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‘Una artista’ de Ema Wolf

Ema wolfTengo que contar lo que pasa con mi abuela Eugenia.

Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.

El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.

Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.

Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.

Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.

El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.

A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.

Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.

Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.

En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.

No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.

Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.

Lo vi todo. Espantoso.

El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.

Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.

Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.

Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó la frutera con unos cuantos carozos brillantes.

Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.

Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.

Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.

Mi papá volvió furioso. La retó.

A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.

Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro de sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.

Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.

En eso está ahora mi abuela.

Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.

Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.

Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.

La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.

Estamos a mediados de enero.

Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.

Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo no es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.

Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.

Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.

Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.

Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.

Ema Wolf (foto)

‘Molly Bloom de carne y hueso’ de Lina María Pérez

lina maría pérez(Más que un cuento, el siguiente es un texto sobre ‘Ulises’ y James Joyce. Un texto delicioso. JSA)

Para Nora Barnacle, la mujer de Joyce, Ulises era una obra alrevesada. “¿Por qué no escribes libros normales para que la gente corriente pueda entenderlos?”, le dijo malhumorada sin llegar a comprender del todo que ella era la tal Molly Bloom, uno de los personajes principales que deshilacha el tiempo narrativo del día 16 de junio de 1904 y las primeras horas del 17. Desde la primera escena hasta la última página transcurren 18 horas y 45 minutos. Esa fecha se refiere exactamente al día en que ellos se encontraron por primera vez.

No fue fácil la vida de Nora al lado de Joyce. Sin embargo, ambos crearon un fuerte lazo de dependencia, de erotismo y complicidad hasta que el escritor murió. La voz de Molly Bloom lo expresa así: “… me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude…”

Nora, por lo general, fue un apoyo para su marido en sus empresas literarias pero lamentaba que sus escritos fueran oscuros y sin sentido. No se sentía cómoda en las reuniones de su esposo con otros artistas. Admitió que lo hubiera preferido músico en vez de escritor. En su casa recibió a William Butler Yeats, Ítalo Svevo, Ezra Pound, H.G. Wells, Ernest Hemingway, Henry Michaux, el arquitecto Le Corbusier, y a Samuel Becket, que en los últimos años sería el asistente de su esposo. Nora no imaginó que la admiración de Francis Scott Fitzgerald por el escritor llegara hasta el extremo de ofrecerle saltar por una ventana para probarle cuanto lo veneraba; Joyce le rogó que no lo hiciera.

Para él, su mujer era “el alma más hermosa y sencilla del mundo”, y además de su literatura, Nora era su eje vital. Sufría con sus descontentos y le rogaba que no fuera infeliz. En sus cartas a su hermana, Nora se queja de su marido, un hombre débil y un artista neurótico, acusándolo de haber arruinado su vida y la de sus hijos. Ella pensaba que la demencia de su hija Lucía, como aseguraba Carl Jung, se debía a los desajustes mentales de su marido. Para él, las incoherencias y distorsiones de su hija no eran más que reflejo del método que él mismo estaba empleando en su literatura y que ella había heredado de él su genialidad: sus males eran debidos a su especial clarividencia.

Descrita por una amiga como “una de esas mujeres que un hombre ama para siempre y espera poder, un día, estrangular”, tuvo que lidiar a un hombre alcoholizado, enamoradizo y casi ciego que no lograba el sustento de la familia. Además, madre de dos hijos en condiciones de pobreza. Sufría con la enfermedad mental de su hija que Nora toleraba con esfuerzo y sin el apoyo de su esposo, entregado a concluir su novela. En el monólogo de Molly Bloom está la protesta: “…cualquier cosa que haga una mujer sabe detenerse a tiempo es natural no estarían en el mundo si no fuera por nosotras ellos no saben lo que es ser mujer y ser madre cómo podrían saberlo dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara es por eso que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y de sus estudios…” Durante esos meses, Joyce se volvió indiferente a la familia. Nora le mintió para llamar su atención, le dijo que había quemado el manuscrito, y así logró de nuevo la atención de su marido. A partir del 2 de febrero de 1922, cuando el escritor cumplía cuarenta años, entregó a su editora sus manuscritos venerados de Ulises. Él estaba eclipsado por su novela que le tomó 8 años de escritura en Trieste, Zurich y París. Nora aguantó el escándalo que se generó después de su publicación: que era una obra indecente, inmoral, impúdica, obscena. Hubo rechazo entre algunos grupos puritanos de Inglaterra y Estados Unidos, y el libro, editado en París, solo circuló clandestinamente. Pero la pareja recibió comentarios de lectores ingeniosos y abiertos a las novedades, para quienes Ulises era la mejor obra narrativa del siglo, argumento que a Nora le costaba creer. La fama llegó despacio, y más tarde, el dinero.

La vida mundana de París le interesaba a Joyce, siempre pendiente de la recepción de Ulises, pero Nora no tenía la disposición ni ropa adecuada para asistir a los salones donde se codeaba aquella burguesía con ínfulas de aristocracia. Precisamente Sydney Schiff un novelista olvidado, y su esposa, Violet organizaron la noche del 18 de mayo de 1922 una cena para propiciar el encuentro entre Joyce y Marcel Proust, y luego contarlo como un chisme social. Joyce era apenas conocido; Proust, tenía amplio reconocimiento, había recibido dos años antes el Premio Goncourt y el año anterior, la Legión de Honor.
El encuentro no fue en el Ritz, como aseguran algunos, sino en el Hotel Majestic, con la disculpa de celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París. Asistieron, además del compositor, el director del ballet ruso Serge Diaghilev y Pablo Picasso. Joyce llegó temprano y se disculpó por no estar vestido de etiqueta. Según Schift, dijo: “No tengo dinero para esas inutilidades”. El único tema de conversación que le interesaba era las reacciones frente a Ulisses, publicada tres meses antes y que estaba leyéndose sin ser comprendida. Tenía la expectativa de saber qué pensaba Proust de su novela, pero la velada parecía destinada al fracaso. El escritor francés no aparecía, y Picasso bebía sin parar hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa.

Pasada la media noche, Joyce, de acuerdo con la crónica de Schiff, siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho. Más tarde entró un hombre pálido, escondido en un abrigo de piel: era el autor de En busca del tiempo perdido, su extensa novela ya terminada, que todavía corregía. Seis meses exactos después de la reunión en el Majestic, moriría.

Joyce contó a Nora que ambos se ubicaron en sillas contiguas y que la conversación fue tan idiota, que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: “No”. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulises. Respondió: “No”. La situación era insoportable”. Por invitación de Proust, se devolvieron en el mismo taxi. Joyce quiso fumar y abrió una ventanilla que fue cerrada de inmediato en atención a la mala salud de Proust. El vehículo dejó a cada cual en su casa. Proust comentó a Celeste Albaret, su fiel ama de llaves: “Perdí el tiempo con un borracho”.

En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con el veneno de sus sarcasmos. En su diario de apuntes escribió: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y en una carta a su editora: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos no volvieron a verse, pero Joyce asistió conmovido, el 22 de noviembre de aquel 1922, al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot. Proust nunca tuvo tiempo de leer Ulises. Las obsesivas correcciones a su novela lo absorbían por completo mientras la muerte lo acechaba. Joyce sí conoció y admiró los primeros volúmenes de En busca del Tiempo perdido. No se entiende de otra manera el homenaje que Joyce le hace en Ulises a la petit bande de Albertine en Balbec:

“Chicas bañistas. Sobre roto. Las manos metidas en los bolsillos del pantalón, cochero de paseo por el día, cantando. Amigo de la familia. Gira, dice él. Muelle con lámparas, tarde de verano, banda.

Esas chicas, esas chicas

Esas hermosas chicas bañistas”.

A pesar de que para Nora Ulises era un libro sin pies ni cabeza, alcanzaría a comprender en los diez años siguientes a su publicación, que a pesar de ser un libro alrevesado y lejano al lector común, su marido había realizado en él un monumento a la inteligencia humana. Las angustias y zozobras de Nora Barnacle al lado de Joyce nunca menguaron su incondicional fidelidad. No permitió que su entierro el 13 de enero de 1941 fuera celebrado por el rito católico: “No podría hacerle a él semejante cosa”.

Lina María Pérez (foto) (Con el cuento ‘Silencio de neón’, la autora ganó el Premio Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ en 1999)

‘Jam session’ de Gabriela Alemán

gabriela alemánTal vez no fue la mejor decisión que pudo tomar, pero fue la que tomó. Se quedó en la ciudad a pesar de la orden de evacuación obligatoria. Fue ver al alcalde balbucear cuatro incongruencias cuando a Katrina le faltaban menos de veinte horas para tocar tierra y desenchufar la televisión. ¿No había vivido sesenta años en la ciudad? Sabía que para sobrevivir había que desentenderse de las autoridades y cuidar de uno mismo.

-Todos los políticos son unos animales… -masculló mientras jalaba el cordón del enchufe- le hacen a uno dudar de los méritos de que no se hundiera el arca de Noé.

