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‘Sin nombres, sin rostros ni rastros’ de J.E. Pardo

jorge eliércer pardoComo a mis hermanos los han desaparecido, esta noche espero a las orillas del río a que baje un cadáver para hacerlo mi difunto. A todas en el puerto nos han quitado a alguien, nos han desaparecido a alguien, nos han asesinado a alguien, somos huérfanas, viudas. Por eso, a diario esperamos los muertos que vienen en las aguas turbias, entre las empalizadas, para hacerlos nuestros hermanos, padres, esposos o hijos. Cuando bajan sin cabeza también los adoptamos y les damos ojos azules o esmeralda, cafés o negros, boca grande y cabellos carmelitas. Cuando vienen sin brazos ni piernas, se las damos fuertes y ágiles para que nos ayuden a cultivar y a pescar.

Todos tenemos a nuestros nn en el cementerio, les ofrecemos oraciones y flores silvestres para que nos ayuden a seguir vivos porque los uniformados llegan a romper puertas, a llevarse nuestros jóvenes y a arrojarlos despedazados más abajo para que los de los otros puertos los tomen como sus difuntos, en reemplazo de sus familiares. Miles de descuartizados van por el río y los pescadores los arrastran a la playa para recomponerlos. Nunca damos sepultura a una cabeza sola, la remendamos a un tronco solo, con agujas capoteras y cáñamo, con puntadas pequeñas para que no las noten los que quieren volver a matarlos si los encuentran de nuevo.

Sabemos que los cuerpos buscan sus trozos y que tarde o temprano, en esta vida o la otra, volverán a juntarse y, cuando estén completos, los asesinos tendrán que responder por la víctima. Si la justicia humana no castiga a los verdugos, la otra sí los pondrá en el banquillo de los que jamás volverán a enfrentarse a los ojos suplicantes de los ultimados.

Esta noche hemos salido a las playas a esperar a que bajen otros. Nos han dicho que son los masacrados hace varias semanas, los que sacaron a la plaza principal y aserraron a la vista de todos. Quiero que venga un hombre trabajador y bueno como los pescadores y agricultores de por allá arriba y que yo pueda hacerle los honores que no le dieron cuando lo fusilaron. Mis hermanas tirarán las atarrayas y los chiles para no dejarlos pasar, uno no sabe si el que le toca es el sacrificado que con su muerte acabará la guerra. Aquí todas creemos que nuestros difuntos prestados son los últimos de la guerra, pero en los rezos nos damos cuenta de que es una ilusión.  Cuando traen ojos se los cerramos porque es triste verles esa mirada de terror, como si en sus pupilas vidriosas estuvieran reflejados los asesinos. Nos dan miedo esos hombres armados que quedan en el fondo de los ojos de los muertos, parecen dispuestos a matarnos también. Muchos párpados ya no se dejan cerrar y, dicen en el puerto, que es para que no olvidemos a los sanguinarios. Los enterramos así, con el sello del dolor y la impunidad mirando ahora la oscuridad de las bóvedas.

Algunos están comidos por los peces y los ojos desaparecidos no dan señales del color de  sus miradas. A muchos de los que nos regala el río y no tienen cara, nosotras les ponemos las de nuestros familiares desaparecidos o perdidos en los asfaltos de las ciudades. Pegamos las fotografías en los vidrios de los ataúdes para despedirlos con caricias en las mejillas. Fotos de cuando eran niños, con sus caras inocentes. Las novias hacen promesas, las esposas les cuentan sus dolores y necesidades y las madres les prometen reunirse pronto donde seguramente Dios los tiene descansando de tanta sangre. Las solteras les piden que les traigan salud, dinero y amor. Y cuando las palomas anidan en las tumbas es el anuncio de que deben emigrar para otra parte de Colombia o para Venezuela, España o los Estados Unidos.

Los primeros meses poníamos en sus lápidas las tristes letras de nn y debajo un número para que todos supieran que era un muerto con dueño, o mejor un desparecido reencontrado. Cuando nadie viene por ellos y las autoridades también los dejan a la buena de Dios, los dueños de los cadáveres los rebautizan con los nombres de sus muertos queridos. Es como un nacimiento al revés: parido entre el agua del río y lavado después en la arena. Les llevamos flores, les encendemos veladoras y les regalamos rosarios completos y unos cuantos responsos. Todas sabemos que en cada rescatado hay un santo.

