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Wen Jiabao contra los corruptos y por educación

wen-jiabaoNo he visto reproducido, ni comentado, en ninguna parte de Chile, el texto que comento. Lo comparto ahora y aquí porque me parece útil que de cuando en cuando reflexionemos sobre algunos asuntos que son de interés general. Se trata de sugerencias, recomendaciones del primer ministro chino, Wen Jiabao (foto), a los “países emergentes”, como Chile, Guatemala, Colombia o Brasil. Para el señor Jiabao “el punto principal es: hacer cambios inmediatos en la administración de cada país y el principal es la eliminación de lo que él llama “factores hipócritas”, en que las leyes insisten en ver el lado teórico, y no las consecuencias prácticas y reales”.

De esta manera, se refiere a que esos cambios con calificación de “drásticos”, que también se hicieron en China en los últimos 20 años. Cada lector hará las reflexiones que considere pertinentes. El texto lo edité porque es más extenso. Los 8 principales cambios sugeridos por el primer ministro chino, son:

1Castigo ejemplar a políticos corruptos. Nuestros países no castigan como debe ser a los políticos corruptos, por eso se diezman las arcas públicas. La plaga será cada vez peor si no se frena drásticamente. En China, la corrupción probada es castigada con la pena de muerte, y con el retorno inmediato a las arcas públicas de los valores robados. (En Chile sería, una o dos cadenas perpetuas consecutivas, sin derecho de excarcelación)

2Quintuplicar la inversión en educación. Un país que quiere crecer debe producir los mejores profesionales del mundo, y esto sólo es posible si el Estado invierte por lo menos cinco veces más de lo que se hace ahora en educación. Si no se capacita de verdad, nuestro recurso humano perderá la competitividad en el mercado de trabajo por falta de preparación.

3Reducir 80% los salarios y gastos de los políticos. Los sueldos y gastos de los políticos se producen por “la cultura del malandraje”, y por la falta de políticas serias y claras en materia salarial. Es necesario que el político entienda que es un funcionario público, sin nada especial, como cualquier otro, con una obligación de entregar su trabajo y sus conocimientos en beneficio de su país. No es un “rey”, como se presentan hoy en día, y muchos los ven así. La Constitución y las leyes tienen que establecer un tope salarial compatible con los otros funcionarios públicos y a partir de ahí, regirse por los aumentos en el sueldo mínimo del país. Un diputado en China cuesta menos de 10% de lo que un diputado cuesta en Brasil, por ejemplo. En los países escandinavos es común ver al primer ministro llegar a su trabajo conduciendo una bicicleta de las más sencillas y económicas del mercado, como lo hacen los estudiantes. Este desastre que existe en nuestros países con el manejo del dinero público, con el abuso de los mega salarios, sin corresponderse con la productividad, ni menos con las soluciones para el pueblo, causa todavía más perjuicios al Estado, pues un pueblo que se siente robado por sus líderes políticos pierde la percepción de lo que es correcto, justo, honesto y honorable. (En Chile, no es descabellada la propuesta de los nuevos jóvenes diputados, Gabriel Boric y Giorgio Jackson, de bajar en 40% el sueldo de los parlamentarios)

4Desburocratización inmediata. China es actualmente el mayor exportador de bienes manufacturados en el mundo, superando, incluso, a los EE.UU. y sin ninguna duda consideran a los países emergentes los más burócratas tanto en lo referente a las importaciones como a las exportaciones y, por supuesto, en lo referente a su mercado interno, por todas las barreras, trabas y requisitos innecesarios y repetitivos que a menudo impiden, dificultan y encarecen la negociación, lo que termina en detener o frenar el desarrollo de las empresas y que inmediatamente se refleja directamente en el desarrollo del país. Este es un asunto muy urgente de resolver.

5Inversión pública eficiente. Faltan más inversiones en infraestructura, educación, cultura, y prácticamente en todas las áreas relacionadas con el Estado, lo que ha dificultado el crecimiento de los países y continuará dificultándolo, por lo menos por otros 50 años, si no adoptamos una posición firme en este momento.

