‘La ejecución’ de Rubem Fonseca

Rubem FonsecaConsigo agarrar a Rubão, acorralándolo contra las cuerdas. El hijo de puta tiene fuerza, se agarra a mí, apoya su rostro en mi rostro para impedir que le de cabezazos en la cara; estamos abrazados, como dos enamorados, casi inmóviles fuerza contra fuerza, el público empieza a burlarse. Rubão me da un pisotón en el dedo del pie, aflojo, se suelta, me da un rodillazo en el estómago, una patada en la rodilla, un golpe en la cara. Oigo los gritos. El público está cambiando a su favor. Otro bofetón: gritos enloquecidos en el público. No puedo darle importancia a eso, no puedo darle importancia a esos hijos de puta mamones. Intento agarrarlo pero no se deja, quiere pelear de pie, es ágil, su puñetazo es como una coz.

Los cinco minutos más largos de la vida se pasan en un ring de lucha libre. Cuando el round acaba, el primero de cinco por uno de descanso, apenas y puedo llegar a mi esquina. El Príncipe me echa aire con la toalla, Pedro Vaselina me da masajes. Esos putos me están cambiando por él, ¿verdad? Olvida eso, dice Pedro Vaselina. Están con él, ¿o no?, insisto. Sí, dice Pedro Vaselina, no sé qué pasa, siempre se inclinan por la buena pinta, pero hoy no está funcionando la regla. Intento ver a las personas en las gradas, hijos de puta, cornudos, perros, prostitutas, cagones, cobardes, mamones, me dan ganas de sacarme el palo y sacudirlo en sus caras. Cuidado con él, cuando ya no aguantes, pasa a su guardia, no intentes como tonto, él tiene fuerzas y está entero, y tú, y tú, eh, ¿anduviste jodiendo ayer? Cada vez que te acierte un golpe en los cuernos no te quedes viendo al público con cara de culo de vaca, ¿que te pasa? ¿Vino a verte tu madre? Ponle atención al sujeto, carajo, no quites la vista de él, olvídate del público, ojo con él, y no te preocupes con las cachetadas, no te va a arrancar un pedazo y no gana nada con eso. Cuando te dio el último golpe y la chusma gozó en el gallinero, hizo tanta faramalla que parecía una puta de la Cinelandia. Es en uno de esos momentos cuando tienes que pegarle. Paciencia, Paciencia, ¿oíste?, guarda energías, que te tienen con un pie afuera, dice Pedro Vaselina.

Suena la campana. Estamos en medio del ring. Rubão balancea el tórax frente a mí, los pies plantados, mueve las manos, izquierda enfrente y derecha atrás. Me quedo parado, mirando sus manos. ¡Vap!, la patada me da en el muslo, me le echo encima, ¡plaft!, una golpe en la cara que casi me tira al piso, miro a las gradas, el sonido que viene de ahí parece un chicotazo, soy una animal, qué mierda, si sigo ¡plaft! dando importancia a esos pendejos voy a acabar jodiéndome ¡plaft! -bloquea, bloquea, oigo a Pedro Vaselina- mi cara debe estar hinchada, siento alguna dificultad para ver con el ojo izquierdo -levanto la izquierda, ¡bloquea!- ¡blam! un zurdazo me da en el lado derecho de los cuernos -¡bloquea!-. La voz de Pedro Vaselina es fina como la de una mujer, levanto las dos manos -¡bum! la patada me da en el culo-. Rubão gira y de espaldas me atina, me pone el pie en el pescuezo -de las gradas viene el ruido de una ola de mar que rompe en la playa- con un físico como ése vas a acabar en el cine, mujeres, fresas con crema, automóvil, departamento, película en tecnicolor, dinero en el banco, ¿dónde está todo eso? Me echo encima de él con los brazos abiertos -¡bum! el golpe me tira-. Rubão salta sobre mí, ¡va a montarme! -intento huir arrastrándome como lombriz entre las cuerdas- el juez nos separa -me quedo tirado, flotando en la burla, inyección de morfina. Gong.

Estoy en mi esquina. Nunca te he visto tan mal, en lo físico y en la técnica, ¿jodiste hoy?, ¿andas tomando? Es la primera vez que un luchador de nuestra academia huye por debajo de las cuerdas, estás mal, ¿qué pasa contigo? ¿Así es como quieres luchar con el Carlson?, ¿con Iván? Estás haciendo el ridículo. Déjalo, dice el Príncipe. Pedro Vaselina: lo van a destrozar, según vayan las cosas en este ring veré si arrojo la toalla. Jalo la cara de Pedro Vaselina hacia la mía, le digo escupiendo en sus cuernos, si arrojas la toalla, puto, te reviento, te meto un fierro en el culo, lo juro por Dios. El Príncipe me arroja un chorro de agua, para ganar tiempo. Gong.

Estamos en medio del ring. Tiempo, ¡segundos!, dice el juez -así mojado no está bien, no vuelvas a hacer eso- el Príncipe me seca fingiendo sorpresa -¡segundos, fuera!, dice el juez-. Nuevamente en medio del ring. Estoy inmóvil. Mi corazón salió de la garganta, volvió al pecho pero aún late fuerte. Rubão se balancea. Miro bien su rostro, tiene la moral alta, respira por la nariz sin apretar los dientes, no hay un solo músculo tenso en su cara, un sujeto espantado pone mirada de caballo, pero él está tranquilo, apenas y se ve lo blanco de sus ojos. Rápido hace una finta, amenaza, un bloqueo, recibo un pisotón en la rodilla, un dolor horrible, menos mal que fue de arriba abajo, si hubiera sido horizontal me rompía la pierna -¡Zum!, el puñetazo en el oído me deja sordo de un lado, con el otro oído escucho a la chusma delirando en las gradas- ¿qué hice? Siempre me apoyaron, ¿qué les hice a estos escrotos, comemierdas, ¡plaft, plaft, plaft!, para que se volvieran contra mí? -con ese físico vas a acabar en el cine, Leninha, ¿donde estás?, hija de puta- retrocedo, pego con la espalda en las cuerdas, Rubão me agarra -¡al suelo! chilla Pedro Vaselina- aún estoy bloqueando y ya es tarde: Rubão me da un rodillazo en el estómago, se aleja; por primera vez se queda inmóvil, a unos dos metros de distancia, mirándome, debe estar pensando en arrancar para terminar con esto -estoy zonzo, pero es cauteloso, quiere estar seguro, sabe que en el piso soy mejor y por eso no quiere arriesgarse, quiere cansarme primero, no meterse en problemas-, siento unas ganas locas de bajar los brazos, mis ojos arden por el sudor, no logro tragar la saliva blanca que envuelve mi lengua -levanto el brazo, preparo un golpe, amenazo- no se mueve -doy un paso al frente- no se mueve -doy otro paso al frente- él da un paso al frente -los dos damos un lento paso al frente y nos abrazamos- el sudor de su cuerpo me hace sentir el sudor de mi cuerpo -la dureza de sus músculos me hace sentir la dureza de mis músculos- el soplo de su respiración me hace sentir el soplo de mi respiración -Rubão abraza por debajo de mis brazos -intento una llave en su cuello- coloca su pierna derecha por atrás de mi pierna derecha, intenta derribarme -mis últimas fuerzas- Leninha, desgraciada -me va a derribar- intento agarrarme de las cuerdas como un escroto -el tiempo no pasa- yo quería luchar en el suelo, ahora quiero irme a casa -Leninha- caigo de espaldas, giro antes de que se monte en mí -Rubão me sujeta por la garganta, me inmoviliza -¡tum, tum, tum! tres rodillazos seguidos en la boca y la nariz- gong -Rubão va a su esquina recibiendo los aplausos.

