Archivo de la categoría: Escritores

‘¡Que me engañen siempre así!’ de Sade

Marquis_de_SadeHay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de…, cuyo nombre, teniendo en cuenta su to­davía sana y vigorosa existencia, me permitiréis que ca­lle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los libertinos el material que necesi­tan como sustento de sus pasiones; todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más, pero con la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo general, las deli­cias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísima poco más o menos tan vir­gen como llegó a ellas, y puede ser revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se le ocu­rrió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusie­ron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos necesa­rios para convencer al santo hombre de Dios. No le pu­dieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba poquí­simo a la alcahueta… “En su vida ha puesto la mano en ese sitio –comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería–; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer”…

Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sa­cerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:

–¡Per Dio santo! –exclama el hombre de Dios–. ¡Sono ingannato, quésto bambino è ragazzo, mai non fu putana!

Y lo comprueba… No viendo nada, sin embargo, ex­cesivamente enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron trufas en lugar de patatas: “¡Qué me engañen siempre así!” Pero cuando la operación ha terminado:

–Señora –dice a la dueña–, no os culpo por vues­tro error.

–Perdonad, monseñor.

–No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo, porque… lo que no vea al principio lo descubriré más adelante.

Sade (foto)

Anuncios

‘Vivan los compañeros’ de Carlos Arturo Truque

CarlosArturo-TruqueHabíamos hecho una jornada dura. En Morichalgrande sorprendimos una partida del Gobierno, y la copamos. Perdimos cinco hombres y cargamos con un herido.

Era una costumbre, cuando podíamos hacerlo, arrastrar nuestras bajas; pero no lo hacemos en esta ocasión por miedo a que, amparado por la oscuridad, algún fugitivo haya llevado la alarma al pueblo. Huimos; no queremos combate franco. Va el herido con la tropa. Galopamos a marchas forzadas, para reunirnos al amanecer con el comando del negro Ayala.

Nuestra partida, alguna vez de cien hombres, se ha visto reducida a veinte y, de común acuerdo, decidimos sumarnos a las guerrillas del negro Ladino.

Durante esta marcha nadie habla; pero creo que todos tenemos los pensamientos puestos en el morichal, en los compañeros caídos. Sentimos el dolor de los honores militares acostumbrados.

Me cruzan, en rápida sucesión, los recuerdos de la vida azarosa que nos tocó compartir.

Laverde, Osorio, Díaz, Gamboa, Rivas, y tantos otros caídos en noches sin estrellas, con las pupilas quietas en la oscuridad: sabed que estáis siendo citados en el orden del día y que vuestras bocas mudas se desatarán en la insurgencia de nuestros fusiles.

–Me oye, ¿capitán Laverde?

–Escucha, ¿teniente Gamboa?

–Ahora vamos, general Osorio, general de cien estrellas, a reunirnos con el Jetón Ayala. Es noche, y solo se escuchan los cascos de las bestias cuando pisan el llano.

Silencio. No se oye el tiple del Paisa Ríos, ni Díaz tiene más tiempo para el último bambuco. Tenemos a Florito herido. Va tras de mí, y arrastro su caballo de la brida. Buen valiente es el hombre, general… No le he oído una queja en el camino.

Recuerdo, general, cuando diezmados en el asalto a El Encanto, al otro día, después de contadas las bajas me llamó:

–¡Estudiante…!

–¡Firme, mi general!

Se mantuvo indeciso delante de mí; luego dijo, entrelazando su brazo a mi espalda:

–Quiero hablarte de algo, Estudiante… ¿Sabes que estamos acabados?

–Sí, mi general; lo sé…

–¡Mejor! –continuó–. Quisiera… Te ordeno que…

Supuse, por la vacilación, que no era usted hombre de andarse por las ramas, que me iba a pedir algo difícil. El tono de mando se le quebró, general, y oí su voz de hombre, de campesino bueno, la voz que la violencia le había arrebatado, vuelta de nuevo al alma verdadera, diciéndome:

–¿No ve…? Caramba, es que no puedo ni hablar. Eso pasa cuando uno es tan bruto… ¿Ve…? ¿Por qué no te largás ahora? Esto no es pa’ vos, hombre. ¿Qué hacés aquí? Ya que nos llevó el diablo, salvate vos, pa’ que algún día contés todo lo que hemos sufrido nosotros.

Había surgido otro en usted, general; otro distinto al hombre seco, enérgico y sin sonrisa, tan igual a una fiera, a quien yo  conocía. Pensé en la lucha tremenda entre esos dos seres, vivientes en un mismo cuerpo, disputándose las risas y las maldiciones; el sin término entre lo que es y lo que debiera ser.

Y, junto a esa, pienso en la otra voz, la fuerte y tremenda, quebrada por la ira; esa con que nos contaba él cómo le mataron a su muchacho en Antioquia. Siempre terminaba:

–Y así jué, pues; lo mataron, la mamá murió de pena, y aquí me tienen, pues, verraco con este fusil.

Hacía una pausa para señalarme y agregaba:

–Así era. Delgado y brincón; como éste, como el Estudiante…

Entonces se hacía el silencio y cada cual se adentraba en su alma, a no dejar cicatrizar las heridas. A palpárselas, a hacerlas arder, para tener una razón clara y dolorosa del existir.

No me marché en aquella ocasión, general, y sigo con la chusma, más al oriente, a meterme adentro el corazón anchuroso y bravo del Llano.

¿En qué sitio estaría bien sin los otros? Aquella vez le desobedecí; ahora le pido perdón. No pude hacerlo, ni quería tampoco. Pensaba en todos los compañeros, en Florito, a quien haría feliz enseñándole a leer, y en todos aquellos que luchan y lucharon, y cayeron a mi lado sin dolor y sin pena.

Delante de mí tenía la cara ancha de Florito, rogándome:

–Enséñame, Estudiante, enséñame –repetía tercamente.

Le prometí: leerás. Quién sabe si podrá hacerlo, porque la muerte se ha empeñado en no dejarme cumplir la palabra.

Aquí lo arrastro, detrás mío, atravesado en la silla de su caballo, partido el cuerpo por una bala, quebrado como la pizarra que se robó en el asalto a Las Piedras. Cómo nos reímos del pobre cuando apareció con ella, explicando que la había hallado en el pueblecito que arrasamos, después de vencer la terca resistencia de los defensores.

–Es pa’ que el Estudiante me enseñe –se disculpó al mostrarla.

Desde ese día, en los instantes en que el ajetreo de la lucha lo hacía posible, le enseñaba a leer y a escribir. Fueron tan breves estos momentos, que sus progresos alcanzaron apenas el abecedario, pero nunca leyó una frase completa y de corrido.

–Aquí lo llevo, general, y quién sabe si pueda…

Ha empezado a lloviznar. Es una lenta garúa, metida en los rostros, acompañada de un viento frío que se cuela hasta el sitio en donde nos duelen los ausentes.

Terrible la marcha.

Empezamos a perder el Llano, la cosa verde e inmensa, y ganamos una vegetación de arbustos y matorrales; estos se enredan, a trechos, en la culata del máuser, cuando no se enroscan y espinan las piernas.

Distante, llega el sonido del agua que corre; a la nariz asoma el olor de la tierra llovida, de comarca fresca, de río abierto para los belfos de las bestias que triscan impacientes los yerbajos húmedos.

Hacemos alto en el vadeadero de Vueltarredonda y damos de beber a los caballos. Se prende, aquí y allá, un fósforo y quedan alumbrando a relampagazos las luciérnagas rojas de los tabacos encendidos. A como da lugar bajamos a Florito y lo tendemos en el suelo.

Una voz de hombre del Llano me dice, con acento de joropo, después de inspeccionar al herido:

–Ejte Florito se va a voltiá; quiera Dioj que no; pero a me se jace que al hombre ejte no vabé quien lo pare.

Lo aparto con rabia y doy luz a un fósforo.

Inclinado sobre Florito, veo el pecho lleno de sangre, la boca entreabierta y los brazos inmóviles. Los ojos permanecen cerrados.

–Aún no, Estudiante –explica con grande esfuerzo, cuando abre los párpados y me reconoce. Comprendo lo que quiere hacerme saber. Son efectos de las palabras torpes del llanero.

–Sí, Florito; todavía no. No morirás de ésta. ¿Me entiendes?

No responde. Se apaga la cerilla y me estoy de rodillas palpándole el pulso. Va llegando la gente a preguntar cómo está, encendiendo cerillas para verle la cara.

–¡Qué vas a morirte! –le repiten.