6Invertir en el cambio de la cultura del pueblo. La gran masa del pueblo de los países emergentes ya no cree en el gobierno, ni en su política, no respetan las instituciones, no cree en sus leyes, ni en su propia cultura, se acostumbró al desorden gubernamental y pasó a ver como normal las noticias trágicas sobre la corrupción, violencia, deterioro de los servicios públicos, etc. Por lo tanto, se necesita invertir en la correcta formación cultural del pueblo, a partir de las escuelas, empresas, iglesias, instituciones públicas y así sucesivamente, comenzando con la educación para el trabajo y la búsqueda de la excelencia en un mundo globalizado, enseñando al pueblo a amar y honrar a su país.

7Reducir la edad laboral y penal de los jóvenes. Nuestros países todavía tienen una cultura de tratar a los adolescentes de 15 a 18 años, como niños, que no se hacen responsables de sus actos, y les prohíben ofrecer su mano de obra. Esto es un error fatal para la sociedad. Porque después de todo, el país está envejeciendo y necesita, más que nunca, de mano de obra renovada. Hay una contradicción hipócrita de la ley, porque sólo sirve para crear peligrosos delincuentes, que al cumplir los 18 años, están formados para el delito, ya que no pudieron trabajar y muchos buscaron su formación en el crimen. En China, los jóvenes tienen permiso del gobierno para trabajar normalmente (no sólo como “aprendices”), a partir de los 15 años, siempre que sigan estudiando. Y si cometen crímenes, responden como cualquier adulto mayor de 18 años.

8Pena de muerte para crímenes atroces probados. Un gobierno tiene que dejar de lado la hipocresía cuando se toca este tema. Un criminal no puede ser tratado como una celebridad. Los reincidentes han tenido su oportunidad de cambiar y no han cambiado. Entonces, no merecen ese compromiso por parte del gobierno. Ninguna sociedad honesta y trabajadora, merece vivir con tanta impunidad y miedo. La eliminación de los criminales más peligrosos infundirá temor entre el resto de los delincuentes para seguir practicando sus fechorías. Esto se reflejará de inmediato en la seguridad pública del país y la sociedad. Y también en la reducción drástica del gasto público en materia de seguridad. En el largo plazo, esto se reflejará, además, en la cultura y el comportamiento de las personas.

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El terrorista Jovino Novoa de la Udi

jovino novoaQué mala imagen de Chile proyecta el señor Jovino Novoa (foto). Él fue un alto funcionario del dictador Augusto Pinochet, y fundador del partido ultra derechista Unión Demócrata Independiente (Udi), que todavía, en democracia, ocupa puestos de dirigencia. Él considera todo lo que no esté alienado con las dictaduras y el fascismo, como una amenaza “izquierdizante”.

En estos días está empeñado en hacerle mala imagen a Chile, diciendo que el actual gobierno de Michelle Bachelet quiere ahuyentar la inversión extranjera, y quiere empobrecer a los ricachones que él representa.

Qué mala imagen proyecta este ex congresista de Chile, asociándolo con Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, como si fueran comparables los cinco países. Eso es mala fe.

Un daño profundo causa en la mente de los chilenos, también, llenándolos de miedo. Insinuando que puede haber otro criminal como Augusto Pinochet si se sigue con ideas “izquierdizantes”.

Este tipo de actitudes son propias de radicales políticos, que suelen estar por fuera de la realidad, como Adolfo Hitler, o criminales contra el Estado como Pablo Emilio Escobar Gaviria. No son actitudes de un demócrata.

El señor Jovino Novoa quiere que los chilenos vivamos con terror.

Toda su actitud, agria y refractaria con su país, porque el gobierno puso a consideración del Congreso una reforma tributaria, en la que los pocos que ganan 250 veces más que los trabajadores (*), y cuentan con ejércitos de abogados para crear y emplear decenas de artilugios legales para no pagar impuestos, o eludirlos o evadirlos, paguen, por fin, tributos al país.

