Archivo de la categoría: Narrativa

‘Cántiga de los esponsales’ de Machado de Assis

Joaquim_Machado_de_AssisImagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada; puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente; me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la orquesta con alma y devoción.

Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un buen hombre; todos los colegas lo quieren.

El maestro Román es su nombre familiar; y decir familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio, años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor que pondría si fuera suya.

La fiesta terminó; y fue como si se apagara un resplandor intenso, dejándole el rostro iluminado apenas por la luz ordinaria; helo aquí descendiendo del coro, apoyado en el bastón; va a la sacristía a besar la mano a los padres y acepta un sitio en su mesa. Permanece todo el tiempo indiferente y callado. Termina la cena, sale, camina en dirección a la Calle de la Madre de los Hombres, en donde vive, en compañía de un negro viejo, papá José, que es como si fuera su verdadera madre, y que en este momento conversa con una vecina.

-Ahí viene el maestro Román, papá José -dijo la vecina.

-¡Eh!, ¡eh!, adiós vecina, hasta luego.

Papá José dio un salto, entró en la casa, y esperó a su amo, que entró poco después con el mismo aire de siempre. La casa no era rica, por supuesto; ni alegre. No había en ella el menor vestigio de mujer, vieja o joven, ni pajaritos que cantasen, ni flores, ni colores vivos o cálidos. Casa sombría y desnuda. Lo más alegre que allí había era un clavicordio, donde el maestro Román tocaba algunas veces, estudiando. Sobre una silla, al lado, algunos papeles con partituras; ninguna suya…

¡Ah!, si el maestro Román pudiera, sería un gran compositor. Tal parece que hay dos clases de vocación, las que tienen lengua y las que no la tienen. Las primeras se realizan; las últimas representan una lucha constante y estéril entre el impulso interior y la ausencia de un modo de comunicación con los hombres. La de Román era de estas. Tenía la vocación íntima de la música; llevaba dentro de sí muchas óperas y misas, un mundo de armonías nuevas y originales que no alcanzaba a expresar y poner en el papel. Esta era la causa única de la tristeza del maestro Román. Naturalmente, el vulgo no se daba cuenta; unos decían esto, otros aquello: enfermedad, falta de dinero, algún disgusto antiguo; pero la verdad es esta: la causa de la melancolía del maestro Román era no poder componer, no poseer el medio de traducir lo que sentía. Y no porque escatimara el gasto de papel o el paciente trabajo, durante muchas horas, al frente del clavicordio; pero todo le salía informe, sin idea ni armonía. En los últimos tiempos hasta sentía vergüenza de los vecinos, y ya ni siquiera intentaba nada.

Y, no obstante, si pudiera, terminaría al menos cierta pieza, un canto de esponsales, comenzado tres días después de su casamiento, en 1799. La mujer, que tenía entonces veintiún años, y murió de veintitrés, no era bonita, ni mucho ni poco, pero sí muy simpática, y lo amaba tanto como él a ella. Tres días después de su boda, el maestro Román sintió en su interior algo parecido a la inspiración. Imaginó entonces el canto esponsalicio, y quiso componerlo; pero la inspiración no logró salir. Como un pájaro que acaba de ser aprisionado, y forcejea por atravesar las paredes de la jaula, abajo, encima, impaciente, aterrorizado, así batía la inspiración de nuestro músico, encerrada dentro de él sin poder salir, sin encontrar una puerta, nada.

Algunas notas llegaron a reunirse; él las escribió; asunto para una hoja de papel, apenas. Insistió al día siguiente, diez días después, veinte veces durante sus años de casado. Cuando murió su mujer releyó aquellas primeras notas conyugales, y se sintió más triste aún, por no haber podido dejar en el papel la sensación de esa felicidad ya extinta…

-Papá José -dijo él-, hoy no me siento muy bien.

-Tal vez el señor comió algo que le cayó mal…

-No, desde esta mañana estaba así. Vaya a la botica…

El boticario mandó cualquier cosa que él tomó esa noche; al día siguiente el maestro Román no se sentía mejor. Es preciso agregar que padecía del corazón: molestia grave y crónica.

Papá José sintió temor cuando vio que el malestar no cedía al remedio, ni al reposo, y quiso llamar al médico.

-¿Para qué? -dijo el maestro-. Esto pasa.

El día no terminó peor y él pasó buena noche; no así el negro, que solo consiguió dormir dos horas. Los vecinos, una vez que se hubieron enterado de aquella dolencia, no tuvieron otro motivo de conversación; los que mantenían relación con el maestro fueron a visitarlo. Y le decían que no era nada, que eran achaques de la edad; alguien agregaba graciosamente que era un truco, para librarse de las derrotas que el boticario le propinaba en el juego de “gamao”; otro, que era cuestión de amores. El maestro Román sonreía, pero para sus adentros se decía que aquello era el final. “Todo acabó”, pensaba.

Una mañana, cinco días después de la fiesta, el médico lo encontró realmente mal; y el maestro se lo notó en la expresión, por detrás de las palabras engañadoras:

-Esto no es nada; es preciso no pensar en músicas…

¡En músicas! De pronto esta palabra del médico trajo al maestro una idea casi olvidada.

Al quedarse solo con el esclavo, abrió la gaveta donde guardaba desde 1799 el canto de esponsales iniciado. Releyó aquellas notas arrancadas con tanto trabajo y nunca concluidas. Y tuvo entonces una idea singular:

-Terminar la obra, fuese como fuese; cualquier cosa estaría bien, con tal de que significara dejar un poco de alma sobre la tierra.

-¿Quién sabe? En 1880, tal vez, se interpretará esta obra y se contará que un tal maestro Román…

El comienzo del canto remataba en un cierto la: este la, que resultaba bien allí donde estaba, era la última nota escrita. El maestro Román ordenó llevar el clavicordio a la habitación del fondo, que daba al solar: necesitaba aire.

Por la ventana vio, en la ventana trasera de otra casa, una dulce pareja de recién casados, asomados, abrazados por los hombros y de manos unidas. El maestro Román sonrió con tristeza.