Los lunes nos reunimos en un rezo colectivo porque ya todas tenemos muertos  y sabemos que están muy solos y que todavía sienten la angustia de haber sido degollados, descuartizados o ejecutados con desmayo en la humillación. El dolor produce una mueca que nos hace respetar más al sacrificado.

A los aterrorizados les tenemos más amor y consideración porque uno nunca sabe cómo es ese momento de la tortura lenta y cómo enfrentaron las motosierras, las metralletas, los cilindros bomba.

Cuando oímos los llantos colectivos de las viudas errantes buscando a sus muertos, en peregrinación por las riveras, como nuevos fantasmas detrás de sus maridos, les damos los rasgos corporales y les entregamos los cadáveres recuperados. Lloramos con devoción y esa misma noche se los llevan envueltos en costales de fique, en sábanas viejas, en barbacoas o en los cajones simples que nosotras hemos alistado para los difuntos santificados.

Romerías con linternas apuntando el infinito con estrellas como pidiendo orientación al cielo para no perderse en los manglares, tras la huella invisible del río. Lloran como nosotras la rabia de la impotencia. Cuando no encuentran al que buscan nos dejan su foto arrugada porque ya no importa tanto la justicia de los hombres sino la cristiana sepultura de los despojos.

Nos hemos contentado con recibir y adoptar pedazos porque tener uno entero es tan difícil como el regreso de nuestros muchachos reclutados para la muerte. Ellos no volverán, mucho menos las noticias porque la guerra se los come o los ahoga. Cuando no se los traga la manigua, los matan las enfermedades de la montaña o el hambre.

Nos han dicho que no somos los únicos en el puerto, que en Colombia los ríos son las tumbas de los miserables de la guerra. Los viejos nos han dicho que siempre los ríos grandes y pequeños albergan a las víctimas, desde la violencia entre liberales y conservadores de los siglos pasados cuando venían inflados, flotando, con un gallinazo encima.

Al reemplazar el nn en la lápida por el nombre de nuestro esposo o hijo, la energía que viene del cemento es como la que sentimos cuando nos abrazábamos antes de la desaparición. Lo sabemos porque al golpear la pared y empezar las conversaciones secretas, después de las palabras, aquí estamos, no estás solo, nos llega un vientecito tibio como el calor de los cuerpos de nuestros seres inmolados. Los santos asesinados son los mismos en todo el mundo, en todas las guerras y nosotras lo sabemos sin decírnoslo. A algunas de nuestras vecinas les han dicho que se vayan del puerto, que busquen en las ciudades un mejor porvenir para los niños y muchas se han ido sin regreso posible. Entonces regalan o encargan a su muerto, a su Alfredo o Ricardo, a su Alfonso o Benjamín, para que los guíe y cuide en los largos y miedosos tiempos del errabundaje. Así el puerto se ha quedado con muy pocos niños y las adolescentes desaparecen antes de que los padres las saquen de las zonas de candela. Por eso creemos que nuestros muertos, los descendientes sacrificados que nos da el río, reemplazarán a tantas familias que mendigan por Colombia. Mi esposo seguramente ha sido redimido por otra madre desconsolada, más abajo de aquí, porque hemos sabido que lo arrojaron desnudo y dividido, lo acusaban de enlace de los grupos armados. Tendrá otras manos y otra cabeza, pero no dejará de ser el hombre que amaré por siempre, así me lo hayan arrebatado untado con mis lágrimas. Se me ha acabado el agua de mis ojos pero no la rabia. El perdón, el olvido y la reparación, han sido para mí una ofensa. Nadie podrá pagar ni reparar la orfandad en que hemos quedado. Nadie. Ni siquiera el río que nos devuelve las migajas, nos da la comida para vivir y nos entrega los muertos para no perder la esperanza.

Nuestro cementerio no es de desconocidos como pretendieron hacernos creer. Nosotras no pedimos a nuestros muertos números de suerte ni pedazos de tierra para una parcela, pedimos paz para los niños que aún no entran en la guerra a pesar de que a muchos de nuestros sobrinos los han quemado o arrojado al agua. Los niños no llegan a las playas, no son pescados por manos bondadosas.

Dicen que a ellos los rescata un ángel cuando los asesinan. El río los purifica.

