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Grandes escritores hablan del arte de escribir

libros-escritoresHay dos caminos por los cuales es posible mejorar la manera de escribir: leer y escribir. Leer le permite a uno sentir las pulsiones del autor, de cómo maneja la trama y cómo dice la historia que narra. Y, por supuesto, escribir ayuda mucho a aprender a escribir. Ambas aspectos del mismo hecho literario pueden encontrarse en los talleres literarios. Pero quienes no puedan, por las circunstancias que sean, concurrir a uno de ellos, debe, en primer lugar, conservar la calma, dejar la ansiedad, y ponerse a leer y escribir.

De alguna parte recopilé o me enviaron, no lo recuerdo, las siguientes frases de autores conocidos sobre el acto de escribir. Son, también, reflexiones que ellos se hacen sobre la escritura. Por ejemplo, Rudyard Kipling dice: “Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad”, mientras Gordon R. Dickson anota: “Una historia funciona cuando contiene bombas de tiempo dispuestas a estallar en la próxima página”.

“Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor”, apunta el Nobel de Literatura 1998, José Saramago. Y: “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”, dice Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura en 1982.

Un tercer Nobel, el de 1964, Jean Paul Sastre, anotó: “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”. Y su compañera de toda la vida, Simone de Beauvoir, apuntó: “Escribir es un oficio que se aprende escribiendo”.

Paul Auster, ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006, reveló: “Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad”. A su vez, Joseph Roux proclama con sabiduría: “Hay dos clases de escritores geniales: los que piensan y los que hacen pensar”.

En este ejercicio de lo que piensan quienes han trajinado el camino de la literatura uno nota que, providencialmente, no está solo. Que ideas y sentimientos que uno experimenta mientras construye un pequeño texto, o algo más extenso, no son nuevos; otros ya lo sabían porque antes lo habían experimentado. Y es bueno saberlo. Es de lo que nos habla el mexicano Carlos Fuentes, ganador del premio Rómulo Gallegos en 1977 y del Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, nos comparte: “Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”.

Marguerite Duras, premio Goncourt en 1984 por ‘El amante’, confiesa: “Escribir pese a todo, pese a la desesperación”.

De la originalidad nos recuerda Francois René Chateaubriand: “El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar”. Entre tanto, Jacindo Benavente, Nobel de Literatura en 1922, se muestra mordaz: “Algunos escritores aumentan el número de lectores; otros sólo aumentan el número de libros”.

Otro Nobel, el de 1962, John Steinbeck, enseña: “La profesión de escritor hace que las carreras de caballos parezcan un negocio estable”. Y Virginia Woolf, dice: “La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial”.

El español, miembro de la Real Academia de la Lengua desde 2003, Arturo Pérez-Reverte, admite: “Cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros”.

Voltaire tiene algo incontrovertible que decir: “Todos los estilos literarios son buenos, excepto los de estilo aburrido”.

Con humor, Orson Welles, el genial productor de la versión radial de ‘La guerra de los mundos’, que hizo historia en los Estados Unidos, y creador de películas que son íconos del cine, como ‘Ciudadano Kane’, dice: “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

“Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance”, sentencia el Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway.

“Escribir es la manera más profunda de leer la vida”, considera el español Francisco Umbral, en tanto el argentino Ernesto Sábato, remata: “Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas”.

Franco y Fresán y los temas de las novelas

jorge francoCon el tiempo, no solo ha cambiado la manera de narrar historias, sino el contenido de esas historias. Lo más osado fue en un tiempo la vieja ‘ciencia ficción’ que conocimos, la de Isaac Asimov o Ray Bradbury, pero de ella hemos pasado al vampirismo, a las sociedades juveniles de brujos, a los mundos encantados de los anillos y, por extensión, a cualquier cosa que se nos ocurra. Y no hago la enumeración de otra manera que no sea enunciativa. Porque, en verdad, el tema de las novelas pareciera ser lo de menos.

Entonces, ¿qué caracteriza a la novela, a la literatura? Yo creo que el lenguaje. Y en el lenguaje el cambio también ha sido notorio. Creo que el lenguaje es, en definitiva, la literatura. Me refiero a que los best sellers (superventas) se diferencian de la literatura en el lenguaje: tienen un lenguaje de fácil lectura, casi elemental, pero no son una trasposición poética de la realidad, como lo es la literatura, ni el lenguaje revela estados psicológicos de los personajes, disociación de tiempos, etcétera.

