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‘Una noche precaria’ de Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio MuñozPese a que es un hombre de estricto apego a los rituales, Álvaro Collazos decide prescindir hoy de las tostadas con mantequilla. Entonces abre la nevera y se sirve solo un vaso de leche. Mira la hora. Quiere llegar lo más rápido posible a la oficina. Necesita una conexión a internet. Observa con detenimiento el calendario que cuelga de la pared; comprueba que ha transcurrido una semana desde que llamó por segunda vez a la empresa de telefonía para reportar el daño. Es por eso que no ha podido navegar por las noches. Se sienta en la sala de su apartamento, apurando ligeros sorbos de su vaso; observa, después, el cuadro del artista filipino del que ya no puede recordar el nombre. Algo en la imagen no le cuadra. Se percata de que el cuadro está un poco inclinado hacia la izquierda. Desvía la mirada hacia la calle; por una pequeña abertura en la cortina logra ver, abajo, el trancón que siempre se forma en el cruce que da salida a la autopista. Mira el vaso de leche. Aún le queda la mitad. Piensa en apurar los sorbos; sin embargo, recuerda que es un hombre solo y que, de atragantarse, no habría nadie ahí, presto a socorrerlo. Entonces se ve a sí mismo despaturrado en medio de la sala mientras un médico forense anota en su libreta que el deceso de aquel hombre, joven, de mediana estatura, calvicie incipiente y un poco barrigón, se produjo por broncoaspiración. La sola idea de su muerte le produce vértigo. Vuelve la mirada hacia el cuadro; luego se pone de pie, camina algunos pasos y trata de nivelarlo con la mano derecha. Regresa al sofá. Mira el cuadro de nuevo y comprueba satisfecho que la alineación es perfecta. Ahora puede terminar su vaso de leche tranquilo.

Mientras camina hacia la cocina para lavar el vaso, lo asalta una certeza sin fisuras que le permite anticipar lo mucho que echará de menos las tostadas. Los huevos ya no le hacen falta. Quizá, piensa, deba pedirle a su médico un nuevo examen de sangre; solo así sabrá qué tanto han bajado sus niveles de colesterol. Sabe que le espera un día agotador en la oficina. Además, recuerda que anoche no durmió bien; aunque procuró conciliar el sueño haciendo zapping en el televisor, la imagen del hombre de la carpetica dando vueltas por el aire, como un muñeco que alguien arrojara hacia arriba con violencia, aparecía una y otra vez dentro de su cabeza. Tal vez esa imagen obsesiva, que ha estado dentro de él desde hace nueve años, se ha hecho más latente ahora que no ha podido ubicar a Verónica en el teléfono de siempre y que tampoco contesta sus correos electrónicos. Cuando llamó, la mujer que contestó lo puso al tanto de la novedad: Verónica y su esposo le habían vendido el apartamento hacía más de seis meses. Desde entonces una suerte de ansiedad no le permite estar tranquilo. La imagen del tipo, que sale disparado por el aire ante la embestida de la camioneta para después caer desgonzado en medio de la calle, a unos cuantos metros de la carpetica que sostenía entre sus manos, se le presenta a menudo. Con ella, también, están la suya y la de Verónica observando atónitos al hombre de la camioneta, que pasaba frente a ellos con la cara tensa, gritando como loco y con el parabrisas hecho trizas, incapaz de poner un pie en el freno. Después viene el recuerdo de la confusión. Las náuseas de Verónica. Los gritos delirantes. El llanto desgarrado de ella. La cachetada que le dio en un intento por tranquilizarla. El vómito de ella. La llamada angustiosa a una ambulancia. La espera a prudente distancia del cuerpo, sin atreverse a tocarlo. La romería de gente. La llegada de la policía. Las declaraciones suyas para dar cuenta una y otra vez de lo que alcanzó a ver en esa fracción de segundo. La imagen del tipo de la carpetica, subido de urgencia a la ambulancia aunque la muerte parecía inminente. El recuerdo, nítido, del tipo de la camioneta, que había conseguido detenerse un par de cuadras más allá y regresaba abatido, escoltado por la policía. La de Verónica, tomando del suelo la carpetica cuando todos se marcharon. La de ellos, Verónica y él en la sala del apartamento de mamá, esculcando las hojas dentro de la carpetica, entregados a la búsqueda infructuosa de un teléfono para comunicarse.

Álvaro espera impaciente en el teléfono que le confirmen si hay algún taxi al que se le dé la gana de recogerlo. Se muerde los labios. Le aterra pensar que Verónica haya abandonado el país sin avisarle. Trata de recordar cuándo fue la última vez que hablaron; ocho meses, se dice, mientras lamenta que haya transcurrido tanto tiempo. En esa ocasión ella creía estar segura de haber visto al tipo de la carpetica entrando a una sala de cine; era él, repetía, ahora sabemos que no murió. Afirmaba que, al parecer, tenía la pierna izquierda repleta de tornillos, varillas y placas de titanio; porque caminaba muy rígido, como un robot, decía. Sin embargo, la conclusión final fue que, tal vez, era alguien que se le parecía mucho. Cuando confrontaron los rasgos físicos que cada uno guardaba en su memoria, había algunas cosas que no coincidían; la nariz, por ejemplo, Álvaro estaba seguro de que era narizón. Lo sabe bien porque, mientras Verónica estaba sentada en el andén, tratando de contener unos espasmos que le impedían respirar, Álvaro se acercó en el momento en que lo subían a la camilla. Además, el asunto de los tornillos y placas de titanio no lo convencía. Habían pasado ocho años y ese tipo de incrustaciones son de carácter temporal, mientras la reconstrucción del miembro. Álvaro sigue escuchando música de fondo en el teléfono y algunos mensajes que le indican que no hay taxis cerca. Son unos canallas, una raza abominable, dice entre dientes; sabe que, afuera, muy cerca de su apartamento, de seguro hay varios haciendo carreras cortas a quienes solo vayan hasta la estación de Transmilenio más cercana. Está seguro de que, si sale a la calle, tampoco será fácil conseguir uno; se detendrán, le preguntarán a dónde se dirige y después dirán que no, que no alcanzan, que mucho trancón. De cualquier manera decide salir; tal vez, aunque poco le gusta porque considera que es la manera más expedita de ganarse un virus, la mejor opción sea tomar un bus. La ruta que le sirve lo dejaría a solo unas cuantas cuadras de la oficina.

Mientras espera el bus en la esquina, Álvaro recuerda que a él también, en alguna ocasión, le pareció ver al tipo de la carpetica. Fue a la entrada de un centro comercial; el hombre, montado en una silla de ruedas, asistido por dos muchachas de no más de veinte años, se le quedó mirando con mucha firmeza. Álvaro, mientras sostenía la mirada, sintió que su cara se encendía. Una suerte de vergüenza parecía instalarse con soltura dentro de sí mismo. Sintió entonces, con una contundencia pasmosa, como si hubiese sido el causante de todo o tal vez fuera él mismo quien conducía la camioneta. Los rasgos de la cara coincidían con los que tenía grabados en su memoria, pero algo en la fisonomía del tipo no le cuadraba del todo. La imagen que desde esa época permanecía enquistada en su cabeza, con una torpe obstinación, era la de alguien de contextura delgada; el hombre que ahora le fruncía el ceño, como decidido a encararlo, era mucho más robusto. Para ese entonces habían transcurrido solo dos años desde aquella noche. Álvaro alcanzó a pensar que, tal vez, el desarrollo muscular se debiera al esfuerzo diario por mover la silla con los brazos; sin embargo, algo en su interior no aceptaba del todo la idea de que en realidad se tratara del mismo tipo que, sin saberlo, había arruinado su futuro con Verónica.

La ruta de bus que le sirve se detiene. Álvaro, luego de echar un vistazo, decide subir; está repleto, pero lleva varios minutos esperando y no es momento de ponerse con remilgos. Como puede se abre paso entre la gente. El bus arranca y Álvaro está a punto de perder el equilibrio; de cualquier manera, prefiere sostenerse balanceando con destreza la fuerza que le imprime a uno y otro pie, antes que aferrarse al tubo metálico que, de seguro, alojará el sudor de muchas manos. Además, piensa, no es tan difícil; está en medio de dos personas que le sirven de columna. El tipo de la silla de ruedas se había alejado sin mayores reparos, como si de un momento a otro hubiese perdido el interés en Álvaro. Aunque alcanzó a considerar la posibilidad de seguirlo, permaneció inmóvil durante un buen rato; la imagen del hombre dando vueltas por el aire, antes de caer desgonzado, parecía haber arruinado alguna conexión dentro de su cabeza y esto le impedía el movimiento. Álvaro parece consentir, pues nada en él permite intuir algún tipo de molestia, el codo que una señora entierra en una de sus costillas; pero está lleno de odio. No solo por el codo que presiona sin clemencia, sino por un evidente enrojecimiento en la nariz de la mujer; está con gripa, se dice, y ahora él también quizá lo esté, pues ella no ha hecho otra cosa que respirar encima de su cara. Le queda claro que un virus podría estar incubándose dentro de su organismo. Entonces traga saliva, alerta a cualquier tipo de sensación extraña; después de repetir el ejercicio un par de veces, comienza a sentir una ligera molestia en la garganta. Pero el recuerdo de Verónica se instala nuevamente en su cabeza y lo distrae de la certeza en la convalecencia que le espera.

