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‘Suker’ de Carson McCullers

carson mccullersSiempre fue como si yo tuviera una pieza para mí. Sucker dormía en mi cama, conmigo, pero eso no molestaba para nada. El cuarto era mío y yo lo usaba como quería. Me acuerdo que una vez serruché una puerta secreta en el piso. El año pasado, cuando cursaba el penúltimo año de la escuela secundaria, pinché en mi pared unas fotos de chicas de las revistas y una de ellas sólo tenía puesta la ropa interior. Mi madre nunca me molestó porque tenía que ocuparse de los más chicos. Y Sucker pensaba que cualquier cosa que yo hiciera era bárbara.

Cada vez que yo traía amigos a mi cuarto me bastaba con echarle una mirada para que él abandonara lo que estaba haciendo y quizás medio me sonriera y salía sin decir una palabra. Nunca trajo otros pibes aquí. Tiene doce años, cuatro menos que yo, y siempre supo, sin necesidad de que yo se lo dijera, que no me gusta que los chicos de esa edad se metan con mis cosas.

La mitad del tiempo solía olvidarme que Sucker no es mi hermano. Es mi primo hermano, pero desde que tengo memoria ha estado con nuestra familia. Sus padres, saben, murieron en un naufragio cuando era un bebé. Para mí y para mis hermanas menores era como un hermano.

Sucker recordaba y creía siempre cada palabra que yo decía. Fue así como recibió su sobrenombre. Una vez, hará un par de años, le dije que si saltaba de arriba del garaje con un paraguas, éste actuaría como un paracaídas y que no caería fuerte. Lo hizo y se reventó la rodilla. No es más que un ejemplo. Y lo divertido era que, a pesar de todas las veces que lo engañaba, me seguía creyendo. No es que fuera tonto en otros sentidos, sino que era su manera de actuar frente a mí. Miraba todo lo que yo hacía y serenamente lo repetía.

Hay algo que he aprendido, pero me hace sentir culpable y es duro darse cuenta. Si una persona lo admira mucho a uno, uno la desprecia y no le importa, pero la persona que no se fija en uno es la que uno puede admirar. Esto no es fácil de entender. Marybelle Watts, esta compañera del último año se portaba como si fuera la Reina de Saba y hasta llegó a humillarme. Sin embargo, en ese mismo momento, yo hubiera hecho cualquier cosa en el mundo para llamarle la atención. No podía pensar en otra cosa, noche y día, que no fuera en Marybelle hasta que me volví casi loco. Cuando Sucker era pibe y después hasta la época en que tuvo doce años creo que lo trataba tan mal como Marybelle a mí.

Ahora que Sucker ha cambiado tanto es difícil recordarlo como era antes. Nunca imaginé que de pronto ocurriría algo que nos hiciera tan diferentes a los dos. Nunca supe que para comprender lo que ocurrió directamente en mi cabeza desearía volver a pensar en él tal como era y comparar y tratar de arreglar las cosas. Si hubiera podido ver el futuro yo habría actuado de otra manera.

Nunca le presté mucha atención o pensé en él y cuando se considera cuánto tiempo tuvimos un cuarto juntos es gracioso las pocas cosas que recuerdo. Solía hablar muchísimo consigo mismo cuando creía que estaba solo, que luchaba con gangsters y que estaba en una estancia en el campo y ese tipo de cosas de chicos. Se metía en el cuarto de baño y se quedaba como una hora y a veces su voz se hacía alta y excitada y se lo oía por toda la casa. Sin embargo, en general, era muy tranquilo. No tenía muchos amigos entre los chicos del barrio y tenía la mirada de un chico que observa el juego de los otros y está esperando que lo inviten a jugar. No le importaba usar las tricotas y los sacos que me quedaban chicas, aún cuando las mangas le quedaban grandes y le hacían aparentar unas muñecas tan blancas y finas como las de una nena. Así lo recuerdo, poniéndose más grande cada año, pero siempre el mismo. Así era Sucker hasta hace unos meses, cuando empezó todo este lío.

Marybelle estuvo un poco mezclada en lo que ocurrió, así que creo que debo empezar por ella. Hasta que la conocí yo no le había dedicado mucho tiempo a las chicas. El otoño pasado se sentó cerca de mí en la clase de Ciencias Generales y allí fue cuando empecé a fijarme en ella. Tiene el pelo del amarillo más brillante que he visto nunca y a veces lo usa peinado en rulos con una especie de cosa pegajosa. Tiene las uñas en punta y cuidadas y pintadas de un rojo brillante. Durante toda la clase solía observar a Marybelle, casi todo el tiempo, excepto cuando pensaba que iba a mirar para mi lado o cuando el profesor me llamaba. Una cosa que no podía era apartar mis ojos de sus manos. Son muy pequeñas y blancas, con excepción de esa cosa roja, y cuando daba vuelta las hojas de su libro, siempre se chupaba el pulgar y adelantaba el meñique y daba vuelta la hoja muy lentamente. Es imposible describir a Marybelle. Todos los chicos están locos por ella, pero ni se fija en mí. En los recreos yo solía pasar muy cerca de ella en el hall, pero casi nunca me sonreía. No me quedaba más que sentarme a mirarla en clase, y a veces era como si todo el salón pudiera oír latir mi corazón y me daban ganas de ponerme a aullar o escaparme y salir corriendo al infierno.

A la noche, en la cama, me imaginaba a Marybelle. A menudo esto me impedía dormirme hasta la una o las dos. A veces Sucker se despertaba y me preguntaba por qué no podía dormir y yo le decía que se callara la boca. Supongo que montones de veces fui malo con él. Supongo que yo quería ignorarlo como Marybelle hacia conmigo. Por la cara de Sucker siempre se podía saber cuando sus sentimientos estaban heridos. Y no recuerdo la cantidad de cosas feas que le dije, porque cuando las decía estaba pensando en Marybelle.

Eso duró casi tres meses y luego, de algún modo, ella empezó a cambiar. Todas las mañanas me hablaba en los pasillos y me copiaba los deberes. Una vez, a la hora del almuerzo, bailé con ella en el gimnasio. Una tarde junté coraje y me llegué hasta su casa con un cartón de cigarrillos. Sabía que fumaba en el sótano de las chicas y a veces fuera de la escuela y no quería llevarle caramelos porque creo que está muy visto. Estuvo muy amable y me pareció que todo iba a cambiar.

Fue esa misma noche cuando, en realidad, comenzó todo este lío. Llegué tarde a mi cuarto y Sucker ya estaba dormido. Me sentía muy feliz y estaba demasiado excitado para ponerme en una posición cómoda y me quedé despierto largo rato pensando en Marybelle. Después soñé con ella y parecía que la besaba. Me sorprendió despertarme y ver que estaba oscuro. Me quedé quieto y pasó un rato antes de que pudiera darme cuenta de dónde estaba. La casa estaba silenciosa y la noche muy oscura.

La voz de Sucker me sobresaltó:

–¿Pete?

No contesté ni me moví.

–Me querés como si yo fuera tu hermano, no es cierto.

No podía sobreponerme a la sorpresa y era como si el verdadero sueño fuera este y no el otro.

–Siempre me has querido como si fuera tu verdadero hermano, o ¿no?

–Por supuesto –dije.

