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‘La pata de mono’ de W.W. Jacobs

w.w-jacobs-La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

  1. II) A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.

-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento… -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III)   En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

-Dios mío, estás loca.

-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.

-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.

-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

W.W. Jacobs (foto)

‘La odisea de un espagueti’ de John Fante

john fante(Charles Bukowski reconoció a John Fante como el padre del ‘realismo sucio’ y haberse inspirado en él)

I)   Colecciono pedacitos de información acerca de mi abuelo. Mi abuela me habla de él. Dice que cuando vivía era un buen hombre, cuya bondad más que admiración provocaba lástima. Tenía fama de ser un poco espagueti. Me habla de una noche, a él le gustaba sentarse en una mesa en un bar bebiendo un vaso de anís, sirviéndose él mismo. Se quedaba allí sentado como una niña mordiendo un helado de cono. Al viejo le gustaba aquella cosa verde, aquel anís. Era su pasión, a la gente le hacía gracia verlo sentado solo, porque él era un poco espagueti.

Una noche, cuenta mi abuela, mi abuelo estaba sentado en el bar, él y su anís. Un camionero borracho tropezó al pasar por las puertas giratoria, se agarró a la barra, y gritó:

“¡Muy bien! ¡Venid a cogerlas! ¡Las tengo encima!”

Y allí estaba mi abuelo, sin moverse, su vieja lengua jugueteando con el anís. Todos menos él se quedaron en la barra, bebiendo el licor de camioneros. El camionero se giró. Vió a mi abuelo. Lo insultó.

“¡Tú también, espagueti!” dijo. “¡Levanta y bebe!”

Silencio. Mi abuelo se levantó. Se tambaleó sobre el suelo, pasó junto al camionero, y entonces ¡no hizo otra cosa más que atravesar las puertas giratorias y bajar a la calle cubierta de nieve! Oyó risas procedentes del bar mientras su pecho ardía. Se fue a casa de mi padre.

“¡Mamma mia!” sollozó. “Tummy Murray, me llamó espagueti”.

“¡Sangue de la Madonna!”

Con la cabeza descubierta, mi padre se precipitó calle abajo hacia el bar. Tommy Murray no estaba allí. Estaba en otro bar a media manzana de distancia, y allí lo encontró mi padre. Señaló hacia el lado del camionero y habló en voz baja. ¡A pelear! Inmediatamente sangre y pelo comenzaron a volar. Se echaron las sillas hacia atrás. Los clientes aplaudieron. Los dos hombres lucharon durante una hora. Rodaron por el suelo, pateando, maldiciendo, mordiendo. Formaban un nudo en el centro de la pista, sus cuerpos enroscados uno en torno al otro. La cabeza de mi padre, el pecho y los brazos tapaban la cara del camionero. El camionero gritó. Mi padre gruñó. Tenía el cuello rígido y temblando. El camionero volvió a gritar, y se quedó quieto. Mi padre se puso de pie y se limpió la sangre de su boca abierta con el dorso de su mano. Sobre el suelo, el camionero estaba con una oreja desprendida colgando de su cabeza… Esta es la historia que mi abuela me cuenta.

Pienso en los dos hombres, mi padre y el camionero, y les imagino luchando por el suelo.
¡Chico! ¡Cómo peleaba mi padre!

Tengo una idea. Mis dos hermanos están jugando en otra habitación. Dejo a mi abuela y me voy con ellos. Están tirados en la alfombra, inclinados sobre lápices de colores y papel de dibujo. Miran hacia arriba y ven mi cara flameando con mi idea.

“¿Qué pasa?” pregunta uno.

“¡Te reto a hacer algo!”

“¿El qué?”

“¡A que me llames espagueti!”

Mi hermano menor, apenas cuatro años, salta a sus pies, y bailando arriba y abajo, grita: “¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!”

Lo miro. ¡Bah! Es demasiado pequeño. Es mi otro hermano, el mayor, el que yo quiero. Él también tiene orejas.

“Apuesto a que tienes miedo de llamarme espagueti”.

Pero él intuye que estoy buscándole tres pies al gato.

“No”, dice. “No quiero”.

“¡Espagueti! espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti!” -grita mi hermano pequeño.

“¡Cállate, tú, la boca!”

“No lo haré. Eres un ¡espagueti! ¡espagueti! ¡espagueti espaguetado!

La caja de lápices de colores de mi hermano mayor está en el suelo delante de su nariz. Pongo mi talón encima de la caja y la machaco contra la alfombra. Grita, apoderándose de mi pierna. Yo me aparto, y empieza a llorar.

“Ay, eso estuvo feo”, dice.

“Te reto a que me llames espagueti”.

“¡Espagueti!”

Le embisto, buscando su oreja. Pero mi abuela entra en la habitación blandiendo una correa de afeitar.

II)   Desde el principio, escucho a mi madre utilizar las palabras espagueti y dago con un vigor que denota un violento desprecio. Las escupe hacia fuera. Saltan de sus labios. Para ella, contienen la esencia de la pobreza, la miseria, la suciedad. Si no me lavo los dientes, o cuelgo mi gorra, mi madre dice, “No hagas eso. No seas un espagueti”. Así, a medida que voy adquiriendo sus valores, espagueti y dago, para mí, son sinónimos de cosas malas. Al menos ella es consecuente.

Mi padre no lo es. Está suelto con su lengua. Sus estados de ánimo crean sus juicios.

A la vez me doy cuenta de que para él espagueti y dago no tienen un significado distinto, si bien si un no italiano se las dice a la cara, al instante se considera insultado. Cristóbal Colón fue el mayor espagueti que haya vivido, dice mi padre. Caruso también. Y este tío y ese. Pero su buen amigo Peter Ladonna no sólo es un cerdo borracho, sino un espagueti por encima de todo, y por supuesto todos sus cuñados son espaguetis holgazanes.

Dice que odia a los irlandeses. Realmente no los odia, pero le gusta pensar que sí, y nos advierte a los niños contra ellos. El nombre de nuestro tendero es O’Neil. Con frecuencia y sin darse cuenta él comete errores cuando mi madre está en su tienda. Ella se queja a mi padre de las pesadas pequeñas en las carnes, y de vez en cuando de un huevo rancio.

Inmediatamente, mi padre se pone tenso, frunciendo su labio inferior. “¡Esta es la última vez que un holgazán irlandés me roba!” Y sale, va a la tienda de comestibles, con los talones retumbando.

Pronto regresa. Sonríe. Sus puños abultan con los cigarros. “De ahora en adelante”, dice, “todo va a estar bien”.

No me gusta el de la tienda. Mi madre me envía allí todos los días, y al instante se me corta la respiración con su saludo, “¡Hola, pequeño dago! ¿Qué quieres tomar?” Así que lo detesto, y nunca entro en su tienda si hay otros clientes, que te llamen dago delante de otros es una espantosa, casi física humillación. Mi estómago se retuerce, y me siento desnudo.

Le robo de una manera imprudente cuando el tendero se vuelve. Me encanta robarle: barras de caramelo, galletas, fruta. Cuando va a la nevera me apoyo sobre las balanzas de la carne, con ganas de romper algún muelle; apoyándome en las cestas de huevos. A veces le quito demasiado. Qué placer entonces permanecer de pie en la acera, mi apetito saciado, y tirar sus barras de caramelo, sus galletas, sus manzanas sobre los hierbajos de la calle.

“¡Maldita sea, O´Neil, no puedes llamarme dago y salirte con la tuya!”

Su hija es de mi edad. Es bizca. Dos veces por semana pasa delante de nuestra casa de camino a su clase de música. Por encima de la calle, y desde lo alto de la rama de un olmo, la veo bajar por la acera, balanceando su estuche de violín. Cuando está justo debajo de mí, me burlo de ella canturreando:

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

¡Marta es bizca!

III)   A medida que crezco me entero de que los italianos utilizan Wop y Dago mucho más que los norteamericanos. Mi abuela, cuyo vocabulario en inglés se limita a los nombres más comunes, siempre los emplea para discutir con italianos. Las palabras nunca salen en voz baja, discretamente. No, salen disparadas. Hay una entonación descarada, y luego la sensación de alguien siendo insultado, pasmado.

Entro en la escuela parroquial con un miedo terrible de ser llamado espagueti. Tan pronto como descubro por qué la gente tiene esas cosas como apellidos, me rebelo contra apodos tan típicamente italianos como Bianci, Borello, Pacelli -los nombres de otros estudiantes-. Me siento gratamente aliviado por la comparación. Después de todo, creo, la gente dice que soy francés. ¿Acaso no suena francés mi nombre? ¡Claro! Así que a partir de entonces, cuando me preguntan mi nacionalidad, yo les digo que soy francés. Unos cuantos muchachos comienzan a llamarme Frenchy. Me gusta eso. Suena bien.

Es así como empiezo a odiar mi herencia. Evito a los niños y niñas italianos que intentan ser amistosos. Doy gracias a Dios por mi piel clara y mi pelo, y elijo a mis compañeros por el sonido anglosajón de sus nombres. Si el nombre de un niño es Whitney, Brown, o Smythe, entonces es mi amigo, a pesar de estar siempre un poco atemorizado cuando estoy con él, pues podría descubrirme. A la hora de la comida me abrazo a mi gigantesco almuerzo, mi madre no envuelve mis bocadillos con papel de cera, y los hace demasiado grandes, y sobresalen las hojas de lechuga. Peor aún, el pan es casero, ni pan de panadería, ni pan “americano”. Armo un escándalo tremendo porque no puedo tener mayonesa y otras cosas “americanas”.

El párroco es un buen amigo de mi padre. Viene paseando por los terrenos de la escuela, viendo a los niños jugar. Me llama y me pregunta por mi padre, y entonces él me dice que debería estar orgulloso de estar aprendiendo cosas de mis grandes compatriotas, Colón, Vespucio, Juan Cabot.

Habla en voz alta, chistoso. Los estudiantes se reúnen alrededor de nosotros, escuchando, y me muerdo los labios, deseando que Jesús lo haga callar y largarme.
De vez en cuando oigo hablar de un tal Dante. Pero cuando me entero de que era italiano le odio como si estuviera vivo y caminando por la clase, señalándome con el dedo. Un día me encuentro su imagen en un diccionario. La miro y me digo que nunca he visto un hijo de puta más feo.

