‘Trenzas’ de María Luisa Bombal

maria luisa bombalPorque día tras día los orgullosos humanos que ahora somos tendemos a desprendemos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.

Positivas, ignoran al desprenderse de éstas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la Tierra.

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso: desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.

¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacía su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto… el canto natural de aquella cabellera.

Y sé, y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro…, y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer.

Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.

Trenzas que al inclinarse prudentes un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del rey…, su marido.

Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego, estremecido y dejando por fin hablar su corazón… Melisanda, murmura…, tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme en ellas.

Por respuesta, sólo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo esa verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.

¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María, de Jorge Isaacs! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.

Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja.

Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.

La octava mujer de Barba Azul… ¿La habéis olvidado? Y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje copiara a su traviesa esposa las llaves de acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.

De más está explicar que durante esa bien venida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.

Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así, pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre éstas, aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no sólo mohosa…, sino además tinta en sangre.

-Vos, señora, me habéis traicionado -rugió-; no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.

Dicho esto, desenvainó su espada…

¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se están preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna…

-¡Sí que la tiene! -respondo con fuerza-. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio, para su hermana.

Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.

No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.

Fueron sus trenzas y nada más que sus complicadamente peinadas en ciento y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que frenaron y entrabaron sus dedos criminales, enrredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.

Así, pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando ésa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.

“Era muy pálida, así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga, describe Balzac a una de sus enigmáticas heroínas.

Y no era un capricho verbal.

Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la Tierra.

Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afición suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros.

¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen, lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos.

Dos hermanas.

Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios.

La hermana mayor, marchita ya desde muy joven, recortase el pelo, vistió poncho de vicuña, y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retiróse al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona… nadie sabe por que.

La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo, aunque igualmente frágil de salud.

También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida.

Sí. Era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente.

Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: “¡Incendio!”

Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada, aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad…, con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.

Entretanto, en la ciudad, la hermana menor, de vuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.

Sus festejantes dos, sus servidores dormidos y ella por primera vez sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.

En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, éste ardiente y acre, barría en contra de ellos bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.

Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!

La Amazona permanecía sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes.

El bosque ardía sin ruido, y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, ennegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar…, pemitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez…

Ese enorme avellano consumiéndose…, ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?

Y tras aquel gigantesco tronco…, árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías…, y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad…, y aquel eucalipto del que se abrazara -jovencita- llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca…, nunca…

Allá en la ciudad despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana -la que se atrevió siempre a amar-, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte…, pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.

Y de pronto, allá abajo en el fundo, fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semi asfixiados.

Del manso bosque en ruinas empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio.

Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.

Luego escombros, cenizas y silencio.

Cuando en la ciudad vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho, tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.

El médico aseguró que había agonizado la noche entera.

Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.

Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza; son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.

Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones ni goces absurdos ni poder magnético.

Y sus sueños no son ahora sino una triste marca que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.

María Luisa Bombal (foto)

 

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El papa Francisco

Debo confesar que la visita del papa Francisco me dejo un gusto amargo. Porque en realidad no hubo nada constructivo que recordar. No se me viene a la mente una sola frase interesante que haya dicho, digna de repetir. Díganme una, por favor. Admito que, quizás, mi visión esté sesgada. No sé si para la ‘zurda’, como el papa les dijo de los habitantes de Osorno (“tontos”, que se dejan influenciar “por zurdos”) cuando un turista le reclamó, informalmente, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, a propósito del recientemente nombrado obispo Juan Barros. Porque, justamente, la presencia de este señor, Juan Barros, fue lo que empañó la visita del papa. Una presencia provocadora, en todas partes. Y Barros es alguien que está mencionado en investigaciones civiles y eclesiásticas, como “encubridor del abusador sexual de niños Fernando Karadima”. Barros fue quien, en aquellos tiempos, desapareció, como cercano al delincuente Karadima, cualquier queja o reclamo contra este degenerado. Es lo que afirman José Andrés Murillo, James Hamilton y Juan Carlos Cruz. La causa contra el abusador de niños Fernando Karadima, también la conoció y desvió, y se la jugó por ocultarla, el actual arzobispo Ricardo Ezati. Esa causa llegó al Vaticano, y el papa Francisco se negó a responder una solicitud de la Corte Suprema de Justicia de Chile. De modo que el papa estaba al tanto, y no cabía que dijera ahora que “muéstrenme una prueba”, o “esas son calumnias contra el obispo Juan Barros”. Con todo respeto, pero le creo más a Cruz, Hamilton y Murillo, que a Jorge Bergoglio, el papa Francisco. Y lo más ofensivo, me pareció, el beso que le dio el papa en la mejilla derecha a Juan Barros, antes de partir a Perú. Un mal sabor me dejó la visita del papa. Un sabor amargo.

‘Mujeres desesperadas’ de Samantha Schweblin

samanta-schweblin-5Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

-No vuelven -dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

-La ruta es una mierda -dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

-¿Y qué? ¿Vas a esperarlo? -dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

-Nené -dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

-Mirá -dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta -pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

-¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

-Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta-. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

-Hola… ¿Te llamabas…?

-Fe, li… -trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase -cidad.

-No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

-No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

-No puedo creer, que él… -respira- que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

-¿Desconsiderada! -le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

-Espere -Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

-Callate -dice-. ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

-Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

-Bueno, ¿y? ¿Lo sentís? -mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

-Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

-Lloran… -dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

-Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

-¿Y a todas las dejan?

–¡Y todas lloran! -dice Nené.

Entonces gritan:

-¡Psicótica!

-¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

-¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

-¿Y qué hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

-¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

-¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

-Vení, dale. A ver cuánto te dura esta nueva amiguita…

-¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

-¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

-¡Déjenla en paz! -dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

-Hay… Que miedo… -dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…

-Yo no soy compañerita de nadie -dice Felicidad- sólo trato de ayudar…

-Ay… Solo trata de ayudar…

-¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

-¡Por qué es una morsa flaca!

-No, la dejaron porque… -se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito… -vuelven a reírse. Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

-¡Por qué no se callan, cotorras! -grita Nené.

-¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.
-¿Cuántas son…? -pregunta.

-Muchas -dice Nené- demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

-¿Qué hacemos? -insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

-No se te ocurra llorar -le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

-Si para nos subimos -grita Nené.

-¿Qué?

Ya están cerca del baño.

-Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

-¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir! -dice Nené mientras forcejea la puerta.

-Si se quiere bajar dejála -dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

-¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

-¡Abrí, tarada! -Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

-¡Vuelven! -dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

-¡Son ellos! -dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

-No -dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.

Samantha Schweblin (foto)

 

‘Lucero’ de Óscar Castro

Óscar CastroRecortadas unas sobre otras, las cresterías de la cordillera barajan sus naipes pétreos hasta donde la mirada de Rubén Olmos puede alcanzar. Cumbres albísimas, azules hondonadas, contrafuertes dentados, enhiestas puntillas van surgiendo ante su vista siempre cambiantes, cada vez más difíciles al paso a medida que asciende. Antes de iniciar un repecho demasiado fatigoso, el viajero decide conceder un descanso a su cabalgadura, que resopla ya como un fuelle. Y cuando se ha detenido, cruza su pierna izquierda por encima de la montura y despeña su mirada hacia el valle.

