‘Talpa’ de Juan Rulfo

juan-rulfoNatalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte–, entonces no lloró.

Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.

Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.

La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.

Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.

Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.

“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.

Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.

Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.

Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.

Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo”, dizque eso le dijo.

Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo. Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.

Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.

Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.

Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol, el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.

Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.

En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.

Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:

“Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.

Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.

Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.

Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.

Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.

Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.

Entramos a Talpa cantando el Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco más.

Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.

Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.

A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.

Pero no le valió. Se murió de todos modos.

“… Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios…”

Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.

Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.

Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.

Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.

Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

Juan Rulfo (foto)

 

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Los Larraín; nepotismo; DC; encubridores y Paula

felipe larrainUn Larraín. Increíblemente, el ministro de Hacienda, Felipe Larraín (foto), de quien se espera que sea un hombre frío de números, resultó ser un politiquero de miedo. En el primer gobierno del presidente Sebastián Piñera fue uno de los más pendencieros, hasta el último minuto, y en este segundo mandato fue el primero que empezó la camorra acusando al gobierno de la presidente Michelle Bachelet de haber dejado un déficit de 4.000 millones de dólares. Cacareó con esto hasta más no poder, hasta que el ministro de Hacienda saliente Nicolás Eyzaguirre le cerró la boca. Sin embargo, Larraín había empollado un huevo perverso: viajó a una reunión de amigos ex alumnos de la Universidad de Harvad ¡con dinero de los contribuyentes chilenos! Ni se puso colorado, el cínico ministro de Hacienda. Para excusarse, dijo que la invitación se la habían hecho en calidad de ministro hacía nueve meses. ¿Cómo sabían, hace nueve meses, que iba a ser ministro? ¡Mentiroso! Ministro Felipe Larraín, mentiroso y camorrero. ¡Politiquero!

Otro Larraín. El otro Larraín, el ministro de Justicia, Hernán Larraín (foto), lo primero que hernan larraindijo después de posesionarse fue que los jueces en Chile son todos de izquierda. Con esta declaración ¿qué imparcialidad en el ejercicio de sus funciones se puede esperar? Creo que está impedido. Es un ministro prejuiciado con sus gobernados, y esto le impide pensar claramente. Otro ministro, otro Larraín, sin autoridad para ejercer.

Nepotismo. A los casos de nepotismo, en apenas unos días de gobierno, se le está la monedaqueriendo bajar el perfil con argucias de lenguaje, como están acostumbrados a burlar las responsabilidades judiciales en casos de negociados. El argumento para desvirtuar el nepotismo consiste en decir que nombrar familiares no importa, si la persona tiene las competencias para ejercer el cargo. ¡No! El nepotismo es nepotismo, punto. El nepotismo es la preferencia de los funcionarios públicos de dar empleo a familiares o amigos. Punto. Si tiene las competencias es otro asunto. Primero lo primero, y lo primero hay que ver es si se verifica nepotismo, y si ocurre, hay que eliminar esa condición. Si no hay nepotismo, se verán entonces las competencias del candidato para el puesto. Y como no puede ser nombrado, en tanto se cae en nepotismo, sus competencias realmente importan cinco. (Iba a decir, mecánicamente, que importa un huevo, pero un huevo tiene infinitamente muchas más cualidades benéficas que un caso de nepotismo)

Todavía la DC. Hace varios años, seis o siete, dijimos en este blog que la Democracia democracia_cristianaCristiana (logo) era un partido que jugaba al bluf. Primero fue dentro de la Concertación y después dentro de Nueva Mayoría. Se plantaba con gran dignidad para reclamar por todo. Casi querían darle órdenes a la presidente Michelle Bachelet en su primer gobierno. Y en su bluf, en el que supuestamente tenían una base electoral importante y por eso debían ser tomados en cuenta para todo, casi se convirtieron en opositores, de peores consecuencias que los derechistas partidos Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional. El más enconado fue siempre Ignacio Walker. ¡Y los de la Concertación y Nueva Mayoría cayeron en el bluf! Hace ese tiempo que dijimos que debían salirse de esas alianzas políticas (o debían echarlos, que fue lo que en realidad dijimos) y mostrar sus cartas. Ocasión que tuvieron en las elecciones presidenciales pasadas. Y ahí, quedaron reducidos a lo que son: un grupúsculo de origen fascista, que no es amenaza para nadie más que para ellos mismos. Y amenazan extinguirse.

Encubridores. Parece que los hechos muestran, cada día con mayor nitidez, no solo a errazuriznosotros, sino al mismísimo papa Francisco, la farsa que tenían montada los curas Francisco Javier Errázuriz (foto) y Ricardo Ezzati. Posaban de angelicales ante el papa, y no son más que encubridores de pedofilia, violación y pederastia. Errázuriz viajó a última hora a la reunión programada con el papa, y Ezzati seguirá mintiendo con que jamás se enteró de lo que ocurría en los pasillos de los colegios y seminarios y capillas y centros vacacionales de la curia. En lo personal, les creo a James Hamilton, Fernando Batlle, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz (víctimas sexuales de la curia) cuando dicen que, hace muchos años, ellos denunciaron ante los curas Errázuriz y Ezzati los abusos del cura Fernando Karadima, y estos curas engavetaron los papeles, ayudados, también se supo, por otro cura, Juan Barros, el perla. Toda una camarilla eclesiástica de encubrimiento de violaciones sexuales a menores de edad, de pedofilia y pederastia. Qué asco de “guías espirituales” tenía la iglesia católica en Chile. (Los llamamos “curas”, porque no tienen la dignidad de obispos que les otorgó el Vaticano)

Paula. Leí que se acababa la revista Paula. No era asiduo suyo, pero siempre es triste que se acabe un medio de comunicación. La pluralidad en la oferta editorial es alimento para el país.

‘Homme fatal’ de Gabriela Fonseca

gabriela fonseca2De todas las preguntas con que me he quedado, la principal es ésta: ¿En qué momento me perdí?

Estoy viendo a José dormir  y pareciera que tiene hormigas  en el culo,  en el corazón y  en el cerebro. Se restriega sobre la sábana como si los gusanos se lo estuvieran comiendo vivo y quisiera arrancarse la piel. Emite pujiditos de perro huérfano y suda. Cada quien duerme como se merece. Yo ya no duermo.