-Ellos llegan -se dijo-, yo salgo. Compondré al menos este canto que ellos podrán tocar…

Se sentó ante el clavicordio; reprodujo las notas y llegó al la…

-La, la, la…

Nada, no lograba seguir. Y, sin embargo, él sabía de música como el que más.

La, do… la, mi… la, si, do, re… re… re…

¡Imposible! ninguna inspiración. No aspiraba a una pieza profundamente original; tan solo algo que no pareciese de otro y que se relacionase con la idea comenzada. Volvía al principio, repetía las notas, intentaba revivir un retazo de la sensación extinguida, se acordaba de su mujer, de aquellos tiempos primeros. Para completar la ilusión, dejaba correr su mirada por la ventana en dirección a la pareja de recién casados. Ellos seguían allí, con las manos unidas y rodeándose los hombros con los brazos; pero ahora se miraban uno al otro, en vez de mirar hacia abajo. El maestro Román, agotado por el malestar y la impaciencia, tornaba al clavicordio; pero la visión de la pareja no le traía la inspiración, y las notas siguientes no sonaban.

-La, la, la…

Desesperado, dejó el clavicordio, tomó el papel escrito y lo rompió. En ese momento, la joven absorta en la mirada del esposo, empezó a canturrear de cualquier modo, inconscientemente, alguna cosa nunca antes cantada ni sabida, una cosa en la cual cierto la proseguía después de un si con una linda frase musical, justamente aquella que el maestro Román había buscado durante años sin hallarla jamás. El maestro la oyó con pesar, sacudió la cabeza, y esa noche expiró.

J. M. Machado de Assis (foto)

 

Anuncios

‘El budín esponjoso’ de Hebe Uhart

Heber uhartYo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además, no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

-Ni en sueños -me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan, pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

-Puedo hacerla en el galpón?

-Sí -me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

-Ah, ya sé -pensé-, con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

-¡Qué manía -dijo- de mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

-A lo mejor todavía sube -me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

-Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

Hebe Uhart (foto de Alejandro López)

‘Los superjuguetes duran todo el verano’ de Aldiss

Brian_W._Aldiss(Stanley Kubrik se inspiró en este cuento para la película ‘Inteligencia artificial’, que no concluyó. El proyecto lo retomó Steven Spielberg, quien terminó la película)

En el jardín de la señora Swinton siempre era verano. Estaba rodeado de hermosos almendros, perpetuamente en flor. Mónica Swinton cortó una rosa color azafrán, y la enseñó a David.

-¿A que es bonita? David la miró y sonrió sin contestar. Se apoderó de la flor, atravesó corriendo el jardín y desapareció tras la perrera donde acechaba el robosegador, preparado para cortar, barrer o rodar cuando llegara el momento. Mónica se había quedado sola en el impecable sendero de grava plastificada.

Cuando tomó la decisión de seguir al niño, le encontró en el patio, y la rosa flotaba en el estanque. David se había metido en el agua, todavía calzado con las sandalias.
-David, cariño, ¿por qué has de portarte tan mal? Ve enseguida a cambiarte los zapatos y los calcetines.

El niño entró en la casa sin protestar, su cabeza morena oscilando a la altura de la cintura de su madre. A la edad de tres años, no mostró el menor temor al secador ultrasónico de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera localizar un par de zapatillas, se zafó de ella y desapareció en el silencio de la casa.

Estaría buscando a Teddy. Mónica Swinton, veintinueve años, de figura grácil y ojos centelleantes, fue a sentarse en la sala de estar y acomodó sus miembros con elegancia. Empezó por sentarse y pensar. Al cabo de poco, sólo estaba sentada. El tiempo se le reclinaba en el hombro con la pereza maníaca reservada a los niños, los locos y las esposas cuyos maridos están lejos de casa, mejorando el mundo. Casi por reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se desvaneció. En su lugar, apareció el centro de la ciudad junto a su mano izquierda, abarrotado de gente, botes neumáticos y edificios, pero mantuvo el sonido al mínimo. Continuó sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal para estar solo.

Los directores de Synthank estaban disfrutando de un gran banquete para celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos utilizaban máscaras faciales de plástico, muy populares en aquel momento. Todos eran elegantemente delgados, pese a la abundante comida y bebida que estaban trasegando. Todas sus esposas eran elegantemente delgadas, pese a la abundante comida y bebida que también estaban trasegando. Una generación anterior y menos sofisticada les habría considerado gente hermosa, aparte de sus ojos.

Henry Swinton, director gerente de Synthank, estaba a punto de pronunciar un discurso.
-Siento que tu mujer no haya podido venir para oírte -dijo su vecino.

-Mónica prefiere quedarse en casa, absorta en hermosos pensamientos -contestó Swinton sin abandonar su sonrisa.

-No cabe duda de que una mujer tan hermosa ha de alumbrar hermosos pensamientos -dijo el vecino.

Aleja tu mente de mi esposa, bastardo, pensó Swinton, siempre sonriente.

Se levantó entre aplausos para pronunciar el discurso. Después de un par de bromas, dijo: -El día de hoy representa un auténtico avance para la empresa. Han pasado casi diez años desde que lanzamos al mercado nuestras primeras formas de vida sintética. Todos sabéis el éxito que han alcanzado, en particular los dinosaurios en miniatura. Pero ninguna de ellas poseía inteligencia.

“Parece una paradoja que en este momento de la historia seamos capaces de crear vida pero no inteligencia. Nuestra primera línea de venta, la Cinta CrossweIl, es la más vendida, y la más estúpida”.

Todo el mundo rió.

-Aunque las tres cuartas partes de nuestro mundo superpoblado mueren de hambre, nosotros somos afortunados de tener más que nadie, gracias al control de natalidad. Nuestro problema es la obesidad, no la malnutrición. Supongo que no hay nadie en esta mesa que no tenga una Crosswell en el intestino delgado, un parásito cibernético perfectamente inofensivo que permite a su anfitrión comer hasta un cincuenta por ciento más, y sin embargo mantener la figura. ¿No es así?

Asentimientos generales.

