El poeta Nuno Júdice ganó el Reina Sofía

nuno_judiceEl poeta portugués Nuno Júdice (foto) ganó la XXII edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El premio reconoce a un autor vivo cuya obra sea un aporte literario al patrimonio cultural de Iberoamérica y España. Júdice ha sido profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Lisboa. Su más reciente trabajo es una novela, Implosión, sobre la crisis europea, y la traducción del poeta colombiano Porfirio Barba-Jacob. El premio es convocado por Patrimonio Nacional de España y la Universidad de Salamanca, y es considerado el más prestigioso de este género en Iberoamérica y España. El ganador obtiene 42.100 euros (unos 25 millones 979 mil pesos chilenos de hoy). Antes de Júdice, ganaron el Reina Sofía, Juan Gelman, José Manuel Caballero Bonald y José Ángel Valente, entre otros. Aunque Nuno Júdice es también novelista y ensayista, destaca como poeta, de lo cual aquí hay una pequeña muestra:

Receta para hacer el azul    Si quieres hacer azul, / agarra un trozo de cielo y mételo en una olla grande, / que puedas llevar al fuego del horizonte; / después mezcla el azul con sobras de rojo / de la madrugada, hasta que se deshaga; / vacía todo en un bacín bien limpio, / para que no quede nada de las impurezas de la tarde. / Finalmente, criba los restos de oro de la arena / del mediodía, hasta que el color se adhiera al fondo de metal. / Si quieres, para que los colores no se desprendan / con el tiempo, deposita en el líquido un corazón de melocotón quemado. / Lo verás deshacerse, sin dejar señal de que alguna vez / allí lo pusiste; y ni el negro de la ceniza dejará restos de ocre / en la superficie dorada. Puedes, entonces, levantar el color / hasta la altura de los ojos, y compararlo con el azul auténtico. / Ambos colores te parecerán semejantes, sin que / puedas distinguir entre uno y otro. / Así lo hice –yo, Abraham ben Judá Ibn Haim, / iluminador de Loulé– y dejé la receta a quien quisiera, / algún día, imitar el cielo. (Traductor Vicente Araguas)

Antropología    como la piedra, no nació de un volcán, / no formó una isla, / no hirvió el mar en impulsos ansiosos / de cielo. / El hombre, como la planta, / se dobla al paso del ciclón, / se estremece con las mutaciones del / tiempo –como ahora, / cuando traen ya las nubes / un escalofrío de otoño. / Este hombre tiene el fondo ceniciento / de esas nubes, su mirada de amenaza / la insistencia en permanecer –así / sepa que el primer soplo / lo arrebatará del horizonte. (Traductor Elkin Obregón)

