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Larga lista de políticos contratados por las AFP

untitledReproduzco este interesante artículo de Gamba.cl: Si todo Chile está marchando para eliminar las AFP (no por ‘mejorarlas’ como dice la prensa burguesa), ya que no son un sistema creado para pagar pensiones, sino que para financiar a los grandes grupos económicos, la pregunta es obvia: ¿Por qué los políticos no hacen nada? Además de porque ellos jamás representarán los intereses del pueblo trabajador, porque muchos, efectivamente, son o fueron empleados de las AFP. Un artículo de El Mostrador da varios nombres:

Se puede reconocer dentro de los aspirantes a los directorios de las AFP (y, por ende, promotores del sistema) a ex ministros, subsecretarios y superintendentes de los Gobiernos de la Concertación. En esta lista se puede destacar a Clemente Pérez, Alejandro Ferreiro, José De Gregorio, Marigen Hornkol y José Pablo Arellano de la Democracia Cristiana, Eduardo Bitrán y Vivianne Blanlot del PPD u Osvaldo Puccio, José Antonio Viera-Gallo y Jaime Estévez del PS, entre otros.

También ex funcionarios/ministros de la dictadura de (del traidor, ladrón y asesino Augusto) Pinochet, que continúan defendiendo su obra, tales como Martín Costabal, Sergio Fernández, Juan Antonio Guzmán, Guillermo Arthur (actual presidente de la Asociación Gremial de AFP de Chile, y Presidente de la Federación Internacional de AFP) y Rafael Caviedes.

Personas que son parte de los Consejos vinculados a distintos centros de pensamiento (think tank), como Luis Felipe Lagos de ‘Libertad y Desarrollo’, Roberto Ossandón del ‘Instituto Libertad’, David Gallagher del ‘CEP’ y ‘Horizontal’, Klaus Schmidt-Hebbel (actual director de AFP Habitat) y Andrea Tokman de ‘Res Pública’ (institución creada por Luksic “para pensar Chile”).

O que son docentes de influyentes universidades, como Claudio Sapelli (profesor de Economía de la PUC y presidente de la Comisión de Usuarios de las AFC) y Joseph Ramos (de Economía de la Universidad de Chile)

Ex o funcionarios públicos del Gobierno de Piñera o ex parlamentarios de la Alianza como Cristián Leay, Ricardo Rainieri, Juan Eduardo Coeymans y el mismo Pablo Longueira. Luego, se encuentra el grupo de las personas vinculadas a los medios de comunicación, como Gonzalo Parot (Copesa), Mikel Uriarte (TVN) y Rodrigo Terré Fontbona (Canal 13). También aquí se puede destacar a tres hermanos del entrenador de fútbol Manuel Pellegrini, que frecuentemente realiza publicidad para AFP Cuprum.

Ex Consejeros del Banco Central, como Joaquín Vial, Jorge Desormeux y Jorge Marshall. Finalmente, se puede destacar a familiares directos de ex o actuales ministros o políticos influyentes. Aquí aparecen el hermano del ministro Larroulet, y los hermanos de los ex ministros Büchi, Foxley y del sociólogo Eugenio Tironi.

A todo lo anterior, debemos sumar los “simpáticos” casos de la actual Ministra del Trabajo, Ximena Rincón (DC), que en el año 2006 fue parte del directorio de AFP Provida, y del ex ministro del Gobierno de Piñera, Rodrigo Pérez Mackenna, actual Presidente de la Asociación de AFP. Para finalizar, un artículo de Punto Final publicó el listado de ex ministros, subsecretarios y superintendentes de la Concertación que han sido candidatos a directores de AFP:

1- Laura Albornoz Pollmann (PDC), ministra del Sernam de Bachelet.

2- Eduardo Aninat Ureta (PDC), ministro de Hacienda de Frei.

3- José Pablo Arellano Marín (PDC), ministro de Educación de Frei.

