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Cubana Reina Rodríguez gana el ‘Pablo Neruda’

Reina maría rodríguezEl alternativo grupo Paidea, La Azotea de Reina, en su casa de la calle Ánimas, y luego su Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, hasta su última y molesta mudanza para la azotea del Instituto del Libro, han sido, cada uno en su momento, el único, solitario lugar de resistencia contra la mediocridad, la incultura, la estulticia intelectual (y de la otra), de los años 70, 80; un espacio de esperanza y redención, en los 90, y así sigue en la primera década del siglo XXI, escuchando, apoyando, velando porque se publiquen libros valiosos, tanto de autores nacionales como extranjeros, en su original colección de 150 ejemplares cosidos a mano, según el método japonés kangxi.

En esos términos reseñó Azucena Plasencia el otorgamiento en Cuba del Premio Nacional de Literatura 2013, a Reina María Rodríguez (foto), quien ayer ganó, en Santiago, el Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’. Dijo Azucena Plasencia: “Celebremos la aventura de escribir con verdad, la exploración ética que involucra, íntegramente al autor y se da con plenitud en la obra de Reina María Rodríguez: afirmación de una individualidad, de un proyecto, de un horizonte intelectual y de comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y coraje”.

Entre tanto, acá en Santiago, el jurado integrado por José Kozer (Cuba, anterior ganador del premio, en el 2013), Graciela Aráoz (Argentina), Pablo Brodsky (Chile), Julio Ortega (Perú) y Malú Urriola (Chile), fueron unánimes en premiar a Reina María, de 61 años, quien dijo telefónicamente que “toda la vida he sido lectora de Neruda, y le dedico este premio a todos los escritores de mi generación que han tenido que salir de Cuba”.

La dotación del Premio Pablo Neruda es de 60 mil dólares (unos $33.769.140 chilenos). Han ganado este premio: el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005), la cubana Fina García-Marruz (2007), la chilena Carmen Berenguer (2008), el nicaragüense Ernesto Cardenal (2009), el peruano Antonio Cisneros (2010), los chilenos Oscar Hahn (2011) y Nicanor Parra (2012), y el ganador del 2013 fue el cubano José Kózer. Aquí un par de poemas de Reina María Rodríguez:

Una silla en lo alto      una mujer se ha sentado en tu silla turca / sin desnudarse / tan sólo allí / cuando sueñas cuando vuelves / de las complicaciones. / una mujer está hecha de esa soledad / que existe entre lo cotidiano y el deseo. / vuela ante el parabrisas / te engaña se detiene / y luego escapa. / para toda mujer hay un trono / en el centro de un hombre / una silla en la conciencia. / yo vivo sobre la nariz entre tus ojos / bajo la frente / sólo tus huesos son cómplices de mi ocio / así los árboles nos traspasan / los colores nos iluminan juntos / y así la muerte nos matará a los dos / boca arriba / entre tus pensamientos / y mi llanto.

Un chocolate viene      aquí tengo en la cartera un chocolate. / apretada / la letra de un hombre se ha prendido / al papel que lo envuelve. / un hombre azul me lo envía / lo deja caer desde una nube. / un chocolate viene / desde un vuelo muy alto sin aviso / a mi boca / y en el gusto van entrando sus ojos. / estoy comiendo ojos de chocolate / en mi vestido blanco se prenden las avispas. / ya que volamos juntos dime / dónde está la distancia interminable / mi cuerpo a segundos-propulsión del tuyo / y el amanecer cuajándose en mi bata. / ya toco el otro corazón bajo tu vientre. / en el ruido de un motor donde puede / desprenderse la eternidad estamos presos. / ya estoy muerta por accidente de un amor / en este oscuro hotel aprieto mi tablita de chocolate / para salvarme / (no se pueden amputar los amorcitos todo / es continuable o roto por / las cosas principales que te obligan / a matar a una muchacha / en este pobre hotel de provincia / con los colchones hundidos de tanta humanidad). / las paredes se descascaran la gente se me olvida / y estos momentos que uno tiene / son ásperos / como si nos hubiéramos vaciado / indefensos / sólo un sabor dulce sobre mi ombligo / y no puedo detener los aviones que van a salir / que no son de juguete ya crecieron / y las señales los aeropuertos / siguen depositando tu cuerpo en la realidad / sin que yo pueda nada en contra / boletos fechas viajes que me corrompen / de tanta fama que tengo aquí / la fama que no es un número exacto / ni siquiera un chocolate entre los dientes / nadie sabe que en esta habitación tan sola / yo me como la fama / porque no me sirve para dormir / tibia / entre tus muslos.

