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‘Josefina, atiende a los señores’ de Cabrera Infante

Bueno, la cosa es que cuando uno tiene una casa no puede dejarse pasar la mota, porque ya se sabe que camalión que no muerde. Porque, mire, por ejemplo, esa muchacha Josefina. Es de lo mejorsito. Limpia, asiadita, no arma bronca nunca y vive aquí, con lo que uno la tiene siempre a mano, y nunca anda regatiando que si le ha quedado poco, que si el tanto por siento de la casa, que si es mucho, que si esto que si lo otro y lo de más allá. Por ese lado no tiene un defectico. Bueno, pero sin embargo, no hay quién la haga moverse de la cama.

Mire que yo le digo: Josefina, has esto, Josefina, has lo otro. Josefina, esta niña, muévete. Sé más viva. Pues ni con eso. Y le ando atrás todo el bendito día. Porque a diligente sí que no me gana nadie. Si no, ¿cómo cre usté que yo hubiera llegado a montar este localsito? No crea que me he ganado esto con el sudor de mi sintura nada más. Qué va. De eso nada. A fuerza de espabilarme y de trabajar muy pero muy duro. Y no sólo horizontal. Porque, el difunto, que en pas descanse, no me dejó más que deudas. Y ya usté sabe lo que era esto: yo aquí, una mujer sola para atenderlo todo y llevarlo adelante. Pero yo ni dormía (bueno, igualito que ahora). A las cuatro o a las cinco cuando se iba el último cliente, yo cogía y me ponía a contar el dinero y a repartir lo de cada una (porque eso sí: a repartir parejo lo que con justicia le toca a cada una, no hay quién me gane). Pues después que repartía el dinero, levantaba al chiquito que me limpia y le hasía ponerse a trabajar a esa hora. Bueno y para no cansarlo, me acostaba dos o tres horas nada más y a las ocho ya estaba yo despertando a las muchachas que tienen el turno de por la mañana para que se arreglaran y resibieran limpias y compuestas a los clientes mañaneros. Porque usté sabe que hay gente que tienen sus manías y vienen por aquí al ser de día para coger a las muchachas frescas y descansadas, y otros para evitar lo de las enfermedades. Vea, ¡como si una noche pudiera borrar las cruses! Pero bueno, hijo, hay que complaserlos a todos –porque eso sí: si una fama tengo yo es la de ser complasiente, porque para mí siempre el cliente, como es el que paga, tiene la razón y no porque éste sea un negocio de andar en cueros, no vaya a pensar que no hay que darle a cada uno lo que pida. Bueno, pero para no cansarlo, le diré… ¿por dónde iba yo? Ah sí.

Pues mire usté, después de las ocho ya no paraba yo: vaya a la plasa a hacer los mandados, cáigale arriba a la cosinera, después de comer, a resibir a las que duermen fuera y ponerlas pronto a trabajar, (porque usté sabe que si una fama tiene mi casa es la de tener siempre muchachas a disposición del que venga, a cualquier hora del día que venga, hasta las dos o las tres de la madrugada). Bueno, pues después de eso, me pongo a sacar lo que hayan ganado las vitrolas de los tres pisos, reviso cómo anda el baresito y mando al chiquito a la bodega, si hase falta cualquier bobería, y luego como ya es hora de la comida, pues a comer; y al acabar ya es de noche y bueno, para no cansarlo, que ya es la hora de empesar el ajetreo de a verdá verdá. Bueno, pues en todo ese tiempo, ¿qué cre que ha estado haciendo Josefina? ¡Dormiendo! Yo la he dejado porque ella lo único que pide es que la dejen dormir y ni siquiera anda peliando por la comida, que si es poco que si es mala, como algunas que yo conosco, y claro, yo la dejo dormir porque tengo que tenerla contenta; porque ella es muy solicitada por la clientela buena, pero rialmente esa muchacha es un dolor de cabesa contante. Yo comprendo que ella tiene proglemias de a verdá, pero ¡por favor! Quién no los tiene. Bueno, y usté me ve a mí detrás de ella: Josefina, vieja, baja que te buscan. Esta niña, ¿por qué no estás en el resibidor, atendiendo a la gente y no aquí tirada en la cama? Pues ella ni caso que me hase y entonses no me queda más remedio que mandar a buscar a Bebo, su marido, y únicamente así es como ella se levanta, se arregla y está dispuesta a trabajar. Yo creo que ella no se da cuenta de cómo la trato, con qué considerasión. Porque bueno, vamos a ver: si ella estuviera en uno de esos guachinches de entra que te conviene, y no en una casa como ésta, de las grandes, respetada, autorisada por la polisía y sin un proglemia nunca, donde no se arresiben menores y hay que tocar para entrar y no entra todo el que quiere; ¡y en la calle que está! Porque usté sabe que eso de tener una calle seria no lo consigue todo el mundo. Pero bueno, para no cansarlo, voy a terminar de contarle lo de Josefina.

Claro que ella no se llama Josefina. Ése es el nombre para el negosio, pero todo el mundo cre que es el de a verdá, y yo creo que le conviene esa crensia. Yo no voy a cogerme las glorias de habérselo puesto. Fue ella mis la que lo escogió, porque no le gustaban nada los de siempre, de Berta, de Siomara, de Margó, y los demás. Así que se quedó Josefina. Claro que tampoco es de por aquí. Es de Pinar. Ella vino de allá a trabajar en una casa particular. Por Almendares. Y aunque ganaba poco, estaba contenta porque le daban cuarto y comida y sus ventisinco. Y entonse llegó este Bebo (que tampoco se llama Bebo), que entonse tenía uniforme. Y la enamoró y a la semana se metía en su cuarto de ensima del garaje. Y ya usté se puede imaginar el resto. Bueno, total: que él dejó de ser soldado y ella dejó de ser criada. Ella al principio se resistió y cuando me la trajeron aquí la primera ves, mordía. No hablaba con nadie. Hasta trató de matarse. ¿Usté no ha visto las marcas que tiene en la muñeca? Pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo. Yo al prinsipio era igual y ya ve usté. Ahora, que yo después de todo he tenido suerte. Ella no.

Ella se le fue un día a Bebo con un chulo medio alocado, bien paresido él, Cheo, que vino de Caimanera: un verdadero pico de oro. Figúrese que le disen Cheo Labia. Pues no duró mucho. Entonse fue cuando ella se metió en aquello de las carrosas de carnaval y usté recuerda lo del fuego. Bueno, total: que tuvieron que cortarle el braso y el otro la dejó. Entonse yo por pena la fui a visitar al hospital y al salir fue ella la que me pidió que la trajiera de nuevo. Luego volvió con Bebo. Y para que vea usté lo que es la gente, en ves de perjudicarla lo del braso, la benefisió. Y con su defegto y todo, es la que más hase. Porque oiga, hay gente para todo. Dígamelo a mí que a lo largo de mi carrera me he topado con cada uno. Conosí un tipo que no quería acostarse más que con mujeres con barriga y siempre andaba cayéndole atrás a las en estado. Había otro tipo que se privaba por las cojas. ¡Y cómo las pagaba! Podrá crer que ese tipo no las quería para acostarse, sino que las desnudaba a las pobres y se ponía a acarisiarle la pierna mala, hasta que le ocurría y se iba, sin haberse quitado ni el sombrero. Y allá en Caimanera conosí un yoni, marinero él, que no quería más que biscas. Decía cokay, cokay, y de ahí no había quién lo sacara. ¡Hay cada uno!

Bueno para no cansarlo, esta muchachita, Josefina (porque como usté habrá visto es linda sin cuento), se volvió la perla de mi casa. Y es claro, en esas condisiones hay que complaserla y por eso es que yo la tengo como la tengo, que le doy lo que pida. Si no.

