‘El anillo’ de Elena Garro

Elena GarroSiempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.

“¡Ándale, Camila, un anillo dorado!” y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: “Se lo daré a Severina, mi hijita mayor”. Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras, para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe de acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del corral.

-¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?

-Aguardando su vuelta -me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.

-Enciendan la lumbre, vamos a cenar.

Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.

-¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! -dije yo preparando la sorpresa-. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!

-Sí, qué suerte… -dijeron mis muchachitos.

-¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! -dije.

Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabajaba más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de “El Capricho” mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hijita Aurelia.

-¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.

-Sí, joven -le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.

La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.

-Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.

Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quién nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca, en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México, la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos, mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. “¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre”… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a “El Capricho”. “¿Dónde fue mi hija que no ha vuelto?” Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.

-Aquí tiene su refresco -me dijo con una voz en la que acababan de sembrar la desdicha.

Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada, y que el anillo no lo llevaba.

-¿Dónde está tu anillo, hija?

-Acuéstese, mamá.

Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.

-¿Quién le hizo el mal? -preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.

Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Sólo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.

-Doctor, mi hija se está secando…

El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas. Camila sacó unos papeles arrugados.

-¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? -me preguntó Aurelia.

-No, hija, ¿quién?

-Adrián, para quitarle el anillo.

¡Ah, el ingrato! y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.

-Pasa, Camila.

Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.

-Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo, pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.

-¿Qué anillo?

-El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en “El Capricho” y desde entonces ella está desconocida.

-No vengas a ofender, Camila, Adrián no es hijo de bruja.

-Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.

-¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.

Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriel, aquí presente, me dijo: “Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho”. Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.

-Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal -dijo.

Y así fue, señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: “¡Ayúdeme mamacita!”. Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía el animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.

-Mira -me dijo Fulgencia-, ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.

Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.

-Mira, Adrián desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con que le haces el mal.

-¿Qué anillo? -me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.

-El que le quitaste a mi hijita en “El Capricho”.

-¿Quién lo dijo? -y se ladeó el sombrero.

-Lo dijo Aurelia.

-¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?

-¡Cómo lo ha de decir si está dañada!

-¡Hum!… Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!

-Entonces ¿no me lo vas a dar?

-¿Y quién dijo que lo tengo?

-Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia -le prometí.

Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.

-¿Ya te dieron el anillo?

-No.

-Las crías están creciendo.

Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.

-Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.

-Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.

-No se acuerda… -me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.

-Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.

-¿Qué barranca?

-En la que tiraste el anillo.

-¿Qué anillo?

-¿No te quieres acordar?

-De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.

-¿La hija de tu tía Leonor?

-Sí, con esa joven.

-Es muy nueva la noticia.

-Tan nueva de esta mañana…

-Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.

Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.

-Eso sí que no se va a poder…

Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.

-Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.

Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó el segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de su corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda a él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban campanas.

-¿Qué es ese ruido, mamá?

-Campanas, hija…

-Se está casando Adrián -le dijo Aurelia.

Y yo señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hijita moría.

-Ahora vengo -dije.

Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.

-Pasa, Camila.

Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.

-Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.

Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.

-Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…

Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.

-Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!

-Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.

Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella de gozo, ni el recuerdo de la risa.

-El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.

Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. “¿Se va a desaparecer?, me fui diciendo, mientras caminaba hacia delante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. “Va a mi casa a matar a Severina”, le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja.

No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…

Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de hule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.

Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.

-Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.

-Yo no sé firmar.

Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas deshechas.

-¿Por qué lo mató, mamá?… Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella…

Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.

La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.

-¡Mamá, me dejó usted el camino solo!…

Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, ésta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa, acarició la sangre seca de Adrián Cadena.

-Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… -dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.

Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido. Cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: “Adrián y Severina gloriosos”.

Elena Garro (foto)

 

‘La confesión’ de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant(Este cuento, ‘La confesión’, de Guy de Maupassant, se menciona en el cuento precedente de Isaak Bábel titulado ‘Guy de Maupassant’. JSA)

Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: “¡Era un modelo de honradez!”

Modelo de honradez lo había sido en todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios, en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás había tendido la mano sin que pareciera una especie de bendición.

Dejaba dos hijos: un varón y una hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más encopetadas damas de Véziers. Se mostraban inconsolables por la muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.

En cuanto terminó la ceremonia, regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta voluntad.

Fue el señor Poirel de la Voulte quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó, con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:

Hijos míos, queridos hijos, no podría dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.

Tenía yo entonces veintiséis años y hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.

Tuve una amante. Mucha gente se indigna ante esa mera palabra, “una amante”, pero hay seres que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor ruido en ese tétrico albergue. Cuántas veces, nervioso, atemorizado por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido. Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito por el pensamiento.

Tuve una amante, una joven como todas esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en cuando.

Durante un año viví bastante tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido, en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse, con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.

Pero he aquí que un día me anunció que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi pensamiento!

-¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!

¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás, la muerte del otro, antes de haberlo visto.

Nació. Tuve una familia en mi apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería. Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los seres que viven juntos.

Transcurrió un año más; yo huía ahora de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes, con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban, cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban, cuando lo levantaban, sin cesar.

Había entablado algunas amistades y encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron. Y me encontré cogido en una trampa: Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba. O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.

Pasé un horrible mes de angustias, de torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud. Pero he aquí que la madre de mi compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.

Estábamos en diciembre, hacía un frío terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la habitación donde el pequeño dormía.

Me senté en un sillón al amor de la lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana, brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las noches gélidas.

Entonces, la obsesión que me perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza. Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla, rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una de sus dentelladas.

¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar? Y yo amaba a la que iba a convertirse en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable obstáculo exasperaba aún más.

Una cólera terrible crecía dentro de mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la locura… ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!

El niño dormía. Me levanté y lo miré dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio. Dormía con la boca abierta, enterrado bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no podría dormir!

¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh! La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso! ¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión, un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría. Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su voluntad.

Levanté suavemente las mantas que tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna, y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la ventana, despacio, muy despacito, y la abrí. Un soplo de aire helado entró como un asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.

No pensaba en nada, no reflexionaba en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna. Él seguía durmiendo, con la boca abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban heladas, y las tapé.

Mi corazón de pronto se enterneció, se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego. Pensaba con estupor, con horror, en lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin saber a dónde va, como un barco en un huracán.

El niño tosió una vez más, y me sentí desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?

Me levanté para ir a mirarlo; y, con una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso, que dejé caer la vela.

Al ponerme en pie tras haberla recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que producen las angustias del alma, como si algo del espantoso sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto, ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a través de los huesos y de la piel del cráneo.