No sé si me perdí cuando mi vanidad me hizo sentirme la musa de José o  cuando mi inseguridad me hizo creerme algo así como su madre o su hermana mayor. En todo caso, me halagó que él parecía convencido de que compartíamos ese nexo especial para el cual vivimos la mayoría de los seres humanos, aunque su existencia nunca se haya comprobado. Aunque cuando ocurre y es real, dura menos que un achaque.

En una conversación que tuvimos y que recuerdo mejor de lo que quisiera, José me mencionó la fecha exacta en que entró a trabajar a la agencia en que nos conocimos y me di cuenta de que estuve más de un año sin reparar en su existencia, con todo y que estábamos en el mismo piso.

Finalmente, lo vi un día que me bajé del elevador y él estaba ahí, pidiéndome fuego amablemente pero sin sonreír. Tuve que escarbar en la bolsa para sacar el encendedor, y estuve a punto de decirle que le pidiera a alguien más, porque en mi bolsa, como en mi vida, era imposible encontrar lo que necesitaba cuando yo lo deseaba.

En ese momento tendría que haberme dado cuenta de que ahí estaba un tipo al que yo nunca había visto, pero que estaba muy al tanto de que yo fumaba, esperándome junto al elevador. En cambio, sólo percibí a un fulano inoportuno con el que no volvería a cruzar palabra.

Algún tiempo más tarde, José me invitó a un evento organizado por su división para promocionar una marca de ron barato. Me dijo que le habían sobrado invitaciones,  que le preocupaba que la fiesta pareciera poco concurrida y que el cliente se fuera a quejar. Aunque yo sabía de sobra cómo se siente que no funcione un evento que te pagaron por organizar, finalmente fue más fuerte la pereza que me daba encontrarme socializando con el personal de estaciones de radio y revistas juveniles, y con personas que asistieron porque se podía beber gratis.

Al día siguiente, José aseguró que fue una pena que no hubiera ido, porque el evento resultó muy divertido.

Con torpeza notable, pretexté dolor de cabeza y exceso de trabajo. Es lo que nos pasa a los mentirosos con culpa, que creemos que una razón falsa no es suficiente para tapar la verdad y agregamos otra.

En todo caso, José dejó en mi escritorio una miniatura del ron que repartieron en el festejo. Me dijo que me la había guardado “como recuerdo” al ver que yo no llegaba. Debí preguntarme por qué necesitaba un “recuerdo” de una fiesta a la que no fui y darme cuenta que la botella de ron era un “recuerdo” de él. Pero en vez de eso, sentí que él era amable conmigo y yo lo recompensaba tratándolo mal. Ese fue el día en que, finalmente, nos presentamos con nombre y apellido.

Y ese simple intercambio de información bastó para que José hiciera parte de su rutina diaria el ir a saludarme a mi escritorio y conversar en un tonito que me parecía teatral y que yo atribuía a nervios de su parte. En esas conversaciones, que yo limitaba a cuestiones superfluas como el clima y las juntas, él solía intercalar comentarios inocentes para averiguar cosas sobre mí y  transmitirme detalles sobre él, como su soltería, por ejemplo.

Es muy fácil caer en la trampa de la conversación, cuando creemos que lo que compartimos y nos comparten son monedas que se intercambian de forma equitativa, para comprar algo que se llama confianza.

Y al final uno pierde la confianza porque la puso en el lugar que no le correspondía.

En esas conversaciones me enteré también de que vivía con su hermano y su mamá, y que su padre se había muerto cuando él era niño; yo le conté que me había independizado desde los 19 años y prácticamente no veía a mi familia,  que estudié publicidad y que llevaba años en la agencia, donde empecé antes de salir de la universidad, para ir subiendo poco a poco a la posición que tenía. Quise marcar una distancia de él dejando claro que yo estaba muy orgullosa de mi carrera.

Siempre nos enorgullecemos de nuestros logros, aunque ninguno de ellos nos salve de nada.

Él, en cambio, no estaba muy seguro de lo que quería hacer con su vida, a los 36 años. Decía que lo más importante para él era estar tranquilo,  sin preocupaciones económicas, y que con eso le bastaba.

Mis compañeras se divertían viendo las atenciones de José hacia mí, si bien lamentaban su escaso potencial como pareja. O como me  decía mi amiga Ana, del escritorio de junto: “Carmen, te mereces más. No está feo, pero si lo fuera hasta tendría más chiste. Sus jefes dicen que su trabajo es muy mediocre y gana muy mal. Mejor no le sigas la jugada. En una de ésas quiere que lo vean contigo para que parezca que tiene credibilidad o para ver si se le pegan tus ideas. No es de tu división. Va a andar repitiendo cosas tuyas como si fueran de él.”

Me ofendió que Ana dijera que un tipo me buscaba nada más por conveniencia, pero no se lo dije.

José, en efecto, no era para llamar la atención. Era más alto que una mujer, lo que no quiere decir que fuera alto. Tenía, y todavía tiene, una cara redonda y blanca que lo hace parecer más gordo de lo que es, sin una sola facción notable. La voz no estaba mal, pero siempre parecía engolada, como si ensayara o estuviera a punto de dar la hora exacta por la radio.

Ana decía que para que un hombre fuera deseable debía tener tres cosas atractivas: la voz, las manos y las nalgas, y que normalmente nos conformábamos con que se cubrieran dos de los tres requisitos, a cambio de que hubiera en él otras cosas apasionantes. Acabé convenciéndome de que José, en días buenos, tenía manos y voz decentes, y nada más.

Son indiscutibles las ventajas de tener un admirador en la oficina: levanta la auto estima, entretiene, consuela y acompaña.  ¿Y a quién no le gusta sentirse de vez en cuando mujer fatal? Sentirse por encima del débil. Suponer que hay alguien en la palma de tu mano a quien hacer papilla en un momento, porque te necesita y tú a él no. Nunca creí sentir disfrute por esas cosas. Nunca creí sentir lástima por alguien a quien no quería y porque no era como yo.