‘La metamorfosis’ en ‘Cien años de soledad’

franz kafkaAconsejan los maestros a releer a los maestros. Mucho antes de morir, en una ocasión en que fue entrevistado, Jorge Luis Borges dijo que prefería releer los clásicos. Y lo daba como consejo. Creo que mucha sabiduría está ahí.

Movido por esta máxima, que trato de aplicar sin desoír mi curiosidad por autores desconocidos, tomé otra vez ‘La metamorfosis’ de Franz Kafka (foto). Cuando iba en la página seis de mi edición (Colección Escolar, Sociedad Comercial y Editorial Santiago Limitada, 2001) donde dice: “Apartar la colcha era casi imposible. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía ahora innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas”…; eso leía, cuando algo me hizo volver al comienzo.

Volví para leer: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Y al leer esta primera frase, hubo una conexión en mi memoria. Después de un rato de releer la frase, lo recordé con claridad: era la primera frase de ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez.

No es un secreto la epifanía que tocó a García Márquez cuando leyó esa primera frase de ‘La metamorfosis’ de Kafka. Tanto, que él mismo lo recordó en muchas de las entrevistas que le hicieron después de ganar el Nobel de Literatura en 1982. Dijo que había quedado alelado por varios minutos. La leía y leía y el encantamiento no pasaba. “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. ¿Cómo era posible escribir algo tan maravilloso, tan mágico?, dijo que se dijo García Márquez.

Creo que el impacto fue tal, que solo pudo sentarse a escribir ‘Cien años de soledad’ cuando resolvió cómo escribir la primera frase. Esto también lo contó: que cuando tuvo la primera frase en mente dio vuelta en el auto en el que iba a veranear con su esposa Mercedes Barcha y su hijo Rodrigo, y no se volvió a parar de la mesa de trabajo sino 18 meses después para enviarle por pedazos, “como quien corta carne”, el manuscrito a Editorial Sudamericana en Buenos Aires.

El ritmo, la musicalidad, la atmósfera que crea la frase de Kafka es la misma de la primera frase de ‘Cien años de soledad’. Escúchenla: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y ahora a Kafka: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Esta es una de esas cosas que se le quedan pegadas a uno, y las hace suyas sin advertir conscientemente el antecedente que la creó. No hablo de copia, y menos de plagio, sino de influjo. Del realismo mágico de ‘La metamorfosis’ con que está impregnada ‘Cien años de soledad’, y entonces de la lectura de Kafka tiene mucho García Márquez.  Praga, a través del tiempo, tocó a Aracataca.

Hemingway y 14 consejos al escribir literatura

ernest_hemingwayQuizás sea un intento por sacralizar, o sacralizarse, el expediente de los ‘decálogos’ sobre los oficios, particularmente el de escribir. Hay muchos de estos decálogos, tanto sobre novelas como sobre cuentos. El que sigue no fue elaborado por el autor directamente, Ernest Hemingway (foto), sino mediante una y otra recopilación de frases pertinentes que el Premio Nobel de Literatura 1954 fue dejando como semillas en el campo abierto de iniciados y lectores. He aquí caprichosamente catorce de esas ideas sabias, referidas a la novela, pero aplicables a cualquier género literario, que podemos apropiarnos:

1) Cuando un escritor escribe una novela, debería crear a gente viva; personas, no personajes.

2) Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés (español) vigoroso. Sé positivo, no negativo.

3) A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.

4) Las personas de una novela, no los personajes construidos con habilidad, deben ser proyectadas desde la experiencia asimilada del escritor, desde su conocimiento, desde su cabeza, desde su corazón y desde todo lo suyo.

5) Quería escribir como Cezanne pintaba. Cezanne empezaba con todos los trucos. Después destruía todo y empezaba de verdad.

6) Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.

7) Por el amor de Cristo, escribe y no te preocupes por lo que los muchachos dirán, ni de si será una pieza magistral o qué.