Y me quedé hasta que se hizo de día inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una débil tos salía de su boca. Se despertó con los ojos rojos, la garganta obstruida, un aire doliente. Cuando entró mi asistenta, la envié en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y pronunció, tras haber examinado al niño:

-¿No habrá cogido frío?

Me puse a temblar como tiemblan las personas muy viejas, y balbucí:

-No, no creo.

Después pregunté:

-¿Qué tiene? ¿Es algo grave?

Respondió:

-Aún no lo sé. Volveré esta tarde.

Volvió por la tarde. Mi hijo había pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de vez en cuando. Por la noche se declaró una pleuresía. Y la cosa duró diez días. No puedo expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.

Murió.

Y desde… desde ese momento, no he pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal furioso encerrado en el fondo de mi alma.

¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme loco!…

El señor Poirel de la Voulte se sacó las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.

Al cabo de un minuto, el notario prosiguió:

-Hay que destruir esto.

Los otros dos bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la chimenea.

Y contemplaron cómo se consumían las hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola con las cenizas viejas.

Después se quedaron aún los tres algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto quemado escapase por la chimenea.

Guy de Maupassant (foto)

 

‘Guy de Maupassant’ de Isaak Bábel

Isaak BábelEn el invierno del año 16 me presenté en San Petersburgo con un pasaporte falso y sin dinero. Me dio cobijo Alexei Kazántsev, profesor de literatura rusa.

Él vivía en Peski, una calle helada, amarillenta y apestosa. A su paupérrimo sueldo añadía lo que ganaba traduciendo novelas españolas; por aquel entonces estaba de moda Blasco Ibáñez.

Kazántsev nunca había estado en España, pero su amor hacia ese país colmaba todo su ser, conocía todos los castillos, jardines y fincas de España. Aparte de mí, se arrimaba a Kazántsev una caterva de personas marginadas por la sociedad. Comíamos penosamente. De vez en cuando, algún periódico de mala muerte publicaba en letras pequeñas nuestras crónicas de sociedad.

Yo pasaba todas las mañanas en depósitos de cadáveres y comisarías de policía.

El más feliz de todos era Kazántsev. Tenía patría: España.

En noviembre se me ofreció un puesto de oficinista en la fábrica Obújov; una tarea nada desdeñable, que me proporcionaba la oportunidad de librar del servicio militar.

Lo rechacé. Con mis veinte años me auto convencí de que prefería pasar hambre, ir a la cárcel o vagabundear antes que penar diez horas diarias ante un escritorio. Nunca violé este principio ni lo violaré. Tenía la convicción de mis antepasados de que venimos al mundo para gozar del trabajo, de la pelea, del amor, de que nacemos para eso y no para otra cosa.

Kazántsev escuchaba mis argumentos y ensortijaba con sus dedos algunos pelos rubios de su cabeza. En su mirada se atisbaban a la vez horror y admiración.

Llegó la Pascua y la suerte nos fue favorable. El abogado Benderski, propietario de la editorial Alciona, emprendió la publicación de una nueva edición de las obras de Maupassant. De su traducción se encargaba Raisa, a la sazón esposa del abogado. Del antojo de la señora no salió nada bueno.

A Kazántsev, que solo traducía del español, le preguntaron por alguien que pudiese ayudar a Raisa Mijáilovna. Kazántsev me recomendó. Al día siguiente, vestido con una chaqueta que me prestaron, fui al domicilio del matrimonio Benderski. Vivían en el cruce de las calles Nevski y Moika, en un edificio de granito finlandés, rodeado por columnas rosas, con aspilleras y blasones de piedra. Oscuros banqueros que antes de la guerra se hicieron ricos con los suministros, construyeron en San Petersburgo una gran cantidad de estos vulgares edificios, de una exagerada y ficticia magnificencia.

La escalera estaba cubierta con una alfombra roja. En los descansillos se mostraban amenazadores unos osos de peluche. En sus fauces abiertas se encendían bombillas de cristal.

La pareja Benderski vivía en el tercer piso. Me abrió la puerta una criada con uniforme, de busto erguido. Me hizo pasar a un salón amueblado al estilo eslavo antiguo. En las paredes colgaban cuadros azules de Rerich, con rocas y monstruos antidiluvianos. En los rincones sobre unos atriles descansaban iconos antiguos. La criada del busto erguido se movía solemnemente por la habitación. Era alta, miope y arrogante. En sus ojos grises abiertos quedó petrificada la lascivia. La joven se contoneaba lentamente. Pensé que haciendo el amor se revolcaría con frenesí. La cortina de terciopelo que colgaba ante la puerta osciló. Una mujer de cabello negro y ojos rosados entró en la habitación mostrando un generoso pecho. No era difícil de reconocer en la Bendérskaya a esa deliciosa clase de judía procedente de Kiev y de Poltava o de las ricas ciudades de la estepa plantadas de castaños y acacias. Esas mujeres transforman el dinero de sus maridos en rosadas grasas en su vientre, su cuello y sus redondeados hombros. Su somnolienta sonrisa es la delicia de los oficiales de la guarnición.

-Maupassant es la única pasión de mi vida -me dijo Raisa.

Procurando disimular el contoneo de sus anchas caderas, la mujer salió del cuarto y regresó con la traducción de Miss Harriet. En su versión no había rastro de las frases de Maupassant, de su pasión tan libre, de su fluidez y de su profundo aliento. La Bendérkaya escribía con tediosa concreción, sin vida, desenfadada, como escribirían antiguamente el ruso los judíos.

Me llevé el paquete a casa. En el ático de Kazántsev, entre gente que dormía, me dediqué toda la noche a corregir la traducción ajena. No resulta una tarea tan mala como parece. Una frase nace buena y mala a la vez. El secreto está en un giro apenas perceptible. La manivela debe permanecer en la mano y calentarse. Hay que darle vuelta una sola vez, no dos.

Al día siguiente temprano le entregué el manuscrito rehecho. Raisa no exageraba al manifestar su pasión por Maupassant. Mientras leía, permaneció inmóvil en su asiento, con los dedos entrelazados. Sus suaves manos se deslizaban hacia el suelo, su frente palidecía, el encaje se escurría entre los oprimidos pechos, jadeaba.

-¿Cómo lo ha hecho?

Fue entonces cuando le hablé del estilo, del ejército de las palabras, donde se manejan todo tipo de armamento. No hay hierro que pueda penetrar de forma tan efectiva en el corazón humano como un punto colocado en su sitio. Ella me escuchaba con arrobo, entreabriendo sus labios pintados. Un rayo se reflejaba sobre sus negros y lustrosos cabellos, muy peinados y separados por una raya. Moldeadas por las medias, sus piernas y pantorrillas descansaban un poco separadas sobre la alfombra.

