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‘Molly Bloom de carne y hueso’ de Lina María Pérez

lina maría pérez(Más que un cuento, el siguiente es un texto sobre ‘Ulises’ y James Joyce. Un texto delicioso. JSA)

Para Nora Barnacle, la mujer de Joyce, Ulises era una obra alrevesada. “¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?”, le dijo malhumorada sin llegar a comprender del todo que ella era la tal Molly Bloom, uno de los personajes principales que deshilacha el tiempo narrativo del día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena hasta la última página transcurren 18 horas y 45 minutos. Esa fecha se refiere exactamente al día en que ellos se encontraron por primera vez.

No fue fácil la vida de Nora al lado de Joyce. Sin embargo, ambos crearon un fuerte lazo de dependencia, de erotismo y complicidad hasta que el escritor murió. La voz de Molly Bloom lo expresa así: “… me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude…”

Nora, por lo general, fue un apoyo para su marido en sus empresas literarias pero lamentaba que sus escritos fueran oscuros y sin sentido. No se sentía cómoda en las reuniones de su esposo con otros artistas. Admitió que lo hubiera preferido músico en vez de escritor. En su casa recibió a William Butler Yeats, Ítalo Svevo, Ezra Pound, H.G. Wells, Ernest Hemingway, Henry Michaux, el arquitecto Le Corbusier, y a Samuel Becket, que en los últimos años sería el asistente de su esposo. Nora no imaginó que la admiración de Francis Scott Fitzgerald por el escritor llegara hasta el extremo de ofrecerle saltar por una ventana para probarle cuanto lo veneraba; Joyce le rogó que no lo hiciera.

Para él, su mujer era “el alma más hermosa y sencilla del mundo”, y además de su literatura, Nora era su eje vital. Sufría con sus descontentos y le rogaba que no fuera infeliz. En sus cartas a su hermana, Nora se queja de su marido, un hombre débil y un artista neurótico, acusándolo de haber arruinado su vida y la de sus hijos. Ella pensaba que la demencia de su hija Lucía, como aseguraba Carl Jung, se debía a los desajustes mentales de su marido. Para él, las incoherencias y distorsiones de su hija no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su literatura y que ella había heredado de él su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.

Descrita por una amiga como “una de esas mujeres que un hombre ama para siempre y espera poder, un día, estrangular”, tuvo que lidiar a un hombre alcoholizado, enamoradizo y casi ciego que no lograba el sustento de la familia. Además, madre de dos hijos en condiciones de pobreza. Sufría con la enfermedad mental de su hija que Nora toleraba con esfuerzo y sin el apoyo de su esposo, entregado a concluir su novela. En el monólogo de Molly Bloom está la protesta: “…cualquier cosa que haga una mujer sabe detenerse a tiempo es natural no estarían en el mundo si no fuera por nosotras ellos no saben lo que es ser mujer y ser madre cómo podrían saberlo dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara es por eso que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y de sus estudios…” Durante esos meses, Joyce se volvió indiferente a la familia. Nora le mintió para llamar su atención, le dijo que había quemado el manuscrito, y así logró de nuevo la atención de su marido. A partir del 2 de febrero de 1922, cuando el escritor cumplía cuarenta años, entregó a su editora sus manuscritos venerados de Ulises. Él estaba eclipsado por su novela que le tomó 8 años de escritura en Trieste, Zurich y París. Nora aguantó el escándalo que se generó después de su publicación: que era una obra indecente, inmoral, impúdica, obscena. Hubo rechazo entre algunos grupos puritanos de Inglaterra y Estados Unidos, y el libro, editado en París, solo circuló clandestinamente. Pero la pareja recibió comentarios de lectores ingeniosos y abiertos a las novedades, para quienes Ulises era la mejor obra narrativa del siglo, argumento que a Nora le costaba creer. La fama llegó despacio, y más tarde, el dinero.

La vida mundana de París le interesaba a Joyce, siempre pendiente de la recepción de Ulises, pero Nora no tenía la disposición ni ropa adecuada para asistir a los salones donde se codeaba aquella burguesía con ínfulas de aristocracia. Precisamente Sydney Schiff un novelista olvidado, y su esposa, Violet organizaron la noche del 18 de mayo de 1922 una cena para propiciar el encuentro entre Joyce y Marcel Proust, y luego contarlo como un chisme social. Joyce era apenas conocido; Proust, tenía amplio reconocimiento, había recibido dos años antes el Premio Goncourt y el año anterior, la Legión de Honor.
El encuentro no fue en el Ritz, como aseguran algunos, sino en el Hotel Majestic, con la disculpa de celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París. Asistieron, además del compositor, el director del ballet ruso Serge Diaghilev y Pablo Picasso. Joyce llegó temprano y se disculpó por no estar vestido de etiqueta. Según Schift, dijo: “No tengo dinero para esas inutilidades”. El único tema de conversación que le interesaba era las reacciones frente a Ulisses, publicada tres meses antes y que estaba leyéndose sin ser comprendida. Tenía la expectativa de saber qué pensaba Proust de su novela, pero la velada parecía destinada al fracaso. El escritor francés no aparecía, y Picasso bebía sin parar hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa.

Pasada la media noche, Joyce, de acuerdo con la crónica de Schiff, siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho. Más tarde entró un hombre pálido, escondido en un abrigo de piel: era el autor de En busca del tiempo perdido, su extensa novela ya terminada, que todavía corregía. Seis meses exactos después de la reunión en el Majestic, moriría.

Joyce contó a Nora que ambos se ubicaron en sillas contiguas y que la conversación fue tan idiota, que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: “No”. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulises. Respondió: “No”. La situación era insoportable”. Por invitación de Proust, se devolvieron en el mismo taxi. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla que fue cerrada de inmediato en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa. Proust comentó a Celeste Albaret, su fiel ama de llaves: “Perdí el tiempo con un borracho”.

En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con el veneno de sus sarcasmos. En su diario de apuntes escribió: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y en una carta a su editora: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos no volvieron a verse, pero Joyce asistió conmovido, el 22 de noviembre de aquel 1922, al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot. Proust nunca tuvo tiempo de leer Ulises. Las obsesivas correcciones a su novela lo absorbían por completo mientras la muerte lo acechaba. Joyce sí conoció y admiró los primeros volúmenes de En busca del Tiempo perdido. No se entiende de otra manera el homenaje que Joyce le hace en Ulises a la petit bande de Albertine en Balbec:

“Chicas bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero de paseo por el día, cantando. Amigo de la familia. Gira, dice él. Muelle con lámparas, tarde de verano, banda.

Esas chicas, esas chicas

Esas hermosas chicas bañistas”.

A pesar de que para Nora Ulises era un libro sin pies ni cabeza, alcanzaría a comprender en los diez años siguientes a su publicación, que a pesar de ser un libro alrevesado y lejano al lector común, su marido había realizado en él un monumento a la inteligencia humana. Las angustias y zozobras de Nora Barnacle al lado de Joyce nunca menguaron su incondicional fidelidad. No permitió que su entierro el 13 de enero de 1941 fuera celebrado por el rito católico: “No podría hacerle a él semejante cosa”.

Lina María Pérez (foto) (Con el cuento ‘Silencio de neón’, la autora ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1999)

‘Una llamada por cobrar desde el infierno’ de EAR

emilio alberto

Cuando me dirigía a la casa campestre en la que me quedé de encontrar con mis socios, me sonó el celular. Lo miré, terminaba en 999 y, por supuesto, lo reconocí de inmediato. Era una llamada de CAREMOMIA. Su nombre lo tenía identificado, era el jefe.

Me costaba admitirlo, pero era cierto que el maldito me intimidaba. Le contesté de inmediato para que no notara mi desgano. Era para insistirme en que llegara puntual a nuestra cita, que ya me estaba esperando, y para decirme que COCOLISO no iría con nosotros, que más tarde lo recogeríamos al regresar a la ciudad.

Cada vez que me llamaba, al ver su número, no dejaba de pensar que 999 al revés era 666 y un cortocircuito de mi cerebro me hacía pensar que eso podía ser un signo nefasto y maligno de su pésimo talante.

La reunión sería solo entre él y yo, cosa que no me gustaba en absoluto.

Le tenía agüero a estar de nuevo en la finca, y, he de reconocerlo, me atemorizaba quedarme solo con él. El hombre me enfrentaba a todos mis miedos y debilidades; me costaba trabajo hasta sostenerle la mirada, aunque me esforzaba por disimularlo, muchas veces sin estar seguro de haberlo conseguido.

Pocos como CAREMOMIA condensaban en un solo sujeto tanta maldad, tanta desfachatez, tanta falta de moral. Para mí, estaba enrazado en demonio, no se detenía ante nada, no se asustaba, no se rendía, parecía tener un pacto con el mismísimo Satanás.

Y lo que me chocaba era volver de nuevo a aquella casa, sabiendo todo lo que había pasado allá.

Me explico. Hago parte de una banda, CAREMOMIA es el jefe desde que CHECHO se mató en un extraño accidente de tránsito en el cual su auto perdió los frenos bajando por la vía a Las Palmas. Era un carro nuevo. En el tercer trabajo que me tocó, las cosas pasaron a mayores, lo que iba a ser una simple extorsión a un mafioso retirado que posaba de empresario decente, terminó en un secuestro de varias semanas, con el tipo retenido, amordazado y a veces sedado en el sótano de la casa campestre que habíamos alquilado y que teníamos como centro de operaciones. Como no cedía, lo obligaron a cavar su propia tumba en la parte de atrás. Fue una negociación difícil, por poco no se termina, y cuando alcancé a temer que todo se iba a ir al carajo y mis socios habían decidido acabar allí mismo con el fulano y servirlo como alimento de los gusanos, se logró cerrar un trato por una cantidad un poco menor, pero que finalmente llenaba las expectativas.

