‘Cordero asado’ de Roald Dahl

Roald Dahl(Roald Dahl escribió ‘Los gremlins’, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, ‘James y el melocotón gigante’, ‘Matilda’, ‘Las brujas’ y ‘Relatos de lo inesperado’. Este cuento lo adaptó Alfred Hitchcock al cine)

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

Él no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. -Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada-. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

Él se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

“Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado”.

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte ¿y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

“Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir”.

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? -Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

“…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…”

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick -decía uno de ellos-, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Roal Dhal (foto)

Perdió Ricardo Rincón; ¿triunfó Colo Colo?

carolina goicCarolina Goic. Independiente del espíritu originario de la Democracia Cristiana, fascista y vaticano, y de que su espacio está en la derecha y no en la izquierda, nos alegramos porque Carolina Goic le haya ganado el gallito (en otros lados dicen ‘pulso’) al maltratador de mujeres del clan Rincón, Ricardo Rincón. Esperó y esperó con risitas ante la prensa, para desgastar a la Democracia Cristiana, y causar daño a otra mujer: la presidenta de su partido, Carolina Goic. El del clan Rincón, Ricardo Rincón, fue sancionado judicialmente en el pasado, sí: se le impuso una pena civil por maltratar a su pareja de entonces, ¡pena civil que no cumplió! Si en esa época hubiera habido sanción penal para su conducta de maltratador, hubiera recibido una condena penal. Y es en este juego, de lo civil y lo penal, en el que él se escuda. Y cínicamente dice que no tiene procesos pendientes ni sanciones penales pendientes. Pero no dice que fue condenado civilmente y que ¡no cumplió la ley! ¡Un diputado que no cumple la ley! Nos preguntamos si este señor del clan Rincón, Ricardo Rincón, ¿hubiera actuado como lo hizo, si el presidente de su partido hubiera sido un hombre? No. ¡Claro que no! Lo seguro es que, en cuanto surgió el escándalo de su repostulación, hubiera renunciado. ¿Acaso Jorge Pizarro, Ignacio Walker, Andrés Zaldívar o cualquiera otro de ellos, le hubiera permitido ese desgaste, esa tozudez, esa mala intención que usó el del clan Rincón, Ricardo Rincón, contra Carolina Goic? ¡No! ¡Lo hubieran sacado cascando de una sola vez! Y él no se hubiera resistido, porque no tiene cojones ante un hombre. Pero como él es especialista en mirar en menos a la mujer y maltratarla, hizo eso con Carolina Goic: ¡la maltrató! Aristarco tiene una palabra para eso: “Es un maricón”. Nos alegra que ella siga adelante con su candidatura presidencial, que sea ella quien tache, de su puño, al maltratador de mujeres de la lista de candidatos de la Democracia Cristiana al Congreso, y que haya sido ella, la mujer, la que haya ganado este gallito que jamás debió ocurrir. Ahora, desde el punto de vista del zángano que es el del clan Rincón, Ricardo Rincón, era previsible que no quisiera soltar ese puesto de diputado: no hace nada, haraganea, y además gana una millonada y tiene acceso a negociaciones non santas para recibir una que otra coima, y puede andar por ahí, como un pavo real, por todas partes. Pero eso se le acabó. Ahora… ¡a trabajar, sinvergüenza!

¿Proeza? ¿El partido de Colo Colo ante Deportes La Serena, en que ganó con 4 goles, pablo guedesjusto los que necesitaba para no ser eliminado, fue una proeza? O… ¿una triquiñuela con ayuda del árbitro? No se lo creen sino los hinchas, que necesitando cuatro (4) goles, el Colo Colo entra a la cancha y… ¡milagro!, los metió. Después de haber perdido por ese marcado en el partido de ida ante ese mismo equipo. Qué feo ver estos trucos en el fútbol. Ese es un triunfo amargo. No tiene gusto a triunfo. Y el técnico, Pablo Guedes, el maschachicles, que no es santo de nuestra devoción, se salvó de que le dieran el sobre azul, o… ¡la patada en la raja!

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

DC y derecha; los Rincón; el amor; Mark; ‘Monga’

josé antonio primo de riveraDemocracia Cristiana. Vamos a ubicarnos en los orígenes, porque de eso depende el desarrollo posterior. Las raíces se encuentran en la derechista Falange Española, creada a comienzos del siglo XX por José Antonio Primo de Rivera (foto) contra la amenaza de una ‘revolución socialista’. Su hijo Miguel Primo de Rivera fue dictador de España entre 1923 y 1930. En Chile, Eduardo Frei Montalva recoge ese ideario y funda la ‘Falange Nacional’. Simultáneamente, esa falange que tomaba ideas de la doctrina social de la iglesia vaticana, también era digna de admiración de Jaime Guzmán, creador de la ‘Unión Demócrata Independiente’, Udi, quien se aprendió discursos enteros de José Antonio Primo de Rivera y los intercalaba en sus presentaciones. La Democracia Cristiana chilena proviene, pues, de la estirpe fascista y católica del viejo Primo de Rivera, de España.

Centro izquierda. El ex canciller de Ricardo Lagos Escobar, y ex presidente de la walker_ignacioDemocracia Cristiana, 2010-2015, Ignacio Walker (foto), acusó anoche en ‘Tolerancia Cero’ a la Nueva Mayoría de “haberse izquierdizado”. La responsabilizó, por esta vía, de facilitar que el derechista Sebastián Piñera tenga nuevos adherentes, provenientes del desencanto de muchas personas con esa izquierdización de la vieja Concertación. Y, a continuación, se proclamó de “centro-izquierda”, pese a su origen falangista, fascista. Señaló que la Democracia Cristiana debía ser una fuerza capaz de ganarse adeptos del patio de Piñera, de la Udi y Renovación Nacional, “sin ser de derecha”. Y se preguntó si era viable una alianza “con la derecha”, y dijo que no.

Ricardo Rincón. El diputado es hermano de la ex ministra de Michelle Bachelet, Ximena ricardo rincónRincón. Ambos militan en la Democracia Cristiana. Ricardo Rincón (foto) fue procesado por violencia intrafamiliar contra Carolina Hidalgo en el año 2002, lo que él ha negado en distintas ocasiones. La candidata presidencial de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, había denunciado ese hecho, cuando se debatió la conformación de listas de candidato de la DC al Congreso. Porque Ricardo Rincón quiere repostularse a la Cámara. La Junta Nacional de la DC “rechazó” la repostulación del señor Rincón. Pero unas horas más tarde, la misma Junta de la DC “aceptó” que se repostulara, obviando el caso de violencia intrafamiliar, y, de paso, y lo más grave, desautorizando a su candidata presidencial. El esposo de esta, Christian Kirk, escribió una sentida carta a la Junta de la DC, recriminando a quienes apoyaron a Ricardo Rincón. Los acusó de tener “las manos manchadas con sangre”, y propuso expulsar a “los fariseos del templo” de la DC.