La criada, desviando la mirada de descarado libertinaje, sirvió el desayuno.

El turbio sol de San Petersburgo caía ahora sobre la irregular y descolorida alfombra. Los veintinueve volúmenes de Maupassant se alineaban en una estantería encima de la mesa. El sol brillaba sobre el tafilete dorado que adornaba el lomo de los libros, enorme tumba del corazón humano.

Tomamos el café en tazas azules y comenzamos a traducir El Idilio. Todos recordarán el cuento del joven obrero hambriento que mamaba del pecho de una matrona que necesitaba aliviar su carga de leche. Eso ocurría un caluroso mediodía en el tren de Niza a Marsella, en el país de las rosas, en la patria de las rosas, allí donde los macizos floridos descienden hasta el borde del mar.

Salí de casa de los Benderki con veinticinco rublos que me habían adelantado. Nuestra comunidad de Peski estuvo esa noche completamente borracha, como un tropel de patos embriagados. Tomábamos el caviar a cucharadas y lo comíamos con salchichas asadas. Totalmente borracho comencé a proferir insultos contra Tolstoi.

-Vuestro conde estaba asustado, acobardado… El miedo es su religión… Temeroso del frío, de la vejez y de la muerte, el conde tejió una camisa de fe…

-¿Y qué más? -me preguntó Kazántsev moviendo su cabecita de pájaro.

Nos quedamos dormidos junto a nuestras camas. Soñé con Katia, la lavandera cuarentona que vivía en el piso de abajo. Por las mañanas le pedíamos agua caliente. Nunca tuve ocasión de detenerme a examinar su rostro, pero en el sueño solo Dios sabe lo que Katia y yo hacíamos. Nos matábamos a besos el uno al otro. No pude resistirme y al día siguiente bajé a buscar agua.

Salió a mi encuentro una mujer envejecida, con un chal cruzado sobre el pecho, descolgados rizos de color canoso ceniciento y manos húmedas. A partir de ese día opté por desayunar en casa de los Benderski. En nuestro ático se instaló una estufa nueva, y hubo arenques y chocolates. Raisa me llevó dos veces a la isla. No pude contenerme y le conté mi niñez. La narración resultó muy lúgubre, para gran sorpresa mía. Bajo el sombrerito de piel de topo me miraban unos ojos brillantes, asustados. Las pestañas palpitaban con compasión.

Me presentaron al marido de Raisa, un judío de tez amarillenta, calvo, cuerpo plano y fornido, dispuesto a levantar un oblicuo vuelo. Corrían ciertos rumores de sus estrechas relaciones con Rasputín. Los beneficios conseguidos con los aprovisionamientos al ejército le daban un aspecto de poseso. Sus ojos parecían inquietos, para él se había resquebrajado el tejido de la realidad. Raisa enrojecía al presentarle su marido a nuevos amigos. Tal vez debido a mi juventud, me di cuenta de este extremo una semana más tarde de lo debido.

Después de Año Nuevo, acudieron a casa de Raisa sus dos hermanas de Kiev. Yo había traído el manuscrito de La Confesión, y al no encontrar a Raisa, regresé por la tarde. Estaban cenando en el comedor. Llegaba de allí una singular cacofonía femenina y el bramido de voces masculinas en exceso exaltadas. En las casas ricas carentes de tradición se come ruidosamente. El jaleo era judío, con explosiones y armoniosas terminaciones. Raisa salió a recibirme vestida de noche, con la espalda al desnudo. Sus pies calzaban unos zapatos de charol y pisaban dubitativamente.

-Estoy ebria, amiguito -Y me tendió los brazos, ensartados en cadenas de platino y en estrellas de esmeralda. Su cuerpo serpenteaba como el de la cobra que se levanta hacia el cielo a impulsos al ritmo de la música. Movía su rizada cabeza y hacía tintinear las sortijas. De pronto calló en un sillón de antiquísima talla rusa. Unas cicatrices apenas casi imperceptibles se dejaban apreciar sobre su empolvada espalda.

Tras la pared estalló una vez más la risa femenina. Salieron del comedor las hermanas, algo bigotudas, pero tan altas y tan exuberantes de pecho como Raisa. Este pecho se proyectaba hacia delante, su negra cabellera ondeaba. Ambas estaban casadas con sendos Benderski. La habitación se saturó de un alocado jolgorio femenino, alegría de mujeres maduras. Los maridos ayudaron a las hermanas a poner los abrigos de nutria, las mantillas de Orenburgo y las embutieron en botas negras, bajo la nívea visera de las mantillas solamente quedaron al descubierto las coloradas mejillas, narices de mármol y ojos con miope brillo semítico. Se fueron con estrépito al teatro, donde representaban “Judith” con Saliapin.

-¡Quiero trabajar! -dijo Raisa, tendiendo sus brazos desnudos-, hemos perdido una semana ya…

Trajo del comedor una botella y dos copas. Su pecho descansaba holgado en la sedosa tela del traje; los pezones se dilataron enhiestos, escondidos por la seda.

-Lo anhelado -dijo Raisa sirviendo el vino-, moscatel del año ochenta y tres. Cuando mi marido se entere, me mata…

Yo, que nunca me las había visto con moscateles del año 83, sin pensarlo mucho me tomé, una tras otra, tres copas que de inmediato me transportaron a unos callejones con llamaradas de color naranja y con música.

-Estoy borracha, amiguito… ¿Qué hacemos hoy?

-Hoy tenemos La confesión

-Muy bien, La confesión. El protagonista de ese relato es el sol, el sol de Francia…

Gotas de sol se derramaban sobre la rubia Celeste y se transformaron en pecas. El sol con sus rayos cayendo a plomo, el vino y la sidra abrillantaron el rostro del cochero Polyte. Dos veces por semana, la joven Celeste vendía en la ciudad crema, huevos y gallinas. Le pagaba a Polyte diez sueldos por ella y cuatro por la mercancía. En cada viaje el pícaro Polyte preguntaba a la pelirroja Celeste guiñándole un ojo: “¿Cuándo es la fiesta, hermosa?” -“¿Qué quiere decir con eso Sr. Polyte?” El cochero dio un salto en el pescante y explicó: “Una fiesta es una fiesta… ¡diablos!… Un mozo y una moza sin música se bastan…”

-No me gustan esas bromas, Sr. Polyte -respondío Celeste apartando del muchacho sus faldas, que colgaban sobre potentes pantorrillas con medias rojas.

Pero aquel bribón de Polyte seguía riéndose, continuaba tosiendo -alguna vez será la fiesta, hermosa mía- y alegres lágrimas corrían por su cara del tono de la sangre, del ladrillo y el vino.