En lo personal, toda esa situación fue muy desgastante y era claro que extralimitaba mis capacidades y mis condiciones de rufián principiante. Aunque tenga que posar de rudo y mantener una apariencia, por obvias razones, debo reconocer que no me llegué a sentir cómodo nunca, en ninguno de los trabajos en los que me he visto envuelto.

Mi arribo al bajo mundo es un asunto circunstancial. Por ciertos aspectos que no viene al caso mencionar, en los últimos años todo me fue llevando a una espiral que sin darme cuenta desembocó en el ámbito del crimen. No lo planeé de esa manera, pero tampoco ofrecí ningún tipo de resistencia para evitarlo. Una especie de fascinación me llevó a ser el miembro más joven del combo, luego de la muerte de mi madre, que ocurrió al poco tiempo de terminar mi servicio militar, lleno de maltratos y humillaciones. Mis hermanos se abrieron con lo que pudieron, me dejaron al garete amparados en lo que calificaron una actitud autodestructiva de mi parte, me imagino que basados en mi gusto por la marihuana y el tequila, y en pocas semanas me encontraba sin casa, sin familia, sin trabajo y con la que había sido mi novia de varios años preñada de otro y viviendo en un pueblo de la costa con un policía que trabajó un tiempo en el comando de mi barrio. Ni una nota de despedida o de disculpa, lo cierto fue que me tocó defenderme como pude con mis cuernos de antílope desempleado y sin opciones, más preocupado por sobrevivir que por estar dedicado a los lamentos o la autocompasión, sin tener un hombro en el cual desahogarme.

Motivos y justificaciones aparte, lo cierto fue que resulté en una banda, sin ser lo suficientemente malvado para sobrellevar el día a día, apenas conteniendo la náusea, llorando en las noches, mal llevando el miedo visceral que me producían nuestros actos o la policía misma, o  el temor a caer en prisión, o la mirada de las víctimas, o el resto de escrúpulos que me quedaba taladrándome en el interior, pero sobre todo, la presencia insufrible de CAREMOMIA dominando todo el espacio, todo mi terror y la inseguridad y la paranoia que me producía.

Y por fuera, llevando una fachada, una mascarada, una postura. Me sentía cada vez peor.

Llegué a entender que así no podía continuar, estaba en juego hasta mi cordura, sin tener en cuenta la libertad o los asuntos que tenían que ver con mi conciencia, o lo que me quedaba de ella.

Decidí que me iba a sobreponer a mi falta de carácter y que, en cuanto pudiera, me iba a largar de allí, sin decir nada, por supuesto; estaba seguro de que mis compañeros no iban a aceptarlo, sabía mucho de ellos y no se iban a exponer a que me detuvieran, corriendo el riesgo de ser delatados o capturados. No, lo tenía que hacer a mi manera, sin levantar sospechas y era mejor evadirme sin ponerme a averiguar en qué plan andaban. La sutileza y la paciencia no eran las virtudes más notorias de CAREMOMIA y mis dulces amigos.

Al llegar en el carro en el que me ordenaron recoger una caja con “la remesa”, vi que el sujeto ya estaba allí, mal encarado como siempre, fumando uno de esos asquerosos cigarrillos sin filtro que había aprendido a detestar.

Al bajarme, me di cuenta de inmediato que más me valía no haber venido.

Ni me saludó. Me la montó de una, me dijo de todo, que yo era un incompetente, que me había demorado mucho, que se me veía por encima lo gallina que era, que no tenía agallas, que me venía observando desde hacía unos días y era evidente que mi miedo los iba a poner en peligro, que tenía más cara de acólito o de florista amariconado que de bandido, que me tenía en la mira, que al primer resbalón me metía un tiro y doscientos oprobios más que me saturaron la cabeza.

Me ordenó que sacara la talega que yo había recogido en ese basurero del Jardín Botánico, la del rescate, y lo llevara al patio de atrás, allí donde estaba el hueco aún sin tapar.

En ese punto, yo ya estaba empanicado. El tipo me iba matar allí mismo, estaba seguro de eso y yo ni siquiera tenía un arma para defenderme.  Las arterias de la sien me pulsaban como para reventarse cuando saqué del maletero lo que me ordenó. Se hizo a unos pocos metros, a mi espalda y de reojo me di cuenta de que tenía su mano en el bolsillo de la chaqueta, en donde casi con certeza tenía la pistola. El desgraciado pretendía matarme allí mismo y dejarme desparramado en la fosa, ni siquiera tendría que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de mi cadáver. No me dijo nada, pero con seguridad era lo que estaba planeando. Esa agresividad y esos regaños iban mucho más allá de una reconvención y encubrían la decisión de sacarme del medio y librarse de un potencial problema. Y además se quedaba con mi parte. Yo también había aprendido mis cositas y ya tenía el olfato agudo y una especie de sexto sentido sensible por todo lo que había vivido al lado de semejantes pillos.

Por primera vez en mucho tiempo no me detuve a pensar en qué sería lo más conveniente y aproveché que estaba empezando a oscurecer, giré mi cuerpo de una, grité con todas mis fuerzas y agarré un recatón que estaba recostado junto a la pared. En ese instante, CAREMOMIA se asustó, como que no esperaba mi reacción; le tiré encima el fardo y de inmediato le clavé el instrumento en el cuello. En ese momento ni temblé ni tuve dudas, eso llegaría unos minutos más tarde.

Quedó allí tirado, como un pollo, muerto de una, no alcanzó ni a chapalear.  A esos bravos también les sale el que los pone en su sitio, eso les pasa por estar mirando la gente por encima del hombro, no se dan cuenta cuándo les va a salir de improviso el gallito más arrecho que ellos.

Cuando se me pasó el impacto de los sucesos tan imprevistos, retomé la sangre fría y traté de pensar con calma en lo que debía hacer a continuación. De entrada debía recuperar el arma de su bolsillo. Primera sorpresa, no la llevaba consigo. Miré bien, pero no la pude encontrar, no se había caído con la sacudida, la debería haber escondido en alguna otra parte. Su celular sí lo recogí del suelo, estaba sucio de pantano. Se lo metí en el pantalón. Lo arrastré hasta la fosa; no sabía lo difícil que era arrastrar un cuerpo, pero finalmente lo conseguí. Lo deposité allí, cogí el recatón, lo lavé en la canilla y lo puse junto al cuerpo, busqué una pala y lo tapé con el morro de tierra que estaba a un lado desde hacía varios días. Luego me devolví a tratar de dejar todo en orden, encubrir o limpiar rastros de sangre, apagar luces, cerrar puertas y escaparme lo más rápido de allí.

Nunca me había gustado le energía de esa casa y no era la hora de quedarme allí para que cualquiera me descubriera. Yo no sabía si los otros de la banda estaban encompinchados con él para eliminarme, pero no me iba a quedar para averiguarlo.

Cogí el talego con la plata, la escondí debajo del asiento por si me requisaban en un retén, me monté al carro y en cuanto pude me largué de allí, buscando la carretera para Bogotá; era claro que no tenía nada que me hiciera regresar a Medellín.

Luego de dos horas sin novedades, había pasado dos peajes y un puesto de control del ejército sin ningún percance qué lamentar. Tenía gasolina y dinero, no tenía ni hambre ni sed ni ganas de orinar o necesidad de estirar las piernas; decidí que no iba parar en ningún lado hasta llegar a la capital, faltaba ya menos de la mitad del camino, todo me había salido derecho. Era la oportunidad de volver a empezar, tenía juventud y me había quedado con la tula; sentí por primera vez en muchos meses que la suerte había estado de mi lado. Ya era hora.

En ese momento sonó el celular. Pensé que casi fijo era alguno de los muchachos que ya me estarían extrañando y, al no tener noticias mías y menos de CAREMOMIA, estarían inquietos sin saber en qué habían parado las cosas. Sentí como un alivio, no pude contener el impulso de reírme y puse más volumen al equipo de sonido que reproducía un disco de éxitos del gran Héctor Lavoe.

Luego volvió a sonar una segunda y una tercera vez. Me reí una vez más de la intensidad y la suficiencia de mis compañeros bandidos. Creían ser siempre los más astutos, los más arrogantes, los poseedores de la verdad revelada y los dueños de la última palabra. Esta vez se iban a tener que tragar sus aspavientos, CAREMOMIA en primer lugar, ardiendo en la caldera más caliente del infierno.

Al llegar a un peaje, unos camiones detenidos me obligaron a parar y a ponerme en la fila, detrás de ellos. Iba a estar quieto unos minutos. No había fumado en todo el día. Aproveché a bajarme del carro y prendí un baretico que tenía olvidado en el bolsillo. No había policías por ningún lado, todo se veía despejado.  El celular volvió a sonar, lo había dejado encima del tablero junto al volante. Di una bocanada profunda y sentí cómo el humo llenaba mis pulmones y un delicioso mareo me nublaba un poco la vista y me ponía a caminar blandito, como en una nube.