4- Eduardo Bitrán Colodro (PPD), ministro de OO. PP. de Bachelet.

5- Vivianne Blanlot Soza (PPD), ministra de Defensa de Bachelet.

6- René Cortázar Sanz (PDC), ministro del Trabajo de Aylwin y de Transportes de Bachelet.

7- José Manuel Cruz Sánchez (PDC), subsecretario de Pesca de Frei.

8- José De Gregorio Rebeco (PDC), triministro de Lagos y presidente del Banco Central de Bachelet.

9- Jaime Estévez Valencia (PS), ministro de OO. PP. de Lagos.

10- Alberto Etchegaray de la Cerda (PDC), superintendente de Valores y Seguros de Bachelet.

11- Alejandro Ferreiro Yazigi (PDC), superintendente de AFPs y de Valores y Seguros; y ministro de Economía de Lagos.

12- Marigen Hornkohl Venegas (PDC), ministra de Educación de Lagos y de Agricultura de Bachelet.

13- Alejandro Jadresic Marinovic (PDC), ministro de Energía de Frei.

14- Guillermo Larraín Ríos (PDC), superintendente de AFPs de Lagos y de Valores y Seguros de Bachelet.

15- Ernesto Livacic Rojas (PDC), superintendente de Bancos e Instituciones Financieras de Frei.

16- Carlos Massad Abud (PDC), ministro de Salud de Frei y presidente del Banco Central de Frei y Lagos.

17- Carlos Mladinic Alonso (PDC), ministro Secretario General de Gobierno y de Agricultura de Frei.

18- Jorge Navarrete Poblete (ex PDC) subsecretario General de Gobierno de Lagos.

19- Clemente Pérez Errázuriz (PDC), subsecretario de OO. PP. de Lagos.

20- Karen Poniachik Pollak (PPD), ministra de Minería y Energía de Bachelet.

21- María Olivia Recart Herrera, subsecretaria de Hacienda de Bachelet.

22- Patricio Rosende Lynch (PPD), subsecretario del Interior de Bachelet.

23- Juan Eduardo Saldivia Medina (PDC), superintendente de Servicios Sanitarios de Frei y Lagos y subsecretario de OO. PP. de Bachelet.

24- Felipe Sandoval Precht (PDC), subsecretario de Pesca de Lagos.