8) Seriedad absoluta en lo que se escribe, es una de las dos necesidades categóricas. La otra, por desgracia, es el talento.

9) Mi tentación siempre es escribir demasiado. Lo mantengo bajo control para no tener que cortar paja y reescribir. Los individuos que piensan que son genios porque nunca han aprendido a decir no a una máquina de escribir, son un fenómeno común.

10) Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

11) El don más esencial para un buen escritor es un detector de mierda interno, a prueba de choques. Es el radar del escritor y todos los grandes lo han tenido.

12) Un escritor de nuestro tiempo tiene que escribir lo que no ha sido escrito antes o superar a los escritores muertos en lo que hicieron. La única manera en que puede decir cómo va, es compitiendo con los hombres muertos… Pero la lectura de todos los buenos escritores podría desanimarlo. Entonces debe ser desanimado.

13) Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.

14) Evita lo monumental. Rehúye lo épico. El individuo que puede pintar cuadros enormes muy buenos, puede pintar cuadros pequeños muy buenos.

‘Arabia’ de James Joyce

james joyceNorth Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto en la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba a sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias decentes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas.

El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote él, había muerto en la salita interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel, con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era un cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana.
Cuando llegaron los cortos días de invierno oscurecía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuando nos reuníamos en la calle, ya las casas se habían hecho sombrías. El pedazo de cielo sobre nuestras cabezas era de un color violeta fluctuante y las luces de la calle dirigían hacia allá sus débiles focos. El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nuestros cuerpos relucían. Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nuestras carreras nos llevaban por entre los oscuros callejones fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajo la baqueta de las salvajes tribus de las chozas hasta los portillos de los oscuros jardines escurridizos en que se levantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorosos establos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a su caballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuando regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las cocinas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando la esquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que entraba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a la puerta llamando a su hermano para el té, desde nuestra oscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo. Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entraba, y si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resignados, caminábamos hasta el quicio de la casa de Mangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado contra la luz que salía de la puerta entreabierta. Su hermano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso, y yo me quedaba junto a la reja a mirarla. Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa.

Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala delantera para vigilar su puerta. Para que no me viera bajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando salía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasillo, agarraba mis libros y le caía atrás. Procuraba tener siempre a la vista su cuerpo moreno, y cuando llegábamos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba, apretaba yo el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un día tras otro. Nunca había hablado con ella, si exceptuamos esas pocas palabras de ocasión, y, sin embargo, su nombre era como un reclamo para mi sangre alocada.

Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábados por la tarde, yo tenía que ir con ella para ayudarla a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por borrachos y baratijeros, entre las maldiciones de los trabajadores, las agudas letanías de los pregoneros que hacían guardia junto a los barriles de mejillas de cerdo, el tono nasal de los cantantes callejeros que entonaban un oigan esto todos sobre O’Donovan Rossa o la balada sobre los líos de la tierra natal. Tales ruidos confluían en una única sensación de vida para mí: me imaginaba que llevaba mi cáliz a salvo por entre una turba enemiga. Por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría o no a hablarle, y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como los dedos que recorrieran mis cuerdas.

Una noche me fui a la salita en que había muerto el cura. Era una noche oscura y lluviosa y no se oía un ruido en la casa. Por uno de los vidrios rotos oía la lluvia hostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de agua jugando en sus camas húmedas. Una lámpara distante o una ventana alumbrada resplandecían allá abajo. Agradecí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos parecían querer echar un velo sobre sí mismos, y sintiendo que estaba a punto de perderlos, junté las palmas de mis manos y las apreté tanto que temblaron, y musité: ¡Oh, amor! ¡Oh, amor!, muchas veces.

Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mí, sus primeras palabras fueron tan confusas que no supe qué responder. Me pregunto si iría a la “Arabia”. No recuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feria fabulosa, dijo ella; le encantaría a ella ir.

–¿Y por qué no puedes ir? –le pregunté.

Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a un brazalete de plata en su muñeca. No podía ir, dijo, porque había retiro esa semana en el convento. Su hermano y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedé solo recostado a la reja. Se agarró a uno de los hierros inclinando hacia mí la cabeza. La luz de la lámpara frente a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cuello, le iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendiendo, daba sobre su mano en la reja. Caía por un lado de su vestido y cogía el blanco borde de su falda, que se hacía visible al pararse descuidada.