Me devolví dos pasos, agarré el teléfono, que ya había dejado de sonar. Lo prendí para ver quién era el que me estaba marcando. La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de un número que al derecho terminaba en 999 y al revés tenía la diabólica cifra de 666, encima un nombre anotado, CAREMOMIA. El humo en la cabeza no me dejó ver muy claro todo y volví a mirar la luz verde de la pantalla que refulgía en la noche: cuatro llamadas perdidas, un 666 que me evocaba al demonio y el nombre de CAREMOMIA anotado.

Yo quería darle otra chupada al porrito, pero solo en ese momento caí en cuenta de que se me había resbalado de los dedos. Adelante, los camiones empezaban a reanudar la marcha. El carro de atrás ya estaba comenzando a pitar con desespero.

© Emilio Alberto Restrepo (foto)

 

’50 años padeciendo a Gabo’ de J.C. Londoño

jc londoñoCelebramos el medio siglo de Cien años de soledad con una especie de admiración cansada. Los libros de Gabo siguen tersos como en la primera mañana de la creación, sin duda, pero de él ya sabemos mucho, demasiado. Sabemos más que Luisa Santiaga Márquez, Mercedes Barcha y Fernando Jaramillo juntos (Jaramillo es el autor de Memorabilia, el único blog que el escritor consultaba).

Es tanto lo que sabemos de él por sus obras y por sus desvelados notarios (Saldívar, Plinio, Martin, Ayén) que ya nadie nos puede sorprender. Nos encantaría tener noticias frescas de ese fabulista antiguo que usaba técnicas narrativas modernas, pero todo lo que nos llega son pétalos resobados. Amarillos, claro.

Admiramos incluso sus bobadas, su fobia por los adverbios terminados en mente, por ejemplo, como si otras desinencias (aco, itis, ismo) fueran bellísimas. Su manía de cazar los versos alejandrinos que se le colaban, y destriparlos con tachones rencorosos. Sus mariposas. Sus agüeros y sus filias, pruebas palpables del desvarío que el genio debe padecer. Y exhibir. Su avaricia, de la que tenemos el testimonio de un juguete caro del escritor, Alba Lucía Ruiz, nuestra primera top model. Su arribismo estratosférico, esa manera suya de ahondarse en cóncavas zalemas ante los símbolos del poder, ante reyes obscenos, emisarios del imperio y asesinos de alto rango, es decir, en lengua vallejiana, “esa impudicia para lamer culos sin el más mínimo recato”.

Es tanto el sahumerio incinerado en los altares de la gabolatría, que uno agradece la irrupción de alguna voz herética, como la de Vallejo o la de Octavio Paz. “La prosa de García Márquez es un compromiso académico entre la fantasía y el periodismo. Poesía aguada. Continúa una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

O como Pasolini. “Es la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y con derroche del tradicional manierismo latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana. Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista de Hollywood: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Temo que Pier Paolo tenía razón. Si exceptuamos a Amaranta, que evoluciona de una manera compleja y natural a lo largo del libro, los personajes de Gabo tienden a ser caricaturales. Sin embargo, el concepto del italiano es sacrílego. Quizá fue por esto, no por ser un cacorro-católico-marxista, que fue brutalmente asesinado en una playa de Ostia por tres mozalbetes putos.

En una entrevista realizada en 1994, Antonio Caballero le pegó una “peinada” tremenda. Le dijo que “Del amor y otros demonios” estaba plagada de horribles laísmos, de guacamayas suicidas y caballos inmortales, que le sobraba un personaje, el segundo exorcista, y que le faltaba otro, Dominga de Adviento. En vez de rajar la calva de Antonio con la pesada medalla Nobel, Gabo lo miró consternado. Tienes razón, dijo con voz triste, no volveré a escribir en computador.

Me gustaría agregar alguna blasfemia de mi propia cosecha, pero no puedo. Soy un devoto incondicional de ese señor que nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas. Le agradezco muchas cosas, todas esas potencias verbales que los críticos han subrayado, claro, pero sobre todo aprecio una lección suya: me recordó que la vida no está en otra parte ni en otro siglo, que también la casa es un espacio poético, y que el cilantro no es inferior a la rosa.

Julio César Londoño (foto) (Tomado de ‘El Espectador’)

‘Los que vinieron de lejos’ de J.J. Junieles

J.J. JunielesCuando llegaron, los vimos desde el cielo cual estrellas. Siempre estuvieron ahí, entre las estrellas esperando y, como ladrones en la noche, llegaron.

Por un momento pensamos que la bóveda celeste caía sobre nuestras cabezas, corrimos a resguardarnos en nuestros edificios y casas, pero los otros no se movieron por mucho tiempo, duraron meses flotando ahí, entre el cielo y la tierra.

La posible existencia de vida extraterrestre siempre nos había cautivado, desde mucho antes de que fuera posible viajar al espacio. Artefactos, objetos y pinturas rupestres hallados en distintas partes del mundo daban cuenta de ellos.

Ahora, tras su llegada, con el paso de los días llegamos a acostumbrarnos a su presencia, incluso en algunos lugares se pagaba dinero para usar telescopios y así, poder verlos mejor.

Los intentos de las naciones por acercarse fueron infructuosos, nada parecía penetrar el escudo invisible que los rodeaba. De vez en cuando unas luces rojas salían de las naves, parecían explorar todos los rincones de la tierra, pero, así como comenzaban, se apagaban sin aviso alguno.

Surgieron muchos miedos y preguntas, que durante siglos habían sido solo imaginarios. Considerada una de las primeras formas de ciencia ficción, “Historia verdadera”, de Luciano de Samosata aborda ya en el año 180 d.C. los viajes al espacio exterior, las formas de vida alienígena y las guerras interplanetarias. También se describen otros mundos en obras tan tempranas como la leyenda popular japonesa de Kaguya Hime y en el relato árabe medieval “Las aventuras de Bulukiya”, incluido en “Las mil y una noches”.

La aceptación de la vida extraterrestre resultó posible gracias al desarrollo del modelo heliocentrista del sistema solar durante el período Moderno temprano, y el tema adquirió cierta popularidad en la literatura de los siglos XVII y XVIII. Publicada por primera vez en 1898, “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells, es una novela de ciencia ficción que describe una invasión marciana a la Tierra. Se trata de la primera descripción conocida de una invasión extraterrestre al planeta Tierra y ha tenido una indiscutible influencia sobre los trabajos subsiguientes en torno a esta idea.

Siete meses después de la llegada de los otros, bajó la primera nave de contacto. Pareció dar unas vueltas, y luego hizo un anuncio, el primero de varios, en donde convocó una reunión con todos los jefes de Estado. Una semana más tarde se realizó la primera reunión, en donde ellos hacían preguntas de cosas que no entendían del planeta, y, a su vez, los jefes de Estado preguntaban sus intenciones con la gente de la Tierra. Esas reuniones duraron tres meses.

Los otros, los que vinieron de lejos, preguntaban por las guerras, y ellos contestaban con conceptos que los otros no entendían. Los otros también preguntaron por el arte, pero la idea se escapó nuevamente de su entendimiento. En la última reunión, uno de los jefes de este mundo les dio un regalo que lo cambiaría todo. Les dio un libro, se llamaba “Las mil y una noches”, y les dijo que era una edición especial con imágenes, y que era un regalo de su gente, teniendo en cuenta las promesas de ayuda de los extraterrestres.

Los otros vieron el libro con curiosidad, era la primera vez que tenían un libro en sus manos y se lo llevaron. Convocaron nuevamente a los jefes de Estado a la semana; el anunció causó extrañeza porque habían acordado reunirse ya en forma individual.

Los jefes asistieron, y las preguntas esta vez fueron:

-¿Dónde está Sherezade?

-¿Por qué no hemos visto ningún Ifrit?

-¿Qué pasó con Aladino?

Fueron pocos los jefes que contestaron, y el concepto de imaginación por primera vez fue explicado a los otros. Se les dijo que algunos hijos de este planeta se inventaban historias con seres que solo existían en su cabeza, solo con la intención de crear mundos invisibles para otros.

Los otros pidieron más libros, se les abrieron las bibliotecas de todas las naciones. Con el tiempo, empezaron a llegar más naves, y se comenzaron a llevar los libros de la tierra. Incumplieron los acuerdos con los jefes, sólo les interesaban los libros; una y otra vez pedían más. Las editoriales comenzaron a quedarse sin nuevos libros que darles, las bibliotecas estaban vacías. Sólo había libros de ciencia, tecnología, leyes. La literatura desapareció de los estantes.

Los otros impusieron leyes: todo aquel que tuviera un libro de literatura debía entregárselos a sus naves so pena de ser condenado al espacio (lo que para nuestra raza, por supuesto, era una pena de muerte). Los jefes de las naciones estaban impotentes, los otros no tenían imaginación, pero tenían armas. Cuando un país quiso defender su biblioteca nacional, fue arrasado completamente en dos minutos, solo quedaron los libros.

Cuando los libros se acabaron, los otros preguntaron por los autores, y todos los escritores fueron apresados. Se les ordenaba escribir sin pausa para cubrir la demanda de su planeta, que siempre quería más. La gente de la Tierra no entendía cómo habían sido esclavizados por algo que la mayoría no daba ningún valor, y lo hubieran dado de buena gana si se lo hubieran pedido.

Muchos escritores murieron alejados de sus familias. Si hay poca producción son castigados en forma cruel, lo único que les interesa son los libros.

Yo, cuando termine este relato, temo encontrarme otra vez con la página en blanco.

Planeta Tierra, 26 de noviembre del año 3045.

