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‘La seducción de Verónica’ de Márceles Daconte

eduardo marceles daconteRecuerdo que aquella biblioteca era cavernosa. La Sra. Marks, bibliotecaria principal, era una mujer menudita, de grandes ojos que se humedecían con facilidad cuando explicaba algún incidente triste o un percance inesperado. Tenía un hijo que a veces la visitaba en la biblioteca para pedirle dinero. Un día, después de algún tiempo sin venir, apareció con el pelo largo, la barba crecida, y una indumentaria de jipi que a todos causó sorpresa primero, y risa después.

El horario menos apetecido era el de los domingos de 6 a 10 de la noche. La biblioteca permanecía silenciosa, con el zumbido del neón en la inmensidad desierta taladrando los oídos. No había mucho trabajo. Yo me perdía recorriendo los laberintos infinitos de millones de libros, revistas, folletos, microfichas y microfilmes con la fría luz alumbrando los rincones más remotos. En ocasiones me sentaba a leer en una de las mesas cercanas a la oficina en caso de que llegara algún cliente, mientras mis colegas se entretenían conversando entre sí, por teléfono, o discutiendo sobre algún tema de actualidad. Aún en medio del invierno, la atmósfera de la biblioteca era cálida y acogedora.

Fue uno de esos domingos de fastidiosa inactividad cuando entró de repente aquella muchacha menuda, de baja estatura, cabello castaño y ojos almendrados, que solicitó una información con la que yo estaba familiarizado. Se trataba de un trabajo académico sobre sicología infantil. Así que la ayudé a resolver sus inquietudes y empezamos a conversar sobre temas de América Latina y los niños desamparados.

Lo primero que le había llamado la atención ―me dijo después― fue el manejo del idioma español cuando preguntó por mi nacionalidad. Ella era nativa de Puerto Rico aunque su padre había sido un inmigrante húngaro. Tenía una risa fácil y contagiosa, miraba con picardía por encima de unas gafitas de intelectual trotskista y coqueteaba con sus gestos de gata entre tímida y mimosa. De alguna manera, la química entre nosotros empezó a funcionar desde ese momento.

Nos sentamos en una mesa a conversar sobre sus estudios, su tierra lejana y la mía, sus sueños y mis ilusiones. Nos despedimos con un estrechón de manos y se fue agitando su mano con un bye-bye. Antes de salir me había dicho que se llamaba Verónica Magiar, y yo le dije que mi nombre era León Trabuco. Estuve seguro que aquel encuentro no terminaría allí. Pensé en ella toda la semana, pendiente de los clientes que entraban a solicitar nuestros servicios con la esperanza de verla entrar con su sonrisa felina, pero era inútil. Hacia finales de semana, era quizás un sábado, volvió a entrar en la biblioteca. Yo estaba de manera casual atendiendo a otro estudiante que solicitaba una revista especializada que no estaba en su lugar. Ya había veri­ficado en el cárdex que la habíamos recibido a tiempo, así que intentaba comprobar si había sido archivada por error en un lugar diferente.

Cuando Verónica entró, parecía que la biblioteca se había iluminado, dejé por un momento al estudiante que estaba ayudando y me dirigí a ella con una amplia sonrisa y la mano extendida para saludarla. Susurró que terminara de atender a aquel cliente que ella esperaría. Volvió a comentar que necesitaba algunos datos que se encontraban en la Enciclopedia de Educación y la llevé a una sección retirada de la biblioteca donde se encontraban los volúmenes de consulta. Allí encontré la información que ella necesitaba y mientras le entregaba el libro acaricié con disimulo su mano. Ya había observado sus manos bien cuidadas y sedosas de uñas esmaltadas. Sentí un corrientazo al contacto con su piel que me calentó la sangre.

