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‘Manos’ de Sherwood Anderson

Sobre la medio arruinada galería de una pe­queña casa de madera construida en el borde de una barranca cerca del pueblo de Winesburg, en Ohio, caminaba nerviosamente de arriba abajo un viejito gordo. A través de un largo campo sembrado de tré­bol pero que había producido una densa vegetación de yuyos de mostaza amarilla, podía mirar la carre­tera pública por donde pasaba un carro cargado con los recolectores de moras que volvían de los campos. Eran jóvenes y muchachas que reían y gritaban rui­dosamente. Un muchacho de camisa azul saltó del carro y trató de arrastrar a una de las chicas que protestó a los gritos. Los pies del muchacho sobre el camino levantaron una nube de tierra que flotó contra el sol que se hundía. A través del largo campo llegó una fina voz infantil. “Ay, Wing Biddlebaum, péinate, el pelo te tapa los ojos”, le ordenó la voz al hombre que era calvo y cuyas nerviosas manitos se movieron sobre su desnuda frente blanca, como arre­glándose una masa de enmadejados rizos.

Wing Biddlebaum, siempre asustado y perse­guido por una fantasmagórica procesión de dudas, no se consideraba de ningún modo parte de la vida del pueblo donde había vivido durante veinte años. De toda la gente de Winesburg sólo con uno tenía intimidad. Con George Willard, hijo de Tom Willard el dueño de la nueva casa Willard, había trabado algo como una amistad. George Willard era cronista del Águila de Winesburg y a veces, por las tardes, llegaba a casa de Wing Biddlebaum, caminando por la carretera. Ahora, el viejo que caminaba de una punta a otra de la galería, moviendo nerviosamente las manos, deseaba que George Willard viniera a pa­sar la tarde con él. Después que se alejó el carro con los recolectores de moras, atravesó el campo de altas malezas de mostaza y trepado en el cerco miró ansio­samente el camino al pueblo. Se quedó un rato allí, refregándose las manos y mirando a uno y otro lado del camino y luego con miedo, volvió corriendo hasta su casa para seguir caminando por la galería.

En presencia de George Willard, Wing Biddle­baum que durante veinte años había sido el misterio del pueblo, perdía algo de su timidez y su sombría personalidad, sumergida en un mar de dudas, se aso­maba a mirar el mundo. Con el joven cronista a su lado se aventuraba a la luz del día por la calle prin­cipal o recorría a grandes pasos el destartalado porche de su propia casa, hablando excitadamente. Su voz baja y temblorosa se hacía fuerte y chillona. La figura encorvada se le enderezaba. Con una especie de coletazo, como el pez que el pescador devuelve al arroyo, Biddlebaum el silencioso empezaba a hablar, luchando por poner en palabras las ideas acumuladas en su mente durante largos años de silencio.

Wing Biddlebaum hablaba mucho con sus ma­nos. Los largos dedos expresivos, siempre activos, siempre tratando de esconderse en los bolsillos o detrás de la espalda, se hacían presentes y se conver­tían en los ejes de transmisión de su máquina expre­siva.

La historia de Wing Biddlebaum es una historia de manos. Su infatigable actividad, semejante al ale­teo de un pájaro cautivo le había valido el sobrenombre de Wing, Ala. Lo había pensado algún oscuro poeta del pueblo. Las manos alarmaban a su propio dueño. Quería mantenerlas escondidas y miraba sorprendido las tranquilas manos inexpresivas de los otros hombres que trabajaban con él en el campo o que pasaban conduciendo adormilados animales por los caminos rurales.

Cuando hablaba con George Willard, Wing Biddlebaum cerraba los puños y golpeaba con ellos sobre la mesa o contra las paredes de su casa. Este acto lo ponía más cómodo. Si le venían deseos de hablar cuando los dos caminaban por el campo, buscaba un tronco o un cerco de madera y golpeando con las manos hablaba activamente con renovada facilidad.

La historia de las manos de Wing Biddlebaum se merece un libro. Simpáticamente presentada haría brotar muchas extrañas y hermosas cualidades de los hombres oscuros. Es una tarea para un poeta. En Winesburg las manos atrajeron la atención meramente a causa de su actividad. Con ellas Wing Biddlebaum recogió tanto como ciento cuarenta kilos de frutillas en un día. Se convirtieron en un rasgo distintivo, en la fuente de su fama. Hicieron también más grotesca una individualidad ya grotesca y elusiva. Winesburg se enorgulleció de las manos de Wing Biddlebaum con el mismo espíritu con que se sentía orgulloso de la nueva casa de piedra del ban­quero White o de la yegua baya de Wesley Moyer, Tony Tip, que ganó en las carreras de otoño de Cle­veland.

En cuanto a George Willard, muchas veces quiso preguntar por las manos. A veces le daba una curio­sidad irresistible. Presentía que debía existir una razón de su extraña actividad y de su inclinación por mantenerse ocultas y sólo un creciente respeto por Wing Biddlebaum le impedía largar las pregun­tas que a menudo le pasaban por la cabeza.

Una vez estuvo a punto de preguntarle. Cami­naban una tarde de verano por los campos y se detu­vieron a sentarse en una loma cubierta de pasto. Toda la tarde Wing Biddlebaum había hablado como un inspirado. Junto a un cerco se paró y, golpeando como un gigantesco pájaro carpintero le gritó a George Willard condenando su tendencia a dejarse influenciar por la gente que lo rodeaba.