–Te vas a divertir –dijo.

–Si voy –le dije–, te traeré alguna cosa.

¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sueños, despierto o dormido, después de aquella noche! Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí rabia al estudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aula su imagen se interponía entre la página que quería leer y yo. Las sílabas de la palabra Arabia acudían a través del silencio en que mi alma se regalaba para atraparme con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir a la feria el sábado por la noche. Mi tía se quedó sorprendidísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de los masones. Pude contestar muy pocas preguntas en clase. Vi la cara del maestro pasar de la amabilidad a la dureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de holgorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo, y me parecía juego de niños, feo y monótono juego de niños.

El sábado por la mañana le recordé a mi tío que deseaba ir a la feria esa noche. Estaba atareado con el estante del pasillo buscando el cepillo de su sombrero, y me respondió, agrio:

–Está bien, muchacho, ya lo sé.

Como él estaba en el pasillo no podía entrar en la sala y apostarme en la ventana. Dejé la casa de mal humor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire era implacablemente crudo, y el ánimo me abandonó.

Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no había regresado. Pero todavía era temprano. Me senté frente al reloj por un rato, y cuando su tictac empezó a irritarme me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos de arriba, fríos, vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto en cuarto cantando. Desde la ventana del frente vi a mis compañeros jugando en la calle. Sus gritos me llegaron indistintos y apagados, y, recostando mi cabeza contra el frío cristal, miré la casa a oscuras en que ella vivía. Debí estar parado allí cerca de una hora, sin ver nada más que la figura morena proyectada por mi imaginación, retocada discretamente por la luz de la lámpara en el cuello curvo y en la mano sobre la reja y en el borde del vestido.

Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré a la señora Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina, viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos para una de sus obras pías. Tuve que soportar todos esos chismes de la hora del té. La comelata se prolongó más de una hora, y todavía mi tío no llegaba. La señora Mercer se puso de pie para irse: sentía no poder esperar un poco más, pero eran más de las ocho y no le gustaba andar por fuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuando se fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando los puños. Mi tía me dijo:

–Me temo que tendrás que posponer tu feria para otra noche del Señor.

A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de la calle. Lo oí hablando solo y oí el crujir del estante del pasillo cuando recibió el peso de su sobretodo. Sabía interpretar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena le pedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le había olvidado.

–Ya todo el mundo está en la cama y en su segundo sueño –me dijo.

No sonreí. Mi tía le dijo, enérgica:

–¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo que se vaya? Bastante lo hiciste esperar.

Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijo que él creía en ese viejo dicho: Mucho estudio y poco juego hacen a Juan un majadero. Me preguntó que a dónde iba yo y cuando se lo dije por segunda vez, me preguntó que si no conocía Un árabe dice adiós a su corcel. Cuando salía de la cocina se preparaba a recitar a mi tía los primeros versos del poema.

Apreté el florín bien en la mano mientras iba por Buckingham Street hacia la estación. La vista de las calles llenas de gentes de compras y bañadas en luz de gas me hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté en un vagón de tercera de un tren vacío. Después de una demora intolerable, el tren salió lento de la estación y se arrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre el río rutilante. En la estación de Westland Row la multitud se apelotonaba a las puertas del vagón; pero los conductores la rechazaron diciendo que éste era un tren especial a la feria. Seguí solo en el vagón vacío. En unos minutos el tren arrimó a una improvisada plataforma de madera. Bajé a la calle y vi en la iluminada esfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente a mí había un edificio que mostraba el mágico nombre.

No pude encontrar ninguna de las entradas de seis peniques, y, temiendo que hubieran cerrado, pasé rápido por el torniquete, dándole un chelín a un portero de aspecto cansado. Me encontré dentro de un salón cortado a la mitad por una galería. Casi todos los estanquillos estaban cerrados y la mayor parte del salón estaba a oscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesias después del servicio. Caminé hasta el centro de la feria tímidamente. Unas pocas gentes se reunían alrededor de los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante de una cortina, sobre la que aparecían escritas las palabras Café Chantant con lámparas de colores, dos hombres contaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo caían las monedas.
Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui hacia uno de los estanquillos y examiné las vasijas de porcelana y los juegos de té floreados. A la puerta del estanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóvenes. Me di cuenta de que tenían acento inglés y escuché vagamente la conversación.

