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Jordi Sierra i Fabra no hace más que escribir

Jordi Sierra i FabraCuando leí el texto de Laura Fernández en el diario español El Mundo, el nombre de Jordi Sierra i Fabra (foto) me resultó conocido. Después pensé en un joven de pelo ensortijado de la península ibérica. No sé por qué. Y leí que sus novelas (o libros, mejor decir) han tenido, hasta ahora, 1.559 ediciones. ¿Cómo? Pero es que, además, ha escrito 400 libros. ¿Qué? Sí. Cierto. En una cuenta burda, cada uno de sus libros ha tenido 4 ediciones. Y ha vendido 10 millones de ejemplares de esos libros. ¡Vaya! Pero Jordi Sierra i Fabra es, como dijo Laura, el más desconocido de los escritores conocidos. Cuenta ella que “hace 12 años el Ministerio de Cultura (de España) elaboró una lista de los escritores más leídos en colegios y él se encontraba en el número 8, por detrás de Gabriel García Márquez y por delante de Camilo José Cela. El resto eran clásicos muertos”. No deja de asombrar ¿verdad? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo tan prolífico? Bueno, porque trabaja mucho. El propio Jordi revela su método: “De cada 100 ideas, 20 toman tierra, cinco llegan a crecer y sólo una se convierte en una novela”. Y explica: “Lo importante es saber lo que pasa en cada momento. Una vez lo tienes, sólo debes sentarte a escribir”. Dice Jordi que puede sentarse a escribir hasta 25 horas al día. Le creo. A veces uno tiene esas compulsiones, y otros la han tenido. Se dice que Philip K. Dick escribía días enteros, dos, tres, cuatro, y hacía 500 páginas en esa sentada. Después caía exhausto y dormía dos días más. Eso cuentan del viejo K. Dick. Pero no es el caso de Sierra i Fabra, quien dice: “A todo el mundo le extraña que escriba tanto, pero es que no hago otra cosa. Escribo de lunes a domingo, de 11 a tres y de cuatro a ocho y media”. Dice Laura que “escribe de junio a septiembre, en su segunda casa, en Vallirana, en mitad de la montaña. ¿El resto del año? Redacta lo que él llama “guiones” que no son otra cosa que los esqueletos de las novelas en cuestión. Los redacta, casi siempre, en aviones, porque, dice, coge 70 aviones al año”, y recuerda Laura que Jordi dice: “De las tres veces que he estado a punto de morir, dos han sido en aviones. En una, caímos al mar, en China”. Jordi también habla de “sus 30.000 vinilos y de sus inicios como crítico musical. También del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil que ganó en 2007 por ‘Kafka y la muñeca viajera’, obra de la que, por cierto, se está haciendo una adaptación al ballet en Francia”, dice Laura. Y Jordi dice: “Siempre pasan cosas así, mis novelas se adaptan todo el tiempo, en todas partes”. Jordi tiene una web: www.sierraifabra.com, “en la que incluso hay un ranking de sus novelas por ediciones. En la cima se sitúa ‘Campos de fresas’, con 75 ediciones en siete años”. Ahora recuerdo que sí tengo un libro de Jordi Sierra i Fabra, titulado ‘John Lenon’, que comienza así: “Las navidades de 1939 no fueron unas navidades felices. Tampoco serían las últimas. (…) Durante aquellas navidades, un hombre llamado Alfred y una mujer llamada Julia engendraron a su primer y único hijo. Probablemente fueron los últimos días de su efímera felicidad. (…) Cuando Aldred Lennon salió de ese orfanato, inició una existencia diletante que le llevó de un lado a otro sin rumbo fijo. Con 26 años se enamoró de Julia Stanley en Liverpool y se casó con ella. Es difícil decir hasta qué punto la guerra alteró sus vidas. En el invierno de 1940 Julia Stanley supo que estaba embarazada”. (…) Y termina, antes de una extensa cronología de 86 páginas, día por día, con este párrafo: “A las 11 de la noche del 8 de diciembre de 1980, las cuatro de la madrugada en Europa, un demente llamado Mark David Chapman, que unas horas antes había pedido un autógrafo a John (siendo fotografiado por un fotógrafo aficionado, Paul Goresh), le disparó siete balazos. Ahí acabó todo”. El prolífico Jordi Sierra i Fabra…

