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‘Perdido’ de Haroldo Conti

hcontiEl tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para él Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.

Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidía su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre allí como el primer día mientras cruzaba la plaza, pues, vio al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguía allí.

Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trató de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Británica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.

Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.

La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veía todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un mísero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.

Vio al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire. Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada. Reaccionó cuando lo tuvo delante.

–¡Oreste!

Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío Agustín, la única vez que lo vio el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.

Se apartaron y el tío preguntó sin soltarle los brazos:

–¿Cómo va?

–Bien, bien.

Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.

–¿Y usted, que tal?

–Bien, bien.

–¿La tía?

–Y, bien…..

Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.

–¿A qué hora sale el tren?

–A las ocho y media.

–Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.

–No… mejor nos quedamos aquí. ¿Adónde vamos a ir? Entre que arriman el tren y enganchan la locomotora se va el tiempo.

Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.

–¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.

Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.

Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.

–¿Cómo se largó hasta aquí?

–¡Eh!… hacía tiempo que lo tenía pensado.

El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.

–Está parado –dijo Oreste sujetándolo por un brazo.

No parecía convencido. Sacó y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.

–¿Que te decía?… ¡Ah, sí! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana.

Sorbió un traguito de Cinzano.

–Está viejo. Casi no lo conozco.

Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.

–¿Qué tal? ¿Cómo va eso? –volvió a preguntar con desgano.

–Bien, bien.

–¿Se progresa?

–Se progresa.

Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.

El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.

–Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de “Sal de Hunt”. Hace más de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No… en noviembre. Hace cuatro meses.

–¿Para qué sirve?

–Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero esto es realmente bueno.

Silbó una locomotora y el tío se alarmó.

–Falta todavía.

Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.

–Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: “Cuántos quiere?” Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?

Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vio más.

–¿Qué tal todo aquello? –preguntó Oreste después de un rato.

Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a sí mismo, a un negro hoyo de sombras.

–Igual.

–¿Los muchachos?

–Siempre igual.

Callaron otra vez.

El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.

–¿Qué hora es?

–Las ocho menos cuarto.

El tío saco el reloj y lo observó inquieto.

–Casi menos diez. ¿Vamos?

Oreste dudó un rato.

Vamos.

Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valija y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.

Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.

–Está bien, muchacho. No te molestés.

–Dele saludos a la tía. A todos.

–Gracias, querido. Gracias.

Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.

–¿Cuándo vas a ir por allá? –preguntó mirando más bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.

–Apenas pueda.

–Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?

–Cuando pueda.

El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.

Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:

–¡Oreste!…

Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.

Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.

–¡Chau, querido, chau! –dijo y lo besó en la mejilla como pudo.

Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.

El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.

Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.

Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.

Haroldo Conti (foto)

 

 

2 cuentos de Mario Levrero

mariolevrero1LA MÁQUINA DE PENSAR DE GLADYS

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta –para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente–; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así –cerrando la persiana–; la lata de la basura ya había sido sacada, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla del control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba, coincidía con el reloj pulsera en mi muñeca; y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.
Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.

HISTORIA SIN RETORNO N° 2

Un perro, Campéon. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.

Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre).

Volvió algunos días después.

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba antes mis ojos –umbrío, imponente desconocido–; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.

Mario Levrero (foto)

 

‘La lluvia’ de Arturo Uslar Pietri

Arturo_Uslar_PietriLa luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como la lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.

La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido. Se oía en lo hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.

La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro, quieto y pesado, y llamó con voz agria:

–¡Jesuso!

Calmó la voz esperando respuesta y entretanto comentó alzadamente.

–Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto…

El dormido salió a la vida con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:

–¿Qué pasa, Usebia? ¿Qué escándalo es ese? ¡Ni de noche puedes dejar en paz a la gente!

–Cállate, Jesuso y oye.

–¿Qué?

–Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! y no lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!

Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.

Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota. Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.

–¿Ves, vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó en la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto. Jesús tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.

La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta en el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.

Las nubes oscuras como sombras de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas. En los cerros y los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios…

Sobre los valles y los cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras.

–Cantó el carrao. Va a llover…

–¡No lloverá! Se la daban como santo y seña de la angustia.

–Ventó del abra. Va a llover…

–¡No lloverá!

Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.

–Se callaron las chicharras. Va a llover…

–¡No lloverá!

La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.

–Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?

Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando al sueño.

Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frejol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados. A medida que subía el sol, la sensación y el color de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul llama. Jesuso, como todos los días, iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.

Todo lo que se dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.

No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra si se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio. Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.

–¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente… Está visto que no hay manera… Si llueve, porque llueve… Si no llueve, porque no llueve… Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado en el fondo de la vereda y alzó los ojos.

Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas fijo y abstraído mirando hacia el suelo.

Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.

–Y se rompió la represa… y ha venido la corriente… bruum… bruuuum… bruuuuuum… y la gente corriendo… y se llevó la hacienda de tío sapo… y después el hato de tía tara… y todos los palos grandes… zaaas… bruuuuum… y ahora tía hormiga metida en esa aguazón…

Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.

Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.

Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.

–¿De dónde sales muchacho?

–De por ahí…

–¿De dónde?

–De por ahí.

Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.

–¿Y qué vienes haciendo?

–Caminando.

La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.

–¿Cómo te llamas?

–Como me puso el cura.

Jesús arrugó el gesto, degradado por la actitud terca y huraña. El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.

–No seas malcriado –comentó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo–. ¿Por qué no contestas?

–¿Para qué pregunta? –replicó con candor extraordinario.

–Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.

–No, señor.

Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.

–O has echado alguna lavativa.

–No, señor.

–O te han botado por maluco.

–No, señor.

Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:

–O te empezaron a comer las patas y te fuiste, ¿ah, vagabundito?

El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.

–¿Y para dónde vas ahora?

–Para ninguna parte.

–¿Y qué estás haciendo?

–Lo que usted ve.

–¡Buena cochinada!

El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal enorme y torpe, casi como si quisiera imitar el paso de un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.

–¿Vienes? –preguntó–. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo. En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo el fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.

–Usebia, mira –llamó con timidez–. Mira lo que ha llegado.

–Ujú –gruñó sin tornarse, y continuó soplando.

El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.

–¡Mira, pues!

Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.

–¿Ah?

Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.

–Ajá. ¿Quién es?

Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.

–¿Quién eres?

–Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinvergüenza no contesta.

Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras este mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia. Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.

–¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.

La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.

–Ca-ci-que… –dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.

El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.

A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.

Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, al pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.

Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño. Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.

Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:

–¿Quién es el grillo que chilla?

Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.

–¡Cacique! –insinuó casi con vergüenza–. ¡Cacique!

Mucho gozo le produjo al oír el “¡ah!” del niño.

–Cómo te está gustando el nombre.

Una pausa y añadió:

–Yo me llamo Usebia.

Oyó como un eco apagado:

–Velita de sebo…

Sonrió entre sorprendida y disgustada.

–¿Cómo que te gusta poner nombres?

–Usted fue quien me lo puso a mí.

–Verdad es.

Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.

Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.

La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir de la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.

Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.

–Tú vas a ver cómo todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso…

La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho “lechuzo”, y sonrió con torpeza, no sabiendo si era resonancia de sus propias palabras.

–…No sé cómo lo he aguantado toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso.

Sin ocuparse de mí…

El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.

–…Ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique…

Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:

–…No ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!

La voz cálida en el aire tórrido trajo un ansia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada, de las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.

Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:

–Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.

Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.

Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.

–¿Está buena la comida, Usebia? La respuesta fue tan extraordinaria como la pregunta.

–Está buena, viejo.

El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.