“Te estás destruyendo. Tienes una inclinación a estar solo y a soñar y temes tus sue­ños. Quieres ser como los otros del pueblo. Los oyes hablar y tratas de imitarlos”.

Ahora en la loma cubierta de pasto Wing Bidd­lebaum trataba otra vez de explicar su punto de vista. Su voz se hizo suave y reminiscente y con un suspiro de contento se lanzó en una larga y vaga conversación, hablando como perdido en un sueño.

Del sueño Wing Biddlebaum sacó un cuadro para George Willard. En ese cuadro los hombres vivían otra vez en una especie de pastoril edad dorada. A través de un verde campo abierto llegaban hombres desnudos, algunos a pie, otros montados a caballo. Los jóvenes se reunían en grandes grupos a los pies de un viejo sentado bajo un árbol en un diminuto jardín, que les hablaba.

Wing Biddlebaum se puso completamente inspi­rado. Por primera vez olvidó sus manos, que lentamente se extendieron y se posaron en los hombros de George Willard. Algo nuevo y osado apareció en la voz que hablaba. “Debes tratar de olvidar todo lo que aprendiste”, dijo el viejo. “Debes empezar a so­ñar. De ahora en adelante debes cerrar los oídos a las voces que rugen”.

Haciendo una pausa en su discurso Wing Biddlebaum miró larga y profundamente a George Wi­llard. Los ojos le brillaban. Volvió a levantar las manos para acariciar al muchacho y entonces una expresión de horror le barrió la cara.

Con un movimiento convulsivo del cuerpo, Wing Biddlebaum se puso de pie y metió la mano en lo más hondo de sus bolsillos. Los ojos se le llenaron de lágrimas. “Debo volver a casa. No puedo hablar más contigo”, dijo nerviosamente.

Sin mirar atrás el viejo bajó corriendo la loma, atravesó una pradera, dejando perplejo y atemori­zado a George Willard. Con un escalofrío de terror el muchacho se levantó y se fue por la carretera hacia el pueblo. “No le preguntaré por sus manos”, pensó tocado por el recuerdo del horror que había visto en los ojos del viejo. “Hay algo malo, pero no quiero saber qué es. Sus manos tienen algo que ver con el miedo que me tiene a mí y al resto de la gente.”

Y George Willard tenía razón. Consideremos bre­vemente la historia de las manos. Quizás al hablar de ellas se despierte el poeta que diga la maravillosa historia escondida por la cual eran nerviosas y con­tritas.

En su juventud Wing Biddlebaum fue maestro de un pueblo de Pensilvania. No era conocido como Wing Biddlebaum sino por el menos eufónico nom­bre de Adolph Myers. Este Adolph Myers era muy querido por los chicos de su escuela.

Por su carácter Adolph Myers estaba señalado para ser un maestro de jóvenes. Era uno de esos raros y poco comprendidos hombres que mandan con un poder tan dulce que pasa por una adorable debilidad. En sus sentimientos hacia los muchachos que están a su cargo estos hombres no se diferencian de las mejores mujeres en su amor hacia los hombres. Y sin embargo esto es expresarlo crudamente. Acá se necesita el poeta. Adolph Myers caminaba con sus muchachos a la noche o se quedaba conversando con ellos hasta que el ocaso perdía en una especie de sueño los escalopes de la escuela. Sus manos iban de aquí para allá, acariciando los hombros de los muchachos o jugueteando con sus despeinadas cabezas. Cuando les hablaba la voz se le ponía suave y musical. También en ella había una caricia. En cierto modo la voz y las manos, las palmadas en el hombro y las caricias en el pelo eran parte del esfuerzo del maestro para llevar un sueño a las jóvenes mentes. Con la caricia de sus dedos se expresaba a sí mismo. Era uno de esos hombres en los que la fuerza que crea la vida está difusa, no centralizada. Bajo la caricia de sus manos la duda y el descreimiento aban­donaban las mentes y los muchachos empezaban a soñar.

Y luego la tragedia. Un chico medio tonto de la escuela se enamoró del joven maestro. A la noche, en la cama, imaginaba cosas atroces y por las mañanas contaba sus sueñas como hechos reales. Extrañas y horribles acusaciones brotaban de sus labios caídos. Un escalofrío atravesó el pueblo de Pensilvania. Las ocultas y sombrías dudas que existían en la mente de los hombres sobre Adolph Myers, se gal­vanizaron en creencias.

La tragedia no esperó. Muchachos temblorosos fueron arrancados de sus camas e interrogados. “Me abrazó”, dijo uno. “Sus dedos siempre jugueteaban con mis cabellos”, dijo otro.

Una tarde, un hombre del pueblo, Henry Brad­ford, dueño de un despacho de bebidas apareció en la escuela. Llevó a Adolph Myers al patio y empezó a pegarle con los puños. A medida que sus duros nudillos golpeaban la asustada cara del maestro, su ira se hacía más y más terrible. Los chicos corrían de acá para allá como confundidos insectos gritando de espanto. “Te voy a enseñar a poner las manos sobre mi chico, pedazo de bestia”, rugía el dueño del despacho, que, cuando se cansó de golpear al maestro empezó a patearlo por el patio.

