Archivo de la categoría: Perú

‘El profesor suplente’ de Julio Ramón Ribeyro

Julio_Ramón_RibeyroHacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

-¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

-Todo esto no me sorprende -dijo al fin-. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

-No te olvides de poner la tarjeta en la puerta -recomendó Matías antes de partir-. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar -el reloj del Municipio acababa de dar las once- cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición -que le recordó a los jurados de su infancia- fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

-Por favor -decía- ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando.

Matías se volvió, rojo de ira.

-¡Yo soy cobrador! -contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

-¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

-¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! -balbuceó Matías-. ¡Me aplaudieron! -pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

 

Anuncios

Decálogo del cuento, de Julio Ramón Ribeyro

julio ramón ribeyro(Uno de los más grandes narradores de cuentos de Latinoamérica, el peruano Julio Ramón Ribeyro, aventura sus recomendaciones sobre la construcción de historias breves y el oficio de escribir. Llamémoslo ‘Decálogo de Julio Ramón Ribeyro’. JSA)

1)  El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.

2) La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real, debe parecer inventada y si es inventada, real.

3) El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4) La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no existe como cuento.

5) El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6) El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7) El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8) El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9) En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10) El cuento debe conducir necesaria e inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

 

‘Vida gris’ de Julio Ramón Ribeyro

julio ramon ribeyro(Este es el primer cuento que publicó en 1949 el que sería uno de los grandes cuentistas de Latinoamérica, Julio Ramón Ribeyro. Ayer, 31 de agosto, se cumplieron 88 años de su nacimiento)

Nunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la de Roberto. Se deslizó por el mundo inadvertidamente, como una gota de lluvia en medio de la tormenta, como una nube que navega entre las sombras.

No tuvo una emoción fuerte, ni una aventura imprevista, ni una calamidad sonora, que coloreara la página blanca de su vida. Todo en él fue blando, suave, entregado con mesura, vivido sin contrastes. No fue lo suficientemente bruto para sentir felicidad de no pensar en nada, ni lo bastante inteligente como para sufrir la angustia de saber más. Ni serio ni jocoso, ni bueno ni malo, ni estéril ni imaginativo, era como el agua tibia, como un árbol sin savia, como una sonrisa sin expresión.

Ni siquiera un rasgo de su semblante fue llamativo u original. De mediana estatura, de complexión delgada, sus ojos carecían de potencia, como una lámpara mal encendida, y su voz era de un tono tan vulgar como corriente era el color de sus cabellos.
Su presencia no era ansiada ni evitada, pues no poseía aquella parquedad desagradable, ni era tan parlanchín que fastidiara. Saludaba, hablaba de cosas banales, decía lo que cualquiera otro hubiera podido decir, y se alejaba sin haber comunicado ninguna novedad, sin haber despertado ningún efecto. No se notaba su presencia en el grupo de sus amigos cuando asistía, ni se reparaba en su ausencia cuando faltaba. No poseía ninguna particularidad notable que lo definiera, pues no sabía cantar, ni contar chistes, ni decir piropos. A todos les era indiferente, y por todos pasaba desapercibido. No se sabía que le gustaba, a qué era aficionado, cuáles eran sus ideales, pues a nadie le interesaba preguntárselo, y él tampoco se afanaba en referirlos.

Cuando se encontraba con un conocido en la calle, conversaba sobre temas generales, sin profundidad ni elegancia, sin hablar de sí mismo ni incurrir por el destino del otro, como quien observa una fórmula social; y al despedirse, seguramente que su interlocutor se olvidaba que acababa de sostener una conversación.
Jamás alguien le consultó una opinión ni le pidió un consejo; ni tuvo un amigo más amigo que otros, ni un apodo cariñoso que exagerara alguno de sus rasgos. Nada en él llamaba la atención; todo en él era gris y normal, sosegado y neutro, limitado y barato. Sus exámenes no fueron brillantes que despertaran envidia, ni desastrosos que produjeran risas. Sus notas eran treces y catorces.

A no ser que lo vieran, no vivía en la conciencia de nadie. No se recordaba de él, alguna opinión audaz o algún silencio elocuente, alguna pose elegante o alguna actitud gallarda. Lo que él hacía pronto se olvidaba, como se olvidaban todas sus palabras que sólo el viento guardó.

De niño, en su barrio, palomilleó como todo rapaz, pero a excepción de una pedrada que le cayó en la cabeza y un vidrio que rompió, no le sucedió nada notable como a otros muchachos de su edad; jamás lo mordió un perro, ni lo tomó preso un policía, ni lo atropelló una bicicleta, ni lo maldijo una vieja.

Siendo de la clase media no tuvo lindos juguetes; pero no le faltaron los soldados de plomo, ni el carro de cuerda. De este modo no lo impresionó el gozo de la abundancia, como tampoco lo contristó el dolor de la escasez.

No hizo viajes largos que dejaran en su memoria recuerdos de paisajes, ni tuvo muchos parientes, ni lo quisieron mucho sus padres.

De su infancia, pues, no tenía nada que contar.

Su adolescencia fue igualmente mediocre. Conoció el mal y el mundo, sin asombrarse mucho, sin que nada despertara su pasión. Todo le pareció justo y corriente. Pecó sin sentir mucho remordimiento, y creyó en Dios lo suficiente como para no pensar en Él.

No siendo vehemente ni tampoco apático vivió un sentimentalismo moderado; hubo mujeres hacia las cuales se sintió atraído, pero nunca trató de discriminar la naturaleza de esta atracción. A ninguna cayó simpático, pero también por ninguna fue odiado. Y él aceptó esta diferencia serenamente, creyéndola normal, sin sentirse herido en su vanidad, ni vulnerado en su amor propio.

Su cultura era mediana. Como todo muchacho había leído a Verne, a Dumas y a otros escritores de folletín; pero, de seguro, no sabría qué autor le había gustado más, o qué personaje le inspiraba más simpatía. No se preocupó nunca en señalar sus predilecciones literarias.

En el colegio no se apasionó por ningún curso; estudiaba sin curiosidad, sin emoción, como si cumpliera un deber natural, un mandamiento; y en su memoria guardaba paletadas de nombres y de fechas que jamás trató de ordenar o rememorar. Lo vivido era para él inservible.

