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‘Molly Bloom de carne y hueso’ de Lina María Pérez

lina maría pérez(Más que un cuento, el siguiente es un texto sobre ‘Ulises’ y James Joyce. Un texto delicioso. JSA)

Para Nora Barnacle, la mujer de Joyce, Ulises era una obra alrevesada. “¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?”, le dijo malhumorada sin llegar a comprender del todo que ella era la tal Molly Bloom, uno de los personajes principales que deshilacha el tiempo narrativo del día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena hasta la última página transcurren 18 horas y 45 minutos. Esa fecha se refiere exactamente al día en que ellos se encontraron por primera vez.

No fue fácil la vida de Nora al lado de Joyce. Sin embargo, ambos crearon un fuerte lazo de dependencia, de erotismo y complicidad hasta que el escritor murió. La voz de Molly Bloom lo expresa así: “… me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude…”

Nora, por lo general, fue un apoyo para su marido en sus empresas literarias pero lamentaba que sus escritos fueran oscuros y sin sentido. No se sentía cómoda en las reuniones de su esposo con otros artistas. Admitió que lo hubiera preferido músico en vez de escritor. En su casa recibió a William Butler Yeats, Ítalo Svevo, Ezra Pound, H.G. Wells, Ernest Hemingway, Henry Michaux, el arquitecto Le Corbusier, y a Samuel Becket, que en los últimos años sería el asistente de su esposo. Nora no imaginó que la admiración de Francis Scott Fitzgerald por el escritor llegara hasta el extremo de ofrecerle saltar por una ventana para probarle cuanto lo veneraba; Joyce le rogó que no lo hiciera.

Para él, su mujer era “el alma más hermosa y sencilla del mundo”, y además de su literatura, Nora era su eje vital. Sufría con sus descontentos y le rogaba que no fuera infeliz. En sus cartas a su hermana, Nora se queja de su marido, un hombre débil y un artista neurótico, acusándolo de haber arruinado su vida y la de sus hijos. Ella pensaba que la demencia de su hija Lucía, como aseguraba Carl Jung, se debía a los desajustes mentales de su marido. Para él, las incoherencias y distorsiones de su hija no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su literatura y que ella había heredado de él su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.

Descrita por una amiga como “una de esas mujeres que un hombre ama para siempre y espera poder, un día, estrangular”, tuvo que lidiar a un hombre alcoholizado, enamoradizo y casi ciego que no lograba el sustento de la familia. Además, madre de dos hijos en condiciones de pobreza. Sufría con la enfermedad mental de su hija que Nora toleraba con esfuerzo y sin el apoyo de su esposo, entregado a concluir su novela. En el monólogo de Molly Bloom está la protesta: “…cualquier cosa que haga una mujer sabe detenerse a tiempo es natural no estarían en el mundo si no fuera por nosotras ellos no saben lo que es ser mujer y ser madre cómo podrían saberlo dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara es por eso que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y de sus estudios…” Durante esos meses, Joyce se volvió indiferente a la familia. Nora le mintió para llamar su atención, le dijo que había quemado el manuscrito, y así logró de nuevo la atención de su marido. A partir del 2 de febrero de 1922, cuando el escritor cumplía cuarenta años, entregó a su editora sus manuscritos venerados de Ulises. Él estaba eclipsado por su novela que le tomó 8 años de escritura en Trieste, Zurich y París. Nora aguantó el escándalo que se generó después de su publicación: que era una obra indecente, inmoral, impúdica, obscena. Hubo rechazo entre algunos grupos puritanos de Inglaterra y Estados Unidos, y el libro, editado en París, solo circuló clandestinamente. Pero la pareja recibió comentarios de lectores ingeniosos y abiertos a las novedades, para quienes Ulises era la mejor obra narrativa del siglo, argumento que a Nora le costaba creer. La fama llegó despacio, y más tarde, el dinero.

La vida mundana de París le interesaba a Joyce, siempre pendiente de la recepción de Ulises, pero Nora no tenía la disposición ni ropa adecuada para asistir a los salones donde se codeaba aquella burguesía con ínfulas de aristocracia. Precisamente Sydney Schiff un novelista olvidado, y su esposa, Violet organizaron la noche del 18 de mayo de 1922 una cena para propiciar el encuentro entre Joyce y Marcel Proust, y luego contarlo como un chisme social. Joyce era apenas conocido; Proust, tenía amplio reconocimiento, había recibido dos años antes el Premio Goncourt y el año anterior, la Legión de Honor.
El encuentro no fue en el Ritz, como aseguran algunos, sino en el Hotel Majestic, con la disculpa de celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París. Asistieron, además del compositor, el director del ballet ruso Serge Diaghilev y Pablo Picasso. Joyce llegó temprano y se disculpó por no estar vestido de etiqueta. Según Schift, dijo: “No tengo dinero para esas inutilidades”. El único tema de conversación que le interesaba era las reacciones frente a Ulisses, publicada tres meses antes y que estaba leyéndose sin ser comprendida. Tenía la expectativa de saber qué pensaba Proust de su novela, pero la velada parecía destinada al fracaso. El escritor francés no aparecía, y Picasso bebía sin parar hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa.

Pasada la media noche, Joyce, de acuerdo con la crónica de Schiff, siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho. Más tarde entró un hombre pálido, escondido en un abrigo de piel: era el autor de En busca del tiempo perdido, su extensa novela ya terminada, que todavía corregía. Seis meses exactos después de la reunión en el Majestic, moriría.

Joyce contó a Nora que ambos se ubicaron en sillas contiguas y que la conversación fue tan idiota, que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: “No”. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulises. Respondió: “No”. La situación era insoportable”. Por invitación de Proust, se devolvieron en el mismo taxi. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla que fue cerrada de inmediato en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa. Proust comentó a Celeste Albaret, su fiel ama de llaves: “Perdí el tiempo con un borracho”.

En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con el veneno de sus sarcasmos. En su diario de apuntes escribió: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y en una carta a su editora: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos no volvieron a verse, pero Joyce asistió conmovido, el 22 de noviembre de aquel 1922, al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot. Proust nunca tuvo tiempo de leer Ulises. Las obsesivas correcciones a su novela lo absorbían por completo mientras la muerte lo acechaba. Joyce sí conoció y admiró los primeros volúmenes de En busca del Tiempo perdido. No se entiende de otra manera el homenaje que Joyce le hace en Ulises a la petit bande de Albertine en Balbec:

“Chicas bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero de paseo por el día, cantando. Amigo de la familia. Gira, dice él. Muelle con lámparas, tarde de verano, banda.

Esas chicas, esas chicas

Esas hermosas chicas bañistas”.

A pesar de que para Nora Ulises era un libro sin pies ni cabeza, alcanzaría a comprender en los diez años siguientes a su publicación, que a pesar de ser un libro alrevesado y lejano al lector común, su marido había realizado en él un monumento a la inteligencia humana. Las angustias y zozobras de Nora Barnacle al lado de Joyce nunca menguaron su incondicional fidelidad. No permitió que su entierro el 13 de enero de 1941 fuera celebrado por el rito católico: “No podría hacerle a él semejante cosa”.

Lina María Pérez (foto) (Con el cuento ‘Silencio de neón’, la autora ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1999)

‘Una llamada por cobrar desde el infierno’ de EAR

emilio alberto

Cuando me dirigía a la casa campestre en la que me quedé de encontrar con mis socios, me sonó el celular. Lo miré, terminaba en 999 y, por supuesto, lo reconocí de inmediato. Era una llamada de CAREMOMIA. Su nombre lo tenía identificado, era el jefe.

Me costaba admitirlo, pero era cierto que el maldito me intimidaba. Le contesté de inmediato para que no notara mi desgano. Era para insistirme en que llegara puntual a nuestra cita, que ya me estaba esperando, y para decirme que COCOLISO no iría con nosotros, que más tarde lo recogeríamos al regresar a la ciudad.

Cada vez que me llamaba, al ver su número, no dejaba de pensar que 999 al revés era 666 y un cortocircuito de mi cerebro me hacía pensar que eso podía ser un signo nefasto y maligno de su pésimo talante.

La reunión sería solo entre él y yo, cosa que no me gustaba en absoluto.

Le tenía agüero a estar de nuevo en la finca, y, he de reconocerlo, me atemorizaba quedarme solo con él. El hombre me enfrentaba a todos mis miedos y debilidades; me costaba trabajo hasta sostenerle la mirada, aunque me esforzaba por disimularlo, muchas veces sin estar seguro de haberlo conseguido.

Pocos como CAREMOMIA condensaban en un solo sujeto tanta maldad, tanta desfachatez, tanta falta de moral. Para mí, estaba enrazado en demonio, no se detenía ante nada, no se asustaba, no se rendía, parecía tener un pacto con el mismísimo Satanás.

Y lo que me chocaba era volver de nuevo a aquella casa, sabiendo todo lo que había pasado allá.

Me explico. Hago parte de una banda, CAREMOMIA es el jefe desde que CHECHO se mató en un extraño accidente de tránsito en el cual su auto perdió los frenos bajando por la vía a Las Palmas. Era un carro nuevo. En el tercer trabajo que me tocó, las cosas pasaron a mayores, lo que iba a ser una simple extorsión a un mafioso retirado que posaba de empresario decente, terminó en un secuestro de varias semanas, con el tipo retenido, amordazado y a veces sedado en el sótano de la casa campestre que habíamos alquilado y que teníamos como centro de operaciones. Como no cedía, lo obligaron a cavar su propia tumba en la parte de atrás. Fue una negociación difícil, por poco no se termina, y cuando alcancé a temer que todo se iba a ir al carajo y mis socios habían decidido acabar allí mismo con el fulano y servirlo como alimento de los gusanos, se logró cerrar un trato por una cantidad un poco menor, pero que finalmente llenaba las expectativas.

En lo personal, toda esa situación fue muy desgastante y era claro que extralimitaba mis capacidades y mis condiciones de rufián principiante. Aunque tenga que posar de rudo y mantener una apariencia, por obvias razones, debo reconocer que no me llegué a sentir cómodo nunca, en ninguno de los trabajos en los que me he visto envuelto.