Cierto día, los estudiantes estamos en la pizarra, y una chica italiana de mirada lánguida, a la que odio pero que insiste en que soy su novio, está a mi lado. Tiembla y se arrastra, inquieta, de puntillas, sonriéndome estúpidamente. La desprecio y me doy la vuelta, alejándome de ella todo lo lejos que puedo.

La monja ve el amplio espacio que nos separa y me dice que me acerque a la chica. Lo hago, y la muchacha se aleja, aproximándose al estudiante del otro lado.

Entonces echo un vistazo a mis pies, estoy sobre una mancha húmeda que se extiende. Miro rápidamente a la muchacha, y ella inclina su cabeza y me mira implorando que me sienta culpable por ella. Llamamos la atención de los demás, y la clase entera estalla en risitas. Aparece la monja. Creo que otra vez me he metido en un lío, pero ella me coge y murmura que debería haber levantado dos dedos y por supuesto tendría que haber sido autorizado para abandonar la clase. Pero, dice, ahora ya no hace falta, lo que tengo que hacer es salir y traer la fregona. Lo hago, y en medio de la histeria estoy seguro de que sólo una niña espagueti, recién salida de una casa espagueti, habría podido hacer algo como esto.

¡Oh, espagueti! ¡Oh, Dago! Me molestas incluso cuando duermo. Sueño con defenderme de los torturadores. Un día me entero por mi madre que mi padre estuvo en Argentina en su juventud, y vivió en Buenos Aires durante dos años. Mi madre me habla de sus experiencias allí, y pienso todo el día en ellas, incluso a la hora de irme a dormir. Esa noche me despierto sobresaltado. En la oscuridad, voy a tientas hasta la habitación de mi madre. Mi padre duerme a su lado. La despierto con cuidado para no despertarle a él.

Le susurro, “¿Estás segura de que papá no nació en Argentina?”

“No. Tu padre nació en Italia”.

Me vuelvo a la cama, desconsolado y disgustado.

IV)   Durante un partido de béisbol en el recinto escolar, un muchacho que juega en el equipo contrario empieza a ridiculizar mi forma de batear. Es la novena entrada, y no hago caso de sus burlas. Estamos perdiendo el partido, pero si yo puede enganchar una bola nuestras posibilidades de ganar son bastante grandes. Estoy decidido a hacerlo, y me enfrento al pitcher con confianza. El verdugo me ve en el plate.

“¡Ho! ¡Ho!”, grita. “¡Mirad quién está ahí!”

“El espagueti. ¡Vamos a eliminar al espagueti!”

Esta es la primera vez que alguien en la escuela me ha escupido esa palabra, y estoy tan enojado que me hago eliminar tontamente. Peleamos después del partido, este chico y yo, y le obligo a retirarlo.

Ahora, los días de escuela se convierten en días de lucha. Casi todas las tardes a las 3:15 una multitud se reúne para verme hacerle a un tío que lo retire. Esto es divertido, estoy consiguiendo un lugar ahora, así que ¡vamos, chicos, os animo a llamarme espagueti! Cuando por fin no hay más niños que se atrevan, me llegan insultos de oídas, y busco a los culpables. Recorro, chulito, los pasillos. Los más pequeños me admiran. “¡Aquí viene!” dicen, y miran y miran. Mis dos hermanos menores van a la misma escuela, y el más pequeño, un mocoso de siete años, me trae a sus amigos que me piden que me suba la manga y les muestre mis músculos. Aquí están, muchachos. Mirad mi cuerpo.

Mi hermano cuenta en casa las hazañas de mis batallas. Mi padre escucha con atención y yo aguardo por si hay que aclarar algún detalle. ¡Días tristemente felices! Mi padre me da consejos, cómo sostener mi puño, cómo proteger mi cabeza. Mi madre, demasiado escandalizada como para oír más, aprieta sus sienes y cierra sus ojos y abandona la habitación.

Me siento nervioso cuando traigo amigos a casa, el lugar parece tan italiano. Una foto de Víctor Manuel colgando por aquí, otra de la catedral de Milán por allá, y al lado, una de San Pedro, y sobre el escritorio reposa una jarra de vino de diseño medieval, siempre llena, siempre roja y brillante con vino. Estas cosas, reliquias familiares de mi padre, no importa quién venga a nuestra casa, a él le gusta ponerse junto a ellas y presumir.

Así que empiezo a gritarle. Le digo que deje de ser un espagueti y que sea un americano de vez en cuando. Inmediatamente coge su correa de afeitar y el infierno entero me persigue, golpeándome de una habitación a otra y finalmente por fuera de la puerta trasera. Entro en la leñera, y bajo mis pantalones y estiro el cuello para examinar los moratones en mi trasero. ¡Un espagueti! ¡eso es lo que es mi padre!

En ninguna parte hay un padre americano que pegue a su hijo así. En fin, no va a conseguir salirse con la suya, algún día voy a vengarme de él.

Empiezo a pensar que mi abuela es irremediablemente una espagueti. Es pequeña, una campesina rechoncha que camina con sus muñecas cruzados sobre el vientre, una simple señora vieja cariñosa con los chicos. Viene a la habitación y trata de hablar con mis amigos. Habla inglés con un acento pésimo, sus vocales salen como aros. Cuando, a su manera simple, se enfrenta a un amigo mío y le dice, con sus viejos ojos sonrientes, “¿Tú gusta ir a la scola Seester?”, mi corazón ruge. ¡Mannaggia! Soy un desgraciado, ahora todos saben que soy italiano.

Mi abuela me ha enseñado a hablar su lengua materna. A los siete años, lo domino perfectamente, y siempre que hablo con ella lo hago en italiano. Pero cuando mis amigos están conmigo, a los doce o trece años, intento no hacer caso a lo que ella dice, y a mis amigos, sonrisa falsa, ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de que yo pueda hablar otra lengua que no sea el inglés. A veces, esto le enfurece. Se enoja entonces y blasfema con grandes palabrotas.

V)   Cuando termino en la escuela parroquial mi familia decide enviarme a una academia jesuita en otra ciudad. Mi padre me acompaña el primer día. Cincelada en el frontal que bordea el tejado del edificio principal de la academia está la inscripción latina: Religioni et Bonis Artibus. Mi padre y yo permanecemos a cierta distancia. Lo lee en voz alta y me dice lo que significa.

Levanto la vista hacia él con asombro. ¿Es este hombre mi padre? ¡Miradlo, escuchadlo! ¡Lee con acento italiano! Lleva un bigote italiano. No me había dado cuenta hasta este momento, pero es clavadito a un espagueti. Su traje cuelga descuidadamente formando arrugas. ¿Por qué diablos no se compra uno nuevo? ¡Y mirad su corbata! Está torcida. Y sus zapatos: necesitan un abrillantado. ¡Y por el amor del Señor, fijaos en sus pantalones! Ni siquiera están abotonados por delante.

Y oh, maldición, maldición, maldición, veis esos tirantes viejos y sucios que ya no tirarán jamás.

Dígame, señor, ¿es usted realmente mi padre? Usted, el de ahí, ¿por qué es usted un tipo tan pequeño, tan enano, un tío tan avejentado? Es usted exactamente igual que uno de esos inmigrantes que llevan una manta. ¡Usted no puede ser mi padre! ¿Por qué?, pensé… Siempre he pensado…

Estoy llorando ahora, es la primera vez que lloro por algo que no sea una paliza, y estoy contento de que él no esté llorando también. Me alegro de que sea tan duro como es, y de que nos despidamos rápidamente, y de que baje por el sendero rápidamente, y no me doy la vuelta para mirar atrás, porque sé que él está allí, de pie y mirándome.

Entro en el edificio de administración y hago la cola junto a chicos desconocidos que también esperan para registrarse en el curso de otoño. Hay algunos muchachos italianos entre ellos. Estoy lejos de casa, y siento a los italianos. Nos miramos unos a otros y nuestros ojos se encuentran en una amalgama irresistible, una efusiva consanguinidad; aparto la mirada.

Un fornido jesuita se levanta de su silla, detrás del escritorio, y se me presenta. ¡Qué voz para un hombre! Hay una docena de tormentas eléctricas en su pecho. Me pregunta mi nombre, y lo anota en una pequeña tarjeta.

“¿Nacionalidad?” ruge.

“Americano”.

“¿Nombre de su padre?”

Susurro, “Luigi”.

“¿Cómo? Deletréelo. Hable más fuerte”.

Toso. Me toco los labios con el dorso de mi mano y deletreo el nombre.

“¡Ja!” grita el registrador. “¡Todavía siguen viniendo! ¡Otro espagueti! Bueno, jovencito, ¡usted estará aquí como en casa! ¡Sí, señor! ¡Hay muchos wops aquí! ¡Hasta tenemos kikes! ¡Y, sabe, este lugar apesta a irlandés miserable!”

¡Dios! ¡Cómo odio a ese sacerdote!

Y continúa: “¿Dónde nació su padre?”

“Buenos Aires, Argentina”.

“¿Su madre?”

Por fin puedo gritar con el gusto de la verdad.

“¡Chi-ca-goo!” Sí, como si fuera un revisor.

Como por casualidad, él pregunta: “¿Habla usted italiano?”

“¡No! Ni una palabra”.

“Pues muy mal”, dice.

“¡Chiflado!”, pienso.

VI)   Ese semestre me dedico a servir mesas para sufragar mis gastos de matrícula. Problemas venideros; el chef y sus ayudantes en la cocina son todos italianos. Ellos también saben que soy del gremio. No hago caso a las propuestas amistosas del chef, lo odio desde el principio. Él entiende por qué, y así nos convertimos en enemigos.
Cada palabra que él utiliza tiene un cuchillo dentro. Sus comentarios me cortan en pedazos. Después de dos meses no soporto ya estar en la cocina, por lo que escribo una larga carta a mi madre, estoy perdiendo peso, escribo; si no me permites dejar este trabajo, enfermaré y suspenderé mis exámenes. Me envía algo de dinero y me dice que lo deje de una vez, oh, lo siento mucho, hijo mío, no imaginaba que sería tan duro para ti.

