Archivo de la categoría: Historias Humanas

‘Siete cuentos morales’ de J. M. Coetzee

Siete cuentos moralesAnna Kazumi Stahl escribió en la contraportada de ‘Siete cuentos morales’ del Nobel de Literatura 2003, J. M. Coetzee: “Nos proponen nada menos que repensar cómo interpretamos las consecuencias de nuestras decisiones cotidianas”.

Creo que se acerca al sentimiento con que quedé tras la lectura de los siete cuentos editados por Penguin Random House, 123 páginas. No son, ciertamente, cuentos moralistas. No.

Son reflexiones, mediante las situaciones que narra, del significado de lo moral que nos acompaña en cada uno de nuestros actos. Porque son cuentos sencillos, sin grandes tramas, narrados bellamente con la fuerza de la sencillez que un Nobel puede imprimir.

El primero es tan simple como esto: la mujer que es acosada por el perro del vecino cada vez que pasa; ella les reclama a los dueños del animal, una pareja anciana ya, y ante la respuesta destemplada de los viejos ella tiene una reacción, que nos hace reflexionar. El segundo pone un signo de interrogación sobre lo que significa, y lo que puede ocurrir, cuando una mujer tiene, además del esposo, un amante. El tercero es el cuento de alguien que cuenta un cuento en el que se despojan los aditamentos para descubrir la tristeza humana.

Y así, van transcurriendo los textos, limpiamente escritos, claramente escritos, simples si se quiere, tachonados todos con pequeñas meditaciones, al estilo de: “El deseo puede hacer que quieras ascender a una montaña, pero no te lleva a la cumbre”, o “decimos que el alma es invisible si no podemos verla. Y eso dice algo sobre nosotros; no dice nada sobre el alma”, o “la vida no es una sucesión de opciones”.

Me gustaron todos los cuentos, o todos los textos. Tienen una sutileza que encanta. Y me hicieron pensar, una vez más, en que las hipérboles y los absurdos (burdos) del llamado ‘realismo mágico’, nos anularon la sensibilidad fina, y terminamos entendiendo solo lo grueso, lo obvio, lo gritado.

Esto es importante, porque estos textos de Coetzee son transparencias, nieblas, sutilezas. Me recordaron textos de Yasunari Kawabata.

Por último, los cuentos evitan esa fórmula según la cual “el final tiene que ser sorpresivo”, de acuerdo con lo postulado por Julio Cortázar: ganar por nocaut. En estos ‘Siete cuentos morales’ ninguno gana por nocaut. Todos ganan por finura, delicadeza, agudeza. Me quedo con esta ‘fórmula’ de J. M. Coetzee.

 

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‘Kid Stardust en el matadero’ de Charles Bukowski

Charles BukowskiLa suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado, débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como recadero o mozo de almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. Así que bajé al matadero y entré en la oficina. ¿No te he visto ya?, preguntó el tipo. No, mentí yo.

Había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, y me habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. Me habían explicado mi trabajo, que era apretar un botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes desplomándose, y llegaba la cosa… algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó.

Cuando vi que se iba me quité la bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me largué de allí. Y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez. Pareces un poco viejo para el trabajo. Quiero endurecerme. Necesito trabajo duro, muy duro, mentí. ¿Y puedes aguantarlo? Otra cosa no tendré, pero coraje sí. Fui boxeador. Y bueno. ¿Ah, sí? Sí. Vaya, se te nota en la cara. Debieron darte duro. De lo de la cara no hagas caso. Yo tenía un juego de brazos magnífico. Todavía lo tengo. Lo de la cara es porque tuve que hacer algunos tongos y tenía que parecer verdad. Sigo el boxeo. No recuerdo tu nombre. Peleaba con otro nombre, Kid Stardust. ¿Kid Stardust? No recuerdo a ningún Kid Stardust. Peleé en América del Sur, en África, en Europa, en las Islas, en ciudades pequeñas. Por eso hay ese hueco en mi historial de trabajo, no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en broma o que miento. Lo dejo en blanco y se acabó. Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. Mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar. ¿Dices que quieres trabajo duro? Bueno, si tenéis otra cosa no, en este momento no. Sabes, aparentas cerca de cincuenta. No sé sí darte el trabajo. No nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo. Yo no soy gente: soy Kid Stardust. Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a TRABAJAR!

No me gustó el tono. Dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mi nombre: Henry Charles Bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a Thurman. Fui hasta allí. Había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto. Yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo: dónde está Thurman. Tengo que ver a ese tío.

Alguien señaló. ¿Thurman? ¿Sí? Trabajo para ti. ¿Sí? Sí. Me miró. ¿Y las botas? ¿Botas? No tengo, dije. Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dio. Viejas, duras, tiesas. Me las puse. La historia de siempre: tres números menos. Me encogían y me espachurraban los dedos. Luego me dio una ensangrentada bata y un casco metálico. Allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. Tiró la cerilla con un floreo tranquilo y varonil. Vamos.

Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron como si fueran musulmanes
negros. Yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos. ¡Charley! aulló Thurman. Charley, pensé. Charley, como yo. Qué bien. Sudaba ya bajo el casco metálico. ¡¡Dale TRABAJO!! Dios mío oh Dios mío. ¿Qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿Por qué no le pasa esto a Walter Winchey que cree en el sistema americano? ¿No era yo uno de los estudiantes de antropología más inteligentes de mi promoción? ¿Qué pasó?

Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de largo que había en el muelle. Espera aquí. Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado. Con mierda de pollo. Y cada carretilla estaba cargada con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. No, no flotaban en sangre, se asentaban en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte.

Uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. Los jamones venían deprisa, DEPRISA, y pesaban, pesaban cada vez más. En cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había otro en camino hacia mí por el aire. Comprendí que querían reventarme.

Pronto sudaba y sudaba como si se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, y me dolían los brazos, me dolía todo y había agotado hasta el último gramo de energía. Apenas podía ver, apenas podía obligarme a agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. Estaba embadurnado de sangre y seguía agarrando el suave muerto pesado FLUMP con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos… Los jamones seguían llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones
jamones y al fin todas se vaciaron, y yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica.

Era de noche en el infierno. Bueno, siempre me había gustado el trabajo
nocturno. ¡Vamos! Me llevaron a otro local. Arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho, recién asesinada, y se paró justo sobre mí, colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho. Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese maldito bicho. ¿Cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿Cómo saben que yo no soy una ternera? VENGA… ¡MENEALA! ¿Menéala? Eso es: ¡BAILA CON ELLA! ¿Qué? ¡Pero qué coño pasa! ¡GEORGE, ven aquí! George se puso debajo de la ternera muerta. La agarró. UNO. Corrió hacia adelante. DOS. Corrió hacia atrás. TRES. Corrió hacia delante mucho más. La ternera quedó casi paralela al suelo. Alguien apretó un botón y George quedó abrazado a ella. Lista para las carnicerías del mundo. Lista para las bien descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada.

Me pusieron debajo de la ternera siguiente. UNO. DOS. TRES. La tenía. Sus huesos muertos contra mis huesos vivos. Su carne muerta contra mi carne viva, y el hueso y el peso me aplastaban; pensé en óperas de Wagner, pensé en cerveza fría, pensé en un lindo chochito sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo y Charley aulló ¡CUELGALA DEL CAMION! Caminé hacia el camión. Por la aversión a la derrota que me inculcaron de muchacho en los patios escolares de Norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada merecía, sólo burlas y risas y golpes. En Norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además si soltaba la ternera quizá tuviera que volver a recogerla. Además se ensuciaría. Yo no quería que se ensuciase. O más bien… ellos no querían que se ensuciase.
Llegué al camión. ¡CUELGALA! El gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. Dejabas que el trasero de la ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡MADRE MIA!! Era todo cartílago y grasa, duro, duro.

¡VAMOS! ¡VAMOS! Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. El gancho clavado, aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo bata de casa y carnicería. ¡MUEVETE! Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera tranquilamente y me miró de arriba abajo. ¡Aquí trabajamos en cadena! Vale, campeón. Me puse delante de él. Otra ternera me esperaba. Cada una que agarraba estaba seguro de que sería la última que podría agarrar. Pero me decía: una más, sólo una más, luego lo dejo. A la mierda.

Ellos estaban esperando que me rajara. Lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba. No quería darles el placer de la victoria. Agarré otra ternera. Como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera. Pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO. Lo había conseguido. Un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. Fui tras ellos hasta un carrito que alguien había traído. Vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
¡EH, TU! Era Charley. Charley, como yo. ¿Sí, Charley? Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho. Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. La parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.

Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. Tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. Di vuelta a la llave y conseguí encender el motor. Fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito. Era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. Luego abrí la puerta y salí. No acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí. Me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.

Les vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos. Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador. El viejo me miró: vaya, así que dejas esta BUENA colocación… Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!
Salí. Crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. Luego cogí el autobús y volví a casa. El patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.

Charles Bukowski (foto)

‘¡Que me engañen siempre así!’ de Marqués de Sade

Marquis_de_SadeHay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de…, cuyo nombre, teniendo en cuenta su to­davía sana y vigorosa existencia, me permitiréis que ca­lle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los libertinos el material que necesi­tan como sustento de sus pasiones; todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más, pero con la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo general, las deli­cias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísima poco más o menos tan vir­gen como llegó a ellas, y puede ser revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se le ocu­rrió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusie­ron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos necesa­rios para convencer al santo hombre de Dios. No le pu­dieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba poquí­simo a la alcahueta… “En su vida ha puesto la mano en ese sitio –comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería–; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer”…

Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sa­cerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:

–¡Per Dio santo! –exclama el hombre de Dios–. ¡Sono ingannato, quésto bambino è ragazzo, mai non fu putana!

Y lo comprueba… No viendo nada, sin embargo, ex­cesivamente enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron trufas en lugar de patatas: “¡Qué me engañen siempre así!” Pero cuando la operación ha terminado:

–Señora –dice a la dueña–, no os culpo por vues­tro error.

–Perdonad, monseñor.

–No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo, porque… lo que no vea al principio lo descubriré más adelante.

Sade (foto)

‘El silencio de los malditos’ de Carlos Pinto

ScanHubo un tiempo en que su programa ‘Mea culpa’ era insignia de sintonía. Cualquier otro programa que se le enfrentara, en el mismo horario y otro canal era, literalmente, barrido. Alguien dijo que su programa era un transatlántico, para significar su enorme peso específico y su trascendencia. ‘Mea culpa’ son historias de criminales, bien contadas en la televisión. Excelentemente contadas. Con toda la carga emocional que pueda tener un suspenso y una trama de los archivos policiales.

