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‘Silencio de neón’ de Lina María Pérez

lina-maria-perez-gaviria-3(Con este cuento ganó una de las diez categorías literarias del Concurso Internacional de Cuentos ‘Juan Rulfo’, el llamado Premio Semana Negra, en el año 2000)

Nos cubre un ala tenebrosa y dulce; es una sombra -amor-, una celada… Amanda Berenguer

La excesiva sonrisa del hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no. Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo planeado.

Apagó el auto y se rindió ante la ofensiva altanera y forzosa del cartel.

Decidió desafiar al hombre que desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía, se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de Fabricio Marroquín. Continúe usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera, no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque, ¿quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla 24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía Marlboro.

-No me prestas atención, Fabricio -rezongó Adelaida-. Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera en San Pedro.

Fabricio había estado escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y retornó a su propio paisaje desolado.

Enfrentó a la mujer; con ella había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se había llenado de coraje, pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.

La primera respuesta de Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio, el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera, pero su temple no se desmoronó.

Después de unos minutos sin fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado…

-Adelaida, esto no es fácil para mí… Las cosas se dieron a pesar de… -La pradera y el cielo azul del anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El temple de su esposa lo desarmó.

Hubiera preferido calmar su llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.

-Esas cosas suceden-. El tono era evidentemente cínico pero mesurado.

-No hay lugar para rencores ni recriminaciones-. A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes; le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al cabo los matrimonios cumplen sus ciclos-. Se impuso de nuevo el silencio. Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una pieza, sin sentimentalismos.

Se sintió indefenso ante la reacción de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría un curso legal rutinario.

Reanudó la marcha del auto dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.

De regreso a su casa desde el aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No experimentó contrariedad sino alivio.

Podía reflexionar, desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días. Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johnny Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones, la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.

Había transcurrido más de una hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de lo cual él se había sentido orgulloso.

-No olvides cerrar la calefacción y cuidar las plantas-. Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah! dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos momentos resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta-. Y le reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky. Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave. Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía prisionero, dulcemente prisionero.

-Por fin nos deshicimos de ella-. Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta. Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida en San Pedro-. Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo blanco que él rechazó.

Fabricio dejó sin probar su pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.

Meliana se sumía lentamente en su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos. Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su amodorrado cuerpo en posición fetal.

Fabricio la observó arrobado y le pareció conveniente aplazar el sexo.

Desde su primer encuentro, cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas… la prima sosa ya no estorbará… San Pedro es una ciudad para exilados… Mientras Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.

-No la quiero aquí por muy prima tuya-. Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada. -No parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.

-Es sólo por unos días. Cuando termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien- insistió Adelaida.

Esa noche, de aquel martes, de aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y monógamo.

-El documental está casi terminado-. Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga. Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos; me refiero, para aquellos que constituye un flagelo-. Sus palabras quemantes lo devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la fidelidad se vinieron abajo.

Adelaida era una mujer a la que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza. Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones. Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus impulsos.

Al día siguiente de su llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible sopor.

-Te creí abanderada de la lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté la coca pero no me atrapó-. Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.

-Abanderada de nada que no me produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida-. Sus palabras desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su razonable estabilidad matrimonial.

Y entonces comenzó el caos. Lo que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura. Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la deriva.

Fabricio Marroquín ejercía de penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos mujeres.

Meliana lo conminaba a dejar a su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.

-No nos esconderemos más y no tendrás que recurrir a eso… se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y los problemas para obtenerla…

-Ni lo uno ni lo otro. Eso es para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la cantidad necesarios…

Todo en ella era desmesurado, imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos, el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.

La estadía de la joven se prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. ¿Acaso simulaba Adelaida no haber descubierto el engaño? ¿Preparaba una venganza? ¿Quizás Meliana, en medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.

Fabricio estaba en medio de dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso, Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con su mujer.

Volvió a la realidad cuando se felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.

Pidió una copa de brandy en El Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso para cuando Meliana despertara.

Imaginó su reacción desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una clínica de toxicología. La estabilidad y el sosiego que preveía para sus relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento. Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobre todo, la euforia con la que desplegaba sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención aún indefinible.

Con el alivio quemante del brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación de la cena espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio camino del aeropuerto al día siguiente.

La conducta de Meliana también lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino y no estimulado por los narcóticos.

Para Fabricio fue una señal inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.

Con la cálida sensación relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.

-Es una especie de maleficio con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal… Es una forma de legitimar la perversidad…

-Entonces brindemos por el maleficio y por el aire saludable de San Pedro! -le interrumpió Meliana con una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con Meliana.

Camino a casa se dejó llevar por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso para el deleite del amor de Meliana.

Fabricio apuró el paso en un estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor del hombre Marlboro y de la mujer del Johnny Walker, sus asiduos interlocutores nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la puerta.

La autopsia de Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió, sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.

-Habla el comisario Gamboa de la ciudad de San Pedro -la voz es fría e imperiosa-. Su esposa, Adelaida de Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de estupefacientes… ¿Me escucha, señor Marroquín? -Le escucho -responde con dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de su mujer.

-Cinco kilos de cocaína pura entre su equipaje… -el énfasis morboso no da lugar a dudas-. Según las normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos reglamentarios.

-Fabricio… -la voz de Adelaida suena apagada pero resuelta-. Lo supe desde un principio. Era difícil no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable… los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje… De acuerdo con el abogado, son alrededor de diez años…

-Meliana ya no está -dice Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre-. Durante la noche murió de sobredosis….

-Sobredosis? -Adelaida, descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan-. De vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza con la coca, con la vainilla, con el vino…, con la sangre… -su voz triunfante y depravada añade:- El maleficio, recuerdas?… es el castigo… hay daños que no tienen perdón…

Fabricio se cobija con la manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.

Lina María Pérez Gaviria (foto)

 

‘En la peluquería’ de Hebe Uhart

hebe uhardLa peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo) Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

-Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”) Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.

Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora)

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

-Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.

Hebe Uhart (foto)

‘El dormitorio más triste y solo de Ayotzinapa’

marcela turati(Por Marcela Turati) Todos los días a Bernardo le insisten para que se mude de dormitorio, pero él no escucha. Cuando en esta escuela-internado cae la noche él extiende su cobija roja sobre unos cartones y se acuesta en soledad, rodeado de ausentes, añorante de este cuarto lleno de amigos: Eran ocho y se disputaban cada centímetro del piso, jugaban a hacerse los descuidados y pisarse los pies.

Sus compañeros Julio César, Jonás, Cristian Alfonso, Israel Jacinto, Eduardo y Miguel Ángel no están aquí, sólo están sus pertenencias, sólo están sus retratos exhibidos entre los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que fueron desaparecidos el 26 de septiembre, cuando a los policías de Iguala se les metió el diablo en la piel y se exhibieron como criminales al servicio del narcotráfico.

“Yo soy el único aquí. Uno se fue a su casa, su mamá vino por sus cosas, los otros seis están desaparecidos”, dice Bernardo, delgadito, larguirucho, amable. A su alrededor, recargados sobre las paredes pelonas, están los maletines, la ropa, los zapatos y recuerdos que cuida hasta que regresen sus dueños.

Al cuarto día de que sus compañeros no volvían, Bernardo se dio a la tarea de acomodar el lugar. Dobló y apiló los cartones que sirven de cama, hizo lo mismo con los sarapes y cobijas de colores.

Acomodó en un rincón los tenis rotos, todos de tela, ninguno de marca; los huaraches en forma de equis que llevan los campesinos; los zapatos formales comprados con sacrificios por los futuros maestros. Todo está rociado con moronas de pintura blanca que saltan del techo carcomido por la humedad y que hace pensar que las pertenencias son de algún maistro-pintor.

Un costal blanco, como los que contienen semillas está erguido contra la pared atiborrado de ropa. Este tiene el rótulo de “Correos de México”.

“Esta era la maleta de Eduardo”, explica este joven nahuatlaca, cuidador de recuerdos. Encima del costal-maleta está recargada una chamarra vieja, herencia de alguna generación anterior de esta normal rural que tapaba a su dueño del frío.

Afuera de un maletín deportivo asoma el vaso de plástico con el cepillo de dientes y la pasta que usaba Julio César. Al fondo una placa metálica que lleva su nombre: “Julio César López Patolzi”.

Entre la ropa sobresale la primera hoja de su cuaderno a rayas, donde con lápiz y letra fina Julio César escribió el primer día de clases: “Pues yo ingresé a esta Normal con el simple echo que mis padres son de escasos recursos campesinos y mis habilidades es ser responsable también en la academia, trato de poner mucha atención a los maestros para poder sobre salir adelante”.

Más allá, se ve un vaso de plástico que lleva adentro una cuchara, un cuchillo, un tenedor, porque hasta eso tenían que traer los estudiantes de casa. Una bolsa de detergente Foca. Un folder con los certificados de estudio de José Eduardo Bartolo Tlatempa, indígena, como dejan ver sus apellidos; indígena como la mayoría de los alumnos de esta escuela donde el requisito para entrar es no tener dinero, pero tener ganas de ir a contracorriente del destino de los pobres hasta alcanzar ser alguien.

“Yo mismo acomodé esta semana. Cuando salieron a la actividad no les dio tiempo de arreglar, yo mismo me puse a arreglar”, explica Bernardo tenso pero sonriente. Un par de escobas permanecen de pie en un rincón.

Con el brazo señala que junto a la pared más cercana a la puerta de bordes roídos dormían cuatro: Julio César, Cristian Alfonso, Cristian (“ése está en su casa; su mamá se llevó sus cosas”), y allá Jonás.