Convenido esto, al menos para mí, el tema puede variar y volverse casi abstracto. Voy a copiar dos reseñas de dos libros que acaban de salir a las librerías españolas, para ver los temas de que tratan esas novelas. Uno es ‘El mundo de afuera’, del colombiano Jorge Franco (foto, recordado por su ‘Rosario tijeras’), libro con el que acaba de ganar el premio Alfaguara de novela 2014. La reseña de su contenido es esta:

El mundo de afuera transcurre en Medellín. Allí, el tiempo viene envuelto en una neblina, y las voces parecen silbidos que se pierden entre las ramas. Una especie de castillo se atisba en las frondosas afueras y de una puerta sale corriendo una niña rubia. Unos ojos miran cautivados esa presencia insólita y la niña se pierde en el bosque.

“En 1971, el padre de esa niña, don Diego, ha sido secuestrado. El Mono es el cabecilla de los maleantes, cuya intención es pedir un rescate millonario a la familia. El Mono tiene otras razones que las económicas para secuestrar a don Diego: la obsesión amorosa por la hija de este, Isolda, una princesa rubia a quien el padre, amante de la ópera de Wagner, mantiene encerrada en el “castillo” para preservar su pureza y evitar el contagio con el mundo sucio que les rodea. Don Diego es germanófilo y se ha casado con Dita, una mujer alemana que dejó el Berlín nazi para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld que su marido ha levantado en Medellín. Desde muy pequeña, Isolda ha tomado la costumbre de escapar al bosque, donde antes jugaba con conejos fantásticos que le tejían peinados, mientras el Mono la admiraba encaramado en los árboles.

“Una breve y hasta cierto punto sencilla novela sobre el amor y la muerte, poética y detallista, con un sobresaliente manejo de la tensión, y que, incorporando técnicas cinematográficas como el flashback y la narración paralela, también bebe de fuentes como el cuento folclórico o la crónica de sucesos”.

No es, como se ve, la clásica historia de la traición, el amor imposible, la pugna de familias o de fuerzas, en una ciudad equis, en pos de un propósito equis. No. Aquí hay mucho de cuento folclórico y de crónica periodística, lo cual, por cierto, me encanta, por razones de oficio y porque la literatura también debe servirse del folclor para dejar su registro histórico. Hay que leerla. En mi caso, quiero verificar mi teoría del lenguaje.

La otra novela es la del argentino Rodrigo Fresán (foto), archiconocido como rodrigo fresancrítico agudo, avezado, de muchos quilates, y descubridor de talentos, como el del chileno Marcelo Lillo, quien, por cierto, tiene en librería su más reciente novela, ‘Niebla City’. La novela de Fresán se titula ‘La parte inventada’, y la reseña la hace Patricio Pron, quien recientemente fue jurado del concurso de cuento de la revista Paula. Dice Patricio Pron:

La parte inventada es una novela excelsa en la que se alternan una joven loca; la hermana de El Escritor, que afirma haber bebido la lecha de una vaca verde y haber sido embarazada por su novio en coma; un joven que realiza un documental sobre la desaparición de El Escritor y desearía ser escritor él también para seducir a La Chica; un amigo de El Chico que escribió una obra genial y muere al escuchar un chiste de surrealistas; un viejo amigo de El Escritor que, entre el arte y la vida, escoge la vida y a su hijo; el propio Escritor, que exhibe una libreta de apuntes que es como su propia vida: una sucesión de falsos comienzos y de argumentos inacabados. Nada ligero, nada ingrávido para aquellos lectores a los que la literatura interesa al tiempo que desalienta: una ambición decimonónica puesta al servicio de la escritura de una nivela rabiosamente contemporánea.

La parte inventada ofrece al lector de Rodrigo Fresán lo que este espera y un poco más: la acumulación de noticias dispersas; la digresión deliberada que determina que la narración avance mediante la sucesión de escollos; la superposición de elementos de la cultura pop y la alta literatura; el humor melancólico; la prolepsis; el ensayismo literario como recurso narrativo (y nadie piensa la literatura estos días como Fresán), etcétera. A todos estos elementos, su nueva novela suma algo poco habitual en la obra del escritor argentino radicado en Barcelona: una rabia y una resolución que faltaban en sus libros anteriores.