Mi arribo al bajo mundo es un asunto circunstancial. Por ciertos aspectos que no viene al caso mencionar, en los últimos años todo me fue llevando a una espiral que sin darme cuenta desembocó en el ámbito del crimen. No lo planeé de esa manera, pero tampoco ofrecí ningún tipo de resistencia para evitarlo. Una especie de fascinación me llevó a ser el miembro más joven del combo, luego de la muerte de mi madre, que ocurrió al poco tiempo de terminar mi servicio militar, lleno de maltratos y humillaciones. Mis hermanos se abrieron con lo que pudieron, me dejaron al garete amparados en lo que calificaron una actitud autodestructiva de mi parte, me imagino que basados en mi gusto por la marihuana y el tequila, y en pocas semanas me encontraba sin casa, sin familia, sin trabajo y con la que había sido mi novia de varios años preñada de otro y viviendo en un pueblo de la costa con un policía que trabajó un tiempo en el comando de mi barrio. Ni una nota de despedida o de disculpa, lo cierto fue que me tocó defenderme como pude con mis cuernos de antílope desempleado y sin opciones, más preocupado por sobrevivir que por estar dedicado a los lamentos o la autocompasión, sin tener un hombro en el cual desahogarme.

Motivos y justificaciones aparte, lo cierto fue que resulté en una banda, sin ser lo suficientemente malvado para sobrellevar el día a día, apenas conteniendo la náusea, llorando en las noches, mal llevando el miedo visceral que me producían nuestros actos o la policía misma, o  el temor a caer en prisión, o la mirada de las víctimas, o el resto de escrúpulos que me quedaba taladrándome en el interior, pero sobre todo, la presencia insufrible de CAREMOMIA dominando todo el espacio, todo mi terror y la inseguridad y la paranoia que me producía.

Y por fuera, llevando una fachada, una mascarada, una postura. Me sentía cada vez peor.

Llegué a entender que así no podía continuar, estaba en juego hasta mi cordura, sin tener en cuenta la libertad o los asuntos que tenían que ver con mi conciencia, o lo que me quedaba de ella.

Decidí que me iba a sobreponer a mi falta de carácter y que, en cuanto pudiera, me iba a largar de allí, sin decir nada, por supuesto; estaba seguro de que mis compañeros no iban a aceptarlo, sabía mucho de ellos y no se iban a exponer a que me detuvieran, corriendo el riesgo de ser delatados o capturados. No, lo tenía que hacer a mi manera, sin levantar sospechas y era mejor evadirme sin ponerme a averiguar en qué plan andaban. La sutileza y la paciencia no eran las virtudes más notorias de CAREMOMIA y mis dulces amigos.

Al llegar en el carro en el que me ordenaron recoger una caja con “la remesa”, vi que el sujeto ya estaba allí, mal encarado como siempre, fumando uno de esos asquerosos cigarrillos sin filtro que había aprendido a detestar.

Al bajarme, me di cuenta de inmediato que más me valía no haber venido.

Ni me saludó. Me la montó de una, me dijo de todo, que yo era un incompetente, que me había demorado mucho, que se me veía por encima lo gallina que era, que no tenía agallas, que me venía observando desde hacía unos días y era evidente que mi miedo los iba a poner en peligro, que tenía más cara de acólito o de florista amariconado que de bandido, que me tenía en la mira, que al primer resbalón me metía un tiro y doscientos oprobios más que me saturaron la cabeza.

Me ordenó que sacara la talega que yo había recogido en ese basurero del Jardín Botánico, la del rescate, y lo llevara al patio de atrás, allí donde estaba el hueco aún sin tapar.

En ese punto, yo ya estaba empanicado. El tipo me iba matar allí mismo, estaba seguro de eso y yo ni siquiera tenía un arma para defenderme.  Las arterias de la sien me pulsaban como para reventarse cuando saqué del maletero lo que me ordenó. Se hizo a unos pocos metros, a mi espalda y de reojo me di cuenta de que tenía su mano en el bolsillo de la chaqueta, en donde casi con certeza tenía la pistola. El desgraciado pretendía matarme allí mismo y dejarme desparramado en la fosa, ni siquiera tendría que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de mi cadáver. No me dijo nada, pero con seguridad era lo que estaba planeando. Esa agresividad y esos regaños iban mucho más allá de una reconvención y encubrían la decisión de sacarme del medio y librarse de un potencial problema. Y además se quedaba con mi parte. Yo también había aprendido mis cositas y ya tenía el olfato agudo y una especie de sexto sentido sensible por todo lo que había vivido al lado de semejantes pillos.

Por primera vez en mucho tiempo no me detuve a pensar en qué sería lo más conveniente y aproveché que estaba empezando a oscurecer, giré mi cuerpo de una, grité con todas mis fuerzas y agarré un recatón que estaba recostado junto a la pared. En ese instante, CAREMOMIA se asustó, como que no esperaba mi reacción; le tiré encima el fardo y de inmediato le clavé el instrumento en el cuello. En ese momento ni temblé ni tuve dudas, eso llegaría unos minutos más tarde.

Quedó allí tirado, como un pollo, muerto de una, no alcanzó ni a chapalear.  A esos bravos también les sale el que los pone en su sitio, eso les pasa por estar mirando la gente por encima del hombro, no se dan cuenta cuándo les va a salir de improviso el gallito más arrecho que ellos.

Cuando se me pasó el impacto de los sucesos tan imprevistos, retomé la sangre fría y traté de pensar con calma en lo que debía hacer a continuación. De entrada debía recuperar el arma de su bolsillo. Primera sorpresa, no la llevaba consigo. Miré bien, pero no la pude encontrar, no se había caído con la sacudida, la debería haber escondido en alguna otra parte. Su celular sí lo recogí del suelo, estaba sucio de pantano. Se lo metí en el pantalón. Lo arrastré hasta la fosa; no sabía lo difícil que era arrastrar un cuerpo, pero finalmente lo conseguí. Lo deposité allí, cogí el recatón, lo lavé en la canilla y lo puse junto al cuerpo, busqué una pala y lo tapé con el morro de tierra que estaba a un lado desde hacía varios días. Luego me devolví a tratar de dejar todo en orden, encubrir o limpiar rastros de sangre, apagar luces, cerrar puertas y escaparme lo más rápido de allí.

Nunca me había gustado le energía de esa casa y no era la hora de quedarme allí para que cualquiera me descubriera. Yo no sabía si los otros de la banda estaban encompinchados con él para eliminarme, pero no me iba a quedar para averiguarlo.

Cogí el talego con la plata, la escondí debajo del asiento por si me requisaban en un retén, me monté al carro y en cuanto pude me largué de allí, buscando la carretera para Bogotá; era claro que no tenía nada que me hiciera regresar a Medellín.

Luego de dos horas sin novedades, había pasado dos peajes y un puesto de control del ejército sin ningún percance qué lamentar. Tenía gasolina y dinero, no tenía ni hambre ni sed ni ganas de orinar o necesidad de estirar las piernas; decidí que no iba parar en ningún lado hasta llegar a la capital, faltaba ya menos de la mitad del camino, todo me había salido derecho. Era la oportunidad de volver a empezar, tenía juventud y me había quedado con la tula; sentí por primera vez en muchos meses que la suerte había estado de mi lado. Ya era hora.

En ese momento sonó el celular. Pensé que casi fijo era alguno de los muchachos que ya me estarían extrañando y, al no tener noticias mías y menos de CAREMOMIA, estarían inquietos sin saber en qué habían parado las cosas. Sentí como un alivio, no pude contener el impulso de reírme y puse más volumen al equipo de sonido que reproducía un disco de éxitos del gran Héctor Lavoe.

Luego volvió a sonar una segunda y una tercera vez. Me reí una vez más de la intensidad y la suficiencia de mis compañeros bandidos. Creían ser siempre los más astutos, los más arrogantes, los poseedores de la verdad revelada y los dueños de la última palabra. Esta vez se iban a tener que tragar sus aspavientos, CAREMOMIA en primer lugar, ardiendo en la caldera más caliente del infierno.

Al llegar a un peaje, unos camiones detenidos me obligaron a parar y a ponerme en la fila, detrás de ellos. Iba a estar quieto unos minutos. No había fumado en todo el día. Aproveché a bajarme del carro y prendí un baretico que tenía olvidado en el bolsillo. No había policías por ningún lado, todo se veía despejado.  El celular volvió a sonar, lo había dejado encima del tablero junto al volante. Di una bocanada profunda y sentí cómo el humo llenaba mis pulmones y un delicioso mareo me nublaba un poco la vista y me ponía a caminar blandito, como en una nube.

Me devolví dos pasos, agarré el teléfono, que ya había dejado de sonar. Lo prendí para ver quién era el que me estaba marcando. La pantalla mostraba cuatro llamadas perdidas de un número que al derecho terminaba en 999 y al revés tenía la diabólica cifra de 666, encima un nombre anotado, CAREMOMIA. El humo en la cabeza no me dejó ver muy claro todo y volví a mirar la luz verde de la pantalla que refulgía en la noche: cuatro llamadas perdidas, un 666 que me evocaba al demonio y el nombre de CAREMOMIA anotado.

Yo quería darle otra chupada al porrito, pero solo en ese momento caí en cuenta de que se me había resbalado de los dedos. Adelante, los camiones empezaban a reanudar la marcha. El carro de atrás ya estaba comenzando a pitar con desespero.

© Emilio Alberto Restrepo (foto)

 

‘Jam session’ de Gabriela Alemán

gabriela alemánTal vez no fue la mejor decisión que pudo tomar, pero fue la que tomó. Se quedó en la ciudad a pesar de la orden de evacuación obligatoria. Fue ver al alcalde balbucear cuatro incongruencias cuando a Katrina le faltaban menos de veinte horas para tocar tierra y desenchufar la televisión. ¿No había vivido sesenta años en la ciudad? Sabía que para sobrevivir había que desentenderse de las autoridades y cuidar de uno mismo.

-Todos los políticos son unos animales… -masculló mientras jalaba el cordón del enchufe- le hacen a uno dudar de los méritos de que no se hundiera el arca de Noé.