¿Esigente? ¿Ella? Si no pide ni agua. Ahora que desde que volvió, después del susedido, tengo que guardarle de su parte para que se compre pastillas pa dormir. Sin que se entere Bebo, claro. Porque parese que ella se acostumbró en el hospital, pa dormir y aguantar los dolores y eso, pienso yo, a tomar esas pílduras y ahora no hay quién se las quite. Entonse es cuando único molesta, cuando le falta su sedonal y no viene rápido el chiquito de la botica con el mandado. Oiga y que eso es como la mariguana y la cocaína. Un visio. Yo digo que con visios sí que no se puede ni trabajar ni vivir tampoco. Porque, diga, bastante tiene una ya con estar esclavisada a un hombre para que también tenga que estar gobernada por unos frijolitos de esos. Pero bueno, ése es su único alivio y como a mí no me cuesta ni dinero ni trabajo guardarle su parte y encargarle con el chiquito las pílduras, pues lo hago. Ahora que es una lástima: una niña tan bonita como ella. Porque eso sí: ella es un cromo. Un cromito. Pero bueno, resinnación. Ella nasió con mala pata. Primero lo del camión y ahora lo del niño, no es jarana. Porque eso último sí que no lo quiero ni pa mi peor enemiga. Porque hay que ver cómo se esperansa uno con una barriga. Ya cre usté que va a salir de todos los apuros y que el hombre se va a regenerar y a portarse como persona desente de ahí palante. Aunque luego uno se desilusione, como me pasó a mí. Aunque a Dios grasias, mi hija me salió buena. Está mucho mejor que yo. Porque oiga, ahí en Panamá está ganando lo que quiere y es la envidia de todas las que hasen el Canal: desde negras jamaiquinas hasta fransesas. Bueno, para no cansarlo, como le iba disiendo: eso del niño sí que fue un jaquimaso. Porque perder un braso, bueno todavía queda otro para acarisiar y si no, la boca: mientras no se pierda lo que está entre las piernas. Pero ella pasó una. Las de Caíñas, sí señor. Ella que como le dije estaba tan esperansada y va, y la criatura le nase muertesita. Ahora mejor así: porque era un femómemo, un verdadero mostro. Oiga, un femómemo completo. Hasta podía haberlo enseñado en un circo, que Dios me perdone. Es claro, eso la acabó de arrebatar. Estaba como boba, hubo días que ni salió del cuarto. Pero bueno, se le pasó. Es claro, que si no hubiera sío por las pastillas. Uté ve, ahí sí que la ayudaron mucho.

Bueno, para no cansarlo: que si esa muchacha no estuviera conmigo que soy considerada y hasta me he encariñado con ella, la pasaría muy mal, porque yo sí que no la molesto y con tal que ella me cumpla. Porque si algo tengo yo es que soy comprensible, yo entiendo los proglemias de cada cual y respeto el dolor ajeno, claro mientras no me afette. Ni a mí ni a mi negosio. Porque como disen los americanos bisne si es bisne. Pero esa muchacha Josefina, como le he contado, le tengo afecto de madre de a verdá. Sin motivo, porque mi hija es mucho más joven (y así y todo quién va a desir que yo tenga ya una hija de veinte años, eh), es más joven y es más bonita; además que mi hija tiene su apreparasión. Porque eso sí: yo siempre me dije… Usté perdone, con permiso, me va a disculpar un momentico porque por ahí entra el Senador con su gente, siempre bien acompañado el Senador. Quiay Senador. Cómo le va. Enseguida estoy con usté. (Aquí enternós: el Senador está metido con Josefina, dise que no hay quién se mueva como ella, además dise que ese mocho de braso lo ersita como ninguna cosa; me dise el Senador. Esa manquita tuya vale un tesoro, cará, dise. Si no fuera tan dormilona, dise. Ahora que hasta dormida se mueve, dise. Se mueve. Es una anguila la chiquita, dise él. ¡Ese Senador es el demonio!) Bueno perdóneme. Que tengo que llamar a esa muchacha antes que el Senador se me impasiente, ¡Josefina! ¡Josefina!

Josefina, atiende a los señores.

Guillermo Cabrera Infante (foto)

‘Hoy decidí vestirme de payaso’ de Álvaro Cepeda

Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no me han mirado siquiera. Estaban esperando que yo llegara para comenzar, pero no me han dicho nada. Cuando fui a ocupar mi puesto he pasado frente al domador que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de cartón. Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál de nosotros es el menos verdadero. La marcha comenzó a sonar con un movimiento lleno de gracia y soltura salió el director quitándose el sombrero y haciendo malabares con un bastón negro. Todos hemos comenzado a movernos alrededor de la pista. Nosotros salimos corriendo y nos mezclamos con los demás como estorbándolos. Parece que yo me he excedido porque al tirarle la cola a uno de los leones se me ha quedado en las manos una borla suave de lana amarilla. El domador me amenazó con el látigo y los payasos me han mirado con asombro por debajo de sus máscaras de colores.

Todos están serios, pero a medida que se van acercando a las primeras silletas, las sonrisas comienzan a aparecer hasta que están completas en los rostros, como si fueran un trozo más de pintura blanca y roja.

Desde que sonaron los primeros cascos sobre la pista la muchacha ha comenzado a sonreír y también, mientras salta de un caballo a otro. Los payasos se han metido entre los caballos y saltan imitándola con ademanes grotescos. Yo he querido hacer lo mismo, pero tengo miedo de asustar a los caballos y romper la sonrisa de la muchacha. El director, que para todo usa ademanes graciosos, ha hecho sonar un silbato y los payasos han salido corriendo hacia el pasadizo y la han dejado sola en el centro de la pista con sus dos caballos. Yo no he querido salir, pero otro payaso, el de la gran nariz morada, ha venido a sacarme dándome pequeños escobazos que suenan con gran estrepito. Sin embargo, yo quiero ver a la muchacha y no fui a meterme detrás de las cortinas como lo han hecho todos. A la muchacha se le han caído los palos con que hacia malabares y yo he corrido al centro del redondel y los he recogido para entregárselos. Ella me miró asombrada pero no dijo nada y los hombres con casacas rojas de militar han entrado y me han sacado de la pista otra vez. Otra vez ha salido el director con su silbato y mientras la muchacha sale al galope montada sobre sus dos caballos los payasos han entrado corriendo. Yo he salido detrás de ellos y ahora los veo dispersarse en la pista y hacer cabriolas. Yo me he quedado quieto, pues quiero ver cómo hacen los demás payasos para hacerlo yo también. El de la nariz morada le está diciendo al que tiene un sacoleva negro y unos calzoncillos amarrados a los tobillos: “¿A que no sabes de que están hechas las nubes?” El payaso gordo, que tiene las ropas llenas de globos de colores revienta uno y dice: “De caramelo blanco”. Todos los payasos lo persiguen y le dan escobazos. Yo me acerco al de la nariz morada y le digo: “Las nubes están hechas de la espuma que usa San Pedro para afeitarse las barbas. Eso lo saben todos y es una tontería preguntarlo”. Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con rabia. A mí ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando hago algo que ellos creen que no está bien. Por esto me he salido de la pista y he venido a buscar a la muchacha de los caballos.

