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Loa a la chispeza de Gary Medel para vestirse

gary-medel-matrimonio-1Impecable. El traje a la medida. El forro níveo de la chaqueta se convierte en solapa. Son dos flechas que bajan del cielo sobre el pecho negro. El borde de los bolsillos del ambo, también blanco, tanto como los botones de las mangas. ¡Qué elegancia, por Dios! Complementada, eso sí, con un chaleco negro con botones blancos, sobre una camisa azabache, sin corbata, ni lazo corbatín, o pajarita. El primer botón de la camisa abierto, relajadamente. Los zapatos, también negros, mitad acharolados. Muy refinado, Garyto, como el que más. Tal era el atuendo para su matrimonio civil. ¡Un traje con chispeza! Pero me cuentan que en ‘Maldita moda’, el programa de Chilevisión que vive criticando a Martín Cárcamo y Rafael Araneda porque “no son jugados”, porque “se mantienen en una zona de confort” con sus atuendos, se escandalizaron con la chaqueta vanguardista de nuestro zaguero central. Se escandalizaron porque Gary se la jugó. ¡No saben lo que dicen! O dicen las cosas para posar de que saben, pero en la realidad no tienen sentido estético. ¡Garyto, compadre, nunca es tarde para decir que tu chispeza en el vestir te hace tan grande fuera de la cancha, de lo que ya eres dentro de ella! Y tu esposa, como la musa que es para ti.

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¿Por qué Chile se quedó sin el Premio Altazor?

altazor2Cualquier adversidad en el arte, por pequeña que sea, es lamentable. Puede ser fatal. Y creo que asistimos hoy a una de esas adversidades que, por esencia, son inesperadas y fatales. Me refiero al Premio Altazor (imagen) Era un premio que otorgaban los cantantes, compositores musicales, escritores, cineastas a cineastas, escritores, compositores musicales y cantantes. De artistas para artistas. Su primera versión fue el 30 de marzo del año 2000. Y ayer se nos dijo que “no va más”. Que se acaba. O, para ser optimistas, como quiero serlo hoy, que “entró en receso”. No sabemos cuánto tiempo sea el receso. Pero seguimos a la expectativa porque no concebimos un país con tanto talento como Chile y sin un Premio Altazor. Algo que quería ser “institucional” como el ‘Martín Fierro’ de Argentina. Pero no lo logró, claramente. Hay varios aspectos que considero en la situación actual del Premio Altazor. 1) Las razones que dio Alejandro Guarello, el presidente de la Sociedad del Derecho de Autor (SCD) y vocero del comité organizador del premio: “Esto tiene un costo tremendo”. Aunque no especificó qué tipo de costo, uno asume que económico. Porque puede tratarse de costo en tiempo y esfuerzo humano para realizarlo. Dijo Alejandro Guarello que le propusieron al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que lo “asumiera” (quiero pensar que eso significa “financiarlo”), y éste agradeció la oferta pero dijo que “no”. 2) Si el premio consistía en una estatuilla y un diploma, sin dinero entre medio, no pareciera tan abrumadoramente difícil de sostener. Creo. 3) Si el premio fuera tomado con la seriedad (en chileno sería “creerse el cuento”) que merece, como lo hacen los actores con el Óscar, o los cantantes con el Grammy, podría televisarse, y esta sería una fuente importante de ingresos. No es posible, porque los actores creen que si se visten bien dejan de ser buenos actores, o no lo hacen porque los demás se pueden burlar. No es posible, porque no hay una puesta en escena, no hay un escenario adecuado, y los asistentes van desaliñados. No les importa el premio. Creen que si se visten bien el premio deja de ser importante, y se vuelve “light”. No es posible, porque cuando algunos premiados suben a recibir el galardón, les da por echar un discurso “social” y mandan para la punta del cerro a todo el mundo, a veces con lenguaje procaz. Y creo que ese no es el escenario adecuado para esas inquietudes. Cada cosa en su lugar. Por todas estas razones, el Altazor no se puede televisar y se niega la posibilidad de obtener recuerdos con su transmisión. 4) Creo que son muchas las categorías del premio. Tanto, como si se dijera: “Hay para todos”. Entonces, no pareciera un premio de difícil acceso. Meritorio. Veamos: en Música hay 14 categorías (algunas que parecen repetirse, verbigracia: mejor álbum Urbano y mejor canción Urbana, mejor álbum Pop y mejor canción Pop, etcétera) En Cine hay 10 categorías, en Teatro 7, en Artes Plásticas 3 y en Literatura 4. Es decir, ¡38 categorías! Son, creo, demasiadas. Si no ando mal el Óscar tiene menos de 30. De modo que unas veinte significativas podrían darle base al premio.
Confío en que se trata solamente de un receso. Que dentro de uno o dos años volverá en Chile el Premio Altazor de las Artes. Confío en que una institución, pública o privada o en bilateral, asumirá el reto de levantarlo con la grandeza que se merece. Y confío en que se lo tomen en serio los interesados, porque en ellos está que adquiera la prestancia que las Artes necesitan en Chile.

