Archivo de la etiqueta: Novelas

Jordi Sierra i Fabra no hace más que escribir

Jordi Sierra i FabraCuando leí el texto de Laura Fernández en el diario español El Mundo, el nombre de Jordi Sierra i Fabra (foto) me resultó conocido. Después pensé en un joven de pelo ensortijado de la península ibérica. No sé por qué. Y leí que sus novelas (o libros, mejor decir) han tenido, hasta ahora, 1.559 ediciones. ¿Cómo? Pero es que, además, ha escrito 400 libros. ¿Qué? Sí. Cierto. En una cuenta burda, cada uno de sus libros ha tenido 4 ediciones. Y ha vendido 10 millones de ejemplares de esos libros. ¡Vaya! Pero Jordi Sierra i Fabra es, como dijo Laura, el más desconocido de los escritores conocidos. Cuenta ella que “hace 12 años el Ministerio de Cultura (de España) elaboró una lista de los escritores más leídos en colegios y él se encontraba en el número 8, por detrás de Gabriel García Márquez y por delante de Camilo José Cela. El resto eran clásicos muertos”. No deja de asombrar ¿verdad? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo tan prolífico? Bueno, porque trabaja mucho. El propio Jordi revela su método: “De cada 100 ideas, 20 toman tierra, cinco llegan a crecer y sólo una se convierte en una novela”. Y explica: “Lo importante es saber lo que pasa en cada momento. Una vez lo tienes, sólo debes sentarte a escribir”. Dice Jordi que puede sentarse a escribir hasta 25 horas al día. Le creo. A veces uno tiene esas compulsiones, y otros la han tenido. Se dice que Philip K. Dick escribía días enteros, dos, tres, cuatro, y hacía 500 páginas en esa sentada. Después caía exhausto y dormía dos días más. Eso cuentan del viejo K. Dick. Pero no es el caso de Sierra i Fabra, quien dice: “A todo el mundo le extraña que escriba tanto, pero es que no hago otra cosa. Escribo de lunes a domingo, de 11 a tres y de cuatro a ocho y media”. Dice Laura que “escribe de junio a septiembre, en su segunda casa, en Vallirana, en mitad de la montaña. ¿El resto del año? Redacta lo que él llama “guiones” que no son otra cosa que los esqueletos de las novelas en cuestión. Los redacta, casi siempre, en aviones, porque, dice, coge 70 aviones al año”, y recuerda Laura que Jordi dice: “De las tres veces que he estado a punto de morir, dos han sido en aviones. En una, caímos al mar, en China”. Jordi también habla de “sus 30.000 vinilos y de sus inicios como crítico musical. También del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil que ganó en 2007 por ‘Kafka y la muñeca viajera’, obra de la que, por cierto, se está haciendo una adaptación al ballet en Francia”, dice Laura. Y Jordi dice: “Siempre pasan cosas así, mis novelas se adaptan todo el tiempo, en todas partes”. Jordi tiene una web: www.sierraifabra.com, “en la que incluso hay un ranking de sus novelas por ediciones. En la cima se sitúa ‘Campos de fresas’, con 75 ediciones en siete años”. Ahora recuerdo que sí tengo un libro de Jordi Sierra i Fabra, titulado ‘John Lenon’, que comienza así: “Las navidades de 1939 no fueron unas navidades felices. Tampoco serían las últimas. (…) Durante aquellas navidades, un hombre llamado Alfred y una mujer llamada Julia engendraron a su primer y único hijo. Probablemente fueron los últimos días de su efímera felicidad. (…) Cuando Aldred Lennon salió de ese orfanato, inició una existencia diletante que le llevó de un lado a otro sin rumbo fijo. Con 26 años se enamoró de Julia Stanley en Liverpool y se casó con ella. Es difícil decir hasta qué punto la guerra alteró sus vidas. En el invierno de 1940 Julia Stanley supo que estaba embarazada”. (…) Y termina, antes de una extensa cronología de 86 páginas, día por día, con este párrafo: “A las 11 de la noche del 8 de diciembre de 1980, las cuatro de la madrugada en Europa, un demente llamado Mark David Chapman, que unas horas antes había pedido un autógrafo a John (siendo fotografiado por un fotógrafo aficionado, Paul Goresh), le disparó siete balazos. Ahí acabó todo”. El prolífico Jordi Sierra i Fabra…

Post Scriptum: (6 de abril 2014) Como cualquier otro lector, el autor del que hablo en el artículo, Jordi Sierra i Fabra, me escribe la siguiente nota a mi correo, y como comentario en este blog: “El artículo de El Mundo contiene muchos errores (hablo muy rápido y es posible que a veces no se me entienda).