‘El célibe’ de Jorge Eliécer Pardo

jorge eliecer pardoDesde hace dos años, por decisión propia, me convertí en célibe. Soy pintor egresado de Bellas Artes y músico por afición. He amado el amor, las mujeres son las que me lo han entregado y no me arrepiento haber sido la mayoría de veces su vasallo. ¿Quién no, ante sus caricias, ante la ternura que tienen y dan? Detesto el machismo sin creer definitivamente en el amor libre. Lo que más me erotiza de esas bellas damas es no sólo su hermosura física sino su inteligencia y sensualidad. Es cierto, había fracasado en varias relaciones, dos matrimonios y tres convivencias. Creía que vivir solo era el estado ideal. Además de la misoginia me retiré de mis convicciones radicales sobre la guerra en el país. Antes creía en la revolución armada como posibilidad, ahora, en el celibato, me he vuelto humanista, crítico y hasta reaccionario. Pero como no es de política que hablaré, me centraré en la mujer que haría sucumbir mi conciencia de los no compromisos.
Vivo en un edificio de veinte pisos al norte de la ciudad, cerca a los cerros de Bogotá. Tomé el piso diez, de ochenta metros, iluminado y con vista al parquecito. Dividí la sala de recibo, puse al lado de los ventanales el taller, mis caballetes, mis pinturas, mis bastidores y mis arreos, dispuesto a terminar la exposición siempre aplazada. Retiré de mi temática el cuerpo humano y, por supuesto, el erotismo en mis óleos. Me aventuraría con el abstracto. Todo estaba dispuesto para seguir en el silencio de mis horas de ocio, rompiendo la rutina oyendo mi colección de bossa nova.
Hacía años que no sacaba del estuche los binoculares que heredé de un tío a quien le gustaba el fútbol en primer plano. Pasaba tardes enteras espiando ventanas y balcones. Soy un hombre que ama la imagen, el cine, la fotografía, la pintura, por eso lo sentía normal hasta cuando me encontré con la vecina del edificio del frente, justo en la vidriera del piso diez, al otro lado de la calle. Debía tener cuarenta años, cinco menos que yo. Edad envidiable en las mujeres que no le temen al fracaso. Las he oído afirmar que quieren vivir el aquí y el ahora. Hermosa y taciturna la veía leer en la que supuse su sala. Por más que traté de enfocar las páginas, era imposible saber qué tipo de libro sostenía en sus manos y por qué lo devoraba todas las medias tardes. Algunas de esas tardes la detallé acicalando a una adolescente que especulé sería su hija y, también, supuse, estaba divorciada o, por lo menos, sola. Yo pintaba un fondo cerúleo y volvía a mi trinchera voyerista. La empleada abría las cortinas a las once de la mañana y mi enigmática vecina las cerraba a las seis de la tarde, infaltable. Generalmente los viernes, cuando yo pensaba recibir a algunos amigos, comer una pasta a la carbonara y beber unos vinos, mi vecina limpiaba los vidrios. Lo hacía en principio en un short que permitía ver sus líneas seductoras y provocativas, una verdadera hermosura. Conseguí una cámara digital con buen zoom pero fue frustrante: el vidrio hacía que las tomas se desenfocaran y no lograba atraparla en ese fugaz movimiento que luego me acosaría en las medias noches. En el insomnio iba a mi ventana para espiar la suya sin que jamás se asomara en las noches. Además, si lo hacía, tras las cortinas no la veía por las luces apagadas. Me derroté durante meses y puse en la mira la puerta de su edificio para atraparla como paparazzi cuando saliera. Debía salir siempre por el parqueadero subterráneo en su carro porque no lo conseguí en mis turnos de espía. Me dije que esa mujer no podía convertirse en obsesión pero de nuevo el viernes estábamos los dos en los cristales, yo con mis gemelos, ella limpiando, ahora luciendo una bata vaporosa y unos calzoncitos que me volvían loco. Tenía que buscar la manera de abordarla, no seguiría teniendo actitudes de adolescente. Contabilicé infinitas semanas en esa tragedia y dejé de hacer reuniones con mis colegas porque no quería que se dieran cuenta de mi obsesión y menos de mi amor. ¿Enamorado de una imagen? Me desconsolé uno de esos sábados eternos porque hizo una fiesta, abrió las ventanas y no sé por qué maldita circunstancia me vio observándola por los binóculos. Me sentí delincuente y me escondí en el dormitorio, acusándome. Ya lo sabía, ella sabía que la espiaba y me denunciaría a la policía o vendría a golpear mi puerta pidiendo explicaciones. Esa semana no abrí las cortinas pero volvió el viernes a fingir que lavaba los vidrios. Estaba seguro de que lo hacía para que yo la viera porque separaba su bata y luego la cerraba con picardía. Al final ya no le importaba.
He tenido amigas que manejan el discurso del karma y el destino de los sucesos que tienen que suceder, porque están determinados, y lo confirmé al encontrar a mi bella y deseada vecina en el supermercado. Casi se me explosiona el pecho y se me detiene la respiración, como en los años de colegio cuando tuve mi primera novia y me prometió un beso en la boca. Estúpido, me dije. La perseguí a discreta distancia por los corredores del autoservicio y me arriesgué a pasar junto a ella para conocer su olor. Dios mío, fue peor, ese aroma de mujer se quedó en mi ropa, en mis manos, en las cortezas de las naranjas y las manzanas, no pude sacarlo de mis lechugas ni empapándolas con vinagreta. Por entre las hileras de los productos pude verla muy cerca. Se humedecía los labios y olfateaba las frutas con un deleite que yo desconocía. En un momento creí que lo hacía para complacerme. Recapacitaba al darme cuenta de que era un hombre elemental que, con el overol manchado, no llamaba la atención a nadie, que seguía siendo un seudo vegetariano que llevaba verduras para completar su soledad. Miré el carrito para saber qué comía. Llevaba también lechugas, acelgas, apios, zanahorias, brócolis. Era una especie de coneja como yo. También consumía vino tinto cabernet de la misma marca del que yo compraba. ¿Coincidencia? Lo que fuera, las evidencias me hacían creer que era la mujer que esperaba para derrotar mi celibato.

