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‘La odisea de un espagueti’ de John Fante

john fante(Charles Bukowski reconoció a John Fante como el padre del ‘realismo sucio’ y haberse inspirado en él)

I)   Colecciono pedacitos de información acerca de mi abuelo. Mi abuela me habla de él. Dice que cuando vivía era un buen hombre, cuya bondad más que admiración provocaba lástima. Tenía fama de ser un poco espagueti. Me habla de una noche, a él le gustaba sentarse en una mesa en un bar bebiendo un vaso de anís, sirviéndose él mismo. Se quedaba allí sentado como una niña mordiendo un helado de cono. Al viejo le gustaba aquella cosa verde, aquel anís. Era su pasión, a la gente le hacía gracia verlo sentado solo, porque él era un poco espagueti.

Una noche, cuenta mi abuela, mi abuelo estaba sentado en el bar, él y su anís. Un camionero borracho tropezó al pasar por las puertas giratoria, se agarró a la barra, y gritó:

“¡Muy bien! ¡Venid a cogerlas! ¡Las tengo encima!”

Y allí estaba mi abuelo, sin moverse, su vieja lengua jugueteando con el anís. Todos menos él se quedaron en la barra, bebiendo el licor de camioneros. El camionero se giró. Vió a mi abuelo. Lo insultó.

“¡Tú también, espagueti!” dijo. “¡Levanta y bebe!”

Silencio. Mi abuelo se levantó. Se tambaleó sobre el suelo, pasó junto al camionero, y entonces ¡no hizo otra cosa más que atravesar las puertas giratorias y bajar a la calle cubierta de nieve! Oyó risas procedentes del bar mientras su pecho ardía. Se fue a casa de mi padre.

“¡Mamma mia!” sollozó. “Tummy Murray, me llamó espagueti”.

“¡Sangue de la Madonna!”

Con la cabeza descubierta, mi padre se precipitó calle abajo hacia el bar. Tommy Murray no estaba allí. Estaba en otro bar a media manzana de distancia, y allí lo encontró mi padre. Señaló hacia el lado del camionero y habló en voz baja. ¡A pelear! Inmediatamente sangre y pelo comenzaron a volar. Se echaron las sillas hacia atrás. Los clientes aplaudieron. Los dos hombres lucharon durante una hora. Rodaron por el suelo, pateando, maldiciendo, mordiendo. Formaban un nudo en el centro de la pista, sus cuerpos enroscados uno en torno al otro. La cabeza de mi padre, el pecho y los brazos tapaban la cara del camionero. El camionero gritó. Mi padre gruñó. Tenía el cuello rígido y temblando. El camionero volvió a gritar, y se quedó quieto. Mi padre se puso de pie y se limpió la sangre de su boca abierta con el dorso de su mano. Sobre el suelo, el camionero estaba con una oreja desprendida colgando de su cabeza… Esta es la historia que mi abuela me cuenta.

Pienso en los dos hombres, mi padre y el camionero, y les imagino luchando por el suelo.
¡Chico! ¡Cómo peleaba mi padre!

Tengo una idea. Mis dos hermanos están jugando en otra habitación. Dejo a mi abuela y me voy con ellos. Están tirados en la alfombra, inclinados sobre lápices de colores y papel de dibujo. Miran hacia arriba y ven mi cara flameando con mi idea.

“¿Qué pasa?” pregunta uno.

“¡Te reto a hacer algo!”

“¿El qué?”

“¡A que me llames espagueti!”

Mi hermano menor, apenas cuatro años, salta a sus pies, y bailando arriba y abajo, grita: “¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!”

Lo miro. ¡Bah! Es demasiado pequeño. Es mi otro hermano, el mayor, el que yo quiero. Él también tiene orejas.

“Apuesto a que tienes miedo de llamarme espagueti”.

Pero él intuye que estoy buscándole tres pies al gato.

“No”, dice. “No quiero”.

“¡Espagueti! espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!” -grita mi hermano pequeño.

“¡Cállate, tú, la boca!”

“No lo haré. Eres un ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti espaguetado!

La caja de lápices de colores de mi hermano mayor está en el suelo delante de su nariz. Pongo mi talón encima de la caja y la machaco contra la alfombra. Grita, apoderándose de mi pierna. Yo me aparto, y empieza a llorar.

“Ay, eso estuvo feo”, dice.

“Te reto a que me llames espagueti”.

“¡Espagueti!”

Le embisto, buscando su oreja. Pero mi abuela entra en la habitación blandiendo una correa de afeitar.

II)   Desde el principio, escucho a mi madre utilizar las palabras espagueti y dago con un vigor que denota un violento desprecio. Las escupe hacia fuera. Saltan de sus labios. Para ella, contienen la esencia de la pobreza, la miseria, la suciedad. Si no me lavo los dientes, o cuelgo mi gorra, mi madre dice, “No hagas eso. No seas un espagueti”. Así, a medida que voy adquiriendo sus valores, espagueti y dago, para mí, son sinónimos de cosas malas. Al menos ella es consecuente.

Mi padre no lo es. Está suelto con su lengua. Sus estados de ánimo crean sus juicios.

A la vez me doy cuenta de que para él espagueti y dago no tienen un significado distinto, si bien si un no italiano se las dice a la cara, al instante se considera insultado. Cristóbal Colón fue el mayor espagueti que haya vivido, dice mi padre. Caruso también. Y este tío y ese. Pero su buen amigo Peter Ladonna no sólo es un cerdo borracho, sino un espagueti por encima de todo, y por supuesto todos sus cuñados son espaguetis holgazanes.

Dice que odia a los irlandeses. Realmente no los odia, pero le gusta pensar que sí, y nos advierte a los niños contra ellos. El nombre de nuestro tendero es O’Neil. Con frecuencia y sin darse cuenta él comete errores cuando mi madre está en su tienda. Ella se queja a mi padre de las pesadas pequeñas en las carnes, y de vez en cuando de un huevo rancio.

Inmediatamente, mi padre se pone tenso, frunciendo su labio inferior. “¡Esta es la última vez que un holgazán irlandés me roba!” Y sale, va a la tienda de comestibles, con los talones retumbando.

Pronto regresa. Sonríe. Sus puños abultan con los cigarros. “De ahora en adelante”, dice, “todo va a estar bien”.

No me gusta el de la tienda. Mi madre me envía allí todos los días, y al instante se me corta la respiración con su saludo, “¡Hola, pequeño dago! ¿Qué quieres tomar?” Así que lo detesto, y nunca entro en su tienda si hay otros clientes, que te llamen dago delante de otros es una espantosa, casi física humillación. Mi estómago se retuerce, y me siento desnudo.