Después me levanté unos minutos. Hacía frío y me alegré de volver a la cama. Sucker se pegó a mi espalda. Era chiquito y tibio y podía sentir su cálida respiración en mi hombro.

–A pesar de todo lo que nacías, siempre supe que me querías.

Yo estaba bien despierto y mis pensamientos parecían extrañamente mezclados. Estaba mi felicidad por lo de Marybelle y todo eso…, pero al mismo tiempo algo en Sucker y en la voz con que decía estas cosas me preocupaba. De todos modos, supongo que uno entiende mejor a la gente cuando es feliz que cuando algo lo preocupa. Era como si en realidad hasta ese momento nunca hubiera pensado en Sucker. Sentí que había sido siempre desconsiderado con él. Una noche, unas pocas semanas atrás, lo escuché llorar en le oscuridad. Me dijo que le había perdido el revólver de juguete a un chico y que tenía miedo de que alguien se enterara. Quería que le dijera qué podía hacer. Yo tenía sueño y traté de hacerlo callar y cuando no quiso callarse le di una patada. Esa era una de las cosas que recuerdo. Me pareció que siempre había sido un chico solitario. Me sentí mal.

Las noches frías y oscuras tienen algo que hace que uno se sienta cerca de la persona con la que está durmiendo. Cuando se conversa con esa persona es como si no hubiera nadie más despierto en la ciudad.

–Sos un pibe fenómeno, Sucker —le dije.

Me parecía de repente que lo quería más que a cualquier otra persona conocida, más que a cualquier otro muchacho, más que a mis hermanos, más, en cierto sentido, que a Marybelle. Me sentía toco bueno, como cuando tocan música triste en las películas. Quería demostrarle cuánto lo apreciaba realmente y hacer que me perdonara por cómo lo había tratado siempre.

Charlamos un buen rato esa noche. Hablaba rápido, como si durante mucho tiempo hubiera estado guardando esas cosas para decírmelas. Mencionó que iba a tratar de construir una canoa y que los chicos de la esquina no lo querían dejar entrar en su equipo de fútbol, y no sé qué otras cosas más. Yo también hablé algo y me hacía sentir muy bien pensar que él se tomaba tan en serio todo lo que yo decía. Hasta hablé un poco de Marybelle, sólo que lo planteé como si fuera ella la que me había estado persiguiendo todo este tiempo. Sucker hizo preguntas sobre el secundario y esas cosas. Estaba excitado y siguió hablando rápido, como si no pudiera decir las palabras a tiempo. Cuando me dormí seguía hablando y yo podía aún sentir su respiración sobre mí hombro, cálida y cercana.

Durante las dos semanas siguientes vi muchísimo a Marybelle. Se portaba como si en realidad yo le importara un poco. La mitad del tiempo me sentía tan bien que no sabía qué hacer conmigo mismo.

Pero no me olvidé de Sucker. Había un montón de cosas viejas guardadas en el cajón de mi escritorio: guantes de box, libros de Tom Swift y un aparejo de pesca de segunda mano. Todo esto se lo di. Tuvimos otras charlas y era, en realidad, como si recién lo estuviera conociendo. Cuando apareció un tajo a lo largo de su mejilla me di cuenta de que había estado paveando con ese equipo de afeitarse nuevo que era mío, pero no le dije nada. Su cara estaba diferente ahora. Solía parecer tímido y como si temiera un golpe en la cabeza. Esa expresión había desaparecido. Su cara, con esos ojos tan abiertas, y las orejas salidas y la boca que nunca estaba cerrada del todo le daban el aspecto de una persona que está sorprendida y esperando algo maravilloso.

Una vez estuve a punto de mostrárselo a Marybelle y contarle que era mi hermano menor. Era una tarde que daban una policial en el cine. Me había ganado un dólar trabajando para papá v le di un cuarto de dólar a Sucker para que se fuera a comprar caramelos v esas cosas. Con el resto invité a Marybelle. Estábamos sentados atrás y lo vi entrar. Apenas le cortaron la entrada y entró en el pasillo empezó a mirar fijamente la pantalla, sin darse cuenta por donde caminaba. Empecé a pellizcar a Marybelle, pero no me resolví del todo a hacerlo. Sucker parecía un poco bobo, caminando así como un borracho, con los ojos pegados a la película.

Se limpiaba los anteojos con el borde da la camisa v era como si los pantalones cortos le flotaran. Siguió caminando hasta que llegó a las primeras filas, allí donde casi siempre van los pibes. Nunca había pellizcado a Marybelle. Pero me puse a pensar que había estado bárbaro llevando a los dos al cine con mi plata.

Me parece que las cosas siguieron más o menos así durante un mes o un mes y medio. Estaba tan contento que no había modo de que me concentrara en nada ni de que pudiera usar mi cabeza para estudiar. Quería ser bueno con todos. De golpe necesitaba hablar con alguien y por lo general el tipo era Sucker. El estaba tan contento como yo.

–Pete, soy tan feliz de saber que sos mi hermano –me dijo una vez–. Más que con cualquier otra cosa en el mundo.

Después pasó algo entre Marybelle y yo. Nunca pude imaginarme qué fue. Las chicas como ella son difíciles de entender. Empezó a ser distinta conmigo. Al principio no lo quería creer y pensaba que eran imaginaciones mías. Era como si ya no la pusiera contenta verme. Casi siempre salía a pasear con el tipo del equipo de fútbol, ese que tiene un coche amarillo. El pelo de ella tenía el mismo color del auto y cuando salía del colegio se volvía con el tipo, riendo y mirándole la cara. Yo no sabía qué hacer y la tenía metida en la cabeza día y. noche. La vez que pude salir con ella estuvo insoportable y me ignoraba completamente. Ahí me di cuenta que algo raro pasaba. . . me daba miedo que mis zapatos hicieran ruido, que se notara cómo me temblaban las piernas o que ella descubriera que me temblaba la voz. No bien Marybelle estaba cerca el cuerpo me ardía, si me ponía la cara rígida y empezaba a llamar a la gente por el apellido y a decir malas palabras. De noche me pasaba las horas tratando de entender por qué hacía esas cosas y al final me caía de sueño, muerto de cansancio.

Cuando todo empezó tenía tanto miedo que me olvidé de Sucker. Después me empezó a molestar. Andaba siempre dando vueltas, esperando que yo volviera del colegio, como si tuviera algo que decirme o quisiera que yo te contara algo. En la clase de trabajos manuales me hizo un cajón para guardar revistas y durante toda una semana no almorzó para poder juntar plata y comprarme tres paquetes de cigarrillos. No le entraba en la cabeza que yo estaba preocupado y que no podía andar perdiendo tiempo con él. Todas las tardes pasaba lo mismo… me esperaba en mi pieza, con esa cara de sufrimiento. Yo no le decía nada o te contestaba mal y al final se iba.

No me acuerdo bien, no puedo decir esto pasó tal día, esto pasó tal otro. Estaba tan confundido que las semanas se me iban sin que yo me diera cuenta. Era como estar en el infierno y no me importaba nada. No había pasado nada definitivo. Marybelle sequía saliendo con el tipo del coche amarillo y algunas veces me sonreía, otras no. Me pasaba las tardes yendo de un lugar a otro, a ver si la encontraba. Cuando ella era amable conmigo yo empezaba a pensar que todo se iba arreglar…, pero a veces se portaba de un modo que, de no haber sido una mujer, la habría ahorcado, me daban ganas de apretar ese cuello tan fino hasta ahogarla. Cuanto más vergüenza me daba hacer el estúpido más andaba corriendo atrás de ella.

