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‘El fumador de pipa’ de Martin Armstrong

martin-armstrong-23187(El cuento que están a punto de leer es considerado una obra maestra del terror. Quienes escriban o quieran hacerlo formalmente, tienen en este cuento un excelente material de análisis. JSA)

Por lo general no me importa caminar bajo la lluvia, pero en aquella ocasión la lluvia era torrencial y aún tenía diez millas que recorrer. Por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del pueblo siguiente, y miré por encima de la canela del jardín. La casa no tenía un aspecto muy prometedor, pues vi en seguida que estaba vacía. Todas las ventanas estaban cerradas, y no había una sola con persianas ni visillos. Por una de ellas, del piso bajo, vi paredes desnudas, la desnuda repisa de una chimenea y una parrilla vacía. También el jardín estaba descuidado, los lechos de flores llenos de hierbas; apenas se lo habría reconocido como tal jardín de no ser por la cerca, los vestigios de senderos rectos y los arbustos de lilas que estaban en plena flor y que regaban de agua la hierba cada vez que el viento los sacudía.

Es fácil imaginar, pues, que me sorprendiera cuando un hombre salió de entre las lilas y vino hacia mí lentamente por el sendero. Lo sorprendente no era sólo que estuviera allí, sino que paseaba por allí sin objeto, con la cabeza descubierta y sin impermeable, bajo aquella lluvia que empapaba y calaba. Era un hombre más bien gordo y vestido de clérigo, canoso, calvo, bien afeitado, con el aspecto engreído de intensidad excesiva que ve uno en los retratos de William Blake. Advertí en seguida cómo los brazos les colgaban desmayadamente junto a los costados. Sus ropas y -lo que lo hacía aún más extraño- su cara estaban chorreando agua. No parecía notar en absoluto la lluvia. Pero yo sí. Estaba empezando a correrme por el pelo y a bajarme por el cuello, y dije:

-Usted perdone, señor, pero ¿puedo pasar a guarecerme?

Se sobresaltó y alzó unos ojos desconcertados que se encontraron con los míos.

-¿Guarecerse? -dijo.

-Sí -respondí yo-, de la lluvia.

-Ah, de la lluvia. Sí señor, no faltaría más. Hágame el favor de pasar.

Abrí la cancela del jardín y lo seguí por un sendero hacia la puerta principal, donde él se hizo a un lado con una leve inclinación para dejarme pasar primero.

-Me temo que no lo encontrará muy acogedor -dijo cuando estábamos ya en la entrada-. No obstante, pase usted, señor; aquí dentro, la primera puerta a la izquierda.

La habitación, que era amplia y con un ventanal saledizo dividido en cinco vidrieras, estaba vacía, con la excepción de una mesa y un banco de madera de pino y una mesa más pequeña en un rincón cerca de la puerta y sobre la que había una lámpara no encendida.

-Hágame el favor de sentarse, señor -dijo, señalando el banco con otra leve inclinación. Había una cortesía anticuada en sus modales y en su manera de hablar. Él no se sentó, sino que dio unos pasos hasta el ventanal y se quedó de pe, mirando el jardín chorreante, los brazos aun colgándole ociosamente junto a los costados.

-Por lo visto, a usted no le importa la lluvia tanto como a mí, señor -dije, tratando de ser amable.

Se dio la vuelta y tuve la impresión de que no podía volver la cabeza y de que por eso tenía que volver el cuerpo entero para mirarme.

-¡No, oh, no! -respondió-. En absoluto De hecho no había reparado en ella hasta que usted me la hizo notar.

-Pero debe de estar usted muy mojado -dije yo-. ¿No sería más prudente que se cambiara?

-¿Qué me cambiara? -su absorta mirada se hizo inquisitiva y suspicaz ante la pregunta.

-Que se cambiara de ropa, la mojada.

-Que me cambiara de ropa? -dijo-. ¡Oh, no! ¡Oh, por Dios, no, señor! Si está mojada, sin duda se secará a su hora. Entiendo que aquí dentro no llueve, ¿verdad?

Le mire a la cara. Realmente estaba pidiendo información al respecto.

-No -respondí-, aquí dentro no llueve, gracias a Dios.

-Me temo que no puedo ofrecerle nada -dijo cortésmente-, Viene una mujer del pueblo por la mañana y a media tarde, pero entretanto no tengo ninguna ayuda -abrió y cerró sus manos colgantes-. A menos -añadió- que quiera usted pasar a la cocina y hacerse una taza de té, si entiende usted de esas cosas.

Rehusé, pero le pedí permiso para fumarme un cigarrillo.

-Hágame el favor -dijo-. Me temo que no tengo ninguno que ofrecerle. El otro, mi predecesor, solía fumar cigarrillos, pero yo soy fumador de pipa -sacó pipa y tabaco del bolsillo; era un alivio verle emplear sus brazos y manos.

