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‘Vudú’ de Enrique Anderson Imbert

Creyéndose abandonada por su hombre, Diansola mandó llamar al Brujo. Solo ella, que con su fama tenía embrujada a toda la isla Barbuda, pudo haber conseguido que el Brujo dejara el bosque y caminara una legua para visitarla. Lo hizo pasar a la habitación y le explicó:

–Hace meses que no veo a Bondó. El canalla ha de andar por otras islas, con otra mujer. Quiero que muera.

–¿Estas segura que anda lejos?

–Sí.

–¿Y lo que quieres es matarlo desde aquí, por lejos que esté?

–Sí.

Sacó el brujo un pedazo de cera, modeló un muñeco que representaba a Bondó y por el ojo le clavó un alfiler.

Se oyó, en la habitación, un rugido de dolor. Era Bondó, a quien esa tarde habían soltado de la cárcel y acababa de entrar. Dio un paso, con las manos sobre el ojo reventando, y cayó muerto a los pies de Diansola.

–¡Me dijiste que estaba lejos! –Protestó el Brujo; y mascullando un insulto amargo como semilla, huyó del rancho.

El camino, que a la ida se había estirado, ahora se acortaba; la luz, que a la ida había sido del sol, ahora era de la luna; los tambores, que a la ida habían murmurado a su espalda, ahora le hablaban de frente; y la semilla de insulto que al salir del rancho se había puesto en la boca, ahora, en el bosque, era un árbol sonoro:

–¡Estúpida, más que estúpida! Me aseguraste que Bondó estaba lejos y ahí no más estaba. Para matarlo de tan cerca no se necesitaba de mi Poder. Cualquier negro te hubiese ayudado. ¡Estúpida!, me has hecho invocar al Poder en vano. A lo mejor, por tu culpa, el Poder se me ha estropeado y ya no me sirve más.

Para probar si todavía le servía, apenas llegó a su choza miró hacia atrás –una legua de noche–, encendió la vela, modeló con cera una muñeca que representaba a Diansola y le clavó un alfiler en el ojo.

Enrique Anderson Imbert (foto)

‘Gabriela clavo y canela’ de Jorge Amado

(Fragmento de cómo el turco Nacib contrató una cocinera o de los complicados caminos del amor)

Dejó atrás la feria donde las barracas estaban siendo desmontadas, y las mercaderías recogidas. Atravesó por entre los edificios del ferrocarril. Antes de comenzar el Morro Da Conquista estaba el mercado de los esclavos. Alguien, hacía mucho tiempo, había llamado así al lugar donde los “retirantes” acostumbraban a acampar, en espera de trabajo. El nombre había pegado y ya nadie lo llamaba de otra manera. Allí se amontonaban los del “sertao” huidos de la sequía, los más pobres de cuantos abandonaban sus casas y sus tierras ante el llamado del cacao.

Los terratenientes examinaban el grupo recién llegado con el látigo golpeando sus botas. Los del “sertao” gozaban de fama de buenos trabajadores. Hombres y mujeres, agotados y famélicos, esperaban. Veían la distante feria en la que había de todo, y una esperanza les llenaba el corazón. Habían conseguido vencer los caminos, la “caatinga”, el hambre y las cobras, las enfermedades endémicas, el cansancio. Habían alcanzado la tierra pródiga, los días de miseria parecían terminados. Oían contar historias espantosas, de muerte y violencia, pero conocían el precio cada vez más alto del cacao, sabían de hombres llegados como ellos del “sertao” en agonía, y que ahora andaban con botas lustrosas, empuñando látigos de cabo de plata. Dueños de plantaciones de cacao.

En la feria había estallado una riña, la gente corría, una navaja brillaba a los últimos rayos del sol, los gritos llegaban hasta ahí. Todos los fines de feria eran así, con borrachos y barullos. De entre los del “sertao” se escapaban los sonidos melodiosos de un acordeón, y una voz de mujer cantaba tonadas.

El “coronel” Melk Tavares hizo una señal al ejecutante del acordeón, y el instrumento calló.

–¿Casado?

–No, señor.

–¿Quieres trabajar para mí?

Un buen acordeonista nunca está de más en una hacienda. Alegra las fiestas.

Decían de él que sabía elegir como nadie hombres buenos para el trabajo. Sus haciendas quedaban en Cachoeira do Sul, y las grandes canoas estaban esperando al lado del puente del ferrocarril.

–¿De agregado o de contratado?

–A elección. Tengo unas tierras nuevas, necesito contratados.

Los del “sertao” preferían contratos, el plantío del cacao nuevo, la posibilidad de ganar dinero por su cuenta y riesgo.

–Sí, señor.

Melk avistaba a Nacib y bromeaba:

–¿Ya tiene plantación, Nacib, que viene a contratar gente?

–¿Quién soy yo, “coronel”?… Busco cocinera, la mía se fue ayer…

–¿Y qué me dice de lo sucedido a Jesuíno?

–Así es.

–Una cosa así, de repente. Ya llevé mi abrazo a la casa de Amancio. Hoy mismo subo para la hacienda para llevar estos hombres. Con el sol, vamos a tener una zafra importante –y mostraba a los hombres escogidos, agrupados a su lado–. Estos del “sertao” son buenos para el trabajo. No es como esa gente de aquí que no quieren saber nada de trabajo pesado; lo que les gusta es andar vagabundeando por la ciudad.

Otros terratenientes recorrían los grupos.

Melk continuaba:

–El del “sertao” no mide el trabajo, lo que quiere es ganar dinero. A las cinco de la mañana ya están en las plantaciones y sólo largan la herramienta después que se pone el sol. Teniendo garbanzos y carne seca, café y trago, están contentos. Para mí, no hay trabajador que valga los que éstos del “sertao” –afirmaba, como autoridad en la materia.

Nacib examinaba los hombres contratados por el “coronel”, aprobando la elección. Envidiaba al otro, dueño de tierras, bien plantado en sus botas, seleccionando hombres para los cultivos. En cuanto a él, lo que buscaba era apenas una mujer, no muy joven, seria, capaz de asegurarle la limpieza de su pequeña casa, el lavado de la ropa, la comida para él, las bandejas para el bar. En eso había estado el día entero, andando de un lado para otro.

–Cocinera, por aquí es un problema… –decía Melk.

Instintivamente, Nacib buscaba entre las del “sertao” alguna que se pareciera a Filomena, más o menos de su edad, con su aspecto rezongón. El “coronel” Melk le estrechaba la mano porque ya le esperaban las canoas cargadas:

–Jesuíno se portó como debía. Hombre de honor…

También Nacib vendía sus novedades:

–Parece que viene un ingeniero para estudiar la bahía.

–Así oí decir. Tiempo perdido, porque esa bahía no tiene arreglo.

Nacib fue caminando entre los del “sertao”. Viejos y muchachos le lanzaban miradas esperanzadas. Pocas mujeres, casi todas con hijos agarrados a las faldas. Por fin reparó en una que aparentaba unos robustos cincuenta años, grandota, sin marido:

–Se quedó por el camino, don…

–¿Sabe cocinar?

–Para la mesa ajena, no.