J.J. Junieles (foto)

‘Letra herida’ de Consuelo Triviño

Consuelo Triviño AnzolaEstaba en el momento más tenso de la narración, había resistido hasta ya no poder más y se disponía a declarar, tras el agotador interrogatorio. Quizás a causa del dolor físico, la mente se le nublaba. El testimonio salía a trozos y tenía que volver a empezar. Los verdugos, que sabían más que ella, no buscaban la verdad, sólo representaban una escena. Su poder de convicción se apoyaba en la fuerza bruta o en algo peor, la perversidad y sevicia para lesionar moralmente a la persona. Estaba detenida por haber presenciado una matanza, aunque pretendieran hacerle creer otra cosa. Era la única sobreviviente y no podían dejar que los pusiera en evidencia.

Aún tenía consciencia de dónde se encontraba cuando pasó de la celda a ese lugar gélido, mezcla de sala de operaciones y de morgue. Los encapuchados pretendían doblegarla socavando hasta el último resquicio de su mente, de modo que no quedara nada en su interior. Le exigían que diera nombres para justificar otras redadas, pero ni siquiera buscaban eso… Sólo querían hacerle sentir en el cuerpo la furia del Estado amenazado por unos rebeldes que saltaban por encima de las leyes.

Los rebeldes debían ser aniquilados, pero antes iban a arrancarles la verdad con sufrimientos, murmuraban entre sí, como si ella no estuviera presente. Aquellos marginales cuestionaban las políticas del jefe supremo, interferían en los planes de los señores en lugares donde se jugaban sus intereses económicos. Justamente era allí donde estorban con sus reivindicaciones retrospectivas. En un estado moderno nadie iba a hacer apología del atraso, ¿a quién se le ocurría defender la vida primitiva?, ¿acaso iban ellos a vestirse con guayucos para preservar las tradiciones ancestrales? Habían tratado de convencerlos, por las buenas, para que abandonaran la zona, incluso se les había ofrecido dinero por las tierras. Pero ellos, aconsejados por la subversión, se empeñaban en resistir y aún se atrevían a adelantar un juicio contra el Estado, asesorados por los llamados “expertos” que los engatusaban con el cuento de los derechos humanos. Imbéciles, como si hubieran nacido ayer, los seguidores creían en profecías en las que los pobres, por fin, llegaban al poder y empezaban a quitarle a los ricos lo que éstos habían conseguido con esfuerzo. Se creían que las riquezas caían del cielo, como el maná divino. Ignoraban que las cosas había que pelearlas y no era fácil levantar un imperio, con tantos enemigos, a los que se sumaban los resentidos.

Más peligrosos eran los que estaban dispuestos a eliminar a un poderoso por un centavo. Había que escudriñar entre la miseria los brotes de rebeldía y no dejarse ablandar por la condición de víctimas de que hacían gala, siempre esperando la ayuda de los demás, cuando la solución empezaba por disciplinarse, trabajar sin parar, ahorrar y aguantar, como ellos, que amasaron una fortuna a fuerza de sacrificios y por eso tenían derecho a los lujos que disfrutaban, para eso habían trabajado. ¿Acaso les parecía mucho una recompensa por tantas noches sin dormir, siempre atentos a las subidas y bajadas de la bolsa, como fieras olisqueando a los competidores, adelantándose a la hora de invertir, no fueran a engañarlos? Ellos sí que se podían quedar en la calle con sólo darle a una tecla por error. La tensión a la que se veían sometidos era el alto precio por sostener un imperio.

No sólo los empujaba el amor a la familia y el deseo de trascender con el poder y la grandeza, sino también la supervivencia de un sistema, una cadena que conectaba los lugares apartados del planeta hasta donde llegaba el capital y de donde venían las ganancias para nuevos y ambiciosos proyectos. Conseguir eso era un riesgo, no sólo por los competidores, sino por la amenaza constante de los de abajo, pagados por los enemigos del progreso, los que querían el poder y fingían ayudar a los pobres para conseguir su apoyo. Entre las masas de paupérrimos estaban los enemigos pagados por la competencia. Las medidas de seguridad contra los atentados eran pocas, intentos de secuestro que se evitaban con los guardaespaldas. ¿Qué castigo peor que no poder salir a la calle a disfrutar de un paseo aire libre, no poder ir más allá de las alambradas?

Pero estaban orgullosos de sus logros y mucha gente en silencio aplaudía sus políticas de limpieza. Ahora sí resplandecían las verdes praderas de las que se había desterrado toda muestra de miseria y el abandono. Aquellas casuchas derruidas y las cercas a las que se enganchaban los plásticos que el viento arrastraba. Semejante abandono era una ofensa al paisaje en aquella tierra hermosa. Hoy paseaban en sus autos último modelo por carreteras que ceñían los sinuosos cerros y la mirada se complacía en la verde extensión con casas cuidadas y cercas bien trazadas. Nadie reconocía la inversión que se había hecho para despejar aquellos campos, para abrir carreteras y transitar por ellas sin el miedo a los delincuentes comunes que fungían de líderes y salvadores, ocultando que se habían enriquecido de la manera más despiadada, pero la gente ignorante les creía. Había que sacarles las cucarachas de la cabeza a esas gentes, así fuera a punta de bala.

Sabía cómo pensaban los encapuchados y se resistía a sabiendas de que la sentencia estaba escrita e iba a ser ejecutada, tanto si hablaba como si callaba. En todo caso, siempre podía decir mentiras para despistar. Pensaba en un relato coherente, pero la mente se le nublaba cuando intentaba organizar los hechos. Ni el qué, ni el cómo, ni el dónde le salían, porque divagaba sin tiempo, perdía el hilo de los acontecimientos, como si se encontrara en un limbo. De repente, ella misma se borraba, se apagaba, si intentaba colocarse ante los hechos que esperaban ser narrados. Las palabras no le salían, estaban aprisionadas en una celda, atadas con una camisa de fuerza. Palabras asfixiadas como criaturas vivas, esquivas, doloridas, pese a todo, mudas ante el impacto de lo inevitable.

En alguna parte, fuera de ella, escuchaba el gemido de un moribundo tendido en una mesa camilla en el que los cirujanos ensayaban formas de alargar la vida para que el sufrimiento fuera mayor. Abajo estaba ella y arriba alguien observaba la escena intentando describir la estancia, los personajes, sus gestos, sus palabras, la cara de dolor, expresionismo puro, carne viva, lacerada, vísceras exhibiéndose impúdicas, olor a sangre, tibia textura del dolor, desgarro de la carne, la mano temblorosa aferrada a la estilográfica de tinta roja goteando sobre la página blanca, desafiando al olvido.

-Nombres, quiero los nombres -le decían después de una sarta de insultos-, zorra, puta, sabemos dónde vives, la hija que tuviste con ese delincuente.

-Les juro que no sé nada.

-Tu madre se hizo cargo de ella, pero la tenemos vigilada, no te puedes imaginar lo que dicen tus vecinos, que está para comérsela, y nosotros con hambre.

-No tienen derecho, cerdos.

-Cante de una vez, zorra, queremos un par de nombres, alias, apodos, motes, claves, direcciones, números de teléfono y te dejamos descansar; si no, vas a saber hasta dónde llega esta botella.

Atada a la camilla con las piernas abiertas y la botella de Coca-Cola hurgándole la entraña, la misma con que el verdugo acababa de embucharse un trago. Intenta mantener la consciencia, recordar quién es y por qué está en ese lugar. Pero pierde el sentido cuando el encapuchado tira de la cuerda para arrancarle la confesión. Luego vuelve otra vez con el chorro de agua que la hace tiritar. Son instantes de agonía y resurrección entre el dolor de la entraña, la cuña en el centro, allí donde la vida se retuerce y al mismo tiempo se rebela contra las sombras, ese corazón destrozado que pese a todo se agita desafiando a los emisarios del mal, aferrado a una ilusión moribunda que busca la luz de la rendija por donde quisiera escapar. Esa rendija de su interior.

-No sé de qué me acusan, no entiendo por qué me detienen; ya se lo dije, no vi nada, pero les daré los nombres que me dicten. Por favor, paren. ¡Paren! ¡Paren!

-¿Cómo se atreve a faltarle el respecto a la autoridad?, ¿no estará insinuando que esto es una farsa? Hay una manera de hacer que comprenda que no es un juego -dice el encapuchado, empujando la botella, provocándole vómitos.

-Que traigan una manguera para lavar a esta cerda, grita otro.

Una sombra le tapa la conciencia, oculta las rendijas, confinándola a una cueva que es la propia tumba cavada por las ratas. La estancia queda en silencio, los fantasmas desaparecen en la niebla helada. Lo que queda es un mal recuerdo, la pesadilla en la que el enemigo adopta una cara, un tono de voz y una estatura. El presentimiento de que algo malo iba a ocurrirle se cumple y parece que la paz, o la muerte incluso, cierran ese episodio con la palabra olvido. Por un momento nadie grita, nadie hurga, nadie enciende la luz, nadie derrama un chorro de agua helada.

De un postigo entreabierto le llega el anuncio de un nuevo día, pero no escucha ningún ruido del patio donde los presos dan vueltas como autómatas, antes de pasar a las sesiones de trabajo, que llaman ellos. Contra la pared una mesa de madera y una silla. Sobre la mesa una hoja de papel y la estilográfica chorreando tinta roja, la lámpara apagada apuntando a la página. La hoja en blanco la llama, pero no tiene fuerzas para moverse, ni voluntad para llevar a cabo otra acción que no sea dejarse morir. Está en ese lugar hasta que recobre la memoria de lo que era, antes de entrar en el infierno.

