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‘Anunciación’ de Elia Barceló

elia-barceloHabía estado nerviosa toda la mañana. Una sensación de inminencia que no la había dejado reírse con los chistes de Queco ni disfrutar del combinado que preparó Vera. Sus invitados lo habían convertido en tema a la hora del aperitivo, los estados de ansiedad, las premoniciones, podría ser que hoy va a ser decisivo en tu vida, había dicho Jon. ¡Decisivo! Un día más en un largo verano de baños de sol, paseos en lancha y siestas interminables.

Había cerrado los ojos al sol de mediodía, estirándose en la hamaca, registrando la húmeda frialdad del vaso en la mano, el tejido del bikini blanco ciñéndole el cuerpo, el rumor de las olas, el peso de aquel día imposiblemente azul que acabaría horas después en la noche perfumada, junto a la piscina, terciopelo con estrellas, como siempre. Su vida. La vida que había elegido. Una vida inmóvil y feliz.

Al principio creyó que se trataba de un sueño. La hora era adecuada, también el lugar. El sopor que se le había insinuado durante la comida se había ido haciendo cada vez más fuerte hasta no dejarla siquiera terminar el postre. Se había excusado en un murmullo, acogido por murmullos similares y, en lugar de meterse en su habitación, en un impulso, se había encaminado a la que daba al jardín, al pabellón de huéspedes de confianza. Se había dejado caer con un suspiro en la cama blanca en la que el mosquitero, al recoger los rayos de sol que entraban por el calado de la persiana, fingía una lluvia de monedas de oro, vibrantes de luz, sobre su cuerpo desnudo en el calor de la siesta. Cerró los ojos con agradecimiento infinito sintiendo cómo su conciencia empezaba a girar, a flotar, a alejarse como una cometa al viento mientras, al mismo tiempo, sus sentidos registraban el paisaje de cigarras enloquecidas por el calor de la siesta, el olor a polvo y a pinares que subía desde el camino del mar, las motas de oro que la brisa ocasional hacía danzar sobre su cabeza. Lejos, más lejos, el rumor de las olas, la frescura blanca del algodón contra su piel, el Paraíso alcanzado, el deslizarse a una oscuridad líquida, sedosa, fresca.

Y entonces, de repente, en algún lugar entre las motas de oro y el fragor de las cigarras, su presencia. Una presencia de fuego líquido, una presencia de águila y de tigre, esplendorosa y feroz, flotando en el contacto de la sábana, en las espumas lejanas del mar de las cuatro, poderosa como un toro, fría como una virgen, mineral.

La sombra luminosa cayó sobre su cama crucificándola de anhelo, devorándola para la eternidad y, en un fogonazo, doloroso como un estilete dibujando sus pechos sudorosos, supo. Supo qué era, qué le anunciaba, qué le pedía.

Supo y gritó por dentro.

Supo y el conocimiento la aterrorizó.

Supo y cerró su mente.

Tenía mucho tiempo. Podía tardar todo el primer día de la eternidad en elegir su respuesta. Ni una hoja de adelfa se agitaría en la brisa hasta que decidiera, ni un ala de gaviota batiría contra la inmóvil espuma del mar.

El silencio era perfecto, un coágulo cristalino encerrando a la presencia y a su presa, su sierva, su elegida.

Habría querido llorar, arrancarse los ojos con las uñas, arrastrarse de hinojos por el suelo de piedra, gritar a tí me entrego, abandonarse, morir, abrir su alma.

No pudo hacerlo.

No quiso hacerlo.

En la perfecta quietud de la tarde perpleja sonó un non serviam. Inmenso, violento, sublime.

El hilo se rompió. Cayó la luz sobre su cuerpo como una lluvia oscura dejándola enlodada y supo que acababa de elegir. Ella, que siempre había sido criatura de luz, sería desde ahora alimaña nocturna. La presencia tocó su corazón con un filo de plata hasta que se encogió sobre sí mismo y se hizo duro, diminuto y vacío. Y luego bebió su sangre.

Cuando la luna llegó hasta el borde de la piscina y empezó a cruzarla de estrías de mercurio helado, ella se levantó de la cama, abrió la mosquitera de donde había huido la luz y, con sus nuevos ojos de hielo, contempló el mundo nocturno. Su destino.

Orientándose por la luz de las velas y el murmullo de conversación se dirigió al cenador del jardín donde debían de estar sus invitados. Habían pasado muchas horas. Tenía hambre.

Elia Barceló (foto)

‘El hombre que se ha perdido…’ de Giovanni Papini

giovanni-papini1) Nunca he tenido pasión por los bailes o por los disfraces, y no sé cómo dije que sí al señor Secco, que me invitó a una fiesta que daba la última noche de carnaval. La única razón, creo, fue ésta: que todos teníamos que ir vestidos con un dominó blanco y un antifaz negro y bailar sin hablar. Para ver lo que sería, fui.

¡Qué noche tan extravagante fue aquella! ¿Quién era el hombre y quién era la mujer? Encima de cada cara había un antifaz de raso, negro; sobre cada cuerpo, un holgado ropón blanco. Bailaban, creo, incluso hombres con hombres y mujeres con mujeres, y nadie hablaba. A determinada hora terminaron los bailes y todos aquellos embozados, silenciosos, comenzaron a vagar por las habitaciones alfombradas sin hacer ruido ni siquiera con los zapatos, e iban del brazo, o solos, o en grupos, sin orden, sin saber qué hacer. Aquel silencio bajo las grandes luces tranquilas de aquella multitud blanca y negra era más pavoroso que una misa de difuntos.

