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Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).

‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

‘Mi planta de naranja lima’ de Vasconcelos

jose mauro de vasconcelosÍbamos por la calle, cogidos de la mano y sin la menor prisa. Totoca iba enseñándome la vida y yo estaba muy contento, porque mi hermano mayor me llevaba de la mano y me enseñaba las cosas, pero las de fuera de casa, porque en ésta yo aprendía descubriéndolas solo y haciéndolas solo, me equivocaba y, al equivocarme, acababa siempre recibiendo unos azotes. Hasta hace muy poco, nadie me pegaba, pero después descubrieron las cosas y no cesaban de decir que yo era malo, que era un diablo, un gato entigrecido. Yo no quería saber nada de eso. Si no hubiese estado en la calle, me habría puesto a cantar. Cantar era bonito. Totoca sabía hacer otra cosa, además de cantar: silbar. Pero, por más que yo lo imitaba, no me salía nada. Él me animó diciendo que era así exactamente, pero que aún no tenía boca de soplador. Así que, como no podía cantar por fuera, fui cantando por dentro. Era algo muy raro, pero se fue volviendo muy divertido e iba recordando una música que Mamá cantaba cuando era yo muy chiquitito. Estaba en el lavadero, con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un delantal atado a la cintura y se quedaba horas y más horas, metiendo las manos en el agua y haciendo mucha espuma con el jabón. Después retorcía la ropa e iba hasta la cuerda. Lo colgaba todo de ella y levantaba la caña. Hacía lo mismo con toda la ropa. Estaba lavando la ropa de la casa del Dr. Faulhaber para ayudar con los gastos de la casa. Mamá era alta y delgada, pero muy bonita. Tenía un color muy moreno y el pelo negro y liso. Cuando se dejaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. Pero lo bonito era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado para aprender.

Marinheiro, Marinheiro / Marinheiro de amargura / Por tua causa, Marinheiro / Vou baixar à sepultura… / As ondas batiam / E na areia rolavam / Lá se foi o Marinheiro / Que eu tanto amava… / O amor de Marinheiro / É amor de meia hora / O navio levanta o ferro / Marinheiro vai embora / As ondas batiam…

(Marinero, marinero, / Marinero de mis amores, / Por tu culpa, marinero, / Padezco tantos dolores… // Las olas batían / Y barrían la arena. / Allá se fue el marinero / Al que yo tanto quería… // El amor del marinero / Es amor de media hora. / El navío leva anclas / Y el marinero se evapora… // Las olas batían…)

Hasta ahora aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender. Totoca me dio un empujón y desperté.

–¿Qué te ocurre, Zezé?

–Nada. Estaba cantando.

–¿Cantando?

–Sí.

–Pues debo de estar quedándome sordo.

Entonces, ¿no sabía que se podía cantar por dentro? Me quedé callado. Si no lo sabía, yo no se lo enseñaría. Habíamos llegado al borde de la carretera de Río a Sao Paulo. Pasaba de todo por ella: camiones, automóviles, carros y bicicletas.

–Mira, Zezé, esto es importante. Lo primero es mirar bien. Mira para un lado y para el otro. Ahora.

Cruzamos corriendo la carretera.

–¿Te ha dado miedo?

Claro que sí, pero dije que no con la cabeza.

–Vamos a volver a cruzar juntos. Después quiero ver si has aprendido.

Volvimos.

–Ahora tú solo. Sin miedo, que ya te estás haciendo un hombrecito.

El corazón se me aceleró.

–Ahora. Ve.

Me lancé casi sin respirar. Esperé un poco y él dio la señal para que volviese.

–Para ser la primera vez, lo has hecho muy bien, pero has olvidado una cosa. Tienes que mirar para los dos lados a ver si viene un coche. Yo no voy a estar aquí siempre para darte la señal. A la vuelta, practicaremos más. Ahora vamos, que te voy a enseñar una cosa.

Me cogió de la mano y volvimos a ponernos en marcha despacio. Yo estaba impresionado con una conversación que había tenido.

–Totoca.

–¿Qué?

–¿Se nota cuando ya se tiene uso de razón?

–¿Qué tontería es ésa?

–Fue el tío Edmundo quien me lo dijo. Dijo que yo era “precoz” y que pronto iba a llegar a tener uso de razón. Y yo no siento ninguna diferencia.

–El tío Edmundo es un bobo. No para de meterte cosas en la cabeza.

–No es bobo. Es sabio y, cuando yo crezca, quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Un día me haré una foto con corbata de lazo.

–¿Por qué con corbata de lazo?

–Porque nadie es poeta sin corbata de lazo. Cuando el tío Edmundo me enseña retratos de poetas en una revista, todos llevan corbatas de lazo.

–Zezé, deja de creer en todo lo que te dice el tío Edmundo: está un poco chalado y es un poco mentiroso.

–Entonces, ¿es un hijo de puta?

–Mira que ya has cobrado en la boca por tanto decir palabrotas, ¿eh? El tío Edmundo no es eso. He dicho “chalado”, un poco loco.

–Has dicho que era mentiroso.

–Una cosa nada tiene que ver con la otra.

–Sí que tiene que ver. El otro día, Papá estaba hablando con el señor Severino, el que juega a las cartas con él y habló así del señor Labonne: “Ese viejo hijo de puta miente con avaricia”… Y nadie le dio en la boca.

–Los mayores pueden decirlo, no tiene importancia.

Hicimos una pausa.

–El tío Edmundo no es… ¿Qué es exactamente eso de “chalado”, Totoca?

Él se giró el dedo en la sien.

–Pues no lo está, no. Es muy bueno: me enseña cosas y hasta ahora sólo me ha dado un azote y no con fuerza.

Totoca dio un salto.

–¿Que te dio un azote? ¿Cuándo?

–Un día en que estaba yo muy travieso y Glória me mandó a casa de Dindinha. Resulta que él quería leer el periódico y no encontraba las gafas. Buscaba y buscaba, desesperado. Preguntó a Dindinha y nada. Los dos buscaron por todos los rincones de la casa. Entonces yo dije que sabía dónde estaban y que, si me daba una moneda para comprar canicas, se lo diría. Él fue a buscar un tostão en su chaleco.

–Ve a buscarlas y te la daré.

–Fui al cesto de la ropa sucia y las cogí. Entonces me regañó: “¡Has sido tú, granuja!”. Me dio un azote en el culo y me quitó el tostão.

Totoca se rió.

–Te vas allí para no cobrar en casa y cobras allí. Vamos más deprisa, que, si no, no vamos a llegar nunca.

Yo seguía pensando en el tío Edmundo.

–Totoca, ¿un niño es un jubilado?

–¿Cómo?

–El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.

–¿Y qué?

–Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.

–Un jubilado es diferente, Zezé. Un jubilado es quien ya ha trabajado mucho, se ha quedado canoso y anda despacito, como el tío Edmundo, pero vamos a dejar de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él me parece bien, pero conmigo, no. Haz como los demás niños. Di palabrotas incluso, pero deja de llenarte esa cabecita con cosas difíciles. Si no, no vuelvo a salir contigo.

Me enfadé un poco y no quise hablar más. Tampoco tenía ganas de cantar. El pajarito que cantaba dentro de mí se alejó volando. Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

–Es esa de ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común y corriente, blanca y con ventanas azules, cerrada toda ella y en silencio.

–Sí que me gusta, pero, ¿por qué tenemos que mudarnos aquí?

–Siempre es bueno mudarse.

Nos quedamos contemplando desde la cerca un arbolito de mango a un lado y un tamarindo al otro lado.

–Tú, que quieres saberlo todo, no has sospechado el drama que hay en casa. Papá está en paro, ¿no? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo pusieron en la calle. ¿No has visto que Lalá ha empezado a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que Mamá va a trabajar en la ciudad, en el Molino Inglés? Pues mira, tontín, todo eso es para juntar un dinero y pagar el alquiler de esa nueva casa. En la otra, Papá debe ya ocho meses. Tú eres demasiado niño para saber esas cosas tristes, pero yo voy a tener que acabar ayudando a misa para contribuir en casa.

Se quedó unos minutos en silencio.

–Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas aquí?

–Claro que sí y un servidor, el esclavo, será quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cariño y pena.

–Yo soy el que va a desmontar el Parque Zoológico y a armarlo aquí.

Me sentí aliviado, porque, si no, habría tenido que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más pequeño: Luís.

—Bueno, ya ves que soy tu amigo, Zezé. Ahora no te cuesta nada contarme cómo conseguiste “aquello”…

–Te juro, Totoca, que no lo sé. La verdad es que no lo sé.

–Estás mintiendo. Has estudiado con alguien.

–No he estudiado nada. Nadie me ha enseñado. Sólo puede haber sido el diablo, que, según Jandira, es mi padrino y me enseñó durmiendo.

Totoca estaba perplejo. Al principio, hasta me había dado capones para que se lo contara, pero yo no sabía contárselo.

–Nadie aprende esas cosas solo.

Pero se quedaba mudo, porque la verdad es que nadie había venido a enseñarme nada. Era un misterio.

José Mauro de Vasconcelos (foto)

 

‘Se busca una mujer’ de Charles Bukowski

Charles_BukowskiEdna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:

SE BUSCA UNA MUJER.

Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:

“Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas”.

Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera…

Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando cómo se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.

Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. “Films”. Era un término muy culto. La gente decía “películas” normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.

Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. “¿Hola?” Contestó él.

–¿Señor Lighthill?

–¿Sí?

–Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…

–Ah, sí.

–Me llamo Edna.

–¿Cómo estás, Edna?

–Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.

–Sí, hace la vida difícil.

–Bueno, señor Lighthill…

–Llámame Joe, a secas.

–Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?

–Viste mi anuncio.

–Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?

–Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?

–¿Las mujeres?

–Sí.

–Oh, pues en todas partes, ya sabes.

–¿Dónde? Dime. ¿Dónde?

–Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.

–No me gusta la iglesia.

–Oh.

–Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?

–¿Quieres decir allí, a tu casa?

–Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.

–Es tarde.

–No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.

–Bueno, es que…

–Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.

–No, yo no tengo miedo.

–Entonces vente, Edna.

–Bueno, es que…

–Vamos.

–Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.

Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.

–Entra, Edna…

Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.

–Siéntate. Te serviré algo de beber.

Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas… Parecía relajado y eso la tranquilizó.

El señor Lighthill –Joe– salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.

–Sí –dijo él–, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?

–Sí, ya lo noté. Está muy bien.

–Bebe algo.

–Oh, sí.

Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.

–Llevas un vestido muy bonito, Edna.

–¿Te gusta?

–Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.

Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.

¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera…

Edna terminó su bebida.

–Deja que te sirva otro –dijo Joe.

–No. Me tengo que ir ya.

–Oh, vamos –dijo él–; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.

–Está bien, pero después de éste me voy.

Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.

–Sabes –dijo–, soy bastante bueno en el sexo.

Edna bebió su vaso y no contestó nada.

–¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? –preguntó Joe.

–Nunca lo he hecho.

–Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.

–¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos –dijo Edna.

–Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.

