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‘Hombre solo’ de Jesús Gardea

Jesús Gardea

Un cuento inquietante del mexicano Jesús Gardea, (1939–2000, foto) en el que haciendo un despliegue de creatividad del lenguaje construye un mundo asfixiante, sin horizontes. Diría que es una metáfora de soledad y abandono social. JSA

En las calles pequeños remolinos de polvo se persiguen. Son las doce del día y desde temprano ha estado soplando, flojo, el viento. Las sombras están de pies junto a las paredes, deslumbradas y mordidas por la resolana. Los tres árboles que hay en la calle soportan mal el furor de agosto. El calor casi los hace arder. Sus ramas rechinan como viejas puertas. Juan Zamudio, como vino al mundo, ve y oye todo esto. Ya se sabe de memoria el verano. Sesenta años de conocerlo no son pocos. A lo único que Zamudio no puede acostumbrarse es a la impertinencia de las moscas. Y a alguna otra cosa, de por dentro, y que no sabe bien a bien de qué se trata. Zamudio se defiende de las moscas matándolas con un periódico hecho rollo. Pero de lo otro no atina a defenderse. No atina sino a sufrirlo.

Juan Zamudio dejó abierta la puerta de atrás de su casa, así como la del frente, situándose en el camino del aire, con la esperanza de refrescarse. Que ésa es mera ilusión suya, lo atestiguan los charquitos de sudor que se ven a sus pies. Zamudio es un hombre flaco, un enamorado de su esqueleto. Dicen que a él le sudan los huesos, cuando no sea, en realidad, el alma. Lo dicen porque lo que suda es de color blanco, como agua de cal, y porque a veces huele a cosa largamente encerrada.

Cuando descansa de aplastar las moscas, Zamudio se pasa la mano libre por las costillas, como un hombre que le acaricia las cuerdas a un instrumento.

Respira hondo entonces. Y se pone de pie. Zamudio es también un hombre alto y al andar se balancea hacia los lados. En la última pieza, la del fondo, tiene un tanque con agua y rodajas de limón. Y hacia allá se dirige, pensando en los árboles que atormenta el sol. Juan Zamudio usa un cucharón de peltre para beber. Bebe sin preocuparse de las rodajas, que escupe, después de chuparlas, igual que si fueran espinas de pescado.

Él no plantó los árboles, pero los árboles viven gracias a él. Por otra parte, encuentras muy grande consuelo en ellos, sobre todo en los días que sufre de aquello que no entiende.

Zamudio vuelve a pasarse la mano por las costillas. Cuelga el cucharón del borde del tanque. Se acerca después al calendario de la pared y le arranca una hoja. Esto parece reportarle felicidad, porque sonríe y tiene de pronto en sus ojos más luz que agosto. Sus ojos son grises y desolados. Pocos lo pueden ver sin que sientan desértico el mundo. Hace una bola con la hoja y la avienta al patio. La bola de papel se hunde en la luz como una piedra en el agua de un estanque. Zamudio, requemado por el sol, no trabaja el día último de cada mes.

Juan Zamudio hace palomitas de lámina que vende en la plaza. De lejos refulgen como la plata, como luminarias. Zamudio lleva muchos años acudiendo a la plaza. Cuando negocia, nunca mira los ojos del cliente, temeroso de perderlo. De ahí le ha venido la fama de perverso. Pero nadie le teme. Siempre se halla a los ojos de todos en pleno sol.

Zamudio, como las frutas, ha ido madurando con el calor de los veranos: dueño ya de unas voces que escucha dentro de él. Zamudio duerme apenas. Emplea las noches en volver a las voces y en tratar de entenderlas. Se acuesta boca arriba y espera. Las voces se anuncian como se anuncia la lluvia. A Zamudio se le agita entonces una fronda íntima y se le llena el pecho de rumores.

Esto no dura. Las voces quieren ser descifradas. Zamudio va a sufrir en el afán. Será acosado por ellas: se le pondrá sitio de lumbre a la cabeza. Viniendo el alba, medio ardido, humeante, se arrepentirá –como siempre– de haberse tendido a esperar.

Desnudo como se encuentra, Zamudio se acerca a la puerta por donde acaba de arrojar el papel y orina un grueso chorro que parece de oro. El ruido debió de oírse en los cielos. De eso está seguro Zamudio, y orgulloso. Nadie como él para orinar un torrente.