El obediente Lionel Messi y su autismo Asperger

lionel messiEl siguiente artículo, escrito por el periodista argentino Ernesto Morales bajo el título anotado, revela aspectos médicos y profesionales de la vida del que es considerado “el mejor jugador del mundo”. Lo encuentro digno de lectura. Quizás a otros, como a mí, explique ciertos hechos y eventos que ocurren más allá de la disposición y cualidades de Lionel Messi. Y, por lo mismo, ya no podamos ver a Messi como hasta ahora, siendo un ser especial. Debo anotar, eso sí, una inconsistencia: el médico austriaco Asperger murió en 1980, y Messi nació en 1987. Cuando lean el artículo entenderán mejor esta observación. Sin embargo, también debo decir que en el conjunto del texto ese dato se puede obviar, y sigue siendo un texto esclarecedor. JSA

La única vez que vi a Lionel Messi (foto) en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Primero: era mucho más frágil de lo que imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar. Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces y flashes y autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: este chico, solo quería jugar. Y lo han traído de la mano a esto. Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos-frankenstein, armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas. La lectura del marketing podría ser esta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que solo quería jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.

De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero. Y del dinero de su padre. Y del dinero que le generan Adidas, y Head & Shoulders y Doritos y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y Leo Messi, cuando empezó todo esto, con cinco añitos, solo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.

Cuando Lionel Messi me firmó el tenis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró, aquella tarde en los vestuarios del Sun Life Stadium. No miraba a nadie. No podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután. Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una forma de la angustia sobrellevada.

En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal. Se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, socializaban incluso con nosotros los periodistas. Lionel Messi no. Adidas exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas. Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.

Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que solo quería jugar al fútbol.

Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve de autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.

Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No solo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él solo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre y su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.

A Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela, ni otros deportes, ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que solo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.

Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad. Así jugaba Lionel. Y así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que solo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.

De repente Messi se vió con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió. El solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.

De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo Lionel-andres-messi-dolce-gabbanaposando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna (foto), que lavándose la cabeza con champú que de seguro ni usa. Pero eso le decían sus asesores, sus familiares, sus abogados, que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer. Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.

Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él solo balbuceara una y otra vez que solo quería jugar al fútbol. Nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo. Tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma. Ahí los tienes. Eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco. Nuestro fantoche. Algo que vender, porque te van a comprar: eres demasiado bueno.

¿Porque él los quería? No, casi de seguro: porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol. Los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi, o Cristiano, que pongan sus muslos y sonrían.

Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él solo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, solo eso.

El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya Historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.

Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.

Muchos se preguntan, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA si su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.

Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si estas afectan sus intereses económicos. Y está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter desde hace 16 años. Blatter es solo 10 años más joven que Fidel Castro, y para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo, me aterra cualquier mandato demasiado extenso. Más, si el organismo dirigido se autodefine como sin fines de lucro y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.

Y esa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones: apenas niños que querían divertirse jugando al fútbol.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro, no tienen falla: eran lágrimas de presión. Lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular. El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia el corner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!

Cristiano, como Messi, solo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdonan o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.

Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.

Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos. Así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como se va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.

Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.

Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar ese tiro libre a las nubes. El mismo que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, oh pecado, era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.

De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato con las pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá a ser un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.

Yo vi a Messi esta tarde y de repente sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indolente, donde tantos futbolistas se han suicidado y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se coronan a héroes y se desguazan a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota y con un dedo señalarán, señalaremos, todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en Barcelona, y al que solo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.

