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García Márquez hacía 9 años ‘estaba sin tema’

g.g.m.…”este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente…, pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana”. Esta declaración de Gabriel García Márquez (foto) corresponde a la última entrevista que concedió. El periodista afortunado fue Xavi Ayén, quien habría de publicarla en ‘Magazine’, de ‘La Vanguardia’ de España, en febrero del 2006, y que aquí edito.

¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?     He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer… Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.

¿Y el segundo volumen de memorias?     Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, ‘Vivir para contarla’, es exactamente lo que yo quería.

Ayén anota: Volviendo a su inédito período de inactividad, el Nobel aclara que “se me ha acabado el año sabático, pero ya encuentro excusas para prorrogarlo durante todo el 2006. Ahora que he descubierto que puedo leer sin escribir, a ver hasta dónde llega. Yo creo que me lo gané. Con todo lo que he escrito, ¿no? Aunque si mañana se me ocurriera una novela, ¡qué maravilla sería! En verdad, con la práctica que tengo, podría hacer una sin más problemas: me siento ante la computadora y la saco…, pero la gente se da cuenta si no has puesto las tripas.

“De hecho –comenta–, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema”.

Dice Ayén: Su último “tema”, hasta el momento, ha sido ‘Memoria de mis putas tristes’, novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. “Tampoco estaba en el programa –revela ahora–. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente”.

El maestro García Márquez le confió: “Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas”. Y añade Ayén: García Márquez ha ido desarrollando sus mecanismos para preservar su vida privada, cada vez más eficaces, y parece haber conjurado el peligro de que su éxito le robara tiempo para los afectos de hijos, nietos y amigos. Antes, sin embargo, “la fama estuvo a punto de desbaratarme la vida, porque perturba el sentido de la realidad, tanto como el poder. Te condena a la soledad, genera un problema de incomunicación que te aísla”.

En vez de realizar un paseo físico por el DF, Gabo sugiere que nos traslademos mentalmente a otra ciudad, a la Barcelona de los años 60 y 70, donde él vivió y escribió ‘El otoño del patriarca’: “Llegamos en 1967, cargando una piel de caimán de dos metros que me regaló un amigo. Yo estaba dispuesto a venderla, porque necesitábamos el dinero, pero me lo pensé mejor y al final no lo hicimos. Ha viajado con nosotros por medio mundo, en funciones de amuleto. Todo fue muy rápido, en los años que viví en Barcelona pasé de no tener para comer –antes, en París, había llegado a pedir en el metro– a poder comprarme casas”.

“Tengo la impresión de que aquella ciudad no nos sorprendió mucho –explica–. Era como si ya la hubiéramos visto antes. La razón por la cual no fui a ningún otro lugar es Ramón Vinyes, el ”sabio catalán” que hice aparecer como personaje en Cien años de soledad. En la Barranquilla de mi juventud, él me había ”vendido” hasta tal punto la Barcelona idealizada de sus recuerdos de exiliado, que no dudé en ningún momento”.

“Había como una especie de ”destape” clandestino, focalizado en la discoteca Bocaccio. Nos parecía una cosa anticuada”, refuerza Gabo. (…) Gabo y Mercedes vivieron la efervescencia de la gauche divine, las madrugadas infinitas de Bocaccio, el florecimiento de las nuevas editoriales, las conspiraciones ante la inminente muerte de Franco… Se juntaban con otros escritores atraídos a Barcelona por la “Mamá Grande” Balcells, como José Donoso o Mario Vargas Llosa, y recibían las visitas de Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Pablo Neruda…

(…) “Yo he sido siempre más conspirador que ”firmador” –apunta–. He logrado siempre muchas más cosas mirando de arreglarlas por debajo que firmando manifiestos de protesta”

“La violencia ha existido siempre, tiene muchos años en Colombia –recuerda–. El tema de fondo es una situación económica escindida entre los muy ricos y los muy pobres. Y el negocio de la coca es mucho dinero, ¡barriles de dinero! El día en que se acabe la droga, todo va a mejorar muchísimo, porque eso fue lo que lo exacerbó todo. Los grandes productores del mundo están allá. De manera que ya no pelean por la política, como antes, sino por el control de la droga. Y Estados Unidos también está totalmente metido en eso”.

Antes de que abandonemos su casa –dice Xavi Ayén–, García Márquez se interesa por los premios Nobel que irán apareciendo en esta serie de entrevistas: “Ah, veo que escogen sólo a los buenos”. Seguro de sí mismo, próximo, agarra de vez en cuando a su interlocutor sin que sea posible percibir en él rasgo alguno de su legendaria timidez, aquella que en Barcelona le hacía enmudecer y le activaba mil temblores cuando tenía que hablar en público. “Yo creo que debo de tener fobia social, como la Nobel austríaca, Elfriede Jelinek, porque puedo mantener una conversación de tú a tú, pero me cuesta horrores dirigirme a un auditorio. ¿Mi timidez? Tengo la gran ventaja de que ahora la gente entra en esta casa ya intimidada… y así me va mejor”.

El texto completo aquí.