Está furioso por eso. Porque se quiere cerrar la brecha de la vergonzosa desigualdad actual en Chile, que es algo exótico en estos tiempos, y sobre todo en un país que se precia de pertenecer a la Ocde y ser impoluto en el vecindario de los gobiernos de mala calidad, “izquierdistas”.

Él quisiera que aún tuviéramos el mundo enfermo y violento de su protector, el dictador impune Augusto Pinochet.

Está furioso porque quienes lo han financiado en sus campañas electorales, es decir, los ricachones (sus patrones) le han expresado su inconformidad por tener que retribuirle al país unos pocos pesos, de los miles de millones que se echan al bolsillo y sacan del país para no pagar impuestos.

Cómo puede alguien preciarse de ser “un político” cuando odia a su país. Cuando considera que los connacionales son personas de segunda clase. Gente que no merece vivir dignamente, sino sometida al terror y con ingresos de miseria.

Lo que hace el señor Jovino Novoa es defender a los que sacan su dinero a paraísos fiscales, como el ex candidato presidencial Lawrence Golborne; defender a los empresarios que no pagan impuestos, o que los eluden, o que los evaden; empresarios que recibieron en la dictadura bancos y empresas y miles de hectáreas a precios irrisorios y con créditos a plazos infinitos y tasa de interés ridículamente bajas, casi inexistentes.

A estas personas defiende el señor Jovino Novoa.

Y para ello, que él considera una noble labor, crea un clima de terror en el país, considerando a todo el que no se parece a su padrino el dictador impune Augusto Pinochet un “izquierdista peligroso”, y diciéndoles a los inversionistas extranjeros que no vengan a Chile.

Es decir, más parece un apátrida, que un demócrata.

Personas con la mentalidad como la del señor Jovino Novoa son las que hacen desigual el país, crean ciudadanos de segunda categoría, siembran el terror, disocian para reinar, confunden los propósitos de bienestar social con unas amenazas a los capitales de sus patrones. Capitales que, muchos de ellos, han sido dudosamente habidos o hechos merced a los beneficios del impune dictador Augusto Pinochet.

Si Chile quiere crecer, en lo económico y lo ciudadano, si quiere como país tener sana su mente, debe aislar a personas como el señor Jovino Novoa, que son un cáncer destructivo del tejido social.

El señor Novoa no hace oposición, hace terrorismo, amparado en un partido que apoyó una dictadura sanguinaria, y cobijó con la impunidad al despreciable dictador.

(*) “250 veces” no es una expresión caprichosa y efectista, sino un dato cierto de analistas imparciales chilenos. Quiere decir que mientras un empleado gana el mínimo, $210.000 al mes, un empresario de los que defiende el señor Jovino Novoa, gana $52.500.000 mensuales.

Cubana Reina Rodríguez gana el ‘Pablo Neruda’

Reina maría rodríguezEl alternativo grupo Paidea, La Azotea de Reina, en su casa de la calle Ánimas, y luego su Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, hasta su última y molesta mudanza para la azotea del Instituto del Libro, han sido, cada uno en su momento, el único, solitario lugar de resistencia contra la mediocridad, la incultura, la estulticia intelectual (y de la otra), de los años 70, 80; un espacio de esperanza y redención, en los 90, y así sigue en la primera década del siglo XXI, escuchando, apoyando, velando porque se publiquen libros valiosos, tanto de autores nacionales como extranjeros, en su original colección de 150 ejemplares cosidos a mano, según el método japonés kangxi.

En esos términos reseñó Azucena Plasencia el otorgamiento en Cuba del Premio Nacional de Literatura 2013, a Reina María Rodríguez (foto), quien ayer ganó, en Santiago, el Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’. Dijo Azucena Plasencia: “Celebremos la aventura de escribir con verdad, la exploración ética que involucra, íntegramente al autor y se da con plenitud en la obra de Reina María Rodríguez: afirmación de una individualidad, de un proyecto, de un horizonte intelectual y de comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y coraje”.

