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Archi sabotea la música nacional, y ‘late’ Moulian

ArchiArchi. La Asociación de Radiodifusores de Chile (Archi, logo, los grupos económicos dueños de las emisoras) puso al aire un mensaje radial en el que alguien solicita un artículo y el vendedor le quiere vender otro. La mujer insiste en lo suyo y el vendedor también. Interrumpe el locutor para decir que así es la ley que pone un piso porcentual obligatorio para transmitir música chilena. Y, como si fuera un orgullo, dice que esa campaña es de Archi. Queda uno con un sentimiento indefinido, y este es el propósito del ‘comercial’: sembrar la duda, apelar a una falsa ‘libertad’ y defender la exclusión de la música chilena en las emisoras del país. Desinforma. Tácitamente, sugiere que la música chilena son solo cuecas, cosas aburridas. Y no es así. Hay boleros, cuecas, rancheras, pop, rock, baladas, etcétera, de factura chilena. Y de buena calidad. Hasta música docta, tenemos. Y coral, también. Pero el ‘comercial’ de Archi dice que poner música chilena debe ser una decisión “libre”, y no una “imposición”. Sin embargo, ¿cuándo las emisoras promueven, “libremente”, la música chilena? No lo han hecho, no lo hacen, y no lo harán. Archi es la que censura la música nacional. A menos que haya una ley que obligue un piso porcentual, en este caso del 20%, de la programación musical de cada emisora, con producción nacional. Ley que apoyamos, sin dudas.

Vasco Moulian. Comenzó en el 2012 siendo un tipo chabacano que uno no se vasco moulianexplicaba por qué estaba animando el programa, a menos que se tratara de, una vez más, un apitutado (apadrinado) por un ejecutivo del canal por cable Zona Latina. Sobreactuado, quería ser gracioso y agradar a Dios y al diablo. La escenografía usada, una mesa con apariencia de caja de chocolates, ya había sido usada por Julio César Rodríguez y Tati Pena, los presentadores que antecedieron a Vasco en el programa llamado ‘Sin Dios ni late’. Un nombre, por cierto, que juega con los sonidos, pero que es un disparate en su traducción, o en su sentido real. El programa, y particularmente, Vasco Moulian (foto), ha mejorado una enormidad. Tanto en su atuendo como en sus modales. Le falta mucho para ser un presentador de verdad, claro está. Debe dejar esa ansiedad sin norte, ese afán de ser gracioso, esa desagradable manía de interrumpir a los invitados, esa morbosidad cuando invita mujeres al programa, ese tono de voz de orate. Y esa rupestre combinación de traje con corbata de nudo suelto, y zapatillas de hacer deportes. Pero ha mejorado enormemente, debo reconocerlo. También la escenografía cambió, y se agradece. Es más vistosa, procurando una originalidad que, por estos días, es escasa en la televisión.

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Aristarco y el diferendo marítimo con Perú

huáscarEncontré a Aristarco sin mucho interés en el fallo que se conocerá hoy lunes sobre el diferendo marítimo entre Chile y Perú. Le hice ver la atención (y tensión) que se ha creado por la espera del pronunciamiento del Tribunal Internacional de La Haya: los medios de comunicación, tanto peruanos como chilenos, han estado, desde hace varios días, haciendo preparativos y entregas de información que llenan de expectativa el pronunciamiento judicial. Con el fallo, por fin, le dije, se cierra una herida abierta y se acaba un foco de malestar para la sana convivencia entre los dos países. Aristarco, con cara desconfiada, me dijo que más importante que el diferendo en la zona de frontera, era devolver el Huáscar (foto), que eso sí era una fuente de tensión, y una especie de trofeo y choreza que exhibía Chile ante su vecino. Con cierta prepotencia, ¿y con intención de humillación? Aristarco dijo que un acto de verdadera nobleza, por parte de Chile, era devolverle la dignidad a Perú, contenida en ese Huáscar. “Lo de la línea de división de aguas marítima no le interesa más que a las empresas y corporaciones pesqueras de Chile y Perú”, aseguró Aristarco, porque al chileno o peruano de a pie, al ciudadano común, no le afecta en nada la discusión, n el fallo. La importancia estará en que se acaba esta fuente de especulación política, con la que los partidos y los politiqueros de ambos países han sacado réditos exacerbando un patriotismo pasado de tiempo, que enferma las mentes de la gente común. Le pregunté por su pronóstico, aún más allá de la concepción que tiene del diferendo, y me confesó que creía que Perú iba a poder ampliar su línea divisoria con el fallo de La Haya. Incliné la cabeza. “Hay cosas que deben costar, en aras de la buena vecindad, si no puede hablarse de hermandad”, puntualizó Aristarco. Quizás tenga la razón.