Pero estoy cierto que ninguno deja de exclamar para sí:

–Lo que es éste, se va a morir.

Alguno viene a anunciarme que Barrera, el hombre que reemplazó al general Osorio, quiere verme. Suelto el pulso de Florito y me dejo guiar hasta el lugar en donde este se encuentra.

–Sentate, Estudiante –me pide al llegar.

Ocupo lugar a su lado.

Barrera se acuesta y pone, imagino, los ojos hacia arriba, como acostumbra al tomar una decisión.

–Siento mucho –comienza– lo que le han hecho a Florito y a los otros, que fue pior… No debes andar ya más con nosotros… Cualquier día, como decía el dijunto de mi general Osorio, que en paz descanse, te dejamos puai tirao en un morichal o te trairemos a la grupa de un potro como al Florito. A uno, ¡pues qué!, no le importa nada. Hasta es mejor que lo maten, porque siquiera descansa. Pa’ qué más vida, si no tiene uno nada; estos hijueperras lo acabaron todo. Ahí nomás está Osorio, que ya descansó. Él pa’ qué quería la vida, sin su muchacho y sin su vieja. Y así estamos todos como hoja que el viento arranca del palo, pa’ ya nunca más volver. Pero a vos no te han hecho nitica. Sos un muchacho que juega a la guerra y se divierte. Hacé de cuenta que ya jugastes bastante y te cansastes. ¿Querés…? Hemos reunido toda la plata que tenemos pa’ que alcancés a llegar a tu casa. ¿Te parece bien?

Luego baja la voz y prosigue con tristeza:

–Cuando llegués le das un beso a tu viejita. Le decís que te mandamos nosotros. ¿Oístes?

No me atrevo a hablar. Oigo, siento, miro cómo va y viene la punta del tabaco que fuma Barrera. Del costado a la boca, de la boca al costado. Cuando lo pone en la boca, la punta se aviva y puedo ver la cara de líneas precisas y la curvatura del pico de ave rapaz en que termina su nariz.

Es una cara hermosa la del general Barrera. Apenas vislumbro vagos contornos, pero completo el rostro mentalmente; sé que en la frente debe tener el cabello arremolinado y en la mitad de ella, horizontales, tres arrugas vigorosas, hondas como canales, repetidas, perpendicularmente, en las comisuras de los labios. Pienso en sus manos, que no tiemblan al apretar el gatillo ni vacilan al sostener el fusil. Pienso en las manos gemelas, en los rostros hermosos y fieramente iguales que han luchado conmigo, hombro a hombro, y exclamo resuelto:

–No importa… Iré con ustedes, estemos como estemos.

Barrera se incorpora y hace sentir su aliento cálido muy cercano al mío:

–No siás loco. Es mejor que nos hagás caso. El Llano no es pa’ vos, mocito. Es bravo y prende como mujer; te coge y cuando lo querés soltar, zas, ya te tiene cogido.

–No, no –repito–. Voy con la chusma a buscar a Ayala.

–Eso es cosa tuya, Estudiante… En todo caso…

Debió dibujar un gesto y alejarse, sin completar la frase. No mucho rato después, escucho la orden seca de continuar la marcha.

Cargamos de nuevo al herido. Crujen los aperos al trepar los jinetes y presto se deja oír el ruido de aguas chapoteadas.

Al cruzar el río quedamos en tierras de Ayala y esperamos ser interceptados por cualquiera de sus patrullas. Ya uno de los nuestros había sido encargado con anticipación de buscar el contacto. Deben estar atendiendo el paso de nuestras bestias. Se dice que Ayala es capaz de sentir un galope a diez millas de distancia. El Llano es tierra plana, ardua y compleja, es cuestión suya. Lo sabe el negro engreído, y la defiende pulgada a pulgada. Nadie pone los pies en ella sin su permiso. El Gobierno lo apellida bandolero y le manda soldaditos y aprendices de la escuela de Muzú para que se divierta. El general Ayala ríe. Ríe y le devuelve, con bárbaro entendimiento del humor, los uniformes tintos en sangre. Guarda algunos otros para mimetizar sus gentes, cuando lo precisa. Por algo le dicen La pantera del Llano.

Paramos. En la oscuridad, pregunto al primero que siento al lado: –¿Qué pasa?

–No sé –contesta–. He visto una luz que se enciende y se apaga, pero no sé de qué se trata. Parecen señales.

–¿Dónde las viste?

–Por allá; se apagó hace rato… Ahí está otra vez… Mírala –continuó después de una pausa.

La busco y la hallo. Es al oriente; se enciende y se apaga con intencionada alternabilidad. Son las señales de Ayala. Dice que diez millas adelante tiene el campamento y que han mandado un guía a nuestro encuentro. Debemos esperar.

–So animal –mascullo a quien tengo al lado–. Son las señales de Ayala. ¿Cómo es que no las entiendes?

–¡Quietos! –grita Barrera–. Preparen las armas, por si es una trampa.

Desmontamos y se riega con nitidez el sonido de armas desaseguradas. Aguardamos media hora con los nervios tensos, pensando que de cualquier sitio puede surgir un disparo. Pasa otra media hora, y lo mismo.

Alguien desliza a mi oído:

–Oigo un galope. ¿Lo estás oyendo vos?

–No; no oigo nada.

Presto oídos, pero nada.

–No lo oigo –le contesto muy bajo.

–Pues yo lo estoy oyendo clarito, clarito –asevera él.

Muchas veces en mi vida he sentido miedo. Por eso sé que ahora lo tengo. Un miedo tremendo, de morir en este preamanecer oscuro, para ya nunca más ver el cotidiano milagro de la primera luz. Aprieto el acero frío del cañón y me hago, en serio, el razonamiento que se hace Osorio riendo:

–La que no es pa’ uno, no es pa’ uno; y la que es pa’ uno ni se siente.

Y en ese momento escuché los cascos que mi compañero quería hacerme escuchar minutos antes.

–¿Quién va? –pregunta una voz recia.

–La revolución –contestan en el mismo tono.

Al punto se evaporan mis temores. Aseguro el fusil y monto a la silla. Se repite el chocar de aceros y el crujir de correas. Sigue nuestra marcha.

El mismo Ayala nos recibe en una choza, sin piso, alumbrada por una sorda lámpara de gasolina. Tal vez sea su cuartel general.

No es Ayala el hombre que había forjado mi imaginación. Es alto, pero no da la sensación de hombre fuerte. Tiene los brazos muy largos, pero delgados y con venas protuberantes; la cara es igualmente delgada y huesosa, de color negro ceniza, característica de negro enfermo. Ríe mucho, para estarlo, y hace bromas a medida que Barrera nos hace pasar, uno a uno, para ser presentados:

–Este es el Estudiante –le dice al tocarme el turno.

Me planto delante del hombre, a la usanza militar.

Ríe el hombre con risa de niño grande.

–Deja eso, niño, deja eso –exclama sin dejar de reír–. Tá bueno para los señoritos eso que tiene Laureano, pero pa’ nosotros… ¡Qué va chico! ¡Qué va…!

Sosiega su risa e inquiere:

–¿Por qué te dicen Estudiante?

Es Barrera quien responde por mí:

–Estaba estudiando pa’ dotor; se voló cuando empezó la fiesta, y aquí lo ve.

Ayala vuelve a reír. Luego exclama muy serio:

–Aquí servirá de mucho. Puede curar los heridos y enfermos. Perdemos gente por esa razón más que por las balas; muchos han podido salvarse pero el cuero rara vez sana solo; y ya que hablamos de eso, si traen algunos, pueden poner aquí los heridos. Es la única choza que tiene luz.

Y se marchó.

Barrera manda traer a Florito. Le colocamos en un improvisado lecho de pajas, sobre el suelo. El herido abre unos ojos hermosos y susurra:

–Ahora, Estudiante, ahora…

–Ahora, ¿qué? –le pregunto.

Ahora –contesta–, la pizarra, Estudiante… Ya no doy más, general –dice mirando a Barrera.

A este vuelvo los ojos, el único que conoce la historia, y le veo inclinar la cabeza, hurtándome las miradas. La choza se había ido llenando con la curiosa tropa de Ayala.

Uno pregunta al oír algo que no entiende:

–¿Qué es lo que quiere?

No tengo tiempo para contestarle. Lo dejo sin respuesta y salgo del bohío. Al regresar, traigo la pizarra. La pongo a la luz y escribo en letras grandes: “Vivan los compañeros”…

Incorporo luego al herido, y, con gran dificultad, le hago deletrear la frase escrita, una vez y otra vez, hasta oírlo decir con claridad: –Vivan los compañeros.