Pedro Vaselina no dice una palabra, con el rostro triste de segundo del perdedor. Estamos perdidos, mi amigo, dice el Príncipe limpiando mi sudor. No me jodas, respondo, un diente se balancea en mi boca, apenas sujeto a la encía. Meto la mano, arranco el diente con rabia y lo arrojo en dirección a los mamones. Todos se burlan. No hagas eso, dice Pedro Vaselina dándome agua para que haga un buche. Escupo fuera del balde el agua roja de sangre, para ver si le cae encima a algún mamón. Gong. Al centro, dice el juez.

Rubão está enterito, yo estoy jodido. No sé ni en qué round estamos. ¿Es el último? Último o penúltimo, Rubão va a querer liquidarme ahora. Me arrojo encima de él a ver si acierto a darle un cabezazo en la cara -Rubão se desvía, me asegura entre las piernas, me arroja fuera del ring- los mamones deliran -tengo ganas de irme- si fuera valiente me iría, así en calzoncillo -¡por dónde!- el juez está contando -irme- siempre hay un juez contando -automóvil, departamento, mujeres, dinero-, siempre un juez -pulley de ochenta kilos, rosca de cuarenta, vida dura- Rubão me está esperando, el juez lo detiene con la mano, para que no me ataque en el momento en que vuelva al ring -de veras que estoy jodido- me inclino, entro al ring -al centro, dice el juez- Rubão me agarra, me derriba -rodamos en la lona, queda preso en mi guardia- entre las piernas con la cara en mi palo -quedamos algún tiempo así, descansando- Rubão proyecta el cuerpo hacia enfrente y acierta a darme un cabezazo en la cara -la sangre llena mi boca de un sabor dulce empalagoso- golpeó con las dos manos sus oídos, Rubão encoje un poco el cuerpo -súbitamente rebasa mi pierna izquierda en una montada especial- estoy jodido, si completa la montada estaré jodido y mal pagado, jodido y deshecho, jodido y despedazado, jodido y acabado -se detiene un momento antes de iniciar la montada definitivamente- ¡jodido, jodido! -doy un giro fuerte, rodamos por la lona, paramos, ¡la puta que lo parió!, conmigo-montado-montada-completa encima de él, ¡la puta que lo parió!, mis rodillas en el suelo, su tórax inmóvil entre mis piernas- ¡lo monté!, ¡la puta que lo parió!, ¡lo monté! -alegría, alegría, viento caliente de odio de la chusma que se reía de verme con la cara destrozada- bola de mamones putos escrotos cobardes -golpeo la cara de Rubão en la mera nariz, uno, dos, tres- ahora en la boca -de nuevo en la nariz- palo, garrote, paliza -siento cómo se rompe un hueso- Rubão levanta los brazos intentando impedir los golpes, la sangre brota por toda su cara, de la boca, de la nariz, de los ojos, de los oídos, de la piel -la llave del brazo, ¡la llave del brazo!, grita Pedro Vaselina, metiendo la cabeza por debajo de las cuerdas- es fácil hacer una llave de brazo en una montada, para defenderse, quien está abajo tiene que sacar los brazos por encima, basta con caer a uno de los lados con su brazo entre las piernas, el sujeto se ve obligado a golpear la lona- un silencio de muerte en el estadio -¡la llave del brazo!, grita el Príncipe- Rubão me ofrece el brazo para acabar con el sufrimiento, para que pueda golpear la lona rindiéndose, rendirse en la llave es digno, rendirse debajo del palo es vergonzoso -los mamones y las putas se callaron, ¡griten!- el rostro de Rubão es una pasta roja, ¡griten! -Rubão cierra los ojos, se cubre el rostro con las manos- el hombre montado no pide el orinal -Rubão debe estar rezando para desmayarse y que todo acabe, ya se dio cuenta que no le voy a aplicar la llave de la Misericordia- chusma -me duelen las manos, le pego con los codos -el juez se arrodilla, Rubão se desmayó, el juez me quita de encima de él- en medio del ring el juez me levanta los brazos -las luces están encendidas, de pie, en las gradas, hombres y mujeres aplauden y gritan mi nombre- levanto los brazos bien alto -doy saltos de alegría- los aplausos aumentan -salto- aplausos cada vez más fuertes -miro conmovido las gradas llenas de admiradores y me inclino enviando besos a los cuatro costados del estadio.

Rubem Fonseca (foto)

 

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‘La historia final de papá’ de José Luis Garcés

José Luis Garcés GonzálezParece que hubiese sido ayer que papá se levantó de su mecedora y se encaminaba al baño cuando algo lo frenó en seco. Viró a la izquierda y trató de agarrarse a la pared. Pero las uñas no lo sostuvieron y fue cayendo, desplomándose lentamente. Cuando mamá alcanzó a llegar donde él, lo encontró botando sangre por la nariz. Tenía los ojos entreabiertos. El golpe fue fuerte. En la cabeza. Mamá, con ese cuerpo tan grande que podía parecer una barquetona atollada, intentaba levantarlo. Por suerte, yo llegué en el instante preciso en que mamá empezaba a dar gritos. A llamar al vecino. A llamar a Dios. Dios no vino, el vecino sí. No sé quién lo llamó, pero muy pronto llegó un taxi y salimos rumbo a la clínica donde papá fue atendido por cuenta de los Seguros. Mamá gritaba y sus ojos de búho (¿o serán de lechuza?, sí, más bien) estaban rojos. Le dije que se calmara, pero ella no atendió.

En la clínica lo recogieron dos enfermeras y se lo llevaron por un pasillo demasiado largo para mi angustia. No dejaron que ninguno de nosotros lo acompañara. Otra enfermera nos condujo a una sala e hizo que nos sentáramos. Mamá metió la cabeza entre las manos y se dedicó a llorar. De vez en cuando la levantaba y me miraba con unos ojos que expresaban cierto reproche. Mamá tiene unos ojos amenazantes y feos. Yo descifraba sus intenciones, pero me hacía la desentendida. El tiempo pasó, pero yo no alcanzo a medirlo en minutos o en horas. Sabía que estaba transcurriendo. Y cuando su peso se tornó insoportable y vi que mamá seguía llorando con su rostro gordo metido entre las manos, no pude controlarme. Me fastidió tanta lágrima. Tanta sospechosa lágrima.

-Debes serenarte, porque si no lo haces, podemos tener dos enfermos, y entonces sí…

-Cómo me hablas así… Atrevida.

-¿Atrevida yo? Es por tu bien, mamá.

-Nada, déjame morir con él.