Murió en México el poeta argentino Juan Gelman

Juan GelmanJuan Gelman (foto) nació en Buenos Aires, en el 30, y murió ayer en Ciudad de México. En una oportunidad habló con Susana Viau, largamente. Interesantemente: “El grupo inicial de El Pan Duro éramos Héctor Negro, Hugo Di Taranto, Juan Hierba, que en realidad se llama Nemirosky, que se exilió en España y se quedó, Carlos Somigliana, que después derivó a la dramaturgia, y yo. Había un sexto, del que no acabo de acordarme. Muy poco después se agregaron Juana Bignozzi, Atilio Castelpoggi. Éramos gente de la Juventud Comunista y alrededores, nos reuníamos en cafés y, como nadie nos publicaba, decidimos autopublicarnos. Empezamos a hacer actos, lecturas. A una de ellas, la que hicimos en el viejo teatro La Máscara, asistió Raúl González Tuñón y de algún modo nos apadrinó. El orden de publicación de los libros lo decidíamos entre todos, en votación secreta. A mí me tocó ser el primero con Violín y otras cuestiones. Necesitábamos sello editorial y por intermedio de González Tuñón llegamos al viejo Gleizer, Manuel Gleizer, que era un viejo absolutamente extraordinario. Era de Odessa.

Como su madre…     Sí, mi madre era de un pueblito muy cercano a Odessa. Gleizer tenía en Triunvirato, que entonces era Corrientes, un bolichito donde vendía ropa. Era un lector empedernido y empezó a vender libros también. Ese lugar se convirtió en una peña donde iban pintores, intelectuales. El editó los primeros libros de los desconocidos de entonces: Borges, Marechal, la generación del ’22. Cuando llegamos nosotros, Gleizer ya no editaba más, pero generosamente nos prestó el sello y se ocupó. Fue uno de los primeros editores que tuvo la Argentina, porque antes los libros los editaban las imprentas. Él tuvo esa audacia”.

Juan Gelman ganó el Premio Cervantes en el 2007. De aquel primer libro publicado, Violín y otras cuestiones, en 1956, el siguiente poema:

Oficio     Cuando al entrar el verso me disloco / o no cabe un adverbio y se me quiebra / toda la música, la forma mira / con su monstruoso rostro de abortado, / me duele el aire, sufro el sustantivo, / pienso qué bueno andar bajo los arboles / o ser picapedrero o ser gorrión / y preocuparse por el nido y la / gorriona y los pichones, sí, qué bueno, / quién me manda meterme, endecasílabo, / a cantar, quién me manda / agarrarme el cerebro con las manos, / el corazón con verbos, la camisa / a dos puntas y exprimirme, / quién me manda, te digo, siendo juan, / un juan tan simple con sus pantalones, / sus amigotes, su trabajo y su / condenada costumbre de estar vivo, / quién me manda andar grávido de frases, / calzar sombrero imaginario, ir / a esperar una rima en esa esquina / como un novio puntual y desdichado, / quién me manda pelear con la gramática, / maldecirme de noche, rechinar / fieramente, negarme, renegar, / gemir, llorar, qué bueno está el gorrión / con su gorriona, sus pichones y / su nido, su capricho de ser gris, / o ser picapedrero, óigame amigo, / cambio sueños y música y versos / por una pica, pala y carretilla. / Con una condición: / déjeme un poco / de este maldito gozo de cantar.

q.e.p.d.

Más poemas: A media voz.

Convicciones para sobrevivir: Mandela, QEPD

mandela (2)Para no abundar en palabras sobre la grandeza del líder sudafricano Nelson Mandela (foto), tras su muerte, qué mejor que escuchar su voz sobre distintos aspectos que le fueron significativos en vida. La BBC de Londres presentó extractos, apenas frases, de Nelson Mandela (“viejo”, “tata”, “madiba”), cuyas convicciones pudieron más que el odio de los opresores y la pérdida de la libertad física, el presidio. Y aún, la muerte tampoco podrá contra esas convicciones que lo ponen, casi, en el sitial de la santidad, que él mismo se ocupó en comentar: “En la cárcel me preocupaba ser considerado un santo que nunca fui, incluso si se define a un santo como un pecador que sigue intentándolo”

Vivir y morir por la igualdad. “He luchado contra la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. (Conclusión del discurso de tres horas que leyó en su juicio en 1964, tras ser acusado de sabotaje y traición).

Tras las rejas. “En la cárcel no hay principio ni final, solo tu propia mente”. (Cárcel de Robben Island donde Mandela cumplió su sentencia) “El aspecto más inquietante de la vida en prisión es el aislamiento. ¿Fue un sueño o realmente sucedió?, uno se empieza a cuestionar todo. ¿Tomé la decisión correcta, valió la pena mi sacrificio? En la soledad, no hay nada que te distraiga de esas preguntas agobiantes. Pero el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de adaptarse a las circunstancias difíciles. He descubierto que uno puede soportar lo insoportable si es capaz de conservar el espíritu, incluso cuando el cuerpo te pone a prueba”.

“Tener fuertes convicciones es el secreto para sobrevivir a las privaciones, tu espíritu puede estar lleno, incluso cuando tu estómago está vacío”. “Un hombre que le quita la libertad a otro hombre es prisionero del odio, está encerrado tras las rejas de los prejuicios y la incapacidad de ver más allá… a los oprimidos y a los opresores se les priva de su humanidad por igual”. (Sobre su estancia en la cárcel de Robben Island, extraído de la autobiografía de Mandela, “El largo camino hacia la libertad”, 1994).

Volveré. “En nombre de la ley, fui tratado como un criminal… no por lo que hice, sino por lo que defendí, por mi conciencia. Nadie en su sano juicio elegiría una vida semejante, pero llega un momento en que a un hombre se le niega el derecho a vivir una vida normal, en que sólo puede vivir la vida de un criminal, porque así ha decretado el gobierno que se haga uso de la ley”.

“La pregunta que queda por hacerse es: ¿es políticamente correcto seguir predicando la paz y la no violencia cuando tratamos con un gobierno cuyas prácticas nos han traído tanto sufrimiento y miseria a los africanos? No puedo y no voy a dar mi brazo a torcer mientras que ustedes, el pueblo, y yo, no seamos libres. Su libertad y la mía no pueden separarse. Volveré”. (Mensaje leído por su hija Zinzi en una reunión en Soweto en 1985).