Los pelos de su sexo son como los de su cabeza, rubios. Lo que no se explica es el color amarillento del chorro, con tanta agua como bebió. Piensa en la rodajas de limón, en que él no conoce enfermedad, como no conoce las canas. Recula unos pasos y ve, de nuevo, el calendario. Por segunda vez sonríe. Tiene la creencia de que si arranca al mediodía, la última hoja del mes, lo bueno le vendrá doblado y más de prisa. Vuelto a su banco de lona sudada y a la mortificación de las moscas, Zamudio dormita un poco pero manteniéndose erguido, al modo de un centinela.

Entre lo que logró averiguar en el ruido de las voces, en los fugaces respiros que le dejaba el asedio, había un mandato de permanecer, con huesos y músculos, a la expectativa. Como si de un momento a otro tuviera que verse obligado a saltar sobre un abismo.

El crujido de las ramas de los árboles se ha intensificado. Zamudio ahora oye el jadeo más fuerte y la compasión lo invade. Los remolinos de polvo de la calle vienen a estrellarse contra el esprín de la puerta, a cernirse allí. Zamudio encoge las piernas: el polvo blanco, su contacto, siente que le daña: ha visto la obra del polvo, empujado por el viento, en la corteza de los árboles. Busca con los pies debajo del banco los zapatos. Sabe que no debe ausentarse de la casa para nada, que allí debe permanecer, esperando: pero son los árboles los que no lo dejan tranquilo.

El mes pasado no hacía tanto calor: con echarles a diario un balde de agua bastaba. Hoy no. Hoy, si o se les auxilia, para las tres de la tarde estarán ardiendo como antorchas.

Zamudio se pone los pantalones. De un golpe con el periódico mata cinco moscas que le pican en el hombro. Las demás suspenden el ataque, y forman un coro que él se apresura a dispersar. Que las moscas tejan sin medida y sin concierto, cada una para su santo, su zumbido, lo tolera. Pero lo que no tolera es que se unan con el fin de taladrarle, de vaciarle los nervios.

Zamudio va y trae con qué regar los árboles. A Juan Zamudio le juegan el viento y el polvo entre las piernas. En la acera de su casa las sombras han comenzado a caer y rodar hacia la calle. Zamudio se pega a la pared, hunde, como puede, el cuerpo en la sombrita que nace. El agua que lleva del lado del sol, en el balde, le hiere, intermitentemente, los ojos con su reflejo. Los árboles no están lejos ni demasiado separados uno del otro: Zamudio, a poco, abandona la sombra y cruza la calle.

Entonces vuelve los ojos a la casa, como quien es esperado, de fijo, allá. La puerta del esprín está abierta y Zamudio piensa en los viajes que todavía tiene que hacer con el balde. Los pelos rubios de su cabeza, con los rayos del sol, se aclaran como las palabras con el reposo. Zamudio es parco para hablar. Debajo de los árboles, el viento suena mucho. Zamudio mira al fondo de la calle solitaria. Su vida –piensa– es como esa calle. Zamudio se agacha para vaciar el agua del balde en la fosa del primer árbol, colmada de polvo. El polvo se traga el polvo como si nada. El ruido de cascabeles del viento crece y le resuena a Zamudio en la caja de las costillas.

Zamudio se endereza y vuelve a mirar la calle. Una figura de hombre o de mujer –no alcanza a distinguir bien– se aproxima andando muy despacio. Zamudio sonríe, como cuando le arranca la hoja al calendario.

Al caer la tarde, han caído también el viento y el polvo. Juan Zamudio está inmóvil. Las moscas, atontadas por el calor, se pasean como animales de la tierra, por brazos, hombros y piernas de Juan Zamudio. Zamudio no se mueve desde que regresó de los árboles. Conserva puestos los zapatos y los pantalones. Mantiene a raya la desesperanza: los años le han enseñado que en el mundo existen cosas que llegan a su destino sólo dando mucho rodeo. Juan Zamudio piensa, además, que aún queda la noche.

Jesús Gardea (foto)

‘La identidad’ de Elena Poniatowska

elena poniatowskaYo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajos me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vueltas lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida –casi siempre se va de subida–, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras.” “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, nomás acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos.

Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿Qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Vio hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto, todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó:

–Ya sé, le voy a regalar mi nombre.

Elena Poniatowska (foto)

‘Antepasados’ de Manuel Mejía Vallejo

manuel mejía vallejoLos contados viajeros que atraviesan el páramo hablan de un pueblo fantasma. Entre largos silencios, frente al fuego que da calor a su fatiga y su asombro, tratan de hilar una historia de sueño y pesadilla. Al narrar, ellos mismos parecen habitantes de aquel pueblo fantasma.

–Hacía tanto frío, que era necesario recordar intensamente un buen tiempo de calor para contrarrestar las heladas.

