‘Maldición gitana’ de Benhur Sánchez Suárez

BENHUR SANCHEZ SUAREZ-Usted va a morir muy joven -me dijo la gitana cuando se sentó sin permiso frente a la mesa donde Jorge Enrique y yo compartíamos café y cigarrillos y nos poníamos al día en los sucesos de nuestras vidas.

Casi al mismo tiempo tomó mi mano izquierda por asalto y la llevó a la altura de sus ojos. Alcancé a asustarme y la retiré, sorprendido y cauteloso.

De nuevo tomó mi mano sin permiso y continuó:

-Por la línea de la vida, que atraviesa su mano, a lo sumo llegará usted a los cuarenta años.

Volví a retirarla y ella me miró con fijeza, oculto por momentos su rostro en la nube de humo que despedía su tabaco, apretado en los dedos de su mano derecha. Luego agregó:

-Me llamo Gracia -sonrió melindrosa-. La línea se trunca antes de bordear el monte de Venus, lo cual me indica que va a morir en un accidente.

Me pareció que la sonrisa con que acompañó su vaticinio tenía rasgos de maligna.

-No tiene gracia lo que me dice -la increpé irónico, para tratar de borrar la cara de satisfacción que puso después de sus palabras.

-Pero va a ser muy feliz en el amor, pues…

La interrumpimos con nuestras carcajadas. Nos burlamos de sus predicciones con un juego de palabras entre el amor y la muerte y ella se puso roja de la ira.

-¿Quién llamó a esta vieja loca? -le pregunté al aire, para seguir la cuerda de la broma que brillaba en los ojos de Jorge Enrique. La mesera también se rió, como si la pregunta fuera para ella, pero miró hacia otra mesa.

-Con la muerte no se juega, señores.

-El juego no lo inventamos nosotros -le respondí de inmediato.

-Y si el juego fuera nuestro usted no sería invitada, señora -replicó Jorge Enrique a punto de perder la paciencia.

-Para conocer el destino no se necesita invitación -dijo, y extendió su mano huesuda para que depositáramos en ella la recompensa a sus quirománticos augurios-. Es una necesidad de las personas saber lo que les depara el futuro.

-Lo que no se contrata no se paga, vieja bruja -le repliqué sonriendo.

-Si no me pagan hago que caiga sobre ustedes la maldición gitana.

-¿Nos está amenazando? -la interrogó Jorge Enrique.

-Deja que se vaya, nosotros no la llamamos ni le hemos pedido que nos adivine el futuro -intervine para acabar de una vez por todas con ese mal momento.

-He leído en su mano su futuro y usted debe pagarme por mi trabajo -sus ojos eran dos fogones encendidos.

-Yo no le pedí que lo hiciera.

-Por eso no le pagamos, ¿está claro? -intervino de nuevo Jorge Enrique.

-¿Ah, no? ¡Pues morirán colgados de las pelotas!

Echada la maldición salió del café llevándose su olor a tabaco y su furioso desfogue por un trabajo sin ninguna recompensa.

Del café donde estábamos se divisaba con claridad la Iglesia de las Nieves y en la plazoleta un enjambre de personas sin oficio, algunos alrededor de un vendedor de herramientas de contrabando. Vendía un juego de destornilladores contenidos en una pequeña caja de plástico, que al sacarlo y armarlo podía servir para múltiples necesidades caseras. En ese grupo debió perderse la gitana. O, más allá, detrás del pregonero de la buena suerte, que también tenía su propio círculo. No volví a ver su pañoleta de colores ni el humo que la precedió cuando salió del café echando maldiciones.
-Ya me empezaron a doler -me advirtió Jorge Enrique.

-¿A doler qué? -le pregunté sorprendido.

-Las pelotas, mano.

Nos reímos hasta que terminamos de consumir los cafés y los cigarrillos y salimos para tomar cada uno el rumbo de su trabajo.

-Cuídate -me solicitó y me señaló abajo con ruidosa carcajada.

