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‘La sonrisa del cyborg’ de Isaac Asimov

isaac asimovJohnson estaba rememorando del modo en que lo hacen los viejos y me habían advertido de que hablaría acerca de los cyborg –esas personas que cruzaron velozmente la escena de los negocios a comienzos de este siglo XXI nuestro. Aun así, había tomado una buena comida a su cargo y estaba listo para escuchar.

Y, como sucedió, fue la primera palabra que salió de su boca.

–Los cyborg –dijo– no estaban regulados en aquellos días. Hoy en día, su empleo está tan controlado que nadie puede obtener ningún beneficio de ellos, pero hace un tiempo… Uno de ellos hizo a esta compañía el negocio de diez mil millones de dólares que ahora es. Yo lo elegí, ¿sabe?

–Me dijeron que no duraron mucho –dije.

–No en esos días. Se extinguieron. Cuando uno agrega microchips en puntos clave del sistema nervioso, luego, en diez años a lo sumo, el cableado se funde, por así decirlo. Luego se retiraron… –una pequeña laguna– conformes, ¿sabe?

–Me extraña que alguien se sometiera a eso.

–Bueno, los idealistas estaban horrorizados, por supuesto, y es por eso que llegó la regulación, pero no fue tan malo para los cyborg. Solo ciertas personas podían hacer uso de los microchips ­cerca del ochenta por ciento de ellos eran varones, por alguna razón y, para el tiempo en que estuvieron activos, vivieron vidas de magnates navieros. Después de eso, siempre recibieron el mejor de los cuidados… no diferente del que recibían los atletas de primera línea, después de todo; diez años de vida joven activa, y luego el retiro.

Johnson sorbió de su trago.

–Un cyborg no-regulado podía influenciar las emociones de otras personas, ¿sabe?, si estaban bien instalados los chips y tenían talento. Podían emitir juicios sobre la base de lo que percibían en otras mentes y podían reforzar algunos de los juicios que estaban haciendo los competidores, o despertarlos para bien de la compañía local. No era injusto. Las otras compañías tenían a sus propios cyborg haciendo lo mismo –suspiró–. Ahora, ese tipo de cosas es ilegal. Es una pena.

–Escuché que esa ilegal colocación de chips sigue haciéndose –le dije, confidente.

Johnson gruñó.

–Sin comentario –dijo, y lo dejé pasar–. Pero incluso hace treinta años –continuó–, las cosas estaban todavía a la vista de todos. Nuestra compañía era solo un punto insignificante en la economía global, pero habíamos localizados dos cyborg que deseaban trabajar para nosotros.

–¿Dos? Nunca antes escuché eso.

Johnson me miró ladinamente.

–Sí, nosotros lo arreglamos. No es ampliamente conocido en el mundo exterior, pero devino en un reclutamiento inteligente y eso era ligeramente –sólo una pizca– ilegal., incluso entonces. Por supuesto, no pudimos contratarlos a los dos. Conseguir que dos cyborg trabajen juntos es imposible. Son como los grandes maestros de ajedrez, supongo. Póngalos en la misma habitación y automáticamente se desafiarán mutuamente. Competirían continuamente, cada uno intentando influir y confutar al otro. No se detendrían –realmente no podrían– y se fundirían el uno al otro en seis meses. Varias compañías lo averiguaron, a gran costo, cuando los cyborg entraron en operación.

–Puedo imaginarlo –murmuré.

–De modo que ya que no podíamos tener a los dos, y solo a uno, queríamos al más poderoso, obviamente, y eso solo podía ser determinado oponiendo el uno al otro, sin permitir que se arruinaran. Me dieron a mí ese trabajo, y estaba bastante claro que si escogía a uno que, al final, resultara inadecuado, también sería mi final.

–¿Cómo lo hizo, señor?

Sabía que había tenido éxito, por supuesto. Una persona no puede convertirse en el presidente del consejo de una firma de nivel mundial por nada.

–Tuve que improvisar –dijo Johnson–. Primero, investigué a cada uno por separado. Los dos eran conocidos por sus códigos, para decir la verdad. Es esos días, sus verdaderas identidades tenían que estar ocultas. Un cyborg que se supiera que era un cyborg era medio inútil. Ellos eran C-12 y F-71 en nuestros registros. Ambos estaban al final de los veinte. C-12 no tenía compromisos; F-17 estaba comprometido para casarse.

–¿Casarse? –dije, un poco sorprendido.

–Por cierto. Los cyborg son humanos, y los cyborg masculinos son muy buscados por las mujeres. Es seguro que serán ricos y, cuando se retiren, sus fortunas estarán habitualmente bajo el control de sus esposas. Es un buen partido para una joven… Entonces los puse juntos, con la novia de F-71. Deseaba ansiosamente que ella fuera guapa, y lo era. Encontrarme con ella fue casi un impacto físico para mí. Era la mujer más hermosa que hubiera visto jamás, alta, de ojos oscuros, con una figura maravillosa, y apenas algo más que una insinuación de ardiente sexualidad.

