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‘El regreso del fotógrafo’ de Víctor López Rache

victor lopez racheNosotros llegamos y los amigos de Manuel José dejaron de admirar la biblioteca y él salió a despedirlos. Antes de 15 minutos debemos estar en La Séptima, permiso; en la Terraza de la Bailarina, explicaron cordiales. Nairét me miraba y yo la miraba a ella, y hubo un breve suspiro y volteé la cabeza y, como si viniera del solar, un hombre asomaba en los estantes del fondo. Pensé que también se iba y fingí sacar mi libreta y ella imaginó que yo estaba inspirado y se alejó a curiosear.

–Espera –le dije y ella no me oyó.

No llegaba a los 30 años y, a paso lento, recortaba los 10 metros que nos separaban. No puede ser, yo balbuceaba. Vestía bluyín y revelaba las señales del sufrimiento que Bogotá le imprime a los habitantes de a pie. Adivinando el motivo de su regreso, rasgué una hoja y anoté: 2853879. Sin decirme una palabra apretó mi teléfono en la mano y retornó a los estantes y, entonces, le vi en el hombro una cámara muy vieja. Manuel venía de cerrar el portón y le dije:

–Es un primo mío. –Sentí correr frío en la frente–. Desapareció hace años. Yo estaba en el colegio y todavía buscaba la mano de papá.

–No te preocupes, hombre, John –me dijo él–, ¿también trajiste los niños?

Quise distraerme bosquejando mis impresiones en la última hoja de la libreta; pero el esfero se varaba, se me cruzaban las ideas, o el primo me miraba de reojo.

–Entonces nos puede narrar diez verdades de la misma comedia –sonriendo, me dijo Manuel. Pero, al verme sorprendido, agregó–: No me lo habías presentado antes, ¿y qué hace?

–Tomaba fotografías rudimentarias. Empezaba a popularizarse la Kodak.

Recordé sus pocas visitas a la casa de La Victoria. Yo corría a abrirle y él me daba dulces y papá lo invitaba a cerveza y él le aceptaba un tinto. Era abstemio, delgado y de ideas distintas a los jóvenes de su edad, decían cuando se iba. Las duras jornadas de la fotografía callejera habían influido en el aspecto de mi primo.

–Después de su desaparición –en voz baja me dijo Manuel– ¿siguió tomando fotografías?

Llevé la mirada hacia el fondo de la biblioteca y estaba mirando los libros de la parte baja; quizá, para ocultar la mirada y algo de la cara.

–Bogotá tiene secretos que sólo pueden develar los que regresan –ante mi silencio, Manuel siguió bajando la voz.

Con mi teléfono en la mano seguía en el estante paralelo al que avanzaba Nairét y podían encontrarse en la vuelta y ella es nerviosa y la edad no le permitía recordar pintas tan pasadas de moda. Aprovechando la distancia de los dos, Manuel continuó:

–Si no me equivoco, hace unos días me tomó una foto en La Séptima. ¿Dónde vive?

–Vivía en algún cuarto de los inquilinatos de La Perseverancia.

–Su cámara lo dice –me interrumpió. Y agregó–: me la tomó el día que celebraron los 25 años de lo del Palacio de Justicia.

Mi imaginación voló décadas atrás.

–En esa época, no recuerdo bien –me limpié el hielo de la frente–. Desde que apareció, me viene fallando la memoria.

Manuel apartó la atención de los simulacros de apuntes que había anotado en mi libreta y observó que mi primo tomaba un libro del estante de la Poesía de Humor. Él ordena los libros por temas, subtemas, y no por las pastas y el tamaño, como yo; o por el aroma, como Nairét.

–¡Ya! –exclamé–. Desapareció cuando el Holocausto del Palacio. Pero los suyos nunca salieron de Vayotá y los campesinos no creen en las desapariciones y nunca averiguaron su suerte.

–Pero creen en las apariciones.

Imágenes remotas empezaron a agitarse en mi memoria. En 1985 yo terminaba primaria y en compañía de papá iba a leer a la Luis Ángel Arango. En las semanas posteriores nos parábamos en el monumento de Bolívar y en voz baja papá hacía comentarios de El Holocausto y yo imaginaba llamas, y en las llamas veía rostros y en el humo oía gritos. Las palomas volaban como cuervos insatisfechos y, a través de la cerca de púas y policías, yo alargaba la mirada y papá susurraba que los milicos les impedían a los investigadores tomar muestras de las cenizas. Yo quería saber por qué y papá me arrastraba de la mano, ¡vamos, gato!, me decía y suspiraba. Eran recuerdos quemantes; pero no podía convertirlos en palabras.

–También pueden estar en varios lugares al mismo tiempo –Manuel afirmó–. Es la principal ventaja de los que regresan.

Me sentí responsable de las acciones de mi primo y la culpa me sobrecogió. Si estaba, ahí, revisando los libros, también iba con los amigos que habían salido cuando nosotros llegamos. En mi ausencia, ingenuo y lenguaraz, podía delatar las torpezas de mi niñez. Me llevaba 14 años y yo le hablaba locuras y él me premiaba con golosinas. Las carcajadas retumbarían en La Terraza y, luego, con metáforas simples les contaría sus misteriosas andanzas; no sólo a pedirme el teléfono había regresado. Me controlé. Si bien mi relación con ellos no era óptima, tampoco era mala, y no estamos en épocas de generar sospechas por la falta de tacto de un fotógrafo que, después de 25 años, aparece como si no hubiese pasado un instante. Quise disculparme de antemano; pero lo vi dirigirse a Nairét. ¿Qué le contaría? De libros podrían hablar nada; las materias de una carrera inconclusa en la Inca, le había impedido salir de las fronteras de los cuadernos, y los fotógrafos, como los pintores, olvidan lo poco que han leído antes de dedicarse a su vocación. Quedó de perfil y en tan larga ausencia ni siquiera se había dejado crecer la barba. Profundicé la mirada y usaba la misma chaqueta. En el hombro derecho exhibía su Kodak viejísima.

–Tal vez nos quiere encartar con sus fotografías –como si quisiera ayudarme a salir de los recuerdos, me dijo Manuel José–. ¿Dónde trabaja?

–Donde fuera, llevaba la Kodak.

–En esos años preferían La Séptima y la Plaza de Bolívar.

–La ley persigue sus testimonios hasta en los infiernos.

–¿Jamás ha entrado un fotógrafo a los cielos?

–Les eliminan las fotografías –traté de aclararle–. A otro le borraron el fantasma del aire.

–¿No te han contado de los que se han ido con sus fotografías?

–Este caso es lo contrario. Ha regresado con su vieja Kodak de rollos.

–Hombre, John, entonces, ¿nos puede develar algunos secretos?

–Ojalá no –temblé y, como pidiendo disculpas, agregué–: Ni muertos los artistas aprenden a ser discretos.

–No me molesta la visita de los amigos de los amigos, menos las de sus parientes, ya te dije.

Nairét asomó contenta y, en medio de los estantes de libros, se veía espléndida. Cambió el semblante cuando observó una de las fotografías. Manuel tiene una experiencia superior a la mía y le dijo:

–A un buen fotógrafo cualquier espanto le sirve de motivo. ¿Me las dejas ver?

