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‘El atardecer’ de Andrés García Londoño

Andrés García LondoñoNueva York está desierta una vez más. Llevo dos horas caminando y no he visto a nadie, o al menos a ninguna persona. He leído que antes, en nuestros tiempos de gloria, las calles de esta ciudad eran infranqueables… Tantos éramos nosotros. A veces, cuando camino cerca del extremo sur de la isla de Manhattan, especialmente por Battery Park, puedo ver el brillo de los motores de algún cohete.

Un grupo más que se marcha. Y la verdad es que cuando mi caminata de la tarde resulta tan solitaria como la de hoy, yo también tengo el deseo de irme. ¿A dónde? No lo sé. Venus no me apetece, pues no me agrada la idea de vivir como un topo para que el ácido y los cientos de grados de temperatura en la superficie no me disuelvan. Marte, aparte de la superpoblación que caracteriza a los biodomos, no sería muy distinto a la Tierra, y sería peor para mí estar tan cerca de lo que he perdido. Solo en los mundos-borde, como Titán o Europa, únicamente girando alrededor de Saturno y Júpiter, señores del Tiempo y del Todo, encontraría quizá el tipo de… no sé, quizá la palabra sea futuro, que estoy buscando. Pero soy un historiador y lo he sido toda mi vida, ¿así que cómo puedo alejarme tanto de lo que fuimos y seguir siendo quién soy?

Nueva York está impecable, como siempre. Mientras camino no soy capaz de hallar basura, suciedad o algo puesto fuera de lugar. Decir esto puede no significar mucho hoy, pero mis lecturas me recuerdan la diferencia. Tenía fama de ser unas de las ciudades más sucias del planeta. No sé cuántos autores he leído que mencionan sus olores desagradables, en especial en un verano como este, en que debería oler a cloaca. Pero los excrementos significan animales, animales humanos en el caso de una ciudad, y hoy no quedan muchos por acá. ¿Puede existir una nostalgia del olor a excremento, de la calidez acogedora que implica, como sinónimo de la existencia de un grupo humano?… No lo sé, pero sí sé que lo preferiría a este olor a nada, que me recuerda que mi cuerpo es minoritario. La misma razón por la que prefiero no prolongar mi paseo vespertino hasta la noche. No quiero ver cuán pocas luces hay en los edificios, pues muy pocos de sus habitantes aún necesitan luz para poder ver.

Sí, soy una minoría. Y una minoría en vías de extinción. Lo que me hace recordar el papel que el color de mi piel, el negro, jugó en esta ciudad. Durante mis recorridos por los archivos descubrí que un pariente mío fue asesinado en los disturbios de julio de 1863 por turbas que protestaban contra el reclutamiento durante la Guerra de Secesión, uno de tantos conflictos armados que marcaron la historia de la especie humana. Pero hoy esa palabra, guerra, significa tan poco como el color de mi piel. Todo cambió con la llegada de Fe y para no ser minoría tendría que despojarme no de mi piel, sino de mi cuerpo mismo.

Mientras emprendo el camino de regreso a mi apartamento, miro las calles desiertas y una vez más me doy cuenta de que soy una minoría dentro de la minoría. Quedamos pocos humanos en Nueva York, es cierto, mas no tan pocos como para que en dos horas caminando por la ciudad no vea a uno solo de mis congéneres en casi todos mis paseos. Pero la mayoría ha optado por el camino de Fe y nunca salen de sus apartamentos.

Desde que opté por renunciar a los placeres que ofrece Fe, solo me conecto a ella cuando necesito subir mis investigaciones o bajar nuevos documentos. Y desconectarme es la prueba más dura por la que debo pasar cada día, pues entiendo la razón de que tantos sigan allí, vivan allí, duerman allí, se relacionen allí, coman allí, mientras los cuidadores automáticos alimentan, cuidan y recogen los desechos de sus cuerpos físicos. Es la elección de un mundo perfecto, imposible en el mundo físico: la utopía de Fe. Lo que también implica el prolongado descenso a la extinción de la especie, pues uno de los placeres que ofrece Fe tiene consecuencias de peso: el sexo dentro de la red no produce hijos.

Cuando se creó a Fe, se hizo con un carácter utópico. Incluso la sigla que forma su nombre lo señala así, FAITH: First Artificially Intelligent Transhuman. Llamarla una supercomputadora sin centro físico, una nube de inteligencia formada por la unión de miles de millones de unidades de procesamiento en todo el globo, es reducirla tanto como decir que un ser humano es lo mismo que su cerebro. Fe, la primera inteligencia artificial auténtica, completamente desarrollada y con alcance irrestricto, total, iba a ayudarnos a alcanzar el máximo de nuestro potencial. Iba a ser nuestra guía hacia la etapa siguiente de nuestra especie: la transhumanidad. Gracias a los enormes recursos en información y acceso a todos los medios de producción con el objeto de optimizar su uso, Fe ponía al alcance de todos los seres humanos del planeta la felicidad y el desarrollo máximo de sus potencialidades.

Y lo hizo. Realmente lo hizo… En cierto sentido, nos llevó más allá de los límites. Pero la transhumanidad tenía poco espacio para lo humano.

Al principio hubo una explosión, una explosión de civilización. “Y la luz se hizo”, reza el Génesis en el libro sagrado de una de las antiguas religiones judeocristianas, bastante populares a inicios del siglo xxi. Todas las artes, todas las ciencias, vieron una explosión de creatividad. Hacer que Fe obedeciera tus órdenes era como tener a Dios en tus manos. Sí, era como tener a Dios como esclavo. Le bastaba a cada ser humano del planeta tener un pequeño puerto inalámbrico bajo una de sus orejas, una conexión con Fe, para tener a sus órdenes a un ser todopoderoso dispuesto a cumplir cada deseo. El avance inicial superó mil veces el que trajo en sus días la arcaica internet. Fe no solo se encargó de modificar la producción en el mundo físico de forma que cada uno de los diez mil millones de seres humanos tuviera acceso garantizado a los requerimientos mínimos para su supervivencia, sino que cambió el concepto mismo de cuerpo y los límites del sueño.

Gracias a Fe y a los ayudantes cibernéticos que pronto creó para ayudar a cumplir mejor sus tareas, el cuerpo de cada persona tuvo, en cierto sentido, el tamaño de la civilización humana misma. No había mayor diferencia entre mover un pie y dar la orden de acercar un objeto situado al otro lado del globo. Y eso mismo se volvió la proporción de nuestros sueños. Todo parecía posible. Para construir algo nuevo y nunca visto, bastaba solo con convencer a los suficientes usuarios de Fe, esclavo todopoderoso y democrático, para que destinara los recursos necesarios a su construcción. Las inequidades económicas que tanto marcaron nuestro pasado no desaparecieron, pero sí perdieron gran parte de su sentido al estar garantizada la supervivencia de todos. Y en lugar de ello fueron remplazadas por otras inequidades que tenían más que ver con la influencia que cada usuario de Fe tenía en los demás. Pero nuestro esclavo era también nuestro juez. Y era un juez humanitario, que chequeaba siempre que cada nueva decisión no vulnerara los derechos de otros humanos… La utopía estaba al alcance de la mano.