Primero le salta a la pupila el espejeo del río, que alarga con desgano su caprichoso serpenteo por entre pastizales y sembrados. Pasan luego sus ojos por sobre los cuadriláteros de unos cuantos potreros y busca el pueblo de donde partiera en la mañana. Allí está, escaparate de juguetería, con sus casas enanas y los tajos oscuros de sus valles. Algunas planchas de zinc devuelven el reflejo solar, tajeando el aire con plateado y violento resplandor.

Con un aleteo de párpados, Rubén Olmos borra la imagen del valle y examina a su cabalgadura, cuyos mojados ijares se contraen y elevan en rítmico movimiento.

–¿T’estay poniendo viejo, Lucero? –interroga con tono cariñoso. Y el animal gira su cabeza negra, que tiene una mancha blanca –plagio de una estrella– en la frente, como si comprendiera.

–Güeno, también es cierto que harto habís trabajao; pero te quean años de viajes, toavía. Por lo menos, mientras la cordillera no se bote a mairastra…

Torna a mirar la mole andina, familiar y amiga para él y Lucero; no en balde la han atravesado durante once años. Rubén Olmos, encandilado un poco por la llamarada blanca del sol en la nieve, piensa en sus compañeros de viaje y en la ventaja que le llevan. Pero no le concede importancia al detalle: está cierto de darles alcance antes de que anochezca.

–Siempre que vos me acompañís; la’e no vamos a tener que alojar solitos –manifiesta al caballo, completando su pensamiento.

Rubén Olmos es baqueano antiguo. Aprendió la difícil ciencia junto a su padre, que desde niño lo llevó tras él por entre peñascales y barrancos, pese a sus rebeliones y a la desconfianza que le inspiró al comienzo la cordillera. Cuando el viejo murió –tranquilamente en su cama–, el patrón de la hacienda lo designó a él como reemplazante. Cruzó por lo menos cien veces esta barrera, que al principio se le antojara inexpugnable, y trajo arreos numerosos de ganado cuyano, siempre en buenas relaciones con la fortuna.

Eligió a Lucero cuando éste era todavía un potrillo retozón y él mismo tuvo a su cargo la tarea de domarlo. Desde entonces nunca quiso aceptar otra cabalgadura, a pesar de que su patrón le regaló dos bestias más, de mayor empuje al parecer, y de superiores condiciones. Este caballo ha sido para él una especie de mascota a la que se aferró la superstición de su vida siempre jugada al azar.

El baqueano, habituado a la lucha épica contra los elementos, antes que por las hembras se apasionó por el peligro. Con instintiva sabiduría puso su devoción en un bruto, presintiendo quizás que de él no podía esperar desaires ni traiciones. Si un día le dieran a elegir entre la vida de su hermano y la de Lucero, vacilaría un rato antes de decidirse. Porque el animal, más que un vehículo, significó desde el comienzo un amigo para él. Fue algo así como la prolongación de sí mismo, como la vibración de sus músculos continuando en los tendones de Lucero.

Rubén Olmos nació con la carne tallada en dura sustancia. Sintió la vida en oleadas galopándole las rutas de su ser. Arriba de un caballo fue siempre el que conduce, no el que se deja llevar. Y esta fuerza pidió espacio para vaciarse; ninguno pudo resultarle más propicio ni más adaptado a sus medios que la tumultuosa crestería de los Andes.

Mirado sin atención, el baqueano es un hombre como todos. A lo sumo, da sensación de confianza en sí mismo. Debajo de su piel cobriza y de su nariz achatada asoma la evocación de algún indio, su antepasado. Su risa no tiene resplandores; se le oscurece en los ojos y, a lo más, blanquea en la punta de sus dientes. Apacentador de soledades, aprendió de ellas el silencio y la profundidad. Con Lucero se entiende mejor que con los humanos. Será porque el caballo no responde. O porque dice siempre que sí con sus ojos tiernos y húmedos. ¡Vaya uno a saber…!

–Güeno, ahora vamos andando.

Asentados sus cascos en cualquier hendedura, el caballo enfila en dirección al cielo. El jinete, inclinado hacia adelante, lleva el compás del balanceo. Ruedan piedrecillas hacia las profundidades y tintinean las argollas del freno. Y Lucero, tac–tac–tac, arriba, por fin, a la cima, tras caminar un cuarto de hora.

En la altura, el viento es más persistente, más cargado de agujas frías. Resbala por la cara del baqueano. Busca cualquier hueco de la manta para clavar su diente. Sin embargo, la costumbre inmuniza al hombre de su ataque. Y por más que el soplo insiste, no consigue inmutarlo.

Traspuestas unas cuantas cadenas de montañas, ya no se divisa el valle. Hay cerros hacia donde se vuelve la mirada. Y arriba, un cielo frágil, puro, más azul que el frío del viento, manchado apenas por el vuelo de un águila, señora de ese predio inabarcable.

La soledad de la altura es tan ancha, tan diáfanamente desamparada, que el viajero siente a veces la leve sensación de ahogarse en el viento, como si se hallara en el fondo de un agua infinitamente liviana. Pero el hombre no tiene tiempo de admirar las perspectivas magníficas del paisaje. Ni esta atmósfera que parece una burbuja translúcida; ni el verde rotundo y orquestal de las plantas; sin la sinfonía de pájaros e insectos que ascienden en flechas finas hacia la altura, dicen nada a su espíritu tallado en oscuras sustancias de esfuerzo y decisión.

Desde una puntilla que resalta por sobre sus vecinas, Rubén Olmos explora el sendero con la esperanza de divisar a quienes lo preceden. Pero la mirada vuelve vacía de este peregrinaje. El hombre arruga la boca. Sus cuatro compañeros, que partieron de la hacienda una hora antes que él, le han tomado mucha ventaja. Tendrá que forzar a su pingo.

A su paso van surgiendo lugares conocidos: La Cueva del León, la Puntilla del Cóndor; la Quebrada Negra. “-Mis compañeros pueen tar esperándome en el Refugio ‘el Arriero” -piensa, y aprieta las espuelas en las costillas de Lucero.

El sendero es apenas una huella imprecisa, en la cual podrían extraviarse otros ojos menos experimentados que los suyos. Pero Rubén Olmos no puede engañarse. Este surco anémico por donde transita, es una calle abierta y ancha que conduce a un fin: la tierra cuyana.

A medida que asciende, la vegetación cambia de tono. Se hace más dura y retorcida para resistir los embates de las tormentas. Espinos, romerillos, quiscos filudos, ponen brochazos nocturnos en el albor de la nieve. La soledad comienza a tornarse cada vez más blanca y honda, revistiéndose de una majestuosa serenidad. El sol, ya soslayado hacia Occidente, forcejea por tamizar su calor a través del viento.

Cambia de pronto el decorado, y el caballo del baqueano desemboca en un inmenso estadio de piedra. Dos montañas enormes enfrentan sus paréntesis, encerrando un tajo cuyo fondo no se divisa. Parece que un inmenso cataclismo hubiera hendido allí la cordillera, separándola de golpe en dos.