Gamba.cl

Penta y Dávalos son codicia: Felipe Berrios

felipe berriosFelipe Berrios (foto) es un cura jesuita que en nada se parece a los curas que han estado llenando las páginas de los diarios y el tiempo de los noticieros de radio y televisión con pedofilias y arrogancia. Es un hombre sencillo de 58 años, creador de Techo, autor de varios libros liberadores y libertarios, y escribió una columna de opinión hasta que fue insostenible hacerlo en el diario más retardatario y golpista de Chile: El Mercurio. Estuvo en la africana Burundí en misión pastoral y regresó a La Chimba, un campamento de los que en su primer gobierno la presidenta Michelle Bachelet prometió erradicar para siempre de Chile, ubicado en Antofagasta. Vivía en un conteiner pero ya tiene su mediagua. “Ellos martillaron y me armaron esta casa, y, salvo el lavaplatos y el refrigerador, me consiguieron todos los muebles en el mall, como llaman al vertedero que tenemos aquí al lado, de donde reciclan cosas”. Los periodistas Sergio Rodríguez y Karla Riveros publican hoy en La Tercera una fluida y esclarecedora entrevista con este cura que sin ambages considera los casos Penta y Dávalos Bachelet como de codicia, personas que teniéndolo todo quieren tener más, y a cualquier costo, sin importarles los valores de ética ni civismo.
En 2010 usted fue a Africa y vivió en Burundí y El Congo. Tras su regreso, ¿por qué se vino a este lugar? Lo reflexioné en Africa. Aprendí algo de suajili y estuve junto a personas muy pobres, pero vi que no sabía nada de mapudungún ni había vivido con nuestra gente necesitada. Era una deuda y un deber. Pensé en un campamento de Puerto Montt y en éste. Le pregunté tres veces a mi superior provincial. Siempre me dijo que no, hasta que se lo pedí por escrito. Para mí es un privilegio.
¿Se puede comparar la pobreza de El Congo con ésta? Son dos mundos muy distintos. La de allá es una pobreza humana y material muy extrema. No tienen ni basura, porque no hay consumo de nada. Son personas que quedaron fuera de la historia. Acá, en cambio, tienen más cosas, pero también es más doloroso y frustrante, porque ellos tienen claro las oportunidades y la vida que como sociedad les negamos.
Según la Encuesta Casen 2013, que se acaba de entregar, Antofagasta es la urbe con menos índice de pobreza: 3,2%, frente al 12,8% de país. Claro, y se dice que aquí el ingreso per cápita es de US$ 37 mil. Eso significa que hay mucha desigualdad. Antofagasta es una ciudad tremendamente cara. Hay arriendos, de piezas 3×3, de $150 mil. No hay dónde enterrar a las personas que fallecen, porque un nicho vale $600 mil y nadie los tiene. En este sector el dinero no alcanza. Me gustan los cambios que se le hicieron a la Casen, y la tendencia es que en Chile disminuye la pobreza, pero aún tenemos mucha desigualdad. Dentro de eso, el caso Penta y el caso Dávalos muestran un problema de Chile.
¿En qué sentido? Desde que volví me ha llamado la atención una sensación de abuso, de que abusan de ti. Las farmacias, las multitiendas, los negocios. Y creo que la máxima expresión son los casos Penta y Dávalos. Hay una codicia tremenda que atraviesa a la sociedad chilena. Las cosas se hacen con pillería, con trampa. Se usan influjos, contactos, para ganar la mayor cantidad de plata en poco tiempo. No importa si daño a la confianza pública, a las instituciones o a particulares.
Pero, ¿le molesta lo que ha ocurrido en la esfera pública? En mi plano sacerdotal, yo creo que tenemos que hablar menos de ciertas faltas o de la moral sexual, porque a veces estamos obsesionados con eso, y dejar más en claro que lo que a Dios más le duele es la injusticia.
¿Supo qué pasó con las declaraciones suyas, y de los sacerdotes José Aldunate y Mariano Puga, que fueron llevadas al Vaticano? No, no tengo ninguna idea de lo que pasó. De la jerarquía de la Iglesia no he recibido nada, ni formal ni informal, ni yo ni el provincial (jesuita, Cristián del Campo). Sólo lo que se publicó (en la prensa), que sostenía que el Nuncio dijo por escrito que se nos estaba investigando en Roma.
Usted suele diferir de la opinión del cardenal Ezzati… Él es el jefe y hay cosas que son opinables. Tiene todo el derecho de no estar de acuerdo con mi opinión, como a lo mejor yo no estoy de acuerdo con otras opiniones. Pero no somos cabros chicos, hay un derecho canónico, deberes y derechos. Lo importante es que uno no se mueva de su misión sacerdotal. En eso estoy y me ha apoyado la Compañía (de Jesús). También hablé con el obispo de Antofagasta, Pablo Lizama, y está muy contento con mi presencia aquí.
La reciente aprobación del Acuerdo de Unión Civil (ex AVP), motivó críticas desde sectores religiosos. Yo creo que el Estado chileno tiene que ser un Estado Laico. Y laico no significa antirreligioso, sino al contrario. Es un estado donde se desechan los banalismos y se pueden expresar más libremente las personas. Y la Iglesia lo ha ido entendiendo así.
(El artículo y la entrevista completa, aquí)

