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‘Kid Stardust en el matadero’ de Charles Bukowski

Charles BukowskiLa suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado, débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como recadero o mozo de almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. Así que bajé al matadero y entré en la oficina. ¿No te he visto ya?, preguntó el tipo. No, mentí yo.

Había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, y me habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. Me habían explicado mi trabajo, que era apretar un botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes desplomándose, y llegaba la cosa… algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó.

Cuando vi que se iba me quité la bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me largué de allí. Y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez. Pareces un poco viejo para el trabajo. Quiero endurecerme. Necesito trabajo duro, muy duro, mentí. ¿Y puedes aguantarlo? Otra cosa no tendré, pero coraje sí. Fui boxeador. Y bueno. ¿Ah, sí? Sí. Vaya, se te nota en la cara. Debieron darte duro. De lo de la cara no hagas caso. Yo tenía un juego de brazos magnífico. Todavía lo tengo. Lo de la cara es porque tuve que hacer algunos tongos y tenía que parecer verdad. Sigo el boxeo. No recuerdo tu nombre. Peleaba con otro nombre, Kid Stardust. ¿Kid Stardust? No recuerdo a ningún Kid Stardust. Peleé en América del Sur, en África, en Europa, en las Islas, en ciudades pequeñas. Por eso hay ese hueco en mi historial de trabajo, no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en broma o que miento. Lo dejo en blanco y se acabó. Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. Mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar. ¿Dices que quieres trabajo duro? Bueno, si tenéis otra cosa no, en este momento no. Sabes, aparentas cerca de cincuenta. No sé sí darte el trabajo. No nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo. Yo no soy gente: soy Kid Stardust. Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a TRABAJAR!

No me gustó el tono. Dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mi nombre: Henry Charles Bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a Thurman. Fui hasta allí. Había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto. Yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo: dónde está Thurman. Tengo que ver a ese tío.

Alguien señaló. ¿Thurman? ¿Sí? Trabajo para ti. ¿Sí? Sí. Me miró. ¿Y las botas? ¿Botas? No tengo, dije. Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dio. Viejas, duras, tiesas. Me las puse. La historia de siempre: tres números menos. Me encogían y me espachurraban los dedos. Luego me dio una ensangrentada bata y un casco metálico. Allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. Tiró la cerilla con un floreo tranquilo y varonil. Vamos.

Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron como si fueran musulmanes
negros. Yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos. ¡Charley! aulló Thurman. Charley, pensé. Charley, como yo. Qué bien. Sudaba ya bajo el casco metálico. ¡¡Dale TRABAJO!! Dios mío oh Dios mío. ¿Qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿Por qué no le pasa esto a Walter Winchey que cree en el sistema americano? ¿No era yo uno de los estudiantes de antropología más inteligentes de mi promoción? ¿Qué pasó?

Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de largo que había en el muelle. Espera aquí. Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado. Con mierda de pollo. Y cada carretilla estaba cargada con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. No, no flotaban en sangre, se asentaban en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte.

Uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. Los jamones venían deprisa, DEPRISA, y pesaban, pesaban cada vez más. En cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había otro en camino hacia mí por el aire. Comprendí que querían reventarme.

Pronto sudaba y sudaba como si se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, y me dolían los brazos, me dolía todo y había agotado hasta el último gramo de energía. Apenas podía ver, apenas podía obligarme a agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. Estaba embadurnado de sangre y seguía agarrando el suave muerto pesado FLUMP con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos… Los jamones seguían llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones
jamones y al fin todas se vaciaron, y yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica.

Era de noche en el infierno. Bueno, siempre me había gustado el trabajo
nocturno. ¡Vamos! Me llevaron a otro local. Arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho, recién asesinada, y se paró justo sobre mí, colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho. Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese maldito bicho. ¿Cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿Cómo saben que yo no soy una ternera? VENGA… ¡MENEALA! ¿Menéala? Eso es: ¡BAILA CON ELLA! ¿Qué? ¡Pero qué coño pasa! ¡GEORGE, ven aquí! George se puso debajo de la ternera muerta. La agarró. UNO. Corrió hacia adelante. DOS. Corrió hacia atrás. TRES. Corrió hacia delante mucho más. La ternera quedó casi paralela al suelo. Alguien apretó un botón y George quedó abrazado a ella. Lista para las carnicerías del mundo. Lista para las bien descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada.

Me pusieron debajo de la ternera siguiente. UNO. DOS. TRES. La tenía. Sus huesos muertos contra mis huesos vivos. Su carne muerta contra mi carne viva, y el hueso y el peso me aplastaban; pensé en óperas de Wagner, pensé en cerveza fría, pensé en un lindo chochito sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo y Charley aulló ¡CUELGALA DEL CAMION! Caminé hacia el camión. Por la aversión a la derrota que me inculcaron de muchacho en los patios escolares de Norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada merecía, sólo burlas y risas y golpes. En Norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además si soltaba la ternera quizá tuviera que volver a recogerla. Además se ensuciaría. Yo no quería que se ensuciase. O más bien… ellos no querían que se ensuciase.
Llegué al camión. ¡CUELGALA! El gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. Dejabas que el trasero de la ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡MADRE MIA!! Era todo cartílago y grasa, duro, duro.

¡VAMOS! ¡VAMOS! Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. El gancho clavado, aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo bata de casa y carnicería. ¡MUEVETE! Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera tranquilamente y me miró de arriba abajo. ¡Aquí trabajamos en cadena! Vale, campeón. Me puse delante de él. Otra ternera me esperaba. Cada una que agarraba estaba seguro de que sería la última que podría agarrar. Pero me decía: una más, sólo una más, luego lo dejo. A la mierda.

Ellos estaban esperando que me rajara. Lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba. No quería darles el placer de la victoria. Agarré otra ternera. Como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera. Pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO. Lo había conseguido. Un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. Fui tras ellos hasta un carrito que alguien había traído. Vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
¡EH, TU! Era Charley. Charley, como yo. ¿Sí, Charley? Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho. Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. La parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.

Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. Tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. Di vuelta a la llave y conseguí encender el motor. Fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito. Era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. Luego abrí la puerta y salí. No acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí. Me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.

Les vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos. Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador. El viejo me miró: vaya, así que dejas esta BUENA colocación… Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!
Salí. Crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. Luego cogí el autobús y volví a casa. El patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.

Charles Bukowski (foto)

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‘Mi planta de naranja lima’ de Vasconcelos

jose mauro de vasconcelosÍbamos por la calle, cogidos de la mano y sin la menor prisa. Totoca iba enseñándome la vida y yo estaba muy contento, porque mi hermano mayor me llevaba de la mano y me enseñaba las cosas, pero las de fuera de casa, porque en ésta yo aprendía descubriéndolas solo y haciéndolas solo, me equivocaba y, al equivocarme, acababa siempre recibiendo unos azotes. Hasta hace muy poco, nadie me pegaba, pero después descubrieron las cosas y no cesaban de decir que yo era malo, que era un diablo, un gato entigrecido. Yo no quería saber nada de eso. Si no hubiese estado en la calle, me habría puesto a cantar. Cantar era bonito. Totoca sabía hacer otra cosa, además de cantar: silbar. Pero, por más que yo lo imitaba, no me salía nada. Él me animó diciendo que era así exactamente, pero que aún no tenía boca de soplador. Así que, como no podía cantar por fuera, fui cantando por dentro. Era algo muy raro, pero se fue volviendo muy divertido e iba recordando una música que Mamá cantaba cuando era yo muy chiquitito. Estaba en el lavadero, con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un delantal atado a la cintura y se quedaba horas y más horas, metiendo las manos en el agua y haciendo mucha espuma con el jabón. Después retorcía la ropa e iba hasta la cuerda. Lo colgaba todo de ella y levantaba la caña. Hacía lo mismo con toda la ropa. Estaba lavando la ropa de la casa del Dr. Faulhaber para ayudar con los gastos de la casa. Mamá era alta y delgada, pero muy bonita. Tenía un color muy moreno y el pelo negro y liso. Cuando se dejaba el pelo suelto, le llegaba hasta la cintura. Pero lo bonito era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado para aprender.