El jinete detiene a Lucero. El Paso del Buitre ejerce una extraña fascinación en su mente. A los quince años, cuando lo atravesó por vez primera, se le ocurrió mirar hacia abajo, pese a las advertencias de su padre, y al cabo de un momento, vio que la hondonada empezaba a girar semejante a un embudo azul. Algo como una garra invisible lo tiraba hacia el abismo, y él se dejaba ir. Por fortuna, el taita advirtió el peligro y destruyó la fascinación con un grito imperioso: “-¡Güelve la cabeza, baulaque!” Desde entonces, a pesar de toda su serenidad, no se atreve a descolgar sus ojos hacia aquella profundidad insondable.

Además, el Paso del Buitre tiene su leyenda. No puede ser atravesado en Viernes Santo por un arreo de ganado sin que ocurran terribles desgracias. También su padre le advirtió este detalle, contándole, como ilustración, diversos casos en que la sima se había tragado reses y caballos de modo inexplicable.

En verdad, el paso es uno de los más impresionantes que puede presentar la cordillera. El sendero tiene allí unos ochenta centímetros de ancho: lo justo para que pueda pasar un animal entre el muro de piedra y el abismo. Un paso en falso… y hasta el Juicio Final.

Antes de aventurarse por aquella repisa suspendida quién sabe a cuántos metros del fondo, Rubén Olmos cumple escrupulosamente la consigna establecida entre los transeúntes de la cordillera: desenfunda su revólver y dispara dos tiros al aire para advertir a cualquier posible viajero que la ruta está ocupada y debe aguardar. Los estampidos expanden sus ondas por el aire diáfano. Rebotan en las peñas y vuelven, multiplicados, hasta los oídos del baqueano. Tras un momento de espera, el jinete se decide a reanudar su viaje. Lucero, asentando con precisión sus cascos en la roca, prosigue la marcha, sin notar, al parecer, el cambio de fisonomía en la ruta.

-¡Caballo lindo! -musita el hombre, resumiendo en esas palabras todo su cariño hacia el bruto.

Lo que ocurre enseguida nunca podrá olvidarlo Rubén Olmos.

Al salir de un recodo cerrado, el corazón le da un vuelco enorme. En dirección contraria, a menos de veinte pasos, viene otro hombre, cabalgando un alazán tostado. El estupor, el desconcierto y la ira se barajan en el rostro de los viajeros. Ambos, con impulso maquinal, sofrenan sus caballos. El primero en romper el angustioso silencio es el jinete del alazán. Tras una gruesa interjección, añade a gritos:

-¿Y cómo se le ocurre metes’en el camino sin avisar?…

Rubén Olmos sabe que con palabras nada remediará. Prosigue su avance hasta que las cabezas de los caballos casi se tocan. Enseguida, saca una voz tranquila y segura del fondo de su pecho:

-El que no disparó jue usté, amigo.

El otro desenfunda su revólver, y Rubén hace lo mismo con rapidez insospechada en él. Se miran un momento fijamente, y hay un chispazo de desafío en sus ojos. El desconocido tiene unas pupilas aceradas, frías, y unas facciones acusadoras de voluntad y decisión. Por su exterior, por su seguridad, parece hombre de monte, habituado al peligro. Ambos comprenden que son dignos adversarios.

Rubén Olmos se decide por fin a establecer que la razón está de su parte. Empuñando su arma con el cañón hacia el abismo, para no infundir desconfianza, extrae las balas, presentando un par de vainillas vacías.

-Aquí’stán mis dos tiros -expresa.

El desconocido lo imita, y presenta, igualmente, dos cápsulas sin plomo.

-Mala suerte, amigo; disparamos al mismo tiempo -expresa el baqueano.

-Así es, compañero. ¿Y qué hacimos ahora?

-Lo qu’es golver, no hay que pensarlo siquiera.

-Entonces, uno tiene que quearse de a pie.

-Sí, pero… ¿Cuál de los dos?

-El que la suerte diga.

Y sin mayores comentarios, el jinete del alazán extrae una moneda de su bolsillo y, colocándola sin mirarla entre sus manos unidas, dice a Rubén Olmos.

-Pida.

Hay una vacilación inmensa en el espíritu de Rubén. Aquellas dos manos unidas que tiene ante los ojos guardan el secreto de un veredicto inapelable. Poseen mayor fuerza que todas las leyes escritas por los hombres. El destino hablará por ellas con su voz inflexible y escueta. Y, como Rubén Olmos nunca se rebeló ante el mandato de lo desconocido, dice la palabra que alguien moduló en su cerebro:

-¡Cara!

El otro descubre, entonces, lentamente, la moneda, y el sol oblicuo de la tarde brilla sobre un ramo de laureles con una hoz y un martillo debajo: el baqueano ha perdido. Ni un gesto, sin embargo, acusa su derrumbe interior. Su mirada se torna dulce y lenta sobre la cabeza y el cuello de Lucero. Su mano, después, materializa la caricia que brota de su corazón. Y, finalmente, como sacudiendo la fatalidad, se deja deslizar hacia el sendero por la grupa lustrosa del caballo. Desata el fusil y el morral con provisiones que van amarrados a la montura. Quita después el envoltorio de mantas que reposa sobre el anca. Y todo ello va abriendo entre los dos hombres un silencio más hondo que el de la soledad andina.

Durante estos preparativos, el desconocido parece sufrir tanto como el perdedor. Aparentando no ver nada, trenza y destrenza los correones del rebenque. Rubén Olmos, desde el fondo de su ser, le da las gracias por tan bien mentida indiferencia. Cuando su penosa labor ha finalizado, dice al otro, con voz que conserva una indefinible y desesperada firmeza:

-¿Encontró en el camino a cuatro arrieros con dos mulas, por casualidad?

-Sí, en el refugio’staban descansando. ¿Son compañeros?

-Sí, por suerte.

Lucero, sorprendido tal vez de que se le quite la silla en tan intempestivo lugar, vuelve la cabeza y Rubén contempla por un momento sus ojos de agua mansa y nocturna. La estrella de la frente. Las orejas erguidas. Las narices nerviosas… Para decidirse de una vez, echa al aire su voz cargada de secreta pesadumbre.

-Sujete bien su bestia, amigo-el otro afirma las riendas, desviando la cabeza de su alazán hacia el cerro.

Entonces, Rubén Olmos, como quien se descuaja el corazón, palmotea nuevamente a Lucero en el cuello, y de un empellón inmenso, lo hace rodar al abismo.

Óscar Castro (foto)

 

‘Mis contrafobias’ de Juan Manuel Roca

JuanManuelRoca_fotoporGianmarcoFarfanCerdanSólo por aceptar el reto de una bella mujer que me dice que nada me gusta, me animo a registrar estas amorosas intimidades, estos guiños auto-referenciales que por lo regular evito porque es como sacar a pasear las vísceras en carretilla y porque huyo de los sentimentalismos como un vampiro lo hace de la luz.

Estoy hecho de filias y de fobias, aunque el aspecto fóbico sea el que por momentos gobierne de manera dominante mis neurosis. Por hoy le he tomado una repentina fobia a mis fobias, para poder hablar un poco de mis filias. La palabra filia viene del griego y significa “yo amo”.

Entendido así, son muchos los yo amo que puedo conjugar sin que en oposición se alboroten del todo mis resabiadas fobias. Resulta difícil amar algo, o a alguien, sin que no haya un rechazo a otros algos y a otros algunos.

Hay fobias que se truecan en filias. Por ejemplo, cuando alguien apaga, digamos, un disco de Silvio Rodríguez, yo amo más que nunca el silencio. Tengo filias que están habitadas por otras filias, como las muñecas rusas -matrioskas- que guardan adentro otras muñecas.