–Tal vez no sea muy buena para estas cosas –dijo Edna–. Tal vez es por eso que estoy sola. –Se tomó un buen trago del vaso.

–Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos –dijo Joe.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.

–Eso es triste –dijo Edna.

–Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.

–¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?

–No, ella se divorció de mí.

–Y qué es lo que fue mal?

–Las orgías sexuales.

–¿Las orgías sexuales?

–Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera… Perdóname…

–No pasa nada.

–Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo… como sea.

–No sé mucho acerca de esas cosas, Joe –dijo Edna.

–Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.

–¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?

–Eso ayuda bastante.

–¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?

–Las orgías no arreglarán nada.

–¿Y entonces qué?

–Bueno, no sé. Tal vez el swap.

–¿El swap?

–Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.

–¿Y funciona bien?

–Bueno, no sé… Los swaps pueden traer problemas… a la larga. Tiene que estar todo muy hablado… bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado…

–¿Tú sabes bastante, Joe?

–Bueno, estos swaps… Creo que pueden ser buenos para algunos… Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.

Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.

–Escucha, Joe, me tengo que ir…

Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.

SE BUSCA UNA MUJER.

–¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!

–¿Por qué viniste aquí, zorra?

La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. Él se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.

–Dios, Dios… ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar… ¡Auuggh!

Rodó por el suelo gimiendo.

Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.

Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.

Charles Bukowski (foto)

‘La epidemia de Traiguén’ de Alejandra Costamagna

alejandra costamagnaLa muchacha, dicen, es muy pero muy loca. Se llama Victoria Melis y ha llegado a Japón como llegan los desaconsejados, los que andan un poco perdidos: siguiendo a un hombre. Él, Santiago Bueno, es oriundo de Traiguén y está en Kamakura por negocios. Es un experto en pollos y lo que hace en Kamakura es persuadir a su cartera de potenciales clientes para que compren pollos de altísima calidad. Pollos de exportación, que no son alimentados con pescado ni inflados con hormonas y que tienen una muerte no digamos dulce pero en ningún caso estresante. Hay una epidemia local, sin embargo, una epidemia que afecta sólo a los pollos de Traiguén y que cada cierto tiempo amenaza las negociaciones de las empresas avícolas. Santiago Bueno, gerente de Pollos Traiguén Ltda., debe tomar las mayores precauciones acerca de este punto. Cuando los pollos son contagiados se debilitan, enflaquecen, se ponen muy feos. Es como si de golpe se vieran afectados por una depresión crónica. Ese es el único síntoma. Y un día cualquiera caen muertos.

Pero el episodio de Victoria y Bueno comienza antes. Cinco o seis meses antes. La muchacha tiene entonces diecinueve años y unos ojos muy grandes y separados. Parece que sus orejas fueran unos remolinos que se los van a chupar. Que se van a chupar sus ojos. Victoria es secretaria, pero hasta entonces no ha ejercido su oficio. En realidad, nunca ha ejercido ningún oficio rentable. La herencia de sus padres, muertos en un accidente ferroviario, le permite vivir con ciertas comodidades. Pero hace unos días ha visto un aviso en el diario y ha llamado por teléfono para preguntar por el puesto de secretaria. Sin mayores trámites, ha conseguido un empleo en Pollos Traiguén Ltda. Hoy, lunes 23 de marzo, es su primer día de trabajo. Al salir de su departamento, esta mañana, ha tropezado con un coche doble de bebés y se ha torcido un pie. Guaguas, guaguas, no tienen otra cosa que hacer las guaguas, ha pensado mientras la madre de las criaturas ofrecía sus disculpas e intentaba aplacar el llanto replicado de sus gemelos. Cojeando y malhumorada ha llegado al trabajo. Y allí está ahora, con el pie resentido y una emoción vertiginosa. Es algo instantáneo: Victoria ve a Santiago Bueno y queda prendada, se diría que enceguecida por aquel hombre de voz áspera, que sólo fuma tabaco negro. Victoria es una mujer de emociones violentas y fugaces. Dicen que es muy pero muy loca, pero también se podría decir que es fatalmente enamoradiza y punto.

La muchacha se presenta: Hola, vengo por el aviso. ¿Qué aviso? El del puesto de secretaria, nosotros hablamos el viernes, ¿se acuerda? Ah, sí, señorita Véliz, viene un poco retrasada usted. Soy Melis, señor, no Véliz. Melis; muy bien, señorita Melis, ése es su escritorio. En la carpeta tiene la agenda de hoy; hasta luego. Y más puntualidad, ¿okey? Victoria ejecuta sus obligaciones de hoy, llama a veinticuatro clientes, atiende treinta y nueve llamados, se desconcentra pensando en lo atractivo que es Santiago Bueno, toma un café con cuatro cucharadas de azúcar, sigue la agenda de hoy, llama a ocho clientes (uno de ellos le habla en inglés: ella corta de inmediato), piensa en los malditos bebés del coche, en todos los malditos bebés, intenta imaginarse como madre, se ríe de la estúpida ocurrencia, sigue con la agenda, recibe un llamado en inglés, Hello, excuse me, it is a mistake, mister, desconecta el teléfono, oye la risa de Santiago Bueno al otro lado del muro, se desconcentra pensando en él, no puede pensar en otra cosa la muy enamoradiza, se acerca al muro y lo oye toser, lo imagina, imagina esa boca que tose, fantasea, se obsesiona con el gerente de Pollos Traiguén, puede verlo tosiendo para ella, sacudiéndose con el carraspeo, salpicándola con su tos elástica, mirándola como se mira lo que está a punto de ser devorado, tan perturbada la muchacha. A eso de las siete, cuando el hombre sale de su oficina, Victoria ya tiene el beso listo en la boca. Están solos en la sala de recepción de la empresa. El hombre se sorprende, pero también se deja besar. Es una tarde soleada de otoño en Santiago de Chile, y el empresario y la secretaria pasan las siguientes horas en un motel de la calle República.

Al final de la jornada (es decir, al final de la diestra demostración sexual de la muchacha, que ha incluido perritos, paraguayas y felatios) el hombre fuma un cigarrillo negro y habla con voz áspera. Victoria lo escucha en silencio, muy atenta, porque no hay nada que le excite más que oír a un hombre hablando de sí mismo. “Yo entro en el hotel de Montevideo y en la recepción un tipo me aborda”, recuerda Bueno en voz alta. “Claramente me ha confundido con otro, y entonces me pregunta si conozco a Santiago Bueno. Por bromear, no sé, yo le digo que no, que no lo conozco. Entonces el tipo se pone a hablarme de Santiago Bueno, de mí, ¿te fijas?, durante veinte minutos. Lo simpático, oye, es que el tipo no admiraba mis pollos: me admiraba a mí, ¿comprendes qué extraordinario?” La muchacha, que no comprende qué tiene eso de simpático ni de extraordinario, va a besarlo otra vez. Pero él interrumpe el movimiento con una mueca de disgusto y sigue hablando sobre el tipo que una tarde en Montevideo le habló de Santiago Bueno a él, precisamente a él, ¿comprendes qué cosa más perturbadora? Fuera de sus palabras y de un par de quejidos gozosos que cada cierto rato se filtran a través de los muros, la habitación de la calle República es un sitio muy silencioso. A Victoria le parece un templo. Antes de desocupar la habitación, Santiago Bueno le habla al oído. Límamelo bien, le dice. Victoria no puede contener la emoción y procede con esmero: como una ramera a sueldo. Por su mente, sin embargo, se cruza la imagen de un pichón de loro.

La mujer supone que a partir de entonces todo será felicidad. Pero está muy equivocada. La escena de República se repite seis o siete veces, y una mañana en que han caído muertos cinco pollos en Traiguén –cinco pollos gordos, carnosos, de las mejores aves de la zona– Santiago llama a Victoria a su oficina y la despide de la empresa. Está despedida, le dice. ¿Por qué?, pregunta ella. Porque sí, argumenta él. Esa no es una razón, reclama ella. Aunque su voz no suena todavía como un reclamo, porque hasta ese momento la muchacha piensa que es una broma, que el amante le está tomando el pelo. No tengo por qué darle razones, abre camino el gerente. Recién ahí Victoria cae. Y ahora le rogaría…, murmura él. No alcanza a terminar la frase cuando la mujer ya está encima de él. ¿Y ahora me tratas de usted, Chago? ¿Y ahora me echas? Pero, ¿qué te ha pasado? No me ha pasado nada, señorita Melis. Usted no es lo que necesita la empresa, eso es todo. ¿Me haría el favor de cerrar la puerta por fuera? ¡Qué puerta ni qué nada!, exclama la mujer, fuera de sí. Pero el hombre sella su boca con un manotón y le dice algo al oído. Debe ser algo muy duro porque la muchacha sólo atina a decir, a murmurar apenas: “Eres un concha de tu madre”. Y se va.

La verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de Victoria. La verdad de la verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de nadie. La muchacha retira sus cosas –un florero, la foto de su abuelo materno, un par de artículos de escritorio: nada de vida o muerte– y no vuelve más a la oficina. Una semana después se acerca al teléfono, que no ha querido mirar siquiera, y disca el número de Pollos Traiguén. Pollos Traiguén Limitada, good morning, escucha entonces: es una voz femenina, como aflautada. Dame con Chago, ordena Victoria. La nueva secretaria posiblemente piensa que se trata de la mujer del jefe, de otro modo no se explica que comunique el llamado al gerente de la empresa así, sin aviso y en español. Tiene una llamada en la línea uno, don Santiago, anuncia. El hombre apenas ha dicho aló cuando oye el reclamo destemplado de Victoria al otro lado de la línea: ¿tú pretendes que te olvide así como así?, empieza, intentando controlar una rabia muy afilada. Olvídeme si quiere, pero no me llame más. Ah, qué fácil, reclama la muchacha. O sea que se acabó y calabaza, calabaza, intenta ser irónica. Veo que ha entendido, responde secamente él. De eso ni hablar, ataca ella. Las cosas no se acaban así, reclama. Lo lamento, insiste Santiago. Y ahora, si me permite…, balbucea. ¡Al menos tutéame, pues!, pierde la paciencia la mujer. Y entre los saltos propios de un llanto quejoso va soltando frases dramáticas, escuchadas quizás en alguna comedia. Frases como: nada puede reemplazarte. O peor aún: toda yo soy tuya. Santiago Bueno mueve la cabeza con el gesto flemático de los padres frente a una payasada de su crío. Acerca la boca al auricular y responde con calma: cállate, pendeja, no sigas diciendo huevadas. Corta, y en ese instante se eleva en la habitación una carcajada ronca, jactanciosa: un sonido semejante al descorche de una botella guardada hace demasiado rato.