Si llamaban:

–¡Sol!,

la palabra sol apenas alumbraba un trecho del camino más cercano a la voz y nunca llegaba a producir sombra ni tibieza. Porque no había calor. El calor era nostalgia de un sol que, según leyenda callada, existió un tiempo sobre los eriales ateridos.

–Había tanta deshabitación, que sus habitantes, alejados, tenían que concentrarse en el recuerdo de otros seres para no morir de soledad.

Si llamaban:

–¡Roberto!,
la palabra no lograba traer claramente la figura. De cuando en cuando una silueta borrada era la sola respuesta. Porque no había presencias, y el llamado invocaba únicamente vacíos: en el sueño, en el recuerdo de lo jamás sucedido, en el eco dormido de la propia voz.

–Había tan pocas alas en el aire, que si alguna se atrevía contra el viento, los suyos eran aletazos de protesta.

Si llamaban:

–¡Pájaro!,
moría un silbo en las vertientes apeñuscadas, en forma de despedida. Porque no había pájaros. Sólo en sus recuerdos cruzaban dos o tres, grises y torpes, incómodo el vuelo en esos recuerdos desesperados. –Había tal escasez de agua, que debían calmar sus sedes en la evocación de arroyo distante.

Si llamaban:

–¡Arroyo!,
la palabra se iba humedeciendo en un camino de bruma y arena. Allí acababan las sílabas, sin llegar nunca a ser lo que nombraban. Porque el agua era presencia de la sed, rumor de corrientes ajenas sobre rocas en espera inútil. Algunas ausencias de peces saltaban con chapoteos de aire seco.

–Había tanto silencio, que trataban de inventar canciones traídas por la memoria. Pero nadie sabía cantar, porque también su voz se hizo para el silencio.

Si llamaban:

–¡Canción!,

apenas si un leve llanto escondido parecía temblar entre los chamizales. Porque tampoco había voces. Callar fue otra manera de hablar a voz en cuello, sin posibilidad de silenciosos respondedores.

–No había árboles. El viento y las arenas volantes convirtieron en muñones lo que pudo ser ramazones al cielo.

Si llamaban:

–¡Árbol!,

caían de ninguna parte hojas secas, sabedoras únicamente del vuelo de su caída.

–No había flores. Cada botón era fracaso último de últimos ensayos por florecer. Cada hoja tenía fuerza suficiente para alargar su agonía.

Si llamaban:

–¡Flor!,
un rubor se insinuaba al extremo de un tallo nacido para morir, porque el viento arenoso desteñía la posibilidad de cáliz o pétalo.

Así, poco a poco los habitantes fueron desapareciendo de frío, de soledad, de sed, de silencio, y las palabras se confundían, desamparadas en el paisaje.

Sólo un sobreviviente alcanzó a experimentar las primeras sensaciones de calor, de compañía, de aguas abundantes, de pájaros, de voces y baladas amigas.

Al morir supo que en adelante existiría esa región creada por la angustia, por el recuerdo apretado, por la sed y la muerte. Sobre su roca hizo desgonzar una esperanza última al entrever un sitio amable fabricado a lo largo de tantas invocaciones desgarradas. Alcanzó a escuchar la fuga del silencio, el sonar de un arroyo que brotaba entre las rocas del páramo, la suave caída de un sol que entibiaba silbos recién llegados y grupos de jóvenes cantando canciones primeras.

Así se formó aquel extraño lugar. Los contados viajeros que logran atravesar el páramo hablan de sombras y luces y árboles y personas y animales soñados por una gran desesperanza.

Manuel Mejía Vallejo (foto)

‘Réquiem con tostadas’ de Mario Benedetti

mario benedettiSí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchado de tanto llorar.

Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama.

Era pesadísimo, y además aquello era como levantar a un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable.

Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata.

Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de medianoche, con un olor a grapa que apestaba.

En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes.

Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca podré decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía.

Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo.

A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran.

Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuánto tiempo estará preso.

Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miquelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece.

Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Mario Benedetti (foto)

‘En el año 1627 un barco…’ de Luis López Nieves

luis lópez nieves(a Adeline Kuang)

Dice que la ciudad comienza a cansarla. Le aburre contar las ventanas entre las calles del Cristo y de la Cruz. Ese juego ya no la entretiene. Le sugiero que salgamos a la campiña pero ella dice que no, que le aterra salir de las murallas, que afuera todo es insectos, malezas, bestias, indios salvajes. Dice que esta isla se ha convertido en un castigo, en el antiparaíso, y que ya no sabe qué hacer. Afuera de las murallas es un infierno, dentro de las murallas es otro infierno, y ya le cansa contar ventanas.