Le robo de una manera imprudente cuando el tendero se vuelve. Me encanta robarle: barras de caramelo, galletas, fruta. Cuando va a la nevera me apoyo sobre las balanzas de la carne, con ganas de romper algún muelle; apoyándome en las cestas de huevos. A veces le quito demasiado. Qué placer entonces permanecer de pie en la acera, mi apetito saciado, y tirar sus barras de caramelo, sus galletas, sus manzanas sobre los hierbajos de la calle.

“¡Maldita sea, O´Neil, no puedes llamarme dago y salirte con la tuya!”

Su hija es de mi edad. Es bizca. Dos veces por semana pasa delante de nuestra casa de camino a su clase de música. Por encima de la calle, y desde lo alto de la rama de un olmo, la veo bajar por la acera, balanceando su estuche de violín. Cuando está justo debajo de mí, me burlo de ella canturreando:

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

III)   A medida que crezco me entero de que los italianos utilizan Wop y Dago mucho más que los norteamericanos. Mi abuela, cuyo vocabulario en inglés se limita a los nombres más comunes, siempre los emplea para discutir con italianos. Las palabras nunca salen en voz baja, discretamente. No, salen disparadas. Hay una entonación descarada, y luego la sensación de alguien siendo insultado, pasmado.

Entro en la escuela parroquial con un miedo terrible de ser llamado espagueti. Tan pronto como descubro por qué la gente tiene esas cosas como apellidos, me rebelo contra apodos tan típicamente italianos como Bianci, Borello, Pacelli -los nombres de otros estudiantes-. Me siento gratamente aliviado por la comparación. Después de todo, creo, la gente dice que soy francés. ¿Acaso no suena francés mi nombre? ¡Claro! Así que a partir de entonces, cuando me preguntan mi nacionalidad, yo les digo que soy francés. Unos cuantos muchachos comienzan a llamarme Frenchy. Me gusta eso. Suena bien.

Es así como empiezo a odiar mi herencia. Evito a los niños y niñas italianos que intentan ser amistosos. Doy gracias a Dios por mi piel clara y mi pelo, y elijo a mis compañeros por el sonido anglosajón de sus nombres. Si el nombre de un niño es Whitney, Brown, o Smythe, entonces es mi amigo, a pesar de estar siempre un poco atemorizado cuando estoy con él, pues podría descubrirme. A la hora de la comida me abrazo a mi gigantesco almuerzo, mi madre no envuelve mis bocadillos con papel de cera, y los hace demasiado grandes, y sobresalen las hojas de lechuga. Peor aún, el pan es casero, ni pan de panadería, ni pan “americano”. Armo un escándalo tremendo porque no puedo tener mayonesa y otras cosas “americanas”.

El párroco es un buen amigo de mi padre. Viene paseando por los terrenos de la escuela, viendo a los niños jugar. Me llama y me pregunta por mi padre, y entonces él me dice que debería estar orgulloso de estar aprendiendo cosas de mis grandes compatriotas, Colón, Vespucio, Juan Cabot.

Habla en voz alta, chistoso. Los estudiantes se reúnen alrededor de nosotros, escuchando, y me muerdo los labios, deseando que Jesús lo haga callar y largarme.
De vez en cuando oigo hablar de un tal Dante. Pero cuando me entero de que era italiano le odio como si estuviera vivo y caminando por la clase, señalándome con el dedo. Un día me encuentro su imagen en un diccionario. La miro y me digo que nunca he visto un hijo de puta más feo.

Cierto día, los estudiantes estamos en la pizarra, y una chica italiana de mirada lánguida, a la que odio pero que insiste en que soy su novio, está a mi lado. Tiembla y se arrastra, inquieta, de puntillas, sonriéndome estúpidamente. La desprecio y me doy la vuelta, alejándome de ella todo lo lejos que puedo.

La monja ve el amplio espacio que nos separa y me dice que me acerque a la chica. Lo hago, y la muchacha se aleja, aproximándose al estudiante del otro lado.

Entonces echo un vistazo a mis pies, estoy sobre una mancha húmeda que se extiende. Miro rápidamente a la muchacha, y ella inclina su cabeza y me mira implorando que me sienta culpable por ella. Llamamos la atención de los demás, y la clase entera estalla en risitas. Aparece la monja. Creo que otra vez me he metido en un lío, pero ella me coge y murmura que debería haber levantado dos dedos y por supuesto tendría que haber sido autorizado para abandonar la clase. Pero, dice, ahora ya no hace falta, lo que tengo que hacer es salir y traer la fregona. Lo hago, y en medio de la histeria estoy seguro de que sólo una niña espagueti, recién salida de una casa espagueti, habría podido hacer algo como esto.

¡Oh, espagueti! ¡Oh, Dago! Me molestas incluso cuando duermo. Sueño con defenderme de los torturadores. Un día me entero por mi madre que mi padre estuvo en Argentina en su juventud, y vivió en Buenos Aires durante dos años. Mi madre me habla de sus experiencias allí, y pienso todo el día en ellas, incluso a la hora de irme a dormir. Esa noche me despierto sobresaltado. En la oscuridad, voy a tientas hasta la habitación de mi madre. Mi padre duerme a su lado. La despierto con cuidado para no despertarle a él.

Le susurro, “¿Estás segura de que papá no nació en Argentina?”

“No. Tu padre nació en Italia”.

Me vuelvo a la cama, desconsolado y disgustado.

IV)   Durante un partido de béisbol en el recinto escolar, un muchacho que juega en el equipo contrario empieza a ridiculizar mi forma de batear. Es la novena entrada, y no hago caso de sus burlas. Estamos perdiendo el partido, pero si yo puede enganchar una bola nuestras posibilidades de ganar son bastante grandes. Estoy decidido a hacerlo, y me enfrento al pitcher con confianza. El verdugo me ve en el plate.

“¡Ho! ¡Ho!”, grita. “¡Mirad quién está ahí!”

“El espagueti. ¡Vamos a eliminar al espagueti!”

Esta es la primera vez que alguien en la escuela me ha escupido esa palabra, y estoy tan enojado que me hago eliminar tontamente. Peleamos después del partido, este chico y yo, y le obligo a retirarlo.

Ahora, los días de escuela se convierten en días de lucha. Casi todas las tardes a las 3:15 una multitud se reúne para verme hacerle a un tío que lo retire. Esto es divertido, estoy consiguiendo un lugar ahora, así que ¡vamos, chicos, os animo a llamarme espagueti! Cuando por fin no hay más niños que se atrevan, me llegan insultos de oídas, y busco a los culpables. Recorro, chulito, los pasillos. Los más pequeños me admiran. “¡Aquí viene!” dicen, y miran y miran. Mis dos hermanos menores van a la misma escuela, y el más pequeño, un mocoso de siete años, me trae a sus amigos que me piden que me suba la manga y les muestre mis músculos. Aquí están, muchachos. Mirad mi cuerpo.