‘Bolsas’ de Raymond Carver

raymond carverEs octubre, un día húmedo. Desde la ventana del hotel veo demasiadas cosas de esta ciudad del Medio Oeste. Veo cómo se encienden las luces de algunos edificios, veo cómo el humo de las altas chimeneas se alza en columnas espesas. Me gustaría no tener que mirar. Quiero contarles una historia que me contó mi padre cuando el año pasado pasé unas horas en Sacramento. Se refiere a ciertos hechos que le acontecieron dos años antes de aquel tiempo, entendiendo por aquel tiempo el inmediatamente anterior a que mi madre y él ser divorciaran. Soy vendedor de libros. Represento a una firma muy conocida. Publicamos libros de texto y tenemos la sede en Chicago. Mi zona es Illinois, y partes de Iowa y de Wisconsin. Había asistido en Los Ángeles a la convención de la Western Book Plublishers Association cuando se me ocurrió visitar a mi padre unas cuantas horas. No lo había vuelto a ver desde el divorcio, ¿comprenden? Así que saque su dirección de la cartera y le envié un telegrama. A la mañana siguiente facturé mis cosas hasta Chicago y me embarqué en un avión con destino a Sacramento. Tardé un minuto en verle. Estaba en donde todo el mundo, es decir, detrás de la puerta de salida. Pelo blanco, gafas, pantalones marrones de tela indeformable. –Papá, ¿cómo estás? –pregunté. Él sólo dijo: –Les. Nos dimos un apretón de manos y fuimos hacia la terminal. –¿Cómo están Mary y los chicos? –quiso saber. –Todos estupendamente –respondí, y no era cierto. Abrió una bolsa blanca de confitería. Explicó: –He comprado algo que quizá quieras llevarte. No es gran cosa. Unos Almond Roca para Mary y unos caramelos blancos para los chicos. –Gracias –dije. –No olvides la bolsa cuando te vayas –me advirtió. Dejamos pasar a unas monjas que corrían hacia las puertas de embarque. –¿Una copa o un café? –le pregunté. –Lo que tú quieras –contestó–. Pero no tengo coche –precisó. Encontramos el bar, nos trajeron las bebidas, encendimos los cigarrillos. –Bueno, aquí estamos –dije. –Sí –asintió. Me encogí de hombros y repetí: –Sí. Me eché hacia atrás en mi asiento y aspiré profundamente, inhalando –me pareció– el aire de infortunio que rodeaba su cabeza. Dijo: –Calculo que el aeropuerto de Chicago es cuatro veces más grande que éste. –Es aún mayor –le aseguré. –Creía que era grande –dijo. –¿Desde cuándo usas gafas? –le pregunté. –Desde hace poco. Tomó un trago largo, y acto seguido fue al grano. –Me hubiera gustado morirme –dijo. Puso sus grandes brazos a ambos lados del vaso–. Eres un hombre educado, Les. La persona idónea para comprenderlo. Levanté un costado del cenicero para leer lo que había escrito dentro: CLUB  HARRAH / RENO Y LAKE TAHOE / BUENOS LUGARES DE DIVERSIÓN. –Era una vendedora de productos Stanley. Una mujer menuda, con pequeños pies y pequeñas manos y pelo negro como el carbón. No era la mujer más bella del mundo. Pero sus modales eran muy delicados. Tenía treinta años y tenía hijos. Pero, aunque pasó lo que pasó, era una mujer decente. “Tu madre le compraba siempre cosas: una escoba, una fregona, algún relleno de pastel… Ya conoces a tu madre. Era sábado y me había quedado en casa. Tu madre se había ido no sé adónde. No sé en dónde estaba. Pero no estaba trabajando. Yo leía el periódico y tomaba una taza de café en la sala cuando llamaron a la puerta. Era esa mujer menuda, Sally Wain. Me dijo que tenía unas cosas para la señora Palmer. “Soy el señor Palmer”, digo yo. “La señora Palmer no está en este momento”, le explico. La invito a pasar, ya sabes, con intención de pagarle las cosas que traía. Se quedó allí, vacilante. Allí de pie, sosteniendo la pequeña bolsa de papel y el recibo. “–Vamos, démela –le sugiero–. ¿Por qué no pasa y se sienta un momento mientras veo si encuentro algo de dinero?” –No se preocupe –responde ella–. Puede dejarlo a deber. Hay mucha gente que lo hace. No hay problema. –Sonríe para darme a entender que no hay problema, ya sabes. “–No, no –insisto yo–. Prefiero pagarlo ahora. Así le ahorro un viaje y me ahorro tener deudas. Pase” –digo, y mantengo abierta la puerta metálica. No era cortés tenerla allí de pie en la puerta. Mi padre tosió y cogió uno de mis cigarrillos. Al fondo del bar una mujer reía. La miré, y luego volví a leer la leyenda del cenicero. –Así que pasa, y yo digo: “Un