Archivo de la categoría: Historias Humanas

‘Anunciación’ de Elia Barceló

elia-barceloHabía estado nerviosa toda la mañana. Una sensación de inminencia que no la había dejado reírse con los chistes de Queco ni disfrutar del combinado que preparó Vera. Sus invitados lo habían convertido en tema a la hora del aperitivo, los estados de ansiedad, las premoniciones, podría ser que hoy va a ser decisivo en tu vida, había dicho Jon. ¡Decisivo! Un día más en un largo verano de baños de sol, paseos en lancha y siestas interminables.

Había cerrado los ojos al sol de mediodía, estirándose en la hamaca, registrando la húmeda frialdad del vaso en la mano, el tejido del bikini blanco ciñéndole el cuerpo, el rumor de las olas, el peso de aquel día imposiblemente azul que acabaría horas después en la noche perfumada, junto a la piscina, terciopelo con estrellas, como siempre. Su vida. La vida que había elegido. Una vida inmóvil y feliz.

Al principio creyó que se trataba de un sueño. La hora era adecuada, también el lugar. El sopor que se le había insinuado durante la comida se había ido haciendo cada vez más fuerte hasta no dejarla siquiera terminar el postre. Se había excusado en un murmullo, acogido por murmullos similares y, en lugar de meterse en su habitación, en un impulso, se había encaminado a la que daba al jardín, al pabellón de huéspedes de confianza. Se había dejado caer con un suspiro en la cama blanca en la que el mosquitero, al recoger los rayos de sol que entraban por el calado de la persiana, fingía una lluvia de monedas de oro, vibrantes de luz, sobre su cuerpo desnudo en el calor de la siesta. Cerró los ojos con agradecimiento infinito sintiendo cómo su conciencia empezaba a girar, a flotar, a alejarse como una cometa al viento mientras, al mismo tiempo, sus sentidos registraban el paisaje de cigarras enloquecidas por el calor de la siesta, el olor a polvo y a pinares que subía desde el camino del mar, las motas de oro que la brisa ocasional hacía danzar sobre su cabeza. Lejos, más lejos, el rumor de las olas, la frescura blanca del algodón contra su piel, el Paraíso alcanzado, el deslizarse a una oscuridad líquida, sedosa, fresca.

Y entonces, de repente, en algún lugar entre las motas de oro y el fragor de las cigarras, su presencia. Una presencia de fuego líquido, una presencia de águila y de tigre, esplendorosa y feroz, flotando en el contacto de la sábana, en las espumas lejanas del mar de las cuatro, poderosa como un toro, fría como una virgen, mineral.

La sombra luminosa cayó sobre su cama crucificándola de anhelo, devorándola para la eternidad y, en un fogonazo, doloroso como un estilete dibujando sus pechos sudorosos, supo. Supo qué era, qué le anunciaba, qué le pedía.

Supo y gritó por dentro.

Supo y el conocimiento la aterrorizó.

Supo y cerró su mente.

Tenía mucho tiempo. Podía tardar todo el primer día de la eternidad en elegir su respuesta. Ni una hoja de adelfa se agitaría en la brisa hasta que decidiera, ni un ala de gaviota batiría contra la inmóvil espuma del mar.

El silencio era perfecto, un coágulo cristalino encerrando a la presencia y a su presa, su sierva, su elegida.

Habría querido llorar, arrancarse los ojos con las uñas, arrastrarse de hinojos por el suelo de piedra, gritar a tí me entrego, abandonarse, morir, abrir su alma.

No pudo hacerlo.

No quiso hacerlo.

En la perfecta quietud de la tarde perpleja sonó un non serviam. Inmenso, violento, sublime.

El hilo se rompió. Cayó la luz sobre su cuerpo como una lluvia oscura dejándola enlodada y supo que acababa de elegir. Ella, que siempre había sido criatura de luz, sería desde ahora alimaña nocturna. La presencia tocó su corazón con un filo de plata hasta que se encogió sobre sí mismo y se hizo duro, diminuto y vacío. Y luego bebió su sangre.

