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‘El amanecer de Rothko’ de Cristina Rivera Garza

cristina-rivera-garzaI: Lo que el pájaro observa a través de la ventana: Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. Poco a poco, a un ritmo regular, el hombre se desliza con cierta lentitud desde los pies de la cama, donde se encuentran desperdigadas todas las prendas, hacia el clóset, en cuya parte baja se abre de par en par el equipaje.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar. Lo hace metódicamente, sin levantar la vista. Caminar: un pie delante del otro.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. Hay una mujer también, pero ella está sentada sobre las almohadas de la cama, la espalda contra la pared. Sobre las piernas cruzadas en forma de flor de loto sostiene un libro que lee en voz alta.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar.

Una lámpara de pie a su derecha. Una lámpara encendida.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande.

El pájaro inclina el cuello, como si reaccionara ante las palabras que no puede escuchar del otro lado del vidrio.

El abrir y cerrar de los párpados.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar. La noche oscura; tan oscura.

Si éste fuera el pájaro que visitó la ventana de una novela de DeLillo, seguramente estaría gorgoreando las palabras “mundos imposibles”.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar.

La luz que emite la ventana de la habitación alumbra apenas una calle solitaria bordeada de encinos.

II: Lo que observa el paseante nocturno: Un pájaro que canta de noche. Qué raro. Hay un pájaro que canta de noche.

III: Lo que la mujer observa cuando cierra el libro y no dice ya nada más: El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Empequeñecido por el tamaño del mueble, el hombre parece más agotado de lo que está. Los brazos caídos a los costados del cuerpo. Los ojos abiertos. La frente inmóvil.

La mujer seguramente imagina un sombrero sobre esa cabeza de cabellos cortos y rubios.
El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Piensa, esto también con toda seguridad, que se trata de un hombre atormentado. Un hombre de tiempo atrás; otro siglo incluso. Los ojos abiertos. Alguien que no sabe.

IV: Lo que el hombre observa dentro de su cabeza: El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación.

Si la mujer leyera el poema elegido al azar, deteniendo el dedo índice sobre las hojas en movimiento, ahora mismo volvería a posar la vista sobre sus letras y emprendería, de nueva cuenta, la lectura en voz alta.

Leer, a veces, es huir.

Los ojos abiertos.

El pájaro escucharía el eco: You want to get out, you want to tear yourself out, I am the outside, I am snow.

Y afuera, entonces, nevaría.

El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Los ojos abiertos. La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

Wrenching your way through, continuaría, tartamudeando.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Los ojos abiertos.

It is your life, murmuraría en un tono cada vez más bajo, avergonzada.

La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

The last chance of freedom.

V: Lo que el autor del poema observa desde la ventana de su estudio lejos de ahí, en otro lugar: This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Un par de niños juegan con bolas de nieve. Ríen, eso es obvio por los gestos de los rostros, aunque la risa no puede atravesar el cristal.

La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

Sus cuerpos dejan marcas sobre la nieve que, sin embargo, desaparecen pronto. Tabula rasa.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

VI: Lo que el hombre observa desde la cama (retrospectiva): El pájaro lo mira con curiosidad desde la intrincada rama de un encino. La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Negro sobre negro.

Se han borrado ya las arrugas que su cuerpo hizo brotar en la tela del sillón. Nadie ha estado ahí, cavilando.

Sopesar significa levantar algo como para tantear la importancia que tiene o para reconocerlo. Nadie escuchó en ese lugar los sonidos de las palabras que lo hicieron sonreír al incorporarse lentamente, como si tuviera más años o más peso.

Negro sobre negro.

Esto: un cuerpo que se aproxima a través de mucho tiempo. Nadie evitó mirar atrás: el rostro bajo el sudario de la nieve. Nadie ha estado ahí, cavilando. Nadie.

VII: Lo que el hombre observa desde la cama (prospectiva): Negro sobre negro. Los pies, bajo las mantas grises, forman escarpadas montañas pequeñísimas. Las rodillas.

Nadie ha estado ahí, cavilando.

