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‘El boxeador polaco’ de Eduardo Halfon

Eduardo-Halfon69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.

Eduardo Halfon (foto)

 

‘Jam session’ de Gabriela Alemán

gabriela alemánTal vez no fue la mejor decisión que pudo tomar, pero fue la que tomó. Se quedó en la ciudad a pesar de la orden de evacuación obligatoria. Fue ver al alcalde balbucear cuatro incongruencias cuando a Katrina le faltaban menos de veinte horas para tocar tierra y desenchufar la televisión. ¿No había vivido sesenta años en la ciudad? Sabía que para sobrevivir había que desentenderse de las autoridades y cuidar de uno mismo.

-Todos los políticos son unos animales… -masculló mientras jalaba el cordón del enchufe- le hacen a uno dudar de los méritos de que no se hundiera el arca de Noé.

Llenó la bañera y con eso dio por terminados los preparativos para la llegada del huracán. Se sentó frente a la ventana de la habitación, en el segundo piso de su casa de madera, y miró hacia afuera. Arriba, la calle Clairborne, que no había cruzado en quince años ni una sola vez, y que consideraba el límite entre él y el tercer mundo; al oeste Carrolton, por donde cruzaban los rieles del tranvía y las ramas de los robles caían sobre la calle formando un gran arco de sombra sobre el camino ahora vacío, y, frente a él, las aceras de Sycamore. Se quedó dormido. Cuando despertó, el sol era una gran bola incandescente y fucsia que encendía el cielo de finales de agosto. Pasó una mano por su rostro y, al hacerlo, logró distribuir las lagañas que cruzaban el interior de sus ojos por toda su cara; en ese lapso cayó la noche. Ocurrió sin prisa, como si un pañuelo descendiera, atrapado entre corrientes de aire, precipitando la desaparición de todo lo que encontraba a su paso. Se paró y sus macilentas piernas temblaron cuando caminó hacia el interruptor. Por la gran puta, rezongó. Siguió camino al sótano, donde guardaba sus rifles; tomó dos que colgaban de la pared y tres cajas de balas. Volvió a subir. No apagó la luz, nadie sería tan idiota como para meterse a una casa habitada. Pero, cuando fallaran las centrales (¿no habían ordenado la evacuación de los técnicos también?), él estaría preparado. Tenía agua y armas. Decidió tomar una pastilla para dormir, esa noche recuperaría fuerzas; las necesitaría para los días siguientes. Una enfermera amiga suya le había dado una caja de Versed -el sedante más fuerte que tenía en existencias el Memorial Medical Center de Napoleon, en el distrito de Broadmoor-, la semana anterior, cuando fue a retirar su insulina en el centro médico y le contó que no iba a irse de la ciudad.

Al día siguiente se levantó con sed y ganas de orinar pero apenas pudo incorporarse. Desde la cama vio ramas de árboles estrellándose como látigos encontrados y escuchó el rugido del viento atravesando las calles desiertas. Se sentó un momento en el filo de la cama y agarró su cabeza. Le tomó algo de tiempo darse cuenta de lo que pasaba. Mientras se orientaba recordó lo que solía decir su tía Augusta: “A veces una gallina hace más ruido poniendo un huevo que el que haría un asteroide si se estrellara contra la Tierra”.

Llegó hasta al baño y dio vuelta al caño del agua y metió la cabeza bajo el chorro fresco, luego tomó su dentadura y sólo entonces -con su cara aún mojada- intentó orinar. Estuvo parado frente a la taza, sabiendo lo que quería hacer pero sin que nada ocurriera, hasta que desistió, más por aburrimiento que por otra cosa, y luego fue hacia la ventana. Había visto peores tormentas. Caminó hasta su cama pero no se recostó, siguió en dirección de las gradas y una vez abajo entró a la cocina donde abrió la puerta del refrigerador. Tomó la jeringuilla que guardaba en el compartimiento de la mantequilla y llenó treinta unidades de Lantus; se levantó el bividí e inyectó el contenido en su amoratado estómago. Luego tomó un trozo de queso y un yogur; los comió sentado en la mesa del comedor. Volvió a subir y se recostó a aguardar algo, no sabía bien qué. Cuando abrió los ojos, ya había desaparecido el amortiguamiento con el que había despertado pero sintió al aire pegajoso y caliente, el aire acondicionado había dejado de funcionar. Todavía había luz natural en la habitación y fue a la ventana, la abrió y sacó fuera la mitad del cuerpo. Pudo ver árboles caídos y algunos basureros y cajas de reciclaje en la mitad de la calle. El viento había desaparecido. Pensó que para tanta alharaca había pocas nueces y volvió a meter la cabeza. La sensación de espera ya había cedido y caminó hacia la televisión; desistió a medio camino: si no había luz no habría noticias. Se le ocurrió que tenía un radio a pilas y luego recordó que no las había comprado, al igual que no había comprado velas. Le dio hambre y bajó a la cocina, en la alacena encontró una lata de ravioles en salsa de tomate. La abrió al tanteo en la habitación oscura con un abrelatas herrumbrado. Cuando vació el contenido en un plato notó que se había cortado el dedo y que su sangre condimentaba parte de la pasta. Fue hacia el lavabo y abrió la llave, no salió nada.

-Mierda -dijo.

