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‘Maldición gitana’ de Benhur Sánchez Suárez

BENHUR SANCHEZ SUAREZ-Usted va a morir muy joven -me dijo la gitana cuando se sentó sin permiso frente a la mesa donde Jorge Enrique y yo compartíamos café y cigarrillos y nos poníamos al día en los sucesos de nuestras vidas.

Casi al mismo tiempo tomó mi mano izquierda por asalto y la llevó a la altura de sus ojos. Alcancé a asustarme y la retiré, sorprendido y cauteloso.

De nuevo tomó mi mano sin permiso y continuó:

-Por la línea de la vida, que atraviesa su mano, a lo sumo llegará usted a los cuarenta años.

Volví a retirarla y ella me miró con fijeza, oculto por momentos su rostro en la nube de humo que despedía su tabaco, apretado en los dedos de su mano derecha. Luego agregó:

-Me llamo Gracia -sonrió melindrosa-. La línea se trunca antes de bordear el monte de Venus, lo cual me indica que va a morir en un accidente.

Me pareció que la sonrisa con que acompañó su vaticinio tenía rasgos de maligna.

-No tiene gracia lo que me dice -la increpé irónico, para tratar de borrar la cara de satisfacción que puso después de sus palabras.

-Pero va a ser muy feliz en el amor, pues…

La interrumpimos con nuestras carcajadas. Nos burlamos de sus predicciones con un juego de palabras entre el amor y la muerte y ella se puso roja de la ira.

-¿Quién llamó a esta vieja loca? -le pregunté al aire, para seguir la cuerda de la broma que brillaba en los ojos de Jorge Enrique. La mesera también se rió, como si la pregunta fuera para ella, pero miró hacia otra mesa.

-Con la muerte no se juega, señores.

-El juego no lo inventamos nosotros -le respondí de inmediato.

-Y si el juego fuera nuestro usted no sería invitada, señora -replicó Jorge Enrique a punto de perder la paciencia.

-Para conocer el destino no se necesita invitación -dijo, y extendió su mano huesuda para que depositáramos en ella la recompensa a sus quirománticos augurios-. Es una necesidad de las personas saber lo que les depara el futuro.

-Lo que no se contrata no se paga, vieja bruja -le repliqué sonriendo.

-Si no me pagan hago que caiga sobre ustedes la maldición gitana.

-¿Nos está amenazando? -la interrogó Jorge Enrique.

-Deja que se vaya, nosotros no la llamamos ni le hemos pedido que nos adivine el futuro -intervine para acabar de una vez por todas con ese mal momento.

-He leído en su mano su futuro y usted debe pagarme por mi trabajo -sus ojos eran dos fogones encendidos.

-Yo no le pedí que lo hiciera.

-Por eso no le pagamos, ¿está claro? -intervino de nuevo Jorge Enrique.

-¿Ah, no? ¡Pues morirán colgados de las pelotas!

Echada la maldición salió del café llevándose su olor a tabaco y su furioso desfogue por un trabajo sin ninguna recompensa.

Del café donde estábamos se divisaba con claridad la Iglesia de las Nieves y en la plazoleta un enjambre de personas sin oficio, algunos alrededor de un vendedor de herramientas de contrabando. Vendía un juego de destornilladores contenidos en una pequeña caja de plástico, que al sacarlo y armarlo podía servir para múltiples necesidades caseras. En ese grupo debió perderse la gitana. O, más allá, detrás del pregonero de la buena suerte, que también tenía su propio círculo. No volví a ver su pañoleta de colores ni el humo que la precedió cuando salió del café echando maldiciones.
-Ya me empezaron a doler -me advirtió Jorge Enrique.

-¿A doler qué? -le pregunté sorprendido.

-Las pelotas, mano.

Nos reímos hasta que terminamos de consumir los cafés y los cigarrillos y salimos para tomar cada uno el rumbo de su trabajo.

-Cuídate -me solicitó y me señaló abajo con ruidosa carcajada.

Yo también me reí mientras bajaba por la Calle Veinte hacia la Carrera Décima, donde tomaría mi transporte para dirigirme hacia mi casa.

No volví a ver a la gitana, cuyo rostro no se ha borrado de mi memoria desde entonces. Tampoco he vuelto a ver a ningún gitano, probablemente hayan cambiado o asimilado a nuestra cultura y se vistan lo mismo que nosotros. Ya no son reconocibles con la misma facilidad de antes.

Hace unos días, cuando la Mona Cha consultaba un manual de quiromancia para escribir un artículo que tenía que enviar al periódico donde colabora, el recuerdo de la gitana volvió a sacudir mi memoria y el olor de su tabaco regresó como una oleada sin ninguna explicación.

Sé que a la Mona Cha no le gustan estas prácticas adivinatorias. Es más, induce a las personas para que no las utilicen porque, según ella, dañan la energía y muchas veces se devuelven causándole trastornos a quienes las consultan. Pero no resistí la tentación y le pregunté:

-¿Qué tan acertadas son las gitanas, Mona?