Post Scriptum: (6 de abril 2014) Como cualquier otro lector, el autor del que hablo en el artículo, Jordi Sierra i Fabra, me escribe la siguiente nota a mi correo, y como comentario en este blog: “El artículo de El Mundo contiene muchos errores (hablo muy rápido y es posible que a veces no se me entienda).

He estado a punto de morir 6 veces, no tres, y de las 6, tres han sido en avión, pero no me caí al mar, fue en un vuelo Lhasa (Tibet-Chengdú, China).

No vivo con mi madre: mi madre anciana vive conmigo y mi mujer.

Las 1559 ediciones se refiere solo a mis 100 libros más vendidos, no al total de 400.

La sexta novela de Miquel Mascarell ya está escrita, siempre un año antes de que se edite.

“Campos de fresas” se editó hace 17 años, no 7.

etc.

Jordi Sierra i Fabra”

Y yo le respondí, en ‘comentarios’: “Apreciado maestro Jordi: un honor tenerlo en este blog. Gracias por sus precisiones, pues la importancia que tienen es que son hechas por el propio autor, pues pareciendo menores no lo son, como que el artículo original dice que “vive con su madre” y usted nos aclara que es su señora madre la que vive con usted y su esposa, porque está anciana. Gracias por leer este pequeño blog que quiso hacer honor a uno de los escritores más prolíficos, más leídos y, como dice el título del artículo original, menos conocido. Saludo maestro”.

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Grandes escritores hablan del arte de escribir

libros-escritoresHay dos caminos por los cuales es posible mejorar la manera de escribir: leer y escribir. Leer le permite a uno sentir las pulsiones del autor, de cómo maneja la trama y cómo dice la historia que narra. Y, por supuesto, escribir ayuda mucho a aprender a escribir. Ambas aspectos del mismo hecho literario pueden encontrarse en los talleres literarios. Pero quienes no puedan, por las circunstancias que sean, concurrir a uno de ellos, debe, en primer lugar, conservar la calma, dejar la ansiedad, y ponerse a leer y escribir.

De alguna parte recopilé o me enviaron, no lo recuerdo, las siguientes frases de autores conocidos sobre el acto de escribir. Son, también, reflexiones que ellos se hacen sobre la escritura. Por ejemplo, Rudyard Kipling dice: “Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad”, mientras Gordon R. Dickson anota: “Una historia funciona cuando contiene bombas de tiempo dispuestas a estallar en la próxima página”.

“Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor”, apunta el Nobel de Literatura 1998, José Saramago. Y: “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”, dice Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura en 1982.

Un tercer Nobel, el de 1964, Jean Paul Sastre, anotó: “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”. Y su compañera de toda la vida, Simone de Beauvoir, apuntó: “Escribir es un oficio que se aprende escribiendo”.

Paul Auster, ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006, reveló: “Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad”. A su vez, Joseph Roux proclama con sabiduría: “Hay dos clases de escritores geniales: los que piensan y los que hacen pensar”.

En este ejercicio de lo que piensan quienes han trajinado el camino de la literatura uno nota que, providencialmente, no está solo. Que ideas y sentimientos que uno experimenta mientras construye un pequeño texto, o algo más extenso, no son nuevos; otros ya lo sabían porque antes lo habían experimentado. Y es bueno saberlo. Es de lo que nos habla el mexicano Carlos Fuentes, ganador del premio Rómulo Gallegos en 1977 y del Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, nos comparte: “Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”.

