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‘Vivan los compañeros’ de Carlos Arturo Truque

CarlosArturo-TruqueHabíamos hecho una jornada dura. En Morichalgrande sorprendimos una partida del Gobierno, y la copamos. Perdimos cinco hombres y cargamos con un herido.

Era una costumbre, cuando podíamos hacerlo, arrastrar nuestras bajas; pero no lo hacemos en esta ocasión por miedo a que, amparado por la oscuridad, algún fugitivo haya llevado la alarma al pueblo. Huimos; no queremos combate franco. Va el herido con la tropa. Galopamos a marchas forzadas, para reunirnos al amanecer con el comando del negro Ayala.

Nuestra partida, alguna vez de cien hombres, se ha visto reducida a veinte y, de común acuerdo, decidimos sumarnos a las guerrillas del negro Ladino.

Durante esta marcha nadie habla; pero creo que todos tenemos los pensamientos puestos en el morichal, en los compañeros caídos. Sentimos el dolor de los honores militares acostumbrados.

Me cruzan, en rápida sucesión, los recuerdos de la vida azarosa que nos tocó compartir.

Laverde, Osorio, Díaz, Gamboa, Rivas, y tantos otros caídos en noches sin estrellas, con las pupilas quietas en la oscuridad: sabed que estáis siendo citados en el orden del día y que vuestras bocas mudas se desatarán en la insurgencia de nuestros fusiles.

–Me oye, ¿capitán Laverde?

–Escucha, ¿teniente Gamboa?

–Ahora vamos, general Osorio, general de cien estrellas, a reunirnos con el Jetón Ayala. Es noche, y solo se escuchan los cascos de las bestias cuando pisan el llano.

Silencio. No se oye el tiple del Paisa Ríos, ni Díaz tiene más tiempo para el último bambuco. Tenemos a Florito herido. Va tras de mí, y arrastro su caballo de la brida. Buen valiente es el hombre, general… No le he oído una queja en el camino.

Recuerdo, general, cuando diezmados en el asalto a El Encanto, al otro día, después de contadas las bajas me llamó:

–¡Estudiante…!

–¡Firme, mi general!

Se mantuvo indeciso delante de mí; luego dijo, entrelazando su brazo a mi espalda:

–Quiero hablarte de algo, Estudiante… ¿Sabes que estamos acabados?

–Sí, mi general; lo sé…

–¡Mejor! –continuó–. Quisiera… Te ordeno que…

Supuse, por la vacilación, que no era usted hombre de andarse por las ramas, que me iba a pedir algo difícil. El tono de mando se le quebró, general, y oí su voz de hombre, de campesino bueno, la voz que la violencia le había arrebatado, vuelta de nuevo al alma verdadera, diciéndome:

–¿No ve…? Caramba, es que no puedo ni hablar. Eso pasa cuando uno es tan bruto… ¿Ve…? ¿Por qué no te largás ahora? Esto no es pa’ vos, hombre. ¿Qué hacés aquí? Ya que nos llevó el diablo, salvate vos, pa’ que algún día contés todo lo que hemos sufrido nosotros.

Había surgido otro en usted, general; otro distinto al hombre seco, enérgico y sin sonrisa, tan igual a una fiera, a quien yo  conocía. Pensé en la lucha tremenda entre esos dos seres, vivientes en un mismo cuerpo, disputándose las risas y las maldiciones; el sin término entre lo que es y lo que debiera ser.

Y, junto a esa, pienso en la otra voz, la fuerte y tremenda, quebrada por la ira; esa con que nos contaba él cómo le mataron a su muchacho en Antioquia. Siempre terminaba:

–Y así jué, pues; lo mataron, la mamá murió de pena, y aquí me tienen, pues, verraco con este fusil.

Hacía una pausa para señalarme y agregaba:

–Así era. Delgado y brincón; como éste, como el Estudiante…

Entonces se hacía el silencio y cada cual se adentraba en su alma, a no dejar cicatrizar las heridas. A palpárselas, a hacerlas arder, para tener una razón clara y dolorosa del existir.

No me marché en aquella ocasión, general, y sigo con la chusma, más al oriente, a meterme adentro el corazón anchuroso y bravo del Llano.

¿En qué sitio estaría bien sin los otros? Aquella vez le desobedecí; ahora le pido perdón. No pude hacerlo, ni quería tampoco. Pensaba en todos los compañeros, en Florito, a quien haría feliz enseñándole a leer, y en todos aquellos que luchan y lucharon, y cayeron a mi lado sin dolor y sin pena.

Delante de mí tenía la cara ancha de Florito, rogándome:

–Enséñame, Estudiante, enséñame –repetía tercamente.

Le prometí: leerás. Quién sabe si podrá hacerlo, porque la muerte se ha empeñado en no dejarme cumplir la palabra.

Aquí lo arrastro, detrás mío, atravesado en la silla de su caballo, partido el cuerpo por una bala, quebrado como la pizarra que se robó en el asalto a Las Piedras. Cómo nos reímos del pobre cuando apareció con ella, explicando que la había hallado en el pueblecito que arrasamos, después de vencer la terca resistencia de los defensores.

–Es pa’ que el Estudiante me enseñe –se disculpó al mostrarla.

Desde ese día, en los instantes en que el ajetreo de la lucha lo hacía posible, le enseñaba a leer y a escribir. Fueron tan breves estos momentos, que sus progresos alcanzaron apenas el abecedario, pero nunca leyó una frase completa y de corrido.

–Aquí lo llevo, general, y quién sabe si pueda…

Ha empezado a lloviznar. Es una lenta garúa, metida en los rostros, acompañada de un viento frío que se cuela hasta el sitio en donde nos duelen los ausentes.

Terrible la marcha.

Empezamos a perder el Llano, la cosa verde e inmensa, y ganamos una vegetación de arbustos y matorrales; estos se enredan, a trechos, en la culata del máuser, cuando no se enroscan y espinan las piernas.

Distante, llega el sonido del agua que corre; a la nariz asoma el olor de la tierra llovida, de comarca fresca, de río abierto para los belfos de las bestias que triscan impacientes los yerbajos húmedos.

Hacemos alto en el vadeadero de Vueltarredonda y damos de beber a los caballos. Se prende, aquí y allá, un fósforo y quedan alumbrando a relampagazos las luciérnagas rojas de los tabacos encendidos. A como da lugar bajamos a Florito y lo tendemos en el suelo.

Una voz de hombre del Llano me dice, con acento de joropo, después de inspeccionar al herido:

–Ejte Florito se va a voltiá; quiera Dioj que no; pero a me se jace que al hombre ejte no vabé quien lo pare.

Lo aparto con rabia y doy luz a un fósforo.

Inclinado sobre Florito, veo el pecho lleno de sangre, la boca entreabierta y los brazos inmóviles. Los ojos permanecen cerrados.

–Aún no, Estudiante –explica con grande esfuerzo, cuando abre los párpados y me reconoce. Comprendo lo que quiere hacerme saber. Son efectos de las palabras torpes del llanero.

–Sí, Florito; todavía no. No morirás de ésta. ¿Me entiendes?

No responde. Se apaga la cerilla y me estoy de rodillas palpándole el pulso. Va llegando la gente a preguntar cómo está, encendiendo cerillas para verle la cara.

–¡Qué vas a morirte! –le repiten.

Pero estoy cierto que ninguno deja de exclamar para sí:

–Lo que es éste, se va a morir.

Alguno viene a anunciarme que Barrera, el hombre que reemplazó al general Osorio, quiere verme. Suelto el pulso de Florito y me dejo guiar hasta el lugar en donde este se encuentra.

–Sentate, Estudiante –me pide al llegar.

Ocupo lugar a su lado.

Barrera se acuesta y pone, imagino, los ojos hacia arriba, como acostumbra al tomar una decisión.

–Siento mucho –comienza– lo que le han hecho a Florito y a los otros, que fue pior… No debes andar ya más con nosotros… Cualquier día, como decía el dijunto de mi general Osorio, que en paz descanse, te dejamos puai tirao en un morichal o te trairemos a la grupa de un potro como al Florito. A uno, ¡pues qué!, no le importa nada. Hasta es mejor que lo maten, porque siquiera descansa. Pa’ qué más vida, si no tiene uno nada; estos hijueperras lo acabaron todo. Ahí nomás está Osorio, que ya descansó. Él pa’ qué quería la vida, sin su muchacho y sin su vieja. Y así estamos todos como hoja que el viento arranca del palo, pa’ ya nunca más volver. Pero a vos no te han hecho nitica. Sos un muchacho que juega a la guerra y se divierte. Hacé de cuenta que ya jugastes bastante y te cansastes. ¿Querés…? Hemos reunido toda la plata que tenemos pa’ que alcancés a llegar a tu casa. ¿Te parece bien?

Luego baja la voz y prosigue con tristeza:

–Cuando llegués le das un beso a tu viejita. Le decís que te mandamos nosotros. ¿Oístes?

No me atrevo a hablar. Oigo, siento, miro cómo va y viene la punta del tabaco que fuma Barrera. Del costado a la boca, de la boca al costado. Cuando lo pone en la boca, la punta se aviva y puedo ver la cara de líneas precisas y la curvatura del pico de ave rapaz en que termina su nariz.

Es una cara hermosa la del general Barrera. Apenas vislumbro vagos contornos, pero completo el rostro mentalmente; sé que en la frente debe tener el cabello arremolinado y en la mitad de ella, horizontales, tres arrugas vigorosas, hondas como canales, repetidas, perpendicularmente, en las comisuras de los labios. Pienso en sus manos, que no tiemblan al apretar el gatillo ni vacilan al sostener el fusil. Pienso en las manos gemelas, en los rostros hermosos y fieramente iguales que han luchado conmigo, hombro a hombro, y exclamo resuelto:

–No importa… Iré con ustedes, estemos como estemos.

Barrera se incorpora y hace sentir su aliento cálido muy cercano al mío:

–No siás loco. Es mejor que nos hagás caso. El Llano no es pa’ vos, mocito. Es bravo y prende como mujer; te coge y cuando lo querés soltar, zas, ya te tiene cogido.

–No, no –repito–. Voy con la chusma a buscar a Ayala.

–Eso es cosa tuya, Estudiante… En todo caso…

Debió dibujar un gesto y alejarse, sin completar la frase. No mucho rato después, escucho la orden seca de continuar la marcha.

Cargamos de nuevo al herido. Crujen los aperos al trepar los jinetes y presto se deja oír el ruido de aguas chapoteadas.

Al cruzar el río quedamos en tierras de Ayala y esperamos ser interceptados por cualquiera de sus patrullas. Ya uno de los nuestros había sido encargado con anticipación de buscar el contacto. Deben estar atendiendo el paso de nuestras bestias. Se dice que Ayala es capaz de sentir un galope a diez millas de distancia. El Llano es tierra plana, ardua y compleja, es cuestión suya. Lo sabe el negro engreído, y la defiende pulgada a pulgada. Nadie pone los pies en ella sin su permiso. El Gobierno lo apellida bandolero y le manda soldaditos y aprendices de la escuela de Muzú para que se divierta. El general Ayala ríe. Ríe y le devuelve, con bárbaro entendimiento del humor, los uniformes tintos en sangre. Guarda algunos otros para mimetizar sus gentes, cuando lo precisa. Por algo le dicen La pantera del Llano.

Paramos. En la oscuridad, pregunto al primero que siento al lado: –¿Qué pasa?

–No sé –contesta–. He visto una luz que se enciende y se apaga, pero no sé de qué se trata. Parecen señales.

–¿Dónde las viste?

–Por allá; se apagó hace rato… Ahí está otra vez… Mírala –continuó después de una pausa.

La busco y la hallo. Es al oriente; se enciende y se apaga con intencionada alternabilidad. Son las señales de Ayala. Dice que diez millas adelante tiene el campamento y que han mandado un guía a nuestro encuentro. Debemos esperar.

–So animal –mascullo a quien tengo al lado–. Son las señales de Ayala. ¿Cómo es que no las entiendes?

–¡Quietos! –grita Barrera–. Preparen las armas, por si es una trampa.

Desmontamos y se riega con nitidez el sonido de armas desaseguradas. Aguardamos media hora con los nervios tensos, pensando que de cualquier sitio puede surgir un disparo. Pasa otra media hora, y lo mismo.

Alguien desliza a mi oído:

–Oigo un galope. ¿Lo estás oyendo vos?

–No; no oigo nada.

Presto oídos, pero nada.

–No lo oigo –le contesto muy bajo.

–Pues yo lo estoy oyendo clarito, clarito –asevera él.

Muchas veces en mi vida he sentido miedo. Por eso sé que ahora lo tengo. Un miedo tremendo, de morir en este preamanecer oscuro, para ya nunca más ver el cotidiano milagro de la primera luz. Aprieto el acero frío del cañón y me hago, en serio, el razonamiento que se hace Osorio riendo:

–La que no es pa’ uno, no es pa’ uno; y la que es pa’ uno ni se siente.

Y en ese momento escuché los cascos que mi compañero quería hacerme escuchar minutos antes.

–¿Quién va? –pregunta una voz recia.

–La revolución –contestan en el mismo tono.

Al punto se evaporan mis temores. Aseguro el fusil y monto a la silla. Se repite el chocar de aceros y el crujir de correas. Sigue nuestra marcha.

El mismo Ayala nos recibe en una choza, sin piso, alumbrada por una sorda lámpara de gasolina. Tal vez sea su cuartel general.

No es Ayala el hombre que había forjado mi imaginación. Es alto, pero no da la sensación de hombre fuerte. Tiene los brazos muy largos, pero delgados y con venas protuberantes; la cara es igualmente delgada y huesosa, de color negro ceniza, característica de negro enfermo. Ríe mucho, para estarlo, y hace bromas a medida que Barrera nos hace pasar, uno a uno, para ser presentados:

–Este es el Estudiante –le dice al tocarme el turno.

Me planto delante del hombre, a la usanza militar.

Ríe el hombre con risa de niño grande.

–Deja eso, niño, deja eso –exclama sin dejar de reír–. Tá bueno para los señoritos eso que tiene Laureano, pero pa’ nosotros… ¡Qué va chico! ¡Qué va…!

Sosiega su risa e inquiere:

–¿Por qué te dicen Estudiante?

Es Barrera quien responde por mí:

–Estaba estudiando pa’ dotor; se voló cuando empezó la fiesta, y aquí lo ve.

Ayala vuelve a reír. Luego exclama muy serio:

–Aquí servirá de mucho. Puede curar los heridos y enfermos. Perdemos gente por esa razón más que por las balas; muchos han podido salvarse pero el cuero rara vez sana solo; y ya que hablamos de eso, si traen algunos, pueden poner aquí los heridos. Es la única choza que tiene luz.

