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‘Soledad al final del coche-cama’ de Óscar Collazos

oscar_collazosAl despertarse, encendió la lamparilla de la litera, inclinó el cuerpo y quiso saber si su mujer dormía. Había empezado a hacerlo desde que salieran de Guadalajara, cuando él creyó que ella le sugeriría apagar la luz y abandonar el libro que había empezado a leer en la estación de Chamartín.

Giró el cuerpo y asomó la cabeza hacia la litera inferior del compartimento elegido para este primer viaje en un coche-cama ponderado repetidas veces en los anuncios de televisión. No se sobresaltó. Se sintió tal vez un poco sorprendido por la ausencia. “Debe de haber salido a fumarse un cigarrillo”, pensó. Sin embargo, no intentó recuperar el sueño. Dejó la lamparilla encendida, volvió al libro que había abandonado y trató de ordenar los acontecimientos del capítulo anterior. “Aquella noche, Charles se hallaba tumbado bocarriba en su habitación de un hotel de Anthony Bruno El Paso”, leyó.

Quiso anticiparse a los acontecimientos. ¿Qué malignas pretensiones movían al fanfarrón de Bruno? La novela de Patricia Highsmith le había interesado desde la primera página. Extraños en un tren era la clase de novela que agarraba al lector por las solapas y no lo abandonaba hasta la solución final y sorprendente de la trama. Corrió entonces el riesgo de ganarse un reproche y encendió un cigarrillo, necesario para volver a introducirse en el relato.

Si su mujer entrara en ese instante, le diría que le había puesto nervioso la ausencia, cualquier cosa que redujera el disgusto que le produciría verlo fumar después de haber hecho miles de esfuerzos y haber conseguido abandonar los dos paquetes diarios y en parte la tos crónica del fumador empedernido. “Es sólo un cigarrillo, el único del día”, le diría.

Abrió un poco la ventanilla, lo suficiente para que el humo se escapara hacia el exterior. Sintió la fresca brisa nocturna e imaginó el paisaje de Castilla, tan familiar a su memoria. Volvió a la lectura y consumió íntegro el cigarrillo; arrojó la colilla hacia fuera y el instantáneo resplandor le pareció similar al de una chispa eléctrica que interrumpe de pronto la armonía de la oscuridad.

En el capítulo siguiente, Guy recibe una carta de Charles, procedente de Palm Beach. “La patología del criminal -pensó Hernández- empieza a trabajar sobre la endeble conciencia de Guy”. Esta reflexión le hizo dejar el libro de lado. Habrían pasado al menos quince minutos cuando volvió la inquietud y decidió bajar de la litera. Salió al pasillo. Menos mal que se había puesto el pijama y que, colgada al lado de la litera, estaba la vieja bata de seda que su mujer le había regalado al cumplir 55 años.

Al abrir la puerta del compartimiento y asomarse al pasillo, Hernández creyó que la limpia visión de un largo y estrecho espacio despoblado era apenas una figuración suya, el presentimiento o el temor, dando por un instante la impresión de algo real. No se veía ni un alma, sólo el resplandor proveniente del compartimento vecino, alguien que aún leía o un grupo de viajeros que disfrutaba del coloquio y de una buena botella de vino. Decidió dirigirse hacia un extremo del vagón, pues pensó que tal vez su mujer se hubiera encontrado indispuesta y aún estuviera lidiando con sus intestinos. Vaciló antes de llamar a la puerta del WC. Cuando finalmente se decidió, pronunció el nombre de su mujer y escuchó al instante una ronca voz de hombre que le respondía con acritud:

-¿Es que no puede esperarse?

Su mujer no estaba en el lavabo. Miró de nuevo el estrecho espacio vacío, el chorro de luz que salía del compartimento y le llegó el rumor de una conversación, al mismo tiempo que la impresión más acelerada del ritmo cardiaco. Sintió algunas gotas de sudor en el cuello y la frente.

“¿Dónde se había metido?”, se preguntó. Y no fue ésa, exactamente, la pregunta que hizo al revisor que acababa de aparecer, adormilado, negligente y seguramente ajeno al sueño de los viajeros.

-¿Ha visto usted a una mujer, digamos de unos 65 años?

-¿Qué dice?

-He perdido a mi mujer -dijo Hernández con el temor de estar haciendo el ridículo.

El revisor debió de pensar que le tomaban el pelo.

-Perderse, se pierden -dijo-. Aparecer, aparecen cuando uno menos lo espera.

-Se lo digo en serio: me desperté y mi mujer no estaba en su litera. ¿Está abierto el bar?

-Acaban de cerrarlo -dijo-. No quedaban más que dos borrachos latosos.

Hernández se sintió extraviado entre la guasa del revisor y su propio desconcierto.

-La última vez que la vi -recordó-, fue al salir de Guadalajara.

-¿Viajaban juntos?

-¿Cómo va a viajar un matrimonio? -se enojó-. Juntos y en un compartimento para dos.

“Charles convencerá finalmente a Guy; de otra forma no tendría ningún sentido la novela” -pensó absurdamente durante toda la tarde y parte de la noche y éste fue el pensamiento que se interpuso cuando se quedó mirando con severidad al revisor.

-Si lo ha dicho en serio, habrá que hacer algo -dijo el revisor-. Demos una vuelta por los otros vagones. Hay gente que se aburre en las literas y decide darse un paseo para ver si les viene el sueño.

-Mi mujer no es una insomne -dijo Hernández-. Siempre se duerme la primera.

-Nunca se sabe -intervino el revisor-. Uno tiene sus vicios secretos. Hernández iba a decir “mi mujer no”, pero se sintió ridículo.

Era el primer viaje que hacían en un coche-cama de primera, el primero ciertamente, pues hasta entonces no habían pasado de Cuenca, Toledo y Segovia, siempre en coches de segunda. El recorrido más largo y ahora remoto había sido de Madrid a Alicante en un sofocante día de agosto, todo el trayecto en el bar, absortos en el paisaje humano que ofrecían los viajeros. Su mujer se había sentido indispuesta al comienzo del viaje -recordó.

-Si no la encontramos, tendrá que poner una denuncia.

-¿Ante quién voy a poner y una denuncia? ¿Y qué coño quiere que diga?

-En Calatayud hay una comisaría cerca de la estación.

“Charles llevara a Guy a la ruina -pensó Hernández-. Los hay débiles y todo hombre siempre está sin saberlo, a las puertas de un crimen”.

La apariencia convencional que hubiera dado vestido se volvía casi ridícula con el atuendo que llevaba: pijama a cuadritos y una vieja bata de seda. Había pasado de los 65 años y al revisor no le causó asombro el aspecto estrafalario del viejo. Estaba acostumbrado a ver los viajeros más extraños en los recorridos nocturnos. El Talgo era indiferente: un hotel rodante, todo en su sitio, de vez en cuando algún insomne o la aventura casual de un Casanova, todo dentro de la discreción más deseable.

-Nos queda sólo un coche -dijo el revisor.

-No lo comprendo -reflexionó Hernández-. No pudo haberse apeado en Guadalajara y menos en Medinaceli. ¿A santo de qué iba a hacerlo?

-A lo mejor dormía usted.

-No lo había pensado.

-A veces se apean porque se les ocurre comprar alguna chuchería; se despistan y se enteran de que el tren ha seguido su camino. Suele suceder.

-Entonces, la ha dejado el tren -aceptó tristemente el viejo.

-Podríamos llamar a las estaciones anteriores, pero primero hay que saber si bajó del tren.

El último coche, el último antes de un furgón de correo, estaba desierto. Eran compartimentos reservados, con destino a Barcelona.

-No lo entiendo -dijo Hernández. Temió que una lágrima resbalara por sus mejillas y el revisor no entendiera la dimensión de su pena.

