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Cubana Reina Rodríguez gana el ‘Pablo Neruda’

Reina maría rodríguezEl alternativo grupo Paidea, La Azotea de Reina, en su casa de la calle Ánimas, y luego su Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, hasta su última y molesta mudanza para la azotea del Instituto del Libro, han sido, cada uno en su momento, el único, solitario lugar de resistencia contra la mediocridad, la incultura, la estulticia intelectual (y de la otra), de los años 70, 80; un espacio de esperanza y redención, en los 90, y así sigue en la primera década del siglo XXI, escuchando, apoyando, velando porque se publiquen libros valiosos, tanto de autores nacionales como extranjeros, en su original colección de 150 ejemplares cosidos a mano, según el método japonés kangxi.

En esos términos reseñó Azucena Plasencia el otorgamiento en Cuba del Premio Nacional de Literatura 2013, a Reina María Rodríguez (foto), quien ayer ganó, en Santiago, el Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’. Dijo Azucena Plasencia: “Celebremos la aventura de escribir con verdad, la exploración ética que involucra, íntegramente al autor y se da con plenitud en la obra de Reina María Rodríguez: afirmación de una individualidad, de un proyecto, de un horizonte intelectual y de comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y coraje”.

Entre tanto, acá en Santiago, el jurado integrado por José Kozer (Cuba, anterior ganador del premio, en el 2013), Graciela Aráoz (Argentina), Pablo Brodsky (Chile), Julio Ortega (Perú) y Malú Urriola (Chile), fueron unánimes en premiar a Reina María, de 61 años, quien dijo telefónicamente que “toda la vida he sido lectora de Neruda, y le dedico este premio a todos los escritores de mi generación que han tenido que salir de Cuba”.

La dotación del Premio Pablo Neruda es de 60 mil dólares (unos $33.769.140 chilenos). Han ganado este premio: el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005), la cubana Fina García-Marruz (2007), la chilena Carmen Berenguer (2008), el nicaragüense Ernesto Cardenal (2009), el peruano Antonio Cisneros (2010), los chilenos Oscar Hahn (2011) y Nicanor Parra (2012), y el ganador del 2013 fue el cubano José Kózer. Aquí un par de poemas de Reina María Rodríguez:

Una silla en lo alto      una mujer se ha sentado en tu silla turca / sin desnudarse / tan sólo allí / cuando sueñas cuando vuelves / de las complicaciones. / una mujer está hecha de esa soledad / que existe entre lo cotidiano y el deseo. / vuela ante el parabrisas / te engaña se detiene / y luego escapa. / para toda mujer hay un trono / en el centro de un hombre / una silla en la conciencia. / yo vivo sobre la nariz entre tus ojos / bajo la frente / sólo tus huesos son cómplices de mi ocio / así los árboles nos traspasan / los colores nos iluminan juntos / y así la muerte nos matará a los dos / boca arriba / entre tus pensamientos / y mi llanto.

Un chocolate viene      aquí tengo en la cartera un chocolate. / apretada / la letra de un hombre se ha prendido / al papel que lo envuelve. / un hombre azul me lo envía / lo deja caer desde una nube. / un chocolate viene / desde un vuelo muy alto sin aviso / a mi boca / y en el gusto van entrando sus ojos. / estoy comiendo ojos de chocolate / en mi vestido blanco se prenden las avispas. / ya que volamos juntos dime / dónde está la distancia interminable / mi cuerpo a segundos-propulsión del tuyo / y el amanecer cuajándose en mi bata. / ya toco el otro corazón bajo tu vientre. / en el ruido de un motor donde puede / desprenderse la eternidad estamos presos. / ya estoy muerta por accidente de un amor / en este oscuro hotel aprieto mi tablita de chocolate / para salvarme / (no se pueden amputar los amorcitos todo / es continuable o roto por / las cosas principales que te obligan / a matar a una muchacha / en este pobre hotel de provincia / con los colchones hundidos de tanta humanidad). / las paredes se descascaran la gente se me olvida / y estos momentos que uno tiene / son ásperos / como si nos hubiéramos vaciado / indefensos / sólo un sabor dulce sobre mi ombligo / y no puedo detener los aviones que van a salir / que no son de juguete ya crecieron / y las señales los aeropuertos / siguen depositando tu cuerpo en la realidad / sin que yo pueda nada en contra / boletos fechas viajes que me corrompen / de tanta fama que tengo aquí / la fama que no es un número exacto / ni siquiera un chocolate entre los dientes / nadie sabe que en esta habitación tan sola / yo me como la fama / porque no me sirve para dormir / tibia / entre tus muslos.

