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‘La casa de Asterión’ de Jorge Luis Borges

borgesSé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

–¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió.

Jorge Luis Borges (foto)

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‘Historia de un computador’ de Alejandro Zambra

alejandro zambraFue comprado el 15 de marzo del año 2000, en cuatrocientos ochenta mil pesos, pagaderos en doce cheques que Max llenó con impaciencia, como si obedeciera a un impulso y no a una decisión responsable. Trató de acomodar las cajas en el maletero de un taxi, pero no había espacio suficiente, por lo que hubo que usar pitillas y hasta un aparatoso pulpo para asegurar la carga. Vivía en el centro de Santiago, a diez cuadras de la multitienda, en un departamento oscuro y estrecho de dos ambientes. Arrinconó como pudo la pesada cpu bajo la mesa del comedor y tendió los cables de forma más o menos armónica. Desde entonces el teclado, el monitor, el mouse y los parlantes compartieron mesa con peligrosas tazas de café y ceniceros vaciados sólo de tarde en tarde.

Al comienzo Max ocupaba únicamente el procesador de texto y la verdad es que no demasiado: ni siquiera llenaba los renglones, pues escribía breves líneas que él llamaba versos libres. Los versos libres crecían de dos en dos, aunque era frecuente que Max los borrara y comenzara de nuevo. Se valía, simultáneamente, de un cuaderno y de una pluma que al primer descuido regó de tinta el sector inferior derecho del teclado. Además de esa mancha, el teclado debió soportar una persistente lluvia de cenizas. Max casi nunca alcanzaba el plato que usaba para fumar, y fumaba mucho mientras escribía, o más bien escribía poco mientras fumaba mucho, pues su velocidad como fumador era notablemente mayor que su velocidad como escritor. Años más tarde la acumulación de mugre causaría la pérdida de la vocal a y de la consonante t, lo que naturalmente condujo, tras varios días de caos, al reemplazo del teclado. Pero eso sucedió después, y lo mejor será respetar, de ahora en adelante, la secuencia de los hechos.

La llegada del invierno aumentó considerablemente el uso del computador. Incluso a veces, a falta de una estufa, Max evadía el frío acariciando, de rodillas, la cpu, cuyo leve rugido muy pronto constituyó un sonido hogareño, que tendía a encontrarse y a confundirse con la ronquera del refrigerador y con las voces y bocinas que llegaban desde afuera. Max ya no usaba solamente el procesador de texto: con torpeza y constancia había descubierto programas muy sencillos que permitían resultados para él asombrosos, como la grabación de voces –mediante un escuálido micrófono que, en un comienzo, había desatendido– o la programación de rebuscadas sesiones de música. Seguía, en todo caso, con las líneas a medias de sus poemas, que nunca imprimía, tal vez porque nunca los consideraba terminados.

Las pocas mujeres que durante esos meses visitaron el departamento se iban antes del amanecer, sin siquiera ducharse o tomar desayuno y en general no regresaban. Pero de pronto hubo una que sí se quedó a dormir y luego también a desayunar. Llamémosla Claudia. Una mañana, al salir de la ducha, Claudia se detuvo ante la pantalla apagada, buscando arrugas incipientes u otras marcas o manchas esquivas. Era bella, sin duda: la cara morena, los labios ni delgados ni muy gruesos, el cuello fino, los ojos verdes y oscuros. El pelo le llegaba hasta los hombros mojados: las puntas parecían numerosos alfileres clavados en los huesos. Su cuerpo cabía dos o tres veces en una toalla inmensa que ella misma había llevado a casa de Max. Semanas más tarde Claudia llevó también un espejo para el baño, pero igualmente conservó la costumbre de mirarse en la pantalla, a pesar de lo difícil que era encontrar, en el reflejo, información suficiente.

Después de tirar toda la mañana, Max solía quedarse dormido. A Claudia le costaba dormir con luz de día, de manera que iba al computador y jugaba veloces solitarios o cautelosos buscaminas o partidas de ajedrez en nivel intermedio. Ya casi al anochecer él despertaba y se quedaba a su lado, aconsejando la jugada siguiente o simplemente acariciando el pelo y la espalda de la jugadora desnuda. Con la mano derecha Claudia atenazaba el mouse, pero dejaba caer una sonrisa que autorizaba, que pedía más caricias. Tal vez jugaba mejor cuando él la acompañaba. Al terminar la partida se sentaba encima de Max para empezar un polvo lento y largo. Las extrañas luces del protector de pantalla dibujaban líneas inconstantes en los hombros, en la espalda, en las nalgas y en los casi perfectos muslos de Claudia.

