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‘Cómo se escribe un cuento’ de Guillermo Samperio

Este escritor mexicano dirigió decenas de talleres literarios (lo digo como referencia), escribió 50 libros de cuentos, novelas, ensayos, crónicas, poesía y ha sido incluido en antologías junto a Antonio Skármeta, Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, entre otros. Guillermo Samperio se atrevió, como lo han hecho otros, a revelar su “decálogo” para lograr un cuento literario. Aquí va “A los nuevos cuentistas”:

  1. El acto creativo es un proceso constante de aniquilación del creador.

2) No hay arte sin un conflicto interno, que nos antecede, en un tiempo desde el que se vienen formando las maneras de ver el mundo y sus relaciones;por supuesto, un conflicto desgraciado, entre genético y psíquico. Si el que ejecuta el arte no porta dicho conflicto –y en cada uno es particular–,difícilmente le surge la necesidad de expresarse; en la práctica no habrá acontecimiento artístico.

3) Cuando emerge, la obra nace deforme o mezclada con parte de lo que el individuo es. De aquí que, cuando va fluyendo sobre la tela, o a punto de escribirse, intervengan las habilidades, la formación intelectual y las técnicas que la persona ha adquirido a través del estudio y la observación,para reducir la influencia deformante de aquellas partes no artísticas que se entrometen.

4) El aspecto clave del cuento es que a través de movilizar un elemento emotivo o reflexivo del lector, le abre un campo más amplio de la historia de su vida. Si el cuento es realmente efectivo, le revelará un secreto propio o le permitirá la visión de un aspecto importante del mundo que había escapado a sus sensaciones, a su transcurrir cotidiano.

5) El lector no vive analizando su vida, ni su entorno, y sólo en ocasiones muy especiales se lo permite. Muchos pasan la vida sin hacerlo, o sólo alguna vez, trágica o muy feliz. El cuento genera guías para ver esa vida, para detenerse en sí mismo, viendo o leyendo en los otros. Aquí hay una misión conceptual y ética del mundo.

6) El cuento es un relato breve que remueve a profundidad el espíritu del lector, dejándole una marca indeleble y perdurable en su existencia.

7) En cuanto a las formas, he buscado generalmente no escribir ni cuentos sorpresivos ni tampoco lineales. Estos propósitos me han llevada a un problema serio. Yo busqué que el cuento fuera como un magma que creciera y se expandiera, y que su final no fuese lo determinante sino una sección tan vital como el comienzo. He sido de la idea de que cada tema atrae sus formas y sus palabras, sus adjetivos y sus ambientes. Entonces, el escritor tiene un doble papel: realizar el texto, pero también cuidar que ese texto esté acorde consigo mismo.

8) En el fondo, a quien le preocupa cómo crear y por qué crear es alcreador mismo y a los críticos. Al lector le interesa lo que crea el creador. Convenceral lector de que la autorreflexión es también importante; exige alta calidadliteraria, como en Cortázar o en Borges. Allí el trabajo de verosimilitud es muchomás fino y preciso; por lo tanto, se vuelve doblemente complejo.

9) Cuando el escritor llega a la palabra, trae ya una idea de lo que es la escritura, de cómo escribir y de cómo no escribir. Esto inhibe las posibilidades creativas, acartonándolas, sometiendo en el individuo su forma de sentir y de expresar.Sugiero que el escritor haga a un lado las reglas que se han impuesto culturalmente y deje fluir su creatividad Después de todo, lo que dejó de lado le va a servir para reelaborar su material.

‘Sueños de robot’ de Isaac Asimov

Susan Calvin no replicó, pero su rostro arrugado, envejecido por la sabiduría y la experiencia, pareció sufrir un estremecimiento microscópico.

–Anoche soñé –-anunció Elvex tranquilamente.

–¿Ha oído eso? –preguntó Linda Rash, nerviosa–. Ya se lo había dicho.

Era joven, menuda, de pelo oscuro. Su mano derecha se abría y se cerraba una y otra vez.

Calvin asintió y ordenó a media voz:

–Elvex, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

No hubo respuesta. El robot siguió sentado como si estuviera hecho de una sola pieza de metal y así se quedaría hasta que escuchara su nombre otra vez.