-Nuestros dinosaurios en miniatura son casi igualmente estúpidos. Hoy lanzamos una forma de vida sintética inteligente: un criado de tamaño natural. No sólo posee inteligencia, sino una cantidad controlada de inteligencia. Creemos que la gente tendría miedo de un ser con cerebro humano. Nuestro criado lleva un pequeño ordenador en el cerebro.

“Se han lanzado al mercado seres mecánicos con miniordenadores en lugar de cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes…, pero por fin hemos descubierto una forma de insertar circuitos informáticos en carne sintética.

David estaba sentado junto a la larga ventana de su cuarto, forcejeando con lápiz y papel. Por fin, dejó de escribir e hizo rodar el lápiz arriba y abajo por el sobre inclinado del escritorio.

-¡Teddy! -dijo. El oso saltó de la cama, se acercó con paso rígido y agarró la pierna del niño. David lo levantó y sentó sobre el escritorio.

-¡Teddy, no sé qué decir!

-¿Qué has dicho hasta el momento?

-He dicho… -Cogió su carta y la miró fijamente-. He dicho: “Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero…”

Se hizo un largo silencio, hasta que el oso dijo:

-Suena bien. Baja y dásela.

Otro largo silencio.

-No acaba de convencerme. Ella no lo entenderá.

Dentro del oso, un pequeño ordenador activó su programa de posibilidades.

-¿Por qué no lo repites a lápiz?

David estaba mirando por la ventana.

-¿Sabes lo que estaba pensando, Teddy? ¿Cómo diferencias las cosas reales de las que no lo son?

El oso repasó sus alternativas.

-Las cosas reales son buenas.

-Me pregunto si el tiempo es bueno. Creo que a mamá no le gusta mucho el tiempo. El otro día, hace muchísimos días, dijo que el tiempo se le escapaba. ¿El tiempo es real, Teddy?

-Los relojes miden el tiempo. Los relojes son reales. Mamá tiene relojes, de modo que deben gustarle. Lleva un reloj en la muñeca, junto con el dial.

David había empezado a dibujar un jumbo en el reverso de su carta.

-Tú y yo somos reales, ¿verdad, Teddy?

Los ojos del oso contemplaron al niño sin pestañear.

-Tú y yo somos reales, David.

Estaba especializado en dar consuelo.

Mónica paseaba sin prisas por la casa. Ya faltaba poco para sintonizar el correo de la tarde. Marcó el número de la central de correos en el dial de la muñeca, pero no apareció nada. Unos minutos más.

Podía proseguir su cuadro. O llamar a sus amigas. O esperar a que Henry llegara a casa. O subir a jugar con David…

Salió al vestíbulo y se acercó al pie de la escalera.

-¡David!
No hubo respuesta. Llamó otra vez, y una tercera.

-¡Teddy! -llamó, en un tono más perentorio.

-Sí, mamá.

Al cabo de un momento, la cabeza de pelaje dorado de Teddy apareció en el rellano de la escalera.

-¿Está David en su habitación, Teddy?

-David ha salido al jardín, mamá.

-¡Baja, Teddy!

Mónica permaneció inmóvil, contemplando bajar peldaño a peldaño a la figurita peluda sobre sus extremidades achaparradas. Cuando llegó al vestíbulo, lo cogió y transportó hasta la sala de estar. Yacía quieto en sus brazos, con la mirada fija en ella. Apenas notaba la vibración del motor.

-Quédate ahí, Teddy. Quiero hablar contigo.

Lo dejó sobre la mesa, y el osito obedeció, con los brazos extendidos en el gesto eterno del abrazo.

-Teddy, ¿te ordenó David decirme que había salido al jardín?

Los circuitos del cerebro del oso eran demasiado sencillos para cualquier artificio.

-Sí, mamá.

-Luego me has mentido.

-Sí, mamá.

-¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué me esquiva David? No tendrá miedo de mí, ¿verdad?
-No. Él te quiere.

-¿Por qué no podemos comunicarnos?

-David está arriba.

La respuesta la dejó sin habla. ¿Para qué perder el tiempo hablando con esa máquina? ¿Por qué no subir, tomar a David en sus brazos y hablar con él, como haría cualquier madre con su hijo adorado? Oyó el peso del silencio que reinaba en la casa, pero pesaba de un modo diferente en cada habitación. En el rellano del primer piso, algo se movía con sigilo: David, que intentaba huir de ella…

Se acercaba el final del discurso. Los invitados estaban atentos, y también la prensa, alineada a lo largo de dos paredes del salón de banquetes, grabando las palabras de Henry y fotografiándole de vez en cuando.

-Nuestro criado será, en muchos sentidos, un producto de ordenador. Sin ordenadores, jamás habríamos podido dominar las complejidades bioquímicas de la carne sintética. Este criado será también una extensión del ordenador, pues contendrá un ordenador en la cabeza, un ordenador microminiaturizado capaz de afrontar casi cualquier situación que pueda surgir en el hogar. Con reservas, por supuesto.
Risas. Muchos de los presentes conocían el acalorado debate que había tenido lugar en el seno de la junta de Synthank, antes de que se hubiera tomado la decisión de que el criado, bajo el impecable uniforme, fuera un ser neutro.

-Entre todos los triunfos de nuestra civilización, sí, y entre los espantosos problemas de superpoblación, es triste recordar a los muchos millones de personas que sufren cada día más de soledad y aislamiento. Nuestro criado será de gran ayuda para ellas. Siempre contestará, y no puede aburrirle ni la conversación más insípida.

“Para el futuro, proyectaremos más modelos, masculinos y femeninos, algunos sin las limitaciones de éste, os lo prometo, de un diseño más avanzado, verdaderos seres bioeléctricos.

“No sólo poseerán sus propios ordenadores, capaces de programación individual: estarán conectados con la Red Mundial de Datos. De esta forma, todo el mundo podrá disfrutar del equivalente de un Einstein en sus hogares. El aislamiento personal será erradicado para siempre”.

Se sentó, arropado por una salva de aplausos entusiastas. Hasta el criado sintético, sentado a la mesa con un traje poco ostentoso, aplaudió con fervor.