Mis colegas se burlaban cuando me visitaban con amigas y la trampa de ponerme tentaciones pero no, sabía que una noche con una de ellas, bellas e inteligentes, se convertiría en pequeño compromiso. Existe una extraña atracción de las mujeres cuarentonas por los hombres solitarios, una forma de burlar los divorcios anteriores y por qué no, unir sus repetidas vidas, como la mía, a otra persona que no habla de la importancia del amor sino de la compañía. Empezaban a llamar y a comentar el ciclo de cine, las exposiciones nuevas, los conciertos y se cansaban al notarme esquivo. Amigos de mis amigos llegaron a creer que me volvía homosexual. No me importaba, tenía clara mi sexualidad y más mi acecho por esa mujer que me atormentaba.

Nuestro encuentro en la tienda fue un sábado. Lo recuerdo porque tenía visita de un viejo amor que vivía en Barcelona y vendría a comer esa noche. Sentí que jugaba sucio a mi vecina por recibir ese antiguo capricho, dándome cuenta de la nueva estupidez. Mientras comíamos con mi amiga, en la sala de mi vecina había una reunión tranquila que supuse íntima. Me tenía detectado porque abrió las cortinas. No desaproveché el momento en que mi invitada fue al baño para sacar mis binoculares y saber qué pasaba. Comían, la adolescente que suponía su hija y un hombre de mi edad. Yo había puesto velas en la mesa improvisada y mi enamorada tenía las luces plenas para que viera la escena. Mi invitada prefirió pedir un taxi a que la acompañara y no hice presión para llevarla hasta su hotel porque no aguantaba las ganas de volver a mi ventana indiscreta y saber si era una retaliación de mi enigmática enamorada. Abrí descaradamente mis cortinas para que se diera cuenta de que seguía solo. Me tomé el resto de la botella de vino y esperé a que la luz de ella se apagara. No fue así, los concurrentes se fueron y la luz y las cortinas seguían como al comienzo. Fue en ese instante cuando me surgió la idea de declararle mi amor. De una manera no agresiva, diferente y a distancia. Confirmé que ella también me observaba y sabía quién era. Esa noche maquiné mi plan y dormí mal.

Madrugué al almacén de arte, compré tres pliegos de papel periódico y me encerré, con otro cabernet, a inventar lo que le diría. Después de elegir palabras sobre una hoja en blanco decidí lo que escribiría en el enorme aviso que pegaría en los ventanales que daban a los suyos: TE AMO. En letras grandes, rojas, gordas, que no se prestaran a equívocos. A media noche lo adherí con la ilusión puesta en mi mensaje sencillo, directo. El sueño me dominó a las tres de la madrugada. Me desperté a la media mañana y corrí a la ventana. Cuál sería mi sorpresa cuando vi que en la suya de cortinas abiertas había también un cartel, más pequeño que el mío pero con un mensaje. Busqué desesperado mis binoculares para conocer la respuesta. Un eterno momento como el de una noticia nefasta entró por mis ojos ansiosos: SE ARRIENDA.

Jorge Eliécer Pardo (foto)

Herta Müller, poética al campo de concentración

Tapa libro Herta MüllerEste es un libro que se lee como de cuentos, aunque su autora lo escribió como novela. La idea original era la de escribir la novela de la vida de Oskar Pastior, un alemán que había estado en los ‘campos de trabajo’ rusos, tras la caída del nazismo; “él contaba y yo anotaba”. Novela que sería escrita en primera persona del plural, “nosotros”, pero a la muerte de Pastior en el 2006 decidió despedirse del pronombre y terminó usando la primera persona singular. A mi juicio, lo que escribió son unos cuentos hermosos, desgarradores, lúcidos.