A mí, no acostumbrado a aquella ceremonia de saltar en pareja, el calor y la fatiga me habían producido dolor de cabeza, de manera que estaba cubierto por un sudorcillo helado y temblaba como si tuviera fiebre. Notaba una confusión, una debilidad tal, que si hubiese tenido fuerza me habría escapado en seguida. Me parecía que la sangre bajara poco a poco del cerebro, que las piernas se doblaran; sentía una opresión angustiosa alrededor del estómago y de la espalda. Estaba a punto de desmayarme, imagino, cuando, levantados los ojos para buscar la salida más próxima, se me puso delante un grandísimo espejo que iba desde el suelo hasta el techo, y tan ancho que cubría media pared. En este espejo se veían reflejados todos aquellos mascarones blancos y negros que vagaban por allí y me entraron ganas -estúpidas ganas infantiles- de mirarme, de ver qué tal estaba metido por primera vez en aquel desmañado vestido.

Miro…, remiro…, busco…, contemplo el espejo…, me asusto. Pero ¿dónde estoy, Dios mío? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi cuerpo entre todos estos cuerpos iguales? ¡Yo ya no estoy! ¡Todos iguales, todos de la misma manera! ¿No seré capaz de encontrarme?

Estoy con la cara hacia el espejo…, pero hay otros que la tienen también en la misma dirección. Yo soy alto, pero casi todos son tan altos como yo. Me muevo para reconocerme, ¡pero casi todos se mueven a mi alrededor!

¿Dónde estoy yo, pues, entre todos ellos? ¿Dónde está mi yo entre toda esta gente extraña y silenciosa? Todos blancos con las caras negras… Yo también, como los demás…, todos iguales, todos. Pero ¡yo me quiero a mí! ¡Quiero buscarme! ¡Quiero sentirme a mí mismo! ¡Verme con los demás, pero diferente, destacado de los demás! ¡Quiero verme, ser yo! Me he perdido; me he perdido a mí mismo… ¿Dónde estoy? ¡Búsquenme, encuéntrenme!…

Mientras así me afanaba se me nublaron los ojos, sentí que caía al suelo, y desde entonces, en bastante tiempo, ni supe ni vi nada más.

2) Cuando recomencé a ver y a hablar era el tercer día de Cuaresma. Me encontré en un corredor largo y blanco, metido dentro de una cama de hierro negro, en medio de varias camas negras iguales a la mía, y de las sábanas iguales y blancas asomaban rostros blancos y amarillos como el mío. También allí me busqué: al sentirme murmurar acudió un doctor vestido de blanco que me miró con curiosidad y me preguntó qué me pasaba. Le dije, en pocas palabras, que me había perdido a mí mismo en una fiesta y que quería encontrarme lo más pronto posible. El doctor, como es costumbre de esas bestias presuntuosas, sonrió cortésmente, me recomendó que estuviera tranquilo y me dijo que me contentaría. Sin embargo, sabía perfectamente que no había creído una palabra de cuanto le había dicho y, dentro de mí, comencé a pensar en la manera de salir de aquellas sábanas blancas y de aquella cama negra.

Al día siguiente vinieron otros doctores y, todos de acuerdo, dijeron que estaba fuera de mí. Era verdad, pero no como lo entendían ellos. Me había perdido a mí mismo, no la razón. Esta razón no era la mía, porque la mía la había perdido junto a mí mismo, pero era una razón y, por tanto, no estaba loco. Tanto es así, que entendía lo que decían y respondía, sin equivocarme, a sus preguntas. Pero de nada me sirvió con aquellos bobos obstinados.

¿Y entonces? Pensé escapar y, dicho y hecho, después de dos días de aquel sufrimiento, a la hora en que venía la gente de fuera para ver a los enfermos, me confundí con otros y salí a una plazoleta soleada que reconocí en seguida. La primera cosa que hice fue ir a casa de aquel señor Secco, que me había invitado a la fiesta, esperando que me encontraría allí, en aquella habitación. Llego, doy un tirón de la campanilla, y viene a abrirme un muchacho que no me quería conocer. Le di un empujón y pasé. El señor Secco estaba tumbado en una mesa y dormitaba, pero se despertó al oír ruido, saltó, agarró un bastón que tenía siempre cerca y, en cuanto me reconoció, me hizo un montón de caricias, se congratuló conmigo por el peligro de que había escapado, me dio de beber y escuchó muy serio mi narración. El señor Secco no es un doctor y por eso no dudó de lo que me había ocurrido. Es más, me acompañó por toda la casa para convencerme de que yo no me había quedado allí la noche de la fiesta. Así, pues, ¡me había perdido en algún otro sitio! ¿Quién podía saberlo? Pregunté al señor Secco los nombres de todos los que habían ido a su baile y él me dio la lista sin hacerse rogar. ¡Qué amable y servicial estaba aquel día! Del señor Secco nunca he tenido ocasión de quejarme, ni entonces ni después.

Salí de su casa un poco consolado, pero no contento. ¿Dónde podía haber ido a parar? Me acordé de aquel alemán -de Pedro Schlemil- que había vendido su sombra y la iba buscando por el mundo. Pero él no había perdido casi nada comparado conmigo, que había perdido el alma, el cuerpo, ¡todo!

Vagué por la ciudad hasta la noche, y miraba a la cara de todos los que encontraba para reconocerme, y todos me miraban mal, y nadie era yo. Fui a casa de aquellos que habían estado conmigo en aquella maldita fiesta de las máscaras blancas. Pero uno estaba fuera; otro no me dejó entrar; el tercero me trató mal; el cuarto quería llamar a la Policía para que volvieran a llevarme al hospital; el quinto me dio la dirección de un médico; el sexto me aconsejó el uso del agua fría; el séptimo me hizo un gran recibimiento, pero no quiso ni oír hablar de mi pena; el octavo negó que hubiera estado en el baile; el noveno admitió que había estado, pero no se acordaba de nada; el décimo estaba enfermo y no hizo otra cosa que desahogarse conmigo sobre la inutilidad de los purgantes; el undécimo se acordaba perfectamente de la fiesta y me dijo que estaba en la sala cuando vio caer como muerta a una máscara, pero no sabía otra cosa sino que aquel desvanecido no era él; el duodécimo palideció cuando le hablé del baile y sacó la bolsa ofreciéndome dinero; el decimotercero…

¡Qué importa el decimotercero! Fueron todas visitas inútiles y palabras perdidas. Y cuando, por la noche, volvía hacia casa, me desesperaba y preguntaba continuamente en voz baja: ¿Dónde estoy? ¿Qué haré para reencontrarme?

