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‘La identidad’ de Elena Poniatowska

elena poniatowskaYo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajos me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vueltas lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida –casi siempre se va de subida–, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras.” “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, nomás acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos.

Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿Qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Vio hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto, todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó:

–Ya sé, le voy a regalar mi nombre.

Elena Poniatowska (foto)

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Cubana Reina Rodríguez gana el ‘Pablo Neruda’

Reina maría rodríguezEl alternativo grupo Paidea, La Azotea de Reina, en su casa de la calle Ánimas, y luego su Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, hasta su última y molesta mudanza para la azotea del Instituto del Libro, han sido, cada uno en su momento, el único, solitario lugar de resistencia contra la mediocridad, la incultura, la estulticia intelectual (y de la otra), de los años 70, 80; un espacio de esperanza y redención, en los 90, y así sigue en la primera década del siglo XXI, escuchando, apoyando, velando porque se publiquen libros valiosos, tanto de autores nacionales como extranjeros, en su original colección de 150 ejemplares cosidos a mano, según el método japonés kangxi.

En esos términos reseñó Azucena Plasencia el otorgamiento en Cuba del Premio Nacional de Literatura 2013, a Reina María Rodríguez (foto), quien ayer ganó, en Santiago, el Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’. Dijo Azucena Plasencia: “Celebremos la aventura de escribir con verdad, la exploración ética que involucra, íntegramente al autor y se da con plenitud en la obra de Reina María Rodríguez: afirmación de una individualidad, de un proyecto, de un horizonte intelectual y de comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y coraje”.

Entre tanto, acá en Santiago, el jurado integrado por José Kozer (Cuba, anterior ganador del premio, en el 2013), Graciela Aráoz (Argentina), Pablo Brodsky (Chile), Julio Ortega (Perú) y Malú Urriola (Chile), fueron unánimes en premiar a Reina María, de 61 años, quien dijo telefónicamente que “toda la vida he sido lectora de Neruda, y le dedico este premio a todos los escritores de mi generación que han tenido que salir de Cuba”.

La dotación del Premio Pablo Neruda es de 60 mil dólares (unos $33.769.140 chilenos). Han ganado este premio: el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005), la cubana Fina García-Marruz (2007), la chilena Carmen Berenguer (2008), el nicaragüense Ernesto Cardenal (2009), el peruano Antonio Cisneros (2010), los chilenos Oscar Hahn (2011) y Nicanor Parra (2012), y el ganador del 2013 fue el cubano José Kózer. Aquí un par de poemas de Reina María Rodríguez:

Una silla en lo alto      una mujer se ha sentado en tu silla turca / sin desnudarse / tan sólo allí / cuando sueñas cuando vuelves / de las complicaciones. / una mujer está hecha de esa soledad / que existe entre lo cotidiano y el deseo. / vuela ante el parabrisas / te engaña se detiene / y luego escapa. / para toda mujer hay un trono / en el centro de un hombre / una silla en la conciencia. / yo vivo sobre la nariz entre tus ojos / bajo la frente / sólo tus huesos son cómplices de mi ocio / así los árboles nos traspasan / los colores nos iluminan juntos / y así la muerte nos matará a los dos / boca arriba / entre tus pensamientos / y mi llanto.

Un chocolate viene      aquí tengo en la cartera un chocolate. / apretada / la letra de un hombre se ha prendido / al papel que lo envuelve. / un hombre azul me lo envía / lo deja caer desde una nube. / un chocolate viene / desde un vuelo muy alto sin aviso / a mi boca / y en el gusto van entrando sus ojos. / estoy comiendo ojos de chocolate / en mi vestido blanco se prenden las avispas. / ya que volamos juntos dime / dónde está la distancia interminable / mi cuerpo a segundos-propulsión del tuyo / y el amanecer cuajándose en mi bata. / ya toco el otro corazón bajo tu vientre. / en el ruido de un motor donde puede / desprenderse la eternidad estamos presos. / ya estoy muerta por accidente de un amor / en este oscuro hotel aprieto mi tablita de chocolate / para salvarme / (no se pueden amputar los amorcitos todo / es continuable o roto por / las cosas principales que te obligan / a matar a una muchacha / en este pobre hotel de provincia / con los colchones hundidos de tanta humanidad). / las paredes se descascaran la gente se me olvida / y estos momentos que uno tiene / son ásperos / como si nos hubiéramos vaciado / indefensos / sólo un sabor dulce sobre mi ombligo / y no puedo detener los aviones que van a salir / que no son de juguete ya crecieron / y las señales los aeropuertos / siguen depositando tu cuerpo en la realidad / sin que yo pueda nada en contra / boletos fechas viajes que me corrompen / de tanta fama que tengo aquí / la fama que no es un número exacto / ni siquiera un chocolate entre los dientes / nadie sabe que en esta habitación tan sola / yo me como la fama / porque no me sirve para dormir / tibia / entre tus muslos.