La culpa, que a veces se disfrazaba de orgullo, me hizo empezar a defender a José de los comentarios de Ana, a tomar partido por él y  repetirle lo que él me decía: que sus jefes le tenían mala voluntad, que su división era la peor pagada de toda la agencia por errores administrativos. Yo ya hablaba como si  su situación laboral dependiera de mí, como si me doliera que Ana desconfiara, como si ya fuera imposible no sentir nada por ese hombre que semanas antes era invisible.

Al final de cuentas, no hay nada más difícil que evitar querer a quien te quiere, porque aprendemos que el amor debe agradecerse. En realidad amar y dejarse amar es una conducta muy fácilmente aprendida.  Un oso es amaestrado para bailar: él aprende a moverse con música y el público aprende a creer que los devaneos falsos de una bestia domada son una danza.

Fue por esa época cuando empecé a soñar con José casi todas las noches. No pasaba nada en esos sueños. Sólo se me acercaba y no había nadie más alrededor. Lo tomé como una señal de que debía aceptar su propuesta de platicar un día en un café a la salida del trabajo. Se quejó bastante de su vida, de su salario, de su imposibilidad de independizarse.  Hubo un intento de darme un beso a la salida del café que terminó en un ligero forcejeo que me hizo sentir poderosa. Me dijo que yo lo hacía sufrir. Me sentí mal por él, así que lo dejé acompañarme a mi casa.

Admiró el edificio como admiraba todo lo que tuviera que ver conmigo y le comenté que ya prácticamente acababa de pagar el préstamo que me dieron en el banco para comprar mi departamento. Desde luego, no lo invité a pasar.

Cuando le platiqué el incidente a Ana, también tuve culpa porque sentí que estaba “traicionando” a José al hacerlo, sobre todo por las carcajadas que soltó mi amiga imaginándose a mi pretendiente sintiéndose Clark Gable.

Le había pedido que nunca volviéramos a recordar el asunto del beso pero la tensión que esto generó no era desagradable, sino más bien como la leve borrachera que provoca un buen piropo. Da seguridad y después se olvida.

Pasaron unos meses sin que la situación cambiara, y más bien me dediqué a pensar en ganar una cuenta que era algo así como el Santo Grial para la agencia. Ana y yo salíamos todos los días hasta las diez de la noche, y trabajábamos también los fines de semana. Entre ese mar de trabajo, las visitas de José por mi escritorio pasaban rápidas y pequeñas, como barquitos de papel. Esto me tranquilizó mucho. Tenía miedo de estarme obsesionando con él, pero afortunadamente había regresado nuevamente a un lugar muy secundario en mis pensamientos, gracias al trabajo.

Un sábado, después de que habíamos trabajado hasta las tres de la tarde solas en la oficina, Ana propuso que fuéramos a comer y después que “hiciéramos algo bien loco”, para quitarnos la presión. Se le ocurrió que fuéramos a leernos las cartas.

El lugar elegido para esto fue un minúsculo local junto al estacionamiento de un cine en la colonia Juárez. Había estado ahí desde mi niñez, sin que nunca se me ocurriera hacer uso de sus servicios. Entre los ruidos de autos y el olor a diesel, la cartomanciana cuarentona y vestida como cualquier secretaria hizo su tendido mientras Ana me esperaba. Me dijo que mi vida había sido dura, que tendría yo éxito y que estaba destinada a un futuro brillante, según recuerdo.  De pronto interrumpió su perorata y me preguntó: “¿Para qué viniste?”

Le respondí, con toda honestidad, que había ido para matar el tiempo.

“Aquí veo que te están haciendo un trabajo”, me aseguró señalando una carta con un diablo y una pareja. “Qué mujer tan obvia”, pensé.

Le dije que no creía en eso, ya un poco molesta. Siguió interpretando para mí  lo que “le decían” las cartas. Luego me dio la tarjeta de una amiga suya para que me hiciera una limpia.

“Aunque no me creas, se hace  mucho daño con los trabajos. Te pueden encarcelar el espíritu para siempre”,  me aseguró como si me estuviera diagnosticando cáncer.

Me quedé afuera del consultorio esperando a Ana. A ella también le estaban haciendo un trabajo y también le recomendó a la de las limpias.

El siguiente lunes, José llegó a mi escritorio pálido y me pidió que lo acompañara al cubo de la escalera, porque me quería decir algo. Estaba tan desencajado que no pude negarme.

Me contó que lo acababan de despedir y quería saber si yo podía hacer algo, hablar con mis jefes. Aseguró que de plano no sabía qué había hecho mal.  Me dio una lástima horrible, así que le dije que me esperara en la calle,  volví a la oficina y dije que me tenía que ir porque mi tía se estaba muriendo.

José estaba destrozado, así que decidí llevarlo a mi casa, para que no tuviera que estar aguantando el llanto en un café. Me dijo que nunca podría decirle a su mamá lo que pasó, que él era su hijo mayor y el soporte de toda la familia, que había decepcionado a todos.

Yo le dije que con la liquidación que recibiría en la agencia podría hacer algo y le pregunté qué era lo que realmente quería hacer con su vida, porque me daba la impresión de que el trabajo que hacíamos no era lo suyo; esto, para  no tenerle que informar de la fama de inútil que tenía.

Tras horas de platicar, se fue tranquilizando, ya habíamos tomado taza sobre taza de café. Se puso a curiosear entre mis cosas y a elogiar mi gusto, mi cantidad de libros, mis plantas. “Me encanta como vives, me encanta todo de ti. Es como si nunca hubieras sentido que no encuentras tu lugar en el mundo”,  aseguró, cuando venía saliendo de una de las varias visitas que hizo al baño.

Se fue más tranquilo, con la promesa que pensaría en una opción laboral, y yo le juré que le informaría de cualquier chamba que supiera que se ajustaba a su perfil, aunque yo bien sabía que algo así no abundaba.

La semana siguiente a su partida, le escribí algunos correos para saber cómo estaba y no me respondió. Esto me preocupó cuando recordé su depresión. Imaginé que le habían cortado la luz, que estaría tirado en la cama como pasmado. Pasaron dos semanas y yo seguía escribiendo correos sin recibir respuesta. No sabía dónde vivía. Busqué su número en el directorio sin éxito. Saqué de mi escritorio la invitación al evento promocional del ron corriente y la estuve mirando como para que me diera una pista de dónde encontrar a José.