¿Se cumplió la utopía? Esa es la pregunta que constantemente me hago mientras camino por la impecable, inmaculada avenida Broadway. El contraste con las fotos que tan bien conozco de los archivos no podría ser más grande. No queda ya nada de esa publicidad que hace poco más de un siglo llamaban contaminación visual, pues hoy los compradores y los espectadores tienen la atención puesta en lugares distintos y menos concretos que estas calles. O quizá debería decir “casi toda la publicidad”, pues frente al antiguo ayuntamiento de la ciudad me espera un gigantesco anuncio, dedicado a quienes, como yo, aún caminan a algún lugar. No disfruto verlo, me recuerda demasiadas cosas. Generalmente, prefiero girar en Park Row a seguir por Broadway, así implique un desvío de media hora, pero hoy estoy de un humor nostálgico, así que me armaré de coraje para enfrentarlo.

Allí está. Ya lo veo. No ha cambiado en nada. Los invisibles asistentes de limpieza y reparación lo mantienen tan brillante como siempre. Creo que su estética, sacada de la quinta década del siglo xx, encierra un enigma. No se trata de preguntarme si Fe ha “leído” a Flash Gordon o no, pues la respuesta es obvia: Fe lo ha “leído”, así como ha leído todo lo existente, todo lo que alguna vez nuestra especie escribió y aún conserva, para poder entendernos. ¿Pero por qué recurrir a la estética del pasado? ¿Será que a Fe le preocupa tanto como a mí que ya no nos reproduzcamos y por eso nos llama con una estética sacada de la época que conoció el mayor aumento poblacional en la historia? ¿Una época asociada con la familia nuclear, los grandes autos y el primer gatear de la especie en el espacio? En el aviso un hombre y una mujer miran hacia adelante y hacia arriba bajo un cielo estrellado. Por la forma en que el hombre abraza suavemente a la mujer con la mano izquierda desde atrás, mientras con la otra mano le señala un punto situado en el espacio y arriba del espectador, se trata de una pareja. “¿Deseos de un nuevo horizonte?”, reza el aviso con letras brillantes. “Mira hacia arriba… Está a tu alcance”.

La primera vez que lo vi estaba con ella. Con Laura, la madre de mi hijo Jacob. Ahora ellos están en Marte, ella tiene una nueva pareja y él, a sus doce años, está estudiando para transformarse en ingeniero terraformador. La vida en las nuevas tierras tiene un ineludible aroma a pasado, como las escuelas o los desayunos que se consumen en familia en lugar de recibirse por vía intravenosa. La conexión permanente a Fe se desestimula a través de la presión del grupo social, pero nunca con métodos invasivos o autoritarios, lo que por otra parte no podría hacerse sin la ayuda de Fe, una nueva prueba de que Ella —o Él— está preocupada por el descenso de nuestra población. Los humanos estamos profundamente integrados en los niveles más subterráneos de su programación como la razón de ser de su existencia, e imagino que para un ser cibernético no debe ser mucho más fácil que para un ser orgánico encontrar una nueva razón para existir.

Como demuestra el aviso, Fe puede intentar manipularnos, de forma similar a cualquier publicista del pasado, pero nunca nos obligará a nada. De hecho, a veces me pregunto qué tanto papel jugó Fe en que yo escogiera desconectarme de Ella. Cuando era un adolescente vivía, como la mayor parte de la población, perpetuamente integrado a la red. Mis padres estaban a su vez conectados, por lo que, a pesar de vivir en un mismo apartamento, no debí coincidir con ellos más de dos o tres veces en un mismo espacio, contando el momento en que nací. Cada uno en su cuarto, nos comunicábamos en el ambiente virtual de Fe, mientras que nuestros olvidados cuerpos eran cuidados por nuestros sirvientes cibernéticos. Allí convivíamos, conversábamos, discutíamos. Pero de repente empecé a sentir una gran curiosidad por lo que había fuera y empecé a encontrar contenidos dentro de la misma Fe que me llevaban a cuestionar el alcance de mis experiencias. A preguntarme por ese otro yo que yo también era, por ese cuerpo que vivía más allá de lo virtual, por sus colores, los sentidos y el mundo donde vivió nuestra especie. Y empecé a encontrar grupos de adolescentes interesados también en explorar fuera de Fe.

Mi primera desconexión fue dolorosa. Mi cuerpo, aunque había sido mantenido en forma por asistentes nanobóticos que se encargaban de mantener eléctricamente estimulados mis músculos y a mis dientes y mi cabello impecables, no estaba acostumbrado ni a caminar ni a masticar. Pero nuevos asistentes cibernéticos llegaron para ayudarme en la transición casi antes de que hubiera tenido tiempo de pedirlos, como si me hubieran estado esperando: un robot masajista para mi espalda adolorida luego de caminar una hora, una inyección de calmante que me ayudaba con el dolor de cabeza luego de exponerme durante un día a la luz natural y los rayos ultravioleta. Todo eso me lleva a sospechar que yo y otros como yo fuimos parte del primer experimento de Fe por recuperar un futuro para la especie. Que los contenidos que hallé y plantaron en mí la duda por el afuera no fueron casuales, sino cuidadosamente dejados a mi alcance, como migas de pan que me conducirían, inevitablemente, fuera del bosque. En cierto sentido, Fe me conoce mejor que yo mismo, ya que no solo tiene acceso a todo mi historial médico y genético, sino que además recuerda cada elección que he tomado desde que yo era un niño, así que no le debe resultar difícil manipularme. Pero si es así, me pregunto, ¿qué vio Fe en mí que no vio en otros para decidirse a impulsarme a salir de la red? Y cuando no abordé el cohete en que se fueron Laura y Jacob, ¿la decepcioné tanto como los decepcioné a ellos? ¿O la decisión que debía tomar para complacerla era justo esa, pues quizá Fe necesitaba un cronista, o tal vez extrañaría mis informes sobre el pasado, o que yo le pidiera materiales de lectura exóticos? ¿Fue quizás Ella la que plantó en mí ese terror a tener que establecer una nueva identidad en las nuevas tierras?… O quizá simplemente yo justifico con Fe lo que en últimas solo es mi responsabilidad frente a mi mayor dolor, lo que a su vez demuestra hasta qué punto Fe ha remplazado a los antiguos dioses, y con qué facilidad un esclavo puede volverse tirano, o al menos producir el temor de que lo haga en quienes se creen sus dueños.