Marguerite Duras, premio Goncourt en 1984 por ‘El amante’, confiesa: “Escribir pese a todo, pese a la desesperación”.

De la originalidad nos recuerda Francois René Chateaubriand: “El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar”. Entre tanto, Jacindo Benavente, Nobel de Literatura en 1922, se muestra mordaz: “Algunos escritores aumentan el número de lectores; otros sólo aumentan el número de libros”.

Otro Nobel, el de 1962, John Steinbeck, enseña: “La profesión de escritor hace que las carreras de caballos parezcan un negocio estable”. Y Virginia Woolf, dice: “La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial”.

El español, miembro de la Real Academia de la Lengua desde 2003, Arturo Pérez-Reverte, admite: “Cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros”.

Voltaire tiene algo incontrovertible que decir: “Todos los estilos literarios son buenos, excepto los de estilo aburrido”.

Con humor, Orson Welles, el genial productor de la versión radial de ‘La guerra de los mundos’, que hizo historia en los Estados Unidos, y creador de películas que son íconos del cine, como ‘Ciudadano Kane’, dice: “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

“Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance”, sentencia el Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway.

“Escribir es la manera más profunda de leer la vida”, considera el español Francisco Umbral, en tanto el argentino Ernesto Sábato, remata: “Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas”.

Franco y Fresán y los temas de las novelas

jorge francoCon el tiempo, no solo ha cambiado la manera de narrar historias, sino el contenido de esas historias. Lo más osado fue en un tiempo la vieja ‘ciencia ficción’ que conocimos, la de Isaac Asimov o Ray Bradbury, pero de ella hemos pasado al vampirismo, a las sociedades juveniles de brujos, a los mundos encantados de los anillos y, por extensión, a cualquier cosa que se nos ocurra. Y no hago la enumeración de otra manera que no sea enunciativa. Porque, en verdad, el tema de las novelas pareciera ser lo de menos.

Entonces, ¿qué caracteriza a la novela, a la literatura? Yo creo que el lenguaje. Y en el lenguaje el cambio también ha sido notorio. Creo que el lenguaje es, en definitiva, la literatura. Me refiero a que los best sellers (superventas) se diferencian de la literatura en el lenguaje: tienen un lenguaje de fácil lectura, casi elemental, pero no son una trasposición poética de la realidad, como lo es la literatura, ni el lenguaje revela estados psicológicos de los personajes, disociación de tiempos, etcétera.

Convenido esto, al menos para mí, el tema puede variar y volverse casi abstracto. Voy a copiar dos reseñas de dos libros que acaban de salir a las librerías españolas, para ver los temas de que tratan esas novelas. Uno es ‘El mundo de afuera’, del colombiano Jorge Franco (foto, recordado por su ‘Rosario tijeras’), libro con el que acaba de ganar el premio Alfaguara de novela 2014. La reseña de su contenido es esta:

El mundo de afuera transcurre en Medellín. Allí, el tiempo viene envuelto en una neblina, y las voces parecen silbidos que se pierden entre las ramas. Una especie de castillo se atisba en las frondosas afueras y de una puerta sale corriendo una niña rubia. Unos ojos miran cautivados esa presencia insólita y la niña se pierde en el bosque.

“En 1971, el padre de esa niña, don Diego, ha sido secuestrado. El Mono es el cabecilla de los maleantes, cuya intención es pedir un rescate millonario a la familia. El Mono tiene otras razones que las económicas para secuestrar a don Diego: la obsesión amorosa por la hija de este, Isolda, una princesa rubia a quien el padre, amante de la ópera de Wagner, mantiene encerrada en el “castillo” para preservar su pureza y evitar el contagio con el mundo sucio que les rodea. Don Diego es germanófilo y se ha casado con Dita, una mujer alemana que dejó el Berlín nazi para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld que su marido ha levantado en Medellín. Desde muy pequeña, Isolda ha tomado la costumbre de escapar al bosque, donde antes jugaba con conejos fantásticos que le tejían peinados, mientras el Mono la admiraba encaramado en los árboles.