Marinheiro, Marinheiro / Marinheiro de amargura / Por tua causa, Marinheiro / Vou baixar à sepultura… / As ondas batiam / E na areia rolavam / Lá se foi o Marinheiro / Que eu tanto amava… / O amor de Marinheiro / É amor de meia hora / O navio levanta o ferro / Marinheiro vai embora / As ondas batiam…

(Marinero, marinero, / Marinero de mis amores, / Por tu culpa, marinero, / Padezco tantos dolores… // Las olas batían / Y barrían la arena. / Allá se fue el marinero / Al que yo tanto quería… // El amor del marinero / Es amor de media hora. / El navío leva anclas / Y el marinero se evapora… // Las olas batían…)

Hasta ahora aquella música me daba una tristeza que yo no conseguía entender. Totoca me dio un empujón y desperté.

–¿Qué te ocurre, Zezé?

–Nada. Estaba cantando.

–¿Cantando?

–Sí.

–Pues debo de estar quedándome sordo.

Entonces, ¿no sabía que se podía cantar por dentro? Me quedé callado. Si no lo sabía, yo no se lo enseñaría. Habíamos llegado al borde de la carretera de Río a Sao Paulo. Pasaba de todo por ella: camiones, automóviles, carros y bicicletas.

–Mira, Zezé, esto es importante. Lo primero es mirar bien. Mira para un lado y para el otro. Ahora.

Cruzamos corriendo la carretera.

–¿Te ha dado miedo?

Claro que sí, pero dije que no con la cabeza.

–Vamos a volver a cruzar juntos. Después quiero ver si has aprendido.

Volvimos.

–Ahora tú solo. Sin miedo, que ya te estás haciendo un hombrecito.

El corazón se me aceleró.

–Ahora. Ve.

Me lancé casi sin respirar. Esperé un poco y él dio la señal para que volviese.

–Para ser la primera vez, lo has hecho muy bien, pero has olvidado una cosa. Tienes que mirar para los dos lados a ver si viene un coche. Yo no voy a estar aquí siempre para darte la señal. A la vuelta, practicaremos más. Ahora vamos, que te voy a enseñar una cosa.

Me cogió de la mano y volvimos a ponernos en marcha despacio. Yo estaba impresionado con una conversación que había tenido.

–Totoca.

–¿Qué?

–¿Se nota cuando ya se tiene uso de razón?

–¿Qué tontería es ésa?

–Fue el tío Edmundo quien me lo dijo. Dijo que yo era “precoz” y que pronto iba a llegar a tener uso de razón. Y yo no siento ninguna diferencia.

–El tío Edmundo es un bobo. No para de meterte cosas en la cabeza.

–No es bobo. Es sabio y, cuando yo crezca, quiero ser sabio y poeta y llevar corbata de lazo. Un día me haré una foto con corbata de lazo.

–¿Por qué con corbata de lazo?

–Porque nadie es poeta sin corbata de lazo. Cuando el tío Edmundo me enseña retratos de poetas en una revista, todos llevan corbatas de lazo.

–Zezé, deja de creer en todo lo que te dice el tío Edmundo: está un poco chalado y es un poco mentiroso.

–Entonces, ¿es un hijo de puta?

–Mira que ya has cobrado en la boca por tanto decir palabrotas, ¿eh? El tío Edmundo no es eso. He dicho “chalado”, un poco loco.

–Has dicho que era mentiroso.

–Una cosa nada tiene que ver con la otra.

–Sí que tiene que ver. El otro día, Papá estaba hablando con el señor Severino, el que juega a las cartas con él y habló así del señor Labonne: “Ese viejo hijo de puta miente con avaricia”… Y nadie le dio en la boca.

–Los mayores pueden decirlo, no tiene importancia.

Hicimos una pausa.

–El tío Edmundo no es… ¿Qué es exactamente eso de “chalado”, Totoca?

Él se giró el dedo en la sien.

–Pues no lo está, no. Es muy bueno: me enseña cosas y hasta ahora sólo me ha dado un azote y no con fuerza.

Totoca dio un salto.

–¿Que te dio un azote? ¿Cuándo?

–Un día en que estaba yo muy travieso y Glória me mandó a casa de Dindinha. Resulta que él quería leer el periódico y no encontraba las gafas. Buscaba y buscaba, desesperado. Preguntó a Dindinha y nada. Los dos buscaron por todos los rincones de la casa. Entonces yo dije que sabía dónde estaban y que, si me daba una moneda para comprar canicas, se lo diría. Él fue a buscar un tostão en su chaleco.

–Ve a buscarlas y te la daré.

–Fui al cesto de la ropa sucia y las cogí. Entonces me regañó: “¡Has sido tú, granuja!”. Me dio un azote en el culo y me quitó el tostão.

Totoca se rió.

–Te vas allí para no cobrar en casa y cobras allí. Vamos más deprisa, que, si no, no vamos a llegar nunca.

Yo seguía pensando en el tío Edmundo.

–Totoca, ¿un niño es un jubilado?

–¿Cómo?

–El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.

–¿Y qué?

–Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.

–Un jubilado es diferente, Zezé. Un jubilado es quien ya ha trabajado mucho, se ha quedado canoso y anda despacito, como el tío Edmundo, pero vamos a dejar de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él me parece bien, pero conmigo, no. Haz como los demás niños. Di palabrotas incluso, pero deja de llenarte esa cabecita con cosas difíciles. Si no, no vuelvo a salir contigo.

Me enfadé un poco y no quise hablar más. Tampoco tenía ganas de cantar. El pajarito que cantaba dentro de mí se alejó volando. Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

–Es esa de ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común y corriente, blanca y con ventanas azules, cerrada toda ella y en silencio.

–Sí que me gusta, pero, ¿por qué tenemos que mudarnos aquí?

–Siempre es bueno mudarse.

Nos quedamos contemplando desde la cerca un arbolito de mango a un lado y un tamarindo al otro lado.

–Tú, que quieres saberlo todo, no has sospechado el drama que hay en casa. Papá está en paro, ¿no? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo pusieron en la calle. ¿No has visto que Lalá ha empezado a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que Mamá va a trabajar en la ciudad, en el Molino Inglés? Pues mira, tontín, todo eso es para juntar un dinero y pagar el alquiler de esa nueva casa. En la otra, Papá debe ya ocho meses. Tú eres demasiado niño para saber esas cosas tristes, pero yo voy a tener que acabar ayudando a misa para contribuir en casa.

Se quedó unos minutos en silencio.

–Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas aquí?

–Claro que sí y un servidor, el esclavo, será quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cariño y pena.

–Yo soy el que va a desmontar el Parque Zoológico y a armarlo aquí.

Me sentí aliviado, porque, si no, habría tenido que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más pequeño: Luís.

—Bueno, ya ves que soy tu amigo, Zezé. Ahora no te cuesta nada contarme cómo conseguiste “aquello”…

–Te juro, Totoca, que no lo sé. La verdad es que no lo sé.

–Estás mintiendo. Has estudiado con alguien.

–No he estudiado nada. Nadie me ha enseñado. Sólo puede haber sido el diablo, que, según Jandira, es mi padrino y me enseñó durmiendo.

Totoca estaba perplejo. Al principio, hasta me había dado capones para que se lo contara, pero yo no sabía contárselo.

–Nadie aprende esas cosas solo.

Pero se quedaba mudo, porque la verdad es que nadie había venido a enseñarme nada. Era un misterio.

José Mauro de Vasconcelos (foto)

 

‘Una rosa para Emily’ de William Faulkner

william-faulkner-5Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor –autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal–, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.

Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.

Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró –una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón–; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.

No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.

Su voz fue seca y fría.

–Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

–De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

–Sí, recibí un papel –contestó la señorita Emilia–. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…

–Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

–Pero, señorita Emilia…

–Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! –exclamó llamando al negro–. Muestra la salida a estos señores.

II

Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido –todos creímos que iba a casarse con ella– la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.

“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

–¿Y qué quiere usted que yo haga? –dijo el alcalde.

–¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

–No creo que sea necesario –afirmó el juez Stevens–. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

–Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores –tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven– se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

–Es muy sencillo –afirmó éste–. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…

–Por favor, señor –exclamó el juez Stevens–. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III

La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…

Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…

Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:

“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.

Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”

Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

–Necesito un veneno –dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

–Necesito un veneno –dijo.

–¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…

–Quiero el más fuerte que tenga –interrumpió–. No importa la clase.

El droguero le enumeró varios.

–Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?

–Quiero arsénico. ¿Es bueno?

–¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?

–Quiero arsénico.

El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

–¡Sí, claro –respondió el hombre–; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.

IV

Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas –la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal– de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….

Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.

Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.

Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.

Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.

Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V

El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.

Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama.