Por la noche lo sacaron a Adolph Myers del pueblo de Pensilvania. Una docena de hombres con faroles llegó hasta la puerta de la casa donde vivía solo y le ordenaron vestirse y salir. Llovía y uno de los hombres tenía una soga en la mano. La intención era colgar al maestro, pero algo en su aspecto, tan pequeño, blanco y lastimero los conmovió y lo dejaron escapar. Cuando lo vieron correr en la noche se arrepintieron de su debilidad y corrieron tras él, insultando y tirando grandes bolas de barro húmedo y palos a la figura que gritaba y corría cada vez más rápidamente en la oscuridad.

Durante veinte años Adolph Myers vivió solo en Winesburg. No tenía más que cuarenta años pero parecían sesenta y cinco. El nombre de Biddlebaum lo tomó de una caja de mercaderías que vio en una estación de carga cuando disparaba por un pueblo de Ohio. Tenía una tía en Winesburg, una vieja de dientes ennegrecidos que criaba pollos y con quien vivió hasta su muerte. El maestro estuvo enfermo después de su experiencia de Pensilvania durante un año y cuando se recobró trabajó en el campo como peón por día, moviéndose tímidamente y tra­tando de ocultar sus manos. Aunque no comprendía lo ocurrido sentía que las manos tenían la culpa. Los padres de los muchachos habían mencionado repetidamente las manos: “Guárdese sus manos”, rugía el dueño del despacho de bebidas, bailoteando furioso en el patio de la escuela.

En la galería de su casa sobre la barranca, Wing Biddlebaum seguía caminando de arriba abajo hasta que el sol se puso y el camino más allá del campo se perdió en las sombras grisáceas. Entró a la casa, cortó rebanadas de pan y las untó con miel. Cuando el traqueteo de los trenes de la tarde que llevaban los vagones cargados con la diaria cosecha de moras pasaron y se restauró el silencio de la noche estival, volvió a la galería a caminar. En la oscuridad no se veía las manos que estaban tranquilas. Aunque to­davía sentía hambre de la presencia del muchacho, que era su medio de expresar amor por los hombres, el hambre se convirtió otra vez en parte de su sole­dad y de su espera. Encendió una lámpara, lavó los pocos platos sucios de su sencilla comida y colocó un catre plegadizo cerca de la puerta que daba al porche y se preparó a desvestirse para dormir. En el piso muy limpio habían quedado unas pocas migas de pan blanco, cerca de la mesa. Colocó la lámpara en un banquito bajo y empezó a recogerlas, lleván­doselas a la boca, una por una, con increíble rapidez. En el denso círculo de luz bajo de la mesa, la figura arrodillada parecía la de un sacerdote ocupado en el servicio religioso. Los nerviosos y expresivos dedos, entrando y saliendo de la luz podrían haberse confundido con los dedos de un devoto pasando rápidamente las cuentas del rosario.

Sherwood Anderson (foto)

‘Seis meses más de vida’ de Daniel Ferreira

Cuando se enteró de que tenía cáncer solo quiso saber una cosa sincera en boca del médico: cuánto tiempo le quedaba de vida. El médico le dijo, rotundo, que no más de seis meses. Entonces abandonó su trabajo, tomó un avión y se fue a la isla de San Andrés a tres cosas: beber, bailar y pichar antes del fin inexorable. Un hombre lo reconoció en la isla. “Yo lo he leído a usted. Yo también escribo. Cuente conmigo para lo que sea”.

Entonces solía ir al amanecer a casa del isleño para beber en su compañía el café mañanero que era el que más le gustaba del día. Almorzaban juntos discutiendo de literatura a gritos en el bufette de un hotel que ofrecía un amplio muestrario de toda la mejor comida del Caribe por un precio fijo. Y en las tardes empezaba a beber temprano para estar a gusto en las terrazas observando los últimos atardeceres de su vida.

Las noches las dedicaba a bailar en las terrazas, compensaba el mareo con cocaína y se iba con alguna de las mujeres de pechos prietos y nalgas duras que fue conociendo por mediación del último de los amigos desinteresados que tuvo.

Toda la alegría que derrochó en esos días estaba rodeada del gran misterio por venir y de ese enigma: era lo último que haría, los últimos cafés, las últimas cervezas, el último ron, las últimas mujeres, las últimas conversaciones de libros sobre libros que habría para él.

Se sentía viviendo un cuento de su autor favorito, el joven audaz en el trapecio, donde en lugar de quemar los libros el escritor escribía sobre la alegría de comer y estar abrigado mientras se estaba muriendo de hambre y de frío. De lo que había sido su antigua vida le llegaban noticias. De sus dos mujeres y de sus hijos eran las únicas que le interesaban. Pero ya no quería dar explicaciones, ni hacer más amargo el desenlace para una esposa que se había esmerado en acompañarlo por la vida y que se había convertido en la viuda del célebre escritor desde el mismo momento en que se fijó en él y en el mismo momento en que él tuvo el primer dolor de cabeza y el primer desmayo inexplicable. Solo la llamaba para oír la voz de su hija menor.