Bebí otra copa de moscatel. Raisa brindó conmigo. La criada de ojos pétreos atravesó la habitación y desapareció. Ese diablo de Polyte… En dos años Celeste le había pagado cuarenta y ocho francos -Eran cincuenta menos dos. Al final del segundo año se hallaban los dos solos en la diligencia y Polyte, que había tomado sidra antes de salir, preguntó como era su costumbre: “¿Tampoco es hoy la fiesta, señorita Celeste? -y ella respondió bajando los ojos “Como usted guste, señor Polyte…”

Raisa cayó sobre la mesa emitiendo grandes carcajadas. Ce diable de Polyte. La diligencia iba tirada por un jamelgo blanco. El jamelgo con labios rosados de anciano trotó al paso. El alegre sol de Francia rodeó el coche que se ocultó del mundo bajo una visera descolorida. Un mozo y una moza sin música se bastan… Raisa me tendió una copa. Era la quinta.

Mon vieux, por Maupassant…

-¿Es hoy la fiesta, hermosa mía?

Me acerqué a Raisa y la besé en los labios que temblaron y se hincharon.

-Es usted divertido -respondió Raisa entre dientes y se echó hacia atrás.

Se arrimó a la pared extendiendo sus brazos desnudos, apareciendo en ellos y en sus hombros unas manchas rojizas. De todas las divinidades clavadas en cruz, aquella era la más seductora.

-Haga el favor de sentarse, monsieur Polyte

Me indicó un inclinado sillón de factura eslava. El respaldo era un entrelazado de madera con puntas policromadas. Me dirigí a él tambaleándome. La noche había colocado bajo mi hambrienta juventud una botella de moscatel del año ochenta y tres y veintinueve volúmenes, veintinueve petardos rellenos de piedad, de genio de pasión… Di un salto derribando una silla y tropezando con un estante. Los veintinueve tomos se desplomaron sobre la alfombra, las páginas volaron en todas direcciones, quedando luego de pie, y el jamelgo blanco de mi destino trotó al paso.

-Es usted divertido -repitió Raisa.

Abandoné la casa de granito cerca de las doce, antes de que regresaran del teatro las hermanas y el marido. Estaba cuerdo y era capaz de pasar por una tabla, pero era mucho mejor tambalearse y me contoneaba cantando en un lenguaje inventado por mí. En los túneles de las calles bordeadas por una miríada de farolas, circulaban oleadas de neblina. Monstruos rugían tras las paredes efervescentes. La calzada ocultaba las piernas a los transeúntes.

Ya en casa, Kazántsev dormía. Dormía sentado, estirando las flacas piernas embutidas en botas de fieltro. En su cabeza se erizó la pelusa de canario. Se había quedado dormido al pie de la estufa con un “Don Quijote” de 1624 sobre sus rodillas. El libro llevaba en el título una dedicatoria al duque de Broglie. Me acosté sin hacer ruido para no despertar a Kazántsev, acerqué la lámpara y me puse a leer el libro de Edouard Maynial “Vida y obra de Guy de Maupassant”.

Kazántsev movía los labios y daba cabezadas.

Aquella madrugada me enteré por Edouard Maynial que Maupassant nació en 1850, que era hijo de un noble normando y de Laure Le Poittevin, prima carnal de Flaubert. A los veinticinco años acusó el primer ataque de sífilis hereditaria. La fertilidad y alegría en él encerradas se resistían a la enfermedad. Al principio tenía dolores de cabeza y arrebatos de hipocondría. Después lo amenazó el fantasma de la ceguera. Perdía la vista. Crecía en él la manía persecutoria, la misantropía y la iracundia. Luchó denodadamente. Navegó en velero por el Mediterráneo, huyó a Túnez, a Marruecos, a África Central y escribía sin cesar. Ya famoso, a los treinta y nueve años, se cortó la garganta y se desangró, pero quedó con vida. Lo recluyeron en un manicomio. Allí andaba a gatas. La última anotación en su triste hoja dice:

«Monsieur de maupassant vas s’animaliser» («El Sr. de Maupassant se animalizó»).

Murió a los cuarenta y dos años. Su madre le sobrevivió.

Leí el libro hasta el final y me levanté de la cama. La niebla se había aproximado a la ventana, ocultando el universo. El corazón se me encogió. Me había rozado el presagio de la verdad.

Isaak Bábel (foto)

 

‘Resivimiento’ de Gustavo Arango

Gustavo ArangoTengo nostalgia de los tiempos en que el mundo tocaba la puerta para entrar en nuestras vidas. No soy nuevo en estas cosas, hace más de diez años sostuve asombrosas conversaciones escritas con personas a las que nunca había visto y nunca vería. Una noche, por los tiempos más oscuros, logré establecer contacto con una mujer que dijo estar en Chile. Pasamos la noche entera escribiendo, imaginando obscenidades, actos de toda clase, a pesar de que nunca supimos el aspecto que teníamos. Por aquel tiempo, también, una exnovia creó una identidad falsa para indagar qué les contaba a otras personas sobre nuestra relación. Hablamos largamente en esos días y la naturaleza de la charla era cada vez más atrevida. Al final de la semana se quitó la máscara. Me reprochó que hablara con desconocidos de su inexperiencia -así fuera sin mencionar su nombre-, de lo lejos que estaba de la soltura en la cama. Aún hoy me cuesta pensar que esa mujer de caricias discretas fuera capaz de una osadía tal con el lenguaje. Me quedó la sensación de que nunca la había conocido.

Aquellos eran tiempos sórdidos. Yo andaba vulnerable. Pensaba que podría hacer contacto si buscaba entre los perfiles en oferta que mostraban las redes. Luego empecé a volverme serio, si es que se puede decir eso. Empecé a tener claro que no era bueno dejarse enredar por desconocidas. El episodio con el fulgor de Caloto me dejó vacunado. Fue un asunto que pasó en pocas semanas del anonimato a un enredo difícil de desenredar. Fue algo así como la versión contemporánea del casamiento engañoso, la novela de Cervantes.

Cuando la tecnología empezó a ofrecer la posibilidad de hacer llamadas y transmisiones de video, me limité a tener sexo virtual con personas cuya identidad tenía establecida. Con el tiempo he aprendido a reconocer la intención “fishy”, el deseo de embaucar, de las personas desconocidas que me contactan por la red, y he cortado el asunto desde el primer momento. Reconozco las razones por las que una persona pueda querer hablarme. No presumo cuando digo que vivir en el País del Sueño me confiere un “sex appeal” del que carezco. Ni siquiera es posible reprocharles el deseo de ascender, de mejorar, o sólo de sobrevivir, a costa de la ingenuidad, la soledad o la simple arrechera de un sujeto que vive y trabaja en una sociedad que es común considerar privilegiada.

