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Cubana Reina Rodríguez gana el ‘Pablo Neruda’

Reina maría rodríguezEl alternativo grupo Paidea, La Azotea de Reina, en su casa de la calle Ánimas, y luego su Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, hasta su última y molesta mudanza para la azotea del Instituto del Libro, han sido, cada uno en su momento, el único, solitario lugar de resistencia contra la mediocridad, la incultura, la estulticia intelectual (y de la otra), de los años 70, 80; un espacio de esperanza y redención, en los 90, y así sigue en la primera década del siglo XXI, escuchando, apoyando, velando porque se publiquen libros valiosos, tanto de autores nacionales como extranjeros, en su original colección de 150 ejemplares cosidos a mano, según el método japonés kangxi.

En esos términos reseñó Azucena Plasencia el otorgamiento en Cuba del Premio Nacional de Literatura 2013, a Reina María Rodríguez (foto), quien ayer ganó, en Santiago, el Premio Iberoamericano de Poesía ‘Pablo Neruda’. Dijo Azucena Plasencia: “Celebremos la aventura de escribir con verdad, la exploración ética que involucra, íntegramente al autor y se da con plenitud en la obra de Reina María Rodríguez: afirmación de una individualidad, de un proyecto, de un horizonte intelectual y de comportamiento dictado por el tejer cotidiano de actos y juicios, de discusiones y asunciones, de resignación y coraje”.

Entre tanto, acá en Santiago, el jurado integrado por José Kozer (Cuba, anterior ganador del premio, en el 2013), Graciela Aráoz (Argentina), Pablo Brodsky (Chile), Julio Ortega (Perú) y Malú Urriola (Chile), fueron unánimes en premiar a Reina María, de 61 años, quien dijo telefónicamente que “toda la vida he sido lectora de Neruda, y le dedico este premio a todos los escritores de mi generación que han tenido que salir de Cuba”.

La dotación del Premio Pablo Neruda es de 60 mil dólares (unos $33.769.140 chilenos). Han ganado este premio: el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005), la cubana Fina García-Marruz (2007), la chilena Carmen Berenguer (2008), el nicaragüense Ernesto Cardenal (2009), el peruano Antonio Cisneros (2010), los chilenos Oscar Hahn (2011) y Nicanor Parra (2012), y el ganador del 2013 fue el cubano José Kózer. Aquí un par de poemas de Reina María Rodríguez:

Una silla en lo alto      una mujer se ha sentado en tu silla turca / sin desnudarse / tan sólo allí / cuando sueñas cuando vuelves / de las complicaciones. / una mujer está hecha de esa soledad / que existe entre lo cotidiano y el deseo. / vuela ante el parabrisas / te engaña se detiene / y luego escapa. / para toda mujer hay un trono / en el centro de un hombre / una silla en la conciencia. / yo vivo sobre la nariz entre tus ojos / bajo la frente / sólo tus huesos son cómplices de mi ocio / así los árboles nos traspasan / los colores nos iluminan juntos / y así la muerte nos matará a los dos / boca arriba / entre tus pensamientos / y mi llanto.

Un chocolate viene      aquí tengo en la cartera un chocolate. / apretada / la letra de un hombre se ha prendido / al papel que lo envuelve. / un hombre azul me lo envía / lo deja caer desde una nube. / un chocolate viene / desde un vuelo muy alto sin aviso / a mi boca / y en el gusto van entrando sus ojos. / estoy comiendo ojos de chocolate / en mi vestido blanco se prenden las avispas. / ya que volamos juntos dime / dónde está la distancia interminable / mi cuerpo a segundos-propulsión del tuyo / y el amanecer cuajándose en mi bata. / ya toco el otro corazón bajo tu vientre. / en el ruido de un motor donde puede / desprenderse la eternidad estamos presos. / ya estoy muerta por accidente de un amor / en este oscuro hotel aprieto mi tablita de chocolate / para salvarme / (no se pueden amputar los amorcitos todo / es continuable o roto por / las cosas principales que te obligan / a matar a una muchacha / en este pobre hotel de provincia / con los colchones hundidos de tanta humanidad). / las paredes se descascaran la gente se me olvida / y estos momentos que uno tiene / son ásperos / como si nos hubiéramos vaciado / indefensos / sólo un sabor dulce sobre mi ombligo / y no puedo detener los aviones que van a salir / que no son de juguete ya crecieron / y las señales los aeropuertos / siguen depositando tu cuerpo en la realidad / sin que yo pueda nada en contra / boletos fechas viajes que me corrompen / de tanta fama que tengo aquí / la fama que no es un número exacto / ni siquiera un chocolate entre los dientes / nadie sabe que en esta habitación tan sola / yo me como la fama / porque no me sirve para dormir / tibia / entre tus muslos.

