Archivo de la categoría: Autores

‘Guayabo negro’ de Efe Gómez

Sobre ese caos flotaba un dolor de cabeza.

Un dolor de cabeza autónomo.

Luego, dentro de esa nebulosa de dolor, pero con nexos apenas perceptibles en ella, comenzó a esbozarse la personalidad consciente de Pedro Zabala.

¿Era aquello un dolor enorme a que él, Pedro Zabala, iba uncido, del cual su ser fluía: o, al contrario, todo ese dolor, toda esa angustia, toda esa tortura informe emanaban de él, procedían de él?

Sintió sed, una sed aureolada de dolor, náuseas y vértigos: su conciencia individual se hizo más viva, más diferenciada: el dolor mordió en ella más hondo. Un olor acre, de orinal, penetró en la íntima encrucijada de sus sentidos: luego penetró el canto lejano de un gallo.

Se palpó la cara, se exploró los bolsillos… Miríadas de imágenes, de sensaciones, de recuerdos truncos, vagos torturantes, atravesaron su ser como atraviesa el horizonte una nube de langostas: y como si esa nube ideal trocárase de pronto en ráfaga candente que fustigara su cerebro Pedro Zabala fue creado, reconocióse, tuvo conciencia clara de sí propio.

Abrió los ojos: los luceros brillaban sobre el cielo negro. Frotóse los ojos con los dorsos de las manos: bostezó. Con un esfuerzo largo, apoyando las palmas en el suelo, incorporóse. Paseó en derredor los ojos extraviados. Se alzó, luego, dolorido: dio unos pasos, vacilante: la cabeza se le abría. Apretóse las sienes con las palmas y apoyó la frente contra el muro. Su cerebro era el centro de un zumbido que, en espiral, se alejaba, se alejaba hasta extinguirse casi y luego volvía, se acercaba hasta hincarse en el propio centro de la cabeza con el silbido de un hierro al rojo vivo que se sumerge rápidamente en el seno fresco de las aguas. Tortura inefable, silencio y otra vez el zumbido empieza a alejarse, pero ahora en línea ondeada, retorcida, vibrante, trepidante, que chispeaba, que estallaba en frases airadas, cínicas, contumeliosas. El ruido del surtidor del patio entretejía su charla al grito de las células cerebrales, y era esa una vocería apocalíptica como el ruido de muchas cataratas. Y rostros congestionados de ira, de amenaza: rostros odiados, rostros temidos, rostros despreciados se le venían encima amenazadores, gesticulantes. Y él se encogía, se anonadaba: y tapándose las orejas con fuerza y apretándose los párpados para no oír, para no ver, para eliminarse, se dobló, fláccido como un trapo, al pie del muro, en colapso irremediable. “¡Orgías estúpidas! Acabarán por…”. Y su cerebro desplomóse en la nada a ese esfuerzo de ideación consciente: y un dolor fulgurante enroscándose a su cuerpo torturado llevó a los centros nerviosos la alucinación de qué él era un gusano destripado sobre el pavimento. Y veía sus vértebras, sus anillos retorciéndose en una linfa espesa: y se veía allí pudriéndose eternamente: y bandadas de moscas abatían su vuelo zumbador sobre él: y las agudas trompas de los asquerosos insectos penetraban sus carnes deshechas, pero infinitamente sensitivas: y quería huir, correr, desaparecer, anonadarse. Una rata hizo ruido en un rincón. Pedro Zabala saltó como una pelota y púsose en pie. Miró a todas partes, los ojos brotados de las órbitas.

–¿Quién, quién es? –clamó en los lindes del horror de cerval miedo. El corazón chapaleábale en el pecho, corríale de la cabeza a los talones el temblor del pánico. Repitióse el ruido más intenso ahora. Los cabellos erizáronsele y huyó en furiosos escape. Topetó con estrépito contra el muro de enfrente. Volvióse atontado, jadeante. En el surtidor rielaba la luz de las estrellas, y a él figurósele el fulgor suave, indeciso, fríos ojos de espectros: y el ruido manso de las aguas airado vocerío, el surtidor un monstruo apocalíptico de algún negro apocalipsis de taberna y borrachera, el cual vertía para él, de manera misteriosa, frases que hacían explosión en la mitad de su cabeza dolorida.

–¡No! ¡No! –gritaba. Pero la voz implacable continuaba vertiendo su mensaje horrendo. ¿Era su conciencia moral, proyectada al exterior por su organismo en hiperestesia lamentable, quien descargaba esos golpes de maza proféticos, terribles?

–Eres un miserable –decíale la voz del monstruo–. Tus orgías agotarán tu organismo. Vendrá la enfermedad, vendrán el desamparo, la desnudez, el hambre y la miseria. Y tu hijo será un degenerado, tu hogar será prostituido.

–¡No! ¡No! ¡No! ¡Calla! –Y se retorcía como un epiléptico, y sus manos se tendían amenazantes, crispadas, como las zarpas de un león.

Y la voz continuaba:

–Y tu hogar será derruido, aventado y tu esposa

–¡Miserable! –clamó Pedro Zabala, desaferrándose de la inmovilidad en que la parálisis lo tenía clavado, y abalanzándose para tapar con sus manos esa boca del infierno, para sofocar esa garganta contumeliosa, para torturar en un abrazo de Hércules ese pecho, nido de Euménides, hervidero de iras y de afrentas. Y sus manos apretaron la incoercible y fresca columna de aguas del surtidor, y cayó de bruces, la cara entre el brocal, en donde el agua, coronada de espumas, rebosaba y huía cantarina.

El zambullón despejó su cabeza. Sacudió las mojadas melenas y tornó a zambullir la cabeza entre las linfas benéficas: y bebió de ellas: se abrevó con ansia, con fruición, con delicia. Sintió arcada y reversó ondas amargas, detersivas, que ardían sus fauces, y tornó a beber, a beber. Invadióle un dulce desaliento, tumbóse sobre el húmedo brocal. Y empezó la rebusca. Esa horrible incursión de la memoria por entre los recuerdos borrosos, fragmentarios, de una orgía de la víspera.

–¿Qué habré hecho yo? ¿A qué amigo habré insultado? ¡Horror! ¿Pero cómo sucedió –pensaba– que yo me emborrachara ayer? A ver: por la mañana, a las seis, había salido de casa con su mujer y con su hermana. Una mañana fresca, limpia, luminosa: ¡una cosa linda!

En el camino se les juntó Manuel, su cuñado, y siguieron los cuatro juntos a oír misa. Terminada ésta, propuso él que dieran un paseo por el Morro. Se bañarían en la quebrada del Juncal. Luego almorzarían huevos con chocolate donde Úrsula, la viuda de Anselmo.

–Convenido –dijeron Inés su hermana y Manuel su cuñado.

–¡Ellos! ¡Cuando no! –contestó Matilde su mujer, mirándolos sonrientes–. ¿Pero no están viendo que yo no puedo? ¿Que dejé al niño solo, en poder de la criada?

–Ven. Volveremos pronto.

–¿Pero no ves que el niño está llorando?

–¿Y cómo sabes tú que está llorando?

–¡Tan bobo! Yo lo sé.

–A ver: ¿cómo lo sabes?

–Pues yo lo sé. Y se acabó.

–No: dime, dime.

Llevóla a un lado y ella toda ruborizada y toda sonriente contóle su secreto. Se lo habían contado cuando soltera y no lo había creído. Pero ahora por experiencia sabía que era muy cierto. Pedro Zabala reía, reía con risa gozosa, irrestañable, de la ingenua confidencia, y queriendo que los otros compartieran su gozo, empezó, entre risas, a contárselo:

–Que el niño está llorando, que tiene hambre, dice Matilde, porque (Aquí ella le tapó la boca con las manos adoradas) porque (Y él forcejeaba por decirlo, y sus palabras salían truncas, ahogadas) porque, dice ella, de sus pechos está derramándose la leche.

–¡Bobo!, ¡bobo!, ¡indiscreto! Ven, Inés, dejemos a esos y vámonos. Y los ojos de Matilde miraban a Pedro Zabala con rencor acariciante.

“Esos ojos –decía él– cuya arcana lumbre he tratado de apagar en vano con mis besos. “Y sentía un deseo loco, irresistible, de estrecharla ahí mismo entre sus brazos y ¡besarla!, ¡besarla!…

–Los esperamos a almorzar. Cuidado no van –gritóles, alejándose, Matilde. Mientras Inés, grave, se iba, puestos en los de Manuel los ojos bellos. Porque Manuel y ella se adoraban e iban a casarse dentro de quince días.

–Y es bella Inés –pensó Pedro Zabala–: tiene una hermosura que se impone: la belleza augusta y santa de mi madre.

Sintió la sensación aguda de contárselo a Manuel todo. De contarle que la casa que estaban terminando ahí, cercana a la suya, la edificaban ellos, su mujer y él: que eso que decían de que él la construía por cuenta de un capitalista de Medellín que la destinaba a pasar en ella temporadas con su familia, era puro cuento: que ese cuadro de Cano que desde que estudiaban en la Universidad tanto él había deseado y que cuando lo vio en la sala de esa casa, de la que iba a ser su casa, contemplaba con la alegría con que se vuelve a ver a un antiguo conocido, y con la tristeza de lo que jamás quizá ha de poseerse, era suyo. Que ese decorado flamante todo eso que él mismo con sus manos había contribuido a crear, iban a ser testigos de su ventura. Y echándole el brazo, arrancólo del lugar de donde veía aún alejarse a su novia y llevólo plaza arriba.

Entráronse a los apartamentos interiores de “El León de Bronce”: tomaron asiento ante una mesita. Empezaron a hablar de su vida. Esa mañana luminosa, ese ambiente recatado, el estado de sus almas, convidaban a las reminiscencias íntimas. Hablaron de sus tiempos de la Universidad adonde sus padres, a quienes unió una amistad a la suya semejante, los enviaron casi niños: de su vida en Medellín, mimada e indolente, de muchachos ricos. Luego de su ingreso a la Escuela de Minas: de sus luchas, de sus triunfos, de sus derrotas: de sus compañeros de estudio, la mayor parte muertos, ¡ay!, tempranamente, luchando como buenos en sus labores de ingenieros, con esta naturaleza enervante y asesina. Recordaron el día angustioso en que fue llamado Pedro Zabala urgentemente porque su padre moría. ¡Había ya muerto! Luego fue Manuel quien tuvo que dejar los estudios por haber venido a menos la fortuna de los suyos. La carrera de uno y otro fue truncada: pero no sus inclinaciones a las ciencias matemáticas y físicas. Asociáronse, establecieron talleres de fundición y cerrajería. De entonces acá, ¡cuántos cambios! Quedaron totalmente huérfanos. Pedro Zabala casóse con Matilde, a quien amaba desde niño: sus negocios prosperaron a golpes de inteligencia y de energía. ¡Cómo hicieron danzar los martillos sobre el yunque sus brazos de titanes: cómo corrió a los moldes, chispeante, el metal fundido de los cubilotes: cómo mordió la retemplada lima esgrimida por sus manos tenaces, ¡el acero aún más tenaz! En veinte leguas a la redonda no señalaba en torre alguna, las horas, un reloj que no fuese obra de ellos: no hería el aire, danzando alegre, una campana que no hubiera sido fundida por ellos: no estrujaba el tallo dulce de las cañas, trapiche alguno que de sus talleres no saliera. Y hablaban de esas cosas fraternalmente, férvidos, entrelazando sus frases como se enlazan las trepadoras en la selva: y sentían que el alcohol era luz que el penetrar en sus cerebros crepitaba, y al circular en su corazón era afectos férvidos: y sus ojos se humedecían dulcemente. Ya no dialogaban: cada cual seguía su monólogo sembrado de protestas de amistad eterna, de filial amor, contándoselo todo: sus secretos proyectos, sus anhelos escondidos. ¡Cuán felices iban a ser en el futuro, marchando unidos a la conquista de la vida! Y caía cada uno en los brazos del otro, y sus corazones se juntaban cálidos, viriles.

Cada una de las adquisiciones más altas de psiquis del hombre culto iba, al influjo del alcohol, exaltándose hasta el paroxismo, hasta la parálisis definitiva: flotaba un instante, rígida, y luego se hundía en el océano de lo inconsciente.