Todo eso he pensado esta tarde de domingo desde que me llegó el primer mensaje de una chica que hace un par de semanas pidió ser mi amiga en el club virtual. Supongo que de verdad es una chica, que su nombre es Tifany, pero la única certeza es una foto de perfil de una muchacha de ojos grandes, rostro enfático, morenos labios gruesos y senos perfectos que se asoman por el escote de un vestido sencillo. Llegó con todo el arsenal:

-Hola. ¿Cómo estás? ¿Ya me olvidaste?

Era un saludo inteligente. Siempre he admirado la astucia de algunas mujeres para mantener activa una conversación. La exnovia que se hizo pasar por otra era muy hábil en eso. Supongo un oculto principio: “Mientras el tipo responda hay esperanza de sacarle algo”. Estaba seguro de no conocerla. De Filandia, donde vive, según lo declara su perfil, sólo había tenido noticias de oídas. El nombre del pueblo me parece un detalle de humor fino. Allí nació, y probablemente está escondido, el fugitivo doctor Ternura. Alguna vez que visité a mi compadre Colorado, en Pereira, me contó una historia de ese pueblo y señaló hacia las montañas del suroeste. Fue la inteligencia del saludo lo que me llevó a responderle.

-Qué memoria la mía -le dije.

Pensé agregar algo más, pero opté por un estilo minimalista. Ella tardó poco en escribir.

-No sé si eres tú el Magnífico que busco. También olvido. Hace mucho hablé contigo. ¿Te acuerdas? Te envié fotos mías, fue hace mucho tiempo, pero ya no recuerdo bien si eres tú el que me dabas regalos, me hacías llegar giros y la pasábamos rico.

Me quedé analizando. Ahí estaba todo expresado con elegancia. Le atribuí un mérito mayor que el de las que directamente te contactan para ofrecerte cochinaditas virtuales. A esas suelo denunciarlas con la administración del club virtual. Estaba considerando la idea de abandonar la charla cuando agregó:

-Pero perdí tu contacto. Apenas pude abrir una cuenta nueva y vi tu nombre y me acordé de ti. Quería saludarte. Saber cómo estabas.

-Estoy bien… -le dije-. Pero no creo ser ése del que hablas. Si hubiéramos pasado rico lo recordaría. Eres muy bella, para que alguien te olvide.

-Sí, creo que eres tú. A ver, dime si recuerdas cuándo te enviaba fotos sexys.

Me estaba explicando las cosas con plastilina, pero aún yo no entendía la razón para insistir en el asunto de la historia pasada.

-Es que la verdad no hablamos más de dos años -agregó-. A lo mejor por eso no nos acordamos bien, aunque yo sí me acuerdo un poco.

“¿Dos años de fotos sexys y giros y regalitos?”, pensé. Creo que lo recordaría. Recuerdo muy bien los giros y regalitos que hice en tiempos remotos. Decidí seguirle el juego:

-Mándame una foto, a ver si me acuerdo.

Tardó poco en enviar la foto escueta de un sexo rasurado, de labios claros, de un rosado fresco. Junto a la foto escribió: “Pero acuérdate que, cuando te envío fotos, tú me das regalos”. El índice y el pulgar de la mano izquierda lo entreabrían y dejaban ver la gruta tierna, humedecida. Todo era muy limpio, profesional. Sólo un observador agudo podía notar la longitud dispareja de las uñas gruesas sin pintar, las estrías en la breve franja del vientre.

-¿Ya te acordaste?

-Parece familiar

-¿Cómo?

-¿Y qué regalos te daba el hombre con quien me confundes?

-No creo confundirte -dijo-. ¿Cómo voy a enviar una foto así a alguien que no conozco? Es que recuerdo que tú eres, o eres muy parecido al hombre del que hablo.

-Pues sí, sería un error… -le dije.

Pensé en las posibles consecuencias de seguir con el juego del recuerdo.

Ella insistió:

-Pero dime, aún no recuerdas o yo estoy muy olvidada y pasé una pena contigo al enviarte algo así.

-No te dé pena… es una belleza. Con mayor razón digo que te recordaría.

-Pero por qué yo estoy tan segura que eres tú. A lo mejor ya no te gusto, dímelo.

También esa jugada me la sabía. Nadie tan engullible (la palabra debería existir, “gullible” -en inglés- expresa lo que fui en muchas ocasiones) como lo fui mucho tiempo. Podría contar mi vida a partir de los infortunios a los que me condujo -y las lecciones que me dio- mi engullibilidad. Un hombre que aspira a ser bueno y correcto nunca le dirá a una mujer que ha dejado de verla bella.

-¿No decías pues que te gustaba cuando te hacía cositas más ricas… por chat?

La oferta no podía ser más explícita.

-Cómo qué… le hacías al man, digo.

Ya tenía claro que entrar en el juego del recuerdo imaginario podía ser peligroso. Imaginé hombres casados objeto de chantajes por hacer admisiones de esa clase.

-No me gusta que te hagas el que no sabes… tú lo sabes, cosas ricas (aquí agregó la imagen de dos diablitos morados). Pero si no quieres darme regalos, ni quieres recordar lo de hace tiempo, está bien, yo no te voy a molestar.

Decidí guardar silencio. Después de unos minutos agregó:

-No me gusta rogar. Cuando te acuerdes me hablas. Un beso donde lo quieras resivir.

He sido convencional al corregir la ortografía del resto de su charla, pero ese “resivir” -tengo que admitirlo- era una obra maestra.

Le dije:

-Otro beso para ti, donde te lo quiero dar.

-Y dónde… me lo quiere dar.

-En la nariz, claro… es más linda que ese chocho que ni se sabe de quién es.

Dijo que no entendía lo que le decía, pero se esforzó para que la última palabra fuera suya y no reflejara desconcierto.

-Bueno, en la frente. Tú te lo pierdes, amor. Bye!

Gustavo Arango (foto)

‘El ciego’ de Jairo Aníbal Niño

jairo anibal niño-He comprobado científicamente que un ciego fue, es y será incapaz de tener ese afinadísimo conocimiento sobre el color y el contorno de las cosas, el paisaje y los seres humanos, tal como aparecen en las obras atribuidas a Homero. Por lo tanto puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Homero jamás existió.

Con esas palabras, el profesor Ildebrando Torrealta, de menguados cabellos, dio por terminada su conferencia. Con un ajedrezado pañuelo limpió sus anteojos, mientras el público, desde cóncavos asientos, lo aplaudía frenéticamente.

