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Octavio Paz sobre literatura –en su centenario

octavio paz2La antigua estética se fundaba en la imitación de los modelos de la Antigüedad clásica, la moderna, desde el siglo XVIII para acá, en la búsqueda de una nueva belleza. Pero tal vez estamos al final de este periodo y vivimos en el ocaso de la vanguardia. Sea como sea, en mi caso, la exploración de formas poéticas, de nuevas formas, ha coincidido siempre con el amor y el cultivo de las formas tradicionales, del soneto y el endecasílabo, al poema breve en metros cortos. Pero el cambio y la continuidad no solo se entrelazan en las formas poéticas que he frecuentado sino también en los temas y en la sustancia misma de lo que he escrito.

Mi primer libro, Raíz del hombre, fue, hasta cierto punto, una ruptura con la poesía que se escribía por aquellos días en México. Pero el sentido peculiar de esta ruptura se me escapó a mí mismo. En cambio, no se le escapó a Jorge Cuesta, como se ve en la pequeña nota que dedicó a mi libro. Raíz del hombre es un libro torpe, lleno de repeticiones, ingenuidades, faltas de gusto, un libro que me avergüenza haber escrito. Asimismo es un libro que siento mío, no por lo que dice sino por lo que quiere decir y no llega a decir. El movimiento que impulsa cada línea no es hacia fuera sino hacia dentro. No es una búsqueda de nuevas formas, de la novedad, sino una tentativa fallida, es verdad, por volver a la fuente original primordial.

La palabra sangre aparece en cada poema con una insistencia obsesiva, monótona. Me parecía en esos días de mi adolescencia una suerte de emblema mágico. El abanico de sus significaciones se resolvía en una: la sangre designaba para mí el mundo del origen, el mundo del principio, la vida elemental, la verdadera vida, en suma. Era una verdadera constelación de significados. Venía, por una parte, del novelista inglés D. H. Lawrence, que yo leí mucho en mi primera juventud. Venía también del poeta alemán Novalis para el que la sangre tiene un valor, una significación mística, a la vez corporal y espiritual.

Confluían con esas ideas las visiones del mundo precolombino, especialmente la visión azteca con su creencia en la sangre como una sustancia mágica que ponía en movimiento al cosmos y que era el alimento sagrado de los dioses. Por último, la palabra, y sus oscuras asociaciones, venía de mí, de la parte más honda de mi ser. Pronto abandoné esa palabra como un gastado talismán verbal, pero el subsuelo psíquico en el que, como una verdadera raíz –raíz del hombre–, se hundía, permaneció intacto. Era y es el fondo, el sustento de mi poesía, la sustancia que la alimenta.

(…) En suma, siempre he creído –confieso que hablo de mis creencias y no de mis ideas– que la conciencia poética es la revelación de nuestra condición original, y que esa condición no es solo otra situación, como diría un filósofo moderno, un ser esto o aquello, sino un con estar, un ser con alguien y con algo. Ese algo es lo que llamamos “el mundo” o “el cosmos” o “el universo”: no aquello en que estamos sino aquello con lo que estamos. La poesía, una vez más, nos lanza fuera de nosotros mismos hacia lo desconocido. Es una exploración y una búsqueda de lo nuevo. Al mismo tiempo, es una vuelta, un recordar, un volver a ser, un volver al ser.

(…) Ayer, hoy y mañana se resuelven en una presencia. Durante un instante o un siglo esta experiencia nos hace ver o vislumbrar, en el cambio la identidad y la permanencia en el transcurrir. No me extenderé en esta paradoja porque creo que es realmente indecible, indemostrable. Es un desafío al lenguaje y a la razón. Solo el arte y la poesía, en contadas ocasiones pueden expresarlo, pero todos nosotros, sin excepción, aunque casi siempre hemos olvidado esa experiencia, que generalmente se sitúa en la infancia y en la adolescencia, hemos vivido por un instante esta conjunción de los tiempos.

Y aquí vale la pena subrayar que se trata de una concepción y una experiencia que contradicen la concepción central de la época moderna. Desde hace tres siglos, primero los pueblos de Occidente y ahora el planeta entero creen en la historia como un avance continuo, salvo unos cuantos grupos marginales dispersos aquí y allá (por ejemplo, núcleos de supervivientes de los llamados “primitivos” y grupos de civilizados disidentes decepcionados de los espejismos de las sociedades modernas), la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos adora el futuro.

Para casi todos nosotros no es el pasado sino el futuro el que será mejor. En esto coinciden tirios y troyanos, capitalistas y comunistas. El culto al progreso es la creencia básica del hombre moderno. Esta creencia no sé si llamarla “subreligión” o “superstición” se opone a una de las tendencias centrales del hombre, tal como la revelan la poesía, el amor y la contemplación. Se ha definido al hombre como un animal o un ser que fabrica útiles, Homo faber.

