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‘Viola Acherontia’ de Leopoldo Lugones

Leopoldo LugonesLo que deseaba aquel extraño jardinero, era crear la flor de la muerte. Sus tentativas se remontaban a diez años, con éxito negativo siempre, porque considerando al vegetal sin alma, ateníase exclusivamente a la plástica. Injertos, combinaciones, todo había ensayado.

La producción de la rosa negra ocupóle un tiempo; pero nada sacó de sus investigaciones. Después interesáronlo las pasionarias y los tulipanes, con el único resultado de dos o tres ejemplares monstruosos, hasta que Bernardin de Sain-Pierre lo puso en el buen camino, enseñándole como puede haber analogías entre la flor y la mujer encinta, supuestas ambas capaces de recibir por “antojo” imágenes de los objetos deseados.

Aceptar este audaz postulado, equivalía a suponer en la planta un estado mental suficientemente elevado para recibir, concretar y conservar una impresión; en una palabra, para sugestionarse con intensidad parecida a la de un organismo inferior. Esto era, precisamente, lo que había llegado a comprobar nuestro jardinero. Según él, la marcha de los vástagos en las enredaderas obedecía a una deliberación seguida por resoluciones que daban origen a una serie de tanteos. De aquí las curvas y acomodamientos, caprichosos al parecer, las diversas orientaciones y adaptaciones a diferentes planos, que ejecutan guías, los gajos, las raíces. Un sencillo sistema nervioso presidía esas oscuras funciones. Había también en cada planta su bulbo cerebral y su corazón rudimentario, situados respectivamente en el cuello de la raíz y en el tronco. La semilla, es decir el ser resumido para la procreación, lo dejaba ver con toda claridad. El embrión de una nuez tiene la misma forma del corazón, siendo asaz parecida al cerebro la de los cotileidones. Las dos hojas rudimentarias que salen de dicho embrión recuerda con bastante claridad dos ramas bronquiales cuyo oficio desempeñan la germinación.

Las analogías morfológicas, suponen casi siempre otras de fondo; y por esto la sugestión ejerce una influencia más vasta de lo que se cree sobre la forma de los seres. Algunos clarividentes de la historia natural, como Michelet y Fries, presintieron esta verdad que la experiencia va confirmando. El mundo de los insectos, pruébalo enteramente. Los pájaros ostentan colores más brillantes en los países cuyo cielo es siempre puro (Gould). Los gatos blancos y de ojos azules, son comúnmente sordos (Darwin). Hay peces que llevan fotografiadas en la gelatina de su dorso, las olas del mar (Strindberg). El girasol mira constantemente al astro del día, y reproduce con fidelidad su núcleo, sus rayos y sus manchas (Saint-Pierre).

He aquí un punto de partida. Bacon en su Novum Organum establece que el canelero y otros odoríferos colocados cerca de lugares fétidos, retienen obstinadamente el aroma, rehusando su emisión, para impedir que se mezcle con las exhalaciones graves…

Lo que ensayaba el extraordinario jardinero con quien iba a verme, era una sugestión sobre las violetas. Habíalas encontrado singularmente nerviosas, lo cual demuestra, agregaba, la afección y el horror siempre exagerados que les profesan las histéricas, y quería llegar a hacerlas emitir un tósigo mortal sin olor alguno: una ponzoña fulminante e imperceptible. Qué se proponía con ello, si no era puramente una extravagancia, permaneció siempre misterioso para mí. Encontré un anciano de porte sencillo, que me recibió con cortesía casi humilde. Estaba enterado de mis pretensiones, por lo cual entablamos acto continuo la conversación sobre el tema que nos acercaba.

Quería sus flores como un padre, manifestando fanática adoración por ellas. La hipótesis y datos consignados más arriba, fueron la introducción de nuestro diálogo; y como el hombre hallara en mí un conocedor, se encontró más a sus anchas. Después de haberme expuestos sus teorías con rara precisión, me invitó a conocer sus violetas.

-He procurado -decía mientras íbamos- llevarlas a la producción del veneno que deben exhalar, por una evolución de su propia naturaleza; y aunque el resultado ha sido otro, comporta una verdadera maravilla; sin contar con que no desespero de obtener la exhalación mortífera. Pero ya hemos llegado; véalas usted.

Estaban al extremo del jardín, en una especie de plazoleta rodeada de plantas extrañas. Entre las hojas habituales, sobresalían sus corolas que al pronto tomé por pensamientos, pues eran negras.

-¡Violetas negras! -exclamé.

-Sí, pues; había que empezar por el color, para que la idea fúnebre se grabara mejor en ellas. El negro es, salvo alguna fantasía china, el color natural del luto, puesto que lo es de la noche: vale decir de la tristeza, de la disminución vital y del sueño, hermano de la muerte. Además estas flores no tienen perfume, conforme a mi propósito, y éste es otro resultado producido por un efecto de correlación. El color negro parece ser, en efecto, adverso al perfume; y así tiene usted que, sobre mil ciento noventa y tres especies de flores blancas, hay ciento setenta y cinco perfumadas y doce fétidas; mientras que sobre dieciocho especies de flores negras, hay diecisiete inodoras y una fétida.

Pero esto no es lo interesante del asunto. Lo maravilloso está en otro detalle, que requiere, desgraciadamente, una larga explicación…

-No tema usted, respondí; mis deseos de aprender son todavía mayores que mi curiosidad.

-Oiga usted, entonces, como he procedido: Primeramente, debí proporcionar a mis flores un medio favorable para el desarrollo de la idea fúnebre; luego, sugerirles esta idea por medio de una sucesión de fenómenos; después poner su sistema nervioso en estado de recibir la imagen y fijarla; por último, llegar a la producción del veneno, combinando en su ambiente y en su savia diversos tósigos vegetales. La herencia se encargaría del resto.

-Las violetas que usted ve, pertenecen a una familia cultivada bajo ese régimen durante diez años.

Algunos cruzamientos, indispensables para prevenir la degeneración, han debido retarda un tanto el éxito final de mi tentativa. Y digo éxito final, porque conseguir la violeta negra e inodora, es ya un resultado.