Desde la última invasión de los holandeses, hace dos años, no se encuentra un libro para leer. La ciudad quemada, casi en ruinas; la catedral silenciosa. Ya no se oye el repicar de las campanas que se robaron los holandeses sacrílegos, ni la música del órgano que destrozaron con sus hachas. Las paredes de las casas están cubiertas de cenizas. Y ese persistente olor a quemado, a hecatombe, ha cambiado el aire que se respira en la ciudad. El cielo es un domo de nostalgia, el cabalgar de los caballos es diferente; nada, nada es igual en San Juan Bautista.

“Es el fin del mundo” dice ella de pie, en el medio de la sala, mirando las vigas del techo y soltándose el largo cabello negro que yo tanto amo; y así, vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, en el mismo centro de la sala, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe. Las esclavas corren a socorrerla pero ella ordena que la dejen quieta, que no le pasa nada; me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad. Devastado, impotente, la miro en silencio porque no sé qué decir.

La dejé en el muelle de la Puerta de San Juan y luego subí a mi balcón. Desde entonces me he negado a bajar. Vi su barco partir de la bahía: me dijo adiós con su mano enguantada mientras nos mirábamos en silencio. Ella con sonrisa inevitable, dolorosa; yo con lágrimas que ella no podía ver porque estaba lejos. El barco zarpó. María Cristina en su ancho traje de algodón rosado, al lado del mástil principal, me saludaba despacio. Yo veía el agua tan azul de la bahía, el traje volátil de mi mujer azotado por la brisa, las velas del galeón que ondulaban como alas gigantescas; blancas y leves flotaban en el viento. Y esa brisa se llevó la nave. Tras llegar a la boca de la bahía desapareció rumbo a Sevilla. Y yo sigo aquí en el balcón, sentado, escrutando día tras día el vil horizonte.

Esa procesión que pasa frente a mi casa, afligida y nocturna, no me emociona. Apenas escucho el rosario que las mujeres repiten en voz baja. Sigo sentado en mi balcón, velando el horizonte debajo de la luna. Esas antorchas y farolas que con su luz abren la noche, ya no me importan nada. La Semana Santa no significa nada. Este próximo domingo, Día de la Resurrección, no tendré nada que celebrar. La Catedral no podrá doblar las campanas, el coro cantará sin órgano y yo dormiré sin el aroma suave del cabello de María Cristina. Es el fin del mundo.

Anoche pasó otra procesión frente a mi casa. Aún quedan cabos de vela en la calle. Las señoras y las niñas vestían de negro, cubrían sus cabezas con mantillas negras, y la luz amarillenta de las teas y farolas iluminaba las ventanas que mi mujer ya no quiso contar. Yo escuchaba la letanía de las caminantes y la recordaba a ella en esa misma calle, su traje blanco en el sol, pero me bastaba cerrar los ojos un instante para recordar el galeón que abandonó la bahía lentamente, el traje rosado enardecido por el viento, el guante blanco diciéndome adiós.

Me acusan de misantropía. Quieren que renuncie a mi balcón. Mis amigos me invitan a la plaza o quieren llevarme a cabalgar. Me sugieren que tome el sol. Los veo a todos muy preocupados y los comprendo, creo que yo haría lo mismo por un amigo, pero es que a mí ya no me importa. Ayer estuve a punto de insultar al Obispo, quien permaneció casi toda la tarde conmigo en el balcón e insistió en escuchar mi confesión, pero me negué a contarle nada. Me dice que estoy enfermo, que padezco melancolía, y me pide que lo acompañe a la Catedral, a ese mismo edificio de paredes chamuscadas que tanta tristeza causó a mi mujer desde que se quedó sin música ni campanas. Pero no me importa lo que piense él ni nadie. Así se lo dije esta mañana al mismo Gobernador, quien también vino a pedirme que abandonara el balcón. Me habló sobre mis deberes ante los súbditos de la corona, ante el Rey, ante Dios. Luego, en tono severo, me recordó que soy biznieto de conquistador y médico de la ciudad. Dijo que los enfermos me necesitan. Mientras me hablaba bostecé muchas veces y me dediqué, como siempre, a examinar el horizonte en espera del traje ancho de María Cristina.

Mis esclavas, las pobres, no dicen una palabra. Cuando traen las bandejas de comida creo ver algo de tristeza en sus ojos, aunque no puedo estar seguro porque sé que nunca me han querido. No importa. Seguirán llevándose las bandejas como las trajeron, sin tocar, con la comida intacta, y yo me quedaré en el balcón esperando el galeón que deberá volver. Lo que me han dicho mis amigos con voz temblorosa, y luego repetido el Obispo y el Gobernador en tono misericordioso, no es cierto. Es una mentira abominable. Sé que no hubo ninguna tormenta en alta mar. Es sólo un rumor. Tiene que serlo. Yo esperaré en este balcón hasta que vuelva el galeón, sus velas tremolando como alas gigantescas. El traje rosa estará junto al mástil. Volveré a sentir el aroma suave del cabello de mi mujer, la caricia lenta de su mano en mi rostro.