–Pero no sé cómo aparecieron en mis…

–Hay muertos –me apresuré a interrumpirla–, hay gente que no envejece –corregí–. De ti no dicen que revelas 30 cuando vas a cumplir 25, perdón, ¡cuando ya cumpliste los 35!

Mientras le recibía las fotos, sonriendo, Manuel se adelantó:

–O si el primo se quita la muerte y empieza a vivir y se deja la barba y…

Las Nairét por todo ríen y sus dientes, blanqueados la semana anterior, le ayudaban ocultar sus confusiones.

–¡Manuel José, tú siempre con tus bromas! ¿Pero de qué hablan?

Volví a fijar la atención en su rostro y la habilidad verbal de Manuel José había logrado no dejar entrever la auténtica naturaleza de mi primo. Sonreí. Tampoco le dejaría ver las fotos que habían motivado su regreso.

–Hombre, John, ¿y cuándo vuelves?

Nairét no se sintió invitada y quiso pedirle las fotos; pero yo me apresuré:

–Mañana las llevó. El fotógrafo me las ha enviado contigo para que yo se las entregue a Manuel. Discutieron el viernes en La Terraza y vino con los amigos a buscar la reconciliación; pero llegamos nosotros. Sabe que Manuel y yo nos llevamos bien y se quedó.

–¡No entiendo nada!

–Es imaginativo y quiero hablar con él. Asuntos de credos y abstinencias no se deben mezclar con el arte.

Mientras intentábamos una respuesta convincente, mi primo le había dado la vuelta a los estantes. Manuel y yo alargamos la cabeza y Nairét estudió nuestra mirada.

–¿Vengo mañana a las nueve? –le pregunté.

–¡Qué bueno! –fingió Manuel–. Estas fotografías son las que el viernes me dijo que se negaba a llevar a la oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

–¡Oh, es por lo alto! –exclamó Nairét.

Manuel se puso rojo y continuó:

–Eso motivó que los amigos dejaran los brindis de copas cruzadas para darle paso a las discusiones propias de los abstemios.

Siguió barajando las fotos y la mayoría eran en blanco y negro. Las de bordes amarillentos tenían manchas de moho o ceniza y otras reflejaban extraños puntos de luz, quizá, donde antes habría podido reconocerse algún rostro.

–¿Por qué no vienes en una hora y vamos los tres?

Por segunda vez Nairét se sintió excluida y se puso digna.

–¡O los cuatro!

–Imposible, debo llevar los niños a la película de payasos asesinos. –Nos miró duro–. ¡Pero no entiendo de qué hablan!

Miré la pared y el reloj estaba inmóvil y, atónito, pensé que había regresado a señalar la hora de 25 años atrás. Manuel José no ignoraba la naturaleza nerviosa de Nairét y le preocupaban mis incoherencias y disimulaba barajando las fotos sin mirarlas.

–¡Ahora no sé qué callan!

Quise llamar a mi primo y escucharle el motivo que lo inducía a dejarnos las fotos. ¿Dónde está? No podía ser. Imaginé a Manuel haciendo pesquisas a solas y me puse en su lugar.

–¿Me puedes prestar la Antología de humor? –le dije y a paso largo recorrí unos doce metros y me detuve en los estantes en que había aparecido.

La puerta del solar estaba semiabierta y el silencio excedía el de un inquilinato abandonado en otra dimensión. Di la vuelta y en el estante de la Poesía colgaba la sombra de una Kodak viejísima. A paso lento regresé y a paso lento Manuel avanzaba hacia mí. De reojo miró a Nairét preocupada por salir.

–Hombre, John –me dijo–, no debías pasarte de vivo inventando la aparición de un primo para robarte mi antología.

Le mostré las manos vacías.

–A propósito, ¿se va con ustedes?

Encogí los hombros y con el temblor de los labios le decía, ¿se la llevaría a cambio de las fotos? Intenté sonreír y Manuel entendió mi mueca y se puso a buscar las llaves.

Abriendo el portón, dijo duro:

–Se la debió llevar alguno de los amigos. Cuando la rescate, te la prestaré.

Miró hacia el fondo de la biblioteca y, luego, nos dijo:

–¡Muy agradable la visita!

–Deberías quemarlas –Nairét, por fin, dijo–. Por lo que alcancé a ver, la mayoría son del Holocausto del Palacio de Justicia y si te pescan…

–Si no llegamos antes de ayer, los niños no podrán ver los payasos malos, vamos.

A una distancia prudente de la casa oímos una huida de libros y con disimulo adelgazamos el oído. El ruido se prolongaba en el solar y evitamos mirarnos.

–¿Por qué siempre les gusta hablar en clave? –en la mitad de la cuadra me dijo–. Eres igual de raro a tus amigos. Cómo Manuel José puede tener colgada la sombra de una cámara tan vieja en esa biblioteca tan bella.

Aumenté el paso y ella apretó a un más mi mano. En la esquina volteó a mirar:

–Sigue bobo con las benditas fotos ¡y no sé cómo diablos aparecieron en mis manos!

Víctor López Rache (foto)

 

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Valdivia; Selección; Encuestas; Piñera 1 y 2

Logo-FederacionChilenaDeFutbolValdivia. Me perdí el momento en que Jorge Valdivia pasó de ser el borrachito del bautizazo, que atacó maleteramente a Claudio Borghi (el tonto que le alcahueteaba sus borracheras en la Selección), a ser “el intelectual del fútbol” en que aparentemente se convirtió. En qué momento se volvió personaje, él, que culpa a los árbitros cuando pierde Colo Colo, y con pedantería habla de la grandeza de Colo Colo cuando gana el equipo. ¿Cuándo pasó de ser un tipo sin estado físico (por el alcohol) a ser analista de la Selección de Chile, y considerar la táctica y estrategia, y la condición humana y profesional de Juan Antonio Pizzi como algo deplorable? No supe cuando pasó de última opción a imprescindible. ¿Será obra de la payola? Me parece tan tonto que elogien un pasesito que haga Jorge Valdivia en un partido, como algo decisivo en el fútbol chileno. ¡Si su trabajo es hacer pases! Como si exaltáramos, hasta la gloria eterna, cada vez que un goleador hace un gol. ¡Su trabajo es ese, meter goles! No me digan que estará en la próxima Selección del mundial de 2022. ¿Será tan fuerte la payola, para que lo incluyan? ¿Tendrá estado físico para llegar allá dentro de cuatro largos años?

Selección. Que dejen ya de quejarse por lo que ocurrió (o lo que no ocurrió) con el mundial 2018 de fútbol: Chile no estará ahí. Ahora es cuando hay que empezar a armar la nueva Selección. Una sin Valdivia, sin Beausejour, sin Gonzalo ‘El asqueroso’ Jara, y sin el resto de borrachitos que conocemos. Habría que partir con uno, solamente, de los actuales: Claudio Bravo. Único tipo serio, con estatura de Selección Nacional. Al resto hay que cambiarlos a todos. Y para conformar la nueva Selección que Chile necesita hay que empezar ya. Quizás baste el tiempo para tenerla a tono, cuando sea el momento, ya que hay en Chile unos 200 futbolistas profesionales, de los cuales sería imposible que no se puedan escoger 12 o 20 que sirvan para representar el país. Olvidarnos ahora mismo de los ‘cracks’ de hoy, que no lo serán (y esto es garantizado) dentro de 4 años. Estamos demorados para hacerlo. Hay que empezar ya.