Varias veces lo ha atormentado el hecho de pensar qué hubiese sido de su vida si aquella noche no hubiera ocurrido algo tan nefasto. La había conocido varios meses atrás y, con el tiempo, había alimentado la idea de que ella era la mujer que había esperado durante varios años. Al comienzo no había sido más que una tímida amistad; sin embargo, poco a poco, hablar con ella por teléfono se convertía en una necesidad imperiosa. De tal manera que pasaban largas horas conversando antes de acostarse para redondear el día. De vez en cuando se tomaban un café; él, esmerado en detalles, le daba cuenta de lo mal que le iba en la oficina. No con sus jefes, pues siempre sabía cumplir en forma diligente las expectativas de la compañía; pero sí con sus compañeros, quienes, al parecer, no congeniaban con él. En alguna ocasión pudo escuchar en el baño, sentado en la taza del sanitario, que se referían a él como un tipo raro de quien era mejor guardar un poco de distancia. Supo reconocer de inmediato las voces: se trataba de sus compañeros de cubículo; ellos, en cambio, no tuvieron el tino de reparar en que los mocasines uva que asomaban debajo de la puerta eran los suyos. Verónica, por su lado, se limitaba a escucharlo, dejando en evidencia que la vida la había arrojado al mundo con una habilidad asombrosa para comprenderlo todo. De alguna manera ella, también, aunque tal vez sin mucha convicción, lo ponía al tanto de los problemas que tenía con su madre. Fue así como la relación se sostuvo durante varios meses bajo esta dinámica que disfrutaban mucho. En algunas ocasiones, mientras hablaban por teléfono, el tono de voz cambiaba entre los dos; sobre todo al final de la llamada. Entonces Álvaro sentía, con una complacencia infinita, cómo el amor se escondía bajo el susurro de una voz que le llegaba desde el otro lado de la línea. La noche en que el hombre de la camioneta arrolló al tipo de la carpetica esa magia se rompió, como si tuviese la consistencia de una pompa de jabón que alguien acaba de pinchar con el dedo.

Álvaro procura reprimir una mueca cuando descubre, abajo, los pies de una señora que no lleva zapatos cerrados. La mujer lleva unos de tacón con diseño de sandalias. Aunque le fastidia, no puede dejar de mirarlos. Piensa, como lo ha hecho tantas veces, que debería existir una ley que obligara a la gente a mantener los pies siempre cubiertos. Con líneas telefónicas para que ciudadanos como él pudiesen denunciar la descarada exposición de los dedos. Álvaro se agacha un poco para mirar por la ventana hacia la calle. Siente un poco de dolor en la pantorrilla derecha. Tal vez, piensa, el vaivén que lo mantiene en equilibrio sea el que lo produce. Después vuelve sus ojos hacia el piso. Dos dedos de la señora son bastante deformes; el meñique, incluso, se sale en forma insolente de la plataforma, tirado hacia un costado, como en abierta disputa con los otros dedos. Mientras Álvaro observa con detenimiento la disposición de los demás dedos, el pie de la señora comienza a moverse; se está levantando del puesto. Entonces la mira a la cara e intenta una sonrisa que no luzca tan pálida. Después de esto vuelve a tragar saliva, aguzando cuanto puede su sensibilidad; no le queda algún tipo de duda en cuanto a que ha sido contagiado con un virus. Lo sabe porque persiste la ligera molestia que alcanza a percibir cuando la lengua se pega al paladar para darle paso a la saliva. Qué embarrada, se dice; le aterra pensar que esto le impida ir al encuentro de Verónica, en el caso que logre ubicarla. Recuerda que aquella noche, decidido como estaba a declararle su amor, la invitó a tomarse un par de cervezas. Cuando la recogió descubrió de inmediato que parecía haberse arreglado para él; tenía una blusa naranja con un ligero escote y un pantalón ajustado. Algo entre los dos lucía diferente; tal vez Verónica intuía sus intenciones y se abrigaba toda ella bajo un ligero candor. Mientras intercambiaban algunas frases sin mucho sentido, salieron a la calle para buscar un taxi. Ella lo puso al tanto de algunas compras que había hecho durante el día mientras él se limitaba a asentir. Caminaron un par de cuadras de más porque ella afirmó que, sobre la avenida Diecinueve, de seguro, conseguirían algo rápido. Entonces lo tomó del brazo. Él, en un comienzo, lo interpretó como buena señal; después, sintió una suerte de desasosiego cuando asoció esta imagen con la que guardaba en su cabeza de otra noche en que una niña, que le gustaba mucho, se disponía a coronarlo como su mejor amigo. Siguieron caminando en silencio. De vez en cuando la miraba con la única intención de que al leer sus ojos se desvaneciera el equívoco. Ella respondía a su mirada con una sonrisa entre coqueta y solemne; entonces se fue instalando en él la convicción de que lo que flotaba entre los dos anunciaba sin reparos un amor duradero.

La señora de la nariz enrojecida acaba de toser. Aunque en forma instintiva cubrió su boca con la mano, Álvaro siente que un tufillo virulento le alcanzó a llegar hasta el cuello. Tal vez, piensa, la mujer no dispuso la mano en forma correcta y una ligera hendidura entre los dedos haya dejado escapar el pedazo de tos que le llegó. Un escozor incómodo en la piel afectada viene a confirmar su sospecha; entonces mueve la cabeza, fingiendo una molestia muscular. La picazón amenaza con propagarse. Álvaro espera unos segundos; después, voltea a mirar en dirección de la señora. Como la encuentra desprevenida, mirando hacia un costado, aprovecha la oportunidad y se lleva la mano hacia el cuello y lo limpia.

Cuando llegaron a la Diecinueve, Verónica soltó su brazo. Unos metros más allá, también sobre el andén, había un tipo que sostenía una carpeta aprisionándola con su brazo. El hombre parecía intranquilo. Vestía un pantalón de dril y una chaqueta de pana acanalada. Verónica, pues era uno de sus pasatiempos preferidos, no le calculó más de treinta años. Como si alguna extraña razón los convocara a grabar esta escena en la cabeza, se quedaron algunos segundos observando cada uno de sus movimientos. No parecía, como ellos, esperando taxi o bus, pues en vez de mirar en la dirección en que venían los carros, miraba insistente en sentido contrario, como si los observara a ellos. Unos segundos después el tipo bajó del andén en forma apresurada; fue entonces cuando una camioneta que venía a gran velocidad lo levantó por el aire. Lo primero que Álvaro vio fue un zapato que salió disparado y que por poco lo deja sin cabeza. Entonces él, luego de eludir el vuelo del zapato, siguió con sus ojos la trayectoria del hombre, que daba vueltas por el aire como si fuese un muñeco de trapo; entre tanto, el rabillo de su otro ojo veía pasar la camioneta con el parabrisas hecho trizas y un hombre en su interior que gritaba con la mandíbula desencajada.

Esa noche, recuerda Álvaro mientras escucha el timbre de un BlackBerry, tal vez se dilapidó la única posibilidad real que había tenido en terrenos del amor. A partir de ahí algo se fracturó en la relación. Tal vez, piensa, pudo haber sido la cachetada que él le propinó en un momento de desespero; sin embargo, le atribuye también la responsabilidad al vómito de ella. Desde esa noche Álvaro no podía evitar, cuando la recordaba, que volviera a su cabeza la imagen de Verónica expulsando por la boca un líquido de tonalidad amarillenta. Los siguientes días, cuando hablaban por teléfono, solo atinaban a repasar lo sucedido. Verónica refería, en cada ocasión, detalles que habían pasado desapercibidos para él, como que el tipo usaba gomina en su peinado, por ejemplo. De tal manera que la amistad entre los dos, lejos de avanzar en cualquier otra dirección, se redujo a un mero recuento telefónico de lo sucedido aquella noche; de vez en cuando ensayaban abordar algún tema diferente, pero siempre, al final, desembocaban en lo mismo. Entonces especulaban sobre la suerte del tipo. Álvaro creía que había muerto camino al hospital. Verónica se inclinaba por pensar en una incapacidad permanente.