-Pues yo tampoco -dijo el revisor-. Vuelva a su compartimento y espere. Voy a pedir información a Guadalajara y a Medinaceli.

Fumó un cigarrillo tras otro, absorbido por la continuidad inescrutable del paisaje. Lo adivinó seco y áspero, como el envejecimiento, como los años a su paso por el cuerpo, inclementes e ineluctables, preparando el terreno a la única cosa esperanzadora y cierta de los hombres, la soledad, contra la que se pelea en la juventud y a la que los seres se acomodan cuando ya la juventud es una fantasía remota.

“Charles es fuerte e imaginativo, Guy un pelele a merced de la endemoniada voluntad de Charles” -pensó. Aunque era inoportuno pensar en la novela, no podía separarse de la trama.

Cuando el revisor regresó, Hernández parecía estar entregado a sus disquisiciones morales.

-Olvidé decirle que mi mujer se llama Asunción Alfonso de Hernández.

-No importa por ahora el nombre. Dentro de poco llegaremos a Calatayud y todo se arreglará.

No le gustó el entusiasmo del revisor, aunque agradeció el tono amable con que le hablaba.

-¿Ha visto si están las maletas?

-Viajamos con una sola, grande -respondió-. Es más cómodo.

-Habrá dejado su neceser, digo yo.

-Sólo traía un bolso.

-Y está el bolso?

-No señor. Debió de haberse apeado con el bolso -consintió-. Si quería comprar algo, se apeó con el bolso.

-Lleva usted razón -dijo el revisor.

Era una pena que hubiera podido pasar del capítulo 7 de la novela. El asco que había empezado a sentir por Charles era inferior a la piedad que le inspiraba Guy. Al fin y al cabo -se decía-, la astucia del criminal no justifica la pusilanimidad de la víctima.

-No se mueva -pidió el revisor-. Esperamos respuesta.

Se retiró hacia los vagones de cola. Hernández deseó, por una rara necesidad íntima, comentar con el revisor el asunto de la novela. Ya se había hecho su propia ecuación: A desea que B cometa un crimen en su lugar; para comprometer a B, comete un crimen que B no pensaba cometer pero del que éste será el primer sospechoso. Juego de cómplices y reciprocidad en las culpas, primera instancia de la impunidad. Pero el revisor había desaparecido y la novela de Patricia Highsmith se había quedado abierta en el capítulo 7, razón de más para que Hernández creyera que aquella noche todo se le estaba quedando suspendido: un argumento, la presencia de una mujer a la que acaso ya no amaba pero que le era tan próxima e inevitable como la más inmediata de las necesidades. También parecían suspenderse, en la inmovilidad, la noche, con su cerrazón inescrutable, el tren a una velocidad acompasada. Calatayud a sólo unos metros. ¿Y si no fuera Calatayud, si sólo fueran las barriadas de Madrid o Alcalá de Henares, por ejemplo, ese Madrid del que hubiera preferido no salir nunca? Se estaba bien en el pisito de la calle de Atocha, las prostitutas de la Plaza Benavente cumplían con su ritual diario, en la plaza de Santa Ana volaban las palomas, todo seguía siendo como había sido siempre, un paisaje repetido, ningún imprevisto, ¿todos los Charles del mundo imponiéndose sobre los Guy del mundo?

El tren se detuvo y el vagón de Hernández quedó frente a la estación. ¿Había llegado la hora de la denuncia o el parte? Sintió una irresistible flojera en las piernas. Todo había ido demasiado lejos, nada estaba ya bajo su dominio.

-De Guadalajara y Medinaceli informan que ningún viajero se ha reportado -informó el revisor.

El revisor venía acompañado por el jefe de estación y un grupo.

Sabían ya de la suerte del “pobre hombre de pijama y la bata” y Hernández estuvo de nuevo a punto de llorar. Los curiosos de aquella noche lo alentaban, no debe preocuparse, a lo mejor fue sólo un despiste, cogerá el tren siguiente, las mujeres tienen mejor que los hombres los pies sobre la tierra -le decía el viajante de comercio catalán que resultó ser vecino, dormía en el compartimento siguiente. Había escuchado algo y no le había dado importancia. Era una pérdida temporal y no debía inquietarse. Lo mejor sería que siguiera hasta Zaragoza o, por qué no, esperar en Barcelona. Los empleados de la compañía estarían al tanto, él mismo podía acompañarlos en su coche a buscar un hotel. ¿Sabía su mujer en qué hotel iban a alojarse?

-Pensábamos en una pensión de las Ramblas -dijo, pero no sabía cuál.

El interlocutor catalán mostró un gesto de sorpresa, dijo algo en su idioma y se retiró el grupo de curiosos.

-Nunca hemos estado en Barcelona -dijo Hernández sollozando-. Pensábamos subir en autocar a la Costa Brava -consiguió decir cuando un par de lágrimas escaparon sin pudor en medio de los viajeros, intrigados algunos. Unos permanecían silenciosos, otros le palmeaban la espalda, no se preocupe, hombre, es imposible que una persona se pierda en un viaje como éste. Hernández miraba a los curiosos que se desdibujaban y se convertían en un mojón abstracto en movimiento. Como una montaña de materia maleable empujada por una profunda fuerza natural.

-¿Se queda o sigue el viaje? -preguntó el jefe de estación-. Yo que usted, continuaría hasta Barcelona.

-Si usted lo dice -aceptó con humildad Hernández-. ¿Cree que mi mujer podrá coger el tren siguiente?

-¡Claro que podrá! ¿Tiene usted el billete?

-Sí -dijo Hernández, y trató de buscar en el bolsillo de la chaqueta antes de darse cuenta de que iba en pijama-. Sí, lo tengo en mi chaqueta.

-No importa. Su mujer no tendrá ningún problema.

Sonidos de campana alertaron a los viajeros. En uno de los coches, los viajeros se asomaban a las ventanillas y seguían el triste episodio del hombre que había perdido a su mujer.

Hernández parecía haber olvidado la novela y la terrible suerte que esperaba al bueno de Guy. Se olvidaba incluso de sí mismo y aceptaba con satisfacción que aún quedaban hombres interesados por el bien de los demás.

-Suba, hombre -le pidió el revisor y le ayudó a subir al coche. Una vez dentro, lo acompañó al compartimento que seguía con las luces encendidas y las portezuelas abiertas.

-Debo revisar su billete.

Hernández se vio de pronto encerrado en los límites de su propia tribulación. Tal vez pasaron minutos antes de que entrara al compartimento y buscara con torpeza la chaqueta que había colgado en una percha, antes de que el temblor de sus manos, que el revisor atribuyó al desamparo de un hombre abocado a una soledad absurda, pusiera en evidencia la incapacidad de Hernández para coordinar sus movimientos.

-Déjeme, hombre -insinuó el revisor-. Déjeme, le ayudo a buscarlo.

-No, no se moleste -intervino Hernández con la mano introducida ya en el bolsillo del saco, inmóvil, como en una foto extrañamente descompuesta.

-¿No se siente bien?

Hernández sacó por fin el billete, lo mantuvo apretado entre las manos, sin atreverse a entregarlo. Las lágrimas de antes ya no eran necesarias. Se había armado de una repentina fortaleza interior y la presencia del revisor dejó de serle intimidante. Con el billete entre las manos, se sentó en la litera y miró fugazmente al funcionario. Inclinó después la cabeza, suavemente, como si se sintiera avergonzado. El billete cayó al suelo y Hernández cubrió el rostro con sus manos.

-Ella se merecía este viaje, ¿sabe? -dijo sin levantar la cabeza-. Siempre se lo estuve aplazando, que el próximo verano, que cuando me jubile y tengamos tiempo, la pobreza siempre esperándonos.