‘Mea culpa’ es una creación de Carlos Pinto, que duró muchos años flameando. Por eso, cuando anunciaron que había escrito una novela, me interesé. Sabía que se trata de dos lenguajes muy distintos: el de la televisión y el de la literatura, pero quise tener un concepto de primera mano, comprando su obra.

La tituló ‘El silencio de los malditos’ (ilustración) inmediatamente lo hace decir a uno, o pensar, en la expresión “el silencio de los inocentes”. Y esta expresión es el título de la película de Jonathan Demme, en la que actúan Jodie Foster, Scott Glenn y Anthony Hopkins. Ya es un clásico del cine de terror. Cuenta la historia de un brillante psiquiatra, llamado Hannibal Lecter, quien es, también, un asesino en serie. Y un caníbal.

Así que el título ‘El silencio de los malditos’ no parece afortunado.

Bajo el título se indica que es una “novela inspirada en hechos reales”, lo cual, a la novela, como género, le importa bien poco. Es tendencia de los últimos años apoyar la ficción en hechos reales, presentes o históricos, pero la novela, por definición, es ficción. Idealmente, una ficción metafórica de la realidad.

De modo que estamos frente a las 384 páginas del libro publicado por el grupo editorial Penguin Random House, en las que un periodista narra ciertos eventos que le fueron narrados por un asesino de ocasión.

La historia, pues, puede ser una cualquiera de su magnífico programa de televisión ‘Mea culpa’. Y está narrada en un lenguaje, y con unos recursos estilísticos que, para decirlo francamente, no alcanzan a ser considerados de nivel literario. Pareciera que el libro fue publicado por quien es Carlos Pinto, en pos de los réditos que, legítimamente, siempre busca Random House.

El genial Carlos Pinto, autor de episodios memorables de ‘Mea culpa’, es apenas un principiante en las artes literarias. Su preponderancia sigue siendo televisiva, audiovisual, antes que en la narrativa literaria; lo cual, ni siquiera se intuye.

 

‘Una rosa para Emily’ de William Faulkner

william-faulkner-5Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor –autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal–, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.

Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.

Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró –una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón–; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.

No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.

Su voz fue seca y fría.

–Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

–De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

–Sí, recibí un papel –contestó la señorita Emilia–. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…

–Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero, señorita Emilia…

–Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! –exclamó llamando al negro–. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido –todos creímos que iba a casarse con ella– la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.

“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

–¿Y qué quiere usted que yo haga? –dijo el alcalde.

–¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

–No creo que sea necesario –afirmó el juez Stevens–. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

–Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores –tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven– se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

–Es muy sencillo –afirmó éste–. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…

–Por favor, señor –exclamó el juez Stevens–. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…

Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…

Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:

“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.

Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”

Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

–Necesito un veneno –dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

–Necesito un veneno –dijo.

–¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…

–Quiero el más fuerte que tenga –interrumpió–. No importa la clase.

El droguero le enumeró varios.

–Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?

–Quiero arsénico. ¿Es bueno?

–¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?

–Quiero arsénico.

El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

–¡Sí, claro –respondió el hombre–; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas –la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal– de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….

Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.

Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.

Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.

Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.

Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.

Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama.

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner (foto)

‘La tarea’ de Alejandra Jaramillo

alejandra jaramilloFrancia camina de un lado a otro de la ventana, siempre asomándose, mirando hacia afuera. Le queda una noche más en Santa Marta y aun no logra cumplir con la tarea que le puso el Mamo para curarse. Se asoma. Lo ve. El indigente está sentado al otro lado de la calle, en el solar de una casa abandonada. La casa, ya ha tenido tiempo de observarla, tiene todas las ventanas y las puertas tapiadas con maderas y latas. Afuera cartones y una hoguera que prenden y apagan en las noches. Hoy no están los otros dos compañeros de cambuche. Ha escogido a este por ser el más bajito, el más repugnante. Va a la cocina del apartamento, un espacio pequeño que le ha servido de guarida por una semana. En esos días ha hecho todos los baños, la dieta y las meditaciones que le mandó el Mamo. Aunque se lo prohibieron, pone a preparar un café. Hoy lo necesita.

Aunque Francia está convencida de que no está enferma, se siente tan cansada de los efectos de su sexualidad, de los giros que ha venido teniendo en los últimos años. Por eso ha decido hacer todo el tratamiento que el Mamo le propuso para curarse de su hipersexualidad. Baños de mandrágora, malva y perejil, cambiar la dieta, no usar estimulantes de ningún tipo, ni café ni alcohol, ni bebidas negras. Hacer mentalizaciones, varias horas diarias mirando una vela. Los días en que estuvo en el resguardo, el Mamo la encerró en una maloka. Francia se sentía absurda, encerrada en ese espacio, durmiendo en la tierra pelada con unas cobijas y nada más. Pero el esfuerzo valía la pena, pensaba en esos días, quería acabar con su sufrimiento. Varias veces vinieron mujeres a limpiarle el cuerpo, a hacerle cantos. El Mamo entraba una vez por día y la bañaba en humo de tabaco. Además le dejó ambile, para que cada vez que se sintiera muy necesitada comiera un poco y se sentara a hacer la meditación frente a la vela ˗vela blanca siempre, para que no mueva nada˗, repetía el Mamo. Por una rendija de la maloka Francia alcanzaba a ver pasar a los jóvenes indígenas, sus cuerpos de piel oscura, esa firmeza. No le parecían bellos pero si atractivos. Una sola vez intentó escapar de la Maloka, pero cuando asomó la cabeza un indígena le preguntó, con un acento casi inentendible, qué necesitaba. Ahí entendió que el Mamo le tenía guardia permanente y que no tenía como salir de allí. Una de las veces que el Mamo la visitó le dijo que debía llegar hasta lo más hondo de su vergüenza, llevar su sexualidad al lugar más oscuro posible.