3) ¡Cuánto me busqué también los demás días! Entré en cien cafés; pasé las noches en diez teatros; tomé parte en demostraciones políticas; asistía a los sermones de Cuaresma; me hice invitar a comidas y recepciones; fui a las clases de la Universidad; me mezclé con la gente de los paseos; pasé horas enteras en la ventana, o quieto en la acera junto a una esquina; miré y escruté miles y miles de caras, seguí a miles y miles de hombres, siempre con la esperanza de reencontrarme y la desesperación de no reconocerme.

Se me ocurrió imprimir unos manifiestos con la descripción exacta de cómo era antes de perderme, y aquello sí que fue grande. Al cabo de un día que los avisos estaban en las paredes, me atraparon tres o cuatro tipos que decían : “¡Es éste, es éste!” Y así gritando me llevaron a mi casa. Golpearon la puerta, tocaron el timbre, llamaron, pero nadie respondió. Yo no tenía ni familia, ni criada, y en casa no había nadie. Al fin, indignados, me dejaron.

-¡Maldito tú y quien te busca!

-Pero ¡qué buscar! Esta es una burla de algún señor extravagante. ¡Los hombres no se pierden como los perros!

Estábamos ya casi al final de la Cuaresma y todavía no tenía ningún indicio de mí, y cada hora que pasaba era una esperanza menos. Sentía que viviendo de aquella manera, con aquel deseo, con aquella congoja, me volvería loco de verdad, y no veía la manera de salir de todo eso. Pasaba el día mirando y espiando a la gente, y los ojos me salían de la cara a fuerza de mirar; me había crecido la barba; me había vuelto seco, amarillo, espantoso. Cuando pasaba por delante de un espejo, volvía los ojos a otra parte para no verme. Me daba cuenta de que los hombres, las mujeres, y especialmente los niños, se reían a mis espaldas, y alguna vez incluso a la cara. Muchos caballeros me preguntaban, con aire piadoso, si me encontraba mal. Una vez, una viejecita me regaló algunas pastillas, elogiándolas mucho.

Pero no estaba enfermo, no. ¡Me quería a mí mismo! ¿Qué había de malo en ello? Todos los hombres quieren este bien. Cada uno se posee a sí mismo: nadie puede ser privado de sí mismo. ¿Por qué aquella imposible, inaudita desgracia me había sucedido precisamente a mí? ¿Qué había hecho para merecerla? ¿Acaso porque había ido a aquella estúpida fiesta? ¿Y los otros, entonces? También ellos habían ido, y habían vuelto a su casa con su cuerpo y su alma, ¡y ahora se reían a mi costa! Sin embargo, tenía que haber un medio para poner remedio a tal desgracia. Quien no muere se encuentra. Se encuentra un bolso ajado, ¿y no se encontraría un hombre? ¿Qué hace el Ayuntamiento que no se ocupa de estos casos? Y el Estado, ¿no es responsable de todos los ciudadanos?

Movido por esos y parecidos pensamientos, fui una mañana al caserón del Municipio, subí al despacho del Registro Civil y pregunté a un empleado en dónde se encontraba en aquel momento Fulano de Tal, es decir, yo mismo, el yo que había perdido. El empleado me pidió dinero, y, después de haber buscado un poco, me dijo mi dirección, ¡la dirección de mi casa! Intenté entonces explicarle que aquella había sido, en efecto, la casa de aquella persona, pero que desde hacía algún tiempo se había perdido y que precisamente por eso preguntaba en dónde podría encontrarla. Aquel ignorante no quiso o no supo entenderme; me dijo que no era posible que uno se perdiera a sí mismo y que, de todos modos, él no sabía nada más. Le contesté que la cosa era tan posible que me había sucedido precisamente a mí, y que él, como funcionario del Municipio, tenía el deber de saber dónde se encontraban todos los habitantes de la ciudad, del primero al último. No hubo manera: él empezó a gritar, yo a chillar. Llegaron sus compañeros y me echaron de allí por las malas.

Cuando estuve en los porches del palacio me dejaron, y yo, en lugar de escapar, empecé a pasear arriba y abajo, furioso, esperando a que saliera alguien que pudiera darme razón. Paseando de esta manera, a lo largo de la pared, me llamó la atención un gran cartel que tenía escrito arriba: Objetos perdidos encontrados. Me estremecí, y me puse a leerlo con cuidado: siete llaves, una cartera con tres letras, una aguja de plata, dos pares de gafas, una Divina Comedia, un bolso de señora, cinco paraguas, un dominó blanco con máscara negra

…Sentí un escalofrío por la espalda. ¿Mi dominó? Era un indicio, ¡el primer indicio! Corrí al despacho donde guardan todas las cosas encontradas y pedí mi dominó. Di todos los detalles que me solicitaron: me enseñaron mi vestido blanco. Estaba un poco sucio por una parte, pero lo reconocí: ¡era el mío! Lo había encontrado un muchacho, el primer día de Cuaresma, por la mañana temprano, en la calle donde vivía el señor Secco. Todo contento lo lié, me metí el antifaz en el bolsillo y salí corriendo hacia casa.

¿Por qué estaba tan contento? Sin embargo, aquel maldito saco blanco había sido el motivo principal de mi desgracia y, en aquel momento, no podía verdaderamente ayudarme a encontrarme a mí mismo.

Pero, como empujado por un anhelo sin razón, apenas llegué a casa me lo puse nerviosamente, me coloqué la máscara sobre la cara y corrí ante un gran espejo antiguo, en el que había pintadas, hacia los ángulos, algunas descoloridas flores sentimentales.