Las páginas se resienten con el grito, los vómitos, las súplicas de la detenida. Entre las letras brota la sangre, una mancha de sangre que cobra forma, como si el papel revelara, poco a poco, una imagen, la de un rostro ensangrentado, los ojos reventados, los labios rotos. La gota de sangre diluida en la extensión de la hoja abarca la imagen y no deja espacio para las letras. Esa mancha le impide concentrarse en el relato.

Trabajaba en una organización humanitaria enseñando a leer a los niños de una apartada comunidad que no tenía ni para comer. Se les ofrecía un vaso de leche, pan, un lápiz y un cuaderno. Sólo iba a enseñarles a leer. No pretendíamos hacer ninguna revolución con aquellos miserables. Enseñarles a leer, eso era todo, lo juro. Luego vino el ejército a sacarnos con ametralladoras porque estábamos envenenando a la comunidad para que se levantara contra los propietarios de los cultivos. No sé qué puedo contarles de lo que era mi vida allá, trabajando con una ONG que nos facilitaba los auxilios para la comunidad y viáticos para sostenernos. Teníamos que presentar informes sobre sus miembros, hombres, mujeres, niños, medios de vida, entorno, costumbres, etc. ¿Es eso un delito, señores?

-No nos venga con el cuento de Blanca Nieves y los siete enanitos. Si se sigue portando mal, traicionando nuestra bandera, si se empeña en burlarse del himno nacional, va a saber lo que es bueno.

-Ni siquiera sé de qué me hablan.

-Acuérdese de aquella izada de bandera en la que usted se negó a entonar la letra del himno; sabemos que pisoteó el pabellón delante de sus compañeros y que ofendió a un representante del orden.

-Eso es falso.

-¿Cómo se atreve a contradecirnos? Si todo está grabado en este video, mírelo bien, para que compruebe que no mentimos. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?

-No me acuerdo de ninguna izada de bandera, les juro que me están confundiendo con otra persona.

-Qué descaro, y pretende salir de aquí sin cargos.

-Ya se lo dije, no me interesa la política, no tengo relación con grupos armados, no estoy metida en líos.

-Pues debería comprometerse ahora que la patria necesita la colaboración de los ciudadanos de bien -le reprochaban-. En este momento no puede mantenerse indiferente. Es como si se pusiera en contra del gobierno.

-¿Por qué no sale en defensa de la autoridad cuando la subversión critica al gobierno, es que no cree en nuestro presidente?

Mientras habla, el encapuchado tensa la cuerda…

-Los cerdos que se dicen apolíticos son la escoria de la sociedad. Necesitamos vigilantes de la ley y el orden, ciudadanos respetuosos de los símbolos, mujeres más fieles al pabellón nacional que al macho que se las tira. Primero la patria, después lo demás.

La víctima descansa cuando el encapuchado suelta su discurso y parece que se distrae escuchándose a sí mismo. Se deleita con cada palabra, como si le encantara saber que otros lo escuchan. Entonces, se relaja y suelta la cuerda. Eso le da tiempo a recuperar la moral para resistir y negarse a dar nombres, aunque piensa que debe sobrevivir por su hija a la que no ve desde que tenía diez años, estará desarrollándose, piensa. Si sale con vida de esa experiencia la encontrará convertida en una mujercita.

Después de un año de cárcel recibió la primera visita familiar. Le llevaban de regalo un vídeo donde aparecía la niña celebrando el cumpleaños con sus amigas del colegio. No la veía triste y eso la ayudaba a soportar las noches en blanco. El documento familiar viene acompañado de una grabación donde la hija cuenta cómo va en sus estudios. En la celda tiene un radio con lector de DVD que le permiten escuchar. No se cansa de poner el CD de su hija contándole lo mismo todas las noches. Para complacerla, le habla de sus estudios, probablemente la abuela se lo habrá insinuado. Pero ella también quisiera que la echara de menos, que le dijera que sólo piensa en el momento en que podrá abrazarla.

Busca la forma de salir de la tristeza; de sacar algo positivo de esa experiencia y enseñarle a su hija a apreciar la libertad, que no se valora cuando se disfruta. No era consciente de eso cuando se metió con el equipo en zonas de alto riesgo. Quiere que su hija aprenda a disfrutar cada instante, a dar gracias por el sol, por la lluvia, por las flores, por el agua de los ríos que va a las casas, por el agua corriente desconocida para el setenta por ciento de la población del planeta, por un mango recién cogido, por los pájaros y hasta por las palomas callejeras que tanto odiaba.

-Dejémoslo así por un rato, luego retomaremos las sesiones. Lo malo de esta escoria es que no tiene ningún aprecio por la vida; si no, cantarían a la primera, dice el encapuchado.

Se despierta empapada, tiritando de frío, ahogándose en sus propios vómitos, la mente en blanco, no es persona, ni animal, ni cosa, no es nada ni nadie. Apenas se puede mover, pero se incorpora para mirarse las piernas. Se pone de medio lado y se apoya en las manos. Un dolor de huesos rotos le impide sostenerse. Entonces se apoya en los codos y baja de la camilla. Logra mantenerse en pie contra la orilla. No puede caminar, pero gatea hasta el baño y abre la ducha de agua fría que la reconforta. Encuentra un trapo colgando detrás de la puerta. Se seca las heridas. La ropa está empapada de sangre y no tiene fuerzas para lavarla, así que la deja bajo el agua.

Cuanto más conozco a las mujeres, más quiero a mi perra -decía aquel hombre, muerto de la risa, como un idiota. Uno noventa de estatura, o más, manos alargadas y estilizadas, como de pianista, uñas impecables, y olor a colonia de Armani. Así era el cerdo encargado de sacarle la verdad. Seguramente le hará el amor a su mujer pensando en otras o quizás en otro, después de haber hurgado en su entraña con la brutalidad de una fiera enloquecida.

Fue detenida una noche mientras hacía la maleta. Planeaba salir al día siguiente al amanecer, esconderse en la finca de un amigo. Tenía instrucciones de ir al terminal de autobuses. Acababa de darle un beso a su hija y hablaba con la madre, más preocupada por lo que iba a preparar de comida que por su futuro, porque no entendía que ese trabajo la pusiera en peligro, si no hacía nada contra las personas, antes bien, dejaba de pensar en sí misma por ayudar a los demás. Entraron unos hombres armados en su casa y echaron por tierra la biblioteca, rompieron las cerámicas y la vajilla. No tenían necesidad de hacerlo, porque no buscaron papeles, tan sólo querían asustar a la familia.

Llevaba dos años encerrada y aún no establecían la conexión entre ella y los subversivos de la zona, sólo la condenaba su relación con el padre de la niña. No se sabe nada de él, dicen que lo mataron, pero nadie lo puede asegurar. Otros comentan que se oculta bajo un alias y creen que ella puede conducirlos hasta el campamento. Nunca estuvo en ninguna organización clandestina, pero tampoco se puso de lado de los fanáticos, de los que limpiaban las calles y aterrorizaban a los campesinos.

En la mesa siguen el papel y la estilográfica. Ella empieza a redactar la historia, como si la hubiera vivido, trata de darle realismo al diálogo. Se sumerge en la atmósfera de la violencia para entender la mente de los torturadores, asume el papel de la víctima, siente su dolor. Las gotas de sangre caen sobre el papel manchando las palabras, como si no hiciera falta su testimonio. El papel aguanta, aunque las palabras son esquivas. La historia es tópica si se salva gracias a un indulto, como de hecho dicen que sucederá. Han llegado hasta ese punto, no para ejecutarla, sino para que sepa lo que le pasa a la gente que colabora con la oposición, es decir, con la subversión.

El papel se reblandece con el sudor que cae de la frente. Ahora hace mucho calor y no hay manera de concentrarse, la mancha crece hasta abarcar la totalidad de la página, debajo de las letras está la herida de las palabras que el cronista recopila. La historia dicha por boca de la víctima que presenció la masacre oculta en un armario, y que huyó entre los atajos del monte hasta llegar a la carretera donde fue recogida por uno de los suyos que la llevó hasta su casa y luego la delató. ¿Qué hacía una mujer sola en una carretera? Podría decirse que fue liberada y que alcanzó a contar su historia, pero luego desapareció sin dejar rastro, tan sólo el testimonio de aquel interrogatorio.

Sobre la página alcanzó a escribir: “No vi nada, no escuché nada, no sentí nada, estaba drogada, acabo de volver de ese otro lado, como de un mal sueño. No se sabe si las masacres ocurrieron, porque no quedan testigos, sólo se ven los fantasmas que vagan por las carreteras y suplican a los transeúntes que los devuelvan a sus casas”.

Consuelo Triviño (foto)

 

‘Soledad al final del coche-cama’ de Óscar Collazos

oscar_collazosAl despertarse, encendió la lamparilla de la litera, inclinó el cuerpo y quiso saber si su mujer dormía. Había empezado a hacerlo desde que salieran de Guadalajara, cuando él creyó que ella le sugeriría apagar la luz y abandonar el libro que había empezado a leer en la estación de Chamartín.