“En La parte inventada (566 páginas) no hay nada innecesario; su extensión es la que su autor requiere para hacer algo muy difícil en estos tiempos: demostrar que la literatura es aquello que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte, en la única parte de ella que tiene “alguna estructura, alguna belleza” para algunos de nosotros”.

Y con esta reseña creo que queda claro lo del tema en la novela: puede ser solamente un artefacto que estructure, a la manera del autor, algunas ideas que lo inquietan, recurriendo para ello a un lenguaje adecuado. Y Patricio Pron nos ayuda con otra cualidad de la literatura: eso que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte.

Hanif Kureishi: talleres literarios, pérdida de tiempo

hanif KureishiEl asunto de la utilidad de los talleres literarios remite al debate prístino de si el escritor nace, o se hace. Muchos años se ha debatido esto. Con el tiempo, parece que la respuesta es menos tajante. Hay quienes no nacen escritores, pero logran hacerse. Dos ejemplos: John Grisham, abogado y político, y Tom Clancy, vendedor de seguros, convertidos en best-sellers.

En general, el escritor empieza a rasguñar hojas en blanco, desde cuando es niño, y con el tiempo logra dominar la escritura. Un taller literario puede ser su refugio natural, a fin de adquirir las destrezas técnicas de la narración. Sin embargo, la pregunta sigue presente: ¿Los talleres literarios pueden enseñar a escribir? Yo creo que sí. Lo que no se puede garantizar es que quienes asistan a ellos se conviertan en escritores destacados, a menos que ya vengan con la materia prima de serlo.

Los talleres literarios atraen a los jóvenes, pero muchos son aves de paso. No obstante, son los talleres literarios un punto de encuentro de autores que quieren compartir sus conocimientos –y obtener algún ingreso por ello, obviamente– y jóvenes que sienten el fuego del arte literario en su interior. De esto, es probable que crezca un árbol de muchos frutos; casos en Chile como los de Jaime Collyer, Sergio Gómez, Pablo Simonetti, Diego Muñoz, Carlos Franz y Gonzalo Contreras, corresponde a los de alumnos que hoy son reconocidos escritores y tienen sus propios talleres literarios. O los han tenido.

El tema viene a cuento por la afirmación contundente del británico Hanif Kureishi (foto) sobre la “pérdida de tiempo” que son los talleres literarios, o los cursos de creación narrativa, por los que él, desde luego, “no daría un cinco”. Dice que el 99.9 por ciento de los estudiantes de talleres literarios “puede escribir frases, pero no contar una historia sin causar aburrimiento”.

De manera rotunda, dice que “escribir no es una habilidad que pueda enseñarse”. Y, de acuerdo con su experiencia, los talleres tienen muchos profesores que enseñan cosas inútiles, por lo que él no pagaría por uno. Sin embargo, él, Hanif Kureishi, es docente de “escritura creativa” en la Universidad de Kingston, en Londres. ¿Es un hipócrita, como ya lo han tildado algunos, o alguien que busca ser noticia para, justamente, promover sus cursos?

Lo cierto es que, de quienes pasan por un taller literario, no necesariamente se espera que sean Nobel de Literatura. Pero ¿es esta la meta de los cursos de narración creativa, de los talleres literarios? Creo que no. La crítica de Hanif Kureishi es engañosa porque nadie discute los estudios de música, por ejemplo, pero se hacen, y de todos los guitarristas no se espera que sean Jimmy Hendrix, dice Marta Orrantía, de la Universidad Nacional de Colombia.

Para ella, la principal cualidad aprendida en un taller o curso literario es la de saber leer. Saber leer y entrever la arquitectura y la manera cómo fue armado el edificio narrativo. Cuenta Gabriel García Márquez que leyó muchas veces ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo, “para saber cómo estaba hecho”; hasta cortó con una tijera los párrafos y los ordenó y reordenó hasta entender la manera cómo el autor mexicano manejaba el tiempo y el espacio de sus personajes. Otros han aprendido de la lectura de Marcel Proust, o de Gustave Flaubert.

