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El obediente Lionel Messi y su autismo Asperger

lionel messiEl siguiente artículo, escrito por el periodista argentino Ernesto Morales bajo el título anotado, revela aspectos médicos y profesionales de la vida del que es considerado “el mejor jugador del mundo”. Lo encuentro digno de lectura. Quizás a otros, como a mí, explique ciertos hechos y eventos que ocurren más allá de la disposición y cualidades de Lionel Messi. Y, por lo mismo, ya no podamos ver a Messi como hasta ahora, siendo un ser especial. Debo anotar, eso sí, una inconsistencia: el médico austriaco Asperger murió en 1980, y Messi nació en 1987. Cuando lean el artículo entenderán mejor esta observación. Sin embargo, también debo decir que en el conjunto del texto ese dato se puede obviar, y sigue siendo un texto esclarecedor. JSA

La única vez que vi a Lionel Messi (foto) en persona, delante de mí, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Primero: era mucho más frágil de lo que imaginaba. Exceptuando sus piernas, desde luego, todo en él me recordaba a un niño. Si su estatura es 8 centímetros más baja que la mía, su torso es la mitad de estrecho que el de un adulto promedio, como si se tratara de un adolescente cuyo tórax no se terminó de desarrollar. Segundo: Lionel Messi no disfrutaba aquel espectáculo de luces y flashes y autógrafos pedidos y cámaras de televisión con reporteros que, como yo, intentaban obtener una reveladora entrevista suya. Recuerdo haber pensado: este chico, solo quería jugar. Y lo han traído de la mano a esto. Era el año 2012, acababa de ganar su tercer Balón de Oro, y estaba en Miami como parte de esa gira esperpéntica llamada “Messi & Friends”, organizada por la fundación que lleva su nombre, donde se desarrollaban partidos entre dos equipos-frankenstein, armados a como diera lugar con jugadores estelares, para exhibición y recaudaciones benéficas. La lectura del marketing podría ser esta: “El mejor jugador del mundo dedica sus vacaciones a jugar fútbol para recaudar dinero con fines benéficos”. La lectura un poco más profunda sería otra: “Un chico que solo quería jugar al fútbol, debe cumplir también en sus vacaciones con obligaciones, sin descanso, porque la maquinaria de dinero, de publicidad, exige fundaciones como la suya, benéficas, para paliar los impuestos millonarios a sus ingresos”.

De repente debía ganar más dinero para que le quitaran menos de su dinero. Y del dinero de su padre. Y del dinero que le generan Adidas, y Head & Shoulders y Doritos y la retahíla de transnacionales que pagan por su imagen. Y Leo Messi, cuando empezó todo esto, con cinco añitos, solo quería jugar al fútbol. Esa linda y sobrecogedora palabra: jugar.

Cuando Lionel Messi me firmó el tenis que guardo en una vitrina de mi casa, apenas me miró, aquella tarde en los vestuarios del Sun Life Stadium. No miraba a nadie. No podía. Sus pupilas no tenían forma de fijarse en ningún punto concreto: tenía cien flashes encima, ocho cámaras de televisión, y un cordón de guardaespaldas liderado por su tío que no por ser su tío tenía la complexión del sobrino. Es bajo como él, pero es un pequeño Neandertal con brazos de orangután. Tengo el recuerdo grabado en la memoria con espantosa fijación: aquel chico, tres años menor que yo, literalmente no podía dar un paso con libertad. Su cara era una forma de la angustia sobrellevada.

En los vestuarios del stadium de Miami conversaban y se cambiaban esa tarde, con total naturalidad, futbolistas de élite como Radamel Falcao, Didier Drogba, Fabio Cannavaro y Diego Forlán. Ellos podían, aunque fuera a trompicones, tener una vida normal. Se tomaban un par de fotos, hablaban entre ellos, socializaban incluso con nosotros los periodistas. Lionel Messi no. Adidas exigía, como parte de los acuerdos contractuales de esta gira benéfica, seguridad personalizada a toda hora y en todo sitio. Y a toda hora y en todo sitio incluía también las duchas. Messi no podía bañarse y cambiarse en el mismo vestuario que el resto.

