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‘El viejo en el puente’ de Ernest Hemingway

ernest hemingwayUn viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.

Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.

–¿De dónde viene? –le pregunté.

–De San Carlos –dijo, y sonrió.

Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.

–Cuidaba de los animales –explicó.

–Oh –dije, sin entenderlo del todo.

–Sí –dijo–, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.

No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije:

–¿Qué animales eran?

–Animales diversos –dijo negando con la cabeza–. Tuve que dejarlos.

Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.

–¿Qué animales eran? –pregunté.

–En total tres clases de animales –explicó–. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.

–¿Y los ha dejado? –pregunté.

–Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.

–¿Y no tiene familia? –pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.

–No –dijo–. Sólo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.

–¿En qué bando está usted? –le pregunté.

–Yo no tengo bando –dijo–. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.

–Este no es un buen lugar para pararse –dije–. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.

–Esperaré un poco –dijo–, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?

–A Barcelona –le dije.

–No conozco a nadie en esa dirección –dijo–, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.

Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:

–Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?

–Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.

–¿De verdad lo cree?

–¿Por qué no? –dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.

–Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?

–¿Dejó abierta la jaula de los palomos? –pregunté.

–Sí.

–Entonces saldrán volando.

–Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás –dijo.

–Si ya ha descansado, yo si fuera usted me iría –le insistí–. Levántese e intente andar.

–Gracias –dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.

–Yo solo cuidaba los animales –dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo–. Sólo cuidaba a los animales.

No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre.

Ernest Hemingway (foto)

‘Poetas: nace un poeta’: Pedro Prado, de Neruda

neruda1La otra semblanza del libro ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera se refiere a Pablo Neruda (foto). Cuenta que en Temuco, trabajando él en un pequeño diario a órdenes de Orlando Mason, un día fue a conocer a Pablo Neruda.

“Lo esperé en la puerta del liceo, alrededor de las cinco. Era un muchachito delgadísimo, de color pálido terroso, muy narigón. Sus ojos eran dos puntitos negros. Llevaba bajo su brazo La sociedad moribunda y la anarquía de Juan Grave. A pesar de su feblez, había en su carácter algo firme y decidido. Era más buen silencioso, y su sonrisa, entre dolorosa y cordial.

“Empezamos a pasear por las inmediaciones. Íbamos a Padre Las Casas, pueblecito por donde los indígenas se comunicaban con Temuco. Andando por ahí vi a un mapuche erguido en su caballo y su mujer que le seguía a pie, con un saco a la espalda. Otra visión de un día invernal, en que el camino estaba enfangado, el cielo oculto por oscuras nubes, fue la de una carreta detenida en un charco. Dos indias empujaban las ruedas sin conseguir zafarla del lodo. Dentro de la carreta, un par de mapuches, junto al brasero, conversaban apaciblemente, tal si fueran griegos redivivos.

“Neruda pasó sus primero cinco años con su abuelo, en el lugarejo de Belén, en Parral. Había perdido a su madre a poco de nacer. Su padre lo llevó finalmente a Temuco, en donde era conductor de trenes. Supe que este, a quien solo vi a distancia, era buen conversador y que le gustaba llenar su casa de amigos. Si se hallaba solo, parábase en la puerta e invitaba a alguien a que le acompañara a almorzar.

“Cuando Neruda era pequeño, le daba un libro al revés y lo leía de corrido. Asimismo, sumaba velozmente toda suerte de cantidades sin inquietarle la exactitud. Sus primeros versos debió escribirlos a los doce años. En el hogar de Mason oía música, y si lo dejaban a comer, prefería que el agua se la sirvieran en copas de color. Decía que así la encontraba más rica”.

Esta costumbre del agua en copas de color la mantuvo hasta la muerte. En Isla Negra se pueden ver las últimas enormes que usó. Menos sucinta que la de Gabriela Mistral, medicinal, González Vera continúa sobre Neruda en las páginas 155 y 156 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960:

“En el liceo tuvo de profesor de francés a Ernesto Torrealba, más tarde diplomático y cronista elegante, que le recomendaba autores y le prestaba libros. Le facilitó obras de Gorki. Además le advertía: “Si quieres escribir, no sigas castellano, porque no te podrás librar de la pedagogía”.