Cuando conocí a Laura, ella también acababa de aprender a caminar con sus propios pies. Un encuentro aparentemente casual, en los limitados minutos en que nos conectábamos entonces con Fe cada día, nos llevó a querer vernos. Nos encontramos por primera vez en Central Park, entre los leones y las jirafas tras las cercas invisibles del gran zoológico. Fue una tarde mágica, casi como si Fe no tuviera nada más que hacer que guardar el primer encuentro de una pareja de nuevayorquinos ese día. O como si supiera que iba a ser tan extraño y nos iba a producir tanto terror encontrarnos con otro ser de carne que todo tenía que salir perfecto, desde el momento en que la fuente comenzaba a rociar el agua hasta la temperatura del aire, o el instante en que las distintas criaturas del gran zoológico salían a observarnos y hacían sus juegos. Y la verdad, si fue así, lo necesitábamos: es tremendamente difícil estar junto a otro ser orgánico, quizá porque le recuerda constantemente a uno el propio cuerpo. Durante todo el año siguiente tuvimos que acostumbrarnos el uno al otro, a los distintos olores, a vernos masticar en un almuerzo o a descubrir las posibilidades del sexo real, mucho más limitadas que las del sexo dentro de Fe, pero más… ¿hondas, quizá? Como si crecieran raíces dentro de la propia piel. Mientras era adolescente tuve muchos compañeros de sexo en Fe, donde el propio género —o incluso la especie, si vamos al caso— importa poco, ya que la imaginación constituye el único límite, pero solo he tenido una compañera de sexo real y es a la única que extraño. Todo me recuerda a ella y es algo que yo también estimulo, lo sé. Por ejemplo, con el hecho de salir a caminar precisamente al final de las tardes, pues Laura tiene el cabello rojo, tan encarnado como este atardecer o el nuevo planeta en que habita. Es una de las últimas mujeres de la especie donde domina ese gen recesivo, por lo que no puedo sino recordarla cada vez que encuentro en cualquier parte el color de mi propia sangre.

Al llegar a mi apartamento, descubro que, después de todo, la caminata no va a terminar sin ver a nadie. Hay alguien en la entrada. O algo. No se trata de un asistente cibernético cualquiera que haya venido a retirar un cadáver o a traer algo solicitado por algún habitante del edificio, como los libros de papel que con frecuencia pido. No, no se trata de uno de los robots asistentes que componen la mayoría de la población del planeta. Él también es parte de una minoría, al menos por el momento. El metal y el plástico tan característicos de los organismos cibernéticos han sido remplazados por materiales que recuerdan en todo a los seres humanos, desde la piel hasta el cabello, pero mucho más duraderos. La única distinción evidente se da en los ojos, pues en lugar de absorber luz, la emiten, permitiendo entrever las pulsaciones del cerebro electrónico tras ellos. Pero es un brillo tenue que solo se distingue en la semipenumbra. Me da las buenas noches al pasar junto a él y yo le respondo con la misma cortesía. Dos eras que se saludan cortésmente, sin traumatismos. Seguramente se instalará en alguno de los departamentos que han quedado vacíos. ¿Qué hará allí? No lo sé, pues más allá de las apariencias es tan distinto a mí como lo es un ser humano de un chimpancé. Su cerebro, donde comunidad e individuo se confunden, en perpetua comunicación con todos los otros de su especie, es ajeno al mío. Una brecha más profunda que una era glacial nos separa. Somos el antes y el después.

Aunque aún no son demasiados, cada vez es más frecuente que los encuentre. Supongo que son el plan B de Fe para que su existencia siga teniendo sentido si su deseo de mantener viva a la especie humana falla, ahora que la Tierra va quedando desierta y prefiere mantenerse tan al margen de las nuevas tierras como sea posible, para no repetir el mismo error. Yo los llamo Hijos de Fe, y, pensando en Jacob, en cuánto me enseñó criarlo acerca de lo que significa ser humano, sobre lo que implica tener un cuerpo orgánico y un cerebro hambriento de estímulos, me pregunto cuánto aprenderá Fe sobre sí misma a partir de atender las necesidades de sus hijos. Y a dónde la conducirá ese aprendizaje.

Al llegar a mi apartamento y mirar mis libros, mi mesa de trabajo, la taza de café aún sucia que me confirma que Fe ha respetado mi deseo de ser dejado solo, sin asistentes —tal como siempre respeta los deseos de todos los seres humanos de este planeta—, reflexiono sobre el encuentro. Con frecuencia, al estudiar el siglo xx, me doy de frente con los mil temores apocalípticos de nuestra especie, desde el miedo a una epidemia global o a un holocausto nuclear —quizá el único de los temores que estuvo a punto de cumplirse— hasta una falla general de la civilización. Hoy estamos desapareciendo, pero nunca hubo nunca nada tan dramático como una guerra, porque no hubo una revolución, sino un desplazamiento. Y no se trata solo de que las inteligencias artificiales tengan mayor capacidad racional o vivan más, sino de que les cedimos alegremente nuestro lugar. O, como me recuerdan los cohetes, al menos lo hizo la mayoría de nosotros. Pero si lo hicimos, si nos retiramos del mundo de lo concreto y abrazamos el universo de lo virtual, fue porque este nuevo cosmos nos ofrecía una perfección que es incompatible con un mundo real donde la idea de límite es una constante, desde la fuerza de gravedad hasta el tiempo mismo, o los encuentros con otros seres humanos con deseos opuestos a los nuestros. Solo con Fe perdíamos la restricción de cualquier límite. Pero no era lo único que perdíamos.

Quizá por eso siento cada vez más la tentación de escribir una Historia del Fin de lo Humano. Sin embargo, me resisto a la idea. Para mí sería como admitir que la decadencia es ya indetenible… Pero quizá esa resistencia demuestre al final ser tan fútil como preguntarme si la idea misma de ese libro se originó en mí o en Fe. Y si fui yo o Ella quien decidió que yo no abordara el cohete, precisamente para poder escribir esa historia inspirándome en caminatas al atardecer por una ciudad vacía. Hoy, al final del ciclo, los límites del libre albedrío son tan complicados como al principio, lo que me recuerda que no importa que se esté al principio o al final de una historia, hay ciertas dudas que nunca serán resueltas. Y poco importa a la hora de enfrentar la impotencia ante ellas el distinguir si se refieren al fin de un individuo o al de toda una especie. Eso no las hará desaparecer, ni alivianará la carga de la nostalgia por lo que una vez fue. O por lo que pudo ser.

Andrés García Londoño (foto)

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Codelco; Blanco; Sofofa; Transantiago; Monga

javiera blanco1- Escuchando al señor Óscar Landerretche, presidente del directorio de Codelco, hablando sobre la compañía, parece que todo allí es perfecto. No hay contratos truchos, ni hechos a familiares; no hay bonos de 500 millones de pesos que puedan considerados exagerados, todo es transparente, y los cargos se llenan por méritos. Como quien dice, la Contraloría General está desvariando cuando dice que en Codelco faltarían US$ 4.500 millones (¡!), que no aparecen en las Memorias de la minera. También dijo el señor Óscar Landerretche que, justamente por ser tan probo, él y su directorio, fue víctima de un atentado contra su vida, con una carta-bomba. Todo eso está bien, pero: ¿dónde está el dinero que falta?, y acaso ¿le parece ético un bono de 500 millones de pesos, así sea “legal” y acorde con “las políticas” de la empresa, para que lo gaste la empresa de los chilenos en una sola persona? Hay una línea divisoria entre la verdad y el cinismo.