Sucker estaba cada vez más nervioso. Me miraba como si me acusara, pero a la vez se daba cuenta de que eso no podía durar. Crecía rápido y vaya uno a saber por qué empezó a ponerse tartamudo. De noche, a veces, le agarraban pesadillas o si no a la mañana se volcaba encima el desayuno. Mamá le compró una botella de aceite de hígado de bacalao.

Después Marybelle y yo terminamos. Una vez iba a la farmacia y la encontré y la invité a salir. Cuando ella me dijo que no, le hice un chiste. Me contestó que la enfermaba que la estuviese siguiendo todo el día y que yo nunca le había importado nada. Me dijo eso. Me quedé parado ahí y no le contesté nada. Me volví a casa caminando despacito.

Me quedé qué sé yo cuántas tardes solo en mi pieza. No quería ir a ninguna parte, no tenía ganas de hablar con nadie. Sucker entraba y me miraba con cara de gracioso y yo le gritaba que se fuera. Trataba de no pensar en Marybelle y me quedaba sentado frente a mi escritorio leyendo Mecánica popular o armando cosas con madera. Me parecía que me la estaba olvidando muy bien a esa chica.

Lo que no se puede aguantar es el dolor que se nos viene encima a la noche. Eso fue lo que agravó todo.

Bastante tiempo después de mi encuentro con Marybelle soñé de nuevo con ella una noche. Era como antes y yo le empecé a apretar fuerte el brazo a Sucker y él se despertó. Entonces me buscó la mano.

–¿Qué te pasa, Pete?

De repente estaba tan enojado que me ahogué… enojado conmigo, con Marybelle, con Sucker y con toda la gente que conocía. Me acordé de todas las veces que Marybelle me había humillado y de todas las porquerías que habían pasado. Durante un instante sentí que nadie me quería, salvo un estúpido como Sucker.

–¿Por qué no somos tan amigos como antes?

–Cállate la boca, imbécil –le dije.

Tiré la ropa de la cama y cuando me levanté prendí la luz. El se sentó en el medio del colchón; abría y cerraba los ojos, muerto de medio.

No sé qué pasó, no me pude controlar. Sólo una vez en la vida uno puede llegar a enojarse así. Empecé a hablar, atropellado, sin saber lo que decía. Recién mucho después pude recordar cada una de las cosas que dije y comprender todo claramente.

¿Por qué no somos amigos? Porque sos el tipo más imbécil que conozco. ¿A quién le importás vos? Te tuve lástima, siempre te tuve lástima, por eso. ¿O te vas a creer que si no iba a hacer algo por un imbécil como vos?

Si yo le hubiera gritado o le hubiera pegado no habría tenido ninguna importancia. Pero le hablé despacio, muy tranquilo. Abrió la boca, como uno a quien le dan un codazo. Estaba pálido y sudaba. Se secaba el sudor con la mano y se quedaba quieto, la mano levantada como si tratara de mantener algo alejado de su cuerpo.

–¿Qué sabés vos? ¿Alguna vez saliste afuera? ¿Por qué no te buscás una novia en vez de estar todo el día dándome vueltas? ¿Qué sos? ¿Una princesa? ¿Eso te crees que sos?

No tenía ni idea de lo que iba a pasar. No me podía controlar, no podía pensar.

Sucker no se movía. Llevaba un pijama mío y su cuello flaco sobresalía. El pelo le caía húmedo sobre la frente.

–¿Por qué me andás siguiendo todo el tiempo? ¿No te das cuenta cuando no quieren verte cerca?

No me puedo acordar el momento en que su cara cambió. La palidez fue desapareciendo lentamente y cerró la boca. Arrugó los ojos y apretó los puños. Nunca había estado así. Era como si hubiera empezado a crecer. Tenía una mirada profunda, endurecida, una mirada rara en un chico de esa edad. Una gota de sudor le resbaló por la cara y no se dio cuenta. Estaba ahí, me miraba con esos ojos, sin hablar, la cabeza rígida, inmóvil.

–¿No te das cuenta cuando no quieren verte cerca? Sos muy imbécil. Como tu nombre. Un imbécil. Un sucker.

Era como si algo me molestara adentro. Apagué la luz y acomodé una silla cerca de la ventana. Me temblaban las piernas y estaba tan cansado que podía haberme vuelto loco. La pieza estaba fría y oscura. Me senté ahí un rato y fumé uno de los cigarrillos que me había guardado. Afuera el jardín estaba oscuro y silencioso. Después de un rato escuché que Sucker se acostaba.

Se me había ido el enojo, estaba cansado. Me pareció horrible haberle dicho esas cosas a un chico que sólo tenía doce años. No podía dejar de pensar. Me decidí a ir y hablarle y pedirle disculpas. Pero seguí sentado ahí, muerto de frío, un buen rato. Me puse a planear cómo iba a hablarle a la mañana siguiente. Después me volví a la cama, tratando de que el elástico no hiciera ruido.

Cuando me levanté al otro día Sucker se había ido. Y después, cuando traté de pedirle disculpas como había pensado, él me miró con esa mirada seria y no me animé.

Todo eso pasó hace unos tres meses. Desde entonces Sucker creció más rápido que ningún otro chico que yo haya visto. Está casi tan alto como yo y su cuerpo es robusto y pesado. Ya no se pone mi ropa usada y se compró el primer par de pantalones largos… los sostiene con unos tiradores de cuero. Esos sólo son los cambios que se pueden ver y describir.

Nuestra pieza ya no es mía. Se trajo un grupo de amigos y tienen un club. Cuando no se la pasan cavando trincheras en los baldíos se vienen a mi pieza. En nuestra puerta hay algunas estupideces escritas con pintura fosforescente del tipo de: Fuera los intrusos, firmadas con dos tibias cruzadas y sus nombres secretos. Instalaron una radio y se pasan la tarde aturdiendo con una música infernal. Una vez yo iba a entrar y escuché a uno de los pibes contar en voz baja lo que su hermano más grande estaba haciendo en el asiento de atrás de su auto. Lo que no alcancé a oír lo puedo adivinar. “Eso hacen ella y mi hermano. Es la verdad… con el auto estacionado.” Sucker lo miró un momento, sorprendido, y después su cara volvió a ser la de siempre. Estaba serio y distante. “¿Y de qué te asombrás, idiota?”, dijo. “Qué novedad. ¿Quién no sabe eso?” No se había dado cuenta de que yo estaba ahí. En seguida empezó a contar que durante años había planeado irse a Alaska y convertirse en un cazador.