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner (foto)

‘El moto’ de José Ricardo Chávez

jose ricardo chaves(A don Joaquín)     Siempre había vivido en Desamparados, si bien sus padres fueron de Zarcero. Tres años antes de que José BIas naciera, ellos emigraron a San José en búsqueda de oportunidades. El hombre consiguió un empleo como guarda nocturno de una fábrica y luego, con el tiempo, pasó a ser obrero. Nada mejor que levantarse con el sol y acostarse con la luna. Alquiló una modesta casa de madera a unas cuadras de la iglesia de Desamparados. A los pocos meses la mujer resultó estar embarazada. Nació entonces el luego bautizado José Blas. No muchas semanas después el bebe quedo huérfano: el autobús en que viajaban sus padres fue arrollado por una locomotora de Ferrocarriles al Atlántico, en la carretera que lleva a Tibás. José BIas se salvó por pura chiripa, pues aquella tarde la madre lo había dejado en casa de una amiga costurera para ir con su marido a dar un pésame. “No vaya a ser que se le vaya a los bronquios y entonces sí que la hacemos buena”, había afirmado la señora.

Ocurrido el accidente y después de algunos trámites y a falta de parientes conocidos, el niño se quedó en casa de la amiga materna, quien vivía con una hermana, ambas solteronas y antaño costureras en una fábrica de dueños judíos. Jacobo, el patrón, paternal y siempre listo vigilante del trabajo de las mujeres, caminaba entre las filas de máquinas de coser mientras comía un trozo de pan integral con enjundia de gallina y ajo crudo. Con el tiempo, la fábrica cierra y las obreras se quedaron sin empleo y sin prestaciones. Jacobo cambia de actividad –se volvió productor de artículos de plástico– y las dos futuras madres postizas de José BIas se convirtieron en costureras de barrio, allá en Desamparados. En esa condición estaban cuando decidieron cuidar del huérfano, como una manera de canalizar sus frustrados afectos maternales. ¡Tantas noches que el niño se durmió arrullado por el ruido de las máquinas de coser!

A los siete años entró a la escuela pero no le gusto el estudio. Prefería jugar fútbol con sus amigos o acompañar a sus amigos fumadores, escondidos entre el cafetal y la chayotera. Fumó una vez y no le gustó. Fumó una segunda y tampoco le pareció. Deja de hacerlo… hasta los trece años, en que volvía a aspirar un cigarrillo. Esa vez si le agradó. Estudió en el liceo hasta el tercer año; luego, José Blas no quiso seguir. Dado su carácter amigable, alguna gente lo ayudaba dándole pequeños trabajos: recortar el jardín, llevar un paquete a San José, tomar fotografías mediocres en un quince años mediocre. Con una cámara prestada… Así, a veces por ahí y otras por allá, transcurría la vida de José Blas.

Panizo era su mejor amigo. A él le contaba cosas que a otros escondía, con él bromeaba, con él se iba a ver chavalas a la Avenida Central. Una noche, después de unos tragos en la cantina ”Aquí me quedo”, Panizo invitó a José Blas a fumar mota, una muy buena traída de Guanacaste. A pesar de su carácter amiguero, hasta entonces no lo había hecho, aunque ocasiones nunca le faltaron. La mota circulaba en Desamparados con tanta facilidad como en Tibás, como en San Pedro, ni que decir Guadalupe o, por allá, Cristo Rey y, acá, Sabanilla, y las brumas de Cartago no eran solo por el clima. José Blas aspiró. Primera vez. Sus pulmones perdían su virginidad canábica. En una calle oscura, con cuidado de que no apareciera algún tombo –la ley–, él y Panizo fumaron.

Esa primera ocasión el efecto canábico se limitó a una enorme contentera, a un no saber qué hacer con tanta felicidad. Las calles de Desampa nunca le hablan parecido más pura vida y los anuncios de B:F Goodrich, de Coca Cola, de Capri, de Café Segura, anuncios de siempre, de toda la vida, eran vistos con otros ojos que, aunque rojos e irritados, permitían desdoblar, triplicar, multiplicar la realidad, ir más allá de ese mundo de tías solteras que cosen un vestido interminable, de autobuses apretados con gente apretada en calles apretadas, de mandados y comisiones, de jardines recortados y paredes por pintar, zanjas que abrir y sermones de costurera que escuchar. Y muy pronto José Blas se vio comprando su propia mota, sacando una parte de sus ingresos para tener siempre de la mejor. Y si por A o por B José Blas no podía comprarla, Panizo le daba de la suya o alguno de los otros fumadores convidaba. Ni sed ni hambre de marihuana; sí, tal vez, de comida; sí de empleo. José no podía quejarse con sus oficios de mil usos, pero en cuanto a Panizo era un tranquilo desempleado. Sus esfuerzos habían hecho por entrar de conserje en un banco, pero no resultó. La crisis, decían los periódicos y los políticos, la televisión y la radio, crisis económica, cri-cri, crisis moral, cri-cri, deuda externa, cri-cri, la guerra a la vuelta de la esquina, cruzando la frontera, cri-cri, cri-cri, el pretexto cantor, cri-cri, crisis que por explicar todo no explica nada, cri-cri…

Apoyados en una tapia, con el sol de la mañana en sus caras, José BIas y Panizo miraban pasar a la gente. Eran las diez y, después de sendos mañaneros, ambos habían recorrido las calles por veinte minutos y luego se posaron en esa esquina del parque. –¡Hola, Chepillo! –dijo una señora que pasaba, muy atareada con sus compras. José Blas, ido de este mundo, sonreía con mansedumbre. Si no fuera por los ojos irritados, por las pupilas dilatadas, algún devoto transeúnte diría que José Blas parecía estar hablando con los ángeles. En tal beatitud se encontraba esa mañana. De pronto José Blas vio salir a un ángel de la iglesia, uno que vestía modosamente y con el cabello recogido en una larga trenza. El ángel rubio caminaba más bien despacio, con cierta timidez, y pasó junto a José, lo mira, sonrió dulcemente y siguió su camino. José Blas no supo qué hacer ni qué decir. Preguntó a Panizo si sabía de la muchacha y contestó que sí, que habían sido compañeros en la escuela primaria. El ángel se llamaba María Eugenia, más conocida como Maruja entre sus amigos. Ella, al pasar, no vio a Panizo por observar a José.

–Vive en San Antonio y es de familia encopetada.

–No jodás. No me la pongás tan difícil, mae –exclamo José Blas.

–Los ángeles cuestan, mi’herma –sentenció Panizo.

Esa misma tarde José Blas fue a San Antonio y localizó la casa de Maruja. Según le contara Panizo, la chamaca había hecho la secundaria en Cartago, pero la familia volvía de nuevo al lugar donde el padre creciera. Identificada la casa, José esperó la aparición del ángel y, luego de esperar dos horas, vio cuando salía. Ella caminó unas pocas cuadras y se detuvo. Esperaba un autobús. Una buena excusa para acercarme a mi ángel, yo también voy a tomar la lata. Nervioso, José caminaba hacia la parada. Ella vio a un joven acercarse y al reconocerlo, se ruborizó un poco. Él no se quedó atrás y el color se le subía a las mejillas. Ambos se sonrieron tímidamente pero no se hablaron. Llegó el autobús. Ella subía primero, claro (primero las damas); luego él. Ella se sentó tentadoramente en un asiento de dos: el lugar de junto estaba desocupado. José, más nervioso que nunca, no sabía ni sentarse al lado. Finalmente no lo hizo. Se sentó dos lugares más atrás. El autobús llevaba pocos pasajeros. Paulatinamente se fue llenando. El la seguía con la mirada desde su asiento: cada movimiento, los detalles de su trenza, el suave vello dorado de los brazos, las mejillas radiantes, ay, ¡quién fuera Adán ante tales manzanas! Tanto pasajero le estorbaba para verla con tranquilidad. Ella hizo gestos de querer bajarse. Él se preparó para hacerlo también. Otra coincidencia, pensaría ella, por qué no; otra sonrisa compartida.

Ya en la acera y ante la actitud de momia del muchacho, ella preguntó confianzuda e inesperadamente: –¿Cómo te llamas? Él, asombrado por tal acercamiento, contesto balbuciente: José… José Blas.

Ella se rió ante el exceso de timidez, José se ruborizó de nuevo. No sabía qué le pasaba, la cosa era que todo se le enredaba, los cables se le cruzaban, mejor que con un purito, bueno, mejor es un decir… Súbitamente envalentonado, exclamó: –Vos te llamás Maruja, más bien María Eugenia, ¿verdad?

–Sí, ¿cómo lo sabes?

–Un amigo me lo dijo, Panizo, uno que estuvo en la escuela con vos…

–Sí, ya sé quién es.