8 consejos de Neil Gaiman para escribir

Neil-GaimanCuando uno empieza a escribir tropieza con problemas que van de lo gramatical a lo conceptual. Quisiera uno saber cómo los resuelven los grandes escritores. Muchos mueren sin haberse referido jamás a sus problemas, y otros, más recientemente, ensayan decálogos, que buscan transmitir sus experiencias. Los más conocidos eran en otro tiempo los de Horacio Quiroga y Jorge Luis Borges. Pero hoy abundan. Lo que noto, personalmente, es que las recomendaciones van cambiando de lo gramatical a lo conceptual. Casi que algunos abocan su decálogo como una convicción de vida. En todo caso, escribir es un acto de… carpintería. Hay que pulir la madera, tener paciencia, sacar los bocados que no sirven a nuestro propósito, disfrutar el oficio, hacer la pequeñísima muesca, nivelar los ángulos, etcétera, para que al final, quien vea el mueble no pueda más que admirarlo. Pero es en ese proceso, que exige disciplina, donde está el secreto. El escritor británico Neil Gaiman (foto), revela el suyo con los siguientes ocho consejos:

1. Escribe.

2. Pon una palabra después de otra. Encuentra la palabra correcta, colócala.

3. Termina lo que estás escribiendo. No importa qué debas hacer para terminarlo, termínalo.

4. Déjalo a un lado. Léelo pretendiendo que nunca lo has leído antes. Muéstralo a amigos cuya opinión respetes y a los que les guste el tipo de cosa que esto es.

5. Recuerda: cuando la gente te diga que algo está mal o que no funciona para ellos, casi siempre están en lo correcto. Cuando te digan exactamente lo que piensan que está mal y cómo arreglarlo, casi siempre están en un error.

6. Arréglalo. Recuerda que, antes o después, antes de que alcance la perfección, tendrás que dejarlo ir y pasar a lo siguiente y comenzar a escribir la próxima cosa. La perfección es como perseguir el horizonte. Sigue moviéndote.

7. Ríete de tus propias bromas.

8. La regla principal de la escritura es que, si lo haces con suficiente seguridad y confianza, te está permitido hacer lo que tú quieras. (Esta podría ser una regla para la vida además de serlo para la escritura. Pero definitivamente es cierta para la escritura.) Así que escribe tu historia como necesite ser escrita. Escribe honestamente y cuéntala lo mejor que puedas. No estoy seguro de que existan otras reglas. Al menos no otras que importen.