El libro se titula ‘Todo lo que tengo lo llevo conmigo’ (tapa), y la autora es Herta Müller. El libro es toda una experiencia humana y literaria. Lepold Auberg es el narrador, y el texto fluye en forma de autobiografía, o de diario. Los títulos de los 64 capítulos traslucen esta percepción: Sobre hacer la maleta, Las mujeres de la cal, Sobre las personas severas, Sobre la pala del corazón, Sobre el ángel del hambre, La bufanda de seda burdeos, En el espacio en blanco bajo la línea, Tengo un plan, Cuadernos rayados, La ligereza del heno, Soy todavía el piano, Sobre los tesoros, Cada turno es una obra de arte…

La lucidez con que está escrito el libro (llamémoslo ‘libro’ para no categorizar novela o cuentos) remonta la metáfora elemental, el facilismo y revela una enorme capacidad de observación y el empleo de mucho tiempo de reflexión sobre el material literario. En este sentido, es un libro honesto, con 268 páginas de la colección ‘Punto de lectura’ de Ediciones Santillana, de impecable escritura.

Así describe, en uno de los capítulos, la situación general: “El campo de concentración es un mundo práctico. Uno no puede permitirse sentir vergüenza u horror. Se actúa con una indiferencia estable, quizás con acobardada satisfacción. Esta no tiene nada qué ver con la alegría por el mal ajeno. Creo que cuanto más disminuye el temor a los muertos, más apego se tiene a la vida. Más aumenta la disponibilidad para cualquier mentira. Uno se convence de que los ausentes han sido trasladados a otro campo. Lo que sabes no vale, crees lo contrario. Igual que el tribunal del pan, la recolección solo conoce el presente, pero no actúa con violencia. Transcurre de manera objetiva y tranquila”.

Y un par de párrafos adelante: “Trudi añade a esta canción que durante todo el invierno los muertos permanecen unas cuantas noches apilados y cubiertos con la nieve que se amontona en el patio trasero hasta que se endurecen lo suficiente. Que los enterradores son unos haraganes, que se limitan a partir los cadáveres en trozos para no tener que cavar una tumba, sino un simple agujero”.

El narrador establece instancias, limbos posibles en un lugar como ese, tales como el tribunal del pan, la pala del corazón, el crimen del pan o el ángel del hambre, solo con el propósito de hacer soportable su suerte. Son estados del alma, pero hacen referencia a situaciones cotidianas, y pueriles, como son casi todas las cosas en un campo de concentración. A este tipo de escenarios, descrito bajo el título de ‘Del pan propio al pan de mejilla’, me refiero: “Por la noche, delante de la sopa de col, se intercambia pan, porque el pan propio parece siempre más pequeño que el ajeno. Y a los demás les sucede lo mismo.

“Antes del intercambio se produce en el cerebro un momento de vértigo, e inmediatamente después del cambio, otro de duda. Después del cambio, en la mano del otro, el pan del que acabo de deshacerme es más grande que el que yo poseía. Y lo que he recibido se ha encogido en mi mano. Qué deprisa se vuelve el otro, tiene mayor vista que yo, ha salido ganando. Tengo que volver a cambiar. Pero al otro le sucede lo mismo, cree que he salido ganando yo y se dispone a efectuar un segundo cambio. Y el pan se encoge de nuevo en mi mano. Me busco a un tercero y cambio. Otros comen ya. Si el hambre lo soporta un rato más, llegará el cuarto truque, el quinto. Y cuando ya no se pueda remediar se produce el cambio de regreso. Entonces vuelvo a tener mi propio pan”.

Obviamente el pan es un elemento central en el campo de trabajo ruso de la posguerra. “Hoy creo que Fenja repartía las tres variedades de pan que yo conocía entonces. La primera era el pan cotidiano de Siebenbürgen, el del Dios evangélico, ácido, hecho desde siempre con el sudor de su frente. La segunda era el pan integral pardo de las espigas doradas de Hitler, el del Reich alemán. Y la tercera era la ración de jleb en la balanza rusa. Creo que el ángel del hambre conocía esa trinidad del pan, y la aprovechaba”.

Oskar Pastior, que en el libro es Lepold Auberg, no era un nazi, y casi ninguno de los que estaban allí. Pero pertenecían a esa nación prepotente con ínfulas del gran patrón del mundo, y ahora las personas, los alemanes corrientes, debían poner su cuota de sangre en la reconstrucción de Rusia victoriosa. Este es el ámbito que respira el libro.