Carolina Goic. ¿En qué posición dejó la Junta de la DC a su candidata presidencial? La carolina goicdejó en el peor de los escenarios. Desautorizada. Con sobrada razón la candidata Carolina Goic (foto) dijo que iba a pensar mantener, o no, su candidatura. En general, este comportamiento culebrero, tortuoso y melifluo, es el que ha tenido desde siempre la DC. La DC ha gozado de todos los privilegios posibles, primero como miembro de la Concertación y ahora de la Nueva Mayoría. Sin embargo, si se revisan los hechos, no ha habido opositor más eficaz y persistente de la Concertación y la Nueva Mayoría que la DC. Jorge Burgos, Ignacio Walker, Andrés Zaldívar, Jorge Pizarro, etcétera, han sido palos en la rueda de los gobiernos “de izquierda”; y han puesto las trabas desde adentro de la coalición.

Sola. Está bien que la Democracia Cristiana (logo) corra sola en la carrera presidencial. DCNo quiso apoyar al candidato Alejandro Guiller, porque no la representa, obviamente. Prefirió ir con candidata propia, Carolina Goic, pero a mitad de camino la apuñalaron, prácticamente, cuando defienden a Ricardo Rincón. En este blog hemos dicho, hace varios años, que la DC no debió haber estado jamás en la Concertación, ni en la Nueva Mayoría. Porque la DC es “otra cosa”. Está más cerca, por su origen y su ideario, de la derecha, no sabemos si la dura, o la moderada, que de la izquierda. Que corra sola para saber cuántos son, y deje de blufear, está bien. Que corra sola para sincerar sus postulados y el escenario político nacional, está bien.

Carolina Arregui. Brevemente: salió la veterana actriz Carolina Arregui en esta foto con carolina arreguilos perros de Alexis Sánchez, convertido en el novio envidiado de Chile de la también actriz Mayte Rodríguez, hija de Carolina Arregui. Y el pie de foto considera una bendición esta relación amorosa de su hija. A su vez, Mayte Rodríguez escribió en un pie de foto, posterior a saberse su relación con el futbolista Alexis Sánchez, que había llegado la luz y la iluminación a su vida. Todo esto ¿será para sacarle pica a Thiago Correa, el ex novio de Mayte, quien, al parecer, no la trató bien y la engañó con otras mujeres durante su convivencia de 5 años? ¿Será solo para sacar pica?

Mark González. Me parece muy bien que Mark González (foto) diga lo que piensa del mark gonzáleztécnico argentino Pablo Guedes. Que es una mala persona, que jamás se preocupó de averiguar o preguntarle por sus lesiones y su recuperación, la poca empatía de Guedes con sus dirigidos, etcétera. ¿Qué decirlo le traerá problemas? No creo, porque quien lo quiera contratar no será para tratarlo mal, hacerle la desconocida o tenerlo en la banca. Lo que si es claro es que la voz y esa mascadera de chicle a toda hora, son algo bastante desagradable del señor Pablo Guedes. No nos cae bien. Nunca nos ha caído bien.

‘En la peluquería’ de Hebe Uhart

hebe uhardLa peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo) Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

-Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”) Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.

Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora)

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

-Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.

Hebe Uhart (foto)

‘El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa’

marcela turati(Por Marcela Turati) Todos los días a Bernardo le insisten para que se mude de dormitorio, pero él no escucha. Cuando en esta escuela-internado cae la noche él extiende su cobija roja sobre unos cartones y se acuesta en soledad, rodeado de ausentes, añorante de este cuarto lleno de amigos: Eran ocho y se disputaban cada centímetro del piso, jugaban a hacerse los descuidados y pisarse los pies.

Sus compañeros Julio César, Jonás, Cristian Alfonso, Israel Jacinto, Eduardo y Miguel Ángel no están aquí, sólo están sus pertenencias, sólo están sus retratos exhibidos entre los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron desaparecidos el 26 de septiembre, cuando a los policías de Iguala se les metió el diablo en la piel y se exhibieron como criminales al servicio del narcotráfico.

“Yo soy el único aquí. Uno se fue a su casa, su mamá vino por sus cosas, los otros seis están desaparecidos”, dice Bernardo, delgadito, larguirucho, amable. A su alrededor, recargados sobre las paredes pelonas, están los maletines, la ropa, los zapatos y recuerdos que cuida hasta que regresen sus dueños.

Al cuarto día de que sus compañeros no volvían, Bernardo se dio a la tarea de acomodar el lugar. Dobló y apiló los cartones que sirven de cama, hizo lo mismo con los sarapes y cobijas de colores.

Acomodó en un rincón los tenis rotos, todos de tela, ninguno de marca; los huaraches en forma de equis que llevan los campesinos; los zapatos formales comprados con sacrificios por los futuros maestros. Todo está rociado con moronas de pintura blanca que saltan del techo carcomido por la humedad y que hace pensar que las pertenencias son de algún maistro-pintor.

Un costal blanco, como los que contienen semillas está erguido contra la pared atiborrado de ropa. Este tiene el rótulo de “Correos de México”.

“Esta era la maleta de Eduardo”, explica este joven nahuatlaca, cuidador de recuerdos. Encima del costal-maleta está recargada una chamarra vieja, herencia de alguna generación anterior de esta normal rural que tapaba a su dueño del frío.

Afuera de un maletín deportivo asoma el vaso de plástico con el cepillo de dientes y la pasta que usaba Julio César. Al fondo una placa metálica que lleva su nombre: “Julio César López Patolzi”.

Entre la ropa sobresale la primera hoja de su cuaderno a rayas, donde con lápiz y letra fina Julio César escribió el primer día de clases: “Pues yo ingresé a esta Normal con el simple echo que mis padres son de escasos recursos campesinos y mis habilidades es ser responsable también en la academia, trato de poner mucha atención a los maestros para poder sobre salir adelante”.