Se limpió con un trapo y con el mismo paño se envolvió el dedo; maldijo nunca haber roto la pared para hacer una ventana en la cocina. Fue al comedor donde comió la mitad del plato mientras pensaba cuál sería la mejor manera de proteger la casa. Podría esperar frente a la puerta de entrada, desde allí tendría el mejor ángulo para disparar pero eso sólo sería si entraban por la puerta, porque también podrían hacerlo por las ventanas, pensó. Mientras ponderaba sus opciones, notó que el trapo que había utilizado para envolverse el dedo se había teñido de rojo. Afuera, a un atardecer magnífico lo coronaba un silencio extraño, el cielo parecía una copa de gelatina de sabores color turquesa, naranja y oro. Mientras miraba el cielo y envolvía su dedo con un trapo limpio, escuchó el primer disparo; no se sobresaltó, lo estaba esperando. Subió a su cuarto y arrastró un asiento hacia la ventana, luego apoyó sus rifles contra la pared, dejó las municiones en el suelo. Se sentó y limpió las armas antes de cargarlas. Cuando terminó ya había oscurecido. Dormitó la noche en el asiento, disparando a la oscuridad cada vez que se levantaba de su duermevela. No esperaba hacer eso una noche más, las autoridades ya debían estar coordinando el regreso pues, una vez más, como tantas veces, el huracán se había desviado antes de llegar a la ciudad. Como George, como Mitch, la última vez. Cuando despertó, el sol marcaba su rostro con el diseño de una rejilla. Levantó la malla contra mosquitos que había bajado en algún momento de la madrugada y sintió una repentina fragilidad. Donde antes estaba su barrio ahora había una enorme laguna que se había tragado aceras, automóviles y los pocos desechos de la tormenta. El agua brillaba, con el reflejo del sol de la mañana, como un gran espejo dorado. Salió hacia el corredor y vio que el agua cubría la puerta de entrada. Cuando bajó, el agua le llegó hasta las rodillas. Vadeó por los distintos cuartos, las sobras del día anterior que había dejado sobre la mesa del comedor estaban cubiertas de moscas. Con cierto esfuerzo abrió la puerta del refrigerador, de inmediato le asaltó el olor a cosas descompuestas. Tomó el frasco de la insulina y vio que el líquido, antes transparente, estaba opaco. Quiso estampar el piso con su pie, pero el agua sólo dejó que bajara torpemente en dirección al suelo. Caminó hasta el teléfono, la línea estaba muerta. Mierda, mierda y nuevamente más mierda.

Una vez arriba abrió el cajón de su cómoda y tomó el frasco de Versed; partió cada pastilla en cuatro. En el trayecto de subida había calculado que si su metabolismo funcionaba en el equivalente a neutro, necesitaría menos insulina y tendría más posibilidades de sobrevivir. No estaba loco, no quería morir. Ya que no se había ido y ni siquiera había considerado esa posibilidad, le tocaría esperar a que llegara ayuda. Su carro, un Buick Skylark del 76, estaba parqueado afuera, pero no lo había manejado en veintiséis años. Aunque hubiera intentado hacerlo, con la poca vista que le quedaba, ¿a dónde hubiera ido? No había nadie que conociera que siguiera vivo. Además, con una sola ruta de salida de la ciudad que conducía a Texas, ni siquiera se lo planteó como una opción. Había prometido, hace muchos años, nunca volver a ese estado maldito y nada lo podría disuadir. La última vez que había ido fue para recoger los cuerpos de sus dos únicos hijos y había estado pateándose el trasero durante treinta años por no hacerle caso a su amigo Domingo Mudo, que le había dicho en repetidas ocasiones que la única regla inamovible del Señor era que nada bueno ocurría jamás en Texas. Y eso que Domingo era tejano, de Galveston; como él. Debió oponerse al viaje de Marvelina, Beaux y Patricia a la casa de la hermana de su esposa en Tarpon Rodeo. Pero ¿a quién, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido que sus hijos podrían morir ahogados en la mitad del desierto? Desde que eso ocurrió, Marvelina, la esposa de Chef, había buscado todo tipo de explicaciones místicas a lo sucedido. Chef no se había opuesto a ello, si Marvelina encontraba paz, él la apoyaba. La quería y hubiera hecho cualquier cosa para que volviera a dormir y a sonreír. Pero debía reconocer que la fe no había mejorado las cosas para ninguno de los dos. Chef estaba convencido de que la gente en su conjunto siempre estaba equivocada, por eso no creía en la religión organizada. Creía más en el alivio que procuraba blasfemar que orar. No así Marvelina, que nunca desistió en su intento por convertir a Chef. La única condición no declarada que se auto impuso fue dejar la muerte de sus hijos fuera de la discusión y por eso, cuando su esposa quiso persuadirlo de que ellos fueron escogidos por Jesús para un propósito mayor, comenzó a beber. A media mañana, sus hijos, de quince y dieciséis años, habían salido con su madre a una laguna cercana; y, una vez en Dark Moon Creek, la habían convencido para que los acompañara en el bote de su tío aunque ella no supiera nadar. Hacía calor y Beaux se había lanzado al agua y, como tardaba en salir, Patricia saltó dentro para ver qué ocurría. Ninguno volvió a salir. Marvelina permaneció sola en el bote -quién sabe haciendo qué, nunca lo contó- por más de cinco horas. Cuando su hermana se preocupó porque no regresaban, llamó a su esposo para que fuera a buscarlos. Fue él quien la encontró con insolación y desvariando en la mitad del lago. La policía del condado fue la encargada de la búsqueda y el forense el que habló, al hacer el reporte, de los calambres. Lo siguiente fue puro Marvelina.

-Fue el destino, ¿cómo pudo Patricia tener un calambre en el mismo exacto lugar que Beaux?

En algo también debió influenciar el sermón del reverendo que ofició las exequias y su mención a los tortuosos y misteriosos caminos del Señor. La suya, de persuasión presbiteriana, fue la primera congregación a la que se unió Marvelina: El Sendero de los Verdaderos Creyentes. Luego le seguirían siete más; la última que recordaba Chef, de tendencia anabaptista, era Los Soldados del Ejército del Señor.

Debió quedarse dormido mientras partía las pastillas porque se levantó sobresaltado, sudando y con escalofrío. No recordaba si se la había tragado y tomó uno de los pedazos regados a su alrededor, en caso de que no lo hubiera hecho ya, y se lo metió a la boca. La pastilla se quedó pegada a su garganta y cuando quiso pararse para buscar agua, le faltó energía. “Coño, seguro que ya me había tomado una”, pensó con la pastilla pegada a su paladar. Trató de formar saliva para que pasara, si no se atragantaría y no iba a dejar que eso ocurriera. Otra muerte insólita en la familia sería aceptar el destino del que tanto hablaba Marvelina y no estaba dispuesto a hacer eso. No creía en el destino; sólo en la suerte, en ella sí. Y, aunque había aprendido tarde, sabía cortejarla. Sabía que a la suerte le iba bien un rifle cargado al lado. Luego de toser y que pasara la pastilla, se paró; logró llegar hasta el asiento junto a la ventana. Se desplomó dentro de él, mientras se recuperaba, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir vio, del otro lado de Carrolton, a un grupo de muchachos que intentaban atravesar el agua con varios televisores y equipos eléctricos a cuestas. No supo si era una visión o si realmente alguien sería tan estúpido como para estar haciendo lo que hacían. Cerró los ojos nuevamente y, cuando despertó, la luz había bajado en intensidad, debía ser media tarde, y en vez de un grupo vadeando dentro de la recién formada laguna vio un cuerpo, inflado como un globo descolorido, descendiendo boca abajo hacia el Mississippi.