Para conocer de Nezahualcóyotl prehispánico

NezahualcóyotlNació el 28 de abril o el 4 de febrero –según la fuente– en Texcoco, en 1402, y murió ahí mismo en 1472. Nació llamándose Acolmiztli –felino fuerte–, siendo monarca de la ciudad-estado Tetzcuco, del México antiguo, pero pasada la adolescencia decidió optar por Nezahualcóyotlcoyote que ayuna– (dibujo). Era hijo de Ixtlilxócohitl –flor oscura–, sexto señor chichimeca, y de la princesa Matlalcihuatzin, hija del segundo señor de Tenochtitlan, el tlatoani Huitzihuitl. Llegó a ser señor de Texcoco, recuperando el reino que habían arrebatado a su padre los españoles de la conquista. Mostró sus dotes de arquitecto, en Tetzcuco y Tenochtitlan. Estadista y estratega militar. Se dice que mató, por su mano, a 12 reyes, incluyendo a Maxtla; estuvo en 30 batallas; nombró generales a 43 de sus hijos, y al cuadragésimo cuarto lo mandó matar, por soberbio y belicoso. Castigó los delitos con rigor, “especialmente a las personas de calidad y que habían de dar ejemplo a las demás”. Se conservan unas 30 composiciones poéticas suyas, en los manuscritos de cantares prehispánicos. El billete de cien pesos mexicanos, está dedicado a su memoria: incluye su efigie y una fracción de uno de sus poemas: “Amo el canto del zenzontle, pájaro de las cuatrocientas voces. Amo el color del jade, y el enervante perfume de las flores, pero lo que más amo es a mi hermano, el hombre”. Varios de sus versos están plasmados en los muros del Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México. He aquí, cinco de sus composiciones:

Yo lo pregunto     Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: / ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? / Nada es para siempre en la tierra: / sólo un poco aquí. / Aunque sea de jade se quiebra, / aunque sea de oro se rompe, / aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. / No para siempre en la tierra: /sólo un poco aquí.

Estoy embriagado     Estoy embriagado, lloro, me aflijo, / pienso, digo, / en mi interior lo encuentro: / si yo nunca muriera, / si nunca desapareciera. / Allá donde no hay muerte, / allá donde ella es conquista, / que allá vaya yo… / Si yo nunca muriera, / si yo nunca desapareciera.

Solamente él     Solamente él, / el Dador de la Vida. / Vana sabiduría tenía yo, / ¿Acaso alguien no lo sabía? / ¿Acaso alguien? / No tenía yo contento al lado de la gente. / Realidades preciosas hacer llover, / de ti proviene tu felicidad, / ¡Dador de la vida! / Olorosas flores, flores preciosas, / con ansia yo las deseaba, / vana sabiduría tenía yo…

¿A dónde iremos?     ¿ A dónde iremos / donde la muerte no existe? / Mas, ¿por esto viviré llorando? / Que tu corazón se enderece: / Aquí nadie vivirá por siempre. / Aun los príncipes a morir vinieron, / los bultos funerarios se queman. / Que tu corazón se enderece: / aquí nadie vivirá para siempre.

Un recuerdo que dejo     ¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos canto.

‘¿Quieres cambiar al mundo?’ de Elma Correa

elma correaOdio a los poetas. Los odio.

Odio a esos poetas jóvenes, ilusos, que abanderados por Mario Benedetti ladran versos sin sentido destinados a cambiar el mundo. Se les puede encontrar, con megáfono o sin él, sobre todo en los camiones, aunque los hay que de pronto resultan ubicuos e infestan plazas, cafeterías, monumentos y debajo de las piedras; porque ellos, a pesar de haber nacido al final de los años ochenta o durante los noventa, han descubierto el “arte acción”, y les parece muy contracultural y antisistema contaminar los espacios públicos con sus berridos. Es que están llevando la Poesía a quien no la tiene. Ah.

Se les puede encontrar también en las escuelas de letras, denostando a sus maestros, el programa de estudios y la burocracia escolar, pero incapaces de redactar una tarea sin faltas de ortografía. Son amantes de los puntos suspensivos porque piensan que llenan sus textos de misterio y sensibilidad, acusan al Estado de marginarlos por sus ideales y se autopublican en plaquettes y ediciones cartoneras con títulos como Las llamas de mi fuego, Mi corazón se desmorona, o La poesía invade mi ser.

No les gusta leer para no contaminarse. Los únicos escritores que conocen son Sabines y Sabina. La trova los conmueve hasta las lágrimas y les incita a continuar con su labor. Todos se parecen. Los odio por igual.

Los peores son los poetas jóvenes que, además de conciencia social, tienen conciencia ecológica. Son los que escriben poesía verde dando voz a los lamentos de la pachamama. Los odio. Son los que poniendo el ejemplo sobre el cuidado del agua, pueden pasar mes y medio sin bañarse.