–Esta mañana te vi en Desampa y creí ver un ángel –dijo el muchacho cándidamente.

–¿Y en verdad se trataba de uno? ¿Lo era? ¿Lo es?

–Sí, sí, creo que sí –y por fin sonrió con cierta tranquilidad.

Durante los seis meses siguientes Maruja y José Blas se siguieron viendo, aunque no con la regularidad que ellos hubieran querido. La familia de la muchacha hizo todo lo posible por separarlos, una vez que se enteraron de “la clase de ficha” que era el tal Blas, según la expresión de la madre. ¿No te das cuenta, Marujita? Ese hombre no es para vos. No hay que cruzar una palabra con él para saberlo, basta con mirarlo, su ropa, su aspecto; además no tiene muy buena fama. Vos sos una muchacha decente, que puede aspirar a algo mejor, a alguien al menos tan bueno como vos, como nosotros. Ese Blas solo es un vagabundo, un marigüano, un moto. Maruja no entendía de estas razones maternales.

En la universidad cursaba la carrera de Educación pero, desde que había empezado a salir con José, casi solo le importaba estar con él, oírlo, hablar, caminar tomados de la mano entre los viejos árboles del Parque Nacional, lejos de Desamparados y de San Antonio, reír de los chistes que él contaba, aceptar sus caricias en los brazos, en las mejillas, dejarse llevar por ese flujo de humor y de vitalidad. Sí, la familia tenía sus razones para detestar a José; ella, las suyas para quererlo.
Jose iba a buscar a Maruja a la universidad, después de clases. Caminaban por los jardines y corredores, se sentaban en el pretil a ver gente pasar, a conversar iban a alguna soda a tomar un café o un refresco. Con tanto muchacho en la U, Maruja pudo comparar y rápidamente se percató de lo distinto que era José. No solo por su apariencia, por su forma de hablar, no era guapo ni bien vestido, no, pero ella nunca había conocido a alguien que le demostrara tanta ternura, que le brindara tanta atención. De cuerpo enjuto, delgado el cuello, ojos redondos y negros, lo que más llamaba la atención en José era su ensortijada cabellera. Maruja gustaba de acariciar sus rizos y entonces José sentía la más angelical sensación.

Él tenía 22 años. Ella 20. Tanta emoción compartida les hizo concebir la idea de casarse. Pero ¿cómo harían para mantenerse? Maruja no se iba a ir a casa de las costureras (¡quién sabe si ellas quisieran recibirla!), a Maruja todavía le faltaba un buen rato para acabar su carrera, los ingresos de José no eran la gran cosa, apenas para que un soltero se la jugara. ¿Qué hacer? Por ahora, nada, concluyeron, seguir viéndose, y la pasión crecía y crecía, y una noche hicieron el amor en un motel y ambos gozaron lo que nunca, la cabellera negra de José mezclada con la trenza rubia y suelta de Maruja, los dos cuerpos blancos y agitados sobre las gastadas sabanas del amor. Maruja pagó el motel. Y también pagó las cervezas, los cigarros, una camisa azul y unos zapatos de tenis para él. Y José le compró un anillo, un ramo de claveles, unos helados Pop’s y las entradas a una obra de teatro. A veces él con sus ingresos de milusos, a veces ella con la mesada de papa, el caso es que ambos gozaban lo poco o lo mucho que tuvieran.

Una vez José escuchó la perorata de Quincho, un andrajoso medio anarquista, medio loco: “¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Para qué? Ya pasaron los tiempos en que eso era importante. ¿Estudiar para triunfar? Ja, a mí con cuentos. Ya el estudio no garantiza trabajo ni el trabajo garantiza techo y pan. Entonces, ¿para que esforzarse? ¿para que esa disciplina que no conduce a nada? Lo mismo con el brete, darle y darle día tras días, hora tras hora, todo para recibir un pinche salario que no alcanza para nada, mientras unos cuantos hijueputas se hacen ricos de la noche a la mañana, sin saberse como, chorizos, sinvergüenzadas, política. Nos están dando, no atolillo con el dedo, sino atolillo con la paloma de la paz”. José escuchaba a Quincho en el Parque Central, en donde había puesto su tribuna y, al igual que José, varios transeúntes lo oían, un minuto, dos, media hora, y movían la cabeza afirmativamente o gritaban “Calláte, comunista” y alguien exclamó una vez “Que se lo lleven a Nicaragua”, y otro añadió “o a Cuba” y siguió hacia otro predicador, todo vestido de Semana Santa, un pobre cristo de pacotilla que anunciaba el próximo fin de los tiempos: ”Arrepentíos, arrepentíos”, gritaba histéricamente.

Quién sabe por qué, José invito a Quincho a un cafetucho por la Iglesia de la Dolorosa y conversaron como amigos. Quincho, quien tenía cuarenta y tantos años, aparentaba muchos más. José se enteró de que hubo un tiempo en que Quincho, como dirían sus tías, “prometía”, a pesar de su fama de revoltoso, que había estudiado unos años en México, que ahí vivió un 68 entre gritos de protesta y sangre de estudiantes, que no pudo terminar su carrera de ingeniería, que, una vez deportado y en San José, de nuevo se vio entre estudiantes y peleó contra la ALCOA y el gobierno de Trejos, entonces más gas lacrimógeno, más gritos, hasta golpes en la cabeza que lo dejaron medio lelo, dolores que le impedían pensar pero no gritar en los parques y en las plazas. Después del café cambiaron a cervezas y terminaron en una cantina de Desampa tomando guaro con cocacola. Como caído del cielo apareció Panizo, quien los invitó a unos puros, pero Quincho y José Blas poco los disfrutaron pues ya estaban muy borrachos. Al rato se separaron, Quincho en una dirección, José y Panizo por otra. Era la una de la mañana y soplaba un viento frío en las calles solitarias de Desamparados.

Droga y orfandad: el moto.

La marihuana llegó a ser parte de los hábitos diarios de José Blas. Llegó a fumarla delante de Maruja, incluso compartieron unas subidas, pero a ella no le gustó, solo a veces, por ejemplo para hacer el amor.

En una ocasión Maruja pensó como sería José Blas si no fumara mota a diario y fue incapaz de imaginárselo. Tan unidas estaban la yerba y el alma del fumador. Es que a falta de un alma verdadera se fabricaba una a fuerza de hastío y humo. Maruja no juzgaba a José, aun no. Se limitaba a aceptarlo tal como era. El, por su parte, asumía la misma actitud. No discriminaba, aceptaba, contemplaba lo pequeño y lo vasto de su querida Maruja.

Muy pronto llegaron a oídos de la familia de la muchacha las historias de los amoríos entre la joven y el moto, vistos en lugares públicos. Aunque aumentaron sobre ella las presiones, siempre quedaba un resquicio para llegar a los brazos de José Blas. La influencia política de la familia y su nivel social hicieron que los ya esporádicos empleadores del muchacho escasearan más, en un intento de adulación, de quedar bien con la familia de Marujita, tan importante que es, al señor hasta lo quieren postular como diputado, ya se está anotando su nombre en la lista, pues ya ves que aquí lo que abundan son candidatos y precandidatos, ay, ¿por qué ese señor estará en contra del pobre diablo ese, del moto? ¿Tendrá Marujita algo que ver? ¡Válgame Dios!, ahora caigo, por ahí va el asunto, ¡quien se lo iba a imaginar!, tan modosita que es la muchacha, como una muñeca de porcelana, ya ves, yo siempre lo digo: caras vemos, corazones no sabemos…

El resultado de la estrategia familiar fue marginar aún más a José. A veces sus tías postizas le daban algún dinero, pero a cambio de ello tenía que soportar las repetitivas discusiones que noche a noche, como un severo ritual o como un disco rayado, se establecían entre las dos mujeres, una, ardiente figuerista; la otra, calderonista feroz. Entre las dos rememoraban escenas, personas, eventos de aquel 48 de sangre que tanto había marcado sus vidas, de aquella jornada en que muriera fusilado el novio de la calderonista en Quebradilla, junto con más de una docena de combatientes, después de pelear en El Tejar y entregarse al enemigo. Molinón, Molinón, los muertos son un montón. Mujer que, sin haberse casado, enviudó a los dieciocho años. José Blas las oía con paciencia, pero lo triste de antes se había tornado en aburrido relato, ya no lo impresionaban los pasajes dramáticos, los sollozos, esos silencios que hablaban de fantasmas y revolución, fantasmas de Figueres, de Mora, de Calderón, de mitos y muertos, de mitos muertos, de la máquina de coser que Figueres le había prometido a su partidaria y que nunca le dio, ¡ah, Figueres tan desmemoriado!; ¡ah, Figueres en la memoria!…

–Mira, mejor calláte ya con el enano porque recordá que yo soy mariachi de hueso colorado.
–¿Colorado?, ¿rojo-comunista? Claro, en eso tenés toda la razón –dijo irónica la figuerista.

