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‘Viola Acherontia’ de Leopoldo Lugones

Leopoldo LugonesLo que deseaba aquel extraño jardinero, era crear la flor de la muerte. Sus tentativas se remontaban a diez años, con éxito negativo siempre, porque considerando al vegetal sin alma, ateníase exclusivamente a la plástica. Injertos, combinaciones, todo había ensayado.

La producción de la rosa negra ocupóle un tiempo; pero nada sacó de sus investigaciones. Después interesáronlo las pasionarias y los tulipanes, con el único resultado de dos o tres ejemplares monstruosos, hasta que Bernardin de Sain-Pierre lo puso en el buen camino, enseñándole como puede haber analogías entre la flor y la mujer encinta, supuestas ambas capaces de recibir por “antojo” imágenes de los objetos deseados.

Aceptar este audaz postulado, equivalía a suponer en la planta un estado mental suficientemente elevado para recibir, concretar y conservar una impresión; en una palabra, para sugestionarse con intensidad parecida a la de un organismo inferior. Esto era, precisamente, lo que había llegado a comprobar nuestro jardinero. Según él, la marcha de los vástagos en las enredaderas obedecía a una deliberación seguida por resoluciones que daban origen a una serie de tanteos. De aquí las curvas y acomodamientos, caprichosos al parecer, las diversas orientaciones y adaptaciones a diferentes planos, que ejecutan guías, los gajos, las raíces. Un sencillo sistema nervioso presidía esas oscuras funciones. Había también en cada planta su bulbo cerebral y su corazón rudimentario, situados respectivamente en el cuello de la raíz y en el tronco. La semilla, es decir el ser resumido para la procreación, lo dejaba ver con toda claridad. El embrión de una nuez tiene la misma forma del corazón, siendo asaz parecida al cerebro la de los cotileidones. Las dos hojas rudimentarias que salen de dicho embrión recuerda con bastante claridad dos ramas bronquiales cuyo oficio desempeñan la germinación.

Las analogías morfológicas, suponen casi siempre otras de fondo; y por esto la sugestión ejerce una influencia más vasta de lo que se cree sobre la forma de los seres. Algunos clarividentes de la historia natural, como Michelet y Fries, presintieron esta verdad que la experiencia va confirmando. El mundo de los insectos, pruébalo enteramente. Los pájaros ostentan colores más brillantes en los países cuyo cielo es siempre puro (Gould). Los gatos blancos y de ojos azules, son comúnmente sordos (Darwin). Hay peces que llevan fotografiadas en la gelatina de su dorso, las olas del mar (Strindberg). El girasol mira constantemente al astro del día, y reproduce con fidelidad su núcleo, sus rayos y sus manchas (Saint-Pierre).

He aquí un punto de partida. Bacon en su Novum Organum establece que el canelero y otros odoríferos colocados cerca de lugares fétidos, retienen obstinadamente el aroma, rehusando su emisión, para impedir que se mezcle con las exhalaciones graves…

Lo que ensayaba el extraordinario jardinero con quien iba a verme, era una sugestión sobre las violetas. Habíalas encontrado singularmente nerviosas, lo cual demuestra, agregaba, la afección y el horror siempre exagerados que les profesan las histéricas, y quería llegar a hacerlas emitir un tósigo mortal sin olor alguno: una ponzoña fulminante e imperceptible. Qué se proponía con ello, si no era puramente una extravagancia, permaneció siempre misterioso para mí. Encontré un anciano de porte sencillo, que me recibió con cortesía casi humilde. Estaba enterado de mis pretensiones, por lo cual entablamos acto continuo la conversación sobre el tema que nos acercaba.

Quería sus flores como un padre, manifestando fanática adoración por ellas. La hipótesis y datos consignados más arriba, fueron la introducción de nuestro diálogo; y como el hombre hallara en mí un conocedor, se encontró más a sus anchas. Después de haberme expuestos sus teorías con rara precisión, me invitó a conocer sus violetas.

-He procurado -decía mientras íbamos- llevarlas a la producción del veneno que deben exhalar, por una evolución de su propia naturaleza; y aunque el resultado ha sido otro, comporta una verdadera maravilla; sin contar con que no desespero de obtener la exhalación mortífera. Pero ya hemos llegado; véalas usted.

Estaban al extremo del jardín, en una especie de plazoleta rodeada de plantas extrañas. Entre las hojas habituales, sobresalían sus corolas que al pronto tomé por pensamientos, pues eran negras.

-¡Violetas negras! -exclamé.

-Sí, pues; había que empezar por el color, para que la idea fúnebre se grabara mejor en ellas. El negro es, salvo alguna fantasía china, el color natural del luto, puesto que lo es de la noche: vale decir de la tristeza, de la disminución vital y del sueño, hermano de la muerte. Además estas flores no tienen perfume, conforme a mi propósito, y éste es otro resultado producido por un efecto de correlación. El color negro parece ser, en efecto, adverso al perfume; y así tiene usted que, sobre mil ciento noventa y tres especies de flores blancas, hay ciento setenta y cinco perfumadas y doce fétidas; mientras que sobre dieciocho especies de flores negras, hay diecisiete inodoras y una fétida.

Pero esto no es lo interesante del asunto. Lo maravilloso está en otro detalle, que requiere, desgraciadamente, una larga explicación…

-No tema usted, respondí; mis deseos de aprender son todavía mayores que mi curiosidad.

-Oiga usted, entonces, como he procedido: Primeramente, debí proporcionar a mis flores un medio favorable para el desarrollo de la idea fúnebre; luego, sugerirles esta idea por medio de una sucesión de fenómenos; después poner su sistema nervioso en estado de recibir la imagen y fijarla; por último, llegar a la producción del veneno, combinando en su ambiente y en su savia diversos tósigos vegetales. La herencia se encargaría del resto.

-Las violetas que usted ve, pertenecen a una familia cultivada bajo ese régimen durante diez años.

Algunos cruzamientos, indispensables para prevenir la degeneración, han debido retarda un tanto el éxito final de mi tentativa. Y digo éxito final, porque conseguir la violeta negra e inodora, es ya un resultado.

Sin embargo, ello no es difícil; redúcese a una serie de manipulaciones en las que entra por base el carbono con el objeto de obtener una variedad anilina. Suprimo el detalle de las investigaciones a que debí entregarme sobre las toluidinas y los xilenos, cuyas enormes series me llevarían muy lejos, vendiendo por otra parte mi secreto. Puedo darle, no obstante, un indicio: el origen de los colores que llamamos anilinas, es una combinación de hidrógeno y carbono; el trabajo químico posterior, se reduce a fijar oxígeno y nitrógeno, produciendo los álcalis artificiales cuyo tipo es la anilina, y obteniendo derivados después. Algo semejante he hecho yo. Usted sabe que la clorofila es muy sensible, y a esto se debe más de un resultado sorprendente.

Exponiendo matas de hiedra a la luz solar, en un sitio donde ésta entraba por aberturas romboidales solamente, he llegado a alterar la forma de su hoja, tan persistentemente, sin embargo, que es el tipo geométrico de la curva cisoides; y luego, es fácil observar que las hiervas rastreras de un bosque, se desarrollan imitando los arabescos de la luz a través del ramaje…

Llegaremos ahora al procedimiento capital. La sugestión que ensayo sobre mis flores es muy difícil de efectuar, pues las plantas tienen su cerebro debajo de la tierra: son seres inversos. Por esto me he fijado más en la influencia del medio como elemento fundamental. Obteniendo el color negro de las violetas, estaba conseguida la primera nota fúnebre. Planté luego en torno, los vegetales que usted ve: estramonio, jazmín y belladona. Mis violetas quedaban, así, sometidas a influencias química y fisiológicamente fúnebres. La solanina es, en efecto, un veneno narcótico; así como la daturina contiene hioscyamina y atropina, dos alcaloides dilatadores de la pupila que producen megalopsia, o sea el agrandamiento de los objetos. Tenía, pues, los elementos del sueño y de la alucinación, es decir dos productores de pesadillas; de modo que a los efectos específicos del color negro, del sueño y de las alucinaciones, se unía el miedo. Debo añadirle que para redoblar las impresiones alucinantes, planté además el beleño, cuyo veneno radical es precisamente la hioscyamina.

