Archivo de la categoría: Narrativa

‘La ejecución’ de Rubem Fonseca

Rubem FonsecaConsigo agarrar a Rubão, acorralándolo contra las cuerdas. El hijo de puta tiene fuerza, se agarra a mí, apoya su rostro en mi rostro para impedir que le de cabezazos en la cara; estamos abrazados, como dos enamorados, casi inmóviles fuerza contra fuerza, el público empieza a burlarse. Rubão me da un pisotón en el dedo del pie, aflojo, se suelta, me da un rodillazo en el estómago, una patada en la rodilla, un golpe en la cara. Oigo los gritos. El público está cambiando a su favor. Otro bofetón: gritos enloquecidos en el público. No puedo darle importancia a eso, no puedo darle importancia a esos hijos de puta mamones. Intento agarrarlo pero no se deja, quiere pelear de pie, es ágil, su puñetazo es como una coz.

Los cinco minutos más largos de la vida se pasan en un ring de lucha libre. Cuando el round acaba, el primero de cinco por uno de descanso, apenas y puedo llegar a mi esquina. El Príncipe me echa aire con la toalla, Pedro Vaselina me da masajes. Esos putos me están cambiando por él, ¿verdad? Olvida eso, dice Pedro Vaselina. Están con él, ¿o no?, insisto. Sí, dice Pedro Vaselina, no sé qué pasa, siempre se inclinan por la buena pinta, pero hoy no está funcionando la regla. Intento ver a las personas en las gradas, hijos de puta, cornudos, perros, prostitutas, cagones, cobardes, mamones, me dan ganas de sacarme el palo y sacudirlo en sus caras. Cuidado con él, cuando ya no aguantes, pasa a su guardia, no intentes como tonto, él tiene fuerzas y está entero, y tú, y tú, eh, ¿anduviste jodiendo ayer? Cada vez que te acierte un golpe en los cuernos no te quedes viendo al público con cara de culo de vaca, ¿que te pasa? ¿Vino a verte tu madre? Ponle atención al sujeto, carajo, no quites la vista de él, olvídate del público, ojo con él, y no te preocupes con las cachetadas, no te va a arrancar un pedazo y no gana nada con eso. Cuando te dio el último golpe y la chusma gozó en el gallinero, hizo tanta faramalla que parecía una puta de la Cinelandia. Es en uno de esos momentos cuando tienes que pegarle. Paciencia, Paciencia, ¿oíste?, guarda energías, que te tienen con un pie afuera, dice Pedro Vaselina.

Suena la campana. Estamos en medio del ring. Rubão balancea el tórax frente a mí, los pies plantados, mueve las manos, izquierda enfrente y derecha atrás. Me quedo parado, mirando sus manos. ¡Vap!, la patada me da en el muslo, me le echo encima, ¡plaft!, una golpe en la cara que casi me tira al piso, miro a las gradas, el sonido que viene de ahí parece un chicotazo, soy una animal, qué mierda, si sigo ¡plaft! dando importancia a esos pendejos voy a acabar jodiéndome ¡plaft! -bloquea, bloquea, oigo a Pedro Vaselina- mi cara debe estar hinchada, siento alguna dificultad para ver con el ojo izquierdo -levanto la izquierda, ¡bloquea!- ¡blam! un zurdazo me da en el lado derecho de los cuernos -¡bloquea!-. La voz de Pedro Vaselina es fina como la de una mujer, levanto las dos manos -¡bum! la patada me da en el culo-. Rubão gira y de espaldas me atina, me pone el pie en el pescuezo -de las gradas viene el ruido de una ola de mar que rompe en la playa- con un físico como ése vas a acabar en el cine, mujeres, fresas con crema, automóvil, departamento, película en tecnicolor, dinero en el banco, ¿dónde está todo eso? Me echo encima de él con los brazos abiertos -¡bum! el golpe me tira-. Rubão salta sobre mí, ¡va a montarme! -intento huir arrastrándome como lombriz entre las cuerdas- el juez nos separa -me quedo tirado, flotando en la burla, inyección de morfina. Gong.

Estoy en mi esquina. Nunca te he visto tan mal, en lo físico y en la técnica, ¿jodiste hoy?, ¿andas tomando? Es la primera vez que un luchador de nuestra academia huye por debajo de las cuerdas, estás mal, ¿qué pasa contigo? ¿Así es como quieres luchar con el Carlson?, ¿con Iván? Estás haciendo el ridículo. Déjalo, dice el Príncipe. Pedro Vaselina: lo van a destrozar, según vayan las cosas en este ring veré si arrojo la toalla. Jalo la cara de Pedro Vaselina hacia la mía, le digo escupiendo en sus cuernos, si arrojas la toalla, puto, te reviento, te meto un fierro en el culo, lo juro por Dios. El Príncipe me arroja un chorro de agua, para ganar tiempo. Gong.

