Archivo de la categoría: Estados Unidos

‘Sueño marino’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos. En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

Sam Shepard (foto)
(Para recibir los textos en tu email, pincha en la parte superior derecha del blog, y lo haces, confidencialmente)

‘Au Sable’ de Joyce Carol Oates

150196359JS143_Edinburgh_InAgosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto.

El segundo tono discordante. La voz.

—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.

La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su “enfermedad crónica”, enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en “una cámara frigorífica” para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno.

Aquella noche, sin embargo, Otto no estaba enfadado.

Con una voz agradablemente cordial aunque algo forzada, preguntó a Mitchell por su trabajo como arquitecto de espacios comerciales; y por Lizbeth, la única hija de los Behn; y por sus preciosos hijos ya mayores y emancipados, los nietos a quienes Otto adoraba de pequeños, y siguió así durante un rato hasta que por fin Mitchell dijo nervioso:

-Mmm, Otto… Lizbeth ha ido al centro comercial. Volverá a eso de las siete. ¿Le digo que te llame?

Otto soltó una carcajada. Podías imaginarte la saliva brillándole en los labios gruesos y carnosos.

-No quieres hablar con el viejo, ¿eh?

Mitchell también intentó reír.

-Otto, hemos estado hablando.

Otto respondió con más seriedad.

-Mitch, amigo mío, me alegro de que hayas contestado tú en lugar de Bethie. No tengo mucho tiempo para hablar y creo que prefiero hacerlo contigo.

-¿Sí? -Mitchell sintió cierto temor. Nunca, en los treinta años que hacía que se conocían, Otto Behn le había llamado “amigo”. Teresa debía de haber empeorado otra vez. ¿Quizá se estuviera muriendo? A Otto le habían diagnosticado Parkinson tres años antes. Aún no era un caso grave. ¿O quizá sí?

Sintiéndose culpable, Mitchell se dio cuenta de que Lizbeth y él no habían visitado a la pareja de ancianos en casi un año, aunque vivían a menos de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Lizbeth cumplía con sus llamadas telefónicas los domingos por la noche, y esperaba (normalmente en vano) hablar primero con su madre, cuyos modales al teléfono eran débilmente alegres y optimistas. Sin embargo, la última vez que los visitaron les sorprendió el deterioro de Teresa. La pobre se había sometido a meses de quimioterapia y se hallaba en los huesos, su piel como la cera. No mucho antes, con sesenta y tantos, estaba llena de vitalidad, rolliza, robusta como una roca. Y después estaba Otto, rondando con los temblores de las manos que parecía exagerar para tener un aspecto más cómico, quejándose sin cesar de los doctores, de los seguros médicos y de los ovnis “en contubernio”, qué visita más tensa y agotadora. De camino a casa, Lizbeth había recitado unos versos de un poema de Emily Dickinson: “Oh Life, begun in fluent Blood, and consumated dull!”.

“Dios mío -había exclamado Mitchell, temblando, con la boca seca-. De eso se trata, ¿verdad?”.

Ahora, diez meses más tarde, Otto estaba al teléfono hablando como si nada, como si conversara de la venta de unas propiedades, de “cierta decisión” que habían tomado Teresa y él. Los “glóbulos blancos” de Teresa, las “malditas noticias” que él había recibido y de las que no iba a hablar. “El tema se ha cerrado definitivamente”, dijo. Mitchell, que intentaba entender todo aquello, se apoyó en la pared, repentinamente débil. Está ocurriendo con demasiada rapidez. ¿Qué demonios es esto? Otto comentaba en voz baja:

-Decidimos no decíroslo, en julio volvieron a ingresar a su madre en Mount Sinai. La enviaron a casa y tomamos nuestra decisión. No te lo digo para que hablemos del tema, Mitch, ¿me entiendes? Es sólo para informaros. Y para pediros que cumpláis nuestros deseos.

-¿Vuestros deseos?

-Hemos estado mirando los álbumes, fotos viejas y demás, y disfrutando de lo lindo. Cosas que hacía cuarenta años que no veía. Teresa no para de exclamar: “¡Vaya! ¿Hicimos todo eso? ¿Vivimos todo eso?”. Es algo extraño y humillante, en cierto modo, darse cuenta de que hemos sido condenadamente felices, incluso cuando no lo sabíamos. Debo confesar que no tenía ni idea. Tantos años, echando la vista atrás, Teresa y yo llevamos sesenta y dos años juntos; se diría que podría ser muy deprimente pero en realidad, bien mirado, no lo es. Teresa dice: “Hemos vivido unas tres vidas, ¿verdad?”.