Me miré… ¡Heme aquí! ¡Era yo! ¡Soy yo! Me había encontrado. Era yo, en persona. Yo solo. No había otros hombres a mi alrededor. El vestido blanco era mío y sentía que dentro de él estaba mi cuerpo; la máscara negra era la mía y cubría de verdad mí rostro. Me reconocí. Había vuelto. Me había atrapado a mí mismo. Reí y lloré de gozo. Me acaricié.

Pero desde aquel día no he tenido el valor de desnudarme, y estoy siempre en casa, solo, vestido con mi dominó blanco, con mi máscara negra sobre la cara, para estar seguro de no perderme nunca más…

Giovanni Papini (foto) (Nombre completo del cuento: ‘El hombre que se ha perdido a sí mismo’)

‘El halcón’ de Giovanni Boccaccio

boccaccio_giovanniHace ya tiempo vivía en Florencia un joven llamado Federico Alberighi, hijo de micer Felipe Alberighi, con el que ningún otro doncel de la nobleza toscana podía rivalizar en porte gentil y cortesía. El cual, como suele ocurrir con los jóvenes de su edad y condición, se enamoró de una noble dama llamada Juana, que por esos tiempos era tenida por una de las mujeres más hermosas y amables de Florencia. Todo lo que Federico podía hacer para conquistar el amor de ella, lo hizo; en fiestas, en torneos, en magníficos regalos gastó sus recursos sin moderación; pero Juana, que no era menos honesta que bella, no se dio por enterada de tales agasajos ni prestó por eso mayor atención a quien los hacía. Continuó Federico gastando su fortuna sin conseguir nada, hasta el punto de que pronto las riquezas escasearon y él se volvió pobre, sin otro bien que una pequeña alquería cuyas rentas apenas si le alcanzaban para vivir, y un espléndido halcón que era el único legado de sus fastos pasados; por lo cual, más enamorado que nunca y viendo que ya no podía desempeñar dignamente el papel de ciudadano de Florencia, fuese a Campi, donde se hallaba su alquería.

Allí, sin pedir nada a nadie, se entretenía cazando pájaros con su halcón, y soportaba su indigencia del mejor modo posible. Sucedió un día, entonces, cuando Federico ya tocaba la pobreza más extrema, que el marido de monna Juana enfermó y viéndose en trance de morir, hizo testamento; riquísimo como era, nombró heredero suyo a su hijo, ya grandecito, dejando constancia, además, que su bienamada esposa se convertiría, a su vez, en heredera, si el muchacho muriese sin dejar descendencia. Ya viuda monna Juana se retiró al campo durante el verano, como era costumbre, a una propiedad muy cercana a la de Federico, por lo cual sucedió que el muchacho trabó amistad con Federico; y no tardó en jugar con los perros y pájaros de éste; y como veía a menudo volar el halcón de Federico, se prendó del ave, y le entraron deseos de poseerla, aunque no se atreviese a pedírsela a su nuevo amigo debido a la estimación que éste le demostraba.
Tanto inquietó al muchacho que terminó por enfermarse, con lo cual su madre quedó muy preocupada, pues no lo tenía más que a él, y se pasaba el día rondando en torno a su cama; sin alcanzar a confortarlo, no cesaba de preguntarle qué era lo que le causaba su mal, y le rogaba que le dijese cuál era el objeto o cosa que deseaba, que ella se lo procuraría de cualquier manera. El muchacho, luego de haber oído repetidas veces esos ofrecimientos, dijo:

“Querida mamá, si usted consigue para mí el halcón de Federico, creo que podré curar en seguida”. La dama en cuanto hubo oído esto, comenzó a reflexionar sobre la actitud que habría de tomar. Sabía que Federico la había amado por mucho tiempo, sin que ella le hiciese la menor concesión; por eso, se decía:
“¿Cómo podré pedirle ese halcón que, si me atengo a lo oído, es el mejor de cuantos volaron jamás, y que, por lo demás, es su único sostén? ¿Y cómo podré yo privar a ese caballero del único motivo de gozo que le queda en el mundo?” Y así quedó muy perpleja, con la convicción de que lo obtendría si llegaba a pedirlo; y como no sabía qué decir ni decidir, nada le contestó al hijo. Finalmente, el amor maternal triunfó de todas sus vacilaciones, y terminó por prometer al muchacho, que no había cesado de insistir en que el halcón habría de ser su único medio de curación que ella misma iría a buscarle el pájaro diciendo: “Hijo mío, tranquilízate y piensa solo en recobrar la salud, pues te prometo que lo primero que haré mañana es ir yo misma a buscar el halcón y a traértelo”. Con lo cual el niño se alegró y mostró inmediatamente señales de restablecimiento.

