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‘Oso blanco’ de Mayra Santos Febres

Mayra Santos Febres(Con este cuento ganó el Premio Juan Rulfo en 1996)

(a Awilda Sterling)

I) Levantarse, ir al baño, lavarse cara, boca, desayunar, peinarse, vestirse corriendo, salir salir salir, prender, llave, donde carajo las… prender el carro, marquesina, sacarlo de la marquesina, cerrar el portón, llegar tarde, siempre llegar tarde, llegar tarde por el maldito tapón. Guiar con ansia, encontrarse de frente con la hilera interminable de carros y allá en la distancia, el presidio. De ahí son cinco minutos a la oficina. Ahí está. Cinco minutos más de tortura, y ya, se acaba. Esa mole blanca, muros altos, casi desbocándose hacia la avenida, en el medio del expreso, casi. Su reloj. La compañera de trabajo, allá en Caguas que le metieron el hijo preso una vez, drogas, allí estaba, ella se volvió loca, casi loca, se le olvidaba todo a medio decir, se le morían las memorias a media lengua y no sabía qué decir, no tenía nada más que decir. Él estaba allí, metido en unas de esas cajitas para que no le hiciera daño a nadie más. Mole en medio del expreso, reloj, mole blanca con su alambre de navajas y su muro, palomitas. Cinco minutos más.

Llegar, ajorada, ajorada, parking no hay, la mierda de siempre, darle la vuelta a la manzana a ver si detrás de la farmacia, bajarse, la llave, no dejarla pegada como la semana pasada, bestia, la llave y la cartera, ponerse lipstick, peinarse de nuevo, a ver, el espejo, ya me brilla la cara, parezco una olla que brilla, parezco un bonete de carro a mediosol, la polvera, donde carajos…, más lipstick, más cosas qué cuelgan del brazo, las llaves, salir del carro, ¿tengo suficiente desodorante?, salir del carro, ponerle el bastón, la alarma, el bastón y la alarma , poncho a tiempo, poncho a tiempo, siete minutos tarde nada más, tiempo record. trabajo…

Trabajo…

y más trabajo…

(trabajo, ponchar papeles, escribir informes, contestar teléfonos, el coffee break, bajar hasta la cafetería, café, un bocadillo, un refresco de dieta, me llevo el periódico, subo a la oficina, el elevador atacuñado de mensajeros, de secretarias, de manos y brazos con bolsas de papel de estraza, de papel de memo, de papel de carta, de papel de nómina, una hora para el almuerzo, trabajo, llenar solicitudes, mover inventarios, oír la radio, digerir el especial del mediodía, hacer que pasa el tiempo y a través de la ventana, mirar a través de la ventana que se abre hacia el expreso, allá a lo lejos casi borrada en la distancia las paredes blancas, pajaritos…)

Las cuatro y media, las cinco, montarse en el carro, pasar de nuevo por el lado del presidio. Esa mole ahí, inamovible, alta como una gaviota en mismo medio del expreso, como una gaviota no, como un elefante, no, como un elefante no, como un oso pesado y blanco, eso, oso, oso blanco parado en las dos patas traseras como hacen los osos de circo, los osos payasos de circo lleno de purinas y vitaminas para los ojos, para que no se caigan del triciclo, de la cuerda floja, oso payaso parado en la cuerda de un expreso… en el mismo medio…

Ya es mañana.

Ya es mañana.

y mañana

(peinarse, vestirse, buscar las llaves)

el presidio amaneciendo sobre el expreso

cinco minutos más y se acaba el tapón de la mañana

y mañana

ya es mañana

pasadomañana

pasado pasado mañana

ya es mañana

(un oso maromeando en el expreso)

pasado pasado pasado el día después

de mañana

una mano

leve

se asoma

por entre los barrotes de una celda

y empieza a saludar

otra vez, otra vez, otra.

(pasa el carro, exactamente sale la mano. no antes, no después)

otra
(¿es conmigo la cosa?)

otra

(es conmigo la cosa)

Levantarse, peinarse, arreglarse con premura, las llaves, maldita sea ah, si yo las dejé aquí encima, las llaves y el desodorante y las prendas de la mano izquierda. Hoy me compré una sortija nueva, una sortija donde se refleje el sol, y las cosas para el carro, sacarlo de la marquesina, cerrar con candado, correr, volar hacia el expreso, coger el tapón, esperar, pasar por frente al presidio, esperar, por frente al oso payaso presidio. Esperar, esperar en el tapón, la celda se despierta, sale el brazo, que salga el brazo y reconozca el carro verdemonte, viejo destartalado, que reconozca el carro verdemonte viejo destartalado y sonría, ella nunca había visto un brazo sonreír, pero ahora, ya sale el brazo entero y sonríe y la saluda como cada mañana

(tal vez sea el hijo de la amiga)

como cada mañana

que la saludaba como cada mañana desde el presidio.

ella se engalana la mano una vez al dia. ella se compra sortijas y pulseritas que brillen en el sol, se pinta las uñas, hace pesitas para su brazo de la celda cuarta de izquierda a derecha, la que da al expreso. Ella no sabe por qué aquel brazo está preso, ni que otras marcas tendrán ni que otros movimientos además del lento gravitar hacia cada lado que la acaricia, a ella a ella, que la acaricie a través del aire. Tal vez haya matado aquel brazo, tal vez, haya estrangulado a muchachas inocentes, besándose con sus novios en carreteras alejadas del ruido y de las luces y de los ojos de la ciudad, tal vez haya agarrado cuchillos, pistolas, tal vez huela a pólvora. Pero se ve tan lejano y tan inofensivo y tan hambriento de cariño, y tan grácil en el sol y tan oscuro y fibroso y fuerte y dulce y parlanchín y desconocido. No, no puede ser el brazo del hijo de su amiga, ella lo reconocería, ese es otro brazo, sin memoria ni pasado, que nace allí cada mañana, para ella sola

para ella sola

(ella recuerda a otro brazo que una vez…)

El brazo, oh … ese brazo haciéndole cosas inexplicables, desde el carro verdemonte destartalado, el brazo que le sonríe y que la acaricia desde el aire. Y así, sin más, el brazo vuela, vuela desde la celda, se encarama a su brazo y la va desnudando de todas sus sortijitas, de todos sus sortilejios para que el sol le brille encima de la piel, la de ella, la del carro viejo, verdemonte , destartalado, la del monte de ansia que lleva allá adentro aguantado, en la cáscara del codo, el brazo vuela, el brazo le agarra el brazo con la mano, con los dedos, le araña con las uñas y le moja con el sudor de tanto saludo en el aire. La roza el brazo su brazo. Se deja resbalar, y caer en la falda de ella, la falda se acalora, la falda destartalada, verdemonte, la falda y su monte allí debajo, palpitando, ah, después de tanto tiempo, la falda y el brazo tan anhelado, ella saluda, no quieren que vean los de al lado, es de ella sola aquel brazo de presidio en su falda, arremangándole los pliegues de la tela, haciendo a la tela de sus pliegues hincharse de calor, un calor como ese que da al sentirse viva una vez más con un brazo sobre la falda, ah la falda y el brazo que ya roza con la punta de sus dedos su piel, su tersa piel su piel que una vez supo de estas cosas. Una vez supo. Pero eso fue hace tiempo, hace tiempo, ella sospecha que fue hace mucho tiempo. Ella era chiquita, más pequeña que cuando las niñas empiezan a saber. Si, o quizás, una vez ella soñó de niña que hubo un brazo que la hizo sentir como ahora, y que le enseñaba a deletrear cosas en papeles, a deletrear cosas en los pliegues abiertos dedo a dedo, boca abierta, labio, cosquilleo y temblores gratos, por medio de aquel brazo, su piel aprendió cosas que al crecer se negó a seguir sabiendo; al crecer se quedó sola y absurda porque todo lo demás que empezó a sentir jamás se comparó con lo del brazo, ahora vivo, bajo la presión de los dedos, la tiene, bajo la prisión de los dedos de las huellas de las uñas. Ella sigue saludando para que no noten nada, para que los de atrás no le toquen bocina en el tapón, para que nadie sepa de la presión tan exigua de su pie en el acelerador, lo tenaz de su otro talón descalzo, en el freno. El talón se le hincha de sangre y el brazo se le hincha en el regazo. Ya van los dedos buscando otro pliegue bajo la piel interior, bajo la ropa interior. Los dedos le tocan lo mojado. Ella suda y no sabe si es el brazo que suda también, el brazo que se escapó, ella le ayuda en su huida, el brazo fugitivo, escondido en su entrepierna, le mete los dedos, adentro, la roza firme, otro dedo, otro más, se retuerce, la quiere rajar de gozo y no sabe, ah no sabe del contento que le va dibujando, su brazo la hace casi chocar con la guagua familiar de enfrente. Ella para a tiempo, pero luego se deja ir, se deja ir. Dedos se le meten por dentro, labios se le hinchan y mojada, aguanta un gritito en la punta de sus lenguas, la prisión del dedo en el musgo de entrepierna, y su clítoris duro como una semilla, mandando corrientazos por toda la región, a ella se le para cada pelo en la piel, se deja ir, se recupera, y de nuevo un vahído en la cabeza y los pezones se le endurecen abre la boca, se arquea a mitad de cuerpo, se deja ir, el brazo se la lleva en volandas, la conduce, le suelta el freno. Ella echa su cabeza hacia atrás, la recuesta de la almohadilla del asiento conductor y se va en contracciones, en espumas de humedad, flota por el aire de los dedos que se llenan de cosquillas, agarran fuerte el volante, se arriman al aire. Los otros dedos de su brazo allá adentro la aprisionan, carne contra carne, pliegue contra uña contra sudor, dentro de su carro verdemonte destartalado.

humo
parking
dar vueltas a la llave

entrar
cerrar la marquesina otra vez

otra vez…

Su carro verde monte adentro, y dentro de la casa, la habitación, la cama a soñar de nuevo con su brazo amado. Ya es mañana.