La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargatitas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irisado.

El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlos solamente.

–Jesuso…

–Usebia…

Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.

Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.

–¡Cacique, vente a comer!

El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:

–“Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?”

El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.

–Cacique, vente a comer.

Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje. Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.

Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo. Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa. Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.

–¡Ajá! ¿Cómo que arreció la flojera?

Buscó una excusa.

–¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?

Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.

–¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!

–La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.

–Peo si lloviera se podría hacer otra siembra.

–Sí, se podría.

–Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.

–Sí, daría.

–Con un solo aguacero se pondría verdecita toda esa falda.

–Y con la plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para ti, Usebia.

La corriente de ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos.

–Y para ti, Jesuso, una buena cobija que no se pase.

Y casi en coro los dos:

–¿Y para Cacique?

–Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.

La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba brisa teñida de humedad que hacía más grato el encierro de la habitación.

Todo el medio día lo habían pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por lo que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.

–Ahorita está oscuro –dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.

–Ahorita –asintió distraídamente el viejo. E inesperadamente agregó:

–¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?… Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bichito mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.

Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas:

–…y lo voy a buscar, pues.

Alzóse del chinchorro con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado en violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.

–Mira, Usebia –llamó.

Vino la vieja al umbral preguntando:

–¿Cacique está allí?

–¡No! Mira el cielo negrito, negrito.

–Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.

Ella quedó enmarcada y él salió al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso.

–¡Cacique! ¡Caciiiique!

La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban a la colina.

Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco. En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades. Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.

Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio. Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua. A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido:

–Cacique –pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible. Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad.

Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura. Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.

–¡Cacique!

Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta. Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.

–Cerbatana, cerbatanita…

Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos de maíz, y parándose continuamente al no oír sino su propia respiración, que resonaba grande. Buscaba con rapidez que crecía vertiginosamente, con ansia incontenible, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.

–¡Cacique! ¡Caciiiique!

Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado, y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos. El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.

–¡Cacique!

Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba. Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada. Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa; ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.

–¡Cacique!

Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.

–¡Cacique!

Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.

–¡Cacique! ¡Cacique! ¡Cacique!…

Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos. Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.

Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y basto. Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.

Arturo Uslar Pietri (foto)

 

 

‘Los caballos’ de Víctor Montoya

víctor montoyaLos tres caballos que me acosaban en el sueño, saltaron de las nubes y cayeron en la pradera, cerca de un lago en cuyo espejo se reflejaba la luna. Los miré a lo lejos, pero al verlos venir a mi encuentro, me eché a correr atravesando montes, ríos y quebradas, hasta que de pronto me escabullí en un huerto de árboles frutales.

Caminé escuchando el retumbar de los cascos. Atravesé un arco iris y aparecí ante un panorama abierto a mis pies como una inmensa pampa. En el horizonte se hundía el sol con su rosado resplandor, mientras una bandada de pájaros se dispersaba en el aire.

Estaba en otro tiempo y lugar, pero seguía corriendo como empujado por el viento. Di un traspié y caí en redondo. Me levanté de un brinco y seguí corriendo sin volver la mirada.

Los tres caballos, que avanzaban a galope tendido, me alcanzaron en el camino. Ninguno llevaba jinete, salvo un cuerno en la frente. Parecían caballos domados, pero no tenían amos. Lucían alas en las patas y el lomo. Eran blancos, fuertes y briosos, muy parecidos a Pegaso, el corcel mitológico nacido de la sangre derramada por Medusa, domado por Minerva, montado por Perseo para liberar a Andrómeda y por Belerofonte para combatir a la Quimera.

Aunque los tenía cerca, muy cerca, batiendo la cola y agitando el belfo, seguía apretando el paso, mientras sentía que mis energías se me iban por las piernas. El corazón me golpeaba, la sangre me hervía y la respiración se me hacía cada vez más pesada. No pensaba en nada sino en ganar distancia. Mas como mis piernas no respondían al ritmo impuesto por mi instinto de supervivencia, me dejé caer rendido sobre el pasto.

Los tres caballos me alcanzaron. Se detuvieron en seco. Se alzaron sobre sus patas traseras y relincharon lanzando llamas como dragones alados. Los miré desde abajo, lleno de estupor y espanto, como el jinete que cae de un caballo desbocado. Ellos se acercaron al trote, hacían crujir los dientes y daban coces en el aire. Me bañaron con una lluvia de babas mientras me hablaban en un idioma desconocido, con inflexiones de dialectos pretéritos.

–¿Qué quieren? –dije, sintiendo que el mundo se me venía abajo.

Los caballos se levantaron sobre sus patas traseras, aletearon el colmo de la velocidad y se elevaron al cielo, las alas desplegadas y las crines tendidas al viento. El sol se hundió en el horizonte y la noche volvió a tender su manto.

Al despertar, escuché desplomarse la puerta en medio de una polvareda que se disipó en el ámbito. Mi madre entró en el cuarto, me lanzó una mirada furtiva y dijo:

–¿Dónde están los caballos?

Me restregué los ojos y limpié el sudor de mi frente.

–¿Qué caballos? –pregunté.

–Los caballos que te perseguían en el sueño –contestó.

Víctor Montoya (foto)

‘La otra señorita’ de Óscar Guaramato

óscar guaramatoLa maestra rural fue trasladada a otro pueblo. Nos comunicó la noticia momentos después de haber cantado un nuevo himno, cuando estábamos frente a ella, atentos a sus manos guiadoras del compás. Habló brevemente. Explicó que desde el lunes tendríamos otra maestra, que ella pasaría a regentar otra escuela, perdida en la maraña de un remoto caserío, y recomendó a todos que fuésemos amables con la nueva preceptora, por cuanto nosotros constituiríamos su prueba de fuego, su primer experimento de recién graduada.

Era viernes y atardecía sobre las casas.

Pero esto no sucedió ayer, ni anteayer.

Ella era nuestra maestra de primeras letras, hace veinticinco años. Sin embargo, el tiempo transcurrido no impide que recuerde claramente las cosas ocurridas aquel día, lo que hicimos en la calle. Fue allí donde noté que había olvidado mi pizarra y regresé corriendo al salón. Busqué por todas partes y, al no encontrarla, llamé a mi maestra. Salió y vi sus ojos enmohecidos de llanto. Sin decirme nada, me abrazó sollozante. Recuerdo que yo también lloré, que era viernes y que el sol muriente lamía en el patio las hojas de un rosal.

El domingo la acompañé a la estación.

Yo cargaba su maleta. Fue un domingo a las once de la mañana. La locomotora tenía un nombre  –Gavilán– y resoplaba como un animal cansado. Al fin, un hombre de uniforme gris ordenó a los pasajeros que subieran al tren. Fue entonces cuando ella me estrechó contra su pecho y me besó en la frente. Recuerdo claramente su pañuelo blanco, aleteando a lo lejos, y aquella dulce paz que me quedó en la cara.

La otra señorita tenía pecas y fumaba.

El lunes siguiente se encargó de la escuela. El mismo día encontré mi perdida pizarra.

Yo no la oía. Pensaba en mi otra maestra. Veía su cabello de oro viejo, sus ojos llorosos, sus labios de frambuesa.

Tal vez fue esto lo que me impulsó a escribir en mi pizarra: Señorita, yo la quiero mucho. Lo hice con una letra grande, redonda, y firmé al pie.

Repentinamente una pregunta flotó en la sala. Yo no la oí. No hubiera oído nada, a no ser por el codo de un compañero de pupitre que me hizo volver en mí. La señorita me miraba ahora, esperando mi respuesta. No contesté. Ella se acercó y me quitó la pizarra de las manos. Recuerdo que era lunes y que hacía mucho calor y que el sol danzaba en el patio, como un conejo rubio.