¡Cómo no amar un blues de James Cotton, cómo diablos no amar a una pantera negra llamada Nina Simone, a Louis Armstrong, a la trágica Billie Holliday, a Robert Johnson que era un brujo del Delta o a esa reina de la noche llamada Big Mama Thorton, y no sentir al mismo tiempo una filia con su mundo y con su raza! ¡Cómo no amar la palabra de George Jackson desde el presidio de “Soledad Brother”!

Cómo no gozar el momento cuando se juntan balón e inteligencia para producir en las tribunas la alegría colectiva. Cómo no amar ese momento de la noche en que cesan los ruidos, para el que hay una hermosa palabra: conticinio.

Toda filia es una suerte de talismán. Mis talismanes, en pugna con mis fobias podrían ser, aunque encuentre sin duda alguna inconcluso y en bosquejo mi listado:

Contra la mediocre poesía, Fernando Pessoa.

Contra la mala novela, Malcolm Lowry.

Contra baratijas musicales, Johan Sebastian Bach.

Contra ira, humor negro.

Contra mal teatro, el sueño.

Contra prepotencia militar, Vietnam.

Contra la verbosidad y el costumbrismo, Juan Rulfo.

Contra Guayasamines y Dalís, pintura.

Contra la servidumbre, Henry David Thoreau.

Contra el canibalismo imperante, Lu Hsun.

Contra “el heroismo profesional” (gracias monsieur Magritte), ironía.

Contra la música militar, Enrique Morente.

Contra los himnos patrios, un bullerengue.

Contra los farragosos, Slawomir Mrozek.

Contra falsos vitalismos, Lao Tse.

Contra los cortesanos, cera en los oídos.

Contra los mediocres, un alud de tomates.

Contra  el neorriquismo de los Gimnasios, agua bendita.

Contra la pereza, lujuria.

Contra el ocio patronal, la ensoñación, el ocio creativo.

Contra esterotipia de poetastro, llamar a Rimbaud con pago revertido.

Contra la peste de la obediencia, Albert Camus.

Contra las vilezas, el bello poema “Fuga de la muerte” de Paul Celan.

Contra la miseria humana, René Char.

Contra feudos, Emiliano Zapata.

Contra la banalidad de Andy Warhol, sopas de verdad.

Contra los fascistas, la estampa de Simone Weil, “la virgen roja”.

Contra la platitud del mundo, Franz Kafka.

Contra los idiotas nacionalismos, la bandera del aire.

Contra el calcáreo realismo, “La cruzada de los niños”.

Contra la solemnidad, una mosca en la nariz del orador.

Contra la religión del dolor en “Sufrida” Khalo, miradas a Tamayo.

Contra los vendedores de humo, gotas de Ambrose Bierce.

Contra falsos lirismos, una pócima de César Vallejo.

Contra los que “borran de la historia que Sócrates bailaba”, un danzón.

Contra enlatados fílmicos, Federico Fellini.

Contra la arrogancia feudataria, Manuel Quintín Lame Chantre.

Contra la publicidad, el amor.

Contra el vacío, “Una velada con monsieur Teste” y el mismo Valery.

Contra el clero, claro, el de Asís que vestía con sedas al leproso.

Contra “Desideratas”, el tango “Cambalache”.

Contra “una pena muy honda”, Héctor Lavoe.

Contra la sacarina y el sentimentalismo, Juan Carlos Onetti.

Contra los traidores y sus manos espinosas, un desprecio sin fondo.

Contra el apartheid, el rock en Wembley dedicado a Nelson Mandela.

Contra el tedio, Vladimir Nabokov.

Contra manierismos, gotas de Essenin, Ritsos y Szymborska, al gusto.

Contra la mansedumbre canina, el tigre de Blake.

Contra la palabra imposible, la palabra “nonsense”.

Contracorriente, el “Manfiesto de los jóvenes iracundos” ingleses.

Contra lo gregario, el “outsider”, figura escasa en nuestro tiempo.

Contra la inmovilidad, “la prosa del transiberiano”.

Contra los Salieris de turno, busca un ángel bajo la tapa de tu piano.

Contra quien cubre con ceniza tu puerta, una puerta en sus cenizas.

Contra el olvido, reanima a la mujer de Lot a mirar el pasado.

Contra los que esconden la serpiente en sus sotanas, racimos de ajo.

Contra la sonrisa del Tartufo, la mueca del incrédulo.

Contra el esperanto del dogma, la palabra duda en todos los idiomas.

Contra las Casandras que te auguran desastres, templar la lira.

Contra racismo, saber que si la luna es blanca, la diginidad es negra.

Contra la palabra sibilina del poder, la palabra “no” escrita en la frente.

Contra la estulticia Goya, contra el estatismo Chagall.

Contra los gestos de arrogancia, un bastonazo de Charlot.

Contra la planicie narrativa, Raymond Carver.

Contra el periodismo barato, Karl Krauss.

Contra la melancolía, pastillas de Apollinaire.

Es imposible no sentir filias con Pessoa, porque en un mismo cuerpo le dio albergue a otras voces, no era un poeta, era un barrio de Lisboa, Lisboa misma. Con el humor negro, porque si Dios tiene humor debe ser de esta severa estirpe, de lo contrario no hubiera creado al hombre. Con el sueño, porque es tan buen teatro que en él podemos ser actores, directores y amotinado público. Filias con el silencio porque es el padre de todo, y si “en el principio fue el verbo”, antes del principio fue el silencio.

El hecho político y militar más grandioso y contundente contra la sevicia tecnológica y el nauseabundo poderío de un imperio que pudo vivir con entusiasmo mi generación, Vietnam, es una filia definitivamente imborrable. Lo mismo hay que decir del tío Ho. Ahora, cuando veo mala pintura en los salones nacionales, tengo un secreto pero público e inmediato talismán: me voy a toda mecha a la Donación Botero y me estaciono un par de horas frente al cuadro de Bacon.

Cada vez que oigo al prepotente arengando en la tribuna, de cualquier signo político, desde el menos populista hasta ese engendro que sigue acá vociferando virulencias y revolcándose en su flagrante mediocridad, regreso al discurso de Chaplin en “El gran dictador”:

“El camino de la vida puede ser libre y bello, pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella”.

Amo a José Barros, a Alejo Durán evocado por María Matilde y a ella misma, amo la vieja trova cubana, a Wilson Choperena cantando “al son de los tambores” y a Luis Carlos Meyer, a Nelson Pinedo llevando a La Habana de manera secreta, como un polizón, los aires de Barranquilla en su cabeza, a Patricia Torres y su risa muy limpia, a “La tejedora de Coronas” y a Germán Espinosa hablando de Ramón del Valle Inclán, amo la noche estrellada en que ya semi-ciego, el minotauro Alejandro Obregón nos condujo a Gustavo Tatis y a mí como un lazarillo de la noche por las callejuelas de Cartagena de Indias. Amo las mangas de La Floresta hechas para el fútbol con el uniforme rojo y azul y para huir después de robar frutas en los pomares.

Amo la receta de aguardiente con cáscaras de limón que me ofrecía Ciro Mendía extendiéndome las alas chamuscadas de ángel en su apartamento del barrio Boston de Medellín.

