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39 autores virtuosos menores de 40 años

libroUn jurado conformado por Darío Jaramillo, Leila Guerriero y Carmen Boullosa escogió, entre más de 200 escritores de Latinoamérica, a 39 autores menores de 40 años que trascienden la geografía y hacen buena literatura. Y ofrecen seguir haciéndola a futuro.

De Chile seleccionaron a: Gonzalo Eltesch (‘Colección particular’), Diego Zúñiga (‘Niños héroes’), Eduardo Plaza (‘Hienas’) y Juan Pablo Roncone (‘Hermano ciervo’).

Los otros autores seleccionados por el jurados como los 39 imprescindibles de Latinoamérica, son:

Por Colombia: Giuseppe Caputo, Juan Cárdenas, Juan Esteban Constaín, Daniel Ferreira, Felipe Restrepo Pombo y Cristian Romero.

Por Cuba: Carlos Manuel Álvarez. Por República Dominicana: Frank Báez. Por Brasil: Natalia Borges Polesso y Mariana Torres.

Por Ecuador: Mauro Javier Cárdenas y Mónica Ojeda. Por Perú: María José Caro, Juan Manuel Robles y Claudia Ulloa Donoso.

Por Argentina: Martín Felipe Castagnet, Lola Copacabana, Diego Erlan, Mauro Libertella, Samanta Schweblin y Luciana Sousa.

Por Bolivia: Liliana Colanzi. Por Costa Rica: Carlos Fonseca. Por Uruguay: Damián González Bertolino y Valentín Trujillo. Por Puerto Rico: Sergio Gutiérrez Negrón.

Por México: Gabriela Jauregui, Laia Jufresa, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Eduardo Rabasa, y Daniel Saldaña París.

Por Guatemala: Alan Mills, y por Venezuela Jesús Miguel Soto.

‘Combatir al pecado’ de Fernando Jiménez

Fernando(Este cuento de Fernando de Jesús Jiménez Delgado ganó el Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico ‘Amparo Dávila’, en el 2015, en México. Fernando Jiménez es psicólogo clínico de la Universidad Autónoma de Querétaro, músico, panadero y toca la jarana en ‘Son de abajo’. Lector de José Agustín, Jorge Ibargüengoitia y Woody Allen. Dice que su mayor influencia es la de Bob Esponja. El jurado que lo premió estuvo integrado por Cristina Rivera Garza, Ramón Córdoba, Alberto Chimal, Bernardo Fernández y Daniela Tarazona. JSA)

Supe que sería un día raro cuando un testigo de Jehová me ofreció una mamada. Caminaba por la avenida Fray Tomás cuando lo encontré. Parecía un loco, tenía la bragueta abierta y un moño rojo. Su traje era azul, sucio pero planchado. Los carros parecían avispas, como si la calle fuera un panal golpeado. El tipo estaba recargado en un señalamiento que prometía una catedral a la derecha. Había mucha gente y su soledad cimbraba. Regalaba libros de esos que dicen que las tormentas vienen de la sodomía. Pasé a un costado sin mirarlo, olía a limpiador económico.

-Buenas tardes, señor. ¿Gusta que se la chupe? -di la vuelta extrañado y negué de inmediato.

Detrás de mí, una señora que escuchó me miró horrorizada.

-Muchas gracias, llevo prisa. Que tenga buen día —contesté por diplomacia.

No podía aceptar su mamada pero aplaudí su voluntad por servir a la comunidad. No son tiempos de andar regalando nada a nadie, mucho menos mamadas. Pensé en la vida de ese hombre. No debe ser fácil existir con un dios tan demandante. Yo soy católico en temporada alta, nada más: Navidad, el mundial de futbol, Día de la Virgen, Semana Santa, etcétera. Los testigos de Jehová deben reclutar inocentes, vestirse como idiotas y trabajar en domingo. No es poco. En fin, cada quien sus catedrales. Cualquier cosa es mejor que ser ateo; suena aburridísimo. Los ateos no tienen ostias gratis ni iglesias bonitas donde puedan verles las piernas a sus vecinas. No tienen música sacra ni villancicos, y éstos son mi parte favorita de la Navidad. No podría elegir uno en particular, todos son asombrosos. Rodolfo el reno, El niño del tambor, Los peces en el río, y otros más, me hacen desear haber nacido en un pesebre. Además, crecer sin un bautizo es mera burocracia, es como ir a tu graduación sin emborracharte. Piensen en las bodas, sin toda la parafernalia sería como darse de alta en Hacienda.

Pasé a la tienda a comprar un refresco. El doctor me los prohibió, pero era domingo. Me atendió una vieja extremadamente vieja, parecía que moriría en cuestión de segundos. Usaba un camisón de satín rosa, tan viejo como ella. Del cuello le colgaban más de cinco escapularios y estaba tan maquillada como una drag queen. Le mostré la bebida que me llevaría y lanzó un quejido gutural que no revelaba la cifra. Saqué el dinero cuando pasó la mano por encima del mostrador. Su palma entera temblaba, hacía un esfuerzo titánico por suspenderse frente a mí. Con una moneda de diez pesos lista, dudé. Sentí que esa mano se rompería si depositaba el pago bruscamente. Además, por el temblor, temí errar y tirar el dinero. Sus piernas no aguantarían inclinarse a tomar la moneda. Dejé el refresco, un billete de veinte y salí corriendo. Eso habría hecho Cristo, pensé en ese momento. Eran muchos escapularios, pero no la juzgo, si fuera a morir sería capaz hasta de disfrazarme del Papa y aprenderme el credo.

Seguí mi camino: era domingo y eso se hace los domingos. Llegué a la plaza principal, frente a la iglesia de San Bartolomé. Un tipo hablaba al micrófono. No era un mal espectáculo, había muchas palomas y un globero. Un grupo de niños destruía burbujas con aplausos mientras el vendedor cambiaba monedas por botellas. Me invadió un olor a elote que venía de un puesto cercano; pensé en comprar alguno, pero me conformé con el aroma. Decidí sentarme en una banca blanca, oxidada pero funcional. El metal estaba caliente, el sol cumplía su trabajo. Empezaba a relajarme cuando llegó una tipa y gritó:

-¿Me das un abrazo? -dijo antes de abalanzarse sobre mí sin esperar respuesta-. Funciona mejor si me ayudas a abrazarte.

Decidí callar y esperar a que se fuera. No tardó más de tres segundos.

Son un fastidio esas personas neocristianas que creen que Dios sonríe cada vez que ellas lo hacen. La señora, gorda de caderas y alegría, se retiró callada, ocultando su molestia. Un niño me vendió un mazapán. Lo compré mitad por compasión, mitad por antojo: balance positivo, a mi ver.

Desde la banca, el discurso al micrófono se volvió inteligible: Jesús nos sigue esperando, nos sigue perdonando. Hay gente que cree que es pobre, pero no es pobreza de dinero, es pobreza de espíritu. ¡Jesús puede volverlos ricos! Es una riqueza distinta que vuelve pobre al demonio. El demonio nos habla, nos dice “roba”, “mastúrbate”, “masturba a tu vecino”: perdonen mis palabras, Dios sabe que doy un ejemplo. Vivir en gracia es hablar con Dios, combatir al pecado. El pecado quiere derrotarnos, quiere llenarnos de pornografía, de abortos…

¿De dónde salen estos predicadores? Independientemente de sus creencias, gritar en una plaza siempre será una locura. Era un hombre pequeño, no debía medir más de 1.60. Estaba vestido de blanco y tenía una Biblia azul bajo el brazo. Parecía un niño manoteando; nadie le hacía caso. Hablaba de un tsunami y de Adán y Eva, estaba haciendo el ridículo. La señora de los abrazos hablaba con un grupo, personas igual de tristes que ella. “Disfruta la vida”, decía su playera, como si todo se tratara de un puto abrazo. No me malinterpreten: es la verdad.

…cada clavo le rompió los huesos. Perdió tanta sangre que titubeó, pero siguió estoico, dueño de ese espíritu que tanta falta nos hace. Nosotros permitimos que los homosexuales se besen, como en Sodoma; permitimos que la gente se divorcie como si fuera un juego; dejamos que nuestros hijos vean caricaturas violentas, que escuchen narcocorridos…

“Me encanta Dios”, dijo un poeta. Pero creo que no es para tanto. Si al creador o a su hijo les molestaran esos asuntos, ya hubieran exterminado a todos los transgresores. Es decir, yo odio a los funcionarios públicos y si tuviera poderes les hubiera derretido los genitales, mínimo. Dios no odia a las personas homosexuales: las respeta o no le importan.

Unos niños comenzaron a pelear. No vi el motivo. Cuando volteé ya estaban trenzados y la gente comenzaba a rodearlos. “¡Déjalo, cabrón!”, gritó una señora desde atrás: era la misma que me abrazó. Dio unos pasos, tomó a su hijo de la mano y se retiró maldiciendo entre dientes a los testigos y a la vida misma. ¿Lo ven? De eso hablo. Por más que nos guste vivir y los pájaros y las mariposas y la comida rápida, la vida es una perra.

…sólo Jesús puede ayudarnos, sólo él puede sanarnos las heridas de la soberbia y la lujuria. ¿Quién si no él puede abrirnos los ojos? Los problemas económicos son problemas de fe. Hay familias que se mueren de hambre, que no encuentran trabajo, que tienen problemas con sus hijos y dicen que no saben por qué. ¿En verdad no saben? La respuesta es Jesús, siempre la ha sido. Los pecadores se lamentan…

Un grupo de monjas pasó a un costado de mí. Algunas miraron al señor del micrófono molestas. Eran unas siete, caminaban como hormigas, enfiladas sin permitirse mayores distracciones. Las religiosas se detuvieron a comprar un helado en la esquina.