Las caderas. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Negro sobre negro.

Nadie ha estado ahí, cavilando. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación.

Respirar es un movimiento. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve. Cuando se inclina sobre la cabeza de ella, como el pájaro antes sobre la escena de los dos, se pregunta sobre sus sueños. Gorgorea: Mundos imposibles.

Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Un hilillo de saliva sobre el mentón. Qué raro. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve.

Hay un pájaro que canta de noche. Las manchas del labial sobre las orillas de las almohadas. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Impresionismo.

Los cabellos: jirones en forma de signos de interrogación.

El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve. El omóplato es una quimera óptica. El hombre, su mano derecha sobre el hombro de la mujer, finalmente cierra los ojos. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve.

VIII: Lo que nadie ve: Es un amanecer estupendo. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo. Iridiscente. Los árboles adquieren forma.

VIII: Lo que nadie ve: Una rama es una rama.

Los troncos. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo.

La multitud trepidante de las hojas. Dicho de un ave, aletear significa mover frecuentemente las alas sin echar a volar.

VIII: Lo que nadie ve: Dicho de un hombre significa mover los brazos a modo de alas. En el rectángulo de la ventana, al que conforman dos cuadrados claramente diferenciados, se asienta poco a poco el color rojo. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo. El proceso de impregnación. Se trata de un momento apenas; no más.

VIII: Lo que nadie ve: La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo.

El pájaro emprende, de repente, el vuelo. Aletear también significa cobrar aliento.

Cristina Rivera Garza (foto)

Cierto humor en la Quinta Vergara: ‘Chiqui’ Aguayo

chiquiSolo quiero referirme a dos elementos de reflexión, a propósito de la actuación de la comediante Daniela ‘Chiqui’ Aguayo (foto) en la Quinta Vergara, en el Festival de Viña del Mar 2017. Solo mencionarlos, porque es difícil comentar cuando, en su defensa, se apela al sexismo.

Si se considera que fue vulgar su rutina de humor, se contraataca diciendo que es “un comentario machista”, porque, obvio, ella es mujer. Y también se contraataca diciendo que “en mi casa hablamos así”. O, “¿quién en Chile no habla a los chuchazos?”

Se contraataca diciendo: cuántos humoristas han estado en Viña que han dicho chuchadas, pero nadie les dice nada “porque son hombres”. Entonces, ¿qué más decir? Se cierra toda opción. Se descalifica el comentario.

O sea, una vez anulado el comentario con aquellas declaraciones, el resultado, tácito, es el de que la humorista resultó genial. Y no creo que sea así. ‘Chiqui’ Aguayo ni siquiera es la mejor del programa ‘Minas al poder’, un humorístico del canal Chilevisión, protagonizado por mujeres, más un hombre adulto vestido de mujer y un joven travestido.

Esa defensa, entonces, y esa previsible conclusión, no son verdad. Todo es un truco de ideas. Y así, es muy difícil comentar sobre una rutina que puede considerarse vulgar, en un escenario específico como el Festival de Viña, televisado para hispanohablantes.

Sin embargo, decir que sea hombre o mujer, si se apela a la vulgaridad, al chuchazo, a la facilidad del chiste obvio, hay que señalarlo, aunque no le guste al(la) comediante.

Y decir también que, después de tanto esfuerzo de muchos comediantes y libretistas en los últimos años, por conseguir una narrativa con efectos humorísticos, situaciones escénicas chistosas, discursos graciosos y gracejos, sin apelar a la palabra o el gesto vulgar, es triste que asistamos a este retroceso. Volver a la chabacanería.

¿El humor puede (¿debe?) avanzar hacia modos menos básicos para ganar una carcajada, o una sonrisa?

Referido lo anterior, en segundo lugar, preguntarse también ¿qué tanto ha cambiado el público, el “monstruo”? Porque, al fin y al cabo, rió a mandíbula batiente en algunos pasajes de la rutina de Daniela ‘Chiqui’ Aguayo.

Es decir, había en esa risa una aceptación, una aprobación de lo que estaba diciendo la comediante, una aceptación del lenguaje en que estaba dicho esa clase de humor. Es más: le otorgó las gaviotas de plata y oro.