Y todo esto había empezado en un barriecito de Rosario, Argentina, veinte años atrás, con un chiquillo que solo quería jugar al fútbol.

Messi no nació normal. Además de la deficiencia hormonal que le obligó a mudarse a Barcelona en su infancia para recibir tratamiento durante años, nació con una forma leve de autismo descubierta por el psiquiatra y pediatra austríaco Hans Asperger.

Cuando en este 2014 Messi dijo que no sabía nada de sus cuentas bancarias y deudas con Hacienda, que todo eso lo llevaba su padre, difícilmente no estuviera diciendo la verdad. No solo porque su genio es para el fútbol, no para la economía y la mercadotecnia, sino porque él solo ponía las piernas. Su síndrome de Asperger da para una concentración extraordinaria en un asunto (en su caso el fútbol), y para nada más. Los cerebros que controlan los hilos de su nombre y su marca y su cotización, empiezan en su padre y terminan, quién sabe, en una red de abogados y firmas donde cada cual saca su apetitosa tajada.

A Messi, su padre le decía: “Tú juega al fútbol. Déjame el resto a mí”. El chico al que ni la escuela, ni otros deportes, ni la televisión ni los viajes le interesaban, el rosarino pequeñito de 10 años, al que solo le interesaba inyectarse los muslos para poder jugar al fútbol, de repente se descubrió debiéndole 35 millones de euros a Hacienda.

Cuando Lionel ganó su primer Balón de Oro, en 2009, el escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que a Messi deslumbraba verlo porque no había dejado de jugar como un chiquilín de barrio. Era verdad. Así jugaba Lionel. Y así no juega ya. Por el camino, en esa línea que debía ser recta entre un deportista fascinantemente talentoso y el deporte que solo quiere practicar, han entrado a jugar otras demasiadas variables que en nada son poéticas ni ingenuas como la palabra jugar.

De repente Messi se vió con un peso sobre sus hombros: ser el sustituto de Maradona. Él no lo pidió. El solo pidió jugar al fútbol. Pero su país y nosotros, los hinchas, le otorgamos esa empresa como quien envuelve el mapa del tesoro en la piel de un animal, y lo pone en manos de un héroe que debe partir.

De repente se vio, además, como una industria de hacer euros. Lo mismo Lionel-andres-messi-dolce-gabbanaposando en calzoncillos, que vistiendo los carnavalescos trajes de Dolce & Gabbanna (foto), que lavándose la cabeza con champú que de seguro ni usa. Pero eso le decían sus asesores, sus familiares, sus abogados, que debía hacer. Un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer. Messi terminó siendo como todos quisieron que fuera.

Y después vinieron los Balones de Oro. No importaba que él solo balbuceara una y otra vez que solo quería jugar al fútbol. Nada de eso. Tenía que ser la estrella del circo. Tenía que exhibirse como el principal gladiador del coliseo romano. Uno tras otro los Balones de Oro que la FIFA le arrebató a una revista francesa, madre de la iniciativa. Toma. Ahí los tienes. Eres el mejor del mundo. No nos basta con tu juego hermoso, divertido, de fantasía. No es suficiente con que hagas más bello este deporte todavía. Tienes que ser nuestra cabeza de turco. Nuestro fantoche. Algo que vender, porque te van a comprar: eres demasiado bueno.

¿Porque él los quería? No, casi de seguro: porque nosotros los queríamos. Nosotros, los consumidores adictos al fútbol. Los que exigimos cada vez más torneos, aunque los futbolistas tengan cada vez menos piernas. Y nosotros pagamos por eso. Pagamos por camisetas, por membresías de clubes, entradas a stadiums, juegos de Playstation, posters. Nosotros pagamos, la industria pone luces, cámaras y acción; los futbolistas, llámense Messi, o Cristiano, que pongan sus muslos y sonrían.