David rodeó con sigilo una esquina de la casa, arrastrando su bolsa. Trepó al banco ornamental situado bajo la ventana del vestíbulo y echó un vistazo al interior. Su madre estaba de pie en mitad de la sala. La miró, fascinado. Tenía el rostro inexpresivo. Tal falta de expresión le asustó. No se movió; ella no se movió. Era como si el tiempo se hubiera detenido, tanto dentro como en el jardín. Teddy paseó la vista en torno, le vio, saltó de la mesa y se acercó a la ventana. Forcejeó con su garra y consiguió abrirla.

Ambos se miraron.

-No soy bueno, Teddy. ¡Huyamos!

-Eres un niño muy bueno. Tu mamá te quiere.

David negó lentamente con la cabeza.

-Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?

-No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tiene a ti.

-Tiene a papá. Yo no tengo a nadie, excepto a ti, y me siento solo.

Teddy le dio una palmada cariñosa en la cabeza.

-Si tan mal te sientes, sería mejor que volvieras al psiquiatra.

-Odio a ese viejo psiquiatra. Con él tengo la sensación de no ser real.

Empezó a correr entre la hierba. El oso saltó de la ventana y le siguió con la máxima rapidez que le permitían sus patas achaparradas.

Mónica Swinton estaba en el cuarto de los juguetes. Llamó a su hijo una vez y permaneció inmóvil, indecisa. Todo era silencio.

Lápices esparcidos sobre el escritorio. Obedeciendo a un repentino impulso, se acercó al escritorio y lo abrió. Dentro había docenas de hojas de papel. Muchas estaban escritas a lápiz con la torpe caligrafía de David, cada letra de un color distinto a la anterior. Ninguno de los mensajes estaba terminado.

MI QUERIDA MAMÁ, CÓMO ESTÁS, ME QUIERES TANTO QUERIDA MAMÁ, TE QUIERO Y TAMBIÉN A PAPÁ Y EL SOL ESTÁ BRILLANDO

QUERIDíSIMA MAMÁ, TEDDY ME ESTÁ AYUDANDO A ESCRIBIRTE. TE QUIERO Y TAMBIÉN A TEDDY

QUERIDA MAMÁ, SOY TU ÚNICO HIJO Y TE QUIERO TANTO QUE A VECES

QUERIDA MAMÁ, TÚ ERES DE VERDAD MI MAMÁ Y ODIO A TEDDY

QUERIDA MAMÁ, ADIVINA CUÁNTO TE QUIERO QUERIDA MAMÁ, SOY TU HIJITO NO TEDDY Y TE QUIERO PERO TEDDY

QUERIDA MAMÁ, ESTA CARTA ES SÓLO PARA TI PARA DECIRTE CUANTÍSIMO…

Mónica dejó caer las hojas de papel y estalló en lágrimas. Con sus alegres e inadecuados colores, las cartas revolotearon y se posaron en el suelo.

Henry Swinton cogió el expreso de vuelta a casa, de muy buen humor, y de vez en cuando dirigió la palabra al criado sintético que se llevaba a casa. El criado contestaba con educación y precisión, aunque sus respuestas no siempre eran adecuadas según los criterios humanos.

Los Swinton vivían en uno de los barrios más lujosos de la ciudad, a medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Encerrado entre otros apartamentos, el suyo carecía de ventanas al exterior, pues nadie quería ver el mundo exterior superpoblado. Henry abrió la puerta con el escáner retiniano y entró, seguido del criado.

Al instante, Henry se encontró rodeado por la confortadora ilusión de jardines sumergidos en un verano eterno. Era asombroso lo que Todograma podía hacer para crear inmensos espejismos en un espacio reducido. Detrás de las rosas y las glicinas se alzaba su casa. El engaño era completo: una mansión georgiana parecía darle la bienvenida.

-¿Te gusta? -preguntó al criado.

-Las rosas tienen parásitos a veces.

-Estas rosas están garantizadas contra toda imperfección.

-Siempre es aconsejable comprar productos garantizados, aunque sean un poco más caros.

-Gracias por la información -dijo Henry con sequedad. Las formas de vida sintéticas tenían menos de diez años, y los antiguos androides mecánicos menos de dieciséis. Aún estaban eliminando los fallos de sus sistemas, año tras año.

Abrió la puerta y llamó a Mónica. Su esposa salió de la sala de estar al instante y le echó los brazos al cuello, le besó con pasión en las mejillas y los labios. Henry se quedó asombrado.

Apartó la cabeza para mirarle la cara y vio que parecía irradiar luz y belleza. Hacía meses que no la veía tan entusiasmada. La abrazó con más fuerza.

-¿Qué ha pasado, cariño?

-Henry, Henry… Oh, querido. Estaba tan desesperada… Pero sintonicé el correo de la tarde y… ¡No te lo vas a creer! ¡Es maravilloso!

-Por el amor de Dios, mujer, ¿qué es maravilloso?

Vislumbró el encabezamiento de la fotostática que ella sujetaba, recién salida del receptor mural y todavía húmeda: Ministerio de la Población. Sintió que el color abandonaba su semblante a causa de la sorpresa y la esperanza.

-Mónica… Oh… ¡No me digas que ha salido nuestro número!

-Sí, querido, hemos ganado la lotería de paternidad de esta semana. ¡Podemos concebir un hijo ahora mismo!

Henry lanzó un grito de júbilo. Bailaron por la sala. La presión demográfica era tan enorme que la reproducción era controlada estrictamente. Se requería un permiso del gobierno para tener hijos. Habían esperado cuatro años a que llegara aquel momento. Proclamaron a los cuatro vientos su alegría.

Pararon por fin, jadeantes, y se quedaron en el centro de la sala, riendo de la mutua felicidad. Cuando había bajado del cuarto de los juguetes, Mónica había desoscurecido las ventanas, de modo que ahora exhibían la perspectiva del jardín. El sol artificial teñía de oro el césped… y David y Teddy les estaban mirando a través de la ventana.

Al ver sus caras, Henry y su mujer se pusieron serios.