Cuando ambos hubimos prendido nuestro tabaco, yo volví a hablar: todo el rato era consciente de que recaía sobre mí la responsabilidad de la conversación; de que, si yo no hubiera hablado, mi extraño anfitrión no habría hecho la menor tentativa de romper el silencio, sino que se habría limitado a permanecer de pie, con los brazos caídos junto a los costados, mirando directamente al frente, bien al jardín, bien a mí.

Eché una ojeada a la desnuda habitación.

-Supongo que acaba usted de mudarse, ¿no? -dije.

-¿Mudarme? -se desplazó mínimamente y volvió de nuevo hacía mí su absorta mirada, intensa y desazonante.

-De mudarse a esta casa, quiero decir.

-Oh, no -dijo-. Oh, no, por Dios, señor. Llevo aquí varios años; o, mejor dicho, yo mismo llevo aquí casi un año, y el otro, mi predecesor, pasó aquí cinco años con anterioridad. Sí, ahora debe de hacer siete meses que murió. Sin duda, señor -una melancólica, pensativa sonrisa transformó inesperadamente su rostro-, sin duda no me creerá, Mrs. Bellows no me creyó, cuando le diga que llevo sólo siete meses aquí, eso más o menos.

-Si usted lo dice, señor -respondí- ¿por qué no habría de creerle?

Dio unos pasos hacia mí y alzó la mano derecha. Se la cogí de mala gana, una mano gorda, fofa, fría, que me produjo una sensación desagradable.

-Gracias, señor -dijo-, gracias. ¡Es usted el primero, el primerísimo…!

Solté la mano y él no terminó la frase: Se había sumido, aparentemente, en un ensueño. Luego volvió a empezar:

-Sin duda todo habría ido bien, habría bastado con que mi… esto es, el viejo tío de mi predecesor no le hubiera dejado esta casa. Más le hubiera valido seguir donde estaba. Era clérigo, sabe usted -abrió las manos, dándose a ver a sí mismo-. Éstas son sus ropas de clérigo. De pronto me preguntó:

-¿Usted cree en la confesión?

-¿En la confesión? -dije yo- ¿Quiere usted decir en el sentido religioso del término?

Se acercó un paso. Ahora casi me tocaba.

-Lo que quiero decir es -dijo, bajando la voz y mirándome intensamente-, ¿cree usted que confesar, confesar un pecado o un… un crimen, reporta alivio?

¿Qué iba a contarme? Me habría gustado decir “No”, para disuadir a la pobre criatura de hacerme ninguna confesión, ero había hecho su pregunta con tal tono de súplica que no tuve corazón para rechazarlo.

-Sí -dije-, creo que al hablar de ello puede uno librarse muchas veces de un peso en la conciencia.

-¡Ha sido usted tan comprensivo, señor -dijo con una de sus corteses inclinaciones-, que estoy tentado de abusar…! -alzó una de sus pesadas manos con un gesto perfunctorio y la dejó caer de nuevo-. ¿Tendría usted paciencia para escuchar?

Estaba de pie a mi lado como si fuera el maniquí de un sastre que hubiera sido colocado allí. Su pierna tocada mi rodilla. Me sentí fuertemente repelido por su vecindad.

-¿No quiere sentarse ahí? -dije, señalando el otro extremo del banco en el que yo estaba sentado-. Me resultaría más fácil escucharle.

Volvió el cuerpo y miró absorta y seriamente el banco, luego se sentó en él, dándome la cara, con una pierna a cada lado, inclinado hacia mí. Estaba a punto de hablar, pero se frenó y miró a la ventana y la puerta. Luego se sacó la pipa de la boca y la depositó en la mesa, y sus ojos se volvieron a mí.

-Mi secreto, mi terrible secreto -dijo-, es que soy un asesino.

Su declaración me horrorizó, como no podía ser menos; y sin embargo, creo, apenas me sorprendió. Su extremada rareza me había preparado, hasta cierto punto, para algo bastante sombrío. Contuve el aliento y lo miré fijamente, y él, con horror en sus ojos, me devolvió la mirada fija. Parecía estar esperando a que yo hablara, pero en un primer momento no pude hablar. ¿Qué podía yo decir, en nombre de la cordura? Lo que por fin dije fue algo fantásticamente inadecuado.

-Y esto -dije-. ¿le remuerde la conciencia?

-Me obsesiona -dijo, apretando de repente sus manos pesadas, fofas, que reposaban sobre el banco ante él-. ¿Tendría usted paciencia…?

Asentí.

-Cuéntemelo -dije.