Con el tiempo, recuerda Álvaro, las llamadas se hicieron menos frecuentes; pero, de cualquier manera, cuando hablaban se erigía entre los dos un afecto que él jamás había experimentado con nadie. Evocar con ella lo que había ocurrido aquella noche comenzaba a tornarse en una suerte de morbo. Aunque en la soledad de su apartamento también aparecían imágenes en forma intempestiva, como si se tratara de la proyección desordenada de una serie de diapositivas, hacerlo con ella le ofrecía un ingrediente adicional que no podía dejar de valorar. Con Verónica el recuerdo era mucho más preciso. De tal manera que rememorar lo sucedido vino no solo a sostener la relación de ahí en adelante, sino a nutrirla para que se afianzara entre los dos una sólida aunque distante amistad. Era Álvaro quien solía tomar la iniciativa de llamar, por lo general un par de meses después de la última llamada; aunque Verónica, por su parte, a veces lo sorprendía con una rápida llamada en un fin de semana para darle detalles de una receta que le había salido deliciosa. De alguna manera ambos, sin que fuera necesario hacerlo explícito, sabían que los dos encarnaban la suerte del camino no tomado; para ambos era importante estar al tanto de cómo era la vida del otro sin el otro. Fue así como él se enteró de su grado de maestría. De su ingreso a una compañía farmacéutica. De su cirugía de nariz. La vida suya, en cambio, era bastante plana; pero aun así a Verónica todo en él le parecía súper emocionante. El más mínimo relato de un altercado laboral, del que él salía bien librado, producía fascinación en ella. Algunas noches Álvaro, mientras se aferraba a su almohada para atenuar el frío, se atormentaba pensando en la manera de darle un giro a la relación para que todo retomara el cauce que tenía aquella noche; sin embargo, nunca encontró las palabras precisas ni mucho menos intuyó cuál era la mejor forma de hacerlo. La suerte estaba echada y no había forma ya de desandar los pasos. Mucho menos cuando se enteró, en una de las llamadas de rutina, de que Verónica se casaba con Santiago, uno de sus novios de los tiempos de universidad. A pesar de todo no guardaba ningún tipo de rencor hacia el hombre de la carpetica; cómo, si tal vez él habría pagado ya con su vida el desatino de morir en forma inoportuna.

Álvaro, un poco agitado, comprueba que solo le faltan dos cuadras para llegar hasta el edificio donde queda su oficina. Se le antoja que lo primero que hará es escribirle a Verónica otro correo. Necesita contarle lo que descubrió relacionado con el incidente aquella noche; no entiende cómo algo así pudo pasar desapercibido para ambos durante tantos años. Ahora no tiene ninguna duda. Todo se le aclaró a raíz del comentario desprevenido de uno de sus compañeros, a quien él refirió lo sucedido. Pero Verónica no aparece y esto lo perturba. Piensa que, tal vez, se haya molestado por el hecho de que, en la última conversación, cuando ella le contó que no era feliz con Santiago, se habría quedado esperando mayor atención de su parte, a lo que él respondió con un silencio de ocho meses.

El edificio está próximo. Álvaro descubre cerca de la entrada a un par de tipos que no le caen bien; después de mirar hacia atrás como buscando algo, aminora el paso para darles tiempo a que ingresen primero. No quiere saludarlos. Álvaro descubre que uno de ellos tiene un cigarrillo entre los dedos y una ligera estela de humo a su alrededor. El encuentro es inevitable. Miguel, Leonardo, buenos días, dice Álvaro sonriendo e inclinando un poco la cabeza. Miguel, pues en ese momento se aplicaba en el ritual de levantar su cabeza y expulsar el humo, le devuelve el saludo levantando un poco la mano. Leonardo se limita a sonreír. Parece que ahora sí la guerrilla se repliega, continúa Álvaro; entonces les pregunta si vieron la última emisión del noticiero. Como ninguno da muestras de interesarse en el asunto, se toma el trabajo de referir para ellos los últimos acontecimientos. Ambos lo miran fijamente, asintiendo de vez en cuando, un poco turbados; pero no es turbación sino vivo interés lo que Álvaro lee en esas caras. Unos segundos después, se despide y camina en dirección de los ascensores. Hay dos personas esperando. Al cabo de unos segundos ingresan los tres. Cuando la puerta está a punto de cerrarse por completo, se abre de nuevo; una de las secretarias, con dos paquetes en la mano, entra en forma apresurada. Álvaro no entiende por qué la gente hace eso. Son seis ascensores, se dice, nada le cuesta esperar otro; entonces imagina un sofisticado mecanismo que cargara de electricidad el botón de llamar el ascensor cuando la puerta esté a punto de cerrarse. Imagina a la señora recibiendo una ligera descarga que le sacude el brazo; le parece ver, en cámara lenta, cómo su cara se tensa en una mueca mientras los paquetes caen al piso. Esa misma cara, que Álvaro observa tensa de dolor en su cabeza, lo mira sonriente en espera de un saludo; entonces Álvaro estira los brazos y le toma la mano con bastante afecto.

El computador tarda un poco en cargar; entre tanto, Álvaro comienza a construir en su cabeza el texto del correo que le enviará a Verónica en caso de no tener ya una respuesta de su parte. No sabe bien si, tal vez, sea buena idea darle algún detalle de lo que descubrió; el resto podría decírselo cuando se vieran. Al final decide no hacerlo; le interesa, más que todo, ver su reacción. Le explicará que, de cualquier manera, en un principio no lo convenció mucho esa teoría. Álvaro comienza a revisar su bandeja de entrada; hay varios correos de su jefe pidiendo, como siempre, un reporte requerido con urgencia. La vida de todos en el edificio, al parecer, depende de que él envíe el reporte en momentos en que lo tienen sin cuidado los reportes. Sus ojos brincan de un lado para otro buscando algo de Verónica. Un rápido repaso le indica que no hay nada. Entonces se decide a redactar el correo. Se queda pensativo frente a la plantilla del email en blanco. Unos segundos después, minimiza la ventana. Su mano comienza a moverse ágil sobre el mouse. Abre y cierra carpetas. Luego abre un Excel que tiene muchas tablitas atiborradas de datos. Edita algunas celdas. Borra algunas cifras e inserta algunas más. Sus ojos someten el archivo a un riguroso escudriño. Después, resalta los títulos de las tablas y los decora con un ligero sombreado. Entonces manda el archivo.

Álvaro frota sus manos con mucha convicción y se pone de nuevo frente al correo en blanco de Verónica; sin embargo, la imagen de Miguel mirando hacia arriba y expulsando volutas de humo le viene a la cabeza. Sonríe. No entiende por qué los fumadores acuden a ese gesto en forma tan solemne; de alguna manera, piensa, se sienten ungidos con un don que al resto de los mortales se les escapa. El de echar a perder los pulmones con estilo. Mientras busca las palabras que mejor calzan para describir el “Asunto” del correo, su Outlook emite un silbido corto y fino; entonces minimiza la ventana y vuelve a su bandeja de entrada. Hay un correo de Verónica. Álvaro, bastante excitado, comienza a leer. Sus pupilas se mueven de un lado para otro. Después se detienen. Todo él parece ahora un muñeco inanimado que alguien sentó frente a la pantalla de un computador. Verónica le dice en el correo que se va del país al día siguiente; a Barcelona, donde hay todo para Santiago y nada para ella. Afirma que, espera, nada cambie entre los dos. Le pide que sigan en contacto. Al final le dice que quiere verlo, le interesa saber si puede caerle al apartamento por la noche. Luego de un besos y abrazos le pregunta, en una posdata, por qué nunca hicieron una simple llamada a la policía para preguntar a dónde habían llevado al tipo de la carpetica aquella noche; ellos, de seguro, algo les habrían dicho.

Álvaro, durante el día, no ha logrado concentrarse; en un par de ocasiones su jefe lo llamó a su oficina para explicarle algunos de los proyectos para el próximo año en los que su participación sería fundamental. Pero lo fundamental, que ocurriría muy pronto, estaba ya instalado cómodamente dentro de su cabeza; de cualquier manera se limitó a asentir fingiendo entusiasmo. El resto del día ha sido contestar correos. Imaginar, cientos de veces, diversos desenlaces para su última noche con Verónica. Asistir a reuniones en las que poco le importa debatir ni poner sobre la mesa asuntos de vital importancia. Contestar llamadas telefónicas. Quejarse por un incipiente ardor en el estómago que le produjo el no haber comido las tostadas con mantequilla. En momentos en que la ansiedad lo intimida, se pone de pie para hacer una pequeña ronda por los cubículos vecinos; se aplica con gusto a su postura amable y se entrega sin vacilaciones de ningún tipo al artificio de su sonrisa siempre válida. Por momentos se acerca a quienes siempre han demostrado más reservas hacia él; entonces los satura con datos utilísimos que ha ido guardando dentro de su cabeza a lo largo de los años. O emite opiniones que puedan resultar polémicas. Como nadie ha dado muestras de embarcarse en algún tipo de confrontación con él, vuelve a su puesto y lee de nuevo el correo de Verónica; tal vez, piensa, una nueva lectura revele para él algún aspecto que haya pasado inadvertido. Pero las letras siguen ahí, recias, inamovibles, incapaces de desvelar alguna intención que Álvaro intuía cifrada.