Estamos en medio del ring. Tiempo, ¡segundos!, dice el juez -así mojado no está bien, no vuelvas a hacer eso- el Príncipe me seca fingiendo sorpresa -¡segundos, fuera!, dice el juez-. Nuevamente en medio del ring. Estoy inmóvil. Mi corazón salió de la garganta, volvió al pecho pero aún late fuerte. Rubão se balancea. Miro bien su rostro, tiene la moral alta, respira por la nariz sin apretar los dientes, no hay un solo músculo tenso en su cara, un sujeto espantado pone mirada de caballo, pero él está tranquilo, apenas y se ve lo blanco de sus ojos. Rápido hace una finta, amenaza, un bloqueo, recibo un pisotón en la rodilla, un dolor horrible, menos mal que fue de arriba abajo, si hubiera sido horizontal me rompía la pierna -¡Zum!, el puñetazo en el oído me deja sordo de un lado, con el otro oído escucho a la chusma delirando en las gradas- ¿qué hice? Siempre me apoyaron, ¿qué les hice a estos escrotos, comemierdas, ¡plaft, plaft, plaft!, para que se volvieran contra mí? -con ese físico vas a acabar en el cine, Leninha, ¿donde estás?, hija de puta- retrocedo, pego con la espalda en las cuerdas, Rubão me agarra -¡al suelo! chilla Pedro Vaselina- aún estoy bloqueando y ya es tarde: Rubão me da un rodillazo en el estómago, se aleja; por primera vez se queda inmóvil, a unos dos metros de distancia, mirándome, debe estar pensando en arrancar para terminar con esto -estoy zonzo, pero es cauteloso, quiere estar seguro, sabe que en el piso soy mejor y por eso no quiere arriesgarse, quiere cansarme primero, no meterse en problemas-, siento unas ganas locas de bajar los brazos, mis ojos arden por el sudor, no logro tragar la saliva blanca que envuelve mi lengua -levanto el brazo, preparo un golpe, amenazo- no se mueve -doy un paso al frente- no se mueve -doy otro paso al frente- él da un paso al frente -los dos damos un lento paso al frente y nos abrazamos- el sudor de su cuerpo me hace sentir el sudor de mi cuerpo -la dureza de sus músculos me hace sentir la dureza de mis músculos- el soplo de su respiración me hace sentir el soplo de mi respiración -Rubão abraza por debajo de mis brazos -intento una llave en su cuello- coloca su pierna derecha por atrás de mi pierna derecha, intenta derribarme -mis últimas fuerzas- Leninha, desgraciada -me va a derribar- intento agarrarme de las cuerdas como un escroto -el tiempo no pasa- yo quería luchar en el suelo, ahora quiero irme a casa -Leninha- caigo de espaldas, giro antes de que se monte en mí -Rubão me sujeta por la garganta, me inmoviliza -¡tum, tum, tum! tres rodillazos seguidos en la boca y la nariz- gong -Rubão va a su esquina recibiendo los aplausos.

Pedro Vaselina no dice una palabra, con el rostro triste de segundo del perdedor. Estamos perdidos, mi amigo, dice el Príncipe limpiando mi sudor. No me jodas, respondo, un diente se balancea en mi boca, apenas sujeto a la encía. Meto la mano, arranco el diente con rabia y lo arrojo en dirección a los mamones. Todos se burlan. No hagas eso, dice Pedro Vaselina dándome agua para que haga un buche. Escupo fuera del balde el agua roja de sangre, para ver si le cae encima a algún mamón. Gong. Al centro, dice el juez.

Rubão está enterito, yo estoy jodido. No sé ni en qué round estamos. ¿Es el último? Último o penúltimo, Rubão va a querer liquidarme ahora. Me arrojo encima de él a ver si acierto a darle un cabezazo en la cara -Rubão se desvía, me asegura entre las piernas, me arroja fuera del ring- los mamones deliran -tengo ganas de irme- si fuera valiente me iría, así en calzoncillo -¡por dónde!- el juez está contando -irme- siempre hay un juez contando -automóvil, departamento, mujeres, dinero-, siempre un juez -pulley de ochenta kilos, rosca de cuarenta, vida dura- Rubão me está esperando, el juez lo detiene con la mano, para que no me ataque en el momento en que vuelva al ring -de veras que estoy jodido- me inclino, entro al ring -al centro, dice el juez- Rubão me agarra, me derriba -rodamos en la lona, queda preso en mi guardia- entre las piernas con la cara en mi palo -quedamos algún tiempo así, descansando- Rubão proyecta el cuerpo hacia enfrente y acierta a darme un cabezazo en la cara -la sangre llena mi boca de un sabor dulce empalagoso- golpeó con las dos manos sus oídos, Rubão encoje un poco el cuerpo -súbitamente rebasa mi pierna izquierda en una montada especial- estoy jodido, si completa la montada estaré jodido y mal pagado, jodido y deshecho, jodido y despedazado, jodido y acabado -se detiene un momento antes de iniciar la montada definitivamente- ¡jodido, jodido! -doy un giro fuerte, rodamos por la lona, paramos, ¡la puta que lo parió!, conmigo-montado-montada-completa encima de él, ¡la puta que lo parió!, mis rodillas en el suelo, su tórax inmóvil entre mis piernas- ¡lo monté!, ¡la puta que lo parió!, ¡lo monté! -alegría, alegría, viento caliente de odio de la chusma que se reía de verme con la cara destrozada- bola de mamones putos escrotos cobardes -golpeo la cara de Rubão en la mera nariz, uno, dos, tres- ahora en la boca -de nuevo en la nariz- palo, garrote, paliza -siento cómo se rompe un hueso- Rubão levanta los brazos intentando impedir los golpes, la sangre brota por toda su cara, de la boca, de la nariz, de los ojos, de los oídos, de la piel -la llave del brazo, ¡la llave del brazo!, grita Pedro Vaselina, metiendo la cabeza por debajo de las cuerdas- es fácil hacer una llave de brazo en una montada, para defenderse, quien está abajo tiene que sacar los brazos por encima, basta con caer a uno de los lados con su brazo entre las piernas, el sujeto se ve obligado a golpear la lona- un silencio de muerte en el estadio -¡la llave del brazo!, grita el Príncipe- Rubão me ofrece el brazo para acabar con el sufrimiento, para que pueda golpear la lona rindiéndose, rendirse en la llave es digno, rendirse debajo del palo es vergonzoso -los mamones y las putas se callaron, ¡griten!- el rostro de Rubão es una pasta roja, ¡griten! -Rubão cierra los ojos, se cubre el rostro con las manos- el hombre montado no pide el orinal -Rubão debe estar rezando para desmayarse y que todo acabe, ya se dio cuenta que no le voy a aplicar la llave de la Misericordia- chusma -me duelen las manos, le pego con los codos -el juez se arrodilla, Rubão se desmayó, el juez me quita de encima de él- en medio del ring el juez me levanta los brazos -las luces están encendidas, de pie, en las gradas, hombres y mujeres aplauden y gritan mi nombre- levanto los brazos bien alto -doy saltos de alegría- los aplausos aumentan -salto- aplausos cada vez más fuertes -miro conmovido las gradas llenas de admiradores y me inclino enviando besos a los cuatro costados del estadio.