Cuando la luna llegó hasta el borde de la piscina y empezó a cruzarla de estrías de mercurio helado, ella se levantó de la cama, abrió la mosquitera de donde había huido la luz y, con sus nuevos ojos de hielo, contempló el mundo nocturno. Su destino.

Orientándose por la luz de las velas y el murmullo de conversación se dirigió al cenador del jardín donde debían de estar sus invitados. Habían pasado muchas horas. Tenía hambre.

Elia Barceló (foto)

Sospechoso este ‘tsunami de fuego’ en Chile

incendio_noche_portezueloAristarco insiste en que es, como dice Bombo Fica en algunos de sus chistes, ‘sospechoso’ este episodio de los incendios por doquier. Dice que hay manos criminales, y sobre todo una intencionalidad de poner en aprietos a la presidente Michelle Bachelet. Hay un grupo de personas empeñadas en desprestigiar al gobierno. Y varios medios de comunicación les hacen eco. Me cuenta que hay páginas web, con noticias estacionadas desde hace varios meses, afirmando que la economía chilena va a colapsar, afirmando que este ha sido el peor gobierno de la historia de Chile, diciendo que todo está mal. Aristarco cree que estas personas y estas afirmaciones son conspirativas. Buscan infligir daño. Esas personas son las verdaderas responsables de si la situación chilena empeora. Porque lanzan ideas falsas, como lo hacía Joseph Goebbels, y los medios de comunicación cómplices las repiten con tal obsesión que se convierten en verdades. Esta ola de incendios no puede ser espontánea, ¡500 mil hectáreas!, insiste Aristarco. Aquí no se cumple la fórmula de los 30 grados de temperatura, 30 kilómetros por hora de viento y 30 grados de humedad del aire. Aquí hay manos criminales, hay una intencionalidad, hay un concierto para delinquir y un propósito: desprestigiar al gobierno de una mujer. Es una conspiración misógina, cruel y sanguinaria, que no mira sino intereses egoístas. Nada les importa destruir, como lo han hecho, ¡más de 500 mil hectáreas! de bosques y pastizales. “Déjame y digiero todo eso”, fue lo único que se me ocurrió decirle a Aristarco.

‘Si escuchas esta música’ de Pedro Gómez V.

pedro-gomez-valderrama(¡Ah, mostradme un fuego que pueda apagarse

a sí mismo!

Hebbel, Judith)

… Hasta aquel día, apenas llegando a sus veinte años, Niccolo Paganini fue ya considerado como un maestro. Sin embargo, yo osaría decir que todo lo demoníaco de su arte, su milagro maligno, parte de la época en que él desapareció en 1802, para reaparecer solamente después de tres años, tan ahíto de amor que nunca más volvería a amar en la vida.

Hasta entonces, Satanás dormía, indudablemente, en él; pero sólo desde aquel momento maduró su alma para albergarlo, para realizar su prodigioso pacto, que le permitió embrujar a Europa y llevar un hálito de espanto a todos aquellos que escucharon su violín. El secreto de Paganini, del cual se habló tanto, estaba lejos de ser sospechado. Las gentes lo intuían, pero sin comprenderlo. Hubo quienes vieron salir fuego y azufre de su boca mientras tocaba; quienes hablaron de asesinatos misteriosos; quienes vieron a su espalda al propio Satán Trimegisto impulsando su brazo. Amén de aquello que pasearon por Europa la leyenda de su vida de forzado, que le había dado un secreto prodigioso para manejar el violín.

Era la época tremenda de su primera vida, los años de su gran extravío, cuando sus manos de virtuoso se crispaban sobre las copas o acariciaban los senos de las prostitutas. Su vida estaba cubierta de fango y él sonreía desdeñosamente a quienes se lo reprochaban. Su larga nariz, su escuálida figura, enmarcadas en su lacia y larga cabellera, le daban ya el siniestro aspecto del espantapájaros animado de vida.

