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‘Silencio de neón’ de Lina María Pérez

lina-maria-perez-gaviria-3(Con este cuento ganó una de las diez categorías literarias del Concurso Internacional de Cuentos ‘Juan Rulfo’, el llamado Premio Semana Negra, en el año 2000)

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce; es una sombra -amor-, una celada… Amanda Berenguer

La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado.

Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel.

Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.

-No me prestas atención, Fabricio -rezongó Adelaida-. Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en San Pedro.

Fabricio había estado escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado.

Enfrentó a la mujer; con ella había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje, pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La primera respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera, pero su temple no se desmoronó.

Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado…

-Adelaida, esto no es fácil para mí… Las cosas se dieron a pesar de… -La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El temple de su esposa lo desarmó.

Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden-. El tono era evidentemente cínico pero mesurado.

-No hay lugar para rencores ni recriminaciones-. A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos-. Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una pieza, sin sentimentalismos.

Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario.

Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio.

Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johnny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas-. Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momentos resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta-. Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

-Por fin nos deshicimos de ella-. Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en San Pedro-. Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó.

Fabricio dejó sin probar su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal.

Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo.

Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas… la prima sosa ya no estorbará… San Pedro es una ciudad para exilados… Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya-. Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada. -No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.

-Es sólo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien- insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes, de aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado-. Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo-. Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible sopor.

-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté la coca pero no me atrapó-. Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida-. Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía de penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Meliana lo conminaba a dejar a su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso… se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para obtenerla…

-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la cantidad necesarios…

Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos, el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida no haber descubierto el engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizás Meliana, en medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Fabricio estaba en medio de dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso, Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con su mujer.

Volvió a la realidad cuando se felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.

Pidió una copa de brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso para cuando Meliana despertara.

Imaginó su reacción desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobre todo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por los narcóticos.

Para Fabricio fue una señal inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.

Con la cálida sensación relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

-Es una especie de maleficio con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal… Es una forma de legitimar la perversidad…

-Entonces brindemos por el maleficio y por el aire saludable de San Pedro! -le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso para el deleite del amor de Meliana.

Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johnny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la puerta.

La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.

-Habla el comisario Gamboa de la ciudad de San Pedro -la voz es fría e imperiosa-. Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes… ¿Me escucha, señor Marroquín? -Le escucho -responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.

-Cinco kilos de cocaína pura entre su equipaje… -el énfasis morboso no da lugar a dudas-. Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.

-Fabricio… -la voz de Adelaida suena apagada pero resuelta-. Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable… los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje… De acuerdo con el abogado, son alrededor de diez años…

-Meliana ya no está -dice Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre-. Durante la noche murió de sobredosis….

-Sobredosis? -Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan-. De vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza con la coca, con la vainilla, con el vino…, con la sangre… -su voz triunfante y depravada añade:- El maleficio, recuerdas?… es el castigo… hay daños que no tienen perdón…

Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

‘Una noche precaria’ de Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio MuñozPese a que es un hombre de estricto apego a los rituales, Álvaro Collazos decide prescindir hoy de las tostadas con mantequilla. Entonces abre la nevera y se sirve solo un vaso de leche. Mira la hora. Quiere llegar lo más rápido posible a la oficina. Necesita una conexión a internet. Observa con detenimiento el calendario que cuelga de la pared; comprueba que ha transcurrido una semana desde que llamó por segunda vez a la empresa de telefonía para reportar el daño. Es por eso que no ha podido navegar por las noches. Se sienta en la sala de su apartamento, apurando ligeros sorbos de su vaso; observa, después, el cuadro del artista filipino del que ya no puede recordar el nombre. Algo en la imagen no le cuadra. Se percata de que el cuadro está un poco inclinado hacia la izquierda. Desvía la mirada hacia la calle; por una pequeña abertura en la cortina logra ver, abajo, el trancón que siempre se forma en el cruce que da salida a la autopista. Mira el vaso de leche. Aún le queda la mitad. Piensa en apurar los sorbos; sin embargo, recuerda que es un hombre solo y que, de atragantarse, no habría nadie ahí, presto a socorrerlo. Entonces se ve a sí mismo despaturrado en medio de la sala mientras un médico forense anota en su libreta que el deceso de aquel hombre, joven, de mediana estatura, calvicie incipiente y un poco barrigón, se produjo por broncoaspiración. La sola idea de su muerte le produce vértigo. Vuelve la mirada hacia el cuadro; luego se pone de pie, camina algunos pasos y trata de nivelarlo con la mano derecha. Regresa al sofá. Mira el cuadro de nuevo y comprueba satisfecho que la alineación es perfecta. Ahora puede terminar su vaso de leche tranquilo.

Mientras camina hacia la cocina para lavar el vaso, lo asalta una certeza sin fisuras que le permite anticipar lo mucho que echará de menos las tostadas. Los huevos ya no le hacen falta. Quizá, piensa, deba pedirle a su médico un nuevo examen de sangre; solo así sabrá qué tanto han bajado sus niveles de colesterol. Sabe que le espera un día agotador en la oficina. Además, recuerda que anoche no durmió bien; aunque procuró conciliar el sueño haciendo zapping en el televisor, la imagen del hombre de la carpetica dando vueltas por el aire, como un muñeco que alguien arrojara hacia arriba con violencia, aparecía una y otra vez dentro de su cabeza. Tal vez esa imagen obsesiva, que ha estado dentro de él desde hace nueve años, se ha hecho más latente ahora que no ha podido ubicar a Verónica en el teléfono de siempre y que tampoco contesta sus correos electrónicos. Cuando llamó, la mujer que contestó lo puso al tanto de la novedad: Verónica y su esposo le habían vendido el apartamento hacía más de seis meses. Desde entonces una suerte de ansiedad no le permite estar tranquilo. La imagen del tipo, que sale disparado por el aire ante la embestida de la camioneta para después caer desgonzado en medio de la calle, a unos cuantos metros de la carpetica que sostenía entre sus manos, se le presenta a menudo. Con ella, también, están la suya y la de Verónica observando atónitos al hombre de la camioneta, que pasaba frente a ellos con la cara tensa, gritando como loco y con el parabrisas hecho trizas, incapaz de poner un pie en el freno. Después viene el recuerdo de la confusión. Las náuseas de Verónica. Los gritos delirantes. El llanto desgarrado de ella. La cachetada que le dio en un intento por tranquilizarla. El vómito de ella. La llamada angustiosa a una ambulancia. La espera a prudente distancia del cuerpo, sin atreverse a tocarlo. La romería de gente. La llegada de la policía. Las declaraciones suyas para dar cuenta una y otra vez de lo que alcanzó a ver en esa fracción de segundo. La imagen del tipo de la carpetica, subido de urgencia a la ambulancia aunque la muerte parecía inminente. El recuerdo, nítido, del tipo de la camioneta, que había conseguido detenerse un par de cuadras más allá y regresaba abatido, escoltado por la policía. La de Verónica, tomando del suelo la carpetica cuando todos se marcharon. La de ellos, Verónica y él en la sala del apartamento de mamá, esculcando las hojas dentro de la carpetica, entregados a la búsqueda infructuosa de un teléfono para comunicarse.

Álvaro espera impaciente en el teléfono que le confirmen si hay algún taxi al que se le dé la gana de recogerlo. Se muerde los labios. Le aterra pensar que Verónica haya abandonado el país sin avisarle. Trata de recordar cuándo fue la última vez que hablaron; ocho meses, se dice, mientras lamenta que haya transcurrido tanto tiempo. En esa ocasión ella creía estar segura de haber visto al tipo de la carpetica entrando a una sala de cine; era él, repetía, ahora sabemos que no murió. Afirmaba que, al parecer, tenía la pierna izquierda repleta de tornillos, varillas y placas de titanio; porque caminaba muy rígido, como un robot, decía. Sin embargo, la conclusión final fue que, tal vez, era alguien que se le parecía mucho. Cuando confrontaron los rasgos físicos que cada uno guardaba en su memoria, había algunas cosas que no coincidían; la nariz, por ejemplo, Álvaro estaba seguro de que era narizón. Lo sabe bien porque, mientras Verónica estaba sentada en el andén, tratando de contener unos espasmos que le impedían respirar, Álvaro se acercó en el momento en que lo subían a la camilla. Además, el asunto de los tornillos y placas de titanio no lo convencía. Habían pasado ocho años y ese tipo de incrustaciones son de carácter temporal, mientras la reconstrucción del miembro. Álvaro sigue escuchando música de fondo en el teléfono y algunos mensajes que le indican que no hay taxis cerca. Son unos canallas, una raza abominable, dice entre dientes; sabe que, afuera, muy cerca de su apartamento, de seguro hay varios haciendo carreras cortas a quienes solo vayan hasta la estación de Transmilenio más cercana. Está seguro de que, si sale a la calle, tampoco será fácil conseguir uno; se detendrán, le preguntarán a dónde se dirige y después dirán que no, que no alcanzan, que mucho trancón. De cualquier manera decide salir; tal vez, aunque poco le gusta porque considera que es la manera más expedita de ganarse un virus, la mejor opción sea tomar un bus. La ruta que le sirve lo dejaría a solo unas cuantas cuadras de la oficina.

Mientras espera el bus en la esquina, Álvaro recuerda que a él también, en alguna ocasión, le pareció ver al tipo de la carpetica. Fue a la entrada de un centro comercial; el hombre, montado en una silla de ruedas, asistido por dos muchachas de no más de veinte años, se le quedó mirando con mucha firmeza. Álvaro, mientras sostenía la mirada, sintió que su cara se encendía. Una suerte de vergüenza parecía instalarse con soltura dentro de sí mismo. Sintió entonces, con una contundencia pasmosa, como si hubiese sido el causante de todo o tal vez fuera él mismo quien conducía la camioneta. Los rasgos de la cara coincidían con los que tenía grabados en su memoria, pero algo en la fisonomía del tipo no le cuadraba del todo. La imagen que desde esa época permanecía enquistada en su cabeza, con una torpe obstinación, era la de alguien de contextura delgada; el hombre que ahora le fruncía el ceño, como decidido a encararlo, era mucho más robusto. Para ese entonces habían transcurrido solo dos años desde aquella noche. Álvaro alcanzó a pensar que, tal vez, el desarrollo muscular se debiera al esfuerzo diario por mover la silla con los brazos; sin embargo, algo en su interior no aceptaba del todo la idea de que en realidad se tratara del mismo tipo que, sin saberlo, había arruinado su futuro con Verónica.

