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Se quemó el Valparaíso invisible

PEOR INCENDIO HISTORIA DE VALPARAÍSO CAUSA 16 MUERTOS Y ARRASA CINCO CERROSCuando doña María vio que salpicaban las bracitas contra su ventana, tomó lo primero que encontró y salió huyéndole al fuego. Era la última que quedaba en la casa, hecha de a pocos, durante veinte años, cuando llegó con su esposo a vivir a estos cerros. Ella estaba viendo cómo se incendiaban las casas del cerro vecino, que así llaman a los barrios en la parte alta de Valparaíso. Los de Las cañas, El litre, Miguel Ángel, La cruz, El vergel, Mercedes, Mariposa, Ramaditas y Rocuant los más afectados. Pero de un momento a otro el viento cambió de intensidad y dirección y las lenguas de fuego empezaron a lamer la ladera que colindaba con su casa. En pocos minutos las casas del cerro vecino desaparecían entre las llamas, y el cerro suyo comenzaba a ser pasto del mismo fuego descontrolado. Las máquinas de bomberos no podían subir cargadas de agua por la grave pendiente, y no eran suficientes los baldes y las mangueras de regar las plantas para sofocar el descomunal incendio. Doña María huyó despavorida de los latigazos de fuego, encorvada bajo las primeras sombras de la noche que caía. A salvo, unos metros más allá, todavía retrocediendo ante la imperio de las flamas, doña María vio con ojos llorosos cómo su casa se retorcía entre las brasas para ser un destino hacia las cenizas. Varias decenas, varias centenas…, hasta un millar de personas vieron, igual que doña María, sus enseres sus ropas sus muebles sus recuerdos y el sudor de tantos años reducidos a pavesas. Un millar de viviendas han sido destruidas por el incendio, hay 10 mil damnificados y más de una docena de personas fue atrapada por las implacables lenguas de fuego, y allí murieron en una muerte horrible y desconocida. Una parte del bosque circundante ardió en la cresta de la montaña, en la parte oculta a los turistas de Valparaíso, en la parte invisible que tienen las ciudades turísticas del mundo entero, la de las carencias. Cuánto duele tanto sufrimiento de la gente sencilla. Del padre, de la madre sencilla, de los hermanos y tíos y sobrinos sin fortuna y ansiosos de vida. Valparaíso se quemó por el lado de los cerros, el de ramaditaslos barrios construidos a retazos a través del tiempo. Se quemó Valpo, sin que se dejaran ver la cara los congresistas de la región, los políticos del país. Sin que los autores de las leyes para defender los intereses de sus patrones en las grandes empresas y corporaciones dijeran esta boca es mía. Con visible sentimiento la presidenta Michelle Bachelet estuvo en los cerros haciendo presencia de Estado, llevando un voz de aliento. Pero fueron los primos con los tíos con sus hermanas y sus padres y madres y vecinos, todos apoyados en su propia desgracia, quienes al menos salvaron sus vidas para llorar el rescoldo donde una vez había sido su hogar.

Post Scriptum: (15 de abril 2014) Lo lamentablemente ocurrido este pasado fin de semana en Valparaíso –el Valpo de los cerros que no está a la vista del turismo– era previsible. Ya el 18 de febrero del 2013 dábamos cuenta en este blog de hechos semejantes: “Sin desconocer la gravedad de los hechos, creo que Carlos Rivas Quiroz (foto) es un ejemplo a seguir. Cuando digo “gravedad de los hechos” me refiero a que 1.200 personas resultaron damnificadas porque perdieron sus viviendas, que fueron devoradas por un incendio que anduvo embravecido por los cerros de Valparaíso, destruyendo 80 casas. Por fortuna, no hubo muertos. Horas de pánico vivieron los pobladores de Rodelillo, La Planchada, San Roque y Placeres, que, impotentes, observaron cómo las llamas hacían de sus viviendas montones de cenizas”.

Y antes de esta fecha, otros incendios se habían producido en el mismo sector. De igual manera, ya el 2 noviembre del 2011, hace tres años, planteábamos lo siguiente: “Siempre he creído que Valparaíso es una ciudad que, estando bajo las narices de todos, nadie hace nada por ella. Hay un cierto “orgullo nacional”, pero todos sabemos que los hechos son expresión de amor, y no los buenos discursos y razones. Y me refiero a que Valparaíso no necesita más saludos honoríficos, ni canciones, ni títulos de nobleza. Lo que necesita Valparaíso es inversión. Resulta extraño, por decir lo menos, que ningún gobierno se haya planteado hacer de Valparaíso una ciudad turística, de talla mundial, cuya vocación de tal es más que indiscutible. Valparaíso necesita un plan de restauración urbano, con cargo al Presupuesto Nacional, y también que convoque e involucre a los inversionistas privados, porque toda ella es un tesoro histórico del país”.