Luis López Nieves (foto) (Título completo del cuento: “En el año 1627 un barco zarpa de la bahía de San Juan”)

‘Sin nombres, sin rostros ni rastros’ de J.E. Pardo

jorge eliércer pardoComo a mis hermanos los han desaparecido, esta noche espero a las orillas del río a que baje un cadáver para hacerlo mi difunto. A todas en el puerto nos han quitado a alguien, nos han desaparecido a alguien, nos han asesinado a alguien, somos huérfanas, viudas. Por eso, a diario esperamos los muertos que vienen en las aguas turbias, entre las empalizadas, para hacerlos nuestros hermanos, padres, esposos o hijos. Cuando bajan sin cabeza también los adoptamos y les damos ojos azules o esmeralda, cafés o negros, boca grande y cabellos carmelitas. Cuando vienen sin brazos ni piernas, se las damos fuertes y ágiles para que nos ayuden a cultivar y a pescar.

Todos tenemos a nuestros nn en el cementerio, les ofrecemos oraciones y flores silvestres para que nos ayuden a seguir vivos porque los uniformados llegan a romper puertas, a llevarse nuestros jóvenes y a arrojarlos despedazados más abajo para que los de los otros puertos los tomen como sus difuntos, en reemplazo de sus familiares. Miles de descuartizados van por el río y los pescadores los arrastran a la playa para recomponerlos. Nunca damos sepultura a una cabeza sola, la remendamos a un tronco solo, con agujas capoteras y cáñamo, con puntadas pequeñas para que no las noten los que quieren volver a matarlos si los encuentran de nuevo.

Sabemos que los cuerpos buscan sus trozos y que tarde o temprano, en esta vida o la otra, volverán a juntarse y, cuando estén completos, los asesinos tendrán que responder por la víctima. Si la justicia humana no castiga a los verdugos, la otra sí los pondrá en el banquillo de los que jamás volverán a enfrentarse a los ojos suplicantes de los ultimados.

Esta noche hemos salido a las playas a esperar a que bajen otros. Nos han dicho que son los masacrados hace varias semanas, los que sacaron a la plaza principal y aserraron a la vista de todos. Quiero que venga un hombre trabajador y bueno como los pescadores y agricultores de por allá arriba y que yo pueda hacerle los honores que no le dieron cuando lo fusilaron. Mis hermanas tirarán las atarrayas y los chiles para no dejarlos pasar, uno no sabe si el que le toca es el sacrificado que con su muerte acabará la guerra. Aquí todas creemos que nuestros difuntos prestados son los últimos de la guerra, pero en los rezos nos damos cuenta de que es una ilusión.  Cuando traen ojos se los cerramos porque es triste verles esa mirada de terror, como si en sus pupilas vidriosas estuvieran reflejados los asesinos. Nos dan miedo esos hombres armados que quedan en el fondo de los ojos de los muertos, parecen dispuestos a matarnos también. Muchos párpados ya no se dejan cerrar y, dicen en el puerto, que es para que no olvidemos a los sanguinarios. Los enterramos así, con el sello del dolor y la impunidad mirando ahora la oscuridad de las bóvedas.

Algunos están comidos por los peces y los ojos desaparecidos no dan señales del color de  sus miradas. A muchos de los que nos regala el río y no tienen cara, nosotras les ponemos las de nuestros familiares desaparecidos o perdidos en los asfaltos de las ciudades. Pegamos las fotografías en los vidrios de los ataúdes para despedirlos con caricias en las mejillas. Fotos de cuando eran niños, con sus caras inocentes. Las novias hacen promesas, las esposas les cuentan sus dolores y necesidades y las madres les prometen reunirse pronto donde seguramente Dios los tiene descansando de tanta sangre. Las solteras les piden que les traigan salud, dinero y amor. Y cuando las palomas anidan en las tumbas es el anuncio de que deben emigrar para otra parte de Colombia o para Venezuela, España o los Estados Unidos.