-Sólo falta un caimán para completar la escena -pensó, sin un mínimo de ironía.

Tal vez las dementes historias de Marvelina y las de sus distintas congregaciones no estuvieran tan erradas. Armagedón estaba cercano. Tal vez ya estaba allí.

Cuando se volvió a parar, ya oscurecía; no había comido nada en todo el día y comenzaba a nublarse su vista. Pensó que debía, por lo menos, beber algo. Caminó al baño y logró tomar un vaso de agua, a su regreso a la habitación se derrumbó sobre la cama. Sentía como si llevara un animal muerto encima, se quitó su percudida ropa y se cubrió con una sábana traspasada de transpiración. Maldijo no haberla cambiado la semana anterior. Olvidó los rifles junto a la ventana, se olvidó de todo y durmió tranquilamente, pues, dentro de su cabeza, Marvelina le sonrió toda la noche desde el techo de su cuarto. Pero su paz terminó al amanecer cuando un ruido lo despertó; el sonido venía del piso de arriba y era vagamente familiar: eran las ratas del ático. Por lo menos no era un ladrón.

-Cabronas sarnosas, ni hoy me podían dejar en paz -profirió con una voz apenas audible.

No entendía cómo podían seguir vivas allá arriba: no había ventilación, ni agua y, bajo el techo, la temperatura debía rondar los cincuenta grados. Tenía varias hipótesis pero la que más le atraía era que el calor más su alimentación (compuesta por toda la basura que había acumulado durante cuarenta años) habían logrado reconfigurar el ADN de los roedores. Arrojó las sábanas a un costado y dejó al descubierto su desgastado cuerpo de ochenta años. Estiró el brazo y tanteó, con su mano, la mesa de noche. El cuarto estaba completamente a oscuras. Tomó un cigarro apestoso que había estado acariciando entre sus encías en los días anteriores al huracán y lo llevó a su nariz. El tabaco barato, comprado en el Rite Aide de Carrolton hace una semana, era realmente malo. No hubiera dado ni dos centavos por él hace veinte años pero, por el momento, era lo único que tenía. Mordió la punta y escupió el maloliente talón a un costado; encontró una cerilla y lo prendió. Ni él mismo entendía cómo podía saborear algo tan nefasto para los sentidos, sus niveles de exigencias debían encontrarse por los suelos. Le sobrevino un ataque de tos, que despertó toda la flema que se había acumulado en sus pulmones en los últimos días, y formó un pegote con la mucosidad que escupió en la misma dirección en la que arrojó la punta del cigarro. Esta vez con menos fortuna. El escupitajo aterrizó en su antebrazo, lo que no le molestó demasiado. No se dio por vencido y acercó el cigarro a sus labios e introdujo el taco de hojas secas en su boca. Inhaló. Al exhalar con gran dificultad, evaluó su situación. No estaba en mejores condiciones que las ratas, sólo que ellas tenían más posibilidades de sobrevivir que él. Pensar en salir de ésa era casi como tratar de imaginar que se podría hacer una gallina uniendo un montón de plumas. Siguió fumando y hasta logró olvidar el sabor del tabaco.

Él y las ratas eran lo único que quedaba vivo en esa casa. Él y sus recuerdos y las ratas devorándolos. ¿Cuánto habrían logrado destrozar? La última vez que había estado arriba fue cuando subió las pertenencias de su esposa al ático, varias semanas después de su muerte. No quiso entregarlas al Ejército de Salvación para que las pusieran a la venta. El recuerdo de Marvelina no era material de tienda de segunda mano; aunque ella, de eso estaba seguro, hubiera querido que él donara sus cosas a la caridad. A fin de cuentas, Marvelina era un soldado en el ejército del Señor; pero él no estaba enlistado en esa legión. No, él no; él había decidido formar su propia milicia. La inició yendo a una tienda de armas y comprando varios rifles que había utilizado por primera vez en esa excursión al ático, donde había descubierto que sus cosas y las de sus hijos formaban, quién sabe desde cuándo, un paté hediondo lleno de hongos mezclados con polvo de estrellas. Eso decía Marvelina de la tierra, que era sólo el remanente de un largo viaje intergaláctico. Polvo de estrellas. Exasperado con su descubrimiento, pateó una de las cajas y, al hacerlo, ésta se partió y de ella salió un desaforado chorro de ratas que inmediatamente se regó por el cuarto. Fue su primer encuentro con los roedores que habían canjeado el aire libre por esa habitación llena de papilla ilimitada. Chef bajó, abrió el armario, tomó varias cajas de municiones y los rifles, y, durante buena parte de la tarde, disparó hasta agotar todos sus cartuchos. Cuando llegó la policía, alertada por los vecinos, abrió la puerta de la casa con una gran sonrisa en los labios.

-Estuve cuidando de un asunto personal -les respondió cuando indagaron sobre los disparos.

Cuando subieron encontraron, dispersos por el cuarto, los cuerpos de los roedores, sus cerebros y entrañas decorando las paredes del ático.