Idiotas regalones de las redes sociales en Chile

eyzaguirreComo diría el Chavo del 8, se le “chispotió” al ex ministro de Hacienda y ex presidente del Canal 13, Nicolás Eyzaguirre (foto), cuando dijo que había estudiado con verdaderos idiotas que hoy son directores de grandes empresas y corporaciones. Uno mismo, sin haber estado en colegios como Verbo Divino, donde estudió don Nicolás, conoce en su entorno verdaderos idiotas (yo diría imbéciles) que hoy se regodean en grandes empleos.

El señor Eyzaguirre explicó la suerte de estos idiotas, gracias a las redes sociales (vecinos, compañeros, amigos, familiares…, redes sociales reales, no las ficciones de tuiter o faceboock) que los idiotas pudieran tener, ya por herencia o por creación propia. Pero lo verdaderamente interesante es notar que esas afirmaciones las hizo el ex ministro en una cátedra sobre… ¡la meritocracia!

Con otras palabras, lo que dijo el señor Eyzaguirre es que “meritocracia” no hay en Chile. Punto. Lo que hay, son redes sociales mediante las cuales se llenan los cupos laborales, a todo nivel. Y más sorprendente aún: lo dice un hombre de izquierda. O, al menos, una persona que fue ministro de un gobierno de izquierda (el de don Ricardo Lagos Escobar).

Sin embargo, por exabrupto que parezca, encuentro que don Nicolás Eyzaguirre dice toda la verdad. Él sabe cómo se mueven las cosas en ese alto mundo al que pertenece. No hay necesidad de ser sociólogo o antropólogo, ni nada de eso, para observar cómo hay personajes que se rotan de un puesto a otro, de un día para el otro, con una facilidad pasmosa.

Digámoslo con todas sus letras: en Chile no hay meritocracia. Los viejos amigos, los familiares, los conocidos en los negocios, son quienes deciden la suerte de los idiotas con los que uno estudió. Ellos tienen las redes, uno no. Es decir, la meritocracia es tener esas redes. Eso del estudio del curriculum y los méritos personales para la obtención de un empleo, es solamente letra muerta de decretos. Lo que cuentan son las redes sociales. Las redes sociales reales, no la ficción de tuiter o faceboock.

Y no bien acababa de decirlo, cuando esos conocidos (idiotas) por don Nicolás hicieron el reclamo (porque los idiotas son también “gente digna”). Y don Nicolás tuvo que “rectificar” una expresión que él (y nosotros) sabemos que es verdad. La tendencia natural (no por lo de idiotas, sino por inclinación humana) es a favorecer a los amigos. Se sustituye la “meritocracia” por la “amigocracia”. Y si nos ponemos a hilar fino, es también una forma de corrupción. No seamos hipócritas: esto ocurre en muchos niveles, en muchos rubros, todos los días. Lo curioso es que don Nicolás desveló el cociente intelectual (CI, o IQ) de muchos de alta clase. Aunque él le adjudica otra interpretación a la palabra idiota.

Dijo don Nicolás al director de El Mercurio.