Su vagabundaje no conocía reposo; erraba de sitio en sitio, de ciudad en ciudad, jugándolo todo, perdiendo y ganando hasta su propio violín. Fue en aquella época cuando las gentes comenzaron a inquietarse. El hombre que la noche anterior, y todas las noches anteriores se encontraba ebrio y perdido en el fango de la más siniestra lujuria, se elevaba como un gigante creador, como el genio prodigioso. Nadie sabía en qué momento se dedicaba Paganini a estudiar su música, a aprehender el alma de su violín.

Un día de 1802, desapareció de Génova. Transcurrieron los días sin que se supiera dónde se encontraba, y así comenzaron a pasar los meses, para contentamiento de sus enemigos y tranquilidad de aquellos que miraban sus hijas y esposas amenazadas por la sonrisa cínica del enigmático seductor.

Nadie supo que en aquel tiempo de desaparición iba a hallar Paganini su secreto, el secreto musical de su violín, que persiguieron después alucinados todos los violinistas de Europa. En aquella desaparición Satán iba a penetrar definitivamente en el espíritu del genio.

Todo fue obra de un viaje en diligencia. Paganini se encaminaba a Padua, donde se le solicitaba para un concierto. Su equipaje consistía solamente en una maleta de cuero negro y un violín. Cuando la diligencia arrancó de Génova, todos se despidieron de él pensando verle pronto de regreso, tanto más cuanto que su querida del momento era una de las mujeres más asediadas de la ciudad. Sin embargo, aquel grupo de genoveses que salió a despedirlo no sabía que la noche anterior, entre carcajadas, Niccolo Paganini había jugado y perdido a su amante. Días después se supo que Paganini no había llegado a su destino. Había desaparecido de la diligencia con una misteriosa mujer que viajaba también.

Se rumoreó entonces en voz baja que el diablo, en figura de mujer, le había transportado al infierno. Se dijo también, que la huida había sido planeada, y que le acompañaba la mujer de un noble genovés. Pero todos se inclinaban a pensar que Satanás flotaba en el ambiente. Nadie supo entonces lo sucedido. Años después, alguien oyó nombrar a Paganini a un viejo criado, servidor de una familia noble que poseía un castillo aislado e inaccesible en medio de la Toscana.

El criado no sabía quién era Paganini. Hablaba del genovés sombrío, sin saber que se trataba de uno de los mayores genios de la época. Su relato era, por otra parte, deshilvanado y episódico, lleno de silencios sobre meses y años enteros:

-En medio de la noche, se detuvo la diligencia, y la señora marquesa descendió con un hombre joven, vestido de negro, de cara pálida y con unos ojos tan penetrantes que era difícil mirarle de frente. Su bagaje era solamente una maleta negra, junto con la caja de un instrumento musical, que él se negó a entregarme. La señora Francesca me dio orden de cederle mi caballo, y marchar tras ellos a pie. Llovía desastrosamente, y la noche era negra. Ellos marcharon adelante, y yo los seguí, chapoteando en los fangales.

Cuando llegué al castillo, se encontraban ya ante la chimenea. La señora daba a Elissa la orden de preparar una habitación al señor Paganini, quien iba a demorarse unos breves días. Pero a la mañana siguiente, Elissa me contó que el señor Paganini no había dormido en su habitación. Ella había tenido que llevarles el desayuno a la alcoba de la señora; y había encontrado en el suelo, roto, despedazado, como si lo hubieran pisoteado salvajemente, el violín que traía el señor.

Me contó también que durante la noche había despertado oyendo una música, llena de alaridos de dolor, de sones lúbricos, de angustia y de lujuria. (A fe que no sé cómo pudo ella distinguir todo eso, siendo tan ignorante como yo). Y agregaba Elissa que después hubo el ruido de alguna cosa rota, y entonces sí verdaderos gritos de dolor de la señora.

Elissa, angustiada, se precipitó en su auxilio, pero al llegar a la puerta oyó que los gritos dolorosos habíanse trocado en algo muy diferente, que no le correspondía escuchar.