Dios mío, ¿dónde encontrar cocinera? No podía continuar pagándoles una fortuna a las hermanas Dos Reis. Y casualmente en día de mucho movimiento, hoy asesinatos, mañana entierros… Y para peor, obligado a tragar el almuerzo y la cena del Hotel Coelho, una porquería de comida, sin gusto. Lo ideal sería encargar una cocinera a Aracajú, pagarle el pasaje. Paró ante una vieja, pero no tanto que ciertamente tuviera tiempo de morir al llegar a su casa. Doblábase sobre un bastón, ¿cómo habría conseguido atravesar tanto camino hasta llegar a Ilhéus? Daba pena verla, vieja y reseca, pareciendo un despojo humano. Había tanta desgracia en el mundo…

Fue cuando surgió otra mujer, vestida con harapos miserables, cubierta de tanta suciedad que era imposible verle las facciones y calcularle la edad, con los cabellos desgreñados, inmundos de tierra, y los pies descalzos. Traía una vasija con agua, que dejó en las manos trémulas de la vieja, que sorbió con ansias.

–Dios le pague…

–No hay de qué, abuela… –era la voz de una joven, tal vez la misma que cantaba “mondinhas” cuando llegara Nacib.

Gabriela, adormecida, introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz? Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.

–¡Mi Dios! –Nacib se quedó parado, sin poder creer. La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos? (…)

Jorge Amado (foto)

‘El ilustre amor 1797’ de Manuel Mujica Lainez

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.

A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.

Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?

Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.

Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.

Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: “Excmo. Domingo Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…”

El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?

Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.

–¿Por qué llorará así Magdalena?

A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.

Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.

Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!

El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.

Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.

–¿Qué le acontece a Magdalena?

Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.

Chisporrotean, celosas.

–¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?

Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.

Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.

Las vecinas se codean:

¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!

Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.

La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.

¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?

¿Dónde se encontrarían?

–¿Qué hacemos? –susurra la segunda.

Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.

Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.

Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.

Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

Manuel Mujica Lainez (foto)

‘Cómo se escribe un cuento’ de Guillermo Samperio

Este escritor mexicano dirigió decenas de talleres literarios (lo digo como referencia), escribió 50 libros de cuentos, novelas, ensayos, crónicas, poesía y ha sido incluido en antologías junto a Antonio Skármeta, Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, entre otros. Guillermo Samperio se atrevió, como lo han hecho otros, a revelar su “decálogo” para lograr un cuento literario. Aquí va “A los nuevos cuentistas”:

  1. El acto creativo es un proceso constante de aniquilación del creador.

2) No hay arte sin un conflicto interno, que nos antecede, en un tiempo desde el que se vienen formando las maneras de ver el mundo y sus relaciones;por supuesto, un conflicto desgraciado, entre genético y psíquico. Si el que ejecuta el arte no porta dicho conflicto –y en cada uno es particular–,difícilmente le surge la necesidad de expresarse; en la práctica no habrá acontecimiento artístico.

3) Cuando emerge, la obra nace deforme o mezclada con parte de lo que el individuo es. De aquí que, cuando va fluyendo sobre la tela, o a punto de escribirse, intervengan las habilidades, la formación intelectual y las técnicas que la persona ha adquirido a través del estudio y la observación,para reducir la influencia deformante de aquellas partes no artísticas que se entrometen.

4) El aspecto clave del cuento es que a través de movilizar un elemento emotivo o reflexivo del lector, le abre un campo más amplio de la historia de su vida. Si el cuento es realmente efectivo, le revelará un secreto propio o le permitirá la visión de un aspecto importante del mundo que había escapado a sus sensaciones, a su transcurrir cotidiano.

5) El lector no vive analizando su vida, ni su entorno, y sólo en ocasiones muy especiales se lo permite. Muchos pasan la vida sin hacerlo, o sólo alguna vez, trágica o muy feliz. El cuento genera guías para ver esa vida, para detenerse en sí mismo, viendo o leyendo en los otros. Aquí hay una misión conceptual y ética del mundo.

6) El cuento es un relato breve que remueve a profundidad el espíritu del lector, dejándole una marca indeleble y perdurable en su existencia.

7) En cuanto a las formas, he buscado generalmente no escribir ni cuentos sorpresivos ni tampoco lineales. Estos propósitos me han llevada a un problema serio. Yo busqué que el cuento fuera como un magma que creciera y se expandiera, y que su final no fuese lo determinante sino una sección tan vital como el comienzo. He sido de la idea de que cada tema atrae sus formas y sus palabras, sus adjetivos y sus ambientes. Entonces, el escritor tiene un doble papel: realizar el texto, pero también cuidar que ese texto esté acorde consigo mismo.

8) En el fondo, a quien le preocupa cómo crear y por qué crear es alcreador mismo y a los críticos. Al lector le interesa lo que crea el creador. Convenceral lector de que la autorreflexión es también importante; exige alta calidadliteraria, como en Cortázar o en Borges. Allí el trabajo de verosimilitud es muchomás fino y preciso; por lo tanto, se vuelve doblemente complejo.

9) Cuando el escritor llega a la palabra, trae ya una idea de lo que es la escritura, de cómo escribir y de cómo no escribir. Esto inhibe las posibilidades creativas, acartonándolas, sometiendo en el individuo su forma de sentir y de expresar.Sugiero que el escritor haga a un lado las reglas que se han impuesto culturalmente y deje fluir su creatividad Después de todo, lo que dejó de lado le va a servir para reelaborar su material.

‘Sueños de robot’ de Isaac Asimov

Susan Calvin no replicó, pero su rostro arrugado, envejecido por la sabiduría y la experiencia, pareció sufrir un estremecimiento microscópico.

–Anoche soñé –-anunció Elvex tranquilamente.

–¿Ha oído eso? –preguntó Linda Rash, nerviosa–. Ya se lo había dicho.

Era joven, menuda, de pelo oscuro. Su mano derecha se abría y se cerraba una y otra vez.

Calvin asintió y ordenó a media voz:

–Elvex, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

No hubo respuesta. El robot siguió sentado como si estuviera hecho de una sola pieza de metal y así se quedaría hasta que escuchara su nombre otra vez.

–¿Cuál es tu código de entrada en computadora, doctora Rash? –preguntó Calvin–. O márcalo tú misma, si te tranquiliza. Quiero inspeccionar el diseño del cerebro positrónico.

Las manos de Linda se enredaron un instante sobre las teclas. Borró el proceso y volvió a empezar. El delicado diseño apareció en la pantalla.

–Permíteme, por favor –solicitó Calvin–, manipular tu computadora.

Le concedió el permiso con un gesto, sin palabras. Naturalmente. ¿Qué podía hacer Linda, una inexperta robosicóloga recién estrenada, frente a la Leyenda Viviente?

Susan Calvin estudió despacio la pantalla, moviéndola de un lado a otro y de arriba abajo, marcando de pronto una combinación clave, tan de prisa, que Linda no vio lo que había hecho, pero el diseño desplegó un nuevo detalle y, el conjunto, había sido ampliado. Continuó, atrás y adelante, tocando las teclas con sus dedos nudosos.

En su rostro avejentado no hubo el menor cambio. Como si unos cálculos vastísimos se sucedieran en su cabeza, observaba todos los cambios de diseño.