Mi hermano cuenta en casa las hazañas de mis batallas. Mi padre escucha con atención y yo aguardo por si hay que aclarar algún detalle. ¡Días tristemente felices! Mi padre me da consejos, cómo sostener mi puño, cómo proteger mi cabeza. Mi madre, demasiado escandalizada como para oír más, aprieta sus sienes y cierra sus ojos y abandona la habitación.

Me siento nervioso cuando traigo amigos a casa, el lugar parece tan italiano. Una foto de Víctor Manuel colgando por aquí, otra de la catedral de Milán por allá, y al lado, una de San Pedro, y sobre el escritorio reposa una jarra de vino de diseño medieval, siempre llena, siempre roja y brillante con vino. Estas cosas, reliquias familiares de mi padre, no importa quién venga a nuestra casa, a él le gusta ponerse junto a ellas y presumir.

Así que empiezo a gritarle. Le digo que deje de ser un espagueti y que sea un americano de vez en cuando. Inmediatamente coge su correa de afeitar y el infierno entero me persigue, golpeándome de una habitación a otra y finalmente por fuera de la puerta trasera. Entro en la leñera, y bajo mis pantalones y estiro el cuello para examinar los moratones en mi trasero. ¡Un espagueti! ¡eso es lo que es mi padre!

En ninguna parte hay un padre americano que pegue a su hijo así. En fin, no va a conseguir salirse con la suya, algún día voy a vengarme de él.

Empiezo a pensar que mi abuela es irremediablemente una espagueti. Es pequeña, una campesina rechoncha que camina con sus muñecas cruzados sobre el vientre, una simple señora vieja cariñosa con los chicos. Viene a la habitación y trata de hablar con mis amigos. Habla inglés con un acento pésimo, sus vocales salen como aros. Cuando, a su manera simple, se enfrenta a un amigo mío y le dice, con sus viejos ojos sonrientes, “¿Tú gusta ir a la scola Seester?”, mi corazón ruge. ¡Mannaggia! Soy un desgraciado, ahora todos saben que soy italiano.

Mi abuela me ha enseñado a hablar su lengua materna. A los siete años, lo domino perfectamente, y siempre que hablo con ella lo hago en italiano. Pero cuando mis amigos están conmigo, a los doce o trece años, intento no hacer caso a lo que ella dice, y a mis amigos, sonrisa falsa, ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de que yo pueda hablar otra lengua que no sea el inglés. A veces, esto le enfurece. Se enoja entonces y blasfema con grandes palabrotas.

V)   Cuando termino en la escuela parroquial mi familia decide enviarme a una academia jesuita en otra ciudad. Mi padre me acompaña el primer día. Cincelada en el frontal que bordea el tejado del edificio principal de la academia está la inscripción latina: Religioni et Bonis Artibus. Mi padre y yo permanecemos a cierta distancia. Lo lee en voz alta y me dice lo que significa.

Levanto la vista hacia él con asombro. ¿Es este hombre mi padre? ¡Miradlo, escuchadlo! ¡Lee con acento italiano! Lleva un bigote italiano. No me había dado cuenta hasta este momento, pero es clavadito a un espagueti. Su traje cuelga descuidadamente formando arrugas. ¿Por qué diablos no se compra uno nuevo? ¡Y mirad su corbata! Está torcida. Y sus zapatos: necesitan un abrillantado. ¡Y por el amor del Señor, fijaos en sus pantalones! Ni siquiera están abotonados por delante.

Y oh, maldición, maldición, maldición, veis esos tirantes viejos y sucios que ya no tirarán jamás.

Dígame, señor, ¿es usted realmente mi padre? Usted, el de ahí, ¿por qué es usted un tipo tan pequeño, tan enano, un tío tan avejentado? Es usted exactamente igual que uno de esos inmigrantes que llevan una manta. ¡Usted no puede ser mi padre! ¿Por qué?, pensé… Siempre he pensado…

Estoy llorando ahora, es la primera vez que lloro por algo que no sea una paliza, y estoy contento de que él no esté llorando también. Me alegro de que sea tan duro como es, y de que nos despidamos rápidamente, y de que baje por el sendero rápidamente, y no me doy la vuelta para mirar atrás, porque sé que él está allí, de pie y mirándome.

Entro en el edificio de administración y hago la cola junto a chicos desconocidos que también esperan para registrarse en el curso de otoño. Hay algunos muchachos italianos entre ellos. Estoy lejos de casa, y siento a los italianos. Nos miramos unos a otros y nuestros ojos se encuentran en una amalgama irresistible, una efusiva consanguinidad; aparto la mirada.

Un fornido jesuita se levanta de su silla, detrás del escritorio, y se me presenta. ¡Qué voz para un hombre! Hay una docena de tormentas eléctricas en su pecho. Me pregunta mi nombre, y lo anota en una pequeña tarjeta.

“¿Nacionalidad?” ruge.

“Americano”.

“¿Nombre de su padre?”

Susurro, “Luigi”.

“¿Cómo? Deletréelo. Hable más fuerte”.

Toso. Me toco los labios con el dorso de mi mano y deletreo el nombre.

“¡Ja!” grita el registrador. “¡Todavía siguen viniendo! ¡Otro espagueti! Bueno, jovencito, ¡usted estará aquí como en casa! ¡Sí, señor! ¡Hay muchos wops aquí! ¡Hasta tenemos kikes! ¡Y, sabe, este lugar apesta a irlandés miserable!”

¡Dios! ¡Cómo odio a ese sacerdote!

Y continúa: “¿Dónde nació su padre?”

“Buenos Aires, Argentina”.

“¿Su madre?”

Por fin puedo gritar con el gusto de la verdad.

“¡Chi-ca-goo!” Sí, como si fuera un revisor.

Como por casualidad, él pregunta: “¿Habla usted italiano?”

“¡No! Ni una palabra”.

“Pues muy mal”, dice.

“¡Chiflado!”, pienso.

VI)   Ese semestre me dedico a servir mesas para sufragar mis gastos de matrícula. Problemas venideros; el chef y sus ayudantes en la cocina son todos italianos. Ellos también saben que soy del gremio. No hago caso a las propuestas amistosas del chef, lo odio desde el principio. Él entiende por qué, y así nos convertimos en enemigos.
Cada palabra que él utiliza tiene un cuchillo dentro. Sus comentarios me cortan en pedazos. Después de dos meses no soporto ya estar en la cocina, por lo que escribo una larga carta a mi madre, estoy perdiendo peso, escribo; si no me permites dejar este trabajo, enfermaré y suspenderé mis exámenes. Me envía algo de dinero y me dice que lo deje de una vez, oh, lo siento mucho, hijo mío, no imaginaba que sería tan duro para ti.