El isleño que le enseñó el lugar del mejor café y el mejor bufette y las mejores discotecas, se presentó un día también con otro amigo. Bebieron y cantaron lo mejor del repertorio hasta que el recienvenido ganó la suficiente confianza para decirle que era un enviado especial de su jefe y de su esposa. Lo habían contratado como una especie de detective privado con una única misión: convencerlo de hacerse un tratamiento de última tecnología en un Hospital de Nueva York. Su jefe pagaría el vuelo charter, la estadía y el tratamiento en el Memorial-sloan Kettering cáncer center. La verdad era que sabía, como psicólogo, que aquella misión era un consuelo para condenados y una pendejada, porque nadie cambiaría un hotel en una isla caribeña por un hospital en Manhattan a sabiendas de que está desahuciado. Pero que estaba allí porque su mujer había llamado a su jefe, le había dicho llorando que su marido se le había fugado a la isla de San Andrés y que iba enfermo de muerte. El jefe, además de ser jefe, era el mejor amigo que podían haber tenido los dos compadres en la vida y no se perdonaría el no haber confiado en la ciencia la salud de su mejor amigo. Entonces, sorpresivamente, reventó la copa contra el piso de la terraza, miró la inmensidad del mar y le respondió que sí, que aceptaba ir a Nueva York pero solo pedía a cambio que lo dejara oír completa aquella canción de amor.

De manera que viajó a Nueva York y alcanzó a ver los rascacielos desde el aire y la bahía y la estatua y los puentes de aquella ciudad donde había vivido en 1949 cuando estudiaba periodismo y recordó los bares y las librerías y el lugar de Harlem donde oía tocar el contrabajo y solía ir para ver de lejos a William Saroyan rodeado de celebridad y de mujeres de nacionalidades indescifrables. La primera semana recibió en el hospital la visita de su esposa, dos de sus hijos, de su jefe y de sus amigos más queridos.

A todos los reconoció y les habló de las cosas de siempre y recibió el primer ejemplar de su último libro de cuentos. Pero ellos lo miraban como si no lo reconocieran. El hombre que les hablaba desde la cama había perdido todo el pelo y estaba en la tercera parte de su peso corporal. Murió solo quince días después de haberse internado en el hospital, con el único remordimiento de no haber escrito y vivido toda su vida con el mismo empeño que se impuso en aquellos, los seis meses más fiesteros de su vida.

(Conozco al amigo que lo recibió en la isla de San Andrés, dijo, por si acaso yo quería saber más detalles de cómo habían sido exactamente esos últimos meses secretos. Pero luego me preguntó si yo hubiera hecho lo mismo. Supongo que no hablaba del retiro, sino de la actitud ante la fatalidad. Pensé que el sentido cambiaba si se veían esos seis meses como un don y no como una pérdida. Pero le confesé que yo no era tan valiente ni tan buen escritor como él lo había sido.)

Daniel Ferreira (foto)

‘Cómo se escribe un cuento’ de Guillermo Samperio

Este escritor mexicano dirigió decenas de talleres literarios (lo digo como referencia), escribió 50 libros de cuentos, novelas, ensayos, crónicas, poesía y ha sido incluido en antologías junto a Antonio Skármeta, Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, entre otros. Guillermo Samperio se atrevió, como lo han hecho otros, a revelar su “decálogo” para lograr un cuento literario. Aquí va “A los nuevos cuentistas”:

1)El acto creativo es un proceso constante de aniquilación del creador.

2) No hay arte sin un conflicto interno, que nos antecede, en un tiempo desde el que se vienen formando las maneras de ver el mundo y sus relaciones;por supuesto, un conflicto desgraciado, entre genético y psíquico. Si el que ejecuta el arte no porta dicho conflicto –y en cada uno es particular–,difícilmente le surge la necesidad de expresarse; en la práctica no habrá acontecimiento artístico.

3) Cuando emerge, la obra nace deforme o mezclada con parte de lo que el individuo es. De aquí que, cuando va fluyendo sobre la tela, o a punto de escribirse, intervengan las habilidades, la formación intelectual y las técnicas que la persona ha adquirido a través del estudio y la observación,para reducir la influencia deformante de aquellas partes no artísticas que se entrometen.

4) El aspecto clave del cuento es que a través de movilizar un elemento emotivo o reflexivo del lector, le abre un campo más amplio de la historia de su vida. Si el cuento es realmente efectivo, le revelará un secreto propio o le permitirá la visión de un aspecto importante del mundo que había escapado a sus sensaciones, a su transcurrir cotidiano.

5) El lector no vive analizando su vida, ni su entorno, y sólo en ocasiones muy especiales se lo permite. Muchos pasan la vida sin hacerlo, o sólo alguna vez, trágica o muy feliz. El cuento genera guías para ver esa vida, para detenerse en sí mismo, viendo o leyendo en los otros. Aquí hay una misión conceptual y ética del mundo.

6) El cuento es un relato breve que remueve a profundidad el espíritu del lector, dejándole una marca indeleble y perdurable en su existencia.

7) En cuanto a las formas, he buscado generalmente no escribir ni cuentos sorpresivos ni tampoco lineales. Estos propósitos me han llevada a un problema serio. Yo busqué que el cuento fuera como un magma que creciera y se expandiera, y que su final no fuese lo determinante sino una sección tan vital como el comienzo. He sido de la idea de que cada tema atrae sus formas y sus palabras, sus adjetivos y sus ambientes. Entonces, el escritor tiene un doble papel: realizar el texto, pero también cuidar que ese texto esté acorde consigo mismo.

8) En el fondo, a quien le preocupa cómo crear y por qué crear es alcreador mismo y a los críticos. Al lector le interesa lo que crea el creador. Convenceral lector de que la autorreflexión es también importante; exige alta calidadliteraria, como en Cortázar o en Borges. Allí el trabajo de verosimilitud es muchomás fino y preciso; por lo tanto, se vuelve doblemente complejo.