Encuestas. Por enésima vez, decir aquí que las encuestas políticas son una manera sutil de manipular la mente de las personas, para sembrarles ideas que les sean útiles a quienes hoy detentan el poder. Las encuestas de la pasada campaña daban como ganador al derechista Sebastián Piñera, con más de un 50% de los votos. ¡Mentira! A duras penas llegó al 36,64 %. Las encuestas dijeron que Beatriz Sánchez no existía. Mentira, porque sacó el 20,27 % de los votos (1.300.000) Y dijeron que Carolina Goic iría a segunda vuelta, con Piñera, y sacó el 5,88 % de los votos. Las encuestas son una manera sutil de manipular las mentes de los ciudadanos. Son una ficción. Entidades repudiables como el Centro de Estudios Públicos (Cep), financiado por personas repudiables que tienen conductas delictivas como los Matte (coludidos en el vergonzoso caso del papel higiénico), el Cep reproduce lo que los Matte (y los demás de esa élite mandada a recoger) quieren. No más encuestas. Eso es para tontos. Pero ¿cuándo dejarán los medios de comunicación de prestarles atención? Nunca, porque los medios de comunicación son propiedad de los mismos de esa élite de Matte, mandada a recoger.

Piñera 1. El cinismo se personificó en Sebastián Piñera. El suyo fue un gobierno pésimo, piñeracon un Censo nacional que fue un robo, obras civiles como el puente Cau Cau que fueron un robo, y muchas otras falencias que se haría largo enumerar. Pero de todo lo malo, mencionar que el país creció durante su gobierno, solamente el 4%, en comparación con los últimos 15 años de crecimiento superior. De modo que es puro cinismo cuando dice que él hará crecer a Chile. Es cinismo cuando dice que “vamos a aumentar la gratuidad en la educación”, porque a renglón seguido añade: “siempre y cuando el crecimiento económico nos acompañe”. Nada de lo que diga este señor podrá tomarse en serio. Miente, como El Mercurio. Hay un repudio general por su pasado y por su actual verborrea mentirosa.

Piñera 2. No puede dejarse pasar por alto la acusación del candidato Sebastián Piñera, según la cual en la primera vuelta electoral hubo votos marcados en favor de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. Yo creo que esto merece una investigación penal. Merece, inclusive, suspender las elecciones hasta que el asunto lo aclaren las autoridades electorales y penales. Aplazar la fecha de las próximas elecciones hasta que se establezca de manera fehaciente si el señor Piñera miente, o no. Si miente, no debería poder seguir en carrera electoral, y, en cambio, ir a la cárcel por difamación y calumnia y menosprecio a las instituciones chilenas (traición) Una acusación tan grave no puede dejarse pasar por alto. Y menos excusarse con que no debió haber dicho eso, y como si nada hubiera ocurrido.

 

‘Míster Taylor’ de Augusto Monterroso

Augusto Monterroso–Menos rara, aunque sin duda más ejemplar –dijo entonces el otro–, es la historia de míster Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió –previa indagación sobre el estado de su importante salud– que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y –no se sabe de qué modo– a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer.”

Augusto Monterroso (foto)

 

‘Por la trocha’ de Juan Cárdenas

Juan CardenasCasi, casi pero no pude. Algo me despierta, un ruido. Tengo la entrepierna toda empapada, no alcancé, sigo medio dormida. Casi, casi pero no. El viento sopla en el cafetal, quizás la rama de un árbol que cayó sobre los arbustos. Me da risa y un poco de vergüenza porque estaba soñando con Johnnier, el muchacho que cuida la finca entre semana.

Por la tarde fui a pedirle las llaves de la casa y sentí algo raro en su manera de extender la mano. Algo en su olor, en esos andares suyos como de simio que normalmente usa para intimidar a los demás. Solo que esta vez parecía caminar así para agradarme, con un tumbao medio irónico, la ironía dirigida contra él mismo, coqueto, como si dijera: ¿te has dado cuenta de que camino así, tipo simio? ¿Te has dado cuenta de que utilizo muy bien esta pose de bestia y que consigo parecer menos avispado de lo que realmente soy?

Quizás me estoy inventando todo. Sigo medio dormida. Debería abrir los ojos y asomarme a la ventana o al pasillo para ver qué fue ese ruido. No es la primera vez que me equivoco leyendo rituales de apareamiento donde no los hay. Luego voy, me lanzo y hago el ridículo, me expongo mucho, hago que mi deseo salga así nomás, sin filtro. La cantidad de chascos que me he llevado. Mis amigas dicen que una mujer tiene que hacerse desear. Yo nunca supe cómo ni por qué una mujer se hace desear. Si yo quiero algo lo pido. A mis amigas les parece que esa actitud desafiante es más propia de un hombre. Johnnier, lo veo ahora con absoluta claridad, es mucho más inteligente de lo que aparenta. ¿Y si fuera a buscarlo a su casa? ¿Y si me levantara, si saliera a la oscuridad y ensillara la yegua y cabalgara en plena noche para ir hasta su casa? Es mucho trabajo, sobre todo porque la yegua está descansando y sé que no le gusta que la despierten a deshoras. Se enoja, se pone arisca y revira. Pero, ¿y si me animara a hacerlo? Nada me lo impediría. Nada. ¿Si me fuera por el camino estrecho, el que baja por la loma, atraviesa el potrero malo junto a la ruina de la antigua casa, bordea el río, lo cruza por un puente de guadua y, después de remontar otra loma empinada, llega hasta la casa de Johnnier, si llegara a la casa de Johnnier y llamara a su puerta y, después de inventarme alguna excusa para estar allí a esta hora, si él me hiciera pasar y me ofreciera un tinto o lo que fuera, o incluso un aguardiente? La idea de hacer eso me despierta, ahora sí, del todo. Los ojos abiertotes en la oscuridad animal de mi plan: cabalgar en medio de la noche para ir a tocarle la puerta a un campesino y encamarme con él. Cumplir en la vida real lo que hace unos segundos estaba paladeando en sueños. La verga durísima de Johnnier en mi mano. En mi boca. En otras circunstancias me parecería una osadía, pero estamos en el campo. Aquí hay otras reglas. En el campo, si vos querés, podés.

Ahora que lo pienso, tengo una arrechera que no es normal. No es la arrechera que germina desde el interior del cuerpo, no son esas ganas de cualquier día. Esta arrechera viene de afuera. Está aquí adentro de la pieza, sube de la superficie de la tierra y ahora, con los ojos bien abiertos, me parece ver una neblina negra, un poco más negra que la negrura ambiente, que se va metiendo dentro del cuerpo y luego, por puro capricho, sale por mi boca y se retuerce en las tallas de la cabecera para ir deslizándose sobre las cobijas otra vez, donde por fin vuelve a entrar en el cuerpo como pasada por un cedazo. Está aquí adentro pero viene de afuera. Por el enorme peso del mundo que se hace sentir ahí afuera, uno entiende que esta arrechera se forma en lo profundo del cafetal, en el ruido de pasos sobre las hojas secas, en la piedra recalentada que se fue enfriando con el avance de la oscuridad, en el nido inexplicablemente vacío que deja el azulejo entre las ramas de un guamo. Una rama podrida que cae y me despierta.