Después de tantas noches de cielo hechizado, de tanto llanto contenido, mi hija ha quedado viuda. Por eso está conmigo esta noche en la orilla, rezando para que baje un hombre por quien llorar junto a nosotras. Más arriba hay chorros de linternas. Sabemos que cada uno tiene los muertos que el río buenamente le entrega. No importa que seamos un pueblo de mujeres, de fantasmas, o de cadáveres remendados, no importa que no haya futuro. Nos aferramos a la vida que crece en los niños que no han podido salir del puerto. A nuestras criaturas inocentes las hemos dejado dormidas para salir a pescar a los huérfanos de todo.

Mañana nos preguntarán cómo nos fue y nosotras les diremos que hay una tumba nueva y un nuevo familiar a quien recordar. Bajan canoas y lanchas. No sabemos si estamos dentro de un sueño o nosotras flotamos despedazadas en el agua turbia, en espera de unas manos caritativas que nos hagan el bien de la cristiana sepultura.

Jorge Eliécer Pardo (foto) (Premio Nacional “Cuento Sobre Desaparición Forzada ‘Sin Rastro’”)

‘Consecuencias’ de Rosalba Campra

rosalba campraTodos los emperadores son crueles y, en consecuencia, olvidadizos. Éste también lo era. En su descuido, a veces olvidaba que la humillación tal o la tortura cual ya la había practicado en esa misma persona. Esposas, concubinas, eunucos, cocineros, ministros, sin distinción.

Ahora bien, si la crueldad de un emperador es algo que está en el orden normal de los imperios, la reiteración desatinada también tiene su normal consecuencia: dieciséis entre esposas, concubinas y criadas, deciden asesinarlo.

Qué cuidadosamente planeado está cada gesto. Nadie podrá asombrarse de que a esa hora de la noche las bellas, muy atentas, vayan rodeando al emperador que descansa en su lecho. Tú lo entretendrás con tus canciones. Tú le servirás el té. A tu cargo estarán los mimos atrevidos. En fin: quien le sujetará los brazos, quien le apretará un cojín sobre la cara, quien le pasará al cuello el grueso cordón de seda con un nudo corredizo.

Lástima que, entre las dieciséis, la encargada del nudo justiciero no haya sido capaz de interpretarlo con la pericia que se da por sentada no sólo en un ínfimo verdugo, sino en todas las mujeres, ya que más tarde o más temprano les tocará ahorcarse. Lo que le salió fue un Nudo-de-aventura, de esos tan seguros que no hay manera ni de deshacerlos ni de ceñirlos.

A pesar de los tironeos, puntapiés, arañazos, puñaladas y almohadones, los gritos del emperador arreciaban. Los guardias, que se estaban demorando esperanzados en el éxito de la noble fechoría, no tuvieron más remedio que intervenir.

En el forcejeo, de todos modos, el emperador perdió un ojo, y como aparte de cruel era extremadamente vanidoso, nunca más pudo volver a presentarse en público.

A la que no había sabido hacer el nudo de horca le puso un maestro. Así fue como ella aprendió el Nudo-simple-con-engaño, el Apercibimiento-del-huidizo, el Doble-de-amor, el Fiel-en-el-tiempo. Todos los nudos: de uso, ornamentales y rituales. Cuando superó el último examen, ella misma fue la encargada de preparar las sogas con que se colgaron de las vigas sus quince cómplices. Ella, en cambio, después que las descolgó una por una con sus propias manos, quedó libre.

Algunos dicen que tal actitud demuestra la escondida clemencia de ánimo del emperador. Otros, que se trató de agradecimiento por esa torpeza que le salvó la vida. Otros, quizá más certeramente, lo consideran un ejemplo exquisito de su crueldad. Qué mayor castigo, en efecto, que el peso de la culpa, que el recuerdo sin mengua de las quince compañeras muertas a causa de una ineficiencia frívola.

Día tras día, inmóvil, sentada en el último pabellón, ella miraba el muro más allá del estanque. No volvió a hablar con nadie.

Una tarde, cuando fueron a buscarla para encerrarla en el sótano como todas las veces a esa hora, había desaparecido. El emperador no se molestó en dragar el estanque.