A la hora del almuerzo, pese a que nadie ha tenido la delicadeza de invitarlo, se le antoja que hacerlo solo es lo mejor que puede haberle ocurrido; quiere pensar en ella, sin distraerse escuchando conversaciones absurdas o viéndose obligado a aclarar imprecisiones en las que alguien pueda caer por aventurar hipótesis en temas que claramente no domina. Además, almorzar en grupo lo estresa; siempre debe estar pendiente de que no vayan a parar a su plato trocitos de comida que salgan disparados de la boca de alguien. Es por eso que ahora, mientras trata de reconstruir en su mente la última conversación que tuvo con Verónica, come con la cabeza gacha, aplicado en su plato por completo; no quiere que alguien se acerque a él con intención de compartir la mesa. Ella le había dicho, casi a punto de llorar, que no era feliz con Santiago; sentía que la vida de él giraba en torno a todo menos a ella. Todo la sobrepasaba: la oficina, en la cual él parecía ser sumamente feliz; los fines de semana, haciendo zapping en el televisor por todos los canales de deportes; las noches de póker, en las que ella se hacía un ocho la cabeza pensando que no eran cartas sino tetas lo que tendría entre sus manos. Además, no la escuchaba; lo tenía sin cuidado lo bien o mal que ella pudiera llegar a sentirse. Eso es todo lo que recuerda Álvaro en relación con su infelicidad. Después, y fue ahí cuando el ánimo de Verónica dio muestras de recuperarse, ella le contó que estuvo a punto de perder la carpetica del tipo; Santiago, presa de un repentino arrebato, había organizado el estudio. Fue entonces cuando Verónica descubrió que la carpeta ya no estaba ahí, donde siempre la había mantenido; luego sintió cómo un fervor inusitado, parecido al de Santiago, la arrojaba a buscar por todos lados. Al final, cuando había perdido la esperanza, la encontró en el cuarto de la empleada del servicio, dentro de una caneca donde se guardaban todo tipo de chécheres. La felicidad la desalentó de tratar de averiguar qué pudo haber pasado. Desde ese momento, según le dijo, la guarda dentro de su tocador. Un trozo de yuca mal cocido, que baja lentamente por la garganta de Álvaro, lo vuelve a la realidad. Entonces se aferra a los brazos de la silla con las manos, lleno de pavor de que pueda detenerse en mitad del recorrido y acabe con su vida. Unos segundos después comprueba satisfecho que ha abandonado ya la zona de peligro. El trozo de yuca vino a recordarle la incomodidad en la garganta, que ahora él parece percibir con mucha más intensidad en la laringe. Toma el resto de jugo, mientras con una mano hace señas a la mesera para que le traigan la cuenta.

Al final del día, luego de una tarde interminable en la que Álvaro saturó su cabeza con miles de posibilidades que podían tener cabida durante la noche, sale de la oficina. Encontrar un taxi le resulta fácil. Le pide al conductor que lo deje a unas cuantas cuadras del apartamento. Compra un vino, unas galletas y una tabla de quesos; también, lleva una pequeña cajetilla que podría ser de mucha utilidad. Cuando llega al apartamento revisa todo muy bien; no quiere que algo dé apariencia de desorden. Limpia muy bien el mesón de la cocina. Prepara la mesa. Alista las copas de vino y se sienta a esperar. No deja de pensar en la reacción de Verónica cuando él le cuente aquello tan terrible que podría haber descubierto; sin embargo, piensa, de ser así sería como una especie de compensación de la vida. Tal vez ellos, sin siquiera intuir lo que estaba por venir aquella noche, o tal vez intuyéndolo de manera inconsciente, dejaron regir sus movimientos como si fuesen marionetas. Fue así como afectaron la vida del tipo de la carpetica en la misma dimensión en que él se disponía a hacerlo. Álvaro recuerda al tipo de la silla de ruedas a la entrada del centro comercial; entonces sonríe y parece sostenerle ahora sí la mirada sin ningún tipo de pudor; tal vez estemos a mano, se dice, definiendo en su cara un gesto vago. Después piensa en Verónica y trata de imaginar su figura en el instante en que él abra la puerta. La invitará a seguir. La sorprenderá con el vino y los quesos; después, se sentará a la mesa para escuchar todos sus descargos. Ella resumirá para él lo que ha sido su vida al lado de Santiago. Le hablará de los sueños de él en Barcelona y de los suyos hechos trizas. Piensa que, si así el destino lo depara y el valor resulta suficiente, le pedirá que no se vaya, tratará de explicarle que ese viaje es mucho más que un absurdo; le pintará maravillas sobre sus posibilidades juntos. Entre los dos pueden enderezar el camino que se torció hace ya casi nueve años.

De un momento a otro Álvaro comienza a experimentar una suerte de fatiga en los ojos. Entonces los restriega con los nudillos de la mano izquierda; después, sin siquiera saber en qué momento el sueño lo vence, comienza a soñar que está en una isla con Verónica. Están sentados en la playa. Cae la tarde. Se ríen. Ella juega haciéndole cosquillas en las pantorrillas con sus pies. De vez en cuando la besa. Al fondo pueden ver cómo se les aproxima en forma de olas, con una persistencia tenaz, pedazos de mar, caracoles y conchitas. Se quedan mirando mientras ella le toma la mano apretándola muy fuerte, como si de esa sujeción dependiera su vida; él, entre tanto, voltea la mirada hacia lo alto de una torre desde donde parece llegarles atenuado un sonido de corneta que les anuncia la hora de la cena. Aquí estamos bien, le dice Verónica; entonces él recuesta la cabeza en su hombro. Después ella se pone de pie y le pide que la acompañe hasta la orilla. Luego caminan juntos mar adentro, haciendo oídos sordos al rumor de la corneta que no parece rendirse en su intento de convocarlos a la mesa. Ella comienza a nadar mientras él le sostiene el vientre con la mano. Después ella, desleal, patea el agua con mucho frenesí para mojarle la cabeza. Él la suelta y se sumerge por completo. Verónica lo hace también y bajo el agua se miran a la cara.

Un dolor de cuello, que parece irradiarse hacia la espalda, comienza a deshilvanar las imágenes del sueño. Unos segundos después se despierta por completo. Mira su reloj. Son las doce de la noche. Se para de un brinco. En menos de cuatro zancadas está en la cocina. Toma el citófono. Pregunta si alguien ha venido a buscarlo. El portero le dice que una señorita llamada Verónica González estuvo buscándolo; le dice que él insistió varias veces pero que nadie atendió el citófono. Álvaro saca del bolsillo de su pantalón el celular. Tiene seis llamadas perdidas. Un iconito en la pantalla le indica que el celular estaba en silencio. Un poco temeroso, llama a Verónica; la voz de ella lo sobresalta, es una grabación que dice que puede dejar un mensaje. Al fondo, en el comedor, aún están la botella de vino y la tabla de quesos. Álvaro se acerca. Entonces lleva la mano al bolsillo de su chaqueta y saca la cajetilla con los chicles que compró para después de la velada. Los deja sobre la mesa. Unos segundos después camina hasta su habitación y se deja caer de bruces en la cama. Luego se acomoda de lado encogiendo sus rodillas y se aferra a una almohada. De afuera le llega ruido de carros que atraviesan la autopista. Le parece verla frente a él, los dos sobre la cama. Se arroja con voracidad al recuerdo de aquella otra noche fallida con Verónica. Le parece estar con ella junto a la avenida Diecinueve mientras un hombre los mira con extraña insistencia. Álvaro, entre susurros, le cuenta ahora que el tipo de la carpetica se vio obligado a bajarse del andén porque ellos le obstruían la visión; al parecer él quería ver algo que estaba atrás y la ubicación de ellos se lo impedía. Entonces Verónica le pone un dedo sobre los labios y le dice que no importa. Así están bien. Álvaro la mira con una complacencia infinita y le toma la mano. Luego cierra los ojos. Y así, bajo el abrigo de la almohada, sin atreverse a besarla o siquiera tocarla, pasa la noche con ella como tantas veces lo ha hecho, haciéndole el amor a su manera, entregado a una ingenua aunque genuina forma de felicidad.

Andrés Mauricio Muñoz (foto)

 

‘El boxeador polaco’ de Eduardo Halfon

Eduardo-Halfon69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.

Eduardo Halfon (foto)

 

‘La forma de las cosas’ de Truman Capote

capoteUna mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un infante de marina de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:

-Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo… o algo así. Debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, ¡se lo juro!

La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la mujer carraspease.

-Sí, en serio -dijo-. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?

-De las oficinas de reclutamiento -dijo la chica, y se rió como una tonta.

Su marido se ruborizó, disculpándose.

-¿Va hasta final de trayecto, señora?

-Se supone, pero este tren es lento como… como…

-¡Una tortuga! -exclamó la chica, y añadió, sin resuello-: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas montañas -y volviéndose hacia su marido-: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?

Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de las colinas se mezclaban y devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.

-Debe de ser Virginia -conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del infante de marina, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.

La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.

Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:

-Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de crema.

La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.

-¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?

Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado. La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.

-Oh, Dios mío -exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El infante de marina miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.

-Toma, chico -dijo-. Mejor que fumes uno.

-Por favor, gracias… muy amable -murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos.

Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales.

La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que el cabo trataba de encender el cigarrillo.

-Déjeme -se ofreció ella.

La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.

-Estoy tan avergonzado… Perdóneme, por favor.

-Oh, lo comprendemos -dijo la mujer-. Lo comprendemos perfectamente.

-¿Le ha dolido? -preguntó la chica.

-No, no duele.

-Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego. ¿No es como una especie de hipo?

Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.

El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:

-Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: “Estás bien, soldado”. Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.

Se frotó un ojo.

-Lo siento -dijo.

El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.

-No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!

Confundida por el sofocón, la mujer se volvió hacia la ventanilla y vio su cara reflejada en ella. Estaba serena y le sorprendió, porque sentía una irrealidad vertiginosa, como si se columpiase entre dos puntos de sueño. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del soldado desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le estaba enfriando la comida.

Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.

Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.

-Oye, chico, más vale que te vea un médico -sugirió el infante de marina.

La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo.

-¿Puedo hacer algo? -dijo.

-Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos… se me pasa si miro a los ojos de alguien.

Ella inclinó la cara hacia él.

-Así -dijo él, y se calmó al instante-, así, ya. Es usted un encanto.

-¿Dónde fue? -dijo ella.

Él frunció el ceño y dijo:

-Hubo cantidad de sitios… son mis nervios. Están destrozados.

-¿Y adónde va ahora?

-A Virginia.

-Allí está su casa, ¿no?

-Sí, allí está.

La mujer sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del cabo.

-Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.

-Usted sí que sabe -susurró él-. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia y casi he llegado a casa.

La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.

-¿O sea que piensa que eso es todo? -dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento-. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como esta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez…

Se detuvo y arqueó las cejas.

La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.

-¿Me deja pasar, por favor? -dijo.

El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.

-Cómase eso, maldita sea -dijo-. ¡Tiene que comérselo!

Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.

La mujer pagó el café.

Truman Capote (foto)

‘Emigrantes’ de Serguéi Dovlátov

sergei dovlatovEl sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

-¡Te voy a masacrar! -gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)

Lo voy a masacrar, no te -lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:

-Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.

Y desde entonces eran inseparables.

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.

-¿Dónde estamos? -preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.

-En Nueva Holanda -le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.

-¡Vaya vaya! -pronunció Shapovalov- ¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!

-¡Qué desgracia -repuso Chikvaidze- perdernos en un país desconocido!

-Lo importante -dijo Shapovalov- es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos… ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.

-Yo quiero irme a mi casa -declaró Chikvaidze- ¡no puedo vivir fuera de Georgia!

-Pero si nunca has estado en Georgia.

-Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.

-¡Mira! -gritó Chikvaidze- ¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.

-Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto -dijo Chikvaidze.

-Sí, a donde ayudan a los más pobres -repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.

-A mí me desagrada la costa turca -concluyó Chikvaidze sincerándose.

-Y yo no tengo a nadie en África -convino Shapovalov.

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.

-¡Mira qué prosperidad! -exclamó inesperadamente Shapovalov.

-No viven nada mal -convino Chikvaidze.

-¡Y cómo visten!

-¡Pues claro, es occidente!

-¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!

-¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo una pausa; Shapovalov la interrumpió.

-Dátiko, debo decirte algo.

-Yo también.

-¿No me vas a despreciar?

-No, ¿y tú?

-Creo que tampoco… pues, ¿cómo decirlo? Pidamos asilo… es que, además, los comercios privados…

-¡Y los restaurantes abiertos de noche!

-¡Es la ley de la selva!

-¡El triunfo de la banalidad!

-¡Las películas de vaqueros!

-¡La decadencia ética y moral! -dijo Chikvaidze entornando los ojos.

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

Serguéi Dovlátov (foto)

 

‘Au Sable’ de Joyce Carol Oates

150196359JS143_Edinburgh_InAgosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto.

El segundo tono discordante. La voz.

—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.

La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su “enfermedad crónica”, enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en “una cámara frigorífica” para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno.

Aquella noche, sin embargo, Otto no estaba enfadado.

Con una voz agradablemente cordial aunque algo forzada, preguntó a Mitchell por su trabajo como arquitecto de espacios comerciales; y por Lizbeth, la única hija de los Behn; y por sus preciosos hijos ya mayores y emancipados, los nietos a quienes Otto adoraba de pequeños, y siguió así durante un rato hasta que por fin Mitchell dijo nervioso:

-Mmm, Otto… Lizbeth ha ido al centro comercial. Volverá a eso de las siete. ¿Le digo que te llame?

Otto soltó una carcajada. Podías imaginarte la saliva brillándole en los labios gruesos y carnosos.

-No quieres hablar con el viejo, ¿eh?

Mitchell también intentó reír.

-Otto, hemos estado hablando.

Otto respondió con más seriedad.

-Mitch, amigo mío, me alegro de que hayas contestado tú en lugar de Bethie. No tengo mucho tiempo para hablar y creo que prefiero hacerlo contigo.

-¿Sí? -Mitchell sintió cierto temor. Nunca, en los treinta años que hacía que se conocían, Otto Behn le había llamado “amigo”. Teresa debía de haber empeorado otra vez. ¿Quizá se estuviera muriendo? A Otto le habían diagnosticado Parkinson tres años antes. Aún no era un caso grave. ¿O quizá sí?

Sintiéndose culpable, Mitchell se dio cuenta de que Lizbeth y él no habían visitado a la pareja de ancianos en casi un año, aunque vivían a menos de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Lizbeth cumplía con sus llamadas telefónicas los domingos por la noche, y esperaba (normalmente en vano) hablar primero con su madre, cuyos modales al teléfono eran débilmente alegres y optimistas. Sin embargo, la última vez que los visitaron les sorprendió el deterioro de Teresa. La pobre se había sometido a meses de quimioterapia y se hallaba en los huesos, su piel como la cera. No mucho antes, con sesenta y tantos, estaba llena de vitalidad, rolliza, robusta como una roca. Y después estaba Otto, rondando con los temblores de las manos que parecía exagerar para tener un aspecto más cómico, quejándose sin cesar de los doctores, de los seguros médicos y de los ovnis “en contubernio”, qué visita más tensa y agotadora. De camino a casa, Lizbeth había recitado unos versos de un poema de Emily Dickinson: “Oh Life, begun in fluent Blood, and consumated dull!”.

“Dios mío -había exclamado Mitchell, temblando, con la boca seca-. De eso se trata, ¿verdad?”.

Ahora, diez meses más tarde, Otto estaba al teléfono hablando como si nada, como si conversara de la venta de unas propiedades, de “cierta decisión” que habían tomado Teresa y él. Los “glóbulos blancos” de Teresa, las “malditas noticias” que él había recibido y de las que no iba a hablar. “El tema se ha cerrado definitivamente”, dijo. Mitchell, que intentaba entender todo aquello, se apoyó en la pared, repentinamente débil. Está ocurriendo con demasiada rapidez. ¿Qué demonios es esto? Otto comentaba en voz baja:

-Decidimos no decíroslo, en julio volvieron a ingresar a su madre en Mount Sinai. La enviaron a casa y tomamos nuestra decisión. No te lo digo para que hablemos del tema, Mitch, ¿me entiendes? Es sólo para informaros. Y para pediros que cumpláis nuestros deseos.

-¿Vuestros deseos?

-Hemos estado mirando los álbumes, fotos viejas y demás, y disfrutando de lo lindo. Cosas que hacía cuarenta años que no veía. Teresa no para de exclamar: “¡Vaya! ¿Hicimos todo eso? ¿Vivimos todo eso?”. Es algo extraño y humillante, en cierto modo, darse cuenta de que hemos sido condenadamente felices, incluso cuando no lo sabíamos. Debo confesar que no tenía ni idea. Tantos años, echando la vista atrás, Teresa y yo llevamos sesenta y dos años juntos; se diría que podría ser muy deprimente pero en realidad, bien mirado, no lo es. Teresa dice: “Hemos vivido unas tres vidas, ¿verdad?”.

-Perdón -interrumpió Mitchell con el clamor de la sangre en los oídos-, ¿cuál es esa “decisión” que habéis tomado?

Otto respondió:

-Exacto. Os pido que respetéis nuestros deseos al respecto, Mitch. Creo que lo entiendes.

.Yo… ¿qué?

-No estaba seguro de si debía hablar con Lizbeth. De su reacción. Ya sabes, cuando vuestros hijos se marcharon de casa para ir a la universidad -Otto calló momentáneamente. Con tacto. El caballero de siempre. Nunca criticaría a Lizbeth delante de Mitchell, aunque con Lizbeth podía ser directo e hiriente, o lo había sido en el pasado. Ahora dijo dubitativo-: Puede ponerse, bueno… sentimental.

Mitchell tuvo un presentimiento y preguntó a Otto dónde estaba.

-¿Dónde?

-¿Estáis en Forest Hills?

Otto guardó silencio durante un segundo.

-No.

-Entonces, ¿dónde estáis?

Respondió con un punto de desafío en su voz:

-En la cabaña.

-¿En la cabaña? ¿En Au Sable?

-Eso es. En Au Sable.

Otto dejó que lo asimilara.

Pronunciaron el nombre de forma distinta. Mitchell, O Sable, tres sílabas; Otto, Oz’ble, con una sílaba elidida, como lo pronunciaba la gente de la zona.