La ruta de bus que le sirve se detiene. Álvaro, luego de echar un vistazo, decide subir; está repleto, pero lleva varios minutos esperando y no es momento de ponerse con remilgos. Como puede se abre paso entre la gente. El bus arranca y Álvaro está a punto de perder el equilibrio; de cualquier manera, prefiere sostenerse balanceando con destreza la fuerza que le imprime a uno y otro pie, antes que aferrarse al tubo metálico que, de seguro, alojará el sudor de muchas manos. Además, piensa, no es tan difícil; está en medio de dos personas que le sirven de columna. El tipo de la silla de ruedas se había alejado sin mayores reparos, como si de un momento a otro hubiese perdido el interés en Álvaro. Aunque alcanzó a considerar la posibilidad de seguirlo, permaneció inmóvil durante un buen rato; la imagen del hombre dando vueltas por el aire, antes de caer desgonzado, parecía haber arruinado alguna conexión dentro de su cabeza y esto le impedía el movimiento. Álvaro parece consentir, pues nada en él permite intuir algún tipo de molestia, el codo que una señora entierra en una de sus costillas; pero está lleno de odio. No solo por el codo que presiona sin clemencia, sino por un evidente enrojecimiento en la nariz de la mujer; está con gripa, se dice, y ahora él también quizá lo esté, pues ella no ha hecho otra cosa que respirar encima de su cara. Le queda claro que un virus podría estar incubándose dentro de su organismo. Entonces traga saliva, alerta a cualquier tipo de sensación extraña; después de repetir el ejercicio un par de veces, comienza a sentir una ligera molestia en la garganta. Pero el recuerdo de Verónica se instala nuevamente en su cabeza y lo distrae de la certeza en la convalecencia que le espera.

Varias veces lo ha atormentado el hecho de pensar qué hubiese sido de su vida si aquella noche no hubiera ocurrido algo tan nefasto. La había conocido varios meses atrás y, con el tiempo, había alimentado la idea de que ella era la mujer que había esperado durante varios años. Al comienzo no había sido más que una tímida amistad; sin embargo, poco a poco, hablar con ella por teléfono se convertía en una necesidad imperiosa. De tal manera que pasaban largas horas conversando antes de acostarse para redondear el día. De vez en cuando se tomaban un café; él, esmerado en detalles, le daba cuenta de lo mal que le iba en la oficina. No con sus jefes, pues siempre sabía cumplir en forma diligente las expectativas de la compañía; pero sí con sus compañeros, quienes, al parecer, no congeniaban con él. En alguna ocasión pudo escuchar en el baño, sentado en la taza del sanitario, que se referían a él como un tipo raro de quien era mejor guardar un poco de distancia. Supo reconocer de inmediato las voces: se trataba de sus compañeros de cubículo; ellos, en cambio, no tuvieron el tino de reparar en que los mocasines uva que asomaban debajo de la puerta eran los suyos. Verónica, por su lado, se limitaba a escucharlo, dejando en evidencia que la vida la había arrojado al mundo con una habilidad asombrosa para comprenderlo todo. De alguna manera ella, también, aunque tal vez sin mucha convicción, lo ponía al tanto de los problemas que tenía con su madre. Fue así como la relación se sostuvo durante varios meses bajo esta dinámica que disfrutaban mucho. En algunas ocasiones, mientras hablaban por teléfono, el tono de voz cambiaba entre los dos; sobre todo al final de la llamada. Entonces Álvaro sentía, con una complacencia infinita, cómo el amor se escondía bajo el susurro de una voz que le llegaba desde el otro lado de la línea. La noche en que el hombre de la camioneta arrolló al tipo de la carpetica esa magia se rompió, como si tuviese la consistencia de una pompa de jabón que alguien acaba de pinchar con el dedo.

Álvaro procura reprimir una mueca cuando descubre, abajo, los pies de una señora que no lleva zapatos cerrados. La mujer lleva unos de tacón con diseño de sandalias. Aunque le fastidia, no puede dejar de mirarlos. Piensa, como lo ha hecho tantas veces, que debería existir una ley que obligara a la gente a mantener los pies siempre cubiertos. Con líneas telefónicas para que ciudadanos como él pudiesen denunciar la descarada exposición de los dedos. Álvaro se agacha un poco para mirar por la ventana hacia la calle. Siente un poco de dolor en la pantorrilla derecha. Tal vez, piensa, el vaivén que lo mantiene en equilibrio sea el que lo produce. Después vuelve sus ojos hacia el piso. Dos dedos de la señora son bastante deformes; el meñique, incluso, se sale en forma insolente de la plataforma, tirado hacia un costado, como en abierta disputa con los otros dedos. Mientras Álvaro observa con detenimiento la disposición de los demás dedos, el pie de la señora comienza a moverse; se está levantando del puesto. Entonces la mira a la cara e intenta una sonrisa que no luzca tan pálida. Después de esto vuelve a tragar saliva, aguzando cuanto puede su sensibilidad; no le queda algún tipo de duda en cuanto a que ha sido contagiado con un virus. Lo sabe porque persiste la ligera molestia que alcanza a percibir cuando la lengua se pega al paladar para darle paso a la saliva. Qué embarrada, se dice; le aterra pensar que esto le impida ir al encuentro de Verónica, en el caso que logre ubicarla. Recuerda que aquella noche, decidido como estaba a declararle su amor, la invitó a tomarse un par de cervezas. Cuando la recogió descubrió de inmediato que parecía haberse arreglado para él; tenía una blusa naranja con un ligero escote y un pantalón ajustado. Algo entre los dos lucía diferente; tal vez Verónica intuía sus intenciones y se abrigaba toda ella bajo un ligero candor. Mientras intercambiaban algunas frases sin mucho sentido, salieron a la calle para buscar un taxi. Ella lo puso al tanto de algunas compras que había hecho durante el día mientras él se limitaba a asentir. Caminaron un par de cuadras de más porque ella afirmó que, sobre la avenida Diecinueve, de seguro, conseguirían algo rápido. Entonces lo tomó del brazo. Él, en un comienzo, lo interpretó como buena señal; después, sintió una suerte de desasosiego cuando asoció esta imagen con la que guardaba en su cabeza de otra noche en que una niña, que le gustaba mucho, se disponía a coronarlo como su mejor amigo. Siguieron caminando en silencio. De vez en cuando la miraba con la única intención de que al leer sus ojos se desvaneciera el equívoco. Ella respondía a su mirada con una sonrisa entre coqueta y solemne; entonces se fue instalando en él la convicción de que lo que flotaba entre los dos anunciaba sin reparos un amor duradero.

La señora de la nariz enrojecida acaba de toser. Aunque en forma instintiva cubrió su boca con la mano, Álvaro siente que un tufillo virulento le alcanzó a llegar hasta el cuello. Tal vez, piensa, la mujer no dispuso la mano en forma correcta y una ligera hendidura entre los dedos haya dejado escapar el pedazo de tos que le llegó. Un escozor incómodo en la piel afectada viene a confirmar su sospecha; entonces mueve la cabeza, fingiendo una molestia muscular. La picazón amenaza con propagarse. Álvaro espera unos segundos; después, voltea a mirar en dirección de la señora. Como la encuentra desprevenida, mirando hacia un costado, aprovecha la oportunidad y se lleva la mano hacia el cuello y lo limpia.

Cuando llegaron a la Diecinueve, Verónica soltó su brazo. Unos metros más allá, también sobre el andén, había un tipo que sostenía una carpeta aprisionándola con su brazo. El hombre parecía intranquilo. Vestía un pantalón de dril y una chaqueta de pana acanalada. Verónica, pues era uno de sus pasatiempos preferidos, no le calculó más de treinta años. Como si alguna extraña razón los convocara a grabar esta escena en la cabeza, se quedaron algunos segundos observando cada uno de sus movimientos. No parecía, como ellos, esperando taxi o bus, pues en vez de mirar en la dirección en que venían los carros, miraba insistente en sentido contrario, como si los observara a ellos. Unos segundos después el tipo bajó del andén en forma apresurada; fue entonces cuando una camioneta que venía a gran velocidad lo levantó por el aire. Lo primero que Álvaro vio fue un zapato que salió disparado y que por poco lo deja sin cabeza. Entonces él, luego de eludir el vuelo del zapato, siguió con sus ojos la trayectoria del hombre, que daba vueltas por el aire como si fuese un muñeco de trapo; entre tanto, el rabillo de su otro ojo veía pasar la camioneta con el parabrisas hecho trizas y un hombre en su interior que gritaba con la mandíbula desencajada.

Esa noche, recuerda Álvaro mientras escucha el timbre de un BlackBerry, tal vez se dilapidó la única posibilidad real que había tenido en terrenos del amor. A partir de ahí algo se fracturó en la relación. Tal vez, piensa, pudo haber sido la cachetada que él le propinó en un momento de desespero; sin embargo, le atribuye también la responsabilidad al vómito de ella. Desde esa noche Álvaro no podía evitar, cuando la recordaba, que volviera a su cabeza la imagen de Verónica expulsando por la boca un líquido de tonalidad amarillenta. Los siguientes días, cuando hablaban por teléfono, solo atinaban a repasar lo sucedido. Verónica refería, en cada ocasión, detalles que habían pasado desapercibidos para él, como que el tipo usaba gomina en su peinado, por ejemplo. De tal manera que la amistad entre los dos, lejos de avanzar en cualquier otra dirección, se redujo a un mero recuento telefónico de lo sucedido aquella noche; de vez en cuando ensayaban abordar algún tema diferente, pero siempre, al final, desembocaban en lo mismo. Entonces especulaban sobre la suerte del tipo. Álvaro creía que había muerto camino al hospital. Verónica se inclinaba por pensar en una incapacidad permanente.

Con el tiempo, recuerda Álvaro, las llamadas se hicieron menos frecuentes; pero, de cualquier manera, cuando hablaban se erigía entre los dos un afecto que él jamás había experimentado con nadie. Evocar con ella lo que había ocurrido aquella noche comenzaba a tornarse en una suerte de morbo. Aunque en la soledad de su apartamento también aparecían imágenes en forma intempestiva, como si se tratara de la proyección desordenada de una serie de diapositivas, hacerlo con ella le ofrecía un ingrediente adicional que no podía dejar de valorar. Con Verónica el recuerdo era mucho más preciso. De tal manera que rememorar lo sucedido vino no solo a sostener la relación de ahí en adelante, sino a nutrirla para que se afianzara entre los dos una sólida aunque distante amistad. Era Álvaro quien solía tomar la iniciativa de llamar, por lo general un par de meses después de la última llamada; aunque Verónica, por su parte, a veces lo sorprendía con una rápida llamada en un fin de semana para darle detalles de una receta que le había salido deliciosa. De alguna manera ambos, sin que fuera necesario hacerlo explícito, sabían que los dos encarnaban la suerte del camino no tomado; para ambos era importante estar al tanto de cómo era la vida del otro sin el otro. Fue así como él se enteró de su grado de maestría. De su ingreso a una compañía farmacéutica. De su cirugía de nariz. La vida suya, en cambio, era bastante plana; pero aun así a Verónica todo en él le parecía súper emocionante. El más mínimo relato de un altercado laboral, del que él salía bien librado, producía fascinación en ella. Algunas noches Álvaro, mientras se aferraba a su almohada para atenuar el frío, se atormentaba pensando en la manera de darle un giro a la relación para que todo retomara el cauce que tenía aquella noche; sin embargo, nunca encontró las palabras precisas ni mucho menos intuyó cuál era la mejor forma de hacerlo. La suerte estaba echada y no había forma ya de desandar los pasos. Mucho menos cuando se enteró, en una de las llamadas de rutina, de que Verónica se casaba con Santiago, uno de sus novios de los tiempos de universidad. A pesar de todo no guardaba ningún tipo de rencor hacia el hombre de la carpetica; cómo, si tal vez él habría pagado ya con su vida el desatino de morir en forma inoportuna.