Sin embargo, ello no es difícil; redúcese a una serie de manipulaciones en las que entra por base el carbono con el objeto de obtener una variedad anilina. Suprimo el detalle de las investigaciones a que debí entregarme sobre las toluidinas y los xilenos, cuyas enormes series me llevarían muy lejos, vendiendo por otra parte mi secreto. Puedo darle, no obstante, un indicio: el origen de los colores que llamamos anilinas, es una combinación de hidrógeno y carbono; el trabajo químico posterior, se reduce a fijar oxígeno y nitrógeno, produciendo los álcalis artificiales cuyo tipo es la anilina, y obteniendo derivados después. Algo semejante he hecho yo. Usted sabe que la clorofila es muy sensible, y a esto se debe más de un resultado sorprendente.

Exponiendo matas de hiedra a la luz solar, en un sitio donde ésta entraba por aberturas romboidales solamente, he llegado a alterar la forma de su hoja, tan persistentemente, sin embargo, que es el tipo geométrico de la curva cisoides; y luego, es fácil observar que las hiervas rastreras de un bosque, se desarrollan imitando los arabescos de la luz a través del ramaje…

Llegaremos ahora al procedimiento capital. La sugestión que ensayo sobre mis flores es muy difícil de efectuar, pues las plantas tienen su cerebro debajo de la tierra: son seres inversos. Por esto me he fijado más en la influencia del medio como elemento fundamental. Obteniendo el color negro de las violetas, estaba conseguida la primera nota fúnebre. Planté luego en torno, los vegetales que usted ve: estramonio, jazmín y belladona. Mis violetas quedaban, así, sometidas a influencias química y fisiológicamente fúnebres. La solanina es, en efecto, un veneno narcótico; así como la daturina contiene hioscyamina y atropina, dos alcaloides dilatadores de la pupila que producen megalopsia, o sea el agrandamiento de los objetos. Tenía, pues, los elementos del sueño y de la alucinación, es decir dos productores de pesadillas; de modo que a los efectos específicos del color negro, del sueño y de las alucinaciones, se unía el miedo. Debo añadirle que para redoblar las impresiones alucinantes, planté además el beleño, cuyo veneno radical es precisamente la hioscyamina.

-¿Y de qué sirve puesto que la flor no tiene ojos? -pregunté.

-Ah señor, no se ve únicamente con los ojos -replicó el anciano-. Los sonámbulos ven con los dedos de la mano y con la planta de los pies. No olvide usted que aquí se trata de una sugestión.

Mis labios rebosaban de objeciones; pero callé, por ver hasta dónde iba a llevarnos el desarrollo de tan singular teoría.

-La solanina y la daturina -prosiguió mi interlocutor-, se aproximan mucho a los venenos cadavéricos, ptomainas y leucomainas, que exhalan los olores de jazmín y de rosa. Si la belladona y el estramonio me dan aquellos cuerpos, el olor está suministrado por el jazminero y por ese rosal cuyo perfume aumento, conforme a una observación de Candolle, sembrando cebollas en sus cercanías. El cultivo de las rosas está ahora muy adelantado, pues los injertos han hecho prodigios; en tiempo de Shakespeare se injertó recién las primeras rosas en Inglaterra…

Aquel recuerdo que tendía a halagar visiblemente mis inclinaciones literarias me conmovió.

-Permítame -dije- que admire de paso su memoria verdaderamente juvenil.

-Para extremar aun la influencia de mis flores -continuó él, sonriendo vagamente- he mezclado a los narcóticos plantas cadavéricas. Alunos arum y orchis, una stapelia aquí y allá, pues sus olores y colores recuerdan los de la carne corrompida. Las violetas sobreexcitadas por su excitación amorosa natural, dado que la flor es un órgano de reproducción, aspiran el perfume de los venenos cadavéricos añadido al olor del cadáver mismo; sufren la influencia soporífica de los narcóticos que las predisponen a la hipnosis, y la megalopsia alucinante de los venenos dilatadores de la pupila. La sugestión fúnebre comienza así a efectuarse con toda intensidad; pero todavía aumento la sensibilidad anormal en que la flor se encuentra por la inmediación de estas potencias vegetales, aproximándole de tiempo en tiempo una mata de valeriana y de espuelas de caballero cuyo cianuro la irrita notablemente. El etileno de la rosa colabora también en este sentido.

Llegamos ahora al punto culminante del experimento, pero antes deseo hacerle esta advertencia: el ¡ay! humano es un grito de la naturaleza.

Al oír este brusco aparte, la locura de mi personaje se me presentó evidente; pero él, sin darme tiempo a pensarlo bien siquiera, prosiguió:

-El ¡ay! es, en efecto, una interjección de todos los tiempos. Pero lo curioso es que entre los animales también sucede también así. Desde el perro, un vertebrado superior, hasta la esfinge calavera, una mariposa, el ¡ay! es una manifestación de dolor y de miedo. Precisamente el extraño insecto que acabo de nombrar y cuyo nombre proviene de que lleva una calavera dibujada en el lomo, recuerda bien la fauna lúgubre en la cual el ¡ay! es común. Fuera inútil recordar a los búhos; pero sí debe mencionarse a ese extraviado de las selvas primitivas, el perezoso, que parece llevar el dolor de su decadencia en el ¡ay! específico al cual debe uno de sus nombres…

Y bien; exasperado por mis diez años de esfuerzos, decidí realizar ante las flores escenas crueles que las impresionaran más aún, sin éxito también; hasta que un día…

…Pero aproxímese, juzgue por usted mismo.

Su cara tocaba las negras flores, y casi obligado hice lo propio. Entonces -cosa inaudita- me pareció percibir débiles quejidos. Pronto hube de convencerme. Aquellas flores se quejaban en efecto, y de sus corolas oscuras surgía una pululación de pequeños ayes muy semejantes a los de un niño. La sugestión habíase operado en forma completamente imprevista, y aquellas flores, durante toda su breve existencia, no hacían sino llorar.

Mi estupefacción había llegado al colmo, cuando de repente una idea terrible me asaltó. Recordé que al decir de las leyendas de hechicería, la mandrágora llora también cuando se la ha regado con la sangre de un niño; y con una sospecha que me hizo palidecer horriblemente, me incorporé.

-Como las mandrágoras -dije.

-Como las mandrágoras -repitió él, palideciendo aún más que yo.

Y nunca hemos vuelto a vernos. Pero mi convicción de ahora es que se trata de un verdadero bandido, de un perfecto hechicero de otros tiempos, con sus venenos y sus flores de crimen.