Al pasar frente a los hombres de las casacas rojas, éstos se vuelven hacia mí y me dicen: “¿A dónde vas? Vuelve a la pista”. Yo digo “No” y corro sobre el pasadizo de arena. Los caballos están parados frente a una tienda que tiene remiendos de colores. Entro a esta tienda y la muchacha, que ya no tiene el saquito dorado sobre el pecho, sino dos senos pequeños, me grita: “Sal de aquí, ¿Qué quieres?” “Yo quiero hablar contigo”. “Bueno, pero espérame afuera”. “No quiero”. Y la muchacha me dice que está bien, que me dé vuelta con la cara contra la carpa y la espere a que se acabe de vestir. La lona deja pasar las luces y la parte que me queda delante de los ojos parece un cielo de juguetería. Mientras se viste, la muchacha quiere saber todas las cosas que yo no sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos, pero ella insiste. ¿Cómo es mi nombre? Yo no sé. Ella se ríe de todas mis respuestas y parece muy divertida, pero a mi esta situación ha comenzado a parecerme molesta. ¿Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. Quise oírle la voz cuando la vi saltando sobre los caballos. ¿Te gusta mi voz? Sí. ¿Pero quién soy yo? Y tengo que contestarle: “Hoy decidí vestirme de payaso”. Ahora está frente a mí con unos pantalones verdes y una blusa blanca el pelo que llevaba atado a la nuca lo tiene suelto sobre un hombro. Sobre la cama angosta y desordenada hay una guitarra verde con las cuerdas hacia abajo. Me he sentado en la cama y he pasado los dedos sobre la madera y momentáneamente se han coloreado de verde. “Yo creía –le digo– que las guitarras verdes sólo existían en los cuentos”. “Esa guitarra es para dar serenatas, por eso es verde”. La guitarra suena a música encerrada cuando yo la levanto: Le digo que toque algo, pues yo no sé tocar. “Yo tampoco sé”. Ahora he tomado a la muchacha de la mano y hemos salido de la tienda con la guitarra. “Vamos a buscar a alguien que sepa tocar esta guitarra”. Al salir nos hemos cruzado con el director que sigue mirándome muy serio. Quiere que deje la guitarra y me vuelva a la pista. Yo le digo que tengo que encontrar a alguien que sepa tocar la guitarra. “Entre ahí”, me grita empujándome por el pasadizo. Tal vez alguno de los payasos sepa tocar, por esto he entrado a la pista, otra vez. La muchacha está detrás de las cortinas hablando con el director. Los payasos han traído unos cubos de agua y se persiguen tratando de mojarse unos a otros. Yo me acerco a uno que tiene unos lentes sin vidrios y le pregunto si él sabe tocar una guitarra verde. Cuando termina la farsa todos salen corriendo y yo me quedo en el centro de la pista con la guitarra. Otra vez vienen los hombres de casacas rojas a sacarme, pero yo me voy antes y le hago señas a la muchacha para que salgamos de la carpa. Desde afuera la carpa parece un elefante echado. Yo se lo digo y ella me dice que entre y lo diga así desde la pista. En la puerta un hombre de casaca roja le ha preguntado a la muchacha para donde va. “El anda buscando alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Cuando yo estaba en el colegio tocaba algo de dulzaina”, dice el hombre. “No, tiene que ser guitarra”. “Pero es que si es alguna pieza que él quiere oír yo podría tocarla en una dulzaina”. “No, no es ninguna pieza en particular. Cualquier cosa con tal que sea con la guitarra”. Ella le dice que volveremos para el final y cruzamos la calle hacía el bar. Yo pongo la guitarra sobre el mostrador y le pregunto al bartender si él conoce alguien que pueda tocarla. El negro dice que no y comienza a servirnos los tragos. Luego se vuelve y grita: “¿Quién de ustedes sabe tocar guitarra? Aquí el payaso está buscando a uno que sepa”. Todos han girado sobre sus bancos para mirarnos, pero nadie contesta. La mujer que está parada frente al tocadiscos echando monedas en la ranura habló sin levantar la vista de los nombres de las canciones. “Sammy tal vez sepa. El toca el contrabajo y canta en L-Bar”. Yo quiero saber dónde está Sammy. “No sé, tal vez en Londres o en Suramérica. Ya no toca en L-Bar. Él siempre quiso irse a Londres y seguro eso es lo que ha hecho: se ha ido a Londres”. La música ha silenciado las últimas palabras y yo insisto con el bartender. “Tiene que haber alguien que sepa tocar esta guitarra”. “Es que le hace falta para un número, ¿o qué?” “Él quiere oír la guitarra. Eso es todo”. La oigo hablar con el negro hasta cuando comienzo a golpear la madera con el fondo duro de mi vaso. La mujer ha venido a sentarse al lado mío y con manos lentas acaricia la guitarra que está todavía sobre el mostrador. “Estoy segura que Sammy hubiera podido hacer sonar esto” –ha comenzado a decir–. “A mí también me gustaría oírla: ya estoy cansada de los mismos discos con las mismas canciones: si, me gustaría oír cómo suena la música de esta guitarra” y salgo del bar detrás de las dos mujeres. En la puerta me ha detenido el grito del negro: “Oye, payaso, por qué no vuelves más tarde. Tal vez haya alguien que sepa tocar”. Yo quiero decirle que no soy un payaso, que simplemente hoy decidí vestirme de payaso, pero me parece inútil toda explicación y no digo nada. Ya las mujeres están frente a la carpa cuando el hombre de la casaca roja está diciéndome que es una lástima que nadie sepa tocar. “Sammy va a tocarla –le digo–. Iremos a buscarlo después del final”. “Tienes que apurarte. Ya el domador está entrando a la jaula con sus leones y ustedes tienen que estar en la pista cuando él comience”. Cuando yo entro, todos los payasos están corriendo alrededor de la gran jaula mientras el domador hace sonar el látigo y dispara un revolver brillante. Los hombres de las casacas rojas están parados a distancias regulares rodeando la jaula. Como ellos no pueden moverse, yo paso a su lado haciéndoles burla y mostrándoles mi guitarra verde. El domador ha puesto sus leones sobre banquitos de colores y luego se da vuelta dándoles la espalda. Cuando encienden el aro, yo tengo miedo de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge sus leones sobre banquitos de colores y luego se da vuelta dándoles la espalda. Cuando encienden el aro yo tengo miedo de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador recoge sus leones y sale con ellos para su tienda. Cuando pasa frente al director, este lo mira con rabia y yo creo que no va a poder salir sonriente y con ademanes graciosos esta vez. Los payasos se han agrupado al lado mío y el de la nariz morada dice “¿A que no saben por qué la guitarra de éste es verde?” Todos los payasos se agarran la cabeza y dan volteretas como buscando qué decir. El de la nariz morada dice por fin: “Porque no está madura todavía”. Yo me aparto con rabia y les digo: “No, no es por eso; sino porque es para dar serenatas”. Ahora los payasos se ponen furiosos. El de la nariz morada se arranca la nariz y la tira contra el suelo. Los demás se quitan las pelucas y tiran los zapatones contra las silletas de los palcos y se van todos a buscar al director. Ya no parecen payasos. Sólo yo estoy todavía vestido de payaso cuando vienen a llamarme para irnos a buscar a Sammy. En toda la carpa no ha quedado un payaso: solamente esos hombres que se limpian de la cara los manchones rojos y blancos y que discuten rabiosamente con el director. El hombre de la casaca roja se ha soltado los botones dorados y ha puesto la gorra en la silleta del portero y está tocando asordinadamente su dulzaina. “No lo he olvidado todavía” y sigue tocando. De pronto deja de tocar, recoge su gorra y dice: “Vamos a buscar a Sammy, yo siempre quise tocar la dulzaina acompañado por una guitarra”. La dulzaina sigue sonando cuando cruzamos la calle y yo comienzo a sentir en mi mano la mano tibia de la muchacha de los caballos.

Álvaro Cepeda Samudio (foto)

‘Recordando al soldado Michel Nash’ de P. Jiles

A las tres de la tarde camino completamente sola hacia la Alameda, cubierta por un vestido rojo y una bandera chilena amarrada a mi cuello. “Somos dos”, le digo al micrero que ofrece llevarme gratis. “Súbanse los dos, entonces”, responde entusiasmado, aunque nadie visible me acompaña. Los pasajeros me (nos) reciben con cantos, vítores y aplausos. También los que comienzan a festejar en la Plaza Italia.

En medio del gentío pronuncio el nombre de alguien que no conocí. Michel Nash. Y lo repito entre los besos y abrazos de la multitud. Michel Nash. Vocero los gritos por los dos. Sigo pensando en él, Michel Nash. Tengo su nombre en los labios cuando un grupo de obreros me encarama en una camioneta. Cuando veo la gigantesca columna que avanza hacia La Moneda.

