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Cierto humor en la Quinta Vergara: ‘Chiqui’ Aguayo

chiquiSolo quiero referirme a dos elementos de reflexión, a propósito de la actuación de la comediante Daniela ‘Chiqui’ Aguayo (foto) en la Quinta Vergara, en el Festival de Viña del Mar 2017. Solo mencionarlos, porque es difícil comentar cuando, en su defensa, se apela al sexismo.

Si se considera que fue vulgar su rutina de humor, se contraataca diciendo que es “un comentario machista”, porque, obvio, ella es mujer. Y también se contraataca diciendo que “en mi casa hablamos así”. O, “¿quién en Chile no habla a los chuchazos?”

Se contraataca diciendo: cuántos humoristas han estado en Viña que han dicho chuchadas, pero nadie les dice nada “porque son hombres”. Entonces, ¿qué más decir? Se cierra toda opción. Se descalifica el comentario.

O sea, una vez anulado el comentario con aquellas declaraciones, el resultado, tácito, es el de que la humorista resultó genial. Y no creo que sea así. ‘Chiqui’ Aguayo ni siquiera es la mejor del programa ‘Minas al poder’, un humorístico del canal Chilevisión, protagonizado por mujeres, más un hombre adulto vestido de mujer y un joven travestido.

Esa defensa, entonces, y esa previsible conclusión, no son verdad. Todo es un truco de ideas. Y así, es muy difícil comentar sobre una rutina que puede considerarse vulgar, en un escenario específico como el Festival de Viña, televisado para hispanohablantes.

Sin embargo, decir que sea hombre o mujer, si se apela a la vulgaridad, al chuchazo, a la facilidad del chiste obvio, hay que señalarlo, aunque no le guste al(la) comediante.

Y decir también que, después de tanto esfuerzo de muchos comediantes y libretistas en los últimos años, por conseguir una narrativa con efectos humorísticos, situaciones escénicas chistosas, discursos graciosos y gracejos, sin apelar a la palabra o el gesto vulgar, es triste que asistamos a este retroceso. Volver a la chabacanería.

¿El humor puede (¿debe?) avanzar hacia modos menos básicos para ganar una carcajada, o una sonrisa?

Referido lo anterior, en segundo lugar, preguntarse también ¿qué tanto ha cambiado el público, el “monstruo”? Porque, al fin y al cabo, rió a mandíbula batiente en algunos pasajes de la rutina de Daniela ‘Chiqui’ Aguayo.

Es decir, había en esa risa una aceptación, una aprobación de lo que estaba diciendo la comediante, una aceptación del lenguaje en que estaba dicho esa clase de humor. Es más: le otorgó las gaviotas de plata y oro.

Aparentemente, este público ya no es un “monstruo”. Es más permisivo. O más comprensivo. O más compasivo. Un gatito nomás.

Sospechoso este ‘tsunami de fuego’ en Chile

incendio_noche_portezueloAristarco insiste en que es, como dice Bombo Fica en algunos de sus chistes, ‘sospechoso’ este episodio de los incendios por doquier. Dice que hay manos criminales, y sobre todo una intencionalidad de poner en aprietos a la presidente Michelle Bachelet. Hay un grupo de personas empeñadas en desprestigiar al gobierno. Y varios medios de comunicación les hacen eco. Me cuenta que hay páginas web, con noticias estacionadas desde hace varios meses, afirmando que la economía chilena va a colapsar, afirmando que este ha sido el peor gobierno de la historia de Chile, diciendo que todo está mal. Aristarco cree que estas personas y estas afirmaciones son conspirativas. Buscan infligir daño. Esas personas son las verdaderas responsables de si la situación chilena empeora. Porque lanzan ideas falsas, como lo hacía Joseph Goebbels, y los medios de comunicación cómplices las repiten con tal obsesión que se convierten en verdades. Esta ola de incendios no puede ser espontánea, ¡500 mil hectáreas!, insiste Aristarco. Aquí no se cumple la fórmula de los 30 grados de temperatura, 30 kilómetros por hora de viento y 30 grados de humedad del aire. Aquí hay manos criminales, hay una intencionalidad, hay un concierto para delinquir y un propósito: desprestigiar al gobierno de una mujer. Es una conspiración misógina, cruel y sanguinaria, que no mira sino intereses egoístas. Nada les importa destruir, como lo han hecho, ¡más de 500 mil hectáreas! de bosques y pastizales. “Déjame y digiero todo eso”, fue lo único que se me ocurrió decirle a Aristarco.