Cuando abandonó el colegio no lo extrañó, y al enfrentarse a la vida no sintió más leve intranquilidad. Sin inclinaciones personales siguió la carrera que le designó su padre, y por ella anduvo paso a paso, sin fastidio, pero tampoco sin entusiasmo.

Poco filósofo, no se hizo ningún problema de su existencia, ni jamás se preguntó para qué vivía. No experimentó la delicia de navegar en alas de la metafísica, ni el terror de enfrentarse a los problemas de la religión. No tuvo una posición ideológica definida, ni ideas motoras que lo arrastraran hacia una meta; todo lo contempló sin la curiosidad del artista ni la emoción del poeta: con la indiferencia del burgués.

Las circunstancias de su vida contribuyeron a fomentar su medianía. Sin haber nacido en una ciudad prestigiosa no podía enorgullecerse de su origen; mas, como no había venido al mundo en un caserío, era injusto avergonzarse de su cuna. No descendiendo de una familia rica, no llamó la atención por su fortuna; pero como tampoco era pobre, no pudo impresionar por su miseria.

La fecha de su nacimiento no coincidió con ninguna conmemoración famosa, ni fue su nombre de pila un nombre original o inaudito, ni tuvo su apellido un rumor rancio de nobleza.

No siendo su padre un personaje notable, se vio privado de toda responsabilidad familiar; mas, como tampoco descendía de un reo, no tuvo ningún complejo que ocultar.

El único hecho prominente de su vida fue un terminal que agarró en el sorteo de Fiestas Patrias: obtuvo quinientos soles. Era justo que esto sucediera en su existencia: de lo contrario su vida habría sido tan absolutamente mediocre, que se hubiera convertido en un caso interesante, excepcional de mediocridad, y en consecuencia hubiera dejado de ser mediocre, puesto que ya era interesante.

Al recibir su título de profesional, no rindió una tesis brillante que hiciera estremecer al viejo jurado de emoción; pero tampoco sostuvo una idea estúpida que mereciera un total disentimiento. Por otro lado tampoco resbaló en la alfombra al ir a recibir su grado, ni volcó tinta en su diploma, ni ocurrió algún incidente de esta naturaleza, que confiriera a la ceremonia, ya que no es un aspecto solemne, por lo menos un viraje cómico.

Abrió un estudio discreto, en una calle de poco tráfico, que fue concurrido por gentes de regular calidad, mediocres también como él. En dicho estudio ejerció paciente, silenciosamente su profesión, sin que se conociera de él alguna intervención notable, ni tampoco un yerro espectacular.

Y mientras la placa dorada con su nombre y profesión iba perdiendo su brillo, y mientras su cabeza iba encaneciendo, sus días pasaban unos detrás de otros, siempre iguales, siempre insípidos, como duplicaciones, como las páginas de un libro.
Roberto no se casó. De haberlo hecho, su vida habría tenido ya un motivo de ser, y quedaría justificada su existencia. Pero él fue absolutamente contingente, completamente inútil al mundo; ni siquiera tuvo descendientes.

Y por fin murió. Pero hasta su muerte fue vulgar, pueril, y antipoética. No se cayó de un quinto piso, ni lo arroyó un tranvía, sólo una tos invernal y por no cuidársela se le complicó con los bronquios, luego con la pleura, y rebotando de complicación en complicación, dio en la tumba, un miércoles de fin de mes.

Fueron a su entierro algunos colegas, por solidaridad profesional. Tuvo pocas flores y ninguna lágrima. No le pusieron lápida, y justo al mes, un tío suyo le pagó una misa, a la que asistieron tres personas.

Después, se le olvidó por completo. Nadie lo recordó con ternura, nadie lo evocó con afecto. No se le citó en ninguna conversación, ni se lamentó con sinceridad de su muerte, ni le rezaron por las noches.

De su paso por el mundo no quedó nada bueno, ni nada malo. Era como si no hubiera existido, como un aerolito que cayera sin dejar estela, como un fuego que se apagara sin dejar cenizas. Se hundió en la nada llevándose todo lo que tuvo; cuerpo y alma, vida y memoria, latido y recuerdo.

Fue una vida inútil, rotunda, implacablemente inútil.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

‘Taxi driver sin Robert…’ de Fernando Ampuero

Fernando AmpueroAquella noche el motorcito que activa las plumillas del parabrisas estaba fallando y barría mal la llovizna. Pero yo alcanzaba a ver, o bien a imaginar. Se repetía más o menos la historia que ya conocía de cabo a rabo. Los dos borrachos se habían detenido en medio de la calle, indiferentes al tránsito vehicular. Efusivos abrazos, tambaleos y por momentos una firme juntada de cabezas que hacía pensar en dos toros que se alistan a trabar combate. Sin embargo, en vez de pelear, estos pobres tipos -facha atildada de oficinistas, quizá empleados bancarios- se limitaban solamente a reír y vociferar con gestos de cantantes de ópera.

Mientras tanto, con el auto estacionado a un lado de la calle, yo aguardaba en silencio. Los faros apagados, la mano en el contacto. Y una vez más me entraba la duda. Era difícil decidir si debía o no continuar con aquel feo asunto.

Mis recientes experiencias no habían sido lo que se puede decir buenas. Rentables sí, pero de ninguna manera buenas. Y en eso, de hecho, radicaba mi conflicto. Yo necesitaba ganar mucha más plata. Raulito, mi hijo menor, había nacido con uno de esos males que se dan uno en cada cien mil -debilidad de los músculos del cuello, lo cual le impedía mantener la cabeza en su sitio-, y requería terapia y medicinas. Si yo hubiera estado en el estudio, como un año atrás, no habría tenido tantos problemas. Mi empleo de ayudante de abogado rendía sus dividendos. Pero ahora no lo tenía -los picapleitos de la rama laboralista ya no encontraban clientes, pues al nuevo gobierno le importaban un bledo las huelgas y la estabilidad laboral-. Así que, desde entonces, le metía duro al taxi y, en los fines de semana, recurseaba con los borrachos.