Decido trabajar sólo una noche más, servir mesas sólo una comida más. Esa noche,
después de la cena, cuando en la cocina no hay nadie más que el cocinero y sus asistentes, me quito el delantal y me dirijo hacia él, mirándolo fijamente. Es el momento. Dos meses esperando este momento. Hay un cuchillo clavado en la tabla de cortar. Lo cojo, sin dejar de mirar. Quiero hacerle daño, arreglar cuentas.

Él me ve y dice, “¡Fuera de aquí, espagueti!”

Un ayudante grita: “¡Cuidado, tiene un cuchillo!”

“No irás a lanzarlo, espagueti”, dice el cocinero. No pensaba hacerlo, pero es decirme eso y se lo tiro. Vuela por encima de su cabeza y choca contra la pared y cae con estrépito en el suelo. Él lo recoge y me persigue fuera de la cocina. Corro, dando gracias a Dios por no haberle dado.

Ese año el equipo de fútbol está compuesto por chavales irlandeses e italianos. Los de la línea de ataque son irlandeses, y en el backfield estamos cuatro italianos. Tenemos un buen equipo y ganamos muchos partidos, y mis compañeros son excelentes jugadores que no son nada egoístas y trabajan juntos como un solo hombre. Pero odio a mis tres compañeros del backfield, por culpa de nuestra nacionalidad, parecemos ridículos. El equipo me nombra capitán, y hago señales y me ocupo de que mis compañeros italianos en el backfield hagan la menor puntuación posible. Domino el juego.

La revista de la escuela y las páginas deportivas de la ciudad comienzan a referirse a nosotros como las Maravillas espagueti. Creo que se trata de un insulto. Una tarde, al final de un partido importante, varios estudiantes abandonan la tribuna principal y se juntan en un extremo del campo, para improvisar algunos gritos. Dan tres hurras por las Maravillas espagueti.

Eso me pone enfermo. Puedo sentir el movimiento de mi estómago, y después de ese partido devuelvo mi uniforme y abandono el equipo.

Soy un mal latinista. Me desagrada esa lengua, no estudio, y por eso suspendo mis exámenes habitualmente. Un estudiante viene y me dice que si sigo su consejo es posible quitar el Latín de mi currículum, basta con no aprobar aposta los próximos exámenes, desgraciadamente no pasa. Si hago esto, dice, los jesuitas se rendirán ante mi torpeza y me permitirán abandonar la lengua.

Es un consejo cabal. Lo llevo a cabo. Pero los jesuitas no son tontos. Se dan cuenta de lo que estoy haciendo, y se ríen y me dicen que no soy lo suficientemente listo como para engañarles, y que tengo que seguir estudiando Latín, no importa si me lleva veinte años aprobar. Peor aún, doblan mis tareas y me paso el tiempo de recreo con la sintaxis latina. Antes de los exámenes de mi primer año el jesuita que me instruye me llama a su habitación y dice:

“Para mí es un misterio que un italiano de pura sangre como usted tenga problemas con el Latín. La lengua está en su sangre, y créame, es usted un maldito y pobre espagueti”.

¡Abbastanzia! Subo las escaleras y atranco la puerta y me siento con mi libro delante de mí, mi libro de Latín, y estudio como un salvaje, llorando desconsoladamente sobre mis cosas hasta que, ¡oh! ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo estudiando aquí? Efectivamente, es muy parecido al italiano que mi abuela me enseñó hace ya tanto tiempo -este Latín no es tan difícil, después de todo-. Apruebo el examen. Lo hago con tan buena nota que mi instructor cree que hay truco.

Dos semanas antes de mi graduación me pongo enfermo y voy a la enfermería y me quedo allí en cuarentena. Me tumbo en la cama y alimento mis rencores. Me muerdo los pulgares y pienso en viejos agravios. Tengo mucha fiebre, y no puedo dormir. Pienso en el director. Él era mi mejor amigo durante mis dos primeros años en la escuela, pero en mi tercer año, el año pasado, fue trasladado a otra escuela de la provincia. Me acuesto en la cama pensando en el día en que nos encontremos de nuevo en este último año. Nos volvimos a ver de nuevo a su vuelta en septiembre, en el despacho del director. Saludó a los muchachos, a unos y a otros, y luego se volvió hacia mí y dijo:

“¡Y usted, el espagueti! Todavía está con nosotros.

Viniendo de la boca de un sacerdote, la palabra tenía un poco delicado sonido que me sacudió todo el cuerpo. Sentí la mirada de todos, y oí una risita. ¡Conque así son las cosas! Me acuesto pensando en el sacerdote y ahora se ríe.

De repente salto de la cama, rompo la solapa de un libro, encuentro un lápiz y escribo una nota al sacerdote. Escribo: “Querido Padre: No he olvidado su insulto. Usted me llamó espagueti el último septiembre. Si no se disculpa de inmediato va a tener problemas”. Llamo al hermano encargado de la enfermería y le digo que entregue la nota al sacerdote.

Después de un rato escucho los pasos del sacerdote subiendo por la escalera. Llega a la puerta de mi cuarto, la abre, me mira durante un buen rato, sin hablar, sólo mirando de una manera quejumbrosa. Espero que entre y se disculpe, éste es un gran momento para mí. Pero cierra la puerta en silencio y se aleja. Estoy asombrado. ¡Un doble insulto!

Héme aquí de nuevo en la noche de graduación. Sobre la tribuna el director hace un discurso y luego comienza a repartir los diplomas. Se supone que debemos decir: “Gracias,” cuando nos lo dé. Así que gracias, y gracias, y gracias, dice todo el mundo cuando le llega su turno. Pero cuando me da el mío, miro hacia él directamente, sin decir nada, y desde ese día nunca más volvemos a hablarnos.

El siguiente septiembre ingreso en la universidad.

“¿Dónde nació su padre?” pregunta el secretario.

“Buenos Aires, Argentina”.

Claro, eso es todo. El mismo tema, con variaciones.

VII)   El tiempo pasa, y también los días de clase.

Estoy sentado en un muro de la plaza, mirando una fiesta mexicana que pasa por la calle. Un hombre viene y se encarama en la pared junto a mí, y me pregunta si tengo un cigarrillo. Tengo, y mientras enciende el cigarrillo, charla conmigo, y hablamos de cosas sin importancia hasta que la fiesta se termina.

Bajamos de la pared, y sin dejar de hablar, caminamos por los bajos fondos de Los Ángeles. El tipo necesita un afeitado y la ropa no es de su talla, está claro que se trata de un vago.

Dice una mentira detrás de otra, y encima no las cuenta bien. Pero estoy solo en esta ciudad, y soy un gran escuchador.

Entramos en un restaurante para tomar un café. Su tono ahora se vuelve confidencial. Ha vagabundeado desde Chicago a Los Ángeles, y ha venido en busca de su hermana, tiene su dirección, pero ella no está, y durante dos semanas la ha estado buscando en vano. Habla y habla de esta hermana, parece un buitre volando en círculos sobre ella, dándome a entender que debería hacer algunas preguntas sobre ella. Quiere que sea yo quien encienda la mecha que mostrará sus sentimientos.

Así que pregunto: “¿Está casada?”

Y entonces él se lanza a despotricar contra ella. Incluso si la encontrase, no viviría con ella.

¿Qué clase de hermana es ésa que le deja marchar por las calles sin un centavo en el bolsillo, y eso que está casada con un hombre que tiene mucho dinero y que podría darle un trabajo? Cree que ella le ha dado deliberadamente una dirección falsa para que no la encuentre, y cuando le ponga las manos encima le va a retorcer el cuello. Al final, después de haberla despellejado por completo, hace exactamente lo que yo creo que va a hacer.

Pregunta: “¿Tienes una hermana?”

Le digo que sí, y él espera que le de mi opinión sobre ella, sin resultado.

Nos encontramos de nuevo una semana más tarde.

Ha encontrado a su hermana. Ahora comienza a alabarla. Ella ha convencido a su marido para darle un trabajo, y mañana va a trabajar como camarero en el restaurante de su cuñado. Me da la dirección, pero no pongo atención en ello aparte del hecho de que debe de estar en algún lugar del Barrio Italiano.

Y así es, y por una extraña coincidencia me entero que su cuñado, Rocco Saccone, es un viejo amigo de mi familia y un paisano de mi padre. Una noche, dos semanas más tarde, estoy en el local de Rocco. Rocco y yo estamos hablando en italiano cuando el hombre que me encontré en la plaza sale de la cocina, con un delantal sobre sus piernas. Rocco le llama y él se acerca, y Rocco lo presenta como su cuñado de Chicago. Nos damos la mano.

“Nos hemos visto antes”, le digo, pero el hombre de la plaza no parece querer que esto se sepa, conque suelta mi mano rápidamente y se va detrás del mostrador, fingiendo estar ocupado. “¡Oh, como puedes comprobar, está mintiendo!”

En voz alta, Rocco me dice: “Ese hombre es un cobarde. Se avergüenza de su propia sangre”. Se vuelve hacia el hombre de la plaza.

“¿No es usted?”

“Ah, ¿sí? ” dice con desdén el hombre de la plaza.

“¿Qué quieres decir -está avergonzado-?

“¿Qué quieres decir?”

“Avergonzado de ser un italiano”, dice Rocco.

“Ah, ¿sí? ” dice el hombre de la plaza.

“Eso es todo lo que sabe”, dice Rocco. “Ah, ¿sí? Eso es todo lo que sabe. Ah, ¿sí? Ah, ¿sí? ¡Ah, ¿si? Eso es todo lo que sabe”.

“Ah, ¿sí? ” dice una vez más el hombre de la plaza.

“Yah”, dice Rocco, con la cara azul. “¡Animale codardo!”

El hombre de la plaza me mira con las cejas arqueadas, y él no lo sabe, permanece de pie allí con sus negros, ojos líquidos, no sabe que es tan bueno como un dios en su delantal de camarero; porque es de hecho un dios, un hacedor de milagros, no, él no sabe, nadie lo sabe; siempre lo mismo, él es de ese tipo de personas. Estando allí de pie, mirándole, me siento como mi abuelo y mi padre y el cocinero jesuita y Rocco, parece que he vuelto a casa, y me sorprende que este retorno, que de alguna manera siempre se espera, fuera a ocurrir tan silenciosamente, sin trompetas y truenos.