De todos modos, Sucker está solo la mayor parte del tiempo. Lo peor es cuando nos quedamos solos en la pieza. Se tira en la cama con esos pantalones de corderoy y los tiradores y me mira con esos ojos duros, medio irónico. Yo empiezo a revolver mi escritorio y no me puedo quedar quieto por culpa de esa mirada. Y lo grave es que tengo que ponerme a estudiar porque en este cuatrimestre tengo tres aplazos. Si me bochan en inglés ya no me puedo recibir el año que viene. No quiero ser un vago y quiero usar mi cabeza. No me interesa Marybelle ni ninguna otra chica en especial. El único problema que tengo es lo que pasa con Sucker. No hablamos nunca, a no ser que haya algún otro de la familia. Ya no la quiero llamar Sucker. A no ser que cuando me olvido lo llamo por su nombre verdadera, Richard. A la noche, cuando él está en mi pieza, no puedo estudiar y me voy a perder el tiempo y a fumar, cerca de la farmacia, con los muchachos que andan vagando por ahí.

En realidad lo que yo quiero es ordenarme las ideas. Extraño la forma divertida en que nos tratábamos antes. Es triste. Nunca hubiera creído que íbamos a llegar a esto. Ahora todo es tan distinto, me parece imposible que pueda encontrar algo para que él y yo volvamos a ser amigos. A veces pienso que una buena pelea nos ayudaría. Pero no puedo pelear con él porque tiene cuatro años menos. Y hay otra cosa: algunas veces, esa mirada que hay en los ojos de Sucker me hace pensar que, si él pudiera, me mataría.

Carson McCullers (foto)

 

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‘La leche de la muerte’ de Marguerite Yourcenar

Margarite YourcenarLa larga fila beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos sacos bordados se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo hace en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes. Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un color más al abigarramiento de la plaza del mercado. Un hedor subía de un montón de desperdicios de pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a soplar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un velador de zinc, a la sombra de un quitasol color fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.

–Cuéntame otra historia, viejo amigo, dijo Philip desplomándose pesadamente en una silla. Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… La historia más bella y menos verosímil posible, que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra. Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa… ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué turbinas?

–Nada, dijo el ingeniero. Aparte de echar un vistazo a dudosos trabajos de embalse, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas viejas servias narrarme la historia de la Torre de Scutari, que necesitaba localizar sus deteriorados ladrillos e inspeccionar si no tienen, como se afirma, una marca blanca… Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, lo demolieron piedra por piedra, y su memoria sólo vive en los cuentos. A propósito, Philip ¿eres tan afortunado de tener lo que se llama una buena madre?

–Qué pregunta, dijo negligentemente el joven inglés. Mi madre es bella, delgada, maquillada, resistente como el vidrio de una vitrina. ¿Qué más te puedo decir? Cuando salimos juntos, me toman por su hermano mayor.

–Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que a nuestra época le falta poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial, los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esas copias de alimentos con que atiborran a las momias, y ya no existen las mujeres esterilizadas contra la desdicha y la vejez. Sólo en las leyendas de los países semibárbaros aún se encuentran criaturas de abundante leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde he oído hablar de un poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un tipo como yo… Algunas docenas de madres y enamoradas, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que se hacen pasar por ser la realidad.

“Isolda por amante, y por hermana la hermosa Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un reyezuelo de por aquí…

“Eran tres hermanos, que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran acechar a los saqueadores turcos. Ellos mismos se habían aplicado al trabajo, ya porque la mano de obra fuera rara, o costosa, o porque como buenos campesinos no se fiaran más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles de comer. Pero cada vez que lograban avanzar lo suficiente como para colocar un montón de hierbas sobre el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo que se derrumbara Babel. Existen muchas razones por las cuales una torre no se mantiene en pie, se puede atribuirlo a la torpeza de los obreros, a la mala disposición del terreno, o a la falta de cemento entre las piedras. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros no reconocen a este desastre más que una causa: saben que un edificio se derrumba si no se ha tenido el cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer cuyo esqueleto sostendrá hasta el día del Juicio Final esa pesada carga de piedras. En Arta, Grecia, se enseña un puente donde una muchacha fue emparedada: parte de su cabellera sobresale por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos comenzaron a mirarse con desconfianza y se cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, pues se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción esa negra prolongación del hombre que es tal vez su alma, y aquél cuya sombra se vuelve así prisionera muere como un desdichado herido por una pena de amor.

“En la noche, cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se acercara silenciosamente por atrás y lanzara un costal sobre su sombra y se la llevara medio estrangulada, como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo se debilitaba y angustia y fatiga bañaban de sudor sus frentes morenas. Finalmente, un día, el hermano mayor reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:

“–Hermanos menores, hermanos de sangre, leche y bautizo, si no terminamos la torre los turcos se deslizarán de nuevo a las orillas de este lago, disimulados tras las cañas. Violarán a nuestras criadas; quemarán en nuestros campos la promesa de pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros de nuestros vergeles, quienes se transformarán así en alimento para cuervos. Hermanos míos, necesitamos unos de otros, y el trébol no puede sacrificar una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a soportar cargas pesadas. No decidamos nada, mis hermanos: dejemos la elección al Azar, ese prestanombres que es Dios. Mañana, al alba, emparedaremos en los cimientos de la torre a aquélla de nuestras mujeres que nos venga a traer de comer. No les pido más que el silencio de una noche, oh, mis menores, y que no abracemos con demasiadas lágrimas y suspiros a aquella que, después de todo, tiene dos posibilidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.

“Para él era fácil hablar así, pues detestaba en secreto a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una bella muchacha griega de cabellos rojizos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción, porque esperaba prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el menor, porque acostumbraba cumplir sus promesas. Enternecido por la generosidad de sus hermanos mayores, que renunciaban a lo que más querían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.

“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que lo ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo arrodillada frente a él, le aventó sus zapatos en plena cara y gritó:

“Hace ocho días que traigo la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa limpia. Maldita holgazana, mañana, al despuntar el día, irás al lago con tu canasta de ropa y te quedarás ahí hasta la noche entre tu cepillo y tu bandeja. Si te alejas aunque sea el espesor de una semilla, morirás.

“Y la joven prometió temblando dedicarse a lavar todo el día siguiente.

“El mayor de los hermanos regresó a su casa muy decidido a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban, y de quien ya no apreciaba la torpe belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba dormido. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche, preguntándose qué habría disgustado a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar jalando hacia sí el cobertor:

“–Querido corazón, pequeño corazón mío, pronto serás viudo… cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre…

“Pero el menor regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo a segar. Abrazó a su hijo en su cuna de mimbre, tomó tiernamente a su joven mujer entre sus brazos y ella lo escuchó sollozar toda la noche contra su corazón. La discreta mujer no le preguntó la causa de esa gran tristeza, pues no quería obligarlo a hacerle confidencias, y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para intentar consolarlas.

“Al día siguiente, los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasta y fue a arrodillarse frente a la mujer del hermano mayor:

“–Hermana, dijo, querida hermana, hoy me toca llevarles de comer a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas, y mi canasto está repleto.

“Hermana, querida hermana, dijo la mujer del hermano mayor, de todo corazón iría a llevarles de comer a nuestros hombres, pero un demonio se deslizó esta noche en uno de mis dientes… Ay, ay, ay, no soy buena más que para gritar de dolor…

“Y palmeó las manos sin ceremonia para llamar a la mujer del menor:

“–Mujer de nuestro hermano menor, dijo, querida mujer del más chico, ve allá en nuestro lugar a llevarles de comer a nuestros hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y ligeras que tú. Ve, querida pequeña, y llenaremos tu cesto de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, Mensajera que calmarás su hambre.