Entre tanto, acá en Santiago, el jurado integrado por José Kozer (Cuba, anterior ganador del premio, en el 2013), Graciela Aráoz (Argentina), Pablo Brodsky (Chile), Julio Ortega (Perú) y Malú Urriola (Chile), fueron unánimes en premiar a Reina María, de 61 años, quien dijo telefónicamente que “toda la vida he sido lectora de Neruda, y le dedico este premio a todos los escritores de mi generación que han tenido que salir de Cuba”.

La dotación del Premio Pablo Neruda es de 60 mil dólares (unos $33.769.140 chilenos). Han ganado este premio: el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005), la cubana Fina García-Marruz (2007), la chilena Carmen Berenguer (2008), el nicaragüense Ernesto Cardenal (2009), el peruano Antonio Cisneros (2010), los chilenos Oscar Hahn (2011) y Nicanor Parra (2012), y el ganador del 2013 fue el cubano José Kózer. Aquí un par de poemas de Reina María Rodríguez:

Una silla en lo alto      una mujer se ha sentado en tu silla turca / sin desnudarse / tan sólo allí / cuando sueñas cuando vuelves / de las complicaciones. / una mujer está hecha de esa soledad / que existe entre lo cotidiano y el deseo. / vuela ante el parabrisas / te engaña se detiene / y luego escapa. / para toda mujer hay un trono / en el centro de un hombre / una silla en la conciencia. / yo vivo sobre la nariz entre tus ojos / bajo la frente / sólo tus huesos son cómplices de mi ocio / así los árboles nos traspasan / los colores nos iluminan juntos / y así la muerte nos matará a los dos / boca arriba / entre tus pensamientos / y mi llanto.

Un chocolate viene      aquí tengo en la cartera un chocolate. / apretada / la letra de un hombre se ha prendido / al papel que lo envuelve. / un hombre azul me lo envía / lo deja caer desde una nube. / un chocolate viene / desde un vuelo muy alto sin aviso / a mi boca / y en el gusto van entrando sus ojos. / estoy comiendo ojos de chocolate / en mi vestido blanco se prenden las avispas. / ya que volamos juntos dime / dónde está la distancia interminable / mi cuerpo a segundos-propulsión del tuyo / y el amanecer cuajándose en mi bata. / ya toco el otro corazón bajo tu vientre. / en el ruido de un motor donde puede / desprenderse la eternidad estamos presos. / ya estoy muerta por accidente de un amor / en este oscuro hotel aprieto mi tablita de chocolate / para salvarme / (no se pueden amputar los amorcitos todo / es continuable o roto por / las cosas principales que te obligan / a matar a una muchacha / en este pobre hotel de provincia / con los colchones hundidos de tanta humanidad). / las paredes se descascaran la gente se me olvida / y estos momentos que uno tiene / son ásperos / como si nos hubiéramos vaciado / indefensos / sólo un sabor dulce sobre mi ombligo / y no puedo detener los aviones que van a salir / que no son de juguete ya crecieron / y las señales los aeropuertos / siguen depositando tu cuerpo en la realidad / sin que yo pueda nada en contra / boletos fechas viajes que me corrompen / de tanta fama que tengo aquí / la fama que no es un número exacto / ni siquiera un chocolate entre los dientes / nadie sabe que en esta habitación tan sola / yo me como la fama / porque no me sirve para dormir / tibia / entre tus muslos.

‘Al cumplir los 80’ de Oliver Sacks

Oliver_SacksAnoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80.

Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro.

Hace unos años, cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba: “tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.

¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado. Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más vieja que conozco.

A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se había publicado Despertares).

A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque ninguno de ellos vaya a incapacitarme, me siento contento de estar vivo: “¡Me alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo. Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?” A lo que Beckett respondió: “Yo no diría tanto”)

Me siento agradecido por haber experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles– y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.

Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras culturas más ampliamente.

Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100 años, entonan el nunc dimittis –“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para irme” –. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo ninguna fe en (ni deseo de) una existencia posmortem, más allá de la que tendré en los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan “hablando” con la gente después de mi muerte.

El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego “marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años desde su muerte, yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.

A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.

Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.

Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental.

Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban.

Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60.

No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.

Oliver Sacks (foto) (Traducción de Eva Cruz)

‘García Márquez y la política’ de Carlos Peña

carlos peñaLa muerte de García Márquez –cultivó con esmero los vínculos hacia el régimen cubano, sin nunca emplear su imaginación esplendorosa para tejer una crítica– permite plantear una pregunta: ¿Pesa sobre los escritores alguna especial responsabilidad política? ¿Puede reprochárseles sus tomas de posición?

Por supuesto, no hay nada raro en que un escritor posea y ejercite una firme y clara posición política. André Malraux fue ministro de De Gaulle; Valclav Havel presidió la República Checa; Mario Vargas Llosa impulsó el Movimiento Libertad y fue candidato presidencial; Jorge Edwards participó activamente contra la dictadura de Pinochet, y así.

No, no hay nada raro en que un escritor de ficciones y de ensayos sea políticamente activo. Lo raro –es el caso de García Márquez– es que se transforme en defensor de una dictadura que anega todos los derechos de los que él gozaba como escritor.

En esa rareza García Márquez no está solo. Sartre, el más conspicuo de todos, echó mano a sus tesoros de inteligencia e imaginación dialéctica para defender a Stalin; Neruda le cantó loas; Drieu La Rochelle se declaró fascista y apoyó el gobierno de Petain; Pound fue admirador de Mussolini.

Hay, hasta cierto punto, una inconsistencia en esos escritores, de derecha y de izquierda, que ejercitan las libertades para dar rienda suelta a su imaginación y a su talento, exorcizar sus fantasmas y despertar los sueños dormidos de sus lectores; pero que al mismo tiempo callan cualquier crítica, apoyan a los regímenes que las niegan y omiten cualquier palabra que pudiera incomodarlos. Al escribir, dar conferencias, publicar y echar ácido crítico contra las sociedades en las que viven y fructifican, muestran el valor y los frutos que la libertad hace posibles; pero al adoptar posiciones políticas a favor de regímenes dictatoriales niegan las condiciones de posibilidad de su propia existencia como escritores. Se trata, no cabe duda, de una perfecta contradicción performativa: ejercitan en su vida un oficio espléndido cuyas condiciones de posibilidad, al adherir y defender a regímenes dictatoriales, niegan.

Es esa contradicción la que torna tan rara la situación de un autor como García Márquez, cuya imaginación prodigiosa y talento inhumano debió ser (pero no lo fue) alérgica a cualquier forma de dictadura, más no fuera por el hecho que para quien imaginó Macondo cualquier realidad real, más todavía la cubana, debió parecerle (pero no fue el caso) algo que estaba muy lejos de lo que él consideraría apetecible y deseable.

Se dirá, por supuesto, que algo así es injusto porque escritores como García Márquez –cuya genialidad inhumana que a veces emociona hasta las lágrimas, está más allá de toda duda– preferían hacer sus críticas e influir en privado, echando mano a sus canales de influencia, los mismos que se verían perjudicados si, alzando la voz, manifestaran sus críticas. Pero se trata de una excusa más o menos pueril. Porque nadie habría aceptado que García Márquez viajara periódicamente a Chile en la época de la dictadura, se reuniera con Pinochet, se dejara alojar en una casa presidencial o algo semejante, y callara cualquier crítica a la forma en que esa dictadura anegaba las libertades y violaba los derechos humanos y tampoco nadie habría aceptado que, cuando algo así se le reprochara, pretendiera que lo hacía porque las críticas sigilosas y privadas eran más eficientes que el escándalo público.