Ella me contaba todo cuanto iba sabiendo, y fue así como me enteré que en aquellos mismos días escuchó tras la puerta una conversación en que aquel señor gritaba airadamente a la marquesa. Le repetía a voz en cuello:

-Me amarás por mí mismo, a pesar de mi arte. ¡No volveré a tocar un violín!

Y en aquellos mismos días recibió la señora un paquete que contenía un violín, el cual fue cuidadosamente guardado.

El criado siguió hablando. Habló largamente, estimulado con los vasos de vino que yo le ofrecía. Y fue aquella noche cuando tuve la revelación del gran secreto de Paganini, por el cual desesperaban todos los violinistas de Europa.

Paganini, seducido por la belleza y la finura de la marquesa de X., a quien encontró en la diligencia camino de Padua, y ante las suaves instancias de la mujer, descendió en el pequeño villorrio toscano. Era fácil la conquista, y él era casi un adolescente.

Aquella tremenda noche vino a saber la verdad: la mujer le había oído tocar en un concierto en Génova, y sabiendo de su viaje, lo había arreglado todo para aquella especie de secuestro. Había quedado prendada, enloquecida, oyéndole tocar el violín, y por eso quería atraerle y guardarle consigo. Su voluptuosidad era la música, y quería tenerlo con ella. La castellana era una viuda, que llevaba sobre él la ventaja de más años de vida intensa, y de dinero suficiente para comprar el mejor virtuoso del mundo.

Aquella noche, en la intimidad de la alcoba, bajo la furia de la tempestad, Niccolo se dio cuenta de que no era a él mismo con su sensualidad afanosa, con su perverso cinismo a quien ella perseguía, sino la representación de la comedia del paje tocador de laúd.

La ira de Niccolo se encendió, y fue entonces cuando lanzó aquel grito, y enloquecido, maldiciendo, rompió su violín, al cual acaba de arrancar acentos de tormenta y placer, como los de aquella noche que vivía el castillo. Y tomando el instrumento quebrado, golpeó con él la desnudez de la marquesa Francesca. Cuando se lanzó sobre ella, adolorida y ultrajada, se cumplió la más voluptuosa de las horas para la hermosa mujer en decadencia.

Pasaron los días, apretados de tempestad, de cuya sensualidad iba naciendo el amor para el joven Niccolo. Pero al mismo tiempo se daba cuenta de que para la marquesa algo faltaba en ese amor, y él lo sabía: su música, que era más que él mismo. Sólo saliendo de esa música se realizaba su goce perfecto. Y un oscuro sentimiento de celos contra su propio arte nació en el corazón del muchacho. Pasaban los días, y fuera de las explosiones sensuales, cada día Francesca estaba más distante de él.

El criado contaba otra historia: Un día ella tímidamente, con el temor de su cólera violenta, le ofreció el violín que había pagado con largueza. Era una leve insinuación, una tentativa de recobrar lo que amaba de él, los únicos momentos en los que lo sentía unido a ella misma. Niccolo lo recibió y lo examinó. Lo tomó e hizo ademán de tocar, pero solamente dio dos notas semejantes a una burlona carcajada. Hizo luego una pirueta, y depositó el violín sobre una de las mesas del salón. Allí permaneció durante los tres años de su cautiverio; un auténtico Guarnerius, que, poco a poco, iba cubriéndose de polvo.

Niccolo, en medio de la amargura, no se decidía a partir. Era demasiado renunciar a su amor, tanto más infortunado cuanto que no obtenía otra satisfacción que la del goce sexual. Desesperado, intentó una solución que le permitiese entregarse un poco, sin claudicar totalmente: utilizar su maestría en la guitarra, instrumento menor ante sus ojos, que por ello produciría el efecto de la música para saciar el extraño apetito de la mujer, sin enajenarle su cariño.

Y así en las largas veladas, los dedos prodigiosos del muchacho resbalaban por las cuerdas de la guitarra, le arrancaba sonidos mágicos, llegaban al fondo del espíritu de ella; la marquesa no comprendía qué misterio se operaba en su espíritu, que, al tiempo de ser la amante del músico no le entregaba, sin embargo, la totalidad de su ser, que, lejos de su alcoba, le rechazaba y le mantenía heladamente lejos. Pero le conservaba a su lado, a pesar del hielo, llena del deseo angustioso de su violín.