“Si yo fuera tú, me desharía de él”, le digo a Rocco.

“Ah, ¿sí?” vuelve a decir el hombre de la plaza.

Me gustaría pegarle. Pero eso no servirá de nada. No tiene sentido dar una paliza a tu propio cadáver.

John Fante (foto) (Traducción de Javier Serrano Sánchez)
NOTAS:

-DAGO, ESPAGUETI, WOP: En Estados Unidos, formas despectivas de llamar a los emigrantes italianos. “Wop” deriva del napolitano “guappo”.

-KIKE: Modo despectivo para referirse a los judíos.

 

‘Amor a control remoto’ de Poli Délano, QEPD

poli delano(Murió el pasado 10 de agosto en el Instituto del Tórax, de Santiago de Chile)

Quizás antes de sumergirme en las sinuosidades de mi acelerada pasión, debo confesar que pertenezco a la cofradía de personas que ven debajo del agua, una persona “rara”, para decir lo menos y no apartarme de la especie de título que desde niño me otorgaron mis padres y mis hermanos, los compañeros de escuela, el vendedor de helados, hasta la puta Lorenza que se paraba en la esquina de Lyon por las tardes. “Raro el muchacho”. Yo también -a fuerza de remache- llegué a sentirme raro, aunque ahora, ya entrado en años, tengo la absoluta convicción de que los raros son los otros, y yo el normal.

La revelación se dejó caer una tarde mientras hacíamos las tareas en la mesa del comedor y la lluvia parecía demoler el tejado. Le dije a Fabián que no fuera idiota, que le devolviera el trompo a Genaro. Él no me había contado nada sobre el robo, de manera que abrió los ojos muy grandes y me preguntó: “¿cómo supiste?”.

En otra ocasión, caminando rumbo a Providencia por Avenida Suecia, le informé a un sujeto desorientado que la callecita que no podía encontrar estaba a dos cuadras hacia la derecha. Me miró como si no creyera lo que acababa de oír y se alejó asustado, porque en realidad se lo dije antes de que él me hiciera la pregunta. Y casos semejantes, podría contar por docenas.

Mi voluntad nada tiene que ver con esta condición. Se trata de una facultad impuesta y la verdad es que preferiría ser como cualquier cristiano, aunque debo admitir también que son estos poderes los que abrieron el camino hacia los laberintos de la intensa historia de amor que avasalló mi vida.

A lo largo de mis años, más tranquilos que agitados, nunca presté demasiada atención a los sueños que cada cierto tiempo se me repetían como películas obsesivas; ni tampoco a esas intuiciones que de pronto me permitían saber lo que mi hermano, mi amigo o mi profesora pudieran estar tramando. Ni siquiera me llegué a convertir en un fanático de la misteriosa teoría de la reencarnación. Pero mi espíritu fue incapaz de pasar por alto el hecho de haberme enamorado a control remoto, y transgrediendo no solo las fronteras de la distancia, sino también las del tiempo.

La flecha asesina me perforó el corazón cuando en la semipenumbra de un pequeño museo en la ciudad de Aragón, mis ojos chocaron con la mirada entre plácida y risueña de doña Leonor de Santiago. Jamás había contemplado belleza más deslumbrante, intensidad mayor de sentimiento, concentración tal de antojos y locuras. Era como si toda ella ardiera de pasión por el pintor que a su frente sostenía paleta y pincel para ir estampándola en esa tela; como si la totalidad del amor se empozara en ese preciso punto del tiempo en que la felicidad de los sentidos y del alma parece rebasarlo todo; como si la suma final de las fuerzas cósmicas hubiera determinado sintetizarse en esa belleza indivisible y única.

Aún a riesgo de que se me atribuya locura, debo admitir con humildad que durante las tres semanas que por motivos de trabajo pasé en Aragón, me dediqué a visitar el museo cada vez que encontraba hasta el más mínimo rato libre, sin otra pretensión que la de extasiar mis sentidos aunque fuera unos brevísimos minutos ante los perturbadores encantos de doña Leonor.

Por las noches, amparado en la quietud provincial de la posada donde había tomado habitación, me desvelaba conversando con ella, contándole historias tristes o alegres, preguntándole una y otra vez cómo podía recaer en ella sola la propiedad absoluta y exclusiva de la gracia, asegurando que yo sería sin alternativa su único destino, jurándole amor más allá de la vida y del tiempo. Me agitaba sudoroso, abrazando las almohadas, revolcando entre las sábanas mi imbatible ansiedad.

Una de aquellas inquietantes tardes de museo, tuve la ocurrencia de preguntar si vendían reproducciones del cuadro que tanto me venía perturbando. Compré las doce que restaban y por la noche logré dormir más tranquilo.

Prefiero no detenerme en los detalles de tanta indagación que emprendí para obtener noticia acerca del pintor, así como datos de la historia personal de Leonor de Santiago; viejas crónicas de Indias, documentos ya perdidos en el polvo de las bibliotecas. Solo diré que alrededor de 1580, en vísperas de su boda con Eduardo de Villaverde, la joven de tanto sueño fue condenada por la Santa Inquisición a morir en la hoguera, bajo la acusación de brujería que promovió la siniestra Laura Treviño -una verdadera encarnación del mal-, al parecer llena de ira por haber perdido el amor de don Eduardo, quien también habría de ser abrasado por las llamas mientras seguía jurándole a Leonor amarla hasta más allá de la muerte. Los desafortunados hechos tuvieron lugar en la ciudad de Zacatecas, México central.

Cuando regresé a Santiago, hice enmarcar las doce reproducciones para colocarlas estratégicamente en diversos puntos de la vieja casona familiar de Lyon. Empecé también a averiguar si algún pintor de cierta nota se mostraría dispuesto a convertir esa mínima imagen en un cuadro de tamaño natural.

Todos los días, todas las noches, a muchas distintas horas, pensaba en Leonor. La veía de pronto muy seria, entreabriendo la boca para decir que no me amaba, debido a que su amor estaba fatalmente ligado a don Eduardo, y la veía también escuchándome asombrada contradecir sus palabras al asegurarle que cometía un error, por supuesto que sí me quería, al que en realidad amaba era a mí, y la veía cediendo poco, primero un tanto dudosa, después más segura, cediendo, cediendo, entregándome tímida sus encantos, y la veía aceptando ya el beso que sellaba sus labios como un poderoso filtro de amor, y una vez hasta la vi ofreciéndome dócil su exquisita desnudez. Muchas tardes, al caminar de regreso a casa bajo la bóveda arbolada de mi calle, me sorprendía sonriendo por la dicha de saber que muy pronto vería su imagen.

No fue absoluta mi consternación la noche que encendí el televisor. Siempre intuí que algo semejante tendría que ocurrir alguna vez en la vida.

La imagen que desde la pantalla atacó mis sentidos fue la de doña Leonor, semisonriente, en el cuadro de mis devociones. Me sacudió un estremecimiento, aunque no tardé en comprender: se trataba de la segunda etapa de mi largo viaje en pos de su amor. La película trataba del “extraño retorno” de Diana Salazar desde el pasado y esa Diana era nada menos que la reencarnación de mi amada Leonor. Venía a nuestro mundo de hoy muy decidida a ajustar cuentas con los malvados que la inmolaron y a recuperar la felicidad y la pasión. Resulta lógico que la actriz que interpretó el papel, Lucía Méndez, sea de indescriptible hermosura. Cuando terminó, sentí alivio y ansiedad al descubrir que se trataba de una novela televisiva y que, por lo tanto, podría seguirla viendo cada noche.

La pasión por aquella Leonor de Santiago que siglos antes fue un ser de carne y hueso se había centrado ahora en Diana Salazar, su reencarnación. Pobre Diana, tanta intriga a su alrededor, tantas venganzas, tanto mal concentrándose para destruirla, tenía que defenderse de esas acusaciones y quién sino yo para salvarla, no, ella no era loca, no lo era, yo sabía, podía jurarlo, no era loca; y sabía también que sus poderes mentales no fueron responsables de la muerte de su padre (que la dejaran en paz) y que esos poderes tampoco se prestaron jamás al auxilio del mal.

Sin embargo, debido al carácter ficcional de Diana, mi loco sentimiento tuvo que volver a transferirse, centrándose en un ser real y, además, presente esta vez en la historia, verdadero, contemporáneo, si bien no a simple alcance de la mano, al menos ahí, cerca, posible. Lucía Méndez, la insuperable Lucía, que acaso también estuviera como Diana y antes Leonor, intentando angustiosamente desentrañar la complicada madeja de su pasado.

Busqué fotos y estampas de Lucía en cuanta revista de cine encontré. Encargué posters con su imagen y su nombre, escribí cartas confesándole mi amor sin remedio, suplicando que respondiera, que pensara en mí, que me enviara mensajes y asegurándole también que ella de veras estaba fundida con Diana y que, por lo tanto, tenía la identidad de doña Leonor, es decir, me pertenecía. La instaba a que comprendiera estos hechos y los aceptara como única verdad, jurándole que desde ya, ella poseía un ángel guardián capaz de entregar toda su devoción para evitar que esa nefasta suerte de otros tiempos volviera a repetirse. “Recuerda siempre que eres mi amor”, le decía, “que he venido a este mundo con la clara misión de interponerme entre tú y el cúmulo de siniestras garras que te acechan, para hacerlas retroceder y arrastrarse avergonzadas hasta los fuegos del infierno”.

Mi felicidad creció, creció, se fue haciendo a cada instante más intensa, y comencé de pronto a vender algunas antigüedades para financiar un viaje a México en su busca. Si la había encontrado, ahora tenía que atraparla con mi desbordante amor, retenerla para siempre, igual que don Eduardo, más allá de la muerte.

Pero llegó la tercera etapa del viaje cuando cierta noche encantada, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano Fabián, la vi de lejos, al otro lado del salón lleno de gente. Once you have found her, never let her go es la letra de lo que cantaban. La saqué a bailar y empezamos a deslizarnos lenta, sensual y rítmicamente por el piso del salón, yo mirándola asombrado, ella siempre sonriente, a pesar de sus quemaduras.