En libertad. “El cliqueo de las cámaras comenzó a resonar como si se tratara de una manada de bestias metálicas. Levanté el puño derecho y escuché un alarido. No había podido hacer eso en 27 años y me recargó de fuerza y de alegría”. (Describiendo su primer día de libertad tras años de prisión, en 1990. Extraído de la autobiografía de Mandela, “El largo camino hacia la libertad”, 1994).

Paternidad. “Quizás estaba cegado a ciertas cosas por el dolor que me producía no poder cumplir con mi papel de esposo y padre de mis hijos. Parece que el destino de los que luchan por la libertad es tener vidas personales inestables… ser el padre de una nación es un gran honor, pero ser el padre de una familia es una alegría mayor. Un trabajo que ejercí demasiado poco”. (Extraído de la autobiografía de Mandela, “El largo camino hacia la libertad”, 1994).

Premio Nobel. “El valor de nuestra recompensa compartida es y debe ser medida por la paz que triunfará, porque la humanidad común que une a blancos y negros en una sola raza nos dirá a cada uno de nosotros que debemos vivir como los niños del paraíso… Pero todavía hay algunos en nuestro país que erróneamente creen que pueden contribuir a la causa de la justicia y de la paz apegándose a los dogmas que sólo han traído desastres. Esperamos que ellos también sean bendecidos con el razonamiento, lo suficiente para darse cuenta de que la historia no se puede negar y que la nueva sociedad no se puede crear mediante la reproducción de un pasado repugnante, por más de que se disfrace o se reconstruya”. (Al recibir el Premio Nobel de la Paz, compartido con el presidente sudafricano F.W. de Klerk en 1993).

Toma de posesión. “Nunca, nunca, y nunca más esta hermosa tierra volverá a experimentar la opresión del uno por el otro… El sol nunca se pondrá en un logro humano tan glorioso. Que reine la libertad. ¡Dios bendiga a África!”. (Discurso de investidura, 10 de mayo de 1994).

Inauguración del Mundial en Sudáfrica. “La gente de África aprendió la lección de la paciencia y de la resistencia en su larga lucha por la libertad. Que los premios otorgados por la Copa Mundial de la Fifa demuestren que la larga espera de su llegada a tierras africanas ha merecido la pena. Ke Nako (Ha llegado el momento)”. (Inauguración del Mundial de Fútbol en Sudáfrica, 2010).

Imagen pública. “Un tema que me preocupaba profundamente cuando estaba en la cárcel era la falsa imagen que involuntariamente proyectaba al mundo exterior, de ser considerado como un santo que nunca fui, incluso si se define a un santo como un pecador que sigue intentándolo”. (Extraído de la segunda autobiografía de Mandela, “Conversaciones conmigo mismo”, 2010).

‘La brujería no se vende’ de Doris Lessing q.e.p.d.

dorislessingDoris Lessing (foto) nació de padres británicos en Persia (actualmente Irán), pero gran parte de su ficción se basa en experiencias adquirías en el sur de Rhodesia (ahora Zimbabwe), donde vivió cuando era niña. Doris Lessing murió pacíficamente en su hogar en Londres, la madrugada de ayer, 17 de noviembre, a los 94 años. Había ganado el Nobel de Literatura en 2007. He aquí su cuento La brujería no se vende:

Cuando nació Teddy, los Farquar llevaban muchos años sin tener hijos; les conmovió la alegría de los sirvientes, que les llevaban aves, huevos y flores a la granja cuando acudían a felicitarlos por la criatura, y exclamaban con deleite ante su aterciopelada cabeza y sus ojos azules. Felicitaban a la señora Farquar como si hubiera alcanzado un gran logro, y ella lo sentía como si así fuera: dedicaba una sonrisa cálida y agradecida a los nativos, que persistían en su admiración.

Más adelante, cuando cortaron el pelo a Teddy por primera vez, Gideon, el cocinero, recogió del suelo los suaves mechones dorados y los sostuvo en una mano con aire reverente. Luego sonrió al niño y dijo: “Cabecita Dorada”. Ese fue el nombre que los nativos otorgaron al niño. Gideon y Teddy se hicieron muy amigos desde el principio. Cuando Gideon terminaba su trabajo, alzaba a Teddy sobre sus hombros y lo llevaba a la sombra de un árbol grande, donde jugaba con él y le hacía curiosos juguetes con ramitas y hojas y hierba, o moldeaba el barro húmedo del suelo para darle formas de animales. Cuando Teddy aprendió a andar, era Gideon quien solía agacharse ante él y chascaba la lengua para estimularlo, lo recogía cada vez que se caía y lo lanzaba al aire hasta que los dos quedaban sin aliento de tanto reír. La señora Farquar tomó cariño a su anciano cocinero por lo mucho que éste quería al niño.

No hubo más hijos y un día Gideon dijo:

–Ah, señorita, señorita, el Señor le envió a éste. Cabecita Dorada es lo mejor que tenemos en esta casa.

El plural de “tenemos” provocó un cálido sentimiento de la señora Farquar hacia el cocinero: a fin de mes le subió la paga. Ya llevaba con ella unos cuantos años; era uno de los pocos nativos que tenía a su mujer e hijos en el complejo y nunca quería irse a su aldea, que estaba a cientos de kilómetros. A veces se veía a un negrito que había nacido en la misma época que Teddy mirando desde los matorrales, asombrado ante la visión de aquel chiquillo con su milagroso cabello claro y sus nórdicos ojos azules. Los dos niños intercambiaban miradas abiertas de interés y una vez Teddy alargó una mano con curiosidad para tocar el pelo y las mejillas negras del otro niño.