Al día siguiente la señora, acompañada sólo por otra mujer, se dirigió, como si pasease, hacia la casita de Federico, a quien hizo llamar a su llegada. En aquel momento el joven, como no era día para salir de caza con el halcón, se encontraba en su jardín haciendo algunos trabajos menudos; y, en cuanto oyó que monna Juana llamaba a su puerta, se asombró de ello, y corrió entusiasmado hacia la entrada, donde estaba la dama; la cual, viéndolo venir, lo saludó de modo muy gracioso y femenino, luego de que él le hubiese dirigido una respetuosa reverencia, y tras las cortesías de rigor, le dijo: “Señor Federico, he venido a resarcirte de los perjuicios que has tenido por mi causa, debido a que me amaste más probablemente, de lo necesario; por lo cual la recompensa que te ofrezco es que nos invites, a esta dama que me acompaña y a mí, a comer contigo”. A lo cual Federico respondió humildemente: “No recuerdo, señora, haber sufrido daño alguno por vuestra culpa; por el contrario, creo que, si en cierta oportunidad hice cosas de mérito, ello lo debo al amor que supisteis despertar en mí; y, por cierto, la gracia que me hacéis al venir me es tan cara que no la cambiaría por todos los bienes que, pobre ahora, he perdido”. Y mientras esto decía, la hizo entrar a su casa, y la condujo hasta el jardín, y como no encontrara a otra persona que la jardinera para hacerle compañía, le dijo: “Noble señora, os dejo con esta mujer, esposa de un trabajador que es de mi confianza, en tanto voy a poner la mesa”. Federico, pese a lo extremo de su pobreza, nunca como aquel día había lamentado haber dilapidado sus riquezas, y no poder agasajar dignamente a la mujer amada. Rabiaba ahora contra sí mismo, maldecía su fortuna y, ya completamente fuera de sí, recorría todos los cuartos en busca de algún dinero u objeto para empeñar, sin hallar nada en ninguna parte. Como ya la hora de comer se acercaba, y su deseo de honrar a la dama querida era grande, sin que se le pasase por las mentes pedir alguna cosa a su jardinero, fijó de pronto sus miradas en el apreciado halcón, que descansaba en su jaula; y como no le quedaba otra alternativa, lo tomó, lo sopesó y, encontrándolo carnoso, dedujo que sería adecuada merienda para una dama como la que allí esperaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, le retorció el cuello, lo desplumó y rápidamente lo puso a asar; y puesta la mesa con blanquísimos manteles, que aún conservaba, volvió con alegre expresión al jardín, donde la dama lo esperaba, y la invitó a que pasara al comedor junto con su compañera. A lo cual se levantaron las dos señoras, entraron en la casa y se sentaron en la mesa, y sin saber qué comían y mientras Federico las servía diligentemente, se almorzaron el excelente halcón. Concluido el ágape, y mientras se entretenían en amable charla, a la dama le pareció que había llegado el momento de explicar el verdadero motivo de su venida, y habló así: “Federico, si recuerdas tu vida pretérita y mi honestidad, a la que tal vez consideraste crueldad y dureza, indudablemente te maravillarás al enterarte del propósito que me trae aquí; pero si tuvieras hijos, o los hubieses tenido alguna vez, y supieras hasta donde llega el amor paternal, estoy segura que sabrías excusarme. Y así como tú no los tienes, yo tengo uno, y no puedo eludir las leyes comunes entre las madres; todo lo cual me obliga, aun contra mi voluntad y violentándome mucho, pedirte un don que sé te es íntimamente caro, porque la naturaleza no te ha dejado ningún otro consuelo; y ese don es tu halcón dilecto, del que mi hijo se ha encaprichado de tal manera, que si no se lo llevo la enfermedad que sufre puede agravarse hasta quitarle la vida. Y por esto te ruego, no por tu amistad, que jamás la he merecido, sino por tu noble y cortés carácter, que hace que sobresalgas entre los demás hombres, que me des el halcón, para que yo pueda conservar la vida de mi hijo, y te quede eternamente agradecida”. Federico, al escuchar el pedido y dándose cuenta de que no lo podía satisfacer puesto que acababan de comerse el halcón, se echó a llorar antes de poder articular palabra. La dama creyó primero que este llanto obedecía a la pena que causaría al caballero el desprenderse del halcón, y estuvo tentada de retirar su pedido; pero en seguida se contuvo y esperó, después del llanto, la respuesta de Federico. El cual le habló de esta manera: “Señora, sabe Dios que desde que en vos puse mi amor los hechos de mi fortuna me han sido adversos en todos los órdenes; sin embargo, todas mis penurias pasadas son leves comparadas con las que atravieso ahora, cuando me visitáis en mi humilde casita -sin que nunca me hayáis visitado antes, en mis ricas mansiones- y me pedís un menudo don, que no puedo concederos de ninguna manera, por el motivo que sigue: en cuanto escuché que queríais almorzar en mi casa, y teniendo en cuenta vuestra excelencia y vuestra nobleza, estimé que sería digno y conveniente que os agasajara, de acuerdo con mis posibilidades, de la mejor manera y por encima de lo que uno hace con los huéspedes comunes. Por ello, recordé que poseía el halcón que ahora me solicitáis, y juzgué que era para vos alimento adecuado; y en el almuerzo lo habéis comido, convenientemente asado, y yo supuse haberle dado el mejor de los usos posibles; pero ahora veo que lo deseabais en otra forma, y siento un dolor inexpresable por no tenerlo ya, y creo que nunca la paz volverá a mí”. Y cuando terminó de decir esto, mandó traer las plumas, las garras y el pico del ave, para demostrar que no mentía. La señora, que lo veía y escuchaba todo, le reconvino primero por la ocurrencia de haberle servido en la mesa un ave tan valiosa; pero en lo interior de sí misma le agradeció su generosidad y grandeza de alma, que la pobreza no había conseguido desterrar; después, desparecidas ya las esperanzas de poseer el halcón, y acordándose de la enfermedad de su hijo, resolvió volver a su casa. El hijo, sea porque la noticia de que nunca tendría el halcón agravase su estado, sea porque la propia enfermedad no tuviese cura, no pudo sobrevivir mucho tiempo y, días más tarde, con gran dolor de su madre, dejó este mundo. La señora, luego de mucho tiempo de lágrimas y amargura, recibió de sus hermanos el consejo de volver a casarse, pues era riquísima y todavía joven; y aunque no pareciese ella misma en disposición de hacerlo, pensó en Federico, en su valor y en su última magnificencia, la de haber dado muerte a un halcón tan preciado para honrarla, y terminó por decir a sus hermanos: “Con mucho gusto quedaría viuda, si esto os agradase; pero si estimáis que debo casarme por cierto que no tomaré otro marido que no sea Federico Alberighi”. Ante lo cual los hermanos, burlándose de ella, le respondieron: “¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes querer a un hombre que nada tiene?” “Lo sé, hermanos míos”, repuso ella, “es así como decís; pero antes bien quiero a un hombre carente de riquezas, que a unas riquezas sin hombre”. Los hermanos, al oírla, y conociendo como conocían a Federico, por más pobre que éste fuese, consintieron en dársela por esposa, junto con todas las riquezas que el primer marido le había dejado; y Federico, que así se convertía por fin en marido de la mujer que amaba, y en poder de una fortuna tan grande como la que las desventuras le habían quitado, vivió con alegría, esposo feliz y administrador más prudente, hasta el fin de sus días.