-De no haber sido por la herencia de esta casa -empezó-, nada habría sucedido. El otro, mi predecesor, habría permanecido en su rectoría, y yo… yo no habría hecho nunca acto de aparición. Aunque hay que reconocer que él, mi predecesor, no estaba contento en su rectoría. Se enfrentó con hostilidades, sospechas. Por eso vino a esta casa al principio, sólo a título de prueba, ya ve. Le fue legada vacía: simplemente la casa, sin muebles, sin dinero, y se vino y puso un par de cosas, esta mesa, este banco, unos cuantos utensilios de cocina, una cama plegable arriba. Quería, ya ve, probarla primero. Lo atraía el apartamiento de la casa, pero quería asegurarse de ella en otros sentidos. Algunas casas, ve usted, son seguras, y otras no lo son, y quería asegurarse de que ésta era una casa segura antes de mudarse a ella -hizo una pausa y luego dijo con mucha seriedad-: permítame aconsejarle, amigo mío, que siempre haga eso cuando considere la posibilidad de mudarse a una casa desconocida: porque algunas casas son muy inseguras.

Asentí.

-¡Ya lo creo! -dije-. Paredes húmedas, mal alcantarillado y demás.

Él negó con la cabeza.

-No -dijo-, no es eso. Algo mucho más serio que eso. Me refiero al espíritu de la casa. ¿No siente usted -su mirada absorta se hizo más penetrante que nunca- que ésta es una casa peligrosa?

Me encogí de hombros.

-Las casas vacías son siempre un poco raras -dije.

Reflexionó sobre esta afirmación.

-¿Y ha notado usted -inquirió por fin- la rareza de ésta?

Sentí, en efecto, al hacerme él la pregunta, que la casa era rara; pero era la rareza de él, lo sabía perfectamente, y las sombrías insinuaciones de su charla, lo que la hacían rara, y respondí:

-No es más rara que otras casas vacías, señor.

Me miró con incredulidad.

-¡Extraño! -dijo- Extraño que no lo sienta usted. Aunque bien es verdad que… que el otro, mi predecesor, no lo sintió al principio. Ni siquiera esta habitación (porque esta habitación, señor, es la habitación peligrosa) le pareció extraña al principio; no, pese a que hay en ella una cosa muy curiosa.

Si hubiera hecho bueno, habría puesto fin a la conversación y me habría marchado, pues la charla y el comportamiento del viejo me estaban haciendo sentir cada vez más incómodo. Pero no hacía bueno: estaba lloviendo con más fuerza que nunca y se estaba poniendo muy oscuro. Evidentemente estábamos en medio de una tormenta.

El viejo se levantó del banco.

-Me parece que ahora puedo mostrarle -dijo- esa cosa curiosa de la habitación. Sólo se ve después de que ha oscurecido, pero me parece que ya está lo bastante oscuro.

Se acercó a la mesita del rincón y se puso a encender la lámpara. Cuando estuvo encendida y él hubo vuelto a su lugar el globo de cristal esmerilado, la llevó a la mesa más grande y la colocó a mi izquierda.

-Ahora -me dijo-, siéntese a la mesa de frente.

Así lo hice. Ante mí, al otro lado de la habitación desnuda, se hallaba el ventanal saledizo con sus cinco vidrieras y sin visillos.

-Ahora está usted sentado -dijo, posando una pesada mano sobre mi hombro- donde el otro, mi predecesor, solía sentarse para sus comidas.

No pude reprimir un respingo, ni resistir el impulso de volverme y mirarle. Me resultaba molesto tenerlo de pie a mi lado, detrás de mí, fuera de mi vista. Pareció sorprendido.

-No se alarme, señor, hágame el favor -dijo-; vuélvase y dígame lo que ve.
Obedecí.

-Veo el ventanal -dije.

-¿Eso es todo? -preguntó.

Miré fijamente el ventanal.

-No -dije-. Veo también cinco reflejos de mí mismo, uno en cada vidriera del ventanal.

-Eso es -dijo el viejo-, ¡eso es! Eso es lo que veía el otro cuando comía a solas. Veía a los otros cinco, cada uno tomando su solitaria comida. Cuando él se echaba un poco de agua, cada uno de ellos se echaba agua; cuando él encendía un cigarrillo, cada uno de ellos encendía un cigarrillo.

-Claro -dije yo-. ¿Y eso alarmaba a su amigo, al clérigo?

-El reverendo James Baxter -dijo el viejo-; así se llamaba. Asegúrese de no olvidarlo, amigo mío; y si la gente le pregunta quién vive aquí, acuérdese de decir que el reverendo James Baxter. ¡Nadie sabe, ve usted, que… que…!

-Nadie sabe lo que me ha contado usted. Entiendo.

-¡Exactamente! -dijo él, bajando repentinamente la voz-. Nadie lo sabe. Ni un alma. Usted es la primera persona a la que se lo he mencionado.

-¿Y no ha sido usted objeto de investigaciones? -pregunté-. A este Mr. Baxter, ¿no se lo echó en falta?

Negó con la cabeza.

