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‘El Lobo-Hombre’ de Boris Vian

En el Bois des Fausses-Reposes, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra.

Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierbas y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.

Denis vivía en buenas relaciones con sus vecinos, pues estos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el “cesto de las naranjas” (cito a Louis Boussenard), había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amilcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.

Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena recortaba las hojas como encaje de sombras. Al quedar expuestos a la luz, los ojos de Denis cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Aproximábase ya al roble que constituía el término ordinario de su andadura, cuando la fatalidad hizo cruzarse en su camino al Mago del Siam, cuyo verdadero nombre se escribía Etienne Pample, y a la diminuta Lisette Cachou, morena camarera del restaurante Groneil arrastrada por el mago con algún pretexto ingenioso a las Fausses-Reposes. Lisette estrenaba un corsé Obsesión último diseño, cuya destrucción acababa de costar seis horas al Mago del Siam, y era a tal circunstancia a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro.

Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.

No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.
Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia.

Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse. Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.

Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.

Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformación habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.

Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.

Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardín des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.

A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el más mínimo reproche. Con el corazón exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.

Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.

–Lo siento mucho, señor –dijo aquel hombre lampiño y cabezón–, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?

Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.

–Encantado –dijo incorporándose a medias.

–Gracias, caballero –gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.

–Si usted me lo agradece a mí –prosiguió Denis– ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.

–A la clásica providencia, sin duda –opinó la monada.

Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.

–¡Oh! –exclamó ella–. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!

–Sí… –confirmó Denis.

–Sus ojos son también bastante extraños –añadió la joven al cabo de cinco minutos–. Los veo parecidos a… a…

–¡Ah! –comentó Denis.

–A granates –concluyó ella.

–Es la guerra… –musitó Denis.

–No le entiendo…

–Quería decir –explicó Denis–, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.

–¿Estudió usted Ciencias Políticas? –preguntó la morenita.

–Le juro que no volveré a hacerlo.

–Le encuentro bastante fascinante –aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.

–De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino –expresóse Denis, madrigalesco.

Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.

–¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? –acabó susurrando al oído de Denis.

–¿Sería prudente? –inquirió éste–. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?

–Digamos que soy un poco huérfana –gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.

–Una verdadera lástima –comentó cortésmente su distinguido acompañante.

Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.

Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.

Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.

–¿Desea una foto mía? –dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.
Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.

–Esto… eh… sí, querido mío –acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.

Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.
–¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! –explotó finalmente–. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!

Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos.

De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.
–¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! –sugirió Denis.

Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora. Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.

–Debe ser el sabor de la venganza –aventuró en voz alta.

Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa. No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.

–¿Podemos hablar con usted? –dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.

–¿De qué? –se asombró Denis.

–No te hagas el tonto –profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.

–Entremos ahí.. –propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.

Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.
–¿Saben jugar al bridge? –pregunto a sus acompañantes.

–Pronto vas a necesitar uno –sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.

–Querido amigo –dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento–, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.

Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.

–¡Le hace gracia al muy rufián! –observó el colorado–. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.

–Da la casualidad –prosiguió el flaco– de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.

Denis comprendió de repente.

–Ahora entiendo –dijo–. Ustedes son sus chulos.

Los tres se levantaron como movidos por un resorte.

–¡No nos busques las vueltas! –amenazó el más grueso.

Denis los contemplaba.

–Noto que voy a encolerizarme –dijo finalmente con mucha calma–. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.
Los tres individuos parecían desorientados.

–¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! –tronó el grueso.

Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.

Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.

–Te vamos a escabechar –dijo el aceitunado.

El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.

Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once. “¡Por mis barbas”, pensó, “es hora de marcharse!”

Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó. Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi. Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.

–¿O sea que va usted sin luces? –preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.
–¿Cómo? –se extrañó Denis–. ¿Y por qué no? Veo de sobra.

–No se llevan para ver –explicó el agente– sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?

–¡Ah! –exclamó Denis–. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?

–¿Se está burlando de mí? –indagó el alguacil.

–Escuche –se puso serio Denis–. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.

–¿Quiere usted que le ponga una multa? –dijo el infecto municipal.

–Es usted pelmazo de más –replicó el lobo ciclista.

–¡De acuerdo! –sentenció el innoble bellaco–. Pues ahí va…

Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.

–¿Su nombre, por favor? –preguntó volviendo a levantarla.

Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.
En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su furioso avance. La costana de Saint-Cloud quedó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Atravesó a continuación la parte de la ciudad que costea Montretout –fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado al antes nombrado santo– y giró después a la izquierda, en dirección hacia el Pont Noir y Ville-d’Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitación a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche.

Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.

Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva. Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine –uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana–, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo.

Boris Vian (foto)

 

‘Un tal Nacho’ de Lina María Pérez

A Ignacio Ramírez, un tal Nacho, le gustaba caminar solitario y feliz por las calles de ciudades invisibles. Un día me dijo que quería ir a Atenas y sumarse a las multitudes que oyen hablar a los filósofos en el parque, o mirar al mediodía hacia el Peloponeso para saludar a Ulises. Alguna mañana me confesó que hace años quiso ser como el barón rampante, encaramarse a un árbol, y desde allí convocar a hombres y mujeres de palabra para demostrar que la mayoría de los colombianos somos gente de paz y necesitamos unirnos para aplacar a los violentos.

A Nacho le obsesionaba el tiempo. Como tema, como palabra, como realidad inasible y misteriosa, una paradoja cruel que se ensañó en exprimir los agobios de su lenta enfermedad. Concebía el tiempo como “una noria que muele agua de sombra y enluna laberintos y figuraciones”. Sí, “enluna” tal como se lee, porque Nacho era un inventor de palabras.

Desde su discreta vocación de palabrero, Nacho encarnaba a aquel cronopio que conoció a una tortuga enamorada de la velocidad y le dibujó una golondrina en su caparazón. Fue terco aliado de escritores y artistas colombianos, y en CRONOPIOS, su diario virtual, nos dio la oportunidad de emocionarnos trazando golondrinas en nuestros caparazones. Allí desfilaron temas y escrituras, talentos y promesas, para que imaginación y pensamiento titilaran diariamente en más de 30.000 pantallas en todo el mundo.