Álvaro, un poco agitado, comprueba que solo le faltan dos cuadras para llegar hasta el edificio donde queda su oficina. Se le antoja que lo primero que hará es escribirle a Verónica otro correo. Necesita contarle lo que descubrió relacionado con el incidente aquella noche; no entiende cómo algo así pudo pasar desapercibido para ambos durante tantos años. Ahora no tiene ninguna duda. Todo se le aclaró a raíz del comentario desprevenido de uno de sus compañeros, a quien él refirió lo sucedido. Pero Verónica no aparece y esto lo perturba. Piensa que, tal vez, se haya molestado por el hecho de que, en la última conversación, cuando ella le contó que no era feliz con Santiago, se habría quedado esperando mayor atención de su parte, a lo que él respondió con un silencio de ocho meses.

El edificio está próximo. Álvaro descubre cerca de la entrada a un par de tipos que no le caen bien; después de mirar hacia atrás como buscando algo, aminora el paso para darles tiempo a que ingresen primero. No quiere saludarlos. Álvaro descubre que uno de ellos tiene un cigarrillo entre los dedos y una ligera estela de humo a su alrededor. El encuentro es inevitable. Miguel, Leonardo, buenos días, dice Álvaro sonriendo e inclinando un poco la cabeza. Miguel, pues en ese momento se aplicaba en el ritual de levantar su cabeza y expulsar el humo, le devuelve el saludo levantando un poco la mano. Leonardo se limita a sonreír. Parece que ahora sí la guerrilla se repliega, continúa Álvaro; entonces les pregunta si vieron la última emisión del noticiero. Como ninguno da muestras de interesarse en el asunto, se toma el trabajo de referir para ellos los últimos acontecimientos. Ambos lo miran fijamente, asintiendo de vez en cuando, un poco turbados; pero no es turbación sino vivo interés lo que Álvaro lee en esas caras. Unos segundos después, se despide y camina en dirección de los ascensores. Hay dos personas esperando. Al cabo de unos segundos ingresan los tres. Cuando la puerta está a punto de cerrarse por completo, se abre de nuevo; una de las secretarias, con dos paquetes en la mano, entra en forma apresurada. Álvaro no entiende por qué la gente hace eso. Son seis ascensores, se dice, nada le cuesta esperar otro; entonces imagina un sofisticado mecanismo que cargara de electricidad el botón de llamar el ascensor cuando la puerta esté a punto de cerrarse. Imagina a la señora recibiendo una ligera descarga que le sacude el brazo; le parece ver, en cámara lenta, cómo su cara se tensa en una mueca mientras los paquetes caen al piso. Esa misma cara, que Álvaro observa tensa de dolor en su cabeza, lo mira sonriente en espera de un saludo; entonces Álvaro estira los brazos y le toma la mano con bastante afecto.

El computador tarda un poco en cargar; entre tanto, Álvaro comienza a construir en su cabeza el texto del correo que le enviará a Verónica en caso de no tener ya una respuesta de su parte. No sabe bien si, tal vez, sea buena idea darle algún detalle de lo que descubrió; el resto podría decírselo cuando se vieran. Al final decide no hacerlo; le interesa, más que todo, ver su reacción. Le explicará que, de cualquier manera, en un principio no lo convenció mucho esa teoría. Álvaro comienza a revisar su bandeja de entrada; hay varios correos de su jefe pidiendo, como siempre, un reporte requerido con urgencia. La vida de todos en el edificio, al parecer, depende de que él envíe el reporte en momentos en que lo tienen sin cuidado los reportes. Sus ojos brincan de un lado para otro buscando algo de Verónica. Un rápido repaso le indica que no hay nada. Entonces se decide a redactar el correo. Se queda pensativo frente a la plantilla del email en blanco. Unos segundos después, minimiza la ventana. Su mano comienza a moverse ágil sobre el mouse. Abre y cierra carpetas. Luego abre un Excel que tiene muchas tablitas atiborradas de datos. Edita algunas celdas. Borra algunas cifras e inserta algunas más. Sus ojos someten el archivo a un riguroso escudriño. Después, resalta los títulos de las tablas y los decora con un ligero sombreado. Entonces manda el archivo.

Álvaro frota sus manos con mucha convicción y se pone de nuevo frente al correo en blanco de Verónica; sin embargo, la imagen de Miguel mirando hacia arriba y expulsando volutas de humo le viene a la cabeza. Sonríe. No entiende por qué los fumadores acuden a ese gesto en forma tan solemne; de alguna manera, piensa, se sienten ungidos con un don que al resto de los mortales se les escapa. El de echar a perder los pulmones con estilo. Mientras busca las palabras que mejor calzan para describir el “Asunto” del correo, su Outlook emite un silbido corto y fino; entonces minimiza la ventana y vuelve a su bandeja de entrada. Hay un correo de Verónica. Álvaro, bastante excitado, comienza a leer. Sus pupilas se mueven de un lado para otro. Después se detienen. Todo él parece ahora un muñeco inanimado que alguien sentó frente a la pantalla de un computador. Verónica le dice en el correo que se va del país al día siguiente; a Barcelona, donde hay todo para Santiago y nada para ella. Afirma que, espera, nada cambie entre los dos. Le pide que sigan en contacto. Al final le dice que quiere verlo, le interesa saber si puede caerle al apartamento por la noche. Luego de un besos y abrazos le pregunta, en una posdata, por qué nunca hicieron una simple llamada a la policía para preguntar a dónde habían llevado al tipo de la carpetica aquella noche; ellos, de seguro, algo les habrían dicho.

Álvaro, durante el día, no ha logrado concentrarse; en un par de ocasiones su jefe lo llamó a su oficina para explicarle algunos de los proyectos para el próximo año en los que su participación sería fundamental. Pero lo fundamental, que ocurriría muy pronto, estaba ya instalado cómodamente dentro de su cabeza; de cualquier manera se limitó a asentir fingiendo entusiasmo. El resto del día ha sido contestar correos. Imaginar, cientos de veces, diversos desenlaces para su última noche con Verónica. Asistir a reuniones en las que poco le importa debatir ni poner sobre la mesa asuntos de vital importancia. Contestar llamadas telefónicas. Quejarse por un incipiente ardor en el estómago que le produjo el no haber comido las tostadas con mantequilla. En momentos en que la ansiedad lo intimida, se pone de pie para hacer una pequeña ronda por los cubículos vecinos; se aplica con gusto a su postura amable y se entrega sin vacilaciones de ningún tipo al artificio de su sonrisa siempre válida. Por momentos se acerca a quienes siempre han demostrado más reservas hacia él; entonces los satura con datos utilísimos que ha ido guardando dentro de su cabeza a lo largo de los años. O emite opiniones que puedan resultar polémicas. Como nadie ha dado muestras de embarcarse en algún tipo de confrontación con él, vuelve a su puesto y lee de nuevo el correo de Verónica; tal vez, piensa, una nueva lectura revele para él algún aspecto que haya pasado inadvertido. Pero las letras siguen ahí, recias, inamovibles, incapaces de desvelar alguna intención que Álvaro intuía cifrada.

A la hora del almuerzo, pese a que nadie ha tenido la delicadeza de invitarlo, se le antoja que hacerlo solo es lo mejor que puede haberle ocurrido; quiere pensar en ella, sin distraerse escuchando conversaciones absurdas o viéndose obligado a aclarar imprecisiones en las que alguien pueda caer por aventurar hipótesis en temas que claramente no domina. Además, almorzar en grupo lo estresa; siempre debe estar pendiente de que no vayan a parar a su plato trocitos de comida que salgan disparados de la boca de alguien. Es por eso que ahora, mientras trata de reconstruir en su mente la última conversación que tuvo con Verónica, come con la cabeza gacha, aplicado en su plato por completo; no quiere que alguien se acerque a él con intención de compartir la mesa. Ella le había dicho, casi a punto de llorar, que no era feliz con Santiago; sentía que la vida de él giraba en torno a todo menos a ella. Todo la sobrepasaba: la oficina, en la cual él parecía ser sumamente feliz; los fines de semana, haciendo zapping en el televisor por todos los canales de deportes; las noches de póker, en las que ella se hacía un ocho la cabeza pensando que no eran cartas sino tetas lo que tendría entre sus manos. Además, no la escuchaba; lo tenía sin cuidado lo bien o mal que ella pudiera llegar a sentirse. Eso es todo lo que recuerda Álvaro en relación con su infelicidad. Después, y fue ahí cuando el ánimo de Verónica dio muestras de recuperarse, ella le contó que estuvo a punto de perder la carpetica del tipo; Santiago, presa de un repentino arrebato, había organizado el estudio. Fue entonces cuando Verónica descubrió que la carpeta ya no estaba ahí, donde siempre la había mantenido; luego sintió cómo un fervor inusitado, parecido al de Santiago, la arrojaba a buscar por todos lados. Al final, cuando había perdido la esperanza, la encontró en el cuarto de la empleada del servicio, dentro de una caneca donde se guardaban todo tipo de chécheres. La felicidad la desalentó de tratar de averiguar qué pudo haber pasado. Desde ese momento, según le dijo, la guarda dentro de su tocador. Un trozo de yuca mal cocido, que baja lentamente por la garganta de Álvaro, lo vuelve a la realidad. Entonces se aferra a los brazos de la silla con las manos, lleno de pavor de que pueda detenerse en mitad del recorrido y acabe con su vida. Unos segundos después comprueba satisfecho que ha abandonado ya la zona de peligro. El trozo de yuca vino a recordarle la incomodidad en la garganta, que ahora él parece percibir con mucha más intensidad en la laringe. Toma el resto de jugo, mientras con una mano hace señas a la mesera para que le traigan la cuenta.

Al final del día, luego de una tarde interminable en la que Álvaro saturó su cabeza con miles de posibilidades que podían tener cabida durante la noche, sale de la oficina. Encontrar un taxi le resulta fácil. Le pide al conductor que lo deje a unas cuantas cuadras del apartamento. Compra un vino, unas galletas y una tabla de quesos; también, lleva una pequeña cajetilla que podría ser de mucha utilidad. Cuando llega al apartamento revisa todo muy bien; no quiere que algo dé apariencia de desorden. Limpia muy bien el mesón de la cocina. Prepara la mesa. Alista las copas de vino y se sienta a esperar. No deja de pensar en la reacción de Verónica cuando él le cuente aquello tan terrible que podría haber descubierto; sin embargo, piensa, de ser así sería como una especie de compensación de la vida. Tal vez ellos, sin siquiera intuir lo que estaba por venir aquella noche, o tal vez intuyéndolo de manera inconsciente, dejaron regir sus movimientos como si fuesen marionetas. Fue así como afectaron la vida del tipo de la carpetica en la misma dimensión en que él se disponía a hacerlo. Álvaro recuerda al tipo de la silla de ruedas a la entrada del centro comercial; entonces sonríe y parece sostenerle ahora sí la mirada sin ningún tipo de pudor; tal vez estemos a mano, se dice, definiendo en su cara un gesto vago. Después piensa en Verónica y trata de imaginar su figura en el instante en que él abra la puerta. La invitará a seguir. La sorprenderá con el vino y los quesos; después, se sentará a la mesa para escuchar todos sus descargos. Ella resumirá para él lo que ha sido su vida al lado de Santiago. Le hablará de los sueños de él en Barcelona y de los suyos hechos trizas. Piensa que, si así el destino lo depara y el valor resulta suficiente, le pedirá que no se vaya, tratará de explicarle que ese viaje es mucho más que un absurdo; le pintará maravillas sobre sus posibilidades juntos. Entre los dos pueden enderezar el camino que se torció hace ya casi nueve años.