Rubem Fonseca (foto)

 

Anuncios

‘La historia final de papá’ de José Luis Garcés

José Luis Garcés GonzálezParece que hubiese sido ayer que papá se levantó de su mecedora y se encaminaba al baño cuando algo lo frenó en seco. Viró a la izquierda y trató de agarrarse a la pared. Pero las uñas no lo sostuvieron y fue cayendo, desplomándose lentamente. Cuando mamá alcanzó a llegar donde él, lo encontró botando sangre por la nariz. Tenía los ojos entreabiertos. El golpe fue fuerte. En la cabeza. Mamá, con ese cuerpo tan grande que podía parecer una barquetona atollada, intentaba levantarlo. Por suerte, yo llegué en el instante preciso en que mamá empezaba a dar gritos. A llamar al vecino. A llamar a Dios. Dios no vino, el vecino sí. No sé quién lo llamó, pero muy pronto llegó un taxi y salimos rumbo a la clínica donde papá fue atendido por cuenta de los Seguros. Mamá gritaba y sus ojos de búho (¿o serán de lechuza?, sí, más bien) estaban rojos. Le dije que se calmara, pero ella no atendió.

En la clínica lo recogieron dos enfermeras y se lo llevaron por un pasillo demasiado largo para mi angustia. No dejaron que ninguno de nosotros lo acompañara. Otra enfermera nos condujo a una sala e hizo que nos sentáramos. Mamá metió la cabeza entre las manos y se dedicó a llorar. De vez en cuando la levantaba y me miraba con unos ojos que expresaban cierto reproche. Mamá tiene unos ojos amenazantes y feos. Yo descifraba sus intenciones, pero me hacía la desentendida. El tiempo pasó, pero yo no alcanzo a medirlo en minutos o en horas. Sabía que estaba transcurriendo. Y cuando su peso se tornó insoportable y vi que mamá seguía llorando con su rostro gordo metido entre las manos, no pude controlarme. Me fastidió tanta lágrima. Tanta sospechosa lágrima.

-Debes serenarte, porque si no lo haces, podemos tener dos enfermos, y entonces sí…

-Cómo me hablas así… Atrevida.

-¿Atrevida yo? Es por tu bien, mamá.

-Nada, déjame morir con él.

La vi chiquitica. Esas palabras no salían de su corazón. Era para que la escucharan los vecinos que ya habían aparecido por arte de magia. No quise contestarle, pues le hubiera dicho todas las verdades que tenía reprimidas. Ella nunca lo quiso. Él le sirvió para salir del atolladero en que la tenían metida la pobreza y las hijas que le había dejado su primer marido. No fue feliz sexualmente con él, ni él con ella. Un día intuí que el viejo era eyaculador precoz, y que ella lo odiaba por eso. Eso sí: él se desvivía por ella. Todo lo que conseguía era para la casa. A cambio, ella le fingía y lo soportaba. Tengo que decir la verdad: creo que nunca le puso un amante.

Papá, como es fácil comprender, sufrió un accidente cerebral. Grave. Estuvo una semana en la clínica. Lo sometieron a toda clase de análisis. Varias escanografías. Lo atendieron tres médicos especialistas. Pero papá no dio signos de mejoría. Debo aceptar que la atención no pudo ser mejor. Los galenos decidieron que debíamos llevárnoslo a la casa. Así, convertido en un mineral, o en un vegetal, para mejor decir, papá consumía su tiempo.