He estado a punto de morir 6 veces, no tres, y de las 6, tres han sido en avión, pero no me caí al mar, fue en un vuelo Lhasa (Tibet-Chengdú, China).

No vivo con mi madre: mi madre anciana vive conmigo y mi mujer.

Las 1559 ediciones se refiere solo a mis 100 libros más vendidos, no al total de 400.

La sexta novela de Miquel Mascarell ya está escrita, siempre un año antes de que se edite.

“Campos de fresas” se editó hace 17 años, no 7.

etc.

Jordi Sierra i Fabra”

Y yo le respondí, en ‘comentarios’: “Apreciado maestro Jordi: un honor tenerlo en este blog. Gracias por sus precisiones, pues la importancia que tienen es que son hechas por el propio autor, pues pareciendo menores no lo son, como que el artículo original dice que “vive con su madre” y usted nos aclara que es su señora madre la que vive con usted y su esposa, porque está anciana. Gracias por leer este pequeño blog que quiso hacer honor a uno de los escritores más prolíficos, más leídos y, como dice el título del artículo original, menos conocido. Saludo maestro”.

Óscar Bustamante, robusto escritor

oscar bustamanteGanó dos veces el premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura: en 1995 con la novela ‘Explicación de todos mis tropiezos’, considerada su mejor obra, y en 2002 con ‘Una mujer convencional’. En el 2009 ganó el premio Academia Chilena de la Lengua con ‘El jugador de rugby’. Pero de la que hablo aquí es ‘Asesinato en la cancha de afuera’, la primera que escribió y de la que tengo la primera edición de 1991, de los editores Víctor Cornejo y Cristian Cottet, con ilustración de la tapa del libro de Alejandro Albornoz, que debí haber leído entonces y solo lo hago ahora.

Comienza: “Estaba oscuro… Hacía rato que la luz veía fallando, iba y venía, de a tantos, y cuando sucedió el hecho toca que estaba oscuro y yo para peor andaba medio retirado… ¿Borracho?, no fijesé, no tanto, nadie estaba muy borracho, no sé, será que escasea el dinero, falto de billete, como le decía, pero las chiquillas insistieron y yo, que había estado toda la tarde mirando hacia la cancha, observando los preparativos y con el ánimo de quedarme acá arriba escuchando la radio, cedí a las palabras de convencimiento de la tía Graciela y las chiquillas”.

Quien habla es Jaime, y luego lo hacen, en este orden, Adolfo, Belisario, Graciela, Aguilera, don Octavio, el cura Aurelio, Luis, Ciro y Mariana. Digo bien: hablan. No son ‘monólogos interiores’, sino verbalizaciones de los testigos o relacionados con el asesinato en la cancha de afuera. Cada cual con voz característica: la del cura, el patrón o la citadina. Y la del acusado, Luis.

Al principiar la lectura me vino una reminiscencia de Juan Rulfo. Ese es el tono, solo que, como anoté, los personajes no piensan, sino que hablan, y en este sentido interactúan con alguien más. También pensé cómo es que su nombre, Óscar Bustamante (foto), no está más en boga, a cambio de otros con obras menores.

Exploró el alma del ser común, el campesino y el pequeñoburgués, lo lugareño y las reminiscencias del mundo, haciendo del idioma elemental una herramienta suficiente para adentrarse en el alma de los personajes; personajes que podemos ser tú o yo, llenos de flaquezas y heroicidad, contradictorios y sublimes.

Creo que con ‘Asesinato en la cancha de afuera’ se gesta el tono de la que es considerada su mejor obra: ‘Explicación de todos mis tropiezos’, de la que podemos escuchar esta entrada: “No sé cómo empezar esta carta, primo. Es sumamente embarazoso solicitarte que vengas a rescatarme de este antro maloliente, aunque rescatar no es del todo la palabra adecuada, porque yo podría retirarme de esta pocilga sin que tú tengas que venir a mediar. Bastaría con un documento que lleve mi firma para que en condiciones normales yo abandone este lugar como corresponde a un caballero, pero desgraciadamente estoy sometido a la humillación de una notificación de carabineros por lo que esta madame estima que le adeudo… Es una barbaridad, por eso estas líneas destilan desánimo”. Sigue leyendo.