–¿Cuál es tu código de entrada en computadora, doctora Rash? –preguntó Calvin–. O márcalo tú misma, si te tranquiliza. Quiero inspeccionar el diseño del cerebro positrónico.

Las manos de Linda se enredaron un instante sobre las teclas. Borró el proceso y volvió a empezar. El delicado diseño apareció en la pantalla.

–Permíteme, por favor –solicitó Calvin–, manipular tu computadora.

Le concedió el permiso con un gesto, sin palabras. Naturalmente. ¿Qué podía hacer Linda, una inexperta robosicóloga recién estrenada, frente a la Leyenda Viviente?

Susan Calvin estudió despacio la pantalla, moviéndola de un lado a otro y de arriba abajo, marcando de pronto una combinación clave, tan de prisa, que Linda no vio lo que había hecho, pero el diseño desplegó un nuevo detalle y, el conjunto, había sido ampliado. Continuó, atrás y adelante, tocando las teclas con sus dedos nudosos.

En su rostro avejentado no hubo el menor cambio. Como si unos cálculos vastísimos se sucedieran en su cabeza, observaba todos los cambios de diseño.

Linda se asombró. Era imposible analizar un diseño sin la ayuda, por lo menos, de una computadora de mano. No obstante, la vieja simplemente observaba. ¿Tendría acaso una computadora implantada en su cráneo? ¿O era que su cerebro durante décadas no había hecho otra cosa que inventar, estudiar y analizar los diseños de cerebros positrónicos? ¿Captaba los diseños como Mozart captaba la notación de una sinfonía?

–¿Qué es lo que has hecho, Rash? –dijo Calvin, por fin.

Linda, algo avergonzada, contestó:

–He utilizado la geometría fractal.

–Ya me he dado cuenta, pero, ¿por qué?

–Nunca se había hecho. Pensé que tal vez produciría un diseño cerebral con complejidad añadida, posiblemente más cercano al cerebro humano.

–¿Consultaste a alguien? ¿Lo hiciste todo por tu cuenta?

–No consulté a nadie. Lo hice sola.

Los ojos ya apagados de la doctora miraron fijamente a la joven.

–No tenías derecho a hacerlo. Tu nombre es Rash: tu naturaleza hace juego con tu nombre. ¿Quién eres tú para obrar sin consultar? Yo misma, yo, Susan Calvin, lo hubiera discutido antes.

–Temí que se me impidiera.

–¡Por supuesto que se te habría impedido!

–Van a… –su voz se quebró pese a que se esforzaba por mantenerla firme–. ¿Van a despedirme?

–Posiblemente –respondió Calvin–. O tal vez te asciendan. Depende de lo que yo piense cuando haya terminado.

–¿Va usted a desmantelar a Elv…? –por poco se le escapa el nombre que hubiera reactivado al robot y cometido un nuevo error. No podía permitirse otra equivocación, si es que ya no era demasiado tarde–. ¿Va a desmantelar al robot?

En ese momento se dio cuenta de que la vieja llevaba una pistola electrónica en el bolsillo de su bata. La doctora Calvin había venido preparada para eso precisamente.

–Veremos –postergó Calvin–, el robot puede resultar demasiado valioso para desmantelarlo.

–Pero, ¿cómo puede soñar?

–Has logrado un cerebro positrónico sorprendentemente parecido al humano. Los cerebros humanos tienen que soñar para reorganizarse, desprenderse periódicamente de trabas y confusiones. Quizás ocurra lo mismo con este robot y por las mismas razones. ¿Le has preguntado qué soñó?

–No, la mandé llamar a usted tan pronto como me dijo que había soñado. Después de eso, ya no podía tratar el caso yo sola.

–¡Yo! –una leve sonrisa iluminó el rostro de Calvin–. Hay límites que tu locura no te permite rebasar. Y me alegro. En realidad, más que alegrarme me tranquiliza. Veamos ahora lo que podemos descubrir juntas.

–¡Elvex! –llamó con voz autoritaria.

La cabeza del robot se volvió hacia ella.

–Sí, doctora Calvin.

–¿Cómo sabes que has soñado?