El cigarro se iba consumiendo irregularmente y la temperatura comenzaba a trepar en la habitación, lo que distrajo a Chef y lo llevó a reflexionar sobre la posibilidad de abrir la ventana del cuarto. Con el agua estancada alrededor de la casa y el calor en aumento, los mosquitos debían estar prosperando. Ninguna brisa soplaba afuera que pudiera refrescarlo adentro, de eso estaba seguro: nunca había brisa en agosto. Y ya comenzaba a filtrarse, por las diferentes rendijas de la casa, el hedor a podrido de afuera. No intentó pararse y se despreocupó de las ratas. El tiempo pasó. El agua sonaba agitada abajo, alguien debía estar atravesándola. Intentó pararse y lo logró con gran dificultad, se arrastró hasta la ventana, quiso abrirla para ver quién merodeaba afuera, pero no pudo. El piso era como una pista de patinaje. Su garganta estaba seca; apoyándose en la pared se dirigió al baño. Se sentó en la taza, intentó recoger el vaso que estaba en el suelo y -en algún momento- exhausto, desistió. Levantó con gran dificultad una pierna y luego la otra y entró dentro de la tina. Se agarró de los filos y se dejó caer torpemente; una vez dentro abrió la boca y bebió, lo hizo con los ojos cerrados: el agua le sabía a aceite de ricino tibio aunque le procuró cierto alivio. Recordó una época en que la única agua que bebía era de color ámbar y sabía a bourbon. Ese recuerdo, quizá, le hizo relajarse. Tomó una larga y prolongada meada dentro de la bañera de patas de felino. A pesar de su próstata delictuosa, que le escatimaba uno de los pocos placeres que aún le eran permitidos, sintió el placer de una vejiga completamente vacía y sonrió.

-Por la gran puta, mira lo que fui a hacer, me meé dentro del agua de beber -pensó, riéndose de sí mismo.

Se estaba bien ahí. Si así terminaba sus días, no le parecía mal. ¿Qué sabía él? A lo mejor bastaba con eso para estar en paz. Una buena meada y la conciencia tranquila. Pensó que a Marvelina le habían escatimado hasta eso porque ese día, de eso estaba seguro, la suerte tomaba un shot de tequila en la esquina, sin que Marvelina le importara un bledo. Si no las cosas hubieran ocurrido de otra manera: Newton Bentley, de diecisiete años, no habría caminado con una pistola semiautomática en sus manos, ocho paquetes de heroína envueltos en papel aluminio y un número indeterminado de pastillas ilegales en sus bolsillos y en su torrente sanguíneo, mientras ella cambiaba una llanta pinchada en la misma calle por la que él bajaba.

Sacó sus brazos de la tina, cayeron como fideos sobre-cocinados a sus costados; su dedo cortado parecía una ciruela pasa descompuesta. Cerró los ojos e intentó levantar una pierna para salir de la bañera, cuando los volvió a abrir pensó que se había equivocado, era de noche y la oscuridad se lo había tragado, como el agua a la ciudad. La turba de ratas se oía más cerca, faltaba poco para que acabaran con la división que separaba el piso de arriba del suyo. Le pareció que refrescaba, tal vez había vuelto la luz y el aire volvía a funcionar; flexionó las piernas para bajar su torso y poder beber del agua viciada. Oyó pisadas abajo, tal vez había vuelto Marvelina. Intentó incorporarse y luego recordó que eso era imposible.

Antes de hundir su cabeza totalmente dentro del agua pensó que nunca había hecho algo para evitar que cayera la noche.

Gabriela Alemán (foto)

‘Emigrantes’ de Serguéi Dovlátov

sergei dovlatovEl sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

-¡Te voy a masacrar! -gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)

Lo voy a masacrar, no te -lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:

-Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.

Y desde entonces eran inseparables.

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.

-¿Dónde estamos? -preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.

-En Nueva Holanda -le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.

-¡Vaya vaya! -pronunció Shapovalov- ¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!

-¡Qué desgracia -repuso Chikvaidze- perdernos en un país desconocido!

-Lo importante -dijo Shapovalov- es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos… ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.

-Yo quiero irme a mi casa -declaró Chikvaidze- ¡no puedo vivir fuera de Georgia!

-Pero si nunca has estado en Georgia.

-Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.

-¡Mira! -gritó Chikvaidze- ¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.

-Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto -dijo Chikvaidze.

-Sí, a donde ayudan a los más pobres -repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.

-A mí me desagrada la costa turca -concluyó Chikvaidze sincerándose.

-Y yo no tengo a nadie en África -convino Shapovalov.

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.

-¡Mira qué prosperidad! -exclamó inesperadamente Shapovalov.

-No viven nada mal -convino Chikvaidze.

-¡Y cómo visten!

-¡Pues claro, es occidente!

-¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!

-¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo una pausa; Shapovalov la interrumpió.

-Dátiko, debo decirte algo.

-Yo también.

-¿No me vas a despreciar?

-No, ¿y tú?

-Creo que tampoco… pues, ¿cómo decirlo? Pidamos asilo… es que, además, los comercios privados…

-¡Y los restaurantes abiertos de noche!

-¡Es la ley de la selva!

-¡El triunfo de la banalidad!

-¡Las películas de vaqueros!

-¡La decadencia ética y moral! -dijo Chikvaidze entornando los ojos.

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

Serguéi Dovlátov (foto)

 

‘La confesión’ de Guy de Maupassant

Guy de Maupassant(Este cuento, ‘La confesión’, de Guy de Maupassant, se menciona en el cuento precedente de Isaak Bábel titulado ‘Guy de Maupassant’. JSA)

Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: “¡Era un modelo de honradez!”

Modelo de honradez lo había sido en todos los actos apreciables de su vida, en sus palabras, en su ejemplo, en su actitud, en su comportamiento, en sus negocios, en el corte de su barba y la forma de sus sombreros. Jamás había dicho una palabra que no encerrara un ejemplo, jamás había dado una limosna sin acompañarla con un consejo, jamás había tendido la mano sin que pareciera una especie de bendición.

Dejaba dos hijos: un varón y una hembra; el hijo era diputado provincial, y la hija, casada con un notario, el señor Poirel de la Voulte, una de las más encopetadas damas de Véziers. Se mostraban inconsolables por la muerte de su padre, pues lo amaban sinceramente.

En cuanto terminó la ceremonia, regresaron a la casa del difunto y, encerrándose los tres, el hijo, la hija y el yerno, abrieron el testamento que debían conocer ellos solos, y sólo después de que el ataúd hubiera recibido tierra. Una anotación en el sobre indicaba esta voluntad.

