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‘El regreso del fotógrafo’ de Víctor López Rache

victor lopez racheNosotros llegamos y los amigos de Manuel José dejaron de admirar la biblioteca y él salió a despedirlos. Antes de 15 minutos debemos estar en La Séptima, permiso; en la Terraza de la Bailarina, explicaron cordiales. Nairét me miraba y yo la miraba a ella, y hubo un breve suspiro y volteé la cabeza y, como si viniera del solar, un hombre asomaba en los estantes del fondo. Pensé que también se iba y fingí sacar mi libreta y ella imaginó que yo estaba inspirado y se alejó a curiosear.

–Espera –le dije y ella no me oyó.

No llegaba a los 30 años y, a paso lento, recortaba los 10 metros que nos separaban. No puede ser, yo balbuceaba. Vestía bluyín y revelaba las señales del sufrimiento que Bogotá le imprime a los habitantes de a pie. Adivinando el motivo de su regreso, rasgué una hoja y anoté: 2853879. Sin decirme una palabra apretó mi teléfono en la mano y retornó a los estantes y, entonces, le vi en el hombro una cámara muy vieja. Manuel venía de cerrar el portón y le dije:

–Es un primo mío. –Sentí correr frío en la frente–. Desapareció hace años. Yo estaba en el colegio y todavía buscaba la mano de papá.

–No te preocupes, hombre, John –me dijo él–, ¿también trajiste los niños?

Quise distraerme bosquejando mis impresiones en la última hoja de la libreta; pero el esfero se varaba, se me cruzaban las ideas, o el primo me miraba de reojo.

–Entonces nos puede narrar diez verdades de la misma comedia –sonriendo, me dijo Manuel. Pero, al verme sorprendido, agregó–: No me lo habías presentado antes, ¿y qué hace?

–Tomaba fotografías rudimentarias. Empezaba a popularizarse la Kodak.

Recordé sus pocas visitas a la casa de La Victoria. Yo corría a abrirle y él me daba dulces y papá lo invitaba a cerveza y él le aceptaba un tinto. Era abstemio, delgado y de ideas distintas a los jóvenes de su edad, decían cuando se iba. Las duras jornadas de la fotografía callejera habían influido en el aspecto de mi primo.

–Después de su desaparición –en voz baja me dijo Manuel– ¿siguió tomando fotografías?

Llevé la mirada hacia el fondo de la biblioteca y estaba mirando los libros de la parte baja; quizá, para ocultar la mirada y algo de la cara.

–Bogotá tiene secretos que sólo pueden develar los que regresan –ante mi silencio, Manuel siguió bajando la voz.

Con mi teléfono en la mano seguía en el estante paralelo al que avanzaba Nairét y podían encontrarse en la vuelta y ella es nerviosa y la edad no le permitía recordar pintas tan pasadas de moda. Aprovechando la distancia de los dos, Manuel continuó:

–Si no me equivoco, hace unos días me tomó una foto en La Séptima. ¿Dónde vive?

–Vivía en algún cuarto de los inquilinatos de La Perseverancia.

–Su cámara lo dice –me interrumpió. Y agregó–: me la tomó el día que celebraron los 25 años de lo del Palacio de Justicia.

Mi imaginación voló décadas atrás.

–En esa época, no recuerdo bien –me limpié el hielo de la frente–. Desde que apareció, me viene fallando la memoria.

Manuel apartó la atención de los simulacros de apuntes que había anotado en mi libreta y observó que mi primo tomaba un libro del estante de la Poesía de Humor. Él ordena los libros por temas, subtemas, y no por las pastas y el tamaño, como yo; o por el aroma, como Nairét.

–¡Ya! –exclamé–. Desapareció cuando el Holocausto del Palacio. Pero los suyos nunca salieron de Vayotá y los campesinos no creen en las desapariciones y nunca averiguaron su suerte.

–Pero creen en las apariciones.

Imágenes remotas empezaron a agitarse en mi memoria. En 1985 yo terminaba primaria y en compañía de papá iba a leer a la Luis Ángel Arango. En las semanas posteriores nos parábamos en el monumento de Bolívar y en voz baja papá hacía comentarios de El Holocausto y yo imaginaba llamas, y en las llamas veía rostros y en el humo oía gritos. Las palomas volaban como cuervos insatisfechos y, a través de la cerca de púas y policías, yo alargaba la mirada y papá susurraba que los milicos les impedían a los investigadores tomar muestras de las cenizas. Yo quería saber por qué y papá me arrastraba de la mano, ¡vamos, gato!, me decía y suspiraba. Eran recuerdos quemantes; pero no podía convertirlos en palabras.

–También pueden estar en varios lugares al mismo tiempo –Manuel afirmó–. Es la principal ventaja de los que regresan.

Me sentí responsable de las acciones de mi primo y la culpa me sobrecogió. Si estaba, ahí, revisando los libros, también iba con los amigos que habían salido cuando nosotros llegamos. En mi ausencia, ingenuo y lenguaraz, podía delatar las torpezas de mi niñez. Me llevaba 14 años y yo le hablaba locuras y él me premiaba con golosinas. Las carcajadas retumbarían en La Terraza y, luego, con metáforas simples les contaría sus misteriosas andanzas; no sólo a pedirme el teléfono había regresado. Me controlé. Si bien mi relación con ellos no era óptima, tampoco era mala, y no estamos en épocas de generar sospechas por la falta de tacto de un fotógrafo que, después de 25 años, aparece como si no hubiese pasado un instante. Quise disculparme de antemano; pero lo vi dirigirse a Nairét. ¿Qué le contaría? De libros podrían hablar nada; las materias de una carrera inconclusa en la Inca, le había impedido salir de las fronteras de los cuadernos, y los fotógrafos, como los pintores, olvidan lo poco que han leído antes de dedicarse a su vocación. Quedó de perfil y en tan larga ausencia ni siquiera se había dejado crecer la barba. Profundicé la mirada y usaba la misma chaqueta. En el hombro derecho exhibía su Kodak viejísima.

–Tal vez nos quiere encartar con sus fotografías –como si quisiera ayudarme a salir de los recuerdos, me dijo Manuel José–. ¿Dónde trabaja?

–Donde fuera, llevaba la Kodak.

–En esos años preferían La Séptima y la Plaza de Bolívar.

–La ley persigue sus testimonios hasta en los infiernos.

–¿Jamás ha entrado un fotógrafo a los cielos?

–Les eliminan las fotografías –traté de aclararle–. A otro le borraron el fantasma del aire.

–¿No te han contado de los que se han ido con sus fotografías?

–Este caso es lo contrario. Ha regresado con su vieja Kodak de rollos.