Se le ha definido como un animal racional, como un animal político, o bien, como un producto de la historia cuya conciencia está determinada por las fuerzas sociales de producción. Las definiciones son muchas y casi todas ellas son probablemente ciertas. Ninguna de ellas es además incompatible con la idea del progreso. Pero el hombre, también, es un ser que desea y, porque desea, es un ser que imagina. Su imaginar es el presentir. Es un presentir que es un recordar, que es una exploración de lo desconocido que es, asimismo, una búsqueda del origen. ()

Octavio Paz (foto) (En el centenario de su nacimiento 1914–2014)

Grandes escritores hablan del arte de escribir

libros-escritoresHay dos caminos por los cuales es posible mejorar la manera de escribir: leer y escribir. Leer le permite a uno sentir las pulsiones del autor, de cómo maneja la trama y cómo dice la historia que narra. Y, por supuesto, escribir ayuda mucho a aprender a escribir. Ambas aspectos del mismo hecho literario pueden encontrarse en los talleres literarios. Pero quienes no puedan, por las circunstancias que sean, concurrir a uno de ellos, debe, en primer lugar, conservar la calma, dejar la ansiedad, y ponerse a leer y escribir.

De alguna parte recopilé o me enviaron, no lo recuerdo, las siguientes frases de autores conocidos sobre el acto de escribir. Son, también, reflexiones que ellos se hacen sobre la escritura. Por ejemplo, Rudyard Kipling dice: “Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad”, mientras Gordon R. Dickson anota: “Una historia funciona cuando contiene bombas de tiempo dispuestas a estallar en la próxima página”.

“Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor”, apunta el Nobel de Literatura 1998, José Saramago. Y: “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”, dice Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura en 1982.

Un tercer Nobel, el de 1964, Jean Paul Sastre, anotó: “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”. Y su compañera de toda la vida, Simone de Beauvoir, apuntó: “Escribir es un oficio que se aprende escribiendo”.

Paul Auster, ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006, reveló: “Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad”. A su vez, Joseph Roux proclama con sabiduría: “Hay dos clases de escritores geniales: los que piensan y los que hacen pensar”.

En este ejercicio de lo que piensan quienes han trajinado el camino de la literatura uno nota que, providencialmente, no está solo. Que ideas y sentimientos que uno experimenta mientras construye un pequeño texto, o algo más extenso, no son nuevos; otros ya lo sabían porque antes lo habían experimentado. Y es bueno saberlo. Es de lo que nos habla el mexicano Carlos Fuentes, ganador del premio Rómulo Gallegos en 1977 y del Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, nos comparte: “Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”.

Marguerite Duras, premio Goncourt en 1984 por ‘El amante’, confiesa: “Escribir pese a todo, pese a la desesperación”.

De la originalidad nos recuerda Francois René Chateaubriand: “El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar”. Entre tanto, Jacindo Benavente, Nobel de Literatura en 1922, se muestra mordaz: “Algunos escritores aumentan el número de lectores; otros sólo aumentan el número de libros”.

Otro Nobel, el de 1962, John Steinbeck, enseña: “La profesión de escritor hace que las carreras de caballos parezcan un negocio estable”. Y Virginia Woolf, dice: “La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial”.

El español, miembro de la Real Academia de la Lengua desde 2003, Arturo Pérez-Reverte, admite: “Cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros”.

Voltaire tiene algo incontrovertible que decir: “Todos los estilos literarios son buenos, excepto los de estilo aburrido”.

Con humor, Orson Welles, el genial productor de la versión radial de ‘La guerra de los mundos’, que hizo historia en los Estados Unidos, y creador de películas que son íconos del cine, como ‘Ciudadano Kane’, dice: “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

“Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance”, sentencia el Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway.

“Escribir es la manera más profunda de leer la vida”, considera el español Francisco Umbral, en tanto el argentino Ernesto Sábato, remata: “Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas”.

Huidobro: ‘Calugosa y bobalicona’ poesía de Neruda

vicente huidobroPara 1939 Vicente Huidobro (foto) había publicado ‘La gruta del silencio’, ‘Canciones de la noche’, ‘El espejo de agua’, lanzado su teoría ‘creacionista’, editado el primer número de la revista Creación y publicado textos que formarían parte de ‘Altazor’, su gran obra poética. Para 1939 (46 años, a la sazón) había regresado de Europa donde tuvo relación literaria con Miguel de Unamuno, Edgar Varére, Tristan Tzara, Erik Satie, René Crevel, Georges Auric y Ramón Gómez de la Serna, y viajado a Estados Unidos donde conoció a Gloria Swanson, Charles Chaplin y Douglas Faribanks, en su propósito de realizar la película ‘Cagliostro’, basada en su novela del mismo título, lo que jamás ocurrió. Para esa misma fecha, Pablo Neruda (35 años, a la sazón) ya había publicado ‘Crepusculario’, ’Veinte poemas de amor y una canción desesperada’ y ‘Residencia en la tierra’, y entre ambos se caldeaba un odio sin fin. Odio que pidieron terminara escritores de la talla de Alejo Carpentier, César Vallejo, Tristan Tzara y Juan Larrea, quienes firman una carta con tal propósito que llevaba el membrete de la Association Internationale des Escrivains pour la Défense de la Culture. Odio que al parecer nació en 1935, cuando Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita publican la ‘Antología de poesía chilena’, en la que –según Huidobro– se presentaba con más despliegue a Neruda. Con estos antecedentes, vale remembrar la entrevista del diario La Nación, de mayo de 1939, a Vicente Huidobro, quien no da marcha atrás en su encono contra la poesía ‘calugosa’, ‘bobalicona’ y ‘gelatinosa’ de Neruda.