-¿Y de qué sirve puesto que la flor no tiene ojos? -pregunté.

-Ah señor, no se ve únicamente con los ojos -replicó el anciano-. Los sonámbulos ven con los dedos de la mano y con la planta de los pies. No olvide usted que aquí se trata de una sugestión.

Mis labios rebosaban de objeciones; pero callé, por ver hasta dónde iba a llevarnos el desarrollo de tan singular teoría.

-La solanina y la daturina -prosiguió mi interlocutor-, se aproximan mucho a los venenos cadavéricos, ptomainas y leucomainas, que exhalan los olores de jazmín y de rosa. Si la belladona y el estramonio me dan aquellos cuerpos, el olor está suministrado por el jazminero y por ese rosal cuyo perfume aumento, conforme a una observación de Candolle, sembrando cebollas en sus cercanías. El cultivo de las rosas está ahora muy adelantado, pues los injertos han hecho prodigios; en tiempo de Shakespeare se injertó recién las primeras rosas en Inglaterra…

Aquel recuerdo que tendía a halagar visiblemente mis inclinaciones literarias me conmovió.

-Permítame -dije- que admire de paso su memoria verdaderamente juvenil.

-Para extremar aun la influencia de mis flores -continuó él, sonriendo vagamente- he mezclado a los narcóticos plantas cadavéricas. Alunos arum y orchis, una stapelia aquí y allá, pues sus olores y colores recuerdan los de la carne corrompida. Las violetas sobreexcitadas por su excitación amorosa natural, dado que la flor es un órgano de reproducción, aspiran el perfume de los venenos cadavéricos añadido al olor del cadáver mismo; sufren la influencia soporífica de los narcóticos que las predisponen a la hipnosis, y la megalopsia alucinante de los venenos dilatadores de la pupila. La sugestión fúnebre comienza así a efectuarse con toda intensidad; pero todavía aumento la sensibilidad anormal en que la flor se encuentra por la inmediación de estas potencias vegetales, aproximándole de tiempo en tiempo una mata de valeriana y de espuelas de caballero cuyo cianuro la irrita notablemente. El etileno de la rosa colabora también en este sentido.

Llegamos ahora al punto culminante del experimento, pero antes deseo hacerle esta advertencia: el ¡ay! humano es un grito de la naturaleza.

Al oír este brusco aparte, la locura de mi personaje se me presentó evidente; pero él, sin darme tiempo a pensarlo bien siquiera, prosiguió:

-El ¡ay! es, en efecto, una interjección de todos los tiempos. Pero lo curioso es que entre los animales también sucede también así. Desde el perro, un vertebrado superior, hasta la esfinge calavera, una mariposa, el ¡ay! es una manifestación de dolor y de miedo. Precisamente el extraño insecto que acabo de nombrar y cuyo nombre proviene de que lleva una calavera dibujada en el lomo, recuerda bien la fauna lúgubre en la cual el ¡ay! es común. Fuera inútil recordar a los búhos; pero sí debe mencionarse a ese extraviado de las selvas primitivas, el perezoso, que parece llevar el dolor de su decadencia en el ¡ay! específico al cual debe uno de sus nombres…

Y bien; exasperado por mis diez años de esfuerzos, decidí realizar ante las flores escenas crueles que las impresionaran más aún, sin éxito también; hasta que un día…

…Pero aproxímese, juzgue por usted mismo.

Su cara tocaba las negras flores, y casi obligado hice lo propio. Entonces -cosa inaudita- me pareció percibir débiles quejidos. Pronto hube de convencerme. Aquellas flores se quejaban en efecto, y de sus corolas oscuras surgía una pululación de pequeños ayes muy semejantes a los de un niño. La sugestión habíase operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores, durante toda su breve existencia, no hacían sino llorar.

Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de repente una idea terrible me asaltó. Recordé que al decir de las leyendas de hechicería, la mandrágora llora también cuando se la ha regado con la sangre de un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.

-Como las mandrágoras -dije.

-Como las mandrágoras -repitió él, palideciendo aún más que yo.

Y nunca hemos vuelto a vernos. Pero mi convicción de ahora es que se trata de un verdadero bandido, de un perfecto hechicero de otros tiempos, con sus venenos y sus flores de crimen.

¿Llegará a producir la violeta mortífera que se propone? ¿Debo entregar su nombre maldito a la publicidad?…

Leopoldo Lugones (foto)

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‘La muerte del filósofo’ de José Luis Garcés

jose luis garces gonzález(“Filosofar es ejercitarse para oír”. Sócrates)

El profesor y filósofo Alejandro Barquini había elegido la soledad por temperamento. O la soledad lo había elegido a él. Se sentía cómodo en su enorme caserón. No toleraba un ruido innecesario. No aceptaba visitas cuando estaba leyendo o llamadas telefónicas cuando se dedicaba a corregir sus conferencias. Aunque sus ojos tras los lentes se achicaban cada vez más, pasaba largas horas de la noche sentado a su escritorio lleno de papeles en desorden y de libros entreabiertos y subrayados con líneas temblorosas de varios colores.

Alejandro Barquini había sentido el amor pero jamás había querido comprometerse con mujer alguna. La palabra matrimonio tenía para él escaso significado. En sus clases, escuchadas con verdadera pasión por sus discípulos, había encontrado decenas de mujeres que lo observaban con un interés especial. Él también las miraba y notaba en muchas de ellas la belleza inicial y fresca, o la sensualidad que comenzaba en los ojos y se estrellaba en las caderas. Algunas intentaban ciertas libertades; pero a esas les adquiría fastidio, algo que él disimulaba a la perfección. Sin embargo, en diez años, con dos de ellas tuvo algún tipo de relación erótica. Con Francesca, rubia amortiguada y ojos de cielo, bebió cerveza durante dos días y luego la llevó a su apartamento. La muchacha, metida en alcohol, resultó ser una tigra para el sexo y sus aullidos. Incansable, vociferante, imaginativa. Francesca agotó la capacidad amatoria del filósofo y le propuso dos o tres osadías. Después de esa fiesta de la carne, en donde el cuerpo armonioso de ella contrastaba con el abdomen prominente del profesor y pensador, la muchacha quiso capturarlo con todos los ardides de mujer. El filósofo, decente pero decidido, la rehuyó. Nunca más volvió a la cama con ella, desatendiendo las exaltaciones y sugerencias envidiosas que más de un estudiante le formulaba. Para él, ella fue una buena amiga. Para ella, ese filósofo barbón, gafudo y barrigón, era el desastre que hubiera deseado evitar en su vida. Lo lloró durante un mes, todos los fines de semana, cuando se enjaranaba con sus amigos de la universidad. Luego, lo maldijo y pidió que la justicia universal le castigara su desprecio. Dorothy (o “Dorotea, la que friega en la batea”, como la llamaba él para dañarle la paciencia) lo creyó sabio en los asuntos del amor y se dejó llevar por su río; dejó que él la orientara, le propusiera, la poseyera. Y él, por su parte, esperó que ella, que era una morenaza de unas caderas pecadoras, tomara su iniciativa y le metiera entre sus lacios y escasos cabellos los dedos de la ternura. En ese forcejeo silencioso se mantuvieron varios meses. Hasta que el alcohol, que a veces trabaja para el amor y a veces lo perturba, los condujo a la confianza. Se amaron en un motel de las afueras de la ciudad. Ella esperó más de él; y él esperó más de ella. Sin embargo, oralmente, se declararon satisfechos. Tres veces reincidieron. Y en cada ocasión el viejo filósofo comprobó, un poco para su dolor, que un cuerpo despampanante y provocativo no asegura de por sí una relación sexual maravillosa, y se atrevió a pensar que lo que da en carne opulenta la vida lo quita en frenesí y emoción. En fin, la ley del equilibrio; una cosa iba por la otra. Sin acuerdo previo, se distanciaron, hasta que feneció la pasión y el sentimiento.