Nacho se rió de la vida, de lo obstinada y marrullera que fue en su lento y largo adiós. Navegó entre libros mientras le hizo el quite a las cajas de cartón llenas de novelas, cuentos y ensayos escritos por él a lo largo de sus años y que se resistió a publicar. Algunos de ellos le hicieron trampa y se hicieron carne en sus novelas ‘Ayulela’, que tituló poniéndole el espejo a la palabra Aleluya, y en ‘El hombre y el espejo’; en los libros de cuentos ‘La galaxia de la azotea’ y ‘La calle de los porvenires’ y en el libro de reportajes a veinte escritores colombianos ‘Hombres de palabra’ en coautoría con Olga Cristina Turriago. Hace apenas unos meses se dejó convencer por la Universidad Nacional para editar sus textos ‘La dama del guante verde’. Nos deja, además, una antología personal de sus artículos en ‘Fantasmas felices’, un libro espléndido para seguir amándolo en los personajes que poblaron sus emociones.

Alguna vez, Nacho quiso ver las fotos de su sombra. Me quedé mirándolo y me di cuenta de que ya era una sombra y que desde ella me hablaba con el deseo de que le ayudara a ver las fotos de su cuerpo. Cuando tenía esos arrebatos de desesperanza yo le hablaba, tomaba su mano o le daba un beso para que no se desvaneciera. Nacho era el más lúdico soñador y cómplice de las anti-etiquetas y los contra-simulacros. Con su coherencia vital y estética, su carácter y su sentido del humor desalmidonó todas las convenciones. Hizo de su palabra poesía y juego, reflexión y pensamiento.

Sus insomnios fueron una larga espera mientras miraba las noches boca arriba sin temer las babas del diablo. Debe estar gozándose el más allá con el piano de Thelonious Monk y el saxofón de Amstrong en una tertulia eterna en la que el otro Cronopio, el gran Cortázar le dicta las instrucciones para gozarse la gramática asombrosa del glíglico. Y en esa tertulia bailan catalas Miller y Vallejo, Ling Yutang y San Francisco de Asís, Borges y Shakespeare, mientras Nacho le hace un guiño de gratitud a Cosimo Piovasco, el barón rampante.

El tiempo dejó de exprimir sus zozobras.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

Barros, Papa, Trump, Rojo, Nocturnos, JC

catedral-de-osorno¿Emérito? Aunque un amigo me trata de ignorante porque digo que a Juan Barros, obispo de Osorno (foto catedral), lo ascendieron a la categoría de “emérito”, me jura que no. Emérito, en la RAE es: “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”, y “profesor que sigue dando clases después de la jubilación, en reconocimiento a sus méritos”. Le digo que cuáles son los “buenos servicios” de Barros para “disfrutar un premio”, si lo que hizo fue encubrir la pederastia y pedofilia que ocurría en la parroquia de El Bosco y en el entorno del delincuente Fernando Karadima. (Y no sabemos a ciencia cierta si Barros también sea pederasta) De igual manera, por qué “reconocimiento a sus méritos”, si sus méritos fueron encubrir la pederastia y pedofilia en la parroquia El Bosque o el entorno de Fernando Karadima. Me dice que ese es lenguaje de la curia, que no tiene nada qué ver con la RAE. ¿Qué? ¿También corrompen el idioma, para encubrir sus delitos? Para los curas y el Vaticano, alguien que encubre la pederastia y pedofilia puede ser “emérito”, y entonces la pederastia y la pedofilia no es un delito sino un pecado solamente.

¿Encubrimiento papal? Ahora se dice que la salida de Juan Barros de la diócesis de vaticanoOsorno lo deja con todos “los honores”, porque el papa le aceptó su renuncia protocolaria, pero no lo destituyó por encubridor de pederastia y pedofilia. Salió limpio de polvo y paja, como se dice, aunque en su caso puede también hablarse de una expresión literal. El papa, entonces, desde el Vaticano (foto), a mi modo de ver es, nuevamente, un encubridor de Juan Barros. Hace 3 años lo encubrió diciendo que las denuncias en contra de Barros era de gente “tonta” influenciada por “la zurda”. Que Osorno “no entendía los designios de Dios”, dijo el papa. Y cuando estuvo aquí en Chile, regañó a un periodista que le preguntó por Barros, diciendo que “no había una sola prueba en contra” de Barros. Como me lo temía, el papa montó una escenografía, con “enviados especiales” y reuniones, para mofarse de las víctimas. Y el primer paso, en su tinglado, fue darle salida a Juan Barros “sin condenarlo por su proceder”. Simplemente le aceptó una carta de “renuncia protocolar”. El papa le está haciendo trampa a la feligresía de Osorno, y de Chile, y a este ritmo, se va a ir al infierno.

Trump. Dígase lo que quiera, pero lo que no pudieron sus antecesores, lo logró Donald Trump: frenar a Corea del Norte. Puede que no nos guste el jopo, la gomina que usa, o la forma poco ortodoxa de enfrentársele a Kim Jong-Un, pero lo logró, sin degradar las cualidades de Estados Unidos como potencia mundial.

Rojo. La nueva versión del programa Rojo, del canal oficial Tvn, la está animando Álvaro alvaro escobarEscobar (foto). El fondo del programa es el mismo del Rojo anterior: visibilizar el talento de jóvenes en el canto y el baile. Jóvenes que quedaron de un cedazo previo. En nada hace recordar el Rojo anterior que animó Rafael Araneda. Y, con todo respeto, creo que lo hace mejor Álvaro Escobar. Esa voz nasal de Rafael Araneda, y el “misterio” o “suspenso” que le ponía a ciertos pasajes del programa resultaba patético. Además, Escobar se siente menos acartonado, más cercano. Parece humano, en comparación con “el tío conductor”. Y este sería un comentario: no le digan “tío conductor” a Álvaro Escobar. Ese mote se usó con Rafael Araneda, y el Rojo actual en nada quiere calcar lo que fue el Rojo del pasado.