Más allá, se ve un vaso de plástico que lleva adentro una cuchara, un cuchillo, un tenedor, porque hasta eso tenían que traer los estudiantes de casa. Una bolsa de detergente Foca. Un folder con los certificados de estudio de José Eduardo Bartolo Tlatempa, indígena, como dejan ver sus apellidos; indígena como la mayoría de los alumnos de esta escuela donde el requisito para entrar es no tener dinero, pero tener ganas de ir a contracorriente del destino de los pobres hasta alcanzar ser alguien.

“Yo mismo acomodé esta semana. Cuando salieron a la actividad no les dio tiempo de arreglar, yo mismo me puse a arreglar”, explica Bernardo tenso pero sonriente. Un par de escobas permanecen de pie en un rincón.

Con el brazo señala que junto a la pared más cercana a la puerta de bordes roídos dormían cuatro: Julio César, Cristian Alfonso, Cristian (“ése está en su casa; su mamá se llevó sus cosas”), y allá Jonás.

Durante los primeros días de clases en el cuarto que llaman Sección G dormía también El Chilango, Julio César Mondragón, el joven mexiquense desaparecido con los demás el día 26, y quien tres días después fue encontrado en Iguala asesinado: el torso lleno de moretones y desollado: sin ojos, sin piel, sin cara. Llevaba la misma playera roja con la que se presentó el primer día de clases, la misma que circula en Internet donde se le ve cargando a su bebé recién nacida, y acurrucado junto a su esposa.

“El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo -dice-. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado (al otro cuarto), estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no (encontraba) regresaba y se pasó a la panadería”.

Quien diga que en las normales rurales donde se forman los maestros más pobres de México viven entre lujos debería asomarse a este cuarto con el rótulo número 4; sección G, como le dicen ellos. Encontrará que la puerta no sella, el aire se mete siempre por el techo. Los muebles son tres cajas clavadas en las paredes a manera de casillero: un huacal de madera, las otras dos de plástico.

Las paredes están acicaladas de pintura blanca que la humedad carcome. No hay adornos. No dio tiempo de colocar ninguno. Sólo queda un letrero a lápiz que alguien dejó en el que se lee: 2 de octubre. Los jóvenes viajaron a Iguala (a poco más de una hora de camino) era recabar fondos (“botear”) para acudir a la manifestación anual por la masacre estudiantil de Tlatelolco en el Distrito Federal y traer para ese fin tres camiones de pasajeros. (En el patio de la escuela una treintena de autobuses con líneas comerciales están estacionados, sus choferes esperan que los releven)

Como Bernardo estaba inscrito en el Club Banda de Guerra y se quedó limpiando los instrumentos, no acudió a Iguala como el resto de los alumnos de primer año, los llamados pelones, pues por tradición escolar son rapados todos los alumnos de recién ingreso a esta Normal. Bernardo también está pelado, los cabellos que crecen se sostienen de pie como si fueran de cepillo.

“Yo me quedé a esperar a los compañeros en la puerta. Los esperé. Vi que no llegaban”, dice ahora sentado sobre el piso, junto al arrumbadero de zapatos.

Esa noche en la Normal se recibió la noticia de que a los pelones los habían reprimido, la policía los había rodeado y detenido. La información fluyó como gotera, había un herido, no, ya estaba muerto, y el muerto era un pelón.

La incertidumbre se paseó entre todos dejando la pregunta de quién sería.

“Les marcábamos a todos. Sólo le entró la llamada a Israel Jacinto, dijo que estaban dentro del autobús, que los tenían rodeados policías, que tenían gas lacrimógeno. Le dijimos que rompiera los vidrios no se vayan a ahogar. Pidió que lo fuéramos a traer, le dijimos que ya había salido una Urban por ellos. (La llamada) duró cinco minutos, se escuchaban gritando los demás, también él. Se escuchaban los ruidos de las patrullas. Hasta que se colgó”.

Hasta después supo que todos los pasajeros del autobús de Israel Jacinto fueron obligados a subir a patrullas de la policía municipal. Todos fueron desaparecidos.

Esa noche Bernardo intentó ir a rescatar a sus compañeros, pero no alcanzó cupo en las camionetas que salieron con refuerzos (algunos de los estudiantes que acudieron al rescate tampoco regresaron, quedaron muertos, otros siguen hospitalizados)

Pasó la noche en vela con todos, resguardando la escuela; a él le tocó cuidar por los corrales. Entre todos checaban por feiz e internet las noticias, el muerto ya no era uno, eran dos, luego tres. Tres de la Normal, pero otros tres que no eran normalistas, pero fueron confundidos con ellos.

“Empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí a El Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas”. Lo dice como si nada, el miedo se asoma en la mirada.

Saca su celular y muestra el video que le tomaron el 21 de agosto, día de su cumpleaños. Se ve que a Bernardo lo agarran por sorpresa y lo tiraron a un pozo con agua. Mira con cariño la escena y dice: “Ahí está El Chilango, es el último que llega (y sí, se ve un muchacho menos flaco que el resto, que ayuda al resto a tirarlo al río); el que lo grabó desde arriba es Miguel Ángel”.

Ya no tiene la fotografía del 8 de agosto cuando los mayores los ‘pelaron’ con rasuradora, se quedó en un celular que le robaron. Pero sí tiene los recuerdos, y de esos echa mano.

“Íbamos a escoger a El Chilango como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí”.

Bernardo apenas regresa de tres días de descanso en El Durazno, su pueblo, ubicado en el municipio de Tixtla de donde eran oriundos cuatro de sus colegas y que es zona de nahuatlacas.

En casa su mamá le pidió que abandonara la Normal, que ya no regresara, a lo que él le contestó: “Ahí me quiero quedar para saber de mis compañeros”. Además, sigue con la idea de ser maestro.

-¿Por qué quieres ser maestro?

-Diría mi compañero Chilango… todavía recuerdo sus palabras -y sonríe, cómplice-: ‘para compartirle mis ideas a los niños’.

-¿Cómo cuáles ideas?

Ya no responde. Se tapa el rostro, se queda pasmado. La tristeza le corta el habla y llora silencioso, no con el estruendo de los que vienen de la ciudad, llora como campesino. Parece un niño arrinconado. Y cómo no si el dolor es gigante para este joven, apenas pasada la mayoría de edad, que pretende ser un adulto, que carga sobre su cuerpo flaco el pesado recuerdo de siete amigos y como una patada en el alma el descubrimiento de la raíz de este país podrido.

“Sólo quiero que aparezcan”, se enjuga las lágrimas.

Cuando se repone, como encarrerado comienza a desgranar recuerdos, como si tuviera urgencia de hablar de todos, de nombrarlos, de recordarlos para traerlos de vuelta.