Yo también me reí mientras bajaba por la Calle Veinte hacia la Carrera Décima, donde tomaría mi transporte para dirigirme hacia mi casa.

No volví a ver a la gitana, cuyo rostro no se ha borrado de mi memoria desde entonces. Tampoco he vuelto a ver a ningún gitano, probablemente hayan cambiado o asimilado a nuestra cultura y se vistan lo mismo que nosotros. Ya no son reconocibles con la misma facilidad de antes.

Hace unos días, cuando la Mona Cha consultaba un manual de quiromancia para escribir un artículo que tenía que enviar al periódico donde colabora, el recuerdo de la gitana volvió a sacudir mi memoria y el olor de su tabaco regresó como una oleada sin ninguna explicación.

Sé que a la Mona Cha no le gustan estas prácticas adivinatorias. Es más, induce a las personas para que no las utilicen porque, según ella, dañan la energía y muchas veces se devuelven causándole trastornos a quienes las consultan. Pero no resistí la tentación y le pregunté:

-¿Qué tan acertadas son las gitanas, Mona?

Cerró el libro y me miró extrañada. Por unos instantes permaneció en silencio, como si se esforzara para desconectarse del hilo de su lectura y poder entonces atenderme. Luego me sonrió y me explicó comprensiva:

-La mayoría dicen que adivinan el futuro pero es sólo para sacarle dinero a los incautos. Pero no hay que desestimar esas cualidades. Algunas son verdaderas adivinas, aunque tengan fama de tramposas. La magia y la adivinación son parte de su cultura.

-Qué bien.

-¿Por qué me lo preguntas?

Le resumí mi experiencia de cuando tenía 24 años y ella se rió como Jorge Enrique aquella tarde en la plazoleta de las Nieves.

-Cuando yo era niña sentía mucha atracción por los gitanos -miró a través del ventanal los árboles del parque, como si buscara su complicidad-. Inclusive, llegó un momento en que quise irme con ellos. Recuerdo que habían levantado una carpa cerca de la casa y casi todos los días tocaban en nuestra puerta para pedir agua o para que les diéramos permiso para acceder al sanitario del servicio. Mamá les negó la entrada y nos advirtió que no iba a permitir por nada del mundo que nos acercáramos a ellos. Luego nos amenazó con castigarnos si nos atrevíamos a desobedecerla.
-Los gitanos se roban los niños para comérselos o para venderlos en otros barrios o en otros pueblos -nos explicó molesta, ya en el colmo de la rabia por su atrevimiento de importunar la tranquilidad de nuestra casa.

-¿Quién les daría permiso para quedarse en nuestro barrio? -interrogó a su inconformidad y volvió a amenazarnos.

Pero cuando ella no estaba, yo les abría la puerta para que entraran e hicieran sus necesidades. También les daba algunos alimentos para que los llevaran y los prepararan en su carpa. Me daba mucha pena verlos en esa situación, que para mí era de desamparo. No niego que sentía mucha atracción por ellos, me parecían increíbles sus vestuarios y su forma de vida. Por la ventana de mi cuarto los miraba en su carpa, percibía el humo de la hoguera que prendían y la manera como se comunicaban entre ellos. Dos veces me acerqué curiosa a su campamento, escondiéndome para que mamá no me pillara. Ahí conocí a Miguel, que cuidaba un caballo muy bonito, y él me presentó su esposa, de nombre Amara. Cuando me contó que leía las cartas y adivinaba el futuro, el corazón casi se me sale del pecho, aunque no tenía ni idea de lo que significaban esas prácticas. Dentro de la carpa observé a una niña, que me miraba como si hubiera visto algún fantasma.

-Se llama Adalí -me la presentó Miguel y yo la miré curiosa, aunque no entendí nada de lo que dijo.

No sé cuánto tiempo duraron en el barrio, pero a partir de ese momento fue él quien se acercó a la casa cuando le hacía señas desde la ventana para indicarle que mamá había salido y podía aproximarse sin problemas.