Amo los paseos por María Pita en La Coruña con Blanca Andreu y su perrito “Kim”, casi tan inteligente como Kipling. Amo el periódico que en mi niñez escribía para un barrio echado a perder mi compañero de juegos Ignacio Ramírez.

Guardo gratitud, que es una forma del amor, por las gentes de la vereda Cañaflechal en Necoclí, que en 1970 y en mi nomadeo de poeta pobre me invitaban a comer arroz con tajadas de plátano y sardinas recién brotadas del mar. Amo la noche habanera que se asoma tumultuosa al balcón de Norberto Codina, con Rodríguez Tosca y Arturo Arango, la noche que se filtra en los vasos de ron y al fondo suena la banda sonora de Carlos Embale o de Sindo Garay.

Amo a Bogotá que esconde su belleza en piel de asno. Y volar sobre el inmenso brócoli que es el Amazonas. Y la risa de Jaime Bateman invitando al futuro. Y a mis hermanos en Venezuela, Gustavo Pereira, Juan Calzadilla, Stefania Mosca, Ramón Palomares, Adriano González León y Vicente Gerbasi. A la muñeca concertista de Armando Reverón que aún escucho tocando su sonata de silencios.

Amo a Simón Rodríguez y a Manuela Sáenz, derrotados por el olvido, pero echando a galopar sobre los Andes la memoria de Bolívar.

Si hiciera el recuento de mis filias, le digo a mi dulce amiga que afirma que no me gusta nada de nada, que la verdad yo necesitaría al menos 3 ejemplares de La sangrada escritura, unos voluminosos libros como los tomos letales de Joan de Castellanos, un hombre que hizo de la escritura un deber, como otros novelistas herederos de los cronistas han hecho del aburrimiento una religión. Necesitaría además unas 5 Biblias, unas mil y una noches y una amplia estantería con los poetas que desde hace mucho me acompañan, convertidos sin su consentimiento en una suerte de prótesis para seguir en el camino.

Sin embargo intento un recuento a medias: amo las noches del campo y las noches urbanas, la voz de Benny Moré a cualquier hora y en cualquier lugar, el mambo de Leonard Bernstein bailado a lo grande en “West Side Story”, el violín de Enrique Jorrín, un porro escuchado al amanecer de Ciénaga de Oro en casa de Pablo Flórez, “Sur”, cantado por el polaco que sabemos, el verde del valle de Cocora y su niebla que es una maestra del desdibujo, la lucidez de escalpelo de Elías Canetti, amo a las muchachas de Quibdó, los boleros de César Portillo de la Luz, amo el olor de los pomares de la infancia y un resplandor en bicicleta: la muchacha de la ciclovía.

Amo el amor a Chicago de Carl Sandburg, las fábricas y los garitos y los barrios fronterizos de esa ciudad de hierro que arroja a sus calles un puñado de voces. Quiero la pasión de los expresionistas alemanes y de sus antepasados románticos, al loco Scardanelli en su torreón de fantasmas y el último momento de Von Kleist y Henrriete Vogel. Quiero las noches condecoradas de estrellas en una esquina de Berlín y a los cuatro gatos borrachos que fueron al sepelio de Modigliani.

También me gusta releer, que es una forma del amor y de la monogamia, el perfil que Gay Talese hizo de Frank Sinatra, un hombre que era una cruza de dios y de gangster, a partir de la idea de un resfrío sufrido por el legendario cantante: “Sinatra resfriado es Picasso sin pinturas”. A Gerard de Nerval, “el tenebroso, el viudo, el desdichado” bajo el sol negro y agonista de la melancolía. A Li Bai y su “secta de los ociosos del bosque de bambués”.

Amo hablar con mis amigos cuando despunta el día. Amo un ritmo bien bailado, la buena risa, un son cubano, las lágrimas de Eros, de nuevo la prosa del transiberiano, la terquedad de Sísifo, la ironía en los poemas de Marin Sorescu, amo las montañas y el paisaje cafetero, amo a México en grandes marejadas de agave, más aún ahora que padece lo que nosotros padecemos, amo con entusiasmo el olor de la hierba recién cortada.

Amo a los olvidados de Comala, el “Gaspar de la noche”, todo Rimbaud que es el único contemporáneo del futuro, quiero a los discrepantes, el “Peine del viento” de Chillida, a Velázquez y Goya, a Alexis Zorba bailando sobre la desgracia, al exultante Fellini y a la triste Gelsomina, a José Guadalupe Posada, el lápiz de Quino que siempre ha estado habitado por el genio de la botella, a Buenaventura Durruti y a Louise Michel, y también, cómo no, buena parte del santoral anarquista, un caballo que brota de la niebla, una buena charla con Guillermo Martínez en su libería “Trilce”, todos los árboles, todos los bosques y los puentes de guadua.

Amo, con vocación de cetáceo las ballenas de Melville y las ballenas de  Toño Cisneros. Amo “el último poema” de Robert Desnos escrito poco antes de morir en un campo de concentración nazi.

Amo el agua, soy hidrólatra por naturaleza.

Amo una ciudad llamada Zacatecas. Y Mompox. Y la Guajira. Y el río Guatapurí. Y el Valle de Cocora y todo el Quindío. Y las montañas, siempre las montañas. Y las letras de Discépolo. Y el piano de  Emiliano Salvador que vió la luz en Puerto Padre, como los teclados de Chick Corea, Thelonius Monk, Keith Jarret, “Fats” Waller, de Art Tatum que según Cocteau era “un Chopin loco”, de Duke Ellington, Jerry Lee Lewis, Chucho Valdés y el piano silenciado de nuestro viejo hermano Joe Madrid. Bueno, y no puedo olvidar a Lino Frías y la furiosa lluvia de sus dedos que invadió con la Sonora Matancera los patios de mi infancia en Medellín.

Amo la noche ya lejana en el White Horse Tabern de un verano en Nueva York, donde bebía y escribía Dylan Thomas. Allí tomé casi la misma andanada de whiskis que él se empacó poco antes de morir. Fue en su honor, y al otro día me sentí como Lázaro regresando desde la tumba a un bosque de leche, solamente para saber que no podía estar solo si me veía en los ojos verde-azulencos de Ángela Millán.

Amo a Aurelio Arturo, a Franz Kafka y a Lolita, a Gogol y a Flaubert, a Ray Bradbury y a Bohumil Hrabal, a José María Arguedas, a George Orwell y a Baudelaire, a Boris Vian y a Villon, amo los ensayos de  Herbert Read, la prosa castigada, certera y libérrima de Rafael Barret, a Kropotkin, un príncipe ácrata que abdicó de su nobleza para convertirse en perseguido, también a su maestro Bakunin, a Lewis Carroll de la estirpe de Kafka, amo la voz pedregosa y los poemas de Gonzalo Rojas, las señales y los garabatos del feroz habitante de sí mismo Héctor Rojas Herazo, amo a mi hermana mayor, Bolivia Roca de Edery, al frágil Max Jacob agonizando en el cobertizo de un campo de concentración, solamente  iluminado por una estrella amarilla y desteñida en la solapa.

Amo a Osip Maldestam y a todos los poetas rusos vapuleados por Joseph Stalin, lo mismo que a los poetas alemanes o franceses vapuleados por Adolfo Hitler, a los judíos, gitanos y armenios masacrados, a los negros linchados en el Sur de los Estados Unidos, a los árabes que tienen en Nizar Kabani a un sirio de Damasco que invita a sus tierras a Godot mientras sueña con una libre Palestina.