Cerró el libro y me miró extrañada. Por unos instantes permaneció en silencio, como si se esforzara para desconectarse del hilo de su lectura y poder entonces atenderme. Luego me sonrió y me explicó comprensiva:

-La mayoría dicen que adivinan el futuro pero es sólo para sacarle dinero a los incautos. Pero no hay que desestimar esas cualidades. Algunas son verdaderas adivinas, aunque tengan fama de tramposas. La magia y la adivinación son parte de su cultura.

-Qué bien.

-¿Por qué me lo preguntas?

Le resumí mi experiencia de cuando tenía 24 años y ella se rió como Jorge Enrique aquella tarde en la plazoleta de las Nieves.

-Cuando yo era niña sentía mucha atracción por los gitanos -miró a través del ventanal los árboles del parque, como si buscara su complicidad-. Inclusive, llegó un momento en que quise irme con ellos. Recuerdo que habían levantado una carpa cerca de la casa y casi todos los días tocaban en nuestra puerta para pedir agua o para que les diéramos permiso para acceder al sanitario del servicio. Mamá les negó la entrada y nos advirtió que no iba a permitir por nada del mundo que nos acercáramos a ellos. Luego nos amenazó con castigarnos si nos atrevíamos a desobedecerla.
-Los gitanos se roban los niños para comérselos o para venderlos en otros barrios o en otros pueblos -nos explicó molesta, ya en el colmo de la rabia por su atrevimiento de importunar la tranquilidad de nuestra casa.

-¿Quién les daría permiso para quedarse en nuestro barrio? -interrogó a su inconformidad y volvió a amenazarnos.

Pero cuando ella no estaba, yo les abría la puerta para que entraran e hicieran sus necesidades. También les daba algunos alimentos para que los llevaran y los prepararan en su carpa. Me daba mucha pena verlos en esa situación, que para mí era de desamparo. No niego que sentía mucha atracción por ellos, me parecían increíbles sus vestuarios y su forma de vida. Por la ventana de mi cuarto los miraba en su carpa, percibía el humo de la hoguera que prendían y la manera como se comunicaban entre ellos. Dos veces me acerqué curiosa a su campamento, escondiéndome para que mamá no me pillara. Ahí conocí a Miguel, que cuidaba un caballo muy bonito, y él me presentó su esposa, de nombre Amara. Cuando me contó que leía las cartas y adivinaba el futuro, el corazón casi se me sale del pecho, aunque no tenía ni idea de lo que significaban esas prácticas. Dentro de la carpa observé a una niña, que me miraba como si hubiera visto algún fantasma.

-Se llama Adalí -me la presentó Miguel y yo la miré curiosa, aunque no entendí nada de lo que dijo.

No sé cuánto tiempo duraron en el barrio, pero a partir de ese momento fue él quien se acercó a la casa cuando le hacía señas desde la ventana para indicarle que mamá había salido y podía aproximarse sin problemas.

Pocos días después mamá empezó a quejarse por la pérdida de unas joyas. Insistía que las tenía en un cofre sobre el tocador de su alcoba. Me asusté mucho pero no dije nada acerca de las veces en que los gitanos habían penetrado a la casa ni de la forma como se habían vuelto mis amigos. En mi interior sabía que ellos no eran los ladrones. La cantaleta duró varios días, mamá culpaba a cuanta persona hubiera entrado a la casa en las últimas semanas, a la muchacha del servicio que tuvo salida el domingo anterior, a la vecina que vino a visitarnos, a los familiares que pasaron la tarde de un sábado invitados a un chocolate con panderos, pandeyucas y almojábanas. A mis primos les conté sobre Adalí pero no les dije cómo ni dónde la había conocido.

Por fin mamá decidió que las joyas se habían perdido por mi culpa y me castigó encerrándome en mi alcoba. No me extrañó su decisión pues siempre era culpable de lo malo que sucedía en nuestra casa. Encerrada en mi habitación percibí que algo me iba a impedir seguirlos en su trashumancia por el mundo, como soñaba cuando los vi en la calle.

Al día siguiente mamá tuvo que salir de nuevo para hacer sus diligencias y me alegré cuando se despidió. Era justo el día en que había decidido irme con ellos. Cuando bajé para salir a la calle, encontré la puerta con llave. Con seguridad mamá sospechó de mis intenciones o alguna vecina la advirtió sobre la cercanía de los gitanos. Lloré sin saber qué hacer. Sentí que habían borrado mi futuro. A la mañana siguiente lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver si lograba encontrar a Miguel, pero en el escampado donde se habían acomodado sólo permanecían apagadas las piedras negras del fogón, donde preparaban los alimentos, y un basurero impresionante. Adalí ya no estaba para regalarle mi muñeca preferida, como se lo había prometido la segunda vez que los visité. Ese día lloré abrazada de mi almohada, con la muñeca de trapo con cara de porcelana sentada en la cabecera de la cama. Sabía que había perdido para siempre a mis amigos.
Hizo una pausa, que aproveché para acariciar su cabellera, deslizar mi mano por sus pómulos y dejarla unos instantes en su boca.

-La humanidad ha sido injusta con los gitanos -me dijo por último-. Siempre se ha dicho que son vagabundos, tramposos y ladrones, pero eso no es cierto. Es más una leyenda que nació cuando en la inquisición española los condenaron y persiguieron por sus prácticas de magia y adivinación. Los gitanos, por el contrario, son muy respetuosos de sus niños y de sus ancianos, tienen aptitudes innatas para la adivinación y la magia y son nómadas por naturaleza.