Llegaba todas las mañanas a la oficina a abrir el correo electrónico sin encontrar nada de él y sin leer lo que me habían escrito mis clientes. Fui a la división de personal para que me dieran su dirección y teléfono. El domicilio no existía y el número de teléfono era de una peluquería.

Al mes, Ana me dijo que ya estaba harta de mí, porque estaba descuidando los proyectos y sentía que la carga de trabajo se le estaba acumulando a ella. “Hasta flaca te estás poniendo, ¿qué rayos te pasa?”, me dijo furiosa delante de todo el equipo. Días antes el jefe de grupo me llamó la atención porque mi rendimiento bajó y estábamos a punto de perder varias cuentas. No podía decirle a nadie que no podía comer ni dormir ni concentrarme. Simplemente no tenía voluntad de nada.

Más tarde Ana habló conmigo en el baño. Le dije que no sabía qué me pasaba y no pude evitar llorar con ese ahogo que sólo se sufre de niño, cuando se siente una opresión en el pecho y se abre la boca a todo lo que da, como si quisiera uno tragarse su propia alma para que no se escape. Mi amiga me miraba espantada, sin reconocerme.

“Tienes depresión, Carmen, y te la tienen que tratar”, me dijo Ana. Más tarde me dio los datos de un psiquiatra que había tratado a su mamá. “No te sientas mal de ir con un loquero. Es como si se te picara una muela o se te rompiera la pierna. Vas con el médico especializado a que te la arregle y ya.”

Ana tenía razón, ya todo se me veía como costal. Yo que siempre quise ser flaca, andaba tiritando de frío todo el día.

Días más tarde, me volvieron a llamar la atención, esta vez en términos que me hicieron ver que mi empleo estaba en peligro. A la salida de la oficina llamé por teléfono al terapeuta que me recomendó Ana, que me dio cita para el día siguiente, a primera hora.

Por la mañana,  me sentí peor que nunca físicamente, pero me animaba el hecho de que hablaría con alguien que podía tener la solución. Salí sin desayunar y después de una ducha que pasó del agua hirviente a la tibieza y al hielo, como si fuera una cura de manicomio.

Al atravesar la calle frente a mi edificio, miré hacia ambos lados, como hacía siempre. Había unos autos lejanos y caminé viendo al frente. Oí un acelerón extraño y ningún chirrido de llantas. Seguí caminando. Están muy lejos y  ya me vieron, faltan dos pasos para llegar a la banqueta.

Un golpe de costado me trozó como varas las rodillas y me lanzó al aire como un trapo. El hombro se me hizo añicos al caer y por eso no pudo amortiguar la caída de la cabeza, que se partió contra el pavimento. Me invadió la vergüenza que llega cuando uno se cae en público; no alcancé a sentir dolor porque se me cerraron los sentidos.

Tuve conciencia de mí y me imaginé que al abrir los ojos encontraría un hospital, pero lo que vi fue el interior de mi departamento. No estaba acostada, sino sentada en mi sofá. Me quise tocar la cara y no sentí, me puse de pie y me desplacé sin peso. Traté de encender el estéreo y no pude. Me asomé por la ventana y todo estaba igual que siempre, una calle vacía con árboles tristes. Según el reloj, era más de media noche. “Estoy soñando”, pensé.

Fui a mi recámara y la cama estaba destendida. No estaban mis cosméticos ni mi joyero. Las plantas se habían secado. Los libreros y las repisas de discos estaban semivacíos. Me miré en el espejo y estaba desnuda, pero sin rastro de heridas. No me sentía desnuda. No me sentía de ninguna forma.

La puerta se abrió y sentí un sobresalto. Entró José, la chapa de la puerta había sido cambiada. Cerró la puerta con el pie y se metió el llavero en el bolsillo de la chamarra. Traía una bolsa de chicharrones, un portafolios viejo y una urna que parecía hecha de cobre. Se sentó en la cocina, llena de basura y platos sucios. Abrió la bolsa de plástico que traía y empezó a comerse los chicharrones.

Le grité que se largara de mi casa, que quién le había dado permiso de meterse. Pero ya sabía que no me oía. De hecho, ya casi sabía lo que había pasado conmigo.

Se limpió las manos en la pernera del pantalón y sacó del portafolios un papel y algo que parecía un muñeco desnudo, que colocó sobre la mesa de la cocina. Eran mi acta de defunción, en la que él aparecía como el hermano que me había llevado al hospital después de ser atropellada. La muñeca estaba hecha con la tela de un saco color hueso que perdí en la oficina hacía meses, en la cabeza tenía hebras de mi cabello hechas bola, que parecían arrancadas de mi cepillo, el que siempre guardé en el baño.

José había bordado mi cara sobre la muñeca, le hizo senos y genitales con hilo rosa. Sobre el pecho cosió una paleta de caramelo con forma de corazón. Estaba hecha pedazos dentro de su envoltura de celofán transparente, como si le hubieran dado un pisotón.

Interrumpiendo su cena de chicharrones de cerdo, José se levantó de la mesa y estuvo buscando en los cajones y anaqueles de la cocina hasta que encontró una caja que contenía bolsas de plástico con cierre para congelar alimentos. “Este es el tipo de cosa que sólo compran las personas que tienen todo a su favor”, me dijo José, como si supiera que yo estaba ahí.

Con una cuchara sopera, sacó varias cucharadas de ceniza que guardó en la bolsa de plástico, y la cerró cuidadosamente. Luego enrolló el acta de defunción y la metió a la urna, y finalmente, guardó ahí también a la muñeca de trapo. Con una cuchara hizo un agujero en la tierra de la maceta del ficus que yo tenía en la sala y que ya se estaba secando. En esa tumba de planta marchita me sepultó en la urna.

José está vendiendo todas mis cosas y ya encontró los ahorros que tenía escondidos en una bota. Nunca confié en el banco. No parece tener miedo de que algún día puedan echarlo de mi departamento.