De tiempo en tiempo, surgía una leve insinuación, que terminaba en tormenta. Bruscamente Niccolo arrancaba las cuerdas de la guitarra, y la arrojaba lejos de sí. Y salía al campo, a andar con la cabeza desnuda, agitándose al viento la lacia melena, magro y desgarbado bajo el atuendo negro.

Así pasó el tiempo insensible. Cuando en la noche Niccolo franqueaba el umbral de la alcoba de la marquesa, entraba en un mundo diferente, en el cual, sin embargo, su amor estaba lejos de sentirse saciado. Si llegaban huéspedes, lo que ocurría, generalmente, con la llegada de la primavera, la puerta se cerraba para él, que, abandonado en medio de la noche, creía oír pasos galantes dirigiéndose a aquella puerta. Y entonces ardía en la desesperación, se sumergía en la amarga tortura de los celos, y se repetía a sí mismo el cuento del paje tocador de laúd.

Y el servidor seguía su relato:

-El último año en que el señor Paganini vivió en el castillo fue el peor. Se hizo aún más colérico y violento, más irascible y bárbaro. La señora marquesa le temía. Cuando él se levantaba airado, ella palidecía y escapaba. Porque ya sabía que él la maltrataría. En esos momentos parecía odiarla y, sin embargo, luego de golpearla (que jamás he sabido por qué ella lo soportaba), la llevaba casi arrastrándola a la alcoba. Otros días se encerraba en su propio aposento, y no salía de allí. Una vez, quiso estrangularla y lo habría logrado si Elissa y yo no hubiéramos acudido. Pobre el señor Niccolo. En el fondo, la amaba y sufría. Era celoso de todos los visitantes. Y a algunos hizo tales escenas, que al saberse en la comarca, nadie volvió al castillo. Al mayordomo no lo dejaba hablar con la señora, sino en su presencia. Pero varias veces en que ella le gritó, en uno de esos momentos de celos, que no le amaba, él quiso irse, y ella, llorando, se arrodilló para suplicarle que se quedase. ¡Pobre señora!

Francesca estaba persuadida de no amarle, pero una extraña fascinación le ataba a él. Ella le había gritado un día que no era un hombre completo sin su violín. Él la abofeteó y la dejó sola. Y contaba el criado que, al pasar por la puerta de su aposento, donde se había encerrado, oyó sollozos entrecortados.

Era el viaje de Orfeo al infierno para rescatar a Eurídice, al precio de su música. Y ése fue el secreto del maestro: los tres años de atroces suplicios vividos al lado de una mujer que creía no amarle a él sino a su arte, y que, sin embargo, no le dejaba partir. Después de la tortura de aquellos años de infierno, Satanás había preparado suficientemente su alma para entregarle el secreto.

El violín había permanecido intacto, en el mismo sitio. Un día hablaron de amor, y ella estaba distante y fría. Y de sus labios salieron otra vez aquellas palabras: “Quiero oír tu violín”. En aquel momento Satanás reveló a Paganini el secreto; se dirigió al violín y abrió la caja empolvada. Sus manos se movieron diestramente como si recobrasen un hábito del día anterior. Una vez preparado el instrumento, acariciándolo como si fuera el cuerpo de Francesca, empezó a tocar.

Al ritmo salvaje y alucinante de la música, acudieron los criados, que se quedaron como petrificados. Francesca se sacudía como si cada nota la penetrase. Paganini tocaba con furia: quejidos de amor, gritos de ira, toda la gama del corazón humano se plegaba al arco del violín. A veces eran variaciones de siniestro aquelarre en medio de fascinantes arrullos. Otras veces eran clamores de guerra, al lado de brillantes devaneos. Pero siempre, en el fondo, el resplandor satánico, la espantable sombra de hechicería.