-¿Qué haremos con ellos? -preguntó Henry.

-Teddy no causa problemas. Funciona bien.

-¿David funciona mal?

-Su centro de comunicación verbal todavía le causa problemas. Creo que tendrá que volver a la fábrica.

-De acuerdo. Veremos cómo funciona antes de que nazca el niño. Lo cual me recuerda… Tengo una sorpresa para ti. ¡Ayuda en el momento necesario! Ven al vestíbulo, te enseñaré lo que he traído.

Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño y el oso se sentaron bajo las rosas.

-Teddy… Supongo que papá y mamá son reales, ¿verdad?

-Haces unas preguntas muy tontas, David -contestó Teddy-. Nadie sabe lo que significa “real”. Entremos.

-Antes voy a coger otra rosa.

Arrancó una flor brillante y se la llevó a la casa. Podría dejarla sobre la almohada cuando fuera a dormir. Su belleza y suavidad le recordaban a mamá.

Brian W. Aldiss (foto)

 

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

‘El boxeador polaco’ de Eduardo Halfon

Eduardo-Halfon69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.

Eduardo Halfon (foto)

 

‘Jam session’ de Gabriela Alemán

gabriela alemánTal vez no fue la mejor decisión que pudo tomar, pero fue la que tomó. Se quedó en la ciudad a pesar de la orden de evacuación obligatoria. Fue ver al alcalde balbucear cuatro incongruencias cuando a Katrina le faltaban menos de veinte horas para tocar tierra y desenchufar la televisión. ¿No había vivido sesenta años en la ciudad? Sabía que para sobrevivir había que desentenderse de las autoridades y cuidar de uno mismo.

-Todos los políticos son unos animales… -masculló mientras jalaba el cordón del enchufe- le hacen a uno dudar de los méritos de que no se hundiera el arca de Noé.

Llenó la bañera y con eso dio por terminados los preparativos para la llegada del huracán. Se sentó frente a la ventana de la habitación, en el segundo piso de su casa de madera, y miró hacia afuera. Arriba, la calle Clairborne, que no había cruzado en quince años ni una sola vez, y que consideraba el límite entre él y el tercer mundo; al oeste Carrolton, por donde cruzaban los rieles del tranvía y las ramas de los robles caían sobre la calle formando un gran arco de sombra sobre el camino ahora vacío, y, frente a él, las aceras de Sycamore. Se quedó dormido. Cuando despertó, el sol era una gran bola incandescente y fucsia que encendía el cielo de finales de agosto. Pasó una mano por su rostro y, al hacerlo, logró distribuir las lagañas que cruzaban el interior de sus ojos por toda su cara; en ese lapso cayó la noche. Ocurrió sin prisa, como si un pañuelo descendiera, atrapado entre corrientes de aire, precipitando la desaparición de todo lo que encontraba a su paso. Se paró y sus macilentas piernas temblaron cuando caminó hacia el interruptor. Por la gran puta, rezongó. Siguió camino al sótano, donde guardaba sus rifles; tomó dos que colgaban de la pared y tres cajas de balas. Volvió a subir. No apagó la luz, nadie sería tan idiota como para meterse a una casa habitada. Pero, cuando fallaran las centrales (¿no habían ordenado la evacuación de los técnicos también?), él estaría preparado. Tenía agua y armas. Decidió tomar una pastilla para dormir, esa noche recuperaría fuerzas; las necesitaría para los días siguientes. Una enfermera amiga suya le había dado una caja de Versed -el sedante más fuerte que tenía en existencias el Memorial Medical Center de Napoleon, en el distrito de Broadmoor-, la semana anterior, cuando fue a retirar su insulina en el centro médico y le contó que no iba a irse de la ciudad.

Al día siguiente se levantó con sed y ganas de orinar pero apenas pudo incorporarse. Desde la cama vio ramas de árboles estrellándose como látigos encontrados y escuchó el rugido del viento atravesando las calles desiertas. Se sentó un momento en el filo de la cama y agarró su cabeza. Le tomó algo de tiempo darse cuenta de lo que pasaba. Mientras se orientaba recordó lo que solía decir su tía Augusta: “A veces una gallina hace más ruido poniendo un huevo que el que haría un asteroide si se estrellara contra la Tierra”.

Llegó hasta al baño y dio vuelta al caño del agua y metió la cabeza bajo el chorro fresco, luego tomó su dentadura y sólo entonces -con su cara aún mojada- intentó orinar. Estuvo parado frente a la taza, sabiendo lo que quería hacer pero sin que nada ocurriera, hasta que desistió, más por aburrimiento que por otra cosa, y luego fue hacia la ventana. Había visto peores tormentas. Caminó hasta su cama pero no se recostó, siguió en dirección de las gradas y una vez abajo entró a la cocina donde abrió la puerta del refrigerador. Tomó la jeringuilla que guardaba en el compartimiento de la mantequilla y llenó treinta unidades de Lantus; se levantó el bividí e inyectó el contenido en su amoratado estómago. Luego tomó un trozo de queso y un yogur; los comió sentado en la mesa del comedor. Volvió a subir y se recostó a aguardar algo, no sabía bien qué. Cuando abrió los ojos, ya había desaparecido el amortiguamiento con el que había despertado pero sintió al aire pegajoso y caliente, el aire acondicionado había dejado de funcionar. Todavía había luz natural en la habitación y fue a la ventana, la abrió y sacó fuera la mitad del cuerpo. Pudo ver árboles caídos y algunos basureros y cajas de reciclaje en la mitad de la calle. El viento había desaparecido. Pensó que para tanta alharaca había pocas nueces y volvió a meter la cabeza. La sensación de espera ya había cedido y caminó hacia la televisión; desistió a medio camino: si no había luz no habría noticias. Se le ocurrió que tenía un radio a pilas y luego recordó que no las había comprado, al igual que no había comprado velas. Le dio hambre y bajó a la cocina, en la alacena encontró una lata de ravioles en salsa de tomate. La abrió al tanteo en la habitación oscura con un abrelatas herrumbrado. Cuando vació el contenido en un plato notó que se había cortado el dedo y que su sangre condimentaba parte de la pasta. Fue hacia el lavabo y abrió la llave, no salió nada.