momento, por favor”, y entro en el dormitorio a buscar mi cartera. Miro en el tocador, pero no la encuentro. Hay algo de cambio y cerillas y mi peine, pero no logro dar con mi cartera. Tu madre se había pasado la mañana limpiando, ya sabes. Así que vuelvo a la sala y comento: “Bueno, ya encontraré algo”. “–Por favor, no se moleste –dice ella. “–No es molestia –insisto–. Tengo que encontrar mi cartera, de todas formas. Póngase cómoda. “–Oh, estoy bien –contesta. “–Mire –digo–. ¿Ha oído lo del gran atraco en el Este? Estaba leyéndolo ahora mismo. “–Lo vi en televisión anoche –responde. “–Huyeron sin ningún problema –explico. “–Lo hicieron muy inteligentemente –asiente. “–El crimen perfecto –digo. “–A muy pocos les sale bien –sentencia. “Yo ya no sabía cómo continuar. Estábamos allí de pie, mirándonos. Así que salí al porche y busqué mis pantalones en la cesta, en donde supuse que los había puesto tu madre. Encontré la cartera en el bolsillo trasero y volvía a la sale y le pregunté cuánto le debía. “Eran tres o cuatro dólares. Le pagué. Entonces, no sé por qué, le pregunté qué haría con el dinero si lo hubiera conseguido ella, con todo aquel dinero que se habían llevado los atracadores. “Se rió y vi sus dientes. “Y entonces no sé lo que me pasó, Les. Cincuenta y cinco años. Hijos ya mayores. Me daba perfecta cuenta de que no debía. Aquella mujer tenía la mitad de años que yo, y chiquillos en el colegio. Vendía para Stanley durante el horario escolar, sólo para ocuparse en algo. No tenía necesidad de trabajar. Tenían lo suficiente para salir adelante. Su marido, Larry, era chófer en la Consolidated Freight. Ganaba un buen sueldo. Camionero, ya sabes. Calló y se pasó el pañuelo por la cara. –Todos nos equivocamos alguna vez –dije. Sacudió la cabeza. –Tenía dos chicos, Hank y Freddy. Se llevaban como un año. Me enseñó las fotos. En fin, se ríe cuando digo lo del dinero, asegura que dejaría de vender productos Stanley y que se iría a Dago y compraría una casa. Comentó que tenía parientes en Dago. Encendí otro cigarrillo. Miré el reloj. El barman levantó las cejas y yo levanté el vaso. –Estaba sentada en el sofá y me preguntó si tenía un cigarrillo. Dijo que se los había dejado en el otro bolso, y que no fumaba desde que había salido de casa. Dijo que odiaba comprar un paquete en una máquina teniendo un cartón en casa. Le doy un cigarrillo y sostengo una cerilla para que lo encienda. Pero, créeme, Les, me temblaban los dedos. Calló y examinó las botellas unos instantes. La mujer que había reído antes ceñía con ambos brazos los de los hombres que tenía a los lados. –Lo que vino después lo recuerdo vagamente. Recuerdo que le pregunté si quería un café. Dije que acababa de hacerlo. Ella dijo que tenía que irse. Que quizá tenía tiempo para tomar una taza. Fui a la cocina y esperé a que a que el café se calentara. Te lo aseguro, Les, te lo juro por Dios: jamás le había sido infiel a tu madre en todo el tiempo en que fuimos marido y mujer. Ni una sola vez. Hubo veces en que me apetecía y se me presentaba la ocasión. Créeme, tú no conoces a tu madre como la conozco yo. Le corté: –No tienes por qué darme explicaciones. –Le llevé el café. Para entonces se había quitado el abrigo. Me siento en el otro extremo del sofá y empezamos a hablar de cosas más personales. Me dice que tiene dos chicos en la escuela primaria Roosevelt y que Larry es camionero y que a veces está fuera una o dos semanas. En Seattle, o en Los Ángeles, o incluso en Phoenix. Siempre por ahí. Me cuenta que conoció a Larry en la escuela secundaria. Dice que se siente orgullosa de haber llevado esa vida desde entonces. En fin, al poco suelta una risita por algo que yo he dicho. Era algo con doble sentido. Entonces me pregunta si conozco el del viajante de zapatos que llama a la puerta de la viuda. Nos reímos, y entonces le cuento uno un poco más picante. Ahora se ríe con ganas, y se fuma otro cigarrillo. Una cosa lleva a la otra, eso es lo que pasaba, ¿entiendes? “Bien, entonces la besé. Le incliné la cabeza sobre el respaldo del sofá y la besé, y aún siento su lengua moviéndose inquieta para meterse dentro de mi boca. ¿Comprendes lo que digo? Uno puede vivir obedeciendo todas las normas y un buen día, de pronto, nada importa un pimiento. Se te acaba la buena estrella, ¿entiendes? “Pero todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Y luego me espeta: “Creerás que soy una puta o algo así”, y luego se marchó sin más. “Estaba tan excitado, ¿sabes? Ordené el sofá y di la vuelta a los cojines. Doblé todos los periódicos y hasta lavé las tazas que habíamos usado. Todo el tiempo pensaba en cómo iba a mirar cara a cara a tu madre. Estaba asustado. “Bien, así es como empezó. Tu madre y yo seguimos como siempre. Pero empecé a ver a esa mujer con asiduidad. La mujer del fondo del bar se bajó del taburete. Avanzó hacia el centro del local y se puso a bailar. Echaba la cabeza de un lado para otro y hacía chasquear los dedos. El barman dejó de preparar bebidas. La mujer levantó los brazos por encima de la cabeza y se movió describiendo un pequeño círculo sobre el suelo. Pero luego dejó de hacerlo y el barman volvió a sus cosas. –¿Has visto eso? –preguntó mi padre. Pero yo no dije ni una palabra. –Así es como funcionó la cosa –prosiguió–. Larry tenía su calendario de viajes, y yo iba a verla siempre que podía. A tu madre le decía que iba a algún sitio. Se quitó las gafas y cerró los ojos. –No se lo había contado a nadie. ¿Había algo que comentar a esto? Miré hacia las pistas y luego mi reloj. –Escucha, ¿a qué hora sale tu avión? ¿No podrías coger otro? Deja que te invite a otra copa, Les. Pide dos más. Me daré prisa. Acabaré de contártelo en un minuto. Escucha. “Tenía la foto de Larry en el cuarto, al lado de la cama. Al principio me molestaba ver su fotografía allí y todo eso. Pero al cabo de un tiempo me acostumbré a ella. ¿Te das cuenta de cómo nos habituamos a las cosas? –Sacudió la cabeza–. Es increíble. Bueno, pues, todo acabó mal. Ya lo sabes. Lo sabes todo perfectamente. –Sólo sé lo que me cuentas –dije. –Escucha, Les. Déjame explicarte lo realmente importante de este asunto. ¿Sabes?, hay cosas. Hay cosas más importantes que el hecho de que tu madre me dejara. Verás, escucha esto. Estábamos en la cama un día. Debía de ser sobre el mediodía. Estábamos allí acostados, charlando. Puede que yo estuviera dando una cabezada. Esa especie de duermevela extraña, como con sueños, ya sabes. Pero al mismo tiempo me digo que no debo olvidar que tengo que levantarme e irme. Y en eso estoy cuando el coche entra en el jardín y alguien se baja y cierra de golpe la puerta. “–Dios mío –chilla ella–. ¡Es Larry! “Debí de enloquecer. Me parece recordar que pensé que si salía corriendo por la puerta de atrás, él me iba a aplastar contra la gran valla del jardín, y quizás hasta me matara. Sally hacía un ruido extraño con la boca. Como si no pudiera respirar. Tenía puesta la bata, pero la llevaba abierta, y estaba en la cocina sacudiendo la cabeza. Todo está sucediendo a un  tiempo, ya entiendes. Y allí estoy yo, casi desnudo, con las ropas en la mano, y Larry abriendo la puerta principal. Bien, salto. Salto contra el ventanal, así, a través del cristal. –¿Conseguiste escapar? –pregunté–. ¿No te persiguió? Mi padre me miró como si me hubiera vuelto loco. Fijó la mirada en un vaso vacío. Yo miré el reloj, me estiré. Tenía un ligero dolor de cabeza a la altura de los ojos. Comenté: –Creo que tendré que ir para allí en seguida –me pasé la mano por la barbilla y me ajusté bien el cuello de la camisa–. ¿Sigue en Redding esa mujer? –¿No entiendes nada, verdad? –dijo mi padre–. No entiendes nada de nada. Sólo sabes vender libros. Era casi la hora de marcharme. –Oh, Dios, lo siento –exclamó–. El hombre se derrumbó, eso es lo que pasó. Se dejó caer en el suelo y se echó a llorar. Ella se quedó en la cocina. Se quedó allí, llorando. Se puso de rodillas y empezó a implorar a Dios, a voz en grito para que su marido la oyera. Mi padre empezó a decir algo más. Pero en lugar de seguir movió la cabeza. Puede que quisiera que fuera yo quien me pusiera a hablar. Y al cabo añadió: –No, tienes que coger el avión. Le ayudé a ponerse el abrigo; luego lo conduje por el codo. –Te dejaré en un taxi –propuse. Él dijo: –Quiero verte despegar. –De acuerdo –asentí–. Quizás la próxima vez. Nos dimos la mano. Y no lo he vuelto a ver. Camino de Chicago, caí en la cuenta de que había olvidado la bolsa de los regalos en el bar. Mejor. Mary no necesitaba dulces, ni Almond Roca ni nada parecido. Esto fue el año pasado. Ahora lo necesita aún menos.