Semanas después se encontraron y se saludaron como dos remotos amigos. Esas dos experiencias (al menos las más conocidas por habérselas contado a Eduardo R., su amigo de verdad), lo condujeron a la conclusión racionalista de que necesitaba una mujer fija. Pensó en Fabiola, su antigua alumna, en ese entonces profesora de una universidad privada en la ciudad. Fabiola desde años atrás había pensado en el filósofo, pero lo percibía un ser inaccesible, interesado sobremanera en Enmanuel Kant y en Thomas Mann. En esa época habían intercambiado miradas y uno que otro piropo. Como la vida tiene, al parecer, extrañas coincidencias, un viernes al atardecer ella decidió llamarlo para invitarlo a su casa a cenar unos espaguetis con verduras, plato que según había oído decir le gustaba mucho al profesor. Él se sorprendió: ¿Fabiola llamándolo en los días en que él estaba pensándola con intensidad? ¿Acaso la había llamado con el pensamiento? ¿Tiene tanto poder el pensamiento? Cenaron el sábado. Fabiola quiso encender los candelabros, pero él no se lo permitió. Lo que sí le aceptó fue la música hindú que ella puso a sonar en un viejo tocadiscos. Fabiola, quizá premeditadamente, movió su cuerpo durante varios segundos al compás de unas agudas notas de flauta. El viejo filósofo vio un cuerpo que se acercaba a la madurez, que tenía muslos fuertes, nalgas llenas, ojos seductores, pómulos afilados pero senos escasos. Ese gesto de la mujer lo convenció. Ella, al parecer, también estaba deseando la relación. La confianza que les dio el vino le permitió a Fabiola estamparle, entre charla y broma, un beso en la mejilla y hacerle una caricia en la chivera. La despedida de esa noche fue el comienzo de una etapa distinta en la vida de ambos. En los dos meses siguientes hubo tres invitaciones recíprocas. En la última, él le dijo antes de retirarse: “yo la quiero a usted”. Así, sin más arandelas, casi seco, pues ya habían consumido cualquier prólogo. La próxima semana ella se instaló en la casa de él. En la universidad, la noticia fue un verdadero hilo de pólvora. Las opiniones se dividieron. La mayoría de las mujeres estuvo de acuerdo con la relación: ya era hora, dijeron. Los hombres la creyeron inconveniente para el ritmo de vida del filósofo; quizá ella no le soportaría sus caprichos y sus insomnios, comentaron. No obstante, ese matrimonio por la libre parecía marchar a pedir de boca. El profesor rejuveneció y fue más cuidadoso de su aspecto externo y, ahora sí, mostraba lavadas y planchadas sus ropas. Fabiola se tornó más exuberante y, aunque ya bordeaba los treinta años, su rostro adquirió una nueva luz y su piel fue más tersa. Cuando sus estudiantes lo molestaban al señalarle su resurrección, el filósofo, medio jocoso, les respondía con un pensamiento de Voltaire: “Ay, señores. El placer nos concede de inmediato lo que la sabiduría sólo promete”, y extrañamente, él tan sobrio, se reía a carcajadas. En ese semestre dictó un seminario sobre “El Amor en el Renacimiento”, que fue seguido con pasión por todos sus discípulos y por estudiantes de otras universidades que pidieron y obtuvieron el acceso a tan importante curso. En ese seminario se destacó Benjamín Striffler, un estudiante que lo seguía desde años atrás y lo llamaba, con humildad, “Mi Maestro”. Striffler, debe decirse, era alto, tirando a rubio, de facciones bien formadas, mirada profunda, y lo rodeaba cierto silencio que para algunos jóvenes no era más que pedantería pero que para las mujeres era un toque misterioso e interesante. La importancia y el éxito del seminario fueron tan contundentes que a partir de ese hecho se instaló los sábados por la tarde una tertulia en la casa del filósofo. Allí se discutían hasta la madrugada todos los temas con la mayor libertad posible. Striffler, prestando a los franceses, le puso el nombre de Tertulia Prohibido Prohibir. Fue tanta la dedicación de Benjamín Striffler, que él se erigió en coordinador de las reuniones, lo cual le permitió entrar a la casa, revisar la biblioteca del filósofo, imponer temas, seleccionar asistentes, hasta ordenar qué se consumiría de pasabocas. La relación con el maestro no dejaba nada que desear, y el viejo filósofo se sentía satisfecho de haberle otorgado la confianza a ese joven de tanta rectitud y de tantas perspectivas. Fabiola, por su parte, se sentía contenta con la presencia reiterada del discípulo y cuando no aparecía por su casa, notaba con extrañeza la ausencia del joven. Striffler, pues, fue ganando puntos y ocupando espacios, y convirtiéndose en un ser indispensable en ese hogar que ya empezaba a llamar la atención de los círculos universitarios e intelectuales de la ciudad. Cualquier día el filósofo empezó a temer de la juventud de Benjamín Striffler. Creyó ver en Fabiola una velada preferencia a la hora de repartir la comida, o un exagerado interés por la conversación del joven. Se preguntó el filósofo si serían celos los que experimentaba. Pero se dijo a sí mismo que ese sentimiento de inferioridad no podía tener albergue en su espíritu. Rectificó sus pensamientos y se encaminó, con persistencia, hacia una nueva interpretación de los filósofos presocráticos. Se le dio, entonces, por establecer una relación entre Heráclito y Nietzsche. Si la verdad es dicha, Benjamín había puesto los ojos en Fabiola. Más que la compañera escogida por su maestro amado, la veía como una mujer sensual, tierna, amable, quizá despilfarrada en los menesteres del cuerpo. Pero, a la vez, temía. No le parecía posible jugarle una mala pasada a su ductor. Sería incorrecto de su parte. En una palabra: antiético. Pero Fabiola estaba más allá de cualquier norma, ningún juicio de valor podía impedir su deslumbrante belleza. No planteó una seducción expresa. Dejó que el tiempo transcurriera. Y el tiempo jugó a su favor. Fabiola, viendo que Benjamín se mostraba indiferente, comenzó a desesperarse. ¿Acaso no le gustaba? ¿Y esas miradas que le había detectado cuando ella pasaba o le solicitaba la ubicación de un libro? ¿Sus ojos eran una farsa? En esos momentos el viejo profesor no tuvo dudas. Algo empezaba a desmembrarse en Fabiola. No había cambiado su talante. Era solícita, detallista, atenta. Pero para la percepción aguzada del filósofo, cierta atmósfera de distanciamiento se estaba formando entre los dos. Tal vez lo más notorio estaba en la conversación. Ya no hablaban con la intensidad de antes. Ya ella no lo escuchaba con la dedicación de otrora. Casi no le formulaba preguntas, ni planteaba las dudas académicas que la agobiaban. Decía pasar con mucho sueño, y mientras él se dedicaba horas enteras a escudriñar su enorme biblioteca, ella cerraba las cortinas y se iba a la cama, no a esperarlo a él, como al principio, pues ya el sexo era brasa apaciguada, sino a eludirlo a él, a convivir con otros recuerdos. En un instante pensó en hablar con Benjamín, echarlo de su casa y acabar la tertulia. Pero pronto supo que sería más ridículo que estúpido. En otra ocasión quiso hablar con ella, decirle que lo había captado todo y que le comprendía su simpatía por Benjamín. Burlarse de la burla. Anticiparse a la traición. Pero no, ¿qué ganaría, además de una negativa rotunda? La pondría sobre aviso y las pesquisas y observaciones carecerían de sentido, ya no serían sorpresa. Y, lo peor, su imagen frente a ella se deterioraría sino quedaba vuelta añicos. Aceptó que eso último era un pensamiento tonto y vanidoso, pero se dijo que nadie podía excluirlo de debilidades o petulancias: su comprobación de que era humano, simplemente humano. No cometería sandeces. Al desamor que se iniciaba no le agregaría torpezas. Sostuvo el viejo profesor (y Eduardo R. da fe y testimonio de ello) que Fabiola entró en un absoluto estado de desesperación. La atacó el insomnio. Una rara sudoración le afectó las manos. Le escaseó el apetito. Incumplió clases en la universidad privada con la excusa de un fuerte dolor de cabeza. De la mujer bella y plena comenzó a tener un rostro con ojeras y un cutis pálido. Sin objeción: extrañaba a Benjamín. El viejo profesor la sorprendió leyendo, en la cama, El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer, autor que no era de su predilección. Analizando las cosas y viendo que se acercaba noviembre, el filósofo se ofreció para dictar en una universidad de la costa caribe un seminario sobre La montaña mágica, tema que, además de gustarle, manejaba a la perfección. Eso de hacerse invitar le parecía detestable, pero tuvo que acudir a ese método, que no era su método, para escapar de la casa, tomar distancia y meditar con cabeza fría. Cuando se lo comunicó, Fabiola lo miró con complacencia y le deseó la mejor de las suertes. Como el viaje era al otro día, esa noche le ordenó la maleta, le guardó los libros y le metió en la cartera dos tarjetas de crédito; cenaron juntos y él estuvo contento. Hablaron trivialidades y se acostaron después de las once. Él, extrañamente, se durmió primero. Ella padeció su falta de sueño y pudo detallar todo el trayecto que hizo la luna que se veía desde su ventana. Sólo los pájaros del amanecer la hicieron dormir levemente. Como era de esperarse, el seminario fue concluido a satisfacción total. El rector, en persona, le propuso que se vinculara de tiempo completo a la universidad, en donde tendría todas las garantías para estudiar, traducir y escribir, con un horario que se lo estipularía el mismo profesor y con secretaria, comunicaciones, residencia, viáticos y alimentación que asumiría el Alma Mater, además de un sueldo jugoso y de unas primas fijas que engrosarían atractivamente el estipendio mensual. El viejo profesor pidió tiempo para pensar la respuesta. ¿Qué iba a hacer con tantas comodidades, con tantas prebendas? Con cierta risita irónica recordó los versos de Shakespeare: “¿Oro precioso, rojo, fascinante? Con él se torna blanco el negro y el feo hermoso, virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… ¡Oh, dioses! ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh dioses?” Acabado su trabajo, decidió hacer una gira por la costa caribe. Anduvo por caseríos y municipios, por corregimientos olvidados y por veredas donde sólo se entraba a lomo de mulo. Durmió a la orilla del mar en hamacas, en trojas, en esteras, en camas de viento. Fingió ser un caminante anónimo y durante dos semanas intentó ser feliz. Tres días antes de retornar le envió un telegrama a Fabiola. No quería encontrar sorpresas desagradables. Rompiendo la costumbre regresó en avión. Un airecito de alegría lo estimuló cuando el auto que lo llevaba tomó la última curva antes de llegar a la casa. El carro pitó pero nadie salió a abrir el portón circundado de enredaderas y parásitas. Él mismo bajó la maleta y la caja con artesanías, que ya tenía los costados rotos. Era la hora del crepúsculo y la casa se le antojó enorme, demasiado gris, demasiado espacio para tan poca gente. La puerta de entrada a la sala la encontró sin seguro. Sin embargo, la luz del pasillo estaba encendida. Los muebles, especialmente las butacas, le parecieron personas gordas, agazapadas en el silencio. Vio muy oscuras las cretonas que tapaban los grandes ventanales. Cuando colocó la maleta encima de la mesa de centro, la consola de la izquierda, que guardaba la loza, los cubiertos y demás utilerías, crujió. “Caramba, se dijo el viejo profesor, la madera saludándome”. Tanteando en la pared encontró y encendió el sistema de alumbrado conjunto. Pareció que un sol rabioso hubiera entrado a la casa. Una leve capa de polvo cubría los brazos del mobiliario. Miró a su alrededor y los ojos del autorretrato de Picasso chocaron desde la pared con sus ojos. Los del malagueño, grandes, directos, tirados a la expectativa; los de él, chiquitos, enrojecidos, protegidos por los gruesos vidrios de sus gafas de miope. Nadie, a excepción de la madera, lo había escuchado. Fue a la habitación y todo estaba en supremo orden. “Demasiado orden, sospechoso”, pensó y sonrió. Encima de la luna del espejo, pegados, se hallaban, una al lado de la otra, dos esquelas rosadas. Estaban escritas con marcador rojo: “Perdóname. Fabiola”, decía una; “Maestro, compréndame. B. Striffler”, decía la otra. El viejo filósofo sintió que le habían dado un terrible golpe en el mentón. Se fue hacia atrás y tuvo que agarrarse en el manubrio de una de las gavetas del mueble caoba para no caer. Luego, más reposado, se miró al espejo. Se vio rechoncho, despelucado y pálido. Trató de recomponerse. Esa huida era previsible. Debía darse. Era el final que se merecía esta ficción. No debía alarmarse. Él mismo había alimentado el cuervo. Y si no hubiera sido con éste, hubiera sido con otro. Quizá lo que lo lastimaba era la prontitud con que se habían producido los hechos. Él mismo, un poco alcahueta, se había retirado durante casi un mes para que ellos se encontraran a plenitud y ya encausadas las aguas, calmados un poco los ímpetus, la ruptura se produjera con mayor prudencia. Pero se había equivocado. Su ausencia desequilibró la pasión y desbocó los ríos y ya no hubo calma para esa sed insaciable. El resultado fue el contrario de lo que él esperaba. Se había equivocado dos veces. Con ellos y con su presupuesto teórico. El viejo profesor llamó a su amigo Eduardo R. y le contó lo sucedido. Eduardo R. se irritó y no escatimó adjetivos en contra de la pareja de amantes; fue especialmente colérico contra ella. El filósofo tuvo que calmarlo. Lo había llamado para desahogarse con él, pues tanto dolor por dentro podía hacerlo explotar. Pero, ahora, Eduardo R. estaba más rabioso que él. ¿Tendría razón Eduardo R.? ¿Sería tanta la infamia? Acordaron verse al otro día, en el restaurante vegetariano del Parque de Bolívar. Eduardo R. le preguntó qué iría a hacer esa noche, y el catedrático le dijo que revisaría su biblioteca para buscar un poemario bilingüe de Heinrich Heine. En efecto, después de darse un baño con agua tibia, y luego de revisar lentamente la amplia casa, recordando sitios y evocando palabras, el viejo filósofo se encaminó a su biblioteca. Aunque nunca supo por dónde se filtraba, siempre había una película de polvo. Por ello, armado de una panola empezó a limpiar el mueble que correspondía a las enciclopedias. Por todos pasó la tela rápido, con ligeros trapazos. Fue cuidadoso con un retrato de Fabiola que encontró recostado en un estante metálico en donde ella sonreía, más melancólica que alegre. Era la foto que más le gustaba a él, pues creía que era la que más se aproximaba a su alma. Y lo seguía creyendo, sin importar su felonía. Sus convicciones no variaban, así cambiaran sus sentimientos. Miró, sopesó, olió, ojeó muchos libros. Estar al lado de los libros era para el viejo filósofo toda una felicidad y a veces sentía una sana envidia de los escritores que habían escrito libros tan importantes. Ese cuarto era limpio, más ancho que largo, con un cielo raso que sobrepasaba los cuatro metros de alto, y lo había caminado en miles de oportunidades. Algunos estantes tenían siete entrepaños, otros tenían diez. La medianoche lo encontró buscando el poemario antológico de Heine. Aunque sintió un extraño calor en la nuca, no se inquietó. El libro estaba en la biblioteca. Ya lo hallaría. Aunque no tenía sed fue a la cocina y bebió agua. Al regreso recordó que el libro debía estar en la sección de los que le envió, por canje, un amigo de España. Esos que con justo lujo estaban impresos en papel de arroz. Delgados, translúcidos, letra nítida, las mayúsculas de punto aparte en una itálica enorme. Se encaminó hacia allá, agarró la escalera y la abrió. Montó dos escalones y empezó a buscar. Agudizó la vista porque allí la luz se opacaba un poco. Se ajustó las gafas para ver mejor. De pronto el mundo se le volvió oscuro y chillante y sintió una pedrada en pleno corazón. Con desesperación se agarró de las barandas principales de la biblioteca, ésta se balanceó varias veces y de súbito se le vino encima. El viejo profesor manoteó en el aire como quien chapotea en el mar tratando de no ahogarse. Fue inútil. No podía encontrar asidero. El filósofo se estrelló contra el piso; encima le cayeron cientos de libros, que lo único que le dejaron libre fue una abertura por donde asomaba la fijeza de sus ojos azules. Así lo encontró Eduardo R., cuando al ver que el profesor no llegaba a la cita que tenían en el restaurante vegetariano, decidió ir a su casa y, asistido de un mal presentimiento, tuvo que volarse la paredilla cubierta de enredaderas y romper el vidrio de la puerta del patio para acceder a la biblioteca. Eduardo R. titubeó frente a la pila de libros, y en una ráfaga de atrevimiento llegó a creer que el profesor volvería a viajar o estaría seleccionando libros para hacer cualquier noche una quema de textos inservibles. Pero sólo bastó con que extendiera la mirada un poco más para que se topara con los ojos abiertos del filósofo. La noticia de la muerte del profesor Barquini se esparció por toda la ciudad. En la universidad el revuelo fue total. Los dos periódicos de la tarde sacaron la noticia acompañada de fotos y de algunas entrevistas a varios de sus ex alumnos. El ataúd fue llevado al paraninfo de la casa de estudios y durante toda la noche y a la mañana siguiente el desfile fue interminable. Profesores, trabajadores, estudiantes, periodistas, delegaciones de otras universidades y curiosos que querían ver el cadáver de ese exótico profesor que, aún vivo, ya estaba incluido en la leyenda. Hubo los consabidos discursos de elogio, el Consejo Superior suscribió un decreto de honor exaltando la vida del filósofo Alejandro Barquini. Después de medianoche hubo música de guitarra, y, como gesto particular, un muchacho medio borracho interrumpía a cada rato con un agudo sonido que sacaba de una trompeta descascarada que cargaba debajo del brazo izquierdo y que no quiso prestar a nadie. Una muchacha gorda y de gafas espesas leyó algunos poemas del libro bilingüe de Heinrich Heine. En verdad el acto parecía más una fiesta que una velación. A su entierro, en la tarde siguiente, vino un hijo, ya adulto, que había engendrado treinta años atrás y con el cual no tenía casi comunicación. También asistieron, camuflados entre la multitud y usando gafas oscuras, bastante desencajados, viendo todo desde la distancia, su antigua mujer y su antiguo discípulo.