Y se marchó.

Barrera manda traer a Florito. Le colocamos en un improvisado lecho de pajas, sobre el suelo. El herido abre unos ojos hermosos y susurra:

–Ahora, Estudiante, ahora…

–Ahora, ¿qué? –le pregunto.

Ahora –contesta–, la pizarra, Estudiante… Ya no doy más, general –dice mirando a Barrera.

A este vuelvo los ojos, el único que conoce la historia, y le veo inclinar la cabeza, hurtándome las miradas. La choza se había ido llenando con la curiosa tropa de Ayala.

Uno pregunta al oír algo que no entiende:

–¿Qué es lo que quiere?

No tengo tiempo para contestarle. Lo dejo sin respuesta y salgo del bohío. Al regresar, traigo la pizarra. La pongo a la luz y escribo en letras grandes: “Vivan los compañeros”…

Incorporo luego al herido, y, con gran dificultad, le hago deletrear la frase escrita, una vez y otra vez, hasta oírlo decir con claridad: –Vivan los compañeros.

Guarda silencio mientras, cansado, inclina la cabeza sobre el lecho. Desde allí exclama, con los párpados cerrados, con tono de ensoñación y gozo, como si ya no sufriera, como si se hubiera insensibilizado ante el dolor:

–¡Vivan los compañeros…! Qué bonito, Estudiante: Vivan los compañeros… Si me curara lo repetiría todos los días de esta puerca vida… Me oyes, ¿Estudiante?

Se queda inmóvil. De los ojos cerrados salen dos lágrimas. Parece dormido, pero no lo está. Todavía un leve movimiento del brazo. Luego, nada. Ahora sí, duerme. Y no despertará.

Un agua tibia corre por mis mejillas. He llorado también, sin darme cuenta; pero al hacerlo, después de tanto tiempo, me he sentido más hombre. He sentido el retorno de algo que creí muerto para siempre. Lo mismo que debió sentir Osorio la noche en que me pidió el abandono de las guerrillas: el regreso a mí mismo, como compensación tardía de esa dualidad del hombre y su camino.

Al abandonar la choza, me enfrento, al oriente, con la primera raya blanca, como leche espesa, de la alborada. Entonces corro y abro los ojos a Florito, para que sus pupilas sepan, como lo están sabiendo las mías, que ya empieza el amanecer.

Carlos Arturo Truque (foto)

 

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‘La tarea’ de Alejandra Jaramillo

alejandra jaramilloFrancia camina de un lado a otro de la ventana, siempre asomándose, mirando hacia afuera. Le queda una noche más en Santa Marta y aun no logra cumplir con la tarea que le puso el Mamo para curarse. Se asoma. Lo ve. El indigente está sentado al otro lado de la calle, en el solar de una casa abandonada. La casa, ya ha tenido tiempo de observarla, tiene todas las ventanas y las puertas tapiadas con maderas y latas. Afuera cartones y una hoguera que prenden y apagan en las noches. Hoy no están los otros dos compañeros de cambuche. Ha escogido a este por ser el más bajito, el más repugnante. Va a la cocina del apartamento, un espacio pequeño que le ha servido de guarida por una semana. En esos días ha hecho todos los baños, la dieta y las meditaciones que le mandó el Mamo. Aunque se lo prohibieron, pone a preparar un café. Hoy lo necesita.

Aunque Francia está convencida de que no está enferma, se siente tan cansada de los efectos de su sexualidad, de los giros que ha venido teniendo en los últimos años. Por eso ha decido hacer todo el tratamiento que el Mamo le propuso para curarse de su hipersexualidad. Baños de mandrágora, malva y perejil, cambiar la dieta, no usar estimulantes de ningún tipo, ni café ni alcohol, ni bebidas negras. Hacer mentalizaciones, varias horas diarias mirando una vela. Los días en que estuvo en el resguardo, el Mamo la encerró en una maloka. Francia se sentía absurda, encerrada en ese espacio, durmiendo en la tierra pelada con unas cobijas y nada más. Pero el esfuerzo valía la pena, pensaba en esos días, quería acabar con su sufrimiento. Varias veces vinieron mujeres a limpiarle el cuerpo, a hacerle cantos. El Mamo entraba una vez por día y la bañaba en humo de tabaco. Además le dejó ambile, para que cada vez que se sintiera muy necesitada comiera un poco y se sentara a hacer la meditación frente a la vela ˗vela blanca siempre, para que no mueva nada˗, repetía el Mamo. Por una rendija de la maloka Francia alcanzaba a ver pasar a los jóvenes indígenas, sus cuerpos de piel oscura, esa firmeza. No le parecían bellos pero si atractivos. Una sola vez intentó escapar de la Maloka, pero cuando asomó la cabeza un indígena le preguntó, con un acento casi inentendible, qué necesitaba. Ahí entendió que el Mamo le tenía guardia permanente y que no tenía como salir de allí. Una de las veces que el Mamo la visitó le dijo que debía llegar hasta lo más hondo de su vergüenza, llevar su sexualidad al lugar más oscuro posible.

Francia le había contado al Mamo toda su historia, toda su vida. Detalle por detalle de una vida vivida para el sexo. Todas las decepciones, y las tristezas. Todo ese caudal de recuerdos que ella nunca podrá unir con su sexualidad como si realmente tuviera una enfermedad.

Se sirve el café y regresa a la ventana. El calor de la mañana aumenta. Francia no puede salir del apartamento hasta no terminar su tarea. Ha decidido que su vergüenza llegará al máximo si se acuesta con un indigente. Se imagina bañándose en el mar. Le gustó la Bahía, que queda a pocas cuadras del apartamento este que le ayudó a conseguir una compañera de trabajo. Recuerda la mañana en que una señora se acercó a entregarle un volante. “Estética vaginal láser”. Ya para qué, pensó en ese momento, para qué reconstruir lo que no debe ser usado. Mañana debe regresar a Bogotá y allá nunca haría algo semejante. Se imagina en su apartamento en Bogotá, un indigente entrando y luego montándole guardia todos los días hasta enloquecerla. Alcanza a imaginar, en ese tumulto de ideas que es su mente, que se enamoraría del indigente, y lo necesitaría. Cómo haría con los porteros, cómo con sus hijas. Ahí sí que todos la verían como una loca.

En la calle el sol hace brillar todas las cosas. Le parece que el sol cerca del mar es tan fuerte que las casas, los techos, las personas, los carros se inundan de luz y terminan irradiando todo como estrellas. Le tiemblan las piernas. Francia se pregunta desde cuándo le da miedo abordar a un desconocido. Ella que es experta en eso, ella que sabe que con pocas palabras ha logrado llevarse a la cama muchos hombres en su vida. Suda. Es el calor, piensa. Abre la ventana. Tiene miedo de que el hombre la mire. Deja por fin que la brisa la refresque. ¿Un grito? ¿Un silbido? O ¿simplemente lo llama con la mano? ¿Cómo hacer? Cierra la ventana, mejor aguantar calor que sentir que está unida al mismo aire de ese hombre. Prefiere sentirse parte de un mundo diferente. De hecho el día que decidió acostarse con un indigente aún estaba en la Sierra y no recordó haber visto ninguno en Santa Marta. Cómo haría, en Bogotá no podría hacer esa tarea. Al regresar al apartamento, después del viaje a la Sierra, se dio cuenta de que Santa Marta estaba llena de personas por las calles y que ella no las había visto al llegar. Ahora quisiera eso, no ser parte del mismo aire, no compartir nada con ese hombre. Lo invitará a subir. Ya le había comprado ropa. Hacía cuatro días tenía en una silla de la sala el atuendo que le entregaría a ese hombre para que la poseyera, una vez bañado y alimentado. ¿Y si el hombre entra y no acepta bañarse, si la coge de inmediato, si la burla en medio de ese olor que Francia puede imaginar, de ese basurero andante que son esos seres humanos? Va al cuarto. Sobre la mesa de noche tiene toda su ropa tirada, una prenda sobre la otra. Se ha cambiado varias veces durante esa mañana. ¿Provocativa? ¿Recatada? ¿Disimulada? ¿Cómo debe estar para recibir a ese hombre? ¿Cómo no dar mensajes equívocos? Se cambia de ropa. Una falda blanca y una camiseta roja. No tiene nada de ropa que no sea ceñida al cuerpo. Francia es una mujer mayor, ya ha pasado los cincuenta. Su cuerpo, desde hace rato ha empezado a fallarle. La piel suelta, los senos caídos, la barriga estriada –desde que nacieron las hijas-. Pero ella sigue pensando que sólo puede seducir con esa ropa que evidencia sus tetas grandes y sus caderas prominentes, aunque se vea como una morcilla, como le dicen sus hijas. Se mira al espejo. Busca aretes rojos, se pasa un cepillo por el pelo, ahora que lo lleva corto todo se facilita, se pinta los labios con el colorete más rojo que tiene. Le da rabia ver que le suda la nariz, que unas gotitas de sudor burbujean en su cara. Las seca con la brocha del polvo para la cara. ¿Cómo serán las manos de ese hombre? ¿Qué brutalidad va a encontrar en el encuentro con el indigente? ¿Desde cuándo tanto miedo? Se pregunta una vez más. Se moja la cara con agua, se borra el colorete. Llora. Vienen a su mente las innumerables veces que se encontró con maltratadores, las innumerables veces que sintió placer con ellos. Vuelve a la habitación. Un jean y una camisa rosada. Cambia de aretes y se pone un colorete oscuro. Se recuesta en la cama, respira, quiere controlar el corazón. Se toma el café, ya frío, de un sorbo larguísimo. Minutos después se queda dormida. El cuerpo no le aguantaba más. Pasó toda la noche despierta, caminando frente a la ventana tratando de decidirse a invitar al indigente a seguir.

La despierta un griterío. Oye muchas voces y sólo alcanza a diferenciar la voz de un hombre que grita “no se vaya cabrón, no se vuele”. Se levantó y se asomó a la ventana. Tiene la respiración muy agitada. Sus miedos unidos a los gritos le causaron una agitación inconsciente que se aumentó cuando al asomarse vio en la calle una mujer tirada en el piso, una moto sobre el cuerpo de la mujer y al indigente como principal acompañante de lo que desde donde Francia estaba observando, era una muerta. Sería él quien gritó, será su voz la que Francia escuchó, se pregunta. Se decide a bajar. Debe invitarlo. El sol está empezando a caer y esta es la última oportunidad que le queda. Si ese hombre se va a caminar por la ciudad cómo va a hacer para encontrarlo. Coge las llaves del apartamento y baja. Al llegar al primer piso le alegra que en ese edificio no haya portero. Se ríe de recordar que cuando llegó ese pequeño detalle le pareció muy molesto. Odia el miedo que le producen los edificios sin portero, y que este fuera uno de esos la angustió mucho. Pero hoy le parece lo mejor. Nadie va a ser testigo de que ella sube a un pordiosero a su apartamento. Es un edificio de tan pocos apartamentos que casi nunca se encuentra a los vecinos en las escaleras. Que así sea, se dijo y salió a la calle. El hombre aún seguía ahí. En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia. Alguien se encargaría de la joven que yacía en el piso.

Francia se casó virgen a los diez y nueve años. Creció en una familia muy conservadora. Un padre trabajador público y una madre ama de casa que dedicaba su tiempo a cuidar a las niñas. No conoció el sexo hasta que se acostó con su marido. Desde entonces la voracidad sexual de Francia fue en aumento hasta llevar a su joven esposo a la desesperación. José, su marido, empezó la relación muy enamorado de Francia, de esa muchacha casera y de buena familia. Le gustaba ese ambiente sano que se respiraba en la casa familiar de ella. Por eso esperaba de su mujer una sexualidad sosegada. Sin tachas. Pero el aumento del deseo sexual en Francia se fue revelando como un gran problema para él. No podía creer que esa misma niña tranquila y discreta que había conocido en su noviazgo, pudiera desplegar tanta vitalidad sexual y como hombre empezó a sentirse en duda. Empezó por pensar que lo había engañado y que no era virgen, luego pensó que ella lo estaba traicionando con alguien más. De cualquier manera su virilidad se veía en juego con su mujer. ˗Francia, ¿qué te pasa? ˗le decía cuando ella en la noche se acercaba a tocarle el pecho o bajaba directamente a su sexo˗ ¿no puedes descansar?

Francia por su parte tenía poca información sobre la sexualidad. En su casa de ese tema no se hablaba, más allá del comentario constante de su padre de que un hombre que no quiere casarse con una mujer sólo quiere hacerle daño. Por demás ella no había tenido ninguna curiosidad con el sexo. Sin embargo, una vez conoció el sexo con su marido se despertó en ella ese animal silencioso que la habitaba y la fue llevando a una experimentación no apta para un hombre como José.  Después de nueve meses de matrimonio José estaba agotado y desenamorado de Francia. ˗Te voy a devolver a tu casa, estás enferma Francia, esto no lo soporta nadie.

Pero preciso en ese momento Francia apareció embarazada y él sintió que esa nueva condición de su mujer les traería calma. Hasta cierto punto fue así. Francia le cogió un fastidio tremendo a José y durante esos meses no quiso tener relaciones sexuales con él. José lo interpretó como un buen desenlace de ese fervoroso inicio sexual de su mujer, le pareció que todo encajaba perfectamente y se relajó. Pero no era así, Francia estaba estudiando enfermería en esos días del primer embarazo y su estado la dotó de una extraña libertad. Durante esos meses se hizo amante de un médico, profesor de salud familiar, que no dudó un instante en aprovechar las insinuaciones de la alumna. Después de nacida la primera hija, en pocos meses Francia volvió a quedar embarazada, y este nuevo embarazo lo aderezó con un par de amantes más. Era una madre de familia que estudiaba y en esos tiempos libres encontraba las maneras de desatar la fuerza de su sexualidad, que más que arrolladora era el centro de su vida. José vivía tranquilo, por varios años no fue notorio para él lo que estaba sucediendo en la intimidad de la vida de su mujer.