Francia le había contado al Mamo toda su historia, toda su vida. Detalle por detalle de una vida vivida para el sexo. Todas las decepciones, y las tristezas. Todo ese caudal de recuerdos que ella nunca podrá unir con su sexualidad como si realmente tuviera una enfermedad.

Se sirve el café y regresa a la ventana. El calor de la mañana aumenta. Francia no puede salir del apartamento hasta no terminar su tarea. Ha decidido que su vergüenza llegará al máximo si se acuesta con un indigente. Se imagina bañándose en el mar. Le gustó la Bahía, que queda a pocas cuadras del apartamento este que le ayudó a conseguir una compañera de trabajo. Recuerda la mañana en que una señora se acercó a entregarle un volante. “Estética vaginal láser”. Ya para qué, pensó en ese momento, para qué reconstruir lo que no debe ser usado. Mañana debe regresar a Bogotá y allá nunca haría algo semejante. Se imagina en su apartamento en Bogotá, un indigente entrando y luego montándole guardia todos los días hasta enloquecerla. Alcanza a imaginar, en ese tumulto de ideas que es su mente, que se enamoraría del indigente, y lo necesitaría. Cómo haría con los porteros, cómo con sus hijas. Ahí sí que todos la verían como una loca.

En la calle el sol hace brillar todas las cosas. Le parece que el sol cerca del mar es tan fuerte que las casas, los techos, las personas, los carros se inundan de luz y terminan irradiando todo como estrellas. Le tiemblan las piernas. Francia se pregunta desde cuándo le da miedo abordar a un desconocido. Ella que es experta en eso, ella que sabe que con pocas palabras ha logrado llevarse a la cama muchos hombres en su vida. Suda. Es el calor, piensa. Abre la ventana. Tiene miedo de que el hombre la mire. Deja por fin que la brisa la refresque. ¿Un grito? ¿Un silbido? O ¿simplemente lo llama con la mano? ¿Cómo hacer? Cierra la ventana, mejor aguantar calor que sentir que está unida al mismo aire de ese hombre. Prefiere sentirse parte de un mundo diferente. De hecho el día que decidió acostarse con un indigente aún estaba en la Sierra y no recordó haber visto ninguno en Santa Marta. Cómo haría, en Bogotá no podría hacer esa tarea. Al regresar al apartamento, después del viaje a la Sierra, se dio cuenta de que Santa Marta estaba llena de personas por las calles y que ella no las había visto al llegar. Ahora quisiera eso, no ser parte del mismo aire, no compartir nada con ese hombre. Lo invitará a subir. Ya le había comprado ropa. Hacía cuatro días tenía en una silla de la sala el atuendo que le entregaría a ese hombre para que la poseyera, una vez bañado y alimentado. ¿Y si el hombre entra y no acepta bañarse, si la coge de inmediato, si la burla en medio de ese olor que Francia puede imaginar, de ese basurero andante que son esos seres humanos? Va al cuarto. Sobre la mesa de noche tiene toda su ropa tirada, una prenda sobre la otra. Se ha cambiado varias veces durante esa mañana. ¿Provocativa? ¿Recatada? ¿Disimulada? ¿Cómo debe estar para recibir a ese hombre? ¿Cómo no dar mensajes equívocos? Se cambia de ropa. Una falda blanca y una camiseta roja. No tiene nada de ropa que no sea ceñida al cuerpo. Francia es una mujer mayor, ya ha pasado los cincuenta. Su cuerpo, desde hace rato ha empezado a fallarle. La piel suelta, los senos caídos, la barriga estriada –desde que nacieron las hijas-. Pero ella sigue pensando que sólo puede seducir con esa ropa que evidencia sus tetas grandes y sus caderas prominentes, aunque se vea como una morcilla, como le dicen sus hijas. Se mira al espejo. Busca aretes rojos, se pasa un cepillo por el pelo, ahora que lo lleva corto todo se facilita, se pinta los labios con el colorete más rojo que tiene. Le da rabia ver que le suda la nariz, que unas gotitas de sudor burbujean en su cara. Las seca con la brocha del polvo para la cara. ¿Cómo serán las manos de ese hombre? ¿Qué brutalidad va a encontrar en el encuentro con el indigente? ¿Desde cuándo tanto miedo? Se pregunta una vez más. Se moja la cara con agua, se borra el colorete. Llora. Vienen a su mente las innumerables veces que se encontró con maltratadores, las innumerables veces que sintió placer con ellos. Vuelve a la habitación. Un jean y una camisa rosada. Cambia de aretes y se pone un colorete oscuro. Se recuesta en la cama, respira, quiere controlar el corazón. Se toma el café, ya frío, de un sorbo larguísimo. Minutos después se queda dormida. El cuerpo no le aguantaba más. Pasó toda la noche despierta, caminando frente a la ventana tratando de decidirse a invitar al indigente a seguir.