Johnson pareció perderse en sus pensamientos por un momento, luego continuó.

–Le digo que tuve la fuerte inclinación de ganar a la mujer para mí mismo pero no era posible que cualquiera que tuviera un cyborg lo transfiriera a un simple ejecutivo novel, que es lo que yo era en esos días. Transferirse ella misma a otro cyborg sería otra cosa… y pude ver que C-12 estaba tan afectado como yo. No le podía quitar los ojos de encima. De modo que permití que las cosas evolucionaran para ver quién terminaba con la joven.

–¿Y quién fue, señor? –pregunté.

–Llevó dos días de intenso conflicto mental. Cada uno debía haber consumido un mes de sus vidas laborales, pero la joven salió con C-12 como su nuevo novio.

–Ah, entonces usted escogió a C-12 como el cyborg de la firma.

Johnson me miró fijo con desdeño.

–¿Está loco? No hice tal cosa. Elegí a F-71, por supuesto. Ubicamos a C-12 en una pequeña subsidiaria nuestra. No sería bueno para nadie más, ya que le conocíamos, ¿sabe?

–Pero, ¿me perdí de algo? Si F-71 perdió a su novia, y C-12 la ganó… seguramente C-12 era superior.

–¿Lo era? Los cyborg no muestran emociones en casos como este; no emociones obvias. Es necesario para los propósitos comerciales que los cyborg escondan su poder, de modo que la cara de póquer es una necesidad profesional para ellos. Pero yo estaba observando muy de cerca –mi propio trabajo estaba en riesgo– y, cuando C-12 salió con la mujer, noté una pequeña sonrisa en los labios de F-71, y me pareció que había un brillo de victoria en sus ojos.

–Pero perdió a su novia.

–¿No se le ocurre que quería perderla y que no sería fácil disimular su entrega? Tuvo que trabajar sobre C-12 para que la quisiera, y sobre la mujer para que quisiera ser querida… y lo hizo. Ganó.

Pensé sobre el asunto.

–Pero, ¿cómo pudo estar seguro? Si la mujer era tan guapa como dijo que era… si estaba radiante de sexualidad, seguramente F-71 habría querido retenerla.

–Pero F-71 estaba haciendo que ella se viera deseable –dijo Johnson con tono grave–. Apuntó a C-12, por supuesto, pero con tanta fuerza que el exceso fue suficiente para afectarme drásticamente. Después de que todo pasara, y que C-12 se quedara con ella, no estuve más bajo la influencia y pude ver que había algo duro y podrido en ella… una especie de brillo egoísta y depredador en sus ojos. De modo que escogí a F-71 inmediatamente y fue todo lo que podíamos desear. La firma está ahora donde usted ve, y soy el presidente del consejo.

Isaac Asimov (foto)

 

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‘Sombra’ de Edgar Allan Poe

poe_edgar_allanSí, aunque marcho por el valle de la Sombra. (Salmo de David, XXIII)

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo –lleno de histeria–, y cantábamos las canciones de Anacreonte –llenas de locura–, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: “Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte”.

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

Edgar Allan Poe (foto)

 

 

‘Kid Stardust en el matadero’ de Charles Bukowski

Charles BukowskiLa suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado, débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como recadero o mozo de almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. Así que bajé al matadero y entré en la oficina. ¿No te he visto ya?, preguntó el tipo. No, mentí yo.

Había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, y me habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. Me habían explicado mi trabajo, que era apretar un botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes desplomándose, y llegaba la cosa… algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó.

Cuando vi que se iba me quité la bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me largué de allí. Y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez. Pareces un poco viejo para el trabajo. Quiero endurecerme. Necesito trabajo duro, muy duro, mentí. ¿Y puedes aguantarlo? Otra cosa no tendré, pero coraje sí. Fui boxeador. Y bueno. ¿Ah, sí? Sí. Vaya, se te nota en la cara. Debieron darte duro. De lo de la cara no hagas caso. Yo tenía un juego de brazos magnífico. Todavía lo tengo. Lo de la cara es porque tuve que hacer algunos tongos y tenía que parecer verdad. Sigo el boxeo. No recuerdo tu nombre. Peleaba con otro nombre, Kid Stardust. ¿Kid Stardust? No recuerdo a ningún Kid Stardust. Peleé en América del Sur, en África, en Europa, en las Islas, en ciudades pequeñas. Por eso hay ese hueco en mi historial de trabajo, no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en broma o que miento. Lo dejo en blanco y se acabó. Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. Mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar. ¿Dices que quieres trabajo duro? Bueno, si tenéis otra cosa no, en este momento no. Sabes, aparentas cerca de cincuenta. No sé sí darte el trabajo. No nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo. Yo no soy gente: soy Kid Stardust. Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a TRABAJAR!