Francia se sienta en el sillón de la sala. La brisa del mar entra por la ventana. El hombre está en la ducha. Le entregó la ropa y una toalla. Cuando el hombre fue a cerrar la puerta ella la empujó y él de inmediato desistió de cerrarla. Había una regla tácita en este encuentro: ella ponía las reglas. Se ha servido un poco del café frío que encontró en la olla. Siente un temblor en todo el cuerpo, como si todos sus órganos se hubiesen vuelto de gelatina. Oye el sonido del agua. Percibe cada movimiento del cuerpo de ese hombre en la ducha. Se decide. Entra en el baño. El olor de la ropa que el hombre se ha quitado la asquea. Un olor putrefacto que en pocos minutos habrá inundado todo el apartamento. Va a la cocina, recoge una bolsa negra de basura – ese detalle también lo había planeado-, regresa al baño y mete toda la ropa en la bolsa. El hombre está parado de espaldas, con la cabeza pegada a la pared, dejando que el agua corra por su cuerpo. Ella no necesita que se relaje, no necesita que ese hombre se reconcilie con el agua, ni ninguna mejoría en ese hombre, sólo necesita limpieza. Coge el jabón y mete las manos. El hombre se voltea asustado y la mira. Francia ha perdido el miedo. Lo empieza a enjabonar. Lo baña con odio, como si fuera un hijo necio que nunca quisiera bañarse. El hombre tiene una erección. Francia respira agitada, siente el olor a orines recalcitrantes que emana ese miembro. Coge la esponja de baño que ha traído de Bogotá y lo estrega. Quisiera tirarlo al piso y limpiarlo como si fuera una cartera o unos zapatos embarrados. Deja caer la esponja y sale del baño. Aturdida. Escupe el sabor a café que le queda en la boca en el lavaplatos. Trasboca. El hombre sigue en la ducha. Francia se lava las manos con rabia. Se frota la cara con las manos mojadas. Piensa en el Mamo, en sus palabras. En esa paz con que le dijo que sólo así se curaría. El sonido del agua continúa. Basta, piensa, que no gaste más agua. Le pega un grito que le sale más amigable de lo que pensó que iba a salir y le pide que termine ya.

Francia tiene un plato con la cena guardado en la nevera desde hace cuatro días. Lo tiene cubierto con una bolsa para que no se dañe. Carne, arroz, papa, plátano. Todo en abundancia. Mientras el hombre se viste, o eso imagina ella, calienta la comida en el microondas. Acomoda el plato en la mesa, le sirve un vaso de jugo. Sigue sintiendo ese temblor en las piernas. Ahora sabe que ese hombre podría robarla, hacerle cualquier daño que quiera. Abre el cajón y mira el cuchillo de cocina. Quiere tenerlo cerca, por si acaso, pero entonces calcula que si el hombre se da cuenta aumenta el peligro. Coge todo lo que le parece un arma y lo esconde debajo de la nevera. Se imagina haciendo este gesto es su apartamento. Imposible, tantos implementos de cocina que necesitaría esconder. Agradece, con una mirada rápida hacia el cielo, que no esté en Bogotá.

En las conversaciones con el Mamo hubo algunas historias de su vida que resonaron más de la cuenta. Quizá que la alcanzaron a avergonzar un poco más de lo que ella misma se imagina. Su matrimonio se acabó cuando José descubrió que Francia tenía un amante, sólo descubrió uno. Era la época en que ella aún no se desbordaba por completo en su necesidad de sexo y podía espaciar en sus días los diversos encuentros que mantenía. José la vio salir de unas residencias en Chapinero. No había caso. Estaba parado en una esquina en la carrera trece y ella salía con un hombre de un lugar evidente. Lo vio. El la miró. Ella se detuvo, se despidió del hombre con un beso ligero en la mejilla y salió a caminar hacia donde estaba José pero ya no lo encontró. Caminó por horas en esas calles y a la hora en que las niñas debían llegar del colegio fue a casa. Encontró dos maletas en la portería y un portero impertinente que le decía que ella no podía subir al apartamento, era la orden del señor. Aunque esta era la primera vez que José la encontraba ya habían sucedido otras situaciones dudosas que lo tenían cansado de Francia.

En unas vacaciones, meses antes de la separación, fueron a Melgar a un hotel con piscina. Esos días de vacaciones eran terribles para Francia porque quedaba sometida a largos días sin sexo. El contacto con José se había cortado, él por alguna razón prefería estar lejos de ella. Su mujer despedía un aire aterrorizador para él, un aliento a sexo que no podía dominar y por ello le pareció mejor mantenerse al margen de ese cuerpo. Una mañana José le avisó que iría a Girardot a buscar avena y mantecadas para las onces. Las niñas querían quedarse en la piscina. Francia las acompañó, se metió al agua y jugó con ellas mientras iba tratando de imaginarse cuál hombre de los que iban apareciendo podría ser. Las niñas que a esa altura tenían tres y dos años se quedaron jugando en la piscina para niños. Ella se sentó en una silla de asolearse junto al hombre solitario, que desde hacía días observaba. Las niñas chapoteando en el agua. Ninguna sabía nadar. Los baños quedaban bajando una escalera, como si estuvieran casi debajo de la piscina. El hombre bajó al baño, Francia lo siguió. Se metió con él en un baño minúsculo, mojado por todos lados y logró por fin descansar de tantos días de ansiedad. Cuando regresó a la piscina había un revuelo que recayó en ella. ¿Cómo las deja solas? Le gritaron, las niñas estaban sentadas en dos sillas, y varias personas las acompañaban. Francia no quiso preguntar. Se imaginó la escena una y mil veces, alguna persona viendo a una de sus hijas ahogándose, la niña defendiéndose del agua o dejándose llevar y ella mientras tanto logrando el placer que le justificaba la vida.

˗Esta mañana mi hermanita se ahogó ˗dijo la niña mayor cuando el papá se bajó del carro. José corrió al cuarto a buscar a Francia.

˗Qué le pasó a la niña ˗preguntó al llegar, iba imaginando lo peor.

˗Nada, está durmiendo la siesta.

˗Pero la niña dice que se ahogó.

˗No, sólo se hundió en el agua ˗dijo Francia tratando de salir del paso, cuando llegó la niña mayor.

˗Pero tú no estabas, mamá.

˗No mi amor, estaba en el baño, me fui solo un minuto.

José sabía que algo sucedía con su mujer aunque evitaba buscar, no tomaba la decisión de separarse porque no quería dejar a sus hijas solas, además, pese a todas sus sospechas le parecía una buena mamá. Las mantenía bien arregladas y las alimentaba juiciosamente cuando estaba en casa. El resto del tiempo la muchacha estaba bien instruida para cuidarlas, y todo gracias a Francia. Pero sus dudas crecieron y por eso terminó siguiéndola hasta que la encontró saliendo de las residencias. Después de que se separaron, meses después de no dejar que Francia viera a sus hijas, fue tal la desolación que José sintió en las niñas, que aceptó que se quedaran con Francia, en el apartamento que había conseguido, un par de noches en la semana. Al comienzo Francia lograba controlar su deseo y esas noches no salía a cazar, se quedaba en casa cuidando a las niñas. Aprovechando todo el tiempo que no habían tenido para estar juntas. Pero la fuerza de su pulsión era tan grande que varias noches las dejó durmiendo y se fue a la calle. Las niñas parecían no notarlo, y cuando una noche la niña mayor se despertó y no la encontró guardó silencio. El padre no supo nada de eso. Pero lo grave fue cuando los trasnochos hicieron que perdiera el empleo y se quedó sin dinero, hasta el punto de que no tenía plata ni para pagar una residencia barata en sus cacerías y terminó trayendo hombres desconocidos a su apartamento, aun con las niñas ahí. Ella se metía en el baño o en la cocina, pero no siempre fue posible contener la fuerza de esos hombres que conseguía, y una noche una de las niñas se despertó y la vio ahí, al lado de ellas con un hombre que más que amarla la estaba matando. Desde ese día volvió a perder a sus hijas y sólo de adultas han vuelto a acercarse a ella.

Francia, en la última conversación con el Mamo le dijo que quería disculparse. ˗¿Con tus hijas? -le preguntó el Mamo, sorprendido de que estuviera por fin aceptando su situación.

˗No, con la vida porque nunca debí tenerlas. Yo no era una mujer para hijos, ni para marido, ni para nada de lo que la sociedad cree que uno debe hacer, esa no era mi vida.

La lista de situaciones espeluznantes que su sexualidad había desatado era inmensa, pero Francia las veía simplemente como los efectos secundarios de haberse visto obligada a vivir la vida que no le correspondía. Ella no podía ver sus actos como irresponsabilidades, eran la consecuencia lógica del destino verdadero de su vida, el sexo. El Mamo por su parte, los veía como lo que son, los hechos, nada es malo ni bueno, le había dicho, pero sabía también que ella necesitaba salir de esa vida, curarse.

El hombre se sienta en la mesa. Le escurre agua del pelo, si es que a esos mechones mugrientos se les puede llamar así, piensa Francia. La ropa limpia no ha cambiado su fisionomía. No era la mugre lo que marcaba a ese hombre, pensó Francia, es la vida y eso no se borra con nada. Pensó en ella misma. ¿Qué estaría pensando ese hombre? ¿Cómo la vería? ¿Tendré yo marcas tan fuertes como las suyas? Verlo comer la horroriza. El hombre no come como un cerdo, como ella habría pensado. Sabe comer decentemente. Pero algo en sus movimientos muestran un apetito voraz, como si ese ser fuera capaz de comerse el mundo entero en pocos segundos. Francia sigue sintiendo miedo. Asco. Los dientes del hombre, que aparecen cada vez que se lleva un bocado a la boca, le dan escalofrío. Francia quisiera sacarlo de su casa, decirle que se vaya, que él no pertenece al mismo mundo de ella. Piensa en los cuchillos. Imagina la sangre brotando del cuello del hombre. Sería capaz, sería capaz de solucionar este momento de esa manera. ¿Y la tarea?

Los últimos años le habían traído a Francia el impedimento más verdadero a su sexualidad. Se había ido convirtiendo en una mujer mayor, jamona, con una gordura que no lograba bajar con nada. Dietas, ejercicios. Era como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla a mitad de camino. Porque su apetito sexual le hacía sentir que podría estar activa por años, pero el cuerpo empezaba a flaquear. En especial, lo más difícil, no lograba conquistar a los hombres. Esa era su tragedia. Ahora no podía saciarse porque el alimento se le escurría entre las manos. Por eso decidió buscar ayuda. Necesitaba calmar el deseo, salir de esa cárcel de abandono y necesidad en que la estaba sumiendo la imposibilidad de consumar lo único que la salvaba de la vida misma. No había caso, en esta época la juventud se había impuesto como el único territorio del gozo y ella estaba quedando por fuera de esos parajes que antes le daban sentido a su vida. Francia pasaba días, semanas, en estados tremendos de depresión después de salir a la calle y regresar manivacía. Las hijas acompañando tanta tristeza. Las hijas sabiendo que lo mismo que las alejó de su madre en la infancia podría alejarlas en la adultez si la tristeza la llevara a cometer una locura. “Busca ayuda mamá, busca ayuda”.

Francia siente un huracán en el pecho. Las piernas siguen temblando. Se siente anclada en la silla, no para de mirar a ese hombre comer. Una vez termina toda la comida y se toma el jugo Francia se levanta. En otra oportunidad se habría ido hasta el espejo, habría querido mirar su cara y su cuerpo antes de entrar en la faena sexual. Esta vez no puede, ¿no le interesa? Debe vencer el miedo, el asco, la perturbación. Ve en el rostro de ese hombre los gestos del Mamo, la firmeza con que le habló cada vez que se vieron, la seguridad de que a partir de este momento empezaría a curarse.

-Debes encontrar una actividad cuando regreses a Bogotá. Haz ejercicio, baila, pinta. Llena la vida de otra cosa.

El hombre no la mira, tiene una mirada al vacío que Francia no sabe cómo franquear. Se decide. Lo toma de la mano y lo arrastra, con una dulzura inesperada, hasta la habitación. Ya se ha hecho de noche. En el cuarto entra el resplandor de las lámparas de la calle. Puede verlo perfectamente. Lo lleva al lado de la cama. Él la sigue sin resistencias. Francia le suelta la mano, abre la ventana de la habitación y una vez más la brisa, ahora la de la noche, entra a refrescarla. Quiere que ese aire se lleve los olores, que la salve de los aromas pútridos que expele el cuerpo de ese hombre. Regresa al lado del indigente. Se para muy cerca, frente a él. El hombre parece una estatua, no hay ningún movimiento, Francia no percibe ninguna excitación en él. Le toma las manos nuevamente y las lleva a su cuerpo. Lo guía como si creyera que ese hombre nunca ha tocado una mujer. El como una marioneta. Le lleva las manos a sus senos. Piensa en sus dientes, en esa boca inmunda, en las uñas que aun después del baño están llenas de mugre viejo. Deja una mano en los senos. El hombre los palpa, empieza a moverse. Ella siente el asco revolverse con el deseo. Le pasan escalofríos por el cuerpo, una excitación conocida, pero esta vez colmada de fastidio. Siente rabia con su cuerpo, con su vida, con ese deseo de salvarse de lo más deseado. Le baja la otra mano y la mete entre su ropa, la hunde en su sexo. Las uñas sucias, y esos dedos penetrando su vulva, su vagina. El hombre respira más rápido. Se contonea. Ella siente crecer el calor en su sexo, en su cuerpo. Los dientes, la suciedad imborrable. Su sexo se crece, se derrama en fluidos, se extiende. Tantos días, tantas horas, tantos minutos. El silencio de su cuerpo termina, las corrientes eléctricas la recorren. No puede entregarse, debe entregarse. Quisiera un beso, una boca que la pueda lamer. ¿Qué hará este hombre ahora? Está excitado, mueve las manos y ella se sorprende de la agilidad con que la va seduciendo. Le acerca la cara al cuello. Francia siente nauseas unidas a las vibraciones del sexo, de su clítoris deseoso. Quiere quedarse en esa vibración, quiere apartarlo de un golpe, sacarlo de la habitación y se agarra de su mano, lo ayuda, quiere llegar, quiere sentir el remolino de dicha. El hombre le busca el rostro, quiere besarla. Se pega a su cuerpo sin sacar la mano de sus calzones. La abraza con la otra mano, le coge la cabeza, el pelo corto. Ella se retuerce. Tanto tiempo sin nada. Quiere vomitar, quiere verse en el espejo. La explosión se acerca. El hombre jadeante y ella también. El indigente busca su boca, ella voltea la cara y jadea, gime, este hombre la volverá al orgasmo. No puede ser. No puede sentir placer en este estado de putrefacción, siente que puede llegar, ya lo sabe. El hombre saca la mano. La aparta de su cuerpo. La mira a los ojos, ella no le sostiene la mirada. Baja las manos, lo suelta. Espera a que él se quite la ropa que con tanto miedo ella compró para él. Esa ropa que le queda un poco holgada, que le luce después de tanta suciedad. El hombre la empuja suavemente. Da dos pasos atrás. La mira. Francia le estira las manos, se sienta en la cama, lo espera. Quiere quitarle la ropa, acabar con esta escena. Piensa en sus hijas, en la vida, en la cura. El hombre da un paso más hacia atrás. Se voltea y sale con movimientos rápidos. Francia oye las pisadas, la bolsa de la ropa sucia que el hombre recoge y el golpe seco de la puerta al cerrarse a su paso.