Una de ellas, a todas luces la más gorda, devoraba su barquillo con una técnica claramente felativa. El día transcurría extraño. Decidí levantarme y dar unos pasos. Involuntariamente me acerqué al predicador y encontré todo un show: el hombre le hablaba a tres personas, dos policías y un drogadicto. Supe que era drogadicto porque trataba de inhalar el polvo de la banqueta. Uno de los uniformados lloraba mientras que el adicto parecía no enterarse de nada. El tercero miraba al orador con atención científica, anotando en una pequeña libreta.

…el pecado vive en las computadoras que transmiten sexo y violencia las veinticuatro horas. Nuestros hijos no saben, por supuesto que no. Son pequeños, no saben diferenciar lo bueno de lo malo. Pero nosotros los grandes sí, el pecado vendrá por nosotros y nos arrancará del Cielo. ¿Ustedes creen que a Dios le gusta…

Madonna ha cambiado tres veces de religión. Fue judía, cristiana y musulmana: la triple alianza. No sé si verdaderamente cambiaría de religión, no es como cambiarse los calcetines. No me vean así, no es moralismo ni nada. Uno no puede pasar de no desear a la mujer de su prójimo a cortarle la mano a los ladrones. Un primo se volvió rastafari: no entiendo lo que dice, pero está drogado todo el tiempo. Sostiene que si se legalizara la marihuana todos seríamos libres, quizá sea cierto.

El sol perdió intensidad cuando sonaron las campanas. Miré la iglesia y un padre regordete me hacía señas desde la puerta, gritaba y movía su brazo señalándome un camino que quería que siguiera. No entendí palabra alguna. El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día. Sentí cómo los vapores de los antojitos abandonaron mi nariz. De pronto, el tipo del micrófono cambió notoriamente de tono, exaltándose y gritando con horror.

¡Es él! El tiempo de los pecadores está por acabar. El mal les cobrará la factura, no habrá perdón para los ciegos, para los callados, para los corazones tibios. Jesucristo les abrió el corazón, pero le cerraron la puerta. El tiempo terminó. ¡Aquí está, es el Pecado! Ustedes creen que bromeaba. ¡Mírenlo! ¿No lo reconocen? Cristo lo advirtió…

Sentí una fuerza tremenda apretarme el pecho y la cabeza, como si el cielo entero me apachurrara. Estaba desconcertado. Todo se había detenido: las palomas parecían disecadas, las campanas quedaron mudas, el sacerdote era una estatua. El tipo del micrófono seguía hablando. Alcé la vista: la plaza entera estaba quieta. Las personas parecían haberse congelado. Los pájaros no aleteaban, quedaron suspendidos en el aire como focos o alguna clase de escenografía barata. Mi entorno era como un tablero de ajedrez, como una maqueta en tamaño real. Sin darme cuenta caminé hacia el orador, aferrándome a mi cuerpo en un autoabrazo. Toqué al policía que lloraba, pero era como un muñeco, no sentí su respiración.

-¿Tú me escuchas, debilucho? ¡No estorbes! Voy a enfrentarme al Pecado -dijo el predicador mientras sacaba un bate de béisbol detrás de una bocina.

-¿Qué es esto? -respondí como el idiota que soy. Me estaba cagando de miedo.

-Todos los domingos viene el Pecado a combatir con nosotros: los hombres de Dios.

-¿Yo soy un hombre de Dios?

-¡Uy, sí, pendejo! Seguro has hecho mucho por serlo. ¡No!, eres un error en el software de Dios, nada más. Sólo escóndete. Puedo manejarlo.

-Te oías más amable hace rato.

-Yo no escribí nada de eso…, sólo me aprendí el guión. Además, ¿qué te importa? Lárgate o te vas a morir. El Pecado llegará en cualquier momento.

-¿Viene el Pecado? ¿Qué vas a hacer?

-Todos los domingos rezo aquí como idiota -dijo señalando el lugar donde estaba parado-, es para debilitarlo. Yo también quisiera estar de huevón como tú, pero alguien debe enfrentarlo. Por más cabrón que sea el Pecado, nadie soporta dos batazos en la jeta.

-¿Por qué nadie se mueve? ¿Cuánto durará esto? ¿Te puedo ayudar en algo?

-¡Deja de preguntar, cabrón! -me gritó el predicador mientras ondeaba el bate de un lado a otro como si esperara que una bola cayera del mismísimo cielo-. Me estás distrayendo. ¡Hazte a un lado! Ya viene.

-Corrí de inmediato al árbol más cercano, como si los pinches árboles fueran a refugiarme de algo tan… ¿cómo decirlo?, ¿bíblico? Cerré los ojos mientras mi corazón golpeteaba al resto de mis órganos. Me toqué el pecho buscando algún crucifijo, pero sólo me topé con una baratija china que compré quién sabe cuándo. Lamenté no tener los escapularios de la señora de la tienda. Hasta pensé en la mamada del testigo de Jehová, no sé, pudo funcionar.

Una bocina estalló: había iniciado.

El Pecado era terrible, no hay otra palabra que lo describa. Desde que dio el primer paso supe que no vería algo más horroroso. Era una bestia mitad animal mitad transexual. En la mano derecha empuñaba un dildo y en la izquierda un feto que gritaba la palabra sexo de manera mecánica. La mitad humana estaba llena de tatuajes y perforaciones. Usaba una falda de piel negra, además de una camiseta de Cannibal Corpse. El Pecado parecía arrastrarse y dejaba condones a su paso. Tenía cuernos, eran de alambre, se los quitó para limpiarse el sudor. El hombre del micrófono rezaba cada vez más fuerte, hasta que el Pecado le lanzó un Xbox que aterrizó en su boca. La mitad animal era un misterio: su cuerpo parecía de oso pero con menos pelaje, una especie de yeti con alopecia. Donde deberían estar sus genitales había una grabadora que tocaba villancicos al revés. Supe que eran villancicos porque soy un experto en el género. Al hombre del micrófono lo estaba vapuleando la bestia. Empecé a rezar el padrenuestro, pero no surtía efecto. De pronto supe también que el Pecado había desarrollado anticuerpos contra los rezos usuales. Digo “deprontosupe” por-que de-pronto-supe, fue como si alguien insertara la información en mi disco duro. A estas alturas no dudé en que fuera Dios. Digo, un predicador se estaba agarrando a golpes con una bestia infernal: recibir tips del creador no era absurdo. Así me enteré de que el Pecado se alimenta de orgasmos y horas frente a videojuegos violentos. Cada vez que un hombre penetra a otro el Pecado aumenta su masa muscular. También me enteré de que está relleno de marihuana y entrena masturbándose y haciendo pole dance. Come dos horas después de haberse llenado y dedica cinco horas diarias a navegar en YouPorn. Dios o algún ángel, o aquello que me estuviera ayudando, quería que hiciera algo. Cerré los ojos y comencé a rezar con mayor intensidad y convicción, pero no parecía funcionar. Levanté la mirada, la bestia estaba asfixiando al predicador con una revista pornográfica. Tomé el bate que estaba a un par de metros de mí y corrí a darle un golpe en la espalda. La bestia soltó al predicador y lanzó una patada que me proyectó en contra de uno de los carros estacionados junto a la plaza. Quise tomar el cuchillo de una señora que vendía gorditas. Imposible, parecía estar pegado a su mano y pesar una tonelada. Noté que, gracias a mí, el predicador había ganado terreno y golpeaba al Pecado con el bate que solté mientras volaba. El valiente religioso se había arrancado la camisa y usaba el arma con una destreza profesional. El Pecado comenzó a gemir como si copularan dos adolescentes. El predicador retrocedió, volvió a tomar la Biblia y se la pegó al pecho. El Pecado se arrancó la camiseta y dejó asomar una teta tan satánica como perfecta. De ella salían disparadas latas de cerveza que hirieron al predicador. La bestia reía. Se detuvo y giró su seno como un engrane. Volvieron los gemidos adolescentes y del pezón salieron varios libros electrificados que inmovilizaron al predicador. Eran copias del Manifiesto comunista, supe de pronto. El Pecado tomó el bate y le propinó un golpe en la nuca al predicador. El sonido adelantó que el valiente había muerto. El predicador quedó con la cabeza partida, no pude ni mirarlo. Recordé al sacerdote en la puerta de la iglesia, y entonces entendí que había dicho la palabra villancico. Nada había sido al azar, Dios me eligió por mi talento navideño. Cerré los ojos, uní las palmas del modo más virgenístico posible y comencé a cantar El niño del tambor, por mucho, mi canción predilecta. Me subí la playera y simulé un tambor palmeando mi panza desnuda. Cada palabra parecía quemar al Pecado, era como si conjurara los hechizos más dolorosos. Cuando pronuncié los últimos versos, el demonio comenzó a lanzar rayos gay de color arcoíris que apestaban a semen. Uno de los rayos alcanzó mi brazo y lo hizo sangrar, pero sabía que estaba a punto de vencerlo. Una luz surcó el cielo, como cuando va a pasar algo celestial, y aterrizó en el bate que voló hasta mi mano. Lo levanté como demandaba el dramatismo de la escena y mi arma se transformó en una espada de fuego. La empuñé como supuse que sería correcto y grité mientras corría hacia el Pecado, visiblemente debilitado por el villancico. Le corté el cuello sin problemas. Entre la sangre de la bestia habían tangas, dildos y algunos clítoris que se movían como insectos agonizantes. La bestia estaba muerta.