Óscar Bustamante murió de cáncer el 1 de octubre del 2013, a los 72 años. Dijo Arturo Fontaine: “Fue una persona que recorrió con intensidad las diversas dimensiones de la vida. Encarnó el ideal de la persona completa, del “all rounder” que le inculcó su colegio, The Grange. Agricultor de fundo viejo, deportista dotado y entusiasta (rugby, box, polo, tenis), arquitecto modernista y de buena mano, aficionado a la pintura, al jazz y, sobre todo, a la conversación de tiro largo, fue en el fondo un escritor de veras. Escribió con pasión ganándole tiempo a la muerte que lo cercaba”

De su pluma son Asesinato en la cancha de afuera (1991), Recuerdos de un hombre injusto (1994), Explicación de todos mis tropiezos (1995), El día que se inauguró la luz (1998), Café cortado (2002), Una mujer convencional (2002) y El jugador de rugby (2008).

Carta de Andrés Caicedo que no usó Alberto Fuguet

andrés caicedoRevela la revista digital las2orillas el malestar que causó en las hermanas del escritor Andrés Caicedo (foto), María Victoria y Pilar, una expresión hallada en una de las cartas revisadas por Alberto Fuguet cuando se disponía a escribir ‘Mi cuerpo es una celda’, la biografía del escritor caleño. La carta era de Caicedo a Jaime Manrique, escritor barranquillero que en 1978 publicó una pequeña novela magistral, a mi juicio, titulada ‘El cadáver de papá’. En la carta, Andrés Caicedo le mencionaba a Manrique el interés por su obra y agradecía sus caricias.

Rosario, la tercera de las hermanas de Andrés Caicedo, que acompañaba en la lectura de la correspondencia de Andrés la aventura de Fuguet, decidió comentarles el hallazgo a sus hermanas. Ellas, encontraron eso de mal gusto. En castizo: censuraron publicar ese sentimiento.

Yo ignoraba este dato, que resulta relevante en la historia biográfica de Andrés Caicedo, de quien siempre se rumoró su homosexualidad, a pesar de que su novela cumbre, que salió publicada el mismo día en que se suicidó, ‘¡Qué viva la música!’, está dedicada a Clarisol.

Si es así, lamento que Alberto Fuguet no haya podido compartir ese documento con sus lectores, de primera mano, es decir, con la anuencia de la hermana Rosario (que la tuvo) y también de María Victoria y Pilar (que se negaron), porque habría develado algo siempre presente, pero soslayado, de su identidad homosexual (tal como sí lo hizo Pilar Donoso, con su padre, el maestro José Donoso, tras lo cual ella se suicidó, como lo hizo Andrés Caicedo en 1977)

Además de este episodio, y una censura adicional sobre la contratapa del libro ‘El atravesado’, publicado en 1971, que salió en su primera edición con una reseña de Jaime Manrique, se revela en el interesante artículo de Iván Gallo publicado por las2orillas.

(Post Scriptum. Así comienza ‘El atravesado’: “A mí el primero que me enseñó a peliar fue mi amigo Edgar Piedraíta, que fue el que fundó con su novia Rebeca la Tropa Brava. Fue el que me enseñó a usar la derecha, bien pueda tóquela. Ahora toque la izquierda, ¿qué diferencia, no? Claro que antes de Edgar me enseñara yo ya me daba con los de mi clase, en tercero en el Pilar. Mejor dicho me daba con todos, y a todos les daba. Con todos, con Pirela, con Franco, con Rizo, con todos me di a la salida, y todos se dieron cuenta… tarde o temprano, que conmigo no había caso. A Rizo sí que le di bien duro, porque me había sapiado. Y no sólo a mí, a todo el mundo. Sapo y lambón, cuando don Benito entraba a dar clase de inglés, Rizo se le hacía bien cerquita y le sonreía, claro don Benito, que si se le caía la tiza él se la recogía, que si había que escribir en el tablero él escribía con esa letra que tenía, que seguro había cogido un método Palmer y se había puesto a copiar la letra o yo no sé, en todo caso nunca he visto a nadie con una letra así de parejita. Y don Benito que le decía qué buena letra la que tiene usted, mister Rizo”)