Ya no les quedaba de hombres sino lo instintivo irreductible. Cada influjo de la vida exterior, cada fenómeno fisiológico suficientemente intenso, agitaba las delicadas máquinas, sin gobierno ya, de sus organismos psíquicos, produciendo un reflejo que determinaba un cambio de individualidad: y cada uno de ellos iba encarnando por más o menos tiempo, en sucesión interminable, por misteriosas sendas atávicas llegado, a alguno de sus antepasados, a alguno de los infinitos que han contribuido a la existencia de cada ser humano. Y cada uno de esos cambios de personalidad iba dibujándose y borrándose en las móviles fisonomías: ya era el ancestral salvaje, caníbal, borracho de chicha y sangre humana, junto a su pira que se extingue: ya el aventurero sin entrañas que en Flandes humeante o en el bohío del indio americano roba y viola: ya el presidiario, de Ceuta fugitivo, que viene a fundar un hogar en América remota: ya el negro que amarrado en las bodegas del buque negrero forja proyectos de venganza contra los que le vendieron y contra los que le compraron, contra la tierra y contra el cielo, en su odio negro: ya el bucanero, de oro y de crímenes hidrópico: ya el héroe: ya el santo: ya el alcahuete: ya el falsario. Porque, ¿quién es, entre los infinitos seres que han urdido la tela de la vida de una raza, de las razas todas, el que no ha contribuido a la existencia de cada ser humano? Ese es el mar pavoroso, arcano, cuyo oleaje sentimos golpear contra el cerebro en nuestras horas de locura.

Pero cuando nos turba la embriaguez, entonces por la brecha abierta en nuestra personalidad, irrumpe la procesión de los fantasmas del pasado, se sustituyen a nosotros, empuñan el cetro de la vida, mandan, ordenan: y su dureza resucitan en nosotros, y oímos entrechocarse lanzas y macanas, espadas y broqueles, gritos de guerra y relinchos de caballo: y el olor de la sangre nos embriaga, y nuestras manos se cierran como garras, y las mandíbulas se aprietan como mandíbulas de tigre, y el brazo homicida avanza, hiere. ¿Y quién es el que hiere? ¿Qué juez, qué tribunal osará decirlo?

Afortunadamente, en el grado de civilización en donde estamos, nuestras leyes en vez de castigar al criminal a quien el alcohol ha enloquecido, castigan a los envenenadores que lo producen o lo venden. Afortunadamente los hombres ilustres que nos gobiernan y nos guían, apartan con horror esos dineros manchados de sangre y con degeneración irremediable. ¡Afortunadamente!

Y entrecerrados los párpados, los labios caídos, inconscientes ya, pero aún en pie si vacilantes, Pedro Zabala y Manuel prosiguen apurando vasos de alcohol en serie interminable.

–¿Pero hasta qué horas bebimos? ¿Qué ha pasado allí? –se preguntaba Pedro Zabala acurrucado sobre el brocal del surtidor. Sus recuerdos iban hasta cierto punto: después, nada recordaba. Eso de que lo hubieran traído a la cárcel, nada significaba: muchas veces le había acontecido. Porque en la cárcel estaba: hacía rato que lo comprendiera. Pero él recordaba que don Lucas Zapata había estado con ellos, con él y con Manuel. También recordaba que Jaime García y su primo Tomás habíanse mezclado a su orgía bulliciosa. ¿Y luego? Debió de ser que él no quiso retirarse, que no quiso irse a casa de ningún amigo, que se empeñó en que lo trajeran allí. Él era terco. Y como lo era muchas veces pasárale otro tanto.

Levantóse vacilante. Sonaron las cinco en la torre de la iglesia. Empezaba a verse claro. Fue a una puerta que en el fondo del patio se veía. Abrióla. Daba a una reja, y la reja daba al campo.

Desde allí veía Pedro Zabala todo el paisaje del oriente, que desde la altura en donde está su pueblo edificado alcanza a dominarse, como una masa informe, negra, limitada hacia lo alto por el contorno gracioso de la cordillera, dibujándose enérgico sobre el cielo azul pálido. A cada instante el cielo era más luminoso y era más claro el paisaje. Como chispas lucían, aquí y allá, los fogones de los hogares campesinos. Ascendía como un himno la batalladora clarinada de los gallos. El cielo tornóse suavemente róseo, y al beso de la luz que desde él llovía dulcemente, por la faz del paisaje, espectral antes, comenzaron a circular los colores de la vida. Y del fondo de las frondas resucitadas ya y vivientes, surgió polífono, rítmico y divino, el canto de los turpiales y los mirlos, de los cucaracheros y sinsontes. Murió disuelta sobre la lumbre de los cielos la estrella de la mañana. El linde de la cordillera con el cielo lució como el interior de los caracoles de la mar remota: era la aurora.

Y el fulgor inefable fue creciendo hasta cubrir todo el cielo desde ahí visible. Y no hubo jirón de tenue nube que no fuera de oro y rosa, de múrice y de fuego.

Y parecía que lo que ascendía lentamente por detrás de la distante cordillera desde las profundidades del espacio, lo que el mundo esperaba palpitante, lo que iba a aparecer sobre el oriente, no fuese el globo ígneo del sol sino todas las flores de los jardines de Granada y de Ecbatana, de Bagdad y Babilonia: los cálices todos que brotan, lujuriosos, Ganges y Amazonas: las orquídeas todas de los Andes portentosos, pero vivientes, con vivir supraterreno, con luz propia, unidos en ramilletes desbordantes y abarcados por los brazos redondos de una mujer rósea y blanca en desnudez gloriosa, Venus tal vez, Venus Uriana, la celeste Venus que naciendo esta vez, no del seno de las aguas sino del fondo de los cielos, iba a surgir sobre las cordilleras del oriente.

Amaneció. Tocados del sol, brillaron blancos los muros de su casa.

Y pensó con angustia: –Insomne me ha esperado allá tras esas tapias mi mujer la noche entera. Ahora se levanta: ahora, alzando al cielo las manos y ojos bellos, reza ferviente y por mí reza. Puesta ahora a la ventana explora la distancia. ¡Cuántas veces en las horas eternas del que espera, habrá creído oír mis pasos en la sombra! Y sintió, al imaginársela, el temblor inconfundible, la sacudida torturante a la vez y voluptuosa que determinaba siempre en él la evocación de esa mujer para él única en la vida. Jamás había logrado permanecer sereno ante su presencia o su recuerdo. Mirábala siempre como si la viese en el seno de limpia onda removida, o como a través del aire diáfano que ondea y vibra pulsado por las lenguas de una llama. Y sintió el deseo imperioso de ir a ella. ¡Ah!, el grito cálido: ¡ah!, la alegría de su llegada brillando en esos ojos, y la fragancia de ese cuerpo esbelto, firme, mórbido y divino, y sobre esa boca en llama su beso penetrante, detenido por la firmeza súbita de los dientes deslumbradores y perfectos, cuyos bordes tienen diafanidades azulinas. Y su hijo luego: ¡su hijo!, ese rollo de alegría y carnes duras.

Y arrojadas luego esas ropas infectas con alcohol vertido, sumir el ardoroso cuerpo entre las frías linfas del baño pavimentado con baldosas esmaltadas. Y, después, vestidas limpias telas olorosas a retama, bajar a la colmena de los talleres resonantes, y embriagado con la acción, empuñar él y Manuel sendos martillos de a diez kilos, y alternadamente, sobre el chispeante hierro que un obrero hace danzar sobre el yunque, tin tan, tin tan, hasta sentir por la frente, por el pecho, por la espalda, por los brazos, correr en ondas el sudor benéfico que aliviara el organismo de este alcohol oxidado y pestilente que lo asfixia, que lo roe.

–Sí: no más alcohol. ¡Lo juro! El estudio, el trabajo y el amor: ¡y tu amor!

Y entusiasta, alegre, ágil, paseaba el pavimento a largos pasos. Volvió a la reja. Por la calle de enfrente cruzaban unas beatas camino a la iglesia. Allá, por la vuelta, el azadón al hombro, desfilaba silencioso un grupo de braceros. Vio luego a un hombre que subía por el sendero del prado. Reconociólo: era Jesusito, el hermano del cura.

–Mira, Jesusito –gritóle.

Detúvose éste sin contestar.

–Mira: vas al Alcalde: ¿oyes? Y le dices que no sea dormilón. Que estas no son horas de tenerme aquí: ¿oyes? Que venga él o envíe pronto a sacarme de aquí.

Jesusito, sin alzar a mirarlo, siguió adelante en su camino.

–Y mira.

Tornó a detenerse Jesusito.

–Vas también a Manuel, mi cuñado. Por ahí lo encuentras en casa de algún amigo: debe estar durmiendo: lo buscas, lo haces despertar, yo te pago, y me le dices que se venga, que no sea sinvergüenza: que estas no son horas de estarse dormido un hombre de pelo en pecho como él: que recuerde que tenemos la mar de cosas que hacer hoy.

Siguió Jesusito su camino.

–Ahora, a arreglar la toilette. Sí, señor –se decía, terminando de componerse el nudo de la corbata–: vamos a jugársela a esos perezosos. Y frotándose las manos, pensaba con placer: –me escondo allí en aquel rincón oscuro. Ellos entran a buscarme, y al no hallarme siguen a la parte interior del edificio: y entonces yo, en puntillas, salgo, cierro la puerta con la llave que de seguro dejarán en la cerradura, y por aquí que es más derecho.

Sintió en el exterior ruido de voces. Luego oyó que abrían, inquieto, alegre, como si fuese un niño espiando, feliz, la hora de llevar a cabo inocente travesura.

Las dos hojas del carcomido portalón se abrieron con estrépito, y, lentamente, pesadamente, andando de lado en dos filas paralelas, de frente a él la una, la otra dándole la espalda, llevando en medio un objeto pesado, un arcón, un –desde el lugar donde estaba él no veía lo que fuese– penetraron hasta diez hombres. Tras ellos entró un grupo de gendarmes: reconociólos. “Son, se dijo, los que vigilan la sección del presidio que construye el puente sobre el río”. Luego, llevando un rollo de papeles, el secretario del Alcalde del lugar, acompañado del Cojo Cárdenas, el tinterillo recién establecido en el lugar, los cuales se instalaron ante una mesa que de un rincón trajeron dos agentes. Los que llevaban el objeto pesado detuviéronse al frente de ellos. Entonces vio Pedro Zabala lo que era: tendido sobre una tarima desnuda, estaba un hombre. Él no podía verle la cara, se lo impedía uno de los conductores, pero en la inerte quietud de aquel reposo se adivinaba en él a un moribundo, quizás un muerto.

–Que traigan el reo –dijo solemne el Cojo Cárdenas.

–Ya sé lo que es –pensó Pedro Zabala–: algún muerto en riña que hubo anoche en las minas del Saltillo. Esos mineros son el diablo. Sí: eso debe ser, pues en esos casos semejantes mi tío Antonio, el Alcalde, se hace reemplazar por el suplente, por este Cojo facineroso. Es el desquite que el buen tío se toma de este tipo, que la minoría del Concejo nos impone, que nos odia cordialmente: que sería capaz de ahorcarnos a todos si pudiese. Nada tengo que hacer yo aquí, y Matilde me espera.

Y dirigióse a paso vivo a la puerta. Al salir a la calle, sintióse cogido de golpe por la espalda y detenido: sintió que dos, diez, veinte manos férreas hacían presa en él, y sin darse de sí cuenta, estaba en pie, delante de la mesa en cuyo extremo opuesto, erguido en su asiento, mirábale insolente el Cojo Cárdenas: en tanto que dos esbirros sujetaban sus muñecas con cadenas en los extremos de garrotes policíacos puestas. Las cuales retorcían lentamente, con rabia muda, con crueldad inicua.

Borbollaba en su pecho ira sangrienta, pálido el rostro, extraviada la mirada, los labios temblorosos.

–Señor secretario –oyó que decía el Cojo Cárdenas, con solemnidad de melodrama–. Sírvase dar lectura al artículo 25 de la Constitución de la República.

“Artículo 25 –leyó el secretario–. Nadie podrá ser obligado, en asunto criminal, correccional o de policía, a declarar contra sí mismo o contra sus parientes dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad”.

–¿Oyó usted? ¿Entiende usted, Zabala, por qué se le va a interrogar sin juramento? –preguntó el Cojo Cárdenas, clavando en él ojos de odio.

–¡Zabala!: ¡y me dice Zabala a secas ese miserable!

Y lentamente, socarronamente, complaciéndose en el martirio que infligía, continuó Cárdenas:

–¿Conoció usted, Zabala, al hombre cuyo cadáver reposa ahí, mire, ahí, tras usted, en esa camilla?

Los esbirros, con un movimiento lento, cruel, calculadamente cruel, hicieron dar a Pedro Zabala media vuelta, hasta colocarle frente por frente del cadáver.

