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‘¿Por qué se amotinan las gentes?’ de F. O’Connor

Flannery-O'connorA Tilman le dio el ataque en la capital del estado, adonde había ido por negocios, y estuvo allí internado dos semanas en el hospital. No recordaba la llegada a su casa en ambulancia, pero su esposa sí. Se había pasado dos horas sentada en el asiento plegable, a los pies de su marido, con la vista clavada en su cara. Solo el ojo izquierdo de Tilman, desviado hacia dentro, parecía albergar su antigua personalidad. En él ardía la ira. Por lo demás, toda su cara estaba preparada para la muerte. La justicia era implacable y para ella era un placer cuando la encontraba. Quizá hacía falta esta desgracia para que Walter se diera cuenta.

De pura casualidad los dos hijos estaban en casa cuando ellos llegaron. Mary Maud regresaba en coche de la escuela, sin darse cuenta de que la ambulancia iba detrás de ella. Se bajó del coche, una mujer corpulenta de treinta años, con la cara redonda e infantil y un montón de cabello color zanahoria que le caía desde lo alto de la cabeza como una red invisible, besó a su madre, le echó una ojeada a Tilman y ahogó un grito de asombro; luego, con cara seria y desconcertada, siguió al enfermero que iba detrás, dándole a gritos una serie de instrucciones sobre cómo superar la curva de la escalera del frente llevando la camilla a cuesta. “Nada más ni nada menos que como una maestra de escuela”, pensó su madre. Maestra de escuela de la cabeza a los pies. Cuando el enfermero que iba delante llegó al balcón, Mary Maud gritó bruscamente, con el tono empleado para dominar a los niños:

-¡Levántate, Walter, y abre la puerta!

Walter estaba sentado en el borde de la silla, absorto en la operación, con el dedo metido en el libro que había estado leyendo antes de que llegara la ambulancia. Se levantó, aguantó la puerta mosquitera y, mientras los enfermeros cruzaban el balcón con la camilla, observaba con evidente fascinación la cara de su padre.

-Me alegro de verlo, mi capitán -dijo, levantó la mano y, de cualquier manera, le hizo el saludo militar.

Cargado de ira, el ojo izquierdo de Tilman pareció alcanzar al hijo aunque no dio señales de reconocerlo.

Roosevelt, que en adelante sería enfermero en lugar de peón, esperaba dentro, al lado de la puerta. Se había puesto la chaqueta blanca que reservaba para las grandes ocasiones. Escrutaba lo que iba en la camilla. Los ojos enrojecidos se le tornaron vidriosos. Y, de repente, se le llenaron de lágrimas que bañaron sus negras mejillas como si fueran sudor. Tilman hizo un gesto débil y brusco con el brazo sano, el único gesto de afecto que se había permitido hacerle a alguno de los presentes. El negro siguió a la camilla hasta el dormitorio de atrás, sorbiéndose los mocos como si acabaran de pegarle.

Mary Maud entró para dar instrucciones a los portadores de la camilla.

Walter y su madre se quedaron en el balcón.

-Cierra la puerta -le ordenó-, que entran las moscas.

Ella observaba a Walter desde que había entrado, buscaba en su cara grande y sosa alguna señal de que sentía la urgencia de la situación, alguna señal de que debía tomar las riendas, de que debía hacer algo, lo que fuese; para ella habría sido una alegría verlo cometer un error, incluso empantanar las cosas, si con eso al menos hacía algo, pero comprobó que nada había ocurrido. Walter le clavaba los ojitos, levemente brillantes detrás de las gafas. Había captado cada detalle de la cara de Tilman; había visto las lágrimas de Roosevelt, la confusión de Mary Maud, y ahora la estudiaba a ella para comprobar cómo reaccionaba. Se enderezó el sombrero de un manotazo cuando, por la forma en que la miraba su hijo, se percató de que se le había ido hacia atrás.

-Deberías llevarlo así -dijo él-. Te da un aire desenfadado, de despiste.

Ella endureció el gesto tanto como pudo.

-Ahora la responsabilidad es tuya -le dijo con tono severo, categórico.

Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada. Ella tuvo la impresión de estar ante un extraño con la misma cara de la familia. Tenía la misma sonrisa evasiva de abogado que su padre y su abuelo maternos, engastada en la misma mandíbula poderosa, bajo la misma nariz romana; su hijo tenía los mismos ojos, ni azules, ni verdes, ni grises; no tardaría en quedarse calvo como ellos. Ella endureció más el gesto.

-Tendrás que tomar las riendas de la casa y el negocio -le dijo, y se cruzó de brazos-, si quieres seguir aquí.

A él se le borró la sonrisa. La miró con fijeza, la expresión ausente, y luego paseó la vista por el prado, más allá de los cuatro robles y de la lejana y negra hilera de árboles, por el cielo despejado de la tarde.

-Creía que esta era mi casa -dijo él-, pero se ve que las suposiciones sirven de bien poco.

A ella se le encogió el corazón. De pronto le vino la imagen de su hijo desamparado. Desamparado allí, desamparado en todas partes.

-Por supuesto que es tu casa -dijo ella-, pero alguien debe tomar las riendas. Alguien tiene que encargarse de que estos negros trabajen.

-Yo no sé hacer trabajar a los negros -rezongó él-. Es lo último de lo que sería capaz.

-Yo te diré todo lo que tienes que hacer.

-¡Ja! -exclamó él-. Eso, seguro.

La miró y recuperó la media sonrisa.

-Señora mía -le dijo-, saldrás adelante. Naciste para tomar las riendas. Si al viejo le hubiera dado el ataque hace diez años, estaríamos todos mucho mejor. Habrías sido capaz de guiar una caravana de carretas a través de las comarcas deshabitadas. Eres capaz de detener a una turba. Eres la última del siglo diecinueve, eres…

-Walter -lo interrumpió ella-, tú eres hombre. Yo soy solo una mujer.

-Una mujer de tu generación -dijo Walter- vale más que un hombre de la mía.

Ella apretó los labios en un gesto de indignación y la cabeza la tembló imperceptiblemente.

-¡A mí me daría vergüenza decir eso! -susurró.

Walter se dejó caer en la silla en la que estaba sentado antes y abrió el libro. La cara se le tiñó de un rubor letárgico.

-La única virtud de los de mi generación es que no nos da vergüenza decir la verdad sobre nosotros mismos -dijo Walter, y se puso a leer otra vez. La entrevista con su madre había concluido.

Ella se quedó allí de pie, rígida, los ojos llenos de pasmado disgusto clavados en él. Su hijo. Su único hijo. Los ojos de Walter, su cabeza y su sonrisa eran los de la familia, pero por debajo se percibía un tipo de hombre distinto de cuantos ella había conocido. En él no había inocencia, ni rectitud, ni fe en el pecado o en la predestinación. El hombre que ella veía cultivaba con imparcialidad tanto el bien como el mal y a todas las cosas le veía tantos matices que era incapaz de actuar, incapaz de trabajar, incapaz incluso de hacer que los negros trabajaran. Ese vacío era terreno abonado para todo tipo de males. “¡Sabe Dios -pensó, y se quedó sin aliento-, sabe Dios lo que sería capaz de hacer!”

No había hecho nada. Tenía veintiocho años y, por lo que ella alcanzaba a ver, no se ocupaba más que de trivialidades. Tenía el aire de quien espera el gran acontecimiento y no es capaz de iniciar trabajo alguno por miedo a ser interrumpido. Como siempre estaba ocioso, a ella se le había ocurrido que tal vez su hijo quería ser artista, filósofo o algo así, pero no era el caso. No quería escribir nada que llevara su nombre. Se entretenía mandando cartas a gente que no conocía de nada y a los periódicos. Con distintos nombres y distintas personalidades, escribía a gente extraña. Era un pequeño vicio, peculiar y deleznable. Su padre y su abuelo habían sido hombres honestos que habrían despreciado los vicios pequeños más que los grandes. Sabían quiénes eran y cuál era su sitio. Era imposible decir qué era lo que sabía Walter ni cuáles eran sus puntos de vista sobre nada. Leía libros que no tenían nada que ver con nada de lo que importaba. Con frecuencia, le iba detrás y se encontraba con algún extraño pasaje subrayado en un libro que él había dejado en alguna parte, y, entonces, ella se pasaba días dándole vueltas. Un pasaje que encontró en un libro que Walter había dejado en el suelo del cuarto de baño de arriba la persiguió de un modo inquietante.

“El amor debe estar lleno de ira -comenzaba, y pensó: ‘Sí es así, el mío lo está’. Siempre estaba furiosa. Y seguía-: Y como has rechazado mi petición, quizá prestes oídos a mi advertencia. ¿Qué empresa te trae a la casa de tu padre, oh, soldado afeminado? ¿Dónde están tus murallas y tus trincheras, dónde el invierno pasado en las líneas del frente? ¡Escucha! Desde el cielo resuenan los clarines de guerra; ve a nuestro general marchar completamente armado, se acerca entre las nubes a conquistar el mundo entero. De la boca de nuestro rey sale una espada aguda de dos filos que corta cuanto halla a su paso. ¡Despierta al fin de tu sueño, ven al campo de batalla! Abandona la sombra y busca el sol.”

Le dio la vuelta al libro para comprobar qué leía. Era una carta de san Jerónimo a un tal Heliodoro, en la que lo reprendía por haber abandonado el desierto. Una nota al pie decía que Heliodoro era miembro del famoso grupo reunido en torno a Jerónimo en Aquilea, en el año 370. Había acompañado a Jerónimo a Oriente Próximo con la intención de llevar una vida de ermitaño. Se separaron cuando Heliodoro prosiguió viaje a Jerusalén. Finalmente, regresó a Italia, y en los años posteriores se convirtió en un distinguido eclesiástico como obispo de Altino.

Este era el tipo de cosas que leía… cosas que en el presente no tenían sentido. Entonces le vino a la mente, con un leve y desagradable sobresalto, que el general con la espada en la boca, que marchaba presto a la violencia, era Jesucristo.

Flannery O’Connor (foto)

 

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‘Mucho, mucho tiempo’ de R. A. Lafferty

R._A._LaffertyNo termina con uno… comienza con un gemido.

Un amanecer que es una línea divisoria… Incandescencia para la que todas las luces posteriores son como velas… Calor para el que el calor de todos los soles posteriores no es más que una cerilla quemada. Las Polaridades que crean la tensión para siempre.

Y en el medio de todo hubo un gemido, la primera sacudida que indicaba que el tiempo había empezado.

Los dos Desafíos eran más altos que el radio del espacio que estaba naciendo, y una débil criatura, Boshel, se encontraba en medio, demasiado acobardada como para aceptar ningún desafío.