Regresó el sol a la plaza, en un parpadeo la vida volvió a inyectarse en los árboles, en los globos. Las campanas volvieron a escucharse. Miré al sacerdote que me sonreía satisfecho. Los niños corrían de nuevo, perseguían palomas, aplastaban burbujas. No había más huella de la pelea que el cuerpo del predicador con el torso expuesto. El periódico dijo que fue víctima de un infarto. Sólo yo sabía el resto de la historia. Lo enterraron con su Biblia, dicen que nunca la soltaba. Me repuse de las heridas. El rayo gay me dejó algunas secuelas: tengo erecciones cuando escucho a Frank Sinatra, nada grave. A veces sueño que estoy en un video porno, es todo. Me quedé con el bate y un condón de recuerdo. Así es como comencé a predicar.

Fernando Jiménez (foto)

 

‘La noche mil dos’ de Alejandro Badillo

alejandro badilloSe cuenta -pero Alá es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico- que en la antigüedad del tiempo hubo un reino próspero que extendía sus límites en la profundidad meridional de Asia. Su rey era sabio y la prudencia gobernaba sus decisiones. Las nubes se extendían por las montañas y la luz del sol pulía la superficie de las casas y de las calles. Los gatos rememoraban otras tardes en la orilla de las fuentes. Las mujeres dejaban sombras que se internaban en los jardines: sus voces se enredaban en las plazas mientras la fiebre de la tarde ascendía en los edificios. Los viejos invocaban a la penumbra en sus oraciones. Durante mucho tiempo hubo paz: generaciones enteras se sucedían en un flujo ininterrumpido. Genealogías compartían una sola memoria que se remontaba a un pasado en el que la sangre se había vertido en vasijas ocres para asegurar la persistencia de las estaciones, el aliento del agua en los ríos y el negro latido en los ojos de las mujeres.

Una noche de verano, al otro lado de las montañas, avistaron luces. Desperdigadas a lo lejos parecían ojos amarillos e inmóviles. Estuvieron algunos minutos, redondas y estancadas en la oscuridad, y después desaparecieron. Nunca se había visto ninguna señal en esa zona y los reinos vecinos eran tan lejanos que era imposible observar la luminosidad que brotaba de sus casas. La noticia se extendió entre la población y, al día siguiente, el rey convocó a los sabios. En una larga mesa se ramificaba el incienso. Las barbas eran escrudiñadas, las bocas sorbían infusiones de azahar para entretener el silencio. El rey, rodeado por sus más cercanos consejeros, inició la sesión. Un sabio propuso echar los dados para saber el origen de las luces; otro dijo que las señales eran profecías y que debían interpretarse en la piel de una mujer virgen, escogida al azar en el mercado; el ultimo -el más Viejo- afirmó que todo acto, por ínfimo que sea, tiene su réplica en el universo: el movimiento de los astros dibuja, para el que sabe ver, a una escala diminuta, los gestos de cualquier hombre sobre la faz de la Tierra. Por eso habría que escudriñar el cielo en busca de inconsistencias, extrañas formaciones de nubes; incluso cambios en la migración anual de los pájaros que inundaban tejados y azoteas. Se anunció al pueblo la falta de consenso después de horas de discusión y la gente, apesadumbrada, regresó a sus casas.

Un antiguo profeta decía que la sospecha es un animal cuyos tentáculos se extienden hasta apresar el alma de los hombres y llevarlos a la locura. El reino mantuvo sus actividades diarias, sin embargo algo había cambiado en la gente: las miradas iban por lo bajo, como si hubiera signos ocultos entre las piedras. La plática antes vivaz en las plazas se había convertido en un murmullo que se apagaba con la puesta del sol. Los eruditos seguían enredados en suposiciones: quizás el número de luces o la distancia entre ellas concentraban un significado que sólo podía develarse estudiando tratados antiguos, fórmulas matemáticas, conjuros. La gente los veía deambular por las calles, con el cabello revuelto, llevando libros de gruesas tapas bajo el brazo. El rey mandó un destacamento de guerreros a los límites del reino para vigilar las montañas y dar aviso en caso de que retornaran las luces. La gente subía a lo alto de las casas pero no hubo más señales. La oscuridad era un mar tranquilo que envolvía las montañas y los valles. Las estrellas mantenían su posición en el cielo. El filo brillante de la luna seguía avivando insectos.

Transcurrieron los días. El rey trató de olvidar el incidente, sin embargo, una noche soñó que salía de sus aposentos y recorría los corredores principales del palacio. Los salones estaban desiertos. Un amplio ventanal parecía interrogarlo desde el fondo de un pasillo. El rey se acercó y miró al exterior: unas luces se movían entre las montañas. El silencio se rompió con un murmullo que creció, como si muchas voces estuvieran atrapadas en algún punto del espacio. El murmullo se convirtió en un zumbido que resonaba en las paredes. El rey caminó de regreso a sus aposentos, pero el pasillo conducía a pasajes sin salida; algunos corredores se bifurcaban y otros regresaban al punto de inicio. En su corazón tuvo la sospecha de encontrarse en las entrañas de un inmenso laberinto que, en algún momento, lo aniquilaría.

El rey despertó entre sudores. Su carácter afable desapareció y ya no sonrió en las audiencias. Cuando era requerido para resolver alguna disputa apenas atendía las razones de los demandantes. Las fiestas se suspendieron. Dejo de recorrer los jardines en las mañanas y, a veces, se encerraba en sus habitaciones hasta el crepúsculo. El cambio en sus costumbres fue notorio para todo el reino. Su rostro demacrado tenía el color de la luna llena. Circulaban rumores que acusaban al gran visir, un anciano venerable, conocedor de las artes médicas, de un envenenamiento: quizás vertía algún líquido extraño en la copa de vino que ofrecía a su señor todas las noches para derrotar al insomnio. Tal vez utilizaba su conocimiento para influir en los humores del rey y, así, manejarlo a su antojo. Otros decían que un grupo de notables conjuraba para hacerse del poder y sólo esperaba las condiciones necesarias para dar el golpe definitivo.

Las mujeres en las plazas comentaban las últimas novedades. Las jóvenes consultaban su futuro en los posos ardientes del café. Algunas bodas se aplazaron hasta tener alguna certidumbre. En el palacio el rey era acosado por muchas ideas. Había contado su sueño al gran visir y a sus principales consejeros pero ninguno logró explicar su significado. Parecía que el laberinto se volvía realidad con preguntas que no iban a ningún lado, con pensamientos que eran círculos regresando al punto de inicio. El rey empezó a creer que su tiempo se agotaba y que las luces eran los ojos de un animal que jugaba con él, como el gato que se entretiene antes de devorar a su presa. Consultó libros sagrados y profanos. En las noches paseaba por el castillo mirando los retratos de sus antecesores, una ilustre saga de valientes que habían domesticado el fuego y convertido a Alá en su único Dios. Seguía soñando que recorría los pasillos desiertos cercanos a su dormitorio. Iba de salón en salón mirando mesas de oscuro roble, consteladas con fruta dispersa, platos en el suelo y velas aún ardiendo, acometidas apenas por imperceptibles corrientes de aire. Las sillas, también dispersas, parecían haber sido abandonadas segundos antes, como los camarotes de un barco antes del inminente naufragio.

El gran visir le dijo que no había ninguna muestra de inestabilidad. Desde hacía muchos siglos se había acordado la paz con los reinos cercanos. Los campos daban cosechas abundantes y las estaciones se mantenían gracias al favor del Altísimo. Sin embargo, en las calles, la gente seguía inquieta por las luces y su sentido. El rey, obcecado, siguió con sus consultas. Una noche, sumido en las tinieblas del insomnio, fue a la gran biblioteca a seguir interrogando libros. Pasó de la anatomía de los cielos a la de los hombres; de la densa botánica al prolijo estudio de los minerales. Harto de volver las páginas, con los ojos nebulosos después de fatigar los abultados volúmenes, iba a abandonar la tarea cuando descubrió un ejemplar cuyo perfil, consumido por el tiempo, asomaba entre las patas de un sillón acosado por las termitas. Lo acercó a la luz de las velas: no había ningún título en la portada; tampoco había referencias del autor. La superficie del libro parecía latir como un corazón oscuro que acicateaba el deseo por conocer su contenido. Al abrir las tapas ascendió hasta su nariz un tenue olor a madera quemada, como si aún retuviera en sus entrañas las huellas de un lejano incendio. El rey comenzó a leer una historia que se remontaba milenios atrás, cuando su pueblo apenas se había establecido entre las montañas después de vagar por territorios devastados por la lenta fiebre del sol y por insectos que, se decía, eran capaces de devorar hombres. Recorrió un linaje antiguo del cual apenas tenía noticia; atestiguó el establecimiento de costumbres y la constitución de las primeras leyes. Pronto llegó, mientras la noche ganaba altura, la historia de un rey querido por su pueblo por su sabiduría y justicia. La narración contaba que, un día, después de la acostumbrada audiencia matutina, aparecieron luces en el cielo. El anónimo autor no detallaba la forma ni el color de éstas, sólo describía la perplejidad de los habitantes y el temor que comenzó a extenderse como una enfermedad que gangrenaba el reino. Ante la falta de una explicación plausible la gente comenzó a dudar del rey. Muchos dijeron que esas luces vaticinaban el avance de un imaginario pueblo enemigo; otros afirmaban que eran señales del fin del mundo. En todos los escenarios, incluidos los más inverosímiles, el rey aparecía como alguien incapaz de proteger a su pueblo. Pronto se habló de destituirlo y su guardia personal, fieros combatientes dispuestos a ofrendar su sangre por él, abandonó sus votos de fidelidad. La última hoja, cuya volátil caligrafía denotaba una mano apresurada, refería la muerte del rey en la plaza central de la ciudad y la destrucción del castillo a manos de una turba guiada por heresiarcas y líderes populares.