–Hombre, John, entonces, ¿nos puede develar algunos secretos?

–Ojalá no –temblé y, como pidiendo disculpas, agregué–: Ni muertos los artistas aprenden a ser discretos.

–No me molesta la visita de los amigos de los amigos, menos las de sus parientes, ya te dije.

Nairét asomó contenta y, en medio de los estantes de libros, se veía espléndida. Cambió el semblante cuando observó una de las fotografías. Manuel tiene una experiencia superior a la mía y le dijo:

–A un buen fotógrafo cualquier espanto le sirve de motivo. ¿Me las dejas ver?

–Pero no sé cómo aparecieron en mis…

–Hay muertos –me apresuré a interrumpirla–, hay gente que no envejece –corregí–. De ti no dicen que revelas 30 cuando vas a cumplir 25, perdón, ¡cuando ya cumpliste los 35!

Mientras le recibía las fotos, sonriendo, Manuel se adelantó:

–O si el primo se quita la muerte y empieza a vivir y se deja la barba y…

Las Nairét por todo ríen y sus dientes, blanqueados la semana anterior, le ayudaban ocultar sus confusiones.

–¡Manuel José, tú siempre con tus bromas! ¿Pero de qué hablan?

Volví a fijar la atención en su rostro y la habilidad verbal de Manuel José había logrado no dejar entrever la auténtica naturaleza de mi primo. Sonreí. Tampoco le dejaría ver las fotos que habían motivado su regreso.

–Hombre, John, ¿y cuándo vuelves?

Nairét no se sintió invitada y quiso pedirle las fotos; pero yo me apresuré:

–Mañana las llevó. El fotógrafo me las ha enviado contigo para que yo se las entregue a Manuel. Discutieron el viernes en La Terraza y vino con los amigos a buscar la reconciliación; pero llegamos nosotros. Sabe que Manuel y yo nos llevamos bien y se quedó.

–¡No entiendo nada!

–Es imaginativo y quiero hablar con él. Asuntos de credos y abstinencias no se deben mezclar con el arte.

Mientras intentábamos una respuesta convincente, mi primo le había dado la vuelta a los estantes. Manuel y yo alargamos la cabeza y Nairét estudió nuestra mirada.

–¿Vengo mañana a las nueve? –le pregunté.

–¡Qué bueno! –fingió Manuel–. Estas fotografías son las que el viernes me dijo que se negaba a llevar a la oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

–¡Oh, es por lo alto! –exclamó Nairét.

Manuel se puso rojo y continuó:

–Eso motivó que los amigos dejaran los brindis de copas cruzadas para darle paso a las discusiones propias de los abstemios.

Siguió barajando las fotos y la mayoría eran en blanco y negro. Las de bordes amarillentos tenían manchas de moho o ceniza y otras reflejaban extraños puntos de luz, quizá, donde antes habría podido reconocerse algún rostro.

–¿Por qué no vienes en una hora y vamos los tres?

Por segunda vez Nairét se sintió excluida y se puso digna.

–¡O los cuatro!

–Imposible, debo llevar los niños a la película de payasos asesinos. –Nos miró duro–. ¡Pero no entiendo de qué hablan!

Miré la pared y el reloj estaba inmóvil y, atónito, pensé que había regresado a señalar la hora de 25 años atrás. Manuel José no ignoraba la naturaleza nerviosa de Nairét y le preocupaban mis incoherencias y disimulaba barajando las fotos sin mirarlas.

–¡Ahora no sé qué callan!

Quise llamar a mi primo y escucharle el motivo que lo inducía a dejarnos las fotos. ¿Dónde está? No podía ser. Imaginé a Manuel haciendo pesquisas a solas y me puse en su lugar.

–¿Me puedes prestar la Antología de humor? –le dije y a paso largo recorrí unos doce metros y me detuve en los estantes en que había aparecido.

La puerta del solar estaba semiabierta y el silencio excedía el de un inquilinato abandonado en otra dimensión. Di la vuelta y en el estante de la Poesía colgaba la sombra de una Kodak viejísima. A paso lento regresé y a paso lento Manuel avanzaba hacia mí. De reojo miró a Nairét preocupada por salir.

–Hombre, John –me dijo–, no debías pasarte de vivo inventando la aparición de un primo para robarte mi antología.

Le mostré las manos vacías.

–A propósito, ¿se va con ustedes?

Encogí los hombros y con el temblor de los labios le decía, ¿se la llevaría a cambio de las fotos? Intenté sonreír y Manuel entendió mi mueca y se puso a buscar las llaves.

Abriendo el portón, dijo duro:

–Se la debió llevar alguno de los amigos. Cuando la rescate, te la prestaré.

Miró hacia el fondo de la biblioteca y, luego, nos dijo:

–¡Muy agradable la visita!

–Deberías quemarlas –Nairét, por fin, dijo–. Por lo que alcancé a ver, la mayoría son del Holocausto del Palacio de Justicia y si te pescan…

–Si no llegamos antes de ayer, los niños no podrán ver los payasos malos, vamos.

A una distancia prudente de la casa oímos una huida de libros y con disimulo adelgazamos el oído. El ruido se prolongaba en el solar y evitamos mirarnos.

–¿Por qué siempre les gusta hablar en clave? –en la mitad de la cuadra me dijo–. Eres igual de raro a tus amigos. Cómo Manuel José puede tener colgada la sombra de una cámara tan vieja en esa biblioteca tan bella.

Aumenté el paso y ella apretó a un más mi mano. En la esquina volteó a mirar:

–Sigue bobo con las benditas fotos ¡y no sé cómo diablos aparecieron en mis manos!

Víctor López Rache (foto)

 

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‘Por la trocha’ de Juan Cárdenas

Juan CardenasCasi, casi pero no pude. Algo me despierta, un ruido. Tengo la entrepierna toda empapada, no alcancé, sigo medio dormida. Casi, casi pero no. El viento sopla en el cafetal, quizás la rama de un árbol que cayó sobre los arbustos. Me da risa y un poco de vergüenza porque estaba soñando con Johnnier, el muchacho que cuida la finca entre semana.

Por la tarde fui a pedirle las llaves de la casa y sentí algo raro en su manera de extender la mano. Algo en su olor, en esos andares suyos como de simio que normalmente usa para intimidar a los demás. Solo que esta vez parecía caminar así para agradarme, con un tumbao medio irónico, la ironía dirigida contra él mismo, coqueto, como si dijera: ¿te has dado cuenta de que camino así, tipo simio? ¿Te has dado cuenta de que utilizo muy bien esta pose de bestia y que consigo parecer menos avispado de lo que realmente soy?