Educación y televisión abierta en Chile

claudia peirano2Nombramiento de Peirano. El asunto es que no puedes nombrar director de la perrera municipal a quien ha sido sorprendido matando perros. “Así de simple”, me dijo Aristarco, con su brutal pedagogía. Hizo la comparación (un tanto burda a nuestro criterio, pero cierta), para referirse al caso de la recién nombrada subsecretaria (o viceministra) de Educación, Claudia Peirano (foto), del próximo gobierno. Lo dijo Aristarco porque, hasta la saciedad (y le creemos su honorabilidad), la candidata (y hoy presidenta electa) Michelle Bachelet prometió (y se comprometió) con que la educación será gratuita en Chile; y la señora Peirano (hoy subsecretaria de Educación) se opuso, en el pasado reciente (2011), a la gratuidad. La señora Peirano es de la Democracia Cristiana, y este dato nos parece relevante. Estuvo casada con Walter Oliva (ex vicepresidente de la Democracia Cristiana), quien encabeza la Red Educacional Crecemos que tiene 8 colegios particulares subvencionados, y fue presidente de la Corporación Nacional de Colegios Particulares (Conacep), cargo donde hizo pública defensa del derecho al lucro en la educación. ¡Un nombramiento que le causa dolor de cabeza a un gobierno que aún no empieza! O tal vez no, me dijo Aristarco, y leyó la frase del vocero de la presidenta electa, Álvaro Elizalde, al comentar el nombramiento: “Claudia Peirano formó parte de la comisión que elaboró el programa de Gobierno de Michelle Bachelet en materia educacional y por lo tanto está profundamente comprometida con esta reforma que va a ser central, donde la educación deje de ser un bien de consumo y pase a ser un derecho social”. Entonces, dijo Aristarco, con su mismo sarcasmo, “parece que ella, ya se rehabilitó”.

Parrilla flexible. Vasco Moulián fue, al parecer, el ‘inventor’ de la “parrilla el internadoflexible” en la televisión chilena. Quiere decir que el programador de un canal (y él fue programador del Canal 13, antes del actual propietario Andrónico Luksic) mueve a libre albedrío los horarios de los programas. La “parrilla” es la secuencia de programas, hora por hora, a lo largo de los días y de la semana. Y “flexible”, que “no es rígido”, “se acomoda con facilidad a distintas situaciones o propuestas” o “que puede doblarse sin partirse”. Se aclara que el señor Moulián usaba la flexibilidad con el rating en la mano. Si el programa bajaba el rating, lo movía a otro horario, y a otro día si lo consideraba necesario. Y así hacía, hasta lograr “mejorar el rating” del canal entero. Un juego de malabares, atendiendo únicamente al rating. Y como se sabe, el rating es sinónimo de “ingresos”, de “presupuesto”, de “dinero”. Lo que prevalece no es el respeto al televidente, sino el dinero. Y entonces, los televidentes son simplemente entes, que se sientan a ver los programas del canal, sin importarle al programador la hora ni el día de emisión. Esto que se consideró una calentura, una locura y un error de Moulián, hoy es copiado por todos los programadores de todos los canales de la televisión abierta. Es decir, ¡el irrespeto al televidente se multiplicó! Nos comentan el caso actual de El internado (afiche) en el canal Mega. Comenzó de lunes a viernes a las 22:30, después del noticiero. Después lo cambiaron de domingo a martes. Después lo cambiaron a los martes, miércoles y jueves. Y después apareció “Más vale tarde”, un late que hace Álvaro Escobar, y que iba después de “El internado”. Entonces, invirtieron los horarios, importándoles muy poco los televidentes, y como el late termina a la una, o una y treinta de la madrugada, el televidente ya está extenuado. Mal actúa el canal Mega, con este irrespeto al televidente.

GGM cuenta odisea de ‘Cien años de soledad’

g.g.m.A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Ángel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien años de soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

–Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

–Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con la que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias, pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio, que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales, que sólo usamos para la boda y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron –sin los anillos– un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia, porque siempre ha desconfiado del destino.