Raymond Carver (foto)

Udi, bonso, Allende, Golborne y Julio Ponce

francisco huenchumillaA lo bonso. Cuando el intendente de la Araucanía, Francisco Huenchumilla (foto), dijo estar “dispuesto a quemarme a lo bonzo en la plaza de Armas de Temuco, por la paz social en La Araucanía”, todos entendimos que se trataba de una metáfora. La metáfora de su compromiso, hasta los tuétanos, de trabajar sin descanso por devolverle la paz social a la Araucanía. Todos lo entendimos así, menos los de la ultra derecha Unión Demócrata Independiente, Udi. Para ellos, la frase estaba relacionada con la muerte del matrimonio Luchsinger Mackay en un incendio, y como una burla. Y furiosos, estos señores de la Udi, pidieron que el señor Huenchumilla “se retracte de manera inmediata de estos dichos y pida disculpas públicas a la familia”. ¿Qué? ¿Que qué? ¿Por qué? Pues se dieron el tiempo de escribir “la petición”, y enviársela a la presidenta Michele Bachelet. ¿Qué idioma hablan los señores de la Udi? ¿Cuál es su grado de ‘comprensión de lectura’? Porque no requiere mucho esfuerzo mental comprender la expresión: estoy “dispuesto a quemarme a lo bonzo en la plaza de Armas de Temuco, por la paz social en La Araucanía”. Otros dicen: “mato por esa casaca”, “mato por un buen osobuco”, “te mato si no llegas a tiempo”, “si no haces el trámite antes del jueves, estás muerto”, ¡y nadie está pensando en asesinatos, ni burlas! Son metáforas, expresiones populares, hipérboles. Pero parece que es mucho esfuerzo mental para los señores de la Udi. Son, por lo que se ve, analfabetas funcionales, de esos que leen una cosa y entienden otra. O no entienden nada. Mal del que adolece la educación actualmente, y por eso requiere, urgentemente, una reforma.

Isabel Allende. Deben estar mordiéndose los codos de la rabia los detractores isabel allendegratuitos de la escritora Isabel Allende (foto), Premio Nacional de Literatura 2010. Además del odio machista por sus triunfos en la venta de sus libros (¡60 millones de libros vendidos en todos los idiomas!), y el odio porque es más conocida que muchos premios Nobel larvados, que andan prepotentes por ahí, deben sumarle otro odio: la Universidad de Harvad le otorgó un doctorado ‘Honoris Causa’ por su trayectoria literaria. Creo que la decisión de la Universidad de Harvad debe enrabiar, aún más, a sus gratuitos detractores, cuando dijo que los libros de Allende son “un sabroso ‘charquicán’ de historia, fábula, política, pasión y familia que encarna el espíritu de realismo mágico”. Dirán: pero si ella es una escritorzuela (como la macartizó Roberto Bolaño), que no es más que una mala copia del realismo mágico de Gabriel García Márquez. Como sea, Harvad la reconoció por su literatura, junto a los también galardonados Joseph E. Stiglitz y Aretha Franklin.

Lawrence Golborne. Vuelve a sus andadas. El pretendido aspirante presidencial, lawrence golbornedebió en su momento renunciar a la magna posición por sus antecedentes como gerente general del retail Cencosud. La Corte Suprema de Justicia consideró “abusivas” las cláusulas para los cuentahabientes de las tarjetas de crédito Cencosud, durante la época en que el señor Lawrence Golbonre (foto) era gerente general de la compañía. Como la oveja vuelve al redil y el lobo a sus andanzas, ahora forma parte del directorio del retail Ripley. Acaba de ser nombrado para reemplazar a Sergio Collarte.

Julio Ponce. Este archimillonario, y archifamoso por la manipulación de precios julio poncede las acciones de varias compañías, que las movió en cascada, fue demandado por la AFP Capital. La administrada de las platas de los futuros pensionados, adujo que en el manejo de sus dinero, no se respetaron los estándares de cuidado, de diligencia y los deberes societarios, por lo que hubo daño a los dineros de las pensiones, que son dineros de las personas afiliadas a Capital. Recordó la AFP Capital que “la extensión y profundidad del ilícito (del señor Julio Ponce (foto), y también de Aldo Motta, Roberto Guzmán y Leonidas Vial, y las sociedades controladas por estas personas) “fue detallado a través de las formulaciones de cargos por parte de la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS) el 6 de septiembre de 2013 y el 30 de enero de 2014, en el marco de la investigación de una serie de transacciones de las sociedades Sociedad Química y Minera de Chile S.A. (SQM), Norte Grande S.A., Oro Blanco S.A., Pampa Calichera S.A., Nitratos S.A. y Potasios S.A”, con las que está relacionado el señor Julio Ponce, ex yerno del asesino y ladrón dictador Augusto Pinochet, durante cuyo período oscuro de la vida chilena fue director de Corfo (Corporación de Fomento de la Producción), en donde, según la versión popular, hizo su primera fortuna.