José Luis Garcés González (foto)

‘El poder de las palabras’ de Allan Poe

edgar allan poeOinos. -Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos. -Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos. -Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos. -¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos. -El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos. -Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos. -Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos. -¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas… ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos. -Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos. -No hay sueños en el Aidenn, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos. -Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos. -Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos. -¡Explícate!

Agathos. -Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos. -Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos. -Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos. -Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos. -Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos. -Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos. -Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos. -¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos. -Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones… hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado -pero esta vez sin influir- en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos. -Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos. -Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos. -Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos. -Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es…

Oinos. -Dios.

Agathos. -Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos. -Sí.

Agathos. -Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos. -¿Pero por qué lloras, Agathos… y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas… pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos. -¡Y así es… así es! Esta estrella tan extraña… hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Édgar Allan Poe (foto) (Traducción Julio Cortázar)

 

‘Deje de mirarme las tetas, señor’ de Bukowski

3648055acBig Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.

Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.

Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

-¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.

Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

-¡Eh, chico! -dijo.

El chico no contestó.

-Te estoy hablando, chaval…

-Chúpame el culo -dijo el chico.

-Soy Big Bart.

-Chúpame el culo.

-¿Cómo te llamas, hijo?

-Me llaman «El Niño».

-Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.

-Yo pienso hacerlo.

-Bueno, son tus pelotas, Niño -dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó con el torno de la silla de montar.

-Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.

-Que te den por el culo, viejo -dijo el chico-. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.

-He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.

El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.

-Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.

-Niño -dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol-. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.

-Nos uniremos -dijo el Niño.

-¿Cómo se llama tu chica? -preguntó Big Bart.

-Rocío de Miel -dijo el Niño.

-Y deje de mirarme las tetas, señor -dijo Rocío de Miel- o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz…

Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio.

Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

-Cristo, nena -dijo Big Bart-. ¡No lo malgastes!

-Lárgate de aquí -dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!

-¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!

-Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.

-Escucha, nena…

-¡Que te den por el culo!

-Escucha, nena, contempla…

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.

Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

-¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!

-Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.

-¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!

-¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!

-¡La estoy mirando!

-¿Pero por qué no la deseas?

-Porque estoy enamorada del Niño.

-¿Amor? -dijo Big Bart riéndose-. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!

-Yo amo al Niño, Big Bart.

-Y también está mi lengua -dijo Big Bart-. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

-Yo amo al Niño -dijo Rocío de Miel.

-Bueno, pues jódete -dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.

ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.

-Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales, arreglaremos el resto…

-Soy la pistola más rápida del Oeste -dijo Big Bart.

-Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel -dijo el Niño-. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.

-Mira, Niño…

-¿Sí, hijoputa…?

-Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?

-¡Te voy a volar las pelotas, viejo!

-¿Pero por qué?

-¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!

-Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.

-No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!

-Niño…

-¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.

Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

-Desenfunda tú, mierda seca -dijo el Niño-, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

-Vamos, violador cornudo -dijo el Niño-. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Charles Bukowski (foto)

 

‘Conitos’ de Haruki Murakami

haruki-murakami_articulo_090513Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.

A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

-Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

-Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

-Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

-¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

-¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

-¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cual nació el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

Y decidí hacer el Nuevo Conito.

Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos imaginables. Para mí era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

-¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

-Son buenísimos –aseguré yo.

Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

-El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

-Muchas gracias –le dije.

-Por otra parte, ¡ejem!, entre los miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

-¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

-En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

-¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

El director general me miró con expresión atónita.

-¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

-Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

-¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

-Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

-Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-¡Conitos!

Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

-¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido.

Las imitaciones ni las tocan.

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-¡Conitos!

-Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

Si se los comen, será usted eliminado.

“¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

-¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

Y los cuervos, ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Haruki Murakami (foto)

 

‘El impostor’ de Juan Carlos Onetti

juan-carlos-onettiEstaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez, el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.

Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:

—¿Cómo te fue en Londres?

—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro —me miró sonriendo.

—Más importante —dije— es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.