Durante los primeros días de clases en el cuarto que llaman Sección G dormía también El Chilango, Julio César Mondragón, el joven mexiquense desaparecido con los demás el día 26, y quien tres días después fue encontrado en Iguala asesinado: el torso lleno de moretones y desollado: sin ojos, sin piel, sin cara. Llevaba la misma playera roja con la que se presentó el primer día de clases, la misma que circula en Internet donde se le ve cargando a su bebé recién nacida, y acurrucado junto a su esposa.

“El Chilango se cambió de aquí porque éramos varios y no había cupo -dice-. A veces se tiraba a un lado de mí, luego se pasó al lado (al otro cuarto), estuvo un tiempo, luego que iba a buscar dónde dormir, le dije que si no (encontraba) regresaba y se pasó a la panadería”.

Quien diga que en las normales rurales donde se forman los maestros más pobres de México viven entre lujos debería asomarse a este cuarto con el rótulo número 4; sección G, como le dicen ellos. Encontrará que la puerta no sella, el aire se mete siempre por el techo. Los muebles son tres cajas clavadas en las paredes a manera de casillero: un huacal de madera, las otras dos de plástico.

Las paredes están acicaladas de pintura blanca que la humedad carcome. No hay adornos. No dio tiempo de colocar ninguno. Sólo queda un letrero a lápiz que alguien dejó en el que se lee: 2 de octubre. Los jóvenes viajaron a Iguala (a poco más de una hora de camino) era recabar fondos (“botear”) para acudir a la manifestación anual por la masacre estudiantil de Tlatelolco en el Distrito Federal y traer para ese fin tres camiones de pasajeros. (En el patio de la escuela una treintena de autobuses con líneas comerciales están estacionados, sus choferes esperan que los releven)

Como Bernardo estaba inscrito en el Club Banda de Guerra y se quedó limpiando los instrumentos, no acudió a Iguala como el resto de los alumnos de primer año, los llamados pelones, pues por tradición escolar son rapados todos los alumnos de recién ingreso a esta Normal. Bernardo también está pelado, los cabellos que crecen se sostienen de pie como si fueran de cepillo.

“Yo me quedé a esperar a los compañeros en la puerta. Los esperé. Vi que no llegaban”, dice ahora sentado sobre el piso, junto al arrumbadero de zapatos.

Esa noche en la Normal se recibió la noticia de que a los pelones los habían reprimido, la policía los había rodeado y detenido. La información fluyó como gotera, había un herido, no, ya estaba muerto, y el muerto era un pelón.

La incertidumbre se paseó entre todos dejando la pregunta de quién sería.

“Les marcábamos a todos. Sólo le entró la llamada a Israel Jacinto, dijo que estaban dentro del autobús, que los tenían rodeados policías, que tenían gas lacrimógeno. Le dijimos que rompiera los vidrios no se vayan a ahogar. Pidió que lo fuéramos a traer, le dijimos que ya había salido una Urban por ellos. (La llamada) duró cinco minutos, se escuchaban gritando los demás, también él. Se escuchaban los ruidos de las patrullas. Hasta que se colgó”.

Hasta después supo que todos los pasajeros del autobús de Israel Jacinto fueron obligados a subir a patrullas de la policía municipal. Todos fueron desaparecidos.

Esa noche Bernardo intentó ir a rescatar a sus compañeros, pero no alcanzó cupo en las camionetas que salieron con refuerzos (algunos de los estudiantes que acudieron al rescate tampoco regresaron, quedaron muertos, otros siguen hospitalizados)

Pasó la noche en vela con todos, resguardando la escuela; a él le tocó cuidar por los corrales. Entre todos checaban por feiz e internet las noticias, el muerto ya no era uno, eran dos, luego tres. Tres de la Normal, pero otros tres que no eran normalistas, pero fueron confundidos con ellos.

“Empezaron a pasar las imágenes, yo no sabía nada, pero dijeron que a un chavo le hicieron bien feo, le quitaron el rostro. Ahí reconocí a El Chilango porque usaba la playera del primer día de clases. La última vez que lo vieron fue cuando los subieron a las patrullas”. Lo dice como si nada, el miedo se asoma en la mirada.

Saca su celular y muestra el video que le tomaron el 21 de agosto, día de su cumpleaños. Se ve que a Bernardo lo agarran por sorpresa y lo tiraron a un pozo con agua. Mira con cariño la escena y dice: “Ahí está El Chilango, es el último que llega (y sí, se ve un muchacho menos flaco que el resto, que ayuda al resto a tirarlo al río); el que lo grabó desde arriba es Miguel Ángel”.

Ya no tiene la fotografía del 8 de agosto cuando los mayores los ‘pelaron’ con rasuradora, se quedó en un celular que le robaron. Pero sí tiene los recuerdos, y de esos echa mano.

“Íbamos a escoger a El Chilango como jefe de grupo, él sí quería pero como es de México a lo mejor lo iban a tratar mal, por eso quiso quedarse de apoyo. Casi no le gustaba echar relajo, era serio, reservado. Lo íbamos a elegir porque le gustaba participar en las clases. Él estuvo en Tenería, le preguntamos pero no nos quiso decir, creo que lo expulsaron. Fue a hacer pruebas en Tiripetío, Michoacán, no dijo por qué lo expulsaron, y vino aquí”.

Bernardo apenas regresa de tres días de descanso en El Durazno, su pueblo, ubicado en el municipio de Tixtla de donde eran oriundos cuatro de sus colegas y que es zona de nahuatlacas.

En casa su mamá le pidió que abandonara la Normal, que ya no regresara, a lo que él le contestó: “Ahí me quiero quedar para saber de mis compañeros”. Además, sigue con la idea de ser maestro.

-¿Por qué quieres ser maestro?

-Diría mi compañero Chilango… todavía recuerdo sus palabras -y sonríe, cómplice-: ‘para compartirle mis ideas a los niños’.

-¿Cómo cuáles ideas?

Ya no responde. Se tapa el rostro, se queda pasmado. La tristeza le corta el habla y llora silencioso, no con el estruendo de los que vienen de la ciudad, llora como campesino. Parece un niño arrinconado. Y cómo no si el dolor es gigante para este joven, apenas pasada la mayoría de edad, que pretende ser un adulto, que carga sobre su cuerpo flaco el pesado recuerdo de siete amigos y como una patada en el alma el descubrimiento de la raíz de este país podrido.

“Sólo quiero que aparezcan”, se enjuga las lágrimas.

Cuando se repone, como encarrerado comienza a desgranar recuerdos, como si tuviera urgencia de hablar de todos, de nombrarlos, de recordarlos para traerlos de vuelta.

“Era muy unida la sección. Éramos muy unidos. Nunca nos separábamos cuando salíamos a trabajar al módulo o comprar cosas nos cooperábamos. Si salía actividad íbamos juntos. Yo llegaba primero, yo nunca entraba, no abría la puerta, los esperaba afuera a que llegaran todos y nos fuéramos al comedor todos juntos”.

Vuelve la sonrisa cuando aparece en el cuarto a Eduardo, ‘Boby’, a quien le gustaba bailar breidans, ponía una canción y comenzaba a articular patadas. A Cristian Alfonso gustoso de estudiar danza desde niño. A Israel fingiéndose el descuidado en las noches, pues cada vez que se levantaba por algo, pisaba los pies de quienes estaban acostados; sus víctimas lo regañaban, los demás se reían. Jonás haciendo relajo como aquella vez que se quedó dormido de pie en clase e hizo carcajear a todos. “Era bien de la costa, no podía pronunciar el 128 y decía ‘Baisa’”.

Habla también sobre su rutina escolar, sobre las actividades ‘de lucha’ que tenían, la ordeña, de sacar diésel, de botear, hasta que se atora: “El 26 entramos a las nueve cuarenta, ya no me acuerdo a qué materia fuimos. Tenía el horario pero anda desaparecido el que lo tenía. Se lo iba a pedir”.

Sabe que sus otros compañeros de primero están preocupados por él, pues el G es el único cuarto donde quedó uno solo -en otros cuando menos quedaron dos o tres-. Cuando lo invitan a mudarse de sección él les dice lo que ahora repite: “que no, que estoy bien, que aquí quiero estar con ellos”.

Alguna noche ha soñado que están juntos en el convivio que tenían planeado para ese fin de semana.

Un estudiante se mudó por unos días a su sección para acompañarlo y a veces lo regañaba con un ‘no te agüites, cabrón, van a aparecer, piensa positivo’. Un día de plano se pusieron a orar más o menos con estas palabras que Bernardo repite: “Que el señor los proteja a cada uno de nuestra sección, que les de fuerza, les cuide y los traiga bien, acá van a regresar y acá vamos a estar esperándolos”.

Pasado el llanto, lustrados los recuerdos, revisitados los amigos, retomados los espacios vacíos, Bernardo se sincera: “Hay momentos que me quiero ir de ver a las familias, cómo están sus rostros, cómo están llorando, uno se desilusiona. Me siento triste y solo, me siento mal, soy el único que se quedó aquí. Yo siempre decía: ‘si salimos todos, volvemos todos’”.

Esa rutina de esperarlos en la puerta, de no entrar hasta que lleguen todos; esa promesa del ‘si salimos todos volvemos todos’ es lo que hacer que Bernardo cada tanto reacomode las pertenencias de sus amigos, barra el piso y cultive la esperanza del reencuentro hasta llegar la noche, cuando regresa al cuarto más solo y triste de Ayotzinapa, y tiende su cobija roja, y duerme siempre en vela para darles la bienvenida al momento en que reaparezcan.