Llenó la bañera y con eso dio por terminados los preparativos para la llegada del huracán. Se sentó frente a la ventana de la habitación, en el segundo piso de su casa de madera, y miró hacia afuera. Arriba, la calle Clairborne, que no había cruzado en quince años ni una sola vez, y que consideraba el límite entre él y el tercer mundo; al oeste Carrolton, por donde cruzaban los rieles del tranvía y las ramas de los robles caían sobre la calle formando un gran arco de sombra sobre el camino ahora vacío, y, frente a él, las aceras de Sycamore. Se quedó dormido. Cuando despertó, el sol era una gran bola incandescente y fucsia que encendía el cielo de finales de agosto. Pasó una mano por su rostro y, al hacerlo, logró distribuir las lagañas que cruzaban el interior de sus ojos por toda su cara; en ese lapso cayó la noche. Ocurrió sin prisa, como si un pañuelo descendiera, atrapado entre corrientes de aire, precipitando la desaparición de todo lo que encontraba a su paso. Se paró y sus macilentas piernas temblaron cuando caminó hacia el interruptor. Por la gran puta, rezongó. Siguió camino al sótano, donde guardaba sus rifles; tomó dos que colgaban de la pared y tres cajas de balas. Volvió a subir. No apagó la luz, nadie sería tan idiota como para meterse a una casa habitada. Pero, cuando fallaran las centrales (¿no habían ordenado la evacuación de los técnicos también?), él estaría preparado. Tenía agua y armas. Decidió tomar una pastilla para dormir, esa noche recuperaría fuerzas; las necesitaría para los días siguientes. Una enfermera amiga suya le había dado una caja de Versed -el sedante más fuerte que tenía en existencias el Memorial Medical Center de Napoleon, en el distrito de Broadmoor-, la semana anterior, cuando fue a retirar su insulina en el centro médico y le contó que no iba a irse de la ciudad.

Al día siguiente se levantó con sed y ganas de orinar pero apenas pudo incorporarse. Desde la cama vio ramas de árboles estrellándose como látigos encontrados y escuchó el rugido del viento atravesando las calles desiertas. Se sentó un momento en el filo de la cama y agarró su cabeza. Le tomó algo de tiempo darse cuenta de lo que pasaba. Mientras se orientaba recordó lo que solía decir su tía Augusta: “A veces una gallina hace más ruido poniendo un huevo que el que haría un asteroide si se estrellara contra la Tierra”.

Llegó hasta al baño y dio vuelta al caño del agua y metió la cabeza bajo el chorro fresco, luego tomó su dentadura y sólo entonces -con su cara aún mojada- intentó orinar. Estuvo parado frente a la taza, sabiendo lo que quería hacer pero sin que nada ocurriera, hasta que desistió, más por aburrimiento que por otra cosa, y luego fue hacia la ventana. Había visto peores tormentas. Caminó hasta su cama pero no se recostó, siguió en dirección de las gradas y una vez abajo entró a la cocina donde abrió la puerta del refrigerador. Tomó la jeringuilla que guardaba en el compartimiento de la mantequilla y llenó treinta unidades de Lantus; se levantó el bividí e inyectó el contenido en su amoratado estómago. Luego tomó un trozo de queso y un yogur; los comió sentado en la mesa del comedor. Volvió a subir y se recostó a aguardar algo, no sabía bien qué. Cuando abrió los ojos, ya había desaparecido el amortiguamiento con el que había despertado pero sintió al aire pegajoso y caliente, el aire acondicionado había dejado de funcionar. Todavía había luz natural en la habitación y fue a la ventana, la abrió y sacó fuera la mitad del cuerpo. Pudo ver árboles caídos y algunos basureros y cajas de reciclaje en la mitad de la calle. El viento había desaparecido. Pensó que para tanta alharaca había pocas nueces y volvió a meter la cabeza. La sensación de espera ya había cedido y caminó hacia la televisión; desistió a medio camino: si no había luz no habría noticias. Se le ocurrió que tenía un radio a pilas y luego recordó que no las había comprado, al igual que no había comprado velas. Le dio hambre y bajó a la cocina, en la alacena encontró una lata de ravioles en salsa de tomate. La abrió al tanteo en la habitación oscura con un abrelatas herrumbrado. Cuando vació el contenido en un plato notó que se había cortado el dedo y que su sangre condimentaba parte de la pasta. Fue hacia el lavabo y abrió la llave, no salió nada.

-Mierda -dijo.

Se limpió con un trapo y con el mismo paño se envolvió el dedo; maldijo nunca haber roto la pared para hacer una ventana en la cocina. Fue al comedor donde comió la mitad del plato mientras pensaba cuál sería la mejor manera de proteger la casa. Podría esperar frente a la puerta de entrada, desde allí tendría el mejor ángulo para disparar pero eso sólo sería si entraban por la puerta, porque también podrían hacerlo por las ventanas, pensó. Mientras ponderaba sus opciones, notó que el trapo que había utilizado para envolverse el dedo se había teñido de rojo. Afuera, a un atardecer magnífico lo coronaba un silencio extraño, el cielo parecía una copa de gelatina de sabores color turquesa, naranja y oro. Mientras miraba el cielo y envolvía su dedo con un trapo limpio, escuchó el primer disparo; no se sobresaltó, lo estaba esperando. Subió a su cuarto y arrastró un asiento hacia la ventana, luego apoyó sus rifles contra la pared, dejó las municiones en el suelo. Se sentó y limpió las armas antes de cargarlas. Cuando terminó ya había oscurecido. Dormitó la noche en el asiento, disparando a la oscuridad cada vez que se levantaba de su duermevela. No esperaba hacer eso una noche más, las autoridades ya debían estar coordinando el regreso pues, una vez más, como tantas veces, el huracán se había desviado antes de llegar a la ciudad. Como George, como Mitch, la última vez. Cuando despertó, el sol marcaba su rostro con el diseño de una rejilla. Levantó la malla contra mosquitos que había bajado en algún momento de la madrugada y sintió una repentina fragilidad. Donde antes estaba su barrio ahora había una enorme laguna que se había tragado aceras, automóviles y los pocos desechos de la tormenta. El agua brillaba, con el reflejo del sol de la mañana, como un gran espejo dorado. Salió hacia el corredor y vio que el agua cubría la puerta de entrada. Cuando bajó, el agua le llegó hasta las rodillas. Vadeó por los distintos cuartos, las sobras del día anterior que había dejado sobre la mesa del comedor estaban cubiertas de moscas. Con cierto esfuerzo abrió la puerta del refrigerador, de inmediato le asaltó el olor a cosas descompuestas. Tomó el frasco de la insulina y vio que el líquido, antes transparente, estaba opaco. Quiso estampar el piso con su pie, pero el agua sólo dejó que bajara torpemente en dirección al suelo. Caminó hasta el teléfono, la línea estaba muerta. Mierda, mierda y nuevamente más mierda.

Una vez arriba abrió el cajón de su cómoda y tomó el frasco de Versed; partió cada pastilla en cuatro. En el trayecto de subida había calculado que si su metabolismo funcionaba en el equivalente a neutro, necesitaría menos insulina y tendría más posibilidades de sobrevivir. No estaba loco, no quería morir. Ya que no se había ido y ni siquiera había considerado esa posibilidad, le tocaría esperar a que llegara ayuda. Su carro, un Buick Skylark del 76, estaba parqueado afuera, pero no lo había manejado en veintiséis años. Aunque hubiera intentado hacerlo, con la poca vista que le quedaba, ¿a dónde hubiera ido? No había nadie que conociera que siguiera vivo. Además, con una sola ruta de salida de la ciudad que conducía a Texas, ni siquiera se lo planteó como una opción. Había prometido, hace muchos años, nunca volver a ese estado maldito y nada lo podría disuadir. La última vez que había ido fue para recoger los cuerpos de sus dos únicos hijos y había estado pateándose el trasero durante treinta años por no hacerle caso a su amigo Domingo Mudo, que le había dicho en repetidas ocasiones que la única regla inamovible del Señor era que nada bueno ocurría jamás en Texas. Y eso que Domingo era tejano, de Galveston; como él. Debió oponerse al viaje de Marvelina, Beaux y Patricia a la casa de la hermana de su esposa en Tarpon Rodeo. Pero ¿a quién, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido que sus hijos podrían morir ahogados en la mitad del desierto? Desde que eso ocurrió, Marvelina, la esposa de Chef, había buscado todo tipo de explicaciones místicas a lo sucedido. Chef no se había opuesto a ello, si Marvelina encontraba paz, él la apoyaba. La quería y hubiera hecho cualquier cosa para que volviera a dormir y a sonreír. Pero debía reconocer que la fe no había mejorado las cosas para ninguno de los dos. Chef estaba convencido de que la gente en su conjunto siempre estaba equivocada, por eso no creía en la religión organizada. Creía más en el alivio que procuraba blasfemar que orar. No así Marvelina, que nunca desistió en su intento por convertir a Chef. La única condición no declarada que se auto impuso fue dejar la muerte de sus hijos fuera de la discusión y por eso, cuando su esposa quiso persuadirlo de que ellos fueron escogidos por Jesús para un propósito mayor, comenzó a beber. A media mañana, sus hijos, de quince y dieciséis años, habían salido con su madre a una laguna cercana; y, una vez en Dark Moon Creek, la habían convencido para que los acompañara en el bote de su tío aunque ella no supiera nadar. Hacía calor y Beaux se había lanzado al agua y, como tardaba en salir, Patricia saltó dentro para ver qué ocurría. Ninguno volvió a salir. Marvelina permaneció sola en el bote -quién sabe haciendo qué, nunca lo contó- por más de cinco horas. Cuando su hermana se preocupó porque no regresaban, llamó a su esposo para que fuera a buscarlos. Fue él quien la encontró con insolación y desvariando en la mitad del lago. La policía del condado fue la encargada de la búsqueda y el forense el que habló, al hacer el reporte, de los calambres. Lo siguiente fue puro Marvelina.