–¡Oh, nunca dije tal cosa!

–¡Oh sí!

–¡Oh no!

–¿No fue eso lo que dijo ella?

–Sí. Yo la oí.

–Oh, pero qué… embustero!

Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si quería comprar algo. Su tono de voz no era alentador; parecía haberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré humildemente los grandes jarrones colocados como mamelucos a los lados de la oscura entrada al estanquillo y murmuré:

–No, gracias.

La jovencita cambió de posición una de las vasijas y regresó a sus amigos.
Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otra vez la jovencita me echó una mirada por encima del hombro.

Me quedé un rato junto al estanquillo –aunque sabía que quedarme allí era inútil– para hacer parecer más real mi interés por la loza. Luego me di vuelta lentamente y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dos peniques junto a mis seis en el bolsillo. Oí una voz gritando desde un extremo de la galería que iban a apagar las luces. La parte superior del salón estaba completamente a oscuras ya.

Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y puesta en ridículo por la vanidad, y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.

James Joyce (foto)

Franco y Fresán y los temas de las novelas

jorge francoCon el tiempo, no solo ha cambiado la manera de narrar historias, sino el contenido de esas historias. Lo más osado fue en un tiempo la vieja ‘ciencia ficción’ que conocimos, la de Isaac Asimov o Ray Bradbury, pero de ella hemos pasado al vampirismo, a las sociedades juveniles de brujos, a los mundos encantados de los anillos y, por extensión, a cualquier cosa que se nos ocurra. Y no hago la enumeración de otra manera que no sea enunciativa. Porque, en verdad, el tema de las novelas pareciera ser lo de menos.

Entonces, ¿qué caracteriza a la novela, a la literatura? Yo creo que el lenguaje. Y en el lenguaje el cambio también ha sido notorio. Creo que el lenguaje es, en definitiva, la literatura. Me refiero a que los best sellers (superventas) se diferencian de la literatura en el lenguaje: tienen un lenguaje de fácil lectura, casi elemental, pero no son una trasposición poética de la realidad, como lo es la literatura, ni el lenguaje revela estados psicológicos de los personajes, disociación de tiempos, etcétera.

Convenido esto, al menos para mí, el tema puede variar y volverse casi abstracto. Voy a copiar dos reseñas de dos libros que acaban de salir a las librerías españolas, para ver los temas de que tratan esas novelas. Uno es ‘El mundo de afuera’, del colombiano Jorge Franco (foto, recordado por su ‘Rosario tijeras’), libro con el que acaba de ganar el premio Alfaguara de novela 2014. La reseña de su contenido es esta:

El mundo de afuera transcurre en Medellín. Allí, el tiempo viene envuelto en una neblina, y las voces parecen silbidos que se pierden entre las ramas. Una especie de castillo se atisba en las frondosas afueras y de una puerta sale corriendo una niña rubia. Unos ojos miran cautivados esa presencia insólita y la niña se pierde en el bosque.

“En 1971, el padre de esa niña, don Diego, ha sido secuestrado. El Mono es el cabecilla de los maleantes, cuya intención es pedir un rescate millonario a la familia. El Mono tiene otras razones que las económicas para secuestrar a don Diego: la obsesión amorosa por la hija de este, Isolda, una princesa rubia a quien el padre, amante de la ópera de Wagner, mantiene encerrada en el “castillo” para preservar su pureza y evitar el contagio con el mundo sucio que les rodea. Don Diego es germanófilo y se ha casado con Dita, una mujer alemana que dejó el Berlín nazi para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld que su marido ha levantado en Medellín. Desde muy pequeña, Isolda ha tomado la costumbre de escapar al bosque, donde antes jugaba con conejos fantásticos que le tejían peinados, mientras el Mono la admiraba encaramado en los árboles.

“Una breve y hasta cierto punto sencilla novela sobre el amor y la muerte, poética y detallista, con un sobresaliente manejo de la tensión, y que, incorporando técnicas cinematográficas como el flashback y la narración paralela, también bebe de fuentes como el cuento folclórico o la crónica de sucesos”.