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‘El tren a Burdeos’ de Marguerite Duras

Marguerite_Duras2Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: “Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío”. Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

Marguerite Duras (foto)

‘Sin nombres, sin rostros ni rastros’ de J.E. Pardo

jorge eliércer pardoComo a mis hermanos los han desaparecido, esta noche espero a las orillas del río a que baje un cadáver para hacerlo mi difunto. A todas en el puerto nos han quitado a alguien, nos han desaparecido a alguien, nos han asesinado a alguien, somos huérfanas, viudas. Por eso, a diario esperamos los muertos que vienen en las aguas turbias, entre las empalizadas, para hacerlos nuestros hermanos, padres, esposos o hijos. Cuando bajan sin cabeza también los adoptamos y les damos ojos azules o esmeralda, cafés o negros, boca grande y cabellos carmelitas. Cuando vienen sin brazos ni piernas, se las damos fuertes y ágiles para que nos ayuden a cultivar y a pescar.

Todos tenemos a nuestros nn en el cementerio, les ofrecemos oraciones y flores silvestres para que nos ayuden a seguir vivos porque los uniformados llegan a romper puertas, a llevarse nuestros jóvenes y a arrojarlos despedazados más abajo para que los de los otros puertos los tomen como sus difuntos, en reemplazo de sus familiares. Miles de descuartizados van por el río y los pescadores los arrastran a la playa para recomponerlos. Nunca damos sepultura a una cabeza sola, la remendamos a un tronco solo, con agujas capoteras y cáñamo, con puntadas pequeñas para que no las noten los que quieren volver a matarlos si los encuentran de nuevo.

Sabemos que los cuerpos buscan sus trozos y que tarde o temprano, en esta vida o la otra, volverán a juntarse y, cuando estén completos, los asesinos tendrán que responder por la víctima. Si la justicia humana no castiga a los verdugos, la otra sí los pondrá en el banquillo de los que jamás volverán a enfrentarse a los ojos suplicantes de los ultimados.

Esta noche hemos salido a las playas a esperar a que bajen otros. Nos han dicho que son los masacrados hace varias semanas, los que sacaron a la plaza principal y aserraron a la vista de todos. Quiero que venga un hombre trabajador y bueno como los pescadores y agricultores de por allá arriba y que yo pueda hacerle los honores que no le dieron cuando lo fusilaron. Mis hermanas tirarán las atarrayas y los chiles para no dejarlos pasar, uno no sabe si el que le toca es el sacrificado que con su muerte acabará la guerra. Aquí todas creemos que nuestros difuntos prestados son los últimos de la guerra, pero en los rezos nos damos cuenta de que es una ilusión.  Cuando traen ojos se los cerramos porque es triste verles esa mirada de terror, como si en sus pupilas vidriosas estuvieran reflejados los asesinos. Nos dan miedo esos hombres armados que quedan en el fondo de los ojos de los muertos, parecen dispuestos a matarnos también. Muchos párpados ya no se dejan cerrar y, dicen en el puerto, que es para que no olvidemos a los sanguinarios. Los enterramos así, con el sello del dolor y la impunidad mirando ahora la oscuridad de las bóvedas.

Algunos están comidos por los peces y los ojos desaparecidos no dan señales del color de  sus miradas. A muchos de los que nos regala el río y no tienen cara, nosotras les ponemos las de nuestros familiares desaparecidos o perdidos en los asfaltos de las ciudades. Pegamos las fotografías en los vidrios de los ataúdes para despedirlos con caricias en las mejillas. Fotos de cuando eran niños, con sus caras inocentes. Las novias hacen promesas, las esposas les cuentan sus dolores y necesidades y las madres les prometen reunirse pronto donde seguramente Dios los tiene descansando de tanta sangre. Las solteras les piden que les traigan salud, dinero y amor. Y cuando las palomas anidan en las tumbas es el anuncio de que deben emigrar para otra parte de Colombia o para Venezuela, España o los Estados Unidos.

Los primeros meses poníamos en sus lápidas las tristes letras de nn y debajo un número para que todos supieran que era un muerto con dueño, o mejor un desparecido reencontrado. Cuando nadie viene por ellos y las autoridades también los dejan a la buena de Dios, los dueños de los cadáveres los rebautizan con los nombres de sus muertos queridos. Es como un nacimiento al revés: parido entre el agua del río y lavado después en la arena. Les llevamos flores, les encendemos veladoras y les regalamos rosarios completos y unos cuantos responsos. Todas sabemos que en cada rescatado hay un santo.

