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‘Creo que te inventé…’ de Claudia Apablaza

claudia apablazaIré a Benidorm esta vez. Ordeno mi bolso, salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas lindas. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces; imagino que, por lo demás, en ese entonces no existía lo que hoy se llama el gran sueño americano o el enorme y patético sueño del pibe.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles, cuadros pintados para estimular, seguramente, el patético sueño del pibe y olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento era un joven muy guapo, que ya hubiese querido yo raptármelo y llevármelo al baño. Sentí que lo amaba, quería besarlo allí y luego dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos; luego venir a visitarlo cada tanto, tal vez una vez al mes, y decirle que me fuera fiel por siempre. Pero no, no me interesa, debe ser un turista más dedicado a agarrarse a chicas lindas y bronceadas de estas ciudades europeas.

Tal vez hubiese sido bueno conseguir su dirección y escribirle poemas de amor baratos y cursis y enviárselos por correo postal. Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia. Cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en España, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

Independiente de todo aquello, dibujo a mi compañero de asiento. Al lado del dibujo pongo un poema de amor, e imagino que se lo daré a cualquier hombre que vea en la calle, para así no quedarme con ese deseo espantoso de lo no correspondido; deseo espantoso y asqueroso. Doloroso y triste si pienso nuevamente en el suicidio de Sylvia.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me agrada, pero a ratos se me vuelve espantoso. Sale un olor a patata frita. Me dan arcadas. Bebo un poco de agua. Me pongo mis gafas oscuras y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un turista español, a un turista que me dejó prendada de un estúpido y mal llevado mal de amores.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme del turista español ése. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo y más horrible a la vez, tal vez me podría encontrar aquí con mi turista; junto con visitar donde vivieron Sylvia y Ted, aunque de paso tenga que sentir el asqueroso olor a patata y a baba.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mí turista. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No quiero volver a pensar en el turista perverso que ha destruido un año de mi vida, no quiero, no quiero; y a eso vine, eso, a eso vine, a buscarlo y a olvidarlo. A buscarlo y a olvidarlo en este pueblo perdido del Mediterráneo. Qué idiota.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal por eso del turista, me siento arruinada por eso del turista, me siento un desastre, una bolsa desechable y plástica, de esas verdes del Bon Preu.

Era un turista que conocí en un paseo a lo más alto de Barcelona, una vez que agarré el tren y el autobús y ese teleférico que te lleva a lo más alto de la ciudad. Ahí estaba, estaba sentado a los pies de la iglesia, era guapo, muy guapo. Primero conversamos, hablamos, discutimos, huimos, bebimos, bajamos en el teleférico, luego el bus, el tren, mi casa, cenamos, follamos y a dormir.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, buscar chicos aburridos por el día, tomar cubatas, irme de cena con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y mujeres, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que él me enseñó en la cama, todo lo que yo le enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números para calificarlos.

Me levanto rápidamente del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, con un chico como mi estúpido hombre que vine a olvidar en este paseo. Paseo esta ciudad que dicen apta para olvidar a amores locos y sin sentido, pero yo no sé, no sé si lo olvidaré, lo veo difícil, extremadamente difícil, pero lo intentaré y lo seguiré buscando por las callejuelas de esta ciudad espantosa.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:

Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;

Levanto los párpados y nace todo nuevamente.

(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,

Sin sentir galopa la negrura:

Cierro los ojos y el mundo muere.

Es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi turista. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: ¡Se fueron! Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: “Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…”.

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaba mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un turista que se las da de escritor de renombre.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo uno de ellos, no deberíamos parecer ni por un segundo a nada, es también la forma de olvidarlo, de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡plaf!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, no quiero ser confundida. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera. T de Turista, T de tarados, T de tontera, T de Ted.

Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicas en tanga se pasean y chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi turista estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad, la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado, yo no, yo no me siento así, yo odio a esta ciudad y a ese hombre, a esa especie de payaso que me llevó a lo más alto de Barcelona, luego a mi cama y luego desapareció, se hizo una bola de humo.

Me detengo frente a la calle de Ortuño, recuerdo que hay un escritor mexicano que también lleva ese apellido, lo intentaré leer, tal vez encuentre en él las claves para entender a Ted, para olvidar al turista y para olvidarme de una vez de los sufrimientos de Sylvia. Sigo caminando y me detengo frente a la supuesta casa en que pasaron su luna de miel Ted y Sylvia.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres llegan acá con el cabello teñido y una especie de camiseta que se les ve el ombligo. Todas van igual en la costa mediterránea. En fin, no sé para qué intentan estar bronceadas y mostrar el ombligo, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada, jamás intentaría mostrar mi ombligo. No es problema mayor eso. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidar en ese gesto a mi affaire desesperado, el abandono que vino luego de ello. Vine a matarlo desde el fondo, a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, ya que era igual a mi turista. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi turista, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos a ambos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Todo es espantoso. No quiero morir por un hombre, por un turista que va de espectáculo en espectáculo y no tiene segundos para la intimidad. No quiero. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,

T de turista.

T de Tonto,

de tontera,

t de turbio,

t de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos turistas me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al turista el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta pensar que llegará ese día en que podré decir: ¡basta ya de representaciones! ¡Quiero algo real ya!

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa a buscarse unos turistas para traerlos a casa, tal vez viven algunas chicas de ombligos afuera que buscan a chicos y se los traerán para pasar la tarde y beber cubatas. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro, parece que es una casa y no vive nadie en ella, ¿aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, no hay nadie, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado al turista una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o dispararle como lo hizo la Bombal y María Carolina Geel, por lo que me ha ido haciendo estos meses, un cierto delirio, una persecución que no lleva a nada, sólo a intentar transformarse en un ídolo de lolitas jóvenes, tal como Ted, sé que Ted buscaba a eso, pero yo no quisiera suicidarme como Sylvia, ¿aló?, camino e inspecciono el lugar. T de Ted, T de turista, T de Te quiero matar.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el turista ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si el turista apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto siete veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregarle a mi agente la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir, esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, parece que son turistas, qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Terminaré mi novela. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, para así olvidar al turista que me escribe insistentemente unos correos que no entiendo, ese hombre que dividió mi cabeza entre mundo posible y mundo olvidado, o entre mundo posible y mundo ficcionado.

No sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, alterada, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Lo del mundo posible y del mundo ficcionado me tiene un poco alterada. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, el miedo. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo al turista. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado, entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé reunirla, ¿aló?, he venido acá a intentar hacer esa reunión, pero no sé si me resulta, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga! Tal vez debería intentar olvidarte de una vez, pero para eso tuve que venir a este sitio en que ellos estuvieron. Tal vez recién así comience de lleno el maldito proceso del olvido.

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. Cuánto extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. En fin. De todas formas, extrañar no es lo mismo que querer estar. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades. Extraño, quiero estar en Barcelona.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; como el turista, como a mi jefa, o llamadas telefónicas para ganar algo de dinero, reuniones fallidas; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, mis dolores reales, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño que cargo, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar al gran simulacro, a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía, sí es un algo real, sí es, sí lo es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar. Me canso. Me tiro al suelo. Saco mi cuaderno.

Esta ciudad es horrible. Siento nuevamente asco. Es ahora el balneario más parecido a California de USA. Antes era un pueblecillo rural en que dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez, apunto en mi cuaderno, del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo de este grupete de turistas que se han entrometido en este mi espacio sagrado, fuera de ese mundo apestado de hombres que logran la fusión entre necesidad y satisfacción de ella de forma instantánea. ¡Es terrible haber perdido todo referente e identidad!

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. Ahora bien, la excepción a esto, es mi padre. Ni más ni menos. Mi padre es el hombre más noble del universo, pero, al ser médico, tiene completamente satisfecha su necesidad de comer y amar. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma espantosa la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito turista de turista, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo, algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Hace tiempo que tengo llaves de tu casa. Abro. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Creo que te inventé en mi mente. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Creo que te inventé en mi mente. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita mujer. Horrible mujer. Desgraciada mujer. La odio. La aborrezco. Incluso cuando follábamos me daban deseos de matarla. Siempre se creyó escritora. Siempre escritora y maldita. Yo intentaba ponerla en su sitio. En su espacio. En su lugar. Mujer que odiaba este país. ¿Por qué? Porque era una maldita inmigrante, una maldita extranjera.

Claudia Apablaza (foto) (Título completo ‘Creo que te inventé en mi mente’)

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‘La otra piedad’ de Laura Massolo

Laura Massolo(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en el 2001)

No espero que mi carta sirva para esclarecer los aspectos relacionados con el caso de Gonzalo Velázquez. No tengo datos precisos que aportar, no quiero aportarlos. Me he tomado el atrevimiento de intervenir sin haber sido convocada. Soy madre de un paciente del mismo sanatorio en el que Gonzalo estaba internado. Mi hijo, Manuel Losada, de veinte años, padece una patología por la que debe concurrir a la modalidad de Hospital de Día y recibe tratamiento psicológico y de rehabilitación.

De modo que usted no encontrará en mis palabras otro contenido que el de un mero punto de vista; punto de vista que, asociado a la identificación con aquellos que vivimos esta realidad en carne propia, he complementado con lo que pude ver y oír a partir de mi cercanía con esa institución.

Allí presido una pequeña cooperadora de padres destinada a subsanar algunas carencias que no son consideradas por los seguros médicos. Este cargo, que no es más que una acción benéfica, exige mi permanencia en el lugar durante los días de la semana. Con otras madres que tampoco tienen otra ocupación, cumplo funciones de índole práctica: recolecto fondos para alguna reparación, convoco, desde la solidaridad o desde la exhortación a la culpa, a padres que, por su oficio, puedan colaborar con tareas de mantenimiento y, fundamentalmente, promuevo una especie de apoyo “espiritual” para los más desvalidos.

Aprovecho este comentario para invitarla a los talleres de reflexión que organizamos los jueves por la mañana. Pienso que respirar esta realidad, respirar el clima de pretendido consuelo, respirar ese otro clima de decepción y agobio, escuchar las ocasionales sentencias y las constantes quejas, ver cómo la angustia puede adquirir forma en la voz o en la cara, ver cómo se intenta un tejido reparador sobre la cáscara de un agujero, podrá serle útil, a lo mejor, para tomar distancia de sus indagaciones y admitir que lo sucedido con este chico sólo tiene por causa un designio que no comprendemos –ni siquiera a fuerza de dolor y resignación– los que tenemos que vivir bajo el peso de esta cruz.

Usted pensará que mis ideas están ligadas a la religión y a la fe. En ese sentido, creo que no somos quienes deban juzgar ciertas actitudes humanas. Dicen que daremos cuenta de nuestros actos después del pasaje terrenal. Sin embargo, doctora, con respecto a mi fe, debo confesar que permanece aplastada bajo el imperio de una voluntad suprema que no dio lugar a ningún intercambio, que no me permitió pactar, que me dejó al margen de la esperanza de las compensaciones; y si procedo en conformidad con ciertas leyes es por una costumbre estereotipada, inyectada a fuerza de temor y defectuosidades, practicada a modo de murmullo en oposición al desaliento. Por mi experiencia, este pasaje terrenal nos deja intervenir pobremente en su acontecer; y es tal vez esta carta un acto de misericordia para con usted, y es, tal vez, un intento de soslayar la impotencia a la que estamos habituados.

Por otro lado, puedo aceptar la muerte de Gonzalo como el tránsito que le estaba destinado por esa voluntad suprema, pero me resulta inadmisible el manoseo burocrático y judicial al que han quedado sometidos estos sucesos.

Es cierto que Gonzalo, durante su internación, no recibía más visitas que las de su padre, esporádicas, quizá forzadas. Sin embargo, la señora Julia Velázquez no era la única madre que no concurría al sanatorio, y más allá de las razones vinculadas a su estado de salud, sería prudente contemplar que no todos venimos a este mundo preparados para aceptar lo que nos toca. Es una cuestión de fortaleza.