Guarda silencio mientras, cansado, inclina la cabeza sobre el lecho. Desde allí exclama, con los párpados cerrados, con tono de ensoñación y gozo, como si ya no sufriera, como si se hubiera insensibilizado ante el dolor:

–¡Vivan los compañeros…! Qué bonito, Estudiante: Vivan los compañeros… Si me curara lo repetiría todos los días de esta puerca vida… Me oyes, ¿Estudiante?

Se queda inmóvil. De los ojos cerrados salen dos lágrimas. Parece dormido, pero no lo está. Todavía un leve movimiento del brazo. Luego, nada. Ahora sí, duerme. Y no despertará.

Un agua tibia corre por mis mejillas. He llorado también, sin darme cuenta; pero al hacerlo, después de tanto tiempo, me he sentido más hombre. He sentido el retorno de algo que creí muerto para siempre. Lo mismo que debió sentir Osorio la noche en que me pidió el abandono de las guerrillas: el regreso a mí mismo, como compensación tardía de esa dualidad del hombre y su camino.

Al abandonar la choza, me enfrento, al oriente, con la primera raya blanca, como leche espesa, de la alborada. Entonces corro y abro los ojos a Florito, para que sus pupilas sepan, como lo están sabiendo las mías, que ya empieza el amanecer.

Carlos Arturo Truque (foto)

 

‘Historia de un computador’ de Alejandro Zambra

alejandro zambraFue comprado el 15 de marzo del año 2000, en cuatrocientos ochenta mil pesos, pagaderos en doce cheques que Max llenó con impaciencia, como si obedeciera a un impulso y no a una decisión responsable. Trató de acomodar las cajas en el maletero de un taxi, pero no había espacio suficiente, por lo que hubo que usar pitillas y hasta un aparatoso pulpo para asegurar la carga. Vivía en el centro de Santiago, a diez cuadras de la multitienda, en un departamento oscuro y estrecho de dos ambientes. Arrinconó como pudo la pesada cpu bajo la mesa del comedor y tendió los cables de forma más o menos armónica. Desde entonces el teclado, el monitor, el mouse y los parlantes compartieron mesa con peligrosas tazas de café y ceniceros vaciados sólo de tarde en tarde.

Al comienzo Max ocupaba únicamente el procesador de texto y la verdad es que no demasiado: ni siquiera llenaba los renglones, pues escribía breves líneas que él llamaba versos libres. Los versos libres crecían de dos en dos, aunque era frecuente que Max los borrara y comenzara de nuevo. Se valía, simultáneamente, de un cuaderno y de una pluma que al primer descuido regó de tinta el sector inferior derecho del teclado. Además de esa mancha, el teclado debió soportar una persistente lluvia de cenizas. Max casi nunca alcanzaba el plato que usaba para fumar, y fumaba mucho mientras escribía, o más bien escribía poco mientras fumaba mucho, pues su velocidad como fumador era notablemente mayor que su velocidad como escritor. Años más tarde la acumulación de mugre causaría la pérdida de la vocal a y de la consonante t, lo que naturalmente condujo, tras varios días de caos, al reemplazo del teclado. Pero eso sucedió después, y lo mejor será respetar, de ahora en adelante, la secuencia de los hechos.

La llegada del invierno aumentó considerablemente el uso del computador. Incluso a veces, a falta de una estufa, Max evadía el frío acariciando, de rodillas, la cpu, cuyo leve rugido muy pronto constituyó un sonido hogareño, que tendía a encontrarse y a confundirse con la ronquera del refrigerador y con las voces y bocinas que llegaban desde afuera. Max ya no usaba solamente el procesador de texto: con torpeza y constancia había descubierto programas muy sencillos que permitían resultados para él asombrosos, como la grabación de voces –mediante un escuálido micrófono que, en un comienzo, había desatendido– o la programación de rebuscadas sesiones de música. Seguía, en todo caso, con las líneas a medias de sus poemas, que nunca imprimía, tal vez porque nunca los consideraba terminados.

Las pocas mujeres que durante esos meses visitaron el departamento se iban antes del amanecer, sin siquiera ducharse o tomar desayuno y en general no regresaban. Pero de pronto hubo una que sí se quedó a dormir y luego también a desayunar. Llamémosla Claudia. Una mañana, al salir de la ducha, Claudia se detuvo ante la pantalla apagada, buscando arrugas incipientes u otras marcas o manchas esquivas. Era bella, sin duda: la cara morena, los labios ni delgados ni muy gruesos, el cuello fino, los ojos verdes y oscuros. El pelo le llegaba hasta los hombros mojados: las puntas parecían numerosos alfileres clavados en los huesos. Su cuerpo cabía dos o tres veces en una toalla inmensa que ella misma había llevado a casa de Max. Semanas más tarde Claudia llevó también un espejo para el baño, pero igualmente conservó la costumbre de mirarse en la pantalla, a pesar de lo difícil que era encontrar, en el reflejo, información suficiente.

Después de tirar toda la mañana, Max solía quedarse dormido. A Claudia le costaba dormir con luz de día, de manera que iba al computador y jugaba veloces solitarios o cautelosos buscaminas o partidas de ajedrez en nivel intermedio. Ya casi al anochecer él despertaba y se quedaba a su lado, aconsejando la jugada siguiente o simplemente acariciando el pelo y la espalda de la jugadora desnuda. Con la mano derecha Claudia atenazaba el mouse, pero dejaba caer una sonrisa que autorizaba, que pedía más caricias. Tal vez jugaba mejor cuando él la acompañaba. Al terminar la partida se sentaba encima de Max para empezar un polvo lento y largo. Las extrañas luces del protector de pantalla dibujaban líneas inconstantes en los hombros, en la espalda, en las nalgas y en los casi perfectos muslos de Claudia.

A veces hacían sitio en la mesa para tomar, decía ella, un desayuno como la gente. El teclado y el monitor pasaban al suelo, expuestos a los pisotones y al impacto de minúsculos restos de pan, pero sumando y restando la presencia de Claudia favorecía al computador: no era ella una maniática del aseo, pero cada tanto lo limpiaba con líquido para vidrios y paños de cocina. El comportamiento de la máquina era, por cierto, ejemplar. No le exigían mucho, ni siquiera se conectaban a internet, pero hay computadores que fallan a la menor provocación. Durante ese tiempo la verdad es que Windows siempre se inició correctamente.

El 30 de diciembre de 2001, a casi dos años de su adquisición, el computador fue embalado y trasladado a un departamento un poco más grande en la comuna de Ñuñoa. El entorno era ahora bastante más decoroso, pues le asignaron una habitación individual y habilitaron un escritorio gracias a una antigua puerta y dos caballetes medio cojos pero eficaces. Fue aquella, si cabe la expresión, una época dorada, en especial por el renovado interés de Claudia, que de los solitarios y las interminables partidas de ajedrez pasó a actividades más sofisticadas. Conectó una cámara digital, por ejemplo, que contenía decenas de fotos de un viaje reciente. En esas imágenes Claudia posaba con el mar de fondo o en el interior de una habitación de madera. Un sombrero mexicano y un inmenso crucifijo caían contra la única almohada de una cama sin respaldo, muy estrecha, flanqueada por dos veladores atiborrados de botellas de cerveza y conchas que cumplían la función de ceniceros. Claudia aparecía seria o conteniendo apenas la risa, con escasa o ninguna ropa, fumando hierba, bebiendo, tapándose los pechos o enseñándolos con tímida malicia. Había también algunas fotos que mostraban únicamente el roquerío o el oleaje o el sol apagándose en el horizonte, como si el fotógrafo hubiera intentado postales en vez de recuerdos. Sólo en dos fotos aparecía Max. Sólo en una salían ambos, abrazados, sonriendo con el típico fondo de un restaurante costero.

Pasó días ordenando esas imágenes: renombraba los archivos con frases tal vez demasiado largas, que solían terminar en signos de exclamación o puntos suspensivos, y enseguida las agrupaba en varias carpetas, como si correspondieran a viajes distintos.

Ahora Max y Claudia vivían juntos, pero no siempre coincidían: él trabajaba de noche y ella vendía seguros y también estudiaba una especie de postítulo o posgrado o diplomado o quizás el último año de alguna eterna licenciatura. Volvía a casa cuando Max se disponía a partir y el poco tiempo en común lo destinaban a tirar, aunque a veces solamente reían frente a las tazas de café. Antes de acostarse Claudia lo llamaba al trabajo y hablaban largo, pues al parecer el trabajo de Max consistía, justamente, en hablar por teléfono, o en esperar urgentes y remotas llamadas telefónicas que nunca llegaban. Tu verdadero trabajo es hablar por teléfono conmigo, le dijo Claudia una noche, con el auricular apenas equilibrado en el hombro derecho. Luego rió con una especie de resuello, como si quisiera toser y la tos no saliera o se entrelazara con la risa.

