‘Apareamientos’ de Mayra Santos-Febres

Mayra Santos-FebresEn la literatura puertorriqueña contemporánea sobresale Mayra Santos-Febres (foto). Nacida en 1966, Mayra ganó en 1994 el Premio Letras de Oro, en los Estados Unidos, y en el 96 el Premio Juan Rulfo de Cuentos. Ha sido finalista de los premios ‘Rómulo Gallegos’, de Venezuela, y Primavera, de Espasa. Ha sido profesora visitante en Harvad y Cornell. Resulta inesperado y bienvenido que una mujer aborde temas como el del cuento ‘Apareamientos’. Disfrútenlo. JSA

Le decían el Koala porque, ni aun ejecutando a sus víctimas, parecía que estaba del todo despierto. De cara y barriga henchida, el Koala Gutiérrez se pasaba horas mascando un palito de madera, o “chewing stick”, como le llaman al artefacto en Nigeria. Allí había servido, primero como teniente de las fuerzas de paz de su gobierno. Después como soldado mercenario. Vivió 10 años en África, trabajando en varias guerras. La de Sierra Leone fue la última. Se hartó. Regresó a su tierra natal.

Koala podía pasar tiempo incalculable durmiendo. Comía, dormía, mascaba su palito. No hacía nada más. Nunca se le conocieron hijos, nunca tuvo una amante asidua, ni siquiera una infrecuente. Nunca le dio por acostarse con ex convictos, aquellos que salían de la cárcel con esa nueva necesidad instalada en el cuerpo, después de pasarse unos años encerrados entre hombres. “Ese usa la entrepierna nada más que para mear”, lo molestaba el Chino, un primo lejano suyo, que fue quien lo metió al negocio. “Igualito que un Koala. Se la pasa arrima’o a su palo, roncando a pata suelta.” El Koala se limitaba a guardar silencio y a mirarlo con sus ojos redondos y negros, que mantenía cerrados la mayor parte del tiempo.

Pero esta vez los abría. Los mantenía abiertos. Estaba sentado junto al Birome en el Café Violeta’s, esperando a su próxima víctima. Se trataba de una mujer. “La Pastora” había logrado franquear filas hasta convertirse en firme contrincante de su jefe en la interminable guerra de control de puntos de droga. Heredó el mando de un hermano muerto y, de una forma inexplicable, “La Pastora” emergió como un poder letal, una fuerza de la cual era necesario protegerse. Por eso el Jefe contactó al Koala. “Véte con el Birome, él te la indicará. A esa me la limpias del camino. No es necesario que armes mucho aspaviento. Un tirito en la frente y ya”. Era el método clásico que usaba el Koala en sus trabajos. Tiro de frente, infalible, acertando entre medio de las cejas. Nada de charqueros de sangre. Nada de cuerpos agujereados. Todo limpio, íntegro; el Koala garantizaba una adormecida muerte. Era famoso, además, por no darle tiempo a sus víctimas ni para gritar.

Pero no le gustaba matar mujeres. Había visto demasiados vientres desvencijados en la guerra. Demasiadas mujeres violadas por los mismos soldados de la milicia, y luego cortadas a machetazos, cuerpos pudriéndose en la selva. La carne expuesta, justo antes de explotar, tenía la consistencia del plástico. Esa carniza, sobretodo en cuerpo de mujer, le revolcaba el estómago.

Cuando el Jefe le informó de La Pastora, pensó en negarse. Iba a mover su cabeza para lado y lado cuando algo lo detuvo. ¿Cuán mujer puede ser la dueña de un punto de drogas? Es decir, ¿cuánto cuenta como mujer, si es seguro que ha tenido que mancharse las manos, no con la sangre, que eso es fácil (si lo sabría el Koala), sino con el terror vuelto sangre en los ojos de sus contrincantes? ¿A cuántas madres le habrá entregado, personalmente, a su hijo adicto ahora cadáver por una estúpida deuda de puntos? El Koala se imaginó a La Pastora como una mujer hombruna, sin forma, con el pelo corto y las manos hinchadas. Ancha de espaldas como lo era él. O como una puta fría, de esas mujeres flacas, pintadas, con todo de plástico, que a tantos gustan y que a él lo dejan con ganas de seguir eternamente durmiendo.

–“ Trabajo solo”, repuso al Jefe.

–“Comoquiera te llevas al Birome. Que te la indique. La cosa es que sea ella”. –Nunca se imaginó lo que vio. Al Violeta’s entró una mujer suave como terciopelo. Era carnosa, de un pelambre maduro que olía a baño de especias, a eucalipto. Tenía un moño largo de pelo lacio y un poco tieso, como una crin. Era marrón toda ella, más bien color miel. Sus ojos, pequeños y redonditos, los entrecerraba con la lujuria de quien acaba de levantarse de un largo sueño. A sus pechos grandes, grandísimos, el Koala Gutiérrez los intuyó de pezones oscuros, como para abrevar en ellos toda una eternidad. Los muslos se le apretaban bajo la falda. Eran muslos de mujer que sabía de hijos. Caderas firmes, grupa ancha. El Koala tuvo que cerrar los ojos después de verla pasar. La olió caminar por el pasillo central del Violeta’s. La oyó sentarse en la mesa de en fondo. A su lado se apostaron tres hombres parecidos a él, no físicamente, pero parecidos. Obviamente, eran su escolta.

El Birome se marchó. Con los ojos cerrados, el Koala Gutiérrez mantuvo vigilia. También se vigilaba por dentro. Carnes, roces, una erección. No supo qué hacer. Un aroma a eucalipto lo alertó de que su presa mudaba de escenario. Pagó su cuenta, mordió su chewing stick. Los esperaría en su auto.

La Pastora salió del Violeta’s cinco minutos después. Subió con uno de sus matones a una cuatro por cuatro del año, de un dorado sutil, como ella. El Koala se aprestó a seguirla. Sus ojos se encendieron como dos centellas en la noche.

Doblaron por una avenida y tomaron el camino hacia los puertos. El Koala conocía todos aquellos atajos como a la palma de su mano. Cruzaron un puente, la autopista, salieron en la salida Once. Atajaron por el Camino del Andén. Koala Gutiérrez los seguía, en silencio. Entonces, algo en su cabeza lo alertó. Ese camino estaba cerrado por reparaciones. Koala apretó el pie en el acelerador. Seguramente, La Pastora, por asuntos de negocios, entraría a un andén que él desconocería.

La ruta le olía a trampa.

No se pudo explicar de dónde salió el carro que impactó su vehículo por el costado del conductor. El Koala perdió el control y se volcó contra la calzada de los Andenes. El guía del auto le apretaba contra el pecho. Sintió que se sofocaba. Pero dos manos lo sacaron de adentro.

Afuera, La Pastora lo esperaba. Una sola mirada y Koala Gutiérrez supo que nunca podría dispararle en la frente. Que nunca podría dispararle, punto. Que mejor la besaba.

Cerró los ojos y se imaginó acariciando el largo moño de aquella mujer, hundiendo sus manazas torpes en su carne aderezada de hojas y de baños. Imaginó a la Pastora mirándolo igual, degustándoselo. Pero, en su mente le descubrió un brillo extraño en la mirada. Era un brillo frío, como de animal perturbado. No quiso notarlo. Bajó por el suave vientre de la mujer. Hundió su morro entre las piernas amplias y la mordió, la masticó despacio, se la bebió en un instante y en una eternidad. Entonces abrió, finalmente, los ojos.

“Ya puedes matarme”, le dijo.

Sonaron dos disparos.

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