La dejé embebida en su lectura y me fui a esperar los clientes o conversar con mis compañeros. Algunos se entretenían archivando libros en los estantes. Josh, un negro fortacho, enumeraba en el cárdex los periódicos y revistas que se habían recibido ese día. La Sra. Mark hablaba por teléfono con algún mandamás de la biblioteca principal y parecía de mal humor. Cuando Verónica regresó a agradecer mis atenciones, aproveché para pedir su número telefónico. Era el 314-8765 con la extensión 412 de la Residencia Rubin para mujeres estudiantes sobre la Quinta Avenida y la Calle 10.

La llamé esa misma noche desde mi apartamento y tuvimos una larga charla sobre la universidad, mis estudios de América Latina, la situación política de Puerto Rico, sus venturas y desventuras amorosas, y la invité a almorzar en la cafetería del Loeb Student Center al día siguiente. Cuando colgué el teléfono mi mano estaba mojada de sudor, en mi cerebro resonaban su acento caribeño, dulce y melodioso, y miré por la ventana un horizonte de luces que se extendía por la Calle 48 y Octava Avenida hasta el Río Hudson donde las luces de algunos barcos parpadeaban, y más allá relumbraban los bombillos sobre la rivera de New Jersey.

La esperé sentado sobre una banca de Washington Square Park, mirando hacia la puerta del Loeb Student Center, hasta que divisé su figura menuda enfundada en un traje oscuro, su pelo castaño y su cara redonda observándome con su sonrisa gatuna y el índice derecho extendido para señalarme en la distancia. Estaba radiante, yo en cambio me sentía un tanto nervioso, pero también contento de estar con ella. Le di un beso en la mejilla que a Verónica le sorprendió. Quizás no esperaba esa demostración de afecto tan temprano en nuestra relación pero no dijo nada. Solo detecté su sorpresa por el gesto de su cara, y por la intuición que uno desarrolla en estos casos. Empezamos a conversar sobre diferentes temas y después de almorzar la acompañé hasta el Main Building donde ella tenía una clase de sicología infantil.

Aquella noche, estaba preparando una monografía para mi clase de ciencias políticas en el pequeño apartamento donde vivía en el East Village. Era, recuerdo, sobre la militarización del orden político argentino y en ella argumentaba que a través de toda su historia, desde la colonia, pasando por su primera etapa republicana hasta el presente, la fuerza militar había siempre intervenido y la historia de Argentina estaba destinada a sufrir en el futuro una sangrienta represión a medida que aumentaran las acciones revolucionarias de izquierda. Los sucesos subsiguientes vendrían a confirmar mi tesis pero en aquel momento yo estaba más interesado en escuchar a Verónica que ninguna otra cosa. El teléfono timbró y escuché la voz  risueña de ella que llamaba para agradecerme la invitación a almorzar e invitarme a cenar al día siguiente en un pequeño restaurante húngaro que ella conocía.

Hasta allí llegó mi entusiasmo por la militarización de Argentina. Después me puse a soñar despierto sobre mi futuro encuentro con Verónica. Me entretenía pensando que sería maravilloso hacer el amor con ella. Tuve una erección involuntaria, se me pararon los vellos de los brazos y un ligero temblor recorrió mis extremidades. Dormí feliz, y durante mis clases temí que fuera solo una ilusión pero allí estuve esperándola en la puerta del Restaurante Danube a las 7 en punto como ella había indicado. La vi aparecer doblando la esquina con una alegre falda de girasoles que iluminaba la noche. Mientras esperábamos la comida, me contó que su padre, de origen húngaro, había conocido a su mamá puertorriqueña en Nueva York antes de irse a vivir a San Juan por sufrir él de asma, y también porque su mamá nunca se acostumbró al frío invierno del norte.

A los hijos de una pareja así les llaman hungarican, me explicó con su risa caribeña.

La invité a mi apartamento a tomar un coñac después de la comida, y no salí de mi sorpresa cuando aceptó sin condiciones ni melindres. Entramos a mi casa desordenada, con libros abiertos sobre la mesa, papeles arrugados sobre el suelo, calzoncillos guindados en la cuerda del baño y ollas sucias en el fregadero de la cocina. Pero ella no se inmutó, más bien empezó a ayu­darme cuando intuyó que me sentía avergonzado. Puse la música que más escuchaba por aquella época: el jazz brasilero de Sergio Mendes, serví coñac en dos copas barrigonas, nos acomodamos en unos cojines que servían de silla y empezamos a conversar sobre la monografía que ella acababa de terminar y la que yo estaba escribiendo sobre Argentina.