Breve opinión sobre la educación en Chile

educaciónAl gobierno le ha faltado decir las cosas sin titubear en materia educativa. O decirlas completas. Porque algunos han insistido en que el gobierno “quiere cerrar colegios”. Es una afirmación irresponsable y mentirosa. Eso no es verdad.
Al gobierno le ha faltado decir que el dinero destinado a la educación de los chilenos de menos recursos, o los más pobres, lo ha estado usando en sostener colegios privados. Y con esto es con lo que se quiere terminar.
Al gobierno le ha faltado decir que los propietarios o administradores de los colegios privados reciben una subvención, o son ayudados con copagos, y mediante este mecanismo se han enriquecido casi todos.
Al gobierno le ha faltado decir que su propósito no es “cerrar colegios”, como desde el primer día han estado diciendo algunos irresponsables, sino que el dinero del erario (que es dinero de todos los chilenos) vaya a la educación de los más pobres, los menos favorecidos económicamente, para nivelar, un poco, el terreno nacional.
Obviamente, los colegios privados seguirán funcionando, y las universidades privadas seguirán funcionando. Obviamente. Pero no con el dinero que tiene que ir a los más pobres.
Éstos, los menos favorecidos económicamente, recibirán una educación en mejores condiciones que antes.
Y otro aspecto que algunos han querido hacer creer (justamente los que son dueños o amigos de los dueños de los medios de comunicación) es que “la calidad” de la educación se va a acabar. Y tampoco es verdad.
La calidad de la educación se mejorará cada día más, hasta el momento en que el país se pregunte qué clase de estudiantes quiere. Es decir, qué clase de técnicos y profesionales requiere para su desarrollo económico (que es lo único que le interesa a algunos, es especial a todos aquellos que se han ido desde el primer día de este gobierno, lanza en ristre) y, en especial, qué se requiere para el desarrollo social y bienestar de Chile.
Y el argumento menos inteligente de los críticos de la reforma a la educación, afirma que no se puede darles educación gratis a los más ricos. Lo dicen, justamente, los ricos que critican la reforma. Tratándose de que los ricos son unos pocos en Chile, pues resulta que es preferible darle educación gratis a esos 300 estudiantes (por poner una cifra, que no creo esté muy distante de la realidad), que dejar sin posibilidades de educación a 8 millones de jóvenes.
Desde luego, en su megalomanía y arrogancia, los 300 ricos creen que son más importantes que los 8 millones de chilenos.

Los sofismas de Gonzalo Rojas (no el poeta)