A favor de García Márquez habría que decir que no fue el único que se dejó hipnotizar insensatamente por Cuba. Incluso Bertrand Russell, cuya agudeza crítica y talento matemático no dejaba títere con cabeza, dejó, hacia el final de sus días, que lo hicieran firmar declaraciones a favor de la revolución cubana declarando que allí despuntaba una aurora. Pero cuando lo hizo Russell ya estaba viejo y su alerta habitual adormecida. El suyo fue más bien un acto senil. No fue el caso de García Márquez que mientras escribía El otoño del Patriarca y soñaba con los gallinazos que inundaban la casa presidencial, se metían por los balcones y destrozaban a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removían con sus alas el tiempo estancado en el interior, visitaba a ese otro Patriarca de la isla y, sin asomos de duda, se fotografiaba con él.

Carlos Peña (foto)

‘Una casita de campo’ de Émile Zola

émile zolaLa tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que exhalan un vago olor a moho; al fondo, en una oscuridad y un silencio solemne, se encuentra el mostrador. La luz del día y el ruido de la vida se niegan a entrar en aquel sepulcro.

La villa del sombrerero Gobichon, situada en Arcueil, es una casa de una sola planta, plana, construida en yeso; delante de la vivienda hay un estrecho huerto cercado por una pared baja. En medio se encuentra un estanque que no ha contenido agua jamás; por aquí y por allá se yerguen algunos árboles tísicos que no han tenido nunca hojas. La casa es de un blanco crudo, el huerto es de gris sucio. El Bièvre corre a cincuenta pasos arrastrando hedores; en el horizonte se ven buhedos, escombros, campos devastados, canteras abiertas y abandonadas, todo un paisaje de desolación y miseria.

Desde hace tres años, Gobichon tiene la inefable felicidad de cambiar cada domingo la oscuridad de su tienda por el sol ardiente de su casita rural, el aire del desagüe de su calle por el aire nauseabundo del Bièvre.

Durante treinta años había acariciado el insensato sueño de vivir en el campo, de poseer tierras en las que construir el castillo de sus sueños. Lo sacrificó todo para hacer realidad su capricho de gran señor; se impuso las más duras privaciones; lo vieron a lo largo de treinta años, privarse de un polvo de tabaco o una taza de café, acumulando una perra gorda tras otra. Hoy ya ha colmado su pasión. Vive un día de cada siete en intimidad con el polvo y los guijarros. Podrá morir contento.

Cada sábado, la salida es solemne. Cuando el tiempo es bueno, se hace el trayecto a pie, así se goza de las bellezas de la naturaleza. La tienda queda al cuidado de un viejo dependiente encargado de decir al cliente que se presente: “El señor y la señora están en su villa de Arcueil”.

El señor y la señora, equipados como para ir a la guerra, cargados de cestos, van a buscar al internado al joven Gobichon, un chaval de unos doce años, que ve con terror cómo sus padres se dirigen hacia el Bièvre. Y durante el trayecto, el padre, grave y feliz, trata de inspirarle a su hijo el amor por el campo disertando acerca de las coles y los nabos.

Llegan y se acuestan. Al día siguiente, desde el alba, Gobichon se pone su ropa de campesino; está firmemente decidido a cultivar sus tierras; cava, azadonea, planta, siembra durante todo el día. No crece nada; el suelo, formado de arena y cascotes, se niega a producir cualquier tipo de vegetación. No por ello deja el rudo trabajador de secarse con satisfacción el sudor que inunda su rostro. Mirando los hoyos que acaba de abrir, se detiene orgulloso y llama a su mujer:

–¡Señora Gobichon, venga a ver esto! –grita–. ¡Mire qué hoyos! ¡Éstos si son profundos!
La buena mujer se queda extasiada mirando la profundidad de los hoyos. El año pasado, por un extraño e inexplicable fenómeno, una lechuga, una lechuga romana alta como la mano, roída y de un amarillo sucio, tuvo el singular capricho de crecer en un rincón del huerto. Gobichon invitó a treinta personas a cenar para celebrar aquella lechuga.