¿Cuál es su concepto de la poesía?     Pienso que la poesía es la síntesis de todas las potencias creadoras del hombre. La poesía es la suprema construcción del espíritu humano y algo así como el símbolo de todas sus facultades, de todos sus anhelos y de todas sus energías. Sólo por medio de la poesía el hombre resuelve sus desequilibrios, creando un equilibrio mágico o tal vez un mayor desequilibrio. Dar definiciones de la poesía es muy fácil y muy difícil; se pueden dar cientos y todas, en el fondo, son insuficientes. La poesía es revelación, es vida en esencia, es el universo que se pone de pie. En realidad, la poesía nos hace ver todo como nuevo, como recién nacido, porque ella es descubrimiento, iluminación del mundo.

¿Qué significación da usted a las viejas escuelas, la simbolista, el parnasianismo y el modernismo?     Creo que todas las escuelas han sido buenas, porque han significado un proceso de la poesía en diversos caminos, han significado una agudización, un ahondamiento del sentido poético. Pero, naturalmente, lo más importante dentro de cada escuela ha sido el aporte de ciertos grandes poetas que por su propia grandeza salen más allá de sus escuelas, rebasan por todos lados.

¿Qué piensa de la poesía chilena?     Creo que está entrando en un buen camino, por lo menos hay un grupo de nuevos poetas que tratan de superarse y de no dejarse llevar por la facilidad.

¿Pablo Neruda?     ¿Con qué intención me hace usted esta pregunta? ¿Es forzoso bajar de plano y hablar de cosas mediocres? Usted sabe que no me agrada lo calugoso, lo gelatinoso. Yo no tengo alma de sobrina de jefe de estación. Estoy a tantas leguas de todo eso.

¿Cree que esa poesía que usted llama gelatinosa puede hacer escuela en América?     Es posible, pero sólo entre los mediocres. Es una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es, como dice un amigo mío, la poesía especial para todas las tontas de América.

¿Cuáles son los poetas jóvenes que más le agradan?     Desde luego, casi todos los que han colaborado en mi revista Total y algunos otros poquísimos, que no son muy conocidos. Me interesan altamente Teófilo Cid, Braulio Arenas, Enrique Gómez, Adrián Jiménez, Eduardo Anguita, Jorge Cáceres, Carlos de Rokha. Hay otros de los cuales he leído muy poco, y que parecen poseer un evidente talento poético, pero sería aventurado juzgarlos sobre la base de unas cuantas páginas.

¿Qué piensa de la obra de Pablo de Rokha, Gabriela Mistral, Ángel Cruchaga, Max Jara y Pablo Neruda?     De esos que me nombra, el que más me interesa es Pablo de Rokha; Max Jara es un hombre inteligente, le aprecio mucho como amigo, pero en lo que respecta a la poesía no nos hemos podido entender jamás. Nos rechazamos como dos antiimanes, lo que no nos impide ser viejos amigos. Pero se olvida de Winet de Rokha y Rosamel de Valle, que son dos verdaderos poetas, sin dulzainas gelatinosas ni barro verde.

¿Qué piensa de la crítica?     En lo que a mí se refiere, le aseguro que me sonrío de la cólera sorda que me rodea, de las intrigas y las porquerías de todos los ratones literarios. No me inquietan en absoluto. Un amigo me escribía hace poco en una carta: “Después de tu muerte se dirá de ti que fuiste detestado por todos los canallas de tu tiempo… Y esto es un gran honor”. Así lo creo yo también. Es un gran honor.

Fragmento Canto III de ‘Altazor’:

“Todas las lenguas están muertas / muertas en manos del vecino trágico / hay que resucitar las lenguas / con sonoras risas / con vagones de carcajadas / con cortacircuitos en las frases / y cataclismo en la gramática / levántate y anda / estira las piernas anquilosis salta / gimnasia astral para las lenguas entumecidas / levántate y anda / vive vive como un balón de fútbol / estalla en la boca de diamantes motocicleta / en ebriedad de sus luciérnagas / vértigo sí de su liberación / una bella locura en la vida de la palabra / una bella locura en la zona del lenguaje / aventura forrada de desdenes tangibles / aventura de la lengua entre dos náufragos / catástrofe preciosa en los rieles del verso”…

La banda de Pablo Neruda, según González Vera

neruda2En la semblanza de Neruda (foto), mucho antes de que fuera Premio Nobel de Literatura, que obtuvo en 1971, José Santos González Vera dedica un capítulo al poeta, que titula “Neruda y su banda”, el cual comencé a presentar en el post (entrada) anterior. Lo interesante del conocimiento que uno puede adquirir de personalidades cimeras, como la del poeta de Parral, es que va más allá del mote. Así como pudo percibirse en los párrafos sobre Gabriela Mistral a la mujer doméstica, más allá de su insistente persecución lésbica, en estos sobre Pablo Neruda descubre uno al hombre que vive su vida más allá de su endilgada filiación comunista.