‘Mi escritura no es letra de vitrina’: Lemebel

pedro lemebel2Héctor Cossio trae hoy en ‘Cultura’ de El Mostrador una entrevista a Pedro Lemebel (foto), ganador del Premio José Donoso 2013, que le será entregado el 2 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa) que abre sus puertas de la Estación Mapocho, en Santiago. Dice Héctor Cossio: “El cronista no se ha dejado ver mucho este último tiempo. Desde sus intervenciones quirúrgicas por un cáncer de laringe que lo tienen hoy con una voz artificial, Pedro Lemebel ha optado por el silencio, restringiendo sus apariciones públicas. No da entrevistas, le caen mal los periodistas, desconfía de ellos. Para este artículo hizo una excepción con Cultura+Ciudad (de El Mostrador) tal como lo hizo para el Festival de Literatura de Buenos Aires donde, con su voz de vocoder, leyó varios textos con música de fondo logrando tal intimidad con la audiencia que ésta lo coronó con una ovación cerrada.

En la Feria del Libro de Santiago aprovecharán de entregarte el premio José Donoso. ¿Tienes preparado algo especial?     Iré sólo a recibir el premio, qué más. El día 2 de noviembre presento “Poco hombre”, a las 4 de la tarde en la Sala de las Artes de la Feria del Libro. Es la antología hecha por Ignacio Echevarría y eso será una presentación donde están todos invitados, menos los fachos, jajaja.

¿Qué significa para ti haber ganado ese premio?     Este reconocimiento lo agradezco sin soberbia, pero con dignidad de letra proletaria. No lo sé, quizás siga siendo un outsider como dicen. A pesar de los homenajes, sigo estando al borde del camino letrado. No me asusta, ya que antes había obtenido la beca Guggenheim y el premio Anna Segers. Pero los premios, más que reconocimientos, son lápidas.

Con el paso del tiempo tus crónicas cobran más vigencia, ¿a qué crees que se deba eso?     Quizás, el mensaje político literario de mis crónicas, que después de tanto tiempo se asume y se habla. Me refiero a los contenidos de denuncia que están en mis textos desde la dictadura. Para mucha gente que nunca me leyó, por prejuicio o porque yo publicaba en lugares proscritos, ahora se sorprende, pero siempre escribí, dije, grité, y enarbolé los textos como bandera de opresión.

¿En qué ha cambiado tu obra?     Ha pasado el tiempo y han ocurrido transformaciones de mi trabajo: desbarroquizaciones, decantaciones de la adjetivación. Creo que hay un acercamiento a mi biografía, aunque mi memoria me juega malas pasadas, a veces se me confunde si lo que viví, lo soñé o me lo contaron. Tiendo a confundir memoria e historia, memoria y sueño, memoria y deseo, en fin… al final no me queda claro si lo soñé, me ocurrió o lo ficcioné, aunque la ficción no me queda. En fin, es el vértigo inestable de la escritura.

¿Qué diferencias observas en tu literatura y en la de Pablo Simonetti?     Mi escritura es estrategia de sobrevivencia más que novelería o letra de vitrina. Más cercana al panfleto o al graffiti y a la canción popular. Me identifico más con la poesía callejera que con la narrativa actual.

¿Estás trabajando en nuevos proyectos?     Hay algunos en carpeta: la reedición de “Adiós Mariquita linda”, por Seix Barral Planeta; una novela corta, “El éxtasis de delinquir”; otro libro de crónicas; y uno sobre Gladys Marín. En fin, ya vendrán…

El arte

¿Piensas que durante la conmemoración de los 40 años del Golpe faltó un reconocimiento mayor a la labor de las ‘Yeguas del Apocalipsis’? Un reconocimiento explícito del mundo del arte tal vez…     Por supuesto que sí y, como dice Francisco Casas, el trabajo de las Yeguas debiera estar en el Museo de la Memoria. Fuimos un colectivo homosexual que, anteponiendo nuestras demandas, homenajeamos a los Detenidos Desaparecidos, único caso en el continente. Estamos en la historia de este país porque Gerardo Mosquera, crítico extranjero, nos reconoció. No porque nuestros prejuiciosos amigos del arte lo quisieran. En ese sentido, después de veinte años, seguimos siendo estigmatizados, pero ya no importa, cruzamos las fronteras a pesar de la miopía nacional.

¿Cómo te caen las personas que vienen del mundo del arte?     Hay de todo, también hay gente valiosa. Pero en general hay oportunismo. Ayer estaban con el arte denunciante, después con el posmodernismo, luego con el kitsch y, ahora, con el neoliberalismo de feria comercial.