-No -dijo-. Ni siquiera Mrs. Bellows, que cuidó de él desde el principio, se ha dado cuenta de lo ocurrido.

Me volví y lo miré con incredulidad.

-No se ha dado cuenta, ¿quiere usted decir…?

-No se ha dado cuenta de que yo no soy él. Ve usted -explicó-, éramos muy parecidos. ¡Así es, tremendamente parecidos! Antes de que se vaya puedo enseñarle una fotografía suya y verá usted mismo.

Ahora decidí que, con lluvia o sin ella, me iba a ir: no parecía haber mucho motivo, aparte de la lluvia, para mi permanencia allí. Me puse en pie.

-Bien, señor -dije-, no puedo sino esperar que sienta usted el beneficio de haber aliviado su conciencia de su… secreto.

El viejo caballero se puso muy agitado. Cerraba y abría sus manos fofas.

-Oh, pero no debe irse aún. No ha oído usted ni la mitad. No ha oído usted cómo ocurrió. ¡Yo esperaba, señor, ha sido usted tan amable, que tendría paciencia y amabilidad para…!

Volví a sentarme en el banco.

-No faltaba más -dije-, si tiene usted más que decir.

-Acababa de decirle, ¿verdad que le había dicho -prosiguió el viejo caballero- que yo… que el otro… que mi predecesor solía sentarse aquí durante sus comidas y veía a sus otros cinco yos imitándolo? Cuando él encendía su cigarrillo, ¡veía otros cinco cigarrillos encenderse simultáneamente…!

-Naturalmente -dije yo.

-Sí, naturalmente -dijo el viejo-; todo era enteramente natural hasta una noche, una noche terrible -se interrumpió y me miró fijamente con horror en sus ojos.

-¿Y entonces? -dije yo.

-Entonces ocurrió algo extraño, horroroso. Cuando él, mi predecesor, hubo encendido su cigarrillo mirando a aquellos otros yos, como siempre hacía, vio que uno de ellos, el de más a la izquierda, había encendido no un cigarrillo, sino una pipa.

Me eché a reír.

-¡Oh, vamos, vamos, señor!

El viejo se retorció las manos, lleno de agitación.

-Es cómico, lo sé -dijo-, pero también es terrible. ¿Qué habría pensado usted si lo hubiera visto efectivamente, con sus propios ojos? ¿Acaso no se habría quedado espantado?

-Sí -dije-, si efectivamente hubiera ocurrido. Si hubiera visto una cosa así realmente, desde luego me habría quedado espantado.

-Bien -dijo el viejo-, ocurrió. No había error posible al respecto. Era espantoso, horrible -había tanto horror en su voz como si él mismo lo hubiera visto efectivamente.

-Pero, querido señor mío -le dije-, usted sólo cuenta con la palabra de este Mr. … Mr. Baxter.

Me miró con fijeza, sus ojos resplandecientes de convicción.

-Yo sé que ocurrió -dijo-; lo sé con mucha mayor certeza que si lo hubiera visto. Escuche. La cosa siguió durante cinco días: durante cinco noches seguidas mi predecesor vigiló lleno de horror a ver si la cosa se arreglaba sola.

-Pero ¿por qué no fue… se marchó de la casa? -pregunté.

-No se atrevió -dijo el viejo con un forzado susurro-. No se atrevía a irse: tenía que quedarse y asegurarse con sus propios ojos de que la cosa se había arreglado.

-¿Y no se arregló?

-La sexta noche -dijo el viejo con un hilo de voz- el quinto reflejo, el que había desobedecido, desapareció.

-¿Desapareció?

-Sí, había desaparecido del ventanal. Mi predecesor se quedó sentado, mirando con terror, absorto, el cristal vacío, y los otros cuatro devolvían la aterrada mirada al interior de esta habitación. Él miraba el cristal vacío y luego los miraba a ellos, y ellos le devolvían la mirada fija, a él o a algo detrás de él, con horror en sus ojos. Entonces él empezó a ahogarse… a ahogarse -dijo el viejo jadeando, él mismo casi ahora ahogándose-, a ahogarse, porque había unas manos alrededor de su garganta, agarrándolo, estrangulándolo.

-¿Quiere usted decir que las manos eran las manos del quinto? -pregunté, y fue sólo mi horror ante el horror del viejo lo que me impidió sonreír cínicamente.

-Sí -dijo él con un silbido, y extendió sus manos gordas y pesadas, mirándome con ojos fijos-. Sí. ¡Mis manos!

Por primera vez me sentí realmente aterrorizado. Nos miramos mudos el uno al otro, él jadeando y resollando aún. Luego, esperando calmarle, dije lo más tranquilamente que pude:

-Ya veo: ¿así que usted era el quinto reflejo?

Él señaló su pipa encima de la mesa.