-¡Eh! ¿Hasta cuándo vais a estar fuera? -gruñó Boshel.

El Acontecimiento Creativo era la Revuelta, que partió el Vacío en dos. Las dos partes se formaron oponiendo Naciones de Luz dividida sobre el escarpado abismo. Dos Campeones estaban frente a frente, con una amargura que nunca ha pasado: Michael, envuelto en fuego blanco…, y Helel, hinchado con un resplandor negro y púrpura. Y sus seguidores con ellos. Esto se ha alegorizado como Aceptación y Rechazo, y como Dios y Diablo; pero al principio hubo la Polaridad con la que se sostiene el Universo.

Entre ellos, como un pigmeo, se encontraba Boshel, solo, lleno de una duda gimiente.

-Si vas a venir con nosotros, saca el metal primordial -rugió Helel como una crujiente tormenta, mientras se dirigía a sus seguidores, hecho una furia, para formar un nuevo núcleo.

-¡Eh, vosotros! ¿Vais a volver antes de la noche? -musitó Boshel.

-¡Oh! ¡Vete al infierno! -rugió Michael.

-Cuidado con ese pequeño juramento -observó Helel-. Todavía no hay fuego suficiente para incendiar un edificio.

Las dos grandes multitudes se separaron, y Boshel se quedó solo en el vacío. Aún estaba allí cuando se produjo una segunda y pequeña sacudida y el tiempo comenzó de veras, reventando la vaina y convirtiéndola en un chorro de chispas que viajaron y crecieron. El seguía estando allí cuando las chispas adquirieron forma y movimiento; y continuó estando allí cuando la vida comenzó a aparecer en las pequeñas manchas de hollín desprendidas de las chispas. Permaneció allí durante mucho, mucho tiempo.

-¿Qué vamos a hacer con esa pequeña sabandija? -le preguntó un subordinado a Michael-. No podemos dejarle ahí, ensuciando el paisaje para siempre.

-Iré a preguntarlo -dijo Michael.

Y así lo hizo. Pero a Michael se le dijo que la responsabilidad era suya; que Boshel tendría que ser castigado por su indecisión; y que dependía de Michael seleccionar el castigo adecuado y comprobar que éste se llevara a cabo.

-¿Sabes que hizo tartamudear el tiempo al principio? -le dijo Michael al subordinado-. Colocó un elemento de azar que lo afectó todo. Por eso tiene que tratarse de un castigo que tenga algo que ver con el tiempo.

-¿Tienes alguna idea? -preguntó el subordinado.

-Ya pensaré en algo -dijo Michael.

Bastante después de aquello, Michael estaba hojeando un libro una tarde, en una biblioteca de Los Ángeles.

-Aquí dice -entonó Michael- que si seis monos fueran colocados ante seis máquinas de escribir y mecanografiaran durante un espacio de tiempo suficiente, mecanografiarían con exactitud todas las palabras de Shakespeare. El tiempo es algo de lo que disponemos a montones. Intentémoslo, Kitabel, y veamos cuánto tiempo tarda.

-¿Qué es un mono, Michael?

-No lo sé.

-¿Qué es una máquina de escribir?

-No lo sé.

-¿Qué es Shakespeare, Mike?

-Todo el mundo puede hacer preguntas, Kitabel. Reúne todas esas cosas y empecemos de una vez con el proyecto.

-Parece que va a tratarse de un proyecto muy largo. ¿Quién lo supervisará?

-Boshel. Es natural que sea él. Le enseñará a ser paciente y a tener sentido del orden, e imprimirá sobre él la majestuosidad del tiempo. Es exactamente la clase de castigo que he estado buscando.

Reunieron las cosas y se volvieron hacia Boshel.

-En cuanto el proyecto esté terminado, Bosh, habrá pasado tu período de espera. Entonces te podrás unir al grupo y disfrutar con el resto de nosotros.

-Bueno, eso es mejor que permanecer aquí, sin hacer nada -observó Boshel-. El asunto podría ir más rápido si pudiera educar a los monos y hacer que lo copiaran todo.
-No, el mecanografiado tiene que hacerse al azar, Bosh. Fuiste tú quien introdujiste el factor azar en el universo. Así es que, ahora, sufre las consecuencias.

-¿Tiene que corresponder la copia con alguna edición en particular?

-Con la edición “Blackstone Readers” de 1937. Y estos volúmenes que tengo aquí servirán perfectamente -contestó Michael-. He tenido una charla con los monos y están dispuestos a aplicarse a la tarea. Me ha costado ochenta mil años conseguir que pudieran hablar, pero eso no representa nada cuando hablamos de tiempo.

-¡Vaya! ¿Acaso hablamos alguna vez de tiempo? -protestó Boshel.

-He hecho un trato con los monos. Serán inmunes a la fatiga y al aburrimiento. Pero a ti no puedo prometerte lo mismo.

-Bueno, Michael, como esto puede durar bastante, me pregunto si no podría tener alguna especie de reloj para ir comprobando qué tal de rápidas van saliendo las cosas.
Así es que Michael le hizo un reloj. Era un cubo de piedra de un parsec de arista.

-No tienes que darle cuerda, Bosh. No tienes que hacerle nada -le explicó Michael-. Un pequeño pájaro llegará cada milenio y afilará su pico en esta piedra. Podrás contar el paso del tiempo por la disminución de la piedra. Es un buen reloj, y sólo tiene una parte móvil, que es el pájaro. No te garantizo que hayas podido terminar todo el proyecto cuando haya desaparecido la piedra, pero al menos podrás saber el tiempo que ha pasado.

-Es mejor que nada -dijo Boshel-, pero esto va a ser una pesadez. Creo que ese concepto del tiempo es algo medieval.

-Así soy yo -dijo Michael-. Sin embargo, te diré lo que puedo hacer, Bosh. Te puedo encadenar a esa piedra y hacer que otro gran pájaro se lance sobre ti en picado y te arranque trozos de hígado. Eso mismo estaba escrito en otro libro, en aquella biblioteca.
-Me haces morir de risa, Mike. No será necesario. Pasaré el rato de algún modo.

Boshel hizo que los monos se pusieran a trabajar. Estaban condicionados para pulsar las teclas de las máquinas de escribir al azar. Al cabo de un corto período de tiempo (según cuentan el tiempo las Grandes Criaturas), los monos ya habían producido palabras enteras de Shakespeare: “Permitir” (let), que se encuentra en la escena dos del primer acto de Ricardo III; “Ir” (go), que está en la escena dos del acto segundo de Julio César; y “Ser” (be), que aparece en la primera escena y acto de La tempestad. Boshel se sentía muy animado.

Al cabo de algún tiempo, uno de los monos produjo dos palabras de Shakespeare, una detrás de la otra. Para entonces, el mundo hogar de Shakespeare (que era también el mundo donde se encontraba aquella biblioteca de Los Ángeles donde naciera tan gran idea) ya había desaparecido desde hacía tiempo.

Al cabo de otro tiempo, los monos habían llegado ya a escribir frases enteras. Para entonces, ya había transcurrido bastante tiempo.

El problema con aquel pequeño pájaro era que su pico no parecía necesitar estar muy afilado cuando llegaba una vez cada mil años, Boshel descubrió que Michael le había jugado una mala pasada de serafín y había estado alimentando al pájaro con natillas blandas. El pájaro daba dos o tres ligeros picotazos a la piedra, y después se marchaba para no volver hasta al cabo de otros mil años. Sin embargo, al cabo de no más de mil visitas, ya se notaba un inconfundible arañazo en la piedra. Era una señal esperanzadora.

Boshel comenzó a comprender que la cosa se podía hacer. Finalmente, uno de los monos -y no precisamente el más brillante- produjo una frase completa: “¿Qué dices tú, tirano?” Y en ese mismo instante sucedió otra cosa. Fue algo sorprendente para Boshel, pues era la primera vez que lo veía. Pero lo tendría que ver miles de millones de veces antes de terminar.

Una mancha de polvo cósmico, situada en las regiones más alejadas del espacio, se encontró con otra mancha. Esto no tendría que haber sido nada raro; siempre había manchas que se encontraban con otras. Pero este caso fue diferente. Cada mancha -en la dirección opuesta-, había sido la más alejada de todo el cosmos. Ya no podía alejarse más que a aquella distancia. La mancha (un numerosísimo conglomerado de mundos habitados) miró a la otra mancha con ojos e instrumentos y vio sus propios ojos e instrumentos devolviéndole su misma imagen. Lo que veía la mancha era a sí misma. La esfera cósmica tetradimensional había quedado completada. La primera mancha se había encontrado a sí misma, saliendo de la otra dirección, y el espacio quedó transvertido.

Después, todo él se derrumbó. Las estrellas desaparecieron una tras otra y miríada tras miríada. ¡Holocaustos de caída! Todos los orbes oscurecidos cayeron en el vacío, que estaba al fondo. En el vacío no quedó nada, excepto una vaina cerrada y unas cuantas cosas más, fuera de contexto, como Michael y sus asociados, y Boshel y sus monos.

Boshel se sintió incómodo por un momento. Se había acostumbrado al aspecto del universo en expansión. Pero no tenía por qué sentirse incómodo. Todo empezó de nuevo.
Pasaron silenciosamente unos cuantos miles de millones de siglos. Una vez más, la vaina explotó formando un chorro de chispas que viajaron y crecieron. Adquirieron forma y movimiento y la vida volvió a aparecer sobre los abismos arrojados por aquellas chispas.

Y esto ocurrió una y otra vez. Cada ciclo parecía condenadamente largo mientras estaba sucediendo; pero, mirándolo retrospectivamente, los ciclos eran solamente como una luz parpadeante que se encendiera y se apagara. Y, en la Larga Retrospección, eran como un alternador de alta frecuencia, que producía un increíble número de tales ciclos por cada instante y continuaba por eras. Pero Boshel estaba empezando a aburrirse. No había otra palabra con la que poder expresarlo.
Cuando sólo se habían completado unos pocos miles de millones de ciclos cósmicos, había una hendidura tan grande en la piedra-roca, que se podía meter un caballo dentro. El pequeño pájaro ya había hecho innumerables viajes para afilar su pico. Y, para entonces, Pithekos Pete, el más rápido de los monos, ya había escrito por casualidad La tempestad, perfecta y completa. Todos se estrecharon las manos, ángel y monos. Por el momento, era algo positivo.

Pero el momento no duró mucho. Pete, en lugar de seguir mecanografiando furiosamente, al azar, para producir el resto de las obras, escribió su propia versión mejorada de La tempestad. Boshel estaba furioso.

-¡Pero si es mejor, Bosh! -protestó Pete-. Y tengo algunas ideas sobre el arte teatral que realmente lo elevarán.