‘El tren a Burdeos’ de Marguerite Duras

Marguerite_Duras2Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: “Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío”. Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

Marguerite Duras (foto)

Educación y televisión abierta en Chile

claudia peirano2Nombramiento de Peirano. El asunto es que no puedes nombrar director de la perrera municipal a quien ha sido sorprendido matando perros. “Así de simple”, me dijo Aristarco, con su brutal pedagogía. Hizo la comparación (un tanto burda a nuestro criterio, pero cierta), para referirse al caso de la recién nombrada subsecretaria (o viceministra) de Educación, Claudia Peirano (foto), del próximo gobierno. Lo dijo Aristarco porque, hasta la saciedad (y le creemos su honorabilidad), la candidata (y hoy presidenta electa) Michelle Bachelet prometió (y se comprometió) con que la educación será gratuita en Chile; y la señora Peirano (hoy subsecretaria de Educación) se opuso, en el pasado reciente (2011), a la gratuidad. La señora Peirano es de la Democracia Cristiana, y este dato nos parece relevante. Estuvo casada con Walter Oliva (ex vicepresidente de la Democracia Cristiana), quien encabeza la Red Educacional Crecemos que tiene 8 colegios particulares subvencionados, y fue presidente de la Corporación Nacional de Colegios Particulares (Conacep), cargo donde hizo pública defensa del derecho al lucro en la educación. ¡Un nombramiento que le causa dolor de cabeza a un gobierno que aún no empieza! O tal vez no, me dijo Aristarco, y leyó la frase del vocero de la presidenta electa, Álvaro Elizalde, al comentar el nombramiento: “Claudia Peirano formó parte de la comisión que elaboró el programa de Gobierno de Michelle Bachelet en materia educacional y por lo tanto está profundamente comprometida con esta reforma que va a ser central, donde la educación deje de ser un bien de consumo y pase a ser un derecho social”. Entonces, dijo Aristarco, con su mismo sarcasmo, “parece que ella, ya se rehabilitó”.

Parrilla flexible. Vasco Moulián fue, al parecer, el ‘inventor’ de la “parrilla el internadoflexible” en la televisión chilena. Quiere decir que el programador de un canal (y él fue programador del Canal 13, antes del actual propietario Andrónico Luksic) mueve a libre albedrío los horarios de los programas. La “parrilla” es la secuencia de programas, hora por hora, a lo largo de los días y de la semana. Y “flexible”, que “no es rígido”, “se acomoda con facilidad a distintas situaciones o propuestas” o “que puede doblarse sin partirse”. Se aclara que el señor Moulián usaba la flexibilidad con el rating en la mano. Si el programa bajaba el rating, lo movía a otro horario, y a otro día si lo consideraba necesario. Y así hacía, hasta lograr “mejorar el rating” del canal entero. Un juego de malabares, atendiendo únicamente al rating. Y como se sabe, el rating es sinónimo de “ingresos”, de “presupuesto”, de “dinero”. Lo que prevalece no es el respeto al televidente, sino el dinero. Y entonces, los televidentes son simplemente entes, que se sientan a ver los programas del canal, sin importarle al programador la hora ni el día de emisión. Esto que se consideró una calentura, una locura y un error de Moulián, hoy es copiado por todos los programadores de todos los canales de la televisión abierta. Es decir, ¡el irrespeto al televidente se multiplicó! Nos comentan el caso actual de El internado (afiche) en el canal Mega. Comenzó de lunes a viernes a las 22:30, después del noticiero. Después lo cambiaron de domingo a martes. Después lo cambiaron a los martes, miércoles y jueves. Y después apareció “Más vale tarde”, un late que hace Álvaro Escobar, y que iba después de “El internado”. Entonces, invirtieron los horarios, importándoles muy poco los televidentes, y como el late termina a la una, o una y treinta de la madrugada, el televidente ya está extenuado. Mal actúa el canal Mega, con este irrespeto al televidente.