A pesar de estas discusiones cotidianas, las dos hermanas se querían mucho y se cuidaban la salud una a la otra y las dos, por supuesto, se la cuidaban al huerfanito, pobrecito Pepito (el nuestro), que no tiene ni padre ni madre (habían tomado el tren para el cielo) y toma esta platita para mientras conseguís trabajo. Nosotras sabemos que la cosa está bien difícil, aunque no tanto como en otros lugares, ya ves cómo se matan en Nicaragua o en El Salvador, aquí al menos hay paz, nadie se muere por bala, ya no. Si, ya se, que no tenés estudios, que no hay trabajo, pero m’hijito, ¿qué va a pasar con vos?, tan sin ánimos, tan sin vida, yo no era así a tu edad, tampoco mi hermana, no, teníamos vigor, coraje, ganas de hacer cosas, hasta de arreglar el mundo. Naciste cansado.

Decíme, ¿qué hay de vos? ¿Y esa noviecita con la que andas?, no creas que no nos hemos enterado…

José Blas abandonó súbitamente el cuarto de costura mientras pensaba que era rebajarse demasiado el permitir tales interrogatorios por unos cuantos colones. ¡Si al menos fueran dólares! Pero no, pinches colones que no alcanzarán para nada, puro cine y helados, ni para el motel. Hay que hacer algo, algo, pero que… Ya sé. En primer lugar, fumarme este cigarrito, ¡ah!, y en segundo lugar, darme cuenta de que nada se puede hacer, que la anda está hecha.

–¡Mafufadas! –exclamó Maruja.

Después de uno de esos silencios que se hacen en las conversaciones, en esos vacíos del habla en que vuelan Ángeles y moscas, Maruja agrego: –Tengo algo importante que decirte.

–¿Sí?
–Sí.
–A ver.

–¿De una vez?, ¿de un solo golpe?

–Sí.
–Pues…estoy embarazada.

La mira. José observa la cara feliz de Maruja. Ella esta alegre porque José dice estarlo. Saber que va a ser papa le agrada, aunque también lo asusta. De nuevo, algo hay que hacer. ¿Irse? ¿Adonde? ¿De ilegal a los Estados Unidos para hacer plata, como lo hizo el alajuelense aquel? Picapiedra le decían; qué hacer, fumar, qué hacer, respirar, qué hacer, dijeron José Blas y Maruja. ¿Qué hacer? Ir al mar, sí. Me da vergüenza decirlo pero no lo conozco. Tan cerca y nunca he ido. ¿Vos sí? No quiero morirme sin conocerlo. Nunca he ido al puerto, a Puntarenas, menos a Limón. ¿Vos sí? Vámonos los tres, vos, él o ella y yo. Si, tres. Como Figueres, Mora y Calderón, como dirían mis tías, como la Santísima Trinidad. Escapémonos y después vemos que hacer. Ir al mar ya es hacer algo. Quiero olas, arena, mucha arena, inmensidad, mar, viento, todo esto junto a vos. ¿Vamos?

Había que conseguir dinero. Hasta para ir al mar hay que tener plata. José no quería que Maruja pagara. Él quería ser quien diera para el viaje. ¿Como? Sin trabajo, apenas con los poquitos que le daban las tías. No, así no. Había que hacer algo distinto. Que mejor cosa que acudir a los amigos, a Panizo, ya ves, mae, necesito plata p’al viaje con la hembra. Panizo estaba sin dinero. Lo habitual. ¿Entonces qué? Panizo sugirió que una manera de hacerse de un poco de plata era que lo ayudara en el trafique de la mota, preparar la yerba en paquetes, paquetitos y paquetotes, en onzas y kilos, según, a veces llevando un cargamento a Heredia, a Orosi, a Alajuela, ¡puta, mae, como fuman los manudos!, en fin, entrar en el mismo brete del Panizo por un mes, una corta temporada, y luego al mar, si, al mar, a Puntarenas, a Limón, al Pacifico, al Atlántico, simplemente al mar.

Y mientras José trabajaba comprimiendo la mota y empaquetándola, él piensa en su viaje al mar con Maruja, en si a Puntarenas o a Manuel Antonio, a Playa del Coco o Cahuíta. Mejor el Caribe, si, wa’apin man, ahí debe ser distinto con tanto negro, si, Cahuíta, Puerto Viejo, me dicen, me cuentan, ahí algo se podrá hacer, tal vez ahí pueda nacer mi hijo, si, junto al mar.

Maruja tenía más de dos meses de embarazo. Hasta ahora no había tenido ningún trastorno o dolencia. Esa tarde, mientras ella y José Blas tomaban un café en Chelles, mientras llovía, habían decidido que en una semana más partirían a Limón. Ante la fuga consumada, a la familia de Maruja no le quedaría más que aceptar el matrimonio. ¿No sería suficiente para obligar al padre el hecho del embarazo de su hija? No. Ella recordó cómo, dos años atrás, su hermana mayor, soltera, con un novio a escondidas tan indeseable como el moto, había decidido abortar por la presión familiar, sobre todo del padre. Según decía el señor diputable, era mejor un rato de dolor que toda una vida echada a perder por un mal paso. La hermana se había doblegado ante la fuerza de la autoridad paterna; ella, Maruja, tal vez también podría sucumbir. Para esto era mejor algo rotundo, una huida, el gran escape, como la película que había visto hacía unas noches en la televisión con el guapo de Steve Mac Queen, los prisioneros escapando de los encierros, de las jaulas, así ella y José Blas, en fuga, hacia el mar.

Tres días antes de la anunciada partida, la policía cayó en el centro de procesamiento. Panizo y José Blas, que estaban en lo alto, trataron de escapar por una ventana trasera del galerón. Hubo gritos y disparos. Una de las balas fue a dar a la cabeza de José. El cuerpo se desplomó desde el barandal de la planta alta. Su caída fue amortiguada por las pacas de marihuana. La sangre corrió entre la yerba.

Panizo se entregó. No le quedó de otra. Otros dos hombres también lo hicieron. Destruido un centro de procesamiento de droga, afirmaron los periódicos. Tres detenidos, un muerto, dijeron los noticieros de televisión, la radio. Sí. El moto está muerto, tan muerto como los fusilados de Quebradilla, como sus padres que tomaron el tren al cielo.

Maruja estaba desgajando una naranja mientras veía la televisión, cuando en la pantalla pasaron escenas del “acto ejemplar de la campaña contra el narcotráfico en un barrio de Desamparados”, según la frase del periodista.

En la pantalla apareció el rostro ensangrentado de José Blas. La naranja que ella tenía en las manos cayó al suelo, como un cuerpo en un abismo, como una piedra al mar.

José Ricardo Cháves (foto)

 

‘Talpa’ de Juan Rulfo

juan-rulfoNatalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte–, entonces no lloró.

Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.

Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.

Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.

“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.

Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.

Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.

Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo”, dizque eso le dijo.

Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo. Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.

Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.

Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.

Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol, el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.

Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:

“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.

Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.

Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.

Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.

Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.

Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.

Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.

Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.

Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.

A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.

Pero no le valió. Se murió de todos modos.

“… Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios…”

Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.

Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.

Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.

Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

Juan Rulfo (foto)

 

Sobre ser escritor, de Abelardo Castillo

abelardo_castillo-2019El escritor argentino Abelardo Castillo (foto) tiene también su credo literario. Sus recomendaciones a la hora de escribir y lo que él considera es el resultado del trabajo de escribir. La palabra trabajo es adecuada en cuanto esa novela o cuento que muchos dicen “tener en la cabeza” jamás se materializa, porque hacerlo implica trabajo, sentarse varias horas al día, todos los días, para convertir eso que “tiene en la cabeza” en un texto literario. Como sea, los apuntes del gran escritor argentino los retoma Marco Urdapilleta en su blog. Son estos:

1) Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

2) Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

3) Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

4) Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

5) Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

6) No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

7) Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

8) En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

9) No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

10) No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

11) No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

12) Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

13) No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

14) Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

15) Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

16) No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

 

‘Muxes de Juchitán’ de Martín Caparrós

Martín-CaparrósAmaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.