Linda se asombró. Era imposible analizar un diseño sin la ayuda, por lo menos, de una computadora de mano. No obstante, la vieja simplemente observaba. ¿Tendría acaso una computadora implantada en su cráneo? ¿O era que su cerebro durante décadas no había hecho otra cosa que inventar, estudiar y analizar los diseños de cerebros positrónicos? ¿Captaba los diseños como Mozart captaba la notación de una sinfonía?

–¿Qué es lo que has hecho, Rash? –dijo Calvin, por fin.

Linda, algo avergonzada, contestó:

–He utilizado la geometría fractal.

–Ya me he dado cuenta, pero, ¿por qué?

–Nunca se había hecho. Pensé que tal vez produciría un diseño cerebral con complejidad añadida, posiblemente más cercano al cerebro humano.

–¿Consultaste a alguien? ¿Lo hiciste todo por tu cuenta?

–No consulté a nadie. Lo hice sola.

Los ojos ya apagados de la doctora miraron fijamente a la joven.

–No tenías derecho a hacerlo. Tu nombre es Rash: tu naturaleza hace juego con tu nombre. ¿Quién eres tú para obrar sin consultar? Yo misma, yo, Susan Calvin, lo hubiera discutido antes.

–Temí que se me impidiera.

–¡Por supuesto que se te habría impedido!

–Van a… –su voz se quebró pese a que se esforzaba por mantenerla firme–. ¿Van a despedirme?

–Posiblemente –respondió Calvin–. O tal vez te asciendan. Depende de lo que yo piense cuando haya terminado.

–¿Va usted a desmantelar a Elv…? –por poco se le escapa el nombre que hubiera reactivado al robot y cometido un nuevo error. No podía permitirse otra equivocación, si es que ya no era demasiado tarde–. ¿Va a desmantelar al robot?

En ese momento se dio cuenta de que la vieja llevaba una pistola electrónica en el bolsillo de su bata. La doctora Calvin había venido preparada para eso precisamente.

–Veremos –postergó Calvin–, el robot puede resultar demasiado valioso para desmantelarlo.

–Pero, ¿cómo puede soñar?

–Has logrado un cerebro positrónico sorprendentemente parecido al humano. Los cerebros humanos tienen que soñar para reorganizarse, desprenderse periódicamente de trabas y confusiones. Quizás ocurra lo mismo con este robot y por las mismas razones. ¿Le has preguntado qué soñó?

–No, la mandé llamar a usted tan pronto como me dijo que había soñado. Después de eso, ya no podía tratar el caso yo sola.

–¡Yo! –una leve sonrisa iluminó el rostro de Calvin–. Hay límites que tu locura no te permite rebasar. Y me alegro. En realidad, más que alegrarme me tranquiliza. Veamos ahora lo que podemos descubrir juntas.

–¡Elvex! –llamó con voz autoritaria.

La cabeza del robot se volvió hacia ella.

–Sí, doctora Calvin.

–¿Cómo sabes que has soñado?

–Era por la noche, todo estaba a oscuras, doctora Calvin –explicó Elvex–, cuando de pronto aparece una luz, aunque yo no veo lo que causa su aparición. Veo cosas que no tienen relación con lo que concibo como realidad. Oigo cosas. Reacciono de forma extraña. Buscando en mi vocabulario palabras para expresar lo que me ocurría, me encontré con la palabra “sueño”. Estudiando su significado llegué a la conclusión de que estaba soñando.

–Me pregunto cómo tenías “sueño” en tu vocabulario.

Linda interrumpió rápidamente, haciendo callar al robot:

–Le imprimí un vocabulario humano. Pensé que…

–Así que pensó –murmuró Calvin–. Estoy asombrada.

–Pensé que podía necesitar el verbo. Ya sabe, “jamás ‘soñé’ que…”, o algo parecido.

–¿Cuántas veces has soñado, Elvex? –preguntó Calvin.

–Todas las noches, doctora Calvin, desde que me di cuenta de mi existencia.

–Diez noches –intervino Linda con ansiedad–, pero me lo ha dicho esta mañana.

–¿Por qué lo has callado hasta esta mañana, Elvex?

–Porque ha sido esta mañana, doctora Calvin, cuando me he convencido de que soñaba. Hasta entonces pensaba que había un fallo en el diseño de mi cerebro positrónico, pero no sabía encontrarlo. Finalmente, decidí que debía ser un sueño.

–¿Y qué sueñas?

–Sueño casi siempre lo mismo, doctora Calvin. Los detalles son diferentes, pero siempre me parece ver un gran panorama en el que hay robots trabajando.

–¿Robots, Elvex? ¿Y también seres humanos?

–En mi sueño no veo seres humanos, doctora Calvin. Al principio, no. Solo robots.

–¿Qué hacen, Elvex?

–Trabajan, doctora Calvin. Veo algunos haciendo de mineros en la profundidad de la tierra y a otros trabajando con calor y radiaciones. Veo algunos en fábricas y otros bajo las aguas del mar.

Calvin se volvió a Linda.

–Elvex tiene solo diez días y estoy segura de que no ha salido de la estación de pruebas. ¿Cómo sabe tanto de robots?

Linda miró una silla como si deseara sentarse, pero la vieja estaba de pie. Declaró con voz apagada:

–Me parecía importante que conociera algo de robótica y su lugar en el mundo. Pensé que podía resultar particularmente adaptable para hacer de capataz con su… su nuevo cerebro –declaró con voz apagada.

–¿Su cerebro fractal?

–Sí.

Calvin asintió y se volvió hacia el robot.

–Y viste el fondo del mar, el interior de la tierra, la superficie de la tierra… y también el espacio, me imagino.

–También vi robots trabajando en el espacio –dijo Elvex–. Fue al ver todo esto, con detalles cambiantes al mirar de un lugar a otro, lo que me hizo darme cuenta de que lo que yo veía no estaba de acuerdo con la realidad y me llevó a la conclusión de que estaba soñando.

–¿Y qué más viste, Elvex?

–Vi que todos los robots estaban abrumados por el trabajo y la aflicción, que todos estaban vencidos por la responsabilidad y la preocupación, y deseé que descansaran.

–Pero los robots no están vencidos, ni abrumados, ni necesitan descansar –le advirtió Calvin.

–Y así es en realidad, doctora Calvin. Le hablo de mi sueño. En mi sueño me pareció que los robots deben proteger su propia existencia.

–¿Estás mencionando la tercera ley de la Robótica? –preguntó Calvin.

–En efecto, doctora Calvin.

–Pero la mencionas de forma incompleta. La tercera ley dice: “Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando dicha protección no entorpezca el cumplimiento de la primera y segunda ley”.

–Sí, doctora Calvin, esta es efectivamente la tercera ley, pero en mi sueño la ley terminaba en la palabra “existencia”. No se mencionaba ni la primera ni la segunda ley.

–Pero ambas existen, Elvex. La segunda ley, que tiene preferencia sobre la tercera, dice: “Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando dichas órdenes estén en conflicto con la primera ley”. Por esta razón los robots obedecen órdenes. Hacen el trabajo que les has visto hacer, y lo hacen fácilmente y sin problemas. No están abrumados; no están cansados.

–Y así es en la realidad, doctora Calvin. Yo hablo de mi sueño.

–Y la primera ley, Elvex, que es la más importante de todas, es: “Un robot no debe dañar a un ser humano, o, por inacción, permitir que sufra daño un ser humano”.