Yo mismo llevé la nota a mi casa. En ella se decía la causa  de mi expulsión de la escuela rural.

Pasé muchos días apenado, vagando solitario por las riberas del río vecino, y recuerdo también, que me agarré a trompicones con más de un discípulo que me llamó “picaflor de alero”.

Un día cualquiera me enviaron a una escuela de la ciudad.

Pero nunca llegué a referir que lo escrito había sido para mi otra maestra, la del pañuelo blanco, la del cabello de oro viejo, y labios de frambuesa. La del primer beso.

Óscar Guaramato (foto)

 

‘El ángel negro’ de Pablo Montoya

pablo montoya1 Me horroriza la patria, decía Arturo. Y los pasajeros miraban sin entender los perfiles de esa confesión. El viaje había iniciado horas antes en Medellín. El bus, después de subir hasta el Alto de la Sierra, planeó bajo la oscuridad de Santuario. Luego se precipitó por entre las curvas que terminan en las llanuras del Magdalena. El cielo se veía iluminado por una exhalación parda que parecía una baba. La noche poseía algo de garganta abierta. Arturo la miraba fijamente desde la ventanilla. Estrellas de espanto, mascullaba incansable. Y, de lo hondo de su memoria, brotaba otro delirio. Escribí silencios y noches, decía para sí, y anoté lo inexpresable. Una música de mariachis flotaba alrededor de los pasajeros. Las luces de los ranchos del monte se confundían con cucuyos que Arturo veía agigantados. En Dorada, el chofer se detuvo. Algunos pasajeros bajaron a orinar. El calor era inmenso y asordinado y se medía por la humedad que aplastaba la ropa sobre los cuerpos. Arturo no descendió. Una mujer pasó a su lado. Ofrecía mecato, gaseosas frías, cervezas. Tras ella, una sombra se irguió como un reflejo intenso. Arturo creyó ver esa misma sombra alrededor de quienes fueron subiendo al bus minutos más tarde. Entonces volvió a hablar, pero esta vez lo hizo con fuerza; y no para que fuera escuchado, sino porque así conjuraba lo descomunal que le nombraba el mundo desde hacía días. El bus avanzaba, veloz, mientras Arturo repetía sin pausa, la senté sobre mis rodillas y la encontré amarga y la injurié. El chofer frenó. Acompañado por algunos pasajeros, preguntó por lo qué pasaba. Vieron estrago en el rostro de Arturo. Obtuvieron una vaga respuesta hecha de sustantivos impenetrables. Lo amenazaron con bajarlo si no cesaba la habladera. Pero Arturo siguió mirando las estrellas y percibiendo que la oscuridad estaba suspendida en el filo de un puñal que quería cercenarle el corazón. Fue atravesando el puente cuando se levantó. El infierno, dijo, estoy en el infierno, y una sonrisa se extravió en el rostro. Sus gritos despertaron a los pocos pasajeros que aún dormían. Un pánico incontrolable le sacudía las venas. Rogó que lo bajaran. Dijo que al bus se lo iba a tragar un abismo. “¡Drogo hijueputa!”, exclamó alguien desde las bancas de atrás. El motor volvió a ronronear y se sumergió en las tinieblas. Arturo acomodó la mochila en su hombro. Caminó en dirección contraria al bus. Sintió el piso caliente bajo sus pies. Al cruzar el río, escuchó el cauce. Voces y suspiros se desprendían de él.

2 La cantina tenía una atmósfera desvaída. La música, roída por un acordeón, brotaba de la vitrola. En la puerta dos mujeres susurraban somnolencias. Arturo entró, puso la mochila en la mesa y buscó una silla. Una de las mujeres preguntó algo y Arturo sintió que esa voz caía como un agua opaca pero fresca. La mujer alzó los hombros ante la falta de respuesta. Arturo reaccionó. La siguió, la detuvo de un brazo, pero lo hizo con suavidad. ¿Dónde estamos?, preguntó. En Honda, respondió ella. Y Arturo pensó otra vez en el vértigo. Creyó que estaba en una llanura poblada de tumbas y paladas de fango se trazaron en su mente. Cerró los ojos para expulsar la visión. Se pasó las manos por las mejillas sudorosas. Déme una cerveza, dijo. Cuando la mujer puso la botella en la mesa, Arturo la tomó de la mano. Le pidió que se quedara. La mujer hizo un gesto de molestia. Tenía sueño y ya se iba, explicó. Me bajé del bus, replicó Arturo, tuve miedo de los hombres y me bajé del bus. La mujer enarcó las cejas. Arturo siguió hablando de una comarca verde, tan lejana que parecía un espejismo. Mencionó jóvenes caballos y una vaca en medio de paisajes lunares. Habló de una anciana que cantaba en las noches para hacer dormir a niños asustados por la enormidad del silencio. ¿Qué le pasa?, dijo ella riéndose. Arturo describió hombres de torsos desnudos, olientes a hierba, que amanecían radiantes y anochecían taciturnos. Yo puedo hablar mientras llega el amanecer, dijo Arturo, sólo necesito que esté sentada a mi lado. La mujer volvió a reír, pero esta vez hubo un fulgor tenue en sus ojos. Estoy rodeado de muertos, continuó Arturo. Todos lo estamos, dijo ella. Soltó la mano y se sentó. Entonces de afuera terminó por llegar la voz. Hubo una mirada entre las mujeres y ellos entraron. Lo habían seguido, ocultos bajo la oscuridad pegajosa forjada por el río. Lo habían visto gritar en el puente con las manos en las orejas. Se rieron, pero en sus risas había inquietud al ver que lanzaba manotazos a los árboles que bordeaban el parque. Rara esa caspa, había dicho el más bajo en tanto vigilaban la penumbra de Honda y controlaban el sosiego sofocante en las flotas de los buses. El más bajo empuñaba el akacuarentaisiete a todo momento. El otro, mientras caminaba, miraba hacia la punta de sus botas. En la cantina preguntaron. La mujer levantó los hombros, dobló la boca y cerró los ojos haciendo un gesto de displicencia. El bajo insistió agresivo. Tiene miedo, dijo ella, sólo tiene miedo y quiere que lo escuche. La mujer trató de regresar a la mesa, pero una mano se interpuso.