‘Elogio de la ociosidad’ de Bertrand Russell

Bertrand-RussellAunque un poco extenso para un medio como este blog, el texto de Bertrand Russell (foto) sobre el ocio es una buena invitación para pensar en ello. Y tal como aquí lo presento, está editado; aún así, no quedó breve, porque de recortarlo un poco más se pierde el sentido completo de algunas ideas. Eliminé, básicamente, las referencias a la, entonces –cuando escribió el ensayo– pujante Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS; también, las de la monarquía británica. Procuré dejar lo universal del texto, lo que contiene una reflexión aplicable al mundo actual, un mundo que no es muy distinto de aquel de Bertrand Russell cuando escribió el texto, en 1932. Su lectura sigue siendo ilustrativa, y vigentes sus propuestas, en cuanto plantea una vida social posible, mediante la evaluación real, y realista, del sistema productivo.

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución.

Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado.

Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo.

Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

Si gasta su dinero –digamos– en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán –cabe esperarlo–, al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta –digamos– en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.

Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan.

La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagado; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse.

Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda.

Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que lo producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes.

El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización.

Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando –digamos– ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior.

En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo.

La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar”. Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.

Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.

Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro –dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata–. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre.

El sabio empleo del tiempo libre –hemos de admitirlo– es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.

En Occidente… por ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo manual.

El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare.

Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto.

La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja.

Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”.

Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.

Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia.

El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba.

El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, ganando dinero; pero cuando vosotros digerís el alimento que ellos os han suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo.

En un sentido amplio, se sostiene que, ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de la misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo que podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos.

Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria.

Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.

Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente.

Es una parte esencial de cualquier sistema social de tal especie el que la educación va a más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana.

Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.

Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran tener sobre el público en general.

Otra desventaja es que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre que se le ocurre alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas, por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.

Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia.

El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos eruditos.

La afición a la guerra desaparecerá, en parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.

Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.