Gideon los estaba mirando y, tras menear la cabeza reflexivamente, dijo:

–Ah, señorita, ahí están los dos niños; de mayores, uno se convertirá en baas y el otro en sirviente.

La señora Farquar sonrió y respondió con tristeza:

–Sí, Gideon, estaba pensando lo mismo –suspiró.

–Es la voluntad de Dios –dijo Gideon, que se había criado en las misiones.

Los Farquar eran muy religiosos y aquel sentimiento compartido de lo divino acercó aún más al sirviente y sus señores.

Teddy tendría unos seis años cuando le regalaron una moto y descubrió la intoxicación de la velocidad. Se pasaba el día volando en torno a la granja, se metía en los parterres, ponía en fuga a las gallinas alarmadas entre graznidos y a los perros irritados y trazaba un amplio arco mareante para terminar su carrera ante la puerta de la cocina. Entonces, solía gritar:

–¡Mírame, Gideon!

Gideon se reía y decía: –Muy listo, Cabecita Dorada.

El hijo menor de Gideon, que ahora se cuidaba del ganado, acudió desde el complejo a propósito para ver la moto. Le daba miedo acercarse, pero Teddy se exhibió para él.

–¡Negrito! –le gritaba–. ¡Apártate de mi camino!

Se puso a trazar círculos alrededor del muchacho hasta que éste, asustado, echó a correr hacia los matorrales.

–¿Por qué lo has asustado? –preguntó Gideon, en grave tono de reproche.

Teddy contestó desafiante:

–Sólo es un negrito.

Y se rió. Luego, cuando Gideon se apartó de él sin hablarle, Teddy se quedó serio. Al poco rato entró en la casa, buscó una naranja, se la llevó a Gideon y le dijo:

–Es para ti.

No era capaz de decir que lo sentía; pero tampoco podía resignarse a perder el afecto de Gideon. Este aceptó la naranja de mala gana y suspiró.

–Pronto irás al colegio, Cabecita Dorada –dijo, asombrado–. Y luego te harás mayor. –meneó la cabeza con amabilidad y añadió: –Así son nuestras vidas.

Parecía estar poniendo distancia entre su persona y Teddy, no por resentimiento, sino al modo de quien acepta algo inevitable. Aquel niño había descansado en sus brazos y lo había mirado con una sonrisa en la cara; aquella pequeña criatura había colgado de sus hombros, había pasado horas jugando con él. Ahora Gideon no permitía que su carne tocara la carne del niño blanco. Era amable, pero apareció en su voz una formalidad grave que arrancaba pucheros de Teddy y lo hacía retroceder, enfurruñado. También lo ayudó a hacerse hombre: era educado con Gideon y se comportaba con formalidad, y si entraba en la cocina para pedirle algo lo hacía como cualquier blanco al dirigirse a un sirviente, esperando que se le obedeciera.

Pero el día que Teddy apareció en la cocina tambaleándose y frotándose los ojos, aullando de dolor, Gideon soltó la olla de sopa caliente que tenía entre manos, se acercó al niño y le apartó los dedos.

–¡Una serpiente! –exclamó.

Teddy había estado montando su moto, se había parado a descansar y había apoyado el pie junto a una cuba para las plantas. Una serpiente, colgada del techo por la cola, le había escupido a los ojos. La señora Farquar llegó corriendo en cuanto oyó la conmoción.

–¡Se volverá ciego! –sollozó, abrazando con fuerza a Teddy–. ¡Gideon, se volverá ciego!

Los ojos, a los que tal vez quedara apenas media hora de visión, se habían hinchado ya hasta alcanzar el tamaño de puños: la carita blanca de Teddy estaba distorsionada por grandes protuberancias moradas y supurantes.

–Espere un momento, señorita. Voy a buscar medicamentos –dijo Gideon.

Salió corriendo hacia los matorrales. La señora Farquar llevó al niño a la casa y le lavó los ojos con permanganato. Apenas había oído las palabras de Gideon; sin embargo, cuando vio que sus remedios no surtían efecto y recordó haber conocido algunos nativos que habían perdido la vista por culpa del escupitajo de una serpiente, empezó a anhelar el regreso del cocinero, pues recordaba haber oído hablar de la eficacia de las hierbas de los nativos. Permaneció junto a la ventana, sosteniendo en brazos al niño, que no paraba de sollozar, y mirando desesperada hacia los matorrales. Habían pasado pocos minutos cuando vio regresar a Gideon a saltos, con una planta en la mano.

–No tenga miedo, señorita –dijo Gideon–. Esto curará los ojos de Cabecita Dorada.

Arrancó las hojas de la planta y dejó a la vista su raíz blanca, pequeña y carnosa. Sin lavarla siguiera, se llevó la raíz a la boca, la mordisqueó con vigor y luego conservó la saliva entre los labios mientras arrancaba a Teddy a la fuerza de los brazos de su madre. Lo sostuvo entre las rodillas y apretó con las yemas de los pulgares los ojos hinchados del niño hasta que éste empezó a gritar y la señora Farquar protestó:

–¡Gideon, Gideon!

Pero él no hizo caso. Se arrodilló sobre el niño, que se contorsionaba, y forzó los inflados párpados hasta que se abrió una ranura rasgada por la que aparecía el ojo, y entonces escupió con fuerza, primero en un ojo y luego en el otro. Al fin dejó al niño en brazos de su madre y afirmó:

–Sus ojos se curarán.

