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‘María a la cuatro de la tarde’ de Pedro Gómez V.

pedro_gomez_valderramaAcaba de pasar por esa calle un ciclista que llevaba en la mano derecha una guitarra, lo cual demuestra que es un hombre pacífico. Iba rodando lentamente; al principio partía en dos la calzada, pero después se inclinó sobre la izquierda, porque apareció un automóvil oscuro, tal vez negro, a cierta velocidad, lo cual en este barrio y a las cuatro de la tarde es sorprendente. Me convencí más todavía de que se trataba de un ser pacífico, porque, además de llevar la guitarra en la mano, lo cual le hacía tener especial cuidado para conservar el equilibrio, al llegar a la esquina evitó felizmente el grupo de muchachos agresivos que después de las seis de la tarde crean extenso terror, rompen vidrios, pinchan neumáticos y persiguen a las criadas que van a hacer la compra vespertina. No le vi hacer ninguna de estas cosas; se limitaba a llevar la guitarra suspendida en alto para que no golpease contra la rueda trasera.

Eran apenas las cuatro de la tarde, pero de una tarde oscura que amenazaba lluvia, y yo estaba desoladamente solo porque María no había venido, a pesar de haberme prometido hacerlo a esa hora, y yo contaba los minutos y me impacientaba sin saber qué hacer, mirando la cama abierta, y me inclinaba sobre la calle para ver pasar a la gente y ver venir a María, con su contoneo particular y su manera arrogante de alzar la barbilla, que deja sorprendidos incluso a los muchachos del barrio. Pero no llegaba María, y en cambio el ciclista de la guitarra pasó, con la mano rígida, y el instrumento alcanzaba a balancearse un poco; y yo me puse a pensar en lo que le pasaría si un hueco de la calle lo hacía caer, la guitarra aplastada, hundida, y el sonido de las cuerdas en el momento de romperse la caja; pero luego pensé que una silueta a lo lejos era la de María, y resultó ser la muchacha de la esquina, esa a la cual sorprendieron una noche haciendo el amor en un automóvil con un tipo barbudo y la policía casi se los lleva y, sin embargo, dicen que ellos acabaron mientras los policías miraban sin saber qué hacer y golpeaban los vidrios del auto.

Yo me sentía desazonado en la ventana, porque el día tenía algo incómodo, porque era apenas viernes, no era sábado, y el sábado es redondo, es puro; todos los otros tienen aristas especialmente a esta hora, y era peor porque esperaba con desánimo, casi convencido de que no iba a llegar. Alcancé a ponerme a mirar en la pared el cuadrito que alguien dejó puesto hace mucho tiempo sobre el papel de flores, una reproducción tosca de algún cuadro famoso en que un militar con bigotín y perilla sonríe suficiente al paso de una mujer de faldas largas y trasero redondo y pomposo como un sábado.

Y alcancé a pensar más, mucho más en el ciclista, y sobre todo en su aire pacífico demostrado por la guitarra, que ahora es desusado porque ¿qué hubiera hecho, por ejemplo, si lo hubieran atacado los muchachos? ¿O si el perro de las solteronas hubiera intentado morderlo? Pero sospecho que nada de eso pasó porque su mismo aire pacífico contagiaba a la demás gente.

En cambio alcancé a ver después al cura que subía, vestido de sotana como ya casi no va ninguno. Y tuve la impresión de que el cura, a pesar de no llevar ningún arma, emanaba un aire provocador. Y temí por un momento que los muchachos lo atacaran, pero se limitaron a sonreír y hablar en voz baja. En cambio, el perro de las solteronas se lanzó al ataque, y una de ellas tuvo que salir, sofocada, a detenerlo, y pedir excusas al cura. Después vi a lo lejos una figura de vestido rojo, y pensé que era María. Pero al acercarme me dio vergüenza de haberla imaginado, porque era la fea de la casa rosada.

Y María no llegaba, y me puse a pensar cómo sería yo llevándola en bicicleta, alzada como lleva el hombre la guitarra, cómo el viento le levantaría la falda a María y se le verían las piernas, y a lo mejor la falda podía enredarse en los radios de la rueda, y caeríamos los dos, y al caer María, María a las cuatro de la tarde, sonaría como la guitarra rota; pensando en todo esto llegó María sin que yo la viera, y entró a la habitación y con un beso apresurado empezó a desnudarse, hazlo rápido porque tengo que volver a las seis, ¿por qué te demoraste?, desvístete, ven pronto. Está atravesada en la cama, y las piernas abiertas se balancean como la guitarra y cuando me acuesto sobre ella me siento otra vez como el ciclista que lleva la guitarra y cuando María se viste a toda prisa, María a las cinco y media de la tarde, me asomo a verla salir y me asombro al ver que vuelve a pasear el ciclista con la guitarra, mejor dicho, con María atravesada balanceándose como la guitarra, exactamente como debo llevarla todavía por mucho tiempo.