Vamos, pues, a lo que vinimos, con González Vera. Habíamos quedado en que “construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”. Entonces continúa el autor de ‘Aprendiz de hombre’:

Veinte poema de amor y una canción desesperada, su obra siguiente, fue leída por mancebos, doncellas, casadas, viudas, engañadas, novias, monjas, románticas, escépticas, solteronas; fue leído en los trenes, en los jardines escolares, en los hoteles, en barcos, en casas y casonas y, sobre todo, en los parques solitarios, que tan extraordinaria vida cobran al atardecer. En vez de sus vulgaridades propias, los jóvenes o los falsos jóvenes dijeron a sus amadas versos de Neruda y todo fue providencial. Elevaron sus corazones a la atmósfera espiritual de la poesía y, al volver a lo cotidiano, encontraron una realidad pródiga.

“Muchachos y muchachas aprendíanse cada poema y los recordaban a cada hora, al amanecer, al mediodía, al caer la noche, doquiera hubiese silencio. Eran versos como llaves: ‘A nadie te pareces desde que yo te amo’”

Se refiere al poema 14. El libro de poemas de Neruda se volvió, pues, un fenómeno inmediato, un best seller diríamos ahora (un superventas), que volaba de mano en mano y sus textos se repetían de boca en boca.

“A sus musas habituales”, anotó Santos González, “debió Neruda mezclar las corpóreas, que no escasearon. Leían sus versos y, en seguida, querían un recuerdo suyo. Una noche en que fui a buscarle a su pieza, mientras caminábamos hacia el corazón de la ciudad, Pablo Neruda se me separaba unos pasos, daba con sus nudillos en el cristal de la ventana y esta se entreabría mágicamente y dejábase oír un susurro. Luego se me reunía. Dos veces en el trayecto se apartó a probar suerte y el milagro se repetía.

“Vino de Temuco para hacerse profesor de francés. Como pudo resistió tres años estudiando, pero la necesidad de acelerar las experiencias que los demás acumulan lentamente, los estímulos reiterados que llegaban a él de mil partes y las voces de su gran destino, alejáronle de la pedagogía.

“Neruda solo oía a los extraños; mas, si paseaba con un amigo, hablaba separando bastante las palabras. Era sensible al humor y hasta se entusiasmaba cuando una reunión se convertía en fiesta. Sin embargo, primaba en él un sentido serio de la vida. Dije que era anarquista o algo semejante. Sus preocupaciones las expresaba en frases breves, un tanto sentenciosas, a la manera del campo. Asombraba al tomar partido violentamente por lo peregrino y lo inusitado”.

Una descripción de su carácter, la percepción que de Neruda se podía tener. Y de sus lecturas y amistades, José Santos González Vera nos dice, en la página 177 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960: “Le gustó, sobremanera, ‘Sachka Yegulev’, de Leonidas Andreiev, que comienza así: “…Cuando sufre el alma de un gran pueblo, toda la vida está perturbada, los espíritus vivos se agitan y los que tienen un noble corazón inmaculado van al sacrificio”. Publicó prosas en ‘Claridad’ firmadas con el nombre del héroe.

“Alguien empezó a denominar a los jóvenes que le acompañaban “la Banda de Neruda”. Al oscurecer veíasele seguido de ocho o más parciales de sombrero alón y capa. Caminaban hacia el río y se metían en el bar Teutonia. Solo ahí se escanciaba el buen vino de Verlaine.

“Uno de sus acompañantes era Tomás Lago, de aspecto fuerte, sonrosado, con aire hostil. A través de los años ha mantenido esa apariencia. De más cerca descúbrense en él delicadeza, desenfado, pudor e inconformismo. Desertó de la universidad por la aventura literaria. Hizo en colaboración con Neruda un libro: “Anillos”. Y después buena prosa narrativa”.

Lom Ediciones editó “Anillos” en 1997, reseñando: “Esta edición de Lom rescata un “diálogo político”, publicado originalmente en 1926, entre dos jóvenes que coinciden ante la profundidad de su propia percepción y el alto vuelo de su palabra”. Lom también puso en circulación, en 1999, el texto “Ojos y oídos” de Tomás Lago, sobre el cual afirma: “Este libro recompone –a través de esas notas– parte de la vida de Neruda, desde lo visto y oído para alguien que deambula como testigo, pero que sobretodo, acompaña desde una profunda amistad al poeta”.

Retomemos ‘Aprendiz de hombre’, donde González Vera añade: “Alberto Rojas Jiménez fue el amigo predilecto de Pablo Neruda. Era muchacho de hermoso rostro, simpático desde el primer momento, muy natural, con un dejo poético y una inquietud que le inducía a cambiar de empleos y lugares. Estuvo de funcionario en el Ministerio de Educación, empleóse en una librería, trabajó en el mineral de El Teniente, buscó avisos, viajó, dejó pasar el tiempo de cualquier manera.