Quizás me estoy inventando todo. Sigo medio dormida. Debería abrir los ojos y asomarme a la ventana o al pasillo para ver qué fue ese ruido. No es la primera vez que me equivoco leyendo rituales de apareamiento donde no los hay. Luego voy, me lanzo y hago el ridículo, me expongo mucho, hago que mi deseo salga así nomás, sin filtro. La cantidad de chascos que me he llevado. Mis amigas dicen que una mujer tiene que hacerse desear. Yo nunca supe cómo ni por qué una mujer se hace desear. Si yo quiero algo lo pido. A mis amigas les parece que esa actitud desafiante es más propia de un hombre. Johnnier, lo veo ahora con absoluta claridad, es mucho más inteligente de lo que aparenta. ¿Y si fuera a buscarlo a su casa? ¿Y si me levantara, si saliera a la oscuridad y ensillara la yegua y cabalgara en plena noche para ir hasta su casa? Es mucho trabajo, sobre todo porque la yegua está descansando y sé que no le gusta que la despierten a deshoras. Se enoja, se pone arisca y revira. Pero, ¿y si me animara a hacerlo? Nada me lo impediría. Nada. ¿Si me fuera por el camino estrecho, el que baja por la loma, atraviesa el potrero malo junto a la ruina de la antigua casa, bordea el río, lo cruza por un puente de guadua y, después de remontar otra loma empinada, llega hasta la casa de Johnnier, si llegara a la casa de Johnnier y llamara a su puerta y, después de inventarme alguna excusa para estar allí a esta hora, si él me hiciera pasar y me ofreciera un tinto o lo que fuera, o incluso un aguardiente? La idea de hacer eso me despierta, ahora sí, del todo. Los ojos abiertotes en la oscuridad animal de mi plan: cabalgar en medio de la noche para ir a tocarle la puerta a un campesino y encamarme con él. Cumplir en la vida real lo que hace unos segundos estaba paladeando en sueños. La verga durísima de Johnnier en mi mano. En mi boca. En otras circunstancias me parecería una osadía, pero estamos en el campo. Aquí hay otras reglas. En el campo, si vos querés, podés.

Ahora que lo pienso, tengo una arrechera que no es normal. No es la arrechera que germina desde el interior del cuerpo, no son esas ganas de cualquier día. Esta arrechera viene de afuera. Está aquí adentro de la pieza, sube de la superficie de la tierra y ahora, con los ojos bien abiertos, me parece ver una neblina negra, un poco más negra que la negrura ambiente, que se va metiendo dentro del cuerpo y luego, por puro capricho, sale por mi boca y se retuerce en las tallas de la cabecera para ir deslizándose sobre las cobijas otra vez, donde por fin vuelve a entrar en el cuerpo como pasada por un cedazo. Está aquí adentro pero viene de afuera. Por el enorme peso del mundo que se hace sentir ahí afuera, uno entiende que esta arrechera se forma en lo profundo del cafetal, en el ruido de pasos sobre las hojas secas, en la piedra recalentada que se fue enfriando con el avance de la oscuridad, en el nido inexplicablemente vacío que deja el azulejo entre las ramas de un guamo. Una rama podrida que cae y me despierta.

Hacerse desear. ¿Tendrá razón mi madre? O sea, saber callar, saber atraer la atención sin estridencias, capturar la mirada del otro y quedarse quieta como una cosa linda y pasiva. La inmovilidad y el silencio, la hábil administración de estas dos variables parece estar en el corazón del método. Normalmente me repugnaría asumir esa postura con cualquier hombre de la ciudad, lo encontraría denigrante, pero, ¿no fue eso mismo lo que hice esta tarde cuando Johnnier me estaba entregando las llaves y se pavoneaba caminando así? Fui cordial y distante, cualquiera diría que fui seca. Y a la vez, me dejé observar, dosifiqué sonrisas, me quedé perfectamente inmóvil para reducirme a una cosa linda que mira y, sobre todo, callé con dulzura y callé con firmeza porque la finca es mía, la compré yo con mi trabajo, con mi esfuerzo, con mi independencia. Yo soy la patrona, así que vamos jalándole al respetico. Algo así debí de transmitir con la mirada. Pero quizá me demoré más de la cuenta admirando la corpulencia de Johnnier, ese modo amenazante y cadencioso de dejarse caer para un lado y para el otro, el rostro como una superposición de transparencias con las fisonomías de varios animales, un oso encima de un murciélago encima de un caimán encima de un gato. El viento sacude el cafetal en rachas impredecibles que se intercalan con un silencio seco y largo. Tengo la entrepierna muy mojada, la arrechera no cesa, al contrario, se desparrama en la hondura de la oscuridad.

Vaya a saber en qué momento me levanto de la cama y a tientas busco la ropa, lo primero que encuentro por ahí tirado, los bluyines salpicados de barro, un saco de lana, las botas de caucho, la ruana cortaviento, el morral con cosas y el machete por si acaso, uno nunca sabe.