Pedro Gómez Valderrama (foto)

‘Bolaño sobrevaluado y devaluado’ de Aguilera G.

mt-aguilera-garramunoAlguien tiene que decirlo. Lo voy a decir yo, que ya tengo la costumbre kamikaze de tirar la piedra y mostrar la cara, y lo tengo que decir aunque me excomulguen en Anagrama, aunque nunca me den los premios Herralde, Rómulo Gallegos, Alfaguara, Planeta -ya saben que el Nobel nunca lo voy a aceptar-, aunque pierda la posibilidad de entrar en los grupos de elogios mutuos y promoción y repartición de premios de Vilas-Mata, Sergio Pitol, Jorge Edwards, Juan Villoro, Jorge Herralde, aunque me odien todos los chilenos del mundo (menos el autor de Malorum)

Alguien tiene que decirlo: Los detectives salvajes, del “genio de la literatura contemporánea Roberto Bolaño”, es una de las novelas más mediocres, aburridoras, monótonas, intrascendentes, libres de personajes o situaciones memorables. Es una novela sin raíces, sin espíritu, sin trama, sin tensión: cien o más personajes hablan en primera persona -todos de manera semejante-, hablan, hablan, cuentan aventuras sosas, olvidables, en ocasiones estúpidas.

Muchos de ellos se echan a llorar sin razón y buscan a una mujer de apellido Tinajero (nunca me enteré bien quién era pues abandoné la novela en la página 300 y juro que no terminaría las 600 del volumen de Anagrama ni bajo pena de decapitación). Bolaño ofrece un mundo sin sentido y sin color: escenas tras escenas sosas se van en una antología de bobadas más dignas de lástima y llanto que un niño atropellado. Las voces son todas monótonas. Un solo personaje rescato: el alemán medio tonto llamado Heimito. Esta, dizque novela, es una avalancha interminable de naderías.

Ya lo dije una vez: o el mundo está imbécil al exaltar a este monumento al ocio improductivo, al promover a este atentado contra la naturaleza y al ofender al dichoso y escaso tiempo dichoso de lectura… o el imbécil soy yo. Que lo juzgue el lector.

Pensar que Bolaño pudo escribir algo valioso -dicen que su novela 2006 o 2666 es… Aquí se suspende la frase y se incluye un comentario del blog “El Sentenciero”… Después se reanuda mi frase… Marco Tulio, hola. No soy lo que pueda llamarse un “fan” de Roberto Bolaño (es que estos términos son los que se usan con él, es parte de una moda y de una forma de hablar), aunque he leído Los detectives y tres libros más de él. De todo ese material, lo único que realmente me ha parecido bueno, es un cuentario que se llama “Llamadas telefónicas”. El resto no es que sea deplorable, pero apenas pasa de curioso, de divertimento. Claro, en ciertos círculos de escritores, hablar mal de Bolaño puede significar el linchamiento público.
…una obra maestra …(¡ojala!)- es algo que no puedo entender.

Estoy anonadado y estupefacto y demolido: Anagrama, que ha publicado tantas obras de valor, ahora exalta a esta almita de Dios (vi a Bolaño en un video: sí, es un inocente, un ingenuo, muy culto, sí, pero con unas ideas resobadas y con unos aires de grandeza que oculta (ocultaba) tras una fachada de timidez y modestia. Es el típico escritor del post-boom: convencido que el mundo comienza con sus propias obras. Para él García Márquez es una especie de maestro orfebre, na má. No dudo que como persona y como amigo Bolaño haya sido maravilloso: como escritor no es de los míos.

Es un frenólito disfrazado de frenáptero. Mis 19 (ya no son 19 sino entre 50 y 119. Nota actualizada el 11 de septiembre de 2010) lectores me entienden. Con ellos me basta. Aunque 800 millones de moscas estén de acuerdo en que comer mierda es algo maravilloso, uno no tiene por qué estar de acuerdo. Han comenzado a llegar mensajes de adhesión a estas opiniones, no dudo que comenzarán a llegar insultos. Los espero con ansiedad para agregarlos a mi Colección de estímulos a la Creación Literaria que atesoro con cariño…

Marco Tulio Aguilera Garramuño (foto)

‘Si escuchas esta música’ de Pedro Gómez V.

pedro-gomez-valderrama(¡Ah, mostradme un fuego que pueda apagarse

a sí mismo!

Hebbel, Judith)

… Hasta aquel día, apenas llegando a sus veinte años, Niccolo Paganini fue ya considerado como un maestro. Sin embargo, yo osaría decir que todo lo demoníaco de su arte, su milagro maligno, parte de la época en que él desapareció en 1802, para reaparecer solamente después de tres años, tan ahíto de amor que nunca más volvería a amar en la vida.