-Sí -jadeó-; yo, el fumador de pipa.

Me puse en pie: tenía el impulso de correr hacia la puerta. Pero algún escrúpulo me retuvo allí inmóvil, la sensación de que sería inhumano dejarlo solo, presa de su horrible fantasía; y con la vaga idea de hacerle entrar en razón, de aliviar su torturada mente, pregunté:

-¿Y qué hizo usted con el cuerpo?

Contuvo el aliento, un estremecimiento le desfiguró el rostro y, apretando sus dos extendidas manos, empezó a golpearse el pecho convulsivamente.

Éste -gritó con voz agónica-, éste es el cuerpo.

Martin Armstrong (foto)

 

 

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No es un buen sistema las AFP; No+AFP

afpPueden desgañitarse los promotores de las Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP, ofreciendo el cielo y la tierra, pero son un robo para los trabajadores. Las AFP son, en realidad, cuentas de ahorro. Nada más. Y el pago de los intereses por tener el dinero en esas cuentas, es exageradamente bajo. En cambio, es alto el riesgo de que el ahorrador (trabajador) pierda su dinero. Lo vea esfumarse en manos de las AFP.

Poner el dinero, que es fruto del trabajo diario durante años y años, en una cuenta de ahorros, y que al final no le compensen ni siquiera el costo de la inflación, es perder el dinero. Y esto es lo que ocurre con las AFP.

De una parte, tantos años en que los trabajadores han tenido que depositar sus ahorros en esas cuentas, mal llamadas de ‘pensiones’, y los empleadores jamás han puesto un peso a favor de quienes, con su trabajo, han hecho que sus empresas funcionen y den utilidad. Solo ahora, en el 2017, los empresarios harán un aporte del 5%, de acuerdo con el proyecto de ley que se presentará ante el Congreso.

De modo que los empresarios no solo han depredado la vida, la energía existencial de los trabajadores; no solo han hecho utilidades a costa de romperle el lomo a los empleados, sino que no han hecho nada por sus ‘colaboradores’ (empleados), ni por la sociedad. No han aportado un peso.

De otro lado, los trabajadores son objeto de retención de una parte de su sueldo, con destino a las Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP. Esto quiere decir que un grupo de empresarios, autorizados a captar esos dineros, y rentabilizarlos, han tenido una millonada a su disposición, sin hacer nada. No han hecho el más mínimo esfuerzo por seducir esos dineros, sino que pasivamente se les entrega para su “administración”. Por eso, las AFP son parásitos del dinero de los trabajadores.

Toman el dinero de los empleados y hacen negocio con él, y le devuelven al dueño real del dinero, el trabajador, una miseria. Pensiones que no llegan a los 100 mil pesos. Pero ellos, los parásitos de las empresas administradoras obtienen utilidades multimillonarias cada año. Las AFP son un negocio pulpo en manos de parásitos.

Y ahora, cuando los empresarios, por fin van a poner 5% de cotización en favor de los empleados (de los que exprimen su fuerza laboral), los señorones de las AFP hacen más bulla que las gallinas cluecas, y consideran que “el Estado no puede tocar esa plata”. ¡Consideran que el Estado no puede cumplir su función social!

En su voracidad parasitaria, las empresas administradoras del dinero de la jubilación de los trabajadores meten miedo a la gente para que ellos puedan volver a quedarse con este mayor dinero de los empleados, proveniente del 5% de los empleadores, y aumentar sus utilidades.

Porque ellos usan el dinero de los trabajadores, pero las ganancias que obtienen no las comparten, sino que las fragmentan, y la mayor parte, casi la totalidad, es para ellos, y la miseria restante para los trabajadores. Así se permiten sus autos de lujo, sus mansiones de lujo, sus casas de campo de lujo, sus cuentas bancarias de lujo, y sus hijos estudiando de lujo en Europa o Estados Unidos.

No+AFP, porque es un robo al dinero de los trabajadores. La plata de las jubilaciones no debe ser para que un grupito de privados obtenga millonarias ganancias, a expensas de la miseria de los jubilados.

Las AFP son un sistema perverso, un sistema de cuentas de ahorro que no paga intereses a los clientes.

No+AFP, porque el sistema de cuentas de ahorro, que pomposamente llaman “sistema de capitalización”, no es tal, porque ellos no capitalizan al trabajador, que es su cliente, sino que capitalizan sus propios bolsillos, haciendo negocios con el dinero de los pobres.