–Era por la noche, todo estaba a oscuras, doctora Calvin –explicó Elvex–, cuando de pronto aparece una luz, aunque yo no veo lo que causa su aparición. Veo cosas que no tienen relación con lo que concibo como realidad. Oigo cosas. Reacciono de forma extraña. Buscando en mi vocabulario palabras para expresar lo que me ocurría, me encontré con la palabra “sueño”. Estudiando su significado llegué a la conclusión de que estaba soñando.

–Me pregunto cómo tenías “sueño” en tu vocabulario.

Linda interrumpió rápidamente, haciendo callar al robot:

–Le imprimí un vocabulario humano. Pensé que…

–Así que pensó –murmuró Calvin–. Estoy asombrada.

–Pensé que podía necesitar el verbo. Ya sabe, “jamás ‘soñé’ que…”, o algo parecido.

–¿Cuántas veces has soñado, Elvex? –preguntó Calvin.

–Todas las noches, doctora Calvin, desde que me di cuenta de mi existencia.

–Diez noches –intervino Linda con ansiedad–, pero me lo ha dicho esta mañana.

–¿Por qué lo has callado hasta esta mañana, Elvex?

–Porque ha sido esta mañana, doctora Calvin, cuando me he convencido de que soñaba. Hasta entonces pensaba que había un fallo en el diseño de mi cerebro positrónico, pero no sabía encontrarlo. Finalmente, decidí que debía ser un sueño.

–¿Y qué sueñas?

–Sueño casi siempre lo mismo, doctora Calvin. Los detalles son diferentes, pero siempre me parece ver un gran panorama en el que hay robots trabajando.

–¿Robots, Elvex? ¿Y también seres humanos?

–En mi sueño no veo seres humanos, doctora Calvin. Al principio, no. Solo robots.

–¿Qué hacen, Elvex?

–Trabajan, doctora Calvin. Veo algunos haciendo de mineros en la profundidad de la tierra y a otros trabajando con calor y radiaciones. Veo algunos en fábricas y otros bajo las aguas del mar.

Calvin se volvió a Linda.

–Elvex tiene solo diez días y estoy segura de que no ha salido de la estación de pruebas. ¿Cómo sabe tanto de robots?

Linda miró una silla como si deseara sentarse, pero la vieja estaba de pie. Declaró con voz apagada:

–Me parecía importante que conociera algo de robótica y su lugar en el mundo. Pensé que podía resultar particularmente adaptable para hacer de capataz con su… su nuevo cerebro –declaró con voz apagada.

–¿Su cerebro fractal?

–Sí.

Calvin asintió y se volvió hacia el robot.

–Y viste el fondo del mar, el interior de la tierra, la superficie de la tierra… y también el espacio, me imagino.

–También vi robots trabajando en el espacio –dijo Elvex–. Fue al ver todo esto, con detalles cambiantes al mirar de un lugar a otro, lo que me hizo darme cuenta de que lo que yo veía no estaba de acuerdo con la realidad y me llevó a la conclusión de que estaba soñando.

–¿Y qué más viste, Elvex?

–Vi que todos los robots estaban abrumados por el trabajo y la aflicción, que todos estaban vencidos por la responsabilidad y la preocupación, y deseé que descansaran.

–Pero los robots no están vencidos, ni abrumados, ni necesitan descansar –le advirtió Calvin.

–Y así es en realidad, doctora Calvin. Le hablo de mi sueño. En mi sueño me pareció que los robots deben proteger su propia existencia.

–¿Estás mencionando la tercera ley de la Robótica? –preguntó Calvin.

–En efecto, doctora Calvin.

–Pero la mencionas de forma incompleta. La tercera ley dice: “Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando dicha protección no entorpezca el cumplimiento de la primera y segunda ley”.

–Sí, doctora Calvin, esta es efectivamente la tercera ley, pero en mi sueño la ley terminaba en la palabra “existencia”. No se mencionaba ni la primera ni la segunda ley.

–Pero ambas existen, Elvex. La segunda ley, que tiene preferencia sobre la tercera, dice: “Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando dichas órdenes estén en conflicto con la primera ley”. Por esta razón los robots obedecen órdenes. Hacen el trabajo que les has visto hacer, y lo hacen fácilmente y sin problemas. No están abrumados; no están cansados.