No me gustó el tono. Dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mi nombre: Henry Charles Bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a Thurman. Fui hasta allí. Había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto. Yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo: dónde está Thurman. Tengo que ver a ese tío.

Alguien señaló. ¿Thurman? ¿Sí? Trabajo para ti. ¿Sí? Sí. Me miró. ¿Y las botas? ¿Botas? No tengo, dije. Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dio. Viejas, duras, tiesas. Me las puse. La historia de siempre: tres números menos. Me encogían y me espachurraban los dedos. Luego me dio una ensangrentada bata y un casco metálico. Allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. Tiró la cerilla con un floreo tranquilo y varonil. Vamos.

Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron como si fueran musulmanes
negros. Yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos. ¡Charley! aulló Thurman. Charley, pensé. Charley, como yo. Qué bien. Sudaba ya bajo el casco metálico. ¡¡Dale TRABAJO!! Dios mío oh Dios mío. ¿Qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿Por qué no le pasa esto a Walter Winchey que cree en el sistema americano? ¿No era yo uno de los estudiantes de antropología más inteligentes de mi promoción? ¿Qué pasó?

Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de largo que había en el muelle. Espera aquí. Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado. Con mierda de pollo. Y cada carretilla estaba cargada con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. No, no flotaban en sangre, se asentaban en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte.

Uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. Los jamones venían deprisa, DEPRISA, y pesaban, pesaban cada vez más. En cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había otro en camino hacia mí por el aire. Comprendí que querían reventarme.

Pronto sudaba y sudaba como si se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, y me dolían los brazos, me dolía todo y había agotado hasta el último gramo de energía. Apenas podía ver, apenas podía obligarme a agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. Estaba embadurnado de sangre y seguía agarrando el suave muerto pesado FLUMP con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos… Los jamones seguían llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones
jamones y al fin todas se vaciaron, y yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica.

Era de noche en el infierno. Bueno, siempre me había gustado el trabajo
nocturno. ¡Vamos! Me llevaron a otro local. Arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho, recién asesinada, y se paró justo sobre mí, colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho. Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese maldito bicho. ¿Cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿Cómo saben que yo no soy una ternera? VENGA… ¡MENEALA! ¿Menéala? Eso es: ¡BAILA CON ELLA! ¿Qué? ¡Pero qué coño pasa! ¡GEORGE, ven aquí! George se puso debajo de la ternera muerta. La agarró. UNO. Corrió hacia adelante. DOS. Corrió hacia atrás. TRES. Corrió hacia delante mucho más. La ternera quedó casi paralela al suelo. Alguien apretó un botón y George quedó abrazado a ella. Lista para las carnicerías del mundo. Lista para las bien descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada.

Me pusieron debajo de la ternera siguiente. UNO. DOS. TRES. La tenía. Sus huesos muertos contra mis huesos vivos. Su carne muerta contra mi carne viva, y el hueso y el peso me aplastaban; pensé en óperas de Wagner, pensé en cerveza fría, pensé en un lindo chochito sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo y Charley aulló ¡CUELGALA DEL CAMION! Caminé hacia el camión. Por la aversión a la derrota que me inculcaron de muchacho en los patios escolares de Norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada merecía, sólo burlas y risas y golpes. En Norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además si soltaba la ternera quizá tuviera que volver a recogerla. Además se ensuciaría. Yo no quería que se ensuciase. O más bien… ellos no querían que se ensuciase.
Llegué al camión. ¡CUELGALA! El gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. Dejabas que el trasero de la ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡MADRE MIA!! Era todo cartílago y grasa, duro, duro.

¡VAMOS! ¡VAMOS! Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. El gancho clavado, aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo bata de casa y carnicería. ¡MUEVETE! Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera tranquilamente y me miró de arriba abajo. ¡Aquí trabajamos en cadena! Vale, campeón. Me puse delante de él. Otra ternera me esperaba. Cada una que agarraba estaba seguro de que sería la última que podría agarrar. Pero me decía: una más, sólo una más, luego lo dejo. A la mierda.

Ellos estaban esperando que me rajara. Lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba. No quería darles el placer de la victoria. Agarré otra ternera. Como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera. Pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO. Lo había conseguido. Un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. Fui tras ellos hasta un carrito que alguien había traído. Vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
¡EH, TU! Era Charley. Charley, como yo. ¿Sí, Charley? Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho. Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. La parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.

Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. Tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. Di vuelta a la llave y conseguí encender el motor. Fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito. Era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. Luego abrí la puerta y salí. No acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí. Me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.

Les vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos. Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador. El viejo me miró: vaya, así que dejas esta BUENA colocación… Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!
Salí. Crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. Luego cogí el autobús y volví a casa. El patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.