“Neruda tradujo del inglés un poema y lo mostró a su profesor, que se lo devolvió sin decir palabra. Neruda destruyó la hoja. El maestro, que le observaba de soslayo, le pidió los fragmentos. En un santiamén, Neruda volvió a escribir el poema.

“Al conocerle, ya Neruda había obtenido un premio literario, era presidente de los estudiantes temuquenses e inquietaba al ambiente a su modo, hablando apenas, pero diciendo algo preocupador.

“Solía ir a ver a Gabriela Mistral. En una de sus visitas, no la encontró y estuvo aguardándola más de media hora, sentado frente a la escultora Laura Rodig, con la cual no cambió palabra.

“En sus versos maldecía la lluvia y el barro, y expresaba que Temuco no tenía más gracia que albergarla (una muchacha a la que consagraba sus versos). Sus diferencias con la lluvia, casi cotidiana en la ciudad, eran grandes, porque le dejaban preso en el umbral de la puerta”.

Remata la página 156 y continúa otro poco en la 157: “Al conocer a Neruda, su acento me extrañó. Es el suyo un tono particular, carnoso, en que hay variados matices. Uno se acostumbra a su voz y al releer sus versos se la siente. En cambio, en boca de las recitadoras son deplorables siempre, suena a falsificación.

“Oyendo a los indios, me vino el recuerdo de la entonación nerudiana. Traté de explicarme qué fenómeno determinó esa evocación. Durante minutos no pude precisarlo, mas, de repente, entre las palabras de diversos indígenas, una fue emitida con voz gemela a la de Neruda. En consecuencia, lo posible era que otra palabra, asilada también, y oída por mí al azar, me trajera el recuerdo. Aunque escuché con ahínco, no conseguí  oír nuevamente ese tono peculiar”.

Hago un salto a la página 176 de la misma edición, para seguir el dibujo que de Pablo Neruda hace José Santos González Vera. Es un “capítulo”, titulado “Neruda y su banda”. Pongo capítulo entre comillas, porque el libro está hecho de fragmentos de memoria que, en ocasiones, copan media página, pero de pronto explaya sus observaciones, como en este caso.

El capítulo va de la 176 a la 179. Comienza así: “Pablo Neruda era conocido de unos pocos muchachos. En una velada de universitarios se declaró merecedora del primer premio su “Canción de la fiesta”. Súbitamente quedó más alto que los veintitantos poetas mozos que pululaban en torno de la Federación. Neruda debía decir su ‘canción’ en todo lugar y a toda hora.

Hoy que la tierra madura se cimbra…

“Neruda recibía una mesada pequeñísima, que le obligaba a residir en las más lúgubres pensiones, y a mudarse casi mes a mes, por si en un matiz siquiera la nueva fuese menos detestable que la última.

“’Crepusculario’, su primer libro, hizo decir a Pedro Prado: “Poetas: este no es un libro más. Es el augurio de que un gran poeta está naciendo entre nosotros”. Su nombre comenzó a viajar. Uno de los poemas entró al repertorio de las recitadoras.

“Construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”.

Detengo aquí la memoria de Santos González sobre el Nobel de Literatura 1971, para no fatigar al lector del blog. Pero, desde luego, la voy a continuar en el próximo post (o entrada), con lo que resta de la ‘banda de Neruda’. Y también porque la referencia que se hace en el capítulo “Neruda y su banda” es ya de adultez, mientras lo arriba compartido corresponde a su juventud.

Me parece que siempre es interesante escuchar voces nuevas (“nuevas” en tanto se ignoran, como ésta, aunque procede de la primera mitad del siglo pasado) con relación a personajes aparentemente fatigados desde todos los flancos.