Y ni qué decir del amor a primera vista que sentí cuando abrí las “Cartas a Taranta Babú” de Nazim Hikmet, el poeta turco mil y una noches prisionero que nunca le tuvo envidia a nadie, “ni siquiera a Charlot”. Y ya sabemos con José Ingenieros que “quien envidia se considera a sí mismo subalterno”.

Amo al barbero del extraordinario cuento de Hernando Téllez que tiene a su merced a un genocida militar, “Espuma y nada más”. El barbero podía hacerle justicia a su gente y deslizar su barbera por el cuello del vicitimario, pero prefiere afeitarlo con la pulcritud y cortesía de su oficio y no convertirse a su vez en asesino. Amo la dignidad del coronel de Gabriel García Márquez que no usa sombrero para no tener que quitárselo ante nadie.

Amo a Djuna Barnes, Edith Piaf, Helen Keller, Estrella Morente, Toña la Negra, Matilde Díaz, María Luisa Bombal, Marosa di Giorgio, Emma Goldman, María Zambrano, Betina Brentano, Hannah Arendt, Else Lasker Schüller, y su “dolor del mundo”, a todos los sepultados en el cementerio perdido de Spoon River, a Mario Bauzá, Pérez Prado y Machito y con una triste y extraña  dulzura al farmaceuta de “La Farmacia del Ángel” que nos contó las penurias de Occidente.

Amo a los inocentes y por lo tanto peligrosos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, a Joe Hill, el cantor sueco asesinado por el gobierno de Estados Unidos, a Tolstoi y Gandhi, a okupas y objetores de conciencia y, por supuesto, a Errico Malatesta y Antonin Artaud, que solía decír en un gesto absoluta y tremendamente libertario: “soy mi padre, mi madre, mi hijo y yo”.

Amo al borracho de Baltimore, la patafísica o la ciencia de las soluciones imaginarias, a de Chirico, a Jessica Lange, y más aún a Ava Gardner que sigue imperturbable e igual de bella en el Vallarta de “La noche de la iguana” de John Huston, también a Vladimir Holan, a Fayad Jamís, a mi hija Andrea Roca González, su enorme agudeza y su corazon de potro, a Walter Benjamin con quien huyo a cada tanto de los perros fronterizos, a Giacometti y a Paul Klee, a Cioran el aguafiestas, amo los solares y frutales poetas del mundo azteca y una sopa de lima cuchareada entre mis innumerables amigos mexicanos.

Amo el temple y la dignidad de Juan Gelman, el humor repentino de Jorge Boccanera, la blindada fraternidad de Marco Antonio Campos y José Ángel Leyva, al  hombrecito del persistente y retumbante tambor de hojalata, gozo el clarinete de Lucho Bermúdez, la infancia lejana y no contada del caballero libertario don Quijote, la noche antes de que Gregorio Samsa se convirtiera en un monstruoso insecto, la serena voz de mi madre, los poemas de Lucía Estrada y los ensayos sobre artes de Samuel Vásquez, los grabados de Juan Antonio Roda, Augusto Rendón y Antonio Samudio, los timbres que hizo sonar Luis Vidales por los años veintes en una Bogotá de bostezo y campanarios.

Amo la mirada punzante de Doris Salcedo, con gran sigilo a los tigres de Lizalde, los linóleos de Fabián Rendón, la flauta del músico de Hamelin capaz de raptar una legión de ratas (a su paso por Colombia el país político hubiera quedado semi-vacío), amo al sutil y adelantado  poeta de la crónica don Luis Tejada Cano, llevo como un talismán los días en que fraguamos con Iván Darío Álvarez “El diccionario anarquista de emergencia” riendo casi sin parar, lo mismo que su caracterización de Antonin Artaud en un pequeño tablado bogotano.

Amo a mi primo y hermano del que todos los días aprendo algo grande, Carlos Vidales Rivera, la amistad sosegada de Santiago Mutis, amo la mirada escrutadora de un inmenso poeta gitano de paso en Nueva York, amo con furor la extensa e intensa filmografía anarquista, adoro el cine italiano que me hace pensar que no todo fue estupidez en el “septimo arte” y que si existió la banalidad de Hollywood también existió Cinecitta.

Amo “El baile”, ese bello y perturbador filme de Ettore Scola, al prodigioso y fustigante Aimé Césairte y su “Cuaderno de un retorno a mi país natal”, al dolorido Jean Joseph Ravearivelo que un día huyó de sí mismo definitivamente, las voces de Senghor y Seferis, la manera trágica pero risueña que tuvo Kariotakis para salir del mundo, las  poéticas de Anna Ajmátova y Jorge Teillier, los aforismos de Paul Klee, de Lichtenberg y Montaigne, los epigramas feroces de Catulo y de Marcial, al poeta loco, griego y exultante Katzimbalis descrito con amor y humor por Henry Miller en “El coloso de Marusi”, a Miguel Hernández pastoreando nubes, a Giotto pastoreando ovejas, a los grandes líricos africanos y a los no menos líricos y adelantados poetas de Brasil.

Amo la teoría de Jorge Zalamea de que “en poesía no hay países subdesarrollados”, al brujo de Namur Henri Michaux, a todos los poetas briosos e insumisos, amo al memorioso monsieur Jules Michelet cuando exalta a la hechicera, a la “consoladora de la noche” en la larga penumbra feudal y, qué le vamos a hacer, caballeros, a los grandes derrotados, a los grandes olvidados, a los recortados en las fotos de la historia: “perdonen la tristeza”.

Soy un hedonista de las filias que me ayudan a espantar a sombrerazos mis acosadoras fobias y pasiones irredentas, la magnitud insospechada de mi asco.

Juan Manuel Roca (foto) (Bogotá, mayo 1 de 2013. A los mártires de Chicago, amén.)

 

 

‘Almas paganas’ de Elmore Leonard

elmore leonardDe Elmore Leonard (foto, 1925-2013) conocía solamente un decálogo del escritor. En él, da varias recomendaciones, dignas a anotar: 1) Nunca empieces un libro con el estado del tiempo. 2) Evita los prólogos. 3) Nunca uses un verbo distinto a “dijo” para introducir un diálogo. 4) Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “dijo”. 5) Mantén tus signos de exclamación controlados. 6) Nunca uses expresiones como “de repente”. 7) Usa los dialectos con moderación. 8) Evita las descripciones detalladas de los personajes. 9) No entres en detalles al describir lugares y objetos. 10) Intenta quitar la parte que los lectores tienden a saltarse.

Ahora leo ‘Almas paganas’ (Ediciones B, traducción de Daniel Aguirre, título original ‘Pagan babies’) y siento que Elmore Leonard quedó al debe. Aunque, quizás, me estoy volviendo viejo y necesito muchas metáforas y figuras literarias, algunas escenas difuminadas, pocos diálogos y exclusión total de marcas (Cadillac, Johnny Walker, etcétera) Ninguno de los requisitos que espero de una novela cumple este libro. En la tapa el editor anotó: “El maestro de la novela negra. El País”. ¿Pero es una novela, 320 páginas de diálogos?