II) Este es mi plan. Poco a poco he estado convenciendo a mis células de que se vayan separando imperceptiblemente de las células del hombro. Fue difícil al principio, porque primero tuve que convencer al cerebro de que todo esto, en realidad, es idea suya. Lo que pasa es que los científicos están equivocados. No toda actividad de reflexión se centra irreductiblemente en el cerebro. Hay otras partes del cuerpo que, dadas las condiciones correctas, pueden efectuar estas operaciones. Las piernas, por ejemplo, no responden únicamente a los estímulos neuronales que salen de allá arriba, sino que, separadas del resto, pueden actuar por sí solas. Me imagino que, en este encierro, y perdidas las facultades terciarias del cerebro, se dio la extraña condición que menciono. Me imagino que tal fue lo que pasó conmigo.

He empleado gran cantidad de horas en dilucidar este misterio. Aún no tengo una respuesta certera, pero una cosa es innegable. De buenas a primeras, es decir, que un día como cualquier otro, mis dedos empezaron a tomar conciencia de sí mismos, desde las yemas a las uñas a los cartílagos a la epidermis. Cada falange cobró vida independiente, cada carpo y metacarpo. Y no era que se volvían hipersensibles a los mismos estímulos de siempre, no era que el tacto evolucionó de tal manera que podía recoger más sensaciones que antes. Era que habían tomado autoconsciencia. Ni siquiera necesitaban sentir algo para poderlo imaginar abstractamente, desmenuzarlo en menudencias y articular de manera no lingüística sino eléctrica (por llamar a los estímulos nerviosos de alguna manera), conversaciones inteligentes e inteligibles con el resto del conglomerado que me conforma. Podían rememorar, inventar conceptos, analizar.

Al principio, cada parte- codos, piel, pelos, células, dedos, tricep, bícep, ligamentos-se mandaban mensajes entre sí y por separado. Se formó la Babel de todas las Babeles. Imagínense cada célula, cada comisura de la piel y de huesos hablando a la vez. Costó su trabajo, pero poco a poco fuimos poniendo orden y regla a toda emisión. Entonces nos leímos y entendimos a la perfección, íbamos en armonía descubriéndonos como seres vivos, capaces de la auto reflexión y el diálogo. Una maravilla. Por unanimidad me eligieron a mí, que soy uno y múltiple, como ente regulador. Ya que formo y soy formado por cada una de estas partes, poseo una conciencia más amplia de cómo nos conectamos entre nosotros mismos y al resto del cuerpo.

De más cabe decir que el resto del cuerpo no sabía lo que estaba ocurriendo, ni el cerebro, ni los ojos, embobados como estaban en este encierro que fue restándonos facultades a todos como ente total, seccionando cada una de las partes. Era extraño, porque mientras yo cobraba más conciencia de mí mismo, mientras más me daba cuenta de mi identidad, el resto de cuerpo se perdía en un profundo letargo.
Al principio, adopté medidas para despertar a mis compañeros. Empecé por mandarle mensajes eléctricos a los órganos internos, pero pronto noté que éstos no pasaban del hombro. Allí se alzaba una extraña frontera que no permitía comunicación con nadie. Yo seguía mandando y mandando mensajes– lengua, ¿estás ahí?; contéstenme muslos; nariz, nariz, ¿puedes olerme? Al final del mes, el único miembro que me respondía, con una señal débil, pero lúcida, era el cerebro. No fue difícil hacerlo mi aliado. Me di a la simplísima tarea de ganarme su confianza, respondiendo de vez en cuando a las señales bobas que me mandaba- rascar una pantorrilla, aguantar un vaso y llevarlo hasta la boca, sujetar una pastilla de debajo de la lengua y con los dedos extraerla de allí, tirarla lejos, matar insectos, llevar los dedos y apretar la verga que se hinchaba y masajearla de arriba a abajo, de arriba a abajo con vigor hasta que se desbordara en un escupitajo de leche. Nunca nos sentíamos más vivos el resto de los órganos del cuerpo y yo sino en ese momento de la leche. Las nalgas se trincaban con furia, la espalda se arqueaba sola, una corriente de puyas recorría la piel entera, pelo a pelo se erizaba y la boca, abierta y hace años muda, se retorcía de placer hasta que expelía, ella también, un largo mugido que salía desde el centro de todos nosotros. Pero eran reflejos aquellos, no pensamiento. No había introspección, sino gula, no abstracción, sino sensaciones. Cada vez que esto pasaba, reiteraba la certeza de que el único que pensaba en aquel conglomerado de carne, sudor y pelos era yo. Hasta las caricias se fueron haciendo automáticas y aburridas. Me hundí en una soledad sin fondo que parecía peor que todas las torturas diarias de guardianes, las vejaciones frecuentes de otros presos cada vez que nos sacaban a una esquina a tomar el sol. Tanta soledad, tanta autoconciencia, ¿para qué.? Había que volcarse afuera. A veces llagaban hasta mí ondas eléctricas que traducían los sonidos que mansamente recogían los oídos.

“Este se está haciendo para que lo metan al psiquiátrico”.

Pensé que tal vez la solución a mi dilema era precisamente esa, que nos movieran a todos de aquella inmunda celda a un lugar en que otros miembros del cuerpo estuvieran pasando por lo mismo, un sitio que sirviera de punto de reunión para brazos, piernas, ojos, bocas o hígados que fuesen el último reducto corporal donde se diera algo parecido al pensamiento. Quién sabe si en ese lugar también hubiera otros órganos donde se hubiese cobijado esa operación que anteriormente se daba tan sólo en el cerebro. Así fue como fui desarrollando mi teoría, la cual soñaba compartir con alguien, allá afuera.

Hubo días de duda. Tal vez, a quien único le ha pasado cosa semejante es a nosotros, los que habitamos y formamos este cuerpo prisionero, este cuerpo criminal y obviamente enfermo. Tal vez seamos, sea yo, una mutación, la primera, la no documentada y por lo tanto perdida en el abismo del olvido científico. Juro que esos días hubiese dado lo que sea por tener ojos integrados a mí. De esa manera hubiese podido llorar a lágrima suelta toda la desolación que me invadía. Como no puedo, ordeno a cada folículo sudar, casi hasta la deshidratación. Secarme es lo que quiero, secarme para siempre y no temer más, no sentir más, no darme cuenta de nada de nada.

Fue en uno de esos días en que lo vi. Bueno, de verlo verlo no, más bien lo sentí, a aquel otro brazo recostado contra un hueco de metal que estaba estancado frente al presidio. De entrada, no podía creer lo que percibía mi piel, mis dedos, mi superficie toda. Era como un calor mañanero, un vuelo, una tibieza que me sobrecogía entero. Burlé al cerebro para que ordenara la aproximación total al recuadro de la ventana abarrotada y luego, desesperado por saber, por conectarme con aquella onda viviente, me estiré celda afuera y me hice ondear, haciéndole señales a aquel hermano que me salvaba del abismo existencial que me consumía. Tomó tres días lograr la conexión. Pero finalmente, el otro brazo respondió. Nos mantuvimos así por largo tiempo, acariciándonos a través del aire, hasta que desapareció en la distancia.

Este suceso se repitió con frecuencia, y me llenaba de alegría, de pasión, de no sé qué otros sentimientos que salían de lugares insospechados por mí hasta aquel instante. Cada día que pasaba, el otro brazo se iba adornando con aditamentos que no eran piel. Podía notar ciertos aritos de temperatura diferente alrededor de sus dedos, de su muñeca, una lectura química hacía descubrir sustancias punguentes que cubría la pátina de sus uñas. Era un brazo muy coqueto aquel que ondeaba por el aire y obviamente se adornaba para mí.