-Perdón -interrumpió Mitchell con el clamor de la sangre en los oídos-, ¿cuál es esa “decisión” que habéis tomado?

Otto respondió:

-Exacto. Os pido que respetéis nuestros deseos al respecto, Mitch. Creo que lo entiendes.

.Yo… ¿qué?

-No estaba seguro de si debía hablar con Lizbeth. De su reacción. Ya sabes, cuando vuestros hijos se marcharon de casa para ir a la universidad -Otto calló momentáneamente. Con tacto. El caballero de siempre. Nunca criticaría a Lizbeth delante de Mitchell, aunque con Lizbeth podía ser directo e hiriente, o lo había sido en el pasado. Ahora dijo dubitativo-: Puede ponerse, bueno… sentimental.

Mitchell tuvo un presentimiento y preguntó a Otto dónde estaba.

-¿Dónde?

-¿Estáis en Forest Hills?

Otto guardó silencio durante un segundo.

-No.

-Entonces, ¿dónde estáis?

Respondió con un punto de desafío en su voz:

-En la cabaña.

-¿En la cabaña? ¿En Au Sable?

-Eso es. En Au Sable.

Otto dejó que lo asimilara.

Pronunciaron el nombre de forma distinta. Mitchell, O Sable, tres sílabas; Otto, Oz’ble, con una sílaba elidida, como lo pronunciaba la gente de la zona.

Con ello se refería a la propiedad de los Behn en las montañas Adirondack. A cientos de kilómetros de distancia. Un viaje en coche de siete horas, la última por estrechas carreteras de montaña plagadas de curvas y en su mayor parte sin asfaltar al norte de Au Sable Forks. Por lo que Mitchell sabía, hacía años que los Behn no pasaban tiempo allí. Si lo hubiera pensado con detenimiento -y no lo hizo, ya que los asuntos correspondientes a los padres de Lizbeth quedaban a consideración de ésta- Mitchell habría aconsejado a los Behn que vendieran la propiedad, que en realidad no era una cabaña sino más bien una casa de seis habitaciones construida con leños talados a mano, no acondicionada para el invierno, en una extensión de unas cinco hectáreas de un hermoso campo solitario al sur del monte Moriah. A Mitchell no le gustaría que Lizbeth heredara esa propiedad, ya que no se sentirían cómodos vendiendo algo que en otro tiempo había significado tanto para Teresa y Otto; además, Au Sable estaba demasiado apartado para ellos, resultaba poco práctico. Hay gente que no tarda en inquietarse cuando se aleja de lo que llaman la civilización: el asfalto, los periódicos, las bodegas, campos de tenis decentes, los amigos y al menos la posibilidad de disfrutar de buenos restaurantes. En Au Sable, tenías que conducir durante una hora para llegar, ¿adónde?, Au Sable Forks. Por supuesto hace años, cuando los niños eran pequeños, iban todos los veranos a visitar a los padres de Lizbeth y sí, era cierto: las Adirondack eran hermosas, y paseando a primera hora de la mañana podía verse el monte Moriah como un sueño mastodóntico que sorprendía por su cercanía, y el aire dolorosamente frío y puro te atravesaba los pulmones, e incluso los cantos de los pájaros resultaban más agudos y claros de lo que era habitual oír y existía la convicción, o quizá el deseo, de que las revelaciones físicas de ese tipo constituían un estado espiritual, y sin embargo, Lizbeth y Mitchell se sentían ambos impacientes por marcharse después de pasar unos días allí. Se aficionaban a las siestas en su habitación del segundo piso con celosías en las ventanas, rodeados de pinos como una embarcación a flote en un mar teñido de verde. Hacían el amor con ternura y mantenían conversaciones soñadoras sin rumbo fijo que no tenían en ningún otro lugar. Y sin embargo, después de unos días estaban ansiosos por irse.

Mitchell tragó saliva. No tenía costumbre de interrogar a su suegro y se sentía como si fuera uno de los alumnos de secundaria de Otto Behn, intimidado por el hombre al que admiraba.

-Otto, espera, ¿por qué estáis Teresa y tú en Au Sable?