¿Llegará a producir la violeta mortífera que se propone? ¿Debo entregar su nombre maldito a la publicidad?…

Leopoldo Lugones (foto)

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‘La muerte del filósofo’ de José Luis Garcés

jose luis garces gonzález(“Filosofar es ejercitarse para oír”. Sócrates)

El profesor y filósofo Alejandro Barquini había elegido la soledad por temperamento. O la soledad lo había elegido a él. Se sentía cómodo en su enorme caserón. No toleraba un ruido innecesario. No aceptaba visitas cuando estaba leyendo o llamadas telefónicas cuando se dedicaba a corregir sus conferencias. Aunque sus ojos tras los lentes se achicaban cada vez más, pasaba largas horas de la noche sentado a su escritorio lleno de papeles en desorden y de libros entreabiertos y subrayados con líneas temblorosas de varios colores.

Alejandro Barquini había sentido el amor pero jamás había querido comprometerse con mujer alguna. La palabra matrimonio tenía para él escaso significado. En sus clases, escuchadas con verdadera pasión por sus discípulos, había encontrado decenas de mujeres que lo observaban con un interés especial. Él también las miraba y notaba en muchas de ellas la belleza inicial y fresca, o la sensualidad que comenzaba en los ojos y se estrellaba en las caderas. Algunas intentaban ciertas libertades; pero a esas les adquiría fastidio, algo que él disimulaba a la perfección. Sin embargo, en diez años, con dos de ellas tuvo algún tipo de relación erótica. Con Francesca, rubia amortiguada y ojos de cielo, bebió cerveza durante dos días y luego la llevó a su apartamento. La muchacha, metida en alcohol, resultó ser una tigra para el sexo y sus aullidos. Incansable, vociferante, imaginativa. Francesca agotó la capacidad amatoria del filósofo y le propuso dos o tres osadías. Después de esa fiesta de la carne, en donde el cuerpo armonioso de ella contrastaba con el abdomen prominente del profesor y pensador, la muchacha quiso capturarlo con todos los ardides de mujer. El filósofo, decente pero decidido, la rehuyó. Nunca más volvió a la cama con ella, desatendiendo las exaltaciones y sugerencias envidiosas que más de un estudiante le formulaba. Para él, ella fue una buena amiga. Para ella, ese filósofo barbón, gafudo y barrigón, era el desastre que hubiera deseado evitar en su vida. Lo lloró durante un mes, todos los fines de semana, cuando se enjaranaba con sus amigos de la universidad. Luego, lo maldijo y pidió que la justicia universal le castigara su desprecio. Dorothy (o “Dorotea, la que friega en la batea”, como la llamaba él para dañarle la paciencia) lo creyó sabio en los asuntos del amor y se dejó llevar por su río; dejó que él la orientara, le propusiera, la poseyera. Y él, por su parte, esperó que ella, que era una morenaza de unas caderas pecadoras, tomara su iniciativa y le metiera entre sus lacios y escasos cabellos los dedos de la ternura. En ese forcejeo silencioso se mantuvieron varios meses. Hasta que el alcohol, que a veces trabaja para el amor y a veces lo perturba, los condujo a la confianza. Se amaron en un motel de las afueras de la ciudad. Ella esperó más de él; y él esperó más de ella. Sin embargo, oralmente, se declararon satisfechos. Tres veces reincidieron. Y en cada ocasión el viejo filósofo comprobó, un poco para su dolor, que un cuerpo despampanante y provocativo no asegura de por sí una relación sexual maravillosa, y se atrevió a pensar que lo que da en carne opulenta la vida lo quita en frenesí y emoción. En fin, la ley del equilibrio; una cosa iba por la otra. Sin acuerdo previo, se distanciaron, hasta que feneció la pasión y el sentimiento.