Cuando camino mezclada entre la muchedumbre. Varios miles de personas en la calle. Michel Selim Nash Sáez, también entre nosotros. Lo imagino en una nave espacial como le habría gustado desde que vio por televisión a los astronautas que pisaron la Luna. A él no le harán un ostentoso funeral en la Escuela Militar.

Tampoco le rendirán honores. Nadie velará el ataúd del conscripto Nash. Pero en esta tarde siento la ilusión que debe haber tenido él cuando viajó a cumplir su servicio militar al Regimiento Granaderos N° 2 de Iquique. Imagino su alegría en el viaje al norte entre cientos de pelados en abril de 1973.

El presidente de turno no dirá una sola palabra por el soldado Nash. Ningún edificio público izará banderas a media asta en su homenaje, pero yo camino y canto con él por la Alameda plagada de personas que celebran. Llevo conmigo su valor en la hora de la muerte.

Sé que debió tener miedo, mucho miedo. Sé que pensó en su madre y en su padre. Sé que creyó que nadie conocería jamás de su heroísmo y aun así dio un paso al frente. Sus palabras resonaron en la nada. El joven conscripto, casi un niño en medio del desierto, se negó a disparar contra unos cuantos civiles armados. El oficial le ordenó que volviera al pelotón de fusileros. El conscripto Nash, en posición firme, dijo que NO a viva voz. El oficial le gritó frenético que apuntara a los presos políticos que tenía al frente. El conscripto Nash, allí en la pampa, eligió no traicionar su juramento de soldado. Uno de sus compañeros lo tomó del brazo para tratar de devolverlo a la fila de fusileros. El conscripto Nash lo miró con sus luminosos ojos claros y le dijo: “Yo no soy un cobarde”.

Michel Nash fue fusilado en Pisagua en septiembre de 1973. Lo mataron sus propios compañeros de armas luego de arrebatarle su única pertenencia: una carta de su madre que guardaba arrugada en el bolsillo. Tenía diecinueve años, Pinochet, el cobarde murió a los 91 años con la vergüenza marcada en la frente y las arcas llena de dinero, 26 millones de dólares que no podrá utilizar.

El joven Nash, altruista y generoso, cumplió un acto de lealtad con su uniforme en un rincón perdido en la patria. En el extremo opuesto de esta historia, el general Pinochet, un arribista segundón y mediocre, cargado de oropeles y charreteras, traicionaba a la patria al mando de sus subalternos. No sólo mintió al General Schneider y mandó a matar al general Prats. Además se guardó el botín de guerra, ni siquiera lo repartió con sus huestes, y responsabilizó a sus oficiales de todos los crímenes para eludir la justicia. Como la rata más gorda y asquerosa del barco que se hunde, el benemérito de las Fuerzas Armadas abandonó a su suerte incluso a los esbirros que asesinaron en su nombre.

En el extremo opuesto del cadáver putrefacto del dictador, veo de pie al joven soldado que vestía orgulloso su uniforme y amaba al Ejército de Chile. Mientras Pinochet se convertía en el más famoso asesino universal, el conscripto Nash se negó a disparar contra su pueblo. No se sumó a la horda de animales que torturaron niños y mujeres, cuando Pinochet eligió encabezar su bacanal de pungas, sanguinarios y ladrones.

Enfrentando a una encrucijada brutal, el conscripto Nash optó por respetar la democracia y la soberanía popular “hasta dar la vida si fuese necesario”.

El soldado Michel Selim Nash Sáez es el más joven de los uniformados que no estuvieron dispuestos a participar en el Golpe de Estado en septiembre de 1973. Esos héroes que nadie recuerda, cuya silenciosa epopeya los convierte en verdaderos generales del pueblo.

Por eso esta tarde, llevo su nombre en mis labios.

Pamela Jiles (foto)

‘Hojas’ de John Updike

Desde mi ventana, las hojas de la vid poseen una extraña belleza. “Extraña” porque me parece raro que las cosas sean bellas –después de la prolongada oscuridad de introspección, miedo y vergüenza en que he estado viviendo–, que al margen de nuestras catástrofes conserven la precisión casual, la fácil abundancia de “efecto” inventivo, carácter y especificidad de la Naturaleza. Esta mañana distingo con nitidez que la Naturaleza se puede definir como lo que existe sin culpa. Nuestros cuerpos están en la Naturaleza; nuestros zapatos, sus agujetas, sus pequeñas puntas de plástico; todo lo que se halla a nuestro alrededor, en nuestro entorno, existe en la Naturaleza; sin embargo, algo nos aparta de ella, del mismo modo en que un brote de agua nos impide tocar el fondo arenoso, acanalado y resplandeciente, con fragmentos de media luna de conchas de ostras, tan claros a nuestros ojos.

Un grajo azul se posa en una rama afuera de mi ventana. De momento firme, se detiene a horcajadas, su rabo sucio hacia mí, su cabeza vigilante congelada en una silueta, la curva predatoria del pico impresa en un cielo casi blanco sobre el pantano brumoso y atezado. ¿Lo ves? Yo sí y, captando rápidamente el hilo de mis pensamientos, he atravesado el cristal, lo he atrapado y estampado en esta página. Ahora se ha ido. Y sin embargo, ahí, unas cuantas líneas arriba, aún se encuentra “a horcajadas”, su rabo “sucio”, su cabeza vigilante “congelada”. Un truco curioso, tal vez inútil, pero mío.

Las hojas de la vid, justo donde están –no en la sombra de cada una– son doradas. Hojas lisas que toman el sol directamente y convierten la luz absoluta, suma del espectro y fuente de toda vida, en el crayón amarillo con el cual los niños la evocan. Aquí y allá, lo seco transforma este resplandor ajeno en un naranja brillante; y el verde de las tiernas hojas quietas –porque si observamos, el verde persiste ya muy entrado el otoño– filtra de la luz solar un chartreuse finamente nervado. Las sombras de unas hojas sobre otras –si bien errantes y nerviosas con el viento que emite al barrerlas sonidos afables que se escabullen por el techo– son muy variadas y definidas; contienen innumerables insinuaciones salvajes de cimitarras, lanzas afiladas, púas y cascos amenazantes. No obstante, el efecto neto está libre de amago. Por el contrario, su intrincada sugerencia simultánea de refugio y de llaneza, calor y brisa, me invita al exterior; mis ojos se aventuran a las hojas que se encuentran más allá. Estoy rodeado de hojas. Las del roble, garras tenaces de moho púrpura; las del olmo, escasas plumas de un amarillo femenino, las del zumaque, un rubor dentado y salvaje. Me mantengo erguido en un sereno y ardiente universo de hojas. Sin embargo, algo me arroja hacia atrás, me devuelve a esa oscuridad interna donde la culpa es el sol.

Los hechos necesitan definirse. Me dicen que fui cruel y me tomará tiempo integrar esta impresión unánime a la probabilidad descalificada con la cual nuestros propios actos, si bien abiertamente equivocados, se revierten ellos mismos. Una vez que se ordenen los sucesos –se den incentivos a las acciones, se asignen psicologías a los actores, se tabulen los errores, se nombren las anormalidades; una vez que se pode todo el crecimiento furioso, descuidado, con explicaciones arraigadas en la historia, y sea devuelto, tal cual, a la Naturaleza– ¿entonces qué? ¿No es ilegítimo este retorno? ¿Pueden nuestros espíritus realmente penetrar al refugio de mortalidad del Tiempo y hundirse con serenidad entre el abono de hojas y de estiércol? No: nos erguimos en la intersección de dos reinos y no hay avance ni retroceso, sólo el filo de la orilla donde permanecemos de pie.