¿Será esta nueva tragedia del fin de semana pasado, la última enseñanza de que hay que asentar esas familias damnificadas de manera planificada, ahí mismo o en otro lugar, y rodear los sectores urbanos de un cortafuegos que los separe de los bosques circundantes, donde, al parecer, empezó esta vez el incendio? En un año más, estaremos viendo qué aprendimos. Y quizás el Estado deje que cada cual, como cualquier vieja invasión, levante su casa de a pedazos, con latas y cartones al comienzo y luego con materiales de construcción formales, o el Estado asuma el liderazgo de un plan de repoblación de los cerros de Valparaíso, dignificando a estas familias con viviendas de calidad y accesos expeditos y suministro de servicios básicos, que hoy están sumidas en el dolor de haberlo perdido todo. Amanecerá y veremos.

Jordi Sierra i Fabra no hace más que escribir

Jordi Sierra i FabraCuando leí el texto de Laura Fernández en el diario español El Mundo, el nombre de Jordi Sierra i Fabra (foto) me resultó conocido. Después pensé en un joven de pelo ensortijado de la península ibérica. No sé por qué. Y leí que sus novelas (o libros, mejor decir) han tenido, hasta ahora, 1.559 ediciones. ¿Cómo? Pero es que, además, ha escrito 400 libros. ¿Qué? Sí. Cierto. En una cuenta burda, cada uno de sus libros ha tenido 4 ediciones. Y ha vendido 10 millones de ejemplares de esos libros. ¡Vaya! Pero Jordi Sierra i Fabra es, como dijo Laura, el más desconocido de los escritores conocidos. Cuenta ella que “hace 12 años el Ministerio de Cultura (de España) elaboró una lista de los escritores más leídos en colegios y él se encontraba en el número 8, por detrás de Gabriel García Márquez y por delante de Camilo José Cela. El resto eran clásicos muertos”. No deja de asombrar ¿verdad? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo tan prolífico? Bueno, porque trabaja mucho. El propio Jordi revela su método: “De cada 100 ideas, 20 toman tierra, cinco llegan a crecer y sólo una se convierte en una novela”. Y explica: “Lo importante es saber lo que pasa en cada momento. Una vez lo tienes, sólo debes sentarte a escribir”. Dice Jordi que puede sentarse a escribir hasta 25 horas al día. Le creo. A veces uno tiene esas compulsiones, y otros la han tenido. Se dice que Philip K. Dick escribía días enteros, dos, tres, cuatro, y hacía 500 páginas en esa sentada. Después caía exhausto y dormía dos días más. Eso cuentan del viejo K. Dick. Pero no es el caso de Sierra i Fabra, quien dice: “A todo el mundo le extraña que escriba tanto, pero es que no hago otra cosa. Escribo de lunes a domingo, de 11 a tres y de cuatro a ocho y media”. Dice Laura que “escribe de junio a septiembre, en su segunda casa, en Vallirana, en mitad de la montaña. ¿El resto del año? Redacta lo que él llama “guiones” que no son otra cosa que los esqueletos de las novelas en cuestión. Los redacta, casi siempre, en aviones, porque, dice, coge 70 aviones al año”, y recuerda Laura que Jordi dice: “De las tres veces que he estado a punto de morir, dos han sido en aviones. En una, caímos al mar, en China”. Jordi también habla de “sus 30.000 vinilos y de sus inicios como crítico musical. También del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil que ganó en 2007 por ‘Kafka y la muñeca viajera’, obra de la que, por cierto, se está haciendo una adaptación al ballet en Francia”, dice Laura. Y Jordi dice: “Siempre pasan cosas así, mis novelas se adaptan todo el tiempo, en todas partes”. Jordi tiene una web: www.sierraifabra.com, “en la que incluso hay un ranking de sus novelas por ediciones. En la cima se sitúa ‘Campos de fresas’, con 75 ediciones en siete años”. Ahora recuerdo que sí tengo un libro de Jordi Sierra i Fabra, titulado ‘John Lenon’, que comienza así: “Las navidades de 1939 no fueron unas navidades felices. Tampoco serían las últimas. (…) Durante aquellas navidades, un hombre llamado Alfred y una mujer llamada Julia engendraron a su primer y único hijo. Probablemente fueron los últimos días de su efímera felicidad. (…) Cuando Aldred Lennon salió de ese orfanato, inició una existencia diletante que le llevó de un lado a otro sin rumbo fijo. Con 26 años se enamoró de Julia Stanley en Liverpool y se casó con ella. Es difícil decir hasta qué punto la guerra alteró sus vidas. En el invierno de 1940 Julia Stanley supo que estaba embarazada”. (…) Y termina, antes de una extensa cronología de 86 páginas, día por día, con este párrafo: “A las 11 de la noche del 8 de diciembre de 1980, las cuatro de la madrugada en Europa, un demente llamado Mark David Chapman, que unas horas antes había pedido un autógrafo a John (siendo fotografiado por un fotógrafo aficionado, Paul Goresh), le disparó siete balazos. Ahí acabó todo”. El prolífico Jordi Sierra i Fabra…

Post Scriptum: (6 de abril 2014) Como cualquier otro lector, el autor del que hablo en el artículo, Jordi Sierra i Fabra, me escribe la siguiente nota a mi correo, y como comentario en este blog: “El artículo de El Mundo contiene muchos errores (hablo muy rápido y es posible que a veces no se me entienda).