Nocturnos. Hablando de nuevos programas en la tele, hay que mencionar los programas lanocheesnuestra“La noche es nuestra”, de Chilevisión (foto 1), y “Sigamos de largo” de Canal 13 (foto 2). Espacios de entretenimiento, al final de la programación de esos canales de televisión abierta. ‘La noche es nuestra’ es conducido por Felipe Vidal, Pamela Díaz y Jean Philippe Cretton. Es, simplemente, una sala de casa, o departamento, donde se sientan los conductores con los invitados, sin ningún propósito (me refiero a que no pretende “la noticia”, ni “revelar un secreto” de la vida de los invitados, como se acostumbra en los programas de entrevista) Es pasarla bien, solamente. Me agrada. En cuanto a ‘Sigamos de largo’, está entre la simple entretención y la entrevista. Encuentro que, a diferencia de los tres animadores de ‘La noche es nuestra’, que son livianos, sin pretensión de nada, los tres sigamos-de-largoanimadores de ‘Sigamos de largo’ (Marcelo Comparini, Sergio Lagos y Marco Silva) son muchos. Pesan. Y el programa queda desbalanceado. Casi pesan más los animadores que los invitados. Esto se ha aliviado un poco, con el reemplazo que Javiera Contador está haciendo de Marcelo Comparini (merecedor de toda admiración por su creatividad a lo largo de su carrera, y su inteligencia) mientras está fuera de Santiago, según han dicho allí mismo. ‘Sigamos de largo’ me agrada, sin embargo no está del todo ajustado, como sí lo está ‘La noche es nuestra’, con relación al propósito.

Otra vez JC. Ya que estamos en farándula, decir por último que Julio César Rodríguez jc rodriguezmintió en el programa ‘La noche es nuestra’, del canal en que él trabaja, donde dijo que las quejas por su morbosidad y manoseo de mujeres durante la animación de Viña del Mar 2018, se redujo “a un simple meme”, que “lo pilló” en un gesto. No. No es así. Hay 3 o 4 horas, horas de videos, en las que se ve su manoseo y sus miradas morbosas a todas (sin excepción) las mujeres que entrevistó. Como se anotó acá, cambiaba de mano el micrófono para poder cogerlas por la cintura. A todas. Ahí están los videos. No fue un meme. Que no mienta. La calentura de JC Rodríguez llega al punto de hacer desnudo el programa que tiene en la cadena radial demócrata cristiana Bio Bio (foto).

‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

‘Mi planta de naranja lima’ de Vasconcelos

jose mauro de vasconcelosÍbamos por la calle, cogidos de la mano y sin la menor prisa. Totoca iba enseñándome la vida y yo estaba muy contento, porque mi hermano mayor me llevaba de la mano y me enseñaba las cosas, pero las de fuera de casa, porque en ésta yo aprendía descubriéndolas solo y haciéndolas solo, me equivocaba y, al equivocarme, acababa siempre recibiendo unos azotes. Hasta hace muy poco, nadie me pegaba, pero después descubrieron las cosas y no cesaban de decir que yo era malo, que era un diablo, un gato entigrecido. Yo no quería saber nada de eso. Si no hubiese estado en la calle, me habría puesto a cantar. Cantar era bonito. Totoca sabía hacer otra cosa, además de cantar: silbar. Pero, por más que yo lo imitaba, no me salía nada. Él me animó diciendo que era así exactamente, pero que aún no tenía boca de soplador. Así que, como no podía cantar por fuera, fui cantando por dentro. Era algo muy raro, pero se fue volviendo muy divertido e iba recordando una música que Mamá cantaba cuando era yo muy chiquitito. Estaba en el lavadero, con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un delantal atado a la cintura y se quedaba horas y más horas, metiendo las manos en el agua y haciendo mucha espuma con el jabón. Después retorcía la ropa e iba hasta la cuerda. Lo colgaba todo de ella y levantaba la caña. Hacía lo mismo con toda la ropa. Estaba lavando la ropa de la casa del Dr. Faulhaber para ayudar con los gastos de la casa. Mamá era alta y delgada, pero muy bonita. Tenía un color muy moreno y el pelo negro y liso. Cuando se dejaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. Pero lo bonito era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado para aprender.

Marinheiro, Marinheiro / Marinheiro de amargura / Por tua causa, Marinheiro / Vou baixar à sepultura… / As ondas batiam / E na areia rolavam / Lá se foi o Marinheiro / Que eu tanto amava… / O amor de Marinheiro / É amor de meia hora / O navio levanta o ferro / Marinheiro vai embora / As ondas batiam…

(Marinero, marinero, / Marinero de mis amores, / Por tu culpa, marinero, / Padezco tantos dolores… // Las olas batían / Y barrían la arena. / Allá se fue el marinero / Al que yo tanto quería… // El amor del marinero / Es amor de media hora. / El navío leva anclas / Y el marinero se evapora… // Las olas batían…)

Hasta ahora aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender. Totoca me dio un empujón y desperté.

–¿Qué te ocurre, Zezé?

–Nada. Estaba cantando.

–¿Cantando?

–Sí.

–Pues debo de estar quedándome sordo.

Entonces, ¿no sabía que se podía cantar por dentro? Me quedé callado. Si no lo sabía, yo no se lo enseñaría. Habíamos llegado al borde de la carretera de Río a Sao Paulo. Pasaba de todo por ella: camiones, automóviles, carros y bicicletas.

–Mira, Zezé, esto es importante. Lo primero es mirar bien. Mira para un lado y para el otro. Ahora.

Cruzamos corriendo la carretera.

–¿Te ha dado miedo?

Claro que sí, pero dije que no con la cabeza.

–Vamos a volver a cruzar juntos. Después quiero ver si has aprendido.

Volvimos.

–Ahora tú solo. Sin miedo, que ya te estás haciendo un hombrecito.

El corazón se me aceleró.

–Ahora. Ve.

Me lancé casi sin respirar. Esperé un poco y él dio la señal para que volviese.

–Para ser la primera vez, lo has hecho muy bien, pero has olvidado una cosa. Tienes que mirar para los dos lados a ver si viene un coche. Yo no voy a estar aquí siempre para darte la señal. A la vuelta, practicaremos más. Ahora vamos, que te voy a enseñar una cosa.

Me cogió de la mano y volvimos a ponernos en marcha despacio. Yo estaba impresionado con una conversación que había tenido.

–Totoca.

–¿Qué?

–¿Se nota cuando ya se tiene uso de razón?

–¿Qué tontería es ésa?

–Fue el tío Edmundo quien me lo dijo. Dijo que yo era “precoz” y que pronto iba a llegar a tener uso de razón. Y yo no siento ninguna diferencia.

–El tío Edmundo es un bobo. No para de meterte cosas en la cabeza.

–No es bobo. Es sabio y, cuando yo crezca, quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Un día me haré una foto con corbata de lazo.

–¿Por qué con corbata de lazo?

–Porque nadie es poeta sin corbata de lazo. Cuando el tío Edmundo me enseña retratos de poetas en una revista, todos llevan corbatas de lazo.

–Zezé, deja de creer en todo lo que te dice el tío Edmundo: está un poco chalado y es un poco mentiroso.