“Y llenaron el cesto de pescados del lago confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente su hijo en los brazos de sus dos cuñadas y se fue por todo el camino, sola con su fardo sobre la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, sobre la cual el propio Dios hubiera inscrito a qué género de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.

“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:

“–Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.

“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:

“¡Ay! mis pequeños pies, dijo ella, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: sólo los Ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.

“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.

“–Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.

“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.

“–Cuñados, dijo ella, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.

“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:

“–Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.

“Hicieron como ella había dicho, y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura sólo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas se dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, más el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonaba por sí mismo el pecho.

“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y sólo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa, luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca”.

En ese momento, una gitana cubierta por una espantosa y dorada sarna, se acercó a la mesa donde estaban acodados los dos hombres. Llevaba en los brazos a un niño cuyos ojos enfermos estaban cubiertos por una venda de andrajos. Se inclinó con el insolente servilismo propio de las razas miserables o imperiales, y sus enaguas amarillentas barrieron la tierra. El ingeniero la corrió rudamente, sin preocuparse de su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El inglés la volvió a llamar para darle un dinar.

“–¿Qué te pasa, viejo soñador? dijo impaciente. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el hijo que la acompaña es ciego.

–Conozco a esa mujer, respondió Jules Boutrin. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace meses que aplica repugnantes cataplasmas a su hijo que le inflaman los ojos y apiadan a los transeúntes. Todavía ve, pero muy pronto será lo que ella desea que sea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá el sustento asegurado, y para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.

Margarite Yourcenar (foto)

‘Trenzas’ de María Luisa Bombal

maria luisa bombalPorque día tras día los orgullosos humanos que ahora somos tendemos a desprendemos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.

Positivas, ignoran al desprenderse de éstas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la Tierra.

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso: desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.

¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacía su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto… el canto natural de aquella cabellera.

Y sé, y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro…, y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer.

Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.

Trenzas que al inclinarse prudentes un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del rey…, su marido.

Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego, estremecido y dejando por fin hablar su corazón… Melisanda, murmura…, tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme en ellas.

Por respuesta, sólo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo esa verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.

¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María, de Jorge Isaacs! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.

Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja.

Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.

La octava mujer de Barba Azul… ¿La habéis olvidado? Y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje copiara a su traviesa esposa las llaves de acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.

De más está explicar que durante esa bien venida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.

Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así, pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre éstas, aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no sólo mohosa…, sino además tinta en sangre.

-Vos, señora, me habéis traicionado -rugió-; no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.

Dicho esto, desenvainó su espada…

¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se están preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna…

-¡Sí que la tiene! -respondo con fuerza-. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio, para su hermana.

Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.

No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.

Fueron sus trenzas y nada más que sus complicadamente peinadas en ciento y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que frenaron y entrabaron sus dedos criminales, enrredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.

Así, pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando ésa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.

“Era muy pálida, así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga, describe Balzac a una de sus enigmáticas heroínas.

Y no era un capricho verbal.

Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la Tierra.

Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afición suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros.

¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen, lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos.

Dos hermanas.

Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios.

La hermana mayor, marchita ya desde muy joven, recortase el pelo, vistió poncho de vicuña, y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retiróse al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona… nadie sabe por que.

La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo, aunque igualmente frágil de salud.

También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida.

Sí. Era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente.

Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: “¡Incendio!”

Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada, aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad…, con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.

Entretanto, en la ciudad, la hermana menor, de vuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.

Sus festejantes dos, sus servidores dormidos y ella por primera vez sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.

En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, éste ardiente y acre, barría en contra de ellos bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.

Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!

La Amazona permanecía sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes.

El bosque ardía sin ruido, y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, ennegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar…, pemitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez…

Ese enorme avellano consumiéndose…, ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?

Y tras aquel gigantesco tronco…, árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías…, y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad…, y aquel eucalipto del que se abrazara -jovencita- llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca…, nunca…

Allá en la ciudad despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana -la que se atrevió siempre a amar-, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte…, pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.

Y de pronto, allá abajo en el fundo, fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semi asfixiados.

Del manso bosque en ruinas empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio.

Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.

Luego escombros, cenizas y silencio.

Cuando en la ciudad vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho, tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.

El médico aseguró que había agonizado la noche entera.

Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.

Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza; son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.

Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones ni goces absurdos ni poder magnético.

Y sus sueños no son ahora sino una triste marca que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.

María Luisa Bombal (foto)

 

‘Mujeres desesperadas’ de Samantha Schweblin

samanta-schweblin-5Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

-No vuelven -dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

-La ruta es una mierda -dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

-¿Y qué? ¿Vas a esperarlo? -dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

-Nené -dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

-Mirá -dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta -pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

-¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

-Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta-. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

-Hola… ¿Te llamabas…?

-Fe, li… -trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase -cidad.

-No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

-No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

-No puedo creer, que él… -respira- que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

-¿Desconsiderada! -le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

-Espere -Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

-Callate -dice-. ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

-Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

-Bueno, ¿y? ¿Lo sentís? -mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

-Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

-Lloran… -dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

-Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

-¿Y a todas las dejan?

–¡Y todas lloran! -dice Nené.

Entonces gritan:

-¡Psicótica!

-¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

-¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

-¿Y qué hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

-¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

-¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

-Vení, dale. A ver cuánto te dura esta nueva amiguita…

-¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

-¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

-¡Déjenla en paz! -dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

-Hay… Que miedo… -dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…

-Yo no soy compañerita de nadie -dice Felicidad- sólo trato de ayudar…

-Ay… Solo trata de ayudar…

-¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

-¡Por qué es una morsa flaca!

-No, la dejaron porque… -se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito… -vuelven a reírse. Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

-¡Por qué no se callan, cotorras! -grita Nené.

-¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.
-¿Cuántas son…? -pregunta.

-Muchas -dice Nené- demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

-¿Qué hacemos? -insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

-No se te ocurra llorar -le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

-Si para nos subimos -grita Nené.

-¿Qué?

Ya están cerca del baño.

-Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

-¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir! -dice Nené mientras forcejea la puerta.

-Si se quiere bajar dejála -dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

-¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

-¡Abrí, tarada! -Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

-¡Vuelven! -dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

-¡Son ellos! -dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

-No -dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.

Samantha Schweblin (foto)

 

‘El fisgón impenitente’ de Lina María Pérez

Lina María Pérez GaviriaDe regreso a Esquivias, don Miguel, notable poeta y dramaturgo trae doble contento: visitar a su esposa y obsequiarle el primer premio en las justas de poesía que acaba de recibir en Madrid. La noticia envalentona a la mujer. Ella lo mira con ojos desorbitados, se acerca amenazante, y a diestra y siniestra blande un trapo mugriento sobre su cabeza. Parece fuera de sí, vociferando como si hubiera sido presa de súbita locura: que el premio bien se lo puede meter en el fondillo y que es un inútil pasándose la vida encerrado con libros, papel y pluma inventando disparates para esconder su pereza. Él se acobarda ante las arremetidas y desconoce el ánimo de su consorte. Le obliga la paciencia. Después de todo, es una mujer joven sometida a lidiar estrechuras y congojas.

