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Partidos minoritarios; milicos; codicia

logosRefichaje de minorías. Resulta increíble la abrumadora minoría que son los partidos políticos en Chile. Su militancia suma, apenas, 158.228 almas, de acuerdo con el reporte del Servicio Electoral, Servel. La cifra fue posible conocerla, por la obligación de los partidos de ‘refichar’ sus inscripciones, o ‘recontar’ sus militantes. En un país de ¿dieciocho millones de habitantes? (no lo sabemos, porque el censo del presidente Sebastián Piñera fue un fiasco imperdonable), que once (11) partidos reporten una militancia de apenas 158.228, ¿no es, más o menos, ridículo para una democracia? Son partidos por completo débiles. Endebles. Casi inexistentes. Ninguno puede mirar por encima del hombro a otro, como lo hace la Democracia Cristiana con sus socios de la Nueva Mayoría, o como lo hace la Unión Demócrata Independiente con su socio Renovación Nacional. Todos, sumados son, vergonzosamente, el 0,88% de la población. De acuerdo con Servel, los registros de sus militantes son los siguientes:

Partido Socialista 26.017 fichados

Partido Progresista 19.517

Evolución Política 19.337

Democracia Cristiana 15.093 (1.403 por revisarse)

Partido Regionalista Independiente 17.558

Unión Patriótica 15.927

Partido Comunista 11.919 (4.633 por revisarse)

Renovación Nacional 9.780

Unión Demócrata Independiente 8.425 (1.511 por revisarse)

Partido Por la Democracia 7.460 (2.226 por revisarse)

Partido Radical Socialdemócrata 7.195

Los milicos. Una vez más, las fuerzas armadas (militares, armada, aviación y policía) viven LOGO FFAAen otro mundo. No solo porque tienen un poco distorsionada su misión nacional, sino porque la justicia para ellos corre de otra manera. Hoy día, en medio de los escándalos por robos al erario que surgen aquí y allá, resulta que los delitos de los militares (digámoslo así, en forma genérica, ‘los milicos’) prescriben con otros tiempos. Se supo, a raíz del robo de varios miles de millones de pesos en Carabineros, que cuando el país creía que, individualizando a esos delincuentes que actuaban camuflados con el uniforme policial, deteniéndolos y poniéndolos a órdenes de la justicia, habría sanción ejemplar. Pero no. Resulta que, para todo el mundo en Chile, los delitos económicos prescriben en 4 años, pero para los militares en 6 meses. ¡Seis meses! Roban en enero y, si no los pillan, en agosto ya no pueden acusarlos de robo. Así es la cosa. Acaso ¿todavía vivimos bajo la égida de los milicos? O esto es una democracia, también para aplicar la justicia. ¡Qué vergüenza estas gabelas para quienes delinquen con un uniforme de las fuerzas armadas puesto!

Codicia. Ridículamente sobreabundante ha sido el cubrimiento periodístico de la codicia3extradición desde Rumania, y la llegada a Santiago, del delincuente Rafael Garay. Sí, estafó (pero judicialmente falta que se lo prueben) más de 2.000 millones de pesos, pero no ha sido tratado como un delincuente, sino como un rock star. ¡Todos los canales ‘abrieron transmisión’, ininterrumpida, para informar de la llegada y traslado ante la justicia del delincuente! Para semejante acontecimiento, basta con un informe de 5 minutos (y es mucho), cada cierto tiempo.

Pero, además, vale anotar que, de alguna manera, lo están juzgando por la misma motivación que tuvieron sus víctimas. Me explico: sí, estafó. Lo hizo motivado por la codicia. Pero también por codicia fueron timadas sus víctimas. Él les prometió un cerro de plata en corto tiempo, y los codiciosos acudieron como abejas a la miel. Sí, son víctimas, pero subyace en ellos una intencionalidad torcida: la codicia. Su deseo, su apetito ansioso y excesivo por tener dinero fácil los llevó a entregarle al delincuente, codicioso como ellos, altas sumas de dinero que, tontamente, creyeron que el delincuente les iba a duplicar, a triplicar, a cuadruplicar, en cuestión de semanas. Y tuvieron su merecido.