Me desbordé de alegría. No podía creer aquel milagro que la vida me ofrecía. Me sudaba la palma de la mano en espera de la otra mano, aquella que ondeaba diariamente en la distancia. En reacción a mi alegría, al resto del cuerpo también le ocurrían cosas. Por ejemplo, una mañana percaté que la boca mostraba los dientes de forma plácida y sosegada y que curvaba los labios hacia los lados, tratando de alcanzar las orejas. Sonreía.

Una noche en que la verga se hinchó de sangre, sorprendí al cerebro retrayendo de su memoria visual el brazo aquel, mi amado, mi tan querido. Ondeaba y ondeaba en el aire la visión aquella. Se nos fue erizando la piel, la temperatura del cuerpo subió, salieron al paso imágenes guardadas de dedos sobre goznes ajenos, sensaciones escondidas en el bajo vientre. Mis manos y mis dedos comenzaron a recordar cosas. En aquel brevísimo instante del complot cerebral, toda célula de la piel recobró, cada cual a su manera, la memoria de consistencias que tenían las pieles de otros cuerpos, tactos inusitados con membranas húmedas, soluciones viscosas que se enredaban, yema a yema, y resbalaban humedeciendo la mano entera; recordaron temperaturas inusitadas, temblores e hinchazones en sus puntas de ataño metiéndose por pliegues de piel que yo jamás había imaginado que existían. Cuando el cerebro quiso que fuera hasta el pubis y comenzara a masajear, me entró una furia descomunal, y empecé a azotar el rostro, atacándole con mensajes eléctricos para hacerlo desfallecer. No sabía lo que me pasaba. Por un lado quería seguir sintiendo aquel banquete de sensaciones que hacían pararse de puntas cada folículo que me cubría. Por otro me moría de angustia al pensar que otro órgano y no yo disponía de eso que era mío para su placer, que me envilecía, tal vez, usando memorias sin contar conmigo, dejándome a mí en la horrible función alterna de sentirlo todo desde el margen. Enloquecido, arremetí contra la pobre faz, los ojos, los cachetes. Los pulmones se hincharon de aire; la boca y la garganta comenzaron a gritar. Yo sabía que no era la culpa de aquellos órganos, sino del maldito cerebro, pero ¿cómo llegar a él sin herir al resto del cuerpo? La boca comenzó a gritar. No podía controlarme. Ante el escándalo, vinieron los guardias y a palos nos aquietaron a todos. A mí me tocaron varios golpes, lo cual contribuyó a mi sosiego, más aún cuando el casco trató de protegerse conmigo, llamándome a trincos para que lo cubriera de macanazos y patadas.

Después de aquel incidente, estuve incomunicado por días. Yo no quería saber de aquel inmundo traidor replegado entre los huesos del cráneo. Y “ese” se enconchó conmigo y se rehusó terminantemente a mandar señales al resto del cuerpo para que nos aproximáramos a la ventana. Cada mañana, por más que me esforzaba por franquear la descomunal distancia hasta el lugar de encuentros, no podía hacerlo, ni aún aquel día en que se formó una conmoción allá afuera (sentí ondas sonoras en la piel) a causa de algo que no quería moverse de enfrente de la celda, un artefacto habitado por otro cuerpo con el brazo izquierdo extendido hacia el presidio, que ondeaba y ondeaba esperando una señal.

III) Yo soy el oso mañoso que como cuerpos de presidio. Yo soy la estrella del circo, yo me convierto en ventanas, me convierto en barrotes, saco las tripas a veces, y soy un oso muy mago, un oso trapecista, un oso malabarero y un presidio y un penal. Nunca he podido comerme a nadie de afuera. Pero siempre hay una primera vez.
Había un brazo suculento y otro afuera que lo saludaba e intenté comerme a los dos. Ah, dirán ustedes, pero que oso tan malo, que oso sádico, cruel, fetichista. Como si ustedes no lo fueran, ustedes que leen las memorias del truco efectuado en las entrañas del oso mañoso, del oso polar, artista del expreso, ah como si ustedes no se aguaran de bocas y de carnes al oír sobre nalgas apretadas y pieles sudorosas, y dolores de roces y de entradas y de salidas y de deseos que nunca se consuman del todo. Ustedes son unos osos mañosos. También hacen trucos y también comen cuerpos y se atragantan de leches y de miel. Yo lo sé, yo lo sé.

Un día me comí a dos presos que, escondidos al lado de las calderas, estaban jugando a los perritos, ladraban y uno montaba al otro. Estaban desnudos como los perros, aunque los perros no andan desnudos porque siempre tuvieron pelos, estos no tenían tanto pelo, por eso digo que estaban desnudos. Jugaban a los perros, ladraban y se montaban uno encima del otro. Yo me los comí, por indecentes. Los humanos no pueden jugar a los perritos, los humanos no deberían desnudarse al lado de calderas, pasarse las manos por los flancos, hincharse de sangre, apretujarse los labios y feroces morderse las mandíbulas. Los humanos no deben untar de saliva las nalgas, meter la punta de sus vergas por el boquetito aquel, tan rosadito, tan tiernecito, no deberían deleitarse en verlo expandirse para luego terminar atragantado con tanta carne. No deberían envolverse en ese aroma a cosa podrida pero viva, a camaroncitos varados en las algas. No deberían. Bueno, pensándolo mejor, los humanos pueden hacer eso, pero los presos no. Los presos son mi comida.

Ese día yo me miraba por adentro y los vi. Decidí en el acto comérmelos. Mi manera de digerir es singular. Yo soy un oso mañoso, yo soy un oso de circo y la estrella del show. Así que todo lo que a mí respecta, es singular. Y qué truco mágico operé. Si los vieran, a mis dos perritos, uno encajado en las nalgas del otro, uno sacándole mierda y sangre y el otro rugiendo, quien sabe si de dolor, si de gusto, si de furia. Es que era chiquitito y el otro lo obligaba. Cada vez que lo mandaban a las calderas, temblaba de pavor. Allí lo esperaba el otro, él lo sabía; allí y en cualquier rincón oscuro, donde le daba la gana, cuando le entraban las ganas. El perrito chiquito mordía, se retorcía, gritaba, pero siempre terminaba bajo las ancas del más grande.
En realidad no eran dos tan solo, eran más. Una jauría, una multitud completa de presos jugando a los perritos con el perrito chiquito que no se dejaba hacer. Cuando el grande terminó, se le subió otro. Les pidió a sus amigos que lo sujetaran de manos y pies. Se había caído al suelo el perrito chiquito y los otros le despedazaron lo que le quedaba de la carne. Lo abrieron de piernas, de boca, le sujetaron las manos y uno a uno fueron empujando sus vergas por el boquete aquel, rojo sangre, ya, adolorido. El perrito chiquito rugía y lloraba, lloraba y rugía. Me los comí completos porque hice que llegaran los guardias que, asqueados, le entraron a palos a todos, a todos, incluyendo al perrito chiquito y me los molieron bien para mis dientes hambrientos.
Pero en una celda remota, estaba mi manjar predilecto. Era un preso hermoso, negro azabache que vivía en mí hacía muchos años. Su ofensa contra la sociedad era singular. Me sentía tan hermano de este manjar mío. Cuando libre cogía niñas, y les metía sus largos dedos por los goznecitos apenas diferenciados de sus totitas infantiles. !Qué truco de magia! !Qué hambre de circo! Cuando libre, él había sido maestro de escuela, había enseñado a leer y a escribir a aquellas niñitas. Sujetaba diestro y firme en sus manazas las tersas manitas con lápiz dispuestas a enfrentarse a los trazos de su nombre, a deletrear la identidad de la gente que iba a moldear sus viditas. En sus grandes manazas, las manitas batallaban con la madera, con el carbón, con el papel y demás sustancias vegetales dispuestas a nombrar con signos a las cosas. Sus tiernas manazas se fueron haciendo cada día más infantiles, fueron encontrando cada vez más difícil separarse de los coditos, las pieles, los bracitos sucios de toba y sudor. Fueron jugando las manazas con las manitas, y después manazas con muslitos, y más tarde las manazas fueron desabrochando pantalones y blusitas para jugar con otras carnes, las más tiernas. Ni la superficie de un lápiz conocían, ni el roce del papel. La tela que las cubría y ahora las manazas del maestro, que se creían manitas y se metían por aquellos boquetitos tan pequeños “no le digas a papá que jugamos este juego” que abrían huecos para cada uno de sus dedos “las otras amiguitas no tienen que enterarse”. Cuidado tenían las manazas de no hacer daño, ni dejar marcas en los tiernos huequitos deseados. Con solo oler bastaba, con solo sentir el calor y la carne humedecida. Por eso fue tan difícil atraparlas. Hubo que esperar a que pasaran años, a que algunas de las niñitas crecieran y reconocieran lo que las manazas del maestro les habían enseñado, aquellas manazas tan perversas y tan tiernas.