El rey guardó el libro en un baúl que escondió atrás de un armario. La amenaza ya no era una espada imaginaria pendiendo sobre su cabeza sino un escenario que, seguramente, se repetiría. Ya no confió sus pensamientos a sus sirvientes más cercanos, ni siquiera al gran visir que fingía ocuparse de sus labores, quizás esperanzado que el tiempo y la costumbre se impusieran a la zozobra. En el reino apenas se comentaba el misterio de las luces y el tema de conversación se centraba en el rey y su conducta. Algunos decían que planeaba escapar del castillo; otros afirmaban que se sometía a extraños ritos adivinatorios que, quizás, lo acercarían al conocimiento íntimo de las luces. Sin embargo nadie pudo prever lo que ocurrió días después, cuando el rey despachó heraldos en todas las ciudades y pueblos que anunciaron la disolución del consejo del reino, aquel que representaba los intereses de los gremios y los distintos grupos sociales. Ante la amenaza invisible que se cernía sobre el reino, las nuevas disposiciones incluían la prohibición de salir a las calles después del crepúsculo y la obligación de avisar a la autoridad de cualquier incipiente peligro. El rey, a través de sus emisarios, afirmaba que estas medidas eran temporales y que confiaba en el pronto regreso a la normalidad. Sin embargo, todos los días, sin una razón aparente, se añadían nuevas previsiones: se apostaron destacamentos en la frontera oeste, aquella por la cual habían aparecido las luces; hubo nuevos reclutamientos y la noche era recorrida por cuadrillas que registraban a los escasos paseantes que se atrevían a retar el toque de queda.

El tiempo transcurrió lentamente. La vida en las plazas y en los parques se redujo a un siseo que se hacía cada vez más débil. Los rostros que se veían en las calles parecían pasados por fuego. La gente prefería salir sólo para lo indispensable. Entonces empezó un rumor: se decía que alguien, quizás un granjero o un guardia confinado a la frontera, había sido testigo de nuevas luces. Esta vez, se afirmaba, eran luces más definidas que recordaban la silueta indecisa de unas antorchas. Las medidas se endurecieron y se habló de una guerra inminente, de un sitio para el cual todos debían estar preparados. Se recolectaron víveres y se diseñó un plan de defensa. Los heraldos difundían las últimas noticias y, como suele suceder, la gente aderezó los parcos informes con los frutos de su imaginería: filas casi infinitas de caballos montados por jinetes cuyos rostros embozados los hacían parecer fantasmas; oscuras manos empujando canoas de bambú que dejaban una huella imprecisa en el agua. Sin embargo, nadie conocía a un testigo directo de los hechos, nadie de viva voz confirmaba un solo avistamiento y los temores.

El rey recorría los pasillos asesorado por nuevos consejeros que, con mirada severa, le recomendaban nuevas medidas y previéndole de gente que probablemente podría cooperar con los inminentes invasores. Comenzó a perseguir a los sospechosos. Reavivó prácticas de sultanes que habían fundado su poder en el acero y en el cadalso. Las hachas se afilaron y algunos guardias se entrenaron como improvisados verdugos. Uno de los primeros en caer fue un viejo consejero que, supuestamente, había sido sorprendido conjurando para derrocar al gobierno… En las casas, en las mezquitas y en los baños públicos se hablaba de tiempos oscuros, de una prueba que apenas comenzaba y cuya conclusión se vislumbraba terrible.

Se formó una guardia secreta que se encargaba de recorrer las calles, confundirse entre los ciudadanos y descubrir cualquier asomo de conjura. El miedo dividió amistades y la sospecha fragmentó a familias enteras. Delaciones se ejercían en la penumbra, amparadas en el bullicio de los mercados o en la soledad de un callejón ciego. Miradas se cruzaban en el calor de las tardes buscando alguna flaqueza, alguna sospecha suficientemente sólida como para llevar ante la autoridad a algún añejo enemigo. Muchos perdieron sus fortunas y decenas de mujeres se arracimaban afuera de sus casas, llorando la pérdida de un hijo o un pariente cercano. Conforme avanzaron los días las ejecuciones aumentaron. El cadalso era utilizado desde temprana hora. Los cadáveres eran abundantes y se derramaban en la periferia para el solaz festín de las moscas. Hubo días en que el olor corrupto impregnaba cada rincón del reino y permanecía flotando hasta la madrugada perturbando a perros y a bestias de carga que, encerradas en sus corrales, bufaban y daban coces.

Después de la disolución del consejo el gran visir había pasado a un segundo plano y sus atribuciones eran solamente de índole administrativa. Aprovechando su lejanía con el poder recorrió los pasillos del palacio. Se internó por la estructura burocrática buscando información que restañara la sangre que corría por los cada vez más abundantes patíbulos. Quizá escuchó un comentario dicho al descuido o supuso una confesión que sabía desde hacía mucho: los rumores sobre las luces eran creados en el palacio y difundidos mediante una red perfectamente calculada. El miedo era una mano cerrándose lentamente sobre el reino, asfixiando voluntades, callando voces. En las brechas de sueño que le dejaba el insomnio se veía en un desierto gobernado por un dios cuya misericordia tenía la consistencia de un espejismo.

Una mañana un grupo de guardias fue a la casa del gran visir y lo llevó entre empujones al palacio. En un salón penumbroso y, con el rey ausente, fue acusado de tener tratos con nigromantes vinculados con las luces y con la desestabilización del reino. No se presentó una sola prueba. Lo tomaron de las barbas y lo arrojaron al suelo. En medio de burlas recibió puntapiés y algunas pedradas. Más tarde, sin juicio alguno y sin la oportunidad de despedirse de sus parientes, fue colgado. Su figura permaneció unos segundos, oscilante, como un doloroso péndulo, coronada por un par de buitres que disputaban las mejores partes de su cuerpo. Pocos atestiguaron la ejecución hasta el final. La plaza fue ocupada por el silencio y una nube turbia flotó en el cielo limpio, como una imprevisible mancha de tinta.

Surgieron algunos grupos de inconformes. Se reunían bajo un estricto secreto. Discutieron la forma de acabar con la pesadilla. Una noche un viejo pidió la palabra. Mientras menguaba la luz de las velas recordó que, en tiempos pasados, el reino vecino había acudido en su ayuda cuando una pertinaz sequía había convertido los campos en un mar de piedras. Su voz llenó la pequeña habitación. Añadió que ese reino podría encontrarse en dirección al oeste, por donde habían asomado las luces. Las reuniones se sucedieron sin llegar a un plan claro: nadie se atrevía a cruzar la frontera. No tenían armas y el apoyo de la gente se reducía a temerosas miradas de aprobación. La situación se estancó y el plan parecía quedar en un buen deseo cuando un general del ejército apostado en la frontera se acercó a ellos y les dijo que los ayudaría. Reunieron a los miembros más importantes de la conjura. Algunos temieron una trampa. Sin embargo no había muchas opciones y los muertos se seguían acumulando tiñendo de rojo las esquinas. El general -después de pedir la gracia del anonimato- contó que la natural corrupción del gobierno, por la incesante búsqueda de culpables, había llegado hasta el ejército. Había necesidad de nombres que acusar, cuerpos que colgar en la altura de los cadalsos. Los altos oficiales pedían a sus subordinados cuotas en especie o en brillantes monedas de oro para no acusarlos de traición. Una red de posibles delaciones se entretejía en las ruidosas comidas, en los cambios de guardia. Así cayeron varios oficiales y, los que habían resistido, habían enfrentado el filo incesante del verdugo. En poco tiempo, dijo el general, todos morirían.

Con ayuda de un pequeño destacamento fiel al general consiguieron bastimentos y algunos caballos. También llevaron un mapa en el que se perfilaban lóbregas colinas, secretos bosques y, tras ellos, una extensión vaga y sin nombre cuyo color amarillo sugería una planicie casi infinita. Antes del crepúsculo matutino salieron de sus casas. Evadieron la vigilancia y sus pasos fueron opacados por el ruido vivo de los insectos. Las paredes blancas recibían la sombra de varios hombres aferrados a la bendición de sus mujeres y al recuerdo de lo que estaban dejando atrás. Superaron la frontera del reino y se internaron por senderos apenas bosquejados en el mapa, caminos que recorrían sólo los viajeros más audaces o mercaderes que iban de pueblo en pueblo mostrando animales extraños conservados en frascos o hierbas nunca vistas que prometían curar cualquier dolencia.

Transcurrieron jornadas fatigosas. Los pasos eran más por inercia que por la convicción de llegar a algún lado. Perdieron la cuenta de las horas y, después, de los días. Una vez agotados los víveres consumieron hojas y raíces. El tiempo parecía detenerse: la orilla de la luna menguante era una sonrisa alucinada. Dormían por turnos para no ser víctimas de los animales salvajes. Los que podían dormir soñaban y en sus sueños volvían sobre sus pasos, sus palabras eran devueltas a sus bocas y los parpadeos se disolvían en un denso color amarillo. Una tarde alguien miró una minuciosa formación de nubes y dijo, no con poco asombro, que habían permanecido así durante días, como las fichas de un juego detenido. Las respiraciones eran cada vez más pesadas. Un día llegaron a los límites de un bosque, conforme se internaron se hizo menos denso y encontraron una vaga familiaridad con el sendero, como el que vuelve inadvertidamente las páginas de un libro y encuentra palabras, citas, rastros. Rezaron para que su viaje, al fin, tuviera término. Después de superar una breve montaña vieron las visibles fronteras de un reino y, sin querer demorar su arribo, prendieron antorchas y descendieron por un camino pensando en el final del periplo. A lo lejos se veían las bocanadas amarillas; a veces desaparecían entre los árboles. En el reino algunos granjeros vieron luces que se acercaban por el oeste y dieron el aviso a sus vecinos. Pronto la noticia se extendió por todas las ciudades y el rey convocó a su consejo para decidir lo que harían. Los viajeros sintieron que el sendero se alargaba y que el sol, en lugar de avanzar, regresaba a su punto de origen. Sin saber qué tiempo habitaban comenzaron a recorrer edificios devastados, polvo disperso. Cuando llegaron al palacio principal encontraron en el trono el cuerpo carcomido de un rey y, entre las manos, aferrado como un inútil sortilegio, un libro desprovisto de título y de portada color negro.