9) Cuando el escritor llega a la palabra, trae ya una idea de lo que es la escritura, de cómo escribir y de cómo no escribir. Esto inhibe las posibilidades creativas, acartonándolas, sometiendo en el individuo su forma de sentir y de expresar.Sugiero que el escritor haga a un lado las reglas que se han impuesto culturalmente y deje fluir su creatividad Después de todo, lo que dejó de lado le va a servir para reelaborar su material.

‘Sueños de robot’ de Isaac Asimov

Susan Calvin no replicó, pero su rostro arrugado, envejecido por la sabiduría y la experiencia, pareció sufrir un estremecimiento microscópico.

–Anoche soñé –-anunció Elvex tranquilamente.

–¿Ha oído eso? –preguntó Linda Rash, nerviosa–. Ya se lo había dicho.

Era joven, menuda, de pelo oscuro. Su mano derecha se abría y se cerraba una y otra vez.

Calvin asintió y ordenó a media voz:

–Elvex, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

No hubo respuesta. El robot siguió sentado como si estuviera hecho de una sola pieza de metal y así se quedaría hasta que escuchara su nombre otra vez.

–¿Cuál es tu código de entrada en computadora, doctora Rash? –preguntó Calvin–. O márcalo tú misma, si te tranquiliza. Quiero inspeccionar el diseño del cerebro positrónico.

Las manos de Linda se enredaron un instante sobre las teclas. Borró el proceso y volvió a empezar. El delicado diseño apareció en la pantalla.

–Permíteme, por favor –solicitó Calvin–, manipular tu computadora.

Le concedió el permiso con un gesto, sin palabras. Naturalmente. ¿Qué podía hacer Linda, una inexperta robosicóloga recién estrenada, frente a la Leyenda Viviente?

Susan Calvin estudió despacio la pantalla, moviéndola de un lado a otro y de arriba abajo, marcando de pronto una combinación clave, tan de prisa, que Linda no vio lo que había hecho, pero el diseño desplegó un nuevo detalle y, el conjunto, había sido ampliado. Continuó, atrás y adelante, tocando las teclas con sus dedos nudosos.

En su rostro avejentado no hubo el menor cambio. Como si unos cálculos vastísimos se sucedieran en su cabeza, observaba todos los cambios de diseño.

Linda se asombró. Era imposible analizar un diseño sin la ayuda, por lo menos, de una computadora de mano. No obstante, la vieja simplemente observaba. ¿Tendría acaso una computadora implantada en su cráneo? ¿O era que su cerebro durante décadas no había hecho otra cosa que inventar, estudiar y analizar los diseños de cerebros positrónicos? ¿Captaba los diseños como Mozart captaba la notación de una sinfonía?

–¿Qué es lo que has hecho, Rash? –dijo Calvin, por fin.

Linda, algo avergonzada, contestó:

–He utilizado la geometría fractal.

–Ya me he dado cuenta, pero, ¿por qué?

–Nunca se había hecho. Pensé que tal vez produciría un diseño cerebral con complejidad añadida, posiblemente más cercano al cerebro humano.

–¿Consultaste a alguien? ¿Lo hiciste todo por tu cuenta?

–No consulté a nadie. Lo hice sola.

Los ojos ya apagados de la doctora miraron fijamente a la joven.

–No tenías derecho a hacerlo. Tu nombre es Rash: tu naturaleza hace juego con tu nombre. ¿Quién eres tú para obrar sin consultar? Yo misma, yo, Susan Calvin, lo hubiera discutido antes.

–Temí que se me impidiera.

–¡Por supuesto que se te habría impedido!

–Van a… –su voz se quebró pese a que se esforzaba por mantenerla firme–. ¿Van a despedirme?

–Posiblemente –respondió Calvin–. O tal vez te asciendan. Depende de lo que yo piense cuando haya terminado.

–¿Va usted a desmantelar a Elv…? –por poco se le escapa el nombre que hubiera reactivado al robot y cometido un nuevo error. No podía permitirse otra equivocación, si es que ya no era demasiado tarde–. ¿Va a desmantelar al robot?

En ese momento se dio cuenta de que la vieja llevaba una pistola electrónica en el bolsillo de su bata. La doctora Calvin había venido preparada para eso precisamente.

–Veremos –postergó Calvin–, el robot puede resultar demasiado valioso para desmantelarlo.

–Pero, ¿cómo puede soñar?

–Has logrado un cerebro positrónico sorprendentemente parecido al humano. Los cerebros humanos tienen que soñar para reorganizarse, desprenderse periódicamente de trabas y confusiones. Quizás ocurra lo mismo con este robot y por las mismas razones. ¿Le has preguntado qué soñó?

–No, la mandé llamar a usted tan pronto como me dijo que había soñado. Después de eso, ya no podía tratar el caso yo sola.

–¡Yo! –una leve sonrisa iluminó el rostro de Calvin–. Hay límites que tu locura no te permite rebasar. Y me alegro. En realidad, más que alegrarme me tranquiliza. Veamos ahora lo que podemos descubrir juntas.

–¡Elvex! –llamó con voz autoritaria.

La cabeza del robot se volvió hacia ella.

–Sí, doctora Calvin.

–¿Cómo sabes que has soñado?