Con ello se refería a la propiedad de los Behn en las montañas Adirondack. A cientos de kilómetros de distancia. Un viaje en coche de siete horas, la última por estrechas carreteras de montaña plagadas de curvas y en su mayor parte sin asfaltar al norte de Au Sable Forks. Por lo que Mitchell sabía, hacía años que los Behn no pasaban tiempo allí. Si lo hubiera pensado con detenimiento -y no lo hizo, ya que los asuntos correspondientes a los padres de Lizbeth quedaban a consideración de ésta- Mitchell habría aconsejado a los Behn que vendieran la propiedad, que en realidad no era una cabaña sino más bien una casa de seis habitaciones construida con leños talados a mano, no acondicionada para el invierno, en una extensión de unas cinco hectáreas de un hermoso campo solitario al sur del monte Moriah. A Mitchell no le gustaría que Lizbeth heredara esa propiedad, ya que no se sentirían cómodos vendiendo algo que en otro tiempo había significado tanto para Teresa y Otto; además, Au Sable estaba demasiado apartado para ellos, resultaba poco práctico. Hay gente que no tarda en inquietarse cuando se aleja de lo que llaman la civilización: el asfalto, los periódicos, las bodegas, campos de tenis decentes, los amigos y al menos la posibilidad de disfrutar de buenos restaurantes. En Au Sable, tenías que conducir durante una hora para llegar, ¿adónde?, Au Sable Forks. Por supuesto hace años, cuando los niños eran pequeños, iban todos los veranos a visitar a los padres de Lizbeth y sí, era cierto: las Adirondack eran hermosas, y paseando a primera hora de la mañana podía verse el monte Moriah como un sueño mastodóntico que sorprendía por su cercanía, y el aire dolorosamente frío y puro te atravesaba los pulmones, e incluso los cantos de los pájaros resultaban más agudos y claros de lo que era habitual oír y existía la convicción, o quizá el deseo, de que las revelaciones físicas de ese tipo constituían un estado espiritual, y sin embargo, Lizbeth y Mitchell se sentían ambos impacientes por marcharse después de pasar unos días allí. Se aficionaban a las siestas en su habitación del segundo piso con celosías en las ventanas, rodeados de pinos como una embarcación a flote en un mar teñido de verde. Hacían el amor con ternura y mantenían conversaciones soñadoras sin rumbo fijo que no tenían en ningún otro lugar. Y sin embargo, después de unos días estaban ansiosos por irse.

Mitchell tragó saliva. No tenía costumbre de interrogar a su suegro y se sentía como si fuera uno de los alumnos de secundaria de Otto Behn, intimidado por el hombre al que admiraba.

-Otto, espera, ¿por qué estáis Teresa y tú en Au Sable?

Él respondió con cuidado:

-Estamos intentando solucionar nuestra situación. Hemos tomado una decisión y así… -Otto hizo una discreta pausa-. Así os informamos.

Por mucho que Otto hablase con tanta lógica, Mitchell se sintió como si le hubiera dado una patada en el estómago. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba oyendo? Esta llamada no es para mí. Se trata de un error. Otto decía que llevaban al menos tres años planeando aquello, desde que le diagnosticaron a él la enfermedad. Habían estado “haciendo acopio” de lo necesario. Barbitúricos potentes y fiables. Nada apresurado, nada dejado al azar, y nada que lamentar.

-¿Sabes? -exclamó Otto calurosamente-, soy un hombre que planea por adelantado.

Aquello era cierto. Había que reconocerlo.

Mitchell se preguntó cuánto había acumulado Otto. Inversiones en los ochenta, propiedades en alquiler en Long Island. Notó una sensación de desazón, de repugnancia. Nos dejarán la mayor parte. ¿A quién si no? Podía imaginar la sonrisa de Teresa mientras planeaba sus abundantes cenas de Navidad, sus colosales despliegues para Acción de Gracias, la presentación de los regalos magníficamente envueltos para sus nietos. Otto dijo: “Prométemelo, Mitchell. Tengo que confiar en ti”, y Mitchell repuso: “Mira, Otto -con evasivas, aturdido-, ¿tenemos vuestro número de teléfono allí?”, y Otto respondió: “Contéstame, por favor”, y Mitchell se oyó contestar sin saber lo que estaba diciendo: “¡Claro que puedes confiar en mí, Otto! Pero ¿tenéis el teléfono conectado?”, y Otto, disgustado, replicó: “No. Nunca hemos tenido teléfono en la cabaña”, y Mitchell dijo, ya que aquello había sido motivo de disgusto entre ellos tiempo atrás: “Está claro que necesitáis un teléfono en la cabaña, ése es precisamente el lugar en el que necesitáis un teléfono”, y Otto farfulló algo inaudible, el equivalente verbal a encogerse de hombros, y Mitchell pensó, Me está llamando desde una cabina en Au Sable Forks, está a punto de colgar. Dijo apresuradamente: “Oye, mira: vamos a ir a visitaros. Teresa… ¿está bien?”. Otto contestó pensativo: “Teresa está bien. Se encuentra bien. Y no queremos visitas -y añadió-: Está descansando, duerme en el porche y está bien. Au Sable fue idea de ella, siempre le ha encantado”. Mitchell tanteó: “Pero estáis tan lejos”. Otto respondió: “De eso se trata, Mitchell”. Va a colgar. No puede colgar. Intentó evitarlo preguntando cuánto tiempo llevaban allí, y Otto dijo: “Desde el domingo. Hicimos el viaje en dos días. Estamos bien. Todavía puedo conducir”. Otto soltó una carcajada; era su antiguo enfado, su rabia. Casi perdió su carné de conducir hace unos años y de algún modo, gracias a la intervención de un médico amigo suyo, había conseguido conservarlo, lo que no fue una buena idea, podría haber sido un error garrafal, pero no puedes decírselo a Otto Behn, no puedes decirle a un anciano que va a tener que renunciar a su coche, a su libertad, simplemente no puedes. Mitchell estaba diciendo que irían a visitarlos, que saldrían de madrugada al día siguiente, y Otto se mostró tajante al rechazar la idea: “Hemos tomado una decisión y no hay discusión posible. Me alegro de haber hablado contigo. Puedo imaginarme cómo habría sido la conversación con Lizbeth. Prepárala tú como creas conveniente, ¿de acuerdo?”, y Mitch respondió: “Está bien. Pero, Otto, no hagas nada -tenía la respiración acelerada, se sentía confuso y no sabía lo que decía, sudaba, la sensación de algo frío, derretido, que le caía encima, demasiado rápido-. ¿Volverás a llamar? ¿Dejarás un teléfono para que te llamemos? Lizbeth regresará a casa en media hora”, y Otto respondió: “Teresa prefiere escribiros a Lizbeth y a ti. Es su estilo. Ya no le gusta el teléfono”, y Mitch contestó: “Pero al menos habla con Lizbeth, Otto. Quiero decir que puedes hablar de cualquier cosa, ya sabes, de cualquier tema”, y Otto repuso: “Te he pedido que respetéis nuestros deseos, Mitchell. Me has dado tu palabra”, y Mitchell pensó, ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Qué palabra he dado? ¿Qué es esto? Otto decía: “Lo hemos dejado todo en orden, en casa. Sobre la mesa de mi despacho. El testamento, las pólizas de seguros, los archivos de nuestras inversiones, las libretas del banco, las llaves. Teresa tuvo que darme la lata para que actualizase nuestros testamentos, pero lo hice y me alegro infinitamente. Hasta que no haces testamento definitivo, no te enfrentas de una vez por todas a la realidad. Estás en un mundo de ensueño. Pasados los ochenta, te encuentras en un mundo de ensueño y debes tomar las riendas de ese sueño”. Mitchell le escuchaba, pero perdió el hilo. Se le amontonaban los pensamientos como una ráfaga en su mente, como si estuviese jugando una partida en la que las cartas se repartieran a lo loco.

-Otto, ¡claro! Sí, pero quizá deberíamos hablar algo más sobre esto. ¡Tus consejos pueden ser valiosísimos! Por qué no esperas un poco y… Iremos a veros, saldremos mañana de madrugada, o de hecho podríamos salir esta noche.

Le interrumpió, si no lo conociera habría dicho que de forma grosera:

-Eh, ¡buenas noches! Esta llamada me está costando una fortuna. Hijos, os queremos.

Otto colgó el teléfono.

Cuando Lizbeth llegó a casa, había cierto tono discordante: Mitchell en la terraza de atrás, en la oscuridad; solo, allí sentado, con una bebida en la mano.

-Cariño, ¿qué pasa?

-Te estaba esperando.

Mitchell nunca se sentaba así, nunca esperaba así, su mente estaba siempre trabajando, aquello resultaba extraño, pero Lizbeth se le acercó y le dio un beso leve en la mejilla. Olía a vino. Piel caliente, cabellos húmedos. Lo que se diría un sudor pegajoso. Tenía la camiseta empapada. De manera coqueta, Lizbeth dijo al tiempo que señalaba la copa que Mitchell tenía en la mano:

-Has empezado sin mí. ¿No es temprano?

También era extraño que Mitchell hubiese abierto aquella botella de vino en particular: un regalo de algún amigo, de hecho puede que fuera de los padres de Lizbeth; de años antes, cuando Mitchell se tomaba el vino más en serio y no se había visto obligado a reducir las copas. Lizbeth preguntó dubitativa:

-¿Alguna llamada?

-No.

-¿Ninguna?

-Ni una sola.

Mitchell sintió el alivio de Lizbeth; sabía cómo aguardaba las llamadas de Forest Hills. Aunque por supuesto su padre no llamaría hasta las once de la noche, cuando comenzaba la tarifa reducida.

-En realidad, ha sido un día muy tranquilo -dijo Mitchell-. Parece que no hay nadie más que nosotros.