El sabe que estoy aquí. A veces habla conmigo con la misma voz engolada de antes y me dice que, ante todo, quería tenerme y nunca perderme. Ha juntado las fotos mías que encontró en sobres viejos y cajones. Las mira y me dice que me extraña. Que quisiera que platicáramos como antes. Nunca me ha pedido perdón por lo que me hizo.

No dudo que me extrañe. Eso sí, el otro día trajo a una tipa a mi casa y le dio un refresco al que le echó una pizca de mis cenizas. Con eso le bastó, a la muy puta, para meterse a mi cama con él.

Gabriela Fonseca (foto)

 

Sobre ser escritor, de Abelardo Castillo

abelardo_castillo-2019El escritor argentino Abelardo Castillo (foto) tiene también su credo literario. Sus recomendaciones a la hora de escribir y lo que él considera es el resultado del trabajo de escribir. La palabra trabajo es adecuada en cuanto esa novela o cuento que muchos dicen “tener en la cabeza” jamás se materializa, porque hacerlo implica trabajo, sentarse varias horas al día, todos los días, para convertir eso que “tiene en la cabeza” en un texto literario. Como sea, los apuntes del gran escritor argentino los retoma Marco Urdapilleta en su blog. Son estos:

1) Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

2) Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

3) Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

4) Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

5) Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

6) No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

7) Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

8) En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

9) No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

10) No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

11) No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

12) Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

13) No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

14) Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

15) Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

16) No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

 

‘Decálogo del escritor’ según Onetti

juan carlos onettiNadie tiene la verdad revelada en materia literaria. Entre otras cosas, porque la sustancia con la que trabaja la literatura es maleable, y quien la trabaja también. Muchas veces se escribe para reflexionar sobre un tema: se comienza con una idea preconcebida y se termina pensando otra, cuando se termina el texto. De modo que nadie enseña a nadie. Cada cual encontrará su camino. Lo único que queda es intentar unos consejos, de acuerdo con la experiencia personal. Y saber qué piensan los buenos escritores sobre el oficio, resulta en todos los casos iluminador. El gran narrador uruguayo Juan Carlos Onetti (foto) sucumbió al deseo de compartir lo que, a su juicio, es el decálogo del escritor; “decálogo”, aunque sean once las recomendaciones. Aquí están:

1) No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

2) No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Este solo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

3) No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

4) No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

5) No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

6) No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

7) No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

8) No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

9) No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

10) Mientan siempre.

11) No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer”.

‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ de Elena Garro

elenagarroNacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.

-¡Señora!… -suspiró Nacha.

La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.

-Nachita, dame un cafecito… Tengo frío.

-Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.

-¿Por muerta?

Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.

-¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.

Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía. Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.

-¿No estás de acuerdo, Nacha?

-Sí, señora…

-Yo soy como ellos: traidora… -dijo Laura con melancolía.

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.

-¿Y tú, Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche. Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.

-Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.

Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.

-¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo, En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?

Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.

-Así eran, señora Laurita.

-Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.

-La culpa es de los tlaxcaltecas -le dije.

Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.

-¿Qué te haces? -me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.

-¿Y los otros? -le pregunté.

-Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo. -Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.

-Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…

-Ya lo sé -me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.

-Está muy desteñida, parece una mano de ellos -me dijo.

-Hace ya tiempo que no me pega el sol. -Bajó los ojos y me dejó caer la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.

-¿Y mi casa? -le pregunté.

-Vamos a verla. -Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.

-Ya no camino… -le dije.

-Ya llegamos -me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.

-Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas -me dijo quedito.

Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.

-Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho -me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.

-Somos tú y yo -me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.

-Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando. -Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.

-Éste es el final del hombre -dije.

-Así es -contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.

-A la noche vuelvo, espérame… -suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
-Nos falta poco para ser uno -agregó con su misma cortesía.

Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
-¿Qué pasa? ¿Estás herida? -me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.

-¡Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! -dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:

-¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?

La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.

-Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca -había comentado Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.

-¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! -comentó la señora abrazándose con Pablo hasta esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.

La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.

-Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”

-Tienes un marido turbio y confuso -me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.

-Para que se animen -nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.

Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.

-¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! -dijo Nacha con disgusto.

Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
-Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.

Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!” Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.

-¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!

-No oímos nada… -dijo el señor asombrado.

-¡Es él…! -gritó la tonta de la señora.

-¿Quién es él? -preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.

La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:

-El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…

Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.

-¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! -gritó el señor.

Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.

-Está herido… -dijo el señor Pablo preocupado.

Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.

-Era un indio, señor -dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.

Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.

-¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?

La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.

-Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota -dijo Laura con desdén.

-Muy cierto -afirmó Nachita.

Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.

-Bébase su café, señora -dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.

-Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien y o no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.

Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.

La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.

-Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.

La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.

-¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.

Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.

-¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! -le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.

-En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?” Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos .de chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.

-¿Qué horas son? -le pregunté al camarero.

-Las doce, señorita.

“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.

-¿Qué haces? -me preguntó con su voz profunda.

-Te estaba esperando.

Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
-¿No tenías miedo de estar aquí sólita?

Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.

-No mires -me dijo.

Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.

-¡Sácame de aquí! -le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
-Éste es el final del hombre -le dije con los ojos bajo su mano.

-¡No lo veas!

Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.

-Duerme conmigo… -me dijo en voz muy baja.

-¿Me viste anoche? -le pregunté.

-Te vi…

Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.

-Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.

Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.

-Señorita, ¿se siente mal?

Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.

-¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!

Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué…

Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.

-¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!

Laura se le quedó mirando asombrada, muda.

-¿Dónde anduvo, señora?

-Fui al Café de Tacuba.

-Pero eso fue hace dos días.

Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.

-¡Laura! -gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.

-¡Alma de mi alma! -sollozó el señor.

La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.

-¡Señor! -gritó Josefina-. El vestido de la señora está bien chamuscado.

Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
-Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas… Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?

-En el Café de Tacuba -contestó la señora muy tranquila.

La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.

-Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?

-Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.

-¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado?

-¿Quemado? Si él lo apagó… -dejó escapar la señora Laura.

-¿Él?… ¿el indio asqueroso? -Pablo la volvió a zarandear con ira.

-Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba… -sollozó la señora muerta de miedo.
-¡Nunca pensé que fueras tan baja! -dijo el señor y la aventó sobre la cama.

-Dinos quién es -preguntó la suegra suavizando la voz.