3 Soy un fantasma, contestó Arturo. Y los encaró con la mirada intensa, les sonrió irónico y, antes de que ellos reaccionaran, levantó las dos manos. Trazó con ellas una rápida cruz y los señaló a los dos. He dejado las regiones de la luz, dijo, y ahora desciendo a las tinieblas donde ustedes son sus prelados. Sepultureros insomnes, lo sé, pueblan las orillas de este río, yo logro verlos en sus ojos, y el horizonte es un mar de fuego negro y en el cielo el humo planea como un pájaro agorero. La mujer le puso la mano en los hombros. Cálmese, hombre, le dijo, por lo que más quiera. Arturo la miró y, con un tono que de pronto se tornó leve y tembloroso, dijo que él era un maldito, pero que no quería adorar ninguna bestia. Y le tomó otra vez la mano. Le rogó que se quedara. Usted es la claridad y ellos el légamo, continuó. El más alto, de pronto, lo empujó hacia la silla. El otro pidió los papeles de identidad. Arturo rió de nuevo. Soy un fantasma, güevón, gritó. ¿No se dan cuenta? Soy nadie, soy el que canta en el suplicio, el despedazado en las palabras y no comprendo las leyes de ustedes. Mis ojos están sellados a la lava de sus armas. El bajo lo tomó del cuello, lo levantó hasta tenerlo cara a cara. ¡Loco malparido!, le escupió. Enseguida, entre los dos, lo arrastraron hacia fuera. ¿Qué es lo que estás diciendo?, preguntó el más alto. Las mujeres intervinieron y halaron a Arturo de un brazo. No ven que está desjuiciado, alegaron. Pero en el forcejeo el delirio seguía. He llamado a los verdugos y aquí están, siguió, he llamado a todos los flagelos y aquí están. Me ahogo en el barro, me asfixio en la sangre, estoy de crímenes empapado y me horroriza la patria. Un golpe brutal de la culata interrumpió las incoherencias. Arturo se fue de bruces contra el suelo. Las dos mujeres intentaron hacer un cerco protector. Una de ellas alcanzó a pasar su pañoleta. La sangre rodaba desde la nariz hasta el mentón. En vano intentaron socorrerlo. Ambas fueron empujadas contra las mesas. A Arturo entonces lo levantaron de los cabellos, lo tomaron de las axilas y lo lanzaron a la calle. Frente a la noche, la luz de una lámpara los delineó durante un trayecto. Al fondo, en dirección del río, una callejuela con muros descascarados finalmente los borró.

4 El negro preguntó por ellos. Había estado en las flotas de los buses y los había buscado en los tenderetes donde vendían tinto. Las mujeres lo miraron con estupor, parado, como un inmenso ídolo negro, a la entrada de la cantina. El temor hizo surgir la respuesta. Ellas contaron lo que sucedió. Él también había escuchado, mientras seguía el rastro de sus hombres, algo del que hablaba solo. El camino fue indicado. Apartó a las mujeres y ordenó sin palabras que se quedaran. Sus botas resonaron hasta desvanecerse en la oscuridad. Inmerso en ella, y al borde del río, Arturo estaba arrodillado. Las sombras de los guardias, a su lado, se mezclaban a las sombras de los árboles. Arturo buscaba sus raíces como si estuviera buscando un asidero. Indagaba en sus follajes intentando un escape, pero sólo percibía un hoyo oscuro desde donde brotaba y se sumergía todo. Quiso respirar pero no había viento. El mundo estaba detenido y un olor a aguas podridas inundaba el espacio. Arturo sintió que lo agarraban de la cabeza. El acero del fusil le refrescó la frente. En su rostro la sangre se había tornado grumos. La desdicha ha sido mi dios. Y ustedes son los progenitores de todas las desdichas, les dijo una vez más. Pero los hombres lo tumbaron, la boca pegada al pantano. El bajo quitó el seguro del arma y el otro lanzó la mochila al cauce. Fue entonces cuando el ámbito se iluminó. Un resplandor arrasó la mirada de Arturo. Oyó pedazos de palabras que discutían, como hechas de ecos lejanos. Tenía las manos maniatadas, pero logró voltearse. Cuando el chorro de luz se desvaneció, vio la figura a sus pies. Era más alta que las otras y poseía un aura negra que brillaba en la oscuridad. Pensó en el primer nacido de entre los muertos, en el príncipe de los reyes de la tierra, en el ángel que libera de la sangre y del pecado. Dos manos vigorosas lo levantaron. Venga, le dijo el negro. Y en las aguas del Magdalena un reflejo de sol tocó por fin los ojos de Arturo.

Pablo Montoya Campuzano (foto)

‘Los hombres de la tierra’ de Ray Bradbury

ray_bradbury_1Quienquiera que fuese el que golpeaba la puerta, no se cansaba de hacerlo.

La señora Ttt abrió la puerta de par en par.

–¿Y bien?

–¡Habla usted inglés! –El hombre, de pie en el umbral, estaba asombrado.

–Hablo lo que hablo –dijo ella.

–¡Un inglés admirable!

El hombre vestía uniforme. Había otros tres con él, excitados, muy sonrientes y muy sucios.

–¿Qué desean? –preguntó la señora Ttt.

–Usted es marciana –El hombre sonrió–. Esta palabra no le es familiar, ciertamente. Es una expresión terrestre –con un movimiento de cabeza señaló a sus compañeros–. Venimos de la Tierra. Yo soy el capitán Williams. Hemos llegado a Marte no hace más de una hora, y aquí estamos, ¡la Segunda Expedición! Hubo una Primera Expedición, pero ignoramos qué les pasó. En fin, ¡henos aquí! Y el primer habitante de Marte que encontramos ¡es usted!

–¿Marte? –preguntó la mujer arqueando las cejas.

–Quiero decir que usted vive en el cuarto planeta a partir del Sol. ¿No es verdad?

–Elemental –replicó ella secamente, examinándolos de arriba abajo.

–Y nosotros –dijo el capitán señalándose a sí mismo con un pulgar sonrosado– somos de la Tierra. ¿No es así, muchachos?

–¡Así es, capitán! –exclamaron los otros a coro.

–Este es el planeta Tyrr –dijo la mujer–, si quieren llamarlo por su verdadero nombre.

–Tyrr, Tyrr. –El capitán rió a carcajadas–. ¡Qué nombre tan lindo! Pero, oiga, buena mujer, ¿cómo habla usted un inglés tan perfecto?

–No estoy hablando, estoy pensando –dijo ella–. ¡Telepatía! ¡Buenos días! –y dio un portazo.

Casi en seguida volvieron a llamar. Ese hombre espantoso, pensó la señora Ttt.

Abrió la puerta bruscamente.

–¿Y ahora qué? –preguntó.

El hombre estaba todavía en el umbral, desconcertado, tratando de sonreír. Extendió las manos.

–Creo que usted no comprende…

–¿Qué?

El hombre la miró sorprendido:

–¡Venimos de la Tierra!

–No tengo tiempo –dijo la mujer–. Hay mucho que cocinar, y coser, y limpiar… Ustedes, probablemente, querrán ver al señor Ttt. Está arriba, en su despacho.

–Sí –dijo el terrestre, parpadeando confuso–. Permítame ver al señor Ttt, por favor.

–Está ocupado.

La señora Ttt cerró nuevamente la puerta.

Esta vez los golpes fueron de una ruidosa impertinencia.

–¡Oiga! –gritó el hombre cuando la puerta volvió a abrirse–. ¡Este no es modo de tratar a las visitas! –Y entró de un salto en la casa, como si quisiera sorprender a la mujer.

–¡Mis pisos limpios! –gritó ella–. ¡Barro! ¡Fuera! ¡Antes de entrar, límpiese las botas!

El hombre se miró apesadumbrado las botas embarradas.

–No es hora de preocuparse por tonterías –dijo luego–. Creo que ante todo debiéramos celebrar el acontecimiento. –Y miró fijamente a la mujer, como si esa mirada pudiera aclarar la situación.

–¡Si se me han quemado las tortas de cristal –gritó ella–, lo echaré de aquí a bastonazos!

La mujer atisbó unos instantes el interior de un horno encendido y regresó con la cara roja y transpirada. Era delgada y ágil, como un insecto. Tenía ojos amarillos y penetrantes, tez morena, y una voz metálica y aguda.

–Espere un momento. Trataré de que el señor Ttt los reciba. ¿Qué asunto los trae?

El hombre lanzó un terrible juramento, como si la mujer le hubiese martillado una mano.

–¡Dígale que venimos de la Tierra! ¡Que nadie vino antes de allá!

–¿Que nadie vino de dónde? Bueno, no importa –dijo la mujer alzando una mano–. En seguida vuelvo.