–Pero, mujer…

Ella toma aire, y con nuevos bríos ataca lamentándose de la suerte de su matrimonio con un desmañado que no consigue mantener a la familia. Trapos van y vienen mientras sube la voz con sus disgustos: que es un malogrado por los yerros con las encomiendas para la Armada; que se ha de entecar el seso en darse a escribir desatinos y intrincadas razones en esas historias de pícaros, holgazanas y malandrines con las que pretende la honra literaria; que últimamente se halla atolondrado, cariacontecido y lelo, inventando otros relatos mentecatos de licenciados de vidrio o perros parloteros.

Y con andar de gallina clueca abraza una montonera de libros, los arroja en el aljibe del patio y sentencia a la cara del hombre aterrado:

–¡Qué vida mía es esta! Sólo malos ratos y escasos reales, y un marido sin los pies en la tierra como los han de tener las gentes de bien.

Aguanta la prédica indefenso, abrumado con el pálpito de que su mujer ha perdido el juicio. ¿Qué puede saber ella de los disgustos de su oficio en el Tribunal de Cuentas y las dos excomuniones que ellos le costaron? ¿Acaso comprende Catalina los sinsabores y desilusiones sufridas en su cautiverio, en sus combates jurídicos, en su maltrecha anatomía? ¿Y cómo explicarle la pesadumbre que le causa la enemistad con Lope, su otrora amigo? La presume escasamente letrada, incapaz de entender la magnitud de su desaliento. Hace muchos días tiene un delirio terco metido en la cabeza y no conoce un momento de sosiego. Padece la obsesión de escribir “un grande relato que vaya en contra del uso”.

El poeta y dramaturgo quiere concebir “el libro más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse”. Y una cosa es obstinarse en moldear sus pensamientos, sus propósitos, y otra, disponer de las musas que su empeño precisa. Presiente un personaje vital y grandioso; pero aún está vacío, carece de fisonomía, de alma, de motivos. Yace sin esencia en su mente estéril. Quiere inventarle sueños y aventuras en las que relumbre un talante magnífico.

En sus noches de insomnio, imagina su sombra inasible; ella lo desafía para que le dé vida, un nombre fascinante, lo sitúe en una época, en un lugar, y le invente sucesos importantes y razones para perdurar. Enfrenta sus asiduos debates creativos enmarañados en retahílas: ¿será labriego o cortesano? ¿Acaso pastor o canónigo? ¿Quizá gitano o pícaro? ¿Por qué no poeta? ¿Un santo, un brujo, un loco? Las musas y el papel en blanco no se avienen. Tanto agobio pesa y la indecisión desalienta. Catalina es astuta pero la percibe negada para vislumbrar su combate literario entre el deleite de contar y la aridez de su inspiración. Además está perturbado; debe aplazar sus ansias creadoras y darse en reunir las pruebas de sus cuentas para enfrentar la nueva amenaza de cárcel.

Libre del altercado, y ante el temor de que su mujer llegara al extremo de perder el juicio, pide al boticario que la visite al terminar el día y examine con disimulo la gravedad de su alteración.

–Y si es preciso habré de recluirla en el hospicio. Parece un mismo diablo metido entre la casa. No se halla ni en el cuerpo ni en el alma, y desconozco cómo devolverle la calma.

La habitación en penumbra devela una atmósfera serena y cálida. Su esposa está postrada en la cama. El boticario, en la cabecera, la aconseja velar por su salud, sus melancolías y desabrimientos; al marido hace un gesto discreto para marginarlo de su tertulia. El recién llegado, quizá a la espera de alguna confesión, se arrincona fuera de la vista de su mujer ocultando su presencia intrusa.

–Señora, debéis comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el cerebro, y atemperar los nervios para la vida matrimonial, que ya Don Miguel ha sufrido mucha congoja…

La mención del marido despierta de nuevo a la fiera de la mañana. Se incorpora y con un dedo disparado a la cara del boticario, espeta:

–¡Esa es mi desdicha! Un hombre que no muestra empeño ni virtudes por su mujer. Sólo piensa en su necio goce que es andar con su nombre en las lenguas de las gentes y recibir parabienes por sus obras de teatro, que malas e insípidas son.

Para calmar el demonio encabritado en Catalina, el boticario le da a beber un tazón y la anima a desbocar la lengua, a hablar sin trancas de otros asuntos que alienten su alma. Ella acepta con recelo. La bebida, sorbo a sorbo, restablece el sosiego y desvanece los vituperios y rencores contra el consorte. Este, agazapado en su rincón, contempla la escena y aguza el oído como un empecinado fisgón para seguir absorto la sin par conversación entre el boticario y su esposa. Catalina cuenta que son sus sueños el único solaz; si su marido se refugia en los disparates que inventa, ella lo hace en sus historias soñadas. Estas la sorprenden y divierten, y en la vigilia, las repasa, y se ríe de las travesuras que se han metido en su cabeza mientras duerme. Y, además, afirma con deleite, los remienda y los tuerce y destuerce según los dictados de su imaginación.

–Y decidme, Catalina, ¿qué cosas habitan vuestros sueños?

La mujer, entre el delirio y la lucidez, parece víctima de algún encantamiento. Su voz es jovial y mansa. El tono se enciende palabra tras palabra con gracia espontánea. Habla de la presencia repetida en sus sueños de un hombre singular, con alma y figura admirables.

–¿Y quién es ese hombre, Catalina?

–No es nadie y a la vez todos los hombres en uno. No existe sino en mi cabeza, lo he inventado y lo sueño despierta. Lo mudo de donde está para moldearlo a mi antojo. Es un simple señor de aldea devoto de los libros. Un hombre que se debate entre el asombro y la maravilla.

–¿Acaso soñáis con Don Miguel?

–¡Ni de su nombre quiero acordarme! Y si de nombrarle se trata, se me antoja el de mi pariente Alonso Quijano.

–Le conozco aquí en Esquivias hace más de medio siglo.

–El mismo, el que se tenía por gran lector.

–¿Y cómo es el hombre de vuestros sueños?

–Me es tan familiar que podría dibujarlo: Complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro…

El esposo es sorprendido por la frescura del relato y el tono de su mujer. Sencilla, casi rústica, le es difícil concebirla con talentos imaginativos tan ajenos a sus quehaceres diarios. Intentará ignorarla a pesar de la novedad de sus palabras. Prefiere dejar el fisgoneo para aislarse de esa voz y escuchar solo la suya, la que retumba en su mente e indaga por el esquivo personaje de su propio relato: ¿será labriego o cortesano? ¿Acaso pastor o canónigo? ¿Quizá gitano o pícaro? ¿Por qué no poeta? ¿Un santo, un mago, un loco?

–El hombre que soñáis se me parece a Don Miguel.

–¡No digáis cosas ociosas! Os digo que es hombre de bien, y a pesar de su condición, aventaja al marido mío.

–¿Y qué condición es esa?

–¡Ha perdido el juicio! De tanto leer se le secó el seso…

–¿Un loco?

No. Se le ha oscurecido la razón mas no el ingenio. Es ingenioso, sí, es la palabra justa. Un espíritu sutil en demasía, que se refugia en las ocurrencias de su imaginación perturbada para sentirse caballero andante… Un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín laco y galgo corredor. Así abundan en los libros de caballerías de los que es devoto lector.