He estado a punto de morir 6 veces, no tres, y de las 6, tres han sido en avión, pero no me caí al mar, fue en un vuelo Lhasa (Tibet-Chengdú, China).

No vivo con mi madre: mi madre anciana vive conmigo y mi mujer.

Las 1559 ediciones se refiere solo a mis 100 libros más vendidos, no al total de 400.

La sexta novela de Miquel Mascarell ya está escrita, siempre un año antes de que se edite.

“Campos de fresas” se editó hace 17 años, no 7.

etc.

Jordi Sierra i Fabra”

Y yo le respondí, en ‘comentarios’: “Apreciado maestro Jordi: un honor tenerlo en este blog. Gracias por sus precisiones, pues la importancia que tienen es que son hechas por el propio autor, pues pareciendo menores no lo son, como que el artículo original dice que “vive con su madre” y usted nos aclara que es su señora madre la que vive con usted y su esposa, porque está anciana. Gracias por leer este pequeño blog que quiso hacer honor a uno de los escritores más prolíficos, más leídos y, como dice el título del artículo original, menos conocido. Saludo maestro”.

Hemingway y 14 consejos al escribir literatura

ernest_hemingwayQuizás sea un intento por sacralizar, o sacralizarse, el expediente de los ‘decálogos’ sobre los oficios, particularmente el de escribir. Hay muchos de estos decálogos, tanto sobre novelas como sobre cuentos. El que sigue no fue elaborado por el autor directamente, Ernest Hemingway (foto), sino mediante una y otra recopilación de frases pertinentes que el Premio Nobel de Literatura 1954 fue dejando como semillas en el campo abierto de iniciados y lectores. He aquí caprichosamente catorce de esas ideas sabias, referidas a la novela, pero aplicables a cualquier género literario, que podemos apropiarnos:

1) Cuando un escritor escribe una novela, debería crear a gente viva; personas, no personajes.

2) Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés (español) vigoroso. Sé positivo, no negativo.

3) A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.

4) Las personas de una novela, no los personajes construidos con habilidad, deben ser proyectadas desde la experiencia asimilada del escritor, desde su conocimiento, desde su cabeza, desde su corazón y desde todo lo suyo.

5) Quería escribir como Cezanne pintaba. Cezanne empezaba con todos los trucos. Después destruía todo y empezaba de verdad.

6) Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.

7) Por el amor de Cristo, escribe y no te preocupes por lo que los muchachos dirán, ni de si será una pieza magistral o qué.

8) Seriedad absoluta en lo que se escribe, es una de las dos necesidades categóricas. La otra, por desgracia, es el talento.

9) Mi tentación siempre es escribir demasiado. Lo mantengo bajo control para no tener que cortar paja y reescribir. Los individuos que piensan que son genios porque nunca han aprendido a decir no a una máquina de escribir, son un fenómeno común.

10) Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

11) El don más esencial para un buen escritor es un detector de mierda interno, a prueba de choques. Es el radar del escritor y todos los grandes lo han tenido.

12) Un escritor de nuestro tiempo tiene que escribir lo que no ha sido escrito antes o superar a los escritores muertos en lo que hicieron. La única manera en que puede decir cómo va, es compitiendo con los hombres muertos… Pero la lectura de todos los buenos escritores podría desanimarlo. Entonces debe ser desanimado.

13) Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.

14) Evita lo monumental. Rehúye lo épico. El individuo que puede pintar cuadros enormes muy buenos, puede pintar cuadros pequeños muy buenos.

Las redes sociales de las que habló Eyzaguirre

fndación ArturoIrarrázablPublica hoy el diario electrónico El Mostrador una historia que retrata vívidamente cómo se mueve la clase alta chilena, formando sólidos entramados de parentescos y de sociedades cuyos integrantes se cruzan unos con otros de manera casi obscena, con el fin de lucrar del Estado, de empresas y de fundaciones con fines sociales. En el caso que relata de Ximena Pérez Villamil, “Juan de Dios Vial, sus hijos Aníbal, gerente general y director vitalicio de la fundación, y León, socio de la corredora LarrainVial, que administra su patrimonio, obtienen $1.000 millones de la fundación de beneficencia”.