A ella le gustó mi apartamento. Es acogedor y cálido, me dijo con una mirada aprobadora alrededor del lugar. Yo sonreí y le tomé una mano. Le expresé mi admiración por su hermosa mano de uñas relucientes y piel suave. La acerqué a mis labios y la besé con cuidado, pendiente de su reacción. Ella entornó los ojos y respiró de manera audible. Pasé su mano por mi mejilla y besé el antebrazo. Verónica observaba como interrogándome sobre mis intenciones, no decía nada, solo miraba y respiraba cada vez con mayor intensidad. Le miré la palma de la mano y le dije, vas a vivir largo tiempo.

Entonces me aproximé a su cara y besé su boca entreabierta. Fue un beso tierno, delicado, que apenas rozó sus labios, y observé que tenía los ojos cerrados y una actitud expectante. La besé sin miedo, introduciendo mi lengua entre sus dientes, tocando su lengua que chupé hasta que ella también introdujo su lengua en mi boca. Nos abrazamos a la luz de las velas que había encendido y el olor a incienso de pachulí que brotaba de los bastoncillos metidos en la matera del helecho que me regaló la vecina cuando se fue a China.

Desabotoné su blusa de seda con cuidado, sin dejar de mirarla, ella avergonzada, se sonrojaba a medida que iba poniendo a descubierto su pecho, sus ojos entrecerrados, un pecho dorado cubierto de un vello fino que se erizó al contacto con mi mano. Allí estaban sus pezones garbosos como dos uvas maduras de aureola rosada que se ofrecían a un sediento de amor.

Metí mi cabeza entre sus senos y goloso comencé a chupar sus pezones que sentí granulados y apetitosos. Los mordisqueaba mientras fui quitando su blusa hasta desnudar su torso. Ella lanzó la cabeza hacia atrás y con sus ojos cerrados acarició mis cabellos. Entonces procedí a desabrochar su falda. El broche estaba atrás pero no cedía a mis insistentes gestiones hasta que ella vino en mi ayuda. Bajé la cremallera y deslicé su falda hasta que cayó a sus pies.

Estábamos parados en la mitad de la sala, la luz de las velas y la música de jazz eran propicias para el amor. Yo seguí acariciando su cuerpo, cubriendo con mis manos la geografía de su piel hasta que llegué a un delta velloso, y más abajo a sus muslos recios de mujer joven y deportiva. Pasé la palma de mi mano por su pubis sin quitar aun sus bragas y sentí el calor de su pasión surtir a borbotones. Sin contenerme más, desabroché mi cinturón y ella se encargó de bajar mis pantalones mientras yo desabotonaba mi camisa. La ropa se regó por el piso de cualquier manera, en el desorden de nuestra excitación rodamos por el suelo. Verónica se tendió sobre la alfombra con los brazos sobre su cabeza en actitud de abandono y entonces me tendí sobre ella quitándome los calzoncillos a la carrera, sin pensar, solo sintiendo el infinito de penetrarla. Le quité las bragas y bajé hasta sus pies.

Desde allí empecé a besarla centímetro a centímetro, y ella exclamaba ay, ay, así, así, cariñito. Yo estaba mudo. Solo sentía su cuerpo tibio debajo del mío y con un dedo primero, después con dos o tres le acariciaba el clítoris, los muslos, el vientre. Le besaba los senos, subía hasta la boca, le introducía mi lengua y ella me correspondía de igual manera. Con la mano puse mi pene a la entrada de su vagina y sin penetrar del todo giré mi miembro alrededor y la sentí mojada con un fluido espeso y pegajoso que sentí agridulce cuando bajé hasta su pubis para besar e introducir mi lengua entre sus labios vaginales rosados y palpitantes.