La minuciosidad con que Herta Müller narra las cosas, la presencia de los piojos o la maleta de las pocas pertenencias, está llena de poesía. Se refiere a momentos que saltan de la simplicidad a las razones de la vida, como cuando Leopold regresa a casa: “Había olvidado comer con cuchillo y tenedor. No solo se me contraían las manos, también tenía problemas con la deglución. Yo sabía lo que era pasar hambre, y sabía así mismo como se estira o devora la comida cuando por fin se dispone de ella. Ya no sabía cuánto tiempo había que masticar y cuándo tenía que tragar para comer con educación. Mi padre se sentaba frente a mí, y el tablero de la mesa me parecía medio mundo. Él me miraba con los ojos entrecerrados y ocultaba su compasión. En el parpadeo resplandecía entonces todo su espanto, como la piel de cuarzo rosa de su labio interior. La abuela era la que más consideración mostraba conmigo, sin demasiadas alharacas. Seguramente preparaba las sopas espesas para que yo no me torturase con el cuchillo y el tenedor”.

En medio del desgarro, que se narra siempre como resultado de la comprensión y la reflexión previa, surgen expresiones hermosas que no pude dejar de subrayar. Algunas son: “…enseñé a mi nostalgia a mantener los ojos secos”, “de qué vas a avergonzarte cuando careces de cuerpo”, “por qué de noche quiero tener derecho a mi desgracia”, “no quisimos reconocernos por nuestro propio bien”, “cerró los ojos, y las tapas de sus ojos eran de papel”, “su sonrisa era una acechanza”…

Sin embargo, la potencia de la narración de aquel mundo de miseria humana está lejos de permitir que el texto sea meloso, quejumbroso u oxímoron. La narración es pausada, puede disolverse en el detalle y parecer fría, pero es una mina de metáforas y poesía. Resulta ser una experiencia su lectura. Los remates de cada cuento o capítulo surgen casi siempre de manera magistral. No en vano obtuvo el Nobel de Literatura en el 2009. Me quedo con la reseña de la contratapa, del Frankfurter Allgemeine Zeitung: “Una conmovedora obra que consigue, con un lenguaje de enorme sensibilidad, traer luz a los tiempos oscuros”.

UDI: de lealtades y patrón de fundo

lawrence golborneEl diálogo es este: Catalina Parot dice: “Yo espero que la UDI no nomine a Laurence Golborne candidato por Santiago Poniente”, argumentando que “no me acomodaría, habiendo sido ministra del gobierno del presidente Piñera, enfrentar una senatorial con Golborne en el marco del binominal”.

Pablo Longueira respondió: “Golborne puede elegir candidatura senatorial donde estime más adecuado”. Pablo Longueira es candidato presidencial por la UDI (Unión Demócrata Independiente), el ala más radical de la derecha chilena, y Catalina Parot es candidata al parlamento por la jurisdicción de Santiago Oriente, habiendo sido ministra de Bienes Nacionales, por RN, el ala liberal de la derecha chilena.

La UDI y RN (Renovación Nacional) concertaron la alianza llamada “Coalición por el Cambio”, que llevó al entonces candidato Sebastián Piñera al triunfo presidencial. Es decir, la UDI y RN son socios, pero…

La causa del destemplado diálogo que tuvieron hace unas horas Catalina Parot y Pablo Longueira, que más parece de malos vecinos que de buenos socios, es Lawrence Golborne (foto). Esta es la piedra en el zapato. Golborne también fue ministro de Piñera, y quiso ser candidato presidencial, pero se revelaron dos hechos que lo hicieron renunciar a esa aspiración personal.

Uno, que siendo gerente general del holding Cencosud, hace unos pocos años, ordenó el cobro unilateral de ‘cuotas de administración’ de los clientes, recaudando así varios miles de millones de pesos ilegalmente. La Corte Suprema puso al descubierto el hecho y ordenó a Cencosud devolver el dinero. Pero cuando se le preguntó a Golborne por sus actos, le echó la culpa al directorio de la compañía, diciendo que él solo recibía órdenes. (Mintió.) El otro hecho que se reveló del entonces candidato presidencial Golborne, fue que tenía sus ahorros en un paraíso fiscal, Islas Vírgenes, en lugar de invertirlo en su amada patria Chile, y pagar impuestos a su patria amada; se habló de, al menos, $1.000 millones. Pero él dijo que los había declarado ante el Servicio de Impuestos Internos (SII). (Mintió.) Por último, Golborne se había lanzado como “candidato independiente”, pero su apoyo lo tenía de la UDI (ala radial de la derecha). (Mintió al electorado.)