Hacerse desear. ¿Tendrá razón mi madre? O sea, saber callar, saber atraer la atención sin estridencias, capturar la mirada del otro y quedarse quieta como una cosa linda y pasiva. La inmovilidad y el silencio, la hábil administración de estas dos variables parece estar en el corazón del método. Normalmente me repugnaría asumir esa postura con cualquier hombre de la ciudad, lo encontraría denigrante, pero, ¿no fue eso mismo lo que hice esta tarde cuando Johnnier me estaba entregando las llaves y se pavoneaba caminando así? Fui cordial y distante, cualquiera diría que fui seca. Y a la vez, me dejé observar, dosifiqué sonrisas, me quedé perfectamente inmóvil para reducirme a una cosa linda que mira y, sobre todo, callé con dulzura y callé con firmeza porque la finca es mía, la compré yo con mi trabajo, con mi esfuerzo, con mi independencia. Yo soy la patrona, así que vamos jalándole al respetico. Algo así debí de transmitir con la mirada. Pero quizá me demoré más de la cuenta admirando la corpulencia de Johnnier, ese modo amenazante y cadencioso de dejarse caer para un lado y para el otro, el rostro como una superposición de transparencias con las fisonomías de varios animales, un oso encima de un murciélago encima de un caimán encima de un gato. El viento sacude el cafetal en rachas impredecibles que se intercalan con un silencio seco y largo. Tengo la entrepierna muy mojada, la arrechera no cesa, al contrario, se desparrama en la hondura de la oscuridad.

Vaya a saber en qué momento me levanto de la cama y a tientas busco la ropa, lo primero que encuentro por ahí tirado, los bluyines salpicados de barro, un saco de lana, las botas de caucho, la ruana cortaviento, el morral con cosas y el machete por si acaso, uno nunca sabe.

Salgo de la casa, atravieso el corredor sin encender ninguna luz, me acerco al establo. No quiero que la yegua se sobresalte, que recele de mí. Bastante me ha costado congeniar con ella, aprender a montarla sin provocar entre los jornaleros una risita jocosa. Pero la yegua ya está despierta y al ver la gelatina de sus ojos abiertos en la oscuridad tengo la impresión de que lleva todo este rato esperándome. Aparto la reja mientras hago chasquear mi lengua y palpo con la boca el olor a bestia noble que lleva concentrándose toda la noche en el establo. Le acaricio el pelo de la nuca. Parece cómoda, lista para emprender la aventura. La ensillo sin problema, luego la saco del establo tirando de la brida. A la luz de la luna, se deja montar, el peso de mi cuerpo menudito no la mueve ni un centímetro, apenas resopla. Qué delicia cabalgar en una noche clara. Cualquier atarván se pondría a silbar. Yo prefiero que el ruido nocturno me vaya dictando el paso. Oculta detrás de unos cafetos que debo apartar con el machete, se abre la trocha seca, un poco polvorienta porque hace días que no llueve. La yegua se va internando por ahí, maciza, briosa pero lenta. Sabe adónde vamos, sabe por dónde. Y como ella se hace cargo de llevarme, yo me distraigo y mi cabeza se va volando como a lomos de otro animal y así cobra forma un pensamiento extraño: esta finca no es mía. O sea, yo soy la propietaria. Yo la compré con mucho esfuerzo hará cosa de un año. Las escrituras están a mi nombre. Pero esta finca no es mía. La propiedad es un sentimiento. A veces de arraigo, a veces de dominación o una mezcla de ambas cosas. Pero yo en el fondo no siento nada de eso. No me siento ni arraigada ni dueña. Eso me lo puedo decir a mí misma con total libertad ahora que voy cabalgando en la oscuridad, alimentando la sensación de que me estoy metiendo en el interior del paisaje, vale decir, en el cuarto de máquinas del paisaje donde ahora, con el ojo acostumbrado a la tiniebla, me parece que puedo ver por fin el funcionamiento de sus engranajes, su complejo sistema de apariencias. El centro mismo, la fábrica donde se produce eso que de día nos parece tan pintoresco y tan bonito, tan inmóvil, haciéndose desear bajo la luz, en silencio, devolviéndonos la mirada. ¿Por qué compré esta finca? ¿Por qué me vengo para acá todos los fines de semana, muchas veces sin ninguna compañía civilizada? Y esta arrechera tan brava, ¿de dónde viene? La musculatura de la yegua mantiene la carga eléctrica viva entre mis piernas. Ya voy, Johnnier, ya llego. Voy a llegar a tu puerta, voy a llamar, primero con golpes suaves. Te voy a despertar, quizás. O quizás ya estés despierto, pensando en mí, esperándome. Dudando si deberías o no ensillar tu caballo para ir a buscarme, aunque yo sé que no te atrevés, sé que a pesar de todo me tenés respeto y un poquito de miedo porque sabés que yo soy la que manda. La arrechera forma palabras que se superponen dentro de mí como el follaje entre las sombras. La yegua avanza y avanza por el cafetal, recorriendo de memoria la trocha y casi me parece mentira que yo esté aquí, haciendo esto, a esta hora. Otra idea loca que se va destilando: que esta maquinaria secreta del paisaje podría ser parte del sueño de otra persona, las figuras, los arquetipos de un inconsciente ajeno. Que este paseo nocturno a caballo podría ser la fantasía misógina de alguien más que en este momento duerme y me sueña. O podría ser yo misma quien sueña. Podría ser yo misma otra persona, ahora mismo, un hombre, por ejemplo, que inventa todas estas cosas en una pesadilla. Y entonces esta yegua ya no sería una yegua sino mi pene. Y la trocha en el cafetal ya no sería una simple trocha que atraviesa un cafetal sino una alegoría. Algo más. Otra cosa. El emblema de quién sabe qué trauma. Esta idea, no sé por qué, me recuerda que traigo una linterna en el morral. Pruebo a ver si funciona y funciona, un chorrito desvaído de luz amarillosa huye espantado del aparato como el genio bobo de una lámpara. El follaje muestra algo de su color, inmovilizado por la sorpresa, aunque a la vez todo parece retorcerse de disgusto por la fealdad de la luz. Antes de apagar la linterna y sin ningún motivo en particular, alumbro varias porciones de mi entorno: las copas de unos árboles, una cerca de alambre de púa, el suelo polvoroso. Este pequeño acto de magia hace que se me venga a la cabeza otro tiempo lejano, un recuerdo que llega como caído de una rama. Yo era niña, debía de tener unos siete años, y mi papá me había llevado de paseo a un lugar muy parecido a este. Mi papá trabajaba como abogado en una empresa pequeña que vendía repuestos para camiones de carga pesada. Una vez al año, el dueño de la empresa organizaba un paseo a alguna de sus propiedades, pero solo invitaba a un pequeño grupo de empleados que, según su concepto, habían hecho méritos suficientes. Ese año le tocó a mi papá, por primera y última vez, formar parte de la comitiva, y él prefirió llevarme a mí antes que a mi mamá, porque solo se podía llevar un acompañante y a mi papá le pareció que yo disfrutaría mucho más de ese paseo en el que podría ver el campo, jugar con otros niños, nadar en el río y quizás, solo quizás, montar a caballo. No recuerdo haber hecho nada de eso, ni siquiera recuerdo que hubiera más niños. Solo otros empleados con sus esposas, comiendo un plato de sancocho detrás de otro, tomando cerveza y aguardiente. Por la tarde ya estaban borrachos, incluido mi papá, que llevaba todo el día incómodo, hablando solo por los rincones, caminando de un lado a otro de un corredor con una botella de cerveza en la mano, fumando sin parar. Yo jugaba sola en un costado de la casa y estaba empezando a aburrirme de mí misma cuando vi que mi papá se apartaba de los demás y se sentaba encima de una piedra enorme al borde de un barranco. Ya había visto a mi padre borracho y triste muchas veces, pero nunca antes lo había visto así de pensativo, como si la parte más dura de su espíritu estuviera siendo triturada, reducida a polvo en un mortero. Me acerqué y me acuclillé a su lado, pero no pronuncié palabra. Mi viejo me miró con una sonrisa amarga. Desde el borde de ese desbarrancadero se veía un paisaje lindo, muy parecido a este de aquí, las colinas de cafetales, los guamos, los guaduales, los guayacanes florecidos y algunos potreros con vaquitas. Los ojos de mi papá se bebían ese paisaje. Fumaba y bebía, fumaba y bebía. Allí, me dijo de pronto señalando hacia el barranco, ¿ves ese árbol quemado? Está quemado porque le cayó un rayo en el 47. Tu bisabuelo pidió que lo enterraran debajo de ese tronco chamuscado y allí está, si es que a algún gañán no se le ha ocurrido abrir la tumba pa buscar una guaca. Y aquí, al pie del barranco, donde están esas barras de hierro y esas poleas viejas, allí paraba el tren y se subía la carga de café que luego se llevaba en ferrocarril hasta Buenaventura. Un café de primera sacábamos aquí. Y por toneladas. Y estas fincas producían lo que usté quisiera, desde panela hasta plátano, yuca, carne, huevos, de todo. Se daba lo que uno sembrara. Mi bisabuelo llegó aquí con una mano atrás y otra adelante y después de batear oro en unas quebraditas por allá por Bolívar, con mucho esfuerzo, juntó y juntó de a poquitos hasta que pudo comprar las primeras tierras. Luego compró las de al lado y así hizo crecer la finca. Qué felicidad tan berraca la que vivimos aquí en esos años. Vos no te podés imaginar lo que era eso. Lo que pasa es que nada es para siempre. La felicidad dura muy poquito. Perdimos todo. Mejor dicho, nos lo quitaron. Al abuelo lo mataron. A sus hermanos también. Solo quedaron las mujeres y los niños. Y claro, uno sin tierra no es nadie. Oíme bien, uno sin tierra no es nada, es menos que nada, uno sin tierra es menos que un animal.