La vi chiquitica. Esas palabras no salían de su corazón. Era para que la escucharan los vecinos que ya habían aparecido por arte de magia. No quise contestarle, pues le hubiera dicho todas las verdades que tenía reprimidas. Ella nunca lo quiso. Él le sirvió para salir del atolladero en que la tenían metida la pobreza y las hijas que le había dejado su primer marido. No fue feliz sexualmente con él, ni él con ella. Un día intuí que el viejo era eyaculador precoz, y que ella lo odiaba por eso. Eso sí: él se desvivía por ella. Todo lo que conseguía era para la casa. A cambio, ella le fingía y lo soportaba. Tengo que decir la verdad: creo que nunca le puso un amante.

Papá, como es fácil comprender, sufrió un accidente cerebral. Grave. Estuvo una semana en la clínica. Lo sometieron a toda clase de análisis. Varias escanografías. Lo atendieron tres médicos especialistas. Pero papá no dio signos de mejoría. Debo aceptar que la atención no pudo ser mejor. Los galenos decidieron que debíamos llevárnoslo a la casa. Así, convertido en un mineral, o en un vegetal, para mejor decir, papá consumía su tiempo.

Yo no lo vi, pero mis hermanos aseguran que él lloraba cuando alguno de ellos se le acercaba y le hablaba. Sus ojos paralizados se llenaban de lágrimas, que luego le corrían por los costados. Conmigo no se comportaba así. Yo le agarraba las manos o le decía breves palabras cariñosas. En esa cama había que hacerle de todo, pero de todo, todo. Ustedes se imaginan. En esta situación, mejorando y empeorando, demoró tres años. Más de novecientos días. Qué castigo para mamá, también para nosotros. Sus compañeros de religión le rezaban todos los días. Varios grupos se turnaban. Ellos decían tener fe en que él se recuperaría. Todo fue inútil. Dios no los atendió. O ya tendría señalado su destino, como dijo doña Margarita con la Biblia abierta en el libro de Job. Una tarde papá dejó de respirar. Casi nadie se dio cuenta. Murió sin compañía. Cuando la hermana menor dio el grito de alarma, todos salimos a verlo. No se le movía el pecho. De nada sirvió el espejo en la nariz. Tampoco los masajes en el tórax. Una hora después vino el médico y sólo atinó a decir: “no se preocupen, ya descansó”. “En la viña del Señor”, completó doña Margarita que ya estaba en la cabecera del difunto, siempre lambona, dándoselas de diligente y servicial. Al instante, mamá perdió el conocimiento. Dio un grito y se desvaneció. La llevaron a una butaca y empezaron a echarle menticol. Nada que volvía. La atención, pues, se bifurcó. Unos con papá, otros con mamá. Yo preferí quedarme con el cadáver del viejo. Él fue un hombre auténtico y, sí, estaba muerto de verdad. Lo de mamá podía ser teatro. Deseos de mostrar lo que no se siente, lo que nunca se ha sentido. Ganas de ser atendida para expiar en parte su cuota de culpa. Ella nunca quiso a papá y pierde el conocimiento para no llorar. Cree que las lágrimas son o pueden ser su forma de perdón. Perdón para ella. Que de hoy en adelante tanto lo necesita.

José Luis Garcés González (foto)

 