Giró el cuerpo y asomó la cabeza hacia la litera inferior del compartimento elegido para este primer viaje en un coche-cama ponderado repetidas veces en los anuncios de televisión. No se sobresaltó. Se sintió tal vez un poco sorprendido por la ausencia. “Debe de haber salido a fumarse un cigarrillo”, pensó. Sin embargo, no intentó recuperar el sueño. Dejó la lamparilla encendida, volvió al libro que había abandonado y trató de ordenar los acontecimientos del capítulo anterior. “Aquella noche, Charles se hallaba tumbado bocarriba en su habitación de un hotel de Anthony Bruno El Paso”, leyó.

Quiso anticiparse a los acontecimientos. ¿Qué malignas pretensiones movían al fanfarrón de Bruno? La novela de Patricia Highsmith le había interesado desde la primera página. Extraños en un tren era la clase de novela que agarraba al lector por las solapas y no lo abandonaba hasta la solución final y sorprendente de la trama. Corrió entonces el riesgo de ganarse un reproche y encendió un cigarrillo, necesario para volver a introducirse en el relato.

Si su mujer entrara en ese instante, le diría que le había puesto nervioso la ausencia, cualquier cosa que redujera el disgusto que le produciría verlo fumar después de haber hecho miles de esfuerzos y haber conseguido abandonar los dos paquetes diarios y en parte la tos crónica del fumador empedernido. “Es sólo un cigarrillo, el único del día”, le diría.

Abrió un poco la ventanilla, lo suficiente para que el humo se escapara hacia el exterior. Sintió la fresca brisa nocturna e imaginó el paisaje de Castilla, tan familiar a su memoria. Volvió a la lectura y consumió íntegro el cigarrillo; arrojó la colilla hacia fuera y el instantáneo resplandor le pareció similar al de una chispa eléctrica que interrumpe de pronto la armonía de la oscuridad.

En el capítulo siguiente, Guy recibe una carta de Charles, procedente de Palm Beach. “La patología del criminal -pensó Hernández- empieza a trabajar sobre la endeble conciencia de Guy”. Esta reflexión le hizo dejar el libro de lado. Habrían pasado al menos quince minutos cuando volvió la inquietud y decidió bajar de la litera. Salió al pasillo. Menos mal que se había puesto el pijama y que, colgada al lado de la litera, estaba la vieja bata de seda que su mujer le había regalado al cumplir 55 años.

Al abrir la puerta del compartimiento y asomarse al pasillo, Hernández creyó que la limpia visión de un largo y estrecho espacio despoblado era apenas una figuración suya, el presentimiento o el temor, dando por un instante la impresión de algo real. No se veía ni un alma, sólo el resplandor proveniente del compartimento vecino, alguien que aún leía o un grupo de viajeros que disfrutaba del coloquio y de una buena botella de vino. Decidió dirigirse hacia un extremo del vagón, pues pensó que tal vez su mujer se hubiera encontrado indispuesta y aún estuviera lidiando con sus intestinos. Vaciló antes de llamar a la puerta del WC. Cuando finalmente se decidió, pronunció el nombre de su mujer y escuchó al instante una ronca voz de hombre que le respondía con acritud:

-¿Es que no puede esperarse?

Su mujer no estaba en el lavabo. Miró de nuevo el estrecho espacio vacío, el chorro de luz que salía del compartimento y le llegó el rumor de una conversación, al mismo tiempo que la impresión más acelerada del ritmo cardiaco. Sintió algunas gotas de sudor en el cuello y la frente.

“¿Dónde se había metido?”, se preguntó. Y no fue ésa, exactamente, la pregunta que hizo al revisor que acababa de aparecer, adormilado, negligente y seguramente ajeno al sueño de los viajeros.

-¿Ha visto usted a una mujer, digamos de unos 65 años?

-¿Qué dice?

-He perdido a mi mujer -dijo Hernández con el temor de estar haciendo el ridículo.

El revisor debió de pensar que le tomaban el pelo.

-Perderse, se pierden -dijo-. Aparecer, aparecen cuando uno menos lo espera.

-Se lo digo en serio: me desperté y mi mujer no estaba en su litera. ¿Está abierto el bar?

-Acaban de cerrarlo -dijo-. No quedaban más que dos borrachos latosos.

Hernández se sintió extraviado entre la guasa del revisor y su propio desconcierto.

-La última vez que la vi -recordó-, fue al salir de Guadalajara.

-¿Viajaban juntos?

-¿Cómo va a viajar un matrimonio? -se enojó-. Juntos y en un compartimento para dos.

“Charles convencerá finalmente a Guy; de otra forma no tendría ningún sentido la novela” -pensó absurdamente durante toda la tarde y parte de la noche y éste fue el pensamiento que se interpuso cuando se quedó mirando con severidad al revisor.

-Si lo ha dicho en serio, habrá que hacer algo -dijo el revisor-. Demos una vuelta por los otros vagones. Hay gente que se aburre en las literas y decide darse un paseo para ver si les viene el sueño.

-Mi mujer no es una insomne -dijo Hernández-. Siempre se duerme la primera.

-Nunca se sabe -intervino el revisor-. Uno tiene sus vicios secretos. Hernández iba a decir “mi mujer no”, pero se sintió ridículo.

Era el primer viaje que hacían en un coche-cama de primera, el primero ciertamente, pues hasta entonces no habían pasado de Cuenca, Toledo y Segovia, siempre en coches de segunda. El recorrido más largo y ahora remoto había sido de Madrid a Alicante en un sofocante día de agosto, todo el trayecto en el bar, absortos en el paisaje humano que ofrecían los viajeros. Su mujer se había sentido indispuesta al comienzo del viaje -recordó.

-Si no la encontramos, tendrá que poner una denuncia.

-¿Ante quién voy a poner y una denuncia? ¿Y qué coño quiere que diga?

-En Calatayud hay una comisaría cerca de la estación.

“Charles llevara a Guy a la ruina -pensó Hernández-. Los hay débiles y todo hombre siempre está sin saberlo, a las puertas de un crimen”.

La apariencia convencional que hubiera dado vestido se volvía casi ridícula con el atuendo que llevaba: pijama a cuadritos y una vieja bata de seda. Había pasado de los 65 años y al revisor no le causó asombro el aspecto estrafalario del viejo. Estaba acostumbrado a ver los viajeros más extraños en los recorridos nocturnos. El Talgo era indiferente: un hotel rodante, todo en su sitio, de vez en cuando algún insomne o la aventura casual de un Casanova, todo dentro de la discreción más deseable.

-Nos queda sólo un coche -dijo el revisor.

-No lo comprendo -reflexionó Hernández-. No pudo haberse apeado en Guadalajara y menos en Medinaceli. ¿A santo de qué iba a hacerlo?

-A lo mejor dormía usted.

-No lo había pensado.

-A veces se apean porque se les ocurre comprar alguna chuchería; se despistan y se enteran de que el tren ha seguido su camino. Suele suceder.

-Entonces, la ha dejado el tren -aceptó tristemente el viejo.

-Podríamos llamar a las estaciones anteriores, pero primero hay que saber si bajó del tren.

El último coche, el último antes de un furgón de correo, estaba desierto. Eran compartimentos reservados, con destino a Barcelona.

-No lo entiendo -dijo Hernández. Temió que una lágrima resbalara por sus mejillas y el revisor no entendiera la dimensión de su pena.

-Pues yo tampoco -dijo el revisor-. Vuelva a su compartimento y espere. Voy a pedir información a Guadalajara y a Medinaceli.

Fumó un cigarrillo tras otro, absorbido por la continuidad inescrutable del paisaje. Lo adivinó seco y áspero, como el envejecimiento, como los años a su paso por el cuerpo, inclementes e ineluctables, preparando el terreno a la única cosa esperanzadora y cierta de los hombres, la soledad, contra la que se pelea en la juventud y a la que los seres se acomodan cuando ya la juventud es una fantasía remota.

“Charles es fuerte e imaginativo, Guy un pelele a merced de la endemoniada voluntad de Charles” -pensó. Aunque era inoportuno pensar en la novela, no podía separarse de la trama.

Cuando el revisor regresó, Hernández parecía estar entregado a sus disquisiciones morales.

-Olvidé decirle que mi mujer se llama Asunción Alfonso de Hernández.

-No importa por ahora el nombre. Dentro de poco llegaremos a Calatayud y todo se arreglará.

No le gustó el entusiasmo del revisor, aunque agradeció el tono amable con que le hablaba.

-¿Ha visto si están las maletas?

-Viajamos con una sola, grande -respondió-. Es más cómodo.

-Habrá dejado su neceser, digo yo.

-Sólo traía un bolso.

-Y está el bolso?

-No señor. Debió de haberse apeado con el bolso -consintió-. Si quería comprar algo, se apeó con el bolso.

-Lleva usted razón -dijo el revisor.

Era una pena que hubiera podido pasar del capítulo 7 de la novela. El asco que había empezado a sentir por Charles era inferior a la piedad que le inspiraba Guy. Al fin y al cabo -se decía-, la astucia del criminal no justifica la pusilanimidad de la víctima.

-No se mueva -pidió el revisor-. Esperamos respuesta.