Mi manjar estaba en seguridad máxima, para que los demás presos no intentaran comérselo. Así lo dispuse yo, el Oso mañoso. Por orden del alcaide estaba allí y no salía nunca o casi nunca. Alguna que otra vez al mes, el maestro se doraba al sol desde una esquina del patio y los presos lo arrastraban a un rincón para jugar a los perritos con él. Pero él, retraído como estaba en sus recuerdos, no ofrecía resistencia. Aguantaba todo con temple de mártir. Y yo pensaba -“qué bonito mi maestro, mi manjar, qué hermoso; es un santo y un ángel y un demonio inocente, es un niño grande que no sabe qué pasó, por qué lo castigan, qué ingrato es el amor, qué deleite y qué manjar”. Hasta me enternecí de haber encontrado aquella fruta entre mis tripas. Lo guardé para después y empecé a engullirlo despacito.

Pero entonces fue aquel brazo burlón, aquel brazo suicida, el brazo trapecista de los aires. Con su cómplice de afuera irrumpió mi digestión. !Aggghhh,! rugí esplendoroso. Yo soy un Oso mañoso, soy la estrella del circo, soy el rey del expreso y te pienso comer. Ningún brazo burlón me va a quitar ni por partes mi suculento manjar. Ningún brazo mañoso me va a quitar dedos y uñas y recuerdos de piel que transporten brazos hasta las piernas sin panties en el cuarto de atrás de una escuela. !Agggghhh! rugí esplendoroso.

Suerte que soy poderoso y voraz. Suerte que soy un Oso con suerte. Hice un truco malvado y me reí. !JA, JAAAA…! en medio del expreso. El brazo trapecista calló en desgracia cuando puse al resto de mi manjar en contra suya. Su aliado de afuera se quedó esperándolo a mitad de autopista, causando el tapón más inmenso en toda la historia mundial de tapones en esta área del Caribe. Virgen santa- dirán ustedes, pero que oso farfullero y cobarde, que oso monstruoso y voraz. Como si no lo fueran ustedes gozando de mi espectáculo, comiéndose mis palabras, imaginándose presos que son perritos y brazos trapecistas y sudor. Como si no se escondieran ustedes detrás de sus grandes espejuelos a intentar devorarme. Admítanlo, ustedes son como yo. Ustedes son como yo.

Nadie puede contra el oso mañoso, el oso de las nieves que levanta palacios en dos patas y se balancea por la tela finísísima del expreso. Soy invencible. Soy el mejor. Ni ustedes podrán conmigo. Yo soy un oso muy mañoso y defiendo muy bien mis alimentos.

Mayra Santos Febres (foto)

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‘Apareamientos’ de Mario Santana Ortiz

Mario santana ortizLe decían el Koala porque, ni aun ejecutando a sus víctimas, parecía que estaba del todo despierto. De cara y barriga henchida, el Koala Gutiérrez se pasaba horas mascando un palito de madera, o “chewing stick”, como le llaman al artefacto en Nigeria. Allí había servido, primero como teniente de las fuerzas de paz de su gobierno. Después como soldado mercenario. Vivió 10 años en África, trabajando en varias guerras. La de Sierra Leone fue la última. Se hartó. Regresó a su tierra natal.

Koala podía pasar tiempo incalculable durmiendo. Comía, dormía, mascaba su palito. No hacía nada más. Nunca se le conocieron hijos, nunca tuvo una amante asidua, ni siquiera una infrecuente. Nunca le dio por acostarse con ex convictos, aquellos que salían de la cárcel con esa nueva necesidad instalada en el cuerpo, después de pasarse unos años encerrados entre hombres. “Ese usa la entrepierna nada más que para mear”, lo molestaba el Chino, un primo lejano suyo, que fue quien lo metió al negocio. “Igualito que un Koala. Se la pasa arrima’o a su palo, roncando a pata suelta”. El Koala se limitaba a guardar silencio y a mirarlo con sus ojos redondos y negros, que mantenía cerrados la mayor parte del tiempo.

Pero esta vez los abría. Los mantenía abiertos. Estaba sentado junto al Birome en el Café Violeta’s, esperando a su próxima víctima. Se trataba de una mujer. “La Pastora” había logrado franquear filas hasta convertirse en firme contrincante de su jefe en la interminable guerra de control de puntos de droga. Heredó el mando de un hermano muerto y, de una forma inexplicable, “La Pastora” emergió como un poder letal, una fuerza de la cual era necesario protegerse. Por eso el Jefe contactó al Koala. “Vete con el Birome, él te la indicará. A esa me la limpias del camino. No es necesario que armes mucho aspaviento. Un tirito en la frente y ya”. Era el método clásico que usaba el Koala en sus trabajos. Tiro de frente, infalible, acertando entre medio de las cejas. Nada de charqueros de sangre. Nada de cuerpos agujereados. Todo limpio, íntegro; el Koala garantizaba una adormecida muerte. Era famoso, además, por no darle tiempo a sus víctimas ni para gritar.

Pero no le gustaba matar mujeres. Había visto demasiados vientres desvencijados en la guerra. Demasiadas mujeres violadas por los mismos soldados de la milicia, y luego cortadas a machetazos, cuerpos pudriéndose en la selva. La carne expuesta, justo antes de explotar, tenía la consistencia del plástico. Esa carniza, sobre todo en cuerpo de mujer, le revolcaba el estómago.

Cuando el Jefe le informó de La Pastora, pensó en negarse. Iba a mover su cabeza para lado y lado cuando algo lo detuvo. ¿Cuán mujer puede ser la dueña de un punto de drogas? Es decir, ¿cuánto cuenta como mujer, si es seguro que ha tenido que mancharse las manos, no con la sangre, que eso es fácil (si lo sabría el Koala) sino con el terror vuelto sangre en los ojos de sus contrincantes? ¿A cuántas madres le habrá entregado, personalmente, a su hijo adicto ahora cadáver por una estúpida deuda de puntos? El Koala se imaginó a La Pastora como una mujer hombruna, sin forma, con el pelo corto y las manos hinchadas. Ancha de espaldas como lo era él. O como una puta fría, de esas mujeres flacas, pintadas, con todo de plástico, que a tantos gustan y que a él lo dejan con ganas de seguir eternamente durmiendo.

-Trabajo solo -repuso al Jefe.

-Comoquiera te llevas al Birome. Que te la indique. La cosa es que sea ella.

Nunca se imaginó lo que vio. Al Violeta’s entró una mujer suave como terciopelo. Era carnosa, de un pelambre maduro que olía a baño de especias, a eucalipto. Tenía un moño largo de pelo lacio y un poco tieso, como una crin. Era marrón toda ella, más bien color miel. Sus ojos, pequeños y redonditos, los entrecerraba con la lujuria de quien acaba de levantarse de un largo sueño. A sus pechos grandes, grandísimos, el Koala Gutiérrez los intuyó de pezones oscuros, como para abrevar en ellos toda una eternidad. Los muslos se le apretaban bajo la falda. Eran muslos de mujer que sabía de hijos. Caderas firmes, grupa ancha. El Koala tuvo que cerrar los ojos después de verla pasar. La olió caminar por el pasillo central del Violeta’s. La oyó sentarse en la mesa del fondo. A su lado se apostaron tres hombres parecidos a él, no físicamente, pero parecidos. Obviamente, eran su escolta.

El Birome se marchó. Con los ojos cerrados, el Koala Gutiérrez mantuvo vigilia. También se vigilaba por dentro. Carnes, roces, una erección. No supo qué hacer. Un aroma a eucalipto lo alertó de que su presa mudaba de escenario. Pagó su cuenta, mordió su chewing stick. Los esperaría en su auto.

La Pastora salió del Violeta’s cinco minutos después. Subió con uno de sus matones a una cuatro por cuatro del año, de un dorado sutil, como ella. El Koala se aprestó a seguirla. Sus ojos se encendieron como dos centellas en la noche.

Doblaron por una avenida y tomaron el camino hacia los puertos. El Koala conocía todos aquellos atajos como a la palma de su mano. Cruzaron un puente, la autopista, salieron en la salida Once. Atajaron por el Camino del Andén. Koala Gutiérrez los seguía, en silencio. Entonces, algo en su cabeza lo alertó. Ese camino estaba cerrado por reparaciones. Koala apretó el pie en el acelerador. Seguramente, La Pastora, por asuntos de negocios, entraría a un andén que él desconocería.

La ruta le olía a trampa.