Alejandra Jaramillo (foto)

 

‘La última batalla del hidalgo’ de Enrique Patiño

enrique-patinoEstaba enfermo. Tenía las manos resquebrajadas y opacas como las tierras de su infancia. Cuando no tosía, que era casi todo el día, gesticulaba con ademanes volátiles y repetitivos, como aspas en el viento. Sus ojos permanecían derrotados, perdidos en un punto ciego. La única otra vez que había vivido un desasosiego similar al de ahora fue cuando se quedó esperando que le llegara el correo para irse a América. Jamás obtuvo el aval. Esta vez el tormento era mucho peor y el mal, definitivo.

Sus facciones se habían tornado puntiagudas debido a la enfermedad y su cuerpo había adquirido la delgadez de una lanza en las extremidades, pero se había hinchado en el centro a causa de una horrorosa hidropesía provocada por una diabetes. El pecho le pesaba para respirar, y más cuando tosía; era como si tuviera una adarga encima, decía. Nadie le prestaba atención esos últimos días de abril de 1616. Lo habían dejado solo a merced del desgaste y de su suerte. Incluso el cura Martínez lo había dado por muerto casi una semana antes y le había aplicado ya los santos óleos. Salvo su esposa, nadie se le acercaba: aún en ese estado parecía peligrosa y excesiva su locura. El doctor había ido un mes atrás y había salido azuzado por los gritos excesivos del enfermo, que lo tildó de impostor y de querer robarle su alma.

Cerca de su lecho no había más que sábanas viejas y sudorosas, un candil endeble, una pluma que había quedado sin tinta desde cuando le escribió al Conde de Lemos para pedirle una última ayuda, una silla, su ropa en un perchero y un recipiente de barro con agua quieta. Sabía ya que lo enterrarían en cualquier fosa común del Convento de las Trinitarias de Madrid y que moriría sin ver a su hijastra Isabel.

El 22 de abril se resignó a que ya no podría seguir batallando. Tomó uno de los ejemplares de la primera parte de su libro que reposaban junto a la cama, lo abrió con dificultad y buscó con afán hasta que por fin halló la página.

Repasó, en silencio primero, y luego en un susurro, los pasajes del hidalgo que combatía un ejército de molinos. Leyó pasajes de ese caballero que embestía con fiereza a los energúmenos del viento. Estaba escrito. O sea que todo aquello sí era cierto.

Sudaba. Las fiebres habían alcanzado un punto sin retorno. Gimió por un dolor súbito en el vientre y por la estrechez de los pulmones. Sintió el primer embate de la muerte. Su hidalgo, su héroe, el loco, continuaba luchando en las hojas, y él lo sabía aunque no lo leyera más. Él lo podía salvar, pensó.

Cerró las páginas y se aferró el pecho. Preso por el delirio, don Miguel comenzó a recitar en un susurro un pasaje del libro maldito que no le había traído mayor fama: Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó / de valiente, que se advierte /  que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte”.

“Me pesan esta enjalme y esta adarga que me han puesto sobre el pecho”, susurró, y se dejó poseer una vez más por su personaje real, el que estaba escrito, el auténtico Miguel. Lo dejó ser en medio de los zarpazos de su memoria. Invadido por las fiebres, recorrió las amarillentas praderas de las provincias centrales y le dio alas para que embistiera con furia a la terrible cordura.

Cervantes, en su último rapto de lucidez, gritó “a por ellos” y por unos segundos no fue él mismo, fue el otro, el verdadero, levantado en vilo por los molinos y el viento.

Enrique Patiño (foto) (© Texto protegido por Derechos de Autor, y publicado con autorización)

‘Globo, domingo, …’ de José Cardona López

JoseCardonaLopezLa mañana estaba con mucho sol pero ellos se habían levantado tarde. Clemencia fue la primera en salir de la cama. Encontró al niño en la ventana de la sala, viendo pasar gente, carros. Al salir Clemencia de la ducha, Hernando le propuso ir al Parque Nacional con el bebé.

Desayunaron a monosílabos. Hernando dijo sus cortas palabras con la boca ocupada y sin quitar los ojos del periódico. Las palabras que pudieran terminar una frase más bien parecían estar en la música de la radio, en los balbuceos del niño tratando de hacerse entender desde los brazos de Clemencia. Hernando terminó el desayuno mirando la página de anuncios de cine. El nombre de una película y el del director le distrajeron mientras escarbaba las encías con la lengua. Volvió a mirar los otros anuncios pero de nuevo se detuvo en aquella viñeta de siluetas oscuras con una ciudad al fondo.

La noche del sábado ellos habían tenido una discusión de celos, todo porque antes de las cuatro Hernando salió apresurado, con una explicación dada como a empellones y después no pudieron ir de compras, ya era muy tarde cuando él regresó. Las paces en la cama no llegaron. A pesar de que ella quiso olvidar que Hernando la había dejado vestida para ir de compras.

A pie fueron al parque. Los domingos preferían no usar el carro para salir, a no ser que fuera para ir al supermercado o visitar alguna de las dos parejas de amigos que tenían y que solían visitar, una vivía en Chía y la otra por los lados de Usaquén. La voz del niño fue el único diapasón erguido sobre la mudez de la pareja. Al pasar junto al señor de los globos de helio el bebé los hizo detenerse. Después Clemencia caminó sola con él. En la otra manita del niño estaba el globo, tieso en la punta del hilo, mecido a veces por el viento. Hernando llenó su silencio mirando a los demás paseantes, los prados, las fuentes.

Luego del medio día el cielo se encapotó de repente y sopló un viento frío. Ellos y los demás del parque apresuraron sus pasos buscando llegar rápido a la calle, o a lo mejor resguardarse bajo algo. Hernando levantó al niño. El viento se hizo más fuerte y se llevó el globo de las manos del niño. El globo ascendió a jalones, a veces parecía detenerse y después volvía a alejarse más. A la mirada de asombro y susto del niño siguió un llanto a mocos, y ya el señor de los globos estaba muy lejos de ellos, o se habría retirado del parque también. Un mimo insistía con sus movimientos de fondo marino ante un anciano y un muchacho en muletas, y el bebé a veces miraba hacia el cielo. Era cuando reanudaba su llanto.

Tomaron una buseta. En la 48 se bajaron. Calmando al niño, corriendo con sus cabezas agachadas porque ya la lluvia se había descargado, llegaron al apartamento. Ni Pluto en la televisión ni la historia que Clemencia le contó pudieron calmar al niño. Entonces la doméstica lo puso en sus piernas. Luego de mirar y señalar al cielo desde la ventana de la sala, el niño acabó por quedarse dormido.
Escampó pero el día continuó gris. Hernando estuvo en su estudio acomodando libros, le dio por organizarlos en orden alfabético de autor. Clemencia permaneció en la sala con una novela de Moravia. Quiso acabarla de una sola sentada, pero la invitación de Hernando a ir a cine no la dejó. Hernando habló de los nombres del director y los protagonistas, fue cuando ella dobló la punta de una hoja y cerró el libro.

Clemencia fue a vestirse y Hernando se sentó en el sofá a esperarla. Cuando empezaba una segunda canción de Pablo Milanés en el equipo, Hernando vio entrar a Clemencia al baño. Se había puesto el traje marrón de shantung. La vez que ella se lo había estrenado fueron a un restaurante de la Pepe Sierra. El vino se le había chorreado a Hernando en el pantalón y ella había reído, fue una risa esplendorosa, entre inocente y coqueta. Aquel vestido, por primera vez en el cuerpo de ella había aderezado esa risa de un aire nuevo, como si la risa también fuera estrenada. Hernando recordó que no había vuelto a verla reír de esa forma y se dedicó a esperarla y a pensar en cosas de la oficina.

Clemencia salió del baño y fue a la alcoba. Después fue a la sala, ataviada de un buzo verde claro y con el bolso al hombro.

–Salimos –dijo ella.

–Perfecto –apagó el equipo de sonido y fue a ponerse una chaqueta. Antes de salir Clemencia le repitió a la mucama lo que debía hacer con el nené cuando se despertara. Cada que salían a la calle repetía las mismas instrucciones. Siempre quería estar segura del cuidado con el niño, y la seguridad la hallaba de esa manera.

Fueron al Palermo, era una película de una pareja joven y similar a ellos. Dos seres, hastiados por la rutina de sus vidas, terminaban por separarse luego de que ambos vivieran situaciones cargadas de aventuras tristes y alegres, pero más alegres que tristes. La trama era sencilla: felicidad matrimonial, aparición de los celos con sus desesperos, las aventuras de cada uno de ellos, y luego el divorcio. A Clemencia y a Hernando les impresionó mucho el final, sobre todo la escena con que se acababa la película. La mujer se quedaba sola, sentada en una banca, con la vista frente a unos árboles en otoño y el poniente en la parte superior de la pantalla. A partir de una toma lenta sobre el perfil de la mujer, explorándole cada ángulo facial, la cámara se había retirado despaciosa hasta abarcar la escena completa: ella, los árboles, el sol cayendo, y en el medio, al fondo, el hombre que se alejaba sobre un pavimento muy cargado de hojas tostadas. La música, que se apagaba a medida que la cámara ganaba más imagen, había estado a cuenta de un violonchelo. Luego vino el silencio absoluto en la pantalla mientras pasaban los créditos, el mismo silencio que se extendió hasta la platea del teatro, roto después por el ruido de la gente al levantarse de las sillas y dirigirse a la salida. Afuera la noche estaba muy helada. Algunos que salían del teatro se frotaban las manos, otros se ajustaban chaquetas y abrigos, se cruzaban las bufandas. Había llovido de nuevo.

Clemencia y Hernando caminaron sin hablarse, aunque él tenía un brazo sobre los hombros de ella. Doblaron por la 46 y la calle ahora estaba muy sola. En la Séptima los autos no eran muchos, uno que otro rodar de un par de luces enterradas en la noche. Los edificios eran moles húmedas y heladas que se continuaban unas a otras, formando una espina de concreto lavada por la lluvia y la noche.

Ya en la 48 Clemencia fue quien terminó por hablar. Dijo algo de una escena de la película y su relación con la del final. Hernando le respondió con un movimiento de cabeza, como de afirmación. Ella insistió en hablar, ahora comentando algo del niño, de aquel domingo de él con el globo perdido, de su llanto. Hernando la oía pero estaba aplicado a recordar el final de la película, a recordar la última imagen, con ese violonchelo que se apagaba lento, que se volvía silencio. Hernando hizo una sonrisa pero no salió de sus pensamientos.

En silencio llegaron al edificio, sueltos subieron las gradas. El taconeo de ellos en las baldosa parecía existir en otro espacio. Tan pronto entraron al apartamento Clemencia preguntó por el niño. Hernando fue a sentarse en el comedor. El televisor estaba encendido pero él no lo escuchaba, ahora su humanidad estaba concentrada en mirar el helecho del rincón de la sala. Lo veía muy débil y de nuevo pensó en la película. Comieron callados. Clemencia terminó y volvió a preguntarle a la doméstica por el nené. La muchacha le dijo que él había estado correteando mucho y que cuando estuvo tres veces en la ventana, entre pucheros había mirado y señalado al cielo.

–No hace mucho que se durmió –agregó.

La mucama también había estado con el niño junto a la chimenea, hasta que el calor de los leños y las historias cantadas terminaron por dormirlo. Clemencia estaba agradecida por la labor de la muchacha, además porque había preparado la chimenea para ellos. Se fruncía en deseos por el fuego, quería estar junto a la chimenea, dársele toda.

La muchacha recogió platos y luego estuvo frente al televisor. La luz y el ronco ruido del aparato desaparecieron cuando ella fue a acostarse. Hernando y Clemencia quedaron solos, muy callados, como si cada uno existiera allí sin la presencia del otro, como si ese espacio fuera el suyo y al mismo tiempo tampoco.
Clemencia preparó café. La taza de Hernando la dejó en la mesa del comedor, ella fue con la suya a sentarse frente al fuego. Con el periódico en una mano Hernando espulgó algunas ramas del helecho, recogió su taza de café y fue a la chimenea. Tomándose el café estiraron sus piernas muy cerca de los leños. Ambos volvían a recordar la película, pero no hablaban de ella.

Hablaron del helecho de la sala. Hernando dijo de echarle un fertilizante y cambiarlo de sitio. Hablaron del niño, de las travesuras que había hecho el viernes en la guardería. Hablaron del llanto por la pérdida del globo y la conversación empezó a acabarse lentamente. Las palabras morían en el fragor de la chimenea sin siquiera detenerse en los oídos. Clemencia retomó la novela de Moravia, todavía le quedaban dos horas de domingo antes de irse a dormir. Fue a la hoja doblada en la punta, leyó un párrafo arriba de donde había suspendido la lectura y a su memoria regresó la película, esa escena final. Sus ojos siguieron una a una las palabras del libro, pero su mente insistía en la escena final de la película. Hernando se puso los lentes, buscó la página internacional del periódico. Leyó cualquier noticia, mientras volvía a pensar en la película.

Como seres en fotografía están quietos junto al fuego. Dentro del apartamento palpita un silencio apenas roto por el chisporroteo de los leños, por espaciados y lejanos ruidos de la calle que se filtran por la ventana. Están callados, recuerdan la película y el silencio entre ellos es mayor que la fatiga del domingo que desde la hora del desayuno se había dejado sentir. Las nubes del silencio cada vez son más espesas, y se posan una sobre otra para formar paños como de algodón prensado en las superficies del apartamento, en los cuerpos de ellos. Hernando y Clemencia, en vilo por el creciente silencio, parecen que estuvieran entrando al sueño de un sordomudo, entornando pesadamente cada cortina del aire de aquellos sueños, llegando a unos espacios en que las cosas ocurren en un tiempo que parece no ser tiempo, pero que suceden. Es el silencio de ellos.

Hernando recuerda el final de la película. Sus ojos están detenidos en una foto del periódico que celebra una proeza espacial y su mente repta en la última imagen de la cinta. Recuerda el juego de la cámara con el rostro de la mujer. Ella tenía una boca muy sensual y junto a las puntas ya se pronunciaban los surcos nasolabiales. En la escena la mujer había hecho un leve gesto que tras de sí llevaba un intento de sonrisa. La escena toda había abarcado la pantalla, y es ahí cuando Hernando recuerda que hubo otro movimiento muy breve en los ojos de la mujer, como si los dirigiera hacia el hombre que se alejaba.

El silencio es una goma helada que envuelve los cuerpos. Ahora el silencio nada en el aire, se mueve sin hacer ruido entre los objetos, se arrastra descalzo en el piso. Es una esponja que absorbe todo, una jalea glacial que tapiza las cosas. El silencio ya es ese caminar callado como desde el fondo del tiempo que ellos están viviendo frente a la chimenea, sin hablarse. Sus lenguas duermen de nuevo en la tregua del silencio, mientras arriba las dos memorias están en el final de la película. El silencio ya es sustancia gris, ya es un pozo de mercurio, ya es escarcha sobre las pieles, como si un mildiu les germinara. Es el silencio de ellos.