Los primeros meses poníamos en sus lápidas las tristes letras de nn y debajo un número para que todos supieran que era un muerto con dueño, o mejor un desparecido reencontrado. Cuando nadie viene por ellos y las autoridades también los dejan a la buena de Dios, los dueños de los cadáveres los rebautizan con los nombres de sus muertos queridos. Es como un nacimiento al revés: parido entre el agua del río y lavado después en la arena. Les llevamos flores, les encendemos veladoras y les regalamos rosarios completos y unos cuantos responsos. Todas sabemos que en cada rescatado hay un santo.

Los lunes nos reunimos en un rezo colectivo porque ya todas tenemos muertos  y sabemos que están muy solos y que todavía sienten la angustia de haber sido degollados, descuartizados o ejecutados con desmayo en la humillación. El dolor produce una mueca que nos hace respetar más al sacrificado.

A los aterrorizados les tenemos más amor y consideración porque uno nunca sabe cómo es ese momento de la tortura lenta y cómo enfrentaron las motosierras, las metralletas, los cilindros bomba.

Cuando oímos los llantos colectivos de las viudas errantes buscando a sus muertos, en peregrinación por las riveras, como nuevos fantasmas detrás de sus maridos, les damos los rasgos corporales y les entregamos los cadáveres recuperados. Lloramos con devoción y esa misma noche se los llevan envueltos en costales de fique, en sábanas viejas, en barbacoas o en los cajones simples que nosotras hemos alistado para los difuntos santificados.

Romerías con linternas apuntando el infinito con estrellas como pidiendo orientación al cielo para no perderse en los manglares, tras la huella invisible del río. Lloran como nosotras la rabia de la impotencia. Cuando no encuentran al que buscan nos dejan su foto arrugada porque ya no importa tanto la justicia de los hombres sino la cristiana sepultura de los despojos.

Nos hemos contentado con recibir y adoptar pedazos porque tener uno entero es tan difícil como el regreso de nuestros muchachos reclutados para la muerte. Ellos no volverán, mucho menos las noticias porque la guerra se los come o los ahoga. Cuando no se los traga la manigua, los matan las enfermedades de la montaña o el hambre.

Nos han dicho que no somos los únicos en el puerto, que en Colombia los ríos son las tumbas de los miserables de la guerra. Los viejos nos han dicho que siempre los ríos grandes y pequeños albergan a las víctimas, desde la violencia entre liberales y conservadores de los siglos pasados cuando venían inflados, flotando, con un gallinazo encima.

Al reemplazar el nn en la lápida por el nombre de nuestro esposo o hijo, la energía que viene del cemento es como la que sentimos cuando nos abrazábamos antes de la desaparición. Lo sabemos porque al golpear la pared y empezar las conversaciones secretas, después de las palabras, aquí estamos, no estás solo, nos llega un vientecito tibio como el calor de los cuerpos de nuestros seres inmolados. Los santos asesinados son los mismos en todo el mundo, en todas las guerras y nosotras lo sabemos sin decírnoslo. A algunas de nuestras vecinas les han dicho que se vayan del puerto, que busquen en las ciudades un mejor porvenir para los niños y muchas se han ido sin regreso posible. Entonces regalan o encargan a su muerto, a su Alfredo o Ricardo, a su Alfonso o Benjamín, para que los guíe y cuide en los largos y miedosos tiempos del errabundaje. Así el puerto se ha quedado con muy pocos niños y las adolescentes desaparecen antes de que los padres las saquen de las zonas de candela. Por eso creemos que nuestros muertos, los descendientes sacrificados que nos da el río, reemplazarán a tantas familias que mendigan por Colombia. Mi esposo seguramente ha sido redimido por otra madre desconsolada, más abajo de aquí, porque hemos sabido que lo arrojaron desnudo y dividido, lo acusaban de enlace de los grupos armados. Tendrá otras manos y otra cabeza, pero no dejará de ser el hombre que amaré por siempre, así me lo hayan arrebatado untado con mis lágrimas. Se me ha acabado el agua de mis ojos pero no la rabia. El perdón, el olvido y la reparación, han sido para mí una ofensa. Nadie podrá pagar ni reparar la orfandad en que hemos quedado. Nadie. Ni siquiera el río que nos devuelve las migajas, nos da la comida para vivir y nos entrega los muertos para no perder la esperanza.

Nuestro cementerio no es de desconocidos como pretendieron hacernos creer. Nosotras no pedimos a nuestros muertos números de suerte ni pedazos de tierra para una parcela, pedimos paz para los niños que aún no entran en la guerra a pesar de que a muchos de nuestros sobrinos los han quemado o arrojado al agua. Los niños no llegan a las playas, no son pescados por manos bondadosas.

Dicen que a ellos los rescata un ángel cuando los asesinan. El río los purifica.