Decido trabajar sólo una noche más, servir mesas sólo una comida más. Esa noche,
después de la cena, cuando en la cocina no hay nadie más que el cocinero y sus asistentes, me quito el delantal y me dirijo hacia él, mirándolo fijamente. Es el momento. Dos meses esperando este momento. Hay un cuchillo clavado en la tabla de cortar. Lo cojo, sin dejar de mirar. Quiero hacerle daño, arreglar cuentas.

Él me ve y dice, “¡Fuera de aquí, espagueti!”

Un ayudante grita: “¡Cuidado, tiene un cuchillo!”

“No irás a lanzarlo, espagueti”, dice el cocinero. No pensaba hacerlo, pero es decirme eso y se lo tiro. Vuela por encima de su cabeza y choca contra la pared y cae con estrépito en el suelo. Él lo recoge y me persigue fuera de la cocina. Corro, dando gracias a Dios por no haberle dado.

Ese año el equipo de fútbol está compuesto por chavales irlandeses e italianos. Los de la línea de ataque son irlandeses, y en el backfield estamos cuatro italianos. Tenemos un buen equipo y ganamos muchos partidos, y mis compañeros son excelentes jugadores que no son nada egoístas y trabajan juntos como un solo hombre. Pero odio a mis tres compañeros del backfield, por culpa de nuestra nacionalidad, parecemos ridículos. El equipo me nombra capitán, y hago señales y me ocupo de que mis compañeros italianos en el backfield hagan la menor puntuación posible. Domino el juego.

La revista de la escuela y las páginas deportivas de la ciudad comienzan a referirse a nosotros como las Maravillas espagueti. Creo que se trata de un insulto. Una tarde, al final de un partido importante, varios estudiantes abandonan la tribuna principal y se juntan en un extremo del campo, para improvisar algunos gritos. Dan tres hurras por las Maravillas espagueti.

Eso me pone enfermo. Puedo sentir el movimiento de mi estómago, y después de ese partido devuelvo mi uniforme y abandono el equipo.

Soy un mal latinista. Me desagrada esa lengua, no estudio, y por eso suspendo mis exámenes habitualmente. Un estudiante viene y me dice que si sigo su consejo es posible quitar el Latín de mi currículum, basta con no aprobar aposta los próximos exámenes, desgraciadamente no pasa. Si hago esto, dice, los jesuitas se rendirán ante mi torpeza y me permitirán abandonar la lengua.

Es un consejo cabal. Lo llevo a cabo. Pero los jesuitas no son tontos. Se dan cuenta de lo que estoy haciendo, y se ríen y me dicen que no soy lo suficientemente listo como para engañarles, y que tengo que seguir estudiando Latín, no importa si me lleva veinte años aprobar. Peor aún, doblan mis tareas y me paso el tiempo de recreo con la sintaxis latina. Antes de los exámenes de mi primer año el jesuita que me instruye me llama a su habitación y dice:

“Para mí es un misterio que un italiano de pura sangre como usted tenga problemas con el Latín. La lengua está en su sangre, y créame, es usted un maldito y pobre espagueti”.

¡Abbastanzia! Subo las escaleras y atranco la puerta y me siento con mi libro delante de mí, mi libro de Latín, y estudio como un salvaje, llorando desconsoladamente sobre mis cosas hasta que, ¡oh! ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo estudiando aquí? Efectivamente, es muy parecido al italiano que mi abuela me enseñó hace ya tanto tiempo -este Latín no es tan difícil, después de todo-. Apruebo el examen. Lo hago con tan buena nota que mi instructor cree que hay truco.

Dos semanas antes de mi graduación me pongo enfermo y voy a la enfermería y me quedo allí en cuarentena. Me tumbo en la cama y alimento mis rencores. Me muerdo los pulgares y pienso en viejos agravios. Tengo mucha fiebre, y no puedo dormir. Pienso en el director. Él era mi mejor amigo durante mis dos primeros años en la escuela, pero en mi tercer año, el año pasado, fue trasladado a otra escuela de la provincia. Me acuesto en la cama pensando en el día en que nos encontremos de nuevo en este último año. Nos volvimos a ver de nuevo a su vuelta en septiembre, en el despacho del director. Saludó a los muchachos, a unos y a otros, y luego se volvió hacia mí y dijo:

“¡Y usted, el espagueti! Todavía está con nosotros.

Viniendo de la boca de un sacerdote, la palabra tenía un poco delicado sonido que me sacudió todo el cuerpo. Sentí la mirada de todos, y oí una risita. ¡Conque así son las cosas! Me acuesto pensando en el sacerdote y ahora se ríe.

De repente salto de la cama, rompo la solapa de un libro, encuentro un lápiz y escribo una nota al sacerdote. Escribo: “Querido Padre: No he olvidado su insulto. Usted me llamó espagueti el último septiembre. Si no se disculpa de inmediato va a tener problemas”. Llamo al hermano encargado de la enfermería y le digo que entregue la nota al sacerdote.

Después de un rato escucho los pasos del sacerdote subiendo por la escalera. Llega a la puerta de mi cuarto, la abre, me mira durante un buen rato, sin hablar, sólo mirando de una manera quejumbrosa. Espero que entre y se disculpe, éste es un gran momento para mí. Pero cierra la puerta en silencio y se aleja. Estoy asombrado. ¡Un doble insulto!

Héme aquí de nuevo en la noche de graduación. Sobre la tribuna el director hace un discurso y luego comienza a repartir los diplomas. Se supone que debemos decir: “Gracias,” cuando nos lo dé. Así que gracias, y gracias, y gracias, dice todo el mundo cuando le llega su turno. Pero cuando me da el mío, miro hacia él directamente, sin decir nada, y desde ese día nunca más volvemos a hablarnos.

El siguiente septiembre ingreso en la universidad.

“¿Dónde nació su padre?” pregunta el secretario.

“Buenos Aires, Argentina”.

Claro, eso es todo. El mismo tema, con variaciones.

VII)   El tiempo pasa, y también los días de clase.

Estoy sentado en un muro de la plaza, mirando una fiesta mexicana que pasa por la calle. Un hombre viene y se encarama en la pared junto a mí, y me pregunta si tengo un cigarrillo. Tengo, y mientras enciende el cigarrillo, charla conmigo, y hablamos de cosas sin importancia hasta que la fiesta se termina.

Bajamos de la pared, y sin dejar de hablar, caminamos por los bajos fondos de Los Ángeles. El tipo necesita un afeitado y la ropa no es de su talla, está claro que se trata de un vago.

Dice una mentira detrás de otra, y encima no las cuenta bien. Pero estoy solo en esta ciudad, y soy un gran escuchador.