Recuerdo con nitidez el negro del vestigio de mi esposa cuando dejó nuestra casa para obtener el divorcio. El vestido era una suave funda negra, de cuello en V y con el cual Elena siempre se veía atractiva; favorecía su palidez. Esa mañana se veía especialmente hermosa, su tez en extremo blanca por la fatiga. Sin embargo su cuerpo, esa cosa natural, ignoró nuestra catástrofe, y sus gestos y figura eran tan incongruentes como de costumbre. Al irse, me besó apenas y ambos sentimos la ironía de que este viaje no sería muy distinto de cualquier otro, fuera a Boston –a Symphony, a Bonwit. La misma búsqueda de las llaves del carro, las mismas instrucciones exigentes a la complaciente niñera, la misma ligera inclinación de cabeza al sentarse frente al volante de su auto. Y yo, al fin satisfecho, divorciado, estudiaba a mis hijos con ojos de quien los ha dejado, examinaba mi casa como aquel que toma una serie de fotos de un tiempo irrevocable, conducía a través del colorido paisaje como un hombre de asbesto que cruza el fuego, encontraba a mi futura esposa llorando y riendo, aturdida y valiente –sin cesar sentía, para horror mío, que la oscuridad íntima me reventaba la piel, nos sumergía a ambos y ahogaba nuestro amor–. El mundo natural, donde nuestro idilio había existido, se extinguió. Mi corazón se estremeció; se estremece aún. Retrocedí. Al conducir de regreso, las hojas de los árboles me manifestaban sus formas durante el trayecto. No hay más historia que contar. Por teléfono rescaté a mi esposa; me agarré del negro de su vestido y me abracé al dolor.

No deja de llegar. El dolor no deja de llegar. Casi todos los días se presenta un cobro nuevo, sea por correo o por teléfono. Siempre que el teléfono suena, espero que se desate una nueva circunvolución de importancia. He venido a esconderme a esta cabaña, pero incluso aquí hay teléfono, y al raspar del viento, la rama y el animal invisible se cargan con su silencio eléctrico. En cualquier momento podría explotar y, una vez más, la extraña belleza de las hojas se eclipsará.

Nervioso, me levanto y cruzo el cuarto. Una araña como asterisco blanco cuelga en el aire frente a mi rostro. Observo el techo y no pudo ver de dónde pende su hilo. El techo es de yeso liso. La araña titubea. Siente una enorme presencia extraña. Sus exquisitas patas blancas se abren con cautela y su propio peso muerto gira de su hilo invisible. Me veo a mí mismo en la pose antigua y peculiar del fabulista que intenta extraer una lección de la araña, y me cohíbo. Rechazo esta actitud para examinar seriamente a esta diminuta estrella articulada que cuelga de manera sarcástica frente a mi cara; soy incapaz de aprender la lección. La araña y yo habitamos universos contiguos pero incompatibles. A través del abismo sólo sentimos temor. El teléfono continúa silencioso. De nuevo, la araña calcula volver a girar. El viento sigue agitando la luz solar. Al entrar y salir de esta cabaña he dejado huellas en unas cuantas hojas muertas, aplanadas, como pedazos de papel oscuro.

¿Y qué son estas páginas sino hojas? ¿Y con qué objeto las produzco si no es para lanzar mi culpa, gracias a una fotosíntesis subjetiva, a la Naturaleza, donde la culpa no existe? Ahora el pantano, plano como alfombra, aparece rayado de un verde pálido entre las sombras café –bermejo, ocre, tostado, marrón– y del lado opuesto, donde la tierra se eleva sobre el nivel del mar, las siempreverdes apuñalan hacia arriba de manera lúgubre. A lo lejos hay una pequeña colina azul; en esta región costeña las colinas casi son demasiado modestas para llevar nombres. Pero la veo; por primera vez en meses la veo. Lo hago como el niño que desde una barda muy alta observa, con los dedos apretados y el cuello tenso, el techo de una casa. Bajo mi ventana, el pasto se ve delgado, verde y mezclado con las hojas caídas de un olmo pequeño y recuerdo cómo la primera noche que vine a esta cabaña, pensando que dejaba mi vida atrás, me fui a la cama solo y leí, de la misma manera en que uno lee libros extraviados en una casa prestada, unas cuantas páginas de una vieja edición de Hojas de hierba. Y mi sueño fue como un anillo, de tal suerte que cuando desperté tuve la sensación de continuar aún en el libro, y el cielo velado por la luz que se estremecía a través de las ramas desnudas del joven olmo parecía otra página de Whitman, y yo estaba enteramente abierto y perdido, como una mujer apasionada, libre y enamorada, sin una sombra en rincón alguno de mi ser. Fue un hermoso despertar, pero a la noche siguiente había vuelto a casa.

Se han movido las sombras salvajes, precisas, entre la hojas de la vid. Se ha alterado el ángulo de iluminación. Imagino al calor reclinado contra la puerta y la abro para dejarlo entrar; a mis pies, cae la luz solar como un penitente.

John Updike (foto)

‘Torito’ de Julio Cortázar

(A la memoria de don Jacinto Cúcaro, que en las clases de pedagogía del normal “Mariano Acosta”, allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez)

Que le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas… Y es así, ñato. Más largas que esperanza’e pobre. Fijáte que yo a la noche casi no la conozco, y venir a encontrarla ahora… Siempre a la cama temprano, a las nueve o a las diez. El patrón me decía: “Pibe, andáte al sobre, mañana hay que meterle duro y parejo”. Una noche que me le escapaba era una casualidad. El patrón… Y ahora todo el tiempo así, mirando el techo. Ahí tenés otra cosa que no sé hacer, mirar p’arriba. Todos dijeron que me hubiera convenido, que hice la gran macana de levantarme a los dos segundos, cabrero como la gran flauta. Tienen razón, si me quedo hasta los ocho no me agarra tan mal el rubio.

Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te iba a decir, pibe. El patrón me llamaba siempre pibe. Dale áperca, pibe. A la cocina, pibe. Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. “Lo fajás en seis rounds, pibe”, pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta. Áperca, pibe, metele áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me vino abajo como un trapo. Amarillo, el negro Flores, creo, algo así. Mirá como uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo. Me agarró en frío el maula. Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté. Ni sentía las piernas, me lo quería comer ahí nomás. Mala suerte, pibe. Todo el mundo cobra al final. La noche del Tani, te acordás pobre Tani, qué biaba. Se veía que el Tani estaba de vuelta. Guapo el indio, me sacudía con todo, dale que va, arriba, abajo. No me hacía nada, pobre Tani. Y eso que cuando lo fui a saludar al rincón me dolía bastante la cara, al fin y al cabo me arrimó una buena leñada. Pobre Tani, vos sabés que me miró, yo le puse el guante en la cabeza y me reía de contento, no me quería reír, te imaginás que no era de él, pobre pibe. Me miró apenas, pero me hizo no sé qué. Todos me agarraban, pibe lindo, pibe macho, ah criollo, y el Tani quieto entre los de él, más chatos que cinco e’queso. Pobre Tani. Por qué me acuerdo de él, decime un poco. A lo mejor yo lo miré así al rubio esa noche. Qué sé yo, para acordarme estaba. Qué biaba, hermano. Ahora no vas a andar disimulando. Te fajó y se acabó. Lo malo que yo no quería creer. Estaba acostado en el hotel, y el patrón fumaba y fumaba, casi no había luz. Me acuerdo que hacía calor. Después me pusieron hielo, fijáte un poco yo con hielo. El trompa no decía nada, lo malo que no decía nada. Te juro que tenía ganas de llorar, como cuando ella… Pero para qué te vas a hacer mala sangre. Si llego a estar solo, te juro que moqueo. “Mala pata, patrón”, le dije. Qué más le iba a decir. Él dale que dale al tabaco. Fue suerte dormirme. Como ahora, cada vez que agarro el sueño me saco la lotería. De día tenés la radio que trajo la hermanita, la radio que… Parece mentira, ñato. Bueno, te oís unos tanguitos y las transmisiones de los teatros. ¿Te gusta Canaro a vos? A mí Fresedo, che, y Pedro Maffia. Si los habré visto en el ringside, me iban a ver todas las veces. Podés pensar en eso, y se te acortan las horas. Pero a la noche qué lata, viejo. Ni la radio, ni la hermanita, y en una de esas te agarra la tos, y dale que dale, y por ahí uno de otra cama se rechifla y te pega un grito. Pensar que antes… Fijáte que ahora me cabreo más que antes. En los diarios salía que de pibe los peleaba a los carreros en la Quema. Puras macanas, che, nunca me agarré a trompadas en la calle. Una o dos veces, y no por mi culpa, te juro. Me podés creer. Cosas que pasan, estás con la barra, caen otros y en una de esas se arma. No me gustaba, pero cuando me metí la primera vez me di cuenta que era lindo. Claro, cómo no va a ser lindo si el que cobraba era el otro. De pibe yo peleaba de zurda, no sabés lo que me gustaba fajar de zurda. Mi vieja se descompuso la primera vez que me vio pelearme con uno que tenía como treinta años. Se creía que me iba a matar, pobre vieja. Cuando el tipo se vino al suelo no lo podía creer. Te voy a decir que yo tampoco, creéme que las primeras veces me parecía cosa de suerte. Hasta que el amigo del trompa me fue a ver al club y me dijo que había que seguir. Te acordás de esos tiempos, pibe. Qué pestos. Había cada pesado que te la voglio dire. “Vos metele nomás”, decía el amigo del patrón. Después hablaba de profesionales, del Parque Romano, de River. Yo qué sabía, si nunca tenía cincuenta guitas para ir a ver nada. También la noche que me dio veinte pesos, qué alegrón. Fue con Tala, o con aquel flaco zurdo, ya ni me acuerdo. Lo saqué en dos vueltas, ni me tocó. Vos sabés que siempre mezquiné la cara. Si me llego a sospechar lo del rubio. Vos creés que tenés la pera de fierro, y en eso te la hacen sonar de una piña. Qué fierro ni que ocho cuartos. Veinte pesos, pibe, imagínate un poco. Le di cinco a la vieja, te juro que de compadre, pa mostrarle. La pobre me quería poner agua de azahar en la muñeca resentida. Cosas de la vieja, pobre. Si te fijás, fue la única que tenía esas atenciones, porque la otra… Ahí tenés, apenas pienso en la otra, ya estoy de vuelta en Nueva York. De Lanús casi no me acuerdo, se me borra todo. Un vestido a cuadritos, sí, ahora veo, y el zaguán de Don Furcio, y también las mateadas. Cómo me tenían en esa casa, los pibes se juntaban a mirarme por la reja, y ella siempre pegando algún recorte de Crítica o de Última Hora en el álbum que había empezado, o me mostraba las fotos del Gráfico. ¿Vos nunca te viste en foto? Te hace impresión la primera vez, vos pensás pero ése soy yo, con esa cara. Después te das cuenta que la foto es linda, casi siempre sos vos que estás fajando, o al final con el brazo levantado. Yo venía con mi Graham Paige, imaginate, me empilchaba para ir a verla, y el barrio se alborotaba. Era lindo matear en el patio, y todos me preguntaban qué sé yo cuánta cosa. Yo a veces no podía creer que era cierto, de noche antes de dormirme me decía que estaba soñando. Cuando le compré el terreno a la vieja, qué barullo que hacían todos. El trompa era el único que se quedaba tranquilo. “Hacés bien, pibe”, decía, y dale al tabaco. Me parece estarlo viendo la primera vez, en el club de la calle Lima. No, era en Chacabuco, esperá que no me acuerdo, pero si era en Lima, infeliz, no te acordás del vestuario todo de verde, con más mugre… Esa noche el entrenador me presentó al patrón, resultaba que eran amigos, cuando me dijo el nombre casi me agarro de las sogas, apenas lo vi que me miraba yo pensé: “Vino para verme pelear”, y cuando el entrenador me lo presentó me quería morir. Él no me había dicho nunca nada, de puro rana, pero hizo bien, así yo iba subiendo despacio, sin engolosinarme. Como el pobre zurdito, que lo llevaron a River en un año, y en dos meses se vino abajo que daba miedo. En ese entonces no era macana, pibe. Te venía cada tano de Italia, cada gallego que te daba miedo, y no te digo nada de los rubios. Claro que a veces la gozabas, como la vez del príncipe. Eso fue un plato, te juro, el príncipe en el ringside y el patrón que me dice en el camarín: “No te andés con vueltas, no te vayas a dejar vistear que para eso los yonis son una luz”, y te acordás que decían que era el campeón de Inglaterra, o qué sé yo qué cosa. Pobre rubio, lindo pibe. Me daba no sé qué cuando nos saludamos, el tipo chamuyó una cosa que andá a entenderle, y parecía que te iba a salir a pelear con galera. El patrón no te vayas a creer que estaba muy tranquilo, te puedo decir que él nunca se daba cuenta de cómo yo lo palpitaba. Pobre trompa, se creía que no me daba cuenta. Che, y el príncipe ahí abajo, eso fue grande, a la primera finta que me hace el rubio le largo la derecha en gancho y se la meto justo justo. Te juro que me quedé frío cuando lo vi patas arriba. Qué manera de dormir, pobre tipo. Esa vez no me dio gusto ganar, más lindo hubiera sido una linda agarrada, cuatro o cinco vueltas como con el Tani o con el yoni aquél, Herman se llamaba, uno que venía con un auto colorado y una pinta bárbara. Cobró, pero fue lindo. Qué leñada, mama mía. No quería aflojar y tenía más mañas que… Ahora que para mañas el Brujo, che. De donde me lo fueron a sacar a ése. Era uruguayo, sabés, ya estaba acabado pero era peor que los otros, se te pegaba como sanguijuela y andá sacátelo de encima. Meta forcejeo, y el tipo con el guante por los ojos, pucha me daba una bronca. Al final lo fajé feo, me dejó un claro y le entré con unas ganas. Muñeco al suelo, pibe. Muñeco al suelo fastrás… Vos sabés que me habían hecho un tango y todo. Todavía me acuerdo un cacho, de Mataderos al centro, y del centro a Nueva York… Me lo cantaban por todos lados, en los asados, por la radio. Era lindo oírse en la radio, che, la vieja me escuchaba todas las peleas. Y vos sabés que ella también me escuchaba, un día me dijo que me había conocido por la radio, porque el hermano puso la pelea con uno de los tanos… ¿Vos te acordás de los tanos? Yo no sé de dónde los iba a sacar el trompa, me los traía fresquitos de Italia, y se armaban unas leñadas en River. Hasta me hizo pelear con dos hermanos, con el primero fue colosal, al cuarto round se pone a llover, ñato, y nosotros con ganas de seguirla porque el tanito era de ley y nos fajábamos que era un contento, y en eso empezamos a refalar y dale al suelo yo, y al suelo él… Era una pantomima, hermano… La suspendieron, que macana. A la otra vez el tano cobró por las dos, y el patrón me puso con el hermano, y otro pesto… Qué tiempos, pibe, aquí sí era lindo pelear, con toda la barra que venía, te acordás de los carteles y las bocinas de auto, che, qué lío que armaban en la popular… Una vez leí que el boxeador no oye nada cuando está peleando, qué macana, pibe. Claro que oye, vos te creés que yo no oía distinto entre los gringos, menos mal que lo tenía al trompa en el rincón, áperca, pibe, dale áperca. Y en el hotel, y los cafés, qué cosa tan rara, che, no te hallabas ahí. Después el gimnasio, con esos tipos que te hablaban y no les pescabas ni medio. Meta señas, pibe, como los mudos. Menos mal que estaba ella y el patrón para chamuyar, y podíamos matear en el hotel y de cuando en cuando caía un criollo y dale con los autógrafos, y a ver si me lo fajás bien a ese gringo pa que aprendan cómo somos los argentinos. No hablaban más que del campeonato, qué le vas a hacer, me tenían fe, che, y me daban unas ganas de salir atropellando y no parar hasta el campeón. Pero lo mismo pensaba todo el tiempo en Buenos Aires, y el patrón ponía los discos de Carlitos y los de Pedro Maffia, y el tango que me hicieron, yo no sé si sabés que me habían hecho un tango. Como a Legui, igualito. Y una vez me acuerdo que fuimos con ella y el patrón a una playa, todo el día en el agua, fue macanudo. No te creas que podía divertirme mucho, siempre con el entrenamiento y la comida cuidada, y nada que hacerle, el trompa no me sacaba los ojos. “Ya te vas a dar el gusto, pibe”, me decía el trompa. Me acuerdo cuando la pelea con Mocoroa, esa fue pelea. Vos sabés que dos meses antes ya lo tenía al patrón dale que esa izquierda va mal, que no te dejés entrar así, y me cambiaba los sparrings y meta salto a la soga y bife jugoso… Menos mal que me dejaba matear un poco, pero siempre me quedaba con sed de verde. Y vuelta a empezar todos los días, tené cuidado con la derecha, la tirás muy abierta, mirá que el coso no es macana. Te creés que yo no lo sabía, más de una vez lo fui a ver y me gustaba el pibe, no se achicaba nunca, y un estilo, che. Vos sabés lo que es el estilo, estás ahí y cuando hay que hacer una cosa vas y la hacés sobre el pucho, no como esos que la empiezan a zapallazo limpio, dale que va, arriba abajo los tres minutos. Una vez en El Gráfico un coso escribió que yo no tenía estilo. Me dio una bronca, te juro. No te voy a decir que yo era como Rayito, eso era para ir a verlo, pibe, y Mocoroa lo mismo. Yo qué te voy a decir, al rato de empezar ya veía todo colorado y le metía nomás, pero no te vas a creer que no me daba cuenta, solamente que me salía y si me salía bien para qué te vas a afligir. Vos ves cómo fue con Rayito, está bien que no lo saqué pero lo pude. Y a Mocoroa igual, qué querés. Flor de leñada, viejo, se me agachaba hasta el suelo y de abajo me zampaba cada piña que te la debo. Y yo meta a la cara, te juro que a la mitad ya estábamos con bronca y dale nomás. Esa vez no sentí nada, el patrón me agarraba la cabeza y decía pibe no te abrás tanto, dale abajo, pibe, guarda la derecha. Yo le oía todo pero después salíamos y meta biaba los dos, y hasta el final que no podíamos más, fue algo grande. Vos sabés que esa noche después de la pelea nos juntamos en un bodegón, estaba toda la barra y fue lindo verlo al pibe que se reía, y me dijo qué fenómeno, che, cómo fajás, y yo le dije te gané pero para mí que la empatamos, y todos brindaban y era un lío que no te puedo contar… Lástima esta tos, te agarra descuidado y te dobla. Y bueno, ahora hay que cuidarse, mucha leche y estar quieto, qué le vas a hacer. Una cosa que me duele es que no te dejan levantar, a las cinco estoy despierto y meta mirar p’arriba. Pensás y pensás, y siempre lo malo, claro. Y los sueños igual, la otra noche, estaba peleando de nuevo con Peralta. Por qué justo tengo que venir a embocarla en esa pelea, pensá lo que fue, pibe, mejor no acordarse. Vos sabés lo que es toda la barra ahí, todo de nuevo como antes, no como en Nueva York, con los gringos… Y la barra del ringside, toda la hinchada, y unas ganas de ganar para que vieran que… Otra que ganar, si no me salía nada, y vos sabés cómo pegaba Víctor. Ya sé, ya sé, yo le ganaba con una mano, pero a la vuelta era distinto. No tenía ánimo, che, el patrón menos todavía, qué te vas a entrenar bien si estás triste. Y bueno, yo aquí era el campeón y él me desafió, tenía derecho. No le voy a disparar, no te parece. El patrón pensaba que le podía ganar por puntos, no te abrás mucho y no te cansés de entrada, mirá que aquél te va a boxear todo el tiempo. Y claro, se me iba para todos lados, y después que yo no estaba bien, con la barra ahí y todo te juro que tenía un cansancio en el cuerpo… Como modorra, entendés, no te puedo explicar. A la mitad de la pelea la empecé a pasar mal, después no me acuerdo mucho. Mejor no acordarse, no te parece. Son cosas que para qué. Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale.