Santos González: Gabriela Mistral era medicinal

santos gonzález veraUn agrado leer ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera (foto). Se trata de una autobiografía de sus años mozos y el decidido oficio de escritor. Tiempo durante el cual tuvo la fortuna de compartir con muchos escritores de la época: Augusto Winter, Manuel Rojas, Eduardo Barrios, Juan Egaña, Carlos Mondaca y Augusto D’Halmar, por mencionar algunos. Son pinceladas de un cuadro que retrata la incipiente vida urbana e intelectual del Chile de principios del siglo XX. Dividido en infinidad de capítulos, que en ocasiones son reseñas sucintas de episodios o personas, el libro contiene un par de semblanzas, que por breves no menos interesantes. La que sigue refiere sobre Gabriela Mistral. Un punto de vista distinto al debate sobre su lesbianismo. Quizás éste no fuera tema en su momento, o al menos entre quienes tuvieron la bendición de vivir su entorno. De la edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., en Santiago de Chile de 1960, copio las páginas 135 a 137:

“En ‘Selva Lírica’ conocí a Gabriela Mistral. Del cabello al pie era sencilla, lindando en lo austero. Al hablar movía sus largas manos blancas. Mientras estuvo en Santiago iba a su pensión y qué penoso era despedirse. Me habría complacido que estuviera libre de la necesidad de dormir. En la tarde la visitábamos en grupo. Nos daba once, comida, té en la alta noche, y, entreverados, dulces y pasteles que seguramente adquiría por mayor. Si veíase precisada a salir, íbamos con ella y la acompañábamos de vuelta.

“Llevé mi descaro más lejos: la vi también en la mañana. Por el camino me reprochaba, calificándome de inoportuno, desconsiderado, empalagoso, pero uniendo un paso con otro llegaba a su puerta. El González Vera respetuoso, medido, trataba de contener al otro, tan insaciable que, por satisfacer su culto a la mujer, no la dejaba un instante, sin preguntarse si ella no hubiese preferido verlo menos. Lo embargaba el deseo superior de estar en su presencia y sentirla cuanto pudiera y, aunque no está satisfecho sino de muy contados actos de su vida, de esta admiración desatada, fuera de toda prudencia, no se reprocha. Y si pudiera ser más sincero todavía, a semejanza de los pentecostales que nada callan, diría que está muy orgulloso de haberla frecuentado tanto, que lo estará siempre.

“Había en mí un modo religioso de ver y sentir hasta lo puramente pagano. Queda un brote.

“Apenas estaba ante ella, me decía: “No. Puedes ser empalagoso, mas hiciste bien en venir”. En la mañana asistían pastores protestantes, teósofos, militares en retiro, profesoras, algún ex presidiario, vendedores, funcionarios, inventores y tipos extraños que, vistos en la calle, podían infundir miedo. Jamás supe cómo empezaba el contacto ni lo que decían esas personas. Al parecer, tampoco sabían ellas qué las movía a frecuentarla. Llegaban como dormidos y sentábanse. Ella sonreía. Producíase la iluminación y comenzaban a flotar en una atmósfera sedante. Gabriela Mistral inclinaba la cabeza y decía unas cuantas palabras. Su vos tiene un tono algo monótono que agrada. Es la suya una voz que gotea. Habla del campo, la política, la enseñanza y de mil asuntos. Cualquiera que sea el tema ocurre igual. Cada auditor siéntese ennoblecido: los sentimientos más enaltecedores se adueñan de ellos y las pequeñas congojas de la vida cotidiana se esfuman. Es un ser absolutamente medicinal. Cuando es inevitable irse, atención que todos retardan, no dejan de experimentar contrariedad. Querrían quedarse para siempre, no perder ese nirvana. Se van porque adivinan que otros sujetos con el alma en pena esperan el turno de la tarde.

“Una noche me invitó a pasear en automóvil para el mediodía siguiente. Acudí contentísimo. Cuando nos pusimos de pie salió a la calle también el poeta Jorge Hübner Bezanilla. Junto al automóvil, ella me dijo:

–Si usted tiene algo qué hacer, no se sienta obligado a venir con nosotros.