Entramos en un restaurante para tomar un café. Su tono ahora se vuelve confidencial. Ha vagabundeado desde Chicago a Los Ángeles, y ha venido en busca de su hermana, tiene su dirección, pero ella no está, y durante dos semanas la ha estado buscando en vano. Habla y habla de esta hermana, parece un buitre volando en círculos sobre ella, dándome a entender que debería hacer algunas preguntas sobre ella. Quiere que sea yo quien encienda la mecha que mostrará sus sentimientos.

Así que pregunto: “¿Está casada?”

Y entonces él se lanza a despotricar contra ella. Incluso si la encontrase, no viviría con ella.

¿Qué clase de hermana es ésa que le deja marchar por las calles sin un centavo en el bolsillo, y eso que está casada con un hombre que tiene mucho dinero y que podría darle un trabajo? Cree que ella le ha dado deliberadamente una dirección falsa para que no la encuentre, y cuando le ponga las manos encima le va a retorcer el cuello. Al final, después de haberla despellejado por completo, hace exactamente lo que yo creo que va a hacer.

Pregunta: “¿Tienes una hermana?”

Le digo que sí, y él espera que le de mi opinión sobre ella, sin resultado.

Nos encontramos de nuevo una semana más tarde.

Ha encontrado a su hermana. Ahora comienza a alabarla. Ella ha convencido a su marido para darle un trabajo, y mañana va a trabajar como camarero en el restaurante de su cuñado. Me da la dirección, pero no pongo atención en ello aparte del hecho de que debe de estar en algún lugar del Barrio Italiano.

Y así es, y por una extraña coincidencia me entero que su cuñado, Rocco Saccone, es un viejo amigo de mi familia y un paisano de mi padre. Una noche, dos semanas más tarde, estoy en el local de Rocco. Rocco y yo estamos hablando en italiano cuando el hombre que me encontré en la plaza sale de la cocina, con un delantal sobre sus piernas. Rocco le llama y él se acerca, y Rocco lo presenta como su cuñado de Chicago. Nos damos la mano.

“Nos hemos visto antes”, le digo, pero el hombre de la plaza no parece querer que esto se sepa, conque suelta mi mano rápidamente y se va detrás del mostrador, fingiendo estar ocupado. “¡Oh, como puedes comprobar, está mintiendo!”

En voz alta, Rocco me dice: “Ese hombre es un cobarde. Se avergüenza de su propia sangre”. Se vuelve hacia el hombre de la plaza.

“¿No es usted?”

“Ah, ¿sí? ” dice con desdén el hombre de la plaza.

“¿Qué quieres decir -está avergonzado-?

“¿Qué quieres decir?”

“Avergonzado de ser un italiano”, dice Rocco.

“Ah, ¿sí? ” dice el hombre de la plaza.

“Eso es todo lo que sabe”, dice Rocco. “Ah, ¿sí? Eso es todo lo que sabe. Ah, ¿sí? Ah, ¿sí? ¡Ah, ¿si? Eso es todo lo que sabe”.

“Ah, ¿sí? ” dice una vez más el hombre de la plaza.

“Yah”, dice Rocco, con la cara azul. “¡Animale codardo!”

El hombre de la plaza me mira con las cejas arqueadas, y él no lo sabe, permanece de pie allí con sus negros, ojos líquidos, no sabe que es tan bueno como un dios en su delantal de camarero; porque es de hecho un dios, un hacedor de milagros, no, él no sabe, nadie lo sabe; siempre lo mismo, él es de ese tipo de personas. Estando allí de pie, mirándole, me siento como mi abuelo y mi padre y el cocinero jesuita y Rocco, parece que he vuelto a casa, y me sorprende que este retorno, que de alguna manera siempre se espera, fuera a ocurrir tan silenciosamente, sin trompetas y truenos.

“Si yo fuera tú, me desharía de él”, le digo a Rocco.

“Ah, ¿sí?” vuelve a decir el hombre de la plaza.

Me gustaría pegarle. Pero eso no servirá de nada. No tiene sentido dar una paliza a tu propio cadáver.

John Fante (foto) (Traducción de Javier Serrano Sánchez)
NOTAS:

-DAGO, ESPAGUETI, WOP: En Estados Unidos, formas despectivas de llamar a los emigrantes italianos. “Wop” deriva del napolitano “guappo”.

-KIKE: Modo despectivo para referirse a los judíos.

 

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

‘La forma de las cosas’ de Truman Capote

capoteUna mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un infante de marina de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo… o algo así. Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, ¡se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la mujer carraspease.

-Sí, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?

-De las oficinas de reclutamiento -dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

-¿Va hasta final de trayecto, señora?

-Se supone, pero este tren es lento como… como…

-¡Una tortuga! -exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas montañas -y volviéndose hacia su marido-: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de las colinas se mezclaban y devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del infante de marina, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de crema.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

-Oh, Dios mío -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El infante de marina miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.

-Toma, chico -dijo-. Mejor que fumes uno.

-Por favor, gracias… muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos.

Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que el cabo trataba de encender el cigarrillo.

-Déjeme -se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

-Estoy tan avergonzado… Perdóneme, por favor.

-Oh, lo comprendemos -dijo la mujer-. Lo comprendemos perfectamente.

-¿Le ha dolido? -preguntó la chica.

-No, no duele.

-Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego. ¿No es como una especie de hipo?

Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.

El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:

-Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: “Estás bien, soldado”. Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.

Se frotó un ojo.

-Lo siento -dijo.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

Confundida por el sofocón, la mujer se volvió hacia la ventanilla y vio su cara reflejada en ella. Estaba serena y le sorprendió, porque sentía una irrealidad vertiginosa, como si se columpiase entre dos puntos de sueño. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del soldado desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le estaba enfriando la comida.

Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.

Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.

-Oye, chico, más vale que te vea un médico -sugirió el infante de marina.

La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo.

-¿Puedo hacer algo? -dijo.

-Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos… se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

-Así -dijo él, y se calmó al instante-, así, ya. Es usted un encanto.

-¿Dónde fue? -dijo ella.

Él frunció el ceño y dijo:

-Hubo cantidad de sitios… son mis nervios. Están destrozados.

-¿Y adónde va ahora?

-A Virginia.

-Allí está su casa, ¿no?

-Sí, allí está.

La mujer sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del cabo.

-Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.

-Usted sí que sabe -susurró él-. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia y casi he llegado a casa.

La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.

-¿O sea que piensa que eso es todo? -dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento-. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como esta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez…

Se detuvo y arqueó las cejas.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

-¿Me deja pasar, por favor? -dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

-Cómase eso, maldita sea -dijo-. ¡Tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.