“Era muy unida la sección. Éramos muy unidos. Nunca nos separábamos cuando salíamos a trabajar al módulo o comprar cosas nos cooperábamos. Si salía actividad íbamos juntos. Yo llegaba primero, yo nunca entraba, no abría la puerta, los esperaba afuera a que llegaran todos y nos fuéramos al comedor todos juntos”.

Vuelve la sonrisa cuando aparece en el cuarto a Eduardo, ‘Boby’, a quien le gustaba bailar breidans, ponía una canción y comenzaba a articular patadas. A Cristian Alfonso gustoso de estudiar danza desde niño. A Israel fingiéndose el descuidado en las noches, pues cada vez que se levantaba por algo, pisaba los pies de quienes estaban acostados; sus víctimas lo regañaban, los demás se reían. Jonás haciendo relajo como aquella vez que se quedó dormido de pie en clase e hizo carcajear a todos. “Era bien de la costa, no podía pronunciar el 128 y decía ‘Baisa’”.

Habla también sobre su rutina escolar, sobre las actividades ‘de lucha’ que tenían, la ordeña, de sacar diésel, de botear, hasta que se atora: “El 26 entramos a las nueve cuarenta, ya no me acuerdo a qué materia fuimos. Tenía el horario pero anda desaparecido el que lo tenía. Se lo iba a pedir”.

Sabe que sus otros compañeros de primero están preocupados por él, pues el G es el único cuarto donde quedó uno solo -en otros cuando menos quedaron dos o tres-. Cuando lo invitan a mudarse de sección él les dice lo que ahora repite: “que no, que estoy bien, que aquí quiero estar con ellos”.

Alguna noche ha soñado que están juntos en el convivio que tenían planeado para ese fin de semana.

Un estudiante se mudó por unos días a su sección para acompañarlo y a veces lo regañaba con un ‘no te agüites, cabrón, van a aparecer, piensa positivo’. Un día de plano se pusieron a orar más o menos con estas palabras que Bernardo repite: “Que el señor los proteja a cada uno de nuestra sección, que les de fuerza, les cuide y los traiga bien, acá van a regresar y acá vamos a estar esperándolos”.

Pasado el llanto, lustrados los recuerdos, revisitados los amigos, retomados los espacios vacíos, Bernardo se sincera: “Hay momentos que me quiero ir de ver a las familias, cómo están sus rostros, cómo están llorando, uno se desilusiona. Me siento triste y solo, me siento mal, soy el único que se quedó aquí. Yo siempre decía: ‘si salimos todos, volvemos todos’”.

Esa rutina de esperarlos en la puerta, de no entrar hasta que lleguen todos; esa promesa del ‘si salimos todos volvemos todos’ es lo que hacer que Bernardo cada tanto reacomode las pertenencias de sus amigos, barra el piso y cultive la esperanza del reencuentro hasta llegar la noche, cuando regresa al cuarto más solo y triste de Ayotzinapa, y tiende su cobija roja, y duerme siempre en vela para darles la bienvenida al momento en que reaparezcan.

“Estoy esperando a que lleguen -dice-. Por ese motivo no me he ido. Yo sé que si yo estaría desaparecido, ellos harían lo mismo”.

Marcela Turati (foto)

 

‘Oso blanco’ de Mayra Santos Febres

Mayra Santos Febres(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en 1996)

(a Awilda Sterling)

I) Levantarse, ir al baño, lavarse cara, boca, desayunar, peinarse, vestirse corriendo, salir salir salir, prender, llave, donde carajo las… prender el carro, marquesina, sacarlo de la marquesina, cerrar el portón, llegar tarde, siempre llegar tarde, llegar tarde por el maldito tapón. Guiar con ansia, encontrarse de frente con la hilera interminable de carros y allá en la distancia, el presidio. De ahí son cinco minutos a la oficina. Ahí está. Cinco minutos más de tortura, y ya, se acaba. Esa mole blanca, muros altos, casi desbocándose hacia la avenida, en el medio del expreso, casi. Su reloj. La compañera de trabajo, allá en Caguas que le metieron el hijo preso una vez, drogas, allí estaba, ella se volvió loca, casi loca, se le olvidaba todo a medio decir, se le morían las memorias a media lengua y no sabía qué decir, no tenía nada más que decir. Él estaba allí, metido en unas de esas cajitas para que no le hiciera daño a nadie más. Mole en medio del expreso, reloj, mole blanca con su alambre de navajas y su muro, palomitas. Cinco minutos más.

Llegar, ajorada, ajorada, parking no hay, la mierda de siempre, darle la vuelta a la manzana a ver si detrás de la farmacia, bajarse, la llave, no dejarla pegada como la semana pasada, bestia, la llave y la cartera, ponerse lipstick, peinarse de nuevo, a ver, el espejo, ya me brilla la cara, parezco una olla que brilla, parezco un bonete de carro a mediosol, la polvera, donde carajos…, más lipstick, más cosas qué cuelgan del brazo, las llaves, salir del carro, ¿tengo suficiente desodorante?, salir del carro, ponerle el bastón, la alarma, el bastón y la alarma , poncho a tiempo, poncho a tiempo, siete minutos tarde nada más, tiempo record. trabajo…

Trabajo…

y más trabajo…

(trabajo, ponchar papeles, escribir informes, contestar teléfonos, el coffee break, bajar hasta la cafetería, café, un bocadillo, un refresco de dieta, me llevo el periódico, subo a la oficina, el elevador atacuñado de mensajeros, de secretarias, de manos y brazos con bolsas de papel de estraza, de papel de memo, de papel de carta, de papel de nómina, una hora para el almuerzo, trabajo, llenar solicitudes, mover inventarios, oír la radio, digerir el especial del mediodía, hacer que pasa el tiempo y a través de la ventana, mirar a través de la ventana que se abre hacia el expreso, allá a lo lejos casi borrada en la distancia las paredes blancas, pajaritos…)

Las cuatro y media, las cinco, montarse en el carro, pasar de nuevo por el lado del presidio. Esa mole ahí, inamovible, alta como una gaviota en mismo medio del expreso, como una gaviota no, como un elefante, no, como un elefante no, como un oso pesado y blanco, eso, oso, oso blanco parado en las dos patas traseras como hacen los osos de circo, los osos payasos de circo lleno de purinas y vitaminas para los ojos, para que no se caigan del triciclo, de la cuerda floja, oso payaso parado en la cuerda de un expreso… en el mismo medio…

Ya es mañana.