Alguien podrá decir, con esa mentalidad de astucia que caracteriza a los borderline, que para eso es una fundación privada y pueden hacer con ella lo que se les dé la gana. Sin embargo, más allá de esta probable afirmación, lo que interesa aquí es mostrar las redes sociales de las que habló hace unos días el actual ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre, indicando que en el colegio había tenido compañeros idiotas que ahora eran directores de corporaciones y grandes empresas.

El caso que se comenta es el de la fundación Arturo Irarrázaval Correa (logo), en la que a uno de los nietos del fundador, Luis Eguiguren Hodgson, le parece francamente indecente lo que ocurre con el dinero que debería estar cumpliendo una función social. Denunció Luis Eguiguren sueldos exageradamente altos, que se adjudican los altos empleos de la fundación, y los directores que trabajan cuatro días al año solamente. Y si él, un Eguiguren acostumbrado a esas mezclas de personas y de negocios considera aberrante lo que ocurre, no es para menos que veamos una de las varias atrofias que padece la actual sociedad chilena.

El título del artículo es “Pelea en la cota 10 mil: los sueldos de la discordia en la Fundación Irarrázaval”. La “cota 10 mil” es el desnivel del suelo de Santiago, en cuyas partes altas, de la cota 10 mil hacia arriba, viven los ricachones que hacen y deshacen en el país.

Entonces, a esas alturas (y hablo literalmente) no puede uno encontrarse más que con los Vial, los Hurtado Vicuña, los Philippi Irarrázabal, los Yrarrázaval Covarrubias, los Zegers Irarrázaval y los Astaburuaga Echeverría, por mencionar los más conocidos en esta historia. Ellos son decanos o ex decanos, rectores o ex rectores, presidentes o ex presidentes de otras compañías o del gremio empresarial Sofofa, accionistas de Entel, Pucobre, Consorcio y LarraínVial (misma empresa que maneja el patrimonio de la fundación). O sea, todo está amarrado.

Los tres párrafos siguientes dan cuenta de la feria de los millones que estas pocas familias llevan a cabo en esta fundación con fines sociales. Y así como este caso, hay decenas en Chile, con socios y apellidos cruzados, formando una malla impenetrable para quienes no sean de la cota 10 mil hacia arriba.

“En junio del año pasado, Vial Larraín renunció a la presidencia de la fundación en favor de Yrarrázaval, quien era el gerente general, cargo que fue ocupado por Aníbal Vial con un sueldo mensual de $14 millones brutos.

“Yrarrázaval, como gerente general, recibía el 4% de los resultados como dicen los estatutos, lo que se tradujo en un sueldo anual de $200 millones en 2012; $288 millones en 2011 y $250 millones en 2010. Cifras que ganan gerentes del sector financiero, retail y telecomunicaciones, en empresas con gran competencia, ventas superiores a mil millones de dólares y más de 10 mil empleados. Yrarrázaval además obtenía dieta como director.

“(Luis) Eguiguren reclama que Aníbal Vial ha obtenido importantes donaciones para la revista Educar, que pertenece al Grupo Educar, del empresario Fernando Larraín Peña, controlador de LarrainVial, Watt’s y Viña Santa Carolina. Hasta asumir la gerencia de la fundación, Vial era el director ejecutivo de esta corporación que tiene un Otec (Organismo Técnico de Capacitación) que dicta cursos para profesores y una Agencia de Asistencia Técnica Educativa (ATE) para colegios vulnerables”.

Así es como funcionan estas redes sociales de la cota 10 mil. De la misma manera es como los niños ricos nacen ricos y siguen ricos, sin mover un dedo. Por herencia, no solo de dinero o bienes patrimoniales, sino también de empleos millonarios asegurados: “Este año toca renovar a los consejeros Bruno Philippi y Manuel José Zegers, porque cumplen tres años en el cargo, pero hasta ahora la tónica ha sido la reelección por décadas. Y que los hijos sucedan a los padres: ocurrió con Philippi, Arturo Yrarrázaval y José Miguel Pereira”.

Leer aquí completo el fascinante artículo de Ximena Pérez Villamil en El Mostrador.

La banda de Pablo Neruda, según González Vera

neruda2En la semblanza de Neruda (foto), mucho antes de que fuera Premio Nobel de Literatura, que obtuvo en 1971, José Santos González Vera dedica un capítulo al poeta, que titula “Neruda y su banda”, el cual comencé a presentar en el post (entrada) anterior. Lo interesante del conocimiento que uno puede adquirir de personalidades cimeras, como la del poeta de Parral, es que va más allá del mote. Así como pudo percibirse en los párrafos sobre Gabriela Mistral a la mujer doméstica, más allá de su insistente persecución lésbica, en estos sobre Pablo Neruda descubre uno al hombre que vive su vida más allá de su endilgada filiación comunista.