Julio Cortázar (foto)

‘Historia de un duro hijo de puta’ de Bukowski

Vino a la puerta una noche mojado flaco golpeado y aterrado

un gato blanco bizco sin cola

lo entré y alimenté y se quedó

empezó a confiar en mí hasta que un amigo subió por mi calle

y lo atropelló

llevé lo que quedó a un veterinario que dijo, “no mucho

por hacer… dele estas píldoras… su columna

está destrozada, pero estuvo destrozado antes y de algún modo

se arregló, si vive nunca caminará, mire

estos rayos X, ha sido disparado, mire aquí, los perdigones

están aún ahí… también, una vez tuvo cola, alguien

se la cortó…”

me llevé al gato, era un verano caliente, uno de los

más calientes en décadas, lo puse en el suelo

del baño, le di agua y píldoras, no comió,

no tocó el agua, yo sumergía mi dedo

y mojaba su boca y le hablaba, no me movía

de casa, pasé un montón de tiempo en el baño y hablé

con él y lo acaricié suavemente y el me devolvía la mirada

con esos ojos bizcos azul pálido y cuando los días pasaron

hizo su primer movimiento

arrastrándose con sus patas delanteras

(las de atrás no funcionarían)

lo hizo hasta su cama

trepó y se dejó caer,

fue como el canto de una posible victoria

celebrando en ese baño y en la ciudad, yo

le conté a ese gato –yo lo había pasado mal, no así

de mal pero bastante mal…

una mañana se levantó, se paró, se cayó y

sólo me miró.

“Tú puedes”, le dije.

siguió intentando, levantándose y cayendo, finalmente

caminó algunos pasos, estaba como un borracho, las

patas traseras no querían hacerlo y volvió a caer, descansó,

luego se levantó.

ya sabéis el resto: ahora está mejor que nunca, bizco,

casi sin dientes, pero la elegancia regresó, y esa mirada

en sus ojos nunca se fue…

y ahora a veces soy entrevistado, quieren escuchar acerca

de la vida y de literatura y yo me emborracho y sostengo a mi bizco,

disparado, atropellado y desrabado gato y digo, “¡Miren, miren

esto!”

pero ellos no entienden, ellos dicen algo como, “¿Usted

dice que ha sido influenciado por Céline?”

“No”, yo sostengo al gato, “¡por lo que pasa, por

cosas como esto, por esto, por esto!”

sacudo al gato, lo sostengo

en la luz con humo y alcoholizada, está relajado, él sabe…

Es entonces cuando las entrevistas terminan

aunque estoy orgulloso a veces cuando veo las imágenes

más tarde y ahí estoy yo y ahí está el gato y somos fotografiados juntos.

Él también sabe que todo son estupideces pero que de algún modo todo ayuda.