–Los tales héroes hoy resultan anacrónicos. Vos misma, ¿cómo sabéis de las insensatas aventuras que los libros cuentan de ellos?

–¡Los he oído leer con tanto gozo! Es grande el amor y las complacencias que profesan los caballeros andantes a sus damas. Sacrifican vida, menesteres y honor por ellas. Dedicación que me es negada por mi esposo.

Un marido semejante es una antigualla. Vuestra mente revive épocas pretéritas. Esas andanzas están en desuso. ¿Acaso queréis burlaros de las disparatadas historias de tales libros de caballerías?

–Sólo atiendo al deleite de mis invenciones. Que los desocupados lectores se apañen como a bien tengan.

Las dos voces se desfiguran en un eco lento, pastoso. Paralizado por la revelación, Don Miguel disfruta el escalofrío que recorre su cuerpo, mientras las palabras retumban en su entendimiento iluminado: Caballero andante… Alonso Quijano… Complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro… Estremecido, como si una fuerza volcánica fundiera los impedimentos de su inspiración, aina el oído con tozudez. Un hidalgo ingenioso, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín laco y galgo corredor… Catalina, inocente de la presencia impenitente del marido fisgón, cuenta sus ensueños con gracia y contento. El boticario se ha dormido. La penumbra acoge la vitalidad del relato de su mujer; la voz luye con el aliento de una imaginación fecunda. Sus palabras crecen con caminos polvorientos, molinos de viento y manadas de carneros… Palabras sonoras inflamadas de vida que adquieren peso, color, alma.

–… y mi caballero andante, por amor a su dama, toma a su cargo y echa sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes.

Don Miguel es presa de una repentina ocurrencia no muy santa. ¿Y si se apoderara, si continuara el sueño de Catalina? Es una irreverencia, y de canalla y perverso podría señalarlo su esposa. Sabe que el grande relato que desea escribir tomará mucho tiempo, y quizás entregue la vida en ello. ¿Y si le fuera conferida la ansiada plaza en Guatemala, por Potosí o en Cartagena de Indias? ¿O si el Duque de Béjar, Marqués de Gibraleón, Señor de tantas villas, Conde y Vizconde de territorios y pueblas, lo acogiese bajo su protección? Sería una dádiva, una compensación a sus penurias para alejarse y ganar libertad. Usurparía a su antojo, y sin consecuencias inmediatas, las fantasías de su mujer. Sólo necesitaba un aliento iluminador y ella se lo ha brindado; ahora su tormenta interior para apelar a sus musas puede tomar otro curso: transformar en símbolos perdurables los embelesos de Catalina que tanto le han conmovido. Su mente, atizada con el fuego de estas ficciones, está conmocionada con la maravilla del hidalgo soñado y

reinventado que, en el arrebato de su razón perdida, se arma caballero, se hace de dama y escudero y parte en busca de aventuras para deshacer entuertos.

Continúa escuchando con fervor. Las horas oscuras dan la bienvenida a las primeras luces acompañadas del currucuteo soñoliento de Catalina. Don Miguel quiere salir de su escondite, colmar a su mujer de abrazos y rogarle que no cese de contar. Que deje luir ese feliz torrente de picardías, risas, encantamientos y desvaríos, fingimientos, embustes y burlas. ¿Cómo reconocer a su encabritada mujer el don de su palabra bienaventurada?

Don Miguel atesora la invención que Catalina ha narrado con palabras sabias. Su debate creador llega a su in. Posee materia y alma para hacerlas dignas de fina escritura. Su impertinencia de fisgón podría permanecer encubierta. Se ilumina con una súbita ocurrencia, un ardid perfecto. Es un artificio inocente pero efectivo: endilgar la pluma del libro a un autor postizo en quien ocultarse. Quizás un italiano, o un portugués. ¿Y por qué no un árabe? Sí, un cronista árabe de nombre sonoro y dominio de ingenio y escritura.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

‘El desentierro de angelita’ de Mariana Enríquez

MARIANA-ENRIQUEZ-ESCRITORAA mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento -el techo de su casa era de chapa-, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha, pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.

-¿Eso fue acá, abuela?

-No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!

-Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

-Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.

-¿Y acá llora la nena?

-Cuando llueve, nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de tormenta.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla -porque en ese momento no sabía que era muda-. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita -como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico-; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.

Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas -mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar- lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur -de eso me di cuenta, era siempre para el Sur- mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos -la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha-. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.

Mariana Enríquez (foto)

‘¿Por qué se amotinan las gentes?’ de F. O’Connor

Flannery-O'connorA Tilman le dio el ataque en la capital del estado, adonde había ido por negocios, y estuvo allí internado dos semanas en el hospital. No recordaba la llegada a su casa en ambulancia, pero su esposa sí. Se había pasado dos horas sentada en el asiento plegable, a los pies de su marido, con la vista clavada en su cara. Solo el ojo izquierdo de Tilman, desviado hacia dentro, parecía albergar su antigua personalidad. En él ardía la ira. Por lo demás, toda su cara estaba preparada para la muerte. La justicia era implacable y para ella era un placer cuando la encontraba. Quizá hacía falta esta desgracia para que Walter se diera cuenta.

De pura casualidad los dos hijos estaban en casa cuando ellos llegaron. Mary Maud regresaba en coche de la escuela, sin darse cuenta de que la ambulancia iba detrás de ella. Se bajó del coche, una mujer corpulenta de treinta años, con la cara redonda e infantil y un montón de cabello color zanahoria que le caía desde lo alto de la cabeza como una red invisible, besó a su madre, le echó una ojeada a Tilman y ahogó un grito de asombro; luego, con cara seria y desconcertada, siguió al enfermero que iba detrás, dándole a gritos una serie de instrucciones sobre cómo superar la curva de la escalera del frente llevando la camilla a cuesta. “Nada más ni nada menos que como una maestra de escuela”, pensó su madre. Maestra de escuela de la cabeza a los pies. Cuando el enfermero que iba delante llegó al balcón, Mary Maud gritó bruscamente, con el tono empleado para dominar a los niños:

-¡Levántate, Walter, y abre la puerta!

Walter estaba sentado en el borde de la silla, absorto en la operación, con el dedo metido en el libro que había estado leyendo antes de que llegara la ambulancia. Se levantó, aguantó la puerta mosquitera y, mientras los enfermeros cruzaban el balcón con la camilla, observaba con evidente fascinación la cara de su padre.

-Me alegro de verlo, mi capitán -dijo, levantó la mano y, de cualquier manera, le hizo el saludo militar.

Cargado de ira, el ojo izquierdo de Tilman pareció alcanzar al hijo aunque no dio señales de reconocerlo.

Roosevelt, que en adelante sería enfermero en lugar de peón, esperaba dentro, al lado de la puerta. Se había puesto la chaqueta blanca que reservaba para las grandes ocasiones. Escrutaba lo que iba en la camilla. Los ojos enrojecidos se le tornaron vidriosos. Y, de repente, se le llenaron de lágrimas que bañaron sus negras mejillas como si fueran sudor. Tilman hizo un gesto débil y brusco con el brazo sano, el único gesto de afecto que se había permitido hacerle a alguno de los presentes. El negro siguió a la camilla hasta el dormitorio de atrás, sorbiéndose los mocos como si acabaran de pegarle.