Odio a los poetas de mediana edad. Los odio. Esos que ganaron un certamen municipal o una beca estatal y llevan su libro de 1998 a todas partes. Esos que no se pierden ningún evento cultural porque son los únicos momentos en que pueden beber vino, aunque sea barato, y alardear acerca de su próxima obra maestra, esa que llevan escribiendo la mitad de su vida y que revolucionará el lenguaje y nuestra manera de ver a los árboles y las flores. Esos que son titulares en el taller de creación literaria de la universidad local, los editores de la revista de la universidad local; y que participan en toda presentación, conferencia, seminario, charla o debate de la universidad local donde haya café y surtido rico de Gamesa, así sea sobre las últimas investigaciones veterinarias acerca del moquillo en las razas mestizas.

Los odio.

Odio a las señoras ultrasensibles que visten huipil, rebozo y tacones de doce centímetros, esas que organizan los recitales para las glorias del pueblo y aprovechan los últimos minutos de la velada para leer sus sentidos pensamientos y reflexiones en rima sobre la importancia de la niñez, la fealdad de los pobres y el crimen del aborto. Las odio. Odio sus libros impresos con dinero de sus amigas, la Chiquis Corcuera, la Nena Vildosola, la Beba Videgaray y las otras chicas del bingo; esos libros cuya portada es una foto panorámica de la playa, con la autora en primer plano, alzando sus brazos al sol del amanecer.

Odio a los poetas. Los odio.

Odio a los poetas viejos, esos envilecidos por la vida literaria de provincia. Esos que creen que la credencial del Insen les otorga por default el paso a la gloria y posteridad. No importa que no tengan talento. No importa que no hayan publicado en los últimos veinte años. Esos que sobreviven impartiendo talleres por todo el país en donde les pagan por trabajar los textos de los participantes, pero que se dedican a vociferar contra la institución que los contrató, a maldecir a los funcionarios que firman sus cheques y a romper las ilusiones de los asistentes con frases del tipo: “¿Quién te dijo que esta cochinada es poesía?”, “Tú no sabes escribir, dedícate a la carpintería”, “¿Dónde esta mi dentadura?”, o “Esa de las tetas grandes, ¿cómo se llama?”.

Los odio.

Odio a los poetas hipsters, los que sueñan con publicar en La Tempestad y bailan sonidero. Esos que citan a Walser por lo que han leído en Wikiquotes. Los que en las cantinas de mala muerte conversan con los borrachos del lugar para sentir la miseria humana de primera mano, y les pagan una ronda antes de arrancar su automóvil híbrido. Esos que llegan a sus lecturas en bicicleta, luciendo intencionalmente desaliñados, acompañados de una trophy girlfriend anoréxica y disléxica.

Los odio.

Los odio a todos.

Pero odio mucho más a los artistas multidisciplinarios.

Elma Correa (foto)

‘Hay un día feliz’ de Nicanor Parra

nicanor parraA recorrer me dediqué esta tarde

las solitarias calles de mi aldea

acompañado por el buen crepúsculo

que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño

y su difusa lámpara de niebla,

sólo que el tiempo lo ha invadido todo

con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante

volver a ver esta querida tierra,

pero ahora que he vuelto no comprendo

cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas

ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas

en la torre más alta de la iglesia;

el caracol en el jardín, y el musgo

en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino

del cielo azul y de las hojas secas

en donde todo y cada cosa tiene

su singular y plácida leyenda:

hasta en la propia sombra reconozco

la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables

que presenció mi juventud primera,

el correo en la esquina de la plaza

y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe

uno apreciar la dicha verdadera,

cuando la imaginamos más lejana

es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice

que la vida no es más que una quimera;

una ilusión, un sueño sin orillas,

una pequeña nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo,

la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio

cuando emprendí mí singular empresa,

una tras otra, en oleaje mudo,

al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas

y cuando estuve frente a la arboleda

que alimenta el oído del viajero

con su inefable música secreta

recordé el mar y enumeré las hojas

en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje

como quien de la vida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,

me detuve delante de una tienda:

el olor del café siempre es el mismo,

siempre la misma luna en mi cabeza;

entre el río de entonces y el de ahora

no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol

que mi padre plantó frente a la puerta

(ilustre padre que en sus buenos tiempos

fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su conducta

era un trasunto fiel de la Edad Media

cuando el perro dormía dulcemente

bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve

el delicado olor de las violetas

que mi amorosa madre cultivaba

para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces

no podría decirlo con certeza;

todo está igual, seguramente,

el vino y el ruiseñor encima de la mesa,

mis hermanos menores a esta hora

deben venir de vuelta de la escuela:

¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo

como una blanca tempestad de arena!

Nicanor Parra (foto) (Premio Nacional de Literatura 1969, Premio Gabriela Mistral 1997, Premio Bicentenario 2001, Premio Miguel de Cervantes 2011, Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2012)

Tras el rastro del vocablo Conticinio

momento2Voy a hacerme una confesión: jamás había escuchado la palabra conticinio. Y cuando la oí, o mejor dicho, la leí, no me dijo qué dice en verdad. Lo que en verdad dice. La asocié, por el sufijo, con latrocinio, patrocinio, cosas así. Supe que designa un momento especial. Uno que algunos no han dudado en calificar de mágico. Alguien le hizo un poema, que se acerca bastante a la definición misma. Otro dijo que es una palabra reservada para poetas y escritores. Hubiese sido preferible que con la palabra cualquiera pudiese acercarse al ámbito del poeta o escritor. Otro hizo una canción, un vals, y uno más respondió por su significado en el maestro virtual de las preguntas y respuestas de Yahoo. Y en Google, también. Por mi parte, intento ilustrarlo, quizás torpemente, con un trabajo de Richard Caldicott. La Escuela de Escritores, un portal español, pidió escoger la palabra más hermosa de nuestro idioma español, y muchos la nombraron: conticinio. Dijeron: “Noche, silencio… el momento ideal”. “Madrugada repleta de ausencias en que la poesía alcanza y la muerte onírica del mundo nos llena de absoluta paz”. “Me encanta esta palabra por su aparente inutilidad”. También la Real Academia Española dijo lo suyo. La verdad, o al menos la mía, la palabra en sí, carece de dulzura, de fluidez o magnetismo, como pentimento, carámbano o nimbado. Cada cual tendrá, obviamente, las suyas. Sus palabras sonoras, dulces, magnéticas. En tanto la palabra conticinio viene del griego y significa vigilia. Vigilia es vigilar. Vigilar es velar. Y qué es si no la concentración de los sentidos. En el conticinio, ya no responde esa concentración de los sentidos a la detección de vida o movimiento exterior, sino interior. Designa el conticinio ese momento. Con la venía de la RAE, no solo de la noche. Sino el momento. Ese, a cualquier hora, en el que se produce el silencio que invoca la magia de convertirnos en universo.

‘…el día curvo de las mujeres’ de Gioconda Belli

gioconda belliAmanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.

¡Qué poco es un solo día, hermanas,

qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!

De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos

–toda la atropellada ruta de nuestras vidas–

deberían pavimentar de flores para celebrarnos

(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó las floridas avenidas postradas de pena en Londres)

Nosotras queremos ver y oler las flores.

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras

en vez de machos.

Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris

y de los que nos vendaron los pies.

Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.

Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía.

Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado

y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas.

Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir

a riesgo de nuestras vidas.

Queremos flores del que se protege del mal pensamiento

obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo,

del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte.

Queremos flores de los que nos quemaron por brujas

y nos encerraron por locas,

flores del que nos pega, del que se emborracha

del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.

Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos,

flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras

y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.

Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos

donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;

arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,

de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.

Queremos flores hoy.

Cuánto nos corresponde.

El jardín del que nos expulsaron.

Gioconda Belli (foto)