No se pudo explicar de dónde salió el carro que impactó su vehículo por el costado del conductor. El Koala perdió el control y se volcó contra la calzada de los Andenes. El guía del auto le apretaba contra el pecho. Sintió que se sofocaba. Pero dos manos lo sacaron de adentro.

Afuera, La Pastora lo esperaba. Una sola mirada y Koala Gutiérrez supo que nunca podría dispararle en la frente. Que nunca podría dispararle, punto. Que mejor la besaba.

Cerró los ojos y se imaginó acariciando el largo moño de aquella mujer, hundiendo sus manazas torpes en su carne aderezada de hojas y de baños. Imaginó a la Pastora mirándolo igual, degustándoselo. Pero, en su mente le descubrió un brillo extraño en la mirada. Era un brillo frío, como de animal perturbado. No quiso notarlo. Bajó por el suave vientre de la mujer. Hundió su morro entre las piernas amplias y la mordió, la masticó despacio, se la bebió en un instante y en una eternidad. Entonces abrió, finalmente, los ojos.

“Ya puedes matarme”, le dijo.

Sonaron dos disparos.

Mario Santana Ortiz (foto)

 

‘Las ballenas grises’ de Yolanda Arroyo Pizarro

Yolanda Arroyo Pizarro(Con este cuento ganó el Premio PFDB Argentina 2006)

(“Dedicado a mis dos matrimonios literarios: A Alma Rivera, por prestarme sus hombros para secar lágrimas. A Emilio del Carril, por sus besos en la nuca. Finalmente, a la musa que siempre ha de ser musa, Mamota, idolatrada a perpetuidad por esta cielonga de amor”. YAP)

¿Cómo se vive después de algo así? ¿Después de la opresión atravesándote el pecho? ¿Vuelve a latir el corazón igual? ¿Se puede respirar con semejante perturbación sobre las sienes?

Camino sobre cubierta con los ojos mojados. Alzo la mirada hacia las velas izadas. Regreso al timón y le doy una vuelta leve. Vamos decididos, mi barco y yo, hacia el nuevo destino. No puedo quedarme impávido, de brazos cruzados. No soy culpable. Voy a protestar. Voy a renegar y a negarlo. Ante aquella acusación, el silencio me tragó antes de yo engullirlo. Aun así, no pude abrir la boca en ese momento, pero hoy, ahora, voy a confrontarlo.

El agua parece una plataforma de destellos grises que quiere tragarse el horizonte. Los bultos, como los de un terciopelo mustio, desabrido, se abren y cierran, se agrandan y se achican, saltan y se sumergen. No tienen dientes, pero me muestran las barbas que les guindan de la boca, las barbas cremas que les cuelgan de cada labio. Devoran las profundidades. ¿Devoran mis recuerdos? ¿Se han tragado mis memorias como lo hacen con el fondo marino, absorbiendo sedimentos y crustáceos, separando los pedazos del resto con sus filamentos?

La impresión que recibo al acercarme a una ballena dormida es, sobre todo, de inmensidad. Es como si cada ojo de ballena arrinconara un universo. Miras el ojo, la esfera, y uno se pregunta si dentro de cada córnea puede hallar una dimensión distinta. Enormidad, soledad de espacios, de carnes, de piel dura grisácea. Su presencia es abrumadora, apabullante. Te inspira una tristeza irremediable que no se extingue, como la propia especie. Hoy las ballenas lloran conmigo.

***

-Mi hija viene a visitarme -voy recogiendo el ancla y me volteo para esperar la reacción de Ambrosio ante la noticia. Él se pone feliz. No la conoce, pero está loco por conocerla, o al menos así me ha dicho siempre. Quiero a Ambrosio como a un hijo y cada vez que puedo le hablo de mi Viveca. A veces le muestro algunas fotos de ella, de cuando estaba en la escuela o de cuando era chiquita y me ayudaba en el pequeño negocio de pesca que teníamos. Era linda la niña. Parecía un palillo de dientes, flaquísima, pero siempre linda. También le muestro la única foto que me envió de cuando se fue a estudiar biología marina a la universidad. En ella se veía más ancha, más grandota, todavía hermosa. Hizo su internado por varias islas del Caribe. Llegó a viajar a España también y después regresó a México a hacer un trabajo con la UNAM. Todo eso me lo contó en la única carta que alguna vez me escribiera. Desde hace mucho no nos vemos. En estos días me acaba de enviar un telegrama. “Iré a visitarte. Viveca”, decía. Pienso en volver a verla y un mariposeo se me atraganta en el estómago. Quisiera recordar más cosas de cuando era pequeña. El salitre me lo hace imposible.

***

“En momentos como este, el ser humano percibe que se aproxima a una criatura que sobrepasa su comprensión, a una presencia misteriosa encarnada en un increíble cilindro negro”. Terminé de leer la cita. Viveca miró hacia arriba, recostada de la baranda de la lancha, los ojos saltones, dos colas de cabello rubicundo a cada lado de su cabeza, la falda de querubines cuadriculados. Menudita era mi Viveca.

-Jacques Yves Cousteau, el oceanógrafo -dijo. Sonreí orgulloso y cerré el libro asintiendo. Mi hija cada vez memorizaba mejor. Incluso mejor que yo. Esa mañana, luego de creerme listo para la travesía, había dejado olvidado el atuendo de buceo en alguna parte de la cabaña. No recuerdo exactamente en dónde. Ella, sin embargo, a sus siete años de edad, puede grabar en su memoria citas como aquella y hasta más extensas. Ha traído sobre los hombros, sin que yo se lo recordara, su mochila con la toalla, el bañador, la boquilla de buceo y los anteojos para sumergirse. Esa tarde, por primera vez, hemos divisado al cetáceo.
Después de ello, muy periódicamente, continuamos viéndolos en nuestras travesías. Las relucientes aguas de la bahía Magdalena nos regalaron muchos y hermosos vistazos del impresionante animal. Me volví guía. Comencé a traer grupos de personas, cada vez mayores, para que vieran a aquel fenómeno marino que era del mismo grande de un autobús. Aquellas masas colosales no se asustaban, todo lo contrario. Parecían disfrutar de la compañía. Nos observaban curiosas a medida que salían a la superficie para respirar, cada tres o cinco minutos. En principio cabíamos todos a bordo de una pequeña lancha que fui reparando de a poco con mis propias manos. Luego, con el cobro del espectáculo natural que nos obsequiaban las ballenas y que yo colectaba gustoso, pude hacerme de una embarcación un poco más grande.

Me convertí en guía porque mucha gente anhelaba observar a esas maravillosas criaturas. Todos los años emigraban a las lagunas de Baja California para aparearse y parir. Pocos marinos y pescadores se atrevieron a hacerles frente. Las razones eran diversas. Muchos dependían de la pesca para subsistir y no deseaban invertir en un proyecto nuevo que quizás no diera resultado. ¿Qué saben los pescadores de ser guías turísticos? ¿Qué saben los marineros de dirigirse a las gentes, de hablarles, de explicarles sobre la vida marina de ciertas especies? Dedicarse a lanzar sus redes y llevar comida a la boca de sus familias, los alejaba de algunos retos como aquel. Yo mismo pensaba igual a ellos por un tiempo. Trabajar duro para mantener a los de uno, era el lema. Pero las bocas que alimentar fueron disminuyendo en mi círculo consanguíneo. Una fiebre extraña cobró las vidas de mi mujer y mis dos hijos varones. Quedamos solos la chiquita y yo. En un rapto de intensa tristeza quise cambiar mi rutina, para no acordarme de mis fallecidos. Las pérdidas son demasiado grises, mucho más grises que las ballenas dormidas. Creo, y ahora que lo pienso lo creo con más vehemencia, que fue ahí cuando mi mente empezó a borrar memorias.

***

Viveca llegó y trajo consigo un aire de corales y algas saladas. Creo estar casi seguro que Ambrosio ha quedado impactado con su belleza. Está alta y redondeada. Posee unas libritas de más que no le vienen mal y que para nada han logrado que Ambrosio deje de mirarla a todas horas. Va a quedarse con nosotros diez días, que es el tiempo que le toma al transportista de la ciudad regresar con su camioncito lleno de turistas. Se ha registrado en una cabaña de los alrededores y promete visitarme a la casa todas las veces que pueda. Entre vacacionar y visitar a su vejete padre, desea tomar fotos de las ballenas y redactar o escribir algo así como un ensayo de biología marina, de la materia esa que estudió en la universidad.

Apago el motor, y nos acercamos remando sigilosamente. Estamos hoy en la lancha pequeña. Las ballenas parecen ajenas por completo a nuestros movimientos. Ya están acostumbradas. Podemos observar la ceremonia de cortejo. Chapaletean, giran sobre sí mismas, arrojan sus chorros, se zambullen. Hacen ostentación de la aleta caudal. Viveca nos cuenta que esas sumergidas tan sincronizadas se llaman “salidas de reconocimiento”. Asoman la cabeza fuera del agua y avistan los alrededores.
-Debe conocerte, Francisco -me dice, y aún me pregunto por qué Viveca ha decidido no llamarme “papá”-. Las ballenas dormidas tienen buena memoria.