Llenó la bañera y con eso dio por terminados los preparativos para la llegada del huracán. Se sentó frente a la ventana de la habitación, en el segundo piso de su casa de madera, y miró hacia afuera. Arriba, la calle Clairborne, que no había cruzado en quince años ni una sola vez, y que consideraba el límite entre él y el tercer mundo; al oeste Carrolton, por donde cruzaban los rieles del tranvía y las ramas de los robles caían sobre la calle formando un gran arco de sombra sobre el camino ahora vacío, y, frente a él, las aceras de Sycamore. Se quedó dormido. Cuando despertó, el sol era una gran bola incandescente y fucsia que encendía el cielo de finales de agosto. Pasó una mano por su rostro y, al hacerlo, logró distribuir las lagañas que cruzaban el interior de sus ojos por toda su cara; en ese lapso cayó la noche. Ocurrió sin prisa, como si un pañuelo descendiera, atrapado entre corrientes de aire, precipitando la desaparición de todo lo que encontraba a su paso. Se paró y sus macilentas piernas temblaron cuando caminó hacia el interruptor. Por la gran puta, rezongó. Siguió camino al sótano, donde guardaba sus rifles; tomó dos que colgaban de la pared y tres cajas de balas. Volvió a subir. No apagó la luz, nadie sería tan idiota como para meterse a una casa habitada. Pero, cuando fallaran las centrales (¿no habían ordenado la evacuación de los técnicos también?), él estaría preparado. Tenía agua y armas. Decidió tomar una pastilla para dormir, esa noche recuperaría fuerzas; las necesitaría para los días siguientes. Una enfermera amiga suya le había dado una caja de Versed -el sedante más fuerte que tenía en existencias el Memorial Medical Center de Napoleon, en el distrito de Broadmoor-, la semana anterior, cuando fue a retirar su insulina en el centro médico y le contó que no iba a irse de la ciudad.

Al día siguiente se levantó con sed y ganas de orinar pero apenas pudo incorporarse. Desde la cama vio ramas de árboles estrellándose como látigos encontrados y escuchó el rugido del viento atravesando las calles desiertas. Se sentó un momento en el filo de la cama y agarró su cabeza. Le tomó algo de tiempo darse cuenta de lo que pasaba. Mientras se orientaba recordó lo que solía decir su tía Augusta: “A veces una gallina hace más ruido poniendo un huevo que el que haría un asteroide si se estrellara contra la Tierra”.

Llegó hasta al baño y dio vuelta al caño del agua y metió la cabeza bajo el chorro fresco, luego tomó su dentadura y sólo entonces -con su cara aún mojada- intentó orinar. Estuvo parado frente a la taza, sabiendo lo que quería hacer pero sin que nada ocurriera, hasta que desistió, más por aburrimiento que por otra cosa, y luego fue hacia la ventana. Había visto peores tormentas. Caminó hasta su cama pero no se recostó, siguió en dirección de las gradas y una vez abajo entró a la cocina donde abrió la puerta del refrigerador. Tomó la jeringuilla que guardaba en el compartimiento de la mantequilla y llenó treinta unidades de Lantus; se levantó el bividí e inyectó el contenido en su amoratado estómago. Luego tomó un trozo de queso y un yogur; los comió sentado en la mesa del comedor. Volvió a subir y se recostó a aguardar algo, no sabía bien qué. Cuando abrió los ojos, ya había desaparecido el amortiguamiento con el que había despertado pero sintió al aire pegajoso y caliente, el aire acondicionado había dejado de funcionar. Todavía había luz natural en la habitación y fue a la ventana, la abrió y sacó fuera la mitad del cuerpo. Pudo ver árboles caídos y algunos basureros y cajas de reciclaje en la mitad de la calle. El viento había desaparecido. Pensó que para tanta alharaca había pocas nueces y volvió a meter la cabeza. La sensación de espera ya había cedido y caminó hacia la televisión; desistió a medio camino: si no había luz no habría noticias. Se le ocurrió que tenía un radio a pilas y luego recordó que no las había comprado, al igual que no había comprado velas. Le dio hambre y bajó a la cocina, en la alacena encontró una lata de ravioles en salsa de tomate. La abrió al tanteo en la habitación oscura con un abrelatas herrumbrado. Cuando vació el contenido en un plato notó que se había cortado el dedo y que su sangre condimentaba parte de la pasta. Fue hacia el lavabo y abrió la llave, no salió nada.

-Mierda -dijo.

Se limpió con un trapo y con el mismo paño se envolvió el dedo; maldijo nunca haber roto la pared para hacer una ventana en la cocina. Fue al comedor donde comió la mitad del plato mientras pensaba cuál sería la mejor manera de proteger la casa. Podría esperar frente a la puerta de entrada, desde allí tendría el mejor ángulo para disparar pero eso sólo sería si entraban por la puerta, porque también podrían hacerlo por las ventanas, pensó. Mientras ponderaba sus opciones, notó que el trapo que había utilizado para envolverse el dedo se había teñido de rojo. Afuera, a un atardecer magnífico lo coronaba un silencio extraño, el cielo parecía una copa de gelatina de sabores color turquesa, naranja y oro. Mientras miraba el cielo y envolvía su dedo con un trapo limpio, escuchó el primer disparo; no se sobresaltó, lo estaba esperando. Subió a su cuarto y arrastró un asiento hacia la ventana, luego apoyó sus rifles contra la pared, dejó las municiones en el suelo. Se sentó y limpió las armas antes de cargarlas. Cuando terminó ya había oscurecido. Dormitó la noche en el asiento, disparando a la oscuridad cada vez que se levantaba de su duermevela. No esperaba hacer eso una noche más, las autoridades ya debían estar coordinando el regreso pues, una vez más, como tantas veces, el huracán se había desviado antes de llegar a la ciudad. Como George, como Mitch, la última vez. Cuando despertó, el sol marcaba su rostro con el diseño de una rejilla. Levantó la malla contra mosquitos que había bajado en algún momento de la madrugada y sintió una repentina fragilidad. Donde antes estaba su barrio ahora había una enorme laguna que se había tragado aceras, automóviles y los pocos desechos de la tormenta. El agua brillaba, con el reflejo del sol de la mañana, como un gran espejo dorado. Salió hacia el corredor y vio que el agua cubría la puerta de entrada. Cuando bajó, el agua le llegó hasta las rodillas. Vadeó por los distintos cuartos, las sobras del día anterior que había dejado sobre la mesa del comedor estaban cubiertas de moscas. Con cierto esfuerzo abrió la puerta del refrigerador, de inmediato le asaltó el olor a cosas descompuestas. Tomó el frasco de la insulina y vio que el líquido, antes transparente, estaba opaco. Quiso estampar el piso con su pie, pero el agua sólo dejó que bajara torpemente en dirección al suelo. Caminó hasta el teléfono, la línea estaba muerta. Mierda, mierda y nuevamente más mierda.

Una vez arriba abrió el cajón de su cómoda y tomó el frasco de Versed; partió cada pastilla en cuatro. En el trayecto de subida había calculado que si su metabolismo funcionaba en el equivalente a neutro, necesitaría menos insulina y tendría más posibilidades de sobrevivir. No estaba loco, no quería morir. Ya que no se había ido y ni siquiera había considerado esa posibilidad, le tocaría esperar a que llegara ayuda. Su carro, un Buick Skylark del 76, estaba parqueado afuera, pero no lo había manejado en veintiséis años. Aunque hubiera intentado hacerlo, con la poca vista que le quedaba, ¿a dónde hubiera ido? No había nadie que conociera que siguiera vivo. Además, con una sola ruta de salida de la ciudad que conducía a Texas, ni siquiera se lo planteó como una opción. Había prometido, hace muchos años, nunca volver a ese estado maldito y nada lo podría disuadir. La última vez que había ido fue para recoger los cuerpos de sus dos únicos hijos y había estado pateándose el trasero durante treinta años por no hacerle caso a su amigo Domingo Mudo, que le había dicho en repetidas ocasiones que la única regla inamovible del Señor era que nada bueno ocurría jamás en Texas. Y eso que Domingo era tejano, de Galveston; como él. Debió oponerse al viaje de Marvelina, Beaux y Patricia a la casa de la hermana de su esposa en Tarpon Rodeo. Pero ¿a quién, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido que sus hijos podrían morir ahogados en la mitad del desierto? Desde que eso ocurrió, Marvelina, la esposa de Chef, había buscado todo tipo de explicaciones místicas a lo sucedido. Chef no se había opuesto a ello, si Marvelina encontraba paz, él la apoyaba. La quería y hubiera hecho cualquier cosa para que volviera a dormir y a sonreír. Pero debía reconocer que la fe no había mejorado las cosas para ninguno de los dos. Chef estaba convencido de que la gente en su conjunto siempre estaba equivocada, por eso no creía en la religión organizada. Creía más en el alivio que procuraba blasfemar que orar. No así Marvelina, que nunca desistió en su intento por convertir a Chef. La única condición no declarada que se auto impuso fue dejar la muerte de sus hijos fuera de la discusión y por eso, cuando su esposa quiso persuadirlo de que ellos fueron escogidos por Jesús para un propósito mayor, comenzó a beber. A media mañana, sus hijos, de quince y dieciséis años, habían salido con su madre a una laguna cercana; y, una vez en Dark Moon Creek, la habían convencido para que los acompañara en el bote de su tío aunque ella no supiera nadar. Hacía calor y Beaux se había lanzado al agua y, como tardaba en salir, Patricia saltó dentro para ver qué ocurría. Ninguno volvió a salir. Marvelina permaneció sola en el bote -quién sabe haciendo qué, nunca lo contó- por más de cinco horas. Cuando su hermana se preocupó porque no regresaban, llamó a su esposo para que fuera a buscarlos. Fue él quien la encontró con insolación y desvariando en la mitad del lago. La policía del condado fue la encargada de la búsqueda y el forense el que habló, al hacer el reporte, de los calambres. Lo siguiente fue puro Marvelina.

-Fue el destino, ¿cómo pudo Patricia tener un calambre en el mismo exacto lugar que Beaux?

En algo también debió influenciar el sermón del reverendo que ofició las exequias y su mención a los tortuosos y misteriosos caminos del Señor. La suya, de persuasión presbiteriana, fue la primera congregación a la que se unió Marvelina: El Sendero de los Verdaderos Creyentes. Luego le seguirían siete más; la última que recordaba Chef, de tendencia anabaptista, era Los Soldados del Ejército del Señor.