-No le entiendo -alcanzó a decir el revisor y se inclinó a recoger el billete-. Y lo que es la vida -continuó Hernández enfrentándose esta vez a la mirada del revisor-. Cuando estaba dispuesto a darle ese gusto, la pobre.

No pudo continuar. Los sollozos de aquel hombre, encogido en sus propios recuerdos, abrieron en la sensatez del revisor la inclasificable impresión que se tiene frente a un ser inmensamente solo, alguien que ha querido llevar el vacío de un deseo insatisfecho con una hermosa fantasía amorosa.

-A mi esposa le hubiera gustado hacer este viaje -dijo con decisión-. Por eso, cuando llegué a Chamartin y compré el billete de primera, pensé en ella, en lo que le hubiera gustado este viaje. Decidí comprar un billete para dos.

Ya no lo dominaba la vergüenza. Se sentía aliviado y de nuevo en el duro, inflexible terreno de la realidad. El revisor miró el billete en silencio, lo agujereó y, antes de salir, preguntó a Hernández si quería que le apagara las luces, debería acostarse y tratar de descansar, él entendía perfectamente su congoja, no debía sentirse avergonzado, su mujer, estuviera donde estuviera, sabría agradecérselo, había sido un bonito gesto de lealtad.

-¿Sabe lo que me dijo en su lecho de muerte?

-No hace falta que lo diga -dijo el revisor al cerrar la portezuela. Puedo adivinarlo.

-Por favor -dijo Hernández a manera de ruego-. No le diga a nadie lo ocurrido. Pensarán que estoy loco; nadie podría comprenderlo.

El revisor hizo un gesto afirmativo de cabeza y cerró la portezuela con suavidad, como lo haría al abandonar el cuarto de un niño que duerme.

Óscar Collazos (foto)

 

‘La ganga’ de Truman Capote

capoteVarias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

Truman Capote (foto)

‘Magia’ de Alejandro Dolina

alejandro dolinaEl mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul y luego esperaba que apareciera una paloma.

Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.

Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.

La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdadera magia. Y en cada actuación, en cada golpe de su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.

Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Rizzuto confiaba.

Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.

Apenas si lo aplaudieron.

Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros.

Rizzuto no volvió a los escenarios. Tal vez siga haciendo aparecer palomas en forma particular.

Alejandro Dolina (foto)

‘Los ganadores de mañana’ de Holloway Hore

(Se desconoce si su autor, Holloway Hore, existe realmente, o si se trata de otro seudónimo usado por los escritores argentinos Silvina Ocampo, Adolfo Bioy y Jorge Luis Borges. En la ‘Antología de la Literatura Fantástica’ ellos afirman que el relato fue publicado en 1927, como parte del libro ‘The Old Man and Other Stories’, pero la biografía y la bibliografía de Holloway Horn, proporcionada por Ocampo, Bioy y Borges, parece ficticia. JSA)

Martin “Knocker” Thompson era difícilmente un caballero. Había sido empresario de dudosos combates de boxeo y de partidas (amistosas) de póker, que ya no dejaban la menor duda. Carecía de imaginación, pero no de viveza y de cierta habilidad. Su galera, sus polainas y la herradura de oro de su corbata podían haber sido más charras, pero estaba tratando de despistar.

No siempre iba a favorecerlo la suerte, pero el hombre se defendía. La explicación no era difícil: “Por cada zonzo que se muere, nacen diez más”.

Sin embargo, la tarde que se encontró con el viejo, estaba pobre. Knocker había dedicado la siesta a una conferencia sobre finanzas en un hotel. Las opiniones abundantemente emitidas por sus dos socios no lo molestaban en absoluto, pero sí el hecho de que le retiraran su crédito.

Dobló por Whitcomb y se dirigió a Charing Cross. El enojo acentuaba la fealdad normal de su cara, y el resultado general inquietó a las pocas personas que lo miraron.
A las ocho, la calle Whitcomb no está muy concurrida, y no había nadie cerca de los dos cuando el viejo le habló. Estaba acurrucado en un portón cerca de Pall Mall, y Knocker no podía verlo bien.

-¡Hola, Knockeri -gritó. Knocker se dio vuelta.

En la oscuridad descifró la vaga figura, sin otro rasgo memorable que una barba blanca desmesurada.

-¡Hola! -respondió desconfiadamente. (Su memoria le estaba asegurando que él no conocía esa barba.)

-Hace frío… -dijo el viejo.

-¿Qué quiere? -dijo Thompson con sequedad-. ¿Quién es usted?

-Soy un viejo, Knocker.

-Si eso es todo lo que quiere decir…

-Es casi todo. ¿Quiere comprarme un diario? Le aseguro que no es como los demás.

-No entiendo. ¿Que no es como los demás?

-Es el Eco de mañana a la noche -dijo el viejo calmosamente.

-Usted debe estar mareado, amigo; eso es lo que le pasa. Mire, los tiempos no son buenos, pero aquí tiene un peso, ¡y que le traiga suerte!…

Sinvergüenza o no, Thompson tenía la generosidad natural de los que viven precariamente.
-¡Suerte! -El viejo se rió con una dulzura que crispó los nervios de Knocker.

-Mire -dijo otra vez, consciente de algo inverosímil y raro en la vaga figura del portón.

-¿Qué juego es este?

-El juego más antiguo del mundo, Knocker.

-Dele un descansito a mi nombre, hágame el favor.

-¿Lo avergüenza su nombre?

-No -dijo Knocker con firmeza-. Dígame de una vez lo que quiere. Estoy harto de perder tiempo.

-Váyase entonces, Knocker.

-Pero, ¿qué quiere usted? -insistió Knocker, extrañamente inquieto.

-Nada. ¿No quiere llevarse este diario? En el mundo no hay otro igual. Ni habrá, por veinticuatro horas.

-Claro. Si recién mañana aparece -dijo Knocker con sorna.

-Tiene los ganadores de mañana -dijo el otro con sencillez.

-Está mintiendo.

-Fíjese usted mismo. Ahí los tiene.

Un diario salió de la oscuridad y los dedos de Knocker lo aceptaron, casi con miedo. Una carcajada retumbó en el portón, y Knocker se quedó solo.

Sintió incómodamente el latir de su corazón, pero siguió hasta una vidriera con luz que le permitió ver el diario.

“jueves 29 de julio de 1926”, leyó.

Pensó un rato. Hoy era miércoles, tenía la seguridad. Sacó del bolsillo una agenda y la consultó. Era miércoles 28 de julio, último día de carreras en Kempton. No cabía duda.

Miró otra vez la fecha: julio 29, 1926. Buscó instintivamente la última página, la página de las carreras.

Se encontró con los cinco ganadores en el hipódromo de Gatwick. Se pasó la mano por la frente: estaba húmeda de sudor.

-Hay una trampa en esto -dijo en voz alta y volvió a examinar la fecha del diario. Estaba repetida en cada página, clara y patente. Examinó después las cifras del año, pero también el seis era perfectamente normal.

Miró con apuro la primera página. Había un encabezamiento de ocho columnas sobre la huelga. Eso no podía corresponder al año pasado. Volvió en seguida a las carreras. El ganador de la primera era lnkerman, y Knocker había resuelto jugarle a Clip. Notó que los transeúntes lo miraban con curiosidad. Se metió el diario en el bolsillo y siguió. Nunca había necesitado tanto un poco de alcohol. Entró en un bar cerca de la estación, que felizmente estaba vacío. Después de tomar una copa sacó el diario. Sí, Inkerman había ganado la primera y había pagado seis a uno. (Knocker hizo ciertos cálculos apurados pero satisfactorios.) Salmón había ganado la segunda; era lo que él siempre había dicho. Bala Perdida -¿quién demonios iba a pensarlo?- había ganado la tercera, el clásico. ¡Y por siete cuerpos! Knocker se humedeció los labios resecos. No había ninguna mistificación. Conocía muy bien los caballos que correrían en Gatwick, y ahí estaban los ganadores.