gonzalo rojas sánchezCon sus mismas palabras, párrafo por párrafo, me permito usar “el discurso” del señor Gonzalo Rojas (foto, que no el poeta de Lebu, Rojas Pizarro, sino un homónimo, Rojas Sánchez, de menos casta) para decir exactamente lo opuesto de su destemplado intento (es un obsesivo en su temática, es monotemático, cuatro veces más recalcitrante que Hermógenes Pérez de Arce), intento de menoscabar y sabotear los avances hacia un Chile inclusivo, con mayor bienestar social, donde todos tengamos las mismas oportunidades que hoy solo tiene la casta que él defiende: la de los habitantes de los barrios altos del oriente de Santiago.
Al título que él usó, socarrona, bobaliconamente, de “Por fin, ¡el socialismo!”, sugiero su lectura, develando lo velado, con el título “Por fin un gobierno intenta sacar al país del atraso”:
Con apenas seis meses de gestión, el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet ha mostrado cuán atrasados están los compromisos del Estado con los gobernados.
Desde el primer minuto, desde el Gobierno y desde el Congreso se ha mostrado el afán por superar este retraso social, causado por la casta nacida del festín de la dictadura.
La marea de conciencia sobre la urgencia de superar el atraso social inunda ya todas las dimensiones de la vida nacional: la enseñanza, la salud, la diversión, las relaciones laborales, el deporte, la judicatura, el orden público, la familia, los tributos.
Afortunadamente, está ocurriendo.
La cadena lógica es obvia: si la educación y la salud es para que ese grupo de empresarios nacidos del festín de la dictadura lucren, si la propiedad es excluyente, si el emprendimiento no puede ser sino de algunos emparentados con esa casta, si la familia es un pretexto para cohonestar delitos y fraudes, si la vida y la personalidad de los ciudadanos son desechables porque así lo determinaron los señores de La Dehesa, Las Condes y Los Trapenses, no es posible que eso siga en pie.
Hay que salir de semejante atraso.
Los áulicos del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet muestran su peor cara cuando son confrontados con la muralla de privilegios excluyentes, nacidos de ese festín, sin Dios ni ley, que significó para sus bolsillos esa dictadura.
La derecha, sus áulicos, deberían ganarse la plata limpiamente, y no haciéndole trampa al erario del pueblo, a la dignidad de los negocios y hacer gala de la buena cuna que dicen ostentar.
Que trabajen igual que el resto, en vez de creerse los ungidos para mandar.
Afortunadamente quedan todavía más de tres años de gobernar con otra perspectiva, distinta de la casta nacida de la vergonzosa dictadura que vivió Chile. Lo único que puede hacerse es mostrar todos y cada uno de los perjuicios que esa casta les causa a los chilenos.
Los ideales, si existen, de esa clase rancia y retardataria, son pura ficción. Sus palabras engañan, son pura retórica. Sus políticas destruyen, no tienen ideología. Creen que la trampa, la ley amañada, el robo, el delito velado e impune son una ideología.
La derecha intenta sacar a las personas de sus coyunturas, descoyuntarlas después de haberlas exprimido con salarios de hambre y tratarlas como parias.
Cuando logra fortalecer sus vínculos con Dios, con sus familias y con sus tradiciones, esa casta lo hace con el único fin de mantener la ficción de la “libre empresa”, pero el único Dios que tienen es el dinero.
Su familia son los cómplices. La tradición, es la que ellos se inventan. La verdad es su mentira alienante.
En el nombre de la “libertad” desbancan a la justicia, la pisotean, la burlan. No saben hacer los de esa casta del oriente de Santiago, más que construir mayor desigualdad. Cuando los ciudadanos (que ellos denominan “individuos”) han sido reducidos a manos que se estiran para pedir la presencia estatal, los de esta casta anacrónica han alcanzado el mayor de sus objetivos de control.
Ellos, allá arriba, hablando de “libertad”; todos los demás, acá abajo, padeciendo su dominación.
La actividad normal de las personas comunes y corrientes es desfigurada y convertida en la existencia virtual de seres administrados por esa casta de desiguales, que habitan en Las Condes, La Dehesa y Los Trapenses, quienes dictaminan sobre la totalidad de nuestras vidas: no comprarás, no emprenderás, no educarás, no circularás, no opinarás, no donarás, no votarás por la izquierda ni por los independientes, creerás solo las noticias que les damos desde los medios de comunicación que son de nuestra propiedad exclusiva.
Así se está construyendo la gran ficción de “un Chile libre”.
Toda la utopía de la derecha resulta ser efectivamente lo que no puede edificarse en lugar ninguno, si se quiere el mínimo bienestar de las personas, a menos que hablemos de opresión, envilecimiento del ser humano y postración social.
Quizás la pasión por una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades, donde la riqueza pueda estar en muchas manos, sea la única condición para poder enfrentar debidamente esa casta de manos sucias y sucias conciencias, y no quede más que agradecer la oportunidad y exclamar: Por fin un gobierno, como el actual, está dispuesto a avanzar un poco más allá de esta sociedad desigual, coartada, abusada por unos pocos que se dicen depositarios de “la libertad”. (Y se les llena la boca diciendo “libertad”)