Pocos días después mamá empezó a quejarse por la pérdida de unas joyas. Insistía que las tenía en un cofre sobre el tocador de su alcoba. Me asusté mucho pero no dije nada acerca de las veces en que los gitanos habían penetrado a la casa ni de la forma como se habían vuelto mis amigos. En mi interior sabía que ellos no eran los ladrones. La cantaleta duró varios días, mamá culpaba a cuanta persona hubiera entrado a la casa en las últimas semanas, a la muchacha del servicio que tuvo salida el domingo anterior, a la vecina que vino a visitarnos, a los familiares que pasaron la tarde de un sábado invitados a un chocolate con panderos, pandeyucas y almojábanas. A mis primos les conté sobre Adalí pero no les dije cómo ni dónde la había conocido.

Por fin mamá decidió que las joyas se habían perdido por mi culpa y me castigó encerrándome en mi alcoba. No me extrañó su decisión pues siempre era culpable de lo malo que sucedía en nuestra casa. Encerrada en mi habitación percibí que algo me iba a impedir seguirlos en su trashumancia por el mundo, como soñaba cuando los vi en la calle.

Al día siguiente mamá tuvo que salir de nuevo para hacer sus diligencias y me alegré cuando se despidió. Era justo el día en que había decidido irme con ellos. Cuando bajé para salir a la calle, encontré la puerta con llave. Con seguridad mamá sospechó de mis intenciones o alguna vecina la advirtió sobre la cercanía de los gitanos. Lloré sin saber qué hacer. Sentí que habían borrado mi futuro. A la mañana siguiente lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver si lograba encontrar a Miguel, pero en el escampado donde se habían acomodado sólo permanecían apagadas las piedras negras del fogón, donde preparaban los alimentos, y un basurero impresionante. Adalí ya no estaba para regalarle mi muñeca preferida, como se lo había prometido la segunda vez que los visité. Ese día lloré abrazada de mi almohada, con la muñeca de trapo con cara de porcelana sentada en la cabecera de la cama. Sabía que había perdido para siempre a mis amigos.
Hizo una pausa, que aproveché para acariciar su cabellera, deslizar mi mano por sus pómulos y dejarla unos instantes en su boca.

-La humanidad ha sido injusta con los gitanos -me dijo por último-. Siempre se ha dicho que son vagabundos, tramposos y ladrones, pero eso no es cierto. Es más una leyenda que nació cuando en la inquisición española los condenaron y persiguieron por sus prácticas de magia y adivinación. Los gitanos, por el contrario, son muy respetuosos de sus niños y de sus ancianos, tienen aptitudes innatas para la adivinación y la magia y son nómadas por naturaleza.

-Pero iban a robarte, ¿no?

-No. Yo quería irme con ellos, lo cual es bien distinto.

-¿Y la pérdida de las joyas qué?

-Por una visión que tuve, supe que el robo lo había hecho la muchacha del servicio, que después de la desaparición de los gitanos se fue de la casa. Claro que no le dije nada a mamá porque no la iba a hacer cambiar en su concepto sobre los gitanos y, además, ya había pagado castigo por la pérdida. Ahora sé que la actitud de mamá me salvó de una vida azarosa y de un futuro que ni yo misma puedo imaginar hoy. Miguel y Amara murieron en un terrible accidente en Santa Marta y Adalí fue recogida por otros gitanos que se la llevaron para España.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque soy psíquica, ¿acaso lo olvidaste?

-Y pensar que mi única relación con los gitanos fue por esa mujer que vaticinó la forma como yo iba a morir a los cuarenta años.

La Mona Cha volvió a reírse de mi preocupación y abrió de nuevo su libro de consulta. Yo regresé a mi estudio con la historia de Miguel, Amara y Adalí bullendo en mi cabeza.

Hoy, que tengo sesenta años, sé que he rebasado con creces las predicciones de la gitana. Pero tengo la duda de si moriré, como ella lo predijo, colgado de las pelotas.

Benhur Sánchez Suárez (foto)

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