Mi papá se quedó un rato largo en silencio, fumando y bebiendo, fumando y bebiendo y al final me preguntó: ¿vos te imaginás que todo esto que ves aquí fuera tuyo? ¿Te imaginás que ahora mismo podríamos tener caballos y montar por esos potreros, vos y yo, viendo el ganado, los cultivos? Recuerdo haber hecho un gran esfuerzo para imaginármelo.

Unos días después de ese episodio mi papá renunció al trabajo en la empresa de repuestos. O quizás lo despidieron, no sé. Todo iba mal en esa época. Vivíamos muy justos de plata, yo iba a un colegio mal administrado por monjas españolas, mi mamá era cajera en los Almacenes Ley. A los pocos meses mi papá se separó de mi mamá y ya no lo volvimos a ver nunca. Dicen que se fue a vivir al Caquetá con otra mujer y otros hijos. También dicen que se fue a vivir a Panamá o que está preso en Estados Unidos. En fin, dicen un montón de cosas. Nunca me he preocupado por saber qué ha sido de él realmente. Tampoco le guardo rencor por habernos abandonado. Mi mamá fue feliz sin él y yo también, pude estudiar, dar clases en la universidad, ahorrar y hasta comprar finca.

Ahora la trocha deja el cafetal y empieza a estirarse en lo que aquí llamamos el potrero malo, el potrero donde el ganado no puede pastar porque se enferma. Desde aquí se ven las ruinas de la casa antigua, iluminadas por la luna. ¿Quién habrá vivido allí? O mejor, ¿desde cuándo nadie vive allí? Es la primera vez que me da por pensar en los propietarios anteriores. Durante unos instantes me entretengo en la fantasía de la ruina y, sugestionada, empiezo a ver cosas que se mueven en el hueco de las ventanas de la casa y me parece que oigo sonidos raros cuando las rachas de viento atraviesan lo que queda de la construcción. Voces, murmullos. Me da escalofrío y siento miedo por primera vez desde que se me ocurrió el disparate de salir a esta hora. Prefiero no mirar hacia la casa. Acelero el paso. La yegua también está nerviosa, no sé si porque le he transmitido el miedo o porque ella también percibe algo allí. Tengo pavor de mirar hacia atrás. De repente siento que me vienen siguiendo desde hace rato. Se me eriza todo el pellejo. Solo puedo mirar hacia adelante y cabalgar. La yegua responde bien. Somos aliadas en esto, me tranquiliza sentirlo así. Pronto acaba el potrero malo y, pasando una zanja poco profunda, ya se ve el río, que en esta época del año baja frío y poco caudaloso. No quiero mirar atrás. Solo quiero llegar a la casa de Johnnier. La yegua no trota sino que ya galopa a la luz de la luna. Me asusta que podamos caernos, pero me da más miedo detenerme y mirar atrás. Al llegar al puente de guadua, la yegua se detiene bruscamente. Oigo mi respiración agitada creciendo a mi alrededor y por momentos tengo la impresión de que esa respiración se desdobla, que le salen ecos, sombras alrededor, como si hubiera otra persona delante de mí, respirando con la misma fuerza, con el mismo miedo. La yegua sabe que no puede pasar el puente conmigo encima. Sabe que tengo que bajarme y guiarla tirando de la brida. Desmonto sin mirar atrás, me pongo delante de la yegua. Entonces tengo que decidir si me conviene más usar la mano libre para iluminarme con la linterna o para blandir el machete. Opto por lo segundo porque no está tan oscuro. Se ven bien las guaduas. Y si alguna amenaza se materializara en ese momento la linterna no me serviría de mucho a la hora de defenderme. Esa idea me hace reír y la risa me calma un poco.

Al llegar al otro lado del puente vuelvo a montar. La yegua también parece más tranquila. Se ve que era yo quien la estaba asustando con mis imaginaciones.

Subo por la pendiente al galope y por fin aparece la casa de Johnnier, que tiene un aspecto apacible. La casa de un hombre bueno y trabajador, pienso. Hay una luz encendida. De todas formas, antes de desmontar, hago pasear a la yegua por delante de la fachada para anunciarme como hace la gente de por aquí, con el ruido de los cascos. Nadie sale a asomarse a las ventanas.