Yo no lo vi, pero mis hermanos aseguran que él lloraba cuando alguno de ellos se le acercaba y le hablaba. Sus ojos paralizados se llenaban de lágrimas, que luego le corrían por los costados. Conmigo no se comportaba así. Yo le agarraba las manos o le decía breves palabras cariñosas. En esa cama había que hacerle de todo, pero de todo, todo. Ustedes se imaginan. En esta situación, mejorando y empeorando, demoró tres años. Más de novecientos días. Qué castigo para mamá, también para nosotros. Sus compañeros de religión le rezaban todos los días. Varios grupos se turnaban. Ellos decían tener fe en que él se recuperaría. Todo fue inútil. Dios no los atendió. O ya tendría señalado su destino, como dijo doña Margarita con la Biblia abierta en el libro de Job. Una tarde papá dejó de respirar. Casi nadie se dio cuenta. Murió sin compañía. Cuando la hermana menor dio el grito de alarma, todos salimos a verlo. No se le movía el pecho. De nada sirvió el espejo en la nariz. Tampoco los masajes en el tórax. Una hora después vino el médico y sólo atinó a decir: “no se preocupen, ya descansó”. “En la viña del Señor”, completó doña Margarita que ya estaba en la cabecera del difunto, siempre lambona, dándoselas de diligente y servicial. Al instante, mamá perdió el conocimiento. Dio un grito y se desvaneció. La llevaron a una butaca y empezaron a echarle menticol. Nada que volvía. La atención, pues, se bifurcó. Unos con papá, otros con mamá. Yo preferí quedarme con el cadáver del viejo. Él fue un hombre auténtico y, sí, estaba muerto de verdad. Lo de mamá podía ser teatro. Deseos de mostrar lo que no se siente, lo que nunca se ha sentido. Ganas de ser atendida para expiar en parte su cuota de culpa. Ella nunca quiso a papá y pierde el conocimiento para no llorar. Cree que las lágrimas son o pueden ser su forma de perdón. Perdón para ella. Que de hoy en adelante tanto lo necesita.

José Luis Garcés González (foto)

 

Decálogo del cuento, de Julio Ramón Ribeyro

julio ramón ribeyro(Uno de los más grandes narradores de cuentos de Latinoamérica, el peruano Julio Ramón Ribeyro, aventura sus recomendaciones sobre la construcción de historias breves y el oficio de escribir. Llamémoslo ‘Decálogo de Julio Ramón Ribeyro’. JSA)

1)  El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.

2) La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real, debe parecer inventada y si es inventada, real.

3) El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4) La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no existe como cuento.

5) El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6) El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7) El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8) El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9) En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10) El cuento debe conducir necesaria e inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

 

‘Cántiga de los esponsales’ de Machado de Assis

Joaquim_Machado_de_AssisImagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada; puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente; me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la orquesta con alma y devoción.

Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un buen hombre; todos los colegas lo quieren.

El maestro Román es su nombre familiar; y decir familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio, años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor que pondría si fuera suya.

La fiesta terminó; y fue como si se apagara un resplandor intenso, dejándole el rostro iluminado apenas por la luz ordinaria; helo aquí descendiendo del coro, apoyado en el bastón; va a la sacristía a besar la mano a los padres y acepta un sitio en su mesa. Permanece todo el tiempo indiferente y callado. Termina la cena, sale, camina en dirección a la Calle de la Madre de los Hombres, en donde vive, en compañía de un negro viejo, papá José, que es como si fuera su verdadera madre, y que en este momento conversa con una vecina.

-Ahí viene el maestro Román, papá José -dijo la vecina.

-¡Eh!, ¡eh!, adiós vecina, hasta luego.

Papá José dio un salto, entró en la casa, y esperó a su amo, que entró poco después con el mismo aire de siempre. La casa no era rica, por supuesto; ni alegre. No había en ella el menor vestigio de mujer, vieja o joven, ni pajaritos que cantasen, ni flores, ni colores vivos o cálidos. Casa sombría y desnuda. Lo más alegre que allí había era un clavicordio, donde el maestro Román tocaba algunas veces, estudiando. Sobre una silla, al lado, algunos papeles con partituras; ninguna suya…

¡Ah!, si el maestro Román pudiera, sería un gran compositor. Tal parece que hay dos clases de vocación, las que tienen lengua y las que no la tienen. Las primeras se realizan; las últimas representan una lucha constante y estéril entre el impulso interior y la ausencia de un modo de comunicación con los hombres. La de Román era de estas. Tenía la vocación íntima de la música; llevaba dentro de sí muchas óperas y misas, un mundo de armonías nuevas y originales que no alcanzaba a expresar y poner en el papel. Esta era la causa única de la tristeza del maestro Román. Naturalmente, el vulgo no se daba cuenta; unos decían esto, otros aquello: enfermedad, falta de dinero, algún disgusto antiguo; pero la verdad es esta: la causa de la melancolía del maestro Román era no poder componer, no poseer el medio de traducir lo que sentía. Y no porque escatimara el gasto de papel o el paciente trabajo, durante muchas horas, al frente del clavicordio; pero todo le salía informe, sin idea ni armonía. En los últimos tiempos hasta sentía vergüenza de los vecinos, y ya ni siquiera intentaba nada.

Y, no obstante, si pudiera, terminaría al menos cierta pieza, un canto de esponsales, comenzado tres días después de su casamiento, en 1799. La mujer, que tenía entonces veintiún años, y murió de veintitrés, no era bonita, ni mucho ni poco, pero sí muy simpática, y lo amaba tanto como él a ella. Tres días después de su boda, el maestro Román sintió en su interior algo parecido a la inspiración. Imaginó entonces el canto esponsalicio, y quiso componerlo; pero la inspiración no logró salir. Como un pájaro que acaba de ser aprisionado, y forcejea por atravesar las paredes de la jaula, abajo, encima, impaciente, aterrorizado, así batía la inspiración de nuestro músico, encerrada dentro de él sin poder salir, sin encontrar una puerta, nada.