De un momento a otro Álvaro comienza a experimentar una suerte de fatiga en los ojos. Entonces los restriega con los nudillos de la mano izquierda; después, sin siquiera saber en qué momento el sueño lo vence, comienza a soñar que está en una isla con Verónica. Están sentados en la playa. Cae la tarde. Se ríen. Ella juega haciéndole cosquillas en las pantorrillas con sus pies. De vez en cuando la besa. Al fondo pueden ver cómo se les aproxima en forma de olas, con una persistencia tenaz, pedazos de mar, caracoles y conchitas. Se quedan mirando mientras ella le toma la mano apretándola muy fuerte, como si de esa sujeción dependiera su vida; él, entre tanto, voltea la mirada hacia lo alto de una torre desde donde parece llegarles atenuado un sonido de corneta que les anuncia la hora de la cena. Aquí estamos bien, le dice Verónica; entonces él recuesta la cabeza en su hombro. Después ella se pone de pie y le pide que la acompañe hasta la orilla. Luego caminan juntos mar adentro, haciendo oídos sordos al rumor de la corneta que no parece rendirse en su intento de convocarlos a la mesa. Ella comienza a nadar mientras él le sostiene el vientre con la mano. Después ella, desleal, patea el agua con mucho frenesí para mojarle la cabeza. Él la suelta y se sumerge por completo. Verónica lo hace también y bajo el agua se miran a la cara.

Un dolor de cuello, que parece irradiarse hacia la espalda, comienza a deshilvanar las imágenes del sueño. Unos segundos después se despierta por completo. Mira su reloj. Son las doce de la noche. Se para de un brinco. En menos de cuatro zancadas está en la cocina. Toma el citófono. Pregunta si alguien ha venido a buscarlo. El portero le dice que una señorita llamada Verónica González estuvo buscándolo; le dice que él insistió varias veces pero que nadie atendió el citófono. Álvaro saca del bolsillo de su pantalón el celular. Tiene seis llamadas perdidas. Un iconito en la pantalla le indica que el celular estaba en silencio. Un poco temeroso, llama a Verónica; la voz de ella lo sobresalta, es una grabación que dice que puede dejar un mensaje. Al fondo, en el comedor, aún están la botella de vino y la tabla de quesos. Álvaro se acerca. Entonces lleva la mano al bolsillo de su chaqueta y saca la cajetilla con los chicles que compró para después de la velada. Los deja sobre la mesa. Unos segundos después camina hasta su habitación y se deja caer de bruces en la cama. Luego se acomoda de lado encogiendo sus rodillas y se aferra a una almohada. De afuera le llega ruido de carros que atraviesan la autopista. Le parece verla frente a él, los dos sobre la cama. Se arroja con voracidad al recuerdo de aquella otra noche fallida con Verónica. Le parece estar con ella junto a la avenida Diecinueve mientras un hombre los mira con extraña insistencia. Álvaro, entre susurros, le cuenta ahora que el tipo de la carpetica se vio obligado a bajarse del andén porque ellos le obstruían la visión; al parecer él quería ver algo que estaba atrás y la ubicación de ellos se lo impedía. Entonces Verónica le pone un dedo sobre los labios y le dice que no importa. Así están bien. Álvaro la mira con una complacencia infinita y le toma la mano. Luego cierra los ojos. Y así, bajo el abrigo de la almohada, sin atreverse a besarla o siquiera tocarla, pasa la noche con ella como tantas veces lo ha hecho, haciéndole el amor a su manera, entregado a una ingenua aunque genuina forma de felicidad.

Andrés Mauricio Muñoz (foto)

 

‘La colombiana’; la educación gratuita

La colombiana. Valga destacar las buenas actuaciones en ‘La colombiana’, la serie de Tvn a las 20 horas. Por la misma razón, valga nombrar a todos los actores: Felipe Braun, Elizabeth Minotta (primer rostro), María José Illanes (segundo rostro), Lucas Mosquera, Jorge Arecheta, César Sepúlveda, Óscar Hernández, Diego Ruiz, Daniela Estay, Juan José Suárez, Eyal Meyer, Josefina Fiebelkorn (tercer rostro), Carmina Riego, Emilia Noguera (cuarto rostro), Santiago Tupper, Alejandra Fosalba, Delfina Guzmán, Florencia López, María Fernanda Martínez, Schlomit Baytelman, Felipe Morales, Luz Valdivieso, Catalina Guerra, Luis Alarcón, Andrea Freund, Remigio Remedy, Álvaro Pacull, Gonzalo Vivanco, Sara Becker y Anya Jaederlund. Todos excelentes. Las mujeres guapas. Don Óscar Hernández se ha echado al hombro varios capítulos de la teleserie, con gran suceso. Es una comedia con drama, que no deja de lado varios temas palpitantes, como la xenofobia, el arribismo, la vida de barrio, la urbanización deshumanizada, la pre adolescencia masculina y femenina, la relación de parejas, las diferencias sociales de clase, entre los destacados. Por eso, acentuar, de igual manera, los libretos de Jaime Morales, Sandra Arriagada, Iván Salas-Moya y Jimena Oto. Y tanto como los libretos, cuenta en una buena teleserie, como esta, la dirección, a cargo de Germán Barriga y Francisco Cortés. Ojalá que su reemplazo sea de tan alta calidad, pues de otra manera no la distribuiría Telemundo.

Educación. Los señores de la derechista Unión Demócrata Independiente, Udi, y Renovación Nacional, tienen un argumento falso para oponerse a la gratuidad en la educación. Su peregrina tesis es: “cómo se le va a dar educación gratis a los que más tienen”. Que eso es una barbaridad. Que eso es un desperdicio de dinero. Que eso no puede ser, por Dios santo. Olvidémonos que Enna Von Baen, uno de sus principales figurones derechistas, ha estudiado gratis con plata del Estado. No consideremos, pues, a ninguno de los ricachones que ganan becas. Solo digamos que los ricachones en Chile se cuentan con los dedos de la mano. Son 30 o 40. Bueno, aceptemos que son 100. ¿Qué importa que 100 ricachones parasiten la ocasión, si la educación gratuita va a favorecer a varias ¡decenas de miles! de jóvenes pobres? Hablo de “ricachones que parasiten”, porque no hay nada más colgado que un ricachón. ¡Todo lo quieren gratis! Quieren que las empresas les paguen la bencina, los mercados, los viajes, los almuerzos sociales y el colegio de sus hijos. Quieren que el Estado no les cobren impuestos. Quieren todo gratis. Son parásitos, intrínsecamente. Mentalmente son parásitos. Y entonces sí, esos 100 ricachones buscarán tener educación gratuita, pero ¿se untarán de pueblo, en realidad? La respuesta es ‘No’. Ellos, los ricachones, no conocen Santiago sino hasta la Avenida Apoquindo, por el poniente. Ellos, los ricachones, tienen sus colegios, sus nidos educativos, sus universidades. ¿Qué importa soportar, entonces, a 100 parásitos, si se están beneficiando ¡decenas de miles! de muchachos? Si Sebastián Piñera dice que no va a extender la educación gratuita a más chilenos, ¡estará actuando contra el pueblo! En este caso, no hay que votar por él. Y si lo dice, ¿qué importa?, si no va a ser presidente otra vez.

 

‘Pesadilla en el hipotálamo’ de Julio César Londoño

julio césar londoño(Este texto ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1998)

Primero, un antecedente necesario. Soy un humanista, un erudito, uno de los últimos representantes de estas especies que morirán con el siglo y serán con los años una reliquia académica, una romántica entelequia. Tal vez por esto mismo no le temo a la muerte. Tiemblo, en cambio, de sólo pensar en un traumatismo cerebral, el golpe preciso que borre de un tajo información atesorada en años de aplicación. Imaginen lo que puede sentir una persona que al despertarse una mañana y abrir el periódico encuentre que el castellano de cada día es casi tan indescifrable como el sánscrito o el pali; o que el álgebra elemental, la poética de Occidente, le resulta de pronto más abstrusa que los diagramas del estructuralismo, esa matemática del verbo; o que una serie de palabras ya oscura -agua, cilantro, Rulfo, junio y las alondras- le duele sin saber por qué.

Pero bueno, dejemos esto aquí, no quiero parecerme a esos prestidigitadores de la enumeración que relacionan sin sobresalto alguno a Homero con Macedonio Fernández, al cristianismo con el racionalismo, a Joyce con el agua, a la lógica moderna con el sentido común, a Ava Gardner con Teresa de Calcuta, a Marcel Schwob con la Historia, a Poe con la novela negra, a Demóstenes con Reagan, a los tabloides con el Cantar de los cantares, al estructuralismo con la crítica, a Roma con la Meca, a la Meca con la Ceca y a la novela dominicana con la literatura.

Todo comenzó con los dolores de cabeza que fueron llegando como unos golpecitos sordos y lejanos, y crecieron hasta alcanzar el estruendo de una cantaleta interior, una ópera de cámara y un despertador neumático reunidos, mas no recuerdo cuándo advertí por primera vez que estaba perdiendo la memoria -hasta el olvido puede ser materia de olvido. Recuerdo, sí, cómo comenzó: las tildes de algunas palabras, los exponentes de los números, las comas de las frases, los nombres de pequeños accidentes geográficos, los minutos de las horas de las citas y la cifra de las unidades de las fechas históricas fueron las primeras formas que se sumieron en ese triste crepúsculo de la inteligencia. Pensé que eran secuelas del alcohol, estimulante del que había abusado bastante en los últimos años, o de la marihuana, arbusto del que me fumé varias hectáreas en mi enmarañada juventud, pero los electros y las fantasmagóricas placas de los médicos -Dios no nos falte con ellos- no revelaron nada. Fisiológicamente mi cerebro estaba perfecto. No quise ir al psicólogo. Si el psiquiatra es un Quijote despedazado por los molinos de viento, el psicólogo es Sancho tropezando con la sombra de esos molinos.

Un día descubrí que los datos que olvidaba no quedaban borrados de una manera completa sino como ruñidos parcialmente. Y una noche en que estaba dedicado a la lectura aprovechando el silencio de las “altas horas” como dicen los bardos, me pareció escuchar desde las profundidades del cerebro un crunch-crunch-crunch goloso. De pronto lo vi claro. ¡Un gusano me estaba devorando las neuronas! No pasaba un día sin que me percatara de algún olvido oneroso: el libro exacto en que había escondido una suma importante; el capítulo en que Sancho desface salomónicamente los entuertos de la Ínsula Barataria; ciertos elementales y queridos algoritmos; el sabor de una fruta escasa; la gracia de montar en bicicleta; el eco de la voz de una mujer; el ya lejano rostro del abuelo.