‘Mujer de pie’ de Yasutaka Tsutsui

Yasutaka TsutsuiMe quedé levantado toda la noche y al fin terminé un cuento de cuarenta páginas. Era una obra trivial, de entretenimiento, incapaz de hacer bien o mal.
“En esta época uno no puede escribir cuentos que hagan bien o mal; es inevitable”, me dije mientras aseguraba el manuscrito con un clip y lo metía en un sobre.
En cuanto a si hay en mí materia prima para escribir cuentos que puedan hacer bien o mal, hago todo lo posible por no pensar en eso. Si me pusiera a pensar en eso, tal vez quisiera intentarlo.
El sol de la mañana me hirió los ojos cuando me puse los zuecos de madera y abandoné la casa con el sobre. Como aún faltaba un tiempo para que llegara el primer camión postal, dirigí mis pasos hacia el parque. Por la mañana no vienen niños a este parque, un simple cuadrado de ochenta metros en medio de un barrio residencial apiñado. Aquí se está tranquilo. Así que siempre incluyo el parque en mi caminata matutina. Hoy día hasta el escaso verde suministrado por diez o doce árboles es invalorable en la megalópolis.
Tendría que haber traído un poco de pan, pensé. Mi perrogajo favorito se alza cerca del banco del parque. Es un perrogajo afectuoso de piel color ante, bastante grande por tratarse de un perro mestizo.
El camión de fertilizante líquido acababa de pasar cuando llegué al parque; el suelo estaba húmedo y había un tenue olor a cloro. El caballero mayor a quien veía a menudo estaba sentado en el banco cercano al perrogajo, alimentando el poste color ante, con lo que parecía carne picada. Por lo común los perrogajos tienen un apetito excelente. Tal vez el fertilizante líquido, absorbido por las raíces bien hundidas en el suelo y que sube a través de las patas, deja algo que desear.
Comen cualquier cosa que uno les dé.
-¿Le trajo algo? Hoy salí apurado. Olvidé traer mi pan -le dije al hombre mayor.
Se volvió hacia mí con ojos amables y una suave sonrisa.
-Ah, ¿a usted también le gusta este muchacho?
-Sí -contesté, sentándome junto a él-. Se parece como una gota de agua a un perro que yo tenía.
El perrogajo alzó hacia mí una mirada de ojos grandes, negros, y meneó la cola.
-En realidad, yo también tenía un perro parecido a este muchacho -dijo el hombre, rascando el pelo del cuello del perrogajo-. Lo convirtieron en perrogajo a los tres años. ¿No lo ha visto? Entre la lencería y la tienda de artículos de cine, sobre la costanera. ¿No vio allí un perrogajo que se parece a este muchacho?
Asentí con un movimiento de cabeza, agregando:
-¿Así que ése era suyo?
-Sí, era nuestro favorito. Se llamaba Hachi. Ahora está vegetalizado por completo. Un hermoso perrárbol.
-Ahora que lo dice, se parece mucho a este muchacho. Tal vez provenían de la misma raza.
-¿Y su perro? -preguntó el hombre mayor-. ¿Dónde está plantado?
-Nuestro perro se llamaba Buff -contesté, sacudiendo la cabeza-. Lo plantaron junto a la entrada del cementerio que está a las afueras de la ciudad. Pobrecito, murió apenas lo plantaron. Los camiones de fertilizante no van por allí con mucha frecuencia, y quedaba tan lejos que yo no podía llevarle de comer todos los días. Tal vez lo plantaron mal. Murió antes de convertirse en árbol.
-¿Lo arrancaron entonces?
-No. Por suerte en esa zona no importa demasiado que huela o no, así que lo dejaron allí y se secó. Ahora es un esquelegajo. Me enteré de que es un material espléndido para las clases de ciencias de la escuela primaria cercana.
-Qué maravilla.
El hombre mayor acarició la cabeza del perrogajo.
-Me pregunto cómo llamaban a este muchacho antes de que se convirtiera en perrogajo.
-Prohibido llamar a un perrogajo por su nombre original -dije-. ¿No es una ley extraña?
El hombre me miró con ojos penetrantes, después contestó con tono casual:
-¿Acaso no se limitaron a extender a los perros las leyes que tenían que ver con las personas? Por eso pierden el nombre cuando se transforman en perrogajos -asintió mientras rascaba la mandíbula del perrogajo-. No sólo los nombres antiguos: uno tampoco puede darles un nombre nuevo. Porque no hay nombres propios para las plantas.
Caramba, por supuesto, pensé.
Miró mi sobre, que tenía las palabras MANUSCRITO ADJUNTO.
-Disculpe -dijo-. ¿Usted es escritor?
Me sentí un poco embarazado.
-Bueno, sí. Hago algunas cositas triviales.
Después de mirarme con atención, el hombre siguió acariciando la cabeza del perrogajo.
-Yo también acostumbraba escribir algo.
Logré reprimir una sonrisa.
-¿Cuántos años hace que dejé de escribir? Parecen muchos.
Miré el perfil del hombre. Ahora que él lo decía, era un rostro que me parecía haber visto antes en alguna parte. Empecé a preguntarle el nombre, vacilé, y me quedé en silencio.
El hombre mayor dijo bruscamente:
-El mundo se ha vuelto difícil para escribir.
Bajé los ojos, avergonzado de mí mismo, que aún seguía escribiendo en semejante mundo.
El hombre se disculpó confundido ante mi repentina depresión.
-Fue grosero de mi parte. No lo estoy criticando a usted. Soy yo quien tendría que sentirse avergonzado.
-No -le dije, después de mirar con rapidez a nuestro alrededor-. No puedo dejar de escribir, porque no tengo el valor necesario. ¡Dejar de escribir! Caramba, después de todo, ese sería un gesto contra la sociedad.
El hombre mayor siguió acariciando al perrogajo. Después de una larga pausa habló:
-Es doloroso dejar de escribir de pronto. Ahora que hemos llegado a esto, creo que me sentiría mejor si hubiese seguido escribiendo temerariamente crítica social, y me hubiesen arrestado. Incluso hay momentos en que creo eso. Pero sólo era un diletante, nunca conocí la pobreza, perseguía sueños de tranquilidad. Deseaba llevar una vida cómoda. Como persona de gran dignidad, no podía soportar verme expuesto a los ojos del mundo, ridiculizado. Así que dejé de escribir. Una historia lamentable.
Sonrió y sacudió la cabeza.
-No, no, no hablemos de eso. Nunca se sabe quién puede estar oyendo, incluso aquí, en la calle.
Cambié de tema.
-¿Vive cerca?
-¿Conoce el salón de belleza de la calle principal? Pase por allí. Me llamo Hiyama -hizo un movimiento de cabeza hacia mí-. Venga a visitarme alguna vez. Estoy casado, pero…
-Muchísimas gracias.
Le di mi nombre.
No recordaba a ningún escritor llamado Hiyama. Sin duda escribía con seudónimo. No tenía intenciones de visitar su casa. Estamos en un mundo en que incluso dos o tres escritores que se reúnen son considerados asamblea ilegal.
-Es hora de que pase el camión postal.
Miré mi reloj pulsera mientras me paraba.
-Temo que es mejor que me vaya -dije.
Volvió hacia mí una triste cara sonriente y se inclinó. Después de acariciar un poco la cabeza del perrogajo. Abandoné el parque.
Desemboqué en la calle principal, pero sólo había una cantidad ridícula de coches que pasaban; los peatones eran pocos. Junto a la acera estaba plantado un gatárbol, de treinta o cuarenta centímetros de altura.
A veces doy con un gatogajo que acaba de ser plantado y aún no se ha convertido en gatárbol. Los gatogajos nuevos me miran la cara y maúllan o gimen, pero aquellos cuyas cuatro patas plantadas en el suelo se han vegetalizado, con los rostros verdosos rígidamente inmóviles y los ojos bien cerrados, sólo mueven las orejas de vez en cuando. Después están los gatogajos a quienes les brotan ramas del cuerpo y puñados de hojas. La mente de estos parece estar vegetalizada por completo: ni siquiera mueven las orejas. Aun cuando pueda distinguirse un rostro de gato, sería mejor llamarlos gatárboles.
Tal vez sea mejor convertir a los perros en perrogajos, pensé. Cuando se les termina la comida, se vuelven malos y hasta atacan a la gente. ¿Pero por qué tienen que convertir a los gatos en gatogajos? ¿Hay demasiados gatos perdidos? ¿Para mejorar la condición alimenticia, aunque sea un poco? O tal vez para reverdecer la ciudad…
Cerca del hospital enorme que se encuentra en la esquina donde se intersectan las autopistas hay dos hombrárboles, y junto a estos árboles un hombregajo. Este hombregajo viste uniforme de cartero, y no se puede distinguir hasta qué punto se le han vegetalizado las piernas, por los pantalones. Tiene treinta y cinco o treinta y seis años, es alto, un poco encorvado de hombros.
Me acerqué a él y le tendí mi sobre, como siempre.
-Por certificado, entrega especial, por favor.
El hombregajo, asintiendo en silencio, aceptó el sobre y sacó estampillas y un formulario de correo certificado de su bolsillo.
Me di vuelta con rapidez después de pagar el franqueo. No había nadie más a la vista. Decidí tratar de hablarle. Siempre le llevo el correo cada tres días, y aún no había tenido oportunidad de hablar con él con cierta calma.
-¿Qué hizo? -le pregunté en voz baja.
El hombregajo me miró sorprendido. Después, una vez que recorrió la zona con los ojos, contestó con expresión amarga:
-Decir cosas innecesarias no me hará ningún bien. Se supone que ni siquiera tengo que contestar.
-Lo sé -dije, mirándolo a los ojos. Cuando vio que no me iba, suspiró hondo.
-Sólo dije que la paga es baja. Lo que es más, me oyó el patrón. Porque la paga de un cartero es realmente baja. -Con expresión sombría, sacudió la mandíbula hacia los dos hombrárboles que estaban juntos a él-. A estos tipos les pasó lo mismo. Sólo por dejar escapar algunas quejas acerca de la paga baja. ¿Los conoce? -me preguntó.
Señalé a uno de los hombrárboles.
-Recuerdo a éste, porque le entregué una gran cantidad de correspondencia. Al otro no lo conozco. Ya era un hombrárbol cuando me mudé aquí.
-Ese era mi amigo -dijo.
-¿El otro no era encargado, o jefe de sección?
Asintió.
-Correcto. Era encargado.
-¿No tiene usted hambre, o frío?
-No se siente demasiado -contestó, aún inexpresivo. Cualquiera que es convertido en hombregajo pronto se vuelve inexpresivo-. Incluso creo que ya me parezco bastante a una planta. No sólo en cómo siento las cosas, sino también en el modo en que pienso. Al principio era triste, pero ahora no importa. Solía tener mucha hambre, pero dicen que la vegetalización se desarrolla más rápido cuando uno no come.
Me miró con ojos opacos. Era probable que esperase convertirse pronto en hombrárbol.
-Dicen que a la gente con ideas radicales les hacen una lobotomía antes de convertirlos en hombregajos, pero tampoco me hicieron eso. No había pasado un mes desde que me plantaron aquí y ya no me sentía furioso.
Le dio un vistazo a mi reloj pulsera.
-Bueno, ahora será mejor que se vaya. Casi es la hora de llegada del camión postal.
-Si -pero aún no podía irme, y vacilé, inquieto.
-Oiga -dijo el hombregajo-. ¿Por casualidad algún conocido suyo fue convertido hace poco en hombregajo?
Herido en lo más hondo, lo miré a la cara por un momento, después asentí lentamente.
-Mi esposa, para ser precisos.