Giovanni Boccaccio (foto)

 

‘Las cosas raras’ de Andrea Maturana

andrea-maturanaEse día lunes, Ati se despertó algo extraña. Al menos para los demás. Para ella había una misión urgente que cumplir. Antes de que el despertador sonara se sentó en la cama, entre dormida y despierta, como poseída por una idea escalofriante:

¿Tendrán memoria los objetos?

Algo o alguien en su sueño, o quizás entre sus sueños, le había soplado la pregunta, y la idea la atraía tanto como la aterraba.

Cuando su papá entró a despertarla, dispuesto a entonar silbando alguna melodía, como siempre, Ati ya estaba así, sentada en la cama con los ojos como platos. Se veía tan pálida que a su papá alcanzó a darle susto.

-¿Estás bien? -atinó a preguntarle.

-Bien, bien -contestó ella, pero no logró sonreír, aunque lo intentó bastante.

-Okey -le dijo inseguro su papá-, en quince minutos te esperamos para desayunar.

“Quince minutos”, pensó Ati, “tengo solo quince minutos”.

Si bien tenía todo el día para llevar a cabo su plan, la mañana era una parte muy importante, porque si los objetos de verdad tenían memoria, pensaba, serían justamente los objetos de su casa los que más la “conocerían”.

Decidió que lo mejor sería intentar engañarlos y, a la vez, estar increíblemente atenta a sus reacciones, para ver si hacían algo que indicara su desconcierto.

Todo esto mientras se sacaba las lagañas, se tropezaba con los muebles de su pieza buscando su ropa y echaba cualquier cosa dentro de su mochila para el colegio, porque sabía que el tiempo era limitado y tenía que actuar rápido.

A poco andar se dio cuenta de que, por apurona, había perdido la batalla con los objetos de su propia pieza, que eran los más familiares. Pero ni modo, ya la habían visto despertarse, así que la batalla estaba perdida de antemano.

Después de vestirse (con la polera del uniforme de atrás para delante), decidió que lo mejor sería sacar de su cajón de disfraces el sombrero más raro que tenía y una nariz con bigote, anteojos y supercejas. El uniforme también había que esconderlo, así que se puso encima una túnica que alguna vez había usado para disfrazarse de uno de los reyes magos.

Estaba segura de que así nadie podría reconocerla.

Se asomó al pasillo para comprobar si estaba limpia la salida y corrió al baño. Su primer candidato era, por supuesto, el espejo.

Entró al baño como si nada, pero detrás de esos hermosos anteojos de plástico, sus ojos captaban cada detalle, cada pequeño movimiento.

Se puso frente al espejo atenta a cualquier arruguita, a cualquier tufo espejístico que pudiera delatar la sorpresa del antiguo espejo que siempre había estado allí.

Pero nada.

Ahí quedó el espejo, quieto y callado.

No se dio por vencida. Siguió arreglándose las megacejas como si nada.

Quizás los objetos eran más lentos.

Después de intentarlo un buen rato, se rindió y bajó a tomar desayuno.

¿O quizás algunos eran muuuy inteligentes?

Los que claramente sí tenían memoria eran sus padres, su hermano guagua y su gato, que manifestaron su impresión de modos distintos pero todos perceptibles. La guagua hizo un puchero históricamente único y se largó a llorar, el gato huyó con los pelos del lomo erizados y emitiendo todo tipo de sonidos y sus padres se quedaron mirándola con los ojos tan abiertos como los de ella misma al despertar. Eso fue por un segundo. Al poco rato, a su mamá le vino un ataque de risa masivo. Su papá intentó mantener el orden.

-Ati, hoy estás un poco rara -le dijo-. En veinte minutos te pasa a buscar el transporte escolar, y sospecho que no te van a dejar entrar así al colegio.

-Mfff -gruñó Ati.

No quería que nada la distrajera, aunque estaba difícil entre los ruidos del gato, el llanto de la guagua y la risa de la mamá.

Se sentó a propósito en una silla que no era la que usaba siempre, pero no sintió ningún movimiento especial, ningún acomodo que delatara que la silla no entendía lo que pasaba. Tomó su cuchara y se la puso delante hasta encontrar su propio reflejo (de verdad se veía muuuy fea con bigotes, anteojos plásticos y cejas de señor, más encima deformada por la cuchara), pero la cuchara ni se dobló, ni se opacó… Claro que no pudo saber si hizo algún ruido, porque la guagua seguía llorando.

Cuando sonó el timbre, Ati ni siquiera había alcanzado a terminar su desayuno. Corrió a su pieza tragándose el cereal, se sacó el disfraz y el sombrero tan rápido que quedó más despeinada que nunca, se puso la mochila llena de cosas que no necesitaba y corrió a la puerta.

El resto del día no logró concentrarse nunca en su plan de distraer a los objetos porque todo lo que escuchó fue “¡Ati!”, “¡Ati!”, “¿Qué es ese peinado?” “¿Qué te pasa?”, “Por favor pon atención”, “Date vuelta la polera”, “Ese no es tu banco”, “Esa no es tu percha”, “Ese no es el libro que tenías que traer”, “A la inspectoría”, “Fuera de la sala”.

No me dejan desarrollar mi espíritu científico, pensó ella, cuando la sacaron de la sala y tuvo que encontrar una banca donde sentarse.

Pero aun así como estaba, algo triste y frustrada, decidió no sentarse en el banco acostumbrado, sino en la vieja banca de piedra en que se sentaba siempre Lucas, su compañero que todo el día comía semillas de maravilla y andaba dejando un rastro de cáscaras tras él. Ahí estaban, de hecho, las cáscaras de Lucas.