Vamos, pues, a lo que vinimos, con González Vera. Habíamos quedado en que “construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”. Entonces continúa el autor de ‘Aprendiz de hombre’:

Veinte poema de amor y una canción desesperada, su obra siguiente, fue leída por mancebos, doncellas, casadas, viudas, engañadas, novias, monjas, románticas, escépticas, solteronas; fue leído en los trenes, en los jardines escolares, en los hoteles, en barcos, en casas y casonas y, sobre todo, en los parques solitarios, que tan extraordinaria vida cobran al atardecer. En vez de sus vulgaridades propias, los jóvenes o los falsos jóvenes dijeron a sus amadas versos de Neruda y todo fue providencial. Elevaron sus corazones a la atmósfera espiritual de la poesía y, al volver a lo cotidiano, encontraron una realidad pródiga.

“Muchachos y muchachas aprendíanse cada poema y los recordaban a cada hora, al amanecer, al mediodía, al caer la noche, doquiera hubiese silencio. Eran versos como llaves: ‘A nadie te pareces desde que yo te amo’”

Se refiere al poema 14. El libro de poemas de Neruda se volvió, pues, un fenómeno inmediato, un best seller diríamos ahora (un superventas), que volaba de mano en mano y sus textos se repetían de boca en boca.

“A sus musas habituales”, anotó Santos González, “debió Neruda mezclar las corpóreas, que no escasearon. Leían sus versos y, en seguida, querían un recuerdo suyo. Una noche en que fui a buscarle a su pieza, mientras caminábamos hacia el corazón de la ciudad, Pablo Neruda se me separaba unos pasos, daba con sus nudillos en el cristal de la ventana y esta se entreabría mágicamente y dejábase oír un susurro. Luego se me reunía. Dos veces en el trayecto se apartó a probar suerte y el milagro se repetía.

“Vino de Temuco para hacerse profesor de francés. Como pudo resistió tres años estudiando, pero la necesidad de acelerar las experiencias que los demás acumulan lentamente, los estímulos reiterados que llegaban a él de mil partes y las voces de su gran destino, alejáronle de la pedagogía.

“Neruda solo oía a los extraños; mas, si paseaba con un amigo, hablaba separando bastante las palabras. Era sensible al humor y hasta se entusiasmaba cuando una reunión se convertía en fiesta. Sin embargo, primaba en él un sentido serio de la vida. Dije que era anarquista o algo semejante. Sus preocupaciones las expresaba en frases breves, un tanto sentenciosas, a la manera del campo. Asombraba al tomar partido violentamente por lo peregrino y lo inusitado”.

Una descripción de su carácter, la percepción que de Neruda se podía tener. Y de sus lecturas y amistades, José Santos González Vera nos dice, en la página 177 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960: “Le gustó, sobremanera, ‘Sachka Yegulev’, de Leonidas Andreiev, que comienza así: “…Cuando sufre el alma de un gran pueblo, toda la vida está perturbada, los espíritus vivos se agitan y los que tienen un noble corazón inmaculado van al sacrificio”. Publicó prosas en ‘Claridad’ firmadas con el nombre del héroe.

“Alguien empezó a denominar a los jóvenes que le acompañaban “la Banda de Neruda”. Al oscurecer veíasele seguido de ocho o más parciales de sombrero alón y capa. Caminaban hacia el río y se metían en el bar Teutonia. Solo ahí se escanciaba el buen vino de Verlaine.

“Uno de sus acompañantes era Tomás Lago, de aspecto fuerte, sonrosado, con aire hostil. A través de los años ha mantenido esa apariencia. De más cerca descúbrense en él delicadeza, desenfado, pudor e inconformismo. Desertó de la universidad por la aventura literaria. Hizo en colaboración con Neruda un libro: “Anillos”. Y después buena prosa narrativa”.

Lom Ediciones editó “Anillos” en 1997, reseñando: “Esta edición de Lom rescata un “diálogo político”, publicado originalmente en 1926, entre dos jóvenes que coinciden ante la profundidad de su propia percepción y el alto vuelo de su palabra”. Lom también puso en circulación, en 1999, el texto “Ojos y oídos” de Tomás Lago, sobre el cual afirma: “Este libro recompone –a través de esas notas– parte de la vida de Neruda, desde lo visto y oído para alguien que deambula como testigo, pero que sobretodo, acompaña desde una profunda amistad al poeta”.

Retomemos ‘Aprendiz de hombre’, donde González Vera añade: “Alberto Rojas Jiménez fue el amigo predilecto de Pablo Neruda. Era muchacho de hermoso rostro, simpático desde el primer momento, muy natural, con un dejo poético y una inquietud que le inducía a cambiar de empleos y lugares. Estuvo de funcionario en el Ministerio de Educación, empleóse en una librería, trabajó en el mineral de El Teniente, buscó avisos, viajó, dejó pasar el tiempo de cualquier manera.