Lo primero cayó por su propio peso, porque yo era dueño de un carro, un Pontiac viejo, y no tenía otra cosa que hacer. Trabajaba turnos de doce horas diarias, como si fuera auto alquilado. Lo otro, lo de los borrachos, se me reveló como una locura más en esta enloquecida ciudad y, pasado un tiempo, como una tentación. Un amigo taxista, el negro Raimundo, me puso al corriente del negocio.

-Se trata de robar y vender borrachos -afirmó-. ¡Una bendición del Señor! Ganarás en una noche lo que a otros les toma más de una semana. ¿No te animas?

Me eché a reír un buen rato. Lo de robar a un borracho lo podía entender, pero era la primera vez que oía que alguien pudiera vender a un borracho.

-¿Hablas en serio? -pregunté.

-¡Claro! -Raimundo era un amigo de apenas unos meses, pero me inspiraba confianza-. Primero cacheas al borracho, luego le limpias el billete y finalmente vendes el resto. Ésa es la mejor forma de sacarle partido a todo, sin mancharte las manos ni dejar pistas. Sería muy raro que el tipo al cabo de unos días se acordara de ti, pero si te quedas con un encendedor de oro o un reloj fino te mandan al canasto. De ahí que lo mejor sea vender al borracho.

-¿Y a quién lo vendes?

-Hay varios huecos de fumones y otras ratas que están llenos de compradores. Pueden darte entre quince y dieciocho soles, dependiendo de lo que ofrezcas. Un borracho vale por su ropa, sus zapatos, sus adornos personales y, sobre todo, si es alguien solvente, por sus tarjetas de crédito.

Como vi que la cosa no era broma, me inquieté:

-De todas formas, lo veo peligroso -dije.

-Es peligroso, pero no tanto. Tu mayor riesgo consiste en dar unas vueltas de más y esperar a que el borracho se te duerma en el taxi.

-No lo veo así.

-¡Te aseguro que no es más que eso!

-¿Y qué pasa si el tipo se despierta cuando uno le está pelando la billetera?

-¡No pasa nada! No olvides que el tipo está borracho, y que tú tienes una buena excusa. Bien puedes decir que buscabas un documento para averiguar su dirección. Podrías molestarte e incluso recriminarlo por dormirse, por hacerte perder tiempo o por ensuciar los asientos.

El negro Raimundo se las sabía todas. Llevaba un año en el asunto y, fuera de cuidar mucho los detalles, le obsesionaba la seguridad. Lo primero, decía, es aprender a reconocer los bultos bajo la ropa, dado que como están los tiempos mucha gente lleva una pistola al cinto.

-¿Y qué haces en esos casos?

-Algunos se pelan la pistola y siguen para adelante -me dijo-. Yo no. Prefiero despertar al borracho y pedirle que se baje. Con las armas no se juega.

Metódico, minucioso hasta la exageración, Raimundo venía de la administración pública. Era uno de los miles que, tras renunciar a su empleo a cambio de un incentivo económico (de acuerdo con el programa de reducción burocrática), había invertido su capital en un taxi. Su carro era un Toyota Corolla 1987, en estupendo estado, y su labia resultaba de lo más convincente. El interés de Raimundo, de puro amigo, era que yo me volviera su colega, en todo el sentido de la palabra.

Unas buenas tres semanas me tomó sopesar las ventajas y desventajas de su propuesta.

A lo largo de ese tiempo, consciente de que algo en mí iba cambiando, recorrí mis rutas de costumbre. Pero ya no era lo mismo. Conforme pasaban los días, me sentía distinto: no abría el pico con los pasajeros, no estaba pendiente de las noticias de la radio, no maldecía mi mala suerte. Mi mente le daba vueltas y vueltas al negocio de los borrachos. La idea se me había incrustado como una astilla en un nervio muy delicado.

Hasta que, a principios de agosto, en una fría madrugada de viernes a sábado, tomé la determinación de seguir los pasos de Raimundo y levanté a mi primer borracho.

Ocurrió en Breña. Acababa de dejar a un pasajero y, al momento de entrar a una amplia avenida desierta, en busca de una salida directa hacia el centro, lo vi en una esquina. Era uno de esos especímenes con una fabulosa pinta de “candidato”. Iba por la calle haciendo eses y lucía una sonrisa idiota. Y no bien me vio, elevó una mano como si hubiera intentado atrapar un ave en pleno vuelo.

Me detuve. El borracho se asomó por la ventanilla de la derecha.

-Buenas -dije.

-Buenash -contestó-. A Chacarilla. ¿Cu… cuánto es?

-Ocho soles.

-¡Ocho solesh! -gruñó con la mirada nublada-. ¿Usted está mal de la cabeza?

Era una ironía que aquel insano me dijera eso, pero yo estaba en plan de aguantarle todo.

-Después de la medianoche, hay un recargo del cincuenta por ciento -argüí-. Y además, está la distancia.

-Le pago seis -dijo.

-No, no me sale a cuenta.

-Siete.

-No, señor. Ocho. ¿Lo toma o lo deja?

El tipo me miró, empequeñeciendo los ojos. La defensa de mi tarifa, junto a mi nula disposición hacia el regateo, le debieron hacer pensar bien, pues un asaltante no se expone tanto a perder una presa. Y subió.

-Vamos hacia el puente Primavera -dijo acomodándose en el asiento trasero-. Cuando lleguemos, yo… yo lo guío. ¿Tiene música?

-Claro -dije, y sintonicé una estación de boleros.

A los cinco minutos, cuando recién pasaba por Lince, el tipo había caído: dormía como un angelito. Pero yo, ¡maldita sea!, pasaba las de Caín. Sudaba, el timón se me resbalaba en las manos: temía cruzarme con un patrullero o una de esas unidades de Serenazgo. A pesar de todo, trasladé al tipo al Campo de Marte, tomé por una vía oscura y, tras unos leves zamaqueos, cerciorándome de que su sueño era pesado, lo limpié. Tenía un bille de diez dólares y doscientos veinticinco soles en la billetera. No era una fortuna, pero de hecho ese dinero me venía requetebién.

Fue un trabajito sin acabados, de primerizo. Busqué una banca de parque, saqué luego al borracho con suaves tirones y, tomándolo de un brazo -el pobre se dejaba llevar como un ciego narcotizado-, lo instalé de lado para que no se fuera de bruces. ¿Cuánto tiempo duraría así? Imagino que muy poco, pues antes de irme noté que los arbustos del parque se movían de manera sospechosa.