Él respondió con cuidado:

-Estamos intentando solucionar nuestra situación. Hemos tomado una decisión y así… -Otto hizo una discreta pausa-. Así os informamos.

Por mucho que Otto hablase con tanta lógica, Mitchell se sintió como si le hubiera dado una patada en el estómago. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba oyendo? Esta llamada no es para mí. Se trata de un error. Otto decía que llevaban al menos tres años planeando aquello, desde que le diagnosticaron a él la enfermedad. Habían estado “haciendo acopio” de lo necesario. Barbitúricos potentes y fiables. Nada apresurado, nada dejado al azar, y nada que lamentar.

-¿Sabes? -exclamó Otto calurosamente-, soy un hombre que planea por adelantado.

Aquello era cierto. Había que reconocerlo.

Mitchell se preguntó cuánto había acumulado Otto. Inversiones en los ochenta, propiedades en alquiler en Long Island. Notó una sensación de desazón, de repugnancia. Nos dejarán la mayor parte. ¿A quién si no? Podía imaginar la sonrisa de Teresa mientras planeaba sus abundantes cenas de Navidad, sus colosales despliegues para Acción de Gracias, la presentación de los regalos magníficamente envueltos para sus nietos. Otto dijo: “Prométemelo, Mitchell. Tengo que confiar en ti”, y Mitchell repuso: “Mira, Otto -con evasivas, aturdido-, ¿tenemos vuestro número de teléfono allí?”, y Otto respondió: “Contéstame, por favor”, y Mitchell se oyó contestar sin saber lo que estaba diciendo: “¡Claro que puedes confiar en mí, Otto! Pero ¿tenéis el teléfono conectado?”, y Otto, disgustado, replicó: “No. Nunca hemos tenido teléfono en la cabaña”, y Mitchell dijo, ya que aquello había sido motivo de disgusto entre ellos tiempo atrás: “Está claro que necesitáis un teléfono en la cabaña, ése es precisamente el lugar en el que necesitáis un teléfono”, y Otto farfulló algo inaudible, el equivalente verbal a encogerse de hombros, y Mitchell pensó, Me está llamando desde una cabina en Au Sable Forks, está a punto de colgar. Dijo apresuradamente: “Oye, mira: vamos a ir a visitaros. Teresa… ¿está bien?”. Otto contestó pensativo: “Teresa está bien. Se encuentra bien. Y no queremos visitas -y añadió-: Está descansando, duerme en el porche y está bien. Au Sable fue idea de ella, siempre le ha encantado”. Mitchell tanteó: “Pero estáis tan lejos”. Otto respondió: “De eso se trata, Mitchell”. Va a colgar. No puede colgar. Intentó evitarlo preguntando cuánto tiempo llevaban allí, y Otto dijo: “Desde el domingo. Hicimos el viaje en dos días. Estamos bien. Todavía puedo conducir”. Otto soltó una carcajada; era su antiguo enfado, su rabia. Casi perdió su carné de conducir hace unos años y de algún modo, gracias a la intervención de un médico amigo suyo, había conseguido conservarlo, lo que no fue una buena idea, podría haber sido un error garrafal, pero no puedes decírselo a Otto Behn, no puedes decirle a un anciano que va a tener que renunciar a su coche, a su libertad, simplemente no puedes. Mitchell estaba diciendo que irían a visitarlos, que saldrían de madrugada al día siguiente, y Otto se mostró tajante al rechazar la idea: “Hemos tomado una decisión y no hay discusión posible. Me alegro de haber hablado contigo. Puedo imaginarme cómo habría sido la conversación con Lizbeth. Prepárala tú como creas conveniente, ¿de acuerdo?”, y Mitch respondió: “Está bien. Pero, Otto, no hagas nada -tenía la respiración acelerada, se sentía confuso y no sabía lo que decía, sudaba, la sensación de algo frío, derretido, que le caía encima, demasiado rápido-. ¿Volverás a llamar? ¿Dejarás un teléfono para que te llamemos? Lizbeth regresará a casa en media hora”, y Otto respondió: “Teresa prefiere escribiros a Lizbeth y a ti. Es su estilo. Ya no le gusta el teléfono”, y Mitch contestó: “Pero al menos habla con Lizbeth, Otto. Quiero decir que puedes hablar de cualquier cosa, ya sabes, de cualquier tema”, y Otto repuso: “Te he pedido que respetéis nuestros deseos, Mitchell. Me has dado tu palabra”, y Mitchell pensó, ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Qué palabra he dado? ¿Qué es esto? Otto decía: “Lo hemos dejado todo en orden, en casa. Sobre la mesa de mi despacho. El testamento, las pólizas de seguros, los archivos de nuestras inversiones, las libretas del banco, las llaves. Teresa tuvo que darme la lata para que actualizase nuestros testamentos, pero lo hice y me alegro infinitamente. Hasta que no haces testamento definitivo, no te enfrentas de una vez por todas a la realidad. Estás en un mundo de ensueño. Pasados los ochenta, te encuentras en un mundo de ensueño y debes tomar las riendas de ese sueño”. Mitchell le escuchaba, pero perdió el hilo. Se le amontonaban los pensamientos como una ráfaga en su mente, como si estuviese jugando una partida en la que las cartas se repartieran a lo loco.