Sin embargo, la señora Farquar lloraba de terror y apenas pudo darle las gracias; era imposible creer que Teddy fuera a conservar la vista. Al cabo de un par de horas la inflamación había desaparecido. El señor y la señora Farquar fueron a la cocina a ver a Gideon y le dieron las gracias una y otra vez. Estaban desesperados de gratitud; parecían incapaces de expresarla. Le dieron regalos para su mujer y sus hijos, así como un gran aumento de sueldo, pero nada de eso podía pagar la curación total de los ojos de Teddy. La señora Farquar dijo:

–Gideon, Dios te ha escogido como instrumento de su bondad.

Y Gideon contestó: –Sí, señorita, Dios es muy bueno.

En fin, cuando ocurre algo así en una granja, no pasa mucho tiempo antes de que se entere todo el mundo. El señor y la señora Farquar se lo contaron a sus vecinos y la historia fue tema de conversación de un extremo al otro del distrito. El monte está lleno de secretos. Nadie puede vivir en África, o al menos en las zonas mesetarias, sin aprender pronto que hay una antigua sabiduría de las hojas, de la tierra y de las estaciones –así como de los rincones más oscuros de la mente humana, acaso más importantes– que pertenece a la herencia del hombre negro. La gente contaba anécdotas por todos los rincones del distrito, recordándose unos a otros cosas que les habían ocurrido.

–Pero te digo que lo vi con mis propios ojos. Fue un mordisco de cobra bufadora.

El brazo del africano estaba inflado hasta el codo, como una vejiga negra y brillante. Al cabo de medio minuto estaba grogui. Se estaba muriendo. Entonces, de repente, salió un africano del monte con las manos llenas de una cosa verde. Le frotó el brazo con algo y al día siguiente el muchacho volvía a trabajar y no se le veían más que dos pequeños pinchazos en la piel.

Así era lo que se contaba. Y siempre con una cierta exasperación, porque aunque todos sabían que hay valiosos medicamentos escondidos en la oscuridad de los matorrales africanos, en las cortezas de los árboles, en hojas de apariencia simple, en raíces, resultaba imposible que los nativos les contaran la verdad.
La historia llegó finalmente a la ciudad: tal vez fuera en alguna fiesta al atardecer, o en alguna función social por el estilo, donde un médico que estaba allí por casualidad rechazó su valor:

–Tonterías –dijo–. Estas historias se exageran por los cuentos. Cuando buscamos información por una historia como ésa, nunca encontramos nada.

En cualquier caso, una mañana llegó un extraño coche a la granja y salió de él un trabajador del laboratorio de la ciudad con cajas llenas de probetas y productos químicos.

El señor y la señora Farquar estaban aturullados, complacidos y halagados. Invitaron a comer al científico y contaron su historia entera de nuevo, por enésima vez. El pequeño Teddy también estaba y sus ojos azules refulgían de salud para probar la autenticidad de la historia. El científico explicó que la humanidad podría beneficiarse de aquel nuevo medicamento si se pusiera en venta, cosa que complació aun más a los Farquar. Eran gente simple y amable y les gustaba creer que gracias a ellos se descubriría algo bueno. Pero cuando el científico empezó a hablar del dinero que podría ganarse, se sintieron incómodos. Sus sentimientos al respecto del milagro (pues pensaban en el suceso en esos términos) eran tan fuertes, profundos y religiosos que les parecía de mal gusto relacionarlo con el dinero. El científico, al ver sus caras, regresó al primer argumento, que era el progreso para la humanidad. Tal vez fue demasiado superficial: no era la primera vez que acudía en pos de algún secreto legendario de los matorrales.

Al fin, cuando terminó el almuerzo, los Farquar llamaron a Gideon al cuarto de estar y le explicaron que aquel baas era un Gran Doctor de la Gran Ciudad y que había recorrido todo aquel camino para verlo a él. Al oírlo, Gideon pareció asustarse; no lo entendía. La señora Farquar le explicó enseguida que el Gran Baas se había presentado allí por su maravillosa intervención con los ojos de Teddy.

Gideon miró al señor Farquar, y luego a la señora, y luego al niño, que se daba aires de importancia por la ocasión. Al fin, dijo a regañadientes:

–¿El Gran Baas quiere saber qué medicina usé?

Hablaba con incredulidad, como si no pudiera concebir semejante traición de sus viejos amigos. El señor Farquar empezó a explicar que de aquella raíz podía extraerse un medicamento muy necesario, y que podría ponerse a la venta de modo que miles de personas, blancas y negras, en todo el continente africano, dispondrían de salvación cuando aquella serpiente bufadora les escupiera su veneno en los ojos. Gideon escuchó con la mirada clavada en el suelo y la piel de la frente tensa por la incomodidad. Cuando el señor Farquar hubo terminado, no contestó. El científico, que había permanecido hasta entonces recostado en su silla, bebiendo tragos de café y exhibiendo una sonrisa de escéptico buen humor, intervino y se lo volvió a explicar todo, con palabras distintas, acerca de la fabricación de medicamentos y del progreso de la ciencia. Además, ofreció un regalo a Gideon.

Tras esta última explicación hubo un momento de silencio y luego Gideon replicó con indiferencia que no podía recordar de qué raíz se trataba. Tenía una expresión huraña y hostil en el rostro, incluso cuando miraba a los Farquar, a quienes solía tratar como si fueran viejos amigos. Ellos empezaban a molestarse; esa sensación anuló la culpa que había nacido tras las primeras acusaciones de Gideon. Empezaban a pensar que su comportamiento era muy poco razonable. Sin embargo, en ese momento se dieron cuenta de que no iba a ceder. La droga mágica permanecería en su lugar, desconocido e inservible salvo para los escasos africanos que la conocieran, nativos que tal vez se dedicaran a cavar zanjas para el Ayuntamiento, con sus camisas rasgadas y sus pantalones cortos remendados, pero que habían nacido para la curación, herederos de otros curanderos por ser hijos o sobrinos de antiguos brujos, cuyas feas máscaras, huesos y demás burdos objetos de magia parecían ahora signos externos de poder y sabiduría reales. Los Farquar podían pisotear aquella planta cincuenta veces al día de camino entre la casa y el jardín, del sendero de las vacas a los campos de maíz, pero nunca se iban a enterar.