En el patio no había nadie.

Todo estaba en silencio, salvo por los pajaritos que cantaban y los autos que pasaban a lo lejos.

Se sentó en el banco y suspiró.

Y entonces, muy despacito, le pareció que el banco también suspiró, un suspiro como de roca antigua, imperceptible al oído humano, una especie de latido de un corazón que late una vez cada cien años.

Se quedó helada sobre la banca. Inmóvil.

Suspiró de nuevo.

Nada.

Entonces pensó que probablemente lo había inventado.

Llegó a la casa cansada y sobre todo desanimada, y los intentos que hizo por sorprender a los objetos ya no fueron con tantas ganas. Hizo las tareas en el escritorio de su mamá en vez del suyo, tiró el papel higiénico en el basurero en vez de en el wáter, se lavó los dientes sin pasta, comió en el plato de la guagua, no miró tele, leyó (nunca leía) sentada en el suelo del pasillo.

Pero nada.

Cuando se fue a dormir, ya tenía claro que había sido un sueño, y que afortunadamente los objetos no tenían memoria. Aunque algo en ella habría preferido que sí la tuvieran. Los únicos que la miraban raro eran sus papás y el gato. La guagua estaba dormida.

Decidió, como último intento, dejar la luz encendida durante la noche. Y trató de olvidar ese pequeño suspiro, el de la banca de piedra del colegio.

Finalmente lo logró.

Después se durmió muy rápido. Estaba agotada.

Pero hubo quienes no pudieron dormir, y fueron justamente los objetos.

La polera, porque estaba muy mareada (como si hubiera tenido un día al revés).

Y los demás se quedaron toda la noche despiertos en busca de un solo pensamiento.

La verdad es que sí son lentos.

Cuando llegó la mañana, solo algunos habían alcanzado a completarlo:

Qué día tan raro.

Andrea Maturana (foto)

‘La recién nacida’ de Yanitzia Canetti

yanitzia-canetti(“Madre dijo que no demoraría. / Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso”. César Vallejo)

La recién nacida lloraba. El frío mármol humedecía sus huesecillos aún blandos y anhelantes. Los muertos se hicieron cargo de amamantar su dócil tamaño ante la ausencia materna. ¡La niña les hacía sentir tan muertos…!

“¡Está viva! ¡Hoy empezó a morir!”, pensaban los desmoronados.

Ninguno de los muertos pudo ver el cuerpecito de la pequeña, y no por ciegos o por falta de un vivo interés, sino por culpa de aquella densa cárcel marmórea que le aplastaba el ánimo a cualquiera, incluso al más vivo. Sin embargo, les bastaba imaginar a una recién nacida sobre una de las tumbas para verla en carne y hueso.

-¿Quién es la madre? -preguntó la muerta del mil setecientos treinta y tantos.

-La lluvia -respondió una voz desde el panteón de los Cabrera Roig.

Los muertos rieron a carcajadas, y a algunos se les desencajaron las mandíbulas. (Ahora ya podrían reír para siempre)

-¡Qué necedad! ¡La lluvia siempre ha tenido los párpados abiertos! Esa niña no puede ser hija de la lluvia de ninguna manera. Sus ojos llueven, sí, ¡pero están cerrados! -dijo la voz anciana con notable enojo.

La voz salida del nicho de los Cabrera Roig calló por fin su ignorancia. Pero el llanto de la niña continuaba mortificando su sueño eterno.

-¡Alguna madre tiene que tener esta criatura! -insistió al poco rato-. Debe ser la tierra, o quizás la sangre, o tal vez el fuego, o el color, o la música, o el miedo…

Esta vez los muertos no rieron; lloraron. Y los de mandíbula suelta hicieron una mueca sarcástica.

-¡Callen al Cabrera ese! -gruñó Ofá, la negra cimarrona de aliento sibilino, ante la insensatez del Cabrera Roig-. Ni la tierra, porque la no es fruto, sino semilla. Ni la sangre, porque la niña no es impulso, sino pedestal. Ni el fuego, porque la niña no es de manos ardientes. Ni el color, porque a la niña no le tiembla el arco iris en sus lágrimas. Ni la música, porque la niña no es eco. Ni el miedo, porque la niña es semilla y pedestal y frío y oscuridad y gruta desolada y sin quejidos…

La negra cimarrona lanzó un grito que estremeció todo el cementerio y luego se hundió en su muerte una vez más. Pero los muertos revolvíanse en el lecho por la presencia de la ingenua criatura, que no hacía más que llorar a moco tendido. Aquel llanto les hacía recordar algo…

Los que aún conservaban la sangre tibia, lucharon por regresar. Y a los que el frío y el calor no les olía a nada, lucharon por partir.

Las lápidas fueron pronto iluminadas por trozos de sol, que caían como piedras gigantes desde un cielo en llamas. La tarde se dio a la fuga, con paso muso y sin mirar atrás. Algunos se inquietaron tanto, que sus huesos se escurrieron como agua por entre las fosas anilladas de las lombrices de tierra. La recién nacida no lloraba ya; gritaba con largos aullidos de desesperación. Espantaba con sus gritos a las flageladas nubes del ocaso e inundaba de lágrimas el pozo cósmico.

-¿Dónde está la maldita madre de esta chiquilla?

¡Que la saque de aquí cuanto antes! ¡Que se la lleve de una vez! ¡No soporto tanta vida encima de mí! -vociferó una masa de carne maloliente y malhumorada.

Apenas la noche se precipitó sobre el cementerio, la madre acudió por fin a la losa fría donde se hallaba el cuerpecito lloroso de su primogénita. Había llegado la hora de amamantar a la pequeña y detener su llanto fatigoso. Todos quedaron mudos… y sordos… y ciegos…

La muerte dio de beber de su pecho a la recién nacida.