-Otto, ¡claro! Sí, pero quizá deberíamos hablar algo más sobre esto. ¡Tus consejos pueden ser valiosísimos! Por qué no esperas un poco y… Iremos a veros, saldremos mañana de madrugada, o de hecho podríamos salir esta noche.

Le interrumpió, si no lo conociera habría dicho que de forma grosera:

-Eh, ¡buenas noches! Esta llamada me está costando una fortuna. Hijos, os queremos.

Otto colgó el teléfono.

Cuando Lizbeth llegó a casa, había cierto tono discordante: Mitchell en la terraza de atrás, en la oscuridad; solo, allí sentado, con una bebida en la mano.

-Cariño, ¿qué pasa?

-Te estaba esperando.

Mitchell nunca se sentaba así, nunca esperaba así, su mente estaba siempre trabajando, aquello resultaba extraño, pero Lizbeth se le acercó y le dio un beso leve en la mejilla. Olía a vino. Piel caliente, cabellos húmedos. Lo que se diría un sudor pegajoso. Tenía la camiseta empapada. De manera coqueta, Lizbeth dijo al tiempo que señalaba la copa que Mitchell tenía en la mano:

-Has empezado sin mí. ¿No es temprano?

También era extraño que Mitchell hubiese abierto aquella botella de vino en particular: un regalo de algún amigo, de hecho puede que fuera de los padres de Lizbeth; de años antes, cuando Mitchell se tomaba el vino más en serio y no se había visto obligado a reducir las copas. Lizbeth preguntó dubitativa:

-¿Alguna llamada?

-No.

-¿Ninguna?

-Ni una sola.

Mitchell sintió el alivio de Lizbeth; sabía cómo aguardaba las llamadas de Forest Hills. Aunque por supuesto su padre no llamaría hasta las once de la noche, cuando comenzaba la tarifa reducida.

-En realidad, ha sido un día muy tranquilo -dijo Mitchell-. Parece que no hay nadie más que nosotros.

La casa de estuco y cristal de dos niveles, diseñada por Mitchell, se hallaba rodeada de frondosos abedules, encinas y robles. Una casa que había sido creada, no descubierta; la moldearon a su gusto. Llevaban viviendo allí veintisiete años. Durante su prolongado matrimonio, Mitchell había sido infiel a Lizbeth una o dos veces, y es posible que Lizbeth también le hubiera sido infiel, quizá no sexualmente pero sí en la intensidad de sus emociones. Pese a todo, el tiempo había transcurrido y continuaba haciéndolo, y tropezaban de pasada como objetos al azar en un cajón durante sus días, semanas, meses y años en el trance de su vida adulta. Se trataba de una confusión pacífica, como una sucesión de sueños intensos e inesperados que no pueden recordarse más que como emociones una vez se está despierto. Está bien soñar, pero también está bien estar despierto.

Lizbeth se sentó en el banco de hierro forjado de color blanco que había junto a Mitchell. Tenían aquel mueble pesado, ahora envejecido por el tiempo y desconchado después de la última vez que lo pintaron, de toda la vida.

-Creo que todo el mundo se ha ido. Es como estar en Au Sable.

-¿Au Sable? -Mitchell la miró brevemente.

-Ya sabes. La vieja casa de papá y mamá.

-¿Aún la tienen?

-Supongo. No lo sé -Lizbeth rió y se apoyó en él-. Me da miedo preguntar -tomó la copa de entre los dedos de Mitchell y bebió un sorbo-. Solos aquí. Nosotros solos. Brindo por eso -para sorpresa de Mitchell, le besó en los labios. La primera vez que le besaba así, juvenil y atrevida, en los labios, en mucho tiempo.