−Lo que ha hecho es la natural consecuencia de su rebeldía −comentó, y dado que aspiraba a la fama de poeta, improvisó estos versos, que consideró los más adecuados para la ocasión entre los que le preparaban sus escribas:

Buena obra es / la del arrepentimiento / cuando la humilde carpa / encuentra su provecho.

Los cortesanos festejaron concienzudamente. Ella, lo que había hecho cuando nadie la vigilaba, era fijar una soga con un Nudo-de-contrabandista en la tapia que cerraba el jardín y escalarla, escapar razonablemente lejos e instalarse, bajo otro nombre, en otra corte, donde vivió largos años, y con holgura, del arte que había aprendido.

Rosalba Campra (foto)

8 consejos de Neil Gaiman para escribir

Neil-GaimanCuando uno empieza a escribir tropieza con problemas que van de lo gramatical a lo conceptual. Quisiera uno saber cómo los resuelven los grandes escritores. Muchos mueren sin haberse referido jamás a sus problemas, y otros, más recientemente, ensayan decálogos, que buscan transmitir sus experiencias. Los más conocidos eran en otro tiempo los de Horacio Quiroga y Jorge Luis Borges. Pero hoy abundan. Lo que noto, personalmente, es que las recomendaciones van cambiando de lo gramatical a lo conceptual. Casi que algunos abocan su decálogo como una convicción de vida. En todo caso, escribir es un acto de… carpintería. Hay que pulir la madera, tener paciencia, sacar los bocados que no sirven a nuestro propósito, disfrutar el oficio, hacer la pequeñísima muesca, nivelar los ángulos, etcétera, para que al final, quien vea el mueble no pueda más que admirarlo. Pero es en ese proceso, que exige disciplina, donde está el secreto. El escritor británico Neil Gaiman (foto), revela el suyo con los siguientes ocho consejos:

1. Escribe.

2. Pon una palabra después de otra. Encuentra la palabra correcta, colócala.

3. Termina lo que estás escribiendo. No importa qué debas hacer para terminarlo, termínalo.

4. Déjalo a un lado. Léelo pretendiendo que nunca lo has leído antes. Muéstralo a amigos cuya opinión respetes y a los que les guste el tipo de cosa que esto es.

5. Recuerda: cuando la gente te diga que algo está mal o que no funciona para ellos, casi siempre están en lo correcto. Cuando te digan exactamente lo que piensan que está mal y cómo arreglarlo, casi siempre están en un error.

6. Arréglalo. Recuerda que, antes o después, antes de que alcance la perfección, tendrás que dejarlo ir y pasar a lo siguiente y comenzar a escribir la próxima cosa. La perfección es como perseguir el horizonte. Sigue moviéndote.

7. Ríete de tus propias bromas.

8. La regla principal de la escritura es que, si lo haces con suficiente seguridad y confianza, te está permitido hacer lo que tú quieras. (Esta podría ser una regla para la vida además de serlo para la escritura. Pero definitivamente es cierta para la escritura.) Así que escribe tu historia como necesite ser escrita. Escribe honestamente y cuéntala lo mejor que puedas. No estoy seguro de que existan otras reglas. Al menos no otras que importen.

‘Decálogo’ literario de Juan Carlos Onetti

Juan Carlos OnettiHay decenas, tal vez cientos de fórmulas, o mejor digamos recomendaciones, sugerencias, sobre el arte de la escritura literaria. Se derivan de la experiencia de los escritores que quieren compartirla, a manera de incentivo, con otras personas especialmente las iniciadas. Los más breves consejos los dio Óscar Wilde: uno, escribe cuando tengas algo que decir, y dos, escríbelo.

Resulta iluminador, sin embargo, un mayor detalle sobre la manera de acometer el arte literario. La manera como ese otro la acometió. Y lo hizo con éxito. He aquí el que algunos llaman “decálogo” de Juan Carlos Onetti (foto), aunque el listado tenga once puntos. Decir “decálogo” no es un asunto numérico, sino más bien conceptual.

1) No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

2) No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

3) No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

4) No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

5) No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

6) No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

7) No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

8) No olviden la frase, justamente famosa: dos más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

9) No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

10) Mientan siempre.

11) No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer”.