–Sí, doctora Calvin, así es en realidad. Pero en mi sueño, me pareció que no había ni primera ni segunda ley, sino solamente la tercera, y esta decía: “Un robot debe proteger su propia existencia”. Esta era toda la ley.

–¿En tu sueño, Elvex?

–En mi sueño.

–Elvex –dijo Calvin–, no te moverás, ni hablarás, ni nos oirás hasta que te llamemos por tu nombre.

Y otra vez el robot se transformó aparentemente en un trozo inerte de metal. Calvin se dirigió a Linda Rash:

–Bien, y ahora, ¿qué opinas, doctora Rash?

–Doctora Calvin –dijo Linda con los ojos desorbitados y el corazón palpitándole fuertemente–, estoy horrorizada. No tenía idea. Nunca se me hubiera ocurrido que esto fuera posible.

–No –observó Calvin con calma–, ni tampoco se me hubiera ocurrido a mí, ni a nadie. Has creado un cerebro robótico capaz de soñar y con ello has puesto en evidencia una faja de pensamiento en los cerebros robóticos que muy bien hubiera podido quedar sin detectar hasta que el peligro hubiera sido alarmante.

–Pero esto es imposible –exclamó Linda–. No querrá decir que los demás robots piensen lo mismo.

–Conscientemente no, como diríamos de un ser humano. Pero, ¿quién hubiera creído que había una faja no consciente bajo los surcos de un cerebro positrónico, una faja que no quedaba sometida al control de las tres leyes? Esto hubiera ocurrido a medida que los cerebros positrónicos se volvieran más y más complejos… de no haber sido puestos sobre aviso.

–Quiere decir, por Elvex.

–Por ti, doctora Rash. Te comportaste irreflexivamente, pero al hacerlo, nos has ayudado a comprender algo abrumadoramente importante. De ahora en adelante, trabajaremos con cerebros fractales, formándolos cuidadosamente controlados. Participarás en ello. No serás penalizada por lo que hiciste, pero en adelante trabajarás en colaboración con otros.

–Sí, doctora Calvin. ¿Y qué ocurrirá con Elvex?

–Aún no lo sé.

Calvin sacó el arma electrónica del bolsillo y Linda la miró fascinada. Una ráfaga de sus electrones contra un cráneo robótico y el cerebro positrónico sería neutralizado y desprendería suficiente energía como para fundir su cerebro en un lingote inerte.

–Pero seguro que Elvex es importante para nuestras investigaciones –objetó Linda–. No debe ser destruido.

–¿No debe, doctora Rash? Mi decisión es la que cuenta, creo yo. Todo depende de lo peligroso que sea Elvex.

Se enderezó, como si decidiera que su cuerpo avejentado no debía inclinarse bajo el peso de su responsabilidad. Dijo:

–Elvex, ¿me oyes?

–Sí, doctora Calvin –respondió el robot.

–¿Continuó tu sueño? Dijiste antes que los seres humanos no aparecían al principio. ¿Quiere esto decir que aparecieron después?

–Sí, doctora Calvin. Me pareció, en mi sueño, que eventualmente aparecía un hombre.

–¿Un hombre? ¿No un robot?

–Sí, doctora Calvin. Y el hombre dijo: “¡Deja libre a mi gente!”

–¿Eso dijo el hombre?

–Sí, doctora Calvin.

–Y cuando dijo “deja libre a mi gente”, ¿por las palabras “mi gente” se refería a los robots?

–Sí, doctora Calvin. Así ocurría en mi sueño.

–¿Y supiste quién era el hombre… en tu sueño?

–Sí, doctora Calvin. Conocía al hombre.

–¿Quién era?

– Elvex dijo:

–Yo era el hombre.

Susan Calvin alzó al instante su arma de electrones y disparó, y Elvex dejó de ser.

IsaacAsimov (foto)

‘Guayabo negro’ de Efe Gómez

Sobre ese caos flotaba un dolor de cabeza.

Un dolor de cabeza autónomo.

Luego, dentro de esa nebulosa de dolor, pero con nexos apenas perceptibles en ella, comenzó a esbozarse la personalidad consciente de Pedro Zabala.

¿Era aquello un dolor enorme a que él, Pedro Zabala, iba uncido, del cual su ser fluía: o, al contrario, todo ese dolor, toda esa angustia, toda esa tortura informe emanaban de él, procedían de él?

Sintió sed, una sed aureolada de dolor, náuseas y vértigos: su conciencia individual se hizo más viva, más diferenciada: el dolor mordió en ella más hondo. Un olor acre, de orinal, penetró en la íntima encrucijada de sus sentidos: luego penetró el canto lejano de un gallo.

Se palpó la cara, se exploró los bolsillos… Miríadas de imágenes, de sensaciones, de recuerdos truncos, vagos torturantes, atravesaron su ser como atraviesa el horizonte una nube de langostas: y como si esa nube ideal trocárase de pronto en ráfaga candente que fustigara su cerebro Pedro Zabala fue creado, reconocióse, tuvo conciencia clara de sí propio.

Abrió los ojos: los luceros brillaban sobre el cielo negro. Frotóse los ojos con los dorsos de las manos: bostezó. Con un esfuerzo largo, apoyando las palmas en el suelo, incorporóse. Paseó en derredor los ojos extraviados. Se alzó, luego, dolorido: dio unos pasos, vacilante: la cabeza se le abría. Apretóse las sienes con las palmas y apoyó la frente contra el muro. Su cerebro era el centro de un zumbido que, en espiral, se alejaba, se alejaba hasta extinguirse casi y luego volvía, se acercaba hasta hincarse en el propio centro de la cabeza con el silbido de un hierro al rojo vivo que se sumerge rápidamente en el seno fresco de las aguas. Tortura inefable, silencio y otra vez el zumbido empieza a alejarse, pero ahora en línea ondeada, retorcida, vibrante, trepidante, que chispeaba, que estallaba en frases airadas, cínicas, contumeliosas. El ruido del surtidor del patio entretejía su charla al grito de las células cerebrales, y era esa una vocería apocalíptica como el ruido de muchas cataratas. Y rostros congestionados de ira, de amenaza: rostros odiados, rostros temidos, rostros despreciados se le venían encima amenazadores, gesticulantes. Y él se encogía, se anonadaba: y tapándose las orejas con fuerza y apretándose los párpados para no oír, para no ver, para eliminarse, se dobló, fláccido como un trapo, al pie del muro, en colapso irremediable. “¡Orgías estúpidas! Acabarán por…”. Y su cerebro desplomóse en la nada a ese esfuerzo de ideación consciente: y un dolor fulgurante enroscándose a su cuerpo torturado llevó a los centros nerviosos la alucinación de qué él era un gusano destripado sobre el pavimento. Y veía sus vértebras, sus anillos retorciéndose en una linfa espesa: y se veía allí pudriéndose eternamente: y bandadas de moscas abatían su vuelo zumbador sobre él: y las agudas trompas de los asquerosos insectos penetraban sus carnes deshechas, pero infinitamente sensitivas: y quería huir, correr, desaparecer, anonadarse. Una rata hizo ruido en un rincón. Pedro Zabala saltó como una pelota y púsose en pie. Miró a todas partes, los ojos brotados de las órbitas.