Al igual que Max, ella prefería escribir a mano y traspasar más tarde sus trabajos al computador. Eran documentos largos, con frecuentes errores de transcripción y tipografías femeninas o juveniles. Los documentos abarcaban temas diversos relacionados con gestión cultural o políticas públicas o bosques nativos o algo así. Se le hizo necesario investigar por internet, y ése fue el gran cambio de aquel tiempo, primero a través del teléfono y pronto, para liberar la línea y permitir las a menudo atosigantes llamadas de Max, mediante una conexión exclusiva. Hasta ahí ninguno de los dos se había familiarizado con el email, al que inmediatamente se hicieron adictos. Max también contrajo la adicción a la pornografía, lo que provocó algunas discusiones que terminaban en polvos furiosos y muy buenos, tal vez inspirados en las escenas que él presenciaba al llegar del trabajo, especialmente cuando Claudia no podía esperarlo. Rápidamente Max descubrió estrategias para evitar, en la medida de lo posible, registrarse en los sitios, pero a veces olvidaba borrar el historial, que Claudia revisaba religiosamente, aunque sería excesivo atribuir mayor importancia a las discusiones sobre pornografía, que al fin y al cabo conducían a esos polvos inolvidables que Claudia enfrentaba con desenfado, acaso imitando a las estrellas cuyas proezas ella también, de vez en cuando, sintonizaba.

Fue por entonces cuando perdieron la vocal a y la consonante t. Ingenuamente creyeron que el nuevo teclado –más moderno y sensible– solucionaría las dificultades que desde hacía un tiempo anunciaban un descalabro mayor. La tragedia ocurrió un lluvioso sábado que pasaron reparando o intentando reparar, con más voluntad que método, el sistema. El domingo Max prefirió llamar a un amigo que estudiaba ingeniería: al finalizar la tarde dos botellas de pisco y cinco latas de cocacola dominaban el escritorio, pero todavía nadie estaba borracho, más bien parecían frustrados por la difícil reparación, que el amigo de Max atribuía a algo muy raro, algo nunca antes visto. Quizás sí estaban borrachos, en realidad, o al menos lo estaba el amigo de Max, porque de pronto, en una desgraciada maniobra, borró el disco. Perdieron todo, pero desde ahora funcionará mejor, dijo el hombre como si nada, con una frialdad y una valentía dignas de un médico que acaba de amputar una pierna. Fue culpa tuya, saco de huevas, le respondió Claudia, como si en efecto le hubieran cortado, por pura negligencia, una pierna o tal vez las dos. Max guardó silencio y la abrazó paternalmente. El amigo dio un último y larguísimo sorbo a su piscola y se fue.

A Claudia le costó asimilar la pérdida, pero consiguió a un técnico de verdad, que cambió el sistema operativo y creó perfiles diferenciados para ella y para Max, e incluso una cuenta simbólica, a petición de Claudia, para Sebastián, el postergado hijo de Max. Sebastián vivía en Temuco y Claudia no lo conocía. El propio Max no veía al niño desde hacía dos años y no siempre cumplía con la pensión alimenticia. La remota existencia de Sebastián era, naturalmente, el punto negro o el punto ciego de la relación de Claudia y Max. Era mejor no tocar el tema, que igualmente surgía de vez en cuando, y causaba culpa y una autocompasión a la que más temprano que tarde Claudia prefería sumarse.

Entretanto los padres de Claudia les prestaron dinero para comprar una asombrosa multifuncional que imprimía, escaneaba y hasta sacaba fotocopias. Con renovada pasión, Claudia se abocó a digitalizar extensos álbumes familiares, en sesiones bastante tediosas pero para ella divertidísimas, pues más que registrar el pasado se proponía modificarlo: distorsionaba los rostros de parientes antipáticos, borraba a algunos personajes secundarios e incluía a otros inverosímiles convidados, en montajes no muy buenos pero capaces de arrancar las risas de sus primas, que recibían los archivos por email, y las carcajadas de sus padres, a quienes Claudia llevaba, en plan de travesura, impresiones bastante aceptables.

Así pasó un año entero.

Ahora Max tenía turnos de mañana, por lo que en teoría estaban más tiempo juntos, pero buena parte de ese tiempo lo perdían disputándose el computador. Él reclamaba que ya no podía escribir cuando le venía la inspiración, lo que era falso, porque para sus perpetuos borradores de poemas seguía usando los viejos cuadernos. Había adoptado la costumbre, en cambio, de escribir largos emails a gente a la que no veía desde hacía años y ahora extrañaba mucho. Algunas de esas personas vivían cerca o no demasiado lejos y Max también tenía sus números de teléfono, pero prefería escribirles cartas –eran cartas más que emails, porque él aún no comprendía el género: escribía mensajes largos que sus destinatarios rara vez contestaban. Les daba pereza igualar el estilo o la gravedad de las cartas de Max.

Llegó el verano y también llegó Sebastián, tras meses de delicadas gestiones. Fueron ambos a buscarlo a Temuco, en pesados viajes en bus que gracias a ella resultaron llevaderos. El niño tenía ya siete años y hablaba poco, en especial si quien le dirigía la palabra era su padre. De los intensos paseos al centro, al zoológico y a Fantasilandia, derivaron a las calurosas tardes puertas adentro, en que Seba aprovechaba su perfil de usuario para estar en Messenger sin restricciones. Demostró, de paso, sus sorprendentes conocimientos sobre computadores: con precisión y algo de tedio los orientó en la elección de un nuevo antivirus y hasta les advirtió sobre la necesidad de desfragmentar el disco periódicamente.

Claudia y Sebastián se hicieron, por así decirlo, amigos. A ella le parecía un niño inteligente y solitario, un niño valioso, decía. Él opinaba solamente que Claudia era linda. Fueron, de nuevo juntos, a devolverlo a Temuco, y el viaje fue alegre y hubo promesas de reencuentro y regalos y risas. Pero el trayecto de vuelta fue sombrío y agotador.

La vida entró en el marasmo que a su manera ambos intuían. Quizás molesto por las forzadas conclusiones que Claudia deslizaba sobre la relación con Sebastián (“lo recuperaste pero ahora debes conservarlo”, “volverás a perderlo si no cuidas el vínculo”) o tal vez simplemente aburrido de ella, Max empezó a faltar a las obligaciones mínimas. No disimulaba su molestia pero tampoco explicaba su estado de ánimo. Las continuas preguntas de Claudia las respondía ahora con desgano o con duros monosílabos.

Una noche llegó borracho y se durmió sin siquiera saludarla. Ella no sabía qué hacer. No entendía. Fue a la cama, lo abrazó. Intentó dormir a su lado, pero no pudo.

Prendió el computador y en un impulso decisivo eligió el perfil de Max. Probó, sin éxito, una clave: max. Usó mayúsculas, usó minúsculas, y nada. Su segundo intento fue con el nombre charles y el apellido baudelaire, que era el poeta preferido de Max, y más tarde probó con tindersticks y con los prisioneros, que eran los grupos musicales favoritos de Max, y después con laetitia casta y con mónica bellucci, y luego con marihuana, que era la droga o más bien el ansiolítico preferido por ambos. No nos queda marihuana, pensó, a propósito, y ya no fumo tabaco, pero ahora voy a fumar, ahora voy a fumar mucho, dijo Claudia en voz alta, casi gritando, como si pretendiera despertar a Max.

Fumó con ansiedad un cigarro, cinco cigarros de Max. Sentía una angustia nueva, que crecía y decrecía a un ritmo impreciso. Pensó demasiado la jugada obvia y al fin acertó: escribió claudia y el sistema respondió al instante. Tampoco fue difícil adivinar la contraseña del correo, que entrelazaba absurdamente sus nombres. Agradeció y también maldijo el comportamiento previsible de Max: no quería leer, pero ya estaba ahí, ante el temido registro de mensajes enviados.

Siguió fumando y hasta descorchó un vino antes de revisar, con culposo rigor, el correo de Max. Sabía que ya no habría vuelta atrás. Sabía que leería cada mensaje. Sabía que leería hasta encontrar lo que andaba buscando.