Hola Leonor –le dije.

Sonrió con poco entusiasmo y dijo:

No soy Leonor. Me confundes.

Sí eres. Claro que eres. Jamás te confundiría. Eres Leonor. Eres Diana.

Tampoco soy Diana. Y tú deberías saber muy bien cuál es mi nombre, no juegues.

Sí: antes, Leonor de Santiago. Hoy Diana Salazar. Eres Lucía, ¿verdad?

No. Me llamo Marcela.

¿Marcela -me dije-, qué tenía que ver Marcela? ¿Se trataba quizás de una impostora? Observé detenidamente sus cicatrices.

Tu rostro… El fuego… Los malditos

Marcela Montoya -insistió Leonor.

Leonor, Diana, Lucía y Marcela. Cuatro nombres de una misma mujer, pensé, y supe con certeza que nunca la dejaría ir, que seríamos desde antes del diluvio hasta después del juicio final el uno para el otro, derrotando al tiempo, sobrepasando la historia, porque yo también era un retorno, también había vuelto desde más allá y estaba cobrando mis deudas.

Poli Délano (foto)

‘Silencio de neón’ de Lina María Pérez

lina-maria-perez-gaviria-3(Con este cuento ganó una de las diez categorías literarias del Concurso Internacional de Cuentos ‘Juan Rulfo’, el llamado Premio Semana Negra, en el año 2000)

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce; es una sombra -amor-, una celada… Amanda Berenguer

La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado.

Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel.

Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.

-No me prestas atención, Fabricio -rezongó Adelaida-. Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en San Pedro.

Fabricio había estado escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado.

Enfrentó a la mujer; con ella había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje, pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La primera respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera, pero su temple no se desmoronó.

Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado…

-Adelaida, esto no es fácil para mí… Las cosas se dieron a pesar de… -La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El temple de su esposa lo desarmó.

Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden-. El tono era evidentemente cínico pero mesurado.

-No hay lugar para rencores ni recriminaciones-. A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos-. Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una pieza, sin sentimentalismos.

Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario.

Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio.

Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johnny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas-. Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momentos resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta-. Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

-Por fin nos deshicimos de ella-. Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en San Pedro-. Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó.

Fabricio dejó sin probar su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal.

Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo.

Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas… la prima sosa ya no estorbará… San Pedro es una ciudad para exilados… Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya-. Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada. -No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.

-Es sólo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien- insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes, de aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado-. Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo-. Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible sopor.

-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté la coca pero no me atrapó-. Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida-. Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía de penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Meliana lo conminaba a dejar a su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso… se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para obtenerla…

-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la cantidad necesarios…

Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos, el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida no haber descubierto el engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizás Meliana, en medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Fabricio estaba en medio de dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso, Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con su mujer.

Volvió a la realidad cuando se felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.

Pidió una copa de brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso para cuando Meliana despertara.

Imaginó su reacción desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobre todo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por los narcóticos.

Para Fabricio fue una señal inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.

Con la cálida sensación relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

-Es una especie de maleficio con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal… Es una forma de legitimar la perversidad…

-Entonces brindemos por el maleficio y por el aire saludable de San Pedro! -le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso para el deleite del amor de Meliana.

Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johnny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la puerta.

La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.

-Habla el comisario Gamboa de la ciudad de San Pedro -la voz es fría e imperiosa-. Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes… ¿Me escucha, señor Marroquín? -Le escucho -responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.

-Cinco kilos de cocaína pura entre su equipaje… -el énfasis morboso no da lugar a dudas-. Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.

-Fabricio… -la voz de Adelaida suena apagada pero resuelta-. Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable… los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje… De acuerdo con el abogado, son alrededor de diez años…

-Meliana ya no está -dice Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre-. Durante la noche murió de sobredosis….

-Sobredosis? -Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan-. De vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza con la coca, con la vainilla, con el vino…, con la sangre… -su voz triunfante y depravada añade:- El maleficio, recuerdas?… es el castigo… hay daños que no tienen perdón…

Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

‘Una noche precaria’ de Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio MuñozPese a que es un hombre de estricto apego a los rituales, Álvaro Collazos decide prescindir hoy de las tostadas con mantequilla. Entonces abre la nevera y se sirve solo un vaso de leche. Mira la hora. Quiere llegar lo más rápido posible a la oficina. Necesita una conexión a internet. Observa con detenimiento el calendario que cuelga de la pared; comprueba que ha transcurrido una semana desde que llamó por segunda vez a la empresa de telefonía para reportar el daño. Es por eso que no ha podido navegar por las noches. Se sienta en la sala de su apartamento, apurando ligeros sorbos de su vaso; observa, después, el cuadro del artista filipino del que ya no puede recordar el nombre. Algo en la imagen no le cuadra. Se percata de que el cuadro está un poco inclinado hacia la izquierda. Desvía la mirada hacia la calle; por una pequeña abertura en la cortina logra ver, abajo, el trancón que siempre se forma en el cruce que da salida a la autopista. Mira el vaso de leche. Aún le queda la mitad. Piensa en apurar los sorbos; sin embargo, recuerda que es un hombre solo y que, de atragantarse, no habría nadie ahí, presto a socorrerlo. Entonces se ve a sí mismo despaturrado en medio de la sala mientras un médico forense anota en su libreta que el deceso de aquel hombre, joven, de mediana estatura, calvicie incipiente y un poco barrigón, se produjo por broncoaspiración. La sola idea de su muerte le produce vértigo. Vuelve la mirada hacia el cuadro; luego se pone de pie, camina algunos pasos y trata de nivelarlo con la mano derecha. Regresa al sofá. Mira el cuadro de nuevo y comprueba satisfecho que la alineación es perfecta. Ahora puede terminar su vaso de leche tranquilo.

Mientras camina hacia la cocina para lavar el vaso, lo asalta una certeza sin fisuras que le permite anticipar lo mucho que echará de menos las tostadas. Los huevos ya no le hacen falta. Quizá, piensa, deba pedirle a su médico un nuevo examen de sangre; solo así sabrá qué tanto han bajado sus niveles de colesterol. Sabe que le espera un día agotador en la oficina. Además, recuerda que anoche no durmió bien; aunque procuró conciliar el sueño haciendo zapping en el televisor, la imagen del hombre de la carpetica dando vueltas por el aire, como un muñeco que alguien arrojara hacia arriba con violencia, aparecía una y otra vez dentro de su cabeza. Tal vez esa imagen obsesiva, que ha estado dentro de él desde hace nueve años, se ha hecho más latente ahora que no ha podido ubicar a Verónica en el teléfono de siempre y que tampoco contesta sus correos electrónicos. Cuando llamó, la mujer que contestó lo puso al tanto de la novedad: Verónica y su esposo le habían vendido el apartamento hacía más de seis meses. Desde entonces una suerte de ansiedad no le permite estar tranquilo. La imagen del tipo, que sale disparado por el aire ante la embestida de la camioneta para después caer desgonzado en medio de la calle, a unos cuantos metros de la carpetica que sostenía entre sus manos, se le presenta a menudo. Con ella, también, están la suya y la de Verónica observando atónitos al hombre de la camioneta, que pasaba frente a ellos con la cara tensa, gritando como loco y con el parabrisas hecho trizas, incapaz de poner un pie en el freno. Después viene el recuerdo de la confusión. Las náuseas de Verónica. Los gritos delirantes. El llanto desgarrado de ella. La cachetada que le dio en un intento por tranquilizarla. El vómito de ella. La llamada angustiosa a una ambulancia. La espera a prudente distancia del cuerpo, sin atreverse a tocarlo. La romería de gente. La llegada de la policía. Las declaraciones suyas para dar cuenta una y otra vez de lo que alcanzó a ver en esa fracción de segundo. La imagen del tipo de la carpetica, subido de urgencia a la ambulancia aunque la muerte parecía inminente. El recuerdo, nítido, del tipo de la camioneta, que había conseguido detenerse un par de cuadras más allá y regresaba abatido, escoltado por la policía. La de Verónica, tomando del suelo la carpetica cuando todos se marcharon. La de ellos, Verónica y él en la sala del apartamento de mamá, esculcando las hojas dentro de la carpetica, entregados a la búsqueda infructuosa de un teléfono para comunicarse.

Álvaro espera impaciente en el teléfono que le confirmen si hay algún taxi al que se le dé la gana de recogerlo. Se muerde los labios. Le aterra pensar que Verónica haya abandonado el país sin avisarle. Trata de recordar cuándo fue la última vez que hablaron; ocho meses, se dice, mientras lamenta que haya transcurrido tanto tiempo. En esa ocasión ella creía estar segura de haber visto al tipo de la carpetica entrando a una sala de cine; era él, repetía, ahora sabemos que no murió. Afirmaba que, al parecer, tenía la pierna izquierda repleta de tornillos, varillas y placas de titanio; porque caminaba muy rígido, como un robot, decía. Sin embargo, la conclusión final fue que, tal vez, era alguien que se le parecía mucho. Cuando confrontaron los rasgos físicos que cada uno guardaba en su memoria, había algunas cosas que no coincidían; la nariz, por ejemplo, Álvaro estaba seguro de que era narizón. Lo sabe bien porque, mientras Verónica estaba sentada en el andén, tratando de contener unos espasmos que le impedían respirar, Álvaro se acercó en el momento en que lo subían a la camilla. Además, el asunto de los tornillos y placas de titanio no lo convencía. Habían pasado ocho años y ese tipo de incrustaciones son de carácter temporal, mientras la reconstrucción del miembro. Álvaro sigue escuchando música de fondo en el teléfono y algunos mensajes que le indican que no hay taxis cerca. Son unos canallas, una raza abominable, dice entre dientes; sabe que, afuera, muy cerca de su apartamento, de seguro hay varios haciendo carreras cortas a quienes solo vayan hasta la estación de Transmilenio más cercana. Está seguro de que, si sale a la calle, tampoco será fácil conseguir uno; se detendrán, le preguntarán a dónde se dirige y después dirán que no, que no alcanzan, que mucho trancón. De cualquier manera decide salir; tal vez, aunque poco le gusta porque considera que es la manera más expedita de ganarse un virus, la mejor opción sea tomar un bus. La ruta que le sirve lo dejaría a solo unas cuantas cuadras de la oficina.