Hasta entonces, Satanás dormía, indudablemente, en él; pero sólo desde aquel momento maduró su alma para albergarlo, para realizar su prodigioso pacto, que le permitió embrujar a Europa y llevar un hálito de espanto a todos aquellos que escucharon su violín. El secreto de Paganini, del cual se habló tanto, estaba lejos de ser sospechado. Las gentes lo intuían, pero sin comprenderlo. Hubo quienes vieron salir fuego y azufre de su boca mientras tocaba; quienes hablaron de asesinatos misteriosos; quienes vieron a su espalda al propio Satán Trimegisto impulsando su brazo. Amén de aquello que pasearon por Europa la leyenda de su vida de forzado, que le había dado un secreto prodigioso para manejar el violín.

Era la época tremenda de su primera vida, los años de su gran extravío, cuando sus manos de virtuoso se crispaban sobre las copas o acariciaban los senos de las prostitutas. Su vida estaba cubierta de fango y él sonreía desdeñosamente a quienes se lo reprochaban. Su larga nariz, su escuálida figura, enmarcadas en su lacia y larga cabellera, le daban ya el siniestro aspecto del espantapájaros animado de vida.

Su vagabundaje no conocía reposo; erraba de sitio en sitio, de ciudad en ciudad, jugándolo todo, perdiendo y ganando hasta su propio violín. Fue en aquella época cuando las gentes comenzaron a inquietarse. El hombre que la noche anterior, y todas las noches anteriores se encontraba ebrio y perdido en el fango de la más siniestra lujuria, se elevaba como un gigante creador, como el genio prodigioso. Nadie sabía en qué momento se dedicaba Paganini a estudiar su música, a aprehender el alma de su violín.

Un día de 1802, desapareció de Génova. Transcurrieron los días sin que se supiera dónde se encontraba, y así comenzaron a pasar los meses, para contentamiento de sus enemigos y tranquilidad de aquellos que miraban sus hijas y esposas amenazadas por la sonrisa cínica del enigmático seductor.

Nadie supo que en aquel tiempo de desaparición iba a hallar Paganini su secreto, el secreto musical de su violín, que persiguieron después alucinados todos los violinistas de Europa. En aquella desaparición Satán iba a penetrar definitivamente en el espíritu del genio.

Todo fue obra de un viaje en diligencia. Paganini se encaminaba a Padua, donde se le solicitaba para un concierto. Su equipaje consistía solamente en una maleta de cuero negro y un violín. Cuando la diligencia arrancó de Génova, todos se despidieron de él pensando verle pronto de regreso, tanto más cuanto que su querida del momento era una de las mujeres más asediadas de la ciudad. Sin embargo, aquel grupo de genoveses que salió a despedirlo no sabía que la noche anterior, entre carcajadas, Niccolo Paganini había jugado y perdido a su amante. Días después se supo que Paganini no había llegado a su destino. Había desaparecido de la diligencia con una misteriosa mujer que viajaba también.

Se rumoreó entonces en voz baja que el diablo, en figura de mujer, le había transportado al infierno. Se dijo también, que la huida había sido planeada, y que le acompañaba la mujer de un noble genovés. Pero todos se inclinaban a pensar que Satanás flotaba en el ambiente. Nadie supo entonces lo sucedido. Años después, alguien oyó nombrar a Paganini a un viejo criado, servidor de una familia noble que poseía un castillo aislado e inaccesible en medio de la Toscana.

El criado no sabía quién era Paganini. Hablaba del genovés sombrío, sin saber que se trataba de uno de los mayores genios de la época. Su relato era, por otra parte, deshilvanado y episódico, lleno de silencios sobre meses y años enteros:

-En medio de la noche, se detuvo la diligencia, y la señora marquesa descendió con un hombre joven, vestido de negro, de cara pálida y con unos ojos tan penetrantes que era difícil mirarle de frente. Su bagaje era solamente una maleta negra, junto con la caja de un instrumento musical, que él se negó a entregarme. La señora Francesca me dio orden de cederle mi caballo, y marchar tras ellos a pie. Llovía desastrosamente, y la noche era negra. Ellos marcharon adelante, y yo los seguí, chapoteando en los fangales.

Cuando llegué al castillo, se encontraban ya ante la chimenea. La señora daba a Elissa la orden de preparar una habitación al señor Paganini, quien iba a demorarse unos breves días. Pero a la mañana siguiente, Elissa me contó que el señor Paganini no había dormido en su habitación. Ella había tenido que llevarles el desayuno a la alcoba de la señora; y había encontrado en el suelo, roto, despedazado, como si lo hubieran pisoteado salvajemente, el violín que traía el señor.

Me contó también que durante la noche había despertado oyendo una música, llena de alaridos de dolor, de sones lúbricos, de angustia y de lujuria. (A fe que no sé cómo pudo ella distinguir todo eso, siendo tan ignorante como yo). Y agregaba Elissa que después hubo el ruido de alguna cosa rota, y entonces sí verdaderos gritos de dolor de la señora.