Incapaz de resistir aquel beso lujurioso, ella me tiró por las orejas hasta colocar mi pecho sobre sus senos enhiestos, bajó la mano y acarició mi falo. A tientas, colocó el glande sobre su flor escarlata, me abrazó con sus manos sobre mi espalda y empujó hacia abajo. Entonces la penetré de manera gradual, experimentando una sensación de vértigo del que sólo recuerdo una lejana melodía de campanitas de cristal. Cuando recuperé mis sentidos, escuché un suspiro profundo que nunca supe si era de dolor o de placer. Verónica abrió sus ojos para mirarme asombrada, como si de repente hubiese descubierto que estábamos haciendo el amor.

Debajo de mí ella hacia un movimiento giratorio con sus caderas mientras yo subía y bajaba de manera rítmica. Con una mano le acariciaba un seno y con la otra su clítoris, ella jadeaba y yo respiraba en forma profusa, ella lanzó algunos gemidos de satisfacción, y yo le susurraba al oído amor, mujer encantadora, que rico estar contigo. De repente, exclamó un sí, sí y sentí más rápido sus movimientos. Yo tampoco pude contenerme, la penetré buscando sus vísceras hasta que todo se oscureció y al unísono gritamos, nos arañamos y nos besamos hasta quedar exhaustos allí tirados sobre el piso.

El día siguiente nos encontró caminando hacia su dormitorio bajo el alegre sol del mediodía. Antes de ingresar al edificio, la levanté en vilo, ella gritó con una risa nerviosa: ¿qué haces?, pero era tarde y ya estaba sobre mis brazos cuando atravesamos el umbral y la deposité alborozado en medio del vestíbulo, foco de las miradas curiosas de todos los presentes.

Eduardo Márceles Daconte (foto)

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Esnaola; Rovaretti; Huenchumilla

sebastian esnaolaEsnaola. Hace varios años anoté aquí la destacada participación de Sebastián Esnaola (foto) en el programa que tenía Nicolás Copano en La Red, ‘Vigilantes’, considerado un “show de noticias”. Atinado, entendido, ágil, Sebastián Esnaola brilló desde el primer minuto. El programa desapareció y con él se perdía Sebastián Esnaola. Por fortuna, Radio Cooperativa contrató a Sebastián Esnaola y resultó ser igual de atinente, informado, oportuno. Y sus intervenciones, sobre todo breves, al contrario de los que posan de intelectuales con preguntas kilométricas. Tan bueno es Sebastián Esnaola que uno enciende Cooperativa en la mañana y lo escucha. Enciende la radio al mediodía y lo escucha. Enciende la radio en la tarde y lo escucha… De lunes a viernes lo escucha. ¡Y también el sábado! ¿Tendrá Sebastián Esnaola una cama en Radio Cooperativa, que no sale de allá?

Rovaretti-Gallardo. Es adecuada la manera como Cecilia Rovaretti (foto) conduce las rovarettimañanas de Radio Cooperativa. Lo verdaderamente admirable es que conduce un panel de tiburones y lo hace bien. Se entienden los temas, los puntos de vista, no hay gazapera, tres que hablen al mismo tiempo, acudiendo a los panelistas para dar por agotado el tema y pasar al siguiente. Pero noto que, con Guillermo Gallardo, el crítico de teatro que participa los días viernes, lo hace de mala gana. Parece que no le tiene simpatía. Algo de él, le molesta. Porque lo afana para que termine, le niega la opción de su parecer personal (en calidad de crítico especializado en Teatro), lo atropella para que despache la cartelera. Darse el lujo de tener un entendido en la materia, una persona con el bagaje suficiente para opinar (no para recitar la cartelera) debería enorgullecerla. Pero no. Hay algo que a Cecilia Rovaretti le molesta de Guillermo Gallardo. Cuando Gallardo intenta opinar, lo corta. ¿Tiene Cecilia Rovaretti una fobia oculta con Guillermo Gallardo? En ese caso, debería pedirle a un estudiante en prácticas, que le copie en una hoja la lista de obras de teatro, y leerla ella.