Dicen que la sabiduría inmensa de Dios distribuye en cada uno de nosotros la cruz que, por su peso y su medida, podemos soportar. Sin embargo, y tal vez por la intervención de otras fuerzas que desconozco, no siempre es posible sostener esa cruz. Hay un ácido que flota en la columna vertebral. A veces, carcome; a veces, sangra; a veces, nos entierra.

He sabido que se sospecha de una confabulación entre Ernesto y Julia Velázquez para provocar la muerte de Gonzalo. He sabido que se los acusa de haberle dado una sobredosis de medicación con ayuda de una enfermera a la que sobornaron. He sabido que varias personas relacionadas con el caso están siendo interrogadas para esclarecer esta suposición. Y estos rumores me indignan. Nadie más que Dios ha resuelto esa muerte, y si los instrumentos que el Señor usó para empujar el alma de ese chico a la eternidad debieron ser el enajenamiento o la locura, pues este mismo Señor sabrá por qué lo ha hecho.

Ante estos juicios y, sin la posibilidad de persuadir ni frenar a quienes los emiten, no me queda otro remedio que rezar. También rezo en estos momentos por usted.

Deberíamos pensar que cualquiera de nosotros, ante la muerte de un hijo discapacitado, podría verse injustamente inculpado; sobre todo, teniendo en cuenta que, precisamente, por la fragilidad que caracteriza a estos enfermos, por su indefensión, por las complicaciones que las dolencias mentales provocan, la muerte es una posibilidad continua, como si colgaran de un hilo. Cabe citar el caso de una chiquita Down que sufrió un paro cardiorespiratorio en terapia intensiva mientras estaba sola, ya que no permitieron la compañía de la madre en esa unidad. Sé que los padres han iniciado juicio al hospital. Sin embargo, creo que lo han hecho presionados por la influencia de ciertos abogados con fines de lucro, sin aceptar resignada y cristianamente la voluntad de Dios.

La muerte de Gonzalo, el desarrollo de esta historia, acentúan mi sensación de que todo está silenciosamente tejido de antemano en nuestros destinos, como si se tratara de una sociedad entre las asfixias y las cargas.

Creo, en resumen, que la indagatoria que usted está llevando a cabo es una locura, creo que es promover una ofensa. Creo que usted está en riesgo. Creo que se equivoca. Creo que se adentra en terrenos peligrosos.

Yo le reitero mi invitación a nuestras reuniones de los jueves. Venga, doctora, verá que entre alguna torta que llevamos, algunas galletas, algunas risas, va a desentrañar el patetismo que reviste la misión para la que estos padres fuimos “elegidos”. Venga, si quiere, al festival anual, donde disfrazamos a los chicos y nos disfrazamos; venga y mire las máscaras que tapan la consternación, el baile frenético de las sillas de ruedas, las sondas nasogástricas pintadas de verde fluorescente, las cabezas sin sostén bamboleándose al compás de la música, las manos al aire, sin asidero; el papel crepé roto, desgarrado, húmedo. Venga, si quiere, al templo carismático donde llevo a Manuel los domingos. Mire, allí, las crisis de histeria, los colapsos, los alaridos, los espíritus que, para quedar liberados del demonio, creen que deben atormentarse en la crispación y en el ahogo. Asómese a este mundo antes de juzgar a los que lo integramos. Venga a mi casa, trate de conversar conmigo en paz, perciba cómo nos interrumpe la inquietud, el estertor de una garganta que no articula, la baba que corre por un trapo siempre inmundo. Míreme, imagine que estoy escribiendo esta carta a las dos de la mañana porque es el único momento en que tengo silencio, porque ya emboqué, dificultosamente, cuidando mis dedos de la mordedura, todas las dosis de pastillas correspondientes, incluido un hipnótico para el sueño, media píldora para mí, que nunca duermo, que no sé si voy a despertarme con un cadáver o con un vegetal en la habitación de al lado. Créame, ahora que le digo que me han pasado los años y me ha pasado la vida sin poder escapar de este cuadro fatídico, de este encierro de aullidos, de médicos, de electroencefalogramas, y turnos, y recetas, y horarios de rehabilitación, y pañales enormes, y olores acres. Venga a ver las marcas en todas las paredes de mi casa: son de la silla de ruedas. Venga a sentir el aroma: a pis, a tristeza. Fíjese en mí, en mis arrugas, en mis puños, en los otros hijos que crecieron sin mi energía, sin mi alegría, sin mi cuidado. Tómese un trago de este vómito de amargura. Y, entonces, deje de mortificarse y mortificar a los demás con su pesquisa.

Recuérdeme que le muestre el certificado de incapacidad del noventa y ocho por ciento, mi sentencia, la certeza de una vida inútil que necesita de mí todo lo que tengo, todo lo que ya no tengo, todo lo que preciso fabricar con la ficción. Acompáñeme, una de las tantas veces en que me miro en el espejo y me pregunto quién soy. Quédese un día en este mundo. Vea que no se puede saber, ni entender, ni razonar, ni escuchar. Si fuera posible, mida la raíz de mi sentimiento, esta mezcla de amor y de rechazo, lo que se me desordena constantemente en la imperfección, en la indignidad, en la tortura. Trate de observar algo coherente en los ojos que no miran hacia ningún lado, en la cabeza que se cae. Intente traducir, en el sonido que parece una gárgara, las dos sílabas categóricas de la palabra mamá. Quédese quieta y contemple el espectáculo siniestro de una convulsión, ese dislate, esa espiral sin fondo. Mire las botellas vacías tiradas bajo la mesa, bajo la cama: son del hombre que pasará tambaleándose por algún lugar de la casa, la barba crecida, la bragueta siempre abierta, el pelo desprolijo. Ese desecho es el hombre con quien duermo sin dormir. Mire, hoy, casualmente, la sábana sucia de mi hija, la sana, la normal, la inteligente, la que nunca entendió por qué un día su madre desapareció de golpe y pasa las horas y las horas en un instituto de rehabilitación, limpiando mierda, mientras ella se revuelca sin sentido con cualquier hombre que pase. Venga. Mire. Asómese.

Vaya, después, a conversar con cuanto profesional de la salud se le cruce. Le van a decir las mismas resueltas idioteces: lo difícil, el daño, el emergente, el caos, la contención, la incontención, la fábula, tal vez la inconsciencia de una mujer que decidió no abortar para no irse al infierno y que, a los cuarenta y pico, acunó dulcemente a un monstruo con la pretensión de que era un ángel.

Lea bien lo que le escribo.

Vaya, después, y converse con un cura, con un mago, con diez locos. Es lo mismo, atado y desatado, el designio, el demonio, los dos filos cruzados en la espalda.
Pregúntele a cualquiera de las asistentes del instituto. Pregúnteles por los abandonos, por las ambulancias, por las convulsiones, por esos seres que de pronto adquieren el aire espeluznante de un poseído y se agrandan y se retuercen y tiemblan y se contorsionan, y se sacuden, y parecen tan magníficos como aterradores. O se encogen, como cáscaras de hierro, como pedazos de piedra imposibles de abrazar. Y se les mueven los brazos, y se les mueven las piernas, y se endurecen, y son estatuas, y la cabeza para un costado porque si no se muerden la lengua, y que se hagan todo encima, o que vomiten, o que se ahoguen, y los ojos, patéticos, desaparecidos a los costados, las órbitas en blanco.
Además, las convulsiones tienen sus causas: a veces la fiebre, a veces una emoción, a veces la imposibilidad de expresarse de otra forma. Y, a veces porque faltó la medicación, porque la hija de mil putas de la madre se olvidó de darle al ángel la medicación, porque la máquina falló en el instante del olvido. Entonces el ángel castiga retorciéndose.

Y ahí están, siempre, todos los días, como lo único que nos gobierna, lo que nos pone de rodillas, lo que nos hace cumplir, lo que nos obliga no sabemos a qué ni para qué. Y hay que seguir, hay que seguir, hay que seguir. No se pueden bajar los brazos, ni un minuto. No se pueden desatar las manos de las correas que sujetan al madero horizontal de la cruz. No se puede dejar la vertical forzosa de la que colgamos.

Y uno pretende explicarse que lo que manda es el amor, que es del corazón, del útero, de no sé dónde que sale la fuerza.

Pero son ellos los que mandan, los que dan las órdenes, los que disponen de la vida de todos, los que determinan lo cotidiano y lo perenne; que una se quede callada o que hable o que mire un programa por televisión o que no mire; que piense, que no piense. Absorben toda la energía, absolutamente toda.

Igual, a la mañana, empezar de nuevo, aunque duelan los huesos.

Claro, yo no podría dejar internado a Manuel. No podría por la culpa. Y es otra de las cosas que gobiernan: la culpa, la mal entendida piedad. ¿No sería mejor suponer un error de cálculo en la naturaleza?

Al principio, cuando Manuel entraba en una convulsión, me provocaba una especie de parálisis. Aparentemente, él no respiraba, pero la que no podía respirar era yo. A él se le torcían los ojos, a mí se me agrandaban. A él se le alargaban las manos, a mí se me encogían. Era un hechizo. Hubiera podido dominar a todos con una palabra, con una sola palabra; y uno esperaba que esa palabra brotara, de golpe, que rompiera el mutismo, como si Manuel fuera dueño de un lenguaje oculto, de larvas, de bacterias, de algodón, de bichos, de fantasmas, y en el momento de la convulsión ese lenguaje pudiera reptar hasta la lengua.

Gonzalo también tenía convulsiones. Lo cuidé y lo limpié muchas veces en el sanatorio. Después se dormía. Eran horas de paz.

Dicen que cuando vuelven no se acuerdan de nada. Dicen que, a veces, escuchan ruidos, ven visiones. Es un misterio. Y es como si el aire se quedara quieto alrededor. Nadie sabe qué hacer, no se puede hacer nada. Una convulsión se parece a la muerte, pero el corazón late, corre la sangre, hay una revolución como de lastimadura, chispas, cortocircuitos, latigazos; es como si de adentro emergiera otra vida, incontrolable. (Gonzalo, en cambio, era incontrolable todo el tiempo. Lo tenían atado, por precaución.)

Dicen que lo único que hay que hacer es rezar.

En los primeros años no pude rezar nunca. Me quedaba pegada a mi hijo, pero lejos; lo miraba, ni siquiera podía tocarlo. Ahora, cuando tiene convulsiones, rezo, solamente por costumbre, despacio, siempre las mismas oraciones, la repetición, el murmullo, el vaciamiento.

También rezaba por Gonzalo.

Además, doctora, usted tendría que ver cómo cantan en el templo, con qué alegría. La alegría de la fe, supongo. Y Manuel se alegra: aplaude, se ríe, mueve la cabeza, las manos, grita. Y aunque nos cueste, mi marido y yo, vamos; mi marido y yo, sobrios, porque a la iglesia es necesario ir sobrios, íntegros, sumisos, humildes, resignados. Y lo cargamos en brazos. No entramos la silla. Es peligroso porque hay gente que se descompone y se desmaya y se puede golpear con los caños, porque los que se quedan catatónicos se pueden golpear con los caños, porque las alucinaciones místicas y los alaridos y la espuma de la boca y las uñas con filo y las manos con forma de garras golpean contra los caños.

Es hermoso ir al templo. No sabe cómo ayuda. Hasta pude pedir una intención para que esa mujer y ese hombre, los padres de Gonzalo, encuentren paz; para que usted también encuentre paz, para que deje de buscar cruces, transportarlas, transferirlas.
Gonzalo Velázquez murió, seguramente, en forma accidental o a consecuencia de alguna complicación, como determinarán los médicos. Gonzalo Velázquez murió para cerrar un círculo, para encerrarla a usted en ese círculo.

La muerte no es ilógica. No todas las muertes son impredecibles.

Por otro lado, es tan fácil dejarlos morir. Basta con no alimentarlos, basta con no darles la medicación, basta con darles medicación de más, basta un descuido, un agua, una canilla abierta. Pero la desesperación está en la culpa, no en las resoluciones. Casi nadie sería capaz de tomar esa decisión. Casi nadie. Aunque.