-Mierda -dijo.

Se limpió con un trapo y con el mismo paño se envolvió el dedo; maldijo nunca haber roto la pared para hacer una ventana en la cocina. Fue al comedor donde comió la mitad del plato mientras pensaba cuál sería la mejor manera de proteger la casa. Podría esperar frente a la puerta de entrada, desde allí tendría el mejor ángulo para disparar pero eso sólo sería si entraban por la puerta, porque también podrían hacerlo por las ventanas, pensó. Mientras ponderaba sus opciones, notó que el trapo que había utilizado para envolverse el dedo se había teñido de rojo. Afuera, a un atardecer magnífico lo coronaba un silencio extraño, el cielo parecía una copa de gelatina de sabores color turquesa, naranja y oro. Mientras miraba el cielo y envolvía su dedo con un trapo limpio, escuchó el primer disparo; no se sobresaltó, lo estaba esperando. Subió a su cuarto y arrastró un asiento hacia la ventana, luego apoyó sus rifles contra la pared, dejó las municiones en el suelo. Se sentó y limpió las armas antes de cargarlas. Cuando terminó ya había oscurecido. Dormitó la noche en el asiento, disparando a la oscuridad cada vez que se levantaba de su duermevela. No esperaba hacer eso una noche más, las autoridades ya debían estar coordinando el regreso pues, una vez más, como tantas veces, el huracán se había desviado antes de llegar a la ciudad. Como George, como Mitch, la última vez. Cuando despertó, el sol marcaba su rostro con el diseño de una rejilla. Levantó la malla contra mosquitos que había bajado en algún momento de la madrugada y sintió una repentina fragilidad. Donde antes estaba su barrio ahora había una enorme laguna que se había tragado aceras, automóviles y los pocos desechos de la tormenta. El agua brillaba, con el reflejo del sol de la mañana, como un gran espejo dorado. Salió hacia el corredor y vio que el agua cubría la puerta de entrada. Cuando bajó, el agua le llegó hasta las rodillas. Vadeó por los distintos cuartos, las sobras del día anterior que había dejado sobre la mesa del comedor estaban cubiertas de moscas. Con cierto esfuerzo abrió la puerta del refrigerador, de inmediato le asaltó el olor a cosas descompuestas. Tomó el frasco de la insulina y vio que el líquido, antes transparente, estaba opaco. Quiso estampar el piso con su pie, pero el agua sólo dejó que bajara torpemente en dirección al suelo. Caminó hasta el teléfono, la línea estaba muerta. Mierda, mierda y nuevamente más mierda.

Una vez arriba abrió el cajón de su cómoda y tomó el frasco de Versed; partió cada pastilla en cuatro. En el trayecto de subida había calculado que si su metabolismo funcionaba en el equivalente a neutro, necesitaría menos insulina y tendría más posibilidades de sobrevivir. No estaba loco, no quería morir. Ya que no se había ido y ni siquiera había considerado esa posibilidad, le tocaría esperar a que llegara ayuda. Su carro, un Buick Skylark del 76, estaba parqueado afuera, pero no lo había manejado en veintiséis años. Aunque hubiera intentado hacerlo, con la poca vista que le quedaba, ¿a dónde hubiera ido? No había nadie que conociera que siguiera vivo. Además, con una sola ruta de salida de la ciudad que conducía a Texas, ni siquiera se lo planteó como una opción. Había prometido, hace muchos años, nunca volver a ese estado maldito y nada lo podría disuadir. La última vez que había ido fue para recoger los cuerpos de sus dos únicos hijos y había estado pateándose el trasero durante treinta años por no hacerle caso a su amigo Domingo Mudo, que le había dicho en repetidas ocasiones que la única regla inamovible del Señor era que nada bueno ocurría jamás en Texas. Y eso que Domingo era tejano, de Galveston; como él. Debió oponerse al viaje de Marvelina, Beaux y Patricia a la casa de la hermana de su esposa en Tarpon Rodeo. Pero ¿a quién, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido que sus hijos podrían morir ahogados en la mitad del desierto? Desde que eso ocurrió, Marvelina, la esposa de Chef, había buscado todo tipo de explicaciones místicas a lo sucedido. Chef no se había opuesto a ello, si Marvelina encontraba paz, él la apoyaba. La quería y hubiera hecho cualquier cosa para que volviera a dormir y a sonreír. Pero debía reconocer que la fe no había mejorado las cosas para ninguno de los dos. Chef estaba convencido de que la gente en su conjunto siempre estaba equivocada, por eso no creía en la religión organizada. Creía más en el alivio que procuraba blasfemar que orar. No así Marvelina, que nunca desistió en su intento por convertir a Chef. La única condición no declarada que se auto impuso fue dejar la muerte de sus hijos fuera de la discusión y por eso, cuando su esposa quiso persuadirlo de que ellos fueron escogidos por Jesús para un propósito mayor, comenzó a beber. A media mañana, sus hijos, de quince y dieciséis años, habían salido con su madre a una laguna cercana; y, una vez en Dark Moon Creek, la habían convencido para que los acompañara en el bote de su tío aunque ella no supiera nadar. Hacía calor y Beaux se había lanzado al agua y, como tardaba en salir, Patricia saltó dentro para ver qué ocurría. Ninguno volvió a salir. Marvelina permaneció sola en el bote -quién sabe haciendo qué, nunca lo contó- por más de cinco horas. Cuando su hermana se preocupó porque no regresaban, llamó a su esposo para que fuera a buscarlos. Fue él quien la encontró con insolación y desvariando en la mitad del lago. La policía del condado fue la encargada de la búsqueda y el forense el que habló, al hacer el reporte, de los calambres. Lo siguiente fue puro Marvelina.

-Fue el destino, ¿cómo pudo Patricia tener un calambre en el mismo exacto lugar que Beaux?