Poco después de esa llamada, Victoria se entera de que Pollos Traiguén Ltda. abrirá una sede en Kamakura y que su gerente se trasladará a Japón. La muchacha herida –y dicen que muy, pero muy loca– ha coleccionado todos los objetos que marcaron los dos últimos meses de su vida y, al enterarse del viaje, no lo piensa más. Esa misma noche abre las fauces de una maleta café oscuro heredada de su abuelo y la llena con lo que encuentra a mano. Facturas de la empresa avícola, colillas de cigarros negros, boletas del motel de calle República, una corbata olvidada por Santiago en la oficina, varios lápices secos, un Bic azul en buen estado, un carné vencido de metro, cuentas de teléfono, de agua y de luz, reclamos para Cartas al Director, un sacapuntas, una cucharita de café para enroscarse las pestañas o comer yogur, recortes de noticias agrícolas de un diario de la Séptima Región, su licencia de conducir y un cenicero de cerámica picado en una esquina. Cuando termina de empacar, siente que camina con la brújula chueca. Es como si hubiera estado conversando con todas las edades que tuvo durante los últimos meses. Pero Victoria tiene entonces diecinueve años y está dispuesta a seguir a Santiago Bueno al mismísimo Japón.

Eso es exactamente lo que hace. Victoria Melis está ahora con su maleta café en la calle Yuigahama, en Kamakura, muy cerca de la Capilla del Calvario. Justo al frente suyo un cartel anuncia: 自動車お祓所. Victoria saca su diccionario básico de español-japonés / japonés-español y, tras un arduo ejercicio de traducción, logra resolver el misterio: “Aquí se ofrece el servicio de purificar vehículos nuevos”, dice el cartel. Entonces se le ocurre que saber o no japonés da lo mismo. La muchacha ha venido a Kamakura con el dato de una agencia de empleos para extranjeros, y tiene suerte. El primer día es contratada como cuidadora de niños en casa de una argentina llamada Elsa Aránguiz. La mujer es viuda, ha estado esperando a una criada que hable español por más de seis meses, y Victoria Melis le parece un ángel caído del cielo. O quizás sólo un alivio, pero eso ya es bastante en Japón, con un paupérrimo dominio de la lengua local, un crío de ocho meses (Faustino júnior), una viudez reciente (un infarto de Faustino padre y adiós) y una rutina que responde más a la inercia generalizada que a un proyecto sólido de vida. Desde el primer minuto, al salir de la agencia de empleos, las mujeres entablan una especie de amistad. ¿Por qué estás acá?, pregunta Elsa Aránguiz con el bebé en brazos. Porque mi abuelo nació acá, miente Victoria, y recoge la muñeca de porcelana que ha caído al suelo. ¿Dónde la compró?, pregunta, cambiando de tema. ¿Qué cosa? La muñeca. Ah, la muñeca es de Nara, responde la argentina. ¿Bonito Nara? Muy bonito, divino. ¿Quiere que le tenga al niño?, se ofrece Victoria con gentileza. No, no todavía…, responde la patrona. Y no heredaste ni un rasgo oriental, qué suerte la tuya. ¿No le parezco japonesa?, se atreve a insinuar Victoria. Ahora que lo decís, puede ser, miente esta vez la argentina. O quizás sólo quiere entibiar el ambiente, asentar el vínculo en la amabilidad. A Elsa le simpatiza sobremanera la muchacha; la ve como a una sobrina. O incluso como a una hija. ¿Te gustan los chicos?, indaga. Los adoro, señora Elsa. Decime Elsa a secas, por favor. Elsa a secas, repite Victoria. Ambas se ríen.

Al principio las mujeres pasan el día entero hablando en español. El idioma local es de una dificultad suprema, una cosa infinitamente estresante, y eso acerca cada vez más al par de sudamericanas. Elsa le enseña a Victoria a manejar su Suzuki, que es como cualquier auto japonés exportado a Chile. Victoria es muy hábil como conductora y, mientras maneja (a la tercera lección, pongamos), sin desviarse de la ruta señalada por Elsa, le habla de sus padres muertos en un accidente ferroviario, de su falso abuelo japonés, de sus estudios de secretariado y de la idea de viajar a Japón para conocer a sus ancestros orientales. No le habla de Santiago Bueno, de los pollos de Traiguén ni de su aflicción amorosa. Elsa, sentada en el asiento del copiloto con el niño en brazos, le habla muy detalladamente de su llegada a Oriente, del empeño de Faustino por instalar una empresa de turismo en Kamakura, del parto natural de Faustino júnior (en el agua, sin anestesia y en posición vertical la madre), de la muerte repentina de Faustino padre, de la dificultad emocional de regresar a la Argentina, del extraño carácter del bebé. ¿Extraño por qué?, pregunta Victoria. Yo lo veo muy normal, yo ya quisiera uno así. ¿Querés un bebé? No, pero si lo tuviera, digo. ¿Qué tiene de extraño, dígame usted?, insiste la muchacha, doblando hábilmente hacia la derecha desde la pista izquierda de la calle Sakanoshita. Nada, nada, es muy tranquilo nomás. Y, sí, la mujer tiene razón. Es cosa de mirarlo. Tranquilo es poco decir: cualquiera diría que aquella criatura contemplativa se eterniza en una dimensión zen.

De este modo transcurren las primeras semanas. Cuando Elsa sale de compras o duerme o no está a la vista, Victoria aprovecha de revisar diarios o ver televisión en busca de alguna milagrosa señal, un rastro cualquiera de Santiago Bueno y sus pollos en Kamakura. Es obvio que fracasa en su empeño: es muy poco probable que el hombre aparezca así, como quien publicita refrigeradores ecológicos, frente a una pantalla o en algún folleto del periódico. Y, aunque apareciera, Victoria se pregunta si sería capaz de distinguirlo entre tanto ideograma japonés. A veces la muchacha despierta con recuerdos muy frescos: la oficina de pollos en Santiago, el motel de calle República, las carcajadas secas del hombre bebiendo pisco sour y hablando de sí mismo, los pedidos de último minuto y su crónico afán (el de ella). Entonces le dan ganas de salir a la calle e interrogar a la gente. ¿Conoce usted, señora, a Santiago Bueno? ¿Lo ha visto por acá? ¿Ha comido un pollo del sur de Chile? Pero se aguanta, se controla. Y con el control va perdiendo el entusiasmo y la vitalidad iniciales.

Elsa Aránguiz comienza a notar rara a la muchacha. Te veo decaída, le dice, como medio apagada. Y, sin esperar respuesta, atribuye su comportamiento a la dificultad idiomática y la inscribe en un curso de japonés. Pero antes toma una decisión: en esta casa no se habla más español, dictamina. De otro modo jamás vamos a aprender. Y tenés que salir a la calle, Vicky, el idioma no se aprende entre cuatro paredes. Pero yo…, murmura Victoria. Pero nada, niña, estoy tratando de ayudarte. Y así se hace: contrata a una maestra particular que viene a casa dos veces por semana, y desde aquel día los diálogos en español se limitan al mínimo. La muchacha estudia las lecciones, cuida a Faustino, lo sube al Suzuki, lo lleva a la costa, a Enoshima, al templo de Hachiman, sigue estudiando y abanicándose en el parque, mira al niño quieto como estatua, vuelve a las lecciones y se aburre soberanamente bajo el sol de Kamakura. Si al menos hablaras, guagua…, increpa a Faustino. Me voy a volver loca, loca. Dime algo, mocoso, le ruega. Pero el mocoso, muy zen, respira, duerme, se deja estar en su coche japonés.

La muchacha comprende que su regreso a Chile es inminente. Pero el viaje no puede haber sido en vano, piensa. Entonces decide escribir una carta a Santiago Bueno y hacérsela llegar a través de algún periódico local o de un servicio de rastreo o, quizás, de la embajada de Chile. O mucho mejor: a través de la Agencia Nacional de Policía de Japón. Una tarde, sentada con Faustino en un banquito frente al templo, estudiando las mismas lecciones de japonés básico de hace dos semanas, saca de su cartera una libretita y un lápiz Bic. Comienza a escribir la carta. Me has sacado, me has saqueado todo el tiempo, escribe. Y eso es lo único que se le ocurre. Por un minuto tiene la idea de escribir en japonés, pero la verdad es que sólo ha aprendido una frase romántica, y ya la olvidó. Era algo así como eres todo para mí. O todo lo tuyo está en mí. Y aunque recordara la frase exacta en japonés, sería un disparate decirle eso porque él es todo para ella, sí, pero todo también puede ser el horror. La muchacha deja el lápiz con la punta desnuda sobre el papel, esperando la sagrada inspiración en su lengua natal. Inútil: ninguna letra acude en su ayuda. Dame una idea, guagua, le habla al niño. Pero el niño, siempre zen, nada.

Victoria vuelve al auto con el crío dormido y lo deposita en su sillita japonesa. En ese momento, cuando se ha abrochado el cinturón de seguridad y está prendiendo el motor del Suzuki, ocurre lo inesperado. El milagro, podría pensarse, porque en ese preciso minuto Victoria ve la figura de Santiago Bueno frente a ella. El hombre ha salido de una casa de té y ahora cruza la calle, emitiendo una carcajada ronca, y camina sin apuro hacia el próximo semáforo. No está solo: lo acompaña una mujer que Victoria supone japonesa. Una geisha, piensa (aunque no sabe si las geishas existen todavía). Esto es mucho para la muchacha. Me has sacado, me has saqueado, repite en su cabeza perdida mientras improvisa un estacionamiento veloz, apaga o prende o pone en punto muerto las luces del auto, baja como una bala, da un portazo y corre detrás de la pareja. Sigilosamente, los sigue una cuadra completa. Los ve doblar por una callecita de baldosas nacaradas, bamboleándose juntos al caminar, abrazando él a la japonesa por la cintura. Y al fondo de la callecita los divisa entrar en un edificio con un letrero de neón en japonés y en inglés: Yashiro Hotel. Ahí se pierden de vista. Victoria se acerca a la puerta del recinto y espera. No sabe bien qué hacer. No atina a nada. Se apoya en un farol de madera y así, muy quieta, intenta imaginar lo que ocurre al interior de cada habitación del hotel. De golpe, por la ventana del tercer piso, a la izquierda, ve aparecer la silueta de una mujer. Es ella, claro que es ella. Victoria podría jurar que es la misma japonesa que acompañaba a Santiago. Un hombre, un hombre que ahora sí es cien por ciento Santiago Bueno, se acerca a la mujer oriental y cierra abruptamente la cortina.

Victoria mantiene la vista fija en la ventana iluminada. Pero se diría que sus ojos están un poco ciegos. Están, más bien, en el pasado. De repente las imágenes se le atropellan, como ocurre, dicen, minutos antes de morir. La mujer no sabe si es rabia, tristeza o preludios de muerte lo que la invade. En su mente aparece el hotel de calle República. Santiago en el hotel de calle República. Lo ve de espaldas, frente a ella, arriba de ella, adentro. Lo oye hablar, oye sus carcajadas ásperas. Santiago debe estar contándole a la geisha o a la puta japonesa la historia del tipo en el hotel de Montevideo, el tipo que hablaba de Santiago Bueno, que le hablaba a él, precisamente a él, de él mismo, ¿comprendes qué extraordinario, qué simpático? Santiago debe estar amasando en este instante esos pechos de muñeca amarilla, de muñeca de porcelana. Límamelo, japonesa. Límamelo, se retuerce la muchacha enamoradiza sobre las baldosas nacaradas de la calle. Durante las cuatro horas de espera la luz ambarina de la ventana no pierde su brillo. La muchacha, en cambio, parece apagarse en su llama. No hay nada que hacer: nadie va a salir en los próximos minutos de aquel cuarto de hotel oriental.