El ruido de sus pasos tembló ligeramente en la casa de piedra.

Afuera, brillaba el inmenso cielo azul de Marte, caluroso y tranquilo como las aguas cálidas y profundas de un océano. El desierto marciano se tostaba como una prehistórica vasija de barro. El calor crecía en temblorosas oleadas. Un cohete pequeño yacía en la cima de una colina próxima y las huellas de unas pisadas unían la puerta del cohete con la casa de piedra.

De pronto se oyeron unas voces que discutían en el piso superior de la casa. Los hombres se miraron, se movieron inquietos, apoyándose ya en un pie, ya en otro, y con los pulgares en el cinturón tamborilearon nerviosamente sobre el cuero.

Arriba gritaba un hombre. Una voz de mujer le replicaba en el mismo tono. Pasó un cuarto de hora. Los hombres se pasearon de un lado a otro, sin saber qué hacer.

–¿Alguien tiene cigarrillos? –preguntó uno.

Otro sacó un paquete y todos encendieron un cigarrillo y exhalaron lentas cintas de pálido humo blanco. Los hombres se tironearon los faldones de las chaquetas; se arreglaron los cuellos.

El murmullo y el canto de las voces continuaban. El capitán consultó su reloj.

–Veinticinco minutos –dijo–. Me pregunto qué estarán tramando ahí arriba. –Se paró ante una ventana y miró hacia afuera.

–Qué día sofocante –dijo un hombre.

–Sí –dijo otro.

Era el tiempo lento y caluroso de las primeras horas de la tarde. El murmullo de las voces se apagó. En la silenciosa habitación sólo se oía la respiración de los hombres. Pasó una hora.

–Espero que no hayamos provocado un incidente –dijo el capitán. Se volvió y espió el interior del vestíbulo.

Allí estaba la señora Ttt, regando las plantas que crecían en el centro de la habitación.

–Ya me parecía que había olvidado algo –dijo la mujer avanzando hacia el capitán–. Lo siento –añadió, y le entregó un trozo de papel–. El señor Ttt está muy ocupado. –Se volvió hacia la cocina. –Por otra parte, no es el señor Ttt a quien usted desea ver, sino al señor Aaa. Lleve este papel a la granja próxima, al lado del canal azul, y el señor Aaa les dirá lo que ustedes quieren saber.

–No queremos saber nada –objetó el capitán frunciendo los gruesos labios–. Ya lo sabemos.

–Tienen el papel, ¿qué más quieren? –dijo la mujer con brusquedad, decidida a no añadir una palabra.

–Bueno –dijo el capitán sin moverse, como esperando algo. Parecía un niño, con los ojos clavados en un desnudo árbol de Navidad–. Bueno –repitió–. Vamos, muchachos.

Los cuatro hombres salieron al silencio y al calor de la tarde.

Una media hora después, sentado en su biblioteca, el señor Aaa bebía unos sorbos de fuego eléctrico de una copa de metal, cuando oyó unas voces que venían por el camino de piedra. Se inclinó sobre el alféizar de la ventana y vio a cuatro hombres uniformados que lo miraban entornando los ojos.

–¿El señor Aaa? –le preguntaron.

–El mismo.

–¡Nos envía el señor Ttt! –gritó el capitán.

–¿Y por qué ha hecho eso?

–¡Estaba ocupado!

–¡Qué lástima! –dijo el señor Aaa, con tono sarcástico–. ¿Creerá que estoy aquí para atender a las gentes que lo molestan?

–No es eso lo importante, señor –replicó el capitán.

–Para mí, sí. Tengo mucho que leer. El señor Ttt es un desconsiderado. No es la primera vez que se comporta de este modo. No mueva usted las manos, señor. Espere a que termine. Y preste atención. La gente suele escucharme cuando hablo. Y usted me escuchará cortésmente o no diré una palabra.

Los cuatro hombres de la calle abrieron la boca, se movieron incómodos, y por un momento las lágrimas asomaron a los ojos del capitán.

–¿Le parece a usted bien –sermoneó el señor Aaa– que el señor Ttt haga estas cosas?

Los cuatro hombres alzaron los ojos en el calor.

–¡Venimos de la Tierra! –dijo el capitán.

–A mí me parece que es un mal educado –continuó el señor Aaa.

–En un cohete. Venimos en un cohete.

–No es la primera vez que Ttt comete estas torpezas.

–Directamente desde la Tierra.

–Me gustaría llamarlo y decirle lo que pienso.

–Nosotros cuatro, yo y estos tres hombres, mi tripulación.

–¡Lo llamaré, sí, voy a llamarlo!

–Tierra. Cohete. Hombres. Viaje. Espacio.

–¡Lo llamaré y tendrá que oírme! –gritó el señor Aaa, y desapareció como un títere de un escenario.

Durante unos instantes se oyeron unas voces coléricas que iban y venían por algún extraño aparato. Abajo, el capitán y su tripulación miraban tristemente por encima del hombro el hermoso cohete que yacía en la colina, tan atractivo y delicado y brillante.

El señor Aaa reapareció de pronto en la ventana, con un salvaje aire de triunfo.

–¡Lo he retado a duelo, por todos los dioses! ¡A duelo!

–Señor Aaa… –comenzó otra vez el capitán con voz suave.

–¡Lo voy a matar! ¿Me oye?

–Señor Aaa, quisiera decirle que hemos viajado noventa millones de kilómetros.

El señor Aaa miró al capitán por primera vez.

–¿De dónde dice que vienen?

El capitán emitió una blanca sonrisa.

–Al fin nos entendemos –les murmuró en un aparte a sus hombres, y le dijo al señor Aaa–: Recorrimos noventa millones de kilómetros. ¡Desde la Tierra!

El señor Aaa bostezó.

–En esta época del año la distancia es sólo de setenta y cinco millones de kilómetros. –Blandió un arma de aspecto terrible–. Bueno, tengo que irme. Lleven esa estúpida nota, aunque no sé de qué les servirá, a la aldea de Iopr, sobre la colina, y hablen con el señor Iii. Ése es el hombre a quien quieren ver. No al señor Ttt. Ttt es un idiota, y voy a matarlo. Ustedes, además, no son de mi especialidad.

–Especialidad, especialidad –baló el capitán–. ¿Pero es necesario ser un especialista para dar la bienvenida a hombres de la Tierra?

–No sea tonto, todo el mundo lo sabe.

El señor Aaa desapareció. Apareció unos instantes después en la puerta y se alejó velozmente calle abajo.

–¡Adiós! –gritó.

Los cuatro viajeros no se movieron, desconcertados. Finalmente dijo el capitán:

–Ya encontraremos quien nos escuche.

–Quizá debiéramos irnos y volver –sugirió un hombre con voz melancólica–. Quizá debiéramos elevarnos y descender de nuevo. Darles tiempo de organizar una fiesta.

–Puede ser una buena idea –murmuró fatigado el capitán.

En la aldea la gente salía de las casas y entraba en ellas, saludándose, y llevaba máscaras doradas, azules y rojas, máscaras de labios de plata y cejas de bronce, máscaras serias o sonrientes, según el humor de sus dueños.

Los cuatro hombres, sudorosos luego de la larga caminata, se detuvieron y le preguntaron a una niñita dónde estaba la casa del señor Iii.

–Ahí –dijo la niña con un movimiento de cabeza.

El capitán puso una rodilla en tierra, solemnemente, cuidadosamente, y miró el rostro joven y dulce.

–Oye, niña, quiero decirte algo.

La sentó en su rodilla y tomó entre sus manazas las manos diminutas y morenas, como si fuera a contarle un cuento de hadas preciso y minucioso.