–Estoy libre –respondí, muy contento de estar con ella una vez más.

“El automóvil era grande. Delante iba el chofer, en los asientos intermedios ella y Hübner, y atrás yo. Al comenzar el ascenso del cerro, ambos iban embelesados en una conversación que no terminó. Entonces, ¡solo entonces!, comprendí que sobraba y se me iluminó el sentido de las palabras. Era tarde para excusarme. ¿Cómo hacerlo a medio cerro? El panorama, los halagos de la naturaleza no consiguieron devolver mi amargura”.

‘La niña que no tuve’ de Rodrigo Rey Rosa

rodrigo rey rosaA los ocho años, habí­a sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolverí­a en menos de ciento veinte dí­as, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí­ que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto –“con un margen de dos o tres semanas”– la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: “Me temo que no hay nada más que nosotros podamos hacer”, le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecí­a.

Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.

La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.

–¿Cómo te sientes? –le pregunté, y le besé la frente.

–Mal –dijo, y agregó–: Voy a morirme, ¿verdad?

Por un descuido mí­o, una semana había leí­do una carta del doctor acerca de la posibilidad de su muerte.

–No creo –le dije. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví­.

–Yo también quiero sobrevivir –dijo con una seriedad conmovedora. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dí­melo, no me engañes.

Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.

–Según el doctor que ha estado viéndote, podrí­as morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.

–¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos. Eso sería en febrero.

Asentí­ con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.

Al dí­a siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecí­a una niña sana, y por un momento olvidé que habí­a sido condenada. Salí­ de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.

–¿Adónde quieres ir? –me preguntó.

–A donde tú quieras.

Dijo inmediatamente:

–A un lugar al que nunca hayamos ido.

Eran tantos los lugares a los que no habí­amos ido, pensé. Habí­a sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí­ estamos.

Cuando salí­amos, al cruzar la doble puerta del vestí­bulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.

–Un drogadicto –dijo ella, y el hombre pudo oí­rla.

–Tal vez –dije.

En la calle, me recriminó:

–Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.

–Tal vez te oyó.

–Y qué, es la verdad.

–A la gente no le gusta oí­r lo que uno piensa de ella.

Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:

–Supongo que no.

En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.

–¿Por qué no vamos a Times Square?

Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyre. La cosa serí­a evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.

Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.

El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado herí­a de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar habí­a cambiado.

En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así­, en lugar de un jardí­n de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.

Dimos una vuelta por Times Square. Y así­, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.

Volvimos a casa decaí­dos al atardecer. Llegué al séptimo como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.

Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo:

–Perdimos el tiempo esta tarde. Debí­ quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.

–Pero linda, hací­a un dí­a hermoso.

–Sí­, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?

Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.

–Claro, preciosa –dije después–. Perdona, pero nadie es perfecto. –Me encogí­ de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habrí­a escondido entre las piernas.

Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.

–Papi –me dijo–, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.

Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habrí­a oí­do algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habrí­a fantasmas pornográficos flotando todaví­a por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabela.

–Sí­, mi niña –dije con una sonrisa confundida–, un dí­a de éstos te lo explicaré.

–¿Me lo prometes?

Asentí­ con la cabeza.

–No –insistió–, quiero que lo digas.

Dije que se lo explicarí­a. Miró el reloj que estaba sobre el televisor.

–¿Cuándo? –preguntó.

–Ya son la siete, cómo corre el tiempo –le dije–. Desde luego, hoy no.

Hizo una mueca.

–Sí­ –dijo–, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.

La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.

–La luz –dijo.

Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.

Rodrigo Rey Rosa (foto)

‘Un día resbaladizo’ de Carlos Castán

carlos castánYo sabía que aquella faldita de cuadros con los leotardos debajo iba a alterar a María porque a mí mismo, a distancia, ya me había dado un vuelco el corazón. Pude, aun con todo, reaccionar a tiempo y disimuladamente le hice cambiar de acera con un pretexto vago pero urgente que ahora no recuerdo.