Algunas notas llegaron a reunirse; él las escribió; asunto para una hoja de papel, apenas. Insistió al día siguiente, diez días después, veinte veces durante sus años de casado. Cuando murió su mujer releyó aquellas primeras notas conyugales, y se sintió más triste aún, por no haber podido dejar en el papel la sensación de esa felicidad ya extinta…

-Papá José -dijo él-, hoy no me siento muy bien.

-Tal vez el señor comió algo que le cayó mal…

-No, desde esta mañana estaba así. Vaya a la botica…

El boticario mandó cualquier cosa que él tomó esa noche; al día siguiente el maestro Román no se sentía mejor. Es preciso agregar que padecía del corazón: molestia grave y crónica.

Papá José sintió temor cuando vio que el malestar no cedía al remedio, ni al reposo, y quiso llamar al médico.

-¿Para qué? -dijo el maestro-. Esto pasa.

El día no terminó peor y él pasó buena noche; no así el negro, que solo consiguió dormir dos horas. Los vecinos, una vez que se hubieron enterado de aquella dolencia, no tuvieron otro motivo de conversación; los que mantenían relación con el maestro fueron a visitarlo. Y le decían que no era nada, que eran achaques de la edad; alguien agregaba graciosamente que era un truco, para librarse de las derrotas que el boticario le propinaba en el juego de “gamao”; otro, que era cuestión de amores. El maestro Román sonreía, pero para sus adentros se decía que aquello era el final. “Todo acabó”, pensaba.

Una mañana, cinco días después de la fiesta, el médico lo encontró realmente mal; y el maestro se lo notó en la expresión, por detrás de las palabras engañadoras:

-Esto no es nada; es preciso no pensar en músicas…

¡En músicas! De pronto esta palabra del médico trajo al maestro una idea casi olvidada.

Al quedarse solo con el esclavo, abrió la gaveta donde guardaba desde 1799 el canto de esponsales iniciado. Releyó aquellas notas arrancadas con tanto trabajo y nunca concluidas. Y tuvo entonces una idea singular:

-Terminar la obra, fuese como fuese; cualquier cosa estaría bien, con tal de que significara dejar un poco de alma sobre la tierra.

-¿Quién sabe? En 1880, tal vez, se interpretará esta obra y se contará que un tal maestro Román…

El comienzo del canto remataba en un cierto la: este la, que resultaba bien allí donde estaba, era la última nota escrita. El maestro Román ordenó llevar el clavicordio a la habitación del fondo, que daba al solar: necesitaba aire.

Por la ventana vio, en la ventana trasera de otra casa, una dulce pareja de recién casados, asomados, abrazados por los hombros y de manos unidas. El maestro Román sonrió con tristeza.

-Ellos llegan -se dijo-, yo salgo. Compondré al menos este canto que ellos podrán tocar…

Se sentó ante el clavicordio; reprodujo las notas y llegó al la…

-La, la, la…

Nada, no lograba seguir. Y, sin embargo, él sabía de música como el que más.

La, do… la, mi… la, si, do, re… re… re…

¡Imposible! ninguna inspiración. No aspiraba a una pieza profundamente original; tan solo algo que no pareciese de otro y que se relacionase con la idea comenzada. Volvía al principio, repetía las notas, intentaba revivir un retazo de la sensación extinguida, se acordaba de su mujer, de aquellos tiempos primeros. Para completar la ilusión, dejaba correr su mirada por la ventana en dirección a la pareja de recién casados. Ellos seguían allí, con las manos unidas y rodeándose los hombros con los brazos; pero ahora se miraban uno al otro, en vez de mirar hacia abajo. El maestro Román, agotado por el malestar y la impaciencia, tornaba al clavicordio; pero la visión de la pareja no le traía la inspiración, y las notas siguientes no sonaban.

-La, la, la…

Desesperado, dejó el clavicordio, tomó el papel escrito y lo rompió. En ese momento, la joven absorta en la mirada del esposo, empezó a canturrear de cualquier modo, inconscientemente, alguna cosa nunca antes cantada ni sabida, una cosa en la cual cierto la proseguía después de un si con una linda frase musical, justamente aquella que el maestro Román había buscado durante años sin hallarla jamás. El maestro la oyó con pesar, sacudió la cabeza, y esa noche expiró.

J. M. Machado de Assis (foto)

 

‘El budín esponjoso’ de Hebe Uhart

Heber uhartYo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además, no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

-Ni en sueños -me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan, pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

-Puedo hacerla en el galpón?

-Sí -me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

-Ah, ya sé -pensé-, con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

-¡Qué manía -dijo- de mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

-A lo mejor todavía sube -me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

-Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

Hebe Uhart (foto de Alejandro López)

‘Los superjuguetes duran todo el verano’ de Aldiss

Brian_W._Aldiss(Stanley Kubrik se inspiró en este cuento para la película ‘Inteligencia artificial’, que no concluyó. El proyecto lo retomó Steven Spielberg, quien terminó la película)

En el jardín de la señora Swinton siempre era verano. Estaba rodeado de hermosos almendros, perpetuamente en flor. Mónica Swinton cortó una rosa color azafrán, y la enseñó a David.

-¿A que es bonita? David la miró y sonrió sin contestar. Se apoderó de la flor, atravesó corriendo el jardín y desapareció tras la perrera donde acechaba el robosegador, preparado para cortar, barrer o rodar cuando llegara el momento. Mónica se había quedado sola en el impecable sendero de grava plastificada.

Cuando tomó la decisión de seguir al niño, le encontró en el patio, y la rosa flotaba en el estanque. David se había metido en el agua, todavía calzado con las sandalias.
-David, cariño, ¿por qué has de portarte tan mal? Ve enseguida a cambiarte los zapatos y los calcetines.

