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‘La llave’ de Luisa Valenzuela

valenzuelaUna muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla, aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.

Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos -mandados por Dios seguramente-, que me liberaron del ogro.

Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.

Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.

Tan buena no serás si ahora te estás presentando en la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).

Aun así, aún aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.

De esto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.

Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.

Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault -que en paz descanse-, el primero en narrarme.

Ahora me narro sola.

Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de un color tan extraño… Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.

No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a lo largo de siglos me huyen porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.

Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).

Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes, o más bien invertir el punto de vista.

Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un “defecto” que aprendí -con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio- a defender a costa de mi vida.

De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.

Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber: El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve desde ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquitito a todas.

Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.

No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.

El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.

El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines de 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:

“A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro”.
¡La sagrada curiosidad, un efímero placer!, repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de los siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre a impulsar en aquel entonces -cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña- a develar el misterio del cuarto cerrado.

¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?

Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Qué cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo nomás hablar porque sé que la respuesta se la darán ellas mismas antes de concluir el seminario.

Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.

¿Comodidades?, pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?

Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.

¿Y la primera?, les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendrá la primera, y qué habrá visto?

En mis épocas de joven castellana prisionera -sin saberlo- del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otra forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.

Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto de olvido, el muy piadoso según dice la gente.

Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casa y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.

El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.

Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su transgresión. ¡No usar esta llave! es orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave… aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.

Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.

Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.

Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe de estar retorciéndose en su tumba.

Luisa Valenzuela (foto)

 

Partidos minoritarios; milicos; codicia

logosRefichaje de minorías. Resulta increíble la abrumadora minoría que son los partidos políticos en Chile. Su militancia suma, apenas, 158.228 almas, de acuerdo con el reporte del Servicio Electoral, Servel. La cifra fue posible conocerla, por la obligación de los partidos de ‘refichar’ sus inscripciones, o ‘recontar’ sus militantes. En un país de ¿dieciocho millones de habitantes? (no lo sabemos, porque el censo del presidente Sebastián Piñera fue un fiasco imperdonable), que once (11) partidos reporten una militancia de apenas 158.228, ¿no es, más o menos, ridículo para una democracia? Son partidos por completo débiles. Endebles. Casi inexistentes. Ninguno puede mirar por encima del hombro a otro, como lo hace la Democracia Cristiana con sus socios de la Nueva Mayoría, o como lo hace la Unión Demócrata Independiente con su socio Renovación Nacional. Todos, sumados son, vergonzosamente, el 0,88% de la población. De acuerdo con Servel, los registros de sus militantes son los siguientes:

Partido Socialista 26.017 fichados

Partido Progresista 19.517

Evolución Política 19.337

Democracia Cristiana 15.093 (1.403 por revisarse)

Partido Regionalista Independiente 17.558

Unión Patriótica 15.927

Partido Comunista 11.919 (4.633 por revisarse)

Renovación Nacional 9.780

Unión Demócrata Independiente 8.425 (1.511 por revisarse)

Partido Por la Democracia 7.460 (2.226 por revisarse)

Partido Radical Socialdemócrata 7.195

Los milicos. Una vez más, las fuerzas armadas (militares, armada, aviación y policía) viven LOGO FFAAen otro mundo. No solo porque tienen un poco distorsionada su misión nacional, sino porque la justicia para ellos corre de otra manera. Hoy día, en medio de los escándalos por robos al erario que surgen aquí y allá, resulta que los delitos de los militares (digámoslo así, en forma genérica, ‘los milicos’) prescriben con otros tiempos. Se supo, a raíz del robo de varios miles de millones de pesos en Carabineros, que cuando el país creía que, individualizando a esos delincuentes que actuaban camuflados con el uniforme policial, deteniéndolos y poniéndolos a órdenes de la justicia, habría sanción ejemplar. Pero no. Resulta que, para todo el mundo en Chile, los delitos económicos prescriben en 4 años, pero para los militares en 6 meses. ¡Seis meses! Roban en enero y, si no los pillan, en agosto ya no pueden acusarlos de robo. Así es la cosa. Acaso ¿todavía vivimos bajo la égida de los milicos? O esto es una democracia, también para aplicar la justicia. ¡Qué vergüenza estas gabelas para quienes delinquen con un uniforme de las fuerzas armadas puesto!