‘La tragedia del minero’ de Efe Gómez

gomez efeEs de noche. La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores, de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad entera.

Se oyen pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos, Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.

-¿Y Manuel? -pregunta Doña Luz.

Silencio.

-¿Se quedó de paso en su casa?

-No, señora.

-¿Y entonces?

Silencio nuevo.

-¿Pero qué pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere -naturalmente- que esté con ella en el trance que se le acerca.

-¡Pobre Dolores! -dice Micaela-. De esta llenada de luna no pasa.

A Juan Gálvez empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.

-Que se cumpla la voluntad de Dios, señora -dice al fin-. Manuel no volverá.

-¿Qué hubo, pues?… Cuenta, por Dios.

-Mire, señora. Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano… Y ni un jumo de oro. Cuando una mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal… y empezamos a sacar amarillo… y la cinta a meterse por debajo del organal… La señora no sabe lo que es un organal… Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos… amontonados cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros… ¡Y qué montones! Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de un montón de esos… Y se pierde. Se le oye mugir allá… hondo. Uno pasa por encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a caer de piedra en piedra… a caer de piedra en piedra… a chilinear: tirín, tirín… Allá estará chilineando todavía.

Por entre las junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en que no cabíamos… Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.

-Aquí va la cinta -dijo Manuel, ya al otro lado.

Le echamos una batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.

-¿Qué opinás viejo? -me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado, llena de material.

-Mirá: se ven, así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores…

Y pegó un grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el organal, como un trueno encuevao.

Los compañeros salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla… Cuando de golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa que tenían entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me quedé a oscuras… ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de Manuel… pa qué sino la verdá.

-¡Bendita se la Virgen! -dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron llegar-. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.

-¿Y qué fue lo que pasó?

-Es que onde hay oro, espantan mucho.

-¿Y Manuel?

-Por ai vendrá atrás.

Nos pusimos a clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.

-¿Le pasaría algo a aquél?

-Allá estará, como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.

-Vamos a ver.

Y empezamos de nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.

Llegamos al punto en donde habíamos estado antes.

-Pero qué sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa -dijo Quin Restrepo, con una carcajada.

-¡Y la vela!

-¡Y los fósforos!

-Fíjate a ver si dejó también las orejas este viejo flojo.

-¡Y quien le oye las cañas!

-¡Pero qué fue esto, Dios! Vengan, verán -gritó Penagos.

-¡A ver!

-Nos amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto, Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba nada: ciego, como ajustado a garlopa.

-¡Manuel…! -grité.

-Nada.

-¡Manuel!

-Nada.

Volví a gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:

-¡Manuel!

-¡Oooh!… -respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo…

-¿Qué hubo, hombre?

-A mí déjenme quieto.

-¿Pero qué fue, hombre?

-Por mí no se afanen. Ya yo no soy de esta vida.

-¿Qué pasa, hombre, pues?

-Encerrado como en el sepulcro… De aquí ya no me saca nadie… Sacará Dios el alma cuando me muera… Si es que se acuerda de mí.

-Buscá, hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde…

-He buscado ya por todas partes… Los pedrones, juntos, apretados… ¡Y qué pedrones!… Tengo una sed…

Inventamos un popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.

Así nos estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.

Si tuviéramos dinamita -pensábamos- volaríamos el pedrejón que rompió los tacos… pero como todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente… y nos trituraría a todos… o nos dejaría encerrados…

Y lo horrible fue que se nos acabaron los víveres.

Manuel lo adivinó. ¡Con lo avispado que era!

-Váyanse muchachos… ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras… Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y… váyanse… ¿Qué se suplen con estarse ai…? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!… Me le dicen a doña Luz que ai se los dejo… a él y a Dolores. Que los cuide como propios… y no me llamen más, porque no les contesto…

¿Qué hacíamos, pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!