Y uno termina preguntándose si aquel chico se acordará, entre tanta vorágine y tanta podredumbre, de que él solo quería jugar al fútbol. Como otros queríamos ganarnos la vida escribiendo, otros bailando, y otros pintando cuadros. Divertirnos, solo eso.

El primer gran enemigo de la FIFA, casualidad macabra, es el hombre cuya Historia ha atormentado al rosarino Messi, sin ninguno de los dos quererlo. Es un atorrante incontenible, un comunista vomitivo y futbolista sin comparación posible, llamado Diego Armando Maradona.

Maradona se ganó la animosidad de la FIFA por hacer algo impensable, digamos: denunciar a los cuatro vientos que esa banda de rufianes que había organizado al fútbol alrededor de cuatro letras, se comportaba como una mafia sonriente con todo el poder del mundo, sin oposición o control posible.

Muchos se preguntan, de no haber sido Maradona el enemigo declarado de la FIFA si su carrera habría sido truncada de forma tan escandalosa por aquel positivo a la endorfina, en 1994. No era el primero, no sería el último en dar alterado en un test de doping. Con Maradona, el bocón, el bastardo, no hubo atenuante posible. La FIFA sonreía.

Hoy, rebelarse contra la FIFA es prácticamente imposible si quieres patear balones de manera profesional. El organismo tiene impunidad para, por ejemplo, no pagar impuestos y derogar leyes vigentes en los países donde celebra sus torneos si estas afectan sus intereses económicos. Y está dirigida por un señor mayor llamado Joseph Blatter desde hace 16 años. Blatter es solo 10 años más joven que Fidel Castro, y para mí, oriundo de un país donde las entronizaciones del poder han sido cosa de más de medio siglo, me aterra cualquier mandato demasiado extenso. Más, si el organismo dirigido se autodefine como sin fines de lucro y tiene fondos de reserva en bancos suizos (la casa natal de Blatter) por mil millones de dólares.

Y esa es la organización que decide las vidas de chicos como Lionel, como James, como Suárez, como Cristiano. Jóvenes de entre 20 y 28 años que comenzaron viendo el fútbol no como un empleo, no como una forma de hacer dinero, no como mira un lobo de Wall Street los indicadores del Dow Jones: apenas niños que querían divertirse jugando al fútbol.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recoger su segundo Balón de Oro, no tienen falla: eran lágrimas de presión. Lágrimas de tensión acumulada. De miedos impuestos por una industria donde todos, sus seguidores y detractores, le exigimos cada vez más, cada vez mejor, cada vez más espectacular. El colmo de lo grotesco: Cristiano Ronaldo debió jugar la final de la Champions League con una orden comercial en su cabeza: “Si marcas un gol, te quitas la camisa, vas hacia el corner, y gritas y sacas músculos, lo más fuertemente que puedas”. ¡Filmaban una película sobre él! ¡Había que lanzar más carne al hambre del espectáculo!

Cristiano, como Messi, solo quería en un principio jugar al fútbol. Hoy, ambos, son los gladiadores que ganan millones despedazándose en medio del coliseo, mientras nosotros decidimos, en las gradas, si con un pulgar arriba o un pulgar abajo, se les perdonan o si se les salvan sus vidas. Nosotros los hemos puesto a pelear entre sí. Probablemente sin nosotros, sin la industria que nos satisface el morbo de la rivalidad malsana, ellos serían amigos o poco menos.

Admitámoslo: esto es grotesco. Esto es una mierda.

Alguien depositó en las neuronas de Lionel Messi una responsabilidad: tienes que ser el mejor de todos los tiempos. No basta con que juegues maravilloso. Tienes que ganar el Mundial, de lo contrario, no serás el mejor de todos los tiempos. Así llegó este chico a Brasil. No como quien viene a una fiesta, lo que debería ser. No como se va a competir con dedicación, pero con disfrute. No. A él se le exigía golear, correr, y ganar.