A veces hacían sitio en la mesa para tomar, decía ella, un desayuno como la gente. El teclado y el monitor pasaban al suelo, expuestos a los pisotones y al impacto de minúsculos restos de pan, pero sumando y restando la presencia de Claudia favorecía al computador: no era ella una maniática del aseo, pero cada tanto lo limpiaba con líquido para vidrios y paños de cocina. El comportamiento de la máquina era, por cierto, ejemplar. No le exigían mucho, ni siquiera se conectaban a internet, pero hay computadores que fallan a la menor provocación. Durante ese tiempo la verdad es que Windows siempre se inició correctamente.

El 30 de diciembre de 2001, a casi dos años de su adquisición, el computador fue embalado y trasladado a un departamento un poco más grande en la comuna de Ñuñoa. El entorno era ahora bastante más decoroso, pues le asignaron una habitación individual y habilitaron un escritorio gracias a una antigua puerta y dos caballetes medio cojos pero eficaces. Fue aquella, si cabe la expresión, una época dorada, en especial por el renovado interés de Claudia, que de los solitarios y las interminables partidas de ajedrez pasó a actividades más sofisticadas. Conectó una cámara digital, por ejemplo, que contenía decenas de fotos de un viaje reciente. En esas imágenes Claudia posaba con el mar de fondo o en el interior de una habitación de madera. Un sombrero mexicano y un inmenso crucifijo caían contra la única almohada de una cama sin respaldo, muy estrecha, flanqueada por dos veladores atiborrados de botellas de cerveza y conchas que cumplían la función de ceniceros. Claudia aparecía seria o conteniendo apenas la risa, con escasa o ninguna ropa, fumando hierba, bebiendo, tapándose los pechos o enseñándolos con tímida malicia. Había también algunas fotos que mostraban únicamente el roquerío o el oleaje o el sol apagándose en el horizonte, como si el fotógrafo hubiera intentado postales en vez de recuerdos. Sólo en dos fotos aparecía Max. Sólo en una salían ambos, abrazados, sonriendo con el típico fondo de un restaurante costero.

Pasó días ordenando esas imágenes: renombraba los archivos con frases tal vez demasiado largas, que solían terminar en signos de exclamación o puntos suspensivos, y enseguida las agrupaba en varias carpetas, como si correspondieran a viajes distintos.

Ahora Max y Claudia vivían juntos, pero no siempre coincidían: él trabajaba de noche y ella vendía seguros y también estudiaba una especie de postítulo o posgrado o diplomado o quizás el último año de alguna eterna licenciatura. Volvía a casa cuando Max se disponía a partir y el poco tiempo en común lo destinaban a tirar, aunque a veces solamente reían frente a las tazas de café. Antes de acostarse Claudia lo llamaba al trabajo y hablaban largo, pues al parecer el trabajo de Max consistía, justamente, en hablar por teléfono, o en esperar urgentes y remotas llamadas telefónicas que nunca llegaban. Tu verdadero trabajo es hablar por teléfono conmigo, le dijo Claudia una noche, con el auricular apenas equilibrado en el hombro derecho. Luego rió con una especie de resuello, como si quisiera toser y la tos no saliera o se entrelazara con la risa.

Al igual que Max, ella prefería escribir a mano y traspasar más tarde sus trabajos al computador. Eran documentos largos, con frecuentes errores de transcripción y tipografías femeninas o juveniles. Los documentos abarcaban temas diversos relacionados con gestión cultural o políticas públicas o bosques nativos o algo así. Se le hizo necesario investigar por internet, y ése fue el gran cambio de aquel tiempo, primero a través del teléfono y pronto, para liberar la línea y permitir las a menudo atosigantes llamadas de Max, mediante una conexión exclusiva. Hasta ahí ninguno de los dos se había familiarizado con el email, al que inmediatamente se hicieron adictos. Max también contrajo la adicción a la pornografía, lo que provocó algunas discusiones que terminaban en polvos furiosos y muy buenos, tal vez inspirados en las escenas que él presenciaba al llegar del trabajo, especialmente cuando Claudia no podía esperarlo. Rápidamente Max descubrió estrategias para evitar, en la medida de lo posible, registrarse en los sitios, pero a veces olvidaba borrar el historial, que Claudia revisaba religiosamente, aunque sería excesivo atribuir mayor importancia a las discusiones sobre pornografía, que al fin y al cabo conducían a esos polvos inolvidables que Claudia enfrentaba con desenfado, acaso imitando a las estrellas cuyas proezas ella también, de vez en cuando, sintonizaba.