Las envidio. Quisiera poder recordar más cosas sobre la madre de Viveca y sobre mis dos niños que ya no están. Ambrosio asiente, pensativo. Me sonríe y luego mira a Viveca. Me da pena aceptarlo, pero ella lo ha ignorado por completo desde que llegó.
-En el siglo diecinueve se sometió a estos animales a una caza tan encarnizada que casi quedaron exterminados en el Pacífico oriental.

-¿Cómo han llegado hasta acá de tan lejos? -pregunta Ambrosio, más para dejar de sentirse invisible ante Viveca que por cualquier otra cosa. Ella se levanta de hombros, me mira y me pide que, por favor, le preste un abrigo porque tiene frío. Bajo a la cabina y se lo traigo.

-Gracias, Francisco -me dice, y vuelvo a sentirme igual de raro, de incómodo, hasta de receloso. Pero no se lo digo. No se lo digo.

-Por el calorcito. Y por comida. Llegan hasta acá de tan lejos por comida. Se dan un banquete de pequeños crustáceos en el Pacífico, y luego siguen buscando alimento hasta llegar a estas lagunas. Les toma de dos a tres meses llegar. En el trayecto pierden buena parte de su peso. En ese período dependen casi exclusivamente de su reserva de grasa. En el cuarenta y siete se le otorgó protección total por la Comisión Ballenera Internacional, y en años recientes, el gobierno mexicano ha establecido para ellas santuarios y reservas. En la actualidad la ballena gris ya no se considera especie amenazada.

-Sabemos que las hembras preñadas son las primeras en arribar a las lagunas, y aquí paren a los ballenatos -Ambrosio aprovecha el repentino ataque de atención-. Nacen de cola, los hemos visto. Asisten en cada parto otras dos hembras; les decimos las tías.

-Sí, actúan de comadronas, Viveca. Es de lo más simpático todo el asunto -le digo yo.
-Francisco, ¿cómo se llama aquel ballenato que nació el día de tu cumpleaños? ¿Te acuerdas? Le pusimos nombre… -Ambrosio me lo pregunta luego de dar una risotada.
Trato de recordarlo, pero no lo logro. Se me hace imposible.

***

Les cuento a mi grupo de turistas que, aunque está prohibido situarse a menos de treinta metros de estos cetáceos, a veces las madres ballenas, dominadas por la curiosidad, se dirigen con sus crías hasta las lanchas e incluso se dejan tocar. Ellos gritan emocionados cuando se dan cuenta que mi comentario es más una advertencia que otra cosa, porque ya se ha acercado una de las ballenas y saca su ojo por encima del agua y nos rocía con su pequeña ducha salada. Exhibe unas manchas blancas en la piel, ocasionadas por las bellotas de mar y otros parásitos. La escuchamos respirar y gustosamente volvemos a dejarnos mojar por su chorro. Ambrosio se coloca un letrero muy atractivo, en colores brillantes, que anuncia un precio bastante módico para aquellos valientes que deseen palpar la piel de la ballena.
-Los cetáceos permanecen en las lagunas dos o tres meses, de enero a mediados de marzo. Aprovechen ahora para tocarlos -intenta convencer Ambrosio-. Ya casi se nos acaba la temporada.

Los turistas corren y hacen una fila larguísima en cubierta. Todos van a pagar por aquel recuerdo tan único. Como Viveca hoy viaja con nosotros, la miro. Está del otro lado, parada cerca del timón. Estudio su perfil. Una de las velas posee el mismo color que sus ojos. Está triste. Me le acerco un tanto dubitativo.

-Mañana es el décimo día, hija. ¿Te vas con el transportista? ¿Te regresas?

-No. Voy a quedarme otros diez días más.

Me pongo feliz.

-¡Que bueno! Así podemos pasar más tiempo juntos.

Ella me mira de frente. Sin rodeos, desafiante. Su mirada es gélida. La comisura de sus labios se aprieta de un modo extraño.

-Tenemos que hablar, Francisco. Por eso voy a quedarme.

***

Puede ser posible. ¿Puede ser? No reacciono. Mi intención es tratar de entenderla, pero no lo consigo. Ella me cuenta, me habla, me confiesa un mar de palabras sin fondo. Me exige.

-¿Cómo no puedes acordarte? He pasado el resto de mi vida odiándote, olvidándote, brincando de crisis nerviosa en crisis nerviosa. Mira mis uñas, comidas, masticadas hasta la mitad del dedo. Casi no poseo uñas, casi no duermo. Nunca he soñado después de lo que me hiciste. Siempre he tenido pesadillas. Sueño que regresas y vuelves a hacerme lo mismo. ¿Cómo puedes decirme ahora que no lo recuerdas? ¿He estado internada en hospitales mentales, posponiendo mis estudios, afectándome en las notas, para que tú me digas hoy que no te acuerdas de lo que me hiciste? He venido hasta acá intentando superar mis fantasmas. He venido a verte a petición de mi siquiatra. ¿Y eso es todo lo que puedes decirme? ¿Qué no lo recuerdas?

¿Cómo explicarle? ¿Cómo se vive después de esta opresión atravesándote el pecho? ¿Vuelve a latir el corazón igual, luego de lo que te han dicho, luego de lo que te has enterado? ¿Me estoy enterando? ¿Se puede volver a respirar con semejante perturbación sobre las sienes?

Camino sobre cubierta con los ojos llenos de lágrimas. Alzo la mirada hacia las velas izadas. Regreso al timón y le doy una vuelta leve. Vamos decididos, mi barco y yo. Voy a apuntar con el dedo a Viveca. Voy a gritarle. No puedo quedarme impávido. No soy culpable de lo que se me acusa. Voy a protestar. Voy a renegar y a negarlo.

Olvido que la acusación no ha sido hecha hoy. Fue hace años. Olvido que Viveca ya no está para confrontarla, que de Ambrosio ya no sé hace siglos, que ya no soy guía de nadie. Olvido que mi hija no pudo aguantar el dolor de vivir con algo tan fuerte. Olvido su rostro sin vida, sus venas rotas, el charco escarlata sobre cubierta, las velas manchadas y las ballenas olisqueando fluidos raros. Olvido sus gritos nocturnos, sus piernas de batalladora, sus bofetadas mientras empuja. Las pérdidas son demasiado grises, mucho más grises que las ballenas dormidas. Lo olvido todo porque en el fondo, duele y recuerdo demasiado.

Yolanda Arroyo Pizarro (foto)

‘McOndo: el fantasma abolido’ de Mario Jursich

mario jursich duránEs muy significativo que, 20 años atrás, la publicación de McOndo haya desatado un alud de críticas negativas. La mayoría de comentaristas, sobre todo en Chile, se tomó el prólogo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez a la tremenda y en consecuencia lo leyó como si fuera un manifiesto político-cultural, cuando en realidad tenía mucho de ópera bufa y desplante juvenil. Fuguet, Sergio Gómez y los otros 15 autores fueron acusados no solo de ser unos burguesitos frívolos de clase media (o “ni siquiera alta”, como dijo, con mal disimulada irritación, un crítico argentino), sino de estar completamente enajenados por la cultura gringa. Así, de manera cambiante y según la filiación ideológica del comentarista de turno, McOndo era presentado como “una celebración del neoliberalismo que a mediados de los noventa triunfaba en América Latina” o como “un proyecto machista que solo incluía a hombres” o –conclusión final absolutamente previsible– como “un reflejo de esa juventud consumista apenas interesada en encarar nuestros gravísimos problemas”.

Si se trataba de quitarles autoridad, hubiera sido más eficaz contrastar el prólogo del libro con lo que en efecto, no en la fantasía, pasaba en ese entonces en la literatura. El hecho de que un editor de Iowa les hubiera rechazado unos cuentos, alegando que “bien podían haber sido escritos por cualquier autor del Primer Mundo”, era la prueba fehaciente, inequívoca, para los prologuistas de McOndo de que tanto los escritores como las editoriales y el público a este y el otro lado del Atlántico seguían encadenados al grillete del realismo mágico. “No es posible aceptar… que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles”, proclamaban enardecidos. “En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”, remachaban, como si nadie lo hubiera advertido nunca.

Estos comentarios, evaluados a la distancia de dos décadas, producen una especie de lástima. Fuguet y Gómez simplemente parecían haber leído mal la literatura latinoamericana (o no haberla leído en absoluto). Para empezar, pasaban por alto que el mismo año de publicación de Cien años de soledad, en 1967, ya estaban en librerías La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti; La región más transparente (1958), de Carlos Fuentes, y Rayuela (1963), de Julio Cortázar, tres libros de referencia donde no hay realismo mágico y donde las ciudades son un nítido contrapunto a ese campo y a esa vida rural que en opinión de ellos acaparaban las letras latinoamericanas.