Victoria desanda la ruta con paso lento. Su cabeza está en cero. Ni en español ni en japonés ni en jerigonzo: en cero. Sólo al llegar al Suzuki parece recuperar su capacidad de razonar. Y lo que piensa es una obertura de lo que ocurre a continuación. Recién entonces recuerda que ha dejado al bebé adentro del automóvil. La muchacha abre con prisa y lo ve: la cara de Faustino júnior no exhibe a esta hora de la tarde la expresión zen de siempre. El niño está pálido. Más que pálido: blanco, inmóvil, tieso. La mujer cae en la cuenta del horno en que se ha convertido el Suzuki con la calefacción al máximo. No sabe cómo puede haber ocurrido. No lo puede creer, no puede ser cierto. La muchacha comprende horrorizada lo que ha hecho y regresa corriendo al hotel Yashiro, dejando atrás el cuerpito blanco y zen de Faustino júnior.

Entra sin mirar a nadie, sube los tres pisos por la escalera de mármol y llega hasta la habitación de la ventana iluminada en tonos ambarinos. Me has sacado, me has saqueado, se dice como en un rezo mientras golpea la puerta y espera muy firme, en posición de alerta. Alguien abre (la furia la ha cegado y no le permite ver si es ella o él) y la muchacha irrumpe en la pieza. Santiago Bueno la mira desconcertado. Victoria quiere matarlo, está vuelta loca. Kanoyo wa kichigai, dirán luego en Kamakura: muy, pero muy loca. Sin embargo, la japonesa no es un pajarito nuevo y se anticipa a los hechos: con una violencia inesperada, se lanza sobre la muchacha y la derriba. Victoria intenta defenderse, pero de alguna parte la japonesa saca un cuchillo y se lo entierra a la chilena en el estómago. La muchacha se desploma como un pato recién cazado. Como un pollo afectado por la epidemia de Traiguén. Es fea la escena: corre sangre en ese cuarto de hotel japonés. No sabemos si la mujer que ahora toma un quimono y comienza a vestirse ha querido o no matarla, pero el hecho es que Victoria no se mueve. Santiago Bueno se acerca al cuerpo sangrante, lo sacude, le grita algo. Luego se dirige a la japonesa, acaso una prostituta muy precavida y no una geisha cualquiera. Le dice pero qué chucha hiciste. Kimi wa hitogoroshi desu, le dice. Watashi wa hitogoroshi desu, corrobora la japonesa, con el cuchillito caliente en las manos. Sus palabras suenan afónicas, la cuerda de un koto desgarrada en medio de un concierto. Santiago, cosa extraña, se echa a llorar como un crío sobre el hombro de la japonesa.

Crimen pasional en el Yashiro Hotel. Así corren los hechos por la ciudad. Pero la noticia que acapara los titulares de la tarde es la del bebé muerto por asfixia en el interior de un vehículo. Y es curioso, porque, por algún error de reporteo, por mala información o simple errata, la prensa atribuye maternidad a Melis Victoria, inmigrante de nacionalidad chilena, sobre el bebé de diez meses muerto en un vehículo Suzuki azul del año 2000, en una solitaria calle de Kamakura, Japón.

Alejandra Costamagna (foto)

‘El moto’ de José Ricardo Chávez

jose ricardo chaves(A don Joaquín)     Siempre había vivido en Desamparados, si bien sus padres fueron de Zarcero. Tres años antes de que José BIas naciera, ellos emigraron a San José en búsqueda de oportunidades. El hombre consiguió un empleo como guarda nocturno de una fábrica y luego, con el tiempo, pasó a ser obrero. Nada mejor que levantarse con el sol y acostarse con la luna. Alquiló una modesta casa de madera a unas cuadras de la iglesia de Desamparados. A los pocos meses la mujer resultó estar embarazada. Nació entonces el luego bautizado José Blas. No muchas semanas después el bebe quedo huérfano: el autobús en que viajaban sus padres fue arrollado por una locomotora de Ferrocarriles al Atlántico, en la carretera que lleva a Tibás. José BIas se salvó por pura chiripa, pues aquella tarde la madre lo había dejado en casa de una amiga costurera para ir con su marido a dar un pésame. “No vaya a ser que se le vaya a los bronquios y entonces sí que la hacemos buena”, había afirmado la señora.

Ocurrido el accidente y después de algunos trámites y a falta de parientes conocidos, el niño se quedó en casa de la amiga materna, quien vivía con una hermana, ambas solteronas y antaño costureras en una fábrica de dueños judíos. Jacobo, el patrón, paternal y siempre listo vigilante del trabajo de las mujeres, caminaba entre las filas de máquinas de coser mientras comía un trozo de pan integral con enjundia de gallina y ajo crudo. Con el tiempo, la fábrica cierra y las obreras se quedaron sin empleo y sin prestaciones. Jacobo cambia de actividad –se volvió productor de artículos de plástico– y las dos futuras madres postizas de José BIas se convirtieron en costureras de barrio, allá en Desamparados. En esa condición estaban cuando decidieron cuidar del huérfano, como una manera de canalizar sus frustrados afectos maternales. ¡Tantas noches que el niño se durmió arrullado por el ruido de las máquinas de coser!

A los siete años entró a la escuela pero no le gusto el estudio. Prefería jugar fútbol con sus amigos o acompañar a sus amigos fumadores, escondidos entre el cafetal y la chayotera. Fumó una vez y no le gustó. Fumó una segunda y tampoco le pareció. Deja de hacerlo… hasta los trece años, en que volvía a aspirar un cigarrillo. Esa vez si le agradó. Estudió en el liceo hasta el tercer año; luego, José Blas no quiso seguir. Dado su carácter amigable, alguna gente lo ayudaba dándole pequeños trabajos: recortar el jardín, llevar un paquete a San José, tomar fotografías mediocres en un quince años mediocre. Con una cámara prestada… Así, a veces por ahí y otras por allá, transcurría la vida de José Blas.

Panizo era su mejor amigo. A él le contaba cosas que a otros escondía, con él bromeaba, con él se iba a ver chavalas a la Avenida Central. Una noche, después de unos tragos en la cantina ”Aquí me quedo”, Panizo invitó a José Blas a fumar mota, una muy buena traída de Guanacaste. A pesar de su carácter amiguero, hasta entonces no lo había hecho, aunque ocasiones nunca le faltaron. La mota circulaba en Desamparados con tanta facilidad como en Tibás, como en San Pedro, ni que decir Guadalupe o, por allá, Cristo Rey y, acá, Sabanilla, y las brumas de Cartago no eran solo por el clima. José Blas aspiró. Primera vez. Sus pulmones perdían su virginidad canábica. En una calle oscura, con cuidado de que no apareciera algún tombo –la ley–, él y Panizo fumaron.

Esa primera ocasión el efecto canábico se limitó a una enorme contentera, a un no saber qué hacer con tanta felicidad. Las calles de Desampa nunca le hablan parecido más pura vida y los anuncios de B:F Goodrich, de Coca Cola, de Capri, de Café Segura, anuncios de siempre, de toda la vida, eran vistos con otros ojos que, aunque rojos e irritados, permitían desdoblar, triplicar, multiplicar la realidad, ir más allá de ese mundo de tías solteras que cosen un vestido interminable, de autobuses apretados con gente apretada en calles apretadas, de mandados y comisiones, de jardines recortados y paredes por pintar, zanjas que abrir y sermones de costurera que escuchar. Y muy pronto José Blas se vio comprando su propia mota, sacando una parte de sus ingresos para tener siempre de la mejor. Y si por A o por B José Blas no podía comprarla, Panizo le daba de la suya o alguno de los otros fumadores convidaba. Ni sed ni hambre de marihuana; sí, tal vez, de comida; sí de empleo. José no podía quejarse con sus oficios de mil usos, pero en cuanto a Panizo era un tranquilo desempleado. Sus esfuerzos habían hecho por entrar de conserje en un banco, pero no resultó. La crisis, decían los periódicos y los políticos, la televisión y la radio, crisis económica, cri-cri, crisis moral, cri-cri, deuda externa, cri-cri, la guerra a la vuelta de la esquina, cruzando la frontera, cri-cri, cri-cri, el pretexto cantor, cri-cri, crisis que por explicar todo no explica nada, cri-cri…

Apoyados en una tapia, con el sol de la mañana en sus caras, José BIas y Panizo miraban pasar a la gente. Eran las diez y, después de sendos mañaneros, ambos habían recorrido las calles por veinte minutos y luego se posaron en esa esquina del parque. –¡Hola, Chepillo! –dijo una señora que pasaba, muy atareada con sus compras. José Blas, ido de este mundo, sonreía con mansedumbre. Si no fuera por los ojos irritados, por las pupilas dilatadas, algún devoto transeúnte diría que José Blas parecía estar hablando con los ángeles. En tal beatitud se encontraba esa mañana. De pronto José Blas vio salir a un ángel de la iglesia, uno que vestía modosamente y con el cabello recogido en una larga trenza. El ángel rubio caminaba más bien despacio, con cierta timidez, y pasó junto a José, lo mira, sonrió dulcemente y siguió su camino. José Blas no supo qué hacer ni qué decir. Preguntó a Panizo si sabía de la muchacha y contestó que sí, que habían sido compañeros en la escuela primaria. El ángel se llamaba María Eugenia, más conocida como Maruja entre sus amigos. Ella, al pasar, no vio a Panizo por observar a José.

–Vive en San Antonio y es de familia encopetada.

–No jodás. No me la pongás tan difícil, mae –exclamo José Blas.

–Los ángeles cuestan, mi’herma –sentenció Panizo.

Esa misma tarde José Blas fue a San Antonio y localizó la casa de Maruja. Según le contara Panizo, la chamaca había hecho la secundaria en Cartago, pero la familia volvía de nuevo al lugar donde el padre creciera. Identificada la casa, José esperó la aparición del ángel y, luego de esperar dos horas, vio cuando salía. Ella caminó unas pocas cuadras y se detuvo. Esperaba un autobús. Una buena excusa para acercarme a mi ángel, yo también voy a tomar la lata. Nervioso, José caminaba hacia la parada. Ella vio a un joven acercarse y al reconocerlo, se ruborizó un poco. Él no se quedó atrás y el color se le subía a las mejillas. Ambos se sonrieron tímidamente pero no se hablaron. Llegó el autobús. Ella subía primero, claro (primero las damas); luego él. Ella se sentó tentadoramente en un asiento de dos: el lugar de junto estaba desocupado. José, más nervioso que nunca, no sabía ni sentarse al lado. Finalmente no lo hizo. Se sentó dos lugares más atrás. El autobús llevaba pocos pasajeros. Paulatinamente se fue llenando. El la seguía con la mirada desde su asiento: cada movimiento, los detalles de su trenza, el suave vello dorado de los brazos, las mejillas radiantes, ay, ¡quién fuera Adán ante tales manzanas! Tanto pasajero le estorbaba para verla con tranquilidad. Ella hizo gestos de querer bajarse. Él se preparó para hacerlo también. Otra coincidencia, pensaría ella, por qué no; otra sonrisa compartida.