 

Para qué sirven las AFP; Pinochet; y Ernesto Silva

afp-ladrones-2Qué son. Las administradoras de fondos de pensiones, AFP (logo), son empresas privadas cuyo único objetivo es el lucro de sus propietarios. Ahí no hay una consideración social, excepto la de captar los ahorros de los trabajadores. Una vez con el dinero en sus manos, se dedican a hacer negocios con esa plata, para obtener unas utilidades que los ahorradores jamás verán. ¡Los empresarios no ponen un solo peso! Y el dinero ganado en las AFP se va en alquilar o construir edificios para sus oficinas, pagar millonarios sueldos y bonificaciones a los ‘directores’, y tomar las utilidades. Los ahorradores no representan nada en este negocio; solo sirven para que los dueños y ‘directores’ de las AFP se hagan ricos, o más ricos de lo que ya son. Es un sistema fraudulento para con el ahorrador.

No más. El señor Andras Uthoff (foto) fue miembro de la Comisión Bravo, a la que el Andras Uthoffgobierno le encargó revisar el sistema previsional y pensional de Chile. Uthoff denunció que el gobierno no le dio a la Comisión el presupuesto suficiente para actuar, y, además, el director de la Comisión, David Bravo, sesgó el resultado del análisis que se produjo en ella. David Bravo hizo creer que, con un simple retoque a las actuales AFP fraudulentas, todo se solucionará. Pero no es así. Para Uthoff, “el sistema actual fracasó. Seguir con más de lo mismo es una apuesta muy arriesgada”. E insistió en que “si no haces una reforma estructural, las propuestas pierden sentido”.

Anécdota. Se cuenta que cuando el señor José Piñera (foto) expuso la ‘redención’ que tenía josé piñeraen carpeta para los trabajadores de Chile, de poner sus ahorros en manos de la empresa privada, a través de administradoras de fondos de pensiones, AFP, el dictador Augusto Pinochet preguntó una y otra vez: “¿Quién administrará la plata?” ¡No confiaba en la empresa privada! Algo le olía mal. “Eso me produce alergia, porque también sé que hay varios señores que se están haciendo millonarios en este país”, fue el argumento del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, ante el adefesio que vendió, como pomada sanadora, el señor José Piñera.

Mentiroso. Vi en días pasados al expresidente de la Unión Demócrata Independiente, Udi, ernesto silvaErnesto Silva (foto), con su cara de idiota (*) en la televisión, mentir sin el menor empacho, al decir que la crisis económica de Grecia se debía a que habían eliminado el sistema de las AFP. ¿Que qué? Pero, por supuesto, hay gente, más idiota que Silva, que cree esas sandeces.

(*) adj. y com. Tonto, poco inteligente. Que padece idiotez.

‘El Terrible Anciano’ de H.P. Lovecraft

H.P. LovecraftFue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de la Calle Walter, próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada… lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de veleros de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones, no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.
La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? Al señor Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados –como si hubieran recibido múltiples cuchilladas– y horriblemente triturados –como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas– que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en la Calle Ship, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.
H.P. Lovecraft (foto)

Por fin Tvn emitirá ‘El diario de Agustín’

diario-agustin-Tvn pondrá fin este sábado (hoy) a una polémica que se inició hace más de un año y medio: transmitirá el documental ‘El diario de Agustín’, mismo que a fines de 2012 se negó a poner en pantalla.

El trabajo dirigido por Ignacio Agüero, que indaga sobre la manipulación de información por parte del diario ‘El Mercurio’, de propiedad de Agustín Edwards Eastman, para colaborar con el golpe militar de 1973 y posteriormente para invisibilizar las violaciones a los Derechos Humanos cometidas por la dictadura, se emitirá en realidad la madrugada de este domingo, a las 00:30 horas, en el debut de una nueva temporada del programa “Zona de Realizadores”, que contará con 11 obras de producción nacional.

“‘El Diario de Agustín’, de Ignacio Agüero, que es el capítulo de estreno de esta temporada de ‘Zona de Realizadores’, registra la investigación de un grupo de seis estudiantes de periodismo de la Universidad de Chile, quienes realizaron su tesis de titulación indagando en la conducta de ‘El Mercurio’ durante los años de la Unidad Popular y el régimen de Augusto Pinochet”, dice un comunicado del canal.

La decisión se produce a poco andar de la nueva administración del canal con el socialista Ricardo Solari a la cabeza del directorio, y la periodista Carmen Gloria López como directora ejecutiva.

La polémica se inició en diciembre de 2012 cuando Fernando Villagrán, uno de los realizadores del documental, denunció que Tvn se negaba a emitirlo porque el directorio le tenía miedo a Agustín Edwards. (Leer más)

La CIA, Agustín Edwards y el golpe militar del 73

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Los documentos desclasificados recientemente por el organismo de inteligencia y contrainteligencia estadounidense CIA, arrojan luces sobre eventos históricos chilenos, y corrigen, sin derecho a dudas, versiones erradas de los acontecimientos. En el caso del alevoso golpe militar de 1973 contra el presidente Salvador Allende, muchos, hoy día, insisten en ‘justificarlo’ con afirmaciones peregrinas, como esa de que el país era un caos económico, había desabastecimiento, etcétera. El ex presidente de la Democracia Cristiana, Patricio Aylwin, llegó a decir, con cínica sonrisa, justificando el golpe fascista, que eso había pasado porque “el de Salvador Allende era un mal gobierno”. Sabemos, de cierto, que la Democracia Cristiana coadyuvó al golpe, pero esos documentos desclasificados, como los que van a ser referidos a continuación, de lo que dan cuenta es de un plan de Estados Unidos, un plan de la CIA y de los peleles chilenos, para “tumbar” al presidente Allende, desde el mismo día en que ganó las elecciones.