Los lunes nos reunimos en un rezo colectivo porque ya todas tenemos muertos  y sabemos que están muy solos y que todavía sienten la angustia de haber sido degollados, descuartizados o ejecutados con desmayo en la humillación. El dolor produce una mueca que nos hace respetar más al sacrificado.

A los aterrorizados les tenemos más amor y consideración porque uno nunca sabe cómo es ese momento de la tortura lenta y cómo enfrentaron las motosierras, las metralletas, los cilindros bomba.

Cuando oímos los llantos colectivos de las viudas errantes buscando a sus muertos, en peregrinación por las riveras, como nuevos fantasmas detrás de sus maridos, les damos los rasgos corporales y les entregamos los cadáveres recuperados. Lloramos con devoción y esa misma noche se los llevan envueltos en costales de fique, en sábanas viejas, en barbacoas o en los cajones simples que nosotras hemos alistado para los difuntos santificados.

Romerías con linternas apuntando el infinito con estrellas como pidiendo orientación al cielo para no perderse en los manglares, tras la huella invisible del río. Lloran como nosotras la rabia de la impotencia. Cuando no encuentran al que buscan nos dejan su foto arrugada porque ya no importa tanto la justicia de los hombres sino la cristiana sepultura de los despojos.

Nos hemos contentado con recibir y adoptar pedazos porque tener uno entero es tan difícil como el regreso de nuestros muchachos reclutados para la muerte. Ellos no volverán, mucho menos las noticias porque la guerra se los come o los ahoga. Cuando no se los traga la manigua, los matan las enfermedades de la montaña o el hambre.

Nos han dicho que no somos los únicos en el puerto, que en Colombia los ríos son las tumbas de los miserables de la guerra. Los viejos nos han dicho que siempre los ríos grandes y pequeños albergan a las víctimas, desde la violencia entre liberales y conservadores de los siglos pasados cuando venían inflados, flotando, con un gallinazo encima.

Al reemplazar el nn en la lápida por el nombre de nuestro esposo o hijo, la energía que viene del cemento es como la que sentimos cuando nos abrazábamos antes de la desaparición. Lo sabemos porque al golpear la pared y empezar las conversaciones secretas, después de las palabras, aquí estamos, no estás solo, nos llega un vientecito tibio como el calor de los cuerpos de nuestros seres inmolados. Los santos asesinados son los mismos en todo el mundo, en todas las guerras y nosotras lo sabemos sin decírnoslo. A algunas de nuestras vecinas les han dicho que se vayan del puerto, que busquen en las ciudades un mejor porvenir para los niños y muchas se han ido sin regreso posible. Entonces regalan o encargan a su muerto, a su Alfredo o Ricardo, a su Alfonso o Benjamín, para que los guíe y cuide en los largos y miedosos tiempos del errabundaje. Así el puerto se ha quedado con muy pocos niños y las adolescentes desaparecen antes de que los padres las saquen de las zonas de candela. Por eso creemos que nuestros muertos, los descendientes sacrificados que nos da el río, reemplazarán a tantas familias que mendigan por Colombia. Mi esposo seguramente ha sido redimido por otra madre desconsolada, más abajo de aquí, porque hemos sabido que lo arrojaron desnudo y dividido, lo acusaban de enlace de los grupos armados. Tendrá otras manos y otra cabeza, pero no dejará de ser el hombre que amaré por siempre, así me lo hayan arrebatado untado con mis lágrimas. Se me ha acabado el agua de mis ojos pero no la rabia. El perdón, el olvido y la reparación, han sido para mí una ofensa. Nadie podrá pagar ni reparar la orfandad en que hemos quedado. Nadie. Ni siquiera el río que nos devuelve las migajas, nos da la comida para vivir y nos entrega los muertos para no perder la esperanza.

Nuestro cementerio no es de desconocidos como pretendieron hacernos creer. Nosotras no pedimos a nuestros muertos números de suerte ni pedazos de tierra para una parcela, pedimos paz para los niños que aún no entran en la guerra a pesar de que a muchos de nuestros sobrinos los han quemado o arrojado al agua. Los niños no llegan a las playas, no son pescados por manos bondadosas.

Dicen que a ellos los rescata un ángel cuando los asesinan. El río los purifica.