Elissa, angustiada, se precipitó en su auxilio, pero al llegar a la puerta oyó que los gritos dolorosos habíanse trocado en algo muy diferente, que no le correspondía escuchar.

Ella me contaba todo cuanto iba sabiendo, y fue así como me enteré que en aquellos mismos días escuchó tras la puerta una conversación en que aquel señor gritaba airadamente a la marquesa. Le repetía a voz en cuello:

-Me amarás por mí mismo, a pesar de mi arte. ¡No volveré a tocar un violín!

Y en aquellos mismos días recibió la señora un paquete que contenía un violín, el cual fue cuidadosamente guardado.

El criado siguió hablando. Habló largamente, estimulado con los vasos de vino que yo le ofrecía. Y fue aquella noche cuando tuve la revelación del gran secreto de Paganini, por el cual desesperaban todos los violinistas de Europa.

Paganini, seducido por la belleza y la finura de la marquesa de X., a quien encontró en la diligencia camino de Padua, y ante las suaves instancias de la mujer, descendió en el pequeño villorrio toscano. Era fácil la conquista, y él era casi un adolescente.

Aquella tremenda noche vino a saber la verdad: la mujer le había oído tocar en un concierto en Génova, y sabiendo de su viaje, lo había arreglado todo para aquella especie de secuestro. Había quedado prendada, enloquecida, oyéndole tocar el violín, y por eso quería atraerle y guardarle consigo. Su voluptuosidad era la música, y quería tenerlo con ella. La castellana era una viuda, que llevaba sobre él la ventaja de más años de vida intensa, y de dinero suficiente para comprar el mejor virtuoso del mundo.

Aquella noche, en la intimidad de la alcoba, bajo la furia de la tempestad, Niccolo se dio cuenta de que no era a él mismo con su sensualidad afanosa, con su perverso cinismo a quien ella perseguía, sino la representación de la comedia del paje tocador de laúd.

La ira de Niccolo se encendió, y fue entonces cuando lanzó aquel grito, y enloquecido, maldiciendo, rompió su violín, al cual acaba de arrancar acentos de tormenta y placer, como los de aquella noche que vivía el castillo. Y tomando el instrumento quebrado, golpeó con él la desnudez de la marquesa Francesca. Cuando se lanzó sobre ella, adolorida y ultrajada, se cumplió la más voluptuosa de las horas para la hermosa mujer en decadencia.

Pasaron los días, apretados de tempestad, de cuya sensualidad iba naciendo el amor para el joven Niccolo. Pero al mismo tiempo se daba cuenta de que para la marquesa algo faltaba en ese amor, y él lo sabía: su música, que era más que él mismo. Sólo saliendo de esa música se realizaba su goce perfecto. Y un oscuro sentimiento de celos contra su propio arte nació en el corazón del muchacho. Pasaban los días, y fuera de las explosiones sensuales, cada día Francesca estaba más distante de él.

El criado contaba otra historia: Un día ella tímidamente, con el temor de su cólera violenta, le ofreció el violín que había pagado con largueza. Era una leve insinuación, una tentativa de recobrar lo que amaba de él, los únicos momentos en los que lo sentía unido a ella misma. Niccolo lo recibió y lo examinó. Lo tomó e hizo ademán de tocar, pero solamente dio dos notas semejantes a una burlona carcajada. Hizo luego una pirueta, y depositó el violín sobre una de las mesas del salón. Allí permaneció durante los tres años de su cautiverio; un auténtico Guarnerius, que, poco a poco, iba cubriéndose de polvo.

Niccolo, en medio de la amargura, no se decidía a partir. Era demasiado renunciar a su amor, tanto más infortunado cuanto que no obtenía otra satisfacción que la del goce sexual. Desesperado, intentó una solución que le permitiese entregarse un poco, sin claudicar totalmente: utilizar su maestría en la guitarra, instrumento menor ante sus ojos, que por ello produciría el efecto de la música para saciar el extraño apetito de la mujer, sin enajenarle su cariño.

Y así en las largas veladas, los dedos prodigiosos del muchacho resbalaban por las cuerdas de la guitarra, le arrancaba sonidos mágicos, llegaban al fondo del espíritu de ella; la marquesa no comprendía qué misterio se operaba en su espíritu, que, al tiempo de ser la amante del músico no le entregaba, sin embargo, la totalidad de su ser, que, lejos de su alcoba, le rechazaba y le mantenía heladamente lejos. Pero le conservaba a su lado, a pesar del hielo, llena del deseo angustioso de su violín.

De tiempo en tiempo, surgía una leve insinuación, que terminaba en tormenta. Bruscamente Niccolo arrancaba las cuerdas de la guitarra, y la arrojaba lejos de sí. Y salía al campo, a andar con la cabeza desnuda, agitándose al viento la lacia melena, magro y desgarbado bajo el atuendo negro.

