Archivo de la categoría: Poetas

‘Cada vez que oía pasar un avión’ de Sam Shepard

Sam-Shepard-(Sam Shepard murió el pasado 27 de julio. QEPD)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

Sam Shepard (foto)

 

‘Los 10 mandamientos del escritor’ de Vizinczey

  1. stephen-vizinczey-1No beberás ni fumarás ni te drogarás
  2. No tendrás costumbres caras
  3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir
  4. No serás vanidoso
  5. No serás modesto
  6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes
  7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
  8. No adorarás Londres / Nueva York / París
  9. Escribirás para complacerte a ti mismo
  10. Serás difícil de complacer.

(Stephen Vizinczey (foto) ‘Verdad y mentiras de la literatura’)

Bob ‘Robert Allen Zimmerman’ Dylan

535088427LL170_MusiCares_PeHacía varios años que su nombre se barajaba entre los posibles ganadores del Nobel de Literatura. Este año no ocurrió, y lo ganó. Lo ganó “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Reconocimiento a sus altas calidades poéticas este Nobel de Literatura. Otros galardones a sus calidades: el Príncipe de Asturias en el 2007 y el Pulitzer en el 2008. 

Una de sus canción: ‘Una dura lluvia que va a caer’

Oh, ¿dónde has estado, mi querido hijo de ojos azules? / ¿dónde has estado, mi joven querido? / He tropezado con la ladera de doce brumosas montañas, / he andado y me he arrastrado en seis autopistas curvadas, / he andado en medio de siete bosques sombríos, / he estado delante de una docena de océanos muertos, / me he adentrado diez mil millas en la boca de un cementerio, / y es dura, es dura, es dura, es muy dura, / es muy dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿y qué viste, mi hijo de ojos azules? / Oh, ¿qué viste, mi joven querido? / Vi lobos salvajes alrededor de un recién nacido, / vi una autopista de diamantes que nadie usaba, / vi una rama negra goteando sangre todavía fresca, / vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban, / vi una blanca escalera cubierta de agua, / vi diez mil oradores de lenguas estaban rotas, / vi pistolas y espadas en manos de niños, / y es dura, es dura, es dura, y es muy dura, / es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y qué oíste, mi hijo de ojos azules? / ¿Y qué oíste, mi joven querido? / Oí el sonido de un trueno, que rugió sin aviso, / oí el bramar de una ola que pudiera anegar el mundo entero, / oí cien tamborileros cuyas manos ardían, / oí diez mil susurros y nadie escuchando, / oí a una persona morir de hambre, oí a mucha gente reír, / oí la canción de un poeta que moría en la cuneta, / oí el sonido de un payaso que lloraba en el callejón, / y es dura, es dura, es dura, es muy dura, / es dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿a quién encontraste, mi hijo de ojos azules? / ¿Y a quién encontraste, mi joven querido? / Encontré un niño pequeño junto a un poni muerto, / encontré un hombre blanco que paseaba un perro negro, / encontré una mujer joven cuyo cuerpo estaba ardiendo, / encontré a una chica que me dio un arco iris, / encontré a un hombre que estaba herido de amor, / encontré a otro, que estaba herido de odio; / y es dura, es dura, es dura, es muy dura, / es muy dura la lluvia que va a caer. /
¿Y ahora qué harás, mi hijo preferido? / ¿Y ahora qué harás, mi joven querido?

Voy a regresar afuera antes que la lluvia comience a caer, / caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, / donde la gente es mucha y sus manos están vacías, / donde el veneno contamina sus aguas, / donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión, / y la cara del verdugo está siempre bien escondida, / donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, / donde el negro es el color, y ninguno el número, / y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, / y lo reflejaré desde la montaña para  que todas las almas puedan verlo, / luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, / pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla, / y es dura, es dura, es dura, / es muy dura, / es muy dura la lluvia que va a caer.

https://youtu.be/-ex-m-eEKsg

‘La escritura de Dios’ de Jorge Luis Borges

jorge-luis-borgesLa cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche –entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?– soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: “No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente”.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: “Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños”. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren) El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Jorge Luis Borges (foto)

 

‘El pulpo que no murió’ de Sakutaro Hagiwara

hagiwara_sakutaroUn pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y sólo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y sólo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de horrendas escasez e insatisfacción.

Sakutaro Hagiwara (foto)

‘La mancha de humedad’ de Juana de Ibarbourou

Juana de IbarbourouHace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

–Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

–¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

–No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

–¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

–¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

Juana de Ibarbourou (foto)