Charles Bukowski (foto)

Richard Ford; Thomas Wolfe; Manuel Puig

richard ford‘De mujeres con hombres’ de Richard Ford: Más que la necesidad de una historia intrincada y una sorpresa al final de la misma, lo que hay en los textos de Richard Ford ‘De mujeres con hombres’ (Anagrama, 245 páginas) es un clima narrativo que simula muy bien la realidad. Se trata de tres historias en un mismo tono, fluidamente poético o poéticamente fluido, con argumentos asociados. La primera, ‘El mujeriego’, pone al protagonista en la disyuntiva de avanzar en la nueva relación que traba con una mujer o mantenerse en la propia con su esposa. La segunda, ‘Celos’, pone al joven protagonista a preguntarse la clase de relación que pudo tener su padre con su tía, con quien viaja a casa de su madre separada y en el trayecto presencian, a metros, la fuerza letal de las autoridades contra un delincuente. La tercera, ‘Occidentales’, es la de un escritor que viaja a París a conocer a sus editores y traductora, y lo hace con su amante, y en ese lapso está bajo la duda de lo que será su futuro que, al final, no es con ella. Narradas con delicadeza, son historias que lo hacen a uno partícipe de su intimidad. Dramas, como los de uno. Los de cualquiera. Dramas que no requieren tramas aparatosas, rebuscadas. Pero resultan envolventes a consecuencia de la pluma diestra, en apariencia simple, de Richard Ford.

‘El niño perdido’ de Thomas Wolfe: No confundir Thomas Wolf con Tom Wolfe, aunque thomas wolfeambos son estadounidenses. Tom Wolfe murió hace pocos días, era escritor y uno de los padres del ‘Nuevo Periodismo’, se llamaba Thomas Kennerly Wolfe Junior, y había nacido en Richmond. El otro Thomas Wolfe, del que quiero decir algo, es Thomas Clayton Wolfe, de Asheville, Thomas Wolfe (foto), que murió en 1938 y William Faulkner consideraba el mejor de su generación. Hablo de Thomas Wolfe a propósito de la lectura de ‘El niño perdido y otros relatos’, traducción de Óscar Luis Molina, Tajamar Editores, 179 páginas, donde casi descubre uno el origen de varios pasajes de Faulkner. En los textos de Thomas Wolfe están los desposeídos, la vida elemental, la observación de un narrador que no puede más que convertir en poesía las pequeñas cosas de su entorno. Y evaluar. “Sí, nosotros somos sospechosos, enemigos del orden y la moral pública, desvergonzados participantes de una infamia abierta e indecente, y nuestros vecinos nos contemplan con la estremecida reprensión de sus ojos desconfiados mientras a fuer de maridos amantes golpean a sus mujeres, se rebanan la garganta con orgullo cívico y prosiguen, como los respetables ciudadanos que son, con su honesto esfuerzo de asalto, asesinato y latrocinio”. Y además de esto fáctico, también están los intangibles, el contenido de los libros, “esta orgía terrible de libros no me produjo consuelo, paz ni sabiduría ni en la mente ni en el corazón. En cambio, con su alimento aumentaron la furia y la desesperación, creció el hambre con la comida que comía”. Metáforas del desamparo, el retorno, la ausencia. Segmentos de narración como si se tratara de una cámara que se aproxima a “el fuego que golpetea y crepita como un látigo, y un humo acre hace arder los ojos; en los campos segados las llamas, cual pequeñas víboras, calcinan los bordes rugosos de los rastrojos como una hilera de langostas. El fuego clava un aguijón memorioso en el corazón de los hombres”. Personajes que viven lo suyo: “supe que nunca más podría convertir mi vida en vida propia”, pero nada de lo que yo diga se compara con el propio placer del texto que invito a leer.