Jaime Anguita, Enrique Correa y Julián Elfenbein

viviana haegerJaime Anguita, asesino. Por fin Jaime Anguita confesó: él mató a su esposa Viviana Haeger. El 29 de junio del 2010, Viviana desapareció, y su cadáver fue encontrado, dos meses después, en la buhardilla de su propia residencia en Puerto Varas, donde la policía había buscado sin hallar nada. ¿Quién la puso ahí? Ahora lo sabemos: él, Jaime Anguita, la mató, y él la puso ahí después de que se fue la policía y, también misteriosamente, una persona informó por teléfono a la policía que buscara de nuevo en la casa. Yo creo que lo mismo les pasó a varios de ustedes: siempre creímos, instintivamente, que Jaime Anguita era el asesino. Por su desagradable cara, su desagradable aspecto general, su desagradable voz, su desagradable pose se ‘viudo’ adolorido, su desagradable cinismo desbordante. Pongo en esta nota el rostro de Viviana Haeger, como mi homenaje por su muerte atroz mediante la asfixia, porque no quiero contaminar el blog con la sucia cara de un asqueroso asesino como Jaime Anguita.

Enrique Correa. Cuando alguien actúa mal, lo sigue haciendo hasta su enrique correa sutilruina total. Es lo que pasa con el señor Enrique Correa (foto), que de ministro ¡socialista! de un gobierno de la llamada Concertación, saltó a consultor y asesor del pinochetismo y de lo peor del empresariado corrupto chileno. Sus torcidos negocios y la mentalidad torcida que se precisa para ejecutarlos, lo han llevado a convertirse en el embajador del Averno en Chile, para decir que…, oigan bien: “El financiamiento irregular de la política no es corrupción”. ¿Pueden creerlo? Tan degenerado mentalmente, que ya borró la línea moral de las cosas. Así piensan los asesinos en serie, los estafadores, los malandros más pervertidos de la historia criminal de la Humanidad. ¿Por qué Radio Cooperativa sigue promoviendo su empresa ‘Imaginacción’?

Elfenbein. Salió Julián Elfenbein (foto) del matinal ‘Buenos días a todos’ del julián elfenbeinautodenominado ‘canal de todos’, Tvn. Aquí dijimos que ese tipo de trabajos no era adecuado para Elfenbein. Él sirve para animar un programa de concurso, pero no para estar varias horas en pantalla, en un programa que es ‘entretenimiento y conversación’. Y lo peor de todo fue que llegó a hacerlo ‘en reemplazo’ de Felipe Camiroaga, que en paz descanse. Y en su pequeña cabeza, él creyó que, efectivamente, era el reemplazo de Camiroaga. ¡Qué iluso! Cero aporte el señor Elfenbein. Ganó harto dinero, eso sí, pero eso es todo. El matinal ‘Buenos días a todos’ necesita cirugía mayor, no maquillajes. Mucho daño le causó su director Mauricio Correa, quien debió haber renunciado al otro día de la muerte de Felipe Camiroaga, y no lo hizo, regodeándose en su prepotencia y mediocridad. Creo que fue el artífice del entierro –de segunda clase– que está teniendo ese matinal.