Sin embargo, mal que bien, la cosa funcionó. Y estimuló mis deseos de iniciarme con todas las de la ley.

Generoso, hablantín, Raimundo se portaría como un eximio maestro. Al siguiente sábado me dedicó más de una hora de su jornada nocturna para enseñarme, aparte de los procedimientos básicos, a dos tipos desnudos durmiendo la mona en la calle (“así quedan nuestros clientes”, indicó) y, desde luego, varios huecos de venta de borrachos en el barrio de La Victoria.

-Primera regla: nunca lleves dos borrachos juntos -me dijo-. Lleva uno. He oído sobre muchos ambiciosos que ya no la pueden contar por comer a dos cachetes… Ah, y otra cosa que te hará ganar tiempo: estudia la conducta humana y entrena tu ojo. No todos los borrachos son los que tienen pinta de estar a punto de caer; también cuentan los muy erguidos, que casi no se les nota. A estos últimos, ya los verás, la tranca se les concentra en las corvas y de pronto se les doblan las piernas. Yo los llamo los borrachos del aire.

-¿Del aire?

-Sí, del aire, porque el aire les choca. Es gente que se la pasa chupando en un local cerrado y luego sale a la calle. Se sienten movidos, se resisten, pero enseguida los tienes apoyados en una pared, abriendo y cerrando los ojos, como si estuvieran viendo doble. De estos hay muchos en las puertas de las discos del centro y los salsódromos, y nomás es cuestión de esperar. Basta que te pasees despacito y te paran.

-¿Pero se duermen rápido?

-En dos patadas. Por supuesto, cuenta siempre que te van a tocar los tíos que no ceden, como los porfiados, aunque son más los que terminan aflojando.

-A mi borracho yo lo arrullé con boleros.

-Buena idea -sonrió Raimundo, examinando la guantera de su carro-. Pero yo te voy a recomendar algo mejor -y al instante me mostró un caset-. Chopin. Sonatas, música de piano, verdaderamente infalible. Puedes comprarlo en el suelo, en los ambulantes.

Con Chopin, con un variopinto circuito de bares, discos, clubes departamentales y salsódromos, y con todo el coraje del que era capaz, salí a abrirme trocha. Y en dos meses registré un récord de dieciséis borrachos, equivalente a una media de doscientos cincuenta cada uno, sin contar su venta en los huecos, que rendía entre quince y veinte soles.

En todo ese tiempo, además, me fui enterando de muchas cosas. Quienes compraban no solo consideraban el valor de la ropa, los anteojos y demás efectos personales, sino sobre todo la calidad de sueño del borracho. Si era un sueño ligero, daban menos. En cambio, si a los dos zamacones el tipo estaba como un tronco, pagaban sin chistar. Los compradores preferían ahorrarse forcejeos, golpes o el roche de un escándalo.

Me enteré también de que en este negocio estábamos metidos unos cinco taxistas, a quienes poco a poco iría conociendo. Y aunque no todos vendíamos en los mismos huecos, tres de ellos, por lo menos, acatando el consejo de Raimundo, le sacábamos el jugo a Chopin. Una vez, por el santo de Raimundo, nos reunimos los cinco en un bar y nos emborrachamos. Y luego nos quedamos un buen rato en la calle, mirando cómo pasaban otros taxis. Me dieron escalofríos.

Ahora bien, no quiero que se crea que nuestro oficio es cantar y bordar. Tiene facilidades, sí; manejar en la noche es un placer, las calles están libres y el motor no se recalienta, pero a su vez existen depredadores que nos pueden caer encima de buenas a primeras: los asaltantes de taxistas, de los que unos pocos se han librado empuñando una llave de ruedas -cada taxista del grupo, mínimo, reconocía entre dos y tres asaltos-, y los policías, mucho más duros de pelar, la mayoría expertos en hallar la sinrazón para sacar la suya.

Con los borrachos, en suma, se gana y se pierde, pero es más lo que se gana, y eso incluye un considerable caudal de “elementos de juicio”, como dice Raimundo, ya que fuera de arreglarme la economía (que es, y sigue siendo, la razón por la que sigo en esta danza) mi visión del mundo ha cambiado. Es, ahora, una “visión directa de espejo retrovisor”. Allí, en ese pequeño espejo rectangular, el mundo desfila y toma forma. A veces es una sonrisa; otras, una amenaza. Veo pasar caras, decenas de caras: muchachos tímidos, jaranistas de provincia, hombres ruidosos, hombres callados, ancianos tristes, sujetos indescifrables, mujeres con huellas de maltrato y hasta gentuza, ay caray, que se quiere bajar del auto sin pagar.

Y en cuanto a experiencias, tampoco me quedo corto…

Hace unos días, pasada la medianoche, recogí en Quilca a una mujer que veía en silencio a dos individuos liados a golpes. La tipa subió adelante -exhalaba una ligera mezcla de perfume y olor a licor-, y me soltó una dirección en Jesús María. A fin de que no treparan sus belicosos amigos, salí del sitio pitando. Parecía una tipa decente. Yo, de reojo, miré dos veces su perfil. Treinta y cinco años, bien vestida, actitud digna y, aunque entrada en carnes, bastante guapetona. Ella no cesaba de mirar al frente. Solo se volvió hacia a mí, girando medio cuerpo, una cuadra antes de llegar a su destino: “Pare aquí, por favor”, me dijo. “No tengo dinero, pero puedo hacer algo por usted”. Me tomó tan de sorpresa, que no dije nada. E instantes después me bajaba el cierre de la bragueta, con una turbadora aplicación, y hundía su cara en mi entrepierna. La humedad de su boca, el movimiento de su cabello… No la pude detener. Quedé exhausto en el asiento, la cabeza echada hacia atrás, resollando.

La mujer bajó del auto sin decir palabra, en tanto yo permanecí con una sensación extraña en todo el cuerpo. Y no era que pensase en la gasolina o el dinero perdido, o en las medicinas que necesitaba Raulito, o en cualquier otra cosa así de concreta. Creo que me invadía algo parecido a la desazón, a una especie de alivio penoso, aunque tampoco tenía mucho que ver con eso.