-¡Claro que es mejor! Pero no queremos nada mejor. Sólo queremos tener lo mismo. ¿Es que no os dais cuenta de que estamos elaborando un problema de probabilidades? ¡Oh, cabezas de chorlito!

-Déjame tener ese maldito libro durante un mes, Bosh, y te copiaré todo lo que hay ahí al pie de la letra, y habremos terminado -sugirió Pithekos Pete.

-¡Las reglas, cabezas vacías, las reglas! -rugió Boshel-. Tenemos que guiarnos por las reglas. Sabéis que eso no está permitido y, además, sería descubierto. Por mucho que me duela decirlo, tengo razones para sospechar que uno de mis propios monos y asociados aquí presentes es un informador. Nunca conseguiríamos hacerlo.
Después de este breve malentendido, las cosas fueron mejor. Los monos se aplicaron a cumplir con su tarea. Y al cabo de un número de ciclos, expresados por nueve seguido de ceros suficientes para extenderse alrededor del universo hasta un período justo anterior a su colapso (el radio y la circunferencia de la esfera final son, evidentemente, lo mismo), quedó preparada por fin la primera versión completa.
Era errónea, desde luego, y tuvo que ser rechazada. Pero había en ella menos de treinta mil errores; eso presagiaba grandes cosas y un triunfo final.

Más tarde (¡pero podía ser aún más tarde!) llegaron a acercarse bastante. Cuando la hendidura de la piedra-reloj podía contener ya un sistema solar de tamaño medio, consiguieron una versión en la que sólo había cinco errores.

-Llegará -dijo Boshel-. Llegará con el tiempo. Y el tiempo es lo único de lo que disponemos en gran cantidad.

Tarde -mucho, mucho más tarde-, pareció que ya disponían de una copia perfecta y, para entonces, el pájaro ya había desgarrado casi la quinta parte de la masa de la gran piedra, todo ello con sus visitas milenarias.

El propio Michael leyó la versión y no pudo encontrar ningún error. Pero no era definitivo, desde luego, porque Michael era un lector impaciente y apresurado. Se necesitaron tres lecturas para verificarlo, pero las esperanzas nunca fueron tan altas. Transcurrió la segunda lectura, llevada a cabo por un ángel mucho más cuidadoso, y que se pronunció diciendo que era una versión perfecta, letra por letra. Pero el lector había terminado su lectura a últimas horas de la noche y podía haber mostrado cierta falta de cuidado al final.

Y pasó la tercera lectura, que comprendió las treinta y siete obras, y todos los poemas al final. Esta última lectura fue realizada por Kitabel, el propio ángel escribiente, que fue nombrado para llevarla a cabo. Estaba a punto de firmar el certificado, cuando se detuvo.

-Hay algo que parece atascado en mi mente -dijo, y sacudió la cabeza para intentar despejarse-. Hay algo como un eco que no está del todo correcto. No quisiera cometer una equivocación.

Había escrito “Kitab…”, pero no había terminado aún la firma.

-No podré dormir esta noche si no pienso en ello -se quejó-. Si había algo, no estaba en las obras de teatro. Sé que estaban perfectas. Debe de tratarse de algo que había en los poemas… algo situado bastante cerca del final…, alguna disonancia. O bien la propia edición original tenía algún fallo, alguna línea escrita mal a propósito, o bien se trata de un error en la transcripción que mi ojo ha pasado por alto, pero que recuerda mi oído. Reconozco que, cuando ya me encontraba hacia el final, me sentía un poco adormilado.

-¡Oh! ¡Por todos los mundos que han sido hechos, firma! -rogó Boshel.

-Si has esperado todo este tiempo, no te morirás por esperar un poco más, Bosh.

-No creas, Kit. Estoy a punto de estallar. Te lo aseguro.

Pero Kitabel volvió a la copia y lo encontró…, era un verso en El Fénix y la Tortuga:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tirana,

Salvo el águila, pluma soberana:

Mantened esta norma observada.

Eso era lo que decía el libro. Y lo que Pithekos Pete había escrito era casi lo mismo, pero no exactamente lo mismo:

Desde esta sesión queda vedada

Toda ave de ala tiranna,

Salvo el águila, pluma soberanna:

Maldita máquinna, la n está atascada.

Y si no han visto nunca llorar a un ángel, las palabras no podrán describir el espectáculo que dio Boshel.

Esta misma noche siguen mecanografiando, al azar, porque aquella última copia, tan cercana a la victoria, se produjo hace poco menos de un millón de miles de millones de ciclos. Y sólo hace un momento -al principio del presente ciclo-, uno de los monos consiguió escribir de un tirón, y por casualidad, no menos de nueve palabras completas de Shakespeare.

Aún hay esperanza. Y, a estas alturas, el pájaro ya ha socavado aproximadamente la mitad de la masa de la roca.

R.A. Lafferty (foto)

 

‘Los caprichos de la suerte’ de O. Henry

o'henryExiste una aristocracia de los parques públicos, e incluso de los vagabundos que los emplean como apartamentos privados. Vallance era un novato en la materia, pero cuando emergió de su mundo para internarse en el caos, sus pasos lo llevaron directamente a Madison Square.

Seco y adusto como una colegiala -de las de antes-, el joven mayo suspiraba con austeridad entre los árboles florecientes. Vallance se abotonó la chaqueta, encendió su último cigarrillo y se sentó en un banco. Durante tres minutos lamentó la pérdida de los últimos cien de sus últimos mil dólares, arrebatados por un policía motorizado que había puesto fin a su última correría en automóvil. Luego se revisó todos los bolsillos y no encontró un solo centavo. Aquella mañana había dejado su apartamento. Los muebles habían servido para pagar ciertas deudas. Su ropa, salvo la que tenía puesta, había pasado a manos de su criado, en concepto de salarios atrasados. Y allí estaba, en una ciudad que no le deparaba una cama, una langosta asada, un pasaje de tranvía, un clavel para la solapa, a menos que los obtuviera dando un sablazo a sus amigos o mediante algún engaño. Por lo tanto, había elegido el parque.

Y todo por culpa de un tío que lo había desheredado, pasándole de una generosa asignación a la nada. Y todo porque su sobrino lo había desobedecido con respecto a cierta muchacha que no entra en esta historia, razón por la cual los lectores que hayan comenzado a interesarse por ese lance no deben avanzar más. Existía otro sobrino, de una rama diferente, que en un tiempo había despuntado como probable heredero favorito. Falto de gracia y esperanza, había desaparecido en el fango largo tiempo atrás. Ahora rastreaban su paradero: debía ser rehabilitado y devuelto a su posición. De modo que Vallance, como Lucifer, había caído aparentemente a la sima más honda, reuniéndose así con los andrajosos fantasmas del pequeño parque.

Allí sentado, se reclinó a sus anchas en la dura madera del banco y, sonriendo, lanzó un chorro de humo hacia las ramas más bajas de un árbol. La repentina ruptura de todos sus vínculos vitales le había acarreado una alegría libre, estremecedora, casi exultante. Era la misma sensación del aeronauta que se aferra al paracaídas y deja que su globo se aleje sin rumbo.

Eran casi las diez. En los bancos no había demasiados vagabundos. El morador del parque, si bien combate tercamente al frío otoñal, es lento en atacar a la vanguardia del ejército primaveral.

Entonces alguien abandonó su banco, cerca del surtidor saltarín, y fue a sentarse al lado de Vallance. No era ni joven ni viejo; las pensiones baratas le habían contagiado un olor a moho; peines y navajas no tenían tratos con él, en su cuerpo la bebida había sido embotellada y etiquetada bajo la vigilancia del diablo. Pidió una cerilla, lo cual suele servir de presentación entre esa clase de banqueros, y después comenzó a hablar.

-Usted no es de los habituales -le dijo a Vallance-. Reconozco la ropa hecha a la medida apenas la veo. Usted sólo ha parado aquí un momento. ¿Le molesta que le hable mientras tanto? Es que he de estar con alguien. Tengo miedo, tengo miedo. Se lo he dicho a dos o tres de esos gandules que hay por ahí. Creen que estoy loco. Escuche, escuche lo que le voy a decir: todo lo que me queda para comer hoy son dos rosquillas y una manzana. Mañana me presento para heredar tres millones, y aquel restaurante que ve allí, todo rodeado de coches, me resultará demasiado barato. No me cree, ¿verdad?

-Almorcé en ese restaurante ayer -dijo Vallance riéndose- sin el menor problema. Esta noche no podría pagar los cinco centavos de una taza de café.

-Usted no parece uno de nosotros. Bien, supongo que esas cosas suceden. Hace algunos años yo estaba en la cumbre. ¿Qué fue lo que lo hizo caer?

-Oh…, yo… perdí mi trabajo -dijo Vallance.

-Esta ciudad es la esencia del Hades -continuó el otro-. Un día uno come en porcelana china, y al día siguiente come a lo chino: un puñado de arroz. He tenido muy mala suerte. Hace cinco años que no soy más que un mendigo. Me criaron para vivir a lo grande y no hacer nada. No me importa decírselo, sabe; he de hablar con alguien porque tengo miedo; ¿se da cuenta?, tengo miedo. Me llamo Ide. Usted no me creerá si le digo que el viejo Paulding, uno de los millonarios de Riverside Drive, era tío mío. ¿Me cree? Y bien, así es. En otro tiempo viví en su casa y tuve todo el dinero que me dio la gana. Oiga, ¿por casualidad no tendrá para pagar un par de copas, señor…? ¿Cómo se llama usted?

-Dawson -dijo Vallance-. No; lamento declarar que financieramente estoy liquidado.

-Hace una semana que vivo en un depósito de carbón de la Calle Division -prosiguió Ide-, con un granuja llamado Blinky Morris. No tenía otro sitio adónde ir. Hoy, mientras estaba fuera, se ha presentado un tipo con un montón de papeles, preguntando por mí. Yo he pensado que era un policía de paisano, así que no he vuelto hasta la noche. Había una carta esperándome. Oiga, Dawson; era de Mead, un gran abogado de la ciudad. He visto su placa en la Calle Ann. Paulding pretende convertirme en el sobrino pródigo, quiere que regrese, vuelva a ser su heredero y despilfarre su dinero. Mañana, a las diez, he de presentarme en la oficina del abogado para calzar otra vez mis viejos zapatos… Heredaré tres millones, Dawson, y me darán diez mil dólares al año. Y tengo miedo… Tengo miedo.

El vagabundo se puso en pie de un salto y se llevó los brazos temblorosos a la cabeza. Contuvo la respiración y lanzó un gemido histérico.

Vallance lo agarró del brazo y le obligó a sentarse.