Alejandro Badilla (foto)

(Ganó en 2015 el Premio Nacional de Narrativa ‘Mariano Azuela’ por su libro El clan de los estetas, y en el 2016 el Premio Nacional de Novela Breve ‘Amado Nervo’ por su obra Por una cabeza)

‘Guy de Maupassant’ de Isaak Bábel

Isaak BábelEn el invierno del año 16 me presenté en San Petersburgo con un pasaporte falso y sin dinero. Me dio cobijo Alexei Kazántsev, profesor de literatura rusa.

Él vivía en Peski, una calle helada, amarillenta y apestosa. A su paupérrimo sueldo añadía lo que ganaba traduciendo novelas españolas; por aquel entonces estaba de moda Blasco Ibáñez.

Kazántsev nunca había estado en España, pero su amor hacia ese país colmaba todo su ser, conocía todos los castillos, jardines y fincas de España. Aparte de mí, se arrimaba a Kazántsev una caterva de personas marginadas por la sociedad. Comíamos penosamente. De vez en cuando, algún periódico de mala muerte publicaba en letras pequeñas nuestras crónicas de sociedad.

Yo pasaba todas las mañanas en depósitos de cadáveres y comisarías de policía.

El más feliz de todos era Kazántsev. Tenía patría: España.

En noviembre se me ofreció un puesto de oficinista en la fábrica Obújov; una tarea nada desdeñable, que me proporcionaba la oportunidad de librar del servicio militar.

Lo rechacé. Con mis veinte años me auto convencí de que prefería pasar hambre, ir a la cárcel o vagabundear antes que penar diez horas diarias ante un escritorio. Nunca violé este principio ni lo violaré. Tenía la convicción de mis antepasados de que venimos al mundo para gozar del trabajo, de la pelea, del amor, de que nacemos para eso y no para otra cosa.

Kazántsev escuchaba mis argumentos y ensortijaba con sus dedos algunos pelos rubios de su cabeza. En su mirada se atisbaban a la vez horror y admiración.

Llegó la Pascua y la suerte nos fue favorable. El abogado Benderski, propietario de la editorial Alciona, emprendió la publicación de una nueva edición de las obras de Maupassant. De su traducción se encargaba Raisa, a la sazón esposa del abogado. Del antojo de la señora no salió nada bueno.

A Kazántsev, que solo traducía del español, le preguntaron por alguien que pudiese ayudar a Raisa Mijáilovna. Kazántsev me recomendó. Al día siguiente, vestido con una chaqueta que me prestaron, fui al domicilio del matrimonio Benderski. Vivían en el cruce de las calles Nevski y Moika, en un edificio de granito finlandés, rodeado por columnas rosas, con aspilleras y blasones de piedra. Oscuros banqueros que antes de la guerra se hicieron ricos con los suministros, construyeron en San Petersburgo una gran cantidad de estos vulgares edificios, de una exagerada y ficticia magnificencia.

La escalera estaba cubierta con una alfombra roja. En los descansillos se mostraban amenazadores unos osos de peluche. En sus fauces abiertas se encendían bombillas de cristal.

La pareja Benderski vivía en el tercer piso. Me abrió la puerta una criada con uniforme, de busto erguido. Me hizo pasar a un salón amueblado al estilo eslavo antiguo. En las paredes colgaban cuadros azules de Rerich, con rocas y monstruos antidiluvianos. En los rincones sobre unos atriles descansaban iconos antiguos. La criada del busto erguido se movía solemnemente por la habitación. Era alta, miope y arrogante. En sus ojos grises abiertos quedó petrificada la lascivia. La joven se contoneaba lentamente. Pensé que haciendo el amor se revolcaría con frenesí. La cortina de terciopelo que colgaba ante la puerta osciló. Una mujer de cabello negro y ojos rosados entró en la habitación mostrando un generoso pecho. No era difícil de reconocer en la Bendérskaya a esa deliciosa clase de judía procedente de Kiev y de Poltava o de las ricas ciudades de la estepa plantadas de castaños y acacias. Esas mujeres transforman el dinero de sus maridos en rosadas grasas en su vientre, su cuello y sus redondeados hombros. Su somnolienta sonrisa es la delicia de los oficiales de la guarnición.

-Maupassant es la única pasión de mi vida -me dijo Raisa.

Procurando disimular el contoneo de sus anchas caderas, la mujer salió del cuarto y regresó con la traducción de Miss Harriet. En su versión no había rastro de las frases de Maupassant, de su pasión tan libre, de su fluidez y de su profundo aliento. La Bendérkaya escribía con tediosa concreción, sin vida, desenfadada, como escribirían antiguamente el ruso los judíos.

Me llevé el paquete a casa. En el ático de Kazántsev, entre gente que dormía, me dediqué toda la noche a corregir la traducción ajena. No resulta una tarea tan mala como parece. Una frase nace buena y mala a la vez. El secreto está en un giro apenas perceptible. La manivela debe permanecer en la mano y calentarse. Hay que darle vuelta una sola vez, no dos.

Al día siguiente temprano le entregué el manuscrito rehecho. Raisa no exageraba al manifestar su pasión por Maupassant. Mientras leía, permaneció inmóvil en su asiento, con los dedos entrelazados. Sus suaves manos se deslizaban hacia el suelo, su frente palidecía, el encaje se escurría entre los oprimidos pechos, jadeaba.

-¿Cómo lo ha hecho?

Fue entonces cuando le hablé del estilo, del ejército de las palabras, donde se manejan todo tipo de armamento. No hay hierro que pueda penetrar de forma tan efectiva en el corazón humano como un punto colocado en su sitio. Ella me escuchaba con arrobo, entreabriendo sus labios pintados. Un rayo se reflejaba sobre sus negros y lustrosos cabellos, muy peinados y separados por una raya. Moldeadas por las medias, sus piernas y pantorrillas descansaban un poco separadas sobre la alfombra.

La criada, desviando la mirada de descarado libertinaje, sirvió el desayuno.

El turbio sol de San Petersburgo caía ahora sobre la irregular y descolorida alfombra. Los veintinueve volúmenes de Maupassant se alineaban en una estantería encima de la mesa. El sol brillaba sobre el tafilete dorado que adornaba el lomo de los libros, enorme tumba del corazón humano.

Tomamos el café en tazas azules y comenzamos a traducir El Idilio. Todos recordarán el cuento del joven obrero hambriento que mamaba del pecho de una matrona que necesitaba aliviar su carga de leche. Eso ocurría un caluroso mediodía en el tren de Niza a Marsella, en el país de las rosas, en la patria de las rosas, allí donde los macizos floridos descienden hasta el borde del mar.

Salí de casa de los Benderki con veinticinco rublos que me habían adelantado. Nuestra comunidad de Peski estuvo esa noche completamente borracha, como un tropel de patos embriagados. Tomábamos el caviar a cucharadas y lo comíamos con salchichas asadas. Totalmente borracho comencé a proferir insultos contra Tolstoi.

-Vuestro conde estaba asustado, acobardado… El miedo es su religión… Temeroso del frío, de la vejez y de la muerte, el conde tejió una camisa de fe…

-¿Y qué más? -me preguntó Kazántsev moviendo su cabecita de pájaro.

Nos quedamos dormidos junto a nuestras camas. Soñé con Katia, la lavandera cuarentona que vivía en el piso de abajo. Por las mañanas le pedíamos agua caliente. Nunca tuve ocasión de detenerme a examinar su rostro, pero en el sueño solo Dios sabe lo que Katia y yo hacíamos. Nos matábamos a besos el uno al otro. No pude resistirme y al día siguiente bajé a buscar agua.

Salió a mi encuentro una mujer envejecida, con un chal cruzado sobre el pecho, descolgados rizos de color canoso ceniciento y manos húmedas. A partir de ese día opté por desayunar en casa de los Benderski. En nuestro ático se instaló una estufa nueva, y hubo arenques y chocolates. Raisa me llevó dos veces a la isla. No pude contenerme y le conté mi niñez. La narración resultó muy lúgubre, para gran sorpresa mía. Bajo el sombrerito de piel de topo me miraban unos ojos brillantes, asustados. Las pestañas palpitaban con compasión.

Me presentaron al marido de Raisa, un judío de tez amarillenta, calvo, cuerpo plano y fornido, dispuesto a levantar un oblicuo vuelo. Corrían ciertos rumores de sus estrechas relaciones con Rasputín. Los beneficios conseguidos con los aprovisionamientos al ejército le daban un aspecto de poseso. Sus ojos parecían inquietos, para él se había resquebrajado el tejido de la realidad. Raisa enrojecía al presentarle su marido a nuevos amigos. Tal vez debido a mi juventud, me di cuenta de este extremo una semana más tarde de lo debido.

Después de Año Nuevo, acudieron a casa de Raisa sus dos hermanas de Kiev. Yo había traído el manuscrito de La Confesión, y al no encontrar a Raisa, regresé por la tarde. Estaban cenando en el comedor. Llegaba de allí una singular cacofonía femenina y el bramido de voces masculinas en exceso exaltadas. En las casas ricas carentes de tradición se come ruidosamente. El jaleo era judío, con explosiones y armoniosas terminaciones. Raisa salió a recibirme vestida de noche, con la espalda al desnudo. Sus pies calzaban unos zapatos de charol y pisaban dubitativamente.