-¿Verdad Nachita, que no podía decirles que era mi marido? -preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera. Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:
-Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.

Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:

-¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!

Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?

-Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana -anunció al llevar la bandeja con el desayuno. El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.

-¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… -dijo entre sollozos.

Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.

-Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? -preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.

-Sí, señora… -Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.

-Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.

La señora Margarita había dejado caer el tenedor.

-¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!

-No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán -agregó el señor Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.

Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
-¡Se escapó la loca! -gritó con voz estentórea al entrar a la casa.

-Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no”. Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.

-¿Qué te haces? -me dijo.

Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.

-Te estaba esperando -contesté.

-Ya va a llegar el último día…

Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. El siguió quieto, observándome.
-Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones…

Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.

-Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.

Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.

-Son las criaturas… -Me dijo.

-Éste es el final del hombre -repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.

Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.

-Traidora te conocía y así te quise.

-Naciste sin suerte -le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.

-El tiempo se está acabando… -suspiró mi marido.

Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.

Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.

-Aquí me esperas.

Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.

Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.

-El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación -explicó Nachita satisfecha.

Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.

-La que está arriba es la señora Margarita -agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.

Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.

-¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! -dijo con la voz llena de sal.

Laura se quedó escuchando unos instantes.

-Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde -dijo.

-Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino -comentó Nacha con miedo.

-Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? -preguntó Laura molesta.
Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.

-Son más canijos que los tlaxcaltecas -le dijo en voz muy baja.

Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.

-¡Señora!… Ya llegó por usted… -le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.

Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.

-Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor -dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.

-Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino -le confió a Josefina. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.

Elena Garro (foto)

 

‘El arenero’ de Gustavo Daniel Ripoll

gustavo_daniel.ripoll(Con este cuento el argentino Gustavo Daniel Ripoll ganó el Premio ‘Juan Rulfo’ del 2010)