Fue el señor Poirel de la Voulte quien rompió el sobre, en su calidad de notario habituado a estas operaciones, y, ajustándose las gafas en la nariz, leyó, con su voz apagada, habituada a detallar los contratos:

Hijos míos, queridos hijos, no podría dormir tranquilo el sueño eterno si no les hiciera, desde el otro lado de la tumba, una confesión, la confesión de un crimen cuyos remordimientos han desgarrado mi vida. Sí, he cometido un crimen, un crimen espantoso, abominable.

Tenía yo entonces veintiséis años y hacía mis primeras armas en el foro, en París, llevando la vida de los jóvenes de provincias que van a parar, sin relaciones, sin amigos, sin parientes, a esa ciudad.

Tuve una amante. Mucha gente se indigna ante esa mera palabra, “una amante”, pero hay seres que no pueden vivir solos. Yo soy de esos. La soledad me llena de una terrible angustia, la soledad en el hogar, junto a la chimenea, por la noche. Me parece entonces que estoy solo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado por vagos peligros, por cosas desconocidas y terribles; y el tabique que me separa de mi vecino, de un vecino al cual no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que vislumbro desde mi ventana. Me invade una especie de fiebre, una fiebre de impaciencia y de temor; y el silencio de las paredes me asusta. ¡Es tan profundo y triste ese silencio de la habitación donde uno vive solo! No se trata solamente de un silencio en torno al alma, y cuando un mueble cruje, uno se estremece, hasta lo hondo del corazón, pues no espera el menor ruido en ese tétrico albergue. Cuántas veces, nervioso, atemorizado por esa inmovilidad muda, no me habré puesto a hablar, a pronunciar palabras, sin orden ni concierto, para hacer ruido. Mi voz entonces me parecía tan extraña que también me daba miedo. ¿Hay algo más espantoso que hablar solo en una casa vacía? La voz parece de otro, una voz desconocida, que habla sin motivo, con nadie, en el aire vacío, sin ningún oído que la escuche, pues ya se sabe, antes de que se escapen en la soledad del piso, las palabras que van a salir de la boca. Y cuando resuenan lúgubremente en el silencio, ya sólo parecen un eco, el eco singular de palabras pronunciadas muy bajito por el pensamiento.

Tuve una amante, una joven como todas esas jóvenes que viven en París de un oficio insuficiente para alimentarlas. Era dulce, buena, sencilla; sus padres vivían en Poissy. Ella iba a pasar unos días en su casa de vez en cuando.

Durante un año viví bastante tranquilo con ella, decidido a abandonarla cuando encontrase una señorita que me agradara lo bastante para casarme. Le dejaría a la otra una pequeña renta, puesto que está admitido, en nuestra sociedad, que el amor de una mujer debe pagarse, con dinero cuando es pobre, con regalos cuando es rica.

Pero he aquí que un día me anunció que estaba encinta. Quedé aterrado y percibí en un segundo todo el desastre de mi existencia. Se me presentó la cadena que arrastraría hasta mi muerte, por todas partes, en mi futura familia, en mi vejez, siempre: cadena de la mujer ligada a mi vida por el niño, cadena del niño que habría que criar, vigilar, proteger, al mismo tiempo que me ocultaba de él y lo ocultaba al mundo. Mi espíritu quedó trastornado con la noticia; y un confuso deseo, que no formulé, pero que sentía en mi corazón, a punto de mostrarse, como esa gente escondida detrás de las cortinas esperando a que le digan que aparezca, ¡un deseo criminal vagó por lo más hondo de mi pensamiento!

-¿Y si ocurriera un accidente? ¡Hay tantos de esos pequeños seres que mueren antes de nacer!

¡Oh! Yo no deseaba la muerte de mi amante. ¡Pobre chica, la quería mucho! Pero deseaba, quizás, la muerte del otro, antes de haberlo visto.

Nació. Tuve una familia en mi apartamiento de soltero, una falsa familia con un hijo, una cosa horrible. Se parecía a todos los niños. Yo no lo quería. Los padres, ya saben, sólo aman más adelante. No tienen la ternura instintiva y violenta de las madres; es preciso que el cariño se despierte poco a poco, que su espíritu vaya cobrando afecto mediante los lazos que se anudan cada día entre los seres que viven juntos.

Transcurrió un año más; yo huía ahora de mi casa, demasiado pequeña, donde tropezaba a cada paso con pañales, con mantillas, con calcetines del tamaño de guantes, con mil cosas de todas clases dejadas en un mueble, sobre el brazo de un sillón, en todas partes. Huía sobre todo para no oírlo gritar, pues gritaba a cada momento: cuando lo mudaban, cuando lo lavaban, cuando lo tocaban, cuando lo acostaban, cuando lo levantaban, sin cesar.

Había entablado algunas amistades y encontré en un salón a la que sería madre de ustedes. Me enamoré y el deseo de casarme con ella despertó en mí. La cortejé; la pedí en matrimonio; me la concedieron. Y me encontré cogido en una trampa: Casarme, teniendo un hijo, con aquella joven a la que adoraba. O bien decir la verdad y renunciar a ella, a la felicidad, al futuro, a todo, pues sus padres, personas rígidas y escrupulosas, no me la hubieran entregado, de haberlo sabido.

Pasé un horrible mes de angustias, de torturas morales; un mes en el que me obsesionaron mil ideas espantosas; y sentía crecer en mi interior el odio contra mi hijo, contra aquel pedacito de carne viva y chillona que obstaculizaba mi camino, cortaba mi vida, me condenaba a una existencia en la que no podía esperar nada, sin todas esas vagas esperanzas que constituyen el encanto de la juventud. Pero he aquí que la madre de mi compañera cayó enferma, y me quedé solo con el niño.

Estábamos en diciembre, hacía un frío terrible. ¡Qué noche! Mi amante acababa de marcharse. Yo había cenado solo en mi angosta sala y entré despacito en la habitación donde el pequeño dormía.