Aunque su pensamiento insiste en el bebé, Clemencia piensa en la película, en aquella escena final. Las imágenes se le mezclan con la del niño jugando, del niño preguntando, del niño durmiendo, del niño llorando por la pérdida del globo. El final de la película está en las manos de la memoria de Clemencia: los árboles escasos de hojas, el poniente atravesado de ramas, la mujer de terno beige, sentada muy quieta en la banca, la perspectiva por la que asciende el hombre. El bebé aparece por última vez en su pensamiento cuando al recuerdo se añade la música del violonchelo. Entonces el silencio del apartamento, el de ella, es esa música callada en sus oídos. El recuerdo de la escena queda suspendido a la imagen del hombre caminando. Clemencia había notado que, tal vez un segundo antes de aparecer los créditos de la película, el hombre había girado la cabeza, como queriendo mirar a la mujer, pero sin detener su caminar.

No se miran. Clemencia continúa con sus ojos en la chimenea y Hernando con los suyos en el periódico. Las cuerdas del silencio enrollan las cosas, amortajan los cuerpos. El silencio es una estela gruesa de metal blando que ciñe cada milímetro de sus pieles, en sus cuellos es casi fuerza de acero. Hernando y Clemencia piensan en el final de la película, en los movimientos que vieron en los dos personajes. Pero la película se había terminado con la última imagen casi quieta. El hombre caminaba con la cabeza al frente, alcanzando planos que en la cámara ya se hacían borrosos. La mujer miraba unos árboles al lado derecho de la pantalla. Ninguno intentaba mirar al otro. Luego había venido el silencio con la agonía del violonchelo, el mismo silencio de Hernando y Clemencia en la calle y bajo la noche helada, el del apartamento ahora, el de los dos en la chimenea. Ese que es el silencio de ellos.

José Cardona López (foto) (Título completo del cuento ‘Globo, domingo, silencio y ellos’)

 

‘La muerte del filósofo’ de José Luis Garcés

jose luis garces gonzález(“Filosofar es ejercitarse para oír”. Sócrates)

El profesor y filósofo Alejandro Barquini había elegido la soledad por temperamento. O la soledad lo había elegido a él. Se sentía cómodo en su enorme caserón. No toleraba un ruido innecesario. No aceptaba visitas cuando estaba leyendo o llamadas telefónicas cuando se dedicaba a corregir sus conferencias. Aunque sus ojos tras los lentes se achicaban cada vez más, pasaba largas horas de la noche sentado a su escritorio lleno de papeles en desorden y de libros entreabiertos y subrayados con líneas temblorosas de varios colores.

Alejandro Barquini había sentido el amor pero jamás había querido comprometerse con mujer alguna. La palabra matrimonio tenía para él escaso significado. En sus clases, escuchadas con verdadera pasión por sus discípulos, había encontrado decenas de mujeres que lo observaban con un interés especial. Él también las miraba y notaba en muchas de ellas la belleza inicial y fresca, o la sensualidad que comenzaba en los ojos y se estrellaba en las caderas. Algunas intentaban ciertas libertades; pero a esas les adquiría fastidio, algo que él disimulaba a la perfección. Sin embargo, en diez años, con dos de ellas tuvo algún tipo de relación erótica. Con Francesca, rubia amortiguada y ojos de cielo, bebió cerveza durante dos días y luego la llevó a su apartamento. La muchacha, metida en alcohol, resultó ser una tigra para el sexo y sus aullidos. Incansable, vociferante, imaginativa. Francesca agotó la capacidad amatoria del filósofo y le propuso dos o tres osadías. Después de esa fiesta de la carne, en donde el cuerpo armonioso de ella contrastaba con el abdomen prominente del profesor y pensador, la muchacha quiso capturarlo con todos los ardides de mujer. El filósofo, decente pero decidido, la rehuyó. Nunca más volvió a la cama con ella, desatendiendo las exaltaciones y sugerencias envidiosas que más de un estudiante le formulaba. Para él, ella fue una buena amiga. Para ella, ese filósofo barbón, gafudo y barrigón, era el desastre que hubiera deseado evitar en su vida. Lo lloró durante un mes, todos los fines de semana, cuando se enjaranaba con sus amigos de la universidad. Luego, lo maldijo y pidió que la justicia universal le castigara su desprecio. Dorothy (o “Dorotea, la que friega en la batea”, como la llamaba él para dañarle la paciencia) lo creyó sabio en los asuntos del amor y se dejó llevar por su río; dejó que él la orientara, le propusiera, la poseyera. Y él, por su parte, esperó que ella, que era una morenaza de unas caderas pecadoras, tomara su iniciativa y le metiera entre sus lacios y escasos cabellos los dedos de la ternura. En ese forcejeo silencioso se mantuvieron varios meses. Hasta que el alcohol, que a veces trabaja para el amor y a veces lo perturba, los condujo a la confianza. Se amaron en un motel de las afueras de la ciudad. Ella esperó más de él; y él esperó más de ella. Sin embargo, oralmente, se declararon satisfechos. Tres veces reincidieron. Y en cada ocasión el viejo filósofo comprobó, un poco para su dolor, que un cuerpo despampanante y provocativo no asegura de por sí una relación sexual maravillosa, y se atrevió a pensar que lo que da en carne opulenta la vida lo quita en frenesí y emoción. En fin, la ley del equilibrio; una cosa iba por la otra. Sin acuerdo previo, se distanciaron, hasta que feneció la pasión y el sentimiento.