Se lo exigía Adidas. Se lo exigía el contrato de mejor pagado del mundo que firmó con Barcelona. Se lo exigía su mercantil padre. Se lo exigía la separatista Catalunya. Se lo exigía una Argentina donde ni siquiera tuvieron a bien ponerle inyecciones de crecimiento cuando chico. Se lo exigía una legión de detractores que, crueles como somos los hinchas futboleros, emplea adjetivos mordaces y destructivos, adjetivos que vendrían bien a asesinos seriales o dictadores de pueblos, no a jóvenes que corren detrás de un balón. Se lo exigía yo. Sí: también se lo exigía yo mientras veía hoy el partido con mi hijo de seis meses sobre mis piernas.

Messi ha fallado. Messi miraba al cielo en el momento de mandar ese tiro libre a las nubes. El mismo que otras veces se clavó en la red, hoy fue a parar al cielo de Río a donde doscientos mil argentinos ponían sus rezos para que el equipo no se fuera así, sin más. Y Messi era el culpable. Era culpable de no estar ya a su mejor y más rutilante nivel, y, oh pecado, era culpable de no ser ya el mejor de la Historia.

De repente lo recordé caminando delante de mí, dos años atrás, firmándome aquel zapato con las pupilas dilatadas por tanto bullicio y luces alrededor de él. Recordé su cara de angustia, de quien quiere desaparecer y tumbarse en el sofá a ser un tipo simplemente normal: la misma cara con la que recogió, en el sopor de la máxima humillación, el último premio que todavía hoy le tenía la FIFA listo, contra toda lógica y toda comprensión.

Yo vi a Messi esta tarde y de repente sentí lástima por él, y por la tragedia silenciosa que es toda esta profesionalización, esta industria de circo, descarnada, indolente, donde tantos futbolistas se han suicidado y a otros tantos les ha explotado en la cancha el corazón; esta industria donde se coronan a héroes y se desguazan a derrotados; esta cultura despiadada donde miles de periodistas como yo escribirán hoy sus crónicas de la derrota y con un dedo señalarán, señalaremos, todos a Lionel Andrés, un muchachito de un metro sesenta y nueve centímetros, medio autista y medio genio, que no pidió ser el mejor de nada, que no soñaba con Balones de Oro ni cláusulas de 250 millones en Barcelona, y al que solo, en realidad, le interesaba poder divertirse un poco jugando al fútbol.

La ilógica de Chile ante reclamo de Bolivia

La Haya1Aristarco dijo: Es una enorme contradicción lo que hace Chile frente a la demanda de Bolivia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya (foto).

–No veo por qué –repliqué.

–Porque con esa lógica el gobierno no debería cambiar nada internamente. Ni el gobierno anterior debió hacer cambios. Ni los de la Concertación en el período de la democracia amenazada por la ultra derecha y los militares obedientes al dictador (ladrón y asesino) Augusto Pinochet. Ni la propia dictadura debió cambiar nada.

–No entiendo.

–La lógica que están aplicando es la de argumentar un tratado de principios del siglo pasado, en el que se “definieron” los límites terrestres entre Chile y Bolivia.

–Así es.

–La lógica de la “legalidad” es: como ya se hizo un tratado, no se puede modificar. ¿Por qué no se puede modificar? Nadie lo sabe.

–Sí, se apela al tratado de mil novecientos…

–Si aplicamos esta lógica –siguió Aristarco–, no se podría modificar nada de la legislación, ni en lo económico, ni en lo social.

–Cierto.

–Y lo que dice Bolivia es que ese tratado es inequitativo, inadecuado y se obtuvo bajo presión. Esto es lo que reclama Bolivia ante La Haya.

–Correcto.

–Y si Chile dice que la Corte de La Haya no-es-com-pe-ten-te, pone en entredicho la legalidad internacional. O sea, le gusta la legalidad para argumentar a favor del tratado que a Bolivia no le gusta, pero no le gusta la legalidad cuando Bolivia alega que se debe aplicar justicia.

–Es algo así.