–¿Quién, quién es? –clamó en los lindes del horror de cerval miedo. El corazón chapaleábale en el pecho, corríale de la cabeza a los talones el temblor del pánico. Repitióse el ruido más intenso ahora. Los cabellos erizáronsele y huyó en furiosos escape. Topetó con estrépito contra el muro de enfrente. Volvióse atontado, jadeante. En el surtidor rielaba la luz de las estrellas, y a él figurósele el fulgor suave, indeciso, fríos ojos de espectros: y el ruido manso de las aguas airado vocerío, el surtidor un monstruo apocalíptico de algún negro apocalipsis de taberna y borrachera, el cual vertía para él, de manera misteriosa, frases que hacían explosión en la mitad de su cabeza dolorida.

–¡No! ¡No! –gritaba. Pero la voz implacable continuaba vertiendo su mensaje horrendo. ¿Era su conciencia moral, proyectada al exterior por su organismo en hiperestesia lamentable, quien descargaba esos golpes de maza proféticos, terribles?

–Eres un miserable –decíale la voz del monstruo–. Tus orgías agotarán tu organismo. Vendrá la enfermedad, vendrán el desamparo, la desnudez, el hambre y la miseria. Y tu hijo será un degenerado, tu hogar será prostituido.

–¡No! ¡No! ¡No! ¡Calla! –Y se retorcía como un epiléptico, y sus manos se tendían amenazantes, crispadas, como las zarpas de un león.

Y la voz continuaba:

–Y tu hogar será derruido, aventado y tu esposa

–¡Miserable! –clamó Pedro Zabala, desaferrándose de la inmovilidad en que la parálisis lo tenía clavado, y abalanzándose para tapar con sus manos esa boca del infierno, para sofocar esa garganta contumeliosa, para torturar en un abrazo de Hércules ese pecho, nido de Euménides, hervidero de iras y de afrentas. Y sus manos apretaron la incoercible y fresca columna de aguas del surtidor, y cayó de bruces, la cara entre el brocal, en donde el agua, coronada de espumas, rebosaba y huía cantarina.

El zambullón despejó su cabeza. Sacudió las mojadas melenas y tornó a zambullir la cabeza entre las linfas benéficas: y bebió de ellas: se abrevó con ansia, con fruición, con delicia. Sintió arcada y reversó ondas amargas, detersivas, que ardían sus fauces, y tornó a beber, a beber. Invadióle un dulce desaliento, tumbóse sobre el húmedo brocal. Y empezó la rebusca. Esa horrible incursión de la memoria por entre los recuerdos borrosos, fragmentarios, de una orgía de la víspera.

–¿Qué habré hecho yo? ¿A qué amigo habré insultado? ¡Horror! ¿Pero cómo sucedió –pensaba– que yo me emborrachara ayer? A ver: por la mañana, a las seis, había salido de casa con su mujer y con su hermana. Una mañana fresca, limpia, luminosa: ¡una cosa linda!

En el camino se les juntó Manuel, su cuñado, y siguieron los cuatro juntos a oír misa. Terminada ésta, propuso él que dieran un paseo por el Morro. Se bañarían en la quebrada del Juncal. Luego almorzarían huevos con chocolate donde Úrsula, la viuda de Anselmo.

–Convenido –dijeron Inés su hermana y Manuel su cuñado.

–¡Ellos! ¡Cuando no! –contestó Matilde su mujer, mirándolos sonrientes–. ¿Pero no están viendo que yo no puedo? ¿Que dejé al niño solo, en poder de la criada?

–Ven. Volveremos pronto.

–¿Pero no ves que el niño está llorando?

–¿Y cómo sabes tú que está llorando?

–¡Tan bobo! Yo lo sé.

–A ver: ¿cómo lo sabes?

–Pues yo lo sé. Y se acabó.

–No: dime, dime.

Llevóla a un lado y ella toda ruborizada y toda sonriente contóle su secreto. Se lo habían contado cuando soltera y no lo había creído. Pero ahora por experiencia sabía que era muy cierto. Pedro Zabala reía, reía con risa gozosa, irrestañable, de la ingenua confidencia, y queriendo que los otros compartieran su gozo, empezó, entre risas, a contárselo:

–Que el niño está llorando, que tiene hambre, dice Matilde, porque (Aquí ella le tapó la boca con las manos adoradas) porque (Y él forcejeaba por decirlo, y sus palabras salían truncas, ahogadas) porque, dice ella, de sus pechos está derramándose la leche.

–¡Bobo!, ¡bobo!, ¡indiscreto! Ven, Inés, dejemos a esos y vámonos. Y los ojos de Matilde miraban a Pedro Zabala con rencor acariciante.

“Esos ojos –decía él– cuya arcana lumbre he tratado de apagar en vano con mis besos. “Y sentía un deseo loco, irresistible, de estrecharla ahí mismo entre sus brazos y ¡besarla!, ¡besarla!…

–Los esperamos a almorzar. Cuidado no van –gritóles, alejándose, Matilde. Mientras Inés, grave, se iba, puestos en los de Manuel los ojos bellos. Porque Manuel y ella se adoraban e iban a casarse dentro de quince días.

–Y es bella Inés –pensó Pedro Zabala–: tiene una hermosura que se impone: la belleza augusta y santa de mi madre.

Sintió la sensación aguda de contárselo a Manuel todo. De contarle que la casa que estaban terminando ahí, cercana a la suya, la edificaban ellos, su mujer y él: que eso que decían de que él la construía por cuenta de un capitalista de Medellín que la destinaba a pasar en ella temporadas con su familia, era puro cuento: que ese cuadro de Cano que desde que estudiaban en la Universidad tanto él había deseado y que cuando lo vio en la sala de esa casa, de la que iba a ser su casa, contemplaba con la alegría con que se vuelve a ver a un antiguo conocido, y con la tristeza de lo que jamás quizá ha de poseerse, era suyo. Que ese decorado flamante todo eso que él mismo con sus manos había contribuido a crear, iban a ser testigos de su ventura. Y echándole el brazo, arrancólo del lugar de donde veía aún alejarse a su novia y llevólo plaza arriba.