Fue por entonces cuando perdieron la vocal a y la consonante t. Ingenuamente creyeron que el nuevo teclado –más moderno y sensible– solucionaría las dificultades que desde hacía un tiempo anunciaban un descalabro mayor. La tragedia ocurrió un lluvioso sábado que pasaron reparando o intentando reparar, con más voluntad que método, el sistema. El domingo Max prefirió llamar a un amigo que estudiaba ingeniería: al finalizar la tarde dos botellas de pisco y cinco latas de cocacola dominaban el escritorio, pero todavía nadie estaba borracho, más bien parecían frustrados por la difícil reparación, que el amigo de Max atribuía a algo muy raro, algo nunca antes visto. Quizás sí estaban borrachos, en realidad, o al menos lo estaba el amigo de Max, porque de pronto, en una desgraciada maniobra, borró el disco. Perdieron todo, pero desde ahora funcionará mejor, dijo el hombre como si nada, con una frialdad y una valentía dignas de un médico que acaba de amputar una pierna. Fue culpa tuya, saco de huevas, le respondió Claudia, como si en efecto le hubieran cortado, por pura negligencia, una pierna o tal vez las dos. Max guardó silencio y la abrazó paternalmente. El amigo dio un último y larguísimo sorbo a su piscola y se fue.

A Claudia le costó asimilar la pérdida, pero consiguió a un técnico de verdad, que cambió el sistema operativo y creó perfiles diferenciados para ella y para Max, e incluso una cuenta simbólica, a petición de Claudia, para Sebastián, el postergado hijo de Max. Sebastián vivía en Temuco y Claudia no lo conocía. El propio Max no veía al niño desde hacía dos años y no siempre cumplía con la pensión alimenticia. La remota existencia de Sebastián era, naturalmente, el punto negro o el punto ciego de la relación de Claudia y Max. Era mejor no tocar el tema, que igualmente surgía de vez en cuando, y causaba culpa y una autocompasión a la que más temprano que tarde Claudia prefería sumarse.

Entretanto los padres de Claudia les prestaron dinero para comprar una asombrosa multifuncional que imprimía, escaneaba y hasta sacaba fotocopias. Con renovada pasión, Claudia se abocó a digitalizar extensos álbumes familiares, en sesiones bastante tediosas pero para ella divertidísimas, pues más que registrar el pasado se proponía modificarlo: distorsionaba los rostros de parientes antipáticos, borraba a algunos personajes secundarios e incluía a otros inverosímiles convidados, en montajes no muy buenos pero capaces de arrancar las risas de sus primas, que recibían los archivos por email, y las carcajadas de sus padres, a quienes Claudia llevaba, en plan de travesura, impresiones bastante aceptables.

Así pasó un año entero.

Ahora Max tenía turnos de mañana, por lo que en teoría estaban más tiempo juntos, pero buena parte de ese tiempo lo perdían disputándose el computador. Él reclamaba que ya no podía escribir cuando le venía la inspiración, lo que era falso, porque para sus perpetuos borradores de poemas seguía usando los viejos cuadernos. Había adoptado la costumbre, en cambio, de escribir largos emails a gente a la que no veía desde hacía años y ahora extrañaba mucho. Algunas de esas personas vivían cerca o no demasiado lejos y Max también tenía sus números de teléfono, pero prefería escribirles cartas –eran cartas más que emails, porque él aún no comprendía el género: escribía mensajes largos que sus destinatarios rara vez contestaban. Les daba pereza igualar el estilo o la gravedad de las cartas de Max.

Llegó el verano y también llegó Sebastián, tras meses de delicadas gestiones. Fueron ambos a buscarlo a Temuco, en pesados viajes en bus que gracias a ella resultaron llevaderos. El niño tenía ya siete años y hablaba poco, en especial si quien le dirigía la palabra era su padre. De los intensos paseos al centro, al zoológico y a Fantasilandia, derivaron a las calurosas tardes puertas adentro, en que Seba aprovechaba su perfil de usuario para estar en Messenger sin restricciones. Demostró, de paso, sus sorprendentes conocimientos sobre computadores: con precisión y algo de tedio los orientó en la elección de un nuevo antivirus y hasta les advirtió sobre la necesidad de desfragmentar el disco periódicamente.