-Fue el destino, ¿cómo pudo Patricia tener un calambre en el mismo exacto lugar que Beaux?

En algo también debió influenciar el sermón del reverendo que ofició las exequias y su mención a los tortuosos y misteriosos caminos del Señor. La suya, de persuasión presbiteriana, fue la primera congregación a la que se unió Marvelina: El Sendero de los Verdaderos Creyentes. Luego le seguirían siete más; la última que recordaba Chef, de tendencia anabaptista, era Los Soldados del Ejército del Señor.

Debió quedarse dormido mientras partía las pastillas porque se levantó sobresaltado, sudando y con escalofrío. No recordaba si se la había tragado y tomó uno de los pedazos regados a su alrededor, en caso de que no lo hubiera hecho ya, y se lo metió a la boca. La pastilla se quedó pegada a su garganta y cuando quiso pararse para buscar agua, le faltó energía. “Coño, seguro que ya me había tomado una”, pensó con la pastilla pegada a su paladar. Trató de formar saliva para que pasara, si no se atragantaría y no iba a dejar que eso ocurriera. Otra muerte insólita en la familia sería aceptar el destino del que tanto hablaba Marvelina y no estaba dispuesto a hacer eso. No creía en el destino; sólo en la suerte, en ella sí. Y, aunque había aprendido tarde, sabía cortejarla. Sabía que a la suerte le iba bien un rifle cargado al lado. Luego de toser y que pasara la pastilla, se paró; logró llegar hasta el asiento junto a la ventana. Se desplomó dentro de él, mientras se recuperaba, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir vio, del otro lado de Carrolton, a un grupo de muchachos que intentaban atravesar el agua con varios televisores y equipos eléctricos a cuestas. No supo si era una visión o si realmente alguien sería tan estúpido como para estar haciendo lo que hacían. Cerró los ojos nuevamente y, cuando despertó, la luz había bajado en intensidad, debía ser media tarde, y en vez de un grupo vadeando dentro de la recién formada laguna vio un cuerpo, inflado como un globo descolorido, descendiendo boca abajo hacia el Mississippi.

-Sólo falta un caimán para completar la escena -pensó, sin un mínimo de ironía.

Tal vez las dementes historias de Marvelina y las de sus distintas congregaciones no estuvieran tan erradas. Armagedón estaba cercano. Tal vez ya estaba allí.

Cuando se volvió a parar, ya oscurecía; no había comido nada en todo el día y comenzaba a nublarse su vista. Pensó que debía, por lo menos, beber algo. Caminó al baño y logró tomar un vaso de agua, a su regreso a la habitación se derrumbó sobre la cama. Sentía como si llevara un animal muerto encima, se quitó su percudida ropa y se cubrió con una sábana traspasada de transpiración. Maldijo no haberla cambiado la semana anterior. Olvidó los rifles junto a la ventana, se olvidó de todo y durmió tranquilamente, pues, dentro de su cabeza, Marvelina le sonrió toda la noche desde el techo de su cuarto. Pero su paz terminó al amanecer cuando un ruido lo despertó; el sonido venía del piso de arriba y era vagamente familiar: eran las ratas del ático. Por lo menos no era un ladrón.

-Cabronas sarnosas, ni hoy me podían dejar en paz -profirió con una voz apenas audible.

No entendía cómo podían seguir vivas allá arriba: no había ventilación, ni agua y, bajo el techo, la temperatura debía rondar los cincuenta grados. Tenía varias hipótesis pero la que más le atraía era que el calor más su alimentación (compuesta por toda la basura que había acumulado durante cuarenta años) habían logrado reconfigurar el ADN de los roedores. Arrojó las sábanas a un costado y dejó al descubierto su desgastado cuerpo de ochenta años. Estiró el brazo y tanteó, con su mano, la mesa de noche. El cuarto estaba completamente a oscuras. Tomó un cigarro apestoso que había estado acariciando entre sus encías en los días anteriores al huracán y lo llevó a su nariz. El tabaco barato, comprado en el Rite Aide de Carrolton hace una semana, era realmente malo. No hubiera dado ni dos centavos por él hace veinte años pero, por el momento, era lo único que tenía. Mordió la punta y escupió el maloliente talón a un costado; encontró una cerilla y lo prendió. Ni él mismo entendía cómo podía saborear algo tan nefasto para los sentidos, sus niveles de exigencias debían encontrarse por los suelos. Le sobrevino un ataque de tos, que despertó toda la flema que se había acumulado en sus pulmones en los últimos días, y formó un pegote con la mucosidad que escupió en la misma dirección en la que arrojó la punta del cigarro. Esta vez con menos fortuna. El escupitajo aterrizó en su antebrazo, lo que no le molestó demasiado. No se dio por vencido y acercó el cigarro a sus labios e introdujo el taco de hojas secas en su boca. Inhaló. Al exhalar con gran dificultad, evaluó su situación. No estaba en mejores condiciones que las ratas, sólo que ellas tenían más posibilidades de sobrevivir que él. Pensar en salir de ésa era casi como tratar de imaginar que se podría hacer una gallina uniendo un montón de plumas. Siguió fumando y hasta logró olvidar el sabor del tabaco.

Él y las ratas eran lo único que quedaba vivo en esa casa. Él y sus recuerdos y las ratas devorándolos. ¿Cuánto habrían logrado destrozar? La última vez que había estado arriba fue cuando subió las pertenencias de su esposa al ático, varias semanas después de su muerte. No quiso entregarlas al Ejército de Salvación para que las pusieran a la venta. El recuerdo de Marvelina no era material de tienda de segunda mano; aunque ella, de eso estaba seguro, hubiera querido que él donara sus cosas a la caridad. A fin de cuentas, Marvelina era un soldado en el ejército del Señor; pero él no estaba enlistado en esa legión. No, él no; él había decidido formar su propia milicia. La inició yendo a una tienda de armas y comprando varios rifles que había utilizado por primera vez en esa excursión al ático, donde había descubierto que sus cosas y las de sus hijos formaban, quién sabe desde cuándo, un paté hediondo lleno de hongos mezclados con polvo de estrellas. Eso decía Marvelina de la tierra, que era sólo el remanente de un largo viaje intergaláctico. Polvo de estrellas. Exasperado con su descubrimiento, pateó una de las cajas y, al hacerlo, ésta se partió y de ella salió un desaforado chorro de ratas que inmediatamente se regó por el cuarto. Fue su primer encuentro con los roedores que habían canjeado el aire libre por esa habitación llena de papilla ilimitada. Chef bajó, abrió el armario, tomó varias cajas de municiones y los rifles, y, durante buena parte de la tarde, disparó hasta agotar todos sus cartuchos. Cuando llegó la policía, alertada por los vecinos, abrió la puerta de la casa con una gran sonrisa en los labios.

-Estuve cuidando de un asunto personal -les respondió cuando indagaron sobre los disparos.

Cuando subieron encontraron, dispersos por el cuarto, los cuerpos de los roedores, sus cerebros y entrañas decorando las paredes del ático.

El cigarro se iba consumiendo irregularmente y la temperatura comenzaba a trepar en la habitación, lo que distrajo a Chef y lo llevó a reflexionar sobre la posibilidad de abrir la ventana del cuarto. Con el agua estancada alrededor de la casa y el calor en aumento, los mosquitos debían estar prosperando. Ninguna brisa soplaba afuera que pudiera refrescarlo adentro, de eso estaba seguro: nunca había brisa en agosto. Y ya comenzaba a filtrarse, por las diferentes rendijas de la casa, el hedor a podrido de afuera. No intentó pararse y se despreocupó de las ratas. El tiempo pasó. El agua sonaba agitada abajo, alguien debía estar atravesándola. Intentó pararse y lo logró con gran dificultad, se arrastró hasta la ventana, quiso abrirla para ver quién merodeaba afuera, pero no pudo. El piso era como una pista de patinaje. Su garganta estaba seca; apoyándose en la pared se dirigió al baño. Se sentó en la taza, intentó recoger el vaso que estaba en el suelo y -en algún momento- exhausto, desistió. Levantó con gran dificultad una pierna y luego la otra y entró dentro de la tina. Se agarró de los filos y se dejó caer torpemente; una vez dentro abrió la boca y bebió, lo hizo con los ojos cerrados: el agua le sabía a aceite de ricino tibio aunque le procuró cierto alivio. Recordó una época en que la única agua que bebía era de color ámbar y sabía a bourbon. Ese recuerdo, quizá, le hizo relajarse. Tomó una larga y prolongada meada dentro de la bañera de patas de felino. A pesar de su próstata delictuosa, que le escatimaba uno de los pocos placeres que aún le eran permitidos, sintió el placer de una vejiga completamente vacía y sonrió.

-Por la gran puta, mira lo que fui a hacer, me meé dentro del agua de beber -pensó, riéndose de sí mismo.

Se estaba bien ahí. Si así terminaba sus días, no le parecía mal. ¿Qué sabía él? A lo mejor bastaba con eso para estar en paz. Una buena meada y la conciencia tranquila. Pensó que a Marvelina le habían escatimado hasta eso porque ese día, de eso estaba seguro, la suerte tomaba un shot de tequila en la esquina, sin que Marvelina le importara un bledo. Si no las cosas hubieran ocurrido de otra manera: Newton Bentley, de diecisiete años, no habría caminado con una pistola semiautomática en sus manos, ocho paquetes de heroína envueltos en papel aluminio y un número indeterminado de pastillas ilegales en sus bolsillos y en su torrente sanguíneo, mientras ella cambiaba una llanta pinchada en la misma calle por la que él bajaba.