No quiso mirarlo y permaneció largo espacio desafiando altanero con los ojos a toda esa muchedumbre miserable que siempre viera con él solícita, obsequiosa, abyecta, y que ahora, sin saber por qué, tornábase siniestra. Improviso sus ojos tropezaron con el cadáver y se quedaron fijos, inmóviles, desmesuradamente abiertos, trágicamente abiertos. ¿Pero era verdad lo que veía? ¿No era una pesadilla? ¿Esa cabeza que caía con laxitud definitiva de la muerte, ese rostro exangüe, bello, que estaba ahí viendo: ese pecho que la camisa desgarrada dejaba al descubierto, ese pecho marcado virilmente con negro islote de vello corto, suave? ¡Sí: era él, Manuel, su amigo de la infancia y de la vida, su compañero, su hermano, la mitad de su existencia!

–¿Conoce usted –continuó el Cojo Cárdenas– conoce usted, Zabala, este cuchillo? Mire, este. –Y un agente colocó bajo sus ojos el arma mencionada.

Zabala se quedó mirándolo.

–¿Pero qué es esto? –pensó–. ¿No es este el cuchillo que trajera él la mañana anterior, envuelto en unos periódicos y que –ahora lo recordaba claramente– había colocado sobre una mesita de la cantina de “El León de Bronce”, para ser enviado a uno de sus agentes como regalo: el cuchillo que Manuel mismo forjara de acero selecto y cuyo mango de plata él repujó con bellísimos relieves?

Mirólo atentamente.

Sobre la bruñida lámina, empañando su brillantez, se extendía un velo como de albúmina traslúcida y reseca, estriada, de apenas perceptibles vénulas, que se unían hacia la aguda punta en una mancha de sangre renegrida.

Maquinalmente comparó el ancho de la hoja del cuchillo con el de la herida roja y estrecha que se veía en el lado izquierdo del pecho de Manuel.

–Ni una gota de sangre debió verter la herida –pensaba, contemplando los pliegues de la blanca camisa sobre el aún más blanco pecho rebujado–. La sangre de las rotas arterias debió derramarse al interior en coágulo asesino, produciendo una muerte instantánea.

Se miró las manos. ¿Pero por qué esa pesquisa? Se miró los puños, la pechera. ¿Qué vio, qué descubrió, qué recelo penetró su alma?

Tornóse aún más pálido y comenzó a temblar como azogue rebullido. Y en él iba penetrando el terror que en los horizontes de la tragedia griega procede en las almas de los Orestes y de los Edipos, de los marcados por los decretos del Destino a la llegada de las Erinias vengadoras. ¿Fue que en su ser agitado hasta los cimientos subió de lo inconsciente hasta los campos de la conciencia el recuerdo de la tremenda noche precedente, recuerdos fragmentarios de la lucha salvaje, de ira delirante?

¡Sí: él había sido el asesino!

Y las Furias tomaron posesión de su ser íntegro: y agitando sus teas fulgurantes alumbraron el fondo total de su memoria. Y lo vio todo. Se vio a sí mismo tratando entre locas carcajadas de hacer apurar a Manuel, que desfallecido yace en un sofá, una botella de brandy. Manuel forcejea, se debate, protesta, ahogándose, sin poder arrancarse la botella que él con los presentes, borrachos como ellos, mantenía fija como una mordaza. Levántase Manuel y en los paroxismos de la asfixia, con sacudida enérgica, logra desasirse y, colérico, ciego de alcohol, de dolor, de ira, azota su rostro con sonora bofetada. Luego, relámpagos sangrientos, lumbraradas de infierno arman su brazo, y su cuchillo va a clavarse en el pecho de su hermano. Después ¡nada! La sacudida debió ser tan formidable, que una parálisis cerebral absoluta poseyólo hasta el instante en que despertara esa mañana, entre las visiones y los dolores de pesadillas lacerantes.

¿Por qué al despertar no recordó nada? ¿Por qué su imaginación en las horas precedentes se había complacido, irónica, en fingirle la próxima dicha del amor y de la vida?

Ante esa realidad irremediable tumbóse, desplomóse su ánimo en marasmo definitivo, irremediable: y en medio de su confusión y su vergüenza no osaba afrontar las miradas de esa muchedumbre que instantes antes desafiaba: y sus ojos buscaban en el techo y en el muro un lugar dónde posarse.

La muchedumbre, que en el portal se amontonaba, agitóse un momento. Veíase que algo la hendía, que algo avanzaba en su seno. Abrióse luego en dos alas, respetuosa, y en el círculo vacío junto al cadáver surgieron dos damas en luctuosa palidez.

–¡Ellas! –dijo con espantada voz, Pedro Zabala.

¿Pero por qué vendrían? ¿Sabíanlo acaso ellas? ¿Dijéronles que el médico oficial procedería dentro de poco a la autopsia, y querían verlo, ver a su Manuel, antes que eso, que ese horror, deshiciese en repugnantes guiñapos la divina armonía de ese pedazo de almas? Querían pero, ¿qué tienen que ver los corazones a quienes el dolor estruja, estriega, con lógicas mezquinas?

Arrojándose Matilde, cálida, vehemente, de rodillas al lado del cadáver:

–Mel, Melito, niño mío –clamaba besándole en la frente, en las mejillas, en el pecho, en la garganta…

Inés, cohibida, virginal, amarga, detúvose en pie junto al cadáver.

Pedro sintió sus entrañas desgarrarse: y como se sacude una montaña cuando un volcán en su interior revienta, sacudióse. Los eslabones de la cadena que sujetaban sus muñecas, volaron hechos trizas. Y arrancando de manos de un agente el puñal homicida, dirigiólo a su corazón, a ese pobre corazón ha poco dulce y caliente nido de ilusiones y ventura, y ahora ventregada de víboras voraces.

Veinte manos agarraron sus muñecas, y entre el tumulto de la brega sus ojos se cruzaron con los de Inés y de Matilde que, desoladas, anhelantes, le miraban.

¿Qué pasó en el instante de ese choque fugaz por las almas de esos tres infelices, de esos tres crucificados del Destino?

–¡Déjenme! ¡Permítanmelo ustedes! ¿Pero por qué no me dejan? –rogaba Pedro persuasivo–. No comprendo por qué no dejan ustedes que me dé la muerte. ¿Pero para qué quieren que yo viva?

¡Ah, no comprendía el pobre mozo en su razonar sencillo, honrado, amargo! Si su voluntad el herir no guió su mano: si eso que le condujo a la locura, al homicidio, a ese abismo de horror, es algo que la fuerza misma omnipotente que lo atrapa ahora entre sus férreos engranajes utiliza, explota, reglamenta, goza. Y si eso es lo mismo que le ha tornado imposible la existencia, y para él, continuar viviendo es un martirio insoportable, entonces, ¿para qué lo ahorran? ¿Para qué lo guardan? ¿Para qué prolongan su tortura?

–Esa es –dicen– la vindicta de la sociedad.

¡Vindicta!

¿Pero de qué se venga el monstruo ese?

Efe Gómez (foto)

 

‘El huevo y la gallina’ de Clarice Lispector

Por la mañana en la cocina, sobre la mesa, veo el huevo.

Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente advierto que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo no permanece nunca en el presente: apenas veo un huevo y ya se vuelve haber visto un huevo hace tres milenios. En el preciso instante de verse el huevo, éste es el recuerdo de un huevo. Solamente ve el huevo quien ya lo ha visto. Al ver el huevo es demasiado tarde: huevo visto, huevo perdido. Ver el huevo es la promesa de llegar un día a ver el huevo. Mirada corta e indivisible; si es que hay pensamiento; no hay; hay huevo. Mirar es el instrumento necesario, que, después de usarlo, tiraré. Me quedaré con el huevo. El huevo no tiene un sí mismo. Individualmente no existe.

Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible como hay sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. ¿El perro ve el huevo? Sólo las máquinas ven el huevo. La grúa ve el huevo. Cuando yo era antigua, un huevo se posó en mi hombro. El amor por el huevo tampoco se siente. Cuando yo era antigua fui depositaria del huevo y caminé suavemente para no derramar el silencio del huevo. Cuando morí, me sacaron el huevo con cuidado. Todavía estaba vivo. Sólo quien viera el mundo vería el huevo. Como el mundo, el huevo es obvio.

El huevo no existe más. Como la luz de la estrella ya muerta, el huevo propiamente dicho no existe más. Eres perfecto, huevo. Eres blanco. A ti te dedico el comienzo. A ti te dedico la primera vez.

Al huevo dedico el país chino.

El huevo es una cosa suspendida. Nunca se posó. Cuando se posa, no fue él quien se posó. Fue una cosa que quedó debajo del huevo. Miro el huevo en la cocina con atención superficial para no romperlo. Tomo el mayor cuidado para no entenderlo. Siendo imposible entenderlo, sé que si lo entiendo es porque estoy equivocándome. Entender es la prueba de la equivocación. Entenderlo no es el modo de verlo. No pensar jamás en el huevo es un modo de haberlo visto. ¿Será que sé acerca del huevo? Es casi seguro que sé. Así: existo, luego sé. Lo que no sé del huevo es lo que realmente importa. Lo que no sé del huevo me da el huevo propiamente dicho. La Luna está habitada por huevos.

El huevo es una exteriorización. Tener un cascarón es darse. El huevo desnuda la cocina. Hace de la mesa un plano inclinado. El huevo expone. Quien se hunde en un huevo, quien ve más que la superficie del huevo, está deseando otra cosa: tiene hambre.

El huevo es el alma de la gallina. La gallina torpe. El huevo exacto. La gallina asustada. El huevo exacto. Como un proyectil detenido. Pues huevo es huevo en el espacio. Huevo sobre azul. Yo te amo, huevo. Te amo como una cosa que ni siquiera sabe que ama a otra cosa. No lo toco. El aura de mis dedos es la que ve el huevo. No lo toco. Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir a la vida mundana, y necesito de la yema y de la clara. El huevo me ve. ¿El huevo me idealiza? ¿El huevo me medita? No, el huevo tan sólo me ve. Está libre de la comprensión que hiere. El huevo nunca luchó. Es un don. El huevo es invisible a simple vista. De huevo en huevo se llega a Dios, que es invisible a simple vista. El huevo tal vez habrá sido un triángulo que rodó tanto por el espacio que se fue ovalando. ¿El huevo es básicamente un jarro? ¿Habrá sido el primer jarro moldeado por los etruscos? No. El huevo es originario de Macedonia. Allá fue calculado, fruto de la más penosa espontaneidad. En las arenas de Macedonia, un hombre con una vara en la mano lo dibujó. Y después lo borró con el pie desnudo.

El huevo es una cosa que necesita cuidarse. Por eso la gallina es el disfraz del huevo. Para que el huevo atraviese los tiempos, la gallina existe. La madre es para eso. El huevo vive como fijado por estar siempre demasiado adelantado para su época. El huevo, por ahora, será siempre revolucionario. Vive dentro de la gallina para que no lo llamen blanco. El huevo es realmente blanco. Pero no puede ser llamado blanco. No porque eso le haga mal, sino que las personas que llaman blanco al huevo, esas personas mueren para la vida. Llamar blanco a aquello que es blanco puede destruir la humanidad. Una vez un hombre fue acusado de ser lo que era, y fue llamado Aquel Hombre. No habían mentido: Él era. Pero hasta hoy aún no nos recuperamos, unos después de los otros. La ley general para continuar vivos: se puede decir “un bello rostro”, pero quien diga “el rostro”, muere; por haber agotado el asunto.

Con el tiempo, el huevo se convirtió en un huevo de gallina. No lo es. Pero, adoptado, usa su apellido. Se debe decir “el huevo de la gallina”. Si sólo se dice “el huevo”, se agota el asunto, y el mundo queda desnudo. En relación al huevo, el peligro es que se descubra lo que se podría llamar belleza, es decir, su veracidad. La veracidad del huevo es verosímil. Si la descubrieran, pueden querer obligarlo a volverse rectangular. El peligro no es para el huevo; él no se volvería rectangular. (Nuestra garantía es que no puede; no puede, es la gran fuerza del huevo; su grandiosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como un no querer.) Pero quien luchase por convertirlo en rectangular, estaría perdiendo la propia vida. El huevo nos pone, por lo tanto, en peligro. Nuestra ventaja es que el huevo es invisible. Y en cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el huevo.

En cuanto al cuerpo de la gallina, el cuerpo de la gallina es la mayor prueba de que el huevo no existe. Basta mirar a la gallina para que sea obvio que el huevo es imposible.