Joyce Carol Oates (foto)

‘La ganga’ de Truman Capote

capoteVarias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

Truman Capote (foto)

Consejos que Charles Bukowski no escribió

charles-bukowski1Encontré estos 5 consejos para escritores que Charles Bukowski (foto) nunca escribió, graciosos e ilustrativos, que hablan del autor y en los que subyace el espíritu de fortaleza que debe animar a quien escribe:

1- Toma papel y lápiz -debe ser lápiz pues el bolígrafo es una creación abominable de la industria capitalista: estandarte de oficinistas y burócratas. El lápiz, en cambio, es el crucifijo del artista-. Escribe un par de garabatos sin sentido. Muerde el lápiz, degusta la madera empapada en sudor. Da buena cuenta del lápiz. Borra los garabatos y ráscate la cabeza con la mano izquierda mientras, con la derecha, te acaricias el mentón. Destruye la hoja y tírala al cubo de la basura.

2- Levántate y busca una cerveza. Bebe como si no hubiera un mañana. Repite la acción hasta que la mesa de trabajo sea un bosque de botellas vacías. Prueba mezclando con algo de whiskey, sin hielo. No mezcles con refrescos ni comas mucho. Olvídate de tu madre y de tu padre; de tus amigos y de las películas; de las canciones y de las mujeres. Olvida tu teléfono, eres un monje medieval, un ermitaño, un náufrago aferrado a la única balsa capaz de salvarlo todo: la botella.

3- Ya en estado de embriaguez, folla con la página en blanco. Abre sus delicadas piernas y penetra su virginal blancura. Córrete sin miramientos, sin contemplaciones. Nada de cursilerías. Nada de cariñitos. Expulsa todo y a dormir. Nada de abrazos: ya has follado y debes retirarte, mañana será otro día, la vida es así, muñeca.

4- La resaca y la euforia que vienen después de follar una página en blanco son difíciles de lidiar. El deseo de publicar, similar a las ganas de vomitar, se apodera de ti. Los temores y los nubarrones iniciales se difuminan: eres un jodido escritor y nada podrá detener tu marcha triunfal. Muchos logran vomitar en alguna editorial de mala muerte. Debes evitar a toda costa vomitar. Debes beber y beber. Embriagarte hasta perder la razón. Follar algunas páginas en blanco cada noche sin pensar mucho en las consecuencias, sin pensar en lo que vendrá después. Cuando estás encima de la página, montándola con los ojos en blanco y el rostro desencajado, no debes pensar.

5- A los tres días, con un harén de páginas manchadas en un cajón, te pones a editar. Es masturbación en estado puro. Masturbación madura, sin fantasías adolescentes. Lees lo tuyo y lo mejoras. Un tachón aquí, una anotación allá. Quizás destruyas unas cuantas. No importa, es otro tipo de orgasmo: el placer de la corrección.

John Steinbeck sobre la escritura

john-steinbeckLa siguiente carta de ese enorme escritor que es John Steibenck, a quien fuera su profesora de ‘escritura creativa’ en la Universidad de Stanford, Edith Mirrielees. Hace referencia a los asuntos que debe enfrentar un escritor para lograr su obra.

“8 de marzo de 1962 / Querida Edith Mirrielees: Estoy encantado de que tu obra Story Writing se publique en rústica. Alcanzará a una audiencia mayor, y eso es bueno. Puede que no enseñe al lector a escribir una buena historia, pero sin duda le ayudará a reconocer una cuando la lea.

Aunque debe hacer mil años desde que me sentaba en su clase en Stanford, recuerdo la experiencia muy claramente. Tenía un brillo en los ojos y una mente frondosa y estaba preparado para absorber de usted la fórmula secreta para escribir buenas historias cortas, grandes historias cortas, incluso.

Usted mató esa ilusión muy rápidamente. La única manera de escribir una buena historia corta, dijo, es escribir una buena historia corta. Sólo después de que haya sido escrita puede ser diseccionada para ver cómo fue hecha. Es un género de lo más difícil, nos dijo, y la prueba reside en qué pocas grandes historias cortas hay en el mundo.