Pasa la jornada entera al sol, cegado por la luz intensa, asfixiado por el polvo. A su lado se encuentra su esposa que lleva la abnegación hasta el sofoco. El joven Gobichon busca desesperadamente los delgados hilillos de sombra que forman los muros.

Por la tarde, toda la familia se sienta junto al estanque vacío y goza en paz de los encantos de la naturaleza. Las fábricas de los alrededores lanzan una negra humareda; las locomotoras pasan silbando, llevando toda una masa endomingada y ruidosa; los horizontes se extienden, devastados, más tristes aún por el eco de esas carcajadas que regresan a París para una larga semana. Y, mezclados con la fetidez del Bièvre, los olores de fritura y de polvo pasan por el aire pesado.

Gobichon, enternecido, contempla religiosamente cómo surge la luna entre dos chimeneas.

Émile Zola (foto)

Academia de la Lengua: grafías y denominaciones

RAE¿Será broma? En Jornada, de Argentina, se informa de varios cambios realizados por la Real Academia Española (RAE, logo) de la Lengua, que deberían ser de conocimiento público y asumidos a finales de este año, cuando se divulguen formalmente. Todos son importantes. Unos parecen esperables, como la denominación de las letras “b”, “v”, pero otros son novedosos, como la eliminación de letras conocidas como “ch” (che) y “ll” (elle), al separar la “ch” en “c” y “h”, y la “ll” en simplemente una “l” (ele) que se repite. Cambia, entonces, el número de letras del alfabeto español: ahora son 27. Era esperable, también, que cambiara la denominación de la que llamábamos “i griega” (“y”), en simplemente “ye”, así que la tal “i latina”, en solamente “i”. Con la “b” no habrá que estar diciendo “be larga”, o “be alta”, sino simplemente “be”, en tanto la “v” no será “ve corta”, o “ve baja”, o “ve chica”, sino “uve”. De este modo, la “w” será “doble uve”. La palabra “solo” queda sin tilde, aun cuando haya ambigüedad, como en “voy solo al cine”. Pero si alguien quiere usar la tilde, no hay problema. La tilde también se eliminará de las palabras “guión”, “huí” y “truhán”, porque pasan a ser monosílabos, para efectos ortográficos. Quedarán: guion, hui, truhan. De hecho, al escribirlas ahora, sin tilde, el computador no me las subrayó en rojo, como erradas. Además, tras recordar que la tilde en la “o” que separaba números iba tildada, porque la gente escribía a mano (“3 ó 4”), y hoy prácticamente todo el mundo escribe “a máquina” (en sus computadoras, u ordenadores), esa tilde será eliminada. Las computadoras traen diferenciados el “0” (cero) de la “o” (o). Un cambio notorio de acuerdo con la publicación de Jornada está en la grafía de algunas palabras, al dárseles equivalencias a algunas letras. Así, se cambia la “q” por la letra “c” o “k”, según sea el caso. De esta manera, “Iraq” será “Irak”, “Qatar” se escribirá “Catar”, “quásar” será “cuásar”, y “quórum” ahora será “cuórum”. La explicación es que en nuestro sistema de escritura la letra “q” sólo representa al fonema “k” cuando va combinada “qu”, antes de la “e” o la “i”. Y quienes prefieran escribir estas palabras como siempre, pueden seguirlo haciendo, pero deberán hacerlo como si fueran extranjerismos, es decir en cursiva y sin tilde. Por último, el prefijo “ex” se escribirá unido a la base léxica, en caso de que afecte a una sola palabra. Por ejemplo: “exmarido”, “exministro” y “exdirector”, pero continuará escribiéndose separado cuando se trate de palabras compuestas, como “ex director general”.

Todo esto suena razonable. No parece que fuera broma.