Usted podría seguir leyendo esta carta si sólo imaginara, con toda la nitidez posible, que algo a lo que ama encarnizadamente pudiera convertirse en una estatua, aullar, deshacerse, temblar, desparramar humores?

¿Usted cree que Julia Velázquez y yo somos diferentes? No, doctora: la cruz tiene una proporción determinada. Existe una pesadez exacta que quiebra la espalda, que dobla en dos. Gonzalo llegó al límite del peso.

¿Usted cree que se puede mentir una alegría? ¿Cree que esos bailes morbosos de los festivales no son una puesta en escena de la desesperación, que la música misma no es un absurdo? No, doctora: hay pedazos de vidrio en la orilla de la garganta, hay un telón enganchado con alfileres a los ojos, hay una soga tensa a punto de soltarse, dar el tirón, desatar la locura.

Dejé mi profesión, hace veinte años; puntualmente, cuando tuve a Manuel. Soy psiquiatra. Pero todo se alteró, todo empezó a chocar. Y el entendimiento no resiste, no resisten las explicaciones; no hay explicaciones.

La razón impone un orden. La fe se respalda en cierto desorden. Yo necesitaba cantar a gritos, encender velas, y necesitaba estampitas y crucifijos y oraciones; necesitaba no pensar, no preguntarme. No me alcanzó la lógica. Se me desmoronó. Se me terminó la posibilidad de análisis.

Cambié la profesión por el misticismo, la palabra por el rito, la duda por la certidumbre, la consideración de la paradoja por el aplastamiento.

Son caminos, formas de evadirse. Cada cual elige el suyo.

Igual, no hay alivio. No tengo alivio.

Los Velázquez no tendrían alivio. Las demandas no dejaban alivio, las críticas a las inasistencias de Julia Velázquez, transmitidas a su marido en cada una de las ocasionales visitas, no permitían ningún alivio.

¿Pudieron razonar los Velázquez? ¿Hicieron un complot? ¿Lo mataron?

No sé.

Tal vez sea una forma de eutanasia. Una llovizna de piedad.

Además, he llegado a comprobar lo inverosímil. Hay algo que se teje en lo trágico, es un mecanismo, algo extraño, un miedo: El último paciente que atendí en ejercicio se llamaba Joaquín Müller.

¿Le dice algo esto, doctora? ¿No es una increíble coincidencia?

No puedo amenazarla con desertar de un secreto profesional. No lo haría. Pero tal vez usted esté buscando, con su empecinamiento contra los Velázquez, castigar a sus propios padres; revivir, con esta penitencia, al hermano imperfecto, al pobrecito que se ahogó “sin querer” en la bañera de su casa natal.

Cuando haya llegado al fondo de estas investigaciones, lo único que le va a quedar es un vacío sin respuestas, algo que se volverá en su contra, definitivamente.

Tome en cuenta mi consejo: abandone el caso.

Laura Massolo (foto)

‘La tarea’ de Alejandra Jaramillo

alejandra jaramilloFrancia camina de un lado a otro de la ventana, siempre asomándose, mirando hacia afuera. Le queda una noche más en Santa Marta y aun no logra cumplir con la tarea que le puso el Mamo para curarse. Se asoma. Lo ve. El indigente está sentado al otro lado de la calle, en el solar de una casa abandonada. La casa, ya ha tenido tiempo de observarla, tiene todas las ventanas y las puertas tapiadas con maderas y latas. Afuera cartones y una hoguera que prenden y apagan en las noches. Hoy no están los otros dos compañeros de cambuche. Ha escogido a este por ser el más bajito, el más repugnante. Va a la cocina del apartamento, un espacio pequeño que le ha servido de guarida por una semana. En esos días ha hecho todos los baños, la dieta y las meditaciones que le mandó el Mamo. Aunque se lo prohibieron, pone a preparar un café. Hoy lo necesita.

Aunque Francia está convencida de que no está enferma, se siente tan cansada de los efectos de su sexualidad, de los giros que ha venido teniendo en los últimos años. Por eso ha decido hacer todo el tratamiento que el Mamo le propuso para curarse de su hipersexualidad. Baños de mandrágora, malva y perejil, cambiar la dieta, no usar estimulantes de ningún tipo, ni café ni alcohol, ni bebidas negras. Hacer mentalizaciones, varias horas diarias mirando una vela. Los días en que estuvo en el resguardo, el Mamo la encerró en una maloka. Francia se sentía absurda, encerrada en ese espacio, durmiendo en la tierra pelada con unas cobijas y nada más. Pero el esfuerzo valía la pena, pensaba en esos días, quería acabar con su sufrimiento. Varias veces vinieron mujeres a limpiarle el cuerpo, a hacerle cantos. El Mamo entraba una vez por día y la bañaba en humo de tabaco. Además le dejó ambile, para que cada vez que se sintiera muy necesitada comiera un poco y se sentara a hacer la meditación frente a la vela ˗vela blanca siempre, para que no mueva nada˗, repetía el Mamo. Por una rendija de la maloka Francia alcanzaba a ver pasar a los jóvenes indígenas, sus cuerpos de piel oscura, esa firmeza. No le parecían bellos pero si atractivos. Una sola vez intentó escapar de la Maloka, pero cuando asomó la cabeza un indígena le preguntó, con un acento casi inentendible, qué necesitaba. Ahí entendió que el Mamo le tenía guardia permanente y que no tenía como salir de allí. Una de las veces que el Mamo la visitó le dijo que debía llegar hasta lo más hondo de su vergüenza, llevar su sexualidad al lugar más oscuro posible.

Francia le había contado al Mamo toda su historia, toda su vida. Detalle por detalle de una vida vivida para el sexo. Todas las decepciones, y las tristezas. Todo ese caudal de recuerdos que ella nunca podrá unir con su sexualidad como si realmente tuviera una enfermedad.

Se sirve el café y regresa a la ventana. El calor de la mañana aumenta. Francia no puede salir del apartamento hasta no terminar su tarea. Ha decidido que su vergüenza llegará al máximo si se acuesta con un indigente. Se imagina bañándose en el mar. Le gustó la Bahía, que queda a pocas cuadras del apartamento este que le ayudó a conseguir una compañera de trabajo. Recuerda la mañana en que una señora se acercó a entregarle un volante. “Estética vaginal láser”. Ya para qué, pensó en ese momento, para qué reconstruir lo que no debe ser usado. Mañana debe regresar a Bogotá y allá nunca haría algo semejante. Se imagina en su apartamento en Bogotá, un indigente entrando y luego montándole guardia todos los días hasta enloquecerla. Alcanza a imaginar, en ese tumulto de ideas que es su mente, que se enamoraría del indigente, y lo necesitaría. Cómo haría con los porteros, cómo con sus hijas. Ahí sí que todos la verían como una loca.

En la calle el sol hace brillar todas las cosas. Le parece que el sol cerca del mar es tan fuerte que las casas, los techos, las personas, los carros se inundan de luz y terminan irradiando todo como estrellas. Le tiemblan las piernas. Francia se pregunta desde cuándo le da miedo abordar a un desconocido. Ella que es experta en eso, ella que sabe que con pocas palabras ha logrado llevarse a la cama muchos hombres en su vida. Suda. Es el calor, piensa. Abre la ventana. Tiene miedo de que el hombre la mire. Deja por fin que la brisa la refresque. ¿Un grito? ¿Un silbido? O ¿simplemente lo llama con la mano? ¿Cómo hacer? Cierra la ventana, mejor aguantar calor que sentir que está unida al mismo aire de ese hombre. Prefiere sentirse parte de un mundo diferente. De hecho el día que decidió acostarse con un indigente aún estaba en la Sierra y no recordó haber visto ninguno en Santa Marta. Cómo haría, en Bogotá no podría hacer esa tarea. Al regresar al apartamento, después del viaje a la Sierra, se dio cuenta de que Santa Marta estaba llena de personas por las calles y que ella no las había visto al llegar. Ahora quisiera eso, no ser parte del mismo aire, no compartir nada con ese hombre. Lo invitará a subir. Ya le había comprado ropa. Hacía cuatro días tenía en una silla de la sala el atuendo que le entregaría a ese hombre para que la poseyera, una vez bañado y alimentado. ¿Y si el hombre entra y no acepta bañarse, si la coge de inmediato, si la burla en medio de ese olor que Francia puede imaginar, de ese basurero andante que son esos seres humanos? Va al cuarto. Sobre la mesa de noche tiene toda su ropa tirada, una prenda sobre la otra. Se ha cambiado varias veces durante esa mañana. ¿Provocativa? ¿Recatada? ¿Disimulada? ¿Cómo debe estar para recibir a ese hombre? ¿Cómo no dar mensajes equívocos? Se cambia de ropa. Una falda blanca y una camiseta roja. No tiene nada de ropa que no sea ceñida al cuerpo. Francia es una mujer mayor, ya ha pasado los cincuenta. Su cuerpo, desde hace rato ha empezado a fallarle. La piel suelta, los senos caídos, la barriga estriada –desde que nacieron las hijas-. Pero ella sigue pensando que sólo puede seducir con esa ropa que evidencia sus tetas grandes y sus caderas prominentes, aunque se vea como una morcilla, como le dicen sus hijas. Se mira al espejo. Busca aretes rojos, se pasa un cepillo por el pelo, ahora que lo lleva corto todo se facilita, se pinta los labios con el colorete más rojo que tiene. Le da rabia ver que le suda la nariz, que unas gotitas de sudor burbujean en su cara. Las seca con la brocha del polvo para la cara. ¿Cómo serán las manos de ese hombre? ¿Qué brutalidad va a encontrar en el encuentro con el indigente? ¿Desde cuándo tanto miedo? Se pregunta una vez más. Se moja la cara con agua, se borra el colorete. Llora. Vienen a su mente las innumerables veces que se encontró con maltratadores, las innumerables veces que sintió placer con ellos. Vuelve a la habitación. Un jean y una camisa rosada. Cambia de aretes y se pone un colorete oscuro. Se recuesta en la cama, respira, quiere controlar el corazón. Se toma el café, ya frío, de un sorbo larguísimo. Minutos después se queda dormida. El cuerpo no le aguantaba más. Pasó toda la noche despierta, caminando frente a la ventana tratando de decidirse a invitar al indigente a seguir.

La despierta un griterío. Oye muchas voces y sólo alcanza a diferenciar la voz de un hombre que grita “no se vaya cabrón, no se vuele”. Se levantó y se asomó a la ventana. Tiene la respiración muy agitada. Sus miedos unidos a los gritos le causaron una agitación inconsciente que se aumentó cuando al asomarse vio en la calle una mujer tirada en el piso, una moto sobre el cuerpo de la mujer y al indigente como principal acompañante de lo que desde donde Francia estaba observando, era una muerta. Sería él quien gritó, será su voz la que Francia escuchó, se pregunta. Se decide a bajar. Debe invitarlo. El sol está empezando a caer y esta es la última oportunidad que le queda. Si ese hombre se va a caminar por la ciudad cómo va a hacer para encontrarlo. Coge las llaves del apartamento y baja. Al llegar al primer piso le alegra que en ese edificio no haya portero. Se ríe de recordar que cuando llegó ese pequeño detalle le pareció muy molesto. Odia el miedo que le producen los edificios sin portero, y que este fuera uno de esos la angustió mucho. Pero hoy le parece lo mejor. Nadie va a ser testigo de que ella sube a un pordiosero a su apartamento. Es un edificio de tan pocos apartamentos que casi nunca se encuentra a los vecinos en las escaleras. Que así sea, se dijo y salió a la calle. El hombre aún seguía ahí. En ese momento se oyó la sirena de una ambulancia. Alguien se encargaría de la joven que yacía en el piso.