La casa de estuco y cristal de dos niveles, diseñada por Mitchell, se hallaba rodeada de frondosos abedules, encinas y robles. Una casa que había sido creada, no descubierta; la moldearon a su gusto. Llevaban viviendo allí veintisiete años. Durante su prolongado matrimonio, Mitchell había sido infiel a Lizbeth una o dos veces, y es posible que Lizbeth también le hubiera sido infiel, quizá no sexualmente pero sí en la intensidad de sus emociones. Pese a todo, el tiempo había transcurrido y continuaba haciéndolo, y tropezaban de pasada como objetos al azar en un cajón durante sus días, semanas, meses y años en el trance de su vida adulta. Se trataba de una confusión pacífica, como una sucesión de sueños intensos e inesperados que no pueden recordarse más que como emociones una vez se está despierto. Está bien soñar, pero también está bien estar despierto.

Lizbeth se sentó en el banco de hierro forjado de color blanco que había junto a Mitchell. Tenían aquel mueble pesado, ahora envejecido por el tiempo y desconchado después de la última vez que lo pintaron, de toda la vida.

-Creo que todo el mundo se ha ido. Es como estar en Au Sable.

-¿Au Sable? -Mitchell la miró brevemente.

-Ya sabes. La vieja casa de papá y mamá.

-¿Aún la tienen?

-Supongo. No lo sé -Lizbeth rió y se apoyó en él-. Me da miedo preguntar -tomó la copa de entre los dedos de Mitchell y bebió un sorbo-. Solos aquí. Nosotros solos. Brindo por eso -para sorpresa de Mitchell, le besó en los labios. La primera vez que le besaba así, juvenil y atrevida, en los labios, en mucho tiempo.

Joyce Carol Oates (foto)

‘El narrador de cuentos’ de Saki

Hector Hugh Munro-SakiEra una tarde calurosa y el vagón del ferrocarril, como era de suponer, estaba sofocante y la próxima parada era Templecombe, casi una hora después. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña más pequeña aún y un niño también pequeño. Una tía de los chiquillos ocupaba un asiento en una esquina, y en el sitio opuesto estaba sentado un solterón que no formaba parte de ese grupo. Pero las niñas pequeñas y el niño pequeño decididamente ocupaban la totalidad del compartimiento. Tanto la tía como los niños eran conversadores, de una manera limitada y persistente que recordaba las atenciones de una mosca doméstica que se niega a ser desalentada. Casi todas las frases de la tía parecían comenzar con las palabras “No lo hagas” y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con “¿Por qué?”. El solterón no decía nada en voz alta.

-¡No lo hagas, Cyril, no lo hagas! -exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a aporrear los almohadones del asiento, produciendo una nube de polvo con cada golpe.

-Ven a mirar por la ventanilla -agregó.

El sobrinito se acercó a regañadientes a la ventanilla.

-¿Por qué están sacando esas ovejas de la pradera? -preguntó.

-Supongo que las están conduciendo a otra pradera en la que habrá más pasto -dijo la tía débilmente.

-Pero hay mucho más pasto en esa pradera -protestó el niño-, lo único que hay es pasto. Tía, hay mucho pasto en ese campo.

-Quizás el pasto del otro campo sea mejor -sugirió ilusoriamente la tía.

-¿Por qué es mejor? -fue la rauda e inevitable pregunta.

-¡Oh! ¡Miren esas vacas! -exclamó la tía. En casi todos los campos a lo largo de la vía férrea había vacas o novillos, pero la mujer habló como si les estuviese mostrando una rareza.

-¿Por qué es mejor el pasto del otro campo? -persistió Cyril.

El ceño fruncido del solterón estaba comenzando a tomar mal cariz. La tía decidió para sus adentros de que se trataba de un hombre duro y antipático. Le fue completamente imposible llegar a una decisión satisfactoria con respecto al paso del otro campo.

La niña más pequeña cambió de tema comenzando a recitar “En el camino a Mandalay”. Lo único que sabía era el primer verso, pero puso su limitado conocimiento al servicio de la mejor interpretación. Repetía el verso una y otra vez con una voz soñadora pero muy audible; el solterón tuvo la sensación de que alguien habría apostado a que ella no sería capaz de repetir ese verso dos mil veces en voz alta sin detenerse. Quienquiera que hubiese realizado esa apuesta corría serio peligro de perderla.

-Vengan para acá a escuchar un cuento -dijo la tía después de que el solterón la hubo mirado dos veces a ella y una al pasillo del tren.

Los niños se acercaron con indiferencia al rincón ocupado por la tía. Evidentemente, en opinión de los tres su reputación como narradora de cuentos dejaba mucho que desear.

En voz baja y confidencial, interrumpida frecuentemente por fuertes y petulantes preguntas de sus oyentes, la mujer comenzó a contar una historia poco movida y con una deplorable carencia de interés, referente a una pequeña niña que era buena y se hacía amiga de todo el mundo gracias a su bondad y que finalmente era rescatada del ataque de un toro furioso por una serie de personas que admiraban sus cualidades morales.

-¿Y si ella no hubiese sido buena no la habrían salvado? -quiso saber la mayor de las niñas pequeñas. Era exactamente la misma pregunta que el solterón hubiera querido formular.

-Bueno, sí -admitió la tía débilmente-, pero no creo que habrían corrido en su ayuda con tanta rapidez si no la hubiesen admirado tanto.

-Es la historia más estúpida que he oído en mi vida -dijo con total convicción la mayor de las niñas pequeñas.

-Era tan estúpida que yo dejé de escuchar después de las primeras frases -dijo Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había comenzado una murmurada repetición de su verso favorito.

-Usted no parece ser una narradora de cuentos muy exitosa -dijo repentinamente el solterón desde su rincón.

La tía se puso de inmediato a la defensiva ante ese ataque inesperado.

-Es muy difícil contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar -dijo tiesamente.

-No estoy de acuerdo con usted -contestó el solterón.

-A lo mejor a usted le gustaría contarles un cuento -fue la réplica mordaz de la tía.

-Cuéntenos un cuento -rogó la mayor de las niñas pequeñas.

-Había una vez -comenzó diciendo el solterón-, una niña pequeña llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.

El interés que se había despertado en los niños inmediatamente comenzó a debilitarse; todos los cuentos eran espantosamente parecidos, sea quien fuere quien los contase.

-Hacía todo lo que indicaban, siempre decía la verdad, no se ensuciaba la ropa, comía los budines de leche igual que si fuesen tartas de dulce, aprendía perfectamente sus lecciones, y era sumamente amable.

-¿Era hermosa? -preguntó la mayor de las niñas pequeñas.

-No tan hermosa como ustedes, pero era espantosamente buena.

Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra “espantosa” en conexión con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en el cuento un hálito de verdad que brillaba por su ausencia en las historias de la tía sobre la vida infantil.

-Era tan buena -continuó el solterón- que ganó varias medallas a la bondad y siempre las llevaba prendidas al vestido. Tenía una medalla por su obediencia, otra por su puntualidad y una tercera por su buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal, y tintineaban la una contra la otra cuando la niña caminaba. Ningún otro niño de la ciudad, tenía tres medallas, de manera que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña extraordinariamente buena.

-Espantosamente buena -citó Cyril.

-Todo el mundo hablaba sobre la bondad de la niña, de modo que el príncipe del país se enteró y dijo que ya que ella era tan buena, le permitiría caminar una vez por semana por su parque, que quedaba justo en las afueras de la ciudad. Se trataba de un parque hermoso al que no se permitía entrar a los niños jamás, de modo que fue un gran honor para Bertha que le permitieran ir.

-¿Había ovejas en el parque? -preguntó Cyril.

-No -dijo el solterón-, no había ovejas.

-¿Por qué no había ovejas? -fue la inevitable pregunta que surgió de esa respuesta.

La tía se permitió esbozar una sonrisa que prácticamente era una mueca burlona.

-No había ovejas en el parque -dijo el solterón-, porque la madre del príncipe había soñado una vez que su hijo sería matado por una oveja o bien por un reloj que se le caería en la cabeza. Por ese motivo el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes en el palacio.

La tía tuvo que reprimir una exclamación admirativa.

-¿Y al príncipe lo mató una oveja o un reloj? -preguntó Cyril.

-Todavía está vivo, de modo que no podemos saber si el sueño se convertirá en realidad -dijo despreocupadamente el solterón-. De todos modos, no había ovejas en el parque, pero había muchos chanchitos corriendo por todas partes.

-¿Y de qué color eran?

-Negros con caras blancas, blancos con manchas negras, todos negros, grises con manchas blancas, y algunos eran todos blancos.

El narrador de cuentos hizo una pausa para permitir que la idea total de los tesoros del parque penetrara en la imaginación de los niños; entonces continuó.

-A Bertha le dio pena que no hubiera flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del bondadoso príncipe, y estaba decidida a cumplir su promesa de manera que, por supuesto, se sintió tonta al descubrir que no había flores para arrancar.

-¿Por qué no había flores?

-Porque los chanchitos se las habían comido a todas -dijo rápidamente el solterón-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no era posible tener chanchitos y flores a la vez, de modo que él decidió tener chanchitos en lugar de flores.