Y el viejo Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para taparse los ojos. Lloraba.

La puerta del exterior se abrió con estrépito.

Y entra Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos enormes, extraviados, trágicos.

-Todas son patrañas. Todo lo he oído… Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo… ¡Y ustedes sinvergüenzas, tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos…!

Abre los brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.

Se lanza doña Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.

Efe Gómez (foto)

 

‘Matar una cucaracha’ de Claudia Amengual

Claudia AmegualYo decidí no matarla. Sé que fue un acto consciente como buscar un poema en un libro cualquiera o elegir las mejores manzanas en la feria. Me detuve a pensar unos segundos y decidí que no. Y hasta creo que sentí un leve orgullo al vencer el reflejo natural de aplastarla. Un tipo racional, un tipo con dominio de sus reacciones, mi cerebro domesticando los instintos. Todo eso pasó por mi mente con la velocidad necesaria para que el orgullo naciera inesperado y me hiciera sentir mejor persona. “Mañana es lunes” pensé y ni siquiera la perspectiva de volver a mi oficina parda, sin ventanas ni sombras; ni siquiera el presente asfixiante de la tarde de domingo, nada pudo con aquella sensación fresca de sentirme un hombre capaz de tomar decisiones.

Estaba picando las cebollas cuando la vi deslizarse desde la puerta del baño y entrar a la cocina pegadita a la pared, donde ella sabía que era más difícil plantarle encima el zapato. Lo sabía porque las cucarachas tienen una memoria que les viene desde la eternidad; por eso resisten tanto, porque aprenden de las otras y saben que no hay que exponerse en lugares demasiado abiertos donde un pisotón es el fin. Y se quedó quietita mientras yo machacaba las cebollas hasta deshacerlas en una pasta blancuzca, bastante asquerosa. La hubiera matado, pero tenía los ojos cargados de lágrimas y un ardor que no me dejaba ver más allá de la tabla de picar. Y fue ese tiempo mínimo, mientras el llanto sin tristeza me lavaba los jugos de la cebolla, fue ese tiempo que me permitió pensar si tenía sentido matarla.

Era mi primera vez y estrenaba sensaciones cruzadas de piedad y de omnipotencia. La cucaracha se quedó esperando y yo puse la cebolla en una sartén. Prendí el extractor de aire, pero lo apagué. El ruido se interponía en esa curiosa paz que había alcanzado. A nadie iba a molestarle el olor a cebollas y yo podía estar a gusto con el crepitar del aceite hirviendo y mi nueva condición de buena persona. Me puse a pelar las papas con un ojo puesto en la cucaracha que apenas movía las antenas y esperaba. “Si se mueve… si se mueve”, pensaba, “si viene hacia mí, la mato”. Pero no se movía, seguía junto a la pared, muy cerca de la puerta y yo pelaba las papas con un arte que aprendí Allá y que da envidia porque la cáscara sale finita, como un papel transparente.

Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta… Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.
Corto las papas en dados perfectamente iguales y se van a freír al aceite con las cebollas. Bajo la intensidad de la llama. Siempre es mejor cocinar a fuego lento. La cucaracha se ha movido unos centímetros, pero su mirada sigue clavada en mí. Empiezo a inquietarme. Junto las cáscaras y tiro todo a la basura. Guardo un trozo de pan en la alacena. Apenas me descuide, va a trepar a la mesada para andar entre la comida. Pienso si no será mejor matarla de una buena vez. Si cayera en la tortilla y alguien la encontrara, no me dejarían cocinar nunca más. Como tampoco me dejan estar con mi nieta. Todo porque come cucarachas y ellos creen que yo se las doy, pero no es cierto, ella las busca y se las lleva a la boca. Yo nada más la miro. Y ella me mira.