Después de tantas noches de cielo hechizado, de tanto llanto contenido, mi hija ha quedado viuda. Por eso está conmigo esta noche en la orilla, rezando para que baje un hombre por quien llorar junto a nosotras. Más arriba hay chorros de linternas. Sabemos que cada uno tiene los muertos que el río buenamente le entrega. No importa que seamos un pueblo de mujeres, de fantasmas, o de cadáveres remendados, no importa que no haya futuro. Nos aferramos a la vida que crece en los niños que no han podido salir del puerto. A nuestras criaturas inocentes las hemos dejado dormidas para salir a pescar a los huérfanos de todo.

Mañana nos preguntarán cómo nos fue y nosotras les diremos que hay una tumba nueva y un nuevo familiar a quien recordar. Bajan canoas y lanchas. No sabemos si estamos dentro de un sueño o nosotras flotamos despedazadas en el agua turbia, en espera de unas manos caritativas que nos hagan el bien de la cristiana sepultura.

Jorge Eliécer Pardo (foto) (Premio Nacional “Cuento Sobre Desaparición Forzada ‘Sin Rastro’”)

Paula y Revista de Libros, cuentos premiados y no

sergio-gomezMás vale tarde que nunca para constar los fallos de los concursos: de la revista Paula, de cuento, y Revista de Libros, de libro de cuentos. El primero lo ganó Mónica del Pilar Drouilly Hurtado, y el segundo Sergio Gómez (foto). Pero hay un problema con Sergio: El Mercurio, que realiza el concurso, decidió declararlo desierto después de difundir la decisión sobre el ganador. Es decir, Sergio Gómez ganó, y perdió.

“Primero te ponen en una portada de la Revista de Libro y te hacen aparecer como el güeón que ganó un premio”, dijo, malhumorado, “y después te lo quitan y quedas tú como el güeón imbécil”. Eso fue lo que sintió. Y añadió: “Esa cuestión me da lata. Porque al salir en el diario quedo como esa señora (Paulina Wendt) que hizo plagio en el concurso de la revista Paula”.

Paulina Wendt es pareja de Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura en el 2000, y su cuento ‘El cazador’, declarado como el ganador del premio Paula 2002, se reveló que era plagio de un relato del escritor argentino Ricardo Piglia. Ella dijo en su defensa: “En mi condición de lectora voraz, hace que me sepa muchos cuentos de memoria, frases completas, que almaceno en alguna parte, y olvido de dónde las obtuve”.

En cuanto a la declaratoria de desierto del concurso Revista de Libros, la decisión la tomó El Mercurio no por plagio, sino porque dos de los cuentos del libro titulado ‘Asesino de pájaros’ (de Sergio Gómez) habían sido publicados hacía muchos años, y en las bases se habla de “cuentos inéditos”. Esta vez creo que El Mercurio tiene la razón.

En letras.s5.com, se puede leer uno de los cuentos impugnados por El Mercurio, titulado ‘Ulises Mardones’. En la reseña se dice que este es “el primer cuento del libro ‘Asesino de pájaros’, de Sergio Gómez, ganador del Premio Revista de Libros 2014”, y que “la obra ganadora (será publicada) en el sello El Mercurio-Aguilar, según lo contemplado en las bases de este concurso literario, que por primera vez se otorga a un conjunto de cuentos”.

Para cerrar con el concurso de la revisa Paula, decir que ganó Mónica del Pilar monica Drouilly HurtadoDrouilly Hurtado (foto) con el cuento ‘Cosmogonía invernal aún en tránsito’. Ediciones UDP (Universidad Diego Portales) publicó el libro Cosmogonía invernal aún en tránsito y otros cuentos, que incluye también los finalistas:Dos niños fantasmas’ de Rodrigo Lara Serrano, ‘Fragmentos de la higiene doméstica’ de Carolina Alejandra Melys Perera, ‘Vinieron veintisiete al concierto’ de Pedro Donoso Aránguiz, ‘La fiebre’ de Víctor Javier Soto Martínez, ‘La decisión’ de Omar Saavedra Santis, ‘Verano’ de José Ignacio Azar Denecken, ‘Hormazábal’ de Macarena Figueroa Nikilitschek, ‘Cuentas’ de Gastón Gabriel Carrasco Aguilar y ‘Cuchillos’ de Francisco Gallegos Celis.

Ojalá veamos a la ganadora o alguno de los finalistas descollando más adelante con su obra; que no sean flor de un día, y en cambio honra y prez de la literatura chilena.