Dije que tuve la sensación de tener ruñida la memoria y así era, literalmente hablando. El olvido es un fenómeno de carácter continuo, no discreto,1 es decir que los seres humanos olvidan todo un verso, el nombre de un autor, un compromiso, tomarse la pastilla, no fracciones de estos sucesos, como era mi caso. Olvidaba un pedazo del apellido de un amigo cercano, el objeto de una cita, una fracción de hemistiquio, el agua de la pastilla, y con frecuencia la palabra final de las frases que lograba recordar estaba roída con descaro.

Por supuesto que me abstuve de comentar con nadie la hipótesis de los gusanos en el cerebro (ya es bastante vergonzoso llevarlos en el estómago) pero fui capaz de demostrarla con rigor: transcribí a máquina sobre papel carta un soneto en versos alejandrinos que se me estaba desdibujando. Recordaba todo el primer verso, doce sílabas del segundo, diez y media del tercero, ocho del cuarto y así hasta el último, del que sólo recordaba dos sílabas átonas. Parecía un caligrama sesgado, como si el erudito bicho (porque luego descubrí que era uno solo) se hubiese propuesto devorar el texto siguiendo maniáticamente la diagonal de la página. Puedo asumir que el lector coincidirá conmigo en que el olvido sigue siempre trayectorias quebradas, irregulares, y que la posibilidad de que esa trayectoria sea una recta perfecta y prolongada es muy remota.

Además de geómetra el bicho era esteta. Devoraba con avidez poemas, ensayos y canciones, los rumiaba días, semanas, para escoger al cabo -como un frugal gourmet, como el más quisquilloso antólogo- el mejor verso, una paradoja rutilante del ensayo, la frase más feliz de la canción, y vomitar el resto, que luego aparecía por allí en algún recodo de las circunvoluciones de mi ruñido cerebro en montoncitos ininteligibles de letras, claves y notas.

De todas las expresiones numéricas que guardaba mi cerebro (y no eran pocas) su favorita era la fórmula de Euler,

ep i + 1 = 0,

que es considerada la más bella de las matemáticas porque reúne con brevedad y sencillez cinco famosas entidades: p, cero, e -la base de los logaritmos naturales-, i -la unidad de los números imaginarios- y el uno, la de los reales. Ahí está todo. Le gustaba tanto que en vez de ruñirla la lamía -como hace el niño con el chocolatín para que no se le acabe.

Si en un principio los estragos del gusano afectaron principalmente mi vida intelectual, pronto sus efectos se extendieron a los más elementales actos de la vida diaria. A veces se me olvidaba caminar en mitad de un paso y me quedaba con un pie suspendido en el aire ante la mirada compasiva de los transeúntes. Una amiga muy bella, pobrecita, también resultó afectada. Un día le mandé un fax a la oficina: “sueño con una fiesta para dos / con vino, velas, música y vos”. Por la noche vino a mi apartamento. La recuerdo en el umbral de la puerta con su rostro de virgen fatal enmarcado entre dos botellas de su vino favorito -su sonrisa encendía chispas en el oscuro licor- y el blanco cuerpazo de insomnio ceñido por un traje alto de seda turquesa -escotado, de tiritas, insoportable. Conversamos primero de temas neutros, como dos animales exactos que caminan en círculos sigilosos esperando un parpadeo del otro para saltarle a la yugular. Yo salté primero, la toqué con rudeza y sin palabras, mirándola fríamente a los ojos. Avergonzada, protestó débilmente. Entonces le susurré ternuras obscenas, estruje la seda, besé sus hombros y despedacé los encajes, y cuando la tenía ya lúbrica, desnuda y paroxa se me olvidó de qué se trataba la cosa y no pude entender qué significaban sus jadeos, lágrimas, insultos y mordiscos. No me lo perdonó nunca.

Otra noche sentí que una mano poderosa me apretaba la garganta. Desperté congestionado. ¡Se me había olvidado respirar! Al día siguiente decidí cortar por lo sano. Suprimirme. Reflexioné largo sobre el método. Había que escoger el más seguro para no ir a fallar y añadir a mis problemas de memoria la ceguera, la sordera o la invalidez. Un amigo, un valiente teórico del tema, me aconsejó la tina romana. “Es simple -me dijo-. Te sumerges en la tina, que habrás llenado previamente con agua tibia, te cortas las venas y te vas sumiendo en un leve sopor. Es como flotar; indoloro y efectivo. Era el método preferido por los patricios en desgracia”. Sonaba atractivo pero rechacé su consejo porque es un método espantosamente lento. Tiene uno demasiado tiempo para arrepentirse y salir corriendo para la clínica manchándolo todo, salpicando el resto y exponiéndose a que lo comparen con alguna malhadada actriz de televisión.

Los venenos me atraían. Hay unos comprobadamente letales y vienen con sabor a frutas. Fueron muy literarios en otros tiempos pero ahora son propios de estratos deprimidos, y lo más probable es que uno no aguante los últimos retorcijones, grite, y acuda algún entrometido que lo salve. Luego el chisme, la compasión. No faltará quien compare tu caso con el de un conocido actor de reparto de fotonovelas. ¡Además los vermes! La asquerosa idea de que a mi muerte no sólo el cerebro sino todo mi cuerpo sería pasto de gusanos, me desalentaba.

“Los médicos no fallan -me dijo un viejito cínico-, visita uno”. No seguí su consejo porque desconfío de ese gremio, como habrán notado. Siempre hacen todo al revés. Si matan al que quiere vivir, entonces por crasa simetría deben salvar a quien quiere morir.

Al fin me decidí por el procedimiento clásico, un tiro. La perspectiva de terminar mis días propinándome un estruendo cerca del oído no me atraía -sufro de fobia al ruido- pero mi armero de cabecera me garantizó un silenciador absoluto. “Te puedes matar en la alcoba sin despertar a tu mujer, tú sabes, ellas lo complican todo”, me aconsejó Alexis, un profesional consciente de que la principal preocupación de los suicidas es la familia, el dolor que se causa, la indefensión en que se la deja. Tal vez por esto me aconsejó una bomba. Era costosa pero resolvía todos los problemas de una vez: el dolor, la indefensión, etc. Era un loco, claro, de modo que le compré el silenciador, arreglé mis asuntos y fijé la fecha. El día señalado tomé una habitación de hotel, saqué el arma, me la llevé a la sien y… ¡Zas! Se me olvidó a qué iba y qué hacía yo en un hotel con ese artefacto en la mano, y regresé a mi casa perplejo y estúpidamente feliz.

Concluí que era tiempo de tomar un vermífugo. ¡Había que matarlo a él, no a mí! (la cobardía es la musa de la inteligencia). Era algo tan sencillo que no me explico cómo se me había pasado. Así somos los suicidas, ilógicos, obsesos, condenados a errar en círculos hipnóticos, incapaces de optar por la tangente de la salvación presos de una fatalidad centrípeta.

El farmaceuta me recomendó un vermífugo caro. “Es lo último”, me dijo y yo creí advertir en esas palabras un sentido grave y premonitorio. Lo tomé con aplicación durante quince días sin resultado. Doblé la dosis y logré arruinarle el apetito. (Algo es algo, como dice la irrefutable tautología popular, que nunca erra porque jamás apunta). Y si bien no fue capaz de devorar más información, aún podía rebujarla: arruinaba la ortografía de documentos importantes, trastocaba los números telefónicos, y con frecuencia invertía la secuencia lógica de los actos cotidianos, de manera que yo terminaba poniendo los huevos en la estufa antes de colocar la sartén, vistiéndome para bañarme, cepillándome antes de comer, poniéndome las medias sobre los zapatos. Era exasperante. En el trabajo… ¿De qué hablábamos? En fin, lo cierto fue que un día, ya desesperado, me tomé un vermicida para caballos. Sabía a fuego con enjundia, me provocó gastritis y una jaqueca que me puso a llorar pero le hizo mella porque en la noche lo sentí revolcarse por toda la corteza superior. Calculé que podía matarlo con un par de tomas, sólo que no estaba muy seguro de sobrevivirlo. Por lo pronto el animal se asiló astutamente en el hipotálamo, central cibernética del cerebro. Como quien dice: “Nos vamos a hacer pasito, ¿verdad?”.

No todo era negativo. En la época dorada de su voracidad había ingerido mucha información inservible, “cucarachas” que tiene uno en la cabeza ocupando valiosos bytes: literatura neoclásica, filosofía moderna, una frase insulsa de un fulano intonso y que por alguna sinrazón se ha quedado grabada en la memoria, noticias de las revistas del corazón, narrativa española, literatura europea del siglo XVIII, poesía latinoamericana del XIX, nobeles, dramas de Echegaray, memorias de prohombres, un crepúsculo mediocre que se resiste a borrarse, el número telefónico de una ex cuya fealdad aún me avergüenza, el sabor de la Emulsión de Scott, una escena de tango que vuelve una y otra vez, versos de Nicolás Guillén y sernadas de Ramón Gómez asidas como garrapatas a una neurona zonza. A veces me hacía cometer lapsos certeros, como sucedió con una adolescente tentadora cuya sonrisa estaba nublada por una empalizada de brakes y a quien le dije un día, arrebatado, queriendo exaltar sus besos inolvidables, “¡Tu recuerdo será inoxidable!”.

Entonces decidí enfrentarlo psicológicamente. Me dediqué a coleccionar fragmentos literarios donde los gusanos aparecen como alegoría de todo lo despreciable y repugnante, y en las mañanas le recitaba la creciente y mórbida colección. Hasta inventé un símil para referirme a ese retorcido proceso que convierte el vigor y la belleza de la juventud en decrépita vejez. “El hombre padece una metamorfosis invertida -escribí- que de la prodigiosa mariposa de la mañana hace el viscoso gusano de la tarde”. Le leía trozos selectos de Kafka y Cioran, y “gusano” se me volvió un adjetivo comodín que usaba casi indiscriminadamente para calificar sujetos abominables y sucesos ingratos.

Para mi sorpresa, nada de esto lo afectó. Al contrario, lo noté especialmente animado y de buen comer. Entonces cambié de táctica. No volví a leer nada de Proust ni de Durrell, que le encantaban, y me enfrasqué en los peores fárragos de la literatura clásica, amén de códigos, minutas, directorios telefónicos, libros de superación personal, Lewis Carroll, el Guinnes book, tablas de logaritmos, sonetos de Shakespeare, revistas culturales y poesía centroamericana, amén de los ensayos de Bachelard, Bajtín, Paz, Fuentes, Donoso, los dos Vargas, etc. Todo fue en vano, el bicho no se inmutó y hasta encontró infinidad de perlas entre toda esa hojarasca que me hicieron dudar del juicio que me había formado de la obra de algunos autores. Además era inútil sitiarlo porque yo mismo me había encargado de surtirle bien la despensa en casi cincuenta años de aplicada lectura. Sentí envidia de esa criatura exenta de afanes vulgares, que no veía televisión ni tenía que sacar a pasear el perro ni hacerle la venia a notables nulidades ni sacrificar buena parte de su tiempo en un trabajo mediocre para sobrevivir, cuya vida estaba consagrada por entero a la ciencia pura y al arte, que no tenía que ocuparse del manejo de los cacharros de la tecnología, que usufructuaba olímpicamente de mis desvelos, cuyo oficio era mucho más civilizado que el mío puesto que mientras yo tenía que leer mucha basura él sólo leía y releía fragmentos escogidos, y podía demorarse en un párrafo, regodearse en una frase, acariciar recuerdos ya perdidos, amontonados en la trastienda del inconsciente, quizá volver a sentir la hierba, el rayo de sol que se filtraba entre los cabellos de una niña haciéndome entrecerrar los ojos en una vacación remota y casi inocente.