“Estoy esperando a que lleguen -dice-. Por ese motivo no me he ido. Yo sé que si yo estaría desaparecido, ellos harían lo mismo”.

Marcela Turati (foto)

 

‘Oso blanco’ de Mayra Santos Febres

Mayra Santos Febres(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en 1996)

(a Awilda Sterling)

I) Levantarse, ir al baño, lavarse cara, boca, desayunar, peinarse, vestirse corriendo, salir salir salir, prender, llave, donde carajo las… prender el carro, marquesina, sacarlo de la marquesina, cerrar el portón, llegar tarde, siempre llegar tarde, llegar tarde por el maldito tapón. Guiar con ansia, encontrarse de frente con la hilera interminable de carros y allá en la distancia, el presidio. De ahí son cinco minutos a la oficina. Ahí está. Cinco minutos más de tortura, y ya, se acaba. Esa mole blanca, muros altos, casi desbocándose hacia la avenida, en el medio del expreso, casi. Su reloj. La compañera de trabajo, allá en Caguas que le metieron el hijo preso una vez, drogas, allí estaba, ella se volvió loca, casi loca, se le olvidaba todo a medio decir, se le morían las memorias a media lengua y no sabía qué decir, no tenía nada más que decir. Él estaba allí, metido en unas de esas cajitas para que no le hiciera daño a nadie más. Mole en medio del expreso, reloj, mole blanca con su alambre de navajas y su muro, palomitas. Cinco minutos más.

Llegar, ajorada, ajorada, parking no hay, la mierda de siempre, darle la vuelta a la manzana a ver si detrás de la farmacia, bajarse, la llave, no dejarla pegada como la semana pasada, bestia, la llave y la cartera, ponerse lipstick, peinarse de nuevo, a ver, el espejo, ya me brilla la cara, parezco una olla que brilla, parezco un bonete de carro a mediosol, la polvera, donde carajos…, más lipstick, más cosas qué cuelgan del brazo, las llaves, salir del carro, ¿tengo suficiente desodorante?, salir del carro, ponerle el bastón, la alarma, el bastón y la alarma , poncho a tiempo, poncho a tiempo, siete minutos tarde nada más, tiempo record. trabajo…

Trabajo…

y más trabajo…

(trabajo, ponchar papeles, escribir informes, contestar teléfonos, el coffee break, bajar hasta la cafetería, café, un bocadillo, un refresco de dieta, me llevo el periódico, subo a la oficina, el elevador atacuñado de mensajeros, de secretarias, de manos y brazos con bolsas de papel de estraza, de papel de memo, de papel de carta, de papel de nómina, una hora para el almuerzo, trabajo, llenar solicitudes, mover inventarios, oír la radio, digerir el especial del mediodía, hacer que pasa el tiempo y a través de la ventana, mirar a través de la ventana que se abre hacia el expreso, allá a lo lejos casi borrada en la distancia las paredes blancas, pajaritos…)

Las cuatro y media, las cinco, montarse en el carro, pasar de nuevo por el lado del presidio. Esa mole ahí, inamovible, alta como una gaviota en mismo medio del expreso, como una gaviota no, como un elefante, no, como un elefante no, como un oso pesado y blanco, eso, oso, oso blanco parado en las dos patas traseras como hacen los osos de circo, los osos payasos de circo lleno de purinas y vitaminas para los ojos, para que no se caigan del triciclo, de la cuerda floja, oso payaso parado en la cuerda de un expreso… en el mismo medio…

Ya es mañana.

Ya es mañana.

y mañana

(peinarse, vestirse, buscar las llaves)

el presidio amaneciendo sobre el expreso

cinco minutos más y se acaba el tapón de la mañana

y mañana

ya es mañana

pasadomañana

pasado pasado mañana

ya es mañana

(un oso maromeando en el expreso)

pasado pasado pasado el día después

de mañana

una mano

leve

se asoma

por entre los barrotes de una celda

y empieza a saludar

otra vez, otra vez, otra.

(pasa el carro, exactamente sale la mano. no antes, no después)

otra
(¿es conmigo la cosa?)

otra

(es conmigo la cosa)

Levantarse, peinarse, arreglarse con premura, las llaves, maldita sea ah, si yo las dejé aquí encima, las llaves y el desodorante y las prendas de la mano izquierda. Hoy me compré una sortija nueva, una sortija donde se refleje el sol, y las cosas para el carro, sacarlo de la marquesina, cerrar con candado, correr, volar hacia el expreso, coger el tapón, esperar, pasar por frente al presidio, esperar, por frente al oso payaso presidio. Esperar, esperar en el tapón, la celda se despierta, sale el brazo, que salga el brazo y reconozca el carro verdemonte, viejo destartalado, que reconozca el carro verdemonte viejo destartalado y sonría, ella nunca había visto un brazo sonreír, pero ahora, ya sale el brazo entero y sonríe y la saluda como cada mañana

(tal vez sea el hijo de la amiga)

como cada mañana

que la saludaba como cada mañana desde el presidio.

ella se engalana la mano una vez al dia. ella se compra sortijas y pulseritas que brillen en el sol, se pinta las uñas, hace pesitas para su brazo de la celda cuarta de izquierda a derecha, la que da al expreso. Ella no sabe por qué aquel brazo está preso, ni que otras marcas tendrán ni que otros movimientos además del lento gravitar hacia cada lado que la acaricia, a ella a ella, que la acaricie a través del aire. Tal vez haya matado aquel brazo, tal vez, haya estrangulado a muchachas inocentes, besándose con sus novios en carreteras alejadas del ruido y de las luces y de los ojos de la ciudad, tal vez haya agarrado cuchillos, pistolas, tal vez huela a pólvora. Pero se ve tan lejano y tan inofensivo y tan hambriento de cariño, y tan grácil en el sol y tan oscuro y fibroso y fuerte y dulce y parlanchín y desconocido. No, no puede ser el brazo del hijo de su amiga, ella lo reconocería, ese es otro brazo, sin memoria ni pasado, que nace allí cada mañana, para ella sola

para ella sola

(ella recuerda a otro brazo que una vez…)

El brazo, oh … ese brazo haciéndole cosas inexplicables, desde el carro verdemonte destartalado, el brazo que le sonríe y que la acaricia desde el aire. Y así, sin más, el brazo vuela, vuela desde la celda, se encarama a su brazo y la va desnudando de todas sus sortijitas, de todos sus sortilejios para que el sol le brille encima de la piel, la de ella, la del carro viejo, verdemonte , destartalado, la del monte de ansia que lleva allá adentro aguantado, en la cáscara del codo, el brazo vuela, el brazo le agarra el brazo con la mano, con los dedos, le araña con las uñas y le moja con el sudor de tanto saludo en el aire. La roza el brazo su brazo. Se deja resbalar, y caer en la falda de ella, la falda se acalora, la falda destartalada, verdemonte, la falda y su monte allí debajo, palpitando, ah, después de tanto tiempo, la falda y el brazo tan anhelado, ella saluda, no quieren que vean los de al lado, es de ella sola aquel brazo de presidio en su falda, arremangándole los pliegues de la tela, haciendo a la tela de sus pliegues hincharse de calor, un calor como ese que da al sentirse viva una vez más con un brazo sobre la falda, ah la falda y el brazo que ya roza con la punta de sus dedos su piel, su tersa piel su piel que una vez supo de estas cosas. Una vez supo. Pero eso fue hace tiempo, hace tiempo, ella sospecha que fue hace mucho tiempo. Ella era chiquita, más pequeña que cuando las niñas empiezan a saber. Si, o quizás, una vez ella soñó de niña que hubo un brazo que la hizo sentir como ahora, y que le enseñaba a deletrear cosas en papeles, a deletrear cosas en los pliegues abiertos dedo a dedo, boca abierta, labio, cosquilleo y temblores gratos, por medio de aquel brazo, su piel aprendió cosas que al crecer se negó a seguir sabiendo; al crecer se quedó sola y absurda porque todo lo demás que empezó a sentir jamás se comparó con lo del brazo, ahora vivo, bajo la presión de los dedos, la tiene, bajo la prisión de los dedos de las huellas de las uñas. Ella sigue saludando para que no noten nada, para que los de atrás no le toquen bocina en el tapón, para que nadie sepa de la presión tan exigua de su pie en el acelerador, lo tenaz de su otro talón descalzo, en el freno. El talón se le hincha de sangre y el brazo se le hincha en el regazo. Ya van los dedos buscando otro pliegue bajo la piel interior, bajo la ropa interior. Los dedos le tocan lo mojado. Ella suda y no sabe si es el brazo que suda también, el brazo que se escapó, ella le ayuda en su huida, el brazo fugitivo, escondido en su entrepierna, le mete los dedos, adentro, la roza firme, otro dedo, otro más, se retuerce, la quiere rajar de gozo y no sabe, ah no sabe del contento que le va dibujando, su brazo la hace casi chocar con la guagua familiar de enfrente. Ella para a tiempo, pero luego se deja ir, se deja ir. Dedos se le meten por dentro, labios se le hinchan y mojada, aguanta un gritito en la punta de sus lenguas, la prisión del dedo en el musgo de entrepierna, y su clítoris duro como una semilla, mandando corrientazos por toda la región, a ella se le para cada pelo en la piel, se deja ir, se recupera, y de nuevo un vahído en la cabeza y los pezones se le endurecen abre la boca, se arquea a mitad de cuerpo, se deja ir, el brazo se la lleva en volandas, la conduce, le suelta el freno. Ella echa su cabeza hacia atrás, la recuesta de la almohadilla del asiento conductor y se va en contracciones, en espumas de humedad, flota por el aire de los dedos que se llenan de cosquillas, agarran fuerte el volante, se arriman al aire. Los otros dedos de su brazo allá adentro la aprisionan, carne contra carne, pliegue contra uña contra sudor, dentro de su carro verdemonte destartalado.

humo
parking
dar vueltas a la llave

entrar
cerrar la marquesina otra vez

otra vez…

Su carro verde monte adentro, y dentro de la casa, la habitación, la cama a soñar de nuevo con su brazo amado. Ya es mañana.