Aparentemente, este público ya no es un “monstruo”. Es más permisivo. O más comprensivo. O más compasivo. Un gatito nomás.

‘Anunciación’ de Elia Barceló

elia-barceloHabía estado nerviosa toda la mañana. Una sensación de inminencia que no la había dejado reírse con los chistes de Queco ni disfrutar del combinado que preparó Vera. Sus invitados lo habían convertido en tema a la hora del aperitivo, los estados de ansiedad, las premoniciones, podría ser que hoy va a ser decisivo en tu vida, había dicho Jon. ¡Decisivo! Un día más en un largo verano de baños de sol, paseos en lancha y siestas interminables.

Había cerrado los ojos al sol de mediodía, estirándose en la hamaca, registrando la húmeda frialdad del vaso en la mano, el tejido del bikini blanco ciñéndole el cuerpo, el rumor de las olas, el peso de aquel día imposiblemente azul que acabaría horas después en la noche perfumada, junto a la piscina, terciopelo con estrellas, como siempre. Su vida. La vida que había elegido. Una vida inmóvil y feliz.

Al principio creyó que se trataba de un sueño. La hora era adecuada, también el lugar. El sopor que se le había insinuado durante la comida se había ido haciendo cada vez más fuerte hasta no dejarla siquiera terminar el postre. Se había excusado en un murmullo, acogido por murmullos similares y, en lugar de meterse en su habitación, en un impulso, se había encaminado a la que daba al jardín, al pabellón de huéspedes de confianza. Se había dejado caer con un suspiro en la cama blanca en la que el mosquitero, al recoger los rayos de sol que entraban por el calado de la persiana, fingía una lluvia de monedas de oro, vibrantes de luz, sobre su cuerpo desnudo en el calor de la siesta. Cerró los ojos con agradecimiento infinito sintiendo cómo su conciencia empezaba a girar, a flotar, a alejarse como una cometa al viento mientras, al mismo tiempo, sus sentidos registraban el paisaje de cigarras enloquecidas por el calor de la siesta, el olor a polvo y a pinares que subía desde el camino del mar, las motas de oro que la brisa ocasional hacía danzar sobre su cabeza. Lejos, más lejos, el rumor de las olas, la frescura blanca del algodón contra su piel, el Paraíso alcanzado, el deslizarse a una oscuridad líquida, sedosa, fresca.

Y entonces, de repente, en algún lugar entre las motas de oro y el fragor de las cigarras, su presencia. Una presencia de fuego líquido, una presencia de águila y de tigre, esplendorosa y feroz, flotando en el contacto de la sábana, en las espumas lejanas del mar de las cuatro, poderosa como un toro, fría como una virgen, mineral.

La sombra luminosa cayó sobre su cama crucificándola de anhelo, devorándola para la eternidad y, en un fogonazo, doloroso como un estilete dibujando sus pechos sudorosos, supo. Supo qué era, qué le anunciaba, qué le pedía.

Supo y gritó por dentro.

Supo y el conocimiento la aterrorizó.

Supo y cerró su mente.

Tenía mucho tiempo. Podía tardar todo el primer día de la eternidad en elegir su respuesta. Ni una hoja de adelfa se agitaría en la brisa hasta que decidiera, ni un ala de gaviota batiría contra la inmóvil espuma del mar.

El silencio era perfecto, un coágulo cristalino encerrando a la presencia y a su presa, su sierva, su elegida.

Habría querido llorar, arrancarse los ojos con las uñas, arrastrarse de hinojos por el suelo de piedra, gritar a tí me entrego, abandonarse, morir, abrir su alma.

No pudo hacerlo.

No quiso hacerlo.

En la perfecta quietud de la tarde perpleja sonó un non serviam. Inmenso, violento, sublime.

El hilo se rompió. Cayó la luz sobre su cuerpo como una lluvia oscura dejándola enlodada y supo que acababa de elegir. Ella, que siempre había sido criatura de luz, sería desde ahora alimaña nocturna. La presencia tocó su corazón con un filo de plata hasta que se encogió sobre sí mismo y se hizo duro, diminuto y vacío. Y luego bebió su sangre.