Mientras espera el bus en la esquina, Álvaro recuerda que a él también, en alguna ocasión, le pareció ver al tipo de la carpetica. Fue a la entrada de un centro comercial; el hombre, montado en una silla de ruedas, asistido por dos muchachas de no más de veinte años, se le quedó mirando con mucha firmeza. Álvaro, mientras sostenía la mirada, sintió que su cara se encendía. Una suerte de vergüenza parecía instalarse con soltura dentro de sí mismo. Sintió entonces, con una contundencia pasmosa, como si hubiese sido el causante de todo o tal vez fuera él mismo quien conducía la camioneta. Los rasgos de la cara coincidían con los que tenía grabados en su memoria, pero algo en la fisonomía del tipo no le cuadraba del todo. La imagen que desde esa época permanecía enquistada en su cabeza, con una torpe obstinación, era la de alguien de contextura delgada; el hombre que ahora le fruncía el ceño, como decidido a encararlo, era mucho más robusto. Para ese entonces habían transcurrido solo dos años desde aquella noche. Álvaro alcanzó a pensar que, tal vez, el desarrollo muscular se debiera al esfuerzo diario por mover la silla con los brazos; sin embargo, algo en su interior no aceptaba del todo la idea de que en realidad se tratara del mismo tipo que, sin saberlo, había arruinado su futuro con Verónica.

La ruta de bus que le sirve se detiene. Álvaro, luego de echar un vistazo, decide subir; está repleto, pero lleva varios minutos esperando y no es momento de ponerse con remilgos. Como puede se abre paso entre la gente. El bus arranca y Álvaro está a punto de perder el equilibrio; de cualquier manera, prefiere sostenerse balanceando con destreza la fuerza que le imprime a uno y otro pie, antes que aferrarse al tubo metálico que, de seguro, alojará el sudor de muchas manos. Además, piensa, no es tan difícil; está en medio de dos personas que le sirven de columna. El tipo de la silla de ruedas se había alejado sin mayores reparos, como si de un momento a otro hubiese perdido el interés en Álvaro. Aunque alcanzó a considerar la posibilidad de seguirlo, permaneció inmóvil durante un buen rato; la imagen del hombre dando vueltas por el aire, antes de caer desgonzado, parecía haber arruinado alguna conexión dentro de su cabeza y esto le impedía el movimiento. Álvaro parece consentir, pues nada en él permite intuir algún tipo de molestia, el codo que una señora entierra en una de sus costillas; pero está lleno de odio. No solo por el codo que presiona sin clemencia, sino por un evidente enrojecimiento en la nariz de la mujer; está con gripa, se dice, y ahora él también quizá lo esté, pues ella no ha hecho otra cosa que respirar encima de su cara. Le queda claro que un virus podría estar incubándose dentro de su organismo. Entonces traga saliva, alerta a cualquier tipo de sensación extraña; después de repetir el ejercicio un par de veces, comienza a sentir una ligera molestia en la garganta. Pero el recuerdo de Verónica se instala nuevamente en su cabeza y lo distrae de la certeza en la convalecencia que le espera.

Varias veces lo ha atormentado el hecho de pensar qué hubiese sido de su vida si aquella noche no hubiera ocurrido algo tan nefasto. La había conocido varios meses atrás y, con el tiempo, había alimentado la idea de que ella era la mujer que había esperado durante varios años. Al comienzo no había sido más que una tímida amistad; sin embargo, poco a poco, hablar con ella por teléfono se convertía en una necesidad imperiosa. De tal manera que pasaban largas horas conversando antes de acostarse para redondear el día. De vez en cuando se tomaban un café; él, esmerado en detalles, le daba cuenta de lo mal que le iba en la oficina. No con sus jefes, pues siempre sabía cumplir en forma diligente las expectativas de la compañía; pero sí con sus compañeros, quienes, al parecer, no congeniaban con él. En alguna ocasión pudo escuchar en el baño, sentado en la taza del sanitario, que se referían a él como un tipo raro de quien era mejor guardar un poco de distancia. Supo reconocer de inmediato las voces: se trataba de sus compañeros de cubículo; ellos, en cambio, no tuvieron el tino de reparar en que los mocasines uva que asomaban debajo de la puerta eran los suyos. Verónica, por su lado, se limitaba a escucharlo, dejando en evidencia que la vida la había arrojado al mundo con una habilidad asombrosa para comprenderlo todo. De alguna manera ella, también, aunque tal vez sin mucha convicción, lo ponía al tanto de los problemas que tenía con su madre. Fue así como la relación se sostuvo durante varios meses bajo esta dinámica que disfrutaban mucho. En algunas ocasiones, mientras hablaban por teléfono, el tono de voz cambiaba entre los dos; sobre todo al final de la llamada. Entonces Álvaro sentía, con una complacencia infinita, cómo el amor se escondía bajo el susurro de una voz que le llegaba desde el otro lado de la línea. La noche en que el hombre de la camioneta arrolló al tipo de la carpetica esa magia se rompió, como si tuviese la consistencia de una pompa de jabón que alguien acaba de pinchar con el dedo.

Álvaro procura reprimir una mueca cuando descubre, abajo, los pies de una señora que no lleva zapatos cerrados. La mujer lleva unos de tacón con diseño de sandalias. Aunque le fastidia, no puede dejar de mirarlos. Piensa, como lo ha hecho tantas veces, que debería existir una ley que obligara a la gente a mantener los pies siempre cubiertos. Con líneas telefónicas para que ciudadanos como él pudiesen denunciar la descarada exposición de los dedos. Álvaro se agacha un poco para mirar por la ventana hacia la calle. Siente un poco de dolor en la pantorrilla derecha. Tal vez, piensa, el vaivén que lo mantiene en equilibrio sea el que lo produce. Después vuelve sus ojos hacia el piso. Dos dedos de la señora son bastante deformes; el meñique, incluso, se sale en forma insolente de la plataforma, tirado hacia un costado, como en abierta disputa con los otros dedos. Mientras Álvaro observa con detenimiento la disposición de los demás dedos, el pie de la señora comienza a moverse; se está levantando del puesto. Entonces la mira a la cara e intenta una sonrisa que no luzca tan pálida. Después de esto vuelve a tragar saliva, aguzando cuanto puede su sensibilidad; no le queda algún tipo de duda en cuanto a que ha sido contagiado con un virus. Lo sabe porque persiste la ligera molestia que alcanza a percibir cuando la lengua se pega al paladar para darle paso a la saliva. Qué embarrada, se dice; le aterra pensar que esto le impida ir al encuentro de Verónica, en el caso que logre ubicarla. Recuerda que aquella noche, decidido como estaba a declararle su amor, la invitó a tomarse un par de cervezas. Cuando la recogió descubrió de inmediato que parecía haberse arreglado para él; tenía una blusa naranja con un ligero escote y un pantalón ajustado. Algo entre los dos lucía diferente; tal vez Verónica intuía sus intenciones y se abrigaba toda ella bajo un ligero candor. Mientras intercambiaban algunas frases sin mucho sentido, salieron a la calle para buscar un taxi. Ella lo puso al tanto de algunas compras que había hecho durante el día mientras él se limitaba a asentir. Caminaron un par de cuadras de más porque ella afirmó que, sobre la avenida Diecinueve, de seguro, conseguirían algo rápido. Entonces lo tomó del brazo. Él, en un comienzo, lo interpretó como buena señal; después, sintió una suerte de desasosiego cuando asoció esta imagen con la que guardaba en su cabeza de otra noche en que una niña, que le gustaba mucho, se disponía a coronarlo como su mejor amigo. Siguieron caminando en silencio. De vez en cuando la miraba con la única intención de que al leer sus ojos se desvaneciera el equívoco. Ella respondía a su mirada con una sonrisa entre coqueta y solemne; entonces se fue instalando en él la convicción de que lo que flotaba entre los dos anunciaba sin reparos un amor duradero.

La señora de la nariz enrojecida acaba de toser. Aunque en forma instintiva cubrió su boca con la mano, Álvaro siente que un tufillo virulento le alcanzó a llegar hasta el cuello. Tal vez, piensa, la mujer no dispuso la mano en forma correcta y una ligera hendidura entre los dedos haya dejado escapar el pedazo de tos que le llegó. Un escozor incómodo en la piel afectada viene a confirmar su sospecha; entonces mueve la cabeza, fingiendo una molestia muscular. La picazón amenaza con propagarse. Álvaro espera unos segundos; después, voltea a mirar en dirección de la señora. Como la encuentra desprevenida, mirando hacia un costado, aprovecha la oportunidad y se lleva la mano hacia el cuello y lo limpia.

Cuando llegaron a la Diecinueve, Verónica soltó su brazo. Unos metros más allá, también sobre el andén, había un tipo que sostenía una carpeta aprisionándola con su brazo. El hombre parecía intranquilo. Vestía un pantalón de dril y una chaqueta de pana acanalada. Verónica, pues era uno de sus pasatiempos preferidos, no le calculó más de treinta años. Como si alguna extraña razón los convocara a grabar esta escena en la cabeza, se quedaron algunos segundos observando cada uno de sus movimientos. No parecía, como ellos, esperando taxi o bus, pues en vez de mirar en la dirección en que venían los carros, miraba insistente en sentido contrario, como si los observara a ellos. Unos segundos después el tipo bajó del andén en forma apresurada; fue entonces cuando una camioneta que venía a gran velocidad lo levantó por el aire. Lo primero que Álvaro vio fue un zapato que salió disparado y que por poco lo deja sin cabeza. Entonces él, luego de eludir el vuelo del zapato, siguió con sus ojos la trayectoria del hombre, que daba vueltas por el aire como si fuese un muñeco de trapo; entre tanto, el rabillo de su otro ojo veía pasar la camioneta con el parabrisas hecho trizas y un hombre en su interior que gritaba con la mandíbula desencajada.