-Estoy ebria, amiguito -Y me tendió los brazos, ensartados en cadenas de platino y en estrellas de esmeralda. Su cuerpo serpenteaba como el de la cobra que se levanta hacia el cielo a impulsos al ritmo de la música. Movía su rizada cabeza y hacía tintinear las sortijas. De pronto calló en un sillón de antiquísima talla rusa. Unas cicatrices apenas casi imperceptibles se dejaban apreciar sobre su empolvada espalda.

Tras la pared estalló una vez más la risa femenina. Salieron del comedor las hermanas, algo bigotudas, pero tan altas y tan exuberantes de pecho como Raisa. Este pecho se proyectaba hacia delante, su negra cabellera ondeaba. Ambas estaban casadas con sendos Benderski. La habitación se saturó de un alocado jolgorio femenino, alegría de mujeres maduras. Los maridos ayudaron a las hermanas a poner los abrigos de nutria, las mantillas de Orenburgo y las embutieron en botas negras, bajo la nívea visera de las mantillas solamente quedaron al descubierto las coloradas mejillas, narices de mármol y ojos con miope brillo semítico. Se fueron con estrépito al teatro, donde representaban “Judith” con Saliapin.

-¡Quiero trabajar! -dijo Raisa, tendiendo sus brazos desnudos-, hemos perdido una semana ya…

Trajo del comedor una botella y dos copas. Su pecho descansaba holgado en la sedosa tela del traje; los pezones se dilataron enhiestos, escondidos por la seda.

-Lo anhelado -dijo Raisa sirviendo el vino-, moscatel del año ochenta y tres. Cuando mi marido se entere, me mata…

Yo, que nunca me las había visto con moscateles del año 83, sin pensarlo mucho me tomé, una tras otra, tres copas que de inmediato me transportaron a unos callejones con llamaradas de color naranja y con música.

-Estoy borracha, amiguito… ¿Qué hacemos hoy?

-Hoy tenemos La confesión

-Muy bien, La confesión. El protagonista de ese relato es el sol, el sol de Francia…

Gotas de sol se derramaban sobre la rubia Celeste y se transformaron en pecas. El sol con sus rayos cayendo a plomo, el vino y la sidra abrillantaron el rostro del cochero Polyte. Dos veces por semana, la joven Celeste vendía en la ciudad crema, huevos y gallinas. Le pagaba a Polyte diez sueldos por ella y cuatro por la mercancía. En cada viaje el pícaro Polyte preguntaba a la pelirroja Celeste guiñándole un ojo: “¿Cuándo es la fiesta, hermosa?” -“¿Qué quiere decir con eso Sr. Polyte?” El cochero dio un salto en el pescante y explicó: “Una fiesta es una fiesta… ¡diablos!… Un mozo y una moza sin música se bastan…”

-No me gustan esas bromas, Sr. Polyte -respondío Celeste apartando del muchacho sus faldas, que colgaban sobre potentes pantorrillas con medias rojas.

Pero aquel bribón de Polyte seguía riéndose, continuaba tosiendo -alguna vez será la fiesta, hermosa mía- y alegres lágrimas corrían por su cara del tono de la sangre, del ladrillo y el vino.

Bebí otra copa de moscatel. Raisa brindó conmigo. La criada de ojos pétreos atravesó la habitación y desapareció. Ese diablo de Polyte… En dos años Celeste le había pagado cuarenta y ocho francos -Eran cincuenta menos dos. Al final del segundo año se hallaban los dos solos en la diligencia y Polyte, que había tomado sidra antes de salir, preguntó como era su costumbre: “¿Tampoco es hoy la fiesta, señorita Celeste? -y ella respondió bajando los ojos “Como usted guste, señor Polyte…”

Raisa cayó sobre la mesa emitiendo grandes carcajadas. Ce diable de Polyte. La diligencia iba tirada por un jamelgo blanco. El jamelgo con labios rosados de anciano trotó al paso. El alegre sol de Francia rodeó el coche que se ocultó del mundo bajo una visera descolorida. Un mozo y una moza sin música se bastan… Raisa me tendió una copa. Era la quinta.

Mon vieux, por Maupassant…

-¿Es hoy la fiesta, hermosa mía?

Me acerqué a Raisa y la besé en los labios que temblaron y se hincharon.

-Es usted divertido -respondió Raisa entre dientes y se echó hacia atrás.

Se arrimó a la pared extendiendo sus brazos desnudos, apareciendo en ellos y en sus hombros unas manchas rojizas. De todas las divinidades clavadas en cruz, aquella era la más seductora.

-Haga el favor de sentarse, monsieur Polyte

Me indicó un inclinado sillón de factura eslava. El respaldo era un entrelazado de madera con puntas policromadas. Me dirigí a él tambaleándome. La noche había colocado bajo mi hambrienta juventud una botella de moscatel del año ochenta y tres y veintinueve volúmenes, veintinueve petardos rellenos de piedad, de genio de pasión… Di un salto derribando una silla y tropezando con un estante. Los veintinueve tomos se desplomaron sobre la alfombra, las páginas volaron en todas direcciones, quedando luego de pie, y el jamelgo blanco de mi destino trotó al paso.

-Es usted divertido -repitió Raisa.

Abandoné la casa de granito cerca de las doce, antes de que regresaran del teatro las hermanas y el marido. Estaba cuerdo y era capaz de pasar por una tabla, pero era mucho mejor tambalearse y me contoneaba cantando en un lenguaje inventado por mí. En los túneles de las calles bordeadas por una miríada de farolas, circulaban oleadas de neblina. Monstruos rugían tras las paredes efervescentes. La calzada ocultaba las piernas a los transeúntes.

Ya en casa, Kazántsev dormía. Dormía sentado, estirando las flacas piernas embutidas en botas de fieltro. En su cabeza se erizó la pelusa de canario. Se había quedado dormido al pie de la estufa con un “Don Quijote” de 1624 sobre sus rodillas. El libro llevaba en el título una dedicatoria al duque de Broglie. Me acosté sin hacer ruido para no despertar a Kazántsev, acerqué la lámpara y me puse a leer el libro de Edouard Maynial “Vida y obra de Guy de Maupassant”.

Kazántsev movía los labios y daba cabezadas.

Aquella madrugada me enteré por Edouard Maynial que Maupassant nació en 1850, que era hijo de un noble normando y de Laure Le Poittevin, prima carnal de Flaubert. A los veinticinco años acusó el primer ataque de sífilis hereditaria. La fertilidad y alegría en él encerradas se resistían a la enfermedad. Al principio tenía dolores de cabeza y arrebatos de hipocondría. Después lo amenazó el fantasma de la ceguera. Perdía la vista. Crecía en él la manía persecutoria, la misantropía y la iracundia. Luchó denodadamente. Navegó en velero por el Mediterráneo, huyó a Túnez, a Marruecos, a África Central y escribía sin cesar. Ya famoso, a los treinta y nueve años, se cortó la garganta y se desangró, pero quedó con vida. Lo recluyeron en un manicomio. Allí andaba a gatas. La última anotación en su triste hoja dice:

«Monsieur de maupassant vas s’animaliser» («El Sr. de Maupassant se animalizó»).

Murió a los cuarenta y dos años. Su madre le sobrevivió.

Leí el libro hasta el final y me levanté de la cama. La niebla se había aproximado a la ventana, ocultando el universo. El corazón se me encogió. Me había rozado el presagio de la verdad.

Isaak Bábel (foto)

 

‘Resivimiento’ de Gustavo Arango

Gustavo ArangoTengo nostalgia de los tiempos en que el mundo tocaba la puerta para entrar en nuestras vidas. No soy nuevo en estas cosas, hace más de diez años sostuve asombrosas conversaciones escritas con personas a las que nunca había visto y nunca vería. Una noche, por los tiempos más oscuros, logré establecer contacto con una mujer que dijo estar en Chile. Pasamos la noche entera escribiendo, imaginando obscenidades, actos de toda clase, a pesar de que nunca supimos el aspecto que teníamos. Por aquel tiempo, también, una exnovia creó una identidad falsa para indagar qué les contaba a otras personas sobre nuestra relación. Hablamos largamente en esos días y la naturaleza de la charla era cada vez más atrevida. Al final de la semana se quitó la máscara. Me reprochó que hablara con desconocidos de su inexperiencia -así fuera sin mencionar su nombre-, de lo lejos que estaba de la soltura en la cama. Aún hoy me cuesta pensar que esa mujer de caricias discretas fuera capaz de una osadía tal con el lenguaje. Me quedó la sensación de que nunca la había conocido.

Aquellos eran tiempos sórdidos. Yo andaba vulnerable. Pensaba que podría hacer contacto si buscaba entre los perfiles en oferta que mostraban las redes. Luego empecé a volverme serio, si es que se puede decir eso. Empecé a tener claro que no era bueno dejarse enredar por desconocidas. El episodio con el fulgor de Caloto me dejó vacunado. Fue un asunto que pasó en pocas semanas del anonimato a un enredo difícil de desenredar. Fue algo así como la versión contemporánea del casamiento engañoso, la novela de Cervantes.

Cuando la tecnología empezó a ofrecer la posibilidad de hacer llamadas y transmisiones de video, me limité a tener sexo virtual con personas cuya identidad tenía establecida. Con el tiempo he aprendido a reconocer la intención “fishy”, el deseo de embaucar, de las personas desconocidas que me contactan por la red, y he cortado el asunto desde el primer momento. Reconozco las razones por las que una persona pueda querer hablarme. No presumo cuando digo que vivir en el País del Sueño me confiere un “sex appeal” del que carezco. Ni siquiera es posible reprocharles el deseo de ascender, de mejorar, o sólo de sobrevivir, a costa de la ingenuidad, la soledad o la simple arrechera de un sujeto que vive y trabaja en una sociedad que es común considerar privilegiada.