-¡Serénese! -ordenó en un tono parecido al del asco-. Se diría que ha perdido usted una fortuna, en lugar de haberla ganado. ¿De qué tiene miedo?

Encogido en el banco, Ide se estremeció. Agarró la manga de Vallance e, incluso al débil resplandor de las luces de aquella avenida de donde éste fuera expulsado, se podían ver en los ojos del otro lágrimas impelidas por un extraño terror.

-Temo que me pase algo antes del amanecer. No sé qué… Algo que me impida alcanzar ese dinero. Tengo miedo de que me caiga un árbol encima, de que me atropelle un coche, o me aplaste una cornisa o algo por el estilo. Nunca había sentido esto. He pasado cientos de noches en este parque, tan en calma como una figura de piedra, sin saber cómo iba a desayunar. Pero ahora es diferente. Yo adoro el dinero, Dawson, soy feliz como un dios cuando lo palpo, cuando la gente se inclina a mi paso, cuando me veo rodeado de música, flores y ropa cara. Mientras supe que estaba fuera del juego no me preocupé. Hasta pasé momentos felices sentado aquí, andrajoso y hambriento, escuchando el rumor de la fuente y mirando los coches de la avenida. Pero ahora que está nuevamente al alcance de mi mano…, no soy capaz de soportar las doce horas de espera, Dawson, no soy capaz. Hay cincuenta cosas que pueden sucederme… Podría quedarme ciego, podría sufrir un ataque al corazón, el mundo podría acabarse antes de…

Ide volvió a ponerse en pie con un chillido. En los bancos la gente se agitó y empezó a mirar. Vallance lo tomó del brazo.

-Vamos, caminemos -le dijo suavemente-. Y trate de calmarse. No hay por qué excitarse o preocuparse. Todas las noches son iguales.

-Es verdad -dijo Ide-. Quédese conmigo, Dawson… Usted es un buen tipo. Andemos juntos un poco. Jamás he estado así de deshecho, y eso que he sufrido muchos golpes duros. ¿Cree usted que podría conseguir algo de comer, amigo? Temo que estoy demasiado nervioso para mendigar.

Vallance condujo a su compañero por una casi desierta Quinta Avenida, y luego hacia el oeste, por la Treinta, hacia Broadway.

-Espere aquí un momento -dijo dejando a Ide en un lugar silencioso, entre las sombras. Entró en un conocido hotel y se encaminó hacia la barra con la soltura de otros tiempos.

-Mira, Jimmy, fuera hay un pobre diablo -explicó al camarero- que dice tener hambre, me parece que es cierto. Ya sabes lo que esa gente hace si les das dinero. Prepárale un par de sándwiches, y yo me ocuparé de que no los tire por ahí.

-Seguro, señor Vallance -dijo el camarero-. No todos son mentirosos. Y no me gusta que nadie se muera de hambre.

Envolvió en una servilleta una generosa ración del menú libre. Vallance salió con ella y se reunió con su compañero. Ide se abalanzó sobre la comida con una avidez famélica.

-En todo el año no había comido un menú como éste -declaró-. ¿No va a probarlo, Dawson?

-Gracias, no tengo hambre -dijo Vallance.

-Volvamos a la plaza -propuso Ide-. Allí no nos molestarán los polis. Guardaré el resto del jamón y lo demás para el desayuno. No comeré más. Tengo miedo de enfermarme. ¡Imagínese que muera de un calambre y jamás llegue a tocar el dinero! Todavía faltan once horas para ver al abogado. Usted no me abandonará, ¿verdad, Dawson? Temo que pueda sucederme algo. Usted no tiene adónde ir, ¿verdad?

-No -dijo Vallance-. Esta noche no tengo casa.

-Si es verdad lo que me ha contado -continuó Ide-, se lo toma usted con mucha calma. Juraría que cualquier hombre que se quedara en la calle después de perder un buen trabajo, estaría arrancándose los pelos.

-Creo haber señalado ya -dijo Vallance- que, para mí, un hombre en situación de recibir una fortuna debería sentirse alegre y sereno.

-Es curioso -filosofó Ide- ver cómo la gente se toma las cosas. Aquí está su banco, Dawson, justo al lado del mío. En este lugar la luz no le dará en los ojos. Oiga, Dawson, cuando vuelva a casa haré que el viejo escriba una carta de recomendación para que usted encuentre trabajo. Me ha ayudado mucho esta noche. De no haber dado con usted, no habría sobrevivido.

-Gracias -dijo Vallance-. ¿Se duerme sentado o tumbado?

Durante horas, casi sin parpadear, Vallance contempló las estrellas a través de las ramas de los árboles y escuchó el agudo retumbar de los cascos de los caballos que, sobre el mar de asfalto, pasaban hacia el sur. Si bien mantenía la mente activa, sus sentimientos se habían adormecido. Parecía como si le hubiesen extirpado toda emoción. No sentía pena ni angustia, ni dolor ni incomodidad. Hasta cuando pensaba en la muchacha, le daba la impresión de que ella habitaba una de las estrellas remotas que estaba contemplando. Recordó las absurdas bufonadas de su compañero y se rió quedamente, pero sin regocijo alguno. Pronto el ejército cotidiano de carros de lechero convirtió la ciudad en un tambor bramante al compás del cual marchaban. Vallance se durmió en el incómodo banco.

Al día siguiente, a las diez, ambos se presentaron a la puerta del despacho del abogado Mead, en la Calle Ann.

A medida que se aproximaba la hora, los nervios de Ide iban de mal en peor; y Vallance no se decidía a entregarlo a los peligros que temía.

Cuando entraron en el despacho, Mead los miró estupefacto. Vallance y él eran viejos amigos. Después de saludarlo se volvió hacia Ide, quien se hallaba lívido y temblequeante, al borde de la presumible crisis.

-Anoche envié a su dirección una segunda carta, señor Ide -dijo el abogado-. Le informa que el señor Paulding ha reconsiderado la propuesta de acogerlo una vez más bajo su protección. Ha decidido no hacerlo, y desea comunicarle que esto no afectará las relaciones entre ustedes.

El temblor de Ide cesó repentinamente. Su rostro recuperó el color, y enderezó la espalda. Adelantó tres centímetros la mandíbula y en sus ojos despuntó un fulgor. Retiró con una mano su estropeado sombrero, y tendió la otra, de dedos rígidos, al abogado. Aspiró profundamente y acabó por lanzar una risa sardónica.

-Dígale al viejo Paulding que se puede ir al infierno -dijo con voz clara y rotunda, y, dándose la vuelta, salió del despacho con paso firme y vivo.

Mead giró sobre sus talones para enfrentarse a Vallance, y sonrió.

-Me alegro de que hayas venido -dijo de buen humor-. Tu tío quiere que vuelvas a casa enseguida. Ha reflexionado sobre la situación que produjo su apresurada decisión, y desea comunicarte que a partir de ahora todo volverá a ser como…

Mead interrumpió la frase y gritó a su ayudante:

-¡Eh, Adams! Traiga un vaso de agua… El señor Vallance acaba de desmayarse.

O’Henry (foto)

 

 

‘Una llamada telefónica’ de Dorothy Parker

dorothy parker1945Por favor, Dios, que llame ahora. Querido Dios, que me llame ahora. No voy a pedir nada más de ti, realmente no lo haré. No es mucho pedir. Sería tan poco para ti, Dios, una cosa tan, tan pequeña. Solo deja que llame ahora. Por favor, Dios. Por favor, por favor, por favor.

Si no pienso en eso, tal vez el teléfono suene. A veces lo hace. Si pudiera pensar en otra cosa. Si pudiera pensar en otra cosa. Quizá si cuento hasta quinientos de cinco en cinco, suene antes de que termine. Voy a contar lentamente. Sin trampas. Y si suena cuando llegue a trescientos, no voy a parar, no voy a contestar hasta que llegue a quinientos. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta… Oh, por favor, llama. Por favor.

Esta es la última vez que voy a mirar el reloj. No voy a mirar de nuevo. Son las siete y diez. Dijo que llamaría a las cinco. “Te llamaré a las cinco, cariño.” Creo que fue en ese momento que dijo: “cariño”. Estoy casi segura de que fue en ese momento. Sé que me llamó “cariño” dos veces, y la otra fue cuando me dijo adiós. “Adiós, cariño.” Estaba ocupado, y no puede hablar mucho en la oficina, pero me llamó “cariño” dos veces. Mi llamada no puede haberlo molestado. Sé que no debemos llamarlos muchas veces; sé que no les gusta. Cuando lo haces ellos saben que estás pensando en ellos y que los quieres, y hace que te odien. Pero yo no había hablado con él en tres días, tres días. Y todo lo que hice fue preguntarle cómo estaba, justo como cualquiera puede llamar y preguntarle. No puede haberle molestado eso. No podía haber pensado que lo estaba molestando. “No, por supuesto que no”, dijo. Y dijo que me llamaría. Él no tenía que decir eso. No se lo pedí, en verdad no lo hice. Estoy segura de que no lo hice. No creo que él prometa llamarme y luego nunca lo haga. Por favor, no le permitas hacer eso, Dios. Por favor, no.

“Te llamaré a las cinco, cariño.” “Adiós, cariño.” Estaba ocupado, y tenía prisa, y había gente a su alrededor, pero me llamó “cariño” dos veces. Eso es mío, mío. Tengo eso, aunque nunca lo vea de nuevo. Oh, pero es tan poco. No es suficiente. Nada es suficiente si no lo vuelvo a ver. Por favor, déjame volver a verlo, Dios. Por favor, lo quiero tanto. Lo quiero mucho. Voy a ser buena, Dios. Voy a tratar de ser mejor persona, lo haré, si me dejas verlo de nuevo. Si lo dejas que me llame. Oh, deja que me llame ahora.

Ah, no desprecies mi oración, Dios. Tú te sientas ahí, tan blanco y anciano, con todos los ángeles alrededor y las estrellas deslizándose en tu entorno. Y yo te vengo implorando por una llamada telefónica. Ah, no te rías, Dios. Verás, tú no sabes cómo se siente. Estás tan seguro, allí en tu trono, con el gran azul remoloneando debajo de ti. Nada puede tocarte, nadie puede torcer tu corazón en su mano. Esto es sufrimiento, Dios, esto es sufrimiento malo, malo. ¿No me ayudarás? Por el amor de tu Hijo, ayúdame. Dijiste que harías lo que se te pidiera en su nombre. Oh, Dios, en el nombre de tu único y amado Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, que me llame ahora.