Otro borracho, que recuerdo a menudo, fue un gordito que no podía con su alma y tropezaba cada dos pasos. Me detuvo, se zambulló en el asiento trasero balbuceando algo referente a la vejez de su madre (“Está viejita, está viejita”, decía), y en cosa de diez cuadras se puso a roncar. Mientras buscaba una calle oscura, lo miré con más detenimiento. Era un tipo común y corriente, un tanto ridículo de pinta, pero sin ningún rasgo que lo diferenciara del resto de borrachos. Cuando le saqué la cartera, que no llevaba más de trescientos soles, sentí que se caía algo. Encendí la luz interior y descubrí que era una foto enmicada, en la que había una dedicatoria: “A mi único hijo, con todo mi amor”.

Apagué la luz y el gordito se despertó a medias: “¿Qué pasa?, ¿qué pasa?”, preguntó con voz débil. Mostraba un gesto casi infantil, de desconcierto, y antes de que yo pudiera decirle algo se volvió a dormir, de modo que enrumbé a uno de mis huecos de venta. En el trayecto, sin embargo, se despertó tres veces más. Por el retrovisor vi que meneaba la cabeza y, con la misma vocecita, repetía: “¿Qué pasa?, ¿qué pasa?”. Pensé entonces que, si insistía una vez más con su pregunta, me iba a estallar el cerebro. Y no bien lo hizo, frené el carro, volví a coger su cartera, le devolví el dinero y lo desperté de veras con dos cachetadas.

-¿Dónde vives? -lo cuadré, furioso.

El gordito me miraba, asustado.

-En la avenida Arenales -dijo-. Cuadra 32.

Pisé el acelerador y al cabo de diez minutos el gordito entraba a un mugroso edificio de tres pisos. Aun no entiendo por qué ese pobre diablo consiguió sacarme de quicio.

Si la cosa quedara en esto, vaya y pase. Lamentablemente no fue así: me sucedió un caso aún más desagradable. Y en eso estaba pensando, al punto de dudar si debía o no continuar con el negocio, como ya dijera, cuando de improviso se apareció el negro Raimundo y se estacionó por delante. Raimundo bajó de su auto, se subió al mío y captó que me hallaba chequeando a los dos borrachos que daban gritos como cantantes de ópera.

-¿Estás esperando a que se separen?

-Sí -repuse-. Aunque creo que tienen para rato.

-Cuando se demoran en despedirse significa que viven en sitios diferentes.

-…

-A lo mejor nos llevamos uno cada uno.

-Es posible -contesté.

Cierto desánimo, cierta opacidad debió evidenciar mi voz, pues Raimundo me observó, preocupado:

-¿Te ocurre algo?

Podía haber sonreído o haberle dicho no, qué va, pero me sentía bastante cruzado. Y ahí mismo le conté todo.

-Es algo que me pasó anoche -dije sin perder de vista mi objetivo-. Levanté a un borracho que tenía las ropas algo sucias, como si se hubiera caído o tal vez recostado en una pared. Era uno de esos tipos a los que se les enreda la lengua al hablar y, a decir verdad, no prometía mucho.

-¿Y te quemaste?

-No. Todo lo contrario: llevaba mil quinientos soles.

-¡Mil quinientos! -casi gritó Raimundo, fascinado-. ¿Quién era? ¿El rey del camote?

-Tenía más bien pinta de limeño. Robusto, de hombros anchos, con una cara impasible de hijo de puta; se durmió en el asiento, cayéndose lentamente de lado hasta desaparecer del retrovisor. Debía ser un cambista, o bien un ambulante de artefactos electrónicos, que levantan buen billete; no tengo la menor idea. Pero lucía en la muñeca derecha una pesada esclava de oro, un auténtico chancacón…

Imaginando tal vez que me había pelado la esclava del borracho, Raimundo se erizó. Le dije que la cosa no iba por ese lado.

-¿Entonces qué? -se impacientó.

-Mi problema ha sido otro, negro… El tipo mancó.

-¿Mancó? -repitió Raimundo, asombrado-. ¿Me estás diciendo que se murió?

-Sí.

-¿Pero cómo? ¿Cuando lo revisabas?… ¡No me digas que lo golpeaste con algo!

-No. El tipo se murió de pronto, no sé de qué. Ha debido darle un infarto fulminante porque, desde el momento en que se quedó dormido, no se movió un centímetro. ¡Y lo que más me rayó fue no haberme dado cuenta! Los zambitos del jirón Iquitos, que era el hueco más a la mano, serían los premiados. “Oye, manito, este pata está frío”, me dijo el que tasaba la merca. Era el chiquillo más enclenque, el que tiene chuzos en los brazos. Pensé que se quería pasar de vivo, pero al mirar hacia atrás encontré al borracho tumbado de través, de cara al techo, con los ojos abiertos y un hilo de baba que se le chorreaba por el mentón.

-¡Puta madre! -exclamó Raimundo-. ¿Y qué hiciste?

-Eso es lo que me tiene jodido: lo que hice… Me puse a mirar la calle, aparentando una gran tranquilidad; lo miraba todo, sonriendo, rascándome la cabeza como si no hubiera pasado nada anormal, mientras el zambito, moviéndose dentro del auto, seguía evaluando la esclava, la ropa, los zapatos, los documentos, e intercambiando a su vez miradas con dos de sus socios. “Sí, manito, tu choborra está bien frío”, me volvió a decir. Y yo, con las manos aferradas al timón, le contesté: “Entonces te saldrá con impuestos: otros cinco mangos. Quiero veinticinco”. El chico hizo un gesto de sorpresa, que pronto se convirtió en mueca de irritación, pero yo no me amilané: “Los muertos no patalean ni se despiertan”, dije tajante. “Te la vas a llevar fácil”. Se quedó pensando… miró otra vez la esclava, asintió dos veces con la cabeza y, finalmente, acabó metiendo la mano al bolsillo.