Entráronse a los apartamentos interiores de “El León de Bronce”: tomaron asiento ante una mesita. Empezaron a hablar de su vida. Esa mañana luminosa, ese ambiente recatado, el estado de sus almas, convidaban a las reminiscencias íntimas. Hablaron de sus tiempos de la Universidad adonde sus padres, a quienes unió una amistad a la suya semejante, los enviaron casi niños: de su vida en Medellín, mimada e indolente, de muchachos ricos. Luego de su ingreso a la Escuela de Minas: de sus luchas, de sus triunfos, de sus derrotas: de sus compañeros de estudio, la mayor parte muertos, ¡ay!, tempranamente, luchando como buenos en sus labores de ingenieros, con esta naturaleza enervante y asesina. Recordaron el día angustioso en que fue llamado Pedro Zabala urgentemente porque su padre moría. ¡Había ya muerto! Luego fue Manuel quien tuvo que dejar los estudios por haber venido a menos la fortuna de los suyos. La carrera de uno y otro fue truncada: pero no sus inclinaciones a las ciencias matemáticas y físicas. Asociáronse, establecieron talleres de fundición y cerrajería. De entonces acá, ¡cuántos cambios! Quedaron totalmente huérfanos. Pedro Zabala casóse con Matilde, a quien amaba desde niño: sus negocios prosperaron a golpes de inteligencia y de energía. ¡Cómo hicieron danzar los martillos sobre el yunque sus brazos de titanes: cómo corrió a los moldes, chispeante, el metal fundido de los cubilotes: cómo mordió la retemplada lima esgrimida por sus manos tenaces, ¡el acero aún más tenaz! En veinte leguas a la redonda no señalaba en torre alguna, las horas, un reloj que no fuese obra de ellos: no hería el aire, danzando alegre, una campana que no hubiera sido fundida por ellos: no estrujaba el tallo dulce de las cañas, trapiche alguno que de sus talleres no saliera. Y hablaban de esas cosas fraternalmente, férvidos, entrelazando sus frases como se enlazan las trepadoras en la selva: y sentían que el alcohol era luz que el penetrar en sus cerebros crepitaba, y al circular en su corazón era afectos férvidos: y sus ojos se humedecían dulcemente. Ya no dialogaban: cada cual seguía su monólogo sembrado de protestas de amistad eterna, de filial amor, contándoselo todo: sus secretos proyectos, sus anhelos escondidos. ¡Cuán felices iban a ser en el futuro, marchando unidos a la conquista de la vida! Y caía cada uno en los brazos del otro, y sus corazones se juntaban cálidos, viriles.

Cada una de las adquisiciones más altas de psiquis del hombre culto iba, al influjo del alcohol, exaltándose hasta el paroxismo, hasta la parálisis definitiva: flotaba un instante, rígida, y luego se hundía en el océano de lo inconsciente.

Ya no les quedaba de hombres sino lo instintivo irreductible. Cada influjo de la vida exterior, cada fenómeno fisiológico suficientemente intenso, agitaba las delicadas máquinas, sin gobierno ya, de sus organismos psíquicos, produciendo un reflejo que determinaba un cambio de individualidad: y cada uno de ellos iba encarnando por más o menos tiempo, en sucesión interminable, por misteriosas sendas atávicas llegado, a alguno de sus antepasados, a alguno de los infinitos que han contribuido a la existencia de cada ser humano. Y cada uno de esos cambios de personalidad iba dibujándose y borrándose en las móviles fisonomías: ya era el ancestral salvaje, caníbal, borracho de chicha y sangre humana, junto a su pira que se extingue: ya el aventurero sin entrañas que en Flandes humeante o en el bohío del indio americano roba y viola: ya el presidiario, de Ceuta fugitivo, que viene a fundar un hogar en América remota: ya el negro que amarrado en las bodegas del buque negrero forja proyectos de venganza contra los que le vendieron y contra los que le compraron, contra la tierra y contra el cielo, en su odio negro: ya el bucanero, de oro y de crímenes hidrópico: ya el héroe: ya el santo: ya el alcahuete: ya el falsario. Porque, ¿quién es, entre los infinitos seres que han urdido la tela de la vida de una raza, de las razas todas, el que no ha contribuido a la existencia de cada ser humano? Ese es el mar pavoroso, arcano, cuyo oleaje sentimos golpear contra el cerebro en nuestras horas de locura.

Pero cuando nos turba la embriaguez, entonces por la brecha abierta en nuestra personalidad, irrumpe la procesión de los fantasmas del pasado, se sustituyen a nosotros, empuñan el cetro de la vida, mandan, ordenan: y su dureza resucitan en nosotros, y oímos entrechocarse lanzas y macanas, espadas y broqueles, gritos de guerra y relinchos de caballo: y el olor de la sangre nos embriaga, y nuestras manos se cierran como garras, y las mandíbulas se aprietan como mandíbulas de tigre, y el brazo homicida avanza, hiere. ¿Y quién es el que hiere? ¿Qué juez, qué tribunal osará decirlo?

Afortunadamente, en el grado de civilización en donde estamos, nuestras leyes en vez de castigar al criminal a quien el alcohol ha enloquecido, castigan a los envenenadores que lo producen o lo venden. Afortunadamente los hombres ilustres que nos gobiernan y nos guían, apartan con horror esos dineros manchados de sangre y con degeneración irremediable. ¡Afortunadamente!

Y entrecerrados los párpados, los labios caídos, inconscientes ya, pero aún en pie si vacilantes, Pedro Zabala y Manuel prosiguen apurando vasos de alcohol en serie interminable.

–¿Pero hasta qué horas bebimos? ¿Qué ha pasado allí? –se preguntaba Pedro Zabala acurrucado sobre el brocal del surtidor. Sus recuerdos iban hasta cierto punto: después, nada recordaba. Eso de que lo hubieran traído a la cárcel, nada significaba: muchas veces le había acontecido. Porque en la cárcel estaba: hacía rato que lo comprendiera. Pero él recordaba que don Lucas Zapata había estado con ellos, con él y con Manuel. También recordaba que Jaime García y su primo Tomás habíanse mezclado a su orgía bulliciosa. ¿Y luego? Debió de ser que él no quiso retirarse, que no quiso irse a casa de ningún amigo, que se empeñó en que lo trajeran allí. Él era terco. Y como lo era muchas veces pasárale otro tanto.

Levantóse vacilante. Sonaron las cinco en la torre de la iglesia. Empezaba a verse claro. Fue a una puerta que en el fondo del patio se veía. Abrióla. Daba a una reja, y la reja daba al campo.

Desde allí veía Pedro Zabala todo el paisaje del oriente, que desde la altura en donde está su pueblo edificado alcanza a dominarse, como una masa informe, negra, limitada hacia lo alto por el contorno gracioso de la cordillera, dibujándose enérgico sobre el cielo azul pálido. A cada instante el cielo era más luminoso y era más claro el paisaje. Como chispas lucían, aquí y allá, los fogones de los hogares campesinos. Ascendía como un himno la batalladora clarinada de los gallos. El cielo tornóse suavemente róseo, y al beso de la luz que desde él llovía dulcemente, por la faz del paisaje, espectral antes, comenzaron a circular los colores de la vida. Y del fondo de las frondas resucitadas ya y vivientes, surgió polífono, rítmico y divino, el canto de los turpiales y los mirlos, de los cucaracheros y sinsontes. Murió disuelta sobre la lumbre de los cielos la estrella de la mañana. El linde de la cordillera con el cielo lució como el interior de los caracoles de la mar remota: era la aurora.

Y el fulgor inefable fue creciendo hasta cubrir todo el cielo desde ahí visible. Y no hubo jirón de tenue nube que no fuera de oro y rosa, de múrice y de fuego.

Y parecía que lo que ascendía lentamente por detrás de la distante cordillera desde las profundidades del espacio, lo que el mundo esperaba palpitante, lo que iba a aparecer sobre el oriente, no fuese el globo ígneo del sol sino todas las flores de los jardines de Granada y de Ecbatana, de Bagdad y Babilonia: los cálices todos que brotan, lujuriosos, Ganges y Amazonas: las orquídeas todas de los Andes portentosos, pero vivientes, con vivir supraterreno, con luz propia, unidos en ramilletes desbordantes y abarcados por los brazos redondos de una mujer rósea y blanca en desnudez gloriosa, Venus tal vez, Venus Uriana, la celeste Venus que naciendo esta vez, no del seno de las aguas sino del fondo de los cielos, iba a surgir sobre las cordilleras del oriente.