“Con atributos para ser alguien, por despego vivió sin plan, sin deseo persistente de cosa alguna. Como no estuvo sujeto a citas, compromisos o proyectos, hizo de sus horas lo más placentero. Dejó poemas sueltos, cartas y un pequeño libro: “Chilenos en París”, revelador de sensibilidad y don literario.

“Influyó, posiblemente, en la caligrafía de Neruda. Hay semejanza en la letra de uno y otro. Los unió una profunda simpatía, acaso por lo distintos que eran.

“Hacía Rojas Jiménez ciertas cosas como jugando. Entraba a la tienda de un peninsular, que jamás gastó un diez en propaganda, ara solicitarle una página. El español negábase. Rojas Jiménez insistía con su voz melodiosa. El peninsular, ceñudo, expulsábale. Alberto Rojas Jiménez se mantenía inflexible. El tendero echaba mano a la vara. Entonces Rojas Jiménez retrocedía despacio, sonriendo, y le advertía que volvería cuando lo notara tranquilo. Al asomarse nuevamente, el godo se mostraba amenazador. A la semana, Alberto Rojas Jiménez había conseguido desmoralizarlo y obtenía el aviso.

“Murió por la brutalidad de un mesonero al que no pudo pagar su consumo. Este le obligó a dejar su vestón en prenda. Rojas Jiménez salió al aire, avanzada la noche, en lo más crudo del invierno y le atacó una neumonía de la cual murió rápidamente.

“Pablo Neruda le dio lo que él no quiso concederse: el derecho a perdurar. El poema que escribiera en Madrid (‘Alberto Rojas Jiménez viene volando’) es, fuera de los ‘Sonetos a la muerte’ de Gabriela Mistral, la obra más patética de nuestra poesía.

“Rojas Jiménez fue, entre los poetas jóvenes, el introductor del sombrero alón y de la capa. Los demás solo usaban sombrero, tal vez por el subido costo de la capa. Luego se mostró Neruda con su capita de ferroviario, obsequio de su padre. Recuerdo haberle visto caminar con un amigo, en un día invernal. Después de andar buen rato, Neruda se despojó de ella y la puso en los hombros de su acompañante. Quería hacerle sentir su encendido aprecio.

“Pablo Neruda atraía como compañero. Superó a los reyes que tienen corte, porque pueden dar, en que la tuvo solo por el encanto de su personalidad.

“Al interrumpir sus estudios, fue y dejó de ser empleado de la Administración; consiguió un mísero consulado en una posesión holandesa. Viajó por el Oriente, que lo transformó y lo castigó con su húmedo clima. De vuelta traía los originales de “Residencia en la Tierra”, obra que lo aleja de su tono amatorio y romántico, en que las palabras saben a fluidos y son otros sus pensamientos, aunque parezca en estos versos más objetivo. El poeta desatiende un tanto lo que le atañe como individuo y aspira las emanaciones terrestres, capta los elementos, adivina lo oculto, creando un como panteísmo, no sin tormento en la visión, con énfasis insistente en lo germinal, en lo que escapa al ojo físico del hombre.

“Más que la facultad de comprender, tales poema hablan a la sensibilidad; se les siente, como ocurre con el pensamiento musical. Residencia en la tierra ha pesado tremendamente en la poesía joven americana. Raros han sido los jóvenes que no buscaran sus materiales en tan promisoria mina. Con este libro nació el término “nerudiano” que se aplica a sus imitadores. A veces un poeta abre un libro de otro poeta imberbe, lo hojea y exclama: –“¡Es nerudismo puro!”

‘Poetas: nace un poeta’: Pedro Prado, de Neruda

neruda1La otra semblanza del libro ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera se refiere a Pablo Neruda (foto). Cuenta que en Temuco, trabajando él en un pequeño diario a órdenes de Orlando Mason, un día fue a conocer a Pablo Neruda.

“Lo esperé en la puerta del liceo, alrededor de las cinco. Era un muchachito delgadísimo, de color pálido terroso, muy narigón. Sus ojos eran dos puntitos negros. Llevaba bajo su brazo La sociedad moribunda y la anarquía de Juan Grave. A pesar de su feblez, había en su carácter algo firme y decidido. Era más buen silencioso, y su sonrisa, entre dolorosa y cordial.

“Empezamos a pasear por las inmediaciones. Íbamos a Padre Las Casas, pueblecito por donde los indígenas se comunicaban con Temuco. Andando por ahí vi a un mapuche erguido en su caballo y su mujer que le seguía a pie, con un saco a la espalda. Otra visión de un día invernal, en que el camino estaba enfangado, el cielo oculto por oscuras nubes, fue la de una carreta detenida en un charco. Dos indias empujaban las ruedas sin conseguir zafarla del lodo. Dentro de la carreta, un par de mapuches, junto al brasero, conversaban apaciblemente, tal si fueran griegos redivivos.