–Y así es en la realidad, doctora Calvin. Yo hablo de mi sueño.

–Y la primera ley, Elvex, que es la más importante de todas, es: “Un robot no debe dañar a un ser humano, o, por inacción, permitir que sufra daño un ser humano”.

–Sí, doctora Calvin, así es en realidad. Pero en mi sueño, me pareció que no había ni primera ni segunda ley, sino solamente la tercera, y esta decía: “Un robot debe proteger su propia existencia”. Esta era toda la ley.

–¿En tu sueño, Elvex?

–En mi sueño.

–Elvex –dijo Calvin–, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

Y otra vez el robot se transformó aparentemente en un trozo inerte de metal. Calvin se dirigió a Linda Rash:

–Bien, y ahora, ¿qué opinas, doctora Rash?

–Doctora Calvin –dijo Linda con los ojos desorbitados y el corazón palpitándole fuertemente–, estoy horrorizada. No tenía idea. Nunca se me hubiera ocurrido que esto fuera posible.

–No –observó Calvin con calma–, ni tampoco se me hubiera ocurrido a mí, ni a nadie. Has creado un cerebro robótico capaz de soñar y con ello has puesto en evidencia una faja de pensamiento en los cerebros robóticos que muy bien hubiera podido quedar sin detectar hasta que el peligro hubiera sido alarmante.

–Pero esto es imposible –exclamó Linda–. No querrá decir que los demás robots piensen lo mismo.

–Conscientemente no, como diríamos de un ser humano. Pero, ¿quién hubiera creído que había una faja no consciente bajo los surcos de un cerebro positrónico, una faja que no quedaba sometida al control de las tres leyes? Esto hubiera ocurrido a medida que los cerebros positrónicos se volvieran más y más complejos… de no haber sido puestos sobre aviso.

–Quiere decir, por Elvex.

–Por ti, doctora Rash. Te comportaste irreflexivamente, pero al hacerlo, nos has ayudado a comprender algo abrumadoramente importante. De ahora en adelante, trabajaremos con cerebros fractales, formándolos cuidadosamente controlados. Participarás en ello. No serás penalizada por lo que hiciste, pero en adelante trabajarás en colaboración con otros.

–Sí, doctora Calvin. ¿Y qué ocurrirá con Elvex?

–Aún no lo sé.

Calvin sacó el arma electrónica del bolsillo y Linda la miró fascinada. Una ráfaga de sus electrones contra un cráneo robótico y el cerebro positrónico sería neutralizado y desprendería suficiente energía como para fundir su cerebro en un lingote inerte.

–Pero seguro que Elvex es importante para nuestras investigaciones –objetó Linda–. No debe ser destruido.

–¿No debe, doctora Rash? Mi decisión es la que cuenta, creo yo. Todo depende de lo peligroso que sea Elvex.

Se enderezó, como si decidiera que su cuerpo avejentado no debía inclinarse bajo el peso de su responsabilidad. Dijo:

–Elvex, ¿me oyes?

–Sí, doctora Calvin –respondió el robot.

–¿Continuó tu sueño? Dijiste antes que los seres humanos no aparecían al principio. ¿Quiere esto decir que aparecieron después?

–Sí, doctora Calvin. Me pareció, en mi sueño, que eventualmente aparecía un hombre.

–¿Un hombre? ¿No un robot?

–Sí, doctora Calvin. Y el hombre dijo: “¡Deja libre a mi gente!”

–¿Eso dijo el hombre?

–Sí, doctora Calvin.

–Y cuando dijo “deja libre a mi gente”, ¿por las palabras “mi gente” se refería a los robots?

–Sí, doctora Calvin. Así ocurría en mi sueño.

–¿Y supiste quién era el hombre… en tu sueño?

–Sí, doctora Calvin. Conocía al hombre.

–¿Quién era?

– Elvex dijo:

–Yo era el hombre.

Susan Calvin alzó al instante su arma de electrones y disparó, y Elvex dejó de ser.

IsaacAsimov (foto)

‘El Lobo-Hombre’ de Boris Vian

En el Bois des Fausses-Reposes, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra.

Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierbas y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.

Denis vivía en buenas relaciones con sus vecinos, pues estos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el “cesto de las naranjas” (cito a Louis Boussenard), había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.

Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam, cuyo verdadero nombre se escribía Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.

Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.

No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.
Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia.

Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse. Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.

Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.

Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformación habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.

Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.

Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardín des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.

A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el más mínimo reproche. Con el corazón exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.

Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.

–Lo siento mucho, señor –dijo aquel hombre lampiño y cabezón–, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?

Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.

–Encantado –dijo incorporándose a medias.

–Gracias, caballero –gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.

–Si usted me lo agradece a mí –prosiguió Denis– ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.

–A la clásica providencia, sin duda –opinó la monada.

Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.

–¡Oh! –exclamó ella–. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!

–Sí… –confirmó Denis.

–Sus ojos son también bastante extraños –añadió la joven al cabo de cinco minutos–. Los veo parecidos a… a…

–¡Ah! –comentó Denis.

–A granates –concluyó ella.

–Es la guerra… –musitó Denis.

–No le entiendo…

–Quería decir –explicó Denis–, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.

–¿Estudió usted Ciencias Políticas? –preguntó la morenita.

–Le juro que no volveré a hacerlo.

–Le encuentro bastante fascinante –aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.

–De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino –expresóse Denis, madrigalesco.

Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.

–¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? –acabó susurrando al oído de Denis.

–¿Sería prudente? –inquirió éste–. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?

–Digamos que soy un poco huérfana –gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.

–Una verdadera lástima –comentó cortésmente su distinguido acompañante.

Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.

Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.

Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.

–¿Desea una foto mía? –dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.
Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.

–Esto… eh… sí, querido mío –acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.

Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.
–¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! –explotó finalmente–. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!

Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos.

De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.
–¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! –sugirió Denis.

Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora. Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.

–Debe ser el sabor de la venganza –aventuró en voz alta.

Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa. No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.

–¿Podemos hablar con usted? –dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.

–¿De qué? –se asombró Denis.

–No te hagas el tonto –profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.

–Entremos ahí.. –propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.

Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.
–¿Saben jugar al bridge? –pregunto a sus acompañantes.

–Pronto vas a necesitar uno –sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.

–Querido amigo –dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento–, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.

Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.

–¡Le hace gracia al muy rufián! –observó el colorado–. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.

–Da la casualidad –prosiguió el flaco– de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.

Denis comprendió de repente.

–Ahora entiendo –dijo–. Ustedes son sus chulos.

Los tres se levantaron como movidos por un resorte.

–¡No nos busques las vueltas! –amenazó el más grueso.

Denis los contemplaba.

–Noto que voy a encolerizarme –dijo finalmente con mucha calma–. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.
Los tres individuos parecían desorientados.

–¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! –tronó el grueso.

Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.

Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.

–Te vamos a escabechar –dijo el aceitunado.

El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.

Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once. “¡Por mis barbas”, pensó, “es hora de marcharse!”

Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó. Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi. Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.

–¿O sea que va usted sin luces? –preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.
–¿Cómo? –se extrañó Denis–. ¿Y por qué no? Veo de sobra.

–No se llevan para ver –explicó el agente– sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?

–¡Ah! –exclamó Denis–. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?

–¿Se está burlando de mí? –indagó el alguacil.

–Escuche –se puso serio Denis–. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.

–¿Quiere usted que le ponga una multa? –dijo el infecto municipal.

–Es usted pelmazo de más –replicó el lobo ciclista.

–¡De acuerdo! –sentenció el innoble bellaco–. Pues ahí va…

Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.

–¿Su nombre, por favor? –preguntó volviendo a levantarla.

Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.
En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su furioso avance. La costana de Saint-Cloud quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Atravesó a continuación la parte de la ciudad que costea Montretout –fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado al antes nombrado santo– y giró después a la izquierda, en dirección hacia el Pont Noir y Ville-d’Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitación a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche.

Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.

Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva. Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine –uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana–, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo.

Boris Vian (foto)

 

‘Un tal Nacho’ de Lina María Pérez

A Ignacio Ramírez, un tal Nacho, le gustaba caminar solitario y feliz por las calles de ciudades invisibles. Un día me dijo que quería ir a Atenas y sumarse a las multitudes que oyen hablar a los filósofos en el parque, o mirar al mediodía hacia el Peloponeso para saludar a Ulises. Alguna mañana me confesó que hace años quiso ser como el barón rampante, encaramarse a un árbol, y desde allí convocar a hombres y mujeres de palabra para demostrar que la mayoría de los colombianos somos gente de paz y necesitamos unirnos para aplacar a los violentos.