Truman Capote (foto)

‘Sueño marino’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos. En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

Sam Shepard (foto)
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‘Au Sable’ de Joyce Carol Oates

150196359JS143_Edinburgh_InAgosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto.

El segundo tono discordante. La voz.

—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.

La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su “enfermedad crónica”, enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en “una cámara frigorífica” para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno.

Aquella noche, sin embargo, Otto no estaba enfadado.

Con una voz agradablemente cordial aunque algo forzada, preguntó a Mitchell por su trabajo como arquitecto de espacios comerciales; y por Lizbeth, la única hija de los Behn; y por sus preciosos hijos ya mayores y emancipados, los nietos a quienes Otto adoraba de pequeños, y siguió así durante un rato hasta que por fin Mitchell dijo nervioso:

-Mmm, Otto… Lizbeth ha ido al centro comercial. Volverá a eso de las siete. ¿Le digo que te llame?

Otto soltó una carcajada. Podías imaginarte la saliva brillándole en los labios gruesos y carnosos.

-No quieres hablar con el viejo, ¿eh?

Mitchell también intentó reír.

-Otto, hemos estado hablando.

Otto respondió con más seriedad.

-Mitch, amigo mío, me alegro de que hayas contestado tú en lugar de Bethie. No tengo mucho tiempo para hablar y creo que prefiero hacerlo contigo.

-¿Sí? -Mitchell sintió cierto temor. Nunca, en los treinta años que hacía que se conocían, Otto Behn le había llamado “amigo”. Teresa debía de haber empeorado otra vez. ¿Quizá se estuviera muriendo? A Otto le habían diagnosticado Parkinson tres años antes. Aún no era un caso grave. ¿O quizá sí?

Sintiéndose culpable, Mitchell se dio cuenta de que Lizbeth y él no habían visitado a la pareja de ancianos en casi un año, aunque vivían a menos de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Lizbeth cumplía con sus llamadas telefónicas los domingos por la noche, y esperaba (normalmente en vano) hablar primero con su madre, cuyos modales al teléfono eran débilmente alegres y optimistas. Sin embargo, la última vez que los visitaron les sorprendió el deterioro de Teresa. La pobre se había sometido a meses de quimioterapia y se hallaba en los huesos, su piel como la cera. No mucho antes, con sesenta y tantos, estaba llena de vitalidad, rolliza, robusta como una roca. Y después estaba Otto, rondando con los temblores de las manos que parecía exagerar para tener un aspecto más cómico, quejándose sin cesar de los doctores, de los seguros médicos y de los ovnis “en contubernio”, qué visita más tensa y agotadora. De camino a casa, Lizbeth había recitado unos versos de un poema de Emily Dickinson: “Oh Life, begun in fluent Blood, and consumated dull!”.

“Dios mío -había exclamado Mitchell, temblando, con la boca seca-. De eso se trata, ¿verdad?”.

Ahora, diez meses más tarde, Otto estaba al teléfono hablando como si nada, como si conversara de la venta de unas propiedades, de “cierta decisión” que habían tomado Teresa y él. Los “glóbulos blancos” de Teresa, las “malditas noticias” que él había recibido y de las que no iba a hablar. “El tema se ha cerrado definitivamente”, dijo. Mitchell, que intentaba entender todo aquello, se apoyó en la pared, repentinamente débil. Está ocurriendo con demasiada rapidez. ¿Qué demonios es esto? Otto comentaba en voz baja:

-Decidimos no decíroslo, en julio volvieron a ingresar a su madre en Mount Sinai. La enviaron a casa y tomamos nuestra decisión. No te lo digo para que hablemos del tema, Mitch, ¿me entiendes? Es sólo para informaros. Y para pediros que cumpláis nuestros deseos.

-¿Vuestros deseos?

-Hemos estado mirando los álbumes, fotos viejas y demás, y disfrutando de lo lindo. Cosas que hacía cuarenta años que no veía. Teresa no para de exclamar: “¡Vaya! ¿Hicimos todo eso? ¿Vivimos todo eso?”. Es algo extraño y humillante, en cierto modo, darse cuenta de que hemos sido condenadamente felices, incluso cuando no lo sabíamos. Debo confesar que no tenía ni idea. Tantos años, echando la vista atrás, Teresa y yo llevamos sesenta y dos años juntos; se diría que podría ser muy deprimente pero en realidad, bien mirado, no lo es. Teresa dice: “Hemos vivido unas tres vidas, ¿verdad?”.

-Perdón -interrumpió Mitchell con el clamor de la sangre en los oídos-, ¿cuál es esa “decisión” que habéis tomado?

Otto respondió:

-Exacto. Os pido que respetéis nuestros deseos al respecto, Mitch. Creo que lo entiendes.

.Yo… ¿qué?

-No estaba seguro de si debía hablar con Lizbeth. De su reacción. Ya sabes, cuando vuestros hijos se marcharon de casa para ir a la universidad -Otto calló momentáneamente. Con tacto. El caballero de siempre. Nunca criticaría a Lizbeth delante de Mitchell, aunque con Lizbeth podía ser directo e hiriente, o lo había sido en el pasado. Ahora dijo dubitativo-: Puede ponerse, bueno… sentimental.

Mitchell tuvo un presentimiento y preguntó a Otto dónde estaba.

-¿Dónde?

-¿Estáis en Forest Hills?

Otto guardó silencio durante un segundo.

-No.

-Entonces, ¿dónde estáis?

Respondió con un punto de desafío en su voz:

-En la cabaña.

-¿En la cabaña? ¿En Au Sable?

-Eso es. En Au Sable.

Otto dejó que lo asimilara.

Pronunciaron el nombre de forma distinta. Mitchell, O Sable, tres sílabas; Otto, Oz’ble, con una sílaba elidida, como lo pronunciaba la gente de la zona.