La regla básica que nos dio fue simple y descorazonadora. Una historia, para ser efectiva, debe transmitir algo de escritor a lector, y el poder de esa ofrenda es la medida de su excelencia. Aparte de eso, dijo, no hay reglas. Una historia puede ser sobre cualquier cosa y puede utilizar cualquier medio y técnica mientras sea efectiva.

Como subtítulo a esta regla mantenía que era necesario para el escritor saber lo que quería decir, en definitiva, saber de qué estaba hablando. Como ejercicio nos hacía reducir la esencia de la historia a una frase, sólo entonces nos permitía agrandarla a tres o seis o diez mil palabras.

Así que ahí estaba la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Con nada más que eso nos enviaba por el sendero, desolado y solitario, del escritor. Y debimos presentarle algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado entonces ser descubierto en toda mi excelencia, las notas que puso a mis esfuerzos me desilusionaron rápidamente. Y si me sentí injustamente criticado, los juicios de los editores durante muchos años estuvieron de su parte, no de la mía.

Me parecía injusto. Podía leer una buena historia y podía incluso saber cómo se había hecho, gracias a sus enseñanzas. ¿Por qué entonces no podía hacerlo por mí mismo? Bueno, no podía, y quizá es porque no hay dos historias que se parezcan. A lo largo de los años he escrito muchas buenas historias y todavía no sé cómo hacerlo excepto escribiendo una y probando suerte.

Si hay una magia en escribir historias, y estoy convencido de que la hay, nadie ha sido capaz de reducirla a una receta que se pueda pasar de una persona a otra. La fórmula parece residir solamente en la urgencia dolorosa del escritor por transmitir algo importante al lector. Si el escritor tiene esa urgencia, puede que algunas veces, pero de ninguna manera todas, encuentre la manera de hacerlo.

No es muy difícil juzgar una historia después de que haya sido escrita, pero tras tantos años, comenzar una historia todavía me produce un miedo mortal. Iré aún más lejos y diré que si un escritor no está asustado, entonces es felizmente ignorante de la majestuosidad, tentadora y remota, del medio.

Me pregunto si recuerda el último consejo que me dio. Fue durante la exuberancia de los ricos y frenéticos veinte y yo salía al mundo a intentar ser un escritor.

Me dijo: “Va a llevarte mucho tiempo y no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa”.

“¿Por qué?” Pregunté.

“Porque en Europa la pobreza es una desgracia, pero en América es una vergüenza. Me pregunto si podrás soportar o no la vergüenza de ser pobre”.

No fue mucho después que llegó la depresión. Entonces todo el mundo fue pobre y eso ya no fue más una vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarlo o no. Pero sí tenía razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho, muchísimo tiempo. Y todavía estoy en ello y nunca se ha vuelto más fácil. Usted me dijo que no lo haría.

John Steinbeck” (foto)

 

Consejos de Stephen King para escribir

stephen-kingStephen King (foto) nació en Portland, Maine, Estados Unidos, hace 69 años. Famoso por sus novelas de terror, como ‘Carrie’, ‘El resplandor’, ‘It’, entre otras, que además de superventas han sido llevadas al cine exitosamente. En el 2003 ganó el ‘National Book Award’ por su aporte a las letras estadounidenses. Usó los seudónimos de John Swithen y Richard Bachman. Está casado con la escritora Tabitha King, con quien tiene un hijo escritor, Joe Hill.

Stephen King resumió en 20 puntos lo que considera es la clave para escribir la primera novela, o, en realidad, para escribir cualquier cosa, novela o cuento, en cualquier momento. Son estos:

1) Primero escribid para vosotros mismos, después para los demás. “Cuando escribes, estás contándote una historia. Cuando reescribes con otro objetivo, lo que comenzó siendo para ti termina por apagarse”.

2) No utilicéis la voz pasiva. “Los escritores tímidos ocupan la voz pasiva por la misma razón que los amantes tímidos prefieren parejas pasivas”.

3) Evitad los adverbios. “Los adverbios son enemigos del escritor”.

4) Evitad especialmente los adverbios después de “ella dijo” o “él dijo”.

5) No os obsesionéis con la gramática perfecta. “El objetivo de la ficción no es la perfección gramatical, sino contar una historia”.

6) La magia está en nosotros. “Estoy convencido de que el miedo es la base de las malas historias.”

7) Leed, leed y leed. “Si no tienes tiempo de leer, no tendrás las herramientas para escribir”.