-Yo podría jurarle, señor -decía el criado terminando su relato-, que era el demonio mismo quien tocaba. De los ojos del señor Paganini salían llamas. Yo vi la sombra de Lucifer. A mi lado, Elissa se desplomó desmayada y yo no pude hacer el menor movimiento para socorrerla. Lo diabólico nos inmovilizaba. No sé cuántas horas tocó el señor Paganini. Cuando me recobré, ya atardecía. El señor Paganini dejó de pronto de tocar. Lanzó una carcajada de endemoniado, miró a la señora Francesca que yacía como trémula de amor y guardó lentamente el violín. Luego salió a la noche. Era una noche como la de su llegada, densa de tempestad. La señora no pudo moverse para detenerle; él salió. Pasó la noche y no volvió, y la señora siguió esperándole durante meses y años, en aquel castillo que desde entonces pareció hechizado, y empezó a reunir en sus salones todos los ruidos siniestros del espanto. Ese fue el recuerdo que dejó el hechicero misterioso.

“El señor Paganini no volvió más, y la señora envejeció esperándole”.

Así terminó el criado su relato. Y yo, recordándolo más tarde, encontré un curioso apunte en mi libreta:

En 1834, cuando estuvo Paganini en Bruselas, una dama ya encanecida, impasiblemente sentada en su palco del teatro de la Moneda, presenció el único fracaso del genio, que por la sola vez en su carrera no pudo posesionarse de su público, no logró inyectarle su veneno sonoro. Esa mujer era la marquesa de X., la signora Francesca.

Pedro Gómez Valderrama (foto)

‘La herencia para mis hijos’ de Alberto Salcedo

alberto-salcedo-ramosHace poco fui con mis hijos a un restaurante caribeño donde sonaba la canción La plata, del juglar Calixto Ochoa.

El mundo pelea si dejo una herencia / si entierro un tesoro no lo gozo yo / se apodera el diablo de aquella riqueza / y entonces no voy a la gloria de Dios

Enseguida comenzamos a conversar sobre herencias. Mis hijos se declararon partidarios de que, como en la canción, todo el que se esfuerce gaste en vida hasta el último céntimo. Yo les concedí la razón.

-El humorista Armando Chulak repetía que eso de “pasó a mejor vida” no se debe decir del finado sino del heredero.

Mis hijos rieron.

-Por cuenta mía nadie va a pasar a mejor vida.

A continuación dije que me tiene sin cuidado hacer el inventario de lo que dejaré. Solo quiero que, cuando muera, me encuentren pulcro, pues, como decía el poeta Gonzalo Arango, un cadáver de uñas sucias se vería muy feo.

De todos modos, algo les dejaré como herencia. Para empezar, el radio portátil de cinco bandas. Quiero que lo cuiden mucho, no por su valor material sino por lo que significa para mí: en ese radio mi madre oía canciones de Pedro Infante.

El mesero, un barranquillero chismoso que siempre nos atiende en ese restaurante, metió la cuchara sin ningún pudor:

-No vale la pena sacrificarse en busca de bienes que al final van a disfrutar otros. Mejor siga escribiendo. Pero compre el Baloto. Usted tiene cara de que puede ganárselo.
Respondí que nunca he esperado ningún favor de la suerte y que tampoco invito a mis fiestas a los loteros. No sueño con acumular más dinero del que necesito ni con asegurarles el sustento a cuatro generaciones. En este punto miré a mis hijos y agregué que si la muerte me avisa cuando venga por mí, seguramente haré una última visita al banco para asegurarme de que mi modesta cuenta de ahorros quede vacía.
-¿Cómo era aquella cosa que nos decías cuando estábamos chiquitos? -preguntó Oriana.
-Que mi herencia para ustedes será una casa en el aire como la de Escalona, pero de tres pisos, cinco mil cabezas de saltamontes y una hectárea de hojas de cadillo.

Ambos sonrieron.

Seguí haciendo el listado: dos bolsitas de maní salado, un reloj de bolsillo, mis libros, mis discos, la hamaca sanjacintera que me regaló mi compadre Alfonso Hamburger. Lo más importante de todo fue haberles enseñado a asumir sus responsabilidades. Entonces recordé una frase de mi abuelo: “Al hijo hay que educarlo en la casa para que no salga a matar a nadie en la calle”.