Ida y vuelta. La vida: ida y vuelta. Hay muchos que se preocupan, que tienen miedo de no volver, que sea un viaje de ida. Pavadas, la vida es ida y vuelta. Más extraño sería si yo dijera: Fui, y no volví jamás. Pero yo no soy un tipo extraño, no soy “especial”, lo sé, me lo dijo la Colorada. Yo soy uno más, uno del montón. Menos que del montón. Cuando te hayas ido, me decía, no me voy a acordar ni de tu cara. Tu cara, se parece a otros cientos de caras que pasaron por acá. Caras que van y que vienen, un rato, y después va y viene otra cara, y otra, y otra. Y después ya no hay más caras, es una máscara, una que va y viene, y no tiene rasgos, ni voz; a veces un murmullo sí, un hummm, otras ni eso. Y ya ve usted, tenía razón, soy uno más. Fui uno más de los que van y vienen, pero nunca llegan a ningún lado. ¿Qué será de la Colorada? Antes, cuando me echaba, si no podía dormir porque el guacho del Polaco estaba limpiando las mangueras –lo hace a propósito, es una de las formas en que le gusta torturarnos–, entonces me entretenía pensando qué sería de la Colorada. El último día, cuando le dije que me embarcaba, que no sabía si iba a volver, puso una cara como de decepción. Un momento, pero yo me di cuenta. Yo le conocía la cara como si se la hubiera dibujado. Ve, tenía razón, ella era especial. Las únicas caras que se pueden recordar, son las especiales: cada movimiento, cada surco, cada sonrisa, cada decepción. A lo mejor se pensó que yo algún día llegaría lejos. Capaz que se hizo la película alguna noche en vela de las que no trabajaba. Que yo tenía un montón de guita, y que la iba a buscar al puterío, y que me la llevaba a un departamento lujoso, y quién sabe si no me casaba con ella también, de puro enamorado. A lo mejor ella pensaba eso, digo yo. Pero no me dijo nada. En lugar de eso, se sacó la tanga y me la revoleó en la cara: Para que te acuerdes de mí, dijo. Y a veces, cuando me echaba entre turno y turno, uno se acostumbra a las horas del arenero, es él quien marca los compases, quien vive en nosotros, es como un nene que hay que ponerle las mangueras, sacarle las mangueras, cambiarle los pañales. A veces, cuando me echaba entre un turno y otro, dormía con la tanga de la colorada pegada a la cara. Como si fuera un pañuelo, tapándome la nariz, como si pudiera, por un rato, olvidarme del aliento barroso del arenero. Acá no hay privacidad. El catre lo usa el que no está de turno, así que nunca está vacío. Alguna vez tuvo sábanas, pero la mayoría nos acostamos vestidos. Parecerá extraño, pero es una forma de defenderse del arenero, de seguir siendo uno, al menos en la piel que no se curte con el gasoil y con el barro. Mi piel, y no una más de los que se acostaron –de los que van y vienen, porque todos van y vienen, ¿sabés?– en este catre. El día que me presenté, me explicaron todas las reglas del trabajo, todas la que están escritas, porque las del Polaco por ejemplo, no me las dijeron. Trabajás cuatro horas, dormís cuatro horas. Dormís o paveás, o hacés lo que quieras, vivís. Lo que se puede vivir en el arenero. Eso lo hacés unos quince días, en tandas de tres, lo que tarda el arenero en trepar el río hasta donde se puede chupar, casi un día que se la pasa chupando, y después la vuelta y la descarga. Así vas y venís cuatro veces, y después, tenés unos tres días francos, que luego aprendés que son menos, eso no te lo dicen, porque muchas veces el río está bajo, y no se puede atracar, o se atrasa porque hay que dejar paso a otro barco, y resulta que en una curva del río te comés cuatro, a veces cinco horas de espera, mientras el otro maniobra. Pero nadie se queja, llegar a puerto es un día de fiesta. Para todos, menos para mí. Para mí no hay nada en el puerto. Ni siquiera la Colorada. El Polaco tiene una mina, dicen, porque él nunca habla nada. El Rata siempre tiene alguna colegiala que le dé bola, y Paquete se la pasa en los puteríos. Dice que las putas no le cobran, por el tamaño. Dice que las tiene locas a todas. Pero de una forma u otra, siempre vuelve sin un mango, y termina mangueándome la yerba a mí o al Rata. Con el Polaco no se mete, aunque son compañeros de guardia. Él y el Paquete hacen un turno, el Rata y yo el otro. El Polaco le dice “Paquetito”, le toca el culo. Si a algunos de nosotros se nos ocurriera hacer lo mismo, nos destrozaría; pero cuando se lo hace él, no dice ni mu. Me contó el Rata que una vez se agarraron a trompadas. El Paquete se le fue al humo, y el Polaco lo surtió mal. Le dejó la cara arruinada, y para peor, cuando lo tenía grogui en el piso, se la dio. Dice el Rata que el otro casi ni se movía cuando el Polaco le daba, que estaba como inconsciente. Y después de esa, nunca más. Se hablan lo necesario, pero andan siempre con cara de perro. Yo creo que, cualquier día de estos, el Paquete se la devuelve; al fin de cuentas, todo es ida y vuelta en la vida. Y va a ser jodido, porque el guacho anda armado de veras, da miedo. A mí, si me preguntan: yo no vi nada. El primer franco me moría de ganas de ir a verla. La vida acá arriba es distinta. Hay más tiempo para pensar, o eso es lo que uno se cree al principio. Hasta que se acostumbra. Después entrás en una especie de sueño en vela, dormir entrecortado ayuda, y pasa el tiempo sin que uno se dé cuenta. ¿Cuántos días? ¿Cuántos meses me la pasé sentado en el borde del arenero, con los pies metidos en el agua y mirando la nada? Esperando encontrar la tanga de la colorada, enganchada en una ramita, flotando entre la basura o sobre algún camalote, confundida con alguna bolsa de plástico. El río es lindo para los que vienen de visita. Pero, si estás acá, llega un momento en que te tapa. Todo es río, y no tenés ni idea de si estás en tal o cual lugar, son todos iguales. Arriba del arenero, no te das cuenta de si es de día o de noche, si es primavera u otoño, si sos viejo o si sos joven. Acá es siempre lo mismo. El tiempo no corre en el agua: el tiempo es agua, y si vas a favor o en contra de la corriente, te juega sucio: hace cosas raras. Pero de eso te das cuenta después, cuando ya sos del río, cuando pasó más agua por debajo de tus pies que suelo, cuando te mareás en tierra, cuando no sabés, o no te acordás, como volver. Al principio es todo distinto, es algo nuevo. Se extraña la gente, el barullo. El arenero va rumiando su sueño de gasoil día y noche, y parece que te vas a volver loco. Entonces no ves la hora de tocar puerto, tierra, vida. Y me moría por verla, pero el primer franco todavía no había cobrado, no me habían hecho los papeles, y entonces me tiraron unos pesos adelantados, que eran pocos, y yo no quería mostrar miseria. Por algo me había ido, no para volver con chauchas. Me aguanté. Esperé como un desesperado, ida y vuelta: río arriba y río abajo. El segundo franco también me moría por verla, pero no fui. Había juntado unos buenos mangos, y si esperaba unos francos más, me iba a alcanzar para alquilar un departamentito, para llevármela, para hacerla vivir como se debe. ¿No era eso lo que ella soñaba? Lo que me había mostrado en aquella cara, decepcionada, furiosa casi. Era su sueño, y quién se lo iba a hacer realidad sino yo. ¿Alguno de los borrachos que la iban a ver? No tienen más que para visitarla una vez por quincena, y a veces ni para pagarse los tragos. En eso me podía estar tranquilo. El único que me la podía llevar era yo. Yo era especial, aunque ella no lo quisiera creer. Yo iba a ser especial. Aquellos días dormía con la tanga agarrada bien fuerte bajo la almohada. La cama olía a la Colorada y no a gasoil, y ni el barro de las mangueras podía ensuciarme. Yo soñaba que me esperaba en el puerto, que cuando llegaba el arenero ella me estaba esperando con el vestidito ese floreado que le vi una vez, que corría a mi encuentro y me abrazaba. A veces, hasta venía con un pibe en brazos. Uno como yo, pero chiquito. Y entonces me entraba un ardor en los ojos, y me tapaba la