-Pero iban a robarte, ¿no?

-No. Yo quería irme con ellos, lo cual es bien distinto.

-¿Y la pérdida de las joyas qué?

-Por una visión que tuve, supe que el robo lo había hecho la muchacha del servicio, que después de la desaparición de los gitanos se fue de la casa. Claro que no le dije nada a mamá porque no la iba a hacer cambiar en su concepto sobre los gitanos y, además, ya había pagado castigo por la pérdida. Ahora sé que la actitud de mamá me salvó de una vida azarosa y de un futuro que ni yo misma puedo imaginar hoy. Miguel y Amara murieron en un terrible accidente en Santa Marta y Adalí fue recogida por otros gitanos que se la llevaron para España.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque soy psíquica, ¿acaso lo olvidaste?

-Y pensar que mi única relación con los gitanos fue por esa mujer que vaticinó la forma como yo iba a morir a los cuarenta años.

La Mona Cha volvió a reírse de mi preocupación y abrió de nuevo su libro de consulta. Yo regresé a mi estudio con la historia de Miguel, Amara y Adalí bullendo en mi cabeza.

Hoy, que tengo sesenta años, sé que he rebasado con creces las predicciones de la gitana. Pero tengo la duda de si moriré, como ella lo predijo, colgado de las pelotas.

Benhur Sánchez Suárez (foto)

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‘Resivimiento’ de Gustavo Arango

Gustavo ArangoTengo nostalgia de los tiempos en que el mundo tocaba la puerta para entrar en nuestras vidas. No soy nuevo en estas cosas, hace más de diez años sostuve asombrosas conversaciones escritas con personas a las que nunca había visto y nunca vería. Una noche, por los tiempos más oscuros, logré establecer contacto con una mujer que dijo estar en Chile. Pasamos la noche entera escribiendo, imaginando obscenidades, actos de toda clase, a pesar de que nunca supimos el aspecto que teníamos. Por aquel tiempo, también, una exnovia creó una identidad falsa para indagar qué les contaba a otras personas sobre nuestra relación. Hablamos largamente en esos días y la naturaleza de la charla era cada vez más atrevida. Al final de la semana se quitó la máscara. Me reprochó que hablara con desconocidos de su inexperiencia -así fuera sin mencionar su nombre-, de lo lejos que estaba de la soltura en la cama. Aún hoy me cuesta pensar que esa mujer de caricias discretas fuera capaz de una osadía tal con el lenguaje. Me quedó la sensación de que nunca la había conocido.

Aquellos eran tiempos sórdidos. Yo andaba vulnerable. Pensaba que podría hacer contacto si buscaba entre los perfiles en oferta que mostraban las redes. Luego empecé a volverme serio, si es que se puede decir eso. Empecé a tener claro que no era bueno dejarse enredar por desconocidas. El episodio con el fulgor de Caloto me dejó vacunado. Fue un asunto que pasó en pocas semanas del anonimato a un enredo difícil de desenredar. Fue algo así como la versión contemporánea del casamiento engañoso, la novela de Cervantes.

Cuando la tecnología empezó a ofrecer la posibilidad de hacer llamadas y transmisiones de video, me limité a tener sexo virtual con personas cuya identidad tenía establecida. Con el tiempo he aprendido a reconocer la intención “fishy”, el deseo de embaucar, de las personas desconocidas que me contactan por la red, y he cortado el asunto desde el primer momento. Reconozco las razones por las que una persona pueda querer hablarme. No presumo cuando digo que vivir en el País del Sueño me confiere un “sex appeal” del que carezco. Ni siquiera es posible reprocharles el deseo de ascender, de mejorar, o sólo de sobrevivir, a costa de la ingenuidad, la soledad o la simple arrechera de un sujeto que vive y trabaja en una sociedad que es común considerar privilegiada.

Todo eso he pensado esta tarde de domingo desde que me llegó el primer mensaje de una chica que hace un par de semanas pidió ser mi amiga en el club virtual. Supongo que de verdad es una chica, que su nombre es Tifany, pero la única certeza es una foto de perfil de una muchacha de ojos grandes, rostro enfático, morenos labios gruesos y senos perfectos que se asoman por el escote de un vestido sencillo. Llegó con todo el arsenal:

-Hola. ¿Cómo estás? ¿Ya me olvidaste?

Era un saludo inteligente. Siempre he admirado la astucia de algunas mujeres para mantener activa una conversación. La exnovia que se hizo pasar por otra era muy hábil en eso. Supongo un oculto principio: “Mientras el tipo responda hay esperanza de sacarle algo”. Estaba seguro de no conocerla. De Filandia, donde vive, según lo declara su perfil, sólo había tenido noticias de oídas. El nombre del pueblo me parece un detalle de humor fino. Allí nació, y probablemente está escondido, el fugitivo doctor Ternura. Alguna vez que visité a mi compadre Colorado, en Pereira, me contó una historia de ese pueblo y señaló hacia las montañas del suroeste. Fue la inteligencia del saludo lo que me llevó a responderle.

-Qué memoria la mía -le dije.