-¿Qué más herencia que la vida, papi? -preguntó Mario con aire trascendental.

Respondí que esa tampoco es la gracia: cualquiera engendra. Hace unos años mi colega argentino Matías Maciel me escribió un correo emocionado para contarme que acababa de convertirse en padre. Aún guardo la respuesta que le envié: “Un hijo es una criatura por la que uno es capaz de ofrecerles el pecho a todas las balas del mundo y morir cagado de la risa”.

En este punto añadí con aire triunfal que por ellos soy capaz de dar la vida, y que eso también quisiera dejarlo consignado en el testamento.

Los dos me dieron un beso. Fue Mario quien soltó la conclusión que estaba esperando:

-No joda, papi, te sobraste. ¡Tremenda herencia!

Alberto Salcedo Ramos (foto)

 

‘El ilustre amor 1797’ de Manuel Mujica Láinez

manuel-mujica-lainezEn el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.

A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.

Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?

Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.

Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.

Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: “Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…”

El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.

-¿Qué tendrá Magdalena?

-¿Qué tendrá Magdalena?

-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?

Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.

-¿Por qué llorará así Magdalena?

A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.

Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.

Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!

El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.

Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.

-¿Qué le acontece a Magdalena?

Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.

Chisporrotean, celosas.

-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?

Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.

Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.

Las vecinas se codean: ¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!

Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.

La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.

¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?

¿Dónde se encontrarían?

-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.

Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.

Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.

Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.

Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

Manuel Mujica Láinez (foto)

 

‘Ulises’ de James Joyce (fragmento (1))