Finalmente desmonto, amarro a la yegua y llamo a la puerta. A estas alturas compruebo que no queda en mi cuerpo ni rastro de la arrechera que me trajo hasta aquí. Pero ya es muy tarde, ya hice la locura, ahora toca asumir lo que venga.

La puerta se abre. Johnnier me mira con una cara ilegible. No entiende nada.

Buenas noches, dice, tímido. Le pregunto si puedo pasar. Él se aparta y me deja entrar. No disimula su perplejidad. Me da miedo dormir en mi casa, digo mientras él me ofrece una silla. Johnnier piensa un rato largo lo que va a decir. Puede dormir aquí, dice. Solo hay una cama, pero yo no tengo problema en dormir en la hamaca. Igual no creo que pueda dormir, dice bajando la voz.

Entonces se pone a colar café y me pregunta de qué tengo miedo. Y yo le digo que no sé, que me despertó un ruido.

Mientras hierve el agua, Johnnier se sienta frente a mí en otra silla y saca una botella de aguardiente. Me doy cuenta de que lleva horas bebiendo y que está borracho, aunque sabe disimularlo, en parte gracias a su corpulencia y a su habilidad para parecer firme, mirando a los ojos sin decir nada.

Yo también tengo miedo, dice, por eso no puedo dormir. Y yo lo miro sorprendida. ¿Miedo de qué?, pregunto.

Miedo de las brujas, dice. Me dan miedo las brujas. ¿Qué brujas?, insisto. Pues las brujas, repite, las de aquí. Están por todas partes. Me dan miedo. Mire cómo me dejan, se queja, casi sollozando, y me enseña unas cicatrices que le marcan toda la piel de la espalda. Viven en la casa vieja esas brujas. Si uno va de día las puede ver y parecen gente normal. Pero de noche… Yo ya no puedo más. Mañana mismo me voy de aquí. Hace días que no me dejan dormir. Ya no puedo más.

Juan Cárdenas (foto)

 

‘La ejecución’ de Rubem Fonseca

Rubem FonsecaConsigo agarrar a Rubão, acorralándolo contra las cuerdas. El hijo de puta tiene fuerza, se agarra a mí, apoya su rostro en mi rostro para impedir que le de cabezazos en la cara; estamos abrazados, como dos enamorados, casi inmóviles fuerza contra fuerza, el público empieza a burlarse. Rubão me da un pisotón en el dedo del pie, aflojo, se suelta, me da un rodillazo en el estómago, una patada en la rodilla, un golpe en la cara. Oigo los gritos. El público está cambiando a su favor. Otro bofetón: gritos enloquecidos en el público. No puedo darle importancia a eso, no puedo darle importancia a esos hijos de puta mamones. Intento agarrarlo pero no se deja, quiere pelear de pie, es ágil, su puñetazo es como una coz.

Los cinco minutos más largos de la vida se pasan en un ring de lucha libre. Cuando el round acaba, el primero de cinco por uno de descanso, apenas y puedo llegar a mi esquina. El Príncipe me echa aire con la toalla, Pedro Vaselina me da masajes. Esos putos me están cambiando por él, ¿verdad? Olvida eso, dice Pedro Vaselina. Están con él, ¿o no?, insisto. Sí, dice Pedro Vaselina, no sé qué pasa, siempre se inclinan por la buena pinta, pero hoy no está funcionando la regla. Intento ver a las personas en las gradas, hijos de puta, cornudos, perros, prostitutas, cagones, cobardes, mamones, me dan ganas de sacarme el palo y sacudirlo en sus caras. Cuidado con él, cuando ya no aguantes, pasa a su guardia, no intentes como tonto, él tiene fuerzas y está entero, y tú, y tú, eh, ¿anduviste jodiendo ayer? Cada vez que te acierte un golpe en los cuernos no te quedes viendo al público con cara de culo de vaca, ¿que te pasa? ¿Vino a verte tu madre? Ponle atención al sujeto, carajo, no quites la vista de él, olvídate del público, ojo con él, y no te preocupes con las cachetadas, no te va a arrancar un pedazo y no gana nada con eso. Cuando te dio el último golpe y la chusma gozó en el gallinero, hizo tanta faramalla que parecía una puta de la Cinelandia. Es en uno de esos momentos cuando tienes que pegarle. Paciencia, Paciencia, ¿oíste?, guarda energías, que te tienen con un pie afuera, dice Pedro Vaselina.

Suena la campana. Estamos en medio del ring. Rubão balancea el tórax frente a mí, los pies plantados, mueve las manos, izquierda enfrente y derecha atrás. Me quedo parado, mirando sus manos. ¡Vap!, la patada me da en el muslo, me le echo encima, ¡plaft!, una golpe en la cara que casi me tira al piso, miro a las gradas, el sonido que viene de ahí parece un chicotazo, soy una animal, qué mierda, si sigo ¡plaft! dando importancia a esos pendejos voy a acabar jodiéndome ¡plaft! -bloquea, bloquea, oigo a Pedro Vaselina- mi cara debe estar hinchada, siento alguna dificultad para ver con el ojo izquierdo -levanto la izquierda, ¡bloquea!- ¡blam! un zurdazo me da en el lado derecho de los cuernos -¡bloquea!-. La voz de Pedro Vaselina es fina como la de una mujer, levanto las dos manos -¡bum! la patada me da en el culo-. Rubão gira y de espaldas me atina, me pone el pie en el pescuezo -de las gradas viene el ruido de una ola de mar que rompe en la playa- con un físico como ése vas a acabar en el cine, mujeres, fresas con crema, automóvil, departamento, película en tecnicolor, dinero en el banco, ¿dónde está todo eso? Me echo encima de él con los brazos abiertos -¡bum! el golpe me tira-. Rubão salta sobre mí, ¡va a montarme! -intento huir arrastrándome como lombriz entre las cuerdas- el juez nos separa -me quedo tirado, flotando en la burla, inyección de morfina. Gong.

Estoy en mi esquina. Nunca te he visto tan mal, en lo físico y en la técnica, ¿jodiste hoy?, ¿andas tomando? Es la primera vez que un luchador de nuestra academia huye por debajo de las cuerdas, estás mal, ¿qué pasa contigo? ¿Así es como quieres luchar con el Carlson?, ¿con Iván? Estás haciendo el ridículo. Déjalo, dice el Príncipe. Pedro Vaselina: lo van a destrozar, según vayan las cosas en este ring veré si arrojo la toalla. Jalo la cara de Pedro Vaselina hacia la mía, le digo escupiendo en sus cuernos, si arrojas la toalla, puto, te reviento, te meto un fierro en el culo, lo juro por Dios. El Príncipe me arroja un chorro de agua, para ganar tiempo. Gong.