Ya en la acera y ante la actitud de momia del muchacho, ella preguntó confianzuda e inesperadamente: –¿Cómo te llamas? Él, asombrado por tal acercamiento, contesto balbuciente: José… José Blas.

Ella se rió ante el exceso de timidez, José se ruborizó de nuevo. No sabía qué le pasaba, la cosa era que todo se le enredaba, los cables se le cruzaban, mejor que con un purito, bueno, mejor es un decir… Súbitamente envalentonado, exclamó: –Vos te llamás Maruja, más bien María Eugenia, ¿verdad?

–Sí, ¿cómo lo sabes?

–Un amigo me lo dijo, Panizo, uno que estuvo en la escuela con vos…

–Sí, ya sé quién es.

–Esta mañana te vi en Desampa y creí ver un ángel –dijo el muchacho cándidamente.

–¿Y en verdad se trataba de uno? ¿Lo era? ¿Lo es?

–Sí, sí, creo que sí –y por fin sonrió con cierta tranquilidad.

Durante los seis meses siguientes Maruja y José Blas se siguieron viendo, aunque no con la regularidad que ellos hubieran querido. La familia de la muchacha hizo todo lo posible por separarlos, una vez que se enteraron de “la clase de ficha” que era el tal Blas, según la expresión de la madre. ¿No te das cuenta, Marujita? Ese hombre no es para vos. No hay que cruzar una palabra con él para saberlo, basta con mirarlo, su ropa, su aspecto; además no tiene muy buena fama. Vos sos una muchacha decente, que puede aspirar a algo mejor, a alguien al menos tan bueno como vos, como nosotros. Ese Blas solo es un vagabundo, un marigüano, un moto. Maruja no entendía de estas razones maternales.

En la universidad cursaba la carrera de Educación pero, desde que había empezado a salir con José, casi solo le importaba estar con él, oírlo, hablar, caminar tomados de la mano entre los viejos árboles del Parque Nacional, lejos de Desamparados y de San Antonio, reír de los chistes que él contaba, aceptar sus caricias en los brazos, en las mejillas, dejarse llevar por ese flujo de humor y de vitalidad. Sí, la familia tenía sus razones para detestar a José; ella, las suyas para quererlo.
Jose iba a buscar a Maruja a la universidad, después de clases. Caminaban por los jardines y corredores, se sentaban en el pretil a ver gente pasar, a conversar iban a alguna soda a tomar un café o un refresco. Con tanto muchacho en la U, Maruja pudo comparar y rápidamente se percató de lo distinto que era José. No solo por su apariencia, por su forma de hablar, no era guapo ni bien vestido, no, pero ella nunca había conocido a alguien que le demostrara tanta ternura, que le brindara tanta atención. De cuerpo enjuto, delgado el cuello, ojos redondos y negros, lo que más llamaba la atención en José era su ensortijada cabellera. Maruja gustaba de acariciar sus rizos y entonces José sentía la más angelical sensación.

Él tenía 22 años. Ella 20. Tanta emoción compartida les hizo concebir la idea de casarse. Pero ¿cómo harían para mantenerse? Maruja no se iba a ir a casa de las costureras (¡quién sabe si ellas quisieran recibirla!), a Maruja todavía le faltaba un buen rato para acabar su carrera, los ingresos de José no eran la gran cosa, apenas para que un soltero se la jugara. ¿Qué hacer? Por ahora, nada, concluyeron, seguir viéndose, y la pasión crecía y crecía, y una noche hicieron el amor en un motel y ambos gozaron lo que nunca, la cabellera negra de José mezclada con la trenza rubia y suelta de Maruja, los dos cuerpos blancos y agitados sobre las gastadas sabanas del amor. Maruja pagó el motel. Y también pagó las cervezas, los cigarros, una camisa azul y unos zapatos de tenis para él. Y José le compró un anillo, un ramo de claveles, unos helados Pop’s y las entradas a una obra de teatro. A veces él con sus ingresos de milusos, a veces ella con la mesada de papa, el caso es que ambos gozaban lo poco o lo mucho que tuvieran.

Una vez José escuchó la perorata de Quincho, un andrajoso medio anarquista, medio loco: “¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Para qué? Ya pasaron los tiempos en que eso era importante. ¿Estudiar para triunfar? Ja, a mí con cuentos. Ya el estudio no garantiza trabajo ni el trabajo garantiza techo y pan. Entonces, ¿para que esforzarse? ¿para que esa disciplina que no conduce a nada? Lo mismo con el brete, darle y darle día tras días, hora tras hora, todo para recibir un pinche salario que no alcanza para nada, mientras unos cuantos hijueputas se hacen ricos de la noche a la mañana, sin saberse como, chorizos, sinvergüenzadas, política. Nos están dando, no atolillo con el dedo, sino atolillo con la paloma de la paz”. José escuchaba a Quincho en el Parque Central, en donde había puesto su tribuna y, al igual que José, varios transeúntes lo oían, un minuto, dos, media hora, y movían la cabeza afirmativamente o gritaban “Calláte, comunista” y alguien exclamó una vez “Que se lo lleven a Nicaragua”, y otro añadió “o a Cuba” y siguió hacia otro predicador, todo vestido de Semana Santa, un pobre cristo de pacotilla que anunciaba el próximo fin de los tiempos: ”Arrepentíos, arrepentíos”, gritaba histéricamente.

Quién sabe por qué, José invito a Quincho a un cafetucho por la Iglesia de la Dolorosa y conversaron como amigos. Quincho, quien tenía cuarenta y tantos años, aparentaba muchos más. José se enteró de que hubo un tiempo en que Quincho, como dirían sus tías, “prometía”, a pesar de su fama de revoltoso, que había estudiado unos años en México, que ahí vivió un 68 entre gritos de protesta y sangre de estudiantes, que no pudo terminar su carrera de ingeniería, que, una vez deportado y en San José, de nuevo se vio entre estudiantes y peleó contra la ALCOA y el gobierno de Trejos, entonces más gas lacrimógeno, más gritos, hasta golpes en la cabeza que lo dejaron medio lelo, dolores que le impedían pensar pero no gritar en los parques y en las plazas. Después del café cambiaron a cervezas y terminaron en una cantina de Desampa tomando guaro con cocacola. Como caído del cielo apareció Panizo, quien los invitó a unos puros, pero Quincho y José Blas poco los disfrutaron pues ya estaban muy borrachos. Al rato se separaron, Quincho en una dirección, José y Panizo por otra. Era la una de la mañana y soplaba un viento frío en las calles solitarias de Desamparados.

Droga y orfandad: el moto.

La marihuana llegó a ser parte de los hábitos diarios de José Blas. Llegó a fumarla delante de Maruja, incluso compartieron unas subidas, pero a ella no le gustó, solo a veces, por ejemplo para hacer el amor.

En una ocasión Maruja pensó como sería José Blas si no fumara mota a diario y fue incapaz de imaginárselo. Tan unidas estaban la yerba y el alma del fumador. Es que a falta de un alma verdadera se fabricaba una a fuerza de hastío y humo. Maruja no juzgaba a José, aun no. Se limitaba a aceptarlo tal como era. El, por su parte, asumía la misma actitud. No discriminaba, aceptaba, contemplaba lo pequeño y lo vasto de su querida Maruja.

Muy pronto llegaron a oídos de la familia de la muchacha las historias de los amoríos entre la joven y el moto, vistos en lugares públicos. Aunque aumentaron sobre ella las presiones, siempre quedaba un resquicio para llegar a los brazos de José Blas. La influencia política de la familia y su nivel social hicieron que los ya esporádicos empleadores del muchacho escasearan más, en un intento de adulación, de quedar bien con la familia de Marujita, tan importante que es, al señor hasta lo quieren postular como diputado, ya se está anotando su nombre en la lista, pues ya ves que aquí lo que abundan son candidatos y precandidatos, ay, ¿por qué ese señor estará en contra del pobre diablo ese, del moto? ¿Tendrá Marujita algo que ver? ¡Válgame Dios!, ahora caigo, por ahí va el asunto, ¡quien se lo iba a imaginar!, tan modosita que es la muchacha, como una muñeca de porcelana, ya ves, yo siempre lo digo: caras vemos, corazones no sabemos…

El resultado de la estrategia familiar fue marginar aún más a José. A veces sus tías postizas le daban algún dinero, pero a cambio de ello tenía que soportar las repetitivas discusiones que noche a noche, como un severo ritual o como un disco rayado, se establecían entre las dos mujeres, una, ardiente figuerista; la otra, calderonista feroz. Entre las dos rememoraban escenas, personas, eventos de aquel 48 de sangre que tanto había marcado sus vidas, de aquella jornada en que muriera fusilado el novio de la calderonista en Quebradilla, junto con más de una docena de combatientes, después de pelear en El Tejar y entregarse al enemigo. Molinón, Molinón, los muertos son un montón. Mujer que, sin haberse casado, enviudó a los dieciocho años. José Blas las oía con paciencia, pero lo triste de antes se había tornado en aburrido relato, ya no lo impresionaban los pasajes dramáticos, los sollozos, esos silencios que hablaban de fantasmas y revolución, fantasmas de Figueres, de Mora, de Calderón, de mitos y muertos, de mitos muertos, de la máquina de coser que Figueres le había prometido a su partidaria y que nunca le dio, ¡ah, Figueres tan desmemoriado!; ¡ah, Figueres en la memoria!…

–Mira, mejor calláte ya con el enano porque recordá que yo soy mariachi de hueso colorado.
–¿Colorado?, ¿rojo-comunista? Claro, en eso tenés toda la razón –dijo irónica la figuerista.

A pesar de estas discusiones cotidianas, las dos hermanas se querían mucho y se cuidaban la salud una a la otra y las dos, por supuesto, se la cuidaban al huerfanito, pobrecito Pepito (el nuestro), que no tiene ni padre ni madre (habían tomado el tren para el cielo) y toma esta platita para mientras conseguís trabajo. Nosotras sabemos que la cosa está bien difícil, aunque no tanto como en otros lugares, ya ves cómo se matan en Nicaragua o en El Salvador, aquí al menos hay paz, nadie se muere por bala, ya no. Si, ya se, que no tenés estudios, que no hay trabajo, pero m’hijito, ¿qué va a pasar con vos?, tan sin ánimos, tan sin vida, yo no era así a tu edad, tampoco mi hermana, no, teníamos vigor, coraje, ganas de hacer cosas, hasta de arreglar el mundo. Naciste cansado.