En algo también debió influenciar el sermón del reverendo que ofició las exequias y su mención a los tortuosos y misteriosos caminos del Señor. La suya, de persuasión presbiteriana, fue la primera congregación a la que se unió Marvelina: El Sendero de los Verdaderos Creyentes. Luego le seguirían siete más; la última que recordaba Chef, de tendencia anabaptista, era Los Soldados del Ejército del Señor.

Debió quedarse dormido mientras partía las pastillas porque se levantó sobresaltado, sudando y con escalofrío. No recordaba si se la había tragado y tomó uno de los pedazos regados a su alrededor, en caso de que no lo hubiera hecho ya, y se lo metió a la boca. La pastilla se quedó pegada a su garganta y cuando quiso pararse para buscar agua, le faltó energía. “Coño, seguro que ya me había tomado una”, pensó con la pastilla pegada a su paladar. Trató de formar saliva para que pasara, si no se atragantaría y no iba a dejar que eso ocurriera. Otra muerte insólita en la familia sería aceptar el destino del que tanto hablaba Marvelina y no estaba dispuesto a hacer eso. No creía en el destino; sólo en la suerte, en ella sí. Y, aunque había aprendido tarde, sabía cortejarla. Sabía que a la suerte le iba bien un rifle cargado al lado. Luego de toser y que pasara la pastilla, se paró; logró llegar hasta el asiento junto a la ventana. Se desplomó dentro de él, mientras se recuperaba, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir vio, del otro lado de Carrolton, a un grupo de muchachos que intentaban atravesar el agua con varios televisores y equipos eléctricos a cuestas. No supo si era una visión o si realmente alguien sería tan estúpido como para estar haciendo lo que hacían. Cerró los ojos nuevamente y, cuando despertó, la luz había bajado en intensidad, debía ser media tarde, y en vez de un grupo vadeando dentro de la recién formada laguna vio un cuerpo, inflado como un globo descolorido, descendiendo boca abajo hacia el Mississippi.

-Sólo falta un caimán para completar la escena -pensó, sin un mínimo de ironía.

Tal vez las dementes historias de Marvelina y las de sus distintas congregaciones no estuvieran tan erradas. Armagedón estaba cercano. Tal vez ya estaba allí.

Cuando se volvió a parar, ya oscurecía; no había comido nada en todo el día y comenzaba a nublarse su vista. Pensó que debía, por lo menos, beber algo. Caminó al baño y logró tomar un vaso de agua, a su regreso a la habitación se derrumbó sobre la cama. Sentía como si llevara un animal muerto encima, se quitó su percudida ropa y se cubrió con una sábana traspasada de transpiración. Maldijo no haberla cambiado la semana anterior. Olvidó los rifles junto a la ventana, se olvidó de todo y durmió tranquilamente, pues, dentro de su cabeza, Marvelina le sonrió toda la noche desde el techo de su cuarto. Pero su paz terminó al amanecer cuando un ruido lo despertó; el sonido venía del piso de arriba y era vagamente familiar: eran las ratas del ático. Por lo menos no era un ladrón.

-Cabronas sarnosas, ni hoy me podían dejar en paz -profirió con una voz apenas audible.

No entendía cómo podían seguir vivas allá arriba: no había ventilación, ni agua y, bajo el techo, la temperatura debía rondar los cincuenta grados. Tenía varias hipótesis pero la que más le atraía era que el calor más su alimentación (compuesta por toda la basura que había acumulado durante cuarenta años) habían logrado reconfigurar el ADN de los roedores. Arrojó las sábanas a un costado y dejó al descubierto su desgastado cuerpo de ochenta años. Estiró el brazo y tanteó, con su mano, la mesa de noche. El cuarto estaba completamente a oscuras. Tomó un cigarro apestoso que había estado acariciando entre sus encías en los días anteriores al huracán y lo llevó a su nariz. El tabaco barato, comprado en el Rite Aide de Carrolton hace una semana, era realmente malo. No hubiera dado ni dos centavos por él hace veinte años pero, por el momento, era lo único que tenía. Mordió la punta y escupió el maloliente talón a un costado; encontró una cerilla y lo prendió. Ni él mismo entendía cómo podía saborear algo tan nefasto para los sentidos, sus niveles de exigencias debían encontrarse por los suelos. Le sobrevino un ataque de tos, que despertó toda la flema que se había acumulado en sus pulmones en los últimos días, y formó un pegote con la mucosidad que escupió en la misma dirección en la que arrojó la punta del cigarro. Esta vez con menos fortuna. El escupitajo aterrizó en su antebrazo, lo que no le molestó demasiado. No se dio por vencido y acercó el cigarro a sus labios e introdujo el taco de hojas secas en su boca. Inhaló. Al exhalar con gran dificultad, evaluó su situación. No estaba en mejores condiciones que las ratas, sólo que ellas tenían más posibilidades de sobrevivir que él. Pensar en salir de ésa era casi como tratar de imaginar que se podría hacer una gallina uniendo un montón de plumas. Siguió fumando y hasta logró olvidar el sabor del tabaco.

Él y las ratas eran lo único que quedaba vivo en esa casa. Él y sus recuerdos y las ratas devorándolos. ¿Cuánto habrían logrado destrozar? La última vez que había estado arriba fue cuando subió las pertenencias de su esposa al ático, varias semanas después de su muerte. No quiso entregarlas al Ejército de Salvación para que las pusieran a la venta. El recuerdo de Marvelina no era material de tienda de segunda mano; aunque ella, de eso estaba seguro, hubiera querido que él donara sus cosas a la caridad. A fin de cuentas, Marvelina era un soldado en el ejército del Señor; pero él no estaba enlistado en esa legión. No, él no; él había decidido formar su propia milicia. La inició yendo a una tienda de armas y comprando varios rifles que había utilizado por primera vez en esa excursión al ático, donde había descubierto que sus cosas y las de sus hijos formaban, quién sabe desde cuándo, un paté hediondo lleno de hongos mezclados con polvo de estrellas. Eso decía Marvelina de la tierra, que era sólo el remanente de un largo viaje intergaláctico. Polvo de estrellas. Exasperado con su descubrimiento, pateó una de las cajas y, al hacerlo, ésta se partió y de ella salió un desaforado chorro de ratas que inmediatamente se regó por el cuarto. Fue su primer encuentro con los roedores que habían canjeado el aire libre por esa habitación llena de papilla ilimitada. Chef bajó, abrió el armario, tomó varias cajas de municiones y los rifles, y, durante buena parte de la tarde, disparó hasta agotar todos sus cartuchos. Cuando llegó la policía, alertada por los vecinos, abrió la puerta de la casa con una gran sonrisa en los labios.