Reformas Bachelet, puja DC y Velasco presidente

congreso valparaísoBrevemente: 1) Empiezo a temer por lo que serán, finalmente, las reformas propuestas por la presidenta Michelle Bachelet cuando era candidata: una reforma tributaria “para que los más ricos paguen más impuestos”, y una reforma educativa “para garantizar una educación gratuita y de calidad”. Lo que se ha sabido por los medios de comunicación, hasta ahora, es que los líderes de esas reformas, Alberto Arenas y Nicolás Eyzaguirre, no parecen muy seguros y han tenido que modificar, una y otra vez, su documento inicial. Eso me da una mala sensación. Lástima que los medios no informen bien, porque la gente no sabe el contenido de las reformas, sino titulares que desinforman, referentes a peleas “ideológicas” y la notoriedad de los empresarios para ejercer poder. Pero todo hace pensar que las reformas no serán tan profundas como se quiso hacer creer. 2) Increíble y abrumadora, la capacidad de la Democracia Cristiana (DC) para balancearse en la cuerda floja. Tiene con los nervios de punta a la Nueva Mayoría, con el chantaje tácito de que sus votos en el Congreso (foto) le aseguran que las reformas se aprueben o se hundan. Siendo minoría (una minoría en una coalición de izquierda, que carga en su historia con el apoyo al golpe militar y la dictadura), ejerce gran poder. Sinceramente, las cosas con la DC deberían ponerse, un día, en blanco y negro. Y dejarla sola, para poder contar su verdadero caudal electoral, y saber por sus actos, al fin, si hoy son de (no lo creo) “izquierda”, o de (estoy seguro) “derecha”. 3) Salió la lista de los más ricos de Chile. La encabezan los Luksic, seguidos por los Angelini, seguidos por los Solari, y la sorpresa: seguidos por Julio Ponce (“Caso cascadas”). Con mercados cautivos y leyes hechas a la medida (para eludir impuestos, menospreciar el empleo con firmas truchas de Rut distinto, heredar puestos en los directorios, favorecer amigos en la contratación, facilitar las concesiones, pagar las cuentas personales en la contabilidad de las empresas, tener información privilegiada y maximizar las utilidades, etcétera) estos son los apellidos insignes, dueños de, no sé qué porcentaje, la riqueza del país… ¿80%? Claro que con tantas garantías de triunfo, no tiene ningún mérito ser rico. Que los pongan en igualdad de condiciones al resto de chilenos, para ver con qué salen. Eso me gustaría ver. Y si triunfan, sin hacer trampas, me quito el sombrero. 4) Este comentario es muy breve, una opinión solamente: Andrés Velasco, el esposo de Consuelo Saavedra, el ex ministro de Hacienda, el solidario de las causas gay, el díscolo de la Concertación, ¿es, desde hoy, candidato a la Presidencia de la República para suceder a la presidenta Bachelet? Como todo es posible, quizás lo sea. Y lo que sería más insólito, pero posible, quizás gane… Al fin y al cabo, él representa al capital, no al trabajo, lo que le garantiza una campaña con recursos millonarios y el beneplácito de muchos que no gustan de Michelle Bachelet.