Esa noche, recuerda Álvaro mientras escucha el timbre de un BlackBerry, tal vez se dilapidó la única posibilidad real que había tenido en terrenos del amor. A partir de ahí algo se fracturó en la relación. Tal vez, piensa, pudo haber sido la cachetada que él le propinó en un momento de desespero; sin embargo, le atribuye también la responsabilidad al vómito de ella. Desde esa noche Álvaro no podía evitar, cuando la recordaba, que volviera a su cabeza la imagen de Verónica expulsando por la boca un líquido de tonalidad amarillenta. Los siguientes días, cuando hablaban por teléfono, solo atinaban a repasar lo sucedido. Verónica refería, en cada ocasión, detalles que habían pasado desapercibidos para él, como que el tipo usaba gomina en su peinado, por ejemplo. De tal manera que la amistad entre los dos, lejos de avanzar en cualquier otra dirección, se redujo a un mero recuento telefónico de lo sucedido aquella noche; de vez en cuando ensayaban abordar algún tema diferente, pero siempre, al final, desembocaban en lo mismo. Entonces especulaban sobre la suerte del tipo. Álvaro creía que había muerto camino al hospital. Verónica se inclinaba por pensar en una incapacidad permanente.

Con el tiempo, recuerda Álvaro, las llamadas se hicieron menos frecuentes; pero, de cualquier manera, cuando hablaban se erigía entre los dos un afecto que él jamás había experimentado con nadie. Evocar con ella lo que había ocurrido aquella noche comenzaba a tornarse en una suerte de morbo. Aunque en la soledad de su apartamento también aparecían imágenes en forma intempestiva, como si se tratara de la proyección desordenada de una serie de diapositivas, hacerlo con ella le ofrecía un ingrediente adicional que no podía dejar de valorar. Con Verónica el recuerdo era mucho más preciso. De tal manera que rememorar lo sucedido vino no solo a sostener la relación de ahí en adelante, sino a nutrirla para que se afianzara entre los dos una sólida aunque distante amistad. Era Álvaro quien solía tomar la iniciativa de llamar, por lo general un par de meses después de la última llamada; aunque Verónica, por su parte, a veces lo sorprendía con una rápida llamada en un fin de semana para darle detalles de una receta que le había salido deliciosa. De alguna manera ambos, sin que fuera necesario hacerlo explícito, sabían que los dos encarnaban la suerte del camino no tomado; para ambos era importante estar al tanto de cómo era la vida del otro sin el otro. Fue así como él se enteró de su grado de maestría. De su ingreso a una compañía farmacéutica. De su cirugía de nariz. La vida suya, en cambio, era bastante plana; pero aun así a Verónica todo en él le parecía súper emocionante. El más mínimo relato de un altercado laboral, del que él salía bien librado, producía fascinación en ella. Algunas noches Álvaro, mientras se aferraba a su almohada para atenuar el frío, se atormentaba pensando en la manera de darle un giro a la relación para que todo retomara el cauce que tenía aquella noche; sin embargo, nunca encontró las palabras precisas ni mucho menos intuyó cuál era la mejor forma de hacerlo. La suerte estaba echada y no había forma ya de desandar los pasos. Mucho menos cuando se enteró, en una de las llamadas de rutina, de que Verónica se casaba con Santiago, uno de sus novios de los tiempos de universidad. A pesar de todo no guardaba ningún tipo de rencor hacia el hombre de la carpetica; cómo, si tal vez él habría pagado ya con su vida el desatino de morir en forma inoportuna.

Álvaro, un poco agitado, comprueba que solo le faltan dos cuadras para llegar hasta el edificio donde queda su oficina. Se le antoja que lo primero que hará es escribirle a Verónica otro correo. Necesita contarle lo que descubrió relacionado con el incidente aquella noche; no entiende cómo algo así pudo pasar desapercibido para ambos durante tantos años. Ahora no tiene ninguna duda. Todo se le aclaró a raíz del comentario desprevenido de uno de sus compañeros, a quien él refirió lo sucedido. Pero Verónica no aparece y esto lo perturba. Piensa que, tal vez, se haya molestado por el hecho de que, en la última conversación, cuando ella le contó que no era feliz con Santiago, se habría quedado esperando mayor atención de su parte, a lo que él respondió con un silencio de ocho meses.

El edificio está próximo. Álvaro descubre cerca de la entrada a un par de tipos que no le caen bien; después de mirar hacia atrás como buscando algo, aminora el paso para darles tiempo a que ingresen primero. No quiere saludarlos. Álvaro descubre que uno de ellos tiene un cigarrillo entre los dedos y una ligera estela de humo a su alrededor. El encuentro es inevitable. Miguel, Leonardo, buenos días, dice Álvaro sonriendo e inclinando un poco la cabeza. Miguel, pues en ese momento se aplicaba en el ritual de levantar su cabeza y expulsar el humo, le devuelve el saludo levantando un poco la mano. Leonardo se limita a sonreír. Parece que ahora sí la guerrilla se repliega, continúa Álvaro; entonces les pregunta si vieron la última emisión del noticiero. Como ninguno da muestras de interesarse en el asunto, se toma el trabajo de referir para ellos los últimos acontecimientos. Ambos lo miran fijamente, asintiendo de vez en cuando, un poco turbados; pero no es turbación sino vivo interés lo que Álvaro lee en esas caras. Unos segundos después, se despide y camina en dirección de los ascensores. Hay dos personas esperando. Al cabo de unos segundos ingresan los tres. Cuando la puerta está a punto de cerrarse por completo, se abre de nuevo; una de las secretarias, con dos paquetes en la mano, entra en forma apresurada. Álvaro no entiende por qué la gente hace eso. Son seis ascensores, se dice, nada le cuesta esperar otro; entonces imagina un sofisticado mecanismo que cargara de electricidad el botón de llamar el ascensor cuando la puerta esté a punto de cerrarse. Imagina a la señora recibiendo una ligera descarga que le sacude el brazo; le parece ver, en cámara lenta, cómo su cara se tensa en una mueca mientras los paquetes caen al piso. Esa misma cara, que Álvaro observa tensa de dolor en su cabeza, lo mira sonriente en espera de un saludo; entonces Álvaro estira los brazos y le toma la mano con bastante afecto.

El computador tarda un poco en cargar; entre tanto, Álvaro comienza a construir en su cabeza el texto del correo que le enviará a Verónica en caso de no tener ya una respuesta de su parte. No sabe bien si, tal vez, sea buena idea darle algún detalle de lo que descubrió; el resto podría decírselo cuando se vieran. Al final decide no hacerlo; le interesa, más que todo, ver su reacción. Le explicará que, de cualquier manera, en un principio no lo convenció mucho esa teoría. Álvaro comienza a revisar su bandeja de entrada; hay varios correos de su jefe pidiendo, como siempre, un reporte requerido con urgencia. La vida de todos en el edificio, al parecer, depende de que él envíe el reporte en momentos en que lo tienen sin cuidado los reportes. Sus ojos brincan de un lado para otro buscando algo de Verónica. Un rápido repaso le indica que no hay nada. Entonces se decide a redactar el correo. Se queda pensativo frente a la plantilla del email en blanco. Unos segundos después, minimiza la ventana. Su mano comienza a moverse ágil sobre el mouse. Abre y cierra carpetas. Luego abre un Excel que tiene muchas tablitas atiborradas de datos. Edita algunas celdas. Borra algunas cifras e inserta algunas más. Sus ojos someten el archivo a un riguroso escudriño. Después, resalta los títulos de las tablas y los decora con un ligero sombreado. Entonces manda el archivo.

Álvaro frota sus manos con mucha convicción y se pone de nuevo frente al correo en blanco de Verónica; sin embargo, la imagen de Miguel mirando hacia arriba y expulsando volutas de humo le viene a la cabeza. Sonríe. No entiende por qué los fumadores acuden a ese gesto en forma tan solemne; de alguna manera, piensa, se sienten ungidos con un don que al resto de los mortales se les escapa. El de echar a perder los pulmones con estilo. Mientras busca las palabras que mejor calzan para describir el “Asunto” del correo, su Outlook emite un silbido corto y fino; entonces minimiza la ventana y vuelve a su bandeja de entrada. Hay un correo de Verónica. Álvaro, bastante excitado, comienza a leer. Sus pupilas se mueven de un lado para otro. Después se detienen. Todo él parece ahora un muñeco inanimado que alguien sentó frente a la pantalla de un computador. Verónica le dice en el correo que se va del país al día siguiente; a Barcelona, donde hay todo para Santiago y nada para ella. Afirma que, espera, nada cambie entre los dos. Le pide que sigan en contacto. Al final le dice que quiere verlo, le interesa saber si puede caerle al apartamento por la noche. Luego de un besos y abrazos le pregunta, en una posdata, por qué nunca hicieron una simple llamada a la policía para preguntar a dónde habían llevado al tipo de la carpetica aquella noche; ellos, de seguro, algo les habrían dicho.

Álvaro, durante el día, no ha logrado concentrarse; en un par de ocasiones su jefe lo llamó a su oficina para explicarle algunos de los proyectos para el próximo año en los que su participación sería fundamental. Pero lo fundamental, que ocurriría muy pronto, estaba ya instalado cómodamente dentro de su cabeza; de cualquier manera se limitó a asentir fingiendo entusiasmo. El resto del día ha sido contestar correos. Imaginar, cientos de veces, diversos desenlaces para su última noche con Verónica. Asistir a reuniones en las que poco le importa debatir ni poner sobre la mesa asuntos de vital importancia. Contestar llamadas telefónicas. Quejarse por un incipiente ardor en el estómago que le produjo el no haber comido las tostadas con mantequilla. En momentos en que la ansiedad lo intimida, se pone de pie para hacer una pequeña ronda por los cubículos vecinos; se aplica con gusto a su postura amable y se entrega sin vacilaciones de ningún tipo al artificio de su sonrisa siempre válida. Por momentos se acerca a quienes siempre han demostrado más reservas hacia él; entonces los satura con datos utilísimos que ha ido guardando dentro de su cabeza a lo largo de los años. O emite opiniones que puedan resultar polémicas. Como nadie ha dado muestras de embarcarse en algún tipo de confrontación con él, vuelve a su puesto y lee de nuevo el correo de Verónica; tal vez, piensa, una nueva lectura revele para él algún aspecto que haya pasado inadvertido. Pero las letras siguen ahí, recias, inamovibles, incapaces de desvelar alguna intención que Álvaro intuía cifrada.