Charles Bukowski (foto)

Crítica al ‘decálogo’ de Horacio Quiroga

El título del texto es, en realidad: “Crítica (refutación) al ‘Decálogo del perfecto cuentista’”. Y anoto el epílogo de Silvina Bullrich (foto) como prólogo, porque creo que es más apropiado. El ejercicio de Silvina Bullrich es el de dudar y repensar. De aquí provienen la lectura y las reflexiones sobre el decálogo de Horacio Quiroga. Tal epílogo, que elevo a la categoría de prólogo, es este: “A veces pienso que Quiroga miró demasiado la naturaleza y a fuerza de observar víboras, cocodrilos, invasiones de hormigas, esteros, selvas y tembladerales perdió la noción de grandeza infinita dentro de su infinita pequeñez que es el hombre. Pero no debemos confundir al Quiroga cuentista con el autor relativamente feliz de este Decálogo donde, pese a mi actitud crítica, encuentro dos o tres consejos indispensables para todo cuentista. Aunque a decir verdad en materia de consejo literario no ha sido superado el de Rainer María Rilke en Carta a un Joven Poeta: “Si puedes vivir sin escribir, no escribas”. No se presta a discusión el hecho de que sólo una necesidad ineludible puede mantener preso a un hombre (empleo esta palabra genéricamente) buscando en sí mismo ideas huidizas que asoman apenas, torpemente, en su cerebro, e imprimirlas sobre un papel, signos de un alfabeto acaso indescifrable para quienes vendrán después de nosotros”.

He aquí las refutaciones a cada uno de los mandamientos del Horacio Quiroga:

1) “Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov- como en Dios mismo”. Cabe preguntarse hasta qué altura de la vida o de la obra supone Quiroga que debemos aceptar influencias extrañas y cuándo tenemos derechos a sentirnos maestros a nuestra vez, aunque sólo sea maestros de nosotros mismos. Ningún artista puede aceptar este consejo sin rebelarse un poco, pues su mayor ambición es volar con sus propias alas. Por otra parte ¿en qué maestro creyó Quiroga? Tengo la impresión de que en varios. Pues si bien sus cuentos misioneros acusan alguna influencia de Kipling o de Poe, en otros, como en “Los Perseguidos”, por ejemplo, vemos asomar a Maupassant, pero no al perfecto cuentista de “Bola de Sebo”, respetuoso del tiempo del lector, resuelto a captarse su simpatía y a despertar su emoción al mismo tiempo que su sorpresa, sino al de sus cuentos menores como “A Caballo”, “La Cama”, “El Loco”, etc.

2) “Cree que tu arte es una cima inaccesible, no sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”. Este segundo mandamiento no se presta a mayores comentarios, pues es una redundancia del primero, aunque menos admisible. Nadie escribiría una línea si no pensara que tiene algo que decir distinto (y sin duda superior) de sus maestros. Toda persona con personalidad se siente singular, cuanto más aquel que tiene vocación creadora. Por fuerte que sea el mandato interior de escribir, creo que todos terminaríamos por dominarlo si no supusiéramos que una página, una frase, puede aportar algo al panorama cultural del mundo, de nuestro país o de nuestra aldea.

3) “Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia”. Temo que este tercer mandamiento contradiga a los demás aunque al mismo tiempo los resume y los justifica. Aceptar la frase de Bufón, con una aligera variante, ya es señalar un rumbo acertado a los jóvenes cuentistas a quienes se dirige.

4) “Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón”. ¿Es acaso el triunfo lo más importante en una obra literaria? ¿No conocemos fracasos más gloriosos que muchos éxitos y no suele el escritor avergonzarse un poco de la popularidad cuando ésta se convierte (resultado inevitable) en un manoseo de su obra? Personalmente me gusta más la estrofa de Almafuerte “Pero yo también creo que la derrota –merece sus laureles y arcos triunfales– cualquier dolor que sea siempre rebota –sobre el alma futura de los mortales”. La vida de Quiroga fue toda entera una derrota y por eso su obra cobró fuerza y perdura. Y ahora llegamos al quinto mandamiento, el único verdaderamente esencial a mi modo de ver para guiar a un joven cuentista:

5) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. El factor sorpresivo del final suele ser el gran acierto de muchos cuentistas, entre los nuestros: Borges o Dalmiro Sáenz. Podríamos decir que los cuentos más perfectos son los que conducen al lector, en medio de una confortable desorientación, hacia el final previsto por el autor. Y he aquí, tal vez, la diferencia fundamental entre la técnica del cuento y la de la novela. El cuento no puede dejar el final librado al azar, por el contrario depende casi totalmente de él. La novela puede permitirse infinitas libertades, la de tener un desenlace equívoco, la de no tener ninguno, o dejarlo al gusto del lector e incluso la de ir tejiendo su final como el destino, ciegamente, al azar de su construcción. No me refiero por supuesto a la novela policial. Pero sigamos con el decálogo del perfecto cuentista.

6) “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘desde el río soplaba un viento frío’, no hay en lengua humana (en lengua castellana habrá querido decir) más palabras que las apuntadas para expresarlas. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes”. Quizá sea éste el más caprichoso y el más discutible de los mandamientos, pues no se tergiversaría mucho la realidad buscada poniendo “helado” en vez de frío y evitando así una rima que puede no molestar a Quiroga pero sí al lector, y acaso a los críticos. No me parece un exceso de severidad recomendar a los jóvenes que eviten este tipo de consonancias; no olvidemos que el hombre busca por su naturaleza el camino más fácil o que es preferible darle reglas rígidas aunque las tergiverse sin cometer pecados mortales, que darle leyes elásticas que son a la larga las culpables de los estilos desgreñados.

7) “No adjetives sin necesidad. Inútil serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”. El consejo es sano pero no infalible, hay estilos que descansan en gran parte sobre los adjetivos. El adjetivo imprevisto y contradictorio de Borges; el adjetivo casi siempre más fuerte que el sustantivo de la obra Mallea, el adjetivo humilde y exacto de Maupassant y el que ayuda en Poe a la obra de terror. Pues, ¿qué quiere decir exactamente la expresión: sin necesidad? La necesidad de adjetivar es privativa de cada escritor; sería como querer reglamentar la necesidad de usar dos adjetivos en vez de uno o hasta de determinar la necesidad de escribir en sí misma. Por otra parte, los consejos son más fáciles de dar que de seguir. Tomo al azar un cuento de Quiroga, “La Llama”, y leo un párrafo: “Berenice tuvo al día siguiente uno de sus extraños ataques y ante mis serios temores por esa sensibilidad profundamente enfermiza, la madre sacudió la cabeza”. En tres fases hay al menos dos adjetivos suprimibles: hubiéramos comprendido lo mismo, puesto que ya estábamos al tanto, que los ataques eran extraños sin agregar el adjetivo y que los temores eran serios.

8) “Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea”. Esta última frase sorprende en un escritor tan auténtico como Quiroga y debilita el consejo importante, quizá el más importante del Decálogo. Pues nadie puede discutir que no sea un acierto llevar el personaje y la anécdota firmemente hasta el final. Así el cuento es, en cierto modo más perfecto que la novela, pues no admite licencias. Por supuesto que estas recetas hacen del cuento un oficio más o menos fácil o difícil de aprender y que la misma libertad de la novela (como toda libertad), aumenta sus responsabilidades y obliga a buscar incesantemente un cauce que también incesantemente se pierde. Es más difícil perderse en un largo camino que en un camino corto.

9) “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”. No creo que quepa la discusión alrededor de este noveno mandamiento. Por otra parte es casi inhumano escribir bajo una real y reciente emoción. En esto la novela y el cuento se asemejan. Quizá sólo la poesía, la romántica, no la actual, pueda ser una excepción.

10) “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”. Hoy parece sorprendente que alguien pueda pensar en sus amigos al escribir: el mundo es tan vasto y el escritor tan aislado, sus miras tan lejanas en el tiempo y en el espacio, que no creemos encontrar ninguna valla que nos impida seguir este consejo inseguro. A lo largo de este Decálogo la palabra ingenuo ha acudido varias veces a mi mente y varias veces la he rechazado, pues la obra y la vida de Quiroga nada tienen de candorosas, son recias y brutalmente humanas, como lo es su muerte y lo son las muertes que jalonan su paso por la tierra. Pero hay que resignarse a admitir que un cierto candor se filtra en su Decálogo. Quizá sea imposible querer encerrar al hombre en diez mandamientos sin sentir la imposibilidad (léase ingenuidad) de lograrlo. El hombre, cuentista o no, desborda los límites de las teorías rígidas.