El reto de Bofill y los de Canal 13

cristian bofillAl fin tendrá solución el chascarrillo de René Cortázar, ignorante de Periodismo, al echar, en su calidad de presidente de la compañía, a Jorge Cabezas, el director de prensa (o de Noticias) del Canal 13 de televisión, y dejar, prácticamente acéfala una dirección medular de los contenidos del canal. Jorge Cabezas es hoy el director de Noticias del canal Mega de televisión (propiedad del Grupo Bethia), próximo a ‘estrenar’ puesta al aire y contenidos noticiosos en las emisiones diarias bajo su mando. Y el vacío dejado forzosamente por Cabezas, quien iba a estrenar imagen y contenidos de los noticieros del canal 13 cuando fue echado por René Cortázar, será llenado por Cristian Bofill (foto), quien acaba de dejar la dirección del diario La Tercera (propiedad del Grupo Copesa, propiedad de Álvaro Saieh). Creo que La Tercera es el mejor diario de Chile, tanto por la redacción de las noticias, como por sus contenidos; es la primera vez que lo escribo en mi cuaderno de anotaciones. Cristian Bofill parece liberal (conceptualmente hablando), si se mira como ‘invisible’ director de La Tercera (es decir, leyendo el diario), pero conservador (conceptualmente hablando) cuando se lo veía en el programa de televisión ‘Tolerancia cero’, del canal Chilevisión, al que también renunció recientemente. (Es ‘normal’ en Chile, que un periodista ocupe tres o cuatro puestos en radio, prensa, televisión y revistas, tal vez para poder ‘opinar’ (esta palabra les encanta) sobre la “concentración” del poder en Chile.) A Cristian Bofill lo reemplaza Guillermo Turner, quien era el director del diario económico online Pulso (también del grupo Copesa). Los tejemanejes de la salida de Bofill de La Tercera y su llegada al Canal 13, los narra con lujo de detalles el diario online El Mostrador. Según esta publicación, lo que el 13 quiere es “imparcialidad, independencia y responsabilidad” en sus noticieros, porque, al parecer, digo yo, ya están un poco saturados del miserabilismo de ‘las denuncias’ de ‘abusos’ al consumidor, que por hoy rellenan sus espacios noticiosos. Para este tipo de asuntos, viene bien el programa ‘Contacto’ del mismo canal 13, un espacio que ha enfrentado con valentía las deficiencias de una empresa privada chilena que posa de inmaculada, pero abusa de proveedores y clientes (caso de las tarjetas de crédito de Jumbo, supermercado de propiedad de Cencosud, cuando era presidente Lawrence Golborne, quien tuvo que renunciar como precandidato presidencial por ese y otro hecho antiético, y hoy intenta ser senador udista). Misma empresa privada que hoy pone el grito en el cielo cuando alguien, como Contacto, muestra los pliegues de sus fallas, deficiencias o bajezas. (Me permito una digresión: en el programa de Contacto, donde se denuncia la baja calidad de ciertos productos, como el yogur de la marca Activia (“ideal para el tránsito lento”, producido por la firma Danone), que no responde a lo que asegura ofrecer a sus clientes, configurando ‘publicidad engañosa’, una empleada del canal, la animadora Diana Bolocco, es la que, también, hace la publicidad de Activia. Obviamente, hay para ella un conflicto de intereses, y ocurrió lo insólito: Diana Bolocco no defendió el canal de televisión, al que presta sus servicios y es su empleada de planta, sino de Danone, la empresa para la que hace los spots, a honorarios, y que hoy está demandando al Canal 13 (en una astuta jugada de impacto publicitario, para desviar la atención del público) por supuestos “daños y perjuicios”, causados por las denuncias de Contacto (habrá que esperar que dice el juez, si su yogur tiene los contenidos bacterianos y cumple los procesos que anuncia en su etiqueta, o se trata, simplemente, de una leche batida). Lo mínimo esperable de “la Bolocco” era que guardara silencio. Pero, ¿por qué se metió, de aparecida, en una disputa de contenidos y consecuencias judiciales a la que nadie la llamó? Parece que es bastante desleal con el Canal 13. ¿Acaso se siente por encima del canal, y de la audiencia de Contacto? O es ¿ella, “la todopoderosa”?) Esta clase de información de Contacto, acotada, es bien recibida por la audiencia del canal (y, en general, todas las audiencias, en todos los países del mundo), pero mal recibida por las empresas señaladas o denunciadas, con lo cual le plantea este dilema al Canal 13: tener una buena sintonía, pero con muchos dolores de cabeza. Al fin y al cabo, Canal 13 es de Andrónico Luksic, un empresario que no querría pelear con sus pares (y amigos), quienes, por cierto, surten la pauta publicitaria del canal, y abonan a sus utilidades financieras. Este es el reto de Cristian Bofill. Así que, gran expectativa hay por los noticieros y contenidos periodísticos de los canales, en esta etapa en que el país se enruta a las elecciones presidenciales de noviembre próximo.

Marcha por los enfermos en Santiago

ricarte sotoMe parece que fue de manera casual, en un programa del canal de televisión Mega, llamado “Más vale tarde”, donde entrevistaban al ‘opinólogo’ del canal oficial TVN Ricarte Soto (foto), afectado de cáncer, cuando dijo que extrañaba que la gente no marchara por una razón poderosa: por los medicamentos para los pacientes de ‘enfermedades raras’ o catastróficas. Y de inmediato, la idea prendió.

Ayer fue la Marcha por los enfermos, corta pero significativa: por el Parque Forestal, entre el Puente Pio Nono hasta Bellas Artes, en Santiago. Obviamente, marchamos. Desde la tarima habló Ricarte Soto, y su planteamiento fue bien sencillo: hay enfermedades raras y catastróficas, cuyos medicamentos cuestan una fortuna, y nadie dice nada. Cada cual calla su situación, pero eso debe acabar.

Entonces propuso algo muy sencillo: un fondo para medicamentos a pacientes con enfermedades raras y catastróficas. Fondo con aportes de los empleadores (2%), de los trabajadores (0,8%), de manera semejante a la previsión para la salud, con un aporte inicial del Estado, de $300 o $400 millones de dólares.

Dijo, como lo hicieron otras personas que hablaron, que ahora la palabra la tienen los gobernantes y los políticos, quienes al parecer están sintonizados con la mejor manera de repartirse los puestos y los beneficios derivados de los contratos y de ejercer el poder, y no sintonizados con la realidad de la gente: el costo de los medicamentos.

