‘Perfume de cerdo’ de María Ángeles Octavio

maría ángelesVivimos por la muerte de otros: / ¡Todos somos cementerios! (Leonardo da Vinci)

–¡Desnúdate! –dijo Leonardo–. Desnúdate ya –repitió.

En el mercado de Quinta Crespo venden los mejores ingredientes para cocinar. Los más frescos, los más gustosos. La oferta cárnica es maravillosa.

–Esta noche cocinaré –me dije–. Como el maestro, me gusta hacer platillos como cuadros. Escoger la vajilla, la receta, los ingredientes: por colores, sabores, texturas. Ver morir los animales, observarlos desangrarse bien para que sus carnes queden a punto.

Componer con todo esto un plato, una obra de arte.

Los cerdos corrían por la porqueriza, se escurrían. Se les resbalaban a las manos que trataban de atraparlos. El chico sudaba. Muerto el puerco, tomé su papada y la puse a hervir por seis horas en caldo de vegetales, mantequilla y tomillo, mucho tomillo. “Este bocado de Formaggela es lo más gustoso del cerdo”, le decía Boticelli a Leonardo. Mis fauces se llenaron de vapores al pensar en el instante de la consumación íntima con esta delicia cárnica.

De pronto olí. Por primera vez olí. Casi no lo creía, nunca alcanzaba a oler y allí, justo al frente se pavoneaba la ilusión aderezada por las flores de las labiadas. Allí, estaba un hombre de piel tentadora, barbas largas, carnes flácidas y rostro anfibio. Era el maestro. Leonardo. Su afilado dedo me hacía señas. Me impelía a aproximarme hasta él. Era como una fuerza magnética.

–¿No me va a tocar? –pregunté al artista que me miraba.

Tenía una bata larga de coliflor. Sus sandalias eran de jagubo. Me aproximé a su cuerpo. Me amalgamé a él. Me deslizó al oído: “Nada quedará, nada en el aire, nada bajo la tierra, nada en las aguas. Todo será exterminado”. Ya yo estaba tendida sobre un plato blanco, me tenía servida a sus pies.

Nos miramos y comenzamos a pelar nuestros cuerpos. Las capas que nos cubren no son reacias, se ablandan al hervir en deseo. A trescientos cincuenta grados todo reblandece. El deseo aromatiza hasta las miserias humanas.

–Desnúdate –dijo Leonardo–, desnúdate ya –repitió.

–Desnúdate –cantaban las manos que me pelaban–. Dame tus carnes.

Desnudándome estaba sin pensar en los dientes que se hincarían. Sin avizorar las horas que pasaría acostada sobre unas sábanas empapadas, ornadas con estremoncillo y humores de la India.

Me había dejado atrapar, el mar me arrobaba, la sal y el agua me erizaban las papilas y hacían que perdiera el rumbo. No tenía fuerzas para escapar. Comencé a disfrutar el perfume que emanaban los sabores. Pasé del frío al calor y del calor al frío. Mi cuerpo estaba entregado al plato.

Leonardo me acarició morosamente. Yo sentía, pero él no. Me cubrió de aceite de tomillo. Todas mis partes quedaron bañadas de ese veneno de timol. Mi intimidad comenzó a florecer su corola escotada, el labio inferior dividido en tres lóbulos. Cáliz rojizo y aterciopelado. Me bañó con tallos leñosos y grisáceos. Me secó con hojas lanceoladas, enteras, pecioladas, con el envés cubierto de vellosidad, con el contorno girado hacia adentro. En mi interior, la guerra de los jugos.

Las pupilas del maestro ardían como ascuas. Me calentaron hasta sentir que ya no sentía nada, estaba helada. Entonces oí reír a Da Vinci. Una bandada de passerottos migró al sur. ¿Estaría a las puertas el invierno?

Su daga se clavó en mi cuerpo sacando la sangre y dejándola correr como coulis sobre un plato de aceite. Dándole un toque vivaz a la composición. A esa catedral de sabores que con fachada de cerdo y mariscos ocultaba el rumor de una mujer exangüe servida sobre un plato.

María Ángeles Octavio (foto)

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