Debió quedarse dormido mientras partía las pastillas porque se levantó sobresaltado, sudando y con escalofrío. No recordaba si se la había tragado y tomó uno de los pedazos regados a su alrededor, en caso de que no lo hubiera hecho ya, y se lo metió a la boca. La pastilla se quedó pegada a su garganta y cuando quiso pararse para buscar agua, le faltó energía. “Coño, seguro que ya me había tomado una”, pensó con la pastilla pegada a su paladar. Trató de formar saliva para que pasara, si no se atragantaría y no iba a dejar que eso ocurriera. Otra muerte insólita en la familia sería aceptar el destino del que tanto hablaba Marvelina y no estaba dispuesto a hacer eso. No creía en el destino; sólo en la suerte, en ella sí. Y, aunque había aprendido tarde, sabía cortejarla. Sabía que a la suerte le iba bien un rifle cargado al lado. Luego de toser y que pasara la pastilla, se paró; logró llegar hasta el asiento junto a la ventana. Se desplomó dentro de él, mientras se recuperaba, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir vio, del otro lado de Carrolton, a un grupo de muchachos que intentaban atravesar el agua con varios televisores y equipos eléctricos a cuestas. No supo si era una visión o si realmente alguien sería tan estúpido como para estar haciendo lo que hacían. Cerró los ojos nuevamente y, cuando despertó, la luz había bajado en intensidad, debía ser media tarde, y en vez de un grupo vadeando dentro de la recién formada laguna vio un cuerpo, inflado como un globo descolorido, descendiendo boca abajo hacia el Mississippi.

-Sólo falta un caimán para completar la escena -pensó, sin un mínimo de ironía.

Tal vez las dementes historias de Marvelina y las de sus distintas congregaciones no estuvieran tan erradas. Armagedón estaba cercano. Tal vez ya estaba allí.

Cuando se volvió a parar, ya oscurecía; no había comido nada en todo el día y comenzaba a nublarse su vista. Pensó que debía, por lo menos, beber algo. Caminó al baño y logró tomar un vaso de agua, a su regreso a la habitación se derrumbó sobre la cama. Sentía como si llevara un animal muerto encima, se quitó su percudida ropa y se cubrió con una sábana traspasada de transpiración. Maldijo no haberla cambiado la semana anterior. Olvidó los rifles junto a la ventana, se olvidó de todo y durmió tranquilamente, pues, dentro de su cabeza, Marvelina le sonrió toda la noche desde el techo de su cuarto. Pero su paz terminó al amanecer cuando un ruido lo despertó; el sonido venía del piso de arriba y era vagamente familiar: eran las ratas del ático. Por lo menos no era un ladrón.

-Cabronas sarnosas, ni hoy me podían dejar en paz -profirió con una voz apenas audible.

No entendía cómo podían seguir vivas allá arriba: no había ventilación, ni agua y, bajo el techo, la temperatura debía rondar los cincuenta grados. Tenía varias hipótesis pero la que más le atraía era que el calor más su alimentación (compuesta por toda la basura que había acumulado durante cuarenta años) habían logrado reconfigurar el ADN de los roedores. Arrojó las sábanas a un costado y dejó al descubierto su desgastado cuerpo de ochenta años. Estiró el brazo y tanteó, con su mano, la mesa de noche. El cuarto estaba completamente a oscuras. Tomó un cigarro apestoso que había estado acariciando entre sus encías en los días anteriores al huracán y lo llevó a su nariz. El tabaco barato, comprado en el Rite Aide de Carrolton hace una semana, era realmente malo. No hubiera dado ni dos centavos por él hace veinte años pero, por el momento, era lo único que tenía. Mordió la punta y escupió el maloliente talón a un costado; encontró una cerilla y lo prendió. Ni él mismo entendía cómo podía saborear algo tan nefasto para los sentidos, sus niveles de exigencias debían encontrarse por los suelos. Le sobrevino un ataque de tos, que despertó toda la flema que se había acumulado en sus pulmones en los últimos días, y formó un pegote con la mucosidad que escupió en la misma dirección en la que arrojó la punta del cigarro. Esta vez con menos fortuna. El escupitajo aterrizó en su antebrazo, lo que no le molestó demasiado. No se dio por vencido y acercó el cigarro a sus labios e introdujo el taco de hojas secas en su boca. Inhaló. Al exhalar con gran dificultad, evaluó su situación. No estaba en mejores condiciones que las ratas, sólo que ellas tenían más posibilidades de sobrevivir que él. Pensar en salir de ésa era casi como tratar de imaginar que se podría hacer una gallina uniendo un montón de plumas. Siguió fumando y hasta logró olvidar el sabor del tabaco.

Él y las ratas eran lo único que quedaba vivo en esa casa. Él y sus recuerdos y las ratas devorándolos. ¿Cuánto habrían logrado destrozar? La última vez que había estado arriba fue cuando subió las pertenencias de su esposa al ático, varias semanas después de su muerte. No quiso entregarlas al Ejército de Salvación para que las pusieran a la venta. El recuerdo de Marvelina no era material de tienda de segunda mano; aunque ella, de eso estaba seguro, hubiera querido que él donara sus cosas a la caridad. A fin de cuentas, Marvelina era un soldado en el ejército del Señor; pero él no estaba enlistado en esa legión. No, él no; él había decidido formar su propia milicia. La inició yendo a una tienda de armas y comprando varios rifles que había utilizado por primera vez en esa excursión al ático, donde había descubierto que sus cosas y las de sus hijos formaban, quién sabe desde cuándo, un paté hediondo lleno de hongos mezclados con polvo de estrellas. Eso decía Marvelina de la tierra, que era sólo el remanente de un largo viaje intergaláctico. Polvo de estrellas. Exasperado con su descubrimiento, pateó una de las cajas y, al hacerlo, ésta se partió y de ella salió un desaforado chorro de ratas que inmediatamente se regó por el cuarto. Fue su primer encuentro con los roedores que habían canjeado el aire libre por esa habitación llena de papilla ilimitada. Chef bajó, abrió el armario, tomó varias cajas de municiones y los rifles, y, durante buena parte de la tarde, disparó hasta agotar todos sus cartuchos. Cuando llegó la policía, alertada por los vecinos, abrió la puerta de la casa con una gran sonrisa en los labios.

-Estuve cuidando de un asunto personal -les respondió cuando indagaron sobre los disparos.

Cuando subieron encontraron, dispersos por el cuarto, los cuerpos de los roedores, sus cerebros y entrañas decorando las paredes del ático.

El cigarro se iba consumiendo irregularmente y la temperatura comenzaba a trepar en la habitación, lo que distrajo a Chef y lo llevó a reflexionar sobre la posibilidad de abrir la ventana del cuarto. Con el agua estancada alrededor de la casa y el calor en aumento, los mosquitos debían estar prosperando. Ninguna brisa soplaba afuera que pudiera refrescarlo adentro, de eso estaba seguro: nunca había brisa en agosto. Y ya comenzaba a filtrarse, por las diferentes rendijas de la casa, el hedor a podrido de afuera. No intentó pararse y se despreocupó de las ratas. El tiempo pasó. El agua sonaba agitada abajo, alguien debía estar atravesándola. Intentó pararse y lo logró con gran dificultad, se arrastró hasta la ventana, quiso abrirla para ver quién merodeaba afuera, pero no pudo. El piso era como una pista de patinaje. Su garganta estaba seca; apoyándose en la pared se dirigió al baño. Se sentó en la taza, intentó recoger el vaso que estaba en el suelo y -en algún momento- exhausto, desistió. Levantó con gran dificultad una pierna y luego la otra y entró dentro de la tina. Se agarró de los filos y se dejó caer torpemente; una vez dentro abrió la boca y bebió, lo hizo con los ojos cerrados: el agua le sabía a aceite de ricino tibio aunque le procuró cierto alivio. Recordó una época en que la única agua que bebía era de color ámbar y sabía a bourbon. Ese recuerdo, quizá, le hizo relajarse. Tomó una larga y prolongada meada dentro de la bañera de patas de felino. A pesar de su próstata delictuosa, que le escatimaba uno de los pocos placeres que aún le eran permitidos, sintió el placer de una vejiga completamente vacía y sonrió.

-Por la gran puta, mira lo que fui a hacer, me meé dentro del agua de beber -pensó, riéndose de sí mismo.

Se estaba bien ahí. Si así terminaba sus días, no le parecía mal. ¿Qué sabía él? A lo mejor bastaba con eso para estar en paz. Una buena meada y la conciencia tranquila. Pensó que a Marvelina le habían escatimado hasta eso porque ese día, de eso estaba seguro, la suerte tomaba un shot de tequila en la esquina, sin que Marvelina le importara un bledo. Si no las cosas hubieran ocurrido de otra manera: Newton Bentley, de diecisiete años, no habría caminado con una pistola semiautomática en sus manos, ocho paquetes de heroína envueltos en papel aluminio y un número indeterminado de pastillas ilegales en sus bolsillos y en su torrente sanguíneo, mientras ella cambiaba una llanta pinchada en la misma calle por la que él bajaba.

Sacó sus brazos de la tina, cayeron como fideos sobre-cocinados a sus costados; su dedo cortado parecía una ciruela pasa descompuesta. Cerró los ojos e intentó levantar una pierna para salir de la bañera, cuando los volvió a abrir pensó que se había equivocado, era de noche y la oscuridad se lo había tragado, como el agua a la ciudad. La turba de ratas se oía más cerca, faltaba poco para que acabaran con la división que separaba el piso de arriba del suyo. Le pareció que refrescaba, tal vez había vuelto la luz y el aire volvía a funcionar; flexionó las piernas para bajar su torso y poder beber del agua viciada. Oyó pisadas abajo, tal vez había vuelto Marvelina. Intentó incorporarse y luego recordó que eso era imposible.

Antes de hundir su cabeza totalmente dentro del agua pensó que nunca había hecho algo para evitar que cayera la noche.

Gabriela Alemán (foto)

‘Manual de autoayuda para chinos’ de Rosa Beltrán

Rosa BeltránConoces a una mujer que te propone un negocio a ti, Huni, el rey de los negocios turbios. Está pensando en patentar un muñeco que cuando le jales la cuerda abra los brazos y diga: “Eres la única mujer en mi vida”, “Estás flaquísima” y sobre todo “¡Discúlpame!”.

-¿Y sabes por qué? -te pregunta-. Porque los hombres se la pasan ofendiéndote y nunca te piden perdón de nada. Están incapacitados para sentirse culpables. Y en realidad, para hablar de sus sentimientos.

Da un trago a su coca light y te pide que lo pienses. Está convencida de que ese negocio haría mucho por las mujeres.