Huenchumilla. La grabación dada a conocer de “la filosofía política” de Francisco Francisco-HuenchumillaHuenchumilla (foto) lo pinta de cuerpo entero como un mentiroso, un oportunista, un melifluo, que se acomoda a todo. La grabación corresponde a su exposición “de principios”, hecha ante los empresarios de Chile, con Bernardo Larraín, abanderado del Grupo Matte, a la cabeza. Sin ruborizarse, dijo que él estaba en condiciones de decirle a quien fuera lo que quisiera oír. ¡Aunque no estuviera de acuerdo con lo que decía! Adujo que “yo soy un político”. Uno cree que ser político tiene la dimensión humana de comprender un grupo social o una sociedad, para ofrecerle soluciones y bienestar. Pero Huenchumilla parece que eso no le importa. Porque solamente es un embaucador.

‘La llave’ de Luisa Valenzuela

valenzuelaUna muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla, aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.

Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos -mandados por Dios seguramente-, que me liberaron del ogro.

Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.

Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.

Tan buena no serás si ahora te estás presentando en la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).

Aun así, aún aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.

De esto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.

Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.

Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault -que en paz descanse-, el primero en narrarme.

Ahora me narro sola.

Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de un color tan extraño… Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.

No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a lo largo de siglos me huyen porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.

Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).

Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes, o más bien invertir el punto de vista.

Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un “defecto” que aprendí -con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio- a defender a costa de mi vida.

De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.

Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber: El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve desde ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquitito a todas.

Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.

No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.

El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.

El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines de 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:

“A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro”.
¡La sagrada curiosidad, un efímero placer!, repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de los siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre a impulsar en aquel entonces -cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña- a develar el misterio del cuarto cerrado.

¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?

Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Qué cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo nomás hablar porque sé que la respuesta se la darán ellas mismas antes de concluir el seminario.

Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.

¿Comodidades?, pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?

Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.

¿Y la primera?, les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendrá la primera, y qué habrá visto?

En mis épocas de joven castellana prisionera -sin saberlo- del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otra forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.

Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto de olvido, el muy piadoso según dice la gente.

Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casa y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.

El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.

Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su transgresión. ¡No usar esta llave! es orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave… aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.

Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.

Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.

Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe de estar retorciéndose en su tumba.

Luisa Valenzuela (foto)

 

Sospechoso este ‘tsunami de fuego’ en Chile

incendio_noche_portezueloAristarco insiste en que es, como dice Bombo Fica en algunos de sus chistes, ‘sospechoso’ este episodio de los incendios por doquier. Dice que hay manos criminales, y sobre todo una intencionalidad de poner en aprietos a la presidente Michelle Bachelet. Hay un grupo de personas empeñadas en desprestigiar al gobierno. Y varios medios de comunicación les hacen eco. Me cuenta que hay páginas web, con noticias estacionadas desde hace varios meses, afirmando que la economía chilena va a colapsar, afirmando que este ha sido el peor gobierno de la historia de Chile, diciendo que todo está mal. Aristarco cree que estas personas y estas afirmaciones son conspirativas. Buscan infligir daño. Esas personas son las verdaderas responsables de si la situación chilena empeora. Porque lanzan ideas falsas, como lo hacía Joseph Goebbels, y los medios de comunicación cómplices las repiten con tal obsesión que se convierten en verdades. Esta ola de incendios no puede ser espontánea, ¡500 mil hectáreas!, insiste Aristarco. Aquí no se cumple la fórmula de los 30 grados de temperatura, 30 kilómetros por hora de viento y 30 grados de humedad del aire. Aquí hay manos criminales, hay una intencionalidad, hay un concierto para delinquir y un propósito: desprestigiar al gobierno de una mujer. Es una conspiración misógina, cruel y sanguinaria, que no mira sino intereses egoístas. Nada les importa destruir, como lo han hecho, ¡más de 500 mil hectáreas! de bosques y pastizales. “Déjame y digiero todo eso”, fue lo único que se me ocurrió decirle a Aristarco.