cara con las sábanas para que no me vieran. ¿Cuántas lágrimas tendrá guardada esta almohada? Seguro que no son todas mías. Mientras tanto, iba entendiendo cómo eran las reglas del arenero. No los turnos y las mangueras, eso lo aprendés en un par de días. Lo difícil: sobrevivir en el arenero. Esa sensación del perpetuo cansancio que las cuatro horas de sueño no te alcanzan a sacar, y que se hace todavía peor cuando subís a cubierta y lo único que podes hacer era mirar el río, siempre marrón, y la costa, siempre verde, y discutir si aquel era el arenero de Manzotti, o si el que se había varado había tenido mala suerte, o si era un imbécil que no podía compararse con alguno de nosotros. Para cuando pasan unos meses arriba del arenero, te sabés la vida y obra de todos los demás, y ellos conocen la tuya. Y entonces sólo se puede hablar de lo que hay, de lo que se vive, de lo que se respira. Y eso es siempre el río. Un día me decidí. Había juntado como para alquilarme una casita chiquita, o un departamentito, a lo mejor a ella le gustaba más vivir en un departamento. Hay gente que sufre mucho la humedad. Aunque mi recuerdo de los pies de la Colorada son siempre calientes, como manos que te aferran, como enredaderas que te atraen, que no te dejan escapar. La Colorada sabía cómo exprimir a un hombre, cómo hacerle sentir que la única forma de sobrevivirla era entregándole todo lo que se tiene. Ese día el río estaba de mi parte, algún tiempo después me pregunté si sabría lo que iba a pasar. Ahora estoy seguro. Llegamos con la alta, y ni bien amarramos yo ya estaba abajo, listo para irme hasta la Constitución, a ver si me compraba unos pantalones nuevos, una camisa. Al final terminé comprándome un trajecito que me ofrecieron en tres cuotas. Volví al barco para cambiarme, me bañé y para eso de las seis salí al ruedo. El pelo todavía mojado, el traje con olor a recién comprado. Me sentía un tigre caminando por la Cazón, si hasta me daban ganas de rugir cuando pasaban las viejas. Un par de minas me miraron de reojo en la sombra de un bar, pero yo sólo tenía una mujer en la cabeza: alta, de crenchas coloradas que se sacudían con su cuerpo, blanca como la nieve, siempre de rojo. La Colorada era el dragón de la noche, y yo… yo estaba dispuesto a que me comiera vivo. Ahora me pregunto si el que me haya dejado el bufoso en el arenero fue un error de mi inocencia o una oportunidad del destino, que me hizo volverme por dame tiempo a pensar. De una forma u otra, cuando uno tiene la muerte en los ojos, ya no hay quién se la saque. Se mata primero en la cabeza, y después el cuerpo se arrastra, se somete a la voluntad de lo que ya pasó. Cuando uno mató a una persona en la cabeza, ya está muerta; se aprieta el gatillo para cumplir una mera formalidad, para que el rugir del arma lo convenza a uno, lo amaine. Cuando entré al Tigre Dorado, la vieja Vargas me puso el alto. Me dijo que estaban completos por la noche, que me fuera. Que así vestido le espantaba a los clientes, que la Colorada no trabajaba más ahí. Que me fuera, que me volviera, que esa noche no. Mirá qué pintón que estás, andate a la Cazón, haceme caso. Buscate una buena piba. Vos no tenés nada que hacer acá. Parece que no elijo bien las cosas, o la gente no me quiere. El Polaco, el primer día que subí al arenero me dijo: ¿Y vos que hacés acá? Sos muy blandito, pibe. El arenero te va a comer los huesos. Rajá, que todavía podés. Tal vez tenía razón, pero nunca fui muy bueno escuchando consejos. Discutí con la vieja hasta que se abrieron algunas puertas. En eso apareció un cana en calzoncillos, con la camisa azul desabrochada y con la reglamentaria en la mano, pero la vieja lo tranquilizó, y el grandote bigotudo se volvió a meter en la habitación, protestando como perro demasiado grande cuando lo chumba un chiquito. Yo no oía nada. La vieja me hablaba y me hablaba, pero yo miraba por encima de ella, a la puerta de la Colorada. Yo había venido por la Colorada, y nadie me lo iba a impedir. No está, me dijo. La luz de la pieza estaba apagada, pero eso no quería decir que no estuviera. A lo mejor, al que estaba con ella le gustaba así, o a lo mejor no estaba con nadie, a lo mejor dormía. A lo mejor, desde que yo me había ido, no había querido estar con nadie más. Se había pasado los días casi sin comer, esperando mi regreso; el regreso de una esperanza, de un futuro. A lo mejor, hasta se había enfermado de no comer, y la vieja, sabiendo que la Colorada se moría, no quería darme la mala. O a lo mejor me tenía bronca, porque la había visto palidecer sin que yo diera señales de vida. Hablaba y hablaba, pero no podía entender lo que me decía. En un momento no aguanté más. La puse a un costado de un manotazo que la dejó tambaleante, y me fui para la habitación. Ya sabía lo que me iba a encontrar, pero no me encontré nada. Me imaginaba a la Colorada en la cama, pálida, medio muerta, rodeada de un grupo de compañeras que en vano querían hacerle comer o tomar algo. Y entonces yo llegaba, y ella me veía, y con la última sonrisa de su mano en mi mano, moría. No alcancé a llegar. Vi que algo se movía a mis espaldas y me volteé pensando que era el cana que se me venía encima. La Colorada, vestida como una dama de sociedad, venía del brazo de un compadrito que sabía pasearse por el Canal haciéndose el duro. Venía riéndose, y cuando me vio, no bajó la mirada. Venía riéndose, y era de mí de quien se reía. Me dijo: qué hacés pibe, hoy estoy ocupada; y siguió de largo a la pieza, mientras el otario me empujaba a un lado para hacerle paso. Después ya no me acuerdo de mucho. El arenero se me reía en la cara, y yo iba como un toro a su encuentro. Levanté la cajita de chapa que tenía escondida debajo de la cama, donde guardaba el bufoso, la plata, y la tanga de la Colorada, de la engañera, de la esperanza muerta que se me hacía piedra en el pecho. Y me fui. El Rata me seguía desesperado. Me hablaba, trataba de que me enfriara, pero ya era tarde: ya la había matado. Lo único que faltaba era ir a ver si tenía el coraje de apretar el gatillo. Tengo recuerdos vagos de alguna esquina de Cazón, y de algún grupo de pibes que se apretujaban a la pared mientras pasaba con el arma en la mano. De alguna forma, me las ingenié para cruzar la esquina de la comisaría sin que me vieran. Se ve que había tenido mi elección antes; ahora en cambio, lo que quedaba era llegar a mi destino. Cuando volví a entrar al Tigre Dorado, la vieja había desaparecido. No me acuerdo de quiénes estaban, pero escuché que alguno gritó. Abrí la puerta de un empujón, la habitación estaba a oscuras. En el recuadro que iluminaba la puerta, vi a la Colorada dormida y al otario, que se había sentado en la cama, pálido como una hoja, observando cómo su vida latía entre mi dedo y el gatillo. Entonces me llegó la realidad. Como si se hubiera corrido el telón de la furia, me vi a mi mismo en la puerta, empuñando el arma, y los ojos de la Colorada, marrones como el río, como la arena que chupan las mangueras, como el gasoil que mancha las paredes del arenero. Y todos ellos, juro que eran todos, lloraban en silencio. Se mata primero en la cabeza, y después el cuerpo se arrastra, se somete a la voluntad de lo que ya pasó. Esa noche murió ella, y morí yo. Nos morimos juntos, en nuestro departamentito recién alquilado, con el mocoso y con los sueños. El Polaco sostiene que ese día me hice hombre. Tal vez para ser hombre haya que haberse muerto. Tal vez murió el de tierra, y quedó el de río. Sé que le grité puta como mil veces. La puteé y reputeé; y lloré mientras la puteaba con todo lo que me quedaba adentro, mientras la veía llorar también a ella, temblando. Después le di el bufoso al cana y me volví al arenero. El Rata me compró un helado cuando llegamos a la estación, y nos sentamos a comerlo en uno de los banquitos que están en la orilla. No me acuerdo de qué gusto era.

Gustavo Daniel Ripoll (foto)