Ya es mañana.

y mañana

(peinarse, vestirse, buscar las llaves)

el presidio amaneciendo sobre el expreso

cinco minutos más y se acaba el tapón de la mañana

y mañana

ya es mañana

pasadomañana

pasado pasado mañana

ya es mañana

(un oso maromeando en el expreso)

pasado pasado pasado el día después

de mañana

una mano

leve

se asoma

por entre los barrotes de una celda

y empieza a saludar

otra vez, otra vez, otra.

(pasa el carro, exactamente sale la mano. no antes, no después)

otra
(¿es conmigo la cosa?)

otra

(es conmigo la cosa)

Levantarse, peinarse, arreglarse con premura, las llaves, maldita sea ah, si yo las dejé aquí encima, las llaves y el desodorante y las prendas de la mano izquierda. Hoy me compré una sortija nueva, una sortija donde se refleje el sol, y las cosas para el carro, sacarlo de la marquesina, cerrar con candado, correr, volar hacia el expreso, coger el tapón, esperar, pasar por frente al presidio, esperar, por frente al oso payaso presidio. Esperar, esperar en el tapón, la celda se despierta, sale el brazo, que salga el brazo y reconozca el carro verdemonte, viejo destartalado, que reconozca el carro verdemonte viejo destartalado y sonría, ella nunca había visto un brazo sonreír, pero ahora, ya sale el brazo entero y sonríe y la saluda como cada mañana

(tal vez sea el hijo de la amiga)

como cada mañana

que la saludaba como cada mañana desde el presidio.

ella se engalana la mano una vez al dia. ella se compra sortijas y pulseritas que brillen en el sol, se pinta las uñas, hace pesitas para su brazo de la celda cuarta de izquierda a derecha, la que da al expreso. Ella no sabe por qué aquel brazo está preso, ni que otras marcas tendrán ni que otros movimientos además del lento gravitar hacia cada lado que la acaricia, a ella a ella, que la acaricie a través del aire. Tal vez haya matado aquel brazo, tal vez, haya estrangulado a muchachas inocentes, besándose con sus novios en carreteras alejadas del ruido y de las luces y de los ojos de la ciudad, tal vez haya agarrado cuchillos, pistolas, tal vez huela a pólvora. Pero se ve tan lejano y tan inofensivo y tan hambriento de cariño, y tan grácil en el sol y tan oscuro y fibroso y fuerte y dulce y parlanchín y desconocido. No, no puede ser el brazo del hijo de su amiga, ella lo reconocería, ese es otro brazo, sin memoria ni pasado, que nace allí cada mañana, para ella sola

para ella sola

(ella recuerda a otro brazo que una vez…)

El brazo, oh … ese brazo haciéndole cosas inexplicables, desde el carro verdemonte destartalado, el brazo que le sonríe y que la acaricia desde el aire. Y así, sin más, el brazo vuela, vuela desde la celda, se encarama a su brazo y la va desnudando de todas sus sortijitas, de todos sus sortilejios para que el sol le brille encima de la piel, la de ella, la del carro viejo, verdemonte , destartalado, la del monte de ansia que lleva allá adentro aguantado, en la cáscara del codo, el brazo vuela, el brazo le agarra el brazo con la mano, con los dedos, le araña con las uñas y le moja con el sudor de tanto saludo en el aire. La roza el brazo su brazo. Se deja resbalar, y caer en la falda de ella, la falda se acalora, la falda destartalada, verdemonte, la falda y su monte allí debajo, palpitando, ah, después de tanto tiempo, la falda y el brazo tan anhelado, ella saluda, no quieren que vean los de al lado, es de ella sola aquel brazo de presidio en su falda, arremangándole los pliegues de la tela, haciendo a la tela de sus pliegues hincharse de calor, un calor como ese que da al sentirse viva una vez más con un brazo sobre la falda, ah la falda y el brazo que ya roza con la punta de sus dedos su piel, su tersa piel su piel que una vez supo de estas cosas. Una vez supo. Pero eso fue hace tiempo, hace tiempo, ella sospecha que fue hace mucho tiempo. Ella era chiquita, más pequeña que cuando las niñas empiezan a saber. Si, o quizás, una vez ella soñó de niña que hubo un brazo que la hizo sentir como ahora, y que le enseñaba a deletrear cosas en papeles, a deletrear cosas en los pliegues abiertos dedo a dedo, boca abierta, labio, cosquilleo y temblores gratos, por medio de aquel brazo, su piel aprendió cosas que al crecer se negó a seguir sabiendo; al crecer se quedó sola y absurda porque todo lo demás que empezó a sentir jamás se comparó con lo del brazo, ahora vivo, bajo la presión de los dedos, la tiene, bajo la prisión de los dedos de las huellas de las uñas. Ella sigue saludando para que no noten nada, para que los de atrás no le toquen bocina en el tapón, para que nadie sepa de la presión tan exigua de su pie en el acelerador, lo tenaz de su otro talón descalzo, en el freno. El talón se le hincha de sangre y el brazo se le hincha en el regazo. Ya van los dedos buscando otro pliegue bajo la piel interior, bajo la ropa interior. Los dedos le tocan lo mojado. Ella suda y no sabe si es el brazo que suda también, el brazo que se escapó, ella le ayuda en su huida, el brazo fugitivo, escondido en su entrepierna, le mete los dedos, adentro, la roza firme, otro dedo, otro más, se retuerce, la quiere rajar de gozo y no sabe, ah no sabe del contento que le va dibujando, su brazo la hace casi chocar con la guagua familiar de enfrente. Ella para a tiempo, pero luego se deja ir, se deja ir. Dedos se le meten por dentro, labios se le hinchan y mojada, aguanta un gritito en la punta de sus lenguas, la prisión del dedo en el musgo de entrepierna, y su clítoris duro como una semilla, mandando corrientazos por toda la región, a ella se le para cada pelo en la piel, se deja ir, se recupera, y de nuevo un vahído en la cabeza y los pezones se le endurecen abre la boca, se arquea a mitad de cuerpo, se deja ir, el brazo se la lleva en volandas, la conduce, le suelta el freno. Ella echa su cabeza hacia atrás, la recuesta de la almohadilla del asiento conductor y se va en contracciones, en espumas de humedad, flota por el aire de los dedos que se llenan de cosquillas, agarran fuerte el volante, se arriman al aire. Los otros dedos de su brazo allá adentro la aprisionan, carne contra carne, pliegue contra uña contra sudor, dentro de su carro verdemonte destartalado.

humo
parking
dar vueltas a la llave

entrar
cerrar la marquesina otra vez

otra vez…

Su carro verde monte adentro, y dentro de la casa, la habitación, la cama a soñar de nuevo con su brazo amado. Ya es mañana.