–Porque si se pone en duda la legitimidad de la Corte de La Haya, por lógica se pondría en duda la legitimidad de la propia institucionalidad interna. Con esta lógica, pronto estaremos diciendo que “no es competente” el Tribunal tal o cual, que “no es competente” la Corte Suprema de Justicia, que “no es competente” el Ministerio tal o cual, que “no es competente” el Ejército, ni el Sernac, ni nada.

–No estoy seguro.

–No me gusta esta manera de enfrentar las cosas: con cara gano yo, y con sello pierde usted.

‘Pacto secreto Pinochet-Concertación’, Sagredo

Matias-sagredoEl Mundial de Fútbol no es óbice para ignorar el resto de temas que nos competen. Temas que son mucho más profundos en la vida nacional que el mismo fútbol, por cierto. Porque se refieren al origen de la sociedad que tenemos. Sociedad que es fruto de un pacto secreto, de acuerdo con lo indagado y afirmado por Matías Sagredo (foto), el Coordinador Red de Estudiantes de Chile por la Asamblea Constituyente (2006-2012).

Titulado “El pacto secreto entre la Concertación y Pinochet… o la reforma que impide la Asamblea Constituyente”, publicado en El Mostrador, Matías Sagredo no tiene pelos en la lengua para hacer una afirmación categórica: “El Plebiscito del 30 de julio de 1989 significó el fraude más grande realizado al pueblo chileno”.

¿En qué basa su demoledora afirmación? La basa en que es comprobable que el paso de la dictadura a la aparente democracia contiene un acuerdo tácito de no modificar la estructura económica, política y social ideada y “legalizada” en dictadura.

Dice Matías Sagredo: “Tanto el gobierno militar como la Concertación de Partidos por la Democracia llamaron a votar SÍ en el referéndum del 30 de julio de 1989, logrando un 91% de aprobación. Cincuenta y cuatro reformas que hicieron más rígido el sistema e incambiable durante ya 24 años y quizá varios más. Viera-Gallo, Aylwin y la cúpula de la Concertación lo sabían, pero no informaron a la ciudadanía ni a sus bases militantes de este retroceso histórico que significó el haberse puesto de acuerdo a espaldas de los ciudadanos, en un verdadero pacto secreto que nos amarraría por siempre a un sistema económico injusto y monopolizante”.

Esa es una afirmación de grueso calibre. Y prosigue: “¿Por qué no existen actas de las reuniones de preparación de las reformas entre Aylwin y el gabinete de Pinochet? ¿Por qué no se tomaron actas de las reuniones entre la comitiva de la Concertación, entre los cuales estaba Viera-Gallo, y las comitivas de Renovación Nacional (RN) y el gobierno militar, donde discutieron y pactaron las 54 reformas? Si no tienen nada que esconder, entonces que hablen sobre ello, que no evadan este tema como lo han hecho durante 24 años cada vez que se les pregunta”.

Añade Matías Sagredo: “Pinochet aclaró en cadena nacional que las elecciones presidenciales posteriores a su mandato eran “tan sólo la elección de la persona que debería conducir al país hacia la aplicación plena de la Carta Fundamental”, pues “no está en juego el ideario ni el itinerario constitucional trazado”. Jaime Guzmán (ideólogo de la dictadura) también lo señaló previamente al decir que “esta Constitución está hecha para que, no importa quien gobierne, se vea constreñido a tomar una acción no tan distinta de lo que nosotros haríamos”. Será que Patricio Aylwin lo sabía bien al decir su famosa frase ‘en la medida de lo posible’”.

Pareciera que solo tenemos un desolador panorama ante nuestros ojos. Que todo lo propuesto por el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet solo va a tener el efecto de un listado de buenas intenciones, sin opción real. ¿Será Chile un país sin una segunda oportunidad sobre el planeta?

El texto completo pueden leerlo aquí.