No es, como se ve, la clásica historia de la traición, el amor imposible, la pugna de familias o de fuerzas, en una ciudad equis, en pos de un propósito equis. No. Aquí hay mucho de cuento folclórico y de crónica periodística, lo cual, por cierto, me encanta, por razones de oficio y porque la literatura también debe servirse del folclor para dejar su registro histórico. Hay que leerla. En mi caso, quiero verificar mi teoría del lenguaje.

La otra novela es la del argentino Rodrigo Fresán (foto), archiconocido como rodrigo fresancrítico agudo, avezado, de muchos quilates, y descubridor de talentos, como el del chileno Marcelo Lillo, quien, por cierto, tiene en librería su más reciente novela, ‘Niebla City’. La novela de Fresán se titula ‘La parte inventada’, y la reseña la hace Patricio Pron, quien recientemente fue jurado del concurso de cuento de la revista Paula. Dice Patricio Pron:

La parte inventada es una novela excelsa en la que se alternan una joven loca; la hermana de El Escritor, que afirma haber bebido la lecha de una vaca verde y haber sido embarazada por su novio en coma; un joven que realiza un documental sobre la desaparición de El Escritor y desearía ser escritor él también para seducir a La Chica; un amigo de El Chico que escribió una obra genial y muere al escuchar un chiste de surrealistas; un viejo amigo de El Escritor que, entre el arte y la vida, escoge la vida y a su hijo; el propio Escritor, que exhibe una libreta de apuntes que es como su propia vida: una sucesión de falsos comienzos y de argumentos inacabados. Nada ligero, nada ingrávido para aquellos lectores a los que la literatura interesa al tiempo que desalienta: una ambición decimonónica puesta al servicio de la escritura de una nivela rabiosamente contemporánea.

La parte inventada ofrece al lector de Rodrigo Fresán lo que este espera y un poco más: la acumulación de noticias dispersas; la digresión deliberada que determina que la narración avance mediante la sucesión de escollos; la superposición de elementos de la cultura pop y la alta literatura; el humor melancólico; la prolepsis; el ensayismo literario como recurso narrativo (y nadie piensa la literatura estos días como Fresán), etcétera. A todos estos elementos, su nueva novela suma algo poco habitual en la obra del escritor argentino radicado en Barcelona: una rabia y una resolución que faltaban en sus libros anteriores.

“En La parte inventada (566 páginas) no hay nada innecesario; su extensión es la que su autor requiere para hacer algo muy difícil en estos tiempos: demostrar que la literatura es aquello que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte, en la única parte de ella que tiene “alguna estructura, alguna belleza” para algunos de nosotros”.

Y con esta reseña creo que queda claro lo del tema en la novela: puede ser solamente un artefacto que estructure, a la manera del autor, algunas ideas que lo inquietan, recurriendo para ello a un lenguaje adecuado. Y Patricio Pron nos ayuda con otra cualidad de la literatura: eso que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte.

Hanif Kureishi: talleres literarios, pérdida de tiempo

hanif KureishiEl asunto de la utilidad de los talleres literarios remite al debate prístino de si el escritor nace, o se hace. Muchos años se ha debatido esto. Con el tiempo, parece que la respuesta es menos tajante. Hay quienes no nacen escritores, pero logran hacerse. Dos ejemplos: John Grisham, abogado y político, y Tom Clancy, vendedor de seguros, convertidos en best-sellers.

En general, el escritor empieza a rasguñar hojas en blanco, desde cuando es niño, y con el tiempo logra dominar la escritura. Un taller literario puede ser su refugio natural, a fin de adquirir las destrezas técnicas de la narración. Sin embargo, la pregunta sigue presente: ¿Los talleres literarios pueden enseñar a escribir? Yo creo que sí. Lo que no se puede garantizar es que quienes asistan a ellos se conviertan en escritores destacados, a menos que ya vengan con la materia prima de serlo.