Me miró burlón y dijo:

—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero…

—Por dios, no —casi grité y la cara se me encendió.

—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.

Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.

—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.

Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.

Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.

Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.

Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía, supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:

—Bueno. Vamos a mirar el Van Gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.

Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y solo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del Van Gogh.

Juan Carlos Onetti (foto)

‘Suker’ de Carson McCullers

carson mccullersSiempre fue como si yo tuviera una pieza para mí. Sucker dormía en mi cama, conmigo, pero eso no molestaba para nada. El cuarto era mío y yo lo usaba como quería. Me acuerdo que una vez serruché una puerta secreta en el piso. El año pasado, cuando cursaba el penúltimo año de la escuela secundaria, pinché en mi pared unas fotos de chicas de las revistas y una de ellas sólo tenía puesta la ropa interior. Mi madre nunca me molestó porque tenía que ocuparse de los más chicos. Y Sucker pensaba que cualquier cosa que yo hiciera era bárbara.

Cada vez que yo traía amigos a mi cuarto me bastaba con echarle una mirada para que él abandonara lo que estaba haciendo y quizás medio me sonriera y salía sin decir una palabra. Nunca trajo otros pibes aquí. Tiene doce años, cuatro menos que yo, y siempre supo, sin necesidad de que yo se lo dijera, que no me gusta que los chicos de esa edad se metan con mis cosas.

La mitad del tiempo solía olvidarme que Sucker no es mi hermano. Es mi primo hermano, pero desde que tengo memoria ha estado con nuestra familia. Sus padres, saben, murieron en un naufragio cuando era un bebé. Para mí y para mis hermanas menores era como un hermano.

Sucker recordaba y creía siempre cada palabra que yo decía. Fue así como recibió su sobrenombre. Una vez, hará un par de años, le dije que si saltaba de arriba del garaje con un paraguas, éste actuaría como un paracaídas y que no caería fuerte. Lo hizo y se reventó la rodilla. No es más que un ejemplo. Y lo divertido era que, a pesar de todas las veces que lo engañaba, me seguía creyendo. No es que fuera tonto en otros sentidos, sino que era su manera de actuar frente a mí. Miraba todo lo que yo hacía y serenamente lo repetía.

Hay algo que he aprendido, pero me hace sentir culpable y es duro darse cuenta. Si una persona lo admira mucho a uno, uno la desprecia y no le importa, pero la persona que no se fija en uno es la que uno puede admirar. Esto no es fácil de entender. Marybelle Watts, esta compañera del último año se portaba como si fuera la Reina de Saba y hasta llegó a humillarme. Sin embargo, en ese mismo momento, yo hubiera hecho cualquier cosa en el mundo para llamarle la atención. No podía pensar en otra cosa, noche y día, que no fuera en Marybelle hasta que me volví casi loco. Cuando Sucker era pibe y después hasta la época en que tuvo doce años creo que lo trataba tan mal como Marybelle a mí.

Ahora que Sucker ha cambiado tanto es difícil recordarlo como era antes. Nunca imaginé que de pronto ocurriría algo que nos hiciera tan diferentes a los dos. Nunca supe que para comprender lo que ocurrió directamente en mi cabeza desearía volver a pensar en él tal como era y comparar y tratar de arreglar las cosas. Si hubiera podido ver el futuro yo habría actuado de otra manera.

Nunca le presté mucha atención o pensé en él y cuando se considera cuánto tiempo tuvimos un cuarto juntos es gracioso las pocas cosas que recuerdo. Solía hablar muchísimo consigo mismo cuando creía que estaba solo, que luchaba con gangsters y que estaba en una estancia en el campo y ese tipo de cosas de chicos. Se metía en el cuarto de baño y se quedaba como una hora y a veces su voz se hacía alta y excitada y se lo oía por toda la casa. Sin embargo, en general, era muy tranquilo. No tenía muchos amigos entre los chicos del barrio y tenía la mirada de un chico que observa el juego de los otros y está esperando que lo inviten a jugar. No le importaba usar las tricotas y los sacos que me quedaban chicas, aún cuando las mangas le quedaban grandes y le hacían aparentar unas muñecas tan blancas y finas como las de una nena. Así lo recuerdo, poniéndose más grande cada año, pero siempre el mismo. Así era Sucker hasta hace unos meses, cuando empezó todo este lío.

Marybelle estuvo un poco mezclada en lo que ocurrió, así que creo que debo empezar por ella. Hasta que la conocí yo no le había dedicado mucho tiempo a las chicas. El otoño pasado se sentó cerca de mí en la clase de Ciencias Generales y allí fue cuando empecé a fijarme en ella. Tiene el pelo del amarillo más brillante que he visto nunca y a veces lo usa peinado en rulos con una especie de cosa pegajosa. Tiene las uñas en punta y cuidadas y pintadas de un rojo brillante. Durante toda la clase solía observar a Marybelle, casi todo el tiempo, excepto cuando pensaba que iba a mirar para mi lado o cuando el profesor me llamaba. Una cosa que no podía era apartar mis ojos de sus manos. Son muy pequeñas y blancas, con excepción de esa cosa roja, y cuando daba vuelta las hojas de su libro, siempre se chupaba el pulgar y adelantaba el meñique y daba vuelta la hoja muy lentamente. Es imposible describir a Marybelle. Todos los chicos están locos por ella, pero ni se fija en mí. En los recreos yo solía pasar muy cerca de ella en el hall, pero casi nunca me sonreía. No me quedaba más que sentarme a mirarla en clase, y a veces era como si todo el salón pudiera oír latir mi corazón y me daban ganas de ponerme a aullar o escaparme y salir corriendo al infierno.

A la noche, en la cama, me imaginaba a Marybelle. A menudo esto me impedía dormirme hasta la una o las dos. A veces Sucker se despertaba y me preguntaba por qué no podía dormir y yo le decía que se callara la boca. Supongo que montones de veces fui malo con él. Supongo que yo quería ignorarlo como Marybelle hacia conmigo. Por la cara de Sucker siempre se podía saber cuando sus sentimientos estaban heridos. Y no recuerdo la cantidad de cosas feas que le dije, porque cuando las decía estaba pensando en Marybelle.

Eso duró casi tres meses y luego, de algún modo, ella empezó a cambiar. Todas las mañanas me hablaba en los pasillos y me copiaba los deberes. Una vez, a la hora del almuerzo, bailé con ella en el gimnasio. Una tarde junté coraje y me llegué hasta su casa con un cartón de cigarrillos. Sabía que fumaba en el sótano de las chicas y a veces fuera de la escuela y no quería llevarle caramelos porque creo que está muy visto. Estuvo muy amable y me pareció que todo iba a cambiar.

Fue esa misma noche cuando, en realidad, comenzó todo este lío. Llegué tarde a mi cuarto y Sucker ya estaba dormido. Me sentía muy feliz y estaba demasiado excitado para ponerme en una posición cómoda y me quedé despierto largo rato pensando en Marybelle. Después soñé con ella y parecía que la besaba. Me sorprendió despertarme y ver que estaba oscuro. Me quedé quieto y pasó un rato antes de que pudiera darme cuenta de dónde estaba. La casa estaba silenciosa y la noche muy oscura.

La voz de Sucker me sobresaltó:

–¿Pete?

No contesté ni me moví.

–Me querés como si yo fuera tu hermano, no es cierto.

No podía sobreponerme a la sorpresa y era como si el verdadero sueño fuera este y no el otro.

–Siempre me has querido como si fuera tu verdadero hermano, o ¿no?

–Por supuesto –dije.

Después me levanté unos minutos. Hacía frío y me alegré de volver a la cama. Sucker se pegó a mi espalda. Era chiquito y tibio y podía sentir su cálida respiración en mi hombro.