La marcha fue el comienzo de un reclamo que no podrá ser olvidado:?????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????

*Corte Suprema: Cencosud hizo cobros abusivos

horst PaulmannLa Suprema Corte de Justicia de Chile ordenó a Cencosud, compañía de retail controlada por el empresario Horst Paulmann (foto), enmendar los cobros excesivos por aumento unilateral de la “comisión de mantenimiento” de las tarjetas Jumbo Más, y ordenó la eliminación de las cláusulas contractuales que lo permitían, por considerarlas abusivas, dentro del “contrato de adhesión”.

Así lo reseña El Mostrador: “La Primera Sala de la Corte Suprema condenó a Cencosud por las cláusulas abusivas en los reglamentos de operación de sus tarjetas de crédito tras la demanda colectiva que inició en 2006 el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac), y a la que se sumó la Corporación Nacional de Consumidores y Usuarios (Conadecus), cuando el ex ministro de Obras Públicas y actual candidato presidencial de la UDI (Unión Demócrata Independiente), Laurence Golborne, se desempeñaba como gerente general corporativo del holding.

“La sala integrada por los ministros Nibaldo Segura, Juan Araya, Guillermo Silva, Juan Eduardo Fuentes y el abogado integrante Jorge Baraona, resolvió por unanimidad acoger el recurso de casación que presentó el Sernac y Conadecus contra de la sentencia de la Corte de Apelaciones de Santiago que había rechazado la demanda contra el holding (Cencosud).

“Los considerandos de la Corte Suprema contienen importantes declaraciones de doctrina en orden a proteger de manera integral los derechos de los consumidores, estableciendo que las normas de la ley respectiva constituyen una nueva manifestación en la protección de los derechos de las personas.

“Y enfatiza que “el solo hecho de que en este juicio el Servicio Nacional del Consumidor actúe en representación de miles de tarjetahabientes, bajo las normas de los juicios de representación de intereses colectivos, es indicativo de los nuevos paradigmas que imperan en el ámbito del derecho del consumo”.

“También sostiene que “la cláusula 9° del Contrato de la Tarjeta Jumbos Mas es abusiva, y por ello es nula y sin ningún valor y, por tanto, no forma parte del contrato en la que se encuentra inserta y su reglamento” y que “igualmente, la estipulación 16° del Reglamento del Contrato de la Tarjeta Jumbo Más, en atención a la abusividad declarada, es nula y carente de valor, de manera que no es parte del contrato en cuestión y su reglamento””. Aquí el artículo completo.

Post Scríptum: Cencosud se permitió modificar los contratos sin el consentimiento de sus clientes, lo hizo a sus espaldas, es decir, me importa un bledo lo que ustedes opinen o quieran, porque yo, Cencosud, voy a modificar estos contratos, pues se me dio la gana. Esto fue lo que ocurrió, dicho en términos llanos; lo que reveló la Corte Suprema en justicia. La operación significó una suma de solo $500 por clientes, como cobro mensual; pero si lo aplicas a los 500.000 clientes, la modificación abusiva representa ingresos adicionales a Cencosud por $250 millones mensuales, o sea, $3.000 millones al año. ¿Es esto un robo de cuello blanco? ¿Así es como se enriquecen los perfumados empresarios que aparecen en las carátulas de las revistas nacionales? La respuesta a ambas preguntas es: Sí. Y en el caso de Cencosud, también hay que sumarle, para un artículo posterior, los pagos a 180 días (¡6 meses!) a sus proveedores pyme, quienes deben pagar IVA mensual, por ventas cuyos pagos aún no reciben, facilitándolo así al señor Cencosud, que juegue financieramente con los recursos de esos pagos retenidos, además de financiar su operación con productos sin pagar. ¿Así es como se amasan ciertas fortunas? Sí, así es. ¿Por qué, los que consideramos “poderosos”, no juegan limpio?