Decíme, ¿qué hay de vos? ¿Y esa noviecita con la que andas?, no creas que no nos hemos enterado…

José Blas abandonó súbitamente el cuarto de costura mientras pensaba que era rebajarse demasiado el permitir tales interrogatorios por unos cuantos colones. ¡Si al menos fueran dólares! Pero no, pinches colones que no alcanzarán para nada, puro cine y helados, ni para el motel. Hay que hacer algo, algo, pero que… Ya sé. En primer lugar, fumarme este cigarrito, ¡ah!, y en segundo lugar, darme cuenta de que nada se puede hacer, que la anda está hecha.

–¡Mafufadas! –exclamó Maruja.

Después de uno de esos silencios que se hacen en las conversaciones, en esos vacíos del habla en que vuelan Ángeles y moscas, Maruja agrego: –Tengo algo importante que decirte.

–¿Sí?
–Sí.
–A ver.

–¿De una vez?, ¿de un solo golpe?

–Sí.
–Pues…estoy embarazada.

La mira. José observa la cara feliz de Maruja. Ella esta alegre porque José dice estarlo. Saber que va a ser papa le agrada, aunque también lo asusta. De nuevo, algo hay que hacer. ¿Irse? ¿Adonde? ¿De ilegal a los Estados Unidos para hacer plata, como lo hizo el alajuelense aquel? Picapiedra le decían; qué hacer, fumar, qué hacer, respirar, qué hacer, dijeron José Blas y Maruja. ¿Qué hacer? Ir al mar, sí. Me da vergüenza decirlo pero no lo conozco. Tan cerca y nunca he ido. ¿Vos sí? No quiero morirme sin conocerlo. Nunca he ido al puerto, a Puntarenas, menos a Limón. ¿Vos sí? Vámonos los tres, vos, él o ella y yo. Si, tres. Como Figueres, Mora y Calderón, como dirían mis tías, como la Santísima Trinidad. Escapémonos y después vemos que hacer. Ir al mar ya es hacer algo. Quiero olas, arena, mucha arena, inmensidad, mar, viento, todo esto junto a vos. ¿Vamos?

Había que conseguir dinero. Hasta para ir al mar hay que tener plata. José no quería que Maruja pagara. Él quería ser quien diera para el viaje. ¿Como? Sin trabajo, apenas con los poquitos que le daban las tías. No, así no. Había que hacer algo distinto. Que mejor cosa que acudir a los amigos, a Panizo, ya ves, mae, necesito plata p’al viaje con la hembra. Panizo estaba sin dinero. Lo habitual. ¿Entonces qué? Panizo sugirió que una manera de hacerse de un poco de plata era que lo ayudara en el trafique de la mota, preparar la yerba en paquetes, paquetitos y paquetotes, en onzas y kilos, según, a veces llevando un cargamento a Heredia, a Orosi, a Alajuela, ¡puta, mae, como fuman los manudos!, en fin, entrar en el mismo brete del Panizo por un mes, una corta temporada, y luego al mar, si, al mar, a Puntarenas, a Limón, al Pacifico, al Atlántico, simplemente al mar.

Y mientras José trabajaba comprimiendo la mota y empaquetándola, él piensa en su viaje al mar con Maruja, en si a Puntarenas o a Manuel Antonio, a Playa del Coco o Cahuíta. Mejor el Caribe, si, wa’apin man, ahí debe ser distinto con tanto negro, si, Cahuíta, Puerto Viejo, me dicen, me cuentan, ahí algo se podrá hacer, tal vez ahí pueda nacer mi hijo, si, junto al mar.

Maruja tenía más de dos meses de embarazo. Hasta ahora no había tenido ningún trastorno o dolencia. Esa tarde, mientras ella y José Blas tomaban un café en Chelles, mientras llovía, habían decidido que en una semana más partirían a Limón. Ante la fuga consumada, a la familia de Maruja no le quedaría más que aceptar el matrimonio. ¿No sería suficiente para obligar al padre el hecho del embarazo de su hija? No. Ella recordó cómo, dos años atrás, su hermana mayor, soltera, con un novio a escondidas tan indeseable como el moto, había decidido abortar por la presión familiar, sobre todo del padre. Según decía el señor diputable, era mejor un rato de dolor que toda una vida echada a perder por un mal paso. La hermana se había doblegado ante la fuerza de la autoridad paterna; ella, Maruja, tal vez también podría sucumbir. Para esto era mejor algo rotundo, una huida, el gran escape, como la película que había visto hacía unas noches en la televisión con el guapo de Steve Mac Queen, los prisioneros escapando de los encierros, de las jaulas, así ella y José Blas, en fuga, hacia el mar.

Tres días antes de la anunciada partida, la policía cayó en el centro de procesamiento. Panizo y José Blas, que estaban en lo alto, trataron de escapar por una ventana trasera del galerón. Hubo gritos y disparos. Una de las balas fue a dar a la cabeza de José. El cuerpo se desplomó desde el barandal de la planta alta. Su caída fue amortiguada por las pacas de marihuana. La sangre corrió entre la yerba.

Panizo se entregó. No le quedó de otra. Otros dos hombres también lo hicieron. Destruido un centro de procesamiento de droga, afirmaron los periódicos. Tres detenidos, un muerto, dijeron los noticieros de televisión, la radio. Sí. El moto está muerto, tan muerto como los fusilados de Quebradilla, como sus padres que tomaron el tren al cielo.

Maruja estaba desgajando una naranja mientras veía la televisión, cuando en la pantalla pasaron escenas del “acto ejemplar de la campaña contra el narcotráfico en un barrio de Desamparados”, según la frase del periodista.

En la pantalla apareció el rostro ensangrentado de José Blas. La naranja que ella tenía en las manos cayó al suelo, como un cuerpo en un abismo, como una piedra al mar.

José Ricardo Cháves (foto)

 

‘La tarea’ de Alejandra Jaramillo

alejandra jaramilloFrancia camina de un lado a otro de la ventana, siempre asomándose, mirando hacia afuera. Le queda una noche más en Santa Marta y aun no logra cumplir con la tarea que le puso el Mamo para curarse. Se asoma. Lo ve. El indigente está sentado al otro lado de la calle, en el solar de una casa abandonada. La casa, ya ha tenido tiempo de observarla, tiene todas las ventanas y las puertas tapiadas con maderas y latas. Afuera cartones y una hoguera que prenden y apagan en las noches. Hoy no están los otros dos compañeros de cambuche. Ha escogido a este por ser el más bajito, el más repugnante. Va a la cocina del apartamento, un espacio pequeño que le ha servido de guarida por una semana. En esos días ha hecho todos los baños, la dieta y las meditaciones que le mandó el Mamo. Aunque se lo prohibieron, pone a preparar un café. Hoy lo necesita.

Aunque Francia está convencida de que no está enferma, se siente tan cansada de los efectos de su sexualidad, de los giros que ha venido teniendo en los últimos años. Por eso ha decido hacer todo el tratamiento que el Mamo le propuso para curarse de su hipersexualidad. Baños de mandrágora, malva y perejil, cambiar la dieta, no usar estimulantes de ningún tipo, ni café ni alcohol, ni bebidas negras. Hacer mentalizaciones, varias horas diarias mirando una vela. Los días en que estuvo en el resguardo, el Mamo la encerró en una maloka. Francia se sentía absurda, encerrada en ese espacio, durmiendo en la tierra pelada con unas cobijas y nada más. Pero el esfuerzo valía la pena, pensaba en esos días, quería acabar con su sufrimiento. Varias veces vinieron mujeres a limpiarle el cuerpo, a hacerle cantos. El Mamo entraba una vez por día y la bañaba en humo de tabaco. Además le dejó ambile, para que cada vez que se sintiera muy necesitada comiera un poco y se sentara a hacer la meditación frente a la vela ˗vela blanca siempre, para que no mueva nada˗, repetía el Mamo. Por una rendija de la maloka Francia alcanzaba a ver pasar a los jóvenes indígenas, sus cuerpos de piel oscura, esa firmeza. No le parecían bellos pero si atractivos. Una sola vez intentó escapar de la Maloka, pero cuando asomó la cabeza un indígena le preguntó, con un acento casi inentendible, qué necesitaba. Ahí entendió que el Mamo le tenía guardia permanente y que no tenía como salir de allí. Una de las veces que el Mamo la visitó le dijo que debía llegar hasta lo más hondo de su vergüenza, llevar su sexualidad al lugar más oscuro posible.

Francia le había contado al Mamo toda su historia, toda su vida. Detalle por detalle de una vida vivida para el sexo. Todas las decepciones, y las tristezas. Todo ese caudal de recuerdos que ella nunca podrá unir con su sexualidad como si realmente tuviera una enfermedad.

Se sirve el café y regresa a la ventana. El calor de la mañana aumenta. Francia no puede salir del apartamento hasta no terminar su tarea. Ha decidido que su vergüenza llegará al máximo si se acuesta con un indigente. Se imagina bañándose en el mar. Le gustó la Bahía, que queda a pocas cuadras del apartamento este que le ayudó a conseguir una compañera de trabajo. Recuerda la mañana en que una señora se acercó a entregarle un volante. “Estética vaginal láser”. Ya para qué, pensó en ese momento, para qué reconstruir lo que no debe ser usado. Mañana debe regresar a Bogotá y allá nunca haría algo semejante. Se imagina en su apartamento en Bogotá, un indigente entrando y luego montándole guardia todos los días hasta enloquecerla. Alcanza a imaginar, en ese tumulto de ideas que es su mente, que se enamoraría del indigente, y lo necesitaría. Cómo haría con los porteros, cómo con sus hijas. Ahí sí que todos la verían como una loca.