Pensé agregar algo más, pero opté por un estilo minimalista. Ella tardó poco en escribir.

-No sé si eres tú el Magnífico que busco. También olvido. Hace mucho hablé contigo. ¿Te acuerdas? Te envié fotos mías, fue hace mucho tiempo, pero ya no recuerdo bien si eres tú el que me dabas regalos, me hacías llegar giros y la pasábamos rico.

Me quedé analizando. Ahí estaba todo expresado con elegancia. Le atribuí un mérito mayor que el de las que directamente te contactan para ofrecerte cochinaditas virtuales. A esas suelo denunciarlas con la administración del club virtual. Estaba considerando la idea de abandonar la charla cuando agregó:

-Pero perdí tu contacto. Apenas pude abrir una cuenta nueva y vi tu nombre y me acordé de ti. Quería saludarte. Saber cómo estabas.

-Estoy bien… -le dije-. Pero no creo ser ése del que hablas. Si hubiéramos pasado rico lo recordaría. Eres muy bella, para que alguien te olvide.

-Sí, creo que eres tú. A ver, dime si recuerdas cuándo te enviaba fotos sexys.

Me estaba explicando las cosas con plastilina, pero aún yo no entendía la razón para insistir en el asunto de la historia pasada.

-Es que la verdad no hablamos más de dos años -agregó-. A lo mejor por eso no nos acordamos bien, aunque yo sí me acuerdo un poco.

“¿Dos años de fotos sexys y giros y regalitos?”, pensé. Creo que lo recordaría. Recuerdo muy bien los giros y regalitos que hice en tiempos remotos. Decidí seguirle el juego:

-Mándame una foto, a ver si me acuerdo.

Tardó poco en enviar la foto escueta de un sexo rasurado, de labios claros, de un rosado fresco. Junto a la foto escribió: “Pero acuérdate que, cuando te envío fotos, tú me das regalos”. El índice y el pulgar de la mano izquierda lo entreabrían y dejaban ver la gruta tierna, humedecida. Todo era muy limpio, profesional. Sólo un observador agudo podía notar la longitud dispareja de las uñas gruesas sin pintar, las estrías en la breve franja del vientre.

-¿Ya te acordaste?

-Parece familiar

-¿Cómo?

-¿Y qué regalos te daba el hombre con quien me confundes?

-No creo confundirte -dijo-. ¿Cómo voy a enviar una foto así a alguien que no conozco? Es que recuerdo que tú eres, o eres muy parecido al hombre del que hablo.

-Pues sí, sería un error… -le dije.

Pensé en las posibles consecuencias de seguir con el juego del recuerdo.

Ella insistió:

-Pero dime, aún no recuerdas o yo estoy muy olvidada y pasé una pena contigo al enviarte algo así.

-No te dé pena… es una belleza. Con mayor razón digo que te recordaría.

-Pero por qué yo estoy tan segura que eres tú. A lo mejor ya no te gusto, dímelo.

También esa jugada me la sabía. Nadie tan engullible (la palabra debería existir, “gullible” -en inglés- expresa lo que fui en muchas ocasiones) como lo fui mucho tiempo. Podría contar mi vida a partir de los infortunios a los que me condujo -y las lecciones que me dio- mi engullibilidad. Un hombre que aspira a ser bueno y correcto nunca le dirá a una mujer que ha dejado de verla bella.

-¿No decías pues que te gustaba cuando te hacía cositas más ricas… por chat?

La oferta no podía ser más explícita.

-Cómo qué… le hacías al man, digo.

Ya tenía claro que entrar en el juego del recuerdo imaginario podía ser peligroso. Imaginé hombres casados objeto de chantajes por hacer admisiones de esa clase.

-No me gusta que te hagas el que no sabes… tú lo sabes, cosas ricas (aquí agregó la imagen de dos diablitos morados). Pero si no quieres darme regalos, ni quieres recordar lo de hace tiempo, está bien, yo no te voy a molestar.

Decidí guardar silencio. Después de unos minutos agregó:

-No me gusta rogar. Cuando te acuerdes me hablas. Un beso donde lo quieras resivir.

He sido convencional al corregir la ortografía del resto de su charla, pero ese “resivir” -tengo que admitirlo- era una obra maestra.

Le dije:

-Otro beso para ti, donde te lo quiero dar.

-Y dónde… me lo quiere dar.

-En la nariz, claro… es más linda que ese chocho que ni se sabe de quién es.

Dijo que no entendía lo que le decía, pero se esforzó para que la última palabra fuera suya y no reflejara desconcierto.

-Bueno, en la frente. Tú te lo pierdes, amor. Bye!

Gustavo Arango (foto)

‘El ciego’ de Jairo Aníbal Niño

jairo anibal niño-He comprobado científicamente que un ciego fue, es y será incapaz de tener ese afinadísimo conocimiento sobre el color y el contorno de las cosas, el paisaje y los seres humanos, tal como aparecen en las obras atribuidas a Homero. Por lo tanto puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que Homero jamás existió.

Con esas palabras, el profesor Ildebrando Torrealta, de menguados cabellos, dio por terminada su conferencia. Con un ajedrezado pañuelo limpió sus anteojos, mientras el público, desde cóncavos asientos, lo aplaudía frenéticamente.