Estamos en medio del ring. Tiempo, ¡segundos!, dice el juez -así mojado no está bien, no vuelvas a hacer eso- el Príncipe me seca fingiendo sorpresa -¡segundos, fuera!, dice el juez-. Nuevamente en medio del ring. Estoy inmóvil. Mi corazón salió de la garganta, volvió al pecho pero aún late fuerte. Rubão se balancea. Miro bien su rostro, tiene la moral alta, respira por la nariz sin apretar los dientes, no hay un solo músculo tenso en su cara, un sujeto espantado pone mirada de caballo, pero él está tranquilo, apenas y se ve lo blanco de sus ojos. Rápido hace una finta, amenaza, un bloqueo, recibo un pisotón en la rodilla, un dolor horrible, menos mal que fue de arriba abajo, si hubiera sido horizontal me rompía la pierna -¡Zum!, el puñetazo en el oído me deja sordo de un lado, con el otro oído escucho a la chusma delirando en las gradas- ¿qué hice? Siempre me apoyaron, ¿qué les hice a estos escrotos, comemierdas, ¡plaft, plaft, plaft!, para que se volvieran contra mí? -con ese físico vas a acabar en el cine, Leninha, ¿donde estás?, hija de puta- retrocedo, pego con la espalda en las cuerdas, Rubão me agarra -¡al suelo! chilla Pedro Vaselina- aún estoy bloqueando y ya es tarde: Rubão me da un rodillazo en el estómago, se aleja; por primera vez se queda inmóvil, a unos dos metros de distancia, mirándome, debe estar pensando en arrancar para terminar con esto -estoy zonzo, pero es cauteloso, quiere estar seguro, sabe que en el piso soy mejor y por eso no quiere arriesgarse, quiere cansarme primero, no meterse en problemas-, siento unas ganas locas de bajar los brazos, mis ojos arden por el sudor, no logro tragar la saliva blanca que envuelve mi lengua -levanto el brazo, preparo un golpe, amenazo- no se mueve -doy un paso al frente- no se mueve -doy otro paso al frente- él da un paso al frente -los dos damos un lento paso al frente y nos abrazamos- el sudor de su cuerpo me hace sentir el sudor de mi cuerpo -la dureza de sus músculos me hace sentir la dureza de mis músculos- el soplo de su respiración me hace sentir el soplo de mi respiración -Rubão abraza por debajo de mis brazos -intento una llave en su cuello- coloca su pierna derecha por atrás de mi pierna derecha, intenta derribarme -mis últimas fuerzas- Leninha, desgraciada -me va a derribar- intento agarrarme de las cuerdas como un escroto -el tiempo no pasa- yo quería luchar en el suelo, ahora quiero irme a casa -Leninha- caigo de espaldas, giro antes de que se monte en mí -Rubão me sujeta por la garganta, me inmoviliza -¡tum, tum, tum! tres rodillazos seguidos en la boca y la nariz- gong -Rubão va a su esquina recibiendo los aplausos.

Pedro Vaselina no dice una palabra, con el rostro triste de segundo del perdedor. Estamos perdidos, mi amigo, dice el Príncipe limpiando mi sudor. No me jodas, respondo, un diente se balancea en mi boca, apenas sujeto a la encía. Meto la mano, arranco el diente con rabia y lo arrojo en dirección a los mamones. Todos se burlan. No hagas eso, dice Pedro Vaselina dándome agua para que haga un buche. Escupo fuera del balde el agua roja de sangre, para ver si le cae encima a algún mamón. Gong. Al centro, dice el juez.

Rubão está enterito, yo estoy jodido. No sé ni en qué round estamos. ¿Es el último? Último o penúltimo, Rubão va a querer liquidarme ahora. Me arrojo encima de él a ver si acierto a darle un cabezazo en la cara -Rubão se desvía, me asegura entre las piernas, me arroja fuera del ring- los mamones deliran -tengo ganas de irme- si fuera valiente me iría, así en calzoncillo -¡por dónde!- el juez está contando -irme- siempre hay un juez contando -automóvil, departamento, mujeres, dinero-, siempre un juez -pulley de ochenta kilos, rosca de cuarenta, vida dura- Rubão me está esperando, el juez lo detiene con la mano, para que no me ataque en el momento en que vuelva al ring -de veras que estoy jodido- me inclino, entro al ring -al centro, dice el juez- Rubão me agarra, me derriba -rodamos en la lona, queda preso en mi guardia- entre las piernas con la cara en mi palo -quedamos algún tiempo así, descansando- Rubão proyecta el cuerpo hacia enfrente y acierta a darme un cabezazo en la cara -la sangre llena mi boca de un sabor dulce empalagoso- golpeó con las dos manos sus oídos, Rubão encoje un poco el cuerpo -súbitamente rebasa mi pierna izquierda en una montada especial- estoy jodido, si completa la montada estaré jodido y mal pagado, jodido y deshecho, jodido y despedazado, jodido y acabado -se detiene un momento antes de iniciar la montada definitivamente- ¡jodido, jodido! -doy un giro fuerte, rodamos por la lona, paramos, ¡la puta que lo parió!, conmigo-montado-montada-completa encima de él, ¡la puta que lo parió!, mis rodillas en el suelo, su tórax inmóvil entre mis piernas- ¡lo monté!, ¡la puta que lo parió!, ¡lo monté! -alegría, alegría, viento caliente de odio de la chusma que se reía de verme con la cara destrozada- bola de mamones putos escrotos cobardes -golpeo la cara de Rubão en la mera nariz, uno, dos, tres- ahora en la boca -de nuevo en la nariz- palo, garrote, paliza -siento cómo se rompe un hueso- Rubão levanta los brazos intentando impedir los golpes, la sangre brota por toda su cara, de la boca, de la nariz, de los ojos, de los oídos, de la piel -la llave del brazo, ¡la llave del brazo!, grita Pedro Vaselina, metiendo la cabeza por debajo de las cuerdas- es fácil hacer una llave de brazo en una montada, para defenderse, quien está abajo tiene que sacar los brazos por encima, basta con caer a uno de los lados con su brazo entre las piernas, el sujeto se ve obligado a golpear la lona- un silencio de muerte en el estadio -¡la llave del brazo!, grita el Príncipe- Rubão me ofrece el brazo para acabar con el sufrimiento, para que pueda golpear la lona rindiéndose, rendirse en la llave es digno, rendirse debajo del palo es vergonzoso -los mamones y las putas se callaron, ¡griten!- el rostro de Rubão es una pasta roja, ¡griten! -Rubão cierra los ojos, se cubre el rostro con las manos- el hombre montado no pide el orinal -Rubão debe estar rezando para desmayarse y que todo acabe, ya se dio cuenta que no le voy a aplicar la llave de la Misericordia- chusma -me duelen las manos, le pego con los codos -el juez se arrodilla, Rubão se desmayó, el juez me quita de encima de él- en medio del ring el juez me levanta los brazos -las luces están encendidas, de pie, en las gradas, hombres y mujeres aplauden y gritan mi nombre- levanto los brazos bien alto -doy saltos de alegría- los aplausos aumentan -salto- aplausos cada vez más fuertes -miro conmovido las gradas llenas de admiradores y me inclino enviando besos a los cuatro costados del estadio.