La despierta un griterío. Oye muchas voces y sólo alcanza a diferenciar la voz de un hombre que grita “no se vaya cabrón, no se vuele”. Se levantó y se asomó a la ventana. Tiene la respiración muy agitada. Sus miedos unidos a los gritos le causaron una agitación inconsciente que se aumentó cuando al asomarse vio en la calle una mujer tirada en el piso, una moto sobre el cuerpo de la mujer y al indigente como principal acompañante de lo que desde donde Francia estaba observando, era una muerta. Sería él quien gritó, será su voz la que Francia escuchó, se pregunta. Se decide a bajar. Debe invitarlo. El sol está empezando a caer y esta es la última oportunidad que le queda. Si ese hombre se va a caminar por la ciudad cómo va a hacer para encontrarlo. Coge las llaves del apartamento y baja. Al llegar al primer piso le alegra que en ese edificio no haya portero. Se ríe de recordar que cuando llegó ese pequeño detalle le pareció muy molesto. Odia el miedo que le producen los edificios sin portero, y que este fuera uno de esos la angustió mucho. Pero hoy le parece lo mejor. Nadie va a ser testigo de que ella sube a un pordiosero a su apartamento. Es un edificio de tan pocos apartamentos que casi nunca se encuentra a los vecinos en las escaleras. Que así sea, se dijo y salió a la calle. El hombre aún seguía ahí. En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia. Alguien se encargaría de la joven que yacía en el piso.

Francia se casó virgen a los diez y nueve años. Creció en una familia muy conservadora. Un padre trabajador público y una madre ama de casa que dedicaba su tiempo a cuidar a las niñas. No conoció el sexo hasta que se acostó con su marido. Desde entonces la voracidad sexual de Francia fue en aumento hasta llevar a su joven esposo a la desesperación. José, su marido, empezó la relación muy enamorado de Francia, de esa muchacha casera y de buena familia. Le gustaba ese ambiente sano que se respiraba en la casa familiar de ella. Por eso esperaba de su mujer una sexualidad sosegada. Sin tachas. Pero el aumento del deseo sexual en Francia se fue revelando como un gran problema para él. No podía creer que esa misma niña tranquila y discreta que había conocido en su noviazgo, pudiera desplegar tanta vitalidad sexual y como hombre empezó a sentirse en duda. Empezó por pensar que lo había engañado y que no era virgen, luego pensó que ella lo estaba traicionando con alguien más. De cualquier manera su virilidad se veía en juego con su mujer. ˗Francia, ¿qué te pasa? ˗le decía cuando ella en la noche se acercaba a tocarle el pecho o bajaba directamente a su sexo˗ ¿no puedes descansar?

Francia por su parte tenía poca información sobre la sexualidad. En su casa de ese tema no se hablaba, más allá del comentario constante de su padre de que un hombre que no quiere casarse con una mujer sólo quiere hacerle daño. Por demás ella no había tenido ninguna curiosidad con el sexo. Sin embargo, una vez conoció el sexo con su marido se despertó en ella ese animal silencioso que la habitaba y la fue llevando a una experimentación no apta para un hombre como José.  Después de nueve meses de matrimonio José estaba agotado y desenamorado de Francia. ˗Te voy a devolver a tu casa, estás enferma Francia, esto no lo soporta nadie.

Pero preciso en ese momento Francia apareció embarazada y él sintió que esa nueva condición de su mujer les traería calma. Hasta cierto punto fue así. Francia le cogió un fastidio tremendo a José y durante esos meses no quiso tener relaciones sexuales con él. José lo interpretó como un buen desenlace de ese fervoroso inicio sexual de su mujer, le pareció que todo encajaba perfectamente y se relajó. Pero no era así, Francia estaba estudiando enfermería en esos días del primer embarazo y su estado la dotó de una extraña libertad. Durante esos meses se hizo amante de un médico, profesor de salud familiar, que no dudó un instante en aprovechar las insinuaciones de la alumna. Después de nacida la primera hija, en pocos meses Francia volvió a quedar embarazada, y este nuevo embarazo lo aderezó con un par de amantes más. Era una madre de familia que estudiaba y en esos tiempos libres encontraba las maneras de desatar la fuerza de su sexualidad, que más que arrolladora era el centro de su vida. José vivía tranquilo, por varios años no fue notorio para él lo que estaba sucediendo en la intimidad de la vida de su mujer.