Un joven estudiante de ahuesado aspecto se acercó al catedrático y se ofreció para ayudarlo con un abultado cartapacio lleno de papeles, transparencias y documentos, que le habían servido para sustentar su tesis de que Homero era un cuento dentro de los cuentos griegos. Ildebrando Torrealta avanzó a lo largo de los lustrosos corredores de la universidad, deteniéndose de vez en cuando para recibir algunos saludos ceremoniosos y firmar un par de autógrafos.

El profesor abrió con un dispositivo electrónico la puerta de su oficina y le señaló al estudiante de ahuesado aspecto una gran mesa en la que se amontonaban toda clase de libros, folletos y papeles. El joven, deseoso de ganarse la simpatía del profesor, se ofreció para ordenar y limpiar el contenido de la mesa que parecía estar a punto de ser sepultada bajo una capa de polvo. Ildebrando Torrealta aceptó con una inclinación de cabeza, metió en su portafolio unos documentos y salió apresuradamente a cumplirle una cita al ministro de la cultura.

El joven estudiante descubrió debajo de unos mapas una pequeña figura de Afrodita, tallada en una madera perfumada. La diosa parecía emerger de un mar de cedro. La contempló conmovido, porque recordó que Afrodita es la diosa bajo cuyas pisadas nace por doquier la hierba florida.

Al atardecer, poco antes de concluir su labor, el estudiante descubrió la carta. Tal vez se había caído del interior de algún libro, o se había escapado de alguna de las carpetas atiborradas de papeles. Se dispuso a colocarla encima de una pila de revistas, pero de repente, ante sus ojos, apareció la palabra Homero, y no resistió la curiosidad de leerla. La nota, fechada en la ciudad de Atenas, estaba concebida en los siguientes términos

“Apreciado doctor Torrealta:

Le he enviado por correo certificado los documentos que me solicitó con relación a los estudios que está llevando a cabo con el fin de probar la inexistencia de Homero.
A propósito, recientemente, en el puerto del Pireo y de boca de un viejo marinero, me enteré de un cuento, el cual deseo comunicarle, a sabiendas de que no tiene el más mínimo valor.

Según el marinero, ese relato se había transmitido en su familia de generación en generación, y se refiere a un antiquísimo inventor de cantos, a un rapsoda ciego de multiforme ingenio, curiosamente llamado Homero.

Según la fábula, quienes le oían se maravillaban que un ciego fuera capaz de inventar historias tan luminosas.

Un día un labrador vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se acercaron al rapsoda, atravesaron sus apagados ojos como si fueran puertas que se hubieran abierto de repente y penetraron dentro de su cuerpo y tal vez se posaron en las ramas del árbol de su cabeza y le empezaron a contar muchas cosas del mundo, porque Homero sonreía y repetía en voz alta unos sonoros versos que cantaban el encuentro de un desdichado náufrago con la hermosísima princesa Nausicaa.

Como puede ver, doctor Torrealta, es un vulgar cuento que se lo he querido transmitir a título de simple curiosidad.

Cordialmente.

Vassilis Stergiu

Doctor en Filosofía y letras.”

El estudiante de ahuesado aspecto salió a la calle y tuvo la fortuna de que en ese instante pasara un bus que hacía el recorrido hasta un lejano barrio del sur de la ciudad en el que residía desde hacía mucho tiempo.

Cuando el vehículo se introdujo por una de las calles aledañas al Parque Nacional, el estudiante vio que unos pájaros diminutos y transparentes, tan diminutos y transparentes que eran casi invisibles, se posaron en el antepecho de una ventana. El bus tomó una curva, y del campo de visión del estudiante desaparecieron la ventana y la casa de ladrillos rojos a la que pertenecía. Un compañero de la universidad, que iba a su lado, le dijo:

-¿Sabe que en esa casa de ladrillos rojos está viviendo el escritor Jorge Luis Borges?

Jairo Aníbal Niño (foto) (Reciba los post de este blog por email, indicando el tuyo en la parte superior derecha, pulsando ‘Seguir’. Gracias)

‘La tragedia del minero’ de Efe Gómez

gomez efeEs de noche. La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores, de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad entera.

Se oyen pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos, Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.

-¿Y Manuel? -pregunta Doña Luz.

Silencio.

-¿Se quedó de paso en su casa?

-No, señora.

-¿Y entonces?

Silencio nuevo.

-¿Pero qué pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere -naturalmente- que esté con ella en el trance que se le acerca.

-¡Pobre Dolores! -dice Micaela-. De esta llenada de luna no pasa.

A Juan Gálvez empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.

-Que se cumpla la voluntad de Dios, señora -dice al fin-. Manuel no volverá.

-¿Qué hubo, pues?… Cuenta, por Dios.

-Mire, señora. Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano… Y ni un jumo de oro. Cuando una mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal… y empezamos a sacar amarillo… y la cinta a meterse por debajo del organal… La señora no sabe lo que es un organal… Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos… amontonados cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros… ¡Y qué montones! Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de un montón de esos… Y se pierde. Se le oye mugir allá… hondo. Uno pasa por encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a caer de piedra en piedra… a caer de piedra en piedra… a chilinear: tirín, tirín… Allá estará chilineando todavía.