Claudia y Sebastián se hicieron, por así decirlo, amigos. A ella le parecía un niño inteligente y solitario, un niño valioso, decía. Él opinaba solamente que Claudia era linda. Fueron, de nuevo juntos, a devolverlo a Temuco, y el viaje fue alegre y hubo promesas de reencuentro y regalos y risas. Pero el trayecto de vuelta fue sombrío y agotador.

La vida entró en el marasmo que a su manera ambos intuían. Quizás molesto por las forzadas conclusiones que Claudia deslizaba sobre la relación con Sebastián (“lo recuperaste pero ahora debes conservarlo”, “volverás a perderlo si no cuidas el vínculo”) o tal vez simplemente aburrido de ella, Max empezó a faltar a las obligaciones mínimas. No disimulaba su molestia pero tampoco explicaba su estado de ánimo. Las continuas preguntas de Claudia las respondía ahora con desgano o con duros monosílabos.

Una noche llegó borracho y se durmió sin siquiera saludarla. Ella no sabía qué hacer. No entendía. Fue a la cama, lo abrazó. Intentó dormir a su lado, pero no pudo.

Prendió el computador y en un impulso decisivo eligió el perfil de Max. Probó, sin éxito, una clave: max. Usó mayúsculas, usó minúsculas, y nada. Su segundo intento fue con el nombre charles y el apellido baudelaire, que era el poeta preferido de Max, y más tarde probó con tindersticks y con los prisioneros, que eran los grupos musicales favoritos de Max, y después con laetitia casta y con mónica bellucci, y luego con marihuana, que era la droga o más bien el ansiolítico preferido por ambos. No nos queda marihuana, pensó, a propósito, y ya no fumo tabaco, pero ahora voy a fumar, ahora voy a fumar mucho, dijo Claudia en voz alta, casi gritando, como si pretendiera despertar a Max.

Fumó con ansiedad un cigarro, cinco cigarros de Max. Sentía una angustia nueva, que crecía y decrecía a un ritmo impreciso. Pensó demasiado la jugada obvia y al fin acertó: escribió claudia y el sistema respondió al instante. Tampoco fue difícil adivinar la contraseña del correo, que entrelazaba absurdamente sus nombres. Agradeció y también maldijo el comportamiento previsible de Max: no quería leer, pero ya estaba ahí, ante el temido registro de mensajes enviados.

Siguió fumando y hasta descorchó un vino antes de revisar, con culposo rigor, el correo de Max. Sabía que ya no habría vuelta atrás. Sabía que leería cada mensaje. Sabía que leería hasta encontrar lo que andaba buscando.

Se fue a dormir de madrugada, ebria de vino y de rabia. Despertó a mediatarde: con poca energía caminó hasta el computador –hasta la pieza de al lado, pero a ella le pareció que había todo un camino, que debía sortear varios obstáculos para llegar a esa pieza– y en lugar de encenderlo contempló el resplandor del sol en la pantalla. Cerró las persianas, miró el reflejo hasta dar con los bordes de su cuerpo, y soltó lágrimas largas que bajaban hasta el cuello y se perdían por el surco entre sus pechos. Se quitó el sostén, miró sus pezones inquietos, el vientre parejo y suave, las rodillas, los dedos fijos en el suelo helado. Con el sostén enjugó las lágrimas y lo restregó lentamente contra la pantalla. Pacientemente. Limpió muy bien la superficie.

Al día siguiente se marchó y sólo volvió el domingo para recoger su ropa y la multifuncional.

Como activando un misterioso mecanismo de protesta, el computador volvió a fallar. Voy a regalarlo, no me importa lo que haya dentro, le dijo Max a su amigo ingeniero, que le ofreció comprarlo por una cifra ridícula. Por último regálamelo a mí, huevón, agregó, sacando cuentas alegres. Ni cagando, respondió Max. El amigo reformateó de malas ganas el disco duro.

El viernes por la noche partió rumbo a Temuco. Tuvo que pagar el asiento contiguo para transportar el computador, que viajaba en ventana y Max en pasillo. No pudo dormir, no pudo leer, no pudo escribir durante el viaje. Las luces de la carretera se quedaban en su rostro, como llamándolo, como invitándolo, como culpándolo de algo, de todo.