Sin embargo siguieron discutiendo y trataron de persuadirlo con toda la fuerza de su exasperación; y Gideon siguió diciendo que no se acordaba, o que nunca había existido tal raíz, o que no se encontraba en aquella estación del año, o que no era la raíz por sí misma, sino su saliva, lo que había curado los ojos de Teddy. Dijo todas esas cosas, una detrás de otra, y no pareció importarle que fueran contradictorias. Estuvo rudo y tozudo. Los Farquar apenas reconocían a su simpático y amable sirviente en aquel africano ignorante, perversamente obstinado, que permanecía ante ellos con la mirada baja y retorcía el delantal entre los dedos mientras repetía una y otra vez cualquiera de las estúpidas negativas que le viniera a la mente.

De pronto, pareció que cedía. Alzó la cabeza, dedicó una larga y rabiosa mirada al círculo de blancos, que para él tenían el aspecto de una ronda de perros ladradores en torno a él, y dijo:

–Les voy a enseñar la raíz.

Echaron a andar en fila india desde la casa por un sendero. Era una tarde abrasadora de diciembre y el cielo estaba lleno de calurosas nubes de lluvia. Todo estaba caliente: el sol parecía una placa de bronce que diera vueltas en el aire, los campos refulgían de calor, el suelo ardía bajo sus pies y el viento, cargado de polvo, les soplaba en la cara, rasposo y acalorado. Era un día terrible, destinado a tumbarse en el porche con una bebida helada, como normalmente harían a esas horas.

De vez en cuando, recordando que el día de la serpiente a Gideon le había costado sólo diez minutos encontrar la raíz, alguien preguntaba:

–¿Tan lejos queda, Gideon?

Éste miraba hacia atrás y respondía, con molesta educación:

–Estoy buscando la raíz, baas.

Efectivamente, a menudo se agachaba de lado y pasaba la mano entre las hierbas, con un gesto tan mecánico que resultaba ofensivo. Los hizo caminar entre los matorrales por senderos desconocidos durante dos horas, bajo aquel calor derretido y destructor, hasta que rompieron a sudar y les dolió la cabeza. Iban todos muy callados; los Farquar porque estaban enfadados y el científico porque una vez más se demostraba que tenía razón: la planta no existía. Su silencio era muy diplomático.

Al fin, a unos diez kilómetros de la casa, Gideon decidió de pronto que ya había suficiente; o tal vez su enfado se evaporó en aquel instante. Sin esforzarse por aparentar nada ajeno a la casualidad, recogió un puñado de flores azules entre la hierba, las mismas flores que abundaban en los caminos que habían recorrido.
Se las dio al científico sin mirarlo siquiera y echó a andar a solas de vuelta a la casa, dejando que lo siguieran si así querían hacerlo.

Cuando llegaron a la casa, el científico se fue a la cocina y dio las gracias a Gideon: se comportaba con mucha educación, pero mantenía la burla en la mirada.

Gideon se había ido. Tras tirar las flores en la parte trasera del coche sin darles ninguna importancia, el eminente visitante se fue de vuelta a su laboratorio. Gideon regresó a la cocina a tiempo para preparar la cena, pero estaba muy huraño. Habló con la señora Farquar como un sirviente malcarado. Pasaron días antes de que volvieran a llevarse bien.

Los Farquar interrogaban a sus trabajadores acerca de aquella raíz. A veces recibían miradas desconfiadas por toda respuesta. A veces, los nativos decían: “No lo sabemos. Nunca hemos oído hablar de esa raíz”. Uno de ellos, el muchacho que cuidaba el ganado, que llevaba mucho tiempo con ellos y les tenía cierta confianza, dijo:

–Pregúntenle al que trabaja en la cocina. Ese es todo un médico. Es el hijo de un famoso curandero que solía vivir por aquí y no hay enfermedad que no pueda curar. –Luego, añadió con educación–: Por supuesto, no es tan bueno como el médico de los blancos, eso ya lo sabemos, pero para nosotros sí que sirve.

Al cabo de un tiempo, cuando ya había desaparecido la amargura entre los Farquar y Gideon, empezaron a bromear:

–¿Cuándo nos vas a enseñar la raíz de las serpientes, Gideon?

Él se reía, meneaba la cabeza y, con cierta incomodidad, contestaba:

–Pero si ya se la enseñé, señorita, ¿no se acuerda?

Al cabo de mucho tiempo, cuando Teddy ya iba al colegio, entraba en la cocina y le decía:

–Gideon, viejo gamberro. ¿Recuerdas aquella vez que nos engañaste a todos y nos hiciste caminar no sé cuántos kilómetros por la meseta para nada? Llegamos tan lejos que mi padre me tuvo que traer en brazos.

Y Gideon se partía de risa educadamente. Después de reír mucho rato, se incorporaba, se secaba los ojos y miraba con tristeza a Teddy, quien lo contemplaba maliciosamente desde el otro lado de la cocina:

–Ah, Cabecita Dorada, cuánto has crecido. Pronto serás mayor y tendrás tu propia granja…

‘El cumbión de los arrepentidos’ de McCausland

El día en que reveló ante la feligresía sus carismas divinos, el músico Efrain Mejía no pidió perdón por los pecados habituales de un hombre común, sino que se arrepintió de dos de sus más populares canciones, Diabólico mapalé y La danza de las diablesas.