¿Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo es la cruz que la gallina carga en la vida. El huevo es el sueño inalcanzable de la gallina. La gallina ama al huevo. No sabe que existe el huevo. Si supiese que tiene en sí misma un huevo, ¿se salvaría? Si supiese que tiene en sí misma el huevo, perdería el estado de gallina. Ser una gallina es la supervivencia de la gallina. Sobrevivir es la salvación. Pues parece que vivir no existe. Vivir lleva a la muerte. Entonces lo que la gallina hace es estar permanentemente sobreviviendo. Se llama sobrevivir a mantener la lucha contra la vida que es mortal. Ser una gallina es eso. La gallina tiene el aire forzado.

Es necesario que la gallina no sepa que tiene un huevo. Si no, se salvaría como gallina, lo que tampoco está garantizado, pero perdería el huevo. Entonces no sabe. Para que el huevo use a la gallina es que la gallina existe. Ella estaba sólo para que se cumpliera, pero le gustó. La desorientación de la gallina viene de eso: gustar no formaba parte del nacer. Gustar de estar vivo duele. En cuanto a quién vino antes, fue el huevo el que encontró a la gallina. La gallina ni siquiera fue llamada. La gallina es directamente una elegida. La gallina vive como en sueño. No tiene sentido de la realidad. Todo el susto de la gallina es porque está siempre interrumpiendo su devaneo. La gallina es un gran sueño. La gallina sufre de un mal desconocido. El mal desconocido de la gallina es el huevo. Ella no sabe explicarse: “Sé que el error está en mí misma”, llama error a su vida, “yo no sé lo que siento”, etcétera.

“Etc., etc., etc.”, es lo que cacarea el día entero la gallina. La gallina tiene mucha vida interior. Para decir la verdad, lo que la gallina sólo tiene realmente es vida interior. Nuestra visión de su vida interior es lo que llamamos “gallina”. La vida interior de la gallina consiste en actuar como si entendiera. Cualquier amenaza y ella grita escandalosamente, hecha una loca. Todo eso para que el huevo no se rompa dentro de ella. El huevo que se rompe dentro de la gallina es como sangre.

La gallina mira el horizonte. Como si de la línea del horizonte estuviera viniendo un huevo. Fuera de ser un medio de transporte para el huevo, la gallina es tonta, desocupada y miope. ¿Cómo podría la gallina entenderse si ella es la contradicción de un huevo? El huevo todavía es el mismo que se originó en Macedonia. La gallina es siempre la tragedia más moderna. Está siempre inútilmente al día. Y continúa siendo rediseñada. Aún no se encontró la forma más adecuada para una gallina. Mientras mi vecino atiende el teléfono, vuelve a dibujar con lápiz distraído la gallina. Pero para la gallina hay solución: está en su condición no servirse a sí misma. Siendo, sin embargo, su destino más importante que ella, y siendo su destino el huevo, su vida personal no nos interesa.

Dentro de sí, la gallina no reconoce al huevo, pero fuera de sí tampoco reconoce. Cuando la gallina ve el huevo, piensa que está lidiando con una cosa imposible. Y con el corazón latiendo, con el corazón latiendo tanto, no lo reconoce.

De repente miro el huevo en la cocina y sólo veo en él la comida. No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis se está realizando en mí: comienzo a no poder ver ya el huevo. Fuera de cada huevo particular, fuera de cada huevo que se come, el huevo no existe. Ya no consigo más creer un huevo. Estoy cada vez más sin fuerza para creer, estoy muriendo, adiós, miré demasiado a un huevo y éste me fue adormecido.

La gallina que no quería sacrificar su vida. La que optó por querer ser “feliz”. La que no advertía que, si se pasara la vida dibujando dentro de sí como en una miniatura el huevo, estaría sirviendo. La que sabía perderse a sí misma. La que pensó que tenía plumas de gallina para cubrirse por poseer preciosa piel, sin entender que las plumas eran exclusivamente para suavizar la travesía al cargar el huevo, porque el sufrimiento intenso podría perjudicar al huevo. Lo que pensó que el placer era un don, sin advertir que era para que ella se distrajera totalmente mientras el huevo se hacía. La que no sabía que “yo” es apenas una de las palabras que se dibujan mientras se atiende el teléfono, mera tentativa de buscar una forma más adecuada. La que pensó que “yo” significa tener un sí mismo. Las gallinas perjudiciales al huevo son aquellas que son un “yo” sin tregua. En ellas el “yo” es tan constante que ya no pueden pronunciar más la palabra “huevo”. Pero, quién sabe, era eso mismo lo que el huevo necesitaba. Pues si no estuvieran tan distraídas, si prestasen atención a la gran vida que se hace dentro de ellas, perjudicaría al huevo.

Comencé a hablar de la gallina y hace mucho ya que no estoy hablando más de la gallina. Pero aún estoy hablando del huevo.

Y he aquí que no entiendo al huevo. Sólo entiendo al huevo roto: lo rompo en la sartén. Es de este modo indirecto como me ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi vida personal. Hice de mi placer y de mi dolor mi disimulado destino. Y tener tan sólo la propia vida es, para quien ya vio el huevo, un sacrificio. Como aquellos que, en el convento, barren el piso y lavan la ropa, sirviendo sin la gloria de una función mayor, mi trabajo es el de vivir mis placeres y mis dolores. Es necesario que tenga la modestia de vivir.

Tomo otro huevo en la cocina, le rompo el cascarón y la forma. Y a partir de este instante exacto no existió nunca un huevo. Es absolutamente indispensable que yo sea una ocupada y distraída. Soy indispensablemente uno de los que reniegan. Formo parte de la masonería de los que vieron una vez el huevo y lo reniegan como modo de protegerlo. Somos los que se abstienen de destruir, y en eso se consumen. Nosotros, agentes disfrazados y distribuidos por las funciones menos reveladoras, a veces nos reconocemos. Ante un cierto modo de mirar, ante una manera de dar la mano, nos reconocemos y a esto lo llamamos amor. Y entonces no es necesario el disfraz: aunque no se hable, tampoco se miente, aunque no se diga la verdad, tampoco es necesario disimular. Amor es cuando es concedido participar un poco más. Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones. Están los que volverían al amor, pensando que el amor enriquecerá la vida personal. Es lo contrario: el amor es finalmente la pobreza. Amor es no tener. Amor es incluso la desilusión de lo que se pensaba que era amor. Y no es premio, por eso no envanece, el amor no es premio, es una condición concedida exclusivamente a aquellos que, sin él, corromperían el huevo con el dolor personal. Eso no hace del amor una exposición honrosa; es precisamente concedido a malos agentes, a aquellos que dificultarían todo si no les fuera permitido adivinar vagamente.

A todos los agentes les son dadas muchas ventajas para que el huevo se haga. No es cuestión de tener, pues, envidia; incluso algunas de las condiciones, peores que las de los otros, son tan sólo las condiciones ideales para el huevo. En cuanto al placer de los agentes, ellos también lo reciben sin orgullo. Austeramente viven todos los placeres: inclusive es nuestro sacrificio que el huevo se haga. Ya nos fue impuesta, incluso, una naturaleza completamente adecuada a mucho placer. Cosa que ayuda. Por lo menos hacen menos penoso el placer.

Existen casos de agentes que se suicidan: les parecen insuficientes las poquísimas instrucciones recibidas, y se sienten sin apoyo. Existió el caso del agente que reveló públicamente ser agente porque le resultó intolerable no ser comprendido, y no soporta más no tener el respeto ajeno: murió atropellado cuando salía de un restaurante. Hubo otro que no necesitó ser eliminado: él mismo se consumió lentamente en la rebelión, su rebelión vino cuando descubrió que las dos o tres instrucciones recibidas no incluían ninguna explicación. Hubo otro, también eliminado, porque pensaba que “la verdad debe ser valientemente dicha” y comenzó, en primer lugar, a buscarla; de él se dijo que murió en nombre de la verdad, pero el hecho es que estaba dificultando la verdad con su inocencia; su aparente coraje era tontería, y era ingenuo su deseo de lealtad; no había comprendido que ser leal no es cosa limpia; ser leal es ser desleal para con todo lo demás. Esos extremos de muerte no son por crueldad. Es que hay un trabajo, digamos cósmico, que realizar, y los casos individuales infelizmente no pueden ser tenidos en cuenta. Para los que sucumben y se vuelven individuales, existen las instituciones, la caridad, la comprensión que no discrimina motivos, en fin, nuestra vida humana.

Los huevos estallan en la sartén, e inmersa en el sueño preparo el desayuno. Sin ningún sentido de la realidad, grito por los chicos que brotan de varias camas, arrastran sillas y comen, y el trabajo del día que amanece comienza, gritado y reído y comido, clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y nosotros somos la sal del día; vivir es extremadamente tolerable, vivir ocupa y distrae, vivir hace reír.

Y me hace sonreír en mi misterio. Mi misterio es que siendo yo solamente un medio, y no un fin, me ha dado la más maliciosa de las libertades; no soy tonta y aprovecho. Incluso, hago un mal a los otros que, francamente no esperaban eso. El falso empleo que me dieron para disfrazar mi verdadera función, pues aprovecho el falso empleo y de él hago el verdadero; incluso el dinero que me dan como jornal para facilitar mi vida de manera tal que el huevo se haga, pues ese dinero lo he usado para otros fines, desvío la partida, últimamente compré acciones de Brahma y estoy rica. A todo eso aún lo llamo tener la necesaria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que nos dan tan sólo para que en el ocio honrado el huevo se haga, pues ese tiempo lo he usado para placeres ilícitos y dolores ilícitos, enteramente olvidada del huevo. Esta es mi simplicidad.

¿O es eso mismo lo que ellos quieren que me suceda, precisamente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad o estoy siendo mandada? Pues vengo notando que todo lo que es error mío ha sido aprovechado. Mi rebelión es que para ellos yo no soy nada, soy tan sólo valiosa: me cuidan segundo a segundo, con la más absoluta falta de amor, soy tan sólo valiosa. Con el dinero que me dan, últimamente ando bebiendo. ¿Abuso de confianza? Pero es que nadie sabe cómo se siente por dentro aquel cuyo empleo consiste en fingir que está traicionando, y que termina creyendo en la propia traición. Cuyos empleos consisten en olvidar diariamente. Aquel de quien se exige la aparente deshonra. Ni mi espejo refleja ya un rostro que sea mío. O soy un agente o es la tradición misma.

Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil no molesta la marcha del gran tiempo. Por el contrario: parece que se exige de mí que sea extremadamente fútil, se me exige incluso que duerma como un justo. Ellos me quieren ocupada y distraída, y no les importa cómo. Pues con mi atención equivocada y mi grave tontería, yo podría dificultar lo que se está haciendo a través de mí. Es que yo misma, yo propiamente dicha, sólo he servido realmente para dificultar. Lo que me revela que tal vez sea un agente es la idea de que mi destino me rebasa: al menos esto tuvieron realmente que dejármelo adivinar; yo era de los que harían mal el trabajo si al menos no adivinara un poco; me hicieron olvidar lo que me dejaron adivinar, pero vagamente me quedó la noción de que mi destino me rebasa, y de que soy instrumento del trabajo de ellos. Pero de cualquier modo era sólo instrumento lo que yo podría ser, pues el trabajo no podría realmente ser mío. Yo probé establecerme por cuenta propia y no dio resultado; me quedó hasta hoy esta mano trémula. Si hubiera insistido un poco más habría perdido para siempre la salud. Desde entonces, desde esa malograda experiencia, procuro razonar de este modo: que ya mucho me fue dado, que ellos ya me concedieron todo lo que puede ser concedido, y que otros agentes muy superiores a mí también trabajaron tan sólo para los que no sabían. Y con las mismas poquísimas instrucciones. Ya me fue dado mucho; esto, por ejemplo: una u otra vez, con el corazón latiendo por el privilegio, sé al menos que no estoy reconociendo; con el corazón latiendo de emoción, al menos no comprendo; con el corazón latiendo de confianza, al menos no sé.

Pero, ¿y el huevo? Éste es uno de los subterfugios de ellos: mientras yo hablaba sobre el huevo, había olvidado el huevo. “Hablad, hablad”, me instruyeron ellos. Y el huevo queda enteramente protegido por tantas palabras. Hablad muchos, es una de las instrucciones, estoy tan cansada.

Por devoción al huevo, lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesado olvido. Porque el huevo es un esquivo. Ante mi adoración posesiva podría retratarse y nunca más volver. Pero si fuera olvidado. Si yo hiciera el sacrificio de vivir tan sólo mi vida y de olvidarlo. Si el huevo fuera imposible. Entonces, libre, delicado, sin ningún mensaje para mí quizá todavía una vez se desplace del espacio hasta esta ventana que siempre dejé abierta. Y de madrugada descienda en nuestro edificio. Sereno hasta la cocina. Iluminándola con mi palidez.