Francia se casó virgen a los diez y nueve años. Creció en una familia muy conservadora. Un padre trabajador público y una madre ama de casa que dedicaba su tiempo a cuidar a las niñas. No conoció el sexo hasta que se acostó con su marido. Desde entonces la voracidad sexual de Francia fue en aumento hasta llevar a su joven esposo a la desesperación. José, su marido, empezó la relación muy enamorado de Francia, de esa muchacha casera y de buena familia. Le gustaba ese ambiente sano que se respiraba en la casa familiar de ella. Por eso esperaba de su mujer una sexualidad sosegada. Sin tachas. Pero el aumento del deseo sexual en Francia se fue revelando como un gran problema para él. No podía creer que esa misma niña tranquila y discreta que había conocido en su noviazgo, pudiera desplegar tanta vitalidad sexual y como hombre empezó a sentirse en duda. Empezó por pensar que lo había engañado y que no era virgen, luego pensó que ella lo estaba traicionando con alguien más. De cualquier manera su virilidad se veía en juego con su mujer. ˗Francia, ¿qué te pasa? ˗le decía cuando ella en la noche se acercaba a tocarle el pecho o bajaba directamente a su sexo˗ ¿no puedes descansar?

Francia por su parte tenía poca información sobre la sexualidad. En su casa de ese tema no se hablaba, más allá del comentario constante de su padre de que un hombre que no quiere casarse con una mujer sólo quiere hacerle daño. Por demás ella no había tenido ninguna curiosidad con el sexo. Sin embargo, una vez conoció el sexo con su marido se despertó en ella ese animal silencioso que la habitaba y la fue llevando a una experimentación no apta para un hombre como José.  Después de nueve meses de matrimonio José estaba agotado y desenamorado de Francia. ˗Te voy a devolver a tu casa, estás enferma Francia, esto no lo soporta nadie.

Pero preciso en ese momento Francia apareció embarazada y él sintió que esa nueva condición de su mujer les traería calma. Hasta cierto punto fue así. Francia le cogió un fastidio tremendo a José y durante esos meses no quiso tener relaciones sexuales con él. José lo interpretó como un buen desenlace de ese fervoroso inicio sexual de su mujer, le pareció que todo encajaba perfectamente y se relajó. Pero no era así, Francia estaba estudiando enfermería en esos días del primer embarazo y su estado la dotó de una extraña libertad. Durante esos meses se hizo amante de un médico, profesor de salud familiar, que no dudó un instante en aprovechar las insinuaciones de la alumna. Después de nacida la primera hija, en pocos meses Francia volvió a quedar embarazada, y este nuevo embarazo lo aderezó con un par de amantes más. Era una madre de familia que estudiaba y en esos tiempos libres encontraba las maneras de desatar la fuerza de su sexualidad, que más que arrolladora era el centro de su vida. José vivía tranquilo, por varios años no fue notorio para él lo que estaba sucediendo en la intimidad de la vida de su mujer.

Francia se sienta en el sillón de la sala. La brisa del mar entra por la ventana. El hombre está en la ducha. Le entregó la ropa y una toalla. Cuando el hombre fue a cerrar la puerta ella la empujó y él de inmediato desistió de cerrarla. Había una regla tácita en este encuentro: ella ponía las reglas. Se ha servido un poco del café frío que encontró en la olla. Siente un temblor en todo el cuerpo, como si todos sus órganos se hubiesen vuelto de gelatina. Oye el sonido del agua. Percibe cada movimiento del cuerpo de ese hombre en la ducha. Se decide. Entra en el baño. El olor de la ropa que el hombre se ha quitado la asquea. Un olor putrefacto que en pocos minutos habrá inundado todo el apartamento. Va a la cocina, recoge una bolsa negra de basura – ese detalle también lo había planeado-, regresa al baño y mete toda la ropa en la bolsa. El hombre está parado de espaldas, con la cabeza pegada a la pared, dejando que el agua corra por su cuerpo. Ella no necesita que se relaje, no necesita que ese hombre se reconcilie con el agua, ni ninguna mejoría en ese hombre, sólo necesita limpieza. Coge el jabón y mete las manos. El hombre se voltea asustado y la mira. Francia ha perdido el miedo. Lo empieza a enjabonar. Lo baña con odio, como si fuera un hijo necio que nunca quisiera bañarse. El hombre tiene una erección. Francia respira agitada, siente el olor a orines recalcitrantes que emana ese miembro. Coge la esponja de baño que ha traído de Bogotá y lo estrega. Quisiera tirarlo al piso y limpiarlo como si fuera una cartera o unos zapatos embarrados. Deja caer la esponja y sale del baño. Aturdida. Escupe el sabor a café que le queda en la boca en el lavaplatos. Trasboca. El hombre sigue en la ducha. Francia se lava las manos con rabia. Se frota la cara con las manos mojadas. Piensa en el Mamo, en sus palabras. En esa paz con que le dijo que sólo así se curaría. El sonido del agua continúa. Basta, piensa, que no gaste más agua. Le pega un grito que le sale más amigable de lo que pensó que iba a salir y le pide que termine ya.

Francia tiene un plato con la cena guardado en la nevera desde hace cuatro días. Lo tiene cubierto con una bolsa para que no se dañe. Carne, arroz, papa, plátano. Todo en abundancia. Mientras el hombre se viste, o eso imagina ella, calienta la comida en el microondas. Acomoda el plato en la mesa, le sirve un vaso de jugo. Sigue sintiendo ese temblor en las piernas. Ahora sabe que ese hombre podría robarla, hacerle cualquier daño que quiera. Abre el cajón y mira el cuchillo de cocina. Quiere tenerlo cerca, por si acaso, pero entonces calcula que si el hombre se da cuenta aumenta el peligro. Coge todo lo que le parece un arma y lo esconde debajo de la nevera. Se imagina haciendo este gesto es su apartamento. Imposible, tantos implementos de cocina que necesitaría esconder. Agradece, con una mirada rápida hacia el cielo, que no esté en Bogotá.

En las conversaciones con el Mamo hubo algunas historias de su vida que resonaron más de la cuenta. Quizá que la alcanzaron a avergonzar un poco más de lo que ella misma se imagina. Su matrimonio se acabó cuando José descubrió que Francia tenía un amante, sólo descubrió uno. Era la época en que ella aún no se desbordaba por completo en su necesidad de sexo y podía espaciar en sus días los diversos encuentros que mantenía. José la vio salir de unas residencias en Chapinero. No había caso. Estaba parado en una esquina en la carrera trece y ella salía con un hombre de un lugar evidente. Lo vio. El la miró. Ella se detuvo, se despidió del hombre con un beso ligero en la mejilla y salió a caminar hacia donde estaba José pero ya no lo encontró. Caminó por horas en esas calles y a la hora en que las niñas debían llegar del colegio fue a casa. Encontró dos maletas en la portería y un portero impertinente que le decía que ella no podía subir al apartamento, era la orden del señor. Aunque esta era la primera vez que José la encontraba ya habían sucedido otras situaciones dudosas que lo tenían cansado de Francia.

En unas vacaciones, meses antes de la separación, fueron a Melgar a un hotel con piscina. Esos días de vacaciones eran terribles para Francia porque quedaba sometida a largos días sin sexo. El contacto con José se había cortado, él por alguna razón prefería estar lejos de ella. Su mujer despedía un aire aterrorizador para él, un aliento a sexo que no podía dominar y por ello le pareció mejor mantenerse al margen de ese cuerpo. Una mañana José le avisó que iría a Girardot a buscar avena y mantecadas para las onces. Las niñas querían quedarse en la piscina. Francia las acompañó, se metió al agua y jugó con ellas mientras iba tratando de imaginarse cuál hombre de los que iban apareciendo podría ser. Las niñas que a esa altura tenían tres y dos años se quedaron jugando en la piscina para niños. Ella se sentó en una silla de asolearse junto al hombre solitario, que desde hacía días observaba. Las niñas chapoteando en el agua. Ninguna sabía nadar. Los baños quedaban bajando una escalera, como si estuvieran casi debajo de la piscina. El hombre bajó al baño, Francia lo siguió. Se metió con él en un baño minúsculo, mojado por todos lados y logró por fin descansar de tantos días de ansiedad. Cuando regresó a la piscina había un revuelo que recayó en ella. ¿Cómo las deja solas? Le gritaron, las niñas estaban sentadas en dos sillas, y varias personas las acompañaban. Francia no quiso preguntar. Se imaginó la escena una y mil veces, alguna persona viendo a una de sus hijas ahogándose, la niña defendiéndose del agua o dejándose llevar y ella mientras tanto logrando el placer que le justificaba la vida.

˗Esta mañana mi hermanita se ahogó ˗dijo la niña mayor cuando el papá se bajó del carro. José corrió al cuarto a buscar a Francia.

˗Qué le pasó a la niña ˗preguntó al llegar, iba imaginando lo peor.

˗Nada, está durmiendo la siesta.

˗Pero la niña dice que se ahogó.

˗No, sólo se hundió en el agua ˗dijo Francia tratando de salir del paso, cuando llegó la niña mayor.

˗Pero tú no estabas, mamá.

˗No mi amor, estaba en el baño, me fui solo un minuto.

José sabía que algo sucedía con su mujer aunque evitaba buscar, no tomaba la decisión de separarse porque no quería dejar a sus hijas solas, además, pese a todas sus sospechas le parecía una buena mamá. Las mantenía bien arregladas y las alimentaba juiciosamente cuando estaba en casa. El resto del tiempo la muchacha estaba bien instruida para cuidarlas, y todo gracias a Francia. Pero sus dudas crecieron y por eso terminó siguiéndola hasta que la encontró saliendo de las residencias. Después de que se separaron, meses después de no dejar que Francia viera a sus hijas, fue tal la desolación que José sintió en las niñas, que aceptó que se quedaran con Francia, en el apartamento que había conseguido, un par de noches en la semana. Al comienzo Francia lograba controlar su deseo y esas noches no salía a cazar, se quedaba en casa cuidando a las niñas. Aprovechando todo el tiempo que no habían tenido para estar juntas. Pero la fuerza de su pulsión era tan grande que varias noches las dejó durmiendo y se fue a la calle. Las niñas parecían no notarlo, y cuando una noche la niña mayor se despertó y no la encontró guardó silencio. El padre no supo nada de eso. Pero lo grave fue cuando los trasnochos hicieron que perdiera el empleo y se quedó sin dinero, hasta el punto de que no tenía plata ni para pagar una residencia barata en sus cacerías y terminó trayendo hombres desconocidos a su apartamento, aun con las niñas ahí. Ella se metía en el baño o en la cocina, pero no siempre fue posible contener la fuerza de esos hombres que conseguía, y una noche una de las niñas se despertó y la vio ahí, al lado de ellas con un hombre que más que amarla la estaba matando. Desde ese día volvió a perder a sus hijas y sólo de adultas han vuelto a acercarse a ella.

Francia, en la última conversación con el Mamo le dijo que quería disculparse. ˗¿Con tus hijas? -le preguntó el Mamo, sorprendido de que estuviera por fin aceptando su situación.

˗No, con la vida porque nunca debí tenerlas. Yo no era una mujer para hijos, ni para marido, ni para nada de lo que la sociedad cree que uno debe hacer, esa no era mi vida.

La lista de situaciones espeluznantes que su sexualidad había desatado era inmensa, pero Francia las veía simplemente como los efectos secundarios de haberse visto obligada a vivir la vida que no le correspondía. Ella no podía ver sus actos como irresponsabilidades, eran la consecuencia lógica del destino verdadero de su vida, el sexo. El Mamo por su parte, los veía como lo que son, los hechos, nada es malo ni bueno, le había dicho, pero sabía también que ella necesitaba salir de esa vida, curarse.

El hombre se sienta en la mesa. Le escurre agua del pelo, si es que a esos mechones mugrientos se les puede llamar así, piensa Francia. La ropa limpia no ha cambiado su fisionomía. No era la mugre lo que marcaba a ese hombre, pensó Francia, es la vida y eso no se borra con nada. Pensó en ella misma. ¿Qué estaría pensando ese hombre? ¿Cómo la vería? ¿Tendré yo marcas tan fuertes como las suyas? Verlo comer la horroriza. El hombre no come como un cerdo, como ella habría pensado. Sabe comer decentemente. Pero algo en sus movimientos muestran un apetito voraz, como si ese ser fuera capaz de comerse el mundo entero en pocos segundos. Francia sigue sintiendo miedo. Asco. Los dientes del hombre, que aparecen cada vez que se lleva un bocado a la boca, le dan escalofrío. Francia quisiera sacarlo de su casa, decirle que se vaya, que él no pertenece al mismo mundo de ella. Piensa en los cuchillos. Imagina la sangre brotando del cuello del hombre. Sería capaz, sería capaz de solucionar este momento de esa manera. ¿Y la tarea?