-Estuve cuidando de un asunto personal -les respondió cuando indagaron sobre los disparos.

Cuando subieron encontraron, dispersos por el cuarto, los cuerpos de los roedores, sus cerebros y entrañas decorando las paredes del ático.

El cigarro se iba consumiendo irregularmente y la temperatura comenzaba a trepar en la habitación, lo que distrajo a Chef y lo llevó a reflexionar sobre la posibilidad de abrir la ventana del cuarto. Con el agua estancada alrededor de la casa y el calor en aumento, los mosquitos debían estar prosperando. Ninguna brisa soplaba afuera que pudiera refrescarlo adentro, de eso estaba seguro: nunca había brisa en agosto. Y ya comenzaba a filtrarse, por las diferentes rendijas de la casa, el hedor a podrido de afuera. No intentó pararse y se despreocupó de las ratas. El tiempo pasó. El agua sonaba agitada abajo, alguien debía estar atravesándola. Intentó pararse y lo logró con gran dificultad, se arrastró hasta la ventana, quiso abrirla para ver quién merodeaba afuera, pero no pudo. El piso era como una pista de patinaje. Su garganta estaba seca; apoyándose en la pared se dirigió al baño. Se sentó en la taza, intentó recoger el vaso que estaba en el suelo y -en algún momento- exhausto, desistió. Levantó con gran dificultad una pierna y luego la otra y entró dentro de la tina. Se agarró de los filos y se dejó caer torpemente; una vez dentro abrió la boca y bebió, lo hizo con los ojos cerrados: el agua le sabía a aceite de ricino tibio aunque le procuró cierto alivio. Recordó una época en que la única agua que bebía era de color ámbar y sabía a bourbon. Ese recuerdo, quizá, le hizo relajarse. Tomó una larga y prolongada meada dentro de la bañera de patas de felino. A pesar de su próstata delictuosa, que le escatimaba uno de los pocos placeres que aún le eran permitidos, sintió el placer de una vejiga completamente vacía y sonrió.

-Por la gran puta, mira lo que fui a hacer, me meé dentro del agua de beber -pensó, riéndose de sí mismo.

Se estaba bien ahí. Si así terminaba sus días, no le parecía mal. ¿Qué sabía él? A lo mejor bastaba con eso para estar en paz. Una buena meada y la conciencia tranquila. Pensó que a Marvelina le habían escatimado hasta eso porque ese día, de eso estaba seguro, la suerte tomaba un shot de tequila en la esquina, sin que Marvelina le importara un bledo. Si no las cosas hubieran ocurrido de otra manera: Newton Bentley, de diecisiete años, no habría caminado con una pistola semiautomática en sus manos, ocho paquetes de heroína envueltos en papel aluminio y un número indeterminado de pastillas ilegales en sus bolsillos y en su torrente sanguíneo, mientras ella cambiaba una llanta pinchada en la misma calle por la que él bajaba.

Sacó sus brazos de la tina, cayeron como fideos sobre-cocinados a sus costados; su dedo cortado parecía una ciruela pasa descompuesta. Cerró los ojos e intentó levantar una pierna para salir de la bañera, cuando los volvió a abrir pensó que se había equivocado, era de noche y la oscuridad se lo había tragado, como el agua a la ciudad. La turba de ratas se oía más cerca, faltaba poco para que acabaran con la división que separaba el piso de arriba del suyo. Le pareció que refrescaba, tal vez había vuelto la luz y el aire volvía a funcionar; flexionó las piernas para bajar su torso y poder beber del agua viciada. Oyó pisadas abajo, tal vez había vuelto Marvelina. Intentó incorporarse y luego recordó que eso era imposible.

Antes de hundir su cabeza totalmente dentro del agua pensó que nunca había hecho algo para evitar que cayera la noche.

Gabriela Alemán (foto)

‘Emigrantes’ de Serguéi Dovlátov

sergei dovlatovEl sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

-¡Te voy a masacrar! -gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)

Lo voy a masacrar, no te -lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:

-Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.

Y desde entonces eran inseparables.

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.

-¿Dónde estamos? -preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.

-En Nueva Holanda -le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.

-¡Vaya vaya! -pronunció Shapovalov- ¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!

-¡Qué desgracia -repuso Chikvaidze- perdernos en un país desconocido!

-Lo importante -dijo Shapovalov- es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos… ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.

-Yo quiero irme a mi casa -declaró Chikvaidze- ¡no puedo vivir fuera de Georgia!

-Pero si nunca has estado en Georgia.

-Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.

-¡Mira! -gritó Chikvaidze- ¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.

-Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto -dijo Chikvaidze.

-Sí, a donde ayudan a los más pobres -repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.

-A mí me desagrada la costa turca -concluyó Chikvaidze sincerándose.

-Y yo no tengo a nadie en África -convino Shapovalov.

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.

-¡Mira qué prosperidad! -exclamó inesperadamente Shapovalov.

-No viven nada mal -convino Chikvaidze.

-¡Y cómo visten!

-¡Pues claro, es occidente!

-¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!

-¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo una pausa; Shapovalov la interrumpió.

-Dátiko, debo decirte algo.

-Yo también.

-¿No me vas a despreciar?

-No, ¿y tú?

-Creo que tampoco… pues, ¿cómo decirlo? Pidamos asilo… es que, además, los comercios privados…

-¡Y los restaurantes abiertos de noche!

-¡Es la ley de la selva!

-¡El triunfo de la banalidad!

-¡Las películas de vaqueros!

-¡La decadencia ética y moral! -dijo Chikvaidze entornando los ojos.

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

Serguéi Dovlátov (foto)