Apoyado contra la portezuela del auto, tieso, Raimundo se mostró estupefacto:

-¡No lo puedo creer! -murmuró-. ¡Caray, no lo puedo creer! -y permaneció mudo durante unos segundos. Pero luego, como reanimado por una varita mágica, pleno, feliz, estalló en una carcajada convulsiva. Estaba verdaderamente emocionado, y tamborileaba con ambas manos a ritmo febril sobre el tablero del auto-. ¡Muy bien, hermano! ¡Muy bien! -añadió-. ¡Has estado genial! ¡Esto significa que has vendido a tu primer fiambre! -y nuevamente matándose de risa-: ¡Ahora tú estás a la cabeza del grupo!

No me dio tiempo a reaccionar.

Sentí, me parece, que en lo esencial estaba orgulloso de mí, que me admiraba sinceramente y que hasta me colocaba en un pedestal como modelo digno de emulación.

Y después, cuando me disponía a hablarle sobre mis dudas y angustias, los cantantes de ópera llamaron nuestra atención.

-Mira -señaló Raimundo en estado de alerta. Los tipos daban sus primeros pasos por rumbos opuestos-. Ya se acabaron las despedidas.

Vimos a uno de ellos, el más borracho, deteniéndose bajo el rojizo resplandor de un semáforo.

-Ése es el mío -dije yo.

Y entonces todo cambió, todo nos envolvió, todo se fue canalizando en una idea fija: una común idea fija.

Raimundo salió de mi auto y retornó sigilosamente al suyo, mientras yo -archivando el fiambre de mi historia como un caso aceptado, metabolizado- movía la llave del contacto y encendía el motor. Rompió el aire un ronquido dócil, como un trueno domesticado. Exactamente igual, a unos metros, tronó el taxi de Raimundo, aunque el ruido de su motor se percibía menos poderoso. Y luego, a un tiempo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, encendimos los faros de nuestros carros. La calle se iluminó. Uno de los borrachos, enceguecido, se cubrió los ojos con un brazo; el otro, dando tumbos, levantó una mano floja en el aire.

Fernando Ampuero (foto) (Título completo: ‘Taxi driver sin Robert de Niro’)

 

‘Historia de un cañoncito’ de Ricardo Palma

ricardo-palma(A Leopoldo Díaz, en Buenos Aires)

Si hubiera escritor de vena que se encargara de recopilar todas las agudezas que del ex presidente gran mariscal Castilla se refieren, digo que habríamos de deleitarnos con un libro sabrosísimo. Aconsejo a otro tal labor literaria, que yo me he jurado no meter mi hoz en la parte de historia que con los contemporáneos se relaciona. ¡Así estaré de escamado!

Don Ramón Castilla fue hombre que hasta a la Academia de la Lengua le dio lección al pelo, y compruébolo con afirmar que más de veinte años antes de que esa ilustrada corporación pensase en reformar la ortografía, decretando que las palabras finalizadas en on llevasen la ó acentuada, el general Castilla ponía una vírgula tamaña sobre su Ramón. Ahí están infinitos autógrafos suyos corroborando lo que digo.

Si ha habido peruano que conociera bien su tierra y a los hombres de su tierra, ese, indudablemente, fue don Ramón. Para él, la empleomanía era la tentación irresistible y el móvil de todas las acciones en nosotros, los hijos de la patria nueva.

Estaba don Ramón en su primera época de gobierno, y era el día de su cumpleaños (31 de agosto de 1849). En palacio había lo que en tiempos de los virreyes se llamó besamano, y en los días de la República, y para diferenciar, se llama lo mismo. Corporaciones y particulares acudieron al gran salón a felicitar al supremo mandatario.
Acercose un joven a su excelencia y le obsequió, en prenda de afecto, un dije para el reloj. Era un miscroscópico cañoncito de oro montado sobre una cureñita de filigrana de plata; un trabajo primoroso; en fin, una obra de hadas.

-¡Eh! Gracias…, mil gracias por el cariño -contestó el presidente, cortando las frases de la manera peculiar suya, y solo suya.

-Que lo pongan sobre la consola de mi gabinete -añadió, volviéndose a uno de sus edecanes.
El artífice se empeñaba en que su excelencia tomase en sus manos el dije para que examinara la delicadeza y gracia del trabajo; pero don Ramón se excusó diciendo:

-¡Eh! No…, no…, está cargado…, no juguemos con armas peligrosas…

Y corrían los días, y el cañoncito permanecía sobre la consola, siendo objeto de conversación y de curiosidad para los amigos del presidente, quien no se cansaba de repetir:

-¡Eh! Caballeros…, hacerse a un lado…, no hay que tocarlo…, el cañoncito apunta…, no sé si la puntería es alta o baja…, está cargado…, un día de estos hará fuego…, no hay que arriesgarse…, retírense…, no respondo de averías…

Y tales eran los aspavientos de don Ramón, que los palaciegos llegaron a persuadirse de que el cañoncito sería algo más peligroso que una bomba Orsini o un torpedo Withead.

Al cabo de un mes el cañoncito desapareció de la consola, para ocupar sitio entre los dijes que adornaban la cadena del reloj de su excelencia.

Por la noche dijo el presidente a sus tertulios:

-¡Eh! Señores…, ya hizo fuego el cañoncito…, puntería baja…, poca pólvora…, proyectil diminuto… ya no hay peligro… examínenlo.

¿Qué había pasado? Que el artífice aspiraba a una modesta plaza de inspector en el resguardo de la aduana del Callao, y que don Ramón acababa de acordarle el empleo.
Moraleja: los regalos que los chicos hacen a los grandes son, casi siempre, como el cañoncito de don Ramón. Traen entripado y puntería fija. Día menos, día más, ¡pum! lanzan el proyectil.

Ricardo Palma (foto)

‘Por las azoteas’ de Julio Ramón Ribeyro

julio-ramon-ribeyroA los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.

En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.

A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logré pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.

Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.

Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.

En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.

Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.

-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.

Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.

-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa… ¡Este calor!

-¿Quién eres tú? -le pregunté.

-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.

-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.

-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.

-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.

-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.

Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.

-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.

-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: “Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz”.

Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.

-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: “Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’”.

Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.

-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?

-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.

Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.

Al día siguiente regresé.

-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.

En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.

-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.

-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.

-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.

-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.

-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.

El hombre quedo mirándome sin entenderme.

-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.

Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.

-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.

A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.

A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:

-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.

O decía:

-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.

Otro día me dijo:

-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.

A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.

Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.

-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!

Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.

-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?

Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.