De pronto comprendí mi ingenuidad. Era inútil todo lo que intentara porque nadie conocía mejor que él mis pensamientos. Era probable que los conociera primero que yo… ¡Incluso que los manipulara! Este descubrimiento me derrumbó. Me sentí impotente. Violado. La eventualidad de ser un títere, una marioneta manipulada por un gusano, me sumió en una depresión rabiosa, ya no me atrevía ni a pensar, la paranoia me estaba paralizando, llegué hasta contemplar la posibilidad de consultar un psicólogo, ¡cómo estaría! Volví a rumiar la idea del suicidio. Pensé volarme los sesos con una 9 mm que nos desintegrara a los dos de una buena vez, quise ahorcarme, guillotinarme, la cabeza se me volvió el objetivo, el bunker del enemigo.

Un hecho providencial me salvó. Descubrí que dormía doce minutos exactos cada tres horas. Su frenética actividad lo obligaba a descansar varias veces al día, siempre durante doce minutos exactos, intervalos que aproveché para tramar el plan -que era simple, inducirlo a abandonar mi caja craneana.

El primer paso fue irme a la casa del páramo, errar por esos parajes lunares, descender por el cañón empapándome de verde y agua, de sol y pájaros, pateando bolas de cagajón seco y aplastando hormigas grandes como grillos, robando frutos de arbustos indiferentes, aspirando el olor a humus y arcilla roja, escalando las escarpadas laderas del cañón para regalarme al fin la panorámica y tirarme boca arriba en la hierba sin pensar en nada ni en nadie. No encendí radio ni televisor en quince días. Cenaba con los peones en la cocina y me quedaba con ellos allí, en torno al rescoldo del fogón, oyéndolos comentar las faenas de las últimas jornadas -la vaca pintada se había desbarrancado; el gavión había resistido la primera crecida del río; la cebolla estaba bonita-, y preparando las de los días siguientes. A veces hablaban de amores, crímenes y aparecidos, pero siempre se acostaban temprano y me dejaban luchando contra la tentación de abrir los libros, fumando como un condenado por los corredores hasta la medianoche, cuando me metía a la cama y lograba dormir gracias al cansancio y al arrullo del río.

La semana siguiente la dediqué a la música. Me levantaba tarde, abría la ventana y el ruido de los pestillos provocaba la aparición casi inmediata de una taza de café humeante sostenida por una criatura diminuta de ojos grandes y limpios, pestañas indias y mejillas chapeadas; daba vueltas (no concibo la vida sin un buen número de vueltas inútiles por ahí) y si hacía sol me bañaba en la ducha del patio interior; si no, esperaba que saliera y si no salía no me bañaba. Desayunaba, me sentaba en la mecedora del extremo del corredor, el mirador que domina el fértil y laborioso Cañón de Tenerife, y escuchaba a Mozart, Dvorak, Vivaldi, Kítaro, en especial las composiciones suyas que asociamos con la naturaleza en virtud de tácitas convenciones semióticas que identifican los movimientos rápidos y predominio de notas agudas (por ejemplo) con la alegría y la primavera, y los lentos y graves con las tempestades del alma o del cielo. El bicho debía estar perplejo porque no se movía, ni devoraba ni trastocaba nada. Quizá habían llegado a su nariz ráfagas de verde y sol, y sus miopes ojitos, que sólo habrían visto penumbras rojizas, ya presentían paisajes de neblina, rocas, viento, escarcha y frailejón.

La semana siguiente la dediqué a la lectura de textos bucólicos: Las geórgicas, Por el camino de Swann, María, Morada al sur, Hojas de hierba, hasta que el bicho no pudo más y se asomó. Caminaba por la cuchilla de la cordillera cuando sentí un hormigueo en el oído derecho. Me detuve. Sentí que asomó la cabeza. Era muy pequeña para poder agarrarla. Esperé (sudaba). Arrumó sus anillos posteriores, estiró los anteriores y sacó la mitad del cuerpo, lo que aún no era suficiente. Yo estaba paralizado, no me atrevía ni a respirar, un movimiento en falso y el bicho se espantaría. Era probable que saliera un poco más y entonces sería fácil agarrarlo. También podía suceder que, satisfecha su curiosidad, quizá desencantado del yermo paraje, ¡regresara a su bien surtida neuroteca para siempre! Esta posibilidad me aterró tanto que mandé la mano instintivamente abandonando toda precaución, lo agarré de la cabeza y jalé. Tenía 3 centímetros de largo y el aspecto típico de un intelectual. Era flaco, pálido y cabezón. Pensé destriparlo ahí mismo pero algo me contuvo. Quizá el pensar que en esa cabecita frágil que latía asustada entre el índice y el pulgar de mi mano derecha estaba ahora una parte considerable de mi base de datos fue lo que me detuvo. Quizá ya lo consideraba una parte de mí. Busqué una lupa y lo examiné. Su cuerpo era joven, esbelto y de una transparencia didáctica pero su cabeza estaba muy arrugada y en sus ojos brillaba una inteligencia que me aterró. Lo metí en un pequeño cilindro de plástico transparente, lo tapé bien, le hice orificios de ventilación, lo guardé con llave en la gaveta de la mesa en que escribo y esa noche dormí tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

La tranquilidad, cualquiera lo sabe, es un desarreglo nervioso que no puede durar mucho tiempo. En los días siguientes noté que mi memoria y mi capacidad de análisis habían empeorado. Me sentí mucho más estúpido que de costumbre. (He dicho que soy culto, no inteligente). Antes, cuando el bicho anidaba en mi cabeza, me sucedía que de pronto recordaba sucesos que había olvidado por completo, que estaban definitivamente perdidos, y todo era porque él, harto ya de esa información, la había desechado y volvía a pertenecerme. Otras veces ocurría que alguna de mis neuronas entraba en sinapsis con su cabecita, operación que se establecía por el contacto de antenas y dentritas, y yo podía utilizar su información. También podía pasar que, movido por la piedad o la vergüenza, me ayudara con mis investigaciones. Trataré de explicarme.

El proceso de recordar siempre me fascinó. ¿Cómo recordamos voluntariamente? ¿Cómo buscamos sin fichero, Internet, guías ni códigos un dato rebujado en la memoria? Vamos por la calle, nos cruzamos con miles de personas cuyos rostros pasan por nuestra retina sin romperla ni alarmarla. De repente uno de ellos dispara la alarma. En fracciones de segundo el cerebro ha encontrado en su archivo ese rostro y nos grita: ¡Yo conozco esa persona! ¿Dónde la he visto? Por supuesto no es un amigo ni una celebridad, es un rostro archivado de alguna manera en algún rincón de la memoria. Los esfuerzos que hacemos por recordar son vanos porque carecemos de método para hacerlo. El único “método” que empleamos es una especie de pujo mental acompañado de sudación, ansiedad, neurosis y mordida de lengua, comida de uña, tamborileo de dedos o algún tic equivalente. No tenemos clasificados los rostros por fechas, razas, eventos, fisonomías ni orden alfabético -orden que, por otro lado, de nada serviría en este caso. Resignados, aunque “picados”, seguimos nuestro camino. Lo que ignoramos es que este pique es un reto para nuestro cerebro, quien lanza un haz de avisados bibliotecarios hacia la memoria a frenéticas velocidades, como un ejército riguroso que revisara una ciudad casa por casa en busca de un personaje. El cerebro parece entonces una ciudad negra rasgada aquí y allá por súbitos diamantes.

Nosotros, entre tanto, seguimos caminando, pensando en otra cosa -no todos los bibliotecarios están comprometidos en la pesquisa- y hasta nos olvidamos del asunto. De pronto, ¡zas! ¡Claro, fue en la fiesta de Claudia! Así es como recuerda usted, señor lector, y así recordaba también yo antes del bicho, porque después de él el recuerdo, el zas, me llegaba con un informe exhaustivo del dueño del rostro, de Claudia y de todos los invitados, y esto, es obvio, sólo le sucede a quien tenga la desgracia de tener un gusano sabio en la testa.

Esos tiempos habían quedado atrás. Ahora recordaba como cualquier mortal -un poco peor, para ser exactos, pues ya no había sinapsis ni hallazgos repentinos ni lapsos por el estilo de “¡Tus besos inoxidables!”; mis asociaciones y metáforas daban grima, y tal vez no hubiere ya, tampoco, el apagón providencial que me salvara del próximo pistoletazo. Además estaba ese vacío allí, el no-bicho, algo como ese hueco en el alma que deja un amigo muerto. Porque, ¿cómo no simpatizar con una criatura que ama a Durrell, Proust y la fórmula de Euler en un mundo famosamente vano, en medio de una especie vertiginosa que corre hacia ninguna parte, cuyas opiniones están dictadas por los noticieros como en cualquier opereta de ficción, cuya fe no es sagrada, cuyas pasiones son lánguidas, su ética amorfa y su becerro oro goldfille? ¿Cómo no asombrarse de los hallazgos que él hacía en libros que yo había recorrido sin hallar absolutamente nada? ¿Cómo no agradecer esa mano crítica que separaba con precisión el oro de la escoria, que no temblaba al censurar un antiguo ni dudaba para aplaudir un contemporáneo?

Lo cierto es que un día que llegué a la casa con unas copas, me encontré de pronto llorando con el cilindro en la mano, confiándole mis cuitas al gusano sabio. Lo saqué de su prisión, lo contemplé con el amor que inspiran la inteligencia y la fragilidad de los insectos, esos pites inocentes y prodigiosos, y lo puse con cuidado en el pabellón de la oreja derecha -no fuera a caerse y sufrir un traumatismo cerebral-. El bicho pasó de inmediato a su gabinete, no sin antes limpiarse las patitas en el umbral, acto que me estremeció de ternura y cosquillitas.

Las cosas han vuelto a la “normalidad”. Aunque mi amnesia empeora, las sinapsis son cada vez más frecuentes y de mejor calidad. Y si bien mi ruñido cerebro es menor cada día, el suyo crece y sus razonamientos son muy buenos porque no están entorpecidos por prejuicios de ninguna clase ni por el necio narciso de la especie humana. Quizá es él quien me dicta estas líneas.

Julio César Londoño (foto)

‘Molly Bloom de carne y hueso’ de Lina María Pérez

lina maría pérez(Más que un cuento, el siguiente es un texto sobre ‘Ulises’ y James Joyce. Un texto delicioso. JSA)

Para Nora Barnacle, la mujer de Joyce, Ulises era una obra alrevesada. “¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?”, le dijo malhumorada sin llegar a comprender del todo que ella era la tal Molly Bloom, uno de los personajes principales que deshilacha el tiempo narrativo del día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena hasta la última página transcurren 18 horas y 45 minutos. Esa fecha se refiere exactamente al día en que ellos se encontraron por primera vez.