Tengo que parar esto. No debo ser así. Veamos. Supón que un hombre joven dice que va a llamar a una chica, y luego pasa algo y no lo hace. No es tan terrible, ¿verdad? ¿Por qué? Está pasando en todo el mundo en este mismo momento. Oh, ¿qué me importa lo que esté pasando en todo el mundo? ¿Por qué no puede sonar el teléfono? ¿Por qué no puede? ¿Por qué no? ¿No podrías sonar? Vamos, por favor, ¿no? Maldita cosa fea y brillante. ¿Es que te haría daño sonar? Oh, eso te haría daño. ¡Maldita sea! Voy a arrancar tus raíces sucias de la pared y te romperé esa cara negra y engreída en pequeños trozos. Vete al infierno.

No, no, no. Tengo que parar. Tengo que pensar en otra cosa. Esto es lo que voy a hacer. Voy a poner el reloj en la otra habitación. Entonces no podré verlo. Si quisiera mirarlo, tendría que entrar al dormitorio, y eso sería algo que hacer. Tal vez, antes de que yo lo vea de nuevo, él me llame. Voy a ser tan dulce con él, si me llama. Si dice que no puede verme esta noche, le diré: “No te preocupes, está bien, cariño. En serio, por supuesto que está bien.” Voy a ser exactamente como era cuando lo conocí. Entonces tal vez le guste de nuevo. Yo era siempre dulce, entonces. Oh, es tan fácil ser dulce con la gente antes de amarla.

Creo que todavía debo gustarle un poco. No me habría llamado “cariño” dos veces hoy si ya no le gustara. No todo se ha perdido si todavía le gusto un poco, aunque sea solo un poquito. Verás, Dios, si dejaras que me llamara, no tendría que pedirte nada más. Sería dulce con él, sería alegre, justo del modo en que solía ser, y entonces él me amará otra vez. Y entonces yo nunca tendría que pedirte nada más. ¿No ves, Dios? Así que, ¿dejarías que me llame ahora? ¿Podrías, por favor, por favor?

¿Me estás castigando, Dios, por haber sido mala? ¿Estás enojado conmigo? Oh, pero, Dios, hay personas tan malas; no puedes castigarme solo a mí. Y no hice tanto mal, no podía haber sido tanto. No le hice daño a nadie, Dios. Las cosas solo son malas cuando se lastiman personas. No herí una sola alma, tú lo sabes. Tú sabes que no hice mal, ¿no, Dios? Así que, ¿dejarás que me llame ahora?

Si no me llama, voy a saber que Dios está enojado conmigo. Voy a contar a quinientos de cinco en cinco, y si no me ha llamado entonces, sabré que Dios no va a ayudarme nunca más. Esa será la señal. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco… Hice mal. Yo sabía que hacía mal. Muy bien, Dios, mándame al infierno. Crees que me asustas con tu infierno, ¿no? Eso piensas. Que tu infierno es peor que el mío.

No debo. No debo hacer esto. Supón que se le hizo tarde para llamarme; no hay que ponerse histérica. Tal vez no va a llamar; tal vez ya viene para acá sin llamar por teléfono. Se desconcertará si ve que he estado llorando. No les gusta que llores. No llores. Pido a Dios que pudiera hacerlo llorar. Me gustaría poder hacerlo llorar y rodar por el suelo y sentir su corazón pesado, grande y supurante dentro de él. Me gustaría poder hacerle pasar un infierno.

Él no me desea un infierno a mí. Ni siquiera sé si sabe lo que siento por él. Me gustaría que lo supiera, pero sin yo decirle. No les gusta que les digas que te han hecho llorar. No les gusta que les digas que eres infeliz por culpa de ellos. Si lo haces, piensan que eres posesiva y exigente. Y luego te odian. Te odian cada vez que dices algo que realmente piensas. Siempre tienes que seguir con los jueguitos. Oh, pensé que no era necesario, yo pensaba que esto era tan grande que podía decir lo que quería. Supongo que no se puede, nunca. Supongo que no hay nada lo suficientemente grande como para eso, jamás. ¡Oh, si él me llamara, no le diría que había estado triste por su culpa. Odian a la gente triste. Sería tan dulce y alegre que no podría evitar encariñarse conmigo. Si tan solo me llamara. Si tan solo me llamara.

Tal vez eso está haciendo. Tal vez viene para acá sin llamarme. Tal vez está en camino. Quizá le ocurrió algo. No, nada puede pasarle a él. No puedo siquiera imaginar tal cosa. Nunca me lo imagino atropellado. Nunca lo he visto tirado, quieto y largo y muerto. Me gustaría que estuviera muerto. Es un deseo terrible. Es un deseo encantador. Si estuviera muerto sería mío. Si estuviera muerto nunca pensaría en hoy y estas últimas semanas. Solo recordaría los tiempos espléndidos. Todo sería hermoso. Me gustaría que estuviera muerto. Me gustaría que estuviera muerto, muerto, muerto.

Qué tontería. Es una tontería ir por ahí deseando que personas mueran, tan solo porque no te llamaron a la hora que dijeron. Tal vez el reloj se adelantó, no sé si tiene la hora correcta. Quizá su tardanza no es real. Cualquier cosa podría haberlo retrasado un poco. Tal vez tuvo que quedarse en la oficina. Tal vez fue a su casa, para llamarme desde ahí, y alguien lo visitó. No le gusta llamarme delante de la gente. Tal vez está preocupado, aunque sea un poco, de tenerme esperando. Puede que incluso espere que yo lo llame. Yo podría hacer eso. Podría llamarlo.

No debo. No debo, no debo. Oh, Dios, por favor, no me dejes hacerlo. Por favor, prevén que me atreva. Yo sé, Dios, tan bien como tú, que si se preocupara por mí habría llamado sin importar dónde esté ni cuánta gente tiene alrededor. Por favor hazme saberlo, Dios. No te pido que me lo hagas fácil ni me ayudes; no puedes hacerlo, aunque pudiste crear un mundo entero. Solo hazme saberlo, Dios. No me dejes seguir con esperanzas. No quiero seguir reconfortándome. Por favor, no dejes que me llene de esperanzas, querido Dios. No, por favor.

No voy a llamarlo. Nunca lo llamaré de nuevo mientras viva. Puede pudrirse en el infierno antes de que lo llame. No hace falta que me des fuerza, Dios, ya la tengo. Si él me quiere, puede tenerme. Él sabe dónde estoy. Él sabe que estoy esperando aquí. Él está tan seguro de mí, tan seguro. Me pregunto por qué nos odian tan pronto están seguros de una. Pienso que sería tan dulce estar seguro.

Sería tan fácil llamarlo. Entonces sabría todo. Tal vez no sería tan tonto. Tal vez no le molestaría. Tal vez hasta le gustaría. Tal vez ha estado tratando de llamarme. A veces la gente trata y trata de llamar a alguien, pero el número no responde. No estoy diciendo eso para confortarme, eso pasa de verdad. Tú sabes que ocurre de verdad, Dios. Oh, Dios, mantenme lejos de ese teléfono. Mantenme lejos. Permíteme quedarme con un poco de orgullo. Creo que voy a necesitarlo, Dios. Creo que será lo único que tendré.

Oh, ¿qué importa el orgullo cuando no puedo soportar estar sin hablarle? Este orgullo es tan tonto y miserable. El verdadero orgullo, el grande, consiste en no tener orgullo. No estoy diciendo eso solo porque quiera llamarlo. No. Eso es verdad, yo sé que es verdad. Voy a ser grande. Voy a librarme de los orgullos pequeños.

Por favor, Dios, impídeme llamarlo. Por favor, Dios.

No veo qué tiene que ver el orgullo aquí. Esto es una cosa demasiado pequeña para meter el orgullo, para armar tal alboroto. Puede que lo haya malinterpretado. Tal vez él me dijo que lo llamara a las cinco. “Llámame a las cinco, cariño.” Él pudo haber dicho eso, perfectamente. Es muy posible que no haya escuchado bien. “Llámame a las cinco, cariño.” Estoy casi segura de que eso dijo. Dios, no me dejes decirme estas cosas. Hazme saber, por favor, hazme saber.

Voy a pensar en otra cosa. Voy a sentarme en silencio. Si pudiera quedarme quieta. Si pudiera quedarme quieta. Tal vez pueda leer. Oh, todos los libros son acerca de personas que se aman verdadera y dulcemente. ¿Qué ganan escribiendo eso? ¿No saben que no es verdad? ¿Acaso no saben que es una mentira, una maldita mentira? ¿Por qué deben escribir esas cosas, si saben cómo duele? Malditos sean, malditos, malditos.

No lo haré. Voy a estar tranquila. Esto no es nada para alterarse. Mira. Supón que fuera alguien que no conozco muy bien. Supón que fuera otra chica. Entonces marcaría el teléfono y diría: “Bueno, por amor de Dios, ¿qué te ha pasado?” Eso haría, sin pensarlo apenas. ¿No puedo ser casual y natural solo porque lo amo? Puedo serlo. Honestamente, puedo serlo. Lo llamaré, y seré tan ligera y agradable. A ver si no lo haré, Dios. Oh, no dejes que lo llame. No, no, no.

Dios, ¿realmente no vas a dejar que llame? ¿Seguro, Dios? ¿No podrías, por favor, ceder? ¿No? Ni siquiera te pido que dejes que llame ahora, Dios, solo que lo haga dentro de un rato. Voy a contar quinientos de cinco en cinco. Voy a hacerlo despacio y con parsimonia. Si no ha telefoneado entonces, lo llamaré. Lo haré. Oh, por favor, querido Dios, querido Dios misericordioso, mi Padre bienaventurado en el cielo, ¡que llame antes de entonces! Por favor, Dios. Por favor.

Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco…

Dorothy Parker (foto)

‘La odisea de un espagueti’ de John Fante

john fante(Charles Bukowski reconoció a John Fante como el padre del ‘realismo sucio’ y haberse inspirado en él)

I)   Colecciono pedacitos de información acerca de mi abuelo. Mi abuela me habla de él. Dice que cuando vivía era un buen hombre, cuya bondad más que admiración provocaba lástima. Tenía fama de ser un poco espagueti. Me habla de una noche, a él le gustaba sentarse en una mesa en un bar bebiendo un vaso de anís, sirviéndose él mismo. Se quedaba allí sentado como una niña mordiendo un helado de cono. Al viejo le gustaba aquella cosa verde, aquel anís. Era su pasión, a la gente le hacía gracia verlo sentado solo, porque él era un poco espagueti.

Una noche, cuenta mi abuela, mi abuelo estaba sentado en el bar, él y su anís. Un camionero borracho tropezó al pasar por las puertas giratoria, se agarró a la barra, y gritó:

“¡Muy bien! ¡Venid a cogerlas! ¡Las tengo encima!”

Y allí estaba mi abuelo, sin moverse, su vieja lengua jugueteando con el anís. Todos menos él se quedaron en la barra, bebiendo el licor de camioneros. El camionero se giró. Vió a mi abuelo. Lo insultó.