Semanas después se encontraron y se saludaron como dos remotos amigos. Esas dos experiencias (al menos las más conocidas por habérselas contado a Eduardo R., su amigo de verdad), lo condujeron a la conclusión racionalista de que necesitaba una mujer fija. Pensó en Fabiola, su antigua alumna, en ese entonces profesora de una universidad privada en la ciudad. Fabiola desde años atrás había pensado en el filósofo, pero lo percibía un ser inaccesible, interesado sobremanera en Enmanuel Kant y en Thomas Mann. En esa época habían intercambiado miradas y uno que otro piropo. Como la vida tiene, al parecer, extrañas coincidencias, un viernes al atardecer ella decidió llamarlo para invitarlo a su casa a cenar unos espaguetis con verduras, plato que según había oído decir le gustaba mucho al profesor. Él se sorprendió: ¿Fabiola llamándolo en los días en que él estaba pensándola con intensidad? ¿Acaso la había llamado con el pensamiento? ¿Tiene tanto poder el pensamiento? Cenaron el sábado. Fabiola quiso encender los candelabros, pero él no se lo permitió. Lo que sí le aceptó fue la música hindú que ella puso a sonar en un viejo tocadiscos. Fabiola, quizá premeditadamente, movió su cuerpo durante varios segundos al compás de unas agudas notas de flauta. El viejo filósofo vio un cuerpo que se acercaba a la madurez, que tenía muslos fuertes, nalgas llenas, ojos seductores, pómulos afilados pero senos escasos. Ese gesto de la mujer lo convenció. Ella, al parecer, también estaba deseando la relación. La confianza que les dio el vino le permitió a Fabiola estamparle, entre charla y broma, un beso en la mejilla y hacerle una caricia en la chivera. La despedida de esa noche fue el comienzo de una etapa distinta en la vida de ambos. En los dos meses siguientes hubo tres invitaciones recíprocas. En la última, él le dijo antes de retirarse: “yo la quiero a usted”. Así, sin más arandelas, casi seco, pues ya habían consumido cualquier prólogo. La próxima semana ella se instaló en la casa de él. En la universidad, la noticia fue un verdadero hilo de pólvora. Las opiniones se dividieron. La mayoría de las mujeres estuvo de acuerdo con la relación: ya era hora, dijeron. Los hombres la creyeron inconveniente para el ritmo de vida del filósofo; quizá ella no le soportaría sus caprichos y sus insomnios, comentaron. No obstante, ese matrimonio por la libre parecía marchar a pedir de boca. El profesor rejuveneció y fue más cuidadoso de su aspecto externo y, ahora sí, mostraba lavadas y planchadas sus ropas. Fabiola se tornó más exuberante y, aunque ya bordeaba los treinta años, su rostro adquirió una nueva luz y su piel fue más tersa. Cuando sus estudiantes lo molestaban al señalarle su resurrección, el filósofo, medio jocoso, les respondía con un pensamiento de Voltaire: “Ay, señores. El placer nos concede de inmediato lo que la sabiduría sólo promete”, y extrañamente, él tan sobrio, se reía a carcajadas. En ese semestre dictó un seminario sobre “El Amor en el Renacimiento”, que fue seguido con pasión por todos sus discípulos y por estudiantes de otras universidades que pidieron y obtuvieron el acceso a tan importante curso. En ese seminario se destacó Benjamín Striffler, un estudiante que lo seguía desde años atrás y lo llamaba, con humildad, “Mi Maestro”. Striffler, debe decirse, era alto, tirando a rubio, de facciones bien formadas, mirada profunda, y lo rodeaba cierto silencio que para algunos jóvenes no era más que pedantería pero que para las mujeres era un toque misterioso e interesante. La importancia y el éxito del seminario fueron tan contundentes que a partir de ese hecho se instaló los sábados por la tarde una tertulia en la casa del filósofo. Allí se discutían hasta la madrugada todos los temas con la mayor libertad posible. Striffler, prestando a los franceses, le puso el nombre de Tertulia Prohibido Prohibir. Fue tanta la dedicación de Benjamín Striffler, que él se erigió en coordinador de las reuniones, lo cual le permitió entrar a la casa, revisar la biblioteca del filósofo, imponer temas, seleccionar asistentes, hasta ordenar qué se consumiría de pasabocas. La relación con el maestro no dejaba nada que desear, y el viejo filósofo se sentía satisfecho de haberle otorgado la confianza a ese joven de tanta rectitud y de tantas perspectivas. Fabiola, por su parte, se sentía contenta con la presencia reiterada del discípulo y cuando no aparecía por su casa, notaba con extrañeza la ausencia del joven. Striffler, pues, fue ganando puntos y ocupando espacios, y convirtiéndose en un ser indispensable en ese hogar que ya empezaba a llamar la atención de los círculos universitarios e intelectuales de la ciudad. Cualquier día el filósofo empezó a temer de la juventud de Benjamín Striffler. Creyó ver en Fabiola una velada preferencia a la hora de repartir la comida, o un exagerado interés por la conversación del joven. Se preguntó el filósofo si serían celos los que experimentaba. Pero se dijo a sí mismo que ese sentimiento de inferioridad no podía tener albergue en su espíritu. Rectificó sus pensamientos y se encaminó, con persistencia, hacia una nueva interpretación de los filósofos presocráticos. Se le dio, entonces, por establecer una relación entre Heráclito y Nietzsche. Si la verdad es dicha, Benjamín había puesto los ojos en Fabiola. Más que la compañera escogida por su maestro amado, la veía como una mujer sensual, tierna, amable, quizá despilfarrada en los menesteres del cuerpo. Pero, a la vez, temía. No le parecía posible jugarle una mala pasada a su ductor. Sería incorrecto de su parte. En una palabra: antiético. Pero Fabiola estaba más allá de cualquier norma, ningún juicio de valor podía impedir su deslumbrante belleza. No planteó una seducción expresa. Dejó que el tiempo transcurriera. Y el tiempo jugó a su favor. Fabiola, viendo que Benjamín se mostraba indiferente, comenzó a desesperarse. ¿Acaso no le gustaba? ¿Y esas miradas que le había detectado cuando ella pasaba o le solicitaba la ubicación de un libro? ¿Sus ojos eran una farsa? En esos momentos el viejo profesor no tuvo dudas. Algo empezaba a desmembrarse en Fabiola. No había cambiado su talante. Era solícita, detallista, atenta. Pero para la percepción aguzada del filósofo, cierta atmósfera de distanciamiento se estaba formando entre los dos. Tal vez lo más notorio estaba en la conversación. Ya no hablaban con la intensidad de antes. Ya ella no lo escuchaba con la dedicación de otrora. Casi no le formulaba preguntas, ni planteaba las dudas académicas que la agobiaban. Decía pasar con mucho sueño, y mientras él se dedicaba horas enteras a escudriñar su enorme biblioteca, ella cerraba las cortinas y se iba a la cama, no a esperarlo a él, como al principio, pues ya el sexo era brasa apaciguada, sino a eludirlo a él, a convivir con otros recuerdos. En un instante pensó en hablar con Benjamín, echarlo de su casa y acabar la tertulia. Pero pronto supo que sería más ridículo que estúpido. En otra ocasión quiso hablar con ella, decirle que lo había captado todo y que le comprendía su simpatía por Benjamín. Burlarse de la burla. Anticiparse a la traición. Pero no, ¿qué ganaría, además de una negativa rotunda? La pondría sobre aviso y las pesquisas y observaciones carecerían de sentido, ya no serían sorpresa. Y, lo peor, su imagen frente a ella se deterioraría sino quedaba vuelta añicos. Aceptó que eso último era un pensamiento tonto y vanidoso, pero se dijo que nadie podía excluirlo de debilidades o petulancias: su comprobación de que era humano, simplemente humano. No cometería sandeces. Al desamor que se iniciaba no le agregaría torpezas. Sostuvo el viejo profesor (y Eduardo R. da fe y testimonio de ello) que Fabiola entró en un absoluto estado de desesperación. La atacó el insomnio. Una rara sudoración le afectó las manos. Le escaseó el apetito. Incumplió clases en la universidad privada con la excusa de un fuerte dolor de cabeza. De la mujer bella y plena comenzó a tener un rostro con ojeras y un cutis pálido. Sin objeción: extrañaba a Benjamín. El viejo profesor la sorprendió leyendo, en la cama, El amor, las mujeres y la muerte, de Schopenhauer, autor que no era de su predilección. Analizando las cosas y viendo que se acercaba noviembre, el filósofo se ofreció para dictar en una universidad de la costa caribe un seminario sobre La montaña mágica, tema que, además de gustarle, manejaba a la perfección. Eso de hacerse invitar le parecía detestable, pero tuvo que acudir a ese método, que no era su método, para escapar de la casa, tomar distancia y meditar con cabeza fría. Cuando se lo comunicó, Fabiola lo miró con complacencia y le deseó la mejor de las suertes. Como el viaje era al otro día, esa noche le ordenó la maleta, le guardó los libros y le metió en la cartera dos tarjetas de crédito; cenaron juntos y él estuvo contento. Hablaron trivialidades y se acostaron después de las once. Él, extrañamente, se durmió primero. Ella padeció su falta de sueño y pudo detallar todo el trayecto que hizo la luna que se veía desde su ventana. Sólo los pájaros del amanecer la hicieron dormir levemente. Como era de esperarse, el seminario fue concluido a satisfacción total. El rector, en persona, le propuso que se vinculara de tiempo completo a la universidad, en donde tendría todas las garantías para estudiar, traducir y escribir, con un horario que se lo estipularía el mismo profesor y con secretaria, comunicaciones, residencia, viáticos y alimentación que asumiría el Alma Mater, además de un sueldo jugoso y de unas primas fijas que engrosarían atractivamente el estipendio mensual. El viejo profesor pidió tiempo para pensar la respuesta. ¿Qué iba a hacer con tantas comodidades, con tantas prebendas? Con cierta risita irónica recordó los versos de Shakespeare: “¿Oro precioso, rojo, fascinante? Con él se torna blanco el negro y el feo hermoso, virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… ¡Oh, dioses! ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh dioses?” Acabado su trabajo, decidió hacer una gira por la costa caribe. Anduvo por caseríos y municipios, por corregimientos olvidados y por veredas donde sólo se entraba a lomo de mulo. Durmió a la orilla del mar en hamacas, en trojas, en esteras, en camas de viento. Fingió ser un caminante anónimo y durante dos semanas intentó ser feliz. Tres días antes de retornar le envió un telegrama a Fabiola. No quería encontrar sorpresas desagradables. Rompiendo la costumbre regresó en avión. Un airecito de alegría lo estimuló cuando el auto que lo llevaba tomó la última curva antes de llegar a la casa. El carro pitó pero nadie salió a abrir el portón circundado de enredaderas y parásitas. Él mismo bajó la maleta y la caja con artesanías, que ya tenía los costados rotos. Era la hora del crepúsculo y la casa se le antojó enorme, demasiado gris, demasiado espacio para tan poca gente. La puerta de entrada a la sala la encontró sin seguro. Sin embargo, la luz del pasillo estaba encendida. Los muebles, especialmente las butacas, le parecieron personas gordas, agazapadas en el silencio. Vio muy oscuras las cretonas que tapaban los grandes ventanales. Cuando colocó la maleta encima de la mesa de centro, la consola de la izquierda, que guardaba la loza, los cubiertos y demás utilerías, crujió. “Caramba, se dijo el viejo profesor, la madera saludándome”. Tanteando en la pared encontró y encendió el sistema de alumbrado conjunto. Pareció que un sol rabioso hubiera entrado a la casa. Una leve capa de polvo cubría los brazos del mobiliario. Miró a su alrededor y los ojos del autorretrato de Picasso chocaron desde la pared con sus ojos. Los del malagueño, grandes, directos, tirados a la expectativa; los de él, chiquitos, enrojecidos, protegidos por los gruesos vidrios de sus gafas de miope. Nadie, a excepción de la madera, lo había escuchado. Fue a la habitación y todo estaba en supremo orden. “Demasiado orden, sospechoso”, pensó y sonrió. Encima de la luna del espejo, pegados, se hallaban, una al lado de la otra, dos esquelas rosadas. Estaban escritas con marcador rojo: “Perdóname. Fabiola”, decía una; “Maestro, compréndame. B. Striffler”, decía la otra. El viejo filósofo sintió que le habían dado un terrible golpe en el mentón. Se fue hacia atrás y tuvo que agarrarse en el manubrio de una de las gavetas del mueble caoba para no caer. Luego, más reposado, se miró al espejo. Se vio rechoncho, despelucado y pálido. Trató de recomponerse. Esa huida era previsible. Debía darse. Era el final que se merecía esta ficción. No debía alarmarse. Él mismo había alimentado el cuervo. Y si no hubiera sido con éste, hubiera sido con otro. Quizá lo que lo lastimaba era la prontitud con que se habían producido los hechos. Él mismo, un poco alcahueta, se había retirado durante casi un mes para que ellos se encontraran a plenitud y ya encausadas las aguas, calmados un poco los ímpetus, la ruptura se produjera con mayor prudencia. Pero se había equivocado. Su ausencia desequilibró la pasión y desbocó los ríos y ya no hubo calma para esa sed insaciable. El resultado fue el contrario de lo que él esperaba. Se había equivocado dos veces. Con ellos y con su presupuesto teórico. El viejo profesor llamó a su amigo Eduardo R. y le contó lo sucedido. Eduardo R. se irritó y no escatimó adjetivos en contra de la pareja de amantes; fue especialmente colérico contra ella. El filósofo tuvo que calmarlo. Lo había llamado para desahogarse con él, pues tanto dolor por dentro podía hacerlo explotar. Pero, ahora, Eduardo R. estaba más rabioso que él. ¿Tendría razón Eduardo R.? ¿Sería tanta la infamia? Acordaron verse al otro día, en el restaurante vegetariano del Parque de Bolívar. Eduardo R. le preguntó qué iría a hacer esa noche, y el catedrático le dijo que revisaría su biblioteca para buscar un poemario bilingüe de Heinrich Heine. En efecto, después de darse un baño con agua tibia, y luego de revisar lentamente la amplia casa, recordando sitios y evocando palabras, el viejo filósofo se encaminó a su biblioteca. Aunque nunca supo por dónde se filtraba, siempre había una película de polvo. Por ello, armado de una panola empezó a limpiar el mueble que correspondía a las enciclopedias. Por todos pasó la tela rápido, con ligeros trapazos. Fue cuidadoso con un retrato de Fabiola que encontró recostado en un estante metálico en donde ella sonreía, más melancólica que alegre. Era la foto que más le gustaba a él, pues creía que era la que más se aproximaba a su alma. Y lo seguía creyendo, sin importar su felonía. Sus convicciones no variaban, así cambiaran sus sentimientos. Miró, sopesó, olió, ojeó muchos libros. Estar al lado de los libros era para el viejo filósofo toda una felicidad y a veces sentía una sana envidia de los escritores que habían escrito libros tan importantes. Ese cuarto era limpio, más ancho que largo, con un cielo raso que sobrepasaba los cuatro metros de alto, y lo había caminado en miles de oportunidades. Algunos estantes tenían siete entrepaños, otros tenían diez. La medianoche lo encontró buscando el poemario antológico de Heine. Aunque sintió un extraño calor en la nuca, no se inquietó. El libro estaba en la biblioteca. Ya lo hallaría. Aunque no tenía sed fue a la cocina y bebió agua. Al regreso recordó que el libro debía estar en la sección de los que le envió, por canje, un amigo de España. Esos que con justo lujo estaban impresos en papel de arroz. Delgados, translúcidos, letra nítida, las mayúsculas de punto aparte en una itálica enorme. Se encaminó hacia allá, agarró la escalera y la abrió. Montó dos escalones y empezó a buscar. Agudizó la vista porque allí la luz se opacaba un poco. Se ajustó las gafas para ver mejor. De pronto el mundo se le volvió oscuro y chillante y sintió una pedrada en pleno corazón. Con desesperación se agarró de las barandas principales de la biblioteca, ésta se balanceó varias veces y de súbito se le vino encima. El viejo profesor manoteó en el aire como quien chapotea en el mar tratando de no ahogarse. Fue inútil. No podía encontrar asidero. El filósofo se estrelló contra el piso; encima le cayeron cientos de libros, que lo único que le dejaron libre fue una abertura por donde asomaba la fijeza de sus ojos azules. Así lo encontró Eduardo R., cuando al ver que el profesor no llegaba a la cita que tenían en el restaurante vegetariano, decidió ir a su casa y, asistido de un mal presentimiento, tuvo que volarse la paredilla cubierta de enredaderas y romper el vidrio de la puerta del patio para acceder a la biblioteca. Eduardo R. titubeó frente a la pila de libros, y en una ráfaga de atrevimiento llegó a creer que el profesor volvería a viajar o estaría seleccionando libros para hacer cualquier noche una quema de textos inservibles. Pero sólo bastó con que extendiera la mirada un poco más para que se topara con los ojos abiertos del filósofo. La noticia de la muerte del profesor Barquini se esparció por toda la ciudad. En la universidad el revuelo fue total. Los dos periódicos de la tarde sacaron la noticia acompañada de fotos y de algunas entrevistas a varios de sus ex alumnos. El ataúd fue llevado al paraninfo de la casa de estudios y durante toda la noche y a la mañana siguiente el desfile fue interminable. Profesores, trabajadores, estudiantes, periodistas, delegaciones de otras universidades y curiosos que querían ver el cadáver de ese exótico profesor que, aún vivo, ya estaba incluido en la leyenda. Hubo los consabidos discursos de elogio, el Consejo Superior suscribió un decreto de honor exaltando la vida del filósofo Alejandro Barquini. Después de medianoche hubo música de guitarra, y, como gesto particular, un muchacho medio borracho interrumpía a cada rato con un agudo sonido que sacaba de una trompeta descascarada que cargaba debajo del brazo izquierdo y que no quiso prestar a nadie. Una muchacha gorda y de gafas espesas leyó algunos poemas del libro bilingüe de Heinrich Heine. En verdad el acto parecía más una fiesta que una velación. A su entierro, en la tarde siguiente, vino un hijo, ya adulto, que había engendrado treinta años atrás y con el cual no tenía casi comunicación. También asistieron, camuflados entre la multitud y usando gafas oscuras, bastante desencajados, viendo todo desde la distancia, su antigua mujer y su antiguo discípulo.