Codicia. Ridículamente sobreabundante ha sido el cubrimiento periodístico de la codicia3extradición desde Rumania, y la llegada a Santiago, del delincuente Rafael Garay. Sí, estafó (pero judicialmente falta que se lo prueben) más de 2.000 millones de pesos, pero no ha sido tratado como un delincuente, sino como un rock star. ¡Todos los canales ‘abrieron transmisión’, ininterrumpida, para informar de la llegada y traslado ante la justicia del delincuente! Para semejante acontecimiento, basta con un informe de 5 minutos (y es mucho), cada cierto tiempo.

Pero, además, vale anotar que, de alguna manera, lo están juzgando por la misma motivación que tuvieron sus víctimas. Me explico: sí, estafó. Lo hizo motivado por la codicia. Pero también por codicia fueron timadas sus víctimas. Él les prometió un cerro de plata en corto tiempo, y los codiciosos acudieron como abejas a la miel. Sí, son víctimas, pero subyace en ellos una intencionalidad torcida: la codicia. Su deseo, su apetito ansioso y excesivo por tener dinero fácil los llevó a entregarle al delincuente, codicioso como ellos, altas sumas de dinero que, tontamente, creyeron que el delincuente les iba a duplicar, a triplicar, a cuadruplicar, en cuestión de semanas. Y tuvieron su merecido.

‘La tragedia del minero’ de Efe Gómez

gomez efeEs de noche. La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores, de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad entera.

Se oyen pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos, Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.

-¿Y Manuel? -pregunta Doña Luz.

Silencio.

-¿Se quedó de paso en su casa?

-No, señora.

-¿Y entonces?

Silencio nuevo.

-¿Pero qué pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere -naturalmente- que esté con ella en el trance que se le acerca.

-¡Pobre Dolores! -dice Micaela-. De esta llenada de luna no pasa.

A Juan Gálvez empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.

-Que se cumpla la voluntad de Dios, señora -dice al fin-. Manuel no volverá.

-¿Qué hubo, pues?… Cuenta, por Dios.

-Mire, señora. Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano… Y ni un jumo de oro. Cuando una mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal… y empezamos a sacar amarillo… y la cinta a meterse por debajo del organal… La señora no sabe lo que es un organal… Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos… amontonados cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros… ¡Y qué montones! Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de un montón de esos… Y se pierde. Se le oye mugir allá… hondo. Uno pasa por encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a caer de piedra en piedra… a caer de piedra en piedra… a chilinear: tirín, tirín… Allá estará chilineando todavía.

Por entre las junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en que no cabíamos… Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.

-Aquí va la cinta -dijo Manuel, ya al otro lado.

Le echamos una batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.

-¿Qué opinás viejo? -me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado, llena de material.

-Mirá: se ven, así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores…

Y pegó un grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el organal, como un trueno encuevao.

Los compañeros salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla… Cuando de golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa que tenían entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me quedé a oscuras… ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de Manuel… pa qué sino la verdá.

-¡Bendita se la Virgen! -dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron llegar-. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.

-¿Y qué fue lo que pasó?

-Es que onde hay oro, espantan mucho.

-¿Y Manuel?

-Por ai vendrá atrás.

Nos pusimos a clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.

-¿Le pasaría algo a aquél?

-Allá estará, como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.

-Vamos a ver.

Y empezamos de nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.

Llegamos al punto en donde habíamos estado antes.

-Pero qué sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa -dijo Quin Restrepo, con una carcajada.

-¡Y la vela!

-¡Y los fósforos!

-Fíjate a ver si dejó también las orejas este viejo flojo.

-¡Y quien le oye las cañas!

-¡Pero qué fue esto, Dios! Vengan, verán -gritó Penagos.

-¡A ver!

-Nos amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto, Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba nada: ciego, como ajustado a garlopa.

-¡Manuel…! -grité.

-Nada.

-¡Manuel!

-Nada.

Volví a gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:

-¡Manuel!

-¡Oooh!… -respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo…

-¿Qué hubo, hombre?

-A mí déjenme quieto.

-¿Pero qué fue, hombre?

-Por mí no se afanen. Ya yo no soy de esta vida.

-¿Qué pasa, hombre, pues?

-Encerrado como en el sepulcro… De aquí ya no me saca nadie… Sacará Dios el alma cuando me muera… Si es que se acuerda de mí.

-Buscá, hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde…

-He buscado ya por todas partes… Los pedrones, juntos, apretados… ¡Y qué pedrones!… Tengo una sed…

Inventamos un popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.

Así nos estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.