Sacó sus brazos de la tina, cayeron como fideos sobre-cocinados a sus costados; su dedo cortado parecía una ciruela pasa descompuesta. Cerró los ojos e intentó levantar una pierna para salir de la bañera, cuando los volvió a abrir pensó que se había equivocado, era de noche y la oscuridad se lo había tragado, como el agua a la ciudad. La turba de ratas se oía más cerca, faltaba poco para que acabaran con la división que separaba el piso de arriba del suyo. Le pareció que refrescaba, tal vez había vuelto la luz y el aire volvía a funcionar; flexionó las piernas para bajar su torso y poder beber del agua viciada. Oyó pisadas abajo, tal vez había vuelto Marvelina. Intentó incorporarse y luego recordó que eso era imposible.

Antes de hundir su cabeza totalmente dentro del agua pensó que nunca había hecho algo para evitar que cayera la noche.

Gabriela Alemán (foto)

‘Hongos’ de Guadalupe Nettel

Guadalupe NettelCuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el dedo gordo izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol, hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito el que decidió marcharse a otro lugar.

Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre –al menos para mí– objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente de todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto a otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie…

Guadalupe Nettel (foto)

‘Manual de autoayuda para chinos’ de Rosa Beltrán

Rosa BeltránConoces a una mujer que te propone un negocio a ti, Huni, el rey de los negocios turbios. Está pensando en patentar un muñeco que cuando le jales la cuerda abra los brazos y diga: “Eres la única mujer en mi vida”, “Estás flaquísima” y sobre todo “¡Discúlpame!”.

-¿Y sabes por qué? -te pregunta-. Porque los hombres se la pasan ofendiéndote y nunca te piden perdón de nada. Están incapacitados para sentirse culpables. Y en realidad, para hablar de sus sentimientos.

Da un trago a su coca light y te pide que lo pienses. Está convencida de que ese negocio haría mucho por las mujeres.

Tú asientes, en principio divertido. Te le quedas viendo de arriba abajo como si la escanearas. El busto perfecto, el cabello largo y crespo, la cinturísima. Hasta ahí te permite ver la mesa del Sanborns. Tiene una risita agradable y ojos chinos no porque sea china sino porque está sonriendo todo el tiempo. Te imaginas a tu socio del negocio de importaciones cuando se la describas:

-Huni: es justo lo que te recetó el médico.

Observa sus labios moverse mientras te platica de cuánto la han ofendido los hombres, de cómo se aprovechan siempre, ve sus manos, como abanicos danzantes, como pañuelitos blancos. Sus uñas limpias. De pronto, vuelve las tuyas una caja y guárdalas adentro. Ella se sorprende aprisionada, te sonríe. Parece una actriz. Es raro que tenga ese trabajo de judicial, que sea parte, como ella misma dice, de los “cuerpos policiacos”. Para nada se parece a los roperos armados que llegan sin avisar a quitarte tu mercancía. “¡A ver, pinche chino, viene todo!”, y luego no se aparecen por meses. Ella no. Ella es linda y cariñosa. Y sobre todo: es leal. Te avisa con tiempo. Te propone un acuerdo. Un porcentaje.

Intercambia una mirada furtiva, deja sus manos libres y obsérvalas volar al bolso azul claro. Cuando saque el cigarro y te pida fuego sorpréndete de que una muchacha tan joven y tan bonita fume.

-¡Ay, Huni, pero si en tu país se la pasan fumando todo el tiempo! -te dice.

Aclárale entonces:

Es tu país de origen, pero no de cultura. Desde que llegaste a trabajar a la Samsung tú te hiciste a los modos de aquí. Tus costumbres son las suyas.

Ella de inmediato niega:

-No, Huni, eso de traer saldos y colocarlos como si fueran mercancía del año no lo hacemos aquí. Ni lo de andar imitando todo lo que tenga marca. Nosotros no tenemos esas costumbres. Porque si las tuviéramos ¿para qué íbamos a comprarte a ti tus cosas, a ver?

Obsérvala juntar los labios como si fuera a chiflar o a darte un beso; mira cómo le da otro sorbito a su coca light.

Te dice que por eso tienes que traerte todo de allá: los monitores de los videojuegos que colocas en las papelerías y en las farmacias, los dizque relojes Rolex y las falsas bolsas Louis Vuitton, las llaves mezcladoras de agua. Escúchala y recuerda el gesto de incredulidad que puso cuando le regalaste las zapatillas de terciopelo falso. “Vesace”, dijiste, y la erre se te atoró. La gracia con que se las puso, tomando cada una por el talón, su empeine acojinado.

-Pero lo que traes es ilegal, Huni -te dice y retira el vaso de refresco-. Tú lo sabes. Se llama “contrabando”.

Di: oh oh oh cerrando los ojos, haciéndolos más chiquitos, asintiendo. Y ahora, mírala: en su traje de comando, en uniforme, según le pidieron ese día, acercándose a ti para que le enciendas el cigarrillo. Una sola pieza negra, lustrosa. Una pantera. Acciona el zippo que sólo tú sabes que no es zippo, observa cómo ella le da una calada honda al cigarro y te dice: “gracias”.

-Las que la adolnan -respóndele aprisa.

-Ay, Huni, seguro eso les dices a todas.

Niega con la cabeza, muéstrate divertido, pero entonces ve cómo se acerca y te aclara: ella no es una cualquiera. Esto sí quiere que lo entiendas bien. Tú lo entiendes. Ella se relaja entonces, vuelve a su posición original y te explica: Su abuela era multimillonaria, nacida en Nueva York, sus padres se la trajeron en un barco con una nana y una vaca suiza. Después perdieron todo, no te dice bien por qué. Da una calada a su cigarro y añade: su papá no era rico, pero sí muy guapo y muy bohemio. Jugaba fútbol, se asoleaba.

-Era muy seductor -suspira.

-Con lazón -respondes- y ella no pregunta con razón qué, sino que da un último trago a su coca.

-¿Sabes qué, Huni? -te dice de pronto, apuntándote con un dedo-. Ojalá esa boca dijera lo que verdaderamente piensas, algún día.

En los operativos es tierna, te acaricia la mano debajo del mostrador donde guardas la escuadra calibre veintidós por si sus compañeros o el abogado quieren pasarse de listos. En la oficina es formal y atenta, te contesta el celular aunque esté ocupada. Habla con el agente aduanal, te busca la manera de que puedas introducir el producto. Y sobre todo: te avisa. Te da los pitazos siempre. Entre ella y tú hay un acuerdo: sólo se llevan lo peor de la mercancía incautada en los operativos. El treinta por ciento. Tú sabes que ellos la venderán después y que nadie les dirá “pinches chinos transas”, aun así los miras llevarse las cosas y sonríes. Sonríes y aguardas.

En las prácticas de tiro es la mejor.

-¿Cómo le haces?-, le preguntas.

No bebe. No fuma. Bueno, sólo a veces. Un poquito. Le gustan los chocolates.

Después de cuatro operativos, un cateo mayor y dos idas al cine te acuestas con ella. Te parece el número adecuado de salidas. La llevas a tu casa.

-¡Pero si esto es un palacio! -exclama encantada al ver la cochera verde de mosaico, la cama con dosel, el barecito frente a la cama donde tienes todo tipo de licores.

Tú respondes:

-Y tú, la leina.

-Ay, Huni -te dice.

La abrazas. Es tan joven. Nueva como un embarque de bolsos de plástico recién manufacturados. Llena de promesas.

Hacen el amor y entonces ella acomoda un par de almohadas en la cabecera, se sienta cómodamente en la cama, te pide que le pases los chocolates y tras llevarse un arlequín de limón a la boca te dice:

-¿Sabes qué, Huni? En el fondo eres un romántico. Si el comandante me preguntara: “¿quién es ese chino que siempre anda haciendo negocios chuecos?”, yo le diría: un romántico.

Entrechoca las copas de champaña. Di:

-¡Salud!

Abrázala apasionadamente. Bésala. Dile que sus pies son un par de peces dorados.

Cuando ella se quede tendida boca abajo, desnuda y exhausta, ve a la estancia, pon esa música que tanto te gusta, de cinco notas, y recorre con el dedo su espalda. Ella se da vuelta. Te dice el nombre de su marido. Se llama Rolando García. Antes era el director del departamento de licencias y permisos, ahora es comandante de la PGR. Cuando te pregunte: “¿Qué piensas?”, no digas: “lárgate de una vez” ni “pinche puta”. Tómala suavemente de una nalga y di:

-Depende. ¿Clees que nos dalía un pelmiso, tu malido?

Ella finge una sonrisa.

-Es que no quiero que te sientas mal por esto – dice.

Brinca de la cama, da una patada de Tae Bo. Sonríe.

Di:

-Huni es un chico duro.

Cruza los brazos.

En los siguientes encuentros, ella pone cara de preocupación.

-¿Por qué no me dices lo que sientes? -te pregunta.

Te mira profundo a los ojos.

-¿Huni, por qué no me muestras tus sentimientos?

Mira la camisa que se le desabotonó. Mira sus pechos.

Cuando vivías con tus padres creías que amante significaba una prenda de vestir masculina, algo para lucir cuando uno sale a pasear, como unas mancuernillas Giorgio Armani. Ahora sabes que una amante puede ser cualquier cosa menos unas mancuernillas. No puedes mostrar las muñecas y decir:

-Qué tal. Soy Huni. Esta es mi amante.