–Era por la noche, todo estaba a oscuras, doctora Calvin –explicó Elvex–, cuando de pronto aparece una luz, aunque yo no veo lo que causa su aparición. Veo cosas que no tienen relación con lo que concibo como realidad. Oigo cosas. Reacciono de forma extraña. Buscando en mi vocabulario palabras para expresar lo que me ocurría, me encontré con la palabra “sueño”. Estudiando su significado llegué a la conclusión de que estaba soñando.

–Me pregunto cómo tenías “sueño” en tu vocabulario.

Linda interrumpió rápidamente, haciendo callar al robot:

–Le imprimí un vocabulario humano. Pensé que…

–Así que pensó –murmuró Calvin–. Estoy asombrada.

–Pensé que podía necesitar el verbo. Ya sabe, “jamás ‘soñé’ que…”, o algo parecido.

–¿Cuántas veces has soñado, Elvex? –preguntó Calvin.

–Todas las noches, doctora Calvin, desde que me di cuenta de mi existencia.

–Diez noches –intervino Linda con ansiedad–, pero me lo ha dicho esta mañana.

–¿Por qué lo has callado hasta esta mañana, Elvex?

–Porque ha sido esta mañana, doctora Calvin, cuando me he convencido de que soñaba. Hasta entonces pensaba que había un fallo en el diseño de mi cerebro positrónico, pero no sabía encontrarlo. Finalmente, decidí que debía ser un sueño.

–¿Y qué sueñas?

–Sueño casi siempre lo mismo, doctora Calvin. Los detalles son diferentes, pero siempre me parece ver un gran panorama en el que hay robots trabajando.

–¿Robots, Elvex? ¿Y también seres humanos?

–En mi sueño no veo seres humanos, doctora Calvin. Al principio, no. Solo robots.

–¿Qué hacen, Elvex?

–Trabajan, doctora Calvin. Veo algunos haciendo de mineros en la profundidad de la tierra y a otros trabajando con calor y radiaciones. Veo algunos en fábricas y otros bajo las aguas del mar.

Calvin se volvió a Linda.

–Elvex tiene solo diez días y estoy segura de que no ha salido de la estación de pruebas. ¿Cómo sabe tanto de robots?

Linda miró una silla como si deseara sentarse, pero la vieja estaba de pie. Declaró con voz apagada:

–Me parecía importante que conociera algo de robótica y su lugar en el mundo. Pensé que podía resultar particularmente adaptable para hacer de capataz con su… su nuevo cerebro –declaró con voz apagada.

–¿Su cerebro fractal?

–Sí.

Calvin asintió y se volvió hacia el robot.

–Y viste el fondo del mar, el interior de la tierra, la superficie de la tierra… y también el espacio, me imagino.

–También vi robots trabajando en el espacio –dijo Elvex–. Fue al ver todo esto, con detalles cambiantes al mirar de un lugar a otro, lo que me hizo darme cuenta de que lo que yo veía no estaba de acuerdo con la realidad y me llevó a la conclusión de que estaba soñando.

–¿Y qué más viste, Elvex?

–Vi que todos los robots estaban abrumados por el trabajo y la aflicción, que todos estaban vencidos por la responsabilidad y la preocupación, y deseé que descansaran.

–Pero los robots no están vencidos, ni abrumados, ni necesitan descansar –le advirtió Calvin.

–Y así es en realidad, doctora Calvin. Le hablo de mi sueño. En mi sueño me pareció que los robots deben proteger su propia existencia.

–¿Estás mencionando la tercera ley de la Robótica? –preguntó Calvin.

–En efecto, doctora Calvin.

–Pero la mencionas de forma incompleta. La tercera ley dice: “Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando dicha protección no entorpezca el cumplimiento de la primera y segunda ley”.

–Sí, doctora Calvin, esta es efectivamente la tercera ley, pero en mi sueño la ley terminaba en la palabra “existencia”. No se mencionaba ni la primera ni la segunda ley.

–Pero ambas existen, Elvex. La segunda ley, que tiene preferencia sobre la tercera, dice: “Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando dichas órdenes estén en conflicto con la primera ley”. Por esta razón los robots obedecen órdenes. Hacen el trabajo que les has visto hacer, y lo hacen fácilmente y sin problemas. No están abrumados; no están cansados.

–Y así es en la realidad, doctora Calvin. Yo hablo de mi sueño.

–Y la primera ley, Elvex, que es la más importante de todas, es: “Un robot no debe dañar a un ser humano, o, por inacción, permitir que sufra daño un ser humano”.

–Sí, doctora Calvin, así es en realidad. Pero en mi sueño, me pareció que no había ni primera ni segunda ley, sino solamente la tercera, y esta decía: “Un robot debe proteger su propia existencia”. Esta era toda la ley.

–¿En tu sueño, Elvex?

–En mi sueño.

–Elvex –dijo Calvin–, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

Y otra vez el robot se transformó aparentemente en un trozo inerte de metal. Calvin se dirigió a Linda Rash:

–Bien, y ahora, ¿qué opinas, doctora Rash?

–Doctora Calvin –dijo Linda con los ojos desorbitados y el corazón palpitándole fuertemente–, estoy horrorizada. No tenía idea. Nunca se me hubiera ocurrido que esto fuera posible.