Y aclaro de una vez: no son los diálogos magistrales de Manuel Puig. No. Son conversaciones de truhanes y mafiosos. Secas, planas. Una historia de marginales, sin otro propósito que estafar o matar al otro. Por eso no me atrevo a nombrar ‘novela’ este libro de Elmore Leonard. Me pareció, antes de llegar a la página 100, que se trataba de un guion para cine ‘de acción’. En efecto, este autor estadounidense tiene obras que han pasado por las manos de John Sturges, Quentin Tarantino y Steven Soderbergh, entre otros. ‘Almas paganas’ no es la novela que esperaba leer. Es un guion desprovisto de carne. O quizás es que me estoy volviendo viejo, y necesito muchas metáforas, algunas escenas difuminadas, no muchos diálogos y exclusión total de marcas. Exploré su novela y no me satisfizo.

JSA

‘Los bandidos de Uad-Djuari’ de Roberto Arlt

Roberto ArltEra siempre el mismo y no otro.

Cada vez que Arsenia y yo pasábamos por la plaza de Nejjarine, sentado bajo una linterna de bronce, calado al modo morisco que adorna a la fuentecilla del “fondak”, veíamos a un niño musulmán de ocho o nueve años de edad, quien al divisarnos se llevaba la mano al corazón y muy gentilísimamente nos saludaba:

–La paz.

Excuso decir que la plaza de Nejjarine no era tal plaza, sino un hediondísimo muladar, pavimentado con pavoroso canto rodado. En los corrales linderos trajinaban a todas horas campesinas de las cabilas lejanas, acomodando cargas de leña o de cereales en el lomo de sus burros prodigiosamente pequeños. Pero este rincón, a pesar de su extraordinaria suciedad, con su arco lobulado y un chorrito de agua escapando de la fuente bajo el farolón morisco, tenía tal fuerza poética, que muchas veces Arsenia y yo nos preguntábamos si al otro lado del groseramente tapiado arco no se encontraría el paraíso de Mahoma.

Y digo que teníamos tal impresión, porque Arsenia Spoil, estudiante de arquitectura, también estaba de acuerdo en que la belleza de aquel rincón estaba determinada por el farolón de bronce. Arsenia y yo nos habíamos conocido en el hotel Continental, donde nos alojábamos. Esta era la razón por la cual salíamos todas las tardes juntos. Sin embargo, muchos honorables devotos de Mahoma creían que éramos novios en viaje de bodas, y, naturalmente, sus ofertas iban siempre dirigidas a mí. Lo más notable del caso es que yo no estaba enamorado de Arsenia ni Arsenia pensaba en enredarse conmigo. Sin embargo, los que nos veían se decían:

–¡Qué felices parecen! ¡Cuánto deben quererse!

No estábamos enamorados. Tampoco sospechábamos que podíamos estarlo algún día. Hablábamos con entusiasmo y grandes gestos porque Fez nos entusiasmaba, porque en cada callejuela de la milenaria ciudad africana encontrábamos ardientes motivos de ensueño.

–La paz…

Era el maldito niño musulmán que nos saludaba correctamente. El pequeño, después de saludarnos, se sentó muy gravemente a la orilla de la fontana y se puso a mirar, con el gesto pudoroso de una niña, sus sandalias amarillas de piel de cabra que le colgaban de la punta de los pies desnudos. Se tocaba con un pequeño fez rojo, muy elegantemente ladeado a un costado de la cabeza, y una chilabita que era la mar de graciosa.

“¡Maldito sea el niño y su gracia!” me decía yo.

El dichoso pequeñito, cada vez que nos veía, se llevaba la mano al corazón y nos saludaba ritualmente.

–La paz…

Arsenia estaba encantada con el chiquillo.

–¡Vea usted qué gracioso! –me decía–. ¡Qué bonito! ¡Qué educado!

Yo escuchaba esos elogios con el aire displicente del que de ninguna manera participa de ellos. El dichoso niño jamás se nos acercó como otros niños a ofrecernos ni guitarras de caparazón de tortuga (tortuga sintética fabricada en Alemania), ni carteras moriscas, bordadas a máquina en Cataluña, ni puñales con leyendas coránicas repujadas en las Vascongadas, ni servicios de fumar estampados en París. El niño, como un caballero, en cuanto nos veía se llevaba las manos a los labios, a la frente y al corazón, y de allí no pasaba.
Yo, que sin razón alguna me jactaba de conocer a los orientales mejor que Arsenia, le decía:

–El niño ése debe ser un granujilla de la peor especie. Me resulta cien veces más hipócrita que esos otros truhanes que le cargosean a uno ofreciéndole “recuerdos” apócrifos.

–No hable así de ese inocente -me respondía Arsenia, malhumorada. Y con gran fastidio de mi parte, le enviaba un beso al niño en la punta de sus dedos. Y el inocente nos seguía por la callejuela con la larga mirada de sus ojos aterciopelados.

–¿Dónde vivirá ese muchachito? –me preguntaba Arsenia.

–Supongo que en cualquier caverna…

–¿Por qué no le llama?…

–En fin…, si usted quiere…

–Sí… Llámelo…

¿Qué otro remedio me quedaba? Esa mañana, en cuanto llegamos al triángulo de Nejjarine, llamamos al niño. A nuestras preguntas respondió que se llamaba Abbul y que se ganaba la vida guiando a los turistas.

–¿A dónde guías tú a los turistas? –dijo Arsenia.

–A la Casa de la Gran Serpiente.

–¡La Casa de la Gran Serpiente! ¿Qué es eso?

–Pues, escúchame, señor, y verás –dijo el niño–. Mi padre, que es un excelente hombre de la cabila de Anyera, tiene una serpiente de once varas de largo metida en un pozo cubierto con una tapa de vidrio. Todos los días, a las diez de la mañana, la serpiente devora un cabrito vivo. Siempre hay forasteros y turistas que tienen curiosidad de ver cómo la Gran Serpiente se traga un cabrito vivo, y qué es lo que hace el cabrito en el fondo del pozo cuando ve que la Gran Serpiente se le acerca con la boca abierta…

Yo miré a mi amiga como diciéndole: “¿No le decía yo que este niño es un canallita de solemnidad?”. Pero Arsenia ni se dignó mirarme… Inclinada sobre el niño que se miraba púdicamente la punta de las amarillas sandalias, dijo:

–¡Qué horrible! ¡Eso debe ser terrible!…

El pequeño Abbul se sonrió como una tímida colegiala, y respondió:

–La serpiente abre una boca espantosa y el cabrito llora en un rincón… Siempre la boca del pozo está rodeada de turistas…

–Es horrible –insistió Arsenia. Y acordándose de mirarme, dijo:

–¿Qué le parece si fuéramos?

–Vamos.

–Tú nos acompañas –le dije al niñito modosito como una colegiala. Y los tres nos pusimos en marcha, mientras que Arsenia, un poco histéricamente, se creía obligada a decirme:

–Yo creo que no voy a soportar eso: Creo que me voy a desmayar. Pero ¿será cierto, Abbul, que la serpiente tiene once varas de largo?

El niñito musulmán aseveró gravemente:

–Once varas. Puede tragarse a una oveja gorda, reventarlo a un caballo, dejarlo triste a un elefante.

–La policía no debiera permitir eso -dijo Arsenia. Y agregó estremeciéndose:

–¿Queda muy lejos de aquí?