Eyzaguirre y gomina para compañeritos idiotas

eyzaguirre1Un simpático episodio del próximo ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre (foto), cuenta el diario digital El Mostrador. En la primavera de 1969 un laboratorio quiso promocionar en el colegio cuico Verbo Divino una gomina para el peinado de la juventud de entonces. Eyzaguirre era conocido en el colegio por una prodigiosa facilidad para las matemáticas y una memoria sin igual que empleaba en almacenar fechas y eventos deportivos. Para lo demás, era malazo.

Eyzaguirre recuerda esa época de manera ejemplificadora: recientemente, en una charla magistral en un plantel educativo cuico, dijo que él había estudiado en el Verbo Divino, y había sido compañero de varios perfectos idiotas, que hoy ocupaban cargos prominentes en grandes empresas y corporaciones. Que en Chile no había ‘meritocracia’ sino redes sociales imbatibles. Esto que es verdad (o quizás por lo mismo) desató, obviamente, un escándalo. Creo que varios de los idiotas recordados por Eyzaguirre le pidieron en privado que se retractara, y eso hizo unos días después.

Recuerda El Mostrador: “En el Verbo Divino Eyzaguirre fue compañero, entre otros, del ex presidente del directorio de La Polar, Pablo Acalde –quien era el primero de la lista–; el economista Pedro Arriagada; el ingeniero comercial y vicepresidente de Hites, Ernesto Risopatrón; y el también ingeniero comercial Ignacio Guerrero, actual director de Ripley y quien fue socio del Presidente Sebastián Piñera en CMB Prime y LAN, entre otros”.

Pues bien, la tal gomina no la emplearon para sus peinados del año 69, sino para ‘pegotiarle’ el trasero a los compañeros de curso al momento de sentarse, y cosas así. Tengo una duda: ¿Nicolás Eyzaguirre, hoy, tiene peluquín? En todo caso, el campeón de la indisciplina era… Nicolás Eyzaguirre. Y aunque todos dijeron ser “todos” responsables del desorden, el colegio decidió expulsar a cuatro estudiantes, entre ellos a… Nicolás Eyzaguirre.

Chinas materialistas, y la tardía reacción Peirano

Valentina QuirogaRenuncia. No podía ser de otra manera: Claudia Peirano, mal nombrada subsecretaria (viceministra) de Educación, dijo que no asumiría el cargo debido a las críticas recibidas. Era lo menos que podía hacer, y se había demorado. Daba la impresión de que quería pasar colada, parapetándose en su silencio primero, después en el ministro Nicolás Eyzaguirre, y al final detrás de mamá Michelle. En su reemplazo, fue nombrada Valentina Quiroga (foto). Pero ¿a qué jugaba la presidenta, gastando el dinero de su prestigio en un asunto pequeño como este? Aquí, pareciera adivinarse una actitud prepotente de la mandataria. ¿Quiso hacerle el tonto al pueblo que la eligió? Porque gastarse la riqueza de su prestigio en defensa de su programa de gobierno, en los debates en el Congreso Nacional, o contra las oscuras pretensiones de enemigos velados, se justifica enormemente. ¿Pero porfiando en el nombramiento, desprolijo, de una subsecretaria…? (Post Scriptum. 14:35. Esto es increíble: el nombrado subsecretario (viceministro) de Bienes Nacionales, Miguel Moreno García, es un presunto acosador sexual: el diario La Tercera citó un documento de la fiscalía de Ñuñoa, en el que se afirma que cuando una mujer descendía del vagón del metro en la estación Baquedano, “se aproximó a ella el imputado, Miguel Moreno García, quien procedió a tocar, con sus manos, los glúteos de la mujer, ofendiendo, de esta manera, el pudor, con sus acciones deshonestas”. ¿Qué dirá mamá Michelle? Y como si fuera poco este papelón con Peirano y esta vergüenza con el “tocador” de glúteos femeninos, se hace necesario que se explique el nombrado subsecretario (viceministro) de Agricultura, Hugo Lara, por los encausamientos judiciales que al parecer tiene por estafa y apropiación indebida. ¡Dios mío! Este espectáculo de desatinos, creo que será histórico. Creo que ya lo es)