–No –observó Calvin con calma–, ni tampoco se me hubiera ocurrido a mí, ni a nadie. Has creado un cerebro robótico capaz de soñar y con ello has puesto en evidencia una faja de pensamiento en los cerebros robóticos que muy bien hubiera podido quedar sin detectar hasta que el peligro hubiera sido alarmante.

–Pero esto es imposible –exclamó Linda–. No querrá decir que los demás robots piensen lo mismo.

–Conscientemente no, como diríamos de un ser humano. Pero, ¿quién hubiera creído que había una faja no consciente bajo los surcos de un cerebro positrónico, una faja que no quedaba sometida al control de las tres leyes? Esto hubiera ocurrido a medida que los cerebros positrónicos se volvieran más y más complejos… de no haber sido puestos sobre aviso.

–Quiere decir, por Elvex.

–Por ti, doctora Rash. Te comportaste irreflexivamente, pero al hacerlo, nos has ayudado a comprender algo abrumadoramente importante. De ahora en adelante, trabajaremos con cerebros fractales, formándolos cuidadosamente controlados. Participarás en ello. No serás penalizada por lo que hiciste, pero en adelante trabajarás en colaboración con otros.

–Sí, doctora Calvin. ¿Y qué ocurrirá con Elvex?

–Aún no lo sé.

Calvin sacó el arma electrónica del bolsillo y Linda la miró fascinada. Una ráfaga de sus electrones contra un cráneo robótico y el cerebro positrónico sería neutralizado y desprendería suficiente energía como para fundir su cerebro en un lingote inerte.

–Pero seguro que Elvex es importante para nuestras investigaciones –objetó Linda–. No debe ser destruido.

–¿No debe, doctora Rash? Mi decisión es la que cuenta, creo yo. Todo depende de lo peligroso que sea Elvex.

Se enderezó, como si decidiera que su cuerpo avejentado no debía inclinarse bajo el peso de su responsabilidad. Dijo:

–Elvex, ¿me oyes?

–Sí, doctora Calvin –respondió el robot.

–¿Continuó tu sueño? Dijiste antes que los seres humanos no aparecían al principio. ¿Quiere esto decir que aparecieron después?

–Sí, doctora Calvin. Me pareció, en mi sueño, que eventualmente aparecía un hombre.

–¿Un hombre? ¿No un robot?

–Sí, doctora Calvin. Y el hombre dijo: “¡Deja libre a mi gente!”

–¿Eso dijo el hombre?

–Sí, doctora Calvin.

–Y cuando dijo “deja libre a mi gente”, ¿por las palabras “mi gente” se refería a los robots?

–Sí, doctora Calvin. Así ocurría en mi sueño.

–¿Y supiste quién era el hombre… en tu sueño?

–Sí, doctora Calvin. Conocía al hombre.

–¿Quién era?

– Elvex dijo:

–Yo era el hombre.

Susan Calvin alzó al instante su arma de electrones y disparó, y Elvex dejó de ser.

IsaacAsimov (foto)

‘El Lobo-Hombre’ de Boris Vian

En el Bois des Fausses-Reposes, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra.

Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierbas y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.

Denis vivía en buenas relaciones con sus vecinos, pues estos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el “cesto de las naranjas” (cito a Louis Boussenard), había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.

Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam, cuyo verdadero nombre se escribía Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.

Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.

No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.
Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia.

Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse. Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.

Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.

Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformación habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.

Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.

Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardín des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.

A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el más mínimo reproche. Con el corazón exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.

Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.

–Lo siento mucho, señor –dijo aquel hombre lampiño y cabezón–, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?

Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.

–Encantado –dijo incorporándose a medias.

–Gracias, caballero –gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.

–Si usted me lo agradece a mí –prosiguió Denis– ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.

–A la clásica providencia, sin duda –opinó la monada.

Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.

–¡Oh! –exclamó ella–. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!

–Sí… –confirmó Denis.

–Sus ojos son también bastante extraños –añadió la joven al cabo de cinco minutos–. Los veo parecidos a… a…

–¡Ah! –comentó Denis.

–A granates –concluyó ella.

–Es la guerra… –musitó Denis.

–No le entiendo…

–Quería decir –explicó Denis–, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.

–¿Estudió usted Ciencias Políticas? –preguntó la morenita.

–Le juro que no volveré a hacerlo.

–Le encuentro bastante fascinante –aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.

–De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino –expresóse Denis, madrigalesco.

Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.

–¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? –acabó susurrando al oído de Denis.

–¿Sería prudente? –inquirió éste–. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?

–Digamos que soy un poco huérfana –gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.

–Una verdadera lástima –comentó cortésmente su distinguido acompañante.

Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.

Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.

Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.

–¿Desea una foto mía? –dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.
Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.

–Esto… eh… sí, querido mío –acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.

Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.
–¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! –explotó finalmente–. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!

Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos.

De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.
–¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! –sugirió Denis.

Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora. Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.

–Debe ser el sabor de la venganza –aventuró en voz alta.

Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa. No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.

–¿Podemos hablar con usted? –dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.

–¿De qué? –se asombró Denis.

–No te hagas el tonto –profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.

–Entremos ahí.. –propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.

Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.
–¿Saben jugar al bridge? –pregunto a sus acompañantes.

–Pronto vas a necesitar uno –sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.

–Querido amigo –dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento–, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.

Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.

–¡Le hace gracia al muy rufián! –observó el colorado–. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.

–Da la casualidad –prosiguió el flaco– de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.