Me senté en un sillón al amor de la lumbre. El viento soplaba, hacía crujir los cristales, un viento seco de helada, y yo veía, a través de la ventana, brillar las estrellas con esa luz aguda que tienen en las noches gélidas.

Entonces, la obsesión que me perseguía desde hacía un mes penetró de nuevo en mi cabeza. Mientras yo seguía inmóvil, descendía sobre mí, entraba en mí y me consumía. Me consumía como consumen las ideas fijas, como los cánceres deben consumir las carnes. Estaba allí, en mi cabeza, en mi corazón, en mi cuerpo entero, me parecía; y me devoraba, como hubiera hecho un animal. Yo quería expulsarla, rechazarla, abrir mi pensamiento a otras cosas, a esperanzas nuevas, como se abre una ventana al viento fresco de la mañana para expulsar el aire viciado de la noche; pero no podía, ni siquiera un segundo, hacerla salir de mi cerebro. No sé cómo expresar esta tortura. Me roía el alma; y yo sentía con un espantoso dolor, un verdadero dolor físico y moral, cada una de sus dentelladas.

¡Mi existencia estaba acabada! ¿Cómo saldría de esta situación? ¿Cómo retroceder, y cómo confesar? Y yo amaba a la que iba a convertirse en madre de ustedes con una pasión loca, que el insuperable obstáculo exasperaba aún más.

Una cólera terrible crecía dentro de mí, me oprimía la garganta, una cólera que rozaba con la locura… ¡con la locura! ¡Sí, estaba loco aquella noche!

El niño dormía. Me levanté y lo miré dormir. Era él, aquel aborto, aquella larva, aquella nadería lo que me condenaba a una infelicidad sin remedio. Dormía con la boca abierta, enterrado bajo las mantas, en una cuna, junto a mi cama, ¡donde yo no podría dormir!

¿Cómo realicé lo que hice? ¿Acaso lo sé? ¿Qué fuerza me empujó, qué maléfico poder me poseyó? ¡Oh! La tentación del crimen me llegó sin que la sintiera anunciarse. Recuerdo solamente que el corazón me latía espantosamente. Latía con tanta fuerza que lo oía como se oyen unos martillazos detrás de los tabiques. ¡Sólo recuerdo eso! ¡Mi corazón latía! En mi cabeza había una extraña confusión, un tumulto, un desorden de toda razón, de toda sangre fría. Estaba en una de esas horas de pavor y de alucinación en las que el hombre ya no tiene conciencia de sus actos ni rige su voluntad.

Levanté suavemente las mantas que tapaban el cuerpo de mi hijo; las eché a los pies de la cuna, y lo vi, desnudo. No se despertó. Entonces me dirigí a la ventana, despacio, muy despacito, y la abrí. Un soplo de aire helado entró como un asesino, tan frío que retrocedí ante él; y las dos velas palpitaron. Y me quedé de pie junto a la ventana, sin atreverme a darme la vuelta, como para no ver lo que ocurría a las espaldas, y sintiendo sin cesar deslizarse sobre mi frente, sobre mis mejillas, sobre mis manos, el aire mortal que seguía entrando. Esto duró mucho tiempo.

No pensaba en nada, no reflexionaba en nada. De repente una tosecita hizo que un horrible escalofrío me recorriera de pies a cabeza, un escalofrío que siento aún en este momento, en la raíz de los cabellos. Y con un movimiento asustado cerré bruscamente las dos hojas de la ventana, y después, volviéndome, corrí hacia la cuna. Él seguía durmiendo, con la boca abierta, completamente desnudo. Toqué sus piernas; estaban heladas, y las tapé.

Mi corazón de pronto se enterneció, se rompió, se llenó de piedad, de ternura, de amor hacia aquel pobre inocente que había querido matar. Besé un buen rato sus finos cabellos; y después volví a sentarme ante el fuego. Pensaba con estupor, con horror, en lo que había hecho, preguntándome de dónde provienen esas tormentas del alma en las que el hombre pierde toda noción de las cosas, toda autoridad sobre sí mismo, y actúa con una especie de enloquecida embriaguez, sin saber lo que hace, sin saber a dónde va, como un barco en un huracán.

El niño tosió una vez más, y me sentí desgarrado hasta el fondo del alma. ¿Y si se muriese? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué sería de mí?

Me levanté para ir a mirarlo; y, con una vela en la mano, me incliné sobre él. Al verlo respirar con tranquilidad, me serené; pero tosió por tercera vez; y sentí tal sacudida, hice tal movimiento de retroceso, como cuando estamos trastornados ante la vista de algo horroroso, que dejé caer la vela.

Al ponerme en pie tras haberla recogido, me di cuenta de que tenía las sienes bañadas en sudor, ese sudor caliente y helado al mismo tiempo que producen las angustias del alma, como si algo del espantoso sufrimiento moral de esa tortura inefable que es, en efecto, ardiente como el fuego y fría como el hielo, transpirase a través de los huesos y de la piel del cráneo.

Y me quedé hasta que se hizo de día inclinado sobre mi hijo, calmándome cuando estaba un buen rato tranquilo, y traspasado por abominables dolores cuando una débil tos salía de su boca. Se despertó con los ojos rojos, la garganta obstruida, un aire doliente. Cuando entró mi asistenta, la envié en seguida a buscar un médico. Llegó al cabo de una hora, y pronunció, tras haber examinado al niño:

-¿No habrá cogido frío?

Me puse a temblar como tiemblan las personas muy viejas, y balbucí:

-No, no creo.

Después pregunté:

-¿Qué tiene? ¿Es algo grave?

Respondió:

-Aún no lo sé. Volveré esta tarde.

Volvió por la tarde. Mi hijo había pasado casi todo el día en una modorra invencible, tosiendo de vez en cuando. Por la noche se declaró una pleuresía. Y la cosa duró diez días. No puedo expresar lo que sufrí durante esas interminables horas que separan la mañana de la noche y la noche de la mañana.

Murió.

Y desde… desde ese momento, no he pasado una hora, no, ni una sola hora, sin que el recuerdo atroz, punzante, ese recuerdo que roe, que parece retorcer el espíritu al desgarrarlo, no se agitase en mí como un animal furioso encerrado en el fondo de mi alma.