Cuando la luna llegó hasta el borde de la piscina y empezó a cruzarla de estrías de mercurio helado, ella se levantó de la cama, abrió la mosquitera de donde había huido la luz y, con sus nuevos ojos de hielo, contempló el mundo nocturno. Su destino.

Orientándose por la luz de las velas y el murmullo de conversación se dirigió al cenador del jardín donde debían de estar sus invitados. Habían pasado muchas horas. Tenía hambre.

Elia Barceló (foto)

‘La perfecta casada’ de Angélica Gorodischer

angelica-gorodischer(A la memoria de María Varela Osorio)

Si usted se la encuentra por la calle, cruce rápidamente a la otra vereda y apriete el paso: es una mujer peligrosa. Tiene entre cuarenta y cinco y cincuenta años, una hija casada y un hijo que trabaja en San Nicokás; el marido es chapista. Se levanta muy temprano, barre la vereda, despide al marido, limpia, lava la ropa, hace las compras, cocina. Después de almorzar mira televisión, cose o teje, plancha dos veces por semana, y a la noche se acuesta tarde. Los sábados hace limpieza general y lava los vidrios y encera los pisos. Los domingos a la mañana lava la ropa que le trae el hijo, que se llama Néstor Eduardo, amasa fideos o ravioles, y a la tarde viene a visitarla la cuñada o va ella a la casa de la hija. Hace mucho que no va al cine, pero lee “Radiolandia” y las noticias de policía del diario. Tiene los ojos oscuros y las manos ásperas y empieza a encanecer. Se resfría con frecuencia y guarda un álbum de fotografías en un cajón de la cómoda junto a un vestido de crepe negro con cuello y mangas de encaje.

Su madre no le pegaba nunca. Pero a los seis años le dio una paliza un día por dibujar una puerta con tizas de colores y le hizo borrar el dibujo con un trapo mojado. Ella mientras limpiaba pensó en las puertas, en todas las puertas, y decidió que eran muy estúpidas porque siempre abrían a los mismos lugares. Y la que limpiaba era precisamente la más estúpida de todas las puertas porque daba al dormitorio de los padres. Y abrió la puerta y entonces no daba al dormitorio de los padres sino al desierto de Gobi. No le sorprendió aunque ella no sabía que era el desierto de Gobi y ni siquiera le habían enseñado todavía en la escuela dónde queda Mongolia y nunca ni ella ni su madre ni su abuela habían oído hablar de Nan Shan ni de Khangai Nuru.

Dio unos pasos del otro lado de la puerta y se agachó y rascó el suelo amarillento y vio que no había nada ni nadie y el viento caliente le alborotó el pelo así que volvió a pasar por la puerta abierta, la cerró y siguió limpiando. Y cuando terminó la madre rezongó otro poco y le dijo que lavara el trapo y que llevara el escobillón para barrer esa arena y que se limpiara los zapatos. Ese día modificó su apresurada opinión sobre las puertas aunque no del todo, no por lo menos hasta no ver lo que pasaba.

Lo que fue pasando a lo largo de toda su vida y hasta hoy fue que de vez en cuando las puertas se comportaban en forma satisfactoria aunque en general seguían siendo estúpidas y abriéndose sobre corredores, cocinas, lavaderos, dormitorios y oficinas en el mejor de los casos. Pero dos meses después del desierto por ejemplo, la puerta que todos los días daba al baño se abrió sobre el taller de un señor de barba que tenía puestos un batón largo, zapatos puntiagudos y un gorro que le caía a un costado de la cabeza. El viejo estaba de espaldas sacando algo de un mueble alto con muchos cajoncitos detrás de una máquina de madera muy grande y muy rara con un volante y un tornillo gigante, en medio de un aire frío y un olor picante, y cuando se dio vuelta y la vio empezó a gritarle en un idioma que ella no entendía. Ella le sacó la lengua, salió por la puerta, la cerró, la volvió a abrir y entró al baño y se lavó las manos para ir a almorzar.