Semanas después se encontraron y se saludaron como dos remotos amigos. Esas dos experiencias (al menos las más conocidas por habérselas contado a Eduardo R., su amigo de verdad), lo condujeron a la conclusión racionalista de que necesitaba una mujer fija. Pensó en Fabiola, su antigua alumna, en ese entonces profesora de una universidad privada en la ciudad. Fabiola desde años atrás había pensado en el filósofo, pero lo percibía un ser inaccesible, interesado sobremanera en Enmanuel Kant y en Thomas Mann. En esa época habían intercambiado miradas y uno que otro piropo. Como la vida tiene, al parecer, extrañas coincidencias, un viernes al atardecer ella decidió llamarlo para invitarlo a su casa a cenar unos espaguetis con verduras, plato que según había oído decir le gustaba mucho al profesor. Él se sorprendió: ¿Fabiola llamándolo en los días en que él estaba pensándola con intensidad? ¿Acaso la había llamado con el pensamiento? ¿Tiene tanto poder el pensamiento? Cenaron el sábado. Fabiola quiso encender los candelabros, pero él no se lo permitió. Lo que sí le aceptó fue la música hindú que ella puso a sonar en un viejo tocadiscos. Fabiola, quizá premeditadamente, movió su cuerpo durante varios segundos al compás de unas agudas notas de flauta. El viejo filósofo vio un cuerpo que se acercaba a la madurez, que tenía muslos fuertes, nalgas llenas, ojos seductores, pómulos afilados pero senos escasos. Ese gesto de la mujer lo convenció. Ella, al parecer, también estaba deseando la relación. La confianza que les dio el vino le permitió a Fabiola estamparle, entre charla y broma, un beso en la mejilla y hacerle una caricia en la chivera. La despedida de esa noche fue el comienzo de una etapa distinta en la vida de ambos. En los dos meses siguientes hubo tres invitaciones recíprocas. En la última, él le dijo antes de retirarse: “yo la quiero a usted”. Así, sin más arandelas, casi seco, pues ya habían consumido cualquier prólogo. La próxima semana ella se instaló en la casa de él. En la universidad, la noticia fue un verdadero hilo de pólvora. Las opiniones se dividieron. La mayoría de las mujeres estuvo de acuerdo con la relación: ya era hora, dijeron. Los hombres la creyeron inconveniente para el ritmo de vida del filósofo; quizá ella no le soportaría sus caprichos y sus insomnios, comentaron. No obstante, ese matrimonio por la libre parecía marchar a pedir de boca. El profesor rejuveneció y fue más cuidadoso de su aspecto externo y, ahora sí, mostraba lavadas y planchadas sus ropas. Fabiola se tornó más exuberante y, aunque ya bordeaba los treinta años, su rostro adquirió una nueva luz y su piel fue más tersa. Cuando sus estudiantes lo molestaban al señalarle su resurrección, el filósofo, medio jocoso, les respondía con un pensamiento de Voltaire: “Ay, señores. El placer nos concede de inmediato lo que la sabiduría sólo promete”, y extrañamente, él tan sobrio, se reía a carcajadas. En ese semestre dictó un seminario sobre “El Amor en el Renacimiento”, que fue seguido con pasión por todos sus discípulos y por estudiantes de otras universidades que pidieron y obtuvieron el acceso a tan importante curso. En ese seminario se destacó Benjamín Striffler, un estudiante que lo seguía desde años atrás y lo llamaba, con humildad, “Mi Maestro”. Striffler, debe decirse, era alto, tirando a rubio, de facciones bien formadas, mirada profunda, y lo rodeaba cierto silencio que para algunos jóvenes no era más que pedantería pero que para las mujeres era un toque misterioso e interesante. La importancia y el éxito del seminario fueron tan contundentes que a partir de ese hecho se instaló los sábados por la tarde una tertulia en la casa del filósofo. Allí se discutían hasta la madrugada todos los temas con la mayor libertad posible. Striffler, prestando a los franceses, le puso el nombre de Tertulia Prohibido Prohibir. Fue tanta la dedicación de Benjamín Striffler, que él se erigió en coordinador de las reuniones, lo cual le permitió entrar a la casa, revisar la biblioteca del filósofo, imponer temas, seleccionar asistentes, hasta ordenar qué se consumiría de pasabocas. La relación con el maestro no dejaba nada que desear, y el viejo filósofo se sentía satisfecho de haberle otorgado la confianza a ese joven de tanta rectitud y de tantas perspectivas. Fabiola, por su parte, se sentía contenta con la presencia reiterada del discípulo y cuando no aparecía por su casa, notaba con extrañeza la ausencia del joven. Striffler, pues, fue ganando puntos y ocupando espacios, y convirtiéndose en un ser indispensable en ese hogar que ya empezaba a llamar la atención de los círculos universitarios e intelectuales de la ciudad. Cualquier día el filósofo empezó a temer de la juventud de Benjamín Striffler. Creyó ver en Fabiola una velada preferencia a la hora de repartir la comida, o un exagerado interés por la conversación del joven. Se preguntó el filósofo si serían celos los que experimentaba. Pero se dijo a sí mismo que ese sentimiento de inferioridad no podía tener albergue en su espíritu. Rectificó sus pensamientos y se encaminó, con persistencia, hacia una nueva interpretación de los filósofos presocráticos. Se le dio, entonces, por establecer una relación entre Heráclito y Nietzsche. Si la verdad es dicha, Benjamín había puesto los ojos en Fabiola. Más que la compañera escogida por su maestro amado, la veía como una mujer sensual, tierna, amable, quizá despilfarrada en los menesteres del cuerpo. Pero, a la vez, temía. No le parecía posible jugarle una mala pasada a su ductor. Sería incorrecto de su parte. En una palabra: antiético. Pero Fabiola estaba más allá de cualquier norma, ningún juicio de valor podía impedir su deslumbrante belleza. No planteó una seducción expresa. Dejó que el tiempo transcurriera. Y el tiempo jugó a su favor. Fabiola, viendo que Benjamín se mostraba indiferente, comenzó a desesperarse. ¿Acaso no le gustaba? ¿Y esas miradas que le había detectado cuando ella pasaba o le solicitaba la ubicación de un libro? ¿Sus ojos eran una farsa? En esos momentos el viejo profesor no tuvo dudas. Algo empezaba a desmembrarse en Fabiola. No había cambiado su talante. Era solícita, detallista, atenta. Pero para la percepción aguzada del filósofo, cierta atmósfera de distanciamiento se estaba formando entre los dos. Tal vez lo más notorio estaba en la conversación. Ya no hablaban con la intensidad de antes. Ya ella no lo escuchaba con la dedicación de otrora. Casi no le formulaba preguntas, ni planteaba las dudas académicas que la agobiaban. Decía pasar con mucho sueño, y mientras él se dedicaba horas enteras a escudriñar su enorme biblioteca, ella cerraba las cortinas y se iba a la cama, no a esperarlo a él, como al principio, pues ya el sexo era brasa apaciguada, sino a eludirlo a él, a convivir con otros recuerdos. En un instante pensó en hablar con Benjamín, echarlo de su casa y acabar la tertulia. Pero pronto supo que sería más ridículo que estúpido. En otra ocasión quiso hablar con ella, decirle que lo había captado todo y que le comprendía su simpatía por Benjamín. Burlarse de la burla. Anticiparse a la traición. Pero no, ¿qué ganaría, además de una negativa rotunda? La pondría sobre aviso y las pesquisas y observaciones carecerían de sentido, ya no serían sorpresa. Y, lo peor, su imagen frente a ella se deterioraría sino quedaba vuelta añicos. Aceptó que eso último era un pensamiento tonto y vanidoso, pero se dijo que nadie podía excluirlo de debilidades o petulancias: su comprobación de que era humano, simplemente humano. No cometería sandeces. Al desamor que se iniciaba no le agregaría torpezas. Sostuvo el viejo profesor (y Eduardo R. da fe y testimonio de ello) que Fabiola entró en un absoluto estado de desesperación. La atacó el insomnio. Una rara sudoración le afectó las manos. Le escaseó el apetito. Incumplió clases en la universidad privada con la excusa de un fuerte dolor de cabeza. De la mujer bella y plena comenzó a tener un rostro con ojeras y un cutis pálido. Sin objeción: extrañaba a Benjamín. El viejo profesor la sorprendió leyendo, en la cama, El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer, autor que no era de su predilección. Analizando las cosas y viendo que se acercaba noviembre, el filósofo se ofreció para dictar en una universidad de la costa caribe un seminario sobre La montaña mágica, tema que, además de gustarle, manejaba a la perfección. Eso de hacerse invitar le parecía detestable, pero tuvo que acudir a ese método, que no era su método, para escapar de la casa, tomar distancia y meditar con cabeza fría. Cuando se lo comunicó, Fabiola lo miró con complacencia y le deseó la mejor de las suertes. Como el viaje era al otro día, esa noche le ordenó la maleta, le guardó los libros y le metió en la cartera dos tarjetas de crédito; cenaron juntos y él estuvo contento. Hablaron trivialidades y se acostaron después de las once. Él, extrañamente, se durmió primero. Ella padeció su falta de sueño y pudo detallar todo el trayecto que hizo la luna que se veía desde su ventana. Sólo los pájaros del amanecer la hicieron dormir levemente. Como era de esperarse, el seminario fue concluido a satisfacción total. El rector, en persona, le propuso que se vinculara de tiempo completo a la universidad, en donde tendría todas las garantías para estudiar, traducir y escribir, con un horario que se lo estipularía el mismo profesor y con secretaria, comunicaciones, residencia, viáticos y alimentación que asumiría el Alma Mater, además de un sueldo jugoso y de unas primas fijas que engrosarían atractivamente el estipendio mensual. El viejo profesor pidió tiempo para pensar la respuesta. ¿Qué iba a hacer con tantas comodidades, con tantas prebendas? Con cierta risita irónica recordó los versos de Shakespeare: “¿Oro precioso, rojo, fascinante? Con él se torna blanco el negro y el feo hermoso, virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… ¡Oh, dioses! ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh dioses?” Acabado su trabajo, decidió hacer una gira por la costa caribe. Anduvo por caseríos y municipios, por corregimientos olvidados y por veredas donde sólo se entraba a lomo de mulo. Durmió a la orilla del mar en hamacas, en trojas, en esteras, en camas de viento. Fingió ser un caminante anónimo y durante dos semanas intentó ser feliz. Tres días antes de retornar le envió un telegrama a Fabiola. No quería encontrar sorpresas desagradables. Rompiendo la costumbre regresó en avión. Un airecito de alegría lo estimuló cuando el auto que lo llevaba tomó la última curva antes de llegar a la casa. El carro pitó pero nadie salió a abrir el portón circundado de enredaderas y parásitas. Él mismo bajó la maleta y la caja con artesanías, que ya tenía los costados rotos. Era la hora del crepúsculo y la casa se le antojó enorme, demasiado gris, demasiado espacio para tan poca gente. La puerta de entrada a la sala la encontró sin seguro. Sin embargo, la luz del pasillo estaba encendida. Los muebles, especialmente las butacas, le parecieron personas gordas, agazapadas en el silencio. Vio muy oscuras las cretonas que tapaban los grandes ventanales. Cuando colocó la maleta encima de la mesa de centro, la consola de la izquierda, que guardaba la loza, los cubiertos y demás utilerías, crujió. “Caramba, se dijo el viejo profesor, la madera saludándome”. Tanteando en la pared encontró y encendió el sistema de alumbrado conjunto. Pareció que un sol rabioso hubiera entrado a la casa. Una leve capa de polvo cubría los brazos del mobiliario. Miró a su alrededor y los ojos del autorretrato de Picasso chocaron desde la pared con sus ojos. Los del malagueño, grandes, directos, tirados a la expectativa; los de él, chiquitos, enrojecidos, protegidos por los gruesos vidrios de sus gafas de miope. Nadie, a excepción de la madera, lo había escuchado. Fue a la habitación y todo estaba en supremo orden. “Demasiado orden, sospechoso”, pensó y sonrió. Encima de la luna del espejo, pegados, se hallaban, una al lado de la otra, dos esquelas rosadas. Estaban escritas con marcador rojo: “Perdóname. Fabiola”, decía una; “Maestro, compréndame. B. Striffler”, decía la otra. El viejo filósofo sintió que le habían dado un terrible golpe en el mentón. Se fue hacia atrás y tuvo que agarrarse en el manubrio de una de las gavetas del mueble caoba para no caer. Luego, más reposado, se miró al espejo. Se vio rechoncho, despelucado y pálido. Trató de recomponerse. Esa huida era previsible. Debía darse. Era el final que se merecía esta ficción. No debía alarmarse. Él mismo había alimentado el cuervo. Y si no hubiera sido con éste, hubiera sido con otro. Quizá lo que lo lastimaba era la prontitud con que se habían producido los hechos. Él mismo, un poco alcahueta, se había retirado durante casi un mes para que ellos se encontraran a plenitud y ya encausadas las aguas, calmados un poco los ímpetus, la ruptura se produjera con mayor prudencia. Pero se había equivocado. Su ausencia desequilibró la pasión y desbocó los ríos y ya no hubo calma para esa sed insaciable. El resultado fue el contrario de lo que él esperaba. Se había equivocado dos veces. Con ellos y con su presupuesto teórico. El viejo profesor llamó a su amigo Eduardo R. y le contó lo sucedido. Eduardo R. se irritó y no escatimó adjetivos en contra de la pareja de amantes; fue especialmente colérico contra ella. El filósofo tuvo que calmarlo. Lo había llamado para desahogarse con él, pues tanto dolor por dentro podía hacerlo explotar. Pero, ahora, Eduardo R. estaba más rabioso que él. ¿Tendría razón Eduardo R.? ¿Sería tanta la infamia? Acordaron verse al otro día, en el restaurante vegetariano del Parque de Bolívar. Eduardo R. le preguntó qué iría a hacer esa noche, y el catedrático le dijo que revisaría su biblioteca para buscar un poemario bilingüe de Heinrich Heine. En efecto, después de darse un baño con agua tibia, y luego de revisar lentamente la amplia casa, recordando sitios y evocando palabras, el viejo filósofo se encaminó a su biblioteca. Aunque nunca supo por dónde se filtraba, siempre había una película de polvo. Por ello, armado de una panola empezó a limpiar el mueble que correspondía a las enciclopedias. Por todos pasó la tela rápido, con ligeros trapazos. Fue cuidadoso con un retrato de Fabiola que encontró recostado en un estante metálico en donde ella sonreía, más melancólica que alegre. Era la foto que más le gustaba a él, pues creía que era la que más se aproximaba a su alma. Y lo seguía creyendo, sin importar su felonía. Sus convicciones no variaban, así cambiaran sus sentimientos. Miró, sopesó, olió, ojeó muchos libros. Estar al lado de los libros era para el viejo filósofo toda una felicidad y a veces sentía una sana envidia de los escritores que habían escrito libros tan importantes. Ese cuarto era limpio, más ancho que largo, con un cielo raso que sobrepasaba los cuatro metros de alto, y lo había caminado en miles de oportunidades. Algunos estantes tenían siete entrepaños, otros tenían diez. La medianoche lo encontró buscando el poemario antológico de Heine. Aunque sintió un extraño calor en la nuca, no se inquietó. El libro estaba en la biblioteca. Ya lo hallaría. Aunque no tenía sed fue a la cocina y bebió agua. Al regreso recordó que el libro debía estar en la sección de los que le envió, por canje, un amigo de España. Esos que con justo lujo estaban impresos en papel de arroz. Delgados, translúcidos, letra nítida, las mayúsculas de punto aparte en una itálica enorme. Se encaminó hacia allá, agarró la escalera y la abrió. Montó dos escalones y empezó a buscar. Agudizó la vista porque allí la luz se opacaba un poco. Se ajustó las gafas para ver mejor. De pronto el mundo se le volvió oscuro y chillante y sintió una pedrada en pleno corazón. Con desesperación se agarró de las barandas principales de la biblioteca, ésta se balanceó varias veces y de súbito se le vino encima. El viejo profesor manoteó en el aire como quien chapotea en el mar tratando de no ahogarse. Fue inútil. No podía encontrar asidero. El filósofo se estrelló contra el piso; encima le cayeron cientos de libros, que lo único que le dejaron libre fue una abertura por donde asomaba la fijeza de sus ojos azules. Así lo encontró Eduardo R., cuando al ver que el profesor no llegaba a la cita que tenían en el restaurante vegetariano, decidió ir a su casa y, asistido de un mal presentimiento, tuvo que volarse la paredilla cubierta de enredaderas y romper el vidrio de la puerta del patio para acceder a la biblioteca. Eduardo R. titubeó frente a la pila de libros, y en una ráfaga de atrevimiento llegó a creer que el profesor volvería a viajar o estaría seleccionando libros para hacer cualquier noche una quema de textos inservibles. Pero sólo bastó con que extendiera la mirada un poco más para que se topara con los ojos abiertos del filósofo. La noticia de la muerte del profesor Barquini se esparció por toda la ciudad. En la universidad el revuelo fue total. Los dos periódicos de la tarde sacaron la noticia acompañada de fotos y de algunas entrevistas a varios de sus ex alumnos. El ataúd fue llevado al paraninfo de la casa de estudios y durante toda la noche y a la mañana siguiente el desfile fue interminable. Profesores, trabajadores, estudiantes, periodistas, delegaciones de otras universidades y curiosos que querían ver el cadáver de ese exótico profesor que, aún vivo, ya estaba incluido en la leyenda. Hubo los consabidos discursos de elogio, el Consejo Superior suscribió un decreto de honor exaltando la vida del filósofo Alejandro Barquini. Después de medianoche hubo música de guitarra, y, como gesto particular, un muchacho medio borracho interrumpía a cada rato con un agudo sonido que sacaba de una trompeta descascarada que cargaba debajo del brazo izquierdo y que no quiso prestar a nadie. Una muchacha gorda y de gafas espesas leyó algunos poemas del libro bilingüe de Heinrich Heine. En verdad el acto parecía más una fiesta que una velación. A su entierro, en la tarde siguiente, vino un hijo, ya adulto, que había engendrado treinta años atrás y con el cual no tenía casi comunicación. También asistieron, camuflados entre la multitud y usando gafas oscuras, bastante desencajados, viendo todo desde la distancia, su antigua mujer y su antiguo discípulo.

José Luis Garcés González (foto)

‘Mis contrafobias’ de Juan Manuel Roca

JuanManuelRoca_fotoporGianmarcoFarfanCerdanSólo por aceptar el reto de una bella mujer que me dice que nada me gusta, me animo a registrar estas amorosas intimidades, estos guiños auto-referenciales que por lo regular evito porque es como sacar a pasear las vísceras en carretilla y porque huyo de los sentimentalismos como un vampiro lo hace de la luz.

Estoy hecho de filias y de fobias, aunque el aspecto fóbico sea el que por momentos gobierne de manera dominante mis neurosis. Por hoy le he tomado una repentina fobia a mis fobias, para poder hablar un poco de mis filias. La palabra filia viene del griego y significa “yo amo”.

Entendido así, son muchos los yo amo que puedo conjugar sin que en oposición se alboroten del todo mis resabiadas fobias. Resulta difícil amar algo, o a alguien, sin que no haya un rechazo a otros algos y a otros algunos.

Hay fobias que se truecan en filias. Por ejemplo, cuando alguien apaga, digamos, un disco de Silvio Rodríguez, yo amo más que nunca el silencio. Tengo filias que están habitadas por otras filias, como las muñecas rusas -matrioskas- que guardan adentro otras muñecas.

¡Cómo no amar un blues de James Cotton, cómo diablos no amar a una pantera negra llamada Nina Simone, a Louis Armstrong, a la trágica Billie Holliday, a Robert Johnson que era un brujo del Delta o a esa reina de la noche llamada Big Mama Thorton, y no sentir al mismo tiempo una filia con su mundo y con su raza! ¡Cómo no amar la palabra de George Jackson desde el presidio de “Soledad Brother”!

Cómo no gozar el momento cuando se juntan balón e inteligencia para producir en las tribunas la alegría colectiva. Cómo no amar ese momento de la noche en que cesan los ruidos, para el que hay una hermosa palabra: conticinio.

Toda filia es una suerte de talismán. Mis talismanes, en pugna con mis fobias podrían ser, aunque encuentre sin duda alguna inconcluso y en bosquejo mi listado:

Contra la mediocre poesía, Fernando Pessoa.

Contra la mala novela, Malcolm Lowry.

Contra baratijas musicales, Johan Sebastian Bach.

Contra ira, humor negro.

Contra mal teatro, el sueño.

Contra prepotencia militar, Vietnam.

Contra la verbosidad y el costumbrismo, Juan Rulfo.

Contra Guayasamines y Dalís, pintura.

Contra la servidumbre, Henry David Thoreau.

Contra el canibalismo imperante, Lu Hsun.

Contra “el heroismo profesional” (gracias monsieur Magritte), ironía.

Contra la música militar, Enrique Morente.

Contra los himnos patrios, un bullerengue.

Contra los farragosos, Slawomir Mrozek.

Contra falsos vitalismos, Lao Tse.

Contra los cortesanos, cera en los oídos.

Contra los mediocres, un alud de tomates.

Contra  el neorriquismo de los Gimnasios, agua bendita.

Contra la pereza, lujuria.

Contra el ocio patronal, la ensoñación, el ocio creativo.

Contra esterotipia de poetastro, llamar a Rimbaud con pago revertido.

Contra la peste de la obediencia, Albert Camus.

Contra las vilezas, el bello poema “Fuga de la muerte” de Paul Celan.

Contra la miseria humana, René Char.

Contra feudos, Emiliano Zapata.

Contra la banalidad de Andy Warhol, sopas de verdad.

Contra los fascistas, la estampa de Simone Weil, “la virgen roja”.

Contra la platitud del mundo, Franz Kafka.

Contra los idiotas nacionalismos, la bandera del aire.

Contra el calcáreo realismo, “La cruzada de los niños”.

Contra la solemnidad, una mosca en la nariz del orador.

Contra la religión del dolor en “Sufrida” Khalo, miradas a Tamayo.

Contra los vendedores de humo, gotas de Ambrose Bierce.

Contra falsos lirismos, una pócima de César Vallejo.

Contra los que “borran de la historia que Sócrates bailaba”, un danzón.

Contra enlatados fílmicos, Federico Fellini.

Contra la arrogancia feudataria, Manuel Quintín Lame Chantre.

Contra la publicidad, el amor.

Contra el vacío, “Una velada con monsieur Teste” y el mismo Valery.

Contra el clero, claro, el de Asís que vestía con sedas al leproso.

Contra “Desideratas”, el tango “Cambalache”.

Contra “una pena muy honda”, Héctor Lavoe.

Contra la sacarina y el sentimentalismo, Juan Carlos Onetti.

Contra los traidores y sus manos espinosas, un desprecio sin fondo.

Contra el apartheid, el rock en Wembley dedicado a Nelson Mandela.

Contra el tedio, Vladimir Nabokov.

Contra manierismos, gotas de Essenin, Ritsos y Szymborska, al gusto.

Contra la mansedumbre canina, el tigre de Blake.

Contra la palabra imposible, la palabra “nonsense”.

Contracorriente, el “Manfiesto de los jóvenes iracundos” ingleses.

Contra lo gregario, el “outsider”, figura escasa en nuestro tiempo.

Contra la inmovilidad, “la prosa del transiberiano”.

Contra los Salieris de turno, busca un ángel bajo la tapa de tu piano.

Contra quien cubre con ceniza tu puerta, una puerta en sus cenizas.

Contra el olvido, reanima a la mujer de Lot a mirar el pasado.