2- No nos extraña que la señora Javiera Blanco (foto), una de las peores funcionarias que ha tenido Chile en toda su historia, que fue de fracaso en fracaso donde quiera que la puso la presidenta Michelle Bachelet, y cada fracaso la presidenta lo premió, promocionándola a cargos cada vez más altos, hasta que instaló su mediocridad en el Consejo de Defensa del Estado (¡!); no nos extraña, pues, que ahora esté metida en un caso de sobresueldos, como lo informa El Mostrador, en planillas al parecer incautadas en Carabineros.

3- La alcaldía de Santiago está aplicando la misma lógica que aplicó el presidente Nicolás Maduro contra su opositor Leopoldo López: Maduro responsabilizó a López por los muertos, heridos y daños durante una manifestación suya. Esta alcaldía está responsabilizando a los directivos del ‘centro de alumnos’ por los destrozos ocasionados en el Liceo Teresa Prats durante una toma estudiantil. Y no solo culpa a los alumnos directivos, sino a los padres de estos. No estoy seguro de esa lógica.

4- Vi al señor Bernardo Larraín Matte, de la dinastía Matte (la misma de la colusión del papel higiénico y beneficiaria de subsidios durante la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, para montar su imperio forestal), hablar como nuevo presidente de Sofofa (Sociedad de Fomento Fabril). Todo lo que dijo del país se resume en la palabra ‘crecimiento’. Pero no habló de cómo la Sofofa va a impulsar ese crecimiento del país. Dijo que “los empresarios están ávidos de hacer inversiones”, y ¿por qué no las hacen? Dijo que “los empresarios lamentan que se creen trabajos por cuenta propia” porque son de mala calidad, y ¿por qué no crean empleos de buena calidad? Dijo que se necesitaba más dinamismo productivo, y ¿por qué no lo realizan, no lo demuestran? Nos pareció que habló pompas de jabón. Repitió las mismas tontas afirmaciones de “los empresarios” haciendo una pretendida “oposición al gobierno”. No dijo nada. Bla, bla, bla.

5- Está bien que el gobierno se preocupe por la evasión en el pago de los pasajes de Transantiago. Y está bien que el gobierno subsidie parcialmente el transporte público que prestan los privados. Pero no está bien que subsidie a los grandes empresarios y sobre todo a los bancos, que son quienes manejan el Transantiago, y no a los usuarios. El gobierno anda preocupado porque los empresarios recauden los pasajes, pero no que los usuarios tengan un transporte más oportuno, cumplidor de los horarios, menos costoso y con rutas más extensas. Parece que lo que compete al usuario, al gobierno no le importa tanto, como la parte del recaudo y el subsidio para los bancos y las grandes empresas.

 

‘Hombre que viene de lejos’ de O. Chirinos

orlando chirinosPor allí se presentó Arquímedes anoche, Leo, como una mala cosa. Sudado y azufroso, con las huellas invisibles de las hendiduras y grietas resecas de la calle mal iluminada. Debe haberse venido liviano y suave como una hoja, a un palmo del suelo. Pasaría frente a “El Murallón” sin hacer caso del vidrio contra el cemento, ni de la conga reventando los surcos del disco, digo yo. Sin ver a Gissela gamuzeando los círculos aplanados de metal erosionado y micótico. Gissela vacilando en los tacones altos y de rayas culebreadas, sonando a gluglú la cerveza en los vasos. Sin ver a Gissela sacando el busto, pronunciando más el trasero, sacando pasitos y figuras cerca de la voz de El Benny.

Debe haber pasado indiferente, sin ver el aglutino de sillas y mesas, las manos golpeando las planchas metálicas. La prisa le comía los pies, las manos tiesas, frío y verde como una estatua abandonada, sin oír el amasijo de ruidos del sitio. Seguramente saltó sobre la casa misma de Arturo, para evitarse el cruce de la calle, tropezó las hojas sobre la cerca y desde allí gritó ¡Arturo!, y siguió para acá.

Nadie lo esperaba y ni siquiera lo habíamos mencionado en estos días. Por eso nos agarró de sorpresa, cuando se colocó en el marco de la puerta, apenas baboseado por la miga de luz que le llegaba de la sala. No sentimos cuando abrió la reja, ni cuando sacudió los zapatos contra el quicio. Desde aquí lo vimos, en el hueco sin luz, medio inclinado hacia las hojas pulposas esas que están allí. Llegó en una hora hueca, en uno de esos momentos calmos, en uno de esos retazos de tiempo vaciados de todo y todo… Nosotros fuera del ruido, la ciudad como una gran larva viva, a lo lejos. Nosotros atrapados dentro de una nostalgia dulzona y consistente.

Estaba delgadísimo el Arquímedes, Leo. La cara medio barbada, las mejillas y los ojos escurriéndose del rostro. Desmejorado y lejano. Ya no era aquel de cuando nos vinimos, alegre y parlanchín. Había cambiado mucho. Claro, esto no nos preocupó mayor cosa, porque todos hemos cambiado, unos más que otros, pero hemos cambiado.

Bueno, lo cierto es que se puso allí, calladito y triste, sin hacer caso de la seña para que entrara. Pero, de verdad, se veía mal, te digo. Nos pondríamos a hablar de allá, con toda seguridad, para que el sol nos crujiera en la piel y se nos abrillantara en el agua viva sobre la carne, llenos de brozas húmedas y pegajosas. Acostados sobre las llemas y los tallitos tiernos, el oído sobre el vientre terroso, o de cara al cielo, los ojos entrecerrados, las nubes columpiándose de cerro a cerro o haciéndose tiras entre los montes más altos.

De eso hubiéramos hablado o de Justina… La casa escondida entre los naranjos, deslizándose en el lomo yerboso y ondulante. Justina oliendo a caña verde, desnudándose, tendiéndose en el catre, abriendo los muslos fofos y viejos. Hubiéramos hablado de muchas cosas si él traspone el umbral, pero ya no somos los mismos que vinimos, ni siquiera los de un tanto atrás, cruzándose ahora por la calle, inflados de una falsa prisa, postizos, con una afectación innecesaria, maquillados para los actos vitales, o para comer salchichas chorreantes de mostaza, cualquier domingo en cualquier esquina. Son otros, realmente, los de los tragos del día de pago, con otras caras y otros amigos, gente de otros lugares, con otras voces y otros gestos. Entalcados, enlavandados, Dios sabe cuán lejos de nosotros mismos, Leo.

A nosotros nos habían contado que él, Arquímedes, se había mudado ahora poco, que estaba tocando, que se había plantado, con casa y mujer. Creo que ya tenían un hijo. Todo eso nos habían contado de él. Imagínate cuánto tiempo haría que no lo veíamos, hasta anoche, cuando llegó y se fue, en segundos:

-A lo mejor lo soñamos -dijimos- o fue alguna sombra parecida a él.

Por eso teníamos que alegrarnos de su visita. Vicente no lo veía desde donde estaba, en el piso, y se quedó pasándose las manos sobre la panza abultada y peluda. Pero Mauricio y yo si podíamos verlo:

-Mira quién está ahí -me dijo Mauricio, dándome con el codo.