8) No os preocupéis por hacer felices a otras personas. “Escribe con tanta sinceridad como puedas. Si intentas tener éxito como escritor, la mala educación debería ser la penúltima de tus preocupaciones”.

9) Apagad el ordenador y la televisión. “Lo último que necesita un escritor en búsqueda de inspiración es tener la televisión encendida”.

10) Tenéis tres meses. No más. “El primer borrador de un libro, sea cual sea su longitud, debe estar listo a los tres meses, la duración de una temporada”.

11) Dos secretos para triunfar. “Me encuentro sano mentalmente y sigo casado”.

12) Una palabra a la vez. “Se trata de un cuento de una sola página o una trilogía épica como ‘El señor de los anillos’, el éxito siempre se logra con una palabra a la vez”.

13) Eliminad las distracciones. “No debe haber ningún teléfono o aparato electrónico en el estudio donde te dedicas a escribir”.

14) Ceñíos a vuestro propio estilo. “Nadie puede imitar el estilo de otro escritor en un género en particular, no importa cuán simple lo haga ver”.

15) Encontrad vuestra historia. “Las historias son reliquias, parte de un mundo aún no descubierto. El trabajo del escritor es utilizar las herramientas disponibles en su caja para desenterrarlas poco a poco, tratando de mostrar la superficie intacta en medida de lo posible”.

16) Descansad. “La lectura de tu obra debe ser una experiencia tan estimulante como extraña. Tómate un descanso y vuelve a leer tus líneas después de seis semanas”.

17) Olvidaos de las partes aburridas y matad lo que más queráis. “Aun cuando esto rompa tu corazón de pequeño escritor egocéntrico, mata aquellas partes que rompen con el ritmo y hacen una historia aburrida”.

18) La investigación no debe eclipsar a la historia. “No dejes que el proceso de investigación termine siendo más importante que tu historia. Te podrás sentir cautivado con todo lo que aprendiste en el trayecto, pero los lectores tendrán la atención puesta en los personajes y la historia”.

19) Un escritor es quien lee y escribe. “Se aprende únicamente leyendo y escribiendo mucho. Las lecciones más valiosas son aquellas donde el maestro eres tú mismo”.

20) Escribid para ser felices. “No se trata de escribir para hacer dinero, hacerte famoso y tener citas, conseguir parejas o hacer amigos. Escribir es mágico, es el agua de vida como cualquier otro arte. El agua es gratis, así que bebe”.

 

‘Reunión’ de John Cheever

john-cheeverLa última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí -mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces-, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.

-Hola, Charlie -dijo-. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.

Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.

Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:

-Kellner! -gritó-. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!

Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.

-¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? -gritó-. Tenemos prisa.

Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.

-¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? -preguntó.

-Cálmese, cálmese, sommelier -dijo mi padre-. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.

-No me gusta que nadie me llame dando palmadas -dijo el camarero.

-Debería haber traído el silbato -replicó mi padre-. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.

-Creo que será mejor que se vayan a otro sitio -dijo el camarero sin perder la compostura.

-Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca -señaló mi padre-. Vámonos de aquí, Charlie.

Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:

-Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?

-¿Cuántos años tiene el muchacho? -preguntó el camarero.

-Eso no es en absoluto de su incumbencia -dijo mi padre.

-Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.

-De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle -dijo mi padre-. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.

Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:

-¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.

-¿Dos bibsons con Geefeater? -preguntó el camarero, sonriendo.

-Sabe muy bien lo que quiero -replicó mi padre, muy enojado-. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.

-Esto no es Inglaterra -repuso el camarero.

-No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.

-Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra -dijo el camarero.

-Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente -declaró mi padre-. Vámonos, Charlie.

El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.

-Buongiorno -dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.

-No entiendo el italiano -respondió el camarero.

-No me venga con ésas -dijo mi padre-. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.

El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:

-Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.

-De acuerdo -asintió mi padre-. Denos otra.

-Todas las mesas están reservadas -declaró el encargado.

-Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.

-Tengo que coger el tren -dije.

­-Lo siento mucho, hijito -dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. -Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí-. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…

-No tiene importancia, papá -dije.

-Voy a comprarte un periódico -dijo-. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.

Se acercó a un quiosco y pidió:

-Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? -El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista-. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? -insistió mi padre-, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?

-Tengo que irme, papá -dije-. Es tarde.

-Espera un momento, hijito -replicó-. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.

-Hasta la vista, papá -dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.

John Cheever (foto)