Francia se sienta en el sillón de la sala. La brisa del mar entra por la ventana. El hombre está en la ducha. Le entregó la ropa y una toalla. Cuando el hombre fue a cerrar la puerta ella la empujó y él de inmediato desistió de cerrarla. Había una regla tácita en este encuentro: ella ponía las reglas. Se ha servido un poco del café frío que encontró en la olla. Siente un temblor en todo el cuerpo, como si todos sus órganos se hubiesen vuelto de gelatina. Oye el sonido del agua. Percibe cada movimiento del cuerpo de ese hombre en la ducha. Se decide. Entra en el baño. El olor de la ropa que el hombre se ha quitado la asquea. Un olor putrefacto que en pocos minutos habrá inundado todo el apartamento. Va a la cocina, recoge una bolsa negra de basura – ese detalle también lo había planeado-, regresa al baño y mete toda la ropa en la bolsa. El hombre está parado de espaldas, con la cabeza pegada a la pared, dejando que el agua corra por su cuerpo. Ella no necesita que se relaje, no necesita que ese hombre se reconcilie con el agua, ni ninguna mejoría en ese hombre, sólo necesita limpieza. Coge el jabón y mete las manos. El hombre se voltea asustado y la mira. Francia ha perdido el miedo. Lo empieza a enjabonar. Lo baña con odio, como si fuera un hijo necio que nunca quisiera bañarse. El hombre tiene una erección. Francia respira agitada, siente el olor a orines recalcitrantes que emana ese miembro. Coge la esponja de baño que ha traído de Bogotá y lo estrega. Quisiera tirarlo al piso y limpiarlo como si fuera una cartera o unos zapatos embarrados. Deja caer la esponja y sale del baño. Aturdida. Escupe el sabor a café que le queda en la boca en el lavaplatos. Trasboca. El hombre sigue en la ducha. Francia se lava las manos con rabia. Se frota la cara con las manos mojadas. Piensa en el Mamo, en sus palabras. En esa paz con que le dijo que sólo así se curaría. El sonido del agua continúa. Basta, piensa, que no gaste más agua. Le pega un grito que le sale más amigable de lo que pensó que iba a salir y le pide que termine ya.

Francia tiene un plato con la cena guardado en la nevera desde hace cuatro días. Lo tiene cubierto con una bolsa para que no se dañe. Carne, arroz, papa, plátano. Todo en abundancia. Mientras el hombre se viste, o eso imagina ella, calienta la comida en el microondas. Acomoda el plato en la mesa, le sirve un vaso de jugo. Sigue sintiendo ese temblor en las piernas. Ahora sabe que ese hombre podría robarla, hacerle cualquier daño que quiera. Abre el cajón y mira el cuchillo de cocina. Quiere tenerlo cerca, por si acaso, pero entonces calcula que si el hombre se da cuenta aumenta el peligro. Coge todo lo que le parece un arma y lo esconde debajo de la nevera. Se imagina haciendo este gesto es su apartamento. Imposible, tantos implementos de cocina que necesitaría esconder. Agradece, con una mirada rápida hacia el cielo, que no esté en Bogotá.

En las conversaciones con el Mamo hubo algunas historias de su vida que resonaron más de la cuenta. Quizá que la alcanzaron a avergonzar un poco más de lo que ella misma se imagina. Su matrimonio se acabó cuando José descubrió que Francia tenía un amante, sólo descubrió uno. Era la época en que ella aún no se desbordaba por completo en su necesidad de sexo y podía espaciar en sus días los diversos encuentros que mantenía. José la vio salir de unas residencias en Chapinero. No había caso. Estaba parado en una esquina en la carrera trece y ella salía con un hombre de un lugar evidente. Lo vio. El la miró. Ella se detuvo, se despidió del hombre con un beso ligero en la mejilla y salió a caminar hacia donde estaba José pero ya no lo encontró. Caminó por horas en esas calles y a la hora en que las niñas debían llegar del colegio fue a casa. Encontró dos maletas en la portería y un portero impertinente que le decía que ella no podía subir al apartamento, era la orden del señor. Aunque esta era la primera vez que José la encontraba ya habían sucedido otras situaciones dudosas que lo tenían cansado de Francia.

En unas vacaciones, meses antes de la separación, fueron a Melgar a un hotel con piscina. Esos días de vacaciones eran terribles para Francia porque quedaba sometida a largos días sin sexo. El contacto con José se había cortado, él por alguna razón prefería estar lejos de ella. Su mujer despedía un aire aterrorizador para él, un aliento a sexo que no podía dominar y por ello le pareció mejor mantenerse al margen de ese cuerpo. Una mañana José le avisó que iría a Girardot a buscar avena y mantecadas para las onces. Las niñas querían quedarse en la piscina. Francia las acompañó, se metió al agua y jugó con ellas mientras iba tratando de imaginarse cuál hombre de los que iban apareciendo podría ser. Las niñas que a esa altura tenían tres y dos años se quedaron jugando en la piscina para niños. Ella se sentó en una silla de asolearse junto al hombre solitario, que desde hacía días observaba. Las niñas chapoteando en el agua. Ninguna sabía nadar. Los baños quedaban bajando una escalera, como si estuvieran casi debajo de la piscina. El hombre bajó al baño, Francia lo siguió. Se metió con él en un baño minúsculo, mojado por todos lados y logró por fin descansar de tantos días de ansiedad. Cuando regresó a la piscina había un revuelo que recayó en ella. ¿Cómo las deja solas? Le gritaron, las niñas estaban sentadas en dos sillas, y varias personas las acompañaban. Francia no quiso preguntar. Se imaginó la escena una y mil veces, alguna persona viendo a una de sus hijas ahogándose, la niña defendiéndose del agua o dejándose llevar y ella mientras tanto logrando el placer que le justificaba la vida.