12 consejos de Ray Bradbury al reciente escritor

Ray_Bradbury_Esto que sigue es el extracto que Colin Marshall (de Open Culture) hizo de una charla que el muy conocido autor de ciencia ficción estadounidense Ray Bradbury (foto, q.e.p.d.) dio en Point Loma Nazarene University sobre su experiencia de escritor. Marshall consideró adecuado presentarlo como “12 consejos” para quienes tengan el impulso de escribir:

1) No empieces escribiendo novelas. Toman mucho tiempo. Empieza escribiendo “una cantidad endemoniada de cuentos”. Al menos, uno por semana. Toma un año para hacerlo. (Bradbury asegura que, simplemente, no es posible escribir 52 malas historias al hilo. Él esperó hasta los 30, para escribir su primera novela, Fahrenheit 451.)

2) Ama a tus escritores favoritos, pero no intentes remplazarlos. Ten esto en mente cuando, inevitablemente, intentes, consciente o inconscientemente, imitar a tus escritores favoritos, justo como él imitó a H.G. Wells, Jules Verne, Arthur Conan Doyle y L. Frank Baum.

3) Examina la “calidad” de los cuentos. Ray Bradbury sugiere a Roald Dahl, Guy de Maupassant, y los menos conocidos Nigel Kneale y John Collier. Nada en el New Yorker de hoy le llenaba el ojo, pues encontraba que esas historias “no tenían metáfora”.

4) Ocupa tu mente. Para acumular los bloques intelectuales de estas metáforas, Bradbury sugería una serie de lecturas nocturnas: un cuento, un poema (pero Pope, Shakespeare y Frost, no la “basura” moderna) y un ensayo. Los ensayos pueden ser de una diversidad de campos, incluyendo arqueología, zoología, biología, filosofía, política y literatura. “Al final de mil noches, ¡Dios!, ¡Estarás lleno de cosas!”

5) Deshazte de los amigos que no creen en ti. ¿Se burlan de tus ambiciones de escritor? La sugerencia es que los despidas sin retraso.

6) Vive en la biblioteca. No vivas en tu “maldita computadora”. Bradbury no fue a la universidad, pero sus insaciables hábitos de lectura le permitieron “graduarse de la biblioteca” a los 28.

7) Enamórate del cine. Preferiblemente del viejo.

8) Escribe con alegría. “Escribir no es un negocio serio”. Si una historia comienza a sentirse como un trabajo, deséchala y comienza una nueva. “Quiero que envidien mi alegría”. (JSA: con alegría no significa “cosas chistosas”, sino que el acto de escribir gratifique, no sea una carga pesada, un castigo, una maldición.)

9) No planees ganar dinero. La esposa de Bradbury “hizo un voto de pobreza” para casarse con él. Solo hasta los 37 pudieron comprarse un auto.

10) Enlista 10 cosas que amas y 10 cosas que odias. Luego escribe sobre las primeras y “mata” las segundas –también escribiendo sobre ellas–. Haz lo mismo con tus miedos.

11) Escribe cualquier cosa veja que surja en tu mente. Bradbury recomienda “asociación de palabras” para romper cualquier bloqueo creativo, pues “no sabes lo que hay en ti hasta que lo pruebas”.

12) Quizás consigas un lector. Recuerda, cuando escribes lo que estas buscando es que una sola persona llegue y te diga: “Te amo por lo que haces”. O, en su defecto, buscas a alguien que llegue y diga: “No estás tan loco como la gente dice”.

Tanya Tynjälä sobre poética de la narrativa

Tanya TynjäläFrancisco Garzón Céspedes pregunta: –Si tuviera que indicar siete puntos indispensables a los que debe responder como arte literario una obra narrativa, ¿cuáles señalaría? ¿Señalaría unos para el cuento y otros para la novela? –Si tuviera que formular un reclamo para argumentar la necesidad de la narrativa en la vida humana, de la literatura que asume como género el cuento o la novela, ¿qué sería lo esencial que expresaría?

Tanya Tynjälä (foto): Para que haya narrativa, debe haber prosa y debe contar “algo”, real o imaginario. Y eso sí, el hecho de que sea en prosa no significa que el texto no debe tener una dimensión poética, porque en ese caso no entraría en el “arte”.

Si bien no me gustan las definiciones, en cuanto a la “poesía” dentro de la prosa, me gusta mucho la de Jakobson, quién habla de “poeticidad” para explicar el uso de la función poética del lenguaje en cualquier género literario.