Hoy ya era tarde. Lo mejor sería ir mañana a Gatwick y allí mismo apostar.

Tomó otra copa… y otra. Gradualmente, en la cordial atmósfera del bar, su inquietud lo dejó. Ahora el asunto le parecía uno de tantos. A su mente trastornada por el alcohol acudió el recuerdo de un film, que le había gustado muchísimo. Había un brujo hindú en ese film, con una barba blanca, una desmesurada barba blanca, igual a la del viejo. El brujo había hecho las cosas más increíbles… en la pantalla. Knocker estaba seguro de que no se trataba de una mistificación. El viejo no le había pedido dinero, ni siquiera había tomado el peso que Knocker le ofreció.

Knocker pidió otro whisky y convidó al barman.

-¿Tiene algún dato para mañana? -éste le preguntó. (Lo conocía de vista y de fama.)
Knocker vaciló.

-Sí -dijo luego-. Salmón en la segunda carrera.

Knocker se tambaleaba un poco al salir. El médico le había prohibido el alcohol, pero en una noche como esa…

Al día siguiente tomó el tren para Gatwick. Siempre le había traído suerte ese hipódromo, pero hoy no se trataba de suerte. Hizo las primeras apuestas con cierta moderación, pero la victoria de Inkerman lo convenció. ¡El caballo y la boleteada! Ya no le quedaban dudas. Salmón, el favorito, ganó la segunda carrera.

En la carrera principal casi nadie le jugó a Bala Perdida. No estaba en forma y no había por qué. Knocker repartió las apuestas. Veinte aquí, veinte allá. Diez minutos antes de la carrera mandó un telegrama a una oficina del West End. Había resuelto ganar una fortuna. Y la ganó.

Esa carrera no tuvo emoción para Knocker.

Él ya sabía el resultado. Sus bolsillos estaban repletos de dinero, y eso no era nada comparado con lo que iba a cosechar en el West End. Pidió una botella de champaña y la bebió a la salud del viejo de la barba blanca. Media hora tuvo que esperar el tren.

Estaba lleno de carteristas, a quienes tampoco les interesaba la carrera final. A Knocker los días de suerte lo solían poner muy conversador, pero esa tarde estaba callado. No se podía desentender del viejo del portón. No tanto del aspecto y de la barba, sino de la carcajada final.

El diario estaba todavía en su bolsillo: tuvo un impulso y lo sacó. Fuera de las carreras, no le interesaban otras noticias. Lo hojeó; era un diario como los demás. Resolvió comprar otro en la estación para ver si el viejo no había mentido.

De pronto su mirada se detuvo; un suelto le llamó la atención. “Muerte en un tren” se titulaba. El corazón de Knocker estaba agitadísimo; pero siguió leyendo. “El conocido deportista señor Martin Thompson falleció esta tarde en el tren al volver de Gatwick”.

No leyó más: el diario se le cayó de las manos.

-Fíjese en Knocker -alguien dijo-. Debe estar enfermo -Knocker respiraba pesadamente, con dificultad.

-Paren… paren el tren -balbuceó, y buscó la campana de alarma.

-Quieto, amigo -dijo uno de los pasajeros agarrándolo del brazo-. Siéntese, no hay por qué tirar la manija…

Se sentó, más bien se dejó caer en el asiento. La cabeza se inclinó sobre el pecho.
Le metieron whisky entre los labios, pero era inútil.

-Está muerto -dijo la espantada voz del hombre que sostenía.

Nadie prestó atención al diario en el suelo. El barullo lo había empujado bajo el asiento, no es posible decir dónde fue a parar. Tal vez lo barrieron los guardas en la estación.

Tal vez.

Nadie sabe.

(Holloway Hore)

‘La noche mil dos’ de Alejandro Badillo

alejandro badilloSe cuenta -pero Alá es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico- que en la antigüedad del tiempo hubo un reino próspero que extendía sus límites en la profundidad meridional de Asia. Su rey era sabio y la prudencia gobernaba sus decisiones. Las nubes se extendían por las montañas y la luz del sol pulía la superficie de las casas y de las calles. Los gatos rememoraban otras tardes en la orilla de las fuentes. Las mujeres dejaban sombras que se internaban en los jardines: sus voces se enredaban en las plazas mientras la fiebre de la tarde ascendía en los edificios. Los viejos invocaban a la penumbra en sus oraciones. Durante mucho tiempo hubo paz: generaciones enteras se sucedían en un flujo ininterrumpido. Genealogías compartían una sola memoria que se remontaba a un pasado en el que la sangre se había vertido en vasijas ocres para asegurar la persistencia de las estaciones, el aliento del agua en los ríos y el negro latido en los ojos de las mujeres.

Una noche de verano, al otro lado de las montañas, avistaron luces. Desperdigadas a lo lejos parecían ojos amarillos e inmóviles. Estuvieron algunos minutos, redondas y estancadas en la oscuridad, y después desaparecieron. Nunca se había visto ninguna señal en esa zona y los reinos vecinos eran tan lejanos que era imposible observar la luminosidad que brotaba de sus casas. La noticia se extendió entre la población y, al día siguiente, el rey convocó a los sabios. En una larga mesa se ramificaba el incienso. Las barbas eran escrudiñadas, las bocas sorbían infusiones de azahar para entretener el silencio. El rey, rodeado por sus más cercanos consejeros, inició la sesión. Un sabio propuso echar los dados para saber el origen de las luces; otro dijo que las señales eran profecías y que debían interpretarse en la piel de una mujer virgen, escogida al azar en el mercado; el ultimo -el más Viejo- afirmó que todo acto, por ínfimo que sea, tiene su réplica en el universo: el movimiento de los astros dibuja, para el que sabe ver, a una escala diminuta, los gestos de cualquier hombre sobre la faz de la Tierra. Por eso habría que escudriñar el cielo en busca de inconsistencias, extrañas formaciones de nubes; incluso cambios en la migración anual de los pájaros que inundaban tejados y azoteas. Se anunció al pueblo la falta de consenso después de horas de discusión y la gente, apesadumbrada, regresó a sus casas.

Un antiguo profeta decía que la sospecha es un animal cuyos tentáculos se extienden hasta apresar el alma de los hombres y llevarlos a la locura. El reino mantuvo sus actividades diarias, sin embargo algo había cambiado en la gente: las miradas iban por lo bajo, como si hubiera signos ocultos entre las piedras. La plática antes vivaz en las plazas se había convertido en un murmullo que se apagaba con la puesta del sol. Los eruditos seguían enredados en suposiciones: quizás el número de luces o la distancia entre ellas concentraban un significado que sólo podía develarse estudiando tratados antiguos, fórmulas matemáticas, conjuros. La gente los veía deambular por las calles, con el cabello revuelto, llevando libros de gruesas tapas bajo el brazo. El rey mandó un destacamento de guerreros a los límites del reino para vigilar las montañas y dar aviso en caso de que retornaran las luces. La gente subía a lo alto de las casas pero no hubo más señales. La oscuridad era un mar tranquilo que envolvía las montañas y los valles. Las estrellas mantenían su posición en el cielo. El filo brillante de la luna seguía avivando insectos.

Transcurrieron los días. El rey trató de olvidar el incidente, sin embargo, una noche soñó que salía de sus aposentos y recorría los corredores principales del palacio. Los salones estaban desiertos. Un amplio ventanal parecía interrogarlo desde el fondo de un pasillo. El rey se acercó y miró al exterior: unas luces se movían entre las montañas. El silencio se rompió con un murmullo que creció, como si muchas voces estuvieran atrapadas en algún punto del espacio. El murmullo se convirtió en un zumbido que resonaba en las paredes. El rey caminó de regreso a sus aposentos, pero el pasillo conducía a pasajes sin salida; algunos corredores se bifurcaban y otros regresaban al punto de inicio. En su corazón tuvo la sospecha de encontrarse en las entrañas de un inmenso laberinto que, en algún momento, lo aniquilaría.