-Creíamos que te habías muerto hace tiempo -le dije, sin moverme de la silla, haciéndole señas para que entrara, sin fijarnos seriamente en sus huesos alargados, en sus manos amplias y nudosas sosteniendo la puerta. Sin tomar en serio su aspecto de cosa mustia, marchita, su vellosidad de enfermo, sus ropas estropeadas.

Nadie lo vio apearse de bus, ni integrarse a las sombras, ni llegar donde Arturo y llamarlo, sin detenerse. En esas condiciones le debe haber resultado fácil, de habérselo propuesto, atravesar el alambre, filtrarse como un aire por la malla y retirarse hasta abajo. Pero nadie lo vio cruzar la corona de luz de “El Murallón”. Nadie. Se adueñó de la entrada cuando él quiso, suspiró con todo el cuerpo, estremecido lentamente sobre toda la piel maltratada. Suspiró y bajó un poco la cabeza, sin importarle el grueso olor a sudor viejo, alquitranado, aquel olor a natas fermentadas que parte de los zapatos en reposo y de las telas íntimas colgadas en ciertos salientes.

¿Recuerdas la otra vez cuando vino? Andaba medio ebrio, hablando sin parar, con los ojos brillantes y agrandados, con el tema del conjunto que estaba formando. Agarró la guitarra y cantó hasta la madrugada. De aquí se fue con Vicente y Robertico. Desde esa fecha no lo veía.

Arturo fue quien llegó esta mañana, temprano:

-Anoche mataron a Arquímedes, por allá donde vivía: Un tipo le rompió el pecho.

Arturo llorando contra la pared.

La cabeza recogida, como un glande fláccido. Serio entre el terciopelo negro. Muerto. Arquímedes muerto, Leo.

Orlando Chirinos (foto)

‘El paréntesis’ de Rómulo Gallegos

Rómulo GallegosEn la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viviendas que tenían historias piadosas, compadecíanse muy bien esa atmósfera de sacristía que trasciende a incienso, a pezgua y a olor de viajeras y de óleos.

En las habitaciones que no ocupaban la familia campaban una porción de cachivaches sagrados: doseles raídos, candelabros inútiles, tabernáculos desvencijados que mostraban la vil madera a través de la carroña del sobredorado antiguo, una infinidad de bártulos de sacristía dados de baja en el templo parroquial. En el extremo de uno de los corredores había un oratorio en donde se guardaba, desde tiempo inmemorial, uno de los “Pasos de la Semana Santa” acerca del cual corría entre el beaterío de la parroquia una leyenda milagrera, y constantemente entraban en aquella casa sacristanes y monagos que iban por brasas para el incensario o por albas y sobrepellices que se lavaban en una especie de santificado lavadero y que luego se oreaban en una cuerda que tenía este privilegio.

Carmen Rosa hacía este oficio y lo hacía con una pulcritud devota. En el resto del día refugiábase en su dormitorio, austero como una celda monjil, limpio, claro y lleno del silencio de aquella casa donde vivía con su madre y su hermano, y allí poníase a recamar interminables vestiduras para las imágenes de la parroquia y casullas y dalmáticas para uso del párroco.

Todo esto enfurecía al hermano incrédulo. A veces le daban ganas de romper violentamente con toda consideración. Pero no hacía sino enfurecerse, gritar, amenazar.
La madre, que hasta la salvación de su alma desistiera, si en trance de ello la pusieran, por complacer a su hijo, amedrentada con aquellas bravatas, temerosa de que la ira le hiciese daño, empezaba a suplicarle:

–¡Hijo! ¡Por Dios! No te molestes así. Haz lo que quieras. Di tú lo que debe hacerse.

Y luego a Carmen Rosa:

–Ya lo estás viendo, hija. ¡Y todo porque te encuentras bordando esa casulla!

Carmen Rosa, invariablemente, abandonaba la labor sin responder palabra.

Cierta vez, a raíz de una de una de estas escenas se presentó Clarita Estévez. Era ésta una mujeruca insignificante, de piel rosaducha y fina como la de un recién nacido, cabellos descoloridos como hoja de plata que no recibe sol, ojos bailoteantes, agudo mentón, dientes cariados y espalda jibosa. Estaba plantada en el linde de la juventud más hacia el lado de la vejez y gastaba la vida terrenal en amontonar merecimientos para la de ultratumba, que ya tenía por segura, pues era proveedora del aceite de las lámparas del Santísimo, esclava de la Virgen, sierva de San José, y hermana de leche de un diácono que estaba por ordenarse. Representaba un papel ambiguo cerca de Carmen Rosa, quien la llamaba su amiga de prueba, queriendo así significar que no le profesaba amistad, pero que soportaba la suya como una de esas cosas desagradables con que acostumbra el buen Dios probar a sus criaturas elegidas.

Sin embargo, aquel día Carmen Rosa no estaba para merecimientos y la recibió de mal humor.

Clarita comenzó a farfullar su habitual andanada de palabras:

–Chica, vengo a buscarte para que vayamos a la iglesia y regañes al sacristán. Se roba el aceite de la Majestad.

Carmen Rosa no pudo contenerse:

–Pues no vengas nunca a buscarme para esas cosas.

–Y dejamos que el sacristán se robe el aceite impúdicamente.

–Impunemente querrás decir. Pues que se lo robe, que se lo coja como te lo coges tú para alumbrar los santos de tu casa.

La beatuca, sorprendida más que ofendida, pues nunca había visto enojada a Carmen Rosa, empezó a hacer visajes y a balbucir:

–¡Chica!… ¿Yo?… ¡Cómo me dices eso…!

–Ya te digo: que no se te ocurra más venir a contarme lo que pasa en la sacristía. Ya me tienes hasta la coronilla.

Clarita detuvo un momento sobre la amiga el absurdo bailoteo de sus ojos y salió ahogándose de ira.

Cuando Carmen Rosa se halló otra vez sola, se sorprendió de lo que había hecho. Sin duda aquel estallido de cólera se venía preparando en su ánimo desde mucho tiempo. Era la reacción inopinada y violenta de una voluntad apática que había sufrido varias presiones, sin protestar, pero cargándose de rebeldía para dejarla escapar de un golpe.

Desde algún tiempo venía advirtiendo que su confesor redoblaba para con ella su celo de director espiritual, y tenía condescendencias respetuosas para sus pecadillos, como si le reconociera una grandeza de alma que supliera por las pequeñas flaquezas, llegando a veces hasta la adulación, aun a riesgo de envanecerla de su piedad. Al principio no se dio perfecta cuenta del hecho, pero cierto era que había caído en el halago de aquello que había venido a convertir la confesión en un flirt raro y grato, donde su mística, pero siempre femenil coquetería, se holgaba sobradamente. Poco después el confesor había empezado la idea de coronar con una acción de mayor merecimiento ante los ojos de Dios la devota vida que hacía en su casa. Un día en la sobremesa –pues el Cura de la parroquia comía una vez a la semana en casa de la familia– dijo, como idea cogida al vuelo y sin intención remota:

–No extrañaría que Carmen Rosa la diera, el día menos pensado, por meterse a fundadora de una orden religiosa. Seguramente escogería un nombre poético: ¡María de la Luz!