Son las cinco del alba y el sol apenas quiere, pero las calles del mercado ya están llenas de señoras imponentes: ochenta, cien kilos de carne en cuerpos breves. Las señoras son rotundas como mundos, las piernas zambas, piel cobriza, los ojos grandes negros, sus caras achatadas. Vienen de enaguas anchas y chalecos bordados; detrás van hombrecitos que empujan carretillas repletas de frutas y verduras. Las señoras les gritan órdenes en un idioma que no entiendo: los van arreando hacia sus puestos. Los hombrecitos sudan bajo el peso de los productos y los gritos.

–Güero, cómprame unos huevos de tortuga, un tamalito.

El mercado se arma: con el sol aparecen pirámides de piñas como sandías, mucho mango, plátanos ignotos, tomates, aguacates, hierbas brujas, guayabas y papayas, chiles en montaña, relojes de tres dólares, tortillas, más tortillas, pollos muertos, vivos, huevos, la cabeza de una vaca que ya no la precisa, perros muy flacos, ratas como perros, iguanas retorciéndose, trozos de venado, flores interminables, camisetas con la cara de Guevara, toneladas de cedés piratas, pulpos ensortijados, lisas, bagres, cangrejos moribundos, muy poco pez espada y las nubes de moscas. Músicas varias se mezclan en el aire, y las cotorras.

–¿Qué va a llevar, blanco?

–A usted, señora.

Y la desdentada empieza a gritar el güero me lleva, el güero me lleva, y arrecian las carcajadas. El mercado de Juchitán tiene más de dos mil puestos y en casi todos hay mujeres: tienen que ser capaces de espantar bichos, charlar en zapoteco, ofrecer sus productos, abanicarse y carcajearse al mismo tiempo todo el tiempo. El mercado es el centro de la vida económica de Juchitán y por eso, entre otras cosas, muchos dijeron que aquí regía el matriarcado.

–¿Por qué decimos que hay matriarcado acá? Porque las mujeres predominan, siempre tienen la última palabra. Acá la que manda es la mamá, mi amigo. Y después la señora.

Me dirá después un sesentón, cerveza en la cantina. En la economía tradicional de Juchitán los hombres salen a laborar los campos o a pescar, y las mujeres transforman esos productos y los venden. Las mujeres manejan el dinero, la casa, la organización de las fiestas y la educación de los hijos, pero la política, la cultura y las decisiones básicas son privilegio de los hombres.

–Eso del matriarcado es un invento de los investigadores que vienen unos días y se quedan con la primera imagen. Aquí, dicen, el hombre es un huevón y su mujer lo mantiene.

Dice el padre Francisco Hererro o cura Paco, párroco de la iglesia de San Vicente Ferrer, patrono de Juchitán.

–Pero el hombre se levanta muy temprano porque a las doce del día ya está el sol incandescente y no se puede. Entonces, cuando llegan los antropólogos ven al hombre dormido y dicen ah, es una sociedad matriarcal. No, ésta es una sociedad muy comercial y la mujer es la que vende, todo el día; pero el hombre ha trabajado la noche, la madrugada.

–Pero entonces no se cruzan nunca…

–Sí, para eso no se necesita horario, pues. Yo conozco la vida íntima, secreta, de las familias y te puedo decir que allí tampoco existe el matriarcado.

No existe, pero el papel de las mujeres es mucho más lucido que en el resto de México.

–Aquí somos valoradas por todo lo que hacemos. Aquí es valioso tener hijos, manejar un hogar, ganar nuestro dinero: sentimos el apoyo de la comunidad y eso nos permite vivir con mucha felicidad y con mucha seguridad.

Dirá Marta, mujer juchiteca. Y se les nota, incluso, en su manera de llevar el cuerpo: orgullosas, potentes, el mentón bien alzado, el hombre –si hay hombre– un paso atrás.

Juchitán es un lugar seco, difícil. Cuentan que cuando Dios le ordenó a San Vicente que hiciera un pueblo para los zapotecos, el santo bajó a la tierra y encontró un paraje encantador, con agua, verde, tierra fértil. Pero dijo que no: aquí los hombres van a ser perezosos. Entonces siguió buscando y encontró el sitio donde está Juchitán: éste es el lugar que hará a sus hijos valientes, trabajadores, bravos, dijo San Vicente, y lo fundó.

Ahora Juchitán es una ciudad ni grande ni chica, ni rica ni pobre, ni linda ni fea, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México: el sitio donde el continente se estrecha y deja, entre Pacífico y Atlántico, sólo doscientos kilómetros de tierra. El Istmo siempre ha sido tierra de paso y de comercio: un espacio abierto donde muy variados forasteros se fueron asentando sobre la base de la cultura zapoteca. Y su tradición económica de siglos le permitió mantener una economía tradicional: en Juchitán la mayoría de la población vive de su producción o su comercio, no del sueldo en una fábrica: la penetración de las grandes empresas y del mercado globalizado es mucho menor que en el resto del país.

–Acá no vivimos para trabajar. Acá trabajamos para vivir, no más.

Me dice una señorona en el mercado. Alrededor, Juchitán es un pueblo de siglos que no ha guardado rastros de su historia, que ha crecido de golpe. En menos de veinte años, Juchitán pasó de pueblo polvoriento campesino a ciudad de trópico caótico, y ahora son cien mil habitantes en un damero de calles asfaltadas, casas bajas, flamboyanes naranjas, buganvillas moradas; hay colores pastel en las paredes, jeeps brutales y carros de caballos. Hay pobreza pero no miseria, y cierto saber vivir de la tierra caliente. Algunos negocios tienen guardias armados con winchester “pajera”; muchos no.

Juchitán es un pueblo bravío: aquí se levantaron pronto contra los españoles, aquí desafiaron a las tropas francesas de Maximiliano y a los soldados mexicanos de Porfirio Díaz. Aquí, en 1981, la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo –la COCEI– ganó unas elecciones municipales y la convirtió en la primera ciudad de México gobernada por la izquierda indigenista y campesina. Juchitán se hizo famosa en esos días.

Amaranta siguió jugando con muñecas, vestidos, comiditas, hasta que descubrió unos juegos que le gustaban más. Tenía ocho o nueve años cuando las escondidas se convirtieron en su momento favorito: a los chicos vecinos les gustaba eclipsarse con ella y allí, detrás de una tapia o una mata, se toqueteaban, se frotaban. Amaranta tenía un poco de miedo pero apostaba a esos placeres nuevos:

–Así crecí hasta los once, doce años, y a los trece ya tomé mi decisión, que por suerte tuvo el apoyo de mi papá y de mi mamá.

Dirá mucho después. Aquel día su madre cumplía años y Amaranta se presentó en la fiesta con pendientes y un vestido floreado, tan de señorita. Algunos fingieron una sorpresa inverosímil. Su mamá la abrazó; su padre, profesor de escuela, le dijo que respetaba su decisión pero que lo único que le pedía era que no terminara borracha en las cantinas:

–Jorge, hijo, por favor piensa en tus hermanos, en la familia. Sólo te pido que respetes nuestros valores. Y el resto, vive como debes.

Amaranta se había convertido, por fin, abiertamente, en un “muxe”. Pero seguía sin saber su nombre.

Muxe es una palabra zapoteca que quiere decir homosexual pero quiere decir mucho más que homosexual. Los muxes de Juchitán disfrutan desde siempre de una aceptación social que viene de la cultura indígena. Y se “visten” –de mujeres– y circulan por las calles como las demás señoras, sin que nadie los señale con el dedo. Pero, sobre todo: según la tradición, los muxes travestidos son chicas de su casa. Si los travestis occidentales suelen transformarse en hipermujeres hipersexuales, los muxes son hiperhogareñas:

–Los muxes de Juchitán nos caracterizamos por ser gente muy trabajadora, muy unidos a la familia, sobre todo a la mamá. Muy con la idea de trabajar para el bienestar de los padres. Nosotros somos los últimos que nos quedamos en la casa con los papás cuando ya están viejitos, porque los hermanos y hermanas se casan, hacen su vida aparte pero nosotros, como no nos casamos, siempre nos quedamos. Por eso a las mamás no les disgusta tener un hijo muxe. Y siempre hemos hecho esos trabajos de coser, bordar, cocinar, limpiar, hacer adornos para fiestas: todos los trabajos de mujer.