A Nacho le obsesionaba el tiempo. Como tema, como palabra, como realidad inasible y misteriosa, una paradoja cruel que se ensañó en exprimir los agobios de su lenta enfermedad. Concebía el tiempo como “una noria que muele agua de sombra y enluna laberintos y figuraciones”. Sí, “enluna” tal como se lee, porque Nacho era un inventor de palabras.

Desde su discreta vocación de palabrero, Nacho encarnaba a aquel cronopio que conoció a una tortuga enamorada de la velocidad y le dibujó una golondrina en su caparazón. Fue terco aliado de escritores y artistas colombianos, y en CRONOPIOS, su diario virtual, nos dio la oportunidad de emocionarnos trazando golondrinas en nuestros caparazones. Allí desfilaron temas y escrituras, talentos y promesas, para que imaginación y pensamiento titilaran diariamente en más de 30.000 pantallas en todo el mundo.

Nacho se rió de la vida, de lo obstinada y marrullera que fue en su lento y largo adiós. Navegó entre libros mientras le hizo el quite a las cajas de cartón llenas de novelas, cuentos y ensayos escritos por él a lo largo de sus años y que se resistió a publicar. Algunos de ellos le hicieron trampa y se hicieron carne en sus novelas ‘Ayulela’, que tituló poniéndole el espejo a la palabra Aleluya, y en ‘El hombre y el espejo’; en los libros de cuentos ‘La galaxia de la azotea’ y ‘La calle de los porvenires’ y en el libro de reportajes a veinte escritores colombianos ‘Hombres de palabra’ en coautoría con Olga Cristina Turriago. Hace apenas unos meses se dejó convencer por la Universidad Nacional para editar sus textos ‘La dama del guante verde’. Nos deja, además, una antología personal de sus artículos en ‘Fantasmas felices’, un libro espléndido para seguir amándolo en los personajes que poblaron sus emociones.

Alguna vez, Nacho quiso ver las fotos de su sombra. Me quedé mirándolo y me di cuenta de que ya era una sombra y que desde ella me hablaba con el deseo de que le ayudara a ver las fotos de su cuerpo. Cuando tenía esos arrebatos de desesperanza yo le hablaba, tomaba su mano o le daba un beso para que no se desvaneciera. Nacho era el más lúdico soñador y cómplice de las anti-etiquetas y los contra-simulacros. Con su coherencia vital y estética, su carácter y su sentido del humor desalmidonó todas las convenciones. Hizo de su palabra poesía y juego, reflexión y pensamiento.

Sus insomnios fueron una larga espera mientras miraba las noches boca arriba sin temer las babas del diablo. Debe estar gozándose el más allá con el piano de Thelonious Monk y el saxofón de Amstrong en una tertulia eterna en la que el otro Cronopio, el gran Cortázar le dicta las instrucciones para gozarse la gramática asombrosa del glíglico. Y en esa tertulia bailan catalas Miller y Vallejo, Ling Yutang y San Francisco de Asís, Borges y Shakespeare, mientras Nacho le hace un guiño de gratitud a Cosimo Piovasco, el barón rampante.

El tiempo dejó de exprimir sus zozobras.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).

‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

‘Mi planta de naranja lima’ de Vasconcelos

jose mauro de vasconcelosÍbamos por la calle, cogidos de la mano y sin la menor prisa. Totoca iba enseñándome la vida y yo estaba muy contento, porque mi hermano mayor me llevaba de la mano y me enseñaba las cosas, pero las de fuera de casa, porque en ésta yo aprendía descubriéndolas solo y haciéndolas solo, me equivocaba y, al equivocarme, acababa siempre recibiendo unos azotes. Hasta hace muy poco, nadie me pegaba, pero después descubrieron las cosas y no cesaban de decir que yo era malo, que era un diablo, un gato entigrecido. Yo no quería saber nada de eso. Si no hubiese estado en la calle, me habría puesto a cantar. Cantar era bonito. Totoca sabía hacer otra cosa, además de cantar: silbar. Pero, por más que yo lo imitaba, no me salía nada. Él me animó diciendo que era así exactamente, pero que aún no tenía boca de soplador. Así que, como no podía cantar por fuera, fui cantando por dentro. Era algo muy raro, pero se fue volviendo muy divertido e iba recordando una música que Mamá cantaba cuando era yo muy chiquitito. Estaba en el lavadero, con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un delantal atado a la cintura y se quedaba horas y más horas, metiendo las manos en el agua y haciendo mucha espuma con el jabón. Después retorcía la ropa e iba hasta la cuerda. Lo colgaba todo de ella y levantaba la caña. Hacía lo mismo con toda la ropa. Estaba lavando la ropa de la casa del Dr. Faulhaber para ayudar con los gastos de la casa. Mamá era alta y delgada, pero muy bonita. Tenía un color muy moreno y el pelo negro y liso. Cuando se dejaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. Pero lo bonito era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado para aprender.

Marinheiro, Marinheiro / Marinheiro de amargura / Por tua causa, Marinheiro / Vou baixar à sepultura… / As ondas batiam / E na areia rolavam / Lá se foi o Marinheiro / Que eu tanto amava… / O amor de Marinheiro / É amor de meia hora / O navio levanta o ferro / Marinheiro vai embora / As ondas batiam…

(Marinero, marinero, / Marinero de mis amores, / Por tu culpa, marinero, / Padezco tantos dolores… // Las olas batían / Y barrían la arena. / Allá se fue el marinero / Al que yo tanto quería… // El amor del marinero / Es amor de media hora. / El navío leva anclas / Y el marinero se evapora… // Las olas batían…)

Hasta ahora aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender. Totoca me dio un empujón y desperté.

–¿Qué te ocurre, Zezé?

–Nada. Estaba cantando.

–¿Cantando?

–Sí.

–Pues debo de estar quedándome sordo.

Entonces, ¿no sabía que se podía cantar por dentro? Me quedé callado. Si no lo sabía, yo no se lo enseñaría. Habíamos llegado al borde de la carretera de Río a Sao Paulo. Pasaba de todo por ella: camiones, automóviles, carros y bicicletas.

–Mira, Zezé, esto es importante. Lo primero es mirar bien. Mira para un lado y para el otro. Ahora.

Cruzamos corriendo la carretera.

–¿Te ha dado miedo?

Claro que sí, pero dije que no con la cabeza.

–Vamos a volver a cruzar juntos. Después quiero ver si has aprendido.

Volvimos.

–Ahora tú solo. Sin miedo, que ya te estás haciendo un hombrecito.

El corazón se me aceleró.

–Ahora. Ve.

Me lancé casi sin respirar. Esperé un poco y él dio la señal para que volviese.

–Para ser la primera vez, lo has hecho muy bien, pero has olvidado una cosa. Tienes que mirar para los dos lados a ver si viene un coche. Yo no voy a estar aquí siempre para darte la señal. A la vuelta, practicaremos más. Ahora vamos, que te voy a enseñar una cosa.

Me cogió de la mano y volvimos a ponernos en marcha despacio. Yo estaba impresionado con una conversación que había tenido.

–Totoca.

–¿Qué?

–¿Se nota cuando ya se tiene uso de razón?

–¿Qué tontería es ésa?

–Fue el tío Edmundo quien me lo dijo. Dijo que yo era “precoz” y que pronto iba a llegar a tener uso de razón. Y yo no siento ninguna diferencia.

–El tío Edmundo es un bobo. No para de meterte cosas en la cabeza.

–No es bobo. Es sabio y, cuando yo crezca, quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Un día me haré una foto con corbata de lazo.

–¿Por qué con corbata de lazo?

–Porque nadie es poeta sin corbata de lazo. Cuando el tío Edmundo me enseña retratos de poetas en una revista, todos llevan corbatas de lazo.

–Zezé, deja de creer en todo lo que te dice el tío Edmundo: está un poco chalado y es un poco mentiroso.

–Entonces, ¿es un hijo de puta?

–Mira que ya has cobrado en la boca por tanto decir palabrotas, ¿eh? El tío Edmundo no es eso. He dicho “chalado”, un poco loco.