No fue fácil la vida de Nora al lado de Joyce. Sin embargo, ambos crearon un fuerte lazo de dependencia, de erotismo y complicidad hasta que el escritor murió. La voz de Molly Bloom lo expresa así: “… me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude…”

Nora, por lo general, fue un apoyo para su marido en sus empresas literarias pero lamentaba que sus escritos fueran oscuros y sin sentido. No se sentía cómoda en las reuniones de su esposo con otros artistas. Admitió que lo hubiera preferido músico en vez de escritor. En su casa recibió a William Butler Yeats, Ítalo Svevo, Ezra Pound, H.G. Wells, Ernest Hemingway, Henry Michaux, el arquitecto Le Corbusier, y a Samuel Becket, que en los últimos años sería el asistente de su esposo. Nora no imaginó que la admiración de Francis Scott Fitzgerald por el escritor llegara hasta el extremo de ofrecerle saltar por una ventana para probarle cuanto lo veneraba; Joyce le rogó que no lo hiciera.

Para él, su mujer era “el alma más hermosa y sencilla del mundo”, y además de su literatura, Nora era su eje vital. Sufría con sus descontentos y le rogaba que no fuera infeliz. En sus cartas a su hermana, Nora se queja de su marido, un hombre débil y un artista neurótico, acusándolo de haber arruinado su vida y la de sus hijos. Ella pensaba que la demencia de su hija Lucía, como aseguraba Carl Jung, se debía a los desajustes mentales de su marido. Para él, las incoherencias y distorsiones de su hija no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su literatura y que ella había heredado de él su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.

Descrita por una amiga como “una de esas mujeres que un hombre ama para siempre y espera poder, un día, estrangular”, tuvo que lidiar a un hombre alcoholizado, enamoradizo y casi ciego que no lograba el sustento de la familia. Además, madre de dos hijos en condiciones de pobreza. Sufría con la enfermedad mental de su hija que Nora toleraba con esfuerzo y sin el apoyo de su esposo, entregado a concluir su novela. En el monólogo de Molly Bloom está la protesta: “…cualquier cosa que haga una mujer sabe detenerse a tiempo es natural no estarían en el mundo si no fuera por nosotras ellos no saben lo que es ser mujer y ser madre cómo podrían saberlo dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara es por eso que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y de sus estudios…” Durante esos meses, Joyce se volvió indiferente a la familia. Nora le mintió para llamar su atención, le dijo que había quemado el manuscrito, y así logró de nuevo la atención de su marido. A partir del 2 de febrero de 1922, cuando el escritor cumplía cuarenta años, entregó a su editora sus manuscritos venerados de Ulises. Él estaba eclipsado por su novela que le tomó 8 años de escritura en Trieste, Zurich y París. Nora aguantó el escándalo que se generó después de su publicación: que era una obra indecente, inmoral, impúdica, obscena. Hubo rechazo entre algunos grupos puritanos de Inglaterra y Estados Unidos, y el libro, editado en París, solo circuló clandestinamente. Pero la pareja recibió comentarios de lectores ingeniosos y abiertos a las novedades, para quienes Ulises era la mejor obra narrativa del siglo, argumento que a Nora le costaba creer. La fama llegó despacio, y más tarde, el dinero.

La vida mundana de París le interesaba a Joyce, siempre pendiente de la recepción de Ulises, pero Nora no tenía la disposición ni ropa adecuada para asistir a los salones donde se codeaba aquella burguesía con ínfulas de aristocracia. Precisamente Sydney Schiff un novelista olvidado, y su esposa, Violet organizaron la noche del 18 de mayo de 1922 una cena para propiciar el encuentro entre Joyce y Marcel Proust, y luego contarlo como un chisme social. Joyce era apenas conocido; Proust, tenía amplio reconocimiento, había recibido dos años antes el Premio Goncourt y el año anterior, la Legión de Honor.
El encuentro no fue en el Ritz, como aseguran algunos, sino en el Hotel Majestic, con la disculpa de celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París. Asistieron, además del compositor, el director del ballet ruso Serge Diaghilev y Pablo Picasso. Joyce llegó temprano y se disculpó por no estar vestido de etiqueta. Según Schift, dijo: “No tengo dinero para esas inutilidades”. El único tema de conversación que le interesaba era las reacciones frente a Ulisses, publicada tres meses antes y que estaba leyéndose sin ser comprendida. Tenía la expectativa de saber qué pensaba Proust de su novela, pero la velada parecía destinada al fracaso. El escritor francés no aparecía, y Picasso bebía sin parar hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa.

Pasada la media noche, Joyce, de acuerdo con la crónica de Schiff, siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho. Más tarde entró un hombre pálido, escondido en un abrigo de piel: era el autor de En busca del tiempo perdido, su extensa novela ya terminada, que todavía corregía. Seis meses exactos después de la reunión en el Majestic, moriría.

Joyce contó a Nora que ambos se ubicaron en sillas contiguas y que la conversación fue tan idiota, que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: “No”. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulises. Respondió: “No”. La situación era insoportable”. Por invitación de Proust, se devolvieron en el mismo taxi. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla que fue cerrada de inmediato en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa. Proust comentó a Celeste Albaret, su fiel ama de llaves: “Perdí el tiempo con un borracho”.

En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con el veneno de sus sarcasmos. En su diario de apuntes escribió: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y en una carta a su editora: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos no volvieron a verse, pero Joyce asistió conmovido, el 22 de noviembre de aquel 1922, al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot. Proust nunca tuvo tiempo de leer Ulises. Las obsesivas correcciones a su novela lo absorbían por completo mientras la muerte lo acechaba. Joyce sí conoció y admiró los primeros volúmenes de En busca del Tiempo perdido. No se entiende de otra manera el homenaje que Joyce le hace en Ulises a la petit bande de Albertine en Balbec:

“Chicas bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero de paseo por el día, cantando. Amigo de la familia. Gira, dice él. Muelle con lámparas, tarde de verano, banda.

Esas chicas, esas chicas

Esas hermosas chicas bañistas”.

A pesar de que para Nora Ulises era un libro sin pies ni cabeza, alcanzaría a comprender en los diez años siguientes a su publicación, que a pesar de ser un libro alrevesado y lejano al lector común, su marido había realizado en él un monumento a la inteligencia humana. Las angustias y zozobras de Nora Barnacle al lado de Joyce nunca menguaron su incondicional fidelidad. No permitió que su entierro el 13 de enero de 1941 fuera celebrado por el rito católico: “No podría hacerle a él semejante cosa”.

Lina María Pérez (foto) (Con el cuento ‘Silencio de neón’, la autora ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1999)

‘Una llamada por cobrar desde el infierno’ de EAR

emilio alberto

Cuando me dirigía a la casa campestre en la que me quedé de encontrar con mis socios, me sonó el celular. Lo miré, terminaba en 999 y, por supuesto, lo reconocí de inmediato. Era una llamada de CAREMOMIA. Su nombre lo tenía identificado, era el jefe.

Me costaba admitirlo, pero era cierto que el maldito me intimidaba. Le contesté de inmediato para que no notara mi desgano. Era para insistirme en que llegara puntual a nuestra cita, que ya me estaba esperando, y para decirme que COCOLISO no iría con nosotros, que más tarde lo recogeríamos al regresar a la ciudad.

Cada vez que me llamaba, al ver su número, no dejaba de pensar que 999 al revés era 666 y un cortocircuito de mi cerebro me hacía pensar que eso podía ser un signo nefasto y maligno de su pésimo talante.

La reunión sería solo entre él y yo, cosa que no me gustaba en absoluto.

Le tenía agüero a estar de nuevo en la finca, y, he de reconocerlo, me atemorizaba quedarme solo con él. El hombre me enfrentaba a todos mis miedos y debilidades; me costaba trabajo hasta sostenerle la mirada, aunque me esforzaba por disimularlo, muchas veces sin estar seguro de haberlo conseguido.

Pocos como CAREMOMIA condensaban en un solo sujeto tanta maldad, tanta desfachatez, tanta falta de moral. Para mí, estaba enrazado en demonio, no se detenía ante nada, no se asustaba, no se rendía, parecía tener un pacto con el mismísimo Satanás.

Y lo que me chocaba era volver de nuevo a aquella casa, sabiendo todo lo que había pasado allá.

Me explico. Hago parte de una banda, CAREMOMIA es el jefe desde que CHECHO se mató en un extraño accidente de tránsito en el cual su auto perdió los frenos bajando por la vía a Las Palmas. Era un carro nuevo. En el tercer trabajo que me tocó, las cosas pasaron a mayores, lo que iba a ser una simple extorsión a un mafioso retirado que posaba de empresario decente, terminó en un secuestro de varias semanas, con el tipo retenido, amordazado y a veces sedado en el sótano de la casa campestre que habíamos alquilado y que teníamos como centro de operaciones. Como no cedía, lo obligaron a cavar su propia tumba en la parte de atrás. Fue una negociación difícil, por poco no se termina, y cuando alcancé a temer que todo se iba a ir al carajo y mis socios habían decidido acabar allí mismo con el fulano y servirlo como alimento de los gusanos, se logró cerrar un trato por una cantidad un poco menor, pero que finalmente llenaba las expectativas.

En lo personal, toda esa situación fue muy desgastante y era claro que extralimitaba mis capacidades y mis condiciones de rufián principiante. Aunque tenga que posar de rudo y mantener una apariencia, por obvias razones, debo reconocer que no me llegué a sentir cómodo nunca, en ninguno de los trabajos en los que me he visto envuelto.

Mi arribo al bajo mundo es un asunto circunstancial. Por ciertos aspectos que no viene al caso mencionar, en los últimos años todo me fue llevando a una espiral que sin darme cuenta desembocó en el ámbito del crimen. No lo planeé de esa manera, pero tampoco ofrecí ningún tipo de resistencia para evitarlo. Una especie de fascinación me llevó a ser el miembro más joven del combo, luego de la muerte de mi madre, que ocurrió al poco tiempo de terminar mi servicio militar, lleno de maltratos y humillaciones. Mis hermanos se abrieron con lo que pudieron, me dejaron al garete amparados en lo que calificaron una actitud autodestructiva de mi parte, me imagino que basados en mi gusto por la marihuana y el tequila, y en pocas semanas me encontraba sin casa, sin familia, sin trabajo y con la que había sido mi novia de varios años preñada de otro y viviendo en un pueblo de la costa con un policía que trabajó un tiempo en el comando de mi barrio. Ni una nota de despedida o de disculpa, lo cierto fue que me tocó defenderme como pude con mis cuernos de antílope desempleado y sin opciones, más preocupado por sobrevivir que por estar dedicado a los lamentos o la autocompasión, sin tener un hombro en el cual desahogarme.

Motivos y justificaciones aparte, lo cierto fue que resulté en una banda, sin ser lo suficientemente malvado para sobrellevar el día a día, apenas conteniendo la náusea, llorando en las noches, mal llevando el miedo visceral que me producían nuestros actos o la policía misma, o  el temor a caer en prisión, o la mirada de las víctimas, o el resto de escrúpulos que me quedaba taladrándome en el interior, pero sobre todo, la presencia insufrible de CAREMOMIA dominando todo el espacio, todo mi terror y la inseguridad y la paranoia que me producía.