“Con atributos para ser alguien, por despego vivió sin plan, sin deseo persistente de cosa alguna. Como no estuvo sujeto a citas, compromisos o proyectos, hizo de sus horas lo más placentero. Dejó poemas sueltos, cartas y un pequeño libro: “Chilenos en París”, revelador de sensibilidad y don literario.

“Influyó, posiblemente, en la caligrafía de Neruda. Hay semejanza en la letra de uno y otro. Los unió una profunda simpatía, acaso por lo distintos que eran.

“Hacía Rojas Jiménez ciertas cosas como jugando. Entraba a la tienda de un peninsular, que jamás gastó un diez en propaganda, ara solicitarle una página. El español negábase. Rojas Jiménez insistía con su voz melodiosa. El peninsular, ceñudo, expulsábale. Alberto Rojas Jiménez se mantenía inflexible. El tendero echaba mano a la vara. Entonces Rojas Jiménez retrocedía despacio, sonriendo, y le advertía que volvería cuando lo notara tranquilo. Al asomarse nuevamente, el godo se mostraba amenazador. A la semana, Alberto Rojas Jiménez había conseguido desmoralizarlo y obtenía el aviso.

“Murió por la brutalidad de un mesonero al que no pudo pagar su consumo. Este le obligó a dejar su vestón en prenda. Rojas Jiménez salió al aire, avanzada la noche, en lo más crudo del invierno y le atacó una neumonía de la cual murió rápidamente.

“Pablo Neruda le dio lo que él no quiso concederse: el derecho a perdurar. El poema que escribiera en Madrid (‘Alberto Rojas Jiménez viene volando’) es, fuera de los ‘Sonetos a la muerte’ de Gabriela Mistral, la obra más patética de nuestra poesía.

“Rojas Jiménez fue, entre los poetas jóvenes, el introductor del sombrero alón y de la capa. Los demás solo usaban sombrero, tal vez por el subido costo de la capa. Luego se mostró Neruda con su capita de ferroviario, obsequio de su padre. Recuerdo haberle visto caminar con un amigo, en un día invernal. Después de andar buen rato, Neruda se despojó de ella y la puso en los hombros de su acompañante. Quería hacerle sentir su encendido aprecio.

“Pablo Neruda atraía como compañero. Superó a los reyes que tienen corte, porque pueden dar, en que la tuvo solo por el encanto de su personalidad.

“Al interrumpir sus estudios, fue y dejó de ser empleado de la Administración; consiguió un mísero consulado en una posesión holandesa. Viajó por el Oriente, que lo transformó y lo castigó con su húmedo clima. De vuelta traía los originales de “Residencia en la Tierra”, obra que lo aleja de su tono amatorio y romántico, en que las palabras saben a fluidos y son otros sus pensamientos, aunque parezca en estos versos más objetivo. El poeta desatiende un tanto lo que le atañe como individuo y aspira las emanaciones terrestres, capta los elementos, adivina lo oculto, creando un como panteísmo, no sin tormento en la visión, con énfasis insistente en lo germinal, en lo que escapa al ojo físico del hombre.

“Más que la facultad de comprender, tales poema hablan a la sensibilidad; se les siente, como ocurre con el pensamiento musical. Residencia en la tierra ha pesado tremendamente en la poesía joven americana. Raros han sido los jóvenes que no buscaran sus materiales en tan promisoria mina. Con este libro nació el término “nerudiano” que se aplica a sus imitadores. A veces un poeta abre un libro de otro poeta imberbe, lo hojea y exclama: –“¡Es nerudismo puro!”

‘Poetas: nace un poeta’: Pedro Prado, de Neruda

neruda1La otra semblanza del libro ‘Aprendiz de hombre’ de José Santos González Vera se refiere a Pablo Neruda (foto). Cuenta que en Temuco, trabajando él en un pequeño diario a órdenes de Orlando Mason, un día fue a conocer a Pablo Neruda.

“Lo esperé en la puerta del liceo, alrededor de las cinco. Era un muchachito delgadísimo, de color pálido terroso, muy narigón. Sus ojos eran dos puntitos negros. Llevaba bajo su brazo La sociedad moribunda y la anarquía de Juan Grave. A pesar de su feblez, había en su carácter algo firme y decidido. Era más buen silencioso, y su sonrisa, entre dolorosa y cordial.

“Empezamos a pasear por las inmediaciones. Íbamos a Padre Las Casas, pueblecito por donde los indígenas se comunicaban con Temuco. Andando por ahí vi a un mapuche erguido en su caballo y su mujer que le seguía a pie, con un saco a la espalda. Otra visión de un día invernal, en que el camino estaba enfangado, el cielo oculto por oscuras nubes, fue la de una carreta detenida en un charco. Dos indias empujaban las ruedas sin conseguir zafarla del lodo. Dentro de la carreta, un par de mapuches, junto al brasero, conversaban apaciblemente, tal si fueran griegos redivivos.