Hace poco Arakis, un crítico transexual de arte feminista, dijo en una entrevista que el mundo del arte sigue respondiendo a una cultura decimonónica. ¿Compartes esa opinión?     La crítica fetichista siempre te analiza con lupa, poniéndote como objeto de especulación moral. No entiendo esas palabras: ¿décimo qué?, ¿heteronorma qué? Son palabras adoptadas del nuevo cuiquerío cultural. No me apasionan los estudios queer, encuentro que crean otro gheto, la loca académica me da náuseas. Me interesan más los movimientos sociales, las marchas estudiantiles, los estallidos políticos clandestinos que remecen la subjetividad social. Los colectivos de estudiantes secundarios que han aparecido, como El colectivo Lemebel del Liceo Barros Borgoño, donde yo estudié, o las Putas de Babilonia del Lastarria.

Y en política, ¿cómo ves el panorama a semanas de las elecciones?     Convulso, esquizoide, se me confunden los programas presidenciales, se parecen, se mimetizan en la misma desesperación. No sé si iré a votar. Y si voy, lo haré por la izquierda como siempre. Sólo que no sé si mi izquierda estará en el voto.

¿Algo que agregar?     Chapalapachala…blue.

12 consejos de Ray Bradbury al reciente escritor

Ray_Bradbury_Esto que sigue es el extracto que Colin Marshall (de Open Culture) hizo de una charla que el muy conocido autor de ciencia ficción estadounidense Ray Bradbury (foto, q.e.p.d.) dio en Point Loma Nazarene University sobre su experiencia de escritor. Marshall consideró adecuado presentarlo como “12 consejos” para quienes tengan el impulso de escribir:

1) No empieces escribiendo novelas. Toman mucho tiempo. Empieza escribiendo “una cantidad endemoniada de cuentos”. Al menos, uno por semana. Toma un año para hacerlo. (Bradbury asegura que, simplemente, no es posible escribir 52 malas historias al hilo. Él esperó hasta los 30, para escribir su primera novela, Fahrenheit 451.)

2) Ama a tus escritores favoritos, pero no intentes remplazarlos. Ten esto en mente cuando, inevitablemente, intentes, consciente o inconscientemente, imitar a tus escritores favoritos, justo como él imitó a H.G. Wells, Jules Verne, Arthur Conan Doyle y L. Frank Baum.

3) Examina la “calidad” de los cuentos. Ray Bradbury sugiere a Roald Dahl, Guy de Maupassant, y los menos conocidos Nigel Kneale y John Collier. Nada en el New Yorker de hoy le llenaba el ojo, pues encontraba que esas historias “no tenían metáfora”.

4) Ocupa tu mente. Para acumular los bloques intelectuales de estas metáforas, Bradbury sugería una serie de lecturas nocturnas: un cuento, un poema (pero Pope, Shakespeare y Frost, no la “basura” moderna) y un ensayo. Los ensayos pueden ser de una diversidad de campos, incluyendo arqueología, zoología, biología, filosofía, política y literatura. “Al final de mil noches, ¡Dios!, ¡Estarás lleno de cosas!”

5) Deshazte de los amigos que no creen en ti. ¿Se burlan de tus ambiciones de escritor? La sugerencia es que los despidas sin retraso.

6) Vive en la biblioteca. No vivas en tu “maldita computadora”. Bradbury no fue a la universidad, pero sus insaciables hábitos de lectura le permitieron “graduarse de la biblioteca” a los 28.

7) Enamórate del cine. Preferiblemente del viejo.

8) Escribe con alegría. “Escribir no es un negocio serio”. Si una historia comienza a sentirse como un trabajo, deséchala y comienza una nueva. “Quiero que envidien mi alegría”. (JSA: con alegría no significa “cosas chistosas”, sino que el acto de escribir gratifique, no sea una carga pesada, un castigo, una maldición.)

9) No planees ganar dinero. La esposa de Bradbury “hizo un voto de pobreza” para casarse con él. Solo hasta los 37 pudieron comprarse un auto.

10) Enlista 10 cosas que amas y 10 cosas que odias. Luego escribe sobre las primeras y “mata” las segundas –también escribiendo sobre ellas–. Haz lo mismo con tus miedos.

11) Escribe cualquier cosa veja que surja en tu mente. Bradbury recomienda “asociación de palabras” para romper cualquier bloqueo creativo, pues “no sabes lo que hay en ti hasta que lo pruebas”.

12) Quizás consigas un lector. Recuerda, cuando escribes lo que estas buscando es que una sola persona llegue y te diga: “Te amo por lo que haces”. O, en su defecto, buscas a alguien que llegue y diga: “No estás tan loco como la gente dice”.