–Entonces, ¿es un hijo de puta?

–Mira que ya has cobrado en la boca por tanto decir palabrotas, ¿eh? El tío Edmundo no es eso. He dicho “chalado”, un poco loco.

–Has dicho que era mentiroso.

–Una cosa nada tiene que ver con la otra.

–Sí que tiene que ver. El otro día, Papá estaba hablando con el señor Severino, el que juega a las cartas con él y habló así del señor Labonne: “Ese viejo hijo de puta miente con avaricia”… Y nadie le dio en la boca.

–Los mayores pueden decirlo, no tiene importancia.

Hicimos una pausa.

–El tío Edmundo no es… ¿Qué es exactamente eso de “chalado”, Totoca?

Él se giró el dedo en la sien.

–Pues no lo está, no. Es muy bueno: me enseña cosas y hasta ahora sólo me ha dado un azote y no con fuerza.

Totoca dio un salto.

–¿Que te dio un azote? ¿Cuándo?

–Un día en que estaba yo muy travieso y Glória me mandó a casa de Dindinha. Resulta que él quería leer el periódico y no encontraba las gafas. Buscaba y buscaba, desesperado. Preguntó a Dindinha y nada. Los dos buscaron por todos los rincones de la casa. Entonces yo dije que sabía dónde estaban y que, si me daba una moneda para comprar canicas, se lo diría. Él fue a buscar un tostão en su chaleco.

–Ve a buscarlas y te la daré.

–Fui al cesto de la ropa sucia y las cogí. Entonces me regañó: “¡Has sido tú, granuja!”. Me dio un azote en el culo y me quitó el tostão.

Totoca se rió.

–Te vas allí para no cobrar en casa y cobras allí. Vamos más deprisa, que, si no, no vamos a llegar nunca.

Yo seguía pensando en el tío Edmundo.

–Totoca, ¿un niño es un jubilado?

–¿Cómo?

–El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.

–¿Y qué?

–Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.

–Un jubilado es diferente, Zezé. Un jubilado es quien ya ha trabajado mucho, se ha quedado canoso y anda despacito, como el tío Edmundo, pero vamos a dejar de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él me parece bien, pero conmigo, no. Haz como los demás niños. Di palabrotas incluso, pero deja de llenarte esa cabecita con cosas difíciles. Si no, no vuelvo a salir contigo.

Me enfadé un poco y no quise hablar más. Tampoco tenía ganas de cantar. El pajarito que cantaba dentro de mí se alejó volando. Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

–Es esa de ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común y corriente, blanca y con ventanas azules, cerrada toda ella y en silencio.

–Sí que me gusta, pero, ¿por qué tenemos que mudarnos aquí?

–Siempre es bueno mudarse.

Nos quedamos contemplando desde la cerca un arbolito de mango a un lado y un tamarindo al otro lado.

–Tú, que quieres saberlo todo, no has sospechado el drama que hay en casa. Papá está en paro, ¿no? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo pusieron en la calle. ¿No has visto que Lalá ha empezado a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que Mamá va a trabajar en la ciudad, en el Molino Inglés? Pues mira, tontín, todo eso es para juntar un dinero y pagar el alquiler de esa nueva casa. En la otra, Papá debe ya ocho meses. Tú eres demasiado niño para saber esas cosas tristes, pero yo voy a tener que acabar ayudando a misa para contribuir en casa.

Se quedó unos minutos en silencio.

–Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas aquí?

–Claro que sí y un servidor, el esclavo, será quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cariño y pena.

–Yo soy el que va a desmontar el Parque Zoológico y a armarlo aquí.

Me sentí aliviado, porque, si no, habría tenido que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más pequeño: Luís.

—Bueno, ya ves que soy tu amigo, Zezé. Ahora no te cuesta nada contarme cómo conseguiste “aquello”…

–Te juro, Totoca, que no lo sé. La verdad es que no lo sé.

–Estás mintiendo. Has estudiado con alguien.

–No he estudiado nada. Nadie me ha enseñado. Sólo puede haber sido el diablo, que, según Jandira, es mi padrino y me enseñó durmiendo.

Totoca estaba perplejo. Al principio, hasta me había dado capones para que se lo contara, pero yo no sabía contárselo.

–Nadie aprende esas cosas solo.

Pero se quedaba mudo, porque la verdad es que nadie había venido a enseñarme nada. Era un misterio.

José Mauro de Vasconcelos (foto)

 

‘Se busca una mujer’ de Charles Bukowski

Charles_BukowskiEdna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:

SE BUSCA UNA MUJER.

Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:

“Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas”.

Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera…

Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando cómo se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.

Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. “Films”. Era un término muy culto. La gente decía “películas” normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.

Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. “¿Hola?” Contestó él.

–¿Señor Lighthill?

–¿Sí?

–Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…

–Ah, sí.

–Me llamo Edna.

–¿Cómo estás, Edna?

–Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.

–Sí, hace la vida difícil.

–Bueno, señor Lighthill…

–Llámame Joe, a secas.

–Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?

–Viste mi anuncio.

–Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?

–Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?

–¿Las mujeres?

–Sí.

–Oh, pues en todas partes, ya sabes.

–¿Dónde? Dime. ¿Dónde?

–Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.

–No me gusta la iglesia.

–Oh.

–Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?

–¿Quieres decir allí, a tu casa?

–Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.

–Es tarde.

–No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.

–Bueno, es que…

–Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.

–No, yo no tengo miedo.

–Entonces vente, Edna.

–Bueno, es que…

–Vamos.

–Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.

Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.

–Entra, Edna…

Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.

–Siéntate. Te serviré algo de beber.

Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas… Parecía relajado y eso la tranquilizó.

El señor Lighthill –Joe– salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.

–Sí –dijo él–, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?

–Sí, ya lo noté. Está muy bien.

–Bebe algo.

–Oh, sí.

Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.

–Llevas un vestido muy bonito, Edna.

–¿Te gusta?

–Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.

Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.

¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera…

Edna terminó su bebida.

–Deja que te sirva otro –dijo Joe.

–No. Me tengo que ir ya.

–Oh, vamos –dijo él–; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.

–Está bien, pero después de éste me voy.

Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.

–Sabes –dijo–, soy bastante bueno en el sexo.

Edna bebió su vaso y no contestó nada.

–¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? –preguntó Joe.

–Nunca lo he hecho.

–Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.

–¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos –dijo Edna.

–Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.

–Tal vez no sea muy buena para estas cosas –dijo Edna–. Tal vez es por eso que estoy sola. –Se tomó un buen trago del vaso.

–Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos –dijo Joe.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.

–Eso es triste –dijo Edna.

–Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.

–¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?

–No, ella se divorció de mí.

–Y qué es lo que fue mal?

–Las orgías sexuales.

–¿Las orgías sexuales?

–Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera… Perdóname…

–No pasa nada.

–Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo… como sea.

–No sé mucho acerca de esas cosas, Joe –dijo Edna.

–Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.

–¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?

–Eso ayuda bastante.

–¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?

–Las orgías no arreglarán nada.

–¿Y entonces qué?

–Bueno, no sé. Tal vez el swap.

–¿El swap?

–Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.

–¿Y funciona bien?

–Bueno, no sé… Los swaps pueden traer problemas… a la larga. Tiene que estar todo muy hablado… bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado…

–¿Tú sabes bastante, Joe?

–Bueno, estos swaps… Creo que pueden ser buenos para algunos… Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.

Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.

–Escucha, Joe, me tengo que ir…

Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.

SE BUSCA UNA MUJER.

–¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!

–¿Por qué viniste aquí, zorra?

La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. Él se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.

–Dios, Dios… ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar… ¡Auuggh!

Rodó por el suelo gimiendo.

Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.

Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.

Charles Bukowski (foto)

‘La epidemia de Traiguén’ de Alejandra Costamagna

alejandra costamagnaLa muchacha, dicen, es muy pero muy loca. Se llama Victoria Melis y ha llegado a Japón como llegan los desaconsejados, los que andan un poco perdidos: siguiendo a un hombre. Él, Santiago Bueno, es oriundo de Traiguén y está en Kamakura por negocios. Es un experto en pollos y lo que hace en Kamakura es persuadir a su cartera de potenciales clientes para que compren pollos de altísima calidad. Pollos de exportación, que no son alimentados con pescado ni inflados con hormonas y que tienen una muerte no digamos dulce pero en ningún caso estresante. Hay una epidemia local, sin embargo, una epidemia que afecta sólo a los pollos de Traiguén y que cada cierto tiempo amenaza las negociaciones de las empresas avícolas. Santiago Bueno, gerente de Pollos Traiguén Ltda., debe tomar las mayores precauciones acerca de este punto. Cuando los pollos son contagiados se debilitan, enflaquecen, se ponen muy feos. Es como si de golpe se vieran afectados por una depresión crónica. Ese es el único síntoma. Y un día cualquiera caen muertos.

Pero el episodio de Victoria y Bueno comienza antes. Cinco o seis meses antes. La muchacha tiene entonces diecinueve años y unos ojos muy grandes y separados. Parece que sus orejas fueran unos remolinos que se los van a chupar. Que se van a chupar sus ojos. Victoria es secretaria, pero hasta entonces no ha ejercido su oficio. En realidad, nunca ha ejercido ningún oficio rentable. La herencia de sus padres, muertos en un accidente ferroviario, le permite vivir con ciertas comodidades. Pero hace unos días ha visto un aviso en el diario y ha llamado por teléfono para preguntar por el puesto de secretaria. Sin mayores trámites, ha conseguido un empleo en Pollos Traiguén Ltda. Hoy, lunes 23 de marzo, es su primer día de trabajo. Al salir de su departamento, esta mañana, ha tropezado con un coche doble de bebés y se ha torcido un pie. Guaguas, guaguas, no tienen otra cosa que hacer las guaguas, ha pensado mientras la madre de las criaturas ofrecía sus disculpas e intentaba aplacar el llanto replicado de sus gemelos. Cojeando y malhumorada ha llegado al trabajo. Y allí está ahora, con el pie resentido y una emoción vertiginosa. Es algo instantáneo: Victoria ve a Santiago Bueno y queda prendada, se diría que enceguecida por aquel hombre de voz áspera, que sólo fuma tabaco negro. Victoria es una mujer de emociones violentas y fugaces. Dicen que es muy pero muy loca, pero también se podría decir que es fatalmente enamoradiza y punto.

La muchacha se presenta: Hola, vengo por el aviso. ¿Qué aviso? El del puesto de secretaria, nosotros hablamos el viernes, ¿se acuerda? Ah, sí, señorita Véliz, viene un poco retrasada usted. Soy Melis, señor, no Véliz. Melis; muy bien, señorita Melis, ése es su escritorio. En la carpeta tiene la agenda de hoy; hasta luego. Y más puntualidad, ¿okey? Victoria ejecuta sus obligaciones de hoy, llama a veinticuatro clientes, atiende treinta y nueve llamados, se desconcentra pensando en lo atractivo que es Santiago Bueno, toma un café con cuatro cucharadas de azúcar, sigue la agenda de hoy, llama a ocho clientes (uno de ellos le habla en inglés: ella corta de inmediato), piensa en los malditos bebés del coche, en todos los malditos bebés, intenta imaginarse como madre, se ríe de la estúpida ocurrencia, sigue con la agenda, recibe un llamado en inglés, Hello, excuse me, it is a mistake, mister, desconecta el teléfono, oye la risa de Santiago Bueno al otro lado del muro, se desconcentra pensando en él, no puede pensar en otra cosa la muy enamoradiza, se acerca al muro y lo oye toser, lo imagina, imagina esa boca que tose, fantasea, se obsesiona con el gerente de Pollos Traiguén, puede verlo tosiendo para ella, sacudiéndose con el carraspeo, salpicándola con su tos elástica, mirándola como se mira lo que está a punto de ser devorado, tan perturbada la muchacha. A eso de las siete, cuando el hombre sale de su oficina, Victoria ya tiene el beso listo en la boca. Están solos en la sala de recepción de la empresa. El hombre se sorprende, pero también se deja besar. Es una tarde soleada de otoño en Santiago de Chile, y el empresario y la secretaria pasan las siguientes horas en un motel de la calle República.