José Luis Garcés González (foto)

‘El impostor’ de Juan Carlos Onetti

juan-carlos-onettiEstaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez, el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.

Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:

—¿Cómo te fue en Londres?

—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro —me miró sonriendo.

—Más importante —dije— es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.

Me miró burlón y dijo:

—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero…

—Por dios, no —casi grité y la cara se me encendió.

—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.

Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.

—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.

Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.

Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.

Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.

Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía, supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:

—Bueno. Vamos a mirar el Van Gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.

Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y solo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del Van Gogh.

Juan Carlos Onetti (foto)

‘Los dos reyes y los dos laberintos’ de Borges

Jorge Luis Borges, writer  (Photo by Raul Urbina/Cover/Getty Images)Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso”. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

Jorge Luis Borges (foto)

‘Manos muertas’ de Jorge Ibargüengoitia

Jorge-Ibarguengoitia¿Cómo llegó? ¿De dónde vino? Nadie lo sabe. El primer signo que tuve de su presencia fueron las pantaletas.

Yo acababa de entrar en el camarote (el único camarote) con la intención de abrir una lata de sardinas y comérmelas, cuando noté que había un mecate que lo cruzaba en el sentido longitudinal y de éste, sobre la mesa y precisamente a la altura de los ojos de los comensales, pendían las pantaletas. Poco después se oyó el ruido del agua en el excusado y cuando levanté los ojos vi una imagen que se volvería familiar más tarde, de puro repetirse: Pampa Hash saliendo de la letrina. Me miró como sólo puede hacerlo una doctora en filosofía: ignorándolo todo, la mesa, las sardinas, las pantaletas, el mar que nos rodea, todo, menos mi poderosa masculinidad.

Ese día no llegamos a mayores. En realidad, no pasó nada. Ni nos saludamos siquiera. Ella me miró y yo la miré, ella salió a cubierta y yo me quedé en el camarote comiéndome las sardinas. No puede decirse, entonces, como algunas lenguas viperinas han insinuado, que hayamos sido víctimas del amor a primera vista: fue más bien el caffard lo que nos unió.

Ni siquiera nuestro segundo encuentro fue definitivo desde el punto de vista erótico.

Estábamos cuatro hombres a la orilla del río tratando de inflar una balsa de hule, cuando la vimos aparecer en traje de baño. Era formidable. Poseído de ese impulso que hace que el hombre quiera desposarse con la Madre Tierra de vez en cuando, me apoderé de la bomba de aire y bombeé como un loco. En cinco minutos la balsa estaba a reventar y mis manos cubiertas de unas ampollas que con el tiempo se hicieron llagas. Ella me miraba.

“She thinks I’m terrific”, pensé en inglés. Echamos la balsa al agua y navegamos en ella “por el río de la vida”, como dijo Lord Baden-Powell.

¡Ah, qué viaje homérico! Para calentar la comida rompí unos troncos descomunales con mis manos desnudas y ampolladas y soplé el fuego hasta casi perder el conocimiento: luego trepé en una roca y me tiré de clavado desde una altura que normalmente me hubiera hecho sudar frío; pero lo más espectacular de todo fue cuando me dejé ir nadando por un rápido y ella gritó aterrada. Me recogieron ensangrentado cien metros después. Cuando terminó la travesía y la balsa estaba empacada y subida en el Jeep, yo me vestí entre unos matorrales y estaba poniéndome los zapatos sentado en una piedra, cuando ella apareció, todavía en traje de baño, con la mirada baja y me dijo: “Je me veux baigner”. Yo la corregí: “Je veux me baigner”. Me levanté y traté de violarla, pero no pude.