El niño entró en la casa sin protestar, su cabeza morena oscilando a la altura de la cintura de su madre. A la edad de tres años, no mostró el menor temor al secador ultrasónico de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera localizar un par de zapatillas, se zafó de ella y desapareció en el silencio de la casa.

Estaría buscando a Teddy. Mónica Swinton, veintinueve años, de figura grácil y ojos centelleantes, fue a sentarse en la sala de estar y acomodó sus miembros con elegancia. Empezó por sentarse y pensar. Al cabo de poco, sólo estaba sentada. El tiempo se le reclinaba en el hombro con la pereza maníaca reservada a los niños, los locos y las esposas cuyos maridos están lejos de casa, mejorando el mundo. Casi por reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se desvaneció. En su lugar, apareció el centro de la ciudad junto a su mano izquierda, abarrotado de gente, botes neumáticos y edificios, pero mantuvo el sonido al mínimo. Continuó sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal para estar solo.

Los directores de Synthank estaban disfrutando de un gran banquete para celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos utilizaban máscaras faciales de plástico, muy populares en aquel momento. Todos eran elegantemente delgados, pese a la abundante comida y bebida que estaban trasegando. Todas sus esposas eran elegantemente delgadas, pese a la abundante comida y bebida que también estaban trasegando. Una generación anterior y menos sofisticada les habría considerado gente hermosa, aparte de sus ojos.

Henry Swinton, director gerente de Synthank, estaba a punto de pronunciar un discurso.
-Siento que tu mujer no haya podido venir para oírte -dijo su vecino.

-Mónica prefiere quedarse en casa, absorta en hermosos pensamientos -contestó Swinton sin abandonar su sonrisa.

-No cabe duda de que una mujer tan hermosa ha de alumbrar hermosos pensamientos -dijo el vecino.

Aleja tu mente de mi esposa, bastardo, pensó Swinton, siempre sonriente.

Se levantó entre aplausos para pronunciar el discurso. Después de un par de bromas, dijo: -El día de hoy representa un auténtico avance para la empresa. Han pasado casi diez años desde que lanzamos al mercado nuestras primeras formas de vida sintética. Todos sabéis el éxito que han alcanzado, en particular los dinosaurios en miniatura. Pero ninguna de ellas poseía inteligencia.

“Parece una paradoja que en este momento de la historia seamos capaces de crear vida pero no inteligencia. Nuestra primera línea de venta, la Cinta CrossweIl, es la más vendida, y la más estúpida”.

Todo el mundo rió.

-Aunque las tres cuartas partes de nuestro mundo superpoblado mueren de hambre, nosotros somos afortunados de tener más que nadie, gracias al control de natalidad. Nuestro problema es la obesidad, no la malnutrición. Supongo que no hay nadie en esta mesa que no tenga una Crosswell en el intestino delgado, un parásito cibernético perfectamente inofensivo que permite a su anfitrión comer hasta un cincuenta por ciento más, y sin embargo mantener la figura. ¿No es así?

Asentimientos generales.

-Nuestros dinosaurios en miniatura son casi igualmente estúpidos. Hoy lanzamos una forma de vida sintética inteligente: un criado de tamaño natural. No sólo posee inteligencia, sino una cantidad controlada de inteligencia. Creemos que la gente tendría miedo de un ser con cerebro humano. Nuestro criado lleva un pequeño ordenador en el cerebro.

“Se han lanzado al mercado seres mecánicos con miniordenadores en lugar de cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes…, pero por fin hemos descubierto una forma de insertar circuitos informáticos en carne sintética.

David estaba sentado junto a la larga ventana de su cuarto, forcejeando con lápiz y papel. Por fin, dejó de escribir e hizo rodar el lápiz arriba y abajo por el sobre inclinado del escritorio.

-¡Teddy! -dijo. El oso saltó de la cama, se acercó con paso rígido y agarró la pierna del niño. David lo levantó y sentó sobre el escritorio.

-¡Teddy, no sé qué decir!

-¿Qué has dicho hasta el momento?

-He dicho… -Cogió su carta y la miró fijamente-. He dicho: “Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero…”

Se hizo un largo silencio, hasta que el oso dijo:

-Suena bien. Baja y dásela.

Otro largo silencio.

-No acaba de convencerme. Ella no lo entenderá.

Dentro del oso, un pequeño ordenador activó su programa de posibilidades.

-¿Por qué no lo repites a lápiz?

David estaba mirando por la ventana.

-¿Sabes lo que estaba pensando, Teddy? ¿Cómo diferencias las cosas reales de las que no lo son?

El oso repasó sus alternativas.

-Las cosas reales son buenas.

-Me pregunto si el tiempo es bueno. Creo que a mamá no le gusta mucho el tiempo. El otro día, hace muchísimos días, dijo que el tiempo se le escapaba. ¿El tiempo es real, Teddy?

-Los relojes miden el tiempo. Los relojes son reales. Mamá tiene relojes, de modo que deben gustarle. Lleva un reloj en la muñeca, junto con el dial.

David había empezado a dibujar un jumbo en el reverso de su carta.

-Tú y yo somos reales, ¿verdad, Teddy?

Los ojos del oso contemplaron al niño sin pestañear.

-Tú y yo somos reales, David.

Estaba especializado en dar consuelo.

