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‘García Márquez y la política’ de Carlos Peña

carlos peñaLa muerte de García Márquez –cultivó con esmero los vínculos hacia el régimen cubano, sin nunca emplear su imaginación esplendorosa para tejer una crítica– permite plantear una pregunta: ¿Pesa sobre los escritores alguna especial responsabilidad política? ¿Puede reprochárseles sus tomas de posición?

Por supuesto, no hay nada raro en que un escritor posea y ejercite una firme y clara posición política. André Malraux fue ministro de De Gaulle; Valclav Havel presidió la República Checa; Mario Vargas Llosa impulsó el Movimiento Libertad y fue candidato presidencial; Jorge Edwards participó activamente contra la dictadura de Pinochet, y así.

No, no hay nada raro en que un escritor de ficciones y de ensayos sea políticamente activo. Lo raro –es el caso de García Márquez– es que se transforme en defensor de una dictadura que anega todos los derechos de los que él gozaba como escritor.

En esa rareza García Márquez no está solo. Sartre, el más conspicuo de todos, echó mano a sus tesoros de inteligencia e imaginación dialéctica para defender a Stalin; Neruda le cantó loas; Drieu La Rochelle se declaró fascista y apoyó el gobierno de Petain; Pound fue admirador de Mussolini.

Hay, hasta cierto punto, una inconsistencia en esos escritores, de derecha y de izquierda, que ejercitan las libertades para dar rienda suelta a su imaginación y a su talento, exorcizar sus fantasmas y despertar los sueños dormidos de sus lectores; pero que al mismo tiempo callan cualquier crítica, apoyan a los regímenes que las niegan y omiten cualquier palabra que pudiera incomodarlos. Al escribir, dar conferencias, publicar y echar ácido crítico contra las sociedades en las que viven y fructifican, muestran el valor y los frutos que la libertad hace posibles; pero al adoptar posiciones políticas a favor de regímenes dictatoriales niegan las condiciones de posibilidad de su propia existencia como escritores. Se trata, no cabe duda, de una perfecta contradicción performativa: ejercitan en su vida un oficio espléndido cuyas condiciones de posibilidad, al adherir y defender a regímenes dictatoriales, niegan.

Es esa contradicción la que torna tan rara la situación de un autor como García Márquez, cuya imaginación prodigiosa y talento inhumano debió ser (pero no lo fue) alérgica a cualquier forma de dictadura, más no fuera por el hecho que para quien imaginó Macondo cualquier realidad real, más todavía la cubana, debió parecerle (pero no fue el caso) algo que estaba muy lejos de lo que él consideraría apetecible y deseable.

Se dirá, por supuesto, que algo así es injusto porque escritores como García Márquez –cuya genialidad inhumana que a veces emociona hasta las lágrimas, está más allá de toda duda– preferían hacer sus críticas e influir en privado, echando mano a sus canales de influencia, los mismos que se verían perjudicados si, alzando la voz, manifestaran sus críticas. Pero se trata de una excusa más o menos pueril. Porque nadie habría aceptado que García Márquez viajara periódicamente a Chile en la época de la dictadura, se reuniera con Pinochet, se dejara alojar en una casa presidencial o algo semejante, y callara cualquier crítica a la forma en que esa dictadura anegaba las libertades y violaba los derechos humanos y tampoco nadie habría aceptado que, cuando algo así se le reprochara, pretendiera que lo hacía porque las críticas sigilosas y privadas eran más eficientes que el escándalo público.

A favor de García Márquez habría que decir que no fue el único que se dejó hipnotizar insensatamente por Cuba. Incluso Bertrand Russell, cuya agudeza crítica y talento matemático no dejaba títere con cabeza, dejó, hacia el final de sus días, que lo hicieran firmar declaraciones a favor de la revolución cubana declarando que allí despuntaba una aurora. Pero cuando lo hizo Russell ya estaba viejo y su alerta habitual adormecida. El suyo fue más bien un acto senil. No fue el caso de García Márquez que mientras escribía El otoño del Patriarca y soñaba con los gallinazos que inundaban la casa presidencial, se metían por los balcones y destrozaban a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removían con sus alas el tiempo estancado en el interior, visitaba a ese otro Patriarca de la isla y, sin asomos de duda, se fotografiaba con él.