–A pesar de todo lo que nacías, siempre supe que me querías.

Yo estaba bien despierto y mis pensamientos parecían extrañamente mezclados. Estaba mi felicidad por lo de Marybelle y todo eso…, pero al mismo tiempo algo en Sucker y en la voz con que decía estas cosas me preocupaba. De todos modos, supongo que uno entiende mejor a la gente cuando es feliz que cuando algo lo preocupa. Era como si en realidad hasta ese momento nunca hubiera pensado en Sucker. Sentí que había sido siempre desconsiderado con él. Una noche, unas pocas semanas atrás, lo escuché llorar en le oscuridad. Me dijo que le había perdido el revólver de juguete a un chico y que tenía miedo de que alguien se enterara. Quería que le dijera qué podía hacer. Yo tenía sueño y traté de hacerlo callar y cuando no quiso callarse le di una patada. Esa era una de las cosas que recuerdo. Me pareció que siempre había sido un chico solitario. Me sentí mal.

Las noches frías y oscuras tienen algo que hace que uno se sienta cerca de la persona con la que está durmiendo. Cuando se conversa con esa persona es como si no hubiera nadie más despierto en la ciudad.

–Sos un pibe fenómeno, Sucker —le dije.

Me parecía de repente que lo quería más que a cualquier otra persona conocida, más que a cualquier otro muchacho, más que a mis hermanos, más, en cierto sentido, que a Marybelle. Me sentía toco bueno, como cuando tocan música triste en las películas. Quería demostrarle cuánto lo apreciaba realmente y hacer que me perdonara por cómo lo había tratado siempre.

Charlamos un buen rato esa noche. Hablaba rápido, como si durante mucho tiempo hubiera estado guardando esas cosas para decírmelas. Mencionó que iba a tratar de construir una canoa y que los chicos de la esquina no lo querían dejar entrar en su equipo de fútbol, y no sé qué otras cosas más. Yo también hablé algo y me hacía sentir muy bien pensar que él se tomaba tan en serio todo lo que yo decía. Hasta hablé un poco de Marybelle, sólo que lo planteé como si fuera ella la que me había estado persiguiendo todo este tiempo. Sucker hizo preguntas sobre el secundario y esas cosas. Estaba excitado y siguió hablando rápido, como si no pudiera decir las palabras a tiempo. Cuando me dormí seguía hablando y yo podía aún sentir su respiración sobre mí hombro, cálida y cercana.

Durante las dos semanas siguientes vi muchísimo a Marybelle. Se portaba como si en realidad yo le importara un poco. La mitad del tiempo me sentía tan bien que no sabía qué hacer conmigo mismo.

Pero no me olvidé de Sucker. Había un montón de cosas viejas guardadas en el cajón de mi escritorio: guantes de box, libros de Tom Swift y un aparejo de pesca de segunda mano. Todo esto se lo di. Tuvimos otras charlas y era, en realidad, como si recién lo estuviera conociendo. Cuando apareció un tajo a lo largo de su mejilla me di cuenta de que había estado paveando con ese equipo de afeitarse nuevo que era mío, pero no le dije nada. Su cara estaba diferente ahora. Solía parecer tímido y como si temiera un golpe en la cabeza. Esa expresión había desaparecido. Su cara, con esos ojos tan abiertas, y las orejas salidas y la boca que nunca estaba cerrada del todo le daban el aspecto de una persona que está sorprendida y esperando algo maravilloso.

Una vez estuve a punto de mostrárselo a Marybelle y contarle que era mi hermano menor. Era una tarde que daban una policial en el cine. Me había ganado un dólar trabajando para papá v le di un cuarto de dólar a Sucker para que se fuera a comprar caramelos v esas cosas. Con el resto invité a Marybelle. Estábamos sentados atrás y lo vi entrar. Apenas le cortaron la entrada y entró en el pasillo empezó a mirar fijamente la pantalla, sin darse cuenta por donde caminaba. Empecé a pellizcar a Marybelle, pero no me resolví del todo a hacerlo. Sucker parecía un poco bobo, caminando así como un borracho, con los ojos pegados a la película.

Se limpiaba los anteojos con el borde da la camisa v era como si los pantalones cortos le flotaran. Siguió caminando hasta que llegó a las primeras filas, allí donde casi siempre van los pibes. Nunca había pellizcado a Marybelle. Pero me puse a pensar que había estado bárbaro llevando a los dos al cine con mi plata.

Me parece que las cosas siguieron más o menos así durante un mes o un mes y medio. Estaba tan contento que no había modo de que me concentrara en nada ni de que pudiera usar mi cabeza para estudiar. Quería ser bueno con todos. De golpe necesitaba hablar con alguien y por lo general el tipo era Sucker. El estaba tan contento como yo.

–Pete, soy tan feliz de saber que sos mi hermano –me dijo una vez–. Más que con cualquier otra cosa en el mundo.

Después pasó algo entre Marybelle y yo. Nunca pude imaginarme qué fue. Las chicas como ella son difíciles de entender. Empezó a ser distinta conmigo. Al principio no lo quería creer y pensaba que eran imaginaciones mías. Era como si ya no la pusiera contenta verme. Casi siempre salía a pasear con el tipo del equipo de fútbol, ese que tiene un coche amarillo. El pelo de ella tenía el mismo color del auto y cuando salía del colegio se volvía con el tipo, riendo y mirándole la cara. Yo no sabía qué hacer y la tenía metida en la cabeza día y. noche. La vez que pude salir con ella estuvo insoportable y me ignoraba completamente. Ahí me di cuenta que algo raro pasaba. . . me daba miedo que mis zapatos hicieran ruido, que se notara cómo me temblaban las piernas o que ella descubriera que me temblaba la voz. No bien Marybelle estaba cerca el cuerpo me ardía, si me ponía la cara rígida y empezaba a llamar a la gente por el apellido y a decir malas palabras. De noche me pasaba las horas tratando de entender por qué hacía esas cosas y al final me caía de sueño, muerto de cansancio.

Cuando todo empezó tenía tanto miedo que me olvidé de Sucker. Después me empezó a molestar. Andaba siempre dando vueltas, esperando que yo volviera del colegio, como si tuviera algo que decirme o quisiera que yo te contara algo. En la clase de trabajos manuales me hizo un cajón para guardar revistas y durante toda una semana no almorzó para poder juntar plata y comprarme tres paquetes de cigarrillos. No le entraba en la cabeza que yo estaba preocupado y que no podía andar perdiendo tiempo con él. Todas las tardes pasaba lo mismo… me esperaba en mi pieza, con esa cara de sufrimiento. Yo no le decía nada o te contestaba mal y al final se iba.

No me acuerdo bien, no puedo decir esto pasó tal día, esto pasó tal otro. Estaba tan confundido que las semanas se me iban sin que yo me diera cuenta. Era como estar en el infierno y no me importaba nada. No había pasado nada definitivo. Marybelle sequía saliendo con el tipo del coche amarillo y algunas veces me sonreía, otras no. Me pasaba las tardes yendo de un lugar a otro, a ver si la encontraba. Cuando ella era amable conmigo yo empezaba a pensar que todo se iba arreglar…, pero a veces se portaba de un modo que, de no haber sido una mujer, la habría ahorcado, me daban ganas de apretar ese cuello tan fino hasta ahogarla. Cuanto más vergüenza me daba hacer el estúpido más andaba corriendo atrás de ella.

Sucker estaba cada vez más nervioso. Me miraba como si me acusara, pero a la vez se daba cuenta de que eso no podía durar. Crecía rápido y vaya uno a saber por qué empezó a ponerse tartamudo. De noche, a veces, le agarraban pesadillas o si no a la mañana se volcaba encima el desayuno. Mamá le compró una botella de aceite de hígado de bacalao.