-Aja, su esposa, ¿eh? -Por unos instantes me miró con el mayor interés-. Me preguntaba si no se trataba de algo así. De otro modo nadie se molesta en hablarme. ¿Qué hizo entonces, su esposa?
-Se quejó de que los precios eran altos en una reunión de amas de casa. Si eso hubiera sido todo, perfecto, pero además criticó al gobierno. Estoy empezando a tener éxito como escritor, y creo que la ansiedad de ella por ser la esposa de ese escritor hizo que lo dijera. Una de las mujeres la delató. La plantaron sobre el costado izquierdo del camino mirando desde la estación hacia el ayuntamiento, cerca de la ferretería.
-Ah, en ese lugar -cerró los ojos un poco, como recordando el aspecto de los edificios y los negocios de la zona-. Es una calle bastante tranquila. Mejor así, ¿verdad? -Abrió los ojos y me miró, inquisitivo-. No va a ir a verla, ¿no? Es mejor no verla con mucha frecuencia. Tanto para ella como para usted. Así los dos pueden olvidar más pronto.
-Sí, lo sé.
Dejé caer la cabeza.
-¿Su esposa? -preguntó, con un matiz comprensivo en la voz-. ¿Alguien le ha hecho algo?
-No. Hasta ahora nada. Sólo está allí, de pie, pero aun así…
-Eh -el hombregajo que hacía las veces de buzón alzó la mandíbula para llamarme la atención-. Llegó. El camión postal. Mejor que se vaya.
-Tiene razón.
Di unos pasos tropezantes, como empujado por su voz. Luego me detuve y me di vuelta.
-¿Quiere que haga algo por usted?
Logró arrancar una sonrisa a sus mejillas y sacudió la cabeza.
El camión rojo del correo se detuvo junto a él. Seguí mi camino, más allá del hospital.
Pensé en ir a mi librería favorita y entré en una calle de negocios atestados. Se suponía que mi libro saldría en cualquier momento, pero ese tipo de cosas ya no me hace feliz en lo más mínimo.
Un poco antes de la librería, sobre la misma acera, hay una pequeña heladería barata, y a la orilla de la calle, frente a ella, se encuentra un hombregajo a punto de convertirse en hombrárbol. Es un varón joven, al que plantaron hace ya un año. El rostro ha adquirido un tinte marrón matizado de verde, y tiene los ojos cerrados con fuerza. Con la larga espalda un poco doblada, está levemente inclinado hacia adelante. Las piernas, el torso y los brazos, visibles a través de las ropas reducidas a harapos por la exposición al viento y la lluvia, ya están vegetalizados, y aquí y allá brotan ramas. Se ven hojas tiernas en los extremos de los brazos, alzados por encima de los hombros como alas batientes. El cuerpo, que se ha convertido en árbol, e incluso el rostro, ya no se mueve en absoluto. El corazón se ha hundido en el tranquilo mundo de las plantas.
Imaginé el día en que mi esposa llegaría a ese estado, y una vez más se me retorció el corazón de dolor, tratando de olvidar. Era la angustia de tratar de olvidar.
Si en la esquina de esta heladería doblo y sigo derecho, pensé, puedo ir hasta donde está mi esposa, de pie, puedo encontrarme con mi esposa. Puedo ver a mi esposa. Pero no es conveniente ir, me dije. No hay modo de saber quién podría verte; si la mujer que la delató te interrogara, te verías realmente en problemas. Me detuve ante la heladería y me asomé calle abajo. El movimiento de peatones era el de siempre. Perfecto. Cualquiera lo pasará por alto si sólo te detienes y hablas un poco. Si sólo intercambias una o dos palabras. Desafiando a mi propia voz que gritaba “¡No vayas!” avancé vivamente por la calle.
Con el rostro pálido, mi esposa estaba de pie al borde de la acera, frente a la ferretería. Sus piernas no habían cambiado, y sólo daba la impresión de que los pies se hubieran enterrado en el suelo hasta los tobillos. Inexpresiva, como esforzándose por no ver nada, por no sentir nada, miraba fijamente hacia adelante. Comparadas con cómo se las veía dos días antes, sus mejillas parecían un poco huecas. Dos obreros que pasaban la señalaron, hicieron una broma vulgar, y siguieron su camino, con risotadas estruendosas. Me acerqué a ella y alcé la voz.
-¡Michiko! -le grité al oído.
Mi esposa me miró, y la sangre le invadió las mejillas. Se pasó una mano por el cabello enredado.
-¿Viniste otra vez? No tendrías que hacerlo, en serio.
La empleada de la ferretería, que vigilaba el negocio, me vio. Con aire de fingida indiferencia, apartó los ojos y se retiró al fondo del local. Lleno de gratitud por su consideración, me acerqué unos pasos más a Michiko y la enfrenté.
-¿Te vas acostumbrando?
Reunió todas para lograr una sonrisa en el rostro endurecido.
-Mmmm. Estoy acostumbrada.
-Anoche llovió un poco.
Mirándome aún con ojos amplios, oscuros, asintió levemente.
-Por favor no te preocupes. Apenas si siento algo.
-Cuando pienso en ti no puedo dormir -dejé caer la cabeza-. Siempre estás de pie, afuera. Cuando pienso en eso, me resulta imposible dormir. Anoche hasta pensé en traerte un paraguas.
-Por favor, no hagas nada de eso -mi esposa frunció apenas el entrecejo-. Sería terrible que hicieras algo así.
Un camión grande pasó detrás de mí. El polvo blanco cubrió el cabello y los hombros de mi esposa con un tenue velo, pero a ella no pareció molestarle.
-En realidad estar de pie no es tan desagradable -habló con deliberada despreocupación, esforzándose por impedir que yo me preocupara.
Percibí un cambio sutil en las expresiones y el modo de hablar de mi esposa respecto a dos días antes. Parecía como si sus palabras hubiesen perdido algo de delicadeza, y como si el alcance de sus emociones se hubiese empobrecido hasta cierto punto. Observarla así, desde afuera, ver como se vuelve poco a poco inexpresiva, es aún más desolador por haberla conocido como era antes: las respuestas agudas, su alegre vivacidad, las expresiones ricas, plenas.
-Esa gente -le pregunté, señalando con los ojos hacia la ferretería-, ¿se portan bien contigo?
-Bueno, sí. Tienen buen corazón. Sólo una vez me dijeron que les pidiera cualquier cosa que necesitara. Pero aún no han hecho nada por mí.
-¿No tienes hambre?
Sacudió la cabeza.
-Es mejor no comer.
Eso es. Incapaz de soportar ser una mujergajo, esperaba convertirse en mujerárbol aunque fuera un solo día antes.
-Así que por favor no me traigas nada de comer. -Clavó los ojos en mí-. Por favor olvídame. Estoy segura de que incluso sin hacer ningún esfuerzo en especial, voy a olvidarte. Me alegra que hayas venido a verme, pero después la tristeza dura mucho más. Para los dos.
-Tienes razón, desde luego, pero… -Despreciando a ese ser que no podía hacer nada por su propia esposa, dejé caer otra vez la cabeza-. Pero no te olvidaré -hice un movimiento afirmativo con la cabeza. Llegaron las lágrimas-. No olvidaré. Nunca.
Cuando alcé la cabeza y la miré otra vez, ella tenía clavados en mí ojos que habían perdido algo de su brillo, con todo el rostro resplandeciendo en una sonrisa tenue como una imagen tallada de Buda. Era la primera vez que la veía sonreír así.
Sentí que estaba teniendo una pesadilla. No, me dijo, ésta ya no es tu esposa.
El traje que llevaba puesto cuando la arrestaron se había ensuciado y arrugado terriblemente. Pero como es lógico no me permitirían llevarle ropa para cambiarse. Mis ojos captaron una mancha oscura que tenía en la falda.
-¿Eso es sangre? ¿Qué pasó?
-Oh, esto -habló temblorosa, bajando los ojos hacia la falda, confundida-. Anoche dos borrachos me hicieron una broma.
-¡Bastardos! -sentí una rabia feroz ante la inhumanidad de los borrachos. Si la hubiera expresado ante ellos, habrían dicho que, dado que mi esposa ya no era humana, no importaba lo que ellos hicieran.
-¡No pueden hacer ese tipo de cosa! ¡Es contra la ley!
-Es cierto. Pero no puedo reclamar.
Y como es lógico yo tampoco podía ir a la policía y reclamar. Me considerarían aún más una persona problemática.
-Te verán -dijo mi esposa con ansiedad-. Te lo ruego, no te entregues.
-No te preocupes -le sonreí, autodespreciándome-. Me falta valor para eso.
-¡Bastardos! Qué es lo que… -me mordí el labio. El corazón me dolía casi hasta romperse-. ¿Sangró mucho?
-Mmmm, un poco.
-¿Duele?
-Ya no duele.
Michiko, que había sido antes tan orgullosa, ahora sólo dejaba ver un poco de tristeza en la cara. La forma en que había cambiado me sacudió. Un grupo de muchachos y muchachas, que nos compararon penetrantemente a mí y a mi esposa, pasaron detrás de mí.
-Ahora debes irte.
-Cuando seas una mujerárbol -dije al separarnos-, pediré que te trasplanten a nuestro jardín.
-¿Puedes conseguirlo?
-Tendría que ser capaz de conseguirlo -asentí con energía-. Tendría que ser capaz.
-Me gustaría mucho que lo lograras -dijo mi esposa, inexpresivamente.
-Bueno, hasta la próxima.
-Me sentiría mejor si no regresaras -dijo ella en un murmullo, con los ojos bajos.
-Lo sé. Esa es mi intención. Pero es probable que venga, de todos modos.
Nos quedamos unos minutos en silencio.
Después mi esposa habló bruscamente.
-Adiós.
-Ummm.
Empecé a caminar.
Cuando miré hacia atrás al llegar a la esquina, Michiko me seguía con la mirada, aun sonriendo como un Buda tallado.
Con un corazón que parecía a punto de partirse en dos, caminé. De pronto advertí que había llegado frente a la estación. Sin querer, había regresado a mi trayecto de costumbre.
Frente a la estación hay una pequeña cafetería a la que siempre voy, llamada Punch. Entré y me senté en un reservado de un rincón. Pedí café, lo tomé amargo. Hasta entonces siempre lo había bebido con azúcar. El sabor áspero del café sin azúcar, sin crema, me atravesó el cuerpo, y lo saboreé con masoquismo. De ahora en adelante lo beberé siempre amargo. Eso fue lo que resolví.
En el apartado vecino tres estudiantes hablaban sobre un crítico que acababan de arrestar y a quien habían convertido en un hombregajo.
-Oí que lo plantaron en plena avenida Ginza.
-Le gustaba el campo. Siempre vivió en el campo. Por eso lo ubicaron en un lugar como ése.
-Parece que le hicieron una lobotomía.
-Y los estudiantes que trataron de recurrir a la fuerza en la Asamblea, protestando por el arresto… los arrestaron a todos y también los convertirán en hombregajos.
-¿No eran casi treinta? ¿Dónde los plantarán a todos?
-Dicen que los plantarán frente a su propia universidad, a ambos lados de una calle llamada Camino de los Estudiantes.
-Ahora tendrán que cambiarle el nombre. Ponerle Avenida de la Violencia, o algo así.
Los tres dejaron escapar risitas.
-Eh, no hablemos más de eso. Puede oírnos alguien.
Se callaron los tres.
Cuando abandoné la cafetería y enfilé hacia casa, me di cuenta de que ya empezaba a sentirme yo mismo como un hombregajo. Canturreando para mis adentros las palabras de una canción popular, seguí mi camino.
Soy un hombregajo al costado del camino. Tú también eres una mujergajo. Qué diablos importa, nosotros dos, en este mundo. Hierbas secas que nunca florecen.
Yasutaka Tsutsui (foto)