–Bien, te voy a contar lo que pasa. Hace seis meses otro cohete vino a Marte. Traía a un hombre llamado York y a su ayudante. No sabemos qué les pasó. Quizá se destrozaron al descender. Vinieron en un cohete, como nosotros. Debes de haberlo visto. ¡Un gran cohete! Por lo tanto nosotros somos la Segunda Expedición. Y venimos directamente de la Tierra…

La niña soltó distraídamente una mano y se ajustó a la cara una inexpresiva máscara dorada. Luego sacó de un bolsillo una araña de oro y la dejó caer. El capitán seguía hablando. La araña subió dócilmente a la rodilla de la niña, que la miraba sin expresión por las hendiduras de la máscara. El capitán zarandeó suavemente a la niña y habló con una voz más firme:

–Somos de la Tierra, ¿me crees?

–Sí –respondió la niña mientras observaba cómo los dedos de los pies se le hundían en la arena.

–Muy bien. –El capitán le pellizcó un brazo, un poco porque estaba contento y un poco porque quería que ella lo mirase–. Nosotros mismos hemos construido este cohete. ¿Lo crees, no es cierto?

La niña se metió un dedo en la nariz.

–Sí –dijo.

–Y… Sácate el dedo de la nariz, niñita… Yo soy el capitán y…

–Nadie hasta hoy cruzó el espacio en un cohete –recitó la criatura con los ojos cerrados.

–¡Maravilloso! ¿Cómo lo sabes?

–Oh, telepatía… –respondió la niña limpiándose distraídamente el dedo en una pierna.

–Y bien, ¿eso no te asombra? –gritó el capitán–. ¿No estás contenta?

–Será mejor que vayan a ver en seguida al señor Iii –dijo la niña, y dejó caer su juguete–. Al señor lii le gustará mucho hablar con ustedes.

La niña se alejó. La araña echó a correr obedientemente detrás de ella.

El capitán, en cuclillas, se quedó mirándola, con las manos extendidas, la boca abierta y los ojos húmedos.

Los otros tres hombres, de pie sobre sus sombras, escupieron en la calle de piedra.

El señor Iii abrió la puerta. Salía en ese momento para una conferencia, pero podía concederles unos instantes si se decidían a entrar y le informaban brevemente del objeto de la visita.

–Un minuto de atención –dijo el capitán, cansado, con los ojos enrojecidos–. Venimos de la Tierra, en un cohete; somos cuatro: tripulación y capitán; estamos exhaustos, hambrientos, y quisiéramos encontrar un sitio para dormir. Nos gustaría que nos dieran la llave de la ciudad, o algo parecido, y que alguien nos estrechara la mano y nos dijera: “¡Bravo!” y “¡Enhorabuena, amigos!” Eso es todo.

El señor lii era alto, vaporoso, delgado, y llevaba unas gafas de gruesos cristales azules sobre los ojos amarillos. Se inclinó sobre el escritorio y se puso a estudiar unos papeles. De cuando en cuando alzaba la vista y observaba con atención a sus visitantes.

–No creo tener aquí los formularios –dijo revolviendo los cajones del escritorio–. ¿Dónde los habré puesto? Deben de estar en alguna parte… ¡Ah, sí, aquí! –Le alcanzó al capitán unos papeles–. Tendrá usted que firmar, por supuesto.

–¿Tenemos que pasar por tantas complicaciones? –preguntó el capitán.

El señor Iii le lanzó una mirada vidriosa.

–¿No dice que viene de la Tierra? Pues tiene que firmar.

El capitán escribió su nombre.

–¿Es necesario que firmen también los tripulantes?

El señor Iii miró al capitán, luego a los otros tres y estalló en una carcajada burlona.

–¡Que ellos firmen! ¡Ah, admirable! ¡Que ellos, oh, que ellos firmen! –Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se palmeó una rodilla y se dobló en dos sofocado por la risa. Se apoyó en el escritorio–. ¡Que ellos firmen!

Los cuatro hombres fruncieron el ceño.

–¿Es tan gracioso?

–¡Que ellos firmen! –suspiró el señor Iii, debilitado por su hilaridad–. Tiene gracia. Debo contárselo al señor Xxx.

Examinó el formulario, riéndose aún a ratos.

–Parece que todo está bien. –Movió afirmativamente la cabeza–. Hasta su conformidad para una posible eutanasia –cloqueó.

–¿Conformidad para qué?

–Cállese. Tengo algo para usted. Aquí está. La llave.

El capitán se sonrojó.

–Es un gran honor…

–¡No es la llave de la ciudad, imbécil! –ladró el señor Iii–. Es la de la Casa. Vaya por aquel pasillo, abra la puerta grande, entre y cierre bien. Puede pasar allí la noche. Por la mañana le mandaré al señor Xxx.

El capitán titubeó, tomó la llave y se quedó mirando fijamente las tablas del piso. Sus hombres tampoco se movieron. Parecían secos, vacíos, como si hubiesen perdido toda la pasión y la fiebre del viaje.

–¿Qué le pasa? –preguntó el señor Iii–. ¿Qué espera? ¿Qué quiere? –Se adelantó y estudió de cerca el rostro del capitán. –¡Váyase!

–Me figuro que no podría usted… –sugirió el capitán–, quiero decir… En fin… Hemos trabajado mucho, hemos hecho un largo viaje y quizá pudiera usted estrecharnos la mano y darnos la enhorabuena –añadió con voz apagada–. ¿No le parece?

El señor Iii le tendió rígidamente la mano y le sonrió con frialdad.

–¡Enhorabuena! –y apartándose dijo–: Ahora tengo que irme. Utilice esa llave.

Sin fijarse más en ellos, como si se hubieran filtrado a través del piso, el señor Iii anduvo de un lado a otro por la habitación, llenando con papeles una cartera. Se entretuvo en la oficina otros cinco minutos, pero sin dirigir una sola vez la palabra al solemne cuarteto inmóvil, cabizbajo, de piernas de plomo, brazos colgantes y mirada apagada.

Al fin cruzó la puerta, absorto en la contemplación de sus uñas…

Avanzaron pesadamente por el pasillo, en la penumbra silenciosa de la tarde, hasta llegar a una pulida puerta de plata. La abrieron con la llave, también de plata, entraron, cerraron, y se volvieron.

Estaban en un vasto aposento soleado. Sentados o de pie, en grupos, varios hombres y mujeres conversaban junto a las mesas. Al oír el ruido de la puerta miraron a los cuatro hombres de uniforme.

Un marciano se adelantó y los saludó con una reverencia.

–Yo soy el señor Uuu.

–Y yo soy el capitán Jonathan Williams, de la ciudad de Nueva York, de la Tierra –dijo el capitán sin mucho entusiasmo.

Inmediatamente hubo una explosión en la sala.

Los muros temblaron con los gritos y exclamaciones. Hombres y mujeres gritando de alegría, derribando las mesas, tropezando unos con otros, corrieron hacia los terrestres y, levantándolos en hombros, dieron seis vueltas completas a la sala, saltando, gesticulando y cantando.

Los terrestres estaban tan sorprendidos que durante un minuto se dejaron llevar por aquella marea de hombros antes de estallar en risas y gritos.

–¡Esto se parece más a lo que esperábamos!

–¡Esto es vida! ¡Bravo! ¡Bravo!

Se guiñaban alegremente los ojos, alzaban los brazos, golpeaban el aire.

–¡Hip! ¡Hip! –gritaban.

–¡Hurra! –respondía la muchedumbre.