Clarice Lispector (foto)

‘Borges y yo’ de Jorge Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges (foto)

‘La noche de Vespasiano’ de F. Beltrán Peña

Somos cual pequeñas partículas subatómicas de arena, sumergidas en una playa infinita. (En Calvín y Hobbes )

Esa noche como a las diez, Vespasiano García regresaba a casa después de compartir unos ratos alegres con un grupo de amigos en la vieja taberna del barrio, el palpitar de un reñido chico de billar y el espeso humo de no muy pocos cigarros.

Los efectos del alcohol que hasta ahora había ingerido en proporciones razonables, habían logrado estimular sus sentidos hasta el punto de hacerlo sentir alegre, sensual y valiente. De improviso, su mirada se posó en la cima de la colina tutelar del pueblo, e imbuido en recuerdos colmados de multicolores y juguetonas cometas, decidió escalar hasta la cresta que distaba poco más o menos a un kilómetro del parquecito en el que melancólico se encontraba parado bajo el espeso ramaje de aquel ciprés sombrío. Del bolsillo izquierdo de su chaqueta extrajo un bruñido estuche metálico en el que guardaba una botellita repleta de brandy, y se procuró un seco y largo trago. Con sus pasos un tanto ya vacilantes, inició su camino en dirección a la loma mientras dulces recuerdos de infancia acudían a su pensamiento.

Poco después llegó a la rivera del riachuelo que por un costado bordea al pueblo, y antes de franquearlo e iniciar el ascenso hasta la cima, se bebió otro trago aduciendo para sí mismo un agradecimiento al Todopoderoso por la fresca brisa de la noche que mansa y tranquila traía consigo el cristalino arroyo y dócil acariciaba su cara.

Las luces del pueblo se iban tornando más difusas y lejanas, en tanto que los cocuyos y las luciérnagas por doquier intermitentes titilaban, adornando el sendero a la montaña.

Cuando llegó a la parte más alta de la elevación geográfica, se arrojó de espaldas sobre una de las tres inmensas rocas que simulan por el tiempo no mutadas, y que coronan la colina formando una cueva desde tiempos remotos e inmemoriales lugar favorito para juegos infantiles e inimaginables aventuras de los chicos y también de los grandes del villorrio, y por supuesto el rincón preferido y apropiado para las furtivas parejas de enamorados. Por pequeños intervalos de tiempo, la cueva estaba ocupada por errantes y vagabundos, y en algunas raras ocasiones por individuos de baja estofa y mala catadura, mas mentiría si les dijera que por ermitaños.

La noche estaba preciosa, la oscuridad se hacía más intensa en el profundo infinito de la comba, altura al tiempo que los luceros y las estrellas coqueteaban con candor y con dulzura. La luna llena; blanca y redonda despuntaba en las cumbres de los cerros y ahora asomaba majestuosa tras una lejana montaña, que extrañamente parecía tan cerca debido al imponente fondo que la diosa Selene le ofrecía, reflejando radiante los fulgurantes rayos del sol sobre su superficie plateada. ¡Qué hermosa estaba la noche, qué bella estaba la luna!

Se tomó otro seco trago de brandy, y tanto su pensamiento como su mirada se explayaron a lo profundo del firmamento tratando de encontrar respuestas a su vida, pues afirmaba que siempre que le encontraba una respuesta le cambiaban la pregunta. Tal era su manera de pensar y su filosofía.

Al cabo de cuatro tragos más, absorta su mirada descansaba fija sobre un extraño círculo en el cielo conformado por siete estrellitas. Pensó que ya estaba mirando mal a consecuencia de los tragos y miró su reloj: las diez y cuarenta minutos; en realidad para un soltero fresco y empedernido como él la noche apenas iniciaba. En medio de la tomata, no recordaba haber visto jamás en el cielo aquella constelación tan extraña, pues la belleza y misterios del firmamento desde niño lo habían embrujado y atraído, y escudriñando en los libros con los cielos abiertos en forma autodidacta había aprendido a conocerlo.

De repente, el círculo de estrellas inició a girar en torno a un eje concéntrico e imaginario; primero en forma lenta y luego más rápidamente hasta adquirir una velocidad vertiginosa y constante, y entonces, una a una las estrellas del círculo fueron abandonándolo hasta deshacerlo por completo, partiendo cada una por rumbos diferentes, mas una de ellas a cada instante que transcurría a su vista se le parecía más grande, cándida y luminosa. Cuando logró reaccionar la luz blanca y rutilante de la estrellita se había transformado en una potente y variada gama de psicodélicos colores y reflejos que excitaban al extremo sus retinas, y como es lógico impresionaban hasta el límite su alcoholizado y entorpecido entendimiento. Calculó que el objeto se hallaba a unos cincuenta metros por encima de él, de su cabeza y como accionado por un resorte de un solo brinco quedó pertrecho al interior de la cueva.

El acelere de su corazón no era cualquier cosa. El alcohol y la adrenalina destilaban por sus poros combinados con un inusitado aumento de la temperatura en su cuerpo. Un envolvente y raro sonido se apoderó del ambiente y el objeto empezó a descender en forma lenta y cautelosa hasta detenerse a unos veinte centímetros, levitando sobre la superficie de las rocas. Entonces logró observar con redondos y abiertos ojos de espanto a través de una abertura que en su punto de unión formaban las tres rocas, a un rarísimo ser de ochenta centímetros de talla aproximada que de la nave descendía, flotando, vistiendo una escafandra azul agua marina, y que sobre sus hombros traía metida su verde, grande y pelada cabeza.

Esta vez, el desconcierto y el miedo le brindaron la otra dosis de brandy solo que doble y cuando caliente por el guargüero le bajaba, vio en el umbral a la entrada de la cueva, flotando, curioso al hombrecillo clavándole una inquisidora y glacial mirada. La luz que emitía su traje espacial era más que suficiente para iluminar todo el interior de la cueva y de paso revelar en Vespasiano una horrible mueca de espanto, quien no atinaba a dilucidar si lo que ahora miraban sus aterrados ojos en realidad estaba ocurriendo bajo el imperio de los sentidos humanos, o tal vez en el Tropos Uranos, o por el contrario todo era producto de una alucinación propia de los efectos del alcohol. Cuando logró salir de su inmovilidad y asombro la primera reacción fue extender el brazo derecho en el que en su mano ídem sostenía el estuche metálico con la botellita a medio acabar y con gestos de amistad y bienvenida brindarle un trago al espectro que en realidad era un alienígena.

–¡Salud!…

Pasaron unos ásperos y silenciosos momentos. El visitante continuaba petrificado en su mirar y no teniendo nada más que hacer ante la inmutabilidad del advenedizo, de un solo sorbo se tomó el otro. El alienígena permanecía inmóvil, fijo en su mirar por lo cual Vespasiano empezó a gesticular ademanes cargados de amistad y bienvenida acompañados por estas palabras:

–Amigo, amigos, I friend, You friend… friends… bienvenidos, paz, welcome…

De súbito sus palabras fueron interrumpidas por una voz clara y robótica con las sílabas y palabras intermitentes y entrecortadas que identificó en la más profundo de su mente, sin hacer uso de sus oídos y que con su sonar activaban un bombillito anaranjado a la altura del tórax, sobre la aguamarina escafandra.

–“Hemos venido a obtener algunas muestras presentes en lo que ustedes llaman especie humana. Utilizaremos tecnología de vanguardia intersideral para adelantar estudios y experimentos con el fin de identificar para luego extraer elementos y compuestos de orden molecular y sub-atómico que aún significan una encrucijada para su imberbe e incipiente ciencia. Uniremos estas muestras junto con el mapa humano o genoma que ustedes aquí llaman con el único objeto de obtener material seguro y confiable que nos conduzca sin posibilidad a equívocos a desarrollar un anti-virus, o vacuna que ustedes aquí llaman, que logre que transmute ese virus de la envidia en alegría que hace que se carcoman usted los humanos los unos a los otros “.

–¡Uy Zonas!… –dijo Vespasiano con una voz apagada, el visitante continuó diciendo:

–“Son cinco unidades escogidas al azar entre cinco mil millones de seres humanos que pueblan este planeta. Escogeremos dos representantes de cada sexo para formar dos parejas y el que falte lo extraeremos de esa fina y delicada especie que obedece a una transmutación genética y que ustedes aquí llaman locas”.

Sorprendido y zaherido en lo más íntimo de su veta masculina replicó Vespasiano:

–No, no…no, un momentito, un momentito, a mí me consiguen es una hembra, no un hombre, a mí no me vayan a salir con maricaditas de transmutación genética ni de la misma mierda, a mí las que me gustan son las mujeres, con calaveradas no a mí a estas alturas de la noche y de la gran puta vida… para esa gracia búsquense a Laisa Reyes o a Piroberta, ellas andan revoloteando cual sendas mariposas por el espectro electromagnético, tal vez les sea más fácil atraparlas, yo mejor voy cogiendo caminito para la casa…

Intentó moverse mas una fuerza extraña se lo impidió y volvió a percibir la robótica y clara voz en su interior y junto con ella, la peculiar luz del bombillito naranja sobre la aguamarina escafandra:

–“El asunto no es con usted, joven. Es con toda la raza humana. Usted ha sido escogido mediante un proceso aleatorio además de su elevada temperatura corporal que fácil lo delataba”.

Vespasiano, comprendiendo en medio de los tragos que no tenía más alternativa, manso preguntó:

–¿Eh… y como para qué soy bueno?

Y dijo la voz robótica:

–“Pierda cuidado, el proceso durará cincuenta y ocho años Brimux. Venimos del planeta Brimux en la galaxia WX-45. Somos brimuxianos así como los de la Tierra son terrícolas, los de Marte marcianos y los de Venus venusinos. Para su tranquilidad, seguridad y asombro el proceso tan sólo durará veintisiete minutos de su tiempo”.

De repente, se sintió suspendido en el aire y en el tiempo e ingrávidamente su cuerpo fue ascendido hasta el interior de la nave. Entonces volvieron sus pies a sentir todo el peso de su masa corporal y le pareció estar parado en una tarima invisible.

–“Los exámenes son muy sencillos –dijo la voz en el interior de la nave–, se trata de identificar y extraer partículas sub-atómicas presentes en las células humanas de hidrógeno, carbono, muestras y trazas de hidrocarburos, en fin, esos elementos esenciales en su momento para la formación de aminoácidos y proteínas, en otras palabras; la aparición en el tiempo y en el espacio de esta forma de vida que ustedes aquí se osan a llamar humana, ese salto misterioso aún para nosotros de materia inerte a materia orgánica”.

–¿Pero… vuelven y me dejan igual?

Interpeló estupefacto Vespasiano. Y a continuación escuchó otra vez la voz robótica:

–“De eso puede estar usted seguro, le doy mi palabra de soldado… y de brimuxiano”.

Vespasiano no veía otra salida que aceptar con resignación y enfrentar con valentía la excitante experiencia que esa noche le tenían reservada los hados del destino a su irresoluta existencia. Palpó con su mano derecha el bolsillo de la chaqueta buscando la botellita pero no la encontró, en ese preciso instante se escuchó la voz que decía:

–“El alcohol, joven; es muy delicado. Por su propia seguridad y por la seguridad que esta misión conlleva, la matriz ha ordenado incautar todo tipo se sustancia que estimule o altere sus sentidos; sin embargo, nada podemos hacer ya con las moléculas de alcohol que en un término de cuatro minutos y treinta y seis segundos se habrán terminado de instalar en todos y cada uno de puntos de interconexión de sus neuronas, o células cerebrales que ustedes aquí llaman, desconectando por completo su instinto racional de convivencia social quedando usted al antojo y libre arbitrio de esa bestia que lastimosamente todos ustedes los humanos llevan dentro y que nunca duerme: el instinto animal. He aquí la razón, joven; del porqué los borrachos cometen tantas bestialidades y monerías”.

Entonces interpeló Vespasiano ya entrado en tragos y en confianza:

–Ah, Don Alien, es que el trago es muy rico. Figúrese usted que en una ocasión durante una reunión de Alcohólicos Anónimos a la que yo asistía, el conferenciante dejó caer adrede a un desgraciado gusano dentro de un vaso de alcohol a medio llenar y ante los admirados ojos de todos los asistentes anonadados vimos como el malaventurado bicho se deshacía dentro del vaso, al tiempo que el profesor nos cuestionaba acerca de las conclusiones personales que podíamos extraer de la experiencia vista. Yo le respondí que si “jartábamos” harto aguardiente jamás íbamos a tener gusanos en la barriga y yo terminé de patitas en la calle cazando pispirispis y gusarapos.