El rey despertó entre sudores. Su carácter afable desapareció y ya no sonrió en las audiencias. Cuando era requerido para resolver alguna disputa apenas atendía las razones de los demandantes. Las fiestas se suspendieron. Dejo de recorrer los jardines en las mañanas y, a veces, se encerraba en sus habitaciones hasta el crepúsculo. El cambio en sus costumbres fue notorio para todo el reino. Su rostro demacrado tenía el color de la luna llena. Circulaban rumores que acusaban al gran visir, un anciano venerable, conocedor de las artes médicas, de un envenenamiento: quizás vertía algún líquido extraño en la copa de vino que ofrecía a su señor todas las noches para derrotar al insomnio. Tal vez utilizaba su conocimiento para influir en los humores del rey y, así, manejarlo a su antojo. Otros decían que un grupo de notables conjuraba para hacerse del poder y sólo esperaba las condiciones necesarias para dar el golpe definitivo.

Las mujeres en las plazas comentaban las últimas novedades. Las jóvenes consultaban su futuro en los posos ardientes del café. Algunas bodas se aplazaron hasta tener alguna certidumbre. En el palacio el rey era acosado por muchas ideas. Había contado su sueño al gran visir y a sus principales consejeros pero ninguno logró explicar su significado. Parecía que el laberinto se volvía realidad con preguntas que no iban a ningún lado, con pensamientos que eran círculos regresando al punto de inicio. El rey empezó a creer que su tiempo se agotaba y que las luces eran los ojos de un animal que jugaba con él, como el gato que se entretiene antes de devorar a su presa. Consultó libros sagrados y profanos. En las noches paseaba por el castillo mirando los retratos de sus antecesores, una ilustre saga de valientes que habían domesticado el fuego y convertido a Alá en su único Dios. Seguía soñando que recorría los pasillos desiertos cercanos a su dormitorio. Iba de salón en salón mirando mesas de oscuro roble, consteladas con fruta dispersa, platos en el suelo y velas aún ardiendo, acometidas apenas por imperceptibles corrientes de aire. Las sillas, también dispersas, parecían haber sido abandonadas segundos antes, como los camarotes de un barco antes del inminente naufragio.

El gran visir le dijo que no había ninguna muestra de inestabilidad. Desde hacía muchos siglos se había acordado la paz con los reinos cercanos. Los campos daban cosechas abundantes y las estaciones se mantenían gracias al favor del Altísimo. Sin embargo, en las calles, la gente seguía inquieta por las luces y su sentido. El rey, obcecado, siguió con sus consultas. Una noche, sumido en las tinieblas del insomnio, fue a la gran biblioteca a seguir interrogando libros. Pasó de la anatomía de los cielos a la de los hombres; de la densa botánica al prolijo estudio de los minerales. Harto de volver las páginas, con los ojos nebulosos después de fatigar los abultados volúmenes, iba a abandonar la tarea cuando descubrió un ejemplar cuyo perfil, consumido por el tiempo, asomaba entre las patas de un sillón acosado por las termitas. Lo acercó a la luz de las velas: no había ningún título en la portada; tampoco había referencias del autor. La superficie del libro parecía latir como un corazón oscuro que acicateaba el deseo por conocer su contenido. Al abrir las tapas ascendió hasta su nariz un tenue olor a madera quemada, como si aún retuviera en sus entrañas las huellas de un lejano incendio. El rey comenzó a leer una historia que se remontaba milenios atrás, cuando su pueblo apenas se había establecido entre las montañas después de vagar por territorios devastados por la lenta fiebre del sol y por insectos que, se decía, eran capaces de devorar hombres. Recorrió un linaje antiguo del cual apenas tenía noticia; atestiguó el establecimiento de costumbres y la constitución de las primeras leyes. Pronto llegó, mientras la noche ganaba altura, la historia de un rey querido por su pueblo por su sabiduría y justicia. La narración contaba que, un día, después de la acostumbrada audiencia matutina, aparecieron luces en el cielo. El anónimo autor no detallaba la forma ni el color de éstas, sólo describía la perplejidad de los habitantes y el temor que comenzó a extenderse como una enfermedad que gangrenaba el reino. Ante la falta de una explicación plausible la gente comenzó a dudar del rey. Muchos dijeron que esas luces vaticinaban el avance de un imaginario pueblo enemigo; otros afirmaban que eran señales del fin del mundo. En todos los escenarios, incluidos los más inverosímiles, el rey aparecía como alguien incapaz de proteger a su pueblo. Pronto se habló de destituirlo y su guardia personal, fieros combatientes dispuestos a ofrendar su sangre por él, abandonó sus votos de fidelidad. La última hoja, cuya volátil caligrafía denotaba una mano apresurada, refería la muerte del rey en la plaza central de la ciudad y la destrucción del castillo a manos de una turba guiada por heresiarcas y líderes populares.

El rey guardó el libro en un baúl que escondió atrás de un armario. La amenaza ya no era una espada imaginaria pendiendo sobre su cabeza sino un escenario que, seguramente, se repetiría. Ya no confió sus pensamientos a sus sirvientes más cercanos, ni siquiera al gran visir que fingía ocuparse de sus labores, quizás esperanzado que el tiempo y la costumbre se impusieran a la zozobra. En el reino apenas se comentaba el misterio de las luces y el tema de conversación se centraba en el rey y su conducta. Algunos decían que planeaba escapar del castillo; otros afirmaban que se sometía a extraños ritos adivinatorios que, quizás, lo acercarían al conocimiento íntimo de las luces. Sin embargo nadie pudo prever lo que ocurrió días después, cuando el rey despachó heraldos en todas las ciudades y pueblos que anunciaron la disolución del consejo del reino, aquel que representaba los intereses de los gremios y los distintos grupos sociales. Ante la amenaza invisible que se cernía sobre el reino, las nuevas disposiciones incluían la prohibición de salir a las calles después del crepúsculo y la obligación de avisar a la autoridad de cualquier incipiente peligro. El rey, a través de sus emisarios, afirmaba que estas medidas eran temporales y que confiaba en el pronto regreso a la normalidad. Sin embargo, todos los días, sin una razón aparente, se añadían nuevas previsiones: se apostaron destacamentos en la frontera oeste, aquella por la cual habían aparecido las luces; hubo nuevos reclutamientos y la noche era recorrida por cuadrillas que registraban a los escasos paseantes que se atrevían a retar el toque de queda.

El tiempo transcurrió lentamente. La vida en las plazas y en los parques se redujo a un siseo que se hacía cada vez más débil. Los rostros que se veían en las calles parecían pasados por fuego. La gente prefería salir sólo para lo indispensable. Entonces empezó un rumor: se decía que alguien, quizás un granjero o un guardia confinado a la frontera, había sido testigo de nuevas luces. Esta vez, se afirmaba, eran luces más definidas que recordaban la silueta indecisa de unas antorchas. Las medidas se endurecieron y se habló de una guerra inminente, de un sitio para el cual todos debían estar preparados. Se recolectaron víveres y se diseñó un plan de defensa. Los heraldos difundían las últimas noticias y, como suele suceder, la gente aderezó los parcos informes con los frutos de su imaginería: filas casi infinitas de caballos montados por jinetes cuyos rostros embozados los hacían parecer fantasmas; oscuras manos empujando canoas de bambú que dejaban una huella imprecisa en el agua. Sin embargo, nadie conocía a un testigo directo de los hechos, nadie de viva voz confirmaba un solo avistamiento y los temores.