China de hoy. Los jóvenes chinos de hoy aprecian la figura de Mao Tse Tung (o Joven chinaMao Zedong) no tanto en las ‘Cinco tesis filosóficas’ como en los billetes de cien yuanes. Porque en la China de hoy no hay nada que el dinero no pueda comprar. Y la simple afirmación monetarista hubiera sido un sacrilegio, y quien la hubiera emitido merecedor de duras penas y trabajos disciplinarios durante la ‘Revolución cultural’ (con la ‘Banda de los cuatro’ y todo lo demás), que los muchachos nacidos a partir de 1980 creen que es una ficción que cuentan los ancianos. “El comunismo dice que hombres y mujeres somos iguales. Pero cuando llega la nómina vemos que no es así. Mis compañeros hombres ganan entre el 20% y el 35% más que yo, y trabajan bastante menos”. Es una queja de la mujer trabajadora china, que todavía no “sujeta la mitad del cielo”, como lo prometió Mao. El diario español El País publicó un interesante artículo sobre la juventud femenina actual en China, cuya proverbial sumisión es leyenda. Hoy ellas piden que el hombre tenga vivienda propia y auto, si les quieren proponer matrimonio. Hay mujeres emprendedoras que pueden ganar 2.400 euros (20.000 yuanes, o 1.808.000 pesos chilenos) al mes, así como hay quienes ganan una miseria, y además no tienen derecho a quejarse si son acosadas en sus trabajos. La consigna que prevalece hoy es la de Deng Xiaoping, el modernizador: “Enriquecerse es glorioso”. Pero junto con la ‘materialización’ de la joven mente femenina china, la felicidad sigue siendo esquiva. Como en Occidente. Para las chinas separarse, o abortar, no es problema: los divorcios se han disparado en los últimos diez años, y el aborto es casi gratuito. El acoso sexual y la contaminación ambiental, son hoy dos elementos de erosión social. Y la felicidad sigue siendo esquiva.

Cecilia Barriga en Cine Arte Alameda

??????????????????????Se estrenó en Cine Arte Alameda, en Santiago, la película “Tres instantes, un grito”, de Cecilia Barriga (foto), oriunda de Concepción, en la región del Biobío, y egresada de la Universidad Complutense, en España. El largometraje documental, cuya voz es la de quienes protestan, recorre tres recientes movimientos sociales, emblemáticos en el mundo: los indignados de la Puerta del Sol, en Madrid; los indignados de Zuccotti Park, en Manhattan, Nueva York; y los indignados estudiantes de los colegios Liceo Carmela Carvajal, Internado Nacional Barros Arana, Liceo Lastarria, Liceo 7, Internado Nacional Femenino e Instituto Nacional, en Santiago.

Estos son los puntos cardinales de la indignación: España, Estados Unidos y Chile. El triángulo de la voz de quienes creen que el mundo puede ser mejor, la sociedad contemporánea menos opresiva y excluyente, y los congéneres menos egoístas.

La película, que se presentó exitosamente en Sanfic 9, carece de un narrador formal y unipersonal, para acudir a la polifonía de los propios protagonistas: son los indignados los que con sus conceptos, sus pensamientos, sus gestos, van narrando lo que acontece en cada uno de los sitios geográficos donde se sitúa la cámara. Es, casi todo el tiempo, una cámara al hombro que entra a las carpas, a la muchedumbre, a los edificios estudiantiles explorando la protesta por dentro, develando el sueño de los indignados, diciéndole al espectador que son jóvenes o adultos, hombres o mujeres, que conservan el ideal de una vida con mayor bienestar: poder comer, poder tener un techo, poder vestir, poder tener educación, todo esto sin agonías, y también, poder sentirse útiles con todas esas comodidades y conocimientos en beneficio del bienestar social.