Se retiró hacia los vagones de cola. Hernández deseó, por una rara necesidad íntima, comentar con el revisor el asunto de la novela. Ya se había hecho su propia ecuación: A desea que B cometa un crimen en su lugar; para comprometer a B, comete un crimen que B no pensaba cometer pero del que éste será el primer sospechoso. Juego de cómplices y reciprocidad en las culpas, primera instancia de la impunidad. Pero el revisor había desaparecido y la novela de Patricia Highsmith se había quedado abierta en el capítulo 7, razón de más para que Hernández creyera que aquella noche todo se le estaba quedando suspendido: un argumento, la presencia de una mujer a la que acaso ya no amaba pero que le era tan próxima e inevitable como la más inmediata de las necesidades. También parecían suspenderse, en la inmovilidad, la noche, con su cerrazón inescrutable, el tren a una velocidad acompasada. Calatayud a sólo unos metros. ¿Y si no fuera Calatayud, si sólo fueran las barriadas de Madrid o Alcalá de Henares, por ejemplo, ese Madrid del que hubiera preferido no salir nunca? Se estaba bien en el pisito de la calle de Atocha, las prostitutas de la Plaza Benavente cumplían con su ritual diario, en la plaza de Santa Ana volaban las palomas, todo seguía siendo como había sido siempre, un paisaje repetido, ningún imprevisto, ¿todos los Charles del mundo imponiéndose sobre los Guy del mundo?

El tren se detuvo y el vagón de Hernández quedó frente a la estación. ¿Había llegado la hora de la denuncia o el parte? Sintió una irresistible flojera en las piernas. Todo había ido demasiado lejos, nada estaba ya bajo su dominio.

-De Guadalajara y Medinaceli informan que ningún viajero se ha reportado -informó el revisor.

El revisor venía acompañado por el jefe de estación y un grupo.

Sabían ya de la suerte del “pobre hombre de pijama y la bata” y Hernández estuvo de nuevo a punto de llorar. Los curiosos de aquella noche lo alentaban, no debe preocuparse, a lo mejor fue sólo un despiste, cogerá el tren siguiente, las mujeres tienen mejor que los hombres los pies sobre la tierra -le decía el viajante de comercio catalán que resultó ser vecino, dormía en el compartimento siguiente. Había escuchado algo y no le había dado importancia. Era una pérdida temporal y no debía inquietarse. Lo mejor sería que siguiera hasta Zaragoza o, por qué no, esperar en Barcelona. Los empleados de la compañía estarían al tanto, él mismo podía acompañarlos en su coche a buscar un hotel. ¿Sabía su mujer en qué hotel iban a alojarse?

-Pensábamos en una pensión de las Ramblas -dijo, pero no sabía cuál.

El interlocutor catalán mostró un gesto de sorpresa, dijo algo en su idioma y se retiró el grupo de curiosos.

-Nunca hemos estado en Barcelona -dijo Hernández sollozando-. Pensábamos subir en autocar a la Costa Brava -consiguió decir cuando un par de lágrimas escaparon sin pudor en medio de los viajeros, intrigados algunos. Unos permanecían silenciosos, otros le palmeaban la espalda, no se preocupe, hombre, es imposible que una persona se pierda en un viaje como éste. Hernández miraba a los curiosos que se desdibujaban y se convertían en un mojón abstracto en movimiento. Como una montaña de materia maleable empujada por una profunda fuerza natural.

-¿Se queda o sigue el viaje? -preguntó el jefe de estación-. Yo que usted, continuaría hasta Barcelona.

-Si usted lo dice -aceptó con humildad Hernández-. ¿Cree que mi mujer podrá coger el tren siguiente?

-¡Claro que podrá! ¿Tiene usted el billete?

-Sí -dijo Hernández, y trató de buscar en el bolsillo de la chaqueta antes de darse cuenta de que iba en pijama-. Sí, lo tengo en mi chaqueta.

-No importa. Su mujer no tendrá ningún problema.

Sonidos de campana alertaron a los viajeros. En uno de los coches, los viajeros se asomaban a las ventanillas y seguían el triste episodio del hombre que había perdido a su mujer.

Hernández parecía haber olvidado la novela y la terrible suerte que esperaba al bueno de Guy. Se olvidaba incluso de sí mismo y aceptaba con satisfacción que aún quedaban hombres interesados por el bien de los demás.

-Suba, hombre -le pidió el revisor y le ayudó a subir al coche. Una vez dentro, lo acompañó al compartimento que seguía con las luces encendidas y las portezuelas abiertas.

-Debo revisar su billete.

Hernández se vio de pronto encerrado en los límites de su propia tribulación. Tal vez pasaron minutos antes de que entrara al compartimento y buscara con torpeza la chaqueta que había colgado en una percha, antes de que el temblor de sus manos, que el revisor atribuyó al desamparo de un hombre abocado a una soledad absurda, pusiera en evidencia la incapacidad de Hernández para coordinar sus movimientos.

-Déjeme, hombre -insinuó el revisor-. Déjeme, le ayudo a buscarlo.

-No, no se moleste -intervino Hernández con la mano introducida ya en el bolsillo del saco, inmóvil, como en una foto extrañamente descompuesta.

-¿No se siente bien?

Hernández sacó por fin el billete, lo mantuvo apretado entre las manos, sin atreverse a entregarlo. Las lágrimas de antes ya no eran necesarias. Se había armado de una repentina fortaleza interior y la presencia del revisor dejó de serle intimidante. Con el billete entre las manos, se sentó en la litera y miró fugazmente al funcionario. Inclinó después la cabeza, suavemente, como si se sintiera avergonzado. El billete cayó al suelo y Hernández cubrió el rostro con sus manos.

-Ella se merecía este viaje, ¿sabe? -dijo sin levantar la cabeza-. Siempre se lo estuve aplazando, que el próximo verano, que cuando me jubile y tengamos tiempo, la pobreza siempre esperándonos.

-No le entiendo -alcanzó a decir el revisor y se inclinó a recoger el billete-. Y lo que es la vida -continuó Hernández enfrentándose esta vez a la mirada del revisor-. Cuando estaba dispuesto a darle ese gusto, la pobre.

No pudo continuar. Los sollozos de aquel hombre, encogido en sus propios recuerdos, abrieron en la sensatez del revisor la inclasificable impresión que se tiene frente a un ser inmensamente solo, alguien que ha querido llevar el vacío de un deseo insatisfecho con una hermosa fantasía amorosa.

-A mi esposa le hubiera gustado hacer este viaje -dijo con decisión-. Por eso, cuando llegué a Chamartin y compré el billete de primera, pensé en ella, en lo que le hubiera gustado este viaje. Decidí comprar un billete para dos.

Ya no lo dominaba la vergüenza. Se sentía aliviado y de nuevo en el duro, inflexible terreno de la realidad. El revisor miró el billete en silencio, lo agujereó y, antes de salir, preguntó a Hernández si quería que le apagara las luces, debería acostarse y tratar de descansar, él entendía perfectamente su congoja, no debía sentirse avergonzado, su mujer, estuviera donde estuviera, sabría agradecérselo, había sido un bonito gesto de lealtad.

-¿Sabe lo que me dijo en su lecho de muerte?

-No hace falta que lo diga -dijo el revisor al cerrar la portezuela. Puedo adivinarlo.

-Por favor -dijo Hernández a manera de ruego-. No le diga a nadie lo ocurrido. Pensarán que estoy loco; nadie podría comprenderlo.

El revisor hizo un gesto afirmativo de cabeza y cerró la portezuela con suavidad, como lo haría al abandonar el cuarto de un niño que duerme.

Óscar Collazos (foto)

 

‘Maldición gitana’ de Benhur Sánchez Suárez

BENHUR SANCHEZ SUAREZ-Usted va a morir muy joven -me dijo la gitana cuando se sentó sin permiso frente a la mesa donde Jorge Enrique y yo compartíamos café y cigarrillos y nos poníamos al día en los sucesos de nuestras vidas.

Casi al mismo tiempo tomó mi mano izquierda por asalto y la llevó a la altura de sus ojos. Alcancé a asustarme y la retiré, sorprendido y cauteloso.

De nuevo tomó mi mano sin permiso y continuó:

-Por la línea de la vida, que atraviesa su mano, a lo sumo llegará usted a los cuarenta años.

Volví a retirarla y ella me miró con fijeza, oculto por momentos su rostro en la nube de humo que despedía su tabaco, apretado en los dedos de su mano derecha. Luego agregó:

-Me llamo Gracia -sonrió melindrosa-. La línea se trunca antes de bordear el monte de Venus, lo cual me indica que va a morir en un accidente.

Me pareció que la sonrisa con que acompañó su vaticinio tenía rasgos de maligna.

-No tiene gracia lo que me dice -la increpé irónico, para tratar de borrar la cara de satisfacción que puso después de sus palabras.

-Pero va a ser muy feliz en el amor, pues…

La interrumpimos con nuestras carcajadas. Nos burlamos de sus predicciones con un juego de palabras entre el amor y la muerte y ella se puso roja de la ira.

-¿Quién llamó a esta vieja loca? -le pregunté al aire, para seguir la cuerda de la broma que brillaba en los ojos de Jorge Enrique. La mesera también se rió, como si la pregunta fuera para ella, pero miró hacia otra mesa.

-Con la muerte no se juega, señores.

-El juego no lo inventamos nosotros -le respondí de inmediato.

-Y si el juego fuera nuestro usted no sería invitada, señora -replicó Jorge Enrique a punto de perder la paciencia.

-Para conocer el destino no se necesita invitación -dijo, y extendió su mano huesuda para que depositáramos en ella la recompensa a sus quirománticos augurios-. Es una necesidad de las personas saber lo que les depara el futuro.

-Lo que no se contrata no se paga, vieja bruja -le repliqué sonriendo.

-Si no me pagan hago que caiga sobre ustedes la maldición gitana.