El rey recorría los pasillos asesorado por nuevos consejeros que, con mirada severa, le recomendaban nuevas medidas y previéndole de gente que probablemente podría cooperar con los inminentes invasores. Comenzó a perseguir a los sospechosos. Reavivó prácticas de sultanes que habían fundado su poder en el acero y en el cadalso. Las hachas se afilaron y algunos guardias se entrenaron como improvisados verdugos. Uno de los primeros en caer fue un viejo consejero que, supuestamente, había sido sorprendido conjurando para derrocar al gobierno… En las casas, en las mezquitas y en los baños públicos se hablaba de tiempos oscuros, de una prueba que apenas comenzaba y cuya conclusión se vislumbraba terrible.

Se formó una guardia secreta que se encargaba de recorrer las calles, confundirse entre los ciudadanos y descubrir cualquier asomo de conjura. El miedo dividió amistades y la sospecha fragmentó a familias enteras. Delaciones se ejercían en la penumbra, amparadas en el bullicio de los mercados o en la soledad de un callejón ciego. Miradas se cruzaban en el calor de las tardes buscando alguna flaqueza, alguna sospecha suficientemente sólida como para llevar ante la autoridad a algún añejo enemigo. Muchos perdieron sus fortunas y decenas de mujeres se arracimaban afuera de sus casas, llorando la pérdida de un hijo o un pariente cercano. Conforme avanzaron los días las ejecuciones aumentaron. El cadalso era utilizado desde temprana hora. Los cadáveres eran abundantes y se derramaban en la periferia para el solaz festín de las moscas. Hubo días en que el olor corrupto impregnaba cada rincón del reino y permanecía flotando hasta la madrugada perturbando a perros y a bestias de carga que, encerradas en sus corrales, bufaban y daban coces.

Después de la disolución del consejo el gran visir había pasado a un segundo plano y sus atribuciones eran solamente de índole administrativa. Aprovechando su lejanía con el poder recorrió los pasillos del palacio. Se internó por la estructura burocrática buscando información que restañara la sangre que corría por los cada vez más abundantes patíbulos. Quizá escuchó un comentario dicho al descuido o supuso una confesión que sabía desde hacía mucho: los rumores sobre las luces eran creados en el palacio y difundidos mediante una red perfectamente calculada. El miedo era una mano cerrándose lentamente sobre el reino, asfixiando voluntades, callando voces. En las brechas de sueño que le dejaba el insomnio se veía en un desierto gobernado por un dios cuya misericordia tenía la consistencia de un espejismo.

Una mañana un grupo de guardias fue a la casa del gran visir y lo llevó entre empujones al palacio. En un salón penumbroso y, con el rey ausente, fue acusado de tener tratos con nigromantes vinculados con las luces y con la desestabilización del reino. No se presentó una sola prueba. Lo tomaron de las barbas y lo arrojaron al suelo. En medio de burlas recibió puntapiés y algunas pedradas. Más tarde, sin juicio alguno y sin la oportunidad de despedirse de sus parientes, fue colgado. Su figura permaneció unos segundos, oscilante, como un doloroso péndulo, coronada por un par de buitres que disputaban las mejores partes de su cuerpo. Pocos atestiguaron la ejecución hasta el final. La plaza fue ocupada por el silencio y una nube turbia flotó en el cielo limpio, como una imprevisible mancha de tinta.

Surgieron algunos grupos de inconformes. Se reunían bajo un estricto secreto. Discutieron la forma de acabar con la pesadilla. Una noche un viejo pidió la palabra. Mientras menguaba la luz de las velas recordó que, en tiempos pasados, el reino vecino había acudido en su ayuda cuando una pertinaz sequía había convertido los campos en un mar de piedras. Su voz llenó la pequeña habitación. Añadió que ese reino podría encontrarse en dirección al oeste, por donde habían asomado las luces. Las reuniones se sucedieron sin llegar a un plan claro: nadie se atrevía a cruzar la frontera. No tenían armas y el apoyo de la gente se reducía a temerosas miradas de aprobación. La situación se estancó y el plan parecía quedar en un buen deseo cuando un general del ejército apostado en la frontera se acercó a ellos y les dijo que los ayudaría. Reunieron a los miembros más importantes de la conjura. Algunos temieron una trampa. Sin embargo no había muchas opciones y los muertos se seguían acumulando tiñendo de rojo las esquinas. El general -después de pedir la gracia del anonimato- contó que la natural corrupción del gobierno, por la incesante búsqueda de culpables, había llegado hasta el ejército. Había necesidad de nombres que acusar, cuerpos que colgar en la altura de los cadalsos. Los altos oficiales pedían a sus subordinados cuotas en especie o en brillantes monedas de oro para no acusarlos de traición. Una red de posibles delaciones se entretejía en las ruidosas comidas, en los cambios de guardia. Así cayeron varios oficiales y, los que habían resistido, habían enfrentado el filo incesante del verdugo. En poco tiempo, dijo el general, todos morirían.

Con ayuda de un pequeño destacamento fiel al general consiguieron bastimentos y algunos caballos. También llevaron un mapa en el que se perfilaban lóbregas colinas, secretos bosques y, tras ellos, una extensión vaga y sin nombre cuyo color amarillo sugería una planicie casi infinita. Antes del crepúsculo matutino salieron de sus casas. Evadieron la vigilancia y sus pasos fueron opacados por el ruido vivo de los insectos. Las paredes blancas recibían la sombra de varios hombres aferrados a la bendición de sus mujeres y al recuerdo de lo que estaban dejando atrás. Superaron la frontera del reino y se internaron por senderos apenas bosquejados en el mapa, caminos que recorrían sólo los viajeros más audaces o mercaderes que iban de pueblo en pueblo mostrando animales extraños conservados en frascos o hierbas nunca vistas que prometían curar cualquier dolencia.

Transcurrieron jornadas fatigosas. Los pasos eran más por inercia que por la convicción de llegar a algún lado. Perdieron la cuenta de las horas y, después, de los días. Una vez agotados los víveres consumieron hojas y raíces. El tiempo parecía detenerse: la orilla de la luna menguante era una sonrisa alucinada. Dormían por turnos para no ser víctimas de los animales salvajes. Los que podían dormir soñaban y en sus sueños volvían sobre sus pasos, sus palabras eran devueltas a sus bocas y los parpadeos se disolvían en un denso color amarillo. Una tarde alguien miró una minuciosa formación de nubes y dijo, no con poco asombro, que habían permanecido así durante días, como las fichas de un juego detenido. Las respiraciones eran cada vez más pesadas. Un día llegaron a los límites de un bosque, conforme se internaron se hizo menos denso y encontraron una vaga familiaridad con el sendero, como el que vuelve inadvertidamente las páginas de un libro y encuentra palabras, citas, rastros. Rezaron para que su viaje, al fin, tuviera término. Después de superar una breve montaña vieron las visibles fronteras de un reino y, sin querer demorar su arribo, prendieron antorchas y descendieron por un camino pensando en el final del periplo. A lo lejos se veían las bocanadas amarillas; a veces desaparecían entre los árboles. En el reino algunos granjeros vieron luces que se acercaban por el oeste y dieron el aviso a sus vecinos. Pronto la noticia se extendió por todas las ciudades y el rey convocó a su consejo para decidir lo que harían. Los viajeros sintieron que el sendero se alargaba y que el sol, en lugar de avanzar, regresaba a su punto de origen. Sin saber qué tiempo habitaban comenzaron a recorrer edificios devastados, polvo disperso. Cuando llegaron al palacio principal encontraron en el trono el cuerpo carcomido de un rey y, entre las manos, aferrado como un inútil sortilegio, un libro desprovisto de título y de portada color negro.