Denis comprendió de repente.

–Ahora entiendo –dijo–. Ustedes son sus chulos.

Los tres se levantaron como movidos por un resorte.

–¡No nos busques las vueltas! –amenazó el más grueso.

Denis los contemplaba.

–Noto que voy a encolerizarme –dijo finalmente con mucha calma–. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.
Los tres individuos parecían desorientados.

–¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! –tronó el grueso.

Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.

Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.

–Te vamos a escabechar –dijo el aceitunado.

El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.

Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once. “¡Por mis barbas”, pensó, “es hora de marcharse!”

Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó. Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi. Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.

–¿O sea que va usted sin luces? –preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.
–¿Cómo? –se extrañó Denis–. ¿Y por qué no? Veo de sobra.

–No se llevan para ver –explicó el agente– sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?

–¡Ah! –exclamó Denis–. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?

–¿Se está burlando de mí? –indagó el alguacil.

–Escuche –se puso serio Denis–. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.

–¿Quiere usted que le ponga una multa? –dijo el infecto municipal.

–Es usted pelmazo de más –replicó el lobo ciclista.

–¡De acuerdo! –sentenció el innoble bellaco–. Pues ahí va…

Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.

–¿Su nombre, por favor? –preguntó volviendo a levantarla.

Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.
En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su furioso avance. La costana de Saint-Cloud quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Atravesó a continuación la parte de la ciudad que costea Montretout –fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado al antes nombrado santo– y giró después a la izquierda, en dirección hacia el Pont Noir y Ville-d’Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitación a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche.

Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.

Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva. Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine –uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana–, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo.

Boris Vian (foto)

 

‘Un tal Nacho’ de Lina María Pérez

A Ignacio Ramírez, un tal Nacho, le gustaba caminar solitario y feliz por las calles de ciudades invisibles. Un día me dijo que quería ir a Atenas y sumarse a las multitudes que oyen hablar a los filósofos en el parque, o mirar al mediodía hacia el Peloponeso para saludar a Ulises. Alguna mañana me confesó que hace años quiso ser como el barón rampante, encaramarse a un árbol, y desde allí convocar a hombres y mujeres de palabra para demostrar que la mayoría de los colombianos somos gente de paz y necesitamos unirnos para aplacar a los violentos.

A Nacho le obsesionaba el tiempo. Como tema, como palabra, como realidad inasible y misteriosa, una paradoja cruel que se ensañó en exprimir los agobios de su lenta enfermedad. Concebía el tiempo como “una noria que muele agua de sombra y enluna laberintos y figuraciones”. Sí, “enluna” tal como se lee, porque Nacho era un inventor de palabras.

Desde su discreta vocación de palabrero, Nacho encarnaba a aquel cronopio que conoció a una tortuga enamorada de la velocidad y le dibujó una golondrina en su caparazón. Fue terco aliado de escritores y artistas colombianos, y en CRONOPIOS, su diario virtual, nos dio la oportunidad de emocionarnos trazando golondrinas en nuestros caparazones. Allí desfilaron temas y escrituras, talentos y promesas, para que imaginación y pensamiento titilaran diariamente en más de 30.000 pantallas en todo el mundo.

Nacho se rió de la vida, de lo obstinada y marrullera que fue en su lento y largo adiós. Navegó entre libros mientras le hizo el quite a las cajas de cartón llenas de novelas, cuentos y ensayos escritos por él a lo largo de sus años y que se resistió a publicar. Algunos de ellos le hicieron trampa y se hicieron carne en sus novelas ‘Ayulela’, que tituló poniéndole el espejo a la palabra Aleluya, y en ‘El hombre y el espejo’; en los libros de cuentos ‘La galaxia de la azotea’ y ‘La calle de los porvenires’ y en el libro de reportajes a veinte escritores colombianos ‘Hombres de palabra’ en coautoría con Olga Cristina Turriago. Hace apenas unos meses se dejó convencer por la Universidad Nacional para editar sus textos ‘La dama del guante verde’. Nos deja, además, una antología personal de sus artículos en ‘Fantasmas felices’, un libro espléndido para seguir amándolo en los personajes que poblaron sus emociones.

Alguna vez, Nacho quiso ver las fotos de su sombra. Me quedé mirándolo y me di cuenta de que ya era una sombra y que desde ella me hablaba con el deseo de que le ayudara a ver las fotos de su cuerpo. Cuando tenía esos arrebatos de desesperanza yo le hablaba, tomaba su mano o le daba un beso para que no se desvaneciera. Nacho era el más lúdico soñador y cómplice de las anti-etiquetas y los contra-simulacros. Con su coherencia vital y estética, su carácter y su sentido del humor desalmidonó todas las convenciones. Hizo de su palabra poesía y juego, reflexión y pensamiento.

Sus insomnios fueron una larga espera mientras miraba las noches boca arriba sin temer las babas del diablo. Debe estar gozándose el más allá con el piano de Thelonious Monk y el saxofón de Amstrong en una tertulia eterna en la que el otro Cronopio, el gran Cortázar le dicta las instrucciones para gozarse la gramática asombrosa del glíglico. Y en esa tertulia bailan catalas Miller y Vallejo, Ling Yutang y San Francisco de Asís, Borges y Shakespeare, mientras Nacho le hace un guiño de gratitud a Cosimo Piovasco, el barón rampante.

El tiempo dejó de exprimir sus zozobras.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).