La maletera del taxi esta vez era adecuada, pero Max no se orientaba en Temuco y no había anotado la dirección. Deambularon largo rato hasta dar con un camino que creía recordar. Llegó a las diez de la mañana, en calidad de zombi. Al verlo Sebastián le preguntó, de inmediato, por Claudia, como si la sorpresa no fuera la insólita presencia de su padre sino la ausencia de la novia de su padre. No pudo venir, respondió Max, ensayando los preparativos para un abrazo que no sabía cómo dar. ¿Terminaron? No, no terminamos. No pudo venir, eso es todo. La gente grande trabaja, ¿sabes?

El niño agradeció el regalo con énfasis, con genuina cortesía. La madre de Sebastián recibió a Max amablemente y le dijo que podía quedarse en el sofá. Pero no quería quedarse. Probó un poco del amargo mate que la mujer le ofrecía y partió a la estación para alcanzar el bus de las doce y treinta. Estoy muy ocupado, tengo mucho trabajo, dijo antes de subir al mismo taxi que lo había traído. Revolvió el pelo de Sebastián con falsa familiaridad y le dio un beso.

Una vez solo, Sebastián instaló el computador y comprobó lo que ya sospechaba: que era notablemente inferior, desde todo punto de vista, al que ya tenía. Se rieron mucho con el marido de su madre, después del almuerzo. Luego ambos hicieron espacio en el sótano para guardar el computador, que sigue ahí desde hace años, a la espera, como se dice, de tiempos mejores.

Alejandro Zambra (foto)

Sobre ser escritor, de Abelardo Castillo

abelardo_castillo-2019El escritor argentino Abelardo Castillo (foto) tiene también su credo literario. Sus recomendaciones a la hora de escribir y lo que él considera es el resultado del trabajo de escribir. La palabra trabajo es adecuada en cuanto esa novela o cuento que muchos dicen “tener en la cabeza” jamás se materializa, porque hacerlo implica trabajo, sentarse varias horas al día, todos los días, para convertir eso que “tiene en la cabeza” en un texto literario. Como sea, los apuntes del gran escritor argentino los retoma Marco Urdapilleta en su blog. Son estos:

1) Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

2) Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

3) Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

4) Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

5) Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

6) No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

7) Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

8) En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

9) No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

10) No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

11) No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

12) Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

13) No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

14) Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

15) Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

16) No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

 

‘Gente mala’ de Juan Cristóbal Guarello

GuareloDecidí comprar la novela de Juan Cristóbal Guarello titulada ‘Gente mala’ (ilustración) porque él, como comentarista deportivo, me simpatiza. Es ecuánime y dice pan al pan y vino al vino. También por curiosidad. Sin recelo. Y cuando comienzo a leer “-Mira. El Willy levantó el suplemento Temas de Hombre de La Tercera. Varelita apenas le puso atención y mantuvo su vista en la calle vacía”, quise seguir leyendo.

La contratapa tiene dos opiniones de la novela: 1) “Lanza al lector al pozo sin fondo de un Chile que no quiere mirar”, Revista Qué Pasa, y 2) “Queda la impresión de que fue escrita con rabia, con una ira que el autor a duras penas podía contener mientras escribía, y que no puede menos que transparentarse en su corrosivo sarcasmo”, Revista de Libros, El Mercurio.

Parece que me quedo con la primera afirmación, porque de rabia no vi nada en las 216 páginas de esta segunda edición del libro, publicado por Ediciones B, del Grupo Zeta. Al contrario, la narración es medida, contenida, exacta. No imaginé que un comentarista deportivo tuviera tal maestría para narrar un episodio que resulta icónico del período de la dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet.

Guarello mantiene un ritmo endemoniado en los eventos, mediante el empleo de capítulos breves, de dos, tres o cuatro páginas solamente, pero en cuanto a la elaboración del texto se nota que está pausadamente trabajado. Acude al habla popular chilena, que es tan gráfica, y a metáforas sencillas. Por eso, el texto es simplemente escueto, legible para cualquiera, y la historia es identificable también.

Se trata de un operativo que llevan a cabo militares de civil, y se convierte en el pretexto para aludir a una época, sin mencionarla, y mostrar la bajeza del poder, sin juzgarlo, y llevar a cabo la historia con la velocidad de un thriller a causa de un error que cometen los protagonistas.

Es, en mucho, un buen guion para una película. La novela de Juan Cristóbal Guarello guarello(foto) es una película en cuanto se lee.