Rubem Fonseca (foto)

 

‘La historia final de papá’ de José Luis Garcés

José Luis Garcés GonzálezParece que hubiese sido ayer que papá se levantó de su mecedora y se encaminaba al baño cuando algo lo frenó en seco. Viró a la izquierda y trató de agarrarse a la pared. Pero las uñas no lo sostuvieron y fue cayendo, desplomándose lentamente. Cuando mamá alcanzó a llegar donde él, lo encontró botando sangre por la nariz. Tenía los ojos entreabiertos. El golpe fue fuerte. En la cabeza. Mamá, con ese cuerpo tan grande que podía parecer una barquetona atollada, intentaba levantarlo. Por suerte, yo llegué en el instante preciso en que mamá empezaba a dar gritos. A llamar al vecino. A llamar a Dios. Dios no vino, el vecino sí. No sé quién lo llamó, pero muy pronto llegó un taxi y salimos rumbo a la clínica donde papá fue atendido por cuenta de los Seguros. Mamá gritaba y sus ojos de búho (¿o serán de lechuza?, sí, más bien) estaban rojos. Le dije que se calmara, pero ella no atendió.

En la clínica lo recogieron dos enfermeras y se lo llevaron por un pasillo demasiado largo para mi angustia. No dejaron que ninguno de nosotros lo acompañara. Otra enfermera nos condujo a una sala e hizo que nos sentáramos. Mamá metió la cabeza entre las manos y se dedicó a llorar. De vez en cuando la levantaba y me miraba con unos ojos que expresaban cierto reproche. Mamá tiene unos ojos amenazantes y feos. Yo descifraba sus intenciones, pero me hacía la desentendida. El tiempo pasó, pero yo no alcanzo a medirlo en minutos o en horas. Sabía que estaba transcurriendo. Y cuando su peso se tornó insoportable y vi que mamá seguía llorando con su rostro gordo metido entre las manos, no pude controlarme. Me fastidió tanta lágrima. Tanta sospechosa lágrima.

-Debes serenarte, porque si no lo haces, podemos tener dos enfermos, y entonces sí…

-Cómo me hablas así… Atrevida.

-¿Atrevida yo? Es por tu bien, mamá.

-Nada, déjame morir con él.

La vi chiquitica. Esas palabras no salían de su corazón. Era para que la escucharan los vecinos que ya habían aparecido por arte de magia. No quise contestarle, pues le hubiera dicho todas las verdades que tenía reprimidas. Ella nunca lo quiso. Él le sirvió para salir del atolladero en que la tenían metida la pobreza y las hijas que le había dejado su primer marido. No fue feliz sexualmente con él, ni él con ella. Un día intuí que el viejo era eyaculador precoz, y que ella lo odiaba por eso. Eso sí: él se desvivía por ella. Todo lo que conseguía era para la casa. A cambio, ella le fingía y lo soportaba. Tengo que decir la verdad: creo que nunca le puso un amante.

Papá, como es fácil comprender, sufrió un accidente cerebral. Grave. Estuvo una semana en la clínica. Lo sometieron a toda clase de análisis. Varias escanografías. Lo atendieron tres médicos especialistas. Pero papá no dio signos de mejoría. Debo aceptar que la atención no pudo ser mejor. Los galenos decidieron que debíamos llevárnoslo a la casa. Así, convertido en un mineral, o en un vegetal, para mejor decir, papá consumía su tiempo.

Yo no lo vi, pero mis hermanos aseguran que él lloraba cuando alguno de ellos se le acercaba y le hablaba. Sus ojos paralizados se llenaban de lágrimas, que luego le corrían por los costados. Conmigo no se comportaba así. Yo le agarraba las manos o le decía breves palabras cariñosas. En esa cama había que hacerle de todo, pero de todo, todo. Ustedes se imaginan. En esta situación, mejorando y empeorando, demoró tres años. Más de novecientos días. Qué castigo para mamá, también para nosotros. Sus compañeros de religión le rezaban todos los días. Varios grupos se turnaban. Ellos decían tener fe en que él se recuperaría. Todo fue inútil. Dios no los atendió. O ya tendría señalado su destino, como dijo doña Margarita con la Biblia abierta en el libro de Job. Una tarde papá dejó de respirar. Casi nadie se dio cuenta. Murió sin compañía. Cuando la hermana menor dio el grito de alarma, todos salimos a verlo. No se le movía el pecho. De nada sirvió el espejo en la nariz. Tampoco los masajes en el tórax. Una hora después vino el médico y sólo atinó a decir: “no se preocupen, ya descansó”. “En la viña del Señor”, completó doña Margarita que ya estaba en la cabecera del difunto, siempre lambona, dándoselas de diligente y servicial. Al instante, mamá perdió el conocimiento. Dio un grito y se desvaneció. La llevaron a una butaca y empezaron a echarle menticol. Nada que volvía. La atención, pues, se bifurcó. Unos con papá, otros con mamá. Yo preferí quedarme con el cadáver del viejo. Él fue un hombre auténtico y, sí, estaba muerto de verdad. Lo de mamá podía ser teatro. Deseos de mostrar lo que no se siente, lo que nunca se ha sentido. Ganas de ser atendida para expiar en parte su cuota de culpa. Ella nunca quiso a papá y pierde el conocimiento para no llorar. Cree que las lágrimas son o pueden ser su forma de perdón. Perdón para ella. Que de hoy en adelante tanto lo necesita.

José Luis Garcés González (foto)

 

Encuestas políticas; Primarias; TVN

CEPEncuestas. Por enésima vez: las encuestas son una farsa. La más reputada de Chile la hace una entidad que depende del Grupo Matte, el mismo grupo económico que protagonizó la vergonzosa colusión del papel higiénico (y le importó un carajo) Misma entidad que dirige un ex ministro de Educación, a quien echaron por incompetente. Me refiero a la encuesta del Centro de Estudios Públicos, CEP. Hace varios meses el CEP viene bombardeando a la gente a través de los todos los medios de comunicación (cuya propiedad son de la misma cuerda ideológica), para machacar que Sebastián Piñera será el próximo presidente. No son encuestas, sino derechamente publicidad. Las encuestas sirven para que las empresas midan la aceptación de uno de sus productos, o sus servicios, nada más. En lo político, como la encuesta CEP, son una farsa. Los candidatos deberían exigir que no los manoseen para ese montaje publicitario en favor de Sebastián Piñera. Máxime ahora, en que el CEP los descalificó a todos y declaró que Piñera ganará en la primera vuelta, tratando de desmoralizarlos. Goebbels en su salsa.

Primarias. Buena idea la de Alejandro Guillier: tomar la elección presidencial, en su primera vuelta, como unas primarias de la izquierda política para saber detrás de cuál candidato de deben alinear para aplastar al candidato de la derecha política Sebastián Piñera. ¿Por qué Marco Enríquez-Ominami, MEO, insiste en que Guillier diga expresamente que “lo va a apoyar”, en caso de que sea él, MEO, el ganador de la izquierda? ¿Qué parte de la propuesta no entendió MEO?

TVN. El cáncer del que padece TVN se llama ambigüedad: para unas cosas es del Estado, y para otras es empresa privada. Tiene que salir del closet. Definir que es una empresa privada, como los demás canales de televisión, y punto. Eso sí, dejaría de ser el botín burocrático que es ahora. El Congreso no debería refrendar esa ambigüedad. ¿Se acabará TVN si el Congreso no le da la plata que pide? No creo, pero quedaría parado en su realidad. Porque esa doble faz que luce actualmente es tóxica. ¿Para qué inyectarle recursos a un canal que no cumple la función social para la cual fue creado? ¿Para qué darle plata a un refugio de politiqueros en su directorio, y de burócratas en el resto de sus dependencias?