Es como tener la copia sin saber que no es el original.

Es como pagar una copia a precio de original constantemente.

Desde que sabes que está casada, no enfrentas el negocio igual. No miras a tu socio de la misma forma. Cuando se te ocurre algo y ella te contesta el teléfono, no puedes decirle: “¡Hola! ¿cómo puedo legistlal la malca Hunday?”, ni la oyes decir con el mismo ánimo: “¡Pero Huni!, ¿cómo vas a registrar una marca que ya existe?” No te ríes igual, no puedes contestarle:

-Existe, pelo no aquí.

Cuando sales a comer y tu socio te pide que le cuentes sobre la mujer ésa que estaba buenísima no le dices “Aaay”, como si fuera algo espantoso y trágico, ni “no quiero hablar de eso”. Dices:

-No tiene nada de especial -y te encoges de hombros.

-¿Cómo que no? -responde él y te mira sorprendido.

Dile con naturalidad:

-No es como un pal de mancuelnillas Almani.

-Uy, quién te entiende -dice, y de ahí en adelante guarda silencio hasta que regresan al despacho.

Es como recibir la mercancía dañada.

Es como haber sido timado por un chino.

Esa noche en que sabes que tendrá que irse dentro de dos horas, cuando te acaricia y te habla al oído, descubres que tu boca se mueve, de pronto, como por voluntad propia. Ella ha estado haciendo la culebra alrededor de tu cuerpo, te ha pasado los dedos entre el pelo asombrada de que sea tan negro y tan grueso. Luego se ha recostado sobre ti, sobre tu espalda. A medio lengüeteo, mientras intenta completar un círculo alrededor de tu oreja, cuando te susurra algo, te sorprendes diciéndole:

-Oye, no eles mi leina ni yo soy Huni, tu ley. Sólo soy tu amante.

Algunas veces van a cenar, después del trabajo. Ella vive en la colonia Crédito Constructor y no tiene casa propia ni crédito para construirla, según dice. Prefiere que no te acerques a su casa. Fuera de la PGR camina un par de cuadras para llegar a donde la recoges en tu Nissan arreglado, tú también estás arreglado. Traes tu traje rojo vino, el pelo negro recién cortado, lacio y de raya en medio, como una pequeña fuente, rapado de la mitad de la cabeza hacia abajo. Traes tus falsos zapatos Salvatore Ferragamo, tu Rolex Oyster Perpetual que es una copia idéntica. Ella viene con una camisa de flores y un pantalón café bastante brilloso. Tienes ganas de decirle:

-¿Y tu malido? ¿Qué, no te mantiene?

Te das cuenta de que quieres decirlo porque albergas una intención bien clara, una esperanza. La esperanza de que él se haya esfumado de pronto. Ella es tan blanca, tan abultada de pechos. Tan cariñosa. Se siente tan feliz de estar contigo y dormir en tu casa ese día en que él tiene guardia hasta el día siguiente. Cuando llega al auto te bajas y le abres la puerta. Ella siente algo en el asiento, levanta el trasero y saca un perfume copia Paloma Picasso. Un regalo. La llevas a un lugar especial, adornado con linternas de papel y peces nadando en peceras. Traen varias fuentes de comida y el mesero levanta la tapa sin hacer ningún gesto.

Bueno, ¿y cómo fue que te casaste con ése? quieres empezar, y en lugar de eso ella es quien te pregunta:

-Bueno, y cómo fue que te hiciste fayuquero.

Levantas los hombros.

-Como se hace uno cualquiel cosa.

-Ay, Huni, eres tan… no sé, misterioso.

Ella se sirve bastante comida, te pide que le pases la salsa de soya, que le alcances el platón de más allá. Entonces, te revela:

-En cambio a mí mi marido fue quien me metió en esto. Fui a pedirle trabajo sin conocerlo, me dijo qué sabes hacer y le dije: nada.

Tú sonríes.

-¿Y sabes qué hizo? Me puso de su secretaria. Pero la verdad, no daba una. Entonces me dijo: qué quieres hacer. Y me puso a expedir permisos. Yo veía la documentación, le daba una revisada por encimita a los papeles y ponía el sello. Todo muy derecho.

Ella bebe un sorbo de té verde, suspira.

-Aquí en la judicial no es como la gente cree -te dice- ya no.

Tú fumas y la escuchas.

-Luego me aburrí de estar sentada poniendo sellos y le dije a Rolando: pónme en otra cosa porque aquí ya me aburrí. Qué quieres hacer, me dijo, y yo le contesté muy seria: mira, yo soy una persona muy entrona. La verdad. Y muy activa. Así que mejor ponme en algo más acorde a mi naturaleza. Y ahí fue donde entré al área judicial. Tomé todos los cursos que te puedas imaginar, de defensa personal, de caló. Bueno, de qué no tomé yo cursos. Hasta la fecha, sigo haciendo mis prácticas de tiro. Yo puedo desarmar a cualquier cabrón, hay partes vulnerables del cuerpo.

Tú sonríes.

-Ay Huni, no ésas -te explica- …aunque la verdad no sé si son ésas en las que estás pensando. Nunca sé lo que piensas, la verdad.

De pronto, toma tu brazo bruscamente, le da vuelta. Aparece tu muñeca sin mancuernillas.

-Aquí -te señala y te oprime la vena. Sientes un dolor insoportable-. A ver, trata de zafarte -dice.

Ese día está encargada de sorprender a unos introductores de pastillas Viagra y cigarros Marlboro hechos con tabaco y fibra de vidrio. Tú acomodas en algunas farmacias los monitores de los videojuegos que te enviaron armados en un contenedor. Más tarde la recoges cerca del aeropuerto.

-Tengo una pena muy grande, Huni -te dice, sombría-. Mi hermano está en el hospital, y van dos meses que no he pagado la mensualidad de la camioneta. Tengo semanas con la despensa vacía.

Luego, cuando están en tu casa, añade:

-En la policía no se gana tanto como crees. Es demasiado riesgo.

Quieres preguntar:

-Pol qué no te sales.

Pero en lugar de eso la miras impertérrito.

-Ay Huni, ya sé lo que estás pensando. Que por qué no me salgo, ¿verdad? Pero dime, a ver: y quién me va a dar trabajo. Quién me va a aceptar a mí con mis antecedentes, y en dónde. Desde aquí puedo estar más o menos protegida, pero no creas. Hay mucha gente que quiere matarme.

-¿Y tu malido? -preguntas.

Su marido es muy recto, muy organizado. Y la ha ayudado mucho.

Tú das otra calada a tu cigarro, asientes.

Luego de llevarla hasta su casa con una caja de falsos perfumes Dolce & Gabanna que le regalaste y dos bolsas de lona llenas de monedas (en los videojuegos te pagan con morralla) te subes a tu Nissan. Oyes el golpe de la puerta que se cierra, el ruido de la llave, después nada, los ruidos típicos de la ciudad, los autos y los microbuses, un chofer de taxi que te grita: “¡pinche chale, muévete!”

Enciende el motor y pregúntate quién eres. Quién es el pinche chale.

-¡Huni Li! -dice tu padre cuando por fin tomas el teléfono-. ¿Qué rayos te pasa?

Te pide pormenores del negocio de pago con mujeres que tanto han planeado, te pregunta cómo van las cosas.

-Ya casi -le dices-. Tengo el teleno casi listo.

Él te recrimina. Le explicas que no es tan sencillo, aquí no es tan natural pagar con

mujeres, exportarlas menos. Lo oyes desquiciarse, hacerte las cuentas de lo que le debes, lo que cada pariente tuyo pagó allá para que te vinieras. Imaginas su rostro colorado, los aspavientos que hace con los brazos y manos mientras habla y escupe. Te pone otra vez de ejemplo al ciudadano chino Wu Yon Lin, que por dos mil cuatrocientos pesos mexicanos obtuvo el monopolio de uso de la virgen de Guadalupe. ¡Si se pudo comerciar con la única mujer que era intocable en ese país por qué no se va a poder con las otras! Tú le explicas que su razonamiento es correcto pero en la realidad tiene sus dificultades, él grita de nuevo y cuando le aseguras que harás lo que sea por enviar a la primera de las chicas oyes cómo la voz se le dulcifica y crees ver sus ojos chispeantes y las comisuras en la frente marcadas a causa de las cejas levantadas hacia arriba. Lo oyes repetir lo ricos que serán… hacerte las cuentas… Ya debes estar a punto de enviar el dinero para que el ciudadano Fo Weng Tai consiga el pasaje de la primera muchacha de ojos redondos… aunque no sea virgen…

Ese día le has dicho a tu socio que haga el recorrido de las farmacias por ver si hay alguna solicitud de monitores extra que puedan estar necesitando los dueños a causa de las vacaciones. A ella le has hablado por teléfono y la has pasado a recoger sin haber sido muy claro en tu explicación de por qué tenía que ser a esa hora. La llevas a un lugar que desconoce. Cuando se abre por fin la puerta del departamento, la haces pasar al saloncito en forma de ele repleto de papeles y mercancía con severos defectos que te encargas de disimular haciendo un trabajo fino, de vestidor de pulgas. Es “tu despacho”. La invitas a sentarse cómodamente en el sillón de velour, le ofreces la copa de licor imitación charteuse que les das a tus clientes. Ella prefiere agua.