Así pasó el tiempo insensible. Cuando en la noche Niccolo franqueaba el umbral de la alcoba de la marquesa, entraba en un mundo diferente, en el cual, sin embargo, su amor estaba lejos de sentirse saciado. Si llegaban huéspedes, lo que ocurría, generalmente, con la llegada de la primavera, la puerta se cerraba para él, que, abandonado en medio de la noche, creía oír pasos galantes dirigiéndose a aquella puerta. Y entonces ardía en la desesperación, se sumergía en la amarga tortura de los celos, y se repetía a sí mismo el cuento del paje tocador de laúd.

Y el servidor seguía su relato:

-El último año en que el señor Paganini vivió en el castillo fue el peor. Se hizo aún más colérico y violento, más irascible y bárbaro. La señora marquesa le temía. Cuando él se levantaba airado, ella palidecía y escapaba. Porque ya sabía que él la maltrataría. En esos momentos parecía odiarla y, sin embargo, luego de golpearla (que jamás he sabido por qué ella lo soportaba), la llevaba casi arrastrándola a la alcoba. Otros días se encerraba en su propio aposento, y no salía de allí. Una vez, quiso estrangularla y lo habría logrado si Elissa y yo no hubiéramos acudido. Pobre el señor Niccolo. En el fondo, la amaba y sufría. Era celoso de todos los visitantes. Y a algunos hizo tales escenas, que al saberse en la comarca, nadie volvió al castillo. Al mayordomo no lo dejaba hablar con la señora, sino en su presencia. Pero varias veces en que ella le gritó, en uno de esos momentos de celos, que no le amaba, él quiso irse, y ella, llorando, se arrodilló para suplicarle que se quedase. ¡Pobre señora!

Francesca estaba persuadida de no amarle, pero una extraña fascinación le ataba a él. Ella le había gritado un día que no era un hombre completo sin su violín. Él la abofeteó y la dejó sola. Y contaba el criado que, al pasar por la puerta de su aposento, donde se había encerrado, oyó sollozos entrecortados.

Era el viaje de Orfeo al infierno para rescatar a Eurídice, al precio de su música. Y ése fue el secreto del maestro: los tres años de atroces suplicios vividos al lado de una mujer que creía no amarle a él sino a su arte, y que, sin embargo, no le dejaba partir. Después de la tortura de aquellos años de infierno, Satanás había preparado suficientemente su alma para entregarle el secreto.

El violín había permanecido intacto, en el mismo sitio. Un día hablaron de amor, y ella estaba distante y fría. Y de sus labios salieron otra vez aquellas palabras: “Quiero oír tu violín”. En aquel momento Satanás reveló a Paganini el secreto; se dirigió al violín y abrió la caja empolvada. Sus manos se movieron diestramente como si recobrasen un hábito del día anterior. Una vez preparado el instrumento, acariciándolo como si fuera el cuerpo de Francesca, empezó a tocar.

Al ritmo salvaje y alucinante de la música, acudieron los criados, que se quedaron como petrificados. Francesca se sacudía como si cada nota la penetrase. Paganini tocaba con furia: quejidos de amor, gritos de ira, toda la gama del corazón humano se plegaba al arco del violín. A veces eran variaciones de siniestro aquelarre en medio de fascinantes arrullos. Otras veces eran clamores de guerra, al lado de brillantes devaneos. Pero siempre, en el fondo, el resplandor satánico, la espantable sombra de hechicería.

-Yo podría jurarle, señor -decía el criado terminando su relato-, que era el demonio mismo quien tocaba. De los ojos del señor Paganini salían llamas. Yo vi la sombra de Lucifer. A mi lado, Elissa se desplomó desmayada y yo no pude hacer el menor movimiento para socorrerla. Lo diabólico nos inmovilizaba. No sé cuántas horas tocó el señor Paganini. Cuando me recobré, ya atardecía. El señor Paganini dejó de pronto de tocar. Lanzó una carcajada de endemoniado, miró a la señora Francesca que yacía como trémula de amor y guardó lentamente el violín. Luego salió a la noche. Era una noche como la de su llegada, densa de tempestad. La señora no pudo moverse para detenerle; él salió. Pasó la noche y no volvió, y la señora siguió esperándole durante meses y años, en aquel castillo que desde entonces pareció hechizado, y empezó a reunir en sus salones todos los ruidos siniestros del espanto. Ese fue el recuerdo que dejó el hechicero misterioso.

“El señor Paganini no volvió más, y la señora envejeció esperándole”.

Así terminó el criado su relato. Y yo, recordándolo más tarde, encontré un curioso apunte en mi libreta:

En 1834, cuando estuvo Paganini en Bruselas, una dama ya encanecida, impasiblemente sentada en su palco del teatro de la Moneda, presenció el único fracaso del genio, que por la sola vez en su carrera no pudo posesionarse de su público, no logró inyectarle su veneno sonoro. Esa mujer era la marquesa de X., la signora Francesca.