˗Esta mañana mi hermanita se ahogó ˗dijo la niña mayor cuando el papá se bajó del carro. José corrió al cuarto a buscar a Francia.

˗Qué le pasó a la niña ˗preguntó al llegar, iba imaginando lo peor.

˗Nada, está durmiendo la siesta.

˗Pero la niña dice que se ahogó.

˗No, sólo se hundió en el agua ˗dijo Francia tratando de salir del paso, cuando llegó la niña mayor.

˗Pero tú no estabas, mamá.

˗No mi amor, estaba en el baño, me fui solo un minuto.

José sabía que algo sucedía con su mujer aunque evitaba buscar, no tomaba la decisión de separarse porque no quería dejar a sus hijas solas, además, pese a todas sus sospechas le parecía una buena mamá. Las mantenía bien arregladas y las alimentaba juiciosamente cuando estaba en casa. El resto del tiempo la muchacha estaba bien instruida para cuidarlas, y todo gracias a Francia. Pero sus dudas crecieron y por eso terminó siguiéndola hasta que la encontró saliendo de las residencias. Después de que se separaron, meses después de no dejar que Francia viera a sus hijas, fue tal la desolación que José sintió en las niñas, que aceptó que se quedaran con Francia, en el apartamento que había conseguido, un par de noches en la semana. Al comienzo Francia lograba controlar su deseo y esas noches no salía a cazar, se quedaba en casa cuidando a las niñas. Aprovechando todo el tiempo que no habían tenido para estar juntas. Pero la fuerza de su pulsión era tan grande que varias noches las dejó durmiendo y se fue a la calle. Las niñas parecían no notarlo, y cuando una noche la niña mayor se despertó y no la encontró guardó silencio. El padre no supo nada de eso. Pero lo grave fue cuando los trasnochos hicieron que perdiera el empleo y se quedó sin dinero, hasta el punto de que no tenía plata ni para pagar una residencia barata en sus cacerías y terminó trayendo hombres desconocidos a su apartamento, aun con las niñas ahí. Ella se metía en el baño o en la cocina, pero no siempre fue posible contener la fuerza de esos hombres que conseguía, y una noche una de las niñas se despertó y la vio ahí, al lado de ellas con un hombre que más que amarla la estaba matando. Desde ese día volvió a perder a sus hijas y sólo de adultas han vuelto a acercarse a ella.

Francia, en la última conversación con el Mamo le dijo que quería disculparse. ˗¿Con tus hijas? -le preguntó el Mamo, sorprendido de que estuviera por fin aceptando su situación.

˗No, con la vida porque nunca debí tenerlas. Yo no era una mujer para hijos, ni para marido, ni para nada de lo que la sociedad cree que uno debe hacer, esa no era mi vida.

La lista de situaciones espeluznantes que su sexualidad había desatado era inmensa, pero Francia las veía simplemente como los efectos secundarios de haberse visto obligada a vivir la vida que no le correspondía. Ella no podía ver sus actos como irresponsabilidades, eran la consecuencia lógica del destino verdadero de su vida, el sexo. El Mamo por su parte, los veía como lo que son, los hechos, nada es malo ni bueno, le había dicho, pero sabía también que ella necesitaba salir de esa vida, curarse.

El hombre se sienta en la mesa. Le escurre agua del pelo, si es que a esos mechones mugrientos se les puede llamar así, piensa Francia. La ropa limpia no ha cambiado su fisionomía. No era la mugre lo que marcaba a ese hombre, pensó Francia, es la vida y eso no se borra con nada. Pensó en ella misma. ¿Qué estaría pensando ese hombre? ¿Cómo la vería? ¿Tendré yo marcas tan fuertes como las suyas? Verlo comer la horroriza. El hombre no come como un cerdo, como ella habría pensado. Sabe comer decentemente. Pero algo en sus movimientos muestran un apetito voraz, como si ese ser fuera capaz de comerse el mundo entero en pocos segundos. Francia sigue sintiendo miedo. Asco. Los dientes del hombre, que aparecen cada vez que se lleva un bocado a la boca, le dan escalofrío. Francia quisiera sacarlo de su casa, decirle que se vaya, que él no pertenece al mismo mundo de ella. Piensa en los cuchillos. Imagina la sangre brotando del cuello del hombre. Sería capaz, sería capaz de solucionar este momento de esa manera. ¿Y la tarea?

Los últimos años le habían traído a Francia el impedimento más verdadero a su sexualidad. Se había ido convirtiendo en una mujer mayor, jamona, con una gordura que no lograba bajar con nada. Dietas, ejercicios. Era como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla a mitad de camino. Porque su apetito sexual le hacía sentir que podría estar activa por años, pero el cuerpo empezaba a flaquear. En especial, lo más difícil, no lograba conquistar a los hombres. Esa era su tragedia. Ahora no podía saciarse porque el alimento se le escurría entre las manos. Por eso decidió buscar ayuda. Necesitaba calmar el deseo, salir de esa cárcel de abandono y necesidad en que la estaba sumiendo la imposibilidad de consumar lo único que la salvaba de la vida misma. No había caso, en esta época la juventud se había impuesto como el único territorio del gozo y ella estaba quedando por fuera de esos parajes que antes le daban sentido a su vida. Francia pasaba días, semanas, en estados tremendos de depresión después de salir a la calle y regresar manivacía. Las hijas acompañando tanta tristeza. Las hijas sabiendo que lo mismo que las alejó de su madre en la infancia podría alejarlas en la adultez si la tristeza la llevara a cometer una locura. “Busca ayuda mamá, busca ayuda”.