Las mujeres que ignoramos

Rosalind FranklinEn la BBC leo un artículo de Jawad Iqbal titulado ‘Las grandes científicas olvidadas de la ciencia’. No es otra cosa que la historia de la infamia.
A las mujeres científicas las cubre un manto de olvido que las hace invisibles. Muchos de los desarrollos científicos que adjudicamos a hombres fueron hechos por mujeres que no se nombran. Y más escabroso –y oprobioso– es que muchos de los desarrollos científicos con los que hombres ganaron el premio Nobel fueron hechos por mujeres.
Uno de los escasos nombres de mujer conocidos es el de Marie Curie, premio Nobel de Física en 1903 y de Química en 1911, año en que su petición de ingreso a la Academia Francesa de las Ciencias fue rechazada. Pionera en investigación sobre radiactividad. (Su hija, Irène Joliot-Curie, también ganó un Nobel en Química en 1935, por avances que condujeron después al descubrimiento del neutrón)
Henrietta Leavitt desarrolló la relación ‘período-luminosidad’ de las estrellas, mediante su patrón de brillo, por lo que hoy se puede calcular la distancia que tienen las estrellas de la Tierra. Esto lo logró en el Observatorio Harvard.
La china-estadounidense Chien-Shiung Wu fue llamada por dos físicos teóricos, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang, para refutar la ‘ley de paridad’, lo cual hizo experimentalmente. Este trabajo de Chien-Shiung Wu dio paso a los desarrollos sobre interacciones débiles entre partículas elementales sin paridad simétrica. Por esto, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang obtuvieron el premio Nobel en 1957, sin mencionar a Chien-Shiung Wu.
Jawad Iqbal también refiere a la austriaca Lise Meitner, cuyo trabajo permitió la división en dos del núcleo del átomo. Ni más ni menos que la base de la bomba atómica. Como sus trabajos los hacía en el laboratorio del químico Otto Hahn, es a él a quien se le reconoce el hallazgo y se le otorgó el Nobel de Química en 1944, por ‘la división del átomo’.
Un caso más el de Rosalind Franklin (foto), cuya investigación sobre la cristalografía de los rayos X permitió desarrollar la imagen de la molécula de ADN, pero los resultados fueron presentados por James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, quienes ganaron el Nobel de Fisiología y Medicina, sin incluirla a ella.
Por último, Ida Tacke figura en los libros como la descubridora del elemento ‘renio’, pero no como la descubridora del ‘masarium’, que hoy se conoce como ‘tecnecio’. Este elemento de la tabla periódica se le atribuye a Carlo Perrier y Emilio Segre, y no a ella. También fue la primera persona en plantear la ‘fusión nuclear’, consistente en que varios núcleos atómicos –de carga similar– se unen y forman un núcleo más pesado, proceso en el que absorben o liberan cantidades enormes de energía.
A pesar de mi ancestral machismo, que digo no tener pero sin duda me habita, valga esta breve reseña como un homenaje a nuestras compañeras de camino, humanizadas aquí por las científicas que han sido villanamente eclipsadas por los hombres.