Cuando vuelves de la pequeña cocina con el vaso en la mano te la encuentras observando minuciosamente los objetos que tienes ahí, revisando cada rincón, como un perro que olisquea un bulto con droga. Muéstrate solícito, jadeando entre disculpas. No tenías agua embotellada y tuviste que esperar a que saliera limpia la del grifo. Ella toma el vaso.

-Ya estamos aquí -le dices, con una sonrisa forzada.

Quieres decirle que estás dispuesto a lo que sea por ella, que has decidido dar el paso final. Quieres que te acompañe de viaje. Pero ella ha tenido la mente puesta todo el tiempo en otra cosa.

-¿Sabes? Estoy pensando en decirle a Rolando de lo nuestro -te dice.

Esto te hiela la sangre por un momento. Ella serpentea, es un dragón alrededor de tu cuerpo.

-¿Te digo lo que le pienso decir? Le diré: amor mío hay alguien que nos divide. Huni. Por él pude pagar los abonos de mi camioneta, ayudar a mi hermano. Y ahora, fíjate, ¡quiere regalarme un departamento! -y señala con los brazos abiertos tu despacho.

Muéstrate escéptico. Dile que tu despacho es muy poco. Que tú le regalarás mucho más. En tu país tienes grandes propiedades.

-Pero tu país está lejísimos, Huni -se queja.

Se te acerca y hace un puchero, insiste en lo que va a decirle a su marido, se pone melosa, te acaricia la oreja y acercándote los pechos te dice: “Oye, Huni. Has de tener tus guardaditos, ¿verdad? A ver, dime cuánto tienes”. Tú le explicas que no tienes guardaditos, sólo tu trabajo. Quieres ponerte de acuerdo en algo más espectacular, más grande: un viaje. Pero ella no quiere hablar de viajes ese día. El lugar la ha puesto ardiente, no sabe por qué, te dice, y empieza a desvestirse. Luego insiste en lo que va a decirle a su marido: “Cariño, creo que tengo que contarte algo. Estoy enamorada de Huni”. Eso le dirá, te dice.

-Y qué halás después, le preguntas.

Ella te mira con atención por un momento. Luego, suelta una carcajada.

-Nada -dice-. Rolando nunca me creería que estoy enamorada de un chino.

Durante mucho tiempo has pensado qué es lo que podrías hacer. Y ahora sabes que todo puede solucionarse con una llamada telefónica. La haces, informas y esperas. En este país el tipo de cosas que requieren una gran planeación en el tuyo se arreglan un buen día, sin que nadie tenga que contratar a nadie ni apretar un gatillo. Lo sabes cuando te encuentras a tu socio fuera de sí, juntando las pocas cosas que tenía en el despacho.

-Ahora sí. ¡Nos jodimos! -te dice en cuanto te ve entrar.

Te muestra el periódico donde salió la noticia: El comandante Rolando García Cueto, hallado en tratos con las mafias coreanas, acusado formalmente de cohecho.

-¡Y todo por una denuncia anónima!…

Di:

-Oh oh oh

-Sí, por un bocón. Mira, Huni, no hay nada qué hacer -insiste- Sin madrina no se puede seguir en este negocio.

Muéstrate apesadumbrado, asiente. Déjalo que se lleve los lentes Oakley falsos, sus cosas de una vez. Acepta su renuncia. Dale una pequeña gratificación sólo si es necesario.

Míralo irse. Despídete.

-Me cae que no te entiendo, Huni -óyelo decir- ¿Sabes? A ratos hasta pienso que te dio gusto que agarraran al comandante ése. Ustedes los chinos son como marcianos.

Vuelve a sonreír.

Extiéndele la mano.

Y entonces, ocúpate de lo que tanto has querido. Una vez que no existe el obstáculo del marido sabes qué debes hacer. Primero llámala. Dile que tú cuidarás de ella ahora que está sola. Háblale del viaje.

-Huni, hay algo que no entiendes -te dice.

-¿Que no podlemos hacel negocio? -preguntas.

-No, Huni, no es eso.

Se toma todo el tiempo del mundo para explicártelo: de su marido se separó hace tiempo; no es su marido con quien vive. Es alguien más.

-Quién -preguntas.

Te dice el nombre: Comandante Dalia Margarita Taboada.

-Era la segunda de a bordo. Sólo la muerte o la cárcel podían hacer que la promovieran al puesto de Rolando.

Óyela suspirar.

-A mí los hombres me han herido mucho, Huni.

Ella jamás viviría con un hombre.

Quédate atónito.

Un día, luego de mucho tiempo, cuando te hable para informarse del próximo operativo y te pregunte cómo estás, responde:

-Bien.

Cuando insista en preguntar:

-¿Estás seguro, Huni?

Acuérdate del viejo koán: “El que siempre habla de lo que siente muchas veces dice lo que no siente”. No dudes en repetir tu respuesta.

Rosa Beltrán (foto)

‘¡Sea por Dios y venga más!’ de Laura Esquivel

laura esquivelToda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole. Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasa es que nadie lo comprende. Si de vez en cuando me pegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porque fuera mala persona. Él siempre me quiso. A su manera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de que no. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, era porque me quería.

Él no tenía ninguna necesidad de habérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escondidas, pero dice que le dio miedo que yo me enterará por ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él no soportaba la idea de perderme porque yo era la única que lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa, pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan la bola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ninguno! No, si el único honesto es mi Apolonio. El único que me cuida. El único que se preocupa por mí. Con esto del sida, es bien peligroso que los maridos anden de cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas decidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta. Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad. ¡Eso es amor y no chingaderas! ¡Pero ellas qué van a saber!

Bueno, tengo que reconocer que al principio a mí también me costó trabajo entenderlo. Es más, por primera vez le dije que no. Adela, la hija de mi comadre era mucho más joven que yo y me daba mucho miedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero mi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, que Adela realmente no le importaba. Lo que pasaba, era que necesitaba aprovechar sus últimos años de macho activo porque luego ya no iba a tener chance. Yo le pregunté que porque no lo aprovechaba conmigo, y él me explicó hasta que lo entendí, que no podía, que ese era uno de los problemas de los hombres que las mujeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigo no tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a la hora que quisiera. Lo que le hacía falta era confirmar que podía conquistar a muchachitas. Si no lo hacía, se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, ya ni a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó.

Le dije que está bien, que aceptaba que tuviera su amante. Entonces me llevo a Adela para que hablará con ella, porque Adelita, que me conocía desde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mi propia boca que yo le daba permiso de ser la amante de Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarse con él. Lo único que quería era ayudar en nuestro matrimonio y que era preferible que Apolonio anduviera con ella y no con otra cualquiera que sí tuviera interés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos y me parece que hasta la bendije. La verdad, yo estaba más que agradecida porque ella también se estaba sacrificando por mí.

Adela, con su juventud, bien podría casarse y tener hijos y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la amante de planta de Apolonio, nomás por buena gente.

Bueno, el caso es que el día que vino, hablamos un buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios, los días de visita, etc. Se supone que con esto yo debería de estar muy tranquila. Todo había quedado bajo control. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentos y felices. Pero no sé por qué yo andaba triste.

Cuando sabía que Apolonio estaba con Adela no podía dormir. Toda la noche me la pasaba imaginando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesitaba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabía y punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada. Lo peor era que tenía que hacerme la dormida pues no quería mortificar a mi Apo.

Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un día en que llegó y me encontró despierta. Se puso furioso. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejaba gozar en paz, que él no podía darme más pruebas de su amor y yo en pago me dedicaba e espiarlo, a atormentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de que nunca fuera a regresar. ¿Qué acaso alguna vez me había faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seis de la mañana, pero siempre regresaba.

Yo no tenía por qué preocuparme. Debería estar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no lo estaba! Es más, me empecé a enfermar de los colerones que me encajaba el canijo Apolonio. Daba mucho coraje ver que le compraba a Adela cosas que a mí nunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a mí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de mi cumpleaños cuando cantó Celia Cruz y yo le supliqué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se me empezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó, el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron, la piel se me mancho y ahí fue cuando la Chole me dijo que el mejor remedio en esos casos era poner en un litro de tequila un puño de té de boldo compuesto y tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldo recoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda ni perezosa fui al estanquillo de la esquina, le compré a Don Pedro una botella de tequila y la preparé con su boldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionó muy bien.

No sólo me sentía aliviada por dentro, sino bien alegre y feliz, como hacía muchos días no me sentía. Con el paso del tiempo, los efectos del remedio me fueron mejorando. Apolonio, al verme sonriente y tranquila, empezó a salir cada vez más con Adela y yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba, fuera en ayunas o no, para que no me hiciera daño la bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueron cada vez más necesarias. Si al principio una botella de tequila me duraba un mes, llegó el momento en que me duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que no tenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tan bien, que hasta llegué a pensar que el tequila con boldo era casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando, animando, sanando, reconfortando y calentado todo mi cuerpo, haciéndolo sentir viva, viva, ¡viva!

El día en que Don Pedro me dijo que ya no me podía fiar ni una botella más creí que me iba a morir. Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila. Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadeció de mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al fin que siempre me había traído ganas el condenado. Yo la mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo también estaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fue que Apolonio nos encontró dando rienda suelta a las ganas.

Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahora vive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Y todo por culpa de la pinche Chole y sus remedios!