Dice Felina, que alguna vez se llamó Ángel. Felina tiene 33 años y una tienda –“Estética y creaciones Felina”– donde corta el pelo y vende ropa. La tienda tiene paredes verdes, maniquíes desnudos, sillones para esperar, una mesita con revistas de cotilleo, la tele con culebrón constante y un ordenador conectado a internet; Felina tiene una falda corta con su larga raja, sus piernas afeitadas más o menos, las uñas carmesí. Su historia es parecida a las demás: un descubrimiento temprano, un período ambiguo y, hacia los doce o trece, la asunción de que su cuerpo estaba equivocado. La tradición juchiteca insiste en que un muxe no se hace –nace– y que no hay forma de ir en contra del destino.

–Los muxes sólo nos juntamos con hombres, no con otra persona igual. En otros lugares ves que la pareja son dos homosexuales. Acá en cambio los muxes buscan hombres para ser su pareja.

–¿Se ven más como mujeres?

–Sí, nos sentimos más mujeres. Pero yo no quiero ocupar el lugar de la mujer ni el del hombre. Yo me siento bien como soy, diferente: en el medio, ni acá ni allá, y asumir la responsabilidad que me corresponde como ser diferente.

Cuando cumplió catorce, Amaranta se llamaba Nayeli –“te quiero” en zapoteca– y consiguió que sus padres la mandaran a estudiar inglés y teatro a Veracruz. Allí leyó su primer libro “de literatura”: se llamaba Cien años de soledad y un personaje la impactó: era, por supuesto, Amaranta Buendía.

–A partir de ahí decidí que ése sería mi nombre, y empecé a pensar cómo construir su identidad, cómo podía ser su vida, mi vida. Tradicionalmente los muxes en Juchitán trabajamos en los quehaceres de la casa. Yo, sin menospreciar todo esto, me pregunté por qué tenía que cumplir esos roles.

Amaranta mueve su mano derecha sin parar y conversa con soltura de torrente, eligiendo palabras:

–Entonces pensé que quería estar en la boca de la gente, del público, y empecé a trabajar en un show travesti que se llamaba New Les Femmes.

Durante un par de años las cuatro “New Les Femmes” recorrieron el país imitando a actrices y cantantes. Amaranta se lo tomó en serio: estudiaba cada gesto, cada movimiento, y era muy buena haciendo a Paloma San Basilio y Rocío Durcal. Era una vida y le gustaba –y podría haberle durado muchos años.

En Juchitán no se ven extranjeros: no hay turismo ni razones para que lo haya. Suele hacer un calor imposible, pero estos días sopla un viento sin mengua: aire corriendo entre los dos océanos. El viento refresca pero pega a los cuerpos los vestidos, levanta arena, provoca más chillidos de los pájaros. Los juchitecas se desasosiegan con el viento.

–¿Qué está buscando por acá?

En una calle del centro hay un local con su cartel: Neuróticos Anónimos. Adentro, reunidos, seis hombres y mujeres se cuentan sus historias; más tarde ese señor me explicará que lo hacen para

dejar de sufrir, “porque el ser humano sufre mucho los celos, la ira, la cólera, la soberbia, la lujuria”. Después ese señor –cuarenta años, modelo Pedro Infante– me contará la historia de uno que vino durante muchos meses para olvidar a un muxe:

–El pobre hombre ya estaba casado, quería formar una familia, pero extrañaba al muxe, lo veía, la esposa se enteraba y le daba coraje. Y si no, igual a él le resultaba muy doloroso no poder dejarlo.

Sabía que tenía que dejarlo pero no podía, lo tenía como embrujado.

De pronto me pareció evidente que ese hombre era él.

–¿Y se curó?

Le pregunté, manteniendo la ficción del otro.

–No, yo no creo que se cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.

Me dijo, con la sonrisa triste. Felina me había contado que una de las “funciones sociales” tradicionales de los muxes era la iniciación sexual de los jóvenes juchitecas. Aquí la virginidad de las novias era un valor fundamental y los jóvenes juchitecas siguen respetando más a las novias que no se acuestan con ellos, y entonces los servicios de un muxe son el mejor recurso disponible.

Las New Les Femmes habían quedado en encontrarse, tras tres meses de vacaciones, en un pueblo de Chiapas donde habían cerrado un buen contrato. Amaranta llegó un día antes de la cita y esperó y esperó. Al otro día empezó a hacer llamadas: así se enteró de que dos de sus amigas habían muerto de sida y la tercera estaba postrada por la enfermedad. Hasta ese momento Amaranta no le había hecho mucho caso al VIH, y ni siquiera se cuidaba.

–¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente, tan de pronto? Ellas estaban tan vivas, tenían tanto camino por delante No te voy a decir que me sentía culpable, pero sí con un compromiso moral enorme de hacer algo.

Fue su camino de Damasco. Muerta de miedo, Amaranta se hizo los análisis. Cuando le dijeron que se había salvado, se contactó con un grupo que llevaba dos años trabajando sobre el sida en el Istmo: Gunaxhii Guendanabani –Ama la Vida– era una pequeña organización de mujeres juchitecas que la aceptaron como una más. Entonces Amaranta organizó a sus amigas para hacer campañas de prevención. Los muxes fueron muy importantes para convencer a los más jóvenes de la necesidad del sexo protegido.

–El tema del VIH viene a abrir la caja de Pandora y ahí aparece todo: las elecciones sexuales, la autoestima, el contexto cultural, la inserción social, la salud, la economía, los derechos humanos, la política incluso.

Amaranta se especializó en el tema, consiguió becas, trabajó en Juchitán, en el resto de México y en países centroamericanos, dio cursos, talleres, estudió, organizó charlas, marchas, obras de teatro. Después Amaranta se incorporó a un partido político nuevo, México Posible, que venía de la confluencia de grupos feministas, ecologistas, indigenistas y de derechos humanos. Era una verdadera militante.

En la cantina suena un fandango tehuano y sólo hay hombres. Afuera el calor es criminal; aquí adentro, cervezas. En las paredes hay papagayos pintados que beben coronitas y en un rincón la tele grande como el otro mundo repite un gol horrible. Bajo el techo de palma hay un ventilador que vuela lento.

–Venga, güero, tómese una cerveza.

Una mesa con cinco cuarentones está repleta de botellas vacías y me siento con ellos. Al cabo de un rato les pregunto por los muxes y hay varias carcajadas:

–No, para qué, si acá cada cual tiene su mujercita.

–Sus mujercitas, buey.

Corrige otro. Un tercero los mira con ojitos achinados de cerveza:

–A ver quién de ustedes no se ha chingado nunca un muxe. A ver quién es el maricón que nunca se ha chingado un muxe.

Desafía, y hay sonrisas cómplices.

–¡Por los muxes!

Grita uno, y todos brindan…brindamos.

La invitación estaba impresa en una hoja de papel común: “Los señores Antonio Sánchez Aquino y Gimena Gómez Castillo tienen el honor de invitar a usted y a su apreciable familia al 25 aniversario de la señorita María Rosa Mística que se llevará a cabo en”. La fiesta fue la semana pasada; ayer, cuando me la encontré en la calle vendiendo quesos que prepara con su madre, la señorita María Rosa Mística parecía, dicho sea con todos los respetos, un hombre feo retacón y muy ancho metido adentro de una falda interminable que me dijo que ahorita no podía charlar pero quizás mañana.

–A las doce en el bar Jardín, ¿te parece?

Dijo, pero me dio el número de su celular “por si no llego”. Y ahora la estoy llamando porque ya lleva una hora de retraso; no, sí, ahorita voy. Supuse que se estaba dando aires –un supuesto truco femenino–. Al rato, Mística llega con Pilar –“una vecina”– y me cuenta que vienen del velorio de un primo que se murió de sida anoche:

–Pobre Raúl, le daba tanta pena, no quería decirle a nadie qué tenía, no quería que su madre se enterara. Si acá todos la queríamos Pero creía que la iban a rechazar y decía que era un virus de perro, un dolor de cabeza, escondía los análisis. Y se dejó morir de vergüenza.

Dice Mística, triste, transfigurada: ahora es una reina zapoteca altiva, inmensa. El cura Paco me había dicho que aquí todavía no ha penetrado el modelo griego de belleza: que las mujeres para ser bellas tienen que ser frondosas, carnosas, bebedoras, bailonas. “Moza, moza, la mujer entre más gorda más hermosa”, me dijo que se dice. Así que Mística debe ser una especie de Angelina Jolly: un cuerpo desmedido, tacos, enaguas anchas y un huipil rojo fuego con bordados de oro. El lápiz le ha dibujado labios muy improbables, un corazón en llamas.