Desde ese día, el líder de la mítica Cumbia Soledeña hizo de cuenta que jamás había gestado esa herejía, deshaciéndose así de dos de las más vibrantes piezas de su repertorio, las mismas que electrizaban multitudes en aquellos tiempos cuando la rueda de la cumbia era el centro radial de la vida.

La pública confesión significó el regocijo de sus compañeros de feligresía, que siempre lo habían mirado con recelo, bajo la sospecha de que un hombre que le cantaba con semejante entusiasmo al demonio, no podía ser un buen católico. De nada habían valido las explicaciones de que las canciones no eran manifiestos de simpatía por el diablo –como la pieza famosa de los Rolling Stones–, sino una apelación metafórica, tan inocente como la muletilla popular de “ritmo endiablado”.

Pero Efrain Mejía no sólo cambió los golpes de tambora por los de pecho, sino que se convirtió en cazador de letras heréticas, y no tardó en descubrir que su compadre Miguel Beltrán –patriarca de la otra gran dinastía soledeña– tenía en su repertorio una pieza aun más iconoclasta que las que él acababa de mandar al diablo: El muerto borrachón, un frenético cumbión sin coros que anticipaba en cinco estrofas la llegada de Beltrán a los cielos, y que comenzaba diciendo:

El día en que Miguel se muera, / lo llaman el vagabundo, / ojalá ustedes lo vieran / bebiendo en el otro mundo.

Para el cazador de blasfemias, esta primera estrofa no era tan grave como la cuarta: Ya me dieron el permiso / para mandar en la gloria / con esta cumbia de pito / todos los santos me adoran.

Es decir, el viejo Miguel Beltrán se había llevado en banda, con cuatro simples versos, la hegemonía de Dios y la gracia de los santos. No hablar de la segunda estrofa, en que anuncia la gran guachafita nada más y nada menos que con San Gabriel bendito.

Efraín Mejía concluyó entonces: “Tengo que convencer a mi compadre de que se arrepienta”. Dura labor, si se tiene en cuenta que Beltrán estaba más viejo y más terco que nunca, llevando su tambora de paraje en paraje, curando las peores mordeduras de culebra en la zona de Achí, más preocupado por ganarse lo de la comida que por pedirles excusas a los santos. Pero para Efraín Mejía aquello se convirtió en una misión sagrada, una especie de inquisición cumbiambera que debía ejecutar antes de que fuera demasiado tarde.

Mejía también había sido pecador una vez. No sólo por los dos mapalés de los que habría de arrepentirse años después, sino por todas las andanzas de la vida en el cumbión, tan terrenal y libertina que una vez produjo la siguiente décima memorable: Si acaso el río Magdalena, en ron blanco se convierte / y el mar en rico aguardiente sería una cosa muy buena. / Y en una tarde serena, después del sol ocultado, / a pasos agigantados correría yo a toda prisa / hasta Bocas de Ceniza pa’bebérmelo ligado.

El colmo de colmos tuvo lugar en un fiestón en la casa de su compadre Mauricio Pérez, cuando Efraín Mejía se levantó al baño y se orinó en un rincón de la sala, delante de todos los invitados. Esa noche Mejía abrió mucho más que la bragueta. También los ojos. Así, en el 76, se volvió carismático, pero no abandonó su vasta trayectoria musical, que lo había llevado a componer más de 200 canciones, a grabar más de 150 elepés y a viajar por el mundo entero, llevando la música que heredó de su bisabuelo Desiderio Barceló. Al asumir su nueva vida, Mejía comenzó a predicar antes de sus presentaciones de cumbión.

Dos meses después de haberle puesto el ojo al Muerto borrachón, Mejía se enteró de que el viejo Miguel Beltrán acababa de ser llevado de emergencia a la clínica Las Mercedes de Barranquilla y allá se fue con su Biblia. El viejo Beltrán estaba débil e indefenso en una cama de cuidados intensivos. Se habían esfumado aquellos bríos que lo llevaron a interpretar la gaita de seis huecos en maratónicas parrandas. Parecía más bien una llama a punto de extinguirse. El visitante fue directo al grano:

–Compadre, le tocó arrepentirse.

Tozudo como era, el viejo se resistió. ¿Cómo podía un coloso del folclor renegar de su obra más popular, la misma que le había condimentado su vida y le había dado fama? ¿No era aquello, guardando las debidas proporciones, una versión tamborera de Picasso arrepintiéndose de Guernica o Bach del Concierto de Brandenburg?

Pero Mejía, Biblia en mano, insistió como si se tratara de uno de aquellos duelos de tambora que ambas dinastías protagonizaban en Soledad. El viejo terminó cediendo. Ambos compadres, los mismos que inundaron de gaitas y flautas las noches de bullerengue a la luz de las antorchas, susurraron una oración entonces en la penumbra azul de aquella habitación de clínica. Dos días después, el viejo Miguel murió.

Murió sin decirle a nadie que se había arrepentido y sin un presagio siquiera de que dos años después Diomedes Díaz grabaría la canción, vendiendo 400.000 discos de larga duración y produciendo una millonada. Las regalías, por supuesto, terminaron en poder de los herederos, que gozaron en la tierra lo que el viejo Miguel había decidido no gozar en el cielo.