Después de tantas noches de cielo hechizado, de tanto llanto contenido, mi hija ha quedado viuda. Por eso está conmigo esta noche en la orilla, rezando para que baje un hombre por quien llorar junto a nosotras. Más arriba hay chorros de linternas. Sabemos que cada uno tiene los muertos que el río buenamente le entrega. No importa que seamos un pueblo de mujeres, de fantasmas, o de cadáveres remendados, no importa que no haya futuro. Nos aferramos a la vida que crece en los niños que no han podido salir del puerto. A nuestras criaturas inocentes las hemos dejado dormidas para salir a pescar a los huérfanos de todo.

Mañana nos preguntarán cómo nos fue y nosotras les diremos que hay una tumba nueva y un nuevo familiar a quien recordar. Bajan canoas y lanchas. No sabemos si estamos dentro de un sueño o nosotras flotamos despedazadas en el agua turbia, en espera de unas manos caritativas que nos hagan el bien de la cristiana sepultura.

Jorge Eliécer Pardo (foto) (Premio Nacional “Cuento Sobre Desaparición Forzada ‘Sin Rastro’”)

‘Melina Mercouri’ de Andrés Caicedo

andrés caicedoChistosísimo. Esta noche no saldrás de los límites de tu piel: más allá es imposible, Él te dejará satisfecha, reconocerá en ti una concordancia perfecta, tus poros sudarán parejo con los de él y tus manos buscarán en su cuerpo algo que no hayas conocido, y si no te va bien en la búsqueda las manos de él guiarán las tuyas natural. Tocarás una sola vez sus nalgas y sentirás su escalofrió, el tuyo el de él el mismo. Y hasta puedes decirle que se bajen al suelo para hacerlo diferente, palabra, al suelo. Y allí todo el universo se limitará a existir en el espacio en blanco que dejen los dos cuerpos y dirás cosas, a él le gusta. Puede ser con una legendaria vos ronca, como en las películas  francesas o Melinda Mercouri recuerdas. Sin ningún temor, todo lo que se te ocurra, jovencita, que te acaricia como a ti te gusta, para que esta noche todo les salga a las mil maravillas, para que los dos sean una materia sebácea sin absolutamente nada de forma, sebácea y cristalina, sin forma, con sentidos.