Por lo demás, muchos autores de altísima notoriedad reconocen en privado, y en público, que todavía no dejan de aprender el arte de narrar. Se lo escuché decir a Adolfo Bioy Casares en una reciente entrevista, admitiendo que siempre tiene tres o cuatro historias en la cabeza, que son cuentos o novelas, pero siempre, también, tiene que aprender a “personificar” esos textos.

Los talleres no resuelven la inquietud de la persona que quiere ser escritor. Puede ofrecerle compañía –y tanta que hace falta, en un oficio de soledades–, coincidencia de intenciones, lecturas compartidas, intercambio de opiniones, y hasta atemperar el genio para tener paciencia y corregir críticamente sus propios textos. En lo personal, la expectativa de alguien que esté pensando acudir a un taller literario, o matricularse en un curso de creación narrativa, no puede ir más allá de lo anotado. Porque que entre al curso, o al taller, para esperar ser “un escritor” en seis meses, un año o cinco años, se equivoca. Y frustra.

GGM cuenta odisea de ‘Cien años de soledad’

g.g.m.A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Ángel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien años de soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

–Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

–Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con la que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias, pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio, que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales, que sólo usamos para la boda y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron –sin los anillos– un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia, porque siempre ha desconfiado del destino.

–Lo único que falta ahora –dijo– es que la novela sea mala.

La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por La mala hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comprar nuestro primer automóvil.

Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Ángel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y La familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años. Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de morir, el primer largo metraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de tareas ocasionales -textos de publicidad, comerciales de televisión, alguna letra de canciones- que me daban suficiente para vivir sin prisas pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.

Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

–Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un solo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.

En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir.

No lo dudé, porque Mercedes -más que nunca- se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logró créditos sin esperanzas con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde las primeras angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:

–¡Esto es puro vidrio!

Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuándo fue que las piedras preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana. Ésta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.

Problemas simples como ése llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad, porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por nosotros, y no sólo los de un mes, sino de varios más, hasta que logramos rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.

Los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales. Carmen y Álvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes.

Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa Elío, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, desde sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban los desfiladeros de mi novela real.

Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos hasta marzo de 1966 –un año después de empezado el libro–, cuando debíamos tres meses de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperas, y de pronto tapó la bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro.

Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:

–Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.

–Perdone, señora –le dijo el propietario asombrado–. ¿Se da cuenta de que entonces será una suma enorme?

–Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo.

Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: ‘Muy bien, señora, con su palabra me basta’. Y sacó sus cuentas mortales:

–La espero el siete de septiembre.

Se equivocó: no fue el siete, sino el cuatro, con el primer cheque inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición.

Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo. Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer fuera de España una paella igual a las de Valencia, y ella era capaz de mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera, locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.

La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las visitas de los amigos. Muchas veces escuché recitados por otros a los que nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que crecían y se ramificaban de boca en boca.

A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia Cuauhtémoc. En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más transparente, de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final de la novela, era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera y el resto cuando me pagaran los primeros derechos de autor.

Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad. Hasta el punto de que quedó reducida casi a la mitad del original.

Años después, Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenagal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.

Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.

–Bendito sea Dios –exclamó–; si no me lo hubiera dicho, no habría podido dormir hasta el lunes.

Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa, -de quien nunca había oído hablar- en la que me solicitaba para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia terminada.

Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos días y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la novela.

De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Álvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta. Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba para entretener a los amigos y que él repetía encantado a los suyos.

–¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! –me gritó–. Este libro no tiene nada que ver con el que nos contaba.

Luego, muerto de risa, me dijo:

–Menos mal que éste es mucho mejor.

No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Con ninguno de los amigos de entonces ni en ningún libro de tantos he podido precisarlo. Ni aun en el de mi hermano Eligio Gabriel, el más autorizado e intenso de cuantos se han publicado sobre el tema. Por fortuna, no ha de faltar algún historiador imaginativo que se encargue de inventarlo.

La copia que leyó Álvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por correo, y otra fue el respaldo que él mismo llevó poco después en uno de sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, cuya hija Patricia la guarda todavía como un tesoro.

Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en junio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa -con todo su derecho- las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y su palabra es de oro.

Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas: Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera: ‘del amigo que más los quiere en este mundo’. Junto a la firma escribí la fecha: 1967. La mención sobre la firma repetida y las comillas en la frase final se debían a una dedicatoria anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza. Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica:

–¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: Confirmado, 1985. Y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ése es el documento de 180 folios, con 1.026 correcciones de mi puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 de septiembre de este año en la Feria del Libro de Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha desconcertado a algunos es por qué las galeradas originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos, el más fiel de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo por disposición testamentaria. Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.

Gabriel García Márquez (foto) (Tomado de Arquitrave)

Marcel Proust sobre arte y literatura en su novela

marcel proustEn la celebración del centenario de la publicación de Por el camino de Swan, 14 de noviembre de 1913, Winston Manrique Sabogal establece varios pilares en la obra de Marcel Proust (foto), de los que retomo dos: ‘Creación, literatura y lenguaje’, y ‘Arte’. Se trata de frases y párrafos tomados de En busca del tiempo perdido, que nos dan información de la inteligencia superior del autor, y también de la base sobre la cual podemos hoy tener una definición, o percepción, sobre esos tópicos con una referencia plausible. De la creación, la literatura y el lenguaje, podemos leer:

–“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico, con la diferencia de que en el científico la labor de la inteligencia es anterior y en el escritor llega después. Lo que no hemos tenido que descifrar ni aclarar mediante un esfuerzo personal, lo que ya estaba claro anteriormente a nosotros, no es nuestro. Solo procede de nosotros lo que sacamos de la oscuridad que llevamos dentro y de la que nada saben los demás”. (vol. VII)

–“…para escribir el libro esencial, el único libro auténtico, un gran escritor no tiene que inventárselo, en el sentido usual, puesto que existe ya en todos y cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor” (vol. VII)

–“…los libros auténticos tienen que ser hijos no de la plena luz y la charla sino de la oscuridad y del silencio”. (vol. VII)

–”(…) el hábito determina tanto el estilo del escritor cuanto el carácter del hombre, y el autor que se ha conformado en varias ocasiones con alcanzar, al expresar lo que piensa, una forma un tanto grata, está asentando así para siempre los límites de su talento. (vol. II)

–”(…) en aquella época aún pensaba que las palabras eran la forma de contarles a los demás la verdad. Incluso las palabras que me decían depositaban con tanta eficacia su significado inalterable en mi mente sensible que me parecía del todo imposible que alguien que hubiera dicho que me quería no me quisiera (…) (vol. III)

Del arte, podemos leer:

–”(…) la genialidad, por no mencionar el talento magno, no procede tanto de elementos intelectuales y especialmente agudos, superiores a los del prójimo, cuanto de la capacidad de transformarlos, de transponerlos. (vol. II)

–”Si el arte no era en realidad más que una prolongación de la vida, ¿valía la pena sacrificar algo por él? ¿No era acaso tan irreal como la vida misma?” (vol. V)

–”El único viaje auténtico, el único baño de eterna juventud, no sería encaminarnos hacia paisajes nuevos, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que ve cada uno de ellos, que son cada uno de ellos; y eso podemos conseguirlo con un Elstir, con un Vinteuil; con sus semejantes volamos de verdad de unas estrellas a otras”. (vol. V)

–”Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber qué ve otra persona de ese universo que no es igual que el nuestro y cuyos paisajes habrían sido para nosotros tan desconocidos como los que puedan existir en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un único mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, contamos con tantos mundos a nuestra disposición como artistas originales hay, y son más diferentes unos de otros que los mundos que ruedan por el infinito y que, muchos siglos después de que se haya apagado la lumbre de que brotaban, ora se llamase Rembrandt, ora Vermeer, nos envían su particular rayo de luz”. (vol. VII)