Y por fuera, llevando una fachada, una mascarada, una postura. Me sentía cada vez peor.

Llegué a entender que así no podía continuar, estaba en juego hasta mi cordura, sin tener en cuenta la libertad o los asuntos que tenían que ver con mi conciencia, o lo que me quedaba de ella.

Decidí que me iba a sobreponer a mi falta de carácter y que, en cuanto pudiera, me iba a largar de allí, sin decir nada, por supuesto; estaba seguro de que mis compañeros no iban a aceptarlo, sabía mucho de ellos y no se iban a exponer a que me detuvieran, corriendo el riesgo de ser delatados o capturados. No, lo tenía que hacer a mi manera, sin levantar sospechas y era mejor evadirme sin ponerme a averiguar en qué plan andaban. La sutileza y la paciencia no eran las virtudes más notorias de CAREMOMIA y mis dulces amigos.

Al llegar en el carro en el que me ordenaron recoger una caja con “la remesa”, vi que el sujeto ya estaba allí, mal encarado como siempre, fumando uno de esos asquerosos cigarrillos sin filtro que había aprendido a detestar.

Al bajarme, me di cuenta de inmediato que más me valía no haber venido.

Ni me saludó. Me la montó de una, me dijo de todo, que yo era un incompetente, que me había demorado mucho, que se me veía por encima lo gallina que era, que no tenía agallas, que me venía observando desde hacía unos días y era evidente que mi miedo los iba a poner en peligro, que tenía más cara de acólito o de florista amariconado que de bandido, que me tenía en la mira, que al primer resbalón me metía un tiro y doscientos oprobios más que me saturaron la cabeza.

Me ordenó que sacara la talega que yo había recogido en ese basurero del Jardín Botánico, la del rescate, y lo llevara al patio de atrás, allí donde estaba el hueco aún sin tapar.

En ese punto, yo ya estaba empanicado. El tipo me iba matar allí mismo, estaba seguro de eso y yo ni siquiera tenía un arma para defenderme.  Las arterias de la sien me pulsaban como para reventarse cuando saqué del maletero lo que me ordenó. Se hizo a unos pocos metros, a mi espalda y de reojo me di cuenta de que tenía su mano en el bolsillo de la chaqueta, en donde casi con certeza tenía la pistola. El desgraciado pretendía matarme allí mismo y dejarme desparramado en la fosa, ni siquiera tendría que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de mi cadáver. No me dijo nada, pero con seguridad era lo que estaba planeando. Esa agresividad y esos regaños iban mucho más allá de una reconvención y encubrían la decisión de sacarme del medio y librarse de un potencial problema. Y además se quedaba con mi parte. Yo también había aprendido mis cositas y ya tenía el olfato agudo y una especie de sexto sentido sensible por todo lo que había vivido al lado de semejantes pillos.

Por primera vez en mucho tiempo no me detuve a pensar en qué sería lo más conveniente y aproveché que estaba empezando a oscurecer, giré mi cuerpo de una, grité con todas mis fuerzas y agarré un recatón que estaba recostado junto a la pared. En ese instante, CAREMOMIA se asustó, como que no esperaba mi reacción; le tiré encima el fardo y de inmediato le clavé el instrumento en el cuello. En ese momento ni temblé ni tuve dudas, eso llegaría unos minutos más tarde.

Quedó allí tirado, como un pollo, muerto de una, no alcanzó ni a chapalear.  A esos bravos también les sale el que los pone en su sitio, eso les pasa por estar mirando la gente por encima del hombro, no se dan cuenta cuándo les va a salir de improviso el gallito más arrecho que ellos.

Cuando se me pasó el impacto de los sucesos tan imprevistos, retomé la sangre fría y traté de pensar con calma en lo que debía hacer a continuación. De entrada debía recuperar el arma de su bolsillo. Primera sorpresa, no la llevaba consigo. Miré bien, pero no la pude encontrar, no se había caído con la sacudida, la debería haber escondido en alguna otra parte. Su celular sí lo recogí del suelo, estaba sucio de pantano. Se lo metí en el pantalón. Lo arrastré hasta la fosa; no sabía lo difícil que era arrastrar un cuerpo, pero finalmente lo conseguí. Lo deposité allí, cogí el recatón, lo lavé en la canilla y lo puse junto al cuerpo, busqué una pala y lo tapé con el morro de tierra que estaba a un lado desde hacía varios días. Luego me devolví a tratar de dejar todo en orden, encubrir o limpiar rastros de sangre, apagar luces, cerrar puertas y escaparme lo más rápido de allí.

Nunca me había gustado le energía de esa casa y no era la hora de quedarme allí para que cualquiera me descubriera. Yo no sabía si los otros de la banda estaban encompinchados con él para eliminarme, pero no me iba a quedar para averiguarlo.

Cogí el talego con la plata, la escondí debajo del asiento por si me requisaban en un retén, me monté al carro y en cuanto pude me largué de allí, buscando la carretera para Bogotá; era claro que no tenía nada que me hiciera regresar a Medellín.

Luego de dos horas sin novedades, había pasado dos peajes y un puesto de control del ejército sin ningún percance qué lamentar. Tenía gasolina y dinero, no tenía ni hambre ni sed ni ganas de orinar o necesidad de estirar las piernas; decidí que no iba parar en ningún lado hasta llegar a la capital, faltaba ya menos de la mitad del camino, todo me había salido derecho. Era la oportunidad de volver a empezar, tenía juventud y me había quedado con la tula; sentí por primera vez en muchos meses que la suerte había estado de mi lado. Ya era hora.

En ese momento sonó el celular. Pensé que casi fijo era alguno de los muchachos que ya me estarían extrañando y, al no tener noticias mías y menos de CAREMOMIA, estarían inquietos sin saber en qué habían parado las cosas. Sentí como un alivio, no pude contener el impulso de reírme y puse más volumen al equipo de sonido que reproducía un disco de éxitos del gran Héctor Lavoe.

Luego volvió a sonar una segunda y una tercera vez. Me reí una vez más de la intensidad y la suficiencia de mis compañeros bandidos. Creían ser siempre los más astutos, los más arrogantes, los poseedores de la verdad revelada y los dueños de la última palabra. Esta vez se iban a tener que tragar sus aspavientos, CAREMOMIA en primer lugar, ardiendo en la caldera más caliente del infierno.

Al llegar a un peaje, unos camiones detenidos me obligaron a parar y a ponerme en la fila, detrás de ellos. Iba a estar quieto unos minutos. No había fumado en todo el día. Aproveché a bajarme del carro y prendí un baretico que tenía olvidado en el bolsillo. No había policías por ningún lado, todo se veía despejado.  El celular volvió a sonar, lo había dejado encima del tablero junto al volante. Di una bocanada profunda y sentí cómo el humo llenaba mis pulmones y un delicioso mareo me nublaba un poco la vista y me ponía a caminar blandito, como en una nube.

Me devolví dos pasos, agarré el teléfono, que ya había dejado de sonar. Lo prendí para ver quién era el que me estaba marcando. La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de un número que al derecho terminaba en 999 y al revés tenía la diabólica cifra de 666, encima un nombre anotado, CAREMOMIA. El humo en la cabeza no me dejó ver muy claro todo y volví a mirar la luz verde de la pantalla que refulgía en la noche: cuatro llamadas perdidas, un 666 que me evocaba al demonio y el nombre de CAREMOMIA anotado.

Yo quería darle otra chupada al porrito, pero solo en ese momento caí en cuenta de que se me había resbalado de los dedos. Adelante, los camiones empezaban a reanudar la marcha. El carro de atrás ya estaba comenzando a pitar con desespero.

© Emilio Alberto Restrepo (foto)

 

’50 años padeciendo a Gabo’ de J.C. Londoño

jc londoñoCelebramos el medio siglo de Cien años de soledad con una especie de admiración cansada. Los libros de Gabo siguen tersos como en la primera mañana de la creación, sin duda, pero de él ya sabemos mucho, demasiado. Sabemos más que Luisa Santiaga Márquez, Mercedes Barcha y Fernando Jaramillo juntos (Jaramillo es el autor de Memorabilia, el único blog que el escritor consultaba).

Es tanto lo que sabemos de él por sus obras y por sus desvelados notarios (Saldívar, Plinio, Martin, Ayén) que ya nadie nos puede sorprender. Nos encantaría tener noticias frescas de ese fabulista antiguo que usaba técnicas narrativas modernas, pero todo lo que nos llega son pétalos resobados. Amarillos, claro.

Admiramos incluso sus bobadas, su fobia por los adverbios terminados en mente, por ejemplo, como si otras desinencias (aco, itis, ismo) fueran bellísimas. Su manía de cazar los versos alejandrinos que se le colaban, y destriparlos con tachones rencorosos. Sus mariposas. Sus agüeros y sus filias, pruebas palpables del desvarío que el genio debe padecer. Y exhibir. Su avaricia, de la que tenemos el testimonio de un juguete caro del escritor, Alba Lucía Ruiz, nuestra primera top model. Su arribismo estratosférico, esa manera suya de ahondarse en cóncavas zalemas ante los símbolos del poder, ante reyes obscenos, emisarios del imperio y asesinos de alto rango, es decir, en lengua vallejiana, “esa impudicia para lamer culos sin el más mínimo recato”.

Es tanto el sahumerio incinerado en los altares de la gabolatría, que uno agradece la irrupción de alguna voz herética, como la de Vallejo o la de Octavio Paz. “La prosa de García Márquez es un compromiso académico entre la fantasía y el periodismo. Poesía aguada. Continúa una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

O como Pasolini. “Es la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y con derroche del tradicional manierismo latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana. Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista de Hollywood: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Temo que Pier Paolo tenía razón. Si exceptuamos a Amaranta, que evoluciona de una manera compleja y natural a lo largo del libro, los personajes de Gabo tienden a ser caricaturales. Sin embargo, el concepto del italiano es sacrílego. Quizá fue por esto, no por ser un cacorro-católico-marxista, que fue brutalmente asesinado en una playa de Ostia por tres mozalbetes putos.

En una entrevista realizada en 1994, Antonio Caballero le pegó una “peinada” tremenda. Le dijo que “Del amor y otros demonios” estaba plagada de horribles laísmos, de guacamayas suicidas y caballos inmortales, que le sobraba un personaje, el segundo exorcista, y que le faltaba otro, Dominga de Adviento. En vez de rajar la calva de Antonio con la pesada medalla Nobel, Gabo lo miró consternado. Tienes razón, dijo con voz triste, no volveré a escribir en computador.

Me gustaría agregar alguna blasfemia de mi propia cosecha, pero no puedo. Soy un devoto incondicional de ese señor que nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas. Le agradezco muchas cosas, todas esas potencias verbales que los críticos han subrayado, claro, pero sobre todo aprecio una lección suya: me recordó que la vida no está en otra parte ni en otro siglo, que también la casa es un espacio poético, y que el cilantro no es inferior a la rosa.

Julio César Londoño (foto) (Tomado de ‘El Espectador’)