–Yo también estoy enferma. Pero no por eso voy a dejarme morir, ¿no? Yo estoy peleando, a puritos vergazos. Ahorita me cuido mucho y cuido a las personas con las que tengo relaciones: la gente no tiene la culpa de que yo me haya enfermado. Yo no soy así, vengativa. Ahorita ando con un muchacho de 16 años; a mí me gustan mucho los niños y, la verdad, pues me siento bien con él pero también me siento mal porque es muy niño para mí.

Declara su vecina. Pilar es un muxe pasado por la aculturación moderna: hace unos años se fue a vivir a la ciudad de México y consiguió trabajo en la cocina de un restorán chino.

–Y también trabajo a la noche, cuando salgo y no me siento cansada, si necesito unos pesos voy por Insurgentes, por la Zona Rosa y me busco unos hombres. A mí me gusta eso, me siento muy mujer, más que mujer. A mí lo único que me falta es ésta.

Dice y se aprieta con la mano la entrepierna. Pilar va de pantalones ajustados y una blusa escotada que deja ver el nacimiento de sus tetas de saldo.

–Te sobra, se diría.

Le dice Mística, zumbona.

–Sí, me falta, me sobra. Pensé en operarme pero no puedo, son como cuarenta mil pesos, es mucho dinero.

Cuarenta mil pesos son cuatro mil dólares y Pilar cobra doscientos o trescientos pesos por servicio. Mística transpira y se seca con cuidado de no correrse el maquillaje. A Mística no le gusta la idea de trabajar de prostituta:

–No, le temo mucho. Me da miedo enamorarme perdidamente de alguien, me da miedo la violencia de los hombres. Yo me divierto en las fiestas y en la conga, cuando ando tomada ligo mucho.

Tradicionalmente los muxes juchitecas no se prostituyen: no lo necesitan porque no existe la marginación que les impide otra salida. Pero algunas han empezado a hacerlo.

–Ni tampoco quiero operarme. Yo soy feliz así. Tengo más libertad que una mujer, puedo hacer lo que quiero. Y también tengo mi marido que me quiere y me busca

Dice Mística. Su novio tiene 18 años y es estudiante: ya llevan, dice, orgullosa, más de seis meses juntos.

En septiembre del 2002, Amaranta había encontrado un hombre que por fin consiguió cautivarla: era un técnico en refrigeración que atendía grandes hoteles en Huatulco, un pueblo turístico sobre el Pacífico, a tres horas al norte de aquí.

–Era un chavo muy lindo y me pidió que me quedara con él, que estaba solo, que me necesitaba, y nos instalamos juntos. Era una relación de equidad, pagábamos todo a la par, estábamos haciendo algo juntos.

Amaranta se sentía enamorada y decidió que quería bajar su participación política para apostar a “crear una familia”. Pero una noche de octubre se tomó un autobús hacia Oaxaca para asistir a un acto; el autobús volcó y el brazo izquierdo de Amaranta quedó demasiado roto como para poder reconstruirlo: se lo amputaron a la altura del hombro.

–Yo no sé si creer en el destino o no, pero sí creo en las circunstancias, que las cosas se dan cuando tienen que darse. Era un momento de definición y con el accidente tuve que preguntarme: Amaranta dónde estás parada, adónde va tu vida.

Su novio no estuvo a la altura, y Amaranta se dio cuenta de que lo que más le importaba era su familia, sus compañeros y compañeras, su partido. Entonces trató de no dejarse abatir por ese brazo ausente, retomó su militancia con más ganas y, cuando le ofrecieron una candidatura a diputada federal –el segundo puesto de la lista nacional–, la aceptó sin dudar. Empezó a recorrer el país buscando apoyos, hablando en público, agitando, organizando: su figura se estaba haciendo popular y tenía buenas chances de aprovechar el descrédito de los políticos tradicionales y su propia novedad para convertirse en la primera diputada travestida del país y –muy probablemente– del mundo.

El padre Paco lleva bigotes y no está de acuerdo. El cura quiere ser tolerante y a veces le sale: dice que la homosexualidad no es natural pero que en las sociedades indígenas, como son más maduras, cada quien es aceptado como es. Pero que ahora, en Juchitán, hay gente que deja de aceptar a algunos homosexuales porque se están “occidentalizando”.

–¿Qué significa occidentalizarse en este caso?

–Pues, por ejemplo meterse en la vida política, como se ha metido ahora Amaranta. A mí me preocupa, veo otros intereses que están jugando con ella o con él no, con ella, pues. Porque el homosexual de aquí es el que vive normalmente, no le interesa trascender, ser figura, sino que vive en la mentalidad indígena del mundo. Mientras no rompan el modo de vida local, siguen siendo aceptados
–¿Tú has roto con esa tradición de los muxes?

Le preguntaré otro día a Amaranta.

–La apuesta no es dejar de hacer pasteles o de bordar o de hacer fiestas, para nada; la apuesta es fortalecer desde estos espacios públicos eso que siempre hemos hecho.

Amaranta Gómez Regalado es muy mujer. Más de una vez, charlando con ella, me olvido de que su documento dice Jorge.

Hay estruendo de cuervos y bocinas y no se sabe quién imita a quién. En el medio del Zócalo –la plaza central de Juchitán–, junto al quiosco donde a veces toca la banda o la marimba, una panda de skaters hace sus morisquetas sobre ruedas. Las piruetas les fallan casi siempre. Una mujer montaña con faldas de colores, enaguas y rebozo se cruza en el camino y casi provoca el accidente. Llevan pantalones raperos y gorras de los Gigantes de San Francisco o los Yankees de Nueva York, y uno me dirá que lo que más quiere en la vida es pasar la frontera, pero que ahora con la guerra quién sabe:

–No vaya a ser que te metan en su army y te manden al frente.

Entonces le pregunto por los muxes y le brillan los ojos: no sé si es sorna, orgullo o sólo un buen recuerdo.

–¿Tú has venido por eso?

No puedo decirle que no; tampoco vale la pena explicarle que no es lo que él supone. Se huele el mango, los plátanos maduros, pescado seco, la harina de maíz y las gardenias. Más allá, una sábana pintada y colgada de dos árboles anuncia que “la Secretaría de la Defensa Nacional te invita a ingresar a sus filas en el arma de Infantería. Te ofrecemos alojamiento, alimentación, seguro médico, seguro de vida”; dos soldaditos magros esperan candidatos. Los lustrabotas se aburren y transpiran. Por la calle pasa el coche con altavoz que lee las noticias: “Siete días tuvieron encerradas a parturienta y sus gemelas por no pagar la cuenta” Dos mujeronas van agarradas de la mano y una le tienta a otra con la mano una pequeña parte de la grupa:

–¡Mira lo que te pierdes!

Le grita a un hombre flaco que las mira. A un costado, bajo un toldo para el sol espantoso, se desarrolla el “Maratón microfónico y de estilistas” organizado por Gunaxhii Guendanabani: una docena de peluqueras muxes y mujeres tijeretean cabezas por la causa mientras una señora lee consejos “para vivir una sexualidad plena, responsable y placentera”. Una chica de quince embarazada, vestidito de frutas, se acerca de la mano de su mamá imponente. Colegialas distribuyen cintas rojas y Amaranta saluda, da aliento, contesta a unas mujeres que se interesan por su candidatura o por su brazo ausente. Lleva un colgante de obsidianas sobre la blusa de batik violeta y la pollera larga muy floreada, la cara firme, la frente despejada y los ojos, sobre todo los ojos. Se la ve tan a gusto, tan llena de energía:

–¿Y cómo te resulta esto de haberte transformado en un personaje público?
–Pues mira, no he tenido tiempo de preguntármelo todavía. Por un lado era lo que yo quería, lo había soñado, imaginado.

–Pero si ganas te va a resultar mucho más difícil conseguir un novio.

Amaranta se retira el pelo de la cara, coqueta, con mohines:

–Sí, se vuelve más complicado, pero el problema es más de fondo: si a los hombres les cuesta mucho trabajo estar con una mujer más inteligente que ellos, ¡pues imagínate lo que les puede costar estar con un muxe mucho más inteligente que ellos! ¡Ay, mamacita, qué difícil va a ser!

Dice, y nos da la carcajada.

Amaranta Gómez Regalado y su partido, México Posible, fueron derrotados. El resultado de las elecciones fue una sorpresa incluso para los analistas, que les auguraban mucho más que los 244.000 votos que consiguieron en todo el país. Según dijeron, el principal problema fue el crecimiento de la abstención electoral y las enormes sumas que gastaron en propaganda los tres partidos principales. Amaranta se deprimió un poco, trató de disimularlo y ahora dice que va a seguir adelante pese a todo.

Martín Caparrós (foto)