Yanitzia Canetti (foto)

‘Cruzan la plaza’ de Mónica Lavín

monica-lavinPero ahora el tiempo corrió más pronto, / adelgazando sus últimas horas. (Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier)

Un hombre y una mujer cruzan la plaza. Van tomados de la mano. Es de noche en una ciudad ajena, hace sólo unos instantes que las manos se encontraron, y así el andar uno al lado del otro, pareciera un proceder familiar. Apenas se conocen, dos días hay en su haber, y es tan dulce y desesperado ese cruzar la plaza tomados de la mano que es de pronto esperanza como final. ¿Qué hay en esa toma que se repite una y otra vez? Entran a la plaza como a un ruedo; caminan altivos, las manos entrelazadas, orgullosos de poseerse en ese espacio anónimo y solitario de la ciudad. Y aunque sólo se estrujan las manos, la posesión de los más callados anhelos ha quedado atrapada entre sus palmas, soltarse es impensable, soltarse es comenzar la despedida. Un hombre y una mujer con abrigo cruzan la plaza: poderosa estampa que destapa futuros inciertos y abismos no invocados.

En la discoteca las sillas están puestas sobre las mesas, alguien barre y la música ha cesado. Los últimos habitantes del bar se levantan de las mesas donde una música se ha encargado de dar a la pareja la posibilidad del abrazo. Ella puede recargarse en el hombro y sentir el calor tibio de su mejilla, él la puede tomar por la cintura mientras la otra mano se anuda con firmeza con la de ella, las bocas audaces, sedientas se separan y vuelven a su deseo palpitante, al pudor sometido, a la duda del encuentro. Regresan a la mesa donde comienzan los primeros acordes de una música suave.

Se sientan en el taxi donde sus manos sobre el sillón apenas rozan los dedos, es el inicio de la complicidad. Al llegar al bar se unen al resto que no sospecha que suben por la escalera donde ella lo ha esperado y él la ha alcanzado. Bailan un ritmo latino y ella le explica cómo moverse, beben hasta volver al restaurante donde a los postres siguen la carne y el paté de salmón. Caminan uno al lado del otro, platican, él la presenta a otras personas pronunciado su nombre con precisión. Ella lo mira y se acerca. Hola. Él finge no darse cuenta cuando ella entra y se sigue de largo, ella siente un salto en el corazón cuando descubre que allí está. Toma el elevador y en el cuarto se cepilla el pelo muchas veces, se pone perfume, se quita el vestido y lo cuelga, guarda las medias negras en un cajón; se despinta el carmín y la raya del ojo, por último, el maquillaje. Se da un duchazo. Guarda en su piel la algarabía del encuentro, se sume en el ritual de la espera.

El día es tan largo, ha dormido muy poco, la noche ha sido ocupada por la presencia de un hombre intrigante y abrazable. Es de madrugada cuando sube al tren, él duerme ajeno. Ella se mira en el espejo, tiene una brizna blanca en los labios, le preocupa no saber desde cuando la trae allí colocada y que él no se haya atrevido a quitársela. Él viene por el pasillo, con el deseo de no alejarse muy rápido, no vaya a ser que el beso se le caiga entre las vías. La mujer sale de su dormitorio con el deseo de que él vuelva sobre sus pasos. En el pasillo él le da un beso tímido junto a los labios y le dice que espera con ansias volverla a ver. Caminan juntos por el pasillo que los hace contonearse suavemente. Ella quiere que la detenga, él no sabe lo que ella quiere, pero siguen hasta el salón fumador y hablan de lo que hacen, del mundo, están solos y eso les agrada. Se acercan a la barra y beben coñac, platican con otras personas, pero se miran de cuando en cuando, se escuchan como si los demás no existieran. Se van al carro comedor a cenar y cada cual está por su lado. Ella lo busca con la mirada, no puede ser muy obvia, nadie lo es después de cruzar una plaza de la mano al cobijo de la noche. Lo busca con la mirada como la noche siguiente cuando tocan esa música y algunos bailan, lo busca pidiendo el encuentro de los ojos. Tan sólo una hora después están en la misma mesa cada cual diciendo su nombre y su procedencia, añorando ya la caminata en la plaza dos días antes, con el silencio de sus manos aferradas.

Cruzan la plaza y llegan al lobby de un hermoso hotel y él la acompaña a su habitación. Ella deja que él la acompañe. Las manos siguen atadas entre alfombras y números del elevador. El corazón late con prisa. Pasan besos, pasan frases y los deseos los sofoca el reloj y la despedida. Ella piensa que fue bueno compartir la misma mesa, él dice que se hubieran encontrado de cualquier manera. Las manos se desatan y la tristeza se instala mientras él cruza la plaza de nuevo y ella lo mira desde la ventana de la habitación.

Una pareja cruza la plaza, se poseen las manos un instante y en ese instante el mundo es todo suyo, y en ese instante el mundo se ha detenido, sólo por ese instante, sólo por ellos que cruzan la plaza de la mano.

Mónica Lavín (foto)

 

El cuento y el oficio de escribir

untitledHay una enormidad de conceptos sobre el oficio de escribir. Van los siguientes de escritores que han sabido destacarse en el exigente género del cuento. Son archiconocidas las palabras de Julio Cortázar del cuento como un round que se gana por nocaut, mientras la novela por puntos. También graficó el cuento como una esfera, y anotó que “el sentimiento de la esfera debe preexistir de alguna manera al acto de escribir el cuento, como si el narrador, sometido por la forma que asume, se moviera implícitamente en ella y la llevara a su extrema tensión, lo que hace precisamente la perfección de la forma esférica”.

Juan Rulfo, ese genio mexicano de ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’, en sus muy escasas declaraciones dijo del oficio de escritor: “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. (…) Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta”.

No hay necesidad de introducir al enorme Jorge Luis Borges. Baste reproducir su percepción del oficio: “Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. (…) Es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

Por último, el premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, tiene sobre el oficio de escribir una bien clara concepción: “Si uno quiere ser escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ese sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes”.