Otra vez, a la siesta, muchos años más tarde, abrió la puerta de su habitación y salió a un campo de batalla y se mojó las manos en la sangre de los heridos y de los muertos y arrancó del cuello de un cadáver una cruz que llevó colgando mucho tiempo bajo las blusas cerradas o los vestidos sin escote y que ahora está guardada en una caja de lata bajo los camisones, con un broche, un par de aros y un reloj pulsera descompuesto que fueron de su suegra. Y así sin querer y por suerte estuvo en tres monasterios, en siete bibliotecas, en las montañas más altas del mundo, en ya no sabe cuántos teatros, en catedrales, en selvas, en frigoríficos, en sentinas y universidades y burdeles, en bosques y tiendas, en submarinos y hoteles y trincheras, en islas y fábricas, en palacios y en chozas y en torres y en el infierno. No lleva la cuenta ni le importa: cualquier puerta puede llevar a cualquier parte y eso tiene el mismo valor que el espesor de la masa para los ravioles, que la muerte de su madre y que las encrucijadas de la vida que ve en televisión y lee en “Radiolandia”.

No hace mucho acompañó a la hija a lo del médico y mirando la puerta cerrada de un baño en el pasillo de la clínica se sonrió. No estaba segura porque nunca puede estar segura, pero se levantó y fue al baño. Y sin embargo era un baño: por lo menos había un hombre desnudo metido en una bañadera llena de agua. Todo era muy grande, con techos muy altos y piso de mármol y colgaduras en las ventanas cerradas. El hombre parecía dormido en su bañadera blanca, corta y honda, y ella vio una navaja sobre una mesa de hierro que tenía las patas adornadas con hojas y flores de hierro y terminadas en garras de león, una navaja, un espejo, unas tenazas para rizar el pelo, toallas, una caja de talco y un cuenco con agua, y se acercó en puntas de pie, levantó la navaja, fue en puntas de pie hasta el hombre dormido en la bañadera y lo degolló. Tiró la navaja al suelo y se enjuagó las manos en el agua tibia de la bañadera. Se dio vuelta cuando salía al corredor de la clínica y alcanzó a ver a una muchacha que entraba por la otra puerta de aquel baño. La hija la miró:

-Qué rápido volviste.

-El inodoro no funcionaba -contestó.

Muy pocos días después degolló a otro hombre en una tienda azul de noche. Ese hombre y una mujer dormían apenas tapados con las mantas de una cama muy grande y muy baja y el viento castigaba la tienda e inclinaba las llamas de las lámparas de aceite. Más allá habría un campamento, soldados, animales, sudor, estiércol, órdenes y armas. Pero allí adentro había una espada junto a las ropas de cuero y metal y con ella cortó la cabeza del hombre barbudo y la mujer dormida se movió y abrió los ojos cuando ella atravesaba la puerta y volvía al patio que acababa de baldear.

Los lunes y los jueves, cuando plancha por las tardes los cuellos de las camisas, piensa en los cuellos cortados y en la sangre y espera. Si es verano sale un rato a la vereda después de guardar la ropa hasta que llega el marido. Si es invierno se sienta en la cocina y teje. Pero no siempre encuentra hombres dormidos o cadáveres con los ojos abiertos. En una mañana de lluvia, cuando tenía veinte años, estuvo en una cárcel y se burló de los prisioneros encadenados; una noche cuando los chicos eran chicos y todos dormían en la casa, vio en una plaza a una mujer despeinada que miraba un revólver sin atreverse a sacarlo de la cartera abierta, caminó hasta ella, le puso el revólver en la mano y se quedó allí hasta que un auto estacionó en la esquina, hasta que la mujer vio al hombre de gris que se bajaba y buscaba las llaves en el bolsillo, hasta que la mujer apuntó y disparó; y otra noche mientras hacia los deberes de geografía de sexto grado fue a buscar los lápices de colores a su cuarto y estuvo junto a un hombre que lloraba en un balcón. El balcón estaba tan alto, tan alto sobre la calle, que tuvo ganas de empujarlo para oír el golpe allá abajo, pero se acordó del mapa orográfico de América del Sur y estuvo a punto de volverse. De todos modos, como el hombre no la había visto, lo empujó y lo vio desaparecer y salió corriendo a colorear el mapa así que no oyó el golpe pero sí el grito. Y en un escenario vacío hizo una fogata bajo los cortinados de terciopelo, y en un motín levantó la tapa de un sótano, y en una casa, sentada en el piso de un escritorio, destrozó un manuscrito de dos mil páginas, y en el claro de una selva enterró las armas de los hombres que dormían y en un río alzó las compuertas de un dique.