Salgo de la casa, atravieso el corredor sin encender ninguna luz, me acerco al establo. No quiero que la yegua se sobresalte, que recele de mí. Bastante me ha costado congeniar con ella, aprender a montarla sin provocar entre los jornaleros una risita jocosa. Pero la yegua ya está despierta y al ver la gelatina de sus ojos abiertos en la oscuridad tengo la impresión de que lleva todo este rato esperándome. Aparto la reja mientras hago chasquear mi lengua y palpo con la boca el olor a bestia noble que lleva concentrándose toda la noche en el establo. Le acaricio el pelo de la nuca. Parece cómoda, lista para emprender la aventura. La ensillo sin problema, luego la saco del establo tirando de la brida. A la luz de la luna, se deja montar, el peso de mi cuerpo menudito no la mueve ni un centímetro, apenas resopla. Qué delicia cabalgar en una noche clara. Cualquier atarván se pondría a silbar. Yo prefiero que el ruido nocturno me vaya dictando el paso. Oculta detrás de unos cafetos que debo apartar con el machete, se abre la trocha seca, un poco polvorienta porque hace días que no llueve. La yegua se va internando por ahí, maciza, briosa pero lenta. Sabe adónde vamos, sabe por dónde. Y como ella se hace cargo de llevarme, yo me distraigo y mi cabeza se va volando como a lomos de otro animal y así cobra forma un pensamiento extraño: esta finca no es mía. O sea, yo soy la propietaria. Yo la compré con mucho esfuerzo hará cosa de un año. Las escrituras están a mi nombre. Pero esta finca no es mía. La propiedad es un sentimiento. A veces de arraigo, a veces de dominación o una mezcla de ambas cosas. Pero yo en el fondo no siento nada de eso. No me siento ni arraigada ni dueña. Eso me lo puedo decir a mí misma con total libertad ahora que voy cabalgando en la oscuridad, alimentando la sensación de que me estoy metiendo en el interior del paisaje, vale decir, en el cuarto de máquinas del paisaje donde ahora, con el ojo acostumbrado a la tiniebla, me parece que puedo ver por fin el funcionamiento de sus engranajes, su complejo sistema de apariencias. El centro mismo, la fábrica donde se produce eso que de día nos parece tan pintoresco y tan bonito, tan inmóvil, haciéndose desear bajo la luz, en silencio, devolviéndonos la mirada. ¿Por qué compré esta finca? ¿Por qué me vengo para acá todos los fines de semana, muchas veces sin ninguna compañía civilizada? Y esta arrechera tan brava, ¿de dónde viene? La musculatura de la yegua mantiene la carga eléctrica viva entre mis piernas. Ya voy, Johnnier, ya llego. Voy a llegar a tu puerta, voy a llamar, primero con golpes suaves. Te voy a despertar, quizás. O quizás ya estés despierto, pensando en mí, esperándome. Dudando si deberías o no ensillar tu caballo para ir a buscarme, aunque yo sé que no te atrevés, sé que a pesar de todo me tenés respeto y un poquito de miedo porque sabés que yo soy la que manda. La arrechera forma palabras que se superponen dentro de mí como el follaje entre las sombras. La yegua avanza y avanza por el cafetal, recorriendo de memoria la trocha y casi me parece mentira que yo esté aquí, haciendo esto, a esta hora. Otra idea loca que se va destilando: que esta maquinaria secreta del paisaje podría ser parte del sueño de otra persona, las figuras, los arquetipos de un inconsciente ajeno. Que este paseo nocturno a caballo podría ser la fantasía misógina de alguien más que en este momento duerme y me sueña. O podría ser yo misma quien sueña. Podría ser yo misma otra persona, ahora mismo, un hombre, por ejemplo, que inventa todas estas cosas en una pesadilla. Y entonces esta yegua ya no sería una yegua sino mi pene. Y la trocha en el cafetal ya no sería una simple trocha que atraviesa un cafetal sino una alegoría. Algo más. Otra cosa. El emblema de quién sabe qué trauma. Esta idea, no sé por qué, me recuerda que traigo una linterna en el morral. Pruebo a ver si funciona y funciona, un chorrito desvaído de luz amarillosa huye espantado del aparato como el genio bobo de una lámpara. El follaje muestra algo de su color, inmovilizado por la sorpresa, aunque a la vez todo parece retorcerse de disgusto por la fealdad de la luz. Antes de apagar la linterna y sin ningún motivo en particular, alumbro varias porciones de mi entorno: las copas de unos árboles, una cerca de alambre de púa, el suelo polvoroso. Este pequeño acto de magia hace que se me venga a la cabeza otro tiempo lejano, un recuerdo que llega como caído de una rama. Yo era niña, debía de tener unos siete años, y mi papá me había llevado de paseo a un lugar muy parecido a este. Mi papá trabajaba como abogado en una empresa pequeña que vendía repuestos para camiones de carga pesada. Una vez al año, el dueño de la empresa organizaba un paseo a alguna de sus propiedades, pero solo invitaba a un pequeño grupo de empleados que, según su concepto, habían hecho méritos suficientes. Ese año le tocó a mi papá, por primera y última vez, formar parte de la comitiva, y él prefirió llevarme a mí antes que a mi mamá, porque solo se podía llevar un acompañante y a mi papá le pareció que yo disfrutaría mucho más de ese paseo en el que podría ver el campo, jugar con otros niños, nadar en el río y quizás, solo quizás, montar a caballo. No recuerdo haber hecho nada de eso, ni siquiera recuerdo que hubiera más niños. Solo otros empleados con sus esposas, comiendo un plato de sancocho detrás de otro, tomando cerveza y aguardiente. Por la tarde ya estaban borrachos, incluido mi papá, que llevaba todo el día incómodo, hablando solo por los rincones, caminando de un lado a otro de un corredor con una botella de cerveza en la mano, fumando sin parar. Yo jugaba sola en un costado de la casa y estaba empezando a aburrirme de mí misma cuando vi que mi papá se apartaba de los demás y se sentaba encima de una piedra enorme al borde de un barranco. Ya había visto a mi padre borracho y triste muchas veces, pero nunca antes lo había visto así de pensativo, como si la parte más dura de su espíritu estuviera siendo triturada, reducida a polvo en un mortero. Me acerqué y me acuclillé a su lado, pero no pronuncié palabra. Mi viejo me miró con una sonrisa amarga. Desde el borde de ese desbarrancadero se veía un paisaje lindo, muy parecido a este de aquí, las colinas de cafetales, los guamos, los guaduales, los guayacanes florecidos y algunos potreros con vaquitas. Los ojos de mi papá se bebían ese paisaje. Fumaba y bebía, fumaba y bebía. Allí, me dijo de pronto señalando hacia el barranco, ¿ves ese árbol quemado? Está quemado porque le cayó un rayo en el 47. Tu bisabuelo pidió que lo enterraran debajo de ese tronco chamuscado y allí está, si es que a algún gañán no se le ha ocurrido abrir la tumba pa buscar una guaca. Y aquí, al pie del barranco, donde están esas barras de hierro y esas poleas viejas, allí paraba el tren y se subía la carga de café que luego se llevaba en ferrocarril hasta Buenaventura. Un café de primera sacábamos aquí. Y por toneladas. Y estas fincas producían lo que usté quisiera, desde panela hasta plátano, yuca, carne, huevos, de todo. Se daba lo que uno sembrara. Mi bisabuelo llegó aquí con una mano atrás y otra adelante y después de batear oro en unas quebraditas por allá por Bolívar, con mucho esfuerzo, juntó y juntó de a poquitos hasta que pudo comprar las primeras tierras. Luego compró las de al lado y así hizo crecer la finca. Qué felicidad tan berraca la que vivimos aquí en esos años. Vos no te podés imaginar lo que era eso. Lo que pasa es que nada es para siempre. La felicidad dura muy poquito. Perdimos todo. Mejor dicho, nos lo quitaron. Al abuelo lo mataron. A sus hermanos también. Solo quedaron las mujeres y los niños. Y claro, uno sin tierra no es nadie. Oíme bien, uno sin tierra no es nada, es menos que nada, uno sin tierra es menos que un animal.

Mi papá se quedó un rato largo en silencio, fumando y bebiendo, fumando y bebiendo y al final me preguntó: ¿vos te imaginás que todo esto que ves aquí fuera tuyo? ¿Te imaginás que ahora mismo podríamos tener caballos y montar por esos potreros, vos y yo, viendo el ganado, los cultivos? Recuerdo haber hecho un gran esfuerzo para imaginármelo.