Ernesto McCausland, q.e.p.d. (foto)

Murió el poeta Miguel Arteche

En el 2002 Miguel Arteche (foto) comenzó a padecer de una mala irrigación sanguínea en su cerebro de poeta. Ese año publicó su último poemario, Jardín de relojes. Aunque poeta, en su obra también hay ensayos y novelas: La otra orilla, El Cristo hueco y La disparatada vida de Félix Palissa. Y se habla de una cuarta novela inédita, El alfil negro. En 1963 ingresó a la Academia Chilena de la Lengua, tras el fallecimiento del narrador Eduardo Barrios, quien había recibido el Premio Nacional de Literatura en 1946. Miguel Arteche también obtuvo después este importante Premio Nacional de Literatura, en 1996, cuando ya había legalizado el uso de su apellido materno Arteche, en lugar del paterno, Salinas, en 1972. De Arteche se reseñan tres, al menos, polémicas artísticas. Una, cuando se negó a firmar el acta del Premio Nacional de Literatura para Raúl Zurita, en el 2000, por considerarlo “sin oficio de poeta”; dos, cuando controvirtió lo que consideró la fórmula de la llamada antipoesía, del poeta Nicanor Parra, Premio Nacional de Literatura en 1969; y, tres, cuando tachó de “político” el Premio Nacional de Literatura otorgado a Volodia Teitelboim en el 2002.

A continuación, cuatro poemas suyos, al azar, de distintas épocas; los dos últimos escritos en la, hoy día, poco común y exigente métrica del soneto.

Última primavera

La luz bajaba desde la colina.

El sonido de un tren, un paso que he perdido.

Juventud, herida de otro tiempo,

te alejas soñolienta

como una verde lámpara sepultada en la noche…

Algo silencioso

estaba junto a mí. La lluvia

penetraba los techos perfumados.

Juventud, perdiste tu campana antigua,

tu yelmo mágico,

tu vara transparente.

Ésta es mi habitación. Ésta tu llama.

Éste el vestido. Ésta tu cintura.

“Tu nombre”, dijiste, “se ha perdido en la sombra.

Búscalo más allá, detrás de las colinas”.

Era yo el que cantaba.

Nadie ha de saciar nuestro encuentro perdido.

Me perdí en el bosque. Partiste a los canales.

La luz bajaba desde la colina.

Gallo

El gallo de las cinco o de las seis,

plumas de trueno sobre el alba mueve.

Sábanas pisa de la sucia nieve

sus dedos tres.

El gallo que en su daga fosforece

salta a la sangre del jardín, y llama.

Pero nadie lo ve.

Y sobre el muslo de la almohada crece,

y desde la cama

desaparece

hundido en las tinieblas de la sed.

La bicicleta

En rueda está el silencio detenido,

y en freno congelado la distancia.

Qué lejano está el pie, cómo se ha ido

la infancia del pedal sobre la infancia.

El reino del volante sometido

se borra con la sed que hay en la llanta.

La mano que no está tiene un sonido

de tanta ausencia y cercanía tanta.

Cuán remota la edad que en ti palpita

con las velocidades de tu cita,

y qué rápida estás con ser tan quieta,

tan inmóvil pedal dormido ahora

por la lluvia de ayer que te evapora

tu perdida niñez de bicicleta.

Dama

Esta dama sincara ni camisa,

alta de cuello, suave de cintura,

tiene todo el temblor de la hermosura

que el tiempo oculta y el amor desliza.

Esta dama que viene de la brisa

y el rango lleva de su propia altura,

tiene ese no sé qué de la ternura

de una dama sin fin, bella y precisa.

Aunque esta dama nunca duerma en cama

parece dama sin que sea dama

y domina desnuda el mundo entero.

Esta dama perdona y no perdona.

Y para eso luce una corona

esta dama que reina en el tablero.

‘La costa’ de Ray Bradbury, q.e.p.d.

Una de mis primeras lecturas alucinantes de niño no fue la de “Cien años de soledad”, ni la de “Rayuela”, sino la de “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury (foto). Me llamó entonces la atención la manera asertiva como presentaba las historias, en tanto reales, con una economía de prosa que las convertía en atmósferas áridas, siderales, cósmicas. Recuerdo perenne al rey de la literatura fantástica, que se acaba de ir de este mundo. Murió el viejo Ray, en Los Ángeles, a los 92 años. Loor al gran escritor, quien, además, produjo una de las novelas ejemplares de la literatura universal: “Fahrenheit451”, nombre que lleva una fundación literaria, la cual comentó así el deceso del artista: “Hay cosas que pueden decirse de la verdad olvidando la realidad. Existen puertas alternas en lo poético que inciden en la respiración de cada ser vivo. Así hoy se entierre una parte de la fantasía, el futuro tendrá esperanza porque, gracias a sus palabras, los libros estarán a salvo en la memoria de los lectores. Podrán censurar, quemar y hasta asesinar a aquellos que escriben las páginas incendiarias que guardamos en bibliotecas y publicaciones. La literatura está por encima del papel gracias a Ray Bradbury”.

A continuación, comparto dos cuentos cortos del genio de la ficción, el terror y lo fantástico.

La costa

Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.

Esos fueron los primeros hombres.

Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.

Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.

Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.

Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios…

Cuento de navidad

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

–¿Qué haremos?

–Nada, ¿qué podemos hacer?

–¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

–Ya se me ocurrirá algo –dijo el padre.

–¿Qué…? –preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrásla Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

–Quiero mirar por el ojo de buey.

–Todavía no –dijo el padre–. Más tarde.

–Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

–Espera un poco –dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

–Hijo mío –dijo–, dentro de medía hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

–Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

–Sí, sí. Todo eso y mucho más –dijo el padre.

–Pero… –empezó a decir la madre.

–Sí –dijo el padre–. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

–Ya es casi la hora.

–¿Puedo tener un reloj? –preguntó el niño.

Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

–¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

–Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

–No entiendo.

–Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

–Entra, hijo.

–Está oscuro.

–No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

–Feliz Navidad, hijo –dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.