Si tuviéramos dinamita -pensábamos- volaríamos el pedrejón que rompió los tacos… pero como todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente… y nos trituraría a todos… o nos dejaría encerrados…

Y lo horrible fue que se nos acabaron los víveres.

Manuel lo adivinó. ¡Con lo avispado que era!

-Váyanse muchachos… ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras… Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y… váyanse… ¿Qué se suplen con estarse ai…? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!… Me le dicen a doña Luz que ai se los dejo… a él y a Dolores. Que los cuide como propios… y no me llamen más, porque no les contesto…

¿Qué hacíamos, pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!

Y el viejo Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para taparse los ojos. Lloraba.

La puerta del exterior se abrió con estrépito.

Y entra Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos enormes, extraviados, trágicos.

-Todas son patrañas. Todo lo he oído… Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo… ¡Y ustedes sinvergüenzas, tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos…!

Abre los brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.

Se lanza doña Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.

Efe Gómez (foto)

 

‘Matar una cucaracha’ de Claudia Amengual

Claudia AmegualYo decidí no matarla. Sé que fue un acto consciente como buscar un poema en un libro cualquiera o elegir las mejores manzanas en la feria. Me detuve a pensar unos segundos y decidí que no. Y hasta creo que sentí un leve orgullo al vencer el reflejo natural de aplastarla. Un tipo racional, un tipo con dominio de sus reacciones, mi cerebro domesticando los instintos. Todo eso pasó por mi mente con la velocidad necesaria para que el orgullo naciera inesperado y me hiciera sentir mejor persona. “Mañana es lunes” pensé y ni siquiera la perspectiva de volver a mi oficina parda, sin ventanas ni sombras; ni siquiera el presente asfixiante de la tarde de domingo, nada pudo con aquella sensación fresca de sentirme un hombre capaz de tomar decisiones.

Estaba picando las cebollas cuando la vi deslizarse desde la puerta del baño y entrar a la cocina pegadita a la pared, donde ella sabía que era más difícil plantarle encima el zapato. Lo sabía porque las cucarachas tienen una memoria que les viene desde la eternidad; por eso resisten tanto, porque aprenden de las otras y saben que no hay que exponerse en lugares demasiado abiertos donde un pisotón es el fin. Y se quedó quietita mientras yo machacaba las cebollas hasta deshacerlas en una pasta blancuzca, bastante asquerosa. La hubiera matado, pero tenía los ojos cargados de lágrimas y un ardor que no me dejaba ver más allá de la tabla de picar. Y fue ese tiempo mínimo, mientras el llanto sin tristeza me lavaba los jugos de la cebolla, fue ese tiempo que me permitió pensar si tenía sentido matarla.

Era mi primera vez y estrenaba sensaciones cruzadas de piedad y de omnipotencia. La cucaracha se quedó esperando y yo puse la cebolla en una sartén. Prendí el extractor de aire, pero lo apagué. El ruido se interponía en esa curiosa paz que había alcanzado. A nadie iba a molestarle el olor a cebollas y yo podía estar a gusto con el crepitar del aceite hirviendo y mi nueva condición de buena persona. Me puse a pelar las papas con un ojo puesto en la cucaracha que apenas movía las antenas y esperaba. “Si se mueve… si se mueve”, pensaba, “si viene hacia mí, la mato”. Pero no se movía, seguía junto a la pared, muy cerca de la puerta y yo pelaba las papas con un arte que aprendí Allá y que da envidia porque la cáscara sale finita, como un papel transparente.

Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta… Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.
Corto las papas en dados perfectamente iguales y se van a freír al aceite con las cebollas. Bajo la intensidad de la llama. Siempre es mejor cocinar a fuego lento. La cucaracha se ha movido unos centímetros, pero su mirada sigue clavada en mí. Empiezo a inquietarme. Junto las cáscaras y tiro todo a la basura. Guardo un trozo de pan en la alacena. Apenas me descuide, va a trepar a la mesada para andar entre la comida. Pienso si no será mejor matarla de una buena vez. Si cayera en la tortilla y alguien la encontrara, no me dejarían cocinar nunca más. Como tampoco me dejan estar con mi nieta. Todo porque come cucarachas y ellos creen que yo se las doy, pero no es cierto, ella las busca y se las lleva a la boca. Yo nada más la miro. Y ella me mira.