Unos días después de ese episodio mi papá renunció al trabajo en la empresa de repuestos. O quizás lo despidieron, no sé. Todo iba mal en esa época. Vivíamos muy justos de plata, yo iba a un colegio mal administrado por monjas españolas, mi mamá era cajera en los Almacenes Ley. A los pocos meses mi papá se separó de mi mamá y ya no lo volvimos a ver nunca. Dicen que se fue a vivir al Caquetá con otra mujer y otros hijos. También dicen que se fue a vivir a Panamá o que está preso en Estados Unidos. En fin, dicen un montón de cosas. Nunca me he preocupado por saber qué ha sido de él realmente. Tampoco le guardo rencor por habernos abandonado. Mi mamá fue feliz sin él y yo también, pude estudiar, dar clases en la universidad, ahorrar y hasta comprar finca.

Ahora la trocha deja el cafetal y empieza a estirarse en lo que aquí llamamos el potrero malo, el potrero donde el ganado no puede pastar porque se enferma. Desde aquí se ven las ruinas de la casa antigua, iluminadas por la luna. ¿Quién habrá vivido allí? O mejor, ¿desde cuándo nadie vive allí? Es la primera vez que me da por pensar en los propietarios anteriores. Durante unos instantes me entretengo en la fantasía de la ruina y, sugestionada, empiezo a ver cosas que se mueven en el hueco de las ventanas de la casa y me parece que oigo sonidos raros cuando las rachas de viento atraviesan lo que queda de la construcción. Voces, murmullos. Me da escalofrío y siento miedo por primera vez desde que se me ocurrió el disparate de salir a esta hora. Prefiero no mirar hacia la casa. Acelero el paso. La yegua también está nerviosa, no sé si porque le he transmitido el miedo o porque ella también percibe algo allí. Tengo pavor de mirar hacia atrás. De repente siento que me vienen siguiendo desde hace rato. Se me eriza todo el pellejo. Solo puedo mirar hacia adelante y cabalgar. La yegua responde bien. Somos aliadas en esto, me tranquiliza sentirlo así. Pronto acaba el potrero malo y, pasando una zanja poco profunda, ya se ve el río, que en esta época del año baja frío y poco caudaloso. No quiero mirar atrás. Solo quiero llegar a la casa de Johnnier. La yegua no trota sino que ya galopa a la luz de la luna. Me asusta que podamos caernos, pero me da más miedo detenerme y mirar atrás. Al llegar al puente de guadua, la yegua se detiene bruscamente. Oigo mi respiración agitada creciendo a mi alrededor y por momentos tengo la impresión de que esa respiración se desdobla, que le salen ecos, sombras alrededor, como si hubiera otra persona delante de mí, respirando con la misma fuerza, con el mismo miedo. La yegua sabe que no puede pasar el puente conmigo encima. Sabe que tengo que bajarme y guiarla tirando de la brida. Desmonto sin mirar atrás, me pongo delante de la yegua. Entonces tengo que decidir si me conviene más usar la mano libre para iluminarme con la linterna o para blandir el machete. Opto por lo segundo porque no está tan oscuro. Se ven bien las guaduas. Y si alguna amenaza se materializara en ese momento la linterna no me serviría de mucho a la hora de defenderme. Esa idea me hace reír y la risa me calma un poco.

Al llegar al otro lado del puente vuelvo a montar. La yegua también parece más tranquila. Se ve que era yo quien la estaba asustando con mis imaginaciones.

Subo por la pendiente al galope y por fin aparece la casa de Johnnier, que tiene un aspecto apacible. La casa de un hombre bueno y trabajador, pienso. Hay una luz encendida. De todas formas, antes de desmontar, hago pasear a la yegua por delante de la fachada para anunciarme como hace la gente de por aquí, con el ruido de los cascos. Nadie sale a asomarse a las ventanas.

Finalmente desmonto, amarro a la yegua y llamo a la puerta. A estas alturas compruebo que no queda en mi cuerpo ni rastro de la arrechera que me trajo hasta aquí. Pero ya es muy tarde, ya hice la locura, ahora toca asumir lo que venga.

La puerta se abre. Johnnier me mira con una cara ilegible. No entiende nada.

Buenas noches, dice, tímido. Le pregunto si puedo pasar. Él se aparta y me deja entrar. No disimula su perplejidad. Me da miedo dormir en mi casa, digo mientras él me ofrece una silla. Johnnier piensa un rato largo lo que va a decir. Puede dormir aquí, dice. Solo hay una cama, pero yo no tengo problema en dormir en la hamaca. Igual no creo que pueda dormir, dice bajando la voz.

Entonces se pone a colar café y me pregunta de qué tengo miedo. Y yo le digo que no sé, que me despertó un ruido.

Mientras hierve el agua, Johnnier se sienta frente a mí en otra silla y saca una botella de aguardiente. Me doy cuenta de que lleva horas bebiendo y que está borracho, aunque sabe disimularlo, en parte gracias a su corpulencia y a su habilidad para parecer firme, mirando a los ojos sin decir nada.

Yo también tengo miedo, dice, por eso no puedo dormir. Y yo lo miro sorprendida. ¿Miedo de qué?, pregunto.

Miedo de las brujas, dice. Me dan miedo las brujas. ¿Qué brujas?, insisto. Pues las brujas, repite, las de aquí. Están por todas partes. Me dan miedo. Mire cómo me dejan, se queja, casi sollozando, y me enseña unas cicatrices que le marcan toda la piel de la espalda. Viven en la casa vieja esas brujas. Si uno va de día las puede ver y parecen gente normal. Pero de noche… Yo ya no puedo más. Mañana mismo me voy de aquí. Hace días que no me dejan dormir. Ya no puedo más.

Juan Cárdenas (foto)

 

‘La historia final de papá’ de José Luis Garcés

José Luis Garcés GonzálezParece que hubiese sido ayer que papá se levantó de su mecedora y se encaminaba al baño cuando algo lo frenó en seco. Viró a la izquierda y trató de agarrarse a la pared. Pero las uñas no lo sostuvieron y fue cayendo, desplomándose lentamente. Cuando mamá alcanzó a llegar donde él, lo encontró botando sangre por la nariz. Tenía los ojos entreabiertos. El golpe fue fuerte. En la cabeza. Mamá, con ese cuerpo tan grande que podía parecer una barquetona atollada, intentaba levantarlo. Por suerte, yo llegué en el instante preciso en que mamá empezaba a dar gritos. A llamar al vecino. A llamar a Dios. Dios no vino, el vecino sí. No sé quién lo llamó, pero muy pronto llegó un taxi y salimos rumbo a la clínica donde papá fue atendido por cuenta de los Seguros. Mamá gritaba y sus ojos de búho (¿o serán de lechuza?, sí, más bien) estaban rojos. Le dije que se calmara, pero ella no atendió.