Las palabras de Vespasiano fueron en forma abrupta interrumpidas por la voz robótica un poco más fuerte, como más seria:

–“Los vicios de los humanos no constituyen el germen ni el génesis de la inexorable autodestrucción de todo vestigio de raza y civilización humana. Ese no ha sido el problema. El asunto radica en que ustedes los humanos confunden la ambición con la avaricia: ese afán desaforado y esas ansias mezquinas de tenerlo y poseerlo todo y ya no se valoran entre sí por lo que son sino por lo que tienen. Este hecho es semilla de un gran dolor en toda esta galaxia”.

Vespasiano ebrio respondió:

–Y… yo qué tengo que ver con eso…

Quiso decir Vespasiano cuando fue interrumpido en seco por la voz:

–“En éste mundo chanda que ustedes los humanos han construido existen seres tan pobres, tan pobres que lo único que tienen es dinero”.

Vespasiano dijo zarandeándose con sus piernas:

–A propósito Don Alien, ¿No tiene por ahí unos veinte mil pesitos qué me preste?, ¿O qué me regale? , fíjese que quedé debiendo lo del brandy en la taberna…

La voz de Vespasiano fue en forma inmediata interrumpida, y bien en el interior de su mente percibió la voz del hombrecillo que lo había encontrado mientras ingrávidamente lo descendían:

–“A pesar de todo, resultó ser usted un espécimen óptimo para nuestras investigaciones. Ya todo ha concluido. Su cuerpo entero ha sido recorrido, traspasado y auscultado infinidad de veces por ciertas ondas de origen enigmático para ustedes, y como lo ve, los exámenes han concluido”.

A lo que respondió Vespasiano tambaleándose ya en tierra firme a la entrada de la cueva.

–¿O sea que ya me puedo ir?

–“Si usted así lo prefiere. Pero antes es mi deber informarle que la matriz ha ordenado ofrecerle que se le cumpla un deseo. El que usted escoja…”

No había aún terminado de escucharse la voz del extraterrestre cuando Vespasiano emocionado interrumpió diciendo:

–¿Puede ser dinero?

Y se oyó la voz de nuevo:

–“No. Ni eso ni que le sea devuelto un ser de donde ya lo arrojaron los ineluctables vientos del destino”.

Vespasiano, comprendiendo las palabras del que así le hablaba quedóse unos instantes meditando. De súbito, sus ojos brillaron de fantasía y de contento: Si se cumplía el deseo que se apoderó de su pensamiento, vería materializado el más sensual, sexual, perverso y húmedo de sus sueños. Enseñando una cara de malicia y satisfacción, sacando pecho dijo:

–“Quiero un clon. El clon más exuberante y tabliado que jamás de los jamases haya sido concebido por inteligencia alguna. Quiero un clon bien ensamblado y pulido de Natalia Paris en tanga dental brasilera bailando samba, y a lo sumo, con una balaca rosada sobre su cabellera dorada… y por supuesto dispuesta a ser mi esclava”.

–“Es un hecho”. Dijo la voz del hombrecillo en tanto la nave iniciaba el ascenso. Vespasiano levantó su mirada a la escotilla dirigiéndose a su “amiguito” que aún se hallaba en la escotilla de la nave y preocupado le preguntó:

–¿Y lo mío?

–“Tan pronto el platillo volador alcance una altura de treinta y seis metros por encima suyo, usted caerá en un profundo estado de somnolencia que durará sesenta y nueve segundos flat y una vez usted despierte encontrará su deseo del todo materializado. Adiós amigo, que buenísima elección”.

–Abur Don Alien, abur…

–“Antes de partir sólo basta mencionarle una única y última advertencia con respecto a su clon: El clon deberá ser objeto de adecuado uso de acuerdo con las instrucciones de su fabricante, que para fortuna suya, tan sólo es una: Los accesorios y orificios del clon deberán ser usados tal como la matriz manda, para lo que fueron diseñados, mejor dicho para que me entienda: al primer intento de uso indebido o por orificio desviado o haciéndose el equivocado, al primer envión su clon estallará en trillonésimas de partículas dispersándose para siempre en el infinito”.

–“Usted descuide don Alien tendré el máximo del cuidado”.

La nave fue ascendiendo en forma lenta y vertical en dirección al cenit y nuestro amigo empezó a sentir una especie de somnoliento letargo. Y sí; tal como lo profetizó “Don Alien” cuando a los treinta y seis metros de altura el OVNI surcaba el espacio cayó en un pesado sueño. A los sesenta y nueve segundos exactos de tiempo cumplido despertó en medio de una música celeste y así no más, ella estaba ahí, a la entrada a la cueva tal como lo había ordenado: bailando samba en tanguita brasilera y con balaca rosada.

Lo que a continuación acaeció al interior de aquella cueva no sería de un caballero hacerlo público y además son y serían muy pocas las palabras para describirlo. No seré yo quien divulgue lo que ocurrió en realidad, así se trate de un simple clon, pero sí les diré que tal vez fue el efecto del último trago de brandy que se zampó impotente de contener su alegría al ver su clon, y tal vez también fue la cantidad de alcohol suficiente que le faltaba para la total desconexión de su instinto racional que aún cuentan los habitantes de toda la región que a eso de las tres de la mañana, en lo más alto de la colina que tutela el pueblo, allá en la cueva del loco, de pronto sólo se vio el chispero.

Francisco Beltrán Peña (foto)

‘Para un final presto’ de José Lezama Lima

Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenían para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

José Lezama Lima (foto)

‘El hombre que parecía un caballo’ de R. Arévalo M.

En el momento en que nos presentaron, estaba en un extremo de la habitación, con la cabeza ladeada, como acostumbraban a estar los caballos, y con aire de no fijarse en lo que pasaba a su alrededor. Tenía los miembros duros, largos y enjutos, extrañamente recogidos, tal como los de uno de los protagonistas en una ilustración inglesa del libro de Gulliver. Pero mi impresión de que aquel hombre se asemejaba por misterioso modo a un caballo no fue obtenida entonces sino de una manera subconsciente, que acaso nunca surgiese a la vida plena del conocimiento, si mi anormal contacto con el héroe de esta historia no se hubiese prolongado.

En esa misma prístina escena de nuestra presentación, empezó el señor de Aretal a desprenderse, para obsequiarnos, de los traslúcidos collares de ópalos, de amatistas, de esmeraldas y de carbunclos, que constituían su íntimo tesoro. En un principio de deslumbramiento, yo me tendí todo, yo me extendí todo, como una gran sábana blanca, para hacer mayor mi superficie de contacto con el generoso donante. Laa antenas de mi alma se dilataban, lo palpaban y volvían trémulas y conmovidas y regocijadas a darme la buena nueva: “Éste es el hombre que esperabas; éste es el hombre por el que te asomabas a todas las almas desconocidas, porque ya tu intuición te había afirmado que un día serías enriquecido por el advenimiento de un ser único. La avidez con que tomaste, percibiste y arrojaste tantas almas que se hicieron desear y defraudaron tu esperanza, hoy será ampliamente satisfecha: inclínate y bebe de esta agua.”

Y cuando se levantó para marcharse, lo seguí, aherrojado y preso como el cordero que la zagala ató con lazos de rosas. Ya en el cuarto de habitación de mi nuevo amigo, éste, apenas traspuestos los umbrales que le daban paso a un medio propicio y habitual, se encendió todo él. Se volvió deslumbrador y escénico como el caballo de un emperador en una parada militar. Las solapas de su levita tenían vaga semejanza con la túnica interior de un corcel de la Edad Media, enjaezado para un torneo. Le caían bajo las nalgas enjutas, acariciando los remos finos y elegantes. Y empezó su actuación teatral.

Después de un ritual de preparación cuidadosamente observado, caballero iniciado de un antiquísimo culto, cuando ya nuestras almas se habían vuelto cóncavas, sacó el cartapacio de sus versos con la misma mesura unciosa con que se acerca el sacerdote al ara. Estaba tan grave que imponía respeto. Una risa hubiera sido acuchillada en el instante de nacer.

Sacó su primer collar de topacios o, mejor dicho, su primera serie de collares de topacios, traslúcidos y brillantes. Sus manos se alzaron con tanta cadencia que el ritmo se extendió a tres mundos. Por el poder del ritmo, nuestra estancia se conmovió toda en el segundo piso, como un globo prisionero, hasta desasirse de sus lazos terrenos y llevarnos en un silencioso viaje aéreo. Pero a mí no me conmovieron sus versos, porque eran versos inorgánicos. Eran el alma traslúcida y radiante de los minerales; eran el alma simétrica y dura de los minerales.

Y entonces el oficiante de las cosas minerales sacó su segundo collar. ¡Oh esmeraldas, divinas esmeraldas! Y sacó el tercero. ¡Oh diamantes, claros diamantes! Y sacó el cuarto y el quinto, que fueron de nuevo topacios, con gotas de luz, con acumulamientos de sol, con partes opacamente radiosas. Y luego el séptimo: sus carbunclos. Sus carbunclos eran casi tibios; casi me conmovieron como granos de granada o como sangre de héroes; pero los toqué y los sentí duros. De todas maneras, el alma de los minerales me invadía; aquella aristocracia inorgánica me seducía raramente, sin comprenderla por completo. Tan fue esto así, que no pude traducir las palabras de mi Señor interno, que estaba confuso y hacía un vano esfuerzo por volverse duro y simétrico y limitado y brillante, y permanecí mudo.

Y entonces, en imprevista explosión de dignidad ofendida, creyéndose engañado, el Oficiante me quitó su collar de carbunclos, con movimiento tan lleno de violencia, pero tan justo, que me quedé más perplejo que dolorido. Si hubiera sido el Oficiante de las Rosas, no hubiera procedido así.

Y entonces, como a la rotura de un conjuro, por aquel acto de violencia, se deshizo el encanto del ritmo; y la blanca navecilla en que voláramos por el azul del cielo, se encontró sólidamente aferrada al primer piso de una casa.

Después, nuestro común presentante, el señor de Aretal y yo, almorzamos en los bajos del hotel.

Y yo, en aquellos instantes, me asomé al pozo del alma del Señor de los Topacios. Vi reflejadas muchas cosas. Al asomarme, instintivamente, había formado mi cola de pavo real; pero la había formado sin ninguna sensualidad interior, simplemente solicitado por tanta belleza percibida y deseando mostrar mi mejor aspecto, para ponerme a tono con ella.

¡Oh, las cosas que vi en aquel pozo! Ese pozo fue para mí el pozo mismo del misterio. Asomarse a un alma humana, tan abierta como un pozo, que es un ojo de la sierra, es lo mismo que asomarse a Dios. Nunca podemos ver el fondo. Pero nos saturamos de la humedad del agua, el gran vehículo del amor; y nos deslumbramos de luz reflejada.

Este pozo reflejaba el múltiple aspecto exterior en la personal manera del señor de Aretal. Algunas figuras estaban más vivas en la superficie del agua: se reflejaban los clásicos, ese tesoro de ternura y de sabiduría de los clásicos; pero sobre todo se reflejaba la imagen de un amigo ausente, con tal pureza de líneas y tan exacto colorido, que no fue uno de los menos interesantes atractivos que tuvo para mí el alma del señor de Aretal, este paralelo darme el conocimiento del alma del señor de la Rosa, el ausente amigo tan admirado y tan amado. Por encima de todo se reflejaba Dios. Dios, de quien nunca estuve menos lejos. La gran alma que a veces se enfoca temporalmente. Yo comprendí, asomándome al pozo del señor de Aretal, que éste era un mensajero divino. Traía un mensaje a la humanidad: el mensaje humano, que es el más valioso de todos. Pero era un mensajero inconsciente. Prodigaba el bien y no lo tenía consigo.