Tú asientes, en principio divertido. Te le quedas viendo de arriba abajo como si la escanearas. El busto perfecto, el cabello largo y crespo, la cinturísima. Hasta ahí te permite ver la mesa del Sanborns. Tiene una risita agradable y ojos chinos no porque sea china sino porque está sonriendo todo el tiempo. Te imaginas a tu socio del negocio de importaciones cuando se la describas:

-Huni: es justo lo que te recetó el médico.

Observa sus labios moverse mientras te platica de cuánto la han ofendido los hombres, de cómo se aprovechan siempre, ve sus manos, como abanicos danzantes, como pañuelitos blancos. Sus uñas limpias. De pronto, vuelve las tuyas una caja y guárdalas adentro. Ella se sorprende aprisionada, te sonríe. Parece una actriz. Es raro que tenga ese trabajo de judicial, que sea parte, como ella misma dice, de los “cuerpos policiacos”. Para nada se parece a los roperos armados que llegan sin avisar a quitarte tu mercancía. “¡A ver, pinche chino, viene todo!”, y luego no se aparecen por meses. Ella no. Ella es linda y cariñosa. Y sobre todo: es leal. Te avisa con tiempo. Te propone un acuerdo. Un porcentaje.

Intercambia una mirada furtiva, deja sus manos libres y obsérvalas volar al bolso azul claro. Cuando saque el cigarro y te pida fuego sorpréndete de que una muchacha tan joven y tan bonita fume.

-¡Ay, Huni, pero si en tu país se la pasan fumando todo el tiempo! -te dice.

Aclárale entonces:

Es tu país de origen, pero no de cultura. Desde que llegaste a trabajar a la Samsung tú te hiciste a los modos de aquí. Tus costumbres son las suyas.

Ella de inmediato niega:

-No, Huni, eso de traer saldos y colocarlos como si fueran mercancía del año no lo hacemos aquí. Ni lo de andar imitando todo lo que tenga marca. Nosotros no tenemos esas costumbres. Porque si las tuviéramos ¿para qué íbamos a comprarte a ti tus cosas, a ver?

Obsérvala juntar los labios como si fuera a chiflar o a darte un beso; mira cómo le da otro sorbito a su coca light.

Te dice que por eso tienes que traerte todo de allá: los monitores de los videojuegos que colocas en las papelerías y en las farmacias, los dizque relojes Rolex y las falsas bolsas Louis Vuitton, las llaves mezcladoras de agua. Escúchala y recuerda el gesto de incredulidad que puso cuando le regalaste las zapatillas de terciopelo falso. “Vesace”, dijiste, y la erre se te atoró. La gracia con que se las puso, tomando cada una por el talón, su empeine acojinado.

-Pero lo que traes es ilegal, Huni -te dice y retira el vaso de refresco-. Tú lo sabes. Se llama “contrabando”.

Di: oh oh oh cerrando los ojos, haciéndolos más chiquitos, asintiendo. Y ahora, mírala: en su traje de comando, en uniforme, según le pidieron ese día, acercándose a ti para que le enciendas el cigarrillo. Una sola pieza negra, lustrosa. Una pantera. Acciona el zippo que sólo tú sabes que no es zippo, observa cómo ella le da una calada honda al cigarro y te dice: “gracias”.

-Las que la adolnan -respóndele aprisa.

-Ay, Huni, seguro eso les dices a todas.

Niega con la cabeza, muéstrate divertido, pero entonces ve cómo se acerca y te aclara: ella no es una cualquiera. Esto sí quiere que lo entiendas bien. Tú lo entiendes. Ella se relaja entonces, vuelve a su posición original y te explica: Su abuela era multimillonaria, nacida en Nueva York, sus padres se la trajeron en un barco con una nana y una vaca suiza. Después perdieron todo, no te dice bien por qué. Da una calada a su cigarro y añade: su papá no era rico, pero sí muy guapo y muy bohemio. Jugaba fútbol, se asoleaba.

-Era muy seductor -suspira.

-Con lazón -respondes- y ella no pregunta con razón qué, sino que da un último trago a su coca.

-¿Sabes qué, Huni? -te dice de pronto, apuntándote con un dedo-. Ojalá esa boca dijera lo que verdaderamente piensas, algún día.

En los operativos es tierna, te acaricia la mano debajo del mostrador donde guardas la escuadra calibre veintidós por si sus compañeros o el abogado quieren pasarse de listos. En la oficina es formal y atenta, te contesta el celular aunque esté ocupada. Habla con el agente aduanal, te busca la manera de que puedas introducir el producto. Y sobre todo: te avisa. Te da los pitazos siempre. Entre ella y tú hay un acuerdo: sólo se llevan lo peor de la mercancía incautada en los operativos. El treinta por ciento. Tú sabes que ellos la venderán después y que nadie les dirá “pinches chinos transas”, aun así los miras llevarse las cosas y sonríes. Sonríes y aguardas.

En las prácticas de tiro es la mejor.

-¿Cómo le haces?-, le preguntas.

No bebe. No fuma. Bueno, sólo a veces. Un poquito. Le gustan los chocolates.

Después de cuatro operativos, un cateo mayor y dos idas al cine te acuestas con ella. Te parece el número adecuado de salidas. La llevas a tu casa.

-¡Pero si esto es un palacio! -exclama encantada al ver la cochera verde de mosaico, la cama con dosel, el barecito frente a la cama donde tienes todo tipo de licores.

Tú respondes:

-Y tú, la leina.

-Ay, Huni -te dice.

La abrazas. Es tan joven. Nueva como un embarque de bolsos de plástico recién manufacturados. Llena de promesas.

Hacen el amor y entonces ella acomoda un par de almohadas en la cabecera, se sienta cómodamente en la cama, te pide que le pases los chocolates y tras llevarse un arlequín de limón a la boca te dice:

-¿Sabes qué, Huni? En el fondo eres un romántico. Si el comandante me preguntara: “¿quién es ese chino que siempre anda haciendo negocios chuecos?”, yo le diría: un romántico.

Entrechoca las copas de champaña. Di:

-¡Salud!

Abrázala apasionadamente. Bésala. Dile que sus pies son un par de peces dorados.

Cuando ella se quede tendida boca abajo, desnuda y exhausta, ve a la estancia, pon esa música que tanto te gusta, de cinco notas, y recorre con el dedo su espalda. Ella se da vuelta. Te dice el nombre de su marido. Se llama Rolando García. Antes era el director del departamento de licencias y permisos, ahora es comandante de la PGR. Cuando te pregunte: “¿Qué piensas?”, no digas: “lárgate de una vez” ni “pinche puta”. Tómala suavemente de una nalga y di:

-Depende. ¿Clees que nos dalía un pelmiso, tu malido?

Ella finge una sonrisa.

-Es que no quiero que te sientas mal por esto – dice.

Brinca de la cama, da una patada de Tae Bo. Sonríe.

Di:

-Huni es un chico duro.

Cruza los brazos.

En los siguientes encuentros, ella pone cara de preocupación.

-¿Por qué no me dices lo que sientes? -te pregunta.

Te mira profundo a los ojos.

-¿Huni, por qué no me muestras tus sentimientos?

Mira la camisa que se le desabotonó. Mira sus pechos.

Cuando vivías con tus padres creías que amante significaba una prenda de vestir masculina, algo para lucir cuando uno sale a pasear, como unas mancuernillas Giorgio Armani. Ahora sabes que una amante puede ser cualquier cosa menos unas mancuernillas. No puedes mostrar las muñecas y decir:

-Qué tal. Soy Huni. Esta es mi amante.

Es como tener la copia sin saber que no es el original.

Es como pagar una copia a precio de original constantemente.

Desde que sabes que está casada, no enfrentas el negocio igual. No miras a tu socio de la misma forma. Cuando se te ocurre algo y ella te contesta el teléfono, no puedes decirle: “¡Hola! ¿cómo puedo legistlal la malca Hunday?”, ni la oyes decir con el mismo ánimo: “¡Pero Huni!, ¿cómo vas a registrar una marca que ya existe?” No te ríes igual, no puedes contestarle:

-Existe, pelo no aquí.

Cuando sales a comer y tu socio te pide que le cuentes sobre la mujer ésa que estaba buenísima no le dices “Aaay”, como si fuera algo espantoso y trágico, ni “no quiero hablar de eso”. Dices:

-No tiene nada de especial -y te encoges de hombros.

-¿Cómo que no? -responde él y te mira sorprendido.

Dile con naturalidad:

-No es como un pal de mancuelnillas Almani.

-Uy, quién te entiende -dice, y de ahí en adelante guarda silencio hasta que regresan al despacho.

Es como recibir la mercancía dañada.

Es como haber sido timado por un chino.

Esa noche en que sabes que tendrá que irse dentro de dos horas, cuando te acaricia y te habla al oído, descubres que tu boca se mueve, de pronto, como por voluntad propia. Ella ha estado haciendo la culebra alrededor de tu cuerpo, te ha pasado los dedos entre el pelo asombrada de que sea tan negro y tan grueso. Luego se ha recostado sobre ti, sobre tu espalda. A medio lengüeteo, mientras intenta completar un círculo alrededor de tu oreja, cuando te susurra algo, te sorprendes diciéndole:

-Oye, no eles mi leina ni yo soy Huni, tu ley. Sólo soy tu amante.

Algunas veces van a cenar, después del trabajo. Ella vive en la colonia Crédito Constructor y no tiene casa propia ni crédito para construirla, según dice. Prefiere que no te acerques a su casa. Fuera de la PGR camina un par de cuadras para llegar a donde la recoges en tu Nissan arreglado, tú también estás arreglado. Traes tu traje rojo vino, el pelo negro recién cortado, lacio y de raya en medio, como una pequeña fuente, rapado de la mitad de la cabeza hacia abajo. Traes tus falsos zapatos Salvatore Ferragamo, tu Rolex Oyster Perpetual que es una copia idéntica. Ella viene con una camisa de flores y un pantalón café bastante brilloso. Tienes ganas de decirle:

-¿Y tu malido? ¿Qué, no te mantiene?

Te das cuenta de que quieres decirlo porque albergas una intención bien clara, una esperanza. La esperanza de que él se haya esfumado de pronto. Ella es tan blanca, tan abultada de pechos. Tan cariñosa. Se siente tan feliz de estar contigo y dormir en tu casa ese día en que él tiene guardia hasta el día siguiente. Cuando llega al auto te bajas y le abres la puerta. Ella siente algo en el asiento, levanta el trasero y saca un perfume copia Paloma Picasso. Un regalo. La llevas a un lugar especial, adornado con linternas de papel y peces nadando en peceras. Traen varias fuentes de comida y el mesero levanta la tapa sin hacer ningún gesto.