No quería que viera a aquella niña que, entre las piernas de una pareja de adultos, se afanaba de puntillas por alcanzar a ver un escaparate iluminado vestida con una ropa tan parecida a la de nuestra hija. No quería que la viera porque esa silueta en el contraluz de la vidriera tenía además su tamaño y sus coletas. Sabía que no podría soportarlo porque yo no podía soportarlo, aunque de hecho no hacía otra cosa más que eso, soportarlo, de la misma manera que quedé cristalizado y sin embargo andaba y gesticulaba, que juraría haber llorado y mis ojos permanecieron secos, que quedé sin habla y no paraba de hablar intentando llamar la atención de mi mujer en dirección opuesta, señalándole sombras de la noche, objetos lejanos, cómo entre la llovizna de octubre las farolas dejaban caer sobre las cosas un débil vapor amarillento. A veces, simplemente no mirar se hace más duro que un penoso esfuerzo físico, no mirar a aquella niña que apoyaba sus manitas en el cristal, volver la vista, renunciar a toda esa dolida ternura y fingir interés por cosas que en realidad resbalan, colocadas en medio de la tarde para resbalar en la mirada. La tarde húmeda de otoño repleta de objetos resbalosos, hecha de calles mojadas resbaladizas y gotas de agua en torno a la luz y en los escaparates deslizándose.

De repente el estrépito y los gritos de los transeúntes nos hicieron volver sobre nuestros pasos. La niña, al tiempo que gritaba “mamá”, había pretendido cruzar la calle en diagonal hacia donde estábamos, se había escurrido en el asfalto y al camión de las gaseosas no le dio tiempo a detenerse. Frenó pero patinó, dijeron. En seguida la gente se arremolinó en la calzada, dejaban sobre los charcos las bolsas con sus compras, se deshacían despreocupadamente de sus paraguas, no tiene importancia, el caso es ayudar, enterarse bien de todo, señalar al culpable, correr al teléfono, ofrecer una tila, no pudo usted hacer nada, ya lo vimos, se le echó encima, a mí casi me ocurre la semana pasada. Al cielo preguntaban a berridos “¿de dónde ha salido esta niña?, ¿de quién es la niña?”. Los presuntos padres de la cría, los que estaban con ella junto al escaparate, pertenecían ahora al grupo de los interrogadores. Caí en la cuenta de esto apenas un instante antes de oír la voz de mi mujer imponerse claramente en el agitado desorden: “¡Es mi hija! ¡Retírense, es mi hija!”

Es ésta la estación de los patinazos. Resbalan personas y cosas sobre la tierra, acaso también sucesos o días enteros que caen en silencio como esas estrellas viejas que se desploman en mitad de la noche o las hojas de los árboles que se desprenden dejando por todas partes dorados montones de tristeza.

No pudo hacerse nada por ella. Como casi siempre ocurre, también esta vez fue tarde. Compadecidos de nuestro estado nos han facilitado el papeleo, las pastillas y todo lo demás, nos hemos sentido arropados a pesar de no tener familia en este país tan lejano del nuestro. La maestra de la pequeña nos ha dicho que la última semana la niña anduvo lejana y despistada, le extrañó todos los días el mismo vestido gris, y tan tristona, despeinada, dijo, quizá cansada. Nos han llevado en volandas nuevamente al cementerio donde hemos creído morir otra vez mientras nos despedíamos de la niña. Aunque mi mujer y yo juraríamos haberla enterrado dos jueves atrás, haber pasado ya por ese trago, haberlo soportado todo abrazados bajo el mismo paraguas, las náuseas, el temblor de piernas, todo, todo igual que esta tarde.

Hace dos jueves. Todo igual. Hubiéramos asegurado entonces que no era posible sufrir más. Que no era posible volver a sentir alegría pero tampoco un dolor tan punzante como el de ese momento. Ese otro jueves perdido en la lluvia de este mismo otoño resbaladizo la dejamos en este mismo recinto, muy cerca de aquí, en una tumbita pequeña que esta tarde, con tantos nervios y tanta agua y tan poca fuerza en las piernas, no hemos sabido hallar.