Un joven estudiante de ahuesado aspecto se acercó al catedrático y se ofreció para ayudarlo con un abultado cartapacio lleno de papeles, transparencias y documentos, que le habían servido para sustentar su tesis de que Homero era un cuento dentro de los cuentos griegos. Ildebrando Torrealta avanzó a lo largo de los lustrosos corredores de la universidad, deteniéndose de vez en cuando para recibir algunos saludos ceremoniosos y firmar un par de autógrafos.

El profesor abrió con un dispositivo electrónico la puerta de su oficina y le señaló al estudiante de ahuesado aspecto una gran mesa en la que se amontonaban toda clase de libros, folletos y papeles. El joven, deseoso de ganarse la simpatía del profesor, se ofreció para ordenar y limpiar el contenido de la mesa que parecía estar a punto de ser sepultada bajo una capa de polvo. Ildebrando Torrealta aceptó con una inclinación de cabeza, metió en su portafolio unos documentos y salió apresuradamente a cumplirle una cita al ministro de la cultura.

El joven estudiante descubrió debajo de unos mapas una pequeña figura de Afrodita, tallada en una madera perfumada. La diosa parecía emerger de un mar de cedro. La contempló conmovido, porque recordó que Afrodita es la diosa bajo cuyas pisadas nace por doquier la hierba florida.

Al atardecer, poco antes de concluir su labor, el estudiante descubrió la carta. Tal vez se había caído del interior de algún libro, o se había escapado de alguna de las carpetas atiborradas de papeles. Se dispuso a colocarla encima de una pila de revistas, pero de repente, ante sus ojos, apareció la palabra Homero, y no resistió la curiosidad de leerla. La nota, fechada en la ciudad de Atenas, estaba concebida en los siguientes términos

“Apreciado doctor Torrealta:

Le he enviado por correo certificado los documentos que me solicitó con relación a los estudios que está llevando a cabo con el fin de probar la inexistencia de Homero.
A propósito, recientemente, en el puerto del Pireo y de boca de un viejo marinero, me enteré de un cuento, el cual deseo comunicarle, a sabiendas de que no tiene el más mínimo valor.

Según el marinero, ese relato se había transmitido en su familia de generación en generación, y se refiere a un antiquísimo inventor de cantos, a un rapsoda ciego de multiforme ingenio, curiosamente llamado Homero.

Según la fábula, quienes le oían se maravillaban que un ciego fuera capaz de inventar historias tan luminosas.

Un día un labrador vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se acercaron al rapsoda, atravesaron sus apagados ojos como si fueran puertas que se hubieran abierto de repente y penetraron dentro de su cuerpo y tal vez se posaron en las ramas del árbol de su cabeza y le empezaron a contar muchas cosas del mundo, porque Homero sonreía y repetía en voz alta unos sonoros versos que cantaban el encuentro de un desdichado náufrago con la hermosísima princesa Nausicaa.

Como puede ver, doctor Torrealta, es un vulgar cuento que se lo he querido transmitir a título de simple curiosidad.

Cordialmente.

Vassilis Stergiu

Doctor en Filosofía y letras.”

El estudiante de ahuesado aspecto salió a la calle y tuvo la fortuna de que en ese instante pasara un bus que hacía el recorrido hasta un lejano barrio del sur de la ciudad en el que residía desde hacía mucho tiempo.

Cuando el vehículo se introdujo por una de las calles aledañas al Parque Nacional, el estudiante vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se posaron en el antepecho de una ventana. El bus tomó una curva, y del campo de visión del estudiante desaparecieron la ventana y la casa de ladrillos rojos a la que pertenecía. Un compañero de la universidad, que iba a su lado, le dijo:

-¿Sabe que en esa casa de ladrillos rojos está viviendo el escritor Jorge Luis Borges?

Jairo Aníbal Niño (foto) (Reciba los post de este blog por email, indicando el tuyo en la parte superior derecha, pulsando ‘Seguir’. Gracias)

AFP mentirosas; Punta Peuco; Beatriz Sánchez

no-afpAFP mentirosas. Por favor, no se dejen engañar por el canto de sirenas de las AFP, que salieron ahora a decir que “mire lo que se perdieron” los que pasaron sus ahorros a los fondos D y E, porque el fondo A ganó, en un solo mes, un millón de pesos. ¡Cantos de sirenas! No les crean. Si ellos mismos promocionan ese fondo A, y el B, como “de largo plazo”. Así que hay una contradicción en sus tontos argumentos. Si en un mes ganaron un millón de pesos, en 15 o 18 años, que es la proyección de las propias AFP, ese millón se va a esfumar. Como ya se ha esfumado para los pensionados que tienen mesadas miserables, con el argumento de que “el mercado” así lo quiso.

De modo que el señor Larraín (¡otro Larraín!) de las AFP no debe mentir, no debe salir con sus cantos de sirena, porque no le creemos.

A ellos, a los dueños de las AFP les interesa que la gente tenga la plata en los fondos A y B, que son los que trabajan intensivamente las acciones y otros papeles volátiles, y de donde ellos sacan sus utilidades (que no traspasan a los ahorradores)

En el 2015 ganaron casi 900 millones de dólares, pero las pensiones promediaron escasamente los 200 mil pesos.

Hoy (no “en esta jornada”, como dicen los periodistas “intelectuales”), hoy, vi la grabación de un energúmeno que se inventó el Canal 13, amenazando a quienes digan que las personas deben cambiar sus ahorros (que son del trabajo de toda la vida) a los fondos de las AFP más seguros o conservadores: los fondos D y E.

Primero dijo ese sujeto que se inventó el Canal 13, que nadie puede hablar de las AFP si no es experto en economía, y segundo, dijo que podía tener consecuencias penales el hecho de exhortar a la gente a cambiarse a los fondos D y E.

¡Para no creer!

Damos por descartada la primera amenaza, porque semejante imbecilidad no resiste ningún comentario. Es tanto como si dijera que nadie puede comprar pan si no es panadero. ¡Qué idiota!

Y sobre el segundo punto, el energúmeno inventado por el Canal 13 dijo esta mañana, hoy, que “en Estados Unidos penalizaban esas conductas”. ¿En Estado Unidos penalizan las recomendaciones de los asesores financieros, o la voluntad de la gente de poner su dinero donde quiere? ¡Mentiroso!

¿A quién quiere engañar ese sujeto que se inventaron en Canal 13?

Quizás se refirió a la penalización que hay por exhortar a “retiros masivos de dinero” de bancos o entidades financieras. Eso se llama “pánico económico”, pero eso es otra cosa.

En Chile nadie está diciendo que la gente retire sus ahorros de las AFP, sino que se cambien de fondo. Pero parece que algo tan sencillo no lo entiende el personaje que se inventó el Canal 13.