“Neruda pasó sus primero cinco años con su abuelo, en el lugarejo de Belén, en Parral. Había perdido a su madre a poco de nacer. Su padre lo llevó finalmente a Temuco, en donde era conductor de trenes. Supe que este, a quien solo vi a distancia, era buen conversador y que le gustaba llenar su casa de amigos. Si se hallaba solo, parábase en la puerta e invitaba a alguien a que le acompañara a almorzar.

“Cuando Neruda era pequeño, le daba un libro al revés y lo leía de corrido. Asimismo, sumaba velozmente toda suerte de cantidades sin inquietarle la exactitud. Sus primeros versos debió escribirlos a los doce años. En el hogar de Mason oía música, y si lo dejaban a comer, prefería que el agua se la sirvieran en copas de color. Decía que así la encontraba más rica”.

Esta costumbre del agua en copas de color la mantuvo hasta la muerte. En Isla Negra se pueden ver las últimas enormes que usó. Menos sucinta que la de Gabriela Mistral, medicinal, González Vera continúa sobre Neruda en las páginas 155 y 156 de ‘Aprendiz de hombre’, edición de Empresa Editora Zig-Zag S.A., Santiago de Chile, 1960:

“En el liceo tuvo de profesor de francés a Ernesto Torrealba, más tarde diplomático y cronista elegante, que le recomendaba autores y le prestaba libros. Le facilitó obras de Gorki. Además le advertía: “Si quieres escribir, no sigas castellano, porque no te podrás librar de la pedagogía”.

“Neruda tradujo del inglés un poema y lo mostró a su profesor, que se lo devolvió sin decir palabra. Neruda destruyó la hoja. El maestro, que le observaba de soslayo, le pidió los fragmentos. En un santiamén, Neruda volvió a escribir el poema.

“Al conocerle, ya Neruda había obtenido un premio literario, era presidente de los estudiantes temuquenses e inquietaba al ambiente a su modo, hablando apenas, pero diciendo algo preocupador.

“Solía ir a ver a Gabriela Mistral. En una de sus visitas, no la encontró y estuvo aguardándola más de media hora, sentado frente a la escultora Laura Rodig, con la cual no cambió palabra.

“En sus versos maldecía la lluvia y el barro, y expresaba que Temuco no tenía más gracia que albergarla (una muchacha a la que consagraba sus versos). Sus diferencias con la lluvia, casi cotidiana en la ciudad, eran grandes, porque le dejaban preso en el umbral de la puerta”.

Remata la página 156 y continúa otro poco en la 157: “Al conocer a Neruda, su acento me extrañó. Es el suyo un tono particular, carnoso, en que hay variados matices. Uno se acostumbra a su voz y al releer sus versos se la siente. En cambio, en boca de las recitadoras son deplorables siempre, suena a falsificación.

“Oyendo a los indios, me vino el recuerdo de la entonación nerudiana. Traté de explicarme qué fenómeno determinó esa evocación. Durante minutos no pude precisarlo, mas, de repente, entre las palabras de diversos indígenas, una fue emitida con voz gemela a la de Neruda. En consecuencia, lo posible era que otra palabra, asilada también, y oída por mí al azar, me trajera el recuerdo. Aunque escuché con ahínco, no conseguí  oír nuevamente ese tono peculiar”.

Hago un salto a la página 176 de la misma edición, para seguir el dibujo que de Pablo Neruda hace José Santos González Vera. Es un “capítulo”, titulado “Neruda y su banda”. Pongo capítulo entre comillas, porque el libro está hecho de fragmentos de memoria que, en ocasiones, copan media página, pero de pronto explaya sus observaciones, como en este caso.

El capítulo va de la 176 a la 179. Comienza así: “Pablo Neruda era conocido de unos pocos muchachos. En una velada de universitarios se declaró merecedora del primer premio su “Canción de la fiesta”. Súbitamente quedó más alto que los veintitantos poetas mozos que pululaban en torno de la Federación. Neruda debía decir su ‘canción’ en todo lugar y a toda hora.

Hoy que la tierra madura se cimbra…

“Neruda recibía una mesada pequeñísima, que le obligaba a residir en las más lúgubres pensiones, y a mudarse casi mes a mes, por si en un matiz siquiera la nueva fuese menos detestable que la última.

“’Crepusculario’, su primer libro, hizo decir a Pedro Prado: “Poetas: este no es un libro más. Es el augurio de que un gran poeta está naciendo entre nosotros”. Su nombre comenzó a viajar. Uno de los poemas entró al repertorio de las recitadoras.

“Construyó su seudónimo con el nombre de Paul Verlaine y el apellido de Jan Neruda”.

Detengo aquí la memoria de Santos González sobre el Nobel de Literatura 1971, para no fatigar al lector del blog. Pero, desde luego, la voy a continuar en el próximo post (o entrada), con lo que resta de la ‘banda de Neruda’. Y también porque la referencia que se hace en el capítulo “Neruda y su banda” es ya de adultez, mientras lo arriba compartido corresponde a su juventud.