La cucaracha se mueve hacia mí. Me pongo en guardia. Se detiene y yo pienso que está presionándome demasiado, que pone a prueba mis nervios. No voy a descontrolarme esta vez. Mañana es lunes y vuelvo a la oficina, y hoy es domingo de tarde, la peor hora de cualquier vida, hoy es domingo y todos duermen la siesta. Y yo aquí, batiendo cinco huevos hasta que logro una espuma amarillenta y la largo encima de lo otro, revuelvo un poco, bajo todavía más el fuego. Me quedo un rato mirando cómo va coagulándose el líquido alrededor de las papas y las cebollas.

¡Olvidé la sal! ¡La sal! Todos van a darse cuenta en la cena. Olvidé la sal y ahora ya es tarde para agregarla. Y volverán a decirme que no sirvo para nada, que ni una mísera tortilla soy capaz de hacer. Volverán, como todos los días, como cada día desde hace un tiempo, me dirán que soy un inútil, y alguien sugerirá que debo volver Allá, que nunca debieron traerme. Y Gloria dirá que aquí estoy mejor, que cualquiera olvida un puñado de sal, que no es para tanto. Pero los demás insistirán hasta que Gloria se tape los oídos como la última vez y grite que la dejen en paz, que ella me cuida, que mi lugar es junto a ella. Y yo trataré de abrazarla, pero mis manos estarán duras, paralizadas por el miedo y me quedaré quieto mirando mientras los otros gritan, mis hijas, mis yernos, y Gloria llora y dice que la dejen en paz, que nos dejen en paz, que se vayan a vivir a otro lado, que ella me cuida. Y yo quiero decirle que no se preocupe porque yo cuido de ella.

Pero no puedo, estoy muerto de miedo parado junto a la pared con los músculos inertes. Sé que es ahora cuando debo dar vuelta la tortilla. Sé que un minuto más y empezará a quemarse y se pegará al fondo y se habrá estropeado la cena. Y dirán que no es solo la sal, que tampoco sirvo para dar vuelta una maldita tortilla, que para nada sirvo, que tendría que volver Allá. Pero yo no quiero. Yo quiero que sea domingo y que mañana sea lunes y yo vuelva a mi oficina parda sin ventanas ni sombras, la misma oficina de los últimos treinta años. Y que Gloria cebe mate para los dos y comamos galletas con queso. Que busquemos un tango en la radio y yo la invite a bailar, la tome por la cintura y ella se deje llevar. Que se ponga colorada si las nenas entran y yo le diga que no importa, que ya están grandecitas, que entienden, que pronto buscarán novio y se irán a otra parte. Y Gloria, apretada contra mi pecho, me dirá cuánto me quiere y cerrará los ojos mientras bailamos.

La cucaracha siente mi miedo y avanza. Sabe que estoy paralizado y viene hacia mí. Parece levantar una pata y señalarme. Me ha visto. Ahora estoy seguro. Me ha visto y avanza. El olor a quemado es leve pero yo sé que es cuestión de segundos para que todo se eche a perder. Y todos me dirán inútil, se agarrarán la cabeza, me gritarán, le gritarán a la pobre Gloria. “¡Déjenla tranquila!” les digo, pero nadie me escucha. Solo me permiten este espacio blanco de la cocina. Y hoy ni siquiera eso. Quemé la comida. Tienen razón, no sirvo.

Todo por esa cucaracha, esa maldita cucaracha, asquerosa cucaracha que me mira. Me mira y se acerca y juraría que algo dice, pero no, no estoy loco. Viene hacia mí; tendría que haberla matado apenas la vi asomar sus antenas repugnantes. Viene hacia mí, me huele y, ahora sí, ahora sí, estoy seguro, algo dice, son sonidos, algo dice… y avanza. La tortilla ya es un franco despojo de papas carbonizadas y el humo empieza a ganar mi aire. Y ellos no tardarán en venir y me dirán que soy el mismo inútil de siempre. Que no soy capaz de hacer una tortilla. Ni de matar una cucaracha. Levanto mi pie y lo dejo caer con violencia. Le aplasto la cabeza contra el piso frío de la cocina. Grita. Chilla y se retuerce y yo vuelvo a descargar mi pie con furia. Una y otra vez. Agita las antenas, las patas, las inmundas patas, chilla demasiado. Muevo mi pie sobre su cabeza hasta que veo un líquido viscoso que me ensucia las suelas. El humo es negro y huele muy mal. Pronto vendrán todos, pero ya no me dirán que no puedo matar una cucaracha. Pronto vendrán todos al oír los gritos desesperados de esta cucaracha maldita que me ha hecho quemar la comida. Pronto vendrán todos a insultarme, a decirme que estoy loco, que nunca debí salir de Allá. Y verán a la cucaracha que se resiste a morir, que ahora es una masa viscosa de pelos y sangre, una mancha desfigurada sobre el suelo de la cocina, unas patas agitándose apenas, unas manitos, ¡Dios mío!, unas manitos…