En la calle el sol hace brillar todas las cosas. Le parece que el sol cerca del mar es tan fuerte que las casas, los techos, las personas, los carros se inundan de luz y terminan irradiando todo como estrellas. Le tiemblan las piernas. Francia se pregunta desde cuándo le da miedo abordar a un desconocido. Ella que es experta en eso, ella que sabe que con pocas palabras ha logrado llevarse a la cama muchos hombres en su vida. Suda. Es el calor, piensa. Abre la ventana. Tiene miedo de que el hombre la mire. Deja por fin que la brisa la refresque. ¿Un grito? ¿Un silbido? O ¿simplemente lo llama con la mano? ¿Cómo hacer? Cierra la ventana, mejor aguantar calor que sentir que está unida al mismo aire de ese hombre. Prefiere sentirse parte de un mundo diferente. De hecho el día que decidió acostarse con un indigente aún estaba en la Sierra y no recordó haber visto ninguno en Santa Marta. Cómo haría, en Bogotá no podría hacer esa tarea. Al regresar al apartamento, después del viaje a la Sierra, se dio cuenta de que Santa Marta estaba llena de personas por las calles y que ella no las había visto al llegar. Ahora quisiera eso, no ser parte del mismo aire, no compartir nada con ese hombre. Lo invitará a subir. Ya le había comprado ropa. Hacía cuatro días tenía en una silla de la sala el atuendo que le entregaría a ese hombre para que la poseyera, una vez bañado y alimentado. ¿Y si el hombre entra y no acepta bañarse, si la coge de inmediato, si la burla en medio de ese olor que Francia puede imaginar, de ese basurero andante que son esos seres humanos? Va al cuarto. Sobre la mesa de noche tiene toda su ropa tirada, una prenda sobre la otra. Se ha cambiado varias veces durante esa mañana. ¿Provocativa? ¿Recatada? ¿Disimulada? ¿Cómo debe estar para recibir a ese hombre? ¿Cómo no dar mensajes equívocos? Se cambia de ropa. Una falda blanca y una camiseta roja. No tiene nada de ropa que no sea ceñida al cuerpo. Francia es una mujer mayor, ya ha pasado los cincuenta. Su cuerpo, desde hace rato ha empezado a fallarle. La piel suelta, los senos caídos, la barriga estriada –desde que nacieron las hijas-. Pero ella sigue pensando que sólo puede seducir con esa ropa que evidencia sus tetas grandes y sus caderas prominentes, aunque se vea como una morcilla, como le dicen sus hijas. Se mira al espejo. Busca aretes rojos, se pasa un cepillo por el pelo, ahora que lo lleva corto todo se facilita, se pinta los labios con el colorete más rojo que tiene. Le da rabia ver que le suda la nariz, que unas gotitas de sudor burbujean en su cara. Las seca con la brocha del polvo para la cara. ¿Cómo serán las manos de ese hombre? ¿Qué brutalidad va a encontrar en el encuentro con el indigente? ¿Desde cuándo tanto miedo? Se pregunta una vez más. Se moja la cara con agua, se borra el colorete. Llora. Vienen a su mente las innumerables veces que se encontró con maltratadores, las innumerables veces que sintió placer con ellos. Vuelve a la habitación. Un jean y una camisa rosada. Cambia de aretes y se pone un colorete oscuro. Se recuesta en la cama, respira, quiere controlar el corazón. Se toma el café, ya frío, de un sorbo larguísimo. Minutos después se queda dormida. El cuerpo no le aguantaba más. Pasó toda la noche despierta, caminando frente a la ventana tratando de decidirse a invitar al indigente a seguir.

La despierta un griterío. Oye muchas voces y sólo alcanza a diferenciar la voz de un hombre que grita “no se vaya cabrón, no se vuele”. Se levantó y se asomó a la ventana. Tiene la respiración muy agitada. Sus miedos unidos a los gritos le causaron una agitación inconsciente que se aumentó cuando al asomarse vio en la calle una mujer tirada en el piso, una moto sobre el cuerpo de la mujer y al indigente como principal acompañante de lo que desde donde Francia estaba observando, era una muerta. Sería él quien gritó, será su voz la que Francia escuchó, se pregunta. Se decide a bajar. Debe invitarlo. El sol está empezando a caer y esta es la última oportunidad que le queda. Si ese hombre se va a caminar por la ciudad cómo va a hacer para encontrarlo. Coge las llaves del apartamento y baja. Al llegar al primer piso le alegra que en ese edificio no haya portero. Se ríe de recordar que cuando llegó ese pequeño detalle le pareció muy molesto. Odia el miedo que le producen los edificios sin portero, y que este fuera uno de esos la angustió mucho. Pero hoy le parece lo mejor. Nadie va a ser testigo de que ella sube a un pordiosero a su apartamento. Es un edificio de tan pocos apartamentos que casi nunca se encuentra a los vecinos en las escaleras. Que así sea, se dijo y salió a la calle. El hombre aún seguía ahí. En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia. Alguien se encargaría de la joven que yacía en el piso.

Francia se casó virgen a los diez y nueve años. Creció en una familia muy conservadora. Un padre trabajador público y una madre ama de casa que dedicaba su tiempo a cuidar a las niñas. No conoció el sexo hasta que se acostó con su marido. Desde entonces la voracidad sexual de Francia fue en aumento hasta llevar a su joven esposo a la desesperación. José, su marido, empezó la relación muy enamorado de Francia, de esa muchacha casera y de buena familia. Le gustaba ese ambiente sano que se respiraba en la casa familiar de ella. Por eso esperaba de su mujer una sexualidad sosegada. Sin tachas. Pero el aumento del deseo sexual en Francia se fue revelando como un gran problema para él. No podía creer que esa misma niña tranquila y discreta que había conocido en su noviazgo, pudiera desplegar tanta vitalidad sexual y como hombre empezó a sentirse en duda. Empezó por pensar que lo había engañado y que no era virgen, luego pensó que ella lo estaba traicionando con alguien más. De cualquier manera su virilidad se veía en juego con su mujer. ˗Francia, ¿qué te pasa? ˗le decía cuando ella en la noche se acercaba a tocarle el pecho o bajaba directamente a su sexo˗ ¿no puedes descansar?

Francia por su parte tenía poca información sobre la sexualidad. En su casa de ese tema no se hablaba, más allá del comentario constante de su padre de que un hombre que no quiere casarse con una mujer sólo quiere hacerle daño. Por demás ella no había tenido ninguna curiosidad con el sexo. Sin embargo, una vez conoció el sexo con su marido se despertó en ella ese animal silencioso que la habitaba y la fue llevando a una experimentación no apta para un hombre como José.  Después de nueve meses de matrimonio José estaba agotado y desenamorado de Francia. ˗Te voy a devolver a tu casa, estás enferma Francia, esto no lo soporta nadie.

Pero preciso en ese momento Francia apareció embarazada y él sintió que esa nueva condición de su mujer les traería calma. Hasta cierto punto fue así. Francia le cogió un fastidio tremendo a José y durante esos meses no quiso tener relaciones sexuales con él. José lo interpretó como un buen desenlace de ese fervoroso inicio sexual de su mujer, le pareció que todo encajaba perfectamente y se relajó. Pero no era así, Francia estaba estudiando enfermería en esos días del primer embarazo y su estado la dotó de una extraña libertad. Durante esos meses se hizo amante de un médico, profesor de salud familiar, que no dudó un instante en aprovechar las insinuaciones de la alumna. Después de nacida la primera hija, en pocos meses Francia volvió a quedar embarazada, y este nuevo embarazo lo aderezó con un par de amantes más. Era una madre de familia que estudiaba y en esos tiempos libres encontraba las maneras de desatar la fuerza de su sexualidad, que más que arrolladora era el centro de su vida. José vivía tranquilo, por varios años no fue notorio para él lo que estaba sucediendo en la intimidad de la vida de su mujer.

Francia se sienta en el sillón de la sala. La brisa del mar entra por la ventana. El hombre está en la ducha. Le entregó la ropa y una toalla. Cuando el hombre fue a cerrar la puerta ella la empujó y él de inmediato desistió de cerrarla. Había una regla tácita en este encuentro: ella ponía las reglas. Se ha servido un poco del café frío que encontró en la olla. Siente un temblor en todo el cuerpo, como si todos sus órganos se hubiesen vuelto de gelatina. Oye el sonido del agua. Percibe cada movimiento del cuerpo de ese hombre en la ducha. Se decide. Entra en el baño. El olor de la ropa que el hombre se ha quitado la asquea. Un olor putrefacto que en pocos minutos habrá inundado todo el apartamento. Va a la cocina, recoge una bolsa negra de basura – ese detalle también lo había planeado-, regresa al baño y mete toda la ropa en la bolsa. El hombre está parado de espaldas, con la cabeza pegada a la pared, dejando que el agua corra por su cuerpo. Ella no necesita que se relaje, no necesita que ese hombre se reconcilie con el agua, ni ninguna mejoría en ese hombre, sólo necesita limpieza. Coge el jabón y mete las manos. El hombre se voltea asustado y la mira. Francia ha perdido el miedo. Lo empieza a enjabonar. Lo baña con odio, como si fuera un hijo necio que nunca quisiera bañarse. El hombre tiene una erección. Francia respira agitada, siente el olor a orines recalcitrantes que emana ese miembro. Coge la esponja de baño que ha traído de Bogotá y lo estrega. Quisiera tirarlo al piso y limpiarlo como si fuera una cartera o unos zapatos embarrados. Deja caer la esponja y sale del baño. Aturdida. Escupe el sabor a café que le queda en la boca en el lavaplatos. Trasboca. El hombre sigue en la ducha. Francia se lava las manos con rabia. Se frota la cara con las manos mojadas. Piensa en el Mamo, en sus palabras. En esa paz con que le dijo que sólo así se curaría. El sonido del agua continúa. Basta, piensa, que no gaste más agua. Le pega un grito que le sale más amigable de lo que pensó que iba a salir y le pide que termine ya.

Francia tiene un plato con la cena guardado en la nevera desde hace cuatro días. Lo tiene cubierto con una bolsa para que no se dañe. Carne, arroz, papa, plátano. Todo en abundancia. Mientras el hombre se viste, o eso imagina ella, calienta la comida en el microondas. Acomoda el plato en la mesa, le sirve un vaso de jugo. Sigue sintiendo ese temblor en las piernas. Ahora sabe que ese hombre podría robarla, hacerle cualquier daño que quiera. Abre el cajón y mira el cuchillo de cocina. Quiere tenerlo cerca, por si acaso, pero entonces calcula que si el hombre se da cuenta aumenta el peligro. Coge todo lo que le parece un arma y lo esconde debajo de la nevera. Se imagina haciendo este gesto es su apartamento. Imposible, tantos implementos de cocina que necesitaría esconder. Agradece, con una mirada rápida hacia el cielo, que no esté en Bogotá.

En las conversaciones con el Mamo hubo algunas historias de su vida que resonaron más de la cuenta. Quizá que la alcanzaron a avergonzar un poco más de lo que ella misma se imagina. Su matrimonio se acabó cuando José descubrió que Francia tenía un amante, sólo descubrió uno. Era la época en que ella aún no se desbordaba por completo en su necesidad de sexo y podía espaciar en sus días los diversos encuentros que mantenía. José la vio salir de unas residencias en Chapinero. No había caso. Estaba parado en una esquina en la carrera trece y ella salía con un hombre de un lugar evidente. Lo vio. El la miró. Ella se detuvo, se despidió del hombre con un beso ligero en la mejilla y salió a caminar hacia donde estaba José pero ya no lo encontró. Caminó por horas en esas calles y a la hora en que las niñas debían llegar del colegio fue a casa. Encontró dos maletas en la portería y un portero impertinente que le decía que ella no podía subir al apartamento, era la orden del señor. Aunque esta era la primera vez que José la encontraba ya habían sucedido otras situaciones dudosas que lo tenían cansado de Francia.