Quedo satisfecho con mi decisión de comprar la primera novela que escribe este comentarista deportivo. Sus recursos narrativos (metáforas, diálogos, elipsis, etcétera) son de una enorme eficacia, sin adornar para nada el lenguaje, que se mantiene llano, visual, eficaz.

Diría que esta primera incursión literaria de Guarello resultó exitosa. Se inscribe en el género de la llamada ‘novela negra’. Y en cuanto al lenguaje, diría que encaja con la escuela literaria del ‘realismo sucio’, amigado con Raymond Carver y Charles Bukowski.

Para graficar lo dicho, la siguiente escena:

“-Uno más y terminamos, Negro -anunció el coronel.

El capitán agarró de los bordes el último saco. Era, quizás, el más pesado de todos. Con mucho esfuerzo lo empujó hacia el vacío.

Alzamora quedó mirando el abismo mientras caía. Le temblaban las manos y tuvo ganas de llorar. No se dio cuenta cuando sus pies también estuvieron en el aire. Ahora su cuerpo era liviano y sintió que estaba libre de todo pecado y culpa, que el niño lo había perdonado. Luego vino el olor penetrante de la sal y el ruido y la oscuridad de las olas. Vio a su mujer y a sus hijos antes de estrellar su cara contra el mar.

Salas tiró la colilla al vacío y cerró la puerta corrediza.

-Vámonos -dijo a los pilotos.

El Puma giró hacia el este y se perdió en la noche”.

Y de la manera como resuelve esta escena, está plagada la historia que narra. Quedo a la espera de su segunda novela, independientemente de la temática.

 

Sobre Kast; Bravo; Cavallo; y Efelbein

kastKast. Se les está pasando la mano a los de la Unión Demócrata Independiente, Udi, que quieren convertir en héroe a José Antonio Kast, porque en Iquique un grupo de desadaptados antifascistas lo atacó. Le pegaron por fascista. Pero no es más que un caso aislado. Sin embargo, han querido convertirlo en un hecho de Estado. Ayer en la mañana, el canal de la Udi, Tvn, lo presentó como el mártir San Sebastián. Un abogado, Gonzalo Müller, elaboró una teoría irresponsable: hay un plan desestabilizador del Estado, que se manifestó en un grupo que, de manera preconcebida, impidió la libre expresión y agredió a José Antonio Kast, quien “representa” al ciudadano común de Chile y, en consecuencia, “debe prestársele mayor atención a las universidades”. Qué significa eso, ¿militalizarlas? Una exposición tan alucinada, como el ideario de José Antonio Kast. Que respiren profundo los de la Udi. Lo que ocurrió fue que un grupo de desadaptado antifascistas agredió, fuera de la universidad, a un fascista llamado José Antonio Kast. Eso fue. No representa ni significa nada más. Es ridículo considerar ese bochorno como un acto de desestabilización del Estado, como lo hizo el abogado irresponsable Müller, con cara de trascendental. Y ridículo pedir que el Parlamento se pronuncie, mediante una declaración, condenando el hecho y exaltando la persona de Kast. ¿En serio, usar el Congreso para condenar una agresión personal, condenable eso sí, sin más propósito que el que pueda tener una pelea de borrachos? El Parlamento de Chile no está para esas estupideces. En mucho se parecen la política y la farándula, a veces. Como esta vez.

Bravo. Algunos quieren poner en menos a Claudio Bravo, porque declinó estar en la claudio-bravoSelección de Fútbol. Se marginó porque es consecuente con su idea de que el alcohol carcome al equipo, desde los tiempos del ‘bautizazo’ gerenciado por Jorge Valdivia (que tanto le costó al entonces rey de los asados, Claudio Borghi, un técnico sin don de mando) Admiramos la decisión de Bravo. Tipos con carácter hacen falta en la Selección, en la política, en la administración pública y en muchas otras partes. Fue triste ver a Alexis Sánchez decir que “Claudio tiene las puertas abiertas en la Selección”, como si hubiera cometido una falta y se la estuvieran perdonando. Al contrario, otros han cometido una, dos y tres faltas, y siguen tan tranquilos, con cierto cinismo, dentro de la Selección.