“Neruda pasó sus primero cinco años con su abuelo, en el lugarejo de Belén, en Parral. Había perdido a su madre a poco de nacer. Su padre lo llevó finalmente a Temuco, en donde era conductor de trenes. Supe que este, a quien solo vi a distancia, era buen conversador y que le gustaba llenar su casa de amigos. Si se hallaba solo, parábase en la puerta e invitaba a alguien a que le acompañara a almorzar.

“Cuando Neruda era pequeño, le daba un libro al revés y lo leía de corrido. Asimismo, sumaba velozmente toda suerte de cantidades sin inquietarle la exactitud. Sus primeros versos debió escribirlos a los doce años. En el hogar de Mason oía música, y si lo dejaban a comer, prefería que el agua se la sirvieran en copas de color. Decía que así la encontraba más rica”.

Esta costumbre del agua en copas de color la mantuvo hasta la muerte. En Isla Negra se pueden ver las últimas enormes que usó. Menos sucinta que la de Gabriela Mistral, medicinal, González Vera continúa sobre Neruda en las páginas 155 y 156 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960:

“En el liceo tuvo de profesor de francés a Ernesto Torrealba, más tarde diplomático y cronista elegante, que le recomendaba autores y le prestaba libros. Le facilitó obras de Gorki. Además le advertía: “Si quieres escribir, no sigas castellano, porque no te podrás librar de la pedagogía”.

“Neruda tradujo del inglés un poema y lo mostró a su profesor, que se lo devolvió sin decir palabra. Neruda destruyó la hoja. El maestro, que le observaba de soslayo, le pidió los fragmentos. En un santiamén, Neruda volvió a escribir el poema.

“Al conocerle, ya Neruda había obtenido un premio literario, era presidente de los estudiantes temuquenses e inquietaba al ambiente a su modo, hablando apenas, pero diciendo algo preocupador.

“Solía ir a ver a Gabriela Mistral. En una de sus visitas, no la encontró y estuvo aguardándola más de media hora, sentado frente a la escultora Laura Rodig, con la cual no cambió palabra.

“En sus versos maldecía la lluvia y el barro, y expresaba que Temuco no tenía más gracia que albergarla (una muchacha a la que consagraba sus versos). Sus diferencias con la lluvia, casi cotidiana en la ciudad, eran grandes, porque le dejaban preso en el umbral de la puerta”.

Remata la página 156 y continúa otro poco en la 157: “Al conocer a Neruda, su acento me extrañó. Es el suyo un tono particular, carnoso, en que hay variados matices. Uno se acostumbra a su voz y al releer sus versos se la siente. En cambio, en boca de las recitadoras son deplorables siempre, suena a falsificación.

“Oyendo a los indios, me vino el recuerdo de la entonación nerudiana. Traté de explicarme qué fenómeno determinó esa evocación. Durante minutos no pude precisarlo, mas, de repente, entre las palabras de diversos indígenas, una fue emitida con voz gemela a la de Neruda. En consecuencia, lo posible era que otra palabra, asilada también, y oída por mí al azar, me trajera el recuerdo. Aunque escuché con ahínco, no conseguí  oír nuevamente ese tono peculiar”.

Hago un salto a la página 176 de la misma edición, para seguir el dibujo que de Pablo Neruda hace José Santos González Vera. Es un “capítulo”, titulado “Neruda y su banda”. Pongo capítulo entre comillas, porque el libro está hecho de fragmentos de memoria que, en ocasiones, copan media página, pero de pronto explaya sus observaciones, como en este caso.

El capítulo va de la 176 a la 179. Comienza así: “Pablo Neruda era conocido de unos pocos muchachos. En una velada de universitarios se declaró merecedora del primer premio su “Canción de la fiesta”. Súbitamente quedó más alto que los veintitantos poetas mozos que pululaban en torno de la Federación. Neruda debía decir su ‘canción’ en todo lugar y a toda hora.

Hoy que la tierra madura se cimbra…

“Neruda recibía una mesada pequeñísima, que le obligaba a residir en las más lúgubres pensiones, y a mudarse casi mes a mes, por si en un matiz siquiera la nueva fuese menos detestable que la última.

“’Crepusculario’, su primer libro, hizo decir a Pedro Prado: “Poetas: este no es un libro más. Es el augurio de que un gran poeta está naciendo entre nosotros”. Su nombre comenzó a viajar. Uno de los poemas entró al repertorio de las recitadoras.

“Construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”.

Detengo aquí la memoria de Santos González sobre el Nobel de Literatura 1971, para no fatigar al lector del blog. Pero, desde luego, la voy a continuar en el próximo post (o entrada), con lo que resta de la ‘banda de Neruda’. Y también porque la referencia que se hace en el capítulo “Neruda y su banda” es ya de adultez, mientras lo arriba compartido corresponde a su juventud.