Claudia Amengual (foto)

‘Violación’ de Pilar Quintana

pilar-quintana-escritora-caliCon la señora a duras penas si conseguía una erección que le permitía penetrarla. Era ahí cuando empezaba el verdadero martirio porque nunca alcanzaba la excitación suficiente para venirse. Horas y horas de darle a ese cuerpo de carne abundante y floja que aullaba debajo de él. Si la oscuridad era absoluta y la tocaba lo menos posible, podía imaginarse que la señora era la niña. Entonces se venía al instante.

La niña sí le producía erecciones como debían ser. Le bastaba con verla salir de la ducha envuelta en su toallita blanca o paseándose por la sala con su pijama de pantalón corto y blusa de tiras.

Vivía con ellas desde que la niña tenía siete años. Ahora tenía trece y le decía papá. Los senos ya le estaban brotando. Pero la regla todavía no le había llegado. Si lo hubiera hecho, la señora se lo hubiera contado. Además las únicas toallas higiénicas que aparecían en la papelera del baño eran las que descartaba la señora cuando estaba en esos días. Se moría de ganas por saber si le habían salido vellos en el pubis, las axilas estaban limpias. Cada vez que la niña alzaba los brazos para alcanzar un objeto de la alacena, él se detenía a examinarla.

Esa mañana llamaron por teléfono a la señora para avisarle que un tío había muerto. No convenía llevar a la niña a una ceremonia tan triste y larga y tampoco podían dejarla sola. Era una niña. Lo más prudente era que él se quedara a cuidarla.

Cuando llegó del colegio, la niña se encontró con que su mamá se había ido al velorio de un tío. Sintió que debía ponerse a llorar, apenas si había conocido al tío y no le salió ni una lágrima. Se comió la merienda que él le preparó. Hizo la tarea mientras él lavaba los platos. Entonces llegó la noche y la hora del baño. Salió envuelta en su toallita blanca y él la siguió con la mirada. Encontró el pijama de pantalón corto y blusa de tiras sobre su cama. Se lo puso y volvió a la sala. Él sonrió y la invitó a ver televisión en la cama grande.

En cuanto la niña se durmió, él apagó el televisor y empezó a masturbarse. La niña estaba a su lado, boca abajo. Con la mano libre se puso a acariciarle la espalda. Después bajó a las nalgas y de ahí no le tomó mucho tiempo llegar a la entrepierna. La niña se movió y él aprovechó para darle la vuelta. Le quitó los pantaloncitos, la oscuridad era absoluta, le bastó con el tacto para darse cuenta de que no le habían salido los vellos. Esto lo excitó sobremanera y le separó las piernas. Con una mano se masturbaba y con la otra la tocaba a ella. El clítoris se le había hinchado, estaba mojada, la niña permanecía quieta pero no era posible que siguiera dormida. Entonces le acercó el miembro al pubis. No pensaba penetrarla, sólo iba a restregarlo hasta venirse. A medida que lo hacía la respiración de la niña se fue agitando, definitivamente estaba despierta y no estaba negándose. Así que él se mintió diciendo que sólo iba a introducir la punta. Cuando lo hizo, la niña soltó un gemido. A él le pareció que era de placer y ya no pudo contenerse. Lo hundió hasta el fondo.

La niña gemía y él se movía rítmicamente, despacio, para no hacerle daño. Cuando estaba a punto de venirse, todavía tuvo la presencia de ánimo para preguntarse si debía hacerlo por fuera o por dentro. Se acordó de que a la niña todavía no le había llegado la regla y se vino por dentro. Entonces todo quedó en calma.

A la mañana siguiente quitaron, entre los dos, las sábanas de la cama grande y las llevaron a la lavadora y todo siguió siendo como era antes. Lo único diferente ocurrió cuando la estaba despachando para el colegio. La niña se acercó para besarlo, nunca lo hacía, él se sintió algo cohibido y le puso el beso en la frente. La señora llegó cuando las sábanas ya estaban limpias. La conciencia de la muerte le había dado ganas de sexo. Él supo que ya no iba a cumplirle ni con una de sus erecciones blandas.