–”La felicidad le resulta salutífera al cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas de la mente. Por lo demás, aunque no nos descubriese en todas las ocasiones una ley, no por ello dejaría de ser indispensable para encauzarnos hacia la verdad en todas las ocasiones y obligarnos a tomarnos las cosas en serio, arrancando en todas esas ocasiones las malas hierbas de los hábitos, del escepticismo, de la superficialidad y de la indiferencia. Cierto es que esa verdad, que no es compatible con la felicidad ni con la salud, no siempre lo es con la vida. La pena mata a la postre. Con cada pena demasiado grande notamos que se abulta otra vena más, que va desarrollando su sinuosidad mortal por la sien o por debajo de los ojos. Y así es, poco a poco, como aparecen los estragos en esos terribles rostros de Rembrandt viejo, de Beethoven viejo, de los que todos se reían”. (vol. VII)

‘La utilidad de la luna’ de William Ospina

William-Ospina1Acaba de terminar en Ciudad de Panamá el VI Congreso Internacional del Idioma, ante el cual el escritor colombiano William Ospina (foto), Premio Rómulo Gallegos 2009, presentó su ponencia sobre lectura y cultura, que tituló ‘La utilidad de la luna’. Me permito presentar mi edición del texto, por completo ilustrativo. Dice Ospina:

Sabemos que al llegar a su exilio en la isla de Jersey, en 1852, Víctor Hugo exclamó: “Miraré el mar”, y que Francois su hijo le respondió: “Yo traduciré a Shakespeare”. Borges ha dicho que en ese diálogo está implícita la vastedad del mar y la vastedad de Shakespeare. Sin saberlo, ambos estaban formulando de nuevo la comparación audaz que está en el soneto “Al abrir por primera vez el Homero de Chapman”, donde John Keats relaciona el descubrimiento de un libro con el descubrimiento de un mar. Aunque el joven Keats, que no tuvo tiempo de leer mucho, haya confundido en su poema a Balboa con Cortés, quizás porque pensaba menos en un hombre que en un arquetipo del explorador de mundos, la humanidad le ha perdonado su error y ha preferido recordar la metáfora: el hombre que se asoma por primera vez a un libro es como el descubridor que ve aparecer el océano Pacífico, en silencio, desde una cumbre del Darién.

El niño recibió por primera vez el libro en la voz de un anciano. Había en ese relato tierras fantásticas, ladrones, hombres que se transformaban en perros, mujeres que se convertían en yeguas, polemistas capaces de encerrar en una alforja a todo Egipto con sus camellos, sus pirámides y el inmenso desierto.

Eran tiempos de guerra y aquel libro oral de los atardeceres era un refugio contra la rudeza del mundo, una prueba de que en la vida no sólo hay crueldad sino también belleza, milagro y salvación. El anciano creía darle un cuento, pero el niño recibió una llave, con la que abriría después las bibliotecas. Para leer, lo primero que se requiere es la necesidad de escapar hacia otros mundos, la necesidad de soñar despiertos.

Después un maestro con el que nunca había hablado puso en sus manos otro libro, hecho de papel y de tinta, pero al cerrarlo el muchacho no recordaba haber visto renglones llenos de letras sino un joven que intentaba volar desde un tejado, un hombre que jugaba a las cartas con el diablo, unas montañas llenas de historias.

Aprendió que los libros son objetos mágicos. Basta abrir uno, y ya estamos en el tren de Varsovia que se dirige a todo vapor a San Petersburgo, viendo cómo conversan unos aristócratas empobrecidos; basta abrir otro y ya estamos a bordo de un barco perseguido por un dios; o en un viaje hacia el centro de la tierra, o en un castillo que tiene la forma de una calavera; o en una ciénaga donde hay un perro endemoniado.

Se preguntó por qué una de las primeras cosas que atrapan a los seres humanos son las historias de terror. No ha de faltar Edgar Allan Poe en el camino. Pero es que el mundo es esencialmente un sitio peligroso, y tal vez sea necesario vacunarse temprano contra el espanto, aplicándose unas pequeñas dosis.

Cuando alguien dijo que no se les deben contar cuentos de hadas a los niños porque los hacen sufrir, Chesterton respondió que lo que nos enseñan los cuentos no es que existe el miedo sino que es posible triunfar sobre él, que los peligros unen a los seres humanos, que el dolor despierta en nosotros la compasión, que los débiles pueden triunfar sobre los fuertes, que los fuertes deben luchar contra su propia fortaleza, que si algo nos da libertad y capacidad de resistir son las flores de la imaginación.