Mary Maud entró para dar instrucciones a los portadores de la camilla.

Walter y su madre se quedaron en el balcón.

-Cierra la puerta -le ordenó-, que entran las moscas.

Ella observaba a Walter desde que había entrado, buscaba en su cara grande y sosa alguna señal de que sentía la urgencia de la situación, alguna señal de que debía tomar las riendas, de que debía hacer algo, lo que fuese; para ella habría sido una alegría verlo cometer un error, incluso empantanar las cosas, si con eso al menos hacía algo, pero comprobó que nada había ocurrido. Walter le clavaba los ojitos, levemente brillantes detrás de las gafas. Había captado cada detalle de la cara de Tilman; había visto las lágrimas de Roosevelt, la confusión de Mary Maud, y ahora la estudiaba a ella para comprobar cómo reaccionaba. Se enderezó el sombrero de un manotazo cuando, por la forma en que la miraba su hijo, se percató de que se le había ido hacia atrás.

-Deberías llevarlo así -dijo él-. Te da un aire desenfadado, de despiste.

Ella endureció el gesto tanto como pudo.

-Ahora la responsabilidad es tuya -le dijo con tono severo, categórico.

Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada. Ella tuvo la impresión de estar ante un extraño con la misma cara de la familia. Tenía la misma sonrisa evasiva de abogado que su padre y su abuelo maternos, engastada en la misma mandíbula poderosa, bajo la misma nariz romana; su hijo tenía los mismos ojos, ni azules, ni verdes, ni grises; no tardaría en quedarse calvo como ellos. Ella endureció más el gesto.

-Tendrás que tomar las riendas de la casa y el negocio -le dijo, y se cruzó de brazos-, si quieres seguir aquí.

A él se le borró la sonrisa. La miró con fijeza, la expresión ausente, y luego paseó la vista por el prado, más allá de los cuatro robles y de la lejana y negra hilera de árboles, por el cielo despejado de la tarde.

-Creía que esta era mi casa -dijo él-, pero se ve que las suposiciones sirven de bien poco.

A ella se le encogió el corazón. De pronto le vino la imagen de su hijo desamparado. Desamparado allí, desamparado en todas partes.

-Por supuesto que es tu casa -dijo ella-, pero alguien debe tomar las riendas. Alguien tiene que encargarse de que estos negros trabajen.

-Yo no sé hacer trabajar a los negros -rezongó él-. Es lo último de lo que sería capaz.

-Yo te diré todo lo que tienes que hacer.

-¡Ja! -exclamó él-. Eso, seguro.

La miró y recuperó la media sonrisa.

-Señora mía -le dijo-, saldrás adelante. Naciste para tomar las riendas. Si al viejo le hubiera dado el ataque hace diez años, estaríamos todos mucho mejor. Habrías sido capaz de guiar una caravana de carretas a través de las comarcas deshabitadas. Eres capaz de detener a una turba. Eres la última del siglo diecinueve, eres…

-Walter -lo interrumpió ella-, tú eres hombre. Yo soy solo una mujer.

-Una mujer de tu generación -dijo Walter- vale más que un hombre de la mía.

Ella apretó los labios en un gesto de indignación y la cabeza la tembló imperceptiblemente.

-¡A mí me daría vergüenza decir eso! -susurró.

Walter se dejó caer en la silla en la que estaba sentado antes y abrió el libro. La cara se le tiñó de un rubor letárgico.

-La única virtud de los de mi generación es que no nos da vergüenza decir la verdad sobre nosotros mismos -dijo Walter, y se puso a leer otra vez. La entrevista con su madre había concluido.

Ella se quedó allí de pie, rígida, los ojos llenos de pasmado disgusto clavados en él. Su hijo. Su único hijo. Los ojos de Walter, su cabeza y su sonrisa eran los de la familia, pero por debajo se percibía un tipo de hombre distinto de cuantos ella había conocido. En él no había inocencia, ni rectitud, ni fe en el pecado o en la predestinación. El hombre que ella veía cultivaba con imparcialidad tanto el bien como el mal y a todas las cosas le veía tantos matices que era incapaz de actuar, incapaz de trabajar, incapaz incluso de hacer que los negros trabajaran. Ese vacío era terreno abonado para todo tipo de males. “¡Sabe Dios -pensó, y se quedó sin aliento-, sabe Dios lo que sería capaz de hacer!”

No había hecho nada. Tenía veintiocho años y, por lo que ella alcanzaba a ver, no se ocupaba más que de trivialidades. Tenía el aire de quien espera el gran acontecimiento y no es capaz de iniciar trabajo alguno por miedo a ser interrumpido. Como siempre estaba ocioso, a ella se le había ocurrido que tal vez su hijo quería ser artista, filósofo o algo así, pero no era el caso. No quería escribir nada que llevara su nombre. Se entretenía mandando cartas a gente que no conocía de nada y a los periódicos. Con distintos nombres y distintas personalidades, escribía a gente extraña. Era un pequeño vicio, peculiar y deleznable. Su padre y su abuelo habían sido hombres honestos que habrían despreciado los vicios pequeños más que los grandes. Sabían quiénes eran y cuál era su sitio. Era imposible decir qué era lo que sabía Walter ni cuáles eran sus puntos de vista sobre nada. Leía libros que no tenían nada que ver con nada de lo que importaba. Con frecuencia, le iba detrás y se encontraba con algún extraño pasaje subrayado en un libro que él había dejado en alguna parte, y, entonces, ella se pasaba días dándole vueltas. Un pasaje que encontró en un libro que Walter había dejado en el suelo del cuarto de baño de arriba la persiguió de un modo inquietante.

“El amor debe estar lleno de ira -comenzaba, y pensó: ‘Sí es así, el mío lo está’. Siempre estaba furiosa. Y seguía-: Y como has rechazado mi petición, quizá prestes oídos a mi advertencia. ¿Qué empresa te trae a la casa de tu padre, oh, soldado afeminado? ¿Dónde están tus murallas y tus trincheras, dónde el invierno pasado en las líneas del frente? ¡Escucha! Desde el cielo resuenan los clarines de guerra; ve a nuestro general marchar completamente armado, se acerca entre las nubes a conquistar el mundo entero. De la boca de nuestro rey sale una espada aguda de dos filos que corta cuanto halla a su paso. ¡Despierta al fin de tu sueño, ven al campo de batalla! Abandona la sombra y busca el sol.”

Le dio la vuelta al libro para comprobar qué leía. Era una carta de san Jerónimo a un tal Heliodoro, en la que lo reprendía por haber abandonado el desierto. Una nota al pie decía que Heliodoro era miembro del famoso grupo reunido en torno a Jerónimo en Aquilea, en el año 370. Había acompañado a Jerónimo a Oriente Próximo con la intención de llevar una vida de ermitaño. Se separaron cuando Heliodoro prosiguió viaje a Jerusalén. Finalmente, regresó a Italia, y en los años posteriores se convirtió en un distinguido eclesiástico como obispo de Altino.

Este era el tipo de cosas que leía… cosas que en el presente no tenían sentido. Entonces le vino a la mente, con un leve y desagradable sobresalto, que el general con la espada en la boca, que marchaba presto a la violencia, era Jesucristo.

Flannery O’Connor (foto)