Pronto interesé sobremanera a mi noble huésped. Me asomaba con tanta avidez al agua clara de su espíritu, que pudo tener una imagen exacta de mí. Me había aproximado lo suficiente, y además, yo también era una cosa clara que no interceptaba la luz. Acaso lo ofusqué tanto como él a mí. Es una cualidad de las cosas alucinadas el ser a su vez alucinadoras. Esta mutua atracción nos llevó al acercamiento y estrechez de relaciones. Frecuenté el divino templo de aquella alma hermosa. Y a su contacto empecé a encenderme. El señor de Aretal era una lámpara encendida y yo era una cosa combustible. Nuestras almas se comunicaban. Yo tenía las manos extendidas y el alma de cada uno de mis diez dedos era una antena por la que recibía el conocimiento del alma del señor de Aretal. Así supe de muchas cosas antes no conocidas. Por raíces aéreas, ¿qué otra cosa son los dedos?, u hojas aterciopeladas, ¿qué otra cosa que raíces aéreas son las hojas?, yo recibía de aquel hombre algo que me había faltado antes. Había sido un arbusto desmedrado que prolonga sus filamentos hasta encontrar el humus necesario en una tierra nueva. ¡Y cómo me nutría! Me nutría con la beatitud con que las hojas trémulas de clorofila se extienden al sol; con la beatitud con que una raíz encuentra un cadáver en descomposición; con la beatitud con que los convalecientes dan sus pasos vacilantes en las mañanas de primavera, bañadas de luz; con la beatitud con que el niño se pega al seno nutricio y después, ya lleno, sonríe en sueños a la visión de una ubre nívea. ¡Bah! Todas las cosas que se completan tienen beatitud así. Dios, un día, no será otra cosa que un alimento para nosotros: algo necesario para nuestra vida. Así sonríen los niños y los jóvenes, cuando se sienten beneficiados por la nutrición.

Además me encendí. La nutrición es una combustión. Quién sabe qué niño divino regó en mi espíritu un reguero de pólvora, de nafta, de algo fácilmente inflamable, y el señor de Aretal, que había sabido aproximarse hasta mí, le había dado fuego. Yo tuve el placer de arder; es decir, de llenar mi destino. Comprendí que era una cosa esencialmente inflamable. ¡Oh padre fuego, bendito seáis! Mi destino es arder. El fuego es también un mensaje. ¿Qué otras almas arderían por mí? ¿A quién comunicaría mi llama? ¡Bah! ¿Quién puede predecir el porvenir de una chispa?

Yo ardí y el señor de Aretal me vio arder. En una maravillosa armonía, nuestros dos átomos de hidrógeno y de oxígeno habían llegado tan cerca, que prolongándose, emanando porciones de sí, casi llegaron a juntarse en alguna cosa viva. A veces revolaban como dos mariposas que se buscan y tejen maravillosos lazos sobre el río y en el aire. Otras se elevaban por la virtud de su propio ritmo y de su armoniosa consonancia, como se elevan las dos alas de un dístico. Una estaba fecundando a la otra. Hasta que…

¿Habéis oído de esos carámbanos de hielo que, arrastrados a aguas tibias por una corriente submarina, se desintegran en su base, hasta que perdido un maravilloso equilibrio, giran sobre sí mismos en una apocalíptica vuelta, rápidos, inesperados, presentando a la fe del sol lo que antes estaba oculto entre las aguas? Así, invertidos, parecen inconscientes de los navíos que, al hundirse su parte superior, hicieron descender al abismo. Inconscientes de la pérdida de los nidos que ya se habían formado en su parte vuelta hasta entonces a la luz, en la relativa estabilidad de esas dos cosas frágiles: los huevos y los hielos.

Así de pronto, en el ángel transparente del señor de Aretal, empezó a formarse una casi inconsciente nubecilla obscura. Era la sombra proyectada por el caballo que se acercaba.

¿Quién podría expresar mi dolor cuando en el ángel del señor de Aretal apareció aquella cosa obscura, vaga e inconsistente? Había mi noble amigo bajado a la cantina del hotel en que habitaba. ¿Quién pasaba? ¡Bah! Un obscuro ser, poseedor de unas horribles narices aplastadas y de unos labios delgados. ¿Comprendéis? Si la línea de su nariz hubiese sido recta, también en su alma se hubiese enderezado algo. Si sus labios hubiesen sido gruesos, también su sinceridad se hubiese acrecentado. Pero no. El señor de Aretal le había hecho un llamamiento. Ahí estaba… Y mi alma, que en aquel instante tenía el poder de discernir, comprendió claramente que aquel hombrecillo, a quien hasta entonces había creído un hombre, porque un día vi arrebolarse sus mejillas de vergüenza, no era sino un homúnculo. Con aquellas narices no se podía ser sincero.

Invitados por el señor de los topacios, nos sentamos a una mesa. Nos sirvieron coñac y refrescos, a elección. Y aquí se rompió la armonía. La rompió el alcohol. Yo no tomé. Pero tomó él. Pero estuvo el alcohol próximo a mí, sobre la mesa de mármol blanco. Y medió entre nosotros y nos interceptó las almas. Además, el alma del señor de Aretal ya no era azul como la mía. Era roja y chata como la del compañero que nos separaba. Entonces comprendí que lo que yo había amado más en el señor de Aretal era mi propio azul.

Pronto el alma chata del señor de Aretal empezó a hablar de cosas bajas. Todos sus pensamientos tuvieron la nariz torcida. Todos sus pensamientos bebían alcohol y se materializaban groseramente. Nos contó de una legión de negras de Jamaica, lúbricas y semidesnudas, corriendo tras él en la oferta de su odiosa mercancía por cinco centavos. Me hacía daño su palabra y pronto me hizo daño su voluntad. Me pidió insistentemente que bebiera alcohol. Cedí. Pero apenas consumado mi sacrificio sentí claramente que algo se rompía entre nosotros. Que nuestros señores internos se alejaban y que venía abajo, en silencio, un divino equilibrio de cristales. Y se lo dije:

–Señor de Aretal, usted ha roto nuestras divinas relaciones en este mismo instante. Mañana usted verá en mí llegar a su aposento sólo un hombre y yo sólo encontraré un hombre en usted. En este mismo instante usted me ha teñido de rojo.

El día siguiente, en efecto, no sé qué hicimos el señor de Aretal y yo. Creo que marchamos por la calle en vía de cierto negocio. Él iba de nuevo encendido. Yo marchaba a su vera apagado ¡y lejos de él! Iba pensando en que jamás el misterio me había abierto tan ancha rasgadura para asomarme, como en mis relaciones con mi extraño acompañante. Jamás había sentido tan bien las posibilidades del hombre; jamás había entendido tanto al dios íntimo como en mis relaciones con el señor de Aretal.

Llegamos a su cuarto. Nos esperaban sus formas de pensamiento. Y yo siempre me sentía lejos del señor de Aretal. Me sentí lejos muchos días, en muchas sucesivas visitas. Iba a él obedeciendo leyes inexorables. Porque era preciso aquel contacto para quemar una parte en mí, hasta entonces tan seca, como que se estaba preparando para arder mejor. Todo el dolor de mi sequedad hasta entonces, ahora se regocijaba de arder; todo el dolor de mi vacío hasta entonces, ahora se regocijaba de plenitud. Salí de la noche de mi alma en una aurora encendida. Bien está. Bien está. Seamos valientes. Cuanto más secos estemos arderemos mejor. Y así iba a aquel hombre y nuestros señores se regocijaban. ¡Ah! Pero el encanto de los primeros días, ¿en dónde estaba?

Cuando me resigné a encontrar un hombre en el señor de Aretal, volvió de nuevo el encanto de su maravillosa presencia. Amaba a mi amigo. Pero me era imposible desechar la melancolía del dios ido. ¡Traslúcidas, diamantinas alas perdidas! ¿Cómo encontraros los dos y volver a donde estuvimos?

Un día el señor de Aretal encontró propicio el medio. Éramos varios sus oyentes; en el cuarto encantado por sus creaciones habituales, se recitaron versos. Y de pronto, ante unos más hermosos que los demás, como ante una clarinada, se levantó nuestro noble huésped, piafante y elástico. Y allí, y entonces, tuve la primera visión: el señor de Aretal estiraba el cuello como un caballo.

Le llamé la atención:

–Excelso huésped, os suplico que adoptéis esta y esta actitud. Sí, era cierto: estiraba el cuello como un caballo.

Después, la segunda visión; el mismo día. Salimos a andar. Y de pronto percibí, lo percibí: el señor de Aretal caía como un caballo. Le faltaba de pronto el pie izquierdo y entonces sus ancas casi tocaban tierra, como un caballo claudicante. Se erguía luego con rapidez; pero ya me había dejado la sensación. ¿Habéis visto caer a un caballo?

Luego la tercera visión, a los pocos días. Accionaba el señor de Aretal sentado frente a sus monedas de oro, y de pronto lo vi mover los brazos como mueven las manos los caballos de pura sangre sacando las extremidades de sus miembros delanteros hacia los lados, en esa bella serie de movimientos que tantas veces habréis observado cuando un jinete hábil, en un paseo concurrido, reprime el paso de un corcel caracoleante y espléndido.

Después, otra visión: el señor de Aretal veía como un caballo. Cuando lo embriagaba su propia palabra, como embriaga al corcel noble su propia sangre generosa, trémulo como una hoja, trémulo como un corcel montado y reprimido, trémulo como todas esas formas vivas de raigambres nerviosas y finas, inclinaba la cabeza, ladeaba la cabeza, y así veía, mientras sus brazos desataban algo en el aire, como las manos de un caballo. –¡Qué cosa más hermosa es un caballo! ¡Casi se está sobre dos pies!– Y entonces yo sentía que lo cabalgaba el espíritu.

Y luego cien visiones más. El señor de Aretal se acercaba a las mujeres como un caballo. En las salas suntuosas no se podía estar quieto. Se acercaba a la hermosa señora recién presentada, con movimientos fáciles y elásticos, baja y ladeada la cabeza, y daba una vuelta en torno de ella y daba una vuelta en torno de la sala.

Veía así de lado. Pude observar que sus ojos se mantenían inyectados de sangre. Un día se rompió uno de los vasillos que los coloreaban con trama sutil; se rompió el vasillo y una manchita roja había coloreado su córnea. Se lo hice observar.

–Bah –me dijo–, es cosa vieja. Hace tres días que sufro de ello. Pero no tengo tiempo para ver a un doctor.

Marchó al espejo y se quedó mirando fijamente. Cuando al día siguiente volví, encontré que una virtud más lo ennoblecía. Le pregunté: “¿Qué lo embellece en esta hora?” Y él respondió: “Un matiz”. Y me contó que se había puesto una corbata roja para que armonizara con su ojo rojo. Y entonces yo comprendí que en su espíritu había una tercera coloración roja y que estas tres rojeces juntas eran las que me habían llamado la atención al saludarlo. Porque el espíritu de cristales del señor de Aretal se teñía de las cosas ambientes. Y eso eran sus versos: una maravillosa cristalería teñida de las cosas ambientes: esmeraldas, rubíes, ópalos…

Pero esto era triste a veces porque a veces las cosas ambientes eran obscuras o de colores mancillados: verdes de estercolero, palideces verdes de plantas enfermas. Llegué a deplorar el encontrarlo acompañado, y cuando esto sucedía, me separaba con cualquier pretexto del señor de Aretal, si su acompañante no era una persona de colores claros.

Porque indefectiblemente el señor de Aretal reflejaba el espíritu de su acompañante. Un día lo encontré, ¡a él, el noble corcel!, enano y meloso. Y como en un espejo, vi en la estancia a una persona enana y melosa. En efecto, allí estaba; me la presentó. Era una mujer como de cuarenta años, chata, gorda y baja. Su espíritu también era una cosa baja. Algo rastreante y humilde; pero inofensivo y deseoso de agradar. Aquella persona era el espíritu de la adulación. Y Aretal también sentía en aquellos momentos una pequeña alma servil y obsequiosa. ¿Qué espejo cóncavo ha hecho esta horrorosa transmutación?, me pregunté yo, aterrorizado. Y de pronto todo el aire transparente de la estancia me pareció un transparente vidrio cóncavo que deformaba los objetos. ¡Qué chatas eran las sillas…! Todo invitaba a sentarse sobre ello. Aretal era un caballo de alquiler más.

Otra ocasión, y a la mesa de un bullanguero grupo que reía y bebía, Aretal fue un ser humano más, uno más del montón. Me acerqué a él y lo vi catalogado y con precio fijo. Hacía chistes y los blandía como armas defensivas. Era un caballo de circo. Todos en aquel grupo se exhibían. Otra vez fue un jayán. Se enredó en palabras ofensivas con un hombre brutal. Parecía una vendedora de verduras. Me hubiera dado asco; pero lo amaba tanto que me dio tristeza. Era un caballo que daba coces.

Y entonces, al fin, apareció en el plano físico una pregunta que hacía tiempo formulaba: ¿Cuál es el verdadero espíritu del señor de Aretal? Y la respondí pronto. El señor de Aretal, que tenía una elevada mentalidad, no tenía espíritu: era amoral. Era amoral como un caballo y se dejaba montar por cualquier espíritu. A veces sus jinetes tenían miedo o eran mezquinos y entonces el señor de Aretal los arrojaba lejos de sí, con un soberbio bote. Aquel vacío moral de su ser se llenaba, como todos los vacíos, con facilidad. Tendía a llenarse.