II) Este es mi plan. Poco a poco he estado convenciendo a mis células de que se vayan separando imperceptiblemente de las células del hombro. Fue difícil al principio, porque primero tuve que convencer al cerebro de que todo esto, en realidad, es idea suya. Lo que pasa es que los científicos están equivocados. No toda actividad de reflexión se centra irreductiblemente en el cerebro. Hay otras partes del cuerpo que, dadas las condiciones correctas, pueden efectuar estas operaciones. Las piernas, por ejemplo, no responden únicamente a los estímulos neuronales que salen de allá arriba, sino que, separadas del resto, pueden actuar por sí solas. Me imagino que, en este encierro, y perdidas las facultades terciarias del cerebro, se dio la extraña condición que menciono. Me imagino que tal fue lo que pasó conmigo.

He empleado gran cantidad de horas en dilucidar este misterio. Aún no tengo una respuesta certera, pero una cosa es innegable. De buenas a primeras, es decir, que un día como cualquier otro, mis dedos empezaron a tomar conciencia de sí mismos, desde las yemas a las uñas a los cartílagos a la epidermis. Cada falange cobró vida independiente, cada carpo y metacarpo. Y no era que se volvían hipersensibles a los mismos estímulos de siempre, no era que el tacto evolucionó de tal manera que podía recoger más sensaciones que antes. Era que habían tomado autoconsciencia. Ni siquiera necesitaban sentir algo para poderlo imaginar abstractamente, desmenuzarlo en menudencias y articular de manera no lingüística sino eléctrica (por llamar a los estímulos nerviosos de alguna manera), conversaciones inteligentes e inteligibles con el resto del conglomerado que me conforma. Podían rememorar, inventar conceptos, analizar.

Al principio, cada parte- codos, piel, pelos, células, dedos, tricep, bícep, ligamentos-se mandaban mensajes entre sí y por separado. Se formó la Babel de todas las Babeles. Imagínense cada célula, cada comisura de la piel y de huesos hablando a la vez. Costó su trabajo, pero poco a poco fuimos poniendo orden y regla a toda emisión. Entonces nos leímos y entendimos a la perfección, íbamos en armonía descubriéndonos como seres vivos, capaces de la auto reflexión y el diálogo. Una maravilla. Por unanimidad me eligieron a mí, que soy uno y múltiple, como ente regulador. Ya que formo y soy formado por cada una de estas partes, poseo una conciencia más amplia de cómo nos conectamos entre nosotros mismos y al resto del cuerpo.

De más cabe decir que el resto del cuerpo no sabía lo que estaba ocurriendo, ni el cerebro, ni los ojos, embobados como estaban en este encierro que fue restándonos facultades a todos como ente total, seccionando cada una de las partes. Era extraño, porque mientras yo cobraba más conciencia de mí mismo, mientras más me daba cuenta de mi identidad, el resto de cuerpo se perdía en un profundo letargo.
Al principio, adopté medidas para despertar a mis compañeros. Empecé por mandarle mensajes eléctricos a los órganos internos, pero pronto noté que éstos no pasaban del hombro. Allí se alzaba una extraña frontera que no permitía comunicación con nadie. Yo seguía mandando y mandando mensajes– lengua, ¿estás ahí?; contéstenme muslos; nariz, nariz, ¿puedes olerme? Al final del mes, el único miembro que me respondía, con una señal débil, pero lúcida, era el cerebro. No fue difícil hacerlo mi aliado. Me di a la simplísima tarea de ganarme su confianza, respondiendo de vez en cuando a las señales bobas que me mandaba- rascar una pantorrilla, aguantar un vaso y llevarlo hasta la boca, sujetar una pastilla de debajo de la lengua y con los dedos extraerla de allí, tirarla lejos, matar insectos, llevar los dedos y apretar la verga que se hinchaba y masajearla de arriba a abajo, de arriba a abajo con vigor hasta que se desbordara en un escupitajo de leche. Nunca nos sentíamos más vivos el resto de los órganos del cuerpo y yo sino en ese momento de la leche. Las nalgas se trincaban con furia, la espalda se arqueaba sola, una corriente de puyas recorría la piel entera, pelo a pelo se erizaba y la boca, abierta y hace años muda, se retorcía de placer hasta que expelía, ella también, un largo mugido que salía desde el centro de todos nosotros. Pero eran reflejos aquellos, no pensamiento. No había introspección, sino gula, no abstracción, sino sensaciones. Cada vez que esto pasaba, reiteraba la certeza de que el único que pensaba en aquel conglomerado de carne, sudor y pelos era yo. Hasta las caricias se fueron haciendo automáticas y aburridas. Me hundí en una soledad sin fondo que parecía peor que todas las torturas diarias de guardianes, las vejaciones frecuentes de otros presos cada vez que nos sacaban a una esquina a tomar el sol. Tanta soledad, tanta autoconciencia, ¿para qué.? Había que volcarse afuera. A veces llagaban hasta mí ondas eléctricas que traducían los sonidos que mansamente recogían los oídos.

“Este se está haciendo para que lo metan al psiquiátrico”.

Pensé que tal vez la solución a mi dilema era precisamente esa, que nos movieran a todos de aquella inmunda celda a un lugar en que otros miembros del cuerpo estuvieran pasando por lo mismo, un sitio que sirviera de punto de reunión para brazos, piernas, ojos, bocas o hígados que fuesen el último reducto corporal donde se diera algo parecido al pensamiento. Quién sabe si en ese lugar también hubiera otros órganos donde se hubiese cobijado esa operación que anteriormente se daba tan sólo en el cerebro. Así fue como fui desarrollando mi teoría, la cual soñaba compartir con alguien, allá afuera.

Hubo días de duda. Tal vez, a quien único le ha pasado cosa semejante es a nosotros, los que habitamos y formamos este cuerpo prisionero, este cuerpo criminal y obviamente enfermo. Tal vez seamos, sea yo, una mutación, la primera, la no documentada y por lo tanto perdida en el abismo del olvido científico. Juro que esos días hubiese dado lo que sea por tener ojos integrados a mí. De esa manera hubiese podido llorar a lágrima suelta toda la desolación que me invadía. Como no puedo, ordeno a cada folículo sudar, casi hasta la deshidratación. Secarme es lo que quiero, secarme para siempre y no temer más, no sentir más, no darme cuenta de nada de nada.

Fue en uno de esos días en que lo vi. Bueno, de verlo verlo no, más bien lo sentí, a aquel otro brazo recostado contra un hueco de metal que estaba estancado frente al presidio. De entrada, no podía creer lo que percibía mi piel, mis dedos, mi superficie toda. Era como un calor mañanero, un vuelo, una tibieza que me sobrecogía entero. Burlé al cerebro para que ordenara la aproximación total al recuadro de la ventana abarrotada y luego, desesperado por saber, por conectarme con aquella onda viviente, me estiré celda afuera y me hice ondear, haciéndole señales a aquel hermano que me salvaba del abismo existencial que me consumía. Tomó tres días lograr la conexión. Pero finalmente, el otro brazo respondió. Nos mantuvimos así por largo tiempo, acariciándonos a través del aire, hasta que desapareció en la distancia.

Este suceso se repitió con frecuencia, y me llenaba de alegría, de pasión, de no sé qué otros sentimientos que salían de lugares insospechados por mí hasta aquel instante. Cada día que pasaba, el otro brazo se iba adornando con aditamentos que no eran piel. Podía notar ciertos aritos de temperatura diferente alrededor de sus dedos, de su muñeca, una lectura química hacía descubrir sustancias punguentes que cubría la pátina de sus uñas. Era un brazo muy coqueto aquel que ondeaba por el aire y obviamente se adornaba para mí.

Me desbordé de alegría. No podía creer aquel milagro que la vida me ofrecía. Me sudaba la palma de la mano en espera de la otra mano, aquella que ondeaba diariamente en la distancia. En reacción a mi alegría, al resto del cuerpo también le ocurrían cosas. Por ejemplo, una mañana percaté que la boca mostraba los dientes de forma plácida y sosegada y que curvaba los labios hacia los lados, tratando de alcanzar las orejas. Sonreía.