“¡Tú también, espagueti!” dijo. “¡Levanta y bebe!”

Silencio. Mi abuelo se levantó. Se tambaleó sobre el suelo, pasó junto al camionero, y entonces ¡no hizo otra cosa más que atravesar las puertas giratorias y bajar a la calle cubierta de nieve! Oyó risas procedentes del bar mientras su pecho ardía. Se fue a casa de mi padre.

“¡Mamma mia!” sollozó. “Tummy Murray, me llamó espagueti”.

“¡Sangue de la Madonna!”

Con la cabeza descubierta, mi padre se precipitó calle abajo hacia el bar. Tommy Murray no estaba allí. Estaba en otro bar a media manzana de distancia, y allí lo encontró mi padre. Señaló hacia el lado del camionero y habló en voz baja. ¡A pelear! Inmediatamente sangre y pelo comenzaron a volar. Se echaron las sillas hacia atrás. Los clientes aplaudieron. Los dos hombres lucharon durante una hora. Rodaron por el suelo, pateando, maldiciendo, mordiendo. Formaban un nudo en el centro de la pista, sus cuerpos enroscados uno en torno al otro. La cabeza de mi padre, el pecho y los brazos tapaban la cara del camionero. El camionero gritó. Mi padre gruñó. Tenía el cuello rígido y temblando. El camionero volvió a gritar, y se quedó quieto. Mi padre se puso de pie y se limpió la sangre de su boca abierta con el dorso de su mano. Sobre el suelo, el camionero estaba con una oreja desprendida colgando de su cabeza… Esta es la historia que mi abuela me cuenta.

Pienso en los dos hombres, mi padre y el camionero, y les imagino luchando por el suelo.
¡Chico! ¡Cómo peleaba mi padre!

Tengo una idea. Mis dos hermanos están jugando en otra habitación. Dejo a mi abuela y me voy con ellos. Están tirados en la alfombra, inclinados sobre lápices de colores y papel de dibujo. Miran hacia arriba y ven mi cara flameando con mi idea.

“¿Qué pasa?” pregunta uno.

“¡Te reto a hacer algo!”

“¿El qué?”

“¡A que me llames espagueti!”

Mi hermano menor, apenas cuatro años, salta a sus pies, y bailando arriba y abajo, grita: “¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!”

Lo miro. ¡Bah! Es demasiado pequeño. Es mi otro hermano, el mayor, el que yo quiero. Él también tiene orejas.

“Apuesto a que tienes miedo de llamarme espagueti”.

Pero él intuye que estoy buscándole tres pies al gato.

“No”, dice. “No quiero”.

“¡Espagueti! espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!” -grita mi hermano pequeño.

“¡Cállate, tú, la boca!”

“No lo haré. Eres un ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti espaguetado!

La caja de lápices de colores de mi hermano mayor está en el suelo delante de su nariz. Pongo mi talón encima de la caja y la machaco contra la alfombra. Grita, apoderándose de mi pierna. Yo me aparto, y empieza a llorar.

“Ay, eso estuvo feo”, dice.

“Te reto a que me llames espagueti”.

“¡Espagueti!”

Le embisto, buscando su oreja. Pero mi abuela entra en la habitación blandiendo una correa de afeitar.

II)   Desde el principio, escucho a mi madre utilizar las palabras espagueti y dago con un vigor que denota un violento desprecio. Las escupe hacia fuera. Saltan de sus labios. Para ella, contienen la esencia de la pobreza, la miseria, la suciedad. Si no me lavo los dientes, o cuelgo mi gorra, mi madre dice, “No hagas eso. No seas un espagueti”. Así, a medida que voy adquiriendo sus valores, espagueti y dago, para mí, son sinónimos de cosas malas. Al menos ella es consecuente.

Mi padre no lo es. Está suelto con su lengua. Sus estados de ánimo crean sus juicios.

A la vez me doy cuenta de que para él espagueti y dago no tienen un significado distinto, si bien si un no italiano se las dice a la cara, al instante se considera insultado. Cristóbal Colón fue el mayor espagueti que haya vivido, dice mi padre. Caruso también. Y este tío y ese. Pero su buen amigo Peter Ladonna no sólo es un cerdo borracho, sino un espagueti por encima de todo, y por supuesto todos sus cuñados son espaguetis holgazanes.

Dice que odia a los irlandeses. Realmente no los odia, pero le gusta pensar que sí, y nos advierte a los niños contra ellos. El nombre de nuestro tendero es O’Neil. Con frecuencia y sin darse cuenta él comete errores cuando mi madre está en su tienda. Ella se queja a mi padre de las pesadas pequeñas en las carnes, y de vez en cuando de un huevo rancio.

Inmediatamente, mi padre se pone tenso, frunciendo su labio inferior. “¡Esta es la última vez que un holgazán irlandés me roba!” Y sale, va a la tienda de comestibles, con los talones retumbando.

Pronto regresa. Sonríe. Sus puños abultan con los cigarros. “De ahora en adelante”, dice, “todo va a estar bien”.

No me gusta el de la tienda. Mi madre me envía allí todos los días, y al instante se me corta la respiración con su saludo, “¡Hola, pequeño dago! ¿Qué quieres tomar?” Así que lo detesto, y nunca entro en su tienda si hay otros clientes, que te llamen dago delante de otros es una espantosa, casi física humillación. Mi estómago se retuerce, y me siento desnudo.

Le robo de una manera imprudente cuando el tendero se vuelve. Me encanta robarle: barras de caramelo, galletas, fruta. Cuando va a la nevera me apoyo sobre las balanzas de la carne, con ganas de romper algún muelle; apoyándome en las cestas de huevos. A veces le quito demasiado. Qué placer entonces permanecer de pie en la acera, mi apetito saciado, y tirar sus barras de caramelo, sus galletas, sus manzanas sobre los hierbajos de la calle.

“¡Maldita sea, O´Neil, no puedes llamarme dago y salirte con la tuya!”

Su hija es de mi edad. Es bizca. Dos veces por semana pasa delante de nuestra casa de camino a su clase de música. Por encima de la calle, y desde lo alto de la rama de un olmo, la veo bajar por la acera, balanceando su estuche de violín. Cuando está justo debajo de mí, me burlo de ella canturreando:

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

III)   A medida que crezco me entero de que los italianos utilizan Wop y Dago mucho más que los norteamericanos. Mi abuela, cuyo vocabulario en inglés se limita a los nombres más comunes, siempre los emplea para discutir con italianos. Las palabras nunca salen en voz baja, discretamente. No, salen disparadas. Hay una entonación descarada, y luego la sensación de alguien siendo insultado, pasmado.

Entro en la escuela parroquial con un miedo terrible de ser llamado espagueti. Tan pronto como descubro por qué la gente tiene esas cosas como apellidos, me rebelo contra apodos tan típicamente italianos como Bianci, Borello, Pacelli -los nombres de otros estudiantes-. Me siento gratamente aliviado por la comparación. Después de todo, creo, la gente dice que soy francés. ¿Acaso no suena francés mi nombre? ¡Claro! Así que a partir de entonces, cuando me preguntan mi nacionalidad, yo les digo que soy francés. Unos cuantos muchachos comienzan a llamarme Frenchy. Me gusta eso. Suena bien.

Es así como empiezo a odiar mi herencia. Evito a los niños y niñas italianos que intentan ser amistosos. Doy gracias a Dios por mi piel clara y mi pelo, y elijo a mis compañeros por el sonido anglosajón de sus nombres. Si el nombre de un niño es Whitney, Brown, o Smythe, entonces es mi amigo, a pesar de estar siempre un poco atemorizado cuando estoy con él, pues podría descubrirme. A la hora de la comida me abrazo a mi gigantesco almuerzo, mi madre no envuelve mis bocadillos con papel de cera, y los hace demasiado grandes, y sobresalen las hojas de lechuga. Peor aún, el pan es casero, ni pan de panadería, ni pan “americano”. Armo un escándalo tremendo porque no puedo tener mayonesa y otras cosas “americanas”.

El párroco es un buen amigo de mi padre. Viene paseando por los terrenos de la escuela, viendo a los niños jugar. Me llama y me pregunta por mi padre, y entonces él me dice que debería estar orgulloso de estar aprendiendo cosas de mis grandes compatriotas, Colón, Vespucio, Juan Cabot.

Habla en voz alta, chistoso. Los estudiantes se reúnen alrededor de nosotros, escuchando, y me muerdo los labios, deseando que Jesús lo haga callar y largarme.
De vez en cuando oigo hablar de un tal Dante. Pero cuando me entero de que era italiano le odio como si estuviera vivo y caminando por la clase, señalándome con el dedo. Un día me encuentro su imagen en un diccionario. La miro y me digo que nunca he visto un hijo de puta más feo.

Cierto día, los estudiantes estamos en la pizarra, y una chica italiana de mirada lánguida, a la que odio pero que insiste en que soy su novio, está a mi lado. Tiembla y se arrastra, inquieta, de puntillas, sonriéndome estúpidamente. La desprecio y me doy la vuelta, alejándome de ella todo lo lejos que puedo.

La monja ve el amplio espacio que nos separa y me dice que me acerque a la chica. Lo hago, y la muchacha se aleja, aproximándose al estudiante del otro lado.

Entonces echo un vistazo a mis pies, estoy sobre una mancha húmeda que se extiende. Miro rápidamente a la muchacha, y ella inclina su cabeza y me mira implorando que me sienta culpable por ella. Llamamos la atención de los demás, y la clase entera estalla en risitas. Aparece la monja. Creo que otra vez me he metido en un lío, pero ella me coge y murmura que debería haber levantado dos dedos y por supuesto tendría que haber sido autorizado para abandonar la clase. Pero, dice, ahora ya no hace falta, lo que tengo que hacer es salir y traer la fregona. Lo hago, y en medio de la histeria estoy seguro de que sólo una niña espagueti, recién salida de una casa espagueti, habría podido hacer algo como esto.

¡Oh, espagueti! ¡Oh, Dago! Me molestas incluso cuando duermo. Sueño con defenderme de los torturadores. Un día me entero por mi madre que mi padre estuvo en Argentina en su juventud, y vivió en Buenos Aires durante dos años. Mi madre me habla de sus experiencias allí, y pienso todo el día en ellas, incluso a la hora de irme a dormir. Esa noche me despierto sobresaltado. En la oscuridad, voy a tientas hasta la habitación de mi madre. Mi padre duerme a su lado. La despierto con cuidado para no despertarle a él.

Le susurro, “¿Estás segura de que papá no nació en Argentina?”

“No. Tu padre nació en Italia”.