‘La cosecha’ de Amy Hempel

amy hempelEl año en que empecé a decir “vaso”, así, con “v” chica, un hombre al que apenas conocía estuvo a punto de matarme accidentalmente.
Al hombre no le pasó nada cuando el otro carro chocó con el nuestro. El hombre, a quien conocía desde hacía una semana, me sostenía en la calle de tal manera que me impedía ver mis piernas. Recuerdo que sabía que no debería ver, y sabía que, si hubiera podido, habría visto.
Mi sangre había bañado la ropa de ese hombre por delante. Dijo: “Vas a estar bien, pero mi suéter se echó a perder”. Grité, por miedo al dolor. Pero no sentía ningún dolor. En el hospital, después de que me inyectaron, sé que había dolor en la sala –solo que no sabía de quién era el dolor.
Lo que le pasó a una de mis piernas requirió de 400 puntadas, las cuales, cuando lo platicaba, se volvieron 500, porque las cosas siempre pueden empeorar. Los cinco días que no sabían si podrían salvar mi pierna o no, los alargué a diez. El abogado era el que usaba esas palabras. Pero sólo voy a hablar de eso unos párrafos después.
Teníamos una conversación sobre la apariencia: qué importante es. Decisiva, es lo que dije. Creo que la apariencia es decisiva. Pero este tipo era abogado. Estaba sentado en una silla de vinil color turquesa, que habían acercado a mi cama. Lo que él quería decir con ‘apariencia’ era cuánto valía en un tribunal lo que había perdido yo de mi apariencia. Podría jurar que al abogado le gustaba decir ‘tribunal’. Me dijo que había presentado su examen profesional tres veces antes de pasar.
Dijo que sus amigos le habían dado unas tarjetas de presentación muy bonitas, impresas en relieve, pero que donde esas tarjetas debían decir “Licenciado en Derecho”, decían “Licenciado hecho y derecho”. Ya me había conseguido él un pago por pérdida de ingresos, pues yo jamás podría trabajar como azafata de ninguna línea aérea. Que nunca hubiera considerado volverme azafata era irrelevante, dijo, desde el punto de vista de la ley.
–Hay algo más –dijo–. Tenemos que hablar ahora sobre aptitud para el matrimonio.
Estuve a punto de decir “¿que qué?”, aunque sabía muy bien a qué se estaba refiriendo. Tenía yo 18 años. Dije: “¿No deberíamos hablar primero de aptitud para el noviazgo?” El hombre que duró una semana ya había desaparecido: el accidente lo llevó de regreso con su mujer.
–¿Piensas que la apariencia es importante? –le pregunté antes de que desapareciera.
–Al principio, no –dijo.
En mi barrio hay un tipo que era maestro de química hasta que una explosión le borró la cara y sólo le dejó los restos. Lo que queda de él siempre se viste propiamente, con trajes oscuros y zapatos boleados. Lleva un portafolio al campus de la escuela. Qué a gusto, decían sus familiares y sus amigos, hasta que su esposa se fue de la casa con todo e hijos. En la terraza donde tomábamos el sol, una mujer me enseñó una foto. Dijo: “Así es como se veía mi hijo”.
Todas mis tardes las pasaba en Diálisis. No les importaba cuándo se desocupaba una cama. Tenían televisión a color y con pantalla grande, mejor que la de Rehabilitación. Los miércoles en la noche veíamos un programa en el que unas mujeres con ropa cara aparecían en escenarios lujosos y juraban arruinarse entre sí. A mi lado había un hombre que sólo hablaba con números telefónicos. Si uno le preguntaba cómo se sentía, contestaba: “9-24-31-10”. O decía: “7-57-13-66”.
Suponíamos lo que esos números podían significar, pero en realidad a nadie le interesaba. A veces estaba al otro lado de mí un niño de 12 años. Sus pestañas eran gruesas y negras debido a los medicamentos que tomaba para la presión. Era el siguiente en la lista de trasplantes, tan pronto como (la palabra que se usaba era ‘cosechar’) se cosechara un riñón. La madre del niño pedía en sus oraciones que abundaran los borrachos manejando.
Yo pedía que los hombres no me rechazaran. ¿No somos todos, pensaba yo, la cosecha de alguien? Se terminaba mi sesión, y una enfermera me llevaba en silla de ruedas a mi cuarto. Decía la enfermera: “Yo no sé por qué ven esa basura. Mejor deberían preguntarme cómo me fue este día”.
Antes de dormirme, pasaba quince minutos apretando mancuernas de hule. Uno de los medicamentos hacía que mis dedos se entiesaran. El doctor decía que seguiría dándomelo hasta que ya no pudiera abotonarme la blusa: una figura retórica, pues yo no usaba más que batas de algodón. El abogado dijo: “Obras de caridad”. Se abrió la camisa y me enseñó el lugar de su pecho donde un acupunturista le había puesto jarabe de cola y le había clavado cuatro agujas; también le había dicho que lo único que podía curar eran las obras de caridad. Dije: “¿Curar qué?” El abogado dijo: “No importa”.
Tan pronto como supe que me iba a recuperar, tuve la certeza de que estaba muerta y no lo sabía. Me movía a través de los días como una cabeza cortada que termina una frase. Ya no veía la hora de salir de ese remedo de vida. El accidente fue al ponerse el sol; por eso la mayoría de las veces me sentía así a esa hora. El hombre que había conocido una semana antes me llevaba a cenar cuando ocurrió. El restaurante quedaba en la playa, una playa en una bahía a través de la cual se veían las luces de la ciudad. Desde ese lugar podía verse todo sin tener que escuchar ningún ruido.
Mucho tiempo después, volví sola a esa playa. Me llevé el coche. Era el primer día bueno para ir a la playa; me había puesto unos ‘shorts’. A la orilla del mar, me desenredé la venda elástica y me acerqué al agua. Un niño con el traje de baño mojado me miró la pierna. Me preguntó si me lo había hecho un tiburón; se veían algunos grandes y blancos en esa parte de la costa. Le dije que sí, que un tiburón me lo había hecho.
–¿Y te vas a meter otra vez? –preguntó el niño.