II) Este es mi plan. Poco a poco he estado convenciendo a mis células de que se vayan separando imperceptiblemente de las células del hombro. Fue difícil al principio, porque primero tuve que convencer al cerebro de que todo esto, en realidad, es idea suya. Lo que pasa es que los científicos están equivocados. No toda actividad de reflexión se centra irreductiblemente en el cerebro. Hay otras partes del cuerpo que, dadas las condiciones correctas, pueden efectuar estas operaciones. Las piernas, por ejemplo, no responden únicamente a los estímulos neuronales que salen de allá arriba, sino que, separadas del resto, pueden actuar por sí solas. Me imagino que, en este encierro, y perdidas las facultades terciarias del cerebro, se dio la extraña condición que menciono. Me imagino que tal fue lo que pasó conmigo.

He empleado gran cantidad de horas en dilucidar este misterio. Aún no tengo una respuesta certera, pero una cosa es innegable. De buenas a primeras, es decir, que un día como cualquier otro, mis dedos empezaron a tomar conciencia de sí mismos, desde las yemas a las uñas a los cartílagos a la epidermis. Cada falange cobró vida independiente, cada carpo y metacarpo. Y no era que se volvían hipersensibles a los mismos estímulos de siempre, no era que el tacto evolucionó de tal manera que podía recoger más sensaciones que antes. Era que habían tomado autoconsciencia. Ni siquiera necesitaban sentir algo para poderlo imaginar abstractamente, desmenuzarlo en menudencias y articular de manera no lingüística sino eléctrica (por llamar a los estímulos nerviosos de alguna manera), conversaciones inteligentes e inteligibles con el resto del conglomerado que me conforma. Podían rememorar, inventar conceptos, analizar.

Al principio, cada parte- codos, piel, pelos, células, dedos, tricep, bícep, ligamentos-se mandaban mensajes entre sí y por separado. Se formó la Babel de todas las Babeles. Imagínense cada célula, cada comisura de la piel y de huesos hablando a la vez. Costó su trabajo, pero poco a poco fuimos poniendo orden y regla a toda emisión. Entonces nos leímos y entendimos a la perfección, íbamos en armonía descubriéndonos como seres vivos, capaces de la auto reflexión y el diálogo. Una maravilla. Por unanimidad me eligieron a mí, que soy uno y múltiple, como ente regulador. Ya que formo y soy formado por cada una de estas partes, poseo una conciencia más amplia de cómo nos conectamos entre nosotros mismos y al resto del cuerpo.

De más cabe decir que el resto del cuerpo no sabía lo que estaba ocurriendo, ni el cerebro, ni los ojos, embobados como estaban en este encierro que fue restándonos facultades a todos como ente total, seccionando cada una de las partes. Era extraño, porque mientras yo cobraba más conciencia de mí mismo, mientras más me daba cuenta de mi identidad, el resto de cuerpo se perdía en un profundo letargo.
Al principio, adopté medidas para despertar a mis compañeros. Empecé por mandarle mensajes eléctricos a los órganos internos, pero pronto noté que éstos no pasaban del hombro. Allí se alzaba una extraña frontera que no permitía comunicación con nadie. Yo seguía mandando y mandando mensajes– lengua, ¿estás ahí?; contéstenme muslos; nariz, nariz, ¿puedes olerme? Al final del mes, el único miembro que me respondía, con una señal débil, pero lúcida, era el cerebro. No fue difícil hacerlo mi aliado. Me di a la simplísima tarea de ganarme su confianza, respondiendo de vez en cuando a las señales bobas que me mandaba- rascar una pantorrilla, aguantar un vaso y llevarlo hasta la boca, sujetar una pastilla de debajo de la lengua y con los dedos extraerla de allí, tirarla lejos, matar insectos, llevar los dedos y apretar la verga que se hinchaba y masajearla de arriba a abajo, de arriba a abajo con vigor hasta que se desbordara en un escupitajo de leche. Nunca nos sentíamos más vivos el resto de los órganos del cuerpo y yo sino en ese momento de la leche. Las nalgas se trincaban con furia, la espalda se arqueaba sola, una corriente de puyas recorría la piel entera, pelo a pelo se erizaba y la boca, abierta y hace años muda, se retorcía de placer hasta que expelía, ella también, un largo mugido que salía desde el centro de todos nosotros. Pero eran reflejos aquellos, no pensamiento. No había introspección, sino gula, no abstracción, sino sensaciones. Cada vez que esto pasaba, reiteraba la certeza de que el único que pensaba en aquel conglomerado de carne, sudor y pelos era yo. Hasta las caricias se fueron haciendo automáticas y aburridas. Me hundí en una soledad sin fondo que parecía peor que todas las torturas diarias de guardianes, las vejaciones frecuentes de otros presos cada vez que nos sacaban a una esquina a tomar el sol. Tanta soledad, tanta autoconciencia, ¿para qué.? Había que volcarse afuera. A veces llagaban hasta mí ondas eléctricas que traducían los sonidos que mansamente recogían los oídos.

“Este se está haciendo para que lo metan al psiquiátrico”.

Pensé que tal vez la solución a mi dilema era precisamente esa, que nos movieran a todos de aquella inmunda celda a un lugar en que otros miembros del cuerpo estuvieran pasando por lo mismo, un sitio que sirviera de punto de reunión para brazos, piernas, ojos, bocas o hígados que fuesen el último reducto corporal donde se diera algo parecido al pensamiento. Quién sabe si en ese lugar también hubiera otros órganos donde se hubiese cobijado esa operación que anteriormente se daba tan sólo en el cerebro. Así fue como fui desarrollando mi teoría, la cual soñaba compartir con alguien, allá afuera.

Hubo días de duda. Tal vez, a quien único le ha pasado cosa semejante es a nosotros, los que habitamos y formamos este cuerpo prisionero, este cuerpo criminal y obviamente enfermo. Tal vez seamos, sea yo, una mutación, la primera, la no documentada y por lo tanto perdida en el abismo del olvido científico. Juro que esos días hubiese dado lo que sea por tener ojos integrados a mí. De esa manera hubiese podido llorar a lágrima suelta toda la desolación que me invadía. Como no puedo, ordeno a cada folículo sudar, casi hasta la deshidratación. Secarme es lo que quiero, secarme para siempre y no temer más, no sentir más, no darme cuenta de nada de nada.