El 14 de septiembre de 1970, es decir, diez días después de que Salvador Allende ganó las elecciones, se reunió el dueño del periódico ‘El Mercurio’, Agustín Edwards, con el jefe de la CIA para, al parecer, formar parte del proceso en que se fraguó el golpe de Estado del 73. A la sazón, Agustín Edwards (foto), pero también Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva fueron ‘consultados’ por Estados Unidos sobre la manera como debía actuarse frente al gobierno de la Unidad Popular, UP. Si en los documentos desclasificados hace varios años atrás se sabía de una o varias reuniones de un chileno con la CIA, en esa oportunidad el nombre aparecía tachado. Los documentos recientemente desclasificados permiten leer el nombre de ese chileno: Agustín Edwards. La información la trae hoy el diario online El Mostrador, sobre la labor de Ciper, cuyo texto reproduzco a continuación:

“El corresponsal de Time, Washington Post y cofundador de Ciper, John Dinges, sostuvo que los documentos recientemente desclasificados por la CIA muestran la relación oficial que tuvo Estados Unidos con Chile durante la época previa al Golpe de Estado y el rol que jugó el dueño de ‘El Mercurio’, Agustín Edwards, ya que “demuestran que tenía un trato mucho más intensivo que el que conocíamos”.

“Dinges sostiene en declaraciones a ‘CNN Chile’ que estos informes dan cuenta del vínculo que tuvo el gobierno estadounidense de la época con los actores militares, la derecha, la Democracia Cristiana y el reclutamiento de personas de partidos políticos ligados a la Unidad Popular. “Toda esa historia clandestina se ve mucho más clara que antes. Las historias que para mí son novedosos es el papel de Agustín Edwards de El Mercurio, ya que los documentos clarifican mucho más cómo fue su papel y que sus relaciones eran mucho más intensivas que lo que habíamos conocido antes”.

“Hemos tenido miles de documentos en los últimos años, empezando con los documentos de Bill Clinton, pero lo que es, es una “historia oficial”, una compilación de los documentos más relevantes por parte del Departamento del Estado, pero la idea es fijar el récord oficial sobre cómo fueron las relaciones con Chile sobre esa época. Muchos de los documentos los conocíamos, pero de forma parcial”, indica.

“Y agrega que “estos documentos son leíbles para cualquier persona. Cuando sale un nombre, sale una explicación de quién es”, añadiendo que con esto “la historia es más coherente”.

“Asimismo, dijo que “no ha cambiado la película demasiado” a partir de lo que se conocía sobre el accionar de la CIA, pero destacó que tales documentos “no cambian la versión” y dejan constancia de la operación que se hizo desde la elección de Salvador Allende.

“Dinges había sostenido en una entrevista anterior con radio Cooperativa que los documentos comprueban la importancia que tuvo Agustín Edwards para Estados Unidos al momento de determinar su apoyo a un golpe de Estado en Chile.

“El periodista Dinges precisó que los informes deberían haberse desclasificado hace 10 años, pero tardaron en darse a conocer al público por “la sensibilidad, por el sentido de culpa que tiene Estados Unidos, por resistencia de los actores chilenos que participaron con nosotros en los actos de los años setenta”.

“Añadió que entre los documentos hay algunos que ya conocía, pero que estaban tachadas algunas líneas y que en los de ahora ya no están.

“Como ejemplo mencionó que se puede encontrar un “documento famoso sobre una reunión de Agustín Edwards, el dueño de El Mercurio, con el jefe de la CIA el 14 de septiembre de 1970, 10 días después de la elección de Salvador Allende”.

“Habíamos sabido de esa reunión y el documento que resume la conversación había sido desclasificado parcialmente, sin reconocer que el participante chileno era Agustín Edwards. (…) Ahora tenemos el documento prácticamente sin ataduras que revela la conversación”, sostuvo.

“Considero que la conversación cambia el récord histórico frente a la participación de ese señor Edwards que es, según los propios documentos, una de las tres personas más importantes en ese momento en la vida de Estados Unidos (respecto de su relación con Chile)”, expresó.

“Afirma que el gobierno estadounidense llamó a tres personas que fueron Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva y Agustín Edwards y que éstos “son los tres a quienes querían consultar para ver qué debía hacer Estados Unidos con respecto a un posible golpe de Estado después de la elección de Allende”.