Cavallo. Nunca es tarde para expresar que las circunstancias le jugaron una mala jenny-cavallo-002-1pasada a la humorista Jenny Cavallo en el recientemente pasado Festival de Viña del Mar. Muy cerca del final de su rutina, algo le ocurrió, en la salud, a un espectador en la galería, y se formó un remolino de gente y gritos de auxilio, que muchos interpretaron como abucheos a la humorista. El hecho modificó los ánimos del público, que hasta ese momento eran por completo favorables a la buena presentación de Jenny Cavallo. Al final, ganó solo la Gaviota de Plata, mientras todos los demás humoristas del Festival se llevaron esa y la Gaviota de Oro. Hay que decir, aunque sea tarde, que Jenny Cavallo también mereció y ganó la de Oro, pero las circunstancias le jugaron en contra.

Pasapalabra. De admirar el trabajo de Julián Efelbein en Chilevisión, con el programa elfenbeinde los domingos en la noche llamado ‘Pasapalabra’. Sin un peso de presupuesto, por lo que se ve, y sin despliegue de tecnologías (con apenas una cortina musical y una con voz en off) Julián Efelbein se las arregla para darle vida a ese programa. En situaciones de carencia y dificultad es que se puede medir a las personas por la actitud. Y la mejor manera de medir al animador en este caso, es que hace un trabajo inmejorable. Un programa de concurso, enteramente familiar, casero, agradable. Ojalá le lluevan a Pasapalabra auspiciadores que quieran patrocinar un espacio de sano esparcimiento.

 

Nueva arremetida retrógrada contra Yerko

yerko-810x540Excelente la primera rutina de Yerko Puchento en su inicio de temporada 2018. Quizás no hubiera sido necesario pintarse la cara de negro y ponerse una peluca encrespada para hablar de la migración de haitianos hacia Chile. El atuendo característico de Yerko Puchento hubiese bastado. Eso sería lo único a comentar. Sin embargo, al día siguiente, como si se hubieran puesto de acuerdo, salieron El Mercurio y La Tercera a descalificar a nuestro admirado humorista. Lo consideraron ‘irrespetuoso’ por una broma que hizo a la actriz transgénero Daniela Vega. La talla no me pareció tan terrible como la quisieron hacer ver. Y como si hubiese intocables. En sus páginas web, esos diarios dejaron ‘colgada’ la ‘noticia’ de crítica durante varios días, sin explicación alguna. También escuché a Sergio ‘Checho’ Hirane, como una comadre histérica, despotricar por la retrógrada Radio Agricultura contra Yerko Puchento. Él, que dice ser ‘humorista’, pelaba como vieja copuchenta la rutina de su colega. ‘Checho’ Hirane, el admirador del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet, que se viste de militar los días patrios, este seudo analista político que estila veneno, seudo periodista que inventa crisis y desastres donde no los hay, seudo humorista que tuvo un late en un canal de cable que no duró más de 3 programas, babeaba contra Yerko Puchento, pidiendo su cabeza. Dijo que cómo permitía Andrónico Luksic, el dueño del Canal 13, que Yerko Puchento hiciera bromas ‘tan pesadas’. Tal vez no ha notado el seudo humorista ‘Checho’ Hirane que Luksic es más liberal que él, más moderno que él, menos cartucho que él. Con las babas chorreando, que se oye que las chupa para que no caigan sobre la mesa del locutorio, y que hace un ruido como si aspirara hasta las muelas, tan desagradables manías para los oyentes, clamaba, en actitud por completo histérica, que debían sancionar y sacar del aire a Yerko Puchento. O sea, tres medios con nostalgia de dictadura, El Mercurio, La Tercera y Radio Agricultura (la emisora por la que habla irresponsablemente ‘Checho’ Hirane), en picada contra Yerko Puchento. Quieren que Yerko sea una especie de monja o cura de buenos modales, desfigurándolo. No es así Yerko Puchento. Él es cínico, es cruel, es ácido, es de humor negro. Pero, sobre todo, Yerko Puchento es de crítica social. Y esto es lo que los conservadores, los retrógrados como ‘Checho’ Hirane, no soportan. Amparándose en una crítica de forma, lo que quieren es callar su voz de protesta. Ellos se quedaron en el pasado, en más de un sentido. Quieren que todos seamos unos amargados como ellos. Que el país viva amordazado. Y les arde en aquella parte, que un humorista de verdad tenga la más alta sintonía, sea el más admirado y más inteligente que ellos. Dejen de rebuznar.