Se fue a dormir de madrugada, ebria de vino y de rabia. Despertó a mediatarde: con poca energía caminó hasta el computador –hasta la pieza de al lado, pero a ella le pareció que había todo un camino, que debía sortear varios obstáculos para llegar a esa pieza– y en lugar de encenderlo contempló el resplandor del sol en la pantalla. Cerró las persianas, miró el reflejo hasta dar con los bordes de su cuerpo, y soltó lágrimas largas que bajaban hasta el cuello y se perdían por el surco entre sus pechos. Se quitó el sostén, miró sus pezones inquietos, el vientre parejo y suave, las rodillas, los dedos fijos en el suelo helado. Con el sostén enjugó las lágrimas y lo restregó lentamente contra la pantalla. Pacientemente. Limpió muy bien la superficie.

Al día siguiente se marchó y sólo volvió el domingo para recoger su ropa y la multifuncional.

Como activando un misterioso mecanismo de protesta, el computador volvió a fallar. Voy a regalarlo, no me importa lo que haya dentro, le dijo Max a su amigo ingeniero, que le ofreció comprarlo por una cifra ridícula. Por último regálamelo a mí, huevón, agregó, sacando cuentas alegres. Ni cagando, respondió Max. El amigo reformateó de malas ganas el disco duro.

El viernes por la noche partió rumbo a Temuco. Tuvo que pagar el asiento contiguo para transportar el computador, que viajaba en ventana y Max en pasillo. No pudo dormir, no pudo leer, no pudo escribir durante el viaje. Las luces de la carretera se quedaban en su rostro, como llamándolo, como invitándolo, como culpándolo de algo, de todo.

La maletera del taxi esta vez era adecuada, pero Max no se orientaba en Temuco y no había anotado la dirección. Deambularon largo rato hasta dar con un camino que creía recordar. Llegó a las diez de la mañana, en calidad de zombi. Al verlo Sebastián le preguntó, de inmediato, por Claudia, como si la sorpresa no fuera la insólita presencia de su padre sino la ausencia de la novia de su padre. No pudo venir, respondió Max, ensayando los preparativos para un abrazo que no sabía cómo dar. ¿Terminaron? No, no terminamos. No pudo venir, eso es todo. La gente grande trabaja, ¿sabes?

El niño agradeció el regalo con énfasis, con genuina cortesía. La madre de Sebastián recibió a Max amablemente y le dijo que podía quedarse en el sofá. Pero no quería quedarse. Probó un poco del amargo mate que la mujer le ofrecía y partió a la estación para alcanzar el bus de las doce y treinta. Estoy muy ocupado, tengo mucho trabajo, dijo antes de subir al mismo taxi que lo había traído. Revolvió el pelo de Sebastián con falsa familiaridad y le dio un beso.

Una vez solo, Sebastián instaló el computador y comprobó lo que ya sospechaba: que era notablemente inferior, desde todo punto de vista, al que ya tenía. Se rieron mucho con el marido de su madre, después del almuerzo. Luego ambos hicieron espacio en el sótano para guardar el computador, que sigue ahí desde hace años, a la espera, como se dice, de tiempos mejores.

Alejandro Zambra (foto)

‘La herencia de Matilde Arcángel’ de Juan Rulfo

juan rulfoEn corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; si acaso, porque los dos se llamaban Euremios. Uno, Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también, aunque no costaba ningún trabajo distinguirlos, ya que uno le sacaba al otro una ventaja de veinticinco años bien colmados.
Lo colmado estaba en lo alto y garrudo de que lo había dotado la benevolencia de Dios Nuestro señor al Euremio grande. En cambio al chico lo había hecho todo alrevesado, hasta se dice que de entendimiento. Y por si fuera poco el estar trabado de flaco, vivía, si es que todavía vive, aplastado por el odio como por una piedra; y válido es decirlo, su desventura fue la de haber nacido.

Quien más lo aborrecía era su padre, por más cierto mi compadre; porque yo le bauticé al muchacho. Y parece que para hacer lo que hacía se atenía a su estatura. Era un hombrón así de grande, que hasta daba coraje estar junto a él y sopesar su fuerza, aunque fuera con la mirada. Al verlo uno se sentía como si a uno lo hubieran hecho de mala gana o con desperdicios. Fue en Corazón de María abarcando los alrededores, el único caso de un hombre que creciera tanto hacia arriba, siendo que los de por ese rumbo crecen a lo ancho y son bajitos; hasta se dice que es allí donde se originan los chaparros; y chaparra es allí la gente y hasta su condición. Ojalá que ninguno de los presentes se ofenda por si es de allá, pero yo me sostengo en mi juicio.

Y regresando a donde estábamos, les comenzaba a platicar de unos fulanos que vivieron hace tiempo en Corazón de María.

Euremio grande tenía un rancho apodado Las Ánimas, venido a menos por muchos trastornos, aunque el mayor de todos fue el descuido.

Y es que nunca quiso dejarle esa herencia al hijo que, como ya les dije, era mi ahijado. Se la bebió entera a tragos de “bingarrote”, que conseguía vendiendo pedazo tras pedazo de rancho y con el único fin de que el muchacho no encontrara cuando creciera de dónde agarrarse para vivir. Y casi lo logró. El hijo apenas si se levantó un poco sobre la tierra, hecho una pura lástima, y más que nada debido a unos cuantos compadecidos que le ayudaron a enderezarse; porque su padre ni se ocupó de él, antes parecía que se le cuajaba la sangre de sólo verlo.

Pero para entender todo esto hay que ir más atrás. Mucho más atrás de que el muchacho naciera, y quizá antes de que Euremio conociera a la que iba a ser su madre.
La madre se llamó Matilde Arcángel. Entre paréntesis, ella no era de Corazón de María, sino de un lugar más arriba que se nombra Chupaderos, al cual nunca llegó a ir el tal Cedillo y que si acaso lo conoció fue por referencias. Por ese tiempo ella estaba comprometida conmigo; pero uno nunca sabe lo que se trae entre manos, así que cuando fui a presentarle a la muchacha, un poco por presumirla y otro poco para que él se decidiera a apadrinarnos la boda, no me imaginé que a ella se le agotara de pronto el sentimiento que decía sentir por mí, ni que comenzaran a enfriársele los suspiros, y que su corazón se lo hubiera agenciado otro. Lo supe después.
Sin embargo, habrá que decirles antes quién y qué cosa era Matilde Arcángel. Y allá voy. Les contaré esto sin, apuraciones. Despacio. Al fin y al cabo tenemos toda la vida por delante.

Ella era hija de una tal doña Sinesia; dueña de la fonda de Chupaderos; un lugar caído en el crepúsculo como quien dice, allí donde se nos acababa la jornada. Así que cuanto arriero recorría esos rumbos alcanzó a saber de ella y pudo saborearse los ojos mirándola. Porque por ese tiempo, antes de que desapareciera, Matilde era una muchachita que se filtraba como el agua entre todos nosotros.

Pero el día menos pensado, y sin que nos diéramos cuenta de qué modo, se convirtió en mujer. Le brotó una mirada de semisueño; que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar. Y luego se le reventó la boca como si la hubieran desflorado a besos. Se puso bonita la muchacha, lo que sea de cada quien.

Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientras se anda en los caminos.

Pero los caminos de ella eran más largos que todos los caminos que yo había andado en mi vida y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererla.

Pero total, se la apropió el Euremio.

Al volver de uno de mis recorridos, supe que ya estaba casada con el dueño de Las Ánimas. Pensé que la había arrastrado la codicia y tal vez lo grande del hombre. Justificaciones nunca me faltaron. Lo que me dolió aquí en el estómago, que es donde más duelen los pesares, fue que se hubiera olvidado ese atajo de pobres diablos que íbamos a verla y nos guarecíamos en el calor de sus miradas. Sobre todo de mí, Tranquilino Herrera, servidor de ustedes, y con quien ella se comprometió de abrazo y beso y toda la cosa. Aunque viéndolo bien, en condiciones de hambre cualquier animal se sale del corral; y ella no estaba muy bien alimentada que digamos; en parte porque a veces éramos tantos que no alcanzaba la ración, en parte porque siempre estaba dispuesta a quitarse el bocado de la boca para que nosotros comiéramos.

Después engordó. Tuvo un hijo. Luego murió. La mató un caballo desbocado.