Con ello se refería a la propiedad de los Behn en las montañas Adirondack. A cientos de kilómetros de distancia. Un viaje en coche de siete horas, la última por estrechas carreteras de montaña plagadas de curvas y en su mayor parte sin asfaltar al norte de Au Sable Forks. Por lo que Mitchell sabía, hacía años que los Behn no pasaban tiempo allí. Si lo hubiera pensado con detenimiento -y no lo hizo, ya que los asuntos correspondientes a los padres de Lizbeth quedaban a consideración de ésta- Mitchell habría aconsejado a los Behn que vendieran la propiedad, que en realidad no era una cabaña sino más bien una casa de seis habitaciones construida con leños talados a mano, no acondicionada para el invierno, en una extensión de unas cinco hectáreas de un hermoso campo solitario al sur del monte Moriah. A Mitchell no le gustaría que Lizbeth heredara esa propiedad, ya que no se sentirían cómodos vendiendo algo que en otro tiempo había significado tanto para Teresa y Otto; además, Au Sable estaba demasiado apartado para ellos, resultaba poco práctico. Hay gente que no tarda en inquietarse cuando se aleja de lo que llaman la civilización: el asfalto, los periódicos, las bodegas, campos de tenis decentes, los amigos y al menos la posibilidad de disfrutar de buenos restaurantes. En Au Sable, tenías que conducir durante una hora para llegar, ¿adónde?, Au Sable Forks. Por supuesto hace años, cuando los niños eran pequeños, iban todos los veranos a visitar a los padres de Lizbeth y sí, era cierto: las Adirondack eran hermosas, y paseando a primera hora de la mañana podía verse el monte Moriah como un sueño mastodóntico que sorprendía por su cercanía, y el aire dolorosamente frío y puro te atravesaba los pulmones, e incluso los cantos de los pájaros resultaban más agudos y claros de lo que era habitual oír y existía la convicción, o quizá el deseo, de que las revelaciones físicas de ese tipo constituían un estado espiritual, y sin embargo, Lizbeth y Mitchell se sentían ambos impacientes por marcharse después de pasar unos días allí. Se aficionaban a las siestas en su habitación del segundo piso con celosías en las ventanas, rodeados de pinos como una embarcación a flote en un mar teñido de verde. Hacían el amor con ternura y mantenían conversaciones soñadoras sin rumbo fijo que no tenían en ningún otro lugar. Y sin embargo, después de unos días estaban ansiosos por irse.

Mitchell tragó saliva. No tenía costumbre de interrogar a su suegro y se sentía como si fuera uno de los alumnos de secundaria de Otto Behn, intimidado por el hombre al que admiraba.

-Otto, espera, ¿por qué estáis Teresa y tú en Au Sable?

Él respondió con cuidado:

-Estamos intentando solucionar nuestra situación. Hemos tomado una decisión y así… -Otto hizo una discreta pausa-. Así os informamos.

Por mucho que Otto hablase con tanta lógica, Mitchell se sintió como si le hubiera dado una patada en el estómago. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba oyendo? Esta llamada no es para mí. Se trata de un error. Otto decía que llevaban al menos tres años planeando aquello, desde que le diagnosticaron a él la enfermedad. Habían estado “haciendo acopio” de lo necesario. Barbitúricos potentes y fiables. Nada apresurado, nada dejado al azar, y nada que lamentar.

-¿Sabes? -exclamó Otto calurosamente-, soy un hombre que planea por adelantado.

Aquello era cierto. Había que reconocerlo.

Mitchell se preguntó cuánto había acumulado Otto. Inversiones en los ochenta, propiedades en alquiler en Long Island. Notó una sensación de desazón, de repugnancia. Nos dejarán la mayor parte. ¿A quién si no? Podía imaginar la sonrisa de Teresa mientras planeaba sus abundantes cenas de Navidad, sus colosales despliegues para Acción de Gracias, la presentación de los regalos magníficamente envueltos para sus nietos. Otto dijo: “Prométemelo, Mitchell. Tengo que confiar en ti”, y Mitchell repuso: “Mira, Otto -con evasivas, aturdido-, ¿tenemos vuestro número de teléfono allí?”, y Otto respondió: “Contéstame, por favor”, y Mitchell se oyó contestar sin saber lo que estaba diciendo: “¡Claro que puedes confiar en mí, Otto! Pero ¿tenéis el teléfono conectado?”, y Otto, disgustado, replicó: “No. Nunca hemos tenido teléfono en la cabaña”, y Mitchell dijo, ya que aquello había sido motivo de disgusto entre ellos tiempo atrás: “Está claro que necesitáis un teléfono en la cabaña, ése es precisamente el lugar en el que necesitáis un teléfono”, y Otto farfulló algo inaudible, el equivalente verbal a encogerse de hombros, y Mitchell pensó, Me está llamando desde una cabina en Au Sable Forks, está a punto de colgar. Dijo apresuradamente: “Oye, mira: vamos a ir a visitaros. Teresa… ¿está bien?”. Otto contestó pensativo: “Teresa está bien. Se encuentra bien. Y no queremos visitas -y añadió-: Está descansando, duerme en el porche y está bien. Au Sable fue idea de ella, siempre le ha encantado”. Mitchell tanteó: “Pero estáis tan lejos”. Otto respondió: “De eso se trata, Mitchell”. Va a colgar. No puede colgar. Intentó evitarlo preguntando cuánto tiempo llevaban allí, y Otto dijo: “Desde el domingo. Hicimos el viaje en dos días. Estamos bien. Todavía puedo conducir”. Otto soltó una carcajada; era su antiguo enfado, su rabia. Casi perdió su carné de conducir hace unos años y de algún modo, gracias a la intervención de un médico amigo suyo, había conseguido conservarlo, lo que no fue una buena idea, podría haber sido un error garrafal, pero no puedes decírselo a Otto Behn, no puedes decirle a un anciano que va a tener que renunciar a su coche, a su libertad, simplemente no puedes. Mitchell estaba diciendo que irían a visitarlos, que saldrían de madrugada al día siguiente, y Otto se mostró tajante al rechazar la idea: “Hemos tomado una decisión y no hay discusión posible. Me alegro de haber hablado contigo. Puedo imaginarme cómo habría sido la conversación con Lizbeth. Prepárala tú como creas conveniente, ¿de acuerdo?”, y Mitch respondió: “Está bien. Pero, Otto, no hagas nada -tenía la respiración acelerada, se sentía confuso y no sabía lo que decía, sudaba, la sensación de algo frío, derretido, que le caía encima, demasiado rápido-. ¿Volverás a llamar? ¿Dejarás un teléfono para que te llamemos? Lizbeth regresará a casa en media hora”, y Otto respondió: “Teresa prefiere escribiros a Lizbeth y a ti. Es su estilo. Ya no le gusta el teléfono”, y Mitch contestó: “Pero al menos habla con Lizbeth, Otto. Quiero decir que puedes hablar de cualquier cosa, ya sabes, de cualquier tema”, y Otto repuso: “Te he pedido que respetéis nuestros deseos, Mitchell. Me has dado tu palabra”, y Mitchell pensó, ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Qué palabra he dado? ¿Qué es esto? Otto decía: “Lo hemos dejado todo en orden, en casa. Sobre la mesa de mi despacho. El testamento, las pólizas de seguros, los archivos de nuestras inversiones, las libretas del banco, las llaves. Teresa tuvo que darme la lata para que actualizase nuestros testamentos, pero lo hice y me alegro infinitamente. Hasta que no haces testamento definitivo, no te enfrentas de una vez por todas a la realidad. Estás en un mundo de ensueño. Pasados los ochenta, te encuentras en un mundo de ensueño y debes tomar las riendas de ese sueño”. Mitchell le escuchaba, pero perdió el hilo. Se le amontonaban los pensamientos como una ráfaga en su mente, como si estuviese jugando una partida en la que las cartas se repartieran a lo loco.