La cucaracha se mueve hacia mí. Me pongo en guardia. Se detiene y yo pienso que está presionándome demasiado, que pone a prueba mis nervios. No voy a descontrolarme esta vez. Mañana es lunes y vuelvo a la oficina, y hoy es domingo de tarde, la peor hora de cualquier vida, hoy es domingo y todos duermen la siesta. Y yo aquí, batiendo cinco huevos hasta que logro una espuma amarillenta y la largo encima de lo otro, revuelvo un poco, bajo todavía más el fuego. Me quedo un rato mirando cómo va coagulándose el líquido alrededor de las papas y las cebollas.

¡Olvidé la sal! ¡La sal! Todos van a darse cuenta en la cena. Olvidé la sal y ahora ya es tarde para agregarla. Y volverán a decirme que no sirvo para nada, que ni una mísera tortilla soy capaz de hacer. Volverán, como todos los días, como cada día desde hace un tiempo, me dirán que soy un inútil, y alguien sugerirá que debo volver Allá, que nunca debieron traerme. Y Gloria dirá que aquí estoy mejor, que cualquiera olvida un puñado de sal, que no es para tanto. Pero los demás insistirán hasta que Gloria se tape los oídos como la última vez y grite que la dejen en paz, que ella me cuida, que mi lugar es junto a ella. Y yo trataré de abrazarla, pero mis manos estarán duras, paralizadas por el miedo y me quedaré quieto mirando mientras los otros gritan, mis hijas, mis yernos, y Gloria llora y dice que la dejen en paz, que nos dejen en paz, que se vayan a vivir a otro lado, que ella me cuida. Y yo quiero decirle que no se preocupe porque yo cuido de ella.

Pero no puedo, estoy muerto de miedo parado junto a la pared con los músculos inertes. Sé que es ahora cuando debo dar vuelta la tortilla. Sé que un minuto más y empezará a quemarse y se pegará al fondo y se habrá estropeado la cena. Y dirán que no es solo la sal, que tampoco sirvo para dar vuelta una maldita tortilla, que para nada sirvo, que tendría que volver Allá. Pero yo no quiero. Yo quiero que sea domingo y que mañana sea lunes y yo vuelva a mi oficina parda sin ventanas ni sombras, la misma oficina de los últimos treinta años. Y que Gloria cebe mate para los dos y comamos galletas con queso. Que busquemos un tango en la radio y yo la invite a bailar, la tome por la cintura y ella se deje llevar. Que se ponga colorada si las nenas entran y yo le diga que no importa, que ya están grandecitas, que entienden, que pronto buscarán novio y se irán a otra parte. Y Gloria, apretada contra mi pecho, me dirá cuánto me quiere y cerrará los ojos mientras bailamos.

La cucaracha siente mi miedo y avanza. Sabe que estoy paralizado y viene hacia mí. Parece levantar una pata y señalarme. Me ha visto. Ahora estoy seguro. Me ha visto y avanza. El olor a quemado es leve pero yo sé que es cuestión de segundos para que todo se eche a perder. Y todos me dirán inútil, se agarrarán la cabeza, me gritarán, le gritarán a la pobre Gloria. “¡Déjenla tranquila!” les digo, pero nadie me escucha. Solo me permiten este espacio blanco de la cocina. Y hoy ni siquiera eso. Quemé la comida. Tienen razón, no sirvo.