En la clínica lo recogieron dos enfermeras y se lo llevaron por un pasillo demasiado largo para mi angustia. No dejaron que ninguno de nosotros lo acompañara. Otra enfermera nos condujo a una sala e hizo que nos sentáramos. Mamá metió la cabeza entre las manos y se dedicó a llorar. De vez en cuando la levantaba y me miraba con unos ojos que expresaban cierto reproche. Mamá tiene unos ojos amenazantes y feos. Yo descifraba sus intenciones, pero me hacía la desentendida. El tiempo pasó, pero yo no alcanzo a medirlo en minutos o en horas. Sabía que estaba transcurriendo. Y cuando su peso se tornó insoportable y vi que mamá seguía llorando con su rostro gordo metido entre las manos, no pude controlarme. Me fastidió tanta lágrima. Tanta sospechosa lágrima.

-Debes serenarte, porque si no lo haces, podemos tener dos enfermos, y entonces sí…

-Cómo me hablas así… Atrevida.

-¿Atrevida yo? Es por tu bien, mamá.

-Nada, déjame morir con él.

La vi chiquitica. Esas palabras no salían de su corazón. Era para que la escucharan los vecinos que ya habían aparecido por arte de magia. No quise contestarle, pues le hubiera dicho todas las verdades que tenía reprimidas. Ella nunca lo quiso. Él le sirvió para salir del atolladero en que la tenían metida la pobreza y las hijas que le había dejado su primer marido. No fue feliz sexualmente con él, ni él con ella. Un día intuí que el viejo era eyaculador precoz, y que ella lo odiaba por eso. Eso sí: él se desvivía por ella. Todo lo que conseguía era para la casa. A cambio, ella le fingía y lo soportaba. Tengo que decir la verdad: creo que nunca le puso un amante.

Papá, como es fácil comprender, sufrió un accidente cerebral. Grave. Estuvo una semana en la clínica. Lo sometieron a toda clase de análisis. Varias escanografías. Lo atendieron tres médicos especialistas. Pero papá no dio signos de mejoría. Debo aceptar que la atención no pudo ser mejor. Los galenos decidieron que debíamos llevárnoslo a la casa. Así, convertido en un mineral, o en un vegetal, para mejor decir, papá consumía su tiempo.

Yo no lo vi, pero mis hermanos aseguran que él lloraba cuando alguno de ellos se le acercaba y le hablaba. Sus ojos paralizados se llenaban de lágrimas, que luego le corrían por los costados. Conmigo no se comportaba así. Yo le agarraba las manos o le decía breves palabras cariñosas. En esa cama había que hacerle de todo, pero de todo, todo. Ustedes se imaginan. En esta situación, mejorando y empeorando, demoró tres años. Más de novecientos días. Qué castigo para mamá, también para nosotros. Sus compañeros de religión le rezaban todos los días. Varios grupos se turnaban. Ellos decían tener fe en que él se recuperaría. Todo fue inútil. Dios no los atendió. O ya tendría señalado su destino, como dijo doña Margarita con la Biblia abierta en el libro de Job. Una tarde papá dejó de respirar. Casi nadie se dio cuenta. Murió sin compañía. Cuando la hermana menor dio el grito de alarma, todos salimos a verlo. No se le movía el pecho. De nada sirvió el espejo en la nariz. Tampoco los masajes en el tórax. Una hora después vino el médico y sólo atinó a decir: “no se preocupen, ya descansó”. “En la viña del Señor”, completó doña Margarita que ya estaba en la cabecera del difunto, siempre lambona, dándoselas de diligente y servicial. Al instante, mamá perdió el conocimiento. Dio un grito y se desvaneció. La llevaron a una butaca y empezaron a echarle menticol. Nada que volvía. La atención, pues, se bifurcó. Unos con papá, otros con mamá. Yo preferí quedarme con el cadáver del viejo. Él fue un hombre auténtico y, sí, estaba muerto de verdad. Lo de mamá podía ser teatro. Deseos de mostrar lo que no se siente, lo que nunca se ha sentido. Ganas de ser atendida para expiar en parte su cuota de culpa. Ella nunca quiso a papá y pierde el conocimiento para no llorar. Cree que las lágrimas son o pueden ser su forma de perdón. Perdón para ella. Que de hoy en adelante tanto lo necesita.

José Luis Garcés González (foto)

 