Por entre las junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en que no cabíamos… Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.

-Aquí va la cinta -dijo Manuel, ya al otro lado.

Le echamos una batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.

-¿Qué opinás viejo? -me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado, llena de material.

-Mirá: se ven, así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores…

Y pegó un grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el organal, como un trueno encuevao.

Los compañeros salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla… Cuando de golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa que tenían entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me quedé a oscuras… ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de Manuel… pa qué sino la verdá.

-¡Bendita se la Virgen! -dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron llegar-. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.

-¿Y qué fue lo que pasó?

-Es que onde hay oro, espantan mucho.

-¿Y Manuel?

-Por ai vendrá atrás.

Nos pusimos a clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.

-¿Le pasaría algo a aquél?

-Allá estará, como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.

-Vamos a ver.

Y empezamos de nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.

Llegamos al punto en donde habíamos estado antes.

-Pero qué sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa -dijo Quin Restrepo, con una carcajada.

-¡Y la vela!

-¡Y los fósforos!

-Fíjate a ver si dejó también las orejas este viejo flojo.

-¡Y quien le oye las cañas!

-¡Pero qué fue esto, Dios! Vengan, verán -gritó Penagos.

-¡A ver!

-Nos amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto, Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba nada: ciego, como ajustado a garlopa.

-¡Manuel…! -grité.

-Nada.

-¡Manuel!

-Nada.

Volví a gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:

-¡Manuel!

-¡Oooh!… -respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo…

-¿Qué hubo, hombre?

-A mí déjenme quieto.

-¿Pero qué fue, hombre?

-Por mí no se afanen. Ya yo no soy de esta vida.

-¿Qué pasa, hombre, pues?

-Encerrado como en el sepulcro… De aquí ya no me saca nadie… Sacará Dios el alma cuando me muera… Si es que se acuerda de mí.

-Buscá, hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde…

-He buscado ya por todas partes… Los pedrones, juntos, apretados… ¡Y qué pedrones!… Tengo una sed…

Inventamos un popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.

Así nos estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.

Si tuviéramos dinamita -pensábamos- volaríamos el pedrejón que rompió los tacos… pero como todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente… y nos trituraría a todos… o nos dejaría encerrados…

Y lo horrible fue que se nos acabaron los víveres.

Manuel lo adivinó. ¡Con lo avispado que era!

-Váyanse muchachos… ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras… Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y… váyanse… ¿Qué se suplen con estarse ai…? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!… Me le dicen a doña Luz que ai se los dejo… a él y a Dolores. Que los cuide como propios… y no me llamen más, porque no les contesto…

¿Qué hacíamos, pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!

Y el viejo Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para taparse los ojos. Lloraba.

La puerta del exterior se abrió con estrépito.

Y entra Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos enormes, extraviados, trágicos.

-Todas son patrañas. Todo lo he oído… Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo… ¡Y ustedes sinvergüenzas, tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos…!

Abre los brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.

Se lanza doña Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.

Efe Gómez (foto)

 

‘Violación’ de Pilar Quintana

pilar-quintana-escritora-caliCon la señora a duras penas si conseguía una erección que le permitía penetrarla. Era ahí cuando empezaba el verdadero martirio porque nunca alcanzaba la excitación suficiente para venirse. Horas y horas de darle a ese cuerpo de carne abundante y floja que aullaba debajo de él. Si la oscuridad era absoluta y la tocaba lo menos posible, podía imaginarse que la señora era la niña. Entonces se venía al instante.

La niña sí le producía erecciones como debían ser. Le bastaba con verla salir de la ducha envuelta en su toallita blanca o paseándose por la sala con su pijama de pantalón corto y blusa de tiras.

Vivía con ellas desde que la niña tenía siete años. Ahora tenía trece y le decía papá. Los senos ya le estaban brotando. Pero la regla todavía no le había llegado. Si lo hubiera hecho, la señora se lo hubiera contado. Además las únicas toallas higiénicas que aparecían en la papelera del baño eran las que descartaba la señora cuando estaba en esos días. Se moría de ganas por saber si le habían salido vellos en el pubis, las axilas estaban limpias. Cada vez que la niña alzaba los brazos para alcanzar un objeto de la alacena, él se detenía a examinarla.

Esa mañana llamaron por teléfono a la señora para avisarle que un tío había muerto. No convenía llevar a la niña a una ceremonia tan triste y larga y tampoco podían dejarla sola. Era una niña. Lo más prudente era que él se quedara a cuidarla.

Cuando llegó del colegio, la niña se encontró con que su mamá se había ido al velorio de un tío. Sintió que debía ponerse a llorar, apenas si había conocido al tío y no le salió ni una lágrima. Se comió la merienda que él le preparó. Hizo la tarea mientras él lavaba los platos. Entonces llegó la noche y la hora del baño. Salió envuelta en su toallita blanca y él la siguió con la mirada. Encontró el pijama de pantalón corto y blusa de tiras sobre su cama. Se lo puso y volvió a la sala. Él sonrió y la invitó a ver televisión en la cama grande.