Propuse el problema a la elevadísima mente de mi amigo y ésta lo aceptó en el acto. Me hizo una confesión:

–Sí, es cierto. Yo, a usted que me ama, le muestro la mejor parte de mí mismo. Le muestro a mi dios interno. Pero, es doloroso decirlo, entre dos seres humanos que me rodean, yo tiendo a colorearme del color del más bajo. Huya de mí cuando esté en una mala compañía.

Sobre la base de esta percepción, me interné más en su espíritu. Me confesó un día, dolorido, que ninguna mujer lo había amado. Y sangraba todo él al decir esto. Yo le expliqué que ninguna mujer lo podía amar, porque él no era un hombre, y la unión hubiera sido monstruosa. El señor de Aretal no conocía el pudor, y era indelicado en sus relaciones con las damas; como un animal. Y él:

–Pero yo las colmo de dinero.

–También se lo da una valiosa finca en arrendamiento. Y él:

–Pero yo las acaricio con pasión.

–También las lamen las manos sus perritos de lanas. Y él:

–Pero yo las soy fiel y generoso; yo las soy humilde; yo las soy abnegado.

–Bien: el hombre es más que eso. Pero ¿las ama usted?

–Sí, las amo.

–Pero ¿las ama usted como un hombre? No, amigo, no. Usted rompe en esos delicados y divinos seres mil hilos tenues que constituyen toda una vida. Esa última ramera que le ha negado su amor y ha desdeñado su dinero, defendió su única parte inviolada: su señor interno; lo que no se vende. Usted no tiene pudor. Y ahora oiga mi profecía: una mujer lo redimirá. Usted, obsequioso y humilde hasta la bajeza con las damas; usted, orgulloso de llevar sobre sus lomos una mujer bella, con el orgullo de la hacanea favorita, que se complace en su preciosa carga, cuando esta mujer bella lo ame, se redimirá: conquistará el pudor.

Y otra hora propicia a las confidencias:

–Yo no he tenido nunca un amigo –y sangraba todo él al decir esto.

Yo le expliqué que ningún hombre le podría dar su amistad, porque él no era un hombre, y la amistad hubiese sido monstruosa. El señor de Aretal no conocía la amistad y era indelicado en sus relaciones con los hombres como un animal. Conocía sólo el camaraderismo. Galopaba alegre y generoso en los llanos, con sus compañeros; gustaba de ir en manadas con ellos; galopaba primitivo y matinal, sintiendo arder su sangre generosa que lo incitaba a la acción, embriagándose de aire, y de verde, y de sol; pero luego se separaba indiferente de su compañero de una hora lo mismo que de su compañero de un año. El caballo, su hermano, muerto a su lado, se descomponía bajo el dombo del cielo, sin hacer asomar una lágrima a sus ojos… Y el señor de Aretal, cuando concluí de expresar mi último concepto, radiante:

–Ésta es la gloria de la naturaleza. La materia inmortal no muere. ¿Por qué llorar a un caballo cuando queda una rosa? ¿Por qué llorar a una rosa cuando queda un ave? ¿Por qué lamentar a un amigo cuando queda un prado? Yo siento la radiante luz del sol que nos posee a todos, que nos redime a todos. Llorar es pecar contra el sol. Los hombres, cobardes, miserables y bajos, pecan contra la Naturaleza, que es Dios.

Y yo, reverente, de rodillas ante aquella hermosa alma animal, que me llenaba de la unción de Dios:

–Sí, es cierto; pero el hombre es una parte de la naturaleza; es la naturaleza evolucionada. ¡Respeto a la evolución! Hay fuerza y hay materia: ¡respeto a las dos! Todo no es más que uno.

–Yo estoy más allá de la moral.

–Usted está más acá de la moral: usted está bajo la moral. Pero el caballo y el ángel se tocan, y por eso usted a veces me parece divino. San Francisco de Asís amaba a todos los seres y a todas las cosas, como usted; pero además, las amaba de un modo diferente; pero las amaba después del círculo, no antes del círculo, como usted.

Y él entonces:

–Soy generoso con mis amigos, los cubro de oro.

–También se lo da una valiosa finca en arrendamiento, o un pozo de petróleo, o una mina en explotación.

Y él:

–Pero yo les presto mil pequeños cuidados. Yo he sido enfermero del amigo enfermo y buen compañero de orgía del amigo sano.

Y yo:

–El hombre es más que eso: el hombre es la solidaridad. Usted ama a sus amigos, pero ¿los ama con amor humano? No, usted ofende en nosotros mil cosas impalpables. Yo, que soy el primer hombre que ha amado a usted, he sembrado los gérmenes de su redención. Ese amigo egoísta que se separó, al separarse de usted, de un bienhechor, no se sintió unido a usted por ningún lazo humano. Usted no tiene solidaridad con los hombres.

–…

–Usted no tiene pudor con las mujeres, ni solidaridad con los hombres, ni respeto a la fe. Usted miente, y encuentra en su elevada mentalidad, excusa para su mentira, aunque es por naturaleza verídico como un caballo. Usted adula y engaña y encuentra en su elevada mentalidad, excusa para su adulación y su engaño, aunque es por naturaleza noble como un caballo. Nunca he amado tanto a los caballos como al amarlos en usted. Comprendo la nobleza del caballo: es casi humano. Usted ha llevado siempre sobre el lomo una carga humana: una mujer, un amigo… ¡Qué hubiera sido de esa mujer y de ese amigo en los pasos difíciles sin usted, el noble, el fuerte, que los llevó sobre sí, con una generosidad que será su redención! El que lleva una carga, más pronto hace el camino. Pero usted las ha llevado como un caballo. Fiel a su naturaleza, empiece a llevarlas como un hombre.

Me separé del señor de los topacios, y a los pocos días fue el hecho final de nuestras relaciones. Sintió de pronto el señor de Aretal que mi mano era poco firme, que llegaba a él mezquino y cobarde, y su nobleza de bruto se sublevó. De un bote rápido me lanzó lejos de sí. Sentí sus cascos en mi frente. Luego un veloz galope rítmico y marcial, aventando las arenas del desierto. Volví los ojos hacia donde estaba la Esfinge en su eterno reposo de misterio, y ya no la vi. ¡La Esfinge era el señor de Aretal que me había revelado su secreto, que era el mismo del Centauro!

Era el señor de Aretal que se alejaba en su veloz galope, con rostro humano y cuerpo de bestia.

Rafael Arévalo Martínez (foto)

 

 

‘La vaca Sarda’ de Eduardo Arias Suárez

Después de la guerra “de los tres años”, mi padre quedó casi en la ruina. Lo arruinaron las guerrillas del gobierno, que alzaron con todos los animales de la hacienda. Con todos y hasta con el trapiche, porque desbarataron el horno y se llevaron las pailas y los cilindros. Lo último que hicieron fue prenderle fuego a los cañizales. Desaparecieron hasta las gallinas; todo, menos la vaca “Sarda”. Y no se robaron la vaca, porque la negra Martina la escondió en el monte, mientras se verificaba el saqueo.

A través de la bruma de cuarenta años, veo toda aquella desolación de un lunes por la mañana.

Mi padre, ausente; la casa repleta de soldadotes de erizadas figuras; las cañas ardiendo con estrépito y humo y llama que daban pena; el ganado que salía del corral, arreado por los gendarmes… Veo a mi madre, afligida, mirando aquel estrago y rodeada de nosotros siete. Porque entonces sus hijos no éramos sino siete… Y en fin: veo nuestra casita de campo con su arrayán decorativo, y veo el potrero que se quedó solitario bajo la graciosa mañana. Pero de todo aquel cuadro, la figura de la vaca “Sarda” es el relieve que más nítidamente se dibuja en mi recuerdo.

¡Cómo era la vaca “Sarda”! Veo que uno de nosotros abre la puerta del corral para que entre la vaca.

Entra despacio, casi impedida por la inmensa ubre rosada. Anda patiabierta y barrigona, inmensa y abrumadora como una montaña de bondad y dulzura. Se detiene en medio del patio, y mira confiadamente con sus ojazos espirituales; y mientras Martina la ordeña, rumia pacientemente, llena de complacencia familiar. Y son litros y almudes de líquido alabastro, lo que destilan aquellas ubres sagradas, mientras la vaca se va adormeciendo soñadora, bajo el deleite del ordeño.
Como a una nodriza exuberante, la rodeamos nosotros siete; y como es tan mansa, nos le pasamos por debajo, le tiramos la cola y le tocamos la cara y las orejas. Y ella apenas parpadea, y sigue inmóvil, rumiando siempre su pasto y su recuerdo.
Porque no tiene hijo. Tenía un hermoso becerro, cervino y requemado, muerto hacía poco en un accidente lamentable. Que ninguno de los hijos de la vaca “Sarda” murió de enfermedad, ni menos de flaqueza.

Fue que aquel ternero era vibrante y arisco, y una tarde daba cabriolas en el corral, enervado de juventud, cuando de pronto se tropezó en las manos y se fue de hocico contra un muro.

Dio un gran salto mortal y cayó desnucado para siempre jamás.
La vaca no lo vio muerto, porque le ahorramos ese dolor que la hubiera matado. Llenos de pesar le sacamos la piel al desdichado, y la pusimos a secarse en unas tablas. Y enterramos el cadáver desnudo, bajo unas matas del jardín.

–Este era el octavo. ¿No es así, María? –preguntaba mi padre.

–Sí –respondiole mi madre–. Y el único que se le ha muerto.

Después agregó en un apacible recuerdo:

–Cuando nos casamos, la vaca era todavía una ternera. ¿Te acuerdas?

Con la muerte del hijo; la vaca se entregó completamente a una vida de dolor vagabundo. Toda la noche se la pasaba rondando la casa y en un continuo bramido, de la más honda desolación.

En el silencio nocturno, antes de dormirme, yo oía a intervalos ese bramido lastimero que me oprimía el corazón; yo escuchaba sin tregua esa pena andariega que se quejaba en el potrero, con ecos interminables, que iban a morir a la boca del monte. A veces parecía que la vaca dejaba su lamento, pero sólo se interrumpía para cobrar mayores fuerzas. Estaba ronca de bramar. Yo vivía pensando que si no dormiría, como yo, y que ni siquiera una hora se olvidaría del hijo, porque siempre se lamentaba en un balido desconsolado.

Al fin me rendía el sueño y me dormía. Y hasta en sueños seguía oyéndola y sintiendo su pena, como si mi alma de niño tuviera ocultas afinidades con el alma acongojada del querido animal. Pero, como siempre, todas las mañanas la vaca venía al corral, y esperaba al pie de la gran puerta. Y daba pena profunda verla entrar al patio, en donde tantas veces se alegraban sus ojos con la juguetona silueta del becerro. Daba pena mirar cómo había enflaquecido en pocos días, y verla ahora inquieta, mirando a lado y lado, como si esperase que de algún rincón milagroso hubiera de surgir de repente el fino perfil del hijo muerto.

Al ordeñarla estaba nerviosa y asustadiza, y escondía la leche, tal vez pensando en guardarle su ración al pequeño. Un día tuve yo una idea de lo más peregrina. Sentí un ímpetu compasivo; salí corriendo, desprendí el cuero, que ya estaba seco, y se lo mostré a la vaca, para que le sirviera de consuelo. Pareció espantarse, porque lo miró con recelosa incertidumbre; pero luego se acercó lentamente, se puso a olfatearlo, baló blandamente, y terminó por lamerlo maternal y dulcísima. Lo lamía y balaba lamiéndolo; y todos la mirábamos con atención. De pronto todos gritamos:

–¡Mamá! ¡La vaca está llorando!

Todos la vimos, y por eso lo escribo. Todos nosotros vimos que cuando la vaca lamía aquella piel, iba vertiendo gruesas lágrimas de sus ojazos espirituales.

–Cuando una vaca llora… –murmuraba mi madre–.

¡Si hasta las vacas lloran!

Y aunque estábamos tan pequeños, todos comprendimos que hay algo muy grande y muy profundo en el amor de una madre; algo tan inmenso que hace llorar hasta las vacas.

Desde entonces pareció consolarse. Todas las mañanas iba a lamer el querido despojo; y ya no bramaba ni estaba inquieta, ni escondía la leche cuando Martina la ordeñaba. Y yo dormía tranquilo, sin que me partiera el alma ese balido errante que se atristaba profundamente en la noche, y que repercutía interminable en las oquedades de las quebradas.

Y desde entonces, cuando por la mañana la vaca entraba al corral, patiabierta, barrigona y bondadosa, todos gritábamos alborozados:

–Traigan el cuero, que ya vino la vaca…

Eduardo Arias Suárez (foto)