–Me voy a meter otra vez –le dije.
Dejo muchas cosas fuera cuando digo la verdad. Lo mismo cuando escribo un cuento. Voy a empezar a decirles ahora lo que dejé fuera de “La cosecha”, y tal vez comience a preguntarme por qué lo omití. No había otro coche. Sólo había un coche, el que me atropelló cuando iba en la parte trasera de la motocicleta del hombre. Pero la palabra ‘motocicleta’ es más bien fea.
El hombre que manejaba el coche era reportero de un periódico. Trabajaba en un periódico local. Era joven, acababa de titularse, y se dirigía a una reunión de trabajo para cubrir un amago de huelga. Si digo que yo estudiaba entonces periodismo quizás no sea muy fácil de aceptar en “La cosecha”.
Durante los años siguientes, me mantuve al tanto de la carrera del reportero. Fue él quien dio la noticia del Templo del Pueblo que provocó la huida de Jim Jones a Guyana. Entonces cubrió lo de Jonestown. En la redacción del ‘San Francisco Chronicle’, mientras el número de víctimas subía a 900, iban poniendo las cantidades como si fueran donaciones en una velada de beneficencia. Cuando ya habían pasado de 100, colocaron un cartel en la pared que decía:
“JUAN CORONA, MUÉRETE DE ENVIDIA”
En la sala de urgencias, lo que le pasó a una de mis piernas no necesitó 400 puntadas, sino sólo más de trescientas. Ya estaba yo exagerando incluso antes de empezar a exagerar, porque es cierto: las cosas siempre pueden empeorar.
Mi abogado no era un licenciado hecho y derecho. Era socio de uno de los bufetes más antiguos de la ciudad. Nunca se habría desabotonado la camisa para enseñarme el lugar donde le habían puesto acupuntura, lo cual es algo a lo que nunca habría recurrido. “Aptitud para el matrimonio” era el título original de “La cosecha”.
La herida que sufrí en la pierna fue considerada cosmética, aunque todavía ahora, 15 años después, no puedo arrodillarme. En un arreglo fuera de los tribunales la noche anterior al juicio, me concedieron casi 100 mil dólares. El seguro automovilístico del reportero subió 12.43 dólares por mes. Me habían sugerido que me frotara la pierna con hielo, para resaltar las cicatrices, antes de subirme la falda ante la corte, tres años después. Pero no había hielo en la oficina del juez, así que no tuve oportunidad de pasar o reprobar esa prueba moral.
El hombre de una semana, que era el dueño de la motocicleta, no estaba casado. Pero si se suponía que tenía esposa, ¿no me hacía eso un poco culpable? ¿No me lo merecía? Después del accidente, el hombre se casó. La muchacha con la que se casó era modelo de pasarela. (“¿Tú crees que la apariencia es importante?”, le pregunté al hombre antes de que se fuera. “Al principio, no”, dijo)
Además de ser una belleza, la muchacha valía millones de dólares. Pero ¿habrían aceptado esto en “La cosecha”, que la modelo también iba a heredar mucho dinero? Es cierto que nos dirigíamos a cenar cuando sucedió. Pero el lugar desde el cual se puede ver todo sin tener que escuchar los ruidos de la ciudad no estaba en una playa de una bahía: estaba en la cima del Monte Tamalpais. Llevábamos nuestra cena y ascendíamos por la sinuosa carretera. Y en esta versión hay lugar para la ironía: no les sorprenda saber que durante los siguientes meses, desde mi cama del hospital, tenía una espectacular vista precisamente de esa montaña. Habría incluido lo siguiente en el cuento si alguien lo hubiera creído. Pero ¿quién iba a creerlo? Yo estaba ahí y no lo creía.
El día de mi tercera operación, se amotinaron los presos del Centro de Readaptación de Máxima Seguridad, que estaba junto al lugar donde tenían a los sentenciados a muerte, en la cárcel de San Quintín. George Jackson, “Soledad Brother”, un negro de 29 años, sacó una pistola calibre .38 que había conseguido de contrabando, gritó “¡Ya estuvo bueno!” y disparó. Mataron a Jackson; también a tres guardias y a dos custodios de piso, internos que llevaban la comida a otros presos. A otros tres guardias los apuñalaron en el cuello. Como la cárcel está a cinco minutos del Hospital General del condado de Marin, ahí condujeron a los guardias heridos. Los que los llevaron fueron tres tipos de policías, incluyendo a los de la Patrulla de Caminos de California y a los asistentes del sheriff del condado de Marin, armados hasta los dientes.
La policía se apostó en la azotea del hospital, con fusiles; también había policías en los pasillos, haciéndoles señas a los pacientes y a los visitantes de que regresaran a los cuartos. Cuando me sacaron en camilla de Recuperación, ese mismo día, pero más tarde, vendada de la cintura al tobillo, tres oficiales y un sheriff armado me registraron. En las noticias de la noche había imágenes del motín. Aparecía el cirujano que me había operado hablando con los reporteros, y decía, señalando su garganta, cómo había salvado a uno de los guardias cosiéndole la parte que le habían cortado de oreja a oreja.
Vi esto en la televisión, y como era mi doctor, y como los pacientes de los hospitales están demasiado centrados en sí mismos, y como estaba sedada, creí que el cirujano estaba hablando de mí. Creí que estaba diciendo “Pues está muerta. Es un anuncio para ella, que está en su cama”. La psiquiatra que vi por recomendación del cirujano me dijo que eso pasaba mucho. Me dijo que las víctimas de accidentes que todavía no superan el trauma creen con frecuencia que están muertas y no lo saben.
Los tiburones grandes y blancos de la costa cercana a mi casa atacan de una a siete personas al año. Su principal víctima es el buzo que pesca abulón. Como la carne de abulón ha llegado a costar 35 dólares la libra y sigue subiendo, el Departamento de Pesca y Caza no cree que los ataques de tiburón vayan a disminuir.
Amy Hempel (foto) (Traducción del inglés de Luis Zapata)