En más de una oportunidad se aprieta la garganta, el estómago o el corazón, porque la película tiene la virtud de enfrentarnos a unas imágenes casi en bruto que, sin embargo, guardan una estética y nos identifica. La lente de Cecilia Barriga es pausada, se toma el tiempo suficiente, avanza, escucha, sin ser invasiva ni miserabilista. Vale destacar esta característica del filme, porque la expresión ‘documental’ suele asociarse con algo convulsivo, desarrapado, gritón. Hay en “Tres momentos, un grito”, otra expresión de un documental, que, no obstante, también acude al dolor humano.

Atención: ¡Hubo una dictadura en Chile!

La moneda bombardeadaLa noticia de la semana, y tal vez del nuevo siglo, es, sin duda, el reconocimiento de que en Chile hubo una dictadura. Es de no creerlo. “¿Hubo una dictadura en Chile?”.

Hasta antes de esta noticia –aunque parezca que me estoy burlando, pero no es así–, han estado gastando cerebro los “analistas”, para discernir si lo que hubo entre 1973 y 1990, fue: 1) un régimen militar, 2) un gobierno militar, 3) un gobierno autoritario, 4) un régimen sin garantías, 5) un gobierno violador de los derechos humanos, 6) un régimen que usaba el aparato estatal para asesinar, torturas y desaparecer personas, 7) un gobierno sin democracia, 8) un gobierno de…

¡Tonteras! ¡Estupideces!

Todos saben cuán untadas tienen las manos de sangre inocente, aunque cada cual pretenda que su mancha es menos indecorosa.

Cuando digo “todos”, me refiero a todos: los políticos, los empresarios, los camioneros, los comerciantes, los militares, los banqueros, todos los que promovieron, y ayudaron a financiar, la dictadura de Augusto Pinochet, quien murió burlando (porque… ¿estuvo protegido?) a la justicia, y en especial, a los ciudadanos chilenos y las familias de las víctimas de su régimen, que pagaron con su vida o su salud mental.

¡Murió el dictador en la impunidad!

Ahora se llega a una conclusión: ¡En Chile hubo una dictadura! Ocurrió a partir del 11 de septiembre de 1973. Ahora, en los textos escolares, hay que imprimirlo. Hay que decir que el período en que Augusto Pinochet usurpó el poder –como un salteador, como un delincuente que comete “alunizaje” (foto)– y mancilló la Democracia enlodando las instituciones, ese período fue una Dictadura.

Hay que imprimirlo así, para que los niños sepan que su país tiene ese pasado, que deben dejar atrás desde luego, y cuando sean grandes jamás permitan que se repita. Que respeten y fortalezcan la Democracia. Que jamás permitan que una lepra ideológica, como esa de los golpistas, vuelva a atacar el tejido social.

Así debe ocurrir, aunque todavía haya por ahí dando vueltas un idiota llamado Gonzalo Rojas (¡qué desgracia para el insigne poeta, tener un homónimo de estos!) que pregona, con la histeria de una amante despechada, que puede probar, “técnicamente”, que en Chile no hubo dictadura. Y lo anda diciendo, gracias a que El Mercurio (el diario que promovió el alevoso golpe militar, y ayudó a la permanencia del dictador durante 17 años), le presta sus páginas para que destile la bilis que los atraganta.

De contera, quiero relievar la osadía política del presidente Sebastián Piñera. Se puso al margen de la dictadura, resaltando que votó “No” a la continuidad del general asesino. Además, se supo que el general condenado por delitos de lesa humanidad, Odlanierd Mena, le pidió en cinco ocasiones, antes de que se suicidara, que lo indultara, y el presidente Piñera se negó. También, calificó de “criminales” a los militares condenados por delitos de violación a los derechos humanos, que hace unos días cambió de prisión, en un acto de igualdad de prisioneros ante la Ley.

Con estas acciones, el presidente Sebastián Piñera ha ganado adeptos. Ha demostrado que la Democracia permite ser de derecha, decentemente. Ha deslindado espacios con los militares golpistas, y también limpiado la imagen de las actuales fuerzas armadas. Ha mostrado, en suma, que la Democracia es buena. Y que él, está en condiciones de repetirse el plato, en el 2018.