Gobiernos en Chile cada vez dialogan menos

Edison-Ortiz-Quedé preocupado con la lectura del artículo el profesor universitario Edison Ortiz (foto) titulado “Bachelet, soberbia”, en el que alude al ‘estilo’ de la ex presidenta, que ha ido acentuando en la presente campaña electoral en la que postula su reelección. Digo que quedé preocupado, porque más gente cree lo que dije aquí mismo, recientemente, refiriéndose al próximo gobierno, cualquiera que resulte de las dos candidatas favoritas, Evelyn Matthei y Michelle Bachelet: será un mal gobierno. Porque son, fatalmente, muy parecidas. Ya sé que una dice ser de “izquierda” y la otra de “derecha”, pero son denominaciones que cada día diferencian menos. Ambas pertenecen a la élite social de Chile. A ambas les preocupa el establecimiento, su permanencia y, sobre todo, que se mantenga su inmovilidad. Ambas defienden al empresariado, defienden a los banqueros, a los camioneros, a los grandes comerciantes, en cuanto a que sus utilidades no se vean disminuidas, ni sus derechos, hasta ahora obtenidos (casi todos heredados de la dictadura de Augusto Pinochet), se vean recortados o amenazados. La educación, la salud, los puestos de trabajo, parecen ser los pilares de lo que espera la gente. Nada más. Y prometer sobre estos tópicos, prende como pasto seco. Ambas han tenido contacto con los trabajadores de Chile, la señora Matthei desde el ministerio de Trabajo, y la señora Bachelet desde la Presidencia, y no se avanzó un ápice en cuanto a derechos, mejoras salariales, ambiente laboral, derecho de asociación. La única preocupación que tuvieron fue que la gente produjera, produjera, produjera más, y más. Ahora, el profesor Ortiz hace una ponderada evaluación histórica del comportamiento de los gobiernos, desde antes de Salvador Allende, hasta nuestros días (sin contar, obviamente, la época oscura y terrorífica de los golpistas encabezados por el dictador Augusto Pinochet, que ha sido un paréntesis de la civilidad chilena, y una vergüenza). El diálogo, las conversaciones, los acuerdos y la aceptación de las discrepancias, entre gobierno y gobernados, han ido evolucionando negativamente. Han ido Involucionando. Y ya no se habla, sino que se confronta. Ya no se acuerda, sino que se ignora al otro. Ya no se propone, sino que se impone. Cada vez más, los gobiernos han estado más cerca del empresariado que del pueblo raso. Y no parece que esto cambie en algo, tanto con un gobierno de la señora Matthei como con uno de la señora Bachelet. Es lo que se desprende de mi lectura del artículo del profesor Ortiz, que me deja preocupado.

‘Elogio de la ociosidad’ de Bertrand Russell

Bertrand-RussellAunque un poco extenso para un medio como este blog, el texto de Bertrand Russell (foto) sobre el ocio es una buena invitación para pensar en ello. Y tal como aquí lo presento, está editado; aún así, no quedó breve, porque de recortarlo un poco más se pierde el sentido completo de algunas ideas. Eliminé, básicamente, las referencias a la, entonces –cuando escribió el ensayo– pujante Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS; también, las de la monarquía británica. Procuré dejar lo universal del texto, lo que contiene una reflexión aplicable al mundo actual, un mundo que no es muy distinto de aquel de Bertrand Russell cuando escribió el texto, en 1932. Su lectura sigue siendo ilustrativa, y vigentes sus propuestas, en cuanto plantea una vida social posible, mediante la evaluación real, y realista, del sistema productivo.

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución.

Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado.

Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo.

Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

Si gasta su dinero –digamos– en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán –cabe esperarlo–, al tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta –digamos– en tender rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.

Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo hagan.

La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagado; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse.

Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda.

Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que lo producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes.

El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización.

Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando –digamos– ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior.

En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo.

La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar”. Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.

Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.

Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro –dando por supuesta cierta muy moderada cantidad de organización sensata–. Esta idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre.

El sabio empleo del tiempo libre –hemos de admitirlo– es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su esclavitud sexual.

En Occidente… por ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo manual.

El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare.

Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto.

La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja.

Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”.

Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado, como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.

Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia.

El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba.

El carnicero que os provee de carne y el panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, ganando dinero; pero cuando vosotros digerís el alimento que ellos os han suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo.

En un sentido amplio, se sostiene que, ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos aspectos de la misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo que podríamos sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos.

Cualquiera que sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria.

Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.

Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente.

Es una parte esencial de cualquier sistema social de tal especie el que la educación va a más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana.

Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.

Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran tener sobre el público en general.

Otra desventaja es que en las universidades los estudios están organizados, y es probable que el hombre que se le ocurre alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones académicas, por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad.

Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia.

El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos eruditos.

La afición a la guerra desaparecerá, en parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.

Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.