“Una breve y hasta cierto punto sencilla novela sobre el amor y la muerte, poética y detallista, con un sobresaliente manejo de la tensión, y que, incorporando técnicas cinematográficas como el flashback y la narración paralela, también bebe de fuentes como el cuento folclórico o la crónica de sucesos”.

No es, como se ve, la clásica historia de la traición, el amor imposible, la pugna de familias o de fuerzas, en una ciudad equis, en pos de un propósito equis. No. Aquí hay mucho de cuento folclórico y de crónica periodística, lo cual, por cierto, me encanta, por razones de oficio y porque la literatura también debe servirse del folclor para dejar su registro histórico. Hay que leerla. En mi caso, quiero verificar mi teoría del lenguaje.

La otra novela es la del argentino Rodrigo Fresán (foto), archiconocido como rodrigo fresancrítico agudo, avezado, de muchos quilates, y descubridor de talentos, como el del chileno Marcelo Lillo, quien, por cierto, tiene en librería su más reciente novela, ‘Niebla City’. La novela de Fresán se titula ‘La parte inventada’, y la reseña la hace Patricio Pron, quien recientemente fue jurado del concurso de cuento de la revista Paula. Dice Patricio Pron:

La parte inventada es una novela excelsa en la que se alternan una joven loca; la hermana de El Escritor, que afirma haber bebido la lecha de una vaca verde y haber sido embarazada por su novio en coma; un joven que realiza un documental sobre la desaparición de El Escritor y desearía ser escritor él también para seducir a La Chica; un amigo de El Chico que escribió una obra genial y muere al escuchar un chiste de surrealistas; un viejo amigo de El Escritor que, entre el arte y la vida, escoge la vida y a su hijo; el propio Escritor, que exhibe una libreta de apuntes que es como su propia vida: una sucesión de falsos comienzos y de argumentos inacabados. Nada ligero, nada ingrávido para aquellos lectores a los que la literatura interesa al tiempo que desalienta: una ambición decimonónica puesta al servicio de la escritura de una nivela rabiosamente contemporánea.

La parte inventada ofrece al lector de Rodrigo Fresán lo que este espera y un poco más: la acumulación de noticias dispersas; la digresión deliberada que determina que la narración avance mediante la sucesión de escollos; la superposición de elementos de la cultura pop y la alta literatura; el humor melancólico; la prolepsis; el ensayismo literario como recurso narrativo (y nadie piensa la literatura estos días como Fresán), etcétera. A todos estos elementos, su nueva novela suma algo poco habitual en la obra del escritor argentino radicado en Barcelona: una rabia y una resolución que faltaban en sus libros anteriores.

“En La parte inventada (566 páginas) no hay nada innecesario; su extensión es la que su autor requiere para hacer algo muy difícil en estos tiempos: demostrar que la literatura es aquello que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte, en la única parte de ella que tiene “alguna estructura, alguna belleza” para algunos de nosotros”.

Y con esta reseña creo que queda claro lo del tema en la novela: puede ser solamente un artefacto que estructure, a la manera del autor, algunas ideas que lo inquietan, recurriendo para ello a un lenguaje adecuado. Y Patricio Pron nos ayuda con otra cualidad de la literatura: eso que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte.

Paula y Revista de Libros, cuentos premiados y no

sergio-gomezMás vale tarde que nunca para constar los fallos de los concursos: de la revista Paula, de cuento, y Revista de Libros, de libro de cuentos. El primero lo ganó Mónica del Pilar Drouilly Hurtado, y el segundo Sergio Gómez (foto). Pero hay un problema con Sergio: El Mercurio, que realiza el concurso, decidió declararlo desierto después de difundir la decisión sobre el ganador. Es decir, Sergio Gómez ganó, y perdió.