Cuando me retiraba, el hombre me dijo:

-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.

El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.

-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.

Al día siguiente me entregó un libro:

-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo…, de este largo verano.

Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado “el hombre de la perezosa”. Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.

-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.

Esa noche mi papá me dijo:

-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.

Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.

Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.

Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.

Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.

Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.

Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

Julio Ramón Ribeyro (foto)

‘McOndo: el fantasma abolido’ de Mario Jursich

mario jursich duránEs muy significativo que, 20 años atrás, la publicación de McOndo haya desatado un alud de críticas negativas. La mayoría de comentaristas, sobre todo en Chile, se tomó el prólogo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez a la tremenda y en consecuencia lo leyó como si fuera un manifiesto político-cultural, cuando en realidad tenía mucho de ópera bufa y desplante juvenil. Fuguet, Sergio Gómez y los otros 15 autores fueron acusados no solo de ser unos burguesitos frívolos de clase media (o “ni siquiera alta”, como dijo, con mal disimulada irritación, un crítico argentino), sino de estar completamente enajenados por la cultura gringa. Así, de manera cambiante y según la filiación ideológica del comentarista de turno, McOndo era presentado como “una celebración del neoliberalismo que a mediados de los noventa triunfaba en América Latina” o como “un proyecto machista que solo incluía a hombres” o –conclusión final absolutamente previsible– como “un reflejo de esa juventud consumista apenas interesada en encarar nuestros gravísimos problemas”.

Si se trataba de quitarles autoridad, hubiera sido más eficaz contrastar el prólogo del libro con lo que en efecto, no en la fantasía, pasaba en ese entonces en la literatura. El hecho de que un editor de Iowa les hubiera rechazado unos cuentos, alegando que “bien podían haber sido escritos por cualquier autor del Primer Mundo”, era la prueba fehaciente, inequívoca, para los prologuistas de McOndo de que tanto los escritores como las editoriales y el público a este y el otro lado del Atlántico seguían encadenados al grillete del realismo mágico. “No es posible aceptar… que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles”, proclamaban enardecidos. “En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”, remachaban, como si nadie lo hubiera advertido nunca.

Estos comentarios, evaluados a la distancia de dos décadas, producen una especie de lástima. Fuguet y Gómez simplemente parecían haber leído mal la literatura latinoamericana (o no haberla leído en absoluto). Para empezar, pasaban por alto que el mismo año de publicación de Cien años de soledad, en 1967, ya estaban en librerías La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti; La región más transparente (1958), de Carlos Fuentes, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, tres libros de referencia donde no hay realismo mágico y donde las ciudades son un nítido contrapunto a ese campo y a esa vida rural que en opinión de ellos acaparaban las letras latinoamericanas.

Otro tanto puede decirse de sus quejas respecto a la falta de atención a la cultura popular y a la televisión. “¿Y lo bastardo, lo híbrido?”, preguntaban de manera retórica, convencidos de que no habría respuesta a sus interrogaciones. “Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato”. Pues bien: 20 años atrás, en 1976, ya Manuel Puig y Luis Rafael Sánchez le habían dado carta de ciudadanía a todo ese universo en El beso de la mujer araña y en La guaracha del Macho Camacho. Visto en perspectiva, el libro de Luis Rafael Sánchez hasta parecía anticipar los ruegos de Fuguet y Gómez por una narrativa donde se viera “nuestro país McOndo sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas… tv-cable y barriadas”, toda vez que elegía un descomunal atasco de tráfico en San Juan para hacer una gozosa reflexión en torno a la caótica modernidad del Caribe.

Es importante añadir que ya en los años sesenta, mientras la literatura se abría en multitud de direcciones, Carlos Monsiváis y otros autores estaban escribiendo crónicas de enorme aliento sobre ídolos populares o haciendo perspicaces conjeturas sobre la identificación del público con lo que veía en las pantallas de los cines o los televisores. (Una de las principales carencias de McOndo es, justamente, que ignora la multifacética riqueza del periodismo, de la nota cinematográfica o del ensayo en aquellos tiempos inventivos).

A mí me gustaría radicalizar estas críticas: en 1996, a excepción de algunos epígonos sin importancia, ni siquiera el mismo Gabriel García Márquez estaba interesado en el realismo mágico. Sus libros de la época, desde Crónica de una muerte anunciada (1981) hasta Del amor y otros demonios (1994), ya habían dejado atrás el estilo hiperbólico y barroco de Cien años de soledad, sustituyéndolo por una prosa más contenida, donde a menudo refulgían las antiguas enseñanzas de Hemingway. Más aún: en lo que puede considerarse una sabrosa ironía, a mediados de los ochenta García Márquez había publicado su “libro chileno” –Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile–, en el cual, si se lo hubieran propuesto, Fuguet y Gómez habrían podido encontrar mucho de lo que reclamaban para su propia escritura.

No me resisto, llegado a este punto, a comentar una segunda y acaso más filosa ironía. Con ánimo provocador, los prologuistas de McOndo decían que “si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”. Da risa pensar que también en esa encrucijada el “arcángel san Gabriel” se les adelantó por lo menos década y media. Desde 1981, García Márquez se había dejado seducir por el logo de la manzana, siendo tal vez uno de los primeros, si no el primer autor latinoamericano, en cambiar su viejo instrumento de trabajo por un computador. “Jobs le había recomendado directamente el equipo –recordó Roberto González, pocos días después de que muriera el nobel colombiano–. García Márquez usaba todavía su pesada máquina de escribir y él le dijo que tuviera mejor un Mac en cada país. Entonces, yo fui quien se lo mostró a Gabo en una feria. Se compró uno para México, otro para Cartagena y uno más para Barcelona”. Lo dicho: aunque intentaran reducirlo a un cliché, ese García Márquez era más complejo –más inesperado– de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En realidad, el malestar de Fuguet y Gómez tenía un origen muy preciso. Primero en 1982, y luego en 1989, la literatura de su país natal había producido dos best sellers mayúsculos, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, y El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Ambos libros, sin la menor duda, abusaban de los peores tópicos del realismo mágico, pero el hecho de que el público los acogiera no permite inferir que entonces el realismo mágico era la única oferta disponible en el catálogo de las editoriales. En este sentido, Fuguet y Gómez cometían un error clásico, que es confundir la literatura con el mercado. Para decirlo de manera sintética, aunque la literatura obedece parcialmente al mercado, no se agota en el mercado. O, dicho de otra forma, la literatura, que toma cuerpo gracias al mercado, precede y excede al mercado. Todos sabemos que la circunstancia de que un libro se venda poco –o solo alcance un puñado de lectores– no significa nada en cuanto a su calidad e influencia.