–iOh no señora! –dijo el pequeño Abbul–. Cruzando el Uad-Djuari, en el camino de Fez a Taza.

–Si tomáramos un automóvil…

–No –replicó el niño–. En quince minutos de camino estaremos allí.

Entramos en un túnel que era una callejuela, cuyo torcido rumbo, techado de arcos de ladrillos, estaba poblado de misteriosas figuras. Dejamos atrás la ensangrentada puerta de Bab Merod, en cuyas saeteras se exponían las cabezas de los ajusticiados. Nos detuvimos a beber unos refrescos en una choza de juncos a la entrada del cementerio de Bab Fetoh. Bajo un gigantesco árbol, de espesas hojas verdes, grupos de mujeres embozadas charlaban animadamente y bebían té verde que un esclavo negro preparaba allí a la orilla del socavón, en una cocinilla de bronce cargada sobre su espalda.

El niñito musulmán caminaba delante de nosotros, y Arsenia y yo, sumergidos en nuestros pensamientos, que giraban encantados alrededor del paisaje, nos alejamos insensiblemente de las murallas de la ciudad.

Poco después nos cruzamos con varios tuaregs arrebujados en el lomo de sus camellos, y de pronto nos encontramos frente a un puentecillo rústico, de troncos verdes que cruzaba el Uad-Djuari, río de las Perlas. La lonja de plata viva se perdía en la oscuridad ramosa de un bosquecillo próximo.

–¿Queda muy lejos?

–No –respondió el niño-; queda allí junto al molino de aceite.

Habíamos entrado en un camino completamente bloqueado de retorcidos olivos que, súbitamente, se trocó en un sendero áspero y salvaje. Arsenia tenía las mejillas ligeramente encendidas. El maldito niño caminaba ahora dando largas zancadas. De pronto, los cascos de un caballo resonaron a nuestras espaldas; nos volvimos y pudimos ver un grupo de moros que parecía brotar del olivar. No me quedó duda. Eran bandidos. Quise echar la mano al cinto, pero uno de aquellos vigorosos desalmados precipitó su caballo sobre mí; su mano derecha esgrimía un garrote; sentí el cálido aliento del potro en mi cuello, y si no me hubiera encogido a tiempo, creo que ese demonio me hubiera roto la cabeza de un estacazo. Levanté los brazos, y uno de los bandidos me despojó de mi revólver. Entonces el jefe del grupo me dijo que podía bajar los brazos.

El mocito musulmán, recatado y vergonzoso como una niña, había desaparecido.
Arsenia y yo nos mirábamos estupefactos. Comprendimos. Habíamos caído en una trampa. Estábamos secuestrados… ¡Secuestrados a las puertas de Fez… ¡Qué horror! Acongojados emprendimos la marcha rodeados de aquella gavilla de ladrones, con renegrida barba encrespada en el mentón y cimitarra de dorada empuñadura al cinto.

¡Secuestrados a las mismas puertas de Fez! Parecía mentira.

Abría la marcha un bandido de larga lanza apoyada en el estribo de su potro. Por momentos, los beduinos se confidenciaban, acercando las cabezas protegidas por albornoces listados de brillantes colores. Yo había tomado del brazo a Arsenia, por cuyas mejillas encendidas rodaban lágrimas de terror. Pero no pensaba en ella. Pensaba en mí; pensaba que mi familia no pagaría ni un céntimo de rescate por mi persona. Luego me reproché mi egoísmo y me puse a pensar en la situación de Arsenia. Era quizás aún más desesperante que la mía en aquel país en que aún se compraban esclavas…

Finalmente, cruzando el boscoso aceitunal, llegamos a una choza cuya sólida puerta abrió un esclavo semidesnudo. Arsenia y yo entramos. El interior de nuestra prisión, en contraste con el miserable aspecto exterior, estaba decentemente aderezado. Finas esteras adornaban los muros. Sobre las alfombras del suelo estaban desparramados algunos almohadones, y en una pequeña mesa escarlata había una cajetilla de cigarrillos turcos.

Arsenia se dejó caer sobre un almohadón y comenzó a llorar silenciosamente. Yo me senté a su lado y traté de consolarla.

–Querida Arsenia, no llore. Esta gente se limitará a pedir un rescate. Nada más. El que puede perder la cabeza en esta aventura soy yo, porque mi familia no pagará un céntimo, porque no lo tiene… Usted quédese tranquila… No tema…

Arsenia encontró fuerzas para sonreír entre sus lágrimas, y dijo:

–¡Nunca, Alberto, nunca! Yo no lo abandonaré. Usted tenía razón. Ese niño…

–¡No me hable del niño, por favor!

Súbitamente se abrió la puerta y apareció el jefe de los bandidos. Con gran sorpresa de nuestra parte, este bribón era un francés de pequeña estatura, calvo como un farmacéutico y con gafas cabalgando sobre una nariz sumamente respingada. Se detuvo en medio de la habitación y dijo:

–Señorita, caballero: tanto gusto.

Nos pusimos de pie. El jefe de los bandidos prosiguió en correcto francés:

–Señorita, caballero: entre las numerosas personas acomodadas que visitan Marruecos existe un ochenta por ciento que dice: “Lástima enorme que la civilización, la gendarmería, los jefes políticos, el protectorado y el ferrocarril hayan hecho desaparecer a los bandidos. Lástima enorme no vivir en la época en que uno se encontraba con una terrorífica aventura a la vuelta de cada zoco”. Pues bien: yo y estos honrados creyentes que los han secuestrado a ustedes nos hemos dedicado a explotar la emoción del secuestro. Detenemos violentamente, como si fuéramos bandidos auténticos, a las personas que por su idiosincrasia nos parecen inclinadas a las ideas románticas, y luego las ponemos en libertad sin exigirles absolutamente nada a cambio de esa libertad que por un dramático momento creen haber perdido. Si los “secuestrados” gustan remunerarnos por el trabajo que nos hemos tomado para emocionarles y proporcionarles una aventura que podrán gustosamente narrar en su hogar, nosotros recibimos agradecidos lo que quieran regalarnos. Si no quieren remunerarnos, les deseamos igualmente feliz viaje y ponemos a su disposición el automóvil que para los turistas tiene la casa.

Y abriendo la puerta nos mostró un modernísimo “limousine” detenido a la puerta de la choza.

–¿De modo que ustedes no son bandidos? ¿De modo que podemos irnos?

–Así es, caballero… –El jefe de los bandidos echó la mano a su reloj, y agregó:

–Van a ser las doce y media. A la una se almuerza en el hotel Continental…

¿Qué otra cosa podía hacer? Eché mano a mi bolsillo.

–¿Cuánto le debemos? -repliqué entre hosco y contento, pues no soñaba en salir tan fácilmente del paso.

Monsieur Lanterne, que así se llamaba el jefe de los bandidos, sonriose amablemente y dijo:

–Doscientos francos… Una bagatela en moneda americana. Va incluido el viaje de vuelta en automóvil.

Al otro día, cuando pasamos con Arsenia por la plazuela de Nejjarine, sentado bajo el farolón de bronce de la fuente estaba el maldito y pudoroso niño del “fondak”. Al vernos, bajó los ojos como una tímida colegiala, y como si no hubiera sucedido nada, dijo, llevándose la mano al corazón:

–La Paz…

Roberto Arlt (foto)