JC macho machote; arzobispo de Malta

JC RodríguezMacho Machote. Cuando dábamos por cerrada la sucesión de Mauricio Israel como ‘el playboy de Chile’, Julio César Rodríguez (foto) saltó a la palestra con la mano arriba. ¿Hay alguien que pueda ser el sucesor de Mauricio Israel?, se preguntaba todo el mundo, y J. C. Rodríguez se levantó y dijo, como el Chapulín Colorado: “Yo”. Y es verdad. Rodríguez es el mejor continuador de las proezas de Israel. Vuelve locas a todas las mujeres. Es un macho machote. Una amiga de Raquel Argandoña le confidenció que una conocida de una amiga de esa amiga daba fe de que Rodríguez era un amante insuperable. Que tenía lo suyo. Y viene a la mente, entonces, que cuando convivía con Laura Prieto dio una entrevista en la que dijo algo profundo: “Yo hago el amor tantas veces al día cuantas veces tenga ganas”. ¡Oh!, qué hombre admirable. ¡Qué macho! ¡Qué varón! Y, además, contaron que ha tenido 15 pololas. ¡Quince! Una de ellas, Alejandra Valle; confirmó que lo más importante es que Rodríguez es simpático. Más que un “macho recio”, dijo, es un hombre “muy sensible”. Así que, sin dudas, destronó a Mauricio Israel. Aunque la versión menos estrafalaria y más realista la tiene Aristarco: Julio César Rodríguez salió de los extramuros de Concepción, de una pequeña comuna llamada Hualpén. Y de pronto se ve en Santiago, con acceso a jovencitas de Providencia y Vitacura. Y deslumbrado, muerto de contento con su buena suerte, empieza a “comérselas a todas”. Aristarco resumen así: Rodríguez es un cazador. Su última presa es Camila Nash. A raíz de esta caza, le han hecho programas de televisión para mostrar su incomparable masculinidad. Es todo un semental. Siempre dispuesto, hasta cuando está laborando (parece, por la foto) en la cadena radial demócrata cristiana ‘Bio Bio’. Todos están de acuerdo en que ya sabe cómo funcionan las cosas y qué teclas tocar para que suene la melodía. Y está feliz, como cuando llegó a Santiago. Y seguirá cazando. Además, al final sabe que tiene un refugio seguro: Francisca García Huidobro. Ya lo dijeron hace dos años en la portada de la revista ‘Caras’: “Vamos a estar juntos… a los 70”.

Malta. Cuando el papa Francisco nombró a Juan Barros obispo de la ciudad de Osorno, arzobispo charles ciclonien el sur de Chile, hubo marchas de protesta, y durante la primera misa la gente asistió con globos de aire negros y carteles que decían ¡Fuera Barros! La reacción de la gente se debió a que Barros había sido involucrado en el más connotado caso de pederastia y pedofilia de la iglesia católica en Chile, el de “el cura de los ricos” Fernando Karadima. Se indicó que Barros fue testigo y cómplice de los abusos infantiles de Karadima. Hace un año, un feligrés chileno le preguntó al papa, en la Plaza de San Pedro, por el caso del obispo Barros. El papa contestó: “La gente es tonta, se deja llevar por la zurda”. Recientemente el papa estuvo en Chile, y una periodista le preguntó por el obispo Barros. Dijo: “No tengo información”. Los niños afectados por los abusos sexuales de Karadima, que hoy son hombres adultos, traumatizados, señalaron a Barros como una persona cercana a Karadima, y como encubridor de sus actos pervertidos. Ellos consideraron la actitud del papa una burla. Las cámaras de televisión mostraron a un papa sonriente, que le daba un beso en la mejilla al obispo Barros, cuando terminó su viaje a Chile. Y todo quedó así. Sin embargo, parece que un gusto amargo incomodó al papa en el “asunto Barros”, y envió al arzobispo de Malta, Charles Scicluna, a investigar las denuncias contra el obispo de Osorno. El arzobispo Scicluna tuvo que ser operado de urgencia, por un cuadro inflamatorio de la vesícula biliar, y eso interrumpió las entrevistas con las víctimas, pero finalmente terminó su labor: escuchó a los violados por Karadima y a quienes acusan a Barros de encubrirlo; y a muchísimos más, incluso al arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, señalado, también, de encubrimiento. El arzobispo Scicluna hace poco regresó a Roma. ¿La investigación ordenada por el papa terminará en que es una tontera de los violados y los abusados sexualmente, que se dejaron llevar por “la zurda”? ¿Removerán al obispo encubridor Juan Barros? Yo creo que todo fue una pantomima. Ojalá me equivoque. Y si ocurre, lo reconoceré aquí mismo. Entre tanto, todos quedamos a la espera.