Al fin los pusieron sobre una mesa. Los gritos cesaron. El capitán estaba a punto de llorar:

–Gracias. Gracias. Esto nos ha hecho mucho bien.

–Cuéntenos su historia –sugirió el señor Uuu.

El capitán carraspeó y habló, interrumpido por los ¡oh! y ¡ah! del auditorio. Presentó a sus compañeros, y todos pronunciaron un discursito, azorados por el estruendo de los aplausos.

El señor Uuu palmeó al capitán.

–Es agradable ver a otros de la Tierra. Yo también soy de allí.

–¿Qué ha dicho usted?

–Aquí somos muchos los terrestres.

El capitán lo miró fijamente.

–¿Usted? ¿Terrestre? ¿Es posible? ¿Vino en un cohete? ¿Desde cuándo se viaja por el espacio? –Parecía decepcionado. –¿De qué… de qué país es usted?

–De Tuiereol. Vine hace años en el espíritu de mi cuerpo.

–Tuiereol. –El capitán articuló dificultosamente la palabra. –No conozco ese país. ¿Qué es eso del espíritu del cuerpo?

–También la señorita Rrr es terrestre. ¿No es cierto, señorita Rrr?

La señorita Rrr asintió con una risa extraña.

–También el señor Www, el señor Qqq y el señor Vvv.

–Yo soy de Júpiter –dijo uno pavoneándose.

–Yo de Saturno –dijo otro. Los ojos le brillaban maliciosamente.

–Júpiter, Saturno –murmuró el capitán, parpadeando.

Todos callaron; los marcianos, ojerosos, de pupilas amarillas y brillantes, volvieron a agruparse alrededor de las mesas de banquete, extrañamente vacías. El capitán observó, por primera vez, que la habitación no tenía ventanas. La luz parecía filtrarse por las paredes. No había más que una puerta.

–Todo esto es confuso. ¿Dónde diablo está Tuiereol? ¿Cerca de América? –dijo el capitán.

–¿Que es América?

–¿No ha oído hablar del continente americano y dice que es terrestre?

El señor Uuu se irguió enojado.

–La Tierra está cubierta de mares, es sólo mar. No hay continentes. Yo soy de allí y lo sé.

El capitán se echó hacia atrás en su silla.

–Un momento, un momento. Usted tiene cara de marciano, ojos amarillos, tez morena.

–La Tierra es sólo selvas –dijo orgullosamente la señorita Rrr–. Yo soy de Orri, en la Tierra; una civilización donde todo es de plata.

El capitán miró sucesivamente al señor Uuu, al señor Www, al señor Zzz, al señor Nnn, al señor Hhh y al señor Bbb, y vio que los ojos amarillos se fundían y apagaban a la luz, y se contraían y dilataban. Se estremeció, se volvió hacia sus hombres y los miró sombríamente.

–¿Comprenden qué es esto?

–¿Qué, señor?

–No es una celebración –contestó agotado el capitán–. No es un banquete. Estas gentes no son representantes del gobierno. Esta no es una fiesta de sorpresa. Mírenles los ojos. Escúchenlos.

Retuvieron el aliento. En la sala cerrada sólo había un suave movimiento de ojos blancos.

–Ahora entiendo –dijo el capitán con voz muy lejana– por qué todos nos daban papelitos y nos pasaban de uno a otro, y por qué el señor Iii nos mostró un pasillo y nos dio una llave para abrir una puerta y cerrar una puerta. Y aquí estamos…

–¿Dónde, capitán?

–En un manicomio.

Era de noche. En la vasta sala silenciosa, tenuemente alumbrada por unas luces ocultas en los muros transparentes, los cuatro terrestres, sentados alrededor de una mesa de madera, conversaban en voz baja, con los rostros juntos y pálidos. Hombres y mujeres yacían desordenadamente por el suelo. En los rincones oscuros había leves estremecimientos: hombres o mujeres solitarios que movían las manos. Cada media hora uno de los terrestres intentaba abrir la puerta de plata.

–No hay nada que hacer. Estamos encerrados.

–¿Creen realmente que somos locos, capitán?

–No hay duda. Por eso no se entusiasmaron al vernos. Se limitaron a tolerar lo que entre ellos debe de ser un estado frecuente de psicosis. –Señaló las formas oscuras que yacían alrededor. –Paranoicos todos. ¡Qué bienvenida! –Una llamita se alzó y murió en los ojos del capitán. –Por un momento creí que nos recibían como merecíamos. Gritos, cantos y discursos. Todo estuvo muy bien, ¿no es cierto? Mientras duró.

–¿Cuánto tiempo nos van a tener aquí?

Hasta que demostremos que no somos psicópatas.

–Eso será fácil.

–Espero que sí.

–No parece estar muy seguro

–No lo estoy. Mire aquel rincón.

De la boca de un hombre en cuclillas brotó una llama azul. La llama se transformó en una mujercita desnuda, y susurrando y suspirando se abrió como una flor en vapores de color cobalto.

El capitán señaló otro rincón. Una mujer, de pie, se encerró en una columna de cristal; luego fue una estatua dorada, después una vara de cedro pulido, y al fin otra vez una mujer.

En la sala oscurecida todos exhalaban pequeñas llamas violáceas móviles y cambiantes, pues la noche era tiempo de transformaciones y aflicción.

–Magos, brujos –susurró un terrestre.

–No, alucinados. Nos comunican su demencia y vemos así sus alucinaciones. Telepatía. Autosugestión y telepatía.

–¿Y eso le preocupa, capitán?

–Sí. Si esas alucinaciones pueden ser tan reales, tan contagiosas, tanto para nosotros como para cualquier otra persona, no es raro que nos hayan tomado por psicópatas. Si aquel hombre es capaz de crear mujercitas de fuego azul, y aquella mujer puede transformarse en una columna, es muy natural que los marcianos normales piensen que también nosotros hemos creado nuestro cohete.

–Oh –exclamaron sus hombres en la oscuridad.

Las llamas azules brotaban alrededor de los terrestres, brillaban un momento, y se desvanecían. Unos diablillos de arena roja corrían entre los dientes de los hombres dormidos. Las mujeres se transformaban en serpientes aceitosas. Había un olor de reptiles y bestias.

Por la mañana todos estaban de pie, frescos, contentos y normales. No había llamas ni demonios. El capitán y sus hombres se habían acercado a la puerta de plata, con la esperanza de que se abriera.

El señor Xxx llegó unas cuatro horas después. Los terrestres sospecharon que había estado esperando del otro lado de la puerta, espiándolos por lo menos durante tres horas. Con un gesto les pidió que lo acompañaran a una oficina pequeña.

Era un hombre jovial, sonriente, si se le juzgaba por su máscara. En ella estaban pintadas no una sonrisa, sino tres.

Detrás de la máscara, su voz era la de un psiquiatra no tan sonriente.

–Y bien, ¿qué pasa?

–Usted cree que estamos locos, y no lo estamos –dijo el capitán.

–Yo no creo que todos estén locos –replicó el psiquiatra señalando con una varita al capitán–. El único loco es usted. Los otros son alucinaciones secundarias.

El capitán se palmeó una rodilla.

–¡Ah, es eso! ¡Ahora comprendo por qué se rió el señor Iii cuando sugerí que mis hombres firmaran los papeles!

El psiquiatra rió a través de su sonrisa tallada.

–Sí, ya me lo contó el señor Iii. Fue una broma excelente. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Alucinaciones secundarias. A veces vienen a verme mujeres con culebras en las orejas. Cuando las curo, las culebras se disipan.