Pedro Gómez Valderrama (foto)

‘La herencia para mis hijos’ de Alberto Salcedo

alberto-salcedo-ramosHace poco fui con mis hijos a un restaurante caribeño donde sonaba la canción La plata, del juglar Calixto Ochoa.

El mundo pelea si dejo una herencia / si entierro un tesoro no lo gozo yo / se apodera el diablo de aquella riqueza / y entonces no voy a la gloria de Dios

Enseguida comenzamos a conversar sobre herencias. Mis hijos se declararon partidarios de que, como en la canción, todo el que se esfuerce gaste en vida hasta el último céntimo. Yo les concedí la razón.

-El humorista Armando Chulak repetía que eso de “pasó a mejor vida” no se debe decir del finado sino del heredero.

Mis hijos rieron.

-Por cuenta mía nadie va a pasar a mejor vida.

A continuación dije que me tiene sin cuidado hacer el inventario de lo que dejaré. Solo quiero que, cuando muera, me encuentren pulcro, pues, como decía el poeta Gonzalo Arango, un cadáver de uñas sucias se vería muy feo.

De todos modos, algo les dejaré como herencia. Para empezar, el radio portátil de cinco bandas. Quiero que lo cuiden mucho, no por su valor material sino por lo que significa para mí: en ese radio mi madre oía canciones de Pedro Infante.

El mesero, un barranquillero chismoso que siempre nos atiende en ese restaurante, metió la cuchara sin ningún pudor:

-No vale la pena sacrificarse en busca de bienes que al final van a disfrutar otros. Mejor siga escribiendo. Pero compre el Baloto. Usted tiene cara de que puede ganárselo.
Respondí que nunca he esperado ningún favor de la suerte y que tampoco invito a mis fiestas a los loteros. No sueño con acumular más dinero del que necesito ni con asegurarles el sustento a cuatro generaciones. En este punto miré a mis hijos y agregué que si la muerte me avisa cuando venga por mí, seguramente haré una última visita al banco para asegurarme de que mi modesta cuenta de ahorros quede vacía.
-¿Cómo era aquella cosa que nos decías cuando estábamos chiquitos? -preguntó Oriana.
-Que mi herencia para ustedes será una casa en el aire como la de Escalona, pero de tres pisos, cinco mil cabezas de saltamontes y una hectárea de hojas de cadillo.

Ambos sonrieron.

Seguí haciendo el listado: dos bolsitas de maní salado, un reloj de bolsillo, mis libros, mis discos, la hamaca sanjacintera que me regaló mi compadre Alfonso Hamburger. Lo más importante de todo fue haberles enseñado a asumir sus responsabilidades. Entonces recordé una frase de mi abuelo: “Al hijo hay que educarlo en la casa para que no salga a matar a nadie en la calle”.

-¿Qué más herencia que la vida, papi? -preguntó Mario con aire trascendental.

Respondí que esa tampoco es la gracia: cualquiera engendra. Hace unos años mi colega argentino Matías Maciel me escribió un correo emocionado para contarme que acababa de convertirse en padre. Aún guardo la respuesta que le envié: “Un hijo es una criatura por la que uno es capaz de ofrecerles el pecho a todas las balas del mundo y morir cagado de la risa”.

En este punto añadí con aire triunfal que por ellos soy capaz de dar la vida, y que eso también quisiera dejarlo consignado en el testamento.

Los dos me dieron un beso. Fue Mario quien soltó la conclusión que estaba esperando:

-No joda, papi, te sobraste. ¡Tremenda herencia!

Alberto Salcedo Ramos (foto)

 

‘La venganza’ de Nazario Arroyos

nazario-arroyosMe negaba a entrar a esa habitación. Preveía la atmósfera que iba a encontrar y mi impulsiva reacción. A la penumbra se añadiría la lúgubre actitud de los presentes, el silencio y el olor a medicamentos y vagamente a su incontinente orín.

Muchas veces nos vemos impelidos a la formalidad, y este era el caso ahora; a pesar de estar conscientes de hacerlo sin convicción, tenía que ir, aunque mi aparición pudiera transformarse en otra cosa. Tenía la sensación de asomarme a la esquina de la muerte, y doblarla con rapidez.

Me dispuse a entrar, tras admitir que debía deponer mis odios, en un arduo acto de aceptación del prójimo. Una sola cosa adversa, pero terrible y dolorosa, no me estaba ayudando a derrotar la animadversión por esa persona, y mostrarme humanitario.

La castiza sabiduría habla de que se suele perdonar, pero no olvidar. Eso se dice. Con lo sobrehumano que es perdonar, es más difícil olvidar. Y yo debía olvidar su traición, para cerrar esta historia.

Las deudas de monedas y las expresiones obscenas se pueden perdonar con relativa facilidad, inclusive echar al olvido, pero con una traición estamos hablando de otra cosa.

Y al intentar perdonar una traición, no muere su recuerdo y queda la imposibilidad del olvido. Este era el dilema enardecido que perturbaba mi mente.