Carlos Peña (foto)

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‘Antepasados’ de Manuel Mejía Vallejo

manuel mejía vallejoLos contados viajeros que atraviesan el páramo hablan de un pueblo fantasma. Entre largos silencios, frente al fuego que da calor a su fatiga y su asombro, tratan de hilar una historia de sueño y pesadilla. Al narrar, ellos mismos parecen habitantes de aquel pueblo fantasma.

–Hacía tanto frío, que era necesario recordar intensamente un buen tiempo de calor para contrarrestar las heladas.

Si llamaban:

–¡Sol!,

la palabra sol apenas alumbraba un trecho del camino más cercano a la voz y nunca llegaba a producir sombra ni tibieza. Porque no había calor. El calor era nostalgia de un sol que, según leyenda callada, existió un tiempo sobre los eriales ateridos.

–Había tanta deshabitación, que sus habitantes, alejados, tenían que concentrarse en el recuerdo de otros seres para no morir de soledad.

Si llamaban:

–¡Roberto!,
la palabra no lograba traer claramente la figura. De cuando en cuando una silueta borrada era la sola respuesta. Porque no había presencias, y el llamado invocaba únicamente vacíos: en el sueño, en el recuerdo de lo jamás sucedido, en el eco dormido de la propia voz.

–Había tan pocas alas en el aire, que si alguna se atrevía contra el viento, los suyos eran aletazos de protesta.

Si llamaban:

–¡Pájaro!,
moría un silbo en las vertientes apeñuscadas, en forma de despedida. Porque no había pájaros. Sólo en sus recuerdos cruzaban dos o tres, grises y torpes, incómodo el vuelo en esos recuerdos desesperados. –Había tal escasez de agua, que debían calmar sus sedes en la evocación de arroyo distante.

Si llamaban:

–¡Arroyo!,
la palabra se iba humedeciendo en un camino de bruma y arena. Allí acababan las sílabas, sin llegar nunca a ser lo que nombraban. Porque el agua era presencia de la sed, rumor de corrientes ajenas sobre rocas en espera inútil. Algunas ausencias de peces saltaban con chapoteos de aire seco.

–Había tanto silencio, que trataban de inventar canciones traídas por la memoria. Pero nadie sabía cantar, porque también su voz se hizo para el silencio.

Si llamaban:

–¡Canción!,

apenas si un leve llanto escondido parecía temblar entre los chamizales. Porque tampoco había voces. Callar fue otra manera de hablar a voz en cuello, sin posibilidad de silenciosos respondedores.

–No había árboles. El viento y las arenas volantes convirtieron en muñones lo que pudo ser ramazones al cielo.

Si llamaban:

–¡Árbol!,

caían de ninguna parte hojas secas, sabedoras únicamente del vuelo de su caída.

–No había flores. Cada botón era fracaso último de últimos ensayos por florecer. Cada hoja tenía fuerza suficiente para alargar su agonía.

Si llamaban:

–¡Flor!,
un rubor se insinuaba al extremo de un tallo nacido para morir, porque el viento arenoso desteñía la posibilidad de cáliz o pétalo.

Así, poco a poco los habitantes fueron desapareciendo de frío, de soledad, de sed, de silencio, y las palabras se confundían, desamparadas en el paisaje.

Sólo un sobreviviente alcanzó a experimentar las primeras sensaciones de calor, de compañía, de aguas abundantes, de pájaros, de voces y baladas amigas.

Al morir supo que en adelante existiría esa región creada por la angustia, por el recuerdo apretado, por la sed y la muerte. Sobre su roca hizo desgonzar una esperanza última al entrever un sitio amable fabricado a lo largo de tantas invocaciones desgarradas. Alcanzó a escuchar la fuga del silencio, el sonar de un arroyo que brotaba entre las rocas del páramo, la suave caída de un sol que entibiaba silbos recién llegados y grupos de jóvenes cantando canciones primeras.

Así se formó aquel extraño lugar. Los contados viajeros que logran atravesar el páramo hablan de sombras y luces y árboles y personas y animales soñados por una gran desesperanza.

Manuel Mejía Vallejo (foto)

Luto por las muertes de Gabo y Cheo Feliciano

ggmGabo.Los siguientes párrafos son un homenaje al escritor colombiano Gabriel García Márquez (foto), muerto en México este jueves a los 87 años de edad. Lo que dicen identifica el sueño de todos los utópicos destinados a escribir con distinta suerte, en tanto rinden homenaje a la literatura y la ponen en su dimensión humana. Son párrafos del propio Gabriel García Márquez, dichos en la parte final de su discurso al momento de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1982:

(…) “Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

“Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias”.