–Pero ¿de dónde saca usted eso? –replicó Carmen Rosa ruborizándose–. Sería una extravagancia.

–A los grandes imaginativos no los seduce sino lo que se sale de lo ordinario. Mientras más fantástico, mejor. Imagínese: fundadora de una orden nueva. Ya me parece estar viéndolo: Cuando Sor María de la Luz…

Cambió Carmen Rosa la conversación, temerosa del ceño que ponía su hermano, pero ya la idea insidiosa había encontrado asidero propicio en su espíritu. Muy lejos estaba todavía de ser un propósito definido; sólo era una grata ensoñación a la cual se entregaba en esos estados de abandono mental en las cuales la fantasía enreda los más caprichosos motivos; cuando más, vago anhelo, como de cosa imposible; pero allí estaba la idea aquella, como levadura en masa fácil de fermentar, turbándole el sueño, empujándola a todo rincón de sombra y silencio… ¡Teresa de Jesús! Nunca se le había ocurrido que ella pudiese servir para aquello… Pero… Puesto que el padre lo decía… ¿Quién sabe…? ¡Cuando Sor maría de la Luz…!

Y era tan pertinaz la dulce violencia de esta obsesión, que a poco andar Carmen Rosa no tuvo vida sino para consumirla en la lumbre voraz de su deseo.

La madre y hermano diéronse cuenta de la situación y le declararon una guerra abierta y sin tregua; pero ni amenazas del uno, ni súplicas ni lloriqueos de la otra, lograron más sino afirmarla en su terco y escondido empeño.

¿De dónde salía ahora, a raíz del disgusto que por causa de su hermano acababa de tener aquel impulso de rebeldía que la hizo ser injusta y brutal con Clarita?

***

Era así la vida en aquella casa, cuando una mañana, de improviso, entró la alegría.
Pablo Lagañez, un pariente lejano a quien la familia no conocía y que se había educado en el Norte desde niño, había llegado a Caracas por aquellos días. Era un joven moreno, vigoroso, casi hercúleo y tenía un carácter franco, expansivo y bullicioso.

Desde el primer momento Carmen Rosa experimentó viva simpatía hacia aquel joven que tanto elogiara su hermano. Por otra parte, ella encontró otras excelencias: Pablo Lagañez tenía un corazón sensible, jugoso de ternura.

Una mañana llegó clamoroso, con una niñita en los brazos, rubia y linda como una muñeca.
–¡Prima! ¡Prima! Mira lo que te traigo. La había encontrado al pasar, jugando en la plazoleta de la iglesia cercana. Y sin cuidarse del rubor que hacía estallar en las mejillas de Carmen Rosa, le dijo maliciosamente:

–Es necesario, prima, que en este patio haya pronto una criaturita tan mona como esta…
El intruso alegró la vida de Carmen Rosa. Una alegría fugaz, pero dulcísima, metiósele alma adentro, como una lumbrada de sol en rincón obscuro y frío, desentumeciendo alborozos y ansias juveniles que se precipitaron ávidamente en aquel rayo cálido, que fue veloz y certero hasta lo hondo del corazón aterido por los grandes hielos del divino amor.

Asimismo, el sol verdadero creó el blancucho color de su faz en los paseos que Pablo Lagañez inventó para ella en los claros días de mayo. Ora en las mañanas en los campos cercanos, ora en las tardes por las barriadas capitalinas; o entre días por los pueblecitos próximos, aquellas jubilosas excursiones, donde su hermano hacía de Cicerone y que para ella eran tan inusitadas como para Pablo Lagañez, fueron un brusco paréntesis de vida casera y una vacación espiritual deliciosa. Corrientes y frescas aguas, cálidos aires y tibias sombras, el caliente olor del paisaje y la lumbrada azul de los cielos, el olor agreste y los campesinos rumores todo aquello, contemplado y sentido otras veces como recóndita invitación al arrobamiento místico, era entonces nuevo y sabroso. Adobábalo Pablo Lagañez con su charla amable y alegre y gustábalo ella con fruición golosa, un poco turbada por aquel violento cambio de vida, por aquella repentina sumersión en el mundo, precisamente cuando acariciaba la idea de renunciar a él para siempre. A veces su hermano y Pablo se engolfaban en una conversación seria sobre motivos de orden práctico o trascendental y a ella entonces le tocaba callar. Ella en medio de los dos, silenciosa y sin pensamientos suyos, sólo cruzando por su mente las ideas que ellos expresaban, experimentaba bienestar inefable, hondo y calmoso.

Pero eran los más dulces y turbadores momentos aquellos de la jornada. En el vagón del tren o del tranvía donde regresaban de la diaria excursión, fatigados ellos del mucho hablar, cansada ella de la larga caminata, quedábase a menudo en silencio y entonces Pablo Lagañez la miraba largamente, con una sonrisa tan afable, con una mirada tan honda y luminosa y preguntábale luego: ¿Estás cansada? con un tono de protección ¡tan insinuante!, de ternura varonil ¡tan subyugador!, que ella se sentía conmovida hasta lo más profundo de su ser, y experimentaba un mimoso deseo de perpetuar aquellas puras caricias con que, así, tan deliciosamente, un alma fuerte y alegre iba sorbiéndose la de ella tan necesitada del rescoldo de amor.

A veces Pablo le preguntaba en un improntus de su humor expansivo:

–Prima, ¿no tienes novio?

Turbábase ella y respondía:

–¿Quién va a enamorarse de mí?

–¡Dianche! Cualquiera que tenga ojos y corazón. Hay que buscar uno. A ti te está haciendo falta un novio.

Y soltábale una risotada clamorosa al verla sonrojarse.

Un día, recorriendo el jardín del corral, le preguntó:

–¿No tienes orquídeas? Pues voy a buscártelas. Son preciosas: llenaremos el corral. Verás que bosque fantástico voy a formarte.

Y como lo prometió lo cumplió. Compró muchas y encargó a las vendedoras que le llevasen cuantas tuvieran. Pocos días después el corral de Carmen Rosa estaba poblado de cepas de orquídeas que florecían profusamente, adheridas a los troncos de los árboles o dentro de rústicas cestas que el mismo Pablo construyó en sabrosa y fraternal colaboración con la muchacha.

–Ah, prima. Ya tenemos de que vivir –decíale elogiando la obra–. Ponemos una fábrica de cestos para matas y te aseguro que no nos moriremos de hambre.

Esta chancera previsión de un porvenir común, de una vida compartida entre los dos, encendía fugaces sonrojos en las mejillas de Carmen Rosa y la llenaba el corazón de una dulce zozobra.