Me vuelvo a la cama, desconsolado y disgustado.

IV)   Durante un partido de béisbol en el recinto escolar, un muchacho que juega en el equipo contrario empieza a ridiculizar mi forma de batear. Es la novena entrada, y no hago caso de sus burlas. Estamos perdiendo el partido, pero si yo puede enganchar una bola nuestras posibilidades de ganar son bastante grandes. Estoy decidido a hacerlo, y me enfrento al pitcher con confianza. El verdugo me ve en el plate.

“¡Ho! ¡Ho!”, grita. “¡Mirad quién está ahí!”

“El espagueti. ¡Vamos a eliminar al espagueti!”

Esta es la primera vez que alguien en la escuela me ha escupido esa palabra, y estoy tan enojado que me hago eliminar tontamente. Peleamos después del partido, este chico y yo, y le obligo a retirarlo.

Ahora, los días de escuela se convierten en días de lucha. Casi todas las tardes a las 3:15 una multitud se reúne para verme hacerle a un tío que lo retire. Esto es divertido, estoy consiguiendo un lugar ahora, así que ¡vamos, chicos, os animo a llamarme espagueti! Cuando por fin no hay más niños que se atrevan, me llegan insultos de oídas, y busco a los culpables. Recorro, chulito, los pasillos. Los más pequeños me admiran. “¡Aquí viene!” dicen, y miran y miran. Mis dos hermanos menores van a la misma escuela, y el más pequeño, un mocoso de siete años, me trae a sus amigos que me piden que me suba la manga y les muestre mis músculos. Aquí están, muchachos. Mirad mi cuerpo.

Mi hermano cuenta en casa las hazañas de mis batallas. Mi padre escucha con atención y yo aguardo por si hay que aclarar algún detalle. ¡Días tristemente felices! Mi padre me da consejos, cómo sostener mi puño, cómo proteger mi cabeza. Mi madre, demasiado escandalizada como para oír más, aprieta sus sienes y cierra sus ojos y abandona la habitación.

Me siento nervioso cuando traigo amigos a casa, el lugar parece tan italiano. Una foto de Víctor Manuel colgando por aquí, otra de la catedral de Milán por allá, y al lado, una de San Pedro, y sobre el escritorio reposa una jarra de vino de diseño medieval, siempre llena, siempre roja y brillante con vino. Estas cosas, reliquias familiares de mi padre, no importa quién venga a nuestra casa, a él le gusta ponerse junto a ellas y presumir.

Así que empiezo a gritarle. Le digo que deje de ser un espagueti y que sea un americano de vez en cuando. Inmediatamente coge su correa de afeitar y el infierno entero me persigue, golpeándome de una habitación a otra y finalmente por fuera de la puerta trasera. Entro en la leñera, y bajo mis pantalones y estiro el cuello para examinar los moratones en mi trasero. ¡Un espagueti! ¡eso es lo que es mi padre!

En ninguna parte hay un padre americano que pegue a su hijo así. En fin, no va a conseguir salirse con la suya, algún día voy a vengarme de él.

Empiezo a pensar que mi abuela es irremediablemente una espagueti. Es pequeña, una campesina rechoncha que camina con sus muñecas cruzados sobre el vientre, una simple señora vieja cariñosa con los chicos. Viene a la habitación y trata de hablar con mis amigos. Habla inglés con un acento pésimo, sus vocales salen como aros. Cuando, a su manera simple, se enfrenta a un amigo mío y le dice, con sus viejos ojos sonrientes, “¿Tú gusta ir a la scola Seester?”, mi corazón ruge. ¡Mannaggia! Soy un desgraciado, ahora todos saben que soy italiano.

Mi abuela me ha enseñado a hablar su lengua materna. A los siete años, lo domino perfectamente, y siempre que hablo con ella lo hago en italiano. Pero cuando mis amigos están conmigo, a los doce o trece años, intento no hacer caso a lo que ella dice, y a mis amigos, sonrisa falsa, ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de que yo pueda hablar otra lengua que no sea el inglés. A veces, esto le enfurece. Se enoja entonces y blasfema con grandes palabrotas.

V)   Cuando termino en la escuela parroquial mi familia decide enviarme a una academia jesuita en otra ciudad. Mi padre me acompaña el primer día. Cincelada en el frontal que bordea el tejado del edificio principal de la academia está la inscripción latina: Religioni et Bonis Artibus. Mi padre y yo permanecemos a cierta distancia. Lo lee en voz alta y me dice lo que significa.

Levanto la vista hacia él con asombro. ¿Es este hombre mi padre? ¡Miradlo, escuchadlo! ¡Lee con acento italiano! Lleva un bigote italiano. No me había dado cuenta hasta este momento, pero es clavadito a un espagueti. Su traje cuelga descuidadamente formando arrugas. ¿Por qué diablos no se compra uno nuevo? ¡Y mirad su corbata! Está torcida. Y sus zapatos: necesitan un abrillantado. ¡Y por el amor del Señor, fijaos en sus pantalones! Ni siquiera están abotonados por delante.

Y oh, maldición, maldición, maldición, veis esos tirantes viejos y sucios que ya no tirarán jamás.

Dígame, señor, ¿es usted realmente mi padre? Usted, el de ahí, ¿por qué es usted un tipo tan pequeño, tan enano, un tío tan avejentado? Es usted exactamente igual que uno de esos inmigrantes que llevan una manta. ¡Usted no puede ser mi padre! ¿Por qué?, pensé… Siempre he pensado…

Estoy llorando ahora, es la primera vez que lloro por algo que no sea una paliza, y estoy contento de que él no esté llorando también. Me alegro de que sea tan duro como es, y de que nos despidamos rápidamente, y de que baje por el sendero rápidamente, y no me doy la vuelta para mirar atrás, porque sé que él está allí, de pie y mirándome.

Entro en el edificio de administración y hago la cola junto a chicos desconocidos que también esperan para registrarse en el curso de otoño. Hay algunos muchachos italianos entre ellos. Estoy lejos de casa, y siento a los italianos. Nos miramos unos a otros y nuestros ojos se encuentran en una amalgama irresistible, una efusiva consanguinidad; aparto la mirada.

Un fornido jesuita se levanta de su silla, detrás del escritorio, y se me presenta. ¡Qué voz para un hombre! Hay una docena de tormentas eléctricas en su pecho. Me pregunta mi nombre, y lo anota en una pequeña tarjeta.

“¿Nacionalidad?” ruge.

“Americano”.

“¿Nombre de su padre?”

Susurro, “Luigi”.

“¿Cómo? Deletréelo. Hable más fuerte”.

Toso. Me toco los labios con el dorso de mi mano y deletreo el nombre.

“¡Ja!” grita el registrador. “¡Todavía siguen viniendo! ¡Otro espagueti! Bueno, jovencito, ¡usted estará aquí como en casa! ¡Sí, señor! ¡Hay muchos wops aquí! ¡Hasta tenemos kikes! ¡Y, sabe, este lugar apesta a irlandés miserable!”

¡Dios! ¡Cómo odio a ese sacerdote!

Y continúa: “¿Dónde nació su padre?”

“Buenos Aires, Argentina”.

“¿Su madre?”

Por fin puedo gritar con el gusto de la verdad.

“¡Chi-ca-goo!” Sí, como si fuera un revisor.

Como por casualidad, él pregunta: “¿Habla usted italiano?”

“¡No! Ni una palabra”.

“Pues muy mal”, dice.

“¡Chiflado!”, pienso.

VI)   Ese semestre me dedico a servir mesas para sufragar mis gastos de matrícula. Problemas venideros; el chef y sus ayudantes en la cocina son todos italianos. Ellos también saben que soy del gremio. No hago caso a las propuestas amistosas del chef, lo odio desde el principio. Él entiende por qué, y así nos convertimos en enemigos.
Cada palabra que él utiliza tiene un cuchillo dentro. Sus comentarios me cortan en pedazos. Después de dos meses no soporto ya estar en la cocina, por lo que escribo una larga carta a mi madre, estoy perdiendo peso, escribo; si no me permites dejar este trabajo, enfermaré y suspenderé mis exámenes. Me envía algo de dinero y me dice que lo deje de una vez, oh, lo siento mucho, hijo mío, no imaginaba que sería tan duro para ti.

Decido trabajar sólo una noche más, servir mesas sólo una comida más. Esa noche,
después de la cena, cuando en la cocina no hay nadie más que el cocinero y sus asistentes, me quito el delantal y me dirijo hacia él, mirándolo fijamente. Es el momento. Dos meses esperando este momento. Hay un cuchillo clavado en la tabla de cortar. Lo cojo, sin dejar de mirar. Quiero hacerle daño, arreglar cuentas.

Él me ve y dice, “¡Fuera de aquí, espagueti!”

Un ayudante grita: “¡Cuidado, tiene un cuchillo!”

“No irás a lanzarlo, espagueti”, dice el cocinero. No pensaba hacerlo, pero es decirme eso y se lo tiro. Vuela por encima de su cabeza y choca contra la pared y cae con estrépito en el suelo. Él lo recoge y me persigue fuera de la cocina. Corro, dando gracias a Dios por no haberle dado.

Ese año el equipo de fútbol está compuesto por chavales irlandeses e italianos. Los de la línea de ataque son irlandeses, y en el backfield estamos cuatro italianos. Tenemos un buen equipo y ganamos muchos partidos, y mis compañeros son excelentes jugadores que no son nada egoístas y trabajan juntos como un solo hombre. Pero odio a mis tres compañeros del backfield, por culpa de nuestra nacionalidad, parecemos ridículos. El equipo me nombra capitán, y hago señales y me ocupo de que mis compañeros italianos en el backfield hagan la menor puntuación posible. Domino el juego.

La revista de la escuela y las páginas deportivas de la ciudad comienzan a referirse a nosotros como las Maravillas espagueti. Creo que se trata de un insulto. Una tarde, al final de un partido importante, varios estudiantes abandonan la tribuna principal y se juntan en un extremo del campo, para improvisar algunos gritos. Dan tres hurras por las Maravillas espagueti.

Eso me pone enfermo. Puedo sentir el movimiento de mi estómago, y después de ese partido devuelvo mi uniforme y abandono el equipo.

Soy un mal latinista. Me desagrada esa lengua, no estudio, y por eso suspendo mis exámenes habitualmente. Un estudiante viene y me dice que si sigo su consejo es posible quitar el Latín de mi currículum, basta con no aprobar aposta los próximos exámenes, desgraciadamente no pasa. Si hago esto, dice, los jesuitas se rendirán ante mi torpeza y me permitirán abandonar la lengua.