‘Chupadedo’ de M.T. Aguilera Garramuño

mt aguilera garramuñoConoces a Regis, Regina, la secretaria de la Facultad, es rubia, más simpática que bonita, medio grandota, habladora, bastante pícara, tiene un gesto que no entiendo, se lleva el dedo medio de la mano derecha a la boca y lo lame, ese gesto lo usa cuando su esposo le pide algo, ella inmediatamente le da la espalda, le dice sí mi amor, y se apresura a hacer lo que su esposo le pide, pero antes se lame el dedo derecho, como te dije. Yo entiendo eso como una forma de juego o tal vez como un gesto vulgar que tiene que ver con su vida secreta. Su esposo es juez en un pueblo de la Sierra y la visita cada quince días. Llega cansadísimo, después de manejar por cuatro horas su Cavalier último modelo, saluda a sus hijos, a los que adora, particularmente a Alí, un flaquito que tiene dos características: es capaz de reventar comiendo si no hay quien lo detenga y a sus diez años es un filósofo consumado, que deja con la boca abierta a cualquier sabio. Decía, llega cansadísimo el licenciado Dávila, así se llama y así le gusta que lo llamen, besa a su esposa (siempre con un poco de pereza, de amabilidad forzada, como si ella no fuera la madre de sus hijos y la guardiana del orden del hogar que él abandona tan elegantemente), abraza a sus hijos, se baña, come y antes de cerrar la puerta del cuarto conyugal (dejando a Regis afuera, claro) dice no me molesten que voy a dormir. Tereso Dávila, el licenciado, y esto que voy a contar lo sé porque el tipo ha dejado la puerta de la habitación conyugal sin llave y Regis ha entrado, encontrándolo en cueros en medio del desastre de su pecado y ella me lo ha contado, porque a mí me cuenta todo, hasta lo que yo te voy a contar pero si me juras que no se lo dices a nadie, cierra la puerta y coloca en la videocasetera sus películas de locas encueradas y hace sus estropicios con las películas y luego se duerme como un inocente, mientras fuera del sagrado recinto conyugal el resto de su familia sigue viviendo la rutina doméstica. Pues el licenciado Tereso Dávila llegará a las dos de la tarde cada sábado, comerá lo que haya cocinado para él su santa esposa, se bañará, irá a dormir (es decir, a ver a sus putas de película), y no lo volveremos a ver sino hasta el domingo temprano, en que amanece convertido en el mejor padre del mundo, amorosísimo con Regis, juguetón con Alí y cómplice con Zulik, que a sus catorce años, la pobre, ya anda en unas calenturas que anuncian más de un lío. Regis, la taimada, me dice, soy buena actriz, y para probarlo me invita a su casa los domingos para que vea con cuanto cariño trata a su esposo, cómo obedece al instante cualquier sugerencia del licenciado Dávila, como le adivina los pensamientos, le acaricia la espalda, le dice mi gordo, mi rey y a veces con un poco de ironía que Tereso finge ignorar, el dueño de mi corazón, mi  torito, mi buda, porque está algo barrigoncito el licenciado de tantas carnitas de cerdo y cervezas y enchiladas que empaca en el puerto de Alvarado cuando se da sus escapadas, te diré. El domingo, durante las ocho horas que permanece lúcido y despierto en el sacrosanto hogar el licenciado, Regis se transforma en la actriz perfecta, pero sabes qué, me dice, segundo a segundo tengo ganas de vomitar en su cara, de escupirle, pero es que hace años decidí tener la fiesta en paz, desde que tuve el error de visitarlo en la Sierra y lo encontré ni más ni menos que con, ay, qué vergüenza y vulgaridad, qué bochorno tener que confesarlo, su secretaria, una rubia peloteñido, de triple pecho y minifalda, vestida de licra la infame en pleno idilio oyendo a Los Panchos, sentadota con sus nalgas de cantina sobre las piernas de mi gordo, al que amaba, de verdad te lo digo, manita, lo amé, con alma, vida y sombrero y aprendí con él todas las cochinadas que puede hacer una mujer con un hombre, y cuando vi a aquel fenómeno de feria, que hasta hombre parecía, te lo digo, como esos maricas que se ven en el carnaval de Veracruz, sentado sobre las piernas de mi buda, me dije, sanseacabó, la institución matrimonial con Dios y misa dominical y bostezo de sermón, para a mí ha muerto, pero, mi amor, estaban los hijos, este Alí que es un ángel flaquito, mi sabio y mi consuelo, y esta Zulik a la que le tengo tanta lástima, a la que comprendo de tal manera, cuando me inventa mil formas para escaparse a ver a un esperpento de muchacho que la andará manoseando en las sombras del kiosko de la Magisterial, cuando pensé en mis hijos me dije, aguante canija y no chille, decidí que no iba a acabar con mi matrimonio, en parte además porque mi sueldo no alcanza y el sábado, eso fue hace dos años, tras el descubrimiento de la marimacha, llegó Tereso mansito, con la cabeza baja y hasta me invitó a pasar al cuarto en lugar de encerrarse y allí, sin decirme una sola palabra, sin disculparse, me usó y se durmió muy tranquilo, seguro el perplejo creyó que ya había arreglado el asunto de la marimacha y yo le hice a la santa, a la resignada durante casi seis meses hasta que me encontré con uno que había sido mi novio en la prepa y que ahora era ni más ni menos ginecólogo y él me dijo con cariñito ay, hija ya estoy casado y tengo tanto trabajo, me gustaría hablar contigo, pero sólo puedo a las diez de la noche los martes y los jueves después de mi última consulta y yo, pues, no vi nada malo en la invitación y un martes que decido apersonarme, después de dormir a los niños, en su consultorio y en cuanto vi a la secretaria de Baldomero, mi gineco, no supe qué hacer y le dije señorita, disculpe, ¿será que el doctor pueda atenderme de emergencia?, no tengo cita, y ella me dijo, un momento, llamó al doctor y ¿cómo se llama la señora? Sí, dígale que sí la puedo atender, pero sabe qué, le dijo a su secretaria, puede retirarse y en cuanto entré Baldomero me dijo así como te lo digo yo, sin mentira: Regis, te voy a ser sincero, quiero contigo hacer un fornicio lo más pronto posible, dispongo de una hora, antes de que mi esposa comience a sospechar, de modo que yo en ese segundo en que tomé la decisión de ser infiel haz de cuenta que imaginé todo lo que mi gordo habría hecho a lo largo de los años sin que yo supiera, en ese pueblo del diablo de la Sierra y me aventé como a un abismo, vi que Baldomero comenzaba a desnudarse y yo hice lo mismo y casi en seco, sin un beso o una caricia que me atraviesa el maldecido de lado a lado y te digo una cosa, me dolió, me dolió todo, desde el vértice de los estoques hasta el alma, pero no imaginas qué placer tan maravilloso, que sensación de libertad, de haber hecho algo personal, propio, de haber tomado una decisión y así comenzó mi vida secreta con el gineco, al que comencé a visitar una vez por semana, trayendo en cada ocasión sorpresas como lencería bien loca y libros especiales y él, con todos esos aparatos me volteaba al derecho y al revés, todo en una hora semanal, no lo creerás, como las secretarias comenzaron a sospechar, el doctor debió cambiar de tipa quincenalmente, porque ya sabes que si las secretarias no se acuestan con los jefes, se convierten en cómplices de las esposas de los jefes y pues ese fue mi primer amante, mi segundo amante fue un japonés de verdad, maestro de Zulik, que daba clases su escuela, el hombre me mostró que es puritita verdad eso que se dice sobre los hombres orientales, te confieso una cosa, gran parte del placer que uno obtiene, sale de la idea siempre presente de que está haciendo algo malo, algo incorrecto, y con el oriental la idea era doblemente pecaminosa, sentir a aquel animalón exótico sobre mí, que soy blanca y grandísima  me hacía sentir impurísima y eso me  desparramaba por completo, me dejaba como una criaturita en brazos de un monstruo, una maravilla, manita, y no dudes que uno se pone en peligro, mi esposo es hombre de armas y ha vivido en un mundo violento, ha sufrido cinco atentados, el Cavalier tiene cinco impactos de bala y por fortuna es blindado, pues lo suyo es luchar contra el crimen organizado y más de un asesino está en la cárcel porque mi buda lo ha mandado a vacacionar allá, de modo que Tereso es de los que no se tientan el corazón para despacharse a un cristiano y no dudo que si me descubre, con toda tranquilidad arregla los asuntos para convertirme en fiambre y hacerme desaparecer. Pero sabes qué, manita, la verdad es que si me mata, no me importa. Yo estoy aquí en mi casa como en la avanzada del campo de batalla, sola, absolutamente sola, llevo y traigo niños a la escuela, cocino, plancho, voy a la oficina, regreso, llevo a los niños a computación y al karate, a la escuela dominical y al catecismo, los veo crecer, al uno tragando como endemoniado, cada vez más flaco, y convirtiéndose en un niño sabio y a la otra agarrando vuelo de adolescente fatal, como si fuera una de esas criaturas de película que dentro de un cuerpo juvenil tienen a una bestia insaciable, la pobrecita, antes de poder manejar su cuerpo ya sufre de urgencias mayores, y yo acá, sigo con mi bandera al pie del cañón, duermo sola y sueño sola y cuando llega el hombre cada sábado me emputezco doblemente al servirle a este bruto, a este macho de mierda, a este puto redomado y por eso, mira, manita, mira como me lamo el dedo, a mí que me mate el desgraciado cuando quiera, que yo ya habré bailado lo que me gustó bailar y punto.