A la hora del almuerzo, pese a que nadie ha tenido la delicadeza de invitarlo, se le antoja que hacerlo solo es lo mejor que puede haberle ocurrido; quiere pensar en ella, sin distraerse escuchando conversaciones absurdas o viéndose obligado a aclarar imprecisiones en las que alguien pueda caer por aventurar hipótesis en temas que claramente no domina. Además, almorzar en grupo lo estresa; siempre debe estar pendiente de que no vayan a parar a su plato trocitos de comida que salgan disparados de la boca de alguien. Es por eso que ahora, mientras trata de reconstruir en su mente la última conversación que tuvo con Verónica, come con la cabeza gacha, aplicado en su plato por completo; no quiere que alguien se acerque a él con intención de compartir la mesa. Ella le había dicho, casi a punto de llorar, que no era feliz con Santiago; sentía que la vida de él giraba en torno a todo menos a ella. Todo la sobrepasaba: la oficina, en la cual él parecía ser sumamente feliz; los fines de semana, haciendo zapping en el televisor por todos los canales de deportes; las noches de póker, en las que ella se hacía un ocho la cabeza pensando que no eran cartas sino tetas lo que tendría entre sus manos. Además, no la escuchaba; lo tenía sin cuidado lo bien o mal que ella pudiera llegar a sentirse. Eso es todo lo que recuerda Álvaro en relación con su infelicidad. Después, y fue ahí cuando el ánimo de Verónica dio muestras de recuperarse, ella le contó que estuvo a punto de perder la carpetica del tipo; Santiago, presa de un repentino arrebato, había organizado el estudio. Fue entonces cuando Verónica descubrió que la carpeta ya no estaba ahí, donde siempre la había mantenido; luego sintió cómo un fervor inusitado, parecido al de Santiago, la arrojaba a buscar por todos lados. Al final, cuando había perdido la esperanza, la encontró en el cuarto de la empleada del servicio, dentro de una caneca donde se guardaban todo tipo de chécheres. La felicidad la desalentó de tratar de averiguar qué pudo haber pasado. Desde ese momento, según le dijo, la guarda dentro de su tocador. Un trozo de yuca mal cocido, que baja lentamente por la garganta de Álvaro, lo vuelve a la realidad. Entonces se aferra a los brazos de la silla con las manos, lleno de pavor de que pueda detenerse en mitad del recorrido y acabe con su vida. Unos segundos después comprueba satisfecho que ha abandonado ya la zona de peligro. El trozo de yuca vino a recordarle la incomodidad en la garganta, que ahora él parece percibir con mucha más intensidad en la laringe. Toma el resto de jugo, mientras con una mano hace señas a la mesera para que le traigan la cuenta.

Al final del día, luego de una tarde interminable en la que Álvaro saturó su cabeza con miles de posibilidades que podían tener cabida durante la noche, sale de la oficina. Encontrar un taxi le resulta fácil. Le pide al conductor que lo deje a unas cuantas cuadras del apartamento. Compra un vino, unas galletas y una tabla de quesos; también, lleva una pequeña cajetilla que podría ser de mucha utilidad. Cuando llega al apartamento revisa todo muy bien; no quiere que algo dé apariencia de desorden. Limpia muy bien el mesón de la cocina. Prepara la mesa. Alista las copas de vino y se sienta a esperar. No deja de pensar en la reacción de Verónica cuando él le cuente aquello tan terrible que podría haber descubierto; sin embargo, piensa, de ser así sería como una especie de compensación de la vida. Tal vez ellos, sin siquiera intuir lo que estaba por venir aquella noche, o tal vez intuyéndolo de manera inconsciente, dejaron regir sus movimientos como si fuesen marionetas. Fue así como afectaron la vida del tipo de la carpetica en la misma dimensión en que él se disponía a hacerlo. Álvaro recuerda al tipo de la silla de ruedas a la entrada del centro comercial; entonces sonríe y parece sostenerle ahora sí la mirada sin ningún tipo de pudor; tal vez estemos a mano, se dice, definiendo en su cara un gesto vago. Después piensa en Verónica y trata de imaginar su figura en el instante en que él abra la puerta. La invitará a seguir. La sorprenderá con el vino y los quesos; después, se sentará a la mesa para escuchar todos sus descargos. Ella resumirá para él lo que ha sido su vida al lado de Santiago. Le hablará de los sueños de él en Barcelona y de los suyos hechos trizas. Piensa que, si así el destino lo depara y el valor resulta suficiente, le pedirá que no se vaya, tratará de explicarle que ese viaje es mucho más que un absurdo; le pintará maravillas sobre sus posibilidades juntos. Entre los dos pueden enderezar el camino que se torció hace ya casi nueve años.

De un momento a otro Álvaro comienza a experimentar una suerte de fatiga en los ojos. Entonces los restriega con los nudillos de la mano izquierda; después, sin siquiera saber en qué momento el sueño lo vence, comienza a soñar que está en una isla con Verónica. Están sentados en la playa. Cae la tarde. Se ríen. Ella juega haciéndole cosquillas en las pantorrillas con sus pies. De vez en cuando la besa. Al fondo pueden ver cómo se les aproxima en forma de olas, con una persistencia tenaz, pedazos de mar, caracoles y conchitas. Se quedan mirando mientras ella le toma la mano apretándola muy fuerte, como si de esa sujeción dependiera su vida; él, entre tanto, voltea la mirada hacia lo alto de una torre desde donde parece llegarles atenuado un sonido de corneta que les anuncia la hora de la cena. Aquí estamos bien, le dice Verónica; entonces él recuesta la cabeza en su hombro. Después ella se pone de pie y le pide que la acompañe hasta la orilla. Luego caminan juntos mar adentro, haciendo oídos sordos al rumor de la corneta que no parece rendirse en su intento de convocarlos a la mesa. Ella comienza a nadar mientras él le sostiene el vientre con la mano. Después ella, desleal, patea el agua con mucho frenesí para mojarle la cabeza. Él la suelta y se sumerge por completo. Verónica lo hace también y bajo el agua se miran a la cara.

Un dolor de cuello, que parece irradiarse hacia la espalda, comienza a deshilvanar las imágenes del sueño. Unos segundos después se despierta por completo. Mira su reloj. Son las doce de la noche. Se para de un brinco. En menos de cuatro zancadas está en la cocina. Toma el citófono. Pregunta si alguien ha venido a buscarlo. El portero le dice que una señorita llamada Verónica González estuvo buscándolo; le dice que él insistió varias veces pero que nadie atendió el citófono. Álvaro saca del bolsillo de su pantalón el celular. Tiene seis llamadas perdidas. Un iconito en la pantalla le indica que el celular estaba en silencio. Un poco temeroso, llama a Verónica; la voz de ella lo sobresalta, es una grabación que dice que puede dejar un mensaje. Al fondo, en el comedor, aún están la botella de vino y la tabla de quesos. Álvaro se acerca. Entonces lleva la mano al bolsillo de su chaqueta y saca la cajetilla con los chicles que compró para después de la velada. Los deja sobre la mesa. Unos segundos después camina hasta su habitación y se deja caer de bruces en la cama. Luego se acomoda de lado encogiendo sus rodillas y se aferra a una almohada. De afuera le llega ruido de carros que atraviesan la autopista. Le parece verla frente a él, los dos sobre la cama. Se arroja con voracidad al recuerdo de aquella otra noche fallida con Verónica. Le parece estar con ella junto a la avenida Diecinueve mientras un hombre los mira con extraña insistencia. Álvaro, entre susurros, le cuenta ahora que el tipo de la carpetica se vio obligado a bajarse del andén porque ellos le obstruían la visión; al parecer él quería ver algo que estaba atrás y la ubicación de ellos se lo impedía. Entonces Verónica le pone un dedo sobre los labios y le dice que no importa. Así están bien. Álvaro la mira con una complacencia infinita y le toma la mano. Luego cierra los ojos. Y así, bajo el abrigo de la almohada, sin atreverse a besarla o siquiera tocarla, pasa la noche con ella como tantas veces lo ha hecho, haciéndole el amor a su manera, entregado a una ingenua aunque genuina forma de felicidad.

Andrés Mauricio Muñoz (foto)

 

‘Nadar de noche’ de Juan Forn

juan fornEra demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras.
Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no Iba a pisar Buenos Aires en todo el mes.
Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo Efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:
– ¿Se puede pasar?
-Sí, claro. Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado.
Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:
-Dame el impermeable, si querés ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
-No, no así está bien. Va a llover en cualquier momento-dijo-. Qué maravilla. ¿De día es así, también?
-Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.
Marisa, y la beba. Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.
-Sí, claro-dijo-. Supongo que sí.
-Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la Beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
-Voy a servirme un whisky ¿Seguro que no querés?
-No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.
-No es mía-dijo él antes de entrar. La casa, quiero decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y de golpe sintió que todavía no se habían tocado.
-Yo creí-dijo, desde ese lugar-que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.
La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.
-Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.
-Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. -Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás. —
O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
-A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.
Él lo miró sin entender.
-Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo, muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
– ¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
-Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.
Hizo una pausa.
Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.
Hizo otra pausa.
-También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provocará esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?
Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.
-Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
-No.
Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.
-Y ahora qué sabés-atinó a decir.
-Nada-contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.
-Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?
No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.
-Es cierto-dijo-. Perdón.
Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:

-De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.
El padre soltó una risita.
-Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.
-Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.
-Los grillos-dijo él-. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.
Después de decir estas palabras dudó ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.
-Bueno-dijo el padre con voz muy suave.
A lo nuestro.
– ¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
-Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enteras, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
-Sí, ya sé-dijo él. Y preguntó, con voz insegura: – ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
-Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
-Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento-dijo él.
El padre no contestó.
– ¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no contestó.
– ¿Y cómo es? -Dijo él.
El padre desvío los ojos y miró la pileta. -Como nadar de noche-dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. -Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomo de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago.
Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
– ¿Algo más? -Dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.
-Por dónde querés que empiece-dijo.
-Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

Juan Forn (foto)

 

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)