Veníamos de bautizar a la criatura. Ella lo traía en sus brazos. No podría yo contarles los detalles de por qué y cómo se desbocó el caballo, porque yo venía mero adelante. Sólo me acuerdo que era un animal rosillo. Pasó junto a nosotros como una nube gris, y más que caballo fue el aire del caballo el que nos tocó ver; solitario, ya casi embarrado a la tierra. La Matilde Arcángel se había quedado atrás, sembrada no muy lejos de allí y con la cara metida en un charco de agua. Aquella carita que tanto quisimos tantos, ahora casi hundida, como si se estuviera enjuagando la sangre que brotaba como manadero de su cuerpo todavía palpitante.

Pero ya para entonces no era de nosotros. Era propiedad de Euremio Cedillo, el único que la había trabajado como suya. ¡Y vaya si era chula la Matilde! Y más que trabajado, se había metido dentro de ella mucho más allá de las orillas de la carne, hasta el alcance de hacerle nacer un hijo. Así que a mí, por ese tiempo, ya no me quedaba de ella más que la sombra o sí acaso una brizna de recuerdo.

Con todo, no me resigné a no verla. Me acomedí a bautizarles al muchacho, con tal de seguir cerca de ella, aunque fuera nomás en calidad de compadre.

Por eso es que todavía siento pasar junto a mí ese aire, que apagó la llamarada de su vida, como si ahora estuviera soplando; como si siguiera soplando contra uno.

A mí me tocó cerrarle los ojos llenos de agua; y enderezarle la boca torcida por la angustia: esa ansia que le entró y que seguramente le fue creciendo durante la carrera del animal, hasta el fin, cuando se sintió caer. Ya les conté que la encontramos embrocada sobre su hijo. Su carne ya estaba comenzando a secarse, convirtiéndose en cáscara por todo el jugo que se le había salido durante todo el rato que duró su desgracia. Tenía la mirada abierta, puesta en el niño. Ya les dije que estaba empapada en agua. No en lágrimas, sino del agua puerca del charco lodoso donde cayó su cara. Y parecía haber muerto contenta de no haber apachurrado a su hijo en la caída, ya que se le traslucía la alegría en los ojos. Como les dije antes, a mí me tocó cerrar aquella mirada todavía acariciadora como cuando estaba viva.

La enterramos. Aquella boca, a la que tan difícil fue llegar, se fue llenando de tierra. Vimos cómo desaparecía toda ella sumida en la hondonada de la fosa, hasta no volver a ver su forma. Y allí, parado como horcón, Euremio Cedillo. Y yo pensando: “Si la hubiera dejado tranquila en Chupaderos, quizá todavía estuviera viva”.

“Todavía viviría, se puso a decir él, si el muchacho no hubiera tenido la culpa”. Y contaba que “al niño se le había ocurrido dar un berrido como de tecolote, cuando el caballo en que venían era muy asustón”. Él se lo advirtió a la madre muy bien, como para convencerla de que no dejara berrear al muchacho. Y también decía que “ella podía haberse defendido al caer; pero que hizo todo lo contrario: Se hizo arco, dejándole un hueco al hijo como para no aplastarlo. Así que, contando unas con otras, toda la culpa es del muchacho. Da unos berridos que hasta uno se espanta. Y yo para qué voy a quererlo. Él de nada me sirve. La otra podía haberme dado más y todos los hijos que yo quisiera; pero éste no me dejó ni siquiera saborearla”. Y así se soltaba diciendo cosas y más cosas, de modo que ya uno no sabía si era pena o coraje el que sentía por la muerta.

Lo que sí se supo siempre fue el odio que le tuvo al hijo.

Y era de eso de lo que yo les estaba platicando desde el principio. El Euremio se dio a la bebida. Comenzó a cambiar pedazos de sus tierras por botellas de “bingarrote”. Después lo compraba hasta por barricas. A mí me tocó una vez fletear toda una recua con puras barricas de “bingarrote” consignadas al Euremio. Allí entregó todo su esfuerzo: en eso y en golpear a mi ahijado, hasta que se le cansaba el brazo.

Ya para esto habían pasado muchos años. Euremio chico creció a pesar de todo, apoyado en la piedad de unas cuantas almas; casi por el puro aliento que trajo desde al nacer. Todos los días amanecía aplastado por el padre, que lo consideraba un cobarde y un asesino, y si no quiso matarlo, al menos procuró que muriera de hambre para olvidarse de su existencia.

Pero vivió. En cambio el padre iba para abajo con el paso del tiempo. Y ustedes y yo y todos sabemos que el tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre. Así, aunque siguió manteniendo sus rencores, se le fue mermando el odio, hasta convertir sus dos vidas en una viva soledad.

Yo los procuraba poco. Supe, porque me lo contaron, que mi ahijado tocaba la flauta mientras su padre dormía la borrachera. No se hablaban ni se miraban; pero aun después de anochecer se oía en todo Corazón de María la música de la flauta; y a veces se seguía oyendo mucho más allá de la media noche.

Bueno, para no alargarles más la cosa, un día, quieto, de esos que abundan mucho en estos pueblos, llegaron unos revoltosos a Corazón de María. Casi ni ruido hicieron, porque las calles estaban llenas de hierba; así que su paso fue en silencio, aunque todos venían montados en bestias. Dicen que aquello estaba tan calmado y que ellos cruzaron tan sin armar alboroto, que se oía el grito del somormujo y el canto de los grillos; y que más que ellos, lo que más se oía era la musiquita de una flauta que se les agregó al pasar frente a la casa de los Eremites, y se fue alejando, yéndose, hasta desaparecer.

Quién sabe qué clase de revoltosos serían y qué andarían haciendo. Lo cierto, y esto también me lo contaron, fue que, a pocos días, pasaron también sin detenerse, tropas del gobierno. Y que en esa ocasión Euremio el viejo, que a esas alturas ya estaba un tanto achacoso, les pidió que lo llevaran. Parece que contó que tenía cuentas pendientes con uno de aquellos bandidos que iban a perseguir. Y sí, lo aceptaron. Salió de su casa a caballo y con el rifle en la mano, galopando para alcanzar a las tropas. Era alto, como antes les decía, que más que un hombre parecía una banderola por eso de que llevaba el greñero al aire, pues no se preocupó de buscar el sombrero.

Y por algunos días no se supo nada. Todo siguió igual de tranquilo. A mí me tocó llegar entonces. Venía de “abajo” donde también nada se rumoraba. Hasta que de pronto comenzó a llegar gente. Coamileros, saben ustedes: unos fulanos que se pasan parte de su vida arrendados en las laderas de los montes, y que si bajan a los pueblos es en procura de algo o porque algo les preocupa. Ahora los había hecho bajar el susto. Llegaron diciendo que allá en los cerros se estaba peleando desde hacía varios días. Y que por ahí venían ya unos casi de arribada.

Pasó la tarde sin ver pasar a nadie. Llegó la noche. Algunos pensamos que tal vez hubieran agarrado otro camino. Esperamos detrás de las puertas cerradas. Dieron las 9 y las 10 en el reloj de la iglesia. Y casi con la campana de las horas se oyó el mugido del cuerno. Luego el trote de caballos. Entonces yo me asomé a ver quiénes eran. Y vi un montón de desarrapados montados en caballos flacos; unos estilando sangre, y otros seguramente dormidos porque cabeceaban. Se siguieron de largo.

Cuando ya parecía que había terminado el desfile de figuras oscuras que apenas si se distinguía de la noche, comenzó a oírse, primero apenitas y después más clara, la música de una flauta. Y a poco rato, vi venir a mi ahijado Euremio montado en el caballo de mi compadre Euremio Cedillo. Venía en ancas, con la mano izquierda dándole duro a su flauta, mientras que con la derecha sostenía, atravesado sobre la silla, el cuerpo de su padre muerto.

Juan Rulfo (foto)

‘Mi planta de naranja lima’ de Vasconcelos

jose mauro de vasconcelosÍbamos por la calle, cogidos de la mano y sin la menor prisa. Totoca iba enseñándome la vida y yo estaba muy contento, porque mi hermano mayor me llevaba de la mano y me enseñaba las cosas, pero las de fuera de casa, porque en ésta yo aprendía descubriéndolas solo y haciéndolas solo, me equivocaba y, al equivocarme, acababa siempre recibiendo unos azotes. Hasta hace muy poco, nadie me pegaba, pero después descubrieron las cosas y no cesaban de decir que yo era malo, que era un diablo, un gato entigrecido. Yo no quería saber nada de eso. Si no hubiese estado en la calle, me habría puesto a cantar. Cantar era bonito. Totoca sabía hacer otra cosa, además de cantar: silbar. Pero, por más que yo lo imitaba, no me salía nada. Él me animó diciendo que era así exactamente, pero que aún no tenía boca de soplador. Así que, como no podía cantar por fuera, fui cantando por dentro. Era algo muy raro, pero se fue volviendo muy divertido e iba recordando una música que Mamá cantaba cuando era yo muy chiquitito. Estaba en el lavadero, con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un delantal atado a la cintura y se quedaba horas y más horas, metiendo las manos en el agua y haciendo mucha espuma con el jabón. Después retorcía la ropa e iba hasta la cuerda. Lo colgaba todo de ella y levantaba la caña. Hacía lo mismo con toda la ropa. Estaba lavando la ropa de la casa del Dr. Faulhaber para ayudar con los gastos de la casa. Mamá era alta y delgada, pero muy bonita. Tenía un color muy moreno y el pelo negro y liso. Cuando se dejaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. Pero lo bonito era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado para aprender.