Bueno, ¿y cómo fue que te casaste con ése? quieres empezar, y en lugar de eso ella es quien te pregunta:

-Bueno, y cómo fue que te hiciste fayuquero.

Levantas los hombros.

-Como se hace uno cualquiel cosa.

-Ay, Huni, eres tan… no sé, misterioso.

Ella se sirve bastante comida, te pide que le pases la salsa de soya, que le alcances el platón de más allá. Entonces, te revela:

-En cambio a mí mi marido fue quien me metió en esto. Fui a pedirle trabajo sin conocerlo, me dijo qué sabes hacer y le dije: nada.

Tú sonríes.

-¿Y sabes qué hizo? Me puso de su secretaria. Pero la verdad, no daba una. Entonces me dijo: qué quieres hacer. Y me puso a expedir permisos. Yo veía la documentación, le daba una revisada por encimita a los papeles y ponía el sello. Todo muy derecho.

Ella bebe un sorbo de té verde, suspira.

-Aquí en la judicial no es como la gente cree -te dice- ya no.

Tú fumas y la escuchas.

-Luego me aburrí de estar sentada poniendo sellos y le dije a Rolando: pónme en otra cosa porque aquí ya me aburrí. Qué quieres hacer, me dijo, y yo le contesté muy seria: mira, yo soy una persona muy entrona. La verdad. Y muy activa. Así que mejor ponme en algo más acorde a mi naturaleza. Y ahí fue donde entré al área judicial. Tomé todos los cursos que te puedas imaginar, de defensa personal, de caló. Bueno, de qué no tomé yo cursos. Hasta la fecha, sigo haciendo mis prácticas de tiro. Yo puedo desarmar a cualquier cabrón, hay partes vulnerables del cuerpo.

Tú sonríes.

-Ay Huni, no ésas -te explica- …aunque la verdad no sé si son ésas en las que estás pensando. Nunca sé lo que piensas, la verdad.

De pronto, toma tu brazo bruscamente, le da vuelta. Aparece tu muñeca sin mancuernillas.

-Aquí -te señala y te oprime la vena. Sientes un dolor insoportable-. A ver, trata de zafarte -dice.

Ese día está encargada de sorprender a unos introductores de pastillas Viagra y cigarros Marlboro hechos con tabaco y fibra de vidrio. Tú acomodas en algunas farmacias los monitores de los videojuegos que te enviaron armados en un contenedor. Más tarde la recoges cerca del aeropuerto.

-Tengo una pena muy grande, Huni -te dice, sombría-. Mi hermano está en el hospital, y van dos meses que no he pagado la mensualidad de la camioneta. Tengo semanas con la despensa vacía.

Luego, cuando están en tu casa, añade:

-En la policía no se gana tanto como crees. Es demasiado riesgo.

Quieres preguntar:

-Pol qué no te sales.

Pero en lugar de eso la miras impertérrito.

-Ay Huni, ya sé lo que estás pensando. Que por qué no me salgo, ¿verdad? Pero dime, a ver: y quién me va a dar trabajo. Quién me va a aceptar a mí con mis antecedentes, y en dónde. Desde aquí puedo estar más o menos protegida, pero no creas. Hay mucha gente que quiere matarme.

-¿Y tu malido? -preguntas.

Su marido es muy recto, muy organizado. Y la ha ayudado mucho.

Tú das otra calada a tu cigarro, asientes.

Luego de llevarla hasta su casa con una caja de falsos perfumes Dolce & Gabanna que le regalaste y dos bolsas de lona llenas de monedas (en los videojuegos te pagan con morralla) te subes a tu Nissan. Oyes el golpe de la puerta que se cierra, el ruido de la llave, después nada, los ruidos típicos de la ciudad, los autos y los microbuses, un chofer de taxi que te grita: “¡pinche chale, muévete!”

Enciende el motor y pregúntate quién eres. Quién es el pinche chale.

-¡Huni Li! -dice tu padre cuando por fin tomas el teléfono-. ¿Qué rayos te pasa?

Te pide pormenores del negocio de pago con mujeres que tanto han planeado, te pregunta cómo van las cosas.

-Ya casi -le dices-. Tengo el teleno casi listo.

Él te recrimina. Le explicas que no es tan sencillo, aquí no es tan natural pagar con

mujeres, exportarlas menos. Lo oyes desquiciarse, hacerte las cuentas de lo que le debes, lo que cada pariente tuyo pagó allá para que te vinieras. Imaginas su rostro colorado, los aspavientos que hace con los brazos y manos mientras habla y escupe. Te pone otra vez de ejemplo al ciudadano chino Wu Yon Lin, que por dos mil cuatrocientos pesos mexicanos obtuvo el monopolio de uso de la virgen de Guadalupe. ¡Si se pudo comerciar con la única mujer que era intocable en ese país por qué no se va a poder con las otras! Tú le explicas que su razonamiento es correcto pero en la realidad tiene sus dificultades, él grita de nuevo y cuando le aseguras que harás lo que sea por enviar a la primera de las chicas oyes cómo la voz se le dulcifica y crees ver sus ojos chispeantes y las comisuras en la frente marcadas a causa de las cejas levantadas hacia arriba. Lo oyes repetir lo ricos que serán… hacerte las cuentas… Ya debes estar a punto de enviar el dinero para que el ciudadano Fo Weng Tai consiga el pasaje de la primera muchacha de ojos redondos… aunque no sea virgen…

Ese día le has dicho a tu socio que haga el recorrido de las farmacias por ver si hay alguna solicitud de monitores extra que puedan estar necesitando los dueños a causa de las vacaciones. A ella le has hablado por teléfono y la has pasado a recoger sin haber sido muy claro en tu explicación de por qué tenía que ser a esa hora. La llevas a un lugar que desconoce. Cuando se abre por fin la puerta del departamento, la haces pasar al saloncito en forma de ele repleto de papeles y mercancía con severos defectos que te encargas de disimular haciendo un trabajo fino, de vestidor de pulgas. Es “tu despacho”. La invitas a sentarse cómodamente en el sillón de velour, le ofreces la copa de licor imitación charteuse que les das a tus clientes. Ella prefiere agua.

Cuando vuelves de la pequeña cocina con el vaso en la mano te la encuentras observando minuciosamente los objetos que tienes ahí, revisando cada rincón, como un perro que olisquea un bulto con droga. Muéstrate solícito, jadeando entre disculpas. No tenías agua embotellada y tuviste que esperar a que saliera limpia la del grifo. Ella toma el vaso.

-Ya estamos aquí -le dices, con una sonrisa forzada.

Quieres decirle que estás dispuesto a lo que sea por ella, que has decidido dar el paso final. Quieres que te acompañe de viaje. Pero ella ha tenido la mente puesta todo el tiempo en otra cosa.

-¿Sabes? Estoy pensando en decirle a Rolando de lo nuestro -te dice.

Esto te hiela la sangre por un momento. Ella serpentea, es un dragón alrededor de tu cuerpo.

-¿Te digo lo que le pienso decir? Le diré: amor mío hay alguien que nos divide. Huni. Por él pude pagar los abonos de mi camioneta, ayudar a mi hermano. Y ahora, fíjate, ¡quiere regalarme un departamento! -y señala con los brazos abiertos tu despacho.

Muéstrate escéptico. Dile que tu despacho es muy poco. Que tú le regalarás mucho más. En tu país tienes grandes propiedades.

-Pero tu país está lejísimos, Huni -se queja.

Se te acerca y hace un puchero, insiste en lo que va a decirle a su marido, se pone melosa, te acaricia la oreja y acercándote los pechos te dice: “Oye, Huni. Has de tener tus guardaditos, ¿verdad? A ver, dime cuánto tienes”. Tú le explicas que no tienes guardaditos, sólo tu trabajo. Quieres ponerte de acuerdo en algo más espectacular, más grande: un viaje. Pero ella no quiere hablar de viajes ese día. El lugar la ha puesto ardiente, no sabe por qué, te dice, y empieza a desvestirse. Luego insiste en lo que va a decirle a su marido: “Cariño, creo que tengo que contarte algo. Estoy enamorada de Huni”. Eso le dirá, te dice.

-Y qué halás después, le preguntas.

Ella te mira con atención por un momento. Luego, suelta una carcajada.

-Nada -dice-. Rolando nunca me creería que estoy enamorada de un chino.

Durante mucho tiempo has pensado qué es lo que podrías hacer. Y ahora sabes que todo puede solucionarse con una llamada telefónica. La haces, informas y esperas. En este país el tipo de cosas que requieren una gran planeación en el tuyo se arreglan un buen día, sin que nadie tenga que contratar a nadie ni apretar un gatillo. Lo sabes cuando te encuentras a tu socio fuera de sí, juntando las pocas cosas que tenía en el despacho.

-Ahora sí. ¡Nos jodimos! -te dice en cuanto te ve entrar.

Te muestra el periódico donde salió la noticia: El comandante Rolando García Cueto, hallado en tratos con las mafias coreanas, acusado formalmente de cohecho.

-¡Y todo por una denuncia anónima!…

Di:

-Oh oh oh

-Sí, por un bocón. Mira, Huni, no hay nada qué hacer -insiste- Sin madrina no se puede seguir en este negocio.

Muéstrate apesadumbrado, asiente. Déjalo que se lleve los lentes Oakley falsos, sus cosas de una vez. Acepta su renuncia. Dale una pequeña gratificación sólo si es necesario.

Míralo irse. Despídete.

-Me cae que no te entiendo, Huni -óyelo decir- ¿Sabes? A ratos hasta pienso que te dio gusto que agarraran al comandante ése. Ustedes los chinos son como marcianos.

Vuelve a sonreír.

Extiéndele la mano.

Y entonces, ocúpate de lo que tanto has querido. Una vez que no existe el obstáculo del marido sabes qué debes hacer. Primero llámala. Dile que tú cuidarás de ella ahora que está sola. Háblale del viaje.

-Huni, hay algo que no entiendes -te dice.

-¿Que no podlemos hacel negocio? -preguntas.

-No, Huni, no es eso.

Se toma todo el tiempo del mundo para explicártelo: de su marido se separó hace tiempo; no es su marido con quien vive. Es alguien más.

-Quién -preguntas.