-¿Nos está amenazando? -la interrogó Jorge Enrique.

-Deja que se vaya, nosotros no la llamamos ni le hemos pedido que nos adivine el futuro -intervine para acabar de una vez por todas con ese mal momento.

-He leído en su mano su futuro y usted debe pagarme por mi trabajo -sus ojos eran dos fogones encendidos.

-Yo no le pedí que lo hiciera.

-Por eso no le pagamos, ¿está claro? -intervino de nuevo Jorge Enrique.

-¿Ah, no? ¡Pues morirán colgados de las pelotas!

Echada la maldición salió del café llevándose su olor a tabaco y su furioso desfogue por un trabajo sin ninguna recompensa.

Del café donde estábamos se divisaba con claridad la Iglesia de las Nieves y en la plazoleta un enjambre de personas sin oficio, algunos alrededor de un vendedor de herramientas de contrabando. Vendía un juego de destornilladores contenidos en una pequeña caja de plástico, que al sacarlo y armarlo podía servir para múltiples necesidades caseras. En ese grupo debió perderse la gitana. O, más allá, detrás del pregonero de la buena suerte, que también tenía su propio círculo. No volví a ver su pañoleta de colores ni el humo que la precedió cuando salió del café echando maldiciones.
-Ya me empezaron a doler -me advirtió Jorge Enrique.

-¿A doler qué? -le pregunté sorprendido.

-Las pelotas, mano.

Nos reímos hasta que terminamos de consumir los cafés y los cigarrillos y salimos para tomar cada uno el rumbo de su trabajo.

-Cuídate -me solicitó y me señaló abajo con ruidosa carcajada.

Yo también me reí mientras bajaba por la Calle Veinte hacia la Carrera Décima, donde tomaría mi transporte para dirigirme hacia mi casa.

No volví a ver a la gitana, cuyo rostro no se ha borrado de mi memoria desde entonces. Tampoco he vuelto a ver a ningún gitano, probablemente hayan cambiado o asimilado a nuestra cultura y se vistan lo mismo que nosotros. Ya no son reconocibles con la misma facilidad de antes.

Hace unos días, cuando la Mona Cha consultaba un manual de quiromancia para escribir un artículo que tenía que enviar al periódico donde colabora, el recuerdo de la gitana volvió a sacudir mi memoria y el olor de su tabaco regresó como una oleada sin ninguna explicación.

Sé que a la Mona Cha no le gustan estas prácticas adivinatorias. Es más, induce a las personas para que no las utilicen porque, según ella, dañan la energía y muchas veces se devuelven causándole trastornos a quienes las consultan. Pero no resistí la tentación y le pregunté:

-¿Qué tan acertadas son las gitanas, Mona?

Cerró el libro y me miró extrañada. Por unos instantes permaneció en silencio, como si se esforzara para desconectarse del hilo de su lectura y poder entonces atenderme. Luego me sonrió y me explicó comprensiva:

-La mayoría dicen que adivinan el futuro pero es sólo para sacarle dinero a los incautos. Pero no hay que desestimar esas cualidades. Algunas son verdaderas adivinas, aunque tengan fama de tramposas. La magia y la adivinación son parte de su cultura.

-Qué bien.

-¿Por qué me lo preguntas?

Le resumí mi experiencia de cuando tenía 24 años y ella se rió como Jorge Enrique aquella tarde en la plazoleta de las Nieves.

-Cuando yo era niña sentía mucha atracción por los gitanos -miró a través del ventanal los árboles del parque, como si buscara su complicidad-. Inclusive, llegó un momento en que quise irme con ellos. Recuerdo que habían levantado una carpa cerca de la casa y casi todos los días tocaban en nuestra puerta para pedir agua o para que les diéramos permiso para acceder al sanitario del servicio. Mamá les negó la entrada y nos advirtió que no iba a permitir por nada del mundo que nos acercáramos a ellos. Luego nos amenazó con castigarnos si nos atrevíamos a desobedecerla.
-Los gitanos se roban los niños para comérselos o para venderlos en otros barrios o en otros pueblos -nos explicó molesta, ya en el colmo de la rabia por su atrevimiento de importunar la tranquilidad de nuestra casa.

-¿Quién les daría permiso para quedarse en nuestro barrio? -interrogó a su inconformidad y volvió a amenazarnos.

Pero cuando ella no estaba, yo les abría la puerta para que entraran e hicieran sus necesidades. También les daba algunos alimentos para que los llevaran y los prepararan en su carpa. Me daba mucha pena verlos en esa situación, que para mí era de desamparo. No niego que sentía mucha atracción por ellos, me parecían increíbles sus vestuarios y su forma de vida. Por la ventana de mi cuarto los miraba en su carpa, percibía el humo de la hoguera que prendían y la manera como se comunicaban entre ellos. Dos veces me acerqué curiosa a su campamento, escondiéndome para que mamá no me pillara. Ahí conocí a Miguel, que cuidaba un caballo muy bonito, y él me presentó su esposa, de nombre Amara. Cuando me contó que leía las cartas y adivinaba el futuro, el corazón casi se me sale del pecho, aunque no tenía ni idea de lo que significaban esas prácticas. Dentro de la carpa observé a una niña, que me miraba como si hubiera visto algún fantasma.

-Se llama Adalí -me la presentó Miguel y yo la miré curiosa, aunque no entendí nada de lo que dijo.

No sé cuánto tiempo duraron en el barrio, pero a partir de ese momento fue él quien se acercó a la casa cuando le hacía señas desde la ventana para indicarle que mamá había salido y podía aproximarse sin problemas.

Pocos días después mamá empezó a quejarse por la pérdida de unas joyas. Insistía que las tenía en un cofre sobre el tocador de su alcoba. Me asusté mucho pero no dije nada acerca de las veces en que los gitanos habían penetrado a la casa ni de la forma como se habían vuelto mis amigos. En mi interior sabía que ellos no eran los ladrones. La cantaleta duró varios días, mamá culpaba a cuanta persona hubiera entrado a la casa en las últimas semanas, a la muchacha del servicio que tuvo salida el domingo anterior, a la vecina que vino a visitarnos, a los familiares que pasaron la tarde de un sábado invitados a un chocolate con panderos, pandeyucas y almojábanas. A mis primos les conté sobre Adalí pero no les dije cómo ni dónde la había conocido.

Por fin mamá decidió que las joyas se habían perdido por mi culpa y me castigó encerrándome en mi alcoba. No me extrañó su decisión pues siempre era culpable de lo malo que sucedía en nuestra casa. Encerrada en mi habitación percibí que algo me iba a impedir seguirlos en su trashumancia por el mundo, como soñaba cuando los vi en la calle.

Al día siguiente mamá tuvo que salir de nuevo para hacer sus diligencias y me alegré cuando se despidió. Era justo el día en que había decidido irme con ellos. Cuando bajé para salir a la calle, encontré la puerta con llave. Con seguridad mamá sospechó de mis intenciones o alguna vecina la advirtió sobre la cercanía de los gitanos. Lloré sin saber qué hacer. Sentí que habían borrado mi futuro. A la mañana siguiente lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver si lograba encontrar a Miguel, pero en el escampado donde se habían acomodado sólo permanecían apagadas las piedras negras del fogón, donde preparaban los alimentos, y un basurero impresionante. Adalí ya no estaba para regalarle mi muñeca preferida, como se lo había prometido la segunda vez que los visité. Ese día lloré abrazada de mi almohada, con la muñeca de trapo con cara de porcelana sentada en la cabecera de la cama. Sabía que había perdido para siempre a mis amigos.
Hizo una pausa, que aproveché para acariciar su cabellera, deslizar mi mano por sus pómulos y dejarla unos instantes en su boca.

-La humanidad ha sido injusta con los gitanos -me dijo por último-. Siempre se ha dicho que son vagabundos, tramposos y ladrones, pero eso no es cierto. Es más una leyenda que nació cuando en la inquisición española los condenaron y persiguieron por sus prácticas de magia y adivinación. Los gitanos, por el contrario, son muy respetuosos de sus niños y de sus ancianos, tienen aptitudes innatas para la adivinación y la magia y son nómadas por naturaleza.

-Pero iban a robarte, ¿no?

-No. Yo quería irme con ellos, lo cual es bien distinto.

-¿Y la pérdida de las joyas qué?

-Por una visión que tuve, supe que el robo lo había hecho la muchacha del servicio, que después de la desaparición de los gitanos se fue de la casa. Claro que no le dije nada a mamá porque no la iba a hacer cambiar en su concepto sobre los gitanos y, además, ya había pagado castigo por la pérdida. Ahora sé que la actitud de mamá me salvó de una vida azarosa y de un futuro que ni yo misma puedo imaginar hoy. Miguel y Amara murieron en un terrible accidente en Santa Marta y Adalí fue recogida por otros gitanos que se la llevaron para España.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque soy psíquica, ¿acaso lo olvidaste?

-Y pensar que mi única relación con los gitanos fue por esa mujer que vaticinó la forma como yo iba a morir a los cuarenta años.

La Mona Cha volvió a reírse de mi preocupación y abrió de nuevo su libro de consulta. Yo regresé a mi estudio con la historia de Miguel, Amara y Adalí bullendo en mi cabeza.

Hoy, que tengo sesenta años, sé que he rebasado con creces las predicciones de la gitana. Pero tengo la duda de si moriré, como ella lo predijo, colgado de las pelotas.

Benhur Sánchez Suárez (foto)

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