Alejandro Badilla (foto)

(Ganó en 2015 el Premio Nacional de Narrativa ‘Mariano Azuela’ por su libro El clan de los estetas, y en el 2016 el Premio Nacional de Novela Breve ‘Amado Nervo’ por su obra Por una cabeza)

‘Maldición gitana’ de Benhur Sánchez Suárez

BENHUR SANCHEZ SUAREZ-Usted va a morir muy joven -me dijo la gitana cuando se sentó sin permiso frente a la mesa donde Jorge Enrique y yo compartíamos café y cigarrillos y nos poníamos al día en los sucesos de nuestras vidas.

Casi al mismo tiempo tomó mi mano izquierda por asalto y la llevó a la altura de sus ojos. Alcancé a asustarme y la retiré, sorprendido y cauteloso.

De nuevo tomó mi mano sin permiso y continuó:

-Por la línea de la vida, que atraviesa su mano, a lo sumo llegará usted a los cuarenta años.

Volví a retirarla y ella me miró con fijeza, oculto por momentos su rostro en la nube de humo que despedía su tabaco, apretado en los dedos de su mano derecha. Luego agregó:

-Me llamo Gracia -sonrió melindrosa-. La línea se trunca antes de bordear el monte de Venus, lo cual me indica que va a morir en un accidente.

Me pareció que la sonrisa con que acompañó su vaticinio tenía rasgos de maligna.

-No tiene gracia lo que me dice -la increpé irónico, para tratar de borrar la cara de satisfacción que puso después de sus palabras.

-Pero va a ser muy feliz en el amor, pues…

La interrumpimos con nuestras carcajadas. Nos burlamos de sus predicciones con un juego de palabras entre el amor y la muerte y ella se puso roja de la ira.

-¿Quién llamó a esta vieja loca? -le pregunté al aire, para seguir la cuerda de la broma que brillaba en los ojos de Jorge Enrique. La mesera también se rió, como si la pregunta fuera para ella, pero miró hacia otra mesa.

-Con la muerte no se juega, señores.

-El juego no lo inventamos nosotros -le respondí de inmediato.

-Y si el juego fuera nuestro usted no sería invitada, señora -replicó Jorge Enrique a punto de perder la paciencia.

-Para conocer el destino no se necesita invitación -dijo, y extendió su mano huesuda para que depositáramos en ella la recompensa a sus quirománticos augurios-. Es una necesidad de las personas saber lo que les depara el futuro.

-Lo que no se contrata no se paga, vieja bruja -le repliqué sonriendo.

-Si no me pagan hago que caiga sobre ustedes la maldición gitana.

-¿Nos está amenazando? -la interrogó Jorge Enrique.

-Deja que se vaya, nosotros no la llamamos ni le hemos pedido que nos adivine el futuro -intervine para acabar de una vez por todas con ese mal momento.

-He leído en su mano su futuro y usted debe pagarme por mi trabajo -sus ojos eran dos fogones encendidos.

-Yo no le pedí que lo hiciera.

-Por eso no le pagamos, ¿está claro? -intervino de nuevo Jorge Enrique.

-¿Ah, no? ¡Pues morirán colgados de las pelotas!

Echada la maldición salió del café llevándose su olor a tabaco y su furioso desfogue por un trabajo sin ninguna recompensa.

Del café donde estábamos se divisaba con claridad la Iglesia de las Nieves y en la plazoleta un enjambre de personas sin oficio, algunos alrededor de un vendedor de herramientas de contrabando. Vendía un juego de destornilladores contenidos en una pequeña caja de plástico, que al sacarlo y armarlo podía servir para múltiples necesidades caseras. En ese grupo debió perderse la gitana. O, más allá, detrás del pregonero de la buena suerte, que también tenía su propio círculo. No volví a ver su pañoleta de colores ni el humo que la precedió cuando salió del café echando maldiciones.
-Ya me empezaron a doler -me advirtió Jorge Enrique.

-¿A doler qué? -le pregunté sorprendido.

-Las pelotas, mano.

Nos reímos hasta que terminamos de consumir los cafés y los cigarrillos y salimos para tomar cada uno el rumbo de su trabajo.

-Cuídate -me solicitó y me señaló abajo con ruidosa carcajada.

Yo también me reí mientras bajaba por la Calle Veinte hacia la Carrera Décima, donde tomaría mi transporte para dirigirme hacia mi casa.

No volví a ver a la gitana, cuyo rostro no se ha borrado de mi memoria desde entonces. Tampoco he vuelto a ver a ningún gitano, probablemente hayan cambiado o asimilado a nuestra cultura y se vistan lo mismo que nosotros. Ya no son reconocibles con la misma facilidad de antes.

Hace unos días, cuando la Mona Cha consultaba un manual de quiromancia para escribir un artículo que tenía que enviar al periódico donde colabora, el recuerdo de la gitana volvió a sacudir mi memoria y el olor de su tabaco regresó como una oleada sin ninguna explicación.

Sé que a la Mona Cha no le gustan estas prácticas adivinatorias. Es más, induce a las personas para que no las utilicen porque, según ella, dañan la energía y muchas veces se devuelven causándole trastornos a quienes las consultan. Pero no resistí la tentación y le pregunté:

-¿Qué tan acertadas son las gitanas, Mona?

Cerró el libro y me miró extrañada. Por unos instantes permaneció en silencio, como si se esforzara para desconectarse del hilo de su lectura y poder entonces atenderme. Luego me sonrió y me explicó comprensiva:

-La mayoría dicen que adivinan el futuro pero es sólo para sacarle dinero a los incautos. Pero no hay que desestimar esas cualidades. Algunas son verdaderas adivinas, aunque tengan fama de tramposas. La magia y la adivinación son parte de su cultura.

-Qué bien.

-¿Por qué me lo preguntas?

Le resumí mi experiencia de cuando tenía 24 años y ella se rió como Jorge Enrique aquella tarde en la plazoleta de las Nieves.

-Cuando yo era niña sentía mucha atracción por los gitanos -miró a través del ventanal los árboles del parque, como si buscara su complicidad-. Inclusive, llegó un momento en que quise irme con ellos. Recuerdo que habían levantado una carpa cerca de la casa y casi todos los días tocaban en nuestra puerta para pedir agua o para que les diéramos permiso para acceder al sanitario del servicio. Mamá les negó la entrada y nos advirtió que no iba a permitir por nada del mundo que nos acercáramos a ellos. Luego nos amenazó con castigarnos si nos atrevíamos a desobedecerla.
-Los gitanos se roban los niños para comérselos o para venderlos en otros barrios o en otros pueblos -nos explicó molesta, ya en el colmo de la rabia por su atrevimiento de importunar la tranquilidad de nuestra casa.

-¿Quién les daría permiso para quedarse en nuestro barrio? -interrogó a su inconformidad y volvió a amenazarnos.

Pero cuando ella no estaba, yo les abría la puerta para que entraran e hicieran sus necesidades. También les daba algunos alimentos para que los llevaran y los prepararan en su carpa. Me daba mucha pena verlos en esa situación, que para mí era de desamparo. No niego que sentía mucha atracción por ellos, me parecían increíbles sus vestuarios y su forma de vida. Por la ventana de mi cuarto los miraba en su carpa, percibía el humo de la hoguera que prendían y la manera como se comunicaban entre ellos. Dos veces me acerqué curiosa a su campamento, escondiéndome para que mamá no me pillara. Ahí conocí a Miguel, que cuidaba un caballo muy bonito, y él me presentó su esposa, de nombre Amara. Cuando me contó que leía las cartas y adivinaba el futuro, el corazón casi se me sale del pecho, aunque no tenía ni idea de lo que significaban esas prácticas. Dentro de la carpa observé a una niña, que me miraba como si hubiera visto algún fantasma.

-Se llama Adalí -me la presentó Miguel y yo la miré curiosa, aunque no entendí nada de lo que dijo.

No sé cuánto tiempo duraron en el barrio, pero a partir de ese momento fue él quien se acercó a la casa cuando le hacía señas desde la ventana para indicarle que mamá había salido y podía aproximarse sin problemas.