Cheo Feliciano. También este jueves murió a los 78 años en Puerto Rico, en un accidente automovilístico, cheo falicianoCheo Feliciano (foto), un clásico de la salsa en vida. Con ‘Amada mía’, una de sus canciones históricas, le rendo homenaje al querido anacaona: http://youtu.be/v5ukEUaZekA

‘Una casita de campo’ de Émile Zola

émile zolaLa tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que exhalan un vago olor a moho; al fondo, en una oscuridad y un silencio solemne, se encuentra el mostrador. La luz del día y el ruido de la vida se niegan a entrar en aquel sepulcro.

La villa del sombrerero Gobichon, situada en Arcueil, es una casa de una sola planta, plana, construida en yeso; delante de la vivienda hay un estrecho huerto cercado por una pared baja. En medio se encuentra un estanque que no ha contenido agua jamás; por aquí y por allá se yerguen algunos árboles tísicos que no han tenido nunca hojas. La casa es de un blanco crudo, el huerto es de gris sucio. El Bièvre corre a cincuenta pasos arrastrando hedores; en el horizonte se ven buhedos, escombros, campos devastados, canteras abiertas y abandonadas, todo un paisaje de desolación y miseria.

Desde hace tres años, Gobichon tiene la inefable felicidad de cambiar cada domingo la oscuridad de su tienda por el sol ardiente de su casita rural, el aire del desagüe de su calle por el aire nauseabundo del Bièvre.

Durante treinta años había acariciado el insensato sueño de vivir en el campo, de poseer tierras en las que construir el castillo de sus sueños. Lo sacrificó todo para hacer realidad su capricho de gran señor; se impuso las más duras privaciones; lo vieron a lo largo de treinta años, privarse de un polvo de tabaco o una taza de café, acumulando una perra gorda tras otra. Hoy ya ha colmado su pasión. Vive un día de cada siete en intimidad con el polvo y los guijarros. Podrá morir contento.

Cada sábado, la salida es solemne. Cuando el tiempo es bueno, se hace el trayecto a pie, así se goza de las bellezas de la naturaleza. La tienda queda al cuidado de un viejo dependiente encargado de decir al cliente que se presente: “El señor y la señora están en su villa de Arcueil”.

El señor y la señora, equipados como para ir a la guerra, cargados de cestos, van a buscar al internado al joven Gobichon, un chaval de unos doce años, que ve con terror cómo sus padres se dirigen hacia el Bièvre. Y durante el trayecto, el padre, grave y feliz, trata de inspirarle a su hijo el amor por el campo disertando acerca de las coles y los nabos.

Llegan y se acuestan. Al día siguiente, desde el alba, Gobichon se pone su ropa de campesino; está firmemente decidido a cultivar sus tierras; cava, azadonea, planta, siembra durante todo el día. No crece nada; el suelo, formado de arena y cascotes, se niega a producir cualquier tipo de vegetación. No por ello deja el rudo trabajador de secarse con satisfacción el sudor que inunda su rostro. Mirando los hoyos que acaba de abrir, se detiene orgulloso y llama a su mujer:

–¡Señora Gobichon, venga a ver esto! –grita–. ¡Mire qué hoyos! ¡Éstos si son profundos!
La buena mujer se queda extasiada mirando la profundidad de los hoyos. El año pasado, por un extraño e inexplicable fenómeno, una lechuga, una lechuga romana alta como la mano, roída y de un amarillo sucio, tuvo el singular capricho de crecer en un rincón del huerto. Gobichon invitó a treinta personas a cenar para celebrar aquella lechuga.

Pasa la jornada entera al sol, cegado por la luz intensa, asfixiado por el polvo. A su lado se encuentra su esposa que lleva la abnegación hasta el sofoco. El joven Gobichon busca desesperadamente los delgados hilillos de sombra que forman los muros.

Por la tarde, toda la familia se sienta junto al estanque vacío y goza en paz de los encantos de la naturaleza. Las fábricas de los alrededores lanzan una negra humareda; las locomotoras pasan silbando, llevando toda una masa endomingada y ruidosa; los horizontes se extienden, devastados, más tristes aún por el eco de esas carcajadas que regresan a París para una larga semana. Y, mezclados con la fetidez del Bièvre, los olores de fritura y de polvo pasan por el aire pesado.