‘Consecuencias’ de Rosalba Campra

rosalba campraTodos los emperadores son crueles y, en consecuencia, olvidadizos. Éste también lo era. En su descuido, a veces olvidaba que la humillación tal o la tortura cual ya la había practicado en esa misma persona. Esposas, concubinas, eunucos, cocineros, ministros, sin distinción.

Ahora bien, si la crueldad de un emperador es algo que está en el orden normal de los imperios, la reiteración desatinada también tiene su normal consecuencia: dieciséis entre esposas, concubinas y criadas, deciden asesinarlo.

Qué cuidadosamente planeado está cada gesto. Nadie podrá asombrarse de que a esa hora de la noche las bellas, muy atentas, vayan rodeando al emperador que descansa en su lecho. Tú lo entretendrás con tus canciones. Tú le servirás el té. A tu cargo estarán los mimos atrevidos. En fin: quien le sujetará los brazos, quien le apretará un cojín sobre la cara, quien le pasará al cuello el grueso cordón de seda con un nudo corredizo.

Lástima que, entre las dieciséis, la encargada del nudo justiciero no haya sido capaz de interpretarlo con la pericia que se da por sentada no sólo en un ínfimo verdugo, sino en todas las mujeres, ya que más tarde o más temprano les tocará ahorcarse. Lo que le salió fue un Nudo-de-aventura, de esos tan seguros que no hay manera ni de deshacerlos ni de ceñirlos.

A pesar de los tironeos, puntapiés, arañazos, puñaladas y almohadones, los gritos del emperador arreciaban. Los guardias, que se estaban demorando esperanzados en el éxito de la noble fechoría, no tuvieron más remedio que intervenir.

En el forcejeo, de todos modos, el emperador perdió un ojo, y como aparte de cruel era extremadamente vanidoso, nunca más pudo volver a presentarse en público.

A la que no había sabido hacer el nudo de horca le puso un maestro. Así fue como ella aprendió el Nudo-simple-con-engaño, el Apercibimiento-del-huidizo, el Doble-de-amor, el Fiel-en-el-tiempo. Todos los nudos: de uso, ornamentales y rituales. Cuando superó el último examen, ella misma fue la encargada de preparar las sogas con que se colgaron de las vigas sus quince cómplices. Ella, en cambio, después que las descolgó una por una con sus propias manos, quedó libre.

Algunos dicen que tal actitud demuestra la escondida clemencia de ánimo del emperador. Otros, que se trató de agradecimiento por esa torpeza que le salvó la vida. Otros, quizá más certeramente, lo consideran un ejemplo exquisito de su crueldad. Qué mayor castigo, en efecto, que el peso de la culpa, que el recuerdo sin mengua de las quince compañeras muertas a causa de una ineficiencia frívola.

Día tras día, inmóvil, sentada en el último pabellón, ella miraba el muro más allá del estanque. No volvió a hablar con nadie.

Una tarde, cuando fueron a buscarla para encerrarla en el sótano como todas las veces a esa hora, había desaparecido. El emperador no se molestó en dragar el estanque.

−Lo que ha hecho es la natural consecuencia de su rebeldía −comentó, y dado que aspiraba a la fama de poeta, improvisó estos versos, que consideró los más adecuados para la ocasión entre los que le preparaban sus escribas:

Buena obra es / la del arrepentimiento / cuando la humilde carpa / encuentra su provecho.

Los cortesanos festejaron concienzudamente. Ella, lo que había hecho cuando nadie la vigilaba, era fijar una soga con un Nudo-de-contrabandista en la tapia que cerraba el jardín y escalarla, escapar razonablemente lejos e instalarse, bajo otro nombre, en otra corte, donde vivió largos años, y con holgura, del arte que había aprendido.