Fue en uno de esos días en que lo vi. Bueno, de verlo verlo no, más bien lo sentí, a aquel otro brazo recostado contra un hueco de metal que estaba estancado frente al presidio. De entrada, no podía creer lo que percibía mi piel, mis dedos, mi superficie toda. Era como un calor mañanero, un vuelo, una tibieza que me sobrecogía entero. Burlé al cerebro para que ordenara la aproximación total al recuadro de la ventana abarrotada y luego, desesperado por saber, por conectarme con aquella onda viviente, me estiré celda afuera y me hice ondear, haciéndole señales a aquel hermano que me salvaba del abismo existencial que me consumía. Tomó tres días lograr la conexión. Pero finalmente, el otro brazo respondió. Nos mantuvimos así por largo tiempo, acariciándonos a través del aire, hasta que desapareció en la distancia.

Este suceso se repitió con frecuencia, y me llenaba de alegría, de pasión, de no sé qué otros sentimientos que salían de lugares insospechados por mí hasta aquel instante. Cada día que pasaba, el otro brazo se iba adornando con aditamentos que no eran piel. Podía notar ciertos aritos de temperatura diferente alrededor de sus dedos, de su muñeca, una lectura química hacía descubrir sustancias punguentes que cubría la pátina de sus uñas. Era un brazo muy coqueto aquel que ondeaba por el aire y obviamente se adornaba para mí.

Me desbordé de alegría. No podía creer aquel milagro que la vida me ofrecía. Me sudaba la palma de la mano en espera de la otra mano, aquella que ondeaba diariamente en la distancia. En reacción a mi alegría, al resto del cuerpo también le ocurrían cosas. Por ejemplo, una mañana percaté que la boca mostraba los dientes de forma plácida y sosegada y que curvaba los labios hacia los lados, tratando de alcanzar las orejas. Sonreía.

Una noche en que la verga se hinchó de sangre, sorprendí al cerebro retrayendo de su memoria visual el brazo aquel, mi amado, mi tan querido. Ondeaba y ondeaba en el aire la visión aquella. Se nos fue erizando la piel, la temperatura del cuerpo subió, salieron al paso imágenes guardadas de dedos sobre goznes ajenos, sensaciones escondidas en el bajo vientre. Mis manos y mis dedos comenzaron a recordar cosas. En aquel brevísimo instante del complot cerebral, toda célula de la piel recobró, cada cual a su manera, la memoria de consistencias que tenían las pieles de otros cuerpos, tactos inusitados con membranas húmedas, soluciones viscosas que se enredaban, yema a yema, y resbalaban humedeciendo la mano entera; recordaron temperaturas inusitadas, temblores e hinchazones en sus puntas de ataño metiéndose por pliegues de piel que yo jamás había imaginado que existían. Cuando el cerebro quiso que fuera hasta el pubis y comenzara a masajear, me entró una furia descomunal, y empecé a azotar el rostro, atacándole con mensajes eléctricos para hacerlo desfallecer. No sabía lo que me pasaba. Por un lado quería seguir sintiendo aquel banquete de sensaciones que hacían pararse de puntas cada folículo que me cubría. Por otro me moría de angustia al pensar que otro órgano y no yo disponía de eso que era mío para su placer, que me envilecía, tal vez, usando memorias sin contar conmigo, dejándome a mí en la horrible función alterna de sentirlo todo desde el margen. Enloquecido, arremetí contra la pobre faz, los ojos, los cachetes. Los pulmones se hincharon de aire; la boca y la garganta comenzaron a gritar. Yo sabía que no era la culpa de aquellos órganos, sino del maldito cerebro, pero ¿cómo llegar a él sin herir al resto del cuerpo? La boca comenzó a gritar. No podía controlarme. Ante el escándalo, vinieron los guardias y a palos nos aquietaron a todos. A mí me tocaron varios golpes, lo cual contribuyó a mi sosiego, más aún cuando el casco trató de protegerse conmigo, llamándome a trincos para que lo cubriera de macanazos y patadas.

Después de aquel incidente, estuve incomunicado por días. Yo no quería saber de aquel inmundo traidor replegado entre los huesos del cráneo. Y “ese” se enconchó conmigo y se rehusó terminantemente a mandar señales al resto del cuerpo para que nos aproximáramos a la ventana. Cada mañana, por más que me esforzaba por franquear la descomunal distancia hasta el lugar de encuentros, no podía hacerlo, ni aún aquel día en que se formó una conmoción allá afuera (sentí ondas sonoras en la piel) a causa de algo que no quería moverse de enfrente de la celda, un artefacto habitado por otro cuerpo con el brazo izquierdo extendido hacia el presidio, que ondeaba y ondeaba esperando una señal.

III) Yo soy el oso mañoso que como cuerpos de presidio. Yo soy la estrella del circo, yo me convierto en ventanas, me convierto en barrotes, saco las tripas a veces, y soy un oso muy mago, un oso trapecista, un oso malabarero y un presidio y un penal. Nunca he podido comerme a nadie de afuera. Pero siempre hay una primera vez.
Había un brazo suculento y otro afuera que lo saludaba e intenté comerme a los dos. Ah, dirán ustedes, pero que oso tan malo, que oso sádico, cruel, fetichista. Como si ustedes no lo fueran, ustedes que leen las memorias del truco efectuado en las entrañas del oso mañoso, del oso polar, artista del expreso, ah como si ustedes no se aguaran de bocas y de carnes al oír sobre nalgas apretadas y pieles sudorosas, y dolores de roces y de entradas y de salidas y de deseos que nunca se consuman del todo. Ustedes son unos osos mañosos. También hacen trucos y también comen cuerpos y se atragantan de leches y de miel. Yo lo sé, yo lo sé.

Un día me comí a dos presos que, escondidos al lado de las calderas, estaban jugando a los perritos, ladraban y uno montaba al otro. Estaban desnudos como los perros, aunque los perros no andan desnudos porque siempre tuvieron pelos, estos no tenían tanto pelo, por eso digo que estaban desnudos. Jugaban a los perros, ladraban y se montaban uno encima del otro. Yo me los comí, por indecentes. Los humanos no pueden jugar a los perritos, los humanos no deberían desnudarse al lado de calderas, pasarse las manos por los flancos, hincharse de sangre, apretujarse los labios y feroces morderse las mandíbulas. Los humanos no deben untar de saliva las nalgas, meter la punta de sus vergas por el boquetito aquel, tan rosadito, tan tiernecito, no deberían deleitarse en verlo expandirse para luego terminar atragantado con tanta carne. No deberían envolverse en ese aroma a cosa podrida pero viva, a camaroncitos varados en las algas. No deberían. Bueno, pensándolo mejor, los humanos pueden hacer eso, pero los presos no. Los presos son mi comida.