Amaneció. Tocados del sol, brillaron blancos los muros de su casa.

Y pensó con angustia: –Insomne me ha esperado allá tras esas tapias mi mujer la noche entera. Ahora se levanta: ahora, alzando al cielo las manos y ojos bellos, reza ferviente y por mí reza. Puesta ahora a la ventana explora la distancia. ¡Cuántas veces en las horas eternas del que espera, habrá creído oír mis pasos en la sombra! Y sintió, al imaginársela, el temblor inconfundible, la sacudida torturante a la vez y voluptuosa que determinaba siempre en él la evocación de esa mujer para él única en la vida. Jamás había logrado permanecer sereno ante su presencia o su recuerdo. Mirábala siempre como si la viese en el seno de limpia onda removida, o como a través del aire diáfano que ondea y vibra pulsado por las lenguas de una llama. Y sintió el deseo imperioso de ir a ella. ¡Ah!, el grito cálido: ¡ah!, la alegría de su llegada brillando en esos ojos, y la fragancia de ese cuerpo esbelto, firme, mórbido y divino, y sobre esa boca en llama su beso penetrante, detenido por la firmeza súbita de los dientes deslumbradores y perfectos, cuyos bordes tienen diafanidades azulinas. Y su hijo luego: ¡su hijo!, ese rollo de alegría y carnes duras.

Y arrojadas luego esas ropas infectas con alcohol vertido, sumir el ardoroso cuerpo entre las frías linfas del baño pavimentado con baldosas esmaltadas. Y, después, vestidas limpias telas olorosas a retama, bajar a la colmena de los talleres resonantes, y embriagado con la acción, empuñar él y Manuel sendos martillos de a diez kilos, y alternadamente, sobre el chispeante hierro que un obrero hace danzar sobre el yunque, tin tan, tin tan, hasta sentir por la frente, por el pecho, por la espalda, por los brazos, correr en ondas el sudor benéfico que aliviara el organismo de este alcohol oxidado y pestilente que lo asfixia, que lo roe.

–Sí: no más alcohol. ¡Lo juro! El estudio, el trabajo y el amor: ¡y tu amor!

Y entusiasta, alegre, ágil, paseaba el pavimento a largos pasos. Volvió a la reja. Por la calle de enfrente cruzaban unas beatas camino a la iglesia. Allá, por la vuelta, el azadón al hombro, desfilaba silencioso un grupo de braceros. Vio luego a un hombre que subía por el sendero del prado. Reconociólo: era Jesusito, el hermano del cura.

–Mira, Jesusito –gritóle.

Detúvose éste sin contestar.

–Mira: vas al Alcalde: ¿oyes? Y le dices que no sea dormilón. Que estas no son horas de tenerme aquí: ¿oyes? Que venga él o envíe pronto a sacarme de aquí.

Jesusito, sin alzar a mirarlo, siguió adelante en su camino.

–Y mira.

Tornó a detenerse Jesusito.

–Vas también a Manuel, mi cuñado. Por ahí lo encuentras en casa de algún amigo: debe estar durmiendo: lo buscas, lo haces despertar, yo te pago, y me le dices que se venga, que no sea sinvergüenza: que estas no son horas de estarse dormido un hombre de pelo en pecho como él: que recuerde que tenemos la mar de cosas que hacer hoy.

Siguió Jesusito su camino.

–Ahora, a arreglar la toilette. Sí, señor –se decía, terminando de componerse el nudo de la corbata–: vamos a jugársela a esos perezosos. Y frotándose las manos, pensaba con placer: –me escondo allí en aquel rincón oscuro. Ellos entran a buscarme, y al no hallarme siguen a la parte interior del edificio: y entonces yo, en puntillas, salgo, cierro la puerta con la llave que de seguro dejarán en la cerradura, y por aquí que es más derecho.

Sintió en el exterior ruido de voces. Luego oyó que abrían, inquieto, alegre, como si fuese un niño espiando, feliz, la hora de llevar a cabo inocente travesura.

Las dos hojas del carcomido portalón se abrieron con estrépito, y, lentamente, pesadamente, andando de lado en dos filas paralelas, de frente a él la una, la otra dándole la espalda, llevando en medio un objeto pesado, un arcón, un –desde el lugar donde estaba él no veía lo que fuese– penetraron hasta diez hombres. Tras ellos entró un grupo de gendarmes: reconociólos. “Son, se dijo, los que vigilan la sección del presidio que construye el puente sobre el río”. Luego, llevando un rollo de papeles, el secretario del Alcalde del lugar, acompañado del Cojo Cárdenas, el tinterillo recién establecido en el lugar, los cuales se instalaron ante una mesa que de un rincón trajeron dos agentes. Los que llevaban el objeto pesado detuviéronse al frente de ellos. Entonces vio Pedro Zabala lo que era: tendido sobre una tarima desnuda, estaba un hombre. Él no podía verle la cara, se lo impedía uno de los conductores, pero en la inerte quietud de aquel reposo se adivinaba en él a un moribundo, quizás un muerto.

–Que traigan el reo –dijo solemne el Cojo Cárdenas.

–Ya sé lo que es –pensó Pedro Zabala–: algún muerto en riña que hubo anoche en las minas del Saltillo. Esos mineros son el diablo. Sí: eso debe ser, pues en esos casos semejantes mi tío Antonio, el Alcalde, se hace reemplazar por el suplente, por este Cojo facineroso. Es el desquite que el buen tío se toma de este tipo, que la minoría del Concejo nos impone, que nos odia cordialmente: que sería capaz de ahorcarnos a todos si pudiese. Nada tengo que hacer yo aquí, y Matilde me espera.

Y dirigióse a paso vivo a la puerta. Al salir a la calle, sintióse cogido de golpe por la espalda y detenido: sintió que dos, diez, veinte manos férreas hacían presa en él, y sin darse de sí cuenta, estaba en pie, delante de la mesa en cuyo extremo opuesto, erguido en su asiento, mirábale insolente el Cojo Cárdenas: en tanto que dos esbirros sujetaban sus muñecas con cadenas en los extremos de garrotes policíacos puestas. Las cuales retorcían lentamente, con rabia muda, con crueldad inicua.

Borbollaba en su pecho ira sangrienta, pálido el rostro, extraviada la mirada, los labios temblorosos.

–Señor secretario –oyó que decía el Cojo Cárdenas, con solemnidad de melodrama–. Sírvase dar lectura al artículo 25 de la Constitución de la República.

“Artículo 25 –leyó el secretario–. Nadie podrá ser obligado, en asunto criminal, correccional o de policía, a declarar contra sí mismo o contra sus parientes dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad”.

–¿Oyó usted? ¿Entiende usted, Zabala, por qué se le va a interrogar sin juramento? –preguntó el Cojo Cárdenas, clavando en él ojos de odio.

–¡Zabala!: ¡y me dice Zabala a secas ese miserable!

Y lentamente, socarronamente, complaciéndose en el martirio que infligía, continuó Cárdenas:

–¿Conoció usted, Zabala, al hombre cuyo cadáver reposa ahí, mire, ahí, tras usted, en esa camilla?