-Otto, ¡claro! Sí, pero quizá deberíamos hablar algo más sobre esto. ¡Tus consejos pueden ser valiosísimos! Por qué no esperas un poco y… Iremos a veros, saldremos mañana de madrugada, o de hecho podríamos salir esta noche.

Le interrumpió, si no lo conociera habría dicho que de forma grosera:

-Eh, ¡buenas noches! Esta llamada me está costando una fortuna. Hijos, os queremos.

Otto colgó el teléfono.

Cuando Lizbeth llegó a casa, había cierto tono discordante: Mitchell en la terraza de atrás, en la oscuridad; solo, allí sentado, con una bebida en la mano.

-Cariño, ¿qué pasa?

-Te estaba esperando.

Mitchell nunca se sentaba así, nunca esperaba así, su mente estaba siempre trabajando, aquello resultaba extraño, pero Lizbeth se le acercó y le dio un beso leve en la mejilla. Olía a vino. Piel caliente, cabellos húmedos. Lo que se diría un sudor pegajoso. Tenía la camiseta empapada. De manera coqueta, Lizbeth dijo al tiempo que señalaba la copa que Mitchell tenía en la mano:

-Has empezado sin mí. ¿No es temprano?

También era extraño que Mitchell hubiese abierto aquella botella de vino en particular: un regalo de algún amigo, de hecho puede que fuera de los padres de Lizbeth; de años antes, cuando Mitchell se tomaba el vino más en serio y no se había visto obligado a reducir las copas. Lizbeth preguntó dubitativa:

-¿Alguna llamada?

-No.

-¿Ninguna?

-Ni una sola.

Mitchell sintió el alivio de Lizbeth; sabía cómo aguardaba las llamadas de Forest Hills. Aunque por supuesto su padre no llamaría hasta las once de la noche, cuando comenzaba la tarifa reducida.

-En realidad, ha sido un día muy tranquilo -dijo Mitchell-. Parece que no hay nadie más que nosotros.

La casa de estuco y cristal de dos niveles, diseñada por Mitchell, se hallaba rodeada de frondosos abedules, encinas y robles. Una casa que había sido creada, no descubierta; la moldearon a su gusto. Llevaban viviendo allí veintisiete años. Durante su prolongado matrimonio, Mitchell había sido infiel a Lizbeth una o dos veces, y es posible que Lizbeth también le hubiera sido infiel, quizá no sexualmente pero sí en la intensidad de sus emociones. Pese a todo, el tiempo había transcurrido y continuaba haciéndolo, y tropezaban de pasada como objetos al azar en un cajón durante sus días, semanas, meses y años en el trance de su vida adulta. Se trataba de una confusión pacífica, como una sucesión de sueños intensos e inesperados que no pueden recordarse más que como emociones una vez se está despierto. Está bien soñar, pero también está bien estar despierto.

Lizbeth se sentó en el banco de hierro forjado de color blanco que había junto a Mitchell. Tenían aquel mueble pesado, ahora envejecido por el tiempo y desconchado después de la última vez que lo pintaron, de toda la vida.

-Creo que todo el mundo se ha ido. Es como estar en Au Sable.

-¿Au Sable? -Mitchell la miró brevemente.

-Ya sabes. La vieja casa de papá y mamá.

-¿Aún la tienen?

-Supongo. No lo sé -Lizbeth rió y se apoyó en él-. Me da miedo preguntar -tomó la copa de entre los dedos de Mitchell y bebió un sorbo-. Solos aquí. Nosotros solos. Brindo por eso -para sorpresa de Mitchell, le besó en los labios. La primera vez que le besaba así, juvenil y atrevida, en los labios, en mucho tiempo.

Joyce Carol Oates (foto)

‘La ganga’ de Truman Capote

capoteVarias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

Truman Capote (foto)

Consejos que Charles Bukowski no escribió

charles-bukowski1Encontré estos 5 consejos para escritores que Charles Bukowski (foto) nunca escribió, graciosos e ilustrativos, que hablan del autor y en los que subyace el espíritu de fortaleza que debe animar a quien escribe:

1- Toma papel y lápiz -debe ser lápiz pues el bolígrafo es una creación abominable de la industria capitalista: estandarte de oficinistas y burócratas. El lápiz, en cambio, es el crucifijo del artista-. Escribe un par de garabatos sin sentido. Muerde el lápiz, degusta la madera empapada en sudor. Da buena cuenta del lápiz. Borra los garabatos y ráscate la cabeza con la mano izquierda mientras, con la derecha, te acaricias el mentón. Destruye la hoja y tírala al cubo de la basura.

2- Levántate y busca una cerveza. Bebe como si no hubiera un mañana. Repite la acción hasta que la mesa de trabajo sea un bosque de botellas vacías. Prueba mezclando con algo de whiskey, sin hielo. No mezcles con refrescos ni comas mucho. Olvídate de tu madre y de tu padre; de tus amigos y de las películas; de las canciones y de las mujeres. Olvida tu teléfono, eres un monje medieval, un ermitaño, un náufrago aferrado a la única balsa capaz de salvarlo todo: la botella.

3- Ya en estado de embriaguez, folla con la página en blanco. Abre sus delicadas piernas y penetra su virginal blancura. Córrete sin miramientos, sin contemplaciones. Nada de cursilerías. Nada de cariñitos. Expulsa todo y a dormir. Nada de abrazos: ya has follado y debes retirarte, mañana será otro día, la vida es así, muñeca.

4- La resaca y la euforia que vienen después de follar una página en blanco son difíciles de lidiar. El deseo de publicar, similar a las ganas de vomitar, se apodera de ti. Los temores y los nubarrones iniciales se difuminan: eres un jodido escritor y nada podrá detener tu marcha triunfal. Muchos logran vomitar en alguna editorial de mala muerte. Debes evitar a toda costa vomitar. Debes beber y beber. Embriagarte hasta perder la razón. Follar algunas páginas en blanco cada noche sin pensar mucho en las consecuencias, sin pensar en lo que vendrá después. Cuando estás encima de la página, montándola con los ojos en blanco y el rostro desencajado, no debes pensar.

5- A los tres días, con un harén de páginas manchadas en un cajón, te pones a editar. Es masturbación en estado puro. Masturbación madura, sin fantasías adolescentes. Lees lo tuyo y lo mejoras. Un tachón aquí, una anotación allá. Quizás destruyas unas cuantas. No importa, es otro tipo de orgasmo: el placer de la corrección.