Los últimos años le habían traído a Francia el impedimento más verdadero a su sexualidad. Se había ido convirtiendo en una mujer mayor, jamona, con una gordura que no lograba bajar con nada. Dietas, ejercicios. Era como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla a mitad de camino. Porque su apetito sexual le hacía sentir que podría estar activa por años, pero el cuerpo empezaba a flaquear. En especial, lo más difícil, no lograba conquistar a los hombres. Esa era su tragedia. Ahora no podía saciarse porque el alimento se le escurría entre las manos. Por eso decidió buscar ayuda. Necesitaba calmar el deseo, salir de esa cárcel de abandono y necesidad en que la estaba sumiendo la imposibilidad de consumar lo único que la salvaba de la vida misma. No había caso, en esta época la juventud se había impuesto como el único territorio del gozo y ella estaba quedando por fuera de esos parajes que antes le daban sentido a su vida. Francia pasaba días, semanas, en estados tremendos de depresión después de salir a la calle y regresar manivacía. Las hijas acompañando tanta tristeza. Las hijas sabiendo que lo mismo que las alejó de su madre en la infancia podría alejarlas en la adultez si la tristeza la llevara a cometer una locura. “Busca ayuda mamá, busca ayuda”.

Francia siente un huracán en el pecho. Las piernas siguen temblando. Se siente anclada en la silla, no para de mirar a ese hombre comer. Una vez termina toda la comida y se toma el jugo Francia se levanta. En otra oportunidad se habría ido hasta el espejo, habría querido mirar su cara y su cuerpo antes de entrar en la faena sexual. Esta vez no puede, ¿no le interesa? Debe vencer el miedo, el asco, la perturbación. Ve en el rostro de ese hombre los gestos del Mamo, la firmeza con que le habló cada vez que se vieron, la seguridad de que a partir de este momento empezaría a curarse.

-Debes encontrar una actividad cuando regreses a Bogotá. Haz ejercicio, baila, pinta. Llena la vida de otra cosa.

El hombre no la mira, tiene una mirada al vacío que Francia no sabe cómo franquear. Se decide. Lo toma de la mano y lo arrastra, con una dulzura inesperada, hasta la habitación. Ya se ha hecho de noche. En el cuarto entra el resplandor de las lámparas de la calle. Puede verlo perfectamente. Lo lleva al lado de la cama. Él la sigue sin resistencias. Francia le suelta la mano, abre la ventana de la habitación y una vez más la brisa, ahora la de la noche, entra a refrescarla. Quiere que ese aire se lleve los olores, que la salve de los aromas pútridos que expele el cuerpo de ese hombre. Regresa al lado del indigente. Se para muy cerca, frente a él. El hombre parece una estatua, no hay ningún movimiento, Francia no percibe ninguna excitación en él. Le toma las manos nuevamente y las lleva a su cuerpo. Lo guía como si creyera que ese hombre nunca ha tocado una mujer. El como una marioneta. Le lleva las manos a sus senos. Piensa en sus dientes, en esa boca inmunda, en las uñas que aun después del baño están llenas de mugre viejo. Deja una mano en los senos. El hombre los palpa, empieza a moverse. Ella siente el asco revolverse con el deseo. Le pasan escalofríos por el cuerpo, una excitación conocida, pero esta vez colmada de fastidio. Siente rabia con su cuerpo, con su vida, con ese deseo de salvarse de lo más deseado. Le baja la otra mano y la mete entre su ropa, la hunde en su sexo. Las uñas sucias, y esos dedos penetrando su vulva, su vagina. El hombre respira más rápido. Se contonea. Ella siente crecer el calor en su sexo, en su cuerpo. Los dientes, la suciedad imborrable. Su sexo se crece, se derrama en fluidos, se extiende. Tantos días, tantas horas, tantos minutos. El silencio de su cuerpo termina, las corrientes eléctricas la recorren. No puede entregarse, debe entregarse. Quisiera un beso, una boca que la pueda lamer. ¿Qué hará este hombre ahora? Está excitado, mueve las manos y ella se sorprende de la agilidad con que la va seduciendo. Le acerca la cara al cuello. Francia siente nauseas unidas a las vibraciones del sexo, de su clítoris deseoso. Quiere quedarse en esa vibración, quiere apartarlo de un golpe, sacarlo de la habitación y se agarra de su mano, lo ayuda, quiere llegar, quiere sentir el remolino de dicha. El hombre le busca el rostro, quiere besarla. Se pega a su cuerpo sin sacar la mano de sus calzones. La abraza con la otra mano, le coge la cabeza, el pelo corto. Ella se retuerce. Tanto tiempo sin nada. Quiere vomitar, quiere verse en el espejo. La explosión se acerca. El hombre jadeante y ella también. El indigente busca su boca, ella voltea la cara y jadea, gime, este hombre la volverá al orgasmo. No puede ser. No puede sentir placer en este estado de putrefacción, siente que puede llegar, ya lo sabe. El hombre saca la mano. La aparta de su cuerpo. La mira a los ojos, ella no le sostiene la mirada. Baja las manos, lo suelta. Espera a que él se quite la ropa que con tanto miedo ella compró para él. Esa ropa que le queda un poco holgada, que le luce después de tanta suciedad. El hombre la empuja suavemente. Da dos pasos atrás. La mira. Francia le estira las manos, se sienta en la cama, lo espera. Quiere quitarle la ropa, acabar con esta escena. Piensa en sus hijas, en la vida, en la cura. El hombre da un paso más hacia atrás. Se voltea y sale con movimientos rápidos. Francia oye las pisadas, la bolsa de la ropa sucia que el hombre recoge y el golpe seco de la puerta al cerrarse a su paso.

Alejandra Jaramillo (foto)

 

‘Homme fatal’ de Gabriela Fonseca

gabriela fonseca2De todas las preguntas con que me he quedado, la principal es ésta: ¿En qué momento me perdí?

Estoy viendo a José dormir  y pareciera que tiene hormigas  en el culo,  en el corazón y  en el cerebro. Se restriega sobre la sábana como si los gusanos se lo estuvieran comiendo vivo y quisiera arrancarse la piel. Emite pujiditos de perro huérfano y suda. Cada quien duerme como se merece. Yo ya no duermo.

No sé si me perdí cuando mi vanidad me hizo sentirme la musa de José o  cuando mi inseguridad me hizo creerme algo así como su madre o su hermana mayor. En todo caso, me halagó que él parecía convencido de que compartíamos ese nexo especial para el cual vivimos la mayoría de los seres humanos, aunque su existencia nunca se haya comprobado. Aunque cuando ocurre y es real, dura menos que un achaque.

En una conversación que tuvimos y que recuerdo mejor de lo que quisiera, José me mencionó la fecha exacta en que entró a trabajar a la agencia en que nos conocimos y me di cuenta de que estuve más de un año sin reparar en su existencia, con todo y que estábamos en el mismo piso.

Finalmente, lo vi un día que me bajé del elevador y él estaba ahí, pidiéndome fuego amablemente pero sin sonreír. Tuve que escarbar en la bolsa para sacar el encendedor, y estuve a punto de decirle que le pidiera a alguien más, porque en mi bolsa, como en mi vida, era imposible encontrar lo que necesitaba cuando yo lo deseaba.

En ese momento tendría que haberme dado cuenta de que ahí estaba un tipo al que yo nunca había visto, pero que estaba muy al tanto de que yo fumaba, esperándome junto al elevador. En cambio, sólo percibí a un fulano inoportuno con el que no volvería a cruzar palabra.

Algún tiempo más tarde, José me invitó a un evento organizado por su división para promocionar una marca de ron barato. Me dijo que le habían sobrado invitaciones,  que le preocupaba que la fiesta pareciera poco concurrida y que el cliente se fuera a quejar. Aunque yo sabía de sobra cómo se siente que no funcione un evento que te pagaron por organizar, finalmente fue más fuerte la pereza que me daba encontrarme socializando con el personal de estaciones de radio y revistas juveniles, y con personas que asistieron porque se podía beber gratis.

Al día siguiente, José aseguró que fue una pena que no hubiera ido, porque el evento resultó muy divertido.

Con torpeza notable, pretexté dolor de cabeza y exceso de trabajo. Es lo que nos pasa a los mentirosos con culpa, que creemos que una razón falsa no es suficiente para tapar la verdad y agregamos otra.

En todo caso, José dejó en mi escritorio una miniatura del ron que repartieron en el festejo. Me dijo que me la había guardado “como recuerdo” al ver que yo no llegaba. Debí preguntarme por qué necesitaba un “recuerdo” de una fiesta a la que no fui y darme cuenta que la botella de ron era un “recuerdo” de él. Pero en vez de eso, sentí que él era amable conmigo y yo lo recompensaba tratándolo mal. Ese fue el día en que, finalmente, nos presentamos con nombre y apellido.

Y ese simple intercambio de información bastó para que José hiciera parte de su rutina diaria el ir a saludarme a mi escritorio y conversar en un tonito que me parecía teatral y que yo atribuía a nervios de su parte. En esas conversaciones, que yo limitaba a cuestiones superfluas como el clima y las juntas, él solía intercalar comentarios inocentes para averiguar cosas sobre mí y  transmitirme detalles sobre él, como su soltería, por ejemplo.

Es muy fácil caer en la trampa de la conversación, cuando creemos que lo que compartimos y nos comparten son monedas que se intercambian de forma equitativa, para comprar algo que se llama confianza.

Y al final uno pierde la confianza porque la puso en el lugar que no le correspondía.

En esas conversaciones me enteré también de que vivía con su hermano y su mamá, y que su padre se había muerto cuando él era niño; yo le conté que me había independizado desde los 19 años y prácticamente no veía a mi familia,  que estudié publicidad y que llevaba años en la agencia, donde empecé antes de salir de la universidad, para ir subiendo poco a poco a la posición que tenía. Quise marcar una distancia de él dejando claro que yo estaba muy orgullosa de mi carrera.

Siempre nos enorgullecemos de nuestros logros, aunque ninguno de ellos nos salve de nada.

Él, en cambio, no estaba muy seguro de lo que quería hacer con su vida, a los 36 años. Decía que lo más importante para él era estar tranquilo,  sin preocupaciones económicas, y que con eso le bastaba.

Mis compañeras se divertían viendo las atenciones de José hacia mí, si bien lamentaban su escaso potencial como pareja. O como me  decía mi amiga Ana, del escritorio de junto: “Carmen, te mereces más. No está feo, pero si lo fuera hasta tendría más chiste. Sus jefes dicen que su trabajo es muy mediocre y gana muy mal. Mejor no le sigas la jugada. En una de ésas quiere que lo vean contigo para que parezca que tiene credibilidad o para ver si se le pegan tus ideas. No es de tu división. Va a andar repitiendo cosas tuyas como si fueran de él.”

Me ofendió que Ana dijera que un tipo me buscaba nada más por conveniencia, pero no se lo dije.

José, en efecto, no era para llamar la atención. Era más alto que una mujer, lo que no quiere decir que fuera alto. Tenía, y todavía tiene, una cara redonda y blanca que lo hace parecer más gordo de lo que es, sin una sola facción notable. La voz no estaba mal, pero siempre parecía engolada, como si ensayara o estuviera a punto de dar la hora exacta por la radio.

Ana decía que para que un hombre fuera deseable debía tener tres cosas atractivas: la voz, las manos y las nalgas, y que normalmente nos conformábamos con que se cubrieran dos de los tres requisitos, a cambio de que hubiera en él otras cosas apasionantes. Acabé convenciéndome de que José, en días buenos, tenía manos y voz decentes, y nada más.