Binominal; Isabel Allende; Cobresal

bachelet fin del binominalBinominal. Tardaremos algunos años en conocer la repercusión real del fin al sistema binominal. Sistema establecido en la vergonzosa dictadura que vivió Chile bajo la férula del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet y sus secuaces, muchos de los cuales son hoy “empresarios” y “políticos” o “congresistas”. El sistema amarraba a la Democracia a incluir siempre a los representantes de la dictadura en el Congreso Nacional. ¡Qué vergüenza! Era, como la mente del dictador y sus secuaces, una democracia enferma, postrada, limitada, minusválida, a favor de ellos. Ya todo esto se acabó con la ley promulgada por la presidenta Michelle Bachelet (foto) que pone fin al sistema binominal. Lo que siembra dudas es que junto con ese anuncio también se dijo que los senadores aumenten de 38 a 50 (es decir, un 31.57%) y los diputados de 120 a 155 (es decir, un 29.16%) O sea, el Senado aumentará en un tercio y la Cámara en más de una cuarta parte. Dijo el ministro Rodrigo Peñailillo esta mañana, o mejor, juró en el canal Mega, que no habrá aumento del gasto con estos aumentos de congresistas, por dos razones: 1) el presupuesto de los senadores “vitalicios” (¡qué vergüenza!) y “designados” (¡qué vergüenza!) está ahí disponible todavía, y 2) el aumento en el número de senadores y diputados será gradual. No conocemos la letra de la ley porque el mal periodismo no informa en detalle las cosas importantes que necesitan saber los chilenos. Veremos.
Escalona ‘No’. El partido Socialista le dijo “No” a Camilo Escalona, señalado por algunos como el mejor congresiata isabel allendecomodín que tenían los empresarios para sus arreglines en el Congreso. Con su aire taimado, puso más de un palo en la rueda del primer gobierno de Michelle Bachelet, su copartidaria. La gente socialista votó para escoger un nuevo presidente de la colectividad y escogió a Isabel Allende (foto). Será la primera mujer en dirigir al partido (socialista y machista) Lo importante es que se están removiendo costras de tiempos pretéritos, que el país debe limpiar para seguir adelante. Con Escalona habría que remover a Jorge Pizarro, Andrés Zaldívar, Ignacio Walker y tanta otra rémora que frena la Democracia.
Cobresal. Muy contento con el triunfo de Cobresal (logo) en el Torneo de Clausura 2014-2015 del fútbol logo cobresalchileno. ¡Cobresal Campeón! Lo que más me gusta es que de estar a punto del descenso, remontó y se impuso. Y el partido definitivo frente a Barnechea lo empezó perdiendo 2-0 y remontó hasta dejarlo 3-2 a su favor. Ese es el espíritu de lucha que necesitamos en todas las cosas. ¡Viva Cobresal Campeón! Tuvieron que hacer el final de la campaña futbolera, en condiciones de improvisación de sede, debido a la tragedia ocasionada por las avalanchas. Y todavía me encanta más, porque se sobrepuso a Colo Colo, equipo que se muestra como de grandeza y de figuras como el guatón Humberto Suazo y al borrachito Jean Beausejour (mapuche, dice él, que sufría de taquicardia y sudoración excesiva porque jugaba con la caña viva), que no aportan nada. Dos fraudes. Son fruto al parecer de la payola que reparten entre periodistas depostivos arrodillados. Y además, costosos, en términos de dinero. Le quitan el salario a Esteban Paredes, por ejemplo, y a otros más. Pero de lo que hablo ahora es de Cobresal. ¡Viva Cobresal Campeón!