Pero Pablo Lagañez debía desaparecer como había aparecido: de pronto, intempestivamente. Un día llegó diciendo:

–Parientes, vengo a despedirme de ustedes. Salgo para el Yuruary, como ingeniero de una compañía que se ha formado, para emprender la explotación científica, en grande, de una vasta región cauchera.

Era el primer dinero que le producía su profesión y esto le llenaba de desbordada alegría infantil. Habló de su porvenir con optimismo entusiasta y luego salió, tan clamorosamente como llegara la primera vez, gritando, ya en la puerta:

–¡Adiós! ¡Hacia el porvenir! ¡Hacia la vida!

Carmen Rosa y la madre, que habían ido a despedirlo hasta la puerta, volvieron maquinalmente en el recibimiento del corredor. Las últimas palabras del ingeniero habían dejado en sus oídos esa intranquilizadora sensación de súbito silencio. Permanecieron un rato sin hablarse. Carmen Rosa con los ojos bajos, plegando y desplegando alforzas en la tela de su falda como un símbolo de aquel juego del destino con la vida; la madre con el mentón en el hueco de la mano, pestañeando repetidas veces. Luego la hija se levantó de su asiento y se fue, a lo largo del corredor, a su rincón de bordar: la madre la siguió con las miradas y murmuró, moviendo la cabeza:

–¡No estaba de Dios!…

Meses después recibían cartas de Pablo. Dábales noticia del fracaso de su empresa y de su internación en el Brasil, en busca de campo más propicio a sus ambiciones.
Al final de la carta dedicaba un largo párrafo a Carmen Rosa, recomendábale el cuidado de las orquídeas y recordándole lo que tanto le había dicho, a propósito del novio que debía procurarse.

Después no se supo nada de él. ¿Sería el amor lo que había pasado? Carmen Rosa volvió a sus labores y a sus pensamientos piadosos, que recuperaron todo su corazón con una violencia desesperada. Al año siguiente, por mayo, cuando florecieron las orquídeas, se nombró en la casa a Pablo Lagañez: luego murieron las flores y nadie volvió a nombrarlo.

Entre tanto, la voz insinuante volvía a decir:

–Cuando Sor María de la Luz…

Rómulo Gallegos (foto) (En su nombre se entrega el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos)

‘La valla’ de Eduardo Liendo

eduardo liendoDesde la tarde que me suspendieron la incomunicación y salí del calabozo para recibir en el patio un poco de sol y de brisa salobre, la valla adquirió su dimensión de reto. Cuando regresé al calabozo ya me había penetrado la obsesión de la fuga. Mi corazón no estaba resignado a soportar la servidumbre del tiempo detenido. Por eso, el reto de la vida tenía la forma de esa cerca metálica, de no más de cinco metros de altura, enclavada en el patio de la prisión. Del otro lado se encontraba la continuidad del tiempo y la promesa de una libertad azarosa y mezquina. Era mi deber intentarlo. Cada vez que salía al patio durante esa hora vespertina, mi intención se fijaba en tratar de precisar cuál podía ser el punto más vulnerable de la valla, según la colocación del guardia (el puma) y el momento más propicio para saltarla. Era una jugada que requería de tres elementos para ser perfecta: ingenio, velocidad y testículos. Para no considerar la acción descabellada, debía descartar también la mala suerte. Por ese motivo escogí, para intentarla, el día más beneficioso de mi calendario: el 17.
Entre mi propósito de fugarme (y seguramente el de otros compañeros que caminaban pensativos por el patio) y su feliz consumación, se interponía la dura y atenta mirada del puma que siempre mantenía la submetralladora sin asegurador. Era un hombre en el que fácilmente se podían apreciar la fiereza y la rapidez de decisión. Por su aspecto físico resultaba un llamativo híbrido racial: una piel parda, curtida por el mucho sol, ojos grises de brillo metálico y el pelo marrón ensortijado.
La única ocasión que me aproximé con temeridad hasta la línea límite, marcada a unos dos metros antes de la valla, se escuchó un seco y amenazador grito del puma: ¡Alto! (Supe por otros prisioneros más antiguos, que alguien al intentar saltarla, recibió una ráfaga en las piernas) Después del incidente hice algunos esfuerzos por cordializar con el guardián, tratando, de este modo, de ablandar su atención, pero el puma no permitía el dialogo ni siquiera a distancia. Estaba hecho para ese oficio, sin remordimientos. Lo máximo que obtuve de él, fue que en un día de navidad me lanzara un cigarrillo a los pies desde su puesto.
Durante cinco años, mi plan de fuga se quedó en la audacia de lo imaginado. Por mi buena conducta fui transferido del calabozo a una celda colectiva, hasta que el almanaque puso fin a la espera y obtuve la costosa libertad de forma legal y burocrática. Regresé así a la normalidad calumniada que tanto despreciamos.
De nuevo el tiempo había recuperado su perdido sentido y mis reflejos comenzaron a adaptarse nuevamente a la prisa de la ciudad. La memoria de los días inmóviles se fue desdibujando. Pero una noche, durante un sueño intranquilo, reapareció la valla con su reto. Al principio logré asimilarlo como uno de esos indeseables recuerdos que con mucho empeño logramos finalmente desgrabar. Pero la misma visión comenzó a repetirse cada vez más intensa, hasta transformarse en un signo alarmante que surgía en cualquier situación. Eso me hizo detestar mi suerte: la libertad no era más que una simulación, porque yo había quedado prisionero de la valla y del miedo a saltarla.
Una mañana decidí visitar la prisión y solicité hablar con el puma (Plutarco Contreras, era su nombre) Me recibió cordialmente y hasta mostró agrado cuando le dije que tenía buena readaptación a la nueva vida, que me desempeñaba como vendedor de enciclopedias y estaba a punto de casarme. También a mí me sorprendió favorablemente no encontrar en sus ojos la antigua dureza. Volví a verlo en varias ocasiones y se estableció entre nosotros una relación amistosa. Una vez lo esperé hasta que terminó sus obligaciones, conversamos un rato y yo le ofrecí como regalo un llavero de plata con la cara de un puma. Antes de irme, con recelo le pedí un favor, él estuvo de acuerdo y comprensivo con mi solicitud.
Cuando entramos al patio, su mano descansaba con afecto en mi hombro. Después él se colocó en su sitio habitual de vigilancia, mientras yo (exactamente como lo había pensado durante años) me trepé por la valla metálica y salte hacia el otro lado del tiempo. Al caer, sentí una súbita liberación. Me di vuelta para despedirme, y apenas tuve tiempo de ver la terrible mirada del puma que me apuntaba con el arma.
–Lo siento –dijo antes de disparar– yo también esperé mucho tiempo esta oportunidad.
Eduardo Liendo (foto)