Contra los que esconden la serpiente en sus sotanas, racimos de ajo.

Contra la sonrisa del Tartufo, la mueca del incrédulo.

Contra el esperanto del dogma, la palabra duda en todos los idiomas.

Contra las Casandras que te auguran desastres, templar la lira.

Contra racismo, saber que si la luna es blanca, la diginidad es negra.

Contra la palabra sibilina del poder, la palabra “no” escrita en la frente.

Contra la estulticia Goya, contra el estatismo Chagall.

Contra los gestos de arrogancia, un bastonazo de Charlot.

Contra la planicie narrativa, Raymond Carver.

Contra el periodismo barato, Karl Krauss.

Contra la melancolía, pastillas de Apollinaire.

Es imposible no sentir filias con Pessoa, porque en un mismo cuerpo le dio albergue a otras voces, no era un poeta, era un barrio de Lisboa, Lisboa misma. Con el humor negro, porque si Dios tiene humor debe ser de esta severa estirpe, de lo contrario no hubiera creado al hombre. Con el sueño, porque es tan buen teatro que en él podemos ser actores, directores y amotinado público. Filias con el silencio porque es el padre de todo, y si “en el principio fue el verbo”, antes del principio fue el silencio.

El hecho político y militar más grandioso y contundente contra la sevicia tecnológica y el nauseabundo poderío de un imperio que pudo vivir con entusiasmo mi generación, Vietnam, es una filia definitivamente imborrable. Lo mismo hay que decir del tío Ho. Ahora, cuando veo mala pintura en los salones nacionales, tengo un secreto pero público e inmediato talismán: me voy a toda mecha a la Donación Botero y me estaciono un par de horas frente al cuadro de Bacon.

Cada vez que oigo al prepotente arengando en la tribuna, de cualquier signo político, desde el menos populista hasta ese engendro que sigue acá vociferando virulencias y revolcándose en su flagrante mediocridad, regreso al discurso de Chaplin en “El gran dictador”:

“El camino de la vida puede ser libre y bello, pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella”.

Amo a José Barros, a Alejo Durán evocado por María Matilde y a ella misma, amo la vieja trova cubana, a Wilson Choperena cantando “al son de los tambores” y a Luis Carlos Meyer, a Nelson Pinedo llevando a La Habana de manera secreta, como un polizón, los aires de Barranquilla en su cabeza, a Patricia Torres y su risa muy limpia, a “La tejedora de Coronas” y a Germán Espinosa hablando de Ramón del Valle Inclán, amo la noche estrellada en que ya semi-ciego, el minotauro Alejandro Obregón nos condujo a Gustavo Tatis y a mí como un lazarillo de la noche por las callejuelas de Cartagena de Indias. Amo las mangas de La Floresta hechas para el fútbol con el uniforme rojo y azul y para huir después de robar frutas en los pomares.

Amo la receta de aguardiente con cáscaras de limón que me ofrecía Ciro Mendía extendiéndome las alas chamuscadas de ángel en su apartamento del barrio Boston de Medellín.

Amo los paseos por María Pita en La Coruña con Blanca Andreu y su perrito “Kim”, casi tan inteligente como Kipling. Amo el periódico que en mi niñez escribía para un barrio echado a perder mi compañero de juegos Ignacio Ramírez.

Guardo gratitud, que es una forma del amor, por las gentes de la vereda Cañaflechal en Necoclí, que en 1970 y en mi nomadeo de poeta pobre me invitaban a comer arroz con tajadas de plátano y sardinas recién brotadas del mar. Amo la noche habanera que se asoma tumultuosa al balcón de Norberto Codina, con Rodríguez Tosca y Arturo Arango, la noche que se filtra en los vasos de ron y al fondo suena la banda sonora de Carlos Embale o de Sindo Garay.

Amo a Bogotá que esconde su belleza en piel de asno. Y volar sobre el inmenso brócoli que es el Amazonas. Y la risa de Jaime Bateman invitando al futuro. Y a mis hermanos en Venezuela, Gustavo Pereira, Juan Calzadilla, Stefania Mosca, Ramón Palomares, Adriano González León y Vicente Gerbasi. A la muñeca concertista de Armando Reverón que aún escucho tocando su sonata de silencios.

Amo a Simón Rodríguez y a Manuela Sáenz, derrotados por el olvido, pero echando a galopar sobre los Andes la memoria de Bolívar.

Si hiciera el recuento de mis filias, le digo a mi dulce amiga que afirma que no me gusta nada de nada, que la verdad yo necesitaría al menos 3 ejemplares de La sangrada escritura, unos voluminosos libros como los tomos letales de Joan de Castellanos, un hombre que hizo de la escritura un deber, como otros novelistas herederos de los cronistas han hecho del aburrimiento una religión. Necesitaría además unas 5 Biblias, unas mil y una noches y una amplia estantería con los poetas que desde hace mucho me acompañan, convertidos sin su consentimiento en una suerte de prótesis para seguir en el camino.

Sin embargo intento un recuento a medias: amo las noches del campo y las noches urbanas, la voz de Benny Moré a cualquier hora y en cualquier lugar, el mambo de Leonard Bernstein bailado a lo grande en “West Side Story”, el violín de Enrique Jorrín, un porro escuchado al amanecer de Ciénaga de Oro en casa de Pablo Flórez, “Sur”, cantado por el polaco que sabemos, el verde del valle de Cocora y su niebla que es una maestra del desdibujo, la lucidez de escalpelo de Elías Canetti, amo a las muchachas de Quibdó, los boleros de César Portillo de la Luz, amo el olor de los pomares de la infancia y un resplandor en bicicleta: la muchacha de la ciclovía.

Amo el amor a Chicago de Carl Sandburg, las fábricas y los garitos y los barrios fronterizos de esa ciudad de hierro que arroja a sus calles un puñado de voces. Quiero la pasión de los expresionistas alemanes y de sus antepasados románticos, al loco Scardanelli en su torreón de fantasmas y el último momento de Von Kleist y Henrriete Vogel. Quiero las noches condecoradas de estrellas en una esquina de Berlín y a los cuatro gatos borrachos que fueron al sepelio de Modigliani.

También me gusta releer, que es una forma del amor y de la monogamia, el perfil que Gay Talese hizo de Frank Sinatra, un hombre que era una cruza de dios y de gangster, a partir de la idea de un resfrío sufrido por el legendario cantante: “Sinatra resfriado es Picasso sin pinturas”. A Gerard de Nerval, “el tenebroso, el viudo, el desdichado” bajo el sol negro y agonista de la melancolía. A Li Bai y su “secta de los ociosos del bosque de bambués”.

Amo hablar con mis amigos cuando despunta el día. Amo un ritmo bien bailado, la buena risa, un son cubano, las lágrimas de Eros, de nuevo la prosa del transiberiano, la terquedad de Sísifo, la ironía en los poemas de Marin Sorescu, amo las montañas y el paisaje cafetero, amo a México en grandes marejadas de agave, más aún ahora que padece lo que nosotros padecemos, amo con entusiasmo el olor de la hierba recién cortada.

Amo a los olvidados de Comala, el “Gaspar de la noche”, todo Rimbaud que es el único contemporáneo del futuro, quiero a los discrepantes, el “Peine del viento” de Chillida, a Velázquez y Goya, a Alexis Zorba bailando sobre la desgracia, al exultante Fellini y a la triste Gelsomina, a José Guadalupe Posada, el lápiz de Quino que siempre ha estado habitado por el genio de la botella, a Buenaventura Durruti y a Louise Michel, y también, cómo no, buena parte del santoral anarquista, un caballo que brota de la niebla, una buena charla con Guillermo Martínez en su libería “Trilce”, todos los árboles, todos los bosques y los puentes de guadua.

Amo, con vocación de cetáceo las ballenas de Melville y las ballenas de  Toño Cisneros. Amo “el último poema” de Robert Desnos escrito poco antes de morir en un campo de concentración nazi.

Amo el agua, soy hidrólatra por naturaleza.

Amo una ciudad llamada Zacatecas. Y Mompox. Y la Guajira. Y el río Guatapurí. Y el Valle de Cocora y todo el Quindío. Y las montañas, siempre las montañas. Y las letras de Discépolo. Y el piano de  Emiliano Salvador que vió la luz en Puerto Padre, como los teclados de Chick Corea, Thelonius Monk, Keith Jarret, “Fats” Waller, de Art Tatum que según Cocteau era “un Chopin loco”, de Duke Ellington, Jerry Lee Lewis, Chucho Valdés y el piano silenciado de nuestro viejo hermano Joe Madrid. Bueno, y no puedo olvidar a Lino Frías y la furiosa lluvia de sus dedos que invadió con la Sonora Matancera los patios de mi infancia en Medellín.

Amo la noche ya lejana en el White Horse Tabern de un verano en Nueva York, donde bebía y escribía Dylan Thomas. Allí tomé casi la misma andanada de whiskis que él se empacó poco antes de morir. Fue en su honor, y al otro día me sentí como Lázaro regresando desde la tumba a un bosque de leche, solamente para saber que no podía estar solo si me veía en los ojos verde-azulencos de Ángela Millán.

Amo a Aurelio Arturo, a Franz Kafka y a Lolita, a Gogol y a Flaubert, a Ray Bradbury y a Bohumil Hrabal, a José María Arguedas, a George Orwell y a Baudelaire, a Boris Vian y a Villon, amo los ensayos de  Herbert Read, la prosa castigada, certera y libérrima de Rafael Barret, a Kropotkin, un príncipe ácrata que abdicó de su nobleza para convertirse en perseguido, también a su maestro Bakunin, a Lewis Carroll de la estirpe de Kafka, amo la voz pedregosa y los poemas de Gonzalo Rojas, las señales y los garabatos del feroz habitante de sí mismo Héctor Rojas Herazo, amo a mi hermana mayor, Bolivia Roca de Edery, al frágil Max Jacob agonizando en el cobertizo de un campo de concentración, solamente  iluminado por una estrella amarilla y desteñida en la solapa.

Amo a Osip Maldestam y a todos los poetas rusos vapuleados por Joseph Stalin, lo mismo que a los poetas alemanes o franceses vapuleados por Adolfo Hitler, a los judíos, gitanos y armenios masacrados, a los negros linchados en el Sur de los Estados Unidos, a los árabes que tienen en Nizar Kabani a un sirio de Damasco que invita a sus tierras a Godot mientras sueña con una libre Palestina.

Y ni qué decir del amor a primera vista que sentí cuando abrí las “Cartas a Taranta Babú” de Nazim Hikmet, el poeta turco mil y una noches prisionero que nunca le tuvo envidia a nadie, “ni siquiera a Charlot”. Y ya sabemos con José Ingenieros que “quien envidia se considera a sí mismo subalterno”.

Amo al barbero del extraordinario cuento de Hernando Téllez que tiene a su merced a un genocida militar, “Espuma y nada más”. El barbero podía hacerle justicia a su gente y deslizar su barbera por el cuello del vicitimario, pero prefiere afeitarlo con la pulcritud y cortesía de su oficio y no convertirse a su vez en asesino. Amo la dignidad del coronel de Gabriel García Márquez que no usa sombrero para no tener que quitárselo ante nadie.

Amo a Djuna Barnes, Edith Piaf, Helen Keller, Estrella Morente, Toña la Negra, Matilde Díaz, María Luisa Bombal, Marosa di Giorgio, Emma Goldman, María Zambrano, Betina Brentano, Hannah Arendt, Else Lasker Schüller, y su “dolor del mundo”, a todos los sepultados en el cementerio perdido de Spoon River, a Mario Bauzá, Pérez Prado y Machito y con una triste y extraña  dulzura al farmaceuta de “La Farmacia del Ángel” que nos contó las penurias de Occidente.

Amo a los inocentes y por lo tanto peligrosos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, a Joe Hill, el cantor sueco asesinado por el gobierno de Estados Unidos, a Tolstoi y Gandhi, a okupas y objetores de conciencia y, por supuesto, a Errico Malatesta y Antonin Artaud, que solía decír en un gesto absoluta y tremendamente libertario: “soy mi padre, mi madre, mi hijo y yo”.

Amo al borracho de Baltimore, la patafísica o la ciencia de las soluciones imaginarias, a de Chirico, a Jessica Lange, y más aún a Ava Gardner que sigue imperturbable e igual de bella en el Vallarta de “La noche de la iguana” de John Huston, también a Vladimir Holan, a Fayad Jamís, a mi hija Andrea Roca González, su enorme agudeza y su corazon de potro, a Walter Benjamin con quien huyo a cada tanto de los perros fronterizos, a Giacometti y a Paul Klee, a Cioran el aguafiestas, amo los solares y frutales poetas del mundo azteca y una sopa de lima cuchareada entre mis innumerables amigos mexicanos.

Amo el temple y la dignidad de Juan Gelman, el humor repentino de Jorge Boccanera, la blindada fraternidad de Marco Antonio Campos y José Ángel Leyva, al  hombrecito del persistente y retumbante tambor de hojalata, gozo el clarinete de Lucho Bermúdez, la infancia lejana y no contada del caballero libertario don Quijote, la noche antes de que Gregorio Samsa se convirtiera en un monstruoso insecto, la serena voz de mi madre, los poemas de Lucía Estrada y los ensayos sobre artes de Samuel Vásquez, los grabados de Juan Antonio Roda, Augusto Rendón y Antonio Samudio, los timbres que hizo sonar Luis Vidales por los años veintes en una Bogotá de bostezo y campanarios.

Amo la mirada punzante de Doris Salcedo, con gran sigilo a los tigres de Lizalde, los linóleos de Fabián Rendón, la flauta del músico de Hamelin capaz de raptar una legión de ratas (a su paso por Colombia el país político hubiera quedado semi-vacío), amo al sutil y adelantado  poeta de la crónica don Luis Tejada Cano, llevo como un talismán los días en que fraguamos con Iván Darío Álvarez “El diccionario anarquista de emergencia” riendo casi sin parar, lo mismo que su caracterización de Antonin Artaud en un pequeño tablado bogotano.

Amo a mi primo y hermano del que todos los días aprendo algo grande, Carlos Vidales Rivera, la amistad sosegada de Santiago Mutis, amo la mirada escrutadora de un inmenso poeta gitano de paso en Nueva York, amo con furor la extensa e intensa filmografía anarquista, adoro el cine italiano que me hace pensar que no todo fue estupidez en el “septimo arte” y que si existió la banalidad de Hollywood también existió Cinecitta.