Me parece que siempre es interesante escuchar voces nuevas (“nuevas” en tanto se ignoran, como ésta, aunque procede de la primera mitad del siglo pasado) con relación a personajes aparentemente fatigados desde todos los flancos.

Santos González: Gabriela Mistral era medicinal

santos gonzález veraUn agrado leer ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera (foto). Se trata de una autobiografía de sus años mozos y el decidido oficio de escritor. Tiempo durante el cual tuvo la fortuna de compartir con muchos escritores de la época: Augusto Winter, Manuel Rojas, Eduardo Barrios, Juan Egaña, Carlos Mondaca y Augusto D’Halmar, por mencionar algunos. Son pinceladas de un cuadro que retrata la incipiente vida urbana e intelectual del Chile de principios del siglo XX. Dividido en infinidad de capítulos, que en ocasiones son reseñas sucintas de episodios o personas, el libro contiene un par de semblanzas, que por breves no menos interesantes. La que sigue refiere sobre Gabriela Mistral. Un punto de vista distinto al debate sobre su lesbianismo. Quizás éste no fuera tema en su momento, o al menos entre quienes tuvieron la bendición de vivir su entorno. De la edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., en Santiago de Chile de 1960, copio las páginas 135 a 137:

“En ‘Selva Lírica’ conocí a Gabriela Mistral. Del cabello al pie era sencilla, lindando en lo austero. Al hablar movía sus largas manos blancas. Mientras estuvo en Santiago iba a su pensión y qué penoso era despedirse. Me habría complacido que estuviera libre de la necesidad de dormir. En la tarde la visitábamos en grupo. Nos daba once, comida, té en la alta noche, y, entreverados, dulces y pasteles que seguramente adquiría por mayor. Si veíase precisada a salir, íbamos con ella y la acompañábamos de vuelta.

“Llevé mi descaro más lejos: la vi también en la mañana. Por el camino me reprochaba, calificándome de inoportuno, desconsiderado, empalagoso, pero uniendo un paso con otro llegaba a su puerta. El González Vera respetuoso, medido, trataba de contener al otro, tan insaciable que, por satisfacer su culto a la mujer, no la dejaba un instante, sin preguntarse si ella no hubiese preferido verlo menos. Lo embargaba el deseo superior de estar en su presencia y sentirla cuanto pudiera y, aunque no está satisfecho sino de muy contados actos de su vida, de esta admiración desatada, fuera de toda prudencia, no se reprocha. Y si pudiera ser más sincero todavía, a semejanza de los pentecostales que nada callan, diría que está muy orgulloso de haberla frecuentado tanto, que lo estará siempre.

“Había en mí un modo religioso de ver y sentir hasta lo puramente pagano. Queda un brote.

“Apenas estaba ante ella, me decía: “No. Puedes ser empalagoso, mas hiciste bien en venir”. En la mañana asistían pastores protestantes, teósofos, militares en retiro, profesoras, algún ex presidiario, vendedores, funcionarios, inventores y tipos extraños que, vistos en la calle, podían infundir miedo. Jamás supe cómo empezaba el contacto ni lo que decían esas personas. Al parecer, tampoco sabían ellas qué las movía a frecuentarla. Llegaban como dormidos y sentábanse. Ella sonreía. Producíase la iluminación y comenzaban a flotar en una atmósfera sedante. Gabriela Mistral inclinaba la cabeza y decía unas cuantas palabras. Su vos tiene un tono algo monótono que agrada. Es la suya una voz que gotea. Habla del campo, la política, la enseñanza y de mil asuntos. Cualquiera que sea el tema ocurre igual. Cada auditor siéntese ennoblecido: los sentimientos más enaltecedores se adueñan de ellos y las pequeñas congojas de la vida cotidiana se esfuman. Es un ser absolutamente medicinal. Cuando es inevitable irse, atención que todos retardan, no dejan de experimentar contrariedad. Querrían quedarse para siempre, no perder ese nirvana. Se van porque adivinan que otros sujetos con el alma en pena esperan el turno de la tarde.

“Una noche me invitó a pasear en automóvil para el mediodía siguiente. Acudí contentísimo. Cuando nos pusimos de pie salió a la calle también el poeta Jorge Hübner Bezanilla. Junto al automóvil, ella me dijo:

–Si usted tiene algo qué hacer, no se sienta obligado a venir con nosotros.

–Estoy libre –respondí, muy contento de estar con ella una vez más.

“El automóvil era grande. Delante iba el chofer, en los asientos intermedios ella y Hübner, y atrás yo. Al comenzar el ascenso del cerro, ambos iban embelesados en una conversación que no terminó. Entonces, ¡solo entonces!, comprendí que sobraba y se me iluminó el sentido de las palabras. Era tarde para excusarme. ¿Cómo hacerlo a medio cerro? El panorama, los halagos de la naturaleza no consiguieron devolver mi amargura”.