Gobichon, enternecido, contempla religiosamente cómo surge la luna entre dos chimeneas.

Émile Zola (foto)

‘Pimienta’ de Naguib Mahfuz

naguib-mahfuzEn el café “La Felicidad” hay muchas cosas interesantes. Una de ellas, Pimienta, un chico de doce años o poco más. Su verdadero nombre es Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Está en el café desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren fumar un narguilé.

Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero éste está especialmente bien puesto: el muchacho es vivo, ágil, acude como una avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarlo. No para en todo el tiempo de moverse ni de hablar.

Trabaja allí desde hace un año por una piastra al día, además de su narguilé, y una taza de té por la mañana y otra después de la comida. Con esto está más que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; así que, como él dice: “Yo, feliz y contento”.

No por eso cree que está todo hecho. Su meta inmediata está en el día en que el patrón lo autorice a llenar y servir los narguilés, trabajo que supone el ascenso de “chico” a “mozo”… después… ¡Quién puede predecir adónde llegará!

Consecuente con su ambición, ejercita sin parar sus cuerdas vocales, voceando las consumiciones. Y es que en un café popular una buena garganta es tan importante como en una academia de canto.

Una de las cosas que más le gustan a Pimienta del café “La Felicidad” es la tertulia de estudiantes que se reúne allí las tardes de los días de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincón. Charlan. Juegan al chaquete. Beben té y jengibre. Son gentes del pueblo, pobres, igual que los demás clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque alguno siga llevando calzado de madera.

Se reúnen a pasar el rato. Mientras sorben su té o su jengibre, uno cualquiera de ellos lee en alto un periódico vespertino. Los otros lo escuchan. A continuación se lanzan a comentarlo y discutirlo larga y apasionadamente.

Una tarde Pimienta entendió por primera vez lo que decían, y se llevó una gran alegría. Acababan de leer, entre otras cosas, la noticia del juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupción.

Automáticamente se encendieron los comentarios…

–¡Este ha caído en manos de la ley por casualidad! ¡Hay otros muchos que deberían estar en la cárcel, pero la justicia hace la vista gorda!

…y fueron haciéndose más directos y menos contenidos:

–El mal no está sólo en los funcionarios; hay otros… ya me entienden, peores y todavía más canallas. ¡En este país, si estuviera bien equilibrada la balanza de la Justicia, estarían llenas las cárceles y vacíos los palacios!

Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de sí:

–Fíjense en Fulano, sin ir más lejos… ¿saben cómo ha amasado su inmensa fortuna?… (y acto seguido enumeraban los atropellos y los robos con que había conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que parecía estar contándolo el propio secretario o administrador del interesado).

No dejaron de hacer la disección de ningún personaje importante. Las vidas se interpretaban a gusto del consumidor. Se barajaban defectos. La frase que servía de trampolín era:

–¿Y saben cómo ha amasado su fortuna Fulano?…

Todo lo demás salía después.

Uno de ellos concluyó, furibundo:

–¡En este país el robo está permitido!

Pimienta entendió la frase sin dificultad, aunque había sido dicha en lengua culta. Le gustó. Una pasión enterrada revivió en su interior: ¡Qué bien suena eso de que éste es un país de ladrones! ¡Caramba, de modo que el robo está permitido aquí! Pimienta… lleva lo de robar en la sangre; ha sido criado a pechos del robo. Es a lo que está acostumbrado desde la cuna: su madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedica en los ratos libres a “encontrar” alguna que otra gallina “perdida”, y su padre, el tío Sanqar, vendedor ambulante de cacahuetes, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir el bulto. A pesar de todas estas “ayudas”, la familia no prospera.

Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta. Cuando volvió a su casa, mejor dicho a la habitación donde vivían todos, encontró a su madre levantada todavía, preocupada y desconsolada, rodeada de sus hijas, llorosas. El chico se asustó al encontrarse con aquello. Antes de darle tiempo a preguntar, su madre le explicó: “Un policía se ha llevado a tu padre”. Pimienta comprendió la situación. Se acercó a su hermana mayor, y ésta le dijo algo más: que lo habían denunciado por robar unas camisas y unos calzones, y que se lo habían llevado a la comisaría. Después de un momento de silencio añadió que, por lo menos, tenía cárcel para unos cuantos meses, o quizá años.