Te dice el nombre: Comandante Dalia Margarita Taboada.

-Era la segunda de a bordo. Sólo la muerte o la cárcel podían hacer que la promovieran al puesto de Rolando.

Óyela suspirar.

-A mí los hombres me han herido mucho, Huni.

Ella jamás viviría con un hombre.

Quédate atónito.

Un día, luego de mucho tiempo, cuando te hable para informarse del próximo operativo y te pregunte cómo estás, responde:

-Bien.

Cuando insista en preguntar:

-¿Estás seguro, Huni?

Acuérdate del viejo koán: “El que siempre habla de lo que siente muchas veces dice lo que no siente”. No dudes en repetir tu respuesta.

Rosa Beltrán (foto)

‘Un hombre sin suerte’ de Samanta Schweblin

samanta-schweblin-5El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y tocaba bocina, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó, pero papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin mirar atrás mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba ahora de afuera su puerta.

–Vamos, vamos –dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos al hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía a hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

–Quedate acá –me dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró al consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuánto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos, y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir y, una vez que me estiré un poquito, llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que al menos ese día no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

–¿Qué tal? –preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

–Bien –dije.

–¿Estás esperando a alguien?

Lo pensé. Y me di cuenta de que no estaba esperando a nadie, o al menos, que no es lo que quería estar haciendo en ese momento. Así que negué y él dijo:

–¿Y por qué estás sentada en la sala de espera?

No sabía que estaba sentada en una sala de espera y me di cuenta de que era una gran contradicción. El abrió un pequeño bolso que tenía sobre las rodillas. Revolvió un poco, sin apuro. Después sacó de una billetera un papelito rosado.

–Acá está –dijo–, sabía que lo tenía en algún lado.

El papelito tenía el número 92.

–Vale por un helado, yo te invito –dijo.

Dije que no. No hay que aceptar cosas de extraños.

–Pero es gratis –dijo él–, me lo gané.

–No.

Miré al frente y nos quedamos en silencio.

–Como quieras –dijo él al final, sin enojarse.

Sacó del bolso una revista y se puso a llenar un crucigrama. La puerta del consultorio volvió a abrirse y escuché a papá decir “no voy acceder a semejante estupidez”. Me acuerdo porque ése es el punto final de papá para casi cualquier discusión, pero el hombre no pareció escucharlos.

–Es mi cumpleaños –dije.

“Es mi cumpleaños” repetí para mí misma, “¿qué debería hacer?”. El dejó el lápiz marcando un casillero y me miró con sorpresa. Asentí sin mirarlo, consciente de tener otra vez su atención.

–Pero… –dijo y cerró la revista–, es que a veces me cuesta mucho entender a las mujeres. Si es tu cumpleaños, ¿por qué estás en una sala de espera?

Era un hombre observador. Me enderecé otra vez en mi asiento y vi que, aun así, apenas le llegaba a los hombros. Él sonrió y yo me acomodé el pelo. Y entonces dije:

–No tengo bombacha.

No sé por qué lo dije. Es que era mi cumpleaños y yo estaba sin bombacha, y era algo en lo que no podía dejar de pensar. Él todavía estaba mirándome. Quizá se había asustado, u ofendido, y me di cuenta de que, aunque no era mi intención, había algo grosero en lo que acababa de decir.

–Pero es tu cumpleaños –dijo él.

Asentí.

–No es justo. Uno no puede andar sin bombacha el día de su cumpleaños.

–Ya sé –dije, y lo dije con mucha seguridad, porque acababa de descubrir la injusticia a la que todo el show de Abi me había llevado.

Él se quedó un momento sin decir nada. Luego miró hacia los ventanales que daban al estacionamiento.

–Yo sé dónde conseguir una bombacha –dijo.

–¿Dónde?

–Problema solucionado –guardó sus cosas y se incorporó.

Dudé en levantarme. Justamente por no tener bombacha, pero también porque no sabía si él estaba diciendo la verdad. Miró hacia la mesa de entrada y saludó con una mano a las asistentes.

–Ya mismo volvemos –dijo, y me señaló–, es su cumpleaños –y yo pensé “por dios y la virgen María, que no diga nada de la bombacha”, pero no lo dijo: abrió la puerta, me guiñó un ojo, y yo supe que podía confiar en él.

Salimos al estacionamiento. De pie yo apenas pasaba su cintura. El coche de papá seguía junto a las ambulancias, un policía le daba vueltas alrededor, molesto. Me quedé mirándolo y él nos vio alejarnos. El aire me envolvió las piernas y subió acampanando mi Jumper, tuve que caminar sosteniéndolo, con las piernas bien juntas.

–Mi dios y la virgen María –dijo él cuando se volvió para ver si lo seguía y me vio luchando con mi uniforme–, es mejor que vayamos rodeando la pared.

–No digas “mi dios y la virgen María” –dije, porque eso era algo de mamá, y no me gustó cómo lo dijo él.

–Ok, darling –dijo.

–Quiero saber a dónde vamos.

–Te estás poniendo muy quisquillosa.

Y no dijimos nada más. Cruzamos la avenida y entramos a un shopping. Era un shopping bastante feo, no creo que mamá lo conociera. Caminamos hasta el fondo, hacia una gran tienda de ropa, una realmente gigante que tampoco creo que mamá conociera. Antes de entrar él dijo “no te pierdas” y me dio la mano, que era fría pero muy suave. Saludó a las cajeras con el mismo gesto que hizo a las asistentes a la salida del hospital, pero no vi que nadie le respondiera. Avanzamos entre los pasillos de ropa. Además de vestidos, pantalones y remeras había también ropa de trabajo. Cascos, jardineros amarillos como los de los basureros, guardapolvos de señoras de limpieza, botas de plástico y hasta algunas herramientas. Me pregunté si él compraría su ropa acá y si usaría alguna de esas cosas y entonces también me pregunté cómo se llamaría.

–Es acá –dijo.

Estábamos rodeados de mesadas de ropa interior masculina y femenina. Si estiraba la mano podía tocar un gran contenedor de bombachas gigantes, más grandes de las que yo podría haber visto alguna vez, y a solo tres pesos cada una. Con una de esas bombachas podían hacerse tres para alguien de mi tamaño.

–Esas no –dijo él–, acá –y me llevó un poco más allá, a una sección de bombachas más pequeñas–. Mira todas las bombachas que hay. ¿Cuál será la elegida my lady?

Miré un poco. Casi todas eran rosas o blancas. Señalé una blanca, una de las pocas que había sin moño.

–Esta –dije–. Pero no tengo dinero.

Se acercó un poco y me dijo al oído:

–Eso no hace falta.

–¿Sos el dueño de la tienda?

–No. Es tu cumpleaños.

Sonreí.

–Pero hay que buscar mejor. Estar seguros.

–Ok Darling –dije.

–No digas “Ok Darling” –dijo él– que me pongo quisquilloso –y me imitó sosteniéndome la pollera en la playa de estacionamiento.

Me hizo reír. Y cuando terminó de hacerse el gracioso dejó frente a mí sus dos puños cerrados y así se quedó hasta que entendí y toqué el derecho. Lo abrió y estaba vacío.

–Todavía podés elegir el otro.

Toqué el otro. Tardé en entender que era una bombacha porque nunca había visto una negra. Y era para chicas, porque tenía corazones blancos, tan chiquitos que parecían lunares, y la cara de Kitty al frente, en donde suele estar ese moño que ni a mamá ni a mí nos gusta.

–Hay que probarla –dijo.

Apoyé la bombacha en mi pecho. El me dio otra vez la mano y fuimos hasta los probadores femeninos, que parecían estar vacíos. Nos asomamos. Él dijo que no sabía si podría entrar. Que tendría que hacerlo sola. Me di cuenta de que era lógico porque, a no ser que sea alguien muy conocido, no está bien que te vean en bombacha. Pero me daba miedo entrar sola al probador, entrar sola o algo peor: salir y no encontrar a nadie.

–¿Cómo te llamás? –pregunté.

–Eso no puedo decírtelo.

–¿Por qué?

Él se agachó. Así quedaba casi a mi altura, quizá yo unos centímetros más alta.

–Porque estoy ojeado.

–¿Ojeado? ¿Qué es estar ojeado?

–Una mujer que me odia dijo que la próxima vez que yo diga mi nombre me voy a morir.

Pensé que podía ser otra broma, pero lo dijo todo muy serio.

–Podrías escribírmelo.

–¿Escribirlo?

–Si lo escribieras no sería decirlo, sería escribirlo. Y si sé tu nombre puedo llamarte y no me daría tanto miedo entrar sola al probador.

–Pero no estamos seguros. ¿Y si para esa mujer escribir es también decir? ¿Si con decir ella se refirió a dar a entender, a informar mi nombre del modo que sea?

–¿Y cómo se enteraría?

–La gente no confía en mí y soy el hombre con menos suerte del mundo.

–Eso no es verdad, eso no hay manera de saberlo.

–Yo sé lo que te digo.

Miramos juntos la bombacha, en mis manos. Pensé en que mis padres podrían estar terminando.

–Pero es mi cumpleaños –dije.

Y quizá si lo hice a propósito, pero así lo sentí en ese momento: los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces él me abrazó, fue un movimiento muy rápido, cruzó sus brazos a mis espaldas y me apretó tan fuerte que mi cara quedó un momento hundida en su pecho. Después me soltó, sacó su revista y su lápiz, escribió algo en el margen derecho de la tapa, lo arrancó y lo dobló tres veces antes de dármelo.

–No lo leas –dijo, se incorporó y me empujó suavemente hacia los cambiadores.

Dejé pasar cuatro vestidores vacíos, siguiendo el pasillo, y antes de juntar valor y meterme en el quinto guardé el papel en el bolsillo de mi jumper, me volví para verlo y nos sonreímos.

Me probé la bombacha. Era perfecta. Me levanté el jumper para ver bien cómo me quedaba. Era tan pero tan perfecta. Me quedaba increíblemente bien, papá nunca me la pediría para revolearla detrás de las ambulancias e incluso si lo hiciera, no me daría tanta vergüenza que mis compañeros la vieran. Mirá qué bombacha tiene esta piba, pensarían, qué bombacha tan perfecta. Me di cuenta de que ya no podía sacármela. Y me di cuenta de algo más, y es que la prenda no tenía alarma. Tenía una pequeña marquita en el lugar donde suelen ir las alarmas, pero no tenía ninguna alarma. Me quedé un momento más mirándome al espejo, y después no aguanté más y saqué el papelito, lo abrí y lo leí.