Todo por esa cucaracha, esa maldita cucaracha, asquerosa cucaracha que me mira. Me mira y se acerca y juraría que algo dice, pero no, no estoy loco. Viene hacia mí; tendría que haberla matado apenas la vi asomar sus antenas repugnantes. Viene hacia mí, me huele y, ahora sí, ahora sí, estoy seguro, algo dice, son sonidos, algo dice… y avanza. La tortilla ya es un franco despojo de papas carbonizadas y el humo empieza a ganar mi aire. Y ellos no tardarán en venir y me dirán que soy el mismo inútil de siempre. Que no soy capaz de hacer una tortilla. Ni de matar una cucaracha. Levanto mi pie y lo dejo caer con violencia. Le aplasto la cabeza contra el piso frío de la cocina. Grita. Chilla y se retuerce y yo vuelvo a descargar mi pie con furia. Una y otra vez. Agita las antenas, las patas, las inmundas patas, chilla demasiado. Muevo mi pie sobre su cabeza hasta que veo un líquido viscoso que me ensucia las suelas. El humo es negro y huele muy mal. Pronto vendrán todos, pero ya no me dirán que no puedo matar una cucaracha. Pronto vendrán todos al oír los gritos desesperados de esta cucaracha maldita que me ha hecho quemar la comida. Pronto vendrán todos a insultarme, a decirme que estoy loco, que nunca debí salir de Allá. Y verán a la cucaracha que se resiste a morir, que ahora es una masa viscosa de pelos y sangre, una mancha desfigurada sobre el suelo de la cocina, unas patas agitándose apenas, unas manitos, ¡Dios mío!, unas manitos…

Claudia Amengual (foto)

‘Violación’ de Pilar Quintana

pilar-quintana-escritora-caliCon la señora a duras penas si conseguía una erección que le permitía penetrarla. Era ahí cuando empezaba el verdadero martirio porque nunca alcanzaba la excitación suficiente para venirse. Horas y horas de darle a ese cuerpo de carne abundante y floja que aullaba debajo de él. Si la oscuridad era absoluta y la tocaba lo menos posible, podía imaginarse que la señora era la niña. Entonces se venía al instante.

La niña sí le producía erecciones como debían ser. Le bastaba con verla salir de la ducha envuelta en su toallita blanca o paseándose por la sala con su pijama de pantalón corto y blusa de tiras.

Vivía con ellas desde que la niña tenía siete años. Ahora tenía trece y le decía papá. Los senos ya le estaban brotando. Pero la regla todavía no le había llegado. Si lo hubiera hecho, la señora se lo hubiera contado. Además las únicas toallas higiénicas que aparecían en la papelera del baño eran las que descartaba la señora cuando estaba en esos días. Se moría de ganas por saber si le habían salido vellos en el pubis, las axilas estaban limpias. Cada vez que la niña alzaba los brazos para alcanzar un objeto de la alacena, él se detenía a examinarla.

Esa mañana llamaron por teléfono a la señora para avisarle que un tío había muerto. No convenía llevar a la niña a una ceremonia tan triste y larga y tampoco podían dejarla sola. Era una niña. Lo más prudente era que él se quedara a cuidarla.

Cuando llegó del colegio, la niña se encontró con que su mamá se había ido al velorio de un tío. Sintió que debía ponerse a llorar, apenas si había conocido al tío y no le salió ni una lágrima. Se comió la merienda que él le preparó. Hizo la tarea mientras él lavaba los platos. Entonces llegó la noche y la hora del baño. Salió envuelta en su toallita blanca y él la siguió con la mirada. Encontró el pijama de pantalón corto y blusa de tiras sobre su cama. Se lo puso y volvió a la sala. Él sonrió y la invitó a ver televisión en la cama grande.

En cuanto la niña se durmió, él apagó el televisor y empezó a masturbarse. La niña estaba a su lado, boca abajo. Con la mano libre se puso a acariciarle la espalda. Después bajó a las nalgas y de ahí no le tomó mucho tiempo llegar a la entrepierna. La niña se movió y él aprovechó para darle la vuelta. Le quitó los pantaloncitos, la oscuridad era absoluta, le bastó con el tacto para darse cuenta de que no le habían salido los vellos. Esto lo excitó sobremanera y le separó las piernas. Con una mano se masturbaba y con la otra la tocaba a ella. El clítoris se le había hinchado, estaba mojada, la niña permanecía quieta pero no era posible que siguiera dormida. Entonces le acercó el miembro al pubis. No pensaba penetrarla, sólo iba a restregarlo hasta venirse. A medida que lo hacía la respiración de la niña se fue agitando, definitivamente estaba despierta y no estaba negándose. Así que él se mintió diciendo que sólo iba a introducir la punta. Cuando lo hizo, la niña soltó un gemido. A él le pareció que era de placer y ya no pudo contenerse. Lo hundió hasta el fondo.