La conquisté casi por equivocación. Estábamos en una sala, ella y yo solos, hablando de cosas sin importancia, cuando ella me preguntó: “¿Qué zona postal es tal y tal dirección?” Yo no sabía, pero le dije que consultara el directorio telefónico. Pasó un rato, ella salió del cuarto y la oí que me llamaba; fui al lugar en donde estaba el teléfono y la encontré inclinada sobre el directorio: “¿Dónde están las zonas?”, me preguntó. Yo había olvidado la conversación anterior y entendí que me preguntaba por las zonas erógenas. Y le dije dónde estaban.

Habíamos nacido el uno para el otro: entre los dos pesábamos ciento sesenta kilos. En los meses que siguieron, durante nuestra tumultuosa y apasionada relación, me llamó búfalo, orangután, rinoceronte… en fin, todo lo que se puede llamar a un hombre sin ofenderlo. Yo estaba en la inopia y ella parecía sufrir de una constante diarrea durante sus viajes por estas tierras bárbaras. Al nivel del mar, haciendo a un lado su necesidad de dormir catorce horas diarias, era una compañera aceptable, pero arriba de los dos mil metros, respiraba con dificultad y se desvanecía fácilmente. Vivir a su lado en la ciudad de México significaba permanecer en un eterno estado de alerta para levantarla del piso en caso de que le viniera un síncope.

Cuando descubrí su pasión por la patología, inventé, nomás para deleitarla, una retahíla de enfermedades de mi familia, que siempre ha gozado de la salud propia de las especies zoológicas privilegiadas.

Otra de sus predilecciones era lo que ella llamaba “the intrincacies of the Mexican mina”.

-¿Te gustan los motores? -preguntó una vez-. Te advierto que tu respuesta va a revelar una característica nacional.

Había ciertas irregularidades en nuestra relación: por ejemplo, ella ha sido la única mujer a la que nunca me atreví a decirle que me pagara la cena, a pesar de que sabía perfectamente que estaba nadando en pesos, y no suyos, sino de la Pumpernikel Foundation. Durante varios meses la contemplé, con mis codos apoyados sobre la mesa, a ambos lados de mi taza de café y deteniéndome la cara con las manos, comerse una cantidad considerable de filetes con papas.

Los meseros me miraban con cierto desprecio, creyendo que yo pagaba los filetes. A veces, ella se compadecía de mí y me obsequiaba un pedazo de carne metido en un bolillo, que yo, por supuesto, rechazaba diciendo que no tenía hambre. Y además, el problema de las propinas: ella tenía la teoría de que 1% era una proporción aceptable, así que dar cuarenta centavos por un consumo de veinte pesos era ya una extravagancia. Nunca he cosechado tantas enemistades.

Una vez tenía yo veinte pesos y la llevé al Bamerette. Pedimos dos tequilas.

-La última vez que estuve aquí -me dijo- torné whisky escocés, toqué la guitarra y los meseros creían que era yo artista de cine.

Esto nunca se lo perdoné.

Sus dimensiones eran otro inconveniente. Por ejemplo, bastaba dejar dos minutos un brazo bajo su cuerpo, para que se entumeciera. La única imagen histórica que podía ilustrar nuestra relación es la de Sigfrido, que cruzó los siete círculos de fuego, llegó hasta Brunilda, no pudo despertarla, la cargó en brazos, comprendió que era demasiado pesada y tuvo que sacarla arrastrando, como un tapete enrollado.

¡Oh, Pampa Hash! ¡Mi adorable, mi dulce, mi extensa Pampa!

Tenía una gran curiosidad científica.

-¿Me amas?

-Sí.

-¿Por qué?

-No sé.

-¿Me admiras?

-Sí.

-¿Por qué?

-Eres profesional, concienzuda, dedicada. Son cualidades que admiro mucho.

Esto último es una gran mentira. Pampa Hash pasó un año en la sierra haciendo una investigación de la cual salió un informe que yo hubiera podido inventar en quince días.

-¿Y por qué admiras esas cualidades?

-No preguntemos demasiado. Dejémonos llevar por nuestras pasiones.

-¿Me deseas?

Era un interrogatorio de comisaría. Una vez fuimos de compras. Es la compradora más difícil que he visto. Todo le parecía muy caro, muy malo o que no era exactamente lo que necesitaba. Además estaba convencida de que por alguna razón misteriosa, las dependientas gozaban deshaciendo la tienda y mostrándole la mercancía para luego volver a guardarla, sin haber vendido nada.

Como el tema recurrente de una sinfonía, aparecieron en nuestra relación las pantaletas. “Ineedpanties”, me dijo. Le dije cómo se decía en español. Fuimos a diez tiendas cuando menos, y en todas se repitió la misma escena: llegábamos ante la dependienta y ella empezaba, “necesito…”, se volvía hacia mí: “¿cómo se dice?”, “pantaletas”, decía yo. La dependienta me miraba durante una millonésima de segundo, y se iba a buscar las pantaletas. No las quería ni de nylon, ni de algodón, sino de un material que es tan raro en México, como la tela de araña comercial y de un tamaño vergonzoso, por lo grande. No las encontramos. Después, compramos unos mangos y nos sentamos a comerlos en la banca de un parque. Contemplé fascinado cómo iba arrancando el pellejo de medio mango con sus dientes fuertísimos y luego devoraba la carne y el ixtle, hasta dejar el hueso como la cabeza del cura Hidalgo; entonces, asía fuertemente el mango del hueso y devoraba la segunda mitad. En ese momento comprendí que esa mujer no me convenía.

Cuando hubo terminado los tres mangos que le tocaban, se limpió la boca y las manos cuidadosamente, encendió un cigarro, se acomodó en el asiento y volviéndose hacia mí, me preguntó sonriente:

-¿Me amas?

-No -le dije.

Por supuesto que no me creyó.

Después vino el Gran Fínate. Fue el día que la poseyó el ritmo.

Fuimos a una fiesta en la que estaba un señor que bailaba tan bien que le decían el Fred Astaire de la Colonia del Valle. Su especialidad era bailar solo, mirándose los pies para deleitarse mejor. Pasó un rato. Empezó un ritmo tropical. Yo estaba platicando con alguien cuando sentí en mis entrañas que algo terrible se avecinaba. Volví la cabeza y el horror me dejó paralizado: Pampa, mi Pampa, la mujer que tanto amé, estaba bailando alrededor de Fred Astaire como Mata Hari alrededor de Shiva. No había estado tan avergonzado de ella desde el día que empezó a cantar “Ay, Cielitou Lindou…” en plena Avenida Juárez. ¿Qué hacer? Bajar la vista y seguir la conversación. El suplicio duró horas.