Encuestas políticas; Primarias; TVN

CEPEncuestas. Por enésima vez: las encuestas son una farsa. La más reputada de Chile la hace una entidad que depende del Grupo Matte, el mismo grupo económico que protagonizó la vergonzosa colusión del papel higiénico (y le importó un carajo) Misma entidad que dirige un ex ministro de Educación, a quien echaron por incompetente. Me refiero a la encuesta del Centro de Estudios Públicos, CEP. Hace varios meses el CEP viene bombardeando a la gente a través de los todos los medios de comunicación (cuya propiedad son de la misma cuerda ideológica), para machacar que Sebastián Piñera será el próximo presidente. No son encuestas, sino derechamente publicidad. Las encuestas sirven para que las empresas midan la aceptación de uno de sus productos, o sus servicios, nada más. En lo político, como la encuesta CEP, son una farsa. Los candidatos deberían exigir que no los manoseen para ese montaje publicitario en favor de Sebastián Piñera. Máxime ahora, en que el CEP los descalificó a todos y declaró que Piñera ganará en la primera vuelta, tratando de desmoralizarlos. Goebbels en su salsa.

Primarias. Buena idea la de Alejandro Guillier: tomar la elección presidencial, en su primera vuelta, como unas primarias de la izquierda política para saber detrás de cuál candidato de deben alinear para aplastar al candidato de la derecha política Sebastián Piñera. ¿Por qué Marco Enríquez-Ominami, MEO, insiste en que Guillier diga expresamente que “lo va a apoyar”, en caso de que sea él, MEO, el ganador de la izquierda? ¿Qué parte de la propuesta no entendió MEO?