Son indiscutibles las ventajas de tener un admirador en la oficina: levanta la auto estima, entretiene, consuela y acompaña.  ¿Y a quién no le gusta sentirse de vez en cuando mujer fatal? Sentirse por encima del débil. Suponer que hay alguien en la palma de tu mano a quien hacer papilla en un momento, porque te necesita y tú a él no. Nunca creí sentir disfrute por esas cosas. Nunca creí sentir lástima por alguien a quien no quería y porque no era como yo.

La culpa, que a veces se disfrazaba de orgullo, me hizo empezar a defender a José de los comentarios de Ana, a tomar partido por él y  repetirle lo que él me decía: que sus jefes le tenían mala voluntad, que su división era la peor pagada de toda la agencia por errores administrativos. Yo ya hablaba como si  su situación laboral dependiera de mí, como si me doliera que Ana desconfiara, como si ya fuera imposible no sentir nada por ese hombre que semanas antes era invisible.

Al final de cuentas, no hay nada más difícil que evitar querer a quien te quiere, porque aprendemos que el amor debe agradecerse. En realidad amar y dejarse amar es una conducta muy fácilmente aprendida.  Un oso es amaestrado para bailar: él aprende a moverse con música y el público aprende a creer que los devaneos falsos de una bestia domada son una danza.

Fue por esa época cuando empecé a soñar con José casi todas las noches. No pasaba nada en esos sueños. Sólo se me acercaba y no había nadie más alrededor. Lo tomé como una señal de que debía aceptar su propuesta de platicar un día en un café a la salida del trabajo. Se quejó bastante de su vida, de su salario, de su imposibilidad de independizarse.  Hubo un intento de darme un beso a la salida del café que terminó en un ligero forcejeo que me hizo sentir poderosa. Me dijo que yo lo hacía sufrir. Me sentí mal por él, así que lo dejé acompañarme a mi casa.

Admiró el edificio como admiraba todo lo que tuviera que ver conmigo y le comenté que ya prácticamente acababa de pagar el préstamo que me dieron en el banco para comprar mi departamento. Desde luego, no lo invité a pasar.

Cuando le platiqué el incidente a Ana, también tuve culpa porque sentí que estaba “traicionando” a José al hacerlo, sobre todo por las carcajadas que soltó mi amiga imaginándose a mi pretendiente sintiéndose Clark Gable.

Le había pedido que nunca volviéramos a recordar el asunto del beso pero la tensión que esto generó no era desagradable, sino más bien como la leve borrachera que provoca un buen piropo. Da seguridad y después se olvida.

Pasaron unos meses sin que la situación cambiara, y más bien me dediqué a pensar en ganar una cuenta que era algo así como el Santo Grial para la agencia. Ana y yo salíamos todos los días hasta las diez de la noche, y trabajábamos también los fines de semana. Entre ese mar de trabajo, las visitas de José por mi escritorio pasaban rápidas y pequeñas, como barquitos de papel. Esto me tranquilizó mucho. Tenía miedo de estarme obsesionando con él, pero afortunadamente había regresado nuevamente a un lugar muy secundario en mis pensamientos, gracias al trabajo.

Un sábado, después de que habíamos trabajado hasta las tres de la tarde solas en la oficina, Ana propuso que fuéramos a comer y después que “hiciéramos algo bien loco”, para quitarnos la presión. Se le ocurrió que fuéramos a leernos las cartas.

El lugar elegido para esto fue un minúsculo local junto al estacionamiento de un cine en la colonia Juárez. Había estado ahí desde mi niñez, sin que nunca se me ocurriera hacer uso de sus servicios. Entre los ruidos de autos y el olor a diesel, la cartomanciana cuarentona y vestida como cualquier secretaria hizo su tendido mientras Ana me esperaba. Me dijo que mi vida había sido dura, que tendría yo éxito y que estaba destinada a un futuro brillante, según recuerdo.  De pronto interrumpió su perorata y me preguntó: “¿Para qué viniste?”

Le respondí, con toda honestidad, que había ido para matar el tiempo.

“Aquí veo que te están haciendo un trabajo”, me aseguró señalando una carta con un diablo y una pareja. “Qué mujer tan obvia”, pensé.

Le dije que no creía en eso, ya un poco molesta. Siguió interpretando para mí  lo que “le decían” las cartas. Luego me dio la tarjeta de una amiga suya para que me hiciera una limpia.

“Aunque no me creas, se hace  mucho daño con los trabajos. Te pueden encarcelar el espíritu para siempre”,  me aseguró como si me estuviera diagnosticando cáncer.

Me quedé afuera del consultorio esperando a Ana. A ella también le estaban haciendo un trabajo y también le recomendó a la de las limpias.

El siguiente lunes, José llegó a mi escritorio pálido y me pidió que lo acompañara al cubo de la escalera, porque me quería decir algo. Estaba tan desencajado que no pude negarme.

Me contó que lo acababan de despedir y quería saber si yo podía hacer algo, hablar con mis jefes. Aseguró que de plano no sabía qué había hecho mal.  Me dio una lástima horrible, así que le dije que me esperara en la calle,  volví a la oficina y dije que me tenía que ir porque mi tía se estaba muriendo.

José estaba destrozado, así que decidí llevarlo a mi casa, para que no tuviera que estar aguantando el llanto en un café. Me dijo que nunca podría decirle a su mamá lo que pasó, que él era su hijo mayor y el soporte de toda la familia, que había decepcionado a todos.

Yo le dije que con la liquidación que recibiría en la agencia podría hacer algo y le pregunté qué era lo que realmente quería hacer con su vida, porque me daba la impresión de que el trabajo que hacíamos no era lo suyo; esto, para  no tenerle que informar de la fama de inútil que tenía.

Tras horas de platicar, se fue tranquilizando, ya habíamos tomado taza sobre taza de café. Se puso a curiosear entre mis cosas y a elogiar mi gusto, mi cantidad de libros, mis plantas. “Me encanta como vives, me encanta todo de ti. Es como si nunca hubieras sentido que no encuentras tu lugar en el mundo”,  aseguró, cuando venía saliendo de una de las varias visitas que hizo al baño.

Se fue más tranquilo, con la promesa que pensaría en una opción laboral, y yo le juré que le informaría de cualquier chamba que supiera que se ajustaba a su perfil, aunque yo bien sabía que algo así no abundaba.

La semana siguiente a su partida, le escribí algunos correos para saber cómo estaba y no me respondió. Esto me preocupó cuando recordé su depresión. Imaginé que le habían cortado la luz, que estaría tirado en la cama como pasmado. Pasaron dos semanas y yo seguía escribiendo correos sin recibir respuesta. No sabía dónde vivía. Busqué su número en el directorio sin éxito. Saqué de mi escritorio la invitación al evento promocional del ron corriente y la estuve mirando como para que me diera una pista de dónde encontrar a José.

Llegaba todas las mañanas a la oficina a abrir el correo electrónico sin encontrar nada de él y sin leer lo que me habían escrito mis clientes. Fui a la división de personal para que me dieran su dirección y teléfono. El domicilio no existía y el número de teléfono era de una peluquería.

Al mes, Ana me dijo que ya estaba harta de mí, porque estaba descuidando los proyectos y sentía que la carga de trabajo se le estaba acumulando a ella. “Hasta flaca te estás poniendo, ¿qué rayos te pasa?”, me dijo furiosa delante de todo el equipo. Días antes el jefe de grupo me llamó la atención porque mi rendimiento bajó y estábamos a punto de perder varias cuentas. No podía decirle a nadie que no podía comer ni dormir ni concentrarme. Simplemente no tenía voluntad de nada.

Más tarde Ana habló conmigo en el baño. Le dije que no sabía qué me pasaba y no pude evitar llorar con ese ahogo que sólo se sufre de niño, cuando se siente una opresión en el pecho y se abre la boca a todo lo que da, como si quisiera uno tragarse su propia alma para que no se escape. Mi amiga me miraba espantada, sin reconocerme.

“Tienes depresión, Carmen, y te la tienen que tratar”, me dijo Ana. Más tarde me dio los datos de un psiquiatra que había tratado a su mamá. “No te sientas mal de ir con un loquero. Es como si se te picara una muela o se te rompiera la pierna. Vas con el médico especializado a que te la arregle y ya.”

Ana tenía razón, ya todo se me veía como costal. Yo que siempre quise ser flaca, andaba tiritando de frío todo el día.

Días más tarde, me volvieron a llamar la atención, esta vez en términos que me hicieron ver que mi empleo estaba en peligro. A la salida de la oficina llamé por teléfono al terapeuta que me recomendó Ana, que me dio cita para el día siguiente, a primera hora.

Por la mañana,  me sentí peor que nunca físicamente, pero me animaba el hecho de que hablaría con alguien que podía tener la solución. Salí sin desayunar y después de una ducha que pasó del agua hirviente a la tibieza y al hielo, como si fuera una cura de manicomio.

Al atravesar la calle frente a mi edificio, miré hacia ambos lados, como hacía siempre. Había unos autos lejanos y caminé viendo al frente. Oí un acelerón extraño y ningún chirrido de llantas. Seguí caminando. Están muy lejos y  ya me vieron, faltan dos pasos para llegar a la banqueta.

Un golpe de costado me trozó como varas las rodillas y me lanzó al aire como un trapo. El hombro se me hizo añicos al caer y por eso no pudo amortiguar la caída de la cabeza, que se partió contra el pavimento. Me invadió la vergüenza que llega cuando uno se cae en público; no alcancé a sentir dolor porque se me cerraron los sentidos.

Tuve conciencia de mí y me imaginé que al abrir los ojos encontraría un hospital, pero lo que vi fue el interior de mi departamento. No estaba acostada, sino sentada en mi sofá. Me quise tocar la cara y no sentí, me puse de pie y me desplacé sin peso. Traté de encender el estéreo y no pude. Me asomé por la ventana y todo estaba igual que siempre, una calle vacía con árboles tristes. Según el reloj, era más de media noche. “Estoy soñando”, pensé.

Fui a mi recámara y la cama estaba destendida. No estaban mis cosméticos ni mi joyero. Las plantas se habían secado. Los libreros y las repisas de discos estaban semivacíos. Me miré en el espejo y estaba desnuda, pero sin rastro de heridas. No me sentía desnuda. No me sentía de ninguna forma.

La puerta se abrió y sentí un sobresalto. Entró José, la chapa de la puerta había sido cambiada. Cerró la puerta con el pie y se metió el llavero en el bolsillo de la chamarra. Traía una bolsa de chicharrones, un portafolios viejo y una urna que parecía hecha de cobre. Se sentó en la cocina, llena de basura y platos sucios. Abrió la bolsa de plástico que traía y empezó a comerse los chicharrones.

Le grité que se largara de mi casa, que quién le había dado permiso de meterse. Pero ya sabía que no me oía. De hecho, ya casi sabía lo que había pasado conmigo.

Se limpió las manos en la pernera del pantalón y sacó del portafolios un papel y algo que parecía un muñeco desnudo, que colocó sobre la mesa de la cocina. Eran mi acta de defunción, en la que él aparecía como el hermano que me había llevado al hospital después de ser atropellada. La muñeca estaba hecha con la tela de un saco color hueso que perdí en la oficina hacía meses, en la cabeza tenía hebras de mi cabello hechas bola, que parecían arrancadas de mi cepillo, el que siempre guardé en el baño.

José había bordado mi cara sobre la muñeca, le hizo senos y genitales con hilo rosa. Sobre el pecho cosió una paleta de caramelo con forma de corazón. Estaba hecha pedazos dentro de su envoltura de celofán transparente, como si le hubieran dado un pisotón.

Interrumpiendo su cena de chicharrones de cerdo, José se levantó de la mesa y estuvo buscando en los cajones y anaqueles de la cocina hasta que encontró una caja que contenía bolsas de plástico con cierre para congelar alimentos. “Este es el tipo de cosa que sólo compran las personas que tienen todo a su favor”, me dijo José, como si supiera que yo estaba ahí.