Luego, ella vino y se arrojó a mis pies como la Magdalena y me dijo: “Perdóname. Me poseyó el ritmo”. La perdoné allí mismo.

Fuimos a su hotel (con intención de reconciliarnos) y estábamos ya instalados en el elevador, cuando se acercó el administrador a preguntarnos cuál era el número de mi cuarto.

-Vengo acompañando a la señorita -le dije.

-Después de las diez no se admiten visitas -me dijo el administrador.

Pampa Hash montó en cólera:

-¿Qué están creyendo? El señor tiene que venir a mi cuarto para recoger una maleta suya.

-Baje usted la maleta y que él la espere aquí.

-No bajo nada, estoy muy cansada.

-Que la baje el botones, entonces.

-No voy a pagarle al botones.

-Al botones lo paga la administración, señorita.

Ésa fue la última frase de la discusión.

El elevador empezó a subir con Pampa Hash y el botones, y yo mirándola. Era de esos de rejilla, así que cuando llegó a determinada altura, pude distinguir sus pantaletas. Comprendí que era la señal: había llegado el momento de desaparecer.

Ya me iba, pero el administrador me dijo: “Espere la maleta”. Esperé. Al poco rato, bajó el botones y me entregó una maleta que, por supuesto, no era mía. La tomé, salí a la calle, y fui caminando con paso cada vez más apresurado.

¡Pobre Pampa Hash, me perdió a mí y perdió su maleta el mismo día!

Jorge Ibargüengoitia (foto)

 

 

‘Trenzas’ de María Luisa Bombal

maria luisa bombalPorque día tras día los orgullosos humanos que ahora somos tendemos a desprendemos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.

Positivas, ignoran al desprenderse de éstas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la Tierra.

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso: desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.

¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacía su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto… el canto natural de aquella cabellera.

Y sé, y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro…, y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer.

Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.

Trenzas que al inclinarse prudentes un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del rey…, su marido.

Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego, estremecido y dejando por fin hablar su corazón… Melisanda, murmura…, tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme en ellas.

Por respuesta, sólo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo esa verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.

¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María, de Jorge Isaacs! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.

Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja.

Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.

La octava mujer de Barba Azul… ¿La habéis olvidado? Y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje copiara a su traviesa esposa las llaves de acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.

De más está explicar que durante esa bien venida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.

Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así, pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre éstas, aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no sólo mohosa…, sino además tinta en sangre.

-Vos, señora, me habéis traicionado -rugió-; no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.

Dicho esto, desenvainó su espada…

¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se están preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna…

-¡Sí que la tiene! -respondo con fuerza-. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio, para su hermana.

Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.

No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.

Fueron sus trenzas y nada más que sus complicadamente peinadas en ciento y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que frenaron y entrabaron sus dedos criminales, enrredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.

Así, pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando ésa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.

“Era muy pálida, así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga, describe Balzac a una de sus enigmáticas heroínas.

Y no era un capricho verbal.

Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la Tierra.

Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afición suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros.

¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen, lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos.

Dos hermanas.

Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios.

La hermana mayor, marchita ya desde muy joven, recortase el pelo, vistió poncho de vicuña, y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retiróse al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona… nadie sabe por que.

La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo, aunque igualmente frágil de salud.

También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida.

Sí. Era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente.

Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: “¡Incendio!”

Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada, aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad…, con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.

Entretanto, en la ciudad, la hermana menor, de vuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.

Sus festejantes dos, sus servidores dormidos y ella por primera vez sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.

En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, éste ardiente y acre, barría en contra de ellos bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.

Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!

La Amazona permanecía sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes.

El bosque ardía sin ruido, y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, ennegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar…, pemitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez…

Ese enorme avellano consumiéndose…, ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?

Y tras aquel gigantesco tronco…, árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías…, y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad…, y aquel eucalipto del que se abrazara -jovencita- llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca…, nunca…

Allá en la ciudad despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana -la que se atrevió siempre a amar-, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte…, pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.

Y de pronto, allá abajo en el fundo, fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semi asfixiados.

Del manso bosque en ruinas empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio.

Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.

Luego escombros, cenizas y silencio.

Cuando en la ciudad vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho, tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.

El médico aseguró que había agonizado la noche entera.

Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.

Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza; son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.

Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones ni goces absurdos ni poder magnético.

Y sus sueños no son ahora sino una triste marca que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.

María Luisa Bombal (foto)

 

El papa Francisco

Debo confesar que la visita del papa Francisco me dejo un gusto amargo. Porque en realidad no hubo nada constructivo que recordar. No se me viene a la mente una sola frase interesante que haya dicho, digna de repetir. Díganme una, por favor. Admito que, quizás, mi visión esté sesgada. No sé si para la ‘zurda’, como el papa les dijo de los habitantes de Osorno (“tontos”, que se dejan influenciar “por zurdos”) cuando un turista le reclamó, informalmente, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, a propósito del recientemente nombrado obispo Juan Barros. Porque, justamente, la presencia de este señor, Juan Barros, fue lo que empañó la visita del papa. Una presencia provocadora, en todas partes. Y Barros es alguien que está mencionado en investigaciones civiles y eclesiásticas, como “encubridor del abusador sexual de niños Fernando Karadima”. Barros fue quien, en aquellos tiempos, desapareció, como cercano al delincuente Karadima, cualquier queja o reclamo contra este degenerado. Es lo que afirman José Andrés Murillo, James Hamilton y Juan Carlos Cruz. La causa contra el abusador de niños Fernando Karadima, también la conoció y desvió, y se la jugó por ocultarla, el actual arzobispo Ricardo Ezati. Esa causa llegó al Vaticano, y el papa Francisco se negó a responder una solicitud de la Corte Suprema de Justicia de Chile. De modo que el papa estaba al tanto, y no cabía que dijera ahora que “muéstrenme una prueba”, o “esas son calumnias contra el obispo Juan Barros”. Con todo respeto, pero le creo más a Cruz, Hamilton y Murillo, que a Jorge Bergoglio, el papa Francisco. Y lo más ofensivo, me pareció, el beso que le dio el papa en la mejilla derecha a Juan Barros, antes de partir a Perú. Un mal sabor me dejó la visita del papa. Un sabor amargo.