Hoy se piensa que los libros son mercancías: pero en realidad son lámparas en las que pueden estar guardados unos genios imprevisibles. Y aunque no toda lámpara tiene genio, lo que brota de ellos también depende de lo que hay en el alma del hombre que frota la lámpara. Porque leer de verdad no es consumir sino crear, y a menudo son los lectores quienes les revelan a los autores qué fue lo que en realidad escribieron.

El autor no es dueño del sentido de lo que ha escrito. Un creador escribe, no para comunicar algo que ya sabía, sino para descubrir algo que ignoraba. Al acto de escribir lo llamamos creación porque se espera que en ese proceso surjan cosas nuevas, que el autor sea el primer sorprendido con ellas. Paul Valery dijo que el ser humano “es absurdo por lo que busca y es grande por lo que encuentra”, y Franz Kafka dijo algo aún más perturbador: “El que busca no halla, pero el que no busca es hallado”.

Un escritor no tiene que saber plenamente qué es lo que ha hecho, pero debe tener la certeza de que lo hizo con rigor, con responsabilidad y con pasión. Cervantes podía creer que estaba contando apenas la fábula divertida de un hombre que enloquece después de leer muchos libros y que se lanza a vivir aventuras que sólo ocurren en su imaginación, pero no llevaríamos cuatro siglos extrayendo de ese libro toda clase de enseñanzas, descubriendo en sus palabras uno de los más complejos retratos de la humanidad, si Cervantes no hubiera puesto en el libro toda su capacidad creadora, su energía vital, la necesidad de darle a su vida un rumbo y un sentido.

(…)

Borges dijo que Cervantes, para huir de los reinos de la mitología, les opuso la seca realidad de Castilla, pero que su libro convirtió la seca realidad de Castilla en mitología. La historia y el mundo son de hierro y de piedra, pero, unas generaciones después, los hechos ya son otros y el mundo también. La aplastante realidad, que parecía prometida a la duración y a lo eterno: Carlomagno, Carlos V, Napoleón, Hitler, la Segunda Guerra Mundial, el Imperio Británico, la Unión Soviética, las grandes revoluciones, todo se vuelve fantasmal e intangible. Si queremos volver a tener noticias de su grandeza, tendremos que buscarla en los libros.

(…)

Sin duda ha de ser difícil empezar a leer, cuando vivimos en esto que ahora llaman la sociedad de la información. Porque hay que contrariar al menos tres males conjugados: la telaraña de las desdichas cósmicas que vierten sobre nosotros día y noche los informativos, la avalancha de datos que circulan sin contexto, y la sensación de que los hechos no tienen causa, una sensación nacida del puro frenesí de la actualidad, de una suerte de síndrome del presente puro.

Nuestra época nos crea la ilusión de que hay que saberlo todo, pero igual nos impone el deber inmediato de olvidarlo: nos contagia la alarma ante el presente y la irresponsabilidad ante el pasado. Esta época multicultural es Babel por el hormigueo de sus textos y sus muchedumbres, pero es Alejandría por esa doble tendencia de acumulación y de olvido. También fue Kafka quien dijo en su clásico tono sombrío que no estamos construyendo la torre sino el pozo de Babel.

(…)

La lectura ha tenido muchas veces en las iglesias y en los estados enemigos feroces. Pero sentimos el temor de que los dos más cordiales enemigos de la lectura terminen siendo la industria editorial y la academia. Cordiales, porque no hay duda de que están muy interesados en que la gente entre en contacto con los libros, pero enemigos, porque no se dan cuenta de que su interés primordial no es siempre la aventura de leer.

La industria editorial en nuestras sociedades, al mismo tiempo que pone el énfasis en la venta de libros, debería ponerlo también en la multiplicación de las experiencias de lectura. A diferencia de las sociedades opulentas, donde los peligros son otros, ¿no está contribuyendo aquí la sociedad de consumo a dificultar ese ejercicio mágico de apropiación del libro por los lectores? (…) Cuando acceder al libro es sobre todo una dificultad, ¿por qué quejarnos de que la gente esté leyendo menos?