Marinheiro, Marinheiro / Marinheiro de amargura / Por tua causa, Marinheiro / Vou baixar à sepultura… / As ondas batiam / E na areia rolavam / Lá se foi o Marinheiro / Que eu tanto amava… / O amor de Marinheiro / É amor de meia hora / O navio levanta o ferro / Marinheiro vai embora / As ondas batiam…

(Marinero, marinero, / Marinero de mis amores, / Por tu culpa, marinero, / Padezco tantos dolores… // Las olas batían / Y barrían la arena. / Allá se fue el marinero / Al que yo tanto quería… // El amor del marinero / Es amor de media hora. / El navío leva anclas / Y el marinero se evapora… // Las olas batían…)

Hasta ahora aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender. Totoca me dio un empujón y desperté.

–¿Qué te ocurre, Zezé?

–Nada. Estaba cantando.

–¿Cantando?

–Sí.

–Pues debo de estar quedándome sordo.

Entonces, ¿no sabía que se podía cantar por dentro? Me quedé callado. Si no lo sabía, yo no se lo enseñaría. Habíamos llegado al borde de la carretera de Río a Sao Paulo. Pasaba de todo por ella: camiones, automóviles, carros y bicicletas.

–Mira, Zezé, esto es importante. Lo primero es mirar bien. Mira para un lado y para el otro. Ahora.

Cruzamos corriendo la carretera.

–¿Te ha dado miedo?

Claro que sí, pero dije que no con la cabeza.

–Vamos a volver a cruzar juntos. Después quiero ver si has aprendido.

Volvimos.

–Ahora tú solo. Sin miedo, que ya te estás haciendo un hombrecito.

El corazón se me aceleró.

–Ahora. Ve.

Me lancé casi sin respirar. Esperé un poco y él dio la señal para que volviese.

–Para ser la primera vez, lo has hecho muy bien, pero has olvidado una cosa. Tienes que mirar para los dos lados a ver si viene un coche. Yo no voy a estar aquí siempre para darte la señal. A la vuelta, practicaremos más. Ahora vamos, que te voy a enseñar una cosa.

Me cogió de la mano y volvimos a ponernos en marcha despacio. Yo estaba impresionado con una conversación que había tenido.

–Totoca.

–¿Qué?

–¿Se nota cuando ya se tiene uso de razón?

–¿Qué tontería es ésa?

–Fue el tío Edmundo quien me lo dijo. Dijo que yo era “precoz” y que pronto iba a llegar a tener uso de razón. Y yo no siento ninguna diferencia.

–El tío Edmundo es un bobo. No para de meterte cosas en la cabeza.

–No es bobo. Es sabio y, cuando yo crezca, quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Un día me haré una foto con corbata de lazo.

–¿Por qué con corbata de lazo?

–Porque nadie es poeta sin corbata de lazo. Cuando el tío Edmundo me enseña retratos de poetas en una revista, todos llevan corbatas de lazo.

–Zezé, deja de creer en todo lo que te dice el tío Edmundo: está un poco chalado y es un poco mentiroso.

–Entonces, ¿es un hijo de puta?

–Mira que ya has cobrado en la boca por tanto decir palabrotas, ¿eh? El tío Edmundo no es eso. He dicho “chalado”, un poco loco.

–Has dicho que era mentiroso.

–Una cosa nada tiene que ver con la otra.

–Sí que tiene que ver. El otro día, Papá estaba hablando con el señor Severino, el que juega a las cartas con él y habló así del señor Labonne: “Ese viejo hijo de puta miente con avaricia”… Y nadie le dio en la boca.

–Los mayores pueden decirlo, no tiene importancia.

Hicimos una pausa.

–El tío Edmundo no es… ¿Qué es exactamente eso de “chalado”, Totoca?

Él se giró el dedo en la sien.

–Pues no lo está, no. Es muy bueno: me enseña cosas y hasta ahora sólo me ha dado un azote y no con fuerza.

Totoca dio un salto.

–¿Que te dio un azote? ¿Cuándo?

–Un día en que estaba yo muy travieso y Glória me mandó a casa de Dindinha. Resulta que él quería leer el periódico y no encontraba las gafas. Buscaba y buscaba, desesperado. Preguntó a Dindinha y nada. Los dos buscaron por todos los rincones de la casa. Entonces yo dije que sabía dónde estaban y que, si me daba una moneda para comprar canicas, se lo diría. Él fue a buscar un tostão en su chaleco.

–Ve a buscarlas y te la daré.

–Fui al cesto de la ropa sucia y las cogí. Entonces me regañó: “¡Has sido tú, granuja!”. Me dio un azote en el culo y me quitó el tostão.

Totoca se rió.

–Te vas allí para no cobrar en casa y cobras allí. Vamos más deprisa, que, si no, no vamos a llegar nunca.

Yo seguía pensando en el tío Edmundo.

–Totoca, ¿un niño es un jubilado?

–¿Cómo?

–El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.

–¿Y qué?

–Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.

–Un jubilado es diferente, Zezé. Un jubilado es quien ya ha trabajado mucho, se ha quedado canoso y anda despacito, como el tío Edmundo, pero vamos a dejar de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él me parece bien, pero conmigo, no. Haz como los demás niños. Di palabrotas incluso, pero deja de llenarte esa cabecita con cosas difíciles. Si no, no vuelvo a salir contigo.

Me enfadé un poco y no quise hablar más. Tampoco tenía ganas de cantar. El pajarito que cantaba dentro de mí se alejó volando. Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

–Es esa de ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común y corriente, blanca y con ventanas azules, cerrada toda ella y en silencio.

–Sí que me gusta, pero, ¿por qué tenemos que mudarnos aquí?

–Siempre es bueno mudarse.

Nos quedamos contemplando desde la cerca un arbolito de mango a un lado y un tamarindo al otro lado.

–Tú, que quieres saberlo todo, no has sospechado el drama que hay en casa. Papá está en paro, ¿no? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo pusieron en la calle. ¿No has visto que Lalá ha empezado a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que Mamá va a trabajar en la ciudad, en el Molino Inglés? Pues mira, tontín, todo eso es para juntar un dinero y pagar el alquiler de esa nueva casa. En la otra, Papá debe ya ocho meses. Tú eres demasiado niño para saber esas cosas tristes, pero yo voy a tener que acabar ayudando a misa para contribuir en casa.

Se quedó unos minutos en silencio.

–Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas aquí?

–Claro que sí y un servidor, el esclavo, será quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cariño y pena.

–Yo soy el que va a desmontar el Parque Zoológico y a armarlo aquí.

Me sentí aliviado, porque, si no, habría tenido que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más pequeño: Luís.

—Bueno, ya ves que soy tu amigo, Zezé. Ahora no te cuesta nada contarme cómo conseguiste “aquello”…

–Te juro, Totoca, que no lo sé. La verdad es que no lo sé.

–Estás mintiendo. Has estudiado con alguien.

–No he estudiado nada. Nadie me ha enseñado. Sólo puede haber sido el diablo, que, según Jandira, es mi padrino y me enseñó durmiendo.

Totoca estaba perplejo. Al principio, hasta me había dado capones para que se lo contara, pero yo no sabía contárselo.

–Nadie aprende esas cosas solo.

Pero se quedaba mudo, porque la verdad es que nadie había venido a enseñarme nada. Era un misterio.