Cuando salí del probador él no estaba donde nos habíamos despedido, pero sí un poco más allá, junto a los trajes de baño. Me miró, y cuando vio que no tenía la bombacha a la vista me guiñó un ojo y fui yo la que lo tomé de la mano. Esta vez me sostuvo más fuerte, a mí me pareció bien y caminamos hacia la salida. Confiaba en que él sabía lo que hacía. En que un hombre ojeado y con la peor suerte del mundo sabía cómo hacer esas cosas. Cruzamos la línea de cajas por la entrada principal. Uno de los guardias de seguridad nos miró acomodándose el cinto. Para él mi hombre sin nombre sería papá, y me sentí orgullosa. Pasamos los sensores de la salida, hacia el shopping, y seguimos avanzando en silencio, todo el pasillo, hasta la avenida. Entonces vi a Abi, sola, en medio del estacionamiento. Y vi a mamá más cerca, de este lado de la avenida, mirando hacia todos lados. Papá también venía hacia acá desde el estacionamiento. Seguía a paso rápido al policía que antes miraba su coche y en cambio ahora señalaba hacia nosotros. Pasó todo muy rápido. Cuando papá nos vio gritó mi nombre y unos segundos después el policía y dos más que no sé de dónde salieron ya estaban sobre nosotros. El me soltó pero dejé unos segundos mi mano suspendida hacia él. Lo rodearon y lo empujaron de mala manera. Le preguntaron qué estaba haciendo, le preguntaron su nombre, pero él no respondió. Mamá me abrazó y me revisó de arriba a abajo. Tenía mi bombacha blanca enganchada en la mano derecha. Entonces, quizá tanteándome, se dio cuenta de que llevaba otra bombacha. Me levantó el Jumper en un solo movimiento: fue algo tan brusco y grosero, delante de todos, que yo tuve que dar unos pasos hacia atrás para no caerme. El me miró, yo lo miré. Cuando mamá vio la bombacha negra gritó “hijo de puta, hijo de puta”, y papá se tiró sobre él y trató de golpearlo. Mientras los guardias los separaban yo busqué el papel en mi Jumper, me lo puse en la boca y, mientras me lo tragaba, repetí en silencio su nombre, varias veces, para no olvidármelo nunca.

Samanta Schweblin (foto) (Con este cuento la argentina Samanta Shweblin ganó el premio ‘Juan Rulfo’ en el 2012)

‘¡Sea por Dios y venga más!’ de Laura Esquivel

laura esquivelToda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole. Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasa es que nadie lo comprende. Si de vez en cuando me pegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porque fuera mala persona. Él siempre me quiso. A su manera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de que no. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, era porque me quería.

Él no tenía ninguna necesidad de habérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escondidas, pero dice que le dio miedo que yo me enterará por ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él no soportaba la idea de perderme porque yo era la única que lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa, pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan la bola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ninguno! No, si el único honesto es mi Apolonio. El único que me cuida. El único que se preocupa por mí. Con esto del sida, es bien peligroso que los maridos anden de cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas decidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta. Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad. ¡Eso es amor y no chingaderas! ¡Pero ellas qué van a saber!

Bueno, tengo que reconocer que al principio a mí también me costó trabajo entenderlo. Es más, por primera vez le dije que no. Adela, la hija de mi comadre era mucho más joven que yo y me daba mucho miedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero mi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, que Adela realmente no le importaba. Lo que pasaba, era que necesitaba aprovechar sus últimos años de macho activo porque luego ya no iba a tener chance. Yo le pregunté que porque no lo aprovechaba conmigo, y él me explicó hasta que lo entendí, que no podía, que ese era uno de los problemas de los hombres que las mujeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigo no tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a la hora que quisiera. Lo que le hacía falta era confirmar que podía conquistar a muchachitas. Si no lo hacía, se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, ya ni a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó.

Le dije que está bien, que aceptaba que tuviera su amante. Entonces me llevo a Adela para que hablará con ella, porque Adelita, que me conocía desde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mi propia boca que yo le daba permiso de ser la amante de Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarse con él. Lo único que quería era ayudar en nuestro matrimonio y que era preferible que Apolonio anduviera con ella y no con otra cualquiera que sí tuviera interés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos y me parece que hasta la bendije. La verdad, yo estaba más que agradecida porque ella también se estaba sacrificando por mí.

Adela, con su juventud, bien podría casarse y tener hijos y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la amante de planta de Apolonio, nomás por buena gente.

Bueno, el caso es que el día que vino, hablamos un buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios, los días de visita, etc. Se supone que con esto yo debería de estar muy tranquila. Todo había quedado bajo control. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentos y felices. Pero no sé por qué yo andaba triste.

Cuando sabía que Apolonio estaba con Adela no podía dormir. Toda la noche me la pasaba imaginando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesitaba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabía y punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada. Lo peor era que tenía que hacerme la dormida pues no quería mortificar a mi Apo.

Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un día en que llegó y me encontró despierta. Se puso furioso. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejaba gozar en paz, que él no podía darme más pruebas de su amor y yo en pago me dedicaba e espiarlo, a atormentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de que nunca fuera a regresar. ¿Qué acaso alguna vez me había faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seis de la mañana, pero siempre regresaba.

Yo no tenía por qué preocuparme. Debería estar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no lo estaba! Es más, me empecé a enfermar de los colerones que me encajaba el canijo Apolonio. Daba mucho coraje ver que le compraba a Adela cosas que a mí nunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a mí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de mi cumpleaños cuando cantó Celia Cruz y yo le supliqué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se me empezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó, el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron, la piel se me mancho y ahí fue cuando la Chole me dijo que el mejor remedio en esos casos era poner en un litro de tequila un puño de té de boldo compuesto y tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldo recoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda ni perezosa fui al estanquillo de la esquina, le compré a Don Pedro una botella de tequila y la preparé con su boldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionó muy bien.

No sólo me sentía aliviada por dentro, sino bien alegre y feliz, como hacía muchos días no me sentía. Con el paso del tiempo, los efectos del remedio me fueron mejorando. Apolonio, al verme sonriente y tranquila, empezó a salir cada vez más con Adela y yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba, fuera en ayunas o no, para que no me hiciera daño la bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueron cada vez más necesarias. Si al principio una botella de tequila me duraba un mes, llegó el momento en que me duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que no tenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tan bien, que hasta llegué a pensar que el tequila con boldo era casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando, animando, sanando, reconfortando y calentado todo mi cuerpo, haciéndolo sentir viva, viva, ¡viva!

El día en que Don Pedro me dijo que ya no me podía fiar ni una botella más creí que me iba a morir. Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila. Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadeció de mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al fin que siempre me había traído ganas el condenado. Yo la mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo también estaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fue que Apolonio nos encontró dando rienda suelta a las ganas.

Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahora vive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Y todo por culpa de la pinche Chole y sus remedios!

Laura Esquivel (foto)

’50 años padeciendo a Gabo’ de J.C. Londoño

jc londoñoCelebramos el medio siglo de Cien años de soledad con una especie de admiración cansada. Los libros de Gabo siguen tersos como en la primera mañana de la creación, sin duda, pero de él ya sabemos mucho, demasiado. Sabemos más que Luisa Santiaga Márquez, Mercedes Barcha y Fernando Jaramillo juntos (Jaramillo es el autor de Memorabilia, el único blog que el escritor consultaba).

Es tanto lo que sabemos de él por sus obras y por sus desvelados notarios (Saldívar, Plinio, Martin, Ayén) que ya nadie nos puede sorprender. Nos encantaría tener noticias frescas de ese fabulista antiguo que usaba técnicas narrativas modernas, pero todo lo que nos llega son pétalos resobados. Amarillos, claro.

Admiramos incluso sus bobadas, su fobia por los adverbios terminados en mente, por ejemplo, como si otras desinencias (aco, itis, ismo) fueran bellísimas. Su manía de cazar los versos alejandrinos que se le colaban, y destriparlos con tachones rencorosos. Sus mariposas. Sus agüeros y sus filias, pruebas palpables del desvarío que el genio debe padecer. Y exhibir. Su avaricia, de la que tenemos el testimonio de un juguete caro del escritor, Alba Lucía Ruiz, nuestra primera top model. Su arribismo estratosférico, esa manera suya de ahondarse en cóncavas zalemas ante los símbolos del poder, ante reyes obscenos, emisarios del imperio y asesinos de alto rango, es decir, en lengua vallejiana, “esa impudicia para lamer culos sin el más mínimo recato”.

Es tanto el sahumerio incinerado en los altares de la gabolatría, que uno agradece la irrupción de alguna voz herética, como la de Vallejo o la de Octavio Paz. “La prosa de García Márquez es un compromiso académico entre la fantasía y el periodismo. Poesía aguada. Continúa una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad, pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter”.

O como Pasolini. “Es la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y con derroche del tradicional manierismo latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana. Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista de Hollywood: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Temo que Pier Paolo tenía razón. Si exceptuamos a Amaranta, que evoluciona de una manera compleja y natural a lo largo del libro, los personajes de Gabo tienden a ser caricaturales. Sin embargo, el concepto del italiano es sacrílego. Quizá fue por esto, no por ser un cacorro-católico-marxista, que fue brutalmente asesinado en una playa de Ostia por tres mozalbetes putos.

En una entrevista realizada en 1994, Antonio Caballero le pegó una “peinada” tremenda. Le dijo que “Del amor y otros demonios” estaba plagada de horribles laísmos, de guacamayas suicidas y caballos inmortales, que le sobraba un personaje, el segundo exorcista, y que le faltaba otro, Dominga de Adviento. En vez de rajar la calva de Antonio con la pesada medalla Nobel, Gabo lo miró consternado. Tienes razón, dijo con voz triste, no volveré a escribir en computador.

Me gustaría agregar alguna blasfemia de mi propia cosecha, pero no puedo. Soy un devoto incondicional de ese señor que nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas. Le agradezco muchas cosas, todas esas potencias verbales que los críticos han subrayado, claro, pero sobre todo aprecio una lección suya: me recordó que la vida no está en otra parte ni en otro siglo, que también la casa es un espacio poético, y que el cilantro no es inferior a la rosa.

Julio César Londoño (foto) (Tomado de ‘El Espectador’)