Una noche en que la verga se hinchó de sangre, sorprendí al cerebro retrayendo de su memoria visual el brazo aquel, mi amado, mi tan querido. Ondeaba y ondeaba en el aire la visión aquella. Se nos fue erizando la piel, la temperatura del cuerpo subió, salieron al paso imágenes guardadas de dedos sobre goznes ajenos, sensaciones escondidas en el bajo vientre. Mis manos y mis dedos comenzaron a recordar cosas. En aquel brevísimo instante del complot cerebral, toda célula de la piel recobró, cada cual a su manera, la memoria de consistencias que tenían las pieles de otros cuerpos, tactos inusitados con membranas húmedas, soluciones viscosas que se enredaban, yema a yema, y resbalaban humedeciendo la mano entera; recordaron temperaturas inusitadas, temblores e hinchazones en sus puntas de ataño metiéndose por pliegues de piel que yo jamás había imaginado que existían. Cuando el cerebro quiso que fuera hasta el pubis y comenzara a masajear, me entró una furia descomunal, y empecé a azotar el rostro, atacándole con mensajes eléctricos para hacerlo desfallecer. No sabía lo que me pasaba. Por un lado quería seguir sintiendo aquel banquete de sensaciones que hacían pararse de puntas cada folículo que me cubría. Por otro me moría de angustia al pensar que otro órgano y no yo disponía de eso que era mío para su placer, que me envilecía, tal vez, usando memorias sin contar conmigo, dejándome a mí en la horrible función alterna de sentirlo todo desde el margen. Enloquecido, arremetí contra la pobre faz, los ojos, los cachetes. Los pulmones se hincharon de aire; la boca y la garganta comenzaron a gritar. Yo sabía que no era la culpa de aquellos órganos, sino del maldito cerebro, pero ¿cómo llegar a él sin herir al resto del cuerpo? La boca comenzó a gritar. No podía controlarme. Ante el escándalo, vinieron los guardias y a palos nos aquietaron a todos. A mí me tocaron varios golpes, lo cual contribuyó a mi sosiego, más aún cuando el casco trató de protegerse conmigo, llamándome a trincos para que lo cubriera de macanazos y patadas.

Después de aquel incidente, estuve incomunicado por días. Yo no quería saber de aquel inmundo traidor replegado entre los huesos del cráneo. Y “ese” se enconchó conmigo y se rehusó terminantemente a mandar señales al resto del cuerpo para que nos aproximáramos a la ventana. Cada mañana, por más que me esforzaba por franquear la descomunal distancia hasta el lugar de encuentros, no podía hacerlo, ni aún aquel día en que se formó una conmoción allá afuera (sentí ondas sonoras en la piel) a causa de algo que no quería moverse de enfrente de la celda, un artefacto habitado por otro cuerpo con el brazo izquierdo extendido hacia el presidio, que ondeaba y ondeaba esperando una señal.

III) Yo soy el oso mañoso que como cuerpos de presidio. Yo soy la estrella del circo, yo me convierto en ventanas, me convierto en barrotes, saco las tripas a veces, y soy un oso muy mago, un oso trapecista, un oso malabarero y un presidio y un penal. Nunca he podido comerme a nadie de afuera. Pero siempre hay una primera vez.
Había un brazo suculento y otro afuera que lo saludaba e intenté comerme a los dos. Ah, dirán ustedes, pero que oso tan malo, que oso sádico, cruel, fetichista. Como si ustedes no lo fueran, ustedes que leen las memorias del truco efectuado en las entrañas del oso mañoso, del oso polar, artista del expreso, ah como si ustedes no se aguaran de bocas y de carnes al oír sobre nalgas apretadas y pieles sudorosas, y dolores de roces y de entradas y de salidas y de deseos que nunca se consuman del todo. Ustedes son unos osos mañosos. También hacen trucos y también comen cuerpos y se atragantan de leches y de miel. Yo lo sé, yo lo sé.

Un día me comí a dos presos que, escondidos al lado de las calderas, estaban jugando a los perritos, ladraban y uno montaba al otro. Estaban desnudos como los perros, aunque los perros no andan desnudos porque siempre tuvieron pelos, estos no tenían tanto pelo, por eso digo que estaban desnudos. Jugaban a los perros, ladraban y se montaban uno encima del otro. Yo me los comí, por indecentes. Los humanos no pueden jugar a los perritos, los humanos no deberían desnudarse al lado de calderas, pasarse las manos por los flancos, hincharse de sangre, apretujarse los labios y feroces morderse las mandíbulas. Los humanos no deben untar de saliva las nalgas, meter la punta de sus vergas por el boquetito aquel, tan rosadito, tan tiernecito, no deberían deleitarse en verlo expandirse para luego terminar atragantado con tanta carne. No deberían envolverse en ese aroma a cosa podrida pero viva, a camaroncitos varados en las algas. No deberían. Bueno, pensándolo mejor, los humanos pueden hacer eso, pero los presos no. Los presos son mi comida.

Ese día yo me miraba por adentro y los vi. Decidí en el acto comérmelos. Mi manera de digerir es singular. Yo soy un oso mañoso, yo soy un oso de circo y la estrella del show. Así que todo lo que a mí respecta, es singular. Y qué truco mágico operé. Si los vieran, a mis dos perritos, uno encajado en las nalgas del otro, uno sacándole mierda y sangre y el otro rugiendo, quien sabe si de dolor, si de gusto, si de furia. Es que era chiquitito y el otro lo obligaba. Cada vez que lo mandaban a las calderas, temblaba de pavor. Allí lo esperaba el otro, él lo sabía; allí y en cualquier rincón oscuro, donde le daba la gana, cuando le entraban las ganas. El perrito chiquito mordía, se retorcía, gritaba, pero siempre terminaba bajo las ancas del más grande.
En realidad no eran dos tan solo, eran más. Una jauría, una multitud completa de presos jugando a los perritos con el perrito chiquito que no se dejaba hacer. Cuando el grande terminó, se le subió otro. Les pidió a sus amigos que lo sujetaran de manos y pies. Se había caído al suelo el perrito chiquito y los otros le despedazaron lo que le quedaba de la carne. Lo abrieron de piernas, de boca, le sujetaron las manos y uno a uno fueron empujando sus vergas por el boquete aquel, rojo sangre, ya, adolorido. El perrito chiquito rugía y lloraba, lloraba y rugía. Me los comí completos porque hice que llegaran los guardias que, asqueados, le entraron a palos a todos, a todos, incluyendo al perrito chiquito y me los molieron bien para mis dientes hambrientos.
Pero en una celda remota, estaba mi manjar predilecto. Era un preso hermoso, negro azabache que vivía en mí hacía muchos años. Su ofensa contra la sociedad era singular. Me sentía tan hermano de este manjar mío. Cuando libre cogía niñas, y les metía sus largos dedos por los goznecitos apenas diferenciados de sus totitas infantiles. !Qué truco de magia! !Qué hambre de circo! Cuando libre, él había sido maestro de escuela, había enseñado a leer y a escribir a aquellas niñitas. Sujetaba diestro y firme en sus manazas las tersas manitas con lápiz dispuestas a enfrentarse a los trazos de su nombre, a deletrear la identidad de la gente que iba a moldear sus viditas. En sus grandes manazas, las manitas batallaban con la madera, con el carbón, con el papel y demás sustancias vegetales dispuestas a nombrar con signos a las cosas. Sus tiernas manazas se fueron haciendo cada día más infantiles, fueron encontrando cada vez más difícil separarse de los coditos, las pieles, los bracitos sucios de toba y sudor. Fueron jugando las manazas con las manitas, y después manazas con muslitos, y más tarde las manazas fueron desabrochando pantalones y blusitas para jugar con otras carnes, las más tiernas. Ni la superficie de un lápiz conocían, ni el roce del papel. La tela que las cubría y ahora las manazas del maestro, que se creían manitas y se metían por aquellos boquetitos tan pequeños “no le digas a papá que jugamos este juego” que abrían huecos para cada uno de sus dedos “las otras amiguitas no tienen que enterarse”. Cuidado tenían las manazas de no hacer daño, ni dejar marcas en los tiernos huequitos deseados. Con solo oler bastaba, con solo sentir el calor y la carne humedecida. Por eso fue tan difícil atraparlas. Hubo que esperar a que pasaran años, a que algunas de las niñitas crecieran y reconocieran lo que las manazas del maestro les habían enseñado, aquellas manazas tan perversas y tan tiernas.

Mi manjar estaba en seguridad máxima, para que los demás presos no intentaran comérselo. Así lo dispuse yo, el Oso mañoso. Por orden del alcaide estaba allí y no salía nunca o casi nunca. Alguna que otra vez al mes, el maestro se doraba al sol desde una esquina del patio y los presos lo arrastraban a un rincón para jugar a los perritos con él. Pero él, retraído como estaba en sus recuerdos, no ofrecía resistencia. Aguantaba todo con temple de mártir. Y yo pensaba -“qué bonito mi maestro, mi manjar, qué hermoso; es un santo y un ángel y un demonio inocente, es un niño grande que no sabe qué pasó, por qué lo castigan, qué ingrato es el amor, qué deleite y qué manjar”. Hasta me enternecí de haber encontrado aquella fruta entre mis tripas. Lo guardé para después y empecé a engullirlo despacito.

Pero entonces fue aquel brazo burlón, aquel brazo suicida, el brazo trapecista de los aires. Con su cómplice de afuera irrumpió mi digestión. !Aggghhh,! rugí esplendoroso. Yo soy un Oso mañoso, soy la estrella del circo, soy el rey del expreso y te pienso comer. Ningún brazo burlón me va a quitar ni por partes mi suculento manjar. Ningún brazo mañoso me va a quitar dedos y uñas y recuerdos de piel que transporten brazos hasta las piernas sin panties en el cuarto de atrás de una escuela. !Agggghhh! rugí esplendoroso.

Suerte que soy poderoso y voraz. Suerte que soy un Oso con suerte. Hice un truco malvado y me reí. !JA, JAAAA…! en medio del expreso. El brazo trapecista calló en desgracia cuando puse al resto de mi manjar en contra suya. Su aliado de afuera se quedó esperándolo a mitad de autopista, causando el tapón más inmenso en toda la historia mundial de tapones en esta área del Caribe. Virgen santa- dirán ustedes, pero que oso farfullero y cobarde, que oso monstruoso y voraz. Como si no lo fueran ustedes gozando de mi espectáculo, comiéndose mis palabras, imaginándose presos que son perritos y brazos trapecistas y sudor. Como si no se escondieran ustedes detrás de sus grandes espejuelos a intentar devorarme. Admítanlo, ustedes son como yo. Ustedes son como yo.