Es un consejo cabal. Lo llevo a cabo. Pero los jesuitas no son tontos. Se dan cuenta de lo que estoy haciendo, y se ríen y me dicen que no soy lo suficientemente listo como para engañarles, y que tengo que seguir estudiando Latín, no importa si me lleva veinte años aprobar. Peor aún, doblan mis tareas y me paso el tiempo de recreo con la sintaxis latina. Antes de los exámenes de mi primer año el jesuita que me instruye me llama a su habitación y dice:

“Para mí es un misterio que un italiano de pura sangre como usted tenga problemas con el Latín. La lengua está en su sangre, y créame, es usted un maldito y pobre espagueti”.

¡Abbastanzia! Subo las escaleras y atranco la puerta y me siento con mi libro delante de mí, mi libro de Latín, y estudio como un salvaje, llorando desconsoladamente sobre mis cosas hasta que, ¡oh! ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo estudiando aquí? Efectivamente, es muy parecido al italiano que mi abuela me enseñó hace ya tanto tiempo -este Latín no es tan difícil, después de todo-. Apruebo el examen. Lo hago con tan buena nota que mi instructor cree que hay truco.

Dos semanas antes de mi graduación me pongo enfermo y voy a la enfermería y me quedo allí en cuarentena. Me tumbo en la cama y alimento mis rencores. Me muerdo los pulgares y pienso en viejos agravios. Tengo mucha fiebre, y no puedo dormir. Pienso en el director. Él era mi mejor amigo durante mis dos primeros años en la escuela, pero en mi tercer año, el año pasado, fue trasladado a otra escuela de la provincia. Me acuesto en la cama pensando en el día en que nos encontremos de nuevo en este último año. Nos volvimos a ver de nuevo a su vuelta en septiembre, en el despacho del director. Saludó a los muchachos, a unos y a otros, y luego se volvió hacia mí y dijo:

“¡Y usted, el espagueti! Todavía está con nosotros.

Viniendo de la boca de un sacerdote, la palabra tenía un poco delicado sonido que me sacudió todo el cuerpo. Sentí la mirada de todos, y oí una risita. ¡Conque así son las cosas! Me acuesto pensando en el sacerdote y ahora se ríe.

De repente salto de la cama, rompo la solapa de un libro, encuentro un lápiz y escribo una nota al sacerdote. Escribo: “Querido Padre: No he olvidado su insulto. Usted me llamó espagueti el último septiembre. Si no se disculpa de inmediato va a tener problemas”. Llamo al hermano encargado de la enfermería y le digo que entregue la nota al sacerdote.

Después de un rato escucho los pasos del sacerdote subiendo por la escalera. Llega a la puerta de mi cuarto, la abre, me mira durante un buen rato, sin hablar, sólo mirando de una manera quejumbrosa. Espero que entre y se disculpe, éste es un gran momento para mí. Pero cierra la puerta en silencio y se aleja. Estoy asombrado. ¡Un doble insulto!

Héme aquí de nuevo en la noche de graduación. Sobre la tribuna el director hace un discurso y luego comienza a repartir los diplomas. Se supone que debemos decir: “Gracias,” cuando nos lo dé. Así que gracias, y gracias, y gracias, dice todo el mundo cuando le llega su turno. Pero cuando me da el mío, miro hacia él directamente, sin decir nada, y desde ese día nunca más volvemos a hablarnos.

El siguiente septiembre ingreso en la universidad.

“¿Dónde nació su padre?” pregunta el secretario.

“Buenos Aires, Argentina”.

Claro, eso es todo. El mismo tema, con variaciones.

VII)   El tiempo pasa, y también los días de clase.

Estoy sentado en un muro de la plaza, mirando una fiesta mexicana que pasa por la calle. Un hombre viene y se encarama en la pared junto a mí, y me pregunta si tengo un cigarrillo. Tengo, y mientras enciende el cigarrillo, charla conmigo, y hablamos de cosas sin importancia hasta que la fiesta se termina.

Bajamos de la pared, y sin dejar de hablar, caminamos por los bajos fondos de Los Ángeles. El tipo necesita un afeitado y la ropa no es de su talla, está claro que se trata de un vago.

Dice una mentira detrás de otra, y encima no las cuenta bien. Pero estoy solo en esta ciudad, y soy un gran escuchador.

Entramos en un restaurante para tomar un café. Su tono ahora se vuelve confidencial. Ha vagabundeado desde Chicago a Los Ángeles, y ha venido en busca de su hermana, tiene su dirección, pero ella no está, y durante dos semanas la ha estado buscando en vano. Habla y habla de esta hermana, parece un buitre volando en círculos sobre ella, dándome a entender que debería hacer algunas preguntas sobre ella. Quiere que sea yo quien encienda la mecha que mostrará sus sentimientos.

Así que pregunto: “¿Está casada?”

Y entonces él se lanza a despotricar contra ella. Incluso si la encontrase, no viviría con ella.

¿Qué clase de hermana es ésa que le deja marchar por las calles sin un centavo en el bolsillo, y eso que está casada con un hombre que tiene mucho dinero y que podría darle un trabajo? Cree que ella le ha dado deliberadamente una dirección falsa para que no la encuentre, y cuando le ponga las manos encima le va a retorcer el cuello. Al final, después de haberla despellejado por completo, hace exactamente lo que yo creo que va a hacer.

Pregunta: “¿Tienes una hermana?”

Le digo que sí, y él espera que le de mi opinión sobre ella, sin resultado.

Nos encontramos de nuevo una semana más tarde.

Ha encontrado a su hermana. Ahora comienza a alabarla. Ella ha convencido a su marido para darle un trabajo, y mañana va a trabajar como camarero en el restaurante de su cuñado. Me da la dirección, pero no pongo atención en ello aparte del hecho de que debe de estar en algún lugar del Barrio Italiano.

Y así es, y por una extraña coincidencia me entero que su cuñado, Rocco Saccone, es un viejo amigo de mi familia y un paisano de mi padre. Una noche, dos semanas más tarde, estoy en el local de Rocco. Rocco y yo estamos hablando en italiano cuando el hombre que me encontré en la plaza sale de la cocina, con un delantal sobre sus piernas. Rocco le llama y él se acerca, y Rocco lo presenta como su cuñado de Chicago. Nos damos la mano.

“Nos hemos visto antes”, le digo, pero el hombre de la plaza no parece querer que esto se sepa, conque suelta mi mano rápidamente y se va detrás del mostrador, fingiendo estar ocupado. “¡Oh, como puedes comprobar, está mintiendo!”

En voz alta, Rocco me dice: “Ese hombre es un cobarde. Se avergüenza de su propia sangre”. Se vuelve hacia el hombre de la plaza.

“¿No es usted?”

“Ah, ¿sí? ” dice con desdén el hombre de la plaza.

“¿Qué quieres decir -está avergonzado-?

“¿Qué quieres decir?”

“Avergonzado de ser un italiano”, dice Rocco.

“Ah, ¿sí? ” dice el hombre de la plaza.

“Eso es todo lo que sabe”, dice Rocco. “Ah, ¿sí? Eso es todo lo que sabe. Ah, ¿sí? Ah, ¿sí? ¡Ah, ¿si? Eso es todo lo que sabe”.

“Ah, ¿sí? ” dice una vez más el hombre de la plaza.

“Yah”, dice Rocco, con la cara azul. “¡Animale codardo!”

El hombre de la plaza me mira con las cejas arqueadas, y él no lo sabe, permanece de pie allí con sus negros, ojos líquidos, no sabe que es tan bueno como un dios en su delantal de camarero; porque es de hecho un dios, un hacedor de milagros, no, él no sabe, nadie lo sabe; siempre lo mismo, él es de ese tipo de personas. Estando allí de pie, mirándole, me siento como mi abuelo y mi padre y el cocinero jesuita y Rocco, parece que he vuelto a casa, y me sorprende que este retorno, que de alguna manera siempre se espera, fuera a ocurrir tan silenciosamente, sin trompetas y truenos.

“Si yo fuera tú, me desharía de él”, le digo a Rocco.

“Ah, ¿sí?” vuelve a decir el hombre de la plaza.

Me gustaría pegarle. Pero eso no servirá de nada. No tiene sentido dar una paliza a tu propio cadáver.

John Fante (foto) (Traducción de Javier Serrano Sánchez)
NOTAS:

-DAGO, ESPAGUETI, WOP: En Estados Unidos, formas despectivas de llamar a los emigrantes italianos. “Wop” deriva del napolitano “guappo”.

-KIKE: Modo despectivo para referirse a los judíos.

 

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

‘La forma de las cosas’ de Truman Capote

capoteUna mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un infante de marina de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo… o algo así. Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, ¡se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la mujer carraspease.

-Sí, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?

-De las oficinas de reclutamiento -dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

-¿Va hasta final de trayecto, señora?

-Se supone, pero este tren es lento como… como…

-¡Una tortuga! -exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas montañas -y volviéndose hacia su marido-: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de las colinas se mezclaban y devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del infante de marina, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de crema.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

-Oh, Dios mío -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El infante de marina miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.

-Toma, chico -dijo-. Mejor que fumes uno.

-Por favor, gracias… muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos.

Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que el cabo trataba de encender el cigarrillo.

-Déjeme -se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

-Estoy tan avergonzado… Perdóneme, por favor.

-Oh, lo comprendemos -dijo la mujer-. Lo comprendemos perfectamente.

-¿Le ha dolido? -preguntó la chica.

-No, no duele.

-Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego. ¿No es como una especie de hipo?

Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.

El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:

-Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: “Estás bien, soldado”. Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.

Se frotó un ojo.

-Lo siento -dijo.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

Confundida por el sofocón, la mujer se volvió hacia la ventanilla y vio su cara reflejada en ella. Estaba serena y le sorprendió, porque sentía una irrealidad vertiginosa, como si se columpiase entre dos puntos de sueño. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del soldado desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le estaba enfriando la comida.

Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.

Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.

-Oye, chico, más vale que te vea un médico -sugirió el infante de marina.

La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo.

-¿Puedo hacer algo? -dijo.

-Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos… se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

-Así -dijo él, y se calmó al instante-, así, ya. Es usted un encanto.

-¿Dónde fue? -dijo ella.

Él frunció el ceño y dijo:

-Hubo cantidad de sitios… son mis nervios. Están destrozados.

-¿Y adónde va ahora?

-A Virginia.

-Allí está su casa, ¿no?

-Sí, allí está.

La mujer sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del cabo.

-Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.

-Usted sí que sabe -susurró él-. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia y casi he llegado a casa.

La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.

-¿O sea que piensa que eso es todo? -dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento-. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como esta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez…

Se detuvo y arqueó las cejas.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

-¿Me deja pasar, por favor? -dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

-Cómase eso, maldita sea -dijo-. ¡Tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.

Truman Capote (foto)