo que se dice “un hallazgo afortunado”–. Me temo sin embargo que ese acierto publicitario es en parte la causa de su actual fracaso, el motivo por el cual nadie considera a McOndo un volumen decisivo o cuando menos un importante documento generacional. (Edmundo Paz Soldán, uno de los autores seleccionados, escribió hace un tiempo que era una “malhadada antología”). McOndo reúne a escritores que estaban escribiendo antes de que la editorial Mondadori lanzara el libro, que seguían escribiendo durante su lanzamiento y que siguen haciéndolo hasta la fecha, a menudo –o casi siempre– a contramano de la estética promulgada por Fuguet y Sergio Gómez. Para decirlo en términos publicitarios: perduró la marca, pero caducó la mercancía.

Mario Jursich Durán (foto) (Publicado en Revista Arcadía)

Nota: Los autores incluidos en McOndo son: Andrés Caicedo, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco, Giannina Braschi, Pedro Juan Gutiérrez, Mario Mendoza, Leonardo Valencia, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Jaime Bayly, Naief Yeyha, Juan Forn, Santiago Gamboa, Rodrigo Soto, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Antonio Domínguez, Jordi Soler, Gustavo Escanlar, Martín Casariego Córdoba, Marlon Ocampo y, obviamente, Sergo Gómez y Alberto Fuguet.

‘El cangrejo volador’ de Onelio Jorge Cardoso

onelio jorge cardosoHabía una vez un cangrejito nuevo que estaba haciendo un hueco profundo en la tierra, cuando, sin más ni más, vino una paloma torcaza a darle conversación.

–¡Bonito que te está quedando el pozo ese! –dijo la paloma–, y el cangrejo levantando los tarritos de sus ojos, la miró tranquilo y respondió:

–No se trata de un pozo, estoy haciendo mi casa.

–¡Cómo! –exclamó asombrada la paloma– ¿Ese oscuro agujero es tu casa?

–Pues… sí, mi casa.

–¿Cómo se entiende ese disparate muchacho?

–¡Ah!, ¿qué no?

–¿Pero te parece poco llamarle casa a un agujero en la tierra? Escucha: si puedes vivir en la rama de un árbol ¿cómo vas a habitar en el fondo de un pozo oscuro?

–Señora –dijo dignamente el cangrejito–, ¿se olvida usted de que está hablando con un crustáceo? No soy una paloma, señora.

–¿Pero eso qué importa si eres “cangrejo con voluntad”?

–Un “cangrejo con voluntad” –se dijo el cangrejito, levantando directamente al cielo los tarritos de sus ojos. ¿Sería posible eso? Mas, enseguida contuvo su entusiasmo.

–¿Cómo vas a pasarte la vida bajo tierra?

–Pero es que toda mi familia lo ha hecho siempre así.

–Ya me imagino a toda tu familia; es decir, por uno que empezó una vez, todos los demás han seguido haciendo lo mismo. ¿Y es que en tu familia no hay aspiraciones?
–Bueno, hay cangrejos… aspiraciones, que yo sepa, no.

–Bien –dijo la paloma– entonces tú vas a ser el primero de los tuyos que viva en un árbol.
–¡Cómo! ¿Yo vivir en un árbol?

–Tú, el primero de todos.

–¡Pero mire, señora Paloma, que mi abuelo me mandó esta mañana a que hiciera mi cueva, diciéndome que ya es hora de fabricarla como hacen los demás!

–Pero, muchacho, contesta una cosa: ¿qué casa estás fabricando?

–La mía señora, ¿cuál otra?

–Ninguna, porque ¿cuándo tú has visto una casa sin puertas ni ventanas?

–Bueno… no; verdad que no la he visto.

–Entonces ¿dónde vas a hacer allá abajo una ventana y qué fresco y qué luz van a entrar por ella?

–Tiene razón.

–Y hasta suponiendo que hubiera una ventana sin fresco y sin luz, ¿qué pajarito se pondría a cantar en ella cuando llegue el verano?

–No, ninguno.

–Entonces está claro; hazte una casa en el aire, muchacho.

–Pero… ¿en el aire?

–Quiero decir en la rama de un árbol, de un pino, de un júcaro, de un dagae, en el polo del monte que más te guste.

–¡Un nido!

–Eso, un nido fresco que lo meza el viento. De día cerca del Sol, de noche cerca de las estrellas.

–¡Ah! ¡qué bueno sería! En el fondo, los cangrejos todos queremos llegar a las estrellas –más, enseguida se entristeció:– ¡pero es que soy solamente un cangrejo!.

–¡Déjate de historias! ¡Tú eres lo que tú quieras ser! ¡Sé pues, un crustáceo con voluntad!