“Primero te ponen en una portada de la Revista de Libro y te hacen aparecer como el güeón que ganó un premio”, dijo, malhumorado, “y después te lo quitan y quedas tú como el güeón imbécil”. Eso fue lo que sintió. Y añadió: “Esa cuestión me da lata. Porque al salir en el diario quedo como esa señora (Paulina Wendt) que hizo plagio en el concurso de la revista Paula”.

Paulina Wendt es pareja de Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura en el 2000, y su cuento ‘El cazador’, declarado como el ganador del premio Paula 2002, se reveló que era plagio de un relato del escritor argentino Ricardo Piglia. Ella dijo en su defensa: “En mi condición de lectora voraz, hace que me sepa muchos cuentos de memoria, frases completas, que almaceno en alguna parte, y olvido de dónde las obtuve”.

En cuanto a la declaratoria de desierto del concurso Revista de Libros, la decisión la tomó El Mercurio no por plagio, sino porque dos de los cuentos del libro titulado ‘Asesino de pájaros’ (de Sergio Gómez) habían sido publicados hacía muchos años, y en las bases se habla de “cuentos inéditos”. Esta vez creo que El Mercurio tiene la razón.

En letras.s5.com, se puede leer uno de los cuentos impugnados por El Mercurio, titulado ‘Ulises Mardones’. En la reseña se dice que este es “el primer cuento del libro ‘Asesino de pájaros’, de Sergio Gómez, ganador del Premio Revista de Libros 2014”, y que “la obra ganadora (será publicada) en el sello El Mercurio-Aguilar, según lo contemplado en las bases de este concurso literario, que por primera vez se otorga a un conjunto de cuentos”.

Para cerrar con el concurso de la revisa Paula, decir que ganó Mónica del Pilar monica Drouilly HurtadoDrouilly Hurtado (foto) con el cuento ‘Cosmogonía invernal aún en tránsito’. Ediciones UDP (Universidad Diego Portales) publicó el libro Cosmogonía invernal aún en tránsito y otros cuentos, que incluye también los finalistas:Dos niños fantasmas’ de Rodrigo Lara Serrano, ‘Fragmentos de la higiene doméstica’ de Carolina Alejandra Melys Perera, ‘Vinieron veintisiete al concierto’ de Pedro Donoso Aránguiz, ‘La fiebre’ de Víctor Javier Soto Martínez, ‘La decisión’ de Omar Saavedra Santis, ‘Verano’ de José Ignacio Azar Denecken, ‘Hormazábal’ de Macarena Figueroa Nikilitschek, ‘Cuentas’ de Gastón Gabriel Carrasco Aguilar y ‘Cuchillos’ de Francisco Gallegos Celis.

Ojalá veamos a la ganadora o alguno de los finalistas descollando más adelante con su obra; que no sean flor de un día, y en cambio honra y prez de la literatura chilena.

‘Pegue la estampilla…’, ‘Lazos…’ de Julio Cortázar

cortázar1Pegue la estampilla en el ángulo superior derecho del sobre     Un fama y un cronopio son muy amigos y van juntos al correo a despachar unas cartas a sus esposas que viajan por Noruega gracias a la diligencia de Thos. Cook & Son. El fama pega sus estampillas con prolijidad, dándoles golpecitos para que se fijen bien, pero el cronopio lanza un grito terrible sobresaltando a los empleados, y con inmensa cólera declara que las imágenes de los sellos son repugnantes de mal gusto y que jamás podrán obligarlo a prostituir sus cartas de amor conyugal con semejantes tristezas. El fama se siente muy incómodo porque ya ha pegado sus estampillas, pero como es muy amigo del cronopio, quisiera solidarizarse y aventura que en efecto la vista de la estampilla de veinte centavos es más bien vulgar y repetida, pero que la de un peso tiene un color borra de vino sentador. Nada de esto calma al cronopio, que agita su carta y apostrofa a los empleados que lo contemplan estupefactos. Acude el jefe de correos, y apenas veinte segundos más tarde el cronopio está en la calle, con la carta en la mano y una gran pesadumbre. El fama, que furtivamente ha puesto la suya en el buzón, acude a consolarlo y le dice:

–Por suerte nuestras esposas viajan juntas, y en mi carta anuncié que estabas bien, de modo que tu señora se enterará por la mía.