Pimienta no veía a su padre casi nunca: por la noche ya estaba dormido cuando éste volvía de sus vagabundeos, y por la mañana salía para el café antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto, contagiado por el ambiente, se puso triste y lloró.

De pronto recordó lo que había oído por la tarde y se acercó a contárselo a su madre:… que el país estaba lleno de ladrones, y que el robo era legal… La mujer no estaba para fantasías; lo apartó, le chilló agriamente que se callara, y acabó pegándole una bofetada.

Al despertar a la mañana siguiente, Pimienta había olvidado el día anterior; como si hubiese nacido de nuevo. Se fue para el café, con su paso rápido, sin distraerse.

No era la primera vez que metían a su padre en la cárcel.

Naguib Mahfuz (foto)

‘Réquiem con tostadas’ de Mario Benedetti

mario benedettiSí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce, aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No crea que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchado de tanto llorar.

Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía, pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo levantábamos y lo llevábamos hasta la cama.

Era pesadísimo, y además aquello era como levantar a un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo, pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como si ella fuese la única culpable.

Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata.

Yo creo que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de medianoche, con un olor a grapa que apestaba.

En los últimos tiempos todavía era peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro. Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada, claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía miedo, no sólo por mí y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y la moliera a golpes.

Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero creo que nunca podré decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa que no era suya, y por un castigo que no se merecía.

Usted a lo mejor se dio cuenta, pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi padre, creo, y eso era para mí lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre, consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo. En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie. Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla. Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de su sonrisa? Yo sí me acuerdo.

A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran.

Usted la quería ¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba, a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuánto tiempo estará preso.

Al principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a Miquelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece? Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece.

Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato, cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.

Mario Benedetti (foto)

‘La metamorfosis’ en ‘Cien años de soledad’

franz kafkaAconsejan los maestros a releer a los maestros. Mucho antes de morir, en una ocasión en que fue entrevistado, Jorge Luis Borges dijo que prefería releer los clásicos. Y lo daba como consejo. Creo que mucha sabiduría está ahí.

Movido por esta máxima, que trato de aplicar sin desoír mi curiosidad por autores desconocidos, tomé otra vez ‘La metamorfosis’ de Franz Kafka (foto). Cuando iba en la página seis de mi edición (Colección Escolar, Sociedad Comercial y Editorial Santiago Limitada, 2001) donde dice: “Apartar la colcha era casi imposible. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía ahora innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas”…; eso leía, cuando algo me hizo volver al comienzo.

Volví para leer: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Y al leer esta primera frase, hubo una conexión en mi memoria. Después de un rato de releer la frase, lo recordé con claridad: era la primera frase de ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez.

No es un secreto la epifanía que tocó a García Márquez cuando leyó esa primera frase de ‘La metamorfosis’ de Kafka. Tanto, que él mismo lo recordó en muchas de las entrevistas que le hicieron después de ganar el Nobel de Literatura en 1982. Dijo que había quedado alelado por varios minutos. La leía y leía y el encantamiento no pasaba. “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. ¿Cómo era posible escribir algo tan maravilloso, tan mágico?, dijo que se dijo García Márquez.

Creo que el impacto fue tal, que solo pudo sentarse a escribir ‘Cien años de soledad’ cuando resolvió cómo escribir la primera frase. Esto también lo contó: que cuando tuvo la primera frase en mente dio vuelta en el auto en el que iba a veranear con su esposa Mercedes Barcha y su hijo Rodrigo, y no se volvió a parar de la mesa de trabajo sino 18 meses después para enviarle por pedazos, “como quien corta carne”, el manuscrito a Editorial Sudamericana en Buenos Aires.

El ritmo, la musicalidad, la atmósfera que crea la frase de Kafka es la misma de la primera frase de ‘Cien años de soledad’. Escúchenla: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y ahora a Kafka: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Esta es una de esas cosas que se le quedan pegadas a uno, y las hace suyas sin advertir conscientemente el antecedente que la creó. No hablo de copia, y menos de plagio, sino de influjo. Del realismo mágico de ‘La metamorfosis’ con que está impregnada ‘Cien años de soledad’, y entonces de la lectura de Kafka tiene mucho García Márquez.  Praga, a través del tiempo, tocó a Aracataca.