Y en lugar de ser considerado un tipo dudoso para hacer política, lo convirtieron en un héroe, en un mártir. Le hicieron fiestas de gala de desagravio, y algunos aspirantes al congreso de la UDI cedieron sus cupos para que Golborne lo ocupe.

En este contexto es que se produce el diálogo entre Catalina Parot, ex ministra de Piñera, apelando a la amistad que une su partido, RN, con el de Golborne, UDI, para ella poder ocupar un asiento en el Senado. Y la respuesta fue una tarascada de caimán hambriento del candidato de la UDI, Pablo Longueira: “Aquí lo importante es que un servidor público excepcional, como Laurence Golborne, si desea asumir un desafío senatorial… la UDI le va a abrir las puertas”. Por si no quedó claro, al momento de decir me importa un bledo lo que piense la señora Parot, precisó: “La UDI tiene que tomar sus decisiones, independiente de lo que señalen los candidatos de otro partido”.

A estas alturas, RN ya no es considerado un socio, sino “otro partido”, como el Partido Socialista, la Democracia Cristiana o el Movimiento Amplio Social (MAS). Aquí no cuentan las lealtades. Aquí lo que cuenta es la voz de mando del patrón de fundo, diciendo qué se debe hacer y qué no se hace.

Y, además, nos notificó al resto de la ciudadanía, sobre Lawrence Golborne: “Queremos que él siga sirviendo a los chilenos”. Como para responderle: “Gracias, señor Longueira, por los favores recibidos y por darnos otro congresista con esas cualidades”.

Post scriptum: 1- Las mejores decisiones son las sinceras. Las honestas. Destacar entonces la que tomó Lawrence Golborne este 12 de mayo, que así parece ser: no irá por la senaturía. http://www.latercera.com/noticia/politica/2013/05/674-523072-9-laurence-golborne-descarta-candidatura-senatorial-es-una–decision-personal-de.shtml Enorme favor le hace a la política y al Congreso Nacional. Su nicho exitoso está en la empresa privada, al parecer.

2- Y sobre el señor Longueira, publica hoy 13 de mayo el columnista de El Mostrador  Gonzalo Bustamante, un artículo titulado Pablo: ‘Antares de la UDI’, en el que luego de analizar la personalidad y trayectoria del candidato Pablo Longueira lanza su predicción electoral: “Longueira será derrotado; él lo sabe. Si logra sortear con suerte la primaria (nada fácil la tiene) perderá abrumadoramente contra Bachelet. Es un candidato que espanta como ningún otro al centro político, que ni siquiera logrará unificar tras de él al electorado moderado de centroderecha y se aleja como nadie de las nuevas sensibilidades. Simboliza un extremo. De igual forma sus seguidores incondicionales creerán que, cual Antares, ha muerto luchando contra Ares en la defensa de Escorpión”. http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/05/13/pablo-antares-de-la-udi/?utm_source=rss&utm_medium=feed&utm_campaign=RSS

‘Cuento inmoral’ de Jacinto Benavente

Jacinto_BenaventeSale el actor por delante del telón, pausadamente.

¡Qué compromiso! Hay días en que se siente uno capaz de las mayores audacias, y nada le parece imposible.

Y es que yo soy así; hay dos palabras que me sublevan, me encienden la sangre y me obligan a sentirme capaz de todo: la palabra difícil y la palabra imposible. Basta que alguien diga de alguna cosa delante de mí: es difícil, es imposible, para que yo conteste al punto: No hay nada difícil, no hay nada imposible; yo hago eso; yo lo hago; se discute, se cruzan apuestas… yo me veo obligado a sostenerlas… y ya estoy metido en un lío… Y el de ahora es flojo.