Me parece que siempre es interesante escuchar voces nuevas (“nuevas” en tanto se ignoran, como ésta, aunque procede de la primera mitad del siglo pasado) con relación a personajes aparentemente fatigados desde todos los flancos.

‘Entre Caín y Abel’ de Enrique Lihn

enrique lihnDesde que mis padres inventaron la muerte y yo el crimen, no ha pasado una eternidad: ha pasado, en poco tiempo, cientos de años. Vivo a empavorecida distancia de las ruinas del paraíso. Este se convirtió, obvio es decirlo, en el lugar que no hay. Pero el espacio mismo que ocupaba existe para mi fascinación y mi desgracia. Vivo en la calle 108 con Broadway Avenue. En uno de estos colectivos untados por el ala del cuervo, mordisqueados por el fuego, rotos, inmundos, ominosos. Sin agua, ascensor ni calefacción. Con tablas o plástico en lugar de vidrios. Escondrijo de ratas, gatos y drogadictos. Las murallas de adentro y de afuera son las páginas de un libro de blasfemias que se escribe y reescribe como un palimpsesto, noche y noche. Pues yo uso el lápiz o el bolígrafo. Sólo escribo cartas que no envío. A ella.

Desde la trivial infidelidad de mi madre a Dios –alharaca de la Biblia (libro que aquí todo el mundo manosea)– con el hombre único –no había otro a su lado y no era de palo–, descreo de todo. Salvo del amor imposible y, lógicamente, del crimen. Roto este hueso, el único objeto que conservo de mi pasado: el célebre hueso maxilar inferior de un asno que me fue devuelto, con la recomendación implícita de emplearlo otra vez, a la salida de la cárcel.

Está sobre mis libros, en la mesita de luz, en el escritorio que recogí de la calle, en una silla de basura, en mi cama de tres patas, en el inodoro. Lo llevo colgado del cinto cuando bajo al drugstore o voy al Olimphia. A mi padre lo tengo grabado entre ceja y ceja, en medio de la frente. Retrato en forma de cicatriz. Cicatriz en forma de coño de su madre.

El viejo murió, según espero, de muerte natural. Un cataclismo para quien nunca parece haberse resignado a no ser inmortal. Me perdí ese misterio, ese espectáculo. Ella me habría impedido disfrutarlo, dócil a la voluntad (ahora rota o nula) del agonizante que me había arrojado a un exilio en segundo grado: no ya del Paraíso sino de sus extramuros. Y al trabajo.

Por ese entonces, para mal de su roña, yo era un becario de la Universidad de Columbia. Aprendía el inglés, me distraía de mi desesperación frecuentando, con una Biblia en el bolsillo, los bares y prostíbulos, si así pueden llamarse a esas sucursales en el village de Sodoma y Gomorra, en las cuales existe un margen de gratuidad, hasta de inocencia.

Pero los años convierten la herejía en una costumbre y la promiscuidad en un pito, en una voladura rastrera y fallida.

La única que ha sobrevivido intacta a la edad, la culpa y la monserga, es Nuestra Señora de la Manzana, mi amada madre, mi amor querido, mi locura, la serpiente, la muerte.

En las fotografías recientes que me envía, más bellas que las de Avedón, no desmerece, en el tiempo, de los retratos que le hizo en distintas épocas Hans Memling.
La eternidad no ha pasado para ella, como si el Esposo Absoluto hubiera condensado la culpa en el tentado, desplazándola de la tentadora. Conmovido distraídamente por ella o limitado en sus juicios por las razones y los estatutos de la serpiente. Por el Código Viperino.

En el reverso de esas postales leo, releo, repito a ciegas: “Ven, mi corazón te llama”. Tu madre que te quiere. O “Esta noche vi llover, vi gente correr y no estabas tú”. Tu madre que te quiere. O “Voy por la vereda tropical, la noche plena de quietud…” etcétera. Tu madre que te quiere.

Puedo sostener que el deseo no necesita de la excitación. Por mi parte podría caer fácilmente, si es que no me encuentro ya en el fondo de ese pozo, en el incesto platónico.
En realidad, no espero nada sexualmente de esa mujer. Lo he encontrado todo o casi todo en ese borde de los nueve círculos del infierno que nos está permitido frecuentar mientras nos creemos vivos.

Quisiera parirla, amamantarla, educarla. Sólo esas serenidades podrían elevarse por encima de los placeres malditos, pero me están vedadas. Porque no soy el Andrógino Perfecto sino un vulgar asesino. Gastado por esos placeres ya no podría, lisa y llanamente, conocerla en el sentido bíblico de la palabra. O eso sólo sería un episodio decepcionante. Porque la emoción que me colma cuando toco, constantemente, los recuerdos, letras, retratos o fotografías de esa joven, es metafísica.
Mi cerebro, entonces, se esponja y la sangre se agolpa en él, dejándome el resto del cuerpo exangüe. A la manera de la savia de una planta que se concentra en el despliegue de una flor concentrada, a su vez, en el acto de no pensar, en el placer monstruoso de abrirse.