Mónica paseaba sin prisas por la casa. Ya faltaba poco para sintonizar el correo de la tarde. Marcó el número de la central de correos en el dial de la muñeca, pero no apareció nada. Unos minutos más.

Podía proseguir su cuadro. O llamar a sus amigas. O esperar a que Henry llegara a casa. O subir a jugar con David…

Salió al vestíbulo y se acercó al pie de la escalera.

-¡David!
No hubo respuesta. Llamó otra vez, y una tercera.

-¡Teddy! -llamó, en un tono más perentorio.

-Sí, mamá.

Al cabo de un momento, la cabeza de pelaje dorado de Teddy apareció en el rellano de la escalera.

-¿Está David en su habitación, Teddy?

-David ha salido al jardín, mamá.

-¡Baja, Teddy!

Mónica permaneció inmóvil, contemplando bajar peldaño a peldaño a la figurita peluda sobre sus extremidades achaparradas. Cuando llegó al vestíbulo, lo cogió y transportó hasta la sala de estar. Yacía quieto en sus brazos, con la mirada fija en ella. Apenas notaba la vibración del motor.

-Quédate ahí, Teddy. Quiero hablar contigo.

Lo dejó sobre la mesa, y el osito obedeció, con los brazos extendidos en el gesto eterno del abrazo.

-Teddy, ¿te ordenó David decirme que había salido al jardín?

Los circuitos del cerebro del oso eran demasiado sencillos para cualquier artificio.

-Sí, mamá.

-Luego me has mentido.

-Sí, mamá.

-¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué me esquiva David? No tendrá miedo de mí, ¿verdad?
-No. Él te quiere.

-¿Por qué no podemos comunicarnos?

-David está arriba.

La respuesta la dejó sin habla. ¿Para qué perder el tiempo hablando con esa máquina? ¿Por qué no subir, tomar a David en sus brazos y hablar con él, como haría cualquier madre con su hijo adorado? Oyó el peso del silencio que reinaba en la casa, pero pesaba de un modo diferente en cada habitación. En el rellano del primer piso, algo se movía con sigilo: David, que intentaba huir de ella…

Se acercaba el final del discurso. Los invitados estaban atentos, y también la prensa, alineada a lo largo de dos paredes del salón de banquetes, grabando las palabras de Henry y fotografiándole de vez en cuando.

-Nuestro criado será, en muchos sentidos, un producto de ordenador. Sin ordenadores, jamás habríamos podido dominar las complejidades bioquímicas de la carne sintética. Este criado será también una extensión del ordenador, pues contendrá un ordenador en la cabeza, un ordenador microminiaturizado capaz de afrontar casi cualquier situación que pueda surgir en el hogar. Con reservas, por supuesto.
Risas. Muchos de los presentes conocían el acalorado debate que había tenido lugar en el seno de la junta de Synthank, antes de que se hubiera tomado la decisión de que el criado, bajo el impecable uniforme, fuera un ser neutro.

-Entre todos los triunfos de nuestra civilización, sí, y entre los espantosos problemas de superpoblación, es triste recordar a los muchos millones de personas que sufren cada día más de soledad y aislamiento. Nuestro criado será de gran ayuda para ellas. Siempre contestará, y no puede aburrirle ni la conversación más insípida.

“Para el futuro, proyectaremos más modelos, masculinos y femeninos, algunos sin las limitaciones de éste, os lo prometo, de un diseño más avanzado, verdaderos seres bioeléctricos.

“No sólo poseerán sus propios ordenadores, capaces de programación individual: estarán conectados con la Red Mundial de Datos. De esta forma, todo el mundo podrá disfrutar del equivalente de un Einstein en sus hogares. El aislamiento personal será erradicado para siempre”.

Se sentó, arropado por una salva de aplausos entusiastas. Hasta el criado sintético, sentado a la mesa con un traje poco ostentoso, aplaudió con fervor.

David rodeó con sigilo una esquina de la casa, arrastrando su bolsa. Trepó al banco ornamental situado bajo la ventana del vestíbulo y echó un vistazo al interior. Su madre estaba de pie en mitad de la sala. La miró, fascinado. Tenía el rostro inexpresivo. Tal falta de expresión le asustó. No se movió; ella no se movió. Era como si el tiempo se hubiera detenido, tanto dentro como en el jardín. Teddy paseó la vista en torno, le vio, saltó de la mesa y se acercó a la ventana. Forcejeó con su garra y consiguió abrirla.

Ambos se miraron.

-No soy bueno, Teddy. ¡Huyamos!

-Eres un niño muy bueno. Tu mamá te quiere.

David negó lentamente con la cabeza.

-Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?

-No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tiene a ti.

-Tiene a papá. Yo no tengo a nadie, excepto a ti, y me siento solo.

Teddy le dio una palmada cariñosa en la cabeza.

-Si tan mal te sientes, sería mejor que volvieras al psiquiatra.

-Odio a ese viejo psiquiatra. Con él tengo la sensación de no ser real.

Empezó a correr entre la hierba. El oso saltó de la ventana y le siguió con la máxima rapidez que le permitían sus patas achaparradas.

Mónica Swinton estaba en el cuarto de los juguetes. Llamó a su hijo una vez y permaneció inmóvil, indecisa. Todo era silencio.

Lápices esparcidos sobre el escritorio. Obedeciendo a un repentino impulso, se acercó al escritorio y lo abrió. Dentro había docenas de hojas de papel. Muchas estaban escritas a lápiz con la torpe caligrafía de David, cada letra de un color distinto a la anterior. Ninguno de los mensajes estaba terminado.