Figúrense ustedes que alguien me dijo ayer: Tú que tienes tantas simpatías en el público, bastante autoridad y mucho desparpajo, o sea desahogo; vamos a ver, a que no te atreves a presentarte al público y contarle un cuento… un cuento inmoral, uno de esos cuentos capaces, según frase consagrada, de ruborizar a un guardia civil. ¡Yo no sé qué motivo puede haber para que la Guardia Civil sea más refractaria al rubor que cualquier otro Instituto armado; el caso es que la Guardia Civil y los Carabineros comparten este privilegio. Pero no divaguemos. ¿Un cuento inmoral? ¡Imposible!, exclamaron varios; ya dije antes que la palabra imposible tiene el privilegio de encenderme la sangre. No hay nada imposible. Y quedo comprometido a contar el cuento. ¡Y qué cuento! Se eligió por sufragio en un café de camareras; las camareras tomaron parte en la votación y su voto decidió del resultado… ¡Valiente cuento! Las pobres chicas sólo le conocían por el título, y el título les engañó. (No es el primer título que las engaña.) Es un título tan inocente… parece de un cuento de niños… pero, sí, bueno está el cuentecito… Ya me lo dirán ustedes; sólo de recordarlo se me sube el pavo… Pero no hay nada imposible. Difícil, sí; a pesar mío debo confesar que hay algo difícil, y este es uno de los casos difíciles. Ya sé que ustedes creen seguramente que yo no me atrevo a contar el cuentecito; por eso están ustedes tan tranquilos y tan sentados, sin disponerse a despejar el teatro, no sin antes llamarme algo… Pero, ustedes no me conocen. Ustedes no saben de qué modo la palabra imposible excita mis nervios; todo el azahar del mundo no bastaría a calmarlos, como todo el azahar del mundo no bastaría a dar a mi cuento un aspecto inocente. Advierto que empiezan ustedes a ponerse serios; empiezan ustedes a temer que yo sea capaz de todo. Tranquilícense ustedes; yo contaré el cuento, no lo duden ustedes; pero mi apuesta no sólo consiste en contarlo, sino en que ustedes lo escuchen; porque, claro está que contarlo en el vacío no tendría dificultad ninguna, y ya dije que la palabra difícil me exaspera tanto como la palabra imposible.

Para que ustedes me escuchen, debo contar el cuento de cierta manera… Eso es lo difícil; pero no imposible. Advierto que ya están ustedes tranquilos; pensarán ustedes que, al fin y al cabo, el cuento no tendrá nada de particular… ¡Ah! El cuento es tremendo; capaz de ruborizar (me horripilan las frases consagradas) capaz de ruborizar a un acomodador del Salón de Actualidades. ¿Cómo contarlo sin que, al oírlo, las señoras no se levanten como un solo hombre y los caballeros, por galantería, no se crean en el caso de acompañarlas… y yo me quede solo, solo ante los acomodadores, que no serán tampoco tan ajenos al rubor como los del susodicho Salón, avezados al tango con todos sus pormenores? Pues bien; contaré el cuento, y lo contaré de tal manera que de ustedes exclusivamente dependa su inmoralidad. Si observan ustedes la actitud conveniente, si saben ustedes protestar en el momento oportuno, la inmoralidad habrá desaparecido como por encanto y cualquier novela de la Biblioteca Rosa será un cuento de Boccaccio comparada con mi cuento… Y va de cuento.

Este era un matrimonio, compuesto, como la mayor parte de los matrimonios, de una mujer, un marido y un… (ya se adelantan ustedes con malicia. ¿No les advertí a ustedes que de ustedes depende todo?). De una mujer, un marido y un niño de pocos meses, de muy pocos… Como en todos los matrimonios, la mujer no quería nada al marido… ¿Encuentran ustedes demasiado categórica mi afirmación? Pues bien; yo la sostengo y me ratifico. No hay matrimonio en que la mujer quiera al marido… ¿Se escandalizan ustedes? ¿Necesitan ustedes una prueba?… En este momento estoy seguro de que me escuchan infinidad de señoras casadas… Si hay una, una sola, que quiera a su marido, yo le ruego que se levante y que lo diga en voz muy alta: “Yo quiero a mi marido”. (Pausa.) ¿Lo ven ustedes? ¡Ni una sola! Ya dije a ustedes que de su actitud dependía la inmoralidad de mi cuento. ¿Puede darse nada más inmoral que entre una porción de señoras casadas no encontrar ni una sola que quiera a su marido? Gané mi apuesta. Y ahora soy yo el que se retira escandalizado.

Jacinto Benavente (foto)

Cuando el abuso es legal: caso BancoEstado

banco-estado2“Súper de Bancos deroga normas que permitían alzas de cobros unilaterales a los clientes”, tituló La Segunda la noticia sobre el cobro de comisiones “por administración” que hizo el Banco Estado (logo) a más de 500 mil tarjetahabientes sin su consentimiento. Es decir, cobros unilaterales.

Todos los diarios online titularon igual. Y si se lee despacio es fácil comprender que había “normas” de la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras (SBIF) que sí permitían esos cobros unilaterales. Una vez más, estamos ante “lo legal” que riñe con lo moral y lo ético.