Murió en México el poeta argentino Juan Gelman

Juan GelmanJuan Gelman (foto) nació en Buenos Aires, en el 30, y murió ayer en Ciudad de México. En una oportunidad habló con Susana Viau, largamente. Interesantemente: “El grupo inicial de El Pan Duro éramos Héctor Negro, Hugo Di Taranto, Juan Hierba, que en realidad se llama Nemirosky, que se exilió en España y se quedó, Carlos Somigliana, que después derivó a la dramaturgia, y yo. Había un sexto, del que no acabo de acordarme. Muy poco después se agregaron Juana Bignozzi, Atilio Castelpoggi. Éramos gente de la Juventud Comunista y alrededores, nos reuníamos en cafés y, como nadie nos publicaba, decidimos autopublicarnos. Empezamos a hacer actos, lecturas. A una de ellas, la que hicimos en el viejo teatro La Máscara, asistió Raúl González Tuñón y de algún modo nos apadrinó. El orden de publicación de los libros lo decidíamos entre todos, en votación secreta. A mí me tocó ser el primero con Violín y otras cuestiones. Necesitábamos sello editorial y por intermedio de González Tuñón llegamos al viejo Gleizer, Manuel Gleizer, que era un viejo absolutamente extraordinario. Era de Odessa.

Como su madre…     Sí, mi madre era de un pueblito muy cercano a Odessa. Gleizer tenía en Triunvirato, que entonces era Corrientes, un bolichito donde vendía ropa. Era un lector empedernido y empezó a vender libros también. Ese lugar se convirtió en una peña donde iban pintores, intelectuales. El editó los primeros libros de los desconocidos de entonces: Borges, Marechal, la generación del ’22. Cuando llegamos nosotros, Gleizer ya no editaba más, pero generosamente nos prestó el sello y se ocupó. Fue uno de los primeros editores que tuvo la Argentina, porque antes los libros los editaban las imprentas. Él tuvo esa audacia”.

Juan Gelman ganó el Premio Cervantes en el 2007. De aquel primer libro publicado, Violín y otras cuestiones, en 1956, el siguiente poema:

Oficio     Cuando al entrar el verso me disloco / o no cabe un adverbio y se me quiebra / toda la música, la forma mira / con su monstruoso rostro de abortado, / me duele el aire, sufro el sustantivo, / pienso qué bueno andar bajo los arboles / o ser picapedrero o ser gorrión / y preocuparse por el nido y la / gorriona y los pichones, sí, qué bueno, / quién me manda meterme, endecasílabo, / a cantar, quién me manda / agarrarme el cerebro con las manos, / el corazón con verbos, la camisa / a dos puntas y exprimirme, / quién me manda, te digo, siendo juan, / un juan tan simple con sus pantalones, / sus amigotes, su trabajo y su / condenada costumbre de estar vivo, / quién me manda andar grávido de frases, / calzar sombrero imaginario, ir / a esperar una rima en esa esquina / como un novio puntual y desdichado, / quién me manda pelear con la gramática, / maldecirme de noche, rechinar / fieramente, negarme, renegar, / gemir, llorar, qué bueno está el gorrión / con su gorriona, sus pichones y / su nido, su capricho de ser gris, / o ser picapedrero, óigame amigo, / cambio sueños y música y versos / por una pica, pala y carretilla. / Con una condición: / déjeme un poco / de este maldito gozo de cantar.

q.e.p.d.

Más poemas: A media voz.

‘No’ ganó el Premio Luis Buñuel 2013

luisbunuelLa Revista Arcadia informa que la película chilena ‘No’ acaba de ganar el premio Luis Buñuel a la Mejor Película Iberoamericana, otorgado por la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales (Egeda) y la Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (Fipca), durante el festival internacional de cine de Huesca, España. ‘No’ había ganado el premio de Cine Arte (de la sección Noche de Directores) en el Festival de Cannes 2012. ‘No’ está dirigida por Pablo Larraín y protagonizada por el actor mexicano Gael García Bernal. ‘No’ cuenta la historia del publicista Forch durante “la campaña del ‘No’” en 1988, cuando el dictador Augusto Pinochet hizo un plebiscito para prolongar 8 años su régimen. ‘No’ está inspirada en la obra de teatro El Plebiscito, de Antonio Skármeta. ‘No’ superó en Huesca a otras cuatro nominadas: la paraguaya 7 cajas, la brasileña Febre do rato, la argentina Infancia clandestina y la española Lo imposible. ‘No’ optó por el premio (foto) que consideraba a todas las películas iberoamericanas estrenadas entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2012, y ganó el Premio Luis Buñuel. Trailer: http://www.youtube.com/watch?v=ApJUk_6hN-s#t=33

‘El recado’, Elena Poniatowska, Premio Cervantes

elena-poniatowska1Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…” No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Elena Poniatowska (foto) (Ayer ganó el Premio Cervantes 2013)