La poeticidad no está pues limitada a la poesía y es el elemento primordial que define si un escrito es literario o no.

Eso es algo que mucha gente que escribe “coloquial”, no parece entender. Para que sea literatura no se puede escribir realmente coloquial, debe dar la impresión de coloquialidad SIN dejar de ser un texto literario, en eso la noción de poeticidad resulta útil.

Un texto coloquial puede poseer poeticidad sin perder nada de su coloquialidad. Esta dificultad para definir lo que es “narrativa como literatura” para mí, desaparece al definir el cuento o la novela.

Hay cosas en común en ambos: debe narrar un evento, debe tener un claro principio, un nudo y un final, que puede ser abierto o no. La diferencia está en que en el cuento esos elementos están limitados en el espacio/tiempo, representados por el papel.

En el cuento debemos contar lo que queremos de manera breve, y quizá algunos elementos puedan estar sobre entendidos, explicamos menos, vamos al grano.

La novela nos permite desarrollar más no solo el tema, sino incluir sub temas y personajes secundarios. Por eso mismo, a pesar de sus similitudes, no se construyen de la misma manera.

(…)

‘Clase’ de Charles Bukowski

Charles BukowskiNo estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tipo. Había periodistas, críticos, escritores –bueno, toda esa tribu– y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

–¿Señor Hemingway?

–¿Sí, qué pasa?

–Me gustaría cruzar los guantes con usted.

–¿Tienes alguna experiencia en boxeo?

–No.

–Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.

–Mire, estoy aquí para romperle el culo.

Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tipo que estaba en el rincón:

–Ponle al chico unos calzones y unos guantes.

El tipo saltó fuera del ring y yo lo seguí hasta los vestuarios.

–¿Estás loco, chico? –me preguntó.

–No sé. Creo que no.

–Toma. Pruébate estos calzones.

–Bueno.

–Oh, oh… Son demasiado grandes.

–A la mierda. Están bien.

–Bueno, deja que te vende las manos.

–Nada de vendas.

–¿Nada de vendas?

–Nada de vendas.

–¿Y qué tal un protector para la boca?

–Nada de protectores.

–¿Y vas a pelear en zapatos?

–Voy a pelear en zapatos.

Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.

No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

–Ahora, cuando caigas a la lona –me dijo el árbitro– yo…

–No me voy a caer –le dije al árbitro.

Siguieron otras instrucciones.

–Muy bien, vuelvan a sus rincones; y cuando suene la campana, salgan a pelear. Que gane el mejor. Y –se dirigió hacia mí– será mejor que te quites ese puro de la boca.

Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.

Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla; me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.

Un tipo vino con una toalla.

–El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.

–Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.

El tipo con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.

Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.

¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.

Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.

Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tipo.

–¿Quién eres? –me preguntó–. ¿Cómo te llamas?

–Henry Chinaski.

–Nunca he oído hablar de ti –dijo.

–Ya oirás.

Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo –bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas–. Y clase, verdaderos rayos de clase.

–¿Qué sueles hacer? –preguntó alguien.

–Follar y beber.

–No, no –quiero decir en qué trabajas.

–Soy friegaplatos.

–¿Friegaplatos?

–Sí.

–¿Tienes alguna afición?

–Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.

–¿Escribes?

–Sí.

–¿El qué?

–Relatos cortos. Son bastante buenos.

–¿Has publicado algo?

–No.

–¿Por qué?

–No lo he intentado.

–¿Dónde están tus historias?

–Allá arriba –señalé una vieja maleta de cartón.

–Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.

–Por mí de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.

La estrella de clase y alta sociedad se acercó:

–Él estará conmigo.

Luego me dijo:

–Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.

Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

–¿Qué coño pasó?

–Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway –le dijo alguien.

Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

–Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.

–Estreché su mano –no te vueles los sesos.

Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.

El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.

–George –le dijo–. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.

Entramos y había un tipo enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.

–Tommy –dijo ella– desaparece.

Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

–¿Quién era ese grandulón?

–Thomas Wolfe –dijo ella–. Un coñazo.

Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.

Entonces dijo:

–Vamos.

La seguí hasta el dormitorio.

A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

–¿Señor Chinaski?

–¿Sí?

–Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!

–¿Sólo de la década?

–Bueno, tal vez del siglo.

–Eso está mejor.

–Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.

–Me lo creo –dije.

El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

Charles Bukowski (foto)