Pilar Quintana (foto)

‘El rayo’ de Paul Brito

paul britoLa mala suerte de mi familia comenzó con un rayo y terminó con otro. El papá de mi abuelo Miguel se llamaba Carmelo Ramos y tenía una finca grande por los lados de Molinero, a varios kilómetros de Sabanalarga. No superaba los 55 años cuando un rayo lo mató. Se había desatado una tormenta eléctrica y mi bisabuelo salió a meter las vacas en el establo, a pesar de que su esposa, mi bisabuela Rosita Galera, que siempre fue capaz de olfatear la muerte, le rogó que no lo hiciera, que dejara las vacas donde estaban.

-Cómo se te ocurre, mujer, las puede arrastrar un arroyo y ahogarse -exclamó él.

Mi bisabuela Rosita trató de agarrarlo, pero los Ramos siempre han sido tercos e impacientes, y mi bisabuelo Carmelo salió a poner a salvo a sus animales. Cuando el rayo retumbó, ya Rosita había visto el resplandor como un fogonazo que quisiera fotografiar el momento para siempre, y ya había sentido el temblor en el fondo del suelo. Mi bisabuelo Carmelo no murió exactamente por el rayo sino por un árbol centenario que le cayó encima, lo que no dejaba de ser irónico: un árbol había matado al señor Ramos. Le dejó a Rosita siete hijos, de los cuales los tres primeros: Domingo, Armando y Miguel, murieron también alrededor de los 50 años. Mi abuelo Miguel, por ejemplo, tenía apenas 48 años cuando se le reventó una úlcera en el estómago y dejó a mi abuela también con siete hijos.

Lo curioso es que, en cambio, mi bisabuela Rosita vivió hasta los 103 años, cuando hacía tiempo había enterrado a su esposo y a sus tres hijos mayores. Llegó a esa edad sana y con los dientes intactos, a pesar de que fumaba unos tabacos sin filtro con el fuego hacia dentro. Decía, en broma, que iba por la tercera dentición. Mis tíos recuerdan que cuando cumplió 100 años le hicieron una fiesta grandiosa y mi bisabuela fue la que más bailó.

Su memoria también era admirable. Todas las mañanas se bañaba temprano, con la supervisión de su nieta Sonia, y salía a la terraza a mecerse en su mecedor, en la casa de material que tenía en Sabanalarga. La gente la saludaba con cariño:

-Adiós, Mamá Rosita -le decían. Y ella saludaba a todos con nombre y apellido, y a los que tenía tiempo sin ver o no había visto nunca les sacaba el parentesco:

-Ah, tú debes ser nieto de mi compadre Ligorito, dale mis saludos por favor.

Cuando llegó a los 103 años, decidió que ya se quería a morir, a pesar de que seguía igual de saludable y lúcida como siempre. Le preguntaron por qué y ella respondió que ya había enterrado a su esposo, sus hermanos y cuatro de sus hijos.

-No quiero enterrar también a mis nietos -exclamó-, ya está bueno.

Era como si hubiera absorbido el tiempo que les faltó vivir a sus hijos y no quisiera seguir viviendo con el saldo de algún nieto. O como si le pareciera de mal gusto seguir cumpliendo años indefinidamente mientras todos se morían. Quizá pensaba que la única manera de conjurar la fuerza de aquel rayo que había seguido tumbando Ramos prematuramente era cortar su propio tallo de raíz.

Y ese día efectivamente murió dormitando en su mecedora, como si un rayo silencioso hubiera caído sobre ella. Entonces habrá percibido el mismo resplandor y la misma sacudida en el fondo de la tierra, como cuando desciende un rayo sobre un árbol centenario.

Paul Brito (foto)

‘La luna y el bastón’ de Zoé Valdés

zoe_valdesNo es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.

-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.

-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.

-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar… -cortó seca Clemencia.

-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!

-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña… Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.
Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía… en fin… no sé qué tú piensas, Dulce, creo que… A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.

-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era algo que habíamos convenido de antemano.

-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle “Mauricito, ven acá”? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído -no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.

-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.

-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle “Cristo”. Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo… En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre… Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. “Tú eres meiga, hija”, dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo, sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varias ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos. El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de España, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!
Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o paso-dobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero…

-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.

-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!

-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:

-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

Zoé Valdés (foto)