Qué bien. Tu pelo crespo, si, tienes el pelo crespo, qué vaina. Tus mechones: enroscaditos. Te caen sobre la frente: mechones negrísimos, ¿te das cuenta? ¿Él se ha dado cuenta? Y la nariz chiquita y chiquita rima con bonita y con otro diminutivo de lo más rimador que se llama respingadita, así, y las trompas que haces,  pero cuando te sonríes tratas de no mostrar gran parte de tus dientes, para que no te vea ese: el de metal. Le has contado que cuando tenías quince años  te lo quebró una amiga jugando básquet y que tu mamá te mandó a poner esa joda de repuesto, porque no es más que un repuesto. Un pedazo de aluminio bordeando el esmalte. ¡Eso: un diente enmarcado! Ese diente que pesa sobre la boca de él cuando te está besando, la vez pasada le cortó la lengua, casi no le salió sangre pero pegó un berrido y tú te asustaste y le preguntaste lo de siempre, que qué había pasado, pero a él le dio pena decirte que era ese maldito diente y se quedó callado  y se estiró la mano hacia tu cuerpo y tu cuerpo la recibió  gustosa, ni más faltaba. Y ese diente tuyo es ácido, él te lo mira ahora y se le hace agua la boca. Hasta ha pensado en echarle sal y chuparlo como si fuera limón. Y sigues haciendo esas trompitas, y cantando boleros de Libertad Lamarque, algo así como ya todo el corazón te lo entregué, sí, eso lo cantaste cuando lo conociste, después que le dijiste que tenías veinte años y hasta tenías una vos bonita y él te dijo que tus ojos eran muy negros  pero que cómo era eso que ibas a tener veinte años, que él tenía apenas diez y siete y no importa le respondiste atemorizada, pero él todavía no podía creer. ¡Veinte años! Palabra que hasta te iba a pedir que le mostraras la tarjeta de identidad, te había calculado diez y seis por lo menos. No los aparentas, te lo digo y tú no importa olvidemos eso, a mí se me da cinco centavos que usted tenga diez y siete y dale con ese bolero y él estuvo a punto de lanzar la carcajada cuando tú seguías en que ya le habías entregado todo tu corazón y que eres muy joven, mejor y tus ojos te ayudan a cantar ese bolero, ¿no te lo digo? ¡Ja! Y después de haber entrado en ese cuarto, él se paró delante de ti y cruzó los brazos y dijo que empezaras a quitarle el blue jean y te asombraste de la proposición y dijiste que no, que lo hiciera él sólo y que apagara la luz, que no te viera desvestir y te cubriste con una enorme sábana blanca mientras él se quitaba los blue jean por su cuenta y tú veías sus dedos, los imaginabas en tu pertenencia. Y no solamente fue eso, sino que después del primer beso le preguntó que si era virgen y tú dijiste para adentro este por qué viene con esas preguntas y le respondiste no, no soy virgen y él te recostó sobre la cama y dijo que bien y sonreíste y le mordiste una oreja como habías visto en una película de james bond o en cualquiera de espías. Y con una mano te echabas el pelo para atrás y con la otra te agarrabas de su cuerpo y a veces cogías el pelo de él y también querías echarlo para atrás, pero él no se iba, se acercaba más a tu cuerpo y dejaba que su pelo cayera sobre tu cara y te decía algo, algo que no entendías de todos modos, qué carajo, no hay necesidad de entender lo que se dice. Además: a quién se le ocurre hablar en esos momentos. Pero tú también abrías la boca para soltar palabras. Mirabas al cielo raso y al chorrito de luz que entraba desde cualquier parte y también hablabas, jovencita, ni modo de replicar. Y después todo el espacio se sumergió en los cuarenta mil sentidos de los dos cuerpos, allí donde todo despreciaba a lo que no se pudiera tocar con la punta de los dedos. Y luego vino el mar, la cúpula espacial del paseo nuclear: el cielo, eso era el mar o no era el cielo, su sonrisa, luego vino su sonrisa, el azul, la enorme sábana era una enorme sábana, era todo, y luego vino tu pelo, el de él una palabra que no recuerdas, pero la entendiste, hasta sonreíste al oírla y luego vino el mar y un espacio brillante, brillante con colores relampagueantes que se perdían y volvían a aparecer así como cuando te aprietas los ojos y los párpados se llenan de colores y luego vino ese chorrito de luz más allá de los colores relampagueantes  y esa muchacha de la novela le decía al tipo que la esperara, esa muchacha de la novela tenía el pelo del color del ala de cuervo y el tipo era casado y su esposa le había encontrado un preservativo en el bolsillo y tú le ibas a decir que la esperaras cuando vino el mar y cuando llegó el chorrito de luz de los colores del chorrito de luz relampagueante de los colores del chorrito de luz del azul del mar o del paseo de ese paseo y tú le ibas a decir que te esperara.

Hoy estarás nuevamente con él. Ya las cosas serán distintas. Serán distintas. Porque lo has recordado por una semana entera y has vuelto a leer la novela de la muchacha  del pelo color ala de cuervo y has imaginado la cara de su amante y todavía no sabes qué era lo que ella quiere decir con esa palabra: espérame.

Tú harás lo mismo. Harás que te bese hasta que te haga cerrar los ojos y apretar las piernas y pellizcar tus senos. Así. Que te recorra íntegra, que por favor no deje de tocar un solo pedazo de tu cuerpo y que después, siempre después, no tendrás que decirle que te espere cuando para los dos haya llegado el momento. Qué va.

A pesar de todo, ese diente tuyo no te afea totalmente la boca, pero de lo que no hay duda es que mañana te lo haces quitar. A lo mejor hasta hayas cortado la lengua de él a lo mejor hasta ese berrido que lanzó la otra vez fue por eso.

Que te mire a los ojos, que por favor haga todo lo posible por mirarte a los ojos, esta noche, ahora, ahora que lo esperas, que por Dios te mire a los ojos y si no puede que se estire, que alargue las piernas, que se tuerza, que haga todo lo que quiera pero que no deje de mirarte a los ojos. Esta noche, cuando él se acerque a ti y te vea peinada como a él le gusta, te lo explicó la otra vez, a lo mejor le hayas entendido: es con el pelo tirado hacia la cara y la carrera por la mitad: así. Si, que ahora que vente correr a donde tienen que ir y que te mire a los ojos para que vea en ellos todo aquello por lo cual estás debajo de él, encima de él,  en la mitad de él. Sí, si él te mira a los ojos esta noche, verá en ellos todas las mil razones por las cuales tu alma siente lo que siente, por las cuales tu cuerpo piensa y razona cómo ahora está pensando y razonando. Esta noche, cuando él te diga que está muy bonita con el peinado nuevo y te haga una mueca chistosa por la nariz para que tú te pongas contenta. Esta noche, cuando él venga, cuando él no vendrá: lo verás.

Y esta noche, cuando él venga, cuando él no vendrá, tú cantarás otra vez ese bolero.

Andrés Caicedo (foto)