¡Oh! ¡Si hubiera podido volverme loco!…

El señor Poirel de la Voulte se sacó las gafas con un movimiento que le era familiar cuando había acabado la lectura de un contrato; y los tres herederos del muerto se miraron, sin decir una palabra, pálidos, inmóviles.

Al cabo de un minuto, el notario prosiguió:

-Hay que destruir esto.

Los otros dos bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Él encendió una vela, separó cuidadosamente las páginas que contenían la peligrosa confesión de las páginas que contenían las disposiciones sobre el dinero, después las acercó a la llama y las arrojó a la chimenea.

Y contemplaron cómo se consumían las hojas blancas. Pronto no formaron sino una especie de montoncitos negros. Y como se veían aún algunas letras que se dibujaban en blanco, la hija, con la punta del pie, aplastó a golpecitos la ligera costra del papel chamuscado, mezclándola con las cenizas viejas.

Después se quedaron aún los tres algún tiempo mirando aquello, como si temieran que el secreto quemado escapase por la chimenea.

Guy de Maupassant (foto)

 

‘El ciego’ de Jairo Aníbal Niño

jairo anibal niño-He comprobado científicamente que un ciego fue, es y será incapaz de tener ese afinadísimo conocimiento sobre el color y el contorno de las cosas, el paisaje y los seres humanos, tal como aparecen en las obras atribuidas a Homero. Por lo tanto puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Homero jamás existió.

Con esas palabras, el profesor Ildebrando Torrealta, de menguados cabellos, dio por terminada su conferencia. Con un ajedrezado pañuelo limpió sus anteojos, mientras el público, desde cóncavos asientos, lo aplaudía frenéticamente.

Un joven estudiante de ahuesado aspecto se acercó al catedrático y se ofreció para ayudarlo con un abultado cartapacio lleno de papeles, transparencias y documentos, que le habían servido para sustentar su tesis de que Homero era un cuento dentro de los cuentos griegos. Ildebrando Torrealta avanzó a lo largo de los lustrosos corredores de la universidad, deteniéndose de vez en cuando para recibir algunos saludos ceremoniosos y firmar un par de autógrafos.

El profesor abrió con un dispositivo electrónico la puerta de su oficina y le señaló al estudiante de ahuesado aspecto una gran mesa en la que se amontonaban toda clase de libros, folletos y papeles. El joven, deseoso de ganarse la simpatía del profesor, se ofreció para ordenar y limpiar el contenido de la mesa que parecía estar a punto de ser sepultada bajo una capa de polvo. Ildebrando Torrealta aceptó con una inclinación de cabeza, metió en su portafolio unos documentos y salió apresuradamente a cumplirle una cita al ministro de la cultura.

El joven estudiante descubrió debajo de unos mapas una pequeña figura de Afrodita, tallada en una madera perfumada. La diosa parecía emerger de un mar de cedro. La contempló conmovido, porque recordó que Afrodita es la diosa bajo cuyas pisadas nace por doquier la hierba florida.

Al atardecer, poco antes de concluir su labor, el estudiante descubrió la carta. Tal vez se había caído del interior de algún libro, o se había escapado de alguna de las carpetas atiborradas de papeles. Se dispuso a colocarla encima de una pila de revistas, pero de repente, ante sus ojos, apareció la palabra Homero, y no resistió la curiosidad de leerla. La nota, fechada en la ciudad de Atenas, estaba concebida en los siguientes términos

“Apreciado doctor Torrealta:

Le he enviado por correo certificado los documentos que me solicitó con relación a los estudios que está llevando a cabo con el fin de probar la inexistencia de Homero.
A propósito, recientemente, en el puerto del Pireo y de boca de un viejo marinero, me enteré de un cuento, el cual deseo comunicarle, a sabiendas de que no tiene el más mínimo valor.

Según el marinero, ese relato se había transmitido en su familia de generación en generación, y se refiere a un antiquísimo inventor de cantos, a un rapsoda ciego de multiforme ingenio, curiosamente llamado Homero.

Según la fábula, quienes le oían se maravillaban que un ciego fuera capaz de inventar historias tan luminosas.

Un día un labrador vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se acercaron al rapsoda, atravesaron sus apagados ojos como si fueran puertas que se hubieran abierto de repente y penetraron dentro de su cuerpo y tal vez se posaron en las ramas del árbol de su cabeza y le empezaron a contar muchas cosas del mundo, porque Homero sonreía y repetía en voz alta unos sonoros versos que cantaban el encuentro de un desdichado náufrago con la hermosísima princesa Nausicaa.

Como puede ver, doctor Torrealta, es un vulgar cuento que se lo he querido transmitir a título de simple curiosidad.

Cordialmente.

Vassilis Stergiu

Doctor en Filosofía y letras.”

El estudiante de ahuesado aspecto salió a la calle y tuvo la fortuna de que en ese instante pasara un bus que hacía el recorrido hasta un lejano barrio del sur de la ciudad en el que residía desde hacía mucho tiempo.

Cuando el vehículo se introdujo por una de las calles aledañas al Parque Nacional, el estudiante vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se posaron en el antepecho de una ventana. El bus tomó una curva, y del campo de visión del estudiante desaparecieron la ventana y la casa de ladrillos rojos a la que pertenecía. Un compañero de la universidad, que iba a su lado, le dijo:

-¿Sabe que en esa casa de ladrillos rojos está viviendo el escritor Jorge Luis Borges?

Jairo Aníbal Niño (foto) (Reciba los post de este blog por email, indicando el tuyo en la parte superior derecha, pulsando ‘Seguir’. Gracias)

Cierto humor en la Quinta Vergara: ‘Chiqui’ Aguayo

chiquiSolo quiero referirme a dos elementos de reflexión, a propósito de la actuación de la comediante Daniela ‘Chiqui’ Aguayo (foto) en la Quinta Vergara, en el Festival de Viña del Mar 2017. Solo mencionarlos, porque es difícil comentar cuando, en su defensa, se apela al sexismo.