‘Boquitas pintadas’ de Manuel Puig: Los chilenos Horacio Simunovic Díaz y Daniela Manuel PuigOróstegui Iribarren, en un trabajo para la Escuela de Pedagogía Castellana, de la Universidad Católica del Maule, que titularon ‘El proceso de canonización de Manuel Puig en el contexto de la narrativa Latinoamericana finisecular: sistema y cambio literarios’, recuerdan a Ariel Schettini, quien cuenta que en 1968, el jurado del concurso de novela de la revista ‘Primera Plana’ se dividió entre Severo Sarduy (que defendía a ‘Boquitas Pintadas’ como la ganadora) y Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti que la desestimaban. En nombre del jurado, Onetti diría que la voz del escritor estaba tan fundida con la de sus personajes que se corría el riesgo que el escritor tuviera el mismo registro verbal de sus personajes. Después, Puig comentó el episodio: “Juan Carlos Onetti no quiso darme el premio porque dijo que yo copiaba a tal punto la cultura popular que no se podía saber cómo era realmente mi verdadera escritura”. Pues bien, comienzo por decir que el título insinúa más de lo que trae el texto; es juguetón, femenino, casi de fiesta. Y lo que se cuenta es una historia de amor alrededor de un muerto, que quizás lo fue mediante homicidio, y es, si se quiere, una historia triste. Pero sobre todo, una historia de gente común. No hay un submundo, una ‘cultura’ que acote el universo narrado. Las protagonistas tienen una vida de clase media. El narrador apela al género epistolar para desarrollar buena parte del texto, y otra parte narra como si se tratara de un registro de observación, o un informe de actividades. No es un texto con metáforas memorables, pero sí con una escritura coloquial, efectiva. La historia se mueve sin tropiezos, hasta su desenlace. Aunque me gustó, e invito a su lectura, queda fuera de mis mayores preferencias. Y me pareció desafortunada la carátula de esta edición, rosada, un poco escolar y anacrónica.

‘Se busca una mujer’ de Charles Bukowski

Charles_BukowskiEdna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:

SE BUSCA UNA MUJER.

Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:

“Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas”.

Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera…

Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando cómo se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.

Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. “Films”. Era un término muy culto. La gente decía “películas” normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.

Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. “¿Hola?” Contestó él.

–¿Señor Lighthill?

–¿Sí?

–Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…

–Ah, sí.

–Me llamo Edna.

–¿Cómo estás, Edna?

–Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.

–Sí, hace la vida difícil.

–Bueno, señor Lighthill…

–Llámame Joe, a secas.

–Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?

–Viste mi anuncio.

–Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?

–Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?

–¿Las mujeres?

–Sí.

–Oh, pues en todas partes, ya sabes.

–¿Dónde? Dime. ¿Dónde?

–Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.

–No me gusta la iglesia.

–Oh.

–Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?

–¿Quieres decir allí, a tu casa?

–Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.

–Es tarde.

–No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.

–Bueno, es que…

–Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.

–No, yo no tengo miedo.

–Entonces vente, Edna.

–Bueno, es que…

–Vamos.

–Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.

Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.

–Entra, Edna…

Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.

–Siéntate. Te serviré algo de beber.

Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas… Parecía relajado y eso la tranquilizó.

El señor Lighthill –Joe– salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.

–Sí –dijo él–, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?

–Sí, ya lo noté. Está muy bien.

–Bebe algo.

–Oh, sí.

Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.

–Llevas un vestido muy bonito, Edna.

–¿Te gusta?

–Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.

Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.

¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera…

Edna terminó su bebida.

–Deja que te sirva otro –dijo Joe.

–No. Me tengo que ir ya.

–Oh, vamos –dijo él–; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.

–Está bien, pero después de éste me voy.

Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.

–Sabes –dijo–, soy bastante bueno en el sexo.

Edna bebió su vaso y no contestó nada.

–¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? –preguntó Joe.

–Nunca lo he hecho.

–Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.

–¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos –dijo Edna.

–Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.

–Tal vez no sea muy buena para estas cosas –dijo Edna–. Tal vez es por eso que estoy sola. –Se tomó un buen trago del vaso.

–Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos –dijo Joe.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.

–Eso es triste –dijo Edna.

–Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.

–¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?

–No, ella se divorció de mí.

–Y qué es lo que fue mal?

–Las orgías sexuales.

–¿Las orgías sexuales?

–Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera… Perdóname…

–No pasa nada.

–Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo… como sea.

–No sé mucho acerca de esas cosas, Joe –dijo Edna.

–Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.

–¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?

–Eso ayuda bastante.

–¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?

–Las orgías no arreglarán nada.

–¿Y entonces qué?

–Bueno, no sé. Tal vez el swap.

–¿El swap?

–Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.

–¿Y funciona bien?

–Bueno, no sé… Los swaps pueden traer problemas… a la larga. Tiene que estar todo muy hablado… bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado…

–¿Tú sabes bastante, Joe?

–Bueno, estos swaps… Creo que pueden ser buenos para algunos… Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.

Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.

–Escucha, Joe, me tengo que ir…

Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.

SE BUSCA UNA MUJER.

–¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!

–¿Por qué viniste aquí, zorra?

La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. Él se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.

–Dios, Dios… ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar… ¡Auuggh!

Rodó por el suelo gimiendo.

Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.

Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.

Charles Bukowski (foto)

‘Una rosa para Emily’ de William Faulkner

william-faulkner-5Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor –autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal–, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.

Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.

Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró –una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón–; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.

No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.

Su voz fue seca y fría.

–Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

–De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

–Sí, recibí un papel –contestó la señorita Emilia–. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…

–Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero, señorita Emilia…

–Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! –exclamó llamando al negro–. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido –todos creímos que iba a casarse con ella– la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.

“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

–¿Y qué quiere usted que yo haga? –dijo el alcalde.

–¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

–No creo que sea necesario –afirmó el juez Stevens–. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

–Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores –tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven– se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

–Es muy sencillo –afirmó éste–. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…

–Por favor, señor –exclamó el juez Stevens–. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…

Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…

Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:

“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.

Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”

Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

–Necesito un veneno –dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

–Necesito un veneno –dijo.

–¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…

–Quiero el más fuerte que tenga –interrumpió–. No importa la clase.

El droguero le enumeró varios.

–Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?

–Quiero arsénico. ¿Es bueno?

–¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?

–Quiero arsénico.

El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

–¡Sí, claro –respondió el hombre–; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas –la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal– de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….

Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.

Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.

Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.

Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.

Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.

Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama.

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner (foto)

‘Globo, domingo, …’ de José Cardona López

JoseCardonaLopezLa mañana estaba con mucho sol pero ellos se habían levantado tarde. Clemencia fue la primera en salir de la cama. Encontró al niño en la ventana de la sala, viendo pasar gente, carros. Al salir Clemencia de la ducha, Hernando le propuso ir al Parque Nacional con el bebé.

Desayunaron a monosílabos. Hernando dijo sus cortas palabras con la boca ocupada y sin quitar los ojos del periódico. Las palabras que pudieran terminar una frase más bien parecían estar en la música de la radio, en los balbuceos del niño tratando de hacerse entender desde los brazos de Clemencia. Hernando terminó el desayuno mirando la página de anuncios de cine. El nombre de una película y el del director le distrajeron mientras escarbaba las encías con la lengua. Volvió a mirar los otros anuncios pero de nuevo se detuvo en aquella viñeta de siluetas oscuras con una ciudad al fondo.

La noche del sábado ellos habían tenido una discusión de celos, todo porque antes de las cuatro Hernando salió apresurado, con una explicación dada como a empellones y después no pudieron ir de compras, ya era muy tarde cuando él regresó. Las paces en la cama no llegaron. A pesar de que ella quiso olvidar que Hernando la había dejado vestida para ir de compras.

A pie fueron al parque. Los domingos preferían no usar el carro para salir, a no ser que fuera para ir al supermercado o visitar alguna de las dos parejas de amigos que tenían y que solían visitar, una vivía en Chía y la otra por los lados de Usaquén. La voz del niño fue el único diapasón erguido sobre la mudez de la pareja. Al pasar junto al señor de los globos de helio el bebé los hizo detenerse. Después Clemencia caminó sola con él. En la otra manita del niño estaba el globo, tieso en la punta del hilo, mecido a veces por el viento. Hernando llenó su silencio mirando a los demás paseantes, los prados, las fuentes.

Luego del medio día el cielo se encapotó de repente y sopló un viento frío. Ellos y los demás del parque apresuraron sus pasos buscando llegar rápido a la calle, o a lo mejor resguardarse bajo algo. Hernando levantó al niño. El viento se hizo más fuerte y se llevó el globo de las manos del niño. El globo ascendió a jalones, a veces parecía detenerse y después volvía a alejarse más. A la mirada de asombro y susto del niño siguió un llanto a mocos, y ya el señor de los globos estaba muy lejos de ellos, o se habría retirado del parque también. Un mimo insistía con sus movimientos de fondo marino ante un anciano y un muchacho en muletas, y el bebé a veces miraba hacia el cielo. Era cuando reanudaba su llanto.

Tomaron una buseta. En la 48 se bajaron. Calmando al niño, corriendo con sus cabezas agachadas porque ya la lluvia se había descargado, llegaron al apartamento. Ni Pluto en la televisión ni la historia que Clemencia le contó pudieron calmar al niño. Entonces la doméstica lo puso en sus piernas. Luego de mirar y señalar al cielo desde la ventana de la sala, el niño acabó por quedarse dormido.
Escampó pero el día continuó gris. Hernando estuvo en su estudio acomodando libros, le dio por organizarlos en orden alfabético de autor. Clemencia permaneció en la sala con una novela de Moravia. Quiso acabarla de una sola sentada, pero la invitación de Hernando a ir a cine no la dejó. Hernando habló de los nombres del director y los protagonistas, fue cuando ella dobló la punta de una hoja y cerró el libro.

Clemencia fue a vestirse y Hernando se sentó en el sofá a esperarla. Cuando empezaba una segunda canción de Pablo Milanés en el equipo, Hernando vio entrar a Clemencia al baño. Se había puesto el traje marrón de shantung. La vez que ella se lo había estrenado fueron a un restaurante de la Pepe Sierra. El vino se le había chorreado a Hernando en el pantalón y ella había reído, fue una risa esplendorosa, entre inocente y coqueta. Aquel vestido, por primera vez en el cuerpo de ella había aderezado esa risa de un aire nuevo, como si la risa también fuera estrenada. Hernando recordó que no había vuelto a verla reír de esa forma y se dedicó a esperarla y a pensar en cosas de la oficina.