La hija se llama Laura Inés y el hijo tiene una novia en San Nicolás y ha prometido traerla el domingo que viene para que ella y el marido la conozcan. Tiene que acordarse de pedirle a la cuñada la receta de la torta de naranjas y el viernes dan por televisión el primer capítulo de una novela nueva. Vuelve a pasar la plancha por la delantera de la camisa y se acuerda del otro lado de las puertas siempre cuidadosamente cerradas de su casa, aquel otro lado en el que las cosas que pasan son, mucho menos abominables que las que se viven de este lado, como se comprenderá.

Angélica Gorodischer (foto)

De las encuestas, los delincuentes y el muro

encuestasEncuestas. Emol, 13 de febrero: “Cadem: 80% cree que Bachelet ha realizado un mal gobierno y Piñera mantiene liderato en presidenciales. De acuerdo al sondeo de esta semana, la Presidenta obtuvo un 19% de respaldo, mientras que el ex Mandatario supera por seis puntos a Alejandro Guillier”.

Glosa: Este es el tipo de propaganda negra con raíces en el nazismo: repetir hasta el cansancio una afirmación, hasta convertirla en verdad, para luego preguntar sobre esa afirmación y obtener la respuesta de la verdad aprendida. Por esta razón es que las encuestas, en general, y sobre todo las ‘políticas’, no sirven más que para introducir ideas preconcebidas, como en el caso tomado de Emol el 17 de febrero (“un mal gobierno”, “un buen candidato” y “un contendor débil”), y hacerle ver a los ‘concientizados’ que las encuestas ‘dicen la verdad’. El juego es tan sutil, como lo descubrieron los nazis, que casi nadie nota la manipulación. Pero el titular de Emol es un buen ejemplo de ello.

Delincuentes. La Tercera, 15 de febrero: “Caso Penta: Condenan a 5 años de libertad vigilada a ex funcionario del SII. El Octavo Juzgado de Garantía declaró culpable de delitos de corrupción y delitos tributarios a Iván Álvarez, convirtiéndose en el segundo sentenciado por esta causa”.

Glosa: Siempre hay que recordar al expresidente Ricardo Lagos Escobar cuando leamos injusticias o venalidades como esta. Él fue quien despenalizó los delitos económicos. Podría decirse que promovió la corrupción. Ahora resulta que estos delincuentes de cuello blanco y casas en el oriente alto de Santiago, son ‘contraventores’ administrativos. Condenado a ‘libertad vigilada’ es como un premio, unas vacaciones a quienes han delinquido, pero no son flaites como los ‘Carejarro’. Una vez más, se burlan del pueblo.