Lazos de familia     Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.

Modelos de tarjetas: “Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo”. “Te escupo en el tejido, Josefina”. “Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita”. Y así consecutivamente.

La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va colocando con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. “Pobres ángeles, cuántas postales me mandan”, piensa la tía Angustias, “ésta con la vaquita, ésta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores”, mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas vaya a saber por qué.

Julio Cortázar (foto)

Carta de Andrés Caicedo que no usó Alberto Fuguet

andrés caicedoRevela la revista digital las2orillas el malestar que causó en las hermanas del escritor Andrés Caicedo (foto), María Victoria y Pilar, una expresión hallada en una de las cartas revisadas por Alberto Fuguet cuando se disponía a escribir ‘Mi cuerpo es una celda’, la biografía del escritor caleño. La carta era de Caicedo a Jaime Manrique, escritor barranquillero que en 1978 publicó una pequeña novela magistral, a mi juicio, titulada ‘El cadáver de papá’. En la carta, Andrés Caicedo le mencionaba a Manrique el interés por su obra y agradecía sus caricias.

Rosario, la tercera de las hermanas de Andrés Caicedo, que acompañaba en la lectura de la correspondencia de Andrés la aventura de Fuguet, decidió comentarles el hallazgo a sus hermanas. Ellas, encontraron eso de mal gusto. En castizo: censuraron publicar ese sentimiento.

Yo ignoraba este dato, que resulta relevante en la historia biográfica de Andrés Caicedo, de quien siempre se rumoró su homosexualidad, a pesar de que su novela cumbre, que salió publicada el mismo día en que se suicidó, ‘¡Qué viva la música!’, está dedicada a Clarisol.

Si es así, lamento que Alberto Fuguet no haya podido compartir ese documento con sus lectores, de primera mano, es decir, con la anuencia de la hermana Rosario (que la tuvo) y también de María Victoria y Pilar (que se negaron), porque habría develado algo siempre presente, pero soslayado, de su identidad homosexual (tal como sí lo hizo Pilar Donoso, con su padre, el maestro José Donoso, tras lo cual ella se suicidó, como lo hizo Andrés Caicedo en 1977)

Además de este episodio, y una censura adicional sobre la contratapa del libro ‘El atravesado’, publicado en 1971, que salió en su primera edición con una reseña de Jaime Manrique, se revela en el interesante artículo de Iván Gallo publicado por las2orillas.

(Post Scriptum. Así comienza ‘El atravesado’: “A mí el primero que me enseñó a peliar fue mi amigo Edgar Piedraíta, que fue el que fundó con su novia Rebeca la Tropa Brava. Fue el que me enseñó a usar la derecha, bien pueda tóquela. Ahora toque la izquierda, ¿qué diferencia, no? Claro que antes de Edgar me enseñara yo ya me daba con los de mi clase, en tercero en el Pilar. Mejor dicho me daba con todos, y a todos les daba. Con todos, con Pirela, con Franco, con Rizo, con todos me di a la salida, y todos se dieron cuenta… tarde o temprano, que conmigo no había caso. A Rizo sí que le di bien duro, porque me había sapiado. Y no sólo a mí, a todo el mundo. Sapo y lambón, cuando don Benito entraba a dar clase de inglés, Rizo se le hacía bien cerquita y le sonreía, claro don Benito, que si se le caía la tiza él se la recogía, que si había que escribir en el tablero él escribía con esa letra que tenía, que seguro había cogido un método Palmer y se había puesto a copiar la letra o yo no sé, en todo caso nunca he visto a nadie con una letra así de parejita. Y don Benito que le decía qué buena letra la que tiene usted, mister Rizo”)

GGM cuenta odisea de ‘Cien años de soledad’

g.g.m.A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Ángel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien años de soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

–Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

–Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con la que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias, pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio, que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales, que sólo usamos para la boda y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron –sin los anillos– un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia, porque siempre ha desconfiado del destino.