Al final de la jornada (es decir, al final de la diestra demostración sexual de la muchacha, que ha incluido perritos, paraguayas y felatios) el hombre fuma un cigarrillo negro y habla con voz áspera. Victoria lo escucha en silencio, muy atenta, porque no hay nada que le excite más que oír a un hombre hablando de sí mismo. “Yo entro en el hotel de Montevideo y en la recepción un tipo me aborda”, recuerda Bueno en voz alta. “Claramente me ha confundido con otro, y entonces me pregunta si conozco a Santiago Bueno. Por bromear, no sé, yo le digo que no, que no lo conozco. Entonces el tipo se pone a hablarme de Santiago Bueno, de mí, ¿te fijas?, durante veinte minutos. Lo simpático, oye, es que el tipo no admiraba mis pollos: me admiraba a mí, ¿comprendes qué extraordinario?” La muchacha, que no comprende qué tiene eso de simpático ni de extraordinario, va a besarlo otra vez. Pero él interrumpe el movimiento con una mueca de disgusto y sigue hablando sobre el tipo que una tarde en Montevideo le habló de Santiago Bueno a él, precisamente a él, ¿comprendes qué cosa más perturbadora? Fuera de sus palabras y de un par de quejidos gozosos que cada cierto rato se filtran a través de los muros, la habitación de la calle República es un sitio muy silencioso. A Victoria le parece un templo. Antes de desocupar la habitación, Santiago Bueno le habla al oído. Límamelo bien, le dice. Victoria no puede contener la emoción y procede con esmero: como una ramera a sueldo. Por su mente, sin embargo, se cruza la imagen de un pichón de loro.

La mujer supone que a partir de entonces todo será felicidad. Pero está muy equivocada. La escena de República se repite seis o siete veces, y una mañana en que han caído muertos cinco pollos en Traiguén –cinco pollos gordos, carnosos, de las mejores aves de la zona– Santiago llama a Victoria a su oficina y la despide de la empresa. Está despedida, le dice. ¿Por qué?, pregunta ella. Porque sí, argumenta él. Esa no es una razón, reclama ella. Aunque su voz no suena todavía como un reclamo, porque hasta ese momento la muchacha piensa que es una broma, que el amante le está tomando el pelo. No tengo por qué darle razones, abre camino el gerente. Recién ahí Victoria cae. Y ahora le rogaría…, murmura él. No alcanza a terminar la frase cuando la mujer ya está encima de él. ¿Y ahora me tratas de usted, Chago? ¿Y ahora me echas? Pero, ¿qué te ha pasado? No me ha pasado nada, señorita Melis. Usted no es lo que necesita la empresa, eso es todo. ¿Me haría el favor de cerrar la puerta por fuera? ¡Qué puerta ni qué nada!, exclama la mujer, fuera de sí. Pero el hombre sella su boca con un manotón y le dice algo al oído. Debe ser algo muy duro porque la muchacha sólo atina a decir, a murmurar apenas: “Eres un concha de tu madre”. Y se va.

La verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de Victoria. La verdad de la verdad es que Santiago nunca estuvo enamorado de nadie. La muchacha retira sus cosas –un florero, la foto de su abuelo materno, un par de artículos de escritorio: nada de vida o muerte– y no vuelve más a la oficina. Una semana después se acerca al teléfono, que no ha querido mirar siquiera, y disca el número de Pollos Traiguén. Pollos Traiguén Limitada, good morning, escucha entonces: es una voz femenina, como aflautada. Dame con Chago, ordena Victoria. La nueva secretaria posiblemente piensa que se trata de la mujer del jefe, de otro modo no se explica que comunique el llamado al gerente de la empresa así, sin aviso y en español. Tiene una llamada en la línea uno, don Santiago, anuncia. El hombre apenas ha dicho aló cuando oye el reclamo destemplado de Victoria al otro lado de la línea: ¿tú pretendes que te olvide así como así?, empieza, intentando controlar una rabia muy afilada. Olvídeme si quiere, pero no me llame más. Ah, qué fácil, reclama la muchacha. O sea que se acabó y calabaza, calabaza, intenta ser irónica. Veo que ha entendido, responde secamente él. De eso ni hablar, ataca ella. Las cosas no se acaban así, reclama. Lo lamento, insiste Santiago. Y ahora, si me permite…, balbucea. ¡Al menos tutéame, pues!, pierde la paciencia la mujer. Y entre los saltos propios de un llanto quejoso va soltando frases dramáticas, escuchadas quizás en alguna comedia. Frases como: nada puede reemplazarte. O peor aún: toda yo soy tuya. Santiago Bueno mueve la cabeza con el gesto flemático de los padres frente a una payasada de su crío. Acerca la boca al auricular y responde con calma: cállate, pendeja, no sigas diciendo huevadas. Corta, y en ese instante se eleva en la habitación una carcajada ronca, jactanciosa: un sonido semejante al descorche de una botella guardada hace demasiado rato.

Poco después de esa llamada, Victoria se entera de que Pollos Traiguén Ltda. abrirá una sede en Kamakura y que su gerente se trasladará a Japón. La muchacha herida –y dicen que muy, pero muy loca– ha coleccionado todos los objetos que marcaron los dos últimos meses de su vida y, al enterarse del viaje, no lo piensa más. Esa misma noche abre las fauces de una maleta café oscuro heredada de su abuelo y la llena con lo que encuentra a mano. Facturas de la empresa avícola, colillas de cigarros negros, boletas del motel de calle República, una corbata olvidada por Santiago en la oficina, varios lápices secos, un Bic azul en buen estado, un carné vencido de metro, cuentas de teléfono, de agua y de luz, reclamos para Cartas al Director, un sacapuntas, una cucharita de café para enroscarse las pestañas o comer yogur, recortes de noticias agrícolas de un diario de la Séptima Región, su licencia de conducir y un cenicero de cerámica picado en una esquina. Cuando termina de empacar, siente que camina con la brújula chueca. Es como si hubiera estado conversando con todas las edades que tuvo durante los últimos meses. Pero Victoria tiene entonces diecinueve años y está dispuesta a seguir a Santiago Bueno al mismísimo Japón.