III Concurso de Fotografía de APTUR

El presidente de la Asociación de Periodistas de Turismo de Chile, Antonio Faundes Merino, recuerda sobre el III Concurso de Fotografía de APTUR Chile que el plazo para el envío de los trabajos vence este 15 de septiembre. Pueden hacerlo al mail concursoaptur@gmail.com . Comunicación whatsapp: 56999172894

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Radios: Cooperativa y Agricultura

Logo-Radio-AgriculturaHirane y Agricultura. Cada cual tiene derecho a ser de ‘izquierda’ o de ‘derecha’, porque de eso es de lo que se trata la democracia: la convivencia de la diferencia. Algo que los partidarios de la vergonzosa dictadura del traidor, ladrón y asesino Augusto Pinochet no quieren entender, o tal vez sí lo entiendan, pero creen que solo ellos tienen derechos, como en otra época, y los demás no; o que todos tienen obligaciones para con esa convivencia, pero ellos no. Casi siempre los de ‘derecha’, por razones de comprensión de las cosas, suelen ser un poco lentos, como atinadamente los caracterizó el ministro Nicolás Eyzaguirre. Un ejemplo típico de alguien lento de derecha es Sergio Hirane. Todavía hoy sigue con ese lenguaje dismórfico de los irresponsables de la Unión Demócrata Independiente, Udi, que él tanto admira y creo que milita con ellos, de usar hasta el exceso términos como ‘retroexcavadora’, ‘país en crisis’, ‘el fin de la inversión extranjera’. No, don Sergio: Chile no está en crisis, ni los extranjeros como México y Estados Unidos han dejado de invertir en Chile, ni existen las retroexcavadoras. Si los empresarios están conformes con las reformas, ¿cómo un ignorante como el señor Hirane tiene la potestad de usar los micrófonos de Radio Agricultura (logo) para seguir envenenando irresponsablemente el corazón de los chilenos? Don Sergio tiene un mismo discursito, pobre conceptualmente, para comentar sobre todos los temas. Y esas tres expresiones que anoté arriba, son sus preferidas. ¡Qué irresponsable es Radio Agricultura!

logoCooperativaPaulas y Cooperativa. Hay dos Paulas en Radio Cooperativa (logo): Paula Molina, que conduce el programa ‘La historia es nuestra’, y Paula Bravo que conduce el programa ‘Lo que queda del día’. Tan distintas: Paula Molina quiere ser encantadora y usa un tono sumamente desagradable, chillón. Y no puede ocultar su prepotencia: se fue Iván Valenzuela con su pedantería y quedó Paula Molina. Recomendable que no pose de modesta, porque no le queda. Recomendarle, también, que lea a la Real Academia Española que no solo suspendió, sino ¡prohibió!, para el buen uso del idioma, la tonta expresión de “ellos y ellas”, “niños y niñas”, “los saludo y las saludo”, “bienvenidos y bienvenidas”. Porque no se trata de expresiones de género. Basta con “ellos”, “niños”, “los saludo” y “bienvenidos”, que son expresiones de lo universal. Por último, que no sabotee a los panelistas, ni a los personajes invitados, queriendo saber más que todos ellos. Hace preguntas kilométricas a los invitados, dando rodeos innecesarios únicamente para mostrar que sabe mucho (y no es verdad, ignora mucho), y tiene una manía de atravesársele a los panelistas (Daniel Villalobos y Andrés Kalawski, que son excelentes) con el único fin de mostrar que ella sabe mucho, que es la más astuta, que tiene un enfoque inteligentísimo de todos los temas, o que, derechamente, ¡ella sabe más! Porque no es ‘conversar’ lo que hace. En cambio, sin pretensiones, haciendo preguntas sencillas pero informadas, atinadas, sin aspavientos, con una voz agradable al oído (hablo de radio y la voz es súper importante) y en actitud sonriente y de querer informar bien, Paula Bravo es la antípoda.

‘Jesucristo en Fornos’ de Julio Burell y Cuéllar

Julio_Burell y CuéllarBajaba hasta la calle, como catarata de la orgía, el estruendo de aquella dorada locura que allá en lo alto, en el confortable rincón del restaurant a la moda, se anegaba en champagne y se ahitaba de besos, de trufas y de ostras.