En unas vacaciones, meses antes de la separación, fueron a Melgar a un hotel con piscina. Esos días de vacaciones eran terribles para Francia porque quedaba sometida a largos días sin sexo. El contacto con José se había cortado, él por alguna razón prefería estar lejos de ella. Su mujer despedía un aire aterrorizador para él, un aliento a sexo que no podía dominar y por ello le pareció mejor mantenerse al margen de ese cuerpo. Una mañana José le avisó que iría a Girardot a buscar avena y mantecadas para las onces. Las niñas querían quedarse en la piscina. Francia las acompañó, se metió al agua y jugó con ellas mientras iba tratando de imaginarse cuál hombre de los que iban apareciendo podría ser. Las niñas que a esa altura tenían tres y dos años se quedaron jugando en la piscina para niños. Ella se sentó en una silla de asolearse junto al hombre solitario, que desde hacía días observaba. Las niñas chapoteando en el agua. Ninguna sabía nadar. Los baños quedaban bajando una escalera, como si estuvieran casi debajo de la piscina. El hombre bajó al baño, Francia lo siguió. Se metió con él en un baño minúsculo, mojado por todos lados y logró por fin descansar de tantos días de ansiedad. Cuando regresó a la piscina había un revuelo que recayó en ella. ¿Cómo las deja solas? Le gritaron, las niñas estaban sentadas en dos sillas, y varias personas las acompañaban. Francia no quiso preguntar. Se imaginó la escena una y mil veces, alguna persona viendo a una de sus hijas ahogándose, la niña defendiéndose del agua o dejándose llevar y ella mientras tanto logrando el placer que le justificaba la vida.

˗Esta mañana mi hermanita se ahogó ˗dijo la niña mayor cuando el papá se bajó del carro. José corrió al cuarto a buscar a Francia.

˗Qué le pasó a la niña ˗preguntó al llegar, iba imaginando lo peor.

˗Nada, está durmiendo la siesta.

˗Pero la niña dice que se ahogó.

˗No, sólo se hundió en el agua ˗dijo Francia tratando de salir del paso, cuando llegó la niña mayor.

˗Pero tú no estabas, mamá.

˗No mi amor, estaba en el baño, me fui solo un minuto.

José sabía que algo sucedía con su mujer aunque evitaba buscar, no tomaba la decisión de separarse porque no quería dejar a sus hijas solas, además, pese a todas sus sospechas le parecía una buena mamá. Las mantenía bien arregladas y las alimentaba juiciosamente cuando estaba en casa. El resto del tiempo la muchacha estaba bien instruida para cuidarlas, y todo gracias a Francia. Pero sus dudas crecieron y por eso terminó siguiéndola hasta que la encontró saliendo de las residencias. Después de que se separaron, meses después de no dejar que Francia viera a sus hijas, fue tal la desolación que José sintió en las niñas, que aceptó que se quedaran con Francia, en el apartamento que había conseguido, un par de noches en la semana. Al comienzo Francia lograba controlar su deseo y esas noches no salía a cazar, se quedaba en casa cuidando a las niñas. Aprovechando todo el tiempo que no habían tenido para estar juntas. Pero la fuerza de su pulsión era tan grande que varias noches las dejó durmiendo y se fue a la calle. Las niñas parecían no notarlo, y cuando una noche la niña mayor se despertó y no la encontró guardó silencio. El padre no supo nada de eso. Pero lo grave fue cuando los trasnochos hicieron que perdiera el empleo y se quedó sin dinero, hasta el punto de que no tenía plata ni para pagar una residencia barata en sus cacerías y terminó trayendo hombres desconocidos a su apartamento, aun con las niñas ahí. Ella se metía en el baño o en la cocina, pero no siempre fue posible contener la fuerza de esos hombres que conseguía, y una noche una de las niñas se despertó y la vio ahí, al lado de ellas con un hombre que más que amarla la estaba matando. Desde ese día volvió a perder a sus hijas y sólo de adultas han vuelto a acercarse a ella.

Francia, en la última conversación con el Mamo le dijo que quería disculparse. ˗¿Con tus hijas? -le preguntó el Mamo, sorprendido de que estuviera por fin aceptando su situación.

˗No, con la vida porque nunca debí tenerlas. Yo no era una mujer para hijos, ni para marido, ni para nada de lo que la sociedad cree que uno debe hacer, esa no era mi vida.

La lista de situaciones espeluznantes que su sexualidad había desatado era inmensa, pero Francia las veía simplemente como los efectos secundarios de haberse visto obligada a vivir la vida que no le correspondía. Ella no podía ver sus actos como irresponsabilidades, eran la consecuencia lógica del destino verdadero de su vida, el sexo. El Mamo por su parte, los veía como lo que son, los hechos, nada es malo ni bueno, le había dicho, pero sabía también que ella necesitaba salir de esa vida, curarse.

El hombre se sienta en la mesa. Le escurre agua del pelo, si es que a esos mechones mugrientos se les puede llamar así, piensa Francia. La ropa limpia no ha cambiado su fisionomía. No era la mugre lo que marcaba a ese hombre, pensó Francia, es la vida y eso no se borra con nada. Pensó en ella misma. ¿Qué estaría pensando ese hombre? ¿Cómo la vería? ¿Tendré yo marcas tan fuertes como las suyas? Verlo comer la horroriza. El hombre no come como un cerdo, como ella habría pensado. Sabe comer decentemente. Pero algo en sus movimientos muestran un apetito voraz, como si ese ser fuera capaz de comerse el mundo entero en pocos segundos. Francia sigue sintiendo miedo. Asco. Los dientes del hombre, que aparecen cada vez que se lleva un bocado a la boca, le dan escalofrío. Francia quisiera sacarlo de su casa, decirle que se vaya, que él no pertenece al mismo mundo de ella. Piensa en los cuchillos. Imagina la sangre brotando del cuello del hombre. Sería capaz, sería capaz de solucionar este momento de esa manera. ¿Y la tarea?

Los últimos años le habían traído a Francia el impedimento más verdadero a su sexualidad. Se había ido convirtiendo en una mujer mayor, jamona, con una gordura que no lograba bajar con nada. Dietas, ejercicios. Era como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla a mitad de camino. Porque su apetito sexual le hacía sentir que podría estar activa por años, pero el cuerpo empezaba a flaquear. En especial, lo más difícil, no lograba conquistar a los hombres. Esa era su tragedia. Ahora no podía saciarse porque el alimento se le escurría entre las manos. Por eso decidió buscar ayuda. Necesitaba calmar el deseo, salir de esa cárcel de abandono y necesidad en que la estaba sumiendo la imposibilidad de consumar lo único que la salvaba de la vida misma. No había caso, en esta época la juventud se había impuesto como el único territorio del gozo y ella estaba quedando por fuera de esos parajes que antes le daban sentido a su vida. Francia pasaba días, semanas, en estados tremendos de depresión después de salir a la calle y regresar manivacía. Las hijas acompañando tanta tristeza. Las hijas sabiendo que lo mismo que las alejó de su madre en la infancia podría alejarlas en la adultez si la tristeza la llevara a cometer una locura. “Busca ayuda mamá, busca ayuda”.

Francia siente un huracán en el pecho. Las piernas siguen temblando. Se siente anclada en la silla, no para de mirar a ese hombre comer. Una vez termina toda la comida y se toma el jugo Francia se levanta. En otra oportunidad se habría ido hasta el espejo, habría querido mirar su cara y su cuerpo antes de entrar en la faena sexual. Esta vez no puede, ¿no le interesa? Debe vencer el miedo, el asco, la perturbación. Ve en el rostro de ese hombre los gestos del Mamo, la firmeza con que le habló cada vez que se vieron, la seguridad de que a partir de este momento empezaría a curarse.

-Debes encontrar una actividad cuando regreses a Bogotá. Haz ejercicio, baila, pinta. Llena la vida de otra cosa.

El hombre no la mira, tiene una mirada al vacío que Francia no sabe cómo franquear. Se decide. Lo toma de la mano y lo arrastra, con una dulzura inesperada, hasta la habitación. Ya se ha hecho de noche. En el cuarto entra el resplandor de las lámparas de la calle. Puede verlo perfectamente. Lo lleva al lado de la cama. Él la sigue sin resistencias. Francia le suelta la mano, abre la ventana de la habitación y una vez más la brisa, ahora la de la noche, entra a refrescarla. Quiere que ese aire se lleve los olores, que la salve de los aromas pútridos que expele el cuerpo de ese hombre. Regresa al lado del indigente. Se para muy cerca, frente a él. El hombre parece una estatua, no hay ningún movimiento, Francia no percibe ninguna excitación en él. Le toma las manos nuevamente y las lleva a su cuerpo. Lo guía como si creyera que ese hombre nunca ha tocado una mujer. El como una marioneta. Le lleva las manos a sus senos. Piensa en sus dientes, en esa boca inmunda, en las uñas que aun después del baño están llenas de mugre viejo. Deja una mano en los senos. El hombre los palpa, empieza a moverse. Ella siente el asco revolverse con el deseo. Le pasan escalofríos por el cuerpo, una excitación conocida, pero esta vez colmada de fastidio. Siente rabia con su cuerpo, con su vida, con ese deseo de salvarse de lo más deseado. Le baja la otra mano y la mete entre su ropa, la hunde en su sexo. Las uñas sucias, y esos dedos penetrando su vulva, su vagina. El hombre respira más rápido. Se contonea. Ella siente crecer el calor en su sexo, en su cuerpo. Los dientes, la suciedad imborrable. Su sexo se crece, se derrama en fluidos, se extiende. Tantos días, tantas horas, tantos minutos. El silencio de su cuerpo termina, las corrientes eléctricas la recorren. No puede entregarse, debe entregarse. Quisiera un beso, una boca que la pueda lamer. ¿Qué hará este hombre ahora? Está excitado, mueve las manos y ella se sorprende de la agilidad con que la va seduciendo. Le acerca la cara al cuello. Francia siente nauseas unidas a las vibraciones del sexo, de su clítoris deseoso. Quiere quedarse en esa vibración, quiere apartarlo de un golpe, sacarlo de la habitación y se agarra de su mano, lo ayuda, quiere llegar, quiere sentir el remolino de dicha. El hombre le busca el rostro, quiere besarla. Se pega a su cuerpo sin sacar la mano de sus calzones. La abraza con la otra mano, le coge la cabeza, el pelo corto. Ella se retuerce. Tanto tiempo sin nada. Quiere vomitar, quiere verse en el espejo. La explosión se acerca. El hombre jadeante y ella también. El indigente busca su boca, ella voltea la cara y jadea, gime, este hombre la volverá al orgasmo. No puede ser. No puede sentir placer en este estado de putrefacción, siente que puede llegar, ya lo sabe. El hombre saca la mano. La aparta de su cuerpo. La mira a los ojos, ella no le sostiene la mirada. Baja las manos, lo suelta. Espera a que él se quite la ropa que con tanto miedo ella compró para él. Esa ropa que le queda un poco holgada, que le luce después de tanta suciedad. El hombre la empuja suavemente. Da dos pasos atrás. La mira. Francia le estira las manos, se sienta en la cama, lo espera. Quiere quitarle la ropa, acabar con esta escena. Piensa en sus hijas, en la vida, en la cura. El hombre da un paso más hacia atrás. Se voltea y sale con movimientos rápidos. Francia oye las pisadas, la bolsa de la ropa sucia que el hombre recoge y el golpe seco de la puerta al cerrarse a su paso.

Alejandra Jaramillo (foto)