Clemencia salió del baño y fue a la alcoba. Después fue a la sala, ataviada de un buzo verde claro y con el bolso al hombro.

–Salimos –dijo ella.

–Perfecto –apagó el equipo de sonido y fue a ponerse una chaqueta. Antes de salir Clemencia le repitió a la mucama lo que debía hacer con el nené cuando se despertara. Cada que salían a la calle repetía las mismas instrucciones. Siempre quería estar segura del cuidado con el niño, y la seguridad la hallaba de esa manera.

Fueron al Palermo, era una película de una pareja joven y similar a ellos. Dos seres, hastiados por la rutina de sus vidas, terminaban por separarse luego de que ambos vivieran situaciones cargadas de aventuras tristes y alegres, pero más alegres que tristes. La trama era sencilla: felicidad matrimonial, aparición de los celos con sus desesperos, las aventuras de cada uno de ellos, y luego el divorcio. A Clemencia y a Hernando les impresionó mucho el final, sobre todo la escena con que se acababa la película. La mujer se quedaba sola, sentada en una banca, con la vista frente a unos árboles en otoño y el poniente en la parte superior de la pantalla. A partir de una toma lenta sobre el perfil de la mujer, explorándole cada ángulo facial, la cámara se había retirado despaciosa hasta abarcar la escena completa: ella, los árboles, el sol cayendo, y en el medio, al fondo, el hombre que se alejaba sobre un pavimento muy cargado de hojas tostadas. La música, que se apagaba a medida que la cámara ganaba más imagen, había estado a cuenta de un violonchelo. Luego vino el silencio absoluto en la pantalla mientras pasaban los créditos, el mismo silencio que se extendió hasta la platea del teatro, roto después por el ruido de la gente al levantarse de las sillas y dirigirse a la salida. Afuera la noche estaba muy helada. Algunos que salían del teatro se frotaban las manos, otros se ajustaban chaquetas y abrigos, se cruzaban las bufandas. Había llovido de nuevo.

Clemencia y Hernando caminaron sin hablarse, aunque él tenía un brazo sobre los hombros de ella. Doblaron por la 46 y la calle ahora estaba muy sola. En la Séptima los autos no eran muchos, uno que otro rodar de un par de luces enterradas en la noche. Los edificios eran moles húmedas y heladas que se continuaban unas a otras, formando una espina de concreto lavada por la lluvia y la noche.

Ya en la 48 Clemencia fue quien terminó por hablar. Dijo algo de una escena de la película y su relación con la del final. Hernando le respondió con un movimiento de cabeza, como de afirmación. Ella insistió en hablar, ahora comentando algo del niño, de aquel domingo de él con el globo perdido, de su llanto. Hernando la oía pero estaba aplicado a recordar el final de la película, a recordar la última imagen, con ese violonchelo que se apagaba lento, que se volvía silencio. Hernando hizo una sonrisa pero no salió de sus pensamientos.

En silencio llegaron al edificio, sueltos subieron las gradas. El taconeo de ellos en las baldosa parecía existir en otro espacio. Tan pronto entraron al apartamento Clemencia preguntó por el niño. Hernando fue a sentarse en el comedor. El televisor estaba encendido pero él no lo escuchaba, ahora su humanidad estaba concentrada en mirar el helecho del rincón de la sala. Lo veía muy débil y de nuevo pensó en la película. Comieron callados. Clemencia terminó y volvió a preguntarle a la doméstica por el nené. La muchacha le dijo que él había estado correteando mucho y que cuando estuvo tres veces en la ventana, entre pucheros había mirado y señalado al cielo.

–No hace mucho que se durmió –agregó.

La mucama también había estado con el niño junto a la chimenea, hasta que el calor de los leños y las historias cantadas terminaron por dormirlo. Clemencia estaba agradecida por la labor de la muchacha, además porque había preparado la chimenea para ellos. Se fruncía en deseos por el fuego, quería estar junto a la chimenea, dársele toda.

La muchacha recogió platos y luego estuvo frente al televisor. La luz y el ronco ruido del aparato desaparecieron cuando ella fue a acostarse. Hernando y Clemencia quedaron solos, muy callados, como si cada uno existiera allí sin la presencia del otro, como si ese espacio fuera el suyo y al mismo tiempo tampoco.
Clemencia preparó café. La taza de Hernando la dejó en la mesa del comedor, ella fue con la suya a sentarse frente al fuego. Con el periódico en una mano Hernando espulgó algunas ramas del helecho, recogió su taza de café y fue a la chimenea. Tomándose el café estiraron sus piernas muy cerca de los leños. Ambos volvían a recordar la película, pero no hablaban de ella.