La niña gemía y él se movía rítmicamente, despacio, para no hacerle daño. Cuando estaba a punto de venirse, todavía tuvo la presencia de ánimo para preguntarse si debía hacerlo por fuera o por dentro. Se acordó de que a la niña todavía no le había llegado la regla y se vino por dentro. Entonces todo quedó en calma.

A la mañana siguiente quitaron, entre los dos, las sábanas de la cama grande y las llevaron a la lavadora y todo siguió siendo como era antes. Lo único diferente ocurrió cuando la estaba despachando para el colegio. La niña se acercó para besarlo, nunca lo hacía, él se sintió algo cohibido y le puso el beso en la frente. La señora llegó cuando las sábanas ya estaban limpias. La conciencia de la muerte le había dado ganas de sexo. Él supo que ya no iba a cumplirle ni con una de sus erecciones blandas.

Pilar Quintana (foto)

‘El rayo’ de Paul Brito

paul britoLa mala suerte de mi familia comenzó con un rayo y terminó con otro. El papá de mi abuelo Miguel se llamaba Carmelo Ramos y tenía una finca grande por los lados de Molinero, a varios kilómetros de Sabanalarga. No superaba los 55 años cuando un rayo lo mató. Se había desatado una tormenta eléctrica y mi bisabuelo salió a meter las vacas en el establo, a pesar de que su esposa, mi bisabuela Rosita Galera, que siempre fue capaz de olfatear la muerte, le rogó que no lo hiciera, que dejara las vacas donde estaban.

-Cómo se te ocurre, mujer, las puede arrastrar un arroyo y ahogarse -exclamó él.

Mi bisabuela Rosita trató de agarrarlo, pero los Ramos siempre han sido tercos e impacientes, y mi bisabuelo Carmelo salió a poner a salvo a sus animales. Cuando el rayo retumbó, ya Rosita había visto el resplandor como un fogonazo que quisiera fotografiar el momento para siempre, y ya había sentido el temblor en el fondo del suelo. Mi bisabuelo Carmelo no murió exactamente por el rayo sino por un árbol centenario que le cayó encima, lo que no dejaba de ser irónico: un árbol había matado al señor Ramos. Le dejó a Rosita siete hijos, de los cuales los tres primeros: Domingo, Armando y Miguel, murieron también alrededor de los 50 años. Mi abuelo Miguel, por ejemplo, tenía apenas 48 años cuando se le reventó una úlcera en el estómago y dejó a mi abuela también con siete hijos.

Lo curioso es que, en cambio, mi bisabuela Rosita vivió hasta los 103 años, cuando hacía tiempo había enterrado a su esposo y a sus tres hijos mayores. Llegó a esa edad sana y con los dientes intactos, a pesar de que fumaba unos tabacos sin filtro con el fuego hacia dentro. Decía, en broma, que iba por la tercera dentición. Mis tíos recuerdan que cuando cumplió 100 años le hicieron una fiesta grandiosa y mi bisabuela fue la que más bailó.

Su memoria también era admirable. Todas las mañanas se bañaba temprano, con la supervisión de su nieta Sonia, y salía a la terraza a mecerse en su mecedor, en la casa de material que tenía en Sabanalarga. La gente la saludaba con cariño:

-Adiós, Mamá Rosita -le decían. Y ella saludaba a todos con nombre y apellido, y a los que tenía tiempo sin ver o no había visto nunca les sacaba el parentesco:

-Ah, tú debes ser nieto de mi compadre Ligorito, dale mis saludos por favor.