50 razones para no casarse con un escritor: Elena

elena a.g.Quienes hemos escrito, emborronado, garrapateado, publicado, guardado, o los que han visto que eso se hace, gustarán lo que sigue. Lo tomé de la página del maestro Salomón Kertzman, hombre entendido en letras que compartió el texto de una Elena A.G. (foto) sobre el oficio. Ella lo puso en su blog ‘Nihil Omnis Veritas Est’, y el maestro Salomón le antepuso “Mea culpa, sin haber publicado nada”. Lo mismo podemos decir otros. El texto lo cocinó Elena A.G. a partir de otro referente a los diseñadores gráficos. Lo tituló “50 razones para no casarse con un escritor”. La genialidad es que Elena luce demasiado joven para saber tanto, porque no creo que haya tenido la experiencia de vida que se desprende de la lectura de sus líneas. Parece que lo hubiera escuchado, preguntado o investigado en otros textos. Un buen recurso, al mejor estilo de Roberto Bolaño quien escribía inspirado a partir de otros textos, o lo hacía con veladas o evidentes referencias a eso leído, como en una demostración de muchas lecturas semejante a la demostración de músculos de los muchos ejercicios de un fisiculturista. Si no brotó de su experiencia, el mérito de Elena A.G. está en haber acertado tan profunda y sutilmente, que uno siente ser visto. Ella además, puso este epígrafe de Frederic Nietzsche: “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Lo que viene muy al caso. Así que vamos ya por esas 50 razones para no casarse con un escritor:
1) Son gente muy rara.
2) Hay miles de millones de ellos en el mundo.
3) Tienen tendencias manifiestamente ególatras y siempre llevan la contraria.
4) Son unos misántropos y tienen tendencias depresivas.
5) Ganan sueldos bajos. (O ningún sueldo.)
6) No aceptan críticas, las reciben pero no las asimilan bien.
7) Se odian entre sí.
8) Sumar y restar sí, pero operaciones complejas… Buff. ¡Son de letras puras! (Aunque haga dos meses que terminaran la carrera de Arquitectura)
9) Les gusta ver los créditos completos de las películas (siempre ven películas raras que nadie conoce).
10) No te dejarán meter en casa libros de Nicholas Sparks o Stephenie Meyer. Por mucho que te gusten. Da igual.
11) Opinará sobre –criticarán– tus gustos literarios. Y los artísticos, ya de paso.
12) De todo se sacan una historia; de ese hombre que camina solo, de ese pájaro, de esa bolsa de tela en el suelo…
13) Hacen fotos de revistas y libros, hacen recortes –de revistas, ¡de un libro jamás!– los subrayan y destrozan los periódicos con tanto lápiz y rotulador. Su escritorio –o la casa entera–, termina pareciendo un basurero.
14) Nunca sabrás si sus papeles, incluso los que parecen rotos, sucios y arrugados, son realmente papeles sucios y rotos.
15) Los tirarás a la basura, montará en cólera y discutiréis.
16) Discutiréis aunque no hagas nada. Necesita el drama.
17) Idolatran a gente que nadie conoce (como Allen Ginsberg, Kyoichi Katayama, Megan Maxwell, Amelie Nothomb, Palahniuk, etc). Te pierdes entre nombres.
18) Escriben a diario y casi nunca te enseñan nada.
19) El ruido de las teclas es insoportable.
20) Toman demasiado café. /Fuman demasiado. /Beben demasiado. El presupuesto se dispara y la cosa no está para fiestas.
21) Odian los best-seller. Aman la novela de autor. Cuestión de principios. Tú no entiendes la diferencia más allá del precio que marca la etiqueta.
22) Cargan con cinco cuadernos, seis libretas y siete bolígrafos distintos allá dónde vayan.
23) Siempre tienen restos de tinta en las manos.
24) No duermen mucho. La luz del día les pone de mal humor.
25) Son unos bohemios.
26) Si te preguntan “¿qué te ha parecido?” y les contestas “está bien” o “es bonito”, montan en cólera.
27) “No entiendo el final”, tampoco es aceptable. Hay que entender el final.
28) Todo lo convierten en algo distinto a lo que en realidad es: la vida es una metáfora.
29) La vida es una página en blanco.
30) Pasarán días sin cambiarse de ropa; todo el día creando. Están ocupados.
31) Odian Excel. Odian la televisión. Odian la estupidez. Odian no ser comprendidos. Odian el odio gratuito. Odian muchas cosas.
32) Cuando no escriben, leen. Apenas tendrá tiempo para ti, mucho menos, vida social.
33) Quieren salvar al mundo con su próximo relato o novela.
34) Son freaks y algo infantiles.
35) Siempre serán más cultos que tú o tus amigos, sobre todo, mucho más que tus amigos. Ellos no comprenden la belleza tras Snuff, de Chuck Palahniuck.
36) Ven documentales y van a museos.
37) Siempre están informados de todo a toda hora.
38) Aman los jerseys gigantes, las bufandas, los sombreros. Da igual que fueran de sus abuelos y huelan a naftalina. Son un in en su armario.
39) Les gusta la música, pero rara, y no “indie”, “dream pop” y etc, sino música rara de verdad, música que el resto de la humanidad no conoce.
40) Tienen sus chistes propios y jamás, jamás alcanzarás a entenderlos.
41) Les gustan las camisetas con estampados raros y con chistes, si pueden ser de esos suyos que sólo ellos entienden, mejor.
42) Tienen sus propias tiendas con mercancía selecta para escritores a precios desorbitados que nunca podrán comprar hasta que vendan su primera novela.
43) Quieren gastar todo su sueldo en las papelerías de La Central o La Fnac.
44) En el metro lo pasan bomba, eligen a sujetos aleatorios y experimentan con ellos en su cabeza.
45) Torturan a los camareros de las cafeterías pasando largas horas allí para escribir con tan sólo una consumición.
46) Su obra siempre será mejor que la del resto. No lo dicen, pero lo piensan fuerte.
47) Pasan más tiempo corrigiendo lo escrito que, en realidad, escribiendo. Sabrás que está en esas porque oirás suspiros, bufidos y un constante rechinar de dientes. Puede que también maldiciones tipo sacre bleu.
48) Llevan una doble vida que les tortura profundamente: la de escritor y la de informático/cajero del día/publicista/dependienta del bershka/equis.
49) Siempre tienen sueño porque trabajan todo el tiempo, más que ningún otro ser humano, si le preguntas a él.
50) Su carácter y estado de ánimo dependerá proporcionalmente a la cantidad y calidad de lo que hayan escrito durante el día.
Elena A.G. firmó: Con amor 🙂