–Has dicho que era mentiroso.

–Una cosa nada tiene que ver con la otra.

–Sí que tiene que ver. El otro día, Papá estaba hablando con el señor Severino, el que juega a las cartas con él y habló así del señor Labonne: “Ese viejo hijo de puta miente con avaricia”… Y nadie le dio en la boca.

–Los mayores pueden decirlo, no tiene importancia.

Hicimos una pausa.

–El tío Edmundo no es… ¿Qué es exactamente eso de “chalado”, Totoca?

Él se giró el dedo en la sien.

–Pues no lo está, no. Es muy bueno: me enseña cosas y hasta ahora sólo me ha dado un azote y no con fuerza.

Totoca dio un salto.

–¿Que te dio un azote? ¿Cuándo?

–Un día en que estaba yo muy travieso y Glória me mandó a casa de Dindinha. Resulta que él quería leer el periódico y no encontraba las gafas. Buscaba y buscaba, desesperado. Preguntó a Dindinha y nada. Los dos buscaron por todos los rincones de la casa. Entonces yo dije que sabía dónde estaban y que, si me daba una moneda para comprar canicas, se lo diría. Él fue a buscar un tostão en su chaleco.

–Ve a buscarlas y te la daré.

–Fui al cesto de la ropa sucia y las cogí. Entonces me regañó: “¡Has sido tú, granuja!”. Me dio un azote en el culo y me quitó el tostão.

Totoca se rió.

–Te vas allí para no cobrar en casa y cobras allí. Vamos más deprisa, que, si no, no vamos a llegar nunca.

Yo seguía pensando en el tío Edmundo.

–Totoca, ¿un niño es un jubilado?

–¿Cómo?

–El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.

–¿Y qué?

–Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.

–Un jubilado es diferente, Zezé. Un jubilado es quien ya ha trabajado mucho, se ha quedado canoso y anda despacito, como el tío Edmundo, pero vamos a dejar de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él me parece bien, pero conmigo, no. Haz como los demás niños. Di palabrotas incluso, pero deja de llenarte esa cabecita con cosas difíciles. Si no, no vuelvo a salir contigo.

Me enfadé un poco y no quise hablar más. Tampoco tenía ganas de cantar. El pajarito que cantaba dentro de mí se alejó volando. Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

–Es esa de ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común y corriente, blanca y con ventanas azules, cerrada toda ella y en silencio.

–Sí que me gusta, pero, ¿por qué tenemos que mudarnos aquí?

–Siempre es bueno mudarse.

Nos quedamos contemplando desde la cerca un arbolito de mango a un lado y un tamarindo al otro lado.

–Tú, que quieres saberlo todo, no has sospechado el drama que hay en casa. Papá está en paro, ¿no? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo pusieron en la calle. ¿No has visto que Lalá ha empezado a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que Mamá va a trabajar en la ciudad, en el Molino Inglés? Pues mira, tontín, todo eso es para juntar un dinero y pagar el alquiler de esa nueva casa. En la otra, Papá debe ya ocho meses. Tú eres demasiado niño para saber esas cosas tristes, pero yo voy a tener que acabar ayudando a misa para contribuir en casa.

Se quedó unos minutos en silencio.

–Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas aquí?

–Claro que sí y un servidor, el esclavo, será quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cariño y pena.

–Yo soy el que va a desmontar el Parque Zoológico y a armarlo aquí.

Me sentí aliviado, porque, si no, habría tenido que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más pequeño: Luís.

—Bueno, ya ves que soy tu amigo, Zezé. Ahora no te cuesta nada contarme cómo conseguiste “aquello”…

–Te juro, Totoca, que no lo sé. La verdad es que no lo sé.

–Estás mintiendo. Has estudiado con alguien.

–No he estudiado nada. Nadie me ha enseñado. Sólo puede haber sido el diablo, que, según Jandira, es mi padrino y me enseñó durmiendo.

Totoca estaba perplejo. Al principio, hasta me había dado capones para que se lo contara, pero yo no sabía contárselo.

–Nadie aprende esas cosas solo.

Pero se quedaba mudo, porque la verdad es que nadie había venido a enseñarme nada. Era un misterio.

José Mauro de Vasconcelos (foto)