Ya es hora de dejar de apelar a la manida frase de que “eso es legal”. Porque se están cometiendo errores garrafales al amparo de la legalidad. Me vienen a la mente dos casos: uno, el de la entonces intendenta del Bio Bio, Jacqueline Van Rysselberghe, mintiéndole al gobierno nacional y a los habitantes pobres de una comuna en la cual quería ser senadora, sobre el uso de recursos públicos destinados a los damnificados de la catástrofe del 27 de febrero del 2010.

La defensa de la intendenta inmoral fue la de decir que “no violó ninguna ley”. La probidad de los funcionarios públicos tiene que ver con su conducta y con sus valores éticos y morales al momento de ejercer. Son valores que, decía mi abuela, “se aprenden en la casa”.

Inclusive, la probidad permite que el funcionario pueda negarse a cumplir una orden que no esté acorde con el servicio público o sus principios morales, sin necesidad de que haya una ley mediante.

Otro caso, el de la presentadora de noticias del canal oficial TVN, Consuelo Saavedra, durante los cuatro años, con todos sus días, en que su marido, Andrés Velasco, era ministro de Hacienda. Ella no encontró ninguna incompatibilidad, y la disculpa fue “no se violó ninguna ley y el directorio me autorizó”.

La ética periodística no proviene de permisos de directorios de ninguna naturaleza, ¡más faltaba!, y es apenas obvio que siendo “el rostro” del canal oficial debía declararse impedida para presentar las noticias de su esposo.

Consuelo Saavedra trató, ahora, de limpiar ese desaguisado, “pidiendo permiso al directorio” para dejar el puesto de presentadora mientras acompaña a su esposo Andrés Velasco a hacer proselitismo político como candidato presidencial. En este caso, no necesitaba semejante gesto heróico, porque su esposo nada tiene que ver con el gobierno. Gesto que le faltó cuando fue él fue ministro. (Ella no renunció. Pidió permiso.) Su caso no le hace ningún bien al Periodismo.

Un abogado de los tarjetahabientes del Banco Estado hizo una pregunta demoledora: ¿Si el semáforo está en verde y se cruza un peatón, el conductor “tiene el derecho” de atropellarlo?

Lo triste es que quien aplicó esas alzas en las comisiones era un presidente del Banco Estado con el criterio de su militancia socialista, y entonces la sorpresa es mayor. Y a lo mejor tiene razón cuando dice que “no hizo nada ilegal”, porque, ciertamente, la Súper había emitido una circular autorizando esas alzas inconsultas, misma circular que ahora está derogando porque la Corte Suprema de Justicia así lo ordenó.

El Banco Estado debe devolver $5.700 millones para reversar la aplicación de la cláusula abusiva, incluida en el contrato firmado con sus clientes al momento de abrir las cuentas de ahorros.

Y así, muchos los casos donde “lo legal” abre las puertas para que algunas personas y entidades se lleven de calle las buenas prácticas públicas, la moral y la ética de los oficios y las personas.

Por cierto, ¿cuándo los bancos pagarán una comisión a sus clientes de cuentas de ahorros y corriente?, porque las personas van y dejan su dinero en los bancos, pero en lugar de recibir un interés por facilitarles que usen esa plata los bancos les cobran “por administrarla”. Y ellos se llenan los bolsillos.

‘Muebles “El Canario”’ de Felisberto Hernández

felisberto hernándezLa propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:

–Con su permiso, por favor…

Y yo respondí con rapidez:

–Es de usted.

Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir “es de usted” ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:

–Después a mí.

Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:

–¡Ah!, lo voy a lastimar… quieto un…

Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles “El Canario”. Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: “No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda”. Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:

–Hola, hola; transmite difusora “El Canario”… hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones… etc., etc.

Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles “El Canario”. Y de pronto dijeron:

–Como primer número se transmitirá el tango…

Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.

Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:

–¿No le agrada la transmisión?

–Absolutamente.

–Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.

–Horrible –le dije.

Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:

–Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas “El Canario”. Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.

–¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!

En ese instante oí anunciar:

–Y ahora transmitiremos una poesía titulada “Mi sillón querido”, soneto compuesto especialmente para los muebles “El Canario”.

Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:

–Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.

Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:

–Venga el peso.

Y después que se lo di agregó:

–Dese un baño de pies bien caliente.

Felisberto Hernández (foto)