No sé si por desconocimiento o por mala fe, Fuguet y Gómez callaban que al lado de La casa de los espíritus estaba Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, y que flanqueando a El viejo que leía novelas de amor aparecían Glosa (1986), de Juan José Saer, y Cuando me hice monja (1993), de César Aira. Ninguno de esos libros, con caminos narrativos totalmente diferentes a los del realismo mágico, logró ventas extraordinarias, pero desde un comienzo fueron saludados como hitos de la nueva narrativa latinoamericana y rápidamente traducidos al francés y al inglés. Así pues el dictum de Fuguet y Gómez, según el cual la industria editorial “desechaba” a quienes “poseían el estigma de carecer de realismo mágico”, se demostraba palmariamente falso. Al enfilar baterías contra el realismo mágico, Fuguet y Gómez en realidad estaban cayendo en la antigua falacia del hombre de paja, que consiste en caricaturizar unos argumentos (o una situación) en aras de facilitar un ataque crítico. No combatían a García Márquez; en verdad, combatían una imitación falsa y vulnerable de su literatura (el “hombre y la mujer de paja” representados en Isabel Allende y Luis Sepúlveda) a fin de dar la ilusión de llevárselo por delante. Finalmente, es fácil dar la apariencia de triunfo en una discusión intelectual cuando se escogen adversarios débiles.

Yo tengo una teoría de uso casero, ajena al libro propiamente dicho, que tal vez explique las numerosas distorsiones de óptica en McOndo. Es bien sabido que tanto Fuguet como Gómez asistieron a los talleres que José Donoso dictó entre 1985 y 1991 en la capital chilena. De allí, de esos workshops conflictivos y retadores, nació el germen de las dos antologías con que irrumpieron ruidosamente en la vida literaria de su país. Creo adivinar que Donoso les transmitió a Fuguet y Gómez su desaforado resentimiento contra Gabriel García Márquez y, de manera indirecta, contra el realismo mágico, que él interpretaba como la causa de que nunca se le hubiera reconocido como un gran autor. Ese asunto, que puede rastrearse con facilidad en la Historia personal del boom (1978) y en la espeluznante memoria de su hija adoptiva Pilar –Correr el tupido velo (2010)–, me exime de multiplicar detalles en extremo penosos. Baste recordar que El jardín de al lado (1981) ofrece una mirada satírica –y rebosante de esa “enorme y lícita envidia” que le gustaba pregonar a Donoso– a propósito de la relación entre Núria Monclús (Carmen Balcells), la “bruja de las finanzas, la catalana pesetera y avara”, y su “escritor favorito”, “el insolentemente célebre” Marcelo Chiriboga (Gabriel García Márquez). En este sentido, se podría decir que McOndo es la venganza infantil, postrera, por interpuestas personas, del escritor chileno contra el nobel colombiano. Sobra decir que se trata de una venganza inoficiosa, pues la antología no tuvo el menor efecto en la reputación de un autor que no necesita de ningún tipo de valedores. García Márquez –¿lo dudarán Fuguet y Gómez?– sigue siendo un nombre ineludible en la narrativa de lengua española.

*

Por supuesto, todo lo dicho hasta aquí tiene un punto de injusticia. En McOndo participan 17 autores y no parece lícito, o al menos equilibrado, proyectar sobre los cuentos unas opiniones vertidas por los antologistas en el prólogo. Como acá no dispongo de espacio para comentarlos de manera individual, me limitaré a pasar por alto las numerosas inconsistencias del libro (no incluye a ninguna mujer ni a ningún escritor del Caribe; no es propiamente una antología de los escritores que agrupa, sino un volumen de textos pedidos ex profeso; no fue el producto de una investigación a carta cabal sino más bien el junte azaroso de lo que sugerían amigos o conocidos), y lo haré, entre otras razones, porque Fuguet y Gómez reconocen esas debilidades. Mi argumento provisorio para explicar por qué el libro ha envejecido de manera tan vertiginosa es que se trata de una antología de autores interesados sobre todo en la novela, para los cuales el cuento, aunque los hubieran escrito, era una forma secundaria; un, digamos, paso obligatorio antes de encarar lo que de verdad valía la pena. No me extraña que, leídos con 20 años de distancia, sobresalgan los relatos de quienes en el momento de la publicación ya tenían a sus espaldas un pasado como cuentistas: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Gustavo Escanlar y sí –todo hay que decirlo–: Alberto Fuguet.

A estas alturas sería necio desconocer que la antología debe su éxito a que tenía un nombre magnífico –fue lo que se dice “un hallazgo afortunado”–. Me temo sin embargo que ese acierto publicitario es en parte la causa de su actual fracaso, el motivo por el cual nadie considera a McOndo un volumen decisivo o cuando menos un importante documento generacional. (Edmundo Paz Soldán, uno de los autores seleccionados, escribió hace un tiempo que era una “malhadada antología”). McOndo reúne a escritores que estaban escribiendo antes de que la editorial Mondadori lanzara el libro, que seguían escribiendo durante su lanzamiento y que siguen haciéndolo hasta la fecha, a menudo –o casi siempre– a contramano de la estética promulgada por Fuguet y Sergio Gómez. Para decirlo en términos publicitarios: perduró la marca, pero caducó la mercancía.

Mario Jursich Durán (foto) (Publicado en Revista Arcadía)

Nota: Los autores incluidos en McOndo son: Andrés Caicedo, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco, Giannina Braschi, Pedro Juan Gutiérrez, Mario Mendoza, Leonardo Valencia, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Jaime Bayly, Naief Yeyha, Juan Forn, Santiago Gamboa, Rodrigo Soto, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Antonio Domínguez, Jordi Soler, Gustavo Escanlar, Martín Casariego Córdoba, Marlon Ocampo y, obviamente, Sergo Gómez y Alberto Fuguet.