Todo eso he pensado esta tarde de domingo desde que me llegó el primer mensaje de una chica que hace un par de semanas pidió ser mi amiga en el club virtual. Supongo que de verdad es una chica, que su nombre es Tifany, pero la única certeza es una foto de perfil de una muchacha de ojos grandes, rostro enfático, morenos labios gruesos y senos perfectos que se asoman por el escote de un vestido sencillo. Llegó con todo el arsenal:

-Hola. ¿Cómo estás? ¿Ya me olvidaste?

Era un saludo inteligente. Siempre he admirado la astucia de algunas mujeres para mantener activa una conversación. La exnovia que se hizo pasar por otra era muy hábil en eso. Supongo un oculto principio: “Mientras el tipo responda hay esperanza de sacarle algo”. Estaba seguro de no conocerla. De Filandia, donde vive, según lo declara su perfil, sólo había tenido noticias de oídas. El nombre del pueblo me parece un detalle de humor fino. Allí nació, y probablemente está escondido, el fugitivo doctor Ternura. Alguna vez que visité a mi compadre Colorado, en Pereira, me contó una historia de ese pueblo y señaló hacia las montañas del suroeste. Fue la inteligencia del saludo lo que me llevó a responderle.

-Qué memoria la mía -le dije.

Pensé agregar algo más, pero opté por un estilo minimalista. Ella tardó poco en escribir.

-No sé si eres tú el Magnífico que busco. También olvido. Hace mucho hablé contigo. ¿Te acuerdas? Te envié fotos mías, fue hace mucho tiempo, pero ya no recuerdo bien si eres tú el que me dabas regalos, me hacías llegar giros y la pasábamos rico.

Me quedé analizando. Ahí estaba todo expresado con elegancia. Le atribuí un mérito mayor que el de las que directamente te contactan para ofrecerte cochinaditas virtuales. A esas suelo denunciarlas con la administración del club virtual. Estaba considerando la idea de abandonar la charla cuando agregó:

-Pero perdí tu contacto. Apenas pude abrir una cuenta nueva y vi tu nombre y me acordé de ti. Quería saludarte. Saber cómo estabas.

-Estoy bien… -le dije-. Pero no creo ser ése del que hablas. Si hubiéramos pasado rico lo recordaría. Eres muy bella, para que alguien te olvide.

-Sí, creo que eres tú. A ver, dime si recuerdas cuándo te enviaba fotos sexys.

Me estaba explicando las cosas con plastilina, pero aún yo no entendía la razón para insistir en el asunto de la historia pasada.

-Es que la verdad no hablamos más de dos años -agregó-. A lo mejor por eso no nos acordamos bien, aunque yo sí me acuerdo un poco.

“¿Dos años de fotos sexys y giros y regalitos?”, pensé. Creo que lo recordaría. Recuerdo muy bien los giros y regalitos que hice en tiempos remotos. Decidí seguirle el juego:

-Mándame una foto, a ver si me acuerdo.

Tardó poco en enviar la foto escueta de un sexo rasurado, de labios claros, de un rosado fresco. Junto a la foto escribió: “Pero acuérdate que, cuando te envío fotos, tú me das regalos”. El índice y el pulgar de la mano izquierda lo entreabrían y dejaban ver la gruta tierna, humedecida. Todo era muy limpio, profesional. Sólo un observador agudo podía notar la longitud dispareja de las uñas gruesas sin pintar, las estrías en la breve franja del vientre.

-¿Ya te acordaste?

-Parece familiar

-¿Cómo?

-¿Y qué regalos te daba el hombre con quien me confundes?

-No creo confundirte -dijo-. ¿Cómo voy a enviar una foto así a alguien que no conozco? Es que recuerdo que tú eres, o eres muy parecido al hombre del que hablo.

-Pues sí, sería un error… -le dije.

Pensé en las posibles consecuencias de seguir con el juego del recuerdo.

Ella insistió:

-Pero dime, aún no recuerdas o yo estoy muy olvidada y pasé una pena contigo al enviarte algo así.

-No te dé pena… es una belleza. Con mayor razón digo que te recordaría.

-Pero por qué yo estoy tan segura que eres tú. A lo mejor ya no te gusto, dímelo.

También esa jugada me la sabía. Nadie tan engullible (la palabra debería existir, “gullible” -en inglés- expresa lo que fui en muchas ocasiones) como lo fui mucho tiempo. Podría contar mi vida a partir de los infortunios a los que me condujo -y las lecciones que me dio- mi engullibilidad. Un hombre que aspira a ser bueno y correcto nunca le dirá a una mujer que ha dejado de verla bella.

-¿No decías pues que te gustaba cuando te hacía cositas más ricas… por chat?

La oferta no podía ser más explícita.

-Cómo qué… le hacías al man, digo.

Ya tenía claro que entrar en el juego del recuerdo imaginario podía ser peligroso. Imaginé hombres casados objeto de chantajes por hacer admisiones de esa clase.

-No me gusta que te hagas el que no sabes… tú lo sabes, cosas ricas (aquí agregó la imagen de dos diablitos morados). Pero si no quieres darme regalos, ni quieres recordar lo de hace tiempo, está bien, yo no te voy a molestar.

Decidí guardar silencio. Después de unos minutos agregó:

-No me gusta rogar. Cuando te acuerdes me hablas. Un beso donde lo quieras resivir.

He sido convencional al corregir la ortografía del resto de su charla, pero ese “resivir” -tengo que admitirlo- era una obra maestra.

Le dije:

-Otro beso para ti, donde te lo quiero dar.

-Y dónde… me lo quiere dar.

-En la nariz, claro… es más linda que ese chocho que ni se sabe de quién es.

Dijo que no entendía lo que le decía, pero se esforzó para que la última palabra fuera suya y no reflejara desconcierto.

-Bueno, en la frente. Tú te lo pierdes, amor. Bye!

Gustavo Arango (foto)

‘Feliz año nuevo’ de Rubem Fonseca

rubem fonseca(Hasta ahora, he procurado compartir cuentos que, sin ser cortos o breves, no exceden, casi siempre, las cuatro cuartillas. Pero eso priva de compartir textos memorables, como el cuento del brasileño Rubem Fonseca que están a punto de leer. En adelante, no tomaré mucho en la cuenta la extensión del material. Espero que sigan encontrando agradable la lectura de este blog. Cuéntenles a otros, sugiéranles que lo lean también. Que se unan al grupo de quienes reciben las entradas, escribiendo su email en el extremo superior derecho de este blog, donde se indica ‘Seguir’. Serán, siempre, bienvenidos, y los textos tendrán una particularidad: su lenguaje, su temática, su tratamiento, sus diálogos, etcétera, escritos por mujeres y hombres talentosos. JSA)

Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.

Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farofa de los macumberos.

Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor.

Vete a mear a otra parte, estoy sin agua.

Pereba salió y fue a mear a la escalera.

¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba.

No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba! ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril?

Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba.

Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos, dije, sólo por joder.

No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas.

Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, se leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana.

Encendimos unos porros y nos quedamos viendo la telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, a un bang-bang. Otra mierda.

Las madames están todas con ropa nueva, van a entrar al año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿ya viste cómo bailan las blancuchas? Levantan los brazos en alto, creo que para enseñar el sobaco, lo que quieren enseñar realmente es el coño pero no tienen cojones y enseñan el sobaco. Todas le ponen los cuernos a los maridos. ¿Sabías que su vida está en dar el coño por ahí?

Lástima que no nos lo dan a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, tranquilo, cansado, enfermo.

Pereba, no tienes dientes, eres bizco, negro y pobre, ¿crees que las mujeres te lo van a dar? Ah, Pereba, lo mejor para ti es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale.

¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en que estaba metido! Tanta gente rica y yo jodido.
Zequinha entró en la sala, vio a Pereba masturbándose y dijo, ¿qué es eso, Pereba?

¡Se arrugó, se arrugó, así no se puede! dijo Pereba.

¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha.

En el baño hay un hedor insoportable, dijo Pereba.

Estoy sin agua.

¿Las mujeres esas del conjunto ya no están jodiendo?, preguntó Zequinha.

Él estaba cortejando a una rubia excelente, con vestido de baile y llena de joyas.

Ella estaba desnuda, dijo Pereba.

Ya veo que están en la mierda, dijo Zequinha.

Quiere comer los restos de Iemanjá, dijo Pereba.

Era una broma, dije. A fin de cuentas, Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no había dado mucha pasta, pero pasamos mucho tiempo en São Paulo en medio de la bazofia, bebiendo y jodiendo mujeres. Nos respetábamos.
A decir verdad tampoco ando con buena suerte, dijo Zequinha. La cosa está dura. Los del orden no están bromeando, ¿viste lo que hicieron con el Buen Criollo? Dieciséis tiros en la chola. Cogieron a Vevé y lo estrangularon. El Minhoca, ¡carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, el tipo era tan miope que no veía de aquí a allí, y también medio tartamudo -lo cogieron y lo arrojaron al Guandú, todo reventado.
Fue peor con el Tripié. Lo quemaron. Lo frieron como tocino. Los del orden no están dando facilidades, dijo Pereba. Y pollo de macumba no me lo como.

Ya verán pasado mañana.

¿Qué vamos a ver?

Sólo estoy esperando que llegue el Lambreta de São Paulo.

¡Carajo!, ¿estás trabajando con el Lambreta?, dijo Zequinha.

Todas sus herramientas están aquí.

¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco.

Reí.
¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha.

Una Thompson lata de guayabada, una carabina doce, de cañón cortado y dos Magnum.
¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes jalándosela sentados en ese moco de pavo?
Esperando que amanezca para comer farofa de macumba, dijo Pereba. Tendría éxito en la TV hablando de aquella forma, mataría de risa a la gente.