Rosalba Campra (foto)

¡Todos a votar este 15!… MB, EM, AC

EM-MBHa sido esta que termina una campaña electoral sucia por parte del gobierno y la candidata Evelyn Matthei (derecha, en la ilustración) en contra de Michelle Bachelet (izquierda, en la ilustración). Uso la palabra “campaña sucia”, porque se le endilgaron a la señora Bachelet cosas que parten de una mentira.

Solo dos ejemplos: el ministro Felipe Larraín (Hacienda) y el secretario de la Presidencia Cristián Larroulet, dijeron, no una sino varias veces, que la inversión en Chile se iba a acabar como consecuencia de las propuestas de la candidata Michelle Bachelet. Queda uno estupefacto, oír eso de personas que se consideran cuerdas, inteligentes y decentes.

Pero como es campaña sucia… La sola mención del enunciado es vergonzosa, aunque los señores Larroulet y Larraín no se pusieron colorados. Parecían llenos de cinismo. Tuvo que salir el presidente de la Asociación de Bancos e Instituciones Financieras (Abif), Jorge Awad, a desmentirlos.

El otro ejemplo es el de la candidata Evelyn Matthei, quien, por falta de propuestas dijo que permitir la llegada de Michelle Bachelet a La Moneda (foto), era tanto como “destruir la casa”. Esto es campaña sucia.

Es el mismo método de crear terror, que se hizo (su padre, el militar, incluido) en 1973, para desconocer y pisotear la Democracia, y lanzar a un traidor, como Augusto Pinochet, para asestarle un golpe militar al gobierno elegido popularmente.

¿Qué es lo que va a “destruir la casa”? En realidad, suena ridículo el enunciado. Pero a falta de argumentos, bueno es meter miedo.

Poco le faltó a la señora Matthei para decir que Michelle Bachelet, y sus electores, “comen guaguas”.

En ambos casos, se evidencia una mala intención, un espíritu maligno.

Por eso, el domingo próximo hay que ir a votar. Por cierto, que no recomiendo hacerlo por Evelyn Matthei, quien representa la mentira, la dictadura de su padre, la desigualdad de oportunidades, la mala distribución del ingreso.

Invito, en cambio, a votar por la Asamblea Constituyente.

Y si optan, en definitiva, por Evelyn Matthei, añádanle las iniciales “AC”. De igual manera, si votan por Michelle Bachelet, escriban “AC” en la papeleta.

Una tercera opción es no marcar ninguna de las dos, ni Evelyn Matthei, ni Michelle Bachelet, es decir, votar en blanco, pero añadir las iniciales “AC”.

Todos los votos, tanto los que están “en blanco” como los que tienen las letras AC, serán escrutados por el Servicio Electoral, y formarán parte del informe sobre el resultado electoral.

Quizás gane doña Asamblea Constituyente. Me gustaría que ganara.

Una Asamblea Constituyente no es un caos. Es un mecanismo civilizado que, desde hace muchos años, muchos países han usado para dotar al pueblo de una Constitución Nacional. Es obvio que una Asamblea Constituyente no resuelve, en lo inmediato, los asuntos cotidianos, como comprar el pan y tomar la micro para ir a trabajar. Pero sí hace que se establezcan reglas de juego claras y justas para todos, sin sesgos a favor de algún grupo socio-económico, como la actual Constitución del dictador Augusto Pinochet. Y esto, en el largo plazo, da estabilidad a los pueblos y apunta a su bienestar social y desarrollo económico.

Si alguien alucinado, cree que es “tumbar la casa”, la respuesta es No, porque lo que ocurre con una Asamblea Constituyente es que “se construye” una casa, más amplia y mejor distribuida, donde quepamos todos.

¡A votar, pues! ¡Que gane la Democracia!

Reflexión de Eliane Brum sobre la vagina

eliane brumEl texto de Eliane Brum (foto) que quiero compartir, llama la atención porque sin serlo en apariencia, aborda un tema tabú: la vagina. Leerlo, parece revelar un desconocimiento, o un sentimiento de vergüenza y molestia, de las propias mujeres; más todavía, si se añade… la menstruación. La primera reacción es, en la era de la informática, ¡qué asco!