Hablaron del helecho de la sala. Hernando dijo de echarle un fertilizante y cambiarlo de sitio. Hablaron del niño, de las travesuras que había hecho el viernes en la guardería. Hablaron del llanto por la pérdida del globo y la conversación empezó a acabarse lentamente. Las palabras morían en el fragor de la chimenea sin siquiera detenerse en los oídos. Clemencia retomó la novela de Moravia, todavía le quedaban dos horas de domingo antes de irse a dormir. Fue a la hoja doblada en la punta, leyó un párrafo arriba de donde había suspendido la lectura y a su memoria regresó la película, esa escena final. Sus ojos siguieron una a una las palabras del libro, pero su mente insistía en la escena final de la película. Hernando se puso los lentes, buscó la página internacional del periódico. Leyó cualquier noticia, mientras volvía a pensar en la película.

Como seres en fotografía están quietos junto al fuego. Dentro del apartamento palpita un silencio apenas roto por el chisporroteo de los leños, por espaciados y lejanos ruidos de la calle que se filtran por la ventana. Están callados, recuerdan la película y el silencio entre ellos es mayor que la fatiga del domingo que desde la hora del desayuno se había dejado sentir. Las nubes del silencio cada vez son más espesas, y se posan una sobre otra para formar paños como de algodón prensado en las superficies del apartamento, en los cuerpos de ellos. Hernando y Clemencia, en vilo por el creciente silencio, parecen que estuvieran entrando al sueño de un sordomudo, entornando pesadamente cada cortina del aire de aquellos sueños, llegando a unos espacios en que las cosas ocurren en un tiempo que parece no ser tiempo, pero que suceden. Es el silencio de ellos.

Hernando recuerda el final de la película. Sus ojos están detenidos en una foto del periódico que celebra una proeza espacial y su mente repta en la última imagen de la cinta. Recuerda el juego de la cámara con el rostro de la mujer. Ella tenía una boca muy sensual y junto a las puntas ya se pronunciaban los surcos nasolabiales. En la escena la mujer había hecho un leve gesto que tras de sí llevaba un intento de sonrisa. La escena toda había abarcado la pantalla, y es ahí cuando Hernando recuerda que hubo otro movimiento muy breve en los ojos de la mujer, como si los dirigiera hacia el hombre que se alejaba.

El silencio es una goma helada que envuelve los cuerpos. Ahora el silencio nada en el aire, se mueve sin hacer ruido entre los objetos, se arrastra descalzo en el piso. Es una esponja que absorbe todo, una jalea glacial que tapiza las cosas. El silencio ya es ese caminar callado como desde el fondo del tiempo que ellos están viviendo frente a la chimenea, sin hablarse. Sus lenguas duermen de nuevo en la tregua del silencio, mientras arriba las dos memorias están en el final de la película. El silencio ya es sustancia gris, ya es un pozo de mercurio, ya es escarcha sobre las pieles, como si un mildiu les germinara. Es el silencio de ellos.

Aunque su pensamiento insiste en el bebé, Clemencia piensa en la película, en aquella escena final. Las imágenes se le mezclan con la del niño jugando, del niño preguntando, del niño durmiendo, del niño llorando por la pérdida del globo. El final de la película está en las manos de la memoria de Clemencia: los árboles escasos de hojas, el poniente atravesado de ramas, la mujer de terno beige, sentada muy quieta en la banca, la perspectiva por la que asciende el hombre. El bebé aparece por última vez en su pensamiento cuando al recuerdo se añade la música del violonchelo. Entonces el silencio del apartamento, el de ella, es esa música callada en sus oídos. El recuerdo de la escena queda suspendido a la imagen del hombre caminando. Clemencia había notado que, tal vez un segundo antes de aparecer los créditos de la película, el hombre había girado la cabeza, como queriendo mirar a la mujer, pero sin detener su caminar.

No se miran. Clemencia continúa con sus ojos en la chimenea y Hernando con los suyos en el periódico. Las cuerdas del silencio enrollan las cosas, amortajan los cuerpos. El silencio es una estela gruesa de metal blando que ciñe cada milímetro de sus pieles, en sus cuellos es casi fuerza de acero. Hernando y Clemencia piensan en el final de la película, en los movimientos que vieron en los dos personajes. Pero la película se había terminado con la última imagen casi quieta. El hombre caminaba con la cabeza al frente, alcanzando planos que en la cámara ya se hacían borrosos. La mujer miraba unos árboles al lado derecho de la pantalla. Ninguno intentaba mirar al otro. Luego había venido el silencio con la agonía del violonchelo, el mismo silencio de Hernando y Clemencia en la calle y bajo la noche helada, el del apartamento ahora, el de los dos en la chimenea. Ese que es el silencio de ellos.

José Cardona López (foto) (Título completo del cuento ‘Globo, domingo, silencio y ellos’)