james-joyceEl señor Stephen, algo afectado pero con mucha gracia, le dijo que no era tal cosa y que tenía despachos del Gran Hurgacolas del Emperador agradeciéndole la hospitalidad y enviándole acá al doctor Rinderpest, el más renombrado cazavacas de toda la Moscovia, con algún que otro bolo de medicina para coger al toro por los cuernos. Vamos, vamos, dice el señor Vincent, hablemos claro. Se encontrará en los cuernos de un dilema si se enreda con un toro que sea irlandés, dice. Irlandés de nombre e irlandés de naturaleza, dice el señor Stephen, y pasó la cerveza dando la vuelta. Un toro inglés en una tienda de porcelana inglesa. Os entiendo, dice el señor Dixon. Es el mismo toro que envió a nuestra isla el ganadero Nicholas, el mejor criador de ganado de todos ellos, con un anillo de esmeralda en la nariz. Cierto es eso, dice el señor Vincent al otro lado de la mesa, y ciertos son los toros, dice, jamás ha estercolado en el trébol un toro más gordo y solemne. Abundancia de cuernos tenía, pelo dorado y un dulce aliento humeante saliéndole por las narices, tanto que las mujeres de nuestra isla, abandonando criadillas y morcillas, le siguieron, decorando con guirnaldas de margaritas su taurinidad. Y qué importa, dice el señor Dixon, pero si antes que pasar acá el granjero Nicholas que era eunuco le hizo castrar adecuadamente por un colegio de doctores que no valían más que él. Así que vamos allá, dice, y has todo lo que te diga mi primo hermano Lord Harry y recibe la bendición de un ganadero, y con eso le palmeó rotundamente el trasero. Pero la palmada y la bendición le dieron buena parte, dice el señor Vincent, pues para compensar le enseñó un truco que valía por dos de los otros de tal modo que doncella, esposa, abadesa o viuda afirman hasta el día de hoy que en cualquier momento prefieren susurrarle a la oreja en lo oscuro de un establo o recibir un lametón en la nuca de su larga y santa lengua antes que yacer con el más hermoso y gallardo joven violador en los cuatro campos de toda Irlanda. Otro entonces tomó la palabra. Y le adornaron, dice, con camisa de encajes y enaguas con cola y cinturón y puños de encaje y le cortaron el pelo de la frente y le frotaron todo por encima con aceite de espermaceti y le construyeron establos para él en todos los recodos del camino con un pesebre de oro en cada uno lleno del mejor heno del mercado de modo que pudiera sestear y estercolar a gusto de su corazón. Para entonces el padre de los fieles (pues así le llamaban) se había puesto tan pesado que apenas podía caminar hasta el prado. Para remediar lo cual nuestras astutas damas y damiselas le traían su forraje en el regazo de los delantales y tan pronto como tenía la barriga llena él se enderezaba en sus cuartos traseros para enseñar un misterio a sus señoritas y mugir y resoplar en lenguaje taurino y todas detrás de él. Sí, dice otro, y tan mimado estaba que no consentía que creciera en la tierra nada sino verde hierba para él mismo (pues ese era el único color de su gusto) y en una colina en medio de esta isla había un letrero con un aviso impreso diciendo: Por orden de Lord Harry viva lo verde del valle. Y, dice el señor Dixon, si olfateaba alguna vez un cuatrero en Roscommon o en las soledades de Connemara o un ganadero en Sligo que estuviera sembrando ni un puñado de mostaza ni una bolsa de nabo silvestre, corría hecho una furia por medio país desarraigando con los cuernos cuanto estuviera plantado y todo ellos por orden de Lord Harry. Hubo entre ellos mala sangre al principio, dice el señor Vincent, y Lord Harry mandó al diablo al granjero Nicholas y le llamó viejo patrón de burdel que tenía siete putas en casa y voy a tomar yo cartas en sus asuntos, dice. Le voy a hacer oler infierno a ese animal, dice, con la ayuda de la buena verga que me dejó mi padre. Pero una tarde, dice el señor Dixon, cuando Lord Harry estaba limpiándose la real pelambre para ir a cenar después de ganar un regata (tenía remos de pala para él pero la primera regla de la carrera era que los demás tenían que remar con horcas) descubrió en sí mismo una prodigiosa semejanza con un toro y sacando un librillo bien sobado que guardaba en la despensa, halló con toda certidumbre que él era descendiente por la mano izquierda del famoso toro campeón de los romanos, Bos Bovum, lo que en buen latín macarrónico, quiere decir el amo del cotarro. Después de eso, dice el señor Vincent, Lord Harry metió la cabeza en un bebedero de vacas en presencia de todos sus cortesanos y al sacarla otra vez les dijo su nuevo nombre. Luego, con el agua corriéndole por encima, se puso un viejo blusón y una falda que pertenecieron a su abuela, y se compró una gramática de la lengua de los toros para estudiar, pero nunca pudo aprender una palabra de ella salvo el pronombre de primera persona que copió en letras grandes y se lo aprendió de memoria, y siempre que salía de paseo de llenaba los bolsillos de tiza para escribirlo en donde se le antojara, en el costado de una piedra o en la mesa de una casa de té o una bala de algodón  o un flotador de corcho. En una palabra, él y el toro de Irlanda pronto fueron tan íntimos amigos como un culo y una camisa. Lo fueron, dice el señor Stephen, y el final fue que los hombres de la isla, viendo que no había remedio, puesto que las ingratas mujeres eran todas de la misma opinión, construyeron una balsa de salvamento, se embarcaron a bordo ellos mismos con todos sus hatos de bienes muebles, pusieron los mástiles erectos, prepararon las vergas, tomaron la caña, se tiraron allá, tendieron todo trapo al viento, dieron cara entre viento y marea, izaron anclas, pusieron rumbo a babor, ondearon el pabellón de la calavera y los huesos, lanzaron tres veces tres hurras, largaron la bolina, se echaron a su gabarra y se hicieron a la mar para redescubrir América. Esa fue la ocasión, dice el señor Vincent, en que un contramaestre compuso aquella balanceante canción:

El Papa Pedro se orina en la cama.

Un hombre es hombre a pesar de todo.

James Joyce (foto)

‘La escritura de Dios’ de Jorge Luis Borges

jorge-luis-borgesLa cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche –entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?– soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: “No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente”.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: “Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños”. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren) El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges (foto)