TVN. El cáncer del que padece TVN se llama ambigüedad: para unas cosas es del Estado, y para otras es empresa privada. Tiene que salir del closet. Definir que es una empresa privada, como los demás canales de televisión, y punto. Eso sí, dejaría de ser el botín burocrático que es ahora. El Congreso no debería refrendar esa ambigüedad. ¿Se acabará TVN si el Congreso no le da la plata que pide? No creo, pero quedaría parado en su realidad. Porque esa doble faz que luce actualmente es tóxica. ¿Para qué inyectarle recursos a un canal que no cumple la función social para la cual fue creado? ¿Para qué darle plata a un refugio de politiqueros en su directorio, y de burócratas en el resto de sus dependencias?

‘El desentierro de angelita’ de Mariana Enríquez

MARIANA-ENRIQUEZ-ESCRITORAA mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento -el techo de su casa era de chapa-, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha, pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.

-¿Eso fue acá, abuela?

-No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!

-Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

-Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.

-¿Y acá llora la nena?

-Cuando llueve, nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de tormenta.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla -porque en ese momento no sabía que era muda-. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita -como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico-; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.

Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas -mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar- lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur -de eso me di cuenta, era siempre para el Sur- mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos -la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha-. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.

Mariana Enríquez (foto)

Esnaola; Rovaretti; Huenchumilla

sebastian esnaolaEsnaola. Hace varios años anoté aquí la destacada participación de Sebastián Esnaola (foto) en el programa que tenía Nicolás Copano en La Red, ‘Vigilantes’, considerado un “show de noticias”. Atinado, entendido, ágil, Sebastián Esnaola brilló desde el primer minuto. El programa desapareció y con él se perdía Sebastián Esnaola. Por fortuna, Radio Cooperativa contrató a Sebastián Esnaola y resultó ser igual de atinente, informado, oportuno. Y sus intervenciones, sobre todo breves, al contrario de los que posan de intelectuales con preguntas kilométricas. Tan bueno es Sebastián Esnaola que uno enciende Cooperativa en la mañana y lo escucha. Enciende la radio al mediodía y lo escucha. Enciende la radio en la tarde y lo escucha… De lunes a viernes lo escucha. ¡Y también el sábado! ¿Tendrá Sebastián Esnaola una cama en Radio Cooperativa, que no sale de allá?

Rovaretti-Gallardo. Es adecuada la manera como Cecilia Rovaretti (foto) conduce las rovarettimañanas de Radio Cooperativa. Lo verdaderamente admirable es que conduce un panel de tiburones y lo hace bien. Se entienden los temas, los puntos de vista, no hay gazapera, tres que hablen al mismo tiempo, acudiendo a los panelistas para dar por agotado el tema y pasar al siguiente. Pero noto que, con Guillermo Gallardo, el crítico de teatro que participa los días viernes, lo hace de mala gana. Parece que no le tiene simpatía. Algo de él, le molesta. Porque lo afana para que termine, le niega la opción de su parecer personal (en calidad de crítico especializado en Teatro), lo atropella para que despache la cartelera. Darse el lujo de tener un entendido en la materia, una persona con el bagaje suficiente para opinar (no para recitar la cartelera) debería enorgullecerla. Pero no. Hay algo que a Cecilia Rovaretti le molesta de Guillermo Gallardo. Cuando Gallardo intenta opinar, lo corta. ¿Tiene Cecilia Rovaretti una fobia oculta con Guillermo Gallardo? En ese caso, debería pedirle a un estudiante en prácticas, que le copie en una hoja la lista de obras de teatro, y leerla ella.

Huenchumilla. La grabación dada a conocer de “la filosofía política” de Francisco Francisco-HuenchumillaHuenchumilla (foto) lo pinta de cuerpo entero como un mentiroso, un oportunista, un melifluo, que se acomoda a todo. La grabación corresponde a su exposición “de principios”, hecha ante los empresarios de Chile, con Bernardo Larraín, abanderado del Grupo Matte, a la cabeza. Sin ruborizarse, dijo que él estaba en condiciones de decirle a quien fuera lo que quisiera oír. ¡Aunque no estuviera de acuerdo con lo que decía! Adujo que “yo soy un político”. Uno cree que ser político tiene la dimensión humana de comprender un grupo social o una sociedad, para ofrecerle soluciones y bienestar. Pero Huenchumilla parece que eso no le importa. Porque solamente es un embaucador.

‘¿Por qué se amotinan las gentes?’ de F. O’Connor

Flannery-O'connorA Tilman le dio el ataque en la capital del estado, adonde había ido por negocios, y estuvo allí internado dos semanas en el hospital. No recordaba la llegada a su casa en ambulancia, pero su esposa sí. Se había pasado dos horas sentada en el asiento plegable, a los pies de su marido, con la vista clavada en su cara. Solo el ojo izquierdo de Tilman, desviado hacia dentro, parecía albergar su antigua personalidad. En él ardía la ira. Por lo demás, toda su cara estaba preparada para la muerte. La justicia era implacable y para ella era un placer cuando la encontraba. Quizá hacía falta esta desgracia para que Walter se diera cuenta.

De pura casualidad los dos hijos estaban en casa cuando ellos llegaron. Mary Maud regresaba en coche de la escuela, sin darse cuenta de que la ambulancia iba detrás de ella. Se bajó del coche, una mujer corpulenta de treinta años, con la cara redonda e infantil y un montón de cabello color zanahoria que le caía desde lo alto de la cabeza como una red invisible, besó a su madre, le echó una ojeada a Tilman y ahogó un grito de asombro; luego, con cara seria y desconcertada, siguió al enfermero que iba detrás, dándole a gritos una serie de instrucciones sobre cómo superar la curva de la escalera del frente llevando la camilla a cuesta. “Nada más ni nada menos que como una maestra de escuela”, pensó su madre. Maestra de escuela de la cabeza a los pies. Cuando el enfermero que iba delante llegó al balcón, Mary Maud gritó bruscamente, con el tono empleado para dominar a los niños:

-¡Levántate, Walter, y abre la puerta!

Walter estaba sentado en el borde de la silla, absorto en la operación, con el dedo metido en el libro que había estado leyendo antes de que llegara la ambulancia. Se levantó, aguantó la puerta mosquitera y, mientras los enfermeros cruzaban el balcón con la camilla, observaba con evidente fascinación la cara de su padre.

-Me alegro de verlo, mi capitán -dijo, levantó la mano y, de cualquier manera, le hizo el saludo militar.

Cargado de ira, el ojo izquierdo de Tilman pareció alcanzar al hijo aunque no dio señales de reconocerlo.

Roosevelt, que en adelante sería enfermero en lugar de peón, esperaba dentro, al lado de la puerta. Se había puesto la chaqueta blanca que reservaba para las grandes ocasiones. Escrutaba lo que iba en la camilla. Los ojos enrojecidos se le tornaron vidriosos. Y, de repente, se le llenaron de lágrimas que bañaron sus negras mejillas como si fueran sudor. Tilman hizo un gesto débil y brusco con el brazo sano, el único gesto de afecto que se había permitido hacerle a alguno de los presentes. El negro siguió a la camilla hasta el dormitorio de atrás, sorbiéndose los mocos como si acabaran de pegarle.

Mary Maud entró para dar instrucciones a los portadores de la camilla.