MI QUERIDA MAMÁ, CÓMO ESTÁS, ME QUIERES TANTO QUERIDA MAMÁ, TE QUIERO Y TAMBIÉN A PAPÁ Y EL SOL ESTÁ BRILLANDO

QUERIDíSIMA MAMÁ, TEDDY ME ESTÁ AYUDANDO A ESCRIBIRTE. TE QUIERO Y TAMBIÉN A TEDDY

QUERIDA MAMÁ, SOY TU ÚNICO HIJO Y TE QUIERO TANTO QUE A VECES

QUERIDA MAMÁ, TÚ ERES DE VERDAD MI MAMÁ Y ODIO A TEDDY

QUERIDA MAMÁ, ADIVINA CUÁNTO TE QUIERO QUERIDA MAMÁ, SOY TU HIJITO NO TEDDY Y TE QUIERO PERO TEDDY

QUERIDA MAMÁ, ESTA CARTA ES SÓLO PARA TI PARA DECIRTE CUANTÍSIMO…

Mónica dejó caer las hojas de papel y estalló en lágrimas. Con sus alegres e inadecuados colores, las cartas revolotearon y se posaron en el suelo.

Henry Swinton cogió el expreso de vuelta a casa, de muy buen humor, y de vez en cuando dirigió la palabra al criado sintético que se llevaba a casa. El criado contestaba con educación y precisión, aunque sus respuestas no siempre eran adecuadas según los criterios humanos.

Los Swinton vivían en uno de los barrios más lujosos de la ciudad, a medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Encerrado entre otros apartamentos, el suyo carecía de ventanas al exterior, pues nadie quería ver el mundo exterior superpoblado. Henry abrió la puerta con el escáner retiniano y entró, seguido del criado.

Al instante, Henry se encontró rodeado por la confortadora ilusión de jardines sumergidos en un verano eterno. Era asombroso lo que Todograma podía hacer para crear inmensos espejismos en un espacio reducido. Detrás de las rosas y las glicinas se alzaba su casa. El engaño era completo: una mansión georgiana parecía darle la bienvenida.

-¿Te gusta? -preguntó al criado.

-Las rosas tienen parásitos a veces.

-Estas rosas están garantizadas contra toda imperfección.

-Siempre es aconsejable comprar productos garantizados, aunque sean un poco más caros.

-Gracias por la información -dijo Henry con sequedad. Las formas de vida sintéticas tenían menos de diez años, y los antiguos androides mecánicos menos de dieciséis. Aún estaban eliminando los fallos de sus sistemas, año tras año.

Abrió la puerta y llamó a Mónica. Su esposa salió de la sala de estar al instante y le echó los brazos al cuello, le besó con pasión en las mejillas y los labios. Henry se quedó asombrado.

Apartó la cabeza para mirarle la cara y vio que parecía irradiar luz y belleza. Hacía meses que no la veía tan entusiasmada. La abrazó con más fuerza.

-¿Qué ha pasado, cariño?

-Henry, Henry… Oh, querido. Estaba tan desesperada… Pero sintonicé el correo de la tarde y… ¡No te lo vas a creer! ¡Es maravilloso!

-Por el amor de Dios, mujer, ¿qué es maravilloso?

Vislumbró el encabezamiento de la fotostática que ella sujetaba, recién salida del receptor mural y todavía húmeda: Ministerio de la Población. Sintió que el color abandonaba su semblante a causa de la sorpresa y la esperanza.

-Mónica… Oh… ¡No me digas que ha salido nuestro número!

-Sí, querido, hemos ganado la lotería de paternidad de esta semana. ¡Podemos concebir un hijo ahora mismo!

Henry lanzó un grito de júbilo. Bailaron por la sala. La presión demográfica era tan enorme que la reproducción era controlada estrictamente. Se requería un permiso del gobierno para tener hijos. Habían esperado cuatro años a que llegara aquel momento. Proclamaron a los cuatro vientos su alegría.

Pararon por fin, jadeantes, y se quedaron en el centro de la sala, riendo de la mutua felicidad. Cuando había bajado del cuarto de los juguetes, Mónica había desoscurecido las ventanas, de modo que ahora exhibían la perspectiva del jardín. El sol artificial teñía de oro el césped… y David y Teddy les estaban mirando a través de la ventana.

Al ver sus caras, Henry y su mujer se pusieron serios.

-¿Qué haremos con ellos? -preguntó Henry.

-Teddy no causa problemas. Funciona bien.

-¿David funciona mal?

-Su centro de comunicación verbal todavía le causa problemas. Creo que tendrá que volver a la fábrica.

-De acuerdo. Veremos cómo funciona antes de que nazca el niño. Lo cual me recuerda… Tengo una sorpresa para ti. ¡Ayuda en el momento necesario! Ven al vestíbulo, te enseñaré lo que he traído.

Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño y el oso se sentaron bajo las rosas.

-Teddy… Supongo que papá y mamá son reales, ¿verdad?

-Haces unas preguntas muy tontas, David -contestó Teddy-. Nadie sabe lo que significa “real”. Entremos.

-Antes voy a coger otra rosa.

Arrancó una flor brillante y se la llevó a la casa. Podría dejarla sobre la almohada cuando fuera a dormir. Su belleza y suavidad le recordaban a mamá.

Brian W. Aldiss (foto)

 

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)