Carlos Castán (foto)

‘Los relojes’ de Ana María Matute

ana maría matuteMe avergüenza confesar que hasta hace muy poco no he comprendido el reloj. No me refiero a su engranaje interior –ni la radio, ni el teléfono, ni los discos de gramófono los comprendo aún: para mí son magia pura por más que me los expliquen innumerables veces–, sino a la cifra resultante de la posición de sus agujas. Éstas han sido para mí uno de los mayores y más fascinantes misterios, y aún me atrevo a decir que lo son en muchas ocasiones. Si me preguntan de improviso qué hora es y debo mirar un reloj rápidamente, creo que en muy contadas ocasiones responderé con acierto. Sin embargo, si algo deseo de verdad, es tener un reloj. Nunca en mi vida lo he tenido. De niña, nunca lo pedí, porque siempre lo consideré algo fuera de mi alcance, más allá de mi comprensión y de mi ciencia. Me gustaban, eso sí. Recuerdo un reloj alto, de carillón, que daba las horas lentamente, precedidas de una tonada popular:

Ya se van los pastores a la Extremadura.

Ya se queda la sierra triste y oscura…

También me gustaba un reloj de sol, pintado en la fachada de una iglesia, en el campo. Este reloj me parecía algo tan cabalístico y extraño que, a veces, tumbada bajo los chopos, junto al río, pasaba horas mirando cómo la sombra de la barrita de hierro indicaba el paso del tiempo. Esto me angustiaba y me hundía, a la vez, en una infinita pereza. Cómo me inquieta y me atrae el tictac sonando en la oscuridad y el silencio, si me despierto a medianoche. Es algo misterioso y enervante. Durante la enfermedad, si es larga y debemos permanecer acostados, la compañía del reloj es una de las cosas imprescindibles y a un tiempo aborrecidas. Me gustan los relojes, me fascinan, pero creo que los odio. A veces, la sombra de los muebles contra la pared se convierte en un reloj enorme, que nos indica el paso inevitable. Y acaso, nosotros mismos, ¿no somos un gran reloj implacable, venciendo nuestro tiempo cantado?

Deseo tener un reloj. Muchas veces he pensado que me es necesario. No sé si llegaré a comprármelo algún día. ¿Lo necesito de verdad? ¿Lo entenderé acaso?

Ana María Matute (foto)

‘Los pocillos’ de Mario Benedetti

Mario benedettiLos pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.

“Negro con rojo queda fenomenal”, había sido el consejo estético de Enriqueta.

Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

“El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo”. Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. “¿Qué buscás?”, preguntó ella. “El encendedor”. “A tu derecha”. La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. “¿Por qué no lo tirás?” dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. “No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana”.

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. Él le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.

Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

“Este mes tampoco fuiste al médico”, dijo Alberto. “No”. “¿Querés que te sea sincero?” “Claro”. “Me parece una idiotez de tu parte”. “¿Y para qué voy a ir? ¿Para oírle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos”.

En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aun cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

“De todos modos debería ir”, apoyó Mariana. “Acordate de lo que siempre te decía Menéndez”. “Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros”. “¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano”. “¿De veras?” Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido –sinceramente, cariñosamente, piadosamente– protegerlo.

Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue u temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal. “Que otoño desgraciado”, dijo, “¿Te fijaste?” La pregunta era para ella. “No”, respondió José Claudio. “Fijate vos por mí”. Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.

Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. Él se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. “Gracias”, había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

“Y ayer estuvo Trelles”, estaba diciendo José Claudio, “a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme”. “También puede ser que te aprecien”, dijo Alberto, “que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte”. “Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo”. La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

“Ahora sí podés calentar el café”, dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo. Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.

“No lo dejes hervir”, dijo José Claudio. La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo”.

Mario Benedetti (foto)