Pocos días después mamá empezó a quejarse por la pérdida de unas joyas. Insistía que las tenía en un cofre sobre el tocador de su alcoba. Me asusté mucho pero no dije nada acerca de las veces en que los gitanos habían penetrado a la casa ni de la forma como se habían vuelto mis amigos. En mi interior sabía que ellos no eran los ladrones. La cantaleta duró varios días, mamá culpaba a cuanta persona hubiera entrado a la casa en las últimas semanas, a la muchacha del servicio que tuvo salida el domingo anterior, a la vecina que vino a visitarnos, a los familiares que pasaron la tarde de un sábado invitados a un chocolate con panderos, pandeyucas y almojábanas. A mis primos les conté sobre Adalí pero no les dije cómo ni dónde la había conocido.

Por fin mamá decidió que las joyas se habían perdido por mi culpa y me castigó encerrándome en mi alcoba. No me extrañó su decisión pues siempre era culpable de lo malo que sucedía en nuestra casa. Encerrada en mi habitación percibí que algo me iba a impedir seguirlos en su trashumancia por el mundo, como soñaba cuando los vi en la calle.

Al día siguiente mamá tuvo que salir de nuevo para hacer sus diligencias y me alegré cuando se despidió. Era justo el día en que había decidido irme con ellos. Cuando bajé para salir a la calle, encontré la puerta con llave. Con seguridad mamá sospechó de mis intenciones o alguna vecina la advirtió sobre la cercanía de los gitanos. Lloré sin saber qué hacer. Sentí que habían borrado mi futuro. A la mañana siguiente lo primero que hice fue asomarme a la ventana para ver si lograba encontrar a Miguel, pero en el escampado donde se habían acomodado sólo permanecían apagadas las piedras negras del fogón, donde preparaban los alimentos, y un basurero impresionante. Adalí ya no estaba para regalarle mi muñeca preferida, como se lo había prometido la segunda vez que los visité. Ese día lloré abrazada de mi almohada, con la muñeca de trapo con cara de porcelana sentada en la cabecera de la cama. Sabía que había perdido para siempre a mis amigos.
Hizo una pausa, que aproveché para acariciar su cabellera, deslizar mi mano por sus pómulos y dejarla unos instantes en su boca.

-La humanidad ha sido injusta con los gitanos -me dijo por último-. Siempre se ha dicho que son vagabundos, tramposos y ladrones, pero eso no es cierto. Es más una leyenda que nació cuando en la inquisición española los condenaron y persiguieron por sus prácticas de magia y adivinación. Los gitanos, por el contrario, son muy respetuosos de sus niños y de sus ancianos, tienen aptitudes innatas para la adivinación y la magia y son nómadas por naturaleza.

-Pero iban a robarte, ¿no?

-No. Yo quería irme con ellos, lo cual es bien distinto.

-¿Y la pérdida de las joyas qué?

-Por una visión que tuve, supe que el robo lo había hecho la muchacha del servicio, que después de la desaparición de los gitanos se fue de la casa. Claro que no le dije nada a mamá porque no la iba a hacer cambiar en su concepto sobre los gitanos y, además, ya había pagado castigo por la pérdida. Ahora sé que la actitud de mamá me salvó de una vida azarosa y de un futuro que ni yo misma puedo imaginar hoy. Miguel y Amara murieron en un terrible accidente en Santa Marta y Adalí fue recogida por otros gitanos que se la llevaron para España.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque soy psíquica, ¿acaso lo olvidaste?

-Y pensar que mi única relación con los gitanos fue por esa mujer que vaticinó la forma como yo iba a morir a los cuarenta años.

La Mona Cha volvió a reírse de mi preocupación y abrió de nuevo su libro de consulta. Yo regresé a mi estudio con la historia de Miguel, Amara y Adalí bullendo en mi cabeza.

Hoy, que tengo sesenta años, sé que he rebasado con creces las predicciones de la gitana. Pero tengo la duda de si moriré, como ella lo predijo, colgado de las pelotas.

Benhur Sánchez Suárez (foto)

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‘El anillo’ de Elena Garro

Elena GarroSiempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.

“¡Ándale, Camila, un anillo dorado!” y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: “Se lo daré a Severina, mi hijita mayor”. Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras, para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe de acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del corral.

-¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?

-Aguardando su vuelta -me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.

-Enciendan la lumbre, vamos a cenar.

Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.

-¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! -dije yo preparando la sorpresa-. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!

-Sí, qué suerte… -dijeron mis muchachitos.

-¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! -dije.

Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabajaba más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de “El Capricho” mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hijita Aurelia.

-¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?

-Yo no sé… -le contestó la inocente.

-Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.

-Sí, joven -le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.

La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.

-Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.

Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quién nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca, en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México, la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos, mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. “¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre”… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a “El Capricho”. “¿Dónde fue mi hija que no ha vuelto?” Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.

-Aquí tiene su refresco -me dijo con una voz en la que acababan de sembrar la desdicha.

Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada, y que el anillo no lo llevaba.

-¿Dónde está tu anillo, hija?

-Acuéstese, mamá.

Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.

-¿Quién le hizo el mal? -preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.

Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Sólo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.

-Doctor, mi hija se está secando…

El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas. Camila sacó unos papeles arrugados.

-¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? -me preguntó Aurelia.

-No, hija, ¿quién?

-Adrián, para quitarle el anillo.

¡Ah, el ingrato! y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.

-Pasa, Camila.

Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.

-Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo, pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.

-¿Qué anillo?

-El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en “El Capricho” y desde entonces ella está desconocida.

-No vengas a ofender, Camila, Adrián no es hijo de bruja.

-Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.

-¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.

Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriel, aquí presente, me dijo: “Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho”. Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.

-Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal -dijo.

Y así fue, señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: “¡Ayúdeme mamacita!”. Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía el animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.

-Mira -me dijo Fulgencia-, ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.

Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.

-Mira, Adrián desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con que le haces el mal.

-¿Qué anillo? -me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.

-El que le quitaste a mi hijita en “El Capricho”.

-¿Quién lo dijo? -y se ladeó el sombrero.

-Lo dijo Aurelia.

-¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?

-¡Cómo lo ha de decir si está dañada!

-¡Hum!… Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!

-Entonces ¿no me lo vas a dar?

-¿Y quién dijo que lo tengo?

-Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia -le prometí.

Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.

-¿Ya te dieron el anillo?

-No.

-Las crías están creciendo.

Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.

-Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.

-Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.

-No se acuerda… -me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.

-Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.

-¿Qué barranca?

-En la que tiraste el anillo.

-¿Qué anillo?

-¿No te quieres acordar?

-De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.

-¿La hija de tu tía Leonor?

-Sí, con esa joven.

-Es muy nueva la noticia.

-Tan nueva de esta mañana…

-Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.

Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.

-Eso sí que no se va a poder…

Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.

-Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.

Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó el segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de su corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda a él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban campanas.

-¿Qué es ese ruido, mamá?

-Campanas, hija…

-Se está casando Adrián -le dijo Aurelia.

Y yo señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hijita moría.

-Ahora vengo -dije.

Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.

-Pasa, Camila.

Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.

-Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.

Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.

-Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…

Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.

-Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!

-Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.

Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella de gozo, ni el recuerdo de la risa.

-El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.

Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. “¿Se va a desaparecer?, me fui diciendo, mientras caminaba hacia delante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. “Va a mi casa a matar a Severina”, le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja.

No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…

Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de hule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.

Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.

-Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.

-Yo no sé firmar.

Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas deshechas.

-¿Por qué lo mató, mamá?… Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella…

Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.

La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.

-¡Mamá, me dejó usted el camino solo!…

Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, ésta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa, acarició la sangre seca de Adrián Cadena.

-Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… -dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.

Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido. Cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: “Adrián y Severina gloriosos”.

Elena Garro (foto)