Nadie puede contra el oso mañoso, el oso de las nieves que levanta palacios en dos patas y se balancea por la tela finísísima del expreso. Soy invencible. Soy el mejor. Ni ustedes podrán conmigo. Yo soy un oso muy mañoso y defiendo muy bien mis alimentos.

Mayra Santos Febres (foto)

‘Santos del mediodía’ de Beatriz Meyer

beatriz-meyerTrinidad percibió primero su olor. La canícula de la mañana se concentraba en el cuerpo polvoriento del extraño que le preguntó de golpe: -¿Cuánto? Lo miró sin adivinar las facciones ocultas bajo las capas de caliche que denunciaban su oficio. Me manda el Güero, oyó la voz y se acordó del contratista que a veces le enviaba albañiles a horas inmisericordes, cuando el sol calentaba de más y ni unos pesos para una chela, ni un soplo de aire en medio del marasmo de coches, gritos, bultos.

Trinidad repasó con un dedo húmedo la línea en fuga de su media. Cincuenta baros, más el cuarto, dijo, y el hombre rebuscó en la mochila que llevaba al hombro. Mientras lo guiaba por aceras heridas, ella pensó sin querer -quizá por ser aquel su primer cliente del día- en su nuca descubierta, el triste artificio del pelo desmentido en la raíz, la blusa sin mangas brillando a destiempo, abandonada por la noche, la falda adherida con devoción a sus nalgas en marcha. Y quién sabe por qué sintió ganas de reír, y después pensó que de seguro era el calor que ya le bajaba a chorros lentos por las axilas y bordeaba de humedades la tela delgada de su vestimenta.

Tuvieron que abrirse paso entre los ambulantes apostados ante la puerta del hotel que los recibió con un bostezo de humedad pegajosa. En la recepción un señor gordo de grandes bigotes leía una revista de vaqueros. Trinidad recibió la llave en silencio y el empleado volvió a la lectura. Subieron por la escalera pringosa. El sonido de sus pasos resonó por todo lo alto del cubo, como sacudiendo la modorra de los escasos visitantes. Al llegar al pasillo se toparon con una mujer entrada en carnes que trapeaba con movimientos lánguidos el piso de mosaicos. Sin variar el ritmo indicó: el siete está listo. La pareja penetró en la habitación olorosa a creolina y detergente barato. Trinidad se dirigió al tocador y observó su rostro enrojecido, el rímel que ya formaba un medio círculo de oscuridad bajo los ojos. Se quitó la blusa, más por aligerar el calor de su cuerpo que por una concesión al cliente. No era su costumbre, no. Sólo lo indispensable: las medias, de por sí rasgadas. La falda, a veces, para no arrugarla. Pero esta mañana ella sentía el sudor escurrir entre sus muslos y ya procedía a bajar el cierre cuando por el espejo notó que su cliente se había quedado a mitad de la habitación. No lograba verle los ojos, tanta era la tierra que le cubría la cara. Adivinó a un hombre joven, por el cuerpo delgado y la timidez de movimientos, que a esas alturas se habían vuelto un vaivén, una especie de arrullo, como si el muchacho estuviera dándose valor para desquitar sus ganas y sus cincuenta pesos en el cuerpo sudoroso y prieto de Trinidad. Estrechaba la mochila contra el pecho. Como escudo, tal vez. La mujer suspiró al percibir de nuevo el olor reconcentrado del albañil. Al menos este no está borracho, se dijo. Luego le dio la espalda, en un acto innecesario de timidez. Con cierta dificultad deslizó la falda por sus piernas. La prenda cayó, como vencida por la contundencia de los muslos morenos. Al volverse de frente al muchacho, Trinidad percibió por primera vez la posibilidad de unos ojos amarillos que la recorrían minuciosamente. Pero tanta cal en el rostro del cliente dificultaba la confirmación. El polvo grisáceo cubría las mejillas, la nariz y los ojos como si alguien se hubiera esmerado en camuflar las facciones del joven para dotarlo del tosco efecto de un recién exhumado. Trinidad giró con gracia sobre sus talones; luego descendió en busca de la falda, sumida en precaria posición de derrota. Sintió el temblor de sus carnes, emocionadas por el repentino movimiento. El muchacho abrió más los ojos. Entonces sí los vio. Ojos de gato, escudriñadores. Tenían un color extraño, tan diferente de los ojos oscuros de sus clientes de siempre. Percibió la mirada como un rayo de luz sobre sus piernas, su cadera, su pubis aun cubierto por el calzón rojo que dejaba al descubierto los meridianos de las nalgas. La mujer se dio vuelta y casi escuchó el siseo atormentado del muchacho que de seguro nunca esperó que el precio incluyera el espectáculo de un trasero tan redondo a esas horas de la mañana.

Un golpe de aire proveniente de la ventila abierta acarició el cuello de Trinidad. Se desprendió del sostén, qué caray, si hace tanto calor. Sus pezones se erizaron de gusto al sentir el aire. Ahora sí, por muy tímido, el otro iría a lo suyo. Se acercó un poco para enfrentar -cosa rara, ella siempre al grano, sin demoras ni seducciones extras- desde su horizonte de piel y sudor; los ojos amarillos, la estupefacción. Pasaron varios minutos y el muchacho no se movía. No tengo tu tiempo, ¿lo hacemos o no?, preguntó un tanto irritada por la actitud del extraño. De repente pensó que si lo desanimaba el chamaco le pediría de vuelta sus cincuenta pesos y adiós almuerzo y quién sabe hasta qué horas, con ese calor los hombres preferían la cantina hasta bien entrada la tarde. Todavía sin respuesta se encaminó hacia él. ¿Qué pasa, papito, no te gusto?, inquirió con la ternura rancia de tantas mañanas vacías. Al intentar una caricia sobre el hombro del joven este reculó, dos pasos, la mochila como escudo. Trinidad no pudo evitar llevarse al pecho la mano rechazada. Una súbita vergüenza o desconcierto la sembró en su lugar sobre la alfombra. Pensó en Imelda y en el fulano aquel de la otra noche, el que le había dado la golpiza con el tubo de fierro, y tantas veces como le había advertido Trinidad sobre lo peligroso de mezclar las borracheras con el negocio. Pero eran pasadas las once, pronto sería mediodía, no había bebido ni una maldita cerveza y el fulano este, aparte de mugroso y maloliente, no se veía que se le antojara ni un buche de pulque.

-Si quieres me visto y ya, ahí muere -refunfuñó, ahora sí molesta. El cliente movió la cabeza. La luz amarilla de los ojos, desasosegada por un instante, recobró su cualidad ambarina. Tan clara que la mujer dejó de pensar en golpes. También dejó de pensar en la hora, en el calor. Dejó de pensar. Hasta que la luz se extinguió. El hombre ya no la miraba. Había vuelto a colocarse la mochila al hombro y ahora sus ojos se posaban sobre las manos blancuzcas por el yeso y la grava. Para sorpresa de Trinidad, acostumbrada ya a la atmósfera caliente del cuarto, a la inmovilidad de los cuerpos y del aire, el hombre enfiló hacia el baño. La mujer escuchó correr el agua de la regadera y se resignó. El primer cliente del día era importante. Si tenía buena mano le atraería por lo menos otros 4, con suerte 5 o 6. Era viernes, día de raya, así que tal vez podría trabajar hasta tarde en la noche. Aprovechó para recostarse un rato. Durante la jornada tenía pocas oportunidades de descanso. Sobre todo en los días malos, cuando la lluvia o la lejanía del pago semanal ahuyentaban a la clientela. Entonces se pasaba las horas de pie, desplazándose de un lugar a otro, desentumeciendo las piernas por aquello de las várices que todavía no, pero quién sabe y los bonos bajan. Eso y la piel requemada, las arrugas en torno a ojos y boca, que con un poco de maquillaje se disfrazan pero no se puede competir con tanta muchachita recién desembarcada de provincia, trenzas y mirada de susto, quince, dieciséis años y la vieja historia del novio que las trajo a la gran ciudad con promesas de matrimonio para acabar caminando las calles en busca del mejor postor.

Trinidad suspiró, olvidando un momento las caritas morenas, las trenzas reemplazadas por guedejas de colores súbitamente claros, los clientes que preferían la carne fresca, todavía olorosa a retama, a humo de leña, a lodo del camino. De cara al techo repasó las grietas de la pintura. Tantas veces había estado en ese mismo cuarto y ni siquiera recordaba el color de la colcha, la ubicación de la ventana ni la del armario desvencijado donde a veces guardaba el bolso o el abrigo con la ilusión de haber llegado a casa. Qué tonta, se dijo y aguzó el oído. La regadera no corría más. Pero el fulano seguía dentro. ¿Qué se creerá éste? Una ligera somnolencia la invadió. No oyó la puerta del baño al abrirse, ni vio la estela de vapor que siguió al joven en su camino a la cómoda donde colocó la mochila.

Trinidad soñaba. El aire de la ventila abierta le acarició las mejillas y en el sueño tenía los pies desnudos, salpicados de lodo. Miró el cielo, ese que nadie nunca le señaló ni para bien ni para mal porque sólo estaba ahí, como estaban las acamayas en el recodo del río, entre las piedras redondas, como estaban la hierba y las casas de palma, las vacas y los gritos de otros niños.