Muro. Ya estoy harto de oír a ‘periodistas’ y ‘analistas’: “El muro de Trump”. En estricto rigor, ¡no hay ningún muro de Trump! El presidente de Estados Unidos, el señor Donald Trump, puede ser conservador, republicano, podemos odiarlo, caernos mal, pero no es ‘el creador’ del muro para separar a Estados Unidos de México. ¡Fue Bill Clinton, el iniciador! El muro en la frontera entre Estados Unidos y México se comenzó a construir en 1994, para evitar la inmigración ilegal, atendiendo a la Fiscal general Janet Reno y su ‘Operación Guardián’. Desde entonces hay tramos del muro entre Tijuana y San Diego, y en los estados de Arizona, Sonora, Nuevo México y Baja California. Además, el Senado de Estados Unidos aprobó, en mayo del 2006 (83 votos a favor y 16 en contra), una enmienda que prevé la construcción del muro a lo largo de 595 kilómetros, más 800 kilómetros de barreras para impedir el paso de automóviles. Es decir, que el presidente Trump está ‘obligado’ a terminar el muro. Esos ‘periodistas’ y ‘analistas’ jamás se preguntaron por qué, si el tema era tan candente y xenófobo, ¿Hillary Clinton jamás dijo nada durante la campaña? ¡Ni siquiera el señor Bernie Sanders, de ideas socialistas! Porque ellos sabían que no era algo ‘descabellado’, sino una política-país. Si hubiera ganado Hillary Clinton, igual lo hubiera tenido que hacer, aunque no lo hubiera proclamado. Dejen la pereza, ‘periodistas’ y ‘analistas’ ignorantes, y averigüen antes de decir sandeces.

‘Un diablo con ángel’ de Tvn

diablo-con-angel2El éxito de la serie ‘Un diablo con ángel’, del canal Tvn, se debe en primer lugar al género: comedia. Una historia llena de humor que se agradece después del trajín del día. En segundo lugar, a la presencia de varias mujeres hermosas, que actúan lo más de bien. Y en tercer lugar a los protagonistas: el diablo y el ángel.

El diablo, apelativo que acomoda más en sentido figurado que por actos malvados realmente, pues es solo un tipo ególatra, narciso, está interpretado por el actor Benjamín Vicuña, que ya había hecho comedia en ‘Huaiquimán y Tolosa’, un par de detectives con chascarros, trasmitida por el canal 13 en el 2006 y 2008.

El ángel, está interpretado por Daniel Muñoz, y trata de enmendar los actos egoístas de su pupilo, quien por momentos tiene arranques de ‘honestidad’, pero siempre que la honestidad le reporte alguna ganancia. Esta dupla de actores es garantía de un producto televisivo bien interpretado. Daniel Muñoz tiene, esta vez, además, la virtud de ‘encarnar’ varios ángeles, inclusive el ángel-jefe.

Benjamín Vicuña es ‘Gaspar Muñoz’, apellido que es como un guiño a su alter ego, el ángel que es Daniel Muñoz, que se llama ‘Benito’. Daniel Muñoz también hace de ‘Ángel Bonilla’ y ‘Ángelo Orellana’, otros ángeles.

El grupo de guapas mujeres lo encabeza la coprotagonista, Eliza Zulueta, quien interpreta a la secretaria de Gaspar, ‘Blanca Morales’, apellido que le viene bien por la pulcritud de su comportamiento. Una secretaria súper eficiente, pero desaliñada y tontona, que recuerda, sin que le reste méritos, a la de ‘Betty, la fea’. Excelente actuación de Eliza Zulueta. Es guapa, pero por el momento no eclosiona su belleza en la serie.

Siendo Gaspar un Casanova, otras mujeres giran a su alrededor: ‘Bernardita Undurraga’, interpretada por Begoña Basauri; ‘Bárbara Cortés’, interpretada por Josefina Fiebelkorn; y ‘Franca Jiménez’, que interpreta Mayte Rodríguez. Las peripecias, deshonestidades, chispazos de conciencia y propósitos de enmienda de Gaspar Muñoz ante tal ramillete de bellezas, pone el toque de tensión a la comedia.

Quiero nombrar al resto del elenco: ‘Sara López’ es Pepi Velasco, ‘Osvaldo Morales’ es Gonzalo Robles, ‘Feña Salazar’ es Cata Martin, ‘Maritza Reyes’ es Carolina Paulsen, ‘José Pablo Donoso’ es Julio Yung, ‘Ximena Muñoz’ es Francisca Gavilán, ‘Patricio Aguilera’ es Roberto Farías y ‘Rocío Aguilera’ es Catalina Castelblanco. Destacar la presencia del niño Andrés Comments que hace de ‘Simón Ávila’.