Debía atravesar esa puerta hasta el cuerpo que yacía desvaído de aquel traidor, y pretender no ambicionar matarlo, como tenía resuelto, porque debía dar muestras de humanidad, y ofrendar una actitud compasiva con quien pendía de su último aliento.

La fragilidad humana llama siempre a la compasión. Por tanto, debía ser superior a mi odio, y a mi instinto de venganza, y ser piadoso.

Extrañamente, el que está en situación de bienestar y es arrogante y pérfido, como en otro momento lo estuvo el sujeto que languidecía adentro, cuando su cuerpo es un despojo se convierte en ejemplo de virtudes, sea o no cierto. De modo que no es un mezquino delator el que agoniza, ya no el verdugo de la falsa acusación con que se me sentenció en un estrado, sino un necesitado de misericordia.

A través de este sinsentido debía avanzar, con mi furia, hasta la puerta del cuarto, y tras ella, preveía, habría de ocurrir lo peor.

Pero debía sobreponerme al recuerdo de mi arresto policial, el recuerdo de haber sido objeto de vejaciones. Debía olvidar que ese hombre había cercenado un tiempo prolongado de mi vida, durante los más aciagos días de la patria. Olvidar que mientras el desleal siguió con su vida, y con sus sueños, y seguramente con su mejor esfuerzo para lograrlos, yo estaba bajo el sopor del suplicio de los calabozos, bajo la mirada de la muerte que me observaba en todo instante, y bajo la degradación de mi dignidad.

Ahora, atrapado en esta disyuntiva, sentí que emergían desde las profundidades de mi espíritu los más turbios sentimientos insospechados. Y uno que jamás pensé tener: el deseo de matar.

Con mi vida pendiendo del hilo de la fatalidad, daba en silencio alaridos de ira incontenible. Mi cabeza estaba llena de gritos y maldiciones. Lo pensé, y tal vez salió de mi boca: te voy a matar. No lo recuerdo.

La vida tiene, sin embargo, su balanza propia: es él quien ahora está al borde del abismo. Contra mis instintos, mi deber pío era despedirlo sin sobresaltos, en paz. Y quizás él atenuaría su culpa con su arrepentimiento por lo que hizo. Pero ¿quién lo sabría?

Al mismo tiempo me era imperioso doblegar mis demonios y aplastarlos para siempre con la diamantina reciedumbre del perdón. Francamente, a una tan noble y colosal exigencia jamás me había enfrentado.

Así resultarían las cosas: ambos llegaríamos, en los próximos segundos, al momento que estábamos a punto de hilvanar para siempre: él, mediante la contrición, y yo de la indulgencia; serían las caras opuestas de un mismo acto de humanidad.

Llené entonces del aire enrarecido que flotaba mis pulmones, y enfrenté el hecho de cruzar ese vano para cumplir mi sino. Esperé hallar, al otro lado y en la opacidad del sitio, la mueca de mi desventura reflejada en su rostro. Un rostro desmejorado por la inminencia de la parca.

Pensé que si contenía la respiración haría más rápidas las cosas, y me evitaría inhalar los humores herrumbrosos que emanaban de ese cuerpo condenado a mi voluntad.

Reprimiría un impulso irreflexivo de escupir al desahuciado. Y que lo último que él viera, fuese el recuerdo vivo de su infamia en mi cara enardecida.

El primer paso me costó un montón. Sentí entrar en un estado de exacerbación, que me hizo apenas notar mi derredor. Un vaho acre me recibió, proveniente de la ominosa atmósfera que oprimía la estancia. Me detuve el tiempo justo para acostumbrar mis pupilas al amaño de la luz, hasta que divisé los contornos de la cama. Quizás él no iba a abrir los ojos, y si lo hacía podía apelar al olvido y no me iba a recordar.

Quizás, ya resuelta su muerte, habría olvidado que me lanzó al infierno para intentar salvarse él. Pero yo estaba decidido, en un arrebato instantáneo, a vengar mis años perdidos y acabarlo con una estocada, sin importarme los presentes.

No obstante, al aproximarme quedé pasmado: no había tal cuerpo exangüe, de respirar pedregoso, y lo que encontré fue la forma de un hombre robusto bajo las frazadas, de las que sobresalía un rostro todavía sonrosado, aunque moribundo.

Cuando llegué junto a su cama, sus ojos parecieron entreabrirse no más. Pero ya no tenían brillo. Vi dos pozos vacíos en ellos.

No estaba seguro, sin embargo, si me había reconocido, o solamente quería saber quién había ocultado los rayos de luz que escasamente filtraba la cortina sobre la ventana. Creo que su rostro demudó.

Estábamos en un punto en el cual se juntaban su pasado y mi consciencia de que, tal vez, no valía la pena dar muerte a quien ya estaba sentenciado por la muerte. Quizás no hubiera conmiseración en mi pecho pero me sentía en paz.