Con una cuchara sopera, sacó varias cucharadas de ceniza que guardó en la bolsa de plástico, y la cerró cuidadosamente. Luego enrolló el acta de defunción y la metió a la urna, y finalmente, guardó ahí también a la muñeca de trapo. Con una cuchara hizo un agujero en la tierra de la maceta del ficus que yo tenía en la sala y que ya se estaba secando. En esa tumba de planta marchita me sepultó en la urna.

José está vendiendo todas mis cosas y ya encontró los ahorros que tenía escondidos en una bota. Nunca confié en el banco. No parece tener miedo de que algún día puedan echarlo de mi departamento.

El sabe que estoy aquí. A veces habla conmigo con la misma voz engolada de antes y me dice que, ante todo, quería tenerme y nunca perderme. Ha juntado las fotos mías que encontró en sobres viejos y cajones. Las mira y me dice que me extraña. Que quisiera que platicáramos como antes. Nunca me ha pedido perdón por lo que me hizo.

No dudo que me extrañe. Eso sí, el otro día trajo a una tipa a mi casa y le dio un refresco al que le echó una pizca de mis cenizas. Con eso le bastó, a la muy puta, para meterse a mi cama con él.

Gabriela Fonseca (foto)

 

‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ de Elena Garro

elenagarroNacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.

-¡Señora!… -suspiró Nacha.

La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.

-Nachita, dame un cafecito… Tengo frío.

-Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.

-¿Por muerta?

Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.

-¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.

Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía. Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.

-¿No estás de acuerdo, Nacha?

-Sí, señora…

-Yo soy como ellos: traidora… -dijo Laura con melancolía.

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.

-¿Y tú, Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche. Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.

-Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.

Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.

-¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo, En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?

Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.

-Así eran, señora Laurita.

-Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.

-La culpa es de los tlaxcaltecas -le dije.

Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.

-¿Qué te haces? -me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.

-¿Y los otros? -le pregunté.

-Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo. -Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.

-Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…

-Ya lo sé -me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.

-Está muy desteñida, parece una mano de ellos -me dijo.

-Hace ya tiempo que no me pega el sol. -Bajó los ojos y me dejó caer la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.

-¿Y mi casa? -le pregunté.

-Vamos a verla. -Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.

-Ya no camino… -le dije.

-Ya llegamos -me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.

-Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas -me dijo quedito.

Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.

-Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho -me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.

-Somos tú y yo -me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.

-Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando. -Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.

-Éste es el final del hombre -dije.

-Así es -contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.

-A la noche vuelvo, espérame… -suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
-Nos falta poco para ser uno -agregó con su misma cortesía.

Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
-¿Qué pasa? ¿Estás herida? -me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.

-¡Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! -dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:

-¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?

La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.

-Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca -había comentado Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.

-¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! -comentó la señora abrazándose con Pablo hasta esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.

La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

-Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”

-Tienes un marido turbio y confuso -me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.

-Para que se animen -nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.

Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.

-¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! -dijo Nacha con disgusto.

Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
-Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.

Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!” Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.

-¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!

-No oímos nada… -dijo el señor asombrado.

-¡Es él…! -gritó la tonta de la señora.

-¿Quién es él? -preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.

La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:

-El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…

Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.

-¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! -gritó el señor.

Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.

-Está herido… -dijo el señor Pablo preocupado.

Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.

-Era un indio, señor -dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.

Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.

-¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?

La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.

-Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota -dijo Laura con desdén.

-Muy cierto -afirmó Nachita.

Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.

-Bébase su café, señora -dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.

-Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien y o no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.

Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.

La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.

-Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.

La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.

-¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.

Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.

-¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! -le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.

-En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?” Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos .de chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.

-¿Qué horas son? -le pregunté al camarero.

-Las doce, señorita.

“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.

-¿Qué haces? -me preguntó con su voz profunda.

-Te estaba esperando.

Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
-¿No tenías miedo de estar aquí sólita?

Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.

-No mires -me dijo.

Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.

-¡Sácame de aquí! -le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
-Éste es el final del hombre -le dije con los ojos bajo su mano.

-¡No lo veas!

Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.

-Duerme conmigo… -me dijo en voz muy baja.

-¿Me viste anoche? -le pregunté.

-Te vi…

Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.

-Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.

Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.

-Señorita, ¿se siente mal?

Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.

-¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!

Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué…

Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.

-¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!

Laura se le quedó mirando asombrada, muda.

-¿Dónde anduvo, señora?

-Fui al Café de Tacuba.

-Pero eso fue hace dos días.

Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.

-¡Laura! -gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.

-¡Alma de mi alma! -sollozó el señor.

La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.

-¡Señor! -gritó Josefina-. El vestido de la señora está bien chamuscado.

Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
-Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas… Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?

-En el Café de Tacuba -contestó la señora muy tranquila.

La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.

-Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?

-Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.

-¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado?

-¿Quemado? Si él lo apagó… -dejó escapar la señora Laura.

-¿Él?… ¿el indio asqueroso? -Pablo la volvió a zarandear con ira.

-Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba… -sollozó la señora muerta de miedo.
-¡Nunca pensé que fueras tan baja! -dijo el señor y la aventó sobre la cama.

-Dinos quién es -preguntó la suegra suavizando la voz.

-¿Verdad Nachita, que no podía decirles que era mi marido? -preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera. Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:
-Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.

Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:

-¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!

Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?

-Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana -anunció al llevar la bandeja con el desayuno. El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.

-¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… -dijo entre sollozos.

Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.

-Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? -preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.

-Sí, señora… -Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.

-Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.

La señora Margarita había dejado caer el tenedor.

-¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!

-No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán -agregó el señor Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.

Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
-¡Se escapó la loca! -gritó con voz estentórea al entrar a la casa.

-Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no”. Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.

-¿Qué te haces? -me dijo.

Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.

-Te estaba esperando -contesté.

-Ya va a llegar el último día…

Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. El siguió quieto, observándome.
-Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones…

Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.

-Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.

Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.

-Son las criaturas… -Me dijo.

-Éste es el final del hombre -repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.

Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.

-Traidora te conocía y así te quise.

-Naciste sin suerte -le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.

-El tiempo se está acabando… -suspiró mi marido.

Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.

Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.

-Aquí me esperas.

Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.

Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.

-El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación -explicó Nachita satisfecha.

Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.

-La que está arriba es la señora Margarita -agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.

Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.

-¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! -dijo con la voz llena de sal.

Laura se quedó escuchando unos instantes.

-Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde -dijo.

-Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino -comentó Nacha con miedo.

-Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? -preguntó Laura molesta.
Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.

-Son más canijos que los tlaxcaltecas -le dijo en voz muy baja.

Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.

-¡Señora!… Ya llegó por usted… -le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.

Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.

-Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor -dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.

-Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino -le confió a Josefina. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.

Elena Garro (foto)

 

Cuentistas judíos

cuentos judiosJudíos. Son 32 cuentos de diferente extensión, en los que lo religioso no es, en su conjunto, el asunto primordial. En todos, sin embargo, está presente lo que Ilán Stavans, el antologista, profesor de la Universidad de Columbia, menciona de la siguiente manera: “Este volumen (ilustración) incluye muchas gemas, muchas obras maestras. Es evidente de la terca necesidad de los judíos de sabernos diferentes. De recordar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Y mientras lo hacemos, nos divertimos inventando artificios intelectuales como el Marxismo, el Psicoanálisis y la literatura”. Y dibujado el espíritu que subyace en los cuentos reunidos, Stavans añade: “Estas páginas, me atrevo a pensar, están redactadas por muchas plumas pero escritas por una sola mano unificadora: la de un Dios que se divierte cuestionando a sus criaturas”.

Los autores de los ricos textos, varios subyugantes, en verdad, son judíos de Polonia, Rumania, Guatemala, Yugoslavia, Perú, Israel, Argentina, Alemania, Italia, México, Rusia, República Checa, Canadá, Estados Unidos y Brasil. Autores, algunos de los cuales de renombre, como Saúl Bellow (Premio Nobel de Literatura en 1976), Amos Oz (Premio Princesa de Asturias en 2007), Franz Kafka, Isaac Babel y Alcina Lubitch Domecq, entre otros. La publicación es de la mexicana Editorial Porrúa, de 447 páginas, dedicada por el recopilador a Bela Stavchansky.

AÑADIDO el 7 de abril: Este libro es ideal para quienes gustan del género cuento en la Literatura. Lo digo por el volumen de textos: treinta y dos. Y además me parece que pone de manifiesto el hecho de que la disposición clásica de asunto, desarrollo y desenlace, en cuatro o cinco páginas, o diez quizás, no es tan rígida. Hay cuentos de dos y cinco páginas, pero también de más de 20 y de 30 páginas, y siguen siendo cuentos. Y están construidos de tal manera que el típico “final sorpresivo” no es inevitable. No quiero decir con esto que no haya rigor, que no haya cuidado de los tiempos, de los personajes y del tema central. Pero el final no es tan épico como se suele afirmar que debe ser el final de un cuento, pese a que en estos cuentos el final no pierde efectividad. Por eso, casi llega uno a la conclusión, no solo por este volumen sino por tantos cuentos recientes, que sería mejor hablar de ‘textos’. De literatura. Así no más.

‘Arbol genealógico’ de Andrea Jeftanovic

Andrea Jeftanovic(¿Qué es lo prohibido?: “La sociedad no prohíbe más que lo que ella misma suscita.” Levi-Strauss)

No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños. Desde que los curas, lo senadores, los políticos exhibían sus miradas huidizas en la pantalla de televisión. Pensaba en la curvatura de sus traseros desde que los diarios de vida infantiles eran pruebas fidedignas en los tribunales. Nunca antes había sentido una palpitación por esos cuerpos incompletos. Pero todo el tiempo bombardeado con “las erosiones de 0.7 centímetros en la zona bajo del año”. O, con la frase en el periódico “a los chicos reiteradamente violados se les borran los pliegues del ano”. Y en la radio, la brigada de delitos sexuales alertando a la población sobre las conductas cambiantes en los niños y el examen periódico de sus rectos y sus vulvas. Los niños del país con los pantalones y las faldas abajo. Y el servicio médico legal ratificando las denuncias después de los peritajes físicos. Mi hija Teresa miraba de reojo esas noticias y se paraba incomodada. Llevábamos cinco años viviendo solos desde que su madre se fue. Mi hija no dijo ni preguntó nada. Nunca supe si ambas habían hablado la noche anterior. Nadie que hace su maleta y cierra la puerta de esa determinada manera, regresa. Cerró tan despacio, apenas se insertó la lengüeta en el picaporte y sus pies sigilosos rozaron el piso de baldosas. No quise mirar por la ventana. No quise saber si la esperaba un auto, o un taxi o si caminaba sola por la vereda. Teresa tenía nueve años. Quitó todas las fotos de ella y sin que yo le pidiera asumió el rol de dueña de casa. “Que falta esto, lo otro, ya hemos comido demasiada carne”. Lo demás siguió igual: sus amigos, la escuela, sus gustos. Una chica estudiosa, tímida, que dibujaba árboles mirando más allá de las montañas.

Desde hace un tiempo Teresa espía mi mirada cansada con un brillo especial. Se esmera más en la comida y decidió que la persona que la cuidaba no se quedara más a dormir.

–¿Por qué diste esa orden? –inquirí molesto.

–Ya estoy grande, no necesito que nadie me vigile de noche.

–No estoy de acuerdo, a veces llego tarde…

–Me gusta estar sola –respondió categórica.

–Puede ser peligroso.

–Hay un guardia en el pasaje y tenemos un perro.

–Está bien.

Las cosas continuaron extrañas. Ahora cuando yo invitaba a alguna amiga a tomar un café, se encargaba de merodear y hacer ruidos extraños a través de los tabiques. Justo cuando comenzaba a tener deseos de conocer a otras mujeres. Una vez le di un tímido beso a una compañera de trabajo en el sofá. Era una mujer fresca, madura y dulce. Cuando estaba despegando mis labios de los de ella vi el ojo de mi hija en medio de una ranura de la pared. Era un ojo cíclope dominando con odio la escena. Contuve el grito de espanto e inventé una excusa para llevar de vuelta a mi invitada a su casa.