Los talleres literarios atraen a los jóvenes, pero muchos son aves de paso. No obstante, son los talleres literarios un punto de encuentro de autores que quieren compartir sus conocimientos –y obtener algún ingreso por ello, obviamente– y jóvenes que sienten el fuego del arte literario en su interior. De esto, es probable que crezca un árbol de muchos frutos; casos en Chile como los de Jaime Collyer, Sergio Gómez, Pablo Simonetti, Diego Muñoz, Carlos Franz y Gonzalo Contreras, corresponde a los de alumnos que hoy son reconocidos escritores y tienen sus propios talleres literarios. O los han tenido.

El tema viene a cuento por la afirmación contundente del británico Hanif Kureishi (foto) sobre la “pérdida de tiempo” que son los talleres literarios, o los cursos de creación narrativa, por los que él, desde luego, “no daría un cinco”. Dice que el 99.9 por ciento de los estudiantes de talleres literarios “puede escribir frases, pero no contar una historia sin causar aburrimiento”.

De manera rotunda, dice que “escribir no es una habilidad que pueda enseñarse”. Y, de acuerdo con su experiencia, los talleres tienen muchos profesores que enseñan cosas inútiles, por lo que él no pagaría por uno. Sin embargo, él, Hanif Kureishi, es docente de “escritura creativa” en la Universidad de Kingston, en Londres. ¿Es un hipócrita, como ya lo han tildado algunos, o alguien que busca ser noticia para, justamente, promover sus cursos?

Lo cierto es que, de quienes pasan por un taller literario, no necesariamente se espera que sean Nobel de Literatura. Pero ¿es esta la meta de los cursos de narración creativa, de los talleres literarios? Creo que no. La crítica de Hanif Kureishi es engañosa porque nadie discute los estudios de música, por ejemplo, pero se hacen, y de todos los guitarristas no se espera que sean Jimmy Hendrix, dice Marta Orrantía, de la Universidad Nacional de Colombia.

Para ella, la principal cualidad aprendida en un taller o curso literario es la de saber leer. Saber leer y entrever la arquitectura y la manera cómo fue armado el edificio narrativo. Cuenta Gabriel García Márquez que leyó muchas veces ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo, “para saber cómo estaba hecho”; hasta cortó con una tijera los párrafos y los ordenó y reordenó hasta entender la manera cómo el autor mexicano manejaba el tiempo y el espacio de sus personajes. Otros han aprendido de la lectura de Marcel Proust, o de Gustave Flaubert.

Por lo demás, muchos autores de altísima notoriedad reconocen en privado, y en público, que todavía no dejan de aprender el arte de narrar. Se lo escuché decir a Adolfo Bioy Casares en una reciente entrevista, admitiendo que siempre tiene tres o cuatro historias en la cabeza, que son cuentos o novelas, pero siempre, también, tiene que aprender a “personificar” esos textos.

Los talleres no resuelven la inquietud de la persona que quiere ser escritor. Puede ofrecerle compañía –y tanta que hace falta, en un oficio de soledades–, coincidencia de intenciones, lecturas compartidas, intercambio de opiniones, y hasta atemperar el genio para tener paciencia y corregir críticamente sus propios textos. En lo personal, la expectativa de alguien que esté pensando acudir a un taller literario, o matricularse en un curso de creación narrativa, no puede ir más allá de lo anotado. Porque que entre al curso, o al taller, para esperar ser “un escritor” en seis meses, un año o cinco años, se equivoca. Y frustra.

‘El rebelde’ de Osho

17-the rebelHoy, la figura poderosa y autoritaria es claramente la del amo de su propio destino. Sobre su hombro hay un emblema del sol, y la antorcha que sostiene en su mano derecha simboliza la luz de su propia verdad duramente ganada. Si él es rico o pobre, el rebelde es realmente un emperador porque ha roto las cadenas de acondicionamiento y opiniones represivo de la sociedad. Se ha formado a sí mismo abrazando todos los colores del arco iris, que salen de las raíces oscuras y sin forma de su pasado inconsciente y creciendo alas para volar hacia el cielo. Su propia forma de ser es rebelde –no porque él está luchando en contra de nadie ni nada, sino porque ha descubierto su propia naturaleza verdadera y está determinado a vivir de acuerdo con ella–. El águila es el espíritu animal, un mensajero entre la tierra y el cielo. El rebelde nos desafía a ser lo suficientemente valientes como para asumir la responsabilidad de lo que somos y vivir nuestra verdad.