Fumamos. Vaciamos un pitú.

¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha.

Bajamos por la escalera, el ascensor no funcionaba y fuimos al departamento de doña Candinha. Llamamos. La vieja abrió la puerta.

¿Ya llegó el Lambreta?, dijo la vieja negra.

Ya, dije, está allá arriba.

La vieja trajo el paquete, caminando con esfuerzo. Era demasiado peso para ella. Cuidado, hijos míos, dijo.

Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la lata de guayabada y se la pasé a Zequinha para que la sujetase. Me amarro en esta máquina, tarratátátátá, dijo Zequinha.

Es antigua pero no falla, dije.

Zequinha cogió la Magnum. Formidable, dijo. Después aseguró la Doce, colocó la culata en el hombro y dijo: aún doy un tiro con esta hermosura en el pecho de un tira, muy de cerca, ya sabes cómo, para aventar al puto de espaldas a la pared y dejarlo pegado allí.

Pusimos todo sobre la mesa y nos quedamos mirando.

Fumamos un poco más.

¿Cuándo usarán el material?, dijo Zequinha.

El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. El Lambreta quiere hacer el primer golpe del año.

Es un tipo vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiba, Florianópolis, Porto Alegre, Vitoria, Niteroi, sin contar Rio. Más de treinta bancos.

Sí, pero dicen que pone el culo, dijo Zequinha.

No sé si lo pone, ni tengo valor para preguntar. Nunca me vino a mí con frescuras.

¿Ya lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha.

No, nunca. Bueno, puede ser verdad, pero ¿qué importa?

Los hombres no deben poner el culo. Menos aún un tipo importante como el Lambreta, dijo Zequinha.

Un tipo importante hace lo que quiere, dije.

Es verdad, dijo Zequinha.

Nos quedamos callados, fumando.

Los fierros en la mano y nada, dijo Zequinha.

El material es del Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas?

Zequinha chupó aire, fingiendo que tenía cosas entre los dientes. Creó que él también tenía hambre.

Estaba pensando que invadiéramos una casa estupenda que esté dando una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y tengo un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbones tienen las carteras llenas de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco grandes y un collar de quince, en esa covacha que conozco? Paga en el acto.

Se acabó el tabaco. También el aguardiente. Comenzó a llover.

Se fue al carajo tu farofa, dijo Pereba.

¿Qué casa? ¿Tienes alguna a la vista?

No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un carro y salimos a buscar.

Coloqué la lata de guayabada en una bolsa de compra, junto con la munición. Di una Magnum al Pereba, otra al Zequinha. Enfundé la carabina en el cinto, el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y una tijera. Vamos, dije.

Robamos un Opala. Seguimos hacia San Conrado. Pasamos varías casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía a la entrada un jardín grande y la casa quedaba al fondo, aislada. Oíamos barullo de música de carnaval, pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con la tijera los agujeros de los ojos. Entramos por la puerta principal.

Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron.

Es un asalto, grité bien alto, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se están quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú. Apaga ese coñazo de tocadiscos!

Pereba y Zequinha fueron a buscar a los empleados y volvieron con tres camareros y dos cocineras. Todo el mundo tumbado, dije.

Conté. Eran veinticinco personas. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada.

¿Hay alguien más en la casa?, pregunté.

Mi madre. Está arriba, en el cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer emperifollada, con vestido rojo largo. Debía ser la dueña de la casa.

¿Niños?
Están en Cabo Frío, con los tíos.

Gonçalves, vete arriba con la gordita y trae a su madre.

¿Gonçalves?, dijo Pereba.

Eres tú mismo ¿Ya no sabes cuál es tu nombre, bruto?

Pereba cogió a la mujer y subió la escalera.

Inocencio, amarra a los barbones.

Zequinha ató a los tipos utilizando cintos, cordones de cortinas, cordones de teléfono, todo lo que encontró.

Registramos a los sujetos. Muy poca pasta. Estaban los cabrones llenos de tarjetas de crédito y talonarios de cheques. Los relojes eran buenos, de oro y platino. Arrancamos las joyas a las mujeres. Un pellizco en oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa.

Pereba bajó la escalera solo.

¿Dónde están las mujeres?, dije.

Se encabritaron y tuve que poner orden.

Subí. La gordita estaba en la cama, las ropas rasgadas, la lengua fuera. Muertecita. ¿Para qué se hizo la remolona y no lo dio enseguida? Pereba estaba necesitado. Además de jodida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, caída en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con aquel pelazo armado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro arrugado, esperando el nuevo año, pero estaba ya más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Arranqué los collares, broches y anillos. Tenía un anillo que no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una dentellada, arrancándole el dedo. Metí todo dentro de un almohadón. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. La bañera era un agujero cuadrado, grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita para el suelo, coloqué la colcha de satén de la cama con cuidado, quedó lisa, brillando. Me bajé el pantalón y cagué sobre la colcha. Fue un alivio, muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé.

Vamos a comer, dije, poniendo el almohadón dentro de la bolsa. Los hombres y las mujeres en el suelo estaban todos quietos y cagados, como corderitos. Para asustarlos más dije, al puto que se mueva le reviento los sesos.

Entonces, de repente, uno de ellos dijo, con calma, no se irriten, llévense lo que quieran, no haremos nada.

Me quedé mirándolo. Usaba un pañuelo de seda de colores alrededor del pescuezo.

Pueden también comer y beber a placer, dijo.

Hijo de puta. Las bebidas, las comidas, las joyas, el dinero, todo aquello eran migajas para ellos. Tenían mucho más en el banco. No pasábamos de ser tres moscas en el azucarero.

¿Cuál es su nombre?

Mauricio, dijo.

Señor Mauricio, ¿quiere levantarse, por favor?

Se levantó. Le desaté los brazos.

Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden ustedes marcharse, que no daremos parte a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el suelo, y haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta mierda con mi charla.

Inocencio, ¿ya acabaste de comer? Tráeme una pierna de peru de ésas de ahí. Sobre una mesa había comida que daba para alimentar al presidio entero. Comí la pierna de peru. Cogí la carabina doce y cargué los dos cañones.

Señor Mauricio, ¿quiere hacer el favor de ponerse cerca de la pared?

Se recostó en la pared.

Recostado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poco más para acá. Ahí. Muchas gracias.

Tiré justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel trueno tremendo. El impacto arrojó al tipo con fuerza contra la pared. Fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. En el pecho tenía un orificio que daba para colocar un panetone.

Viste, no se pegó a la pared, qué coño.

Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha.

Los tipos tirados en el suelo tenían los ojos cerrados, ni se movían. No se oía nada, a no ser los eructos de Pereba.

Tú, levántate, dijo Zequinha. El canalla había elegido a un tipo flaco, de cabello largo.
Por favor, el sujeto dijo, muy bajito.

Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha.

Cargué los dos cañones de la doce. Tira tú, la coz de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula.

Verás cómo éste va a pegarse. Zequinha tiró. El tipo voló, los pies saltaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto para atrás. Pegó con estruendo en la puerta y permaneció allí adherido. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el plomo grueso en la madera.

¿No lo dije? Zequinha se frotó el hombro dolorido. Este cañón es jodido.

¿No vas a tirarte a una tía buena de éstas?, preguntó Pereba.

No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo jodo con las mujeres que me gustan.

¿Y tú… Inocencio?

Creo que voy a tirarme a aquella morenita.

La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos sopapos en los cuernos, se tranquilizó y quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá.

Vámonos, dije. Llenamos toallas y almohadones con comida y objetos.

Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie respondió.

Salimos. Entramos en el Opala y volvimos a casa.

Dije al Pereba, dejas el rodante en una calle desierta de Botafogo, coges un taxi y vuelves. Zequinha y yo bajamos.

Este edificio está realmente jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material, por la escalera inmunda y destrozada.

Jodido pero es Zona Sur, cerca de la playa. ¿Quieres que vaya a vivir a Nilópolis?

Llegamos arriba cansados. Coloqué las herramientas en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y lo llevé al departamento de la vieja negra.

Doña Candinha, dije, mostrando la bolsa, esto quema.

Pueden dejarlo, hijos míos. Los del orden no vienen aquí.

Subimos. Coloqué las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba.

Cuando el Pereba llegó, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz año nuevo.

Rubem Fonseca (foto)

‘La llave’ de Luisa Valenzuela

valenzuelaUna muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla, aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.

Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos -mandados por Dios seguramente-, que me liberaron del ogro.

Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.

Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.

Tan buena no serás si ahora te estás presentando en la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).

Aun así, aún aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.

De esto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.

Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.

Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault -que en paz descanse-, el primero en narrarme.

Ahora me narro sola.

Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de un color tan extraño… Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.

No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a lo largo de siglos me huyen porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.

Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).

Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes, o más bien invertir el punto de vista.

Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un “defecto” que aprendí -con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio- a defender a costa de mi vida.

De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.

Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber: El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve desde ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquitito a todas.

Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.

No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.

El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.

El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines de 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:

“A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro”.
¡La sagrada curiosidad, un efímero placer!, repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de los siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre a impulsar en aquel entonces -cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña- a develar el misterio del cuarto cerrado.

¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?

Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Qué cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo nomás hablar porque sé que la respuesta se la darán ellas mismas antes de concluir el seminario.

Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.

¿Comodidades?, pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?

Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.

¿Y la primera?, les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendrá la primera, y qué habrá visto?

En mis épocas de joven castellana prisionera -sin saberlo- del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otra forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.

Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto de olvido, el muy piadoso según dice la gente.

Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casa y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.

El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.

Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su transgresión. ¡No usar esta llave! es orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave… aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.

Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.

Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.

Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe de estar retorciéndose en su tumba.

Luisa Valenzuela (foto)