Teresa se vestía distinto, se maquillaba de modo exagerado. Si llegaba a casa vestida de escolar cuando yo estaba ahí, corría por los pasillos a cambiarse de ropa. Aparecía arreglada en la sala de estar. No sé cuándo ni con quién aprendió a delinearse los ojos, a rellenar sus labios con capas de labial hasta dejarlos entre abiertos. De todos modos su ropa infantil, su cuerpo de niña se veían algo grotescos en esa máscara de adulta. Pasaba por mi lado rozándome, se sentaba en mis rodillas cuando leía el diario y acomodaba sus caderas entre las mías. No sabía cómo manejar la situación, era una niña, era mi hija.

–¿Qué quieres? –le dije un día molesto.

–Nada, verme bonita, bonita para ti.

–No me gusta que te pintes tanto.

–Como tú quieras. –Caminó indiferente a su habitación.

Esa noche regresé tarde, intentaba retomar el romance con mi compañera de trabajo y salimos a tomar algo. Había sido una linda noche. Algo mareado me senté en la cama y ahí está Teresa, con una camisa ligera, el pelo escarmenado, la cara limpia y perfumada.

–Te extrañaba.

–Sí, yo también, pero es tarde. Anda a tu pieza ­–dije con la cabeza entre las manos.
–No puedo dormir.

–Sí puedes, lee un libro.

–No puedo.

–¿Qué es lo que quieres?

–Dormir contigo.

–Las hijas no duerme con sus padres. Tienes tu cuarto, tu cama.

–No quiero dormir sola.

–Está bien. Quédate por esta vez.

Me acosté en un borde de la cama, cuidando no tocarla. Le di la espalda. Me dio la impresión que no cerró los ojos en toda la noche. Al despertar giré y ahí estaban sus pupilas abiertas, fatigadas, fijas en mí. Me afeité dándole vueltas a una serie de cosas. Y ella observándome desde el canto de la puerta, todavía en su camisa de dormir, acariciándose un mechón de pelo.

–¿Qué pasa?

–Nada, me gusta ver cómo te afeitas.

–Es muy aburrido.

–No, me gusta mirar cómo estiras el cuello, cómo arqueas las cejas, cómo ladeas la cara y pasas la navaja.

–¿Vas hoy a clases, verdad? –pregunté inquisitivo.

–No, comenzaron las vacaciones. No tengo clases hasta marzo.

–¿Y qué piensas hacer todo ese tiempo? ¿Quieres tomar alguna clase? Dime y te acompaño. Saldremos de vacaciones unas semanas a fines de febrero.

Era absurdo pero me sentía acorralado, acosado por mi propia hija. Me la imaginaba como un animal en celo que no distinguía a su presa. Se arrastraba por las paredes con el pelaje erizado, el hocico húmedo, las orejas caídas. Como decirle que se buscara un muchacho, un novio. Sus signos corporales de lascivia me angustiaban. Se subía la falda y se agachaba a tirar la basura dejando a la vista sus pequeños calzones. Ahora usaba sostenes y se los acomodaba frente a mí. Era una hembra desperdigando hormonas por la casa. Marcando su territorio y cercándome a mí dentro de él. No sé si era bueno o malo, pero Teresa no se parecía en nada a mi ex mujer. Es más, era una versión femenina de mi rostro anguloso. Una vez escuché que estuvo horas revolviendo cosas en el entretecho. Al día siguiente me esperaba vestida con ropa de su madre. Reconozco con pudor que la imagen me perturbó tanto que la abofeteé. Quedó estupefacta con su mejilla magullada y sus ojos muy abiertos. Salí a tomar aire y regresé cuando estaba dormida sobre la cama tras un evidente ataque de llanto.

El verano transcurrió agobiante, mientras ella se abocaba a una misteriosa investigación. Navegaba horas y horas en la red imprimiendo documentos, saltando de un sitio a otro. Los noticieros mostraban cómo el poder judicial anunciaba sobreseídos al senador, al empresario, al cura. Todos pidiendo libertad provisional, dejando sus causas amparadas bajo la inercia estival. Todos apelando a su inocencia. Porque el político defensor de los menores, el cura consagrado al cuidado de los niños y el empresario caritativo habían hecho tanto por los niños en riesgo social. Entonces cómo explicarse a los niños con los genitales desfigurados. Cierta noche mirábamos la entrevista realizada a uno de los pederastas. Al ser consultado si tuvo sexo con una lista de menores en la que se detallaban iniciales y edades, el inculpado respondió con displicencia: “Sí, con todos los que se ha mencionado”. Y agregó: “Yo era una persona tremendamente sola en esa época, y de alguna manera pagaba servicios para estar acompañado”. Teresa musitó entre dientes con terror una frase que nunca olvidaré:

–Vámonos, antes que lleguen hasta aquí.

No era fácil escapar. Yo seguía trabajando en reemplazo de que quienes iban saliendo de vacaciones y no lograba hacer dinero extra. Para mi turno un compañero solidarizó prestándome una cabaña en una playa no muy frecuentada. No logré que Teresa invitara a alguna amiga pese a mi insistencia. Llegamos a una modesta casita en medio de un bosque de pinos. En su interior había una silla en la esquina, una cama dividiendo la pieza en dos, un armario de madera con las puertas medio abiertas y un gran espejo colgando de la pared. Ya en la tarde Teresa había ordenado todo a su manera, saturando los cajones con poleras mal dobladas y ropa de invierno. Había venido para quedarse. En ese momento recorrí la habitación buscando una salida pero ya era tarde.

Una noche no fui capaz de esquivar su seducción. Nos hundimos en el colchón. Yo sobre ella mirando esos ojos grises, que eran mis ojos grises. Me estaba besando a mí mismo. Me estaba acariciando en los huesos marcados, estaba chocando contra mi propia nariz aguileña, calcando mi frente estrecha. Envidiaba en ella su juventud y su feminidad. Las palmas más suaves que las mías, tenía miedo y no tenía; tenía más miedo del que creía tener. Una pierna dormida se escapó en medio de un crujido de huesos, y ella me decía “ven, más, más cerca”. Tropezábamos con los muebles. De pronto miré la masa amorfa de nuestros cuerpos en el espejo de la pared. Me vi con las cuencas de los ojos vacías. Lancé un zapato para destruir la imagen pero no nuestro abrazo. Trozos de cristal quebrados en mil partes. Pedazos irregulares, vidrio molido esparcido entre las caricias urgentes. No más testigos. El secreto estaba por escribirse dentro del espejo.
Cuando tenía sexo con Teresa ella no era mi hija, era otra persona. Yo no era su padre, era un hombre que deseaba ese cuerpo joven y dócil. Un hombre abocado a la tarea de hacer madurar su cuerpo ambiguo. Un escultor dedicado a cincelar su imperfecta figura, sus parciales miembros, sus extremidades toscas. Me esmeraba en hacer adelgazar su cintura, oscurecer su pubis, estilizar la curva del cuello, contornear sus pantorrillas. Quería sacar toda la mujer que había en la púber en ciernes. No, no era mi hija, era la misión plástica de amoldar sus seños puntiagudos, de dotar de sensualidad sus estrechas caderas, sus movimientos torpes. Dejar atrás todo el espanto de la infancia e inaugurar pensamientos y gestos sofisticados. Ignoro qué pensaba ella, tal vez en acentuar los pliegues de mis ojos, revitalizar mi piel fatigada, reducir mi abdomen abultado.

Un día Teresa me entregó un dibujo: un árbol verde con un ancho tronco café de gruesa corteza. Pensé que se trataba de los últimos resabios de su niñez. Pero cuando me puse los lentes y observé los detalles entendí lo que estaba tramando. Era un árbol frondoso, de un solo tronco desde el cual se desprendían muchas ramas de las que, a su vez, salían más ramas. En cada rama aparecía un cuadrado, con un nombre masculino en su interior, y un círculo con un nombre femenino. Las figuras geométricas se iban multiplicando en forma exponencial en las cuatro generaciones esbozadas.

–¿Qué significa esto?

–Nuestro clan. Nosotros estamos en la base.

Miré su nombre y el mío en la figura correspondiente. Después la escuché. Teresa me sermoneaba citando la Biblia, afirmando que en un principio de todo fue el incesto. La sociedad comienza en una pareja fundante que procrea y que para dar paso a la sociedad debe transgredirse. En algún momento el amor filial debe convertirse en amor sexual. El padre o la madre, según sea hijo o hija, deberán dormir con su procreado y engendrar un nuevo hijo o hija. Es un gesto necesario para que nazca una nueva sociedad.

–Una nueva sociedad… –musité incrédulo.

–Sí. Una nueva especie a partir de nosotros. Serás el padre y el abuelo de nuestra criatura. Es la maldición del origen pero es para un futuro mejor.

–¿Y después? –pregunté entre confundido y absorto.

–Otro hijo, hasta dar con la niña o el niño que necesitemos para multiplicar esta nueva red de personas. Es un requisito de sobrevivencia. Hay que romper el triángulo y formar el cuarteto que seguirá fracturándose en nuevas formas geométricas. Dos hermanos originales copularán para dar paso a nuevos hijos que se multiplicarán sin distinguir tíos, primos, hermanos y sobrinos.

–Cállate, sólo tienes quince años.

–Pero he leído demasiado –respondió con los ojos muy abiertos.

La secuencia argumental que encadenaba sus ideas me puso la piel de gallina. Había estudiado todos los factores. La consistencia de su plan me dejaba mudo.

–Nacerán todos enfermos, deformes, retrasados. ¿Esa es la nueva sociedad que quieres formar? –atiné a decir algo atontado.

Me miró furiosa a los ojos y aseveró.

–La endogamia no es necesariamente perjudicial en lo que se refiere a herencia genética: aunque reduce la variabilidad, pero también potencia características positivas –tomó el dibujo y habló, mas no prestando atención a mi ignorante juicio.

–Cada vez que tengamos un hijo, se ramificará el árbol y se hará más y más grande.
Mi hija encerrada en esa cabaña, vestida de paredes. Intentaba descifrar el mensaje de sus labios. No es una chica para esperar príncipes azules. Acerca su frente cubierta de sudor a la mía, las aletas de su nariz tiemblan. Se monta sobre mí, me fuerza las piernas. Con la boca casi pegada a la oreja encaja palabras febriles acerca de su plan: “más savia para los nuevos brotes, más”. Su lengua sedienta por convocar nombres propios: Sebastianes, Carolinas, Ximenas, Claudios; un árbol genealógico con apellidos que se anulan unos a otros porque todos Espinoza Espinoza. Yo, mil veces nacido en mis hijos, en mis nietos, sobrinos, primos. Su útero joven desinvernaría un feto cada nueve meses. Días cocidos a la espera de más niños. Y para ese entonces al hombre, tres veces tu edad, dos veces tu cuerpo, sangre de tu sangre; ya no le importaba mirarte largo a los ojos y detenerse en tu boca y bajar hasta tu sexo.

No regresamos a Santiago, armamos nuestro mundo ahí; un día miré a Teresa y era lógica la causa del aumento de peso, de la curvatura de su pelvis. Esperamos a la criatura en paz, caminando entre cipreses y pinos alzando la vista hasta sus copas. Ella tomaba sol en una improvisada terraza mientras aumentaba el diámetro de su figura. Yo bajaba una vez a la semana al pueblo en busca de víveres. A veces compraba el diario y seguía el caso de los políticos, de los senadores, de los curas. Respiraba aliviado al estar lejos de todo eso. Pero no lo niego, “¿dónde queda la ciudad?”, es la pregunta que temo mi hija pronunciará alguna vez en forma de soplido. Por ahora, pienso en el follaje, en esta vida bajo los árboles, contando las hojas perennes, acariciando las raíces añosas, cortando madera para el invierno. Presagiando cuándo las ramas que afirman este tronco dejarán que se quiebre en dos.

Andrea Jeftanovic (foto)