Eso es exactamente lo que hace. Victoria Melis está ahora con su maleta café en la calle Yuigahama, en Kamakura, muy cerca de la Capilla del Calvario. Justo al frente suyo un cartel anuncia: 自動車お祓所. Victoria saca su diccionario básico de español-japonés / japonés-español y, tras un arduo ejercicio de traducción, logra resolver el misterio: “Aquí se ofrece el servicio de purificar vehículos nuevos”, dice el cartel. Entonces se le ocurre que saber o no japonés da lo mismo. La muchacha ha venido a Kamakura con el dato de una agencia de empleos para extranjeros, y tiene suerte. El primer día es contratada como cuidadora de niños en casa de una argentina llamada Elsa Aránguiz. La mujer es viuda, ha estado esperando a una criada que hable español por más de seis meses, y Victoria Melis le parece un ángel caído del cielo. O quizás sólo un alivio, pero eso ya es bastante en Japón, con un paupérrimo dominio de la lengua local, un crío de ocho meses (Faustino júnior), una viudez reciente (un infarto de Faustino padre y adiós) y una rutina que responde más a la inercia generalizada que a un proyecto sólido de vida. Desde el primer minuto, al salir de la agencia de empleos, las mujeres entablan una especie de amistad. ¿Por qué estás acá?, pregunta Elsa Aránguiz con el bebé en brazos. Porque mi abuelo nació acá, miente Victoria, y recoge la muñeca de porcelana que ha caído al suelo. ¿Dónde la compró?, pregunta, cambiando de tema. ¿Qué cosa? La muñeca. Ah, la muñeca es de Nara, responde la argentina. ¿Bonito Nara? Muy bonito, divino. ¿Quiere que le tenga al niño?, se ofrece Victoria con gentileza. No, no todavía…, responde la patrona. Y no heredaste ni un rasgo oriental, qué suerte la tuya. ¿No le parezco japonesa?, se atreve a insinuar Victoria. Ahora que lo decís, puede ser, miente esta vez la argentina. O quizás sólo quiere entibiar el ambiente, asentar el vínculo en la amabilidad. A Elsa le simpatiza sobremanera la muchacha; la ve como a una sobrina. O incluso como a una hija. ¿Te gustan los chicos?, indaga. Los adoro, señora Elsa. Decime Elsa a secas, por favor. Elsa a secas, repite Victoria. Ambas se ríen.

Al principio las mujeres pasan el día entero hablando en español. El idioma local es de una dificultad suprema, una cosa infinitamente estresante, y eso acerca cada vez más al par de sudamericanas. Elsa le enseña a Victoria a manejar su Suzuki, que es como cualquier auto japonés exportado a Chile. Victoria es muy hábil como conductora y, mientras maneja (a la tercera lección, pongamos), sin desviarse de la ruta señalada por Elsa, le habla de sus padres muertos en un accidente ferroviario, de su falso abuelo japonés, de sus estudios de secretariado y de la idea de viajar a Japón para conocer a sus ancestros orientales. No le habla de Santiago Bueno, de los pollos de Traiguén ni de su aflicción amorosa. Elsa, sentada en el asiento del copiloto con el niño en brazos, le habla muy detalladamente de su llegada a Oriente, del empeño de Faustino por instalar una empresa de turismo en Kamakura, del parto natural de Faustino júnior (en el agua, sin anestesia y en posición vertical la madre), de la muerte repentina de Faustino padre, de la dificultad emocional de regresar a la Argentina, del extraño carácter del bebé. ¿Extraño por qué?, pregunta Victoria. Yo lo veo muy normal, yo ya quisiera uno así. ¿Querés un bebé? No, pero si lo tuviera, digo. ¿Qué tiene de extraño, dígame usted?, insiste la muchacha, doblando hábilmente hacia la derecha desde la pista izquierda de la calle Sakanoshita. Nada, nada, es muy tranquilo nomás. Y, sí, la mujer tiene razón. Es cosa de mirarlo. Tranquilo es poco decir: cualquiera diría que aquella criatura contemplativa se eterniza en una dimensión zen.

De este modo transcurren las primeras semanas. Cuando Elsa sale de compras o duerme o no está a la vista, Victoria aprovecha de revisar diarios o ver televisión en busca de alguna milagrosa señal, un rastro cualquiera de Santiago Bueno y sus pollos en Kamakura. Es obvio que fracasa en su empeño: es muy poco probable que el hombre aparezca así, como quien publicita refrigeradores ecológicos, frente a una pantalla o en algún folleto del periódico. Y, aunque apareciera, Victoria se pregunta si sería capaz de distinguirlo entre tanto ideograma japonés. A veces la muchacha despierta con recuerdos muy frescos: la oficina de pollos en Santiago, el motel de calle República, las carcajadas secas del hombre bebiendo pisco sour y hablando de sí mismo, los pedidos de último minuto y su crónico afán (el de ella). Entonces le dan ganas de salir a la calle e interrogar a la gente. ¿Conoce usted, señora, a Santiago Bueno? ¿Lo ha visto por acá? ¿Ha comido un pollo del sur de Chile? Pero se aguanta, se controla. Y con el control va perdiendo el entusiasmo y la vitalidad iniciales.

Elsa Aránguiz comienza a notar rara a la muchacha. Te veo decaída, le dice, como medio apagada. Y, sin esperar respuesta, atribuye su comportamiento a la dificultad idiomática y la inscribe en un curso de japonés. Pero antes toma una decisión: en esta casa no se habla más español, dictamina. De otro modo jamás vamos a aprender. Y tenés que salir a la calle, Vicky, el idioma no se aprende entre cuatro paredes. Pero yo…, murmura Victoria. Pero nada, niña, estoy tratando de ayudarte. Y así se hace: contrata a una maestra particular que viene a casa dos veces por semana, y desde aquel día los diálogos en español se limitan al mínimo. La muchacha estudia las lecciones, cuida a Faustino, lo sube al Suzuki, lo lleva a la costa, a Enoshima, al templo de Hachiman, sigue estudiando y abanicándose en el parque, mira al niño quieto como estatua, vuelve a las lecciones y se aburre soberanamente bajo el sol de Kamakura. Si al menos hablaras, guagua…, increpa a Faustino. Me voy a volver loca, loca. Dime algo, mocoso, le ruega. Pero el mocoso, muy zen, respira, duerme, se deja estar en su coche japonés.

La muchacha comprende que su regreso a Chile es inminente. Pero el viaje no puede haber sido en vano, piensa. Entonces decide escribir una carta a Santiago Bueno y hacérsela llegar a través de algún periódico local o de un servicio de rastreo o, quizás, de la embajada de Chile. O mucho mejor: a través de la Agencia Nacional de Policía de Japón. Una tarde, sentada con Faustino en un banquito frente al templo, estudiando las mismas lecciones de japonés básico de hace dos semanas, saca de su cartera una libretita y un lápiz Bic. Comienza a escribir la carta. Me has sacado, me has saqueado todo el tiempo, escribe. Y eso es lo único que se le ocurre. Por un minuto tiene la idea de escribir en japonés, pero la verdad es que sólo ha aprendido una frase romántica, y ya la olvidó. Era algo así como eres todo para mí. O todo lo tuyo está en mí. Y aunque recordara la frase exacta en japonés, sería un disparate decirle eso porque él es todo para ella, sí, pero todo también puede ser el horror. La muchacha deja el lápiz con la punta desnuda sobre el papel, esperando la sagrada inspiración en su lengua natal. Inútil: ninguna letra acude en su ayuda. Dame una idea, guagua, le habla al niño. Pero el niño, siempre zen, nada.