Otro tanto puede decirse de sus quejas respecto a la falta de atención a la cultura popular y a la televisión. “¿Y lo bastardo, lo híbrido?”, preguntaban de manera retórica, convencidos de que no habría respuesta a sus interrogaciones. “Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato”. Pues bien: 20 años atrás, en 1976, ya Manuel Puig y Luis Rafael Sánchez le habían dado carta de ciudadanía a todo ese universo en El beso de la mujer araña y en La guaracha del Macho Camacho. Visto en perspectiva, el libro de Luis Rafael Sánchez hasta parecía anticipar los ruegos de Fuguet y Gómez por una narrativa donde se viera “nuestro país McOndo sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas… tv-cable y barriadas”, toda vez que elegía un descomunal atasco de tráfico en San Juan para hacer una gozosa reflexión en torno a la caótica modernidad del Caribe.

Es importante añadir que ya en los años sesenta, mientras la literatura se abría en multitud de direcciones, Carlos Monsiváis y otros autores estaban escribiendo crónicas de enorme aliento sobre ídolos populares o haciendo perspicaces conjeturas sobre la identificación del público con lo que veía en las pantallas de los cines o los televisores. (Una de las principales carencias de McOndo es, justamente, que ignora la multifacética riqueza del periodismo, de la nota cinematográfica o del ensayo en aquellos tiempos inventivos).

A mí me gustaría radicalizar estas críticas: en 1996, a excepción de algunos epígonos sin importancia, ni siquiera el mismo Gabriel García Márquez estaba interesado en el realismo mágico. Sus libros de la época, desde Crónica de una muerte anunciada (1981) hasta Del amor y otros demonios (1994), ya habían dejado atrás el estilo hiperbólico y barroco de Cien años de soledad, sustituyéndolo por una prosa más contenida, donde a menudo refulgían las antiguas enseñanzas de Hemingway. Más aún: en lo que puede considerarse una sabrosa ironía, a mediados de los ochenta García Márquez había publicado su “libro chileno” –Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile–, en el cual, si se lo hubieran propuesto, Fuguet y Gómez habrían podido encontrar mucho de lo que reclamaban para su propia escritura.

No me resisto, llegado a este punto, a comentar una segunda y acaso más filosa ironía. Con ánimo provocador, los prologuistas de McOndo decían que “si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”. Da risa pensar que también en esa encrucijada el “arcángel san Gabriel” se les adelantó por lo menos década y media. Desde 1981, García Márquez se había dejado seducir por el logo de la manzana, siendo tal vez uno de los primeros, si no el primer autor latinoamericano, en cambiar su viejo instrumento de trabajo por un computador. “Jobs le había recomendado directamente el equipo –recordó Roberto González, pocos días después de que muriera el nobel colombiano–. García Márquez usaba todavía su pesada máquina de escribir y él le dijo que tuviera mejor un Mac en cada país. Entonces, yo fui quien se lo mostró a Gabo en una feria. Se compró uno para México, otro para Cartagena y uno más para Barcelona”. Lo dicho: aunque intentaran reducirlo a un cliché, ese García Márquez era más complejo –más inesperado– de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En realidad, el malestar de Fuguet y Gómez tenía un origen muy preciso. Primero en 1982, y luego en 1989, la literatura de su país natal había producido dos best sellers mayúsculos, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, y El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Ambos libros, sin la menor duda, abusaban de los peores tópicos del realismo mágico, pero el hecho de que el público los acogiera no permite inferir que entonces el realismo mágico era la única oferta disponible en el catálogo de las editoriales. En este sentido, Fuguet y Gómez cometían un error clásico, que es confundir la literatura con el mercado. Para decirlo de manera sintética, aunque la literatura obedece parcialmente al mercado, no se agota en el mercado. O, dicho de otra forma, la literatura, que toma cuerpo gracias al mercado, precede y excede al mercado. Todos sabemos que la circunstancia de que un libro se venda poco –o solo alcance un puñado de lectores– no significa nada en cuanto a su calidad e influencia.

No sé si por desconocimiento o por mala fe, Fuguet y Gómez callaban que al lado de La casa de los espíritus estaba Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, y que flanqueando a El viejo que leía novelas de amor aparecían Glosa (1986), de Juan José Saer, y Cuando me hice monja (1993), de César Aira. Ninguno de esos libros, con caminos narrativos totalmente diferentes a los del realismo mágico, logró ventas extraordinarias, pero desde un comienzo fueron saludados como hitos de la nueva narrativa latinoamericana y rápidamente traducidos al francés y al inglés. Así pues el dictum de Fuguet y Gómez, según el cual la industria editorial “desechaba” a quienes “poseían el estigma de carecer de realismo mágico”, se demostraba palmariamente falso. Al enfilar baterías contra el realismo mágico, Fuguet y Gómez en realidad estaban cayendo en la antigua falacia del hombre de paja, que consiste en caricaturizar unos argumentos (o una situación) en aras de facilitar un ataque crítico. No combatían a García Márquez; en verdad, combatían una imitación falsa y vulnerable de su literatura (el “hombre y la mujer de paja” representados en Isabel Allende y Luis Sepúlveda) a fin de dar la ilusión de llevárselo por delante. Finalmente, es fácil dar la apariencia de triunfo en una discusión intelectual cuando se escogen adversarios débiles.

Yo tengo una teoría de uso casero, ajena al libro propiamente dicho, que tal vez explique las numerosas distorsiones de óptica en McOndo. Es bien sabido que tanto Fuguet como Gómez asistieron a los talleres que José Donoso dictó entre 1985 y 1991 en la capital chilena. De allí, de esos workshops conflictivos y retadores, nació el germen de las dos antologías con que irrumpieron ruidosamente en la vida literaria de su país. Creo adivinar que Donoso les transmitió a Fuguet y Gómez su desaforado resentimiento contra Gabriel García Márquez y, de manera indirecta, contra el realismo mágico, que él interpretaba como la causa de que nunca se le hubiera reconocido como un gran autor. Ese asunto, que puede rastrearse con facilidad en la Historia personal del boom (1978) y en la espeluznante memoria de su hija adoptiva Pilar –Correr el tupido velo (2010)–, me exime de multiplicar detalles en extremo penosos. Baste recordar que El jardín de al lado (1981) ofrece una mirada satírica –y rebosante de esa “enorme y lícita envidia” que le gustaba pregonar a Donoso– a propósito de la relación entre Núria Monclús (Carmen Balcells), la “bruja de las finanzas, la catalana pesetera y avara”, y su “escritor favorito”, “el insolentemente célebre” Marcelo Chiriboga (Gabriel García Márquez). En este sentido, se podría decir que McOndo es la venganza infantil, postrera, por interpuestas personas, del escritor chileno contra el nobel colombiano. Sobra decir que se trata de una venganza inoficiosa, pues la antología no tuvo el menor efecto en la reputación de un autor que no necesita de ningún tipo de valedores. García Márquez –¿lo dudarán Fuguet y Gómez?– sigue siendo un nombre ineludible en la narrativa de lengua española.

*

Por supuesto, todo lo dicho hasta aquí tiene un punto de injusticia. En McOndo participan 17 autores y no parece lícito, o al menos equilibrado, proyectar sobre los cuentos unas opiniones vertidas por los antologistas en el prólogo. Como acá no dispongo de espacio para comentarlos de manera individual, me limitaré a pasar por alto las numerosas inconsistencias del libro (no incluye a ninguna mujer ni a ningún escritor del Caribe; no es propiamente una antología de los escritores que agrupa, sino un volumen de textos pedidos ex profeso; no fue el producto de una investigación a carta cabal sino más bien el junte azaroso de lo que sugerían amigos o conocidos), y lo haré, entre otras razones, porque Fuguet y Gómez reconocen esas debilidades. Mi argumento provisorio para explicar por qué el libro ha envejecido de manera tan vertiginosa es que se trata de una antología de autores interesados sobre todo en la novela, para los cuales el cuento, aunque los hubieran escrito, era una forma secundaria; un, digamos, paso obligatorio antes de encarar lo que de verdad valía la pena. No me extraña que, leídos con 20 años de distancia, sobresalgan los relatos de quienes en el momento de la publicación ya tenían a sus espaldas un pasado como cuentistas: Rodrigo Fresán, Juan Forn, Gustavo Escanlar y sí –todo hay que decirlo–: Alberto Fuguet.