Mi esposa deja de hablar. Tiene los ojos bajos, coloca su mano izquierda sobre una de mis manotas que descansa sobre la mesa y me dice:

-¿Tú crees que la Regis pueda ser una mala influencia para mí?

Noto que casi inconscientemente se lleva el dedo índice de la mano derecha a la boca y comienza a lamerlo, mientras me mira sonriente.

Marco Tulio Aguilera Garramuño (foto)

 

‘Elogio al plato de arroz con huevo’ de Domínguez

Oscar-Dominguez-GiraldoEs plato de soltero, de separado, de echado de la casa, de vago, de bien y de mal casado, de ocupado, de enemigo personal de la comida de muchos trinchetes, de facilista, de sujeto escaso de equipaje en materia gastronómica. De perezoso, de informal, de cómodo, de no me jodan con comidas fusión. Porque el matrimonio de arroz con huevo es el mejor casado de cereal con proteína, un nutriente perfecto.

Me gusta porque se puede “maridar” con vino, chocolate, café, agua; porque se deja acompañar de arepa o pan, y se le puede vaciar un frasco de salsa de tomate y sabe mejor. Porque se puede comer con cuchara o tenedor, porque la yema del huevo que queda esparcida en el plato se puede recoger con la arepa (ojalá con el pan); mejor todavía, con el dedo.

Porque no tenés que ponerte a lavar harta loza, porque quita el hambre, no engorda, no enflaquece, porque el arroz es del carajo, así sea solo, frío o caliente. Porque la exigente fauna de los dietistas no tiene nada contra el arroz con huevo. Porque se puede comer frito, “arroz a caballo”, o revuelto con el huevo, porque es el plato colombiano más popular.

Porque nadie le ha hecho un poema, porque se puede mezclar: una vez comés arroz con huevo, otra vez huevo con arroz; porque pueden ser dos los huevos.

Porque estéticamente esa mezcla se ve bien sobre el plato, porque está listo en par patadas, porque es barato (hasta Bill Gates lo puede comer), porque uno lo aprende a preparar sin haber ido a la universidad. Es plato de analfabetas culinarios. También el Papa lo puede preparar en la claustrofobia de su celibato.

Me gusta porque la gente se nos burla en la cara cuando confesamos que nos gusta ese plato, porque sin arroz no hay paraíso. Porque no enferma, antes te alivia de alguna maluquera. Porque cuando estamos enfermos o de mal comer, allí está la solución, porque es un plato que no lo inventó nadie: lo inventamos cada vez que lo preparamos. Porque nunca sabe igual.

Porque no lo deja a uno lleno, ni lo pone directo. Porque sabe igual de sabroso a cualquier hora del día, pero sobre todo en la noche, pues nos vamos a roncar sin hambre y con el buche ligero.

Óscar Domínguez (foto)

‘La 40 Sur’ de Julio Suárez Anturi

 

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‘Silencio de neón’ de Lina María Pérez

lina-maria-perez-gaviria-3(Con este cuento ganó una de las diez categorías literarias del Concurso Internacional de Cuentos ‘Juan Rulfo’, el llamado Premio Semana Negra, en el año 2000)

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce; es una sombra -amor-, una celada… Amanda Berenguer

La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado.

Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel.

Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.

-No me prestas atención, Fabricio -rezongó Adelaida-. Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en San Pedro.

Fabricio había estado escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado.

Enfrentó a la mujer; con ella había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje, pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La primera respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera, pero su temple no se desmoronó.

Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado…

-Adelaida, esto no es fácil para mí… Las cosas se dieron a pesar de… -La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El temple de su esposa lo desarmó.

Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden-. El tono era evidentemente cínico pero mesurado.

-No hay lugar para rencores ni recriminaciones-. A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos-. Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una pieza, sin sentimentalismos.

Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario.

Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio.

Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johnny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas-. Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momentos resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta-. Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

-Por fin nos deshicimos de ella-. Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en San Pedro-. Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó.

Fabricio dejó sin probar su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal.

Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo.

Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas… la prima sosa ya no estorbará… San Pedro es una ciudad para exilados… Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya-. Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada. -No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.

-Es sólo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien- insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes, de aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado-. Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo-. Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible sopor.

-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté la coca pero no me atrapó-. Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida-. Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía de penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Meliana lo conminaba a dejar a su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso… se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para obtenerla…

-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la cantidad necesarios…

Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos, el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida no haber descubierto el engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizás Meliana, en medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Fabricio estaba en medio de dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso, Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con su mujer.

Volvió a la realidad cuando se felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.

Pidió una copa de brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso para cuando Meliana despertara.

Imaginó su reacción desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobre todo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por los narcóticos.

Para Fabricio fue una señal inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.

Con la cálida sensación relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

-Es una especie de maleficio con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal… Es una forma de legitimar la perversidad…

-Entonces brindemos por el maleficio y por el aire saludable de San Pedro! -le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso para el deleite del amor de Meliana.

Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johnny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la puerta.

La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.

-Habla el comisario Gamboa de la ciudad de San Pedro -la voz es fría e imperiosa-. Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes… ¿Me escucha, señor Marroquín? -Le escucho -responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.

-Cinco kilos de cocaína pura entre su equipaje… -el énfasis morboso no da lugar a dudas-. Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.

-Fabricio… -la voz de Adelaida suena apagada pero resuelta-. Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable… los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje… De acuerdo con el abogado, son alrededor de diez años…

-Meliana ya no está -dice Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre-. Durante la noche murió de sobredosis….

-Sobredosis? -Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan-. De vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza con la coca, con la vainilla, con el vino…, con la sangre… -su voz triunfante y depravada añade:- El maleficio, recuerdas?… es el castigo… hay daños que no tienen perdón…

Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

Lina María Pérez Gaviria (foto)