Victoria vuelve al auto con el crío dormido y lo deposita en su sillita japonesa. En ese momento, cuando se ha abrochado el cinturón de seguridad y está prendiendo el motor del Suzuki, ocurre lo inesperado. El milagro, podría pensarse, porque en ese preciso minuto Victoria ve la figura de Santiago Bueno frente a ella. El hombre ha salido de una casa de té y ahora cruza la calle, emitiendo una carcajada ronca, y camina sin apuro hacia el próximo semáforo. No está solo: lo acompaña una mujer que Victoria supone japonesa. Una geisha, piensa (aunque no sabe si las geishas existen todavía). Esto es mucho para la muchacha. Me has sacado, me has saqueado, repite en su cabeza perdida mientras improvisa un estacionamiento veloz, apaga o prende o pone en punto muerto las luces del auto, baja como una bala, da un portazo y corre detrás de la pareja. Sigilosamente, los sigue una cuadra completa. Los ve doblar por una callecita de baldosas nacaradas, bamboleándose juntos al caminar, abrazando él a la japonesa por la cintura. Y al fondo de la callecita los divisa entrar en un edificio con un letrero de neón en japonés y en inglés: Yashiro Hotel. Ahí se pierden de vista. Victoria se acerca a la puerta del recinto y espera. No sabe bien qué hacer. No atina a nada. Se apoya en un farol de madera y así, muy quieta, intenta imaginar lo que ocurre al interior de cada habitación del hotel. De golpe, por la ventana del tercer piso, a la izquierda, ve aparecer la silueta de una mujer. Es ella, claro que es ella. Victoria podría jurar que es la misma japonesa que acompañaba a Santiago. Un hombre, un hombre que ahora sí es cien por ciento Santiago Bueno, se acerca a la mujer oriental y cierra abruptamente la cortina.

Victoria mantiene la vista fija en la ventana iluminada. Pero se diría que sus ojos están un poco ciegos. Están, más bien, en el pasado. De repente las imágenes se le atropellan, como ocurre, dicen, minutos antes de morir. La mujer no sabe si es rabia, tristeza o preludios de muerte lo que la invade. En su mente aparece el hotel de calle República. Santiago en el hotel de calle República. Lo ve de espaldas, frente a ella, arriba de ella, adentro. Lo oye hablar, oye sus carcajadas ásperas. Santiago debe estar contándole a la geisha o a la puta japonesa la historia del tipo en el hotel de Montevideo, el tipo que hablaba de Santiago Bueno, que le hablaba a él, precisamente a él, de él mismo, ¿comprendes qué extraordinario, qué simpático? Santiago debe estar amasando en este instante esos pechos de muñeca amarilla, de muñeca de porcelana. Límamelo, japonesa. Límamelo, se retuerce la muchacha enamoradiza sobre las baldosas nacaradas de la calle. Durante las cuatro horas de espera la luz ambarina de la ventana no pierde su brillo. La muchacha, en cambio, parece apagarse en su llama. No hay nada que hacer: nadie va a salir en los próximos minutos de aquel cuarto de hotel oriental.

Victoria desanda la ruta con paso lento. Su cabeza está en cero. Ni en español ni en japonés ni en jerigonzo: en cero. Sólo al llegar al Suzuki parece recuperar su capacidad de razonar. Y lo que piensa es una obertura de lo que ocurre a continuación. Recién entonces recuerda que ha dejado al bebé adentro del automóvil. La muchacha abre con prisa y lo ve: la cara de Faustino júnior no exhibe a esta hora de la tarde la expresión zen de siempre. El niño está pálido. Más que pálido: blanco, inmóvil, tieso. La mujer cae en la cuenta del horno en que se ha convertido el Suzuki con la calefacción al máximo. No sabe cómo puede haber ocurrido. No lo puede creer, no puede ser cierto. La muchacha comprende horrorizada lo que ha hecho y regresa corriendo al hotel Yashiro, dejando atrás el cuerpito blanco y zen de Faustino júnior.

Entra sin mirar a nadie, sube los tres pisos por la escalera de mármol y llega hasta la habitación de la ventana iluminada en tonos ambarinos. Me has sacado, me has saqueado, se dice como en un rezo mientras golpea la puerta y espera muy firme, en posición de alerta. Alguien abre (la furia la ha cegado y no le permite ver si es ella o él) y la muchacha irrumpe en la pieza. Santiago Bueno la mira desconcertado. Victoria quiere matarlo, está vuelta loca. Kanoyo wa kichigai, dirán luego en Kamakura: muy, pero muy loca. Sin embargo, la japonesa no es un pajarito nuevo y se anticipa a los hechos: con una violencia inesperada, se lanza sobre la muchacha y la derriba. Victoria intenta defenderse, pero de alguna parte la japonesa saca un cuchillo y se lo entierra a la chilena en el estómago. La muchacha se desploma como un pato recién cazado. Como un pollo afectado por la epidemia de Traiguén. Es fea la escena: corre sangre en ese cuarto de hotel japonés. No sabemos si la mujer que ahora toma un quimono y comienza a vestirse ha querido o no matarla, pero el hecho es que Victoria no se mueve. Santiago Bueno se acerca al cuerpo sangrante, lo sacude, le grita algo. Luego se dirige a la japonesa, acaso una prostituta muy precavida y no una geisha cualquiera. Le dice pero qué chucha hiciste. Kimi wa hitogoroshi desu, le dice. Watashi wa hitogoroshi desu, corrobora la japonesa, con el cuchillito caliente en las manos. Sus palabras suenan afónicas, la cuerda de un koto desgarrada en medio de un concierto. Santiago, cosa extraña, se echa a llorar como un crío sobre el hombro de la japonesa.

Crimen pasional en el Yashiro Hotel. Así corren los hechos por la ciudad. Pero la noticia que acapara los titulares de la tarde es la del bebé muerto por asfixia en el interior de un vehículo. Y es curioso, porque, por algún error de reporteo, por mala información o simple errata, la prensa atribuye maternidad a Melis Victoria, inmigrante de nacionalidad chilena, sobre el bebé de diez meses muerto en un vehículo Suzuki azul del año 2000, en una solitaria calle de Kamakura, Japón.

Alejandra Costamagna (foto)