A estas alturas sería necio desconocer que la antología debe su éxito a que tenía un nombre magnífico –fue lo que se dice “un hallazgo afortunado”–. Me temo sin embargo que ese acierto publicitario es en parte la causa de su actual fracaso, el motivo por el cual nadie considera a McOndo un volumen decisivo o cuando menos un importante documento generacional. (Edmundo Paz Soldán, uno de los autores seleccionados, escribió hace un tiempo que era una “malhadada antología”). McOndo reúne a escritores que estaban escribiendo antes de que la editorial Mondadori lanzara el libro, que seguían escribiendo durante su lanzamiento y que siguen haciéndolo hasta la fecha, a menudo –o casi siempre– a contramano de la estética promulgada por Fuguet y Sergio Gómez. Para decirlo en términos publicitarios: perduró la marca, pero caducó la mercancía.

Mario Jursich Durán (foto) (Publicado en Revista Arcadía)

Nota: Los autores incluidos en McOndo son: Andrés Caicedo, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco, Giannina Braschi, Pedro Juan Gutiérrez, Mario Mendoza, Leonardo Valencia, Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Jaime Bayly, Naief Yeyha, Juan Forn, Santiago Gamboa, Rodrigo Soto, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Antonio Domínguez, Jordi Soler, Gustavo Escanlar, Martín Casariego Córdoba, Marlon Ocampo y, obviamente, Sergo Gómez y Alberto Fuguet.

‘Apareamientos’ de Mayra Santos-Febres

Mayra Santos-FebresEn la literatura puertorriqueña contemporánea sobresale Mayra Santos-Febres (foto). Nacida en 1966, Mayra ganó en 1994 el Premio Letras de Oro, en los Estados Unidos, y en el 96 el Premio Juan Rulfo de Cuentos. Ha sido finalista de los premios ‘Rómulo Gallegos’, de Venezuela, y Primavera, de Espasa. Ha sido profesora visitante en Harvad y Cornell. Resulta inesperado y bienvenido que una mujer aborde temas como el del cuento ‘Apareamientos’. Disfrútenlo. JSA

Le decían el Koala porque, ni aun ejecutando a sus víctimas, parecía que estaba del todo despierto. De cara y barriga henchida, el Koala Gutiérrez se pasaba horas mascando un palito de madera, o “chewing stick”, como le llaman al artefacto en Nigeria. Allí había servido, primero como teniente de las fuerzas de paz de su gobierno. Después como soldado mercenario. Vivió 10 años en África, trabajando en varias guerras. La de Sierra Leone fue la última. Se hartó. Regresó a su tierra natal.

Koala podía pasar tiempo incalculable durmiendo. Comía, dormía, mascaba su palito. No hacía nada más. Nunca se le conocieron hijos, nunca tuvo una amante asidua, ni siquiera una infrecuente. Nunca le dio por acostarse con ex convictos, aquellos que salían de la cárcel con esa nueva necesidad instalada en el cuerpo, después de pasarse unos años encerrados entre hombres. “Ese usa la entrepierna nada más que para mear”, lo molestaba el Chino, un primo lejano suyo, que fue quien lo metió al negocio. “Igualito que un Koala. Se la pasa arrima’o a su palo, roncando a pata suelta.” El Koala se limitaba a guardar silencio y a mirarlo con sus ojos redondos y negros, que mantenía cerrados la mayor parte del tiempo.

Pero esta vez los abría. Los mantenía abiertos. Estaba sentado junto al Birome en el Café Violeta’s, esperando a su próxima víctima. Se trataba de una mujer. “La Pastora” había logrado franquear filas hasta convertirse en firme contrincante de su jefe en la interminable guerra de control de puntos de droga. Heredó el mando de un hermano muerto y, de una forma inexplicable, “La Pastora” emergió como un poder letal, una fuerza de la cual era necesario protegerse. Por eso el Jefe contactó al Koala. “Véte con el Birome, él te la indicará. A esa me la limpias del camino. No es necesario que armes mucho aspaviento. Un tirito en la frente y ya”. Era el método clásico que usaba el Koala en sus trabajos. Tiro de frente, infalible, acertando entre medio de las cejas. Nada de charqueros de sangre. Nada de cuerpos agujereados. Todo limpio, íntegro; el Koala garantizaba una adormecida muerte. Era famoso, además, por no darle tiempo a sus víctimas ni para gritar.

Pero no le gustaba matar mujeres. Había visto demasiados vientres desvencijados en la guerra. Demasiadas mujeres violadas por los mismos soldados de la milicia, y luego cortadas a machetazos, cuerpos pudriéndose en la selva. La carne expuesta, justo antes de explotar, tenía la consistencia del plástico. Esa carniza, sobretodo en cuerpo de mujer, le revolcaba el estómago.

Cuando el Jefe le informó de La Pastora, pensó en negarse. Iba a mover su cabeza para lado y lado cuando algo lo detuvo. ¿Cuán mujer puede ser la dueña de un punto de drogas? Es decir, ¿cuánto cuenta como mujer, si es seguro que ha tenido que mancharse las manos, no con la sangre, que eso es fácil (si lo sabría el Koala), sino con el terror vuelto sangre en los ojos de sus contrincantes? ¿A cuántas madres le habrá entregado, personalmente, a su hijo adicto ahora cadáver por una estúpida deuda de puntos? El Koala se imaginó a La Pastora como una mujer hombruna, sin forma, con el pelo corto y las manos hinchadas. Ancha de espaldas como lo era él. O como una puta fría, de esas mujeres flacas, pintadas, con todo de plástico, que a tantos gustan y que a él lo dejan con ganas de seguir eternamente durmiendo.

–“ Trabajo solo”, repuso al Jefe.

–“Comoquiera te llevas al Birome. Que te la indique. La cosa es que sea ella”. –Nunca se imaginó lo que vio. Al Violeta’s entró una mujer suave como terciopelo. Era carnosa, de un pelambre maduro que olía a baño de especias, a eucalipto. Tenía un moño largo de pelo lacio y un poco tieso, como una crin. Era marrón toda ella, más bien color miel. Sus ojos, pequeños y redonditos, los entrecerraba con la lujuria de quien acaba de levantarse de un largo sueño. A sus pechos grandes, grandísimos, el Koala Gutiérrez los intuyó de pezones oscuros, como para abrevar en ellos toda una eternidad. Los muslos se le apretaban bajo la falda. Eran muslos de mujer que sabía de hijos. Caderas firmes, grupa ancha. El Koala tuvo que cerrar los ojos después de verla pasar. La olió caminar por el pasillo central del Violeta’s. La oyó sentarse en la mesa de en fondo. A su lado se apostaron tres hombres parecidos a él, no físicamente, pero parecidos. Obviamente, eran su escolta.

El Birome se marchó. Con los ojos cerrados, el Koala Gutiérrez mantuvo vigilia. También se vigilaba por dentro. Carnes, roces, una erección. No supo qué hacer. Un aroma a eucalipto lo alertó de que su presa mudaba de escenario. Pagó su cuenta, mordió su chewing stick. Los esperaría en su auto.

La Pastora salió del Violeta’s cinco minutos después. Subió con uno de sus matones a una cuatro por cuatro del año, de un dorado sutil, como ella. El Koala se aprestó a seguirla. Sus ojos se encendieron como dos centellas en la noche.

Doblaron por una avenida y tomaron el camino hacia los puertos. El Koala conocía todos aquellos atajos como a la palma de su mano. Cruzaron un puente, la autopista, salieron en la salida Once. Atajaron por el Camino del Andén. Koala Gutiérrez los seguía, en silencio. Entonces, algo en su cabeza lo alertó. Ese camino estaba cerrado por reparaciones. Koala apretó el pie en el acelerador. Seguramente, La Pastora, por asuntos de negocios, entraría a un andén que él desconocería.

La ruta le olía a trampa.

No se pudo explicar de dónde salió el carro que impactó su vehículo por el costado del conductor. El Koala perdió el control y se volcó contra la calzada de los Andenes. El guía del auto le apretaba contra el pecho. Sintió que se sofocaba. Pero dos manos lo sacaron de adentro.

Afuera, La Pastora lo esperaba. Una sola mirada y Koala Gutiérrez supo que nunca podría dispararle en la frente. Que nunca podría dispararle, punto. Que mejor la besaba.

Cerró los ojos y se imaginó acariciando el largo moño de aquella mujer, hundiendo sus manazas torpes en su carne aderezada de hojas y de baños. Imaginó a la Pastora mirándolo igual, degustándoselo. Pero, en su mente le descubrió un brillo extraño en la mirada. Era un brillo frío, como de animal perturbado. No quiso notarlo. Bajó por el suave vientre de la mujer. Hundió su morro entre las piernas amplias y la mordió, la masticó despacio, se la bebió en un instante y en una eternidad. Entonces abrió, finalmente, los ojos.

“Ya puedes matarme”, le dijo.

Sonaron dos disparos.