Los esbirros, con un movimiento lento, cruel, calculadamente cruel, hicieron dar a Pedro Zabala media vuelta, hasta colocarle frente por frente del cadáver.

No quiso mirarlo y permaneció largo espacio desafiando altanero con los ojos a toda esa muchedumbre miserable que siempre viera con él solícita, obsequiosa, abyecta, y que ahora, sin saber por qué, tornábase siniestra. Improviso sus ojos tropezaron con el cadáver y se quedaron fijos, inmóviles, desmesuradamente abiertos, trágicamente abiertos. ¿Pero era verdad lo que veía? ¿No era una pesadilla? ¿Esa cabeza que caía con laxitud definitiva de la muerte, ese rostro exangüe, bello, que estaba ahí viendo: ese pecho que la camisa desgarrada dejaba al descubierto, ese pecho marcado virilmente con negro islote de vello corto, suave? ¡Sí: era él, Manuel, su amigo de la infancia y de la vida, su compañero, su hermano, la mitad de su existencia!

–¿Conoce usted –continuó el Cojo Cárdenas– conoce usted, Zabala, este cuchillo? Mire, este. –Y un agente colocó bajo sus ojos el arma mencionada.

Zabala se quedó mirándolo.

–¿Pero qué es esto? –pensó–. ¿No es este el cuchillo que trajera él la mañana anterior, envuelto en unos periódicos y que –ahora lo recordaba claramente– había colocado sobre una mesita de la cantina de “El León de Bronce”, para ser enviado a uno de sus agentes como regalo: el cuchillo que Manuel mismo forjara de acero selecto y cuyo mango de plata él repujó con bellísimos relieves?

Mirólo atentamente.

Sobre la bruñida lámina, empañando su brillantez, se extendía un velo como de albúmina traslúcida y reseca, estriada, de apenas perceptibles vénulas, que se unían hacia la aguda punta en una mancha de sangre renegrida.

Maquinalmente comparó el ancho de la hoja del cuchillo con el de la herida roja y estrecha que se veía en el lado izquierdo del pecho de Manuel.

–Ni una gota de sangre debió verter la herida –pensaba, contemplando los pliegues de la blanca camisa sobre el aún más blanco pecho rebujado–. La sangre de las rotas arterias debió derramarse al interior en coágulo asesino, produciendo una muerte instantánea.

Se miró las manos. ¿Pero por qué esa pesquisa? Se miró los puños, la pechera. ¿Qué vio, qué descubrió, qué recelo penetró su alma?

Tornóse aún más pálido y comenzó a temblar como azogue rebullido. Y en él iba penetrando el terror que en los horizontes de la tragedia griega procede en las almas de los Orestes y de los Edipos, de los marcados por los decretos del Destino a la llegada de las Erinias vengadoras. ¿Fue que en su ser agitado hasta los cimientos subió de lo inconsciente hasta los campos de la conciencia el recuerdo de la tremenda noche precedente, recuerdos fragmentarios de la lucha salvaje, de ira delirante?

¡Sí: él había sido el asesino!

Y las Furias tomaron posesión de su ser íntegro: y agitando sus teas fulgurantes alumbraron el fondo total de su memoria. Y lo vio todo. Se vio a sí mismo tratando entre locas carcajadas de hacer apurar a Manuel, que desfallecido yace en un sofá, una botella de brandy. Manuel forcejea, se debate, protesta, ahogándose, sin poder arrancarse la botella que él con los presentes, borrachos como ellos, mantenía fija como una mordaza. Levántase Manuel y en los paroxismos de la asfixia, con sacudida enérgica, logra desasirse y, colérico, ciego de alcohol, de dolor, de ira, azota su rostro con sonora bofetada. Luego, relámpagos sangrientos, lumbraradas de infierno arman su brazo, y su cuchillo va a clavarse en el pecho de su hermano. Después ¡nada! La sacudida debió ser tan formidable, que una parálisis cerebral absoluta poseyólo hasta el instante en que despertara esa mañana, entre las visiones y los dolores de pesadillas lacerantes.

¿Por qué al despertar no recordó nada? ¿Por qué su imaginación en las horas precedentes se había complacido, irónica, en fingirle la próxima dicha del amor y de la vida?

Ante esa realidad irremediable tumbóse, desplomóse su ánimo en marasmo definitivo, irremediable: y en medio de su confusión y su vergüenza no osaba afrontar las miradas de esa muchedumbre que instantes antes desafiaba: y sus ojos buscaban en el techo y en el muro un lugar dónde posarse.

La muchedumbre, que en el portal se amontonaba, agitóse un momento. Veíase que algo la hendía, que algo avanzaba en su seno. Abrióse luego en dos alas, respetuosa, y en el círculo vacío junto al cadáver surgieron dos damas en luctuosa palidez.

–¡Ellas! –dijo con espantada voz, Pedro Zabala.

¿Pero por qué vendrían? ¿Sabíanlo acaso ellas? ¿Dijéronles que el médico oficial procedería dentro de poco a la autopsia, y querían verlo, ver a su Manuel, antes que eso, que ese horror, deshiciese en repugnantes guiñapos la divina armonía de ese pedazo de almas? Querían pero, ¿qué tienen que ver los corazones a quienes el dolor estruja, estriega, con lógicas mezquinas?

Arrojándose Matilde, cálida, vehemente, de rodillas al lado del cadáver:

–Mel, Melito, niño mío –clamaba besándole en la frente, en las mejillas, en el pecho, en la garganta…

Inés, cohibida, virginal, amarga, detúvose en pie junto al cadáver.

Pedro sintió sus entrañas desgarrarse: y como se sacude una montaña cuando un volcán en su interior revienta, sacudióse. Los eslabones de la cadena que sujetaban sus muñecas, volaron hechos trizas. Y arrancando de manos de un agente el puñal homicida, dirigiólo a su corazón, a ese pobre corazón ha poco dulce y caliente nido de ilusiones y ventura, y ahora ventregada de víboras voraces.

Veinte manos agarraron sus muñecas, y entre el tumulto de la brega sus ojos se cruzaron con los de Inés y de Matilde que, desoladas, anhelantes, le miraban.

¿Qué pasó en el instante de ese choque fugaz por las almas de esos tres infelices, de esos tres crucificados del Destino?

–¡Déjenme! ¡Permítanmelo ustedes! ¿Pero por qué no me dejan? –rogaba Pedro persuasivo–. No comprendo por qué no dejan ustedes que me dé la muerte. ¿Pero para qué quieren que yo viva?

¡Ah, no comprendía el pobre mozo en su razonar sencillo, honrado, amargo! Si su voluntad el herir no guió su mano: si eso que le condujo a la locura, al homicidio, a ese abismo de horror, es algo que la fuerza misma omnipotente que lo atrapa ahora entre sus férreos engranajes utiliza, explota, reglamenta, goza. Y si eso es lo mismo que le ha tornado imposible la existencia, y para él, continuar viviendo es un martirio insoportable, entonces, ¿para qué lo ahorran? ¿Para qué lo guardan? ¿Para qué prolongan su tortura?

–Esa es –dicen– la vindicta de la sociedad.

¡Vindicta!

¿Pero de qué se venga el monstruo ese?

Efe Gómez (foto)

 

‘Borges y yo’ de Jorge Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges (foto)