El ruido lejano de los autos se coló de repente y ella ya estaba en el autobús con rumbo a la ciudad, toda ilusiones, vestido nuevo y caja de cartón por maleta. De ahí en adelante prefirió no mirar los ojos del primer hombre, el primer billete en la mano de alguien que tampoco señaló el cielo grisáceo, el paisaje de cables y árboles resecos, la sombra que se tendió sobre las cosas como ella tendía su cuerpo en las camas de ese hotel de techos cuarteados, como también se tendía Imelda, la pobre, siempre borracha, siempre triste, si hasta le pegaban por eso, por borracha y por triste. Una vez le dieron con un tubo de fierro. Porque se había reído, ella que nunca se reía, sólo cuando se acordaba de su pueblo y de Juan, el hombre que la perdió, decía. Por eso Trinidad volvió a sus pies enfangados, al río y las acamayas entre las piedras. No quería recordar la sonrisa de Imelda con la cabeza rota por un tubo de fierro.

Corría sin rumbo por el campo cuando un toque suave en sus rodillas la volvió a la realidad de cincuenta pesos más el cuarto. La luz del mediodía se había instalado en el centro de la habitación, decidida, como prolongación del río de sus sueños. El vapor de la regadera revoloteaba todavía en la gravedad del aire. Algo, tal vez un dedo invisible, volvió a rozar su rodilla. Abrió los ojos, desconcertada. Se incorporó, las manos sobre el pecho, escudo contra lo inesperado, contra la caricia que ascendía, tímida, por entre sus muslos. Ahí estaba ya su cliente. Nadie le señaló nunca el cielo, pensó Trinidad, pero ahora ella podía alzar un poco la cabeza y mirarlo de cerca. La visión de un rostro imberbe y mudo la hizo estremecer. De repente la calle, el cuarto, el mundo se volvían un gran silencio, como si el viento se descalzara para caminar sobre su piel y el único punto real fueran las gotitas de agua vibrando en las pestañas de aquel muchacho, casi un niño, ojos color membrillo que la miraban como pidiéndole quién sabía qué camino o fuente, si una mano o un rincón donde la suerte adquiriera las dimensiones de una ciudad naranja y apacible. La mujer escudriñaba las mejillas doradas, redondas, y era como si desplegara por primera vez unas alas ocultas, como si un cántaro se reventara en sus entrañas y esparciera sus aguas al influjo de esa mirada inmensa, amarilla. Abrió los brazos, flores recién cortadas, y su piel tuvo otra vez olor a humo para el forastero pronto a entrar en la virgen geografía del hechizo. Con el instinto de los años guió al joven en su primera muerte, su primer viaje, su primer regreso. Y lo estrechó gozosa, paciente, sabia. Todavía al final, mientras recuperaban el aliento, se preguntaba cómo un hombre tan hermoso podía haber tardado tanto en probarse con una mujer. Nunca había conocido nada como las líneas de ese cuerpo delgado, la boca de labios carnosos y la nariz de niño bien de aquel muchacho que respiraba tranquilo hundido en el hueco de su cuello.

-¿Cómo te llamas? -preguntó la mujer, enternecida al verlo batallar con la hebilla del cinturón.

-Santos -fue la parca respuesta.

Ya para salir, Trinidad recibió una última mirada de los ojos ambarinos. En la luz de la media tarde reconoció de nueva cuenta su belleza. Tuvo ganas de reír -de gusto, de tristeza-, pero se contuvo. Supo, sin lugar a dudas, que de ahí en adelante ella misma podría señalar las cosas del cielo. La sonrisa de agradecimiento de Santos se hizo amplia antes de pasar a ser otra forma de la luz. Luego desapareció tragado por la oscuridad de la escalera. Silbaba una canción alegre. Trinidad bajó los escalones, el alma y los ánimos apaciguados. A lo lejos escuchó la carrera jovial, la tonada que insistía en mezclarse con un ruido metálico, el tipo de sonido que haría un tubo de fierro dentro de una mochila al pegar de cuando en cuando, de manera inadvertida, contra las paredes anónimas de un hotel de paso.

Beatriz Meyer (foto)

‘Las ballenas grises’ de Yolanda Arroyo Pizarro

Yolanda Arroyo Pizarro(Con este cuento ganó el Premio PFDB Argentina 2006)

(“Dedicado a mis dos matrimonios literarios: A Alma Rivera, por prestarme sus hombros para secar lágrimas. A Emilio del Carril, por sus besos en la nuca. Finalmente, a la musa que siempre ha de ser musa, Mamota, idolatrada a perpetuidad por esta cielonga de amor”. YAP)

¿Cómo se vive después de algo así? ¿Después de la opresión atravesándote el pecho? ¿Vuelve a latir el corazón igual? ¿Se puede respirar con semejante perturbación sobre las sienes?

Camino sobre cubierta con los ojos mojados. Alzo la mirada hacia las velas izadas. Regreso al timón y le doy una vuelta leve. Vamos decididos, mi barco y yo, hacia el nuevo destino. No puedo quedarme impávido, de brazos cruzados. No soy culpable. Voy a protestar. Voy a renegar y a negarlo. Ante aquella acusación, el silencio me tragó antes de yo engullirlo. Aun así, no pude abrir la boca en ese momento, pero hoy, ahora, voy a confrontarlo.

El agua parece una plataforma de destellos grises que quiere tragarse el horizonte. Los bultos, como los de un terciopelo mustio, desabrido, se abren y cierran, se agrandan y se achican, saltan y se sumergen. No tienen dientes, pero me muestran las barbas que les guindan de la boca, las barbas cremas que les cuelgan de cada labio. Devoran las profundidades. ¿Devoran mis recuerdos? ¿Se han tragado mis memorias como lo hacen con el fondo marino, absorbiendo sedimentos y crustáceos, separando los pedazos del resto con sus filamentos?

La impresión que recibo al acercarme a una ballena dormida es, sobre todo, de inmensidad. Es como si cada ojo de ballena arrinconara un universo. Miras el ojo, la esfera, y uno se pregunta si dentro de cada córnea puede hallar una dimensión distinta. Enormidad, soledad de espacios, de carnes, de piel dura grisácea. Su presencia es abrumadora, apabullante. Te inspira una tristeza irremediable que no se extingue, como la propia especie. Hoy las ballenas lloran conmigo.

***

-Mi hija viene a visitarme -voy recogiendo el ancla y me volteo para esperar la reacción de Ambrosio ante la noticia. Él se pone feliz. No la conoce, pero está loco por conocerla, o al menos así me ha dicho siempre. Quiero a Ambrosio como a un hijo y cada vez que puedo le hablo de mi Viveca. A veces le muestro algunas fotos de ella, de cuando estaba en la escuela o de cuando era chiquita y me ayudaba en el pequeño negocio de pesca que teníamos. Era linda la niña. Parecía un palillo de dientes, flaquísima, pero siempre linda. También le muestro la única foto que me envió de cuando se fue a estudiar biología marina a la universidad. En ella se veía más ancha, más grandota, todavía hermosa. Hizo su internado por varias islas del Caribe. Llegó a viajar a España también y después regresó a México a hacer un trabajo con la UNAM. Todo eso me lo contó en la única carta que alguna vez me escribiera. Desde hace mucho no nos vemos. En estos días me acaba de enviar un telegrama. “Iré a visitarte. Viveca”, decía. Pienso en volver a verla y un mariposeo se me atraganta en el estómago. Quisiera recordar más cosas de cuando era pequeña. El salitre me lo hace imposible.

***

“En momentos como este, el ser humano percibe que se aproxima a una criatura que sobrepasa su comprensión, a una presencia misteriosa encarnada en un increíble cilindro negro”. Terminé de leer la cita. Viveca miró hacia arriba, recostada de la baranda de la lancha, los ojos saltones, dos colas de cabello rubicundo a cada lado de su cabeza, la falda de querubines cuadriculados. Menudita era mi Viveca.

-Jacques Yves Cousteau, el oceanógrafo -dijo. Sonreí orgulloso y cerré el libro asintiendo. Mi hija cada vez memorizaba mejor. Incluso mejor que yo. Esa mañana, luego de creerme listo para la travesía, había dejado olvidado el atuendo de buceo en alguna parte de la cabaña. No recuerdo exactamente en dónde. Ella, sin embargo, a sus siete años de edad, puede grabar en su memoria citas como aquella y hasta más extensas. Ha traído sobre los hombros, sin que yo se lo recordara, su mochila con la toalla, el bañador, la boquilla de buceo y los anteojos para sumergirse. Esa tarde, por primera vez, hemos divisado al cetáceo.
Después de ello, muy periódicamente, continuamos viéndolos en nuestras travesías. Las relucientes aguas de la bahía Magdalena nos regalaron muchos y hermosos vistazos del impresionante animal. Me volví guía. Comencé a traer grupos de personas, cada vez mayores, para que vieran a aquel fenómeno marino que era del mismo grande de un autobús. Aquellas masas colosales no se asustaban, todo lo contrario. Parecían disfrutar de la compañía. Nos observaban curiosas a medida que salían a la superficie para respirar, cada tres o cinco minutos. En principio cabíamos todos a bordo de una pequeña lancha que fui reparando de a poco con mis propias manos. Luego, con el cobro del espectáculo natural que nos obsequiaban las ballenas y que yo colectaba gustoso, pude hacerme de una embarcación un poco más grande.