Entonces me incliné para ver de cerca el agónico final de aquel verdugo, y ese parpadeo suyo me dijo que reconocía los acontecimientos nefastos que me provocó, y tal vez estaba asombrado porque la muerte lo había encontrado primero a él.

Le pregunté si me recordaba. Movió a un lado y otro, muy levemente, su cabeza deleznable. Quizás solamente simulaba. Una buena excusa es el olvido. Siempre lo es. En el olvido suelen refugiarse los venales. Con ello, además de aparentar inocencia, creen hallar el auténtico perdón.

Pero por sobre los encubrimientos y las simulaciones, la vida justiciera se impone, y da a cada quien lo que corresponde. Y él había recibido lo suyo. Yo también obtenía lo mío: la posibilidad de dejarlo todo atrás.

Salí, entonces, resignándolo a que se debatiera en su última lucubración.

Nazario Arroyos (foto)

‘El tapiz del virrey’ de Pedro Gómez Valderrama

pedro-gomez-valderramaCuando el virrey subió a su coche con la virreina, para dirigirse al baile en casa del marqués, el criado mulato se quedó escondido en un rincón del patio, hasta que cesaron todos los ruidos del palacio. Sacó entonces una inmensa llave, y abrió la puerta del salón central. Encendió una antorcha y se situó ante el gran tapiz que adornaba el fondo del salón, y que representaba una hermosa escena de bacantes y caballeros desnudos.
El mulato extendió las manos y acarició el cuerpo de una Diana que se adelantaba sobre el tapiz. Murmuraba en voz baja, hasta que de pronto gritó:
-¡Venid! ¡Danzad!
Los personajes tomaron movimiento y fueron descendiendo al salón. Comenzó la música del sabbat, y la danza de los cuerpos en medio de las antorchas. Ante el mulato, los personajes del tapiz iban cumpliendo el rito de adoración al macho cabrío.
Diana permanecía a su lado, besándole de vez en cuando con golosa codicia.
Después de consumidas las viandas del banquete, vino el momento de la fornicación, hasta que sonó el canto del gallo y los personajes se fueron metiendo uno tras otro en el tejido. Sólo quedaron, trenzados en el suelo, Diana y el mulato, al cual encontraron a la mañana siguiente desnudo y muerto en el suelo con unos desconocidos pámpanos manchados de sangre en la mano. Diana no estaba en el tapiz.
Pedro Gómez Valderrama (foto)

‘La penitencia’ de Octavio Escobar Giraldo

octavio-escobar-giraldo-Acúsome, padre. Acúsome por alegrarme de la muerte de Joaquín López.

El sacerdote trató de reprimir su sorpresa:

-¿Mataron a Joaquín López?

-Sí, padre, lo acabaron de confirmar por la radio. Desde esta mañana habían dicho que los del ejército lo estaban identificando.

El sacerdote lamentó, sin expresarlo, no haber escuchado las noticias antes de salir de la casa cural.

-No es muy cristiano alegrarse por la muerte de otro ser humano, hija.

-Lo sé, padre, por eso vine a confesarme.

-¿Conociste a Joaquín López?

-No, padre. Mi padre y mi hermano sí lo conocieron.

El sacerdote recordaba lo descompuesta que estuvo la mujer en el entierro de sus familiares. Se rascó la calva y templó la voz:

-Arrepiéntete de ese sentimiento, hija, es un pecado grave. Reza cinco Ave Marías.

-¿Sólo cinco, padre?

-Si los rezas con devoción, y te arrepientes, sólo cinco. Y que tu hijo no vuelva a faltar a la catequesis del sábado.

-Sí, padre. ¿A las once?

-A las diez, hija. Diez en punto.

-Aquí estará, padre. Le voy a mandar unas mandarinas con él. Están dulcesitas. Y unas brevas caladas.

-No es necesario, hija.

-De todos modos yo se las mando. Gracias por todo, padre.

-De nada. Ve en paz.

El sacerdote bendijo a la mujer a través de la ventanilla velada y esperó unos segundos para salir del confesionario. Dejó todo listo para la misa de las doce y le ordenó al sacristán que se asegurara de que no había otros feligreses dentro de la iglesia y la cerrara. En el atrio acarició la cabeza de dos niños que jugaban balero y cruzó la calle bajo el sol crudo.

La casa cural lo recibió con ese vaho de humedad que le estaba arruinando la voz. Con el control remoto buscó el canal que transmite noticias las veinticuatro horas del día. Confirmado: Joaquín López estaba muerto. Siguió el informativo durante cinco minutos, como para convencerse de que era cierto, y apagó el televisor. Fue a la cocina y se sirvió una taza de aguapanela. Después de bogársela se dirigió a su habitación, se arrodilló al lado de la cama, la vista puesta en el crucifijo tallado en madera de cedro, y rezó quince Ave Marías con mucha devoción.

Octavio Escobar Giraldo (foto)