Valga reiterar el llamado del movimiento ‘No+AFP’, que apoyamos enteramente: ¡Todos los chilenos deben sacar sus ahorros de los fondos A, B y C y ponerlos en los fondos D y E!

Hay que hacerlo ahora mismo. Pasen la voz.

Por una sencilla razón, a pesar del energúmeno que inventó el Canal 13: son fondos de una más baja rentabilidad, es cierto, pero más seguros en el largo plazo, que los fondos A y B.

¡Fuera ese idiota que se inventó el Canal 13!, que no solamente obliga a que la gente tenga sus ahorros en las AFP (porque no hay alternativa, excepto la que gozan los de las fuerzas armadas, que no se comen el cuento de las AFP y tienen unas excelentes pensiones, que promedian los 700 mil pesos), sino que, además, nos obliga a tener los ahorros en los fondos A, B y C. Y este intento de extrema coerción se llama… ¡fascismo!

Punta Peuco. Decir solamente que resulta macabro el show que se han inventado los Punta-Peuco2pinochetistas sobre las indulgencias para los presos enfermos de Punta Peuco. Se rasgan las vestiduras y gritan que es parte de los derechos humanos dejar libres a esos presos enfermos. Obviamente nos oponemos a que salgan esos presos. Y decir que no son “viejitos enfermos que están presos”. “Abuelitos”. No. No son viejitos ni abuelitos, sino asesinos, criminales, torturadores que se volvieron viejos. Son asesinos, torturadores y criminales que deben estar tras las rejas. Eso es todo. Lo demás es intentar tergiversar algo tan sagrado, como los derechos humanos. Pero los derechos humanos obran para las personas de bien.

Beatriz Sánchez. Simplemente saludar la presencia de Beatriz Sánchez, una periodista beatriz-870x480que ha hecho honor a la profesión, y ahora se presenta como opción electoral del Frente Amplio en las próximas elecciones presidenciales. Saludamos su presencia porque eso le hace bien a la Democracia. Algunos podrán burlarse diciendo que solo es “un testimonio” o “una aprendiz” o “alguien sin experiencia” que no merece atención. ¡Cínicos! Ni los testimoniales, ni los aprendices de política, ni los sin experiencia, son responsables de las pensiones miserables de las AFP, de la educación y la salud caras, de las desigualdades sociales y económicas. De modo que la presencia de Beatriz Sánchez, como una opción presidencial sensata, es bienvenida.

 

‘El narrador de cuentos’ de Saki

Hector Hugh Munro-SakiEra una tarde calurosa y el vagón del ferrocarril, como era de suponer, estaba sofocante y la próxima parada era Templecombe, casi una hora después. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña más pequeña aún y un niño también pequeño. Una tía de los chiquillos ocupaba un asiento en una esquina, y en el sitio opuesto estaba sentado un solterón que no formaba parte de ese grupo. Pero las niñas pequeñas y el niño pequeño decididamente ocupaban la totalidad del compartimiento. Tanto la tía como los niños eran conversadores, de una manera limitada y persistente que recordaba las atenciones de una mosca doméstica que se niega a ser desalentada. Casi todas las frases de la tía parecían comenzar con las palabras “No lo hagas” y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con “¿Por qué?”. El solterón no decía nada en voz alta.

-¡No lo hagas, Cyril, no lo hagas! -exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a aporrear los almohadones del asiento, produciendo una nube de polvo con cada golpe.

-Ven a mirar por la ventanilla -agregó.

El sobrinito se acercó a regañadientes a la ventanilla.

-¿Por qué están sacando esas ovejas de la pradera? -preguntó.

-Supongo que las están conduciendo a otra pradera en la que habrá más pasto -dijo la tía débilmente.

-Pero hay mucho más pasto en esa pradera -protestó el niño-, lo único que hay es pasto. Tía, hay mucho pasto en ese campo.

-Quizás el pasto del otro campo sea mejor -sugirió ilusoriamente la tía.

-¿Por qué es mejor? -fue la rauda e inevitable pregunta.

-¡Oh! ¡Miren esas vacas! -exclamó la tía. En casi todos los campos a lo largo de la vía férrea había vacas o novillos, pero la mujer habló como si les estuviese mostrando una rareza.

-¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? -persistió Cyril.

El ceño fruncido del solterón estaba comenzando a tomar mal cariz. La tía decidió para sus adentros de que se trataba de un hombre duro y antipático. Le fue completamente imposible llegar a una decisión satisfactoria con respecto al paso del otro campo.

La niña más pequeña cambió de tema comenzando a recitar “En el camino a Mandalay”. Lo único que sabía era el primer verso, pero puso su limitado conocimiento al servicio de la mejor interpretación. Repetía el verso una y otra vez con una voz soñadora pero muy audible; el solterón tuvo la sensación de que alguien habría apostado a que ella no sería capaz de repetir ese verso dos mil veces en voz alta sin detenerse. Quienquiera que hubiese realizado esa apuesta corría serio peligro de perderla.

-Vengan para acá a escuchar un cuento -dijo la tía después de que el solterón la hubo mirado dos veces a ella y una al pasillo del tren.

Los niños se acercaron con indiferencia al rincón ocupado por la tía. Evidentemente, en opinión de los tres su reputación como narradora de cuentos dejaba mucho que desear.

En voz baja y confidencial, interrumpida frecuentemente por fuertes y petulantes preguntas de sus oyentes, la mujer comenzó a contar una historia poco movida y con una deplorable carencia de interés, referente a una pequeña niña que era buena y se hacía amiga de todo el mundo gracias a su bondad y que finalmente era rescatada del ataque de un toro furioso por una serie de personas que admiraban sus cualidades morales.

-¿Y si ella no hubiese sido buena no la habrían salvado? -quiso saber la mayor de las niñas pequeñas. Era exactamente la misma pregunta que el solterón hubiera querido formular.

-Bueno, sí -admitió la tía débilmente-, pero no creo que habrían corrido en su ayuda con tanta rapidez si no la hubiesen admirado tanto.

-Es la historia más estúpida que he oído en mi vida -dijo con total convicción la mayor de las niñas pequeñas.

-Era tan estúpida que yo dejé de escuchar después de las primeras frases -dijo Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había comenzado una murmurada repetición de su verso favorito.

-Usted no parece ser una narradora de cuentos muy exitosa -dijo repentinamente el solterón desde su rincón.

La tía se puso de inmediato a la defensiva ante ese ataque inesperado.

-Es muy difícil contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar -dijo tiesamente.

-No estoy de acuerdo con usted -contestó el solterón.

-A lo mejor a usted le gustaría contarles un cuento -fue la réplica mordaz de la tía.