–Lo único que falta ahora –dijo– es que la novela sea mala.

La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por La mala hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comprar nuestro primer automóvil.

Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Ángel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y La familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años. Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de morir, el primer largo metraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de tareas ocasionales -textos de publicidad, comerciales de televisión, alguna letra de canciones- que me daban suficiente para vivir sin prisas pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.

Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

–Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un solo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.

En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir.

No lo dudé, porque Mercedes -más que nunca- se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanzas con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde las primeras angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:

–¡Esto es puro vidrio!

Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuándo fue que las piedras preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana. Ésta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.

Problemas simples como ése llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad, porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por nosotros, y no sólo los de un mes, sino de varios más, hasta que logramos rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.

Los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales. Carmen y Álvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes.

Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban los desfiladeros de mi novela real.

Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos hasta marzo de 1966 –un año después de empezado el libro–, cuando debíamos tres meses de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperas, y de pronto tapó la bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro.

Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:

–Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.

–Perdone, señora –le dijo el propietario asombrado–. ¿Se da cuenta de que entonces será una suma enorme?

–Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo.

Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: ‘Muy bien, señora, con su palabra me basta’. Y sacó sus cuentas mortales:

–La espero el siete de septiembre.

Se equivocó: no fue el siete, sino el cuatro, con el primer cheque inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición.

Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo. Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer fuera de España una paella igual a las de Valencia, y ella era capaz de mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera, locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.

La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las visitas de los amigos. Muchas veces escuché recitados por otros a los que nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que crecían y se ramificaban de boca en boca.

A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia Cuauhtémoc. En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más transparente, de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final de la novela, era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera y el resto cuando me pagaran los primeros derechos de autor.

Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad. Hasta el punto de que quedó reducida casi a la mitad del original.

Años después, Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.

Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.

–Bendito sea Dios –exclamó–; si no me lo hubiera dicho, no habría podido dormir hasta el lunes.

Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa, -de quien nunca había oído hablar- en la que me solicitaba para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia terminada.

Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos días y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la novela.

De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Álvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta. Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba para entretener a los amigos y que él repetía encantado a los suyos.

–¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! –me gritó–. Este libro no tiene nada que ver con el que nos contaba.

Luego, muerto de risa, me dijo:

–Menos mal que éste es mucho mejor.

No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Con ninguno de los amigos de entonces ni en ningún libro de tantos he podido precisarlo. Ni aun en el de mi hermano Eligio Gabriel, el más autorizado e intenso de cuantos se han publicado sobre el tema. Por fortuna, no ha de faltar algún historiador imaginativo que se encargue de inventarlo.

La copia que leyó Álvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por correo, y otra fue el respaldo que él mismo llevó poco después en uno de sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, cuya hija Patricia la guarda todavía como un tesoro.

Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en junio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa -con todo su derecho- las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y su palabra es de oro.

Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas: Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera: ‘del amigo que más los quiere en este mundo’. Junto a la firma escribí la fecha: 1967. La mención sobre la firma repetida y las comillas en la frase final se debían a una dedicatoria anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza. Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica:

–¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: Confirmado, 1985. Y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ése es el documento de 180 folios, con 1.026 correcciones de mi puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 de septiembre de este año en la Feria del Libro de Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha desconcertado a algunos es por qué las galeradas originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos, el más fiel de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo por disposición testamentaria. Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.

Gabriel García Márquez (foto) (Tomado de Arquitrave)