“En cuanto al compendio de informes, Dinges sostiene que estos dan cuenta de un periodo que coincide “básicamente con los dos golpes de Estado: el golpe de Estado fracasado de 1970, organizado por Estados Unidos, y el segundo golpe de Estado exitoso, de Augusto Pinochet y los militares, que tuvo una participación indirecta de Estados Unidos”.

El terrorista Jovino Novoa de la Udi

jovino novoaQué mala imagen de Chile proyecta el señor Jovino Novoa (foto). Él fue un alto funcionario del dictador Augusto Pinochet, y fundador del partido ultra derechista Unión Demócrata Independiente (Udi), que todavía, en democracia, ocupa puestos de dirigencia. Él considera todo lo que no esté alienado con las dictaduras y el fascismo, como una amenaza “izquierdizante”.

En estos días está empeñado en hacerle mala imagen a Chile, diciendo que el actual gobierno de Michelle Bachelet quiere ahuyentar la inversión extranjera, y quiere empobrecer a los ricachones que él representa.

Qué mala imagen proyecta este ex congresista de Chile, asociándolo con Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, como si fueran comparables los cinco países. Eso es mala fe.

Un daño profundo causa en la mente de los chilenos, también, llenándolos de miedo. Insinuando que puede haber otro criminal como Augusto Pinochet si se sigue con ideas “izquierdizantes”.

Este tipo de actitudes son propias de radicales políticos, que suelen estar por fuera de la realidad, como Adolfo Hitler, o criminales contra el Estado como Pablo Emilio Escobar Gaviria. No son actitudes de un demócrata.

El señor Jovino Novoa quiere que los chilenos vivamos con terror.

Toda su actitud, agria y refractaria con su país, porque el gobierno puso a consideración del Congreso una reforma tributaria, en la que los pocos que ganan 250 veces más que los trabajadores (*), y cuentan con ejércitos de abogados para crear y emplear decenas de artilugios legales para no pagar impuestos, o eludirlos o evadirlos, paguen, por fin, tributos al país.

Está furioso por eso. Porque se quiere cerrar la brecha de la vergonzosa desigualdad actual en Chile, que es algo exótico en estos tiempos, y sobre todo en un país que se precia de pertenecer a la Ocde y ser impoluto en el vecindario de los gobiernos de mala calidad, “izquierdistas”.

Él quisiera que aún tuviéramos el mundo enfermo y violento de su protector, el dictador impune Augusto Pinochet.

Está furioso porque quienes lo han financiado en sus campañas electorales, es decir, los ricachones (sus patrones) le han expresado su inconformidad por tener que retribuirle al país unos pocos pesos, de los miles de millones que se echan al bolsillo y sacan del país para no pagar impuestos.

Cómo puede alguien preciarse de ser “un político” cuando odia a su país. Cuando considera que los connacionales son personas de segunda clase. Gente que no merece vivir dignamente, sino sometida al terror y con ingresos de miseria.

Lo que hace el señor Jovino Novoa es defender a los que sacan su dinero a paraísos fiscales, como el ex candidato presidencial Lawrence Golborne; defender a los empresarios que no pagan impuestos, o que los eluden, o que los evaden; empresarios que recibieron en la dictadura bancos y empresas y miles de hectáreas a precios irrisorios y con créditos a plazos infinitos y tasa de interés ridículamente bajas, casi inexistentes.

A estas personas defiende el señor Jovino Novoa.

Y para ello, que él considera una noble labor, crea un clima de terror en el país, considerando a todo el que no se parece a su padrino el dictador impune Augusto Pinochet un “izquierdista peligroso”, y diciéndoles a los inversionistas extranjeros que no vengan a Chile.

Es decir, más parece un apátrida, que un demócrata.

Personas con la mentalidad como la del señor Jovino Novoa son las que hacen desigual el país, crean ciudadanos de segunda categoría, siembran el terror, disocian para reinar, confunden los propósitos de bienestar social con unas amenazas a los capitales de sus patrones. Capitales que, muchos de ellos, han sido dudosamente habidos o hechos merced a los beneficios del impune dictador Augusto Pinochet.

Si Chile quiere crecer, en lo económico y lo ciudadano, si quiere como país tener sana su mente, debe aislar a personas como el señor Jovino Novoa, que son un cáncer destructivo del tejido social.

El señor Novoa no hace oposición, hace terrorismo, amparado en un partido que apoyó una dictadura sanguinaria, y cobijó con la impunidad al despreciable dictador.

(*) “250 veces” no es una expresión caprichosa y efectista, sino un dato cierto de analistas imparciales chilenos. Quiere decir que mientras un empleado gana el mínimo, $210.000 al mes, un empresario de los que defiende el señor Jovino Novoa, gana $52.500.000 mensuales.