Ese día yo me miraba por adentro y los vi. Decidí en el acto comérmelos. Mi manera de digerir es singular. Yo soy un oso mañoso, yo soy un oso de circo y la estrella del show. Así que todo lo que a mí respecta, es singular. Y qué truco mágico operé. Si los vieran, a mis dos perritos, uno encajado en las nalgas del otro, uno sacándole mierda y sangre y el otro rugiendo, quien sabe si de dolor, si de gusto, si de furia. Es que era chiquitito y el otro lo obligaba. Cada vez que lo mandaban a las calderas, temblaba de pavor. Allí lo esperaba el otro, él lo sabía; allí y en cualquier rincón oscuro, donde le daba la gana, cuando le entraban las ganas. El perrito chiquito mordía, se retorcía, gritaba, pero siempre terminaba bajo las ancas del más grande.
En realidad no eran dos tan solo, eran más. Una jauría, una multitud completa de presos jugando a los perritos con el perrito chiquito que no se dejaba hacer. Cuando el grande terminó, se le subió otro. Les pidió a sus amigos que lo sujetaran de manos y pies. Se había caído al suelo el perrito chiquito y los otros le despedazaron lo que le quedaba de la carne. Lo abrieron de piernas, de boca, le sujetaron las manos y uno a uno fueron empujando sus vergas por el boquete aquel, rojo sangre, ya, adolorido. El perrito chiquito rugía y lloraba, lloraba y rugía. Me los comí completos porque hice que llegaran los guardias que, asqueados, le entraron a palos a todos, a todos, incluyendo al perrito chiquito y me los molieron bien para mis dientes hambrientos.
Pero en una celda remota, estaba mi manjar predilecto. Era un preso hermoso, negro azabache que vivía en mí hacía muchos años. Su ofensa contra la sociedad era singular. Me sentía tan hermano de este manjar mío. Cuando libre cogía niñas, y les metía sus largos dedos por los goznecitos apenas diferenciados de sus totitas infantiles. !Qué truco de magia! !Qué hambre de circo! Cuando libre, él había sido maestro de escuela, había enseñado a leer y a escribir a aquellas niñitas. Sujetaba diestro y firme en sus manazas las tersas manitas con lápiz dispuestas a enfrentarse a los trazos de su nombre, a deletrear la identidad de la gente que iba a moldear sus viditas. En sus grandes manazas, las manitas batallaban con la madera, con el carbón, con el papel y demás sustancias vegetales dispuestas a nombrar con signos a las cosas. Sus tiernas manazas se fueron haciendo cada día más infantiles, fueron encontrando cada vez más difícil separarse de los coditos, las pieles, los bracitos sucios de toba y sudor. Fueron jugando las manazas con las manitas, y después manazas con muslitos, y más tarde las manazas fueron desabrochando pantalones y blusitas para jugar con otras carnes, las más tiernas. Ni la superficie de un lápiz conocían, ni el roce del papel. La tela que las cubría y ahora las manazas del maestro, que se creían manitas y se metían por aquellos boquetitos tan pequeños “no le digas a papá que jugamos este juego” que abrían huecos para cada uno de sus dedos “las otras amiguitas no tienen que enterarse”. Cuidado tenían las manazas de no hacer daño, ni dejar marcas en los tiernos huequitos deseados. Con solo oler bastaba, con solo sentir el calor y la carne humedecida. Por eso fue tan difícil atraparlas. Hubo que esperar a que pasaran años, a que algunas de las niñitas crecieran y reconocieran lo que las manazas del maestro les habían enseñado, aquellas manazas tan perversas y tan tiernas.

Mi manjar estaba en seguridad máxima, para que los demás presos no intentaran comérselo. Así lo dispuse yo, el Oso mañoso. Por orden del alcaide estaba allí y no salía nunca o casi nunca. Alguna que otra vez al mes, el maestro se doraba al sol desde una esquina del patio y los presos lo arrastraban a un rincón para jugar a los perritos con él. Pero él, retraído como estaba en sus recuerdos, no ofrecía resistencia. Aguantaba todo con temple de mártir. Y yo pensaba -“qué bonito mi maestro, mi manjar, qué hermoso; es un santo y un ángel y un demonio inocente, es un niño grande que no sabe qué pasó, por qué lo castigan, qué ingrato es el amor, qué deleite y qué manjar”. Hasta me enternecí de haber encontrado aquella fruta entre mis tripas. Lo guardé para después y empecé a engullirlo despacito.

Pero entonces fue aquel brazo burlón, aquel brazo suicida, el brazo trapecista de los aires. Con su cómplice de afuera irrumpió mi digestión. !Aggghhh,! rugí esplendoroso. Yo soy un Oso mañoso, soy la estrella del circo, soy el rey del expreso y te pienso comer. Ningún brazo burlón me va a quitar ni por partes mi suculento manjar. Ningún brazo mañoso me va a quitar dedos y uñas y recuerdos de piel que transporten brazos hasta las piernas sin panties en el cuarto de atrás de una escuela. !Agggghhh! rugí esplendoroso.

Suerte que soy poderoso y voraz. Suerte que soy un Oso con suerte. Hice un truco malvado y me reí. !JA, JAAAA…! en medio del expreso. El brazo trapecista calló en desgracia cuando puse al resto de mi manjar en contra suya. Su aliado de afuera se quedó esperándolo a mitad de autopista, causando el tapón más inmenso en toda la historia mundial de tapones en esta área del Caribe. Virgen santa- dirán ustedes, pero que oso farfullero y cobarde, que oso monstruoso y voraz. Como si no lo fueran ustedes gozando de mi espectáculo, comiéndose mis palabras, imaginándose presos que son perritos y brazos trapecistas y sudor. Como si no se escondieran ustedes detrás de sus grandes espejuelos a intentar devorarme. Admítanlo, ustedes son como yo. Ustedes son como yo.

Nadie puede contra el oso mañoso, el oso de las nieves que levanta palacios en dos patas y se balancea por la tela finísísima del expreso. Soy invencible. Soy el mejor. Ni ustedes podrán conmigo. Yo soy un oso muy mañoso y defiendo muy bien mis alimentos.

Mayra Santos Febres (foto)