Francia siente un huracán en el pecho. Las piernas siguen temblando. Se siente anclada en la silla, no para de mirar a ese hombre comer. Una vez termina toda la comida y se toma el jugo Francia se levanta. En otra oportunidad se habría ido hasta el espejo, habría querido mirar su cara y su cuerpo antes de entrar en la faena sexual. Esta vez no puede, ¿no le interesa? Debe vencer el miedo, el asco, la perturbación. Ve en el rostro de ese hombre los gestos del Mamo, la firmeza con que le habló cada vez que se vieron, la seguridad de que a partir de este momento empezaría a curarse.

-Debes encontrar una actividad cuando regreses a Bogotá. Haz ejercicio, baila, pinta. Llena la vida de otra cosa.

El hombre no la mira, tiene una mirada al vacío que Francia no sabe cómo franquear. Se decide. Lo toma de la mano y lo arrastra, con una dulzura inesperada, hasta la habitación. Ya se ha hecho de noche. En el cuarto entra el resplandor de las lámparas de la calle. Puede verlo perfectamente. Lo lleva al lado de la cama. Él la sigue sin resistencias. Francia le suelta la mano, abre la ventana de la habitación y una vez más la brisa, ahora la de la noche, entra a refrescarla. Quiere que ese aire se lleve los olores, que la salve de los aromas pútridos que expele el cuerpo de ese hombre. Regresa al lado del indigente. Se para muy cerca, frente a él. El hombre parece una estatua, no hay ningún movimiento, Francia no percibe ninguna excitación en él. Le toma las manos nuevamente y las lleva a su cuerpo. Lo guía como si creyera que ese hombre nunca ha tocado una mujer. El como una marioneta. Le lleva las manos a sus senos. Piensa en sus dientes, en esa boca inmunda, en las uñas que aun después del baño están llenas de mugre viejo. Deja una mano en los senos. El hombre los palpa, empieza a moverse. Ella siente el asco revolverse con el deseo. Le pasan escalofríos por el cuerpo, una excitación conocida, pero esta vez colmada de fastidio. Siente rabia con su cuerpo, con su vida, con ese deseo de salvarse de lo más deseado. Le baja la otra mano y la mete entre su ropa, la hunde en su sexo. Las uñas sucias, y esos dedos penetrando su vulva, su vagina. El hombre respira más rápido. Se contonea. Ella siente crecer el calor en su sexo, en su cuerpo. Los dientes, la suciedad imborrable. Su sexo se crece, se derrama en fluidos, se extiende. Tantos días, tantas horas, tantos minutos. El silencio de su cuerpo termina, las corrientes eléctricas la recorren. No puede entregarse, debe entregarse. Quisiera un beso, una boca que la pueda lamer. ¿Qué hará este hombre ahora? Está excitado, mueve las manos y ella se sorprende de la agilidad con que la va seduciendo. Le acerca la cara al cuello. Francia siente nauseas unidas a las vibraciones del sexo, de su clítoris deseoso. Quiere quedarse en esa vibración, quiere apartarlo de un golpe, sacarlo de la habitación y se agarra de su mano, lo ayuda, quiere llegar, quiere sentir el remolino de dicha. El hombre le busca el rostro, quiere besarla. Se pega a su cuerpo sin sacar la mano de sus calzones. La abraza con la otra mano, le coge la cabeza, el pelo corto. Ella se retuerce. Tanto tiempo sin nada. Quiere vomitar, quiere verse en el espejo. La explosión se acerca. El hombre jadeante y ella también. El indigente busca su boca, ella voltea la cara y jadea, gime, este hombre la volverá al orgasmo. No puede ser. No puede sentir placer en este estado de putrefacción, siente que puede llegar, ya lo sabe. El hombre saca la mano. La aparta de su cuerpo. La mira a los ojos, ella no le sostiene la mirada. Baja las manos, lo suelta. Espera a que él se quite la ropa que con tanto miedo ella compró para él. Esa ropa que le queda un poco holgada, que le luce después de tanta suciedad. El hombre la empuja suavemente. Da dos pasos atrás. La mira. Francia le estira las manos, se sienta en la cama, lo espera. Quiere quitarle la ropa, acabar con esta escena. Piensa en sus hijas, en la vida, en la cura. El hombre da un paso más hacia atrás. Se voltea y sale con movimientos rápidos. Francia oye las pisadas, la bolsa de la ropa sucia que el hombre recoge y el golpe seco de la puerta al cerrarse a su paso.

Alejandra Jaramillo (foto)

 

‘Talpa’ de Juan Rulfo

juan-rulfoNatalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte–, entonces no lloró.

Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.

Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.

Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.

“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.

Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.

Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.

Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo”, dizque eso le dijo.

Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo. Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.

Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.

Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.

Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol, el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.

Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:

“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.

Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.

Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.

Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.

Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.

Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.

Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.

Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.

Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.

A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.

Pero no le valió. Se murió de todos modos.

“… Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios…”

Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.

Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.

Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.

Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

Juan Rulfo (foto)