Esto es, más o menos, lo que me ocurre. Al filo de esta ocurrencia, la tentación de reunirme con ese fantasma, de materializarlo, salvando así la distancia que me separa de Ella –vive en una isla del Caribe–, es total.

Un razonamiento la acompaña. Si de un incesto platónico se trata, ¿qué agregaría la felicidad de curar mi amor con su presencia y su figura a la desgracia de la separación?
Ultima astucia de la serpiente: “Puedes vivir toda tu vida con tu madre. Es lo que hace un hijo soltero de buen corazón y costumbres sanas”.

Pero yo, Caín González de la Sota, no me muevo de aquí. Aunque atraído por ella como la polilla por la luz, mi ser prefiere a su proximidad un estado de constante desfallecimiento, de evaporación. Ni tan cerca que te quemes. Congelado.

No hice mi master en Nueva York, perdí el doctorado, la Academia. Desistí, por quiebra moral, de los negocios: Importadora de Frutos Tropicales de Caín y Abel and Company. Me fui empobreciendo hasta la miseria, acepté el werfare. Envejezco de una manera ruin. No he publicado nunca un libro. Mis hijos no quieren saber nada de mí.

Se supone que el arrepentimiento y la tentación me han enloquecido. Que mi existencia es un suicidio diferido y consumado a la vez, de día en día.

Es así pero de otra manera. En alguna parte soy una celebridad; he escrito libros que todos leen sin saberlo, impresos en el aire. Me retiene en esta ciudad –la de mi ruina– contra el amor fulminante una elaborada forma de la muerte: el despreciable pero invicto decurso y discurso de la literatura. A la manera de Borges.

Enrique Lihn (foto)

Murió en México el poeta argentino Juan Gelman

Juan GelmanJuan Gelman (foto) nació en Buenos Aires, en el 30, y murió ayer en Ciudad de México. En una oportunidad habló con Susana Viau, largamente. Interesantemente: “El grupo inicial de El Pan Duro éramos Héctor Negro, Hugo Di Taranto, Juan Hierba, que en realidad se llama Nemirosky, que se exilió en España y se quedó, Carlos Somigliana, que después derivó a la dramaturgia, y yo. Había un sexto, del que no acabo de acordarme. Muy poco después se agregaron Juana Bignozzi, Atilio Castelpoggi. Éramos gente de la Juventud Comunista y alrededores, nos reuníamos en cafés y, como nadie nos publicaba, decidimos autopublicarnos. Empezamos a hacer actos, lecturas. A una de ellas, la que hicimos en el viejo teatro La Máscara, asistió Raúl González Tuñón y de algún modo nos apadrinó. El orden de publicación de los libros lo decidíamos entre todos, en votación secreta. A mí me tocó ser el primero con Violín y otras cuestiones. Necesitábamos sello editorial y por intermedio de González Tuñón llegamos al viejo Gleizer, Manuel Gleizer, que era un viejo absolutamente extraordinario. Era de Odessa.

Como su madre…     Sí, mi madre era de un pueblito muy cercano a Odessa. Gleizer tenía en Triunvirato, que entonces era Corrientes, un bolichito donde vendía ropa. Era un lector empedernido y empezó a vender libros también. Ese lugar se convirtió en una peña donde iban pintores, intelectuales. El editó los primeros libros de los desconocidos de entonces: Borges, Marechal, la generación del ’22. Cuando llegamos nosotros, Gleizer ya no editaba más, pero generosamente nos prestó el sello y se ocupó. Fue uno de los primeros editores que tuvo la Argentina, porque antes los libros los editaban las imprentas. Él tuvo esa audacia”.

Juan Gelman ganó el Premio Cervantes en el 2007. De aquel primer libro publicado, Violín y otras cuestiones, en 1956, el siguiente poema:

Oficio     Cuando al entrar el verso me disloco / o no cabe un adverbio y se me quiebra / toda la música, la forma mira / con su monstruoso rostro de abortado, / me duele el aire, sufro el sustantivo, / pienso qué bueno andar bajo los arboles / o ser picapedrero o ser gorrión / y preocuparse por el nido y la / gorriona y los pichones, sí, qué bueno, / quién me manda meterme, endecasílabo, / a cantar, quién me manda / agarrarme el cerebro con las manos, / el corazón con verbos, la camisa / a dos puntas y exprimirme, / quién me manda, te digo, siendo juan, / un juan tan simple con sus pantalones, / sus amigotes, su trabajo y su / condenada costumbre de estar vivo, / quién me manda andar grávido de frases, / calzar sombrero imaginario, ir / a esperar una rima en esa esquina / como un novio puntual y desdichado, / quién me manda pelear con la gramática, / maldecirme de noche, rechinar / fieramente, negarme, renegar, / gemir, llorar, qué bueno está el gorrión / con su gorriona, sus pichones y / su nido, su capricho de ser gris, / o ser picapedrero, óigame amigo, / cambio sueños y música y versos / por una pica, pala y carretilla. / Con una condición: / déjeme un poco / de este maldito gozo de cantar.

q.e.p.d.

Más poemas: A media voz.