–Lo único que falta ahora –dijo– es que la novela sea mala.

La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por La mala hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comprar nuestro primer automóvil.

Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Ángel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y La familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años. Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de morir, el primer largo metraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de tareas ocasionales -textos de publicidad, comerciales de televisión, alguna letra de canciones- que me daban suficiente para vivir sin prisas pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.

Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

–Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un solo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.

En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir.

No lo dudé, porque Mercedes -más que nunca- se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanzas con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde las primeras angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:

–¡Esto es puro vidrio!

Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuándo fue que las piedras preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana. Ésta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.

Problemas simples como ése llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad, porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por nosotros, y no sólo los de un mes, sino de varios más, hasta que logramos rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.

Los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales. Carmen y Álvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes.

Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban los desfiladeros de mi novela real.

Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos hasta marzo de 1966 –un año después de empezado el libro–, cuando debíamos tres meses de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperas, y de pronto tapó la bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro.

Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:

–Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.

–Perdone, señora –le dijo el propietario asombrado–. ¿Se da cuenta de que entonces será una suma enorme?

–Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo.

Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: ‘Muy bien, señora, con su palabra me basta’. Y sacó sus cuentas mortales:

–La espero el siete de septiembre.

Se equivocó: no fue el siete, sino el cuatro, con el primer cheque inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición.

Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo. Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer fuera de España una paella igual a las de Valencia, y ella era capaz de mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera, locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.

La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las visitas de los amigos. Muchas veces escuché recitados por otros a los que nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que crecían y se ramificaban de boca en boca.

A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia Cuauhtémoc. En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más transparente, de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final de la novela, era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera y el resto cuando me pagaran los primeros derechos de autor.

Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad. Hasta el punto de que quedó reducida casi a la mitad del original.

Años después, Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.

Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.

–Bendito sea Dios –exclamó–; si no me lo hubiera dicho, no habría podido dormir hasta el lunes.

Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa, -de quien nunca había oído hablar- en la que me solicitaba para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia terminada.

Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos días y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la novela.

De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Álvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta. Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba para entretener a los amigos y que él repetía encantado a los suyos.

–¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! –me gritó–. Este libro no tiene nada que ver con el que nos contaba.

Luego, muerto de risa, me dijo:

–Menos mal que éste es mucho mejor.

No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Con ninguno de los amigos de entonces ni en ningún libro de tantos he podido precisarlo. Ni aun en el de mi hermano Eligio Gabriel, el más autorizado e intenso de cuantos se han publicado sobre el tema. Por fortuna, no ha de faltar algún historiador imaginativo que se encargue de inventarlo.

La copia que leyó Álvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por correo, y otra fue el respaldo que él mismo llevó poco después en uno de sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, cuya hija Patricia la guarda todavía como un tesoro.

Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en junio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa -con todo su derecho- las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y su palabra es de oro.

Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas: Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera: ‘del amigo que más los quiere en este mundo’. Junto a la firma escribí la fecha: 1967. La mención sobre la firma repetida y las comillas en la frase final se debían a una dedicatoria anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza. Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica:

–¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: Confirmado, 1985. Y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ése es el documento de 180 folios, con 1.026 correcciones de mi puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 de septiembre de este año en la Feria del Libro de Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha desconcertado a algunos es por qué las galeradas originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos, el más fiel de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo por disposición testamentaria. Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.

Gabriel García Márquez (foto) (Tomado de Arquitrave)

Marcel Proust sobre arte y literatura en su novela

marcel proustEn la celebración del centenario de la publicación de Por el camino de Swan, 14 de noviembre de 1913, Winston Manrique Sabogal establece varios pilares en la obra de Marcel Proust (foto), de los que retomo dos: ‘Creación, literatura y lenguaje’, y ‘Arte’. Se trata de frases y párrafos tomados de En busca del tiempo perdido, que nos dan información de la inteligencia superior del autor, y también de la base sobre la cual podemos hoy tener una definición, o percepción, sobre esos tópicos con una referencia plausible. De la creación, la literatura y el lenguaje, podemos leer:

–“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico, con la diferencia de que en el científico la labor de la inteligencia es anterior y en el escritor llega después. Lo que no hemos tenido que descifrar ni aclarar mediante un esfuerzo personal, lo que ya estaba claro anteriormente a nosotros, no es nuestro. Solo procede de nosotros lo que sacamos de la oscuridad que llevamos dentro y de la que nada saben los demás”. (vol. VII)

–“…para escribir el libro esencial, el único libro auténtico, un gran escritor no tiene que inventárselo, en el sentido usual, puesto que existe ya en todos y cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor” (vol. VII)

–“…los libros auténticos tienen que ser hijos no de la plena luz y la charla sino de la oscuridad y del silencio”. (vol. VII)

–”(…) el hábito determina tanto el estilo del escritor cuanto el carácter del hombre, y el autor que se ha conformado en varias ocasiones con alcanzar, al expresar lo que piensa, una forma un tanto grata, está asentando así para siempre los límites de su talento. (vol. II)

–”(…) en aquella época aún pensaba que las palabras eran la forma de contarles a los demás la verdad. Incluso las palabras que me decían depositaban con tanta eficacia su significado inalterable en mi mente sensible que me parecía del todo imposible que alguien que hubiera dicho que me quería no me quisiera (…) (vol. III)

Del arte, podemos leer:

–”(…) la genialidad, por no mencionar el talento magno, no procede tanto de elementos intelectuales y especialmente agudos, superiores a los del prójimo, cuanto de la capacidad de transformarlos, de transponerlos. (vol. II)

–”Si el arte no era en realidad más que una prolongación de la vida, ¿valía la pena sacrificar algo por él? ¿No era acaso tan irreal como la vida misma?” (vol. V)

–”El único viaje auténtico, el único baño de eterna juventud, no sería encaminarnos hacia paisajes nuevos, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que ve cada uno de ellos, que son cada uno de ellos; y eso podemos conseguirlo con un Elstir, con un Vinteuil; con sus semejantes volamos de verdad de unas estrellas a otras”. (vol. V)

–”Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber qué ve otra persona de ese universo que no es igual que el nuestro y cuyos paisajes habrían sido para nosotros tan desconocidos como los que puedan existir en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un único mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, contamos con tantos mundos a nuestra disposición como artistas originales hay, y son más diferentes unos de otros que los mundos que ruedan por el infinito y que, muchos siglos después de que se haya apagado la lumbre de que brotaban, ora se llamase Rembrandt, ora Vermeer, nos envían su particular rayo de luz”. (vol. VII)

–”La felicidad le resulta salutífera al cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas de la mente. Por lo demás, aunque no nos descubriese en todas las ocasiones una ley, no por ello dejaría de ser indispensable para encauzarnos hacia la verdad en todas las ocasiones y obligarnos a tomarnos las cosas en serio, arrancando en todas esas ocasiones las malas hierbas de los hábitos, del escepticismo, de la superficialidad y de la indiferencia. Cierto es que esa verdad, que no es compatible con la felicidad ni con la salud, no siempre lo es con la vida. La pena mata a la postre. Con cada pena demasiado grande notamos que se abulta otra vena más, que va desarrollando su sinuosidad mortal por la sien o por debajo de los ojos. Y así es, poco a poco, como aparecen los estragos en esos terribles rostros de Rembrandt viejo, de Beethoven viejo, de los que todos se reían”. (vol. VII)

‘Decálogo’ literario de Juan Carlos Onetti

Juan Carlos OnettiHay decenas, tal vez cientos de fórmulas, o mejor digamos recomendaciones, sugerencias, sobre el arte de la escritura literaria. Se derivan de la experiencia de los escritores que quieren compartirla, a manera de incentivo, con otras personas especialmente las iniciadas. Los más breves consejos los dio Óscar Wilde: uno, escribe cuando tengas algo que decir, y dos, escríbelo.

Resulta iluminador, sin embargo, un mayor detalle sobre la manera de acometer el arte literario. La manera como ese otro la acometió. Y lo hizo con éxito. He aquí el que algunos llaman “decálogo” de Juan Carlos Onetti (foto), aunque el listado tenga once puntos. Decir “decálogo” no es un asunto numérico, sino más bien conceptual.

1) No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

2) No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

3) No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

4) No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

5) No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

6) No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

7) No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

8) No olviden la frase, justamente famosa: dos más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

9) No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

10) Mientan siempre.

11) No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer”.