(…)

Sé que tengo, como todos los escritores, el deber de rechazar la piratería de libros, aunque en el fondo no veo a la industria editorial tan alarmada con ese fenómeno. Acaso sabe que los que compran libros piratas no son los mismos que compran libros legales, que el target, como lo llaman los publicistas, es distinto, y que no hay en realidad competencia.

Pero la piratería sólo se acabará cuando los libros se hagan para todos, pensando en la capacidad adquisitiva de todos. No podemos hacer libros costosísimos y censurar a las comunidades pobres ansiosas de leer, que se resignan a réplicas defectuosas, a versiones degradadas del original.

(…)

Ya he dicho que hoy hay muchas cosas que conspiran contra la lectura; la manía superficial de la información, el espacio saturado de textos imperativos, ciertas pantallas en las que el fantasma del mundo irrumpe a cada rato proponiéndonos cambiar de ocupación. Y los maestros saben como nadie de esa dificultad contemporánea, porque aprender a leer es aprender a estar solo, a menudo aprender a estar quieto, aprender a dialogar consigo mismo, aprender a abandonar la multiplicidad de las inquietudes de la mente, la divagación fragmentaria, y acceder a concentrarse, a seguir el curso de una idea, de una trama, de una intriga, de una argumentación, de una fantasía.

(…)

Por eso es grave y estéril que se pretenda imponerle a la lectura unas finalidades demasiado limitadas. Deberíamos ser capaces con frecuencia, como decía Baudelaire, de partir sólo por partir, de leer sólo por leer. Responder al utilitarismo y a la manía de instrumentalizarlo todo, atendiendo al sentido del verso de Lugones:

Y la luna servía para mirarla mucho.

No tenemos que preguntarnos siempre para qué leemos. Tampoco tenemos que saber siempre para qué vivimos, para qué amamos. Leer debería ser una de esas cosas que se justifican por sí mismas. Eso no significa que no nos dé grandes frutos, significa que no deberíamos subordinar el placer de las músicas verbales, de las fábulas, de las tramas, de los conjuros, de los pensamientos, a una finalidad, a un propósito siempre consciente; más bien deberíamos permitir que la lectura obre en nosotros su trabajo secreto.

Quienes tengan interés en leerlo enteramente, pueden hacerlo aquí.

Tras el rastro del vocablo Conticinio

momento2Voy a hacerme una confesión: jamás había escuchado la palabra conticinio. Y cuando la oí, o mejor dicho, la leí, no me dijo qué dice en verdad. Lo que en verdad dice. La asocié, por el sufijo, con latrocinio, patrocinio, cosas así. Supe que designa un momento especial. Uno que algunos no han dudado en calificar de mágico. Alguien le hizo un poema, que se acerca bastante a la definición misma. Otro dijo que es una palabra reservada para poetas y escritores. Hubiese sido preferible que con la palabra cualquiera pudiese acercarse al ámbito del poeta o escritor. Otro hizo una canción, un vals, y uno más respondió por su significado en el maestro virtual de las preguntas y respuestas de Yahoo. Y en Google, también. Por mi parte, intento ilustrarlo, quizás torpemente, con un trabajo de Richard Caldicott. La Escuela de Escritores, un portal español, pidió escoger la palabra más hermosa de nuestro idioma español, y muchos la nombraron: conticinio. Dijeron: “Noche, silencio… el momento ideal”. “Madrugada repleta de ausencias en que la poesía alcanza y la muerte onírica del mundo nos llena de absoluta paz”. “Me encanta esta palabra por su aparente inutilidad”. También la Real Academia Española dijo lo suyo. La verdad, o al menos la mía, la palabra en sí, carece de dulzura, de fluidez o magnetismo, como pentimento, carámbano o nimbado. Cada cual tendrá, obviamente, las suyas. Sus palabras sonoras, dulces, magnéticas. En tanto la palabra conticinio viene del griego y significa vigilia. Vigilia es vigilar. Vigilar es velar. Y qué es si no la concentración de los sentidos. En el conticinio, ya no responde esa concentración de los sentidos a la detección de vida o movimiento exterior, sino interior. Designa el conticinio ese momento. Con la venía de la RAE, no solo de la noche. Sino el momento. Ese, a cualquier hora, en el que se produce el silencio que invoca la magia de convertirnos en universo.