Se produjo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe; tanta gente había decidido lo contrario…

Había una cantidad de otras cosas maravillosas en el parque: estanques con peces dorados y azules y verdes, y árboles con hermosas cotorras que decían cosas inteligentes en cualquier momento, y pájaros que canturreaban todas las melodías populares del momento. Bertha se paseaba de aquí para allá y se divertía inmensamente y pensó: “Si yo no hubiera sido tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este hermoso parque y gozar de todo lo que se puede ver en él” y, mientras caminaba, sus tres medallas tintineaban una contra la otra recordándole lo buena que era. Justo en ese momento un enorme lobo comenzó a merodear por el parque para ver si podía apresar un chanchito gordo para la cena.

-¿De qué color era el lobo? -preguntaron los niños, cuyo interés se había intensificado inmediatamente.

-Tenía todo el cuerpo color barro, con una lengua negra y ojos de un gris pálido que brillaban con indescriptible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se divisaba a gran distancia. Bertha vio al lobo que se acercaba a ella y comenzó a desear que nunca le hubieran permitido ir al parque. Corrió tan rápido como pudo, y el lobo la persiguió con enormes saltos. Consiguió llegar hasta el matorral de mirtos y se escondió en el más tupido de los arbustos. El lobo comenzó a husmear entre las ramas con su negra lengua colgando de la boca y sus pálidos ojos grises brillantes de furia. Bertha estaba terriblemente asustada y pensó: “Si yo no hubiese sido tan extraordinariamente buena, en este momento estaría sana y salva en la ciudad”. Sin embargo, el perfume de los mirtos era tan fuerte que el lobo no podía descubrir por el olfato el lugar donde Bertha se escondía, y los arbustos eran tan tupidos que podía haber buscado en ellos durante largo tiempo sin llegar a descubrirla, de manera que pensó que lo mejor que podía hacer era alejarse y, en cambio, buscar un chanchito. Bertha temblaba como una hoja al ver que el lobo la rondaba y husmeaba tan cerca de ella, y a causa de sus temblores la medalla de la obediencia tintineó contra las medallas de la buena conducta y de la puntualidad. El lobo estaba a punto de alejarse cuando oyó el sonido de los metales que se entrechocaban y entonces se detuvo a escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba muy cerca del lugar en que se encontraba. Se lanzó hacia el arbusto a toda velocidad, los pálidos ojos grises brillando ferozmente y con expresión de triunfo, y arrastró a Bertha fuera de los arbustos para devorarla hasta el último bocado. Todo lo que quedó de la niña fueron sus zapatos, algunos trozos de ropa y las tres medallas que había ganado con su bondad.

-¿Y no mató a ninguno de los chanchitos?

-No, escaparon todos.

-El cuento empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas pequeñas- pero tuvo un final hermoso.

-Es el cuento más hermoso que he oído en mi vida -dijo Cyril.

La tía disentía con esas opiniones.

-¡Es un cuento de lo más impropio para niños pequeños! Usted ha minado el efecto de años de cuidadas enseñanzas.

-De todos modos -dijo el solterón-, conseguí que se quedaran quietos durante diez minutos, que es más que lo que usted fue capaz de hacer.

-¡Pobre mujer! -pensó el solterón mientras caminaba por el andén de la estación de Templecombe- ¡Durante los próximos seis meses más o menos, esos niños la van a mortificar en público, exigiéndole que les cuente un cuento impropio!

Saki (foto)

‘El amanecer de Rothko’ de Cristina Rivera Garza

cristina-rivera-garzaI: Lo que el pájaro observa a través de la ventana: Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. Poco a poco, a un ritmo regular, el hombre se desliza con cierta lentitud desde los pies de la cama, donde se encuentran desperdigadas todas las prendas, hacia el clóset, en cuya parte baja se abre de par en par el equipaje.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar. Lo hace metódicamente, sin levantar la vista. Caminar: un pie delante del otro.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. Hay una mujer también, pero ella está sentada sobre las almohadas de la cama, la espalda contra la pared. Sobre las piernas cruzadas en forma de flor de loto sostiene un libro que lee en voz alta.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar.

Una lámpara de pie a su derecha. Una lámpara encendida.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande.

El pájaro inclina el cuello, como si reaccionara ante las palabras que no puede escuchar del otro lado del vidrio.

El abrir y cerrar de los párpados.

El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar. La noche oscura; tan oscura.

Si éste fuera el pájaro que visitó la ventana de una novela de DeLillo, seguramente estaría gorgoreando las palabras “mundos imposibles”.

Hay un hombre que coloca piezas de ropa dentro de una maleta grande. El hombre emprende el mismo recorrido una y otra vez: órbita lunar.

La luz que emite la ventana de la habitación alumbra apenas una calle solitaria bordeada de encinos.

II: Lo que observa el paseante nocturno: Un pájaro que canta de noche. Qué raro. Hay un pájaro que canta de noche.

III: Lo que la mujer observa cuando cierra el libro y no dice ya nada más: El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Empequeñecido por el tamaño del mueble, el hombre parece más agotado de lo que está. Los brazos caídos a los costados del cuerpo. Los ojos abiertos. La frente inmóvil.

La mujer seguramente imagina un sombrero sobre esa cabeza de cabellos cortos y rubios.
El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Piensa, esto también con toda seguridad, que se trata de un hombre atormentado. Un hombre de tiempo atrás; otro siglo incluso. Los ojos abiertos. Alguien que no sabe.

IV: Lo que el hombre observa dentro de su cabeza: El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación.

Si la mujer leyera el poema elegido al azar, deteniendo el dedo índice sobre las hojas en movimiento, ahora mismo volvería a posar la vista sobre sus letras y emprendería, de nueva cuenta, la lectura en voz alta.

Leer, a veces, es huir.

Los ojos abiertos.

El pájaro escucharía el eco: You want to get out, you want to tear yourself out, I am the outside, I am snow.

Y afuera, entonces, nevaría.

El hombre se ha desplomado en el centro de un sillón mullido, de espaldas a la ventana por la que un pájaro negro espía la habitación. Los ojos abiertos. La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

Wrenching your way through, continuaría, tartamudeando.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Los ojos abiertos.

It is your life, murmuraría en un tono cada vez más bajo, avergonzada.

La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

The last chance of freedom.

V: Lo que el autor del poema observa desde la ventana de su estudio lejos de ahí, en otro lugar: This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Un par de niños juegan con bolas de nieve. Ríen, eso es obvio por los gestos de los rostros, aunque la risa no puede atravesar el cristal.

La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

Sus cuerpos dejan marcas sobre la nieve que, sin embargo, desaparecen pronto. Tabula rasa.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

VI: Lo que el hombre observa desde la cama (retrospectiva): El pájaro lo mira con curiosidad desde la intrincada rama de un encino. La noche convertida de súbito en un blanquísimo sudario al contacto con la voz.

This is urgent, cerraría el libro entonces, un golpe seco, y él, desde el sillón, luchando contra un cansancio infinito, la conminaría a continuar.

Negro sobre negro.

Se han borrado ya las arrugas que su cuerpo hizo brotar en la tela del sillón. Nadie ha estado ahí, cavilando.

Sopesar significa levantar algo como para tantear la importancia que tiene o para reconocerlo. Nadie escuchó en ese lugar los sonidos de las palabras que lo hicieron sonreír al incorporarse lentamente, como si tuviera más años o más peso.

Negro sobre negro.

Esto: un cuerpo que se aproxima a través de mucho tiempo. Nadie evitó mirar atrás: el rostro bajo el sudario de la nieve. Nadie ha estado ahí, cavilando. Nadie.

VII: Lo que el hombre observa desde la cama (prospectiva): Negro sobre negro. Los pies, bajo las mantas grises, forman escarpadas montañas pequeñísimas. Las rodillas.

Nadie ha estado ahí, cavilando.

Las caderas. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Negro sobre negro.

Nadie ha estado ahí, cavilando. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación.

Respirar es un movimiento. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve. Cuando se inclina sobre la cabeza de ella, como el pájaro antes sobre la escena de los dos, se pregunta sobre sus sueños. Gorgorea: Mundos imposibles.

Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Un hilillo de saliva sobre el mentón. Qué raro. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve.

Hay un pájaro que canta de noche. Las manchas del labial sobre las orillas de las almohadas. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. Impresionismo.

Los cabellos: jirones en forma de signos de interrogación.

El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve. El omóplato es una quimera óptica. El hombre, su mano derecha sobre el hombro de la mujer, finalmente cierra los ojos. Recuerda las palabras y ve las letras flotando dentro del aire tibio de la habitación. El techo, sin grieta alguna, tabula rasa hecha de nieve.

VIII: Lo que nadie ve: Es un amanecer estupendo. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo. Iridiscente. Los árboles adquieren forma.

VIII: Lo que nadie ve: Una rama es una rama.

Los troncos. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo.

La multitud trepidante de las hojas. Dicho de un ave, aletear significa mover frecuentemente las alas sin echar a volar.

VIII: Lo que nadie ve: Dicho de un hombre significa mover los brazos a modo de alas. En el rectángulo de la ventana, al que conforman dos cuadrados claramente diferenciados, se asienta poco a poco el color rojo. La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo. El proceso de impregnación. Se trata de un momento apenas; no más.

VIII: Lo que nadie ve: La luz emerge poco a poco por las orillas del mundo visible hasta que se derrama, todavía con delicadeza, en el centro de todo.

El pájaro emprende, de repente, el vuelo. Aletear también significa cobrar aliento.

Cristina Rivera Garza (foto)