La vagina y la menstruación son, en apariencia, algo de Perogrullo asociado a la feminidad, pero cuando son las propias mujeres las que expresan malestar, y dolor, por cómo son vistas, la perspectiva cambia. Para mí, al menos. Y es la razón por la que opto compartir esta mirada diferente.

Lo que sigue es mi edición. Así comienza el texto de Eliane Brum: “Evelyn Ruman cuenta que desembarcó en el Vaticano sintiéndose una espía de la Guerra Fría. Se había impuesto una misión arriesgada, subversiva. Dentro de la bolsa donde llevaba su equipo fotográfico, tenía un frasquito con un líquido rojo y un tanto viscoso. Evelyn se agachó, abrió la tapa y vertió su contenido en el suelo. El fluido se esparció sobre la calzada, sobre las piedras. Sacó la cámara y comenzó a documentar su transgresión. Desenrolló una imagen de una mujer desnuda, de espaldas y la extendió sobre el suelo. El rojo fue inundando los interiores femeninos. Ningún guardia apareció para impedírselo, ningún turista la perturbó. Misión cumplida. Evelyn había chorreado sangre menstrual en el centro del poder católico.

–¿Por qué quisiste hacer eso? –le pregunté.

– Porque la Iglesia Católica representa todo aquello que oprime a las mujeres desde hace siglos, haciendo de la vagina algo feo y de la sangre menstrual, una cosa asquerosa.

(…) Evelyn trabaja (la fotografía) desde 1988 con la autorrepresentación sangre vaticanofemenina. Nunca tuvo dificultad para exponer su trabajo, premiado y reconocido internacionalmente. Pero, cuando intentó exhibir su obra moldeada en sangre menstrual, se encontró con las puertas cerradas. Para mostrar el rostro de mujeres condenadas a la invisibilidad, no había problema. Para mostrar su cuerpo sangrando por la vagina, no había espacio.

Evelyn se quedó sola. Incluso otras mujeres, amigas fotógrafas, liberales en todo lo demás, tacharon sus fotos como “asquerosas”. “Solo conseguí hacer la exposición porque abrí mi propia galería”, dice Evelyn. “Dan ganas de colocar una cámara para filmar la reacción de enojo de la gente, muchas de ellas mujeres, cuando ven las fotos y perciben que es sangre menstrual, sangre que salió de una vagina, la mía. ¿Si la sangre saliera de una polla (pene), tendrían tanto asco?”

(Estoy presumiendo (dice Eliane Brum), claro, pero creo que parte de aquellos que leen este texto, a estas alturas ya soltaron algunos “¡Qué asco!”. ¿Acerté? …)

En este momento, la australiana Casey Jenkins realiza una performance a la que ha llamado “Casting Off My Womb” (en traducción libre, “Tricotando mi útero”). Cada mañana, pone un ovillo de lana clara en su vagina y tricota una bufanda. El objetivo de la obra, conforme declaró a la prensa, es hacer la vagina de la mujer “menos chocante o amenazadora”. Casey quería mostrar que “la vagina no muerde” al ligarla con un acto acogedor y “calentito”, identificado con las clásicas abuelitas, como el acto de tejer una manta. La bufanda uterina que envuelve sensualmente la vagina de Casey, acaricia sus grandes y pequeños labios y hace cosquillas en su clítoris estará concluido en 28 días.

(¿Más asco?)

Es probable que la escritora americana Naomi Wolf, autora de “Vagina: una biografía”, tenga razón al decir que “la revolución occidental sexual falló”. O, por lo menos, “no funcionó lo suficientemente bien para las mujeres”. La propia trayectoria del libro es la prueba de que la vagina sigue siendo amenazadora –como cuerpo, como imagen, como palabra–. Cuando se lanzó la obra, en 2012, en el mercado de lengua inglesa, la tienda de Apple puso asteriscos en el título: V****a. La vieja vagina, censurada por la marca que representa el avance tecnológico de nuestro tiempo, fue casi la constatación de la denuncia contenida en el libro.