Walter y su madre se quedaron en el balcón.

-Cierra la puerta -le ordenó-, que entran las moscas.

Ella observaba a Walter desde que había entrado, buscaba en su cara grande y sosa alguna señal de que sentía la urgencia de la situación, alguna señal de que debía tomar las riendas, de que debía hacer algo, lo que fuese; para ella habría sido una alegría verlo cometer un error, incluso empantanar las cosas, si con eso al menos hacía algo, pero comprobó que nada había ocurrido. Walter le clavaba los ojitos, levemente brillantes detrás de las gafas. Había captado cada detalle de la cara de Tilman; había visto las lágrimas de Roosevelt, la confusión de Mary Maud, y ahora la estudiaba a ella para comprobar cómo reaccionaba. Se enderezó el sombrero de un manotazo cuando, por la forma en que la miraba su hijo, se percató de que se le había ido hacia atrás.

-Deberías llevarlo así -dijo él-. Te da un aire desenfadado, de despiste.

Ella endureció el gesto tanto como pudo.

-Ahora la responsabilidad es tuya -le dijo con tono severo, categórico.

Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada. Ella tuvo la impresión de estar ante un extraño con la misma cara de la familia. Tenía la misma sonrisa evasiva de abogado que su padre y su abuelo maternos, engastada en la misma mandíbula poderosa, bajo la misma nariz romana; su hijo tenía los mismos ojos, ni azules, ni verdes, ni grises; no tardaría en quedarse calvo como ellos. Ella endureció más el gesto.

-Tendrás que tomar las riendas de la casa y el negocio -le dijo, y se cruzó de brazos-, si quieres seguir aquí.

A él se le borró la sonrisa. La miró con fijeza, la expresión ausente, y luego paseó la vista por el prado, más allá de los cuatro robles y de la lejana y negra hilera de árboles, por el cielo despejado de la tarde.

-Creía que esta era mi casa -dijo él-, pero se ve que las suposiciones sirven de bien poco.

A ella se le encogió el corazón. De pronto le vino la imagen de su hijo desamparado. Desamparado allí, desamparado en todas partes.

-Por supuesto que es tu casa -dijo ella-, pero alguien debe tomar las riendas. Alguien tiene que encargarse de que estos negros trabajen.

-Yo no sé hacer trabajar a los negros -rezongó él-. Es lo último de lo que sería capaz.

-Yo te diré todo lo que tienes que hacer.

-¡Ja! -exclamó él-. Eso, seguro.

La miró y recuperó la media sonrisa.

-Señora mía -le dijo-, saldrás adelante. Naciste para tomar las riendas. Si al viejo le hubiera dado el ataque hace diez años, estaríamos todos mucho mejor. Habrías sido capaz de guiar una caravana de carretas a través de las comarcas deshabitadas. Eres capaz de detener a una turba. Eres la última del siglo diecinueve, eres…

-Walter -lo interrumpió ella-, tú eres hombre. Yo soy solo una mujer.

-Una mujer de tu generación -dijo Walter- vale más que un hombre de la mía.

Ella apretó los labios en un gesto de indignación y la cabeza la tembló imperceptiblemente.

-¡A mí me daría vergüenza decir eso! -susurró.

Walter se dejó caer en la silla en la que estaba sentado antes y abrió el libro. La cara se le tiñó de un rubor letárgico.

-La única virtud de los de mi generación es que no nos da vergüenza decir la verdad sobre nosotros mismos -dijo Walter, y se puso a leer otra vez. La entrevista con su madre había concluido.

Ella se quedó allí de pie, rígida, los ojos llenos de pasmado disgusto clavados en él. Su hijo. Su único hijo. Los ojos de Walter, su cabeza y su sonrisa eran los de la familia, pero por debajo se percibía un tipo de hombre distinto de cuantos ella había conocido. En él no había inocencia, ni rectitud, ni fe en el pecado o en la predestinación. El hombre que ella veía cultivaba con imparcialidad tanto el bien como el mal y a todas las cosas le veía tantos matices que era incapaz de actuar, incapaz de trabajar, incapaz incluso de hacer que los negros trabajaran. Ese vacío era terreno abonado para todo tipo de males. “¡Sabe Dios -pensó, y se quedó sin aliento-, sabe Dios lo que sería capaz de hacer!”

No había hecho nada. Tenía veintiocho años y, por lo que ella alcanzaba a ver, no se ocupaba más que de trivialidades. Tenía el aire de quien espera el gran acontecimiento y no es capaz de iniciar trabajo alguno por miedo a ser interrumpido. Como siempre estaba ocioso, a ella se le había ocurrido que tal vez su hijo quería ser artista, filósofo o algo así, pero no era el caso. No quería escribir nada que llevara su nombre. Se entretenía mandando cartas a gente que no conocía de nada y a los periódicos. Con distintos nombres y distintas personalidades, escribía a gente extraña. Era un pequeño vicio, peculiar y deleznable. Su padre y su abuelo habían sido hombres honestos que habrían despreciado los vicios pequeños más que los grandes. Sabían quiénes eran y cuál era su sitio. Era imposible decir qué era lo que sabía Walter ni cuáles eran sus puntos de vista sobre nada. Leía libros que no tenían nada que ver con nada de lo que importaba. Con frecuencia, le iba detrás y se encontraba con algún extraño pasaje subrayado en un libro que él había dejado en alguna parte, y, entonces, ella se pasaba días dándole vueltas. Un pasaje que encontró en un libro que Walter había dejado en el suelo del cuarto de baño de arriba la persiguió de un modo inquietante.

“El amor debe estar lleno de ira -comenzaba, y pensó: ‘Sí es así, el mío lo está’. Siempre estaba furiosa. Y seguía-: Y como has rechazado mi petición, quizá prestes oídos a mi advertencia. ¿Qué empresa te trae a la casa de tu padre, oh, soldado afeminado? ¿Dónde están tus murallas y tus trincheras, dónde el invierno pasado en las líneas del frente? ¡Escucha! Desde el cielo resuenan los clarines de guerra; ve a nuestro general marchar completamente armado, se acerca entre las nubes a conquistar el mundo entero. De la boca de nuestro rey sale una espada aguda de dos filos que corta cuanto halla a su paso. ¡Despierta al fin de tu sueño, ven al campo de batalla! Abandona la sombra y busca el sol.”

Le dio la vuelta al libro para comprobar qué leía. Era una carta de san Jerónimo a un tal Heliodoro, en la que lo reprendía por haber abandonado el desierto. Una nota al pie decía que Heliodoro era miembro del famoso grupo reunido en torno a Jerónimo en Aquilea, en el año 370. Había acompañado a Jerónimo a Oriente Próximo con la intención de llevar una vida de ermitaño. Se separaron cuando Heliodoro prosiguió viaje a Jerusalén. Finalmente, regresó a Italia, y en los años posteriores se convirtió en un distinguido eclesiástico como obispo de Altino.

Este era el tipo de cosas que leía… cosas que en el presente no tenían sentido. Entonces le vino a la mente, con un leve y desagradable sobresalto, que el general con la espada en la boca, que marchaba presto a la violencia, era Jesucristo.

Flannery O’Connor (foto)