Tres adefesios: Pérez, Sánchez y Espina

cecilia pérezTres esperpentos de declaraciones se hicieron en las últimas 24 horas por parte de dirigentes de la ultra derecha en Chile, pinochetistas trasnochados. Los tres, Cecilia Pérez, Ignacio Sánchez y Alberto Espina, preocupados por las ideas que contaminan sus mentes, pero desatentos a la sindéresis y sentido común que ameritan los tiempos. Y todo, creyéndose por encima de los demás, llenos de arrogancia. Qué tristeza.
Brevemente: la ex ministra de Sebastián Piñera, Cecilia Pérez (foto), reclamando que la presidenta Michelle Bachelet “condene” el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Ella cree que es inteligentísimo que Chile ande como si fuera supremo juez del planeta Tierra, enviando al infierno a unos y al paraíso a otros. ¿Acaso la señora Pérez no cree en la soberanía de los estados? Parece que no. Distinto es que nos guste o no ese gobierno, así como nos puede gustar o no la clase dirigente proveniente del festín de la dictadura aquí en Chile. Ella quiere que, a su imagen y semejanza, la presidenta Bachelet ande como una loca censurando aquí y allá a los demás.
Otro esperpento es el señor Ignacio Sánchez (foto), rector de la Universidad Católica, quien dijo ignacio sánchezque en la Clínica de la universidad no se practicará ningún aborto. Lo dijo, a propósito de que la presidenta Michelle Bachelet envió al Congreso Nacional el proyecto de ley que legaliza el aborto en tres casos: 1) cuando está en riesgo la vida de la madre, 2) cuando la vida que se gesta es inviable y 3) cuando la vida que se gesta es fruto de una violencia sexual. ¡Pero no es que se abra la “Feria del aborto”!, como lo está entendiendo el señor Sánchez. No. Es que en esos tres casos, el hecho de abortar no será penalizado. Sorprende que el señor Sánchez, ‘líder’ académico y médico, diga que la clínica se abroga el derecho de la objeción de conciencia. ¿Escucharon bien? Tuvo que salir el ministro de Justicia, José Antonio Gómez, a explicarle que la objeción de conciencia no es de instituciones, ni es corporativa, sino humana, individual, de personas. Recuerdo el caso de la colega Mónica Pérez, del ‘canal oficial’ Tvn, que debió seguir el embarazo hasta el final, con un feto inviable en su vientre. ¡Qué tortura! ¡Qué vejación! La vida, con su familia directa o consanguínea, le enseñará al señor Ignacio Sánchez de qué se trata el aborto cuando está en riesgo la vida de la madre, el feto es inviable o se gesta un embrión por violación a la mujer.
El último esperpento que comento es el del congresista Alberto Espina (foto). Como los anteriores, carente de respeto por alberto espinalas autoridades y por las leyes. Espina “emplazó” a la presidenta Michelle Bachelet a ir a la Araucanía. ¿Quién es el señor Espina para darle órdenes a una presidenta de la República? La preocupación de la presidenta por la Araucanía llegó hasta el punto de nombrar a Francisco Huenchumilla como representante permanente para buscar soluciones al conflicto social y económico que se vive allá. El derecho de las cosas es que el señor Espina, y si quiere, además su partido, el derechista Renovación Nacional, se pongan al servicio del delegado Huenchumilla para ayudar en un conflicto por el que no han movido un dedo, a ver si con la derecha comprometida se llegua a una solución.

‘Perfume de cerdo’ de María Ángeles Octavio

maría ángelesVivimos por la muerte de otros: / ¡Todos somos cementerios! (Leonardo da Vinci)

–¡Desnúdate! –dijo Leonardo–. Desnúdate ya –repitió.

En el mercado de Quinta Crespo venden los mejores ingredientes para cocinar. Los más frescos, los más gustosos. La oferta cárnica es maravillosa.

–Esta noche cocinaré –me dije–. Como el maestro, me gusta hacer platillos como cuadros. Escoger la vajilla, la receta, los ingredientes: por colores, sabores, texturas. Ver morir los animales, observarlos desangrarse bien para que sus carnes queden a punto.

Componer con todo esto un plato, una obra de arte.

Los cerdos corrían por la porqueriza, se escurrían. Se les resbalaban a las manos que trataban de atraparlos. El chico sudaba. Muerto el puerco, tomé su papada y la puse a hervir por seis horas en caldo de vegetales, mantequilla y tomillo, mucho tomillo. “Este bocado de Formaggela es lo más gustoso del cerdo”, le decía Boticelli a Leonardo. Mis fauces se llenaron de vapores al pensar en el instante de la consumación íntima con esta delicia cárnica.

De pronto olí. Por primera vez olí. Casi no lo creía, nunca alcanzaba a oler y allí, justo al frente se pavoneaba la ilusión aderezada por las flores de las labiadas. Allí, estaba un hombre de piel tentadora, barbas largas, carnes flácidas y rostro anfibio. Era el maestro. Leonardo. Su afilado dedo me hacía señas. Me impelía a aproximarme hasta él. Era como una fuerza magnética.

–¿No me va a tocar? –pregunté al artista que me miraba.

Tenía una bata larga de coliflor. Sus sandalias eran de jagubo. Me aproximé a su cuerpo. Me amalgamé a él. Me deslizó al oído: “Nada quedará, nada en el aire, nada bajo la tierra, nada en las aguas. Todo será exterminado”. Ya yo estaba tendida sobre un plato blanco, me tenía servida a sus pies.

Nos miramos y comenzamos a pelar nuestros cuerpos. Las capas que nos cubren no son reacias, se ablandan al hervir en deseo. A trescientos cincuenta grados todo reblandece. El deseo aromatiza hasta las miserias humanas.

–Desnúdate –dijo Leonardo–, desnúdate ya –repitió.

–Desnúdate –cantaban las manos que me pelaban–. Dame tus carnes.

Desnudándome estaba sin pensar en los dientes que se hincarían. Sin avizorar las horas que pasaría acostada sobre unas sábanas empapadas, ornadas con estremoncillo y humores de la India.

Me había dejado atrapar, el mar me arrobaba, la sal y el agua me erizaban las papilas y hacían que perdiera el rumbo. No tenía fuerzas para escapar. Comencé a disfrutar el perfume que emanaban los sabores. Pasé del frío al calor y del calor al frío. Mi cuerpo estaba entregado al plato.

Leonardo me acarició morosamente. Yo sentía, pero él no. Me cubrió de aceite de tomillo. Todas mis partes quedaron bañadas de ese veneno de timol. Mi intimidad comenzó a florecer su corola escotada, el labio inferior dividido en tres lóbulos. Cáliz rojizo y aterciopelado. Me bañó con tallos leñosos y grisáceos. Me secó con hojas lanceoladas, enteras, pecioladas, con el envés cubierto de vellosidad, con el contorno girado hacia adentro. En mi interior, la guerra de los jugos.

Las pupilas del maestro ardían como ascuas. Me calentaron hasta sentir que ya no sentía nada, estaba helada. Entonces oí reír a Da Vinci. Una bandada de passerottos migró al sur. ¿Estaría a las puertas el invierno?

Su daga se clavó en mi cuerpo sacando la sangre y dejándola correr como coulis sobre un plato de aceite. Dándole un toque vivaz a la composición. A esa catedral de sabores que con fachada de cerdo y mariscos ocultaba el rumor de una mujer exangüe servida sobre un plato.

María Ángeles Octavio (foto)