‘Nido de avispas’ de Agatha Christie

agatha christieJohn Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
–¡Qué alegría! –exclamó Harrison–. ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
–¡Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: “Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme”. Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
–¡Me siento encantado –aseguró Harrison sinceramente–. Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
–Gracias –repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre–. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no –su voz se hizo plañidera mientras le servían–. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
–¿Qué le trae a este tranquilo lugar? –preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón–. ¿Es un viaje de placer?
–No, mon ami; negocios.
–¿Negocios? ¿En este apartado rincón? –Poirot asintió gravemente.
–Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
–Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
–Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia.
–¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
–Uno de los más graves delitos.
–¿Acaso un …?
–Asesinato –completó Poirot.
Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
–No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí.
–No –dijo Poirot–. No es posible que lo sepa.
–¿Quién es?
–De momento, nadie.
–¿Qué?
–Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
–Veamos, eso suena a tontería.
–En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison lo miró incrédulo.
–¿Habla usted en serio, monsieur Poirot?
–Sí, hablo en serio.
–¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
–A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
–¿Usted y yo?
–Usted y yo. Necesitaré su cooperación.
–¿Esa es la razón de su visita?
Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
–Vine, monsieur Harrison, porque… me agrada usted –y con voz más despreocupada añadió–: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
–Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
–¡Ah! –exclamó Poirot–. ¿Y cómo piensa hacerlo?
–Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
–Hay otro sistema, ¿no? –preguntó Poirott–. Por ejemplo, cianuro de potasio.
Harrison alzó la vista sorprendido.
–¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas.
Poirot asintió.
–Sí; es un veneno mortal –guardó silencio un minuto y repitió–: Un veneno mortal.
–Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? –se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio.
–¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
–¡Segurísimo. ¿Por qué?
–Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
Harrison enarcó las cejas.
–¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin.
Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
–¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
–¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
–Mera divagación –repuso Poirot–. ¿Y usted es de su gusto?
Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
–¿Puede decirme si usted es de su gusto?
–¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
–Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con la cabeza.
–Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?
–Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
–¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra “sorprendente” y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
–No lo comprendo, monsieur Poirot.
La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
–Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
–¿Odio? –Harrison sacudió la cabeza y se rió.
–Los ingleses son muy estúpidos –dijo Poirot–. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
–Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton –exclamó Harrison–. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
–¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
–La vida de una mosca no es asunto mío –repuso Poirot plácidamente–. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas.
Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
–¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
–Langton jamás…
–¿A qué hora? –lo atajó.
–A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás…
–¡Estos ingleses! –volvió a interrumpirlo Poirot.
Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro.
–No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
–Sé lo que va a decirme: “Langton jamás…”, etcétera. ¡Me aburre su “Langton jamás”! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
–Unos tres cuartos de hora –murmuró–. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto.
Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
–¡Ah…! ¡Oh…! Buenas noches.
–Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró inquisitivo.
–Ignoro a qué se refiere –dijo.
–¿Ha destruido ya el nido de avispas?
–No.
–¡Oh! –exclamó Poirot como si sufriera un desencanto–. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
–He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
–Me traen asuntos profesionales.
–Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido.
–Dice que encontraré a Harrison en la terraza –murmuró Poirot–. ¡Veamos!
Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
–¡Ah, mon ami! –exclamó éste–. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
–¿Qué ha dicho?
–Le he preguntado cómo se encuentra.
–Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
–¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
–¿Malestar? ¿Por qué?
–Por el carbonato sódico.
Harrison alzó la cabeza.
–¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
–Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
–¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
–Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
–Es muy peligroso –murmuró– llevarlos sueltos.
Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
–Una muerte muy rápida –dijo.
Harrison pareció encontrar su voz.
–¿Qué sabe usted?
–Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
–Siga.
–Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Moolly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor.
–Siga.
–Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
–Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
–Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
–Siga –apremió Harrison.
–No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
–¿Por qué vino? –gritó Harrison–. ¡Ojalá no hubiera venido!
–Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
–¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
–No –la voz de Poirot sonó claramente aguda–. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan.
Harrison gimió al repetir:
–¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
–Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
–Fue una suerte que viniera usted.
Agatha Christie (foto)