Laura Esquivel (foto)

‘Au Sable’ de Joyce Carol Oates

150196359JS143_Edinburgh_InAgosto, primera hora del atardecer. En la quietud de la casa en la zona residencial, sonó el teléfono. Mitchell dudó sólo un momento antes de levantar el auricular. Y allí estaba el primer tono discordante. La persona que llamaba era el suegro de Mitchell, Otto Behn. Hacía años que Otto no llamaba antes de que la tarifa telefónica reducida entrara en vigor a las once de la noche. Ni siquiera cuando hospitalizaron a Teresa, la esposa de Otto.

El segundo tono discordante. La voz.

—¿Mitch? ¡Hola! Soy yo, Otto.

La voz de Otto sonaba extrañamente aguda, ansiosa, como si se encontrara más lejos de lo habitual y estuviera preocupado por si Mitchell no podía oírle. Y parecía afable, incluso optimista, algo que por entonces le ocurría con poca frecuencia cuando hablaba por teléfono. Lizbeth, la hija de Otto, había llegado a temer sus llamadas a última hora de la noche: en cuanto contestabas el teléfono, Otto soltaba una de sus cantinelas, sus diatribas llenas de quejas, deliberadamente inexpresivas, divertidas, pero subrayadas con una cólera fría al antiguo estilo de Lenny Bruce, a quien Otto había admirado sobremanera a finales de los cincuenta. Ahora, con sus ochenta y tantos años, Otto se había convertido en un hombre enfadado: enfadado por el cáncer de su esposa, enfadado por su “enfermedad crónica”, enfadado por sus vecinos de Forest Hills (niños ruidosos, perros que no paraban de ladrar, cortadoras de césped, soplahojas), enfadado por tener que esperar dos horas en “una cámara frigorífica” para su resonancia magnética más reciente, enfadado con los políticos, incluso con aquellos para los que había ayudado a solicitar el voto durante su época de euforia, cuando se jubiló de su puesto de maestro de secundaria quince años antes. Otto estaba enfadado por la vejez, pero ¿quién se lo iba a decir al pobre hombre? No sería su hija, y menos su yerno.

Aquella noche, sin embargo, Otto no estaba enfadado.

Con una voz agradablemente cordial aunque algo forzada, preguntó a Mitchell por su trabajo como arquitecto de espacios comerciales; y por Lizbeth, la única hija de los Behn; y por sus preciosos hijos ya mayores y emancipados, los nietos a quienes Otto adoraba de pequeños, y siguió así durante un rato hasta que por fin Mitchell dijo nervioso:

-Mmm, Otto… Lizbeth ha ido al centro comercial. Volverá a eso de las siete. ¿Le digo que te llame?

Otto soltó una carcajada. Podías imaginarte la saliva brillándole en los labios gruesos y carnosos.

-No quieres hablar con el viejo, ¿eh?

Mitchell también intentó reír.

-Otto, hemos estado hablando.

Otto respondió con más seriedad.

-Mitch, amigo mío, me alegro de que hayas contestado tú en lugar de Bethie. No tengo mucho tiempo para hablar y creo que prefiero hacerlo contigo.

-¿Sí? -Mitchell sintió cierto temor. Nunca, en los treinta años que hacía que se conocían, Otto Behn le había llamado “amigo”. Teresa debía de haber empeorado otra vez. ¿Quizá se estuviera muriendo? A Otto le habían diagnosticado Parkinson tres años antes. Aún no era un caso grave. ¿O quizá sí?

Sintiéndose culpable, Mitchell se dio cuenta de que Lizbeth y él no habían visitado a la pareja de ancianos en casi un año, aunque vivían a menos de trescientos cincuenta kilómetros de distancia. Lizbeth cumplía con sus llamadas telefónicas los domingos por la noche, y esperaba (normalmente en vano) hablar primero con su madre, cuyos modales al teléfono eran débilmente alegres y optimistas. Sin embargo, la última vez que los visitaron les sorprendió el deterioro de Teresa. La pobre se había sometido a meses de quimioterapia y se hallaba en los huesos, su piel como la cera. No mucho antes, con sesenta y tantos, estaba llena de vitalidad, rolliza, robusta como una roca. Y después estaba Otto, rondando con los temblores de las manos que parecía exagerar para tener un aspecto más cómico, quejándose sin cesar de los doctores, de los seguros médicos y de los ovnis “en contubernio”, qué visita más tensa y agotadora. De camino a casa, Lizbeth había recitado unos versos de un poema de Emily Dickinson: “Oh Life, begun in fluent Blood, and consumated dull!”.

“Dios mío -había exclamado Mitchell, temblando, con la boca seca-. De eso se trata, ¿verdad?”.

Ahora, diez meses más tarde, Otto estaba al teléfono hablando como si nada, como si conversara de la venta de unas propiedades, de “cierta decisión” que habían tomado Teresa y él. Los “glóbulos blancos” de Teresa, las “malditas noticias” que él había recibido y de las que no iba a hablar. “El tema se ha cerrado definitivamente”, dijo. Mitchell, que intentaba entender todo aquello, se apoyó en la pared, repentinamente débil. Está ocurriendo con demasiada rapidez. ¿Qué demonios es esto? Otto comentaba en voz baja:

-Decidimos no decíroslo, en julio volvieron a ingresar a su madre en Mount Sinai. La enviaron a casa y tomamos nuestra decisión. No te lo digo para que hablemos del tema, Mitch, ¿me entiendes? Es sólo para informaros. Y para pediros que cumpláis nuestros deseos.

-¿Vuestros deseos?

-Hemos estado mirando los álbumes, fotos viejas y demás, y disfrutando de lo lindo. Cosas que hacía cuarenta años que no veía. Teresa no para de exclamar: “¡Vaya! ¿Hicimos todo eso? ¿Vivimos todo eso?”. Es algo extraño y humillante, en cierto modo, darse cuenta de que hemos sido condenadamente felices, incluso cuando no lo sabíamos. Debo confesar que no tenía ni idea. Tantos años, echando la vista atrás, Teresa y yo llevamos sesenta y dos años juntos; se diría que podría ser muy deprimente pero en realidad, bien mirado, no lo es. Teresa dice: “Hemos vivido unas tres vidas, ¿verdad?”.

-Perdón -interrumpió Mitchell con el clamor de la sangre en los oídos-, ¿cuál es esa “decisión” que habéis tomado?

Otto respondió:

-Exacto. Os pido que respetéis nuestros deseos al respecto, Mitch. Creo que lo entiendes.

.Yo… ¿qué?

-No estaba seguro de si debía hablar con Lizbeth. De su reacción. Ya sabes, cuando vuestros hijos se marcharon de casa para ir a la universidad -Otto calló momentáneamente. Con tacto. El caballero de siempre. Nunca criticaría a Lizbeth delante de Mitchell, aunque con Lizbeth podía ser directo e hiriente, o lo había sido en el pasado. Ahora dijo dubitativo-: Puede ponerse, bueno… sentimental.

Mitchell tuvo un presentimiento y preguntó a Otto dónde estaba.

-¿Dónde?

-¿Estáis en Forest Hills?

Otto guardó silencio durante un segundo.

-No.

-Entonces, ¿dónde estáis?

Respondió con un punto de desafío en su voz:

-En la cabaña.

-¿En la cabaña? ¿En Au Sable?

-Eso es. En Au Sable.

Otto dejó que lo asimilara.

Pronunciaron el nombre de forma distinta. Mitchell, O Sable, tres sílabas; Otto, Oz’ble, con una sílaba elidida, como lo pronunciaba la gente de la zona.

Con ello se refería a la propiedad de los Behn en las montañas Adirondack. A cientos de kilómetros de distancia. Un viaje en coche de siete horas, la última por estrechas carreteras de montaña plagadas de curvas y en su mayor parte sin asfaltar al norte de Au Sable Forks. Por lo que Mitchell sabía, hacía años que los Behn no pasaban tiempo allí. Si lo hubiera pensado con detenimiento -y no lo hizo, ya que los asuntos correspondientes a los padres de Lizbeth quedaban a consideración de ésta- Mitchell habría aconsejado a los Behn que vendieran la propiedad, que en realidad no era una cabaña sino más bien una casa de seis habitaciones construida con leños talados a mano, no acondicionada para el invierno, en una extensión de unas cinco hectáreas de un hermoso campo solitario al sur del monte Moriah. A Mitchell no le gustaría que Lizbeth heredara esa propiedad, ya que no se sentirían cómodos vendiendo algo que en otro tiempo había significado tanto para Teresa y Otto; además, Au Sable estaba demasiado apartado para ellos, resultaba poco práctico. Hay gente que no tarda en inquietarse cuando se aleja de lo que llaman la civilización: el asfalto, los periódicos, las bodegas, campos de tenis decentes, los amigos y al menos la posibilidad de disfrutar de buenos restaurantes. En Au Sable, tenías que conducir durante una hora para llegar, ¿adónde?, Au Sable Forks. Por supuesto hace años, cuando los niños eran pequeños, iban todos los veranos a visitar a los padres de Lizbeth y sí, era cierto: las Adirondack eran hermosas, y paseando a primera hora de la mañana podía verse el monte Moriah como un sueño mastodóntico que sorprendía por su cercanía, y el aire dolorosamente frío y puro te atravesaba los pulmones, e incluso los cantos de los pájaros resultaban más agudos y claros de lo que era habitual oír y existía la convicción, o quizá el deseo, de que las revelaciones físicas de ese tipo constituían un estado espiritual, y sin embargo, Lizbeth y Mitchell se sentían ambos impacientes por marcharse después de pasar unos días allí. Se aficionaban a las siestas en su habitación del segundo piso con celosías en las ventanas, rodeados de pinos como una embarcación a flote en un mar teñido de verde. Hacían el amor con ternura y mantenían conversaciones soñadoras sin rumbo fijo que no tenían en ningún otro lugar. Y sin embargo, después de unos días estaban ansiosos por irse.