En cuanto la niña se durmió, él apagó el televisor y empezó a masturbarse. La niña estaba a su lado, boca abajo. Con la mano libre se puso a acariciarle la espalda. Después bajó a las nalgas y de ahí no le tomó mucho tiempo llegar a la entrepierna. La niña se movió y él aprovechó para darle la vuelta. Le quitó los pantaloncitos, la oscuridad era absoluta, le bastó con el tacto para darse cuenta de que no le habían salido los vellos. Esto lo excitó sobremanera y le separó las piernas. Con una mano se masturbaba y con la otra la tocaba a ella. El clítoris se le había hinchado, estaba mojada, la niña permanecía quieta pero no era posible que siguiera dormida. Entonces le acercó el miembro al pubis. No pensaba penetrarla, sólo iba a restregarlo hasta venirse. A medida que lo hacía la respiración de la niña se fue agitando, definitivamente estaba despierta y no estaba negándose. Así que él se mintió diciendo que sólo iba a introducir la punta. Cuando lo hizo, la niña soltó un gemido. A él le pareció que era de placer y ya no pudo contenerse. Lo hundió hasta el fondo.

La niña gemía y él se movía rítmicamente, despacio, para no hacerle daño. Cuando estaba a punto de venirse, todavía tuvo la presencia de ánimo para preguntarse si debía hacerlo por fuera o por dentro. Se acordó de que a la niña todavía no le había llegado la regla y se vino por dentro. Entonces todo quedó en calma.

A la mañana siguiente quitaron, entre los dos, las sábanas de la cama grande y las llevaron a la lavadora y todo siguió siendo como era antes. Lo único diferente ocurrió cuando la estaba despachando para el colegio. La niña se acercó para besarlo, nunca lo hacía, él se sintió algo cohibido y le puso el beso en la frente. La señora llegó cuando las sábanas ya estaban limpias. La conciencia de la muerte le había dado ganas de sexo. Él supo que ya no iba a cumplirle ni con una de sus erecciones blandas.

Pilar Quintana (foto)

‘El rayo’ de Paul Brito

paul britoLa mala suerte de mi familia comenzó con un rayo y terminó con otro. El papá de mi abuelo Miguel se llamaba Carmelo Ramos y tenía una finca grande por los lados de Molinero, a varios kilómetros de Sabanalarga. No superaba los 55 años cuando un rayo lo mató. Se había desatado una tormenta eléctrica y mi bisabuelo salió a meter las vacas en el establo, a pesar de que su esposa, mi bisabuela Rosita Galera, que siempre fue capaz de olfatear la muerte, le rogó que no lo hiciera, que dejara las vacas donde estaban.

-Cómo se te ocurre, mujer, las puede arrastrar un arroyo y ahogarse -exclamó él.

Mi bisabuela Rosita trató de agarrarlo, pero los Ramos siempre han sido tercos e impacientes, y mi bisabuelo Carmelo salió a poner a salvo a sus animales. Cuando el rayo retumbó, ya Rosita había visto el resplandor como un fogonazo que quisiera fotografiar el momento para siempre, y ya había sentido el temblor en el fondo del suelo. Mi bisabuelo Carmelo no murió exactamente por el rayo sino por un árbol centenario que le cayó encima, lo que no dejaba de ser irónico: un árbol había matado al señor Ramos. Le dejó a Rosita siete hijos, de los cuales los tres primeros: Domingo, Armando y Miguel, murieron también alrededor de los 50 años. Mi abuelo Miguel, por ejemplo, tenía apenas 48 años cuando se le reventó una úlcera en el estómago y dejó a mi abuela también con siete hijos.

Lo curioso es que, en cambio, mi bisabuela Rosita vivió hasta los 103 años, cuando hacía tiempo había enterrado a su esposo y a sus tres hijos mayores. Llegó a esa edad sana y con los dientes intactos, a pesar de que fumaba unos tabacos sin filtro con el fuego hacia dentro. Decía, en broma, que iba por la tercera dentición. Mis tíos recuerdan que cuando cumplió 100 años le hicieron una fiesta grandiosa y mi bisabuela fue la que más bailó.

Su memoria también era admirable. Todas las mañanas se bañaba temprano, con la supervisión de su nieta Sonia, y salía a la terraza a mecerse en su mecedor, en la casa de material que tenía en Sabanalarga. La gente la saludaba con cariño:

-Adiós, Mamá Rosita -le decían. Y ella saludaba a todos con nombre y apellido, y a los que tenía tiempo sin ver o no había visto nunca les sacaba el parentesco:

-Ah, tú debes ser nieto de mi compadre Ligorito, dale mis saludos por favor.

Cuando llegó a los 103 años, decidió que ya se quería a morir, a pesar de que seguía igual de saludable y lúcida como siempre. Le preguntaron por qué y ella respondió que ya había enterrado a su esposo, sus hermanos y cuatro de sus hijos.

-No quiero enterrar también a mis nietos -exclamó-, ya está bueno.

Era como si hubiera absorbido el tiempo que les faltó vivir a sus hijos y no quisiera seguir viviendo con el saldo de algún nieto. O como si le pareciera de mal gusto seguir cumpliendo años indefinidamente mientras todos se morían. Quizá pensaba que la única manera de conjurar la fuerza de aquel rayo que había seguido tumbando Ramos prematuramente era cortar su propio tallo de raíz.