Y como si estuviera cansada de hablar, la paloma torcaza batió sus alas y salió volando por encima del joven cangrejo, quien con los tarritos de sus ojos la siguió mirando hasta que se perdió con el viento.

Mas, ya el cangrejito no podía seguir haciendo su cueva en la tierra. Así que aquella misma tarde, después de que se lavó las tenazas en el río fue directo a ver a su abuelo.

–Abuelo, quiero fabricar mi casa fuera de la tierra.

–¡Cómo! –exclamó el abuelo, cayéndosele la comida de la boca.

–Sí. Voy a hacerlo si es posible en el copito de un caguairán.

–¡Hijo mío! –dijo entonces mirándolo muy preocupado–, tienes que tener cuidado con las hierbas que comes. A ver, ¿qué has comido, hijo mío?

–Palmiche, abuelo, pero hablé con la paloma torcaza…

–¿Con esa loca?

–Me ha dicho que es un disparate vivir bajo tierra como una lombriz.

–Será, pero ten en cuenta que tú no eres más que un cangrejo, muchacho.

–Un cangrejo que acaso un día pueda vivir cerca de las estrellas.

–Pero, ¿qué diablos de casa es esa?

–Un nido, abuelo, un nido.

–¿Nido? ¿Y dónde están tus alas, muchacho?

–Pues, quién sabe con el tiempo si…

Mas esta vez el abuelo no lo dejó terminar.

–¡Muchacho! –tronó–, mientras tú seas cangrejo no hay ala que te salga ni pluma que te cuelgue. Cangrejo naciste y cangrejo terminarás.

Pero el nieto estaba dispuesto a trabajar de todas maneras. Así que se fue solo al monte y escogió el caguairán que le pareció más alto y frondoso de todos. Era un trabajo difícil el que se había propuesto. Tendría que subir y bajar el árbol cuantas veces fuera necesario para construir allá arriba su nido. Mas, empezó sin miedo, echándose a las espaldas los palitos secos y las bolsas de resina y todo lo que necesitaba para su trabajo. Subía y bajaba clavando sus patas espinadas en el tronco, y lo hizo tantas veces que formó un trillito de puntos en la corteza del caguairán. Y no sólo era el trabajo que pasaba y el peligro que corría sino las cosas que le decían los otros animalitos del suelo, los que no vuelan.

–¡Loco, loco de a viaje está! –decía la jicotera encaramada en su piedra del río–. ¡Y se revienta un día de estos! ¡vivir para ver!

Pero él ni siquiera contestaba. Subía y bajaba lento, incansable, llevando su carga. A veces sucedía también que a mitad de camino, ya no podía más y rodaba la carga.

Entonces, firme, sin ceder, bajaba hasta el suelo, cargaba de nuevo y tornaba a subir con los ojos fijos allá arriba, donde estaba creciendo su nido en la punta de la rama más alta.

Por su parte, el viejo abuelo estaba muy triste y acabó diciendo que tenía un nieto chiflado, el primero en la familia. Pero al fin, una mañana se corrió la voz por toda la isla. De todas las provincias vinieron pájaros a visitarlo. De oriente llegó un lindo senseremicó, con su cuello amarillo como una corbata nueva. De Camagüey, un pájaro carpintero de pecho rojo y camisa de guinga. De Santa Clara un zenzontle cantador al que le decían el “Jilguero del Escambray”. De Matanzas, la más dulce paloma de todas. De La Habana, un zunzún azul que se paraba en el aire volando. Y por fin, de Pinar del Río, un ruiseñor de Viñales al que le decían la “Flauta de Aragón”. Vinieron todos y alabaron el nido del cangrejito, que era como un hermoso balcón al viento y la luz. Él dio las gracias a todos y les ofreció guayabas maduras y pomarrosas del río.

Y en ese mismo día, al atardecer, fue que sintió sueño y se extrañó. ¿Acaso estaría enfermo? Jamás había sentido sueño al atardecer. Todo lo contrario, porque esa es la hora en que los cangrejos salen a pasear, la misma en que los pájaros se posan a dormir. Pero en fin, se quedó dormido. Y cayó la tarde y pasó la noche con sus estrellas y sus sputniks, mientras él dormía sosegadamente sin darse cuenta de nada. Mas al otro día, cuando el sol tibio de la mañana lo hizo despertar, sintió como si no cupiera en el nido. Levantó primero el tarrito de un ojo y después el tarrito del otro. Miró a la derecha y quedó mudo de asombro; miró a la izquierda y quedó mudo del mismo asombro; ¡Dos Alas! ¡Dos alas encendidas como las plumas del tocororo le salían de los costados! Le habían crecido durante la noche y eran más largas que sus tenazas. Entonces el cangrejito, no sabiendo si llorar o reír de alegría, levantó sus hermosas alas, las batió ruidosamente haciendo caer algunas hojas maduras del caguairán y se lanzó de frente al viento a volar para siempre.