–Nosotros nos alegraremos de que nos cure. Siga.

El señor Xxx pareció sorprenderse.

–Es raro. No son muchos los que quieren curarse. Le advierto a usted que el tratamiento es muy severo.

–¡Siga curándonos! Pronto sabrá que estamos cuerdos.

–Permítame que examine sus papeles. Quiero saber si están en orden antes de iniciar el tratamiento. –Y el señor Xxx examinó el contenido de una carpeta. –Sí. Los casos como el suyo necesitan un tratamiento especial. Las personas de aquella sala son casos muy simples. Pero cuando se llega como usted, debo advertírselo, a alucinaciones primarias, secundarias, auditivas, olfativas y labiales, y a fantasías táctiles y ópticas, el asunto es grave. Es necesario recurrir a la eutanasia.

El capitán se puso en pie de un salto y rugió:

–Mire, ¡ya hemos aguantado bastante! ¡Sométanos a sus pruebas, verifique los reflejos, auscúltenos, exorcícenos, pregúntenos!

–Hable libremente.

El capitán habló, furioso, durante una hora. El psiquiatra escuchó.

–Increíble. Nunca oí fantasía onírica más detallada.

–¡No diga estupideces! ¡Le enseñaremos nuestro cohete! –gritó el capitán.

–Me gustaría verlo. ¿Puede usted manifestarlo en esa habitación?

–Por supuesto. Está en ese fichero, en la letra C.

El señor Xxx examinó atentamente el fichero, emitió un sonido de desaprobación, y lo cerró solemnemente.

–¿Por qué me ha engañado usted? El cohete no está aquí.

–Claro que no, idiota. Ha sido una broma. ¿Bromea un loco?

–Tiene usted unas bromas muy raras. Bueno, salgamos. Quiero ver su cohete.

Era mediodía. Cuando llegaron al cohete hacía mucho calor.

–Ajá.

El psiquiatra se acercó a la nave y la golpeó. El metal resonó suavemente.

–¿Puedo entrar? –preguntó con picardía.

–Entre.

El señor Xxx desapareció en el interior del cohete.

–Esto es exasperante –dijo el capitán, mordisqueando un cigarro–. Volvería gustoso a la Tierra y les aconsejaría no ocuparse más de Marte. ¡Qué gentes más desconfiadas!

–Me parece que aquí hay muchos locos, capitán. Por eso dudan tanto quizá.

–Sí, pero es muy irritante.

El psiquiatra salió de la nave después de hurgar, golpear, escuchar, oler y gustar durante media hora.

–Y bien, ¿está usted convencido? –gritó el capitán como si el señor Xxx fuera sordo.

El psiquiatra cerró los ojos y se rascó la nariz.

–Nunca conocí ejemplo más increíble de alucinación sensorial y sugestión hipnótica. He examinado el “cohete”, como lo llama usted. –Golpeó la coraza. –Lo oigo. Fantasía auditiva. –Aspiró. –Lo huelo. Alucinación olfativa inducida por telepatía sensorial. –Acercó sus labios al cohete. –Lo gusto. Fantasía labial.

El psiquiatra estrechó la mano del capitán:

–¿Me permite que lo felicite? ¡Es usted un genio psicópata! Ha hecho usted un trabajo completo. La tarea de proyectar una imaginaria vida psicópata en la mente de otra persona por medio de la telepatía, y evitar que las alucinaciones se vayan debilitando sensorialmente, es casi imposible. Las gentes de mi pabellón se concentran habitualmente en fantasías visuales, o cuando más en fantasías visuales y auditivas combinadas. ¡Usted ha logrado una síntesis total! ¡Su demencia es hermosísimamente completa!

El capitán palideció:

–¿Mi demencia?

–Sí. Qué demencia más hermosa. Metal, caucho, gravitadores, comida, ropa, combustible, armas, escaleras, tuercas, cucharas. He comprobado que en su nave hay diez mil artículos distintos. Nunca había visto tal complejidad. Hay hasta sombras debajo de las literas y debajo de todo. ¡Qué poder de concentración! Y todo, no importan cuándo o cómo se pruebe, tiene olor, solidez, gusto, sonido. Permítame que lo abrace. –El psiquiatra abrazó al capitán. –Consignaré todo esto en lo que será mi mejor monografía. El mes que viene hablaré en la Academia Marciana. Mírese. Ha cambiado usted hasta el color de sus ojos, del amarillo al azul, y la tez de morena a sonrosada. ¡Y su ropa, y sus manos de cinco dedos en vez de seis! ¡Metamorfosis biológica a través del desequilibrio psicológico! Y sus tres amigos…

El señor Xxx sacó un arma pequeña:

–Es usted incurable, por supuesto. ¡Pobre hombre admirable! Muerto será más feliz. ¿Quiere usted confiarme su última voluntad?

–¡Quieto por Dios! ¡No haga fuego!

–Pobre criatura. Lo sacaré de esa miseria que lo llevó a imaginar este cohete y estos tres hombres. Será interesantísimo ver cómo sus amigos y su cohete se disipan en cuanto yo lo mate. Con lo que observe hoy escribiré un excelente informe sobre la disolución de las imágenes neuróticas.

–¡Soy de la Tierra! Me llamo Jonathan Williams y estos…

–Sí, ya lo sé –dijo suavemente el señor Xxx, y disparó su arma.

El capitán cayó con una bala en el corazón. Los otros tres se pusieron a gritar.

El señor Xxx los miró sorprendido.

–¿Siguen ustedes existiendo? ¡Soberbio! Alucinaciones que persisten en el tiempo y en el espacio. –Apuntó hacia ellos. –Bien, los disolveré con el miedo.

–¡No! –gritaron los tres hombres.

–Petición auditiva, aun muerto el paciente –observó el señor Xxx mientras los hacía caer con sus disparos.

Quedaron tendidos en la arena, intactos, inmóviles. El señor Xxx los tocó con la punta del pie y luego golpeó la coraza del cohete.

–¡Persiste! ¡Persisten! –exclamó y disparó de nuevo su arma, varias veces, contra los cadáveres. Dio un paso atrás. La máscara sonriente se le cayó de la cara.

–Alucinaciones –murmuró aturdidamente–. Gusto. Vista. Olor. Tacto. Sonido.

El rostro del menudo psiquiatra cambió lentamente. Se le aflojaron las mandíbulas. Soltó el arma. Miró alrededor con ojos apagados y ausentes. Extendió las manos como un ciego, y palpó los cadáveres, sintiendo que la saliva le llenaba la boca.

Movió débilmente las manos, desorbitado, babeando.

–¡Váyanse! –les gritó a los cadáveres–. ¡Váyase! –le gritó al cohete.

Se examinó las manos temblorosas.

–Contaminado –susurró–. Víctima de una transferencia. Telepatía. Hipnosis. Ahora soy yo el loco. Contaminado. Alucinaciones en todas sus formas. –Se detuvo y con manos entumecidas buscó a su alrededor el arma. –Hay sólo una cura, sólo una manera de que se vayan, de que desaparezcan.

Se oyó un disparo.

Los cuatro cadáveres yacían al sol; el señor Xxx cayó junto a ellos.

El cohete, reclinado en la colina soleada, no desapareció.

Cuando en el ocaso del día la gente del pueblo encontró el cohete, se preguntó qué sería aquello. Nadie lo sabía; por lo tanto fue vendido a un chatarrero, que se lo llevó para desmontarlo y venderlo como hierro viejo.

Aquella noche llovió continuamente. El día siguiente fue bueno y caluroso.

Ray Bradbury (foto)