José Mauro de Vasconcelos (foto)

 

Richard Ford; Thomas Wolfe; Manuel Puig

richard ford‘De mujeres con hombres’ de Richard Ford: Más que la necesidad de una historia intrincada y una sorpresa al final de la misma, lo que hay en los textos de Richard Ford ‘De mujeres con hombres’ (Anagrama, 245 páginas) es un clima narrativo que simula muy bien la realidad. Se trata de tres historias en un mismo tono, fluidamente poético o poéticamente fluido, con argumentos asociados. La primera, ‘El mujeriego’, pone al protagonista en la disyuntiva de avanzar en la nueva relación que traba con una mujer o mantenerse en la propia con su esposa. La segunda, ‘Celos’, pone al joven protagonista a preguntarse la clase de relación que pudo tener su padre con su tía, con quien viaja a casa de su madre separada y en el trayecto presencian, a metros, la fuerza letal de las autoridades contra un delincuente. La tercera, ‘Occidentales’, es la de un escritor que viaja a París a conocer a sus editores y traductora, y lo hace con su amante, y en ese lapso está bajo la duda de lo que será su futuro que, al final, no es con ella. Narradas con delicadeza, son historias que lo hacen a uno partícipe de su intimidad. Dramas, como los de uno. Los de cualquiera. Dramas que no requieren tramas aparatosas, rebuscadas. Pero resultan envolventes a consecuencia de la pluma diestra, en apariencia simple, de Richard Ford.

‘El niño perdido’ de Thomas Wolfe: No confundir Thomas Wolf con Tom Wolfe, aunque thomas wolfeambos son estadounidenses. Tom Wolfe murió hace pocos días, era escritor y uno de los padres del ‘Nuevo Periodismo’, se llamaba Thomas Kennerly Wolfe Junior, y había nacido en Richmond. El otro Thomas Wolfe, del que quiero decir algo, es Thomas Clayton Wolfe, de Asheville, Thomas Wolfe (foto), que murió en 1938 y William Faulkner consideraba el mejor de su generación. Hablo de Thomas Wolfe a propósito de la lectura de ‘El niño perdido y otros relatos’, traducción de Óscar Luis Molina, Tajamar Editores, 179 páginas, donde casi descubre uno el origen de varios pasajes de Faulkner. En los textos de Thomas Wolfe están los desposeídos, la vida elemental, la observación de un narrador que no puede más que convertir en poesía las pequeñas cosas de su entorno. Y evaluar. “Sí, nosotros somos sospechosos, enemigos del orden y la moral pública, desvergonzados participantes de una infamia abierta e indecente, y nuestros vecinos nos contemplan con la estremecida reprensión de sus ojos desconfiados mientras a fuer de maridos amantes golpean a sus mujeres, se rebanan la garganta con orgullo cívico y prosiguen, como los respetables ciudadanos que son, con su honesto esfuerzo de asalto, asesinato y latrocinio”. Y además de esto fáctico, también están los intangibles, el contenido de los libros, “esta orgía terrible de libros no me produjo consuelo, paz ni sabiduría ni en la mente ni en el corazón. En cambio, con su alimento aumentaron la furia y la desesperación, creció el hambre con la comida que comía”. Metáforas del desamparo, el retorno, la ausencia. Segmentos de narración como si se tratara de una cámara que se aproxima a “el fuego que golpetea y crepita como un látigo, y un humo acre hace arder los ojos; en los campos segados las llamas, cual pequeñas víboras, calcinan los bordes rugosos de los rastrojos como una hilera de langostas. El fuego clava un aguijón memorioso en el corazón de los hombres”. Personajes que viven lo suyo: “supe que nunca más podría convertir mi vida en vida propia”, pero nada de lo que yo diga se compara con el propio placer del texto que invito a leer.

‘Boquitas pintadas’ de Manuel Puig: Los chilenos Horacio Simunovic Díaz y Daniela Manuel PuigOróstegui Iribarren, en un trabajo para la Escuela de Pedagogía Castellana, de la Universidad Católica del Maule, que titularon ‘El proceso de canonización de Manuel Puig en el contexto de la narrativa Latinoamericana finisecular: sistema y cambio literarios’, recuerdan a Ariel Schettini, quien cuenta que en 1968, el jurado del concurso de novela de la revista ‘Primera Plana’ se dividió entre Severo Sarduy (que defendía a ‘Boquitas Pintadas’ como la ganadora) y Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti que la desestimaban. En nombre del jurado, Onetti diría que la voz del escritor estaba tan fundida con la de sus personajes que se corría el riesgo que el escritor tuviera el mismo registro verbal de sus personajes. Después, Puig comentó el episodio: “Juan Carlos Onetti no quiso darme el premio porque dijo que yo copiaba a tal punto la cultura popular que no se podía saber cómo era realmente mi verdadera escritura”. Pues bien, comienzo por decir que el título insinúa más de lo que trae el texto; es juguetón, femenino, casi de fiesta. Y lo que se cuenta es una historia de amor alrededor de un muerto, que quizás lo fue mediante homicidio, y es, si se quiere, una historia triste. Pero sobre todo, una historia de gente común. No hay un submundo, una ‘cultura’ que acote el universo narrado. Las protagonistas tienen una vida de clase media. El narrador apela al género epistolar para desarrollar buena parte del texto, y otra parte narra como si se tratara de un registro de observación, o un informe de actividades. No es un texto con metáforas memorables, pero sí con una escritura coloquial, efectiva. La historia se mueve sin tropiezos, hasta su desenlace. Aunque me gustó, e invito a su lectura, queda fuera de mis mayores preferencias. Y me pareció desafortunada la carátula de esta edición, rosada, un poco escolar y anacrónica.

‘Se busca una mujer’ de Charles Bukowski

Charles_BukowskiEdna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:

SE BUSCA UNA MUJER.

Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:

“Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas”.

Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera…

Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:

SE BUSCA UNA MUJER.

Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando cómo se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.

Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. “Films”. Era un término muy culto. La gente decía “películas” normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.

Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. “¿Hola?” Contestó él.

–¿Señor Lighthill?

–¿Sí?

–Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…

–Ah, sí.

–Me llamo Edna.

–¿Cómo estás, Edna?

–Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.

–Sí, hace la vida difícil.

–Bueno, señor Lighthill…

–Llámame Joe, a secas.

–Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?

–Viste mi anuncio.

–Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?

–Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?

–¿Las mujeres?

–Sí.

–Oh, pues en todas partes, ya sabes.

–¿Dónde? Dime. ¿Dónde?

–Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.

–No me gusta la iglesia.

–Oh.

–Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?

–¿Quieres decir allí, a tu casa?

–Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.

–Es tarde.

–No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.

–Bueno, es que…

–Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.

–No, yo no tengo miedo.

–Entonces vente, Edna.

–Bueno, es que…

–Vamos.

–Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.

Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.

–Entra, Edna…

Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.

–Siéntate. Te serviré algo de beber.

Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas… Parecía relajado y eso la tranquilizó.

El señor Lighthill –Joe– salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.

–Sí –dijo él–, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?

–Sí, ya lo noté. Está muy bien.

–Bebe algo.

–Oh, sí.

Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.

–Llevas un vestido muy bonito, Edna.

–¿Te gusta?

–Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.

Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.

¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera…

Edna terminó su bebida.

–Deja que te sirva otro –dijo Joe.

–No. Me tengo que ir ya.

–Oh, vamos –dijo él–; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.

–Está bien, pero después de éste me voy.

Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.

–Sabes –dijo–, soy bastante bueno en el sexo.

Edna bebió su vaso y no contestó nada.

–¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? –preguntó Joe.

–Nunca lo he hecho.

–Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.

–¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos –dijo Edna.

–Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.

–Tal vez no sea muy buena para estas cosas –dijo Edna–. Tal vez es por eso que estoy sola. –Se tomó un buen trago del vaso.

–Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos –dijo Joe.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.

–Eso es triste –dijo Edna.

–Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.

–¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?

–No, ella se divorció de mí.

–Y qué es lo que fue mal?

–Las orgías sexuales.

–¿Las orgías sexuales?

–Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera… Perdóname…

–No pasa nada.

–Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo… como sea.

–No sé mucho acerca de esas cosas, Joe –dijo Edna.

–Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.

–¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?

–Eso ayuda bastante.

–¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?

–Las orgías no arreglarán nada.

–¿Y entonces qué?

–Bueno, no sé. Tal vez el swap.

–¿El swap?

–Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.

–¿Y funciona bien?

–Bueno, no sé… Los swaps pueden traer problemas… a la larga. Tiene que estar todo muy hablado… bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado…

–¿Tú sabes bastante, Joe?

–Bueno, estos swaps… Creo que pueden ser buenos para algunos… Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.

Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.

–Escucha, Joe, me tengo que ir…

Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.

SE BUSCA UNA MUJER.

–¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!

–¿Por qué viniste aquí, zorra?

La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. Él se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.

–Dios, Dios… ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar… ¡Auuggh!

Rodó por el suelo gimiendo.

Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.

Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.

Charles Bukowski (foto)