Mitchell tragó saliva. No tenía costumbre de interrogar a su suegro y se sentía como si fuera uno de los alumnos de secundaria de Otto Behn, intimidado por el hombre al que admiraba.

-Otto, espera, ¿por qué estáis Teresa y tú en Au Sable?

Él respondió con cuidado:

-Estamos intentando solucionar nuestra situación. Hemos tomado una decisión y así… -Otto hizo una discreta pausa-. Así os informamos.

Por mucho que Otto hablase con tanta lógica, Mitchell se sintió como si le hubiera dado una patada en el estómago. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba oyendo? Esta llamada no es para mí. Se trata de un error. Otto decía que llevaban al menos tres años planeando aquello, desde que le diagnosticaron a él la enfermedad. Habían estado “haciendo acopio” de lo necesario. Barbitúricos potentes y fiables. Nada apresurado, nada dejado al azar, y nada que lamentar.

-¿Sabes? -exclamó Otto calurosamente-, soy un hombre que planea por adelantado.

Aquello era cierto. Había que reconocerlo.

Mitchell se preguntó cuánto había acumulado Otto. Inversiones en los ochenta, propiedades en alquiler en Long Island. Notó una sensación de desazón, de repugnancia. Nos dejarán la mayor parte. ¿A quién si no? Podía imaginar la sonrisa de Teresa mientras planeaba sus abundantes cenas de Navidad, sus colosales despliegues para Acción de Gracias, la presentación de los regalos magníficamente envueltos para sus nietos. Otto dijo: “Prométemelo, Mitchell. Tengo que confiar en ti”, y Mitchell repuso: “Mira, Otto -con evasivas, aturdido-, ¿tenemos vuestro número de teléfono allí?”, y Otto respondió: “Contéstame, por favor”, y Mitchell se oyó contestar sin saber lo que estaba diciendo: “¡Claro que puedes confiar en mí, Otto! Pero ¿tenéis el teléfono conectado?”, y Otto, disgustado, replicó: “No. Nunca hemos tenido teléfono en la cabaña”, y Mitchell dijo, ya que aquello había sido motivo de disgusto entre ellos tiempo atrás: “Está claro que necesitáis un teléfono en la cabaña, ése es precisamente el lugar en el que necesitáis un teléfono”, y Otto farfulló algo inaudible, el equivalente verbal a encogerse de hombros, y Mitchell pensó, Me está llamando desde una cabina en Au Sable Forks, está a punto de colgar. Dijo apresuradamente: “Oye, mira: vamos a ir a visitaros. Teresa… ¿está bien?”. Otto contestó pensativo: “Teresa está bien. Se encuentra bien. Y no queremos visitas -y añadió-: Está descansando, duerme en el porche y está bien. Au Sable fue idea de ella, siempre le ha encantado”. Mitchell tanteó: “Pero estáis tan lejos”. Otto respondió: “De eso se trata, Mitchell”. Va a colgar. No puede colgar. Intentó evitarlo preguntando cuánto tiempo llevaban allí, y Otto dijo: “Desde el domingo. Hicimos el viaje en dos días. Estamos bien. Todavía puedo conducir”. Otto soltó una carcajada; era su antiguo enfado, su rabia. Casi perdió su carné de conducir hace unos años y de algún modo, gracias a la intervención de un médico amigo suyo, había conseguido conservarlo, lo que no fue una buena idea, podría haber sido un error garrafal, pero no puedes decírselo a Otto Behn, no puedes decirle a un anciano que va a tener que renunciar a su coche, a su libertad, simplemente no puedes. Mitchell estaba diciendo que irían a visitarlos, que saldrían de madrugada al día siguiente, y Otto se mostró tajante al rechazar la idea: “Hemos tomado una decisión y no hay discusión posible. Me alegro de haber hablado contigo. Puedo imaginarme cómo habría sido la conversación con Lizbeth. Prepárala tú como creas conveniente, ¿de acuerdo?”, y Mitch respondió: “Está bien. Pero, Otto, no hagas nada -tenía la respiración acelerada, se sentía confuso y no sabía lo que decía, sudaba, la sensación de algo frío, derretido, que le caía encima, demasiado rápido-. ¿Volverás a llamar? ¿Dejarás un teléfono para que te llamemos? Lizbeth regresará a casa en media hora”, y Otto respondió: “Teresa prefiere escribiros a Lizbeth y a ti. Es su estilo. Ya no le gusta el teléfono”, y Mitch contestó: “Pero al menos habla con Lizbeth, Otto. Quiero decir que puedes hablar de cualquier cosa, ya sabes, de cualquier tema”, y Otto repuso: “Te he pedido que respetéis nuestros deseos, Mitchell. Me has dado tu palabra”, y Mitchell pensó, ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Qué palabra he dado? ¿Qué es esto? Otto decía: “Lo hemos dejado todo en orden, en casa. Sobre la mesa de mi despacho. El testamento, las pólizas de seguros, los archivos de nuestras inversiones, las libretas del banco, las llaves. Teresa tuvo que darme la lata para que actualizase nuestros testamentos, pero lo hice y me alegro infinitamente. Hasta que no haces testamento definitivo, no te enfrentas de una vez por todas a la realidad. Estás en un mundo de ensueño. Pasados los ochenta, te encuentras en un mundo de ensueño y debes tomar las riendas de ese sueño”. Mitchell le escuchaba, pero perdió el hilo. Se le amontonaban los pensamientos como una ráfaga en su mente, como si estuviese jugando una partida en la que las cartas se repartieran a lo loco.

-Otto, ¡claro! Sí, pero quizá deberíamos hablar algo más sobre esto. ¡Tus consejos pueden ser valiosísimos! Por qué no esperas un poco y… Iremos a veros, saldremos mañana de madrugada, o de hecho podríamos salir esta noche.

Le interrumpió, si no lo conociera habría dicho que de forma grosera:

-Eh, ¡buenas noches! Esta llamada me está costando una fortuna. Hijos, os queremos.

Otto colgó el teléfono.

Cuando Lizbeth llegó a casa, había cierto tono discordante: Mitchell en la terraza de atrás, en la oscuridad; solo, allí sentado, con una bebida en la mano.

-Cariño, ¿qué pasa?

-Te estaba esperando.

Mitchell nunca se sentaba así, nunca esperaba así, su mente estaba siempre trabajando, aquello resultaba extraño, pero Lizbeth se le acercó y le dio un beso leve en la mejilla. Olía a vino. Piel caliente, cabellos húmedos. Lo que se diría un sudor pegajoso. Tenía la camiseta empapada. De manera coqueta, Lizbeth dijo al tiempo que señalaba la copa que Mitchell tenía en la mano:

-Has empezado sin mí. ¿No es temprano?

También era extraño que Mitchell hubiese abierto aquella botella de vino en particular: un regalo de algún amigo, de hecho puede que fuera de los padres de Lizbeth; de años antes, cuando Mitchell se tomaba el vino más en serio y no se había visto obligado a reducir las copas. Lizbeth preguntó dubitativa:

-¿Alguna llamada?

-No.

-¿Ninguna?

-Ni una sola.

Mitchell sintió el alivio de Lizbeth; sabía cómo aguardaba las llamadas de Forest Hills. Aunque por supuesto su padre no llamaría hasta las once de la noche, cuando comenzaba la tarifa reducida.

-En realidad, ha sido un día muy tranquilo -dijo Mitchell-. Parece que no hay nadie más que nosotros.

La casa de estuco y cristal de dos niveles, diseñada por Mitchell, se hallaba rodeada de frondosos abedules, encinas y robles. Una casa que había sido creada, no descubierta; la moldearon a su gusto. Llevaban viviendo allí veintisiete años. Durante su prolongado matrimonio, Mitchell había sido infiel a Lizbeth una o dos veces, y es posible que Lizbeth también le hubiera sido infiel, quizá no sexualmente pero sí en la intensidad de sus emociones. Pese a todo, el tiempo había transcurrido y continuaba haciéndolo, y tropezaban de pasada como objetos al azar en un cajón durante sus días, semanas, meses y años en el trance de su vida adulta. Se trataba de una confusión pacífica, como una sucesión de sueños intensos e inesperados que no pueden recordarse más que como emociones una vez se está despierto. Está bien soñar, pero también está bien estar despierto.

Lizbeth se sentó en el banco de hierro forjado de color blanco que había junto a Mitchell. Tenían aquel mueble pesado, ahora envejecido por el tiempo y desconchado después de la última vez que lo pintaron, de toda la vida.

-Creo que todo el mundo se ha ido. Es como estar en Au Sable.

-¿Au Sable? -Mitchell la miró brevemente.

-Ya sabes. La vieja casa de papá y mamá.

-¿Aún la tienen?

-Supongo. No lo sé -Lizbeth rió y se apoyó en él-. Me da miedo preguntar -tomó la copa de entre los dedos de Mitchell y bebió un sorbo-. Solos aquí. Nosotros solos. Brindo por eso -para sorpresa de Mitchell, le besó en los labios. La primera vez que le besaba así, juvenil y atrevida, en los labios, en mucho tiempo.

Joyce Carol Oates (foto)