Desde aquella mañana todo el mundo vivía asombrado, con las caras vueltas hacia arriba para ver el cangrejito volador atravesar el aire, y hasta el viejo abuelo solía decir orgulloso ahora:

–¡Tengo un nieto plumoso, lindo como un tocororo y vuela como el viento!

Onelio Jorge Caroso (foto)

 

A Hemingway también le costaba escribir

Ernest-HemingwayDe los muchos ‘decálogos’, este es el de Ernest Hemingway (foto). Son consejos desde su vivencia como escritor. Es posible que altere el orden en que los escribió, si los escribió, o en que los dijo o dictó. Para quienes están interesados en las costuras de la literatura es una lectura necesaria.

1) Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés (español) vigoroso. Sé positivo, no negativo.

2) Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.

3) Seriedad absoluta en lo que se escribe, es una de las dos necesidades categóricas. La otra, por desgracia, es el talento.

4) Por el amor de cristo, escribe y no te preocupes por lo que los muchachos dirán, ni de si será una pieza magistral o qué.

5) Cuando un escritor escribe una novela, debería crear a gente viva; personas, no personajes.

6) A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.

7) Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

8) Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.

9) Las personas de una novela, no los personajes construidos con habilidad, deben ser proyectadas desde la experiencia asimilada del escritor, desde su conocimiento, desde su cabeza, desde su corazón y desde todo lo suyo.

10) Quería escribir como Cezanne pintaba. Cezanne empezaba con todos los trucos. Después destruía todo y empezaba de verdad.

11) Evita lo monumental. Rehúye lo épico. El individuo que puede pintar cuadros enormes muy buenos, puede pintar cuadros pequeños muy buenos.

12) Mi tentación siempre es escribir demasiado. Lo mantengo bajo control para no tener que cortar paja y reescribir. Los individuos que piensan que son genios porque nunca han aprendido a decir no a una máquina de escribir, son un fenómeno común.

13) El don más esencial para un buen escritor es un detector de mierda interno, a prueba de choques. Es el radar del escritor y todos los grandes lo han tenido.

14) Un escritor de nuestro tiempo tiene que escribir lo que no ha sido escrito antes o superar a los escritores muertos en lo que hicieron. La única manera en que puede decir cómo va, es compitiendo con los hombres muertos… Pero la lectura de todos los buenos escritores podría desanimarlo. Entonces debe ser desanimado.

‘La batalla’ de Virgilio Piñera

virgilio pineraLa batalla comenzaría con matemática precisión a las once de la mañana. Los generalísimos de uno y otro ejército se hacían lenguas de la eficiencia y el valor de sus soldados, y de haber confiado en los entusiasmos de los generalísimos se había caído en el grave error lógico de suponer que dos victorias tendrían que producirse inevitablemente. Pero siguiendo estas mismas deducciones lógicas es preciso confesar que algo extraño comenzaba a deformar aquellas concepciones. Por ejemplo, el generalísimo del ejército atrincherado en la colina dio muestras de ostensible impaciencia al comprobar, cronómetro en mano, que todavía a las once y cinco minutos no se había producido el ablandamiento de las defensas exteriores de su ejército por parte de la aviación enemiga.

Todo esto era tan insólito, contravenía de tal modo el espíritu de regularidad de la batalla, que sin poder ocultar sus temores tomó el teléfono de campaña a fin de comunicárselos a su rival, el generalísimo del otro ejército, atrincherado a su vez en la vasta planicie fronteriza a la citada colina. Éste le respondió con la misma angustia. Ya habían transcurrido cinco minutos y el ablandamiento de las defensas exteriores no tenía trazas de comenzar. Imposible iniciar la batalla sin esta operación preparatoria.

Pero las cosas se fueron complicando al negarse los tanquistas a iniciar el asalto. Los generalísimos pensaron en los procedimientos expeditivos del fusilamiento. Tampoco fue posible llevarlos a cabo. Los generalísimos estuvieron de acuerdo en que la negativa a combatir no provenía de esas causas que se resumen en la conocida frase: “Baja moral de las tropas…”. A fin de dar ejemplo de disciplina y obediencia a la causa militar, los generalísimos entablaron una singular batalla: conduciendo cada uno un gran tanque se acometieron como dos gigantes. La lucha fue breve y ambos perecieron. Frente a un espejito colgado de un trípode, un soldado se rasuraba. Un enorme gato daba vueltas alrededor de un paracaídas desplegado.
El perro mascota del ejército atrincherado en la planicie mordisqueaba con indolencia una mano del generalísimo del ejército atrincherado en la colina. No era aventurado suponer que todavía a las doce y cuarto la batalla no habría comenzado.

Virgilio Piñera (foto)