-Cuéntenos un cuento -rogó la mayor de las niñas pequeñas.

-Había una vez -comenzó diciendo el solterón-, una niña pequeña llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.

El interés que se había despertado en los niños inmediatamente comenzó a debilitarse; todos los cuentos eran espantosamente parecidos, sea quien fuere quien los contase.

-Hacía todo lo que indicaban, siempre decía la verdad, no se ensuciaba la ropa, comía los budines de leche igual que si fuesen tartas de dulce, aprendía perfectamente sus lecciones, y era sumamente amable.

-¿Era hermosa? -preguntó la mayor de las niñas pequeñas.

-No tan hermosa como ustedes, pero era espantosamente buena.

Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra “espantosa” en conexión con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en el cuento un hálito de verdad que brillaba por su ausencia en las historias de la tía sobre la vida infantil.

-Era tan buena -continuó el solterón- que ganó varias medallas a la bondad y siempre las llevaba prendidas al vestido. Tenía una medalla por su obediencia, otra por su puntualidad y una tercera por su buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal, y tintineaban la una contra la otra cuando la niña caminaba. Ningún otro niño de la ciudad, tenía tres medallas, de manera que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña extraordinariamente buena.

-Espantosamente buena -citó Cyril.

-Todo el mundo hablaba sobre la bondad de la niña, de modo que el príncipe del país se enteró y dijo que ya que ella era tan buena, le permitiría caminar una vez por semana por su parque, que quedaba justo en las afueras de la ciudad. Se trataba de un parque hermoso al que no se permitía entrar a los niños jamás, de modo que fue un gran honor para Bertha que le permitieran ir.

-¿Había ovejas en el parque? -preguntó Cyril.

-No -dijo el solterón-, no había ovejas.

-¿Por qué no había ovejas? -fue la inevitable pregunta que surgió de esa respuesta.

La tía se permitió esbozar una sonrisa que prácticamente era una mueca burlona.

-No había ovejas en el parque -dijo el solterón-, porque la madre del príncipe había soñado una vez que su hijo sería matado por una oveja o bien por un reloj que se le caería en la cabeza. Por ese motivo el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes en el palacio.

La tía tuvo que reprimir una exclamación admirativa.

-¿Y al príncipe lo mató una oveja o un reloj? -preguntó Cyril.

-Todavía está vivo, de modo que no podemos saber si el sueño se convertirá en realidad -dijo despreocupadamente el solterón-. De todos modos, no había ovejas en el parque, pero había muchos chanchitos corriendo por todas partes.

-¿Y de qué color eran?

-Negros con caras blancas, blancos con manchas negras, todos negros, grises con manchas blancas, y algunos eran todos blancos.

El narrador de cuentos hizo una pausa para permitir que la idea total de los tesoros del parque penetrara en la imaginación de los niños; entonces continuó.

-A Bertha le dio pena que no hubiera flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del bondadoso príncipe, y estaba decidida a cumplir su promesa de manera que, por supuesto, se sintió tonta al descubrir que no había flores para arrancar.

-¿Por qué no había flores?

-Porque los chanchitos se las habían comido a todas -dijo rápidamente el solterón-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no era posible tener chanchitos y flores a la vez, de modo que él decidió tener chanchitos en lugar de flores.

Se produjo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; tanta gente había decidido lo contrario…

Había una cantidad de otras cosas maravillosas en el parque: estanques con peces dorados y azules y verdes, y árboles con hermosas cotorras que decían cosas inteligentes en cualquier momento, y pájaros que canturreaban todas las melodías populares del momento. Bertha se paseaba de aquí para allá y se divertía inmensamente y pensó: “Si yo no hubiera sido tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este hermoso parque y gozar de todo lo que se puede ver en él” y, mientras caminaba, sus tres medallas tintineaban una contra la otra recordándole lo buena que era. Justo en ese momento un enorme lobo comenzó a merodear por el parque para ver si podía apresar un chanchito gordo para la cena.

-¿De qué color era el lobo? -preguntaron los niños, cuyo interés se había intensificado inmediatamente.

-Tenía todo el cuerpo color barro, con una lengua negra y ojos de un gris pálido que brillaban con indescriptible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se divisaba a gran distancia. Bertha vio al lobo que se acercaba a ella y comenzó a desear que nunca le hubieran permitido ir al parque. Corrió tan rápido como pudo, y el lobo la persiguió con enormes saltos. Consiguió llegar hasta el matorral de mirtos y se escondió en el más tupido de los arbustos. El lobo comenzó a husmear entre las ramas con su negra lengua colgando de la boca y sus pálidos ojos grises brillantes de furia. Bertha estaba terriblemente asustada y pensó: “Si yo no hubiese sido tan extraordinariamente buena, en este momento estaría sana y salva en la ciudad”. Sin embargo, el perfume de los mirtos era tan fuerte que el lobo no podía descubrir por el olfato el lugar donde Bertha se escondía, y los arbustos eran tan tupidos que podía haber buscado en ellos durante largo tiempo sin llegar a descubrirla, de manera que pensó que lo mejor que podía hacer era alejarse y, en cambio, buscar un chanchito. Bertha temblaba como una hoja al ver que el lobo la rondaba y husmeaba tan cerca de ella, y a causa de sus temblores la medalla de la obediencia tintineó contra las medallas de la buena conducta y de la puntualidad. El lobo estaba a punto de alejarse cuando oyó el sonido de los metales que se entrechocaban y entonces se detuvo a escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba muy cerca del lugar en que se encontraba. Se lanzó hacia el arbusto a toda velocidad, los pálidos ojos grises brillando ferozmente y con expresión de triunfo, y arrastró a Bertha fuera de los arbustos para devorarla hasta el último bocado. Todo lo que quedó de la niña fueron sus zapatos, algunos trozos de ropa y las tres medallas que había ganado con su bondad.

-¿Y no mató a ninguno de los chanchitos?

-No, escaparon todos.

-El cuento empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas pequeñas- pero tuvo un final hermoso.

-Es el cuento más hermoso que he oído en mi vida -dijo Cyril.

La tía disentía con esas opiniones.

-¡Es un cuento de lo más impropio para niños pequeños! Usted ha minado el efecto de años de cuidadas enseñanzas.

-De todos modos -dijo el solterón-, conseguí que se quedaran quietos durante diez minutos, que es más que lo que usted fue capaz de hacer.

-¡Pobre mujer! -pensó el solterón mientras caminaba por el andén de la estación de Templecombe- ¡Durante los próximos seis meses más o menos, esos niños la van a mortificar en público, exigiéndole que les cuente un cuento impropio!

Saki (foto)