Si se considera que fue vulgar su rutina de humor, se contraataca diciendo que es “un comentario machista”, porque, obvio, ella es mujer. Y también se contraataca diciendo que “en mi casa hablamos así”. O, “¿quién en Chile no habla a los chuchazos?”

Se contraataca diciendo: cuántos humoristas han estado en Viña que han dicho chuchadas, pero nadie les dice nada “porque son hombres”. Entonces, ¿qué más decir? Se cierra toda opción. Se descalifica el comentario.

O sea, una vez anulado el comentario con aquellas declaraciones, el resultado, tácito, es el de que la humorista resultó genial. Y no creo que sea así. ‘Chiqui’ Aguayo ni siquiera es la mejor del programa ‘Minas al poder’, un humorístico del canal Chilevisión, protagonizado por mujeres, más un hombre adulto vestido de mujer y un joven travestido.

Esa defensa, entonces, y esa previsible conclusión, no son verdad. Todo es un truco de ideas. Y así, es muy difícil comentar sobre una rutina que puede considerarse vulgar, en un escenario específico como el Festival de Viña, televisado para hispanohablantes.

Sin embargo, decir que sea hombre o mujer, si se apela a la vulgaridad, al chuchazo, a la facilidad del chiste obvio, hay que señalarlo, aunque no le guste al(la) comediante.

Y decir también que, después de tanto esfuerzo de muchos comediantes y libretistas en los últimos años, por conseguir una narrativa con efectos humorísticos, situaciones escénicas chistosas, discursos graciosos y gracejos, sin apelar a la palabra o el gesto vulgar, es triste que asistamos a este retroceso. Volver a la chabacanería.

¿El humor puede (¿debe?) avanzar hacia modos menos básicos para ganar una carcajada, o una sonrisa?

Referido lo anterior, en segundo lugar, preguntarse también ¿qué tanto ha cambiado el público, el “monstruo”? Porque, al fin y al cabo, rió a mandíbula batiente en algunos pasajes de la rutina de Daniela ‘Chiqui’ Aguayo.

Es decir, había en esa risa una aceptación, una aprobación de lo que estaba diciendo la comediante, una aceptación del lenguaje en que estaba dicho esa clase de humor. Es más: le otorgó las gaviotas de plata y oro.

Aparentemente, este público ya no es un “monstruo”. Es más permisivo. O más comprensivo. O más compasivo. Un gatito nomás.

‘Una lagartija’ de Juan Burghi

juan burghiMañana. Estío. Resol. El pedregal de la sierra parece crujir en el entendimiento de la lumbre. Sobre la plancha de una peña lisa, como si se asara, una lagartija se solea. Su traje de luces concentra el sol y los esmaltes de todo un verano, y su presencia habla de los tres reinos: animal, pues se ve en ella una bestezuela; vegetal, por semejarse a una ramita verde; y mineral, por parecer hecha de cobre y mica. Y también recuerda los cuatro antiguos elementos: la tierra, en su arcilla animada; el agua, en su aspecto de charco con verdín, al sol; el aire vibrátil, en el espejo que la circunda; y el fuego, en el vivo llamear de sus brillos.

Así, inmóvil, hierática, es una pequeña deidad egipcia tallada primorosamente, desde el acucioso triángulo de su cabeza de ojos chispeantes, los soportes de sus patas, la sierpe de su cuerpo, hasta el látigo de su cola que se prolonga en un cordelito, apéndice este que, en caso de peligro, si se la apresa por él, lo corta de una dentellada, abandonándolo, y durante varios minutos queda ese apéndice retorciéndose entre saltos, como una lombriz recién desenterrada.

Recibe toda la luz y la recrea, trocándola en reflejos y colores. El mismo sol parece mirarla fijamente, y esa mirada del sol también la capta y, como un espejo, la proyecta acrecentada. Toda ella es una obra de arte acabada y perfecta, logro de un artista mágico… Hasta la piedra en que se asienta, gris y opaca, contribuye a realzarla.

Viendo esa talla inimitable, acude a mi mente una leyenda de tierras aztecas, leída no recuerdo dónde y titulada “La lagartija de esmeraldas”:

“Érase que se era un padrecito santo que moraba al pie de una sierra, entre las inocentes criaturas del Señor, y al que todos los pobres de la región acudían en sus tribulaciones. En una mañana como ésta, acudió a él un indio menesteroso en demanda de algo con qué aplacar el hambre de su mujer y sus hijos. Lo halló en el sendero, cerca de su morada, y con voz de sentida angustia le narró sus penas, pidiéndole ayuda para remediarlas.

El buen padrecito, que por darlo todo nada tenía, sentíase conmovido por tanta miseria, y hondamente apenado por no poder aliviarla; y así conmovido y apenado, púsose a implorar la Gracia Divina. Mientras rezaba mirando a su alrededor, sus ojos se posaron en una lagartija que a su vera se soleaba, y alargó hacia ella su mano, tomándola suavemente. Al contacto de esa mano milagrosa, la lagartija se trocó en una joya de oro y esmeraldas que entregó al indio diciéndole:

–Toma esto y ve a la ciudad y en alguna prendería empéñalo, que algo te darán por ello.

Obedeció el indio y, con lo obtenido, no sólo remedió su hambre y la de los suyos, sino que pudo comprar alguna hacienda que luego prosperó, y cuando su situación fue holgada, años después, pensó que debía restituir al legítimo dueño aquella joya que de tanto provecho le había sido. La desempeñó y en una hermosa mañana estival volvió con ella en busca del padrecito, a quien halló en el mismo sitio del primer encuentro, aunque mucho más viejo y, de ser ello posible, más pobre.

–Padrecito querido –díjole el indio–. Aquí le vuelvo esta joya que usted una vez me dio y que tanto me ha servido. Ya no la necesito, tómela usted, que con ella acaso pueda socorrer a otro. Muchas gracias, y que Dios lo bendiga…

El viejecito nada recuerda ya. Con aire distraído la toma, depositándola con suavidad sobre un peñasco. Nuevamente, y por el milagro de sus manos, aquel objeto precioso vuelve a ser lo que antes había sido, una lagartija, que echa a andar lenta en dirección a su cueva.”

Juan Burghi (foto)