Amo “El baile”, ese bello y perturbador filme de Ettore Scola, al prodigioso y fustigante Aimé Césairte y su “Cuaderno de un retorno a mi país natal”, al dolorido Jean Joseph Ravearivelo que un día huyó de sí mismo definitivamente, las voces de Senghor y Seferis, la manera trágica pero risueña que tuvo Kariotakis para salir del mundo, las  poéticas de Anna Ajmátova y Jorge Teillier, los aforismos de Paul Klee, de Lichtenberg y Montaigne, los epigramas feroces de Catulo y de Marcial, al poeta loco, griego y exultante Katzimbalis descrito con amor y humor por Henry Miller en “El coloso de Marusi”, a Miguel Hernández pastoreando nubes, a Giotto pastoreando ovejas, a los grandes líricos africanos y a los no menos líricos y adelantados poetas de Brasil.

Amo la teoría de Jorge Zalamea de que “en poesía no hay países subdesarrollados”, al brujo de Namur Henri Michaux, a todos los poetas briosos e insumisos, amo al memorioso monsieur Jules Michelet cuando exalta a la hechicera, a la “consoladora de la noche” en la larga penumbra feudal y, qué le vamos a hacer, caballeros, a los grandes derrotados, a los grandes olvidados, a los recortados en las fotos de la historia: “perdonen la tristeza”.

Soy un hedonista de las filias que me ayudan a espantar a sombrerazos mis acosadoras fobias y pasiones irredentas, la magnitud insospechada de mi asco.

Juan Manuel Roca (foto) (Bogotá, mayo 1 de 2013. A los mártires de Chicago, amén.)

 

 

‘La seducción de Verónica’ de Márceles Daconte

eduardo marceles daconteRecuerdo que aquella biblioteca era cavernosa. La Sra. Marks, bibliotecaria principal, era una mujer menudita, de grandes ojos que se humedecían con facilidad cuando explicaba algún incidente triste o un percance inesperado. Tenía un hijo que a veces la visitaba en la biblioteca para pedirle dinero. Un día, después de algún tiempo sin venir, apareció con el pelo largo, la barba crecida, y una indumentaria de jipi que a todos causó sorpresa primero, y risa después.

El horario menos apetecido era el de los domingos de 6 a 10 de la noche. La biblioteca permanecía silenciosa, con el zumbido del neón en la inmensidad desierta taladrando los oídos. No había mucho trabajo. Yo me perdía recorriendo los laberintos infinitos de millones de libros, revistas, folletos, microfichas y microfilmes con la fría luz alumbrando los rincones más remotos. En ocasiones me sentaba a leer en una de las mesas cercanas a la oficina en caso de que llegara algún cliente, mientras mis colegas se entretenían conversando entre sí, por teléfono, o discutiendo sobre algún tema de actualidad. Aún en medio del invierno, la atmósfera de la biblioteca era cálida y acogedora.

Fue uno de esos domingos de fastidiosa inactividad cuando entró de repente aquella muchacha menuda, de baja estatura, cabello castaño y ojos almendrados, que solicitó una información con la que yo estaba familiarizado. Se trataba de un trabajo académico sobre sicología infantil. Así que la ayudé a resolver sus inquietudes y empezamos a conversar sobre temas de América Latina y los niños desamparados.

Lo primero que le había llamado la atención ―me dijo después― fue el manejo del idioma español cuando preguntó por mi nacionalidad. Ella era nativa de Puerto Rico aunque su padre había sido un inmigrante húngaro. Tenía una risa fácil y contagiosa, miraba con picardía por encima de unas gafitas de intelectual trotskista y coqueteaba con sus gestos de gata entre tímida y mimosa. De alguna manera, la química entre nosotros empezó a funcionar desde ese momento.

Nos sentamos en una mesa a conversar sobre sus estudios, su tierra lejana y la mía, sus sueños y mis ilusiones. Nos despedimos con un estrechón de manos y se fue agitando su mano con un bye-bye. Antes de salir me había dicho que se llamaba Verónica Magiar, y yo le dije que mi nombre era León Trabuco. Estuve seguro que aquel encuentro no terminaría allí. Pensé en ella toda la semana, pendiente de los clientes que entraban a solicitar nuestros servicios con la esperanza de verla entrar con su sonrisa felina, pero era inútil. Hacia finales de semana, era quizás un sábado, volvió a entrar en la biblioteca. Yo estaba de manera casual atendiendo a otro estudiante que solicitaba una revista especializada que no estaba en su lugar. Ya había veri­ficado en el cárdex que la habíamos recibido a tiempo, así que intentaba comprobar si había sido archivada por error en un lugar diferente.

Cuando Verónica entró, parecía que la biblioteca se había iluminado, dejé por un momento al estudiante que estaba ayudando y me dirigí a ella con una amplia sonrisa y la mano extendida para saludarla. Susurró que terminara de atender a aquel cliente que ella esperaría. Volvió a comentar que necesitaba algunos datos que se encontraban en la Enciclopedia de Educación y la llevé a una sección retirada de la biblioteca donde se encontraban los volúmenes de consulta. Allí encontré la información que ella necesitaba y mientras le entregaba el libro acaricié con disimulo su mano. Ya había observado sus manos bien cuidadas y sedosas de uñas esmaltadas. Sentí un corrientazo al contacto con su piel que me calentó la sangre.

La dejé embebida en su lectura y me fui a esperar los clientes o conversar con mis compañeros. Algunos se entretenían archivando libros en los estantes. Josh, un negro fortacho, enumeraba en el cárdex los periódicos y revistas que se habían recibido ese día. La Sra. Mark hablaba por teléfono con algún mandamás de la biblioteca principal y parecía de mal humor. Cuando Verónica regresó a agradecer mis atenciones, aproveché para pedir su número telefónico. Era el 314-8765 con la extensión 412 de la Residencia Rubin para mujeres estudiantes sobre la Quinta Avenida y la Calle 10.

La llamé esa misma noche desde mi apartamento y tuvimos una larga charla sobre la universidad, mis estudios de América Latina, la situación política de Puerto Rico, sus venturas y desventuras amorosas, y la invité a almorzar en la cafetería del Loeb Student Center al día siguiente. Cuando colgué el teléfono mi mano estaba mojada de sudor, en mi cerebro resonaban su acento caribeño, dulce y melodioso, y miré por la ventana un horizonte de luces que se extendía por la Calle 48 y Octava Avenida hasta el Río Hudson donde las luces de algunos barcos parpadeaban, y más allá relumbraban los bombillos sobre la rivera de New Jersey.

La esperé sentado sobre una banca de Washington Square Park, mirando hacia la puerta del Loeb Student Center, hasta que divisé su figura menuda enfundada en un traje oscuro, su pelo castaño y su cara redonda observándome con su sonrisa gatuna y el índice derecho extendido para señalarme en la distancia. Estaba radiante, yo en cambio me sentía un tanto nervioso, pero también contento de estar con ella. Le di un beso en la mejilla que a Verónica le sorprendió. Quizás no esperaba esa demostración de afecto tan temprano en nuestra relación pero no dijo nada. Solo detecté su sorpresa por el gesto de su cara, y por la intuición que uno desarrolla en estos casos. Empezamos a conversar sobre diferentes temas y después de almorzar la acompañé hasta el Main Building donde ella tenía una clase de sicología infantil.

Aquella noche, estaba preparando una monografía para mi clase de ciencias políticas en el pequeño apartamento donde vivía en el East Village. Era, recuerdo, sobre la militarización del orden político argentino y en ella argumentaba que a través de toda su historia, desde la colonia, pasando por su primera etapa republicana hasta el presente, la fuerza militar había siempre intervenido y la historia de Argentina estaba destinada a sufrir en el futuro una sangrienta represión a medida que aumentaran las acciones revolucionarias de izquierda. Los sucesos subsiguientes vendrían a confirmar mi tesis pero en aquel momento yo estaba más interesado en escuchar a Verónica que ninguna otra cosa. El teléfono timbró y escuché la voz  risueña de ella que llamaba para agradecerme la invitación a almorzar e invitarme a cenar al día siguiente en un pequeño restaurante húngaro que ella conocía.

Hasta allí llegó mi entusiasmo por la militarización de Argentina. Después me puse a soñar despierto sobre mi futuro encuentro con Verónica. Me entretenía pensando que sería maravilloso hacer el amor con ella. Tuve una erección involuntaria, se me pararon los vellos de los brazos y un ligero temblor recorrió mis extremidades. Dormí feliz, y durante mis clases temí que fuera solo una ilusión pero allí estuve esperándola en la puerta del Restaurante Danube a las 7 en punto como ella había indicado. La vi aparecer doblando la esquina con una alegre falda de girasoles que iluminaba la noche. Mientras esperábamos la comida, me contó que su padre, de origen húngaro, había conocido a su mamá puertorriqueña en Nueva York antes de irse a vivir a San Juan por sufrir él de asma, y también porque su mamá nunca se acostumbró al frío invierno del norte.

A los hijos de una pareja así les llaman hungarican, me explicó con su risa caribeña.

La invité a mi apartamento a tomar un coñac después de la comida, y no salí de mi sorpresa cuando aceptó sin condiciones ni melindres. Entramos a mi casa desordenada, con libros abiertos sobre la mesa, papeles arrugados sobre el suelo, calzoncillos guindados en la cuerda del baño y ollas sucias en el fregadero de la cocina. Pero ella no se inmutó, más bien empezó a ayu­darme cuando intuyó que me sentía avergonzado. Puse la música que más escuchaba por aquella época: el jazz brasilero de Sergio Mendes, serví coñac en dos copas barrigonas, nos acomodamos en unos cojines que servían de silla y empezamos a conversar sobre la monografía que ella acababa de terminar y la que yo estaba escribiendo sobre Argentina.

A ella le gustó mi apartamento. Es acogedor y cálido, me dijo con una mirada aprobadora alrededor del lugar. Yo sonreí y le tomé una mano. Le expresé mi admiración por su hermosa mano de uñas relucientes y piel suave. La acerqué a mis labios y la besé con cuidado, pendiente de su reacción. Ella entornó los ojos y respiró de manera audible. Pasé su mano por mi mejilla y besé el antebrazo. Verónica observaba como interrogándome sobre mis intenciones, no decía nada, solo miraba y respiraba cada vez con mayor intensidad. Le miré la palma de la mano y le dije, vas a vivir largo tiempo.

Entonces me aproximé a su cara y besé su boca entreabierta. Fue un beso tierno, delicado, que apenas rozó sus labios, y observé que tenía los ojos cerrados y una actitud expectante. La besé sin miedo, introduciendo mi lengua entre sus dientes, tocando su lengua que chupé hasta que ella también introdujo su lengua en mi boca. Nos abrazamos a la luz de las velas que había encendido y el olor a incienso de pachulí que brotaba de los bastoncillos metidos en la matera del helecho que me regaló la vecina cuando se fue a China.

Desabotoné su blusa de seda con cuidado, sin dejar de mirarla, ella avergonzada, se sonrojaba a medida que iba poniendo a descubierto su pecho, sus ojos entrecerrados, un pecho dorado cubierto de un vello fino que se erizó al contacto con mi mano. Allí estaban sus pezones garbosos como dos uvas maduras de aureola rosada que se ofrecían a un sediento de amor.

Metí mi cabeza entre sus senos y goloso comencé a chupar sus pezones que sentí granulados y apetitosos. Los mordisqueaba mientras fui quitando su blusa hasta desnudar su torso. Ella lanzó la cabeza hacia atrás y con sus ojos cerrados acarició mis cabellos. Entonces procedí a desabrochar su falda. El broche estaba atrás pero no cedía a mis insistentes gestiones hasta que ella vino en mi ayuda. Bajé la cremallera y deslicé su falda hasta que cayó a sus pies.

Estábamos parados en la mitad de la sala, la luz de las velas y la música de jazz eran propicias para el amor. Yo seguí acariciando su cuerpo, cubriendo con mis manos la geografía de su piel hasta que llegué a un delta velloso, y más abajo a sus muslos recios de mujer joven y deportiva. Pasé la palma de mi mano por su pubis sin quitar aun sus bragas y sentí el calor de su pasión surtir a borbotones. Sin contenerme más, desabroché mi cinturón y ella se encargó de bajar mis pantalones mientras yo desabotonaba mi camisa. La ropa se regó por el piso de cualquier manera, en el desorden de nuestra excitación rodamos por el suelo. Verónica se tendió sobre la alfombra con los brazos sobre su cabeza en actitud de abandono y entonces me tendí sobre ella quitándome los calzoncillos a la carrera, sin pensar, solo sintiendo el infinito de penetrarla. Le quité las bragas y bajé hasta sus pies.

Desde allí empecé a besarla centímetro a centímetro, y ella exclamaba ay, ay, así, así, cariñito. Yo estaba mudo. Solo sentía su cuerpo tibio debajo del mío y con un dedo primero, después con dos o tres le acariciaba el clítoris, los muslos, el vientre. Le besaba los senos, subía hasta la boca, le introducía mi lengua y ella me correspondía de igual manera. Con la mano puse mi pene a la entrada de su vagina y sin penetrar del todo giré mi miembro alrededor y la sentí mojada con un fluido espeso y pegajoso que sentí agridulce cuando bajé hasta su pubis para besar e introducir mi lengua entre sus labios vaginales rosados y palpitantes.

Incapaz de resistir aquel beso lujurioso, ella me tiró por las orejas hasta colocar mi pecho sobre sus senos enhiestos, bajó la mano y acarició mi falo. A tientas, colocó el glande sobre su flor escarlata, me abrazó con sus manos sobre mi espalda y empujó hacia abajo. Entonces la penetré de manera gradual, experimentando una sensación de vértigo del que sólo recuerdo una lejana melodía de campanitas de cristal. Cuando recuperé mis sentidos, escuché un suspiro profundo que nunca supe si era de dolor o de placer. Verónica abrió sus ojos para mirarme asombrada, como si de repente hubiese descubierto que estábamos haciendo el amor.

Debajo de mí ella hacia un movimiento giratorio con sus caderas mientras yo subía y bajaba de manera rítmica. Con una mano le acariciaba un seno y con la otra su clítoris, ella jadeaba y yo respiraba en forma profusa, ella lanzó algunos gemidos de satisfacción, y yo le susurraba al oído amor, mujer encantadora, que rico estar contigo. De repente, exclamó un sí, sí y sentí más rápido sus movimientos. Yo tampoco pude contenerme, la penetré buscando sus vísceras hasta que todo se oscureció y al unísono gritamos, nos arañamos y nos besamos hasta quedar exhaustos allí tirados sobre el piso.

El día siguiente nos encontró caminando hacia su dormitorio bajo el alegre sol del mediodía. Antes de ingresar al edificio, la levanté en vilo, ella gritó con una risa nerviosa: ¿qué haces?, pero era tarde y ya estaba sobre mis brazos cuando atravesamos el umbral y la deposité alborozado en medio del vestíbulo, foco de las miradas curiosas de todos los presentes.

Eduardo Márceles Daconte (foto)