En su libro, Naomi Wolf define la vagina como “el órgano sexual femenino como un todo, de los labios al clítoris, del agujero al cuello del útero”. Ese todo forma una compleja red neuronal, en la cual hay por lo menos tres centros sexuales –el clítoris, la vagina, el cuello del útero– y posiblemente un cuarto –los pechos. Naomi defiende que la vagina no es solo carne, sino un componente vital del cerebro femenino, conectando el placer sexual amoroso con la creatividad, la autoconfianza y a la inteligencia de la mujer.

La conclusión es obvia y no es nueva, ni por eso menos importante: masacrar la vagina –ignorándola o haciéndola algo sucio, prohibido y chulo, sea por las palabras o por las acciones– masacra a las mujeres en su totalidad.

Al aniquilar la vagina, se aniquila a la mujer entera, se secuestra su potencia. “Al contrario de lo que nos hacen creer, la vagina está lejos de ser libre hoy en Occidente”, dice Naomi. “Tanto por la falta de respeto como por la falta de comprensión de su papel”.

(…) La violencia contra la vagina se disemina en la vida cotidiana, dentro de casa, en el trabajo, en el trayecto entre la casa y el trabajo, en todos los espacios, incluso los de ocio. Las mujeres están tan habituadas a ella desde que nacen que ya la interiorizan como “normal”. O reaccionan mucho menos de lo que deberían, resignadas a una vida entera de agresiones tan triviales que fingen no percibir. Que en este contexto aún consigan tener deseo sexual y placer con sus vaginas es impresionante.

Como ilustración, un resumen de algunos –solo algunos– momentos de mi trayectoria vital. La primera vez que un hombre me tocó, era una niña. Él, un niño aún más pequeño que yo. Al pasar delante de mí en la calle de una ciudad pequeña, dio un golpe fuerte en mi vagina y dijo: “Vaginona”. Fue mi primer contacto. Volví a casa llorando, pero me sentía tan avergonzada de tener vagina que no se lo dije a nadie. Ya adolescente, caminando por el centro de Porto Alegre, vestida con una minifalda, un hombre escupió en mis partes. En el autobús atestado de la facultad, intentaron masturbarse en mi culo más de una vez. Un Día de la Madre llevé a mi hija de nueve años al cine. Un hombre se sentó a nuestro lado y comenzó a acariciarse.

De adulta, en el trabajo, en las redacciones por donde pasé, oí todo tipo de cosas sobre la vagina, y también mis compañeras. La mejor de todas: “La mujer es la parte pesada de la vagina”. La dijo un hombre inteligente y realmente gentil, que creía estar haciendo una gracia con compañeras “sin frescura”. Nosotras nos reíamos para no ser “la parte pesada –y encima sin humor– de la vagina”.

(…) Y no me parece que la respuesta para la violencia generalizada contra la vagina y el deseo sexual femeninos sea transformarse en una atleta sexual con orgasmos circenses. Este es un patrón para el consumo y para el mercado que responde más a la imagen, también estereotipada, del que sería el comportamiento masculino en la cama.

(…) La imagen de la atleta sexual, determinada y agresiva, puede ser solo otra prisión para las mujeres. La vagina y el deseo femenino, diferentes en cada una, son más complejos y potentes que eso.

Por todo eso, Evelyn, Casey y Naomi son tan importantes. El libro de Naomi acostumbra a peregrinar por diferentes secciones de las librerías, de la pornografía a asuntos generales, ya que parece no haber lugar para encajar la vagina. Evelyn necesitó abrir una galería para poder exponer sus fotos con sangre menstrual. Y los temas de Casey, en Internet, se colocan en general en secciones frikis, mezcladas con otras “rarezas” como, por ejemplo, vender carne de ratón.

Quién escribe, siempre tiene un deseo. El mío es que tal vez, en vez de decir “¡qué asco!”, al leer este texto, usted contenga la agresión o la broma, siempre más fáciles porque calla toda posibilidad de reflexión. Y comience a pensar sobre la vagina y el papel que cada uno de nosotros desempeña, de palabra, obra u omisión, incluso en aquellos comentarios que uno cree que solo son una muestra de sentido del humor, en la reproducción de la cultura de violación y muerte de las mujeres.

Muerte física, pero también psíquica y creativa. Muerte del deseo. Una cultura que se ha ampliado y alcanzado cotas nuevas con el poder de difusión de Internet.