Cuando llegó a los 103 años, decidió que ya se quería a morir, a pesar de que seguía igual de saludable y lúcida como siempre. Le preguntaron por qué y ella respondió que ya había enterrado a su esposo, sus hermanos y cuatro de sus hijos.

-No quiero enterrar también a mis nietos -exclamó-, ya está bueno.

Era como si hubiera absorbido el tiempo que les faltó vivir a sus hijos y no quisiera seguir viviendo con el saldo de algún nieto. O como si le pareciera de mal gusto seguir cumpliendo años indefinidamente mientras todos se morían. Quizá pensaba que la única manera de conjurar la fuerza de aquel rayo que había seguido tumbando Ramos prematuramente era cortar su propio tallo de raíz.

Y ese día efectivamente murió dormitando en su mecedora, como si un rayo silencioso hubiera caído sobre ella. Entonces habrá percibido el mismo resplandor y la misma sacudida en el fondo de la tierra, como cuando desciende un rayo sobre un árbol centenario.

Paul Brito (foto)

‘La luna y el bastón’ de Zoé Valdés

zoe_valdesNo es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.

-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.

-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.

-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar… -cortó seca Clemencia.

-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!

-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña… Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.
Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía… en fin… no sé qué tú piensas, Dulce, creo que… A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.

-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era algo que habíamos convenido de antemano.

-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle “Mauricito, ven acá”? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído -no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.

-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.

-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle “Cristo”. Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo… En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre… Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. “Tú eres meiga, hija”, dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo, sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varias ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos. El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de España, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!
Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o paso-dobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero…

-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.

-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!

-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:

-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

Zoé Valdés (foto)

‘La necesidad de ser hijo’ de Andrea Jeftanovic

andrea_jeftanovicCómo me iba a servir de tales platos distantes / esas cosas, cuando habráse quebrado el propio hogar, / cuando no asoma ni madre a los labios. / Cómo iba yo a almorzar nonada. (César Vallejo)

Nací entre frases de pésame, “ya todo se arreglará”, “van a salir adelante”, “un hijo siempre es una bendición”, “todo ocurre por algo”. Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando a una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas -a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto que, más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó al día siguiente con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Las reuniones clandestinas terminaban en tragos y parejas durmiendo en la alfombra de la sala de estar. Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Cuando le preguntaban a mamá por qué no había estudiado, carraspeaba y me indicaba con el labio inferior. Era un gesto tan feo que ni siquiera puedo imitarlo. Era un poco injusta la acusación, si ellos se arriesgaron, poco tenía yo que ver con eso. Con el tiempo he comprendido que simplemente primero estaba el hombre que amabas de turno, luego la causa política y, por último, yo.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: “órdenes del Partido”, “órdenes del partido” decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas, comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. “¿Qué pasa entre tú y mamá?”, pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe de ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. “¿Qué cosa?”, dije. “El estar juntos, ¿no te alegra?”. Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: “Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella”. La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.
Jamás viajé con ustedes. Ya en mi época circulaban varios mitos relacionados con los hijos de los militantes. El fantasma de la operación Peter Pan arruinaba todos los deseos de mi madre de ir con ella. Decían que, en Cuba, la cia había echado a correr el rumor de que el régimen se apropiaría de los niños. Cientos de padres atemorizados enviaron a sus pequeños en aviones a hogares y orfanatos estadounidenses. Los testimonios fueron dramáticos, años de separación, niños que crecieron solos, abusos, chicos con ataques de pánico, identidades confusas. La otra historia era la de los hijos de los montoneros argentinos que pasaron su primera infancia en una guardería infantil en La Habana. Familias con muchos niños y pocos adultos, lo que no dejaba de tener algo de paraíso de juegos y libertades.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. “Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión es cuidar la organización”, me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella, más concienciada, traía información y me decía: “Te voy a hablar con la verdad”. Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: “¿Dónde están?”. Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un “hijo del toque de queda”, lo que no me causó mucha gracia. También me enteré de qué pasaba con los niños cuando su familia era secuestrada: los enviaban fuera de Chile, a unas casas colectivas en Suecia o en Francia. Supe lo de los campos de detención en la ciudad y a las afueras, de las cartas de petición de asilo en las embajadas, me sabía el nombre de cada una de las víctimas de la Caravana de la Muerte. Fui la mascota de esas dos mujeres, me alimentaron, me abrigaron, intentaron construirme una vida normal.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, “ninguno”, me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas bajo mis axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto. Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de Oro, que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días nos tocábamos con la adrenalina de lo prohibido, hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, como todo lo de ese tiempo; ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, contener la brusquedad, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos, de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente de solidaridad y urgencia. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne, yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Sé que mi extremo parecido físico, unos gestos insospechadamente heredados, despertaban cierto rechazo. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: “Ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está”. El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ong ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Yo no existo o existo para nadie, me disuelvo entre los trastos, soy una cosa en un rincón, a veces me descubren en la sala arreglando antiguos juguetes. Mi madre y su nuevo marido siempre cenaban con vodka, tras el primer vaso se confundían y hablaban de precios en rublos, cantaban en ruso, y para el segundo vaso confundían escudos con rublos entre risas contagiosas. Sabía que era momento de caminar a mi habitación y dormir con los audífonos puestos. Me dedicaba a escuchar canciones “sin mensaje”, toda esa música que mamá definía con cierto desprecio.

Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. En la mañana había traído mis cosas, almorzamos juntos, y ahora seguíamos con la once en un esfuerzo por retomar cierta cotidianidad que fue interrumpida con expresiones de espanto y decepción. El vecino, nunca fue mi padrastro, insultaba a los responsables por la mala puntería. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un “por fin le pasa algo a ese conchesumadre”. Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: “tantos años adiestrándose, para qué”, “huevones flojos, poco profesionales, seguro que usaron granadas caseras”. Mamá cambió el tono, “no es la vía, ahora habrá más represión”. Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, tuvimos sexo, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Sólo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, por fin le quitaban la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos y formalidades por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran. Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda. Luego los amaños y la nueva escasez, los libros quemados, el despojo de las pertenencias, el escondite en la callejuela. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?
A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal, porque los camaradas eran también pareja, los grandes amores duraban, como mucho, unas semanas y ya había alguien nuevo para proyectar la misma revolución, pero con mayor intensidad. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, encontraron una forma de canalizar la adrenalina juvenil, pusieron en la “causa” sus problemas personales, su inestabilidad emocional. Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas? El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales, ganaron prestancia internacional. Mi existencia resultó irreconciliable con sus metas políticas. Son un ejemplo para los demás; para mí, unos egoístas. Vengo de un largo trayecto de abandonos, no soy el único en el mundo, lo sé, no lo presumo, pero no me puedo liberar de mis sentimientos. De mis deseos de contar con ustedes cuando no estaban. Hay una enorme necesidad de ser hijo. Pero nadie se quedó conmigo como primera prioridad. Entiendo, ustedes creen que hicieron lo que debieron: llegar hasta las últimas consecuencias. No los quiero juzgar por tener motivaciones distintas. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Pobres diablos, son un cóctel de todo eso. Hubo un esplendor de bocas engreídas con consignas trasnochadas, de recelos infinitos de cómo se debe vivir. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital, sin la cual la inexistencia diaria y acostumbrada se desmoronaría; la de ustedes consistía en simulacros de valentía, de lucha colectiva. Cómo nos van cobrando a todos el alquiler del mundo que habitamos.

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica y con daño cerebral severo. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con ruedas, los manifiestos, los afiches del Che Guevara. Mírame sin parpadear. Lili me telefoneó con un “parece que, ven urgente”. En menos de una hora estaba en su casa, en la que por cuatro años viví años tan especiales. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de subunidad hcg. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija, en los “¿dónde están?”, en la marraqueta con mortadela, en las estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro, una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

Andrea Jeftanovic (foto)