Me convertí en guía porque mucha gente anhelaba observar a esas maravillosas criaturas. Todos los años emigraban a las lagunas de Baja California para aparearse y parir. Pocos marinos y pescadores se atrevieron a hacerles frente. Las razones eran diversas. Muchos dependían de la pesca para subsistir y no deseaban invertir en un proyecto nuevo que quizás no diera resultado. ¿Qué saben los pescadores de ser guías turísticos? ¿Qué saben los marineros de dirigirse a las gentes, de hablarles, de explicarles sobre la vida marina de ciertas especies? Dedicarse a lanzar sus redes y llevar comida a la boca de sus familias, los alejaba de algunos retos como aquel. Yo mismo pensaba igual a ellos por un tiempo. Trabajar duro para mantener a los de uno, era el lema. Pero las bocas que alimentar fueron disminuyendo en mi círculo consanguíneo. Una fiebre extraña cobró las vidas de mi mujer y mis dos hijos varones. Quedamos solos la chiquita y yo. En un rapto de intensa tristeza quise cambiar mi rutina, para no acordarme de mis fallecidos. Las pérdidas son demasiado grises, mucho más grises que las ballenas dormidas. Creo, y ahora que lo pienso lo creo con más vehemencia, que fue ahí cuando mi mente empezó a borrar memorias.

***

Viveca llegó y trajo consigo un aire de corales y algas saladas. Creo estar casi seguro que Ambrosio ha quedado impactado con su belleza. Está alta y redondeada. Posee unas libritas de más que no le vienen mal y que para nada han logrado que Ambrosio deje de mirarla a todas horas. Va a quedarse con nosotros diez días, que es el tiempo que le toma al transportista de la ciudad regresar con su camioncito lleno de turistas. Se ha registrado en una cabaña de los alrededores y promete visitarme a la casa todas las veces que pueda. Entre vacacionar y visitar a su vejete padre, desea tomar fotos de las ballenas y redactar o escribir algo así como un ensayo de biología marina, de la materia esa que estudió en la universidad.

Apago el motor, y nos acercamos remando sigilosamente. Estamos hoy en la lancha pequeña. Las ballenas parecen ajenas por completo a nuestros movimientos. Ya están acostumbradas. Podemos observar la ceremonia de cortejo. Chapaletean, giran sobre sí mismas, arrojan sus chorros, se zambullen. Hacen ostentación de la aleta caudal. Viveca nos cuenta que esas sumergidas tan sincronizadas se llaman “salidas de reconocimiento”. Asoman la cabeza fuera del agua y avistan los alrededores.
-Debe conocerte, Francisco -me dice, y aún me pregunto por qué Viveca ha decidido no llamarme “papá”-. Las ballenas dormidas tienen buena memoria.

Las envidio. Quisiera poder recordar más cosas sobre la madre de Viveca y sobre mis dos niños que ya no están. Ambrosio asiente, pensativo. Me sonríe y luego mira a Viveca. Me da pena aceptarlo, pero ella lo ha ignorado por completo desde que llegó.
-En el siglo diecinueve se sometió a estos animales a una caza tan encarnizada que casi quedaron exterminados en el Pacífico oriental.

-¿Cómo han llegado hasta acá de tan lejos? -pregunta Ambrosio, más para dejar de sentirse invisible ante Viveca que por cualquier otra cosa. Ella se levanta de hombros, me mira y me pide que, por favor, le preste un abrigo porque tiene frío. Bajo a la cabina y se lo traigo.

-Gracias, Francisco -me dice, y vuelvo a sentirme igual de raro, de incómodo, hasta de receloso. Pero no se lo digo. No se lo digo.

-Por el calorcito. Y por comida. Llegan hasta acá de tan lejos por comida. Se dan un banquete de pequeños crustáceos en el Pacífico, y luego siguen buscando alimento hasta llegar a estas lagunas. Les toma de dos a tres meses llegar. En el trayecto pierden buena parte de su peso. En ese período dependen casi exclusivamente de su reserva de grasa. En el cuarenta y siete se le otorgó protección total por la Comisión Ballenera Internacional, y en años recientes, el gobierno mexicano ha establecido para ellas santuarios y reservas. En la actualidad la ballena gris ya no se considera especie amenazada.

-Sabemos que las hembras preñadas son las primeras en arribar a las lagunas, y aquí paren a los ballenatos -Ambrosio aprovecha el repentino ataque de atención-. Nacen de cola, los hemos visto. Asisten en cada parto otras dos hembras; les decimos las tías.

-Sí, actúan de comadronas, Viveca. Es de lo más simpático todo el asunto -le digo yo.
-Francisco, ¿cómo se llama aquel ballenato que nació el día de tu cumpleaños? ¿Te acuerdas? Le pusimos nombre… -Ambrosio me lo pregunta luego de dar una risotada.
Trato de recordarlo, pero no lo logro. Se me hace imposible.

***

Les cuento a mi grupo de turistas que, aunque está prohibido situarse a menos de treinta metros de estos cetáceos, a veces las madres ballenas, dominadas por la curiosidad, se dirigen con sus crías hasta las lanchas e incluso se dejan tocar. Ellos gritan emocionados cuando se dan cuenta que mi comentario es más una advertencia que otra cosa, porque ya se ha acercado una de las ballenas y saca su ojo por encima del agua y nos rocía con su pequeña ducha salada. Exhibe unas manchas blancas en la piel, ocasionadas por las bellotas de mar y otros parásitos. La escuchamos respirar y gustosamente volvemos a dejarnos mojar por su chorro. Ambrosio se coloca un letrero muy atractivo, en colores brillantes, que anuncia un precio bastante módico para aquellos valientes que deseen palpar la piel de la ballena.
-Los cetáceos permanecen en las lagunas dos o tres meses, de enero a mediados de marzo. Aprovechen ahora para tocarlos -intenta convencer Ambrosio-. Ya casi se nos acaba la temporada.

Los turistas corren y hacen una fila larguísima en cubierta. Todos van a pagar por aquel recuerdo tan único. Como Viveca hoy viaja con nosotros, la miro. Está del otro lado, parada cerca del timón. Estudio su perfil. Una de las velas posee el mismo color que sus ojos. Está triste. Me le acerco un tanto dubitativo.

-Mañana es el décimo día, hija. ¿Te vas con el transportista? ¿Te regresas?

-No. Voy a quedarme otros diez días más.

Me pongo feliz.

-¡Que bueno! Así podemos pasar más tiempo juntos.

Ella me mira de frente. Sin rodeos, desafiante. Su mirada es gélida. La comisura de sus labios se aprieta de un modo extraño.

-Tenemos que hablar, Francisco. Por eso voy a quedarme.

***

Puede ser posible. ¿Puede ser? No reacciono. Mi intención es tratar de entenderla, pero no lo consigo. Ella me cuenta, me habla, me confiesa un mar de palabras sin fondo. Me exige.

-¿Cómo no puedes acordarte? He pasado el resto de mi vida odiándote, olvidándote, brincando de crisis nerviosa en crisis nerviosa. Mira mis uñas, comidas, masticadas hasta la mitad del dedo. Casi no poseo uñas, casi no duermo. Nunca he soñado después de lo que me hiciste. Siempre he tenido pesadillas. Sueño que regresas y vuelves a hacerme lo mismo. ¿Cómo puedes decirme ahora que no lo recuerdas? ¿He estado internada en hospitales mentales, posponiendo mis estudios, afectándome en las notas, para que tú me digas hoy que no te acuerdas de lo que me hiciste? He venido hasta acá intentando superar mis fantasmas. He venido a verte a petición de mi siquiatra. ¿Y eso es todo lo que puedes decirme? ¿Qué no lo recuerdas?

¿Cómo explicarle? ¿Cómo se vive después de esta opresión atravesándote el pecho? ¿Vuelve a latir el corazón igual, luego de lo que te han dicho, luego de lo que te has enterado? ¿Me estoy enterando? ¿Se puede volver a respirar con semejante perturbación sobre las sienes?

Camino sobre cubierta con los ojos llenos de lágrimas. Alzo la mirada hacia las velas izadas. Regreso al timón y le doy una vuelta leve. Vamos decididos, mi barco y yo. Voy a apuntar con el dedo a Viveca. Voy a gritarle. No puedo quedarme impávido. No soy culpable de lo que se me acusa. Voy a protestar. Voy a renegar y a negarlo.

Olvido que la acusación no ha sido hecha hoy. Fue hace años. Olvido que Viveca ya no está para confrontarla, que de Ambrosio ya no sé hace siglos, que ya no soy guía de nadie. Olvido que mi hija no pudo aguantar el dolor de vivir con algo tan fuerte. Olvido su rostro sin vida, sus venas rotas, el charco escarlata sobre cubierta, las velas manchadas y las ballenas olisqueando fluidos raros. Olvido sus gritos nocturnos, sus piernas de batalladora, sus bofetadas mientras empuja. Las pérdidas son demasiado grises, mucho más grises que las ballenas dormidas. Lo olvido todo porque en el fondo, duele y recuerdo demasiado.

Yolanda Arroyo Pizarro (foto)

‘Una artista’ de Ema Wolf

Ema wolfTengo que contar lo que pasa con mi abuela Eugenia.

Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.

El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.

Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.

Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.

Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.

El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.

A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.

Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.

Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.

En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.

No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.

Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.

Lo vi todo. Espantoso.

El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.

Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.

Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.

Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó la frutera con unos cuantos carozos brillantes.

Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.

Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.

Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.

Mi papá volvió furioso. La retó.

A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.

Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro de sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.

Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.

En eso está ahora mi abuela.

Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.

Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.

Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.

La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.

Estamos a mediados de enero.

Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.

Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo no es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.

Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.

Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.

Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.

Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.

Ema Wolf (foto)