Después Marybelle y yo terminamos. Una vez iba a la farmacia y la encontré y la invité a salir. Cuando ella me dijo que no, le hice un chiste. Me contestó que la enfermaba que la estuviese siguiendo todo el día y que yo nunca le había importado nada. Me dijo eso. Me quedé parado ahí y no le contesté nada. Me volví a casa caminando despacito.

Me quedé qué sé yo cuántas tardes solo en mi pieza. No quería ir a ninguna parte, no tenía ganas de hablar con nadie. Sucker entraba y me miraba con cara de gracioso y yo le gritaba que se fuera. Trataba de no pensar en Marybelle y me quedaba sentado frente a mi escritorio leyendo Mecánica popular o armando cosas con madera. Me parecía que me la estaba olvidando muy bien a esa chica.

Lo que no se puede aguantar es el dolor que se nos viene encima a la noche. Eso fue lo que agravó todo.

Bastante tiempo después de mi encuentro con Marybelle soñé de nuevo con ella una noche. Era como antes y yo le empecé a apretar fuerte el brazo a Sucker y él se despertó. Entonces me buscó la mano.

–¿Qué te pasa, Pete?

De repente estaba tan enojado que me ahogué… enojado conmigo, con Marybelle, con Sucker y con toda la gente que conocía. Me acordé de todas las veces que Marybelle me había humillado y de todas las porquerías que habían pasado. Durante un instante sentí que nadie me quería, salvo un estúpido como Sucker.

–¿Por qué no somos tan amigos como antes?

–Cállate la boca, imbécil –le dije.

Tiré la ropa de la cama y cuando me levanté prendí la luz. El se sentó en el medio del colchón; abría y cerraba los ojos, muerto de medio.

No sé qué pasó, no me pude controlar. Sólo una vez en la vida uno puede llegar a enojarse así. Empecé a hablar, atropellado, sin saber lo que decía. Recién mucho después pude recordar cada una de las cosas que dije y comprender todo claramente.

¿Por qué no somos amigos? Porque sos el tipo más imbécil que conozco. ¿A quién le importás vos? Te tuve lástima, siempre te tuve lástima, por eso. ¿O te vas a creer que si no iba a hacer algo por un imbécil como vos?

Si yo le hubiera gritado o le hubiera pegado no habría tenido ninguna importancia. Pero le hablé despacio, muy tranquilo. Abrió la boca, como uno a quien le dan un codazo. Estaba pálido y sudaba. Se secaba el sudor con la mano y se quedaba quieto, la mano levantada como si tratara de mantener algo alejado de su cuerpo.

–¿Qué sabés vos? ¿Alguna vez saliste afuera? ¿Por qué no te buscás una novia en vez de estar todo el día dándome vueltas? ¿Qué sos? ¿Una princesa? ¿Eso te crees que sos?

No tenía ni idea de lo que iba a pasar. No me podía controlar, no podía pensar.

Sucker no se movía. Llevaba un pijama mío y su cuello flaco sobresalía. El pelo le caía húmedo sobre la frente.

–¿Por qué me andás siguiendo todo el tiempo? ¿No te das cuenta cuando no quieren verte cerca?

No me puedo acordar el momento en que su cara cambió. La palidez fue desapareciendo lentamente y cerró la boca. Arrugó los ojos y apretó los puños. Nunca había estado así. Era como si hubiera empezado a crecer. Tenía una mirada profunda, endurecida, una mirada rara en un chico de esa edad. Una gota de sudor le resbaló por la cara y no se dio cuenta. Estaba ahí, me miraba con esos ojos, sin hablar, la cabeza rígida, inmóvil.

–¿No te das cuenta cuando no quieren verte cerca? Sos muy imbécil. Como tu nombre. Un imbécil. Un sucker.

Era como si algo me molestara adentro. Apagué la luz y acomodé una silla cerca de la ventana. Me temblaban las piernas y estaba tan cansado que podía haberme vuelto loco. La pieza estaba fría y oscura. Me senté ahí un rato y fumé uno de los cigarrillos que me había guardado. Afuera el jardín estaba oscuro y silencioso. Después de un rato escuché que Sucker se acostaba.

Se me había ido el enojo, estaba cansado. Me pareció horrible haberle dicho esas cosas a un chico que sólo tenía doce años. No podía dejar de pensar. Me decidí a ir y hablarle y pedirle disculpas. Pero seguí sentado ahí, muerto de frío, un buen rato. Me puse a planear cómo iba a hablarle a la mañana siguiente. Después me volví a la cama, tratando de que el elástico no hiciera ruido.

Cuando me levanté al otro día Sucker se había ido. Y después, cuando traté de pedirle disculpas como había pensado, él me miró con esa mirada seria y no me animé.

Todo eso pasó hace unos tres meses. Desde entonces Sucker creció más rápido que ningún otro chico que yo haya visto. Está casi tan alto como yo y su cuerpo es robusto y pesado. Ya no se pone mi ropa usada y se compró el primer par de pantalones largos… los sostiene con unos tiradores de cuero. Esos sólo son los cambios que se pueden ver y describir.

Nuestra pieza ya no es mía. Se trajo un grupo de amigos y tienen un club. Cuando no se la pasan cavando trincheras en los baldíos se vienen a mi pieza. En nuestra puerta hay algunas estupideces escritas con pintura fosforescente del tipo de: Fuera los intrusos, firmadas con dos tibias cruzadas y sus nombres secretos. Instalaron una radio y se pasan la tarde aturdiendo con una música infernal. Una vez yo iba a entrar y escuché a uno de los pibes contar en voz baja lo que su hermano más grande estaba haciendo en el asiento de atrás de su auto. Lo que no alcancé a oír lo puedo adivinar. “Eso hacen ella y mi hermano. Es la verdad… con el auto estacionado.” Sucker lo miró un momento, sorprendido, y después su cara volvió a ser la de siempre. Estaba serio y distante. “¿Y de qué te asombrás, idiota?”, dijo. “Qué novedad. ¿Quién no sabe eso?” No se había dado cuenta de que yo estaba ahí. En seguida empezó a contar que durante años había planeado irse a Alaska y convertirse en un cazador.

De todos modos, Sucker está solo la mayor parte del tiempo. Lo peor es cuando nos quedamos solos en la pieza. Se tira en la cama con esos pantalones de corderoy y los tiradores y me mira con esos ojos duros, medio irónico. Yo empiezo a revolver mi escritorio y no me puedo quedar quieto por culpa de esa mirada. Y lo grave es que tengo que ponerme a estudiar porque en este cuatrimestre tengo tres aplazos. Si me bochan en inglés ya no me puedo recibir el año que viene. No quiero ser un vago y quiero usar mi cabeza. No me interesa Marybelle ni ninguna otra chica en especial. El único problema que tengo es lo que pasa con Sucker. No hablamos nunca, a no ser que haya algún otro de la familia. Ya no la quiero llamar Sucker. A no ser que cuando me olvido lo llamo por su nombre verdadera, Richard. A la noche, cuando él está en mi pieza, no puedo estudiar y me voy a perder el tiempo y a fumar, cerca de la farmacia, con los muchachos que andan vagando por ahí.

En realidad lo que yo quiero es ordenarme las ideas. Extraño la forma divertida en que nos tratábamos antes. Es triste. Nunca hubiera creído que íbamos a llegar a esto. Ahora todo es tan distinto, me parece imposible que pueda encontrar algo para que él y yo volvamos a ser amigos. A veces pienso que una buena pelea nos ayudaría. Pero no puedo pelear con él porque tiene cuatro años menos. Y hay otra cosa: algunas veces, esa mirada que hay en los ojos de Sucker me hace pensar que, si él pudiera, me mataría.

Carson McCullers (foto)