–¡Que la Peri dé cuatro pataítas sobre la mesa!… Que Lucy baile con Gorito Sardona el pas a quatre –gritaban como energúmenos los jóvenes alegres.

Y mientras Polito estampaba con sus labios borrachos un cómico beso sobre la frente de Matilde, y mientras Malibrán pasaba su brazo por el talle de Susana, la voz del viejo Cisneros dejóse oír formidable y terrible.

–Hijos míos –exclamó, adoptando actitudes tribunicias–, sois unos sinvergüenzas, no valéis para nada; viejo y todo, estoy seguro de que estas nobles damas me encuentran más guapo y más fuerte que a vosotros…

Un aplauso formidable, un ¡hurra! entusiasta respondió a las palabras del sátiro… Y Cisneros continuó:

–Si no fuerais gente que pierde la cabeza con cuatro copas de champagne; si supierais respetar a las señoras y honrar con una compostura decorosa mis canas venerables, os invitaría.

–¡Viva Cisneros!

–¡Viva el amigo de la juventud y de los placeres honestos! –gritó el distinguido concurso. Y el reverdecido sileno acabó la frase diciendo:

–Os invitaría a vaciar una copa de manzanilla en casa de la Peri y a ganaros honradamente unos cuantos luises a un bacarrat tournant.

La última palabra determinó un verdadero delirio. El pobre Cisneros era abrazado, estrujado, besado… Malibrán, dejando el talle de Matilde, corrió al piano y tocó el himno de Boulanger.

La Peri, tomando el brazo de Cisneros, hizo ademán de adelantarse a la puerta y con una graciosa reverencia dijo en tono de gran duquesa:

–Señoras y señores: espero a ustedes con mi real esposo en nuestros augustos salones.

Chocaban las copas, chocaban los cuerpos, el piano arrojaba un vértigo de salvajes ruidos… De pronto, la Peri se separó de Cisneros y lanzó un grito horrible.

–¡Federico!… ¡Federico!

Nadie había visto entrar a aquel hombre; la puerta no se había entreabierto siquiera…

El asombro fue general. Cesaron en su vértigo los cuerpos, calló el endiablado piano… Circuló por el aire de bacanal una corriente de miedo… Sólo la Peri se atrevió a acercarse al recién llegado:

–¡Federico, Federico mío! Háblame, sácame de esta pesadilla… Yo amortajé tu pobre cuerpo, yo besé tu cara, cien y cien veces, para darte calor; yo insulté a la muerte cuando te metieron en la caja; yo cubrí tu sepulcro de flores… No eras nada mío, y eras la única luz de mi alma; te llamaba la gente “perdido” y sólo yo, la Peri, la pública, sabía que el corazón no te cabía en el pecho, y que eras bueno y leal y noble… La noche de tu suicidio creí volverme loca… No te mataste tú, te mató el mundo, el mundo que aquí se emborracha con la Peri diciéndole que baile, y después hace mil reverencias a Currita llamándola virtuosa; el mundo que hallaba infame tu cariño y el mío te llamaba tonto porque no explotabas a Augusta.

El desconocido tendió la mano a la mujerzuela…

–¡Te equivocas! –le dijo–, no soy Viera, no soy tu Federico; mira esta mano atarazada, mira este costado sangriento; deslumbra tus ojos el místico nimbo que sobre mi frente resplandece. Soy la voz de todos los dolores, el eco de todos los torrentes, la sombra protectora de todo lo que cae, la última esperanza de todo lo que va muriendo… Soy también el amor que redime, soy la humildad que persona, la mansedumbre que no se cansa, la llama que conforta y no quema… Soy el que nunca muere, el que nunca pasa, el que se alegró en Galilea y sudó sangre en Jerusalén… El que perdonó a la adúltera, el que curó al leproso, el que confundió al fariseo, el que templó su sed en el cántaro de la Samaritana.

Julio Burell y Cuéllar (foto)