Y ese día efectivamente murió dormitando en su mecedora, como si un rayo silencioso hubiera caído sobre ella. Entonces habrá percibido el mismo resplandor y la misma sacudida en el fondo de la tierra, como cuando desciende un rayo sobre un árbol centenario.

Paul Brito (foto)

‘María a la cuatro de la tarde’ de Pedro Gómez V.

pedro_gomez_valderramaAcaba de pasar por esa calle un ciclista que llevaba en la mano derecha una guitarra, lo cual demuestra que es un hombre pacífico. Iba rodando lentamente; al principio partía en dos la calzada, pero después se inclinó sobre la izquierda, porque apareció un automóvil oscuro, tal vez negro, a cierta velocidad, lo cual en este barrio y a las cuatro de la tarde es sorprendente. Me convencí más todavía de que se trataba de un ser pacífico, porque, además de llevar la guitarra en la mano, lo cual le hacía tener especial cuidado para conservar el equilibrio, al llegar a la esquina evitó felizmente el grupo de muchachos agresivos que después de las seis de la tarde crean extenso terror, rompen vidrios, pinchan neumáticos y persiguen a las criadas que van a hacer la compra vespertina. No le vi hacer ninguna de estas cosas; se limitaba a llevar la guitarra suspendida en alto para que no golpease contra la rueda trasera.

Eran apenas las cuatro de la tarde, pero de una tarde oscura que amenazaba lluvia, y yo estaba desoladamente solo porque María no había venido, a pesar de haberme prometido hacerlo a esa hora, y yo contaba los minutos y me impacientaba sin saber qué hacer, mirando la cama abierta, y me inclinaba sobre la calle para ver pasar a la gente y ver venir a María, con su contoneo particular y su manera arrogante de alzar la barbilla, que deja sorprendidos incluso a los muchachos del barrio. Pero no llegaba María, y en cambio el ciclista de la guitarra pasó, con la mano rígida, y el instrumento alcanzaba a balancearse un poco; y yo me puse a pensar en lo que le pasaría si un hueco de la calle lo hacía caer, la guitarra aplastada, hundida, y el sonido de las cuerdas en el momento de romperse la caja; pero luego pensé que una silueta a lo lejos era la de María, y resultó ser la muchacha de la esquina, esa a la cual sorprendieron una noche haciendo el amor en un automóvil con un tipo barbudo y la policía casi se los lleva y, sin embargo, dicen que ellos acabaron mientras los policías miraban sin saber qué hacer y golpeaban los vidrios del auto.

Yo me sentía desazonado en la ventana, porque el día tenía algo incómodo, porque era apenas viernes, no era sábado, y el sábado es redondo, es puro; todos los otros tienen aristas especialmente a esta hora, y era peor porque esperaba con desánimo, casi convencido de que no iba a llegar. Alcancé a ponerme a mirar en la pared el cuadrito que alguien dejó puesto hace mucho tiempo sobre el papel de flores, una reproducción tosca de algún cuadro famoso en que un militar con bigotín y perilla sonríe suficiente al paso de una mujer de faldas largas y trasero redondo y pomposo como un sábado.

Y alcancé a pensar más, mucho más en el ciclista, y sobre todo en su aire pacífico demostrado por la guitarra, que ahora es desusado porque ¿qué hubiera hecho, por ejemplo, si lo hubieran atacado los muchachos? ¿O si el perro de las solteronas hubiera intentado morderlo? Pero sospecho que nada de eso pasó porque su mismo aire pacífico contagiaba a la demás gente.

En cambio alcancé a ver después al cura que subía, vestido de sotana como ya casi no va ninguno. Y tuve la impresión de que el cura, a pesar de no llevar ningún arma, emanaba un aire provocador. Y temí por un momento que los muchachos lo atacaran, pero se limitaron a sonreír y hablar en voz baja. En cambio, el perro de las solteronas se lanzó al ataque, y una de ellas tuvo que salir, sofocada, a detenerlo, y pedir excusas al cura. Después vi a lo lejos una figura de vestido rojo, y pensé que era María. Pero al acercarme me dio vergüenza de haberla imaginado, porque era la fea de la casa rosada.

Y María no llegaba, y me puse a pensar cómo sería yo llevándola en bicicleta, alzada como lleva el hombre la guitarra, cómo el viento le levantaría la falda a María y se le verían las piernas, y a lo mejor la falda podía enredarse en los radios de la rueda, y caeríamos los dos, y al caer María, María a las cuatro de la tarde, sonaría como la guitarra rota; pensando en todo esto llegó María sin que yo la viera, y entró a la habitación y con un beso apresurado empezó a desnudarse, hazlo rápido porque tengo que volver a las seis, ¿por qué te demoraste?, desvístete, ven pronto. Está atravesada en la cama, y las piernas abiertas se balancean como la guitarra y cuando me acuesto sobre ella me siento otra vez como el ciclista que lleva la guitarra y cuando María se viste a toda prisa, María a las cinco y media de la tarde, me asomo a verla salir y me asombro al ver que vuelve a pasear el ciclista con la guitarra, mejor dicho, con María atravesada balanceándose como la guitarra, exactamente como debo llevarla todavía por mucho tiempo.

Pedro Gómez Valderrama (foto)