Y son antagonistas de Gaspar Muñoz en pos del amor de las mujeres, ‘Damián Zegers’ que es Tiago Correa, y ‘Rafael Balmaceda’ que es César Sepúlveda.

Qué alivio encontrar una comedia en medio de tanto culebrón impostado, nacional o extranjero. Una comedia bien hecha y con buenos actores, todos. Necesitamos muchas más comedias.

 

De los nombramientos espurios: Javiera Blanco

javiera-blancoQué cosa extraña ocurre en el fuero interno de las personas. Caras vemos, corazones no conocemos. El bastión moral que creíamos ver en la presidente Michelle Bachelet, ahora se desmorona. Hablamos de un caso que no dudo en considerar aberrante: el de la señora Javiera Blanco (foto). Activista política a la sombra de doña Michelle Bachelet, logró escalar de un día para otro hasta convertirse en su ministra del Trabajo. Ahí fracasó. Y de ‘castigo’, ¡la presidenta la nombró ministra de Justicia! Ahí fracasó de nuevo. Y de ‘castigo’, ¡la presidente Michelle Bachelet la propuso como nueva integrante del Consejo de Defensa del Estado! ¿Qué onda?, como dicen los muchachos.

Todo este proceso de favorecimientos resulta extraño. Muy extraño. ¿Acaso algún secreto inconfesable de la mandataria, maneja Blanco? Porque no es normal que un pésimo funcionario sea premiado con escalones cada vez más altos. ¿Qué gato encerrado hay? O quizás solo sea que Javiera Blanco está emparentada con la dinastía de los Frei, y se cree con derechos por encima del resto de chilenos, y, obviamente, la presidente Michelle Bachelet inclina su cabeza ante esa evidencia. Por lo demás, a la señora Bachelet le importa cinco quedar mal ante los chilenos, porque su prestigio, a esta altura de su gobierno, está bastante maltrecho, y le da lo mismo.

Aristarco me dice que, en realidad, la jugada de la señora Bachelet se debe al miedo profundo que le tienen a la Democracia Cristiana en la Nueva Mayoría. Si la Democracia Cristiana le ordenó a la señora Bachelet que nombrara a Javiera Blanco en el Consejo de Defensa del Estado, tenía que hacerlo. Mismo miedo que antes le tenían en la Concertación. La Democracia Cristiana ha sabido chantajear, con el cuento de que son ‘el partido más grande’, a la izquierda chilena, cuando su origen es claramente del fascismo español, y tiene más afinidad ideológica con la Unión Demócrata Independiente, Udi, que con el Partido Socialista de la presidente Bachelet. Tal vez sea así, le concedo a Aristarco. No es para nada descabellado.

Compartimos en un todo la reflexión del columnista Carlos Peña sobre este aberrante caso de amiguismo entre la presidente Michelle Bachelet y la mediocre funcionaria Javiera Blanco:

“La pregunta entonces que cabe plantear es si acaso la designación de un miembro del equipo político de la Presidenta (que comenzó como vocera de su candidatura, ejerció de ministra del Trabajo y concluyó como ministra de Justicia), entre cuyas abundantes virtudes no se cuentan las propias del jurista, una persona que es de su entera confianza y que posee total convergencia con su propio punto de vista, es la designación más razonable atendida la índole y las funciones públicas del Consejo, o si, en cambio, parece objetivamente una designación partisana, motivada más bien por consideraciones privadas como, por ejemplo, la de retribuir servicios gubernamentales y adhesión política.

“Y la conclusión es obvia para quien no se arroje tierra a los ojos. El simple examen de las circunstancias objetivas lleva a ella: la designación de Javiera Blanco en el Consejo de Defensa del Estado constituye una designación partisana, aparece como una retribución a una lealtad política más que una selección por méritos de esos que la índole del Consejo de Defensa del Estado exige.

“Quien ejerce el cargo de Presidente de la República a veces debe elegir entre dos intereses: los que emanan de la índole de las instituciones y los de quienes le sirvieron de apoyo para alcanzar el poder.

“La Presidenta Bachelet escogió, esta vez, uno de los segundos.

“Al hacerlo, actuó mal”.